Primer amor




Prólogo




Camden, Arkansas
Viernes 14 de enero de 2005
Centro del Servicio de Acogidas
Despacho de su directora, Marian Ross


     La idea de hablar con Marian Ross no la seducía en lo más mínimo, pero era su última posibilidad de librarse del expediente de los hermanitos White. Tenía diez minutos para convencer a la mujer más ocupada del planeta de que no tenía que encargarse de ese expediente, así que iba a tener que usar todo su don de gentes. Le habían dado cita para quince días después y eran sólo diez minutos.

     Cuando Shannon entró a su despacho, ella estaba al teléfono. Le hizo señas de que entrara y se sentara. En los tres años que llevaba trabajando para el servicio de acogidas no la había visto más de una docena de veces. Y todas ellas le había dado la impresión de ser una persona de muy pocas palabras.

     —¿Qué puedo hacer por usted O'Neil? —preguntó la directora cuando acabó la conversación telefónica.

     Era la hora. Shannon respiró hondo y empezó su discurso que Marian Ross escuchó atentamente con expresión impávida.

     —¿Por qué cree que sería de más utilidad con expedientes de niños mayores?

     Shannon vio que la mirada atenta de la cincuentenaria continuaba sobre ella como si estuviera haciendo la pregunta más lógica del mundo. Sin embargo, tenía que saber que los adolescentes problemáticos se le daban bien. Todos los expedientes más complicados se desviaban a ella.

     —Bueno, es lo que he hecho desde que empecé. Los hermanos White parecen un caso normal, su perfil psicológico no augura mayores inconvenientes y además están en casa de John y Eileen Brady —sonrió suavemente—, ¿hay algún sitio mejor en el mundo?

     Marian Ross asintió repetidamente con la cabeza, considerando el tema. Al final, volvió sus ojos a ella.

     —Es cierto —Shannon respiró, aliviada—. Pero hay dos cuestiones que nos preocupan.

     —¿Cuáles? —preguntó, aunque en realidad no quería oírlas. No quería oír que iba a tener que quedarse con el bendito expediente.

     —En primer lugar, está lo del padre de los niños —Shannon prestó atención. ¿Qué pasaba con él?—. Le quedan seis años de condena y es poco probable que le den la condicional por su mal comportamiento. La abuela es muy mayor. Los médicos no creen que se recupere y en el caso de que lo hiciera, no estaría en condiciones de cuidar de dos niños. Pronto, los dos serán adolescentes y no queremos que sean del grupo de los problemáticos. Tenemos que asegurarnos que encajan con los Brady y que encajan bien porque su otra realidad es que son negros, varones y hermanos.

     Shannon asintió. En otras palabras: o los Brady, o dando tumbos de un hogar de huérfanos a otro.

     —Y en segundo lugar están en el rancho Brady sí, pero no a cargo de Eileen y John Brady —continuó la directora. Shannon frunció el ceño e intentó traer a su mente el formulario de solicitud. No recordaba detalles y no los recordaba porque desde el primer momento que supo que era un expediente de los Brady lo único en que había pensado era en la manera de quitárselo de encima—, está claro que si John y Eileen han dado el visto bueno a que vuelva a haber niños de acogida en su casa, es porque saben que los niños estarán bien. Aún así, Mark Brady para nosotros, de momento, no es más que su hijo mayor.

     Genial. Así que además iba a tener que vérselas con él.

     Shannon volvió a asentir.

     —Le pedí a la señora Rutherford que me dijera a quien encargaría cada uno de sus casos. Y para éste, dijo Shannon O'Neil. Sin opciones alternativas.

     Shannon respiró hondo y volvió a mover afirmativamente la cabeza.

     —Así que a menos que tenga alguna razón. Una de peso, quiero decir, me temo que... —Marian Ross se inclinó hacia adelante y la miró a los ojos—. ¿La tiene?

     Tenía una razón, pero no sería una de peso para el Servicio de Acogidas. Y además, ya la había fastidiado bastante presentándose delante de la mismísima directora con sus deberes sin hacer. Si hubiera tratado ese expediente como trataba los otros, habría llegado ella sola a la misma conclusión que acababa de escuchar de labios de Marian Ross. Pero desde el instante que había visto el apellido Brady en el expediente, todo el tiempo que le había dedicado había sido para intentar pasárselo a otro oficial, intercambiarlo, incluso cambiarlo por otros dos.

     No iba a decirle a la mujer de la que dependían sus ascensos que su única razón era evitar tener que volver a verse cara a cara con su primer amor adolescente. Aquel que cuando se dignó a quedar con ella, lo hizo solamente para ligar con su hermana, el muy cabrón.

     El mismo al que ahora no solo tendría que ver cada quince días, sino con quien tendría que compartir responsabilidad sobre el bienestar de dos niños de acogida.

     Mark Brady.

     Hacía más de diez años que no lo veía pero estaba segura que seguiría siendo igual.

     Igual de seductor.

     Igual de seguro de sí mismo.

     Igual de vanidoso.

     Y, Dios, igual de espectacular.




1




     Podía haber avisado a los Brady que ese día iba a pasarse por el rancho pero no lo hizo. Cuando Shannon llegó eran las once de la mañana y todos estaban a sus faenas. Como los niños estaban con Mark en la zona de adiestramiento de caballos, su madre, Eileen, se ofreció a acompañarla y ambas mujeres bajaron por el camino de tierra conversando.

     Shannon se cerró la chaqueta corta de corderito y subió el cuello. Los tejanos se le habían helado en un segundo, tan pronto salieron de la acogedora casa, y a pesar de que calzaba botas, tenía los pies doloridos de frío. Aunque era consciente de que la temperatura invernal no era la única razón.

     Estar en aquel lugar tenía otras connotaciones para Shannon además de la cuestión Mark Brady. En realidad, lo de Mark era anecdótico comparado con la impresión de conocer a las únicas dos personas de las que no había escuchado más que alabanzas. “Son ángeles”. ¿Cuántas veces había oído esa frase desde que trabajaba en el servicio de acogidas? Por aquel rancho, por las manos de aquellos ángeles, habían pasado la friolera de ciento veinticinco niños a los que habían tocado con su compasión. Eileen y John Brady eran una institución en Camden, y el rancho, un paraíso del que los chicos acogidos no querían irse.

     —Cuando la señora Rutherford se jubiló y me dijo que de Matt y Timmy se encargaría una oficial con mucha mano con los niños, no me imaginé a alguien tan joven... ¿Cuántos años tienes? —Eileen sonrió—. ¿Puedo tutearte, no? Me resultaría raro llamar de usted a alguien que es más joven que mis propios hijos...

     —Claro. Veinticinco... Bueno, casi veintiséis, los hago el mes que viene.

     —¿En serio? ¿Tantos? Quiero decir que pareces mucho más joven, no te daba más de veintiuno o veintidos...

     Eso no era nuevo. Todavía, de vez en cuando, le tocaba demostrar que tenía edad suficiente para beber cuando se le ocurría pedir una cerveza en según qué bar. Era herencia familiar: los O'Neil no aparentaban los años. También eran todos rubios, delgados y guapos. Pero en eso, no había salido a ellos sino a su abuela materna. Con sus rulos pelirrojos, sus ojos marrones de pestañas largas y bien curvadas, su sonrisa de niña y su metro setenta rellenito, era lo que vulgarmente se llamaba una gordita simpática.

     —Ya, a veces es un incordio... Como se me olviden los documentos en casa... —dijo Shannon sonriendo—. Fue un notición que los Brady volvieran a tener niños, en el servicio de acogidas casi hacemos una fiesta... ¿Cómo se decidieron a volver al ajetreo de críos en edad escolar?

     Eileen la miró suavemente.

     —No jugamos este partido de titulares aunque no nos importaría, la verdad. No cambiaría ni uno solo de esos días con la casa llena de risas por nada en este mundo, pero mis hijos se pusieron serios con el tema: querían vernos descansar y disfrutar de la vida y ya sabes, es difícil decirles que no.

     Shannon continuó caminando a su lado, observándola. No tenía ni idea de que lo hubieran dejado por sus hijos.

     —Y ahora son ellos los que siguen la tradición —dijo Shannon, tentativamente.

     Empezaban a oírse voces y risas lejanas. Shannon intentó localizar el origen pero aún no estaba a la vista.

     —Es Mark. A Jason lo único que le hace falta es ocuparse de un niño. Juega football... Vive viajando y cuando no viaja, entrena. Y Mandy... otro tanto. Es cantante ¿sabes?

     Shannon sonrió divertida mientras asentía. Claro que la conocía.

     —Se confabularon con Gillian para convencer a John de volver a llenar el rancho de niños y aquí estamos...

     —Y ¿qué tal lo llevan?

     —Estupendamente —dijo Eileen palmeándole el brazo—. La señora Ross no tiene por qué preocuparse. Y tú tampoco. A los dos les encantan los críos y están acostumbrados... Además, Mark es un imán de niños, se le pegan como chicle... Es que es como un niño grande, ya verás cuando lo conozcas...

     Acababan de dar vuelta el recodo del camino y ahora las voces tenían dueño. Venían de unos cien metros más adelante donde una veintena de personas sentadas en las tranqueras que cerraban el predio, presenciaban como un hombre se sacudía arriba y abajo sobre el lomo de un caballo que no dejaba de corcovear.

     Shannon no hizo ningún comentario. La imagen del Mark que había visto por última vez hacía años, no casaba con la de un imán de niños. En todo caso, de niñas, más bien de dieciocho para arriba, con curvas neumáticas. Aunque sí casaba con lo de niño grande, porque había que ser muy crío y muy inmaduro para haber quedado con ella y luego ligar con su hermana.

     Muy crío. Muy inmaduro. Y muy capullo.



* * *


     El hombre ya no se sacudía sobre el caballo, acababa de rodar por el suelo entre sus patas ante el griterío y las bromas de todos los presentes. Pero no era Mark. A Shannon no le fue difícil confirmarlo aún a más de veinte metros de distancia.

     Mark era el de la parca champán, que recostado contra la tranquera, con un niño sobre los hombros y otro de pie a su lado, las miraba acercarse con evidente interés.

     —Éste es mi hijo —dijo Eileen con tono de madre orgullosa.

     La mirada de Shannon volvió a encontrarse con la de él después de más de diez años. Durante un segundo se preguntó si la recordaría. Una parte de ella quiso que sí, que aquel rato de risas que habían compartido hasta que apareció Cheryl y resultó obvio a quién prefería de las dos hermanas O’Neil, no hubiera sido tan insignificante como para que ni siquiera se acordara.

     —Mark Brady —dijo él, sonriendo—, ¿y tú?

     Por lo visto, había sido insignificante.

     Ella estrechó la mano que él extendía.

     —Shannon O'Neil —respondió, y le faltó tiempo para apartar su mirada de aquellos ojos celeste claro que recordaba perfectamente, y centrarse en los niños—. ¿A quién de los dos le tengo que dar el pésame por la humillante derrota del domingo contra los San Antonio Spurs?

     —A mí —contestó el pasajero que Mark llevaba en los hombros.

     Así que ese era Timmy, el más pequeño. Las fotos de los expedientes eran malísimas.

     —Vaya paliza —dijo ella riendo y extendió la mano para estrechar la del niño—. La señora Rutherford se ha jubilado y yo la sustituyo, así que nos veremos a menudo... Seguro que la próxima vez, te doy la enhorabuena.

     —¿Eres de acogidas? —preguntó Matt, el mayor, con expresión incrédula—.Venga ya, seguro que todavía estás en el cole...

     —Gracias, eres todo un caballero —contestó ella, espontánea—. No soy tan joven, pero gracias...

     Al ver que Matt se ponía todo colorado, su hermano soltó la carcajada y al final todos reían.

     Mark, además de reír, la estudiaba. Había algo en ella que le resultaba familiar. ¿La había visto antes? ¿Dónde?

     No, era imposible.

     Porque si hubiera visto a aquella pelirroja antes, la recordaría perfectamente.



* * *


     La impresión de haber conocido a los Brady continuaba presente en la mente de Shannon una semana después. Había algo en esa gente, en ese lugar, que dejaba huella y no alcanzaba a precisar qué era: si sus modos físicos de expresar el cariño, la facilidad con que sonreían, o el ambiente distendido que se respiraba en ese rancho y al que el paisaje espectacular de naturaleza salvaje que lo rodeaba, no hacía más que darle un aire bucólico, casi idílico. Si Eileen la había impresionado, a John lo había encontrado magnético: no podía dejar de mirarlo. Inspiraba respeto y a la vez, ternura.

     Matt y Timmy, como había imaginado, estaban encantados de estar ahí. Echaban de menos a su abuela, eso sí, pero Mark los llevaba a verla al hospital cada semana y eso los animaba. Shannon no había tenido ocasión de conocer a "tía Gillian" porque estaba en la facultad, pero teniendo en cuenta el número de veces que alguno de los hermanitos la había mencionado en la media hora que conversó a solas con ellos, no tenía ninguna duda de que sería algo así como la versión masculina de John Brady: alguien con la extraña cualidad de inspirar respeto y ternura al mismo tiempo.

     Lo de volver a ver a Mark era otro tema. Cuando ese segundo, en que una parte de ella deseó que él la recordara terminó con la evidente realidad de que no era así, tomó conciencia de que no le importaba. Tal vez fuera cierto que ahora era un hombre maduro al que le gustaban los niños, pero seguía siendo el mismo vanidoso ligón que miraba con descaro cualquier cosa con forma de mujer. Aunque fuera la asistente social encargada de los niños que él había solicitado en acogida.

     No, no le importaba Mark. Hacía años que no le importaba. Pero desde que supo que el expediente White sería suyo, también tuvo claro que los recuerdos volverían. Y así había sido. Desde hacía una semana no dejaba de pensar en lo viva que se sentía entonces y en lo indiferente que se sentía ahora, con esa clase de vida en la que todo marchaba aparentemente bien, pero sin emoción.

     Shannon suspiró, echó un vistazo a los recados telefónicos que le habían dejado sobre el escritorio. Tres eran de David. Dios, ¿qué iba a hacer con él?

     —Tengo a un macizo de ojos alucinantes en recepción.

     Shannon levantó la vista. Sandy, la recepcionista del centro la miraba con expresión pícara.

     —Pregunta por ti.

     —¿Macizos? ¿Aquí? —dijo socarrona—. Ya quisiéramos... ¿Podrías hacerme el favor de decirle a David que me abdujeron los extraterrestres la próxima vez que llame?

     —¿No sería más fácil decirle que no quieres verlo?

     Esta vez la voz no era de Sandy. La que habló a continuación sí.

     —Le dije que esperara en recepción, que yo le avisaría.

     —Lo lamento princesa, pero es que igual a mí también te pedía que me soltaras el rollo de los extraterrestres...

     Shannon miró el panorama con expresión divertida. El “macizo” sonreía seductor y la recepcionista babeaba.

     “Alucinante”, pensó, “las encantaba como a serpientes”.

     —Está bien, Sandy, ya me ocupo yo del señor Brady.

     Tan pronto se quedaron solos, Shannon se volvió hacia Mark esperando que dijera algo pero él se tomó su tiempo. La miraba y sonreía. Lo que fuera que pasara por su mente, no era evidente en su expresión, aunque teniendo en cuenta que era un ligón, no hacía falta esforzarse mucho para saber qué pensaba.

     —¿Quién es David? —preguntó él al fin, sin moverse del marco de la puerta donde seguía recostado.

     Shannon sonrió con desdén y se puso de pie.

     —Si esperas que me crea que has venido hasta aquí para verme, vas listo. Dime qué pasa.

     Mark dejó que su mirada bajara de aquellos ojos marrones ahora que Shannon estaba de pie junto al escritorio poniéndose el abrigo. Todo en ella eran curvas que no podían verse a través de sus ropas holgadas, pero podían adivinarse. Al menos, él podía. Curvas de verdad, de las que a él le habían gustado siempre. En aquella pelirroja de mirada dulce había volumen, no silicona. Había mujer.

     Una mujer que se marchaba.

     —¿Vas a alguna parte?

     —Claro, soy asistente social —contestó ella, ajena a la mirada de Mark mientras cogía una carpeta del archivador de su escritorio y la metía en la mochila.

     Mark sonrió para sus adentros y volvió a intentarlo.

     —¿No vas a decirme quién es David?

     La vio abrir la puerta del despacho después de echarle una mirada irónica, y empezar a alejarse por el corredor en dirección a la calle. Dos segundos después, él la había alcanzado.

     —Voy a averiguarlo de todas formas... ¿Por qué no abreviamos?

     Shannon se volvió a mirarlo con el ceño fruncido.

     —¿Qué tal si te dejas de jugar y me dices lo que pasa de una vez? —Estaban en la calle y el viento le arremolinaba los rulos pelirrojos, echándoselos a la cara. Y ella nerviosamente, una y otra vez, se los volvía a poner detrás de la oreja—. Puede que no hayas caído, pero mi trabajo es evaluarte. Y no creo que un diagnóstico de inmadurez beneficie tu perfil de padre de acogida.

     —A mi perfil no le pasa nada —respondió Mark, y su sonrisa se hizo mucho más grande cuando vio que Shannon meneaba la cabeza y sonreía incrédula—. Ni al de padre de acogida ni al físico. Tengo muy pocos defectos, pero la inmadurez no es uno de ellos. No era inmaduro ni a los dieciocho. Y no estoy jugando.

     Mark hizo una pausa para ver su reacción y disfrutarla. Ella reía y con todo su lenguaje corporal le decía “deja de marcarte faroles, ¿quieres?”

     —Voy a averiguar quién es David —dijo él sonriente pero definitivo. Pensara lo que pensara aquella pelirroja preciosa, él no se estaba marcando ningún farol.

     La vio asentir repetidas veces con la cabeza sin dejar de sonreír y cuando habló, su tono burlón volvió a confirmarle que se dejara de tonterías y le dijera la verdadera razón de su visita. “¿Algo más?” eschuchó que le decía mientras abría la puerta de su coche y se sentaba al volante.

     Mark se puso de cuclillas junto al vehículo y apoyó los brazos sobre el borde de la ventanilla.

     —El médico de la señora White me dijo que es muy posible que no salga de ésta. Me dijo que estaría bien que Matt y Timmy lo supieran... ¿Tú qué opinas?

     Shannon puso la llave en el contacto. Por eso había ido a su oficina ese engreído, no por verla.

     —Que tiene razón.

     —A Matt lo va a hacer polvo. Si vieras lo ilusionado que está con que su abuela salga del hospital... ¿Y si se recupera? Ésto no es álgebra...

     —¿Quieres que se lo diga yo? —ofreció Shannon con suavidad.

     Mark exhaló ruidosamente.

     —Lo que quiero es que la abuela se ponga bien y esos críos no tengan que perder lo poco que les queda. A su edad, lo más que yo había perdido era mi tortuga Lizzy...

     Shannon sonrió con ternura.

     —Una pérdida terrible.

     Mark meneó la cabeza.

     —Vale, pelirroja, está claro que no vas a decirme quién es ese tío por el que dejarías que te abdujeran los extraterrestres con tal de no volver a ver, así que me voy —se puso de pie pero continuó inclinado, mirándola a través de la ventanilla—. El sábado festejamos el cumple de Timmy, pásate sobre las cinco... Gillian se muere de ganas de conocerte y seguro que los críos se alegran, les pareciste muy cool.

     La vió asentir sonriendo pero era un sí a la invitación, exclusivamente.

     “Ya caerás”, pensó Mark. Le guiñó un ojo y se alejó, tranquilamente, con las manos en los bolsillos de su cazadora.

     Shannon lo observó mientras él se ponía el casco y los guantes. No había cambiado gran cosa en diez años: entonces era un chico guapísimo y ligón. Ahora era un hombre guapísimo y ligón. Y estaba en lo cierto sobre que la inmadurez no era uno de sus defectos. Lo suyo no era inmadurez, era vanidad mezclada con confianza total. Flirtear con ella no era un fin en sí mismo, era el medio: así alimentaba su ego mastodóntico. Shannon puso el coche en marcha. Pues si pensaba alimentarlo a costa de ella, lo llevaba claro. Se incorporó al tráfico y cuando pasó a su lado, lo saludó con un gesto de la mano.

     Detrás del visor del casco, los ojos de Mark la siguieron hasta que desapareció.



* * *


     Mark soltó la mano de Matt para coger el móvil. Miró la pantallita y sonrió.

     —Esto sí que es raro —empezó a decir, anticipándose a su hermano—. ¿Qué pasa? ¿el de Gillian está apagado?

     Del otro lado de la onda le llegó una carcajada.

     —Se lo olvidó en casa, me atendió mamá.

     —Es tío Jason —dijo a los niños y volvió a la conversación— ¿Qué te cuentas?

     —Poca cosa. Estoy a punto de empezar a entrenar, diles que mañana sobre las once estoy por ahí, que se pongan las pilas porque va a ser un fin de semana largo... Y díselo a Gill.

     —Así que vienes al cumple, ¡qué bien!

     —¿Cómo iba a perdérmelo? Además, me han dicho que va a ir una pelirroja muy cool a la que no le quitas ojo de encima. Y si tú la miras, tío, yo también quiero.

     Mark sonrió desafiante.

     —Mientras solamente mires no hay problema.

     —¿Seguro? —dijo Jason, picándolo—. Ni bien me vea va a dejar de mirarte.

     —Seguro —respondió Mark definitivo e hizo una pausa. Miró a los críos de reojo. Ellos jugaban con una rana unos metros más allá—. Ésta es mía ¿vale?

     Jason silbó. —¿En serio? —preguntó con tono burlón.

     —Sip.

     —Joder, me muero por verla, tío... —dijo Jason, muerto de risa.

     Mark todavía sonreía cuando volvió a guardar el móvil. Él también se moría por verla. Un día más y sería sábado, el día de la fiesta de cumpleaños de Timmy a la que Shannon había aceptado asistir.

     Y el día en que volverían a visitar a la abuela en el hospital.

     Mark los miró tan críos... Tenía que decirles lo de su abuela, no podía estirarlo más.

     —Esa pobre rana se va a manifestar por sus derechos frente a la casa como que sigáis fastidiándola así... —dijo, y cogió a los dos niños de un brazo apartándolos del animal.

     —¿Va a venir tío Jason? —preguntó Matt, ilusionado.

     Los dos niños lo festejaron a los gritos cuando vieron a Mark asentir con la cabeza. Él les indicó que se sentaran junto a él sobre unos tocones cerca del camino.

     —Venid, quiero hablar con vosotros...

     —¿De hombre a hombre? —preguntó Matt pícaro. Mark sonrió y asintió.

     —Dispara —dijo Timmy, imitándolo.

     —La abuela es muy mayor —empezó Mark con tono sereno—, el médico dijo que está demasiado enferma y no va a ponerse bien.

     Vio como la carita de Matt se desencajaba y sus ojos se llenaban de lágrimas.

     —¿Se va a morir? —preguntó Timmy casi en un murmullo.

     Mark los miró con cariño y no respondió. Los abrazó fuerte.

     —¿Por qué? —escuchó que Matt susurraba con la voz quebrada mientras su deditos crispados le apretaban la cintura.

     ¿Qué podía decirles? No eran más que dos niños y lo habían perdido todo.

     —Porque es parte de la vida. Es así con las plantas, con los animales y con las personas. No es culpa de nadie, Matt, es la vida, nada más.

     —Pues, vaya mierda... —dijo el niño con rabia.

     Mark lo apretó más contra su cuerpo. Lo sintió temblar y resistirse, y al final, abrazarse a él, llorando desconsolado.



* * *


     Como cada sábado, Shannon comía con su abuela. Siempre habían estado muy unidas pero desde la muerte de su madre, hacía diez años, ella de alguna forma había ocupado su lugar.

     Y a los cafés, también igual que todos los sábados, tocó “conversación de chicas” como Catherine Murphy llamaba a charlar de cosas personales con su nieta.

     —¿Has hablado con Dave? —preguntó la mujer mientras le servía café.

     Shannon negó con la cabeza. Tenía doscientos recados de él que no había contestado.

     —No puedes seguir esquivándolo, Shan... Es un buen chico y te quiere, se merece tu sinceridad...

     Shannon respiró hondo y miró de reojo a su abuela. No le apetecía hablar del tema, pero sabía que no iba a librarse.

     —Ya fui sincera. Lo que David quiere es que haga las maletas y me vaya a Nueva York.

     —¿No quieres estar con él? —preguntó Catherine tomándole una mano y sosteniéndola entre las suyas.

     —No... Bueno sí, pero no. Lo echo de menos, en parte lamento que se haya ido, pero...

     —¿Pero qué, cariño? Sabes que te adoro pero a veces... Shan, a veces, vuelas tan alto... Te quiere y tú lo quieres a él ¿qué más necesitas?

     Necesitaba tantas cosas... Cosas que llevaba tanto tiempo sin sentir que por momentos tenía la sensación de que no había sentido nunca. No en su piel, solo en sus sueños.

     Pero sí lo había sentido. Recordaba esa locura de sensaciones recorriéndole el cuerpo solo de pensar que volvería a verlo cruzando el aparcamiento del instituto camino de su clase de último curso. Saltaba de la cama cuando sonaba el despertador, llena de energía solo por esos cuarenta segundos que él tardaba en recorrer la distancia desde el aparcamiento hasta las escaleras de la entrada. Los días pasaban como en una nube, sin conciencia del tiempo. Recordaba el corazón acelerándose cada vez que pasaba junto a él, el deseo loco de que sus miradas se cruzaran, de que él la mirara aunque fuera una vez. Era una sensación mágica, como si millones de burbujas diminutas explotaran en su interior y la llenaran de una energía imparable. Podía sentir la vida latiendo en cada poro de su piel. Nunca se había sentido más viva que entonces.

     Y nunca había vuelto a sentirse así.

     —Ilusión, emoción, pasión por vivir... —se encontró diciendo en voz alta—. Lo sentí una vez, abuela, por eso sé que no puedo seguir con David... Con él todo es seguro, previsible... En veinte años va a seguir siendo igual que ahora. Y yo no puedo imaginarme vivir otros veinte años de esta manera... No es por él, él es... —Shannon sonrió suavemente— un cielo... Es por mí, necesito recuperar a esa otra Shannon. Digo yo que en algún lugar se habrá escondido ¿no?

     —Cariño... —dijo Catherine mirándola con ternura—. Ya no tienes trece años, no puedes sentir como si los tuvieras...

     —¿Y entonces por qué puedo sentirme como si tuviera cien si no los tengo? Porque a veces, muchas veces, me siento así.

     Shannon bebió un trago de su café. Mejor dejarlo, no quería preocupar a su abuela. Pero se disponía a hacer algún comentario gracioso para desviar el tema, cuando su abuela se le adelantó.

     —¿Hay alguien, cariño?

     Shannon soltó la risa. Rió de buena gana ante lo irónico de la situación.

     Sí, había alguien. Y era precisamente el que la hacía sentir así de viva a los trece. Aunque no era alguien en el sentido que su abuela insinuaba porque ahora Mark ni le ponía el corazón a la carrera ni la hacía saltar de la cama llena de energía.

     Pero era alguien que estaba otra vez en su vida, recordándole todo lo que una vez había sido, lo que llevaba años necesitando ser...

     Y ya no era.



© 2007. Patricia Sutherland.