Almas Destinadas


Una novela de Brianna Callum


Evangeline y Alexander son Almas destinadas, almas gemelas, y deberán atravesar por distintas vidas, diferentes siglos y ciudades para poder hacer frente a los obstáculos, los prejuicios y a aquellos que están en contra de su amor.


Prólogo



     Desde que Evangeline era una niña ha tenido sueños recurrentes en los que ve a un hombre de cabello negro y ojos verdes que la llama. Él siempre ha aparecido vestido de vaquero en un rancho ganadero rodeado de montañas.

     Cuando ella era pequeña, él se mostraba en sus sueños como un niño dos años mayor que ella, después, a medida que los años pasaban y Evangeline se convertía en adolescente, él también lo hacía. Y más tarde, ella lo vio convertirse en adulto. En sus sueños actuales, el hombre aparenta tener unos treinta y dos o treinta y tres años.

     Cada noche, al cerrar los ojos y quedarse dormida, él acude a ella y le pide desesperadamente que lo busque, que lo encuentre. Él le dice que la ama. Le repite una y otra vez: volvamos a casa y Evangeline sabe, en su subconsciente, que casa es Escocia.

     Pero ella nunca estuvo allí… No al menos, en esta vida.






Almas destinadas
a través del tiempo.
Vida tras vida, para finalmente,
con libertad poderse amar.

Almas gemelas que se atraen
con su poder magnético.
Almas que se aman
desde cientos de años atrás.

No importa el lugar.
No importa el tiempo.
Almas destinadas, que se necesitan.
Almas destinadas, que se encontrarán.




Capítulo I

Evangeline Jesper


     Cierro los ojos y puedo verme. Un puntito diminuto entre tanta inmensidad. Siento que el viento constante me mece como si de una frágil brizna de hierba se tratase y me trae consigo el olor del hielo que aún cubre los picos más altos de las montañas.

     Ellas están allí, elevándose imponentes, como centinelas vigilantes. Un contraste fascinante de zonas rocosas y escarpadas; salvajes… y entre medio, sus valles. Extensas praderas. Matices de verdes y de púrpuras, con pinceladas de rojos y amarillos, aquí y allá.

     Inspiro hondo y el perfume de la vegetación inunda mis sentidos. Es el olor del musgo, del brezo y del serbal.

     Me abro camino haciendo a un lado las ramas de robles y esquivo los álamos plateados. Estoy en la profundidad de un bosque exuberante. Con mis pasos crujen las hojas. Voy descalza y puedo sentir la tierra bajo mis pies.

     El sonido de la corriente me atrae. Su arrullo me resulta la más bella canción. Me siento en la orilla y dejo que mi mirada se pierda en ese espejo plateado en movimiento. Millares de rocas se aferran al fondo; le dan batalla a las aguas, no se dejan mover. Acerco mi mano interrumpiendo el flujo natural de su recorrido, que se abre paso entre mis dedos para continuar. Su helada caricia me provoca una sucesión de escalofríos, como mil agujetas clavándose en mi piel.

     El grito de un ave atrae mi atención y levanto los ojos hacia el cielo, de un diáfano azul. Me deleito en el vuelo esplendoroso del águila real, con sus alas extendidas, cruzando el firmamento y totalmente indiferente a mi mirada absorta.

     El sonido solitario de una gaita me llega desde lejos…

     Los acordes de la herida melodía se van colando en cada fibra de mí ser. Me emociona, me conmueve. Me transporta al pasado y siento como propia la lucha de esa gente de las highlands, sus ansias legítimas de libertad. Siento la música reverberando en mi corazón y este late más fuerte, desbocado.

     Cada fragancia, cada sonido y sensación me resultan tan palpables, tan reales, que no se me hace difícil imaginarme allí, siendo parte de ese suelo, de esa tierra majestuosa.

     Me parecen recuerdos que surgen desde el alma…

     Memorias que ni yo sé que están allí.

     Fragmento extraído de uno de los sueños que Evangeline Jesper ha tenido desde niña.






En las afueras de Los Ángeles
A principios del año 2003

     —¡SAWNY ESPERA! —gritó fuertemente Evangeline, con voz desgarradora, antes de despertarse—. ¿Dónde estás?

     Temblorosa se sentó en la cama y miró a su alrededor. Estaba sola, en el cuarto del pequeño departamento que rentaba en Los Ángeles. Fuera se oía el constante ir y venir de los autos y algún bocinazo de vez en cuando.

     Miró el parpadear del radio reloj, marcaba las siete y veinte. Ya casi era la hora de levantarse y dar comienzo a su día. Volver a su trabajo, a la rutina diaria. Ese era el momento del día que más le costaba: el traspaso abrupto, casi cruel, de sus sueños a la realidad. Mientras que cada noche de su vida ella se sentía amada, acompañada por Sawny, cada día debía soportar su ausencia, la falta absoluta de él.

     Evangeline aún podía ver esos profundos ojos verdes. Todavía podía oír su voz, como siempre hacía, llamándola y pidiéndole que ella lo buscara. Seguían resonando en sus oídos aquellos te amo que él había pronunciado.

     Evangeline se rodeó la cintura con sus brazos, abrazándose a sí misma, intentando reconfortarse. Era tan grande su pena, porque aún sentía en el corazón el dolor que le producía cuando el sueño acababa; cuando Sawny se esfumaba poco a poco, gritando con voz desesperada su nombre.

     Ella había crecido viéndolo cada noche. En cierta forma era como haber crecido juntos, era como haber compartido su vida con él. Ella sabía que aspecto había tenido Sawny cada día de su vida. Como había cambiado, como se había desarrollado año a año hasta transformarse en el hombre adulto, de aproximadamente treinta y tres años que acudía a ella cada noche.

     —Sawny —volvió a repetir suavemente, esta vez rodeándose las piernas con los brazos y descansando la cabeza en las rodillas—. ¿Quién eres? ¿Eres real o sólo eres producto de mi imaginación? —preguntó en voz alta. Una pregunta que Evangeline se había formulado desde que era pequeña.

     Evangeline, en sus treinta años, nunca se había enamorado ni había tenido relación alguna. En realidad sí estaba enamorada, desde que tenía uso de razón, pero del hombre de sus sueños. Se sentía tonta al pensarlo; sin embargo, interiormente, ella tenía la esperanza de que él fuera real; de que cada palabra que Sawny le decía, fuera verdad. Por esa razón había preferido esperarlo.

     Sawny siempre le había pedido que lo buscara, que lo encontrara y así juntos podrían volver a casa, sólo que casa era Escocia y ella nunca había estado allí…

     ¿Cómo es que puedo llamar hogar, a un país desconocido?

     Evangeline no sabía porque, pero lo sentía. Lo sentía en su sangre, en su interior, aunque no pudiese hallar una explicación.

     Una fuerza poderosa, nacida desde lo más profundo de su ser, siempre la había atraído hacia esa cultura, hacia esos intereses. Siempre se había quedado pasmada observando fotografías de las Highlands y había sentido su piel de gallina y derramado lágrimas de emoción al oír el desgarrador sonar de una gaita. Le resultaba imposible, pero se sentía parte de ese lugar y Evangeline deseaba con fuerzas sobrenaturales poner sus pies sobre aquella tierra.

     Otra de las cosas extrañas de sus sueños era que ella siempre había visto a Sawny vestido de vaquero. ¡Así no visten los escoceses!, había pensado mil veces y esa mañana no era la excepción.

     Él siempre había llevado pantalones tejanos, camisas, botas y sombrero. Cada noche lo veía cabalgando a través de hermosas praderas verdes rodeadas de una cadena montañosa y arreando una enorme cantidad de cabezas de ganado y de caballos. Era un lugar bellísimo, pero ella no tenía idea en qué lugar del planeta podía encontrarse.

     Evangeline nunca había visto el cartel que pendía a la entrada del rancho ganadero en el que siempre estaba Sawny, hasta hacía poco tiempo. Desde ese entonces, al menos, ella conocía la leyenda que rezaba aquella madera: The little Highlands decía el grabado y pendía de un travesaño apoyado en dos postes de más de tres metros de altura sobre la tranquera de entrada de la propiedad.

     The little Highlands… ¡Muy apropiado! Pensó Evangeline. ¿Pero dónde diablos está?

     Nunca había sabido por donde empezar a buscar. Tal vez aquel cartel fuese un buen comienzo, llegó a la conclusión, después de meditarlo durante un largo rato y ya con el corazón henchido de esperanza.

     —¡Te buscaré, Sawny! —Exclamó decidida, cómo nunca antes lo había estado—. Te buscaré… ¡Y más te vale que seas real!



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© Brianna Callum
Autora de las series románticas Vidas Pasadas,
Highlands y Enamorados, entre otras.
Website: Brianna Callum