Bombón




1




Boston, Massachusetts
Septiembre 2004
Hotel Hyatt Regency


     Amanda le guiñó un ojo a Jordan. Con un gesto de la mano le indicó que enseguida acababa.

     —Ya, bueno… Creí que habíamos quedado en tomarnos la juerga con más calma…

     Jordan cerró la puerta de la lujosa suite de Mandy y se sentó sobre el posabrazos del gran sofá de cuero blanco que dominaba el salón, a pocos metros donde ella se entrenaba en la máquina de remos mientras hablaba por teléfono con Daniel.

     O Rob.

     O Martin.

     O como se llamara. Había habido tantos que Jordan se hacía un lío con los nombres. Y a juzgar por el tono que empezaba a tener la conversación, y el brillo de esos ojos celestes tan claros que casi podía verse a través de ellos, este, quien fuera, estaba a punto de ser historia.

     ¿Qué le había pasado? La miraba empapada en sudor, con la camiseta pegada al cuerpo, sus pantalones de deporte holgados, el pelo sujeto en una coleta alta enmarañada, y le seguía pareciendo la mujer más espectacular que había visto jamás. Y ella, sin embargo, parecía incapaz de dejar de rodar cuesta abajo.

     —Vale —la escuchó decir con su tono de estrella caprichosa—. Pásatelo bien y Ryan, no vuelvas a llamarme.

     Jordan la vio sacarse el auricular tirando del cable molesta, apagar el móvil y dejar de entrenar.

     —Disculpa la espera —dijo soltándose la coleta y secándose un poco con una toalla—. ¡Puf! ¡Qué calor! ¿Te apetece algo fresco?

     Jordan negó con la cabeza. La siguió con la mirada mientras ella iba a por una botella de agua mineral y bebía sedienta.

     —Bueno, cuéntame.

     Se dejó caer sobre el sillón frente a Jordan.

     —Estos son los expedientes de las dos personas que creo que están más cualificadas para representarte —dijo él, y puso dos carpetas azules una junto a otra sobre la mesita de cristal—. Hugh Miller y Candance Steward. Están al tanto del tema. Échale un vistazo y si tienes alguna duda…

     Mandy frunció el ceño. —¿De qué hablas? Ya tengo quien me represente —sonrió con picardía—, es un tío genial que se llama Jordan Wyatt, ¿lo conoces?

     Él la miró con los ojos brillosos. ¿Estaba jugando como jugaba con todos? ¿O es que aquel día estaba tan colocada que no se había enterado de nada?

     —Te dije que me iba.

     La sonrisa se borró de la cara de Mandy. De pronto, empezaba a estar helada. Bajó la cabeza un momento intentando ganar tiempo y centrarse.

     Sí. Se lo había dicho, pero ella pensó que era la rabia del momento; la juerga había sido de las que hacían época y él se la había encontrado en la cama nada menos que con Lucifer: J.T. Lewis, líder de la banda de rock duro Psicodelia. Alguien más conocido por sus excesos que por su talento. No había pasado nada... Nada más que dormir una borrachera de campeonato que la había tenido una semana con un ataque al hígado que ni con toneladas de maquillaje lograba ocultar. Pero eso había sido todo.

     Para Jordan, en cambio, lo sucedido había tenido una lectura diferente; se había largado después de sacar a lo que quedaba del líder de los Psicodelia a empujones fuera de la habitación, y soltarle a ella una frase breve y definitiva: “Se acabó, Mandy. Me voy”. En aquel momento, ella no estaba en condiciones de explicar nada y luego, él se había dedicado a cortarla en seco cada vez que había intentado sacar el tema.

     —Jordan...

     —Te dije que me iba y me voy —la interrumpió él, poniéndose de pie ante su mirada sorprendida—. Echa un vistazo a esos expedientes y decide. Yo tendría que estar disponible para fin de mes, así que cuanto antes te centres en el tema, mejor para todos.

     Mandy saltó del asiento. Fue un acto reflejo.

     —Jordan, hablemos.

     Pero él continuó caminando hacia la puerta de salida como si no la hubiera oído.

     —¡Jordan! ¿Qué coño te pasa? Deja de actuar como si fueras mi padre, ¿vale?

     Lo detuvo cogiéndolo por el brazo y lo obligó a que se volviera para hablar cara a cara.

     —No sucedió nada esa noche, ¿te enteras? Me pasé con la bebida. Nada más.

     Jordan continuó en silencio, mirándola.

     —¡No me mires así! Y además ¿quién te crees que eres para decir algo sobre mi vida privada? Justamente tú. A ver si esperas que me crea que esas marcas te las has hecho afeitándote… ¡Menudo hipócrita estás hecho!

     —¿Vida privada? —repitió él irónico— ¿Privada? Si tú tienes una jodida vida privada todavía, es porque llevo dos jodidos años dedicando más tiempo a quitarte las castañas del fuego que a negociarte contratos... ¡Podrían montar un puto Kama Sutra con todas las fotos tuyas que he quitado de circulación!

     —¡Míralo! ¿Desde cuándo eres tan puritano? Es mi vida. Y con quien me acueste es mi problema. No eres mi padre; eres mi manager.

     —No, ya no —sentenció él, furioso—. Ya no, Amanda.

     ¿Amanda? Nunca la llamaba así.

     Jordan hizo el movimiento de marcharse, pero ella volvió a detenerlo.

     —¿Es por J.T.? —le soltó a quemarropa mirándolo a los ojos—. Sólo salí con él esa noche y no pasó nada. Y es historia.

     —Es por ti. No sé qué te pasó Amanda... No sé por qué te has convertido en esto…

     —¡¿Por qué me llamas Amanda?! ¿Y esto, qué? ¿Qué quieres decir con “ésto”?

     Se miraban a los ojos, iracundos, cuando la puerta de la suite se abrió y apareció Sharon, la asistente personal de Mandy.

     —Lo siento —dijo la chica al darse cuenta que acababa de aparecer en un momento inoportuno—. Pero tienes una entrevista para la CMT en media hora, Amanda…

     Mandy volvió su atención hacia Jordan tras fulminarla con los ojos. Él mantenía la vista baja, y era evidente que estaba realmente enojado; sus mandíbulas parecían a punto de quebrarse de tan tensas, y cuanto Mandy más lo miraba, menos comprendía. Llevaban siglos juntos. Mucha gente había ido y venido en los últimos cinco años. Pero que Jordan se fuera, era algo que nunca se le había pasado por la cabeza.

     —¿Le digo a Sue que venga a maquillarte? —se animó a decir la joven, violenta.

     Mandy apretó los párpados, y contó hasta diez. Luego, se volvió hacia su asistente.

     —¿Quieres hacer el favor de dejarnos?

     Jordan vio a Sharon ponerse roja y desaparecer sin decir ni mú, y a Mandy, enfrentarlo sin miramientos:

     —¿En qué me he convertido según tú?

     —En alguien que pudiendo tener una vida de película, tiene una vida de mierda… —sentenció él, con dureza—. Podrías ser una reina, tener el mundo a tus pies y lo único que tienes es un ejército de chupa-sangres que no paran en tu cama ni siquiera lo bastante para calentártela…

     Mandy tragó saliva. Dolía oír tantas verdades. De su boca, infinitamente más.

     —Tienes razón, Jordan. Es mejor acabar con esto cuanto antes —dijo y se aseguró de mirarlo a los ojos mientras hablaba—. No quiero que te quedes hasta fin de mes. Explícale a Sharon lo que haga falta, y vete. Mañana ya no quiero verte en mi equipo, ¿está claro?

     Jordan respiró hondo.

     —Perfectamente —respondió, y cerró la puerta detrás de él.

     Mandy se quedó mirando la puerta cerrada.

     Se dio cuenta de que le costaba respirar. Y que los ojos se le habían llenado de lágrimas.

     Y que no sabía por qué.

     Simplemente, no podía evitarlo.




© 2007 Patricia Sutherland.