Amigos del alma



- II -




Los sucesos relatados a continuación son inmediatamente
anteriores al prólogo de la novela,
y no forman parte de la misma.





Sábado, 24 de diciembre de 2005
Cocina de la casa familiar
Camden, Arkansas



     —Bueno, yo me voy. Antes de mediodía estoy de vuelta —dijo Gillian apurando su café.

     John levantó la vista del periódico.

     —¿No esperas a Jason?

     Ella sonrió socarrona.

     —Si no se ha levantado a estas horas, es que está como un tronco. —Recuperándose de una noche agitada.

     —Jason está aquí —dijo el aludido repartiendo besos a su padre y su madre, con actitud desenfadada.

     Y unas sospechosas ojeras.

     —Tarde —apuntó Gillian. Él le guiñó un ojo y se acercó a besarle la mejilla—. Así que mejor quédate y desayuna bien, no sea que te desmayes...

     Eileen miró a su hijo con cariño. Todos los años acompañaba a Gillian a ver a su madre y ninguna Victoria del mundo iba a impedir que este año también lo hiciera. Y Gillian, aunque bromeara al respecto, también lo sabía.

     —Mujer de poca fe. ¿Creías que te iba a dejar colgada?

     No exactamente. Más bien pensaba que Victoria lo tendría atado de pies y manos a la cama para azotarlo a gusto. Tenía toda la pinta de ser de las que disfrutaban del sexo duro, pero como no podía pensar en voz alta, hizo adiós con la mano y enfiló para la salida, seguida de un Jason que acostumbrado a leerle el pensamiento, se partía de risa.

     —La que te va a colgar va a ser Victoria cuando se entere, campeón, y mejor no te digo de dónde —le contestó mientras se ponía el abrigo, cuando ya estaban en el porche—. Además... ¿no te vendría mejor descansar? Estás hecho polvo...

     Jason se cerró la cazadora hasta arriba. Se limitó a quitarle las llaves del Jeep y encaminarse hacia el garaje con su sonrisa de ganador. Gillian lo siguió con resignación.

     Él se montó del lado del conductor; ella, por descarte, a su lado.

     —Tu chica se va a cabrear, lo sabes ¿no?

     Lo vio completar la maniobra y ponerse en marcha como si tal cosa. Lo cual, por un lado le gustaba y por otro no.

     Ir a ver a su madre a la residencia para ex-alcohólicos donde estaba internada era un trago. Muchas veces, dudaba que fuera capaz de pasar por eso sin él. Pero este año no era como otros. Estaba Victoria.

     —¿Jay...? —insistió ella.

     —Jason Brady no tiene chica, en todo caso chicas —enfatizó el plural, la miró vanidoso—. Y ésta en particular está más hecha polvo que yo... Seguro que cuando volvamos todavía sigue durmiendo a pata suelta.

     O cargando la bomba atómica, pensó Gillian. Porque ni el mejor sexo del mundo compensaría la rabia evidente que le provocaba a aquella mujer verlos juntos, con lo cual cambiaría los misiles anti-Gillian por fusión nuclear estropeando aún más, si es que eso era posible, unos días que ella esperaba como agua de mayo todo el año.



* * * * *

     Este año, el trago tampoco había sido como los otros. Esta vez había sido mucho más amargo.

     Cada día que pasaba Gillian tenía más claro que el universo compensaba siempre. Para lo bueno, y también para lo malo.

     Mientras había habido elección, su madre biológica se había decantado siempre por una mala vida, y ahora ya no podía elegir: su muerte iba a ser igual de mala. Ni el trasplante de hígado había logrado devolverla a una existencia más o menos normal. Para completar el cuadro, sus riñones habían colgado las botas y necesitaba diálisis.

     Y Gillian, ganar la lotería. ¿De dónde iba a sacar más dinero? Solo la estancia en la clínica se llevaba la mitad de su sueldo y aún le quedaban un par de años para terminar el crédito con que había costeado la intervención quirúrgica del hígado nuevo... Bueno, ya pensaría en eso después de las Fiestas. Ahora, no.

     —¿Qué tal por la Luna? —preguntó Jason revolviendo su café. Desde que habían entrado a la cafetería, aparte de para pedir, ella había dicho poco. Estaba como ausente, lo que no le extrañaba nada teniendo en cuenta la noticia que acababan de darle.

     Gillian sonrió socarrona. —No te preocupes, no pensaba en Jeffrey.

     —No pensarás en él pero anoche lo invitaste a cenar.

     Ella lo miró con una mezcla de incredulidad y burla. Poco menos que la había metido a la fuerza en la cafetería sabiendo que Victoria ya estaría levantada y atacada de los nervios...

     Pero allí estaba él, hablándole del último hombre con el que Gillian se plantearía tener algo. Cosa que también sabía perfectamente.

     —¿Por qué no me lo dices de una vez?

     Jason sonrió, y después de unos instantes asintió.

     —Déjame ocuparme de lo que cueste la diálisis.

     Ni lo sueñes, papá oso. Iba a decirlo, pero él se adelantó.

     —Entre tú y yo no hacen falta explicaciones así que no digas nada. Acéptalo y en paz —ella lo miró con cariño, pidiéndole con los ojos que no la pusiera en esa situación; él negó con la cabeza—. Esta vez no cuela, esta vez quiero oírte decir "vale, Jay" y no vamos a irnos hasta que lo oiga —sonrió—, así que tu verás...

     Para ella era un regalo tenerlo en su vida y se lo decía a menudo. Pero por lo visto, para él no era bastante. No se conformaba con ser el mejor amigo, también quería ser su ángel guardián. Y como era perseverante y tenaz, nadie podría impedirle que se saliera con la suya.

     Ni siquiera ella.

     —Te voy a devolver hasta el último centavo.

     Él la miró con una sonrisa vanidosa.

     —Dilo.

     Gillian sonrió, meneó la cabeza. —Vale, Jay.

     —¡Guay! —dijo él y soltó un puñetazo triunfal.

     —Venga, chaval —Gillian le palmeó el hombro y se puso de pie—, vámonos a casa que a ti la tormenta que te espera también es "guay".

     Él dejó un billete sobre la mesa y la siguió hacia la salida satisfecho de que por primera vez hubiera aceptado ayuda económica de su parte.

     Al contrario que a Gillian, no le preocupaba en lo más mínimo lo que le esperara en casa. Llevaba capeando esa clase de tormentas toda la vida.

     Estaba acostumbrado.



* * * * *

     Eléctrica y de las buenas, la tormenta se desató en la cocina justamente cuando el Jeep de Gillian doblaba el recodo del camino.

     —¿Jason no está?

     John miró a Victoria contrariado. Todos los veinticuatro por la mañana su hijo acompañaba a Gillian a visitar a su madre. ¿Cómo era tan descortés de traer una invitada, saber que no estaría cuando ella despertara y ni siquiera advertírselo?

     —No me lo digas —se quejó John, incapaz de creer la desconsideración extrema de Jason—. No te ha comentado nada ¿no?

     Shannon se concentró en su café. Que la perdonaran, pero a ella la situación le causaba una gracia tremenda. John lo pasaba mal con las actitudes de su hijo mediano hacia las mujeres, hasta el punto de sentirse abochornado. Era como si siempre lo tomaran por sorpresa, algo que no dejaba de parecerle irónico porque aunque Shannon solamente lo conocía desde hacía un año, el quarterback, tan pronto verlo, le había dado la impresión de ser, como bien decía su marido, un desastre con piernas.

     Y lo de Victoria era de chiste. Como mujer sabía que lo que a ella la enervaba no era que Jason no estuviera en casa -seguro que estaba habituada a su ir y venir-, sino intuir que estaría con Gillian. Su frase "así que tú eres la famosa Gillian" había sido una indicación bastante clara de que mucho antes de conocerla en persona ya estaba harta de oír su nombre.

     —¿Qué tenía que comentarme?

     —En estas fechas Gillian tiene que hacer unas cosas en la ciudad y Jason suele acompañarla. —No "solía", la acompañaba siempre.

     Truenos, rayos y centellas salían de los ojos de la rubia escultural cuando volvió a hablar.

     —¿A si? Y... ¿tardan mucho en hacer esas cosas?

     John miró el reloj y con alivio estaba a punto de decir que ya no podían tardar, cuando una bola de nieve se estampó contra la ventana de la cocina.

     A continuación empezaron a oírse las carcajadas de Jason y Gillian provenientes del jardín.

     John y Shannon salieron al porche a ver a dos adultos disfrutando como niños en medio de la nieve que se había adelantado veinticuatro horas a las previsiones meteorológicas.

     Victoria se limitó a acercarse a la ventana y mirarlos desde allí.

     Justo a tiempo para ver como el hombre con el que había pasado la noche, resbalaba y caía al suelo de espaldas.

     Con su amiga del alma encima.




© 2008. Patricia Sutherland







Amigos del alma,
una historia de almas gemelas