Amigos del alma



- III -


Los sucesos relatados a continuación son inmediatamente
anteriores al prólogo de la novela,
y no forman parte de la misma.





Sábado, 24 de diciembre de 2005
Casa familiar, Rancho Brady
Camden, Arkansas



     Volver a ponerse de pie no resultó cosa fácil, especialmente porque no podían parar de reír. Para cuando Jordan se cogió a la farola preparado para tirar de Jason, los dos juerguistas yacían boca arriba, sobre el suelo congelado del jardín, reuniendo fuerzas para volver a intentarlo.

     —SWAT, gracias Dios —dijo Jason riendo—. Se me estaba helando el culo. Si esperábamos a que esos dos vinieran a echarnos una mano, nos íbamos a quedar pingüino...

     "Esos dos" eran Shannon y John que observaban risueños desde el seguro cobijo del porche sin intenciones de bajar, entre otras cosas porque ambos estaban en pantuflas.

     Dentro de casa, en cambio, la cosa estaba que ardía. Cuando los tres hombres y las dos mujeres entraron en la cocina, los ojos de Victoria se desplazaron de Gillian a Jason y se quedaron ahí.

     Todos encontraron alguna razón para desaparecer de inmediato menos Jason, que con toda la naturalidad del mundo abrió la nevera, sacó un bote de Aquarius y se dedicó a beber sediento bajo la mirada eléctrica de Victoria.

     —Me has dejado sola.

     Él bajó el bote, la miró con el ceño fruncido. Aquel era su tono telegráfico de mujer ofendida. Pero no era ni medianoche cuando él había perdido ya la cuenta de sus orgasmos ¿de qué coño se quejaba?

     —Te dejé de cama —sonrió usando su sexappeal para quitar hierro al asunto—. Estabas dormida, me dio no sé qué despertarte.

     Pero no fue suficiente sexappeal.

     —O preferías ir solo y no querías tener que decírmelo —su tono de voz pasó de ofendida a enojada—. No invitas a alguien a tu casa y luego te largas y la dejas sola en medio de desconocidos. Fue una grosería.

     Y ahora iba a haber mucho más hierro que quitar porque Jason bebió lo que quedaba, tiró el bote a la basura y habló mientras se dirigía tranquilamente hacia la puerta de la cocina.

     —Estás en un paraíso, ¿por qué no te relajas y disfrutas?

     En el pasillo, unos pies se movieron precipitadamente. John y Jordan se metieron en el salón. Desde allí no se oía tan bien pero al menos Jason, que estaba a punto de salir de la cocina, no los vería.

     —Te juro que no me explico cómo tiene tanto éxito tratándolas como las trata... —comentó John en voz baja.

     Jordan soltó una carcajada que a punto estuvo de delatarlos. No lo dijo con palabras pero lo miró de una forma tan gráfica que John apartó la vista.

     —Hace cuarenta años a un hombre así no se le habrían acercado ni las moscas —añadió molesto.

     "Ya", pensó Jordan, "pues ahora hasta las moscas se pegan con las mujeres por acercarse primero".



     A Victoria no le parecía un paraíso y por descontado, no estaba disfrutando.

     Odiaba tener tanta gente alrededor todo el tiempo, que se le hundieran los tacones de sus carísimos zapatos en el barro cada vez que intentaba asomar la nariz fuera del porche y desde luego, no estaba acostumbrada a que sus novios mostraran más interés por acompañar a sus amigos a "hacer cosas" que por estar con ella.

     Lo detuvo por el brazo sin ninguna delicadeza. Jason miró la mano que intentaba retenerlo y meneó la cabeza.

     —No me des la brasa —replicó y se volvió con brusquedad, obligándola a quitarle la mano de encima. La miró desde su envergadura de gigante con actitud desafiante—. Me paso el año deseando que llegue Navidad para venir a mi casa y estar con mi gente. Que esta vez tú también estés no va a cambiar las cosas ¿vale?

     Mi casa, mi gente, mi,mi, mi... Cerdo egoísta.

     Y mentiroso, porque entre lo que él llamaba genéricamente "mi gente", había quién era algo diferente.

     Bien diferente.

     —¿Ella es "tu gente"? Creí que era huérfana.

     Vio la expresión de él seria como nunca. Y por un instante pensó que le daría la excusa que necesitaba para decirle con todas las palabras lo que pensaba de él, de sus presentaciones y de su "querida Gillian".

     Pero no ocurrió así.

     —Fin de la conversación —dijo Jason definitivo, y abandonó la estancia.



     Desde el salón, John y Jordan oyeron la puerta principal que se cerraba de un golpe seco.

     Y a continuación, unos tacones taladrando los peldaños de madera que llevaban a la planta alta.



* * * * *

     Jason sacó el móvil y marcó una memoria mientras le guiñaba un ojo a su madre que a su lado, miraba cómo el hermoso caballo color canela hacía besar el polvo por turno a tres de los mejores adiestradores del estado. Un poco más allá, Mandy, Patty y los dos más pequeños de la familia subidos a la cerca de madera festejaban los esfuerzos del capataz por no rodar entre sus patas.

     —¿Dónde andas? Rick acaba de salir volando y me parece que el siguiente es mi hermano... ¡Joder con el caballito de las narices!

     Sí, a Gillian ya le habían contado las hazañas del alazán de malas pulgas al que muy convenientemente su dueño había bautizado Furia.

     "Me imagino. Lleva tres días sacudiendo a todo el que intenta montarlo", escuchó que ella contestaba sin la menor alusión a dónde estaba.

     Jason decidió reformular la pregunta.

     —¿Qué estás haciendo?

     —Y a tí que te importa, cotilla —replicó ella.

     Jason bajó la vista, mantuvo la sonrisa.

     —Si no fuera porque tu profe de chino mandarín está aquí, ya sabría la respuesta...

     Las carcajadas que le llegaron del otro lado de la onda fueron muchas y auténticas. Así apodaba Jason al zalamero de Jeffrey a raíz de una conversación muy tonta que habían tenido hacía meses. El apodo le resultaba gracioso pero la repetida insinuación de que ella pudiera tener algo con aquel moreno mira-culos, directamente la hacía desternillar.

     Jason miró al pasar a su madre y notó que ella no le perdía pisada, pero continuó hablando.

     Notaba bien.

     Durante años Eileen había presenciado en vivo y en directo las interacciones de su hijo y aquel ángel de pelo largo con quien hablaba. No habían sido tantas, Jason llevaba años fuera del rancho. Sin embargo, todas habían sido cara a cara. El teléfono añadía complicidad a una conversación, en principio, privada.

     Pero en realidad, sólo era parcialmente privada: Eileen estaba allí, a escaso metro. No participaba de ella pero oía a su hijo, y lo más importante, podía verlo. Veía el brillo de sus ojos, los pequeños matices de su sonrisa...

     Las palabras le eran familiares, el ánimo general de la conversación también. El lenguaje corporal, no. Este era el hombre, no el amigo. Aunque ni Jason ni Gillian se dieran cuenta.

     O jugaran a no darse cuenta.

     —Está en la granja, ya viene —comentó él tras acabar de hablar con su amiga. Volvió a guardar el móvil en el bolsillo de atrás de sus tejanos mientras veía a Jeffrey refregarse el trasero con gesto de dolor—. Ese caballo va a dejar a todo el mundo sin poder sentarse una semana...

     Eileen estaba de acuerdo. Aunque no era el único recién llegado que se mostraba deseoso de patear traseros.

     Pues tú ten cuidado —dijo mirándolo traviesa—. Victoria da la impresión de tener tan malas pulgas como Furia.

     Jason volvió la cara con una sonrisa. Su madre, la inocencia personificada, le estaba soltando indirectas de doble lectura y ahora hacía que miraba lo que pasaba en el ruedo.

     —Es una amiga.

     —Por favor, Jason.

     ¿Por favor, qué? Él se dio la vuelta de espaldas al ruedo y se acercó un poco a su madre. Ella sonreía con las mejillas coloradas.

     —Oye...

     —No creo que ella piense que para ti "solo es una amiga", pero lo que sí está claro es que para ti no es ni eso —Jason frunció el ceño, lo que a Eileen le pareció una prueba más de su estado de memez profundo, aunque esperaba que no irreversible—. Como sigas ignorándola, te la va a organizar, y con razón. ¿Crees que podrías ahorrarnos a todos el mal momento, por favor?

     —Yo no la ignoro —replicó él riendo incrédulo—, soy el de siempre...

     Precisamente. Era el de siempre, haciendo lo de siempre: pegarse a Gillian, o ella a él, y dedicarse a su interminable "lista de cosas divertidas que hacer en familia", que al final acababan haciendo solos porque a mitad de lista, a nadie le quedaba energía para seguirlos.

     —¿Entonces por qué no la llevas contigo esta tarde, cuando os vayáis a "patear monte" con los niños?

     Se refería a los paseos de medio día por los alrededores con que Gillian y él hacían que los más pequeños se airearan durante el tiempo frío en que las actividades al aire libre se reducían drásticamente.

     La risotada socarrona de su hijo respondió antes que sus palabras.

     —Victoria lo único que patea es Sunset Boulevard, mamá.

     “Hasta ahora”, pensó Eileen, y si fuera él, no se fiaría.

     —Pues entonces cambia el plan, haz algo en lo que ella pueda participar —preferentemente, distinto de lo que habían compartido la noche anterior. Sonrió pícara—, después de todo es tu invitada...

     Una imagen del único plan que le apetecía con Victoria, atravesó la mente de Jason. Por suerte, recordó a tiempo que no hablaba con Gillian sino con su madre y rectificó el rumbo de sus pensamientos.

     —Ya encontrará algo divertido en qué ocupar el tiempo.

     Qué diferente a su hermano era Jason... Y a su padre. Era un hombre atractivo e inteligente y no era amor de madre, estaba siendo completamente objetiva. Como persona era un buen prototipo Brady, aunque todavía en pruebas. Como hombre, muy a su pesar, Eileen le daba un suspenso. No podía ser tan ciego como para no darse cuenta de que Victoria estaba tomando su presencia entre los Brady como un gesto de formalidad por parte de él, pero sus intenciones reales no tenían nada que ver con eso. ¿Le daba igual hacerle daño? Se negaba a creer que su egoísmo pudiera ser tal, pero...

     —Dime Jason —empezó a decir Eileen pero al volver la cara para mirar a su hijo comprendió que iba a tener que averiguarlo en otro momento. Él sonreía a Gillian que acababa de aparecer por una de las puertas del circuito cerrado de prácticas y trotaba hacia donde se encontraban ellos.

     Y por otra, al otro extremo, también aparecían John y Jordan.

     Andando, uno a cada lado de Victoria.

     Los niños vieron a Gillian casi al mismo tiempo y corrieron hacia ella a recibirla. Fue cuando alzaba al más pequeño que ella vio a la modelo de vaqueros y zapatillas con una sonrisa que dejaba bien claro que ya se había percatado que montando numeritos no iba a recuperar la atención del quarterback.

     Un instante después que Victoria se abriera la cazadora, Gillian disimuladamente, espió a Jason por el costado de la cabeza de Timmy.

     Pero con aquel escote de vértigo, sin ninguna duda, acababa de hacerlo.



* * * * *


Domingo, 25 de diciembre de 2005
Cuadra del Rancho Brady
Camden, Arkansas


     Mark y Shannon acababan de llegar al establo donde la mayoría de los jinetes estaban ya preparando sus caballos, dispuestos para la segunda tradición Brady navideña: el paseo matinal a caballo por la orilla del Ouachita.

     Aunque al paso que iban, típico de una pareja enamorada más preocupada por hacerse carantoñas que por lo que ocurría alrededor, aún tardarían en recorrer la distancia que los separaba de los demás.

     Gillian miró a Jason sonriendo y le habló bajito.

     —Los tortolitos acaban de hacer su aparición triunfal…

     Jason ajustó la cincha de su caballo mientras les echaba un vistazo rápido.

     —Mark tiene cara de querer hacer otra cosa —movió las cejas sensualmente—, distinta de pasear a caballo.

     Mark, no obstante, detectó la mirada e imaginó los comentarios.

     —¿Qué? —dijo sacando su caballo y el de Shannon de sus cubiles—. ¿No estarás demasiado cansado para montar a caballo, machote?

     “Agotado más bien”, pensó Gillian. Seguro que Curvas Peligrosas lo habría tenido en vela media noche.

     No lo dijo. En cambio se dedicó a observar a los dos hermanos.

     Jason miró a Mark, desafiante. —Para nada. ¿Y tú?

     —Fresco como una rosa, tío —contestó Mark sonriendo—. ¿Dónde la has dejado? ¿No le gusta montar —hizo una pausa con toda la intención y cuando vio a Shannon volverse muerta de risa, acabó la frase— a caballo?

     Jason asintió sonriendo desafiante; Gillian enterró la cabeza en el cuello de su caballo, llorando de risa. “Lo que a Victoria le gustaba montar no eran caballos”, pensó, y como siempre, calló.

     —No sé ni voy a averiguarlo, tío —retrucó Jason, desafiante—. La naturaleza salvaje no es lo suyo, no sé si me entiendes…

     El comentario que siguió sacó carcajadas, especialmente porque no fue de Mark.

     —Pues tiene pinta de ser bastante salvaje —dijo Shannon—, ya sabes, de forma natural…

     —Mírala —dijo Jason todavía riendo—, y parecía tan modosita ella…

     —¡Menos cháchara y vámonos ya! —intervino el más pequeño de los dos hermanitos—. ¡Va a ser primavera cuando lleguemos al río!

     —Faltan Mandy y Jordan, chaval —dijo Patty, con actitud de persona mayor, mientras acariciaba el regalo de Navidad súper especial que le había hecho su padre de acogida: un cachorrito de Husky de apenas unas pocas semanas–. Así que tómatelo con calma…

     Mark decidió tentar al demonio.

     —Lo que me parece que no le va es que te pires con Gillian y no la lleves —dijo como al pasar. Le guiñó un ojo a Shannon que lo miraba meneando la cabeza incrédula. Los dos hermanos vivían picándose mitad en broma, mitad en serio—. Yo que tú, le preguntaría si le apetece venir. Por si las moscas, ya sabes…

     Jason miró de reojo a Gillian. Ella continuaba ocupada con la montura de su caballo, tan normal.

     No eran celos. ¿Cómo iba a tener celos de otras semejante pedazo de mujer? Y además, de última, le daba igual. Su único punto en común era la cama, Victoria lo sabía y nunca le había importado.

     Jason acabó de preparar su caballo y montó. Miró a su hermano sonriente.

     —Yo que yo, no.



* * * * *

     Pero en un ejemplo más de que entre lo que los hombres piensan que a las mujeres les importa, y lo que a ellas les importa realmente suele haber millas siderales, Jason se equivocaba.

     Por partida doble.

     Ni Victoria creía que el sexo fuera el único punto en común entre ellos, ni le daba igual.

     Había aceptado la gran parcela de su vida que Jason se negaba a compartir con ella porque creía que era la típica rebeldía masculina a ceder terreno y que al final, conseguiría domesticarlo.

     Craso error.

     Victoria escuchó con la mayor calma que pudo, la explicación de John y Eileen Brady de por qué aquella casa que siempre estaba llena de gente, lucía tan desértica cuando ella bajó a desayunar la mañana de Navidad. Luego, dio media vuelta y regresó a su habitación a hacer las maletas.

     Jason no tenía ningún problema con ceder terreno porque alguien ya se había tomado el trabajo de domesticarlo, aunque evidentemente él no se había dado cuenta.

     El problema era que “ese alguien” no era ella.

     Pero antes de largarse de aquella casa de locos, Victoria iba a darle dos buenas estocadas a su gran vanidad.

     Uno, convertirse en la primera mujer que cortaba con Jason Brady.

     Y dos, quitarle las telarañas de los ojos.




© 2008. Patricia Sutherland







Amigos del alma,
una historia de almas gemelas