Amigos del alma



- I -


Los sucesos relatados a continuación son inmediatamente
anteriores al prólogo de la novela,
y no forman parte de la misma.






Viernes, 23 de diciembre de 2005
Rancho Brady
Camden, Arkansas



     Todo estaba listo desde hacía una semana: el pino natural completamente decorado dominando el salón, los adornos navideños, las luces que convertían la enorme casa victoriana en una gran marquesina al mejor estilo Hollywood... Este año parecía que hasta el clima iba aliarse: los partes meteorológicos anticipaban grandes cantidades de nieve para la mañana del veinticinco para que los niños pudieran construir su propio Papá Noel en el jardín.

La Navidad era el momento más esperado del año para los Brady porque era el único que todos sin excepción marcaban en su agenda como "de vacaciones en casa". Podía variar dónde estuvieran el día anterior, dónde estarían veinticuatro y veinticinco, no.

Para Gillian, además, era una época especialmente entrañable. Otra navidad, de hacía muchos años, la vida le había hecho el mejor regalo del mundo, esa familia.

     Mandy y Jordan ya estaban en casa. Sólo quedaba Jason que estaría a punto de llegar. Desde que se había levantado, a las siete de la mañana impaciente porque el día empezara, Gillian tenía una sonrisa que no se le quitaba con nada.

     Volvió a echar un vistazo a la hora. Seis y cinco. Bueno, eso quería decir que Jason le había hecho caso y cogido un avión. El tiempo no estaba como para hacer tantos kilómetros en moto.

     Aprovechando que le quedaba de camino, entró en la espaciosa leñera que había cerca de la casa y acomodó unos troncos en una pila pequeña y ordenada. Fue cuando se agachó para cogerlos que oyó una voz familiar que le decía una frase también familiar.

     —Con semejante visión podría despedirme del mundo ahora mismo. Moriría feliz.

     No caería esa breva, pensó Gillian, su destino era seguir siendo la razón de los desvelos de ese trovador con sombrero y botas de cowboy. Por lo menos de boquilla.

     —¿Todavía aquí a estas horas?

     Jeffrey se acercó a Gillian dispuesto a tomar partido de la rarísima ocasión que se le ofrecía de conversar a solas y fuera de horas de trabajo con una mujer que todos los empleados de ese rancho tenían en el punto de mira.

     —Por suerte para tí —dijo con una sonrisa cautivadora mientras cargaba la leña.

     —En ese caso... —iba a darle al trovador otra razón para desvelarse, algo más dolorosa. Añadió unos leños más a la pila que Jeffrey cargaba. Él meneó la cabeza pero aguantó la sobrecarga sin decir ni pío—, me aprovecharé de un chico tan galante y tan fuerte para ahorrarme un viaje.

     Gillian lideró el camino hacia la casa y también la conversación.

     —Me dijo Mark que hoy te han tirado tres veces...

     —¿También te dijo que a él lo han tirado dos?

     Gillian lo miró sonriendo. Mark y él llevaban compitiendo por todo desde el primer verano de Jeffrey en el rancho, hacía años. Furia, un alazán fiero que otro ranchero de la región les había dejado hacía un par de días a ver si lo adiestraban, no había respetado ninguna jerarquía: había hecho dar con los huesos en el suelo al mismísimo John Brady.

     —Bueno, habrá que ver quién consigue montarlo ¿no?

     —Si no quieres perder te aconsejo que apuestes por mí. Soy especialista en caballos salvajes y las ingenieras agrónomas también se me...

     Jeffrey continuó hablando, pero la atención de Gillian que casi nunca estaba en él, ahora definitivamente estaba en otra parte.

     Aquella figura tamaño doble XXL enfundada en cuero negro que se bajaba de una Harley azul metalizado era el insensato de Jason que había pasado olímpicamente de hacerle caso.

     La tromba de pies a la carrera y gritos eran Matt y Timmy atravesando el porche como una exhalación para dar la bienvenida a su tío.

     Y el Mustang rosa que aparcaba detrás, junto a la farola... ¿De quién era?

     Alta, rubia, con más curvas que una carretera de montaña...

     Y una minifalda tan mini que hasta a Gillian se le helaron las piernas solo con verla.

     Estaban a cero grado, por amor de Dios.

     Las caras del resto de la familia que ya estaba en el porche decían lo mismo.

     Aunque no era lo único que decían.

     Pero Jason parecía más interesado en el moreno que no perdía la sonrisa tonta ni aunque el peso de la leña lo estuviera doblando.

     —Trae —dijo el quarterback cogiendo sin esfuerzo la carga antes de que Jeffrey tuviera tiempo de decirle nada—. No sea que te lesiones...

     —Eso ni lo mentes —intervino Mark por decir algo—. Tengo a media plantilla con gripe...

     Nadie rió el comentario del hermano de Jason, apenas unas muecas que no llegaban a sonrisa.

     La de su padre, era indetectable cuando habló.

     —Jason, ¿por qué no nos presentas a tu invitada?

     —Claro, sí... —la miró sonriendo—. Es Victoria, una amiga.

     Los sapos y las culebras que amenazaban con saltar de los ojos de la mujer comunicaron que esa presentación no le parecía adecuada. Gillian saltó al ruedo con una sonrisa a salvarle la cara a su mejor amigo por millonésima vez.

     —¡Al fin te conocemos! —le dio un beso en la mejilla, y se apartó antes de que el perfume dulzón la noqueara—. Yo soy Gillian.

     Victoria la miró como si fuera un ser inferior. A simple vista la única característica que le dio a entender que se trataba de un ejemplar de hembra humana —y no un mutante intergaláctico— era aquella cabellera tan poblada como pasada de moda. Le parecía increíble que hoy en día una mujer soltera de menos de treinta pudiera ir de zapatillas y a cara lavada en un lugar donde estaba rodeada de sementales.

     —Así que tú eres la famosa Gillian...

     ¡Au!, el tono fue el equivalente auditivo a un perro mordiéndole sus partes nobles.

     —¿Famosa, yo? —replicó, risueña—. La famosa de la familia es esta señorita —tiró de Mandy para que ella se acercara a saludar—, y no solamente porque canta como los dioses. Su novio está de toma pan y moja...

     Jason soltó la leña a un costado y se apoyó contra la farola sonriendo.

     Conociendo a Gillian, las presentaciones durarían un buen rato.



* * * * *

     Pero no tanto como la bendita sobremesa...

     Gillian entró a la cocina y cerró la puerta. Soltó un suspiro de alivio. Estaba acostumbrada a caerle fatal a todas las chicas de Jason, pero lo de Victoria era exagerado. Se había pasado toda la cena soltándole misiles con sus ojos cargados de pintura. Y ella, intentando evitar que hiciera diana.

     Y no llevaba ahí más de dos horas... ¿hasta cuándo se quedaría?

     Jason entró prácticamente detrás de Gillian. También cerró la puerta, y se quedó apoyado mirando a su amiga con cara de “¿qué te traes entre manos?”.

     —A tu chica no le va a gustar nada, campeón, así que vuelve al salón y ocúpate de ese toro que es tooodo tuyo.

     —No es mi chica y hablando de toros en el salón ¿qué hace Jeffrey ahí?

     Ella le regaló una sonrisa socarrona por encima del hombro. No es que le gustara precisamente la idea, pero Eileen la había puesto contra las cuerdas con su comentario de "hace frío aquí fuera, Gillian ¿por qué no invitas a Jeffrey y pasamos todos dentro?".

     —¿Y tú que crees?

     Estaba clarísimo lo que hacía: pringarla de babas. Entre los misiles de Victoria y los piropos de Jeffrey le estaban arreglando el día.

     Jason se cruzó de brazos, se quedó mirándola preparar una bandeja con café y tarta. Estaba siendo escueta a propósito.

     —No puedo creer que hayas invitado a cenar en casa a un empleado del rancho...

     Ni ella que Jason hubiera estropeado unos días tan especiales trayéndose a casa a alguien que encajaba tanto allí como una princesa árabe en un McDonald's.

     —Bueno —dijo sonriendo con segundas—, es Navidad, ya sabes. Se ve que a los dos se nos dio por compartir nuestro panes con los más necesitados.

     Él soltó la risa.

     —Ese no quiere pan.

     —Tu chica tampoco.

     Jason asintió con la cabeza varias veces. Gillian continuaba siendo escueta.

     —No es mi chica.

     Ya, ¿y entonces qué hacía en el salón? Gillian se apartó el cabello de los hombros y cogió la pesada bandeja, dispuesta a volver a ponerse bajo fuego enemigo, qué remedio. Él no se movió de la puerta, pero le sacó la bandeja de las manos y se quedó con ella.

     —¿Estás saliendo con él?

     Gillian lo miró divertida. Tenía a toda la familia preguntándose qué había cambiado tanto en su vida como para presentarse en casa, nada menos que en Navidad, con una señorita del brazo, pero él estaba ahí como si todo fuera tan normal.

     Haciendo preguntas la mar de tontas.

     —No es mi chico —se limitó a contestar con una sonrisa radiante, y cogió el pomo de la puerta instándolo a apartarse.

     Victoria tampoco la suya pero se acostaban, pensó Jason. Lo cual le cuadraba porque la nena era un cañonazo. No pasaba igual con Jeffrey que no estaba lo bastante cachas para interesar a Gillian. Ni en físico ni en cerebro.

     Para su desgracia, además era un empleado del rancho.

     Y no era rubio.

     Demasiadas pegas...

     —Ya me parecía —dijo él con una sonrisa que no le entraba en la cara. Y abrió la puerta para dejarla pasar.

     Ella sonrió resignada. Lo de Jason no tenía arreglo así que usó los escasos segundos que le quedaban para reunir coraje y volver al campo de tiro que había en el salón, en el que ella hacía de blanco móvil.




© 2008. Patricia Sutherland







Amigos del alma,
una historia de almas gemelas