Amigos del alma




Prólogo




Domingo 25 de diciembre de 2005
Porche de la casa familiar, Rancho Brady
Camden, Arkansas


     Cuando Jason volvió de dar su paseo a caballo con Gillian y sus hermanos, Victoria no solamente se había levantado ya; también había hecho el equipaje.

     Él se recostó contra el marco de la puerta que estaba abierta y miró los bolsos y luego a la modelo, con el ceño fruncido.

     —¿Pasó algo? —preguntó con tono preocupado.

     —Pasa que me voy.

     —Eso ya lo veo —Jason se cruzó de brazos. La preocupación había cedido terreno a la molestia—. ¿Crees que podrás decirme por qué a la primera o esperas que, como siempre, lo adivine?

     Victoria empezó a ponerse el abrigo intentando no perder los nervios. Realmente, muchas veces, y ésta sin duda era una de ellas, le parecía que él no hacía ningún honor a su coeficiente intelectual.

     —No sé qué juego te traes entre manos Jason, pero conmigo te has equivocado de medio a medio. Creí que después de cinco meses juntos empezabas a pensar en cosas serias. Ya veo que me equivoqué. Las cosas serias que te traes, no te las traes conmigo.

     —¿Se puede saber de qué coño hablas?

     —Hablo de Gillian —le soltó a quemarropa y vio que él sonreía incrédulo—. Esto no es amistad y creo que lo sabes. Así que alguien tendrá que explicarme para qué me has traído. ¿Para qué, Jason? ¿Para darle celos?

     Las sonrisas ahora eran carcajadas. Aquella mujer era increíble.

     —¿Te estás quedando conmigo? Joder, Victoria… No me digas que estás celosa de Gillian, por favor, nena…

     —Babeas por ella, Jason. Y ella por ti.

     La risa cesó de golpe mientras Victoria, cada vez más enojada, continuó.

     —Yo fui la única imbécil que te aguantó cinco meses de "Gillian esto, Gillian aquello"… "No, nena, este fin de semana voy a casa, Gillian quiere ir de acampada con los críos"… ¿no?

     —Te estás pasando. Somos amigos desde hace años. Muy amigos, nada más.

     —¿Amigos? Jason, vives hablando de ella… Y ¿sabes qué? Es tan genial, divertida y espontánea como dices. Gillian es tooodo lo que tú dices que es. Y es algo más: la única mujer que tiene tu total atención cada minuto que estáis juntos. Cuando está ella, para ti no hay nada más.

     —Chorradas —dijo él—. Joder Victoria, las mujeres sois la leche…

     Ella meneó la cabeza rabiosa y, dispuesta a acabar con aquella historia de una vez, cogió los bolsos.

     —Las mujeres sabemos al minuto cosas que los hombres tardáis semanas en saber... ¿A ti cuánto te está tomando? ¿Quince años? —se detuvo al pasar a su lado—. Pues mira, tú con tu gran cerebrito de genio todavía no te has dado cuenta de que llevas colgado de esa mujer desde antes de que te saliera el bigote…

     Jason la retuvo por un brazo. —Gillian no es eso para mí. Ni yo para ella.

     —¿En serio? ¿Y por qué? ¿Porque nunca la has tocado? —lo miró desafiante—. Suponiendo que sea cierto, debe ser lo único en lo que todavía no "os lo pasáis de miedo juntos"… En todo lo demás, sí. Para ti, Jason, nadie se compara a Gillian.

     —¿Suponiendo? —replicó él, ofendido por la insinuación que le parecía lisa y llanamente un insulto—. Por descontado que es cierto. Ella no es como tú ¿sabes? Distingue perfectamente con quien se lo pasa bien y con quien se enrolla. Y conmigo, solamente se lo pasa bien.

     —Exacto. ¿Nunca te has preguntado por qué hemos sido miles en tu cama y ninguna en tu vida? —él la miró con furia contenida—. Por eso. Porque no somos ella.



     Eileen volvió a cerrar la puerta del baño de la planta alta procurando no hacer ruido. Esperó dentro, a oscuras, hasta que oyó los pasos de su hijo bajando la escalera varios segundos después de que lo hiciera su "solamente amiga".



     Victoria salió de la casa con los dos bolsos al hombro y subió a su Mustang. No se despidió de nadie.

     Jason, con las manos apoyadas sobre la barandilla del porche, la miró alejarse mientras sus palabras continuaban resonándole en los oídos cual vinilo rayado.



* * * * *


     Gillian vio por la ventana de la cocina cómo Victoria se subía a su coche y se marchaba. Ni una mirada o gesto cariñoso a Jason que estaba en el porche, a pocos metros.

     Sabía por experiencia que él podía resultar bastante irritante: había visto escenas parecidas montones de veces. Pero considerando que la mujer en cuestión había logrado sobrevivir cinco meses a la media y tenía el gran privilegio de ser la primera que Jason se dignaba traer a casa...

     Tan pronto el coche desapareció de la vista, Gillian se puso un abrigo y salió al porche.

     —¿Qué ha sucedido? —preguntó con cautela.

     Jason la miró brevemente con los ojos brillantes. —Es una mujer. Hacéis cosas que seguramente tendrán algún sentido para vosotras. Como no soy mujer, no tengo ni idea…

     —Ya —comentó Gillian. Había ardido Troya—. Sabes que te quiero, pero escenas como estas ví muchas… ¿siempre son ellas? Quiero decir… ¿nunca eres tú?

     Jason se apoyó contra la barandilla y se cruzó de brazos. Su mirada se había vuelto mucho más brillante, desafiante. —No sé… ¿tú qué opinas?

     —¿Qué opino de qué?

     —De mí, como hombre. ¿Crees que soy un buen hombre?

     —Claro, ya lo sabes…

     —Me refiero como hombre, Gillian… ¿Crees que soy bueno como hombre, como pareja?

     —¿Quieres la verdad? —le preguntó con picardía. Lo vio asentir repetidas veces sin dejar de mirarla—. Eres desastroso.

     —Pero me quieres y conmigo estás bien ¿no?

     Gillian lo miró con cara de no entender. —Claro, pero yo no soy Victoria o Terry o Myriam o como se llame… —se apoyó en la barandilla a su lado y lo miró con cariño. Odiaba lo que estaba a punto de decir pero se lo debía—. Si te das prisa, seguro que la alcanzas… Y ya conoces el código secreto que a las chicas nos desbloquea el mecanismo…

     Jason respiró hondo y volvió la cara para mirarla. —¿Quieres que vaya a por ella y le diga “lo que tú quieras, preciosa”? ¿De verdad, quieres que haga eso?

     Notó que él la miraba a los ojos con expresión seria y concentrada, como intentando ver más allá de sus palabras. Gillian sonrió y se encogió de hombros. —¿No quieres?

     —No. Me importa una mierda lo que quiera Victoria.

     Ella asintió y se cruzó de brazos en un gesto de frío. —Me estoy helando… ¿te apetece un café?

     —Ve tú, yo ahora voy —dijo él.

     Gillian le acarició el brazo al pasar, y volvió a entrar en la casa...

     Y Jason, a ser consciente de las implicaciones de las palabras de Victoria.

     ¿Eran ciertas? ¿Era verdad que la única mujer que siempre había tenido toda su atención era esa chica menuda de cabello largo que bien podría haber sido su hermana?

     No lo creía posible.

     Pero se sentía muy raro.

     Y con la sensación intranquilizadora de que Victoria acababa de abrir la caja de los truenos.

     Porque algo sí que estaba claro: aunque ella se equivocara, las cosas entre Gillian y él, nunca volverían a ser igual que antes.

     De hecho, ya no lo eran.




© 2008. Patricia Sutherland