Primer amor




6




     Mark le había pedido a Gillian que convirtiera la muerte de la señora White en algo que los niños pudieran recordar sin dolor. Y eso había hecho.

     Los rosales arbustivos y los trepadores empezaban a llenarse de pequeños capullos de colores diversos y el aire, de aromas. La primavera se había presentado con una explosión de vida, pero en aquel espacio casi mágico, frente a la gran arcada de madera que daba paso a la alameda, donde los Brady formaban un semicírculo, lo que reinaba era silencio, uno respetuoso.

     Todos estaban allí. Habían hecho un alto en sus actividades, incluso viajado cientos de kilómetros, para estar presentes en ese momento dedicado a dos niños que ni siquiera eran de su propia sangre. El poderío de aquella gente, la capacidad que tenían de abrazar sin brazos era excepcional.

     John acababa de leer un pasaje de la Biblia que los niños, de pie a cada lado de Mark, escucharon con la cabeza gacha.

     Gillian se acercó a los dos hermanitos. Se agachó hasta estar a su altura y los miró con dulzura.

     —Seguro que la abuela se siente orgullosa de que hayáis decidido dejarla ser útil —Matt la miró con los ojos brillantes. Timmy se aferró a la pierna de Mark—. ¿Dónde estaría mejor que formando parte de esta belleza?

     Mark se arrodilló frente a los niños, les pasó un brazo alrededor del hombro.

     —Más que orgullosa. Sois dos críos fenomenales. Y le estáis haciendo un regalo muy especial a la abuela... ¿Crees en Dios? —preguntó al más pequeño, que con los ojos llorosos asintió. Mark le limpió las lágrimas con un dedo—. Entonces, ya sabes que volveréis a veros. Mientras tanto, una parte de ella siempre estará en estos rosales, y su recuerdo, siempre, siempre, aquí —dijo apoyándole la palma de una mano sobre el pecho.

     —¿Me ayudáis? —preguntó Gillian a los niños, ofreciéndoles la urna que contenía las cenizas—. ¿O queréis que lo haga yo?

     Ellos se miraron un instante, Matt fue el primero en hablar.

     —Yo lo hago... Si Timmy no quiere, yo lo hago por él...

     Al final, el pequeño se unió a su hermano y entre los dos fueron esparciendo el contenido de la urna en los cuatro hoyos profundos preparados al efecto, mientras Mark y Jason mezclaban la tierra, dejándola preparada para el trasplante.

     Cuando Shannon volvió a lo que ocurría en la rosaleda, los cuatro rosales estaban plantados por pares junto a cada lado de la arcada de madera, y Gillian hablaba con los dos niños a quienes mantenía cogidos de la mano.

     —Dentro de un par de primaveras ya casi no se va a ver la madera, solamente un arco precioso lleno de hojitas y rosas rojas de un perfume de locura... ¿Sabíais que a las rosas les encanta que les hablen? —Timmy la miró, burlón—. En serio, a estas más porque parte de la abuela está aquí... Podéis venir a verla, charlar con ella... Si ando por ahí, prometo no escuchar.

     Matt sonrió con picardía. —¿Seguro?

     —Palabra.

     —¿Nos vas a enseñar a cuidarlas? —Timmy salió de su ostracismo dejándolos a todos más aliviados. Una sonrisa feliz apareció en la cara de Gillian.

     —Claro, cuenta con eso.

     El niño asintió varias veces, pero era evidente que seguía preocupado.

     —¿Y si...? —empezó a decir, pero no continuó.

     Mark, que hasta ese momento los miraba en silencio, se inclinó y les besó la cabeza con dulzura.

     —Siempre habrá alguien cuidando de ellas si tú o Matt no podéis.

     Timmy volvió a asentir, se apoyó contra él.

     —Bueno —intervino Eileen acercándose a los dos niños—, ahora que hemos puesto a la abuela en su nueva casa ¿qué os parece un buen trozo de tarta?

     —¿De chocolate? —preguntó Matt devolviendo sonrisas a la cara de todos los presentes.

     Eileen le guiñó un ojo. —Aaah... Habrá que verlo, ¿no?

     Desde el mismo momento que los cuatro rosales de pie estuvieron en sus respectivos hoyos, Shannon se dio cuenta de que una parte de ella ya no estaba ahí. Estaba en lo que ocurría dentro de ella, en sus emociones, en sus pensamientos.

     En su madre a la que continuaba echando de menos como si no hiciera diez años que había muerto. En David y lo mucho que habría deseado haberse enamorado de él. En Cheryl y su corazón roto. En la Shannon de los pelos azules y la ropa punky, tan vital, tan apasionada, que también se había largado hacía años dejando en su lugar a esta otra, apagada, aburrida.

     Y en Mark. Había algo en él... Cuando estaba con esos niños, ajeno a lo que lo rodeaba, ocurría algo. Lo recibía alto y claro en su piel, pero no podía explicarlo. Era él, no los Brady, algo de él que conectaba con ellos de tal forma que lograba modificar las circunstancias para mejor: si había alegría, había mucha más; si había tristeza, había mucha menos. Fuera lo que fuera ese algo, estaba allí.

     Y cuando caía en la cuenta de que pensaba en el mismo engreído que le había partido el corazón...



* * *


     Mark había contado con que Shannon se quedaría a comer. Quizás incluso con que se apuntaría a una partida de billar en el Beer&Wine. Pero para variar, no había ocurrido lo que él esperaba.

     Él, personalmente, la había invitado a quedarse. Shannon había declinado de manera educada pero definitiva, tenía un compromiso.

     En otras palabras, le había dado la séptima calabaza de su vida. Y todas eran suyas, de aquella pelirroja que no le daba ni la hora. Gillian decía que tenía que haber alguna razón para tanta resistencia. A él le parecía capricho de veinteañera, pero si había algo que no soportaba era que las cosas no resultaran como él quería. Matt y Timmy hacían el reglamentario descanso después de comer mientras el resto de la familia charlaba en el salón, así que tenía un rato libre que iba a aprovechar a tope.

     Se levantó de la cama y se sentó frente a su escritorio. Abrió el portátil y se conectó a Internet.

     A ver quién era la pelirroja, aparte de una preciosidad que lo freía a calabazas.

     Se abrió en la página del buscador y en el campo de búsqueda tecleó: "Shannon O'Neil" + Solidarios. Hizo clic en “buscar”.

     Nada.

     Borró el nombre de la ONG y añadió "Camden, AR".

     La búsqueda había devuelto varios resultados. Avanzó por la página, leyendo rápidamente los textos de encabezamiento y descripción.

     Era sorprendente lo que podía aprenderse de alguien en pocos minutos: Shannon era en realidad, Shannon Diana O'Neil, había sido girlscout, había ganado en tres ocasiones la carrera de cinco kilómetros del Festival Floral del Narciso y había sido editora del periódico del instituto.

     El instituto. Hizo clic sobre el enlace, sonriendo. Como ella había sido editora del periódico, su biografía estaría ahí.

     Efectivamente.

     Mark rió. La foto no le hacía ninguna justicia, con esos rulos rebeldes mucho más largos que ahora y esos mofletes colorados. Seguro que si la veía, hacía que la cambiaran. Leyó ansioso, sonriendo. Se enteró de que durante su reinado editorial el periódico había empezado a dedicar más espacio a cuestiones de tipo social como la falta de accesos especiales para minusválidos, y medioambientales como la necesidad de que las autoridades impulsaran el uso obligatorio de papel reciclado en las escuelas.

     Saberlo no lo sorprendió en lo más mínimo, tenía toda la pinta de haber sido la típica adolescente reivindicativa pelmazo.

     Su biografía, firmada por un tal Paul Warwick, tenía mucho bla-bla-bla... ¿Quién sería ese Paul? ¿Algún admirador al que también había freido a calabazas?

     ¿Por qué pasas de mi, preciosa? ¿Me enteraré leyendo este rollo de biografía?

     Avanzó por la página en busca de algo que explicara por qué esa pelirroja se le resistía tanto.

     Algo que tuviera sentido.

     Algo como...

     Mark fijó la vista en una línea.

     "... aunque Shannon nació en Little Rock, vive en Camden desde los dos años, cuando se trasladó con toda su familia: sus abuelos maternos, Catherine y Richard, sus padres James y Diane, y su hermana, Cheryl..."

     Algo como una hermana llamada Cheryl.

     En un segundo la imagen volvió a su mente. Una de hacía un montón de años, en la que Shannon llevaba el pelo teñido de azul y no se hacía llamar Shannon, sino “Dee”, por Diana, su segundo nombre.

     —Te pillé —dijo triunfal.

     Y se recostó contra el respaldo de su silla sonriendo encantado.



* * *


     Shannon encontró a Cheryl cocinando, y bastante animada porque había encontrado trabajo.

     —Empiezo el lunes y tan pronto cobre, me busco un apartamentito.

     —Mientras sigas cocinando, no tengo prisa por que te vayas.

     Cheryl le acarició la mano por encima de la mesa.

     —Ya lo sé, eres genial, pero tú tienes tu vida...

     Shannon picoteó un trozo de galleta. —¡Puf! Tengo una vida sentimental tan ocupada que francamente... —la miró irónica—. No te preocupes, no hay ningún novio loco porque te vayas para poder meterse en mi cama de nuevo.

     —Lo tuyo con David ¿no...?

     —No —respondió Shannon, sonriendo divertida—. Él está muy bien en Nueva York, espero. Y yo sigo muy bien aquí.

     Cheryl continuó mirándola, intentando entender. Siempre le había parecido rara, desde que eran niñas. Era chica y era O'Neil, pero nunca le habían interesado las mismas cosas que a las chicas y, desde luego, no tenía las aspiraciones de los O'Neil, sino la rebeldía de las mujeres Murphy, como la abuela Cathy, con la que además compartía color de cabello y genio.

     —No entiendo cómo has podido estar cuatro años con David y dejarlo cuando te pidió que te casaras con él... ¿También lo tenías porque cocinaba bien?

     Shannon sonrió, desenfada. Ni quería hablar del tema, ni estaba por la labor de dejar que los comentarios cáusticos de su hermana le complicaran más el día. Después de todo ¿quién era Cheryl para opinar sobre relaciones de pareja, justamente?

     —No cocinaba tan bien como para quedármelo para siempre... Y además, últimamente le ponía demasiada sal.

     Su hermana le dedicó una mirada socarrona. Shannon le palmeó la mano con cariño.

     —Estoy bien, no te preocupes ¿de acuerdo?

     —¿Cómo no voy a preocuparme? ¿Cuándo fue la última vez que te desmelenaste, Shan? ¿O te pillaste una cogorza de dormir la mona dos días? ¿O te divertiste, sin más, porque sí?

     No se acordaba. Hacía siglos. Y tampoco quería hablar del tema. Pero sí había algo que le rondaba la cabeza...

     —¿Sabes a quién vi hoy? —empezó a decir Shannon picoteando la galleta. Cheryl se había levantado y preparaba café. La vio mirarla desde la mesada con expresión de “ni idea”—. Mark Brady ¿te acuerdas de él?

     Cheryl sonrió con picardía, asintió.

     —¿Sigue estando tan bueno?

     Lo hacía sin malicia. Shannon nunca le había dicho que Mark había ido con ella a aquella fiesta. Tampoco llegó a saber lo enamorada que había estado de él antes. Y después.

     —Ajá... Aunque está soltero, así que supongo que sigue siendo el mismo capullo ligón de entonces.

     —A mí me pareció un encanto —dijo Cheryl, coqueta—. Lástima que yo estuviera tan coladita por Jimmy Coach... ¿te acuerdas?

     Shannon asintió sonriendo. El capitán del equipo de baseball no solamente tenía embelezada a Cheryl, medio instituto se había aficionado al baseball solo por ver al capitán con las mallas del equipo.

     Cheryl se apoyó contra la mesada y la miró radiante. —Me llamó un par de veces, quería que nos viéramos...

     —¿Jimmy? —Shannon sonrió incrédula. Venga ya, todo el mundo sabía que era de los que las preferían mayorcitas—. ¿En serio?

     La vio sonrojarse y apartar la mirada un instante.

     —Mark —aclaró, al fin.

     Esta vez fue Shannon la que apartó la mirada. Intentó concentrarse en la galleta, en las miguitas del mantel...

     Se sentía mucho más estúpida que aquel día cuando al volver con las bebidas, se encontró a Mark flirteando con su hermana. Pensar que había sido el ego elefantino de ese engreído era ya lo bastante duro. Si había vuelto a llamarla, si había insistido en volver a ver a Cheryl, es que había más.

     Horas después, sola en su cama, Shannon seguía diciéndose que era una tontería, que qué importancia podía tener tantos años después.

     Pero, tontería o no, de alguna forma, había convertido aquel recuerdo en uno mucho más decepcionante.




© 2007. Patricia Sutherland







Primer amor,
la más romántica de la Serie Sintonías
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