Bombón




Prólogo




Camden, Arkansas
Diciembre 1993
Cabaña de pesca de la familia Brady,
a orillas del río Ouachita.


     —Deja la leña, hijo. Y vete a casa.

     Jordan se quedó paralizado. Durante un segundo no atinó ni a respirar. Después, soltó los leños y se debatió entre darse la vuelta o salir corriendo.

     ¿Qué hacía el padre de Mandy allí?

     El joven se volvió y lo miró directamente a los ojos.

     Cuando John Brady vio el brillo en su mirada, la expresión violenta, la actitud de dar la cara a pesar de sus escasos diecisiete años, aquel vikingo le llegó al corazón.

     —Así no, Jordan —dijo poniéndole una mano sobre el hombro—. Es mi niña, la hermana de tu mejor amigo... Así no, hijo.

     —La quiero, señor Brady —respondió él con las mejillas coloreadas—. No es lo que parece.

     —Entonces, vete a casa. Déjala crecer y crece tú. Vive, Jordan y si dentro de diez años sigues sintiendo lo mismo, inténtalo de nuevo. Vuelve cuando seas el hombre que quiero para ella.

     Jordan miró a otra parte. Su mente sabía que era lo mejor que podía hacer; su juventud se rebelaba.

     —Déjeme explicárselo por lo menos. Me está esperando... Si no voy, va a creer...

     John negó con la cabeza.

     —¿La quieres? —buscó su mirada con cariño. Lo vio asentir—. Dame tu palabra de que vas a dejar de verla. Quiero que la dejes y no le expliques nada. Sois dos críos, sólo vais a meter la pata. No quiero que mi niña sufra. No quiero que Jason se quede sin su mejor amigo, y tampoco quiero perderte a ti... Te quiero, Jordan. Ésto no está bien.

     Él respiró hondo y al final, de mala gana asintió.

     —Prométemelo.

     Jordan miró al hombre con ojos brillantes, volvió a asentir. —Se lo prometo.

     —Eres un gran chico. Me siento orgullo de ti —le dijo John con cariño—. Vuelve cuando tengas algo que ofrecerle. Si la sigues queriendo, si me demuestras que en ti va a tener un compañero leal, fiable y fuerte, estaré de tu parte. Te lo prometo.

     ¿Gran chico? Seguro que a Mandy le iba a encantar.

     Lo que soy es un capullo.

     Ojalá saber que aquel hombre se sentía orgulloso de él, fuera un consuelo. No lo era. En ese preciso momento a Jordan le parecía el peor plan del mundo.

     Se dio la vuelta y enfiló hacia el camino antes de cambiar de idea, pero John lo llamó. Él se volvió a desgana y lo miró.

     —Esto es entre tú y yo. No se lo digas a nadie. Nunca. ¿De acuerdo?

     No lo creería aunque se lo dijera... ¿Quién me creería? Es una locura.

     Jordan asintió con la cabeza varias veces, luego se alejó por el camino del río con las manos en los bolsillos de su parca.

     A cada paso que daba, sentía el corazón más helado. Dejar que ella creyera que él se lo había pensado mejor... No volver a besarla. No volver a sentir la suavidad de su cabello enredándose entre los dedos. Ni la dulzura de aquellos ojos celestes, tan claros que parecían transparentes...

     No se había alejado más que unos pocos pasos, y el corazón ya se le había congelado.

     “Dentro de diez años” había dicho John Brady.

     Diez años.

     Una eternidad.


* * *

     Dentro de la cabaña, Mandy se frotó los brazos intentando entrar en calor. Sus ojos se fijaron en las manecillas del reloj de muñeca que asomaba apenas entre los guantes y el borde de la manga del chaquetón de ante. Hacía más de una hora que Jordan había ido a por leña, y estaba oscureciendo.

     Una lágrima resbaló por su mejilla y cayó sobre la manga, junto a las otras que llenaban de lunares más oscuros y húmedos el abrigo color arena.

     —Nunca has tenido intención de ir más allá. Solamente tanteabas el terreno,¿no? —bajó la cabeza. Se secó las lágrimas casi de un manotazo—. Querías saber si me iba a dejar o no... ¿sabes qué?

     Mandy se puso de pie. Luego, sacudió las rodilleras de sus vaqueros con rabia, respiró hondo y se irguió.

     —Se va a helar el infierno antes de que vuelvas a tocarme un pelo. Que te jodan, Jordan.

     Cuando Mandy salió de la cabaña y tomó el camino de regreso al rancho Brady, su cita amorosa con Jordan Wyatt no era ni siquiera un recuerdo.




© 2007 Patricia Sutherland.