DYLAN & ANDY: EL GRAN DÍA


Última entrega de la mini-serie dedicada a un momento superespecial de la pareja protagonista de Lola
(Serie Moteros # 3).





Miércoles, 20 de julio de 2011.

Casa de Dylan y Andy.

Cala Morell, Menorca.

De madrugada…


Andy abrió los ojos. Estaba oscuro y no veía nada. Pero enseguida se dio cuenta de dónde estaba; en la habitación. Estaba acostada de lado y sentía el cuerpo calentito de Dylan pegado al suyo. Uno de sus brazos descansaba sobre sus caderas y sentía su respiración rítmica, pausada, en la nuca. Cuando empezaba a sentirse a gusto, una nota discordante atravesó su mente como un rayo. Estaba mojada. ¿Mojada? Metió una mano dentro de las sábanas y...

—Madre mía... ¡Madre mía! Dylan, Dylan... despierta...

—¿Mmm?

—Despierta, calvorotas... He roto aguas... Y no sé cuándo fue...

—¿Qué... dices? —dijo él—. Encender.

La habitación se iluminó a su orden y Dylan se incorporó un poco, restregándose los ojos.

—¿Qué pasa, nena? —dijo acercándose nuevamente a ella.

Para entonces, Andy había apartado las sábanas. Tras moverse un poco del sitio donde estaba, quedó a la vista una mancha de humedad sobre la sábana bajera roja. Miró a Dylan, vio que él abría mucho los ojos y luego le devolvía la miraba.

—Casi me aliviaría si me dijeras que te lo has hecho encima... —Enseguida una sonrisa iluminó su rostro masculino—. Pero no es eso, ¿no?

—¡He roto aguas, Dylan! Y no tengo la menor idea de si ha sido ahora o... —Se las arregló para incorporarse sobre los codos—. ¿Y si pasó hace rato y no me he dado cuenta hasta ahora?

—Pues entonces tendríamos que salir cagando leches al hospital —dijo él riéndose de los nervios—. Pero tranquila, seguro que acaba de suceder... 

—Tranquila, sí. Le dijo el marido histérico a la mujer que está de parto —y también se echó a reír al ver que Dylan se desternillaba.

—¿No estás de parto, verdad? —dijo él en cuanto su cerebro hizo las asociaciones oportunas.

Andy soltó una carcajada. Vaya dos, pensó.

—Anda, ayúdame a levantarme. Hay que ir al hospital, pero quiero darme una ducha rápida.

¿En serio? ¿Quería ducharse? ¿Y si se ponía de parto debajo de la ducha?

—Por lo que sé, los partos son la mar de sucios, ¿y si esperas a después?

—¡Ay, Dylan, como no dejes de hacerme reír, voy a tener a las mellizas aquí mismo!

Dylan se levantó corriendo y fue al lado opuesto de la cama. Le ofreció a Andy sus dos brazos.

—Vaaale. Venga, arriba... Una ducha rápida. Y me quedo en el baño contigo, ¿estamos?

Andy se puso de pie con su ayuda. No tenía contracciones, pero sentía la zona pélvica muy cargada. Pesada. 

—Claro. Eres mi mirón favorito, ya lo sabes...


* * *


No fue hasta que estuvieron en el baño, sin ropa y bajo una luz más intensa que la del dormitorio, que la sensación de pesadez de Andy tuvo una explicación. Y fue Dylan quien lo puso en palabras al verla:

—Espera, espera, espera... —dijo él manoteando el banco que había en un rincón y situándolo dentro de la bañera—. Mejor te sientas.

Andy, que había presenciado su maniobra con expresión divertida (aunque nerviosa), le tendió la mano cuando él se la pidió, para ayudarla a entrar en la bañera y sentarse.

—Hace siglos que no tengo mareos, calvorotas... 

Después de coger una toalla limpia del armario para usarla a modo de almohadón, Dylan se sentó en el borde de la bañera. Enjabonó el cepillo de ducha de Andy y se lo ofreció.

—No mentes al diablo, nena. Que ahora pesas bastante más que entonces y no sé si podría contigo sin deslomarme. Menudo cuadro, ¿te lo imaginas?

Estaba mintiendo. Y sabía que era una estupidez porque era cuestión de tiempo que Andy también reparara en que su barriga había sufrido una enorme transformación desde que se habían ido a acostar por la noche. Ahora estaba tan baja que parecía que Zoe nacería en cualquier momento. Pero a él le había impresionado al notarlo. Una impresión añadida a la primera, de descubrir que Andy había roto aguas. No sería justamente él quien aludiera al tema.

—Especialmente porque, a diferencia de aquella vez, hoy no vas vestido —señaló ella muy oportunamente, haciéndolo reír.

—Y tú tampoco —retrucó Dylan, ayudándola a enjabonarse mientras mantenía la flor de la ducha apuntando a su cuerpo—. ¡Mi viejo no sabría si vestirnos primero o llamar directamente a la ambulancia para que se ocuparan ellos!

Las bromas y las consecuentes risas no lograban esconder el hecho irrefutable de que estaban nerviosos. Muy ilusionados... pero también muy nerviosos. Y como solía ser habitual; él más que ella.

Una vez que terminó de enjabonarse, Andy le devolvió el cepillo a Dylan y se quedó quieta unos instantes mientras él la enjuagaba, disfrutando del efecto relajante del agua de la ducha cayendo sobre su cuerpo.

—Hoy es el día. Me parece increíble —comentó ella, mirándolo con los ojos radiantes de felicidad.

—Estoy deseando verles la carita —reconoció Dylan mientras sostenía la flor de forma que el agua cayera sobre la espalda de Andy, quien no tardó en ponerse a ronronear.

A medida que las bebés crecían y el peso aumentaba, los dolores en piernas y espalda habían aumentado a la par. Los masajes la ayudaban y Dylan se aseguraba de que cada día hubiera unas manos dispuestas a dárselos —fueran las suyas, las de su hermano o las del fisioterapeuta con servicio a domicilio que trataba a Andy tres o cuatro veces por semana—, pero lo que tenía un efecto más inmediato sobre el dolor era una ducha caliente. La disfrutaba como una niña pequeña y él, viéndola a ella disfrutar.

—Te gusta, ¿eh?

—Ya lo creo... Me relaja tanto... Mi pobre espalda está dando una fiesta ahora mismo... —al fin, abrió los ojos y lo miró—. Pero será mejor ponerse en marcha o las niñas nacerán aquí... —la tensión de Dylan fue tan inmediata que ella enseguida salió al paso con una aclaración—. Estoy bien, calvorotas. Lo digo porque puedo jugar al fútbol con mi barriga. ¿Has visto lo abajo que está hoy?

La sonrisa regresó al rostro de Dylan. 

—¿Abajo, dices? Mmm, no... No me había dado cuenta... Será que todavía sigo muy entretenido con lo que hay arriba —guaseó moviendo las cejas sensualmente.

Andy extendió la mano para acariciar aquel rostro anguloso que adoraba.

—¿A horas de convertirte en padre esperas que crea que son mis delanteras las que acaparan tu atención? Buen intento —le dijo, rezumando dulzura—. Eres lo más de lo más, Dylan. 

Él cogió la mano que le acariciaba el rostro y se la llevó a los labios. Depositó un ligero beso sobre ella.

—A horas de convertirme en padre otra vez, dirás. Ya soy padre.

—El padre más alucinante del mundo —concedió ella con los ojos empañados. 

A Andy le seguía emocionando igual que el primer día esa defensa a ultranza que Dylan hacía de su estatus de padre de Luz.

—¿Si te emocionas se acelera el parto? —le dijo con expresión cómica cortando con una sonrisa la incipiente emotividad de su chica—. Venga, vamos, nena. Te ayudo a salir de la bañera.

A continuación, eso hizo; sostenerla fuertemente de los brazos hasta que Andy volvió a estar sobre suelo firme. Entonces, le puso el albornoz de toalla sobre los hombros, la acompañó hasta donde estaba el inodoro, bajó la tapa y la ayudó a sentarse. Le dejó su ropa a mano y regresó a la bañera, donde tras quitar el banco y colgar la flor, volvió a abrir el agua.

—¿Podrás quedarte sola un ratito? —le preguntó mirándola a través del pequeño espacio que quedaba después de cerrar parcialmente las mamparas para que el agua no salpicara el suelo.

Su nerviosismo seguía a flor de piel y a pesar del tono jocoso utilizado para cerciorarse de que podía quitarle los ojos de encima durante cinco minutos, Andy lo captó a la primera.

—Como poder, puedo... ¿Pero quiero? Eres un espectáculo desnudo y últimamente la mayoría de las veces tengo que conformarme solo con mirarte, así que ¿quiero perderme el espectáculo? Diría que no. Ya secaremos el baño después... O dejaremos que se seque solo.

Dylan volvió a abrir las mamparas de inmediato. Se expuso sensualmente ante la mirada divertida de Andy, quien emitió un silbido aprobatorio en voz baja siguiéndole el juego. Silbido que no consiguió engañarlo. Al contrario. El irlandés no pudo evitar pensar que las cosas se debían estar desarrollando con mucha rapidez en el cuerpo de su mujer para que ella prefiriera que él no la perdiera de vista. Por más sexi que hubiera sido el tono que había empleado. Por más realistas que hubieran sido sus reivindicaciones, ya que era cierto que los últimos días el cansancio y los calambres solían arreglárselas para interrumpir y, en algunas ocasiones, acabar con sus momentos de intimidad de forma brusca.

—Tus deseos son ordenes —repuso él y se puso manos a la obra. 

De pronto, sentía una necesidad imperiosa de llegar al hospital cuanto antes. Y sospechaba que Andy también. [...]



©️ 2024. Patricia Sutherland
«Dylan & Andy. El gran día».
(Fragmento)






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CR34 Dylan & Andy: El gran día, un relato de Patricia Sutherland basado en Los moteros del MidWay, 5. Noticias inesperadas. Menorca.

PERSONAJES:

DYLAN ❤︎ ANDY

EXTENSIÓN:

11.485 palabras ❤︎ 42 páginas

BASADO EN:

Los moteros del MidWay, 5. Noticias inesperadas. Menorca. Extras Serie Moteros 10