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por Patricia Sutherland

Si no trazas un plan previo, ¿qué pasa por tu cabeza cuando te sientas a escribir? ¿Pasa «algo» siempre, o te toca esperar a que pase? ¿Qué pasa, si, valga la redundancia, no pasa nada de nada? De esto, te hablo en la entrada de hoy.
Para que entiendas a qué me refiero, permíteme explícartelo en dos pinceladas. Los escritores pueden clasificarse por su método de trabajo en tres grandes grupos:
Según este bosquejo, donde yo encajo mejor es en el grupo 2. Pero como me encanta experimentar, en el pasado, he coqueteado con los grupos 1 y 3. No mucho, ¿vale? Soy muy fiel 😜
Excepto por un paréntesis de unos pocos años, mis novelas siempre han sido producto de un descubrimiento, y no de un plan previo. Ese paréntesis fue un experimento, del que te hablaré en otra ocasión, porque también tuvo su dosis de descubrimientos, de momentos de decirme a mí misma «¡quién te habrá mandado a meterte en esta movida, Patri!», y también errores, de esos que te hacen querer darte la cabeza contra las paredes 😂 Porque sí, aunque parezca increíble, cuando no es tu voz creativa la que está contando la historia, es muy fácil cometer errores por mejor que planifiques.
He vuelto al redil en 2019 y no tengo previsto marcharme de nuevo. Esto quiere decir que llevo -al momento de escribir esto-, seis años ya sentándome ante una página en blanco sin planes preconcebidos. Es algo que sucede cada día -ahora escribo de lunes a domingo-, durante un mínimo de tres horas y, por lo general, las cosas fluyen sin problemas. Para mí esto tiene que ver con la disciplina, y no con la inspiración (de esto también te hablaré en otra entrada). Mi cerebro sabe que de las 6 a las 9 de la mañana, cada día, lo que hago es escribir. Es un hábito, y como cualquier hábito positivo, facilita las cosas.
Sin embargo, que el hábito facilite el proceso no implica que todo vaya sobre ruedas siempre. No pensarías que iba a hacer así de fácil, ¿no? ¡Ojalá! Bastante a menudo, tengo tal alboroto de situaciones (escenas) en la cabeza, sucediendo a la vez, que no sé sobre cuál poner el foco primero. Imagínate un salón con cinco televisiones encendidas en distintos canales. Lo que muestran las pantallas son, generalmente, secuencias diferentes de la misma película. Generalmente, pero no siempre. A veces, son de películas distintas. ¡Y entonces, la locura alcanza cotas alarmantes! Para ponerle un poco más de sal y pimienta al símil de los televisores, resulta que no todas las secuencias son válidas: también hay tomas falsas. ¡Madre mía! ¿Por dónde empiezo? ¡¡¡¿Y por dónde sigo, después de haber empezado?!!!
Para esos momentos de desmadre supremo existe el truco del almendruco. En mi caso, al truco en cuestión, lo llamo «mi frase mágica» y no solo pienso en ella, la escribo. Así:
¿Y ahora qué, monina? 😜

No es una broma, ¿eh? Muchos años después de empezar a usarla de forma intuitiva (o sea, ¡por pura desesperación!), me enteré de que eso que yo llamo «mi frase mágica» es una técnica que en PNL (Programación Neurolingüística) recibe el nombre de «ancla», mediante la cual asocias una acción a un resultado deseado. Cuando mi cabeza está alborotada y no sé por dónde seguir, abro el proyecto (manuscrito) por la escena que toca y escribo esas cuatro palabras. De esa forma, le estoy indicando a mi mente que ha llegado la hora de poner orden en el caos.
Suele ser mano de santo. Al cabo de unos minutos, el panorama empieza a aclararse y cuando quiero darme cuenta, ya estoy en marcha otra vez, tecleando a todo teclear. ¡Yupiiiiiii! 🎉🎉🎉
Habrás notado que digo «suele ser», y no «es». Cuanto más la uso, mejor funciona, eso está claro. Pero, a veces…
Tengo veinte capítulos escritos de una historia fabulosa, a ti esperando para seguir leyendo (si eres miembro de Club Románticas Stories), o a que escriba la bendita palabra «fin» para que la publique y puedas hincarle el diente de una vez…
Y nada.
Estoy en la primera escena del capítulo 21, escribo mi frase mágica. Espero. Sigo esperando. Y no sucede absolutamente nada.
¡Ay, ay, ay, ay, ay…! ¿Qué me dices? ¿No voy a poder seguir leyendo? ¡Por favor, noooooo! ¿Y entonces, qué haces, Patricia?
Tranquila, también tengo un truco del almendruco para esos días horribilis. ¡Después de toda una vida escribiendo, más me vale! Pero de eso, te hablaré en otro momento.
¡Ahora, me voy corriendo, que mis personajes me reclaman!
¡Sírvete tú misma! Me encanta que "me cuentes cosas" 😜 ¡Y siempre respondo! ¡Muchas gracias!
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