por Patricia Sutherland

Después de veinte años como autora independiente, aprendí que la autopublicación es una forma de libertad creativa, no solo una manera de publicar. En este artículo comparto cómo me convertí en mi propia zapatera: autora, editora, maquetadora y diseñadora de mis historias.
Recuerdo que en 2006, cuando decidí publicar mis historias, estaba tan convencida de la veracidad de la frase que da nombre a esta entrada, que me limité a escribir y a dejar que los demás «zapateros» implicados en la producción de un libro, se ocuparan de ayudarme a poner mis escritos en el mercado.
Me lo tomé tan a pecho, que seguí los pasos que, en aquellos años pre-autopublicación, se suponía que tenía que seguir, si quería publicar, y me busqué una agente literaria. Spoiler: descubrí que las editoriales no eran mi camino.
Veinte años después, soy la única zapatera involucrada en todos los procesos de creación de mis historias. ¡Y estoy encantada de serlo! Aunque las razones que me llevaron a inmiscuirme en esos procesos, no son de tinte positivo, hoy no puedo estar más agradecida a ellas.
Soy una apasionada de la autopublicación desde mucho antes de que la palabra recibiera tan mala prensa, que la mayoría de los escritores creían (aunque no lo dijeran) que era «el refugio de quienes no tenían calidad suficiente para que una editorial apostara por ellos». La frase entre comillas aún me asombra, tras casi dos décadas.
Cuando algo me apasiona, me involucro. No puedo ni quiero evitarlo. Así que me dedico a aprender cosas nuevas, aunque no tenga la intención de llegar a utilizarlas. Lo hago por el gusto de aprender.
Lo primero que aprendí fue a crear la maqueta de las versiones digitales de mis libros. Por aquellas épocas, solo había una distribuidora internacional que aceptaba libros autopublicados, y su plantilla era tan mala (me refiero a técnicamente mala: la conversión final a ebook daba infinidad de errores y resolverlos tomaba mucho tiempo), que decidí aprender a maquetar desde cero, sin plantilla. No solo me lo pasaba bomba dando la forma que quería a mis ebooks, además, hacerlo me tomaba una décima parte del tiempo y tenía total control sobre el resultado final. ¡Mejor, imposible!
Las maquetas de las versiones impresas eran otra cuestión. Todo el mundo te aconsejaba que contrataras a alguien que las hiciera para ahorrarte disgustos. Y, por entonces, yo seguía abogando por eso de «zapatero, a tus zapatos», así que me pareció lo más lógico pagar para que alguien se ocupara de mis maquetas impresas. Spoiler: pagué, pero no me ahorré disgustos.
A la tercera vez que, a pesar de pagar, seguí sin ahorrarme los disgustos, decidí aprender a hacer mis propias maquetas impresas.
Al principio, eran muy básicas. Principalmente, porque no podía dedicarle mucho tiempo al aprendizaje, pues mi prioridad era escribir. Así que asumí que, esta vez, tomaría tiempo llevarlas al nivel que quería, y seguí dando pasitos de hormiga durante ocho años. Desde 2022, mis maquetas se acercan mucho a lo que quiero y, de nuevo, he descubierto que me encanta ser capaz de darle al libro el aspecto que quiero que tenga. Las maquetas me siguen costando un buen dinero. Más que antes, de hecho —mi tiempo es muy valioso—, ¡pero hace años que no me llevo disgustos y tengo el control total del proceso! ¿Acaso se puede pedir más?
Las portadas/cubiertas siguieron un patrón semejante. Estuve más o menos satisfecha con mis colaboradores, que fueron cambiando a lo largo de los años, hasta que dejé de estarlo. Mi razón principal para dejar mis portadas en manos de diseñadores era que me ayudaran a darle un toque romántico, adecuado al género que escribo. Y soy consciente de que complacerme no era una tarea fácil, pues siempre me he negado a que mis novelas llevaran las portadas típicas del género. Me sigo negando, de hecho. Comprendo perfectamente las razones de marketing que hay detrás y no las discuto, pero no me gustan. Y si no me gustan, no hay más que hablar. Aclaro: llevo en esto el tiempo suficiente para saber que la portada tiene una importancia fundamental a la hora de atraer la atención de las lectoras del género y que quieran leerla. En la medida de lo posible, procuro acercarme al tipo de portadas que están acostumbradas a ver y, en todo caso, me esfuerzo siempre por que comuniquen que se trata de una historia de amor. Pero la regla de oro es que deben gustarme, y no es negociable.
A medida que fue pasando el tiempo, echaba de menos la falta de control sobre el resultado final y me gustaba cada vez menos la dependencia que implicaba y el tener que adecuarme a la disponibilidad de mis colaboradores…. Eran situaciones naturales, ojo, pero cuando te has acostumbrado a no depender de nadie para el ochenta por ciento de tus procesos, ese veinte por ciento de dependencia empieza a pesar. Al menos, a mí.
Esto coincidió en el tiempo con un descubrimiento, algo que sabía desde el principio, pero, que de alguna manera, aún no había hecho carne en mí. Cree Jera Romance, mi web que da nombre a mi colección romántica, en 2007. Su «eslogan» siempre ha sido «novelas románticas diferentes».
Con doce años de retraso, caí en la cuenta de que si el contenido de mis libros es diferente, ¿por qué no iban a serlo mis portadas?
Tenía que averiguar cómo quería que fueran. No las ideas que otros creaban, basadas en mis directrices, sino mis ideas. Acababa de escribir una historia, le había dado un título, había escogido el tipo de maqueta que tendría cada uno de sus formatos.… ¡Tocaba decidir cómo sería la cubierta del libro! ¡Qué emoción!
Y así comenzó una etapa de descubrimiento para mí. Escribir una historia es algo muy personal, pero sentarte a plasmar a través de imágenes las emociones que me trasmite esa historia, ¡es el no va más! Como ponerle la guinda al pastel.
En fin, ¿qué más puedo decirte de mi última incursión en «territorio vedado»? ¡Menuda aventura! He completado el círculo creativo y estoy feliz 🩷
¡Sírvete tú misma! Me encanta que "me cuentes cosas" 😜 ¡Y siempre respondo! ¡Muchas gracias!
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