Club Románticas, la Zona Vip de Patricia Sutherland



CIRO & PAULA

Personajes de Los moteros del MidWay, 5. Noticias inesperadas. Menorca


Club Románticas: Ciro & Paula

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Club Románticas Original 

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CR06




CR06. Un café y un beso


«Un café y un beso», un relato de Patricia Sutherland sobre Ciro y Paula, basado en Los moteros del MidWay, 5.

Domingo, 26 de diciembre de 2010.

Casa de Dylan y Andy.

Cala Morell, Menorca.

De madrugada…


- I -


«Bieeeeeennnn», pensó Ciro al ver que Paula no hacía ademán de pedir un taxi como había sucedido las dos últimas (y únicas) veces que habían quedado. Despedirse de la reunión les había tomado un buen rato porque, según la familia, todavía era pronto para irse. ¿A qué le llamaba «pronto» la gente? Era la maldita una de la madrugada de un día que ni para Paula ni para él era un festivo. Además, ella le había comentado que su avión salía temprano por la mañana. Pero, quizás, con un poco de suerte…

—No sugiero un paseo porque está fresco, pero ¿qué tal un café?

La vio sonreír. Era una de esas sonrisas coquetas que a él lo encandilaban no solo porque como todas sus sonrisas era preciosa, sino porque en una relaciones públicas como ella tenían un significado especial. Vivía sonriéndole a todo el mundo por deformación profesional, pero esa sonrisa era coqueta de verdad y estaba destinada única y exclusivamente a él.

—¿Café a estas horas? Está claro que tu intención es mantenerme despierta toda la noche…

Toma ya.

A Ciro no se le había cruzado por la imaginación que eso fuera una posibilidad. Por supuesto, la idea le encantaba. Pero su intención al proponerlo había sido la de poder arañar un rato más a su lado. Los escasos momentos que habían pasado juntos los últimos seis meses habían volado en un suspiro. Pero ¿qué había de ella? ¿También quería arañar hasta el último minuto que estuviera en la isla para estar a su lado o solo coqueteaba? Era hora de averiguarlo.

—¿Toda la noche? Ya nos gustaría… Hoy trabajas y yo también. Y no somos de la clase que empalma una noche de juerga con un día de trabajo… Vale, el café no es una buena idea, ¿qué tal un ponche de crema? Conozco un sitio aquí cerca donde lo hacen estupendo.

—¿Aquí cerca? —Ciro asintió—. ¿Y estará abierto?

—Claro. Y si no, se abre para ti. Faltaría más.

Paula se cerró su abrigo negro entallado, largo hasta los tobillos. Era consciente de que le estaba sonriendo a las baldosas, pero no podía evitarlo. Sonreía de puro gusto. De haber tenido la ocasión de comprobar lo hábil que era Ciro y lo bien que estaba jugando sus cartas. Y cuánto le gusta a ella su forma de jugarlas. No se lo había dicho. Los breves momentos que habían pasado juntos apenas habían dado para confirmar que ambos deseaban que siguiera habiéndolos, pero algo que ella tenía muy claro era que la edad de flirtear por diversión había quedado atrás hacía mucho tiempo. Hablando claro; no tenía tiempo ni edad para tonterías. Otro en su lugar habría aprovechado para deshacerse en halagos e intentar mantenerla despierta toda la noche de la manera que «ellos» preferían hacerlo cuando se trataba de alguien del sexo puesto. Pero Ciro era Ciro.

—Cierto. Por un momento se me olvidó a qué familia perteneces. Será que tus pintas de friki me siguen despistando un poco…

Aún estaban junto a la entrada de la casa de Andy y las luces exteriores que, por decisión de otro friki, permanecerían encendidas hasta que hubieran atravesado la puerta al final del sendero, eran lo bastante intensas para que él pudiera apreciar las pequeñas arrugas que se formaban en sus ojos cada vez que sonreía, algo que hacía constantemente. Y también pudo comprobar una vez más el alucinante calor que irradiaba su sonrisa. Era un campo de fuerza al que le costaba muchísimo resistirse. Ciro tuvo que hacer el esfuerzo consciente de despegarse de aquel embrujo extraño que ella ejercía sobre él. Necesitaba poner a funcionar sus neuronas ya. Aprovechar la inesperada oportunidad de pasar unas horas con ella. 

Ella había hablado de «despistarse», pero él no creía que esa palabra estuviera en el diccionario de la «Gran Paula Seguí». Profesionalmente, habían coincidido dos o tres veces y no había apreciado despistes ni confusiones en su forma de proceder. Y si no los había a nivel profesional, dudaba que los hubiera a nivel personal. 

—¿Y cómo se supone qué deberían ser mis pintas? ¿Sobrias como las de mi abuelo o de modelo de Versace como las de mi tío?

Paula se congratuló por su agudísima intuición que, una vez más, había dado en la diana. Aunque públicamente la relación profesional de Ciro Montaner y Pau Estellés era irreprochable, a nivel personal las cosas no le resultaban tan claras. El primer indicio lo había tenido durante la cena. Ahora tenía el segundo; esa alusión al estilo modelo de pasarela de su tío escondía cierto recelo. ¿Envidia, tal vez?  

—¿Hay que elegir solo entre esas dos? Entonces, me quedo con las de tu tío. 

Claro, cómo no. Era la clase de elección que hacía el 99.99 % de las mujeres del lugar. Pau era el empresario de mayor prestigio y el soltero más codiciado de la isla…

Y la maldita piedra con la que le había tocado tropezar desde que tenía uso de razón. 

No le sorprendió que también fuera la elección de Paula, pero le escoció. Y su vanidad acusó recibo.

—¿Te imaginas cómo quedaría ese corte a lo «Jon Kortajarena» que él lleva, después de quitarme el gorro de cocina? Nah. No soy un Estellés, mi misión no es dominar el mundo. —Una sonrisa vanidosa brilló en su rostro al decir—: Me conformo con ser el mejor chef.

Paula no pudo evitar pensar que prefería mil veces más el corte estilo «Yon González» de Ciro que cualquiera que pudiera llevar su tío. Fuera con gorro de cocina o sin él. Pero no lo dijo en voz alta. En cambio, continuó observándolo con una sonrisa risueña, esperando que él acabara de abrigarse. 

Ciro se puso su chaqueta artesanal de estilo hippie, se enrolló su larga bufanda de forma que diera dos vueltas alrededor de su cuello y a continuación le ofreció su brazo que ella aceptó. Se dirigieron hacia la acera y abandonaron la casa de Andy mientras conversaban.

—¿Solamente el mejor chef? ¡Cuánta humildad! 

Ciro fingió meditar su respuesta durante unos instantes en los que Paula no dejó de sonreír en ningún momento. 

—Sí —concedió como restándole importancia y luego se echó a reír porque ni él mismo se creía lo que acababa de decir—. ¡De la galaxia!

—Ah, bueno, esto ya me suena más a ti… Había empezado a preocuparme… 

—¿En serio?

Se dirigían hacia donde Ciro había dejado aparcado su coche y Paula continuó andando a su lado con la vista al frente y la misma sonrisa imposible que no conseguía quitarse ni aún proponiéndoselo. Sacó a relucir su histrionismo, haciendo las delicias del chef.

—¡Claro! Mi arma secreta es captar los auténticos deseos de la gente, ser capaz de averiguar lo que realmente los mueve por dentro más allá de lo que dicen que les mueve. ¿Cómo crees que he llegado a ser quien soy? ¿Dándoles a mis clientes bodas bonitas, a secas? ¡Por favor! Cualquiera con un mínimo de formación en esta profesión puede organizar una «boda bonita».  

—¡Cuánta humildad! —repuso Ciro, riendo.

Paula asintió enfáticamente. 

—Y esa arma secreta no solo funciona a nivel profesional, ¿sabes? —continuó—. Siempre está a la caza, captando «ondas» que nadie más puede captar… Y lo que esas ondas me dicen sobre ti es que eres muy ambicioso. Mucho más que tu tío o que tu abuelo aunque tu apellido no sea Estellés. Y también me dicen que la humildad no es uno de tus puntos fuertes. Quieres el universo a tus pies, culinariamente hablando estás convencido de que te lo mereces y no tienes ningún inconveniente en decirlo abiertamente. —Lo miró por primera vez desde que había empezado a hablar—. Pero si ahora resulta que te conformas con ser el mejor chef «a secas», entonces está claro que algo que le pasa a mi arma secreta…

Ciro asintió repetidas veces con la cabeza. A su arma secreta no le sucedía nada. Lo cual era muy bueno para ella y no tan bueno para él. De Paula solo sabía que era capaz de captar su interés y mantenerlo cautivo a placer, y que lo lograba con preocupante facilidad. Todo lo demás que creía saber sobre ella era una mezcla de sabiduría popular (lo que se decía sobre ella) y ciertas deducciones basadas en lo que le había visto hacer o comentar. Necesitaba reducir esa ventaja de alguna forma, de modo que volvió a jugar fuerte.

—Y eso te preocupa porque… —Ciro dejó la frase inconclusa y giró la cabeza para mirarla en lo que fue una clara invitación a que ella lo hiciera.

Ya habían llegado al coche y ella se detuvo junto a él. Se puso las manos en los bolsillos de su abrigo y miró largamente a Ciro, como si lo estuviera estudiando, antes de responder:

—Porque tu falta de humildad es una de tus características más personales. Lo que te hace ser tú. A la gente le molesta, pero como está justificada se tienen que aguantar. Y tú lo sabes y lo disfrutas muchísimo.

—Pero a ti, por lo visto, no te molesta…

—Al contrario. Me parece de lo más sexy.

No solo su falta de humildad, pensó Paula. Todo él le resultaba tremendamente atractivo. Ese aspecto ausente, de tipo que siempre estaba inmerso en sus propios pensamientos. Su gran sentido del humor. Sus ocurrencias. Sus pintas un poco bohemias, un poco hippies que contrastaban tanto con las que se esperaba de un empresario de su nivel y con la de los hombres de su familia. Sus formas suaves, incluso delicadas, a la hora de relacionarse con el sexo opuesto… La lista era extensa y no dejaba de crecer. 

Ajeno al aluvión de cumplidos que desgranaba la mente femenina, Ciro se las arregló como pudo para sobreponerse a los efectos del único que Paula había dicho en voz alta.

—Te parece de lo más sexy —repitió el chef al tiempo que asentía con la cabeza incapaz de disimular cuánto le había gustado saber que algo en él le resultaba nada menos que «sexy». Le habían llamado muchas cosas en su vida, la mayoría agradables, pero… 

¿Sexy, él? ¿En serio? ¡Toma ya!

—Sí, mucho.

—Vaya… Gracias… En tal caso, no me quedará más remedio que seguir flagelando al mundo con mi pedantería, ¿no te parece? ¡Un chef premiado y, encima, sexy! ¡Lo más de lo más!

Se oyó el sonido de una cerradura cuando Ciro accionó el mando a distancia. Paula ni siquiera le dio la oportunidad de que intentara adelantarse para abrirle la puerta. Lo hizo ella misma.

—Un placer —repuso la mallorquina con una enorme sonrisa.

Y a continuación, ocupó el asiento del acompañante.


- II -


Tal como Paula se había imaginado, el destino final del viaje en coche había sido el restaurante Sa Badia. Ciro aparcó muy cerca de la esquina donde la iluminación procedente del local se sumaba a la decoración navideña del puerto, convirtiendo la zona en un lugar donde la actividad continuaba como si fuera de día. Se oían cantos y risas, había varios grupos de jóvenes celebrando.

—Estando a mi disposición el rincón más icónico de esta isla, no tiene sentido deambular por ahí en busca de ningún otro. Espero que no te importe —comentó después de cerrar el contacto.

—No me importa; me encanta el Sa Badia y soy amiga del chef… —Le hizo un guiño que a Ciro le supo a gloria—. Así que, cada vez que vengo, me tratan a cuerpo de rey.

—¿Seguro? Si a mí me trataran a cuerpo de rey, vendría más a menudo… —dejó caer él.

Ella se apresuró a recoger el guante sumamente complacida. Tenía la respuesta perfecta.

—¡Hombre, lo haría si viviera en la isla! ¿Te olvidas de que vivo en Mallorca?

Como para olvidarse, pensó Ciro. En realidad, lo más correcto era decir que ella vivía viajando y cuando al fin aterrizaba en algún sitio durante unos días, lo hacía en la isla vecina. 

Asintió dándolo por válido y se estiró a sacar las llaves de la guantera.

Entraron en el restaurante por la puerta lateral, la más próxima a la cocina, y el chef encendió las luces. A continuación, se quitó el abrigo, tomó el de Paula y los colgó en la hilera de percheros que había a pocos metros de la puerta. Ella se asomó a uno de los salones principales y se dio la vuelta a mirarlo con el asombro pintado en la cara.

—¡Qué increíble! ¡Cómo cambia este lugar cuando no hay gente! 

Era un cambio radical, en efecto. Un enjambre de gente en movimiento durante las horas en las que estaba abierto y un templo de silencio el resto del tiempo. De hecho, que hubieran acabado allí aquella noche para él no era excepcional. Solía hacerlo a menudo, le encantaba estar entre los fogones cuando el restaurante estaba cerrado y era el único deambulando por sus instalaciones. Algunos de sus mejores platos habían surgido de esa forma; estando solo en la cocina del Sa Badia en plena madrugada. Allí nunca llegaría a sentirse como en su propia casa, como le sucedía en la cocina del negocio familiar, el Restaurante Montaner, pero era, sin duda, su segundo rincón preferido del mundo.

—¿Verdad que sí? Parece que fueran dos lugares totalmente diferentes.

Mientras ella hacía su visita de inspección, Ciro siguió con la mirada su silueta vestida con un jersey blanco de mohair con cuello vuelto y una falda tubo negra larga hasta los tobillos, justo donde comenzaban sus botas cortas de taco bajo mientras realizaba su visita de inspección. La miraba y pensaba que, de las cosas inesperadas y alucinantes, que Paula estuviera allí aquel día era la mayor de todas. No había contado con eso. No había contando con nada, en realidad. Tras dos días de silencio por su parte y aunque le tocara la moral tener que admitirlo, había empezado a tener la sensación de que su exceso de sinceridad, aunque necesaria, le había explotado en la cara.

—Seguro que vienes aquí por las noches a buscar inspiración —dijo Paula al pasar junto a él, esta vez camino de la cocina.

Una vez allí, dio las luces y soltó un silbido al ver aquel enorme recinto con todas sus superficies relucientes y sus enseres ordenados.

—¡Dios mío, es el sitio ideal para olvidarse del mundo!

«Dímelo a mí», pensó el chef. 

Ciro se adelantó.

—Ven, siéntate aquí.

Paula lo vio acercar dos taburetes altos a su puesto de cocina y dirigirse hasta una de las neveras, donde extrajo una pequeña bandeja con tapa y una botella. 

Como solía sucederle cada vez que podía mirarlo sin que él se diera cuenta, los ojos de la mallorquina se regodearon en las vistas. Le encantaban las camisas amplias de cuello mao que él solía llevar por fuera de los pantalones y arremangadas hasta el codo. La de hoy era estampada en distintos tonos de rojo y anaranjado, formando parches asimétricos. Combinaba a la perfección con sus pantalones baggy negros y sus infaltables Converse del mismo color. Nunca había conocido a alguien como él, tan distinto en todo al tipo de hombres que solían atraerle y, a la vez, tan único, tan «él». Ciro exudaba personalidad por los cuatros costados y a un nivel puramente físico, lo encontraba sencillamente arrollador.

Ciro dejó la bandeja y la botella sobre su puesto y fue hasta uno de los armarios donde guardaban el menaje a por dos copas. Depositó una de las copas frente a ella, vertió el cava, y la miró con una sonrisa radiante, que rezumaba picardía.

—¿Estás preparada para pecar? 

Paula se echó a reír. Dejando a un lado el festín visual que acababa de darse a su salud (y que la había puesto en «modo gula total»), ignoraba lo que había en la bandeja, pero la etiqueta de la botella indicaba que contenía cava. Y no cualquier cava, sino uno de la casa; de la Bodega Montaner. Como en la bandeja hubiera un postre, lo declararía oficialmente su hombre favorito.

—¡Eso siempre!

Ciro hizo un pase de magia, destapó la bandeja y a continuación se inclinó teatralmente agradeciendo los aplausos de un público imaginario.

«¡Madre mía!» fue todo lo que salió de la boca de Paula.

La bandeja contenía chocolate; bombones, concretamente. Su aspecto era tan apetitoso que se comían solos, pero había más razones para saber a ciencia cierta que serían una delicia; estaban en una nevera de la cocina de Ciro Montaner. Ergo, eran sus creaciones.

Ciro tomó un bombón, retiró la base de papel en forma de festón que lo rodeaba y lo acercó a la boca femenina.

—Es mi segunda prueba, no la versión definitiva… Son para una cena de Nochevieja que habrá en el salón de fiestas, en el edificio de al lado. Ahora están fríos, pero tienen que servirse a temperatura ambiente.  A ver qué te parecen…

Paula cerró los ojos mientras masticaba lentamente aquella delicia de chocolate. Pudo reconocer enseguida dos sabores; un ligero toque de vainilla y crema de café.

—¿Es Baileys?

—No, es un licor de crema de café de la casa, algo con lo que está experimentando mi hermano Quim en la bodega. ¿Qué te parece la combinación de sabores?

Una maravilla suprema, eso le parecía.

—Mmm… No lo sé… No lo tengo claro. ¿Puedo probar otro? —bromeó, al tiempo que aleteaba sus pestañas graciosamente. Enseguida empezó a gesticular—. ¡Dios mío, ¿qué quieres que me parezca, Ciro?! ¡Esto es pecar muchísimo! Porque te advierto que no voy a poder parar hasta que me los acabe todos, ¿y sabes dónde acumulamos las chicas esta clase de pecados? —Se señaló el trasero—. ¡Ese nunca miente! ¡No, no, nunca miente!

—Puedes decir que has estado haciendo sentadillas. Tranquila, el secreto se irá conmigo a la tumba —repuso él con un gesto amanerado que la hizo desternillarse de risa.

La sonrisa de Ciro le quitaba hierro al pecado; su mente era otro cantar. Sabía que ella era de buen comer, la había visto disfrutar sin complejos del menú que las novias contrataban en las bodas, pero su gran delgadez engañaba mucho. En su opinión, el trasero de Paula era la parte más sincera de su cuerpo. No era que viviera mirándoselo, ni mucho menos. Pero como hasta el momento, la mayoría de las veces se habían visto durante la celebración de eventos que ella organizaba y no paraba quieta, sus inspiradoras vistas posteriores y él habían llegado a conocerse bastante bien.

Sin embargo, no solo la mente del chef deambulaba entre pensamientos inspiradores…

—¿Así es como seduces a todas tus conquistas o es un método exclusivo para mí porque sabes que soy una fan declarada del cava y del chocolate?

—¿Funciona?

Ella sonrió complice.

—Yo pregunté primero.

—Vale —concedió él y se quedó pensativo unos instantes—. No creo que a una mujer se la conquiste por el estómago. Al menos, ahora. Sacando a mi equipo de ayudantes y a mis tías, que son de otro planeta… Y a ti, que no sé dónde pones todo lo que te he visto comer, todas las mujeres que conozco están a dieta de algo. Así que, como método de seducción, no creo que sea muy bueno que digamos. En cuanto a mis conquistas… Que supongo que es lo que realmente pretendías averiguar al plantear tu pregunta, no hay mucho que contar. No soy virgen ni practico el celibato, pero rara vez tomo la iniciativa. Suelen ser ellas las que me llevan a su terreno… —Se encogió de hombros mientras en su rostro lucía una sonrisa tan seductora que Paula estuvo a punto de plantarle un beso sin mediar palabra—. Y yo me dejo llevar.

—¿Y te dejaste llevar con esa pelirroja con la que charlabas tanto en la boda del exjefe de tu prima Andy?

Ciro sabía perfectamente a quién se refería, pero se hizo el desentendido.

—¿Pelirroja?

Ella exhaló un suspiro. Se acabó el cava que quedaba en su copa (que él se apresuró a rellenar), y tomó otro bombón que se dedicó a comer mientras lo miraba con cara de circunstancias.

—Ah, ya sé quién dices… Pero no es pelirroja, lleva el pelo a dos colores. Por eso no caía… —La cara de Paula le informó que los detalles acerca de su cabello le traían completamente al pairo. Él se tragó las ganas de reír y fue al grano—: No, qué va… Me encantó su vestido y me acerqué a preguntarle por él. Resultó que es diseñadora de ropa grunge y como unos amigos catalanes tienen una boutique de este estilo en Mahón, los puse en contacto.

Menudo mentiroso.

—Te encantó su vestido —repitió ella, imitándolo. 

—Sí… Bueno, no… A ver, es cierto que el vestido era la caña pero —Ciro había empezado a sonreír antes de confesar la verdad—: Tú no me hacías ni puñetero caso…

—¡Ciro, por Dios, estaba trabajando!

¿Trabajando, esa es tu excusa? 

—No. Me hacías. Ni puñetero caso. Paula. Te deshiciste en halagos con mi paella y solo te faltó hacerle la ola a mis canapés de cangrejo, pero de mí pasaste olímpicamente y como la alternativa de pintarme de naranja y ponerme unas tenazas en las manos, a ver si así tenía más suerte, no me seducía en lo más mínimo, probé algo diferente… —Esbozó una sonrisa cautivadora—. Y por lo visto, surtió efecto.

Lo había evitado, que no ignorado, era cierto. Pero no por las razones que Ciro creía. Tenerlo en su campo visual la distraía y darse cuenta de cuánto le gustaba la ponía muy nerviosa. Más que más si, como había sucedido, él había decidido inesperadamente capitanear en persona al equipo de cocina encargado de alimentar a los invitados de una boda que ella estaba organizando. 

—Vaaaale, lo sieeeento. —Le dedicó una mirada coqueta—. ¿Algún amor platónico del que haya que preocuparse?

Ni platónico ni de ninguna clase.

—No. ¿Y tú?

Ella soltó una risotada. Todas sus relaciones románticas habían sido patéticas. Sin excepción.

—Hubo uno y solo te diré que ojalá se hubiera quedado en «platónico». ¡Imagínate lo malo que resultó en la vida real!

Era bueno saber que no tendría que vérselas con ningún sueño inalcanzable, de esos con los que ningún mortal podía competir en igualdad de condiciones. ¿Pero qué había de los de carne y hueso? 

—¿Y alguno «no platónico»? —quiso saber Ciro.

Paula esbozó una sonrisa y apartó la vista mientras pensaba en su respuesta. Le gustaba mucho la forma en que se estaban desarrollando las cosas entre ellos. Le agradaba que hubiera preguntas directas y respuestas sinceras porque eso denotaba que ambos eran muy conscientes de sus circunstancias y que no estaban por labor de embarcarse en una relación sin unas mínimas garantías. Le debía ser totalmente franca, aunque en aquel preciso momento supusiera un anticlímax hablar de según que «no platónicos» de su vida.

—Algunos, en plural —precisó—. He tenido varios en mi vida adulta. De los que quizás aún haya que preocuparse, solo hay uno. —Alzó la vista para encontrarse con la mirada un tanto asombrada de Ciro—. Rompimos hace más de un año. Yo lo dejé cuando me di cuenta que había vuelto a pecar de crédula esperando que su vanidad masculina no sangrara cada vez que no pudiera acompañarlo a su importantísimo cóctel de empresa, o cumpleaños, o bautizo o lo que fuera. Siempre soy yo la que los deja. Y aunque se suponía que era él quien estaba harto de tener una novia tan ocupada, lo cierto es que el hartazgo le duró poco. En resumen: sigue llamando, sigue apareciéndose sin avisar… Intenta que nos reconciliemos.

—¿Y lo está consiguiendo?

Paula negó taxativamente con la cabeza.

—Pero si sigue así, lo que puede que consiga es que le ponga un ojo negro. —Esbozó una sonrisa, decidida a quitarle importancia al asunto—. Es inofensivo.

—Pero insistente.

—Lo dejará cuando vea que ya no estoy libre…  Si dejo de estarlo, claro —matizó con picardía—. ¿Supone un problema para ti?

A Ciro le resultaba muy extraño sentir lo que sentía. No sabía ni siquiera cómo clasificarlo. No le agradaba la idea de que hubiera otro tipo potencialmente capaz de tener la atención de Paula. Alguien que, de hecho, la había tenido durante un tiempo. Por otra parte, estaba tan acostumbrado a medirse con otros, a competir, que no concebía su vida sin esa adrenalina implícita en saberse siempre examinado. La diferencia ahora era que no competía por un premio culinario o por el interés de la prensa especializada, sino por el interés de una mujer. De esa mujer.

—Depende, ¿es un chef premiado?

Menudo engreído. Paula sacudió la cabeza, risueña.

—No. Es un ejecutivo agresivo. Lo suyo son los bocadillos y la pizza congelada. 

Pues ya tendría que ser un fenómeno en otras cosas para haber conseguido mantenerse en la carrera tratándose de alguien como Paula, pensó él. Cuando habló, sin embargo, dijo algo diferente.

—Entonces, ningún problema. 

—Bien.

—Bien —repuso él, cediéndole el turno de pregunta con una gesto de la mano mientras cogía su copa con la otra.  

—¿Y por tu parte, qué? —volvió a decir ella al cabo de unos instantes. Sonrió cuando el pensamiento apareció en su mente y lo soltó tal cual—: ¿Alguna fan acosadora que no pueda vivir sin tu faisán con albaricoques al vino tinto?

Ciro se atragantó con su sorbo de cava y los dos se estuvieron riendo un buen rato a cuenta del desparpajo de la mallorquina.

—Alguna no, miles… ¡Mi faisán es insuperable!

Paula asintió satisfecha. Cogió un último bombón y lo degustó tomándose su tiempo. A continuación, bebió otro poco de cava y volvió a dejar la copa sobre la superficie metálica del puesto.

Al fin, lo miró.

—Y digo yo, ahora que hemos puesto nuestras cartas románticas encima de la mesa y nos conocemos muuucho mejor, ¿por qué no me cuentas lo que pasó en casa de tu prima, ese toma y daca sobre mí entre tu tío y tú? 

—No pasó nada.

—Venga, Ciro… Dijo, textualmente, «¿Habéis notado con cuánta diplomacia Paula me ha vuelto a dar calabazas? Lo dicho, Ciro; tú eres mi último recurso». ¿A qué vino ese comentario? Y lo más importante, ¿qué tienes tú que ver con él?

Ciro soltó el aire por la nariz y a continuación se apartó el cabello de la cara empujándolo hacia atrás con ambas manos. 

—Él cree que todos tenemos un precio, se mida en dinero, en poder, en influencia, en lo que sea…  —Exhaló un suspiro contrariado—. Para que lo entiendas; mi tío es incapaz de considerar siquiera la posibilidad de que no estés interesada en trabajar con el Grupo Estellés. Del mismo modo que no se le cruza por la imaginación que yo tenga otras aspiraciones en el mundo de la restauración. Aspiraciones que no pasan por el grupo de empresas.

Ciro se arrepintió enseguida de su último comentario, pero ya era tarde.

—¿Las tienes? —preguntó Paula, de inmediato.

Sin embargo, él no estaba por la labor de meterse en arenas movedizas tan pronto. No le había hablado a nadie de sus planes porque aún estaban en fase de estudio y hasta que hubiera tomado una decisión al respecto, prefería mantener la boca cerrada.

—¿Hablamos de ti o de mí? —Paula concedió con un gesto—. Está convencido de que es cuestión de tiempo que encuentre la fórmula ideal, una a la que no puedas negarte.

—¿Y esa fórmula te incluye a ti?

Joder, qué incómodo.

—Digamos que él cree que el hecho de que yo me ocupe del catering de las bodas que tú organices para el grupo, podría aportar un valor especial a su propuesta… Desde que mi madre nos vio conversando en aquella boda, hace meses… Bueno, ya te lo imaginas. 

Sí, ya se había percatado de que aparecer junto a Ciro en la cena de Navidad había despertado el interés de todo el mundo. Las miradas pícaras los habían seguido toda la noche, hicieran lo que hicieran. Estaba claro que todos pensaban que había algo entre ellos. Y algo había, desde luego. Que su tío intentara utilizarlo, sin embargo, era otra cuestión. 

—Pero tú no lo crees…

—No.

—¿Por qué no? 

—Profesionalmente, no te interesa. No es cuestión de dinero, es cuestión de prestigio y de proteger tu marca comercial. Y a un nivel un poco más personal, también es una cuestión de autonomía… No tienes pinta de llevar bien eso de estar obligada a darle cuentas a un superior y, fuera cual fuera el tipo de acuerdo al que llegarais, no te librarías de reportar a él. En el Grupo Estellés absolutamente todo pasa por Pau. Y mientras dirija los destinos del grupo, seguirá siendo así.

Había clavado punto por punto sus objeciones, de modo que quedaba claro que detrás de sus pintas de tipo que vive abstraído en sus propios pensamientos, había un hombre que, al menos en lo que a ella concernía, sabía bastante bien de lo que hablaba.

—¿Y eso le has dicho a él?

—Más o menos… —En realidad, le había dicho que estaba loco y que si pensaba usarlo a modo de cebo para tentarla a ella, ya podía olvidarse del tema porque él no pensaba colaborar—. Pensándolo egoístamente, sería genial que te interesara porque eso te obligaría a establecerte en Menorca y, bueno, ya sabes... Nuestras locas agendas serían mucho más fáciles de compaginar, pero...

—¿Pero qué?

Se miraron con complicidad y al fin, Ciro hizo un gesto inocente con los labios.

—Supondría que mi tío se ha apuntado un tanto y, joder, eso es algo que odio...

—¿Ah, sí? ¿Y por qué?

—¿Por qué qué? —preguntó él a su vez, haciéndose el desentendido nuevamente. 

«Te pillé», pensó Paula. Una sonrisa triunfal brilló en su rostro.

—¿Sabes, Ciro? Ahora sí quiero ese café... Quiero estar bien despierta cuando me cuentes tus batallitas con tu tío. ¡Es algo que me interesa muchísimo!

A Ciro no le interesaba hablar de Pau. Mucho menos de su eterna competencia con él. Pero la idea de poder disfrutar de la compañía de Paula un rato más, de conocerla mejor y seguir descubriendo en qué más congeniaban, le resultaba de lo más tentadora.

—¡En ese caso, marchando un café!


- III -


Un rato más tarde…


Paula seguía con total interés la conversación de Ciro. Era pausada y relajada, con algunos comentarios cómicos propios de su forma de ser. Además, le estaba resultando muy informativa porque desde la primera palabra, Ciro le había confirmado que entre su tío y él no todo era tan perfecto como aparentaba ser. Incluso había dejado entrever que la relación entre los Estellés y los Montaner no había sido un camino de rosas y que no se debía a motivos de trabajo que los hermanos de Ciro rara vez se apuntaran a las reuniones familiares. 

—Según dice mi madre, para mi abuelo fue una desilusión que todas sus hijas fueran mujeres. Y cuando se casó con su actual esposa y tuvo a su primer hijo varón, todos tuvieron claro que sería él quien lo sucedería a cargo de la empresa… Podía haber sido el típico consentido inútil, lo malcriaron a base de bien, eso te lo aseguro, pero resultó ser un tipo legal al que todos adoran. —Sonrió con incredulidad al decir—: Mi madre incluida. Para ella y para mis tías, Pau es «su príncipe». Así que me tocó crecer viendo cómo toda la admiración y todo el reconocimiento se los llevaba él…

—Uy, debió dolerte horrores…

Ciro asintió.

—Daba igual de lo que se tratara; estudios, deporte, chicas… Lo que se te ocurra. A Pau todo se le daba de miedo. Y cuando empezó a ocuparse de asuntos del grupo, también lo bordaba. Lo hace mejor que su padre, que ya es decir… Era como un jodido espejo en el que siempre tenía que mirarme porque, lo dijeran abiertamente o no, todo el mundo me comparaba con él… Me compara, en presente. 

Ciro hizo una pausa para beber un poco de café. Notó que ella lo miraba interesada y aunque el tema en cuestión no era de su agrado, tener su atención lo hacía sentir importante. Su vanidad había crecido medio metro, como mínimo.

—Mis hermanos no lo soportan, piensan que está donde está porque es el niño bonito del abuelo. No quieren saber nada con él y me han designado portavoz de la familia Montaner. O sea, soy el que se come tooodos los marrones… —precisó, haciendo reír a Paula con su forma desenfadada de plantear lo que ella estaba segura que había supuesto un problema importante para ambas familias.

—¿Y tú que piensas?

—Que en eso están equivocados. Chocamos, es cierto. A veces, Pau se pasa de soberbio. Es orgulloso, autoritario, metomentodo como su padre y, para según qué cosas, tiene pocos escrúpulos. Pero hemos alcanzado una especie de pacto en el que si se trata de un tema directamente relacionado con la cocina, la última palabra es mía, esté él de acuerdo o no… —Tras una pausa, continuó—: En muchos sentidos, la principal razón de que choquemos tanto es que Pau tiene una visión un poco cuadriculada de las razones que nos mueven a las personas a ser lo que somos y a hacer lo que hacemos… Dicho esto, nadie le ha regalado nada. Dirigir el grupo no fue algo que le cayó del cielo solo por ser hijo de quien era. Se lo tuvo que currar desde abajo. Y a nivel familiar, otro tanto. Para él su familia es la piedra angular de su existencia y siempre se ha partido la espalda para ayudarnos a todos. Incluidos nosotros, los Montaner. Se merece todo lo que ha conseguido, esa es la verdad.

—Pero tú tienes pelusilla de que para todos sea un ídolo... —dijo Paula.

—Muchísima, sí —admitió sin más—. Pero si se lo dices a alguien, lo negaré.

Ambos rieron. 

—Y como no podías dirigir el grupo Estellés ni ganarle en los deportes ni en los estudios, decidiste ser el mejor chef del mundo.

—De la galaxia —precisó él, elevando el dedo índice con histrionismo. 

—Sé cómo es sentirse en inferioridad de condiciones. Y tengo que agradecerle a ese sentimiento que hoy sea quien soy. Mis hermanos eran todos deportistas de élite o empresarios de prestigio y yo, la única chica, ¿qué tenía como carta de presentación? ¡Ser la reina del baile! Era como si nadie esperara nada de mí, ¿sabes? Como si ser simpática y extrovertida fuera suficiente. ¡Dios, cómo me quemaba la sangre! No lo soportaba. Así que decidí que tenía que haber algo en lo que yo pudiera ser tan buena como ellos…

—Y te convertiste en organizadora de bodas.

—En la mejor organizadora de bodas del país —puntualizó—. Tengo mi propia empresa, he creado una marca de prestigio y económicamente estoy tan bien como mis hermanos, así que ahora tengo su respeto además de su cariño. La pequeña Paula ya no es solamente la reina del baile.

Ciro asintió sonriendo.

—¡Ahora eres la reina del mambo!

—Exacto.

Tras un momento de sonrisas cómplices, Paula volvió a hablar.

—Puede que tu tío crea que todos tenemos un precio y que yo no soy una excepción. Y es hasta cierto punto halagador que, en mi caso, siga intentando encontrarlo. ¿La verdad? No se apuntará un tanto conmigo, quédate tranquilo. Estoy muy bien como estoy y no tengo previsto cambiar. Al menos, no en el terreno profesional.

¡Menuda declaración de intenciones!, pensó Ciro.

—Me encanta oír eso.

Ella sonrió, coqueta.

—Lo sé. —Respiro hondo y echó un vistazo a su reloj—. Es hora de irme.

Ciro la vio coger el móvil y pedir un taxi mientras su cerebro ideaba febrilmente posibles razones para convencerla de que se quedara. 

Entonces, ella se puso de pie.

—Me han dicho que la demora es de dos minutos, así que voy a recoger mis cosas…

Los dos se dirigieron hacia el lugar donde habían dejado los abrigos. Ella se puso el suyo y cogió su bolso bajo la mirada de Ciro, que seguía dándole vueltas a la idea de que siguieran juntos un rato más.

—¿Otro bombón? —ofreció él.

—Ya no quedan. Me los he zampado todos, ¿recuerdas?

—¿Y qué tal si te llevo al mirador? Las vistas son alucinantes…

—Admito que es tentador, pero no tiene mucho sentido visitar un mirador de noche, ¿no te parece? 

—Ah, eso… No pasa nada. Puedo conjurar a las fuerzas del universo para hacer que sea de día… —coqueteó él.

—¡Y en ese caso, me tocaría salir corriendo para no perder el avión! 

Ambos se echaron a reír. 

A Paula le gustaban cada vez más las formas suaves, divertidas de Ciro de intentar retenerla. Le parecía todo un cambio a la actitud avasalladora de la que solían hacer gala los ejemplares macho de la especie humana. 

Ciro seguía sin saber cómo clasificar lo que sentía estando junto a Paula. Solo sabía que necesitaba seguir sintiéndolo. La encontraba adictiva.

Él al fin se rindió a la evidencia. 

—¿Y ya está? ¿Un café y te vas?

En aquel momento, unos golpes en la puerta les confirmaron que su tiempo juntos estaba a punto de acabar.

Paula miró a Ciro con dulzura. Al fin, tomó suavemente su barbilla e, inclinándose un poco hacia él, lo besó ligeramente en los labios. Fue apenas un roce que, sin embargo, tuvo un efecto fulminante en los dos. 

Ambos se estremecieron.

Y ambos escondieron como pudieron aquella reacción visceral.

—Un café y un beso. ¿Te parece bien? —murmuró ella.

Una sonrisa de niño travieso apareció de repente en el rostro de Ciro, que pronto se materializó en una propuesta de lo más traviesa.

—Mmm… No estoy seguro… ¿Podemos probar con otro?

—Podemos… —Al ver que él tomaba la iniciativa, Paula se apresuró a detenerlo poniendo una mano sobre su pecho—. Pero no debemos. Porque con los besos nos va a pasar lo mismo que con los bombones y hoy no es una buena idea. Tú tienes compromisos que cumplir y yo también, y si no hacemos lo que debemos, por más agradable que sea continuar con esta excitante cata… Nos vamos a arrepentir. Somos de esa clase de personas.

Él retrocedió un paso en un gesto de acatamiento. Jamás unas palabras dichas con tanta dulzura le habían sabido tan amargas. 

—Entonces, sí, un café y un beso me parece… —Puso cara de estar probando el bocado más apetitoso de su vida—: ¡Perfecto!

¡Dios, qué tierno eres, Ciro!

Paula asintió y se dirigió a la puerta con decisión. Debía largarse de allí ya mismo. Antes de abrirla, se giró para mirarlo:

—¿Cuento contigo para el desayuno del primero de enero?

Por supuesto que sí. Estaría en Mallorca aunque tuviera que ir nadando.

—¿Habrá más besos? 

Ella le obsequió una gran sonrisa.

¿Acaso lo dudaba? Desde que había probado sus labios, estos se habían convertido en el plato principal del menú de Año Nuevo. 

Y en el segundo plato. Y también en el postre.

—Habrá café. Los besos tendrás que ganártelos. Si cocinas para mí y quedo satisfecha con el resultado, quizás…

—Quedar satisfecha, dice… Por favor, ¿sabe la Gran Paula Seguí con quién está hablando?

Su risa coqueta acarició los oídos de Ciro y continuó por su cuello y su espalda como si no se tratara de un sonido, sino de su piel. La misma que hacía unos instantes lo había hecho estremecer con tan solo un roce.

Y su voz, insinuante y juguetona, se ocupó de rematar la faena cuando ella dijo:

«Lo sabe, chef. Claro que lo sabe».


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©️2021. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
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