
Protagonistas de Princesa (Serie Moteros # 1)
CR01. El mejor regalo del mundo.

Sábado, 25 de diciembre de 2010.
Bar The MidWay.
Hounslow, Londres.
Eran las cuatro y media de la tarde y ya hacía más de una hora que Dakota había puesto a la familia en movimiento. Tal como había esperado que sucediera, las tías de Tess habían dicho que todavía era temprano y que podían quedarse un rato más en la buhardilla, a lo que él había respondido sacándolas con cajas destempladas.
—Ni hablar. Además, ¿que esperáis, que los quite yo? —Señaló el enorme lazo rojo que rodeaba la campana con la que tradicionalmente se anunciaba la última ronda de bebidas del día—. De eso nada, señoras. Ya podéis ir retirando todas esos adornos rapidito, que esto es un bar de moteros y se abre a las cinco.
—¡Es Navidad, Dakota! Moteros o no moteros todo el mundo espera ver lacitos y bolas de colores —intervino Amelia, haciéndole un guiño a Tess que para entonces reía divertida ante la expresión del rostro de su marido.
—Eso será en su caso. Lo que los clientes de este bar esperan encontrar aquí es cerveza y buena música.
—Y tíos buenos —apunto Abby mientras recogía la última mesa.
—¡Eso; tíos buenos! —dijo Terry.
Todos lo miraron sorprendidos. Llevaba dos horas bostezando sin parar con evidentes signos de estar durmiéndose sentado.
—¡Snowman ha resucitado! —exclamó Amelia, riendo. Junto a sus hermanas ya había comenzado a retirar los adornos navideños del salón.
—¡Alabado sea Dios! —bromeó Stella—. ¡Chico, qué alivio, nos tenías preocupados!
Terry agradeció los comentarios elevando ambos brazos como si fuera una estrella del rock saludando a los fans en un concierto
—Parece que has vuelto a la vida —le dijo Tess cariñosamente—. En ese caso, podrías quedarte un rato.
El moreno declinó la invitación con un gesto de la mano.
—No, cariño. Llevo dos semanas de aeropuerto en aeropuerto. Lo que necesito es dormir tres días seguidos, pero como eso no será posible, cuanto antes empiece mejor.
—Bueno, te dejaré descansar hoy, pero mañana te esperamos… ¿a comer? —propuso y al ver que él dejaba caer la cabeza hacia adelante y se ponía a roncar en broma, añadió—: De acuerdo, a cenar, entonces. A ti también, Diana, por supuesto. Y no aceptamos excusas, ¿verdad, Scott? —le preguntó a su marido que estaba encendiendo las máquinas, detrás de la barra.
El motero se volvió a mirarla con gesto interrogante.
—Les he invitado a cenar en casa mañana y acabo de informarles que no aceptamos excusas. Tienen que venir —le explicó ella, risueña—, ¿verdad?
¿Más gente en su casa? ¿Y todavía se lo preguntaba? Dakota empezó a reírse de pura desesperación.
—Si no venís os prometo que no me voy a ofender —aseguró. Y vio que Tess se ponía roja, lo cual consiguió que él se riera con más ganas.
—Eso es un alivio, tío. Lo último que querría es que te ofendieras —exclamó Terry y miró a Tess—: ¿Te he dicho ya que tu marido me encanta? ¡Es lo más!
—¿Te sientes identificado, verdad? A ti también se te da muy bien desconcertar a la gente con comentarios inoportunos… —Y volvió a dedicarle una mirada recriminatoria a su marido a la que él respondió haciéndole un guiño.
«Y que lo digas», pensó Diana, asintiendo con la cabeza varias veces.
Aquellos movimientos enfáticos no pasaron desapercibidos a Terry. Estuvo a punto de traer a colación lo sucedido durante el día de remembranza en conmemoración del aniversario de la muerte de su marido, pero descartó la idea. Tess no estaba al tanto, o eso creía, ya que de otra forma, le habría dicho algo al respecto y la conocía lo bastante para saber que lo sucedido no le haría gracia. De hecho, mirándolo en perspectiva, a él tampoco se la hacía. No había estado bien.
—Totalmente identificado —repuso—. Tu marido es un desvergonzado, igual que yo.
Dakota pensó que ese era el pie que necesitaba para acabar con aquella reunión por la vía expeditiva. Saltó por encima de la barra y fue hacia la mecedora donde estaba Tess con decisión.
—¡Exactamente! Y como no tengo ninguna vergüenza y, en cambio, lo que sí tengo es que prepararme para abrir el bar, me voy a llevar a mi mujer y a mi hija a casa ahora mismo. ¡La salida queda por ahí! —Señaló con un gesto de la cabeza la puerta principal y empezó a alejarse empujando la silla al tiempo que decía—: ¡Adiós a todos y gracias por venir!
* * *
A pesar del descaro de Dakota, llevarse a Tess y a Romina no le resultó tan sencillo como esperaba. Las despedidas se extendieron durante varios minutos antes de que, finalmente, «sus chicas» estuvieran en casa.
Romina continuaba durmiendo como un lirón, de modo que solamente tuvo que ocuparse de acostarla en su cuna y taparla bien. A continuación, ayudó a Tess a ponerse ropa más cómoda, le preparó una infusión y la arropó en el sofá, ya que ella había descartado meterse en la cama tan temprano.
—Gracias, amor… Estoy agotada… ¿Quién diría que no mover un plato y dedicarse solo a conversar resultaría tan cansado?
—Yo no he conversado ni la mitad que tú y estoy muerto… Es normal, nena, todavía te estás recuperando. Ya sé que no te gusta decepcionar a esa panda de locos que tienes por familia, pero lo de hoy ha sido muchísima tralla para ti.
—Pero estoy feliz…. Feliz, feliz, feliz. Gracias por hacerlo posible, Scott. ¿Ves por qué eres el hombre de mi vida? Haces lo que sea por complacerme. Da igual lo que necesite o lo que te pida, sé que siempre puedo confiar en ti.
—Me encantan tus cumplidos, bollito… Y no veas cómo me ponen —añadió con doble sentido antes de ir al meollo de la cuestión—: Pero ahora lo que quiero es que descanses. Aquí te dejo el móvil, me llamas si necesitas cualquier cosa, y cuando tenga un rato libre, vengo a verte.
El motero se inclinó a besarla pero cuando se disponía a marcharse, ella lo retuvo por la mano.
—¿Te puedo pedir un favor?
Dakota la miró con suspicacia. Aquel tono y aquella carita de no haber roto un plato solo podía significar una cosa; «mimos».
—Como poder puedes, que vaya a complacerte… Eso ya es otra cosa.
Ella puso morritos.
—Ay, qué malo… Si es una cosita de nada…
Dakota volvió hacia ella, se agachó junto al sofá.
—Nena, nada me gustaría más que quedarme y hacer todo lo que me pidieras, pero tengo que ir a abrir el bar…
—Lo sé, amor. No voy a entretenerte ahora. Eso lo dejaré para después —dijo coronando sus palabras con un aleteo de pestañas que a Dakota le encantó ver—. Ahora, lo que quiero pedirte es… ¿Traes a Romina aquí, conmigo?
—¿No habíamos quedado en que la niña debe dormir en su cuna, en la habitación?
—Sí, amor, pero la echo de menos y me encanta verla dormir… Te prometo que no la toco hasta que se despierte.
Dakota asintió suavemente. Podía entenderla, desde luego. Él vivía inventando excusas para sacar a Romina de su cuna aunque fuera unos pocos minutos. Comprendía a la perfección esa necesidad de tenerla cerca.
—Muy bien, traeré a la niña. Y no me importa si la coges en brazos, pero ya sabes por qué eso no nos conviene, ¿vale?
Tess asintió varias veces con la cabeza. Todavía le quedaban un par de semanas de descanso antes de reincorporarse al trabajo y disponía de todo el tiempo del mundo para dedicarlo a la niña y a sí misma, para recuperarse, pero cuando tuviera que volver a trabajar, notaría la diferencia.
Ya habían hablado sobre el tema y pensaban contratar a una niñera que cuidara de Romina mientras ella trabajaba en su despacho, al final de la buhardilla. Pero todavía ni siquiera habían empezado a entrevistar a las posibles candidatas y, a menos que las cosas se dieran muy bien, lo más normal era que tomara tiempo poder contar con ayuda. Lo mejor era prevenir, evitando que la niña se acostumbrara a estar en brazos de sus adultos cuando estaba despierta.
—No te preocupes, solo la miraré dormir… Hasta que el cansancio me venza y yo también me quede dormida.
Dakota fue a la habitación de matrimonio y empujó la cuna suavemente de regreso al salón, procurando no despertar al bebé. La colocó a un costado del sofá, el más próximo a Tess. Permaneció unos instantes contemplando a su hija y finalmente se obligó a marcharse.
—Aquí te dejo a esta hermosura, durmiendo como un lirón… ¿A quién habrá salido tan dormilona? —comentó cuando ya se estaba alejando.
Y para satisfacción del motero, no tardó en escuchar la voz de Tess que le decía en aquel tonito dulce:
«¿Y todavía lo preguntas? ¡A ti, amor, ¿a quien si no?!».
* * *
Después de la medianoche…
Dakota se dejó caer en el sofá, junto a Tess y estiró sus largas piernas. Exhaló un suspiro al tiempo que extendía los brazos hacia atrás por encima de la cabeza.
—Caja cuadrada, bar cerrado, bebé hermosa en su cuna, dormida como un tronco. Ya puedo descansar —murmuró.
Tess se rió en tono bajo. Estiró la mano y acarició largamente la mejilla masculina con dos dedos en los que luego enredó parcialmente un mechón de su largo cabello.
—Quién me habría dicho que aquel jovencito impertinente que me molestaba desde el otro lado de la valla se convertiría en este hombre responsable y guapísimo del que me siento tan, tan orgullosa…
Volvió a reírse al detectar la mirada jactanciosa que él le dedicaba.
—No sé si alguien te lo dijo, pero que lo sabías, eso seguro. Las mujeres sois muy brujas. Con eso de la intuición vais diez pasos por delante, y tú eres la reina de las brujas.
Tess frunció el ceño sin dejar de sonreír. Se acomodó el sofá de forma de poder mirarlo mientras hablaban y un ramalazo de dolor en la ingle se ocupó de recordarle que todavía debía ser muy cuidadosa con sus extremidades inferiores.
—¿Eso crees, que lo intuía? —le preguntó sumamente interesada.
Lo vio asentir varias veces con la cabeza sin pronunciar una palabra. Tras aquella primera mirada jactanciosa, él había vuelto a cerrar los ojos y ahora su nuca descansaba sobre el respaldo. Su perfil lucía aún más hermoso bajo la favorecedora luz de la lámpara de pie.
—Interesante idea —concedió risueña—. Lo que yo recuerdo de esa época es que me irritabas. Mucho.
—Te irritaban mis provocaciones, no yo. Yo te molé1 desde el minuto uno. —Volvió la cabeza para mirarla desafiante e imitándola, añadió—: Mucho.
La mente de Tess regresó a aquella noche de hacía tres años. Abby suspiraba por él, vivía pendiente de sus horas de llegada a casa para espiarlo desde la ventana y, en aquella ocasión, habían sido cuatro los ojos que lo espiaban. El recuerdo del momento en el que él se había quitado el casco y ella había visto por primera vez su larga melena cubriendo la espalda de aquella cazadora cargada de pinchos, la hizo sonreír. Recordó que su primer pensamiento había estado dedicado al pelo. Acostumbrada al estilismo de los hombres de su entorno, la total carencia de un estilo en él, la había sorprendido. Sin embargo, el segundo pensamiento había estado dedicado al hombre y a qué diferente era lo que veía del muchachito desgarbado y lleno de acné juvenil de sus recuerdos. Diferente en el buen sentido de la palabra. Más allá de las primeras impresiones, había algo en Scott que, en efecto, había encontrado irresistible desde el principio. Tenía que ver con su seguridad, con esa actitud de «aquí estoy yo» que reclamaba de inmediato toda la atención y no dejaba a nadie indiferente. Sobre todo, porque de alguien que acapara la atención con tanta facilidad, no se esperaba que te otorgue la suya con tanta generosidad. Y desde el minuto uno, él la había hecho sentir así; totalmente escuchada, totalmente atendida, totalmente deseada.
—¿Y tú, amor, también intuías que acabaría convirtiéndome en la mujer de tu vida, en la madre de tu hija?
Dakota sonrió resignado. Se inclinó un poco hacia adelante y apoyó los codos en sus piernas. La miró.
—¿No es un poco tarde para tanta cháchara, nena? Estoy reventado.
Ella le acarició un mechón de cabello y lo conservó, jugando a enredarlo en torno a sus dedos.
—Dímelo… —pidió con dulzura.
—Vendí a Princesa por estar unos días contigo y no tuve que pensarlo ni dos minutos. Si conseguiste eso de mí, podías conseguirlo todo. Es así de fácil. Y sobre Romina… No, si hubiera intuido algo así, me habría ido a Boston, por ti, diez años antes y hoy tendríamos media docena de Rominas…
Los ojos de Tess se llenaron de lágrimas que ella se esforzó por contener. No pudo evitar preguntarse si aquella alusión a tener más hijos había sido solo un comentario o, quizás, ese era su deseo.
—Qué bonito, gracias, amor… Pero diez años atrás habrías sido menor de edad. —Sonrió enternecida—. ¿Te imaginas el show que habrían organizado las hermanas Baldini?
—Diez años atrás habría estado tan loco por ti como lo estoy ahora. Siempre me pareciste un pedazo de mujer… Y una tía lista, valiente, con dos ovarios bien puestos… Pero en los últimos nueve meses has batido tu propia marca personal cada día… Eres increíble. Me da igual lo que piensen tu familia o la mía. Me dio igual entonces y me dará igual siempre. ¿Está claro?
Tess cogió la mano del motero quien la apretó cariñosamente y no la liberó.
—Mi madre ha cambiado de opinión sobre lo nuestro. Piensa que tú me has hecho mucho bien, que eres bueno para mí.
Él la miró con suspicacia y se guardó sus pensamientos para sí. A saber, que de un loco podía esperarse cualquier cosa, incluido que cambiara de opinión un día… Y al siguiente, diera marcha atrás.
Ella sonrió suavemente. Agradecía que él no siempre dijera con palabras lo que pensaba cuando se trataba de asuntos familiares, pero a sus reacciones físicas nunca había logrado mantenerlas del todo bajo control y, en todo caso, lo conocía.
—Oírselo decir me llenó de alegría, de satisfacción… —continuó—. Sabes que es algo que deseaba mucho… Pero preferí darle tiempo y ver de qué manera lo dicho modificaba su comportamiento contigo. Antes de contártelo, quería estar segura de que no había sido producto de la emoción del momento… Y hoy lo estoy —sonrió feliz—. ¡Hemos vencido a las hermanas Baldini! O, mejor dicho, las has vencido tú. Le has demostrado lo que llevo diciéndoles desde el principio; que eres lo mejor que me ha pasado en la vida.
Dakota escrutó el rostro femenino despacio.
Lo único que realmente le valía de aquel puñado de palabras era la confianza ciega que ella tenía en él. Porque esa era la razón que había detrás de todo lo que hacía, el catalizador de ese cambio del que hablaban tanto. La quería con locura y deseaba estar a la altura de su confianza. Pero los ojos de Tess brillaban felices, dejando claro cuánto significaba lo sucedido para ella, y no estropearía el momento con su desconfianza acerca de las verdaderas razones que la gente tenía para cambiar de opinión en cosas tan importantes. Léase; que las hermanas Baldini -y también su propia madre- sabían perfectamente que si querían disfrutar de Romina tendrían que morderse la lengua en lo relativo al padre de la criatura. No lo diría abiertamente, pero tampoco estaba por la labor de mentirle.
—¿Sabes qué es lo mejor de mi pasotismo? Que puedo alegrarme de algo porque a ti te alegra y que al mismo tiempo, en lo personal, me siga dando igual. Nada de lo que hago, lo hago pensando en tu familia o en la mía. Y esto no va a cambiar.
—Lo sé, pero me apetecía mucho contártelo… Me alivia saber que nuestros enemigos disminuyen —dejó caer Tess en lo que a Dakota le pareció una clara alusión a su madre.
Él le pasó un brazo alrededor de los hombros, hizo que se acurrucara contra él.
—Mi vieja no tiene genes italianos, así que no cuentes con que te suelte un discurso.
Tess no esperaba un discurso, ni siquiera una disculpa como tal -aunque pensaba que se la debía-, pero necesitaba saber que la guerra había acabado, que Rosalyn ya no la veía como la vieja bruja que había hechizado a su único hijo.
—Tu padre tampoco los tiene y nos dedicó unas palabras que jamás olvidaré… —le recordó, refiriéndose al día de su boda, cuando Doug había delegado en Richard Gibb el discurso que había preparado para aquel día.
—Te adora, piensa de corazón cada una de las cosas que le encargó a Richard que dijera por él esa noche. Pero que mi vieja haya dejado de meter cizaña es una prueba de que, de momento, le has tapado la boca.
Tess rectificó su postura para poder mirarlo.
—¿A qué te refieres?
—¿Ya no te acuerdas de las lindezas que te dijo? —Su tono se volvió ácido, producto del rencor que continuaba sintiendo por lo sucedido—. Ha tenido que tragárselas porque resulta que seguimos juntos, estamos bien y ahora somos padres de una chiquitina hermosa que nos tiene a los dos locos de amor. Nadie daba un centavo por nuestro embarazo, ni siquiera el médico.
Tess sintió que volvía a anudársele la garganta. Le sucedía igual cada vez que lo escuchaba hablar del embarazo en plural. Para él nunca había sido «tu», sino «nuestro».
Ajeno a su emoción, Dakota continuó:
—Y fíjate, nuestra niña ha estado aquí —Su mano se posó brevemente sobre el vientre de Tess— hasta el último minuto y ha llegado a este mundo hermosa, sana y de la forma más natural porque tú lo has hecho posible. Eres una supermujer, bollito. Y mi madre, una bocazas. —Se inclinó a besarla—. Y por favor, dejemos de hablar de la familia, que estoy con el estómago vacío y seguro que me sienta mal…
—Qué exagerado, Scott.
—¿Exagerado? —Las carcajadas teñidas de ironía del motero se ocuparon de informar a todo el que estuviera oyendo que seguía sin ser un tipo familiar.
Tess finalmente claudicó.
—En tal caso, propongo que vayamos a la cocina. Allí nos esperan unos estupendos tentempiés de pavo asado que acompañaré con un poquito de vino. ¡Ahora que puedo, no pienso privarme! —exclamó alegremente.
* * *
La pareja se dirigió a la cocina tomada de la mano. Tess había empezado a sonreír a cuenta de la sorpresa que le tenía preparada a su marido. Sin embargo, al entrar, comprendió que él no sería el único sorprendido, ya que sobre su plato también había un regalo; una pequeña caja envuelta en papel metalizado color azul con un enorme lazo rojo.
El envoltorio del regalo que había sobre el plato de Dakota era negro y anunciaba que el contenido era una delgada caja de forma rectangular, un palmo de larga.
La pareja intercambió miradas pícaras.
—Empiezo a encontrarle desventajas a que me conozcas tanto —dijo Tess, haciendo pucheros en broma—. ¡Quería sorprenderte!
—Lo mismo te digo —repuso él.
Los dos se sentaron a la mesa y volvieron a intercambiar miradas.
—Tú primero —concedió Dakota, galantemente. En realidad, estaba tan ansioso por que ella abriera su regalo, que ya no se aguantaba.
Tess negó con la cabeza repetidas veces.
—No. Tú primero, amor.
—¿Por qué?
—Porque me harás llorar, acapararé toda tu atención, y ese regalo en el que llevo pensando desde hace tanto tiempo y que he preparado con tanto detalle, quedará en un segundo plano.
—¿Cómo que «llorar»? Cualquiera que te oiga, pensará que vivo maltratándote o algo por el estilo…
Ella estiró la mano y volvió a acariciar su barbilla por enésima.
—Cualquiera que me oiga sabrá que yo sé que estás a punto de volver a acariciarme el corazón con uno de tus preciosos detalles. De esos de los que nadie te cree capaz porque no das el perfil de hombre que hace esta clase de cosas. Y, sin embargo, las haces. Doy fe de ello.
Hablando de conocernos bien, tú sí que me tienes calado…
El motero sonrió resignado y se dispuso abrir su regalo. A pesar de la ansiedad, se tomó su tiempo, haciendo reír a Tess quien le pareció incluso más ansiosa que él mismo.
Retiró la cinta color naranja, el único decorado del pequeño paquete, abrió los lados del envoltorio como si no quisiera que se rompiera, y finalmente dejó expuesta ante sus ojos una caja delgada, de unos quince centímetros de largo por tres de ancho, también de color negro, que llevaba el logotipo de Harley Davidson en el centro. La ilusión de Dakota empezó a crecer. Recibir regalos de su fabricante de motos favorito, lo devolvía a la adolescencia. Daba igual si era un regalo caro o una simple pegatina. Adoraba Harley Davidson.
Pero cuando abrió la caja, la sorpresa se apoderó de él. Era una cadena de plata muy larga, como las que él acostumbraba a usar, que en un extremo llevaba lo que parecía un reloj redondo de bolsillo. Al abrirlo, una sonrisa alucinada se dibujó en su rostro. No era un reloj sino un relicario con dos fotografías: en un lado estaba Tess sosteniendo a Romina. La pequeña estaba desnuda, solo llevaba en la cabeza un pañuelo de su padre, negro con el emblema naranja y negro de Harley Davidson, y miraba a la cámara con sus ojos muy abiertos. ¡Estaba para comérsela! La otra foto no se quedaba atrás; eran padre e hija dormidos en el sofá. Él con la nuca apoyada contra el borde del respaldo, Romina descansando sobre su pecho, cubierta por una manta de la que solo asomaba su cabeza y una mano en la que asía un mechón de pelo de su padre.
Dakota miró a Tess con los ojos brillantes de ilusión. Era la primera vez que veía esas fotografías, así que estaba claro que su mujer las había puesto a buen recaudo para darle una sorpresa. Y lo había hecho. Menuda sorpresa.
—¡Es una pasada, una PA-SA-DA…! —exclamó.
—Así, cada vez que nos eches de menos, nos tendrás un poquito más cerca… Feliz Navidad, amor.
Por toda respuesta, Dakota le pasó un brazo alrededor del hombro, atrayéndola hacia él, y se adueñó de su boca en uno de sus besos voraces que, como todos, duró varios segundos.
—Te adelanto que me voy a pasar el día mirándolas… —murmuró, apartándose solo lo necesario para hablar—. Gracias, nena… ME ENCANTA.
Ella recibió la alegría del motero con una enorme ilusión. Le había dedicado mucho tiempo y cariño a ese relicario, y comprobar que había acertado con su regalo navideño le ponía la guinda a un día perfecto, rodeada de familia y de amigos.
—No fue fácil decidirme por las fotos adecuadas, y cuando al fin lo logré, los colgantes de este estilo que tenían eran de mujer y admitían solo una fotografía. Y yo quería que tuviera el aspecto de un reloj. Quería un regalo bien masculino para un motero que adora las cadenas. —Sonrió con dulzura—. Pero he tenido la suerte de dar con un amable empleado que se apiadó de mí y lo organizó todo en tiempo récord… Ha quedado precioso, ¿no?
—¡Ya te digo! ¡Me lo voy a poner ahora mismo!
El motero enganchó un extremo de la cadena a una de las trabillas posteriores del cinturón y el otro, donde estaba el relicario, a la trabilla delantera que estaba en línea con el bolsillo de sus vaqueros. El gancho estaba situado de forma que permitía que, una vez sujeto a la trabilla, el relicario quedara colgando de unos cinco centímetros de cadena, algo que a Dakota le encantó.
—¡Toma ya… Cómo mola! ¡Se van a poner verdes de envidia, bollito, y cuando vean lo que hay dentro, mucho más!
—Me encanta que pienses que he acertado, Scott. Quería algo muy especial porque, desde luego, la ocasión lo merece… Esta pequeñina ya había revolucionado nuestra vida mucho antes de que nos mirara con esos ojos hermosos que tiene, ¿verdad?
Él la miró con picardía. ¿Tess estaba dándole largas al momento de abrir su propio regalo o era una impresión suya?
—Verdad —repuso—. Pero ahora es tu turno, nena.
Tess esbozó una sonrisa nerviosa. Miró el pequeño paquete que esperaba pacientemente sobre su plato. Ya estaba emocionada y todavía ni siquiera había retirado el lazo.
Previendo que entre los efectos de sus hormonas revolucionadas y la parsimonia con la que ella habitualmente hacía todas las cosas, el proceso se extendería, Dakota recuperó el regalo de sus manos y ante la expresión sorprendida de su mujer, rasgó el papel y le entregó la caja de terciopelo.
—Lo lamento, nena. Pero si no la abres YA, me va a dar un ataque —se excusó, riendo.
Ella obedeció con manos temblorosas y al ver lo que contenía, la emoción le cerró la garganta.
En un lecho de raso rojo, había un anillo de platino, de diseño plano, con el nombre «Romina» grabado sobre la superficie. Una piedra turquesa, redonda y plana, estaba engarzada a la izquierda de la letra erre.
Tess no hizo el menor ademán de cogerlo. Las lágrimas ya anegaban su rostro cuando alzó la mirada.
—Es… Ay, Scott… ¡Es precioso…! —atinó a decir antes de que la congoja se apoderara de ella y empezara sollozar—. Lo siento, amor…
Tess empezó a abanicarse la cara con una mano, incómoda por los malos ratos que le hacía pasar el ser hiperemocional en el que se había convertido hacía varios meses y que, por lo visto, no tenía previsto volver a la normalidad en un futuro cercano.
—No te disculpes por emocionarte, bollito. Conmigo, no. ¿Te gusta?
Ella, todavía incapaz de pronunciar una palabra, asintió varias veces con la cabeza
—Un anillo precioso para la madre más hermosa del mundo —continuó Dakota, y tras sacarlo de la caja, se lo puso a su mujer en el mismo dedo de la alianza.
A Tess le tomó unos cuantos minutos recuperar la compostura. Había visto muchas veces anillos de ese tipo. En Estados Unidos era una costumbre arraigada regalar a la madre después del parto, una joya que llevara la piedra de nacimiento de su hija o hijo, acompañado del nombre del recién nacido. Pero jamás había imaginado que ese sería el regalo escogido por él.
—Es un obsequio tan hermoso, tan detallista… —logró decir al fin. Ensayó una sonrisa que tuvo la intención de poner coto a su propia emoción y acabó saliéndole algo desdibujada—. Que sepas que acabo de enamorarme de ti un poquito más.
—¿Más? ¡Si ya estás loquita por mí! Feliz Navidad, bollito… Y ahora, por favor, basta de emoción. Necesito comer algo y esta vez, aunque ni yo mismo me lo creo, hablo de comida de la que se mastica —matizó entre carcajadas—. Ya me demostrarás después lo enamoradísima que estás de mí, ¿hecho, nena?
Tess depositó un beso tierno sobre la mejilla del motero. Sonrió.
—Hecho, amor.
* * *
Después de dar cuenta de los tentempiés y todavía bajo los efectos de un día muy intenso, Dakota abrió su relicario y se quedó observando ambas fotos. En su rostro lucía una sonrisa complacida que a Tess le gustó ver, a pesar de que, como siempre, disparó muchas preguntas acerca de esta novísima faceta de su marido.
—Me sigue pareciendo…
El motero hizo una pausa. Por más que lo intentaba, no encontraba las palabras adecuadas.
—No sé cómo explicarlo… Sé que Romina es real, que existe… Joder, yo estaba ahí cuando le regaló al mundo su primer berrido… Pero cada vez que la miro, no sé… A una parte de mí le sigue pareciendo un sueño… Un sueño genial, sí, pero un sueño.
—Lo que explica tu constante impulso de tocarla, de abrazarla… —dijo Tess—. Necesitas comprobar que no es un sueño.
Dakota asintió. Nunca había sido un tipo dado a analizar sus emociones, le bastaba con sentirlas, y lo que sentía era que necesitaba tener a su hija cerca porque se lo pedía el cuerpo, pero también porque era la manera más directa de comprobar que no estaba soñando. Era la vida real y por alucinante que fuera, él se había convertido en padre. Era una manera de obtener su dosis de realidad ante algo que continuaba pareciéndole la mayor locura de su vida. La más genial de todas.
—¿A ti te pasa igual?
—A mí me suceden tantas cosas… —repuso ella con una sonrisa soñadora—. Cuando pienso en cómo era mi vida hace cuatro años y en cómo es ahora, veo más claro que nunca que tú eres quien marca el antes y el después. Eres la razón de todo lo maravilloso que me ha sucedido y, muy especialmente, de que exista Romina. Por más decidida que estuviera a ser madre, por mucho que lo deseara, lo tenía todo en contra. Todo, excepto a ti. Tú siempre has estado de mi parte, apoyándome, sosteniéndome cuando flaqueaba, convenciéndome de que era capaz de lograr todo lo que me propusiera, por difícil o imposible que pudiera parecer, queriéndome incondicionalmente. Has estado a todas desde el primer momento. Eres el motor de mi vida, Scott, lo que la pone en marcha y la mantiene en rumbo… —sonrió con dulzura cuando su voz se quebró—, así que me suceden muchas cosas. Todas fabulosas y todas gracias a ti; amor, agradecimiento, incredulidad, sorpresa… Maravilla. Sobre todo, maravilla.
La emoción de Dakota había empezado a dispararse al ver cómo se transformaba el rostro de su mujer. Era una clase de transformación que anunciaba grandes confesiones. El final de su última frase lo había encontrado con los latidos del corazón acelerados y conteniendo la respiración.
Su reacción, tan típicamente dakotiana, fue carraspear.
Al oírlo, Tess tuvo la certeza de que lo que vendría a continuación sería una broma. Era la manera en que él se enfrentaba a su propia emoción.
Y no se equivocó.
—Bueno, entre nosotros, te diré que hubo ciertos momentos en los que habría salido cagando leches… —confesó él, y cuando el recuerdo de uno en particular del que no pensaba hablar apareció en su mente, soltó una carcajada—. ¡Y no habría parado hasta Marte!
—Y yo —aseguró ella con su vocecita dulce. También se echó a reír—. ¡De haber podido, yo también habría salido corriendo!
Rieron durante unos instantes y Tess decidió formular la pregunta que regresaba una y otra vez a su mente desde que él había comentado algo por la tarde.
—¿Volverías a pasar por… ese momento?
Esta vez fue el rostro de Dakota el que se transformó. ¿Tess estaba hablando de lo que parecía que estaba hablando?
—¿Volverías tú a hacerlo? —preguntó a su vez.
Había sido duro, pensó Tess. Meses de privaciones, de frustraciones por no poder hacer casi nada, de incertidumbre y también de miedo. Por no hablar del parto, eso había sido palabras mayores. Su cuerpo todavía no se había recuperado del enorme esfuerzo implicado en el acto de parir… Sin embargo, dar a luz a Romina había sido una experiencia mágica, inolvidable, lo más grande que había vivido como mujer y en las condiciones idóneas, cuando se hubiera recuperado totalmente y si su «aparato reproductor» se lo permitía, estaba dispuesta a repetirla.
—Sí, sin dudarlo.
Dakota soltó un suspiro. La ilusión se había apoderado de él y para Tess fue la mejor respuesta de todas. La que le confirmó que aquel comentario que había hecho más temprano no había sido un decir; representaba lo que él deseaba.
—Joder… ¿Quieres que tengamos otra Romina?
—O un Roman. No tiene por qué ser una niña, amor —apuntó ella con la misma ilusión.
Él no dejaba de observarla con los ojos muy abiertos, mirándola directamente como si esperara que en cualquier momento ella fuera a cambiar de idea o a decirle que no hablaba en serio, que solo bromeaba. De hecho, buscó corroborarlo:
—¿Lo dices en serio? ¿Quieres otro hijo, bollito? —Después de todo lo que había supuesto para Tess convertirse en madre, y por mucho que él lo deseara, no había contado con que ella estuviera dispuesta a volver a pasar por eso. Menos aún, que el tema surgiera tan pronto.
Una vez más, Tess volvía a sorprenderlo.
Y de qué manera.
Ella pensaba exactamente lo mismo. Y sentía lo mismo. Una mezcla de incredulidad y de ilusión por algo que le había parecido lejano e improbable, incluso una locura, hasta que Scott había dicho «ahora tendríamos media docena de Rominas» y, como por arte de magia, ese algo se había vuelto real, cercano, totalmente realizable. Otro sueño a conseguir.
Y ahora él estaba allí, mirándola. Sus ojos brillaban y la ilusión había cobrado vida propia en su expresión. De pronto, parecía un niño. Un niño feliz. Tess no pudo evitar sonreír enternecida ante aquella reacción tan poco propia del motero al que todos apodaban Dakota.
—Muy en serio, sí.
Él dio rienda suelta a su alegría, estrujándola entre sus brazos y, como siempre, haciéndola reír con sus reacciones explosivas.
—Estoy loco, loco, loco por ti… Pero no será un Roman. Será otra niña —dijo pinchándola al tiempo que buscaba su mirada…
Y dejando claro que había cosas que nunca cambiarían. Le encantaba meterse con ella, llevarle la contraria por hacerla enfadar.
Pero hacía mucho tiempo que a Tess no conseguía engañarla.
—Quién sabe… Quizás, esta vez, sea un niño. Un fabuloso ejemplar masculino, digno hijo de su padre.
—Ni hablar. Dakota solo hay uno y así seguirá siendo. No quiero pequeños dakotitas correteando por la casa… Quiero otra niña. Y esta vez su nombre lo elegiré yo, ¿vale, bollito?
Ella exhaló un suspiro. Apenas se había recuperado de la emoción de haber hecho realidad el sueño de ser madre, y su corazón ya latía acelerado ante un nuevo sueño que empezaba a cobrar forma.
—¿Estás preparado para que deje de ser tu bollito y vuelva a parecerme a un dónut tamaño familiar relleno de nata?
Los ojos del motero descendieron lentamente por el cuerpo de Tess, cargados de sensualidad, deteniéndose largamente en sus lugares favoritos. Luego, regresaron a sus ojos.
—¿Sabes qué? Yo creo que será mejor que dejemos de hablar de hacer hijos, nena. Porque me están entrando unas ganas…
—¿Es que alguna vez te han abandonado? Eres el hombre más dispuesto al sexo que he conocido en mi vida…
—Y te encanta.
—Y me encanta. Pero, tienes razón; creo que deberíamos dejar el tema por el momento.
—Por el momento —precisó él. Ella asintió con una sonrisa—. Tanto hablar de hijos… ¿Te importa si voy a buscar a esa hermosura que me tiene loco de amor?
—Claro que no… Ve a buscarla, malcriémosla un poquito.
El motero no se lo hizo repetir. Atravesó la buhardilla de punta punta a toda prisa y entró en la habitación sin hacer ruido. Sacó a Romina de la cuna, la arropó bien con su nórdico de animales marinos y depositó un ligero beso sobre su cabecita lampiña. Regresó a la cocina despacio, intentando no despertarla con su andar.
Una vez allí volvió a ocupar su silla y acomodó bien a la pequeña sobre su regazo, sin dejar de mirarla.
Romina dormía plácidamente. Apenas había pestañeado un instante, cuando él la había acomodado contra su pecho, pero ni siquiera había llegado a abrir los ojos. Tenía la boca parcialmente abierta y aquella expresión de total relajación que solían tener los bebés cuando dormían. Una paz absoluta dominaba sus facciones, no había un solo músculo en tensión.
—Es preciosa —murmuró Tess. Estiró la mano y tocó ligeramente la naricilla de la niña con un dedo.
—Es una pasada de bonita —dijo él con voz de padre orgulloso—. ¿Qué tal tu primera Navidad, Romina? No creo que te enteraras mucho de lo que ocurría a tu alrededor, pero seguro que te lo pasaste bomba, de brazo en brazo, todo el día, ¿a que sí?
—Para acabar en los brazos de tu padre —apuntó Tess con ternura, completando la frase.
El motero permaneció unos instantes acariciando suavemente la cabecita de la niña con su barbilla. Aspirando aquel olor a bebé que le resultaba el aroma más embriagador de todos. Sintiendo la suavidad de aquella piel tan joven, tan suave… Envuelto en la misma sensación que se había apoderado de él desde que la había visto por primera vez. Era algo tan intenso y tan profundo, tan distinto a lo vivido anteriormente que, sencillamente, no podía expresarlo con palabras.
Dakota alzó la vista, miró a Tess largamente.
—Gracias por esta chiquitina hermosa… Es el mejor regalo que me han hecho nunca.
Las lágrimas volvieron a humedecer los ojos de Tess que asintió con la cabeza ante lo que le pareció la verdad más absoluta.
—Ya lo creo que sí, amor. Romina es el mejor regalo del mundo.
_____________________________________________________
©️2021. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷
Comentar Ir a Inicio 🔝 Ir a Principal 🔙
CR11. El guardián

Jueves, 30 de diciembre de 2010.
Buhardilla de Dakota y Tess,
Hounslow, Londres.
.
- I -
En cuanto Dakota escuchó un quejido por el vigila-bebés, fue corriendo a la habitación de Romina. Le encantaban los primeros instantes después de que la pequeña empezaba a despertarse. Ponía caras muy raras y movía sus bracitos inquieta, como si todo aquello de necesitar comer fuera un incordio. Lo mejor era que por más que su frente se llenara de arruguitas y se le pusiera cara de enfurruñada, su hija apenas lloraba.
Se acercó con pasos sigilosos hasta la cuna y comprobó que Romina dormía plácidamente.
Lástima, pensó. Estaba en el bar. Había subido porque se acercaba la hora de su comida y procuraba no perdérselo. Pero si la niña seguía durmiendo, tendría que volver al MidWay; como todas las vísperas de Nochevieja estaba de bote en bote desde primera hora de la mañana.
No pudo resistirse y se agachó para besarle la frente. Aquel olorcillo a bebé le arrancó una sonrisa y tampoco pudo resistirse a acariciar la frente de la pequeña con su nariz, frotándola suavemente.
Romina era una hermosura. Preciosa por los cuatro costados, con sus mejillas cada vez más regordetas y esa piel tan suave…
—Vas a ser un pibón —afirmó. Lo hizo en un tono tan bajo que apenas fue un murmullo—. Y yo voy a estar desquiciado todo el día.
Tampoco pudo evitar reírse, aunque intentó apartarse para no molestar el sueño de su pequeña.
Últimamente se reía de sí mismo constantemente. Se le ocurrían cada pensamientos…
Pero por más delirante que le parecieran la mayoría de sus ocurrencias, algunas tenían visos de realidad. Como que se pasaría la adolescencia de su hija totalmente desquiciado porque sí, la pequeña había heredado la belleza delicada de su madre y con un poco de suerte heredaría el carisma de su padre. Conclusión; la seguirían hasta los perros por la calle y él tendría que ir detrás, con un fusil de asalto, a cuidarle la retaguardia.
Volvió a reír ante la imagen que apareció en su mente; verse a sí mismo de «carabina» de su propia hija le pareció más delirante que todo lo demás. Esta vez, otro quejido le anunció que la niña estaba empezando a despertarse.
—Hola, gordita… Hola, preciosa… ¿Cómo estás? —La tomó en brazos. Sonrió al notar que Tess le había puesto el enterito motero (de Harley Davidson, por supuesto) que le había regalado el tío Evel. Le quedaba genial—. Hambrienta, ¿cómo vas a estar? Si esta gordita dormilona se ha despertado es porque aquí empieza a haber un concierto —le frotó la pancita suavemente y sus ojos se iluminaron ante lo que creyó que era una sonrisa—. ¿Te estás riendo de tu viejo, Romina? ¿O es que te ha gustado que te frote la panza? —Repitió el movimiento mientras la observaba con atención y enseguida la apretó contra su cuerpo, encantado—. ¡Síííí que te gusta, pillina! ¡Vaya sonrisa más alucinante le has regalado a papá!
Dakota la envolvió bien en su manta y se dirigió al salón mientras conversaba con ella.
—Espero que no te estés muriendo de hambre porque mamá sigue en el baño y yo no puedo ayudarte con eso… Cuando te salgan los dientes, sí, pero ahora… —Se acomodó en el sofá y se la puso sobre el regazo mirándola con la misma admiración y sorpresa que la miraba siempre—. Pero si las cosas se ponen muy mal y te da el mono, puedo echar mano del alijo que tenemos en la nevera… ¡Tu madre es muy previsora y ha guardado dosis para que tengas hasta que cumplas los quince por lo menos!
Soltó una carcajada ante sus propios comentarios. Lo de que Tess era previsora no era ninguna exageración; entre los biberones que había en la nevera y los frascos perfectamente esterilizados que había en el arcón congelador, a Romina no le faltaría con qué alimentarse hasta que alcanzara la mayoría de edad.
La bebé sacudió su cabecita ante la risa estentórea de su padre, como si el sonido la hubiera sorprendido. Dakota se quedó mirándola muy atento. La vio pestañear, fruncir el ceño un instante y luego notó que intentaba girar su cabecita temblorosa como si quisiera ver algo… Siguió la dirección del movimiento de su hija y se encontró con Tess. Junto al espacio que hacía las veces de puerta, ella los contemplaba extasiada.
—¿Lo has visto? Ha girado la cabeza. Sabe que estás aquí, bollito. ¡Esta gordita es alucinante!
Sin duda, era una bebé increíble, pero, aunque no lo diría por no desilusionarlo, Tess estaba segura de que, en este caso, Scott exageraba un poco. Para él todo lo que hacía la pequeña recibía el mismo calificativo. Estaba en las nubes. Convertirse en padre lo había transformado. Y a ojos de Tess lo había convertido en el hombre más adorable del mundo. Se derretía de ternura cuando padre e hija estaban juntos y él le hablaba con ese tono dulce que solo empleaba cuando estaba con Romina.
—Mira, tu comida ya está aquí —le dijo a la niña al tiempo que le echaba una mirada divertida a su madre.
—¿Cómo que «comida»? —se quejó Tess mientras tomaba a la pequeña en brazos.
Teniendo en cuenta que la niña lactaba, referirse a su mujer como «comida» era casi lo mismo que llamarla vaca, pensó el motero. Enseguida intentó arreglarlo.
—Ve con mami y ponte las botas por mí… No sabes cómo te envidio, chiquitina…
Había pretendido ser una broma, pero al igual que con sus ocurrencias, esto también tenía mucho de verdad. Seguía en dique seco. Muy seco. Y esos momentos de disfrute íntimo de cintura para arriba, aunque lo dejaran más hambriento que antes, era lo único que tenía.
Dakota decidió que lo mejor era concentrarse en el espectáculo que estaba a punto de comenzar y que para él era la mayor maravilla del mundo.
Tess depositó un beso tierno sobre la frente de la pequeña y durante unos instantes se dedicó a hablar con ella. Sabía que la bebé no entendía sus palabras, pero sus ojitos la miraban con tanta atención que se ilusionaba pensando que quizás lo hacía. Al fin, cuando vio que Romina agitaba suavemente su bracitos, la puso a mamar. La niña se agarró al pezón con avidez, como hacía siempre. Había sido así desde el principio. Las matronas le habían comentado que era posible que la pequeña remoloneara un poco las primeras veces, que no debía preocuparse, pero en cuanto la habían puesto sobre su regazo, Romina había ido directa a por su pecho como si alguien le hubiera dado el mapa de ruta.
Y por enésima vez desde hacía quince días, Tess volvió a sentir lo que siempre sentía cuando la amamantaba; una intensa, absolutamente increíble sensación de plenitud.
* * *
Romina apenas había durado unos pocos minutos despierta tras su última toma. Después de hacerle soltar el aire que tragaba gracias a su glotonería, la niña se había quedado frita mientras Dakota le cambiaba el pañal, bajo la mirada complacida de Tess.
Mirada que él detectó y de la que se aprovechó, como hacía siempre.
—¿Qué? ¿Te pone mucho verme tan hábil en estos menesteres? —dejó caer.
Tess se rió con suavidad.
—Te encuentro irresistible con ese cabello tan largo y esa perilla tan masculina mientras higienizas a nuestra pequeña con tantísima pericia… —Su mirada se tornó pícara al añadir—: Y sin hacer arcadas.
Los dos se rieron, haciéndose callar mutuamente para no despertar a Romina. Tess se reía de la situación; él se reía de Tess. Su mujer era la reina de las «repipis».
—¿Higienizarla? Vale, lo que tú digas.
—Claro, es lo que haces —repuso ella con su vocecita dulce.
Dakota no aguantó más. Empezó a reírse a carcajadas y tardó unos instantes en recuperarse lo bastante para poder hablar.
—A ver, bollito, lo que hago es quitarle toda esta plasta del culo y evitar que nos desmaye del olor… ¿Todavía te extraña que me dieran arcadas? Joder, será preciosa, pero esto es asqueroso. Y que conste que lo digo con mucho amor. —Y coronó la frase con otro ataque de risa que lo tuvo tronchándose un buen rato más.
—Agh, Scott, pobrecita, cómo dices esas cosas…
Tess tomó su lugar y continuó cambiando el pañal a la niña quien, ajena a todo, dormía como un tronco, mientras le decía:
—A tu papá le encanta gastar bromas, tendrás que acostumbrarte, Romina. Pero no te preocupes, que si se pasa de la raya, como ahora —le dedicó una mirada con mensaje a su marido—, me encargaré de recordarle que él también fue bebé alguna vez y sus pañales no olían a rosas.
* * *
Veinte minutos más tarde, los tres seguían en el salón. La pequeña, durmiendo. Dakota y Tess, disfrutando de ella en silencio.
—Voy a llevarla a la cuna. No porque quiera, que conste, pero si la acostumbramos a estar en brazos…
Dakota se puso de pie y, sin acabar la frase, se alejó dándole pequeños besos a la cabecita de Romina. Encendió la luz y la dejó en su cuna con mucho cuidado. Tras acomodar sus brazos y sus piernas debajo del edredón, la arropó bien.
—Descansa, bebé. En un rato, papá estará aquí otra vez, ¿vale?
Se inclinó a darle un último beso en la frente y, tras apagar la luz, abandonó la habitación sin hacer ruido.
No había dado dos pasos, que su móvil sonó. Era un mensaje de Maverick.
«Tío, ¿qué te has quedado haciendo? Esto es un puto caos y no doy a basto».
Dakota regresó al salón pero no entró, permaneció de pie en la entrada.
—Se acabó lo bueno, bollito —anunció—. Tengo a mi socio caminando por las paredes, así que será mejor que vuelva al bar…
—Ohhh… —se lamentó Tess—. ¿Ni siquiera diez minutos? Ven… —lo animó insinuante al tiempo que palmeaba el sofá.
Él le dedicó una mirada irónica.
—Soy rápido pero no tanto… Además, ahora que me acuerdo, ¿qué tal la entrevista de hoy?
Se refería a que Tess seguía entrevistando candidatas para el puesto de canguro de Romina lo que, indirectamente, venía a decir que todavía no se había decidido por ninguna.
—Parece mucho más joven de lo que es y aún no ha cumplido los veinte. No me convence la idea de dejar a la niña a su cargo…
La candidata sería joven, pensó Dakota, pero se las había arreglado de maravilla para provocarle una buena tortícolis a los clientes del bar. Había tocado el timbre en la dirección que le habían dado en la agencia y como no había obtenido respuesta, había entrado al bar a preguntar por Tess.
—¿Qué más da que no aparente los años? Conmigo no te importó —apuntó, seductor.
Tess esbozó una sonrisa resignada.
—Fue una manera amable de decir que me pareció muy infantil, amor.
Él se apoyó contra el borde de la pared que hacía las veces de puerta y se cruzó de brazos. Su mujer había empezado con las entrevistas hacía cuatro días. Desde entonces, al menos diez candidatas habían pasado por allí y ninguna la había convencido. Podía entender que como madre primeriza tuviera muchos reparos en dejar a su retoño al cuidado de un extraño. A él mismo la idea no le seducía para nada, pero ¿cómo era posible que a todas les hubiera encontrado pegas?
—A este ritmo, empezarás a trabajar y seguiremos sin canguro…
—No te preocupes. Encontraremos la persona idónea a tiempo, ya lo verás —aseguró Tess con una de sus sonrisas dulces y le arrojó un beso.
Dakota la miró con el ceño arrugado y ella ensanchó aún más su sonrisa.
—¿Seguro que no tienes diez minutos, amor? —y volvió a dar dos palmadas al asiento del sofá, a su lado.
Él soltó una risotada y enfiló hacia la puerta que conectaba la buhardilla con el bar al tiempo que decía:
—¡Si yo te dijera lo que tengo, nena, se pondrían rojos hasta los azulejos del baño…!
- II -
Dakota echó un vistazo al reloj. Todavía faltaba media hora para que Romina se despertara reclamando su comida. Si subía a la buhardilla ahora, podría apostarse a los pies de la cuna y no perderse los preliminares al gran momento en que su pequeña volviera a abrir los ojos al mundo.
—Subo otra vez —le anunció a su socio—. Y puede que sean más de diez minutos, ¿vale? Lo digo para que luego no me des la brasa.
No hubo comentarios. Había llegado Shea, acaparando como siempre la atención de su socio que ni siquiera se había dado cuenta de que él le había dicho algo.
Dakota no se molestó en repetirlo. Subió las escaleras que conducían a la buhardilla, de dos en dos peldaños. Abrió la puerta y entró lo más silenciosamente que pudo.
Esta era otra de las tantas cosas que Romina había cambiado de su día a día. Antes solía anunciar su presencia de forma estentórea. Ahora, la pequeña dormía y todos andaban de puntillas por la casa.
Pero en cuanto abrió la puerta, no encontró el silencio que esperaba hallar. Se oían voces en la cocina. Voces que reconoció enseguida.
Dakota apretó la mordida. Fue directo al encuentro de las visitas y descubrió que había más gente de la que, a priori, había pensado. Tres en total; su madre, su padre y su suegro. Richard Gibb era bienvenido en todo momento (mientras viniera solo). Los demás, necesitaban cita previa y lo sabían. Así que, ¿qué coño estaban haciendo allí?
Se quedó en en el haz de la puerta, con los brazos en jarra, mirando a Tess. Ella estaba hablando y no fue hasta que su padre le advirtió de su presencia con un gesto, que se volvió. Al verlo, enseguida le tendió su mano.
—Ah, hola, amor… No te había oído… Ven, siéntate conmigo…
Dakota carraspeó. Sus brazos pasaron de estar en jarra a cruzados sobre su pecho. Su mirada no cambió. Continuó sobre su mujer, esperando que se explicara.
—Cuánta alegría, hijo mío —ironizó Rosalyn—. Por favor, cálmate, a ver si tanta felicidad te sienta mal.
Dakota se limitó a decirle con la mirada que cerrara el pico y volvió a poner la atención en Tess que, para entonces, ya había empezado a sonrojarse.
—Rosalyn y Doug aprovecharon que mi padre venía hacia aquí para acompañarlo. Todo está en orden, amor. Conversábamos mientras tomábamos café —hizo un mohín travieso— porque ahora que puedo hacerlo, no me privo. Ven, siéntate a mi lado…
Dakota no se movió del sitio. Su mirada cambió de foco; ahora estaba sobre Rosalyn.
—Que sea la última vez que se te ocurre presentarte aquí sin decírmelo antes. Me dan igual las razones. Te lo dije muy claro hace un año y medio, y no te lo voy a repetir.
Doug bajó la mirada. Razones no le faltaban a Dakota para querer mantener a su madre alejada de Tess pero, en esta ocasión, por una vez, se equivocaba.
—Déjate de historias, Dakota, haz el favor… —se quejó Rosalyn—. No hace falta que cargues la escopeta. Vengo en son de paz.
Tess se apresuró a intervenir. Rosalyn no se mordía la lengua y Scott, que no se caracterizaba por ser paciente, con su madre nunca lo había sido.
—Por favor, por favor… No discutáis. Ven, amor, siéntate aquí. —Palmeó la silla que había a su lado—. Estábamos conversando…
—¿Sobre qué? —espetó él.
Tess le dirigió una mirada molesta. No solo seguía de pie, como si estuviera preparado para acompañar a las visitas a la puerta; su rostro no dejaba lugar a dudas de que también estaba deseoso de hacerlo cuanto antes.
—¿Puedo? —propuso Richard, hablándole a Tess. Ella concedió con un gesto—. Estamos al tanto de que os está costando encontrar una persona que se haga cargo de Romina mientras estáis trabajando…
«Ni de coña», pensó el motero.
—Y habéis venido a ofreceros en masa, ¿a que sí? Vale, buen intento, pero no, gracias. Y ahora… —Dakota señaló el camino de la puerta con toda la desfachatez del mundo.
Richard sonrió, no pudo evitarlo. Su yerno jamás se había preocupado de disimular sus malas pulgas. Con el tiempo, había aprendido a apreciar aquel derroche de sinceridad del que Dakota hacía gala y, en cierto modo, a encontrarlo divertido. A sus consuegros, en cambio, no les había hecho ninguna gracia. Lo de su hija, pensó, merecía párrafo aparte. Estaba roja de vergüenza y todo apuntaba a que, esta vez, no acudiría a la dulzura para sortear el momento.
En efecto, Tess no lo hizo.
—Scott, si permites que mi padre acabe de hablar sin interrumpirlo, sabrás de qué se trata y podrás opinar con conocimiento de causa que es, por otra parte, lo que la gente razonable suele hacer.
«Vale, te he cabreado» pensó el motero. «Y todo por culpa de mi vieja. Hay que joderse…».
Dakota detestaba enfadar a Tess. Más cuando la razón tenía que ver con temas que creía zanjados, como mantener la lengua viperina de Rosalyn Taylor lo más lejos posible de ella. Sin embargo, ya les había dejado claro a todos los implicados cuáles eran las reglas del juego en su casa y no estaba por la labor de hacer concesiones de ninguna clase. Continuó donde estaba pero, esta vez, su mirada regresó sobre Richard.
Rosalyn hizo un gesto de aprobación con la boca. Le complacía que aquel gallito peleón que tenía por hijo, al fin tuviera que agachar la cresta. No recordaba haber visto a su nuera ponerle las puntos sobre las íes a Dakota, pero de más estaba decir que le había encantado. A su hijo le hacía mucha falta que alguien le bajara los humos, esa era la verdad, aunque le doliera tener que reconocerlo.
Richard volvió a tomar la palabra.
—Antes o después la encontraréis, pero Tess planea incorporarse al trabajo en pocos días y tú no puedes desentenderte del bar. Esto quizás os ayude. En vísperas de la Navidad, a mi cuñada Stella le dieron la noticia de que va a quedarse sin trabajo porque al padre de las niñas a las que cuida, le han ofrecido un ascenso que supone que la familia al completo se traslade al norte del país.
Al ver que Dakota ponía los ojos en blanco, se apresuró a continuar.
—Ella no quiso decíroslo por no poneros en un compromiso. De hecho, no sabe que yo… —El hombre sacudió la cabeza y completó la frase con la pura verdad—: he venido a meter mis narices donde no debo…
—¿Y qué pintan mis viejos aquí? —espetó el motero—. ¿Han venido en plan animadoras de la tercera edad a agitar sus bastones? Lo digo porque pompones no veo por ningún lado…
Tess se sujetó la frente con la mano en un gesto de «trágame, tierra» que hizo reír a Doug. El hombre, convencido de que si alguien se daba cuenta, correría la sangre, agachó la cabeza como si estuviera intentando aprenderse de memoria el patrón en ochos de su jersey.
—No, hombre, qué va. Te conozco y sé que me lo perdonarás… Algún día —bromeó Richard—. Rosalyn quería hablar con Tess y me ofrecí a traerla. Doug se apuntó porque, como buen abuelo, no iba a desaprovechar una ocasión de disfrutar de su nietecita, ¿verdad que no, consuegro?
A Doug se le iluminó el rostro con una sonrisa de abuelo orgulloso. Negó con la cabeza. E hizo reír a todos con su broma:
—Me apunté corriendo… Bueno, cojeando. Pero muy rápido.
A casi todos.
«Fíjate, si no tartamudeas ni nada», pensó el motero. Ahora su viejo también se ponía en plan bromista. Lástima que a él no le hiciera ni puta gracia. Especialmente la parte de «Rosalyn quería hablar con Tess».
—¿Hablar con mi mujer? —Vio que su madre miraba a Tess algo dudosa y luego asentía con la cabeza—. ¿Sin que yo esté delante? ¡Tú lo flipas!
Acto seguido y cuando Tess aún no se había recuperado del segundo ataque de vergüenza en los últimos diez minutos, se dirigió a ella totalmente serio.
—¿Podemos hablar? —le dijo. Y no sonó a consulta porque no lo fue. Tampoco se quedó esperando una respuesta. Le señaló el camino fuera de la cocina que él mismo tomó un instante después.
Tess se sentía tan incómoda y a la vez tan molesta, que demoró unos segundos en reaccionar. La mano de su padre, que le palmeó el brazo confortándola, le hizo recordar que por desagradable que su marido pudiera ser a veces, ella tenía modales.
—Papá, ¿por qué no sacas de la nevera unos sándwiches variados y rellenas las tazas de café?
—Claro, cariño. Yo me ocupo.
Tess se puso de pie y ofreció una sonrisa incómoda a sus suegros.
—Discúlpenme un momento, por favor.
* * *
El esbozo de sonrisa de Tess tardó un suspiro en desaparecer y cuando llegó al salón, donde muy convenientemente, el señor «todo me importa un bledo» la estaba esperando, la respiración se le había acelerado a causa de la indignación que sentía.
Dakota se percató enseguida. Pero le dio exactamente igual.
—¿Qué coño es esto, Tess? —escupió en cuanto la vio—. ¿Me doy la vuelta y cuando entro en mi casa la encuentro sitiada por gente que sabe perfectamente que no puede plantarse aquí cuando le da la gana? ¿Qué es lo que ha cambiado de ayer a hoy? Porque hasta ayer, tu madre, la mía y las locas de tus tías tenían que pasar por mí primero.
Tess respiró hondo. Contó hasta diez mentalmente. Luego, entró en el salón y se detuvo frente a él. Lo miró directamente.
—Lo que ha cambiado es que ahora existe Romina. Es su nieta y como comprenderás tienen todo el derecho a venir a verla.
La respuesta del motero fue taxativa.
—No. De eso nada. Nadie va a usar a Romina de excusa para saltarse las reglas a la torera. Ni de coña. Si les jode, se siente. Haberlo pensado antes de insultarte y hacernos a los dos la vida imposible durante meses.
—Según lo dices, daría la impresión de que yo no tengo ni voz ni voto en este asunto. Sin embargo, estamos hablando de mi hija y de mí. ¿Sugieres que mi opinión no cuenta?
—¡Por supuesto que cuenta…! ¿Qué estás diciendo, nena?
Tess asintió. El brillo en sus ojos hablaba a las claras del nivel de indignación que sentía.
—Bien. Me alegra que estemos de acuerdo porque mi opinión es que estás llevando este asunto demasiado lejos. Tu madre y la mía no se portaron bien con nosotros, nada bien, es cierto. No obstante, siempre estaré abierta a escucharlas si vienen en son de paz. Entiendo que por tu forma de ser, te resulte muy difícil olvidar las afrentas, y lo respeto. Espero que tú respetes que yo no procedo de la misma manera. Especialmente, si se trata de temas familiares. En lo que a mí respecta, tu madre ha venido a hablar conmigo y, por supuesto, la escucharé.
—Pues lo que tenga que decirte, lo dirá delante de mí y si se le ocurre pasarse un pelo, saldrá por esa puerta cagando leches. Y suponiendo que se muerda la lengua y consiga no cabrearme, le dejaré claro por última vez que para venir necesita un pase especial y yo soy el único que los da.
El motero continuó soltando veneno por la boca, como si no se diera cuenta lo cerca que estaba de conseguir que su mujer dejara de ser la dulce y paciente Tess.
—Y sobre lo de tu tía Stella la respuesta es no. Lamento que se haya quedado sin curro, pero que se busque otro. Hay que dejar a Romina al cuidado de alguien -me gusta tan poco como a ti y lo sabes-, pero ese alguien no va a ser de la familia, ¿estamos?
Esta vez, Tess contó mentalmente hasta cincuenta antes de decir:
—¿Has acabado? —Dakota elevó una ceja, mirándola desafiante. No dijo ni que sí ni que no. Tess lo convirtió en un sí—. En ese caso, voy a atender a nuestros invitados.
Y con esas, dio media vuelta y abandonó el salón.
- III -
Dakota se había apostado en la puerta de la cocina como un soldado esperando instrucciones del alto mando para iniciar la contraofensiva.
Mientras Richard y Doug ejercían de abuelos en la habitación de Romina, custodiando el sueño de la niña que continuaba durmiendo, Tess y Rosalyn se habían quedado en la cocina.
Tess no había hecho el menor intento de impedir que su marido cumpliera su amenaza. Sabía que para él era importante estar allí, asegurándose de que su madre no se pasaba de la raya.
Rosalyn habría preferido una conversación privada, pero dado que eso no era una opción, había empezado a hablar.
—He estado pensando mucho en vosotros, en mi hijo y en ti… Recordando las épocas difíciles, al principio de vuestra relación…
Tess mantuvo su mirada. Llevaba tanto tiempo deseando que ocurriera, que aquella mujer reconociera que no era la bruja que ella pensaba, que ahora que parecía estar a punto de suceder, le parecía increíble.
—Este hijo mío tenía un desastre de vida… No esperaba que sentara la cabeza… Que se volviera formal, de repente, como un chico normal… Y lo que menos esperaba era que fuera contigo. No solo porque, bueno, eres bastante mayor que él…
Un carraspeo por parte de Dakota le advirtió a Rosalyn de que debía tener mucho cuidado con lo que dijera a continuación.
Tess logró contener una sonrisa justo a tiempo. Scott conseguía hacerla sentir muy enfadada a veces. Cuando algo o alguien no le gustaba, era brusco, impaciente y no tenía ningún filtro, pero esa determinación de ser el muro donde pereciera todo intento de dañarla, la conmovía. Realmente, le llegaba al alma.
A Rosalyn la velada advertencia de su hijo la revolvió por dentro y, fiel a su estilo, no se mordió la lengua.
—No sé si te das cuenta, pero que estés ahí parado, como si fueras su guardaespaldas, no te hace ningún favor ni se lo hace a Tess. ¿Crees que tu mujer no puede cuidarse sola? Porque yo sí.
—¿Te he dicho ya que me importa un carajo lo que creas? ¿No? Pues ya está dicho —espetó Dakota y con un movimiento de la barbilla, la instó a decir de una vez lo que había venido a decir.
—Scott, por favor… —suplicó Tess.
Dakota no veía la hora de que su vieja se largara. No se creía eso de que había ido «en son de paz» y, aunque él estuviera allí en plan disuasorio, decidido a impedir que las cosas se descontrolaran, sabía muy bien que si su madre soltaba alguna de sus lindezas, haría daño a Tess y él no podría evitarlo. Eso lo ponía frenético. Lo llenaba de impotencia.
—Ignorémoslo, a ver si se cansa y se va —sugirió Rosalyn—. Como te decía, no esperaba la manera en que sucedieron las cosas… En veintitrés años, jamás tuvo una novia o una que apuntara maneras… Y de repente, descubrimos de la peor forma posible, que la mujer mayor con la que se rumoreaba que estaba saliendo, eras tú… Me quedé de piedra. Todos nos quedamos de piedra. Y perdí de vista que a alguien como mi hijo nadie lo lleva de la nariz. Mi razón se nubló durante… —Rosalyn hizo un gesto de disgusto— demasiado tiempo… Y que tu madre, que estaba tan «nublada» como yo, no dejara de criticar a Dakota intentando defenderte, no ayudó en lo más mínimo… No eras el tipo de novia que tenía en mente para él. No voy a engañarte diciendo ahora que sí lo eres… Ojalá me equivoque, pero creo que la diferencia de edad es demasiado grande para que no acabe pasándoos factura…
—No sigas por ahí —la interrumpió Dakota. Y cuando ella hizo el amago de defenderse, él fue aún más taxativo—. No. Sigas. Por ahí.
Rosalyn sacudió la cabeza, disgustada.
—Dime, Tess, ¿es siempre igual? Porque en ese caso voy a querer saber cómo te las arreglas para soportar sus impertinencias sin tener un ataque de nervios… Solo por eso, ya tienes mi respeto porque, en serio, hay que tener una paciencia con este chico…
Tener su respeto, aunque solo fuera eso, era algo con lo que Tess no había contado. Esperaba desde hacía mucho tiempo una palabra, algún gesto de afecto o de consideración por su parte, pero no contaba con ello. La emoción de pensar que quizás Romina había obrado un milagro también con aquella difícil mujer, hizo que sus hormonas se revolucionaran, cerrándole la garganta. Necesitó unos instantes para volver a tener sus emociones bajo control.
Tess miró a su marido, esta vez, sin enfado. Notó que él la miraba muy atento, escrutando su rostro, intentando averiguar qué pensaba, qué sentía.
«Como siempre», pensó. Y, al hacerlo, una enorme sensación de alivio la envolvió.
Desde el principio, se había autodesignado el guardián y allí seguía, erre que erre, protegiéndola a ella y a la relación que mantenían de todos los peligros e injusticias del mundo. Decidió en aquel preciso momento que no lo dejaría solo aguantando las críticas familiares por su carácter, cuando había sido precisamente la facilidad de algunos miembros de la familia para inmiscuirse en asuntos que no eran de su incumbencia, lo que había provocado que él tuviera que asumir dicho papel.
—Todos dan por hecho que bromeo cuando digo que Scott es un encanto… Sin embargo, lo digo muy en serio. En los momentos más difíciles de mi vida, él fue mi sostén, mi consuelo, mi fuerza… Es un hombre cariñoso, generoso, leal… El mejor compañero de vida que una mujer podría tener y el padre más tierno del mundo... También es alguien directo, nada dado a maquillar lo que piensa. Eso, a veces, me hace pasar momentos desagradables. Sin embargo, dejando a un lado las formas, que no apruebo, en el fondo suele estar en lo cierto. —Notó la incomodidad en el rostro de Rosalyn, pero continuó—: En este caso, lo está. Usted hizo y dijo cosas muy feas… Yo he preferido no permitir que eso se convirtiera en un muro que separara a las familias. Scott no lo ve de la misma forma. En otras palabras; no se lo ha perdonado.
—¿Y qué hay de tu madre? Ella tampoco se mordió la lengua —se quejó Rosalyn, incómoda por que la dejaran en evidencia sin que el reparto de culpas rozara siquiera a su consuegra y sus hermanas.
Al notar que la cara de su marido cambiaba de color, Tess hizo un ligero gesto con la mano pidiéndole que no interviniera.
—A ella tampoco la ha perdonado. Yo, sí. Sin embargo, a diferencia de usted, mi madre tuvo que escucharme decirle lo que pensaba de su total falta de tacto y empatía. Y también le exigí ciertos cambios en su actitud para retomar nuestra relación. No soy una persona rencorosa, Rosalyn, pero creo en el poder reparador de una disculpa sincera. Y también creo que sin ella, una relación, independientemente de la naturaleza que sea, está abocada al fracaso.
Dakota continuaba con los brazos cruzados sobre el pecho en actitud poco conciliadora, pero lo que sucedía en su interior era diferente. Escuchar a Tess poniéndole los puntos sobre las íes a su madre le gustaba. Y oírla defendiéndolo a él…
Qué morbo me da, bollito…
Sin embargo, el placer fue efímero, ya que Rosalyn se encargó de fulminarlo.
—Ya lo sé. ¿Por qué crees que estoy aquí aguantando las impertinencias de mi hijo? —Tras una pausa, moderó el talante—. Fue empezar a salir contigo y convertirse en otra persona. Dejó de trasnochar, de emborracharse, de coquetear con las drogas —enfatizó en una clara reprobación— y míralo ahora, casado y padre de una niña preciosa… Por fuera…
Echó una mirada crítica al vestuario de su hijo; pantalones pitillo llenos de hebillas, botas de estilo punk con puntera metálica y remaches, y una camiseta de mangas largas, estampada con la cara de Romina. Del bolsillo delantero izquierdo sobresalía parcialmente un pañuelo anaranjado y negro, y del derecho, la larga cadena donde llevaba sus llaves. Todo él era una ruidosa sinfonía de negro y metal.
—Por fuera parece el mismo desarrapado con esas cosas que se pone, llenas de pinchos y tachuelas, pero ahora es un buen marido y un buen padre. No hay que ser muy listo para darse cuenta de que tú eres la razón de semejante cambio… Pero el tema de la edad me cegó… Y pasó lo que pasó.
Rosalyn hizo una pausa. Si su hijo no era nada dado a maquillar lo que pensaba, ella no lo era a dar su brazo a torcer. Reconocer que se había equivocado, pronunciar esas palabras, le estaba costando dios y ayuda, pero a eso había venido. Egoístamente hablando, también sabía que si deseaba disfrutar libremente de su única nieta, tendría que pasar por el trámite de disculparse con su madre. Si así tenía que ser, que así fuera.
—Estuvo mal y lo lamento mucho, Tess.
Para creer a Tess el motivo de que él hubiera cambiado tanto (exageraciones suyas, por supuesto; él era el mismo de siempre), Dakota no había escuchado de su boca el menor reconocimiento hacia ella. Solo con eso, ya bastaba para calentarle la sangre. Pero había más, mucho más. Había insultado a Tess, la había ofendido como estaba seguro que nadie había hecho jamás. Ni siquiera su propia madre, con lo loca que estaba y lo poco que se había mordido la lengua al enterarse de que estaban juntos. La había denigrado como mujer, no solo como persona, y hasta se había atrevido a poner en duda que aún estuviera a tiempo de darle descendencia a su único hijo… ¿Y todo lo que podía decir era «lo lamento mucho»?
«Vaya mierda de disculpa», pensó el motero, airado. «Vaya una mierda de justificación».
En un segundo, toda la rabia y toda la decepción que llevaba más de dos años acumulando, se convirtió en un cóctel letal.
—¡¿Pero qué clase de impresentable eres tú…?! —empezó a decir y esta vez, avanzó hacia Rosalyn.
El «gracias» de Tess se oyó casi al mismo tiempo. Su voz sonó dulce, pequeña, emocionada. Tan sentida, que dejó a Dakota clavado al suelo y lo obligó a mirarla. Vio sus ojos vidriosos, su barbilla temblorosa y aquel esbozo de sonrisa marca de la casa que su enorme sensibilidad le impedía dejar de ofrecerle a todo el mundo, independientemente de las circunstancias…
Y no pudo evitar reconocer que quizás en algo sí que había cambiado; su pasotismo era legendario, pero de esa sonrisa y de esa dulzura, no pasaría jamás. No podía. Era como un bálsamo cuando estaba cabreado y como una droga el resto del tiempo; siempre querría más. Siempre necesitaría más.
—Gracias, Rosalyn… —continuó Tess, luchando infructuosamente por mantener sus emociones bajo control—. No se imagina cuánto significa para mí… Dios mío, discúlpeme… Últimamente, parece que me he convertido en una… —Iba a decir «llorona», pero no llegó a hacerlo.
La garganta de Tess se cerró, dando lugar a un momento tierno en el que ella procuró mostrarse digna, ignorando las cataratas que bañaban sus mejillas, y Dakota decidió que ya se ocuparía de dejarle claro a su madre que él no se había tragado ni media palabra de su patética disculpa y que la estaría vigilando. Ahora, lo que tocaba era ayudar a Tess a superar una situación en la que sabía que ella detestaba estar.
Sacó del bolsillo su pañuelo anaranjado y negro con el anagrama de Harley Davidson, y tras ponerse de cuclillas junto a Tess, se lo entregó al tiempo que le decía:
—«Toma, bollito… Pero no te ocurra sonarte los mocos ahí, ¿eh? ¡Ese logo es sagrado!».
_____________________________________________________
©️2022. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷
Comentar Ir a Inicio 🔝 Ir a Principal 🔙
CR12. La canguro.

Jueves, 30 de diciembre de 2010.
Buhardilla de Dakota y Tess,
Hounslow, Londres.
- I -
Dakota había echado mano de una de sus habituales ocurrencias para poner un corte drástico al momento y evitar que Tess se dejara llevar por la emoción, algo que luego siempre lamentaba. Había sido un movimiento estudiado, a la espera de efectuar el segundo; hablar con su madre y dejarle claro que él no se había creído una sola palabra de su patética disculpa.
La ocasión para llevar a cabo el segundo movimiento había llegado poco después, cuando Romina al fin abrió los ojos al mundo y reclamó su comida. Mientras Tess la amamantaba en la habitación de la pequeña y los consuegros conversaban en el salón, esperando poder disfrutar un poco de la nieta cuando esta terminara de comer, Dakota le indicó a su madre con un gesto que lo siguiera.
Rosalyn lo hizo con resignación. En ningún momento había esperado librarse de un rapapolvo y no creía merecerlo -¡se había disculpado, por Dios bendito!-, pero así era su hijo.
En cuanto puso un pie en la cocina, Dakota cerró la puerta. Se apoyó contra ella decidido a evitar no solo que su madre huyera despavorida antes de que él acabara de decir todo lo que tenía que decirle, sino que alguien se metiera por medio y él se quedara con las ganas de vomitar el inmenso cabreo que sentía.
—Mi mujer ha dado por buena tu excusa, suerte para ti, pero conmigo no ha colado. Te voy a decir más; si antes me tenías cabreado, después de oírte, estoy que vuelo de rabia.
El tono había sido tan poco amistoso como su actitud, pero Rosalyn estaba acostumbrada a los exabruptos de su hijo, de modo que no se calló lo que pensaba.
—Me he disculpado, Dakota. No sé qué mal ves en eso. Tess ha aceptado mis disculpas, incluso me ha dado las gracias. ¿No te parece que ya va siendo hora de que entierres el hacha de guerra?
—¿Le llamas disculpa a eso? ¡Qué cara tienes! No fue una disculpa, fue una jugada para evitar ver a Romina solo en los años bisiestos. Tess es una buena persona y se lo ha tragado, pero yo no. Y como sigo siendo el guardián de la puerta, quiero que tengas claro que pienso ponértelo muuuy jodido… Y de partida, te digo que esta es la última vez que te presentas en mi casa sin haber hablado antes conmigo. Hoy aguanté por Tess, pero la próxima vez que te encuentre aquí, se acabó; si no quieres ver crecer a tu nieta por fotos, tenlo muy presente porque no te lo pienso repetir.
—¡¿Pero cómo eres así?! —estalló Rosalyn—. ¡Soy tu madre! ¿Por qué me tratas como si fuera un enemigo? Lo que pasó con Tess estuvo mal. ¡Acabo de reconocerlo! Pero tendrás que admitir que que te liaras con una mujer once años mayor que tú…
—No me lié, me casé —siseó Dakota.
Rosalyn mostró sus manos en señal de concordia.
—De acuerdo, te casaste. Con alguien que es once años mayor que tú y encima es la hermana de la muchacha que bebía los vientos por ti desde que erais niños… No solo me desconcertó a mí, Dakota. Todos pensamos lo mismo, que ella te había enredado con malas artes. Y, de acuerdo, estábamos equivocados, pero ¿tanto mal te hemos hecho creyendo que Tess no te convenía?
—¡¿Creyendo?, dices!
El motero se encaró con su madre, quien por puro instinto dio un paso atrás.
—Si tú —continuó— y esa otra víbora de tu vecina de al lado os hubierais quedado en las creencias, no habría pasado nada. Me importa una mierda lo que creáis, así que… El problema es que no os bastó con eso, tuvisteis que soltar vuestra ponzoña cada vez que nos veíais juntos… Joder, si hasta hace un rato, aquí mismo, has tenido la desfachatez de decir que la diferencia de edad nos acabará pasando factura… ¿Cómo crees que se siente Tess cada vez que escucha tus desvaríos? ¿Y cómo crees que me siento yo cada vez que le haces daño? Suerte tienes de que mi mujer sea tan buena gente, porque otra en su lugar hace mucho que no te dirigiría la palabra… Pero, ¿sabes qué? Tess me tiene a mí. Soy el muro contra el que tú y tu veneno os estrellaréis siempre. Siempre, ¿me oyes? —La señaló con un dedo amenazador—. Procura tenerlo bien presente porque esta es la última vez que te explico las reglas de la casa. Vuelve a saltártelas y verás crecer a tu nieta por fotos. Avisada estás.
Dakota notó que a su madre se le habían llenado los ojos de lágrimas, pero le dio igual. Para él eran lágrimas de cocodrilo. Además, las consuegras le habían cubierto el cupo de su ya de por sí escasa paciencia hacía mucho tiempo.
Se limitó a abandonar la cocina al tiempo que decía:
—Ve al salón y despídete de mi mujer y de mi hija. Ya de paso, convence a los demás de que es hora de largarse. En diez minutos, os quiero a todos fuera de mi casa. Y esto tampoco te lo voy a repetir.
- II -
Después de escoltar a su suegro y a sus padres hasta el coche (para asegurarse de que se largaban de una vez), Dakota regresó al bar que, para entonces, era una fiesta en pleno apogeo. Los clientes sabían que aquel año no habría celebración extra de nochevieja en el Midway. El treinta y uno, el bar cerraría a medianoche, como siempre, y no volvería a abrir hasta el día siguiente en un horario excepcional; las diez de la mañana. Por lo visto, se habían puesto de acuerdo para celebrar la nochevieja un día antes. Maverick había aguantado firme hasta la hora de cierre, aunque en más de una ocasión a Dakota le había dado la impresión de que el «chico estriptis» había estado a punto de caerse redondo del agotamiento. Pero en cuanto se había marchado el último cliente, se había plantado.
«Mañana no pienso asomar la nariz por aquí—le había dicho—, así que te deseo lo mejor en este nuevo año que se inicia, feliz salida y mejor entrada, etcétera, etcétera. Y ahora me largo, tío. Estoy filtrado».
De modo que también le había tocado hacer la caja, apagar las máquinas, poner a lavar todas las jarras, copas y platos que llenaban las piletas porque ya no cabían en el lavavajillas y, por supuesto, limpiar la mezcla de confeti y serpentina que cubría el suelo como si de una alfombra mugrienta se tratara.
Era la una de la madrugada cuando al fin apagó las luces y subió las escaleras que conducían a la buhardilla y esta vez, no lo hizo de dos en dos escalones, como hacía siempre. La razón no era el cansancio solamente; seguía muy mosqueado. No le gustaba nada el cariz que estaban tomando las cosas a nivel familiar y, menos aún, que Tess se mostrara tan conciliadora, tan dispuesta a olvidarlo todo y hacer como si nunca hubiera sucedido.
Al abrir la puerta, le extrañó que hubiera luces encendidas; la del hall, la del pasillo… Se asomó a la cocina y allí estaban sus dos mujeres; una acabando de poner la mesa para cenar y la otra durmiendo en su cuna que, en vez de estar en la habitación donde debía, Tess había empujado sobre sus cuatro ruedas hasta allí.
—Hola, amor… ¿Estás hambriento? Mi padre vino cargado de tapers. Tenemos comida italiana para un mes, por lo menos. Hoy hay lasaña.
Los ojos de Dakota recorrieron la silueta de su mujer perfilada por un vestido negro de punto que había rescatado del armario hacía unos días, feliz de volver a caber en él después de meses. Ella lo llamaba «chemise» y era de marca. Él solo podía pensar en cómo el tejido se adhería a sus caderas y en cómo le gustaba esa abotonadura frontal que se extendía hasta un palmo por encima de la cintura. Cada vez que tenía que amamantar a Romina, Tess lo desabrochaba hasta abajo, desnudaba el hombro y…
A él se le iban los ojos, las manos y también la cabeza. Se le iba la olla de una forma bestial porque, respondiendo a la pregunta de su mujer, estaba muy hambriento, aunque no de lasaña.
Pero también estaba mosqueado, se recordó.
—Quiero que hablemos.
Tess se volvió a mirarlo con una sonrisa dulce. Que no hubiera vuelto a llamarla el resto de la tarde le había ofrecido pistas de su mal humor, de modo que no podía decir que aquella frase que había sonado casi como una orden, la hubiera sorprendido. Se acercó hasta la cuna y comprobó que Romina continuaba durmiendo profundamente. Pensó que con un poco de suerte la pequeña les dejaría resolver sus asuntos antes de reclamar su alimento.
A continuación, fue hacia la mesa. Desplazó la silla para estar de frente a él y, después de sentarse, volvió a ofrecerle una sonrisa.
—Soy toda oídos, amor.
Dakota no se acercó. No quería darle la ocasión de que ella lo ablandara antes de tiempo con alguna de esas caricias que siempre parecían no venir a cuento, pero llevaban intenciones muy claras. Estaba mosqueado, pero también muy necesitado de ella, y su dulzura habitual bastaba y sobraba para ponerlo como un flan. En cambio, se recostó contra la lavadora y se cruzó de brazos.
—¿Todo Dios se va a colar en esta casa con la excusa que se les ocurra, pasando olímpicamente de lo que yo he dicho? Porque te advierto que si ese es tu plan, no va a funcionar. Voy a seguir en mis trece y lo último que me apetece después de romperme el culo todo el día en el bar es llegar a casa y discutir contigo. Pero si tengo que hacerlo, lo haré.
—No se presentaron aquí, Scott. Me llamaron antes para consultarme si me parecía bien.
—¿Has oído lo que he dicho? No es a ti a quien tienen que consultar; es a mí.
—Scott…
—Ni Scott ni hostias en vinagre —continuó él, cada vez más serio—. En toda esta familia de candidatos a la camisa de fuerza, de los únicos que me fío son de tu padre y del mío… —Tess lo chistó para que hablara más bajo, él obedeció de inmediato. A pesar de que lo siguiente que dijo fue casi un murmullo, su creciente enfado quedó fuera de dudas—. Y ojo, que del mío me fío no porque piense que no se va a dejar influir por su mujer. Es que le sigue costando tanto decir más de diez palabras seguidas, que no podría ofenderte aunque quisiera… Pero de todos los demás, no. Y mientras no me fíe, necesitarán un pase especial para atravesar esa puerta. Es lo que hay y lo digo muy en serio. Me sentó como una patada en la boca entrar en mi casa y encontrarlos aquí.
Tess bajó la vista. Tenía que reconocer que había sido un error no decírselo. No había querido ocultárselo -él subía muy a menudo para ver a Romina despierta-, pero tratándose de la víspera del treinta y uno de diciembre, en el bar no daban a basto y ella había preferido no añadirle más motivos de preocupación. Pensó que, quizás, las visitas y el dueño de casa no se cruzarían por el camino. Evidentemente, se había equivocado.
Respiró hondo y al fin, asintió.
—Debí contártelo en cuanto me llamaron, tienes razón.
—Sí, debiste hacerlo. Y para que conste, me cuesta mucho creer que nadie en tu familia te dijera antes de hoy que tu tía Stella se había quedado sin trabajo. —La miró fijamente y al ver que ella se sonrojaba, sacudió la cabeza molesto—. Vale, que te quede claro que la respuesta sigue siendo «no».
Tess apartó la mirada. No quería que él se diera cuenta de cómo se sentía. Lo adoraba, lo amaba con toda el alma pero, últimamente, su tozudez en asuntos tan importantes le resultaba muy difícil de sobrellevar. Sin embargo, era consciente de que callarlo no sería de ayuda.
—¿Puedo decirte algo sin que te enfades? —propuso Tess.
Su tono fue mucho más dulce que siempre, quería evitar por todos los medios agitar el avispero. Sin embargo, ni su pregunta ni el tono empleado en formularla tuvieron la acogida esperada, ya que él volvió a respirar hondo y no respondió. Siguió mirándola muy serio.
—No es solo Romina lo que ha hecho que la situación cambie. Mi embarazo, con el que no contaban, y tu comportamiento durante estos nueve meses, que nadie se había imaginado ni siquiera en sueños, han contribuido a que comprendieran que nuestra vida es muy diferente de lo que ellos creían. Y Romina... —Miró con dulzura hacia la cuna donde la niña empezaba a moverse ligeramente—, les ha dado el golpe de gracia. Con esto quiero decir que ellos tampoco son los mismos, amor.
La ironía y la rabia que rezumaban del rostro del motero fueron un preámbulo perfecto de lo que vino a continuación.
—¿Y qué? Para empezar, ¿por qué coño no contaban con tu embarazo? ¿Qué dice eso de ellos? Y ya no entremos en lo de que «no se habían imaginado ni en sueños mi comportamiento»… ¿Qué comportamiento? ¿Qué esperaban, que me fuera de fiesta mientras tú te desgañitabas gritando de dolor? No, ya sé, no me lo digas; esperaban que me aburriera de ti y que tu embarazo me diera la excusa perfecta para dejarte… Como si esa pequeñina que está durmiendo ahí, no fuera alguien deseado y muy querido… ¿Qué clase de cabrón es capaz de pensar algo así de otra persona?
—Scott, por favor… —Tess hizo una pausa. La enervaba percibir tanto rencor en él—. Todos nos equivocamos. Todos cometemos errores. Tu madre y la mía se han disculpado, han reconocido que actuaron mal. Ahora tenemos una hija y ellos también son su familia. No podemos vivir eternamente enemistados.
—Sus palabras me la traen floja —espetó el motero e ignorando la expresión de disgusto de su mujer, continuó—: Las dos tendrán que hacer mucho mérito para que dejen de ser personas no gratas para mí. Lo que, por cierto, me lleva otra vez al tema de tu tía. ¿Y sabes por qué? Primero, porque si ella está aquí, las otras locas de sus hermanas encontrarán la excusa perfecta para entrar y salir de esta casa cuando les salga del arco del triunfo, y no lo pienso consentir. Y segundo, porque no quiero de canguro de mi hija a alguien que cuando se enteró de que tú y yo estábamos enrollados, siguió apoyando y animando la memez enamoradiza de tu hermana por mí. ¿O acaso ya no te acuerdas?
Tess exhaló un suspiro.
—Claro que lo recuerdo. Abby estaba enamorada de ti desde que ibais juntos al jardín de infancia, ¿tan extraño te parece que mi tía Stella la apoyara? En cualquier caso, es agua pasada. Con Stella o sin ella, nuestra casa no se convertirá en el punto de reunión de nadie. Los dos trabajamos y con un bebé recién nacido, el orden y la organización son imprescindibles. Y en cuanto a lo demás… Cuidar niños es su profesión y no perdemos nada probándola unos días… Solo una prueba, sin compromisos. Además, ¿cuál es la alternativa, Scott? ¿Dejar a Romina en manos de una completa extraña que tiene todo por demostrarnos? Francamente, no creo que lo prefieras, ¿o me equivoco? —Al ver que él ponía los ojos en blanco, Tess hizo una nueva pausa. Su voz volvió a rezumar dulzura cuando habló—: Solo digo que, antes o después, vamos a tener que revisar esas normas porque empiezan a ser tan innecesarias como injustas… Dicho lo cual, lo que hagamos será de común acuerdo como ha sido siempre. Lo de hoy no volverá a suceder. Te lo prometo, amor.
Dakota asintió con la cabeza. Esto sí le valía. Esto sí era a lo que estaba acostumbrado. Con Tess las cosas nunca habían sido «o lo tomas o lo dejas». Desde el principio, el plan para todo había sido ponerse de acuerdo, pensó aliviado. También era cierto que lograr un acuerdo con él nunca le había supuesto mucho esfuerzo a Tess; el perdía el culo por complacerla y ella lo sabía mejor que bien. Lo sabía y se aprovechaba. Con su vocecita dulce y sus sonrisas derrite-glaciares casi siempre acababa consiguiendo lo que quería. Pero se aseguraba de que a él le quedara muy claro que no era ella quien se había salido con la suya, imponiendo su voluntad, sino él quien había dado su aprobación porque era «un hombre maravilloso». Su mujer era más lista que el hambre.
El motero al fin se sentó a la mesa. Seguía teniendo más ganas de sexo que de lasaña, pero hacía horas desde que se había llevado algo sólido a la boca. Le vendría bien cenar un poco.
Satisfecha, Tess fue a sacar del horno la gran fuente de lasaña y la depositó en el centro de la mesa.
—Dicen que a los hombres se os conquista por el estómago… A ver qué tal me luzco hoy con el mío… Después de haberlo hecho enfadar tanto esta tarde.
Una sonrisa de «lo sabía» iluminó el rostro del motero. Tan cierto como que estaba allí a punto de zamparse un plato de lasaña, que su listísima mujer aún no había terminado de salirse con la suya por el día.
- III -
La cena fue tranquila. Sin conversaciones serias ni interrupciones por parte de Romina quien les había dado tiempo a que finalizaran su comida antes de reclamar la suya.
Cuando al fin se despertó, arrobó a su padre, que la sostuvo en brazos, hablándole y haciéndole carantoñas hasta que la pequeña empezó a proferir grititos, requiriendo a su madre.
Tess también le había dedicado algún tiempo al ritual de hablar con su hija, ilusionada con la idea de que Romina entendía lo que le decía, a pesar de saber que eso no era posible. Al fin, se había desabrochado los botones y desnudado el hombro, preparándose para darle de mamar sin ser consciente de que los ojos de su marido habían seguido con sumo interés todos sus movimientos.
El interés del motero rayaba en la locura. Cuando la vio bajar la copa del sostén y desnudar el pecho entero, y su hija le permitió una visión fugaz de aquel pezón coronado por una pequeña gota de leche, se quedó en blanco. Durante unos segundos, solo pudo imaginarlo dentro de su boca y todo su cuerpo se puso a pulsar frenéticamente.
De repente, Dakota se levantó y comenzó a vaciar los desperdicios en la basura para luego poner los platos en el lavavajillas.
Y eso sí que llamó la atención de Tess.
—Deja, amor, llevas de pie todo el día. Ya lo haré yo después… Tú siéntate y disfruta del espectáculo.
La risotada masculina le dio una pista sobre sus verdaderas razones para estar ocupándose de los platos. Sus palabras le dieron la segunda.
—Va a ser que no. Porque como siga disfrutando del espectáculo un minuto más, habrá que calentarle un biberón a esa pequeñaja —guaseó.
Y miró a Tess.
La vio sonrojarse, luego esbozar una sonrisa incómoda y, finalmente, pronunciar uno de sus muy repipi «oh», que lo hizo reír a carcajadas.
* * *
Después de cambiarle los pañales, Tess y Dakota no la habían puesto en la cuna. Continuaron disfrutando de los pequeños momentos en los que Romina permanecía con los ojos muy abiertos, atenta a todo, intentando conocer el mundo nuevo en el que ahora vivía. Estaban enamorados de su retoño y bromeaban entre ellos al respecto porque a ese nivel no había diferencias; Dakota estaba tan rematadamente loco por Romina como lo estaba Tess.
—Es preciosa —dijo su padre acariciándole la punta de la nariz con un dedo. Había acercado la silla y se había agachado hasta quedar a la altura de la niña, a la que no dejaba de sonreír, embobado.
Esos momentos eran los favoritos de Tess. No solo porque era un espectáculo ver la interacción entre ellos; también porque le ofrecía una faceta de Scott que estaba en las antípodas del gran Dakota. El motero deslenguado y macarra que sus amigos y clientes conocían, no tenía nada que ver con el que ahora daba pequeños besos a los piececitos de su hija recién nacida.
—Y es tan buena… —reconoció Tess—. Recuerdo que Mercedes me habló mucho sobre bebés que no dormían bien durante las primeras semanas… Intentaba prepararme para la posibilidad de que Romina no nos dejara descansar, y mira a nuestra pequeña, es un sol… Come, duerme y los ratitos que está despierta nos derrite el corazón con su dulzura… —La sonrisa de Tes se ensombreció al recordar que muy pronto sus momentos de embelesamiento con la niña quedarían reducidos a la mínima expresión—. Dios mío, cuánto me va a costar volver al trabajo…
—Bueno, a este ritmo, igual nos da la Navidad que viene y sigues sin dar con una canguro a la que no le encuentres pegas. Y como no vas a querer que la lleve al bar conmigo… —la miró desafiante—, igual no te reincorporas al trabajo tan pronto como crees, ¿no?
—¿Cómo vas a llevar a la niña al bar, Scott? Es muy pequeña y muy tiernita. No creo que nuestra pequeñina vaya a estar preparada para estar entre hombres tan duros hasta que alcance la mayoría de edad —coqueteó y mirando a su hija, añadió—: ¿Verdad que mamá tiene razón, Romina?
—De eso, nada. Solo hay otro lugar en el mundo en el que estarías tan a salvo como en casa y es en el bar de tu viejo. Todos esos tipos duros te cuidarán como oro en polvo porque además de que están locos por ti, saben que tu viejo les patearía el culo si no lo hacen. En el MidWay, siempre serás una princesa, la princesa Romina —dijo apretando suavemente la nariz de la niña—. ¿Verdad que papi tiene razón, peque?
Tess sonrió para sus adentros.
—Hombre de poca fe… Encontraré a la canguro ideal y será mucho antes de la próxima Navidad… Además, quizás quedamos conformes con la prueba de mi tía Stella —dejó caer.
Dakota alzó la vista de su pequeña. Ya no había dulzura en su mirada.
—¿Qué? —insistió Tess, todo dulzura, imitándolo—. Es una posibilidad. Tiene mucha más experiencia que las candidatas que me ha estado enviando la agencia y, por lo visto, es muy buena.
«Muy buena, ¿según quién?», pensó el motero. Según las locas de sus hermanas, claro. ¿Y qué otra cosa iban a decir ellas?
Al ver que su marido la miraba de reojo, Tess acercó su mejilla a la de la niña y se dedicó a poner voz a unas supuestas peticiones de la pequeña.
—A mí me gusta Stella, papi… Me pasea mientras me canta y es muy dulce conmigo…
«Ya estamos. Empieza la “operación ablande”».
—Tess, que te veo venir —le advirtió el motero.
Ella tomó un brazo de Romina y lo agitó suavemente como si la niña estuviera saludando a su padre.
—Vamos, papi, sé bueno… ¿Por qué no probamos? Un mes, dí que sí, papi…
«¡¿Un mes?! Hace una hora eran «unos días». ¿Qué ha sido, por la inflación?».
Dakota se levantó de la silla al tiempo que soltaba un bufido.
—Joder, esto es alucinante… —espetó y, acto seguido, abandonó la cocina ante la mirada sorprendida de Tess.
Pero un segundo después regresó. Se quedó de pie junto a la puerta, con los brazos en jarra.
—A ver —dijo muy serio—, solo para aclarar las cosas…
—Por favor, Scott, era una broma… —No lo había sido en absoluto, pero ahora Tess pensaba que, quizás, lo había presionado demasiado—. Solo pretendía hacerte…
—Va a ser así, ¿no? —la interrumpió él—. O sea, entre las dos me vais a quitar hasta la camiseta, ¿a que sí?
Tess quería reír, abrazarlo fuerte y decirle lo tierno que era. Porque lo era, el hombre más tierno del mundo, mucho más desde que se había convertido en padre. Pero seguía siendo un hombre y al sexo masculino no le agradaba la idea de que eso se percibiera como una señal de debilidad. De modo que Tess rebuscó en su interior algo del histrionismo que había heredado de su familia italiana, y cuando lo encontró, repuso:
—Nooo… Eso jamás. ¿Verdad que no, Romina? ¡Nooo, somos buenísimas, nunca le haríamos eso al mejor papá del mundo!
O sea, que la respuesta era sí; le quitarían hasta la camiseta y dejarían al «mejor papá del mundo» en pelota picada. Dakota sacudió la cabeza, exhaló un suspiro.
—Vale —repuso—. Un mes, no, ni lo sueñes. Le doy una semana de prueba a tu tía Stella. Y si después de esa semana, te digo que busques otra canguro, lo harás sin rechistar. Sin-re-chis-tar. ¿Estamos, Tess?
La editora tuvo que concentrarse a conciencia para mantener la compostura y tan solo limitarse a regalarle a su marido una más que merecida sonrisa tierna.
—Por supuesto, amor. Gracias, eres… —empezó a decir Tess, pero él la silenció con un gesto y volvió a tomar la palabra.
—Déjalo, haz el favor. No sé si te has lucido con la lasaña, pero que me has hecho un trabajo finísimo, de eso doy fe —sentenció. Y esta vez, abandonó la estancia y ya no regresó.
Diez minutos más tarde, madre e hija seguían en la cocina celebrando a su manera su pequeña victoria mientras en el salón, Dakota miraba una grabación del último Gran Premio de motociclismo de Silverstone, incapaz de dejar de sonreír. Comprobar que cada día que pasaba le resultaba más difícil negarles algo a sus chicas, lo hacía sentir muy raro.
«Estás jodido, tío. Eres un blandengue», fue su primer pensamiento.
Pero enseguida otro muy distinto se adueñó de su mente; «esas dos mujeres son lo mejor que te ha pasado en la vida y se lo merecen todo».
El motero refrendó sus propios pensamientos asintiendo con la cabeza varias veces.
Pero el ser sardónico que vivía en su interior, no estaba dispuesto a dejarse convencer por aquel discurso ñoño.
Algo que quedó claro cuando un instante después se oyó a sí mismo decir, entre risas:
«Sí, sí, ya… Mucha palabrería para no admitir abiertamente que tu mujer te la ha jugado bien jugada. Otra vez».
_____________________________________________________
©️2comen022. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷
Comentar Ir a Inicio 🔝 Ir a Principal 🔙
CR17. La canguro. 2ª Parte.

Sábado, 15 de enero de 2011.
Buhardilla de Dakota & Tess.
Hounslow, Londres.
- I -
Tess y Stella llevaban toda la tarde aprovechando los sueños de Romina para engalanar la casa con motivo del cumple-mes de la pequeña, pero aunque quedaban los globos y el cartel, acababan de colgar la última guirnalda que había en la caja. Stella decidió sondear el tema de su contratación.
—¿Cómo va la cosa, sobrina? ¿Os gusta cómo me manejo con la niña, creéis que estoy haciéndolo bien, o mejor me pongo a buscar otro trabajo esta misma tarde? Perdona la pregunta, pero cada vez que mi mirada se ha cruzado con la de tu marido… —Hizo un gesto de dolor—. Si fuera electricidad, ya me habría dejado seca en el sitio…
Tess la miró sorprendida de que sacara ese tema. Desde el principio habían estado de acuerdo en que hablarían el lunes, una vez hubiera acabado la semana de prueba. También había incomodidad en su mirada; Stella era su tía y había confianza, pero era una Baldini y todas sabían la opinión que Scott tenía de ellas. Le resultaba incómodo porque se sentía en mitad de un fuego cruzado.
Tanto que Stella lamentó haberlo dicho, pero ya era tarde. Se había prometido a sí misma que esperaría pacientemente el veredicto y no había podido aguantarse. La semana de prueba estaba a punto de finalizar y desde hacía días, notaba que los ánimos estaban un poco revueltos en casa de Tess. Al principio, lo había atribuido a problemas con la quedada motera, pero cada una de las veces que se había cruzado con Dakota, cuando él subía a ver a la niña, se había quedado con la impresión de que él la miraba con mayor disgusto que siempre, y ya no sabía qué pensar. Estaba deseando convertirse en la niñera oficial de Romina porque adoraba a la niña y nada le gustaría más que cuidar de ella. Pero también existían razones económicas; necesitaba trabajar. Sin su sueldo no llegaban a fin de mes. Si Dakota no pensaba dar su visto bueno, necesitaba saberlo cuanto antes.
En aquel momento, estaban en la entrada de la habitación de Romina. En vez de responder, Tess fue de puntillas hasta su cuna, la contempló durante unos instantes y al fin se inclinó a depositar un ligero beso sobre su frente. Luego, regresó junto a Stella y le señaló con un gesto que la siguiera. Fueron a la cocina y Tess entornó la puerta para poder conversar tranquilas.
—Aún no lo hemos hablado. —Sonrió al decir—: He querido darte el mayor tiempo posible para que te lucieras. Por mi parte, estoy muy conforme. Me gusta mucho cómo te relacionas con Romina. Me refiero a que, más allá de las tareas necesarias cuando se está al cuidado de un recién nacido, creo que tienes una mano increíble con los bebés y me encantaría que fueras tú quien cuidara de mi pequeñina…
Stella sonrió agradecida. Asintió dando por buena su respuesta pero solo fue una concesión temporal. A continuación, tras preparar un té para su sobrina y un café para ella, se sentó a la mesa, frente a Tess y fue directamente al meollo de la cuestión.
—Pero no depende solo de ti, ¿verdad?
Tess sabía a lo que se estaba refiriendo su tía. Las hermanas Baldini compartían una característica; siempre llevaban la voz cantante en casa. Las cosas casi siempre eran a su manera y no tenían ningún reparo en mostrar ante quien quisiera verlo que era así. Las quería mucho, a todas ellas, pero siempre había encontrado sorprendente que no se dieran cuenta en qué papel más pobre dejaban a sus parejas procediendo de aquel modo. Tess podía conseguir que Scott aceptara a Stella como niñera de su hija. De hecho, estaba segura de que si se lo pedía, él concedería. Pero aunque llevara un mes ondeando la bandera blanca en un intento de limar las grandes asperezas que había entre las Baldini y su marido, en el fondo, creía que sus reticencias, incluso su oposición, estaban plenamente justificadas. Excepto la tía Fina, todas habían cometido grandes errores con él, juzgándolo por su apariencia, denostándolo, dudando de sus intenciones y un largo etcétera.
—¿Cómo podría depender solo de mí, tía? —repuso—. Es su padre. Su opinión es tan importante como la mía.
—No sales a tu madre —repuso Stella risueña. No lo había dicho con acritud, algo que quedó claro cuando extendió su mano y apretó la de Tess cariñosamente.
—¿Y ahora te das cuenta?
—Admito que sigue asombrándome lo diferentes que tu hermana y tú sois de Mely… De nosotras, en general.
Tess no pensaba que en el caso de Abby dicha diferencia fuera tan grande, pero no lo dijo. Prefirió abordar la cuestión de Romina de forma directa.
—Deseo que esto quede bien claro, tía. He hecho cuanto ha estado en mi mano para que tuvieras la oportunidad de formar parte de la lista de candidatas, pero si finalmente Scott no está de acuerdo con que seas tú quien se ocupe de nuestra pequeña, lo aceptaré y seguiré haciendo entrevistas.
Lo que quedaba claro era que Dakota seguía guardándole rencor por lo sucedido al principio de su relación con Tess, pensó Stella. A todas las Baldini, de hecho. No le gustaba ni le parecía justo, pero tampoco podía culparlo por eso. Descubrir que Tess y él mantenían una relación en secreto, había revuelto mucho las cosas en la familia, empezando por los sentimientos de Abigail. Se habían dicho cosas muy duras, muy fuertes. Y si por algo era conocido el motero, aparte de sus malas pulgas, era por su buenísima memoria.
—Lo sé, no te preocupes, sobrina —concedió Stella con un suspiro y sonrió vanidosa al decir—: ¿pero no sería una lástima que Romina se quedara sin la mejor canguro del mundo por cuestiones que no tienen nada que ver con ella?
Tess se limitó a esbozar una sonrisa de compromiso y una vez más eligió guardar silencio.
* * *
Dakota echó un vistazo alrededor para comprobar que no se había olvidado de nada, pero enseguida puso rumbo hacia las escaleras que conducían a su buhardilla. Eran cerca de las dos de la madrugada y lo que fuera que se hubiera quedado sin hacer en el bar, tendría que esperar al día siguiente. Estaba filtrado.
Sonrió al pensar que parte de la culpa era de su chiquitina, ya que la razón de que se hubiera dado semejante paliza a trabajar era haberle cambiado un día a Maverick; trabajar el sábado para poder librar el domingo, día en que Romina cumplía su primer mes de vida. Tess y él querían celebrarlo organizando una pequeña reunión. Ya que esperar que sus respectivas familias se olvidaran de la fecha y los dejaran en paz era pedir un imposible, se habían adelantado a la jugada convocándolos a las 16 horas para celebrar el cumpleaños en familia. De esta forma, al menos, controlaban una parte del proceso.
A Maverick le había parecido bien. A un mes de su casamiento civil, él y Shea tenían mil cosas por hacer.
Subió las escaleras despacio para lo habitual en él mientras pensaba que había más razones para sentirse tan agotado. Evel le había dado un ultimátum sobre el tema de dejar a punto la moto que les había encargado el impresentable de la barba ridícula. Así que también se había dado una paliza en el taller. Maldita la gracia que le había hecho. No solo por la paliza, especialmente por la razón. ¿Para qué quería ese imbécil una motaza como la Heritage del 83? No dejaría de ser un impresentable porque montara en esa Harley Davison. Ni lograría que él viera con buenos ojos que un completo inepto se ocupara de organizar la quedada de su hija. De eso, ni hablar. Y encima había tenido movidas con Conor y el taller parecía un avispero lleno de avispas cabreadas. Tan cabreadas que le habían ido con el cuento a Tess, con lo cual también había tenido movidas en casa.
Y para completar un cuadro de lo más desesperante, Tess había tenido cita con su médico en la semana y no le habían dado el alta.
No le habían dado el alta, joder.
Por el ultimátum de Evel, él no había podido acompañarla, otra cosa que lo había cabreado muchísimo. Tess le había contado que al doctor Perkins le había parecido demasiado prematuro dársela y que delante suyo había telefoneado a Mercedes, la comadrona, para consultárselo. Ella también desaconsejaba reanudar las relaciones sexuales hasta que hubieran pasado por lo menos cuarenta días después del parto.
Cuarenta días, por lo menos. Podían ser más. Joder, llevaba casi un mes y medio subiéndose por las paredes, ¿y todavía le quedaban como mínimo otros diez días más? No era solo una cuestión de insatisfacción sexual, que también contaba, claro. Toda la vida había ido sobrado de libido; había sido un promiscuo hasta conocer a Tess. Eran, principalmente, los efectos sobre su ánimo de llevar tanto tiempo en dique seco. Se sentía a punto de explotar permanentemente, como si fuera un motor que giraba a demasiadas revoluciones y todas sus piezas fueran a salir volando en distintas direcciones en cualquier momento. Era un runrún constante, una sensación de ir siempre pasado de vueltas. Nunca se había sentido así antes.
Llegó al fin a la cima de la escalera y se tomó unos instantes para cambiar el chip. No sabía si Tess estaría aún despierta, pero lo que sí sabía era que ella no debía darse cuenta de nada. Su cuerpo necesitaba más tiempo para recuperarse del mastodóntico esfuerzo de dar a luz a Romina. Era lo que el médico y su comadrona aconsejaban.
Y no había más que hablar.
* * *
La casa estaba a oscuras excepto por una tenue luz que venía de la cocina. A pesar de lo reventado que estaba, Dakota sonrió ante la imagen; la mesa estaba puesta, como todas las noches que él trabajaba hasta tarde en el bar, pero esta vez a su mujer, que ya estaba vestida para irse a la cama, el sueño la había vencido y se había quedado dormida sobre el mantel. Tenía la frente apoyada sobre un brazo y su sueño tenía que ser profundo porque seguía sin darse por enterada de que él estaba allí, mirándola.
Fue hacia ella y la movió con mucho cuidado. Ella levantó la cabeza y lo miró. Entonces, una sonrisa adormilada hizo acto de presencia en aquella cara preciosa.
—Hola, amor…
—Hola, bollito —dijo al tiempo que la tomaba en brazos—. Hora de ir a la cama.
—No, no… La cena está en el horno… Es solo calentarla. ¿Has comido algo?
Él no se detuvo. Puso rumbo al dormitorio con su mujer en los brazos. Habían pasado horas desde el último bocado que se había llevado a la boca, pero cuando estaba tan cansado lo único que su cuerpo le pedía a gritos era tumbarse en una cama y cerrar los ojos.
—Mañana, nena. Ahora los dos necesitamos dormir. ¿Y la peque?
—Hermosa y buena, como siempre… ¿Vamos a verla?
Por supuesto que sí. Para él era algo obligado antes de cerrar los ojos al mundo hasta el día siguiente; pasar un rato contemplando a la mayor maravilla del mundo en tamaño bebé.
—Eso ni se pregunta.
Dakota empujó suavemente con un pie la puerta del cuarto de Romina y se dirigió hacia la cuna sosteniendo a Tess en sus brazos. Había una pequeña luz de noche encendida, de modo que la cuna permanecía en penumbras. Lo cual no impedía que la visión les resultara tan maravillosa como cuando tenía lugar a la luz del día.
—Es tan hermosa… —murmuró Tess—. Sé que no soy objetiva, pero es que cada vez que la miro…
—Es como si su belleza te noqueara —concedió él en voz baja.
Ella volvió su rostro somnoliento hacia él.
—Qué bien se te da definir las emociones en pocas palabras, amor…
—A mí se me dan bien muchísimas cosas, bollito… Pero como no me meta en la cama ya mismo, tendrás que cargarme tú a mí…
Dakota volvió sobre sus pasos. Abandonaron la habitación de la pequeña y fueron directo a la suya. Se dejaron caer sobre la cama sin hacer el menor ademán de desvestirse.
Tess tan solo atinó a asegurarse de que el vigila-bebé estaba encendido y cuando lo hizo, exhaló un suspiro relajado al tiempo que cerraba los ojos.
Poco después, los dos dormían a pierna suelta.
- II -
Después de la última toma de Romina y cuando el padre de la criatura ya llevaba durmiendo ocho sin haberse movido apenas de posición, Tess decidió despertarlo de una forma especial, como requería un día tan especial.
Se dirigió a la habitación y encendió la luz. Al ver que su marido no se inmutaba, sonrió. El grueso edredón de plumas lo cubría hasta la mitad del pecho, ocultando la realidad; que estaba vestido. A excepción de sus borceguíes, que ella se había ocupado de quitarle, Scott llevaba puesta la misma ropa del día anterior.
Ahora estaba de lado y uno de sus brazos colgaba fuera de la cama, pero parecía tan relajado que a Tess le dio un poco de lástima tener que despertarlo. Más aún, era una visión tan hermosa como la de Romina y si de ella hubiera dependido, se habría sentado a los pies de la cama y se habría tomado su tiempo para disfrutarla a placer. Pero había mucho que hacer y también sabía que aunque hubieran convocado a sus familias a las cuatro de la tarde, llegarían mucho antes.
Fue hacia él, se sentó suavemente a su lado y sin dejar de mirarlo, se puso a hablar con Romina en un tono de voz lo bastante alto para despertarlo.
—¿Has visto qué atractivo es papá cuando duerme? —«Y cuando está despierto… come, habla o camina. Por no hablar de cuando sonríe con esa sonrisa ladeada increíblemente hermosa que tiene. En resumidas cuentas; tu papá es el hombre más atractivo del mundo, Romina», pensó y no dijo.
La niña tenía los ojos muy abiertos, intentaba mantener su cabecita erguida pero no dominaba todavía la fuerza de los músculos de su cuello, de modo que la sacudía ligeramente y enseguida volvía a apoyarla sobre el pecho de Tess.
Tampoco entonces Dakota se dio por enterado.
—Parece que está dormido como un topo... Habrá que ser más contundente, ¿qué opinas, pequeña?
Tess se inclinó sobre el rostro de Dakota y besó ligeramente su frente.
El motero al fin se movió. Habló sin abrir los ojos.
—¿Qué fue de tu fogosidad mañanera, bollito? —ronroneó.
—Cuidado, papá, que estoy aquí y no tengo edad para oír según qué cosas… —repuso ella con dulzura.
Dakota abrió los ojos enseguida.
Y un instante después una sonrisa de padre orgulloso iluminó su rostro.
—Ay, mi chiquitina preciosa… Ven con papá… —Extendió sus brazos, cogió a su hija y la atrajo hacia él. Besó su mejilla y se quedó mirándola embobado—. ¿Sabes qué día es hoy? Vaya pregunta te hace tu viejo, ¿eh? ¿Cómo vas a saber eso? Tú solo controlas tus horas de comer… —dijo riendo—. Pero yo te lo digo; hoy hace un mes que asomaste tu naricita al mundo y nos miraste por primera vez… ¡Feliz cumple-mes, Romina…! ¡Un mesecito, peque, ya eres toda una campeona! ¡Un mesecito, yihaaaaaa!
Y con esas, Dakota volvió a comerse a besos a su hija bajo la mirada maravillada de Tess.
* * *
Dakota hizo una pausa. Tenía la sensación de llevar una eternidad allí, sentado a la mesa de la cocina con un inflador eléctrico y una caja llena de globos blancos y globos rosas. Echó un vistazo al interior de la caja y soltó un bufido. Tenían que estar reproduciéndose como locos, pensó, porque llevaba una hora infla que te infla y nunca le veía el fondo.
«Te traicionan las ideas, tío. Ya quisieras tú estar reproduciéndote…», pensó. Y un instante después, al recordar que haberse reproducido era la principal consecuencia de llevar un mes y medio en dique seco, no pudo menos que reírse de la ironía.
—Qué alegre te veo, amor —dijo Tess, entrando en la cocina—. Necesito un café, ¿te apetece uno?
Los ojos del motero siguieron a su mujer por la estancia. Desde que había conseguido volver a entrar en los vaqueros de los primeros meses de embarazo, se los ponía a menudo. Eran unos Levi’s lavados a la piedra a los que había hecho añadir un buen trozo de tela a cada lado de la cremallera para que pudieran abarcar su incipiente embarazo sin perder el buen calce. Ahora que había ganado peso, los rellenaba más. También rellenaba más sus jerséis de punto. Y tanto relleno extra en una mujer cuyas curvas siempre le habían provocado un vértigo tremendo, empezaba a ser una actividad de riesgo.
Si yo te dijera lo que me apetece…
—Me tomaría una cerveza, pero es un poco pronto para empezar a beber —repuso echando un vistazo a la hora.
Tess se volvió a mirarlo con una sonrisa.
—Qué responsable, Scott. Me gusta.
No era responsabilidad, sino supervivencia. Dakota prefería reservarse para más tarde, cuando su casa se llenara de cotorras que no callaban ni bajo el agua y tuviera que aguantarlas hasta la hora de cenar y la única forma de hacerlo sin cometer un asesinato fuera beber hasta anestesiar su cerebro.
Él se estiró y la cogió de la mano. Tiró de Tess hasta que la tuvo sentada sobre sus piernas. Le rodeó la cintura con los brazos.
—¿Empiezan a acumularse las cosas que te gustan de mí, no? Diría que te tengo en el bote.
Tess se rió bajito ante aquella sonrisa ladeada.
—¿Tú crees?
Él asintió enfáticamente y le robó un beso y luego otro y otro más…
Tess sabía lo que su marido más quería en aquel momento. Sabía a qué venían esas sonrisas y esos besos sin venir a cuento que últimamente se habían vuelto mucho más habituales entre los dos. Lamentablemente, también sabía que esa clase de intimidad que ambos anhelaban tanto, todavía no era posible.
Pero si bien no era momento para el sexo, quizás sí lo fuera para otra cosa. Decidió tentar suerte.
—Mañana se cumple la semana de prueba de mi tía Stella… —murmuró, apartándolo con suavidad.
«Ya estamos», pensó él. Exhaló un suspiro y permaneció mirándola sin decir nada, lo cual sirvió para darle a Tess una pista; el asunto seguía sin ser de su agrado. Sin embargo, debían tomar una decisión al respecto y para tomarla, necesitaban hablar de ello.
—¿Qué opinas de su trabajo de niñera, Scott?
«Esa no es la cuestión», pensó el motero. Otro suspiro vino a confirmarle que sí, seguía agotado mentalmente a pesar de haber dormido toda la noche como un tronco. Y sí, seguía teniendo demasiados frentes abiertos de los que ocuparse y cero energía para hacerlo.
—¿Por qué me preguntas eso?
—Porque eres el padre de la criatura y, por lo tanto, tienes voz y voto en este asunto.
Dakota respiró hondo. El tema lo irritaba además de agotarlo. Se había avenido a que esa loca hiciera una prueba con Romina porque no le había quedado más remedio. Negarse sin más lo habría dejado en pésimo lugar frente a Tess.
—No la he visto en ningún telediario, así que supongo que no maltrata a los bebés, ni les pone cerveza en el biberón ni nada eso… —concedió, haciendo sonreír a Tess—. De ahí a que me guste toparme con ella cada vez que pongo un pie en casa, hay un trecho larguísimo.
—No espero que mi tía te guste, Scott. De lo que se trata es de que decidamos si estamos de acuerdo en dejar a Romina en sus manos o no.
—¿Hay alguna forma de que se ocupe de Romina sin que yo tenga que toparme con ella cada vez que pongo un pie en mi casa? Si la encuentras, dímela. Yo no la veo por ninguna parte —y acto seguido, ayudó a Tess a ponerse de pie y él mismo hizo otro tanto.
Tess lo miró con dulzura. Permaneció en silencio, esperando.
Él se recostó contra la lavadora y se cruzó de brazos antes de continuar:
—Y tampoco creo que las cosas vayan a seguir siendo como han sido esta semana… A tu vieja y a tus tías les va lo de «una para todas, todas para una» en plan mosqueteras… —Tess tuvo que concentrarse para evitar que una sonrisa la delatara. No era momento de arrimar leña al fuego—. Saber que Stella está con Romina y ella no, va a ser insoportable para tu madre. No va a poder aguantarse y se van a confabular -las tres- para sitiar nuestra casa. Y el día que yo entre por esa puerta y me encuentre con una reunión de gallinas cluecas en el salón, voy a cortar por lo sano. Y ya sabemos lo que pasa cuando corto por lo sano, ¿no, bollito?
Cada una de las veces que eso había sucedido en el pasado había traído mucha cola. Amelia Gibb había acabado aceptando a Dakota como yerno, aunque claramente no era de su agrado, y a pesar de que con el tiempo las cosas entre ellos se habían ido suavizando, jamás había tolerado sus impertinencias. Ni entonces ni ahora.
Tess asintió con la cabeza. Se acercó hasta donde estaba él y apoyó sus manos sobre el pecho masculino.
—Si eso sucediera, sería yo misma quien tomara medidas, Scott… —Tras una pausa, continuó—: Me gusta cómo mi tía se maneja con Romina, cómo le canta, cómo juega con ella… Stella es muy dulce con nuestra pequeñina y me tranquiliza saber que durante las horas que no está conmigo o contigo, está con ella… Sin embargo, acordamos que solo la contrataríamos si los dos estábamos de acuerdo, así que la decisión final es tuya, amor. Lo dejo en tus manos. —Se puso de puntillas y lo besó ligeramente en los labios—. Voy a dar los últimos toques a la decoración antes de que Romina me reclame.
Una vez más, los ojos de Dakota siguieron a su mujer hasta que esta desapareció por la puerta. Acto seguido, soltó un bufido.
«La decisión es tuya, amor», farfulló imitando la vocecita de Tess.
Sí, claro, cómo no.
- III -
No eran las tres de la tarde aún cuando empezó a sonar el timbre de la buhardilla. Stella y su marido Tony fueron los primeros en llegar. Dicharacheros como de costumbre, qué suerte la mía, pensó Dakota al ir a abrirles la puerta.
—¡Hola, sobrino! ¿Y la preciosura de la casa?
—La tienes delante —repuso ni corto ni perezoso. Se hizo a un lado para dejarlos pasar y vio que el marido de Stella se tragaba una sonrisa—. ¿Os habéis dado cuenta de que llegáis pronto? Era a las cuatro no a las dos y media.
Tony puso cara de «donde manda capitán, no manda marinero». Fue Stella quien se dio por aludida.
—Sí, hombre, claro que lo sabemos. Pero ayer se quedaron cosas por hacer y pensé en venir antes para ayudar a tu mujer… Y por cierto, sin negar la preciosura presente, preguntaba por la otra preciosura —repuso ella con el mismo humor y su mismo talante conciliador del que siempre hacía gala a pesar de la mala leche de su sobrino político.
En realidad, no era su talante conciliador lo que la había llevado a Stella a reconocer el buen ver del motero. Siempre había pensado que Dakota era un tipo guapísimo. Era la única de sus hermanas que veía con muy buenos ojos su larga melena e incluso hasta sus pinchos y cadenas. A estas alturas eran parte de su personalidad y hoy, cómo no, también llevaba el equipo completo; el cabello suelto peinado con una raya alta, ropas de sepulturero como llamaba Mely a la afición del motero por vestir de negro, tachuelas perfilando las costuras laterales de sus pantalones, pinchos en sus botas y una larga cadena de plata que iba de la presilla delantera a la trasera, cayendo por el costado de su cuerpo hasta más de la mitad del muslo. Había un dato, sin embargo, que de estar a la vista, habría sido capaz por sí solo de dar por tierra con aquel perfil de tipo duro; el relicario con las imágenes de su mujer y de su hija recién nacida que había al final de la cadena.
Ajeno a los pensamientos de Stella, Dakota cerró la puerta. Puso rumbo al salón mientras decía:
—Cuando llegasteis, la estábamos vistiendo después del baño… Así que ahora estará a punto de comer…
Pero no alcanzaron a recorrer la mitad del camino que el timbre sonó otra vez. Dakota se detuvo y de muy mala gana dio la vuelta. Hizo un gesto de «pasad y servíos vosotros mismos» y regresó a la puerta.
En este caso eran Fina y su marido. Un rato después, el timbre sonó una tercera vez y en esta ocasión, se trató de Evel que no solo traía a Abby con él sino a sus suegros y a los Taylor.
Abby no esperó a nadie. Sabía que cuando todas las mujeres de la familia estaban reunidas, le tocaba esperar su turno para disfrutar de Romina. De modo que entró en la casa a prisa al tiempo que decía «¡a ver dónde está mi sobri, que me muero de ganas de verla!».
—Disculpa a mi hija, parece que lleva prisa —dijo Richard. Le palmeó el hombro a su yerno quien correspondió de la misma manera y lo invitó a pasar con un gesto.
Dakota nunca le prestaba atención a su cuñada y esta vez tampoco lo hizo. En cambio, fue a ayudar a su padre a subir las escaleras.
Los últimos análisis de Doug Taylor habían revelado que estaba un poco anémico, razón por la cual el médico le había puesto una dieta estricta porque además, le había dicho, estaba muy delgado y necesitaba ganar un poco de peso. Su mujer, Rosalyn se lo había tomado a pie juntillas y era inflexible con su alimentación. A Dakota le alivió comprobar que su viejo estaba engordando y lo mostró a su manera.
—Pesas lo tuyo, te diré. Parece que te están cebando bien…
Doug también le mostró su agradecimiento a su manera. Les había tomado media vida, pero al fin se entendían.
—Con tal de no… no llevar…le… la… contraria —tartamudeó ligeramente y no dijo a quién se refería porque ambos lo sabían.
—Haces bien —concedió el motero en voz baja.
El cotorreo ya había empezado en cuanto Amelia vio la decoración festiva de la buhardilla, toda en sinfonía blanco y rosa con guirnaldas y cintas decorando las paredes y globos por doquier.
—¡¿Pero qué maravilla es esta?! —exclamó mirando alrededor—. ¡Qué bonito ha quedado todo! ¡Mira, Fina, mira esas guirnaldas… Ay, ay, ay mira el carteeeeel…! —dijo refiriéndose al enorme cartel de dos metros de largo, hecho con purpurina y lentejuelas, felicitando a la niña por su primer mes de vida.
Dakota se quedó mirando a su suegra mientras ella, como si hubiera vuelto a su niñez, festejaba alegremente cada nuevo descubrimiento que hacía. De no llevar una tarta en las manos, se habría puesto a dar saltitos, pensó.
—¡Qué recuerdos! —dijo Evel, de pie junto a Dakota admirando aquel despliegue de decoración infantil.
Se refería a la fiesta que habían organizado en la buhardilla en honor a él para celebrar su salida del hospital tras el ataque que había sufrido en su taller, hacía tiempo.
—Y que lo digas… —repuso el motero con fingida resignación.
—Ni lo intentes. Estás tan orgulloso de tu «chiquitina» que babeas sin darte cuenta. Mira… —dijo pasándole una mano por debajo de la barbilla como si estuviera recogiendo unas babas imaginarias.
—Menos guasa, colega… Ya te tocará a ti el turno de babear, todo llega en esta vida. ¿Una cerveza?
—Claro.
Los dos amigos pusieron rumbo a la cocina dejando, momentáneamente, el bullicio atrás.
* * *
Más tarde, en el salón…
Había comida y bebida como para un regimiento en forma de aperitivos, sándwiches y canapés, además de una magnífica tarta infantil de cumpleaños que habían hecho las hermanas Baldini y que esperaba su turno pacientemente en la nevera. Los hombres conversaban con los hombres y las mujeres con las mujeres, pero el tema de conversación parecía ser el mismo; la pequeña nacida hacía un mes que había puesto sus vidas patas arriba. De una u otra forma, todas las conversaciones acababan en Romina.
Dakota participaba a medias. Eran familia y tenía que poner de su parte para que la relación fuera llevadera, pero no se sentía identificado con sus opiniones. Para él, haberse convertido en padre de su chiquitina era la segunda mejor cosa que le había pasado en la vida. La primera, indiscutiblemente, era Tess. ¿Que dormir de un tirón toda la noche se había convertido en algo excepcional? Vale, ¿y qué? Eso no era nada para un tipo que se había pasado años corriéndose juergas de una semana de duración. Además, en cuanto tomaba en brazos a Romina y ella lo miraba con esos ojitos… Se le pasaban todos los males.
Y tampoco olvidaba que, en su momento, todos ellos, excepto Evel y su suegro, Richard, estaban convencidos de que su relación con Tess no llegaría a buen puerto porque él acabaría cansándose de ella y «cambiándola por otra más joven».
Echó un vistazo a la hora y se puso de pie. Sabía que era temprano todavía, Romina dormiría una hora más como mínimo, pero el timón de la conversación había virado ligeramente hacia la idea de Tess de tener otro hijo, y ya había saltado el anciano mayor del consejo -léase Amelia Gibb- a pincharle el globo con sus opiniones no solicitadas.
Tess detectó su movimiento de inmediato.
—¿Vas a buscar a Romina, amor?
—Ganas no me faltan, pero no —admitió el motero—. Me apostaré en la puerta y la miraré dormir —y dirigiéndose al consejo, añadió—: ¿Alguna objeción?
—Ay, chico… —dijo Amelia—. Solo estábamos conversando, nada más.
—Ya —se limitó a decir el motero. Miró a su mujer quien le arrojó un beso con los labios, y después se alejó por el pasillo alfombrado.
Stella lo siguió con la excusa de ir al baño. Lo dijo para evitar que creyeran que ella también iba a ver a la niña y se apuntaran, pero Tess fue la única que se percató de la jugada; el baño quedaba en la dirección contraria de la que su tía había tomado.
Y cruzó los dedos para que, típica Baldini, no echara a perder las cosas intentando arreglarlas.
* * *
Dakota se detuvo en cuanto se dio cuenta de que alguien venía detrás de él. Al ver de quién se trataba hizo un gesto de disgusto.
—Solo será un minuto, sobrino. Enseguida te dejo que vayas con tu niña. No te sulfures tan rápido.
—¿Qué se te ofrece, Stella? ¿Estás segura de que es conmigo con quien tienes que hablar?
Ella no se inmutó por su evidente malhumor. Estaba más que acostumbrada. En cambio, lo instó a entrar en la oficina de Tess y entornó la puerta.
—Todo lo segura que puedo estar… Por lo que tengo entendido, mi contratación como niñera de Romina depende de ti, así que…
Dakota la miró con la ironía pintada en la cara.
—Y vienes a intentar convencerme de que eres la caña de niñera, ¿a que sí?
—Soy la caña y no necesito convencer a nadie, sobrino. —La plasta de vanidad que la querida tía política acababa de dejar caer al suelo, había estado a punto de pringarle las punteras de las botas, pensó el motero—. Los tiros van por otro lado… Reconozco que mis hermanas y yo somos demasiado para el temperamento típicamente inglés… Y que contigo hemos metido la pata hasta el fondo. Pero yo, personalmente, nunca he tenido nada en tu contra.
—¿Ah, no?
—No, qué va. Te quise en la familia desde el principio, solo me equivoqué de sobrina. Y si lo piensas un momento, te darás cuenta de que no puedes culparme por eso. Abby y tú sois de la misma edad, ibais juntos al colegio. Ella estaba loca por ti y es un bombón. —Al ver las cejas curvadas del motero, sonrió de mala gana—. Venga, Dakota… Tess siempre ha sido el cerebrito de la familia, pero la belleza por la que todos los chicos del barrio suspiraban era Abby, no ella. Suspiraban y suspiran. Creí que te estabas haciendo el interesante, dándole largas para volverla más loca por ti de lo que ya estaba. Nada más.
—Lo que hacía era evitarla como si fuera la peste negra.
—Pues estaríamos ciegos, no lo sé. Lo que sé es que di por hecho que se estaba cociendo algo entre vosotros, que todos esos encuentros y esos besos de los que hablaba Abby eran ciertos y hasta que no empezó a circular el rumor de que tú y Tess… —continuó sin completar la frase—, no caí en la cuenta de que habíamos errado el tiro de medio a medio.
El motero se cruzó de brazos, consciente de que sus palabras habían conseguido removerlo por dentro.
—¿Esa es tu excusa?
—No es una excusa, es la verdad. Nos tomó desprevenidos a todos y el miedo nos paralizó.
—Sí, el miedo al qué dirán.
—En parte, sí. Pero principalmente era miedo a equivocarnos y dividir a la familia. Las dos estaban enamoradas de ti, era una situación imposible… Hiciéramos lo que hiciéramos, una de las dos iba a sufrir. ¿Te das cuenta de lo difícil que fue ese momento para todos, de lo complicado que era mantenernos neutrales?
«Joder, qué memoria tan frágil la tuya», pensó Dakota sintiendo que la sangre empezaba a hervir en sus venas.
—No te mantuviste neutral. Elegiste un bando. Te pusiste del lado de una cría imberbe incapaz de ver la realidad ni aunque se estampara contra ella a doscientos por hora. —Se inclinó para hablarle de más cerca—. Y le hiciste muchísimo daño a Tess. La ofendiste. Nos ofendiste a los dos. Así que me la sudan tus excusas, Stella. Nadie lastima a mi mujer y se va de rositas. En mi mundo, no.
Las mejillas de la tía de Tess denotaron que, esta vez, había comprendido que el daño había sido mucho mayor de lo que creía. Ella asintió varias veces, avergonzada, apesadumbrada.
—Entonces, con más razón. Déjame compensarla… Me equivoqué y después me equivoqué todavía peor, y lo siento en el alma. No puedo arreglar lo que pasó, pero sí puedo intentar compensarla con Romina… La editorial es nueva y a Tess le quedan años muy duros por delante. Lo pasa mal pensando que no podrá dedicarle a su hija todo el tiempo que le gustaría y le preocupa muchísimo quién se va a ocupar de la niña cuando ella esté trabajado… Yo puedo aliviar esa carga, Dakota. Sabes que sí.
Dakota no se inmutó. Estaba tan harto de las Baldini, que en aquel preciso momento ni siquiera era capaz de reconocerle el indudable valor que le estaba echando hablando del tema con él.
—Si has acabado… —dijo, dejando claro que la conversación había llegado a su fin.
Stella volvió a asentir con la cabeza y se apartó de la puerta.
—Gracias por escucharme.
- IV -
El resto de la tarde había ido bien. Romina se había despertado y después de comer, les había regalado su presencia presentándose en el salón en brazos de su padre. Un padre que no dejaba de mirarla embobado y festejaba hasta el menor gesto que la pequeña hacía, como si se tratara de algo fabuloso. Para Dakota lo era. Había caído irremediable enamorado de su hija en cuanto había saludado al mundo con su primer berrido y todo en ella lo maravillaba.
Le habían cantado el cumpleaños feliz moderando el tono de voz para no asustarla, le habían hecho montones de regalos, y Tess había apagado por ella la única velita que había en el centro de la torta infantil que representaba la cara de Minnie, tras lo cual habían habido muchas fotos y mucha más charla.
La pequeña había pasado de brazo en brazo bajo el estricto control de su padre y las consecuentes bromas de todos, en especial de Abby que no dejaba de asombrarse ante el cambio radical que había sufrido el motero a raíz de haberse convertido en padre.
—Eh, eh… ¿Dónde vas? Para que lo sepas, me faltan dos minutos y luego le toca a tu madre, que la pobre no ha podido ni acercarse —guaseó Abby, haciéndole un guiño a Evel.
—Mi hija tiene razón —concedió Richard—. No suelo dársela, pero esta vez… Por cierto, también falto yo. ¿Mis diez minutos para cuándo?
Dakota los ignoró a todos. Cogió a su hija de brazos de Abby que hizo pucheros antes de echarse a reír y fue hacia su madre. Se la entregó, asegurándose de que la cogía bien.
Se quedó mirando con cierta gracia lo que hacían sus padres. Miraban a la niña y comentaban cosas entre ellos. Pero al fin, su madre levantó la vista y dijo, toda emocionada:
—Ay, es tan bonita….
—Cualquiera lo diría con la cara que pones —repuso Dakota en tono de burla cariñosa—. ¿Por qué lloras?
Notó que su padre también tenía los ojos sospechosamente brillantes y una sensación extraña lo invadió. Las emociones que desde siempre le provocaban sus padres eran o bien cabreo, o bien hartazgo. No había un punto intermedio. Ahora, sin embargo…
—Es que cada vez que pienso que es tuya… —Sostuvo a la niña con un solo brazo y buscó un pañuelo en el bolsillo con su mano libre. Se sonó la nariz—. Tantos años deseando… rogando que me hicieras abuela, y mírala… —dijo contemplando a la niña a través de una cortina de lágrimas.
Inesperadamente, Dakota se agachó frente a su madre. Miró a su padre lloroso y le tendió una servilleta. Luego, se concentró en Rosalyn. A todos les pareció que estaban a punto de presenciar un momento intenso y no acababan de dar crédito a sus ojos porque, si bien era verdad que el nacimiento de un hijo cambiaba muchas cosas, Dakota era Dakota.
El motero confirmó sus reticencias enseguida. Ya casi no aguantaba la risa cuando dijo:
—¿Crees que hará falta llamar a los bomberos o nos apañaremos con unos cuantos cubos para achicar el agua?
—¡Qué niño más impertinente…! —lo reprendió su madre.
Las risas esta vez duraron un buen rato.
Acabada su ruta por los brazos familiares, Romina regresó a los de su padre. Y al cabo de un rato, la pequeña puso el punto culminante a la alegría de Dakota, quedándose dormida sobre su regazo.
* * *
Eran más de las ocho cuando la casa volvió a quedar en silencio. La madre y las tías de Tess se habían ocupado de recoger los restos de la fiesta y lo habían dejado todo reluciente antes de marcharse.
Al entrar al salón, una sonrisa se dibujó en el rostro de Tess. Se inclinó a tomar la cámara de fotos que estaba sobre la mesilla y empezó a ensayar los mejores ángulos para un espectáculo que estaba decidida a conservar para la posteridad.
La temperatura era la adecuada y Dakota había retirado la manta con la que normalmente cubrían a la pequeña cuando la sacaban de la cuna. De modo que allí estaban los dos, el padre repantigado en el sofá con sus largas piernas estiradas sobre la alfombra y Romina descansando boca abajo sobre su pecho, hecha una bolita. La pequeña había engordado seiscientos gramos en su primer mes de vida, pero no había perdido la pelusilla rubia que cubría su cabeza y su cuerpo. El pelele de felpa a rayas azules y anaranjadas que vestía, hacía destacar el rosado de su piel. A veces, movía una mano. Otras, intentaba girar la cabecita para el otro lado aunque enseguida desistía. Pero luego, continuaba durmiendo como si no hubiera un lugar más cómodo para ella.
—Le encanta sentir tu calor —murmuró Tess.
La pareja intercambió miradas amorosas y él no pudo aguantarse.
—Qué casualidad. A su madre le pasa igual… Menos mal que soy grande y hay sitio para las dos, que si no…
Tess se acurrucó contra él y exhaló un suspiro.
—Hablando de sitio, reclamo el mío… —murmuró.
Dakota le pasó un brazo por la espalda y la atrajo más hacia él.
Pensó que, por raro que pareciera, en aquel preciso momento, no necesitaba nada más.
Bueno, sí; necesitaba que a Tess le dieran el alta médica. Pero eso era otra cuestión.
Era uno de esos raros momentos en los que se sentía en paz, tranquilo, satisfecho. No duraría mucho, con los follones que tenía en el taller a cuenta del impresentable a cargo de organizar la quedada de Romina, era de cajón que a su felicidad le quedaban dos telediarios.
Pero ahora estaba bien. Le gustaba su vida. Y cuando miraba al futuro también le gustaba. Y desde esa posición de sosiego, las cosas se veían más claras que nunca.
—Vale, bollito.
Ella, apoyada contra su hombro, alzó la vista hasta él.
—¿Qué dices, amor?
—Que vale. Que contrates a tu tía. Déjale claras las reglas de la casa y si se aviene a cumplirlas, contrátala.
Ella se incorporó despacio sin dejar de mirarlo con una sonrisa enamorada.
—¿Estás de acuerdo, lo dices en serio?
Estaba de acuerdo en que nadie querría y cuidaría tan bien de Romina como alguien de la familia que además era niñera de profesión y adoraba a la pequeña.
Estaba de acuerdo en que solo así sus dos progenitores se quedarían relativamente tranquilos, sabiendo que la niña estaba en buenas manos.
No le gustaba ni estaba de acuerdo con nada más, pero así eran las cosas y tendría que tragar.
—No escarbes, Tess. Igual no te gusta lo que encuentras.
Ella se estiró a besarlo.
—De acuerdo, amor —susurró—. Gracias, eres…
—Sí, ya lo sé —la interrumpió—. Soy tu héroe, ¿a que sí?
—Mucho, muchísimo más que eso, Scott. La vida me hizo un regalo grandioso cuando te puso en mi camino…
A pesar de lo mucho que le gustaba que lo adularan, Dakota optó por la broma.
—En realidad, me puso en el jardín trasero de al lado de tu casa…. Desde donde me dediqué a hacer todo tipo de locuras para captar tu atención. Pero gracias.
—Gracias a ti… Gracias a ti, amor. —Los ojos de Tess se empañaron—. Me has dado tantas cosas… Cosas tan importantes… Fundamentales. Eres mi fuerza y mi ilusión. Haces que a tu lado me sienta capaz de soñar y de volar muy alto… ¿Quién me habría dicho que detrás de ese vecino molesto y malhablado que se mofaba de mis gafas, se escondía semejante ser humano? Un hombre con mayúsculas. Eres la mayor sorpresa de mi vida, Scott.
Definitivamente, pocas cosas le gustaban más a Dakota que oír a Tess cantando sus beldades, pero como siguiera adulándolo con esa pasión y esa vocecita dulce que siempre hacía estragos en él… Pasarían a mayores. A muy mayores.
—Alguien te lo dijo, pero no quisiste creerlo. Mujer de poca fe. Pero, ¿sabes qué? Creo que vamos a tener que dejar esta conversación tan interesante para otro momento, porque la pequeña princesa… —Dakota arrugó la nariz con intención de no tener que ser más explícito, pero al final cambió de opinión. Ese era él, sin filtros. Y lo seguiría siendo siempre— ¡Se acaba de cagar enterita! ¡Joder, cómo apesta!
Y, como era de esperar, la reacción de Tess también fue la de siempre y no se hizo esperar:
—¡Ay, Scott, pobrecita..! ¡Cómo dices eso!
_____________________________________________________
©️2022. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷
Comentar Ir a Inicio 🔝 Ir a Principal 🔙
CR30. Romina & Co.

Miércoles, 15 de junio de 2011.
Taller Rowley Customs,
Londres.
Por la mañana.
- I -
Evel siguió a Dakota con la mirada y una sonrisa intrigada en la cara. Los madrugones nunca lo ponían especialmente feliz y, sin embargo, allí estaba, silbando bajito mientras ajustaba el asiento ergonómico de encargo a la Harley Davidson de un cliente coleccionista como si no fueran las ocho de la mañana.
Una gaviota no hacía verano, pero si la memoria no le fallaba, Evel juraría que su amigo sumaba ya cinco gaviotas, por lo menos. Un vistazo a A.J. le confirmó que los dos estaban pensando lo mismo.
—Qué feliz se te ve. ¿Te ha tocado el premio gordo en la lotería? —dijo el jefe de taller, incapaz de morderse por más tiempo. Evel sonrió complacido y se quedó a ver cómo reaccionaba su amigo.
Niilo levantó la cabeza del motor que revisaba y se dio vuelta a mirar a A.J. interrogante.
—¿Me lo dices a mí?
Conor tampoco fue capaz de morderse por más tiempo.
—No, tío. Se lo dice a Malas Pulgas —y continuó hablando como si el taller en pleno no se estuviera desternillando de la risa. Todos menos el aludido que seguía, valga la redundancia, sin darse por aludido—. ¿O debería decir ex Malas Pulgas? Lo digo porque nuestro colega aquí presente se debe haber reconciliado con la vida o algo así, porque lleva una semana tan... No sé si decir «feliz»… No vaya a ser que se desate una tormenta del carajo o un tsunami o haya una de esas alineaciones planetarias chungas y nos borre a todos del mapa, pero, bueno, ya me entendéis...
Dakota al fin se dio por aludido. Le dedicó una de sus miradas displicentes a Conor y le preguntó:
—Qué raro que no estés en alguna esquina sacudiendo tus rastas al son de la música mientras tus fans de la tercera edad te hacen la ola. Con una sola mano, claro, porque como suelten el bastón o el andador... Tú sí que vas a causar una de esas alineaciones chungas presentándote a trabajar aquí, como cualquier mortal...
Las carcajadas arreciaron y esta vez duraron un buen rato.
—La envidia te corroe, tío —dijo Conor, satisfecho cuando las risas cesaron.
Y entonces solo se oyó una; la de Dakota, desternillándose. Todo él era una gran mofa, en plan «¿envidiarte yo a ti? ¡Háztelo ver, chaval!».
—¿Será que su peque cumple seis meses mañana y ya lo deja dormir por las noches? —dejó caer A.J. con malicia.
—Mi chiquitina es un sol. Siempre deja dormir a su padre por las noches —aclaró el motero con voz de padre orgulloso. Desde que le estaban saliendo los dientes, daba algo de guerra, pero eso no contaba porque la pobrecita no podía evitarlo—, así que no. No es por eso. Por cierto, mi princesa estará en el bar a las cinco y media y a menos veinticinco volverá a su castillo. Si queréis saludarla, más os vale ser puntuales.
—Vale, ya está bien. Cuéntanos de una vez a qué se debe tanta alegría. Tío, en serio, nos tienes en un sinvivir —se quejó Conor.
—Tanto como en un sinvivir... —terció Niilo—, pero tendría su punto saber qué ha conseguido endulzar un poco ese malhumor tan dakotiano. Igual si nos lo dices, podemos reproducirlo y ahorrarnos tus despertares patéticos, tío.
Dakota se limpió las manos en un trapo con toda la parsimonia del mundo. Su sonrisa era tridimensional cuando dijo:
—Ya os gustaría, pero no. No podéis reproducirlo... —se alejó de la moto y puso rumbo a la cafetería del taller—. ¿Café?
Todos se miraron asombrados.
—¿Vas a traer café para todos? Espera que me siento, que igual me da un infarto —dijo Evel.
Dakota se volvió a mirarlos con la burla pintada en la cara.
—¿Traeros el café aquí? —se echó a reír—. ¡Pero qué ilusos, tíos!
Y con esas, desapareció tras la puerta mientras sus carcajadas seguían resonando en el área neurálgica del taller.
* * *
A la hora de la comida...
Dakota había decidido entrar por la puerta privada de su vivienda en vez de hacerlo por el bar. Al pasar, a lomos de Princesa, había podido ver a través de uno de los ventanales que el local estaba bastante concurrido, pero Maverick podía con eso y mucho más. Además, estaban el camarero del turno de mañana y el nuevo que habían contratado a tiempo parcial para ayudar durante las horas de la comida. No eran un restaurante ni tenía planes de serlo, pero desde que a Maverick se le había ocurrido hacer más variada la carta de snacks y aperitivos, incluyendo sándwiches de dos pisos con todo tipo de rellenos, parecía que la mitad de los moteros de Londres habían decidido ir a tomar el tentempié de mitad del día (junto con su cerveza) al MidWay.
Entró en la buhardilla y aguzó el oído. Muy atrás había quedado la costumbre de entrar llamando a gritos a su mujer. Pero ahora se oían voces en el salón, así que se permitió recuperarla al menos por un día.
—¡Teeeeesssssssssss! ¿Dónde está la macizorra de la casa? —Sabía que Stella Baldini estaría allí y lo hizo a propósito.
En el salón, las mejillas de Tess acusaron recibo de la espontaneidad de su marido. Stella se dio la vuelta para que su sobrina no la viera disfrutar tanto con su incomodidad.
—Aquí, amor. Pero me temo que no estoy sola —repuso Tess.
Al oír la vocecita dulce de su mujer e imaginarse lo roja que se habría puesto, no pudo contenerse:
—Lástima. Porque vengo con unas ganas de... —y sin haber completado la frase, ya oyó la voz de Tess, regañándolo.
—¡Scoooooott!
Dakota se dirigió a su encuentro dando grandes zancadas. Al llegar, vio a Tess acomodándose la ropa después de haber amamantado a Romina, que estaba en brazos de Stella.
—¿Cómo está esa cosita preciosa de papá? —dijo tomándola de brazos de su canguro. La niña soltó un gorjeo y a continuación mostró sus encías en una sonrisa radiante que derritió al motero. Como era habitual, Dakota se respondió a sí mismo—: ¿Y cómo voy a estar, papá? ¡Qué cosas dices! ¡Estoy fenomenal y preciosa como siempre!
Con su escaso pelito rubio y sus ojos de forma almendrada con largas y curvas pestañas y esas mejillas regordetas que era imposible no querer comerse a besos… Hacía un par de meses que los últimos vestigios del vello rubio que la recubría al nacer, había desaparecido. En su lugar había una piel rosada y tersa que a medida que engordaba mostraba pliegues aquí y allí, en sus brazos y en sus piernas. Pesaba ocho kilos ya.
Llevando a su niña en los brazos, Dakota fue hacia el sofá donde una sonrojada Tess lo miraba, entre incómoda y enamorada.
—¿Y tú cómo estás, bollito? —dijo el motero sobre los labios femeninos. También se respondió a sí mismo—: Vaya pregunta, tío. Estás maciza. Para comerte entera y no dejar ni las migas.
—Ay, Scoooooott… —se quejó ella, apoyando su frente sobre el pecho masculino.
—No te quejes tanto, que te encanta —repuso él, haciéndole un guiño a Stella que, esta vez sí, consiguió dejarla de una pieza.
Las cosas habían mejorado mucho entre ellos, ¿pero tanto? Decididamente, a su sobrino le pasaba algo. Rebosaba felicidad por los cuatro costados y eso no era nada propio de Dakota.
—Nooo…. —repuso Tess poniendo morritos—. No me gusta que me hables de esa forma…
—Porque no estamos solos —matizó él, haciendo que el rojo de las mejillas de su mujer se disparara—. ¿Has visto, bebé? ¡Tu madre parece una gamba cocida!
La pequeña hizo uno de sus gorjeos, seguido de otro y para entonces, nadie de los presentes le dio más importancia a la incomodidad de Tess. Ni siquiera ella misma que, totalmente abstraída en Romina, sonreía ante los enormes progresos de la pequeña.
—¿Has visto cómo habla? —dijo Dakota todo orgulloso
—Se expresa a su manera, pero todavía no habla, sobrino —intervino Stella agachándose delante de la pequeña que, en brazos de su padre, sonreía a todo quien quisiera verla, sabiéndose el centro de atención—. Pero, tranquilo, que se lanzará de cabeza cuando le toque… ¿Qué será lo primero que dirás, eh, pequeña? ¡Stella, claro que sí!
—Ni lo sueñes. Su primera palabra será «papá» como está mandado —intervino enseguida Dakota—. Y eso de que no habla todavía… Acaba de decir «¡mami se ha puesto roja!», ¿a qué sí, Romina? Muy pronto aprendes a reírte de tu madre, me parece a mí...
A Tess le daban igual los desacuerdos en los que padre y canguro solían enzarzarse. Stella era la histriónica de la familia, le encantaba meterse con todo el mundo y muy en especial con su «sobrino postizo», como llamaba al marido de su sobrina mayor. A Scott le bastaba con saber que su apellido era Baldini para desear meterse con ella cuanto más, mejor. Y al margen de que constituían un signo de que la relación de su marido con su familia política se iba suavizando a medida que pasaba el tiempo, para Tess lo verdaderamente importante de aquel momento era presenciar una vez más cuánto había cambiado Scott al convertirse en padre. La llegada de Romina a sus vidas los había cambiado a ambos, pero en él el cambio era tan grande que a nadie pasaba inadvertido.
Ver a padre e hija interactuando era un placer sin igual.
—¿Has comido bien, Romina? ¿Qué ha tocado hoy? —quiso saber Dakota.
La niña seguía alimentándose de leche materna aunque ahora las tomas eran más espaciadas y tres de ellas no eran directas, sino mediante un biberón ya que, desde hacía dos meses, añadían cereales a la leche. Pero hacía unos días, habían empezado a introducir frutas y verduras en forma de papilla o, a veces, de licuado. Tess empezaba a su hora ofreciéndole una pequeña cantidad de papilla y después completaba la toma, dándole el pecho.
Verla familiarizarse con otros sabores y otras texturas había hecho las delicias de sus padres. Resultó que Romina no solo no le hacía ascos a nada, sino que recibía los nuevos alimentos de muy buen grado. Habían comenzado por las verduras y ahora también le daban fruta. Las iban introduciendo de una en una, sin mezclarlas, dejando pasar un día entre prueba y prueba, como les habían recomendado Mercedes, la comadrona que seguía muy de cerca tanto a la pequeña como a su madre, y también la pediatra.
—Plátano —repuso Stella—. Se lo dimos anoche y Tess cree que la hace dormir más, así que esta noche volverá a dárselo, a ver si fue una casualidad o no. Le encanta, ¿verdad, Romina?
Pero la niña ni siquiera le dedicó una mirada; estaba muy ocupada riendo ante las cosquillas que su padre le hacía en la tripita. No era de extrañar, pensó Stella. Dakota la había puesto de espaldas sobre el sofá y le levantaba la camiseta lo bastante para meter la nariz por debajo y frotarla contra su piel cuatro o cinco veces. Luego se retiraba y volvía a empezar.
—Claro que te encanta el plátano. Eres hija mía. Sería imposible que no te gustara el plátano. ¡Chiquitina mía! —volvió a decir Dakota y metió su nariz debajo de la camiseta de la pequeña quien volvió a retorcerse de risa ante la nueva andanada de cosquillas.
—A tu hija, de momento, le encanta todo. ¿A quien habrá salido tan glotona?
—¿A quién va a ser? A mí —dijo Dakota, rebosante de orgullo paterno, mientras le acomoda bien la ropa a la pequeña—. Pregúntale a tu sobrina. Ella lo sabe mejor que nadie —volvió a decir con segundas, haciendo que las mejillas de su mujer acusaran recibo una vez más—. Venga, chiquitina, vamos a dar una vuelta antes de que tu madre me tire un zapato a la cabeza.
Dakota se levantó del sofá y empezó a recorrer la casa con Romina en los brazos mientras conversaba con ella. Al día siguiente, la pequeña cumpliría su sexo mes de vida y Tess, con ayuda de su hermana y de sus tías, había empezado a engalanar la casa. Él no era nada afecto a los lacitos y a los globos, pero a fuerza de verlos el dieciséis de cada mes, sin faltar uno, había acabado acostumbrándose y más aún, disfrutándolo a su manera. Era un recordatorio de lo bien que iba su vida desde que Romina había llegado a ella.
También servía a modo de nueva confirmación de algo que ya sabía; que su mujer era más lista que el hambre. Que Stella Baldini continuara como niñera de Romina estaba supeditado a la promesa por parte de Tess de que eso no serviría de excusa para que la buhardilla se convirtiera en el punto de reunión diaria de toda su familia política. Promesa que Tess había cumplido a rajatabla. Pero con la excusa de organizar el cumplemés de Romina, su hermana, sus tías e incluso hasta su suegra, acudían el día antes para ayudarla con la decoración, el día de la celebración para estar con la pequeña y, por supuesto, el día después para colaborar en la retirada de globos y guirnaldas.
Y en esta ocasión, las mujeres de la familia habían rizado el rizo con la decoración; había hasta un gigantesco elefante de felpa rosa con lunares blancos custodiando la puerta de la habitación de la pequeña. Llevaba un sombrero festivo y una banda atravesando su cuerpo que ponía «¡Feliz cumple, Romina!».
La niña no podía ser consciente de que todo ese revuelo de serpentinas, brillantina y globos tenía que ver con ella, aunque a veces Dakota tenía la sensación de que, de algún modo, lo era. Los globos atraían poderosamente su atención y las tres veces que él había probado a explotarlos para ver su reacción, a la niña no le había gustado. Tampoco quería que los quitaran. De hecho, la última vez, Tess había dejado los que adornaban la habitación infantil durante casi una semana.
—¿Sabes qué quiere decir que toda la casa esté a tope de globos de colores? —le preguntó con su voz especial que solo usaba cuando hablaba con su hija—. Que mañana cumples seis meses, chiquitina. ¿Ves? —dijo mostrándole el número seis del cartel de felicitación de cumpleaños situado en el pasillo, a la altura del salón. Era aún más grande que los anteriores, calculó que debía medir unos tres metros de largo y ocupaba buena parte de la mitad superior de la pared. Como para no verlo, se rio.
La niña estiró su manito y Dakota se acercó para que pudiera tocar el número hecho de papel glasé rojo.
—También quiere decir que mañana a la hora del té, tendrás a un coro de gallinas cluecas cantándote el cumpleaños feliz porque toooooda tu familia estará aquí, sitiando la casa hasta que me harte y los envíe con Dios. Paciencia, tío. —Se cansaba solo con pensarlo, de modo que exhaló un suspiro—. Todo sea por ti, Romina.
De pronto, notó que la pequeña lo miraba a él. Su pelo, concretamente. Tomó un mechón de su cabello y lo acercó a su mano regordeta.
—¿Te gusta el pelo de papá? —La niña emitió un gorjeo que Dakota quiso interpretar como un «sí»—. Es la caña, ¿eh? A tu madre también le encanta. Bueno, al principio decía que no. Pero, entre nosotros, yo creo que lo hacía por pincharme. Decía que un buen corte de pelo me sentaría de maravilla porque soy «un hombre muy apuesto», lo que en lenguaje repipi viene a querer decir que estoy cañón y le molo mogollón. —Un nuevo gorjeo sacó a Dakota de su abstracción narrativa y lo hizo centrarse en su pequeña—. ¿Qué es lo que te hace gracia, peque? ¿Lo de que «estoy cañón» o lo de que le «molo mogollón»? —Otro gorjeo le indicó que a su niña le gustaba el sonido de esas dos palabras. O, quizás, de alguna de ellas. Dakota lo festejó con una risotada—. Lo que yo pensaba. A tu madre, mi pelo siempre le ha molado mogollón... ¡Y a ti, también, chiquitina!
Unos metros más atrás, Tess disfrutaba del momento padre-hija. Con un hombro apoyado contra la pared, los observaba a ambos con total interés. En especial, a él.
En apariencia, Scott seguía siendo el mismo, con sus ropas de sepulturero (según su propia madre), sus pantalones con tachuelas, sus botas llenas de hebillas y pinchos y su melena rubia larguísima, que ahora sobrepasaba la mitad de su espalda. Pero había detalles que hablaban de que ya no era el mismo, como el camafeo con las fotos de «sus dos mujeres favoritas» que llevaba al final de su llavero de cadena y que enseñaba con orgullo a todo el mundo. O como la devoción que sentía por su hija, a la que no perdía ocasión de subir para verla durante el día de trabajo, aunque supiera que la hallaría dormida. O la paciencia con la que afrontaba los llantos de Romina a cuenta de la dentición, tan insólita en alguien como él, impaciente por naturaleza. Cuando a la pequeña la despertaba el dolor de las encías, fuera de noche o de día, él la cogía en brazos y la paseaba por la casa, hablándole, tranquilizándola. Llovía ternura sobre ella hasta que al fin Romina se quedaba dormida y la devolvía a su cuna. O la constancia con la que seguía entregado a cada detalle de su vida familiar. Tess había pensado que después del parto, cuando hubiera quedado atrás la preocupación constante de aquellos durísimos nueve meses, Scott se relajaría y la dejaría más a su aire. Nada más lejos de la realidad; acudía a las citas con la nueva pediatra de Romina y procuraba estar presente cada vez que Mercedes, la comadrona, les hacía su visita mensual para ver la evolución de madre e hija. Incluso la acompañaba a sus revisiones con el Dr. Perkins. La última, que había incluido análisis completos y una ecografía, había tenido lugar el viernes de la semana anterior.
Scott se las arreglaba para enamorarla un poco más cada día que pasaba, pensó y no pudo evitar sonreír al ver con cuanta dulzura él besaba la frente infantil y frotaba muy suavemente su perilla contra la piel de la bebé.
—Siento interrumpir el recreo —le dijo con ternura—, pero hay que aprovechar el sol, ahora que ha salido, para llevarla a pasear.
Dakota miró a Tess con una sonrisa maliciosa.
—Así que el sol... —dijo sin entrar en detalles.
—Sí, el sol —corroboró Stella, que en aquel momento se detuvo frente a él y empezó a abrigar a la niña. Le puso una cazadora vaquera forrada de corderito con el logo de Harley Davidson en la espalda y un gorro con visera a juego—. ¿Vamos a pasear, Romy?
Y se quedó esperando la corrección de turno, que no tardó en llegar.
—Se llama Romina.
—Que sí, sobrino. Lo hago por chincharte, ¿sabes? Me encanta —dijo Stella cogiendo a la niña en brazos y alejándose por el pasillo—. Nos vamos. Si la lluvia no nos corre, en una hora y pico estaremos de vuelta.
Dakota esperó a oír que la puerta se cerraba para volver a hablar.
—¿Diana? —preguntó al tiempo que iba hacia Tess. Su socia había llegado a Londres a principios de mayo y no había planes de que se regresara a Texas hasta finales del otoño.
—Comiendo con una agente literaria —repuso con suavidad.
Dakota la rodeó por la cintura y enterró su nariz en el cuello femenino. Aspiró profundamente y, al fin, dijo en voz muy baja:
—O sea, que estamos solos.
—Completamente solos.
- II -
Dakota hizo el esfuerzo sobrehumano de salir de aquel baño de una bendita vez. Había ido para asearse y bajar al bar antes de que Maverick fuera a buscarlo en persona, pero Tess se le había unido poco después y ella y sus portentosas delanteras de madre lactante habían vuelto a hacerle perder la cabeza.
—Me voy, joder, tengo que irme. Tú ni te muevas —le advirtió, aunque él sí que se movió; volvió a agacharse y rodeó uno de los desnudos pezones de Tess con su boca y lo chupó a placer... Pero solo durante unos instantes. Luego se enderezó y abrió la puerta del baño con decisión—: Joder, me voy, me voy, ME VOY.
Tess permaneció un instante tal cual estaba, con la nuca apoyada contra los azulejos, junto al mueble pileta, y una mano sobre el pecho en un intento de detener aquel runrún interior que, de otra forma, la pondría otra vez a las puertas de un orgasmo.
Al fin, se asomó. Lo vio de espaldas. Su marido se había detenido en mitad del pasillo para acomodarse la ropa. Por el gesto de sus brazos, estaba subiéndose la bragueta. El lado desatado de Tess pensó que era una auténtica pena. Su lado racional prefirió ofrecerle información útil acerca de cuándo podría volver a bajársela.
—Scott —lo llamó. Vio que él se quedaba quieto, pero no se volvía a mirarla—: Diana se marchará un poco antes hoy. Si subes sobre las seis, Romina estará a punto de dormirse, pero podrás verla despierta...
«Y podré jugar con ella hasta que se duerma y luego jugar contigo hasta que me dejes seco», pensó él. El latigazo de deseo que le recorrió la espalda provocándole la tercera erección en los últimos sesenta minutos, le confirmó que su libido le estaba dando a la propuesta una acogida fenomenal.
—¿Quieres que te envíe un wasap para avisarte? —insistió ella con esa vocecita que causaba estragos en él.
Que causó estragos en él.
Dakota reanudó el camino hacia el final de la buhardilla con energía y sin mirarla, se limitó a decir:
—Que no se te olvide, bollito.
* * *
—Tío, pensé que iba a tener que ir a buscarte —se quejó Maverick—. ¿Todo bien por casa?
—Sí —dijo Dakota a secas. Siguió camino hasta la bodega.
Entró y volvió a cerrar. Dio al interruptor de la luz y luego, se apoyó contra la puerta y soltó un suspiro.
Menuda locura.
Y los culpables eran la comadrona y el médico que no le habían dado el alta a Tess hasta sesenta y cinco días después del alumbramiento. Nada más y nada menos. Cuando tras una pausa de tres días, el ya de por sí prolongado sangrado posparto de Tess se había reanudado, los dos habían cerrado filas, diciendo que con sus antecedentes y el esfuerzo realizado durante el parto, preferían pecar de cautelosos. Para entonces, tanto Tess como él estaban desesperados por volver a la normalidad.
Y desde que al fin lo habían conseguido…
Hasta la normalidad de siempre parecía haber perdido completamente la chaveta. La de Tess, porque la maternidad había despertado necesidades en ella que antes no tenía. O, al menos, él no se había dado cuenta que tuviera. Y en él, porque siempre había sido un promiscuo que había descubierto que en los pechos hinchados de leche de su mujer residía su mayor fantasía erótica.
Se trataba de algo que había ignorado hasta hacía exactamente seis meses. Normal. Su extensa experiencia anterior en el sexo se limitaba a polvos con mujeres sin nombre. Polvos de los de aquí te pillo y aquí te mato, generalmente en rincones oscuros de discotecas, bares, o incluso de la calle. Aunque siempre las había preferido con curvas, la verdad era que cuando se le disparaban las ganas le daban igual ocho que ochenta. Y como siempre había ido bien servido de libido, las ganas se le disparaban muy a menudo. En su época de portero de discoteca no era raro que se enganchara con dos o tres mujeres distintas cada noche. El tiempo y las circunstancias no daban para andarse con florituras, de modo que iba a lo que iba, sin más.
Pero cuando Tess estaba por el sexto mes de embarazo, el lobo había empezado a asomar las orejas. Inevitablemente, se le iban los ojos al escote. Detrás de sus ojos, claro estaba, iban sus manos. Lo que no se había imaginado entonces era lo que sucedería tres meses más tarde, cuando Tess amamantó a Romina por primera y su cuerpo empezó a producir alimento a destajo para la recién nacida. Eso sí que había sido un despertar erótico en toda regla para él.
Y así estaban, entre saciar el hambre atrasado de buen sexo y tener a su mayor fantasía erótica desnuda y a rebosar frente a sus ojos a diario, era un no parar. Que Romina ya no mamara tanto como antes incluso había empeorado su situación personal; sabía la hora aproximada de las tres únicas veces por día que Tess le daba el pecho a la bebé y él contaba los minutos, deseando que nada se torciera a último momento y le impidiera escaparse un rato a casa.
Dakota respiró hondo. Se concentró en contar el número de cajones de Coca-cola. Luego hizo lo mismo con la cerveza de importación y finalmente, con el número de botellas de agua mineral. Cuando el recuento llegó a las veinte botellas, empezó a sentir que todo volvía a su ser.
Vale, se dijo. Ahora, a trabajar.
Y recién entonces, abandonó la bodega y se puso a atender clientes junto a Maverick.
* * *
Sin embargo, Dakota no recibió ningún mensaje a las seis. El bar empezaba a llenarse de cara al comienzo de la hora feliz, de modo que realmente no se dio cuenta hasta mucho más tarde. La llegada de Evel fue la que hizo que reparara en la hora y al hacerlo, en el hecho de que Tess no le había enviado el wassap prometido.
En épocas de mucho trabajo -verano, vísperas de días festivos y fiestas importantes-, los tres socios habían acordado que Evel les echaría una mano después de cerrar el taller y que algunas veces por semana, sería él el encargado de cerrar el bar, cuadrar la caja y poner todo en orden para el día siguiente. Si él estaba allí, quería decir que ya eran más de las siete.
De hecho, eran casi siete y media, comprobó Dakota. La explicación de la ausencia de noticias por parte de Tess le llegó muy pronto, de manos de su socio.
—Subo un momento a tu casa —anunció Evel.
—¿Por qué? ¿Qué se te ha perdido ahí? —repuso Dakota mirándolo con un ojo entornado.
Evel se rio.
—Tío, será tu hija pero también es mi sobrina y, te guste o no, tengo derecho a darle besitos en esas mejillas rechonchas que tiene. Además, mi mujer está en tu casa. ¿No te has enterado? Se fue una hora antes del taller y llevaba tanta purpurina y tantos rollos de papel de colores, que a estas alturas tu casa debe ser como un parque infantil.
«Acabáramos», pensó el motero. «He aquí la razón de que me haya quedado a dos velas esta tarde; Morticia. Cuándo no».
—Eso de que tienes derecho habrá que hablarlo largo y tendido, chaval —le dijo Dakota a la espalda de su amigo, que se alejaba hacia su buhardilla, dando grandes zancadas.
—No hay que hablarlo, tío. Es derecho de sangre. —Se detuvo—. Ah, antes de que se me olvide, esta tarde estuve hablando por teléfono con Nikki y me comentó que tus padres ya tienen reservado el billete y el hotel.
Evel se refería a una nueva actividad motera del club que esta vez estaba organizando Nikki para que el «presi» descansara de la quedada de Pascua, y a la que estaba previsto que asistieran todos los moteros y sus familias, excepto Dylan. Tendría lugar en España, del 8 al 10 de julio.
Dakota dejó de hacer lo que estaba haciendo y miró a su socio con el ceño fruncido.
—¿Se puede saber de qué hablas?
—Vienen a la Harley Days de Barcelona. Por lo visto, el médico le ha dado permiso para viajar a tu padre. ¿No te lo ha dicho Tess?
Dakota soltó una risotada y no dijo lo que pensaba.
Seguro que se lo habría dicho, si cuando estaban juntos y a solas hicieran algo distinto de arrancarse la ropa y darle gusto al cuerpo.
- III -
Aparte de una visita rápida para ver cómo bañaban a su chiquitina, Dakota no había podido volver a subir a casa hasta la hora de cerrar. Evel, para variar, se había hecho un lío al hacer el cierre de caja y entre los dos habían necesitado cerca de una hora para desenredarlo.
Era la una de la madrugada cuando al fin cerró la puerta que conectaba su buhardilla con el interior del bar y para entonces, estaba molido.
Tess, en cambio, estaba en la cocina tan fresca y aparentemente descansada como si acabara de levantarse.
—Hola, amor... El pastel de carne está en el horno. En cinco minutos, ya estarás cenando —se dio la vuelta y le dedicó una de sus sonrisas dulces—. No pude enviarte el mensaje que te había prometido porque Abby entró al mismo tiempo que Diana se marchaba.
Dakota permaneció apoyado contra el marco de la puerta, mirándola. Vestía su albornoz azul de terciopelo cerrado por un lazo a la altura de la cintura y sus pantuflas a juego. No había maquillaje, ni arreglos especiales. Estaba a cara lavada, ni siquiera una pizca de lápiz labial.
Y sin embargo...
Estás para comerte y no dejar ni las migas.
—Lo siento, amor —insistió Tess ante el pertinaz silencio de su marido, pensando que, quizás, era una señal de molestia o de que había algo de lo que quería hablar.
El silencio de Dakota no tenía que ver con nada de lo que Tess creía. En realidad, su mente deambulaba por otros horizontes.
Pensaba, por ejemplo, que no tenía más que desatar el lazo de terciopelo y abrir los lados de su elegante albornoz. Fantaseaba pensando que seguramente estaría desnuda. Sus pechos definitivamente lo estaban. El delicado tejido de la prenda se ceñía a sus formas y mostraba con lujo de detalle la presencia de dos pezones protuberantes. Eran como un mapa de ruta. La ruta al paraíso. Si llevaba uno de sus desquiciantes (para él) culottes -tan recatados por delante y tan provocativos por detrás- o no era una incógnita. Más de una vez, lo había sorprendido llevando tan solo el albornoz, así que era una posibilidad que hoy fuera una de sus veces.
La voz de Tess lo sacó de sus ensoñaciones.
—¿Qué sucede, Scott?
Él avanzó despacio hasta ella.
—Venía pensando que tenemos un problema de comunicación. Porque tendrás que admitir que no es normal que me entere por mi socio de que mis propios padres al final vendrán con nosotros a la Harley Days.
—Es que iba a decírtelo cuando llegaste del taller…
Dakota la silenció poniendo un dedo sobre sus labios. Y con su mano libre, apagó el horno.
—Tranquila, lo entiendo. Es difícil hablar cuando tienes mi rabo en la boca...
—Scooott... —se quejó Tess. Aunque a Dakota le sonó a excusa. A quejarse solo por dejar constancia, pero no porque lo dicho le molestara.
—Pero luego, cuando he entrado y te he visto… Dime una cosa, bollito… —se inclinó para hablarle al oído y solo sus labios establecieron contacto con el cuerpo de Tess—. ¿Llevas algo debajo?
Los dos se estremecieron cuando ella buscó su mirada y respondió con su vocecita dulce:
—No.
Ay, joder... Dakota inspiró profundamente.
—¿Cuánto hace que Romina comió? —Una de sus manos rodeó el talle de Tess. La otra, como siempre, subió tres palmos decidida a obtener una respuesta.
—Hace una hora y media más o menos.
Un ramalazo de placer se clavó en la entrepierna de Dakota ante el panorama que tenía por delante. A falta de confirmación de un pequeño detalle, estaba a punto de darse un festín. Iba a preguntárselo a Tess, pero su ansiedad pudo con él. Aflojó un poco la tensión del lazo, expuso uno de sus pechos y se apartó para poder ver lo que hacía.
Y lo que hizo fue lo que Tess esperaba; Dakota posó su mano sobre la base de su pecho y ejerció una presión moderada.
Exhaló un suspiro ardiente cuando vio que una gota de aquel líquido blanquecino que a él le sabía más dulce que la miel, coronaba el pezón. Era la confirmación que buscaba; su mujer no había usado el quita-leches para retirar lo que hubiera quedado después de amamantar a Romina.
Tess se desató el lazo y dejó caer su bata al suelo, demostrándole que aquel era uno de esos días en los que debajo tan solo vestía su piel.
Y también hizo algo más. Con lo que, en este caso, Dakota no contaba.
—¿Te digo algo que no sabes con certeza, pero creo que intuyes? —murmuró haciendo sonar sus dedos frente a un Dakota que la miraba extasiado por debajo del cuello.
Él alzó su mirada ardiente hasta ella. En efecto, intuía que algo sucedía desde hacía días. Concretamente, desde el viernes cuando en la última revisión, el Dr. Perkins le había dicho a Tess que estaba totalmente recuperada
—Es jueves ya —murmuró ella—. Un día marcado de verde oscuro en mi calendario femenino. ¿Te acuerdas de lo que significa?
El corazón de Dakota empezó a latir desaforadamente. Al deseo que lo tenía en vilo, se habían unido esas palabras gloriosas, llenas de significado para los dos. Lo habían hablado en Navidad y lo habían acordado. Como siempre, estaba en manos de Tess dar la voz de «ahora».
Y acababa de darla.
—Sí... —repuso él envuelto en suspiro, agachándose en busca de aquel pecho exuberante que lo llamaba como el canto de una sirena—, que durante los próximos cinco días estaré en la gloria. Metiéndotela a cada rato...
—Scoooooooott…
—Vaaale… Practicando el tiro a canasta todas las veces que me dejes hasta que encestemos otra vez, como hicimos con Romina. ¿Te gusta más así? —dijo abriendo los labios sobre aquel trocito de carne turgente.
No obtuvo respuesta.
No en palabras, al menos.
Pero el largo gemido de Tess le informó que tenían por delante cinco días de lo más agitados en pos de una maravillosa aventura; la de convertirse en padres por segunda vez.
_____________________________________________________
©️2023. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷
Comentar Ir a Inicio 🔝 Ir a Principal 🔙
CR37. Romina & Co., 2

Miércoles, 20 de julio de 2011.
Buhardilla de Dakota y Tess,
Hounslow, Londres.
De madrugada.
- I -
Tess abrió los ojos y pestañeó varias veces. La habitación estaba totalmente a oscuras, aparte de las tenues luces de seguridad del suelo del pasillo. Una sensación extraña hizo que se tocara los pechos y la humedad que le mojaba el camisón le hizo sospechar que su niña había vuelto a hacerlo. Un vistazo a la hora se lo confirmó y se levantó de la cama procurando no hacer ruido. Scott se había acostado tardísimo y todavía podía dormir tres horas más, antes de que fuera la hora de levantarse para ir a su trabajo matutino; el taller del que era socio, junto con su cuñado y mejor amigo, Evel.
Cogió a tientas dos puñados de Kleenex de la caja que había sobre su mesilla de noche y se los puso dentro del sostén para que absorbieran el persistente escape de leche. Tenía los pechos a rebosar y por partida doble; perdía líquido por ambas. De puntillas, se dirigió hasta la habitación de Romina. La pequeña luz de noche que iluminaba la cuna, aunque tenue, le permitió ver, ya desde la puerta, que su pequeña continuaba durmiendo plácidamente. Ni siquiera se había movido de posición.
Se dirigió hacia la cuna y la observó largamente. Era su hija y no podía ser objetiva, pero, en su opinión, Romina era la bebé más hermosa del mundo. Con su escaso pelito rubio, sus ojos de largas y curvas pestañas, y esas mejillas rechonchas que era imposible no besar…
En ese momento, la niña movió una pierna y un instante después, giró la cabeza hacia el otro lado. Tess prefería dejarla dormir hasta que se despertaba por sí misma, pero tenía la pechera del camisón empapada y en todo caso, mantener la regularidad en los horarios era fundamental en la casa de un matrimonio en el que ambos trabajaban. Decidió que le daría de mamar y después le cambiaría los pañales, antes de devolverla a su cuna para que siguiera durmiendo a pierna suelta, tal como hacía su padre.
Romina abrió los ojos brevemente al sentir la cercanía de su madre. Emitió uno de sus sonidos aún ininteligibles cuando la sacó de la cuna y se dirigió con ella en brazos al cómodo sillón que había junto a la lámpara de pie, muy cerca del cambiador. Tess la encendió con el pie y tomó asiento. En ningún momento dejó de hablar con su hija, que continuaba más dormida que despierta.
—Eres una pequeña muy dormilona, Romina… ¿Sabes qué hora es? ¡Son las cuatro menos cuarto! Y así estoy —añadió, en voz muy baja—. Desbordándome sin remedio. Vaya desastre… Así no puedo darte de comer. A ver, vamos a intentar…
Tess no completó la frase. Pasándosela de un brazo al otro, según le hacía falta, se desnudó de cintura para arriba. Quería evitar que sus prendas empapadas permanecieran junto a la piel de su bebé mientras la amamantaba, ya que era muy propensa a las irritaciones. Libres del sostén que los contenía, y absorbía parte del líquido que manaba incesante de ambos pechos, este no tardó en deslizarse por su abdomen. Estaba poniéndose perdida y también mancharía a Romina. Buscó con la mirada algo que hiciera las veces de contención temporal, y cogió la toalla limpia que había sobre el cambiador. Acomodó a la niña contra uno de sus pechos y, a continuación, colocó la toalla sobre el otro. Ahora solo faltaba que su pequeña, que seguía bastante dormida, empezara a comer. Con un poco de suerte, Romina la vaciaría de buena parte de la leche, y el resto lo retiraría con el quita-leches. Si todo iba mejor que bien, en una hora podría regresar a la cama, y dormir hasta que sonara el despertador, a las siete.
—Vamos, pequeña mía, ánimo… —le pidió Tess, amorosamente, al tiempo que acercaba el pezón a los labios de su hija, instándola a que empezara a comer—. Si tu padre estuviera aquí, te diría…
Tess dejó la frase a medias. Supo que sus mejillas se habían arrebolado porque le ardían. Como casi todas las cosas que salían de la boca de Scott en relación con esa parte de su anatomía, que cumplía la doble función de saciar el hambre de su retoño y las fantasías eróticas de su marido, no era apto para menores de edad.
En aquel momento, Romina al fin se cogió al pecho de su madre y empezó a chupar. Primero lo hizo despacio, como si le diera pereza afanarse en otra tarea, cuando lo que en realidad quería era dormir. Pero, al cabo de unos minutos, para alivio de su madre, la pequeña empezó a comer como la misma glotonería de siempre.
A Tess le encantaba mirarla mientras la amamantaba. Le gustaba ver cómo se agarraba al pecho con su mano regordeta y comía con la vista fija en un punto. Sin distraerse. A mitad del proceso, cuando el acto constante de succionar parecía dejarla agotada, cerraba los ojos y relajaba la tensión del cuello. Entonces, Tess sentía todo el peso de su pequeña cabeza sobre el brazo, y se abstraía en la contemplación de aquel rostro hermoso, que toda la familia decía que se parecía al suyo, algo con lo que ella discrepaba. En su opinión, Romina era el vivo retrato de su padre. Eso sí, con rasgos más delicados, como correspondía a las facciones de una niña.
Generalmente, al cabo de unos minutos de descanso, Romina reanudaba su tarea y el proceso inicial, volvía a repetirse. Otras veces, tenía que despertarla para que continuara mamando. Hoy, por lo visto, no sería ese el caso.
Al cabo de varios minutos, tomó a la niña con cuidado y la cambió de pecho. Romina rezongó, como era de esperar.
—Ahora sigues, pequeña. No te enfades. Toma —murmuró, acercándole su otro pezón a la boca. La niña se cogió enseguida y siguió comiendo, glotona—. ¡Vaya, sí que hay hambre!
Tess le acarició la punta de la nariz. Su pequeña princesa era una maravilla. Amamantarla era de las experiencias más grandiosas que había tenido como mujer. Y verla crecer, cambiar un poquito cada día… Era increíble. Muchas veces, con Scott, la ponían sobre la cama de matrimonio tan solo por el placer de tenderse a su lado y contemplarla mientras dormía.
Una sonrisa tierna iluminó el rostro de Tess.
Haberse convertido en padres era un regalo, la mayor experiencia de sus vidas. Los dos estaban tan enamorados de su pequeño retoño, y tan satisfechos de la experiencia de ser padres, que ahora se habían lanzado a otra aventura; la de serlo por segunda vez.
* * *
Dakota se dio la vuelta boca arriba. Extendió el único brazo que tenía sobre la cama, ya que el otro colgaba por el lateral. De repente, como si un haz de conciencia atravesara su cerebro, tanteó la superficie del colchón repetidas veces. Su brazo ocupaba buena parte del lado de Tess y si ella estuviera allí, lo que tocaría no sería el colchón, sino a ella. Además, la sábana estaba fría. Hacía rato que su mujer no estaba allí.
El motero se incorporó sobre sus codos y, mientras la plena conciencia regresaba a él muy despacio, aguzó el oído, ya que la ausencia de luz era casi total.
No se oía absolutamente nada. La buhardilla estaba insonorizada desde hacía mucho, aislándolos del ruido exterior. Pero a Romina no había cómo insonorizarla, estaba en plena fase de dentición, y, últimamente, rara era la noche que el dolor no la despertaba llorando. Su pequeñina tenía un buen par de pulmones; fuera de la buhardilla nadie la oía, pero dentro…
Dakota se quedó tal como estaba durante unos instantes. Pensando. Intentándolo. Sentía el cerebro entre algodones, prueba irrefutable de que todavía estaba grogui. Pensó que podía encender la luz y consultar la hora. Eso le ofrecería información útil para explicar tanto silencio. Pero si se había despertado por sí solo y Tess ya no estaba a su lado, había muchas posibilidades de que estuviera en el baño, duchándose. Eso significaba que ya era la hora de arrastrar sus molidos huesos al taller de Evel, lo cual le daba una enorme pereza.
Aunque también era posible que, si encendía la luz, descubriera que todavía era de madrugada y que la razón por la que su mujer se había levantado, era para darle de comer a Romina.
Aquel pensamiento permaneció en la mente de Dakota, creciendo, y abriendo ante sus ojos excitantes alternativas.
No había oído llorar ni quejarse a la niña, y si no la había oído, era porque Romina no se había despertado. En sus siete meses como padre primerizo había desarrollado un oído muy fino. Puede que no fuera él quien se levantaba cada vez que la pequeña requería atención, se turnaban con Tess para atenderla, pero la oía siempre. Siempre, sin fallar una.
Y si Romina no se había despertado, los pechos de su mujer estarían a rebosar y aquí había dos alternativas; que aprovechando que, por una vez, la niña no se había despertado por el dolor, la dejara seguir durmiendo, en cuyo caso estaría en el baño con el quita-leches…
O que la hubiera despertado y la estuviera amamantando, en cuyo caso él se estaba perdiendo un espectáculo por partida doble; contemplar a la bebé más hermosa del mundo mientras Tess le daba de comer, y después, disfrutar a lo bestia con la madre de la criatura, en el sentido más bíblico de la palabra.
Tess decía que amamantar a Romina «disparaba sus endorfinas, llenándola de una felicidad indescriptible». Palabras textuales. Él no ponía en duda ese rollo de la hormona de la felicidad. Pero de lo que podía dar fe, era de que dar el pecho a la bebé tenía todo que ver con los revolcones que se regalaban después. Los de mitad de la noche era los mejores, sin nadie más en la casa ni wasaps de Maverick, reclamando su presencia en el bar. Los habían estrenado alrededor de tres meses después del nacimiento de Romina, cuando Tess se había recuperado físicamente, y desde que habían decidido ir a por el segundo vástago, eran su postre de cada noche. Y menudo postre; se daba un atracón de Tess.
—Atracón, qué palabra más buena…
Dakota saltó de la cama. Cuando, medio desnudo, traspasó la puerta de su dormitorio, ya estaba bajo los efectos de su propia hormona de la felicidad.
- II -
Dos horas más tarde…
Dakota estaba en la habitación de Romina, intentando reunir ganas para irse a trabajar, pero su pequeñina se lo estaba poniendo muy difícil.
Acababa de despertarse y, mientras Stella le daba un puré de fruta fresca, entre cucharada y cucharada, Romina reproducía, como un precioso lorito, cada palabra que oía. Lo hacía a su manera, claro.
—Pa-pá. Venga, chiquitina, di «pa-pá» —vocalizó Dakota, intentando por millonésima vez que su hija lo dijera alto y claro para poder correr a pregonarlo por todos los rincones del planeta.
Stella se rio.
—No lo sueñes, sobrino. Te tocará esperar un tiempo más para derretirte de gusto.
La pequeña pasaba balbuceando buena parte de las horas que estaba despierta, pero aún no emitía palabras inteligibles. Eran sonidos a los que, a veces, podía asociarse algún significado. «Papá» todavía no estaba en su lista.
—¿Cómo que no lo sueñe? ¡Ven aquí, ahora mismo! —dijo Dakota, y en un ataque de amor paterno, tomó a Romina por las axilas y, ante la expresión risueña de la niña, la estrujó entre sus brazos, lloviendo besos que simulaban ser mordiscos, y ante los que la pequeña se reía a carcajadas. Probablemente, porque le hacían cosquillas—. ¿Cuándo vas a decir «papá», eh? ¡Me tienes en un sinvivir, chiquitina! ¡Ay, cómo te quiero!
En aquellos momentos, sonó el móvil del motero. Por el tono era un mensaje de wasap y, teniendo en cuenta las horas que eran, no tenía que esforzarse mucho para saber de quién se trataba. Exhaló un suspiro malhumorado y volvió a poner a Romina en su cuna.
—El deber te reclama —dijo Stella, intuyendo por la mala cara de Dakota, que el mensaje era del taller—. Ve tranquilo, sobrino. Yo seguiré aquí, intentando enseñarle a decir «Stella». —Y coronó su frase con una carcajada maliciosa.
Sin embargo, el wasap no era de Evel. Una sonrisa alucinada brilló en el rostro de Dakota, quien puso rumbo a la cocina dando grandes zancadas.
—¡Bollitooo! ¡La escudería menorquina está de parto! ¡Toma ya!
* * *
El wasap no provenía de Menorca, sino de la planta de abajo de la buhardilla de Dakota y Tess, donde Maverick se estaba preparando para la hora de abrir al público. Lo habían nombrado portavoz de la familia y su mensaje era breve:
«¡¡¡Estoy a punto de ser tío!!! 🎉👏🥳 Andy rompió aguas de madrugada y estamos a la espera. Os mantendré informados. PS: ¡NO llaméis al irlandés!».
Maverick lo había enviado al grupo de contactos habituales del club de moteros, por lo que al llegar al taller, Dakota lo encontró en plena efervescencia. Le hizo gracias ver a todo el mundo tan excitado. Su lado irónico hizo acto de presencia enseguida.
«Ni que también estuvierais a punto de ser tíos, colegas», pensó.
Muy pronto, sin embargo, descubrió la verdadera razón de tanto alboroto.
—¡A ti, a tu niña y a tu mujer, ya os he apuntado! —exclamó Evel, hecho un par de castañuelas, tan pronto vio a Dakota, descendiendo la rampa que conducía al centro neurálgico del taller.
—¡Sííí, acabo de hablar con Tess y ha dicho que sí, si tú dices que sí! ¡Así que, cuñado, tienes que decir que sí! —rogó Abby, y solo le faltó ponerse a dar palmitas para hacer aún más gráfica su enorme alegría.
A lo cual, siguieron varios comentarios aprobatorios, igual de dicharacheros, por parte del resto de personal allí presente.
Dakota pensó que ya era bastante raro encontrar a todo el mundo de tan buen humor a esas horas de la mañana, pero que su cuñada estuviera allí, lo convertía en todo un acontecimiento. Abby rara vez empezaba a trabajar antes de las nueve y, como seguía dedicándose a los diseños personalizados de los vehículos de producción propia y los de encargo, no solía salir de su madriguera artística hasta la hora de comer.
Sin embargo, allí estaba Morticia; con su máscara de respiración anti-vapores puesta a modo de diadema y su indumentaria Rowley Customs al completo que, todo había que decirlo, le sentaba mucho mejor que al resto de los trabajadores del taller.
—Tíos, ya es la leche de raro que estéis de tan buen humor un miércoles… —repuso el motero—. Si digo que sí, seguro que empieza el diluvio universal y hay que salir por patas… ¿Tenemos el arca lista o será «un sálvese quien pueda»?
Como era de esperar, las carcajadas arreciaron. Dakota nunca pretendía ser gracioso, pero su acidez característica, combinada con sus ocurrencias, conseguía que todos se partieran de la risa.… la mayoría de las veces. Si no les producía ganas de zurrarlo, se reían.
—Esta vez vas a querer decir que sí —intervino A.J. y matizó—: Por raro que parezca que tú le digas que sí a alguien que no sea Tess o «tu chiquitina».
Dakota dejó su mochila sobre su mesa de trabajo y se volvió a mirarlos a todos.
—A ver, ¿qué es eso que os tiene tan dicharacheros? —Su mirada burlona se detuvo en Abby, brevemente, al pronunciar aquella palabra y luego, siguió su ruta hacia los demás.
Evel sacó la cabeza de debajo del capó rojo bermellón del coche que estaba restaurando; uno de los primeros Pontiac GTO que se habían fabricado, en 1964.
—Que hoy llegan al mundo las mellizas del irlandés y planeamos ir a darle nuestra calurosa enhorabuena en persona el fin de semana. ¡Tienes que venir, tío! ¡Va a ser la bomba!
Mientras todos celebraban un plan que, obviamente, les parecía la caña, Dakota soltó una risotada.
—¿Habláis del mismo irlandés que vive en Menorca? Tíos, aparte de dicharacheros, sois unos ilusos… Los vuelos a esa isla están en overbooking desde hace un mes y medio. ¿Pensáis ir nadando?
—Yo tengo mis billetes comprados hace tiempo —intervino Niilo—. El viernes me voy de vacaciones.
—Vale, buen viaje. ¿Y los demás, qué? ¿También os vais todos de vacaciones y tenéis los billetes comprados desde Navidad?
—No, pero tenemos un jefe que sí se va de vacaciones y tiene plazas libres en su avión privado que, casualmente, volará a Menorca el sábado por la mañana, ¿no, Evel? —dijo Maddox, desde su puesto de trabajo.
Dakota dirigió su mirada hacia su socio quien, sonriente, se limitó a asentir repetidas veces con la cabeza.
—Y Tess ha dicho que irá encantada, si a ti te parece bien. En la casa de Angela hay sitio de sobra —apuntó Abby, arrimando su granito de arena a la causa. Se refería al enorme chalet que la abuela de Evel tenía en la isla.
—Y un fin de semana de playita y cerveza nunca viene mal —terció Conor que, en plena temporada de campañas publicitarias, resultaba aún más raro que estuviera allí aquella mañana.
Viaje gratis. Estancia gratis. Playa gratis. Dakota tenía que admitir que el plan apuntaba maneras.
—Vale, me lo pensaré —dijo. Cogió su mochila y se dirigió hacia los vestuarios, ante la mirada intrigada de todos. Pero antes de atravesar la puerta que comunicaba el área de trabajo con el resto de las instalaciones, se volvió y los miró—: Ya me lo he pensado y la respuesta es… ¡Que me muero de ganas de darle una buena manteada a ese irlandés! ¡Si cree que se va a librar, lo lleva claro!
—¡¡¡¡Bieeeeeeeeeeeeeeeeeeeennnnnnnnnn! —exclamó Abby, y esta vez sí que comenzó a dar palmitas, ignorando la mirada burlona de Dakota.
A ella siguieron las celebraciones del resto de sus compañeros. Dakota esperó pacientemente a que acabaran de aplaudir, como si acabaran de ganar el premio gordo, para volver a hablar.
Y lo que dijo tampoco extrañó a nadie:
—Tengo una pregunta.
Estaba mirando a Abby, de modo que fue ella quien se dio por aludida, y concedió con un gesto de la mano, sin dejar de mirarlo con una sonrisa feliz.
—¿Qué haces aquí a estas horas, «amenizándonos» la mañana? —Hizo el gesto de poner comillas a la palabra.
—Trabajo aquí. ¿Acaso no puedo venir a alegrarme los ojos con el tío bueno que tengo por marido? —repuso ella, dedicándole al susodicho una caída de ojos que hizo sonreír a Evel.
La expresión de Dakota fue el equivalente perfecto a una de sus risotadas.
—¿Tan temprano? Va a ser que no. —Señaló primero a Evel y luego a Abby—: Aquí hay gato encerrado.
Lo había, pensó Evel. Pero el gato no saldría de su escondite hasta Navidad, so pena de desatar la locura familiar. Abby había llegado temprano porque tenía una entrevista. Buscaban a un buen serigrafista, que la sustituyera en la reproducción de sus diseños sobre los vehículos. Era un puesto de trabajo con una duración prevista aproximada de cinco años.
—Para tu información, la exclusiva de mantener el motor a ralentí no es tuya, Dakota. Mi mujer y yo la inventamos hace tiempo, ¿verdad, linda? —coqueteó Evel, a lo que Abby respondió soplándole un beso.
Dakota puso cara de asco y se dio la vuelta después de decir:
—Aj… ¡Tíos, qué empalagosos sois!
- III -
Bar The MidWay,
Hounslow, Londres.
Dakota se dejó caer en el único sillón decente del diminuto cuarto que sus socios y él usaban a modo de oficina. Era el mismo que su padre utilizaba, cuando todavía estaba a cargo del bar.
Apoyó la nuca en el respaldo y cerró los ojos un instante. Sabía que la paz no duraría, el bar estaba hasta los topes, pero necesitaba una pausa. Estaba muerto. Decididamente, muerto. Y era consciente de que debía notársele, porque hasta Maverick se lo había dicho. Y eso, que no se caracterizaba por prestarle mucha atención cuando estaba detrás de la barra atendiendo a un cliente, mientras le cobraba a otro y con la mano que le quedaba libre, dispensaba una pinta del barril, con el grosor exacto de espuma.
«No seas capullo y quédate en casa. Debes estar incubando una gripe, y como me la pegues, te juro que te zurro».
Gripe, pensó con sorna. Él no se resfriaba, ni se engripaba, ni nada por el estilo. Era un tipo con muy buenas defensas y una maquinaria perfectamente engrasada. No se trataba de ninguna gripe. Lo suyo era cansancio, puro y simple. Un gran cansancio, todo había que decirlo, pero solo eso.
Romina había hecho los siete meses el sábado. Como cada mes, toda la familia se había reunido para celebrarlo. Y también, como cada mes, antes de eso, se habían reunido para ayudar con los preparativos y al día siguiente, se habían congregado otra vez, para colaborar en que la buhardilla dejara de parecerse a un patio infantil.
Y después de eso, la tía de su chiquitina, alias Morticia, había seguido viniendo con la excusa de que el próximo sábado se marchaba de vacaciones y no volvería a ver a su sobrina predilecta hasta septiembre, ya que, por alguna razón desconocida, su marido y ella habían decidido hacer un cuarto (¿o era el quinto?) viaje de novios, visitando distintas islas del Caribe. De Abby no le extrañaba, estaba como una puta cabra. Pero de Evel… Dakota soltó una risita irónica. Pensándolo mejor, de Evel tampoco le extrañaba. Estaba más loco que ella, que ya era decir. Tenía que estarlo para haberse casado dos veces con la misma mujer y amenazar con repetir la boda cada cinco años. ¡A él le había bastado y sobrado con una sola!
El problema de que hubiera gente permanentemente en su casa, no solo venía dado porque él detestaba subir a la buhardilla, cuando el bar le daba un respiro, y no poder disfrutar tranquilo diez minutos con Tess y Romina. El verdadero problema, y la causa de que le doliera hasta la raíz del pelo, era que su mujer y él estaban buscando a su segundo hijo y con tanta gente en casa durante el día, se le acumulaba la tarea por la noche. Si a eso le sumaba que Romina lo estaba pasando muy mal con la dentición y no había noche que a la pobrecita no la despertara el dolor… Podía decir, sin temor a equivocarse, que entre su mujer y su hija, cada una a su manera, estaban acabando con él.
No era una queja. Romina era el mayor regalo que le había hecho la vida. Viéndola crecer, tan dulce y tan preciosa, estaba descubriendo un mundo nuevo.
Y en cuanto a Bollito… Después de descubrir —tras años loco por ella—, que Tess también encarnaba su mayor fantasía erótica, su vida íntima se había convertido en una locura. No era raro que ella lo despertara en mitad de la noche, después de amamantar a Romina. O fuera él quien se despertaba, como si tuviera un reloj interno, a tiempo de disfrutar de su propio festín. En la vida, se le había cruzado por la cabeza que unos pechos lactantes, hinchados de leche a rebosar, pudieran tener semejante efecto sobre su libido. Tampoco, por supuesto, que la maternidad pudiera transformar tanto el deseo sexual de una mujer. Al menos, de la suya. Había oído contar historias sobre el tema, de mujeres que perdían el interés después de dar a luz, fuera por cuestiones físicas o por la depresión postparto. No era su caso. La maternidad había despertado el lado erótico de Tess, a base de bien. Y él, que todos los estímulos los llevaba de serie…
Total, que era mirarse y engancharse. Sin más. ¿Cómo no iba a estar molido?
En aquel momento, sucedieron dos cosas casi simultáneamente que atrajeron la atención de Dakota.
Evel asomó la cabeza por la puerta el tiempo suficiente para decir:
—No damos abasto. —Y desapareció, sin esperar una respuesta.
Mientras Evel hablaba, Dakota oyó vibrar su móvil.
Elevó un poco las caderas para poder sacarlo del bolsillo de sus pantalones pitillo, y activó la pantalla. Leyó:
«Romina duerme, y Stella y Diana acaban de marcharse. ¿Qué tal, si subes un ratito?»
Dakota sonrió ante la excitante perspectiva de tener a Tess toda para él durante «un ratito».
—Hablando de engancharnos, sin más… —musitó.
Acto seguido, se puso de pie, abandonó la pequeña oficina y, sin dedicarle ni media mirada al estado del bar, se puso a subir, de dos en dos, los escalones que conducían a su buhardilla.
- IV -
No había acabado de poner un pie dentro de la casa, cuando el móvil de Dakota volvió a sonar indicando que había recibido un wasap. Pensando que era de Maverick, reclamándole sus brazos para sobrevivir al aluvión de trabajo del bar, lo ignoró y atravesó la buhardilla en silencio.
Tess había dicho que Romina estaba dormida y él sabía que su sueño no duraría mucho. Mientras estaba despierta, su canguro la tenía ocupada aprendiendo a hacer cosas; hablar, andar, jugar a nuevos entretenimientos. Cuando Stella se marchaba, a última hora de la tarde, la niña estaba tan rendida que solía dar una cabezadita. A veces, se quedaba dormida con el juguete que tenía en las manos, sin llegar a tenderse del todo sobre la colchoneta que hacía las veces de suelo de su parque de juegos. Siempre que sucedía, a Tess la invadía la ternura y a él, la risa. Encontraba superdivertidas las posturas en las que su chiquitina se quedaba dormida. ¡Era una auténtica contorsionista! De más estaba decir, que después de las risas llegaban las fotos. Con Tess estaban intentando ponerse de acuerdo en cuáles del millón de imágenes que habían tomado de Romina, formarían parte del mural que tenían previsto encargar para conmemorar el primer año de vida de la niña. El problema era que, como la pequeña no dejaba de regalarles momentos inolvidables, el número de fotos entre las que elegir crecía cada día y la tarea de escoger las mejores se volvía más y más complicada.
Pero ahora no venía a jugar con Romina ni a hacerle fotos, pensó el motero. Los próximos veinte minutos se los dedicaría íntegramente a la madre de la criatura.
Empezaba a preguntarse si su mujer se habría escondido en el trastero (y ya estaba dejando volar la imaginación), cuando, al fin, la encontró. Estaba en la habitación de Romina, de pie, junto a su parque de juegos. En aquel momento, no miraba a la niña, sino su móvil. En todo caso, lo que concentró toda la atención de Dakota fue que su mujer todavía estaba vestida de calle, igual que cuando él había subido a primera hora de la tarde. Tenía el cabello suelto, un vestido negro entallado y sin mangas, que destacaba las redondeces adquiridas con el embarazo, y calzaba unas de sus sandalias de tacón infinito, que convertían unas piernas de por sí preciosas, en unas piernas de escándalo. Decir que su mujer estaba buenísima era quedarse muy corto…
Ahora sí que la imaginación del motero se desató irremediablemente.
Al notar su presencia, Tess guardó el móvil en un bolsillo y le dedicó una de sus sonrisas tiernas.
—Ya estás aquí, amor… No te he oído llegar —le dijo en voz baja.
Dakota se reunió con ella de dos zancadas. La rodeó con sus brazos desde atrás. Ella sonrió divertida al notar que él ya estaba preparado para darse un festín. Adoraba aquel ímpetu juvenil. Scott seguía conservándolo intacto a pesar de haber cumplido ya los 28.
—Es que no quería despertarla. Todo sea que nos deje con las ganas… —Oyó que ella se reía con suavidad y estrechó el abrazo en torno a su cintura.
Por encima de la cabeza de Tess, Dakota podía ver a Romina dormida en otra de sus posturas cómicas. En esta ocasión, uno de sus peluches le servía de cojín para apoyar la espalda, y mantenía su cuerpecito regordete parcialmente erguido. Pero nada sostenía su cabeza, que estaba inclinada hacia atrás y un poco ladeada, dejando totalmente a la vista su cara. Un rostro hermoso que, relajado y con aquella ligera sonrisa que parecía torcer sus labios, estaba para comérselo a besos.
Pero, de nuevo, Romina no era la razón de que estuviera allí, se recordó. Y volvió a concederle a Tess toda su atención.
—¿Qué hacías?
—Estaba en el baño y me pareció oír ruidos por el escucha-bebés… —musitó.
—Así que estabas en el baño… —dijo él y no había acabado de decirlo, cuando sus manos empezaron a descender por las caderas femeninas.
Ella volvió a sonreír. Decidió que lo dejaría hacer durante un par de minutos, recostó la nuca contra el pecho masculino, y cerró los ojos.
—Ajá…
Dakota se dobló sobre ella para adaptarse un poco a su altura y le habló al oído.
—Cuando entré, mirabas el móvil…
A continuación, sus manos volvieron a pasearse sobre el cuerpo de su mujer, pero esta vez no eran sus caderas lo que acariciaba, sino sus pechos.
Tess suspiró. Quizás no había sido tan buen idea concederle tiempo para que la volviera loca, pensó.
—Deberíamos irnos de aquí, y dejarla dormir… —murmuró, recuperando la plena lucidez. Se apartó de él con delicadeza, tomó su mano y empezó a tirar de él.
Y una vez en el pasillo, siguió tirando y tirando.
Ya era raro que Tess se hubiera apartado, pensó Dakota. Últimamente, cuando su mujer lo tenía a tiro, lo que hacía era empezar a desnudarlo. Pero allí estaba ella, tirando de él sin dejar de dedicarle miradas cargadas de diversión y picardía.
Dakota arrugó la frente. ¿Qué narices pasaba?
Tess no solo ignoró su gesto, siguió tirando de su mano hasta que llegaron a la cocina, entonces, se hizo a un lado y lo dejó entrar en primer lugar con un gesto amable.
Dakota recorrió la estancia con la mirada. No notó nada diferente a lo habitual. Todo relucía y la mesa estaba despejada. No había una cena sorpresa, ni velas encendidas. Nada que explicara por qué su mujer se lo había quitado de encima —eso sí, con mucha delicadeza— para conducirlo hasta allí. A los dos le encantaba hacerlo sobre la lavadora y en el trastero se habían corrido varias buenas juergas, nunca tan bien dicho. Pero no parecía esa clase de juerga lo que su mujer se traía entre manos.
El motero entró en la cocina y se dirigió a la mesa. Apoyó una mano sobre la superficie, pero se mantuvo de pie, mirándola desafiante.
—¿Quieres probar algo nuevo? Ya sabes que por ti me apunto a un bombardeo, pero aquí ya no nos queda nada nuevo por probar… Te la he metido en toooooooooooodos los rincones de esta cocina —y se aseguró de que su tono de voz sonara lo bastante provocativa.
—Scott…
La regañina había estado acompañada de una ligerísima mirada crítica, de la que él, como era de esperar, no se dio por aludido.
—En realidad, te la he metido en todos los rincones de esta casa. Y en muchos otros más que no están en esta casa… ¿Te acuerdas cuando nos enganchamos en la bodega? Dos trallazos a la portería que te dejaron boqueando —dijo, desafiante, al tiempo que avanzaba hacia ella. Se detuvo a escasos cincuenta centímetros—. ¿Qué mirabas en el móvil? No me has respondido.
—Fueron tres, no dos —repuso ella con sus modos suaves—. Y en cuanto a tu pregunta… Miraba la foto que Dylan ha enviado de sus niñas. ¿La has visto? ¡Son dos criaturas preciosas!
Una sonrisa brilló en el rostro del motero.
—¿Tenemos fotos ya? —Entonces, recordó el wasap que había ignorado, pensando que era de Maverick. Sacó el móvil del bolsillo y abrió el mensaje—. ¡Qué pasada! ¡El irlandés estará que no caga con sus princesas!
Tess asintió con la cabeza riendo. Obviamente, ella no lo habría expresado de esa forma, pero estaba totalmente de acuerdo en que Dylan estaría extático. Miró la foto nuevamente. Las dos bebés recién nacidas estaban dormidas en un nido doble, una de ellas acaparaba la mayor parte del espacio, mientras la otra estaba acurrucada a su lado. Y asomada al moisés, estaba Luz, exhibiendo sus preciosos dientecitos a la cámara fotográfica. La foto estaba acompañada de unas palabras de su padre: «mi rayito de sol, fardando de sus hermanitas. ¡Está para comérsela!»
—Antes, me llamó Shea. Dice que Andy y las niñas están muy bien, y que su hermano se ha vuelto loco de alegría. ¡No lo reconoce! —se rio Tess—. No me extraña. Las apariencias engañan mucho, tratándose de Dylan. —Desvió su mirada tierna hacia su marido, al decir—: Igual que contigo, amor.
Dakota volvió a guardar el móvil, se sentó en una silla y tiró de la mano de su mujer para que se sentara sobre sus piernas. Tess obedeció con una sonrisa divertida.
—Vale. Me has pedido que suba, y aquí estoy. Usaste las mismas palabras de siempre que estás «en el momento óptimo» —dijo el motero, imitando el tono y las palabras que normalmente utilizaba ella—. Pero resulta que ahora me traes a la cocina y estamos hablando de las mellizas del irlandés y de lo mucho que engañan las apariencias, en vez de estar aprovechando tu «momento óptimo». ¿Me puedes explicar qué está pasando?
Tess sonrió suavemente. Acarició aquella perilla que siempre lucía perfecta, puesto que su marido la mantenía con esmero. Finalmente, lo miró.
—He hecho algo que dije que no haría. No he podido reprimirme.
—Vale —volvió a decir él en tono de guasa—. Esta noche sacaré el látigo y azotaré ese culo precioso que tienes, para que la próxima vez te lo pienses mejor antes de dejarte llevar. Aunque, si te soy sincero, lo más probable es que en cuanto pongas el culo en pompa, yo tampoco pueda reprimirme.
Las mejillas de Tess pasaron del rosado al color del fuego en una fracción de segundo. Dakota se echó a reír, anticipando unas palabras que no tardaron en llegar.
—Ay, Scott… ¡Por Dios!
Él enseguida la estrechó entre sus brazos e intentó mitigar con generosas raciones de mimos, el efecto que su «lenguaje vulgar» tenía sobre Tess.
—Vale, vale, vale, vale… Lo retiro, lo retiro. En serio, lo retiro. —Buscó su mirada, intentando aguantar la risa al ver sus mejillas de payaso y el brillo incómodo en sus ojos—. Cuéntame. ¿Qué es lo que has hecho?
—¿Lo dices de veras? Como vuelvas a reírte de mí…
Dakota volvió a abrazarla. La estrechó muy fuerte y le habló al oído.
—No me rio de ti… Me río porque me encanta que te pongas roja cuando te suelto alguna bestialidad. Y me encanta todavía más que me leas la cartilla. —Sostuvo el rostro de Tess entre sus manos y continuó hablando en un tono íntimo—. Nunca he conocido a una mujer tan capaz de ponerme como una moto un minuto y, al siguiente, hacer que me derrita de ternura… Eres única, Bollito. —Besó sus labios suavemente—. Y eres mía. ¿Cómo no voy a reír? ¿Te haces una idea de la suerte que tengo, de la cantidad de tíos que hay ahí fuera que matarían por estar en mis botas? Venga, cuéntame lo que has hecho —le rogó.
Tess, al fin, asintió dando por buenas sus explicaciones, y se liberó del abrazo masculino con suavidad.
Dakota la dejó hacer. Vio que ella se estiraba hacia atrás para introducir una mano en el bolsillo de su vestido. Pensó que sacaría el móvil, pero no fue eso lo que extrajo de él.
Tess depositó el objeto sobre la mesa y permaneció mirándolo con una de sus sonrisas tiernas.
Él no necesitaba explicaciones. Había reconocido al instante aquel objeto con forma de termómetro, sabía lo que significaba. Su corazón también.
—Quedamos en que lo haríamos juntos, —murmuró ella—, dentro de un tiempo. Lo siento, amor. La tentación ha podido conmigo.
El motero permaneció inmóvil durante unos segundos. Los latidos eran como mazazos en su pecho y se tomó su tiempo antes de pronunciar una palabra. Volvió la cara y la miró. Sus ojos desprendían chispas de ilusión.
—¿Estás embarazada? —le preguntó en un murmullo.
Vio que una sonrisa radiante dominaba el rostro de su mujer y que ella asentía dos veces con la cabeza.
Y ese fue el momento en que Dakota pasó de la inmovilidad a la locura. Rodeó fuertemente a Tess, se levantó de la silla con ella en los brazos.
—¡Toma, toma y toma! ¡Voy a ser padre otra vez! ¡Ay, Bollito, gracias, nena! ¡Te juro que estoy que no me lo creo! ¡Si me pinchan, no sangro! ¡Joder, esta noticia es la caña!
—¡Yo también estoy en las nubes! —reconoció ella, riendo—. ¿No es una maravilla, Scott? Tanto que nos costó la primera vez… ¡Es un sueño!
Después de unos minutos de celebración, Dakota sentó a Tess sobre la silla y se puso de cuclillas a su lado. Su mano fue directa al vientre femenino.
—¿Estás bien?
—Perfectamente —repuso ella, apoyando su mano sobre la de él.
Dakota acarició su vientre con suavidad.
Tess vio que una sonrisa ilusionada lucía en aquel rostro masculino que adoraba.
—¿Niño o niña? —volvió a decir él.
—Mmm… Admito que es posible que mi ilusión hable por mí, pero creo que, esta vez, será niño. —Le acarició la barbilla—. Y serás tú quien elija su nombre, amor.
Él sonrió travieso.
—Igual te conviene que sea otra niña, Bollito… ¿Cuántas posibilidades hay de que si es un varón, salga a ti? Lo digo porque si sale a su padre, vas a acabar con una camisa de fuerza —y coronó su frase con una carcajada. Ya estaba viendo a su pequeño demonio haciendo toda clase de travesuras.
—¿Quieres otra niña? —preguntó ella con dulzura.
Dakota se encogió de hombros. Le daba igual una cosa u otra. Fuera un niño o una niña, para él sería otro regalo que le hacía la vida, que recibiría con los brazos abiertos.
—Contigo he descubierto que quiero cosas en las que nunca me había parado a pensar. Bueno, no es que yo sea mucho de pensar, pero sí… Quiero volver a ser padre —admitió con una simplicidad, que a Tess le llegó al corazón.
—Entonces, deseo concedido —repuso ella.
Por increíble que pareciera, tenían otro hijo en camino. Dakota respiró a todo pulmón y la miró con su sonrisa ladeada.
—¿Tendré que coserme la boca hasta que pase el primer trimestre?
Tess se había hecho la prueba hacía más de una hora. Había tenido tiempo suficiente para considerar las cuestiones más inmediatas derivadas de su nuevo estado y había llegado a algunas conclusiones importantes. Quedarse embarazada de Romina había sido un camino difícil. Lo había logrado contra todo pronóstico. El embarazo parecía haber borrado de un plumazo el mioma que había dificultado tanto la concepción. Ahora estaba totalmente recuperada, en palabras del médico. No volvería a exponer a Scott a nueve meses de locura, como había sucedido con el primer embarazo. Era una mujer normal, perfectamente preparada para concebir y dar a luz. Y así vivirían el segundo embarazo, como un matrimonio joven e ilusionado.
—Solo hasta el domingo, cuando hayamos regresado de Menorca. Si se enteran antes, nuestras queridas familias son capaces de estropearnos la fiesta, con sus temores —concedió con suavidad.
—¡Qué lanzada, Bollito! —exclamó, achuchándola en un arranque de amor—. ¡Dios, cómo me gustas, nena!
Permanecieron abrazados, disfrutando del momento, un buen rato hasta que Dakota se apartó.
Pero no fue muy lejos; se inclinó a besar el vientre femenino.
—Dios… Este es el primero de muchísimos besos… —murmuró.
Miró a Tess con los ojos radiantes de felicidad.
—¿Seguro que no estoy soñando? Sí, ya sé, no me lo digas. Mis sueños no son tan puros, ¡así que tiene que ser cierto! ¡Toma, toma y toma!
Dakota se rio y volvió a besar el vientre de su mujer, por encima del vestido.
Y, esta vez, se dirigió a la personita que aún no conocía, y ya quería con toda el alma
—Hola, bebé —le dijo en voz muy baja—. Aquí está el loco de tu padre, dándote la brasa mientras tú intentas dormir… Tranquilo, en nueve meses, serás tú el que dará la brasa… ¡Paciencia, chiquitín! ¡Papá te quiere!
_____________________________________________________
©️2024. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷
Comentar Ir a Inicio 🔝 Ir a Principal 🔙
COMENTARIOS
Si has disfrutado de este texto exclusivo y quieres compartir tu opinión o hacerme alguna sugerencia sobre historias que te gustaría ver en Club Románticas, ¡sírvete tú misma! Me encanta que "me cuentes cosas" 😜 ¡Y siempre respondo! ¡Muchas gracias!
IMPORTANTE: No olvides indicar tu nombre y tu localidad en el apartado correspondiente. De lo contrario, no sabré a quién pertenece el comentario ¡y quiero saberlo! ;)