Club Románticas, la Zona Vip de Patricia Sutherland



JAUME & ANNA

Una de las parejas de Los moteros del MidWay, 1, 2 y 3 y Los moteros del Midway, 5. Noticias inesperadas. Menorca.


Club Románticas, contenidos exclusivos sobre Jaume & Anna, basados en Los moteros del MidWay, 1, 2, 3 y 5.

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Club Románticas Original


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CR05. Siempre has sido tú. Parte I


Siempre has sido tú. Parte I, un relato romántico de Patricia Sutherland, sobre Jaume y Anna, basado en Los moteros del MidWay, 5. Noticias inesperadas. Menorca.

Domingo, 26 de diciembre de 2010.

Casa familiar de los Estellés.

Ciudadela, Menorca.


- I -


«Dios, a quién se le ocurre…», pensó Jaume mientras esperaba con la ansiedad a punto de salir disparada hacia Marte que alguien le abriera la puerta de la casa de Anna. Por una vez, incluso prefería que lo hiciera cualquier otra persona menos ella. Necesitaba unos minutos para recuperarse del disgusto y respirar. Vaya manera de inaugurar el día en que Anna lo esperaba para hablar de cosas importantes; quedándose dormido como un idiota.

Estaba bastante seguro de haber puesto el despertador antes de acostarse. Toda la semana había sido muy ajetreada. Se la había pasado corriendo de un lado para el otro. Su socio y él tenían un gran proyecto entre manos y las semanas previas a la firma siempre eran iguales. Si a eso le sumaba la tensión del día anterior con la reaparición de nada más y nada menos que el marido que Anna creía muerto… Pero, por lo visto, había activado la alarma en sueños porque en la vida real el maldito aparato no había sonado.

Había caído rendido a las tantas de la madrugada y no se había enterado de nada hasta que había abierto los ojos nuevamente cuando ya era de día… Al darse cuenta, había saltado de la cama. Literalmente. Tras darse una ducha a velocidad supersónica, había salido corriendo de la casa. Como era tarde y en la panadería habitual la nueva horneada de ensaimadas tardarían en estar listas, Anna tendría que conformarse con magdalenas.

Idiota. Más que idiota.

La preferencia de Jaume se cumplió. No fue Anna quien le abrió la puerta, sino su hijo quien lo recibió de la misma forma que siempre.

—¿Otra vez aquí? —comentó Danny al pasar a su lado con cara de estar malhumorado. Sin esperar una respuesta, se alejó calle abajo dejando la puerta abierta.

Jaume no estaba acostumbrado a caerle mal a la gente y, en su opinión, las reticencias del chaval empezaban a estar fuera de lugar. Llevaba saliendo con Anna casi un año y se había ocupado de dejarle bien claro a toda la familia que su intención era seguir a su lado todo el tiempo que fuera posible. ¿Hasta cuándo pensaba seguir tratándolo como a la típica visita pesada? 

—¡Buenos días a ti también, Danny! —repuso. Lo hizo en voz lo bastante alta para que lo oyera, pero el joven no se dio por aludido.

Jaume cerró la puerta tras de sí y fue hacia el interior de la casa repitiendo mentalmente su disculpa. Asomó la cabeza por la puerta del salón y vio que Anna conversaba con Neus. Estaban sentadas una junto a la otra en el sofá. Escuchar su risa lo tranquilizó.

—¿Puedo pasar, señoras?

—¡Jaume, qué bien que hayas llegado! ¡Claro, ven! —exclamó Anna, tendiéndole la mano para que fuera a sentarse a su lado—. Este café estará frío, Neus. ¿Podrías traer una jarra caliente?

—Claro, ahora mismo. —Su mirada se cruzó con la de Jaume al ponerse de pie. Rezumaba picardía—. Muy buenos días, señor Mayol.

Jaume sonrió divertido.

—Muy buenos días, Neus —la saludó. 

Se sentó junto a Anna y la besó en los labios.

—Mil perdones por llegar tan tarde… ¿Puedes creer que me quedé dormido? Lo siento muchísimo, nena. —Señaló el paquete que había depositado sobre la mesa ratona—. Y también lamento que hoy vayas a tener que conformarte con magdalenas.

Anna tomó su rostro entre las manos y le devolvió el beso.

—Sí que lo creo. Llevas toda la semana muy estresado y ayer fue un día de locos. Demasiadas emociones y demasiada tensión. Y no lo lamentes. Mi desayuno favorito eres tú. Las ensaimadas son solo un capricho del que puedo prescindir perfectamente.

—Vaya… Gracias.

Anna volvió a besarlo.

—De nada.

Él recorrió el rostro femenino con una mirada entre intrigada y satisfecha. 

—Te veo más fantástica que siempre, me parece que tú también has dormido de maravilla…

Así era. Anna había dormido toda la noche de un tirón, se había levantado temprano sintiéndose despejada y con bastante energía. Hasta tenía la sensación de que la orquesta de dolores y malestares que solían acompañarla a todas partes los últimos meses, hoy sonaban en un volumen mucho más bajo.

—Mejor que nunca. Tanto que hasta los desplantes de mi jovencísimo único hijo varón hoy no me molestan tanto, fíjate. Te ha dedicado alguna de sus amables frases de bienvenida, ¿verdad?

Jaume asintió con una expresión cómica en la cara. 

—¿Lo ves? A mí me ha dicho que no lo esperara a comer, «que ya vendría cuando se desocupara»… Como si esto fuera un hotel o un restaurante y cada cual pudiera ir y venir a su aire sin que a los demás les importe…

En cuanto Danny se había enterado de que ella le había pedido el divorcio a Chad, se le había cambiado la expresión de la cara. A veces, la sorprendía con sus reacciones. Podía entender que todo el asunto de la reaparición de su progenitor lo afectara mucho. Eso era razonable y entendible. Pero que le hubiera sentado mal que ella decidiera poner fin al matrimonio legalmente, le hablaba de celos y de mucho egoísmo. Por supuesto, no pensaba seguir unida legalmente a Chad ni un día más. Por supuesto, deseaba que toda la familia y el mismo Chad tuvieran claro que no había marcha atrás; el padre de sus hijos no se beneficiaría de un cuarto perdón y por lo tanto, había que zanjar las cuestiones legales relacionadas con el vínculo matrimonial que los había unido. Eso, independientemente de cuáles fueran sus planes a futuro. Pero para Danny suponía un problema que ella volviera a ser una mujer libre de rehacer su vida ante la ley. 

Jaume se quitó el abrigo y lo dejó sobre el apoyabrazos del sofá bajo la atenta mirada de Anna. Para haber tenido que salir de casa con prisas, su aspecto era igual de cuidado que siempre. Vestía un jersey gris de corte moderno con parches negros en los hombros y en los codos, y unos vaqueros lavados a la piedra que le daban un aire juvenil. Un aire que contrastaba de manera notable con su cabello y su barba recortada, ambas blancas en canas. Ahora era más atractivo que cuando era joven, reconoció Anna. Muchísimo más. 

Ajeno a los pensamientos femeninos, él se arremangó un poco, exponiendo sus brazos fuertes, bronceados y cubiertos por una notable capa de vello en la que resaltaba la única joya que lucía; un Rolex, regalo de su padre. A continuación, se dedicó a quitar el envoltorio de las magdalenas mientras intentaba tranquilizar a Anna respecto de su hijo.

—Es un buen chico. Todos hemos tenido que pasar por la etapa de no soportarnos ni a nosotros mismos. Es ley de vida. Se le pasará, Anna. No le hagas caso. La verdad es que te adora… —la miró sonriente y soltó el segundo cumplido de la mañana—: ¿Quién no te adora a ti, eh? Ni siquiera Danny se libra de caer en tus redes, mujer… Da igual lo enfurruñado que esté.

Anna extendió una mano y la posó sobre la mejilla de Jaume. Él sonrió y la pareja permaneció mirándose en silencio. 

Haber vuelto a ver a Chad y escuchar sus razones para justificar quince años de ausencia había supuesto un antes y un después para Anna. Un corte radical en la línea temporal de su vida. Había sido tan intenso y tan revelador que había estado contando las horas para poder compartirlo con Jaume. Y ahora que él estaba allí, junto a ella, ahora que al fin había llegado el momento, se sentía impaciente y expectante como una adolescente.

Jaume se sentía de la misma manera, aunque sus razones eran diferentes. Ignoraba qué había sucedido durante la reunión de Anna con su ex marido, pero desde que ella le había dicho que tenían que hablar, la ansiedad se había adueñado de él cada minuto que había permanecido consciente desde entonces. Pensó con sorna que quizás esa era la razón de que su cerebro hubiera decidido desconectarse y él se hubiera quedado dormido.

La llegada de Neus con el café puso fin al momento. Los dos sonrieron con picardía. Anna apartó su mano y él volvió a dedicarse al paquete de magdalenas.

Neus, que estaba al tanto del plan de Anna para aquella mañana, decidió que había llegado el momento de marcharse. Dejó la bandeja sobre la mesa, cogió su abrigo y su bolso de la silla, y se dirigió a la puerta al tiempo que decía:

—Os dejo, chicos. Voy a ver si someto a mi querido hijo al tercer grado. ¡Ja! Si cree que va a librarse de explicarme qué se está cociendo entre Paula y él, está muy, pero que muy equivocado. Y, por cierto, no seáis buenos en mi ausencia. ¡Portarse bien está sobrevalorado, pequeños!


- II -

—Qué buen consejo —comentó Jaume, refiriéndose a lo dicho por Neus. 

Anna no podía ver sus ojos porque él se estaba sirviendo un café, pero su voz había rezumado picardía. Pensó que si aquellos hermosos ojos verdes se habían contagiado de ella, aunque solo fuera un diez por ciento, serían un auténtico espectáculo.

—Muy bueno, sí. Y como prometí que hoy sería una buena chica —dijo señalando su taza que contenía una infusión en vez de café—, y según mi hermana está sobrevalorado, creo que le haré caso y me portaré un poquito mal, ¿qué te parece?

—Guauuuu… —bromeó él. Entonces, sus miradas se encontraron y ella pudo confirmar que, en efecto, los ojos del mallorquín, con aquel punto subido de picardía, eran sencillamente adictivos. Todo él lo era, en realidad.

Los dos rieron y Anna propuso que se cambiaran de estancia. Deseaba intimidad y el salón era el primer lugar al que toda la familia se dirigía después de atravesar el patio.

—Vamos a la cocina, Jaume. Allí tenemos la cafetera y los dulces más a mano. —Un guiño coronó su frase.

Un guiño que tuvo un extraño efecto en Jaume; acelerarle los latidos del corazón.

Él se incorporó y le ofreció su mano con galantería.

Se fijó en que vestía una falda recta color burdeos y una blusa de seda de manga larga. Era de un blanco refulgente y tenía escote en uve. Desde que le costaba tanto andar, se había visto obligada a renunciar a sus tacones, pero, en su opinión, los zapatos de estilo mocasín que calzaba realzaban su elegancia exactamente igual que unos stilettos. 

—¿Cómo te las arreglas para estar siempre tan hermosa? ¿Me lo puedes explicar? 

Ella le agradeció el cumplido con una sonrisa.

—¿Y tú no has oído eso que dicen de que la belleza está en los ojos del que mira?

—Ya. Lo creería, si no fuera una legión de ojos los que parecen estar de acuerdo conmigo. Me hago el tonto, pero me doy perfecta cuenta de cómo te miran cuando vamos por la calle. Que lo sepas, ¿vale?

—Exagerado.

—Preciosa —replicó él con su sonrisa seductora en ristre. 

Después de ayudarla a ponerse de pie, Jaume rodeó su cintura con un brazo, sosteniéndola, le entregó la caja de magdalenas y con su mano libre agarró la jarra de café. 

Una vez en la cocina, ocuparon sus posiciones favoritas -uno frente al otro- y la charla se reanudó.

—No voy a contarte los detalles de lo que hablé con Chad. Si te digo la verdad, con haber tenido que oír sus explicaciones, ha sido suficiente. No voy a repetirlas.

Jaume podía imaginar cómo se sentía. Siempre había sido una persona entregada a sus intereses y, por supuesto, a sus afectos. Ahora, aún estando muy enferma, seguía siendo una hermana entregada y, por supuesto, una madre entregada. 

—Toma —dijo él, interrumpiéndola para ofrecerle una magdalena—. Endúlzate el momento y permítete no ser perfecta esta mañana. Te prometo que te guardaré el secreto.

Anna le dedicó una mirada fingidamente recriminatoria. Enseguida, sus ojos se posaron sobre aquel dulce que, a pesar de gustarle, no se permitía casi nunca.

Jaume insistió.

—Vamos, anímate. Lo necesitas y además, te lo mereces.

—Creo que mi médico estaría en franco desacuerdo contigo —replicó Anna, dudando de si coger la magdalena o no.

—Tu médico no te conoce tanto como yo. Saboréala, preciosa. Hará mucho más dulce lo que sea que tengas que contarme.

Ella al fin tomó la magdalena, retiró el molde de papel de horno que la rodeaba y se la llevó a la boca. Dio un mordisco y una sonrisa lució en su rostro.

—Mmmm… ¡Qué delicia! 

Anna disfrutó de aquel pequeño bollo tradicional como si fuera una niña pequeña con sus golosinas favoritas.

Y Jaume disfrutó de ella. De su dulzura, de su alegría, de su espontaneidad… Y de esa fuerza interior que se reflejaba en sus ojos, convirtiéndola en el ser más hermoso del mundo.

—Mucho mejor —admitió Anna con una sonrisa después de devorar hasta la última miga—. Tenías razón, amor. Como siempre.

Él se lo agradeció con un galante gesto de la cabeza y permaneció en silencio, mirándola expectante. La vio estirarse para agarrar la jarra, verter un poco del contenido en una de las tazas que había sobre la mesa, y entregársela a él. Jaume bebió un sorbo de café solo por gentileza. En realidad, no tenía ni hambre ni sed. Toda su atención, todo su interés estaba concentrado en ella. Necesitaba saber qué era lo que ella tenía que decirle. 

Anna empezó a hablar.

—Una parte de mí siempre pensó que él no había muerto… Supongo que al principio no quería renunciar a la esperanza de que regresara a casa. Quería a Chad. Mucho —aclaró con cierta resignación—. Y también supongo que había algo de egoísmo en mantener viva la esperanza… Temor a no ser capaz de sacar adelante a mis hijos estando sola. Vergüenza de que crecieran sin un padre, de no haber sido capaz de darles ni siquiera eso… Orgullo herido por tener que admitir que mi padre tenía razón y yo no… 

—No, qué va. Eso no. —Jaume volvió a interrumpirla con decisión—. Los dos sabemos que lo que tu padre no soportaba era que te hubieras ido lejos de aquí y encima te hubieras casado sin sus bendiciones. Habría dado igual quién fuera el hombre en cuestión. 

Anna permaneció pensativa unos instantes. ¿Era así, realmente?

—Supongo que en eso tienes razón. —Esbozó una sonrisa tierna—. Mientras el hombre en cuestión no fueras tú, se habría seguido oponiendo por los siglos de los siglos… Eras su candidato perfecto a yerno. De hecho, el único que siempre ha estado en sus planes. Y digo «siempre ha estado» porque la encerrona que me preparó junto con mi hermano la última Nochevieja es una prueba irrefutable, ¿no te parece?

Jaume intentó mantener el tipo a pesar de que en su interior se estaba derritiendo de gusto. Era un chiquillo aún cuando se había enamorado de la mujer que ahora estaba sentada frente a él y sabiendo de quién era hija y cómo las gastaban en su casa, que el todopoderoso Francesc Estellés lo mirara con buenos ojos había llegado a ser casi una aspiración personal. El trato amable que tenía con él y el hecho de que con el transcurso de los años eso no hubiera cambiado, le había llevado a sospechar que aquel hombre lo apreciaba de verdad, de una manera especial. Con lo que no había contado era con confirmarlo precisamente aquella mañana, magdalenas por medio. La ansiedad, que ya se lo estaba comiendo vivo desde que el día anterior Anna le había anunciado que tenía «cosas que contarle», encontró el incentivo perfecto para crecer sin control. 

—Si te sirve de consuelo, el primer sorprendido fui yo, te lo aseguro —concedió con una sonrisa soñadora al recordarlo—. Estaba tan nervioso ante la idea de volver a verte, que aquel día no pude probar bocado. Y después de verte, tan increíble como siempre, tan hermosa como siempre, me sentía todavía más nervioso… Yo ya no era el adolescente que se comía el mundo. Ahora peino canas y tengo pinta de lo que soy, un cincuentón. ¡Pero, ahí estaba yo, deseando deslumbrarte igual que entonces! 

—Y lo hiciste. Pero no solo me deslumbraste esa noche, sino todos y cada uno de los días que hemos compartido desde entonces. Y ayer… 

Anna exhaló un suspiro. Tomó la taza de Jaume y dio un pequeño sorbo a su café, tras lo cual se la devolvió con una expresión entre traviesa y culpable que dejó claro lo en serio que se estaba tomando el consejo de Neus.

—Ayer fue un día de descubrimientos para mí. Y no me estoy refiriendo solo a constatar que Chad sigue vivo. Me refiero a lo que sentí al volver a verlo, al escucharlo contándome sus penurias… Esperaba sufrir. Esperaba sentirme herida al comprobar que lleva cinco años rehabilitado y, a pesar de eso, prefirió seguir alejado de nosotros. Y también esperaba sentirme traicionada como mujer, dolida… Y, en cambio, no sentí nada de eso. Tan solo una profunda decepción, nacida de la certeza de que yo no habría sido capaz de vivir sin mis hijos. De ninguna manera. Así que… ¿cómo pudo él marcharse sin mirar atrás y estar casi tres lustros sin dar señales de vida? ¿Cómo ha podido vivir estos cinco años, sabiéndose bien, en sus cabales, perfectamente consciente de su vida, sabiendo que tenía a sus tres hijos al otro lado del mundo y sin mover un dedo para volver a estar con ellos? Para mí es imposible imaginarme en una situación semejante y hacer lo que él ha hecho. Así de distintos somos. —Hizo una pausa para beber un nuevo sorbo de café a sabiendas de que el regusto amargo que sentía en la boca no la abandonaría—. A esa clase de decepción me refiero. A que fuera capaz de abandonar a nuestros hijos, ¿entiendes? 

Jaume asintió con un ligero movimiento de la cabeza.

—Descubrí que no siento nada por él. No hay resquemores en mí, ni heridas que aún sangren. No hay expectativas y, definitivamente, no hay interés por él de ninguna clase. Le deseo lo mejor y si mis hijos deciden darle una oportunidad, no me opondré. Pero, y esta es una de las cosas que quería decirte, para mí Chad es un asunto concluido.

Jaume ignoró los latidos apresurados de su corazón. Apeló a la broma. Era una recurso que nunca le fallaba.

—O sea, ¿que no tengo que sentirme ni un pelín celoso? —Sus dedos índice y pulgar se juntaron  casi hasta tocarse—. Buen intento, preciosa. Te agradezco que intentes evitarme el sufrimiento, pero yo tengo celos hasta del aire que respiras… ¡Qué le voy a hacer!

Anna posó sus manos sobre las de Jaume.

—Seguir queriéndome igual que siempre, sabiendo que yo te quiero igual que siempre y que nos tenemos el uno al otro. Eso es lo que quiero que hagas, Jaume. 

Él apretó amorosamente las manos femeninas.

—Eso está hecho, amor. 

—Bien —concedió Anna—, porque lo segundo que quiero decirte es que ayer descubrí que tú eres el amor de mi vida, no él.

Un suspiro escapó de los labios de Jaume cuando su corazón se saltó un latido. Anna se dio cuenta y esbozó una ligera sonrisa antes de continuar exponiendo el suyo.

—Le quise y durante un tiempo estuve enamorada de él, pero al volver a verlo lo que sentí fue que estaba ante un extraño. Podía reconocer al hombre con el que me casé hace un siglo en algunos rasgos, sí, pero para mí era un desconocido. Contigo fue muy distinto. Cuando volvimos a vernos, la última Nochevieja, sentí como si el tiempo no hubiera pasado… ¿Y sabes por qué? Tú y yo seguimos siendo los mismos. Aquí —apoyó una mano sobre el corazón de Jaume— nada ha cambiado. Estar juntos es igual ahora que entonces. Con la ventaja que da la experiencia, es cierto, pero el sentimiento es el mismo, la plenitud es la misma… Porque el amor que nos profesamos mutuamente y el respeto que sentimos por el otro es el mismo… Yo sigo siendo para ti la chica de tus sueños y tú sigues siendo para mí el chico alocado y seguro de sí mismo que me robó el corazón cuando todavía no había cumplido los quince… Estos treinta y tantos años alejados no han sido más que un paréntesis, Jaume. —Posó su mano sobre la mejilla masculina y admitió en un susurro—: Siempre has sido tú.

—Ay, Anna… —murmuró él, envuelto en un suspiro. 

Incapaz de expresar con palabras lo que sentía, se arrodilló frente a ella y empezó a cubrir su rostro de besos. Besos que iban creciendo en intensidad hasta que en el último se adueñó de su boca. No fue un beso tranquilo, sosegado. Volvían a ser dos adolescentes locos de amor y así se besaron; largamente y con locura. 

Cuando al fin él liberó sus labios, recorrió el rostro de Anna con la mirada intentando calmarse. O mejor, que su corazón lo hiciera. Ella era sin ninguna duda la mujer de su vida. Siempre lo había sabido. De ahí que lo más lejos que había llegado en el plano sentimental era a un matrimonio de conveniencia. Pero jamás se había permitido pensar, creer, que se trataba de un sentimiento compartido.  

—¿Sabes? Voy a ponerme muy mimoso después de esta confesión tuya —reconoció, apretándose contra ella al tiempo que la rodeaba con sus brazos fuertemente—. No te haces una idea de lo que significa para mí lo que acababas de decir… 

Ella cerró los ojos y se dejó querer mientras le acariciaba el pelo.

—Pues eso espero, porque necesito tus mimos, Jaume. Y de ahora en adelante los voy a necesitar mucho más…

Jaume se apartó un poco, depositó un beso sobre un pecho, muy cerca del pezón y repitió el proceso con el otro. Al fin, alzó la vista hasta ella. Sus ojos brillaban de ilusión y de más cosas.

—Y yo espero que sepas lo que estás diciendo, mujer… Porque darme luz verde, estando tan solos y con el cuarto de la lavadora tan a mano… 

Anna sonrió algo sonrojada. A su lado se sentía como una quinceañera. Aquella mañana más que nunca. Volver a saberse dueña de su vida había modificado drásticamente la forma en que ahora veía el mundo y su futuro… Con movimientos delicados y sin dejar de mirarlo a los ojos, intentó desatarse el sostén. Su movilidad era cada vez más limitada y al final, él tuvo que ayudarla. A continuación, se desabrochó los primeros tres botones de su blusa.

—Guaaaau… —Fue todo lo que salió de la boca masculina. 

La mirada de Jaume cambió de foco, de los ojos de Anna a aquel escote perfecto que siempre lo había hecho suspirar. La liberó del cerco de sus brazos solo el tiempo necesario para apartar delicadamente el cuello de la blusa y besar el comienzo del profundo canalillo que se abría ante él como una promesa húmeda. 

Excitada y expectante, Anna desabrochó los botones que faltaban. Él exhaló una bocanada de fuego. Introdujo su mano por debajo del sostén y le acarició un pecho apasionadamente. Enseguida le quitó la blusa e hizo lo mismo con la única barrera que lo estaba separando del placer más absoluto. 

Anna se sentía hermosa de verdad. Deseada de verdad. Una mujer fabulosa a la que ya no le preocupaba entregarse a él en su casa, que también era la casa de uno de sus hijos. Inspiró profundamente, exponiendo sus generosos pechos desnudos ante aquel hombre que la consideraba una diosa. Y él no tardó en volver a demostrárselo.

Jaume se puso de pie, la tomó en brazos y se giró en dirección al cuarto de la lavadora hasta que Anna se lo impidió de la forma más excitante que jamás hubiera imaginado. Primero sintió su lengua caliente internándose tímidamente en su oído. Luego, fue su voz, insinuante, diciéndole:

«No, amor, llévame a la cama».


- III -

Anna no pudo evitar reír al salir del baño y ver a Jaume en la misma posición que lo había dejado; abierto de brazos y piernas, acaparando casi toda la cama, con los ojos cerrados y aquella expresión única, mezcla de satisfacción y de agotamiento. Ni siquiera se había quitado el preservativo. La risa trasmutó en deseo en cuanto reparó en que su miembro no estaba completamente flácido. Le pareció que aún mantenía una ligera tensión y se sorprendió a sí misma reconociendo que eso le gustaba. Más aún, la parte de ella que había vuelto a abrazar la adolescencia, tenía muchas ganas de que esa ligera tensión cambiara de «ligera» a «total». Quería volver a tenerlo dentro. Y no, para variar, no le daba ningún pudor admitirlo. 

Fue a acostarse a su lado pensando que ella era la primera sorprendida de su propia transformación. Se sentía otra persona. O mejor, ella misma, pero con una energía renovada y muchas menos inhibiciones. Una mujer decidida a saborear a fondo cada momento de felicidad que la vida le ofreciera antes del final.

En cuanto Jaume notó el contacto con la seda de su bata, volvió a la plena consciencia de inmediato. Primero, se quitó el preservativo y se deshizo de él. Después, hizo lo mismo con aquella delicada prenda que le impedía disfrutar de lo que para él era el mayor espectáculo del mundo.

—No, no, no, nena… Ni hablar. Es una bata muy bonita, pero la prefiero en el colgador. A ti te quiero desnuda como has venido al mundo. Primero, porque siempre te quiero desnuda, estemos donde estemos y hagamos lo que hagamos. Y segundo, porque todavía no he acabado de saciarme de ti esta mañana. 

Anna esbozó una sonrisa y lo dejó hacer. Notó que él estaba siendo deliberado en sus movimientos, en sus caricias. La estaba tocaba a fondo con la excusa de ayudarla a quitarse la bata. Y por si había alguna duda de sus verdaderas intenciones, después de dejar caer la prenda en el suelo, junto a la cama, empezó a reptar sobre ella, insinuándose y frotándose con descaro.

—Me parece perfecto porque yo tampoco me he saciado de ti esta mañana… —Y con esas, se pegó a él—. Lo de antes fue fabuloso… ¿Qué tal si repetimos? 

Él exhaló un suspiro de fuego. En su mirada, en cambio, no solo había deseo, había admiración y mucho amor.

—Diossss, mujer… No sé qué te pasa hoy, pero me estás poniendo a mil… —La besó en la boca y luego se dedicó a mordisquear sus labios—. Me vuelve loco que te insinúes y me hables así… Y si me dices que esto va a ser mi pan de cada día de ahora en adelante, viviremos haciéndolo porque me muero por ti, Anna… Así que piensa muy bien lo que vas a responder…

Ella sabía perfectamente lo que iba a responder. Pocas cosas había tenido tan claras antes en su vida. Pocas cosas había deseado con tanta intensidad.

—Será tu pan de cada día. 

—Ay, nena… —La rodeó con sus brazos. Lo hizo con suavidad ya que sabía cuánto le dolían las articulaciones—. Te quiero tanto… Y te deseo tanto… Diossss, me estoy muriendo por meterme entre tus piernas otra vez… Lamento que no suene muy halagador, pero es que…

Ella cubrió la boca masculina con su mano suavemente.

—Es más que halagador, Jaume. Es excitante. Y yo también me muero por sentirte dentro —repuso ella, buscando sus besos—. Ponte el condón, vamos… Te quiero ahora…

Él se puso de rodillas sobre la cama, junto a ella, exhibiéndose. Su excitación creció al sentir su mirada ardiente recorriéndolo centímetro a centímetro. Con la respiración alterada por el deseo, él manoteó la caja que había sobre la mesilla y extrajo un pequeño sobre metalizado. Rasgó un extremo, sacó el preservativo y se lo puso.

A continuación, regresó junto a ella y la ayudó a ponerse en una posición que le resultara cómoda. Lo hizo con la misma dedicación y suavidad que lo hacía siempre. Normalmente, eso implicaba situar un grueso cojín debajo de sus caderas para que pudiera mantenerlas elevadas sin que sus debilitados músculos tuvieran que trabajar, pero antes ella lo había rechazado y ahora también lo hizo. 

—¿Seguro? —insistió—. Me encanta que te abraces a mis caderas, pero el cojín tampoco está nada mal, ¿sabes? Me da el control total y…

—Y tú te aprovechas a base de bien, lo sé —lo interrumpió Anna, encendida. Despacio, situó sus piernas en torno al cuerpo masculino. No llegó a abrazarlo, hacía meses que apenas tenía fuerza en sus extremidades inferiores, pero sí lo bastante para hacerle sentir su presencia—. Hoy prefiero esta forma. A mí también me gusta tener voz y voto y, como has visto antes, me hago oír bastante bien.

«Mejor que bien», pensó Jaume, mirándola embelesado.

—Diossss, Anna… ¿En serio eres tú? 

Ella asintió, decidida. Una ilusión renovada resplandecía en su rostro cuando dijo:

—Esta es la Anna que ha descubierto que el amor de su vida siempre has sido tú… ¿Te gusta?

Jaume no respondió con palabras. Se adueñó de su boca apasionadamente, y un instante después, volvieron a hacer el amor.


- IV -

Llevaban en la cocina un buen rato, regalándose miradas cómplices a cuenta del inesperado desayuno sexual que habían compartido, cuando Anna volvió a ser la madre preocupada por sus hijos. Tomó su móvil y seleccionó la memoria de Andy. Esperó a que atendiera mientras sus ojos miraban a Jaume con picardía. No pudo evitar pensar que estaba como un adolescente embobado después de hacer el amor con la chica de sus sueños.

No fue Andy quien atendió, sino Dylan.

—Buenos días, querido yerno. Veo que mi hija ha vuelto a dejarse el móvil por ahí.

Tu hija está en el baño. Imagino que vomitando. Pero no tardará mucho; come como un pajarito así que no tiene gran cosa que echar fuera. ¿Le digo que te llame?

—No, no… Déjala, que ya bastante tiene con sus malestares. Que, por cierto, son totalmente normales… Lo digo por ti —aclaró con una sonrisa maternal y oyó que él se reía—. Pero mi niña no está acostumbrada a estarse tan quieta, así que no quiero incordiarla. Enseguida piensa que estoy preocupada y se inquieta. ¡Así somos las mujeres de la familia! ¿Y tú qué tal, mi querido irlandés?

¿En pocas palabras? En las nubes. Solo desciendo al universo de los mortales cuando mi mujer se cae redonda al suelo… Para recogerla, ya sabes.

Los dos rieron unos instantes.

—Es normal, lo digo de verdad, Dylan. Ya verás que sus análisis estarán bien. Fíate de mí, que de esto entiendo bastante.

Me fiaré más cuando tu hija deje de agarrarse de las paredes para poder andar, Anna. No te ofendas. —Para él no era una cuestión de confianza. Quería creer que todo estaba en orden y no había de qué preocuparse, pero su sentido de la lógica le impedía creer que alguien que casi no podía caminar por la falta de equilibrio y que el día anterior se había desmayado, pudiera estar tan bien. Necesitaba mucho más que la sabiduría ancestral de las mujeres de la tribu para quedarse tranquilo.

—¿Cómo voy a ofenderme? En absoluto, pero ya verás como tengo razón… Cambiando de tema, ¿sabes algo de mi hijo? 

Nada. Por aquí no ha venido y, que yo sepa, tampoco ha llamado. ¿Por?

—Sigue mal por lo de su padre y supongo que también esperaba que yo lo estuviera. No mal en el sentido de descomponerme, por supuesto, pero sí en el sentido de estar… No sé, ¿indignada? Entre la reacción de Andy y la mía, creo que Danny se siente un poco perdido y solo ante un asunto que no sabe cómo manejar… Se marchó hace horas, diciendo que no lo esperara a comer. Y estaba de un humor terrible.

Es normal, Anna. Ahora está enfadado con el mundo y le durará un tiempo, pero se le pasará. Pronto volverá a ser el de siempre. Y tú también puedes fiarte de mí, porque de este asunto entiendo bastante —repuso Dylan, haciéndola sonreír con su imitación de lo que ella misma le había dicho antes.

—De acuerdo, me fiaré.

Y no te preocupes, lo más seguro es que en algún momento del día se pase por aquí. Nos ocuparemos de que se alimente bien. ¿Vale, querida suegra?

Anna se echó a reír.

—Vale, querido yerno. Hasta otro ratito, entonces.

Volvió a dejar el móvil sobre la mesa y cuando alzó la vista, la mirada embobada de Jaume continuaba sobre ella. 

—Vuelve al planeta Tierra… —le pidió.

Jaume sacudió la cabeza ligeramente. Ya no tenía edad para estar en Babia por una mujer, pero lo estaba y, dado que resultaba evidente, no tenía sentido negarlo.

—Se nota mucho, ¿verdad?

Anna asintió varias veces con la cabeza.

—Mucho, mucho. Me encanta, que conste, pero te necesito aquí, así que ¡vuelve, por favor!

Jaume tomó una de las magdalenas de la caja. 

—¿Danny tampoco estaba en casa de su hermana?

—No. Ni les ha llamado.

—Estará con su novia. Es lo que yo haría si acabara de enterarme que mi padre, al que siempre creí muerto, sigue vivo. 

—¿Eso harías?

Jaume asintió con desparpajo y a continuación le dio un enorme bocado al dulce que sostenía en la mano. Masticó con una expresión de puro placer en el rostro y cuando su boca al fin quedó desocupada, se explicó.

—Sí. Buscaría la compañía de mi novia y si, por lo que fuera, ella no estuviera disponible, lo intentaría con mis amigos. Si eres del sexo masculino, cuando algo te conmociona, lo que necesitas es dejarlo estar un tiempo. Entretenerte con otra cosa y no pensar. Sentirte el de siempre. Así somos los chicos, Anna.

Ya, pensó ella, pero Danny no solo se sentía conmocionado por la inesperada aparición su padre. Había más razones, y algunas tenían que ver con ella. Estaba segura de ello.

Volvió a intentar comunicarse con él. Nadie respondió. Lo cual le confirmó que no se equivocaba; una parte del malhumor de su querido hijo estaba relacionado con ella. 

«Y más malhumorado que estarás», pensó.

En aquel momento, su móvil sonó. La esperanza de que se tratara de Danny regresó con fuerza, pero al cogerlo vio que el nombre que se iluminaba en la pantalla era el de su hermano.

De inmediato, la esperanza cedió su lugar al nerviosismo.

—Hola, Pau. Buenos días… 

Muy buenos días —respondió él. Y no dijo más.

Su voz denotó que estaba sonriendo y Anna sintió un agradable hormigueo en el estómago.

—¿Todo está en orden?

Perfectamente en orden. Dentro de cuatro o cinco meses serás una mujer divorciada legalmente.

—¿De verdad?

Oyó la risa suave de su hermano y rió a su vez. 

De verdad —repuso él.

—Entonces, voy a dejarte. ¡Tengo mucho por hacer! —exclamó. 

Y volvió a reír.

—Era Pau —explicó al tiempo que volvía a dejar el móvil sobre la mesa—. Esperaba su llamada.

Jaume había prestado atención a la conversación y ahora estaba bastante extrañado. Los hermanos no solían caracterizarse por la brevedad y esta vez, la llamada no había durado nada. Y si el hecho de que hubiera acabado en un abrir y cerrar de ojos lo había dejado con la mosca detrás de la oreja, sus risas de quinceañera enamorada, le habían puesto la guinda al pastel. Pero lo que más le extrañaba con mucho era saber que ella había estado esperando aquella llamada en la que apenas habían intercambiado un puñado de palabras.

—¿Y por qué la esperabas? 

—Porque aún no he acabado de decir todo lo que quería decirte. Lo de antes solo fue un paréntesis. Uno muy apetitoso, por cierto.

«Un postre en toda regla», pensó él. Uno al que en aquel preciso momento renunciaría de muy buen grado con tal de saber qué se traía aquella hermosa mujer entre manos. Desde el principio la había notado distinta. Anna era otra. Por Dios, ¿qué estaba sucediendo? Necesitaba saberlo ya.

Jaume apartó la mirada durante un instante. No quería ser desagradable ni mostrarse impaciente, pero…

—Anna, por favor, dime qué está pasando… No me tengas así, mujer. Ten piedad de mí. 

Ella extendió una mano a través de la mesa y la posó sobre la mano masculina.

—Ayer pasó algo más durante ese rato que estuve con Chad. Solo lo saben Neus y Pau… Y bueno, también Danny. Lo oyó esta mañana y sospecho que esa es la verdadera razón de su malhumor de hoy…

—¿Qué es lo que pasó? —la interrumpió él, apretando impaciente la mano que se posaba sobre la suya.

Ella le obsequió una sonrisa amorosa. 

—Le dije a Chad que quería el divorcio. Él, naturalmente, estuvo de acuerdo. Pau se ha encargado de que los abogados tuvieran listo todo el papeleo esta mañana para que lo firmara antes de regresar a África. Y ya lo ha hecho. En cinco meses, máximo, estaré divorciada legalmente.

Jaume continuaba inmóvil. Desde que había oído la palabra «divorcio», su mente había empezado a desbarrar y ahora se precipitaba al vacío en caída libre. Sentía un huracán de emociones desatándose en su interior, pero la sensación de vértigo era tal, que le impedía cualquier pensamiento coherente. 

Anna notó que la temperatura de la mano masculina había descendido drásticamente; ahora estaba helada. Lo que sumado a su expresión, le dio una buena pista de que la noticia que acababa de soltar había supuesto un bombazo para él.

«Respira, amor. Aún no has oído lo más importante», pensó. Rellenó su taza con café caliente y se la entregó.

—Toma, bebe un poco. Te hará falta.

¿«Me hará falta»? ¿Por qué me hará falta?

Otro latido mantuvo en suspenso el corazón de Jaume, que un instante después se arrancó a latir desaforadamente. Obedeció como un autómata. Bebió un buen sorbo y mantuvo la taza entre sus manos. Fue entonces, al sentir el contacto de la porcelana caliente, que se dio cuenta de que estaba helado. Alzó la vista hasta Anna y permaneció mirándola.

Y conteniendo, inconscientemente, la respiración.

—¿Recuerdas que ayer te dije que tenía algo que proponerte? —Vio que él asentía con la cabeza sin apartar sus ojos de ella—. ¿Sigue en pie tu propuesta de matrimonio?

Ay, Diossssss…. 

Jaume exhaló todo el aire que contenía en un largo suspiro. Dejó la taza sobre la mesa al darse cuenta de que estaba temblando tanto que el café acabaría derramándose y salpicando el precioso mantel bordado que cubría la mesa aquella mañana. Volvió a alzar la vista hacia ella.

Y una vez más tuvo que recurrir a las señas para responder.  No le salían las palabras. 

Anna se arregló el cabello con una mano en un gesto cargado de tanta coquetería como nerviosismo y, al fin, se explicó:

—Entonces, mi propuesta es esta: vuelve a pedírmelo y te diré que sí… No ahora —se apresuró a matizar—; sé que tu corazón no soportaría más emoción esta mañana y para ser totalmente francos, el mío tampoco anda muy sobrado… Además, antes tengo que decírselo a mis hijos… Así que ahora no, pero pronto. Quiero un momento íntimo y muy romántico que sea solo nuestro. Sin llamadas, sin visitas inesperadas… Solos tú y yo. Un momento que esté a la altura de todos estos años de espera, para atesorarlo en mis recuerdos lo que me quede de vida. Lo dejo en tus manos, ¿de acuerdo, amor?

Como si de repente Jaume hubiera vuelto a la vida, se incorporó y fue hacia Anna. La ayudó a ponerse de pie y se dobló sobre ella, rodeándola con sus brazos fuertemente.

—Ay, Anna… Anna, Anna, Anna… —fue todo lo que logró decir. 

Repetir el nombre de la mujer que amaba desde siempre parecía ser todo lo que era capaz de hacer en aquel preciso momento.

Ella le acarició el cabello amorosamente y buscó su mirada. Y él volvió a adueñarse de su boca y el beso fue largo y muy, muy dulce. 

Al fin, Anna abrió los ojos despacio para encontrarse con aquella mirada embelesada que la hizo sentir la mujer más amada del mundo.

—Veo que mi propuesta ha sido todo un éxito… ¡Te he dejado mudo de la emoción! ¿Sabes, amor? Tenemos muchísimas cosas que hacer y aquí, tan solos y tan alejados del resto de la casa, la tentación podrá con nosotros otra vez… ¿Qué te parece si volvemos al salón a planear nuestra boda de ensueño?

«¿Iban a casarse? ¿Era real?», pensó él. 

—¿Nuestra boda de ensueño? —repitió con el rostro transformado por la intensidad de lo que sentía.

Contagiada de la emoción de Jaume cuando ya casi no podía con la suya propia, Anna exhaló un suspiro. 

—Sí, nuestra boda de ensueño. —Sonrió ilusionada—. ¿No te parece increíble?

—Tú eres increíble, Anna. ¿Vas a darme el «sí, quiero»…? ¿Lo dices de verdad? Maaadre mía… 

Jaume se apartó un momento. Poniéndose las manos en la cintura, elevó la barbilla al cielo y respiró a todo pulmón.

—Diossss, dame un minuto para que mi corazón se recupere… Mira. —Tomó la mano de Anna y la puso sobre su pecho—. Está como loco, ¿lo sientes? 

Pum, pum. Pum, pum. Pum, pum… 

Aquel sonido era la sinfonía más hermosa del mundo para Anna y, de buen grado, se habría quedado escuchándola, pero nunca había tenido tan claro como ahora que el tiempo apremiaba. Su tiempo se acababa. Y antes de que eso sucediera, había un millón de cosas que deseaba hacer con Jaume. Juntos.

Retiró la mano y la hizo descender por el brazo de Jaume en una larga caricia. Al llegar a su mano, enlazó sus dedos con los suyos en lo que fue un significativo gesto de unión para ambos. De unión amorosa y eterna. Lo miró a los ojos.

—Soy tuya y tú eres mío. Nos pertenecemos. Y ahora que la vida nos ofrece una nueva oportunidad, lo que más deseo en el mundo es aprovecharla. Soñemos despiertos, cariño —propuso—. Y después, convirtamos esos sueños en realidad. 

Jaume no podía estar más de acuerdo. Aquel era el mejor final posible para una historia de amor que duraba ya casi cuatro décadas. El final que él siempre había soñado. 

—Amén a eso, mujer… Amén a eso —concedió. 

Y después de tomarla por la cintura, sosteniéndola igual que hacía siempre, pusieron rumbo al salón regalándose carantoñas como dos adolescentes locos de amor.


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©️2021. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷


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CR18. Siempre has sido tú. Parte II


Siempre has sido tú. Parte II, de Patricia Sutherland. Un relato sobre Jaume y Anna, basado en Los moteros del MidWay, 5. Noticias inesperadas. Menorca.

Lunes, 10 de enero de 2011.

Casa de Dylan & Andy,

Cala Morell, Ciudadela.

Menorca.


- I -


Dylan y Andy acababan de regresar del hospital donde le habían realizado una nueva ecografía de control y les habían confirmado que todo continuaba en orden. Era un momento que afrontaban con ilusión y también con cierta preocupación, aunque en el último caso, ambos preferían guardarla para sí mismos. 

Al igual que con la primera ecografía, habían visto las imágenes sin comprender lo que realmente sucedía hasta que la ecografista había empezado a explicarlas. Y aún entonces, lo que había era más emoción de saber que se trataba de sus hijos, que el hecho de reconocer formas familiares en lo que estaban viendo. 

Eran tan pequeñitos... 

Habían vuelto a casa con un vídeo que llevaban reproduciendo una y otra vez desde hacía media hora recordando lo que la ecografista les había comentado mientras miraban la pantalla del televisor llenos de ilusión.

—Miden quince milímetros... Son así, nena —dijo él separando sus dedos índice y pulgar. Había alegría y asombro en los ojos de Dylan cuando miró a Andy. Tanto como en los de ella—. Mira —detuvo el vídeo y tocó la pantalla señalando al embrión en el que la cámara había hecho zoom—, mira qué pequeñito es... ¿No es alucinante que podamos estar viéndolos? 

Andy le echó los brazos alrededor del cuello y se pegó a él.

—¡Es una maravilla, calvorotas! ¡Me muero por conocerlos y todavía faltan meses, Dios mío! ¡Se me va a hacer eterno!

Dylan la estrechó fuerte con un brazo y apagó el televisor con su mano libre. Ya seguirían pasándolo en bucle más tarde, pensó divertido. 

—Y a mí... Pero seguro que vamos a tener con qué entretenernos mientras tanto, hay un montón de cosas por hacer...

—Empezando por ya mismo... —se apartó un poco para poder mirarlo mientras hablaban—. He quedado con Tina.

Él enarcó una ceja.

—Espero que no para trabajar...

Trabajar, no, pero ayudarla con una entrevista en particular, sí, pensó Andy. No obstante, hizo su papel de «buena chica» a la perfección. 

—Noooo... La verdad es que por más culo de mal asiento que sea, y sí, lo soy, no estoy para casi nada todavía. En cuanto me animo un poco y me pongo a hacer cosas, el impulso me dura un suspiro... Me canso enseguida. Así que no te preocupes, no podría trabajar aunque quisiera —aseguró con una sonrisa radiante—. Solo hablaremos. Tenemos cuestiones que resolver.

Dylan no se lo creyó del todo, pero asintió con la cabeza. En aquel momento, su móvil y el de Andy sonaron al unísono anunciando que habían recibido un wasap.

Era de Anna y era escueto: «reunión madre-hijos-yerno en mi casa hoy a las 6 pm. ¡No faltéis!».

La primera en reaccionar fue Andy; exhaló un suspiro.

—Si no estás de ánimo... —sugirió Dylan.

Andy intuía la razón por la que Anna estaba convocando a sus hijos a una reunión y le parecía bien. Apoyaba a su madre plenamente y la seguiría hasta el fin de sus días, fuera lo que fuera que ella propusiera. Pero, si estaba en lo cierto respecto a la razón de la convocatoria, sería una tarde de disgustos y para eso, definitivamente, no tenía ánimo.

—Estoy bien. Solo un poquito perezosa, no te preocupes, calvorotas. ¿Me llevas al gimnasio?

Dylan se puso de pie y le ofreció su mano para ayudarla a hacer lo mismo.

—Te llevo donde quieras. Aprovéchame ahora, que a partir de mañana ya no me tendrás tan a mano...

Ella puso morritos. 

—No me lo recuerdes... —dijo y un instante después, sonrió.

Había pretendido que sonara a una broma pero, en realidad, no era ninguna broma. 

«¿Qué voy a hacer la mitad del día sin ti?», pensó.


* * *


Anna sonrió al ver quién la estaba llamando. No había demorado ni cinco minutos, señal de que a Jaume la ansiedad se lo estaba comiendo vivo.

—Espero que no me llames para decirme que te ha surgido un contratiempo y no puedes venir, querido mío. Aunque no te mencione expresamente en mi mensaje, tú también estás convocado, por supuesto.

Su risa divertida le acarició los oídos antes de que su voz, esa que siempre le había erizado el vello, empezara a susurrarle.

Así que estoy convocado... —dijo Jaume. Suspiró—. Vaya, ahora estoy mucho más nervioso... De hecho, estoy pensando en inventarme algún contratiempo que me salve de oír todas las maldiciones que tu hijo va a soltar por esa boca de adolescente rancio que tiene.

—Sé que seguramente esto te va a extrañar, pero me trae sin cuidado de qué manera decida reaccionar ante la noticia mi adolescente rancio. Pero, solo por tranquilizarte, creo que lo más probable es que dé media vuelta y se marche, dejándome con la palabra en la boca. Es su estilo últimamente y casi lo agradezco porque si se quedara, quizás la sangre llegaría al río...

Jaume no salía de su asombro. No solo le extrañaba lo que oía, le parecía increíble el cambio que había dado Anna desde que la última Navidad le trajera la confirmación de que el padre de sus hijos seguía vivito y coleando. 

Guau…

Anna rió suavemente ante aquella clara señal de sorpresa por parte de Jaume.

—Todo tiene un límite, amor. Lo quiero con toda mi alma... Lo adoro —enfatizó—, pero en este tema se está equivocando de medio a medio. Y ya está bien de desplantes y tonterías. Tú no eres como su padre. No te pareces a él en nada. Has demostrado sobradamente que eres de los que se quedan, no de los que se van al otro lado del mundo sin importarle a quién dejan atrás. Y en todo caso, no tiene arte ni parte en lo que yo, su madre, decida hacer contigo. Ya no es un niño. Es hora de que deje de comportarse como si lo fuera.

Guaaaaaauuuuu —volvió a decir Jaume, pero esta vez se explayó un poco más—. Me encanta oírte hablar así, nena... Me pone muy nervioso, pero me encanta...

—¿Y por qué te pone nervioso?

¿Y por qué va a ser, mujer? Estoy un paso más cerca de unir legalmente mi vida a la tuya para siempre. Un paso más cerca de conseguir el sueño de mi vida... ¿Acaso tú no estás nerviosa?

El suspiro le confirmó a Jaume que ambos estaban en la misma frecuencia, como siempre.

—Dios mío... Es como si una legión de hormigas me recorriera el cuerpo constantemente... Cada vez que caigo en la cuenta de que dentro de unos pocos meses seré libre y que voy a casarme contigo... Qué poco falta, ¿verdad?

La voz de Jaume descendió al nivel de los susurros.

Ya casi estamos ahí, nena. En un suspiro, seremos marido y mujer.

—Gracias a Dios —fue todo lo pudo decir Anna.


- II -


Después de dejar a Andy en el gimnasio, Dylan decidió aprovechar el tiempo haciendo una visita no programada. Aparcó su monovolumen frente al edificio, en los aparcamientos habilitados a tal efecto, y cerró el contacto. Desde donde estaba, tenía una panorámica perfecta de la puerta del instituto, de modo que solo le quedaba esperar a que su cuñado saliera de clase.

No habían transcurrido más que unos pocos minutos cuando vio la familiar figura desgarbada de Danny entre un grupo de chavales que salían del edificio, conversando entre ellos. Por suerte, Alice no estaba a la vista. Quería que la conversación que había decidido mantener con su cuñado fuera privada y a ser posible, secreta. Era lo mejor para todos.

Tocó el claxon un par de veces para llamar su atención, sin éxito. Iba tan entretenido hablando con otro larguirucho como él, que no se había dado por aludido. Dylan optó por la vía rápida, puso el dedo sobre el claxon y lo dejó allí hasta que el insistente ruido al fin atrajo la atención no solo de Danny, sino de toda la calle. Entonces, recién retiró el dedo.

Vio cómo su cuñado se despedía de sus compañeros y se dirigía hacia él. Su gesto le pareció algo tenso y no le extrañó; habían recibido el mismo wasap de parte de Anna y seguro que se imaginaba el motivo de la reunión.

Dylan bajó la ventanilla del lado del acompañante justo cuando Danny llegó hasta el vehículo.

—¿Está todo bien? —quiso saber el joven, asomándose al interior.

—De momento, sí. Sube.

El muchacho titubeó un instante. Había quedado con Alice, pero la cara de Dylan era lo bastante mala como para disuadirlo de hacer algo distinto que obedecer.

Una vez que el muchacho subió, Dylan puso el vehículo en marcha.

—Ponte el cinturón —le pidió.

—¿Dónde vamos?

Dylan le dedicó una rápida mirada.

—A algún lugar donde podamos mantener una conversación de hombre a hombre sin que nadie nos moleste y sin que nadie se entere. Una conversación privada entre tú y yo, ¿estamos?

Danny intuía cual sería el tema de conversación. Y no le gustaba un pelo, pero se limitó a asentir con la cabeza.


* * *


No fueron lejos. Dylan escogió una pequeña cala cercana donde aparte de mucho viento, no había nada. Ni un alma. Había sido una elección deliberada; quería ser muy claro con Danny y quería que fuera un tema que quedara entre los dos. Y dado que en aquella isla, hasta las paredes tenían oídos, decidió que en el lugar elegido tampoco habría paredes.

—Estamos convocados a una reunión esta tarde… —empezó a decir.

—Yo no. No pienso ir —lo interrumpió Danny. Volvió la vista al frente y se puso las manos en los bolsillos de la cazadora con cierta rabia.

El viento arremolinaba su flequillo y en su cara tenía un gesto de disgusto. Sin embargo, a Dylan le pareció que su cuñado estaba más confundido que enfadado. Acorralado por las circunstancias. A pesar de lo cual, no tuvo piedad.

—Claro que irás. —Danny volvió la vista para mirarlo iracundo. Dylan asintió—. Irás. Y mantendrás el pico cerrado.

El lado rebelde de Danny no tardó en salir.

—Porque tú lo digas... Mira, te respeto y todo eso, pero no te pases. No eres quién para decirme lo que tengo que hacer.

Dylan se giró de frente a él. Lo miró con seriedad.

—Puede que no, pero estás meando fuera del tiesto en este asunto, y alguien tiene que hablarte claro. 

Hubo una pausa durante la cual Danny tenía la vista fija en las olas que rompían contra las piedras y Dylan tenía la suya fija en aquel joven al que quería mucho, pero al que en aquel momento, de buena gana, le habría dado un puñetazo para despertarlo de una vez y que empezara a ver la realidad tal como era; cruda, muy cruda.

—Anna se muere, Danny —le soltó a quemarropa.

La angustia se hizo presente en la cara del muchacho cuyos ojos ahora lo estaban taladrando.

—No soy idiota, Dylan. Está muy enferma, ya lo sé. Pero es muy fuerte, no la mates antes de tiempo...

—Ojalá viviera veinte años más... Pero su última revisión médica dice que no será así... ¿De verdad te parece que oponerte frontalmente a que pase sus últimos meses junto al hombre que quiere es bueno para ella? ¿Crees que la hace feliz, que la estás protegiendo de algún sufrimiento? Eres tú el que la hace sufrir con tus negativas y tus desplantes. Eres tú quien la obliga a tener que emplearse a fondo para mediar en un conflicto que solo existe en tu cabeza. Jaume la adora... 

—Eso lo decís todos, pero no es así. Lo que «adora» es lo que mi madre representa… Aquí esas cosas importan mucho… Los apellidos y esas mierdas… Y él no es ningún imbécil —lo interrumpió airado.

Dylan meneó la cabeza. 

—¿Pero tú sabes quién es Jaume, chaval? Su familia es dueña de uno de los astilleros más grandes del país. No le hace falta el apellido de tu familia, Danny. El suyo es mucho más importante. 

—Su familia, quizás; él no tiene dónde caerse muerto. Y para que lo sepas, casi no se habla con su familia.

—No, no es así. Se ha separado comercialmente de su familia para fundar su propia empresa, pero sigue siendo hijo de quién es, sigue siendo heredero de una de las mayores fortunas del país y sigue enamorado de tu madre. De hecho, le pidió matrimonio dos veces, a falta de una. Y Anna lo rechazó. Por ti. Pero, como has visto, allí sigue, junto a ella, cuidándola y queriéndola...

Danny se revolvió incluso físicamente. Miró a Dylan con rabia y con desdén.

—Te lo estás inventando... ¡De verdad, no sé qué coño os ha dado a todos ese tío para que estéis tan ciegos…! 

—Inventarme, dices… ¿Y por qué tendría que inventarme nada? Joder, a veces me superas, Danny... No es ninguna invención. Sucedió. Y lo sé porque tu madre se quedó tan mal por su petición de mano, que no quiso que Jaume la acompañara a casa. Habían ido a cenar a un restaurante. Y en cuanto Anna salió, el hombre me llamó desde allí, todo preocupado, para pedirme que intentara interceptarla por el camino y la llevara a casa sin que ella se diera cuenta de que el encuentro no había sido casual... Y eso hice. Por eso lo sé, Danny. —Exhaló un suspiro de hastío—. Jaume adora a tu madre y ella lo adora a él. Es lo que hay. Pero, en todo caso, ¿qué importa lo que tú creas, lo que nadie crea? ¿Qué importa lo que a ti te parezca bien o mal? No importaría ni aunque tu madre tuviera por delante todo el tiempo del mundo... Pero, encima, no lo tiene. Su vida se está apagando, tío, ¿no te das cuenta? ¿Quieres que sea esta tu contribución al final de su vida; obligarla a elegir entre tú y el hombre que quiere? 

La angustia del muchacho se había transformado en lágrimas. Caían silenciosamente bañando sus mejillas.

—Irás a esa reunión, Danny. Escucharás sin montar numeritos lo que tu madre va a decirnos… Y aceparás lo que decida, sin más. Porque está en su derecho de hacer con su vida lo que mejor le parezca. Y si vivir bajo el mismo techo que Jaume te resulta insoportable, eres bienvenido en mi casa. Quédate todo el tiempo que quieras. Es más, te lo agradeceré eternamente porque tal y como le está sentado el embarazo a tu hermana, voy a necesitar toda la ayuda que puedas darme… Te lo digo de corazón, siempre podrás contar conmigo, tío. Pero quiero que tengas esto bien claro: si haces sufrir a Anna, Andy también sufrirá, y eso no lo voy a consentir. Ni ahora, ni nunca. ¿Nos entendemos?

Danny no respondió enseguida. Su vista volvió a perderse en el horizonte mientras las lágrimas bañaban su rostro. Al fin, se secó las mejillas de un torpe movimiento y se limitó a asentir con la cabeza.


- III -

Jaume ya estaba suficientemente nervioso cuando al abrir la puerta vio a Pau al otro lado.

—Hola, Jaume... ¿Está mi hermana mirable o vuelvo más tarde? —Cuando lo preguntó, ya había hecho el ademán de entrar.

Él titubeó, pero al fin se hizo a un lado para dejarlo pasar pensando que, de buena gana le habría cerrado el paso. No estaba invitado a esa fiesta por más que, como todos los Estellés, creyera lo contrario. Pero todavía no era oficialmente el marido de Anna y, por lo tanto, no era quién para intervenir en aquel asunto.

—Anna es mirable. Siempre, independientemente de las circunstancias —matizó—. Y no acostumbra a ir desnuda por la casa, así que sí, puedes entrar...

Pau le palmeó el brazo cariñosamente.

—Es verdad... Siempre se me olvida que para ti mi hermana es una diosa…

Tan pronto Jaume apareció en el patio acompañado de Pau, la expresión de Anna se transformó.

—¿Qué estás haciendo aquí?

Él se acercó y la besó en la frente.

—Vaya pregunta. ¿Qué voy a estar haciendo aquí? ¡Verte, Anna! Si la montaña no va a Mahoma...

Ella sonrió con cara de «ya, y yo me lo trago».

—Pues ya me has visto —dijo señalándose con coquetería—. Y ahora vuelve por donde has venido, porque no estás convocado a la reunión. Es algo privado entre mis hijos y yo.

—¿De qué reunión hablas? —preguntó Pau. Mentía, por supuesto. Pero desde que Tina le había contado lo de la bendita reunión, no se la quitaba de la cabeza. Intuía lo que Anna se traía entre manos y la ansiedad lo estaba matando.

—La que sabes que habrá aquí en un rato. Lo sabes porque Tina te lo dijo. —Pau no pudo más que sonreír—. ¿Y sabes cómo lo sé? Porque me llamó. No eres el único al que la ansiedad lo está matando, querido hermano…

«Y que lo digas», pensó Jaume y miró para otro lado en un intento de evitar que los demás se dieran cuenta. Él seguía vivo de puro milagro.

—Pero al menos podrías decirme si vas a hacer lo que creo que vas a hacer... —Se puso de cuclillas frente a su hermana y tomó sus manos—. ¿Vas a hacerlo, Anna? —insistió, ilusionado.

Ella miró a Jaume. Le provocó una ternura inmensa ver sus ojos brillantes y aquel extraño rubor en sus mejillas. Al fin regresó su vista sobre Pau.

—Cometí la estupidez de alejarlo de mi vida una vez —repuso—. No habrá una segunda.

—¡Qué buena noticia, hermanita! —exclamó Pau rodeándola con sus brazos alegre y afectuoso, tras lo cual hizo lo mismo con Jaume—. ¡Y qué difícil será moderar mi alegría delante de los demás hasta que me des permiso para gritarlo a los cuatro vientos!

Jaume y Anna intercambiaron miradas enamoradas. Y esperanzadas.

Si la reacción de Pau era un anticipo de lo que vendría después, no podía haber mejor augurio.


* * *


Dylan arrugó el ceño al entrar en el patio de la casa familiar de los Estellés y ver que los hermanos de Anna estaban allí. ¿No se suponía que era una reunión «madre-hijos-yerno»?

Andy le sacó las palabras de la boca.

—Eh, mami, ¿has organizado una merendola? Haberlo dicho. No hemos traído ni una triste coca-cola...

—No te preocupes, cariño. Mis hermanos ya se iban, ¿verdad? —dijo enviándoles una mirada con mensaje a los tres convidados de piedra que, desde sus sillones, ponían cara de «¿me hablas a mí?».

En aquel momento, entró en el patio el tercero en discordia. Danny permaneció de pie, cerca de Dylan y directamente detrás de su hermana. No dijo ni «hola». Tampoco miró a nadie en particular. Le daba igual cómo lo tomaran los demás. Dylan le había pedido que no abriera el pico y eso era lo que pensaba hacer. Porque además tenía clarísimo que como lo abriera, habría un problema muy gordo.

Los demás allí presentes sí que lo miraron. Anna con cierto disgusto. Jaume con resignación. Pau, Neus y Roser con distinto nivel de desaprobación.

Esta última fue la primera en ponerse de pie. Fue hasta Dylan y tomó a Luz de sus brazos con una sonrisa.

—Ven con tu tíita Roser, pequeña... Vamos al parque a que encandiles a todo el mundo con tu hermosura… —Intercambió miradas con Dylan, era su forma de pedirle autorización ahora que era oficialmente el padre de la criatura, y cuando la tuvo, enfiló hacia la puerta. Se detuvo brevemente junto a Danny y, como hacía siempre, no escatimó sinceridad—. Alegra esa cara, muchacho. Nadie se ha muerto.

«Dijo la reina de la alegría», pensó Danny. Su impulso fue decirlo en alto, pero a último momento se mordió la lengua. 

—Todos vamos al parque, no sueñes con que te dejaremos alardear de sobrina-nieta a ti sola —apuntó Neus, haciéndole un guiño a Anna.

—Todos, no. Algunos tenemos que trabajar —terció Pau, pasándole un brazo por el hombro a Neus y a Roser.

—Uy, míralo... —dijo Neus siguiéndole la broma—. Te pasas el día hablando por teléfono. ¿A eso le llamas trabajar? 

Los tres se alejaron bromeando por el pasillo y cuando al fin se oyó el ruido de la puerta principal al cerrarse, Anna miró a sus hijos y a su yerno con una sonrisa y les indicó con un gesto que tomaran asiento. La mesa estaba puesta con esmero, como siempre. Había tentempiés dulces y salados, cerveza y refrescos y, por supuesto, té helado para la embarazada.

—¿Empezamos? —propuso.

Andy fue la primera en sentarse. Dylan se puso a su derecha y Danny a su izquierda, lo más lejos posible de su madre. Algo que ella notó, pero ignoró.

—¡Sí, por favor! —repuso Andy mirando a su madre y a Jaume con expresión traviesa—. ¡La curiosidad me está matando!

—Como has visto, no eres la única —concedió Anna riendo.

En aquel momento, algo rompió el momento distendido; Danny respiró hondo y soltó el aire en un largo y sonoro suspiro.


- IV -

Aquel suspiro hastiado de Danny hizo que algunos de los presentes se temieran lo peor. Andy, de hecho, cogió la mano de su hermano y la apretó en un gesto que no quedó claro si era de ánimo o de advertencia. 

Dylan, en cambio, estaba bastante seguro de que su cuñado no iría más allá. A Anna, por su parte, y aunque no lo tenía tan claro como Dylan porque no disponía de toda la información, le daba igual lo que su hijo decidiera hacer. Le había costado muchos meses y muchas lágrimas alcanzar un acuerdo consigo misma al respecto. Pero lo había logrado y ya no había marcha atrás.

Jaume, en cambio, creía en la fortaleza de Anna, pero también era padre -o lo había sido- y sabía que la posibilidad de que ella acabara flaqueando era bastante real. 

Sin embargo, nada más lejos de la realidad.

En cuanto todos tuvieron su bebida servida y un tentempié en el plato, Anna tomó la palabra. Su cabeza temblaba ligeramente al igual que sus manos, consecuencia del avance de su enfermedad, pero su voz sonó dulce como siempre y más firme que nunca.

—Esta conversación será muy diferente a las que, vosotros, mis hijos, estáis acostumbrados. —Miró a Dylan—. Para ti, querido irlandés, estoy segura de que lo que oigas no será una novedad porque, de todos los aquí presentes, incluida yo misma, eres el que mejor sabe apreciar la realidad que le rodea y aceptarla como nadie que haya conocido jamás...

Anna hizo una pausa para recuperar el aliento. Otra de las consecuencias del avance de su enfermedad era lo mucho que ahora le cansaba algo de lo que siempre había disfrutado enormemente; conversar con los suyos.

—¿Estás bien? —intervino Jaume, buscando su mirada. Ella esbozó una ligera sonrisa y asintió. Pero él, fiel a sus costumbres, no lo dio por bueno—. ¿Un poquito de té frío? Te ayudará a aclararte la garganta... Que, por cierto, es lo único que necesitas aclararte, mujer. Las ideas, como siempre, las tienes clarísimas.

Ella lo besó con la mirada y asintió una vez más. No porque su garganta fuera a mejorar gracias al té, sino porque necesitaba intensamente lo que Jaume le daba; atenciones, devoción, amor. También porque sabía que él necesitaba que le dejara cuidar de ella.

Ajeno a las miradas tiernas de Andy y de Dylan, y a las nada tiernas de Danny, Jaume sirvió un poco de la bebida en la taza de Anna y sorprendió a todos, cogiendo una pajita, quitándole el envoltorio para seguidamente sumergirla en la bebida.

—¡Cómo te cuida! —dijo Andy con una sonrisa de oreja a oreja y luego miró a Dylan—. Ve tomando nota, calvorotas...

El irlandés se rió de buena gana. De repente, se vio con sus cuatro mujeres en fila —tenía el pálpito de que los mellizos serían, en realidad, mellizas—, sentadas a la mesa y él desde la puerta, jugando a «encestar» la correspondiente pajita en sus vasos. 

Jaume también celebró el comentario de Andy.... Hasta que vio a Danny apartar la mirada disgustado. Su gesto daba a entender que todo aquello le parecía una salamería gratuita, un coqueteo estúpido. E, inesperadamente, sintió rabia. Rabia de que estuviera tan ciego.

—Siempre —repuso—. Me encanta mimarla. Y me encanta facilitarle las cosas... Los días que sus músculos deciden amanecer temblorosos, le cuesta hasta sostener una taza. Y si hay algo que enfada de verdad a la coqueta de vuestra madre es mancharse la ropa. 

Jaume evitó mirar al único ciego que había en aquel patio, pero deseó con todo su ser que el mensaje le hubiera llegado alto y claro.

Y así fue. 

Lo dicho por Jaume no cambió en absoluto lo que Danny pensaba de él, pero sí la manera en la que miraba a su madre. Fue consciente de su fragilidad, de su deterioro. Y con la consciencia llegó la angustia; se le llenaron los ojos de lágrimas, algo que se las arregló para ocultar bajando la vista hasta que volvió a ser dueño de sus emociones.

Andy, en cambio, no pudo ocultar las suyas. 

—Ajjj... Qué tonta —se lamentó cuando la evidencia ya resultaba innegable y tuvo que secarse las mejillas provocando una inmensa ternura en todos—. Os digo una cosa. Las náuseas, vale. Los mareos, vale. Ir agarrándome de las paredes para poder andar, vale... Pero esta sensiblería constante… ¡Me está volviendo loca! ¡No he llorado tanto en toda mi vida!

Después de un rato de bromas que sirvieron para que todos recuperaran la compostura, Anna continuó.

—Estamos acostumbrados a hablar largo y tendido de asuntos familiares, de vuestros estudios, de vuestros proyectos... Hasta ahora siempre me habéis visto como vuestra madre, pero hoy no es la madre quien habla. Hoy no soy «mamá». Hoy soy Anna, la mujer. Y lo primero que voy a decir... O más bien, confirmar -porque creo que ya lo sabéis,- es que una de las cosas que sucedieron durante la hora escasa que me reuní con vuestro padre, la Navidad pasada, es que le pedí el divorcio. Se está tramitando y nuestros abogados esperan que en cuatro o cinco meses, ya se habrá disuelto el vínculo legal.

Tras una nueva pausa para beber más té helado de su pajita, Anna continuó:

—La segunda cosa que sucedió aquel día es que mientras me relataba qué había sido de su vida durante los últimos quince años, no sentí nada de lo que esperaba sentir. No hubo rencor, ni dolor, ni despecho... En cambio, hubo pena de que se haya perdido vuestra niñez y vuestra adolescencia... Pena de que no haya podido sentir el orgullo que yo siento cada vez que os miro, la enorme satisfacción que me da ver la clase de persona que sois, los amigos que elegís, la gente de la que os rodeáis...  La felicidad de haber podido disfrutar de vosotros todos estos años... No lo juzgo, no soy quién para hacerlo. Y si vosotros queréis darle una oportunidad, no solo no me opondré, me sentiré tan orgullosa como siempre... Más que siempre. Pero para mí, para Anna, volver a ver a vuestro padre fue como estar con un desconocido. Mi corazón puede entender y asumir que me abandonara. De hecho, lo hizo hace mucho tiempo. Pero jamás podrá entender ni asumir que os abandonara a vosotros. Yo sé aquí —dijo tocándose el corazón— que no podría haberlo hecho. Para mí sois sagrados, lo más importante de mi vida. Que él sí pudiera hacerlo, demuestra la enorme distancia que nos separa, lo distintos que somos. Dos posturas totalmente opuestas ante un tema fundamental de nuestra vida. Y eso es algo que no puedo ignorar. Ni como madre, ni como mujer. 

Los temblores se volvían más y más evidentes y a Anna cada vez le faltaba más el aire. Jaume decidió que había llegado la hora de coger el testigo. No tenía la menor idea de lo que iba a decir. Se suponía que estaba allí solo en calidad de oyente, pero... La quería demasiado para permitirle pasar por eso sola.

Apoyó una mano en su brazo y cuando Anna lo miró, le acercó la pajita a la boca y aprovechó que ella bebía, para tomar la palabra.

—Cuando salga el divorcio, vamos a casarnos —dijo con calma ante la mirada sorprendida de todos, especialmente de Anna.

Lo que dijo no fue una novedad para Andy que, de pura alegría, le envío un beso a la distancia. Tampoco para Dylan que conocía la historia. Y por supuesto tampoco para Danny, que desde el principio había creído que la razón de que le pidiera el divorcio a su padre, era poder ser libre para casarse con su nuevo novio.

Pero para Anna fue una sorpresa y una novedad que aquel hombre que amaba con locura saltara al ruedo de aquella forma. No era así como lo habían planeado. Ella quería evitar por todos los medios que Danny se ensañara con él, por eso quería ser ella quien les comunicara la noticia. A Jaume, una vez más, le daba igual convertirse en el blanco de su ira, si pensaba que con eso la estaba ayudando a ella. Hablando de tener las ideas claras...

—Bueno —matizó Jaume con humor—, primero tendremos que resolver una pequeña formalidad... Voy a pedirle que se case conmigo y ella tendrá que darme el «sí, quiero», claro... —Miró a Dylan brevemente—. A ver si esta vez tengo más suerte y lo consigo.... Mirad, yo no pretendo competir con vosotros por el amor y las atenciones de Anna. No aspiro a ocupar un lugar importante en vuestra vida, ni mucho menos que me veáis como un padre. Me honraría que lo hicierais. Muchísimo. Pero no lo espero. Solo aspiro a ser para vuestra madre lo que siempre quise ser, a pesar de mis errores; el hombre que la quiera como se merece y que esté a su lado, cuidándola y mimándola, hasta el fin de sus días... O de los míos. Nada más —Sonrió algo afectado—. Y nada menos...

—Ay, Jaume, nooo… —balbuceó Anna, intentando contener su emoción.

—Déjame, mujer... Ellos necesitan saberlo. Oírlo de mí. Y tú necesitas serenarte... 

Después de secarle las mejillas con su propio pañuelo, se lo entregó y continuó:

—Cuando vine a Menorca, sabía que vuestra madre estaba aquí. Mi padre me lo dijo. Me dijo que había oído que ella había regresado a su tierra... —Anna alzó la vista sorprendida. Ignoraba esa parte de la historia. Él le hizo un guiño y continuó—: No precisó cómo se había enterado, pero cuando al poco me encontré «por casualidad» con vuestro tío en el almacén de materiales y él me invitó a la fiesta de año nuevo, como si no hiciera siglos que no nos veíamos, empecé a sospechar cuál había sido su fuente de información. Él fue quien me contó que vuestra madre tenía ELA. Luego, fue vuestro abuelo quien se encontró conmigo «por casualidad». Y se ocupó de explicarme con pelos y señales en qué consistía esa enfermedad. El mensaje era claro como todos los que da ese hombre; «si no te ves capaz de estar a la altura, ni se te ocurra asomarte por esa fiesta». 

—Así que aquella noche lo sabías... —murmuró Andy.

—Sí, lo sabía. Como también sabía, porque mi estupidez se ocupó de enseñármelo de la forma más dolorosa posible, que si tengo que elegir, prefiero un solo día junto a vuestra madre a una vida sin ella. Lo que me lleva al siguiente tema... Quiero casarme con Anna, es mi sueño desde que era un muchacho, pero si vosotros no estáis en paz con esto, si pensáis que después de la noticia de que vuestro padre sigue vivo, son muchas cosas para procesar... 

—¡Jaume...! —balbuceó Anna. Él palmeó cariñosamente la mano que le apretaba el brazo instándolo a no continuar, y lo ignoró.

—Y aunque vuestra madre se enfade conmigo por deciros esto... —Respiró hondo y tras una pausa, añadió—: Mirad... Lo único que quiero es estar con ella, me da igual la forma... Casados legalmente o no, seguiré aquí, a su lado. Siempre.

Andy esta vez no lagrimeó. Al contrario, se levantó llena de energía con una sonrisa de oreja a oreja. Fue hasta donde estaba Jaume y lo abrazó.

—¡Tienes mis bendiciones, no lo dudes ni un segundo! Soy Team Jaume desde que te conocí, y lo sabes —dijo haciéndolo sonreír—. Y te doy gracias infinitas por hacer tan feliz a mi madre. ¡Me pido ser la madrina! —añadió risueña y enseguida fue a mimar a Anna, pero casi se derrumbó sobre ella—. Ay, Diossss…. Qué mareo... Madre mía... ¿Quién ha apagado la luz?

—Andy, cariño... —dijo Anna, intentando agarrarla sin demasiado éxito. Jaume fue quien evitó que cayera de bruces al suelo. Para entonces, tanto Dylan como Danny habían saltado de sus asientos.

El irlandés la levantó en volandas, empujó el sillón de mimbre con un pie para ponerlo donde le diera más aire y la depositó con suavidad sobre el asiento. A continuación, hizo que echara la cabeza un poco hacia atrás y empezó a abanicarla con la mano al tiempo que le decía:

—Respira, nena... Respira bien hondo y se te pasará enseguida... 

Danny se había quedado paralizado del susto. Y no fue hasta que la vio volver a abrir los ojos que soltó un bufido y dijo lo primero que le vino a la boca.

—¿Se puede saber qué haces, petarda? Uno de estos días nos vas a matar de un infarto...

Ella, algo más recuperada tras varias inspiraciones profundas, le ofreció su mano. Él se acercó a ella y la cogió a desgana.

—Alegrarme en nombre de los dos, eso hacía… Y agradecerle a Jaume, también en nombre de los dos, lo bueno que es con mamá… —El muchacho hizo un gesto de disgusto y apartó la mirada. Anna en cambio continuó mirándolos a los dos con los ojos llenos de lágrimas—. No pasa nada, Danny... Sé, porque te conozco, que ese día llegará, el día en que te alegres y también se lo agradezcas… Pero mientras tanto, quédate tranquilo... Tómate tu tiempo... Son muchas cosas juntas y lo entiendo... Todos lo entendemos, ¿vale, pesado?

Danny permaneció varios instantes con la vista fija en el suelo. El único movimiento visible ocurría en su rostro; apretaba y relajaba la mordida haciendo que la piel de sus carrillos se moviera perceptiblemente. Entonces, respiró hondo. Su mirada se posó en Dylan antes de regresar a su hermana.

—Vale, Andy —concedió.

La sensación de alivio que se adueñó de todos casi parecía tener forma real. Podía palparse. Podía apreciarse en la mirada cargada de adoración que Anna le dedicó a su hijo o en la sonrisa orgullosa de Andy o en el evidente gesto de aprobación de Jaume.

Y también en Dylan quien, aunque prefirió no pasarse de efusivo para no delatarse, no dudó en comunicarle a su cuñado con un guiño lo satisfecho que estaba de su comportamiento.


- V -


Hacía un buen rato que Danny, Andy y Dylan se habían marchado y Anna continuaba acurrucada contra Jaume. Se habían traslado del patio al salón y después de ponerse cómodos en el sofá, él la había cubierto con una manta y se dedicaba a su afición favorita; mimarla.

Anna había quedado exhausta de la reunión. Aún tenía muchas cosas por decir, pero cero energía para hacerlo. Jaume, en cambio, estaba pletórico; de amor, de alegría por cómo se habían desarrollado las cosas, de esperanza por lo que el futuro les deparaba... 

Y también tenía algo por decir. 

Y dado que sabía perfectamente que los hermanos de Anna, a quienes siempre les podía la curiosidad, no tardarían en hacer acto de presencia, decidió que no había ni un minuto que perder.

—No quiero volver a separarme de ti, mujer... —le dijo buscando su mirada.

Ella extendió su mano y le acarició la barbilla.

—Ni yo...

—No, no me has entendido... Dije que me daba igual casarme legalmente contigo o no. Lo que no me da igual es no estar contigo. No me da igual dejarte cada noche para irme a mi casa.

Anna sonrió con dulzura. Menudo tontorrón estaba hecho. 

—Casi pasas más tiempo aquí que en tu casa...

—Lo sé, pero ya no lo soporto más. No quiero despertarme por la noche pensando si estarás bien... Me da igual si prefieres que me acueste en la habitación de invitados por si acaso Danny se revuelve... Mientras no esté a más de diez metros de ti, me conformo. No quiero volver a irme, Anna. 

—Hazme un favor —repuso ella.

—¿Cuál?

—Ve a mi habitación y enciende la luz. Luego vuelve y cuéntame lo que has visto.

A Jaume se le iluminaron los ojos. Anna se rió. De pronto, tenía la sensación de estar viendo al Jaume adolescente. Él se puso de pié rápidamente y se alejó por el pasillo que llevaba al dormitorio principal.

Entró, encendió la luz… Y sonrió.

Había un vistoso pijama sobre la almohada, al lado izquierdo de la gran cama de dos plazas. Jaume se acercó y paseó su mano por el suave tejido antes de extenderlo frente a sí. Una prenda de seda elegante y moderna, escogida con muy buen gusto. Qué mujer, pensó complacido. Qué manera más dulce de comunicarle sus deseos.

Fue entonces, al mirar la mesilla de noche, que el corazón de Jaume palpitó de amor. Sobre ella había un portarretratos con una foto que debía tener al menos diez años; eran su hijo Éric y él, con sendos trajes de neopreno y las gafas de bucear a modo de sombrero sonriéndole a la cámara. La habían tomado durante unas vacaciones en Maldivas. 

Sus ojos acariciaron la imagen de su hijo largamente mientras los recuerdos de aquella semana inolvidable regresaban con nitidez a su memoria. Éric era el mayor regalo que le había hecho la vida y aunque solo había podido disfrutar de su compañía unos pocos años, viviría en su recuerdo para siempre.

Y Anna se había encargado de que dicho recuerdo ocupara su lugar de honor en el que sería su nuevo hogar de ahora en adelante.

Si era posible que Jaume amara más a Anna de lo que llevaba amándola toda su vida, si existía esa posibilidad, se convirtió en una realidad justamente en el momento en que sus ojos se posaron sobre aquel portarretratos.

Cuando regresó al salón, estaba radiante de felicidad. Fue hacia ella y se puso de rodillas. La rodeó con sus brazos.

—No sé de dónde has sacado esa foto, Anna, pero es lo más bonito, lo más inolvidable que han hecho por mí jamás… Significa tanto para mí… Gracias, amor.

Ella sonrió con dulzura y como no quería emocionarse, optó por bromear.

—Quería que el primer día de nuestra nueva vida fuera especial, así que… ¡El que algo quiere, algo le cuesta! He pedido favores y he tenido a varias personas revolviendo en sus baúles de los recuerdos… —Al ver que aquellos hermosos ojos verdes la miraban con interrogación, lo confesó—: Tu padre posee el mayor baúl de todos y tuvo la enorme gentileza de ponerlo a mi disposición…

Jaume asintió con la cabeza algo sorprendido. Que su padre se hubiera mostrado tan dispuesto a remover en el pasado era algo nuevo, pero enseguida cayó en la cuenta de que, en realidad, el viejo no lo había hecho por él, sino por Anna. Porque así era ella; alguien con quien todo el mundo colaboraba gustoso aunque no la conociera de nada. En todo caso, de lo dicho por ella, no era lo relativo a su padre lo que más le interesaba.

—Así que hoy es el primer día de nuestra vida juntos... —le dijo, mirándola embelesado.

—Sí, el primero de muchos y con treinta años de retraso, pero aquí estamos, amor. A punto de comenzar nuestra vida juntos. ¿No te parece increíble?

Jaume la estrechó con fuerza, buscó sus labios y el beso fue largo y amoroso.

Al fin, la miró a los ojos. Había mucho más que amor en ellos cuando le dijo:

—Me parece un sueño, Anna. El sueño más grande de mi vida.

—Y de la mía, amor —repuso ella—. Un sueño hecho realidad.


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©️2022. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
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CR21. Siempre has sido tú. Parte III


Siempre has sido tú. Parte III, de Patricia Sutherland

Lunes, 14 de febrero de 2011

En la puerta de un hotel de la ciudad,

Londres.

- I -


Jaume ayudó a Anna a subir al taxi y le dio instrucciones al conductor por la ventanilla antes de subir y acomodarse frente a ella en el interior de cabina de uno de los ejemplares en vías de extinción que aún circulaban por la ciudad, los típicos taxis ingleses de las películas.

—¿Estás cómoda? ¿Le pido que suba la calefacción?

Anna se arrebujó en su abrigo forrado de corderito y se las arregló para esbozar una sonrisa. Estaba exhausta. No había esperado que tras un día de boda y convite, Jaume aún tuviera un plan para lo que quedaba de tarde. Pero, por lo visto, así era. En cuanto Maverick y Shea habían desaparecido de su convite de boda, Jaume había ido a por los abrigos alegando que tenían que marcharse.

—Estoy bien. Pero si he de ser sincera contigo, estaría mucho mejor en nuestra habitación del hotel, echada en ese glorioso sofá del saloncito.

—Eso es lo que piensas ahora —sonrió él, frotando las heladas manos de Anna con afecto—. En una hora habrás cambiado de opinión.

La pareja intercambió miradas cómplices. La de ella decía «no sé si creerte». La de él «¿no te fías de mí, mujer?». Un instante después lo puso en palabras.

—¿Confías en mí?

—Ya sabes que sí.

—Entonces, relájate y disfruta. Te prometo que antes de la medianoche estarás en la cama, durmiendo como un angelito… Y también te prometo que en una hora no te acordarás del frío, ni del cansancio y, lo que es más importante, me adorarás hasta el infinito y más allá.

—Si cuando digo que eres un zalamero… —repuso ella.

Él se limitó a hacerle un guiño.

Sin embargo, Anna no tuvo que esperar una hora para empezar a alucinar. Cuando vio que el taxi se detenía frente al embarcadero donde estaba atracado un buque de recreo, miró a Jaume en una mezcla de asombro y amor.

—¡Madre mía, ¿qué es esto, Jaume?!

Él se inclinó a besarle los labios más feliz que unas pascuas.

—¿Qué creías, mujer? ¿Que tú y yo, la pareja más enamorada del mundo, no celebraríamos el día de San Valentín como está mandado?


- II -


El «Heart of London» era un buque crucero con capacidad para doscientas personas, que realizaba cruceros por el río Támesis para eventos especiales. Entre ellos se encontraba su afamado crucero con cena el día de San Valentín, de tres horas de duración, que ofrecía una cena romántica de cuatro platos a la carta, maridada con una selecta carta de vinos, música en vivo y las espectaculares vistas nocturnas de la ciudad que podían apreciarse gracias a la estructura de vidrio de su salón Symphony.

También era posible reservar una mesa privada y para mayor sorpresa de Anna, eso era precisamente lo que había hecho Jaume. Él había previsto hasta el último detalle, incluida una cómoda silla de ruedas que condujera a Anna hasta su mesa para evitar que tuviera que esforzarse con las diversas rampas y escaleras. La mesa destinada a Jaume y Anna estaba situada en un rincón apartado en la proa del barco y disponía de vistas panorámicas. Sobre un mantel blanco inmaculado, un jarrón de rosas rojas frescas adornaba el centro de la mesa y dos velas del mismo color le daban un toque íntimo.

Fuera por la emoción o por el agradable calorcillo del ambiente, Jaume sonrió al ver que rápidamente Anna se quitaba el abrigo en el que había venido arrebujada todo el viaje, exponiendo un elegantísimo traje de falda y chaqueta color camel que le sentaba como un guante y realzaba una belleza que para Jaume no necesitaba de más para brillar con luz propia.

—Primera promesa cumplida —dijo él tomando una de sus manos—. Ahora vamos a por la segunda…

—¿Que te adore hasta el infinito y más allá?

—No, mujer, esa vendrá después… La segunda es que te olvides del cansancio… —apretó la mano que aún conservaba en la suya y le dijo en un susurro—: Sé que hoy ha sido un día agotador para ti. Lo sé muy bien. Pero hace mucho tiempo, me prometí a mí mismo que si la vida volvía a darme una oportunidad contigo, te colmaría de amor y de momentos inolvidables, de esa clase de momentos que quieres atesorar en tu memoria para siempre. Y en eso estoy… ¿Qué tal?, ¿lo estoy consiguiendo o suspenderé estruendosamente?

Anna sonrió al tiempo que sacudía la cabeza. Sus dolores habituales continuaban allí, recordándole a cada momento, que sus limitaciones crecían a pasos agigantados. Pero en su mente y en su corazón… Había esperanza, ilusión y mucho agradecimiento. Era el «efecto Jaume». Ninguna de las grandes alegrías vividas después de que le habían diagnosticada E.L.A. había conseguido devolverle la ilusión. Ni que Luz sobreviviera a su madre y creciera sana y querida en el seno de una familia, ni que Andy encontrara el amor en un hombre que la veneraba y se desvivía por convertir sus sueños en realidad, ni siquiera haber hecho las paces con su padre… Ni, por supuesto, haber vuelto a su tierra, con lo mucho que eso había significado siempre para ella. 

La ilusión se había evaporado de su corazón de mujer el día que había sabido que su futuro tenía fecha de caducidad y que mucho antes de que llegara ese día ella se convertiría en una carga para las personas que  más amaba. No solo no había logrado darle un padre a sus hijos, un padre presente, tampoco había tenido un compañero en quien apoyarse y descansar cuando la vida se había puesto realmente difícil. La muerte de Sonia le había dado el golpe de gracia.

Por supuesto, había luchado contra esa sensación constante de vivir en un mundo que ahora le parecía gris, como el negativo de una foto que pierde más y más brillo a medida que pasa el tiempo. Había luchado con uñas y dientes porque aún tenía dos hijos y una nieta y no podía permitirse bajar la guardia y que ellos se dieran cuenta de lo sola y fracasada que se sentía como mujer. 

Pero había perdido esa batalla.

O creía haberla perdido… Hasta que Jaume había reaparecido en su vida. Poco a poco, él había conseguido reparar los innumerables agujeros en que se había convertido su corazón y un buen día, la ilusión había regresado, y con ella, un profundo agradecimiento por todas las cosas a las que él estaba renunciando por ella. En su cruzada romántica, él perdería su corazón por segunda vez, sobreviviéndola igual que había sobrevivido a su hijo Eric.

—Siempre has sido un estudiante brillante… Tú no has suspendido nada en toda tu vida. Así que, estadísticamente, las posibilidades que tienes de hacerlo hoy son nulas.

Él hizo un gesto galante con la cabeza.

—O sea, que la cosa marcha… Muy bien, eso me gusta. 

Ella lo acarició con la mirada.

—Como siempre a tu lado, amor… Como siempre a tu lado.

Él se puso de pie y fue hacia ella que lo miró algo sorprendido. Le ofreció su mano.

—En ese caso, voy a jugar mi segunda mejor baza y voy a invitar a la dama a bailar. ¿Me permites, por favor?

Anna lo tomó a broma. De hecho, se rio. En el mejor de sus días lograba andar unos pasos sin ayuda, ¿pero bailar? Ya no estaba entre sus actuales competencias… A menos que él llamara «bailar» a lo que habían hecho en la boda. A saber, que ella posara sus pies sobre los de Jaume y él, sujetándola con firmeza, los guiara a los dos a través de la pista de baile. Era muy galante de su parte, pero después de un día extenuante, ni siquiera eso era una opción.

Pero, allí estaba él, imponente con su traje gris marengo y su corbata a juego… Y su mano extendida.

—¿Me permites, por favor? —repitió él.

Anna echó un vistazo a su alrededor. Tanto en las mesas como en la pequeña pista de baile, había unas pocas parejas de su edad. La mayoría, sin embargo, eran treintañeros en el mejor momento de sus vidas. Bailar como lo habían hecho horas antes en la boda, los dejaría en evidencia. O mejor, lo dejaría en evidencia a Jaume, tan fornido, tan atractivo, tan sano, conduciendo a una mujer que apenas podía mantenerse en pie. En la boda, estaban en familia. Pero en aquel buque eran una pareja de cincuentones celebrando San Valentín. 

La respuesta de Jaume le llegó a Anna al mismo tiempo que una oleada de vergüenza por lo que estaba pensando le coloreó las mejillas.

—No te preocupes, nena. Yo te sostengo. Jamás te dejaré caer.

Anna suspiró. Cogió la mano que él le tendía y habló en un murmullo:

—Por supuesto, amor. Será un placer…


- III -


Jaume y Anna bailaron y disfrutaron de su mutua compañía. Mucho antes de que empezaran a servirles la cena, él había cumplido su segunda sorpresa; Anna se había olvidado del cansancio.

Con la misma naturalidad que si estuvieran en casa, él había esperado a que el camarero se marchara para hacerse cargo de su plato. Tras dividir el entrante de salmón ahumado con cangrejo en trozos manejables, se lo había devuelto a Anna mientras la ponía al día de cómo iba su astillero.

Lo mismo había hecho con la turnedó de ternera de Shropshire y con el postre, una deliciosa tarta de ruibarbo y vainilla de Madagascar con crème fraîche y reducción de jugo de naranja. Entonces, ella sonrió y lo miró:

—¿No me estás mimando demasiado? —le preguntó en lo que en realidad fue una forma de decirle que ella misma podía trocear su comida. Quizás tardara un poco más. Pero todavía podía hacerlo, si sus nervios no le jugaban una mala pasada.

Él sonrió con complicidad. Había entendido perfectamente el mensaje, pero no estaba de acuerdo con él. Lo que hacía, no lo hacía porque pensara en las crecientes limitaciones de Anna. Era muy consciente de ellas y, por descontado, siempre intentaría facilitarle las cosas. Sus razones para mimarla no tenían nada que ver con su enfermedad, sino con ella. Se había pasado tres décadas soñando con Anna, arrepintiéndose de haber sido tan idiota. Ahora que la tenía, lo que deseaba por encima de todas las cosas era hacerle sentir cuánto la amaba cada minuto del día, en las pequeñas cosas, en los detalles. Lo necesitaba. Además, quería que todos quienes la conocían se acostumbraran a esa imagen; él cortando en trozos pequeños su comida, él sosteniéndole el vaso mientras ella bebía de una pajita. Que hicieran bromas cómplices acerca de cuánto la mimaba. Porque sabía que llegaría el día en que tendrían que acostumbrarse a otra; él dándole de comer y aseándola y transportándola en brazos. Quería que tanto en su mente como en la de Anna siguieran viendo a un hombre que se desvivía por mimar a la persona que amaba, y no a alguien que ejercía de cuidador de una mujer cuya enfermedad le estaba arrebatando la vida poco a poco.

—No —repuso mirándola a los ojos—. Cuando se trata de ti, la palabra «demasiado» no existe. Así que… —sonrió con picardía—. ¿Crees que podrás acostumbrarte? Porque te advierto que no me pienso cortar…

Anna rio de buena gana. Un auténtico espectáculo que él contempló maravillado.

—Entonces, por favor, sigue, sigue… Me siento tan maravillosamente, que hoy podría comerme un león…

Él cogió un trocito de tarta de ruibarbo con el tenedor y se lo acercó a la boca con gesto triunfal.

—Segunda promesa cumplida —dijo—. ¡Estoy en racha!

En aquel momento, el móvil de Anna anunció que había recibido un wasap. Lo consultó de inmediato. Jaume vio que, de primeras, sonreía, pero que al final su rostro se quedaba en un gesto ambiguo.

—¿Todo en orden? 

—Supongo que sí —repuso ella, mostrándole la pantalla. Al menos, su hijo le escribía para darle cuentas de lo que hacía, como correspondía a un menor de edad. Jonas era su amigo y ex compañero del colegio, cuando la familia todavía vivía en Londres. 

Jaume cogió el móvil y leyó:


«Estoy con Jonas. Por si te interesa saberlo».


El gesto del muchacho al enterarse de que su madre abandonaba el convite de boda de Maverick y Shea con la excusa de un plan del que no había anticipado nada y del que tampoco había ofrecido más detalles, había sido más que explícito. El mensaje de marras venía a confirmar que los celos de Danny seguían haciendo estragos en él.

—Es normal. Está celoso de mí. Es muy joven, Anna. Se le pasará.

—¿Tú crees? A mí me parece que sigue tan enfadado como el primer día… Solo que ahora se está conteniendo un poco más.

Jaume asintió.

—Se está conteniendo.

—¿Es una impresión o lo sabes?

—Lo intuyo.

Anna respiró hondo y sacudió la cabeza.

—Dylan —dijo. No hacían falta más aclaraciones. Vio que Jaume asentía—. Voy a tener que hacerle un monumento a ese irlandés…

—Dejarías en evidencia a tu hijo y, siendo un adolescente, no te lo recomiendo. Creo que es mejor que piense que tú crees que es mérito suyo… Y, si te digo la verdad, tiene mucho mérito… Que sea capaz de controlar sus ínfulas es una señal de responsabilidad, de madurez. De que entiende que hay cosas más importantes que sus opiniones. Por ejemplo, el embarazo de su hermana. No disgustarla ni preocuparla porque Andy ya lo está pasando bastante mal.

—Ojalá no estuviera tan ciego…

Jaume tomó su mano a través de la mesa y habló con seguridad.

—Todo llega en esta vida y esto también llegará, pero quiero que quede claro desde este mismo momento que no tengo ningún problema con que tu hijo me deteste. Sé que tú sí, pero yo no. No he vuelto por él, he vuelto por ti. ¿Estamos?

—Estamos, amor…

—Muy bien… ¿Sabes qué? Estoy pensando que a esta noche le falta algo para ser perfecta…

Anna se rio. Miró alrededor. A través de la estructura de vidrio que conformaba el buque podía apreciarse, en aquel momento de la travesía, el puente de Londres totalmente iluminado. Londres de noche era una ciudad espectacular. En el salón donde cenaban, varias parejas bailaban mientras intercambiaban miradas enamoradas y, a veces, algunas palabras. Promesas de un futuro juntos, probablemente. La cena había estado excepcional. Los vinos, de los que había bebido solo un poco para no pasarse, exquisitos. La compañía, por supuesto, inmejorable. Jaume para ella era el epítome del hombre, hombre con mayúsculas. Y desde que había comprobado que nunca había dejado ser el hombre de su vida, mucho más. Después de todo, algo tenía que agradecerle a su ex marido, ya que de no haber tenido la idea de presentarse en Menorca la última Navidad y permitirle comprobar que para ella no era sino un extraño, probablemente jamás lo habría sabido. 

—No sé qué puede ser, Jaume. Yo creo que hoy has rizado el rizo.

Y fue entonces, cuando él se dispuso a cumplir su tercera promesa. Se volvió a rebuscar en el bolsillo de su chaqueta. Se la había quitado tras el baile y estaba colgada en el respaldo de su silla. Ella no apartó la vista en ningún momento. En su rostro lucía una sonrisa expectante, tierna.

Al fin, Jaume depositó la pequeña caja sobre la mesa. Vio que Anna lo miraba emocionada. Sus ojos. ¡Ay, sus ojos! Brillaban tanto…

—Jaume… —murmuró al tiempo que sacudía la cabeza nerviosa como una quinceañera.

—¿Sabes, mujer? Esta cajita ha dado más vueltas que un tío vivo. Se ha vuelto a casa, en mi bolsillo, dos veces —Anna se sonrojó—. Y si tiene que volver una tercera, una cuarta… una milésima vez, lo hará. Pero me encantaría que hoy fuera la vencida. Que hoy fuera el día que los dos reconociéramos que hemos sido muy tontos y nos hemos perdido muchas cosas, pero que, al fin, hemos aprendido la lección. Estos años sin ti han sido vivir a medias. Vivir con el corazón aletargado, medio dormido. Eric era el único que me hacía sentir vivo. Pero solo en mi faceta de padre. Como hombre… —Jaume negó con la cabeza y no ahondó en detalles. No quería hablar de su pasado sentimental. Especialmente, no quería hablar de su pasado sin Anna—. Pero esa noche en el Sa Badia, cuando volví a verte… —Exhaló un suspiro—. Dios… Mi corazón se volvió loco de repente… Y no ha dejado de estar loco desde entonces… Cada día un poquito más loco. Por ti, mujer. Loco por ti. Un amor que ha superado treinta y tantos años de ausencia y de distancia… Y que se ha mantenido inalterable… Eso es un gran amor. Un amor con todas las letras. Eso es lo que tenemos tú y yo, Anna.  

Jaume hizo una pausa. Inesperadamente, sentía una presión extraña en la garganta. Inesperadamente o, quizás, no tanto; llevaba tres décadas soñando con este momento. 

—Hace un mes y medio me dijiste que volviera a pedírtelo. Querías un momento íntimo y muy romántico que fuera solo nuestro. Un momento que estuviera a la altura de todos estos años de espera. Ese momento es este, Anna. No hay nada en este mundo que desee más que unir mi vida a la tuya para siempre. ¿Quieres casarte conmigo?

La sonrisa de Anna, que había ido cambiando conforme escuchaba a Jaume, se volvió temblorosa cuando la emoción se adueñó de ella y sus ojos se llenaron de lágrimas. Sin embargo, se contuvo. Era demasiado feliz para sucumbir a la emoción. Aunque dijeran que era aceptable llorar de felicidad, esa no era la imagen que quería que Jaume guardara de ese momento. No quería lágrimas en ese cuadro, ni siquiera si eran de felicidad. Tomó las manos masculinas y las apretó cariñosamente.

—Sí —le dijo mirándolo a los ojos con una sonrisa enamorada en la que no quedaban restos de temblores—. Quiero casarme contigo, Jaume. ¡Claro que sí!

Él respiró hondo. Sentía el pecho henchido de orgullo, de satisfacción, de felicidad. Abrió la pequeña caja de terciopelo y extrajo el anillo de pedida, un elegante solitario de oro blanco engarzado con un zafiro del mismo color. A continuación, tomó la mano derecha de Anna y deslizó la hermosa joya en su dedo anular.

—Ya no te me escapas —bromeó al tiempo que se ponía de pie y se arrodillaba frente a Anna.

El beso fue dulce, muy amoroso. Cuando Jaume dejó de besarla, no se apartó. Apoyó su frente sobre la de Anna y ambos permanecieron así, muy cerca, mirándose, sin pronunciar una palabra. Solo sintiendo. Lo que acababa de suceder era un hito en sus vidas. Uno que llegaba con más de treinta años de retraso y no era, sino el preámbulo de lo que estaba por venir. Ambos eran conscientes de ello, de ahí que el momento fuera intenso, íntimo y largo.

Un momento al que Jaume puso fin con una broma.

—Me apuesto la cabeza y no la pierdo a que ahora estás mucho más loquita por mí… Y mira que ya es decir, porque siempre te he tenido en el bote. Pero después de esta noche… San Valentín, cena romántica, crucero por el Támesis y para ponerle la guinda al pastel, propuesta matrimonial… ¡Eso es un tío que sabe lo que se hace y lo demás son tonterías!

Anna inclinó la cabeza y lo besó. Sus labios se abrieron sobre la boca masculina y su lengua jugó sensualmente dentro de su boca, haciéndolo estremecer.

—¿Esto es un anticipo de lo que me espera después? —murmuró él robándole besos en un intento de que ella no se apartara de él.

—Quizás…

Anna al fin se apartó. No era lo que deseaba, pero era lo que correspondía, dadas las circunstancias. Estaban en un lugar público.

—Ay, mujer… —se lamentó él, pero la dejó hacer.

Anna le pasó los brazos alrededor del cuello.

—Lo que siento ahora mismo es mucho más que locura, Jaume. Ha sido… —exhaló un suspiro enamorado—. Ha sido precioso. Precioso, de verdad. Eres lo más grande, lo más hermoso que me ha pasado en la vida después de mis hijos, y te adoro.

Los ojos de Jaume brillaron perceptiblemente.

—¿Hasta el infinito y más allá? —murmuró.

Anna se rio bajito.

—Hasta el infinito y más allá.

Una sonrisa dominó aquel rostro masculino que ella amaba con locura, al decir:

—Tercera promesa cumplida. ¡Toma ya, estoy que me salgo!


- IV -


Anna se había quedado dormida a poco que el taxi se había puesto en marcha. Dormía de puro agotamiento. Al llegar al hotel, Jaume había pedido una silla de ruedas. De buen grado la habría tomado en brazos y conducido hasta su habitación, pero sabía que eso habría llamado la atención en el hotel. ¿Un cincuentón atravesando la recepción con una mujer en brazos tan profundamente dormida que parecía inconsciente? ¿Estaría bebida? ¿O peor aún, drogada? Las preguntas habrían sido inevitables. Una silla de ruedas, en cambio, resultaba inofensiva. Se la habían facilitado sin más, un botones la había llevado hasta el taxi. El muchacho, incluso, le había ofrecido ayuda, que él había declinado. Después de darle una buena propina por sus servicios, Jaume había entrado en el hotel empujando la silla y se había dirigido a los ascensores. 

Una vez en la habitación, avanzó hasta la cama y bloqueó las ruedas de la silla. A continuación, se inclinó hacia a Anna y empezó a desvestirla. Ella apenas abrió los ojos. Esbozó una sonrisa cuando, después de varias maniobras, Jaume al fin consiguió quitarle su abrigo de corderito. 

—Sí que estás dormida, preciosa… Por poco te disloco el hombro y tú me sonríes.

Jaume rio bajito. Esperaba que el resto de las prendas fueran más fáciles de quitar. La había desnudado muchas veces, pero en todos los casos ella estaba despierta y deseosa de que él lo hiciera, por lo que siempre había contado con su colaboración durante el proceso.

Ahora estaba tan dormida que su cabeza caía inerte sobre su hombro derecho. «Igual que si te hubieras bebido toda la botella de vino reserva y fui yo quien se la bebió», pensó risueño. 

El resto de las prendas no ofrecieron tanta resistencia. Realmente agradeció que aquel día Anna hubiera escogido un traje de chaqueta y falda en lugar de un vestido. Con paciencia y un poco de maña, consiguió ponerle su pijama  por partes a la vez que la iba despojando de sus zapatos, su falda y, finalmente, sus panties. 

Cargarla en brazos y meterla entre las sábanas fue lo más fácil de todo. Un tanto cansando de tantas maniobras, Jaume se dejó caer a su lado para recuperar el aliento.

—Chica, madre mía, hace siglos de la última vez que tuve que desvestir y acostar a alguien tan K.O. Creo que estoy un pelín desentrenado…

Se refería a su hijo, Eric. Había sido un buen hijo, pero su primer (y último) coqueteo con el alcohol lo había dejado desmayado, literalmente, en la barra de aquel club para adolescentes donde él lo había recogido.  De eso hacía un siglo.

Tras unos pocos minutos, fue al baño a asearse y lavarse los dientes. Se puso el pijama y regresó a la habitación. Exhaló un suspiro al volver a sentir el mullido colchón bajo su espalda y disfrutó durante unos instantes de la sensación de haber parado, al fin, después de un día largo y cargado de emociones.

Estaba cansado. Pero muy feliz. No podía creer que el bendito anillo hubiera salido de la cajita al fin y luciera donde siempre debió haber lucido; en el dedo anular de la mujer que amaba. Su prometida. El pensamiento lo hizo sonreír.

Se concentró en Anna, ella dormía profundamente tapada hasta el cuello con las mantas. Su rostro estaba relajado y si siempre era hermoso, en aquel momento, se lo pareció mucho más. Al día siguiente, cuando descubriera que aún estaba maquillada, se enfadaría. Tal era su nivel de coquetería. Pero todavía no estaba entrenado en esas lides. No se atrevía a liarse con lociones desmaquillantes y demás. Lo haría. Tiempo al tiempo. Pero no aquella noche.

Sin embargo, sabía perfectamente que  el enfado, le duraría muy poco. En cuanto viera el anillo y recordara la noche espectacular que habían pasado y que sí, al fin había sucedido, su preciosa sonrisa volvería a brillar.

Incapaz de reprimir la tentación de tenerla cerca, le pasó un brazo por debajo del cuello y la atrajo hacia él. Sentir su calor lo hizo sentir profundamente agradecido. Afortunado.

Recorrió su rostro despacio, regodeándose en cada marca de expresión, en aquellos rasgos delicadamente hermosos, en el contorno de aquellos labios perfectos… Perfectos, como todo en ella.

Al fin, se acercó y depositó un ligero beso sobre su boca.

—Es medianoche y estás dormida —musitó—. Cuarta promesa cumplida. Gracias por un día que no olvidaré jamás. Que descanses, amor. 

Jaume estiró su brazo libre hasta la clavija que había directamente encima de su cabeza y al fin apagó la luz.


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©️2023. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
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