
Una de las parejas protagonistas de Los moteros del MidWay, 1, 2 y 3
CONTENIDOS EXCLUSIVOS
(Por orden de publicación)
CR02. El anuncio.

Madrugada del día de Navidad, de 2010.
- I -
—Este Ike es tooodo un personaje y perdona que te diga, pero con los moteros no es con los únicos que ha estado haciendo mérito —apuntó Abby, risueña.
Iba junto a su amiga Amy, sentada en el asiento posterior del coche de Evel quien, habida cuenta de que su ingeniero de diseño había decidido marcharse del mundo por la puerta grande bebiéndose tres boilermakers, se había ofrecido a llevarlos a él y a su chica sanos y salvos a casa.
—Lo que me extraña es que Dakota haya tragado —comentó Niilo. Su voz había sonado pastosa. Iba repantigado en el asiento del copiloto, más dormido que despierto.
—¡Has vuelto…! Ya ni me acordaba de que estabas ahí —celebró Evel, el único totalmente sobrio de los cuatro pasajeros del vehículo. Mirando a su mujer por el retrovisor, preguntó—: ¿Por qué lo dices, linda? ¿Está haciendo méritos con alguien más?
Quien respondió fue Amy.
—¡Con Erin! Entre esos dos está pasando algo. —Al notar que Niilo asomaba la cabeza entre los asientos para mirarla, añadió—: Algo muy picante… Para empezar, me he enterado de que el fin de semana de la nevada estuvieron juntos. Muy juntos, me refiero. En la misma casa.
—¿Sabes tú algo de eso? Cuenta, cuenta —pidió Evel. Le habían llegado rumores, pero ninguna información fiable.
—Lo que oís, chicos. Por lo visto, él la invitó a quedarse en su casa y ella aceptó. Y está claro que algo se está cociendo desde hace meses… En tu boda, los vi conversando muy ensimismados en la playa y ya sabéis lo que pasó en el cumpleaños de Conor… Pero, luego, en público no se dan ni un besito —se quejó, riendo—, así que está claro que lo que sucede, sucede entre bambalinas…
Niilo permaneció mirando Amy aunque, en realidad, era de noche y apenas veía su rostro a menos que las luces de la calle lo iluminaran. A ella le divertían los flirteos que descubría entre los moteros. Y eso que se autodefinía como una mujer nada romántica… A él, en cambio, todo lo que tenía relación con aquel imbécil engreído, no le hacía ni pizca de gracia.
—Sé que ella le interesa y que lo intenta desde hace tiempo —concedió Evel—, pero no tenía ni idea de que Ike le había sacado tanto rédito a la maldita borrasca. ¡Qué tío! Y sobre Dakota… No creas que ha tragado tanto, Niilo.
Evel relató brevemente el intercambio de palabras que había tenido con su socio cuando Ike, tras coger el micrófono, se había subido a la barra del MidWay.
—Es normal —soltó Niilo—. Cuando dijo eso de que quien no entregara las dos cosas para el siete de enero se quedaba en tierra, me dieron ganas de bajarlo de la barra de un puñetazo. ¿Quién se cree que es? Menudo imbécil.
Amy y Abby se mostraron asombradas ante tanta locuacidad por parte de un motero que no se caracterizaba, precisamente, por serlo.
—Bueno… —empezó a decir Evel a pesar de no tener claro que fuera una buena idea hacerlo, pero creía que iba siendo hora de que sus colegas empezarán a relajar un poco la tensión respecto de Ike, ya que era evidente que al tipo no lo habían ahuyentado con sus ataques disfrazados de indiferencia—. Entiendo que a nivel personal pueda no caer bien. Hasta entiendo que haya quien no quiera verlo ocupándose de las cosas del club. Pero la verdad es que lleva haciéndolo desde hace mucho tiempo como tesorero del club y resulta bastante irónico que todos hayamos dejado la pasta en sus manos y ahora nos preocupe que organice las quedadas… Más que irónico, ridículo. Y no —se adelantó al notar que Niilo ladeaba la cabeza e imaginando, ya que no podía verla del todo, el tipo de mirada que él le estaría dedicando—, no digo esto porque se haya dejado una pasta en mi taller… O, en parte, sí. En lo que a mí respecta, ahora es un cliente y no tiene que caerme bien. Pero, en honor a la verdad y aunque nos joda, es el único que ha demostrado ganas de implicarse en los eventos del club. Yo no tengo tiempo de ponerme a organizar quedadas y a ti tampoco te he visto que lo hicieras —sentenció, mirando a Niilo brevemente, antes de volver los ojos a la carretera.
—El presidente es Conor —repuso él. Abrió la boca en un largo bostezo.
—El presidente era Conor. Da igual lo que nosotros queramos, tío. Ha dicho que sí a volver a trabajar en el taller, sobre los MidWay Riders todavía no ha dicho ni mu. Y mientras no lo haga, el presidente sigue siendo Ike. Y, por lo tanto, es quien tiene que organizar los eventos. Además, si me permites la sinceridad, creo que se le da bastante bien… Dakota tendrá que ir haciéndose a la idea de que sus rencillas con Ike son un asunto personal, no del club.
—Bueno, bueno, bueno… Tampoco nos vamos a poner serios con este tema… —intervino Abby, con el mismo tono que se le había puesto tras su segunda cerveza, haciendo sonreír a Evel—. A mí me da igual, yo lo que quiero es que alguien se ocupe de organizar la quedada de mi sobri y que todo vaya fabuloso. ¿Que se pasó con lo de esa camarera que tiene las uñas larguísimas? No recuerdo su nombre… Se pasó y mucho. Pero de eso hace un siglo, y sé por Tess que él se ha disculpado varias veces. Yo creo que ya es hora de echar un tupido velo.
Habían llegado a su destino y Evel detuvo el coche frente al edificio donde vivían Niilo y Amy. Puso el intermitente. Al ver que su amigo no se movía del sitio, le tocó el brazo.
—Si quieres que te cargue a hombros, avísame.
—¿Qué, ya es mañana y es hora que vérmelas con mi suegro? —farfulló, somnoliento.
—No, todavía estás en mi coche y has vuelto a quedarte dormido… Tanto que os quejáis de que Conor no puede beber otra cosa más que leche, y luego vas tú y con tres boilermakers quedas de cama…
Desde el asiento posterior le llegaron las carcajadas de las dos amigas.
—¿Tres boilermakers? Añade a la cuenta todas las Coronitas que se bebió… —aclaró Amy—. Vamos, caballero Jedi, a ver si logramos llegar hasta el tercero y meternos en la cama… Aunque, si no te ves capaz, siempre podemos quedarnos en el primero, no creo que a tu madre le importe —bromeó.
Después de despedirse de sus amigos, Amy y Niilo entraron en el edificio. Ella lo llevaba agarrado por la cintura para evitar que él tropezara.
Subieron al ascensor, marcaron el botón con el número tres y se quedaron abrazados y en silencio hasta que se detuvo en la planta solicitada. Al llegar frente a la puerta del apartamento, Amy sacó las llaves del bolsillo y se concentró en abrir las tres cerraduras… Pero tras cuatro intentos, nada.
A Niilo le dio la risa tonta.
—¡No te rías que nos quedamos aquí fuera toda la noche!
—¡Cómo no me voy a reír, Amy! ¡Si pudieras verte, afinando la puntería como si en vez de una llave fuera un revólver, para luego no darle ni cerca…! —exclamó y acabó contagiando a Amy, por lo que cuando al fin consiguieron abrir, entraron en el piso, desternillándose de risa.
—¿Has visto, hombre de poca fe? ¡Ya estamos en casa! Tampoco he bebido tanto… Y ahora que nadie nos oye —dijo ella al recordar el asunto—, ¿qué es eso de «verte las caras con tu suegro» que comentaste antes, en el coche? Con la única persona del mundo que tienes que verte las caras es conmigo, monino.
* * *
Niilo se había dejado caer en el sofá sin preocuparse de encender la lámpara. Fue Amy quien lo hizo y después se arrodilló en la alfombra frente a él, mirándolo divertida. Tenía los ojos cerrados y aspecto de no ser capaz de volver a ponerse en pie. No era habitual verlo así. Intuía que la emoción de las últimas semanas sumada a lo que estaba a punto de suceder en unas horas, habían amplificado el efecto del alcohol.
—¿Me has oído o quieres que te lo repita? —insistió ante la falta de respuesta.
Él se esforzó por abrir los ojos. Sentía la cabeza entre algodones y el estómago un poco revuelto.
—¿Mmm…?
Amy le quitó el gorro de la rana Gustavo y le despeinó el pelo cariñosamente. Repitió su pregunta mirándolo con expresión divertida.
—¿Me has oído ahora?
Él asintió moviendo la cabeza graciosamente. Sus párpados lucían a media asta pero la porción visible de sus ojos, rezumaba picardía.
—Bromeaba… —admitió, refiriéndose a lo que había dicho en el coche—. Y en parte, no bromeaba… Quiero gustarle a tu padre… Que no tenga ninguna duda de que soy el hombre ideal para ti. Será porque perdí al mío… Sé que le habrías gustado muchísimo… Le habrías caído genial.
Aquel recuerdo dedicado a un hombre que a ella le habría encantado conocer, le derritió el corazón. Amy se incorporó y se sentó en el sofá, a su lado.
—Le caes bien, Niilo —aseguró, frotándole el hombro cariñosamente—, y ya se ha dado cuenta de que eres mi hombre ideal, créeme. En todo caso, los dos darán por bueno lo que yo decida.
Durante unos instantes, Amy y Niilo permanecieron en silencio, con los ojos cerrados. Hasta que, de repente…
—Espera, ¿he oído bien? ¿Has dicho que tus padres darán por bueno lo que tú decidas?
De pronto, Niilo había vuelto a la vida. Giró la cabeza para mirarla. Notó que ella estaba repantigada en el sofá con una sonrisa de persona que ha bebido demasiado, y la mirada perdida en algún punto de la pared que tenían enfrente.
—Sip.
Niilo se rascó la cabeza pensativo. Definitivamente, no le cuadraba con la imagen que se había formado de ellos a través de las conversaciones que habían tenido durante los últimos meses. Después de presentárselos, en agosto, Amy había empezado a abrirse más con él acerca de la relación que mantenía con su familia, compartiendo algunos recuerdos de cuando todavía vivía con sus padres.
—Estás hablando de que así sería en una realidad paralela, ¿no? Porque en esta, me resultaría muuuuuuy raaaaaaro…
Ella se echó a reír ante la ocurrencia de Niilo. Él, que normalmente era callado, aquella noche estaba de lo más conversador.
—¿Realidad paralela? Oye, que con lidiar con mis padres en esta, ya tengo suficiente…
—¡Y yo! —exclamó él. Lo dicho por Amy le había traído a la memoria el día de la boda de Evel y Abby y el millón y medio de preguntas que había tenido que responder a los Pearson.
—Aunque… —continuó ella, pensativa—. Tienes razón, creo que no he estado muy acertada con mi comentario… Si por algo se caracterizan mis queridos progenitores es justamente por no dar por bueno lo que yo decido…
—¿Ves? Esto sí me cuadra —concedió él, asintiendo con movimientos histriónicos.
—Existen muchas posibilidades de que no lo den por bueno… ¡Muchísimas! Pero como no estaremos solos, probablemente se corten y lo que realmente piensan me lo digan por teléfono o en otro momento… ¡Bien! —añadió, elevando un brazo en un gesto triunfal—. Sí, sí, sí… Y si puedo elegir, mejor que sea por teléfono… Así con dejarlo sobre la mesa y seguir con mis cosas mientras ellos se explayan a gusto, ¡asunto arreglado!
Vio que Niilo sonreía divertido ante su histrionismo y continuó.
—Ya los estoy oyendo… Mi madre —anunció y se aclaró la garganta disponiéndose a imitar su voz—: «Pero vamos a ver, Amy, no eres capaz de freír un huevo ¿y te vas a vivir con tu novio? ¡Pues espero que él sí sepa cómo freírlo, si no la aventura os durará muy poco!» Como si no pudieras contratar a alguien para que te haga la comida o te limpie la casa… —remató, poniendo los ojos en blanco—. ¿Tú sabes freír huevos, caballero Jedi?
Amy tuvo que esperar a que él dejara de partirse de la risa para conocer su respuesta. Algo que hizo con una sonrisa divertida, encantada por su reacción.
—Nunca lo he intentado, pero por ti… ¡Lo que haga falta! —repuso, y volvió a reírse.
—¡Ese es mi chico!… Y mi padre dirá algo como… —Amy carraspeó una vez más, preparándose para una nueva imitación—. «Es muy típico de ti, cariño. En vez de anunciar que vas a casarte, como cualquier chica normal, lo que nos dices es que de ahora en adelante compartirás los gastos del alquiler para que te salgan más a cuenta. ¡Sí, señor, muy típico!».
—¡Ja, ja, ja… los padres siempre pensando en la economía! —bromeó Niilo.
A pesar de las risas, Amy se dio cuenta de que, en el fondo, no le divertía tanto que las cosas fueran de aquel modo. Sus padres habían cambiado con los años, pero muchas de sus posturas ante la vida seguían siendo las mismas. Existían grandes posibilidades de que eso que para Niilo y ella era una gran noticia, para sus padres fuera otra locura más a añadir a la larga lista de decisiones objetables de su querida hija.
—A estas alturas, ya deberían saber que de mi economía me ocupo yo solita. Llevo haciéndolo desde que me fui de casa y en estos años jamás he recurrido a ellos. Ni una sola vez. Cuando las cosas no fueron bien, me aguanté y busqué mis propias soluciones.
Dado el evidente cambio de humor de Amy, Niilo decidió recuperar la risa.
—En mi caso, solo podemos esperar algo como… —se aclaró la garganta y puso voz de mujer al borde de un ataque de histeria— ¡¡¡Wiiiiiiii…. Al fin podremos empezar a planear la boda!!! —Y al ver la cara de Amy, se apresuró a añadir—: Eh, sin presiones, ¿vale, nena?
La pareja estuvo riéndose un buen rato a cuenta de las imitaciones paternas. Eran conscientes de que estaban ansiosos por lo que sucedería en unas horas en aquel mismo salón. También lo eran de que intentaban quitarle hierro al asunto.
—Escucha, Niilo… Da igual si se vuelven locos de alegría o si se les parece una inconsciencia y se ponen a leernos la cartilla. Quiero que sepas que me da igual lo que digan. No pienso darme por aludida. No voy a permitir que nadie nos estropee la comida con sermones que ni vienen a cuento ni jamás he estado dispuesta a recibir de nadie. Estoy donde quiero estar haciendo lo que quiero hacer. Te quiero en mi vida y nada de lo que digan o piensen va a cambiar esto.
Él le ofreció una sonrisa seductora, pero cuando fue a hablar, bromeó:
—¡Quéeeeeee boniiiiiiiiiito te ha quedaaado…! —Y puso carita enamorada.
—¡Quéeeeee toooooonto te ponen los boilermakers! —repuso ella, tronchándose de risa.
Niilo le pasó un brazo alrededor de los hombros y la atrajo hacia su cuerpo, bien pegada a él. Las palabras «te adoro» salieron de sus labios por puro instinto, por pura necesidad. Porque era así; adoraba todo de Amy.
—Vale, es mi turno… —dijo él—. Es bastante posible que mi madre y mi hermana se pongan pesadas con las «bromas nupciales»… Supongo que llevan demasiado tiempo esperando este momento… No les hagas caso. Pasa del tema, Amy. Nosotros vamos a nuestro ritmo y así seguiremos. ¿Vale, preciosa?
Habían bebido bastante, pero el alcohol no tenía nada que ver con cómo se sentía ahora, pensó Amy. Porque esta sensación podía reconocerla; era lo que llevaba meses sintiendo cuando estaba junto a él.
—Nosotros a lo nuestro —concedió—. De acuerdo, mi caballero Jedi…
Un beso apasionado selló el trato y la pareja permaneció abrazada durante un rato sin decir nada, solo disfrutando de su mutua cercanía.
Al fin, Amy volvió a hablar.
—¿Sabes? Creo que estaría bien irnos a la cama mientras todavía podemos, ¿no te parece?
El cuerpo había empezado a aflojársele músculo a músculo y la cabeza iría detrás. Niilo lo sabía, pero no se movió del sitio.
—Sí… Ahora vamos… —dijo él con un hilo de voz.
—Vale —repuso ella.
Pero poco después, la pareja cedió al sueño y su respiración acompasada era todo lo que se oía en el salón.
- II -
Por la mañana del día de Navidad.
Eran las once cuando unos golpes insistentes en la puerta despertaron a Amy. Niilo ni se inmutó.
—Ya voy, ya voy… —dijo. Sentada en el sofá mientras reunía fuerzas para ponerse de pie, su voz sonó como un murmullo, demasiado leve para que se oyera desde el exterior.
Los golpes continuaron y Amy arrastró su cuerpo hasta la puerta y la abrió. Se encontró con una adolescente vestida íntegramente de negro que llevaba el cabello lleno de mechas azules. ¿Qué hacía Lea allí?
—Menuda noche ¿no? —la saludó la muchacha—. No es por nada, Amy, pero ¿recuerdas que nos has convocado a las doce y media?
El olor a pavo asado devolvió parcialmente a la conciencia a Amy que, enseguida, se puso a buscar de dónde provenía. El culpable estaba en el suelo, junto a la puerta, en una gran fuente cubierta con papel de plata.
—Holaaaaaa… Lea llamando a Amy, Lea llamando a Amy, ¿me recibes? —bromeó la hermana de Niilo haciendo sonar los dedos frente a su cara.
—Sí… Estoy aquí, medio grogui, pero soy yo…
—Vale, entonces, toma nota: es tarde para que todavía estés con esas pintas, cuñada. Son las once de la mañana.
Amy se llevó las manos a la cabeza.
—¡No puede ser! ¿Las once? ¡Maaaaadre mía…!
Acto seguido, volvió dentro de la casa como una tromba. La luz que entraba por la ventana permitía ver que el salón no estaba en condiciones de recibir invitados. Amy empezó a recoger cosas febrilmente, intentando poner orden.
—¡Menudo desastre! ¡Niilo, Niilo, despierta…!
Llegó junto a él y sacudió ligeramente su hombro.
—Vamos, despierta, Niilo… —insistió—. Nos hemos quedado dormidos y es tardísimo…
Al fin, él abrió un ojo y la miró. Inmediatamente, una sonrisa perezosa apareció en su rostro.
Amy sacudió la cabeza.
—Adoro esa sonrisa, pero ¿sabes qué hora es?
Niilo tiró de ella, ajeno al hecho de que ni estaban a solas ni era temprano. La estrujó contra su cuerpo.
—Y yo adoro despertarme así… —le dijo al oído—. ¿Qué dices de que nos hemos quedado dormidos…?
Para entonces, Lea había llegado al salón después de dejar el pavo en la cocina y estaba frente a ellos con los brazos en jarra, mirándolos con expresión divertida.
—A ver, rana Gustavo… —le dijo a su hermano—. En poco más de una hora, tus invitados estaremos aquí… ¿Y tú todavía sigues en ese sofá, durmiendo a pierna suelta?
Al oír que lo llamaban «rana Gustavo», Niilo torció el gesto. Estaba claro que el vídeo que había recogido para la posteridad el baile de los patitos también había llegado a la primera planta de aquel edificio. Pensó que en los próximos diez años su hermana aún estaría riéndose de él a cuenta del bendito vídeo.
Pero enseguida, otro pensamiento logró abrirse paso hasta su conciencia. ¿Había dicho «en poco más de una hora»? Sus ojos, alarmados, buscaron los de Amy. La vio asentir varias veces con la cabeza.
—¡Joder! —exclamó Niilo, que enseguida apartó a su chica y se puso de pie—: No, no, no, no… ¡qué desastre…!
—Vamos muy mal de tiempo —explicó Amy—. Quedan varias cosas por hacer… Lo más importante es ir a por el pan y, de paso, traer alguna bebida decente… Sidra, champán, algún vino espumoso… En la nevera solo hay coca-cola y cerveza.
—Vale. Dame un minuto. Enseguida vuelvo. Hola, Lea… —dijo Niilo, pasando junto a ella en dirección al baño.
Después de poner la cara bajo el chorro de agua fría y adecentarse un poco, el motero regresó al salón rezumando autocontrol. Sentía el cerebro entre algodones, pero no estaba dispuesto a permitir que eso se convirtiera en un obstáculo en un día tan importante.
—No te preocupes. Mientras tú te das una ducha y recoges un poco el salón, yo voy a por lo que falta…
Amy asintió dando su acuerdo.
—Y en cuanto vuelvas, nos ponemos con los aperitivos ¿te parece bien? —propuso ella.
—Perfecto. ¿Ves? ¡Lo tenemos todo controlado! —Niilo cogió su cazadora, las llaves, el móvil y se dirigió a la puerta—: Te debemos una, Lea. Si no hubieras venido, seguiríamos durmiendo.
La joven se cruzó de brazos sorprendida por aquel súbito despliegue organizativo.
—¿Sabes, Gustavo? Me da no sé qué admitirlo, porque mira que eres raro, pero creo que lo has conseguido; has dado con alguien igual de raro que tú y vuestra relación funciona. ¡Es increíble, pero funciona! Sois tal para cual —aseguró, risueña.
A Niilo le encantó oírselo decir. Era una confirmación de lo bien que iban las cosas entre los dos. Además, tenía el valor añadido de provenir de alguien que, en plena adolescencia, no se caracterizaba por prestar demasiada atención a lo que la rodeaba. Tenía que ser muy evidente para que Lea se hubiera dado cuenta.
—Ya, ya… Menos rollo y deja de llamarme así o la próxima vez que necesites un chófer tendrás que pedírselo al Show de los Muppets —repuso fingiendo ponerse serio. Enseguida, su mirada se desvió hacia a Amy. Le hizo un guiño al que ella respondió arrojándole un beso—. Y ahora me voy, o se hará tardísimo.
—¡No es ningún rollo, es la verdad! —se defendió Lea, pero Niilo ya había desaparecido detrás de la puerta. Miró a la novia de su hermano con picardía—. ¿A que sí?
Amy asintió satisfecha. Era la pura verdad; formaban un gran equipo.
* * *
Niilo ya había llegado a la calle cuando recordó que su moto continuaba aparcada frente al MidWay, donde había pasado la noche.
—Mierda… —farfulló.
Dio media vuelta y regresó al piso.
—¿Qué ha pasado? —oyó que le preguntaba su hermana desde otra estancia de la casa.
—Nada, nada… Me olvidé de que la moto se quedó en la puerta del bar anoche. He venido a por las llaves del coche.
Volvió a salir rápidamente. Cuando estaba llegando a la calle, su móvil empezó a sonar. Era Evel.
—¿Qué tal? ¿Has tenido más suerte que yo y no te has quedado dormido? —se adelantó.
Oyó que su jefe se reía.
—No puedo creerlo, tío… Con lo nervioso que estabas ayer ¿cómo has podido quedarte dormido? Yo no habría podido pegar ojo en toda la noche…
Niilo continuó andando con paso ágil al aparcamiento, situado a la vuelta de la esquina.
—Tres boilermakers tienen la culpa —repuso—. Lo peor del caso es que, ahora mismo, la moto me vendría como anillo al dedo, lo último que quiero es tener que meterme en el tráfico con un coche, pero se quedó en el bar.
—¡Son gajes del beber…!
—¿Y tú qué tal? ¿Habéis conseguido despertar a Dakota?
Las carcajadas de Evel respondieron por él.
—Me han dicho que despierto está, pero de un humor de perros… Ya sabes cuánto le gustan las reuniones familiares —repuso Evel, riendo—. Bueno, Niilo, tengo que dejarte, la persona que estaba esperando acaba de llegar… Sólo te llamaba para desearte ánimo y buena suerte con el anuncio… ¡A por todas, chaval, que tú puedes!
—Gracias, tío. Pasadlo bien con la familia, yo procuraré hacer lo mismo.
Niilo bajó la rampa del garaje pensando en que aquel día necesitaba todo el ánimo y la buena suerte del mundo. Se sentó al volante de su coche y soltó un suspiro. Seguía tan nervioso como la noche anterior y eso le parecía un pésimo plan para el día en el que iban a contarles la gran noticia a sus respectivas familias. Un rápido vistazo a su aspecto en el espejo retrovisor, le confirmó sus sospechas. Tenía pinta de haber pasado la noche entera de juerga.
—Joder, Niilo… ¿Tenías que elegir justamente hoy para quedarte dormido, tío?
Se pasó las manos por el pelo, empujándolo hacia atrás, y volvió a respirar hondo.
Entonces, la imagen de Amy regresó a su mente y, con ella, una sonrisa y la claridad de ideas que necesitaba.
Aquel no era un día como los demás, pero había algo que continuaba invariable desde hacía un año: Amy era lo que le daba sentido a su vida y un propósito a nivel sentimental. Así que el primer objetivo del día era poner una sonrisa en sus labios. Ya se ocuparía de sus suegros cuando llegara el momento.
Niilo conectó el móvil al bluetooth del coche y mientras maniobraba para salir del garaje, efectuó una llamada.
* * *
Mientras tanto, en la tercera planta del edificio…
Amy asomó la cabeza por la puerta del baño, intrigada.
—¿Niilo? —llamó en voz alta.
Estaba bastante segura de haber oído la puerta de calle. Nadie respondió, de modo que insistió:
—¿Niilo, eres tú? —Esta vez, abandonó el baño envuelta en un albornoz. Llegó hasta el salón y allí, se topó con Lea que venía en dirección contraria—. Ay, perdona… ¿Todavía estás aquí?
—Venía a avisarte de que ya me voy… ¿En serio no quieres que me quede y te eche una mano?
Amy lo descartó con un gesto.
—No, gracias… Está todo controlado… Antes he oído la puerta, ¿era Niilo?
—Sí, era él, pero ha vuelto a irse… Por lo visto, anoche habéis hecho algo más aparte del ridículo… —Y al ver la cara divertida de Amy, añadió—: ¿Tan mal estabais que no os atrevisteis a venir en la moto? Volvió a por las llaves del coche…
—Ah, claro… Es que anoche nos trajeron… Ay, pobre, si ha tenido que coger el coche, va a tardar un rato… Bueno, voy a seguir con lo que estaba, Lea. Luego nos vemos.
Una vez en el baño, Amy se quitó el albornoz y se metió en la ducha. La lluvia caliente le produjo tal sensación de relax que, sin darse cuenta, exhaló un suspiro. Permaneció varios segundos con los ojos cerrados, dejando que el agua corriera por su cuerpo.
Era el gran día. El día del anuncio oficial. Sabía que Niilo estaba nervioso, pero ella no lo estaba. Algo inquieta, quizás. Quería que las cosas salieran bien, que nada estropeara lo que estaban viviendo. Para ella lo más difícil había sido reunir el valor de decirle a Niilo lo que sentía y lo que deseaba. Ese había sido su gran desafío.
Cuando se paraba a pensar que solamente había pasado un año desde que él había aparecido frente a ella ofreciéndole un Manhattan, tan atractivo, tan aparentemente inofensivo…
Tan distinto a Dylan.
Amy sonrió. Eran el día y la noche. Niilo no sólo había conseguido que ella se enamorara por primera vez en su vida, había conseguido hacerse imprescindible. Ella, que se había pasado toda su adolescencia y parte de su vida adulta cambiando de acompañante como de zapatos, incapaz de mantenerse interesada más de uno o dos días, llevaba once meses pendiente de aquel motero dulce con nombre finlandés.
Porque, a diferencia de los demás que habían pasado por su vida, de Niilo le interesaba absolutamente todo.
* * *
Niilo regresó con el tiempo justo para darse una ducha y cambiarse de ropa, y con una docena de beigels variados. También traía pan y bebidas.
—¡Ay, cómo te adoro! —dijo Amy, aspirando complacida el aroma que emanaba de la enorme caja a través del papel—. ¡Eres el mejor!
Él hizo que se alejara un poco para poder verla de cuerpo entero y emitió un silbido de aprobación. Estaba imponente con un vestido mini negro de punto y unas botas de cuero crudo pintado a mano que habían comprando en un puesto callejero hacía unos días. Ella se pasó la lengua por los labios y le hizo una caída de ojos tan sensual a modo de agradecimiento que Niilo lamentó doblemente haberse quedado dormido. Reconoció con un punto de humor que poder observarla mientras ella paseaba su curvilínea silueta por el salón y descubrir lo que aquel vestido infartante dejaba a la vista con según qué movimientos, le concedería el estado de ánimo perfecto para enfrentarse al anuncio oficial. Por desgracia, eso tampoco era una posibilidad, de modo que descargó las cosas que traía sobre la mesilla del salón, y tomó a Amy por la cintura. Ella le pasó los brazos alrededor del cuello y sin previo aviso, lo besó en la boca con un beso pleno.
—Guauuuuu —murmuró él—. Estás para comerte y yo tengo una pinta espantosa, huelo a tigre y como no me dé un baño rápido, llegarán tus padres y me encontrarán de esta guisa… Pero ¿qué quieres que te diga? Sólo por este recibimiento tuyo, ha merecido la pena atravesar toda la ciudad.
—Seguro que sí… ¿Quieres más agradecimientos? —le ofreció, insinuante.
«Dios, eres la mujer más sexi del universo». Él respiró hondo y exhaló el aire en un largo suspiro.
—¿Sabes qué? Me están entrando unas ganas de ti que no son normales, así que… Mejor, ve voy a duchar.
Amy ladeó la cabeza, se cruzó de brazos. Notó que la mirada masculina la recorría con avidez y se detenía con especial interés a la altura de sus pechos. Ella también sentía unas ganas nada normales de arrancarle la ropa y darse un festín de él.
—Qué lástima… —dijo envuelta en un suspiro—. Pero tienes razón, están por llegar. No tenemos tiempo de hacer travesuras… —Había que pensar en otra cosa, de modo que retiró el envoltorio de la gran bandeja—: Yo voy a ponerme a repartir estas cosas procurando no comérmelas… Guarda tus ganas para después, ¿vale, Niilo? —Su mirada insinuante regresó sobre él—. Yo haré lo mismo.
Él se inclinó a besarla. Exhaló un suspiro en el oído femenino.
—Eso dalo por hecho —susurró.
Y después de acariciarla una última vez, atravesó el salón camino de la ducha.
- III -
Comienza la acción.
Las primeras en llegar habían sido la madre y la hermana de Niilo. Enseguida se unieron a Amy para ayudarla con los últimos preparativos mientras conversaban.
Al cabo de un rato, Agnes reparó en que la casa parecía silenciosa más allá de lo que sucedía en la cocina donde estaban las tres.
—¿Y mi hijo?
—Poniéndose más guapo de lo que ya es —repuso, risueña. Era la pura verdad. El motero de los vaqueros pitillo y las camisetas negras le encantaba, pero estaba segura de que hoy sacaría del armario al novio decidido a impresionar a la familia de su chica. Y cada vez que él echaba mano de ese sector de su guardarropa, a ella le resultaba imposible quitarle los ojos de encima.
Pero Niilo estaba muy cerca. Lo bastante para oír aquel comentario y empezar a sufrir los efectos secundarios. El recibimiento que le había dado Amy lo había dejado blandito y la ducha no había ayudado a que las cosas volvieran a la normalidad. Más bien al contrario; era el lugar favorito de los dos para dejarse llevar. Cada azulejo y cada ladrillo visto de aquel baño de estilo moderno era un recordatorio constante de lo bien que se les daba todo en las distancias cortas.
«Ay, nena, qué largo se me va a hacer este día», pensó.
—Tu hijo está aquí —respondió él, que en aquel momento se puso a su lado y le dio un beso en la frente.
Tal como Amy esperaba, Niilo había echado mano del sector elegante de su guardarropa. De hecho, había escogido una prenda que le había regalado ella; un jersey de algodón color gris perla de manga larga y cuello redondo, tejido en ochos. Era un clásico de Ralph Lauren, muy alejado del estilo que Niilo solía usar, que ella no había podido resistirse a regalarle a pesar de saber que quizás nunca se lo vería puesto. Pero allí estaba él, con aquel jersey que realzaba su porte masculino y que él había combinado con unos pantalones de vestir color arena, un polo blanco cuyo cuello, parcialmente levantado, asomaba por el cuello del jersey y unas botas cortas marrón chocolate con un tacón que sumaba cinco centímetros a su ya de por sí considerable envergadura. Como solía decir Niilo; «estaba para comérselo».
—Ay, te lo has puesto, qué bien… Voy a decir una obviedad, porque a ese cuerpo no hay nada que le siente mal, pero te queda de maravilla —aseguró, coronando aquel explícito cumplido con un suspiro enamorado que hizo reír a Niilo.
—Vaya… Gracias, nena.
Lea pasó del asombro a la risa en un instante. Asombro por la forma en que la pareja se comunicaba. Hasta donde sabía, dedicarse cumplidos mutuos era algo habitual, pero desde hacía unos días algo había cambiado entre ellos. Era como si se olvidaran de que no estaban a solas. Risa porque por más que lo miraba, no conseguía reconocer a su hermano en aquel tipo de aspecto cuidado y pinta superelegante. Parecía Niilo, pero no lo era. ¡Se lo habían cambiado!
—Me pregunto dónde se ha metido mi hermano porque tú no eres él… ¡A mí no me engañas, que te tengo muy visto, chico!
—Soy él —aseguró, y dedicándole una mirada seductora a Amy, añadió—: ¿verdad que soy él?
Amy asintió varias veces con la cabeza. Habló dirigiéndose a Lea, sin despegar sus ojos de Niilo.
—Es él. Guapísimo por donde lo mires y dulce como la miel. Lo que se ponga es lo de menos. —«Y si no te pones nada, mejor que mejor», pensó.
Agnes sonrió enternecida. Le encantaba lo que estaba presenciando. La pareja pasaba por un momento especialmente dulce de su relación y se les notaba.
—Es precioso, Amy, ¿se lo has regalado tú?
Fue Niilo quien respondió.
—Sí… ¿Has visto qué bien me trata? Ven, mamá, deja eso… Nosotros nos ocupamos…
—A ver si a ti te hace caso. De mí, ha pasado olímpicamente —dijo Amy.
Desde que había llegado, la mujer no había parado de hacer cosas; repasar los platos y los vasos, doblar las servilletas… Ahora estaba disponiendo triángulos de queso junto a las rodajas de salami, jamón y salmón ahumado en una tabla redonda junto a dos cuencos cargados de frutos secos.
—No, mamá, tú eres una invitada…
—Y la cocinera de ese pavo que me viene llamando desde la mañana —comentó Lea, relamiéndose.
—Y cocinera, de acuerdo —concedió Niilo—, pero del resto nos ocupamos nosotros…
Madre e hija se quedaron junto a la puerta para no estorbar mientras la pareja acababa de preparar los aperitivos. Bromeaban entre ellos, se dedicaban miradas y sonrisas cómplices pero, sobre todo, irradiaban un aura de felicidad que no pasaba desapercibida. Lea lo encontraba divertido. Esa faceta de su hermano le resultaba entrañable y hasta un poco cómica. Para Agnes, en cambio, era la confirmación de que su hijo, al fin, empezaba a dejar atrás la época difícil que había culminado con la muerte de su padre y ellas invadiendo su casa, y empezaba a tener su propia vida, sus propios planes, junto a alguien que evidentemente lo correspondía en sus sentimientos.
—¿Qué tal lo habéis pasado anoche? —les preguntó.
Una carcajada anticipó la respuesta de Niilo.
—No te hagas la desentendida, mamá. Seguro que os habéis echado unas buenas risas a mi costa con el bendito vídeo…
Agnes también se rió. Su comentario había intentado ser casual, pero era cierto; se habían reído de lo lindo.
—No te preocupes mucho, hijo… Estabas irreconocible con ese gorrito y el pañal. Nadie sabrá que eres tú. —Y mirando a Amy añadió—: Tú también estabas irreconocible pero, en honor a la verdad, te quedaba fabuloso… La que es bonita es bonita se ponga lo que se ponga, ¿verdad, Niilo?
Él miró a su madre por encima del hombro. Una mirada cargada de afecto y diversión.
—Los dos éramos perfectamente reconocibles, gracias. Pero es verdad, ella estaba preciosa. Siempre está preciosa.
—Lo pasamos muy bien… —dijo Amy—. Siempre es genial reencontrarse con los amigos y, además, el bar parecía otro anoche… Todo el mundo estaba feliz, empezando por los flamantes padres, claro… Trajeron un momento a la niña para que pudiéramos conocerla y no os imagináis lo bonita que es… ¡Es una belleza!
—Está claro que no sale a Dakota —bromeó Niilo.
—¡Qué dices, hermano! Ese tío está como un queso —admitió Lea.
—¿Y tú de qué lo conoces, si se puede saber?
Aquel tono de hermano mayor derritió a Amy, que se quedó mirándolo incapaz de apartar los ojos de él.
—Personalmente, no lo conozco… Pero han colgado unas fotos suyas en el Facebook del bar… ¡Es guapísimo! Estoy pensando en pedirte que me lo presentes… —comentó risueña.
—¿«Guapísimo»? No sé, no es mi tipo —aseguró Niilo, impostando su voz—. Lo que sí sé es que está casado y que a las niñas como tú se las merienda. Y lo digo en el mal sentido de la palabra; tiene un carácter de mierda.
—¡Nadie es perfecto, qué le vamos a hacer! Pero con ese pelazo y esa perilla que le queda de muerte y todo lo demás… Se lo perdonaremos —comentó Lea, riendo.
Amy salió de su estado contemplativo para confirmar las palabras de Niilo.
—Tu hermano tiene razón. Toda su fama de borde se la ha ganado a pulso.
El timbre interrumpió la conversación y la pareja pasó de las risas a la seriedad en un instante. Amy fue la primera en recuperarse. Tenían que ser sus padres los que llamaban a la puerta, así que le correspondía a ella hacer los honores. Parecía muy tranquila cuando, después de limpiarse las manos en un trapo, se dirigió a la puerta diciendo:
—¡Creo que ya estamos todos!
En efecto, eran los Pearson. Venían cargados de regalos, bebidas y bombones.
—¡Bienvenidos, pasad! —los recibió.
Cuando Amy fue darse la vuelta, Niilo estaba junto a ella.
—¡Hola, Feliz Navidad! —dijo estrechando las manos de los Pearson—. Mi madre y mi hermana están dentro… ¿Pasamos al salón?
* * *
Las presentaciones habían sido rápidas pero muy cordiales. Después de acomodarse en los sillones, las dos familias se habían puesto a conversar como si se conocieran de toda la vida mientras Niilo y Amy se ocupaban de repartir las bebidas y servir los aperitivos. A los dos les sorprendió la fluidez con la que se sucedían los temas de conversación.
—¿Y volvieron a reunirse todos para celebrar el nacimiento de la primera bebé motera? —preguntó Norman genuinamente sorprendido.
Esa cualidad de su grupo de amigos era algo de lo que Niilo se sentía orgulloso y se notó en su voz cuando dijo:
—Sí, todo el mundo. No faltó ninguno.
—Hasta vino gente que ya no vive en Londres —dijo Amy—. Fue toda una sorpresa la que les preparamos a los padres y a la niña… No se la esperaban y, la verdad, lo pasamos muy bien.
—Y mañana, os ponéis camino de Bristol… —comentó Lillian.
—Sí… Una semana completa para hacer lo que nos dé la gana —repuso Niilo.
—Espero que no sea seguir durmiendo a pierna suelta cómo os encontré esta mañana… —intervino Lea y mirando a los demás, añadió—: Estaban desmayados aquí, en este sofá, ni siquiera se habían quitado los zapatos. Se ve que como cayeron, quedaron…
—Creo que dormiremos poco… —dijo Amy—. Tu hermano ha preparado un tour de lo más intensivo, de esos que cuando vuelves al hotel ya tienes que prepararte para ponerte en marcha otra vez.
—¿Y cómo te las has arreglado tú para librar nada menos que una semana? Tu trabajo es muy absorbente… —comentó Lillian.
—Como todos los buenos trabajos, Lilly —opinó Norman—. Y si no, fíjate en nosotros, entre viajes y reuniones, no hay semana que bajemos de las setenta horas.
En otros tiempos, aquel comentario materno habría desencadenado una discusión. Ahora, sin embargo, Amy podía apreciar que solo se limitaba a recoger un hecho. Sus propios padres, ejecutivos los dos, tenían trabajos sumamente absorbentes.
—Verás, mamá. Lo de la huelga de controladores en España me colmó el vaso. Hablé con BB y le dije que, como tener que quedarme en tierras españoles había fastidiado mis planes para el fin de semana con Niilo, los trasladaría a finales de diciembre y sería una semana en vez de un finde. A él le pareció muy bien y yo me aproveché de que ya tenía su primer «sí», para seguir pidiendo cosas. Como hacen los vendedores, ¿sabéis? —Amy sonrió complacida recordando el momento—. Le dije que aparte de trabajar quería tener una vida, que no podía seguir así, volando más horas que un piloto comercial, y él me sorprendió, anticipándose. Me dijo que ya habían estado hablando con Harley sobre el tema y que contrataríamos a alguien, un publicista junior que me ayudará con una parte de los viajes… Así que muy pronto volveré a tener una vida y me propongo disfrutarla a fondo con el mejor chico del mundo. —Sus ojos volvieron a acariciar a Niilo quien le respondió con un guiño.
El gesto, la actitud, las palabras empleadas por Amy agradaba y sorprendía a sus padres a partes iguales. Era ella, su hija, pero desde hacía un tiempo se expresaba en un lenguaje nuevo, diferente.
—No sé qué le has hecho —Los ojos de Lillian pasaron de su hija al responsable de tantos y tan positivos cambios—, pero te felicito, esta Amy es alguien nuevo para mí, una versión «muy mejorada».
La enorme sonrisa que brilló en el rostro de Niilo habló de cuánto significaban esas palabras para él. Se preguntó si el padre de Amy también opinaba lo mismo. Norman Pearson tenía un trato cordial con él, lo miraba bastante, como si no quisiera perder la ocasión de analizarlo, pero hasta el momento se había guardado para sí el resultado de su análisis.
—Qué se han hecho —matizó Agnes—. Mi hijo es otro desde que está con Amy.
—¿Verdad que han cambiado? —repuso Lillian, ilusionada—. Bueno, no sé cómo era su hijo antes, pero ella es otra persona. —Miró a Amy con satisfacción y ella, incómoda por una reacción a la que no estaba acostumbrada, esbozó un ligera sonrisa.
Agnes detectó aquel sucedáneo de sonrisa tan poco propio de una persona espontánea y desvió la conversación hacia su hijo.
—¿Qué cómo era Niilo? Alguien que siempre ha ido a su aire. Tiene muchos amigos, pero si le ponías delante un aparato roto y tenía que elegir entre quedarse a repararlo o irse de juerga con los amigos, no le hacía falta pensárselo. ¡En casa todo funciona de maravilla porque no hay motor que se le resista! —dijo riendo—. Pero desde que está con Amy…. Está claro que ha descubierto algo que le interesa mucho más que cualquier motor.
—Amy tampoco tenía que pensárselo —dijo Lillian—. Elegía la juerga siempre. ¡Qué chica más fiestera!
—¿No dicen que los polos opuestos se atraen? Esto lo confirma —intervino Lea.
Amy decidió poner coto a aquel momento de franqueza materna antes de que fuera demasiado tarde. Léase, antes de que los Pearson y las Jarvi se pusieran a desempolvar bochornosos recuerdos infantiles, de esos que solo divierten a los progenitores.
—Esta charla es de lo más interesante, pero hace veinte horas de mi última comida de verdad y mi estómago empezará a rugir de un momento a otro. Propongo que le demos a la boca otra utilidad.
—Moción aprobada —dijo Niilo, poniéndose de pie. Él tampoco estaba por la labor de permitir que su querida madre siguiera apostando por la locuacidad con él como tema de conversación—. Por favor, siéntense a la mesa. Enseguida traemos la comida.
Una vez en la cocina, Amy entornó la puerta.
—¿Esto es cosa tuya? —le preguntó. Él la miró con cara de no entender. ¿Le has pedido a tu madre que se empleara a fondo para relajar el ambiente o algo así? —Aunque pensándolo mejor, quizás Agnes tenía otra razón para mostrarse tan jovial y tan amable; ayudar a su hijo—: ¡¿Lo sabe?!
—Nooo…. Qué dices. Me ha costado un montón mantener la boca cerrada, pero te juro que no he dicho ni pio —repuso Niilo y aprovechó la coyuntura para rodearle la cintura con un brazo y atraerla hacia él—. A lo mejor es solo que se han caído bien… Tus padres son muy sociables y mi madre, con su dulzura, siempre se lleva a todo el mundo de calle1… Podría ser, ¿por qué no? —Se inclinó a besarle los labios y Amy convirtió aquel roce en un beso en toda regla—. Guauuuu… ¿Crees que tenemos tiempo para otro como ese pero un poquito más largo?
Amy le quitó las marcas de carmín de la cara y se apartó riendo.
—No me tientes, motero. Me encanta tontear contigo, ya me conoces, pero tenemos invitados… Y no son unos invitados cualquiera, ¿sabes? —subrayó mirándolo por encima del hombro, destilando sensualidad—. Pero en cuanto se vayan… Tú y yo estaremos oficialmente viviendo juntos y pienso pasarme la noche entera tonteando contigo. ¿Te parece bien?
Él fue hasta donde estaba Amy, le rodeó el talle con sus brazos desde atrás y agachó la cabeza para adecuarse un poco más a su altura. Ella cerró los ojos y lo dejó hacer.
—Te amo con locura, Amy. Y no veo la hora de que empecemos esta nueva etapa juntos. —Exhaló un suspiro—. Lo estoy deseando.
Ella se apretó más contra él, abrazó sus brazos con los suyos en un gesto íntimo y a la vez cargado de ternura.
—Podría quedarme horas así, pegada a ti, oyéndote decir esas cosas que me ponen blandita… Y me tientan tanto… —Ladeó la cabeza buscando su mirada—: Yo también te amo con locura, Niilo y me muero de ganas de tenerte en mi vida las veinticuatro horas del día…
Él la acunó suavemente entre sus brazos. El mundo era perfecto cuando se tenían a la distancia de un beso y si de él dependiera, esa sería la única distancia que habría siempre entre los dos.
—Pero tenemos invitados y no son unos invitados cualquiera… —dijo Niilo, liberándola. Su voz sonó pícara e intensamente dulce.
Amy exhaló un suspiro, resignada.
—Exacto —concedió, dando un paso atrás y aumentando la distancia que los separaba con un gesto teatral—. Así que mejor…
—Dejo de tentarte —repuso él risueño, completando la frase.
- IV -
El anuncio oficial.
Muy pronto el salón se llenó de delicias. Al pavo asado relleno y a la salsa de arándanos que había preparado Agnes se habían sumado las patatas duquesa, la quiche Lorraine, una fuente de pequeños pasteles de Yorkshire y una gran ensalada Waldorf. Lo único casero era el pavo, ya que ni Niilo ni Amy sabían cocinar. La variedad de bocados apetitosos entre los que elegir sirvió no solo para acallar los rugidos del estómago de Amy, también para que la conversación derivara en temas relacionados con la restauración y la buena bebida, algo a lo que los padres de Amy eran muy aficionados. Sin embargo, el alivio le duró muy poco a la pareja, ya que en cuanto salieron del horno los beigels que Niilo había ido a comprar aquella misma mañana, el tema volvió a centrarse en ellos y ya no se desvió.
—¿Qué son? Huelen estupendamente… —comentó Norman, tomando uno de carne.
—Su hija opina lo mismo —dijo Niilo. Amy tenía una sonrisa de oreja a oreja—. Son de Beigel Bake, una especie de panadería que tiene cerca de cuarenta años. La conocí hace mucho, en una de esas noches que no tenía aparatos que reparar y me iba con amigos. —Le hizo un guiño a su madre—. Pensé que a Amy le encantaría y una noche la llevé. Nos pusimos las botas a comer, ¿a que sí?
Amy asintió varias veces con la cabeza.
—Y desde entonces, raro es el fin de semana que salimos y no acabamos allí. ¡Me encanta! Da igual cuál de la docena de variedades pidas, todos son una delicia. Esto no estaba planeado… El menú de hoy no incluía beigels, pero esta mañana mi chico, que es un sol, decidió darme una sorpresa y aquí están… El pavo está buenísimo, Agnes, pero yo podría vivir a base de beigels el resto de mi vida.
—Ah, sí, es esa tienda que está en Brick Lane, ¿verdad? —dijo Norman.
—Sí, esa misma —repuso Niilo.
Amy, con uno de carne, pepinillos y mostaza en las manos, continuó hablando entre bocado y bocado de aquel horno que fabricaba beigels horneados al estilo tradicional judío con distintos rellenos.
—Yo ya la conocía. De cuando estudiaba. Pero hacía años que no iba. Fue toda una sorpresa. Me parece que ahora tiene más variedad que entonces… O será que ahora he desarrollado mi paladar y lo pruebo todo —bromeó.
—Así que la llevaste a una panadería… Muy creativo —apuntó Norman.
—Y en nuestra segunda cita. ¿Os lo imagináis? Yo alucinaba —reconoció Amy.
—Seguro que sí —terció Lillian—. Con lo acostumbrada que estás a que te deslumbren con boato y fastuosidad…
En esta ocasión, el comentario de Lillian Pearson había portado una ligera carga de amargura de la que Niilo se percató al instante. Notó que Norman también lo hacía. Amy, en cambio, no pareció darse por aludida cuando dijo:
—Y me deslumbró, ya lo creo que sí. No podía dejar de mirarlo y pensar «¿en serio, me traes a un horno, donde vienen los estudiantes a cenar por tres libras? ¡Cuánta seguridad en ti mismo, chico!».
Niilo se limitó a sonreír. En aquella época no sabía mucho de Amy, así que la mayor parte del tiempo se arriesgaba con la esperanza de acertar. Solo había algo que había tenido meridianamente claro desde el principio; si quería separarse del resto de los moscardones que revoloteaban a su alrededor constantemente, tenía que plantearle alternativas diferentes, únicas.
Agnes también había notado la acritud en el comentario de la madre de Amy y decidió aportar su granito de arena para mantener el buen tono de la conversación.
—¿Y qué me dices del día que te llevó a casa sin avisarte de que nosotras estábamos allí? —Se echó a reír—. ¡Te pusiste blanca, pensé que te ibas a desmayar! ¡Ese día sí que mi hijo te deslumbró!
—Primero quise matarlo, que conste. Con una clase de muerte muy, muy dolorosa… —aseguró Amy. Su mirada volvió a perderse en la dulzura de los ojos de Niilo y su tono de voz cambió al decir—: Pero enseguida se me pasó el disgusto porque, ¿quién hace algo así hoy en día?
—Bueno, creo que te lo has cobrado con creces, cielo —apuntó Norman, riendo al recordar el día que le había tocado a Niilo ser el sorprendido.
«A esto sí que tengo algo que decir», pensó el motero.
—Ocho meses después —precisó—. Se tomó su tiempo para fraguar la gran venganza, ¿verdad, preciosa?
Amy también tenía algo que decir al respecto y aquel momento le pareció el mejor de todos. Dejó su beigel sobre el plato y se limpió las manos en la servilleta mientras hilaba mentalmente su discurso que, en este caso, no estaba dirigido a sus padres sino a Niilo.
—No fue una venganza… Aunque admito que lo pareció. Y sí, me tomó tiempo porque todo lo que está relacionado contigo me ha tomado un montón de tiempo… Conocerte, descubrir lo deslumbrante que eres, convencerme de que eras real, a pesar de ser tan alucinantemente increíble… Y dejar de pensar que no eras más que un producto de mi imaginación y que cualquier día despertaría del sueño y descubriría que te habías evaporado, que ya no estabas conmigo…
El motero se acomodó mejor en su silla. Estaba alucinando y, aunque él no se hubiera dado cuenta aún, sus mejillas se habían arrebolado. De todas las cosas que Niilo había pensado que podían suceder aquel día, esta era la más inesperada.
—Guauuuu… —atinó a decir en un murmullo.
—¿Te sorprende? —Él asintió varias veces sin apartar la mirada de ella. En sus ojos había una mezcla de orgullo, incredulidad y amor que a Amy le encantó ver. «Te lo mereces, mi caballero Jedi», pensó—. Pues no has oído nada todavía… —Carraspeó con histrionismo—. No fue una venganza presentarte a mis padres y sé que cuando les pedí que dejaran el interrogatorio para el día de la boda de Abby, pensaste que esa era la razón de las presentaciones… Porque, de todas formas, os veríais las cara en un mes… Es lo que pensaste, ¿no?
Él se mordió el labio en un gesto que expresó de manera muy gráfica lo que sentía.
—Fue un segundo de estupidez, nena. Lamento que fuera tan evidente y te dieras cuenta…
—Nadie más lo hizo, eso seguro —terció Norman, espontáneo y cordial—. Mi mujer y yo estábamos demasiado ocupados asimilando la sorpresa para darnos cuenta de nada. Amy, presentándonos al primer novio de su vida… ¡No lo anunciamos en los periódico de puro milagro!
Las risas contribuyeron a relajar el momento, pero Amy aún tenía cosas que decir. Solo estaba esperando que cesaran las bromas para continuar.
—La verdad es que su boda aceleró las cosas, pero nada más. Sabía que ese día Abby iba a monopolizarme. Estaría con la emoción a flor de piel y me necesitaría. Y yo quería poder dedicarle toda mi atención en un día tan importante para ella… Pensé que si mis padres y tú ya os conocíais de antes, las cosas serían más llevaderas para ti y por eso me saqué de la manga esa reunión improvisada… Pero habría sucedido igual, con boda o sin ella, Niilo. Porque cuando la vida te pone delante a un ser tan increíble, tan deslumbrante, lo que quieres es agarrarlo fuerte para que no se te escape y que todo el mundo sepa que ya no está disponible… —sonrió con ternura ante el evidente asombro del motero—. Especialmente «ellas»… ¡Quieres que se mueran de envidia y que te odien por eso!
—Su hija es fabulosa —dijo el motero, dedicándole una mirada un tanto incómoda a los padres de Amy que luego extendió hasta su madre y su hermana—, pero la objetividad no es lo suyo.
—¡Amy es genial así que también se lo perdonaremos! —exclamó Lea. Una broma que los Pearson festejaron a pesar de no haberla entendido del todo ya que aún no habían llegado cuando la muchacha se había explayado hablando de Dakota.
—Estoy siendo muy objetiva —aseguró Amy—; eres deslumbrante, Niilo. ¿Sabes por qué?
Él permaneció mirándola en silencio. Ella lo había dejado mudo con aquel momento de extrema sinceridad que no había esperado. Era alguien demasiado privado con sus asuntos para disfrutarlo sin reservas. Pero de una manera extraña y nueva, en lo más profundo de su ser, no deseaba que acabara. Deseaba seguir allí, escuchando a la mujer de la que estaba enamorado mientras ella se explayaba sobre por qué lo creía tan especial delante de personas tan importantes en la vida de los dos. Estaba incómodo y acalorado y no quería pensar en lo que les estaría pasando por la cabeza a los Pearson…
Y al mismo tiempo, se sentía conmovido por la sinceridad de Amy. Halagado como nunca.
Los padres de Amy continuaban en «modo asombro». Lillian, preguntándose dónde se habría escondido la hija rebelde y ultraindependiente que los había traído de cabeza desde que había cumplido los doce. Norman, deseoso de averiguar, por boca de su hija, qué era lo que aquel joven había hecho de especial para conseguir que ella se embarcara en la primera relación sentimental seria de toda su vida.
La situación de Agnes Jarvi podía resumirse en una frase: no cabía en sí de orgullo. Como la mayoría de las madres, creía que Niilo era una joya. A diferencia de la mayoría, las duras circunstancias a las que su familia había tenido que enfrentarse en los últimos años, le habían permitido comprobar que, en realidad, lo era. Niilo era un diamante en bruto.
Lea, por su parte, se lo estaba pasando en grande. Desde hacía días, tenía la impresión de que algo se cocía entre su hermano y su chica, pero cada vez que estando con su madre había intentado sacar el tema, ella se había hecho la desentendida… En todo caso, nada de lo que Amy pudiera decir sobre su hermano era una sorpresa. Tampoco el hecho de que ella hubiera caído rendida a sus pies. ¿Quién podía resistirse a un tío dulce y paciente como Niilo? Era de cajón que su listísimo hermano acabaría llevándose el gato al agua.
Amy era consciente de cómo se sentía Niilo, pero no tenía intenciones de cambiar de tema. Durante meses había presenciado en silencio y con gran incredulidad cómo él se iba abriendo paso en su vida. De forma sutil, pero constante, metro a metro. Ahora tenía mucho que decir. Se limitó a ofrecerle una sonrisa compasiva antes de continuar.
—Los de tu sexo acostumbran a mover ficha avasallando —aseguró—. No es una crítica. Está claro que la táctica les funciona y lo normal es que la usen. Además, a veces, puede ser divertido dejarse avasallar… Pero a mí me aburre. Y cuando eso es el pan de cada día… Imagínate mi sorpresa cuando, de repente, aparece alguien que hace todo lo contrario a avasallarme… Alguien que desde el principio me muestra hasta en los detalles más insignificantes que está dispuesto a darme el espacio y el tiempo que haga falta para que yo decida de qué manera me quiero relacionar contigo. Sin críticas, sin juicios de valor, sin indirectas… Imagínate mi sorpresa cuando, en vez de dedicarse a sacar pecho y a alardear de sí mismo intentando encandilarme con sus grandes logros, lo que hace es esforzarse por entenderme, por estar, por brindarse a mí… Por demostrarme que puedo contar con él para lo que sea. Porque sí. Porque tú eres así… Has sido la gran sorpresa de mi vida y si hemos llegado tan lejos, es por ti. Eres único en tu especie, Niilo Jarvi. No existe otro igual.
—¡Mi hermano es la caña! —intervino Lea, incapaz de morderse por más tiempo.
Pero Amy la silenció con un gesto de la mano. Las palabras que aún no había pronunciado le quemaban en la boca. Tenía que soltarlas sí o sí.
—Y yo soy una chica con muchísima suerte. ¿Queréis saber por qué? —Amy miró a las demás personas con quienes compartían mesa, una a una. Finalmente, sus ojos regresaron a Niilo—. Porque resulta que hace quince días le propuse que vivamos juntos y él me dijo que «sí». ¡Toma ya, me lo he quedado y es tooooooooodo mío! —celebró dando palmas, exultante. Ya no había ansiedad, ni inquietud. Se sentía liberada—. Hoy íbamos a anunciarlo juntos, pero… ¡Tachááán… me le he adelantado! Espero que no me lo tengas en cuenta, caballero Jedi, pero si quieres castigarme por haber sido mala… —matizó, mirándolo con picardía. Y no acabó la frase.
Lo que Niilo deseaba era comérsela a besos. Estaba emocionado, excitado y muy ilusionado por el futuro que les aguardaba pero, por encima de todo, estaba bajo los efectos de un ataque de amor. Una locura que subía por su cuerpo, impulsándolo a querer besarla hasta dejarla sin aliento.
Y eso hizo, para sorpresa de todos; levantarse de su asiento, rodear la mesa hasta donde estaba ella, en medio de Norman y Lillian, para obligarla a ponerse de pie. Y una vez la tuvo frente a él, tomó su rostro entre las manos y habló muy cerca de sus labios, en un tono susurrante:
—Estoy temblando, Amy… Como una hoja, ¿lo sientes? —Ella asintió ligeramente—. Que sepas que más tarde te castigaré como es debido, pero ahora… Ahora necesito hacer esto.
Un beso apasionado fue el colofón perfecto y sucedió ante la expresión cómplice de sus respectivas familias.
Norman fue el primero en reaccionar.
—¡Dios Bendito! Porque lo estoy viendo, que si no… —dijo dedicándole a Amy una mirada tierna que enseguida extendió a aquel joven que había logrado lo que ningún otro; que su hija decidiera sentar la cabeza.
—Y tanto. Debimos haberlo grabado en vídeo… —terció Lillian escondiendo tras una broma unos ojos sospechosamente acuosos—. ¡Nadie va a creernos que hablamos de Amy!
—Ni yo me lo creo del todo… —bromeó Amy, intercambiando una mirada de alivio con Niilo, al ver la aparente normalidad con que sus padres parecían tomarse la noticia—. Tranquilos, dejadme que recupere las fuerzas y os hacemos un «replay» para que lo grabéis…
—¡Así que era eso! —exclamó Lea—. ¡Qué escondido lo teníais!
—¿Cómo que «eso»? —repuso Amy, risueña. Rodeó la cintura de Niilo y le indicó a su padre con un gesto que se moviera de silla para que ellos pudieran sentarse juntos. Ahora que lo había dicho alto y claro (y que no había desatado con ello una guerra nuclear), ya no deseaba seguir disimulando ni un minuto más.
Todo parecía en calma después del anuncio y Niilo volvía a su estado natural de los últimos quince días; flotando a un metro del suelo de pura felicidad.
—¿Ya te has estado haciendo tu propia película, Lea? —Niilo miró a Amy sonriente. —Mi hermana va para directora de cine, ¿sabes? Tiene una imaginación a prueba de balas.
—¿Y llevará nuestra historia de amor a la gran pantalla? —bromeó Amy, aleteando las pestañas al decir «historia de amor» y haciendo reír a Niilo quien la atrajo hacia él y le besó la cima de la cabeza—. Si quieres hacerla bien realista, avísame. Puedo contarte detalles muuuuuy suculentos.
Dicho lo cual, Amy volvió a tomar su beigel y empezó a comerlo bajo la mirada cómplice de sus progenitores de la que ella, tan ocupada dando cuenta de su delicia favorita, ahora totalmente relajada, no se percató.
Amy y Niilo habían dormido juntos cada día que ella había estado en la ciudad pero, a pesar de que los dos se morían de ganas de comenzar su nueva vida juntos, las cosas del motero continuaban en su armario, dos plantas más abajo.
Sospechando que la reacción ante la noticia por parte de sus padres podía no ser buena, Amy había decidido que lo mejor era no dar pistas de su nuevo estatus de pareja a ninguna de las dos familias hasta hacerlo oficial en la comida de Navidad. La madre y la hermana de Niilo estarían presentes y eso suavizaría las cosas, y como al día siguiente salían de viaje, sus padres tendrían una semana por delante para asimilar la noticia.
En el fondo, lo que Amy se había propuesto era que nada estropeara el momento tan especial que estaban viviendo. Ella estaba acostumbrada a las objeciones constantes de su familia, no le hacían mella, pero ese no era el caso de Niilo. Solo quería evitarle disgustos.
Pero había algo con lo que ni Amy ni Niilo habían contado, que ni siquiera se les había cruzado por la imaginación.
Algo que quedó de manifiesto cuando Agnes, tan risueña como Amy, le respondió a su hija:
—Escondido para ti, cariño. Los demás, me temo, lo veíamos venir.
- V -
Cambian las tornas.
Tras semejante declaración, la situación en la mesa podía resumirse así: había tres comensales con cara de no entender nada y otros tres disfrutando enormemente del momento.
—Sois mucho más previsibles de lo que suponéis —afirmó Agnes, incapaz de aguantar la risa—. O será que los padres siempre lo sabemos todo, a pesar de que los hijos estéis convencidos de lo contrario.
—¿Tú sabías esto y no me has dicho nada? —se quejó Lea, mirando a Agnes con incredulidad—. ¡Te has hecho la desentendida cada vez que te he comentado lo raro que estaba mi hermano últimamente!
Ella sonrió divertida.
—No he dicho que lo supiera, pero si te lo decía, ¿habrías mantenido la boca cerrada? —La joven se llevó las manos a la cara graciosamente sabiendo que la repuesta era «no, ni loca»—. ¿Lo ves? Ahí tienes la razón de que me haya guardado mis sospechas para mí.
Amy sacudió la cabeza en un gesto instintivo de aclarar sus ideas. Sonreía porque estaba feliz, pero la verdad era que no solía tomar a bien las injerencias en sus asuntos. Quería razones y las quería ya. Volvió a dejar por segunda vez su beigel sobre el plato.
—A ver, a ver, a ver… Un momento, por favor. ¿Alguien puede explicarme que es eso de que «los demás lo veíamos venir»? —Miró a sus padres directamente.
Hubo un instante de silencio durante el cual Agnes y los Pearson intercambiaron miradas decidiendo quién tenía el turno de palabra. Mientras tanto, Niilo, que para entonces ya no tenía ninguna duda de que algo se había estado cociendo a sus espaldas mientras Amy y él se afanaban por hacer parecer que todo seguía como siempre, contemplaba la escena con expresión divertida.
—Empiezo yo —dijo Lillian—. Cuando nos presentaste a Niilo, ya sabíamos que llevabais varios meses saliendo. Un amigo nuestro te había visto paseando con el mismo chico un par de veces y nos lo comentó. Estábamos seguros de que se trataba de la misma persona y si te interesa el porqué, aquí va: que sepamos, tú no sales «a pasear» con ellos, Amy. Por la simple razón de que no duran lo suficiente a tu lado para disfrutar de ese tipo de planes. No te imaginas lo que significó para nosotros saber que se habían acabado los devaneos y los ligues de un fin de semana. Que al fin había alguien en tu vida. Alguien importante de verdad. ¡Nos habríamos puesto a saltar de alegría, te lo aseguro! Pero no queríamos asustar a Niilo. Además, teníamos un millón de cosas que queríamos saber sobre él…
—¿Solo un millón? —No pudo evitar decir el aludido. Su tono de voz había sido divertido, cariñoso.
—Sí, al pobre lo volvimos loco a preguntas… —concedió Norman—. Para nosotros eras una novedad, Niilo. Algo que deseábamos que sucediera pero que, en cierto modo, ya habíamos dejado de esperar. Si Amy ya lo tenía difícil por su forma de ser, empezar a trabajar para ese tatuador fue el remate final… Algo fantástico para su cuenta corriente pero malísimo para su vida personal porque las relaciones que merecen la pena requieren tiempo y dedicación. Pero ahí estabas tú, invicto después de tantos meses… Y cuando Amy nos llamó para invitarnos a celebrar la Navidad todos juntos… —Norman sacudió la cabeza, sus ojos brillaban de alegría cuando dijo—: ¡No lo podíamos creer!
—¿Y por qué no? —quiso saber ella—. Pensábamos irnos de vacaciones. Solo pasaríamos la Navidad en la ciudad… Lo normal era reunirnos y pasarla juntos.
—¿Lo normal para quién? —dijo Lillian—. Te has pasado años felicitándonos el Año Nuevo con una llamada telefónica. A ti siempre te han dado igual estas fechas, Amy. Y que te quede claro que estamos felices de estar aquí, pero si esperabas que tu invitación nos pareciera normal… No nos pareció nada normal y decidimos investigar.
Amy y Niilo intercambiaron miradas interrogantes que acabaron en risas. ¿Sus respectivos padres habían estado haciendo de Sherlock Holmes? ¡Eso sí que era increíble!
—¿Investigar? —Esta vez la pregunta fue de Niilo.
—Sabían que vivíamos dos plantas más abajo y una tarde me tocaron el timbre —explicó Agnes.
—¡Claro, ¿cómo no?! —dijo Amy, a lo que Niilo asintió enfáticamente; ahora las cosas empezaban a cuadrar.
A los dos les había dado la sensación de que las familias procedían con demasiada naturalidad. No había habido comentarios por parte de Agnes sobre la evidente juventud de los padres de Amy, ni acerca del estilo más bien juvenil de Lillian, que con su larga melena rubia platino parecía mucho más joven de lo que era. Tampoco las típicas preguntas acerca de los estudios de Lea o de a qué se dedicaba Agnes. Era normal que no las hubiera; ya se conocían.
El evidente asombro de la pareja hizo reír a Agnes.
—Como he dicho, los padres no vivimos en la ignorancia de lo que hacen nuestros hijos. Y somos bastante osados a la hora de averiguar lo que necesitamos saber. Los tuyos, Amy, lo tuvieron clarísimo. Si no podían preguntarte a ti y no estaban seguros de que preguntárselo a Niilo fuera a darles todas las respuestas que querían, ¿por qué no intentarlo con la madre del novio? Después de todo, íbamos a vernos las caras en Navidad de todas formas —dijo, echando mano de la misma frase que Amy había utilizado en relación a sus padres un rato antes.
—Fue un rato de lo más agradable —terció Norman, sonriendo complacido al ver la expresión en el rostro de su hija—. Muy revelador y muy interesante. —Miró a Niilo antes de decir—: A veces, descubres la verdadera esencia de una persona, cómo es realmente, a través de detalles tan pequeños… Lilly y yo pensábamos que estábamos en la casa de tu familia y resulta que estábamos en la tuya. Esa es tu casa. Te hicimos millones de preguntas, pero nada nos ha mostrado con tanta claridad la clase de persona que eres como ese detalle.
Para Niilo no tenía nada de especial que su madre y su hermana vivieran con él, había sido una decisión natural, de pura supervivencia. Pero recordó que Amy también le había dado importancia al tema al enterarse, así que…
«¿Los Pearson me están dando su visto bueno? ¡Aleluya!», pensó. Una sonrisa agradecida iluminó su rostro y Amy lo celebró, dándole un beso en la mejilla antes de sacar a relucir todo su orgullo de novia:
—Ja. Para vuestra información, eso es solo la punta del iceberg. Niilo es mucho Niilo —aseguró—: Pero si esperáis taparme la boca piropeando a mi novio, estáis muy equivocados. ¡No puedo creer que os hayáis confabulando a mis espaldas!
—¡Y a las mías! —exclamó Lea, riendo—. ¿Dónde estaba yo? ¡No puedo creer que me perdiera algo tan guay1!
La espontaneidad de la muchacha provocó carcajadas en todos.
—Estabas en clase, Lea. Y no nos hemos confabulado —intervino Agnes—. No pienses eso, Amy. Yo también intuía que algo estaba sucediendo pero, conociendo a Niilo, sabía que me enteraría a su debido tiempo y ni un minuto antes. Cuando vives junto a alguien reservado, aprendes a moderar tus expectativas. O lo intentas… Admito que esta vez me estaba costando lo mío respetar su silencio… Así que cuando fui a abrir la puerta y tus padres me dijeron quiénes eran… Fue estupendo poder intercambiar ideas con ellos, saber lo que pensaban, contarles mis impresiones… ¡Sospechar juntos!
—¡Qué maravilla! —dijo Lillian—. Sentirte comprendida en tus desvelos, poder compartir tus dudas con alguien a quien el tema le importa y le afecta tanto como a ti. Además, fue muy esclarecedor…
—¿Ah, sí? —quiso saber Amy. Niilo no llegó a decirlo en alto, pero todos supieron que había estado a un tris de hacerlo al ver que asentía con la cabeza varias veces muy interesado por conocer la respuesta.
—Ya lo creo que sí —aseguró Norman, contemplando a la pareja con picardía.
Todos se miraban, pero nadie decía ni mu.
—¿Os vais a explicar o voy a tener que castigaros sin postre? —volvió a decir Amy.
—Claro, mujer, ahora vamos con eso… Le estábamos dando un poquito de suspense, nada más —bromeó encantada de ver que, por primera vez, un tema era lo bastante importante para su hija como para que se impacientara—. Dejando a un lado lo sorprendente que resulta que 2010 te haya traído el primer novio de tu vida… —Miró a Niilo con malicia—: Y a nosotros, el primer yerno potencial…
Las carcajadas de Lea interrumpieron momentáneamente la conversación, contagiando a la familia que, a esas alturas de la reunión, estaba en plan festivo. La joven también se reía por el rubor que se había instalado en las mejillas de su hermano, haciéndolo parecer un crío al que sus padres acababan de pillar con las manos en la masa.
—Disculpa, Niilo… Es la ilusión —explicó Norman, excusando a su esposa que lagrimeaba de tanto reír—. Seguiré yo mientras Lilly se recupera… Hemos hablado varias veces los últimos días, Amy. Y siempre estabas con él… Daba igual la hora que fuera. Oíamos su voz hablando con alguien o tú le consultabas algo relacionado con mi llamada o la de tu madre, como cuando te llamé para invitaros a una cerveza… Al principio, no reparamos en eso, pero luego caímos en la cuenta de que a los dos nos había sucedido lo mismo últimamente. Y por «últimamente» quiero decir desde hace tres semanas a esta parte.
Sin darle tiempo a la pareja a meter baza, Agnes tomó la palabra.
—A mí también me tenías intrigada, Niilo… Eres un chico cariñoso, igual que tu hermana, pero eso de que fueras a despertarme para despedirte antes de ir a trabajar… —Un conato de carcajada por parte de Lea volvió a hacerlos reír.
Niilo intentó mantener el tipo. Su querida madre había dado en la diana. Apenas había dormido cuatro o cinco noches en su cama en lo que iba de mes, pero como Amy no quería dar pistas a nadie sobre sus planes, hasta se había tomado la molestia de arrugar las sábanas para hacer parecer que dormía allí. Como si eso fuera a despistar a la sagaz Agnes Jarvi… Menudo iluso.
—No te despertaba. ¡Qué exagerada, mamá! Duermes con un ojo abierto y a las siete de la mañana estás despierta. Además, lo hago porque los días que Amy está en la ciudad cenamos juntos y como tú te acuestas pronto, esos días no te veo. ¿Te estás quejando de que te eche de menos?
Agnes se estiró a palmear la mano de su hijo, cariñosamente.
—¡Por Dios, no! ¿Qué dices? No es ninguna queja… Solo es algo más que ha cambiado los últimos días, otro pequeño detalle que sumado a otros pequeños… Y no tan pequeños…
Los ojos de Agnes miraron a su hijo con complicidad. Fue apenas un instante en el que Niilo tuvo la certeza de que su clarividente madre sabía mucho más de lo que decía. Se fijó en Amy con disimulo, ella reía pero continuaba atenta a sus propios padres, mirándolos como si no acabara de creer que todo aquello fuera real. Niilo exhaló un ligero suspiro.
Agnes no siguió hablando. En cambio, sonrió con picardía y desvió su mirada hacia Lillian que, ya recuperada, volvió a tomar la palabra:
—A mí lo que me convenció de que algo sucedía fue que quisieras reunirnos para celebrar la Navidad. ¿Por qué ibas a querer hacer algo así? No eres una persona afecta a las tradiciones, ni mucho menos, y tampoco te han interesado nunca las reuniones familiares. Lo que has hecho siempre por estas fechas es irte de juerga… O de viaje, para poder irte de juerga en otra ciudad… Viniendo de ti no tenía ningún sentido. Pensamos que si no era propio de ti, quizás sí lo fuera de Niilo… Pero al ponerlo a él en la ecuación, el panorama cambió completamente…
—Porque resulta que tú tampoco eres una persona afecta a las tradiciones, Niilo —dijo Agnes mirando a su hijo con infinita ternura—. Y desde que perdimos a tu padre, celebras las fechas importantes porque yo me meto en la cocina a preparar los platos que os gustan a tu hermana y a ti, y te sientes obligado a participar…
Amy giró la cabeza para mirar a Niilo. Él adivinó la preocupación en sus ojos y le quitó importancia con un ligero gesto.
—Si tomábamos cada detalle de forma aislada —dijo Norman—, no eran más que cosas sin importancia que, por ser diferentes a lo que estamos acostumbrados, nos llamaban la atención. Pero cuando hablamos con Agnes y ella nos contó sus impresiones... Lo pusimos todo en contexto y, entonces, la idea de que había sucedido algo importante entre vosotros empezó a cobrar forma…
—Y la idea con más posibilidades —continuó Lillian—, la que arrasó en la votaciones, fue la que habéis anunciado.
La ceja alzada de Amy se ocupó de informarles de que, conociéndolos, sabía que no era esa la idea que se había llevado la palma, sino una bastante más elaborada que incluía un vestido blanco y un altar. Vio que su madre bajaba la cabeza, como si quisiera ocultar una sonrisa de «me has pillado», y que su padre se echaba a reír.
—De acuerdo —concedió Norman en tono conciliador—. No era exactamente esta. Pero ya sabes que los padres solemos dejar volar la imaginación cuando se trata de los hijos.
—Ha dicho «los padres» aunque, en realidad, se refiere a «las madres» —continuó Lillian—. Pero en esta ocasión, no es tan así, ¿verdad, Agnes? Lo que más felices nos hace es saber que os habéis enamorado y que estáis muy bien juntos. Esto es lo más importante. Con vuestros respectivos antecedentes, chicos, tendréis que reconocer que es casi un milagro que sucediera…
—Un milagro muy esperado, ya lo creo —aseguró Agnes. La alegría de comprobar que sus sospechas habían estado bien encaminadas crecía a medida que tomaba conciencia de cuánto había cambiado la vida de Niilo y de cuánto más iba a cambiar; ya lo veía dándole el «sí, quiero» a su novia frente a un emocionado grupo de familiares y amigos.
—Nos alegramos muchísimo por vosotros, chicos, y os deseamos lo mejor en esta nueva etapa —dijo Norman.
—Os irá muy, muy bien, ya lo veréis —terció Lillian, emocionada.
Entonces, cuando Niilo y Amy no podían sentirse más descolocados por el cambio de tornas, se oyó la risa contagiosa de Lea.
—¡No se te ocurra relajarte, Niilo, porque a mí me debes una boda! ¡Reivindico mi derecho de hermana a planear una boda! Y ya que estamos, también reivindico mi derecho a ser tía. ¡Quiero un sobrino, así que nada de relajarse!
Las carcajadas llenaron el salón y mientras las familias disfrutaban a su manera de ser por un rato quienes daban la campanada, a Niilo le bastó ver la expresión alucinada de Amy después de que Lea pronunciara las palabras «quiero un sobrino» para decidir que, definitivamente, había llegado la hora de cambiar de tema.
—Es genial que os haga tanta ilusión y algo menos genial que hayáis estado jugando a los detectives todo este tiempo —bromeó—. Y sobre tus reivindicaciones de hermana… Lo dejaremos en un «sin comentarios». La cuestión es que aunque ni Amy ni yo seamos afectos a las tradiciones, es Navidad y habéis venido a celebrarla con nosotros. Así que os propongo que sigamos con el siguiente punto del orden del día; hemos comido, hemos bebido… ¿Qué tal un brindis? ¡O varios, hay bebida de sobra!
Las miradas cómplices y las risas ya habían comenzado antes de que el motero acabara de hablar. Evidenciaban que a nadie le sorprendía su propuesta. Especialmente, desde que su pizpireta hermana había dejado claro que ser diplomática no era uno de sus puntos fuertes.
Para Amy, la intervención de Niilo era una constatación de lo que él le había dicho aquella misma mañana; las cosas entre ellos iban paso a paso y así continuaría siendo independientemente de las expectativas o deseos de su familia, por más importante que esta fuera para él.
Millones de hombres en el mundo, años «cambiando de marca» como de zapatos y solo una persona con el ingenio y la paciencia necesarios para lidiar con una mujer difícil como ella. Capaz de cautivarla, de enamorarla, de transformar todo su mundo…
«Solo uno. Tú, Niilo Jarvi», pensó Amy, que en un santiamén pasó de los pensamientos a los hechos. Le plantó un beso de ruido sobre la mejilla y exhalando un suspiro de manera muy teatral, exclamó:
—¡Moción aprobada, mi caballero Jedi! ¡Que corra el champán y Feliz Navidad a todos!
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©️2021. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
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CR14. Único en su especie

Viernes, 31 de diciembre de 2010
En un antiguo hotel con encanto,
situado al sudoeste de Inglaterra.
- I -
Niilo comprobó que Amy dormía y cuando estuvo seguro, apartó las mantas, cogió su ropa del respaldo de la silla donde las había dejado la noche anterior y se dirigió al baño de puntillas.
Mientras se vestía a prisa procurando no hacer ruido, era muy consciente de que sus niveles de ansiedad empezaban a estar por las nubes.
No era para menos.
Llevaba una semana desplegando sus dotes de seducción por las noches mientras por el día sorprendía a Amy con un tour por la costa suroeste del país planeado meticulosamente. Pero ambas cosas no eran sino un preámbulo del gran momento, la traca final con la que esperaba encandilarla.
Y el día de la traca había llegado al fin.
Niilo no se molestó en peinarse o en lavarse la cara. No sería necesario ya que todavía no era la hora de levantarse, tan solo era la hora de empezar a preparar el gran momento.
Se puso la cazadora, cogió las llaves del coche y volvió a atravesar la habitación a oscuras, esta vez hacia la puerta. La cerró con sigilo y puso rumbo al ascensor.
Salió del edificio por la puerta que daba a una gran explanada bordeada de pinos dedicada a las plazas de aparcamiento y fue directamente hasta el maletero de su coche. Lo abrió con el mando a distancia y a continuación, se estiró a coger la caja de herramientas que estaba al fondo. Abrió la tapa y cogió el pequeño paquete envuelto en papel de regalo color rojo, decorado en la parte superior con un enorme lazo del mismo color con ribetes dorados y negros. Al sostenerlo en la mano se dio cuenta de que su pulso temblaba perceptiblemente, pero decidió atribuirlo al frío porque era demasiado temprano para empezar a ponerse de los nervios.
Finalmente, se guardó el paquete en el bolsillo del abrigo y tras cerrar el maletero, regresó al hotel dispuesto a meterse en la cama y dormir hasta la hora del desayuno.
* * *
—Último día del año —dijo Amy, acercando su taza de café a la de Niilo, simulando un brindis al que él respondió animado, a pesar de su cara de dormido.
—Último día del año —concedió él con voz gangosa que, a juego con su cara, dejaba claro que andaba corto de horas de descanso.
Amy, en cambio, disimulaba a la perfección que llevaban una semana haciendo turismo y durmiendo casi nada por las noches. Más aún, estaba totalmente espabilada y llena de energía. Desde hacía tiempo, tenía la sensación de que su vida había empezado a cambiar de rumbo con la llegada de Niilo. Había sido un movimiento tan progresivo, que durante los primeros meses le había pasado casi desapercibido. Ya no. Ahora avanzaba a todo gas hacia un futuro que lo incluía a él hasta el punto de compartir casa y se sentía tan bien como nunca se había sentido. Sin dudas. Sin temores.
—¿Preparado para otro día de caminar hasta destrozarnos los pies por los paisajes de postal de nuestro fabuloso país?
Niilo se atoró con el café, se rió a gusto mientras limpiaba el estropicio que acababa de hacer sobre la primorosa mesa del desayuno de aquel hotel con encanto que había escogido para para pasar unas vacaciones con la chica de sus sueños. A Amy le había encantado el lugar, el programa de visitas que había organizado y los rincones magníficos pero poco conocidos donde la había llevado a comer o a cenar. Pero, conociéndola, sabía que lo que más le había gustado eran los morreos que se daban en el asiento de atrás del coche entre visita y visita. Por no mencionar, claro, los entretenimientos nocturnos. Esos eran los culpables de que se estuviera quedando en los huesos; con tanto ejercicio y tan poco descanso, estaba seguro de que en Bristol se dejaría tres o cuatro kilos. En el fondo, lo que los dos necesitaban era pasar tiempo juntos y ver cómo se les daba compartir tantos momentos del día.
Y se les estaba dando de fábula.
—¿Y tú, estás preparada? Ayer casi pude contigo —bromeó a cuenta del dolor de pies que le había provocado.
—¿Con quién crees que estás hablando, monino?
Ella lo miró desafiante y sacó una de sus piernas por el costado de la mesa, mostrándole no solo su muslo tonificado enfundado en un ceñidísimo vaquero, también unas zapatillas de deporte blanco inmaculado.
—Eres una chica de recursos. Hoy sí que vas preparada… —La miró por encima de su taza de café—. ¿Me tocará a mí acabar con dolor de espaldas, pobrecito yo?
Amy sonrió con picardía. Sabía perfectamente a qué se refería. Los dos eran muy afectos a los rincones poco iluminados y la diferencia de estatura ya era de por sí grande sin necesidad de que ella calzara deportivas.
—Siempre puedo trepar…
Aquellos ojos la estaban desnudando, pero a la vez, la acariciaban. A un nivel diferente, sentía como si una manta de tacto muy suave y aroma embriagador la estuviera abrigando. Con Niilo siempre sentía eso; el deseo y el amor, juntos de la mano, como si fueran dos caras de un mismo hombre. Dos facetas inseparables.
—Guaaaaauuuu… —repuso él.
—¿Sabes qué? —Amy hizo repiquetear suavemente la llave de la habitación sobre la mesa. Vio que la mirada del motero se volvía intensa—. Creo que necesito practicar, a ver si puedo trepar bien… ¿Qué tal si acabas tu desayuno y subes?
Todo el cuerpo del motero se tensó al instante. Adiós modorra, adiós cansancio, adiós falta de sueño.
¡Hola, lujuria!
—No tardo —fue toda su respuesta.
* * *
Amy entró en la habitación sonriendo. No fue realmente consciente de ello hasta que pasó frente al espejo y se vio a sí misma reflejada en él. La idea de lo que estaba a punto de suceder entre aquellas cuatro paredes era razón suficiente para la sonrisa radiante que lucía, pero al verse, no pudo evitar pensar que, probablemente, aquella sonrisa llevaba allí desde hacía mucho tiempo aunque ella no fuera consciente de ello. No solo sonreía a cuenta del festín de Niilo que estaba a punto de darse. Sonreía porque lo tenía en su vida. Sonreía porque cuando la mañana siguiente volvieran a Londres, lo tendría en su cama, en su vida, las veinticuatro horas del día. Su sonrisa era consecuencia de cómo se sentía. Y hacía meses que se sentía así; en las nubes.
Satisfecha, dio una vuelta alrededor de sí misma y luego echó un vistazo a la habitación mientras dejaba volar la imaginación. A los dos les gustaba jugar y ella, desde luego, estaba totalmente por la labor de empezar el día jugando, pero jugar requería tiempo y sabía que Niilo había planeado minuciosamente cada escapada y cada visita del recorrido. Necesitaba pensar en algo que él disfrutara especialmente -léase, que lo pusiera de cero a cien revoluciones en un minuto-, que fuera el vehículo para que después los dos disfrutaran a fondo, y que no le robara demasiado tiempo al programa que él había preparado para el día.
Su sonrisa se ensanchó cuando la idea perfecta apareció en su mente. Se puso de inmediato manos a la obra. Solo necesitaba dos cosas. La primera, desnudarse. Lo hizo rápidamente sin dejar de sonreír mientras pensaba que la sola idea de estar a punto de servirse otro opíparo desayuno la estaba poniendo a punto de una forma bestial.
Para lo segundo, necesitaba husmear en el bolso de su chico en busca de una camisa. Entonces, la acosó la idea de que quizás él no hubiera puesto ninguna. No le había visto hacer el equipaje y lo suyo, definidamente, eran las camisetas. Eso sería una lástima porque una camiseta no tendría el mismo efecto sobre la libido de su chico. Lo había comprobado. A él le chiflaba que se desatara los botones muy despacio, revelando centímetro a centímetro su desnudez. Lo ponía como una moto.
«Por Dios, que haya traído una camisa», pensó con creciente ansiedad, inclinada sobre la cama, al tiempo que abría la cremallera de un Samsonite marrón habano.
Un segundo después, lo que estaba buscando pasó a un segundo plano y toda su atención quedó atrapada en el pequeño paquete rojo con un lazo que disparó su imaginación como nunca en toda su vida.
* * *
Tras el primer momento de alucine, Amy no tuvo que pensarse mucho su siguiente paso. Esperó impaciente mientras el teléfono sonaba y sonaba. Por momentos, se reía sola de pura excitación. Y como Abby no la atendiera ya, la perseguiría en sueños, echándole maldiciones, el resto de su vida.
—¿Te has caído de la cama, guapa? Seguro que no has visto la hora… —la saludo Abby con voz somnolienta.
Pues sí, era temprano. Los programas de Niilo solían empezar antes de las ocho de la mañana. Pero no estaba en condiciones de preocuparse por haberla despertado. Tenía cosas más importantes que hacer…
Como por ejemplo, volverse loca de alegría con su mejor amiga al otro lado del teléfono.
—¡Vas a flipar cuando te lo cuente, cari! —le dijo.
Y, a continuación, intentando mantener su locura bajo control, le relató a su amiga del alma el descubrimiento que acababa de hacer.
* * *
—Espera —dijo Abby en voz baja—. No quiero despertar a Brian. Voy a la cocina para que hablemos tranquilas…
—Vale, vale, pero date prisa…
Después de unos cuantos minutos, Amy volvió a oír la voz de su amiga.
—A ver, explícamelo todo de nuevo porque esto… ¡Esto es la noticia del año! —exclamó.
—¿Y qué quieres que te explique? La cajita está envuelta, así que no sé lo que hay dentro, pero creo me lo puedo imaginar y… ¡Joder, estoy de los nervios!
—Bueno, a ver, olvídate de la cajita por un rato, ¿cómo ha estado Niilo estos días? ¿Te ha dado a entender algo? Nadie se despacha con algo así sin dar pistas, ¿no?
Que se olvidara de la cajita por un rato, pensó Amy mirando el pequeño paquete que había situado sobre el edredón, frente a ella. ¿Y cómo se hacía eso?
—Mucho me pides, cari… —Se echó a reír de pura desesperación—. Joder, la ansiedad va a acabar conmigo… Y si no es la ansiedad, lo hará Niilo… Porque, respondiendo a tu pregunta, llevamos una semana follando a cada rato… Lo que, por cierto, me recuerda que estará al llegar, reclamando su ración de folleteo matutino. Lo dejé desayunando y me dijo que no tardaría, así que… —Sonrió con malicia—. No me envidies mucho, ¿vale, cari? ¡Y despierta a tu chico, que ya sabes que el sexo es buenísimo para el cutis!
Las carcajadas de Abby la contagiaron y durante unos instantes las amigas se rieron a gusto.
—¡Céntrate, Amy! ¿En serio no te ha dado ninguna pista? Seguro que te la ha dado y tú, obnubilada por tanto folleteo, no has caído en la cuenta.
Hubo otra tanda de carcajadas tras la cual Amy intentó hacerle caso a Abby y recordar si había habido notado algo fuera de lo habitual en el comportamiento del motero.
Niilo era más bien silencioso, de hacer pocos comentarios, pero era un tipo dulce sin necesidad de palabras. Siempre la miraba, era algo a lo que ella se había habituado con mucho gusto. Esa atención tan cerrada que le dedicaba, la halagaba mejor que mil palabras. Los últimos días la miraba más. Sus ojos la seguían, hiciera lo que hiciera. Quizás, la palabra correcta fuera «observarla» porque no se perdía detalle de nada. Era como si quisiera aprendérsela de memoria. ¿Lo haría por comprobar si ella había descubierto el paquete envuelto en papel de regalo?, pensó.
Lo descartó enseguida. Niilo la miraba porque estaban en una fase muy dulce de la relación, disfrutando de la primera escapada larga que hacían, lo que suponía pasar mucho tiempo juntos y conocerse en facetas que hasta ahora no habían compartido. Ella también lo miraba constantemente. No solo por «observarlo», también porque le resultaba imposible no hacerlo. Niilo le gustaba en todas sus facetas, en cualquier momento del día, incluso cuando dormía. Tenía ganas de él a todas horas. Ganas de su dulzura y de su atención, ganas de lo que sentía estando a su lado y también ganas de él y de lo bien que se lo montaba en las distancias cortas, lo cual explicaba por qué llevaban seis días enzarzándose en un cuerpo a cuerpo a cada rato.
Definitivamente, no había habido nada extraño o inusual en su comportamiento. Era el Niilo de siempre, más persistente en sus miradas, más caliente en sus acercamientos -de lo más normal, dadas las circunstancias-, pero el mismo tío arrebatador del que llevaba enamorada varios meses.
Entonces, súbitamente, un pensamiento apareció en su mente. Si Niilo era el mismo de siempre, entonces ¿qué pintaba esa cajita tan bien envuelta en su equipaje? El Niilo de siempre no jugaba bazas tan directas.
El Niilo de siempre, cuando movía ficha, lo hacía sutilmente, con mucho cuidado. Y si aquel obsequio era lo que ella creía, suponía una jugada de lo más arriesgada y, por lo tanto, nada propia de su caballero Jedi.
Pero allí estaba la pequeña caja, real como la vida misma, suscitando un montón de preguntas…
Y disparándole el corazón a base de bien.
* * *
Amy se apresuró a despedirse de Abby, asegurándole que más tarde volvería a llamarla. Estaba bastante segura de que era la voz de Niilo la que oía hablando con alguien del servicio.
Corrió a dejar la caja donde la había encontrado y cerró el bolso de Niilo que volvió a dejar donde estaba antes. Se echó un vistazo para asegurarse de que todo estaba como debía y no le llevó mucho tiempo comprobarlo ya que solo vestía una única prenda; una camisa -negra, por supuesto- con delgadas líneas verticales grises, casi imperceptibles, que llevaba doble abotonadura y era tan suave como su dueño. Solo dos botones estaban abotonados, el que estaba justo debajo por de sus pechos y el que estaba justo encima de su pubis. Desnudo, por supuesto. Si permanecía quieta constituía una vestimenta de lo más púdica y quizás por eso, de lo más morbosa. Pero nada retenía el tejido, excepto los dos botones, y al menor movimiento, la camisa se abriría exponiendo generosas porciones de piel. Algo que resultaba evidente y de lo que su caballero Jedi sacaría el debido provecho.
Exhaló un suspiro y se negó a reconocer que buena parte de la expectación que ahora sentía no estaba relacionada con el provecho que Niilo sacaría del tema.
Pero se negara a hacerlo o no, su mente estaba inquieta, volando de un pensamiento a otro sin parar y todos estaban relacionados con el pequeño paquete del lazo rojo con ribetes dorados y negros que había encontrado por casualidad mientras buscaba algo con lo que animar sexualmente el desayuno de aquella mañana.
Era una caja. Estaba segura. Una caja de las que las joyerías solían usar para los anillos. Así que no podía tratarse de otra cosa. Y, de acuerdo, en las joyerías podían encontrarse gran variedad de sortijas y muchos hombres se decantaban por un bonito anillo cuando se trataba de hacerle un regalo a sus novias o esposas, pero… ¿Era Niilo del tipo que hacía esa clase de regalos?
«¿Eres de esa clase?», pensó.
No tuvo tiempo de responderse porque, en aquel momento, Niilo se materializó frente a sus ojos. Vio su mirada, mezcla de ternura y de sorpresa. Vio su sonrisa que primero fue dulce y al segundo siguiente, al detectar su camisa, se volvió insinuante. Vio que él avanzaba hasta ella, introducía una mano por debajo de la prenda y la atraía a él en un gesto de lo más posesivo y apasionado…
Y Amy ya no pensó en nada más.
Dejó que Niilo la elevara, le rodeó las caderas con sus piernas y se fundió con él en un beso apasionado que no fue sino el preludio de una mañana muy caliente.
- II -
Niilo no dejaba de mirar a Amy. Era su deporte favorito, uno a través del cual había aprendido la mayoría de las cosas que sabía sobre ella, y además era un placer. Amy le había entrado por los ojos la primera que la había visto. Le parecía total, la mujer más hermosa y más sensual del mundo, pero también alguien con una personalidad apabullante. Podía pasarse horas escuchándola, viéndola derrochar risas y esa energía vibrante que emanaba de ella. Podía pasarse horas viéndola desplegar sus armas de seducción con ese estilo tan suyo de dejar claro que iba a por todas, pero que también podía dejarse seducir, si eso conseguía elevar la temperatura del momento.
Pero aquel día había más razones para observarla.
Encontrarla con su camisa por toda vestimenta había sido una sorpresa de lo más agradable. Amy solía ser muy directa en sus avances y, tras su invitación en la mesa del desayuno, pensó que la hallaría en el baño -uno de sus sitios favoritos para el sexo- o, quizás, en la cama. Desnuda, por supuesto. Y de más estaba decir; tocándose. Sabía que a él lo volvía loco y lo complacía con descaro.
Pero no. Ni estaba en la bañera ni tocándose, pero se había puesto su camisa con la evidente intención de que él se la quitara muy despacio. Eso era algo que le provocaba casi tanto morbo como verla tocarse y, en esta ocasión, el morbo fue aún mayor porque la camisa estaba en su bolso y eso quería decir que Amy tenía que haber visto el paquete.
Así que, dejando a un lado que habían compartido un polvo épico y que todavía seguía con muchas ganas de repetirlo, no podía dejar de mirarla porque necesitaba saber qué pensamientos circulaban por aquella preciosa cabecita suya después de haber visto el paquete que él había puesto allí aquella misma mañana, mientras ella dormía.
Ahora estaban en Avonmouth, un suburbio exterior de Bristol situado al norte de la ciudad, la primera parada turística del día. Después de visitar el puerto y perderse por aquellas tierras con varios siglos de historia, se habían detenido a visitar el mercadillo local. Amy era fan incondicional de los mercadillos, de modo que llevaban casi una hora curioseando los puestos callejeros y comprando recuerdos.
A pesar de que el mal tiempo les había dado una tregua aquella mañana, Niilo no había querido arriesgarse a acabar la jornada pasados por agua y su Harley Davison se había quedado en el aparcamiento del hotel por tercer día consecutivo. Excepto por algunos recorridos cortos que habían podido hacer, se habían movido principalmente en coche. Dado que no era su medio de transporte favorito, los primeros días había llevado la moto en el arrastre. Al final, había acabado desistiendo.
Pero otra cosa que el motero había tenido ocasión de comprobar en esta, la primera escapada romántica de larga duración que hacía con su chica, era que poder estar con Amy compensaba con creces todas las incomodidades y demás incidentes que les había deparado el viaje. Compensaba en el sentido obvio y también en otro sentido, mucho menos obvio; para ser un tipo solitario y poco hablador, estaba disfrutando muchísimo de no estar ni un solo momento a su aire. Hasta el punto que, realmente, no deseaba regresar a Londres el día siguiente. Así lo habían acordado porque había cosas que hacer antes de volver a la rutina laboral. Especialmente él, que todavía tenía la mayoría de su ropa y enseres personales en su casa, dos plantas más abajo. Pero de muy buena gana, se quedaría unos cuantos días más. Estaba resultando una aventura descubrirse a sí mismo en una faceta tan diferente.
Amy estaba esperando para pedir un tentempié frente a un puesto de refrescos y pasteles cuando su móvil empezó a sonar. Niilo estaba cerca, pero no lo bastante para escuchar lo que hablaba. Puso más atención porque tenía la sensación de que esa llamada le daría más pistas respecto del asunto «cajita». Solía recibir muchas llamadas, pero aquel viaje también estaba siendo especial en ese sentido; su móvil apenas había sonado. Ella les había advertido a todos sus contactos habituales —léase, su jefe, Harley, el personal del estudio, su familia y, por su puesto, su amiga del alma— que no se les ocurriera darle la brasa porque hasta el lunes, que volvería a estar «operativa», pasaría de atenderlos. Sin embargo, había sonado otras dos veces en lo que iba de mañana y, aunque Amy no había hecho ningún comentario y él había preferido no preguntarle, estaba bastante seguro por el lenguaje corporal de su chica que quien llamaba era Abby.
La vio reír, conversar un rato, y, finalmente, cortar. En aquel momento, sus miradas se encontraron. Amy le arrojó un beso y siguió a lo que estaba, esperando a que la atendieran.
Niilo se quedó pensando en lo que había visto. Si la llamada era de quien él pensaba, quizás quería decir que Amy no solo había visto la caja, también había tenido la necesidad de contárselo a su mejor amiga. ¿Qué le habría dicho? No pudo evitar sonreír al darse cuenta de que la curiosidad lo estaba matando.
Daría lo que fuera por haber podido oír la conversación.
Daría lo que fuera por saber qué pensaba Amy de lo que había hallado en su bolso.
¿Las llamadas tenían que ver con el hallazgo?
Entonces, se percató de que Amy se dirigía hacia él con dos vasos en una pequeña caja de cartón y una bolsa marrón con los tentempiés, y decidió que tentaría suerte.
—Gracias, preciosa. Me vendrá bien algo caliente. Por más soleado que esté, sigue haciendo un frío del carajo —dijo cuando ella le entregó su vaso y un dulce en forma cilindro relleno de mermelada.
Amy sonrió con desparpajo.
—Bueno, si lo que tienes es frío, ya sabes que hay otras formas más saludables de entrar en calor que atiborrarte a café. —A su frase, siguió una caída de ojos.
—Guau… Chica, qué plan más bueno… —Tras una pausa para beber un sorbo, continuó—: Porque, desde luego, como plan es la caña, pero… —Ella lo miró risueña y expectante—. Si seguimos así, vamos a necesitar al menos un día más para acabar el programa turístico… No es que sea tan importante ir a Gales… Seguro que puedo vivir sin ello, pero me dijiste que querías conocer Cardiff y ya sabes que me encanta complacerte…
Amy sonrió con suavidad. Permaneció mirándolo mientras pensaba que Niilo seguía sumando puntos a su tanteador sin despeinarse. Le encantaban sus modos de decir sin decir. Y aunque no estaba segura al cien por cien de que estuviera interpretándolo bien, tenía la impresión de que lo que él estaba sugiriendo era prolongar la estancia un poco más, sin parecer que estaba planteando la cuestión abiertamente.
—Lo estamos pasando de miedo, ¿eh?
Niilo asintió.
—A lo mejor, podríamos quedarnos un día más… —propuso Amy y enseguida se rio—. Oye, no es que intente decir que dejemos la excursión por hoy y volvamos al hotel para que entres en calor…
Vio que Niilo soltaba una carcajada y apartaba el vaso de su ropa para no mancharse. Las risas duraron un buen rato, hasta que él le dijo:
—Eres terrible, ¿lo sabías?
Su voz, como siempre y mucho más últimamente, había rezumado dulzura. Una dulzura que entró directo al corazón de Amy, derritiéndola…
Y dándole muchísimas ganas de dejar la excursión y volver al hotel.
Pero, una vez más, tuvo claro que no había sido solo su inefable dulzura la única razón de su mono de intimidad con él, sino saber si la bendita caja era para ella y en ese caso, por Dios, por Dios, por Dios, averiguar qué contenía.
—Pero a ti te encanta que sea tan terrible, así que…
Niilo la rodeó por la cintura. No cerró el abrazo porque era en la mano sostenía el pastel, pero el movimiento y, sobre todo, la intención cumplieron su cometido. La mirada de Amy se volvió intensa.
—Me encantas tú —le dijo—. Siempre. Da igual lo que hagas o digas. Y aunque no estés sugiriendo que lo dejemos todo y volvamos al hotel a calentarme… —Vio una sonrisa pícara brillando en aquel rostro precioso y le robó un beso—, las dos cosas me parecen una buenísima idea. Podemos volver al hotel después de comer, en vez de seguir destrozándonos los pies. Y también podemos quedarnos un día más y acabar el programa turístico. ¿Qué te parece?
—Que eres mi héroe, motero. ¿La verdad? No tengo ninguna gana de regresar a Londres.
—Pues ya somos dos —concedió él, risueño.
—No es solamente que lo estemos pasando tan bien, es que me encanta esta región… Tenías razón; me enamoré de la costa, de sus paisajes únicos, de su ritmo tranquilo… Y eso que ya conocía la costa sudeste, pero no sé… Esto es diferente. Será la compañía —coqueteó.
—Y los aperitivos que nos regalamos en cualquier momento del día —apuntó él con picardía—. En Londres, somos mucho más comedidos. No por falta de ganas, que quede claro. Más bien por limitaciones de tiempo.
Los ojos de Amy brillaron intensamente cuando dijo, entre risas:
—El de esta mañana ha sido…. Mmm… ¡Dios, qué máquina, mi caballero Jedi! ¡Lo que hace de ti el aire marino y un buen desayuno campestre!
Y esta vez, nada pudo evitar que el motero acabara regando de café todo lo que estaba a cincuenta centímetros a la redonda.
* * *
Que Niilo fuera de pocas palabras, según la circunstancia, podía ser un inconveniente. Tanto silencio sumado al paisaje evocador que veía pasar a través del cristal de la ventanilla había dado rienda suelta a su mente que, inquieta desde que había descubierto aquella pequeña caja, no paraba de volver sobre el tema.
Necesitaba saber si aquel obsequio estaba destinado a ella, eso era innegable. Pero, al mismo tiempo, averiguarlo traía aparejado otras preguntas igual de necesarias cuya respuesta desconocía…
El tamaño de la caja hacía casi imposible que el contenido fuera otra cosa que un anillo. Y aquí era donde empezaban las preguntas y sentía el cerebro a punto de estallar. Si era un anillo, ¿de qué clase era? Niilo no le parecía la clase de hombre que regalaba joyas. A menos claro, que fuera EL anillo, en cuyo caso tampoco le parecía muy propio de él, pero por razones diferentes; eso sería jugar muy fuerte. Ahora vivían juntos y había sido a propuesta suya -una propuesta que le había costado Dios y ayuda poner en palabras-, pero un anillo de compromiso… Era la primera vez para los dos que tenían algo serio con otra persona y, sin duda, era un compromiso, pero un anillo de esa clase, sería inocultable y las familias lo interpretarían de otra forma. Comenzaría a haber presión de verdad. Y estaba segura de que ninguno de los dos quería eso.
Pero también existía la posibilidad de que no fuera un anillo, sino dos. Y si eran dos…
«Joder, Amy. ¡Para yaaaaaaa! ¡Para, para, para, PARA!».
—¿Quién se saltó tu advertencia de no darte la brasa en vacaciones? —preguntó Niilo, devolviendo a Amy a la realidad de sopetón—. Tu móvil lleva silencioso toda la semana y hoy ha sonado varias veces, ¿no? Espero que no sea tu jefe…
«Voy a matarte, Abby», pensó ella. Desde que se le había ocurrido la idea de contarle lo que había descubierto en el bolso de su chico, la ansiedad de su amiga estaba disparada. Así que no solo la estaba poniendo a ella misma de los nervios, sino que ahora tendría que inventarse alguna historia creíble para no delatarse.
Amy puso su mejor cara de póquer.
—¿Mi jefe? ¡Qué va! Desde que está de novio con Harley, algo que los dos niegan por activa y por pasiva pero es la pura verdad, está bastante tranquilo. Ahora mismo debe estar en Ámsterdam y seguro que en lo último que piensa es en darme la brasa a mí.
—Y si no era él, ¿quién era?
Ella se quedó cortada un instante. No esperaba su insistencia. Además de silencioso, Niilo solía ser bastante prudente a la hora de formular preguntas directas.
—Mis padres. Y por turnos… Para ver qué tal lo estamos pasando. ¿Tú te crees? Desde que estamos juntos, son otros. De verdad que me tienen asombrada con…
El sonido de su móvil interrumpió la conversación. Sabía sin necesidad de constatarlo de quién se trataba.
Su mirada se cruzó con la de Niilo y tuvo que concentrarse para seguir manteniendo su cara de póquer.
—Oye, me encanta que te acuerdes de que somos amigas y quieras saber de mí, pero la advertencia de que no quería que me dieran la brasa también era para ti, cari. ¿La recuerdas o estabas demasiado «piripi», como le llamas tú a beberte dos cervezas y que se te ponga una sonrisa boba?
Las risas de Abby hicieron muy difícil que Amy mantuviera el tipo. Se estaba tronchando de la risa en su oído.
—¿Sigues ahí? —insistió, mirando a Niilo con cara «¡vaya amiga más loca tengo!».
—Perdona, nena.. —Más risas—. Es que estoy que no me aguanto de la ansiedad… Ahora no puedes hablar, ¿no? ¿Querrá eso decir que todavía sigues en ascuas? ¡Quizás quiere decir que te llamé en mitad del gran momento! ¡Madre mía, qué inoportuna! ¡Ay, perdona!
Amy controló visualmente qué hacía Niilo. Aparte de conducir con la vista puesta en la carretera, sonreía. ¿Era una sonrisa de «¡qué mal mientes!»? ¿O era una sonrisa de «vaya paciencia le tienes a tu amiga»? Exhaló un suspiro casi inaudible y se empleó a fondo en idear una respuesta adecuada, porque la necesitaba. A ser posible, en tiempo récord.
—Ah, gracias por el cotilleo… Pero habría podido esperar a llegar a Londres para saberlo, Abby. Eso, si no me entero antes a través de mi chico… —Vio que él apartaba la vista brevemente de la carretera para mirarla interrogante—. Si los moteros están planeando algo para esta noche, seguro que Niilo recibirá uno de esos mensajes grupales lleno de emoticonos… Y respondiendo a tu pregunta, todo bien por aquí. Conociendo mucho lugares fabulosos, comiendo requetebién… Y haciendo mucho ejercicio, ya sabes. —Ella misma coronó su frase con una carcajada que Abby no tardó en imitar—. En cuanto llegue a Londres, te llamo, ¿te parece bien? O lo que es lo mismo… ¡Deja de darme la brasa!
Las amigas se despidieron risueñas, como siempre, y Amy volvió a guardar el móvil deseando que su ocurrencia hubiera colado. No le importaba tener que dejar en evidencia que había estado hurgando en su equipaje; sus motivos eran eróticos, no de otra clase, y quizás, si el paquete hubiera tenido otra forma, ella misma habría sacado el tema. Pero tenía la forma que tenía.
—Parece que tus colegas están planeando algo. Luego, echa un vistazo a tu móvil.
«¿Y Abby te llama para contártelo?». Ese fue el momento en el que Niilo tuvo meridianamente claro que su plan iba viento en popa.
- III -
Finalmente, no habían regresado al hotel después de comer. Amy y Niilo siguieron con el plan original que era pasar el límite territorial entre Gran Bretaña y Gales y entrar en un mundo que parecía de película. Un mundo dominado por el verde intenso y los paisajes en los que se te perdía la mirada.
—Qué pasada, Niilo —murmuró Amy cuando él detuvo el coche para que se bajaran a estirar las piernas un rato y ella dejó de ver aquella maravilla desde detrás del cristal para verla en vivo y en directo.
—Bienvenida a Gales, nena… Uno de mis rincones favoritos del mundo… ¿Te gusta?
—Me encanta. Qué colores… Hasta el aire huele distinto… Gracias por incluirlo en nuestros planes, caballero Jedi. Creo que esto ha sido amor a primera vista.
—¿Del paisaje o del caballero?
—Del paisaje. Porque del caballero me enamoré hace mucho tiempo.
—¿Sí?
Ella asintió suavemente con la cabeza y se volvió de frente a él para abrazarlo y apoyar la cabeza sobre su pecho.
—¿En serio? —insistió Niilo.
—¿No lo sabes?
—Sí… —Exhaló un suspiro—. Pero cada vez que te lo oigo decir es como si un billón de burbujas diminutas explotaran dentro de mí, llenándome de esa sensación… —Buscó su mirada—. ¿Sabes cuando bebes un sorbo de champán recién servido y las burbujas te hacen cosquillas en la lengua? Es algo así, pero mucho más intenso. Muchísimo más.
Amy se estremeció. Esto también le encantaba de él.
—¿Te hago cosquillas en la lengua? —preguntó con suavidad y cierta malicia.
Niilo asintió varias veces con la cabeza.
—Me encanta que te parezca bien quedarnos por aquí un día más porque tampoco tengo ganas de volver. Y no tiene que ver con este paisaje de muerte ni con lo muchísimo que me gusta Gales, sino contigo. Quiero tenerte solo para mí un día más, Amy.
—Pues me parece un plan perfecto, motero… —dijo ella. Y ni corta ni perezosa se colgó de su cuello y le rodeó las caderas con sus piernas—. ¿Has visto lo bien que trepo después del entrenamiento de esta mañana?
Niilo esbozó una sonrisa, pero no le respondió con palabras; le robó el aliento con un beso apasionado.
* * *
Habían andado muchísmimo. A veces, entre flores y arboledas, a veces por callejuelas perdidas de la mano de dios que tenían tanto encanto como aquella tierra de magia y misterio que estaban visitando. A veces, como ahora, entre un montón de transeúntes que, al igual que ellos, aprovechaban las últimas horas del último día del año 2010 para tomar las calles y celebrar la proximidad de un nuevo comienzo.
Cardiff era una ciudad en la que Amy nunca había estado antes. Al pasar la frontera, parecían haber dejado atrás el tiempo inestable y un sol radiante los había acompañado buena parte de la tarde. Ahora, las luces del ocaso empezaban a asomar sobre aquella ciudad maravillosa y Niilo se dejó caer en el primer banco libre que encontraban en el paseo. Estiró las piernas cuan largas eran. Hizo lo mismo con sus brazos que extendió sobre el respaldo con una expresión de puro alivio en la cara.
—Quién lo diría, con lo cómodas que parecen esas botas… Para la próxima, ya lo sabes —se burló Amy, y después de sentarse a su lado, estiró una de sus piernas y agitó su pie enfundado en unas deportivas que ya no eran tan blancas como cuando se las había calzado de nuevas por la mañana.
Niilo se rio. Pero no dijo la razón de que lo hiciera. En realidad, la causa de que estuviera agotado no tenía que ver con sus botas, sino con ella. Tantos aperitivos a todas horas le encantaban y, por supuesto, no pensaba renunciar a ellos, pero lo estaban dejando en los huesos. Sacó el móvil del bolsillo interior de la chaqueta y lo comprobó.
—Qué raro —comentó—. No tengo mensajes. ¿Qué te dijo Abby que mis colegas estaban organizando?
La pregunta había tomado del todo desprevenida a Amy. Nadie organizaba nada. Había sido una invención, así que a ver cómo se las arreglaba ahora para salir del paso.
—No me dijo exactamente qué… Algo para Maverick, creo…
Niilo sonrió para sus adentros.
—Uf, no creo que vayan a contar con Mav. Tiene el día libre. Hoy Shea y él le decían a su madre lo que se supone que es un secreto pero todos sabemos; que se casa en febrero.
Amy sonrió al tiempo que sacudía la cabeza. Respiró hondo y al final, volvió a mirarlo.
—No sabía lo de su boda y podría decir algo como: «¿En serio? ¿Se casa? ¡Qué buena noticia!». Porque es una buena noticia. Creo que hacen una pareja fabulosa y me encanta que hayan pasado de los prejuicios de todo el mundo por ese asunto de que ella es mayor que él. Pero…
—Pero ¿qué?
—Vale. Lo intenté y no ha colado, así que te diré la verdad. Esta mañana, cuando fui a buscar una camisa tuya para hacerte babear de gusto, encontré el paquetito con el lazo rojo. Y bueno… Ya sabes cómo es la imaginación de las chicas… No pude aguantarme y se lo conté a Abby. Craso error, porque, como has visto, no ha dejado de llamarme… ¡Está tan desquiciada como yo!
Amy se tenía a sí misma por una descarada y no le daba ningún pudor decir según qué cosas que al normal de la gente sí le daba. Pero tenía que reconocer que sentía un calor extraño en el cuello, así que dedujo que, probablemente, se estaría sonrojando.
«Y sí, eso es un poquito incómodo», pensó.
Niilo se las vio y se las deseó para no empezar a comérsela a besos allí mismo.
—Así que has visto el paquete y estás desquiciada… —dejó caer. Buscó su mirada—. ¿Por qué estás desquiciada?
—¡Porque la curiosidad me está matando!
—¿Curiosidad… o ansiedad?
Era ansiedad. Definitivamente. Había sido curiosidad los primeros cinco segundos. Después, cuando su mente había hecho las asociaciones oportunas y, a sabiendas de que estas podían ser erróneas, lo que sentía era ansiedad.
Amy se acomodó mejor en el banco. Se puso de frente a él, con el codo apoyado sobre el borde del asiento y la barbilla descansando sobre su mano. Lo miró mucho más interesada que antes, que ya era decir.
—¿Y tú qué crees que es, Niilo?
—Yo pregunté primero —se defendió el motero, mirándola con picardía.
—No, no, no. De eso, nada… Fui sincera. Admití que ví el paquetito e intenté ocultártelo y acabo de admitir que estoy desquiciada. Si quieres que siga admitiendo cosas, suelta prenda, monino.
No era lo que Niilo deseaba, pero tenía que reconocer que era lo justo. Se tomó su tiempo. Miró distraídamente a los transeúntes que pasaban frente al banco donde se hallaban mientras su cerebro se enfrentaba al tema igual que lo haría ante una partida de ajedrez.
—Eres bastante intensa para todo, pero no creo que la curiosidad fuera a desquiciarte. Y si fuera mucha curiosidad a secas… O sea, solamente curiosidad, me lo habrías preguntado. Es más —aseguró, y esta vez la miró—, conociéndote, la habrías usado a modo de juguete erótico para ponerme como una moto. ¿O no?
La sonrisa de Amy se le tragaba la cara. Un poco se debía a la incomodidad que seguía arrebatándole las mejillas, a lo que no estaba acostumbrada. Otro poco, a saber que su chico había dado en la tecla por partida doble; era ansiedad y de haber sido solo curiosidad, vive Dios que habría intentado saciarla cuanto antes poniendo toda la carne en el asador.
—Esto de que me conozcas tan bien, empieza a ser un problema, caballero Jedi.
Niilo asintió con la cabeza varias veces, pensativo. En realidad, estaba degustando intensamente el momento como si de un manjar de manjares se tratara.
—Es ansiedad —afirmó—. Matarías por saber qué hay dentro de esa caja, te haces mil preguntas y, al mismo tiempo, no quieres saberlo. A ratos piensas que te gustaría no haberla visto y que, llegado el momento, yo te tomara desprevenida. Porque también te chifla el factor sorpresa y ahora ya no es tanta la sorpresa…
Durante unos instantes, Niilo volvió su vista hacia el grupo de estudiantes que, no muy lejos, entonaban una canción de moda a voz en grito, señal de que llevaban despidiendo el año desde la Navidad.
—Pero lo que peor llevas, con diferencia —continuó—, es tener que esperar para averiguar de qué se trata hasta que el «paquetito» se materialice delante de tus ojos… Eso, suponiendo que en realidad sea para ti y no un regalo para mi madre o para mi hermana. ¿Me equivoco?
Ella se limitó a sonreír y no respondió. Lo cual constituyó suficiente respuesta. Él se acercó un poco, como si fuera a hacerle una confidencia.
—Para que yo me aclare, en una escala del uno al diez ¿cuál es tu nivel de ansiedad?
Fue en ese precioso momento, al oír que Niilo repetía esa frase que se parecía tanto a una que le había dicho en el taller de Evel, aquel viernes de diciembre que al fin se había atrevido a pedirle que vivieran juntos, cuando Amy descubrió la verdad.
—Entre catorce y quince —repuso igual que lo había hecho entonces. Tomó el rostro del motero entre sus manos y empezó a llover besos sobre él al tiempo que decía—: Querías que encontrara ese paquete. Querías que me devanara el seso. Querías la duda, la ansiedad, la ilusión… Querías el lote completo. Lo has hecho a propósito, Niilo.
—¿Tú crees? —ronroneó él, buscando sus besos—. ¿Y por qué haría una cosa así?
—Porque sabes que cuando me haces levitar de ilusión con alguna de tus ocurrencias, soy muy, muy complaciente. Mucho más de lo habitual. Y eso te encanta.
—Esto de que me conozcas tan bien… —susurró él, destilando picardía a raudales.
Amy le pasó sus brazos alrededor de los hombros y lo estrujó, desbordante de ilusión.
Era genial sentirse tan unida a alguien. Especialmente, sabiendo que en su vida jamás había sido de esa forma. Sus épocas anteriores a Niilo estaban llenas de diversión pero también de mucha desconexión sentimental. Era una desconocida para la mayoría de los tipos con los que había compartido lecho durante unas horas. Tan desconocida como ellos lo eran para ella.
—Oye, hay algo que no me cuadra —preguntó Amy de repente, buscando la mirada del motero—. ¿Y si no hubiera abierto tu bolso? ¿Y si no hubiera visto ese paquetito con forma de caja?
La sonrisa divertida del motero se ocupó de responder antes de que lo hicieran sus palabras:
—Vaya, qué alivio. Pensé que ibas a preguntarme por qué había dos camisas, a falta de una, en mi equipaje… —repuso con malicia.
Amy sacudió la cabeza, asombrada. Le había llamado la atención hallar una prenda tan poco propia de él en su bolso, pero había pensado que él quizás quería encandilarla con un «look especial» la fiesta de Nochevieja. Por lo visto, no era el caso.
—¿Tan predecible soy? —La mirada tierna de Niilo le informó que no respondería a esa pregunta, de modo que continuó—: Vale, así que no existe la opción de que no viera la cajita. De alguna forma, te las arreglarías para metiera mis narices en tu elegantísimo bolso de mano.
Niilo asintió con la cabeza con tal énfasis que Amy no pudo evitar exclamar un «¡vaya!».
No existía tal opción; podía apostar lo que fuera por eso. Todo estaba planeado al milímetro, incluido un plan alternativo por si algo se torcía. Así de importante era para él. Llevaba casi un mes haciendo filigranas para evitar que el famoso paquetito con forma de caja saliera a la luz antes de tiempo. El día de Navidad, un comentario de su madre le había hecho sospechar que ella quizás hubiera estado curioseando entre sus cosas y, decidido a cortar el problema de raíz, lo había guardado en el lugar más seguro de todos; su caja de herramientas. El mismo lugar de donde lo había sacado aquella misma mañana.
Entonces, Niilo la vio sonreír con picardía, como si acabara de encontrar un resquicio por dónde colarse y aguarle la fiesta. No había tal resquicio, de modo que esperó con total tranquilidad a que Amy mostrara sus cartas.
—¿Sabes cuál es la única pega de todo esto, motero?
—Uy, qué mal me ha sonado esa palabra —repuso él con picardía—. ¿Seguro que has dicho «pega»?
Ella lo liberó de su abrazo al tiempo que lo miraba sonriente.
—He dicho «pega» y sí, la hay… —Tras una pausa durante la cual intercambiaron miradas cómplices en silencio, ajenos a la algarabía que los rodeaba en aquella calle poblada de transeúntes—. Son las cinco de la tarde y estamos a setenta kilómetros del hotel. Eso quiere decir que me quedan horas de ansiedad antes de ver lo que hay en la bendita cajita del lazo rojo. Dime, listillo, ¿qué vas a hacer para calmarme hasta entonces? —repuso, y se cruzó de brazos, haciéndose la interesante.
Niilo se empezó a reír en un tono muy bajo y muy cómplice, logrando que Amy enarcara la ceja.
—¿Te hace gracia? Ya verás cuando pasen las horas y me ponga de los nervios… Puedo ser muy, muy insoportable cuando la ansiedad puede conmigo y me parece que hoy lo vas a aprender por la vía dura.
—¿Crees, de verdad, que estaríamos manteniendo esta conversación ahora si el plan fuera tenerte esperando hasta dios sabe cuándo para abrir esa caja? Piénsalo mejor, Amy.
Ella ladeó la cabeza, lo miró interrogante con un gesto cómico en la cara.
—No sé si te sigo… Pero esto se está poniendo muuuy interesante —admitió con una risita nerviosa—. ¿Quieres decir que te has traído la caja contigo? —Amy negó con la cabeza—. Buen intento, pero no puede ser. Estaba en el bolso cuando nos fuimos y lo sé porque lo comprobé. Cuando ya estábamos en el pasillo y te dije que me esperaras un segundo, que tenía que ir al baño… —Sintió que volvía a acalorarse y lo ignoró; llegados a ese punto, le daba más igual que nunca haberse sonrojado—. Bueno, fue una mentirijilla.
Y, tras su nueva confesión, se echó a reír bajo la mirada enamorada de Niilo.
—Así que una mentirijilla… Pues ya son dos en lo que va de día —repitió él tan ilusionado como ella—. Tienes razón, la cajita está en el hotel.
—¿Entonces…?
—No sé… —repuso él, intrigante. ¡Dios, cómo estaba disfrutando del momento!—. Quizás, no la necesitamos, ¿no te parece?
Amy movió la cabeza, pensativa mientras no dejaba de mirarlo, cada vez más ilusionada. Y cada vez más de los nervios.
—¿Quieres decir que el paquetito de marras es de pega, que la caja está vacía? La cogí y no pareció que estuviera vacía, Niilo.
—¡¿Cómo va a ser de pega! ¿Crees que quiero que me mates? —Vio que Amy reía nerviosa y le encantó—. No está vacía. Dentro hay un bombón relleno de cerezas al whisky, tu favorito.
«¡¿Un bombón?! Dios, está a punto de darme un infarto… ¿De qué va todo esto?».
—Niilo, si quieres seguir teniendo una novia sana y, sobre todo, viva, dímelo ya.
Él la tomó por la barbilla y la besó una y otra vez sobre los labios al tiempo que se reía con suavidad. Pero ella se apartó con una expresión seria en su rostro. Demasiado seria, tratándose de alguien como Amy.
—No, no quieras ablandarme. Eso dejémoslo para luego, ahora suéltalo de una vez. Lo digo en serio, Niilo.
—Vale, nena…. —concedió. Seguían cerca uno del otro y Niilo empezó a hablar en un tono bajo—. Estaba casi seguro de que no abrirías el paquete. Solo lo verías, te ilusionarías y yo conseguiría hacer que el día fuera especial desde primera hora de la mañana… Pero ese «casi» me hizo repensar el plan. Por más que las posibilidades de que lo abrieras fueran tan bajas, quise asegurarme. Te encantan esos bombones, así que si la abrías, la ilusión seguiría intacta y además, te endulzaría el momento con uno de tus chocolates favoritos. Todo cuenta, Amy. Y estoy tan loco por ti que quería, quiero, que lo sientas en cada cosa que hago.
El rostro femenino había dejado atrás su seriedad y ahora se había llenado de ternura. Una ternura que creció exponencialmente cuando lo vio exhalar un suspiro.
—Así que… —continuó Niilo—. En la caja hay un bombón y lo que debió estar en la caja, lo tengo yo.
—¿Aquí?
Él asintió con una sonrisa dulce.
—Aquí.
—Ay, madre… —Esta vez fue ella quien soltó un suspiro.
Niilo tomó las manos de Amy, las apretó amorosamente. Le consoló comprobar que estaban tan heladas como las suyas.
—Podría haber fabricado un momento más romántico, pero cada vez que nos ponemos tiernos acabamos desnudándonos. No es una queja, que quede claro, pero necesito que haya sangre en mi cerebro, ya sabes… Podría hacerlo esta noche, después de las doce campanadas… Seguro que sería una forma fenomenal de empezar el año, pero… —Niilo hizo una pausa durante la cual sus ojos recorrieron el rostro de Amy lentamente—. Será Nochevieja, beberemos y no me fío del alcohol… Quiero estar en mis cabales. Ser perfectamente consciente de todo porque lo que tengo que decirte es muy importante para mí… Para los dos, pero, especialmente para mí. Así que será aquí, en pleno centro de Cardiff y a las… —Miró el reloj—. A las cinco y doce minutos de la tarde del último día de 2010.
Niilo liberó las manos de Amy y sacó del bolsillo de su cazadora una bolsita de terciopelo azul ajustada por una hebra dorada. La abrió y vació el contenido en su mano que a continuación le mostró a Amy.
Ella respiró hondo y bajó la vista hasta la palma masculina. Una emoción extraña se apoderó de ella al ver los dos anillos y comprender al instante que él la conocía mucho mejor incluso de lo que ella misma creía.
Se miraron cómplices, íntimos, intensamente. Amy le acarició la barbilla y luego tocó una de las joyas con la punta de un dedo, como si temiera dañarla… Como si no acabara de creer que eran reales.
Se trataba de dos anillos de titanio de tres milímetros de grosor que reproducían los colores del arco iris en un patrón circular que envolvía toda la superficie de dentro a afuera. El más pequeño estaba cubierto por diez pequeños brillantes, situados a distancia equidistante alrededor de todo el anillo. Eran modernos a la par que elegantes, muy vistosos. Sin embargo, no eran alianzas, sino anillos de amistad.
Niilo esperó que Amy acabara la inspección para continuar.
——¿He acertado, a que sí? —Conocía la respuesta, de modo que continuó—: Esto es nuevo para los dos. Yo he sido un solitario toda mi vida y tú has estado rodeada de tíos que no te interesaban para nada…. Esto que tenemos ahora, genial como es… Bueno, es una novedad. Tú eres hija única y yo… Desde que mi viejo murió, mi madre vive preocupada pensando que no tengo la vida que debería tener alguien de mi edad… Ya sabes… Lo último que necesitamos es la presión de sus expectativas… Pero desde que me dijiste que no soy como todos estos otros tíos para ti y que quieres una vida conmigo, me siento un ganador; soy Niilo, el maestro entre maestros de los Jedi… Si elegía un anillo de compromiso o unas alianzas con aspecto de alianzas, tu familia y la mía nos iban a volver locos y quiero que cuando demos ese paso sea por nosotros. Sin presiones de nadie. Sin comentarios comedidos. Sin bromas de doble sentido. No sé cuándo será, Amy, y me da igual. Soy otra persona desde que estamos juntos. Otro tipo. Tan distinto al de siempre que casi ni yo mismo me reconozco cuando me miro al espejo. Vivo sonriendo y la razón eres tú. Ese momento llegará cuando tenga que llegar pero, mientras tanto, cada vez que te mires la mano recordarás este día, esta ciudad, toda esta ilusión… Y te sentirás tan especial como te mereces porque eres la mujer más increíble del mundo… Y así, yo sabré que sabes cuánto te quiero y lo importante que eres para mí. ¿De acuerdo, Amy?
Ella asintió varias veces con la cabeza. Había una sonrisa algo desdibujada en sus labios debido a lo emocionada que estaba.
Desde luego, no podía estar más de acuerdo con él.
No podía estar más enamorada de él.
—Entonces, ha llegado el momento de la verdad… —Niilo tomó la mano derecha de su chica, retiró el anillo de plata que llevaba en su dedo anular y deslizó la nueva joya en su lugar—. ¡Bien, no se me ha caído, qué alivio! Ya me veía a los dos en cuatro patas en el suelo, buscando desesperados el anillo perdido… —Le entregó el de plata con un gesto gracioso y ella se lo guardó en el bolsillo.
Amy elevó la mano a la altura de sus ojos y miró el anillo. Era fabuloso. Conjuntaba a la perfección con el resto de abalorios que llevaba, sin destacar demasiado. Una elección perfecta, sin duda.
Entonces, reparó en que su mano no estaba firme. Tenía que ver con todas esas otras cosas significativas que aquel anillo representaba y que, sin ninguna duda, recordaría cada vez que volviera a mirarse la mano. Todas esas cosas significativas que podían resumirse en una sola palabra; Niilo.
Al igual que recordaría la intensa, intensísima, emoción que ahora sentía. Por todo… Por lo especial que él la estaba haciendo sentir, por lo bien que la conocía, por la sutileza y la inteligencia con que movía los hilos del amor, siempre tierno, siempre medido. Por el presente mágico que compartían y por el futuro alucinante que se abría ante sus ojos.
Amy tragó saliva y se obligó a dominarse. No le preocupaba soltar alguna lagrimilla, pero no era una mujer proclive al llanto. La emoción estaba bien siempre y cuando no le impidiera estar a la altura de aquel momento que él había elaborado con tanto mimo. Hoy más que nunca quería ser la Amy de la que él se había enamorado, la divertida, la ocurrente, la descarada… Al fin, se las arregló para esbozar una sonrisa pícara.
—No cantes victoria todavía, motero… Mi pulso no es tan bueno como el tuyo y, la verdad, después de haberte escuchado decir taaaantas palabras juntas… ¡Y menudas palabras, chico! Tú hazme caso y no cantes victoria… ¿Vamos allá? —le preguntó al tiempo que tomaba el anillo que aún estaba en la palma del motero.
—¡Por favor, sí! ¡Me muero de ansiedad! —admitió con un brillo ilusionado en sus ojos.
Con gran histrionismo, Amy deslizó el anillo por su dedo anular hasta que estuvo en su lugar. Retuvo la mano del motero, que apretó entre las suyas en un gesto posesivo y, a la vez, preludio de otro momento intenso.
—Me he devanado el seso pensando cómo pudiste escapar a mis radares durante tanto tiempo… Y hoy, hace un momento, lo he comprendido. Mis ojos estaban acostumbrados a otra clase de paisajes. Mis ojos… Yo —se corrigió— no era capaz de captar la magnitud de tu presencia, Niilo. No solo porque estás a años luz de los demás hombres que he conocido, sino porque eres siningual… Todo lo que haces es sinigual… Mira estos anillos… Mira esta puesta en escena… Mira cómo haces latir mi corazón —dijo llevándose la mano masculina a su pecho—. Eres único en tu especie, Niilo Jarvi.
Un sonrisa emocionada se abrió paso en el rostro del motero. Era lo más bonito que le habían dicho nunca y oírlo de sus labios le resultó mágico, un sueño.
—Guaaaaauuuuu… Dios, me has dejado mudo, nena…
Ella le acarició la punta de la nariz.
—Pues me alegro porque aún no he acabado. Eres único… Y mío —añadió, tirando de la barbilla masculina para acercarlo hasta sus labios—. Y como eres mío, haré lo que me plazca… ¿Quieres sabes lo que me place ahora? Acción —le dijo al oído.
—¿Quieres acción? —preguntó él, moviendo las cejas sensualmente.
—Siempre quiero acción y ahora más. La cuestión es ¿te queda resto todavía o ya te he gastado la batería por hoy?
Niilo la estrujó entre sus brazos al tiempo que reía.
—¿Después de oírte decir «eres único en tu especie»? ¡Estoy como nuevo, preciosa… Y loco, loco, loco por ti!
Y un instante después, como era habitual en ellos, la emoción que sentían cedió definitivamente su lugar a una intensa y explosiva alegría.
Niilo y Amy volvieron a ser los dos locos divertidos de siempre, dispuestos a disfrutar a fondo de la noche más especial del año. Y tenían razones de sobra para ello, ya que 2011 suponía el pistoletazo de salida de una etapa superespecial para los dos; el comienzo de su nueva vida juntos.
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©️2022. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
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