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CRS-03.1. Superstar. Parte 2 Extras, 1. ¿Qué tal un poco más de Chris y Ken?
¡Hola, Romántica!
La tercera novela de Luces de Neón sigue tomando forma y, en breve, empezaré a hablarte de ella. Mientras tanto, ¿que tal si te dejo ver un poco más de Chris y Ken, y todos nuestros queridos personajes de Superstar?
Siempre digo que tengo más historias en mi cabeza, que tiempo para escribirlas. Seguro que a la mayoría de los escritores les pasa lo mismo… Cuando empecé a escribir Superstar, tenía en mente una idea aproximada de las historias que vendrían después y en qué orden. Esto también es lo habitual. Y, aunque a veces, de mi idea original a la secuencia final de publicación hay variaciones, salvo sonadas excepciones (¡Extras Serie Moteros!), no suelen ser demasiado importantes. Con Luces de Neón está sucediendo algo diferente; los personajes no paran de hablarme al oído y, claramente, están compitiendo por mi atención. Vamos, ¡que me están volviendo loca!
Así que he decidido dejarme llevar un poco por la corriente 😊 Oponerme es mucho más cansado (¡e inútil, puesto que suelen ganar ellos!).
¿Qué significa esto? Que en las próximas semanas verás distintos proyectos en publicación. Algunos formarán parte de la colección oficial. Otros, quizás, lleguen a la colección más adelante. Y otros, finalmente, serán solo para tus ojos (y para mi disfrute personal).
Por lo pronto, mañana comenzaré a publicar en el club algo que viene a ser un extra de Superstar. Parte 2. Es lo que se suele llamar «bonus chapter» o «bonus scene». No tengo la menor idea de cuál será su extensión final, pero, de lo que estoy segurísima, es de que te va a encantar leerlo 🩷
¡Vuelvo mañana con más Chris y Ken y el resto de personajes de Superstar!
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CRS-03.1. Superstar. Parte 2 Extras, 1. Capítulo 1
Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
__________________________________________
1
Octubre, 2002.
Mystic Oaks.
Nashville, Davidson County,
Tennessee.
Chris estaba de pie en la magnificente entrada de la casa principal, esperando a Jamie. Se ayudaba de sus muletas para no cargar parte del peso de su cuerpo sobre la pierna derecha, pero ya podía hacer desplazamientos cortos por sí misma mientras fuera despacio y pisara con cuidado.
La razón de que estuviera allí era que la tía de Ken acababa de avisarle que la camioneta de Jim, que había ido con Lilly a recoger a Jamie al aeropuerto, había atravesado la verja electrónica que daba acceso a la vasta propiedad.
Sería la primera vez que volvían a verse tras su operación de rodilla. Habían hablado a menudo desde entonces —varias veces cada semana—, pero no habían vuelto a disfrutar de su mutua compañía, y eso era algo que ambos echaban de menos.
Después de que ella regresara a Toronto, tras años en lugares alejados de la mano de Dios, Chris y Jamie solían ocuparse de los seminarios de fin de semana en los que presentaban la organización y sus distintos proyectos a los interesados en convertirse en voluntarios que se acercaban a la oficina. Eso les permitía pasar muchas horas juntos, haciendo algo por lo que ambos sentían pasión.
No era de extrañar que Chris estuviera emocionada por volver a disfrutar de su compañía en un marco tan especial como el rancho Mystic Oaks. También algo nerviosa, puesto que sabía que la razón del viaje de Jamie sobrepasaba el ámbito personal. Su mes de vacaciones tocaría pronto a su fin y eso suponía comunicarle al director de la oficina de OXFAM en Toronto qué decisión había tomado respecto a su futuro inmediato.
Chris aún estaba recuperándose de la operación, por lo que las alternativas eran pedir una excedencia para continuar su rehabilitación en Nashville o bien, comunicar su baja médica a la organización, regresar a Toronto y continuar su rehabilitación allí. Al menos, esas eran la última vez que habían hablado del tema, cuando ella todavía estaba en el hospital.
Noah, River y Sultán fueron los primeros en ir a recibir al recién llegado. En cuanto oyeron el sonido de un motor que se acercaba, corrieron camino abajo y recorrieron los últimos metros junto a la furgoneta azul marino, ladrando y aullando.
En cuanto el vehículo se detuvo al borde del camino circular de grava que rodeaba el edificio principal, Jim tocó el claxon con insistencia para anunciar a todos los habitantes de la casa que había llegado la hora de desplegar la mundialmente conocida gentileza sureña. Sin proponérselo, también consiguió revolucionar a los perros, que decidieron mostrar su alegría ofreciendo un ensordecedor concierto de ladridos y aullidos. Poco después, el padre y la tía de Ken salieron a recibir a la visita.
La primera en abandonar el vehículo fue Lilly. Vestía unos vaqueros ceñidos, zapatillas y una camiseta fucsia de mangas cortas y escote redondo. El cabestrillo, en esta ocasión, era de color negro igual que la hebilla con la que sujetaba su rubio y largo cabello en una coleta baja, a la altura de la nuca. Descendió por la puerta trasera y se tapó un oído con su mano buena al tiempo que reía.
—Vale, vale, perretes… ¡Con tanta emoción, nos vais a dejar sordos! —Enseguida se puso a repartir caricias y palmadas cariñosas entre los animales. A continuación, dirigió la atención hacia su hermana, que estaba acompañada de Robert y Doreen, y elevó su brazo a modo de saludo—. ¡Hola a todos! ¡El viaje nos ha cundido; ya tenemos el fin de semana organizado!
Un instante después, se puso a comentar entusiasmada los planes para el fin de semana.
—Al atardecer, cuando afloje el calor, habrá una visita guiada a esta maravilla de rancho, a cargo de los hermanos Bryan y yo, claro. Si la dieras tú, con tus pasitos de tortuga ebria —dijo, refiriéndose a su hermana y haciendo reír a Robert y a Doreen—, necesitaríamos una semana. Y esta noche, sesión de cine casero con palomitas dulces. ¡Ñam!
—También caseras. Además de otras cosillas para picar, que nunca faltan, si la señora Doreen Montgomery está a cargo de la cocina, ¡y gracias a los dioses, lo está! —puntualizó Jim, contagiado por el carácter extrovertido de la muchacha.
—¡Exacto! —concedió ella—. ¡Qué ganas! ¡Hace siglos de la última vez que nos instalamos los tres en un sofá frente a la televisión!
—Bueno…, esta vez, seréis más de tres —matizó Jim—. Espero que no os importe.
—Claro que no, era una forma de hablar. ¡Cuantos más, mejor! —celebró ella, dando palmitas. Entonces, reparó en que Jamie continuaba en su asiento de copiloto. La miraba con expresión divertida—: ¿bajas o qué?
Él obedeció enseguida. Sus gafas negras habían ocultado el hecho de que, en realidad, no estaba mirando a Lilly, sino a Chris. Ella le sonreía desde la entrada. Tenía el cabello recogido en un moño, como de costumbre. Vestía una falda recta y una camisa vaquera a juego, remangada hasta el codo, y calzaba unas sandalias de esparto de color natural, con una cuña de dos centímetros, que se ataban al pie mediante un cordón. Notó que estaba bronceada, pero no le extrañó, teniendo en cuenta el lugar donde vivía. Jim y Lilly también lo estaban.
—Estaba disfrutando —mintió—. ¡Qué envidia, menuda energía tienes! Eres un espectáculo, payasita… —Enfiló hacia la casa al tiempo que comentaba—: voy a saludar a tu hermana. Como sea al revés, nos dará mañana hasta que llegue al coche.
Lilly concedió con un movimiento de la cabeza y continuó compartiendo los planes grupales con el mismo entusiasmo de antes:
—Y mañana, tachán, tachán… Ataremos a Chris a su silla de ruedas e iremos a la ciudad, recorreremos la calle Broadway y comeremos algo por ahí. Luego, llevaremos a Jamie a conocer el Tootsie’s Orchid, el bar honky tonk más legendario de Nashville, y después tomaremos clases de line dancing1. He preguntado si se podía bailar en silla de ruedas y se me han reído en la cara, pero al final me han dicho que sí… ¡Va a ser genial!
—Siempre podemos levantarla por la cintura para que no pise el suelo con el pie derecho, ¿no? —propuso Jim—. Tim de un lado, yo del otro. ¡Haremos un line dance de tres!
Lilly soltó una carcajada. Miró a Jim con picardía.
—¿Y crees que tu hermano lo va a permitir? Me refiero al mayor, por si no ha quedado claro —dijo, haciendo movimientos rápidos con las cejas arriba y abajo.
Una sonrisa pícara brilló en el rostro del menor de los hermanos Bryan.
—Pero será divertido ver qué razones da para oponerse, ¿no te parece?
—¡Qué malo!
Mientras Lilly y Jim continuaban hablando de los planes, Jamie atravesó la explanada bordeada por setos bajos a cada lado que conducía a la entrada. Teniendo en cuenta las dimensiones de lo poco que había visto de la finca hasta ahora, no le extrañó descubrir que el acceso al edificio seguía el mismo criterio. Sin embargo, la puerta doble en arco con vitrales que permitían ver el interior, franqueada por enormes maceteros de piedra en cuyo interior crecían plantas suculentas, pequeños arbustos de boj y petunias, lo sorprendió por su originalidad y su belleza. Subió los tres escalones de piedra, le dedicó una sonrisa al padre y la tía de Ken, y, finalmente, rodeó los hombros de su amiga con un brazo.
—Hola, Chris. Qué buen aspecto tienes.
Ella le agradeció el cumplido con una sonrisa, pero no lo tomó en serio. Estaba pasando por un buen momento, eso no lo negaría. Sin embargo, su escasa movilidad le impedía quemar las calorías que Doreen Montgomery la tentaba a ingerir con su mano privilegiada para la cocina, por lo que había aumentado de peso. No había querido pesarse, pero la ropa le quedaba más estrecha.
—¿Qué tal el viaje? —dijo ella.
—¿Con estos dos charlatanes a bordo? Muy entretenido —y se rio al ver que Chris asentía enfáticamente.
—¿Te acuerdas de Robert y Doreen? —dijo ella, moviéndose hacia atrás para que Jamie pudiera saludarlos.
—¡Por supuesto! ¿Qué tal? Muchas gracias por ofrecerme su hospitalidad otra vez. —Le tendió su mano a Robert.
—No hay de qué, Jamie. Es un gusto volver a tenerte con nosotros —respondió Robert.
—Espero que hayas venido preparado para ser mi catador oficial este fin de semana —intervino Doreen, al tiempo que estrechaba la mano de Jamie y la conservaba unos instantes entre las suyas—. En honor a ti, prepararé dos recetas nuevas.
—Muchas gracias… Claro, cómo no. Será un placer —repuso él, sorprendido por las muestras de cariño que le ofrecía aquella mujer que le había caído bien desde el primer momento.
—¿Entramos? —ofreció Robert, cediendo el paso a las damas con un gesto galante.
Sin embargo, fueron Noah, River y Sultán quienes entraron en primer lugar. Chris y Doreen lo celebraron. Robert, no tanto.
Jamie lo hizo a continuación de Chris con una sonrisa que logró ocultar lo incómodo que lo hacía sentir aquella caballerosidad antediluviana del cabeza de la familia Bryan. A sabiendas, por supuesto, de que la verdadera razón de su incomodidad, era que se trataba de la misma clase de cortesía que derrochaba su hijo mayor, y que tanto parecía agradar a su amiga.
1 Line dance: o danza en línea es un tipo de danza donde un grupo de gente baila alineados los unos a los otros, y todos ellos hacen los mismos movimientos.
* * * * *
Jim le quitó la maleta a Lilly de las manos con un gesto firme y sacó el móvil del bolsillo de su camisa. Sonrió al ver de quién se trataba.
—¡Jim, venga ya, la maleta tiene ruedas! —se quejó ella—. ¡Jolines, en esta casa no me dejáis hacer nada…!
Había sido una queja cariñosa, puesto que conocía bien las normas de la familia y sabía que no cambiarían, daba igual cuánto protestara. En todo caso, apreciaba mucho el evidente cariño que todos los miembros de la familia Bryan les profesaban tanto a ella como a Chris. No haría nada que los ofendiera o molestara, pero le encantaba meterse con Jim.
—El libro de quejas está dentro. Lo custodia un señor que se llama Robert Bryan, ¿lo conoces? ¡Suerte con él! —repuso Jim, haciéndole un guiño. A continuación, atendió la llamada—. ¿Qué me cuentas, chaval?
Lilly sacudió la cabeza y se encaminó hacia la casa, dejando al pequeño de los Bryan hablando por el móvil.
—¿Ha llegado ya? —fue la respuesta de Ken. No aclaró a quién se refería porque no hacía falta.
Jim se apoyó contra la furgoneta, dispuesto a pasar un rato divertido a costa de su hermano. En este caso, la diversión estaba relacionada con la presencia del amigo de Chris en Mystic Oaks, algo que sabía que a Ken lo desquiciaba.
—Acaba de entrar en la casa —repuso y oyó que, a seiscientos kilómetros del rancho, su hermano emitía un suspiro—. No te pregunto qué tal te fue ayer porque ya vimos por la tele que arrasaste. ¡Bien hecho, tío!
Ken estaba tomando el brunch en el hotel y había aprovechado que Tom estaba atendiendo una llamada para hacer la suya. No le gustaba demasiado esa costumbre importada de Gran Bretaña. Como buen glotón, prefería no economizar comidas. Pero se había acostado a las tantas, rendido después de dar dos espectáculos en un día que, tal como comentaba Jim, habían sido un éxito. Aunque había pedido en recepción que le despertaran, había seguido durmiendo tras colgar el teléfono. Todavía no había hablado con Chris. No quería parecer preocupado o ansioso. Pero necesitaba saber lo que ocurría, de ahí que estuviera recurriendo a su hermano.
—Gracias, Jim. ¿Y… cómo lo has visto? —preguntó.
Jim sabía perfectamente a lo que se refería, pero se hizo el tonto.
—¿Con los ojos? —oyó la risa de su hermano y también se rio—. Tío, te quiero, pero me haces unas preguntas que no hay por dónde cogerlas… El tipo estaba… no sé, ¿bien?, ¿normal? ¡¿Qué quieres que te diga?!
Ken sonrió con socarronería. Jamie no podía estar bien, aunque quisiera. ¿Cómo iba a estarlo, pasando el fin de semana en la casa de un tipo al que no soportaba, que, además, daba la casualidad de que era el hombre que salía con su amiga del alma, de quien Jamie estaba enamorado hasta las trancas? Era materialmente imposible que aquel hombre estuviera «bien». Mucho menos, «normal».
—Mira mejor, chaval. No le caigo bien. Seguramente, vosotros tampoco porque sois mi familia. —Jim sacudió la cabeza, risueño. Los celos de Ken eran algo muy nuevo para los Bryan. No eran evidentes, excepto para quienes lo conocían bien—. Además, sospecho que no es solo una visita de cortesía.
—¿Qué quieres decir?
—Que el mes de vacaciones de Chris se acabará pronto… Él es su jefe, ¿recuerdas? Seguro que le interesa mucho saber lo que ella hará después. Para que conste, a mí también me encantaría saberlo, pero me aguanto…
—¿Y por qué te aguantas? —lo interrumpió—. No me hagas mucho caso, pero tengo entendido que, si quieres saber algo, lo mejor es preguntarlo. Espera, ahora que lo pienso… ¿Que te aguantes tendrá algo que ver con esa sensibilidad tuya que a Tim y a mí nos despista tanto?
La voz de Jim había destilado cariño, pero también burla.
Ken bebió un poco de café mientras pensaba en el asunto. Vio que en la sección de los embutidos del bufé, Tom coqueteaba con la empleada del hotel que reponía las bandejas vacías, al tiempo que hablaba por teléfono. Pensó con humor que esa faceta multitarea de su amigo le resultaba sorprendente. Enseguida, volvió a centrarse en sus propios asuntos.
Después de aquella conversación íntima con Chris a orillas del arroyo, tenía más claro que nunca que no debía forzar la marcha. De hecho, habían acordado ir paso a paso. Sin embargo, había otra razón para que él se abstuviera de preguntarle por sus planes. Necesitaba que fuera ella quien planteara la cuestión. Solo así tendría la certeza de que lo hacía porque deseaba compartirlos con él y no porque se sintiera obligada o presionada de alguna forma. Sonrió al caer en la cuenta de que, al fin y al cabo, Jim no se equivocaba. No tenía la menor duda de que otro hombre en su lugar obraría de forma muy diferente.
—Eso mismo. Y como no te he llamado para que te cobres tu ración diaria de pullas, pasaré de dar más explicaciones. Un «tío duro» como tú no puede entenderlas. —Oyó reír a Jim y continuó—: el problema… Me refiero a la visita de Jamie. Es que, tan seguro como de que estoy aquí, él no será tan sensible como yo. Por más amigos que sean, existe una relación profesional entre ellos y, en ese sentido, no creo que él se vaya a contentar fácilmente… Querrá una respuesta y, si después de oírla, no le gusta, es bastante posible que intente influir en Chris… —Soltó un bufido—. Y yo estoy aquí, a kilómetros de allí, subiéndome por las paredes, sin poder hacer otra cosa…
Jim asintió, creyendo entender la situación. Su hermano y él tenían métodos distintos a la hora de manejarse con el sexo opuesto. Eso hacía que, muchas veces, le costara entender el proceder de Ken. En este caso, sin embargo, lo comprendía. La gran amabilidad de Chris no lograba esconder que se trataba de alguien receloso de su vida personal, que no veía con buenos ojos que otros intentaran inmiscuirse en sus asuntos. Decidió solidarizarse con Ken.
—Tu chica no tiene pinta de ser de las que se dejan influir ni, mucho menos, interrogar. Por más que se trate de su mejor amigo… Y como amigo que es, seguro que lo sabe. Además, con Lilly hemos organizado una agenda de actividades para el fin de semana, que lo dejará de cama —añadió riendo—. ¡No creo que le queden fuerzas ni para respirar!
Ken se rio. Jim no necesitaba la ayuda de nadie para tener a todo el mundo ocupado y, desde que Lilly estaba en el rancho, eran dos a planificar cada minuto libre.
—Ah, qué bien. Entonces, ya me quedo más tranquilo… —concedió—. ¿Y Tim?
—Trabajando en el futuro sector agrícola desde las cinco de la mañana… En cuanto deje el equipaje de Jamie en la casa y le dedique a su dueño los preceptivos quince minutos de cortesía para que papá no me riña, iré con él.
Ken asintió. Ese era un tema del que pensaba ocuparse en cuanto regresara al rancho.
—Hay que empezar con las contrataciones de personal ya. Me da igual si las cuentas cuadran o no. No quiero que os dejéis la espalda trabajando como esclavos, tío. Mañana, antes de que volváis a Ohio, hablaremos con papá.
Jim exhaló un suspiro. No era la primera vez que oía a Ken mencionar el asunto de las contrataciones.
—Las cuentas tienen que cuadrar. Y así es el trabajo de un rancho, ni más ni menos. Tú no lo sabes, porque tu principal tarea en Ohio era darle serenatas a las vacas. —Sonrió al oír la risa de Ken—. Pero nosotros, que sí lo sabemos, lo tenemos asumido. Gracias por cuidarnos, tío. No te preocupes, estamos bien, ¿vale?
—De nada —repuso Ken. Y fiel a su estilo, volvió a martillar el mismo clavo—. Mañana, hablaremos de este asunto con papá.
* * * * *
Si el acceso al edificio principal, le había resultado impactante, el interior había dejado a Jamie con la boca abierta. Y eso que Chris, ya le había hablado con detalle de que la nueva casa de Ken Bryan no se parecía en nada a la anterior, donde él había pasado la noche la última vez que había estado en Nashville.
La puerta doble en arco daba acceso a un hall inmenso del que salían cuatro corredores luminosos —dos a cada lado—, que conducían a las otras áreas de la vivienda. En su centro había una fuente de agua hecha de piedra. El techo tenía forma de cúpula y estaba construido con vitrales de cristal que mostraban un diseño floral de lirios y flores de loto en tonos rosa, verde y celeste pastel. El suelo estaba cubierto por baldosas de cerámica que alternaban los colores del vitral, formando un vistoso tablero de ajedrez.
Jamie siguió a sus anfitriones a través de uno de los corredores que salían a la izquierda del hall hasta la biblioteca. Era un enorme salón con librerías a izquierda y derecha, ventanales del techo al suelo sobre la pared que enfrentaba la puerta de acceso, que miraban al invernadero y a una rosaleda, situados a la izquierda de la propiedad.
Tres sofás de cuero color habano y capacidad para cuatro personas estaban dispuestos en el centro de la estancia, formando un cuadrado abierto por el frente, en cuyo centro se hallaba una gran mesa baja de caoba. Una enorme lámpara de techo, con tres pisos de lámparas en forma de vela, daban un aspecto aristocrático al lugar. Junto a la ventana, separado del resto, había una mesa de desayuno redonda, para ocho comensales, en cuyo centro había un gran jarrón de cristal con flores frescas de cosecha propia.
En sus épocas, las librerías mostraban orgullosas extensas colecciones de libros que su dueño original, un amante de las ediciones originales, había acumulado a lo largo de los años. Ahora, la mayoría de los estantes mostraban colecciones de otro tipo: fotos familiares de los Bryan, de todas las clases y tamaños, que iban tan atrás en el tiempo como a la infancia de los hermanos. La foto favorita de Chris era una de Ken de cuando tenía dos meses.
Chris y Jamie se habían acomodado en el sofá de la izquierda; Robert y Doreen habían hecho lo propio en el que formaba la base del cuadrado.
—Una humilde morada —comentó Jamie, en lo que pretendió ser una broma a medias, que a Chris le incomodó por la familia de Ken, más que por ella misma.
Chris echó una mirada rápida a Robert, quien continuaba mostrando una sonrisa amable, como si no lo hubiera oído. A continuación, hizo lo mismo con Doreen. Ella le respondió con un guiño, confirmándole que tampoco se daría por aludida.
—Has sido mucho más recatado que yo. Cuando la vi por primera vez, poco me faltó para ponerme a dar palmas como Lilly… Es una casa realmente magnífica —dijo Chris, al tiempo que recorría con la mirada las enormes estanterías que decoraban todas las paredes de aquel salón de ochenta metros cuadrados—, pero tienes razón. Es excesiva. ¿Quién necesita tantos metros para vivir?
Jamie asintió enfáticamente. No solo se trataba del tamaño, sino también del lujo que reinaba en el ambiente.
—Ken, por lo visto.
Robert notó el rubor de Chris y decidió acudir en su ayuda. Sabía por Ken la verdadera razón de aquel comentario ácido. En cierto modo, se solidarizaba con Jamie. Tenía que ser muy duro perder a la chica de tus sueños a manos de un hombre con el que ningún otro mortal podía competir.
—No, qué va. Esta casa la construyó el anterior propietario de la finca. Data de los años cincuenta. Eran muchos más de familia que nosotros, cuatro o cinco hermanos, creo que me dijo Ken, aparte del matrimonio y los abuelos paternos, pero, aún así, es demasiado grande. Eso también es muy sureño —concedió con una sonrisa.
—No solo sureño —apuntó Chris—. Nuestra casa de Toronto es inmensa. Dos plantas, un garaje, un pequeño jardín delantero y un patio en la parte de atrás, que es tan grande como el salón. Y solo somos Lilly y yo. Bueno, y Sultán, que a la hora de ensuciar y destrozar vale por cuatro.
Si aquello no había sido un llamado de atención, que bajara Dios y lo viera, pensó Jamie, arrepentido de haberse comportado como un capullo. Había sido ver aquella casa de ensueño, emplazada en un marco inigualable, y sentir que la envidia lo corroía. Ken estaba en posición de ofrecerle las estrellas a Chris. ¿Qué podía ofrecerle él, en cambio? Un instante después, al recordar que su corazón no le pertenecía, cayó en la cuenta de que su envidia estaba totalmente injustificada. Tanto como su descortesía hacia unas personas que en todo momento lo habían tratado con afecto. Un comentario del padre de Ken, lo devolvió a la realidad.
—Eso último no voy a negártelo —concedió Robert, riendo.
—¿Habéis notado qué correcto es mi cuñado? —lo pinchó Doreen—. ¡Si las miradas pudieran trasquilar a un perro, como si fuera una oveja, a Sultán no le quedaría un solo pelo en el cuerpo!
—No solo a Sultán —precisó Robert, haciendo las delicias de Chris, que se desternillaba de risa en el sofá.
El padre de Ken esperó a que todos dejaran de reír para hacer una aclaración que consideró importante.
—Me gustan los animales. Después de todo, soy la tercera generación de una familia de rancheros. Noah y River son unos perros fantásticos y, después de que Ken los hiciera adiestrar, da gusto ver lo bien que se comportan. Fueron un regalo de Jim, ¿sabéis? Son hijos de su perra, Rain. Está en Ohio. La traerá en cuanto Tim y Jim se instalen definitivamente aquí. Y entonces, habrá cuatro perros dando vueltas por la casa… ¡Que Dios nos proteja! —bromeó—. Se trató de un regalo muy oportuno e inteligente. Ken había decidido regresar a Nashville y Jim estaba convencido de que los dos cachorros serían un consuelo y una gran compañía para él. Y así ha sido. Así que son muy especiales para mí.
Robert echó un vistazo a los dos perros que, echados junto a la gran mesa baja que había entre los sofás, soportaban estoicamente que el Husky, tres meses más joven, les mordisqueara las orejas por turnos.
—Creo que Sultán significa lo mismo para ti y para Lilly —añadió, dedicándole una mirada cariñosa a Chris—, así que, en ese sentido, también lo considero un perrito muy especial.
—¿Pero…? —intervino Doreen.
Robert respiró hondo. Hasta no hacía mucho, su respuesta habría sido que el lugar de los animales estaba fuera de la casa. Ahora, seguía pensando lo mismo en términos generales, pero aquellos tres animales en particular constituían una excepción.
—Pero nada —dijo, sin más—. El regreso de Ken a Nashville habría sido terrible sin Noah y River, infinitamente más duro. —Sonrió a Chris—. Y el tuyo a Toronto, también. Se han ganado su lugar a nuestro lado. Y muy bien ganado, por cierto.
Chris bajó la vista cuando, inesperadamente, sintió que se le empañaban los ojos.
* * * * *
La llegada de Lilly, seguida de la de Jim, pocos minutos más tarde, llenó de bromas y propuestas el tranquilo ambiente de la biblioteca, revolucionando a humanos y a perros por igual.
Aunque a Jamie le había sorprendido tanto alboroto, era lo habitual. Daba igual que hubiera visitas en la casa o solo estuvieran los de siempre. El tándem Lilly-Jim ponía en jaque a todo el mundo con su alegría desbordante.
A Chris le agradaba comprobar lo bien que su hermana se había acoplado a la vida entre los Bryan. Se notaba que se sentía muy cómoda entre ellos y parecía haber encontrado en el hermano menor de Ken el complemento perfecto a su talante vital y extrovertido. No pasaban mucho tiempo juntos, puesto que Jim estaba en Ohio gran parte de la semana y cuando viajaba al rancho de Nashville, le esperaban días de trabajar de sol a sol, pero toda la familia se enteraba de los ratos que compartían. Era como tener a dos niños traviesos correteando por la casa.
Por otra parte, Lilly había hecho muy buenas migas con Bella, la presidenta del club oficial de fans de Ken. Ella le había presentado a sus dos mejores amigas y se veían a menudo, iban de compras o a pasear por la ciudad.
El evidente bienestar de su hermana, había contribuido a que Chris se estuviera tomando con calma su futuro y todas las decisiones que este traería aparejadas. Lo cual, probablemente, no sería del agrado de Jamie. Chris sabía que el propósito de su viaje no solo era visitar a una vieja amiga y ver qué tal progresaba su rodilla, sino también era sondear su situación personal. Sin embargo, no había mucho que decir al respecto todavía. Estaba centrada en recuperar la plena movilidad de su rodilla tras la operación y en disfrutar de la primera relación sentimental que tenía en su vida. Lo demás, podía esperar. En todo caso, no hablaría del tema sin que Ken y Lilly estuvieran presentes.
Y Ken no estaba en el rancho. Tampoco había oído su voz aún aquella mañana. Chris echó un vistazo a su móvil. Ninguna llamada perdida. Ningún mensaje. ¿Por qué no la llamaba? Entonces, cayó en la cuenta de que la razón era Jamie. Seguramente, quería darle espacio para que disfrutara de su compañía sin interferencias.
Cogió el móvil de la mesa baja, lo guardó en el bolsillo de su camisa y, ayudada de las muletas, se levantó.
—Vuelvo enseguida… —anunció.
No se alejó mucho. Fue hasta la escalera que subía a la parte alta de la biblioteca y se sentó en el cuarto escalón. La separaban tres metros de los sillones y el cuerpo de la escalera le proporcionaba cierta intimidad que aprovechó para hacer su llamada.
Apenas llegó a sonar.
—¿Qué tal está mi chica esta mañana? —dijo él, adelantándose.
Chris notó que había mucho ruido de fondo. Ken no estaba solo.
—Preguntándose por qué no la llamabas… Hasta que, de repente, se dio cuenta de que un tipo sensible, como tú, no se colaría así como así en mitad de una conversación de amigos…
Oyó su risa suave y supo que había acertado de lleno. A pesar de lo cual, él intentó negarlo.
—Sé que eso es lo que parece, pero no soy tan sensible. Pensaba colarme con total descaro en cuanto mi mánager, aquí presente, dejara de atosigarme con la lista interminable de cosas que tengo que hacer hoy.
—¡Hola, Chris! —intervino Tom, acercándose al móvil de Ken—. Mucho se queja, pero si no fuera por mí, llegaría tarde a todas partes.
A continuación, tuvo lugar un intercambio entre los amigos que Chris escuchó con una sonrisa en los labios. Oyó a otras personas riendo, lo que le indicó que no era la única a la escucha.
—¿No será que son demasiadas cosas para un solo cuerpo? Tío, que además de atender a toooda esa gente, también soy el que se sube al escenario, ¿vale?
—¡Anda ya, no seas quejica, hombre!
—¿Quejica yo? Si soy un santo…
—Mira, mejor ocúpate de tu chica y no me hagas hablar… Que si yo le contara…
Tras unas risas, Ken volvió a poner su atención en Chris.
—Se han ido todos. ¡Qué paz! —dijo, emitiendo un suspiro aliviado.
—¿Quiénes son «todos»?
—Tom, la gente de seguridad, dos de los músicos que me acompañan en la actuación de esta noche… —sonrió antes de decir—: Todos tíos. No hay ninguna chica.
Y a continuación oyó que Chris se desternillaba.
—¿Te hace gracia? —la pinchó.
—¿No se nota? —lo pinchó ella, a su vez.
—A ver, explícame eso…
Chris festejó aquel nuevo disparo al ángulo. Como si él no supiera a lo que se refería…
—¿Qué quieres que te explique? Ese día que te metiste en mi retrete, en Nueva York, no tenía la menor idea de quién eras. Pero ahora, sí. Al factor «mujeres» lo doy por hecho, así que no te preocupes… Dime una cosa, ¿qué quiso decir Tom con ese «si yo le contara…»? ¿Bajo tu capa de superhombre eres un chico malo o algo así? —quiso saber ella.
Ambos rieron con complicidad.
—No tan rápido… Primero, aclaremos algo —dijo él, y cuando volvió a hablar, su tono de voz había descendido al nivel de los susurros—. El factor mujeres está fuera, cuando actúo o atiendo a la prensa o voy a algún evento público. El resto del tiempo no forman parte de la ecuación. No hay señoritas esperándome en un rincón oscuro, ni colándose en plena noche en mi habitación del hotel… ¿De acuerdo?
Una sonrisa tierna brilló en el rostro de Chris. Ken la desarmaba. Sus intentos por desmontar el mito de la superestrella, la derretían de ternura.
—¿Quieres decir que no organizas orgías cuando dejas de estar bajo la estricta supervisión de tu padre? Y yo que te hacía permanentemente en el centro del escándalo… ¡Chico, qué desilusión!
Esta vez, las risas duraron un buen rato. Principalmente, porque aunque a Ken le gustaba el desparpajo de Chris, y lo encontrara fresco y muy divertido, en cambio, no le gustaba para nada el tema de conversación. Era muy consciente de que su profesión y todo lo que implicaba, no resultaba fácil de llevar para una pareja sentimental. Por más que la suya, en particular, pareciera tomárselo con tanta filosofía… Ahora no estaba seguro de cómo cambiar de tema, sin que resultara evidente que lo hacía. Teniendo en cuenta que había sido él mismo quien lo había puesto sobre la mesa con aquel comentario bromista, era para hacérselo mirar… ¿Sería su subconsciente, dejando claro que el bendito asunto le preocupaba mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir?
Esmérate, tío. Seguro que puedes darle la vuelta a esto…
—Siempre he sido un buen chico —repuso—. Y desde que salgo contigo, mucho más… —Entonces, se le ocurrió una idea—. ¿Sabes qué? ¿Por qué no vienes conmigo y lo ves con tus propios ojos?
Se hizo un largo silencio durante el cual Ken sonreía alucinado consigo mismo mientras pensaba «tío, te dije que te esmeraras, no, que te lanzaras al vacío en plan kamikaze», y Chris se había quedado con la boca abierta y una expresión mezcla de asombro y locura de amor.
—¿Sigues ahí? —murmuró él, procurando aguantar la risa, a pesar de que su voz denotaba que estaba sonriendo.
Chris también sonrió, sacudió la cabeza alucinada, intentando centrarse.
—Dame un momento para que recoja la mandíbula del suelo… —respondió, finalmente.
Los dos explotaron en carcajadas y les tomó algún tiempo volver a ponerse serios.
—¿Sonaré muy desesperado si te digo que me muero por verte? —dijo Ken.
—Me encanta tu desesperación porque yo también me muero por verte… ¿A qué hora llega tu vuelo mañana? —murmuró ella.
—A las seis de la mañana. Estaré por ahí a eso de las siete, pero me perderé la primera parte del plan de actividades. Estoy muerto. Voy a necesitar dormir un rato.
Chris sonrió con picardía antes de decir en voz muy baja:
—¿Quieres compañía?
Ken se estremeció. Un latigazo de deseo lo atravesó de la cabeza a los pies.
Chis y Lilly ocupaban la casa de los guardeses y Ken vivía en el edificio principal, junto con su padre, su tía y sus hermanos, cuando estos estaban en la ciudad. Aunque a nadie le pasaba inadvertido qué estaban haciendo cada vez que desaparecían de la vista durante un par de horas, ambos procuraban mantener sus momentos de intimidad con discreción. Sin embargo, a medida que habían ido pasando los días y su relación se hacía más estrecha, sus ganas de pasar más tiempo a solas también se habían disparado. Un par de horas ya no eran suficientes y continuar siendo discretos les resultaba cada vez más difícil. El último fin de semana, al regresar de madrugada, Ken había encontrado una nota sobre la almohada en su habitación de la gran casa: ella lo estaba esperando en su estudio, una construcción con entrada independiente, alejada casi un kilómetro del edificio principal. No habían dormido mucho, pero habían compartido unas horas de locura. Ken había atribuido la ocurrencia de Chris, principalmente, a que en aquella ocasión, el viaje había sido más largo que los anteriores. Por lo visto, era mucho más que eso.
A Ken le faltó tiempo para aceptar el ofrecimiento de Chris.
—¿Tu compañía? Claro. Siempre la quiero… ¿Me vas a esperar, como el otro día?
Ella se rio bajito.
—¿Te refieres al lugar o a la forma?
Él exhaló un suspiro y no respondió a su pregunta. Lo cual constituyó suficiente respuesta para Chris; se refería a ambas.
—De acuerdo… ¿Sabes? Mañana, quizás, me deje alguna prenda puesta para que me la quites con esa lentitud tuya, tan desesperante, que me vuelve loca…
Ken emitió otro suspiro, esta vez mucho más ardiente.
Las conversaciones entre ellos también se habían vuelto más íntimas a medida que pasaban los días, permitiéndole descubrir que si la mujer de las ocurrencias lo volvía loco, la de los comentarios sensuales, directamente, lo ponía al límite.
Tampoco hubo respuesta esta vez.
Chris asintió con la cabeza varias veces. Cada vez que tenía su voz al oído, su risa, su dulzura, desconectaba de cuanto la rodeaba. Solo existían Ken y aquella necesidad cada vez más acuciante de él. Era una necesidad emocional, no solo física. A su lado, se sentía tan plena, que añoraba ese sentimiento tanto como a él.
—Creo que ha llegado la hora de colgar —concedió ella con suavidad. Tras una pequeña pausa, sonrió y añadió—: me lo pensaré.
Ken frunció el ceño.
Esta vez, hubo una respuesta.
—¡Noooo! ¡Qué mala! ¡Ahora no me dejes con la miel en los labios…!
Chris se rio.
—No, no… Digo, que me pensaré lo de tu invitación a comprobar con mis propios ojos lo buen chico que eres…
Ken pasó de la excitación al ataque de amor sin paradas intermedias.
—¿Estás hablando en serio?
—Claro. ¿Qué creías? Así que, si fue un farol, que sepas que no ha colado. ¡A lo dicho, pecho, chico!
Y lo que Chris oyó a continuación, fue la voz de un hombre en el séptimo cielo, repitiendo emocionado «te adoro, te adoro, te adoro», como si fuera un mantra.
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CRS-03.1. Superstar. Parte 2 Extras, 1. Capítulo 2
Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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2
Después de disfrutar de un té helado servido con pequeños tentempiés, Jim se marchó en su furgoneta para reunirse con Tim, y dejó a su padre a cargo de guiar a los demás por un sendero posterior de la gran residencia, que atajaba camino hacia la cara sur del sector agrícola. El plan era pasear por los alrededores de la casa. La visita guiada a la finca tendría lugar a la puesta de sol y toda la familia participaría de ella.
El sendero, de apenas tres metros de ancho, discurría entre bosques y prados cubiertos de flores silvestres, y constituía un paseo agradable. Robert solía escogerlo para realizar sus tres caminatas diarias prescritas por el médico y conocía muy bien cada recodo y cada desnivel, de los que iba advirtiendo a los demás. Iban en dos grupos; Doreen, Lilly y Robert andaban delante. Jamie y Chris, en su bólido de dos ruedas, lo hacían detrás. Noah, River y Sultán encabezaban la comitiva, ladrando a los pájaros y corriendo tras los conejos que cruzaban el camino. Desaparecían durante un buen rato, para luego reaparecer, jadeando y con la lengua afuera.
Jamie no era un devoto de la vida en la naturaleza. Siempre había vivido en grandes ciudades y prefería las comodidades de una gran urbe. Sin embargo, desde que había puesto un pie en Mystic Oaks, no había dejado de sentirse sobrecogido por la enormidad que le rodeaba. La casa, con su amplitud y su aristocrática elegancia, no era más que un reflejo de la generosidad con que la naturaleza se manifestaba en aquel enclave situado en el corazón del estado de Tennessee. Y estaba seguro de que Chris, que, al contrario que él, prefería la vida en el campo, debía sentirse como pez en el agua en aquella enorme finca. La cuestión que llevaba tres semanas aguijoneándole y, que, de hecho, era la razón por la que lo había llevado hasta allí, era averiguar si sería capaz de abandonarlo cuando llegara el momento.
—Queda muchísimo por hacer. Como quien dice, acabamos de empezar… Pero, entre los primeros puestos de la lista, está que vamos a acotar toda esta área, donde están los edificios destinados a vivienda y el estudio de Ken, con un muro de siete metros de altura —explicó Robert, señalando con un brazo el recorrido aproximado.
—Pero ya hay una valla electrónica, ¿no? —dijo Jamie. Recordaba haber visto a Jim introduciendo una contraseña para poder acceder.
—Así es —intervino Doreen—. Delimitan la propiedad, pero no son muy útiles de cara a periodistas, paparazzi y curiosos. Ken no quiere más fotógrafos metiendo las narices en nuestra vida privada.
Jamie asintió. Aunque la tía de Ken no había mencionado expresamente el incidente del aparcamiento subterráneo, no tenía ninguna duda de que se refería a eso. Robert fue quien se ocupó de confirmarle que estaba en lo cierto.
—Se llevó un disgusto muy grande en agosto y no quiere que se repita —apuntó—. Además, me parece que he oído algo de una promesa…
Robert le hizo un guiño a Chris, quien se limitó a sonreír sin hacer comentarios.
Jamie no lo dejó estar.
—¿Qué clase de promesa lo llevaría a construir semejante pedazo de muro? Me pica la curiosidad… —admitió, con gesto travieso.
Chris no le había dado demasiados detalles de su relación con Ken, pero sabía lo básico: que se estaban conociendo y que, por el momento, las cosas iban bien. Pero si Ken planeaba construir un muro debido a una promesa que le había hecho a Chris, entonces, las cosas tenían que ir mejor que simplemente «bien».
—Querrás decir que te mata —se rio Lilly—. ¡Dudo mucho que solo te pique!
El comentario de Lilly no llevaba doble intención, puesto que ignoraba que los sentimientos de Jamie hacia su hermana eran de una naturaleza especial. Como buena curiosa, daba por hecho que todo el mundo lo era.
—Oye, es mi curiosidad, no la tuya. Si digo que pica, es que pica —repuso él, siguiéndole el juego a Lilly. A continuación, dirigiéndose a Chris, añadió—: ¡Pero es muy posible que empiece a matarme de un momento a otro, así que suéltalo ya!
La ocurrencia de Jamie fue recibida de buen grado por el padre y la tía de Ken. Era una señal de que el treintañero se estaba al fin relajando y empezaba a disfrutar de su estancia en Mystic Oaks. Algo que también agradecía Chris. Jamie era su mejor amigo —en realidad, su único amigo personal— y desde que Ken estaba en su vida, no podía evitar la sensación de que algo no iba bien entre ellos. Que a Jamie no le gustara Ken, no era suficiente razón para que se olvidara de que estaba allí en calidad de invitado de los Bryan. Algunos de sus comentarios le habían sentado francamente mal.
—Yo no tengo nada que ver con ese proyecto —aseguró, dedicándole una mirada cariñosa a Robert—. A Ken le preocupa su privacidad. Ahora que su familia está aquí, quiere que todos vivan tranquilos sin preocuparse de que un fotógrafo trepe a un árbol y, desde allí, capte momentos privados y los venda al mejor postor. Es una pena que sea necesario ir tan lejos a la hora de extremar precauciones, pero así son las cosas… Es una decisión muy inteligente.
Robert y Doreen, que sabían que Chris tenía todo que ver con eso que había denominado decisión inteligente, intercambiaron miradas. Ninguno hizo más comentarios. Ken lo hacía por proteger su privacidad y la de su familia, eso estaba claro. Pero también lo hacía por ella. Le había prometido que la protegería de toda la locura derivada de su estatus de estrella de la música, y aquel muro, cuando estuviera construido, constituiría una representación tangible de dicha promesa. Una de muchas.
Lilly puso morritos.
—Y yo que pensaba que era un gesto romántico como el Taj Mahal…
Chris miró a su hermana con expresión divertida.
—Oye, ¿qué dices? El Taj Mahal fue una ofrenda de un emperador a su esposa muerta, y yo estoy vivita y coleando…
—¡Que era una forma de hablaaaaaar! ¡Chica, el amor te tiene muuuuuy atontada, hay que explicártelo todo! —exclamó Lilly, histriónica, haciendo que Chris se tronchara de risa.
Un instante después se oyó la carcajada de Robert, seguida de la de Doreen.
Al fin, hasta el mismo Jamie acabó claudicando.
* * * * *
Al llegar a la casa de los guardeses, la comitiva se separó. Robert y Doreen continuaron hacia el edificio principal para empezar con los preparativos de la comida familiar.
—Ven, Jamie —invitó Lilly—. Vas a conocer el sitio más normal que encontrarás en Mystic Oaks.
El sitio en cuestión estaba situado en el claro de un bosque y era una vivienda de una sola planta con dos ventanas a cada lado de la puerta, cuyas contraventanas eran de madera pintada de rojo, igual que la puerta. Las paredes eran de estuco y los pequeños balcones mostraban jardineras pobladas de flores multicolores.
En cuanto Lilly abrió la puerta, los primeros en entrar fueron Sultán, Noah, y River.
Lilly se rio al decir:
—¿Hay alguna duda de quiénes son los reyes aquí? Cuando se juntan los tres, estamos a su merced. ¡Y están juntos todo el día!
—Se llevan bien, ¿eh? —comentó Jamie, cediéndoles el paso a las hermanas y entrando en la vivienda en último lugar.
—Bueno, sí, pero… —dijo Lilly, risueña—. Yo creo que su buena relación depende mucho de la enooooorme paciencia de Noah y River. Por el momento, no se quejan de que Sultán les masque las orejas, como si fueran de chicle. Ya veremos cuando empiecen a quejarse…
Jamie había dejado de prestar atención a la menor de las Thompson en cuando estuvo dentro de la casa. Miraba alrededor y, al fin, asintió con la cabeza, dando su visto bueno. Había comodidad, pero no lujo. Y las dimensiones eran razonables.
—Una casa normal —comentó—. Quién lo habría dicho…
Chris frunció el ceño. Esta vez, no se calló.
—Yo te lo dije. Si mal no recuerdo, te llamé y te la describí con lujo de detalle el día que Lilly y yo llegamos… Y ya que estamos, explícame una cosa —dijo, dirigiendo su silla de ruedas con los mandos hasta el centro del salón, donde estaba Jamie—: ¿qué problema tienes con el tamaño de esta finca? Ni que fueras tú el que tiene que ir andando de un edificio a otro…
Lilly cerró la boca como si fuera la responsable de aquel comentario que a su hermana le había sentado como un tiro. Sin embargo, enseguida cambió de idea.
—¿Problema? ¡Lo que tiene es asombro! Un lugar como este solo aparece en las pelis… —dijo, saliendo en defensa de Jamie.
Nadie se dio por enterado de su comentario y no, precisamente, porque no lo hubieran oído.
Chris continuó mirando a Jamie. Quería oír su respuesta y esperaba, por el bien de todos, que fuera satisfactoria. Jamie apartó la vista en cuanto cayó en la cuenta de que acababa de hacer otro comentario inadecuado.
—Lo siento. Ha estado fuera de lugar, Chris.
Ella negó con la cabeza.
—Ni hablar. A ti te pasa algo y quiero saber qué es. Así que, ponte cómodo. —Señaló con un gesto fingidamente cordial el sofá rojo con cojines de colores—. Lilly, ¿puedes hacer café?
—¡Marchando! —repuso la joven, deseosa de quitarse del área de fuego cuanto antes.
Tan pronto se quedaron a solas, Chris dirigió su mirada hacia Jamie. Él no se había sentado en el sofá, sino en un sillón que estaba enfrente.
—¿Qué sucede? —le preguntó.
Estar bajo el escrutinio de aquellos ojos, nunca le había resultado fácil a Jamie. Ahora, lo encontraba casi imposible. Tanto que le costaba mantenerle la mirada.
—Lo siento… —volvió a decir con los ojos brillantes—. Es que… Me cuesta asociarte a este lugar. Tiene poco y nada que ver contigo. Y, sin embargo, pareces sentirte muy cómoda aquí… Eso me confunde. Eres tú y, a la vez, no pareces tú.
—¿Estás seguro de que no tiene nada que ver con que este lugar pertenezca a Ken?
Chris estaba siendo quizás, excesivamente, directa y lo sabía. Pero desde la primera discusión que habían tenido cuando aquellas fotos (que Jamie había calificado de sonrojantes) habían llegado a la organización en Toronto, no había podido quitarse de la cabeza la extraña sensación de que a su amigo le pasaban más cosas.
Jamie no pensaba mentir al respecto. Pero tampoco podía decirle toda la verdad, de modo que optó por ser sincero a medias.
—Sé que para ti Ken es el no va más, pero yo lo sigo encontrando bastante cargante… —reconoció con una sonrisa que pretendió ser cómica y no tuvo el menor efecto en Chris—. Y tendrás que reconocer que esa monstruosidad de casa y los bosques, los prados, los arroyos, los manantiales… —exhaló un suspiro, simulando cansarse de enumerar grandezas—. Con lo que sé de ti, sumado a tu trayectoria, me choca verte aquí. Me acostumbraré, ya lo estoy haciendo, lo digo de verdad, pero no voy a negar lo evidente. Fue un shock, apearme del coche y verte en la cima de la escalera, con aquellos majestuosos vitrales detrás y esos dos enormes maceteros, que son casi más grandes que tú, a cada lado…
Chris apeló a su empatía. Quería dar por buenas las explicaciones de su amigo y, sin duda, podía entender aquel shock del que hablaba. A ella le había pasado lo mismo. Pero había cosas que seguían sin cuadrarle en su discurso.
Decir que se acostumbraría a verla en aquel entorno, había sido una forma indirecta de reconocer que no aprobaba que ella estuviera allí. A más inri, que hubiera aludido a su trayectoria profesional para explicar por qué le chocaba asociar aquel rancho a su persona, en su opinión, solo podía entenderse desde la perspectiva de los prejuicios. Sin embargo, Jamie no era una persona prejuiciosa.
—Y a mí me choca lo que dices —arremetió Chris—. Yo no soy este lugar. Tampoco era ninguna de las chabolas, que apenas se mantenían en pie, donde he tenido que vivir gracias a mi trayectoria profesional. El lugar no importa. Importan las personas, Jamie. Y tú, mejor que nadie, deberías tener esta lección muy bien aprendida, ¿no crees?
Él asintió varias veces con la cabeza.
—Lo sé y te he dicho que lo siento. Me cuesta tenerte lejos. Me cuesta no ver a Lilly. Cuando voy a visitar a Dottie, a los dos nos resulta de lo más raro estar sin vosotras… Creímos que os habíamos recuperado, después de años en África, y han sido muchos cambios en muy poco tiempo. Dottie lo va llevando más o menos, pero yo… Yo lo llevo de puta pena. Perdóname, Chris. Estoy siendo muy capullo. Después me disculparé con los Bryan.
—Harás bien —repuso ella con dureza—. Te has pasado siete pueblos con ellos. Y también conmigo.
Jamie se inclinó hacia adelante y cogió una mano de Chris, la apretó con afecto.
—Tienes razón.
—Sí, desde luego que sí.
Se sostuvieron la mirada durante unos instantes antes de que Chris volviera a tomar la palabra.
—Eres mi único amigo. Y no pretendo incomodarte, confiándote mis intimidades, —eres un chico y eso a los chicos no les va—, pero soy feliz junto a un hombre por primera vez en toda mi vida y me pesa no poder compartirlo contigo… Ken es alguien muy especial. Es un buen hombre, Jamie. Un buen hijo, un buen hermano… Hay una razón para que todo el mundo lo aprecie tanto. Es esa clase de persona que no duda en echarte una mano si te ve en apuros, aunque no te conozca de nada. Y, desde luego, no tiene nada que ver con el tío que se sube a un escenario y provoca infartos masivos en las damas. Me encantaría que os llevarais bien… Y sé que no depende de él. Te ha abierto las puertas de su casa. Es su familia quien te está ofreciendo toda su gran hospitalidad. Y otro tanto sucedió la última vez que estuviste en Nashville. ¿Crees que hay alguna posibilidad, aunque sea pequeñita, de que deje de resultarte tan cargante y empieces a mirarlo con buenos ojos?
Jamie sonrió. La rodeó con sus brazos en un abrazo holgado, pero cargado de cariño.
—Claro que sí, nena. Además, no me cae tan mal… Sé que es un buen tipo y que está loco por ti, y eso me basta… Solo necesito tiempo para acostumbrarme a la idea de que ahora somos cinco en la tribu, en vez de cuatro. ¿De acuerdo? —dijo, buscando su mirada.
En realidad, eran más de cinco; Ken venía con su familia al completo, pero Chris decidió no estropear el momento y, esta vez, sonrió de buen grado.
—De acuerdo —concedió.
Junto a la puerta del salón, Lilly unió sus manos en un gesto agradecido y se dio la vuelta para dirigirse a la cocina. A mitad de camino, cambió de idea y regresó al salón.
—¡Así me gusta, que os deis un buen abrazo! —exclamó—. ¡Me sumaría, pero con este cabestrillo mis abrazos dan pena! —Al ver la mirada cómica que le dedicaba su hermana, confesó—: Vaaaale, lo admito. Estaba escuchando detrás de la puerta. ¡Pero ya mismo me voy a hacer el café! ¡No tardo nada, nada, nada!
Y con esas, desapareció del salón, dejando a Chris y a Jamie con una sonrisa en los labios.
* * * * *
A seiscientos kilómetros de Mystic Oaks…
Ken aprovechó la primera pausa que tenía en las últimas tres horas, para dirigirse a su habitación. Desde que había vuelto a estar en el candelero, las reuniones y entrevistas tenían lugar en un salón del hotel, que alquilaban al efecto, en todos los establecimientos donde pernoctaba cuando estaba de viaje. Eso le permitía aprovechar a fondo cada rato libre, puesto que no le separaban más que unos cuantos metros de su lugar de descanso.
Estaba llegando a su habitación cuando oyó que alguien lo llamaba. Se volvió con una sonrisa en los labios.
—¡Hola, Bella, qué sorpresa! ¿Cuándo has llegado?
—Ahora mismo —repuso ella—. Ayer tenía asuntos en la facultad y no acabé hasta las tantas. ¿Tienes un minuto o prefieres hablar más tarde?
Ken se moría por echarse en la cama un rato y cerrar los ojos, pero por Bella estaba dispuesto a hacer el pequeño sacrificio de bajar al bar.
—Venga —dijo cambiando de rumbo—. Te invito a un café o a lo que quieras… Pero que sea breve, porque en tres cuartos de hora tengo una entrevista y me gustaría dar una cabezada.
—Sí, sí… Serán dos minutos. Tom me está esperando. Vamos, te acepto ese café.
Una vez en el bar, se dirigieron a una mesa para dos que estaba al fondo del local. Apenas habían recorrido un metro, cuando Shane apareció de la nada. Ken hizo un gesto de dolor con la boca.
—Lo siento, tío —dijo, refiriéndose a que una vez más (e iban un millón setecientas ochenta y cuatro mil doscientas veintiuna veces) se le había olvidado avisar a su equipo de seguridad que acababa de cambiar su plan.
—Tranquilo, Shane —intervino Bella—. Yo lo protejo. A la que se le ocurra acercarse e intentar darle un achuchón, le arreo un puñetazo que sale volando.
Obviamente, se estaba burlando. Y Shane respondió a su burla como lo hacía siempre; ignorándola. Se limitó a esperar que se sentaran a una mesa y se quedó de pie a distancia prudencial.
Una vez que el camarero les sirvió su pedido, Bella fue al grano.
—Estuve hablando con Lilly —empezó.
Ken volvió a dejar su refresco sobre la mesa y la miró con expresión divertida.
—¿Y…? —le dijo, instándola a que continuara la frase.
—Entre tu hermano y ella han organizado un plan para mañana que se parece mucho a una pesadilla —repuso riendo—. Y mira que a mí me sobra energía… Pero, te juro que da miedo todo lo que han conseguido meter en un solo día.
Ken se rio. No le extrañaba en absoluto. Jim le había adelantado algo y si hasta él admitía que era un plan para dejar de cama a las visitas, el asunto debía ser cosa seria.
—Sí, algo he oído… Yo ya he avisado que me perderé parte de las actividades, y el que avisa no es traidor, así que… Necesito desmayarme en una cama con urgencia.
—Si puedo ser totalmente franca contigo, no creo que sobrevivieras a una tarde con Jamie, ni aunque durmieras una semana seguida… —dijo ignorando las carcajadas cómplices de su ídolo. Ya sabía que había acertado. No hacía falta más que ver la cara que se le ponía a Ken cuando veía al amigo de Chris—. Así que se me ha ocurrido una idea…
Ken sacudió la cabeza divertido. En su opinión, Bella era tan temible como Lilly y Jim juntos, aunque ella no se hubiera dado cuenta.
—¿Cuál?
—Una que, con suerte, matará dos pájaros de un tiro —dijo ella, con una sonrisa traviesa.
Ken hizo un gesto con las manos, animándola a compartirlo.
—¿Sabías que Jamie estudió Derecho? —dijo Bella. Sin esperar respuesta, continuó—. Pues lo hizo. Nunca ha ejercido, claro, pero, por lo que sé, siempre participa en las reuniones del equipo legal de la organización en Toronto… ¿Qué? —preguntó al ver la expresión en la cara de Ken.
—Nada. Que me asombras. ¿Cómo te las ingenias para saber tanto de la gente?
Ella jugueteó con su coleta derecha, enredándola en un dedo mientras miraba a su ídolo con cara de «no te enteras, y eso que te lo he dicho mil veces».
—Eso no es importante, Ken. Lo que importa es que da la casualidad que mi segunda mejor amiga está a punto de acabar Derecho y es un cerebrito. Hemos quedado mañana. Así que, se me ha ocurrido que por qué no nos presentamos en el Tootsie’s… Será una casualidad, por supuesto. Si dos abogados cuando están juntos se parecen lo más mínimo a dos psicólogos cuando están juntos, podrás olvidarte de Jamie —y ocuparte de Chris, claro— durante un par de horas o tres. Y, de paso, con tantas señoritas en la mesa, despistaremos a cualquier fotógrafo/periodista/pesado que detecte tu presencia. ¡Mejor, imposible! ¿Qué opinas?
Ken sacudió la cabeza. De más estaba decir que la idea le encantaba.
—¿Y a tu novio? ¿Cómo lo despistamos?
«Y dale con mi novio», pensó la muchacha.
—Si te preocupa tanto, igual lo invito… —dejó caer.
Ken abrió mucho los ojos.
—¿Lo dices en serio?
Bella explotó en carcajadas.
—¿Cómo va a ser en serio? ¡Dices unas cosas…! —Tras consultar su reloj, se puso de pie—. Bueno, me voy. Te dije dos minutos y ya han pasado. Tom me está esperando y ya sabes cómo se pone cuando llegas tarde… ¡Adiós, Shane! ¡Un gusto haberte visto! —dijo, agitando las dos manos de forma teatral.
Él le dedicó una mirada burlona y Bella se alejó partiéndose de risa.
Ken se quedó mirándola hasta que desapareció tras las puertas de cristal que comunicaban el bar con el hall. Luego, miró a Shane.
—¿Tú crees que algún día conoceremos a ese novio suyo? —le dijo.
La respuesta de Shane llegó en forma de una risa sarcástica con la que Ken se sintió totalmente identificado.
Cada día que pasaba, tenía más claro que en la vida de Bella no existía ningún «novio».
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CRS-03.1. Superstar. Parte 2 Extras, 1. Capítulo 3
Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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3
Los Bryan, las hermanas Thompson y su invitado de honor aquel fin de semana acababan de cenar y estaban disfrutando de una larga sobremesa, como le gustaba a los anfitriones.
Doreen había preparado pollo caliente —el plato más conocido de Nashville por su original combinación de textura crujiente, especias y un sabor picante muy particular—, y cerdo desmenuzado, hecho a la parrilla al estilo Nashville: cocido a fuego lento y cubierto con una salsa picante a base de vinagre. Dos recetas típicas de la cocina local que habían servido acompañadas de abundantes verduras asadas y pan de maíz, que Jamie había agradecido efusivamente y disfrutado como un niño, una bolsa de sus golosinas favoritas. La evidente transformación en su talante había sido recibida de buen grado por el padre y la tía de Ken, que habían sido quienes se habían dado cuenta, en primer lugar, que había cierta tensión entre los amigos, producida por la incomodidad de Jamie. Robert tenía claro que entre la actual transformación y la antigua incomodidad había mediado una conversación entre Chris y Jamie. Doreen ya no tenía ninguna duda de que la razón de que el amigo de Chris se sintiera tan incómodo en el rancho Mystic Oaks, tenía que ver con sentimientos que iban más allá de la amistad. A sus ojos, eso también explicaba que Ken no se mostrara como siempre cuando estaba en su presencia.
Tim, el mediano de los hermanos Bryan, conocía a la visita de forma muy superficial. Lo había visto el día que habían coincidido en el hospital, cuando a Chris le habían operado la rodilla, y poco más. Aunque Jamie había llegado por la mañana al rancho, él había estado trabajando en el sector agrícola hasta poco antes de las seis, cuando se había dirigido al edificio principal para darse un baño y cambiarse para cenar. Esa era la razón de que se estuviera dedicando, principalmente, a observarlo.
Por el momento, el canadiense le producía sensaciones encontradas. Tenía una conversación inteligente, sus puntos de vista sobre cuestiones sociales eran acorde a su profesión y le resultaba agradable ese aire optimista y proactivo que le rodeaba, incluso cómo se entusiasmaba hablando del poder de los seres humanos cuando aunaban esfuerzos por un bien común. Le gustaba su apasionamiento. Era el tipo de persona que se esperaba como mejor amigo de Chris. Sin embargo, había algo en él que no acababa de convencerlo y no acertaba a saber qué era.
Jamie era consciente de que Tim lo estaba observando. En realidad, todos lo hacían, pero en el caso del hermano mediano de Ken resultaba más evidente. Tenía la misma edad que Chris y era el que más parecido guardaba con su padre, Robert Bryan; los mismos ojos, su misma actitud pausada y el mismo color de pelo —rubio— que, además, llevaba en un corte parecido; muy masculino, con una raya al costado derecho, orejas totalmente a la vista y un largo que apenas rozaba el cuello de la camisa. A diferencia de su padre, tenía bigote y perilla. Ambos perfectamente recortados, ni un pelo fuera de lugar. También era el más fornido de la familia, aunque su forma física no estaba relacionada con machacarse en el gimnasio, sino con el trabajo de la finca. Por lo que había oído, había sido jinete de rodeos y, en la actualidad, además de ranchero, criaba caballos de rodeo.
Otra característica que Jamie había notado enseguida era que Tim no era tan conversador como el resto de los Bryan. Se dedicaba más a escuchar en silencio. Se preguntó si, quizás, la familia de Ken estaba al corriente de la conversación que Ken y él habían mantenido la madrugada que se habían conocido. No estaba seguro de la respuesta. Por un lado, era evidente que a Chris no se lo había contado. Por supuesto, no lo había hecho por él, sino por ella. No le convenía que ella descubriera que el hombre a quien creía su amigo desde tiempo inmemorial, no la miraba con ojos de amigo. No le interesaba que ella tuviera el corazón dividido entre su amor por él y su lealtad hacia un viejo amigo. Así las cosas, no creía que Ken hubiera cometido el error de decírselo a sus hermanos y que fueran ellos los que levantaran la liebre. Sin embargo, había algo en el fondo de sus ojos cuando lo miraban… A veces, tenía la sensación de que lo sabían.
Esta vez, la familia no se había reunido en la biblioteca, sino en el salón comedor, próximo a la cocina principal, donde estaba teniendo lugar la sobremesa. Era un espacio más reducido, decorado con colores menta y ocre, y muebles hechos de pino en un estilo rústico. Tanto la cocina como el salón comedor daban a la parte posterior del edificio, a un prado en flor en el que la vista podía perderse en el horizonte. La abundancia de luz, que entraba por los grandes ventanales, y de flores frescas, otorgaba a la estancia un agradable aire campestre que contrastaba con el lujo que marcaba el resto de la casa. Sillas rústicas de altos respaldos y tapizados de colores a juego con las paredes, mantelería de lino en colores pastel y, como era de esperar en gente tan dada a mantener largas conversaciones tras la cena, una gran mesa redonda que podía acomodar a doce comensales.
Habían encendido la televisión, pero el volumen estaba bajo y apenas interfería en la conversación familiar.
—Espero que estés preparado para mañana. El plan está genial, pero reconozco que es bastante intenso —advirtió Lilly. Estaba sentada junto a su hermana y tenía a Jamie enfrente y un poco a la derecha.
—¿Intenso? —se rio Jim—. ¡Vamos a acabar todos con la lengua fuera!
—No es para tanto… Descansaremos cuando estemos en el Tootsie’s.
Al oírla, Jim, que se disponía a beber un sorbo de café, dejó el movimiento a medias y soltó una risotada.
—¿Antes o después del baile en línea?
Las carcajadas arreciaron y Lilly acabó admitiendo que, quizás, se les había ido un poco la mano añadiendo actividades.
—¿Baile en línea? —preguntó Chris, divertida—. Ah, genial, practicaré esta noche a ver cómo me sale con muletas.
Jim y Lilly intercambiaron miradas risueñas y ninguno comentó que no serían dos muletas las que ayudarían a Chris.
—¿A qué hora partiremos hacia la ciudad? —quiso saber Robert.
—Nueve y media —repuso Lilly, batiendo palmas muy entusiasmada—. Diez, como muy tarde.
—Por mí, bien —dijo Robert—. Pero, a esas horas, no contéis con Ken… Hablé con él hace un rato. Me dijo que se unirá a nosotros a primera hora de la tarde. Ya lo coordinará contigo, Jim.
—Ah, ¿él vendrá también? —preguntó Jamie, sorprendido.
Quien respondió fue Chris y su tono sonó tan sorprendido como el suyo. Jamie era su invitado. ¿Acaso creía que, siendo un Bryan, no se ocuparía de homenajearlo, como correspondía a un buen anfitrión? Eso no era siquiera una posibilidad.
—Claro, cómo no va a venir.
Jamie asintió varias veces con la cabeza. Había dado por hecho que Ken no participaría en la actividad turística. Sabía que los fines de semana recorría muchos kilómetros asistiendo a festivales de música por todo el país y había dado por bueno que, cuando al fin llegaba a casa, prefería dedicarse a descansar y a reponerse para el siguiente viaje. Ahora que lo pensaba, también cayó en la cuenta de que realizar una actividad pública con una superestrella de la música en el grupo, quizás, no fuera una distracción tan tranquila como él había esperado.
—¿Y qué hay de su popularidad? ¿Podrá andar por la calle con nosotros sin que sus fans lo asedien a cada paso?
—En Nashville, sí. Es una ciudad muy particular en lo que se refiere a las personas famosas que viven en ella —explicó Tim—. Los nashvilianos quieren que sus famosos se muevan tranquilos por la ciudad y hagan su vida sin interferencias. Son muy buenos vecinos. Así que no solo no los molestan, sino que no permiten que otros lo hagan —sonrió ante la expresión de incredulidad de Jamie—. No exagero. Suelen ser los mismos vecinos los que alertan a las autoridades cuando pillan a algún paparazzi rondando la casa de uno de sus famosos.
—Sí, que es raro —admitió Jamie—. Las personas con vidas tan públicas no son libres ni de ir a dar un paseo tranquilos… A veces, en los informativos de Toronto, pasan imágenes de las apariciones públicas de Ken y dan miedo… Siempre lo arrastra una multitud de señoras y señores al borde de la histeria… Es bueno saber que no tendremos que echar a correr junto con él —se rio.
Tim frunció el ceño. Allí estaba otra vez la sensación extraña…
—Bueno, no será un paseo totalmente tranquilo —matizó—. No lo asedian ni, mucho menos, lo acosan, pero lo paran por la calle, le piden autógrafos y selfis. Se alegran de verlo y se lo hacen saber. Con esto quiero decir que mi hermano nunca pasa desapercibido. ¿Verdad, Chris?
Ella asintió con una sonrisa. La actitud de la gente con Ken la asombraba. Lo trataban como a un vecino al que apreciaban mucho. Había confianza en el trato, pero muchísimo respeto.
—Sí, es verdad… Pasan a su lado y le dan una palmada en el hombro, lo felicitan por su último concierto o le preguntan por el próximo que dará en la ciudad… Al principio, yo creía que eran amigos… Es decir, que Ken los conocía de algo… Hasta que oía que les preguntaba a nombre de quién hacía la dedicatoria.
—Mirad, hablando de Ken —intervino Jim, señalando la televisión. Cogió el mando y subió el volumen.
Lo estaban entrevistando en el backstage antes de su actuación de aquella tarde en Alabama mientras pasaban algunas imágenes de su concierto de la noche anterior.
Como siempre que Ken aparecía en el campo visual de Chris, ella desconectó de lo que la rodeaba y toda su atención se centró en él. Vestía unos vaqueros desgastados a la piedra, una ceñida camiseta color chocolate con cuello en uve y mangas cortas, que dejaban a la vista los tatuajes de sus antebrazos, y botas cortas de estilo texano. Un delgado collar de cuentas alrededor del cuello y sendas muñequeras de cuero negro eran los únicos complementos. Nunca dejaba de asombrarla la simplicidad de su indumentaria y lo bien que le quedaba.
Todo le queda bien, pensó. Es el hombre más guapo de la galaxia.
Muy cerca de él, se veía a Bella hablando con un grupo de chicas y a Tom dando indicaciones a unos operarios del backstage.
El sonido de fondo correspondía a uno de los temas que había interpretado la noche anterior y, aunque se veía a Ken respondiendo las preguntas que le hacían los periodistas, estas no se escuchaban.
En aquel momento, el sonido de la música descendió y por fin pudo oírse la voz de Ken, respondiendo a una de las preguntas. El reportero en cuestión era un hombre joven de pelo largo y estilo rockero, con unas gafas de ver redondas como las del Beatle John Lennon.
—No. Nada de vacaciones. Actúo cada fin de semana hasta final de año. Pararé para Navidad y Año Nuevo, eso sí. Pero luego vuelvo a la carretera.
—¿Eso es porque has podido recuperar todas las actuaciones canceladas por tu ex promotora musical?
—Sí, y porque tengo un mánager que es la caña —dijo Ken, señalando con el pulgar hacia atrás, donde estaba Tom.
—¿Y qué hay de 2003? ¿Está confirmada tu participación en el Festival Fan Fair1?
—Así es —repuso él con una sonrisa cómica—: lo que quiere decir que me veréis hasta en la sopa.
—¡Guau! Has vuelto a Nashville con la energía a tope… ¿Y qué harás con tu chica? ¿Le dejarás una foto para que no se olvide de tu cara?
La cámara enfocó un primer plano del rostro de Ken. Su sonrisa y la picardía en sus ojos eran la única clase de respuesta que el periodista recibiría y todos los reporteros allí presentes lo sabían. Intentaban las preguntas de siempre porque era su oficio, pero sabían que era en vano. Y así fue. O casi.
—Eres nuevo en el gremio, ¿no? —le preguntó Ken con un punto de humor.
Se oyeron risas y comentarios burlones.
—Más o menos. Trabajo para la revista desde hace tres años, pero, normalmente, no cubro la sección de country. Al que la cubre lo han ingresado con una apendicitis, y aquí estoy. ¿Por qué?
Ken le apoyó una mano en el hombro en una de sus actitudes amistosas y le dijo:
—Sé que lo que te voy a decir lo habrás oído muchas veces, pero en mi caso va en serio. Puedes comprobarlo. No hablo de mi vida privada. Nunca. Fuera de eso, pregúntame lo que quieras. Pero como sé que lo lleváis en el libreto y que yo seguiré pasando de responder, te daré una exclusiva, a ver si me libro de la preguntita de marras las próximas dos o tres entrevistas… Sí, ya sé que soy un iluso, pero la esperanza es lo último que se pierde, ¿no? La exclusiva va para todos —dijo, barriendo con la mirada al nutrido grupo de periodistas que le rodeaban—. ¿Preparados? El día que me eche novia, seréis los segundos en saberlo. La primera será ella, claro… ¿Qué os parece? ¡No os quejaréis, es lo más que habéis conseguido sonsacarme en doce años! —Las pullas y las risas no tardaron en comenzar. Después de darles cierto margen para bromear, Ken hizo la señal de calma con las manos y les dijo—: Chicos, tengo que prepararme para actuar. Una pregunta más y me voy…«
Poco después, el programa continuó informando sobre otro tema y Jim volvió a bajar el volumen de la televisión. Momento que Tim aprovechó para poner a prueba su teoría.
—¿«El día que me eche novia»? ¡Menudo mentiroso! —bromeó, haciéndole un guiño a Chris. Ella se rio y no hizo comentarios.
La mirada de Tim abandonó a Chris y se posó sobre su amigo canadiense. Esta vez, el tipo le pareció bastante descompuesto. Había bajado la vista con la excusa de azucarar el café, pero la tensión de sus mandíbulas era evidente.
—Ya, pero que lo haya dicho, es toda una señal… —apuntó Jim. Para un tipo que llevaba más de una década evitando las preguntas personales a base de limitarse a sonreír y no hacer comentarios, aquella «exclusiva» era realmente inédita. Aunque los reporteros se lo hubieran tomado como la broma de alguien harto de oír lo mismo día tras día.
—¿Señal de qué? —se rio Lilly, descartando la idea—. Si la novia fuera otra, quizás. Pero siendo la que es… ¡Ken sabe que tendrá que llevarse el secreto a la tumba! Aquí se han juntado el hambre y las ganas de comer, porque menuda es mi hermanita con lo de su «vida privada»…
—Nah… —repuso Jim, negando con la cabeza repetidas veces—. Ken está a dos telediarios de anunciarlo con bombos y platillos. ¡Se le notaba un montón que se moría por decirlo!
—Estoy de acuerdo —concedió Tim.
Doreen intercambió miradas con Robert y dijo en voz alta lo que ambos pensaban.
—Os equivocáis en una cosa, chicos. Ken nunca admitiría públicamente que mantiene una relación sentimental con Chris, sin su consentimiento expreso. Ahora, cuando lo tenga, —dijo dedicándole una sonrisa a la aludida—, ¡se quitará las ganas de gritarlo a los cuatro vientos cada ocasión que se le presente! —A lo que Robert asintió con entusiasmo y, un instante después, añadió:
—Así que, como se suele decir, la pelota está en tu tejado, Chris.
Todas las miradas recalaron en ella, expectantes y cargadas de picardía. Chris sacudió la cabeza, incómoda a pesar de su sonrisa. Al fin, miró a Doreen.
—¿Podría servirme un trozo más de esa maravilla de chocolate que ha horneado hoy?
Y le tendió su plato con naturalidad, provocando la risa de todos.
De todos, excepto Jamie.
1 Fan Fair Festival: es el evento predecesor del mundialmente famoso CMA Fest, un festival de cuatro días de duración que se celebra en Nashville el mes de junio, centrado en la música country. Fue creado en 1972, con el nombre de Fan Fair, y continúa hasta nuestros días como CMA Fest.
* * * * *
Otra de las cosas que Jamie no tardó en aprender entre los Bryan, era lo difícil que resultaba estar a solas mucho tiempo. Esa gente se tomaba su papel de anfitriones muy en serio. Excepto por el rato que había pasado con Chris y Lilly en la casa de los guardeses, no había podido dar un paso sin llevar algún Bryan pegado a su sombra.
Había atardecido y el plan era dar un largo paseo por la finca, una especie de visita guiada a cargo de los hermanos de Ken. Habían quedado en reunirse en la entrada del edificio principal a las siete y media y, como faltaban aún cinco minutos, las hermanas Thompson y él eran los únicos que estaban allí. Cuando Lilly dijo que entraría en la casa para ver si Jim necesitaba ayuda con los refrigerios, Jamie decidió aprovechar la ocasión.
—Te noto muy cómoda aquí, así que me pregunto qué harás cuando terminen tus vacaciones —le dijo con una sonrisa cómplice—. ¿Has pensado algo al respecto?
Jamie estaba sentado en el último peldaño de la escalera frente a Chris, que había detenido su silla de ruedas en la explanada de acceso.
—Estoy muy cómoda, es verdad… Y no he pensado mucho en nada más que vivir el momento. Pero entiendo que necesitas tomar decisiones en función de lo que yo decida, así que, si te parece bien, lo hablaremos mañana. ¿Cuándo regresas a Toronto?
—El lunes muy temprano por la mañana.
—De acuerdo. Entonces, podemos dejarlo para mañana, cuando regresamos del tour por Nashville que han preparado Lilly y Jim. Nos acomodamos en el salón de casa, hacemos café y charlamos.
Cuando «regresaran del tour por Nashville» quería decir que Ken tomaría parte en la conversación. De otra forma, podrían mantenerla aquella misma noche. Y que se refiriera al salón de la casa de los guardeses que ocupan Lilly y ella temporalmente, como «el salón de casa» no era sino otra confirmación de que allí se sentía más que cómoda; se sentía en casa.
Jamie asintió. Procuró disimular la melancolía que lo envolvió.
—Tengo la sensación de que estoy a punto de perderos otra vez… —le dijo con dulzura.
Chris se estiró a coger las manos de su amigo. Sus miradas se encontraron cuando ella le preguntó:
—¿Y qué clase de sensación es? ¿Te hace feliz por mí, por nosotras? ¿O te entristece?
Jamie acarició las manos femeninas mientras, con la cabeza gacha, pensaba en la respuesta. Más allá de los sentimientos de los que no podía hablar, lo que sentía no se limitaba a una cuestión de felicidad versus tristeza.
—Soy feliz, si vosotras lo sois. Y me entristece la idea de volver a perderos. Pero también estoy preocupado. Esto es muy nuevo en ti, Chris. —Vio que ella asentía con una sonrisa ilusionada—. No voy a soltarte el rollo ese de «apenas os conocéis», pero no negaré que tengo la impresión de que todo sucede a velocidad de vértigo entre tú y Ken.
—A velocidad supersónica —reconoció Chris.
—Exacto. Y tampoco negaré que me asusta que acabes estrellándote. Si sucede, estaré aquí para recoger los trozos y ayudarte a recomponerte, lo sabes. Siempre podrás contar conmigo… Pero —exhaló un suspiro— odio la idea de verte sufrir, Chris. Por favor, ve con cuidado.
Ella le ofreció una sonrisa cálida, muy afectuosa. Acarició la barbilla masculina.
—Eres un gran amigo, Jamie. No te preocupes, por favor. Las dos estaremos bien.
Desde la ventana de su habitación en la planta baja, Robert contemplaba la escena con interés.
—¿Estás listo, papá? —preguntó Jim, desde la puerta.
Al ver que Robert había abierto un poco la cortina, fue hacia él. Sonrió.
—¿Qué haces aquí, espiando detrás de la ventana?
—¿Y qué haces tú, espiando lo que yo espío? —repuso Robert con humor.
En aquel momento, apareció un tercer Bryan.
—Ah, estabais aquí —dijo Tim, desde la puerta.
¿Qué hacían esos dos ahí?, pensó. Estaban frente a la ventana, asomando sus respectivas narices por un costado de la cortina.
Se dirigió hacia ellos. Miró por el espacio que había entre sus dos cabezas, y, fiel a su estilo, resumió lo que veía en seis palabras.
—Ese tipo está colado por Chris.
—¿Colado? —preguntó Robert, con el ceño fruncido.
—Enamorado, papá —tradujo Tim al idioma paterno ante las carcajadas de Jim.
Y no le sorprendió en absoluto ver que ambos asentían, dándole la razón.
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©️2024. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
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CRS-03.1. Superstar. Parte 2 Extras, 1. Capítulo 4
Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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4
Ken esperó hasta que vio por el retrovisor que la verja electrónica se cerraba y reanudó la marcha hacia el paraíso.
Sonreía. Era el loco que iba por la calle, conduciendo o andando, sonriendo a todas horas, como si estuviera hablando por el móvil con alguien y la conversación fuera genial. Solo que no había ningún móvil a la vista que justificara tal estado de ánimo.
Hablando de móvil… Sus ojos sobrevolaron el salpicadero donde había dejado el suyo y tuvo que volver a resistirse a la tentación de llamar a Chris. Y no era solo por oír su voz. Debía reconocer que sus intenciones eran un poquito más subidas de tono de lo habitual. La idea de que ella estuviera esperándolo en el estudio, con su mirada serena y su sonrisa dulce…
Claro, hombre. Que, además, esté desnuda, no tiene nada que ver, ¿no?
Ken se rio. Sacudió la cabeza. Se sentía como un quinceañero a punto de tener sexo.
Pero por más alborotado que estuviera su lado travieso, no la llamaría. Era genial sentirse tan excitado y expectante, pero mucho mejor, era que ella también lo estuviera.
Sin pistas, se dijo. Que sepa que has llegado cuando te tenga frente a sus ojos y ni un minuto antes.
Habían hablado por última vez a medianoche, cuando él había llegado al hotel, tras una actuación tan exitosa, que el público había premiado con tres minutos de ovaciones. Había sido como todas sus conversaciones: larga y muy reconfortante. Compartían lo que habían hecho durante el día, bromeaban y, cada vez con más frecuencia, se insinuaban. Había intimidad y también mucha complicidad. Pero, por encima de todo, había un profundo bienestar. La sensación predominante era que, daba igual lo ajetreadas que hubieran sido las horas precedentes, todo volvía a su ser cuando la tenía a ella al teléfono. Esa sensación era aún más intensa cuando compartían el mismo espacio. Chris era mucho más que su cable a tierra; era su hogar, su lugar en el mundo.
Sorprendente, pensó con una sonrisa soñadora.
Porque lo era, muy sorprendente que un hombre familiar, como él, pudiera llamar «hogar» a una persona por cuyas venas no corría sangre Bryan.
Ken salió de su abstracción romántica de golpe, clavó los frenos para evitar atropellar al animal que se había cruzado en su camino.
¡Mierda! ¡Qué susto!
Al oír un aullido, bajó precipitadamente de la furgoneta con el corazón latiéndole en la garganta. ¿Lo había golpeado? Por Dios, no. Un instante después, vio que Sultán corría hacia él meneando la cola y soltó un suspiro.
—Eh, eh, eh… Ven aquí. Déjame verte. ¿Te he lastimado?
Sultán ya se había echado panza arriba, preparado para recibir sus caricias. Ken se arrodilló junto a él, lo revisó, palpando sus articulaciones y buscando rastros de sangre, hasta comprobar que el animal estaba perfectamente, y recién entonces empezó a relajarse.
—¿Se puede saber qué haces aquí? Estás un pelín lejos de casa, ¿sabías? Los cachorritos tan pequeños como tú no tienen permiso para alejarse tanto —le dijo, frotándole la barriga—. ¿Dónde has dejado a tu humana, eh? Como se entere de esto, te va a regañar… Así que seré bueno y no se lo voy a contar, pero, chico, no me des estos sustos…
Como si le estuviera agradeciendo que lo librara de una buena regañina, Sultán se levantó y empezó a aullar al tiempo que movía la cola. Ken se rio.
—De nada, de nada… Pero si te hubiera golpeado con el coche, no podríamos ocultárselo, y ¿te imaginas el problema? Cuéntame, ¿qué ha pasado? ¿Tan joven, y ya empiezas a largarte de juerga por las noches? ¡Eso no puede ser, chiquitín!
El cachorro de pelaje blanco inmaculado parecía responder a cada pregunta con un aullido, dando lugar a un diálogo de lo más particular en el que los sonidos perrunos se mezclaban con las carcajadas humanas.
Al fin, Ken se incorporó y se sacudió la tierra de los pantalones.
—Vamos, Sultán. Te llevo a casa —dijo.
* * * * *
Veinte metros más adelante de donde Ken había detenido su F-150, Jamie andaba a paso vivo, trotando por momentos, mientras rezongaba de pura preocupación.
Al abrir la puerta de la casa de los guardeses, el bendito perro había conseguido colarse entre sus piernas y, antes de que se diera cuenta, corría camino abajo. ¿Dónde se había metido?
A pesar de lo cansado que había quedado tras la visita guiada al rancho, apenas había podido dormir por la noche. No estaba acostumbrado a tanto silencio y oscuridad. Sería un paraíso para los amantes de la naturaleza, pero él era un urbanita. No estaba acostumbrado a poder oír hasta sus propios pensamientos.
Además, todo había que decirlo, la ansiedad había tenido mucho que ver en que apenas hubiera podido pegar ojo. Chris estaba siendo deliberadamente escueta acerca de sus intenciones y él era de los que llevaban mal la intriga. Prefería saber las cosas cuanto antes. Especialmente, si, como temía, las noticias no serían buenas.
¿Por qué narices había que esperar a que Ken regresara, para que ella le dijera si volvería a su trabajo o ya podía ponerse a buscar candidatas para cubrir su puesto? ¿Acaso la decisión dependía de Ken? ¿Necesitaba sus bendiciones para volver a su vida de siempre?
Joder.
Como el «no» ya lo tenía, Jamie había decidido aprovechar su insomnio de una manera más productiva. Se había levantado y, tras una ducha en un baño que tenía el tamaño de su apartamento en Toronto, había recorrido el sendero que conducía del edificio principal, donde estaba alojado, hasta la casa de los guardeses.
Allí se había llevado una sorpresa doble. Primero, al abrir la puerta, se le había escapado el perro. Segundo, había descubierto que Chris no estaba en casa. Para no despertar a Lilly, había salido él mismo detrás de Sultán. Así que podía decirse que había empezado el día de una forma muy sana, haciendo footing en plena naturaleza mientras corría detrás de un cachorro.
Si así había empezado aquella mañana de mierda, no quería imaginar cómo acabaría el día…
JO-DER. ¿Qué decías de un día de mierda?
Jamie paró en seco al ver al príncipe encantado subiéndose a su carruaje. Con sus impecables vistas de superestrella, rodeado de naturaleza salvaje y con su rubio cabello al viento, brillando bajo los rayos del sol, aquello parecía el rodaje de un anuncio de champú.
Ken siguió con la vista a Sultán que, en vez de saltar al asiento posterior de su furgoneta, salió corriendo en la dirección en la que estaba la casa, y…
MIERDA. ¿Voy a tener que soportar a este tío en ayunas? Señor, por favor, no me pidas tanto. Los milagros son cosa tuya, no mía…
—Buenos días. Qué madrugador —lo saludó Ken, forzando una sonrisa en sus labios que no tenía la menor idea de dónde había salido.
Después del primer instante forcejeando con los músculos de su cara, Jamie también logró esbozar una sonrisa. No tan grande ni tan auténtica en apariencia como la de Ken, pero aceptable. Palmeó la cabeza de Sultán, que ya había llegado junto a él, y reanudó la marcha.
—Buenos días, Ken —le tendió una mano, que él estrechó—. No te pregunto qué tal estás, porque anoche, vimos por la tele que tus conciertos han sido un éxito. Felicidades.
—Sí, gracias… Las cosas han ido muy bien. Estoy contento… —hizo un gesto de estar cayéndose de sueño antes de agregar—: y reventado.
Al oírlo, la mente de Jamie entró en barrena.
¡Claro! Pobrecito, debe ser durísimo trabajar dos horas, tres días por semana y dedicar el resto a coquetear con un millón de mujeres de todas las tallas, edades y razas que están loquitas por ti. Tío, te compadezco. Lo digo de corazón.
Consciente de que estaba desbarrando y de que no podía permitirse que él se diera cuenta, Jamie se rio.
—Me imagino que después de uno de esos conciertos quedarás de cama… Algo nos adelantó tu padre. Dijo que no contaríamos contigo durante la primera parte del supertour que han organizado Lilly y tu hermano menor… No te preocupes, podrás verlo después. Lilly llevará la cámara de vídeo, así que todo quedará documentado. Conociéndola, será con lujo de detalle…
¿Que no me preocupe? Tú deberías preocuparte, tío. No te haces una idea de lo peligroso que puedo llegar a ser cuando estoy en ayunas… Y, ¿adivina qué? Estoy en ayunas.
La sonrisa de Ken continuó tan cordial y aparentemente sincera como antes, cuando dijo:
—Qué buena idea lo de llevar la cámara de vídeo… Genial. Oye, —dijo cambiando de tema antes de que se le escapara algo inconveniente—, ¿no había nadie preparando el desayuno cuando te levantaste? Perdona la pregunta, pero me resulta rarísimo verte a estas horas por aquí, tan solo y tan lejos de la casa.
Medio mundo estaba en la maldita cocina, pensó Jamie. Se las había visto y se las había deseado para marcharse sin dar explicaciones.
—Sí, sí, la cocina estaba en plena efervescencia… Fui a buscar a Chris para dar un paseo… En cuanto abrí la puerta, este travieso se coló entre mis piernas y echó a correr… Así que al final el paseo lo he dado con él… —Se encogió de hombros—. Chris no estaba allí. No sé dónde está.
Pues fíjate; yo, sí. ¿Te lo digo para que te retuerzas de envidia o…?
Desde luego, decírselo, sería una buena compensación por estar allí aguantándole la vela a él, en vez de dándose un festín con ella…
Ken asintió varias veces con la cabeza.
—Quizás, esté en el arroyo… Ese rincón le encanta y suele refugiarse allí cuando mi familia se pasa de intensa… Más que refugiarse, yo creo que se esconde —dijo con una sonrisa divertida.
Hubo una pausa incómoda, seguida de una aún más incómoda. Al fin, Ken se resignó a perderse definitivamente el festín.
—Ven, vamos para la casa. Si no como algo, no podré dormir. Y así, mientras esperas a Chris, desayunamos juntos. ¿Te parece bien?
¿Lo dices en serio? ¡No me lo puedo creer! ¡Desayunar con Ken Bryan! ¡Esto es tener suerte y lo demás son tonterías!
—Claro, cómo no.
—Genial. Vamos, Sultán, ¡sube! —Ken abrió la puerta trasera y esperó hasta que el cachorro saltó dentro—. ¿Qué, tú también quieres desayunar, pequeñín? Seguro que sí. ¡Eres un tragón!
Ken cerró la puerta trasera y abrió la del conductor.
—Por cierto… —dijo Jamie.
Ken volvió el rostro para mirarlo, pero el amigo de Chris tardó unos instantes en completar la frase. La razón de la demora era que las palabras se le habían atragantado y se negaban a salir.
—Mmm… Quería decirte que… Muchísimas gracias por tu hospitalidad, Ken.
Sí que te ha costado soltarlo, ¿eh? Eres un mamón, Jamie. ¿Sabes qué? Paso de ti, tío.
De lo que Ken pensaba, a lo que dijo cuando ya estaba al volante de la F-150, mediaron dos galaxias de distancia.
—Por favor… No hay de qué. Espero que disfrutes tu tiempo aquí. Chris y Lilly tenían tantísimas ganas de verte… Seguro que tú también a ellas.
* * * * *
Jamie soportó estoicamente los interminables abrazos con que la familia Bryan solía darse los buenos días. En este caso, también hubo felicitaciones, puesto que no solo llevaban tres días sin ver a Ken, sino que también sabían que había arrasado en Alabama.
El recibimiento de sus perros merecía párrafo aparte. Los cachorros estaban desbordantes de alegría, saltando a su alrededor, y lamiéndole la cara cada vez que él se agachaba a agradecerles tan sentida bienvenida.
Durante cerca de un cuarto hora, también se las había arreglado para mostrarse interesado en el intercambio de noticias de los hermanos sobre los avances de las obras en el rancho y otros asuntos relacionados.
Jim y Tim ya habían regresado al sector agrícola, cuando Doreen anunció:
—Ya que estás aquí con Jamie, yo me llevaré a tu padre a respirar aire fresco.
Robert sonrió cómicamente.
—¿Crees que podrás cargarme? Vaya por delante que, por mí, encantado. Pero lo dudo. En todo caso seré yo el que te lleve a ti.
Doreen sacudió la cabeza.
—Qué sensible, Rob. Era una forma de hablar… —dijo tomando su brazo—. En tal caso, ¿al caballero le apetece llevarme a dar un paseo?
Robert le hizo un guiño a Ken antes de responder:
—Por supuesto, será un placer.
Jamie pensó que casi prefería que no lo dejaran a solas con el príncipe encantado, pero, dado que la pareja ya había abandonado la cocina, le tocaría apechugar.
Los perros estaban atentos a cada movimiento de Ken. Esperaban —en vano, por lo que Jamie sabía—, que su humano se saltara las normas por una vez y dejara caer al suelo una galleta o un trozo de pan.
Pero eso no sucedió.
Ken se levantó de la mesa, miró alrededor en busca de los comederos. Como estos no estaban a la vista, fue hasta uno de los armarios al tiempo que decía:
—Me parece que los otros humanos de esta casa, se olvidan de que vosotros también coméis. Lo siento, chicos.
Sacó los tres comederos de acero inoxidable, los alineó contra la pared y, a continuación, cogió un saco de pienso diferente en cada mano. Se los enseñó a sus perros.
—¿Arroz con pollo o carne y verduras?
Sultán aulló y acto seguido, ladeó la cabeza de esa forma tan cómica que a Ken siempre le hacía reír, y se le quedó mirando.
—Lo siento, peludito. El tuyo no tiene variedad, tu humana dice que solo puedes comer pienso de pescado hasta que seas mayor. Pero te serviré una buena ración, no te preocupes.
Dos largos aullidos le informaron al dueño de la casa que el perro estaba conforme.
—Bueno, ¿qué? ¿Os habéis decidido ya? —les dijo Ken a sus perros. Noah olfateó el saco de carne y verduras—. Vale, adjudicado. Pescado para el blanquito, y carne para vosotros. Dadme un minuto.
Jamie respiró hondo. Observó el ir y venir del músico por encima de su taza de café. La forma en que Ken se comportaba con sus perros era idéntica a la de Chris. En ella, le provocaba ternura, le parecía un signo más de la clase de ser humano que era. Sin embargo, en él… Le daban los siete males solo con verlo.
Sacudió la cabeza, molesto consigo mismo, y se dedicó a su café.
En aquel momento, el móvil de Ken empezó a sonar. Estaba sobre la mesa y Jamie pudo ver con toda claridad quien llamaba.
Volvió a respirar hondo.
Ken se apresuró a atender.
—Buenos días, preciosa… —se le adelantó. Aunque se estaba derritiendo con saber que la tenía al teléfono, se las arregló para que su voz sonara razonablemente normal—. Me pillas en la cocina, desayunando con Jamie… Ah, una cosa. Acabo de darle de comer a Sultán y me ha dicho que para cuándo un buen chuletón —bromeó—. Oye, ¿dónde estás? Jamie fue a buscarte temprano para ir a dar un paseo y lo único que consiguió fue que el peludito se le escapara… Me lo encontré a un kilómetro y medio, corriendo tras él… Pobre, vaya manera de empezar la mañana…
«No lo sabes tú bien», pensó Jamie.
En el estudio de Ken, Chris se desinfló en un suspiro de desilusión y, acto seguido, sopló la vela aromática que había sobre la mesilla de noche. Era una de las dos docenas y media repartidas por toda la estancia que tendría que apagar cuando acabara de hablar con Ken.
—¿En serio? ¿Y qué hay de la nuestra, Ken? Ahora mismo, no sé si ser malísima o seguirte el juego… De acuerdo. Tienes a Jamie delante, así que me apiadaré de ti… —volvió a suspirar y cambió de idea. Decidió ser el mayor demonio encarnado en una activista humanitaria—. Voy a tener que bañarme para quitarme la miel y tardaré un rato en apagar las velas y recoger los pétalos de rosas… Pero, tranquilo, no tendrás que ser el anfitrión ideal de un tipo que no te gusta nada, por mucho tiempo… Calculo que en cuarenta minutos o así, estaré por ahí.
La imaginación de Ken pasó de largo sobre la observación de lo poco que le gustaba Jamie y se sumergió de lleno en una fantasía erótica de aúpa. ¿Miel? ¿Velas? ¿Pétalos…? Sonrió de pura desesperación, rogando que sus mejillas no dieran cuenta del súbito acaloramiento que tenía.
—Claro. Por favor, tómate tu tiempo —le dijo. Y no logró acabar la frase, que se echó a reír.
* * * * *
Jamie continuó armándose de paciencia mientras veía a Ken devorar su copioso desayuno. Daba la impresión de llevar una semana sin comer. Lo cual no le impedía interesarse por él entre bocado y bocado, como el perfecto anfitrión que era. Por supuesto.
Para cuando el músico había acabado con la última tostada, Jamie estaba harto de su sonrisa Profidén, de sus modos amables, y del genuino interés con que lo escuchaba. Rematadamente harto de tanta perfección. A su lado, cualquier persona normal quedaba deslucida, relegada a la sombra de su espigada figura.
—La he visto muy bien… Se nota que Chris está a gusto aquí —comentó Jamie después de servirse más café—. Algo más gordita, eso sí. Dice que entre las delicias que cocina tu tía y la rodilla que no le deja quemar calorías, la ropa le ajusta.
Vio que Ken alzaba la vista por encima de su taza de café y su mirada, brillante, se posaba sobre él.
«Bien», pensó Jamie. Al parecer, había tocado hueso.
—Suerte que estamos solos y nadie más puede oírte… —repuso Ken—. Mi tía prohibió esa palabra en esta casa hace años… Las mujeres nunca están «gorditas», tío. Están preciosas.
Y, a continuación, ensanchó su sonrisa de forma deliberada. Como dejara de sonreír, las cosas se pondrían muy serias. No soportaba las alusiones de tipo físico que algunos hombres hacían de las mujeres. Ya no hablar de que se hicieran sobre la suya.
—¿Lo dices en serio? —dijo Jamie, en una mezcla de asombro e ironía—. Ha aumentado de peso. Es una realidad. Chris lo sabe y no tiene ningún problema con ponerle adjetivos a la realidad. ¿Por qué los tienes tú? ¿O acaso negar la evidencia es tu técnica de seducción?
Ken se recostó contra el respaldo de la silla y permaneció mirándolo unos instantes. Había desafío en su mirada.
Tanto que Jamie pudo leer el mensaje en sus ojos con total claridad:
«Soy Ken Bryan, tío. ¿Crees que necesito alguna técnica de seducción?»
Y tras leerlo, sintió que se le revolvían las tripas.
Sin embargo, había más que desafío en la mirada de Ken, había hartazgo de la memez superlativa de un tipo que, a pesar de haberse dado cuenta de que él había llegado a la vida de Chris para quedarse y que, por lo tanto, tendrían que verse las caras durante mucho tiempo, no hacía el menor esfuerzo por contemporizar. Por aparcar los celos y sus evidentes resquemores e intentar mantener una relación normal. Era lo que pensaba…
Y fue lo que dijo:
—Si no aflojas la tensión, Chris acabará dándose cuenta.
Jamie enrojeció.
—¿Esperas que crea que todavía no se lo has dicho? —Desde que había puesto un pie en ese rancho, tenía la sensación de que todos lo sabían.
El alucine de Ken crecía por momentos. ¿Acaso pensaba que él gastaría un solo minuto con Chris, hablándole de los sentimientos que su amigo de toda la vida le profesaba? ¿Que le haría daño gratuitamente? Ese tipo era un gilipollas de marca mayor.
—¿Qué te propones, Jamie? —Ken exhaló un suspiro—. Mira, eres una persona muy importante en la vida de Chris… Y todo lo que le importa a ella, me importa a mí. Pero, francamente, no veo dónde quieres ir a parar con esta actitud tuya…
Jamie se apartó el flequillo de la cara y exhaló un suspiro. Él tampoco sabía lo que se proponía. Simplemente estaba desquiciado. Ver a Ken, con toda su perfección, tenía ese efecto sobre él.
Ken continuó en un tono más suave.
—No sé qué lío tienes en la cabeza, pero voy a intentar aclararte el panorama: Chris está aquí por su propia voluntad. Es ella quien decide qué, cuándo, y cómo. Yo no intervengo en sus decisiones… Para que conste, porque seguro que te lo estarás preguntando, no tengo la menor idea de lo que piensa hacer cuando acaben sus vacaciones.
El brillo culpable en los ojos de Jamie le confirmó que eso era exactamente lo que había venido a hacer a Nashville: averiguar los planes de Chris, e intentar influir en ellos, si estos no eran de su agrado.
—Y para que conste otra vez —continuó Ken—, nunca le he mencionado nuestra conversación. Ni a ella ni a nadie… A ver si entiendes esto de una vez, tío: tú eres muy importante para Chris. Pero ella es esencial para mí. Si todavía crees que yo sería capaz de hacer algo que pudiera herirla, es que no has comprendido lo que hay entre nosotros.
El aullido de Sultán, seguido de su carrera hacia la puerta, cortó la conversación de cuajo. Noah y River lo siguieron de inmediato.
Ken y Jamie dirigieron su atención hacia los perros, y entonces la vieron. Chris estaba allí, en su silla de ruedas, dominando el haz de la puerta con expresión seria.
Jamie sintió que las paredes se le caían encima y su rostro mostró la devastación que sentía.
Ken, al menos, intentó disimular.
—Eh, pero mira a quién tenemos aquí… —Consultó su reloj y sonrió—. Has hecho un tiempo récord: no ha pasado ni media hora. Esa silla es la caña.
La mirada de Chris se desplazó de Ken a Jamie cuando formuló su pregunta en voz decidida.
La temida pregunta.
«¿De qué conversación estáis hablando?».
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CRS-03.1. Superstar. Parte 2 Extras, 1. Capítulo 5
Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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5
«¿De qué conversación estáis hablando?». Si existía una pregunta capaz de poner en pausa el mundo de Jamie, era la que Chris acababa de pronunciar.
Sin embargo, por más que aquel asunto tuviera todo que ver con Chris y Jamie, Ken no se libraba del todo. Puesto que había elegido callar que esa conversación había tenido lugar.
Genial, pensó él, estás atrapado en fuego cruzado, tío.
Chris ya llevaba unos minutos en la casa, antes de que Sultán detectara su presencia. Había oído la advertencia de Ken y el despliegue de ironía de Jamie. Recordó que él le había hablado de la conversación, usándola como un modo de justificar sus evidentes reticencias hacia Ken. Ella había tomado sus explicaciones con pinzas. De alguna forma, había presentido que el asunto no se limitaba a lo dicho por Jamie. Sin embargo, entonces había decidido concederle el beneficio de la duda, y eso había hecho.
Hasta ahora.
Se habían acabado las concesiones.
Ante tan persistente silencio por parte de dos hombres que no se caracterizaban por ser callados, Chris avanzó con su silla hasta el hueco que Ken acababa de dejar libre para ella, apartando una de las sillas, y apoyó los codos en la mesa. Miró a uno y a otro, consecutivamente. En sus ojos podía leerse el mensaje: «estoy esperando una respuesta».
Ken miró con disimulo a Jamie. El tipo había quedado fuera de combate y su silencio empezaba a resultar de lo más gráfico. Por lo tanto, le tocaría a él vérselas con la tormenta. No era precisamente de aquel modo como había pensado comenzar aquel domingo: sin sexo e intentando salvarle el culo al mejor amigo de su chica, que iba camino de convertirse en ex amigo.
Joder, Jamie.
—Disculpa, preciosa, ¿pero después de tres días sin verme el pelo, me vas a recibir así? ¿Ni una sonrisa, ni un abrazo, nada? Besos, no. Ya me imagino que preferirás no sonrojar a nadie —apuntó con más picardía que dulzura.
Chris continuó tan seria como antes. Al saber que había existido una conversación entre Jamie y Ken de la que él nunca le había hablado, lo había tomado como el típico rifirrafe masculino sobre el que Ken había decidido echar un tupido velo. Más aún; que no lo hubiera mencionado, había sumado puntos a su favor. Le había parecido un gesto de madurez. Ahora, ya no veía las cosas del mismo modo. Ahora sabía que la omisión había sido deliberada. Por usar sus propias palabras «para no hacerle daño». Siempre valoraría la determinación de Ken de protegerla contra viento y marea. No así, que para hacerlo la mantuviera al margen de asuntos que le concernían directamente.
Ella extendió un brazo y posó su mano sobre la de Ken, la apretó con suavidad.
—Me alegro mucho de verte. Pero esto no me gusta nada y no voy a fingir que no es así. ¿Te importa si me tomo un rato hasta que aclaremos este asunto?
¿Fuego cruzado? Tienes un misil apuntando directamente a tu cabeza, tío.
Ken tomó la mano femenina y se la acercó a los labios. La besó suavemente mientras miraba a Chris a los ojos.
—¿Qué le vamos a hacer…? Tendré que conformarme con saber que, al menos, te alegras de verme —murmuró, y liberó su mano.
Ella no la retiró de inmediato y la pareja continuó mirándose en silencio.
Ninguno de los dos se percató de la creciente incomodidad de Jamie. A pesar de encontrarse en una situación pésima, una mezcla de celos y dolor estaba consiguiendo que al canadiense se lo llevaran los demonios. Y al mismo tiempo, una sensación de estar completamente fuera de lugar, hacía que sintiera ganas de largarse de allí de inmediato. No soportaba a Ken, pero verlos juntos, a él y a Chris, le resultaba aún más insoportable.
Tanto, que Jamie se puso de pie, decidido a poner fin al momento cuanto antes.
Chris y Ken lo miraron al unísono.
—La conversación de la que hablábamos es la que mantuvimos la madrugada que nos conocimos —dijo él—. Yo fui incapaz de disimular lo mal que me había sentado veros juntos, él se dio cuenta y me llamó aparte para preguntarme qué me sucedía. Me quedé a gusto diciéndole lo que pensaba y él me acusó de estar celoso. Me preguntó cuánto tiempo hacía que estaba enamorado de ti… —respiró hondo y se sobrepuso al fuego que lo estaba quemando vivo—. Tenía razón.
Vaya mierda, pensó Ken, sacudiendo la cabeza.
Desvió su mirada hacia Chris y vio que ella se había quedado mirando a Jamie. Había una mezcla de asombro y confusión en su rostro.
—¿Cómo… dices? —logró articular Chris, al fin.
Jaime volvió a respirar hondo y la miró directamente.
—Lo que oyes. No te preocupes, Chris. Siempre he sabido que no es recíproco. Y tranquila, no tienes nada que hacer al respecto. Vuelvo a Toronto ahora. Derivaré tu expediente laboral a Charlotte Allen y, en el futuro, tratarás con ella. —Miró a Ken—. Gracias por tu hospitalidad. Solo voy a pedirte una cosa más. Preferiría ahorrarme otro momento incómodo. ¿Te importa excusarme con tu familia? Invéntate algún asunto urgente que me obliga a regresar de inmediato.
Ken miró a Chris y a Jamie consecutivamente. Ella parecía totalmente sobrecogida por la situación. Y él parecía decidido a largarse de una forma u otra.
—Por supuesto. Ve a preparar el equipaje. Yo llamaré a alguien de mi equipo de seguridad para que te lleve al aeropuerto.
—Gracias, Ken, pero no hace falta. Un taxi bastará —repuso él cuando ya se dirigía a la puerta.
Como si estuviera en mitad de un sueño del que no conseguía despertar, Chris acompañó con la mirada a su amigo del alma mientras él se marchaba sin más.
Ex amigo del alma.
* * * * *
Chris bajó la cabeza cuando oyó los pasos de Jamie subiendo la escalera que conducía a la primera planta, donde estaba su habitación. No podía decir que la noticia la hubiera tomado totalmente desprevenida. Dottie había aludido al tema cuando él se había marchado de forma tan intempestiva del hospital donde estaba internada Lilly. Sin embargo, ella se había negado a tenerlo en cuenta. Jamás había notado nada. Ni una mirada especial, mucho menos un comentario que pudiera interpretarse en más de un sentido. Lo dicho por su tía le parecía muy delicado para hablarlo con tanta ligereza. De ahí que abordara el asunto directamente con Jamie. Pero él, obviamente, se había ido por la tangente, escudándose en lo poco que le gustaba Ken y el hecho de que, siendo alguien tan crítica con la banalidad que rodeaba el mundo de los famosos, ella hubiera acabado liándose con uno.
Y ahora esto, suspiró.
La voz de Ken la sacó de sus pensamientos.
—A riesgo de que me envíes a freír espárragos, te diría que no dejes las cosas así con él. —Buscó su mirada—. Sus sentimientos por ti no son los que creías, de acuerdo. Pero eres la persona más querible de la galaxia, la mujer más alucinante de todas, ¿por qué no iba a enamorarse de ti? No tiene nada de malo, Chris. Jamie no debería sentirse culpable por amarte y creo que ahora mismo así es como se siente…
Chris esbozó una ligera sonrisa, tomó la mano de Ken y la acarició con suavidad mientras lo miraba. Él nunca dejaba de sorprenderla. El solo hecho de que hubiera estado atendiendo a Jamie personalmente, sabiendo lo poco que él le gustaba, le parecía un gesto entrañable. Lo de ahora… No podía imaginar lo que habría sentido al sospechar que los sentimientos de Jamie hacia ella no eran de amistad. Mucho menos estar presente cuando él al fin lo había admitido. Ahora entendía las reticencias de Ken. Unas reticencias que jamás había verbalizado, pero ella sabía que existían.
Y entendía mucho mejor que hubiera elegido guardarse para sí sus sospechas.
Tú sí que eres el ser más querible de la galaxia, Ken…
—¿Puedo pedirte un favor?
—¿Que vaya a buscarlo y lo traiga de vuelta, quizás? —dijo cómicamente.
Chris asintió.
—¿Harías eso por mí?
Ken ya se había levantado de su sitio cuando respondió:
—Haría cualquier cosa por ti —le dijo, y se inclinó a besarla en la boca.
* * * * *
Decirlo es más fácil que hacerlo, pensó Ken al detenerse frente a la puerta de la habitación que ocupaba Jamie. Estaba abierta y podía verlo empacando con rapidez. Como si quisiera salir corriendo de allí, que era, seguramente, lo que Jamie deseaba.
Ken también lo deseaba.
Lo hacía sentir mal desearlo, pero en su fuero interno, la verdad, era que no veía la hora de que aquel tipo se largara y él pudiera retomar sus días normales junto a Chris.
Ken sacudió la cabeza. Odiaba sentirse de aquella forma.
«Solo está enamorado de Chris, nada más. ¿Puedes culparlo por eso? Tú también lo estás», se repitió mentalmente, deseando que surtiera efecto.
Golpeó con los nudillos en el marco de la puerta.
Jamie se volvió a mirarlo brevemente y luego continuó a lo que estaba sin decir nada.
—Chris quiere hablar contigo. Me ha pedido que venga a buscarte porque las escaleras todavía se le resisten.
Jamie dejó de empacar, respiró hondo y giró la cabeza para mirarlo.
—¿Te ha dicho también de qué quiere que hablemos? No sé tú, pero yo creo que no hay nada que comentar. Estoy colado por ella, y ella está colada por ti. ¿Qué más hay que decir?
Ken entró en la habitación despacio, con las manos en los bolsillos de sus vaqueros.
—Os conocéis desde hace años… Has compartido infinidad de momentos con ella, con Lilly, con Dottie… Tenéis una historia en común de la que me encantaría haber sido parte… ¿Vas a cortar con todo eso de raíz?
—Y tú, ¿vas a decirme que no te encantaría que lo hiciera? Vamos, Ken, no hace falta que sigas esforzándote… Quieres que me vaya tanto como yo quiero irme.
Ken asintió. Chris le había hablado de su franqueza sin rodeos.
—Es verdad. Pero Chris no quiere eso. Y si ella no lo quiere, entonces… Es lo que hay. Además, y solo para que conste, no me hace ninguna gracia comprobar que no me equivocaba al creer que estás colado por ella…
Sus miradas brillantes se encontraron.
Alguien tendría que explicarle por qué se esforzaba tanto porque Chris y Jamie siguieran siendo amigos, cuando, en su fuero interno, no deseaba otra cosa que perder de vista a ese tipo que le caía gordísimo.
No obstante, siguió esforzándose.
—Ojalá no fuera así. Ojalá no estuvieras enamorado de ella… Pero lo entiendo… Es imposible no acabar rematadamente loco por alguien como ella. Es un pedazo de ser humano… —Vio que Jamie asentía con énfasis—. Precisamente por eso, ¿no crees que se merece que le des la ocasión de recomponerse y aprender una nueva forma de relacionarse contigo?
Jamie dejó caer la cabeza, derrotado. ¿Cómo era posible sentirse agradecido de que el príncipe encantado estuviera evitando que cometiera un error garrafal, y, a la vez, desear matarlo lenta y dolorosamente por la misma razón?, pensó. Ken Bryan era capaz de sacar lo peor de él.
Como si le hubiera leído el pensamiento, Ken esbozó una sonrisa irónica.
—Tranquilo, tío, yo tampoco lo entiendo —le dijo.
* * * * *
—Ya viene —le dijo Ken. Ni se sentó ni se acercó a Chris—. Y yo me voy a dormir.
Ella lo retuvo cogiéndolo de la mano. Ken se volvió a mirarla.
—Preciosa, no me pidas que me quede… Para él no va a ser fácil volver a enfrentarse a ti, después de admitirlo. Y para mí tampoco.
—Lo sé. No era eso lo que iba a pedirte…
Ken asintió y regresó junto a ella. Chris le tendió sus dos manos.
—¿Me ayudas a ponerme de pie?
Él sonrió travieso. Hizo lo que le pedía. Cuando quedaron frente a frente, Chris le pasó los brazos alrededor del cuello.
Ambos sonrieron. Ken sacudió la cabeza ligeramente. Le rodeó la cintura con sus brazos al tiempo que decía:
—Mala. Más que mala. Malísima.
—¿Por qué? —dijo mirándolo a los ojos con una sonrisa pícara.
—Porque sabes perfectamente que llevo tres días soñando con esto y también sabes que voy a tener que seguir esperando para hacerlo realidad. Esto es un aperitivo que me va a dejar mucho más hambriento y desesperado que antes.
—Vaya… ¿Tan desesperado estás?
—¿Tú no?
Chris ladeó la cabeza y acarició sus labios con la lengua. Vio que él cerraba los ojos y una expresión de puro éxtasis se adueñaba de su rostro.
—Claro que yo también —murmuró sobre los labios masculinos—. Pero no quiero que te marches sin decirte que…
Ken abrió los ojos. Ella había dejado de besarlo y se había quedado en silencio.
—Decirme, ¿qué?
Ella lo miró largamente, recorriendo sus facciones mientras pensaba en cuánto había cambiado su vida gracias a él —en realidad, por él— y en lo segura que se sentía a pesar de los muchos interrogantes a los que había tenido que enfrentarse.
—No quiero regresar a Toronto… No quiero volver a mi trabajo. De alguna forma que todavía no puedo explicar, sé, siento que mi lugar está aquí… —Él contuvo la respiración, permaneció mirándola expectante con el corazón latiendo acelerado. Chris completó la frase—: contigo.
Ken soltó el aire en un suspiro y la estrechó fuertemente entre sus brazos.
—Diossss… —fue lo único que consiguió decir.
Ella le revolvió el cabello cariñosamente.
—¿Qué, ha merecido la pena el aperitivo o no?
Ken buscó su mirada.
—Estoy tan loco por ti, que… —Entonces, se oyeron los pasos de Jamie. Ken respiró hondo y no continuó.
«Y yo por ti», pensó ella.
—Seguiremos más tarde, ¿te parece? —murmuró él en tono derrotado.
—Contaré los minutos —repuso sensual y le regaló una caída de ojos.
—¡No seas mala! —se quejó él, moviendo los labios sin emitir ningún sonido, puesto que Jamie se estaba acercando. Lo que dijo a continuación se oyó alto y claro—. Bueno, me voy y os dejo con vuestros asuntos. Pienso desmayarme en una cama hasta el mediodía.
Apretó cariñosamente la mano de Chris y se alejó bajo la intensa mirada femenina.
* * * * *
Chris quería asegurarse de que la conversación que mantenía con Jamie era privada. Sabía que la casa no tardaría en volver a llenarse de gente. Además, Lilly era quien había organizado la salida, estaba tan ansiosa que se había dormido tardísimo y conociéndola, muy pronto estaría metiéndole prisas a todos.
Jamie, por su parte, temía la maldita conversación más que a la peste, de modo que, empezando por no tenerla nunca, agradecía encarecidamente cualquier opción que le permitiera que nadie más se enterara de lo que había sucedido.
Aquel rincón especial que algún día Ken convertiría en un jardín de estilo japonés fue el elegido por Chris. Se trataba de un sitio alejado, el sonido del agua y de los pájaros contribuía a que se respirara una atmósfera relajada y era muy poco probable que algún miembro de la familia se acercara por allí.
Una vez junto al arroyo, Jamie empujó la silla de Chris hasta una piedra de tamaño adecuado para hacer las veces de asiento para él.
Permanecieron en silencio durante un rato, absortos en sus propios pensamientos, con la vista perdida en el agua. Hasta que al fin, Chris lo rompió. La sorpresa y, en parte, también el disgusto inicial al comprender que Jamie llevaba años ocultando sus verdaderos sentimientos hacia ella, habían pasado. Ahora, solo le preocupaba el futuro. El futuro de los dos.
—¿Qué es lo que va a pasar ahora? —se atrevió a preguntar. Fue entonces cuando se dio cuenta de que ahora no sabía cómo tratar al hombre que llevaba a su lado casi tres lustros. Chris esbozó una sonrisa incómoda—. Disculpa, esto es… Raro.
Jamie la miró, pero no concedió ni negó. Lo último que deseaba era que ella se sintiera como si estuviera con un extraño. No era un extraño. Nunca lo sería.
—Nada. No va a pasar nada. Soy el mismo de siempre.
—Pero hace un momento, has estado a punto de largarte sin más… —dijo ella, mirándolo brevemente.
La franqueza de Jamie salió a relucir, punzante como siempre.
—Por él, no por ti. Habría sido duro admitirlo ante cualquier tipo. Imagínate hacerlo ante el príncipe encantado…
Chris no pudo evitar sonreír.
—¿El príncipe encantado? —repitió—. Ay, Jamie… Si Ken te oyera, se partiría de la risa… ¿Por qué le llamas así?
Jamie también sucumbió a la gracia. Un conato de sonrisa relampagueó en sus ojos que él se las arregló muy bien para contener. Sin embargo, algo cambió en su expresión, suavizándola.
—Por no llamarle Mr. Perfecto, que seguro que os haría reír mucho más… ¿Hay algo en ese tío que no sea encantador? Es irritante. A su lado, el resto de los mortales parecemos humanos de segunda con un par de cromosomas atrofiados…
Chris bajó la vista con una sonrisa dulce en los labios. Le producía ternura presenciar los celos de Jamie. Era novedoso y tremendamente dulce.
—Su luz brilla con más intensidad porque siempre tiene miles de focos apuntando hacia él —explicó. Volvió a mirar a su amigo—. Es solo eso. Y si existe algo semejante a un grupo de mortales de segunda con un par de cromosomas atrofiados, definitivamente, tú no perteneces a él. Eres una gran persona, un gran hombre, Jamie… La diferencia es que lo que tú haces no acapara titulares.
Jamie se sintió halagado… Hasta que un pensamiento irrumpió en su mente, arrasándolo todo: «pero estás enamorada de él, no de mí».
Respiró hondo.
—Lo que siento por ti no es nuevo. Llevo sintiéndolo desde que te conozco… Como te dije antes, siempre he sido consciente de que mis sentimientos no eran correspondidos —afirmó con cierta incomodidad que se esforzó por ocultar—. Nunca han interferido ni en nuestra amistad ni en nuestra relación laboral. Y no lo harán en el futuro… A menos que, por la razón que sea, tú prefieras…
El impulso de Chris fue tomar su mano. Era lo que habría hecho antes de saber lo que ahora sabía. Dejó el movimiento a medias, algo de lo que ambos se dieron cuenta, pero solo uno de los dos acusó recibo.
—Puedes tocarme. —Inspiró profundamente—. Mira, Chris… Olvídate de lo que dije en esa cocina… Me sentía avergonzado, violento y lo único que quería era borrarme del mapa cuanto antes… Olvida eso y quédate con esto: soy el de siempre y tú también puedes seguir siendo la de siempre. Pero si dejas que lo que no he tenido más remedio que admitir, se meta entre los dos… —Negó con la cabeza. No quería imaginar siquiera una situación semejante—. En el fondo, nada ha cambiado. Siempre he sabido que no estamos destinados a estar juntos de esa manera. Era cuestión de tiempo que encontraras a una persona con la que quisieras compartir más que unos ideales… Ahora la has encontrado y soy feliz por ti.
—Pero sufres. Y se te nota, Jamie —le dijo con dulzura—. Y detestas a Ken. ¿Cómo podemos borrar eso?
Jamie esbozó una sonrisa de arrepentimiento.
—No lo detesto. —Al ver el gesto irónico de Chris, insistió—: no lo detesto. Por favor, no pienses eso… Es un buen hombre y está loco por ti. Te hace feliz… Aprenderé a querer a ese tío, no te preocupes. No tengo la menor idea de cómo me las ingeniaré, pero lo haré… —bromeó.
Chris al fin extendió su brazo y cogió la mano masculina, que apretó con cariño. Jamie suspiró aliviado.
—Eso está mejor —dijo—. Y ahora, por favor, cuéntame tus planes.
—Aún no lo he hablado con Lilly y no sé lo que dirá ella, pero… —Miró a su amigo con una sonrisa tristona—. No tengo previsto volver a Toronto, Jamie… Diría que, de momento, pero la verdad es que podría convertirse en un momento muy largo…
Jamie asintió y permaneció en silencio, mirándola expectante.
—Sé que esta decisión supone dejar mi plaza vacante en la organización… Y estoy dispuesta a ello —anunció con voz segura—. La última vez que hablamos sobre esto, te dije que el accidente que tuve en África lo había cambiado todo y necesitaba volver a encontrar mi sitio… El departamento de formación de la oficina de Toronto no es ese sitio, Jamie. Es una labor importante, sin duda, pero no es para mí… Me siento perdida allí. Así que dejaré la organización. Creo que es lo mejor para todos.
La respuesta de Jamie fue taxativa.
—De eso, ni hablar.
—Venga, Jamie… No quiero ser un peso muerto en tu organigrama.
Él la miró estupefacto.
—¿Se puede saber de qué estás hablando? Eres la activista humanitaria más reconocida y premiada del mundo. No podrías ser un peso muerto, ni aunque te lo propusieras. Si no quieres estar en el departamento de formación, te buscaremos otro. Y si no existe, lo inventaremos para ti. Dejar OXFAM, dice… —refunfuñó—. ¿Te has vuelto loca?
A pesar de lo halagada y lo querida que su amigo la hacía sentir con su defensa a ultranza, Chris no deseaba que hubiera malentendidos.
—Pues, en tal caso, tendrás que inventarlo aquí, Jamie —le dijo—. Dudo mucho que regrese a Canadá más que de visita. ¿Está claro?
—¿Tan bien va lo vuestro? —preguntó él. El brillo en los ojos femeninos le dio la respuesta.
Respiró hondo y exhaló el aire en un suspiro. Asintió repetidas veces con la cabeza. Le entristecía la idea de no volver a tenerla en el despacho que había junto al suyo, que las tardes de cafés compartidos se distanciaran meses en el tiempo… Entonces, se recordó que no había lugar para la melancolía. Chris estaba evidentemente feliz. Había encontrado a su media naranja. Era justo que, al menos, uno de los dos tuviera una vida sentimental de la que sentirse tan orgulloso y satisfecho como de la profesional.
—Lo has dejado muy claro, Chris. No te preocupes. Será donde tú quieras y cómo tú quieras. Te lo has ganado.
* * * * *
Todos la estaban esperando, de modo que Chris no disponía de mucho tiempo. La expedición partiría con destino Nashville en dos coches: el monovolumen familiar con Tim al volante y la furgoneta de Jim. Cuando se había puesto en marcha hacia el interior de la gran casa, los hermanos estaban cargando ya los infaltables tentempiés y las bebidas. A Chris le hizo gracia verlos prepararse tanto para un viaje que apenas duraba media hora, pero así eran los Bryan; cualquier excusa era buena para reunirse y disfrutar a lo grande del momento.
—¿Dónde vas, Chris? Mira, que ya estamos listos —dijo Lilly al ver que su hermana dirigía su supersilla hacia la explanada que conducía a la puerta doble de vitrales.
—¿Cómo qué va a hacer? ¿Crees que va a largarse sin despedirse de su amorcito? —guaseó Jim, echándole un vistazo a Chris. En aquellos momentos, la vio volverse y dedicarle una sonrisa capciosa que lo hizo reír.
—Teniendo en cuenta que su amorcito está durmiendo a pierna suelta, yo creo que podríamos ahorrarnos la espera —apuntó Tim y sonrió antes de decir—: A menos, claro, que antes, cuando entramos, Ken se estuviera haciendo el dormido y, en realidad, esté esperando ansioso que su chica vaya a despedirse…
—Eso ni lo mentes, hermano —espetó Jim, dejando caer los brazos al costado del cuerpo con fingida frustración—. Si está despierto, trae unas sillas porque nos va a tocar esperar un buen rato…
—¡Nooooo! —exclamó Lilly, siguiéndole el juego— ¡Hay que detener a mi hermana! ¡Si entra en esa casa, no saldrá más y adiós programa de actividades!
—Que no, chicos. No tardo, en serio —dijo Chris cuando, ayudada de sus muletas, estaba ya junto a la puerta—. Entro y salgo, prometido.
Robert miró a Doreen risueño y no pudo evitar poner su granito de arena.
—Estoy con Lilly. Habría que impedir que traspase esa puerta.
—¡Rob! —se rio Doreen, dándole un codazo a su cuñado—. ¡Calla, hombre!
Jamie estaba presenciando el intercambio de pullas con una sonrisa que hasta a él mismo lo sorprendía. Saltaba a la vista que Lilly se sentía como pez en el agua entre aquella gente y, de hecho, contribuía al buen ambiente con su alegría y su carácter extrovertido.
—Creo que será mejor que vaya con ella, ¿no os parece? —decidió intervenir.
Todas las miradas se volvieron hacia él, incluida la de Chris.
Jamie se encogió de hombros.
—Le caigo tan mal, que seguro que le corto la inspiración —dijo con una sonrisa cómica sin aclarar a quién se refería. Su mirada se cruzó con la de Robert Bryan, quien le hizo un guiño conciliador.
Jim fue el primero en soltar una carcajada. Tim asintió con la cabeza en un gesto de aprobación, pensando que al fin el amigo de Chris se había quitado el palo del trasero.
Lilly fue mucho más efusiva. Se puso a dar palmitas al tiempo que exclamaba:
—¡Jamie Daniels, sí, señor! ¡No os dejéis engañar por esa pinta de seriote que tiene, en el fondo es un payaso de cuidado!
* * * * *
Chris se apoyó contra el marco de la puerta para recuperar el aliento. Era increíble lo mucho que le costaba trasladarse sobre sus dos piernas todavía. También contaba que en aquella casa las distancias eran exageradamente grandes, se recordó.
Pero, a poco que la imagen del hombre que yacía boca abajo sobre la cama, fue captando su atención, el esfuerzo quedó en segundo plano.
Ken tenía la cabeza apoyada sobre una delgada almohada, con el rostro mirando hacia el lado donde estaba la puerta de acceso a la habitación. Un brazo colgaba por el costado de la cama. La sábana azul francia lo cubría hasta la cintura, dejando el torso desnudo a la vista. También parte de su pierna izquierda que, con la rodilla flexionada, asomaba fuera de la sábana.
La habitación, como todo en aquel edificio, era inmensa, de modo que Chris se armó de valor para volver a acomodar sus muletas y lanzarse a recorrer la distancia que la separaba de él.
Despacio y con cuidado, se sentó a su lado. Apoyó las muletas contra la pared, junto al rotundo cabecero de roble de la cama.
Y, como siempre que tenía la ocasión de contemplarlo sin ser vista, se sirvió a placer.
Era imposible no admirar al hombre dueño de una belleza que dejaba sin aliento. Sin embargo, después de conocer a la persona, de verlo proceder día tras día, Chris lo miraba con otros ojos. Una de las primeras cosas que él le había dicho era que no tenía nada que ver con la imagen que vendían las fotos y los afiches publicitarios.
Era de ese hombre, que tan poco tenía que ver con el que se subía a un escenario y cautivaba hasta a las musarañas con su sonrisa traviesa, de quien se había enamorado locamente.
Sin peros ni dudas. Su amor por Ken era un hecho.
Y era una sensación indescriptible comprender que, tras años de incertidumbre y de vagar sola por los caminos donde la vida la conducía, había encontrado al fin a su compañero, a su otra mitad.
Chris extrajo un pequeño sobre del bolsillo de su camisa vaquera y lo apoyó con suavidad contra el velador de la mesita de noche. Tenía el nombre de Ken manuscrito en grandes letras de imprenta y, en su interior, un deseo concedido.
A continuación, se inclinó sobre Ken y depositó un beso amoroso sobre su hombro.
«Hueles tan bien…», pensó con una sonrisa soñadora.
Costaba apartarse y dejarlo. Lo cual explicaba muy bien por qué vivían buscando el contacto físico cuando estaban juntos. Un roce de las manos, una caricia o, como casi siempre últimamente, compartir el mismo asiento por una indescriptible necesidad de sentirse cerca.
Otro pensamiento llegó raudo a salvarla de la locura que Ken le inspiraba: «te están esperando, Chris».
Exhaló un suspiro. Sus labios volvieron a rozar con suavidad el hombro masculino.
—Descansa, amor —susurró—. Pero no tardes mucho, ¿vale? Nada es lo mismo, si tú no estás conmigo.
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CRS-03.1. Superstar. Parte 2 Extras, 1. Capítulo 6
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6
Ken se incorporó sobre un codo y, todavía medio dormido, miró hacia los pies de la cama. Algo lo había despertado, no estaba seguro qué.
O mejor dicho quién, pensó risueño.
—¿Se puede saber qué haces en mi cama? —le preguntó al perro blanco inmaculado que, con sus cuatro patas sobre el edredón y las orejas muy tiesas, lo miraba moviendo la cola—. ¿Dónde están…?
No pudo acabar la frase. En aquel momento, dos bólidos entraron en la habitación y saltaron sobre la cama. Un instante después, estaban encima de Ken, turnándose para lamerle la cara y celebrar que se había despertado con un concierto de ladridos.
—Vale, vale, vale… —se rio, al tiempo que intentaba protegerse del aluvión de cariño cubriéndose con las manos—. Tranquilos, tranquilos… Chicos, ya vale, por favor… —Más risas cuando Sultán se unió a la fiesta y muy pronto eran tres canes contra un solo humano, haciéndole cosquillas con sus morros.
Ken necesitó ponerse serio para que los tres cachorros se calmaran y le dejaran espacio.
—¡Abajo los tres! ¿Qué es eso de subirse a la cama? —les ordenó, intentando mantenerse serio.
Los perros se creyeron la fingida seriedad de Ken y obedecieron de inmediato. Se bajaron de la cama, pero permanecieron junto a ella, expectantes. Sultán aulló. Noah ladró y, como era de esperar, River no se quedó atrás. Intentaban enternecer a su humano, pero Ken se mantuvo en sus trece. A pesar de que se moría de ganas de frotarles la cabeza, no podía dejarlo correr; tenían que aprender a no trepar a los muebles.
—Muy mal —les dijo para reforzar la reprimenda—. En la cama, no.
Vio que los tres bajaban las orejas en señal de arrepentimiento y tuvo que resistir la tentación de acariciarlos. Eran unos peluditos estupendos.
Ken se limpió los lametones de la cara con el dorso de una mano y al fin se dejó caer nuevamente de espaldas sobre la cama.
No tenía la menor idea de qué hora era. Ignoraba cuánto había dormido, pero a juzgar por lo grogui que estaba, no lo suficiente. Habían sido tres días muy intensos y el esfuerzo realizado le estaba pasando factura. Por no mencionar el esfuerzo titánico de lidiar con Jamie Daniels… ¿Ni siquiera medio dormido era capaz de quitarse a ese tipo de la cabeza?, pensó con ironía. Por lo visto, ni así. Bufó. Eran celos, se dijo a continuación. Lo reconociera o no. Simple y llanamente, celos.
Quién te ha visto y quién te ve, chaval. ¿Celos de ese tipo? Lo que te faltaba…
No eran solo celos de Jamie Daniels, sino celos de todo bicho viviente en el que Chris tuviera algún interés del tipo que fuera. Pero como era demasiado fuerte para reconocerlo, Ken hizo lo que hacía siempre: ignorar aquella vocecita que parecía disfrutar tanto matizando las medias verdades que se contaba a sí mismo sobre según qué asuntos.
Otro pensamiento acudió raudo a su mente. Eran las palabras de Chris de aquella misma mañana:
«De alguna forma que todavía no puedo explicar, sé, siento que mi lugar está aquí, contigo».
Diosss… No le había dado un infarto de puro milagro.
Una sonrisa imposible dominó el rostro masculino.
Chris no pensaba regresar a Toronto… ¿Era de verdad? Sí, lo era: Chris no quería volver a Canadá. Deseaba quedarse en Mystic Oaks, con él.
Iba a necesitar repetirlo varias veces al día para acabar creyéndolo. Todavía le parecía un sueño.
Cerró los ojos y se puso más cómodo.
El lugar de Chris estaba junto a él. Y el de Ken junto a ella. Era así. Había sido así siempre.
Desde el instante que Ken había dejado de preocuparse por el grupo de fans enloquecidas que lo perseguía en aquel hotel de Nueva York, y había reparado en Chris. En su bastón. En su mirada, en ese mar en calma en el que había descubierto lo fácil que le resultaba perderse… No había podido dejar de pensar en ella desde aquel mismísimo segundo. Y no poder dejar de hacerlo le había parecido increíble y, a la vez, mágico. La locura más estimulante del mundo.
Nunca había llevado la vida de un monje, ni mucho menos. Había disfrutado de compañía femenina como el que más. En realidad, más que el que más. Se había corrido muchas más juergas de lo aconsejable, incluso siendo quien era. Incluso a pesar de Tom, su mánager y perro guardián a quien le debía tanto, especialmente, durante su época en el infierno. No era algo de lo que se sintiera orgulloso, pero esas vivencias le habían aportado referencias e información sobre sí mismo. Habían sido esos datos los que le habían permitido darse cuenta de que Chris significaba algo muy distinto para él. Algo que nunca nadie había significado.
Al volver a verla en Nashville, lo había tenido claro. ¿Cuántas posibilidades había de que dos desconocidos se encontraran dos veces en distintos puntos del planeta por casualidad?
Pero Chris no se lo había puesto nada fácil. Al contrario, se había resistido a lo que sentía por él con uñas y dientes. Se las había hecho pasar canutas1, pensó con asombro al recordar las mil y una locuras que había hecho por ella. Hasta que, hacía un mes, lo había llamado desde el aeropuerto de Nashville y le había dicho «tenemos que hablar». A partir de ese momento, todo había empezado a cambiar…
No va a regresar a Toronto, tío. ¡No va a regresar a Toronto!
Suspiró. Le parecía increíble que estuviera sucediendo.
Movió pesadamente un brazo y consultó la hora en su reloj. Abrió mucho los ojos y apartó las sábanas de inmediato.
¡Joder, son las dos de la tarde!
Saltó de la cama y, tan solo vestido con unos bóxers negros, se dirigió a prisa al baño. Estaba dentro de la habitación y, al igual que esta, era de tamaño extragrande.
Chris iba a matarlo. Vaya manera de dormir. Se duchó, se secó y se vistió a toda velocidad. No se molestó en secarse el pelo y bajó las escaleras corriendo, seguido por los tres cachorros que ladraban y aullaban, animados de que al fin hubiera movimiento en la casa.
Ordenó a los perros que subieran al asiento posterior de la F-150, ató las correas a las sujeciones de los cinturones de seguridad y se disponía a ponerse al volante, cuando se dio cuenta de que se había dejado el móvil.
—Mierda… Tranquilos, enseguida vuelvo —les dijo y regresó a la casa.
Subió los escalones de dos en dos y entró en su habitación a prisa. Refunfuñando por lo tarde que era, fue hacia la mesilla y cogió el móvil.
Fue entonces cuando vio el sobre apoyado contra el velador.
Su corazón palpitó al reconocer la caligrafía de Chris sobre el pequeño sobre celeste.
Una sonrisa expectante curvó sus labios. Guardó el móvil en el bolsillo superior de su camisa y estiró la mano para coger el sobre. Se sentó en la cama sin dejar de mirar las letras que dibujaban su nombre.
Al fin, lo abrió y sacó el contenido. Era una cuartilla, a juego con el sobre, doblada en cuatro. La desplegó y, con el corazón galopando en su pecho, leyó:
«Me lo he pensado y he decidido que quiero ver lo buen chico que eres con mis propios ojos. Eso sí, tendremos que esperar a que pueda andar sin muletas. Si no, ya te veo cargándome en brazos todo el tiempo ;)
Dos condiciones:
1. Nada de fotos.
2. Habitaciones separadas (¡no negociable!). Pero pueden estar conectadas :)
PD: ¿Qué? ¿Ya estás saltando de alegría o la procesión va por dentro?
Eres un tipo genial, ¿lo sabías? ♥︎
Chris»
Ken apretó los párpados. Se dejó caer de espaldas sobre la cama con una sonrisa imposible en los labios.
Viajarían juntos. ¡No se lo podía creer!
Basta de estar haciendo lo que le encantaba, sufriendo porque Chris no estaba con él. Basta de contar las horas que faltaban para regresar a Mystic Oaks y tenerla en sus brazos.
Basta de hallarse rodeado de una multitud de gente y, a pesar de eso, sentirse desesperantemente solo.
Basta de dormir solo. Y no era un eufemismo de «basta de celibato». En el rancho, guardaban las apariencias para no incomodar al resto de la familia —en especial, a su padre—, pero hacía tiempo que ya no le bastaba con saber que Chris era su chica. Necesitaba más.
Se rio al recordar la segunda condición que ella le había puesto. Le daba igual cuántas habitaciones tuviera que reservar para despistar a la prensa y a los curiosos… mientras ella durmiera entre sus brazos.
Estaba totalmente seguro de que cuando Chris probara cómo era estar de viaje con él, ya no querría volver a quedarse en tierra. Se enamoraría de la sensación de libertad y de la diversidad que ofrecía cada nuevo destino, igual que le sucedía a él.
La primera condición era de cajón. Como la prensa sospechara que en la vida sentimental de Ken Bryan se estaba cociendo algo, no lo dejarían tranquilo ni a sol ni a sombra. Comenzarían los rumores, las persecuciones, los romances inventados, las supuestas infidelidades… Por ahora, tendrían que ser cuidadosos con ese tema.
Volvió a leer la cuartilla celeste y se la acercó a la cara. Aspiró el aroma al perfume de Chris mientras pensaba que aquel puñado de palabras implicaba mucho más que su sentido literal. Suponía un nuevo avance en la relación que mantenían.
Era el comienzo de una nueva vida para los dos. Una vida juntos.
Plegó el papel y volvió a ponerlo en el sobre con cuidado. A continuación, abrió el primer cajón de su mesilla de noche, extrajo una caja de madera que tenía sus iniciales talladas en la tapa, y depositó el pequeño sobre encima del resto de los tesoros que guardaba allí. La mayoría eran de Chris: fotos, notitas suyas, un pendiente que ella creía perdido… Volvió a cerrar el cajón después de guardar la caja.
Exhaló un suspiro, sintiéndose el tipo más realizado del mundo. Entonces, recordó que era tardísimo y se apresuró escaleras abajo mientras pensaba que las cosas entre Chris y él estaban a punto de acelerarse.
—¡Voy a pisar a fondo, preciosa! ¡Espero que estés preparada! —exclamó, histriónico, con una sonrisa la mar de traviesa.
1 Pasarlas canutas: (coloq.) encontrarse en una situación difícil o apurada.
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©️2024. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
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