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Proyecto CRS-03.3

Superstar. Extras, 3


A modo de introducción 

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Superstar, 2. Extras 3. Tablero Visual


CRS-03.3. Superstar. Parte 2 Extras, 3. A modo de introducción 💙


¡Hola, Romántica!

¡Qué ganas tengo de volver a pasar un rato con Ken y Chris! 🥰 

Si te digo la verdad, cuando acabé el segundo «extra» de Superstar, me obligué a abandonarlos para comenzar Mystic Oaks, 1. Sí, como lo lees: fue un acto de pura disciplina. 

Club Románticas Stories (y tú, como miembro, por supuesto) me dais libertad para escribir lo que quiero cuando quiero. Es un regalo por el que doy gracias todos los días. Si hubiera dependido de mis ganas, exclusivamente, habría seguido con la pareja protagonista de Superstar. Sin embargo, para los proyectos que tengo en mente dentro de la Serie Luces de Neón, necesito que Mystic Oaks se te meta bajo la piel, que conozcas en profundidad todos los elementos —humanos y no humanos— que lo convierten en un lugar tan especial. La forma de hacerlo, por supuesto, es a través de los miembros de la familia y sus allegados. Son piezas clave en la vida de Ken y Chris, y todos ellos, incluidos los peluditos de la familia, están indisolublemente ligados a lo que es Mystic Oaks hoy y, sobre todo, a lo que será en el futuro. Un futuro que podrás ver en todo su esplendor, con lujo de detalles.

Pero cuando la comezón de mis dedos se descontrola, sé que ha llegado la hora de dejar de ignorarla y hacer algo al respecto. Y en eso estoy, así que…

¡Vamos al lío!

El extra 1 y el extra 2 de Superstar abrieron la puerta a dos momentos importantes que están por suceder en la vida de Ken y Chris. En realidad, uno es consecuencia del otro, y el «uno» responsable de que la bola se pusiera en movimiento, como casi siempre sucede con esta pareja, surgió en una de esas conversaciones mitad cómicas, mitad provocativas, a las que son tan afectos. Me refiero a esta:




Tras unas risas, Ken volvió a poner su atención en Chris. 

—Se han ido todos. ¡Qué paz! —dijo, emitiendo un suspiro aliviado.

¿Quiénes son «todos»?

—Tom, la gente de seguridad, dos de los músicos que me acompañan en la actuación de esta noche… —sonrió antes de decir—: Todos tíos. No hay ninguna chica.

Y a continuación oyó que Chris se desternillaba.

—¿Te hace gracia? —la pinchó.

¿No se nota? —lo pinchó ella, a su vez.

—A ver, explícame eso…

Chris festejó aquel nuevo disparo al ángulo. Como si él no supiera a lo que se refería…

¿Qué quieres que te explique? Ese día que te metiste en mi retrete, en Nueva York, no tenía la menor idea de quién eras. Pero ahora, sí. Al factor «mujeres» lo doy por hecho, así que no te preocupes… Dime una cosa, ¿qué quiso decir Tom con ese «si yo le contara…»? ¿Bajo tu capa de superhombre eres un chico malo o algo así? —quiso saber ella.

Ambos rieron con complicidad.

—No tan rápido… Primero, aclaremos algo —dijo él, y cuando volvió a hablar, su tono de voz había descendido al nivel de los susurros—. El factor mujeres está fuera, cuando actúo o atiendo a la prensa o voy a algún evento público. El resto del tiempo no forman parte de la ecuación. No hay señoritas esperándome en un rincón oscuro, ni colándose en plena noche en mi habitación del hotel… ¿De acuerdo?

Una sonrisa tierna brilló en el rostro de Chris. Ken la desarmaba. Sus intentos por desmontar el mito de la superestrella, la derretían de ternura.

¿Quieres decir que no organizas orgías cuando dejas de estar bajo la estricta supervisión de tu padre? Y yo que te hacía permanentemente en el centro del escándalo… ¡Chico, qué desilusión! 

Esta vez, las risas duraron un buen rato. Principalmente, porque aunque a Ken le gustaba el desparpajo de Chris, y lo encontrara fresco y muy divertido, en cambio, no le gustaba para nada el tema de conversación. Era muy consciente de que su profesión y todo lo que implicaba, no resultaba fácil de llevar para una pareja sentimental. Por más que la suya, en particular, pareciera tomárselo con tanta filosofía… Ahora no estaba seguro de cómo cambiar de tema, sin que resultara evidente que lo hacía. Teniendo en cuenta que había sido él mismo quien lo había puesto sobre la mesa con aquel comentario bromista, era para hacérselo mirar… ¿Sería su subconsciente, dejando claro que el bendito asunto le preocupaba mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir? 

Esmérate, tío. Seguro que puedes darle la vuelta a esto…

—Siempre he sido un buen chico —repuso—. Y desde que salgo contigo, mucho más… —Entonces, se le ocurrió una idea—. ¿Sabes qué? ¿Por qué no vienes conmigo y lo ves con tus propios ojos?

Se hizo un largo silencio durante el cual Ken sonreía alucinado consigo mismo mientras pensaba «tío, te dije que te esmeraras, no, que te lanzaras al vacío en plan kamikaze», y Chris se había quedado con la boca abierta y una expresión mezcla de asombro y locura de amor.

—¿Sigues ahí? —murmuró él, procurando aguantar la risa, a pesar de que su voz denotaba que estaba sonriendo.

Chris también sonrió, sacudió la cabeza alucinada, intentando centrarse.

Dame un momento para que recoja la mandíbula del suelo… —respondió, finalmente.

Los dos explotaron en carcajadas y les tomó algún tiempo volver a ponerse serios.




¿Qué hace nuestro chico, entonces, (aparte de tener un ataque de amor)?

Empieza a maquinar cosas, por supuesto. 




—Vale, vale… No tienes prisa… De acuerdo, veamos… Esta semana los chicos y yo nos reuniremos para nuestro primer ensayo.

—¡Al fin! —apuntó Bella.

Ken asintió. Reunir a su nueva banda de músicos había sido un proceso largo y, hasta cierto punto, tedioso y tenía que admitir que, en buena parte, él era el responsable de que hubiera resultado así. Las comparaciones eran odiosas, pero no había podido evitar hacerlas cada vez que entrevistaba a un nuevo candidato. Le había costado decidirse a formar una nueva banda. Sabía que era necesario. No podía seguir actuando con músicos distintos cada vez que pisaba un escenario. Pero se trataba de algo que nunca se le había cruzado por la imaginación que alguna vez tendría que hacer. Había dado por hecho que, si regresaba a los escenarios, sus antiguos músicos lo harían con él. Pero solo uno de ellos formaría parte de su segunda banda; Taylor Benson. 

—Al fin, sí… —concedió—. El miércoles solo estará Chris…

Bella no lo dejó continuar.

—¿Será su presentación oficial? —lo pinchó con expresión pícara.

Lo sería. Aquella misma mañana, Chris había dado luz verde a acompañarlo en sus mini giras musicales y eso había precipitado las cosas. Quería que sus músicos la conocieran antes de que se vieran las caras en algún camerino de los tantos por los que pasaba a lo largo del año. Taylor, que había estado mucho tiempo junto a él, comprendería el mensaje oculto en la botella y se ocuparía de hacerlo rodar entre los nuevos miembros de la banda. Chris era la primera mujer que su banda conocería mediante una presentación formal por su parte. La primera y la última.   

—Sí, bueno… Espero que esté disponible…  Todavía no lo sabe —se rio cual niño que acaba de hacer una travesura.

—¡¿Cómo que no lo sabe?! ¡Presentarle a tus músicos es como presentarle a tu familia!

Él se rio más fuerte al recordar cómo había sido la presentación familiar. 

Bella leyó entre líneas.

—¡No me digas que la pillaste desprevenida! 

—Casi —admitió él—. ¡Se enteró cinco minutos antes! Pero esta vez, se lo diré con más tiempo…




Ese momento del que hablan Ken y Bella es el que me propongo narrar en esta nueva historia que he decidido llamar Superstar, Extras, 3 porque me gustan los números: son infinitos 😜 (¡Como mis ganas de seguir mostrándote momentos de esta pareja!).

Algo que me encanta de este «extra» es que todo son preguntas:

  1. Según Ken, esta vez se propone avisarle a Chris con más antelación de que está a punto de conocer a su «familia profesional», pero ¿lo hará?
  2. ¿Quiénes son los músicos de su nueva banda? Hasta el momento, solo sabemos de uno de ellos: Taylor Benson, su ex bajista, y el único de los miembros de su antigua banda con quien Ken ha tenido una relación más estrecha. De los demás, lo ignoramos todo. Incluido, cuántos son: ¿tres?, ¿cinco?, ¿más de cinco?… Y, otra cosa: ¿habrá otros vocalistas? ¿Serán hombres, o también habrá alguna mujer? 
  3. De nuevo, según Ken, no dará detalles acerca de Chris. Se limitará a hacer las presentaciones, sin más. Taylor Benson que lo conoce desde que eran niños y puede dar fe de que Ken nunca se ha presentado con una mujer en un ensayo general, comprenderá que está ante LA MUJER, y se ocupará de hacer rodar la información entre sus compañeros de banda. Pero… ¿Será así? Con las ganas locas que tiene Ken de gritar a los cuatro vientos «que se ha echado una novia», ¿no se permitirá la pequeña licencia de decírselo a sus propios músicos, aunque sea por gestos, cuando Chris no lo esté mirando? 😂
  4. ¿Habrá alguien más, aparte de los directamente implicados, en las oficinas de Ken? 
  5. ¿Cómo será para Chris y Ken ese momento en el que, lo digan abiertamente o no, se estarán mostrando juntos ante otras personas distintas de los Bryan por primera vez? Después de semanas haciendo encaje de bolillos para esquivar a la prensa, a los fans, de visitar a Doreen en el hospital por separado para que nadie los relacione juntos, lo que está a punto de suceder es un gran paso para los dos. ¡Un paso enorme!

¡Espero que tengas tantas ganas como yo de descubrirlo!


Empezamos muy, muy pronto, así que, ¡atenta!



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CRS-03.3. Superstar. Parte 2 Extras, 3. Capítulo 1


Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
__________________________________________

1


Octubre, 2002.

Mystic Oaks,

Nashville, Davidson County,

Tennessee.


Chris se despertó sobresaltada. Movió el reloj de la mesilla con un dedo para poder ver bien la hora y se puso en movimiento. Fue entonces, al intentar salir de la cama, que reparó en que algo se lo impedía. Esbozó la primera sonrisa de la mañana. El responsable de ella era el mismo hombre que la tenía flotando entre nubes de colores desde hacía tres meses. Ken se había dormido con un brazo descansando sobre su cuerpo y por más agradable que fuera sentirlo tan cerca, debía marcharse.  

Consciente de que si se despertaba, intentaría retenerla, puso especial cuidado en librarse de aquel brazo, desplazándose hacia el borde de la cama despacio y con mucha suavidad. La maniobra no le resultó fácil, pues aún no dominaba bien los movimientos laterales con su nueva rodilla. Al fin, logró sacar una pierna fuera de la cama y posar el pie en el suelo. La serie de movimientos bruscos que hubo a continuación, le informó que lo que había pisado no era el suelo, sino un perro. No era el suyo, eso seguro. El pelaje de Sultán era más grueso, más tosco, no tan sedoso como el que había pisado. Además, su peludito era muy dramático. Si hubiera sido su pata, estaría aullando como si le fuera la vida en ello. Se afirmó con el pie, y desplazó las caderas hacia el borde una última vez. Sintió con alivio que el brazo de Ken ya no estaba sobre ella. Lo siguiente sería sentarse, girar su cuerpo cuarenta y cinco grados, y sacar la otra pierna fuera de la cama. 

Respiró aliviada al lograrlo. La ejecución había sido sorprendentemente eficaz y, esta vez, su pie no se había encontrado con una alfombra de pelo. 

La segunda fase de la operación «largarse de puntillas» sería más arriesgada. Iba a tener que encender la luz. Y cruzar los dedos para que eso no despertara a Ken. 

No había amanecido todavía y, aunque las luces exteriores del edificio permanecían encendidas toda la noche, las persianas estaban cerradas a conciencia. Ella misma se había ocupado de ello. Se suponía que no debía estar en la habitación de Ken, sino durmiendo en la suya de la casa del bosque, así que prefería asegurarse de que nadie la viera allí. En especial, ciertos hombres que, casualmente, llevaban el mismo apellido de Ken y eran muy aficionados a las bromas. Vestirse, coger su bastón, y atravesar la habitación hasta donde estaba la silla de ruedas, todo a oscuras, no era una opción.  

Chris hizo un gesto doloroso antes de tocar el interruptor de la lámpara de la mesita de noche. Una tenue luz tiñó la habitación de un suave color azulado. Se quedó inmóvil, esperando alguna reacción. Noah y River no se inmutaron. Estaban echados en el suelo, uno cerca del otro, y continuaron durmiendo sin darse por aludidos. Sultán, en cambio, se había sentado sobre sus patas traseras y la miraba expectante. Bien, pensó, el asunto peluditos estaba controlado. ¿Qué había del otro humano de la habitación? Lo espió por encima del hombro. Qué alivio. Seguía durmiendo.

Y estaba para comérselo. 

Tendido parcialmente boca abajo, como consecuencia de haber perdido el apoyo que le había proporcionado ella con su cuerpo, con aquella placidez en su rostro varonil, y tan solo cubierto con una sábana de seda azul hasta la cintura, era un placer visual. Un placer del que nunca tenía bastante. Ken Bryan era un escándalo de hombre. 

«Sí, Chris, es el tipo más bestial del universo conocido, y todo lo que se te ocurra, pero tienes-que-irte-ya», se recordó. 

Se apoyó con ambas manos sobre la cama, preparada para incorporarse, cuando oyó que Ken emitía un gruñido.

Un instante después, estaba tirando de ella para retenerla.

—¿Dónde… vas? —preguntó con voz de estar más dormido que despierto.

Chris sonrió derrotada, retiró con suavidad los dedos que la tomaban por un brazo, y se volvió a mirarlo brevemente.

—A mi cama. Es tarde, Ken. Para mí, no para ti. Tú sigue durmiendo.

Ken se restregó los ojos y se incorporó un poco sobre un codo. Estaba grogui.

—¿Tarde para qué? ¿Qué hora es?

Chris se rio en voz baja. Ken buscaba cualquier excusa para evitar que se fuera. Incluso dormido, quería retenerla allí a toda costa.

—Digamos que lo bastante tarde como para que mi carroza esté a punto de convertirse en calabaza otra vez —bromeó, señalando vagamente el lugar donde estaba la silla de ruedas—. Sigue durmiendo, que hoy tienes un día complicado.

—Nooooo… —suplicó Ken, dejándose caer sobre el colchón en un gesto cargado de frustración. 

La mitad de su cerebro continuaba durmiendo, pero la parte que había despertado ya estaba añorando a Chris y resistiéndose a estar alejado de ella. Menudo suplicio de fin de semana le esperaba. Para colmo, Chris no iba a poder conocer a sus músicos aquel día, como él había planeado. Con Doreen convaleciente, Chris y su hermana se habían hecho cargo de las riendas de la casa, pero como Lilly tenía un brazo en cabestrillo, necesitaba ayuda para realizar la mayoría de las tareas. 

—Síííííííí… —lo imitó ella—. Ya es tarde.

Acto seguido, apartó la sábana que aún le cubría las caderas y las piernas, y abandonó la cama ante el gesto desilusionado de Ken que, tan pronto la tuvo de pie, completamente desnuda ante sus ojos, se transformó en admiración.

Y un instante después, en desesperación.

—¡Eres malísima! —se rio, estirándose para poder volver a coger su brazo—. ¿Me dices que te vas y te levantas así, sin avisarme de que estoy a punto de tener un infarto? ¡Vuelve aquí ahora mismo!

Ella logró evitarlo a tiempo y manoteó el albornoz negro de Ken de encima del sillón, próximo a la cama. Se lo puso y ajustó el lazo en su cintura. Recién entonces, se dio la vuelta hacia él. No solo tenía que evitar que a Ken se le fuera la cabeza. Especialmente, tenía que evitar que se le fuera a ella. Sentimientos al margen, junto a Ken se sentía la mujer más sexi del mundo. Él se ocupaba de demostrárselo cada día. Para alguien que había vivido toda su vida con el estigma social que suponía ser una mujer que gastaba tallas especiales, la evidente y total aprobación de Ken había despertado su lado femenino a lo bestia.

—¿Ahora se le llama infarto a lo que te pasa? —repuso ella con una sonrisa pícara, y a continuación, hizo un gesto de «es la primera noticia que tengo de que se llama así».

Ah, mírala… ¿En serio, esas tenemos? Te vas a enterar…

Ken apartó la sábana de su cuerpo, exponiéndose por completo.

—Era un decir. No quería ser demasiado gráfico. Pero tú, preciosa, puedes llamarlo como quieras —murmuró. Su mirada intensa no abandonó los ojos femeninos que lo recorrieron lentamente—. Dime, ¿cómo quieres llamarlo?

«¿Erección de campeonato?», pensó ella, fugazmente, relamiéndose por dentro. Todo su cuerpo vibraba de deseo. Si era tremendamente excitante mirarlo, sentirlo internándose en sus entrañas era… La mayor experiencia de su vida. Adictivo. Un vicio del que nunca iba a querer curarse. 

Chris soltó un suspiro.

—Ay, Ken, no me hagas esto…

Por mucho que deseara volver junto a él, eran las cinco. Muy pronto, su padre y sus hermanos estarían en la cocina, desayunando antes de empezar el día de trabajo, y sería imposible abandonar el edificio principal sin ser vista.

Lo que había entre Ken y ella no era un secreto para nadie, eso estaba claro. Y, puesto que habían acordado convertir una parte de aquella mansión en un hogar para los dos, era cuestión de semanas que ella se trasladara a vivir oficialmente allí. Sin embargo, también habían acordado comunicárselo a la familia con antelación. Compartir con ellos sus planes sentimentales. No buscaban su aprobación, solo se trataba de un gesto de respeto hacia la familia y, en especial hacia Robert, que era católico. Debido a lo sucedido con Doreen, no habían tenido tiempo material de llevarlo a cabo. Y, la verdad, no quería exponerse a que alguno de los Bryan la pillara abandonado de puntillas la habitación de Ken en plena madrugada. Daría lugar a una situación muy incómoda, y, peor aún, marcaría un mal comienzo a la decisión más importante de su vida.

Por otra parte, Ken se marchaba aquel día para otro fin de semana largo, lejos de Mystic Oaks, que ambos llevaban cada vez peor. Lo cual significaba que tenían por delante tres días y medio eternos, contando las horas para volver a estar juntos.

Como si acabara de leerle la mente, Ken le tendió su mano.

Por favor —suplicó.

Chris exhaló un suspiro al tiempo que cerraba los ojos, logrando que el corazón de Ken palpitara de esperanza.

—El domingo, cuando vuelvas, hablaremos con tu familia. Así que, asegúrate de estar aquí antes de que se vayan a acostar —dijo ella, mirándolo con total seriedad.

Ken asintió una y otra vez con la cabeza.

—Te lo prometo. No veo la hora de que lo nuestro sea oficial —murmuró.

Chris desvió la mirada hacia el reloj de la mesilla y volvió a suspirar.

—Cinco minutos, y me voy —advirtió. Desató el lazo y se libró del albornoz.

Una sonrisa excitada se abrió paso en el rostro de Ken, que se hizo a un lado para hacerle sitio. Chris se echó de espaldas junto a él y permaneció en silencio, mirándolo.

—Me emplearé a fondo, tranquila —murmuró él, mirándola con devoción y sonrió al decir—: Aunque… Con cinco minutos, me obligas a ir al grano… A ver, no es que sea un problema, pero…

El punto cómico en su voz no engañó a nadie. Sí, que era un problema para Ken. No era un hombre de «aquí te pillo y aquí te mato». Incluso en los momentos más calientes, su actitud, sus caricias, sus palabras…, siempre estaban envueltas de tal intensidad amorosa, que, indefectiblemente, la conmovían. El sexo con Ken nunca era solo sexo. Y hoy tampoco lo sería. Ella lo sabía muy bien. 

—Es lo que hay. Cinco minutos, y adiós —bromeó Chris, mientras él se situaba sobre ella, cubriéndola con su cuerpo. Ambos acusaron recibo de la proximidad, estremeciéndose.

Ken recorrió el rostro femenino con su mirada, pero no dijo nada.

—Se te da de miedo ir al grano —añadió Chris, ante su persistente silencio—. Así que, por mí, no te cortes…

Ken asintió a modo de agradecimiento. Sus ojos brillaron de vanidad. La noche que habían compartido el domingo, haciendo el amor en la parte trasera de su F-150, aparcada en mitad de un paraje silvestre dentro de la finca, había sido una locura. Desde entonces, tenía claro que aquella no sería la última vez. Separarse de Chris se le hacía más y más difícil a medida que pasaba el tiempo. Cuando al fin regresaba junto a ella, la urgencia por tenerla era insoportable. Era una urgencia física, pero también emocional —especialmente, emocional—, y esa combinación resultaba explosiva.

—No podría cortarme, aunque quisiera… —admitió—. Te necesito tanto, que me da igual todo… Un minuto, cinco… Lo que sea, mientras pueda abrazarte muy fuerte y volver a sentir lo que solo siento cuando estoy contigo…

Allí estaba otra vez. El hombre intenso que la enamoraba y la desesperaba a partes iguales. Ken era sencillamente demoledor.

Chris extendió una mano y le acarició la barbilla, consciente de que no podía dejar de temblar. Ni de pensar que él siempre se las arreglaba para hacerla vibrar de emoción, de expectativa, de anticipación. Daba igual el momento o el lugar. O, si, como en este caso, solo disponía de cinco minutos. No habían pasado ni siquiera dos, y ya la tenía rendida a sus caricias, a la intensidad de su mirada, al profundo amor que rezumaba de sus palabras, a él… Rendida a él, total e incondicionalmente. 

—Pero lo que tenemos, lo que nos une —continuó Ken—, se merece tiempo, cuidado, dedicación… Llevo toda mi vida esperándote, Chris. Toda mi vida. Y ahora que, al fin, nos hemos encontrado, ahora que estamos juntos, no quiero prisas, ni limitaciones externas de ninguna clase… Lo del domingo fue la caña. —Ambos sonrieron con complicidad—. Y lo repetiremos cada vez que se tercie. Pero será por el placer de probar cosas diferentes, de descubrirnos mutuamente, no por razones tan… desquiciantes, como que mis hermanos están a punto de levantarse y tienes que salir corriendo para que nadie te vea… Quiero que te vean. Quiero que todos sepan que yo soy tuyo y tú eres mía, que estamos juntos y estamos bien. Felices y ansiosos por emprender esta nueva etapa juntos. Lo necesito, Chris. Lo necesito, de verdad.

«Toda una declaración de intenciones, sí, señor», pensó ella. El hombre intenso había vuelto a la carga. 

Chris dejó que las yemas de sus dedos recorrieran la espalda masculina en una caricia sugerente. Sintió que él se tensaba de deseo, y sonrió ante la idea que apareció en su mente.

—¿Entonces… qué? —murmuró, insinuante—. Nos quedan tres minutos, o menos. ¿Me voy y lo dejamos para otro momento, cuando podamos dedicarle el tiempo y las atenciones que lo nuestro se merece…? 

Ken la estrechó fuertemente entre sus brazos, al tiempo que se reía bajito.

—Como ahora se te ocurra levantarte de la cama y dejarme así, iré detrás de ti. Desnudo y empalmado… Perdón, por ser tan explícito… ¡Y, entonces, sí que tendremos que mudarnos a otro planeta para no aguantar las pullas de mis hermanos!

Ella sonrió satisfecha. Le pasó sus brazos alrededor del cuello, forzando la cercanía.

—Entonces… ¿Me quedo, y disfrutamos de tres minutos de locura?

Él ya se había internado suavemente dentro de ella cuando, envuelto en un suspiro, respondió:

—Te prometo que serán tres minutos inolvidables.

No hacía falta que se lo prometiera. Ya eran inolvidables, y ni siquiera había comenzado la cuenta regresiva.


* * * * *


Eran las nueve y media de la mañana cuando Ken entró en la cocina, aseado, vestido de negro, y perfumado. Listo para tomar un café rápido, y marcharse.

Dejó la maleta y su guitarra contra la pared, junto a la entrada, y se dirigió a los fogones, donde la mujer de su vida estaba preparando la comida para toda la familia. Estaba sola. Ni siquiera Sultán andaba por los alrededores. Seguramente, estaría con sus perros, a los cuales tampoco había visto desde que se había levantado. Ellos, a su vez, estarían con su madre, Rain. Sobre el paradero de la única hembra de las cuatro mascotas no había duda alguna: seguía a Jim dondequiera que iba desde que era cachorra. De modo que, Ken aprovecharía ese rato inesperado de tener a Chris para él solo. Sin hermanos. O sea, sin miradas burlonas, ni risitas tontas. Completamente solos.

—¡Hum, qué bien huele…! —dijo Ken, al tiempo que rodeaba la cintura de Chris desde atrás.

Ella se sobresaltó, pero enseguida se acurrucó contra su pecho. 

—¡Eh…! Qué silencioso… No te he oído llegar… 

No era que Ken hubiera sido especialmente silencioso, sino más bien que Chris estaba concentrada en lo que hacía. O, mejor, en intentar no pensar en los tres días y medio que pasaría sin él. Aunque le costara reconocerlo, cada vez que pensaba en ello, su ánimo caía en picado. Siendo una persona optimista y proactiva por naturaleza, no acababa de acostumbrarse a ese vaivén emocional. 

—¿Silencioso? Con los tacones de estas botas eso es imposible, amor… En qué estarías pensando, ¿eh? —Ken la estrechó más fuerte, acunándola en sus brazos.

Chris apoyó una mejilla sobre su pecho y se dejó envolver por aquella sensación tan reconfortante. 

Fue entonces cuando vio la guitarra. Se puso de puntillas y se asomó por encima del hombro masculino. Y entonces, vio la maleta. Miró a Ken con los ojos abiertos de par en par.

—¿No vas a volver esta tarde?

Ken hizo un gesto de dolor.

 —No, nena, lo siento…  

—Ay, Keeen…, ¿por quééé? —se quejó, haciendo pucheros.

Él la estrechó más fuerte.

—Lo siento, preciosa, lo siento, lo siento… Tom lleva días detrás de una entrevista en una televisión local de Austin para un programa dedicado al festival que se emite el sábado en horario de máxima audiencia, pero no tenían hueco hasta ahora. Una de las actuaciones, por lo visto, se les ha caído y me pondrán en su lugar… Tengo que estar esta tarde en el plató. Me avisó hace un rato. 

Ken participaba en la primera edición de un festival de música que tendría lugar aquel fin de semana en Austin, Texas. No se trataba de un evento dedicado exclusivamente a la música country, pero contaría con la presencia de varios grandes del género. 

Chris se apartó suavemente de él y asintió con la cabeza. Ken era músico, pasaba una parte de su vida lejos de casa, yendo de concierto en concierto, no tenía sentido hacer que su marcha resultara más dura de lo que ya era para él.

—¿Tienes tiempo de desayunar?

Él volvió a negar con la cabeza.

—Pero para un café, sí.

—Perfecto. ¡Marchando un café, entonces! —dijo ella, sacando su mejor sonrisa, y enseguida fue a servirlo.

Ken se sentó a la mesa, desde donde tenía una panorámica perfecta de Chris. Vestía vaqueros y, esta vez, no los había combinado con una de sus preciosas blusas que lo dejaban todo a su imaginación, sino con una camiseta negra con las mangas tres cuartos. Se había recogido el cabello, por lo que nada estorbaba su visión. Y, desde luego, la estaba disfrutando al máximo. Las prendas que había escogido aquel día eran una tortura para un hombre necesitado de ella, como él. Dibujaban sus formas con tal nitidez, que no podía quitarle los ojos de encima. Y no porque Chris se vistiera de forma provocativa —ojalá, lo hiciera, aunque fuera en un pase privado, exclusivo para él—, sino porque ella era, definitivamente, su tipo de mujer. Lo gracioso del caso era que no había caído en que tenía un tipo en particular hasta que la había conocido. Quizás, eso se debiera a que el estereotipo femenino vigente estaba muy extendido en el país y la mayoría de las mujeres con las que había tenido contacto a lo largo de su vida, fueran rubias, morenas o pelirrojas, respondía a él. Con sus formas rotundas y su vientre sin rastro de tableta por ninguna parte, Chris hacía saltar el estereotipo por los aires. Era la mujer más exuberante que había visto en su vida. Sencillamente, no podía dejar de mirarla. Y cuanto más la miraba, más le gustaba… Y más la deseaba. Si a eso le sumaba, lo enamorado que estaba, el círculo estaba completo.

—Déjalo ya —dijo ella, todavía de espaldas a él. Su voz rezumaba picardía.

Ken se echó a reír. 

—¿Te dije o no que era dificilísimo que no me pillaras mirándote? ¡Me pillas hasta cuando no me ves!

Lo pillaba siempre. Y no necesitaba verlo para saberlo: lo sentía en la piel. Chris sirvió el café en una taza, se dio la vuelta y fue hacia él con una sonrisa algo violenta en los labios.

Ken la observó con ternura, dejó que ella depositara la taza sobre la mesa frente a él. Entonces, apartó la silla y la invitó a sentarse sobre sus piernas.

La sonrisa de Chris se hizo más grande, y más pícara.

—No sé yo si es una buena idea… —opinó, sin hacer el menor ademán de aceptar su invitación. En cambio, apoyó su mano sobre el respaldo de la silla y continuó mirándolo con expresión divertida.

Ken asintió varias veces con la cabeza. Su sonrisa era tan cómplice como la de ella cuando volvió a hablar. 

—¿Te incomoda que te mire tanto? —disparó a quemarropa.

El brillo en los ojos de Chris delató que Ken había dado en la diana. No estaba acostumbrada a recibir esa clase de atención, y él era muy persistente. Se acostumbraría, por supuesto. Adoraba esas miradas suyas, que no la dejaban ni a sol ni a sombra. Pero, todavía se sentía rara. Especialmente, cuando estaban en algún lugar de la casa en la que cualquier miembro de la familia podía aparecer de repente. 

—Es solo falta de costumbre.

—¿Solo eso? —insistió él.

—Sí, solo eso. 

—Vale —concedió Ken, se bebió el café de tres sorbos, y se puso de pie para irse antes que la locura que sentía por Chris, se adueña de él otra vez, y ya no fuera capaz de marcharse—. ¿Dónde están los demás?

—En el sector agrícola. Tendrás que ir a despedirte de ellos allí.

—¿Todos? —preguntó, asombrado. Vio que Chris asentía varias veces con la cabeza—. Esa mujer es imparable.

Se refería a Doreen y tenía razón. Sus médicos le habían recomendado reposo y ella estaba tan campante de paseo por el rancho.

Ken se colgó la guitarra al hombro, cogió la maleta con una mano y le tendió la otra a Chris.

—¿Me acompañas a la puerta?

Chris se tragó un suspiro de decepción, le ofreció su mejor sonrisa, y aceptó su mano. Ambos se dirigieron hacia la puerta de vitrales, salieron y descendieron los escalones que conducían a la explanada donde estaba la F-150 de Ken.

Él puso su equipaje y el instrumento musical en el asiento de atrás, cerró la puerta y regresó junto a Chris que, de pie en la explanada, se había cruzado de brazos. Lo había hecho, en parte, porque se moría por ponerlos alrededor de la cintura de Ken y sabía que no debía hacer la despedida más difícil; en parte, porque aquella mañana las temperaturas habían descendido a su marca normal en aquella época del año.

Ken se inclinó a besarla.

—Voy a pensar en ti cada minuto, Chris…

—Menos cuando actúes —precisó ella con una sonrisa pícara.

—Cuando actúe también. ¿En quién crees que pienso cuando canto esas letras tan…? —Movió las cejas arriba y abajo, y no completó la frase.

—¡Venga ya! La mayoría de tus canciones son anteriores a mí. No sé para quién las has escrito, y no voy a ser tan indiscreta de preguntarlo, pero en mí, seguro que no piensas.

—¿Así que no vas a ser tan indiscreta de preguntarlo? —dijo él, riéndose—. Ahora, no, porque sabes que me tengo que ir, pero el domingo, cuando vuelva, ya te veo atándome a una silla e interrogándome en plan CIA…

Chris lo empujó suavemente hacia la furgoneta.

—Claro que voy a atarte —dijo, poniéndose de puntillas y lamiendo sus labios muy despacio—. Pero no para interrogarte.

Ken se quedó cortado. Durante un instante, solo pudo mirarla y alucinar. 

Al instante siguiente, la rodeó con sus brazos, y los dos se fundieron en un beso apasionado.


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©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
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CRS-03.3. Superstar. Parte 2 Extras, 3. Capítulo 2


Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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2


Shane abrió la puerta de la nave para dejar pasar a Ken.

—Voy a comprobar la parte de atrás —le dijo—. Los chicos ya están dentro.

Ken se había reunido con él a la salida de Mystic Oaks y lo había escoltado todo el camino hasta su oficina. Hacía años que estaban juntos, por lo que Ken estaba acostumbrado a los rituales de su jefe de seguridad, pero no por eso dejaban de sorprenderlo. Por los chicos, Shane se refería a tres miembros del equipo de seguridad que siempre estaban en el antiguo taller que él había reconvertido en su cuartel general. Eran los primeros en llegar y los últimos en marcharse. Por lo tanto, ellos ya habían «comprobado el perímetro» para asegurarse de que no había nadie apostado en los alrededores. Ni fans, ni periodistas, ni mucho menos, paparazzi.

—¿Y si están dentro, por qué vas a comprobar la parte de atrás? Ya lo habrán hecho ellos. Conociéndote, tres o cuatro veces desde que han llegado.

Shane también estaba más que acostumbrado a las reacciones de persona común y corriente de su jefe. Lo apreciaba mucho, a nivel personal, no solo profesional. Esa cualidad de seguir siendo él mismo a pesar de su fama, lo honraba y decía más de él que el discurso más apasionado. Pero, a veces, no estaría de más que fuera un poco más «diva», un poco más consciente de que hacía diez años que había dejado de ser una persona común y corriente para el resto del mundo. Eso le facilitaría mucho su trabajo.

Shane consultó su reloj y volvió a poner su mirada sobre Ken.

—Cinco, para ser exactos —vio que él sacudía la cabeza y sonreía—. Y sobre lo demás. Son puras matemáticas. Ocho ojos ven más que dos. No tardo, ¿vale? —dijo, cuando ya se estaba yendo.

Al fondo de la nave, estaba la tarima que albergaba el escenario. La batería, el piano eléctrico y sus cinco guitarras estaban allí, situadas sobre los soportes para instrumentos. Otros soportes permanecían vacíos, a la espera de que llegaran sus músicos. Los micrófonos, el trípode con la cámara de vídeo y demás equipos necesarios estaban dispuestos, a la espera de que comenzara el gran momento: el primer ensayo general de Ken Bryan con sus nuevos músicos, su banda. O lo que era lo mismo: el final de su largo periplo por la geografía nacional, saliendo al escenario a darlo todo con unos músicos locales, distintos cada vez, con los que apenas había podido ensayar media hora antes de la actuación. 

Sin duda, aquel era un gran día. Su gran día.

Ken miró alrededor y al fin se dirigió a su despacho con una sonrisa divertida en el rostro. ¿Era una idea suya o cada vez había más fotos de Ken Bryan cubriendo las paredes? Ya no quedaba un solo hueco que se hubiera librado del fervor apasionado de la presidenta de su club de fans

—No te rías —se adelantó ella, saliendo a su encuentro en la puerta que había a la izquierda del fondo de la nave, que comunicaba con los despachos—. Cada vez que te subes a un escenario, recibo un centenar de fotos nuevas que están para morirse de gusto. ¡Es imposible decidirse por una! 

Esta vez, Ken hizo caso omiso a la petición de Bella, y se rio de buena gana. Pasó junto a ella, sin detenerse, en dirección a su oficina, al tiempo que le decía:

—¿Y no has pensado en sustituir algunas de las que hay, en vez de empapelar las paredes con mi cara?

—¿Y cómo se hace eso? ¿Has oído la parte en que te decía que es imposible decidirse por una? 

—A este ritmo, te quedarás sin paredes en un par de semanas.

—Bueno, todavía quedan algunas que podría embellecer con mi inigualable talento —guaseó, siguiéndolo.

En realidad, no era tal broma. Ken le había dado carta blanca para decorar las paredes de todas las estancias, excepto su despacho y la sala de reuniones. Decía que no quería encontrarse con su propia cara, mirándolo, cada vez que levantaba la cabeza. Bella no entendía por qué. Talento al margen, era un tipo guapísimo, dueño de un rostro superarmónico y unos ojos hermosos. Pensaba insistir hasta hacerlo cambiar de idea.

Y, por lo visto, tendría que emplearse a fondo, ya que, de momento, Ken seguía en sus trece, tal y como dejó claro con su siguiente respuesta.

—Las del baño y la cocina, sí. Aunque no sé yo si se prestan bien para que derroches tu inigualable talento con ellas. La cocina, vaya y pase… Pero el baño… —comentó con picardía. Ya podía oír a Tom exigiendo que lo dejaran orinar tranquilo. No lo dijo, pero la picardía en su tono lo comunicó a la perfección.

Y Bella, como era habitual, lo cazó al vuelo.

—¡A más de uno se le cortará el chorrito! —exclamó, tronchándose, logrando que Ken se desternillara de la risa.

—¿Sabéis? Vuestras conversaciones son cada vez más raras… —dijo Tom, mirándolos con signos de confusión. 

Al oír las risas, había salido de la cocina y se dirigía hacia donde estaban Ken y Bella, con una taza de café en la mano.

—Buenos días a ti también, Tom —repuso Ken—. Qué madrugador.

Entró en su despacho y, al ver el opíparo desayuno que estaba desplegado sobre su mesa, se volvió hacia Bella.

—Eres la mejor. En serio, no te estoy adulando… Bueno, un poquito, sí. Pero solo tú te paras a pensar en estos detalles… ¡Eres genial!

Ella se había recostado contra el marco de la puerta, cruzada de brazos, y desde allí, le dirigió una sonrisa suficiente.

—Lo sé. Pero gracias por reconocerlo. Y para que conste, por mí, puedes adularme todo lo que quieras. ¡Me encanta!

—¿No íbamos a desayunar todos juntos en la sala de conferencias? —quiso saber Tom. 

Ella asintió con la cabeza.

—Tranquilo, desayunaréis en la sala, todo está listo. Solo que el jefe, desayunará dos veces —dijo, volviendo a mirar a Ken.

—¿Y eso por qué? ¿Porque es el jefe? A ver, si me tengo que poner serio con este favoritismo descarado…

Bella se rio. Miró a Tom risueña.

—No te pongas celoso, Tom. No es favoritismo… Bueno, un poquito, sí —dijo, imitando a Ken—. Es una estrategia. Su fama de tragón no es ninguna leyenda urbana, ¿sabes? Para cuando empiece la reunión, estará desmayado del hambre. Y no queremos eso, ¿verdad?

Tom hizo un gesto de niño enfurruñado y, al fin, sonrió. 

Ken ya se había sentado frente a su mesa y estaba engullendo un croissant de jamón y queso con un hambre voraz, cuando levantó la mano pidiendo el turno de palabras. En realidad, ganaba tiempo para desocupar su boca, ya que nadie estaba hablando. 

—Desayunaréis, no. Desayunaremos —matizó.

Ver la ilusión en aquellos ojos vivaces le hizo sonreír. Y más que sonrió cuando ella puso su ilusión en palabras.

—¿Yo también? —Ken asintió y ella se puso a dar saltitos de alegría—. ¡Qué bien, qué bien, qué bien! ¡Me muero por conocer a tus nuevos músicos!

—Como si no los conocieras ya… —dejó caer Tom. Bella pasaba por las oficinas de Ken casi cada día con una excusa diferente. Conocía a todo el mundo. Incluso a los músicos que no habían pasado a la ronda final de entrevistas.

—¡Qué dices, hombre! Verlos entrando en tu oficina, no es conocerlos. ¿Te olvidas de que estudio Psicología? Quiero escucharlos hablar, observar cómo interactúan entre ellos y con Ken. Quiero conocer su historia, quiénes son, de dónde vienen, por qué quieren ser miembros de la banda de Ken Bryan…

—¿Por dinero, quizás? —apuntó Tom, pinchándola—. No sé, es un decir… A lo mejor, viven de rentas y el dinero es lo de menos…

Bella negó enfáticamente con la cabeza.

—Si es por dinero, empezamos mal. Y sí, eso, entre otras cosas, es lo que me propongo averiguar… —dio palmitas, superilusionada—. ¡Y cuando lo haya averiguado, me chivaré al jefe!

Ken continuó mirándola con una sonrisa, sin hacer comentarios.

Ella volvió a cruzarse de brazos.

—Por eso me quieres ahí, ¿no? —le preguntó, en tono fingidamente recriminatorio—. Porque sabes que yo percibo cosas de la gente que tú, no.

Ken se llevó un canapé de queso de cabra con cebolla caramelizada a la boca y masticó mientras le devolvía una mirada cargada de cariño.

—Te quiero ahí, con nosotros, porque sé que tú lo quieres y porque te lo mereces. No puedo negar que notas cosas que a mí se me escapan —a modo de ejemplo, señaló con una mano su mesa cubierta de delicias—. Pero ese gran talento que tienes para ver lo que otros no ven, no te serviría de nada conmigo, si yo no confiara en ti. Resulta que confío. Muchísimo. Y esa es otra razón por la que quiero que estés con nosotros.

La ilusión en los ojos de Bella ya se había transformado en emoción cuando volvió a hablar.

—¡Tú sí que eres el mejor, Ken Bryan…! Pero, mira, que hacerme llorar un jueves por la mañana… ¡Eso tiene delito, chico! —dijo, acercando la punta de un pañuelo a los lagrimales de sus ojos cargados de rímel.


* * * * *



Shane había visto a Bella tan pronto regresó a la parte central de la nave, después de acompañar al último de los músicos a la sala de conferencias de la planta superior. Había tenido el tiempo y la posición estratégica —desde las alturas— para hacerlo. Ella estaba hablando con Tom junto a la puerta de la izquierda que llevaba a los despachos. Daba la impresión de que él le estaba dando instrucciones, pues ella lo escuchaba con atención y asentía con la cabeza en determinados momentos. Pero al igual que hacía siempre, siguió camino hacia su oficina, sin prestarle especial atención a ninguno de los dos, y solo pronunció un «buenos días» al pasar junto a ellos.

—Espera, espera, Shane, no te vayas —lo llamó Tom.

Él regresó sobre sus pasos. Vio por el rabillo del ojo que Bella tenía ese gesto que anunciaba que estaba a punto de soltarle un chascarrillo, pero se mantuvo firme. O sea, serio y con la vista en su interlocutor.

—Ken quiere que subas —dijo él.

—Que suba, ¿adónde?

Bella se mordió los labios para aguantar la risa. Shane se quejaba de que tenía un jefe campechano que vivía como si no fuera una estrella de la música. 

Pero, anda, que tú…

Por suerte Tom le leyó el pensamiento y dijo exactamente lo que ella estaba a punto de decir.

—¿Y dónde va a ser, tío? Arriba —y señaló vagamente la planta superior, dando a entender que se refería a la sala de conferencias que había allí.

—A la reunión con los músicos —aclaró Bella, incapaz de callarse por más tiempo y mucho más incapaz aún de no atraer su atención.

Estaba segura de que Shane pensaba que ella no lo había visto bajar las escaleras. Y que, por lo tanto, no se había dado cuenta de los buenos dos minutos que se había tomado él, pasándole revista desde las alturas. Era lo normal. Ellos siempre creían que ellas eran sordas, ciegas y lentas de reflejos, en comparación a las grandes dotes de cazador que se les atribuía a los seres humanos con cromosomas XY por herencia genética, por historia, o vete a saber.

Pero lo había visto. Dios, si lo había visto… Imponente con unos vaqueros ceñidos y una cazadora negra que dibujaba sus hombros de leñador con una precisión que la estaba poniendo mala. Ni un pelo en la cabeza. Tampoco en la cara. Lucía un afeitado y un rasurado perfectos. Y, ahora que lo tenía cerca, había podido comprobar que también olía fenomenal. Aunque él no lo supiera, usaba su colonia masculina favorita. Era un monumento de hombre. Nunca tan bien dicho, pues medía cerca de dos metros.

Los ojos de Shane, al fin, se posaron sobre Bella. 

Ella tuvo serios problemas para disimular el cosquilleo enloquecedor que le recorrió el cuerpo. Shane le gustaba desde siempre. Antes, incluso, de que él notara siquiera su presencia. Entonces, ella era un cría regordeta con la cara llena de acné juvenil y él ya se había comprometido con la que años después se convertiría en la ex señora Norton. Sin embargo, ahora las cosas eran muy diferentes.

Shane seguía siendo quince años mayor, pero ya no estaba casado y Bella ya no era una cría regordeta con granos en la cara. Era una mujer, con instintos de mujer y cerebro de mujer, y se había dado cuenta de que a él, su presencia no le era indiferente. Nada indiferente.

Los instintos de Bella estaban en lo cierto. Su presencia no le era en absoluto indiferente a Shane, quien tampoco era ajeno al hecho evidente de que él le gustaba. 

Bella era la clase de persona que no pasaba inadvertida a nadie en ninguna circunstancia. Era buena gente, esa era su carta de presentación. Y, además, era chispeante, muy, pero que muy lista… Y guapísima. Pero, dejando al margen que, ni borracho, se enredaría con alguien tan cercano a Ken y, por tanto, a su trabajo, había tenido suficiente de las mujeres para los restos. O sea… ¿Sexo?, genial. ¿Diversión?, vale, muy bien. ¿Relaciones serias? Nunca más. En otra vida, quizás. En esta, ni de coña. 

—¿Por…? No soy músico. 

—¿Y qué? Yo tampoco —repuso Tom.

—Pero eres su manager… Tiene sentido que estés en esa reunión.

—¿Y que tú estés no tiene sentido? —terció Bella, cruzándose de brazos al tiempo que le dedicaba una de sus miradas cómicas.

—Pues no mucho, la verdad…

—¿En serio, Shane? 

Él la miró desde su altura de gigante. Ni el menor atisbo de sonrisa. 

—En serio, Bella —repuso.

A pesar de tener mil cosas que hacer antes de salir para Austin, Tom contempló la escena con interés. Sabía de buena tinta, que algo se cocía entre Bella y Shane. Y también sabía que el guardaespaldas se resistía a ello. Conociendo a Bella, definitivamente, no apostaría por Shane. Era más: no quería perderse el momento en que el gigante cayera sobre sus rodillas, rendido incondicionalmente a un carisma al que, tenía que admitirlo, era bastante difícil ser indiferente.

—Tranquilo, Tom —dijo ella—, yo se lo explico. Vamos a ver, grandullón… ¿Cuánto tiempo hace que trabajas para Ken?

—Siglos —fue su respuesta. 

Ella asintió satisfecha.

—¿Y qué trabajo desempeñas para él?

—¿Por qué me lo preguntas si ya lo sabes? Soy su guardaespaldas y el jefe de su equipo de seguridad.

—¡¿En serio?! ¿Me estás diciendo que Ken lleva siglos confiándote su vida, su seguridad personal y la de su gente? —exclamó, histriónica—. ¡Guaaaaaauuuuu, chico! ¡Quién te ha visto y quién te ve!

Shane soltó el aire por la nariz. Esa era una manera muy sentimental de explicarlo. Demasiado, para su gusto. Era especialista en seguridad, a eso se dedicaba.

—Es mi trabajo. Ni más ni menos.

—¡Ja! Eso no te lo crees ni tú. Ken para ti es mucho más que simplemente «trabajo» —dijo, haciendo el gesto de entrecomillar la última palabra—. Y si te quiere en esa reunión, es porque para él eres mucho más que su guardaespaldas. Algo que, por cierto, ya ha dejado claro en muuuuuchas ocasiones.

—Sigo sin ver qué tiene que ver una cosa con la otra. Pero Ken es el jefe, si quiere que suba, subiré —y con esas, dio la media vuelta y enfiló hacia las escaleras.

Tom asintió con la cabeza en un gesto aprobatorio. Igual, le convenía considerar con más calma por quién apostaba y por quién no. 

Bella se quedó mirando cómo se alejaba la espalda de Shane con el ceño fruncido. Él no era un dechado de simpatía, precisamente, pero tampoco era desagradable. Esta vez, sin embargo, había sido bastante borde.

¿Qué le pasa a este hombre?

La voz burlona de Tom la sacó de sus pensamientos.

—Paciencia, hermana. Nadie dijo que sería fácil.

El ceño de Bella se frunció aún más.

—¿De qué hablas?

Tom se apresuró a quitarle importancia al tema. Por lo visto, ella aún no se había percatado de la jugada del guardaespaldas. Y, conociéndola, la palabra clave era «aún». 

—Nada, nada… Ve subiendo, si quieres. Yo voy a avisarle a Ken que ya estamos todos.


* * * * *



Tom se asomó a la puerta de Ken.

—Cuando quieras —le dijo.

Ken alzó la vista de su portátil y acabó de masticar, antes de responder.

—Gracias, tío. Dame un minuto, y subo.

Tom observó la devastación que había sobre la mesa de Ken. Del desayuno que, tan gentilmente, Bella había dispuesto para él, tan solo quedaba un mini-croissant cubierto de chocolate y dos o tres canapés salados en una bandeja de confitería. 

—¿Para qué quieres un minuto? ¿Para arramplar con lo que queda? —Vio que Ken se cubría la boca, a la que se acababa de llevarse un canapé de salmón ahumado y queso fresco, aguantando la risa—. De verdad, tío, ¿cómo puedes comer tanto? Y lo peor, es que ahora subirás a la sala, y acabarás con todo lo que haya allí. Vamos, que estoy pensando en placarte para robarte la delantera, abalanzarme sobre las fuentes y llenarme los bolsillos con todo lo que pueda.

Se miraron. Tom, con ironía. Ken, con sorpresa. Al fin, los dos se echaron a reír.

—Te ofrecería que entraras primero, en serio. Después de todo, eres mi mejor amigo y uno hace esas cosas por los amigos —dijo Ken, con mucho sentimiento, antes de que una sonrisa traviesa apareciera en su rostro—. Pero esta es mi fiesta, chico. Me esperan a mí, no a ti. ¡Se siente!

—Eres un caso serio —concedió Tom—. Vale, te doy ese minuto. Yo voy subiendo.

En cuanto Ken volvió a quedarse a solas. Acabó el email que estaba escribiendo y lo envió. Miró su móvil, tan silencioso y tan tentador, junto a su portátil, y no se lo pensó dos veces.

Marcó el número de Jim y esperó a que lo atendieran con una sonrisa divertida en la cara. 

En Mystic Oaks, Jim sacó el móvil del bolsillo trasero de sus vaqueros y al ver el nombre en la pantalla, le hizo señas a Tim de que detuviera la sierra eléctrica. 

¿Qué quieres ahora, pesado? —lo saludó él.

Ken asintió risueño. Eso no podía rebatirlo. Desde que había salido del rancho, lo había llamado tres veces. La ansiedad se lo estaba comiendo vivo.

—¿Cómo va todo? ¿Habéis podido conectar los equipos?

Tim vio que Jim ponía los ojos en blancos y supo no solo con quién estaba hablando, sino por qué lo llamaba. 

Que sííí, hombre… Tendrás que echarles un vistazo, a ver si están bien. Pero hecho, está.

Ken asintió satisfecho. 

—No los habréis dejado a la vista, ¿no? 

Oyó primero un suspiro y luego la voz de Jim.

Que nooo… Hemos tirado un cable desde la habitación que está junto a la biblioteca y los equipos están en la rosaleda. Cuando me avises, los movemos a la explanada. ¿Algo más?

Pues sí. La verdad era que tenía una pregunta más.

—¿Habéis comprobado que hay cable suficiente para…?

Para —exigió Jim, dejándolo con la palabra en la boca—. Tío, estás de los nervios y cuando te pones así, ya sabes que no te aguanto. Estás tan loco por esa mujer, que conviertes cada detalle en algo trascendental. Pero se te olvida que ella está igual de loca por ti. ¿Crees que se va a fijar en cómo suenan los jodidos equipos? Te verá aparecer con tu guitarra al hombro, tus vaqueros ajustados y ese pelo Pantene… —Ken empezó a reírse— ¡y se le olvidará hasta cómo se llama! Venga ya, tío, déjanos trabajar en paz. ¡Nos tienes en un sinvivir! —Jim acabó contagiándose de las carcajadas de Ken, y también sucumbió a la risa.  

—Vaaaale. Intentaré no volver a llamarte.

Las carcajadas arreciaron.

Dice que intentará no volver a llamarme —oyó que Jim le decía a Tim, y los dos se partían de risa. 

Ken asintió para sí. Estaba claro que no había colado. Sus hermanos lo conocían demasiado bien. 

Anda, no digas memeces, hombre. Tú sabes y yo sé que dentro de un rato estarás dando la brasa otra vez —repuso Jim, antes de cortar.

Ken se puso de pie con una sonrisa. Guardó el móvil en el bolsillo de sus vaqueros y cogió el portátil. Tal como había dicho Jim, estaba de los nervios en el buen sentido de la palabra. Siempre había sido detallista, no era de ahora. Pero debía reconocer que, desde que estaba con Chris, lo era mucho más. Muchísimo más. Cuando planeaba alguna sorpresa romántica para ella, ningún detalle era insignificante o demasiado pequeño porque, en realidad, quien tenía una importancia trascendental en su vida, era Chris.


* * * * *


Ken subió las escaleras de dos en dos. Su energía era un fiel reflejo de lo que sucedía en su interior: estaba ansioso y, a la vez, feliz por lo que estaba a punto de suceder. 

—Siento el retraso. Una llamada de última hora —se disculpó ante Tom, Bella y Shane que lo estaban esperando junto a la puerta de la sala de conferencias—. ¿Todo listo?

—Tal como querías —confirmó Tom.

—Genial. Entonces, vamos.

Abrió la puerta con decisión y se tomó unos instantes para contemplar la materialización de un sueño largamente esperado.

Cuatro hombres. Dos mujeres. Todos músicos excepcionales.

Y, desde aquel momento, los integrantes de su dream band: el grupo de músicos que lo acompañarían a lo largo y ancho del mundo en su camino hacia la cima del éxito.


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CRS-03.3. Superstar. Parte 2 Extras, 3. Capítulo 3


Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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3


La sala de conferencias no parecía la de siempre y a Ken le gustó mucho su aspecto actual. No necesitaba preguntarlo para saber que el cambio había sido ideado y ejecutado por la presidenta de su club de fans. 

La mesa que, habitualmente, se encontraba en el centro de la sala, estaba contra la pared, y, sobre ella, se habían dispuesto, a modo de bufé, las bandejas con sándwiches, canapés dulces y salados, y bollería variada, así como las jarras con café, té y zumos de fruta. En un lateral, estaban los cubiertos, los pequeños platos de postre, los vasos y las servilletas. Bella había conservado el sofá —aunque lo había movido hacia el centro de la estancia—, y en lugar de las habituales sillas, que habían trasladado a otra habitación, había hecho llevar el sofá de la sala de descanso y había completado el número de asientos necesarios con banquetas del cuarto de utilería. El destino de estas, en realidad, era el escenario, para que sus músicos y él pudieran componer y probar arreglos con más comodidad. El resultado era un ambiente informal y acogedor, que invitaba a la comunicación. De hecho, al abrir la puerta, vio que los seis miembros de su banda estaban reunidos en torno a los sofás, algunos sentados y otros de pie, conversando.

«Muy estilo Bella», pensó Ken, satisfecho.

Dirigió una mirada de aprobación a la muchacha, que se lo agradeció con una sonrisa orgullosa, y entró en la sala en la que, durante los próximos minutos, tendría lugar la primera reunión con su «dream band».

—¡Buenos días a todos y bienvenidos! —empezó Ken, estrechando manos y chocando los cinco con sus músicos—. Estos son Bella, Tom, a quien ya conocéis, y Shane. En un rato, ellos mismos os contarán más acerca de quiénes son y qué hacen aquí, y vosotros haréis lo mismo… ¡Y yo, por supuesto! —Sonrió con picardía—. Si hay alguien tímido en la sala… ¡Lo acompaño en el sentimiento, porque ninguno de nosotros se librará de coger el micro! Pero gracias a Bella, no lo haremos con el estómago vacío… ¡Algo es algo! ¡Venga, ataquemos en masa!

Las bandejas del bufé habían reducido ostensiblemente su contenido cuando, al cabo de diez minutos, cada una de las personas que estaban allí, ocuparon sus respectivos asientos. La mayoría tenían un plato de postre con distintas delicias sobre las piernas y una taza de café en una mano. Otros, como Shane, solo un vaso con zumo. El plato de Ken se parecía más a una fuente, algo que a nadie sorprendió, puesto que su fama de glotón le precedía, incluso entre algunos de los allí presentes que nunca habían trabajado con él.

—Bueno, ¿quién empieza? —dijo Ken, tras lo cual le dio un buen mordisco a su tartaleta de manzana.

Los sofás estaban enfrentados y las banquetas estaban dispuestas formando con ellos un cuadrado, dos en cada lado. En el sofá de la derecha estaban Ken y dos músicos —uno de ellos era Taylor Benson—; en el de la izquierda, las únicas dos mujeres del grupo junto a otro de los músicos. Había un cuarto hombre, el que parecía más joven que los demás, que había descartado la banqueta y, en su lugar, se había sentado en el apoyabrazos del sofá, junto a su compañero. Las banquetas más alejadas de la puerta estaban ocupadas por Tom y Shane. Bella había escogido una de las banquetas más próxima a la puerta por su situación estratégica, ya que, desde allí, podía verlos a todos. Por eso, notó enseguida que las nuevas incorporaciones se miraban entre sí, pero ninguno se lanzaba a romper el hielo. Decidió facilitarles las cosas.

—Tú. Eres el anfitrión —le dijo a Ken con una sonrisa traviesa y bebió un sorbo de su café, sin dejar de mirarlo con sus ojos chispeantes.

Él se rio.

—¿No puedo usar el comodín del jefe y presentarme al final? —bromeó. Encima de un escenario, se sentía como pez en el agua; fuera de él y cuando se trataba de hablar de sí mismo… No tanto.

Ella negó con rotundidad.

—Hoy no hay comodín de jefe que valga. ¡Ánimo, que tú puedes!

—De acuerdo… —se acomodó mejor en el sofá—. La charla de rigor sobre lo que quiero y lo que espero, vendrá al final, no soñéis con que os vais a librar —aclaró, provocando risas—, pero ahora y solo porque soy el anfitrión —volvió a matizar, risueño—, me presentaré. Obviaré decir mi nombre, mi edad y de dónde soy oriundo, porque seguro que ya lo sabéis. Ahora que lo pienso, gracias a la prensa, habrá pocas cosas que no sepáis de mí. Me refiero a esas de las que uno suele hablar cuando se presenta… Así que, me centraré en otras cosas, que hacen a Ken Bryan, y de las que, por suerte, no se habla mucho.

—¿Tengo que sacar mi grabadora? —intervino Bella, ansiosa, frotándose las manos—. Ya sabes que de ti quiero saberlo todo. 

—Ya será difícil que digas algo que Bella no sepa… —señaló Tom—. Es tu biógrafa oficial, tío. Sabe de ti más que tú mismo.

Ken le dedicó una mirada cariñosa a la muchacha, y asintió.

—Pero intentaré sorprenderla, de todas formas, a ver si lo consigo… 

Tras una breve pausa para beber un poco de café, continuó.

—No tenemos mucho tiempo, así que os voy a mencionar solo dos cosas. La primera: hace unos meses, recuperé la propiedad de mi paraíso terrenal, una finca inmensa que se llama Mystic Oaks. Salió en todos los periódicos, por lo que, probablemente, ya lo sabéis. Lo que no sabéis es que toda mi familia se ha trasladado aquí, a vivir conmigo. Soy un tipo muy familiar y llevaba años intentando tenerlos conmigo. ¡Al fin es una realidad…! Taylor los conoce, claro —dijo, palmeando la rodilla del hombre que estaba sentado a su lado—. Estamos juntos desde que éramos críos. Vosotros también los conoceréis porque mi… —Casi se le escapó un «mi chica», pero consiguió frenarse a tiempo, y rectificó con rapidez—. Mi padre, mis hermanos y mi tía son una parte fundamental de mi vida. Hoy no han podido estar aquí porque a ella la han operado. Está en casa, guardando cama, y su familia de Montana ha venido a visitarla… 

No quiso mirar a nadie. En especial, a ninguno de los que se habían percatado de que él había estado a punto de mencionar a Chris.

—En fin, que teniendo a la directora general de la familia convaleciente, todos están a tope. Estamos —matizó—. También soy un amante de los perros y, casualmente, tengo dos… Bueno, en realidad, ahora son tres… Menciono a los peluditos porque, el año que viene, en cuanto nos lancemos a la carretera con los autobuses y el tráiler, vendrán conmigo… ¡Espero que no haya ningún alérgico al pelo de los perros! 

—¿Son los mastodontes que salen en las fotos? —preguntó una de las chicas—. Perdón, soy Alanna Callaghan y toco el violín. 

No explicó que su trayectoria musical no tenía nada que ver con la música country. Venía del entorno del rock sinfónico, aunque había empezado tocando en un grupo de jazz. Tampoco mencionó que tenía el honor de ser la primera violinista que Ken incorporaba a su banda como miembro permanente, algo de lo que sentía muy orgullosa, pues admiraba a Ken Bryan. Hasta ahora, los violines habían sido invitados puntuales en sus espectáculos. 

La joven, de 26 años, señaló la única foto enmarcada que adornaba las paredes. Se trataba de una foto reciente tomada en Mystic Oaks. En ella se veía a Ken jugando con dos perros junto a un arroyo. Que los perros solo fueran dos, databa la imagen: era anterior a que las hermanas Thompson llegaran al rancho.

Ken se mostró extrañado. Se volvió en la dirección señalada y, acto seguido, dirigió su mirada hacia Bella. 

Ella puso cara de dolor.

—¡Lo siento! —dijo, entrelazando sus manos.

—¿Por qué? —preguntó Alanna—. Es una foto preciosa.

Ken le cedió el turno de respuesta a Bella con un gesto caballeroso de la mano.

—Nuestro común jefe, aquí presente, no quiere fotos suyas en la sala de conferencias. ¿Te lo puedes creer? O sea, vienes a reunirte con la superestrella del country, Ken Bryan, ¿y te llevan a una sala donde no hay una sola imagen suya? ¿Ni un triste póster promocionando su próxima gira o su próximo concierto? ¿Ni un premio? ¿Ni un disco de oro? ¿Nada de nada? Mira, lo adoro. Es mi ídolo. Pero, a veces, tiene unas cosas…

—¿Te olvidas de la exposición permanente de Ken Bryan que has montado en la planta baja? —repuso él, riendo, a lo que varios de sus músicos asintieron enfáticamente—. ¡Para cuando llegan a la sala de conferencias, están hartos de ver mi cara! 

—Depende —apuntó Alanna, haciéndole un guiño a Bella—. Si es una mujer, lo más normal es que esté encantada. Oye, no me miréis así… ¿O me vais a decir que exagero? 

—No exageras nada —concedió Bella y miró a Ken, ilusionada de tener aliadas en su cruzada—. ¿Lo ves? 

—Creo que, de momento, la partida la está ganando Bella —intervino Tom, sacudiendo la cabeza divertido. Ya lo estaba viendo venir. La próxima reunión que se celebrara allí, las paredes de la sala estarían a rebosar de fotos de la estrella. 

Ken no estaba por la labor de permitir que la exposición permanente se ampliara a la planta alta, pero no hizo más comentarios al respecto. El tiempo apremiaba y, por más conforme que estuviera con cómo fluía la conversación, no podían entretenerse con otros temas.

—Sigamos, chicos, por favor… Los de la foto son Noah y River. Si os parecen dos perrazos, que sepáis que ahora están mucho más grandes… —se rio—. Son unos peluditos fantásticos y muy obedientes, así que, tranquilos, no os molestarán para nada… En fin, que mi familia humana y mi familia perruna son una parte importantísima de mi vida. Son una constante… De hecho, los conoceréis hoy mismo. Y esto me lleva al segundo asunto… 

Ken apenas podía contener su euforia ante lo que se proponía hacer. La idea de sorprender a Chris, de ver cómo se derretía de amor cuando se diera cuenta de que él había convertido el primer ensayo con su nueva banda en un mini concierto dedicado a ella, lo tenía en las nubes. Sus ojos delataron la enorme ilusión que sentía cuando volvió a hablar.

—Sé que Tom os informó de que el ensayo sería aquí. Pero ha habido un pequeño cambio de planes… Y lo haremos allí, en el lugar más fantástico del mundo. Y ahora, me callo o nos quedaremos sin tiempo. Le cedo el turno de palabra a otro —remató, más feliz que unas pascuas, mirando a Bella, al tiempo que se metía un canapé de salmón en la boca.

—Yo soy Tom, su sufridísimo mánager. Tomaré la palabra muy brevemente para decir una cosa. —Miró a su jefe con cara de pocos amigos—. ¿Un cambio de planes el día que salimos de viaje, Ken? ¡Tío, vas a acabar conmigo! 

La reacción de Bella fue muy diferente.

—¡Guauuuuuu! —exclamó, aplaudiendo eufórica—. ¡Toma cambio de planes! ¡Qué guardado te lo tenías, ¿eh?!

Más que un secreto, había sido una ocurrencia de último momento, surgida de la desesperación. El primer ensayo con sus nuevos músicos era un evento importante y se negaba a aceptar que la persona más importante de su vida estuviera ausente. Si Chris no podía acudir, él se ocuparía de llevar el ensayo hasta ella. Y ya de paso, le tocaría el corazón, dedicándole su actuación.

—Bueno, ya que estoy hablando, sigo… —dijo Bella—. Mi nombre es Anabella Simpson, Bella, para los amigos, soy de Franklin, un pueblo que está muy cerca de Nashville. Mi edad no pienso compartirla porque ya se sabe que ese es un tema del que las mujeres nunca hablamos, a menos que nos estén apuntando con un arma cargada a la cabeza y muchas veces, ni aún así…

Hubo risas descaradas y risitas por lo bajo procedentes del sector masculino situado a su izquierda, donde dos tipos, a quienes aún no conocía, parecían estar divirtiéndose mucho con sus palabras. Los ignoró, y continuó.

—A pesar de lo que mis pintas puedan dar a entender, mi músico favorito del mundo no pertenece a una banda de rock. No ha tocado con Metallica ni con los Guns N’ Roses, ni con los Chilli Pepper… ¡Ojalá algún día lo haga, no me lo perdería por nada! —Miró a Ken con nostalgia—. Lo escuché tocar por primera vez en un bar de honky-tonk, escondida en la bodega. Tenía doce años y no podía estar allí. Pero estaba. Y me enamoré de su música. No era country, no era pop, ni rock, ni nada que se hubiera oído hasta entonces… Era algo tan distinto, tan fresco y tan increíble… Lo sigo desde entonces. Nadie sabe más sobre la estrella del country Ken Bryan, que yo. No lo digo a la ligera. Podéis preguntarme lo que os dé la gana: fechas, lugares, conciertos, músicos invitados, entrevistas… Lo que queráis… Y no, no soy su biógrafa oficial, soy algo mucho mejor: la presidenta de su club oficial de fans. ¡Y eso quiere decir que me veréis hasta en la sopa! Fin de la presentación. Te toca, Shane.

Tom notó que Bella ni siquiera había mirado al guardaespaldas de Ken al mencionarlo. Algo de lo que Shane se había percatado, puesto que él sí la había mirado… ¿con sorpresa? Era un tipo que controlaba muy bien sus expresiones faciales —era parte de su trabajo—, pero el solo hecho de que la hubiera mirado constituía toda una señal. Como todos, Shane estaba tan acostumbrado al carácter jovial y extrovertido de Bella, que tanta sequedad lo había tomado desprevenido. Tom sonrió para sí. Por lo visto, la muchacha había decidido darle a probar al guardaespaldas un poco de su propia medicina. Qué lista era.

Tom no se equivocaba. Ni en que Bella lo había hecho adrede, ni en que a Shane lo había tomado por sorpresa. 

Era extraño que alguien que debía acabar el día con la cara dolorida de tanto sonreír a todo el mundo, de repente, lo ignorara. Shane sabía que era consecuencia de lo que había sucedido antes, cuando estaban abajo. El interés de Bella por él crecía y, ya que no tenía intenciones de involucrarse con ella, se sentía obligado a comunicárselo de alguna manera para que no perdiera el tiempo con él. De modo que no podía quejarse por su reacción, pero tampoco negaría que le escocía un poco tanta indiferencia. 

Nada de lo cual fue evidente en su expresión o en su tono de voz cuando Shane comenzó a presentarse.

—Me llamo Shane Norton y soy el guardaespaldas de Ken. También dirijo al equipo de seguridad que lo acompaña permanentemente. Si hacéis lo que os digo, no os enteraréis de que estoy allí. 

—¿Y si no? —dijo la mujer que estaba sentada junto a la violinista, en un tono divertido.

La mirada neutra del guardaespaldas se posó sobre ella.

—¿Quién eres? —le preguntó.

—Sky. Sky Williams, y soy la segunda guitarra del grupo. 

—Vale, Sky. No existe la opción de que no hagáis lo que os digo. Solo era una forma de hablar.

Todas las miradas se dirigieron a Ken, que se había puesto cómodo en el sofá para disfrutar del momento. Shane era un hombre de muy pocas palabras, pero las que usaba, cuando al fin abría la boca, no dejaban a nadie indiferente. 

—Debéis hacerle caso. Lo que Shane os diga, va a misa, ¿entendéis? Es como si os lo dijera yo. El asunto de la seguridad se ha vuelto muy importante desde mi regreso —concedió Ken—. No sé qué ha sucedido el tiempo que estuve alejado de los escenarios, pero he notado mucha más agitación y mucha más audacia —reconoció. En su opinión, era más que audacia, pero prefirió no cargar las tintas sobre el tema. 

Sky asintió con la cabeza, como si supiera exactamente a lo que Ken se refería, y tampoco le gustara.

—¿Hablas del muestrario de sujetadores y tangas que adornan las vallas de acceso? Es horrible. Antes, el público que iba a escuchar a los músicos country en vivo era… No sé, ¿más familiar? —Varios miembros del grupo mostraron su acuerdo—. Este verano, acompañé a Kenny Chesney en su gira por el sur del país… ¡Le tiraban las bragas a la cabeza! Literalmente, ¿vale? ¡Una me cayó a mí! ¡Me dio tal asco, que me la quité de encima en plan… Aj…! —dijo, haciendo el gesto de coger algo con dos dedos, procurando tocarlo lo menos posible, y arrojarlo lejos.

Ken asintió. Eso era lo que captaban las cámaras y lo que veía todo el mundo, pues sucedía a la vista de todos, pero lo que ocurría entre bambalinas, era peor. Dependía mucho del lugar y aquellos donde las fans se pasaban de apasionadas todavía eran una clara minoría, pero había regiones donde Shane tenía que apostar personal de vigilancia en la planta del hotel donde él se alojaba para evitar que intentaran colarse en su habitación. Y, de todas formas, se encontraba con todo tipo de «regalitos» dondequiera que iba. 

—A lo mejor no estaban usadas —apuntó uno de los músicos que antes se había estado riendo por lo bajo cuando Bella hablaba. Era el único que llevaba gafas, pero no eran de ver. Eran redondas, como las de John Lennon, con las lentes de un color celeste azulado.

Sky lo miró horrorizada.

Eso espero. ¡Qué asco, por Dios! 

—Soy Andrew Hathaway, por cierto —aclaró el que había hablado antes. Miró a Bella y le hizo un guiño antes de imitarla—. Andy, para los amigos. Soy el pianista del grupo. Pero también me va la guitarra, el bajo, el saxofón, la trompeta… Menos la batería, toco lo que me pidáis. 

«Ya, y muy especialmente, mujeres», pensó Shane. Al instante de verlo, había tenido la impresión de que, si alguno le daba problemas, sería el de las gafas. Por experiencia, sabía que los que iban de «matadores», la mayoría de las veces, solo acababan siéndolo de boquilla, por lo que aún había esperanzas. En todo caso, esperaba, por el bien de todos, que ni Bella ni las demás integrantes femeninas del grupo estuvieran entre esas mujeres. 

El tema del exceso de pasión en el público que acudía a sus conciertos no era un tema agradable para Ken. Entre otras cosas, porque sabía que siempre llevaba a otro asunto, que tampoco era de su agrado: los romances que se le atribuían con cuanta mujer lo fotografiaban. Pero los fans formaban parte de la ecuación, y los romances inventados, también. Sabía que tenía que darles a sus músicos cierto margen para que se mostraran tal cual eran e intercambiaran ideas al respecto.

—¿Y qué opina de esto la presidenta de mi club de fans?

—Eso —dijo Andrew—. No hay que olvidarse de que tenemos a una de esas chicas apasionadas en la sala… A lo mejor, tú también…

—Te recomiendo que no acabes esa frase —lo interrumpió Shane. Su voz había sonado de lo más normal y su rostro mostraba una expresión tan neutral, como siempre. Pero Ken sabía lo que se escondía detrás de tanta neutralidad. Y no era el único.

—Yo también —dijo Tom, y se dirigió a Bella—. Cuéntanos.

El pianista sonrió con cara de «¡vaya cagada!», y mostró sus manos en un gesto de rendición.

—¿Y qué va a opinar? —intervino Alanna—. Es incómodo y superpesado. A las artistas mujeres no nos halaga ver esas benditas vallas, y puede que hasta haya muchos artistas hombres a los que les resulte excesivo, aunque no lo digan ni lo demuestren. —Ken se sintió totalmente identificado con esas palabras y se dio por aludido elevando un dedo—. Pero es rentable. Muy rentable. Esa pasión vende muchos álbumes, mucho merchandising y agota las entradas a los conciertos.

—Exacto —corroboró Bella—. Así es como hay que verlo. Antes, presidía un club de fans local. Las conozco personalmente y me consta que muchas de ellas se han dejado una fortuna en ropa interior —admitió con una sonrisa traviesa—. Pero llámalas y diles que Ken necesita algo, lo que sea, y son las primeras en acudir. Se apuntan a un bombardeo por él.  

—¡Normal! —exclamó Alanna—. ¡Es el tipo más dulce de la música country! ¿Quién puede resistirse a esa sonrisa bestial?

—Bueno, bueno, bueno… ¡Qué pronto empezamos, colegas! —se rio Taylor, en lo que fue su primera intervención en la reunión. Había preferido mantenerse callado para darle ocasión a los nuevos integrantes del grupo de intervenir, pero esta vez, no pudo evitar comentar. 

—¿Quieres decir que siempre es así? —intervino uno de los músicos que aún no se había presentado.

Nadie le respondió. Sus compañeras mujeres estaban muy concentradas en cantar las beldades de Ken. Sus compañeros hombres estaban alucinando con la transformación que «ellas» habían sufrido en un instante. Y mientras el mánager y el guardaespaldas del artista presenciaban el momento con la expresión propia de alguien que ya lo ha visto muchas veces, el causante de tanta excitación parecía una imagen congelada en el tiempo: con un croissant a mitad de camino de la boca y los ojos abiertos de par en par. 

—¡Y lo bueno que está, ¿qué, señoras?! —terció Sky, apoyando a su compañera—. ¡El mejor culo del country, sin duda!

Bella se lanzó a aplaudir entusiasmada.

—¡Madre mía! ¡Estas mujeres me encantan! 

Ken pasó de estar tan tranquilo, devorando un croissant con cobertura de chocolate mientras disfrutaba de lo bien que conectaban los nuevos miembros de su equipo, a que sus mejillas lo dejaran en evidencia.

Las carcajadas resonaban en la estancia.

—A ver, señoritas, por favor… —había logrado decir cuando la puerta de la sala se abrió. 

En fracción de segundo, un perro totalmente blanco entró como un bólido y saltó encima de Ken, logrando que el plato saliera despedido, y con él las delicias que había escogido con tanto cuidado.

—¡Eh…, ¿pero qué haces tú aquí?! —atinó a decir, antes de que otros dos seres peludos de cuatro patas irrumpieran en la sala y fueran a su encuentro, ladrando y moviendo sus colas.

Bella y Tom intercambiaron miradas cómplices, en espera de la sorpresa final que justo en aquel momento apareció con su bastón, su sonrisa cálida y unos ojos que denotaban cierto nerviosismo, inusual en ellos.

—Espero no haberme perdido demasiado… El tráfico estaba fatal, lo siento —dijo Chris, dirigiéndose a todos, pero, en especial, al hombre que la miraba con asombro y locura de amor. 

Entonces, al notar el arrebol en las mejillas de Ken, no pudo evitar sonreír enternecida.

 —Las chicas te están haciendo pasar un mal rato, ¿a que sí? —le dijo.

Y ese fue el momento en que la cara de Ken pasó del arrebol al rojo vivo y la sala al completo explotó en carcajadas.

 

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©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
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CRS-03.3. Superstar. Parte 2 Extras, 3. Capítulo 4


Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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4


La llegada de Chris había causado un gran revuelo en la sala de conferencias. Un revuelo que no tenía nada que ver con que estuviera acompañada de tres cachorros, dos de los cuales ya imponían respeto por su tamaño. Ninguno de los músicos allí presentes la conocía. Ni siquiera Taylor, ya que cuando había estado comiendo con los Bryan en Mystic Oaks, a principios de septiembre, Chris aún no había regresado a la vida de Ken.

Sin embargo, todos habían visto las fotos de un momento apasionado en un parking entre la estrella y una mujer a la que la prensa se había referido como «pelirroja curvy». También sabían del inusual enfrentamiento de Ken con un bloguero devenido en pseudoperiodista, que se había hecho viral, después de su actuación en el Denver Thunder Country Music Festival, en la que él había acabado admitiendo indirectamente que las cosas se le habían ido de las manos en aquel aparcamiento. En cualquier otro artista, dichos sucesos no habrían tenido relevancia. Pero en alguien conocido por la determinación con la que a lo largo de los años había protegido su privacidad, como Ken Bryan, eran totalmente relevantes. La mujer que acababa de entrar en la sala no era pelirroja, pero su cabello tenía tonalidades rojizas y, definitivamente, poseía un cuerpo rotundo. Un cuerpo «curvy», no en el sentido de despampanante, sino en el de una mujer que gastaba una talla grande. Era lo que vulgarmente se denominaba una gorda con un rostro bonito. El bastón que usaba para andar completaba un cuadro de lo más inesperado y sorprendente.

Y todos, sin excepción, al verla, realizaron inconscientemente la misma clase de valoración a la que Chris estaba acostumbrada. De ahí, que ella procediera con (aparente) naturalidad, aunque la procesión fuera por dentro.

—No puedo creer que estés aquí…

Eso fue todo lo que Ken consiguió decir cuando logró reponerse de la sorpresa. Con cada momento como aquel, en el que Chris se las arreglaba para anticiparse y sorprenderlo, más se convencía de que estaban hechos el uno para el otro, y un sentimiento de realización total se adueñaba de él. Tenía tantas ganas de comérsela a besos allí mismo que, de hecho, se levantó del sofá.

Chris ni siquiera se acercó a Ken. Se dirigió a la banqueta libre que estaba junto a Bella al tiempo que decía:

—Pues te aseguro que soy yo. Mi clon está en la cocina, cuidando que no se quemen las patatas… Aunque, ahora que lo pienso, a lo mejor ya está en un psiquiátrico —se rio—. ¡A la pobre, la dejé con Lilly, así que imagínate! Perdón, no quiero interrumpir más. A pesar de lo que pueda parecer —dijo, elevando su bastón, risueña—, no soy la nueva directora de su banda. Tranquilos, no dirijo ninguna batuta. Por favor, seguid con lo que estabais… 

«Sí, que la diriges. Tienes la batuta de mi vida en tus manos, y doy gracias a Dios por eso cada día», pensó Ken, dedicándole una mirada cargada de amor que ella, por supuesto, ignoró.

Y que la ignorara fue un silencioso llamado de atención del que Ken acusó recibo. Se obligó a descolgarse del ataque de amor que se adueñaba de él cada vez que Chris aparecía en su campo visual, y regresó despacio a la realidad.

Lo primero que notó fueron las miradas cómplices en los ojos de Bella, Tom y Shane. Los tres estaban en el ajo. Por supuesto, cómo no. Lo cual quería decir que habían estado fingiendo desde que le habían dado los buenos días aquella mañana. ¡Y él no se había dado cuenta de nada!

Lo siguiente que notó fue que la actitud desenfadada de Chris ya tenía adeptos. Todos la miraban con mucho interés, pero también con simpatía. También había quien la miraba con admiración: Bella. A Ken no le sorprendió. En una ocasión, la presidenta de su club oficial de fans, se había referido a ella como a «la mismísima Mujer Maravilla» y, desde que la había conocido personalmente, su admiración por ella no había dejado de crecer. Tampoco había razón para la sorpresa en eso: Chris era alguien digno de admiración, la persona más increíble que había conocido en su vida. 

Y la mujer más preciosa del mundo… Llevaba el cabello suelto y había cambiado los vaqueros que vestía por la mañana, por uno de sus vestidos que se ceñían lo justo. En este caso, era azul marino, tenía las mangas tres cuartos y un escote redondo que, precisamente, porque no mostraba nada, lograba que él no pudiera apartar los ojos.  

«Deja de desbarrar, tío», se dijo.

Se agachó a acariciar el lomo de Noah y River, a los que dedicó unas palabras cariñosas. Recogió el desastre que había organizado Sultán, que sentado junto a la banqueta de su humana, lo miraba con mucha atención y sus orejas muy tiesas, como si no estuviera seguro de si recibiría un premio o una reprimenda por su explosiva aparición en la sala. No sucedió lo uno ni lo otro. La mente de Ken estaba ocupada en otros asuntos.

Después de tirar los desperdicios a una papelera que había junto al bufé y, ya que estaba allí, Ken cogió dos platos limpios. En uno sirvió un sándwich de jamón y queso y una tartaleta de manzana, y en el otro, tres canapés de queso fresco y salmón, y otros tres de roquefort y cebolla caramelizada.

Se dirigió hacia Chris con una sonrisa imposible y le entregó el plato con los canapés.

Ella observó el contenido de su plato; luego, hizo lo mismo con el de Ken. Al fin, su chispeante mirada se posó sobre él.

—Te cambio mis dos de roquefort por tu tartaleta. ¿Qué dices? 

Ken puso cara de estárselo pensando.

—Mmm… Mejor, uno de roquefort y uno de salmón —propuso él.

Ajenos al momento tierno que estaban escenificando ante una audiencia totalmente entregada, se miraron sonrientes mientras pensaban lo mismo: «¡Qué recuerdos!». 

Una conversación muy parecida había tenido lugar entre ellos la noche del día que se habían conocido. Solo que entonces, había sido Ken quien la había iniciado de aquel modo, proponiendo un intercambio de canapés. En realidad, estaba tan intrigado por ella y tan ansioso por conocerla que podría haber dicho cualquier otra cosa.

—¡Hecho! —concedió ella.

Después del intercambio de tentempiés, Ken la besó con la mirada y regresó a su asiento.

—OK, sigamos… —dijo—. ¿En qué estábamos?

Bella salió de su abstracción contemplativa, la de siempre que tenía la ocasión de estar cerca cuando Ken y Chris interactuaban, con una carcajada, cuyo sentido, Sky se ocupó de aclarar un instante después.

—En que eres dueño del mejor culo de la música country —repuso, con tanta naturalidad como si estuviera hablando del clima.

«¿De la música country solamente?», pensó Chris sin dejar de mirar fijamente la tartaleta que se estaba llevando a la boca, consciente de que sus pensamientos serían evidentes. 

Por suerte, el comentario de Sky alborotó al sector masculino de la banda, y nadie prestó atención a lo que hacía Chris.

—¡Eh, no digo que no esté bueno, pero, ¿el mejor?! ¡Qué exagerada! ¡Hay muchos buenos culos en el country! —exclamó el más joven del grupo. Ya había participado antes, pero esta vez, se presentó—. Soy Luca Trudeau. Y no, ni soy italiano ni soy canadiense. Soy «hecho en América», un texano de buena cepa —aclaró, provocando risas—. Lo que pasa es que la rama paterna de mi familia es francesa, y mi madre pensó que Luca era más glamuroso que Luke… Lo mío es la batería. Empecé a tocarla con cuatro años, o sea hace, veinte. Y hasta hoy.

Pese a su juventud, Luca tenía una gran trayectoria dentro del mundo country. Con apenas dieciséis años, el legendario Garth Brooks lo había invitado a acompañarlo durante una de sus giras. Desde entonces, había tocado para varios nombres importantes del género, pero solo por temporadas o para eventos puntuales, puesto que sus padres le habían permitido dedicarse a la música bajo la condición de que no abandonara sus estudios. Esta era la primera vez que un músico de renombre lo convocaba como integrante fijo de su banda.

—Estoy de acuerdo —contribuyó Tom—. Técnicamente, también soy del sector, aunque no me suba a un escenario y el mío no tiene nada que envidiarle al suyo. —Miró a Ken y se encogió de hombros—. Es la pura verdad, tío.

—¡Bah! ¡Menuda exagerada! —terció Andrew, el pianista, y añadió con segundas—: Que yo sepa, aún no has tenido ocasión de conocer el mío… ¿O me has estado espiando de estranjis1?

—Lamento meter baza, pero no estábamos hablando de eso —dijo Shane, cortante. Solo le faltaba tener que aguantar a ese tío fardando de sus atributos, para tener la mañana completa—. Hablábamos de que tendréis que cumplir las normas de seguridad a rajatabla porque, como dice Ken, el ambiente en el mundo country se ha vuelto más agitado y más audaz en los últimos años.

«Vaya. Parece que Andy no te cae bien», pensó Bella observándolo con interés. Su tono, esta vez, no había sido neutro, sino incisivo. Algo más que raro en Shane. Se preguntó con enorme gusto, si la razón era que sentía celos de él. Y la respuesta le dio mucho más placer aún. Ese hombre no tenía secretos para ella, por mucho que él lo intentara. Sonrió para sus adentros y desvió la mirada. 

Ken dio gracias por la oportuna intervención de su guardaespaldas. No le interesaba que su trasero se convirtiera en tema de conversación. Ni el suyo, ni el de nadie, para el caso. Le faltó tiempo para darle la razón.

—Es cierto. Imagino que cada cual tendrá su propia opinión sobre cómo proceder cuando las cosas se salen de madre… Ya me entendéis. Pero, profesionalmente, es decir, cuando estamos trabajando, solo hay un criterio y es este: ponerle al mal tiempo buena cara, zafar de la situación, procurando llamar la atención lo menos posible, y si alguien se interesa por el tema, responder «sin comentarios». 

—¿Y cuando no es posible? —preguntó el único nuevo miembro que hasta ahora se había mantenido en silencio. 

—¿Quién eres? —volvió a intervenir Shane, a pesar de saber perfectamente quién era. Él lo había conducido a la oficina de Tom para su primera entrevista, hacía más de dos semanas, y lo había acompañado hasta la sala de conferencias aquella mañana. Tom le había comentado que era un músico de aúpa, un prodigio del saxo tenor. Para él, de momento, era el graciosillo que se había estado riendo por lo bajo con el de las gafas, cuando Bella había comentado que no diría su edad. El tipo estaba sentado en el apoya-brazos del sofá, mirando a todo el mundo con aire de suficiencia. En lo que a él respectaba, no podía haber tenido un comienzo peor.

—Taylor J. Miller. Ya sé que hay otro Taylor en el grupo, pero no será un problema porque todos me conocen por TJ. Toco cualquier instrumento de viento, en especial el saxo tenor. Soy de aquí, de Nashville, y no tengo ningún problema en confesar mis años. —Le hizo un guiño a Bella—. Tengo 30 tacos, la edad en la que la mayoría de los tíos empiezan a perder el pelo. Por suerte, no es mi caso —dijo, orondo, aludiendo a la llamativa melena castaña rizada que cubría sus hombros. Al fin, miró a Shane con un punto de malicia.

El guardaespaldas no se dio por aludido del comentario. 

—Ken lleva haciéndolo posible desde hace más de doce años, TJ. Y él es el verdadero blanco de la agitación y de la audacia. ¿Por qué tú no ibas a poder? —repuso Shane. Dios los criaba y, por lo visto, había decidido amontonarlos en esa sala. Vaya dos.

—Lo digo porque… En fin, las cosas se pueden poner bastante intensas cuando te encuentras rodeado de un grupo de fans ansiosas por sobarte… Y, si en esos momentos, alguien de la prensa te pone un micro en los morros, no creo que lo que vayan a oír sea un «sin comentarios»… En todo caso, será un ¡quitadme las manos de encima, joder!

—O un «¡venga, apriétamela un poco más!» —apuntó Andrew, tronchándose.

Shane permaneció mirándolo fijamente y mantuvo el pico cerrado. Lamentablemente, no le correspondía a él ponerle los puntos sobre las íes al de las gafas, algo que, de más estaba decir, habría hecho con inmenso placer. 

El comentario del pianista produjo una rápida sucesión de reacciones en el sector femenino.

—¡Pero qué bestia, tío! —se quejó Alanna, mirando a las otras mujeres en busca de consenso.

Sky asintió con la cabeza. Era bastante más atrevida que su compañera, algo que enseguida quedó claro.

—Serán las ganas de que suceda, Alanna. No se la deben apretar mucho que digamos…

—Es la ignorancia —intervino Bella, dirigiéndose al músico—. Si hubieras estado alguna vez en esa situación, sabrías a lo que me refiero. Pero hasta que llegue ese día, fíate de mí: lo último que vas a querer es que te toquen.

Lo dijo sin acritud. Andrew era «joven e inexperto» en las lides de la pasión que despertaban las estrellas. Además, pertenecía al género masculino. Los hombres fantaseaban con lo excitante que sería verse acorralados por mujeres enloquecidas de deseo por sus encantos masculinos, sin tener en cuenta que lo que sucedía en la realidad no guardaba ningún parecido con sus fantasías. 

La otra mujer que había en la sala —Chris—, no hizo ningún comentario. Al ver que las cejas de Ken se elevaban formando dos arcos perfectos sobre sus ojos, bajó la vista hasta su plato con tentempiés. Sabía muy bien lo que eso significaba. Ken era un Bryan, y para un Bryan esa clase de comentarios no podían hacerse tan alegremente. 

En efecto, Ken no tardó en tomar la palabra.

—En el grupo hay dos mujeres, y en esta sala, otras dos. No puedes decir estas cosas delante de ellas. Es una falta de respeto, ¿entiendes? Una y no más, ¿vale, Andy? —advirtió con seriedad, quitándole las palabras de la boca a Shane, que se limitó a asentir enfáticamente, para que a nadie le cupiera la menor duda de que estaba de acuerdo.

Andrew lo miró con el gesto descompuesto. Había pretendido hacer una broma; no había contado con que la gente se lo tomara tan mal.

—Perdonad, me he pasado —reconoció. Sus ojos recorrieron a todas las mujeres del grupo antes de posarse en Ken—. No volverá a suceder.

Taylor Benson también asintió, en su caso con una media sonrisa, entre nostálgica y compasiva. Ken era único en su especie. Los hombres de su generación, por lo general, pensaban y procedían de otra manera. Taylor ya había pasado por situaciones semejantes en el pasado y por eso sabía que a los tres nuevos miembros masculinos de la banda les tomaría algún tiempo cogerle el tranquillo. Lo diferente ahora era que contaban con él, que conocía a Ken desde hacía muchos años, y podía ayudarlos a no meter tanto la pata. Y a «ellas», también.

—Vale. Voy a decir algo —se decidió Taylor.

—¡Bien! Empezaba a creer que eras tímido o algo… —apuntó Sky, mirando al bajista con picardía. 

Buscando información sobre Ken, previo a su entrevista con la estrella y por las dudas de que saliera el tema, había aprendido bastante sobre su bajista.  Por ejemplo, había dado con una foto en la que Taylor aparecía con Ken y otros dos chicos, que por el parecido físico, debían ser sus hermanos. No podía tener más de 15 o 16 años, la misma edad que Ken, era guapísimo y tenía cara de ser el típico chico malo. De ahí, que hubiera bromeado aludiendo a una timidez que estaba segura de que no tenía. El que miraba ahora era muy distinto al de la foto, con su estilo elegante, su pelo corto, con mechas rubias platino, y su barba casual, pero muy cuidada, como si pusiera un recordatorio en su agenda para recortarla cada siete días. Un dato que Sky había encontrado muy interesante era que Taylor compartía algo más con Ken, aparte de la edad: una prolongada soltería. No pudo evitar preguntarse cómo se las había arreglado para llegar invicto a la treintena.

Taylor era cauto, no tímido. Pero no se molestó en aclararlo, en cambio, le hizo un guiño, y continuó.

—Este es nuestro primer encuentro y nos queda mucho por aprender los unos de los otros y, en especial, sobre Ken… Que es la razón de que todos estemos aquí. Pero hoy nos vamos con dos lecciones importantes aprendidas. La primera es que de lo que debe hablarse en la prensa es de lo que pasa en el escenario, y no cuando bajamos de él. 

Utilizó el plural porque no quería que lo vieran como al amigo del jefe, sino como a un miembro más. Se sentía muy honrado de ser amigo de Ken, pero su prestigio como músico era algo que se había labrado a pulso y esa era la razón de que Ken lo hubiera elegido para unirse a su banda  —dos veces, a falta de una—, no la simpatía y, mucho menos, la amistad. Algo que los nuevos miembros aún tenían que aprender era que Ken era implacable en todo lo relacionado con su vida profesional. Su ética del trabajo era tan notable como su talento musical.   

—Eso no podemos controlarlo —insistió TJ—. Esos tíos siempre hablan y si no encuentran nada jugoso, se lo inventan, y listo. 

—Podemos controlar que nuestra actuación sea lo que suena más fuerte, bordándolo en el escenario —argumentó Taylor—. Y también podemos controlar no darles carnaza a esos tíos. Lo que se inventen, es cosa suya, no nuestra.

En aquel momento, Shane intervino.

—Una parte de mi trabajo es crear pasarelas seguras para que podáis acceder y marcharos sin sobresaltos de los lugares donde actuáis —dijo—. Si hacéis lo que os diga, nadie os va a poner un micro en la cara. 

TJ concedió con un asentimiento de la cabeza. En su fuero interno, no obstante, seguía pensando que no era tan simple como ellos lo ponían. 

Taylor continuó.

—Lo segundo que hemos aprendido hoy tiene que ver con los kilómetros y las vivencias que, por suerte, nos quedan por compartir… La convivencia puede ser muy complicada, si no respetamos nuestras diferencias… Empezando por la más obvia: somos un grupo mixto. Y esto no va solo por Andy, también va por vosotras. —Se dirigió a las dos artistas del grupo que intercambiaron miradas pícaras entre sí—. Al jefe no le gusta que lo agobien con comentarios acerca de… —sonrió al decir—: su aspecto físico, digamos. Es la primera vez y ha sido paciente con vosotras. ¿Un consejo? No lo agobiéis más. A pesar de esa cara de buen tío que gasta, puede llegar a ser muy borde cuando algo no le gusta. Y esto, definitivamente, no le gusta ni un pelo.

Las chicas miraron a Ken en una mezcla de picardía y arrepentimiento, y él aprovechó la ayuda que su bajista le estaba brindando, para mover la cabeza arriba y abajo con convicción.

Entonces, Taylor miró a Chris con una sonrisa.

—Y luego, está la señorita del bastón que nos acompaña hoy —dijo. La atención de todos, que, en realidad, nunca la había abandonado del todo, regresó de lleno sobre Chris—. No sé quién es, y que no lo sepa, me da bastantes pistas sobre el tema en las que no voy a entrar ahora —anticipó, disuadiendo a sus colegas de que le hicieran preguntas al respecto—. Pero sí sé algo. Es la primera vez que este señor —señaló a Ken con su pulgar—, permite que alguien ajeno al tema asista a una reunión con sus músicos. Que el alguien en cuestión sea una mujer… ¡En fin! —se rio, y remató la frase, sacudiendo la cabeza divertido.

El aire se llenó de risitas nerviosas y miradas pícaras. Bella meneó la cabeza alucinada ante la oportuna intervención de Taylor. «Ni que lo hubiéramos planeado», pensó. Estaba ansiosa por ver cómo salían los tortolitos de semejante encerrona.

Ken y Chris se miraron con complicidad y bastante expectativa. Ninguno de los dos sabía a ciencia cierta cómo el otro deseaba manejar la situación. No habían hablado de eso, no habían tenido tiempo. La hospitalización de Doreen había impuesto un giro de ciento ochenta grados a la dinámica familia de los Bryan.

Ken era consciente de que, si de él dependiera, gritaría la verdad a los cuatro vientos, sin cortarse. De hecho, cada día le costaba más no hacerlo. Quería pasear por la ciudad con Chris de la mano, en compañía de sus tres peluditos. Disfrutar de una cena romántica a la luz de las velas en un buen restaurante. Besarla cuando le diera la gana, independientemente de dónde estuvieran o quién los estuviera mirando. Y si eso implicaba que las revistas del corazón se llenaban de fotos de los dos, que así fuera. Por más extraño que le resultara incluso a sí mismo, esta vez, no le importaba que todo el mundo supiera que había una mujer en su vida. Que esta vez no se trataba de un romance inventado, sino de uno muy real.

Sin embargo, también era consciente de que en el momento que esa verdad que lo hacía tan feliz trascendiera, ya no los dejarían en paz. Los perseguirían intentando obtener la foto exclusiva de turno. Se escribirían ríos de tinta sobre ellos. Serían el blanco de rumores permanentes. Pondrían a Chris en el punto de mira por su bastón, por su talla 48, por su profesión… Y barajarían todo tipo de especulaciones, cuanto más ofensivas mejor, sobre «cómo una mujer como ella había acabado junto a un hombre como él». Y tal como ella misma le había dicho aquel día, en un aparthotel de la ciudad, acapararía titulares por ser la mujer que lo había seducido, en vez de por los años que llevaba haciendo sacrificios, partiéndose la espalda en lugares perdidos de la mano de Dios. Su nombre y su labor humanitaria se verían salpicados por las habladurías y los rumores, y acabaría convirtiéndose en la comidilla de todo el mundo. 

Ahora, sin embargo, aquellas palabras que entonces habían herido su vanidad como nada lo había hecho jamás, le parecían una descripción perfecta de lo que estaba en juego para Chris.

Presentarla a sus músicos no era lo mismo que exponerla ante el público en general, pero tampoco era tan diferente: lo que dijera —o no dijera— se analizaría con atención y se recordaría precisamente porque provenía de él.

Decidió en ese instante que ella tenía mucho más que perder que él. Infinitamente más. En realidad, era quien lo estaba arriesgando todo. 

Así pues, mientras sus ojos le decían a Chris cuánto la amaba, Ken se limitó a guardar silencio.


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1 De estranjis (coloq.): a escondidas o de manera oculta o disimulada.

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CRS-03.3. Superstar. Parte 2 Extras, 3. Capítulo 5


Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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5


Chris acusó recibo de la mirada de Ken y se las arregló como mejor pudo para no derretirse delante de todos, consciente de que no era su mirada la causa, sino él. Nadie más en aquella sala sabía que el músico talentoso que estaba sentado allí, al que todos se referían como «el jefe», acababa de sacar al hombre sensible del armario. Y, como siempre que Ken hacía eso, la conmovía hasta lo más profundo de su ser.

«Bien», se dijo. «Es tu turno».

Chris se disponía a hablar, cuando alguien le tomó la delantera.

—¡Cuánto silencio! Todos sabemos que Ken tiene fama de ser un tío reservado, pero, ahora mismo, da la impresión de que le hubiera comido la lengua el gato… ¿No os parece? 

Ken miró a Alanna algo sorprendido. El comentario no tenía nada de censurable, pero, según lo que había podido comprobar hasta el momento, era un comentario más propio de Sky, que de ella.

—Tranquila, que el gato no se ha comido nada —intervino Bella, acudiendo rauda en ayuda de su ídolo—. Te aseguro que esto no tiene nada que ver con la reserva. ¡Es que es un tío muy listo! —exclamó, incapaz de contenerse.

Ken se lo agradeció con un guiño y volvió a poner su atención sobre lo único que le importaba en aquellos momentos; la hermosa mujer que los miraba, a Bella y a él, con picardía.

—¿Se calla porque es listo? ¿Desde cuándo a las chicas os parece bien que los tíos no digamos ni pío? ¡Tendrás que explicarme eso! —se rio Andrew, y miró a Ken para cerciorarse de que esta vez no había dicho nada inapropiado.

—¿Te importa si Bella te lo explica después? Es que ahora mismo, estamos en otra cosa, tío —repuso él, mirándolo con cara de «¡que no te enteras!».

Chris se echó a reír al ver que el rostro del pianista adquiría un suave arrebol.

—Ay, pooobre… Mira, yo te lo explico —le dijo.

Tras levantarse de la banqueta, avanzó un par de pasos para que todos pudieran verla sin tener que girar la cabeza. Sultán también lo hizo, siguió a su ama, y se sentó sobre sus cuartos traseros, justo delante de ella. Desde allí, miraba a todos con sus ojos vivaces, uno de cada color, y sus orejas muy tiesas, haciendo las delicias de su humana, que le frotó la cabeza cariñosamente.

—No voy a hablar por las mujeres, en general, porque, en mi opinión, no somos tan parecidas como algunos hombres creéis. —Sus ojos sobrevolaron brevemente a Tom, que mostró sus manos en un gesto de «tranquila, que no voy a meterme»—. Así que, lo que voy a decir es en mi nombre que, por cierto, es Chris Thompson. Encantada de conoceros a todos —dijo, haciendo un ligero saludo con una mano—. Ese deje raro que seguro habéis detectado en mi forma de hablar se debe a que soy canadiense. —En realidad, era inglesa, pues allí había nacido, de padre también británico, pero jamás aludía a esa parte de su vida. La había enterrado años atrás, junto a su madre y a un hermano de once años que había perdido la vida por protegerlas, a Lilly y a ella.

—¡Bien! Yo soy irlandesa y me hace mucha ilusión no ser la única foránea aquí —celebró Alanna—. ¡Perdón por interrumpir! Sigue, sigue, Chris, por favor.

Ella le obsequió una sonrisa amable y continuó. Estaba nerviosa, podía sentirlo en sus manos, heladas como si estuviera en Alaska. A pesar de estar acostumbrada a hablar ante un auditorio lleno de gente, tenía los nervios a flor de piel. El problema no era la gente, sino el tema de conversación.

—Ken podría darse por aludido ante lo que dijo Taylor. Es más, seguro que se muere por hacerlo —apuntó, dirigiéndole a Ken una mirada traviesa, quien asintió enfáticamente, provocando risas en sus músicos—. ¿Lo veis? Pero su fama de ser un hombre sensible no es ninguna leyenda urbana… Sabe que para mí, ponerme bajo los focos es un asunto muy delicado… Lo sabe por experiencia, de primera mano.

Sus palabras supusieron para todos una confirmación de que lo que sospecharon al verla era cierto. La mujer que estaba ante ellos era la «pelirroja curvy» sobre la que se habían escrito ríos de tinta.

—Dejando que sea yo quien da el paso al frente… Permitiéndome elegir cómo quiero hacerlo, está demostrando que… —El público femenino empezó a alborotarse y Chris sonrió con picardía—. Bueno, digamos que, además de todos los atributos que lo hacen mundialmente famoso, es, como dice Bella, un tipo muy, pero que muy listo… Y la razón es esta, Andy, presta atención. No sé cómo será para otras mujeres, pero a mí, pocas cosas me seducen más en un hombre, que me demuestre —sin aspavientos, por favor: eso no es nada sexi— que sabe perfectamente cuándo tener el pico cerrado. —Desvió su mirada hacia Ken y se rio al ver que él hacía una marca imaginaria sobre su pecho, apuntándose un tanto.

—¡Toma ya! ¡Os lo dije! Si es que… ¡Ken, es mucho Ken, señores! —celebró Bella.

—¿Y por qué dices que es un tema delicado? —preguntó Luca—. Perdona, no quiero meterme donde nadie me llama, pero… ¿Lo dices por esas fotos que…? —No completó la frase, pero todos sabían a qué se estaba refiriendo.

Chris y Ken intercambiaron miradas. Podía dejar que ella respondiera, sin embargo, esta vez, decidió que no lo haría. Aún se sentía responsable de que la hubieran humillado reduciéndola a un trozo de carne. Probablemente, nunca dejaría de sentirse así.

—No, Luca. No tiene que ver con eso y, de todas formas, esas fotos fueron una cabronada. No las hizo un paparazzi que pasaba por ahí.

Cierto estupor recorrió las miradas de los músicos. Recordaban que había habido mucho jaleo en torno a aquel asunto y que la ex promotora musical de Ken estaba detrás, pero ignoraban los detalles más truculentos porque estos no habían trascendido a la prensa.

Chris decidió continuar. Que supieran que ella era la mujer de esas fotos era ya lo bastante incómodo para encima hablar de ello.

—Sé que no lo parece, me lo he trabajado mucho —matizó con picardía, decidida a cambiar el tono de la conversación—, pero soy una persona muy reservada. No soy tímida, ¿eh? Nada de eso. Ser tan reservada y trabajar en algo que te obliga a estar permanentemente en estrecha relación con otras personas, puede llegar a ser muy complicado… Así que, he desarrollado una capacidad un tanto curiosa. Podría estar aquí, de pie, socializando con vosotros toda la mañana y conseguir que, cuando os vayáis, creáis que soy la mujer más extrovertida que habéis conocido en vuestra vida, sin haberos dicho ni un solo dato relevante sobre mí, mi vida o mi familia.

—¡Eso es imposible! —dijo Sky.

—Qué va. Es posible. Doy fe —intervino Ken, risueño.

Chris se rio cómplice.

—Sabe de lo que habla —corroboró—. El día que nos conocimos, cuando me marché, ni siquiera sabía mi nombre.

Bella abrió los ojos de par en par, mirándolos a los dos, alucinada.

—¡Eso no puede ser! —exclamó, riéndose—. ¡Perdonadme, pero no! —Miró a Chris con total incredulidad—. ¿Vas a decirme que tuviste a este hombre ante ti, en toda su portentosa mismidad, y te largaste sin decirle siquiera cómo te llamabas?

La sala explotó en carcajada cuando Ken y Chris asintieron al unísono.

—Lo hizo —aseguró él. Y todavía seguía alucinando con aquel día, cada vez que lo recordaba.

Bella se quedó con la boca abierta.

—¡Nooooo! ¡Chris, ¿pero qué locura es esta?! Me imagino cuánto habrá sangrado tu vanidad, jefe… ¡Habrás necesitado una transfusión de caballo!

Si alguien de los allí presentes esperaba que lo negara, Ken volvió a sorprenderlos, asintiendo enfáticamente con la cabeza.

—Venga, diles lo más increíble de todo… —la animó.

—¿Te refieres a Bob Esponja? —preguntó Chris, fingiendo hablar bajito para que nadie la oyera.

Los dos se echaron a reír al recordarlo, creando una atmósfera divertida y cómplice.

—Díselos —insistió Ken.

—¿En serio? Mira que ahora no tenemos sangre a mano para otra transfusión… —repuso Chris, haciendo que las risas volvieran a reinar.

—¡Ay, por Dios, me va a dar un ataque! —exclamó Bella, dando palmitas, encantada no solo por lo que estaba presenciando, sino también por la posibilidad de saber más sobre aquel día en el que el universo se las había arreglado para poner a esos dos seres que admiraba, uno frente al otro, por primera vez.

Él sacudió la cabeza divertido. Le agradó que Chris le recordara, de aquella forma tan suya, traviesa y a la vez, tremendamente dulce, que había habido un tiempo en que su vanidad había supuesto un problema. El problema con mayúsculas. El que, de hecho, los había distanciado.

Pero ya no era así.

Ken se movió para poder sacar la cartera del bolsillo trasero de sus vaqueros y con mucho cuidado extrajo lo que parecía una servilleta plegada en cuatro partes. La abrió y, sosteniéndola con la punta de dos dedos, la enseñó a un público desbordante de curiosidad.

—Le das un boli y una servilleta para que te escriba el teléfono, y ella te la devuelve con esto. ¿Cómo te quedas? —dijo Ken, exhibiendo el dibujo de Bob Esponja que Chris había hecho para todos pudieran verlo, al tiempo que acariciaba con la mirada a la autora del dibujo.

El ambiente se llenó de bromas y de risas, pero Chris no se reía. Tenía una expresión entre emocionada y enamorada, que a Ken le encantó ver.

—La sigues guardando… —dijo.

No fue una pregunta. Más bien fue un pensamiento en voz alta. Salido del fondo de un corazón que no dejaba de asombrarse ante la capacidad de aquel hombre de hacerla sentir la mujer más amada del mundo, de acunarla entre sus brazos, sin siquiera tocarla. Ya le había mostrado aquel trozo de papel hacía mucho, antes de que las fotos de unos besos apasionados entre los dos pusieran su vida del revés y ella se marchara de Nashville de forma intempestiva. No pensó que él lo conservaría después de todo lo que había sucedido.

—Claro —repuso él—. Va conmigo a todas partes.

Las reacciones fueron variadas. Desde la no reacción de Shane que escuchaba cada intervención como si la cosa no fuera con él. Porque, en realidad, era así. El amor era un capítulo cerrado para él. Se alegraba mucho de que un buen tipo como Ken Bryan hubiera encontrado un alma afín, pero, al mismo tiempo, no podía evitar pensar que ojalá haberse enamorado no le saliera tan caro como le había salido a él.

O la actitud escéptica de TJ, que no acababa de creerse del todo la supuesta indiferencia de Chris. En su opinión, una mujer que tenía un encuentro con el equivalente del siglo XXI de un macho alfa, no procedía con tal indiferencia.

Pasando por la de evidente curiosidad de Andrew y de Luca, hasta la actitud analítica de Taylor, a quien las cosas empezaban a cuadrarle. Hasta la más histriónica de Bella, que se llevó las manos a la cabeza, alucinada.

—¡Madre mía! ¡Madre mía! ¡Chica, me has dejado sin palabras! —exclamó, aludiendo a Chris que, en aquel momento, se descolgó de las nubes y regresó a la realidad algo descolocada.

—Ahora yo también alucino bastante cada vez que lo recuerdo —admitió.

—¡Seguro que Ken alucina más! —se rio Sky.

—¡Y que lo digas! ¡Debió ser su primera vez mordiendo el polvo! —concedió Alanna.

Bella asintió enfáticamente a lo dicho por la violinista. De hecho, aún no lograba imaginarse la situación.

—Tampoco es para tanto… —terció Tom—. No creáis que siempre ha sido como es ahora. Hubo un tiempo en que era un gordito, tenía granos en la cara y no se comía un colín…  

—¿Estás hablando de cuando tenía diez años? —intervino Bella—. Porque te aseguro que mis registros son muuuuuuy antiguos, y ninguno caza con esa descripción. ¡Ya me habría gustado ver cómo eras tú a esa edad!

—¿Y cómo iba a ser? —repuso Tom, con estudiada superioridad—. Igual que ahora: un portento, por supuesto.

—A ver, a ver, a ver… No nos desviemos del tema —pidió Luca—. Le pediste el teléfono y ella te dio un dibujo. ¿Qué hiciste, entonces, Ken? 

Él se tomó su tiempo para plegar cuidadosamente la servilleta y volvió a guardarla en su cartera. Al fin, sonrió y se encogió de hombros.

—¿Qué creéis que hice? —repuso. Vio que su chica sacudía la cabeza, divertida, y volvía a sentarse en su banqueta. Pensó que le habría encantado que siguiera de pie, proporcionándole unas vistas de infarto, pero que volviera a sentarse era una indicación de que ya no estaba tan nerviosa. Ya no era la conferenciante experta con su armadura social bien dispuesta. Empezaba a sentirse cómoda entre aquel grupo de gente. Y eso le encantaba todavía más.

—Vaya pregunta, Luca. Está claro que no se hizo el harakiri. Está vivito y coleando. Y la artista que le dio calabazas… O, mejor dicho, esponjas, está aquí —dijo Sky, lanzando una mirada traviesa a Chris.

Ella bajó la cabeza en un intento de disimular que se estaba riendo. La alusión de Sky a las esponjas había traído a su mente el recuerdo de una conversación desternillante al respecto que había tenido con Ken.

Ken también se reía, solo que, en su caso, lo hacía abiertamente. No era así como había planeado que sus músicos conocieran a Chris, pero la forma en que estaba sucediendo le parecía ideal. No era, sino un reflejo de lo mágicas que habían sido desde el principio las cosas entre los dos. Deseaba que su banda, que era el equivalente a su familia en el aspecto profesional, fuera partícipe de esa magia. 

—No está tan claro, perdona —dijo Andrew—. ¿Sin un teléfono ni un nombre? ¿Estás de coña? Si Chris está aquí, seguro que no es por nada que el jefe haya hecho.

—Tenía su nombre de pila —aclaró él, desviando su mirada pícara hacia Chris antes de volver sobre Andrew—. Al fin, me lo dijo. Aunque, con lo que le había costado soltarlo, no podía estar seguro de que no se lo hubiera inventado…

Taylor lo miró con genuino interés y bastante diversión en sus ojos.

—¿Solamente un nombre de pila? 

—Solamente —aseguró Ken, poniendo en palabras lo que su bajista estaba pensando—: Como buscar una aguja en un pajar.

Taylor emitió un silbido de asombro.

—Vamos a ver —intervino JT, poniendo los ojos en blanco—, ¿en qué universo Ken Bryan le entra a una chica1 y ella le dice que no? Perdona, Chris. Por favor, no te ofendas, pero no me lo creo. No digo que mientas, ojo. Lo que digo es que no creo que fueras tan indiferente. Jugabas a hacerte la indiferente, que es muy distinto. Y te ha salido muy bien.

«Buen tanto», pensó Ken, que desvió su mirada hacia Chris, muy interesado en su reacción.

—¿Y si la chica en cuestión, a pesar de vivir en el mismo universo que él, no sabe quién es Ken Bryan? —propuso ella con su sonrisa amable.

Bella se echó a reír.

—¡Dios mío, esto mejora por momentos! —exclamó.

—No puede ser —sentenció Alanna, riéndose—. ¡Todo el mundo sabe quién es él! ¡Hasta yo lo sé, que me he pasado la vida con la nariz metida en partituras de música clásica!

«Pues yo no», pensó Chris. Y al enterarse de quién era él, sus deseos de huir se habían vuelto mucho más intensos que antes de saberlo. Se encogió de hombros y dejó que su sonrisa hablara por ella.

—No tenía la menor idea de quién era yo —dijo Ken—. Justo ese día había regresado al continente americano, después de seis años en África. —Las miradas de sus músicos, el antiguo y los nuevos, se posaron sobre Chris, con sorpresa—. Y, la verdad, cuando se lo dije, no la impresionó para nada. Ya veis, me dio esponjas… Fue muy raro —añadió, dedicándole a Chris una mirada traviesa.

—¿África? —preguntó Taylor—. ¿Vivías allí?

—Trabajo para una ONG. Vivo donde me envían a trabajar.

Bella tuvo que morderse para no meter baza. No «trabajaba para una ONG». Su humildad la honraba, pero no era alguien que, simplemente, prefería trabajar para empresas que dejaban una huella positiva en el mundo. Esa mujer era un peso pesado en el ámbito de las organizaciones humanitarias.

Taylor asintió, gratamente sorprendido. Así que era Chris la «estrella anónima» a quien Ken se había referido en aquel vídeo con su confesión pública que aún seguía en la portada de su página web. 

—¡Qué interesante se está poniendo! —exclamó Alanna, mirando a uno y a otra superexcitada—. ¿Y entonces, qué pasó?

—Que la buscó y la encontró —intervino Bella, absolutamente segura—. Se dio cuenta de que Chris es única en su especie y no paró hasta dar con ella.

—Que volvimos a encontrarnos un tiempo después —dijo Chris.

Las dos habían hablado al mismo tiempo y se miraron sorprendidas.

—¡Y esta vez ya no se resistió! —exclamó Sky—. ¡Si es que eres irresistible! Lo digo con todo el respeto, jefe —añadió al recordar el consejo de Taylor.

Ken y Chris se miraron. Los dos pensaban lo mismo, pero solo él lo puso en palabras.

—Nos encontramos de nuevo cuatro semanas después. Y siguió resistiéndose. —Solo apartó sus ojos de Chris para hacerle un guiño a Bella al decir—: Y antes de eso, la busqué y la encontré.

Los ojos de Chris brillaban en una mezcla de sorpresa e interrogación. Ken asintió con la cabeza varias veces.

—No es una broma. Hablé con una chica que se llama… —Se quedó pensando un instante y al fin chasqueó los dedos—. Trudy. No le dije quién era. No quería que siguieras tirándome esponjas a la cabeza —sonrió con picardía—. Pero estuvimos charlando un ratito… A lo mejor, se acuerda.

Chris se lo quedó mirando con una expresión de pura sorpresa en el rostro mientras su cerebro hacía las asociaciones oportunas.

El recuerdo de aquel recado telefónico que había encontrado sobre su mesa al reincorporarse al trabajo tras su estancia en Nashville regresó a su mente. No había un nombre en él, solo el comentario de la recepcionista de la oficina de OXFAM en Toronto acerca de que la voz del individuo era muy sexi.

Y fue entonces, cuando Ken vio una imagen por la que habría dado todo cuanto poseía sin pensárselo dos veces.

—¡Eras tú! —exclamó Chris, juntando las manos al tiempo que su rostro se llenaba de ilusión—. ¡Dios mío, eras tú!

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1 Entrarle a una chica: (España, coloquial): intentar iniciar una relación amorosa o sexual con ella.


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CRS-03.3. Superstar. Parte 2 Extras, 3. Capítulo 6


Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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6


La reacción de Chris al descubrir que Ken se había empleado a fondo para encontrarla había dado mucho que hablar y, por supuesto, había provocado muchas carcajadas.

Buena parte del encanto de lo que estaba sucediendo aquella mañana en la sala de conferencias de las oficinas principales de Ken Bryan en Nashville no tenía que ver, realmente, con Chris y Ken, sino con cómo los veían los demás. 

Aunque ni siquiera ellos mismos fueran conscientes de ello, Ken y Chris eran los de siempre, haciendo lo de siempre. La naturaleza de su relación y su decisión de protegerla de habladurías y rumores malintencionados los había llevado a desarrollar dos formas distintas de comunicarse: la que sucedía de puertas de casa para adentro y la que sucedía cuando estaban fuera. Sin embargo, habían sabido encontrar un punto de equilibrio entre la sobriedad necesaria para no despertar sospechas y la locura de amor que sentían el uno por el otro. El resultado de haberlo encontrado era lo que los músicos de Ken estaban presenciando y disfrutando tanto. Básicamente, porque les estaba ofreciendo una faceta totalmente desconocida de su jefe y de la «pelirroja curvy», alguien que hasta hacía tan solo una hora creían un invento más de la prensa.

—Pero… ¿cómo lo hiciste? —dijo Chris, tremendamente ilusionada por aquel inesperado descubrimiento—. ¡¿Contrataste a un detective o algo así? Es imposible que me encontraras con el único dato que te di! —Lo dijo mientras volvía a unir sus manos, risueña.

—¡Lo que es increíble es que se tomara la molestia! —terció Andrew. Al comprender que lo dicho podía tener una interpretación no deseada, se corrigió de inmediato—. ¡Perdón! Es que, a veces, mi boca se mueve más rápido que mi cerebro… Lo que quiero decir es que, con la vorágine de vida que tiene una estrella de la música, todo pasa demasiado rápido… ¡Esta gente no para cuando se baja del escenario! ¿Os imagináis la cantidad de mujeres que deben entrarle al jefe donde sea que esté? ¡Es un milagro que recordara tu nombre! ¿Que además de recordarlo, inventara tiempo para encontrarte? ¡Yo creo que se merece un premio! —le dijo a Chis, y coronó la frase haciéndole un guiño pícaro.

Ken abrió los brazos en señal de perplejidad.

—Seguro que querías echarme una mano, tío —dijo, riendo al tiempo que le dedicaba una de sus miradas cómicas—, pero ¿sabes qué? Déjalo, no me ayudes más…

Para entonces, Chris se estaba desternillando de risa y Bella se abanicaba los ojos para evitar que se le corriera el rímel.

Hasta TJ se partía de risa al decir:

—A ver, Andy, está claro que Chris debe saber muy bien en el fregado que se ha metido enrollándose con una estrella de la música, no hace falta recordárselo…

Chris hizo un gesto de dolor. No por ella, sino por TJ. El saxofonista había escogido la palabra equivocada.

Un instante después, Ken se ocupó de dejarle claro su error. Lo hizo con desenfado, pero con firmeza.

—¿Enrollándose, dices? Si mi padre estuviera aquí, te pediría que le explicaras el significado. Es de la vieja escuela, ¿sabes? Para él, lo que hay entre un hombre y una mujer se llama «relación sentimental», a secas. 

—Bueno… ¿Y si no hay sentimientos… de esa clase? —dijo Luca con picardía.

Ken se dio cuenta de que el miembro más joven de su banda siempre intentaba distender el ambiente con sus comentarios. Tom había destacado su gran juventud como algo (negativo) a tener en cuenta, ya que la vida de concierto en concierto podía ser difícil de sobrellevar si no se tenía la suficiente madurez para afrontarla. Él, en cambio, había decidido que eso no era necesariamente una desventaja. Dependía del carácter, y el de Luca le había gustado desde la primera entrevista. Ahora veía que no se había equivocado con él. 

—Eso es facilísimo… Todo lo que no encaja en esa definición, es algo de lo que no se habla. Así que no es necesario darle un nombre —repuso Ken.

—Ah, ya veo… Tu padre es como mi abuelo: ¡el honor ante todo! ¡El pobre se equivocó de época! Así está: ¡No puede ver la tele sin cabrearse!

«Eso me suena», pensó Ken al tiempo que asentía con la cabeza. 

Pero, por más esfuerzos que hiciera Luca para distender las cosas, en realidad, no había nada que distender. Solo había cosas que aclarar. Ken dirigió su mirada hacia TJ.

—Yo sí sé lo que significa esa palabra, así que voy a pedirte otra cosa: por favor, no la uses para referirte a Chris y a mí. Ni nos van los rollos, ni hemos tenido tiempo para eso… —Miró a Chris con ojos amorosos al tiempo que decía—: Por distintas razones, los dos hemos estado demasiado ocupados.

—Lo que nos lleva a la cuestión de qué sois y qué esperáis de nosotros —volvió a intervenir Taylor, dedicándole una mirada compasiva a Chris, que apretó los párpados y se echó a reír—. Ella se ha dado cuenta de adónde quiero llegar… Tú no traerías a alguien ajeno al grupo a una sesión de trabajo, a menos que tuvieras algo en mente que nos involucre a todos —le dijo a Ken—. Y tú, Chris… Apenas te conozco, pero no me das la impresión de ser alguien a quien le interese nuestro rollo —dijo, señalando a sus compañeros y a sí mismo con un movimiento circular que los abarcó a todos—. Por decirlo en plata: creo que a Chris la fama y el neón le traen sin cuidado. Sin embargo, está aquí. ¿Por qué? Lo pregunto para que todos lo tengamos claro. 

Tras lo cual, Taylor miró a Chris y a Ken, alternativamente, cediéndoles el turno de palabra.

Bella asintió con la cabeza en un gesto de aprobación. Menuda sorpresa se estaba llevando con el bajista.

—¿Siempre ha sido tan directo? —le preguntó a Ken. Lo recordaba callado y obediente. Aunque, todo había que decirlo, en aquella época no tenía un acceso directo a su ídolo como ahora, mucho menos a sus músicos. Shane siempre se las había arreglado muy bien para frustrar la mayoría de sus intentos de llegar hasta Ken y, obviamente, las veces que había conseguido tenerlo a menos de tres metros, lo último de lo que se había preocupado era de la gente que iba con él, fueran músicos, groupies o periodistas.

—Para mi desgracia, sí —bromeó él. Y añadió, con malicia—. Qué raro que tú no te percataras, Bella. No se te escapa una.

—No es raro —dijo Taylor—. Tus músicos no le interesamos. Al menos, entonces. Ahora, quizás, tengamos más suerte… —Lo dijo sin acritud, dedicándole una mirada divertida a la presidenta del club de fans.

En aquel momento, tuvieron lugar dos reacciones diferentes de las que casi nadie se percató. Sky apartó sus ojos de Taylor y los posó sobre Bella. Shane hizo lo mismo con Taylor, por una vez, dándose por enterado de lo que sucedía en la sala.

«¡Toma ya con el bajista!», pensó Bella. Taylor acababa de volver a dejar claro lo directo que era. Apreciaba esa cualidad en un hombre. Lástima que sus intereses románticos estuvieran en otra persona… Alguien que también era muy directo, aunque no en lo que a ella le gustaría que lo fuera.

—Quizás —concedió con una sonrisa deliberadamente sexi, que ni a Shane ni a Sky les agradó en absoluto.

A Taylor tampoco le hizo mucha gracia, pero, al menos, le confirmó algo sobre ella. La recordaba de quinceañera gritando y jaleando a Ken en la primera fila de muchos de sus conciertos. Era imposible no verla. Era una chica preciosa que jamás pasaba inadvertida. También la recordaba metiéndose con Shane por impedirle llegar hasta Ken, aunque Taylor siempre se había quedado con la sensación de que no solo lo hacía por eso, sino porque el guardaespaldas de su ídolo le gustaba más que él, aunque no fuera una estrella de la música. Bella seguía siendo la misma chica preciosa, extrovertida y segura de sí misma, a quien el guardaespaldas de su ídolo le seguía robando el corazón. Shane era el verdadero destinatario de aquel «quizás» con sonrisa sexi incluida de Bella, no él.

«Mala suerte, tío», pensó y sonrió antes de decir:

—Como veo que Bella aprueba que vaya al grano, le daré el gusto otra vez. Ken, Cris, antes os hice una pregunta, ¿quién de los dos va a recoger el guante?

Hubo una larga pausa durante la cual los músicos animaban a uno y a otra a que hicieran los honores, mientras los que debían recoger el guante se acariciaban con la mirada, como si se estuvieran poniendo silenciosamente de acuerdo sobre quién lo haría, sin alcanzar ninguno.

Y eso era exactamente lo que sucedía. A Chris le agradaba que Ken le hubiera permitido escoger qué decir sobre sí misma, pero ahora se trataba de hablar de una decisión relacionada de manera directa con la vida profesional de Ken. Por lo tanto, no estaba segura de ser la portavoz más adecuada.

Ken, en cambio, lo tenía clarísimo. De ahí que, nuevamente, se limitara a guardar silencio.

Al fin, Chris emitió una risita algo nerviosa.

—De acuerdo, veamos… Lo que Ken tiene en mente es consecuencia de una de nuestras conversaciones hilarantes… —Cuando lo dijo, ya se estaba riendo—. Hablábamos por teléfono. Resulta que había mucha gente en su habitación del hotel. En una de esas, suelta un suspiro y dice: «¡Se han ido todos! ¡Qué paz!». Entonces, yo le pregunto: «¿Quiénes son «todos»?». Una pregunta natural, ¿no os parece? Bueno, pues, por alguna razón, sintió la necesidad de asegurarme que era un «buen chico» y que, por «todos», se estaba refiriendo a personas del sexo masculino… Dadme un momento —pidió, tronchándose de risa.

Chris tuvo que hacer una pausa, lo que provocó aún más carcajadas en los que estaban allí, siguiendo su relato la mar de entretenidos. El alboroto invitó a Sultán a expresarse con aullidos, arrastrando con él a los dos tranquilos Terranovas, que comenzaron a emitir ladridos juguetones.

Ken sacudió la cabeza, alucinando con la facilidad que tenía su chica para encandilar a todo el mundo. 

—Y a mí que, desde el primer día me ha parecido supertierna esa faceta suya de tipo normal empeñado en derrumbar el «mito de estrella» que le persigue —continuó Chris, al cabo de unos instantes, mientras acariciaba la testa de su peludito para que se calmara—, no se me ocurrió otra cosa que burlarme…

—Descaradamente —matizó Ken, risueño—. Se despachó con un «¿quieres decir que no organizas orgías cuando dejas de estar bajo la estricta supervisión de tu padre? ¡Chico, qué desilusión!». Textuales palabras, ¿vale? 

—¡Nooooo! ¡Me muero! ¡Nooooo, por favor! —intervino Bella, sacudiendo las manos como si hubiera tocado algo caliente, riendo a todo reír—. ¡No puedo creer que te dijera eso!

—Pues, créetelo… —afirmó Ken—. El tema de conversación no me gustaba nada… Culpa mía, claro. Yo solito había metido el pie en la trampa, así que, por eso de que a grandes males, grandes soluciones, le lancé un desafío… 

—¡Y menudo desafío! —apuntó Chris.

Ken asintió enfáticamente.

—«¿Por qué no vienes conmigo y lo ves con tus propios ojos?», le dije.

—¡Acabáramos! —intervino Tom—. Ahora entiendo que estés tan pesado con cierto asunto…

Se refería a que, de un día para otro, el tema de la logística de las giras musicales de Ken —en concreto, la adquisición y adaptación de dos autobuses, uno para él y otro para sus músicos— había saltado al número uno de la lista de prioridades. Le preguntaba por él todos los malditos días.

—¿Y tú qué le respondiste, Chris? —quiso saber Alanna.

—¿Y qué le va a responder? ¡Ay, síííííí! —exclamó JT, imitando una voz femenina—. ¡Y habrá ido corriendo a hacer las maletas! 

—Qué va —repuso Ken—. Lo primero que me dijo fue «dame un momento, que recojo la mandíbula del suelo»…

Las carcajadas retumbaron en el salón, impidiendo que Ken continuara hablando. Hasta Shane se rio, pensando lo mismo que en otras ocasiones al verlos interactuar: su jefe y aquella mujer eran tal para cual. 

—Si yo soy reservado para mis asuntos personales, Chris me gana por siete cuerpos… Convengamos en que arriesgarte a sacrificar tu privacidad «por estar al lado de» no es una decisión sencilla cuando eres hermético con tu vida personal, así que… Se tomó su tiempo para aceptar mi invitación. 

—Pero la aceptó… ¿O no? —preguntó Luca, mirando a uno y a otra, alternativamente.

Ken y Chris intercambiaron miradas amorosas. Fue él quien respondió al baterista.

—Sí. Al fin, dijo que sí. Bajo determinadas condiciones y con algunas exigencias, pero sí, la aceptó… Primero, tiene que terminar la rehabilitación de su rodilla y resolver algunas cuestiones profesionales… Y después, vendrá con nosotros en alguna gira de conciertos para probar, a ver si le gusta. 

—¡Qué bien, qué bien, qué bien! —exclamó Bella, lanzándose a aplaudir más feliz que unas pascuas.

Taylor asintió satisfecho.

—Vale. Esto responde a mi segunda pregunta. Chris está aquí hoy para que la conozcamos y sepamos a qué atenernos cuando te acompañe en alguna gira. Bien hecho, tío —dijo, palmeando la rodilla de Ken. Acto seguido, dirigió su mirada hacia Chris, chispeante de picardía—. ¿Qué hay de la primera? ¿Vais a responderla? ¿O sois demasiado «herméticos» para eso?

Las carcajadas y las pullas se adueñaron de la sala de conferencias durante un rato, aderezadas con los aullidos de Sultán y los ladridos alegres de Noah y de River. Mientras tanto, los dos aludidos soportaban estoicamente el momento de burlas, conscientes de que no sería el último, ni mucho menos.

—Tampoco te pases, Taylor —intervino Bella, defendiendo esta vez no solo a su ídolo, sino también a Chris—. Ninguno necesitamos una declaración oficial. 

—Es verdad —concedió él con desparpajo—. ¿Pero a que sería la caña oírla? 

El bullicio regresó a la sala con risas y comentarios de todo tipo, la mayoría apoyando la pregunta de Taylor. 

—Piénsalo bien —continuó él, más y más animado—, llevas diez años coleccionando todo lo que sale sobre Ken. Eres una biblioteca andante, especializada en Ken Bryan. Y cada vez que le han preguntado sobre su vida privada, ha respondido «sin comentarios». ¿No te mueres por oír algo distinto? ¿Aunque sea por una vez? ¡Porque yo, sí!

—¡Tú, y todos! —exclamó Alanna, sorprendiendo a Ken—. ¡Es verdad, jefe! Puede que no hayas caído en esto, pero cada vez que dices «sin comentarios», haces que la curiosidad de todo el mundo se ponga al rojo vivo. ¡Hasta los envidiosos, que siempre te critican, se mueren por saber si hay alguien en tu vida! 

—¡Eso, jefe! —terció Sky—. A lo mejor, es hora de cambiar de estrategia… 

Ken le informó con la mirada que no tenía la menor intención de hacerlo. No era una cuestión de estrategias y la curiosidad, no era tal curiosidad; era un negocio. Un buen cotilleo vendía ejemplares. El día que la prensa se enterara de que había alguien en su vida, no cesarían las preguntas ni los cotilleos. Al contrario, irían a más. 

—No es por meter mis narices en tus asuntos —intervino Luca. Empezó muy serio, pero enseguida sonrió al darse cuenta de que meter sus narices era justamente lo que estaba haciendo—. Bueno, un poquito sí… Pero, ¿cómo vas a evitar que la prensa hable de Chris, si viene con nosotros de gira? En cuanto la vean, adiós.

Bella desvió la mirada hacia su ídolo con cara de pena. El argumento de Taylor era demasiado goloso. Tanto, que había generado un debate.

—Llevo más de diez años manteniendo mi vida privada al margen de la prensa. Tú, tranquilo, Luca, que sabré cómo evitar que hablen de Chris.

Ken hizo una pausa para decidir de qué modo saciar la curiosidad de sus músicos. Taylor, a quien ya le ajustaría las cuentas en privado, los había puesto a ambos entre la espada y la pared. Especialmente, a Chris. Para él, «hacer una declaración oficial», no suponía un problema. Llevaba semanas mordiéndose para no hablar de ella. Recientemente, en una entrevista que le habían hecho después de una actuación, había estado a punto de escapársele su nombre. Por una vez, era feliz, sentimentalmente hablando, y como todo el que estaba enamorado, deseaba compartir la noticia, no callarla. Pero él era solo una parte de la ecuación. Y no, precisamente, la parte que más arriesgaba no callando.

En aquel momento, cuando se debatía entre responder a sus músicos lo que estos deseaban oír o ingeniárselas para no tener que hacerlo, oyó la voz de Chris, que decía:

—Antes o después, se sabrá. Es inevitable. Pero manejándonos con cuidado y contando con la ayuda de quienes nos aprecian, como vosotros, pretendemos retrasar ese momento, cuanto más, mejor. Bueno… En realidad, soy yo la que lo pretende. Porque soy yo la que necesita tiempo para asumir todo lo que va a implicar dejar de ser Chris Thompson, a secas, y prepararme para ello. Ken, que es el tipo más especial sobre la faz de la Tierra, entiende lo que todo esto supone para mí, y lo ha dejado en mis manos. Así que lo que me gustaría de verdad, es controlar ese momento. Poder decidir cuándo y cómo la noticia llega a los medios de comunicación.  

Todas las miradas estaban sobre Chris. En especial, la de Ken, que la escuchaba completamente extasiado.

—Pero aquí y ahora no hay paparazzi. Hay personas en quienes confiamos, que quieren saber sobre nosotros, y voy a hacer los honores… 

Chris permaneció pensativa unos instantes. Nunca hasta ahora había tenido que plantearse cómo describir lo que tenía con Ken a un público que no los conocía, que, a nivel personal, lo ignoraba todo sobre ellos. La relación que mantenían era muy especial. Todo lo que la rodeaba, desde los mismos inicios, respondía a esa descripción. No era fácil conseguir comunicarlo con palabras llanas.

—En este mundo caótico —empezó diciendo—, en el que apenas hay tiempo para nada, el universo se las ha arreglado para ponernos a Ken y a mí en un mismo momento y en un mismo lugar… No nos conocíamos y nuestras vidas transitan caminos tan distintos que, realmente, las posibilidades de coincidir en el tiempo y en el espacio, estadísticamente, eran nulas. Pero coincidimos. Dos veces, a falta de una. Y, a pesar de no conocernos de nada, nos reconocimos. Él lo tuvo claro al instante. A mí me costó más admitirlo… Me daba mucho miedo. No sé si esto tiene algún sentido para vosotros… Sé que suena raro eso de reconocer a alguien que no has visto jamás, pero es cierto… Llevábamos toda la vida buscándonos en otra gente, en otras miradas, en otras sonrisas… Esperándonos, sin ninguna certeza y, en mi caso, sin ninguna esperanza, de que ese día, el de vernos reflejados en los ojos del otro, llegaría. Pero llegó. Al fin, nos hemos encontrado. Y ahora, estamos descubriendo con mucha ilusión y mucha expectativa cómo es la vida cuando la recorres de la mano de alguien que estaba destinado a ti y a quien tú estabas destinada. Así que, respondiendo a tu pregunta, esto es lo que somos, Taylor. 

El silencio cómplice y emotivo que había reinado en la sala mientras Chris hablaba continuó cuando ella acabó.

Nadie sabía qué decir. No habían esperado una explicación tan profunda y emocional. Buscando pinchar a Ken y su famosa reserva, habían descubierto que lo que había entre él y la mujer sobre la que se habían escrito ríos de tinta era único. Algo con lo que, lo admitieran o no, todos soñaban tener algún día. 

Ken había pasado del éxtasis a la emoción. Había tanta poesía en las palabras de Chris… Y tanta verdad.

Ese era su viaje. 

Esa era su vida.

Sus miradas se encontraron intensas, cargadas de amor y de ilusión. Al fin, Ken se levantó de su asiento y, sorteando patas y colas perrunas, fue hacia ella. 

«A la mierda, las formas», pensó.

Chris lo siguió con los ojos brillantes y una suave sonrisa en los labios. 

Al llegar frente a ella, Ken la ayudó a ponerse de pie. 

—Voy a besarte —le dijo, acariciando suavemente su barbilla—. ¿Alguna objeción?

Chris se rio bajito. Asomó la cabeza por el costado de Ken y vio que en la sala no volaba una mosca. Todos estaban pendientes de ellos. Y así sería siempre que estuvieran juntos.

—No. Ninguna —repuso.

Y entonces, sucedió: la imagen exclusiva por la que cualquier revista del corazón habría pagado una fortuna tuvo lugar aquella mañana, en vivo y en directo, frente a un grupo selecto de personas que la contempló con una profunda sensación de maravilla.


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©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
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