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IKE & ERIN


Ike y Erin. Serie Moteros

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CR07. Una excusa para besarte 


CR07. «Una excusa para besarte», de Patricia Sutherland. Un relato sobre Ike & Erin, basado en Los moteros del MidWay, 5. Noticias inesperadas. Menorca.

Sábado, 25 de diciembre de 2010.

Casa de Dylan y Andy.

Cala Morell, Menorca.


- I -


Erin entró a prisa al baño y se apoyó contra la puerta cerrada al tiempo que exhalaba un suspiro. Sentía el corazón latiendo a dos mil pulsaciones por hora y un nivel de euforia que hacía totalmente imposible que dejara de sonreír.

«¡Diossss, qué beso!», pensó. Era el mismo pensamiento que la había acompañado en su carrera al baño, después de que unas voces que parecían acercarse, hubieran puesto fin al momento dulce de forma precipitada y cada uno hubiera tomado rumbos diferentes.

Le parecía increíble que, al fin, hubiera sucedido.

Y mágico.

Ahora que había probado la alucinante experiencia de sentir los labios de aquel hombre sobre los suyos, sabía que estaría contando los minutos hasta que volviera a suceder…

Había habido otros besos, otros encuentros. Ninguno que mereciera la pena recordar. Ninguno había significado nada. Este sí. Ike le importaba y habían pasado años desde la última vez que la había besado alguien que realmente le importaba.

Erin exhaló el suspiro número cien desde que había abandonado la sala de juegos de Luz. Al fin, se separó de la puerta y se situó frente al espejo.

Tal como esperaba tenía cara de adolescente a la que acaban de dar el primer beso con lengua. No pudo evitar emitir una risita cómica. No había sido el primero, desde luego, pero se sentía como si lo fuera, y aquellos machones de colorete y lápiz labial, cortesía de Alba Estellés, lo hacían todo mucho más evidente. 

Enfrascada en sus pensamientos, Erin husmeó en uno de los armarios y cogió un paquete de toallitas desmaquillantes con las que consiguió devolver a su rostro su aspecto normal.

Sin embargo, nada pudo hacer con su sonrisa ni con sus ojos, que parecían emitir fulgurantes haces de luz. 

Permanecieron allí, inamovibles, como prueba irrefutable del gran momento que estaba viviendo. 


* * *


Después de una visita al baño de invitados para retirar de su cara la obra de arte que la hija de Pau había creado a base de sombra para ojos, pintalabios y colorete, Ike se había dirigido al salón. Todavía sentía un revuelo de mariposas —o lo que fueran— en el estómago y el corazón bailando un twist. Pero lo más notable era la sensación de ser todopoderoso que lo envolvía. Erin le había entrado por los ojos desde el primer momento. A medida que había transcurrido el tiempo, su interés por ella no había dejado de crecer y, desde hacía dos meses, rayaba la locura. Le seguía pareciendo la mujer más hermosa que había visto jamás, pero ahora era tantas cosas má… Cosas importantes, fundamentales. Erin significaba mucho para él. El momento que acababan de compartir le había confirmado que, esta vez, no se había equivocado de persona. El interés que se profesaban era grande y, por una vez, mutuo. Y lo que, al fin, se abría ante sus ojos prometía ser el fin de muchos años de soledad.

Un instante antes de abrir la puerta que comunicaba con el salón, Ike se detuvo. La sonrisa que lo había acompañado todo el camino se hizo más grande al tomar consciencia de qué diferente se sentía. No era el mismo hombre que había llegado aquella misma mañana a la isla, lleno de expectativas y de emoción porque la mujer que había atrapado su interés durante los últimos seis meses, lo había invitado a pasar la Navidad con su familia. Este hombre de ahora era alguien muy distinto. 

Y, tan seguro como de que se llamaba Ike Adams, todos se darían cuenta.


* * *


Ike no se equivocaba, pero su certeza demoró aún unas cuantas horas en materializarse ya que otra noticia mucho más importante y tan inesperada como la primera, fue la encargada de monopolizar la atención y la alegría de todos los presentes; el anuncio de que Andy estaba esperando un hijo.

Luz había caído finalmente rendida en su manta de elefantes y jirafas, rodeada de sus peluches, y Danny la había trasladado a su habitación donde un poco más tarde, Dylan lo había encontrado tan dormido como a la pequeña, en el sillón que había cerca de su cuna. Ya era muy tarde y la mayoría de los invitados se habían marchado, cuando Brennan propuso que los Mitchell hicieran lo mismo.

Andy, a quien las emociones del día la habían dejado exhausta y llevaba la mitad de la noche usando a su marido a modo de cojín, volvió a la vida de repente.

—¡Noooo, por favor! —suplicó—. No os vayáis todavía. Quedaos un ratito más… Me sabe muy mal que hayáis venido a pasar la Navidad con nosotros y hayáis acabado mal atendidos y cenando pizza a las tantas… Por favor, por favor… Quedaos.

Brennan miró a su hijo en busca de instrucciones y él soltó una risotada feliz.

—No sé si eso de los antojos será cierto, pero por las dudas… ¡A ver si el crío nos sale con cara de pizza!

—Ja. Ja. Ja… Podría ser una niña, ¿sabes, calvorotas?

—¡Por mí, perfecto! —exclamó, eléctrico—. Ya sabes que las chicas se me dan de miedo, así que…

Erin no pudo evitar decir en alto lo que todos pensaban:

—Chico, estás irreconocible… No conocíamos esta faceta tuya tan dicharachera… Me gusta este Dylan. Me gusta mucho.

En medio del gran cansancio que sentía, Andy pensó que a ella también le gustaba que sus cuñadas tuvieran la ocasión de conocer esa nueva faceta de Dylan. La imagen que guardaban de él era tan diferente de lo que Dylan era en realidad. Tiró de su barbilla suavemente para que él agachara la cabeza y lo besó en los labios.

—A mí también me encanta —concedió—. Pero esto no ninguna novedad porque a mí me chiflan todas sus facetas. Vuestro hermano es un tipo genial.

—Lo es —repuso él, como si no estuviera hablando de sí mismo, haciendo reír a todos.

—Oye —intervino Maverick, al cabo de un rato—, estaba pensando que después de la quedada en honor a Romy va a haber que organizar otra quedada para el nuevo bebé Mitchell, ¿no?

El irlandés volvió a dejar claro cuánto significaba Luz en su vida.

—Los bebés Mitchell, querrás decir. Porque son dos.

—Vaaale, perdona, era una forma de hablar… —Le hizo un guiño a Shea antes de decirle a Ike—: ¿Qué, presidente, te ves capaz de organizar otra quedada?

La risa de Ike precedió una respuesta muy propia de él; cuando se trataba del MidWay, sus socios principales o sus clientes moteros, prefería no dar nada por sentado.

—Habrá que ver si sobrevivo a la primera, tío. Todavía no tengo nada claro que Dakota no acabe intentando asesinarme.

Erin, sentada a su lado en el sofá, le quitó importancia al tema.

—¡Qué dices! Será una quedada fabulosa y todos lo vamos a pasar genial. A Dakota no le quedará más remedio que darte las gracias y felicitarte, ya lo verás.

La espontaneidad de Ike había sorprendido a Brennan una vez más. La gente solía ser más contenida cuando estaba en su presencia, mucho más si se trataba de los amigos de sus hijas y era evidente que aquel amigo en particular, sabía que él lo estaba observando, pero eso no parecía cohibirlo. Sin embargo, lo que más le había sorprendido en esta ocasión había sido la respuesta de Erin. Sus palabras destilaban felicidad y hablaban de cosas tan opuestas a la Erin que conocía, como la noche lo era del día.

—¿«Vamos»? ¿Vas a asistir a una quedada motera o comoquiera que se llame? Dios mío, ¿qué le ha pasado a mi seria y formal hija mayor?

A pesar de que aquel día en particular su padre se había mostrado bastante recatado, estaba claro que Brennan Mitchell seguía siendo Brennan Mitchell. Seguramente, el motivo de tanto recato no tenía que ver con que se hubiera vuelto un hombre razonable, sino con estar en casa ajena en un momento en el que la dueña de casa, alguien a quien admiraba y quería, había recibido noticias de lo más inesperadas. Fuera como fuera, Erin se sentía demasiado feliz para dejarse influir por su opinión.

—Se llama quedada motera. Y sí, ¿por qué no voy a ir? Una moto es un medio de transporte como cualquier otro. Y cuando se reúne a un grupo de personas que conducen motos y se organizan actividades en común, lo que tienes es una quedada motera. No es nada extraño, papá. Va perfectamente acorde con tu seria y formal hija mayor.

Anna había sido una de las primeras en percatarse del talante especialmente alegre con que Erin y Ike habían regresado al salón. De haber tenido alguna duda, la mirada cargada de dulzura que él le dedicó en aquel momento, se habría ocupado de borrarla del mapa. Dudaba que su consuegro tuviera alguna objeción que hacer al candidato a novio de su hija mayor, pero, un poquito de ayuda no les vendría mal.

—¡Por supuesto que sí, Brennan! ¿Quién puede resistirse a un plan tan agradable en tan buena compañía? ¡Ni yo! —Anna miró a Jaume—: ¿Podríamos ir también, no? Es en Semana Santa.

—Sí, sí, claro… —respondió algo extrañado de que ella se encontrara tan bien como para proponer un viaje. Su mirada se cruzó con la de Andy y comprobó que lucía tan extrañada como la suya.

Jaume se extrañó aún más cuando Anna volvió a hablar.

—¿Te apuntas, Brennan? Según tengo entendido, habrá autocaravanas para los que somos muy mayores para ir en moto.

Desde su sillón orejero al que Andy había añadido un reposapiés para que pudiera descansar la pierna afectada, el padre de Erin miró a su hija y a continuación a su acompañante. 

Ike se había mostrado en todo momento atento y servicial. Con todo el mundo, no sólo con Erin. Por las circunstancias, no había podido dedicarle toda la atención que habría deseado, pero estaba conforme con lo visto hasta ahora. Además, el solo hecho de que estuviera en aquella casa en calidad de invitado de su hija mayor, decía bastante de él. 

Bastante, pero no suficiente.

—Creo que tienes razón, Anna —concedió—. Será muy interesante ver esa reunión de moteros con mis propios ojos.

Aquella mirada de padre que sabe lo que se está cociendo en la vida de su hija consiguió que el rostro de Erin adquiriera un ligero tono rosado que, sumado al brillo de sus ojos, expresó a las mil maravillas su nivel de incomodidad. Algo que ella intentó disimular concediendo a lo dicho por su padre, con una mueca indiferente. 

Ike sintió que, de buena gana, estrujaría a Erin entre sus brazos. Desde que la había besado, se moría por repetir y casi cada gesto suyo y cada sonrojo eran como una tentadora invitación para él. Consciente de que en aquel momento no podía dar rienda suelta a sus deseos, tuvo que conformarse con rozarle ligeramente la mano. 

Un gesto inofensivo y hasta inocente, cuyos efectos regresaron a él como un boomerang, provocando la consabida revolución de mariposas que, esta vez, se alzaron con la victoria, convirtiéndolo en ochenta y cinco kilos de pura gelatina.


* * *


—Tengo curiosidad… ¿Por qué ese Dakota quiere asesinarte? —quiso saber Brennan.

Erin exhaló un suspiro nervioso. Su querido padre no había podido elegir un tema mejor.

La pregunta iba dirigida a Ike, pero fue Maverick quien respondió. 

—Porque es Dakota. Es mi socio y me apoyó desde el principio en todo, pero cuando se le mete algo entre ceja y ceja se pone muy burro.

Brennan vio que Shea concedía a lo dicho por su pareja asintiendo con énfasis. Al mirar a Erin lo que vio fue que sus ojos, ajenos a cuanto la rodeaban, permanecían sobre a Ike con cierta… ¿culpabilidad? Ahora estaba mucho más interesado que antes en conocer la respuesta.

—Maverick tiene razón. Dakota es un tipo bastante peculiar —concedió Ike. No deseaba ahondar en el asunto principalmente por Erin. También porque hablar mal de Dakota sin que él estuviera presente no le gustaba..

—Bueno, alguna razón tendría, ¿no? —insistió Brennan.

—¿Y qué más da, papá? —intervino Shea. 

Erin bajó la vista, cada vez más rabiosa con su padre y más incómoda por la situación. Era un tema del que había evitado hablar con Ike y no le agradaba que estuviera sobre la mesa ahora. Sabía positivamente que su padre objetaría.

—¿Cómo qué más da? Ike está aquí por invitación de tu hermana, claro que importa. Espero que no te ofendas, Ike, pero, en mi opinión, quien se enfada siempre tiene una razón para hacerlo, sea una razón equivocada o no —dijo Brennan.

Algo en la mirada de aquel hombre, consiguió que Ike dudara acerca de sus verdaderas intenciones. No creía que le pareciera algo tan relevante y, de parecérselo, no elegiría un momento como aquel para aclararlo. Lo haría de forma privada. Fueran cuáles fueran sus auténticas intenciones, Ike optó por la sinceridad.

—Tiene que ver con algo que sucedió el día de su boda. En realidad, empezó antes de eso. Por alguna razón, nunca le he caído bien. Pero cuando se enteró de que yo estaba viendo a una chica con la que él había tenido algo en el pasado, acabó de crucificarme. Yo no estaba al tanto, así que la llevé de acompañante a la boda. Y… 

Dylan que había permanecido atento a la cuestión, decidió que había llegado el momento de meter baza.

—De eso, nada, tío. Sabías muy bien que Dakota no quería ver a Chelsea en el bar, mucho menos en su boda.

Ike casi se había olvidado de que allí había otro motero para quien tampoco era santo de su devoción, pero no se acobardó. 

—Eso lo sabes tú porque a ti te habla, a mí no. Si vamos al caso, tampoco quiere verme en el bar. Sé muy bien que solo me tolera porque me dejo un buen dinero allí todos los meses. Pero resulta que recibí una invitación para asistir a su boda. Así que, ¿en qué quedamos?

Dylan no tenía la menor idea de cómo se las arreglaba aquel tipo para seguir cayéndole gordísimo a pesar de su alegría y de haberse bebido media bodega, pero ahí estaba; cayéndole gordísimo. 

—¿Y crees que te la envió él? No eres tan imbécil para no haberte dado cuenta de que la invitación fue de Tess. No me cabrees con tus memeces, tío, que hoy estoy muy feliz para… —El irlandés dejó la frase inacabada cuando un pellizco en la cintura le hizo ver las estrellas.

¡Sopla!, pensó Brennan. Lo último que había esperado con su pregunta era descubrir que aquel hombre elegante y educado tampoco tenía el beneplácito de su hijo. Le resultó de lo más interesante. Se fijó en su hija mayor y notó que la mirada que le dedicaba a su hermano era similar a las que precedían una batalla campal cuando ambos eran adolescentes. Otro descubrimiento de lo más interesante. ¿Erin se proponía tomar partido? No se lo perdería por nada del mundo.

Más que tomar partido, lo que Erin buscaba era que su querido hermano cerrara su bocaza. Era el tipo más hermético que había conocido en su vida y hoy, por lo visto, no callaba ni bajo el agua.

—Lo que yo creo es que no es asunto nuestro lo que sucediera en esa boda, Dylan. Fue hace tiempo y la mayoría de nosotros no estábamos allí, incluida tu mujer, según creo. Me parece descortés por tu parte insistir en este tema.

Dylan sonrió con guasa. Toma ya. Y a mí me parece que la pequeña Erin se ha cabreado. Y luego, esperarás que me crea eso de que entre tú y Hannibal no hay nada…

—«Perdona, guapa», no he sido yo quien sacó este tema —repuso, parte en español y parte en inglés. Había imitado hasta el tono un tanto chulesco que le había oído usar a Andy cuando ella hablaba en la lengua materna. 

Y a continuación, apuntó con su dedo a Brennan.

A Ike también le había molestado que Dylan fuera tan incisivo y, a pesar de que la inesperada intervención en su favor de Erin había equilibrado la balanza, tenía gran interés en dejar el asunto bien zanjado. Estaba bastante harto de que todos en el bar estuvieran siempre tan dispuestos a justificar a Dakota y a apalearlo a él. Ambos habían cometido errores, pero en la cuenta de los moteros, solo contaban los suyos. Aquella era una ocasión perfecta para dejar claro su punto de vista.

—No pasa nada, Erin. —Un nuevo roce de sus manos. Una nueva revolución de mariposas—. Iba a decirlo de todos modos porque tu padre lo ha preguntado… —Su mirada cambió de foco. Miró a Brennan Mitchell—.  Las cosas se descontrolaron cuando mi acompañante se puso a hablar con la novia. Por lo visto, esa había su intención desde el principio y yo no lo sabía… Sin entrar en detalles, digamos que Tess se enteró de cosas que una novia no espera saber del novio el día de su boda… Dakota montó en cólera. Yo, que no estaba en mi mejor momento, me sentí obligado a intervenir y la cosa acabó muy mal. —Ike se encogió de hombros y no apartó la mirada del padre de Erin al admitir—: Fue mi culpa. No debí beber ni debí llevarla de acompañante. La cuestión es que me he disculpado muchas veces desde entonces. Tess las aceptó. Dakota, no. Y como no quiere verme ni en pinturas, está poniendo muchas trabas a la organización de la quedada. Se niega a que sea yo quien la organice. Pero es que no hay otro que quiera hacerlo… Todos quieren participar, claro, pero ocuparse de organizarla, no… Así que, respondiendo a su pregunta, esta es la razón oficial de su enfado. Aunque, como digo, nunca fui santo de su devoción y no sé el porqué.

Como padre, Brennan no podía evitar ponerse en los zapatos del padre de la novia y, desde esa perspectiva, lo sucedido le parecía muy bochornoso. Por otra parte, apreciaba la sinceridad en la gente y, como católico, creía firmemente en el poder del perdón y en que no debía negársele a quien lo pedía con arrepentimiento e intención de reparar el daño causado. 

—¿Se ha negado a aceptar tus disculpas?

—No solo eso. La verdad es que me combate todo lo que puede. Conor, el que tiene rastas multicolores en el pelo, no sé si lo recuerda de la boda de su hijo —Brennan asintió. Como para no recordarlo; su peinado era de los que no se olvidaban jamás. Ike continuó—: Él era el presidente del club, pero se casó hace unos meses y cuando se trasladó a vivir a Suiza, ya no podía ocuparse de llevar los asuntos del club. El cargo quedó vacante y yo me ofrecí a ocuparlo. Fui el único que se ofreció. Dakota no quiso ni oír hablar de que yo fuera el presidente. Me ignora hasta el punto de que todo lo que tiene que ver con la quedada en honor a su hija sigue intentando gestionarlo a través de Conor, y no de mí. Así están las cosas.

Brennan asintió, complacido. La jugada le había salido mucho mejor de lo esperado. Ahora no solo tenía más claro el interés de Erin por aquel hombre con el que inesperadamente se había presentado a la cena familiar; sin proponérselo, también había logrado información clave sobre el hombre cuestión. Había aprendido más cosas acerca de Ike Adams en los últimos diez minutos, que en las horas que llevaba observándolo.

—Está claro que ese Dakota es un sujeto bastante peculiar —concedió—. Cuando la gente es así, lo mejor es ignorarla.

—Eso hago. Pero, la verdad, es bastante frustrante… 

«E injusto», pensó Erin. Tan injusto como que su querido padre tuviera que elegir precisamente aquel momento para sacar a relucir el tema.

—¿Te has quedado a gusto, padre? —le preguntó, dedicándole una mirada muy parecida a la que antes le había dedicado a su hermano.

Brennan sonrió por primera vez desde que habían empezado a hablar sobre la boda de Dakota. Y fue justamente aquella sonrisa, entre pícara y divertida, proveniente de un hombre que habitualmente se mostraba tan serio, lo que confirmó a Ike que sus sospechas eran ciertas. La pregunta había estado dirigida a él, pero los motivos no eran los que Erin suponía.

—Muy a gusto, gracias.

La malicia que había teñido su voz, hizo que Erin se quedara mirando a Brennan con desconfianza mientras analizaba lo sucedido. ¿Era posible que padre e hijo le hubieran estado tomando el pelo descaradamente? De Dylan, no le extrañaba; era un bufón. De su padre, sí, y mucho. 

Por lo visto, la noticia del embarazo de Andy estaba haciendo estragos en los hombres Mitchell.

Erin sacudió la cabeza.

—Eres increíble, papá. Los dos sois increíbles —espetó, señalándolos a ambos con un dedo, igual que antes había hecho Dylan.

Para entonces, las risas se habían adueñado del salón y continuaron haciéndolo durante un buen rato.


- II -


—Bueno, voy a preparar café, ¿alguien se apunta? 

En realidad, lo que Erin deseaba era quitarse de en medio cuanto antes. Si ya le sorprendía el hecho de que su padre estuviera tan jocoso, no haberse dado cuenta de sus intenciones a la primera, la sorprendía aún más. Se sentía bastante avergonzada de haber caído como un chorlito.

Vio que todos levantaban la mano, y enseguida cayó en la cuenta de que ocuparse del café tenía más ventajas aparte de poder desaparecer durante un rato; quedarse a solas con Ike. Al fin.

Ni corta ni perezosa decidió aprovechar a fondo esa ventaja.

—Necesitaré un par de manos, ¿vienes, Ike?

Al «no-motero» de los MidWay Riders le faltó tiempo para saltar del asiento, todo comedido.

—Claro, nos vendrá bien un café.

Maverick vio en aquel ofrecimiento la oportunidad de desquitarse. Se puso de pie y fue tras su cuñada al tiempo que decía:

—Eh, ¿qué pasa, Erin? ¿Tienes miedo de perderte? Deja, deja, Ike, que esto es lo mío…

Para entonces las bromas ya habían empezado a oírse en el salón y fue Dylan quien le puso el broche cómico al momento.

—Tranquilos, colegas, voy yo. Perdona, preciosa, pero esto es importante —le dijo a Andy en el momento en el que dejó de ser su cojín para ponerse de pie. 

Acto seguido tomó a su hermana del brazo y ambos pusieron rumbo a la cocina, acompañados por un coro de carcajadas.


* * *


Dylan apenas esperó a cerrar la puerta para empezar a interrogar a Erin.

—Os veo como intimísimos hoy, ¿no? No es que quiera meterme en tus asuntos, pero ¿qué es lo que se está cociendo entre vosotros?

Erin se había puesto a disponer las cosas para el café sin hacer comentarios. Sabía que la razón de que su hermano se hubiera apuntado al bombardeo era intentar sonsacarle. Estar de espaldas a él tenía la ventaja de que no necesitaba esforzarse por disimular la enorme sonrisa que se le estaba tragando la cara.

—¿Por qué lo dices? Ya sabías desde esta mañana que Ike estaría aquí hoy.

—Ya. Pero recuerdo perfectamente que en septiembre, en ese bodorrio lujoso al que asistimos, ¿recuerdas?, tú y yo estuvimos conversando y me aseguraste que te daba igual lo que pensáramos Shea y yo. —Dylan no sólo estaba imitando la voz de su hermana, sino también exagerando, a base de gesticular con los brazos y hacer muecas, el tono despreocupado con el que Erin había intentado venderle la idea—. Dijiste, textualmente, «yo no me lanzo a la aventura sin más. Ike vive en Londres y yo en Dublín y mientras esas circunstancias no cambien, seguiré tomándome las cosas con muuucha calma. En lo que a mí respecta, somos amigos y nada más».

Erin festejó aquella imitación tan lograda con una carcajada.

—¿Estás borracho?

—«Un poquito piripi, tirando a muchito», como dice mi mujer… —Y al ver la cara de no entender de Erin, lo aclaró, esta vez, en inglés—: Vaaale… ¡Voy a ser padre y me he pasado la noche brindando…! Así que sí, estoy un pelín borracho, pero recuerdo perfectamente lo que me dijiste en la boda de Evel porque ese día no estaba borracho, así que desembucha…

Lo había dicho. Era cierto. Y, a pesar de que tan solo habían pasado dos meses desde entonces, sus sensaciones eran muy diferentes. Nunca se había planteado mantener una relación sentimental a la distancia. Si ya resultaba difícil sacar adelante una relación cuando los miembros de la pareja residían en la misma localidad, no quería ni imaginarse lo difícil que resultaría viviendo en países diferentes. Pero las cosas habían cambiado y mucho entre Ike y ella. El tiempo que habían pasado juntos, aunque escaso, había sido muy intenso. Ya no quería prescindir de su compañía. 

—No sucede nada. Seguimos siendo los mismos, haciendo lo mismo. O sea, lo pasamos bien juntos y procuramos vernos cada vez que podemos. Somos muy buenos amigos.

Aunque no le hubiera crecido la nariz como a Pinocho, tampoco había muchas posibilidades de que Dylan se creyera la enorme mentira que acababa de soltarle a modo de explicación. Principalmente, porque desde que Ike y ella se habían besado, era incapaz de dejar de sonreír, lo cual se hacía evidente en su voz aunque nadie pudiera verle la cara. Tan sólo eso ese detalle bastaba para que todos sospecharan que ya no eran «sólo amigos». 

Dicho lo cual, tampoco era cuestión de ponerles las cosas tan fáciles, ¿verdad? 

Verdad.

Tal como Erin esperaba, su explicación no coló.

—¡Eso no te lo crees ni tú! —espetó él, carcajeándose—. ¿Vas a decírmelo voluntariamente o voy a tener que torturarte?

Cuando acabó de decirlo, Dylan ya estaba junto a ella y la había tomado por el codo, obligándola a mirarlo.

—¿Sabes una cosa, hermanito? Podría haber algo más. —Vio que una sonrisa diabólica iluminaba el rostro de Dylan—. Pero si cada vez que me voy a tirar un lance, sale algún listillo y me fastidia el plan, mi respuesta seguirá siendo «no hay nada» por los siglos de los siglos. ¿Te enteras?

—¡Ya me parecía a mí que te traías algo entre manos con ese capullo…! Tanto servirle Coca-cola, tanto ofrecerle trocitos de pizza, como si él no tuviera dos manos para servirse por sí mismo…

—¿Qué, estás celoso?

—¿Yo? Qué dices. Ya tengo quién me mime… —

Y con esas, Dylan enfiló hacia la puerta, moviendo la cabeza a un lado y otro como si estuviera siguiendo el ritmo de una canción imaginaria.

—¡Eh, ¿dónde vas?! ¡Te ofreciste a ayudarme con el café!

Dylan no se detuvo. 

—Ja, ja, ja… ¿Ayudarte con el café con el pedo que tengo? ¡Qué cosas dices! 


* * *


Un rato más tarde, la puerta de la cocina volvió a abrirse…

Erin se sorprendió al ver que se trataba de Ike. ¿Los graciosillos del salón les dejarían, al fin, tener la fiesta en paz? Increíble.

—Eh, hola, forastero…

Ike cerró la puerta y se acercó hasta donde estaba ella. Erin estaba enjuagando un nuevo set de tazas y platillos en la pileta. Él tomo un paño de cocina y empezó a secarlas.

Intercambiaron sonrisas mientras Ike decidía cómo abordar la cuestión. Por más risueña que hubiera acabado la conversación en el salón, no modificaba el hecho de que él se había visto obligado a explicar delante de Erin parte de las razones que alimentaban el rencor de Dakota. Y no podía culpar a nadie, ya que había sido su propio comentario lo que había puesto el maldito asunto sobre la mesa. 

Nunca lo habían hablado. Erin no se lo había preguntado abiertamente y él nunca parecía encontrar el momento idóneo para hablar de algo que aún hoy le seguía provocando una intensa vergüenza. 

Pero no podía dejar las cosas así…

—Lamento el mal rato. Estoy tan acostumbrado a que el rencor de Dakota sea vox populi, que no caí en la cuenta de que tu padre no podía saberlo y que, lógicamente, le interesaría conocer los detalles.

Se mordió la lengua para no decir más. Necesitaba saber que sentía Erin al respecto. Darle espacio para que se expresara.

Ella lo miró brevemente.

—No lo lamentes. Si hay algo que lamentar es el peculiar sentido del humor de que han hecho gala mi padre y mi hermano. Discúlpalos, es la alegría por el embarazo de Andy lo que los ha puesto tan jocosos…

Ike continuó mirándola mientras ella enjuagaba la última taza con la vista fija en lo que hacía. Su tono había sido dulce. Estaba bastante seguro de eso. Pero el contacto de sus miradas había sido tan fugaz que no podido hacerse una composición de lugar. ¿Estaba molesta? ¿O simplemente era su forma de decirle que no deseaba ahondar en el asunto?

—Esa chica —continuó Ike—, mi acompañante de esa noche, a Dakota le importaba un pimiento. No tuvo nada con ella. Todo el mundo sabe que antes de Tess, él no tenía más que sexo oportunista. Es cierto que Chelsea se pasó mucho con Tess. Y también es cierto que esa noche yo bebí de más… No debió suceder. Pero ni Dakota estaba sobrio aquel día y, en todo caso, si Tess acabó aceptando mis disculpas, ¿no debería ser ya un asunto resuelto? Que no lo sea me ha hecho pensar que las verdaderas razones son otras y que él sigue usando lo que sucedió ese día como una excusa a la que agarrarse.

Ike hizo una pausa. Notó que ella había dejado su tarea y ahora lo miraba directamente. Era su misma expresión interesada y amable de siempre. Eso consiguió relajarlo.

—Quizás sea envidia, que no me importe ser diferente a él y a sus colegas, y que nunca me haya dado por aludido ante sus desprecios. Me gusta ese bar y, desde que está Maverick, el ambiente ha cambiado. No voy a dejar de ir porque uno de sus dueños tenga un problema conmigo… O quizás la razón de que su rencor siga allí sea el hecho de no haber reaccionado a sus bravuconadas de la manera que él esperaba que lo hiciera… Dakota está acostumbrado a que todo el mundo se corte y recule, y yo no lo hago. No lo sé… —Exhaló un suspiro y la miró suavemente—. Dime la verdad, ¿te molestó saber lo estúpido que fui ese día?

Estaban cerca, muy cerca. Ya no podían evitarlo. La atracción que había estado allí desde el primer momento, con el tiempo se había ido convirtiendo en un campo de fuerza del que ninguno de los dos deseaba liberarse. Tan cerca, que ni siquiera se habían dado cuenta de que hablaban en susurros.

—¿Puedo contarte un secreto?

Él asintió con un gesto sin apartar los ojos de ella.

—Ya lo sabía. Me enteré de casualidad hace un tiempo. —Al advertir su sorpresa, Erin esbozó una sonrisa algo culpable—. Supongo que algún día te lo habría preguntado… Ya sabes, por conocer tu versión de los hechos, pero… Lo pasamos tan bien cuando estamos juntos y siempre hay tantas cosas de las que hablar… Para mí no fue nada nuevo, así que, quédate tranquilo…

Ike asintió con la cabeza, pensativo.

—¿Y qué piensas?

—¿Sobre qué? —le preguntó con picardía.

—De todo. Pero, especialmente, de que hubiera una mujer por medio en todo este asunto.

—Me parece una historia de lo más normal. La gente bebe en las bodas. Todos lo hacemos. Y sobre la mujer… 

Erin hizo una pausa. Sonrió cuando el pensamiento apareció en su mente. Se secó las manos y a continuación se apoyó contra el borde del fregadero, junto a él. Estaban lo bastante cerca como para rozarse.

—¿Sabes lo que pensé cuando mi hermana me dijo que estabas solo?

Él permaneció en silencio. Sus ojos, devorándola. Su sonrisa, calentándole el alma.

—Pensé ¿qué narices les pasa a las mujeres? Me parecía imposible que un tipo como tú pudiera estar solo. Y hoy pienso que, aparte de lo buenísimo que estás —vio que Ike se reía bajito—, eres de la clase de hombre que no se merece estar solo. Lamento que esa tipa te haya utilizado, Ike. —Su mirada sincera se transformó en una mirada traviesa en cuestión de segundos—. Pero, egoístamente hablando, me alegro un montón de que la hayas dejado porque así estás vacante… Yo también pienso utilizarte, ¿sabes? Para otras cosas…

Como solía sucederles, se habían vuelto a acercar sin siquiera darse cuenta. El tono cómplice ya había hecho acto de presencia.

—¿En serio?… Qué morbo me da saber que vas a utilizarme…

—Y espero que tú también me utilices a mí. Mientras sea para cosas agradables…

—Dios… Qué tentación más grande.

Estaban a la distancia de un beso, de un esperado y muy deseado segundo beso, cuando la puerta volvió a abrirse. Ike y Erin se apartaron de inmediato.

Maverick asomó la cabeza con una sonrisa imposible en ristre.

—Dylan dice que necesitas manos. Y qué mejor que las mías, ¿no? Al fin y al cabo, soy barman… Ah, perdona, Ike, ¿estabas aquí?

«Joder, no me lo puedo creer», pensó él mientras soportaba estoicamente la mirada divertida de Maverick, que le decía «donde las dan, las toman, chico. Si tú estropeas mi plan, yo estropeo el tuyo».

Erin simplemente se echó a reír de pura desesperación. 


- III -


A pesar de haber levantado la mano cuando Erin había ofrecido otra ronda de cafés, Andy no probó el suyo. Tenía los ojos cerrados y parecía que al fin se quedaría dormida, de modo que Dylan prefirió no molestarla e instó a todos a conversar en voz baja, decidido a enviarlos a su casa en cuanto Andy se rindiera ante Morfeo.

Algo que sucedió un poco más tarde… 

Dylan elevó una mano brevemente. Lo hizo todo lo alto que daba su brazo, y después de hacer un movimiento circular con su dedo índice, acabó señalando la puerta de salida, sin apartar los ojos de su mujer. Últimamente, su sueño era tan imprevisible -y su sentido de la hospitalidad seguía siendo tan grande como siempre-, que era capaz de recobrar la conciencia con tal de evitar que sus invitados se fueran «tan temprano».

—¿Estás ensayando algún movimiento de baile nuevo? —se burló Maverick en voz baja. Dylan había bordado aquel firulete estilo John Travolta en Fiebre del sábado por la noche, película que, gracias a su madre, había visto hasta aprendérsela de memoria cuando era un niño.

Ike aprovechó la coyuntura. Ya que Dylan no había tenido ningún reparo en ponerlo en la picota removiendo lo sucedido el último día en el que él se había pasado con la bebida en aquella boda a la que ojalá nunca hubiera asistido, no veía por qué él no podía hacer lo mismo ahora; estaba claro que el irlandés estaba festejando en condiciones la noticia de que volvería a ser padre. Había empezado a brindar mucho antes de la cena y todavía seguía dándole lingotazos a su whisky añejo de malta.

—Se ha bebido hasta el agua de los floreros, así que todo es posible… Menos mal que se le da por los gestos y no por cantar, que si no…

Andy continuaba con los ojos cerrados y Dylan decidió alzar los suyos hasta los dos listillos que se estaban metiendo con él, pensando que menudas horas eran para hacer el gilipollas.

—Tú. —Su dedo señaló a Maverick—: Este es el baile de «todo el mundo, a su puta casa ya». Tú. —Su dedo ahora señaló a Ike—: Paso de ti, Hannibal. Haz lo mismo conmigo.

Ike concedió con un gesto y miró brevemente a Erin. Su sonrisa le confirmó que aquella respuesta por parte de Dylan era una buena señal; seguía sin ser santo de su devoción, pero, al menos, no lo atacaba.

—Procuremos no hacer ruido —pidió Brennan. Bajó su pierna lesionada del reposapiés y se levantó despacio. Maverick y Shea lo siguieron de inmediato y otro tanto hicieron Ike y Erin.

—Sí, sí… —dijo Anna pidiéndole a Jaume con un gesto que se ocupara de recoger sus cosas—. Yo voy a despertar a Danny y nos vamos. Aprovechemos ahora, que mi niña se ha quedado dormida… Como se despierte, tendremos que quedarnos otro rato. —Anna se echó a reír al tiempo que sacudía la cabeza. 

—Lo que se hereda no se roba —apuntó Dylan.

—Es cierto, a veces las dos somos bastante pesadas en este tema —concedió Anna. Su mirada recorrió a todos los invitados para finalmente, acabar en Ike—, pero hoy le doy la razón. Tenía una cena programada, gente a la que quiere muchísimo esperando en el salón de su casa y, por las circunstancias, apenas pudo dedicaros tiempo. Yo habría hecho lo mismo en su lugar.

Fue entonces que reparó en otro asunto que, de inmediato, la hizo sentir incómoda.

—Disculpa, Ike… No te he preguntado dónde te alojas… ¡Qué fallo más grande! ¿Te quedas aquí o…? —Su mirada pasó brevemente por Dylan y a continuación por Brennan. Ninguno había reparado en el asunto hasta aquel momento—. De más está decir, que mi casa está a tu entera disposición... ¡Te vienes conmigo y no se hable más! Y perdónanos por haber sido tan pésimos anfitriones hoy… Está claro que tantas noticias nos han dejado un poquito aturdidos…

La madre de Andy se había mostrado genuinamente mortificada y a Ike le supo mal saberse la razón de su disgusto. Se disponía a responder cuando Erin empezó a hablar.

—Solo faltaría que te disculparas, Anna… Por favor, con el día que habéis tenido… No te preocupes, ese tema está resuelto...

—Sí —la interrumpió Ike, después de pedirle disculpas por hacerlo con un gesto suave de la mano—, muchas gracias por el ofrecimiento, pero tengo una reserva en el Artesano. Siempre que vengo a Menorca, me hospedo allí. 

Erin se volvió a mirarlo con el asombro pintado en su rostro.

«¿Te vas a hospedar en un hotel? Estoy alucinando».

Enseguida comprobó, por las expresiones de todos, que no era la única sorprendida en aquel salón.


* * *


—No puedo creer que hayas hecho una reserva… 

Erin sacudió la cabeza. En parte era incredulidad. Ya no era una niña. Podía invitar a un amigo a dormir bajo el mismo techo sin que su padre se echara las manos a la cabeza. Además, qué menos que devolverle la gentileza que él había tenido con ella, alojándola en su casa, cuando Londres había quedado cubierto por medio metro de nieve. Pero por otro lado, era admiración. Los acercamientos físicos solían romper el hielo y, en su experiencia, a partir de allí los acontecimientos empezaban a precipitarse.

No con Ike.

Estaba claro que algo había cambiado entre ellos, pero como no habían estado a solas en ningún momento el tiempo suficiente, ese algo se había expresado en miradas, en roces y en las mutuas atenciones que se profesaban.

Pero ahora llevaban un buen rato a solas, conversando en la puerta de la casa de su padre, y a Erin le parecía una auténtica novedad estar junto a un hombre después de haber roto el hielo, y no tener que quitarse sus manos de encima. 

—¿Y por qué no puedes creerlo? Es algo «muy yo»…

Desde luego que sí. Ike Adams era el que siempre llegaba solo, a lomos de su moto. El que siempre iba y venía según sus propios planes, a pesar de pertenecer a un club de moteros que adoraban hacer cosas juntos.

—¿Algo «muy Ike»? —Lo vio asentir con una de esas sonrisas seductoras que la hacían sentir ganas de comérselo cachito a cachito—. Admito que ir a tu aire es algo muy tuyo pero, en este caso, no es lo que de verdad querías hacer… Me puedo equivocar, claro, pero yo creo que no te apetece nada ir a un hotel. Creo que te gustaría amanecer aquí, desayunar en familia, que nos pusiéramos a hacer tortitas como cuando me quedé en tu casa todo ese fin de semana…

—¿Eso crees? 

Estaba coqueteando. Lo cual a Erin no le extrañaba porque ella también estaba coqueteando. Era lo que tenía romper el hielo, que luego en lo único en lo que podías pensar era en seguir rompiéndolo.

—Sí, eso creo. Así que la pregunta obligada es ¿por qué lo haces?

—Porque es lo correcto. 

—Uy, me he perdido… ¿Dónde está el problema en que ocupes una habitación de invitados en la casa de mi padre? Espero que no sea él y sus peculiares formas de relacionarse con la gente lo que has tenido en mente al decidirte a hacer una reserva…

—La hice en Londres, Erin. Mientras esperaba que saliera mi avión…

—Vaya, entonces es a mi hermano a quien has tenido en mente. Por eso que dijo cuando estábamos todos juntos en el aeropuerto…

—Es la casa de tu padre y el hecho de que yo esté aquí, pasando la Navidad con vosotros, ya le está dando suficiente en qué pensar. Prefiero no darle más motivos de preocupación.

Erin no pudo evitar reírse suavemente.

—Oye, gracias por el cumplido, sé que no aparento los años… —Vio que él sonreía divertido—, pero te aseguro que ya pasé la edad de cuidar las apariencias con mi padre hace muuucho tiempo. 

—Para él siempre seguirás siendo su niña. 

Erin se derritió por dentro.

—Dime una cosa, ¿esto es otro trocito de sabiduría popular masculina, como lo de la piscina? —le preguntó, su voz cargada de tanta picardía como su mirada.

Aquella noche, Erin se había enterado de que instalar una piscina en el jardín delantero, no había sido idea de su hermano sino de Andy. Él le había dado el gusto, dejando claro que rodearía la piscina de un muro natural para dificultar las vistas a los curiosos que tuvieran la ocurrencia de «pararse a mirar cómo jugaba la niña» con la excusa de acechar a su madre. Toda la mesa había explotado en carcajadas y las risas habían durando un buen rato.

—Sí, así que si no quieres volver a perder, no apuestes contra mí. Lo que, por cierto, me recuerda que me debes cien libras y no pienso perdonártelas. —Tras unas risas, la mirada de Ike se posó sobre Erin, intensa—. No tiene que ser en metálico. Puedes pagarme con tiempo compartido… O con besos. 

—¿Me estás dando una excusa para besarte? 

—¿Necesitas una excusa?

Las risas volvieron a hacer acto de presencia, como casi siempre, últimamente.

—Mira, Erin… Tal como yo lo veo, esta es su casa y tú no puedes invitarme. Lo tiene que hacer él y, evidentemente, eso no ha sucedido. Con el día que ha tenido, lo más probable es que ni siquiera haya pensado en esto… —Sonrió—. Pero sigue siendo su casa. Y tú sigues siendo su niña. Y lo que tu padre quiere ver en el hombre que te acompaña es que entiende las reglas del juego y las respeta. Esto no tiene que ver con apariencias ni con pedirle permiso. Tiene que ver con el respeto. Las cosas funcionan así entre los hombres.

—¿Una especie de pacto no explícito?

Él asintió risueño.

—Y si es un pacto no explícito, si nadie te lo ha contado, ¿cómo es que lo sabes? —coqueteó ella.

—Porque si tuviera un hija es lo que esperaría de su acompañante, ¿entiendes?

Lo que Erin entendía era que el hombre que tenía ante sí se volvía más y más valioso a sus ojos cada minuto que pasaba.

Lo que entendía era que, a pesar de sus propias reticencias a creer que una relación a la distancia pudiera funcionar realmente, estaba cada vez más claro que la vida había decidido darle otra oportunidad. Otra oportunidad de no estar sola. 

Otra oportunidad de soñar sueños que solo tenían sentido en compañía de otra persona.

Otra oportunidad de amar.

Erin asintió suavemente. Esta vez fue ella la que se aproximó a Ike y lo besó en los labios. Un beso dulce, muy suave, al que él respondió con la misma delicadeza, dejándola hacer a ella. Fue más largo de lo que Erin se había propuesto y eso no le extrañó en lo más mínimo. La cautivaba intensamente que Ike no intentara llevar la voz cantante cuando la iniciativa no había partido de él, que se abriera a la experiencia sin avasallamientos, sin ideas preconcebidas de cómo debían suceder las cosas entre un hombre y una mujer. Sin roles. ¿Sería consciente él de cuánto le atraía esa faceta suya?

—Dijiste que podía pagarte en especie, ¿no? —Ike no respondió con palabras, pero sus ojos continuaron sobre Erin, acariciándola. Como si fueran incapaces de hacer algo distinto. Un silencio que le hizo palpitar el corazón y al que ella respondió sacando a relucir su picardía para salvar el momento—. Pues este fue a cuenta.

Y a continuación, lo instó a que se diera la vuelta, de cara a la acera, donde había dejado su moto aparcada.

La suavidad de sus manos guiando los movimientos para que él se girara, sentir su presencia detrás, tan cerca suyo, casi tocándolo… 

Diosss, por favor, no pares…

Por un instante, Ike pensó que ella lo rodearía con sus brazos. Casi podía sentir su rostro apoyado en la espalda…

La necesidad de que lo hiciera era tan intensa que, al comprobar que no habría más contactos aquella noche, necesitó unos instantes para recomponerse. 

—Esta es tu forma de decirme que se acabó lo bueno, ¿verdad? 

Los dos rieron suavemente. 

Erin se puso de puntillas para hablarle más cerca del oído, pero se aseguró de que ni un solo milímetro de su cuerpo rozara el de Ike… O claudicaría. 

—Mañana, te quiero tocando el timbre de esta casa a las diez. Habrá café y alguna delicia local de esas que te hacen desear mudarte a Menorca cada vez que las pruebas… Y más besos, por supuesto. Pero ahora —susurró con tanta dulzura como picardía—, lo que toca es que hagas honor a ese pacto no explícito que tienes con mi padre, y te vayas a dormir.


* * *


Ike se había ido al hotel, pero apenas había conseguido descansar. Solo podía pensar en Erin, en que ahora su amistad había subido de nivel. Estaban en un estadio diferente y después de tantos meses de espera, le parecía un sueño. 

Estaba tan ansioso por volver a verla, que había llegado con quince minutos de adelanto. Ella lo había recibido con la misma ansiedad y se habían quedado un buen rato en el zaguán, saboreándose. Ike se había cobrado al menos la mitad de la deuda, pero inesperadamente para Erin, también había sido él quien había puesto fin al momento con uno de sus arrebatos de dulzura: «viviría besándote, ¿sabes? Pero, si sigues tentándome así, igual…»

El final de aquella frase demoledora, que él no llegó a pronunciar, permaneció vibrando en la mente de Erin, disparando pensamientos de lo más excitantes.

Al fin, consiguieron apartarse uno del otro y entrar en la casa. Las miradas que se dedicaban hablaban por sí mismas de las intensas emociones que los embargaban a los dos. Había ilusión y expectativa, deseos de seguir descubriéndose en esa otra nueva faceta de más que amigos y una complicidad que les resultaba imposible disimular. Pero no estaban a solas. Ambos eran muy conscientes de ello. De modo que intentaban mantener el tipo lo mejor que podían.

Estaban desayunando en la cocina luminosa y amplia de la casa de Brennan Mitchell, cuando se oyó la voz de Shea proveniente del otro extremo de la casa, donde estaba la biblioteca que su propietario usaba a modo de despacho.

—¡Mav, ¿puedes venir? Te necesito!

Él dio un nuevo sorbo a su café, cogió una magdalena de la fuente que había en el centro de la mesa y le dio un buen bocado antes de responder.

—¡Voy, nena! No tardo —les advirtió a ellos—, así que no se os ocurra arramplar con todos esos bollos, ¿vale?

—Tranquilo, te dejaremos una al menos —repuso Erin. 

En cuanto Maverick desapareció, le hizo un guiño a Ike.

—Tardará, eso seguro. Conozco a mi hermana y sé lo que se propone, así que ¿quieres cobrarte otro poco de la deuda? 

Vaya pregunta. Claro que quería. En realidad, se moría por besarla. Pero no así. Deseaba intimidad, espacio para dejar a Erin tomar la iniciativa y hacer a placer, y tiempo para poder reciprocar, para que ambos tuvieran la ocasión de conocerse a ese nivel. Los besos furtivos estaban bien; poder explorarse mutuamente sin interrupciones estaba mucho mejor. 

—Quiero hacerte una pregunta —propuso Ike.

«Vaya, por lo que veo estás decidido a seguir sumando puntos», pensó Erin, que ensayó una risa cómica.

—¿En serio no quieres cobrarte la deuda? Chico, esto sí que me sorprende… Vale, a ver, dispara esa pregunta…

—¿Por qué nunca me has preguntado la razón de que en el bar me tengan tanta inquina? Hablando de sorprender, a mí sí que me sorprende que nunca hayas sacado el tema. Es evidente que esos tíos me detestan. Lo lógico es que te preguntes porqué.

Erin le dedicó una mirada traviesa y volvió la vista a su café. 

—Quizás lo que haces y cómo eres vuelve innecesaria cualquier pregunta al respecto, ¿no lo has pensado?

—No. Eres una mujer y las mujeres soléis ser curiosas… —repuso él, usando el mismo tono entre confidente y pícaro que ella había utilizado.

—Y yo soy la reina de las curiosas, lo admito, pero si te fijas bien, te he hecho muy pocas preguntas… 

Ike asintió varias veces con la cabeza, pensativo. En efecto, ella había limitado su curiosidad al máximo. Todas sus preguntas habían sido circunstanciales y totalmente inofensivas. Ninguna sobre su pasado o sobre cuestiones de índole personal.

—Tan pocas como las que tú me has hecho a mí —añadió Erin. 

Sus miradas se encontraron. Había una inmensa dulzura en los ojos de Ike cuando dijo:

—Supongo que cuando al fin conoces a una mujer con la que te sientes a gusto y que ve en ti algo más que a un tipo con quien pasar el rato, te preocupa decir algo inoportuno y cargarte la magia…

Ella asintió enfáticamente.

—Y entonces, piensas que tampoco es importante saber cómo éramos antes o qué sueños teníamos… Ni tú ni yo estamos solos porque hayamos elegido estarlo. No te sobrepones a la muerte del amor de tu vida, solo te adaptas a la nueva realidad. Asumes que tienes que seguir adelante y lo haces lo mejor que puedes. Te fabricas una nueva vida, sí, pero ¿es la que quieres, realmente? 

Él se recostó contra el respaldo, la miró largamente mientras pensaba. 

Su nueva vida no se parecía en nada a la que estaba prevista. Había pasado de estar a punto de convertirse en padre a empezar de cero en otra parte, desesperado por encontrar una salida a la depresión en la que la muerte de Robyn lo había sumido. Depresión con la que, de hecho, todavía hoy seguía luchando. Habían sido años en los que se había dedicado a prosperar económicamente al mismo ritmo al que había ido sumando pérdidas afectivas. Primero, había perdido a su madre. Luego, a su padre. Finalmente, a su hermano que, aunque seguía vivo, era como si hubiera muerto, ya que no había podido contar con él para nada. Llevaba una década viviendo en Japón con su nueva familia, desentendido de todo cuanto había dejado atrás en Londres. Desentendido, hasta que había llegado el momento de abrir el testamento, por supuesto. Entonces, como por encanto, la distancia y la diferencia horaria que los separaba habían dejado de ser un problema. Menuda decepción. Su vida después de Robyn no había tenido que ver con sueños sino con intentar llenar los vacíos. 

Ike al fin negó con la cabeza. Desde luego, no era la vida que quería tener.

—En mi caso —continuó Erin—, mis sueños se han cumplido solo en lo profesional. En lo personal, me falta la casa con jardín, los cinco hijos y, por supuesto, el compañero de vida. No estaba en mis planes llegar a los treinta y seis más sola que la una. Pero sospecho que esto ya te lo imaginas. Seguro que lo que te pasó tampoco estaba en tus planes. El pasado no importa, lo que fuéramos no importa y en cuanto al presente… Pienso «qué genial poder ir y venir a mi aire, hacer lo que me da la gana»… ¿La verdad? Nueve de cada diez días daría lo que fuera por tener a alguien con quien discutir por el color de las cortinas…

Qué dolorosamente cierto, pensó Ike al tiempo que asentía suavemente con la cabeza una y otra vez.

—Importa esto —concluyó él—, lo que estamos viviendo, lo que vamos descubriendo el uno del otro. Importa lo que la vida nos dé la oportunidad de compartir.

—Exacto.

Los dos sonrieron algo afectados por la crudeza de sus mutuas e inesperadas confesiones. Era lo más lejos que habían llegado hablando de cosas importantes y suponía un gran alivio comprobar que, incluso en eso, estaban en sintonía.

Erin volvió a rellenar las tazas de los dos y continuó.

—Así que, volviendo al tema de lo mal que les caes a tus colegas moteros y de lo mucho que se puede aprender observando a la gente… He visto que eres una persona amable y atenta con todo el mundo. He visto que eres alguien que se implica, que no se queda al margen… Puede que los moteros del MidWay te miren mal porque no vas a lomos de una Harley Davidson, pero cuando Conor dejó de ocuparse del club y del trabajo de organizar los eventos de los que todos disfrutan tanto, ninguno de ellos quiso coger el relevo. Hablando claro; nadie quiso mojarse…, excepto tú. 

—Bueno… Una cosa es que te flipen las motos y otra muy distinta que te apetezca gestionar un club de moteros. No todo el mundo cuenta con el tiempo libre que hace falta para hacerlo…

—En este caso, nadie. ¿Nadie de cincuenta y pico que sois? Venga, eso es comodidad, no falta de tiempo, Ike. ¿Y, además, qué pasó el día que Tess se puso de parto? No sé cuántos vehículos de cuatro ruedas había disponibles en el bar aquel día. Lo que sí sé es que tú fuiste el único que se ofreció a ayudarla. 

—¿Tú no lo habrías hecho? —repuso algo sorprendido—. Porque yo creo que sí.

—¿Bromeas? Soy mujer, no quiero ni imaginar el pánico que debía sentir Tess. Por supuesto que lo habría hecho. Pero no hablamos de mí, sino de ti. Del único tío de ese enorme bar lleno de moteros, que dio un paso a frente. El escalón abatible que tienes en la puerta trasera de tu monovolumen me dio la pista de que esa no era la primera vez que hacías algo así… Estuve a un tris de preguntártelo, ¿sabes?

—¿En serio?

—Muy en serio. Pero haberme pasado buena parte del viernes y del sábado, viéndote con tu chaleco de voluntario de la Cruz Roja, abriéndote camino en un Londres totalmente colapsado por la nevada para ir a rescatar a gente que se había quedado atrapada en su coche, se ocupó de ofrecerme información de lo más interesante sobre ti… Aluciné muchísimo ese fin de semana, créeme.

Ike esbozó una sonrisa incómoda. Él también había alucinado, pero por motivos muy distintos; después de un mes y medio soñando con volver a ver a Erin, aquel fin de semana todos los astros se habían puesto de acuerdo para fastidiarlo. No podía creer que todo hubiera salido tan mal.

Ella continuó cada vez más animada.

—Y, ojo, que todavía no sé el porqué de la silla de ruedas en el maletero… No recordabas que la tenías, así que deduzco que llevabas tiempo sin echar mano de ella, pero ¿sabes qué? Estoy segura de que la respuesta llegará cuando menos me lo espere y que será alucinante, como todas las cosas que he descubierto sobre ti, así que —Erin enlazó sus manos en una súplica—, ¡por favor, no me lo digas!

—Gracias por tus cumplidos, Erin… ¡Sientan de maravilla!

Ella exhaló un largo suspiro. 

—Me he tomado mi tiempo contigo. No te lo he puesto nada fácil. —Lo vio asentir enfáticamente y sonrió con un pizca de culpabilidad—. Soy una mujer muy cauta y contigo lo fui más de lo habitual porque me gustabas mucho y eso me asustaba. 

Una sonrisa pícara brilló en el rostro de Ike.  

—¿«Nada fácil», dices? No me había dado cuenta…

Ella soltó una carcajada y ambos rieron con complicidad durante unos instantes.

—Pero, ¿sabes cuál es el lado bueno de habértelo puesto tan difícil? —dijo ella, al cabo de un rato.

—¿Lo hay?

Rieron otra vez. A los dos les resultaba tan fácil reír cuando estaban juntos.

—Claro que lo hay; que lo que piensen otras personas sobre ti no tiene ningún peso. Solo cuenta lo que yo pienso porque he tenido muuucho tiempo para observarte y analizarte y, créeme, lo he hecho muuuy a fondo. —Erin sonrió con malicia cuando un pensamiento cruzó su mente—: Y entre las cosas que pienso de ti, para que lo sepas, está que no puedo creer que después de haberme abierto las puertas de tu casa durante cinco días y de haberme atendido como si fuera la reina de Java, hayas venido a Menorca a hospedarte en un hotel… ¡En un hotel, por Dios!  Mira, mi padre estará encantado, no lo sé, pero yo… 

Él se acercó hasta que uno de sus hombros entró en contacto con el de Erin.

—Tú, ¿qué? —murmuró.

—Tendrás que compensarme, señor Adams. Esto no lo voy a dejar correr.

Lo haría. De hecho, el «plan de compensación» ya estaba programado. Sería algo inolvidable como todos los momentos que habían pasado juntos, Ike estaba seguro de eso. Pero como no tenía ninguna intención de anticiparse a los acontecimientos, dejó que sus labios se ocuparan temporalmente de resarcirla.

—Entendido —murmuró.

Y esta vez, el beso fue largo y mucho más dulce que nunca.


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©️2021. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷


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CR10. A fuego lento


«A fuego lento», de Patricia Sutherland. Un relato sobre Ike & Erin, basado en Los moteros del MidWay, 5. Noticias inesperadas. Menorca.

Lunes, 27 de diciembre de 2010.

Dublín, Irlanda.


- I -

Erin se detuvo en la cima de la escalinata de seis peldaños que conducía a la calle para cerrarse el abrigo y acomodar la bufanda. Su mente no estaba en lo que hacía sino en los pensamientos sumamente agradable que le rondaban por la cabeza. Le estaba sonriendo a la baldosas, era plenamente consciente de ello y de no haberlo sido, sus compañeros, siempre tan comedidos, se habrían ocupado de hacérselo notar al igual que le habían hecho notar la cantidad de mensajes que recibía últimamente y la cantidad de veces que la habían visto por la empresa con su móvil personal pegado a la oreja y una sonrisa soñadora en los labios. No se les escapaba una. Pero a ella le daba igual. Estaba en la nubes.

Aunque sonara cursi, así se sentía. Y el responsable tenía nombre y apellido; Ike Adams.

Todos los mensajes que suscitaban tanto interés en la imprenta eran suyos. Todas las veces que la habían visto por los pasillos de la empresa pegada a su móvil con una sonrisa imposible en la cara, era él con quien hablaba. La sensación de sentir sonar su móvil anunciando que había recibido un mensaje, abrirlo y encontrarse con un «¿qué tal llevas el regreso a la vida laboral? ¿Te han tenido secuestrada en una reunión interminable de esas de fin de año en las que te fríen a cifras y gráficas…? ¿O te han dejado tiempo para pensar un poquito en mí?».

Al mensaje solía suceder una llamada. Y su risa, esa risa suave, un poco pícara, con la que acababa admitiendo que solo llamaba por oír su voz y que no quería interrumpirla. Tras lo cual, le prometía que sería un buen chico y cortaba, dejándola con esa sensación de ser la mujer más especial del mundo.

Pero al cabo de un rato, su móvil volvía a anunciar que había recibido un mensaje… Y vuelta a empezar.

Así llevaban desde el día anterior, cuando se habían despedido en la puerta de la casa de Dylan, en Menorca.

«Dios… Entre que yo no puedo dejar de pensar en ti y tú no dejas de darme razones para hacerlo», pensó. Exhaló un suspiro. Los tres días que tenía por delante hasta volver a verlo se le harían interminables, pero, al menos, no serían días ociosos ya que tenía que trabajar, lo cual le aseguraba que sus ganas de verlo no la volverían loca todo el tiempo; solo cuando no estuviera trabajando.

Fue cuando se disponía a bajar el primer escalón que alzó la vista y se quedó de piedra. Junto a la farola, había una moto aparcada y cerca de ella, un hombre alto, vestido de negro. Llevaba un casco en un brazo, como si fuera una pulsera y otro en la mano. Erin soltó el aire en una mezcla de alegría y alucine. Apuró el paso hasta él.

—Madre mía, ¿qué haces aquí, Ike? 

Él se encogió de hombros. La miró con aquella mirada dulce y seductora a la vez que conseguía derretirla.

—No tenía nada mejor que hacer y me dije, ¿por qué no le das una sorpresa a tu chica? —Rió con un punto de desesperación—. La mayoría de los tíos solo tienen que coger el coche y recorrer unas cuantas calles. Pero yo soy yo, así que me toca cruzar el mar de Irlanda.

—¿Esa es tu excusa para matarme de ilusión; «no tener nada mejor que hacer»?  

Era su intención, no su excusa. Enamorarla. Sorprenderla. ¿Lo había conseguido? Ike analizó aquel hermoso rostro en busca de respuestas. Sus ojos soltaban chispas y la luz que emitía su sonrisa sería capaz ella solita de iluminar a medio planeta. 

—¿Tan grave es la cosa? —preguntó. 

Aquel tonito seductor sumado a esa sonrisa imposible de la que era dueño fue para Erin como una caricia recorriéndole la espalda; dulce, excitante, adictivo… Respondió agarrándolo suavemente del cuello de su chaqueta Barbour que él había abierto, y atrayéndolo hacia ella en un gesto de pura coquetería.

—Gravísima.

—Menos mal que tenemos un hospital cerca… —dejó caer él. Su mirada descendió ostensiblemente de los ojos de Erin a sus labios. Tuvo la impresión de que ella iba a besarlo, pero muy pronto comprendió que se quedaría con las ganas. Los labios de Erin se curvaron en una sonrisa que él conocía muy bien…

Y ella siguió coqueteando.

—¿Ese es tu plan, pasar la noche en un hospital de Dublín? Porque supongo que pasarás la noche aquí…

«Quizás no vayas a quedarte con las ganas después de todo», pensó Ike al ver el giro que daba la conversación.

—Depende —repuso, intrigante. 

Se miraban sonrientes, analizándose, desafiándose.

—¿De qué?

—De quién —la corrigió él.

Ella se señaló en un gesto gracioso y se acercó como si fuera a decirle un secreto. 

—¿De mí? —La mirada masculina se había vuelto muy intensa. Tanto que su sonrisa casual no consiguió disimularla. Ella acusó recibo y volvió a hacerlo al estilo Erin—. Pues si depende de mí, está hecho. 

Ike se había agachado para adaptarse a su altura y el aroma de  su perfume lo envolvió, haciéndolo sentir totalmente embriagado.

Pero Erin siguió coqueteando.

—Aunque no sé si será exactamente como esperas… Mi primera reunión de mañana es a las siete y media. Es una de esas de fin de año en las que te fríen a cifras y gráficas, ¿sabes a cuáles me refiero? —dijo citando la frase que él había usado aquella misma tarde—. Y como soy la jefa, no puedo faltar. Pero puedo acostarme tarde, eso sí… O no dormir… —Volvió a acercarse a él—. ¿Crees que ocho horas serán suficientes?

Ni ocho horas ni mil, ambos lo sabían. 

Erin no esperó respuesta, se puso de puntillas y lo besó sin más preámbulos. Ike respondió forzándola a abrir su boca al máximo. El beso fue largo para suceder en plena calle y frente al lugar de trabajo, donde todos podían verla.

Pero no fue sino el primero de muchos que compartirían aquella noche.

- II -

MacKinnon’s era un local relativamente nuevo en la ciudad. Situado en las proximidades del barrio más marchoso de Dublín, pero lo bastante lejos del ruido habitual provocado por la constante afluencia de turistas, era un establecimiento que aunaba las características habituales del típico pub irlandés con una carta algo más extensa compuesta íntegramente por platillos tradicionales irlandeses. 

A Erin su ambiente distendido, siempre aderezado con buena música y, por supuesto, con las habituales actuaciones espontáneas de los clientes, cantando o ejecutando algún instrumento, la había conquistado desde el principio. Durante el último año, después de que Shea se estableciera en Londres y su padre en Menorca, se había hecho asidua al sitio. Una mujer que cenaba o comía sola pasaba desapercibida en aquel lugar en el que todos acaban hablando con todos después de entonar juntos la primera canción.

Pero lo último que habría imaginado, era que aquel lunes cenaría allí en compañía de alguien que se había vuelto más y más importante en los últimos meses. Mucho menos sabiendo que al rincón privilegiado donde estaban sentados no se accedía por suerte en aquellas fechas festivas del año. Alguien debía haberse tomado la molestia de hacer una reserva con antelación. Y no había sido ella.

Por más que lo miraba, Erin no conseguía convencerse de que era real; ese era Ike y sí, estaba allí, con ella. Concretamente, sentado a su lado en aquel rincón apartado de la concurrida barra de su bar favorito de Dublín, hablando y comportándose con total normalidad. Como si que él estuviera allí, fuera lo más normal de mundo. Como si no viviera en Londres y se hubieran despedido la tarde anterior en Menorca, donde habían pasado la Navidad juntos. 

Esa cualidad suya de convertir en sucesos absolutamente normales algo que suponía esfuerzo, interés y dedicación era lo que la seducía hasta la médula de Ike.

Eso y lo imponente que le parecía.

Y su galantería, tan de otra época, que ya no recordaba la última vez que la había disfrutado.

O mejor dicho, sí; la recordaba perfectamente. Adrian era así, detallista y galante, y con él la había disfrutado por última vez. Solo que desde entonces había corrido mucha agua bajo el puente; muchas penurias, mucha soledad y nada menos que ocho años. 

De pronto, notó que Ike sonreía al tiempo que sacudía la cabeza suavemente.

—Vuelve conmigo, preciosa…  —le pidió. Su sonrisa tierna, calentándole el corazón.

Erin también sonrió. Había sido incómodo que él la hubiera descubierto absorta en sus pensamientos. Porque implicaba una descortesía de su parte al no dedicarle toda su atención a alguien que se estaba tomando tantas molestias para hacerla sentir especial. Pero, en realidad, le estaba dedicando su atención, solo que no concretamente a lo que estaba comentando sino a lo que le hacía sentir cada vez que volvía a mover ficha de aquella forma tan apabullante. ¿Sería pecar de demasiado sincera decírselo sin más?

En todo caso, le daba igual. Ike se lo merecía.

—Estaba contigo, aunque no lo pareciera… Estoy contigo… Es que tú haces que todo parezca tan normal que no puedo dejar de pensar en eso… En que siempre te las arreglas para dejarme alucinada y en lo poco que alardeas de ello… Puede que tú no te des cuenta, pero eso te distingue del resto de los ejemplares macho de la especie como la noche se distingue del día… Me asombras, Ike. Me alucina que te hayas aparecido de repente para llevarme a cenar a mi rincón favorito, como si vivieras a la vuelta de la esquina en vez de en Londres… Y que ahora estés hablando de… Disculpa, no sé lo que decías, pero seguro que no tenía nada que ver con que estés aquí y con todos los hilos que habrás tenido que mover para poder hacerlo. En resumen; me alucinas y estoy contigo. Tendría que estar loca para no querer seguir a tu lado y, aunque es verdad que cierta fama me precede, principalmente fomentada por mi querido padre y mi no menos querido único hermano varón, estoy perfectamente cuerda. ¡Cuerda y alucinando! —festejó con una risita dulce.

Ike tardó en reponerse del ablandamiento generalizado que se adueñó de él. Sobre todo, tardó en reponerse de la profunda sensación de plenitud que le provocaba saberse correspondido. Por una vez, estaba echando el resto por alguien que no escatimaba esfuerzos ni palabras para dejar claro cuánto apreciaba su compañía.

—Te hizo ilusión verme a la salida de tu empresa, ¿eh?

—No te imaginas cuánta —reconoció Erin, sonriendo con picardía—. Además, desde la cima de la escalera, tus vistas son imponentes, ya lo creo que sí.

Un nuevo ablandamiento, esta vez a cuenta de lo bien que lo adulaba. Sabía exactamente qué decirle y en qué tono.

—Las tuyas también son imponentes. Todas, de frente, de costado, de atrás... Eres una mujer preciosa.

—Gracias… Me encanta que estés aquí, pero no tenías por qué hacerlo. Somos empresarios, los dos tenemos obligaciones que atender. Y somos lo bastante adultos para comprenderlo… —Sonrió con mucha más picardía que antes al añadir—: Y para aguantarnos las ganas.

Él le regaló una mirada seductora, pero cuando habló, lo hizo con una sinceridad absoluta.

—Iba a soltar algo en plan «Mmm… Ganas, qué palabra más sugerente», pero…

Erin lo vio sacudir la cabeza ligeramente y, a continuación, beber un sorbo de vino. Su mirada quedó cautiva de aquellos labios que se abrieron ligeramente para recibir el líquido color burdeos. Tan cautivos como del movimiento de su nuez cuando él tragó. Últimamente, sus ojos hacían lo que les daba la gana y, generalmente, lo que les daba la gana era fijarse en él. En todo él, hasta en los detalles más aparentemente insignificantes.

—Pero ¿qué? —le preguntó. 

Sus miradas se encontraron y él disparó a matar.

—No pude aguantar las ganas de verte. Casi no he dormido. Desde que nos despedimos en la puerta de la casa de tu hermano, no he podido dejar de pensar en ti… Sé que suena raro, a crío de quince años, pero… Vine por pura necesidad. Necesidad de ti. 

Erin respiró hondo y exhaló el aire en un largo suspiro. Otra cosa que le encantaba de Ike era que sabía cuándo hacerle cumplidos y cuándo ser absolutamente sincero, aunque tanta sinceridad pudiera llegar a resultar incómoda.

—En ese caso, quizás deberíamos pagar y largarnos de aquí —repuso ella.

Él esbozó una sonrisa incómoda. No podía creer que algo dicho con la intención de sincerarse acerca de sus sentimientos pudiera haber sonado tan vulgar… No estaba allí por cuestiones sexuales. Estaba allí porque necesitaba verla a todas horas. Por supuesto, le encantaba la idea de tenerla desnuda entre sus brazos, pero si era en un pub irlandés rodeados de gente, como ahora, también le valía.

—No me refería a …

Erin ladeó la cabeza, lo miró con cierta ternura.

—¿No? Pues yo sí. Eres demasiado delicado para decirlo en voz alta, Ike. Pero, por suerte para ti, soy muy buena interpretándote… 

Erin sonrió aliviada al comprobar que esta vez él se reía. Le pareció que estaba algo menos incómodo que antes. Sus ojos continuaban sobre ella, igual de intensos, igual de brillantes. Erin se creció. Junto a él volvía a sentirse como una adolescente lista para lanzarse a la aventura.

—¿O acaso esa no era una de las razones que te impidió dormir anoche? —le soltó sin anestesia.

Ike se tensó al instante, con esa clase de tensión que llevaba a cosas placenteras. Sus ojos brillaban intensamente cuando dijo:

—¿Se nota mucho que me muero por ti? 

El corazón de Erin palpitó. Ella tampoco había dormido bien y la razón era la misma.

—Muchísimo.


El camino a casa a bordo de la Kawasaki de alquiler había sido como estar en una nube para Erin. Ir en moto hacía posible una mayor cercanía y ella se había aprovechado de las circunstancias rodeándole la cintura con sus brazos. De tanto en tanto, cuando algún semáforo los obligaba a detenerse, la mano enguantada de Ike apretaba cariñosamente la suya, devolviéndola sin paradas intermedias a los días de instituto y a la ilusión de las primeras veces.

Al fin, habían llegado a casa de Erin. Habían bajado de la moto que él había aparcado sobre la acera, y habían guardado las distancias. No más insinuaciones ni coqueteos. No más contactos furtivos o de los otros. Se habían comportado con total corrección hasta entrar en la casa.

Entonces, el autocontrol se había evaporado. 


- III -

Empezaron a besarse tan pronto cerraron la puerta. Allí mismo, junto a la entrada, sin hacer el menor ademán de quitarse el abrigo o soltar la cartera. Tal cual estaban, uno pegado al otro, jugando a explorarse.

Pero si aquel comienzo tan inmediato le había hecho pensar a Erin que las cosas se precipitarían, no tardó en comprobar cuánto se equivocaba.

Ike no era de los que se precipitaban. Después de haber aguantado pacientemente, la inspección al detalle al que ella lo había sometido durante meses, no tenía la menor intención de perder los papeles en el momento más importante.

Ahora tocaba ir despacio, jugar bien sus cartas. Sabía que no era el primer hombre con quien Erin tenía un encuentro sexual después de la muerte de su prometido. Pero quería ser el último. Porque deseaba que ella fuera la última para él, la definitiva. 

Deseaba locamente hacerla suya… Por encima de todo, quería que se sintiera especial, única. Y que cuando los dos cayeran sobre la cama, exhaustos y satisfechos, ella deseara volver a ser suya una y otra y otra vez. Siempre.

Y puestos a desear, quería ser la compensación a tantos años de soledad. Que lo que los unía fuera importante mucho más allá de los buenos ratos compartidos, mucho más que la mera compañía, mucho más que el sexo.

Así que nada de prisas. Por una vez, no había padres ni hermanos analizándolo. Por una vez, estaban a solas, con todo el tiempo del mundo para hacer de aquel momento uno que ninguno de los dos olvidaría jamás.

Además, esos labios… Dios, podría pasarle la vida entera besándola.

Fue Erin, una vez más, quien tomó la iniciativa de poner en palabras lo que él estaba pensando y no decía.

—Me encanta cómo besas… ¿Te lo había dicho?  

Ike volvió a abrir su boca sobre la boca femenina y sus lenguas se enredaron en una danza que duró varios segundos al cabo de los cuales él se retiró suavemente. 

Pero solo lo hizo a medias. 

Continuó regresando en incursiones delicadas. A veces, con mordiscos suaves que a Erin le erizaban la piel. Otras veces, acariciándole los dientes y la cavidad interior de la boca con su lengua. Otras, al fin, internándose hasta el fondo.

—Y a mí me encanta morderte, ¿te lo había dicho? —susurró él. 

El mordisco en esta ocasión no fue en sus labios, sino en el cuello.

—Aishhh… —fue todo lo que salió de la boca femenina. 

Un sonido que acarició los oídos de Ike quien, animado por el buen recibimiento, fue a por más. 

Ella se estremeció entera, echó la cabeza hacia atrás para dejarle vía libre.

Él volvió a morderla, tomó un buen pellizco de piel entre sus dientes y tiró con mucha suavidad. Lo sostuvo en tensión el tiempo suficiente para verla estremecerse y constatar que los mordiscos la excitaban tanto como a él; otro punto en común que compartían y qué él explotaría a placer.

—Eres preciosa… La mujer más apetecible del universo, Erin… Y esos «aish» tuyos me inspiran no sabes cuánto… ¿Quieres que siga? ¿O prefieres que explore… otros territorios?

Aquella voz insinuante consiguió que hasta el último vello de su cuerpo se erizara por completo.

Comprobar que él no se comportaba como los hombres con los que había tenido sexo casual los últimos años, a quienes averiguar las preferencias de su compañera de alcoba era lo último que les preocupaba, hizo que se sintiera cómoda, valorada. El efecto secundario fue que también estimuló su imaginación. Su mente empezó a llenarse de imágenes; un mundo de posibilidades por explorar.

Se apartó suavemente de él con la intención de cambiar de estancia. Pero ninguno de los dos pudo resistirse a lo adictivo que resultaba estar juntos. Ni ella dejó de besarlo ni él de intentar morderla. Al fin, haciendo acopio de toda su determinación, Erin tomó a Ike de la mano y lo condujo a través del salón, directamente hacia el pasillo que llevaba a su dormitorio. 

Intuir hacia dónde iban, le hizo pensar que Erin estaba pisando el acelerador y tan solo aquel pensamiento se las arregló para excitarlo aún más de lo que estaba.

Pero entonces, ella se volvió de frente. Apoyó suavemente las palmas sobre el pecho masculino en un gesto que a Ike le supo casi tan íntimo como sus besos.

—Ya que lo preguntas, esto es lo que prefiero —murmuró al tiempo que le señalaba con la mirada el espejo de cuerpo entero frente al que se había detenido.

Toda la sangre de Ike se concentró en un único punto. Un punto que casi hizo saltar la cremallera de sus pantalones de cuero. Por un instante, creyó que iba a ceder al deseo de hacerla suya sin más preámbulos. Apretó los párpados y respiró hondo. Se tomó unos instantes para recuperar el control. Cuando volvió a enfocar en ella, era otra vez el hombre paciente, decidido a ofrecerle la experiencia más inolvidable de su vida.

—Un espejo. Guaaaaaaaaau… —murmuró.

Ella esbozó una sonrisa apenas perceptible. Se sentía nerviosa. También muy excitada, pero sobre todo, nerviosa. Era su primera vez con alguien que realmente le importaba, el primer «alguien» después de Adrian con quien sintonizaba muy bien en todos esos otros aspectos de la vida que no tenían que ver con el sexo. 

—¿Te parece demasiado descarado? —le preguntó. Pero no esperó su respuesta. En cambio, le quitó el Barbour y empezó a desatar uno a uno los botones de su camisa de pana negra con charretera y puños de cuero con la mayor serenidad de que era capaz. Que no era mucha, ya que sus manos temblaban y cada botón le estaba costando un triunfo—. Espero que no porque así soy yo, bastante más descarada de lo que parezco cuando me siento segura junto a un hombre. 

Y de la última vez que se había sentido así había pasado una eternidad. Era una faceta de sí misma que, ahora se daba cuenta, echaba muchísimo de menos.

Ike la dejó hacer, ayudándola cuando un botón se le resistía demasiado, pero dándole espacio para que procediera a su antojo. De lo dicho por ella, no fue aquella alusión a su descaro lo que le caló más hondo.

—¿Hago que te sientas segura? —murmuró. 

La intensidad de la mirada de Ike era tal que Erin podía sentirla sobre la piel, como una caricia ardiente que calentaba cada centímetro que recorría. Alzó la vista hasta él y asintió.

—Mucho.

—Bien —repuso él. 

Volvió a respirar hondo cuando con movimientos de lo más delicados Erin apartó los lados de su camisa y tras regodearse en las vistas unos instantes, dejó que sus manos lo hicieran, tocándolo. Eran suaves, pero posesivas. Jugaban con el vello que cubría su estómago y su pecho con intención de hacer notar su presencia, una presencia dominante. Ike volvió a respirar aún más hondo cuando sus dedos empezaron tímidamente a dibujar círculos alrededor de sus pezones.

¿Sería ella consciente de lo al límite que lo estaba poniendo? Ardía de deseo. Se estaba quemando inexorablemente en su propia hoguera.

Como si hubiera oído sus pensamientos, ella alzó la vista hasta él y la sostuvo sobre sus ojos.

Y él ya no se contuvo más.

La besó. Un beso pleno, largo, que Erin disfrutó intensamente. No se apartó un milímetro, ni permitió que él lo hiciera, dejando claro cuánto le gustaba su lado menos paciente. 

Y un instante después, sin abandonar aquel beso imposible y cuando Ike sentía su propio corazón bombeando a destajo, Erin se puso a maniobrar con la hebilla de su cinturón.

Él exhaló el aire en un suspiro que abrasó la boca femenina al sentir que sus dedos deslizaban la correa de cuero fuera del pasador despacio pero con firmeza y que, a continuación, le bajaban la cremallera. 

Volvió a hundirle la lengua en la boca cuando ella lo empuñó.

—Sigue —suplicó, apartándose lo imprescindible para hablar. Ella respondió adaptándose al ritmo que él imponía, totalmente receptiva y abierta. 

Pero la temperatura subía, imparable, impulsándolos a ambos a ir más allá. Erin se apartó para poder bajarle los pantalones. Ike se los quitó y tan pronto se deshizo de los calcetines, ella cogió la cinturilla de sus bóxers y tiró con decisión hacia abajo. Sus ojos se regodearon por primera vez en esa otra parte de su envergadura que ahora estaba expuesta. Y tal como había sucedido hasta el momento, no se calló lo que pensaba.

—Buena dotación —dijo, insinuante.

Ike le agradeció el cumplido dejando que lo acariciara a placer y cuando las caricias se convirtieron en frotamientos, la tomó por los hombros y la hizo girar de frente al espejo.

—Mi turno —le susurró al oído. 

Se colocó detrás de Erin, muy cerca, e inició el mismo ritual para desvestirla que ella había llevado a cabo con él anteriormente, solo que con el extra del espejo. Dado que lo había conducido hasta allí, estaba claro que la excitaba ver aparte de sentir. Pues entonces, la dejaría ver con todo lujo de detalles.

Ike no se equivocaba. 

Una ola de calor abrasó la entrepierna de Erin al ver la imagen que le devolvía el espejo y subió, serpenteando por su cuerpo, haciendo que la temperatura de su piel ascendiera y que sus ojos brillaran de una forma demencial. Era como si estuviera mirando a través de un manto de estrellas.

Después de ayudarla a quitarse el abrigo, que cayó al suelo junto con la bufanda, Ike deslizó una mano por debajo del borde del suave jersey rojo de mohair. Le acarició el abdomen largamente, con movimientos tan ligeros que parecían roces. Fue ascendiendo muy despacio y repitió el proceso junto al borde inferior del sostén, resistiendo la tentación de tocarle los pechos. 

—Sigue… —suplicó Erin. Recostó la nuca contra el pecho masculino. Incapaz de dejar de mirar, siguió a través del espejo el movimiento de aquella mano que la estaba volviendo loca. La otra, que también la estaba enloqueciendo, continuaba dibujando pequeños círculos alrededor de su ombligo—. No pares… Lo haces de miedo.

Ike obedeció, pero fue subiéndole el jersey poco a poco hasta quitárselo del todo. Lo dejó caer a un lado y se dobló sobre ella, adaptándose lo más posible a su altura. Apoyó su mejilla contra la de Erin y la miró a través del espejo. 

Vestía un sujetador de encaje. Era escotado y sus pechos parecían rebozar como si la prenda los empujara hacia arriba. Era de los que últimamente anunciaban en la televisión a cada rato y que, en su opinión, debería llevar alguna advertencia sanitaria; no era apto para cardíacos. 

Erin disfrutó del evidente deseo que despedían los ojos masculinos. Se trataba de una faceta nueva de Ike que le gustaba tanto como todas las otras que había conocido; la del hombre dulce, la del hombre paciente, la del hombre galante… Decidida a avivar ese deseo, deslizó los tirantes hacia afuera de sus hombros. Estos cayeron rodeando sus brazos.

Y consiguió lo que se proponía; Ike se dedicó a acariciar aquella piel blanca y suave que había quedado expuesta. Besándola y, a ratos, lamiéndola. A veces, apretaba los dientes suavemente, haciendo que una sucesión de estremecimientos recorriera a Erin de la cabeza a los pies… Para luego, comenzar con su dulce tortura desde el principio otra vez.

La estaba volviendo loca. Loca de deseo. Loca de ansiedad. Loca de ganas de sentirlo muy dentro y comprobar si era tan bueno allí como lo era en los preámbulos.

—Puede que te haya tenido cociendo a fuego lento todos estos meses… —le dijo en un murmullo, apretándose contra él—. Pero hoy te estás vengando en condiciones…

—¿Eso crees? Todavía no he empezado a cobrármelo, preciosa.

Erin exhaló un largo suspiro cuando sintió que él le bajaba ligeramente una copa del sostén, liberando parte de su pecho derecho. Otro suspiro aún más largo cuando él al fin dejó de morderla y vio asomar sus ojos, por encima de su hombro, mirándola con intensidad en el espejo. Instintivamente, ella respiró hondo, logrando con aquel movimiento que su pezón asomara por encima del sostén que él le había bajado.

Vio que los ojos de Ike brillaban, ardientes. Y sus palabras no lo fueron menos.

—Te voy a comer entera, Erin. Y espero que esto no te parezca demasiado vulgar, pero es que… Dios, eres un cañonazo de mujer… Estás buenísima.

Ella alzó la barbilla, satisfecha con aquellas palabras que, de provenir de otro hombre, seguramente le habrían sentado mal. No de Ike, no en aquel momento.

—Me encanta que lo digas. Pienso lo mismo —repuso. Y empezó a mordisquearle la barbilla cubierta por aquella barba perfecta que deseaba sentir por todo su cuerpo.

Él convirtió aquellos escarceos en otro beso pleno, uno en el que le ocupó la boca entera con su lengua. Sintió cómo Erin se estremecía. 

—¿Piensas que estoy buenísimo? 

—Que yo estoy buenísima. Pero ahora que lo dices, también estás para comerte entero… —repuso ella.

Acto seguido, mordió la lengua que había vuelto a invadirle la boca, logrando que, esta vez, las cosas se aceleraran.

Ike le desató el sostén y cuando este cayó al suelo, le rodeó los pechos con sus manos, apretándolos. Los dos suspiraron. Los dos disfrutaron de aquel momento de auténtica intimidad, anticipando que si así era de intensa la experiencia de cintura para arriba, cuando descendiera de ese nivel los dos estarían quemándose en su propio fuego.

Y así fue. 

Cuando Ike la ayudó, al fin, a despojarse de su última prenda y Erin quedó completamente desnuda, de pie frente al espejo y por ende, frente a él, el incendio ya se había declarado. 

—Me muero por tenerte —murmuró él, rodeándole la cintura con sus brazos.

—Y yo me muero por tenerte a ti.

Tentativamente, Ike volvió a adaptarse a la altura de Erin y con el movimiento, su miembro quedó entre las piernas femeninas. Fue un movimiento suave, razonablemente delicado para el nivel de locura que sentía, tras el cual permaneció quieto, a la espera de su reacción.

Se miraron a través del espejo expectantes, observándose mutuamente. Excitándose mutuamente al ver, además de sentir, cómo crecía el deseo en el otro. 

La respuesta que tanto ansiaba Ike llegó muy pronto, pero no fue en palabras. Ella cerró sus muslos, aprisionando su miembro. Sus ojos lo miraron desafiantes, provocativos.

Y él respondió de una forma que no se pareció en nada a sus respuestas de hombre paciente. Empezó a frotarse contra ella sin dejar de mirarla en el espejo. Sus manos subieron de la cintura a los pechos femeninos de los que se adueñó con la misma provocación con la que antes se había adueñado de su boca.

Eran más que caricias, la estaba sobando y a Erin le encantaba. Le encantaba volver a sentir el deseo desatado de un hombre sabiendo que ella era importante para él. Elevó los brazos y rodeó el cuello masculino, exponiendo más sus pechos, dejándolos enteramente a su merced.

Ike se sirvió a placer. Primero, con sus manos. Luego, la hizo girar de frente con una brusquedad apasionada y un instante después, fue su boca la que empezó a darse un festín.

—Sigue —exigió ella—. Como se te ocurra parar, te mato…

No había sonado demasiado romántico, pero, por Dios, era lo que sentía. Una desquiciante necesidad de seguir sintiendo aquellos labios lamiéndole los pezones, saboreándolos como si fueran el plato más apetitoso que hubieran probado jamás.

Ike no reparó ni en el tono exigente ni en la amenaza. Estaba totalmente subyugado por lo que sentía. Miles de veces se había imaginado haciendo exactamente lo que hacía, porque miles de veces había soñado con tenerla así, desnuda y rendida, mientras sus labios la devoraban. Pero ni el más húmedo de sus sueños podía compararse con la realidad. 

No podía parar. 

No quería parar.

Y si la parte más galante de su ser aún tenía dudas acerca de si la velocidad con la que se estaban sucediendo los acontecimientos en los últimos minutos era la correcta, Erin se ocupó de despejarlas.

—Ay, por Dios, por Dios, por Dios…Sigue, por favor, sigue… Aishhhh… Quéééé locuuuura… 

Ike no obedeció. Esta vez, no. La tensión de su miembro, que latió con fuerza, seguida de una emisión de líquido preseminal, le dejó claro que ya no había forma de contener lo que Erin había desencadenado con sus jadeos. Fin de los escarceos, pensó.

Erin gimió cuando el calor abrasador de los labios de Ike se alejó de sus pezones, exponiéndolos al aire de la estancia. Se apretó los pechos porque era lo que le pedía el cuerpo, pero no encontró alivio a la imperiosa necesidad que la estaba enloqueciendo. Ningún alivio.

Vio que él se agachaba, buscaba entre el revoltijo de prendas hasta dar con sus pantalones y después de hurgar en un bolsillo, sacaba un preservativo. 

No dejó de mirarlo en ningún momento. Ni cuando él se secó la punta del miembro con los dedos, ni cuando se puso el condón y lo extendió con movimientos deliberados. Solo cuando sintió que él empezaba a jugar, moviéndolo suavemente contra su pubis, cerró los ojos, embriagada por lo que sentía.

Se abrazaron y se besaron apasionadamente, entregándose con cada fibra de su ser a unas sensaciones que ambos anhelaban, a una necesidad física y emocional de sentirse verdaderamente unidos en cuerpo, pero también en alma. 

Era embriagador sentirlo frotándose contra ella. Sentía su miembro jugueteando entre las piernas, jugando a provocarla. Internándose entre sus muslos y dejando que ella lo sintiera caliente y duro sobre el clítoris… Para alejarse un instante después, justo a tiempo de volverla loca de deseo. 

Y vuelta a empezar.

Erin había perdido toda noción del tiempo cuando, esta vez, Ike dejó de jugar. Sintió su pene a las puertas de la vagina. Todo a su alrededor empezó a expandirse y a contraerse al ritmo de los latidos del corazón.

Sin darle tiempo a recuperarse, Ike corrigió su postura y volvió a empujar. La cabeza de su miembro entró limpiamente, sin hallar la menor resistencia. 

Los dos temblaron de manera perceptible al sentirse íntimamente unidos por primera vez. 

—¿Sigo? 

Se miraron intensamente, conscientes de lo que estaba a punto de suceder entre los dos, así como del huracán de emociones que los embargaban; deseo, expectativa y certeza de que esta vez era diferente. Realmente, diferente; el final a años de soledad.

Entonces, ella se retiró con delicadeza y le dio la espalda una vez más. Después de apoyar una mano a cada lado del espejo, se inclinó un poco hacia adelante, elevando sus caderas y volvió a mirarlo a los ojos, esta vez, a través del espejo.

—¿Te vale como respuesta? —susurró, provocativa.

Ike apretó los párpados, acercó la nariz al pelo femenino y aspiró profundamente. 

Y dijo en voz alta lo que cada célula de su ser repetía sin cesar:

—Eres un sueño de mujer, Erin. Un sueño alucinante.

Y tras posar sus manos sobre la pared, junto a las suyas, se hundió dentro de ella hasta el fondo, penetrándola desde atrás.


- IV -

Erin se estremeció al sentir aquel «buenos días, preciosa» que Ike había acompañado de un beso en el cuello, justo debajo de la oreja. Instintivamente se encogió toda y él aprovechó la coyuntura para rodearla con sus brazos.

—Eres una mimosa. Y esta es otra del millón de cosas que me encantan de ti —le dijo al oído volviendo a disparar una miríada de sensaciones a cuál más excitante cuando su aliento se propagó por todo su cuerpo como la onda expansiva de una detonación.

Dios, ya estamos otra vez, pensó Erin, recostándose contra él. 

Aprovechando que él dormía, había ido hasta la cocina decidida a devorar media nevera porque tanto ejercicio nocturno la había hecho amanecer muerta de hambre. Pero por lo visto, no dormía. Y ahora que lo tenía allí, tan cerca y tan excitante, empezaba a sentir otra clase de hambre mucho más acuciante. Lo cual era ideal para los sentidos, pero nada ideal para un día laboral que empezaría en exactamente dos horas. Todavía tenía que ducharse y arreglarse, sin olvidar pedir un taxi para atravesar todo Dublín, ya que su coche había pasado la noche donde lo había dejado el día anterior por la mañana, en el aparcamiento de la imprenta.

—Seguro que todas se ponen igual de mimosas cuando están contigo.

Él se rió bajito.

—Es verdad —concedió. Vio que ella volvía la cabeza haciéndose la enfadada y enseguida rectificó—. Bueno, eso da igual porque lo que cuenta es que ellas no me encantan cuando se ponen mimosas y tú sí. Tú me encantas siempre.

«Claro, hazme la pelota que soy ciega y no me entero de nada», pensó Erin y le siguió el juego. En realidad, era capaz de seguírselo hablaran de lo que hablaran con tal de volver a sentir lo que solo sentía estando entre sus brazos. Lo había probado la noche anterior por primera vez y ya no quería prescindir de ello. 

—¿Siempre?, dices. Espera a verme de mal humor y luego me lo cuentas.

—¿Lo veré algún día? No lo creo… Porque suponiendo que estuvieras malhumorada, soy muy bueno en todo lo que tenga que ver contigo y seguro que me las arreglo perfectamente para hacer que se te pase en un segundo. ¿Quieres que te enseñe cómo lo haría?

Sus manos ya le habían desatado la bata y ahora la estaban acariciando directamente sobre piel. Aún eran caricias bastante recatadas, pero, visto lo visto -y la noche anterior había tenido la ocasión de verlo desde todos los ángulos posibles-, era cuestión de segundos que dejaran de serlo.

Algo que a ella le encantaba. Dios, cómo le gustaba cuando Ike se ponía caliente y dejaba, por un rato, de ser el tipo galante para convertirse en un tío de rompe y rasga que la avasallaba sexualmente, imponiéndose y marcando el territorio como si no fuera Ike Adams… La volvía rematadamente loca. 

—¿Vas a asaltarme igual que anoche? —ronroneó ella.

—¿Quieres?  

Claro que quería… Pero no podía. 

Erin detuvo suavemente aquellas caricias insinuantes y se volvió de frente a Ike. Notó que la miraba algo sorprendido, pero verlo vestido únicamente con su piel, hizo que se olvidara de todo durante unos instantes. 

Ike, que disfrutaba enormemente de esos repasos descarados que ella había empezado a regalarle la noche anterior, la dejó hacer. De hecho, le facilitó la tarea apartándose un poco para que tuviera una panorámica más amplia.

—¿Quieres? —insistió al cabo de unos instantes.

Ella se debatió entre dar rienda suelta a lo que sentía o hacer lo que debía… Que no era solamente dejarse asaltar por él. 

Al fin, se cerró la bata y se cruzó de brazos. Lo físico tendría que esperar, pero quizás hubiera tiempo para resolver lo emocional.

—¿Fue tan alucinante para ti también? —le preguntó. 

Ike frunció el ceño pero la sonrisa no abandonó su rostro.

—¿No lo dejé bien claro anoche? —Volvió a hablarle al oído—: Si no recuerdo mal, fueron seis veces. Y tú, no sé exactamente cuántas más, pero varias.

Y a continuación, buscó su mirada tan tranquilamente, como si no acabara de soltar una bomba de seis megatones.

Erin se frotó la frente en un gesto de desesperación. Era su voz, su aliento caliente erizándola entera, el recuerdo de una noche durante la que solo habían dormitado para reponer fuerzas, la sensación tan real incluso ahora de tenerlo encima, dentro, detrás… Sin que nunca fuera suficiente. La locura de sentirse físicamente exhausta y al mismo tiempo no querer parar. 

No poder parar. 

—Mierda, Ike… —se quejó.

Él respondió desatándole la bata y pegándose a ella de cintura para abajo con todo el descaro del mundo.

—Tenemos dos horas. Necesitamos media para prepararnos y quince minutos para atravesar la ciudad, yo te llevo. —Se inclinó y volvió a susurrarle al oído—. Una hora y cuarto da para mucho, ¿no crees?

Uno de sus dedos ya se había apuntado a la tarea de arrancarle un «sí», jugueteando sobre su pubis. Sin embargo, ella volvió a detenerlo. Lo hizo con suavidad pero con decisión. Tanta que él ladeó la cabeza y la miró preocupado.

—¿Estamos bien? ¿He hecho algo que no…?

Erin sonrió derrotada. Puso un dedo sobre sus labios para impedir que él siguiera hablando. Dedo que él, cómo no, besó con dulzura. Era demoledor.

—Estamos perfectamente y todo lo que has hecho… —No, nada de generalidades, se dijo—: Todo lo que me has hecho ha sido fabuloso. Eres un hombre ideal y en las distancias cortas me vuelves loca. Me encanta cómo me hablas, cómo me tocas, cómo…

La palabra «follas» apareció en la mente de los dos, lo que a ambos les resultó evidente porque sonrieron con complicidad.

—Pero si me meto en esa cama contigo de nuevo, pasaré de todo y no puedo. No debo. Ni tú tampoco. Tengo que ir a trabajar y tú tienes que regresar a Londres… —Exhaló un suspiro—. Y los dos tendremos que aguantarnos las ganas hasta que volvamos a vernos dentro de tres días. Así que… Deja de provocarme, hablándome al oído… Deja de tocarme y de pegarte a mí… —Juntó las manos como en un ruego—. Y por favor, por favor, por favor, deja de enseñar palmito… Porque me encanta y haces que me derrita de gusto solo con mirarte. Y no puedo porque tengo que ir a trabajar y tú te tienes que marchar y… ¡Mierda, qué desesperación! 

—Bueno, no hace falta que nos metamos en la cama… Quizás, sobre la mesa te gusta menos y te da tiempo de ir a trabajar…

Ella le dio un puñetazo en broma.

—¡Ike, que lo digo en serio!

Él se apoyó contra la pila, a su lado y bajó la vista sonriendo.

—¿Qué? —preguntó Erin.

—Nada… Pensaba.

—¿En qué?

Su sonrisa delató de qué clase de pensamientos se trataba. Erin se echó a reír.

—Vaya pregunta más estúpida acabo de hacerte. Eres un tío y siempre tienes ganas. ¿En qué ibas a estar pensando?

—¿Sabes? Me parece que estás dando algunas cosas por sentado —repuso él, haciéndose el interesante.

Dios, cómo me gustas, Ike. ¿Por qué tengo que irme? ¡Por qué, por qué, por qué! ¡Mierdaaaaaa!

—Cómo cuáles.

—Como que siempre tengo ganas porque soy un tío.

—¿En serio? ¿Y acaso no es verdad?

Ike esperó a que ella dejara de reír para responder.

—No, no es verdad. Siempre tengo ganas cuando estoy contigo, pero tú eres la razón, no que yo sea un tío. Y mis ganas de ti no solo tienen que ver con el sexo. Admito que me pones. —Se miraron con complicidad y él asintió varias veces con la cabeza—. Mucho. También admito que si de mí dependiera, me tendrías entre las piernas en el desayuno, en la merienda y en la cena… Pero si el plan es ir al cine o conversar sentados en un banco del parque como hicimos la última vez que estuve en Dublín, también me apunto sin pensármelo dos veces. Tú eres la clave, no mis cromosomas.

Ay, qué loca me vuelves…

—Vaya, qué bonito, gracias… ¿Desayuno, merienda y cena? —añadió con picardía al cabo de un rato—. ¿Y qué pasa con la comida? ¿Piensas tenerme a dieta?

—La comida también, Erin. Creo que anoche dejé bien claro que te haría el amor a cada rato. 

—Seis veces, como mínimo, sí —concedió ella—. Te has puesto el listón muy alto, te diré.

Su voz había sonado pícara, pero sus ojos…

Ike se vio a sí mismo dejándoselo claro otras tantas más allí mismo, sin preámbulos. Sin más. Era increíble de qué manera se diluía su autocontrol ahora, después de haberla hecho suya. La más mínima insinuación bastaba para que su motor se pusiera a diez mil revoluciones por minuto. Sacudió la cabeza, alucinado.

Sin embargo, al igual que a Erin le había sucedido antes, Ike también necesitaba otras cosas. 

—Hay algo más que estás dando por hecho…

—¿Otra cosa más? Venga ya, ¿no te parece que te estás pasando de angelito? Eres un tío fabuloso y me vuelves loca; no necesitas seguir haciendo mérito conmigo. Lo digo en serio.

Él agradeció el cumplido con un gesto de la cabeza. Discrepaba, por supuesto. Nunca dejaría de hacer méritos porque por grande que fuera lo que ella sintiera por él, para él no sería suficiente. Siempre querría más. Pero ya tendría tiempo de demostrárselo. Ahora, había algo más importante de lo que ocuparse.

—Otra más, sí. Estás dando por hecho que voy a marcharme. —Erin lo miró con los ojos muy abiertos, unos ojos en los que empezaba a brillar una estela de ilusión que a Ike le encantó ver—. Si quieres, me voy, pero…

—¿No…? 

En vez de acabar su pregunta, Erin hizo un gesto negativo con la cabeza porque no le salían las palabras. Vio que él sonreía y su corazón empezó a latir con fuerza.

—No, no me marcho. Me dijiste que ibas a querer que te compensara por haberme alojado en un hotel el fin de semana y aquí me tienes; más que dispuesto a compensarte.

Erin permaneció en silencio unos instantes, mirándolo como si necesitara asimilar lo que había escuchado. Porque de hecho, era así. Y cuando al fin las palabras de Ike cobraron pleno sentido, su ilusión explotó. 

—Ay, Dios… —exclamó— ¡Me va a dar un ataque! —De pronto, se había acelerado. No paraba de anudarse el lazo que cerraba su bata para volver a desanudarlo un instante después—. ¿Pero cómo…? ¿Hasta cuándo te quedas?

—Hasta el jueves. Podríamos volver juntos a Londres… Bueno, si a ti te parece bien, claro.

—¡Maaaaaadre mía! ¿Y tu ropa? ¿No has traído equipaje?

Erin ni siquiera había reparado en que él había dejado el tema a su decisión y se suponía que algo tenía que responder. Seguía en su nube de ilusión, despertando una profunda ternura en Ike.

—Está en el aeropuerto. Dando vueltas en la cinta, supongo…

—¿Y eso?

—El vuelo llegó con retraso y se juntaron dos o tres vuelos descargando equipajes en la misma cinta y… —Ike se encogió de hombros, la miró con dulzura—. Ya no aguantaba más las ganas de verte…

—¡Dios mío, esto es alucinante! ¡Te juro que no me lo puedo creer!

A Ike le encantó ver cómo Erin se llevaba las manos a la boca sin dejar de mirarlo en una mezcla de ilusión e incredulidad. Era justo como él había imaginado que sería. 

—Así que, retomando el plan inicial —continuó—, ahora hacemos el amor y después te llevo a la imprenta. Espero las horas que hagan falta mientras estás trabajando, intentando entretenerme con algo para no ponerme a caminar por las paredes. Y cuando vuelvas, sigo compensándote de todas las formas que se nos ocurran… ¿Te parece bien?

A Erin le parecía demasiado perfecto para ser real. Necesitaba asegurarse. Necesitaba una confirmación de que no estaba soñando. Que todo era real, que él estaba allí tentadoramente desnudo en su cocina y a su disposición hasta que ella dijera basta. O sea, nunca.

—¿En serio, te quedas conmigo? ¿Lo dices de verdad?

Él se inclinó y la besó en los labios. Sostuvo su rostro entre las manos, mirándola con dulzura.

—En serio, preciosa. Me quedo contigo.

Diosssss… Así que es cierto, no estoy soñando.

La reacción de Erin fue instantánea. Le echó los brazos alrededor del cuello y se abrazó a él con todas sus fuerzas. 

Ike sabía lo que Erin sentía porque él sentía lo mismo. En su caso, no era algo nuevo; había tenido meses para asimilar la indescriptible sensación de haber llegado a casa que se adueñaba de él cada vez que estaban juntos. Para creérsela y no volver a ponerla en duda. 

Meses en los que había esperado y desesperado, soportando la distancia que Erin imponía, diciéndose que solo era cuestión de tiempo que ella empezara a confiar en él. 

Meses en los que había rogado por que esta vez le saliera bien.

Y horas sintiéndose en las nubes, agradecido a la vida por haberle dado la oportunidad de volver a sentirse tan unido a otra persona. Por el privilegio de haber vuelto a enamorarse, aunque todavía no se lo hubiera confesado a la interesada. Eso también tendría que esperar su momento idóneo. 

No, Ike no necesitaba que Erin expresara en voz alta lo que sentía; le bastaba con tenerla entre sus brazos vibrando de emoción, sabiendo que él era el artífice. 

Fue un momento intenso, precioso, al que Erin puso fin y, como siempre, lo hizo a su estilo.

—En ese caso, antes que nada, vas a meterte por el gaznate un desayuno de campeones… —sentenció.

Acto seguido, se apartó de él y comenzó a sacar tazas y platos del armario ante la expresión sorprendida de Ike. 

—Y no me vengas con eso de que vas a tomarme a mí como desayuno, ¿de acuerdo? Ni se te ocurra porque no va a colar.

—Dios, ¿qué ha pasado? Hace un minuto te tenía toda blandita y mírate ahora… Estoy bien, Erin. No necesito desayunar, en serio… Oye, teníamos una hora y cuarto. Si sigues así, nos quedaremos con las ganas los dos. 

—Qué dices, chico. Yo no voy a quedarme con las ganas. Eso es justamente lo que estoy asegurándome con un desayuno opíparo…  ¡Que no te me vas a desinflar en lo mejor! 

—¿Desinflar yo? ¡Ven aquí, que te vas enterar…! —repuso él, volviendo a rodearla con sus brazos. 

Adoraba lo que tenían, adoraba la forma en que ella convertía cada momento en algo más con sus juegos y sus provocaciones. La adoraba a ella con cada fibra de su ser.

Como era de esperar, Erin siguió jugando. Consiguió liberarse del abrazo y se apartó al tiempo que decía:

—Vamos, ponte las pilas, señor Adams, que cuanto antes repongamos fuerzas, antes podremos gastarlas… ¡Y no veas las gaaanas que tengo de gastarlas! —añadió, todo coquetería, haciéndole un guiño. 

Pero enseguida se echó a reír otra vez. Porque estaba feliz, feliz, feliz. Después de muchos años, sentía que podía tocar el cielo con las manos y, simplemente, no podía parar de reír.

Las carcajadas divertidas de Erin retumbaron en la estancia, llenándolo todo. 

Transformándolo todo…

Y enamorando un poco más a Ike que permaneció mirándola, totalmente cautivado.


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©️2021. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
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CR25. La noticia que lo cambia todo


CR25 La noticia que lo cambia todo, de Patricia Sutherland

Domingo, 24 de abril de 2011.

Quedada en honor a Romina Taylor.

Zona de descanso situada a 20 km de Portsmouth.


- I -


Ike y Erin estaban de pie uno al lado del otro, conversando junto a una de las autocaravanas. A estas alturas, todo el mundo sabía que eran pareja, pero no se habían apartado del grupo para buscar intimidad, sino tan solo un poco de tranquilidad. Como organizador del evento, Ike llevaba tres días atendiendo consultas y resolviendo dudas y problemas de última hora. Necesitaba un respiro.

Y allí estaban, él hablando y Erin intentando mantener a raya su sonrisa.

Quería ponerse seria, lo intentaba de verdad. Ike hablaba de sus planes para la próxima semana. Planes que, por lo visto, acababa de trazar e incluía viajar a Dublín, dependiendo de si podía retrasar una cita que tenía con un cliente muy importante. Teniendo en cuenta que si no lo conseguía, tendrían que esperar dos semanas para volver a verse, el tema no era ninguna minucia.

Pero sus pensamientos insistían en traicionarla. O mejor dicho, sus recuerdos. Sabía por experiencia que Ike era un hombre sensible a pesar de su apariencia. Pero verlo emocionarse con los elogios y las palabras de agradecimiento que le habían dedicado Dakota y Tess… Eso le había llegado al alma, despertando en ella tal nivel de ternura que se lo habría comido a besos allí mismo. Pero la atención de todo el mundo, aunque fuera por distintas razones, estaba puesta en ellos. En especial la de alguien; Brennan Mitchell, su padre. De modo que debían guardar las formas. Pero cada vez que el recuerdo regresaba a su mente, también volvía la ternura y con ella, unas ganas locas de mimarlo y de hacerle sentir delante de todos lo especial que era. Porque lo era; un hombre muy, muy especial… 

Y vuelta a empezar. Habían pasado horas desde que Dakota cogiera el megáfono, y Erin seguía sin conseguir tener a raya ni su sonrisa ni sus pensamientos, que volvían sobre lo mismo una y otra vez.

Una mano de Ike rodeándole la cintura la devolvió al presente de sopetón, y su voz susurrándole al oído, completó la faena.

—¿Te cuento un secreto? —Ike buscó la mirada femenina—. No sé por qué de tanto en tanto me miras y sonríes, pero cada vez que lo haces me entran unas ganas de olvidarme de que tu padre está aquí  y dejar volar mi imaginación… En serio, Erin, no sé qué pasa hoy, pero te juro que me está costando horrores hacer mi papel de hombre respetable delante de tu padre…

Ella rió con complicidad mientras buscaba a su padre con la mirada. Lo encontró enseguida; ocupaba un lugar junto a su único hijo varón en la mesa y, a pesar de estar rodeado de familia, sus ojos estaban pendientes de su hija mayor y su acompañante. O sea, de ellos.

Qué suerte.

—¿Respetable? Ay, qué cosas dices, Ike… Soy su hija, siempre estarás en su línea de fuego.

—Dije respetable por no decir lo que pienso. O sea, que me está costando un triunfo no convertirme en un crío calentón que te mete mano sin importarme quién esté delante, que es lo que de verdad me apetece hacer —precisó él con segundas.

La pareja intercambió miradas y ella fue la primera en tomar la iniciativa. La mirada de Ike se había vuelto intensa. Con una clase de intensidad que conocía muy bien y que adoraba. Puede que su padre no fuera quitarle los ojos de encima en todo el bendito día, pero nada le impediría capitalizar esa clase de ansiedad, la de querer y no poder, y, a su debido tiempo, disfrutar del efecto. Porque el efecto que tenía en los dos por igual también lo conocía muy bien y lo adoraba. De hecho, en su opinión, era lo único bueno de mantener una relación con alguien que vivía en otro país; que la anticipación y el deseo, debidamente estimulados, aseguraban los fuegos artificiales cuando al fin se tenían a la distancia de un beso.

—¿Más o menos como los fines de semana, que llegas a Dublín tan desesperado que dejas la maleta dando vueltas en la cinta de equipajes? Pues te voy a contar un secreto —se acercó a su oído y murmuró, imitándolo—. Me encanta ese crío.

Ike sacudió la cabeza ligeramente. El calor que subía por su rostro le informó de que lo que sentía debía estar bien a la vista, expuesto a todo el que quisiera verlo. Y no era de extrañar; se le había erizado el vello de todo el cuerpo.  

—Erin… Preciosa, no arrimes más leña al fuego —le advirtió.

—¿Y por qué no? Lo pasamos de miedo cuando el fuego arde descontrolado… —repuso ella con todo su descaro, y al ver la expresión suplicante de Ike, le frotó el hombro con cariño, cambiando el tono del momento y también de la conversación—: Que nooo, tranquilo… Ya me ocuparé de los leños esta noche, cuando lleguemos al hotel… Y entonces, sí que vas arder a lo bonzo, pero ahora voy a ser buena y te voy a contar por qué sonrío. 

A pesar del supuesto cambio de tono y de aquel gesto inofensivo de frotarle el hombro, sus palabras no habían tranquilizado a Ike. En absoluto. Más bien, al contrario; ahora se moría por llegar al hotel. Así eran los días junto a Erin. Daba igual si la tenía a diez centímetros o si ella estaba al otro lado de una pantalla, compartiendo una sesión por Skype. Con ella había descubierto su lado más vehemente, más apasionado. El que hacía auténticas locuras como, si en vez de estar en la cuarentena, hubiera retrocedido a los dieciséis. 

—¿Ah, sí? ¿De verdad, vas a contármelo… o es otro juego de los tuyos, para tenerme suspirando hasta que lleguemos al hotel? 

—¡Qué dices! No soy tan mala…

Ike se rio al ver la sonrisa diabólica con la que Erin había coronado su frase y no pudo evitar pensar que era la más mujer más genial que había conocido.

—Hoy he visto una nueva faceta tuya.

—Si te hace sonreír, entonces no será mala… —apuntó Ike.

Estaban cerca, pero no pegados. Y a pesar de que la atmósfera que los rodeaba era la típica de una pareja enamorada haciéndose confidencias, el sonido de la música los obligaba a hacerlas en un tono de voz mucho más alto. De ahí que se acercaran para hablarse al oído.

—¿Y por qué iba a ser mala? —dijo ella, mirándolo un tanto sorprendida—. Al margen de lo que pensaran tus colegas —sonrió divertida al precisar—: Ahora montas en una Harley, así que eres «su colega»… Yo siempre he tenido claro que no eres lo que ellos decían que eres.

Él asintió con la cabeza. Había un expresión tierna en su rostro cuando se acercó y le preguntó al oído:

—¿Siempre? 

—Vale, no siempre. Al principio, no. Al principio, solo pensaba en lo bueno que estás… —reconoció con su habitual desparpajo, haciéndolo reír nuevamente.

—No puedo quejarme, supongo… ¡A mí me pasaba igual!

Después de unas risas compartidas, Erin fue al grano.

—Te emocionaste cuando Dakota alabó tu trabajo. Y volviste a emocionarte cuando Tess te dio las gracias. 

Hizo una pausa a propósito, para ver qué decía Ike, pero él permaneció en silencio. Como solía sucederle, le importaba más saber qué clase de emociones había provocado en Erin con su emoción, que explayarse hablando de lo que él había sentido. 

—Y eso me mostró dos cosas que no sabía de ti —continuó Erin—. Uno, que eres un hombre con una sensibilidad alucinante y dos, que tener la aprobación de Dakota y de Tess era mucho más importante para ti de lo que yo creía. De lo que todos creíamos. Me dio muchísima ternura ver que no te salían las palabras. Por eso sonrío. Porque cada vez que te miro tan hombretón, tan seguro de ti mismo, y recuerdo cómo brillaban tus ojos y cómo te temblaba la barbilla… —Erin sacudió la cabeza con una sonrisa en los labios. Ya, pensó él, menudo momento más incómodo había pasado—. Me dan unas ganas locas de achucharte y comerte a besos… 

—Tendré que emocionarme más a menudo —coqueteó él. 

Pero su intento de evitar ahondar en el tema no funcionó. Erin ladeó la cabeza y lo miró con ternura.

—¿Vas a decirme por qué era tan importante para ti tener su aprobación… o voy a tener que torturarte? —Lo vio sonreír y permanecer mirándola sin hacer el menor ademán de explicarse, de modo que Erin continuó—: Sabías antes de llegar aquí que Tess estaba de tu parte. Y en cuanto a Dakota… No lo juzgo… No podría ser imparcial ni aunque me lo propusiera —admitió—. Pero no creo que te importe lo que él piensa… Es más, estoy segura de que no te importa. Te fastidiaba que te pusiera constantemente la zancadilla, eso sí, ¿y a quién no? La cuestión es que todo el mundo se llena la boca diciendo que tú no eres santo de su devoción, pero en lo que nadie parece haber caído es en que a ti eso te trae al pairo. Porque, en realidad, Dakota te trae al pairo. Te da igual lo que piense.

—¿Eso crees?

Erin asintió enfáticamente.

—Estoy convencida.

Ike apartó la mirada y durante unos instantes se dedicó a observar lo que sus colegas hacían varios metros más adelante. La música había hecho una pausa y Dakota rodeaba con su brazo a Maverick, riendo a carcajadas como si él solo hubiera acabado con la mitad de la cerveza disponible, lo que probablemente fuera cierto. Parecía más que entonado. Y aunque no estuviera allí cerca, podía adivinar de qué se estaba riendo; de la forma tan a su estilo en la que Maverick le había aclarado las cosas a la motera que llevaba semanas pasándose de la raya con su flirteo. Normal, pensó. Dakota no se habría andado con sutilizas; le habría hecho pasar una vergüenza enorme a la treintañera. Ese era su estilo. Siempre era su estilo para todo; trataba a la gente que no le gustaba o que decía o hacía algo que a él le resultaba inconveniente, como si fueran basura. ¿Le importaba de verdad lo que semejante individuo pensara de él? Ni en un millón de años.

—Me trae al pairo —reconoció y volvió la cabeza para mirarla. Se acercó un poco y habló cerca del oído femenino—: Pero tú no. Ni tu familia. Ni, por supuesto, tu padre. Lleváis meses viendo cómo me patea el culo y me desprecia de todas las formas que una persona puede despreciar a otra. Y como su opinión tiene mucha influencia en el bar, también lleváis meses viendo cómo los demás moteros se pasan conmigo por solidaridad con él. Tengo pinta de buen tipo -soy un buen tipo-, pero ser el motivo constante de burlas y descréditos por parte de tanta gente, tiene que acabar por sembrar serias dudas acerca de si realmente soy lo que parezco ser... 

—Eso no es verdad —lo interrumpió ella. Sus labios casi se rozaron y él, a pesar de sentirse tremendamente tentado de dejar de expresarse con palabras, se contuvo.

—Sí que lo es, nena. Estos tipos le estaban haciendo un daño enorme a mi credibilidad y si quiero seguir a tu lado, y definitivamente quiero, no puedo permitírmelo. Necesitaba que Dakota diera su brazo a torcer. Que lo hiciera públicamente para que vosotros pudierais verlo, porque detrás de él lo harían todos los demás. Era muy importante para mí. Pero, francamente, ya no contaba con eso. Me tomó por sorpresa. Y… Bueno, ya has visto lo que pasó. 

El rostro de Erin mostró a las claras lo que sentía por Ike; orgullo, respeto y mucho, muchísimo amor. 

Aunque no hubieran pronunciado aún las palabras «te quiero», hacía tiempo que dicho sentimiento existía por parte de ambos. Existía y crecía desbocado.

Para Ike, sin embargo, solo fueron evidentes los dos primeros. No se atrevía a dar el tercero por sentado. Pero sin duda, en aquel momento, constatar que Erin estaba orgullosa de él y que tenía su respeto era una forma estupenda de acabar las últimas horas que pasarían juntos, antes de que él regresa a Londres y ella a Dublín. No podía pedir más.

Pero lo obtuvo. Obtuvo mucho más.

Erin pasó de los pensamientos a la acción. Le daban igual las miradas, le daban igual las opiniones ajenas, incluida la de su propio padre. Especialmente, la suya. Volver a enamorarse y hacerlo de alguien como Ike, tan cabal, tan íntegro y tan querible era un regalo que hacía mucho que había dejado de esperar. Pero había llegado y estaba allí, frente a ella, en un envoltorio de lujo.

Tomó el rostro masculino entre sus manos y sin mediar palabra lo besó.

Se besaron. 

Ike no le dejó tomar la iniciativa durante mucho tiempo y se besaron con avidez y plenamente conscientes, ahora sí, de que las cosas se estaban acelerando entre los dos. 

Así era, en efecto. 

El sentimiento que los unía crecía imparable y muy pronto requeriría de ellos que tomaran decisiones importantes.


- II -

Más tarde, en el hotel…

La barbacoa se había extendido mucho más allá de las previsiones originales de Ike, lo cual hablaba a las claras de que la última actividad de la agenda motera había sido un éxito. De otra forma, no le habría costado tanto arrancarlos de aquella zona de descanso y montarlos otras vez a lomos de sus Harleys. 

Pero ahora que habían llegado al hotel, querían continuar con la fiesta. Estaban reunidos en el hall, pletóricos, intercambiando mensajes con los colegas hospedados en los otros dos hoteles contratados para el evento, planeando ir de copas. Como si no hubieran bebido bastante ya. Por suerte, Nikki se había hecho cargo de las riendas del evento y estaba coordinado a la gente, de modo que él solo estaba entre ellos de manera simbólica. Nunca tan bien dicho, ya que su mente estaba a kilómetros de allí. 

Para fiestas estaba él, pensó. Hacía horas que había entrado en la «fase despedida», un proceso en el que intentaba prepararse mentalmente para decirle adiós a Erin y retomar su vida normal hasta que volvieran a verse. Era un proceso necesario para que los duros efectos de su ausencia no acabaran con él, pero el desgaste emocional era importante y drenaba su energía hasta extremos inusitados. 

Ike respiró hondo y echó un vistazo rápido a los ascensores. Erin había subido a ver a su padre. Brennan Mitchell había convocado a las hermanas a una reunión familiar aquel día, aprovechando que toda la familia estaba en el mismo lugar, pero aún no estaba claro cuándo ni dónde tendría lugar dicha reunión.

La voz de Nikki sacó a Ike de sus pensamientos.

—Ya está organizado —le dijo—. Nos vamos de marcha a Gunwharf Quays, una zona para noctámbulos que me han dicho que está muy bien. Hemos quedado en el aparcamiento dentro de media hora. ¿Te apuntas?

La expresión de su cara debió ser muy gráfica porque antes de que dijera nada, Nikki le palmeó el brazo.

—Tranquilo, presi —le dijo risueña—. Para todos ya has cumplido con la quedada. A partir de aquí, nos organizamos solitos. Si al final decides acompañarnos, mándame un whassap y te digo dónde estamos, ¿vale?

El alivio de Ike también debió ser sumamente gráfico en su rostro porque Nikki se echó a reír.

—Y si lo que necesitas es que te llevemos a Urgencias, también avísame y venimos volando a por ti —le dijo al tiempo que se alejaba para reunirse con Conor, que ya estaba llamado a los ascensores.

Ike también se rio. 

—Gracias, Nikki. ¡Te debo la vida!


* * *


Erin se cruzó con Nikki y Conor al regresar al hall.

—Tu chico está en los sillones, medio muerto. ¿Qué le has hecho para dejarlo así? —bromeó Conor.

—¿Yoooo? ¡Sois vosotros los que me lo dejáis hecho polvo al pobre! —repuso, divertida.

—Ya se lo dije a él —intervino Nikki—, pero te lo digo a ti también por si le da uno de sus ataques de persona seria y decide que abrirse no es lo suyo. En lo que a nosotros -al club- respecta, Ike ya ha cumplido sobradamente. Conor y yo cogemos el testigo el resto de la noche. Pero si os apetece uniros, hemos quedado en el aparcamiento a las diez y media.

—Gracias. Sois geniales, chicos. Bueno, voy a ver si le pongo algún tratamiento de emergencia para levantarlo de ese sillón donde decís que ha caído medio muerto —exclamó Erin alejándose con paso enérgico.

—Tú eres su tratamiento de emergencia —comentó Conor en voz baja para que ella no pudiera oírlo. Miró a su mujer—: ¿Has visto cómo se le cambia la cara a Ike en cuanto la ve? —Nikki asintió enfáticamente—: Antes tenías que fijarte mucho para notarlo, pero ahora…

—Antes no estaba enamorado. Ahora sí —repuso Nikki con expresión soñadora y miró a Conor con ojitos traviesos—: A ti también se nota, por cierto.

—¿A mí? ¿Yo enamorado de ti? Qué va. Son ideas tuyas… —guaseó él, todo dulzura, y se inclinó a besarla.


* * *


Tal como decía Conor, Erin era el tratamiento de emergencia de Ike. Era todo lo que él necesitaba para estar bien. 

Desde el sillón, los ojos del presidente de los MidWay Riders se tomaron su tiempo para disfrutar del gozo de verla acercarse. Llena de energía, como siempre.

Preciosa, como siempre.

Se aproximaba con tal decisión, que Ike no pensó que su reacción al llegar junto a él sería la que fue; dejarse caer en el sillón, a su lado, y desperezarse al mejor estilo gatuno.

—La reunión será mañana temprano, en el desayuno. Mi padre llegó al hotel en las últimas, dijo que solo le quedaban fuerzas para ponerse el pijama y meterse en la cama.

—Tendrá que ser temprano o perderás el vuelo.

Lo dijo con una sonrisa que hizo reír a Erin.

—O sea, que ojalá sea tarde para que lo pierda, ¿no?

Ike sacudió la cabeza risueño. 

—¿Tenía cara de «ojalá lo pierdas»? —y al verla asentir, soltó una carcajada.

Los dos rieron un rato a cuenta de lo mucho que a ambos los traicionaban sus emociones últimamente, a pesar de lo mucho que se esforzaban por que no fuera así.

—Perdona, no era mi intención —dijo Ike cuando al fin lograron ponerse serios—. Sé que te espera una semana complicada y llegar tarde a la primera reunión no es la mejor forma de empezarla…

Erin se quitó una pelusilla imaginaria de su jersey negro de cuello alto mientras pensaba qué decir. Siempre se había tomado muy en serio su vida profesional. Mucho más desde que su padre y su hermana habían «emigrado a otras latitudes» y ella se había quedado sola en el país que la había visto nacer, un lugar que siempre le había encantado y que le resultaba extraño, incluso ajeno, sin ellos. Un lugar al que cada vez le costaba más volver no por el lugar, sino por Ike. Se le hacía más y más duro hacer frente a la distancia que los separaba la mayor parte del tiempo. Ya no deseaba estar en otro lugar que aquel donde estuviera él, fuera el que fuera. Un lugar -cualquier lugar- donde supiera con certeza que acabaría el día disfrutando de su compañía. De su compañía física, no virtual, como llevaba sucediendo desde hacía cuatro largos meses.

La cuestión era que ya no tenía quince años. No podía dejarse llevar por la locura del amor igual que lo habría hecho entonces, liarse la manta a la cabeza y que cada palo aguantara su vela. Era una empresaria, la directora general y socia al cincuenta por ciento de una empresa familiar con muchos empleados a su cargo. Aunque su corazón estuviera preparado y más que deseoso de dar el salto, su sentido del deber hacia los suyos se lo impedía.

Aún y así, su corazón estaba preparado y más que deseoso de dar el salto… Y por una vez, no disimularía ante el hombre que había logrado tamaño milagro, lo duro que le estaba resultando mantener una relación en la distancia con él.

Lo miró con una sonrisa cómplice en los labios.

—Yo creo que sí era tu intención… El subconsciente nunca miente. Y ojo, no te culpo. La verdad es que una parte de mí también desea perder el maldito avión —admitió.

Ike se quedó momentáneamente cortado. Erin no solía exteriorizar esa clase de emociones. Era una mujer enérgica, más propensa a la risa y a la broma, que a mostrarse vulnerable o desanimada en algún sentido. Con la relación que mantenían se había cuidado mucho de comentar o bromear acerca de la innegable dificultad que suponía vivir en países distintos. Él, que ya estaba enamorado de ella cuando al fin empezaron a salir, llevaba semanas desesperado por la situación, y mordiéndose para no forzar la marcha de las cosas precisamente por la contención de que ella había hecho gala hasta hacía exactamente un minuto. ¿Qué significaba este cambio? ¿Era una señal de que lo que tenían se había vuelto tan importante, que ya no soportaba las despedidas? El corazón de Ike se lanzó a latir con desenfreno ante la idea que Erin estuviera tan perdidamente enamorada de él como él de ella.

Aunque, bien visto, también podía ser una señal de que sus endorfinas, que se volvían locas de remate cada vez que tenían a Erin en su campo visual, le estaban friendo el cerebro y ya no era capaz de pensar con claridad. De hecho, era una posibilidad muy real; Erin hacía una escabechina con cada trocito de él, no solo con sus endorfinas.

—Ay, preciosa… —murmuró. 

Y no dijo más por temor a precipitarse. 

En cambio, la rodeó con sus brazos y la estrechó muy fuerte.


* * *


El abrazo no había durado mucho. De pronto, el hall había empezado a llenarse de miembros del club dispuestos a seguir de fiesta y en cuanto vieron a Ike, fueron en su busca. Por supuesto, no se ahorraron las bromas al verlo tan acaramelado con Erin, pero ahora su actitud era diferente. Ya no había mala intención; solo bromeaban como hacían con todos y entre todos. Para Ike el solo hecho de que no lo ignoraran, suponía todo un acontecimiento.

—Venga, tío, aligera. Los colegas quieren marcha y sin ti organizándonos, será un puto desastre —dijo Charlie, el motero galés, metiéndole prisas a Ike. A continuación, le hizo un guiño a Erin y le dijo—: Lo siento, pero lo necesitamos. Tranquila, que luego te lo devolvemos de una pieza.

Erin puso graciosamente un brazo sobre los hombros de Ike y miró al motero con ironía.

—¿Y qué te hace pensar que podrás llevártelo así como así? Ni lo sueñes. Si lo quieres a él, tendrás que llevarme a mí también —repuso ella, dejando a Ike más ancho que largo.

En aquel momento, llegaron Nikki y Conor, y al ver que un grupo de moteros estaba junto a Ike, fueron directo hacia ellos.

—Eh, ¿qué hacéis? —los interpeló Nikki—. El presi ha acabado por hoy. Dejadlo en paz. Yo me ocupo de la coordinación de esta salida, ¿vale?

El motero galés la miró con la burla pintada en la cara.

—Tu estarás muy ocupada rescatando a tu marido de las garras de sus fans… Ya sabes, ahora que ese vídeo lo ha vuelto taaaaaaan famoooooooso…

Conor puso los ojos en blanco.

—¡Pero qué pesaditos estáis con ese tema, colegas…!

Las carcajadas arreciaron.

—Estoy de acuerdo con Charlie, aunque se haya expresado como el carajo —intervino Evel. Llevaba unos instantes allí, junto a Abby, atendiendo el desarrollo de los acontecimientos. Sus inusuales modos daban a entender que también había bebido un poco de más—. Ike, lo que quiso decir es que te has pasado cuatro días pendiente de cada detalle para que todo saliera genial. Eres el único que no ha disfrutado de la quedada… más bien, diría que la has «padecido». Ahora nos vamos de juerga y no tenemos ninguna intención de dejarte atrás. ¿No es eso lo que querías decir, Charlie?

—¡Me has sacado las palabras de la boca! —exclamó él, haciendo reír a todos—. Qué bien habla este tío, ¿habéis visto?

—Bueno, a ver, ¿dónde está la juerga? —terció Maverick, que ya venía sacudiendo los hombros como si estuviera bailando samba. 

Su entrada triunfal no tardó en animar a los moteros, incluido Conor, que enseguida se marcó un bailecito en pleno hall.

Erin y Shea intercambiaron miradas.

—Tu marido es incombustible —se rio Erin.

—¿Me lo dices o me lo cuentas? —repuso Shea con cara de dolor.

Aunque Ike habría preferido quedarse donde estaba, tener a Erin para él solo sin distracciones, no podía negar que el gesto de sus colegas lo halagaba. Después de meses de desidia y frialdad, su interés por hacerlo sentir parte del grupo le agradaba. Mucho, de hecho.

—¿Qué dices, preciosa? ¿Nos vamos de marcha? —le dijo a Erin.

—¿Y todavía lo preguntas? ¡Claro que sí, Ike! ¡Hagamos temblar Portsmouth hasta los cimientos!

El ruido ensordecedor de los moteros gritando «¡bieeeeeeeeennnnnnnn! al unísono fue el pistoletazo de salida de una noche de baile y risas que se extendió hasta bien entrada la madrugada.


- III -

Ike y Erin habían regresado tarde al hotel. Habían caído en la cama tal cual estaban, apenas se habían quitado la cazadora y el calzado. Antes de marcharse, Ike había tenido el buen tino de pedir en la recepción que despertaran a todos los huéspedes del club a las ocho de la mañana, y a él, una hora antes, por lo que cuando sonó el teléfono en la habitación, apenas había dormido tres horas.

Tras compartir una ducha rápida con Erin y hacer el equipaje, se habían dirigido a la cafetería del hotel, donde se pusieron a desayunar mientras esperaban a la familia de Erin que llegó poco después acompañada de la familia de Andy. Los últimos en hacerlo fueron Dylan, Andy y la pequeña Luz.

—Dios mío, voy a necesitar una jarra de café para despertarme y el médico me lo ha prohibido… —se lamentó Andy, bromeando al tiempo que, con mucho más esfuerzo del habitual, se acomodaba en la silla—. Por cierto, ¡buenos días a todos!

Dylan y ella también se habían unido a la juerga, pero cuando poco después de la una de la madrugada, él la había oído comentarles a sus hermanas que tenía los tobillos «que no parecían suyos de lo hinchados que estaban», había pedido un taxi para volver al hotel.

—Y eso que no trasnochasteis tanto —dijo Erin—. Yo he dormido tres horas como mucho.

Su voz no había sonado ni remotamente a una queja. Ni siquiera a una lamentación. Brennan decidió aprovechar la ocasión para meterse con su hija. Últimamente, era su pasatiempo favorito.

—Extraña forma de expresarlo, querida. Solo te faltó añadir un «¡yupiiiii!» —le dijo mirándola con ternura por encima de su taza de café.

Ike se sonrojó, no pudo evitarlo. Se centró en ponerle mantequilla a su tostada porque si había algo para lo que definitivamente no estaba preparado, era para que aquel hombre hiciera bromas sobre ellos.

Erin, en cambio, celebraba el cambio de actitud en su padre. Un cambio que, después de todo no era tan grande, ya que desde que la había visto presentarse a la cena familiar de fin de año en compañía de Ike, no había dejado de hacer alusiones sobre su vida sentimental ni de interrogar a Ike cada vez que se le había presentado la ocasión. Además, estaba feliz. Era feliz y no pensaba ocultarlo.

—¡Yupiiiiiiiiiiiiiiii! —exclamó, desafiando a su padre y haciendo que la mesa entera se desternillara de risa.

Luz, que estaba medio dormida en los brazos de su tío, pareció despertarse de golpe.

—¡Síííííí…! ¡Iupiiiiii! —exclamó la pequeña dando palmas con sus manos regordetas mientras les regalaba a todos sus risitas contagiosas.

El desayuno tuvo lugar entre bromas y conversaciones amenas en las que la madre de Andy y su tía Neus llevaron la voz cantante, contando anécdotas del embarazo múltiple, que tenía tan ilusionados no solo a los padres, sino a toda la familia. Anécdotas que Andy escuchó con resignación y Dylan con muchísimo interés, ya que le aportaban datos de lo que sucedía en su casa cuando él estaba fuera por trabajo.

—Ella lo niega porque no quiere preocupar a nadie, y menos a su madre. Así de fabulosa es mi niña —dijo Neus dedicándole una mirada cargada de amor y de orgullo a Andy—. Pero la verdad es que a medida que se acerca el gran día, necesita de muchos cuidados y muchos más mimitos. Es ley de vida, sobrina. A todas nos ha pasado igual.

Dylan estaba absolutamente de acuerdo, de modo que asintió con énfasis a lo dicho por Neus. 

Brennan, por supuesto, también lo estaba. Solo que en su caso, eran dos las mujeres en estado de buena esperanza entre las que debía repartir su energía y su cariño. Decidió que era el momento oportuno de plantear el asunto en el que llevaba varias semanas pensando.

—Hablando de cuidados prenatales… —empezó Brennan, y dirigiéndose a sus hijas, añadió—: Os dije que quería consultaros algo y ya que toda la familia está reunida, vamos a aprovechar…

Ike dio un último sorbo a su café y se levantó.

—Os dejo que habléis tranquilos… Yo tengo asuntos que liquidar en la recepción. Nos vemos luego, Erin.

Ella lo miró algo sorprendida, pero al final lo dio por bueno. La verdad era que ignoraba de qué quería hablar su padre. En todo caso, Ike seguía estando a cargo de la coordinación del regreso de los moteros a Londres y conseguir que salieran a tiempo después de haberse pasado la noche de juerga, no sería una tarea sencilla.

Brennan, por su parte, estuvo a punto de decirle a Ike que podía quedarse, si quería. Finalmente, decidió no hacerlo.

—Bueno, ¿empezamos? —dijo, mirando a Erin y Shea.


* * *


Erin atravesó el hall en busca de Ike como si hubiera una alarma de bomba.

La recepción estaba llena de moteros y otro tanto sucedía con el hall, pero Ike no estaba a la vista.

Salió al aparcamiento y fue entonces cuando lo vio, agachado junto a su moto, guardando cosas en una de las alforjas. Corrió hacia él.

—¡Te vas a morir cuanto te lo cuente…! —exclamó al llegar a su lado.

Él le dedicó una de sus sonrisas seductoras.

—Entonces, ¿seguro que quieres contármelo? —Se puso de pie—. Para que conste, no tengo ninguna intención de morirme. 

—Calla, tonto… Esto te va a encantar saberlo… ¿Estás preparado para el bombazo? 

Él asintió risueño. 

—Dispara.

—¡Me traslado a Londres en un mes! —exclamó tan absolutamente incapaz de contener su alegría, que remató la frase dando saltitos en el sitio—. ¿Qué te parece?

El corazón de Ike empezó a latir aceleradamente. La sorpresa y la ilusión fueron patentes en su rostro cuando al fin consiguió articular una palabra. Una palabra que resumió a la perfección cómo se sentía.

—Increíble.

Y al ver que Erin se reía, intentó recuperar la sensatez y decir algo más efusivo que aquella única palabra que había logrado pronunciar.

—O sea, ¿me estás diciendo que ya no voy a tener que pasarme la semana haciendo filigranas en el trabajo para poder estar contigo? ¿Voy a poder verte cuando quiera? En persona, me refiero. No a través de una maldita pantalla de ordenador.

Ella asintió con los ojos refulgentes de ilusión.

Ike se llevó una mano al corazón.

—Dios mío. Espera que me siento. Me va a dar algo —reconoció en una mezcla de alegría e incredulidad—. ¿Pero cómo es posible, nena? 

—Mi padre cree que si es él quien ayuda a Shea en la empresa londinense, acabará trastornándola de los nervios. ¡Y tiene toda la razón! —celebró risueña—. No entiende el proyecto de Shea, para él es una osadía no un proyecto empresarial, así que ha propuesto un juego de piezas en el tablero que, en mi opinión, es magistral. Él y mi director adjunto se ocuparán de la casa matriz… Y yo me ocuparé de la filial de Londres hasta que Shea pueda reincorporarse al trabajo a jornada completa. —Sonrió emocionada—. Hablamos de unos seis meses, más o menos. 

Ike, que se había ido recuperando de a poco del shock inicial, sonrió de oreja a oreja.

—¿Te tendré al alcance de mi mano durante seis meses? ¿Podré verte en cualquier momento, de verdad?

Erin asintió y se echó a reír de pura felicidad.

Ike ya no se contuvo más. Que Dios lo ayudara, si se estaba precipitando. Su voz adquirió una seriedad superlativa cuando le dijo:

—¿Te das cuenta de que esta noticia acaba de cambiar radicalmente las cosas entre nosotros? ¿Eres consciente de esto, Erin? 

No solo era consciente, era algo que llevaba deseando hacía tiempo. Su padre acababa de darle el empujón que necesitaba para dar el siguiente paso. Esta vez, sin remordimientos, ya que no estaría desatendiendo sus obligaciones ni actuando egoístamente con su familia.

Erin tampoco se contuvo más.

—¿Y tú, eres consciente de que estoy a punto de darle una estocada mortal a tu fama de soltero más codiciado de la ciudad? 

—No soy el soltero más codiciado de la ciudad —murmuró él, rezumando dulzura.

—Para mí, sí —Erin tampoco se quedó corta en dulzura.

Ike exhaló un suspiro y la estrechó fuertemente entre sus brazos.

—Dios, nena, por favor… Dime que no estoy soñando.

Ella tomó su rostro entre sus manos.

—No estás soñando. Soy real, tú eres real. Y esta noticia que lo cambia todo también es real. ¡Real como la vida misma! —exclamó.

Y fue lo último que Erin pudo decir durante algunos minutos, ya que Ike la levantó en su abrazo a dos palmos del suelo y se dedicó a besarla como si estuvieran a solas.

Pero no estaban a solas. Ni mucho menos.

En el otro extremo del aparcamiento al que había llegado por una puerta lateral del hotel, Brennan Mitchell esperaba cerca de las autocaravanas. Mientras los conductores acomodaban los equipajes, él disfrutaba de las vistas. 

Y, desde luego, las estaba disfrutando a lo grande. 

Aunque todavía no hubiera tenido ocasión de decírselo personalmente, tenía muchísimo que agradecerle a aquel hombre de la barba singular. Había conseguido que su hija regresara de entre los muertos, donde parecía haberse quedado atrapada tras la muerte de su prometido. Volver a ver la ilusión en los ojos de Erin, esa alegría contagiosa que echaba tanto de menos… Nunca se lo agradecería bastante.

Conocía bien a su hija y sabía que llevaba semanas sumida en una lucha interior. Una lucha entre lo que sentía por aquel hombre alto y elegante, y su gran sentido de la responsabilidad, que le impedía hacer lo que deseaba; trasladarse a Londres, al menos durante algún tiempo. Darle una oportunidad a su relación con él y comprobar si en verdad tenían un futuro juntos, antes de tomar decisiones importantes que, en el caso de Erin, afectarían seriamente al negocio familiar y, por ende, a su familia.

La sonrisa de Brennan se ensanchó al ver que el hombretón levantaba a su hija del suelo de un abrazo. Parecían dos adolescentes enamorados, aunque ambos hubieran dejado atrás ese período de sus vidas hacía muchos, muchos años…

Una visión realmente estupenda, pensó Brennan Mitchell. Y asintió con la cabeza satisfecho.


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©️2023. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
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