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CR27. Acercando posiciones.

Viernes, 27 de mayo de 2011.
Bar The MidWay
Hounslow, Londres.
- I -
Como todos los viernes -en realidad, como todos los días, últimamente-, Ike se había tenido que ir aparcar la moto al quinto pino, lo cual quería decir que el bar estaría hasta los topes. No era lo que tenía previsto hacer aquella noche. Llevaba una semana trabajando a destajo, adelantando tareas, poniendo su casa a punto y liberando la agenda de la semana que se iniciaría el lunes para poder dedicarse a lo que de verdad quería. Más que querer, a lo que se moría por que empezara a suceder; disfrutar de la compañía de Erin sin limitaciones, sin pantallas de ordenador por medio. En vivo y en directo.
Y, por favor, cerca. Cuanto más cerca, mejor.
Pero todo estaba listo desde primera hora de aquella mañana y su ansiedad por que ya fuera sábado y Erin estuviera con él, en Londres, era tal que se estaba volviendo loco sin hacer nada. Por lo menos, en el bar podía conversar con los colegas o entretenerse con las actuaciones en vivo. Cualquier cosa que lo ayudara a mantener a raya la ansiedad. Además, sus circunstancias entre los clientes habituales del bar habían cambiado mucho desde la quedada. Ahora empezaba a ser uno más y a sentirse como tal. Ahora ya no temía acabar pasando un mal rato, como antes.
El bar estaba hasta los topes. Y eso que todavía era temprano. Estaría mucho peor cuando llegara la hora de la actuación en vivo.
Avanzó abriéndose paso entre la gente al tiempo que intercambiaba saludos. Detrás de la barra, un sudoroso Maverick servía pedidos como una máquina y otro tanto hacían Dakota y los dos camareros de guardia aquel día.
—Pero mirad quién está aquí… —guaseó Dakota al verlo—. El que decía que las Harleys eran unas latas y acabó gastándose un riñón en una Heritage del ’86.
Su guasa llevaba una doble carga de dinamita que no pasó desapercibida a Ike. La Heritage le había costado dos riñones, no uno, y la razón, estaba seguro de ello, era Dakota. El precio había sido altísimo porque Evel sabía que Dakota pondría el grito en el cielo al enterarse de quién tenían ahora de cliente en el taller. Había sido un intento de disuadirlo que, obviamente, había fracasado. Y ambos lo sabían.
—Bueno, si quieres ganarte el respeto de los miembros de un club de moteros de Harley Davidson, haz de hacer bien tus deberes, ¿no? Y para que conste, fueron los dos riñones. La máquina de diálisis está en la moto.
Dakota sonrió complacido. No por Ike, al que seguía encontrando molesto -y bastante ridículo con esa barba de personaje de cómic-, sino por la situación. Hasta él había alucinado al saber el precio que Evel había puesto a conseguirle una moto que una vez tuteada y, en palabras de Ike, fuera tan alucinante que todo el mundo babeara de envidia.
—El que algo quiere, algo le cuesta —repuso Dakota—. ¿Cerveza?
Ike no ocultó su asombro. Desde la quedada, intercambiaban saludos -suponiendo que a los ligerísimos movimientos que el motero le hacía con la cabeza se les pudiera llamar así-, pero esta era la primera vez que se comportaba como un barman con él.
—Gracias, mejor un café.
—¿Un café a estas horas? Bueno, tú sabrás… —dijo Dakota, y enfiló hacia las máquinas.
—Claro que sabe lo que le conviene. No quiere desparramar la noche antes de que llegue su chica —intervino Maverick haciéndole un guiño a Ike. Se detuvo frente a él camino del final de la barra donde unos clientes lo estaban llamando—. ¿Qué tal, tío? ¿Cómo lo llevas?
—¿Me creerías si te digo que lo llevo bien? —ironizó Ike. Sacudió la cabeza, derrotado—. Entre nosotros, estoy de los nervios… No puedo creer que haya llegado el día, que mañana por la mañana Erin estará aterrizando en Londres y que no volverá a marcharse en seis meses por lo menos… —Y al recordar que Shea había tenido contracciones el día anterior—. Perdona, ¿cómo está tu mujer?
Los clientes del final de la barra empezaron a dedicarle sonoros chiflidos a Maverick. Lo hacían mitad en broma y mitad en serio, pero para el barman era una clara indicación de que no debía entretenerse hablando.
—Bien, bien… Fueron pasajeras. Tienen un nombre raro, pero son bastante comunes… Luego te cuento. Voy a darles de beber a estos tíos antes de que salten la barra y se sirvan ellos mismos.
Dakota apenas se detuvo al pasar frente a Ike, tan solo el tiempo suficiente para servirle su café y, de paso, volver a sorprenderlo. Esta vez, con dos frases:
—¿Así que se te está a punto de acabar la buena vida? —se carcajeó, malicioso—. Mi más sentido pésame, tío.
Los ojos de Ike mostraron a las claras su nivel de sorpresa. El barman no solo se comportaba como un barman con él; también bromeaba acerca de preocupaciones típicamente masculinas como «el fin de la buena vida» y «la pérdida de la libertad» derivadas de «sentar la cabeza» con las que Ike no estaba de acuerdo. La independencia, que a los veinte años parecía tan importante, a los cuarenta apenas si ocupaba un lejano sexto o séptimo puesto en la lista de prioridades. Especialmente en las de un hombre solo.
Pero una vez superada la sorpresa, Ike recordó algo que le había dicho Maverick. Dakota pensaba que Erin era una mujer de armas tomar. Las hermanas Mitchell le caían bien pero, en su opinión, las mujeres con mucho carácter eran un problema para la paz mental masculina. Por supuesto, no incluía en ese grupo a su mujer, a pesar de que Tess tenía un señor carácter.
Esperó a que Dakota regresara donde él estaba para responder:
—¿Y eso por qué? ¿Se te acabó a ti la buena vida cuando Tess volvió a establecerse en Londres? —En previsión de que el motero sacara a relucir sus malas pulgas, matizó—: No tienes pinta de tío al que se le ha acabado la buena vida. Más bien todo contrario.
Dakota miró a Ike como si fuera un ser inferior y soltó una risotada cargada de ironía.
—¿Crees que tengo tiempo para hablar? Tío, yo solo hablo con mi mujer y porque no me queda más narices, ¿te enteras?
Y esta vez tampoco se detuvo.
Ike se quedó mirando como el motero se alejaba, un tanto confuso. La relación entre los dos había cambiado mucho desde la quedada. Estaba convencido de que el cambio era para bien pero, ahora no sabía muy bien qué pensar…
—Es su forma de socializar —le dijo Maverick en confidencia al pasar frente a él—. Ya sé que no lo parece, pero es una buena señal. Para Dakota empiezas a ser como todos los demás. O sea, ¡gente de la que mofarse cuando le da la puta gana!
Y coronó la frase con una sonora carcajada.
* * *
Ike estaba a punto de irse cuando su móvil empezó a sonar. Sonrió al ver el nombre que se iluminaba en la pantalla.
—¿Qué tal? ¿Mucha gente en el bar? —se adelantó Erin.
—¿Cómo sabes que estoy en el bar? Ah, ya sé, has hablado con Shea…
—Bueno, sí, pero no. He hablado con Shea, pero fue a media tarde. Así que no lo sé por eso.
—¿Y por qué lo sabes?
—Porque si estuviera a horas de volver a ver a mi novio que vive en otro país, sabiendo que lo tendré todo para mí durante los próximos seis meses… ¡a estas horas iría por la segunda cerveza, seguro! La ansiedad me está matando —reconoció—. Así que yo también me he venido al MacKinnon’s a ver si con alguna de esas mezclas deliciosas que preparan aquí, consigo dormir de un tirón toda la noche…
Un millón de recuerdos regresaron a la mente de Ike al oír el nombre de aquel pub dublinés donde habían cenado cinco meses atrás. Y no por el pub en sí, que era acogedor y servía una comida deliciosa, sino por lo que había venido después de la cena. Aquella noche habían hecho el amor por primera vez.
—Chica lista… A mí también me está matando. Sé que esto no contribuirá a que tengas una noche tranquila… Ni tampoco a que yo la tenga, pero… —Exhaló un suspiro—. Es la verdad. Me muero por verte.
—¿No te parece increíble? Dios… Necesito que alguien me pellizque…
—Estoy en una nube —fue la respuesta de Ike—. En cualquier parte menos en donde debo, te lo juro… Hoy tenía tres visitas comerciales que hacer. Las tres veces tuve que volver a por las llaves de la moto. Christina —la recepcionista de su concesionario— se parte de risa cada vez que me pilla en alguno de mis frecuentes lapsus… Al principio, se preocupó. Claro, este comportamiento no es nada normal en mí… Bueno, antes. Ahora, sí. Desde que tú apareciste en mi camino, se me olvida hasta cómo me llamo… Me tienes en una nube tooodo el tiempo y no me entero de nada.
—Eso me gusta.
—¿Que se me olviden las cosas y haga el ridículo cada dos por tres?
—Reconozco que ese es lado que peor llevamos de esta locura, pero si lo miras bien, ¿qué mejor motivo existe para estar tonto perdido?
Cuánta razón, pensó Ike. Llevaba años ocupado en mil asuntos cuya función primordial era distraerlo de lo que sucedía realmente en su vida porque enfrentarse a su soledad -y a la persistente sensación de que nunca dejaría de estar solo-, era demasiado duro de soportar las veinticuatro horas del día.
Pero ahora había alguien en su vida. Alguien que lo hacía vibrar, soñar, desear… Alguien capaz de tenerlo en una nube todo el día.
Estar «tonto perdido», sin ninguna duda, era lo mejor que le había pasado en mucho, muchísimo tiempo.
- II -
Sábado, 28 de mayo de 2011.
Piso de Dylan Mitchell
Piccadilly Circus, Londres.
—A ver, deja que te mire bien —suplicó Ike en cuanto descargaron las maletas en el piso de Dylan y Erin cerró la puerta.
Ella le rodeó el cuello con sus brazos y sonrió. Era la cuarta vez que le decía lo mismo desde que había puesto un pie en Londres, un par de horas antes.
—¿Qué, he cambiado mucho en los diez días que llevamos sin vernos?
—Claro. Estás mucho más hermosa que antes, lo cual ya es decir porque hasta ayer te tenía por la mujer más alucinante del mundo… Me pregunto cómo lo haces. ¿Algún truco de belleza o brebaje milagroso que quieras compartir conmigo, por favor?
Erin se rio bajito.
—Será que la idea de pasar seis meses en la misma ciudad que tú me ha hecho florecer… —coqueteó.
Él asintió enfáticamente.
Seis meses por delante para estar juntos, qué maravilla.
—Di que sí… —Ike le rodeó la cintura en un abrazo holgado para poder seguir conversando mientras se miraban—. ¿Cuál es el plan de hoy?
—Mmm… Primero, desayunar. Me muero por uno de esos bollos deliciosos. Después, hacer la compra semanal. No quise que mi hermana tuviera que estar lidiando con mis asuntos, ya bastante tiene con sus contracciones de Braxton Hicks, la pobre. Así que toca ir al súper.
—¿Está mejor? Anoche, Mav me dijo que habían sido una cosa pasajera.
—¿Y tú te lo has creído? Si por pasajeras entendemos que no son permanentes, pues sí. Pero sigue con ellas. Le dan una o dos veces, según el día, solo que no le dice nada a Mav.
—Eso no está bien.
A Ike le había salido del alma y un instante después de decirlo, pensó que por qué no se había mordido la lengua.
—Bueno, es un decir… —matizó enseguida—. Seguro que Shea sabe lo que se hace.
Erin lo miró con interés.
—¿No perteneces al club de los que piensan que a los hombres cuanto menos información se os dé acerca del embarazo de vuestras esposas, mejor?
Él frunció el ceño.
—¿Existe un club semejante?
—Claro que sí. Sin ir más lejos, mi madre era miembro. Mi hermana, por lo visto, también lo es. Y Andy… —Erin hizo una pausa para reflexionar sobre la particular situación de su cuñada—. Lo intenta, pero como mi hermano no se deja… Vamos, que si Dylan no fuera como es -para mi gran sorpresa, he de decir-, Andy probablemente también sería un miembro destacado.
—Espero que tú no.
Las palabras de Ike los tomaron a los dos por sorpresa. Otra vez le habían salido del alma y su incomodidad fue evidente.
—Perdona… —Sonrió algo contrariado—. Parece que la ilusión de tenerte conmigo me hace hablar sin pensar…
Erin ladeó la cabeza y continuó mirándolo cada vez más interesada. Esto, decididamente, era algo nuevo.
—Pues no te cortes —repuso—. Dí lo que tengas que decir. Soy toda oídos.
Ike sacudió la cabeza sonriendo. Su sonrisa venía a cuento de que intentaba ocultar su disgusto, pero era consciente de que no lo estaba logrando.
Desde el principio de enterarse que ella pasaría tanto tiempo en Londres, una de las cosas que más anhelaba era aprovecharlo para que se conocieran a fondo. Poder hablar de todos esos temas importantes entre un hombre y una mujer que hasta el momento no habían podido abordar adecuadamente debido a la brevedad de sus encuentros. Hacerlo ahora formaba parte de sus planes inmediatos, desde luego…
Pero no tan inmediatos.
—¿Quieres oírme hablar de asuntos tan serios con el estómago vacío? —se las arregló para decir en un claro intento de desviar el tema—. Chica, eres una valiente…
Erin captó la evasiva y le acarició una mejilla al tiempo que reía.
—¿Sabes qué, motero? Tienes razón. Vamos a por ese desayuno y cuando ya haya metido un delicioso bollo de mantequilla en mi sistema, te cederé el micrófono para que te explayes a gusto, ¿te parece bien?
A Ike solo le faltó pasarse la mano por la frente en un gesto de alivio. «Te has salvado por los pelos», pensó.
En cambio, le obsequió una de sus miradas cautivadoras y repuso:
—Tus deseos son órdenes, preciosa.
- III -
Tras recoger en el horno sus bollos favoritos, Ike y Erin habían puesto rumbo a casa de Ike. Era lo que solían hacer cada vez que ella estaba en la ciudad, de modo que a Erin no le extrañó.
Tampoco se percató de que la casa estaba especialmente ordenada, impoluta. Ike era un tipo detallista y ordenado por lo que, de haberlo notado, le habría parecido de lo más normal.
En realidad, Erin estaba demasiado ocupada con sus propias emociones para percatarse de nada. El último mes, desde que se había enterado de que sería ella quien sustituiría a Shea al frente de la filial londinense durante su baja por maternidad, y no su padre, como originalmente estaba previsto, se le había hecho interminable. Una auténtica tortura que el agobio de coordinar todas las tareas extras derivadas del cambio de planes, no había hecho sino agravar.
Y ahora que estaba allí, ahora que sabía que el rostro de Ike sería lo último que vería antes de dormirse, la ilusión y la excitación que sentía lo ocupaban todo. Sencillamente, no podía creer que estuviera sucediendo.
En todo caso, apenas habían tenido tiempo de llegar al espacioso salón posterior de casa de Ike cuando el móvil de Erin empezó a sonar.
—Seguro que es Shea —anticipó mientras hurgaba en su bolso en busca del móvil. Y en cuanto lo encontró y comprobó la pantalla, asintió—: Es Shea.
—Entonces, voy a preparar el café para acompañar estas delicias —dijo él después de dejarle un suave beso sobre la frente que Erin, para grata sorpresa de Ike, convirtió en un delicioso beso con lengua—. Vaya… Gracias.
Ella se encogió de hombros con una sonrisa radiante.
—De nada.
Tan pronto Ike se marchó, Erin se repantigó en el sillón y atendió la llamada.
—¡¿Ya estás aquí?! —oyó que su hermana exclamaba a modo de saludo.
¿Cómo si ya estoy aquí? ¡Claro que estoy aquí!
Hablaban cada día, varias veces por días, y en el último mes mucho más. Aquella mañana, cuando iba camino del aeropuerto, había recibido un WhatsApp suyo deseándolo bien viaje.
—No, estoy aquí —guaseó Erin.
—Vaaaaale. Estoy ansiosa, lo sé… ¿pero sabes las ganas que tenía de volver a tenerte cerca, mala hermana?
—¿Ansiosa, solamente? Estás de los nervios, Shea. Llevas un mes atacada de los nervios… Por cierto, yo también me moría de ganas de volver a tenerte cerca, nena… Y no soy una mala hermana.
Oyó que Shea se reía y le decía:
—Ya. No solo de tenerme cerca a mí, querida. Y no te molestes en negarlo que nos conocemos mucho y bien…
—No pienso negarlo, tranquila. Además, nadie me creería aunque lo intentará, así que… No sentía esta locura desde que cumplí los… No sé… ¿Dieciocho? Bah, hace siglos de la última vez.
—¿Y? ¿Ya has tenido tiempo de demostrarle a tu chico cuánto lo has echado de menos o todavía estáis en los preparativos?
Shea fue la primera en reírse de su flagrante intromisión en la vida privada de su hermana, pero no podía evitarlo. Le encantaba ver a Erin enamorada.
—Si no quieres quedarte esperándome todo el día, te sugiero que no me des ideas taaan estimulantes… Dime, ¿qué tal van esas Braxton Hicks?
Un bufido anticipó que la respuesta no sería buena.
—Me tienen frita. Estoy tan tranquila y, de repente, ¡zas!
Le preocupaban, estaba claro. A todas las mujeres les preocupaba sentir contracciones antes de tiempo, aunque fueran las benditas Braxton Hicks y los médicos dijeran que eran de lo más normales. Pero enseguida acudió un pensamiento a la mente de Erin. Un pensamiento que la hizo sonreír.
—Y digo yo… ¿No te has planteado que quizás no estés tan tranquila como deberías?
Hubo un momento de silencio y al fin oyó la voz de su hermana rezumando picardía:
—¿Y qué sabes tú de ese tipo de contracciones?
—Lo suficiente —repuso Erin, sin dar más detalles.
—Quizás es tu imaginación calenturienta, ¿no te lo has planteado? —dijo Shea imitándola—. También se presentan cuando te mueves mucho o cuando tienes muchas ganas de hacer pis o cuando estás de pie un buen rato… Estar embarazada no es ningún chollo, te diré.
—Ya, pero conozco a tu chico y te conozco todavía mejor a ti. Por eso lo digo —remató Erin haciendo reír a Shea—. Y por lo que veo, no lo niegas.
—No, no lo niego —admitió—. Por el momento, es la mejor parte del embarazo.
No necesitaba ver a Shea para saber que después de semejante confesión estaría roja como un tomate. La facilidad con la que su hermana se ruborizaba siempre había sido como un cartel luminoso que traicionaba sus pensamientos. Pero ya que su familia siempre la había acusado de ser (excesivamente) lanzada, espontánea y carente de filtros, Erin decidió que no se apiadaría de Shea, sino todo lo contrario; haría honor a su fama.
—A ver, para que yo me haga una idea… ¿Dices «mejor» en plan «uno al día no hace daño»… O «sigue, sigue, no pares, no pares»?
La respuesta de Shea fue tan hilarante e instantánea como esperaba.
—¡Calla, Erin! —exclamó— ¡Serás petarda!
Y las dos rompieron a reír a carcajadas.
* * *
A Ike le sucedía lo mismo que a Erin. Había pasado por la misma sensación de que el mes no acababa nunca y, paradójicamente, por el mismo agobio de sentir que no le alcanzaban las horas del día para adelantar todo el trabajo posible y poder disfrutar de Erin a fondo cuando al fin llegara a Londres. Por la misma ansiedad y la misma necesidad de dar un paso más en la relación que mantenían. Sentía lo mismo que Erin… multiplicado por un millón. Con el pequeño inconveniente de que, en el momento que se había enterado de que tenía seis meses por delante con Erin al alcance de la mano, su corazón había metido la quinta velocidad y ya no atendía a razones.
Y así estaba él, en mitad de una locura incontrolable, procurando respetar los tiempos de su novia mientras una parte de él, esa parte donde habitaba su corazón declarado en rebeldía, le hacía meter la pata un minuto sí y otro también. ¿A santo de qué había soltado eso de que no estaba bien que Shea le ocultara a Maverick sus malestares de embarazada?
¿Acaso es asunto tuyo, BOCAZAS?
¿Y ahora qué? ¿Confiar en que Erin se olvidara de lo sucedido? No haría tal cosa. La conocía lo bastante para saber que, antes o después, volvería a sacar el tema. Y cuando lo hiciera, ¿cómo continuaría esa conversación? ¿Hablando de hijos? ¿De los que él quería tener con ella? Claro, por qué no, pensó con ironía. Todo el mundo sabe que a las mujeres les encanta que un hombre empiece por dejar claras sus expectativas sobre paternidad. Y si lo hace antes de haber reunido el coraje para decirle «te quiero» a la futura madre, mejor que mejor.
Menudo gilipollas.
Ike sacudió la cabeza, cabreado consigo mismo. Ya había sacado del armario una bandeja para llevar el desayuno al salón y ahora estaba disponiendo los bollos de mantequilla sobre una fuente mientras esperaba que se hiciera el café e intentaba dominar las ganas que sentía de zurrarse a sí mismo por semejante metedura de pata.
—¿Qué pasa? ¿Nos hemos llevado el paquete equivocado? Por favor, dime que son mis bollos favoritos los que hemos traído… Llevo una semana soñando con ellos.
La voz de Erin devolvió a Ike a la realidad un tanto confuso. ¿Cuánto tiempo llevaba en la cocina, dándole vueltas a su cabreo? Se volvió a mirarla con una sonrisa.
—Ah, hola de nuevo… Claro que son tus bollos favoritos… ¿Has acabado de hablar con Shea?
Un instante después, Ike volvió a tener ganar de zurrarse.
Claro que ha acabado con Shea. Está hablando contigo, ¿no?
Por lo visto, su cerebro todavía seguía sin recuperarse de que lo hubieran pillado in fraganti, de ahí que hubiera recurrido a tamaña obviedad para salir del paso.
Sin embargo, Erin tampoco se percató esta vez.
Fue hasta la mesada, donde estaba Ike, y se puso a ayudarlo con la bandeja del desayuno mientras explicaba:
—Sí, lo siento… Es como si Shea no se hubiera enterado de que estoy en Londres y ya no necesita llamarme a cada rato para ponerme al día de su vida. Empezó a contarme lo que había hecho el lunes, siguió por el martes… Igual que cuando estoy en Dublín. Es mi desayuno de los sábados —bromeó.
—Os echáis mucho de menos, ¿eh?
Erin asintió varias veces con la cabeza.
—Mucho. Las dos tenemos nuestro genio y cuando hay tormenta entre nosotras, caen rayos y centellas, pero la adoro. Este año y medio sin ella ha sido duro. Muy duro —admitió, mirándolo con los ojos brillantes.
—Por lo que sé, para ella también ha sido duro —repuso Ike con dulzura.
—Más le vale… —comentó con gesto recriminatorio, pero enseguida sonrió dejando claro que bromeaba—. Oye, ¿por qué antes sacudías la cabeza?
¿Eso hacía? Aj. Mierda.
—¿Yo? —Se hizo el desentendido, pensando que con un poco de suerte, igual colaba.
—Sí, tú. Hacías así.
Ike se rio al ver cómo algunos mechones más cortos del ya de por sí corto peinado estilo pixie de Erin se movían enérgicamente.
—No sé… Si hacía así —repitió el gesto provocando la risa femenina—, fue sin darme cuenta…
¿Sin darte cuenta? Venga ya, señor Adams.
Erin recorrió las facciones masculinas con una mirada profundamente tierna.
—Parecías contrariado —insistió. Estaba segura de lo que había visto.
Él también se mantuvo en sus trece.
—¿Te parece que puedo tener algún motivo para estar contrariado? Estás aquí, Erin. Conmigo. ¡Al fin! Si en cualquier momento me pongo a bailar, no te sorprendas…
—¡Si te pones a bailar, bailaremos juntos! Vale, el café ya está… ¡Vamos, vamos, vamos, que me muero por hincarle el diente a esos bollos! —repuso ella divertida al tiempo que le metía prisas en broma.
Ike contuvo un suspiro de alivio y cogió la jarra de café que depositó sobre la bandeja, junto a los bollos y las tazas.
Erin mantuvo la puerta de la cocina abierta para él y cuando Ike pasó a su lado, camino del salón, se dispuso a seguirlo.
Estaba contrariado por algo, aunque él dijera lo contrario. Y ella lo dejaría correr.
Pero solo por el momento.
- IV -
Ike se lo estaba pasando en grande viendo la cara de gozo de Erin comiendo bollos de mantequilla. Era expresiva y espontánea como una niña, y eso le encantaba.
Algo más de la larguísima lista de cosas que le gustaban de ella…
—No te rías tanto, que tu cara es por el estilo cuando te ponen una ración de jamón ibérico… Que te he visto —se defendió ella.
—Entre Evel y tu hermano me llevarán a la perdición —reconoció Ike, refiriéndose a que había sido idea de Evel ofrecer canapés en el bar, canapés que incluían mini tostas de jamón ibérico.
—¿Por qué lo llamas perdición?
—¿Que por qué? Por una razón muy femenina —repuso con amaneramiento—: Engorda, Erin.
Ella le quitó importancia al tema con un gesto de la mano.
—No te preocupes, te voy a seguir queriendo igual aunque te pongas como un tonel… Cosa que, por otra parte, dudo mucho que ocurra. Empiezo a sospechar que haces algo para mantenerte en forma, porque ese figurín que gastas no puede ser de nacimiento… ¿Y sabes qué? Ahora, que también vivo en la ciudad, te va a resultar muy difícil mantenerlo en secreto…
Cuando después de pasarse la servilleta por los labios, Erin volvió la cabeza para mirarlo, se encontró con una mirada intensa, emocionada, cargada de… ¿Asombro?
—¿Qué? —atinó a preguntar con el ceño fruncido.
El rostro de Ike se suavizó en una sonrisa que se hacía más grande por momentos. A lo que ella, insistió:
—¿Quééé….?
—Has dicho que me vas a seguir queriendo igual aunque me ponga como un tonel… ¿Eso significa que ahora me quieres? —La sonrisa de Ike daba una vuelta completa a su cabeza. Esas dos palabras le habían hecho cosquillas en la lengua y la sola idea de que el bendito tema de los sentimientos estuviera sobre la mesa al fin, aunque fuera de aquella manera tan casual…
Ike no habría podido dejar de sonreír ni aunque le fuera la vida en ello.
Mucho menos después de ver el brillo rabioso de aquellos enormes y preciosos ojos grises.
—¿Eso he dicho? —murmuró Erin, arrugando la cara. Al verlo asentir, sonrió y echó mano de una frase que le había oído a él y le había acariciado el corazón—: Me cachis…
Ike celebró su reacción lo justo para no incomodarla, pero enseguida tomó la iniciativa. No estaba dispuesto a dejar que el tema se enfriara. Había esperado mucho ese momento y ahora que tenía la certeza de que no se estaba precipitando, lo aprovecharía.
La tomó de una mano, instándola a que se pusiera de pie y la rodeó con un brazo mientras la empujaba suavemente contra la pared que había frente a los sillones donde estaban hacía un momento.
Ella lo dejó hacer. También estaba más que preparada; prueba de ello era que su propio subconsciente acababa de dejarla en evidencia.
—Así que me quieres… —murmuró él.
Erin sonrió pero no dijo ni que sí ni que no.
«O sea; sí», pensó Ike. Todo él se estremeció.
—¿Y si yo te dijera que ya estaba enamorado de ti cuando me diste ese beso en la mejilla en la boda de Evel?
Esta vez fue Erin quien se estremeció.
Y pensar que ella se había pasado los dos meses anteriores evitándolo por activa y por pasiva por puro miedo. Él le gustaba tanto y se sentía tan especial a su lado…
A ver, a ver, a ver… Un momento. ¿Cómo es eso de que ya entonces estabas enamorado de mí? ¡La boda fue hace ocho meses!
—Te diría que estás exagerando. Apenas habíamos hablado unas cuantas veces… —repuso ella.
A pesar del tono travieso que había empleado, a ambos les quedó claro que el lado más cauto de Erin había vuelto a hacer acto de presencia. Especialmente, a Ike que, esta vez, no lo dejó correr. No habría podido aunque quisiera; su corazón iba tan acelerado que derrapaba en las curvas.
—¿Cuánto tiempo necesitas para darte cuenta de que lo que sientes es real, no un producto de tu imaginación? ¿Qué más necesitas sentir cuando, después de años creyéndote muerto, hasta la última molécula de tu cuerpo vuelve a vibrar ante la sola presencia de esa otra persona? Erin, me faltaba la respiración solo con verte. Me falta —se corrigió.
Erin asintió sin dejar de mirarlo. Así que no era ningún farol. Ike no estaba exagerando… Además, sus palabras le resultaban familiares. Ella ya no recordaba la última vez que alguien la había dejado sin aliento. Habían pasado tantos años…
—Me asustabas —reconoció—. Lo que me hacías sentir era tan intenso que me daba pánico… Me da —se corrigió y sus ojos volvieron a brillar intensamente.
—Pero estás enamorada de mí… —arriesgó él con una expresión indefinible en su rostro, consciente de que lo que ella dijera a continuación cambiaría el curso de sus vidas.
Tan consciente como Ike, Erin tragó saliva. Su habitual tendencia a la verborrea y a la extroversión, de pronto, había sido sustituida por un silencio atronador.
Los instantes siguieron pasando. Instantes cargados de emoción, de latidos acelerados, de tensión amorosa.
—Mucho —concedió, al fin, en un susurro.
Ike exhaló un suspiro cuando su corazón se puso a palpitar de júbilo.
—Pues ya somos dos… —murmuró con un punto de comicidad—. Todas las veces que te he llamado «preciosa», todas las veces que te he dicho «estoy loco por ti», quería decir mucho más que eso… En realidad, y espero que puedas controlar tu pánico cuando lo oigas, lo que quería decir es que te amo con locura. Con auténtica locura.
Erin también suspiró porque su corazón, igual que el de Ike, palpitaba de amor, de ilusión, de esperanza. Había transcurrido casi una década desde la última vez que se había sentido profundamente unida a otra persona. Años durante los cuales la soledad, poco a poco, se había instalado en su vida y con ella, una creciente desesperanza. Una extraña sensación, casi certeza, de que junto a Adrian también había enterrado sus sueños personales más valiosos. Y ahora, de repente, volvía a estremecerse y su corazón volvía a palpitar de amor…
Sus miradas se encontraron durante una eternidad.
—¿Te importaría repetirlo… por favor? —murmuró ella.
¿Importarle?, pensó él. Se lo repetiría como una canción en bucle el resto de su vida, si eso le aseguraba volver a ver aquel brillo en sus ojos, aquella expresión de pura devoción. Pero necesitaba más. Como siempre cuando se trataba de Erin, necesitaba mucho más.
Sus ojos descendieron de los ojos de Erin a sus labios para luego regresar cargados de pasión.
—¿Te importa si dejamos la compra en el súper para más tarde?
—Depende. ¿Cuál es tu plan?
—Hacerte el amor mientras te repito al oído lo mucho, muchísimo que te quiero —Y se inclinó a besarla. Un beso que comenzó casi como un roce y pronto se volvió intenso, profundo, pleno.
Erin se tomó su tiempo para saborear los labios de Ike. Se tomó aún más tiempo para hacer lo mismo con su lengua. Sus comienzos casi siempre eran lentos. Podían pasarse horas coqueteando, insinuándose. Horas sobreviviendo a la pasión a base de toques furtivos, de besos ligeros pero repetidos, una y otra vez, con la menor excusa. Incluso, sin ninguna.
Pero lo que la enloquecía de esas formas pausadas que él imponía era que cuando al fin el ritmo adquiría una velocidad propicia para consumar el sexo, también lo mantenía in crescendo con la misma dedicación y el mismo mimo.
—Así que el presidente de los MidWay Riders quiere acercar posiciones con su chica… —murmuró, mordisqueándole el labio inferior.
Un sonido ininteligible salió de la boca de Ike. Bien podía tratarse de una afirmación -un «ajá»- o, simplemente, de un gruñido de placer. Entonces, él la empujó aún más contra la pared, pegando su cuerpo al de ella. Erin exhaló un largo suspiro al sentir su erección contra el vientre, insinuándose. Lo hacía con movimientos delicados que, sin embargo, eran lo bastante firmes para dejar absolutamente claro que el ritmo se aceleraría de un momento a otro.
—¿Estás a punto? —insistió Erin mientras acariciaba su mejilla barbuda con la punta de la nariz y, de paso, admiraba aquel perfil que algún artista virtuoso debía haber tallado con un cincel, tan perfecto era. Vio que Ike respiraba hondo y cerraba los ojos, abandonándose al deseo. Sintió cómo sus manos se colaban debajo de su blusa, y tras desatarle el sostén, se deslizaban por su espalda con hipnótica suavidad. Se estremeció cuando una de esas manos le cubrió un pecho, posesivamente, y a continuación comenzó a torturarle el pezón.
—Sí… —El vaho caliente que acompañó la única palabra de Ike, se extendió como lava por el cuerpo de Erin.
Unos instantes después, su blusa había caído al suelo y ahora eran los labios de Ike los que lamían y mordían. Volviéndola loca de deseo. Provocándole contracciones uterinas breves, pero intensas.
—¿Muy a punto… o puedes aguantar un poco más? —insistió ella.
Ike estaba más que a punto. La necesitaba ya. Pero adoraba sus juegos. A ella la excitaba jugar y él se ponía como una moto, sumando a la de por sí increíblemente placentera sensación de tener sexo con una mujer de la que estaba profundamente enamorado, el placer derivado de la demora en consumarlo y de lo mucho que lo excitaba verla tan caliente.
Pero estaba más que a punto…
Por toda respuesta, Ike empezó a manipular la cremallera de la falda vaquera de Erin.
—¿Para tanto es la cosa? Mmm… De uno a diez, ¿cuánto? —lo desafió, pero para tranquilidad de Ike cuya resistencia empezaba a flaquear, ella le apartó las manos y se subió la falda hasta la cintura.
Ike bajó la vista. La visión de aquel diminuto triángulo de encaje blanco desapareciendo entre los muslos femeninos le puso el corazón a doscientos por hora.
Volvió a mirarla. Y volvió a pegarse a ella.
—Nueve y medio. Y subiendo —dijo al tiempo que recorría el cuello femenino con sus labios—. ¿Por qué? ¿Qué te propones? —buscó su mirada—. ¿Matarme?
Erin esbozó una ligera sonrisa maliciosa y manipuló su cremallera hasta abrirle la bragueta. Metió la mano dentro de la ropa interior de Ike y sin dejar de mirarlo a los ojos, asió su miembro con actitud desafiante.
Él volvió a gruñir de placer.
—Suave, Erin, suave… O me pondrás en diez en un segundo y se acabará el juego…
Ella ni suavizó sus caricias ni dejó de insinuarse. Al contrario. Desde el primer momento se había sentido segura entre sus brazos. Libre de hacer y desear lo que quisiera. Ahora que sabía que él la amaba, ahora que lo había escuchado pronunciar aquellas palabras que todavía seguían resonando en sus oídos…
Ahora, simplemente, no podía parar.
—No quiero ir a la cama… —él la miró intensamente. Ella añadió—: todavía.
—Ay, Erin… —Fue una súplica a mitad de camino de un ataque de pasión.
Un ataque de pasión compartido que llevó a un enredo de manos tirando de las prendas del otro y manipulando cremalleras y botones, dejándolos al fin completamente desnudos y fundidos en un abrazo. Buscándose, acariciándose, frotándose como dos adolescentes con las hormonas desatadas.
—Y si no vamos a la cama, ¿dónde…? —murmuró él, torturando los pezones de Erin con suaves lametones.
Ella lo tomó por la barbilla y lo obligó no solo a detener temporalmente la locura sino también a mirarla.
—Quiero que empieces aquí —señaló el sitio donde estaban.
Ike tragó saliva. «Empezar allí», en otras circunstancias, le habría sonado a paraíso. Le gustaba hacerlo de pie, pero la mayoría de las mujeres con las que se había relacionado íntimamente eran de estatura media tirando a baja y eso exigía mucho físicamente de él. Pero Erin estaba hecha a su medida hasta en ese detalle; como todos los Mitchell era alta. De modo que el esfuerzo era infinitamente menor…
Y el placer infinitamente mayor.
Pero él estaba en nueve y medio de diez, y la palabra «empezar» implicaba que dependía del medio restante para «continuar».
—Y que sigas allí —Erin señaló la mesa—. Y después…
—¿Después? —murmuró él con un punto evidente de desesperación en la voz.
—¿No decías que querías acercar posiciones? —lo desafió ella.
—Joder, Erin… —una queja envuelta en el fuego de su aliento sumada a aquella palabra malsonante que rara vez pronunciaba en su presencia y que dejaba patente lo caliente que estaba, barrió por completo a Erin.
Para entonces, habían vuelto a abrazarse. Él ya le había colocado su miembro entre los muslos, la cara superior de su falo le rozaba el clítoris cada vez que él avanzaba y retrocedía las caderas, algo que ella acompañaba empujando desde abajo con un dedo para que la fricción fuera mayor.
—Después… —continuó Erin, enfatizando la palabra— vendrá la ducha. Y tu alivio. Y esas palabras que quiero que repitas mientras te corres…
El último movimiento de caderas de Ike llegó acompañado de una penetración ligera a la que siguió una más profunda.
Ella suspiró. Adoraba que él siempre procediera con tino, incluso aunque, como ahora, no hiciera falta. Ambos estaban más que a punto. Por más fuerte que la penetrara no le haría daño y sí, en cambio, le proporcionaría la clase de satisfacción que necesitaba en aquel momento. Lo necesitaba. Necesitaba desesperadamente sentirlo dentro.
Erin se aferró a él más fuerte, buscando que la intensidad fuera mayor, algo que él le impidió con tanta delicadeza como determinación.
—Suave, nena. O no llegaré a la ducha… De hecho, empiezo a dudar que llegue siquiera a la mesa… Estoy a punto de explotar.
Ella no solo lo ignoró; se las arregló para conseguir que la penetración fuera más profunda y él ya no se resistió más. No podía. Solo quería hundirse dentro de ella una y otra vez. Solo podía pensar en eso.
Pero justo en ese momento, cuando él había dejado de intentar controlar lo incontrolable, ella se apartó. Rio traviesa ante la expresión de pura desesperación de Ike. Tirando de su mano, Erin lo condujo hasta la mesa. Allí se sentó, luego se echó y a continuación separó sus rodillas, exhibiendo ante él su rincón más íntimo mientras lo llamaba con un dedo.
—Fuerte y hasta el fondo de una vez —le ordenó.
Ike obedeció y pronto los gemidos llenaron el ambiente al mismo ritmo que se sucedían las embestidas. Cada vez más frecuentes, cada vez más intensos.
Entonces, Erin volvió a quitárselo de encima. Ike, esta vez, soltó un lamento y dejó caer su cabeza contra el hombro femenino cuando ella se sentó nuevamente en la mesa.
—Erin, no… —suplicó con la voz entrecortada—. Por favor, no puedo más…
—Sí que puedes.
Y sin darle tiempo a nada, Erin se deslizó fuera de la mesa hasta volver a apoyar los pies en el suelo, lo cogió de la mano y tiró de él, que se dejó arrastrar al baño sin oponer la menor resistencia.
Ike puso el rostro directamente bajo el chorro. El agua le empapó el pelo y sentirla corriendo sobre su espalda le produjo cierto alivio al caer en la cuenta de que, al fin estaban bajo la ducha. Ese era el final del recorrido propuesto por Erin, lo que quería decir que pronto llegaría ese otro alivio que necesitaba como el aire que respiraba.
Se colocaron como siempre. Él de pie frente a ella, con una mano apoyada contra los azulejos, a cada lado de Erin. Ella con la espalda contra el ángulo que formaba la unión de las paredes y el pie izquierdo posado sobre el borde exterior de la bañera, abriendo al máximo la vía de acceso para que él la penetrara. Cosa que él hizo de inmediato, según sus órdenes originales: fuerte y hasta el fondo de una vez.
Durante los siguientes minutos, Ike se aplicó a la tarea de embestirla cada vez más rápido, concentrado en cuerpo y alma en hacerla alcanzar el orgasmo cuanto antes. Apurando, de hecho, sus últimos cartuchos. Erin se aplicó a la de embestirlo a él para asegurarse de que sus instrucciones se cumplían hasta el último milímetro.
Ambos lo consiguieron. Y el nivel del ruido empezó a dispararse en aquellos lujosos diez metros cuadrados que conformaban el baño de visitas.
Los gemidos se convirtieron en gritos de pasión acompañados del sonido de dos cuerpos mojados, chocando uno contra el otro casi con violencia.
Entonces, ella volvió a hablar. Su voz, entrecortada por la fuerza de las embestidas, sonó a ruego y a orden al mismo tiempo.
—Repítelo… Repítelo. Ahora.
Ike echó la cabeza hacia atrás buscando aire con desesperación. Inspiró profundamente y se preparó para quemar su último cartucho.
—Te amo, Erin. —le susurró al oído mientras se enterraba dentro de ella una última vez—. Te amo con locura.
Y con el sonido de las palabras más poderosas del mundo, los dos se dejaron ir.
- V -
Una hora más tarde…
Después del ejercicio intenso que habían hecho en el baño de visitas y, tras una breve parada en la cocina para reponer parte de los líquidos perdidos con sendos zumos de naranja, Ike y Erin habían regresado al salón, donde se habían dejado caer en el sofá de cinco plazas, dispuestos a recuperar fuerzas antes de volver a vestirse y seguir con la agenda del día.
Ike estaba echado boca arriba, con los brazos cruzados formando una cruz bajo su cabeza y los ojos cerrados. Tenía la pierna izquierda estirada, rozando el cuerpo de Erin, y la rodilla derecha doblada que, a ratos, balanceaba ligeramente.
Erin estaba a su lado, echada de costado del lado del respaldo, descansando la cabeza sobre una mano mientras con la otra dibujaba una huella indefinida con su dedo sobre el pecho de Ike sin dejar de mirarlo. No eran muchos los momentos que tenía de llenarse los ojos de él. De modo que cuando se presentaba la ocasión, la aprovechaba a fondo. Estaba enamorada y era plenamente consciente de que ya no podía ser objetiva cuando se trataba de él. Pero la atracción no era algo nuevo, había estado allí desde el principio. Siempre se había sentido tremendamente atraída por él. Y no, no exageraba nada al decir que Ike era un tío de rompe y rasga.
Sus ojos descendieron ávidos por la columna de vello oscuro y se detuvieron en el lugar donde se convertía en un manto frondoso de aspecto aterciopelado. Exactamente donde estaba aquella parte de su cuerpo que le proporcionaba tantísimo placer, en estado de relax tras haber regresado a su tamaño natural.
En aquel momento, Erin se descubrió pensando algo diferente con cada lado de su cerebro.
Por un lado, ¿a qué se debía aquel gesto de contrariedad que había visto en Ike cuando estaban en la cocina, disponiendo las cosas del desayuno?
Por otro, ¿cuánto tardaría esa parte de su cuerpo en abandonar su estado de relax, si ella decidía ofrecerle a su dedo un lienzo distinto sobre el que dibujar? A la pregunta, siguió un pensamiento: sería tremendamente excitante contemplarlo mientras lo hacía. Muy excitante.
Cuando estaban juntos siempre había cierta premura por desnudarse y meterse en la cama. Comerse a besos, acariciarse, jugar a desafiarse y, en definitiva, estar piel contra piel era algo que ambos parecían necesitar como el aire. Otra veces, como hoy, la necesidad por consumar el sexo aquí y ahora llevaba la voz cantante y tenían que dejar los juegos para después… O intentar hacer las dos cosas al mismo tiempo, pensó con una sonrisa maliciosa.
Sin embargo, también estaba la necesidad de compartir sus cosas cotidianas. Pasaban largas horas conversando, contándose sus días, incluso los problemas que habían tenido durante el tiempo que habían estado separados. Hablaban por teléfono a diario. Pero no era lo mismo que estar al otro lado de la mesa o del sofá. Tenían que ponerse al día de tantas cosas cuando al fin estaban juntos, que el tiempo pasaba en un abrir y cerrar de ojos.
Aquel gesto contrariado de la cocina del que él seguía intentando no darse por aludido, la aguijoneaba. Antes de eso, habían estado hablando del embarazo de Shea y a él se le había escapado un comentario que enseguida había retirado. Ante su insistencia, él había desviado el tema con la excusa de estar en ayunas.
El dedo de Erin se detuvo al llegar al ombligo de Ike. La verdad era que se moría de ganas de seguir, de ver cómo se excitaba…
Pero ahora estaba en Londres y cuando llegara el domingo por la noche, no tendría que coger ningún avión. No se iría a ninguna parte. Sus ganas podían esperar.
Tendrían que esperar.
—¿Sabes de qué acabo de darme cuenta? De que ya no tenemos el estómago vacío —le dijo al oído—. Ahora puedes decirme eso que no querías decirme antes.
Él sonrió derrotado. Estaba seguro de que ella no pensaba dejarlo correr.
—No sé si quiero decírtelo ahora…
—¿Por qué no? No estás de acuerdo con que Shea no le diga a Maverick lo de sus contracciones de Braxton Hicks y me dijiste «espero que tú no». ¿Qué hay de malo en opinar sobre el tema? ¿Qué hay de malo en que no estés de acuerdo con lo que Shea hace? No voy a salir corriendo por que te muestres contrario a algo con lo que la mayoría de las mujeres -y de los hombres, mucho me temo- están de acuerdo. Tú eres tú y por eso me gustas.
Él ladeó un poco la cabeza para poder mirarla mientras hablaban.
—¿Seguiré gustándote después de que te diga lo que pienso? —le preguntó con ojitos traviesos—. Esa es la cuestión.
—Prueba a ver… —lo desafío ella.
Ike respiró hondo y exhaló el aire en un suspiro. Hizo el ademán de incorporarse, pero un dedo de Erin sobre su pecho lo devolvió a la posición original con un comentario:
—Estás muy bien así; donde pueda verte en toda tu grandiosidad y donde yo pueda seguir teniendo la posición dominante. Lo siento, me gusta mandar —añadió risueña.
Y a él que ella ejerciera su posición de dominio. Especialmente, durante el sexo. Ike sonrió. Se rascó la frente en un gesto nervioso, pero finalmente fue a por todas.
—Creo que la razón de que a la mayoría de los hombres las cuestiones relacionadas con el embarazo les queden grandes, se debe en gran medida a que las mujeres intentáis siempre mantenerlos al margen. Como si fueran… Fuéramos a desmayarnos si os vemos sangrar o gritar de dolor… Como si no tuviéramos la preparación suficiente o la capacidad suficiente para vérnoslas con algo tan grande como la gestación de un hijo y su nacimiento.
Interesante punto de vista. Era la primera vez que Erin oía algo semejante de boca de un hombre. Ni siquiera Adrian había mostrado una postura tan firme sobre el tema. Era más partidario de plegarse a lo que ella decidiera al respecto, de dejarla a su aire. En ese tema y en todos los que consideraba como «jurisdicción femenina».
—¿La tenéis? —Sin esperar respuesta, Erin continuó—: Las cosas que nos pasan a las mujeres durante el embarazo y el parto son muy gruesas, si entiendes a lo que me refiero. Distan mucho de las imágenes que vosotros tenéis en la cabeza de nosotras. Ya sabes, con lencería sexi, enviándoos mensajes subliminales… Y no tan subliminales.
Ike la miró largamente antes de responder:
—¿Y vosotras la tenéis? Nacer mujer, per se, no te prepara mental y emocionalmente para gestar, ni para parir ni para ser madre… Que muchas mujeres se nieguen a volver a pasar por eso después de la primera vez y otras muchas ni siquiera se planteen ser madres, a mi modo de ver, son pruebas de que la preparación no es algo que venga de serie en las mujeres. Y si no viene de serie, ¿por qué solo vosotras tenéis que fabricarla? ¿Por qué nosotros no? Un hijo es cosa de dos.
—No siempre.
—Sí, Erin. Aunque haya hombres que después se desentiendan del asunto, un hijo es siempre cosa de dos.
Erin bajó la vista hasta el pecho de Ike donde reposaba su mano. A pesar de que la observación intensiva a la que lo había sometido durante meses le había demostrado que era un tipo bastante singular, ahora no había esperado semejante alegato desbordante de lógica por su parte. Él seguía impresionándola igual que había hecho desde el primer día. Pero, sin saberlo, también estaba haciendo algo más; reavivar su sueño de convertirse en madre de una familia numerosa. Tras la muerte de Adrian y el paso de los años en soledad, ya lo había descartado. A su edad, un embarazo sería considerado de riesgo, con todo lo que eso implicaba. Solo uno; cinco, sencillamente, eran un sueño imposible. Y no solo por cuestiones de biología, ya que la adopción también era una alternativa. ¿Seguía teniendo la energía necesaria para sacar adelante a sus retoños hasta que se convirtieran en cinco florecientes seres humanos adultos? Si dependía solo de sí misma, probablemente, ya no. Pero… ¿Y si tuviera a su lado a un hombre que se implicara al cien por ciento en el proceso desde el vamos?
Erin se estremeció ante la idea de que un sueño que había descartado por imposible hacía mucho, de pronto, volviera a cobrar fuerza.
—Lo tienes claro —murmuró con dulzura.
El lado irónico de Ike no pudo evitar insistir en el hecho irrebatible de que aquel no era el tema de conversación más adecuado para un día tan señalado.
Pero independientemente de lo que dijera su lado irónico, la realidad también era irrebatible; lo que sentía por Erin lo empujaba a más. Era como ir al volante de un coche sin frenos, a toda velocidad y cuesta abajo. No podía parar.
—Clarísimo.
Erin asintió. Su tendencia a la verborrea había vuelto a hacer mutis por el foro totalmente superada por unos sueños casi olvidados que habían regresado con fuerza inusitada a la primera plana de su vida. Dijo lo único que pudo decir:
—Lo tendré en cuenta.
—Por favor, hazlo —rogó él.
Y decidido a recuperar la magia como fuera, la instó a cambiar de posición sobre el sofá con tanta suavidad como firmeza.
Esta vez no hubo pullas. Erin no se quejó por perder su posición dominante ni él bromeó acerca de lo mucho que a ella le gustaba mandar. De hecho, durante unos instantes no hubo palabras. Se miraron largamente, regocijándose en su mutua cercanía y en el montón de sensaciones nuevas que experimentaban tras haberse dicho «te amo». Eran los mismos que ayer y, sin embargo, ahora se sentían mucho más unidos que nunca antes.
—¿Crees que Shea se enfadará mucho si dejas la visita para más tarde?
Ike se había erguido sobre sus brazos, apoyándose sobre las palmas de sus manos. Y aunque sus ojos no se apartaban de Erin, no eran sus ojos los que miraba, sino sus pechos.
—¿Cómo de tarde?
—¿Cuánto de tarde te gustaría a ti? —preguntó él a su vez, después de afirmar su posición dominante empujando su pelvis contra la de Erin.
Ella le pasó los brazos alrededor del cuello.
—Depende de lo que te propongas hacer conmigo… —repuso, y empezó a buscar sus besos.
Ike se los dio. Los besos empezaron a volverse cada vez más profundos.
—Llevamos diez días sin vernos, Erin. Podrían grabar una película porno con lo que me pasa por la mente…
Erin exhaló un largo suspiro. También en eso era su hombre ideal; cuando se decidía a aparcar al ser galante que vivía en su interior por un rato, la volvía rematadamente loca.
—¿Y… piensas hacerme todo lo que te pasa por la mente?
Ike volvió a empujar su pelvis y, esta vez, su miembro quedó a las puertas del paraíso, insinuándose.
—Si me dejas… —volvió a insinuarse, esta vez con palabras.
—Guau… Parece que lo de acercar posiciones iba en serio —ronroneó junto al oído masculino.
—Y tan en serio…
Erin rodeó las caderas de Ike con sus piernas cuando él al fin dejó de insinuarse.
—En ese caso, creo que mi hermana tendrá que esperar a mañana.
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©️2023. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷
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CR36. Vivir a fondo

Miércoles, 20 de julio de 2011.
Bar The MidWay,
Hounslow, Londres
- I -
Ike esperó a que al personal se le pasara la euforia para defender por enésima vez aquella tarde por qué no era una buena idea presentarse en casa de Dylan el fin de semana. Entre el número de cervezas que habían bebido con la excusa de brindar con cada nuevo colega que llegaba al bar y la euforia propia de la noticia estaban insoportables. Maverick lo miraba con cara de «paciencia, hermano» y seguía atendiendo la barra, como si tal cosa. Lo cual a Ike no le extrañaba en lo más mínimo; con Shea embarazadísima, a un mes de salir de cuentas, y su trabajo en aquel bar, que no dejaba de recibir cada día más clientes, al pobre hombre no le quedaban ganas de nada más. Y a él, tampoco, la verdad. Lo último que le apetecía era tener que estar lidiando con los moteros del club. Prefería mil veces estar en casa, en la terraza, tomando una copa con Erin. Pero dado que eso tampoco era una opción…
Ike exhaló un suspiro de puro hartazgo y volvió a intervenir.
—Tíos, ¿de qué va todo esto?
—¿Cómo que de qué va? —dijo Dakota.
La barra estaba al completo y no se detuvo para hablar. Evel sí lo hizo. También estaba del otro lado de la barra echando una mano, aunque a juzgar por la cara de Maverick, no lo estaba haciendo demasiado bien.
—Digo lo mismo que Dakota. ¿Cuál es el problema?
Ike miró a Evel asombrado. No acababa de entender cómo era posible que alguien del que todo el mundo decía que era un hombre considerado y caballeroso, le estuviera preguntando qué problema había en presentarse en la casa de una mujer que acababa de dar a luz no uno, sino dos bebés. ¿Acaso no era evidente?
—Mira, no me hagas mucho caso porque lo que te voy a decir no es información que yo haya verificado personalmente, pero ¿tú crees que Andy estará en condiciones de atender visitas? Dicen por ahí que parir es un tema muy serio.
Su tono, aunque correcto, rezumaba sarcasmo. Comprendió que había surtido efecto al ver que aquel brillo incómodo en los ojos del motero.
—Tienes razón… No había pensado en eso…
—¿En qué tiene razón, si se puede saber? —volvió a decir Dakota. Tampoco se detuvo esta vez.
Ike y Evel intercambiaron miradas. Fue Evel quien respondió la pregunta.
—En que Andy no va a estar para aguantarnos, tío. Físicamente, quiero decir.
Dakota se detuvo en seco al oírlo y volvió la cabeza con la ironía pintada en la cara.
—Joder. Mi mujer tampoco estaba en condiciones cuando tú, tu mujercita y toda tu familia política tomasteis mi casa por asalto el mismo día que nació Romina, y en ningún momento me dio la impresión de que eso te preocupara. ¿Ahora sí te preocupa? Venga ya, Evel. Aparte de todo, —su mirada se centró en Ike ahora—, ¿vas a decirnos que te vas a quedar en tierra este fin de semana? Sé por Shea que Erin irá. ¿Tú no? Déjate de gilipolleces, hombre.
Evel regresó su mirada a Ike.
—¿Tú vas a ir? —le preguntó.
—Yo soy como de la familia.
El motero esbozó una sonrisa capciosa.
—¿Desde cuándo? ¿Tan serias están tus cosas con la hermana del irlandés?
Para entonces, la conversación ya no era solo entre Evel y él, sino entre Evel, él y una docena y media de orejas moteras cuyos dueños hacían que bebían sus cervezas aparentemente ajenos y, lo que en realidad hacían, era no perderse un solo dato.
Ike notó que la sangre empezaba a acumularse en sus mejillas. La razón no era que esos tíos supieran asuntos de su vida privada que no les incumbían, sino más bien que el estado de «sus cosas con Erin» no eran todo lo serias que a él le gustarían.
—Lo que quiero decir es que a la familia la das por hecho. Te incomoda más o te incomoda menos, pero sabes de antemano que forma parte del plan. En todo caso, nadie de la familia se va a ofender porque los dejes en el salón, mirando la tele, y te vayas a acostar, si no te encuentras bien. Las visitas no deseadas son totalmente otra cuestión. Eso, por no mencionar, que estamos hablando de una mujer que acaba de dar a luz. Y que yo sepa, no disfrutan precisamente de dejarse ver cuando están convalecientes… Pero, mirad… Ya paso de este tema. Haced lo que queráis, yo me voy con mi chica.
Dakota era una de esas orejas que había estado pendiente del asunto desde el principio y esta vez sí que se detuvo.
—No es una mujer, es Andy. Sabe que puede dejar de aguantarnos cuando le dé la puta gana y no pasa nada. Además, tío… Esto no va de Andy, va de Dylan. ¡Ha sido padre por partida doble! ¡Qué clase de colegas somos, si no lo emborrachamos hasta que se caiga redondo y haya que llevarlo a rastras a la cama!
* * *
Mientras tanto, en el despacho de Shea…
—¡Mira, mira, mira…! ¡Ay, son preciosas!
Erin entró en la oficina de su hermana como una tromba. Llevaba el móvil en la mano y una expresión de embeleso total en su rostro. Era tal su ilusión por ver a sus sobrinas recién nacidas, que ni siquiera había caído en la cuenta de que Dylan le había enviado las fotos a las dos.
Shea alzó la vista de su propio móvil con una sonrisa muy similar a la de Erin.
—¡Sí, madre mía, ¿has visto qué maravilla?! ¡¿No es increíble que nos hayamos convertido en tías por partida doble?! ¡Te juro que cada vez que pienso que son hijas de Dylan, hay un momento en el que creo que estoy de broma! En plan, «¿cómo van a ser hijas suyas? ¡No digas tonterías, chica!».
Erin fue directa hacia el escritorio de Shea. Cogió la silla de las visitas, la arrastró al otro lado de la mesa y se sentó junto a su hermana, las dos mirando la misma foto en sus respectivos móviles. Las dos maravilladas por igual.
Las bebés estaban en su nido de dos plazas. Zoe ocupaba la mayor parte del espacio y tenía los brazos hacia arriba, a cada lado de su cabeza. Coral estaba más abajo, con la cabeza debajo de la axila de su hermana. Al igual que ella, estaba boca arriba, pero inclinada ligeramente hacia el cuerpo de su hermana, sobre el que apoyaba uno de sus brazos. Ambas dormían y estaban parcialmente cubiertas por una manta de color beis. Zoe, menos cubierta que Coral, ya que había sacado una pierna por fuera de la manta. El comentario de Dylan decía: «Mis dos princesas bebés. ¿Adivináis quién es quién? Pista: en las ecografías acaparaba igual que en la vida real».
Aunque Dylan no lo mencionó, había tomado la foto después de que las niñas se alimentaran con leche materna por primera vez. De ahí, que durmieran tan plácidamente. Según las dos experimentadas enfermeras que los habían ayudado en el proceso, la primera toma había ido de maravilla.
—La de la derecha es Zoe y la otra cosita chiquitita es Coral… Qué hermosura.… Oye, ¿no son esos los enteritos que les regalamos? —Erin miró a Shea y la vio asentir.
—Dos de ellos… ¡Solo con nuestros regalos tienen suficiente para llenar un guardarropa! —bromeó Shea. Llevaban meses haciendo regalos conjuntos a sus sobrinas. Cuando Erin residía en Dublín, se consultaban por móvil el regalo a comprar, que a veces viajaba hasta Menorca con remitente de Irlanda y otras de Londres, pero siempre eran regalos hechos en nombre de las dos. De los cuatro, en realidad. La tarjeta que siempre acompañaba el paquete en cuestión ponía; «con cariño, vuestros tíos Shea, Erin, Ike y Maverick».
—Tías por partida triple —dijo Erin, corrigiendo a Shea—. Como te oiga Dylan, te va a poner los puntos sobre las íes…
—Claro, mujer. Era una forma de decir… —repuso ella algo incómoda—. Luz es tan nuestra como las mellizas… Qué dulce es esa niña. Mírala, Dylan la llama lo que es; un rayito de sol.
Shea se refería a una segunda foto en la que aparecía Luz. Su tío Danny la sostenía a la altura del nido infantil para que las tres hermanas, dos dormidas y una sonriendo a la cámara, aparecieran en el encuadre. En este caso, el comentario de Dylan decía: «mi rayito de sol fardando de sus hermanitas. ¡Está para comérsela!».
—¡Tengo tantas ganas de conocerlas que no me aguanto! —exclamó Erin—. Qué pena que vivan en Menorca. Si estuvieran aquí, hasta sus propios padres tendrían que pedir hora para verlas un ratito —se rio.
Shea sonrió para sus adentro y lo soltó sin anestesia:
—Y si tienes tantas ganas de bebés, ¿a qué estás esperando? —posó sus manos sobre su prominente barriga—. Yo ya tengo lo mío. Solo faltas tú.
Erin apartó la mirada consciente de que el brillo de sus ojos la estaban delatando. Ser madre de una familia numerosa era el mayor sueño de su vida. Un sueño que, tras la muerte de su prometido y el paso de los años en soledad, creyó perdido para siempre. Un sueño que había renacido al conocer a Ike y estaba en su mente constantemente. Haciéndose un poquito más real cada día que pasaba.
—Déjame disfrutar un poco. Para una vez que tengo un hombre que la sabe meter como los dioses…
A Shea se le subieron los colores y los calores.
—¡Erin! ¡Por amor de Dios!
—¿Quééé? ¿Qué he dicho? —repuso ella entre risas. Le encantaba incomodar a Shea con sus alusiones de tipo sexual.
—¿Te haces una idea de lo incómodo que resulta hablar con Ike después de saber todo lo que me cuentas sobre él?
—Y eso que no te lo cuento todo —continuó Erin y separando sus manos de manera muy gráfica, sonrió—: Imagínate. ¿Me entiendes ahora? ¡Menudos empotramientos, hermana!
—¡Mierda, Erin! ¡Calla YAAA!
Las risas duraron un buen rato. También el acaloramiento de Shea, ya que Erin carecía de filtros y se mostraba tal cual era, especialmente, cuando estaba con ella. Las hermanas estaban mucho más unidas que siempre desde que Erin se había trasladado a Londres para suplirla durante su baja de maternidad.
—Bueno, querida, vamos, que te acompaño a casa —dijo Erin, tendiéndole sus cosas a Shea—. Te recuerdo que estás de baja y no deberías asomarte por aquí.
Shea se levantó del sillón despacio y con evidente esfuerzo. No llevaría mellizos en su vientre, pero su único bebé pesaba ya tres kilos doscientos cuarenta gramos, y todavía le quedaban cuatro semanas para salir de cuentas. Tenía la piel de la barriga tan tirante, que parecía como si fuera a rasgarse en cualquier momento.
—Lo sé, pero ya me conoces. No puedo pasar tanto tiempo sin hacer nada. La ansiedad me vuelve loca. Y, encima, el pobre Mav está haciendo turno doble… ¡Hasta han tenido que recurrir a Evel!
—No sé si eso arregla las cosas o las empeora —bromeó Erin. Se trataba de una broma muy extendida en el bar, que aludía a que las cualidades del socio capitalista como barman dejaban mucho que desear. A ella le parecía que exageraban. Evel se las apañaba razonablemente bien. No era tan eficiente como Maverick, pero ¿quién lo era? Ni siquiera Dakota era tan bueno detrás de una barra.
—Ya. De momento, está consiguiendo que a Andy se le llene la casa de gente el próximo fin de semana. Menuda idea, de verdad. Cómo se ve que no son ellos los que paren —comentó con evidente molestia.
Erin opinaba lo mismo, pero dado que Shea estaba ya bastante sensible con aquel asunto para arrimar más leña al fuego, optó por seguir bromeando.
—Qué dices. Si parir dependiera de ellos, ya nos habríamos extinguido, y eso sería malísimo. Porque no estaríamos aquí. Así que ni tú podrías despertar a tu maridito en mitad de la noche… ¡Ni yo me daría los revolcones épicos que me doy con Ike! —exclamó.
Shea la miró asombrada y abochornada a partes iguales.
—¿Y cómo sabes tú…? —dejó la frase a medias, sus mejillas ardiendo.
Erin soltó una carcajada.
—Los hombres también hablan entre ellos, ¿sabías? —le dijo, al tiempo que movía las cejas sensualmente.
La mandíbula de Shea parecía a punto de descolgarse cuando dijo:
—No me digas que Maverick le ha contado a Ike que…
No se lo había dicho a Ike, sino a Dylan. Pero a los efectos daba igual.
Erin se limitó a asentir varias veces con la cabeza mientras se tronchaba de la risa, viendo como el rostro, ahora más rubicundo de su hermana, pasaba por toda la paleta de rojos.
- II -
A pesar de haber dicho que iba a ver a Erin, Ike regresó al concesionario. Despachó durante un rato con su asistente, Christina, quien lo puso al día de las novedades y de cómo quedaba su agenda para el día siguiente. Pero hacía ya una hora que ella se había marchado, el concesionario había cerrado y él continuaba en su oficina. Pensando. Intentando decidir su siguiente paso.
Erin llevaba casi dos meses residiendo en Londres. En teoría, era solo una estancia temporal hasta que Shea regresara de su baja por maternidad, y volviera a estar a pleno rendimiento. Los seis meses originales se habían extendido a nueve, pero seguía siendo algo temporal. De hecho, Erin viajaba a Dublín cada dos semanas. Permanecía allí uno o dos días, lo necesario para reunirse con los directivos, visitar a algún cliente vip, y asegurarse de que todo seguía rodando adecuadamente.
Durante el tiempo que llevaba en Londres, la relación que mantenían se había afianzado. Mucho. Muchísimo. Se veían a diario y hacían muchos planes juntos… Pero no dormían juntos.
Ike se levantó del sillón ergonómico y fue hasta la pequeña cocina a servirse un café. Tuvo que prepararlo, ya que Christina, meticulosa y ordenada donde las hubiera, había lavado la jarra y la había dejado en el pequeño escurreplatos. Decidió que no tenía humor para tomarse más molestias y echó mano de la máquina. Dispensaba café espreso y, salvo algún cliente que disfrutaba de esa clase de cafés, era prácticamente el único que la utilizaba.
Regresó a su despacho con un humeante vasito de café y ocupó su asiento. Dio un pequeñísimo sorbo. Estaba delicioso, pero demasiado caliente. Lo dejó sobre la mesa y, mientras esperaba que se enfriara, regresó a sus pensamientos.
Tenía la sensación de que llevaba media vida enamorado de Erin… Y que, aunque las cosas avanzaban, no lo bastante rápido para él. No era así, desde luego. Apenas hacía un año y medio que se conocían. Y había transcurrido poco más de seis meses desde que habían intimado. A eso no podía llamársele «media vida», aunque a él se lo pareciera. Pero, por su parte, el interés había sido inmediato. Y a medida que la iba conociendo, estaba cada vez más convencido de que era su oportunidad de volver a tener una vida de pareja después de perder a Robyn. Pero Erin también había pasado sus penurias sentimentales y era lógico que quisiera tomarse las cosas con calma. El problema era que él ya no se conformaba con lo que tenían. Tampoco le extrañaba. Había sido así desde el principio con ella. Para él nada era suficiente cuando se trataba de Erin.
Volvió a comprobar el estado del café. Seguía estando demasiado caliente, a pesar de lo cual dio otro pequeño sorbo.
También tenía que admitir que todo el asunto del nacimiento de las mellizas Mitchell estaba haciendo su parte. Tenía mucho que ver en cómo se sentía. Dylan y él tenían más o menos la misma edad. Cuando nadie lo esperaba, el irlandés había dado un giro inesperado a su existencia, iniciando una relación con Andy, tras abandonar su vida de ricacho solterón en Niza e instalarse en Menorca. No habían pasado ocho meses, cuando se había casado. Ahora, un año después de haber firmado la licencia matrimonial, acababa de convertirse en padre de dos bebés. Y mientras tanto, ¿qué había hecho él?
Sacudió la cabeza, molesto consigo mismo. Tenía a Erin en su vida, y eso era mucho más de lo que había esperado conseguir, tras años hundido en la miseria afectiva más absoluta en la que lo había sumido la muerte de Robyn. Era un hombre muy afortunado y no tenía ningún derecho a quejarse.
Pero lo hacía.
La verdad era que en su corazón sabía lo que necesitaba saber sobre Erin y cada día que tenía que despedirse de ella por la noche, regresar a su casa y acostarse solo en esa cama… Cada día se le hacía más cuesta arriba soportarlo. Ya no quería estar solo.
Y si no quieres estar solo, ¿qué coño haces aquí, comiéndote el coco, en vez de ir a buscarla y disfrutar de su compañía?
Fue pensarlo y hacerlo; Ike se puso de pie de inmediato.
Estaba recogiendo sus cosas, cuando oyó que golpeaban la puerta del concesionario. Se asomó y vio a Erin con la nariz pegada al cristal. Fue corriendo a abrir.
—Eh, ¿qué me he perdido, nena? —dijo, rodeándola con sus brazos. Buscó su mirada porque, en parte, le preocupaba que ella estuviera allí. Rara vez las cosas se desarrollaban de forma que fuera Erin quien iba a recogerlo.
—Nada. Pasé por el bar y Maverick me dijo que te habías marchado hacía un buen rato… Imaginé que estarías aquí —lo miró con una sonrisa—. ¿Te apetece que cenemos fuera?
Ike estuvo a punto de decir que sí. Ese era el impuso natural; decir a todo que sí y hacer lo que fuera con tal de estar con ella. Pero para su propia sorpresa, esta vez dijo algo diferente.
—¿Y si pedimos la cena y la disfrutamos en mi jardín?
Erin sonrió con picardía.
—¿Tienes intenciones deshonestas o es una impresión mía? Mira que también puedes tenerlas, cenando en un buen restaurante…
Ike decidió seguirle el juego.
—Pero tendría que esperar a que llegáramos a mi casa o la tuya…
—Oh, vaya… ¿Noto cierta urgencia en tu voz?
Ike la acunó entre sus brazos, al tiempo que se reía.
—Vámonos, Erin… A ver si al final no hay cena, ni es en tu casa, ni en la mía, sino aquí…
Y cuando la liberó de su abrazo y se encontró con su mirada…
El rostro de Ike se transformó.
—¿Estás pensando lo que creo que estás pensando? —murmuró.
Por toda respuesta, Erin dio un paso al frente, cerró la puerta a su espalda y echó el cerrojo.
Ike exhaló un suspiro de fuego, la tomó de la mano y unos instantes después, desaparecieron en la sala de descanso.
* * *
Ike se subió la cremallera, pero no se ajustó el cinturón. Pensaba volver a abrirla, como mínimo, una vez más. Tal era su necesidad constante de Erin. Necesidad que ella alimentaba con sus caídas de ojos que intentaban ser graciosas, pero lo ponían a cien. O con el botón superior de su preciosa camisa de seda, que dejaba desatado, permitiéndole un festín visual cada vez que se inclinaba hacia delante para ponerse las sandalias, como ahora, exponiendo el profundo canal que se abría entre los pechos. O no bajarse del todo la falda, dejando a la vista parte de sus muslos. Esos muslos que hacía dos segundos él tenía alrededor de las caderas, marcando el ritmo al que quería que la penetrara. Un ritmo que solía ser siempre enloquecedor para él. A Erin le gustaba cambiar de postura varias veces durante un mismo encuentro sexual. En ocasiones, recorrían media casa haciendo el amor en distintos rincones en los que ella buscaba una penetración profunda y rápida para luego quitárselo de encima en lo mejor, y cambiar de estancia otra vez… A él lo enloquecía de deseo. A veces, era tan intenso, tan loco, que la misma desesperación hacía que cuando volvía a tenerla a tiro, se hundiera dentro de ella con fuerza. Y eso la volvía loca a ella, retroalimentando un proceso alucinante, que los dejaba a los dos con ganas de mucho más.
Como ahora.
La miró con los ojos brillantes de lujuria mientras Erin se alejaba contoneando sensualmente sus caderas. Instintivamente, Ike fue tras ella. Su baño privado en el concesionario era pequeño. Se trataba de un añadido posterior, después de comprar la propiedad, y había tenido que adecuarse a lo que permitía la estructura del local. Por supuesto, tampoco disponía de tanto confort como el de su casa, pero la estrechez obraría a su favor, con la ventaja añadida de que la falta de espacio, le pondría las cosas muy difíciles al alma viajera de Erin.
La siguió y abrió la puerta sin previo aviso. Ella ya se había desatado los botones de la camisa y, al verlo junto al marco de la puerta, abrió los lados, exponiendo sus pechos vestidos por un sujetador de encaje. Uno tan escotado que a Ike se le hizo la boca agua.
—Me encanta que me conozcas tan bien… —murmuró ella. Y, a continuación, se subió la estrecha falda hasta la cintura. No llevaba bragas, esas se habían quedado en el sofá de la sala de descanso. Y, a modo de recordatorio, se recorrió el pubis desnudo con una mano que acabó internado entre sus propios muslos.
Ike cerró la puerta tras de sí. Iba descalzo y no llevaba camisa. La suya también se había quedado en la sala.
—No sé qué nos pasa hoy… —dijo él, abriendo nuevamente la cremallera mientras pensaba que hasta él mismo se había sorprendido de la velocidad a la que estaban sucediendo las cosas—. Pero bienvenido sea. Estoy que me salgo…
Ella no esperó. Introdujo su mano dentro del boxer. Se derritió de placer al sentir lo duro que estaba y exhaló un suspiro imaginándolo dentro suyo, entrando y saliendo, provocándole un orgasmo descomunal en los que aquel tipo había demostrado ser un auténtico experto.
—Vaya… —murmuró—. Parece que tendremos una noche de folleteo hasta las tantas… Justo lo que me recomendó el médico.
—¿Vamos al mismo médico? —dijo él, buscando sus besos. La besaba con la boca muy abierta. Y ella lo imitaba. Cuando estaban tan excitados, el sexo era épico. Y todo apuntaba a que aquella sería una de esas noches…
Ike se liberó del abrazo femenino solo el tiempo necesario para coger una caja que había en la parte superior del botiquín. La abrió, sacó un pequeño sobre metálico y volvió a dejarla en su sitio.
Los ojos de Erin se encendieron de deseo.
—¿Condones en el trabajo? —Se lo quitó de las manos y ella se ocupó de rasgar el sobre y extraer el contenido—. ¿Tengo que preocuparme, señor Adams?
Pero en vez de esperar respuesta, empezó a ponerle el condón. Lo hacía a su estilo, el de siempre, con caricias libidinosas que tenían un efecto inmediato sobre él.
Tan inmediato, que Ike la empujó contra la pared y la penetró con fuerza.
Ella gimió largamente. Apoyó la nuca contra la pared, al tiempo que cerraba los ojos, dejándose llevar.
—Dios… Eres…
—Soy, ¿qué? —dijo él, retirándose y volviendo a entrar en ella cada vez más fuerte, cada vez más rápido.
—La metes que da gusto… Diosss, me vuelves loca…
—La culpa es tuya. Por ponerme como una moto… Y respondiendo a tu pregunta. No, no tienes que preocuparte. Desde que estamos juntos, tengo gomas por todas partes…
—Cualquiera diría que no piensas en otra cosa… —murmuró ella, sus manos ascendían muy despacio por las nalgas masculinas, haciéndose notar. En realidad, hacían más que eso; buscaban reducir la distancia que los separaba para que la penetración fuera aún más profunda.
—¿Y tú? —repuso él, dándole lo que quería y arrancándole otro gemido—. ¿Piensas en otra cosa?
Ella se revolvió en un arrebato de pasión. Se dio la vuelta y le ofreció la espalda, lo que, en el reducido espacio donde estaban, suponía una tarea complicada.
—No hay sitio, amor —dijo él con la voz entrecortada por el deseo—. Ya sé que te gusta hacerlo así, pero aquí no hay sitio.
Erin regresó a su posición original contra la pared. Estaba ardiendo de pasión y lo buscó sin prolegómenos.
—Solo por esta vez y sin que sirva de precedente —concedió.
Ike volvió a hundirse dentro de Erin. Ella se encaramó a sus caderas con una pierna, usando el borde del inodoro a modo de apoyo para la otra. Descubrieron que aquella postura era ideal y supieron al instante que recurrirían a aquel rincón del concesionario con frecuencia en adelante.
—Ahhh… Qué bueno, por Dios… —gimió ella, al sentirlo tan profundamente en su interior.
—Esto es la caña… Dios… Diosss, Erin…
Y con el último gemido, los dos alcanzaron el orgasmo.
- III -
Ike limpió el borde de la fuente con la punta de un repasador y se aseguró de que las distintas variedades de sushi estuvieran bien dispuestas para que el plato resultara atractivo a la vista. Erin todavía seguía en el baño, donde habían compartido una ducha, pero ya no podía tardar mucho más. El resto de las cosas ya estaban en la mesa de teca del cenador, situado en un extremo del jardín. Las velas estaban encendidas y el aparato de aromaterapia expulsaba diminutas partículas de esencia de jazmín.
Y él, cómo no, tenía los nervios a flor de piel. Cogió la última fuente y salió al jardín trasero a través de la puerta que comunicaba con la cocina. Caminó por el pequeño sendero jalonado de rosales hasta el cenador, y colocó la fuente en el centro de la mesa.
Si los nervios no lo traicionaban y, a último momento, se ponía a tartamudear… O sucedía alguna catástrofe natural que los obligara a salir pitando del jardín, pensaba decir en alto sus deseos y ver qué acogida tenían estos en la mujer que amaba. Con un poco de suerte, Erin lo recibiría de buen grado, lo celebrarían con una nueva sesión de sexo, que los llevaría a visitar todas las superficies de la casa susceptibles de aguantar sus apasionadas embestidas y, al final, caerían exhaustos en la cama, donde dormirían juntos el resto de la noche.
Y si la suerte no estaba de su parte…
La llegada de Erin interrumpió los pensamientos de Ike.
—Eh, qué buena pinta tiene todo… —oyó que ella decía detrás de él—. Aunque, si tengo que ser sincera, lo mejor de todo es el dueño de la casa… ¿Cuál es tu ingrediente secreto? Tienes que decírmelo. Necesito saber cómo te las arreglas para estar siempre tan arrebatador… —Entonces, sintió que ella se pegaba a su espalda y lo rodeaba con sus brazos desde atrás—. Y por arrebatador quiero decir «más bueno que el pan». Estás buenísimo.
Ike se dio la vuelta con una sonrisa halagada en los labios.
—Gracias, preciosa. Mi secreto es hacer lo sea con tal de que nunca dejes de pensar que soy arrebatador. Me encanta que lo pienses. Y me encanta que me lo digas… Me anima muchísimo.
Erin lo miró con interés. Ike notó las pequeñas arruguitas de su frente y supo que lo siguiente sería una pregunta.
Y así fue.
—¿Te anima?
—Era una forma de hablar… ¿Qué, tienes hambre? Deberías. Hemos gastado muchísima energía —repuso Ike, acudiendo a la picaresca para salir del paso. Soltó a Erin, apartó una silla de la mesa, y le indicó con un gesto caballeroso que tomara asiento.
Ella sonrió para sus adentros. Conocía esos quiebros que efectuaba Ike cuando quería desviar una conversación. Ocupó la silla y esperó a que él hiciera lo mismo.
—¿Empiezas con los makis, con los nigiris, o prefieres las gyozas? —ofreció él, señalando con un gesto de la mano las distintas fuentes con shushi que había sobre la mesa. También, cómo no, había un plato redondo con distintas tempuras de carne, marisco y verdura, y un bol de yakisoba, uno de los platos japoneses favoritos de Erin.
—Si yo te dijera lo que prefiero… —repuso ella y no acabó la frase. En cambio, estiró la mano, cogió un maki vegetal, y se lo metió en la boca.
Recién entonces dejó que sus miradas se encontraran.
Ike notó que tenía el cabello húmedo. Lo había peinado, pero no se lo había secado, como hacía siempre. Tampoco había rehecho su maquillaje, a pesar de lo cual lucía un precioso arrebol en sus mejillas y un brillo en los ojos que él, de buen grado, se habría quedado contemplando toda la noche.
Un brillo provocativo, que lo hizo estremecer.
—¿Y por qué no ibas a decírmelo? Ya sabes que me encanta complacerte —repuso él, cuando el escalofrío que le recorrió el cuerpo cesó, su corazón volvió a su sitio natural, dejando la garganta libre para que pudiera hablar.
—Come —susurró Erin—. Para lo que tengo en mente, te necesito en forma.
La intensidad de la mirada femenina habría acabado con Ike, de no ser porque al cabo de unos instantes, ella sonrió y negó con la cabeza en un gesto risueño.
—Tranquilo. Solo bromeaba. Por hoy, ya has cumplido —le dijo.
Y se guardó para sí que mentía.
Erin no estaba bromeando. Tenía un plan en mente, algo importante. Pero, quizás, dejaría que él recuperara sus fuerzas y se animara a compartir con ella lo que él tenía en mente.
Ike sintió una mezcla de alivio y desilusión nada fácil de disimular.
Alivio, porque disponía de unos minutos más para intentar ordenar el barullo de palabras que circulaban frenéticamente por su mente en todas direcciones, chocando entre sí. Desilusión, porque, por un instante, había pensado que los deseos de Erin, que ella había resumido con tanta elocuencia en un «si yo te contara lo que prefiero…», no tenían que ver con un juego sexual.
Ike, en efecto, no logró disimular sus sentimientos. No fue lo bastante rápido a la hora de apartar la mirada o, quizás, fue su sonrisa, la que se ensombreció un instante, sin que él se diera cuenta.
Notarlo fue para Erin una confirmación de que Ike se traía algo importante entre manos. Algo que, como en su caso, no tenía nada que ver con el sexo… Aunque, seguramente, acabara conduciéndolos a él por tercera vez aquel día.
—¿Qué tal están las cosas por Menorca? —preguntó él, en lo que a ella le pareció un cambio de tema tan radical que la hizo sonreír—. ¿Has sabido algo más de las mellizas?
Erin respondió mientras servía sendas raciones de yakisoba y le tendía a Ike la suya.
—Sí, que mi hermano está inundando la isla con sus babas. Tanto que se metía con Andy por estar tan «emotiva» durante el embarazo, y ahora es él quien tiene a los vecinos en jaque —dijo, alegremente haciendo reír a Ike.
A pesar de la exageración, lo dicho no se alejaba mucho de la realidad. Su único hermano varón estaba tan orgulloso de sus hijas recién nacidas, y de su mujer, por lo bien que había llevado el embarazo y el parto, que ni siquiera se molestaba en contenerse. Lo gritaba a los cuatro vientos.
—Es comprensible —dijo Ike—. Imagínate, seguro que nunca pensó que, después de una vida de aventuras sin fin, se convertiría en padre de mellizas a los treinta y nueve. Su vida antes de Andy era una locura. Tú no lo sabes, pero yo sí.
Erin lo miró brevemente antes de responder. Quizás, el cambio de tema no había sido tan radical como, a priori, le había parecido, pensó complacida. Dejaría que Ike continuara con esta nueva dirección que había dado a la conversación, a ver dónde los conducía.
—Sí que lo sé. Era igual a la que llevaba cuando vivía en Irlanda, solo que entonces era un veinteañero, y ahora es un cuarentón. Supongo que necesitaba encontrar la horma de su zapato, ¿no?
—Hacen una pareja ideal —concedió Ike—. Lo que sucede es que a Dylan lo conocí en otra faceta de su vida, así que cuando lo veo interactuar con Andy y con Luz, me resulta una versión bastante extraña del irlandés malpulgoso que vive en mis recuerdos. Pero es una versión que me gusta, lo admito. Será que, en el fondo, soy un romántico y no creo que un hombre pueda estar verdaderamente bien, si está solo…
—Guau… Toda una confesión, señor Adams.
Ike se rio, pero sus ojos brillaron con la típica incomodidad masculina al hablar de asuntos que, en los tiempos que le habían tocado vivir, no se consideraban nada masculinos.
—Y tanto que sí. Tu hermano se burlaría de mí, si me oyera… Ya se burla, sin conocer mi corazoncito romántico, con que imagínate…
Las reacciones de Dylan iban más allá de la burla. Ike no le caía bien y, muy típico de él, no se molestaba en disimularlo.
—Pero, últimamente, se burla menos. Es lo que tiene que ahora seas el novio de su hermana…
Ike tuvo algunos problemas para conseguir que su mente dejara de emocionarse ante la palabra «novio» y prestara atención al resto de lo dicho por Erin. Cuando al fin lo consiguió, notó que ella sonreía interrogante.
—Perdona —dijo él—. Es que todavía me sigue pareciendo tan increíble esto…
—Esto, ¿qué?
—Tú, yo, que te refieras a mí como tu novio, estar juntos…
Erin no respondió enseguida. Aprovechó que tenía la boca llena para decidir si dejaba que Ike continuara con su largo rodeo, o si le daba un pequeño empujón para obligarlo a ir al grano.
—Técnicamente, no estamos juntos —repuso, cuando al fin se decidió.
El corazón de Ike saltó del pecho a la garganta. Durante un instante, él temió que si abría la boca para hablar, saldría dando tumbos por el jardín.
—Me refería a tener una relación sentimental —dijo, con la mayor calma que pudo, que no fue mucha—. Pero, ya que lo mencionas, te diré que, si técnicamente, no estamos juntos, no es porque yo no lo desee.
Ya está. Ya lo has dicho. Ahora, cálmate, tío.
Y permaneció mirándola, como si no acabara de quedar totalmente expuesto ante la mujer de la que estaba enamorado hasta las trancas.
Erin apoyó los codos sobre la mesa con actitud risueña. Lo miró largamente. Sonreía, pero la intensidad de su mirada había pasado del nivel uno al nivel diez en un segundo.
—Y entonces, ¿por qué es? —preguntó, al fin.
Él sonrió incómodo y a la vez travieso. No era exactamente de aquel modo como había pensado abordar el tema. Quería saber si ella estaba dispuesta, no explicar por qué él, a pesar de desearlo, nunca hasta ahora había dicho algo al respecto.
—Porque se trata de ti, la mujer más preciosa que he conocido en toda mi vida… Y la más cauta. Conmigo te has tomado tiempo para todo, Erin; para hablarme, para marcar mi número de móvil, para quedar conmigo, para volver a verme después de nuestra primera cita… ¿Cómo no ibas a querer tomarte tiempo para decidir si quieres que vivamos bajo un mismo techo? Era de cajón.
Erin asintió suavemente con la cabeza. La conocía bien, era cierto. Y también era cierto lo que decía, excepto por una cosa; no necesitaba más tiempo. Había tenido suficiente.
—O sea, que depende de mí.
Ike se limitó a asentir reiteradamente con la cabeza. Estaba nervioso y su corazón seguía latiendo a trompicones. Además, necesitaba saber lo que pensaba Erin. Saberlo de una vez por todas.
—Entonces, si depende de mí… ¿Recuerdas eso que te dije antes, que te puso tan…? —no completó la frase y, en cambio, movió las cejas sensualmente.
—Como para no recordarlo… —Se refería a aquel «si supieras lo que yo prefiero…» que lo había hecho estremecer.
—Entonces, voy a decirte lo que prefiero, ¿qué te parece?
—¿Sí? —atinó a murmurar él. Su corazón se había lanzado a latir a lo loco.
Ella asintió varias veces con la cabeza.
—Te adoro. Me pareces el tipo más increíble del mundo y estoy loca por ti. Lo que prefiero, señor Adams… Lo me encantaría es que estemos juntos… Técnicamente juntos —enfatizó.
Y permaneció mirándolo con una especie de sonrisa un poco tierna, bastante pícara, dispuesta a no perderse ni un solo detalle del espectáculo. Ike siempre lo era. Si estaba emocionado, como ahora, mucho más.
—Guaaaaaauuuuuuu —fue todo lo que él consiguió decir cuando recuperó el habla.
Ella celebró su reacción riendo.
—¡Cómo me gusta sorprenderte! Te digo más, creo que hago las cosas de esta forma por ti, por el placer de ver cómo te derrites y te brillan los ojos… ¿Y sabes lo que más me encanta de todo? Que es un espectáculo solo reservado para mí, nadie más puede verlo. La gente que te rodea, tus empleados, los moteros del bar, incluso Maverick… No tienen la menor idea de la clase de hombre que eres en la intimidad. La imagen que das tiene tan poco que ver con cómo eres… —Vio la intensidad en la mirada de Ike, como si ella acabara de descubrir su secreto mejor guardado, y la invadió una enorme ternura—. ¿Quieres que siga sorprendiéndote?
Erin acababa de dar luz verde a que vivieran juntos. Ike no podía imaginar qué otras sorpresas le depararía aquel día y, a juzgar por los mazazos que estaba dando su corazón, la emoción empezaba a desbordarlo.
—¿Crees que sobreviviré a más sorpresas? —murmuró, visiblemente afectado. Le tendió una mano—. Ven. Si voy a morir, quiero hacerlo contigo en mis brazos.
Erin sonrió divertida e hizo lo que él le pedía. Ike retiró la silla de la mesa y ella se sentó sobre sus piernas. Entonces, él le rodeó la cintura con los brazos en lo que fue más que un simple intento de asegurar su posición.
—No vas a morirte. Y yo tampoco —le dijo con ternura—. Los dos llevamos demasiado tiempo esperando esto, y lo que vamos a hacer es disfrutarlo. Disfrutarlo a fondo…
»Quiero poder despertarte en mitad de la noche o que tú me despiertes a mí para hacer el amor. Quiero días en los que nos levantemos tan cansados y tan saciados, que nos quedemos remoloneando en la cama, en vez de ir a hacer lo que siempre hemos hecho; arrastrar nuestros huesos enfermos de soledad hasta la empresa y cumplir con nuestra obligación. Como si el mundo no fuera a seguir girando sin nosotros…
»Quiero noches tan locas, que al levantarme me duela todo… Y quiero domingos de quedarnos en el sofá, mirando la televisión con un buen café y unos bollos de mantequilla, disfrutando de no hacer absolutamente nada. De sentirnos bien sabiendo, sintiendo, que no hay un plan mejor porque estamos donde queremos estar con quien queremos estar… Cocinar juntos mientras nos contamos las novedades del día. Planear nuestra próxima escapada…
»Vivir a fondo, Ike. Con toda la plenitud posible. Que es, justamente, lo que ninguno de los dos hemos hecho los últimos años. Porque tan solo seguir respirando y parecer alguien normal, consumía la poca energía que nos quedaba.
Erin hizo una pausa para beber un sorbo de vino, consciente de que la mirada de Ike seguía todos sus movimientos con total atención.
—Y cuando sea el momento —continuó—, quiero que me hagas un hijo.
Había escogido deliberadamente aquella forma de decirlo porque la connotación sexual diluía, en parte, la intensa emoción que la embargaba cada vez que pensaba en ser madre, y aquel día no quería lágrimas. A pesar de lo cual, notó la gran emoción que agitaba la mirada masculina.
—En realidad, ya sabes que quiero cinco —matizó. Su mirada rezumaba picardía—, pero también sabes que ya no soy una jovencita, así que… Los dos tendremos que ponernos serios con esto, o perderemos el tren.
Ike abrió mucho los ojos, haciéndola reír. Al cabo de un instante, extendió un brazo, cogió su copa y, graciosamente, bebió el contenido de una vez.
—Sí, señor Adams, pienso dejarte seco —aseguró con todo el doble sentido del mundo—. La cuestión es que el hecho de que ya no sea una niña, también implica que tendremos que ponernos las pilas para disfrutar a fondo nuestro tiempo de pareja sin hijos, y pasar a la siguiente fase cuanto antes… —sonrió divertida al decir—: pero, sin presiones, ¿eh?
Ike recorrió las facciones femeninas con devoción. Saber que acababan de dar un paso de gigante en la relación que mantenían, lo hacía estremecer y sonreír al mismo tiempo.
—No quiero ni moverme —admitió—, no sea que esté soñando y todo se vaya al garete en cuanto abra los ojos… Pero, por si no estoy soñando… —El brillo acuoso en sus ojos delató la intensa emoción que lo embargaba—. Te amo… Te quiero con locura, Erin. Y quiero nuestras noches locas, y nuestros domingos de tele y sofá, y nuestros planes y, por supuesto, nuestros hijos… Lo quiero todo. Todo, todo, todo.
Y acto seguido, la abrazó con fuerza y empezó a llover besos sobre su pelo y su frente.
—Es un superplan, ¿a que sí? —murmuró Erin, dejándose mimar, tan ilusionada como él—. ¡Bye, bye, soledad… Hola, vida a tope!
Y como si aquellas palabras hubieran tenido el poder de conjurar todas las fuerzas del universo, las imágenes del maravilloso futuro que les esperaba, empezaron a desfilar ante los ojos de Ike, llenándolo de felicidad y de gratitud.
—Ya lo creo que sí, amor —repuso, acunándola entre sus brazos—. Es el mejor plan del mundo.
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©️2024. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
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CR49. Grandes planes

Sábado, 23 de julio de 2011.
Finca «La Savina»,
Menorca.
Celebración del nacimiento de Zoe y Coral Mitchell.
- I -
Cuando abrió la gruesa puerta de madera tallada de la casona, Ike todavía sonreía. El pañal rosa con pintitas blancas, tamaño ballena, que entre todos habían logrado ponerle a Dylan, ya era para morirse de la risa, sin añadir el cinturón cañero con el que se lo habían sujetado a la cintura para que no lo fuera perdiendo por el camino.
¡El irlandés los había llamado de todo! ¡Menudo cabreo! Y eso que Dylan no sabía lo que le habían preparado. El pañal solo había sido el comienzo. Todavía le quedaba por delante un buen rato de sufrimiento… Y a sus colegas, el resto del día riéndose a su costa. ¿Sería igual cuando le tocara a él?
Será peor. En el fondo de sus corazoncitos de hojalata harley-davidsoniana, estos tíos te siguen odiando igual que siempre.
Ike era consciente de que también sonreía para relajarse. Su sufrimiento estaba a punto de comenzar y no podía tomarla con nadie más que consigo mismo, pues se trataba de un sufrimiento autoimpuesto.
Sus colegas sabían demasiado sobre el actual estado de su relación sentimental con Erin. No porque él se hubiera ido de la lengua, precisamente. Vivían en la misma ciudad y acudían al mismo bar, y en aquel antro motero las noticias corrían como la pólvora. No se fiaba de ellos cuando bebían más de la cuenta y aquel día, el único motero sobrio (y cabreado) en toda aquella finca era Dylan. No quería arriesgarse a que Dakota decidiera hacerlo una vez más objeto de sus bromas, volviera a referirse a Erin como su «casi mujer» con el vozarrón que gastaba a partir de la quinta cerveza, y el padre de Erin lo oyera. Definitivamente, no era así como quería que una noticia que lo tenía en las nubes desde hacía tres días llegara a oídos de su futuro suegro.
De modo que, aprovechando que Erin y el resto de las mujeres estaban de lo más entretenidas presenciando cómo los moteros consumaban su plan de convertir a Dylan en una «bebota», él se las había arreglado para marcharse de la piscina sin que nadie lo notara. Y ahora estaba allí, con los nervios de punta, dispuesto a hablar con el padre de su chica.
Avanzó por el largo corredor, hacia el salón desde el que, pronto, empezaron a llegarle voces animadas y risas. El gran frescor que se respiraba en el interior de la casona era un gran contraste con el intenso calor húmedo que caracterizaba la isla durante los meses de verano. Ike agradeció el contacto del aire fresco sobre su piel caliente. Fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba todo sudado, desde la parte interior de sus muslos, pasando por el pecho desnudo, las manos y la cara. Sentía la frente y las mejillas perladas de sudor. Su transpiración, sin embargo, no tenía solo que ver con el clima exterior.
¿Por qué estaba tan nervioso? Brennan Mitchell era el padre de Erin, no un enemigo. Como todo padre, deseaba que su hija fuera feliz. Como todo padre, esperaba que el hombre que ella eligiera fuera serio, solvente y capaz de hacerla feliz. Él reunía todos esos requisitos con holgura.
No existe otro hombre, en todo el universo, más deseoso ni más capaz de hacerla feliz que tú. Erin lo sabe. Su padre, también. Tranquilízate, hombre. Todo irá bien.
Ike asintió con la cabeza, reafirmando sus pensamientos. Se echó un vistazo. Faltaba algo. Ya no estaba en la piscina. Ni en sueños se presentaría ante Brennan con el torso descubierto, como solían hacer sus compatriotas cuando elegían aquella isla de ensueño para ir a hacer turismo. Iban por la calle exhibiendo sus hombros rechonchos y sus barrigas cerveceras achicharradas por el sol, como si estuvieran en el jardín de su casa. De modo que se detuvo para ponerse la camiseta que llevaba en la mano, a juego con el traje de baño.
Al fin, respiró hondo una última vez y, acto seguido, entró en el salón.
* * * * *
Ike maldijo para sus adentros al comprobar que quien le estaba llamando, en un momento tan inoportuno, era Maverick. Apenas acababa de entrar en el salón y su futuro suegro estaba sirviéndose algo en la única mesa que los camareros habían dejado contra la pared con bebidas y algunos tentempiés. Era el momento idóneo para abordarlo. Sin embargo, tenía a su futuro cuñado en el móvil, que bien podía llamarlo para cotillear o para desahogarse. Más probablemente, esto último, ya que con su esposa embarazada de treinta y seis semanas y el bar The MidWay todo para él durante el fin de semana, era muy posible que Maverick estuviera caminando por las paredes.
Retrocedió hasta el pasillo con resignación para que el ruido ambiente no le molestara, y atendió la llamada.
—Me alegro de oírte, tío, pero que sepas que tu sentido de la oportunidad deja mucho que desear… —se adelantó Ike.
En el pub, Maverick esbozó una sonrisa pícara.
La picardía venía a cuenta de saber por Shea —y también porque era evidente— que la vida sexual de Erin se había vuelto muy activa desde que se había instalado en Londres para hacerse cargo de la gestión de la filial londinense de la imprenta. Entornó la puerta del pequeño cuarto que hacía las veces de oficina y, a continuación, se dejó caer en el sillón. Fuera había un caos de gente ávida de diversión, igual que todos los fines de semana. Para no variar, las manos dispuestas a atender tanta avidez no eran suficientes. Nunca lo eran. En resumen: estaba muerto. Se merecía un minuto de tranquilidad. Y ya que no podía estar en España, divirtiéndose en vivo y en directo, como sus socios, al menos quería una versión fidedigna de lo que allí estaba ocurriendo. A ser posible, con imágenes.
—¿Te he pillado a punto? ¿En serio? ¡Guau! ¡Tú sí que no pierdes el tiempo! Entre cervecita y bañito en la piscina…, ¿eh? —bromeó.
Ike tuvo que reírse. Maverick había sonado como el típico amigo quinceañero que quiere detalles. Lo cual no estaba demasiado alejado de la realidad, ya que él era un crío —todavía no había cumplido los 25— y siempre quería detalles de todo.
Tampoco lo estaba en cuanto a su alusión a no perder el tiempo. Aunque, para ser honestos, quién no lo perdía era Erin. Desde que había puesto un pie en Londres, era la primera en mover ficha casi siempre. Acostumbrado a que ella se tomara tiempo para todo, desde la primera vez que había marcado su número de móvil hasta la primera noche que habían pasado juntos, a él todavía le costaba un poco ser totalmente espontáneo en ese aspecto. Pero su espontaneidad había mejorado mucho los últimos tres días. En realidad, toda su vida había pasado de ser muy buena a ser fabulosa. El sexo, obviamente, también.
«Y tanto que sí». Ike se mordió el labio cuando el recuerdo de lo sucedido aquella misma mañana regresó a su mente y, con ello, una sensación efervescente le recorrió el cuerpo entero. Habían pasado la noche en el piso que Brennan tenía en la isla, y no habían dormido demasiado. La idea de que pronto —un pronto sin fecha definitiva aún— se pondrían a buscar su primer hijo y todo lo que harían antes de que llegara ese momento, tenía a Erin en las nubes. No dejaba de planear escapadas románticas y viajes aventureros y mil cosas más que hacer juntos antes del gran momento de convertirse en padres. La llegada de Zoe y Coral había añadido emoción y ternura. Era como si hubiera desempolvado a la Erin que soñaba con tener una familia numerosa. Él la escuchaba arrobado, totalmente extasiado, sintiéndose el hombre más privilegiado del mundo por ser parte de su sueño.
Hablar no había sido la única razón de haber dormido poco, claro. La ilusión y el deseo iban de la mano cuando se trataba de Erin, y él había descubierto junto a ella que adoraba pasar de una emoción a otra, como quien da a un interruptor. Su libido, cómo no, lo adoraba de manera mucho más especial. Así que, después de una noche de planes, sexo y poco sueño, habían seguido planeando y haciendo el amor en la ducha. Camino de la finca, a bordo de una Kawasaki Ninja ZX-6R, habían seguido planeando a través del intercomunicador de sus respectivos cascos y se habían reservado el sexo para la única parada que habían hecho. No necesitaban repostar; el concesionario le había entregado la moto con el tanque lleno. Tampoco necesitaban un café o un refresco; habían desayunado copiosamente antes de salir. Él necesitaba sexo. Y esta vez, la iniciativa había sido suya. Con descaro, además. Mientras iban por la carretera, cuando aún faltaban cinco kilómetros para la siguiente gasolinera, él había tomado una de las manos de Erin que estaba sobre su estómago, y la había empujado hasta su entrepierna. Ninguno de los dos había dicho ni media palabra. Los planes habían cesado súbitamente. Erin había dejado de hablar, probablemente sorprendida por una reacción nada habitual en él, y no había devuelto la mano a su posición original. Durante un instante, él había dudado —temido, de hecho— haber sido demasiado directo. Había mil y una formas de comunicarle lo que deseaba. Erin siempre era receptiva con él. No hacía falta ser tan… Tan, tan.
Entonces, ella había movido la mano. Y había seguido moviéndola y moviéndola, volviéndolo rematadamente loco.
Y también había hablado. Oh, sí. Había hablado.
Conclusión: Habían acabado regalándose diez minutos absolutamente alucinantes en una gasolinera. Diez minutos en los que, desde entonces, él no había podido dejar de pensar.
Pero debía. Si su intención era hablar con Brennan Mitchell, definitivamente, debía dejar de pensar en los gloriosos diez minutos.
—Lamento informarte de que no van por ahí los tiros… Ya me gustaría, pero no.
—¿Y entonces, por dónde van? La verdad, no te veo planeando una manteada para Dylan… —se rio Maverick.
Ike secundó su risa. Con las malas pulgas que gastaba el irlandés, lo mal que él le caía —aunque últimamente lo disimulara mejor— y sabiendo que estaba a pocos meses de convertirse oficialmente en su cuñado, Ike tampoco se imaginaba haciendo algo semejante.
—¡Qué dices, Mav! ¿Se te ha subido la tónica a la cabeza o algo? —Enseguida oyó sus carcajadas.
—Ya me lo imaginaba… Por cierto, ¿qué tal va la juerga? He llamado a todos los móviles. Tú eres el único que me ha atendido… «Miedito me da», como dice Conor —festejó el barman.
—Es para verlo —concedió Ike, divertido al recordar el hilarante aspecto del irlandés—. Lo están grabando todo, así que lo verás con lujo de detalles. Pero desde ya te adelanto que es para ponerse cómodo y no parar de reír… Cuando los dejé, le habían puesto el disfraz. Ahora estarán con la fase b del plan.
—¿Les ha dejado para ir adónde? ¡Tío, por favor, dime que no te estás perdiendo la diversión!
—Es por una buena causa. Me he escapado sigilosamente y he venido a la casa. Me gustaría hablar con Brennan… Bueno, gustarme, lo que se dice gustarme… —se corrigió—, pero… Creo que tengo que hacerlo.
Maverick se imaginaba a lo que Ike se refería: Erin se había trasladado a vivir a su casa, con él. ¿De qué otra cosa iba a querer hablar con su suegro? Lo había vivido en sus propias carnes y tenía una idea bastante aproximada de lo que Ike sentía ante la idea de sincerarse con el padre de su chica. Pero se hizo el sueco.
—Hacer, ¿qué?
—¿Y qué va a ser, Mav? Si no se entera hoy gracias al vozarrón etílico de Dakota, lo descubrirá en tres semanas, cuando Shea dé a luz, él viaje a Londres y, al entrar en el piso de Dylan, se dé cuenta de que allí no vive nadie…
—Oye, oye, oye… Que hasta el lunes son cuatro semanas, no tres —lo corrigió el barman con un punto de desesperación en la voz—. No se te ocurra adelantar los acontecimientos, Ike. Porque aún sabiendo que todavía tengo cuatro semanas para ocuparme de las dos mil quinientas cosas que quedan por hacer, ¡¡¡ya estoy histérico!!!
Ike alejó el móvil de su oreja. Semejante alarido podía perforarle el tímpano.
—Vaaale, perdona, no era mi intención ponerte al borde del infarto —celebró Ike—. Ya te lo he dicho y ahora te lo repito: cuenta conmigo para lo que sea. No tienes que ocuparte de esas dos mil quinientas cosas tú solo.
—Eres un buen tipo. Gracias, cuñado.
Ike asintió con una sonrisa agradecida.
—Anima mucho saber que alguien en ese bar me mira con buenos ojos.
—Bueno…, nunca faltan capullos que van por la vida juzgando a otra gente por la ropa que visten…
—O la moto que conducen —apuntó Ike.
—O la moto que montan, sí —concedió Maverick—, pero has ganado muchos puntos con la quedada en honor a Romina y, hoy por hoy, no creo que queden muchos capullos por aquí que aún te miren por encima del hombro… Mérito tuyo, desde luego. Lo has hecho muy bien, Ike.
—Gracias, Maverick.
—Y, por si te sirve, pienso que también haces bien manteniendo una conversación sincera con tu futuro suegro, si eso es lo que quieres hacer…
Ike exhaló un suspiro nervioso.
—Ya… Pero no me siento nada cómodo, ¿sabes? Hablar con Brennan sin decírselo a Erin… No sé… No me gusta.
Maverick entendía perfectamente a qué se refería Ike. De hecho, era quien mejor podía entenderlo, puesto que había pasado por eso.
—Claro que lo sé… Mira, Ike, la relación de Brennan con sus hijos estuvo en cortocircuito mucho tiempo. Años. Eso les ha impedido mostrarse como realmente son y, en cambio, ha facilitado que todos tengan muchas ideas preconcebidas sobre cómo son los otros. ¿Me sigues hasta aquí?
Las hermanas Mitchell consideraban a su padre un hombre autoritario, un católico recalcitrante y un cabezota. Alguien chapado a la antigua, que se negaba a aceptar que el mundo había cambiado y sus reglas se habían quedado obsoletas. La postura de Erin al respecto no era tan radical como la de Shea, pero a ambas había sorprendido por igual el cambio de actitud de Brennan hacia su único hijo varón. Por no mencionar, claro, el giro que había dado la vida de su hermano. A Erin seguía pareciéndole increíble, por lo que, probablemente, Maverick tuviera razón en cuanto a las ideas preconcebidas.
—Creo que sí…
—Andy ha hecho las veces de puente entre los Mitchell… Logró reunirlos y mantener la paz. Todo un milagro, te diré —concedió con una sonrisa—. Pero los hermanos siguen siendo personas con ideas muy distintas, que ven la vida de forma radicalmente opuesta a como la ve su padre.
—En especial, Dylan.
—¡Ya te digo! —repuso Maverick—. Entonces, llegué yo. Y desafié todas las ideas que Brennan tenía sobre el amor a primera vista, la diferencia de edad en las parejas y vivir bajo un mismo techo, sin haberse casado…
»Cada vez que le decía «voy a hablar con tu padre», Shea se enfadaba conmigo. Me decía que estaba loco, que Brennan nunca estaría de nuestra parte. Que nadie lo iba a convencer de que nuestra relación era una de verdad, nacida del amor. Según ella, lo mejor que podíamos hacer era olvidarnos de él y seguir con nuestra vida, sin más…
»Ojo, no estoy diciendo que mi chica estuviera equivocada… Nada de eso. Shea hablaba desde su propia experiencia, desde lo que le había tocado vivir junto a Brennan, y sé que le dolía que las cosas fueran así… Como tú, yo tampoco quería actuar a espaldas de Shea… Me hacía sentir culpable solo el hecho de pensarlo… Pero creo en la gente y en su capacidad de cambiar. Además, lo mío con Shea es mágico, un sueño hecho realidad… ¿Cómo iba a dejar a su padre fuera? Para mí estaba clarísimo que lo que debía hacer era conocerlo y dejar que él me conociera a mí. Sin prejuicios. Sin ideas preconcebidas. Así que… Lo hice. Y no sabes cuánto me alegro, tío, porque, decididamente, marcó la diferencia.
»Y ahora es tu turno, Ike. Es tu turno de decidir cómo quieres que sea tu relación con él. Míralo de esta forma: Erin no puede ser neutral con su padre. Hay demasiados años de desencuentros y es lógico que le tome tiempo aprender a relacionarse con él bajo esta nueva dinámica… Pero tú sí que puedes.
«Desde luego que puedo», pensó Ike al tiempo que asentía una y otra vez con la cabeza.
—¿Sabes, Maverick? Creo que voy a contratarte como consejero. Es increíble que alguien tan joven lo tenga tan claro. ¡Si eres un crío todavía…!
—Tranquilo, hombre… Somos familia, ¿recuerdas? ¡A la familia no le cobro! —repuso él. Tras unas risas compartidas, se despidió–: Se me ha acabado el recreo, así que voy a colgar… ¡No te olvides de enviarme fotos! ¡Por favor, que me muero por ver cómo ha quedado el irlandés!
—Hecho. Y muchas gracias, Maverick.
—De nada, tío —dijo el barman—. Me alegra haberte sido de ayuda.
Después de cortar, Ike volvió a guardar el móvil. Respiró hondo.
«Muy bien. Vamos allá», se dijo y volvió a entrar en el salón.
* * * * *
Brennan ya no estaba junto a la mesa de los tentempiés, sino hablando con el padre de Andy. Parecían muy enfrascados en su conversación. Cerca, pero lo bastante alejadas como para no participar de ella, estaban las tías de Andy, Neus y Roser. Ike no necesitaba preguntarse la razón de que fuera así. Si había algo que dos personas tan distintas como ellas tenían en común, era su animadversión hacia el hombre que había reaparecido la última Navidad, y ahora estaba allí, celebrando haberse convertido en abuelo, como si los quince años de ausencia y silencio a los que había sometido a su familia no hubieran existido.
Ike avanzó hacia el centro del salón dando muestras de una seguridad que, en realidad, no sentía. Haber hablado con Maverick había sido de gran ayuda, pero Brennan Mitchell era el padre de Erin y lo que aquel hombre pensara de él era muy importante.
«Y eso impone muchísimo», pensó con un nudo en el estómago de los nervios.
Brennan le dio la bienvenida con una sonrisa amable. En realidad, venía controlándolo por el rabillo del ojo desde que había puesto un pie en el salón y sabía, sin necesidad de que nadie se lo dijera, la razón de que aquel motero tan educado estuviera allí. De hecho, lo esperaba.
—Disculpa, Chad —le dijo a su consuegro, a quien acababa de interrumpir, y volvió a dirigir su atención hacia Ike—. ¿Mi hijo sigue de una pieza o vienes a buscarme para que te ayude a recomponerlo?
—Por supuesto —concedió Chad, y saludó a Ike con un gesto amable de la cabeza.
Ike notó que ahora tenía la atención de todos, puesto que las tías de Andy también lo estaban mirando. Neus, con una sonrisa expectante; Roser, con la habitual desconfianza que demostraba a todos los foráneos.
Qué bien, pensó Ike.
Ocho ojos analizando cada palabra que dices y cada gesto que haces, pasándolos por el microscopio… Como dice Erin, «sin presiones, ¿eh?».
Jo-der.
—Sigue de una pieza —sonrió divertido, intentando disimular su nerviosismo—. Lo que no sé es si los demás podremos decir lo mismo cuando se levante de la tumbona donde lo han… hemos —se corrigió— atado. Probablemente, no.
Todos rieron de buena gana, incluso Roser, para sorpresa de Ike. Por lo visto, había conseguido romper el hielo con bastante éxito. Ahora, tocaba continuar.
—No puede quejarse, aunque lo hará, eso seguro —dijo Brennan, poniéndose de pie—. La verdad es que, después de haberos conocido, me sorprende que haya conseguido librarse tanto tiempo.
Ike asintió.
—Es que es muy hábil… —concedió—. Pero, ¿cómo te libras de la manteada si te has convertido en padre por partida doble? ¡Es imposible!
En realidad, Ike se estaba preguntando por qué Brennan se había levantado de la silla. Quizás era su turno de estar con las bebés recién nacidas, en cuyo caso, tendría que dejarlo para otro momento, estar atacado de los nervios hasta que este llegara y volver a pasar por eso otra vez: las miradas analíticas, los comentarios cordiales, intentar romper el hielo con dignidad…
Se tragó un suspiro y mantuvo la sonrisa.
—Con los colegas que tiene mi yerno, desde luego que no —terció Chad, y también se levantó de la silla—. Todos son muy majos y divertidos, me encantó conocerles, pero se nota a la legua que cuando se trata de hacerse bromas pesadas entre ellos, no se andan con chiquitas… A ti no te incluyo porque, bueno…, te he conocido en calidad de novio de su hermana… Y además, me pareces muy distinto a ellos.
Ver que el padre de Andy también se ponía de pie inquietó a Ike. No era posible que también fuera su turno de estar con las mellizas. ¿Acaso esa era la reacción que él provocaba ahora en su futura familia política? ¿Que, de repente, se acordaran de que tenían algo mejor que hacer? Cuando aún no se había recuperado de la inquietud, había llegado la palabra «novio», esa que le provocaba emoción y escalofríos a un tiempo. Y un instante después, aquel comentario de que él era distinto a sus colegas, a quienes había descrito como «majos y divertidos»? ¿Quería decir que él no era ni lo uno ni lo otro? Los nervios de Ike estaban a punto de salir disparados fuera de la órbita terrestre, cuando oyó a Brennan decirle a su consuegro:
—¿Verdad que sí?
Neus apartó la mirada para que no la vieran sonreír. Estaba a punto de decir que no fueran tan malos con el pobre muchacho, pero no quería que el «ave fénix» lo tomara como un acercamiento de su parte, pues, definitivamente, no lo era. No lo combatía abiertamente —por no herir a Andy—, pero no aprobaba su renacimiento ni, mucho menos, su presencia allí. Probablemente, nunca lo haría.
Ike ensayó una sonrisa cómica. Era reírse o… Reírse, ya que la opción de dar media vuelta y largarse no existía. Sería bochornoso incluso si alegaba algo tan natural como una súbita necesidad de ir al baño.
—No sé si quiero saber por qué le parezco tan distinto… ¿Quiero?
Brennan lo sorprendió festejando su comentario con risas al tiempo que le daba una palmada afectuosa en el hombro.
—Claro que quieres… Chad lo dice como un cumplido; le caes muy bien —aclaró, pícaro—. Venga, Ike, vamos a dar una vuelta… En un rato vuelvo —añadió, despidiéndose de los demás.
La propuesta de Brennan completó el cuadro de confusión de Ike. ¿Acaso su futuro suegro quería hablar con él? ¿De qué?
Ay, Dios.
Ike asintió como si aquella propuesta fuera lo más normal del mundo y se apresuró a seguir a Brennan fuera del salón.
* * * * *
Mientras tanto…
En un banco de la rosaleda, Pau volvió a guardar el móvil con una sonrisa al tiempo que sacudía la cabeza. Primer objetivo: conseguido. Lo cual era estupendo, sí, pero a ver cómo se las arreglaría ahora para rematar el asunto. Dejando a un lado el pequeño detalle de que acababa de mentir como un bellaco, para llevar a cabo su plan, necesitaba un cómplice.
Tenía que darle un par de vueltas más al tema. Seguro que se le ocurriría algo. Consultó el reloj. Aún había tiempo para que sus jugos cerebrales obraran un milagro, pensó risueño.
De la piscina, le llegaron los gritos de alborozo de los amigos de Andy. Por lo que sabía, Dylan les había dejado muy claro que, aquel día, solo se hidrataría con agua y granizado de limón o limonada. Quizás sus colegas respetaran su deseo o quizás no, pero no volverían a Londres de vacío. Eso estaba tan claro como la decisión de su sobrino político de mantenerse sobrio. Tenían que haber fraguado su pequeña —o no tan pequeña— venganza y eso era lo que estaban celebrando. ¿Qué le habrían hecho?
Se levantó del banco y puso rumbo hacia el lugar de donde provenía el alboroto, decidido a averiguar en qué consistía la venganza motera. Fue entonces cuando vio que una de las chicas se dirigía a la casa ajustándose el pareo alrededor del pecho.
Era Erin.
Una campanilla resonó en los oídos del menorquín. Enseguida, apuró el paso hacia ella.
—¡Eh, Erin! —la llamó. Los últimos metros los recorrió al trote.
Ella se volvió. Sonrió al bombón que Andy tenía por tío y se detuvo para esperarlo.
—Hola, Pau… ¿Cómo es que te estás perdiendo el espectáculo? Te aseguro que es único e irrepetible…
—Justo iba hacia allí. Me detuve para poder atender una llamada… Pero no pienso perdérmelo por nada del mundo. Tu hermano ya es único e irrepetible tal como es, así que…
Vio que Erin asentía enfáticamente con una sonrisa pícara en la cara y permanecía esperando que él le explicara la razón de que la hubiera llamado.
—Me preguntaba si… —Pau hizo una pausa. Decidió reformular su frase de inicio—. ¿Tienes mucha prisa? Me gustaría hablar contigo…
Notó que la expresión de la irlandesa se tornaba risueña a la par que interrogante.
—¿Conmigo? Sabes que tengo novio, ¿no? —bromeó.
El tío de Andy se rascó una ceja, algo incómodo, al tiempo que una sonrisa tan incómoda como su gesto brillaba en su bronceado rostro, haciendo reír a Erin.
—Sí, claro que lo sé. —«Justo por eso quiero hablar contigo», pensó.
—Ah, bueno… Entonces, sí. No tengo prisa y podemos hablar —repuso ella, con todo su desparpajo.
Un nuevo estallido de gritos y carcajadas provenientes de la piscina los dejó a ambos con la palabra en la boca.
Entonces, Pau le cedió el paso con galantería.
—¿Qué tal si nos alejamos un poco del alboroto? —propuso.
Erin se rio. Empezaron a distanciarse de la casa, buscando las zonas sombreadas por los árboles.
—Buena idea. Porque, ¿sabes?, ¡esto solo puede empeorar!
—Demasiada cerveza —concedió Pau.
Y vio que la hermana de Dylan asentía risueña.
* * * * *
Una vez fuera del salón, Brennan se detuvo.
—¿Buscamos una sombra en la rosaleda o prefieres que nos quedemos dentro de la casa? —le preguntó a Ike.
Él no necesitó pensárselo. Antes o después, le diría a Erin que había hablado con su padre, pero, en aquel momento, no quería arriesgarse a que ella lo pillara con las manos en la masa.
—El calor está apretando muchísimo fuera. Creo que aquí estaremos más cómodos.
Brennan asintió sonriente. La respuesta de aquel motero elegante y educado era una confirmación de que sus sospechas eran ciertas, lo cual quería decir que había ganado la apuesta.
—Entonces, sígueme. Conozco un rincón donde hay frescor, paz y tranquilidad.
El lugar en cuestión era una habitación de pequeñas dimensiones situada en la parte trasera de la casa, con una pequeña biblioteca y dos sillones orejeros enfrentados, situados a cada lado de la ventana. A través de ella solo se veían árboles. La vista se perdía en una inmensidad verde.
—¿Qué te parece? —dijo Brennan satisfecho al abrir la puerta—. Lo descubrí durante los preparativos de la boda de mi hijo. Es un sitio ideal, ¿verdad? Es increíble que estemos tan cerca de la fiesta y apenas se oiga nada…
Ike asintió repetidas veces con la cabeza.
—Y qué fresco está… —comentó.
Los dos hombres se dirigieron hacia los sillones. Ike a duras penas lograba esconder su nerviosismo, algo de lo que Brennan era perfectamente consciente, de ahí que decidiera no prolongar su sufrimiento.
Tomó asiento en el sillón que estaba a la derecha de la ventana y lo invitó con un gesto a que hiciera otro tanto.
—De acuerdo —dijo cuando ambos estuvieron frente a frente—. Cuéntame, Ike, ¿de qué quieres hablar conmigo?
La primera reacción del motero fue de alivio. Bien. La propuesta de Brennan de que fueran a dar una vuelta no había tenido que ver con que deseara tener una conversación hombre a hombre con él. Muy bien. Menos mal, pensó. Entonces, cayó en la cuenta de otra cosa.
—Disculpe la pregunta, pero… ¿Cómo sabía que quería hablar con usted? —Estaba bastante seguro de que no había llegado a decirlo. Podía haber ido al salón por cualquier otro motivo. ¿Acaso sus intenciones eran tan evidentes que ni siquiera necesitaba verbalizarlas?
—Porque es lo correcto y tú eres un hombre que hace lo correcto.
Ike sintió que una columna de fuego ascendía por su cuerpo y se instalaba en su cara, abrasando sus mejillas. Las palabras de Brennan eran halagadoras. Sin embargo, no era esa la razón de su acaloramiento.
—Lo sabe —se atrevió a decir. ¿Cómo no iba a enterarse con el vozarrón de Dakota? Si no lo había oído directamente, alguien lo habría hecho y le habría ido con el cuento. Vio que el anciano asentía repetidas veces con la cabeza, confirmando sus peores temores—. Vaya. Qué incómodo…
Brennan permaneció en silencio. Ike notó que su expresión era seria, pero no reprobatoria. Era la seriedad propia de una conversación importante entre el novio y el padre de la novia. Sin embargo, la razón de que él hubiera tomado la iniciativa era evitar que aquel hombre se enterara de las últimas novedades de la vida de su hija por otra vía. Quería que lo supiera por él. Pero Brennan ya lo sabía, de modo que había llegado tarde.
—Sé cuáles son sus ideas al respecto —empezó a decir Ike—. Sé que es católico practicante y quiero que sepa que estoy muy enamorado de Erin. Si de mí dependiera, le habría pedido matrimonio hace tiempo… Meses —enfatizó.
—¿Insinúas que no depende de ti? En mi mundo, el hombre es quien propone.
Toma repaso, acaban de darte, tío. A ver cómo sales de esta.
Ike asintió. No fue un signo de acuerdo, sino solo de respeto al punto de vista ajeno.
—Entiendo a lo que se refiere, pero no creo que Erin esté de acuerdo con lo que usted dice. Y esto tiene todo que ver con ella, así que… No, no dependía de mí. Ahora, por suerte, depende un poco más. Pero solo un poco —concedió con una ligera sonrisa.
Brennan siguió callado, observándolo. Ike respiró hondo. Por naturaleza, no era nada proclive a intentar congraciarse con los demás. Era amable y servicial siempre que podía, desde luego, pero no era un hipócrita. No le diría a aquel hombre lo que quería oír solo por quedar bien con él.
—Me deslumbró desde el primer momento que la vi. Y ahora sé que yo también a ella… Pero no me lo puso nada fácil. Supongo que, en parte, eso tuvo que ver con mis credenciales… Ya le conté que en ese bar la mayoría de los moteros no me toleraban y no se molestaban lo más mínimo por disimularlo. Es razonable que Erin quisiera tomarse su tiempo para analizarme y sacar sus propias conclusiones antes de aceptar una primera cita conmigo… Pero después de la primera, siguió tomándose su tiempo. Al principio, no lo entendí; ahora, sí. Cuando has soñado tanto y has amado tanto y esa persona muere antes siquiera de haber empezado a realizar tus sueños junto a ella, la idea de volver a enamorarte y volver a soñar da mucho miedo… El nuestro fue un proceso lento. Conocí su historia, ella conoció la mía, y las cosas fueron encajando poco a poco. Sin fricciones. De forma natural. Y quiero que siga siendo así, Brennan —Suspiró, ilusionado—. Erin ha vuelto a pensar en una casa con jardín y en una familia numerosa… Me confesó que hacía años que había enterrado ese sueño y que yo soy la razón de que vuelva a soñar… Le juro que estoy en las nubes… La idea de formar una familia con su hija, de convertirme en padre… —Volvió a suspirar y esbozó una sonrisa cargada de emoción—. Tiene grandes planes para nosotros, ¿sabe? ¡Grandísimos! Y yo me aseguraré de convertirlos en realidad. Todos y cada uno de ellos.
Brennan asintió, satisfecho, pero aún serio.
—Da igual qué edad tengan mis hijos y cuánto haya cambiado el mundo desde que nacieron. Existe un orden natural, una forma correcta de hacer las cosas, y esa es la que siempre esperaré que mis hijos escojan. Por si no he sido lo bastante claro, con esto quiero decir que confío en que esos grandes planes incluyan legalizar vuestra relación. No espero que contraigáis matrimonio en la casa de Dios, pero sí espero que vuestra unión sea legal.
—Lo será, Brennan. Habrá un compromiso oficial y, por supuesto, una boda. Pero será a su debido tiempo. Ni un minuto antes.
—Y cuándo sea ese momento, no depende de ti… —apuntó el padre de Erin.
Ike asintió.
—Seguro que sabe que Erin no es nada complaciente cuando lo que está encima de la mesa son decisiones que afectan su propia vida. Es una mujer acostumbrada a manifestar sus deseos con toda claridad.
Brennan sonrió con malicia.
—A eso en mi mundo se le llama no tener filtros. Y sí, es algo que mi querida hija domina a la perfección.
«Que se lo dijeran a él», pensó Ike, risueño, antes de continuar.
—También es una mujer acostumbrada a tomar la iniciativa, a quien no le gusta nada que un hombre se muestre paternalista. Ni a nivel profesional ni, mucho menos, a nivel personal.
La sonrisa de Brennan se ensanchó.
—Lo sé. Ciertos directivos de la imprenta se sienten mucho más tranquilos ahora, que la fiera está en la oficina de Londres y no en la de Dublín.
Ike no pudo evitar reírse. «La fiera», pensó. Qué apelativo tan adecuado para alguien como Erin.
—Cuando su hija crea que es el momento de dar ese paso, me lo hará saber. Quizás lo diga abiertamente, aunque lo más probable es que vaya dejando pequeñas pistas a su paso para que yo una los puntos. Entonces, y solo entonces, sucederá. Por el momento, solo puedo decirle una cosa: No hay nada que desee más en esta vida que casarme con Erin y formar una familia.
—Bien —concedió Brennan—. Es suficiente… Por el momento.
Ike se tragó un suspiro de alivio. Esbozó una sonrisa y posó sus manos sobre las rodillas en una indicación de que iba a ponerse de pie.
—Bien. Todo aclarado. En tal caso, volveré a la piscina antes de que su hija se dé cuenta de que me he ido…
Brennan también se incorporó y ambos se dirigieron a la puerta.
—Por supuesto. No queremos que se entere de nuestra pequeña conversación, ¿verdad? —dejó caer, a ver qué acogida tenían sus palabras en su futuro yerno.
Ike volvió la cabeza para mirarlo.
—Claro que se enterará porque voy a decírselo.
—Pero a su debido tiempo —matizó Brennan, con humor.
Ike no pudo más que reírse.
—Sí. A su debido tiempo.
* * * * *
Después de hablar con el tío de Andy, la imaginación de Erin estaba tan disparada como su ilusión. Iba hacia la casona, totalmente absorta en sus pensamientos cuando al abrir la puerta, se encontró con el responsable de que llevara meses volando entre nubes rosas con forma de corazón, que en aquel momento abandonaba la casa.
—¡Eh! —exclamó Ike al verla—. ¡Hola, preciosa!
Su voz sonó teñida de sorpresa y de bastante sobresalto: acababa de dejar a Brennan. Si ella hubiera llegado tan solo un minuto antes, los habría visto despidiéndose en el pasillo. Más aún, si entrara en aquel preciso momento, vería a su padre dirigiéndose al salón. Razón de más, para evitar que lo hiciera, pensó.
—Justo estaba pensando en ti —le dijo, seductor.
Acto seguido la tomó por los antebrazos y la obligó a alejarse de la puerta. Imponiéndose con su cuerpo, siguió empujándola hasta que Erin halló la pared a su espalda, y una vez allí, aseguró su posición, situando una mano contra el muro, a cada lado del cuerpo femenino.
—Mira qué casualidad: yo también…
Erin sonreía, expectante y deseosa de implicarse en un juego de seducción que le encantaba.
Ike, por su parte, contaba los segundos. ¿Cuántos más necesitaba Brennan para desaparecer del pasillo? La pared estaba caliente por efecto del sol, que le daba de lleno. A Erin no le afectaba, puesto que su piel estaba cerca, pero no en contacto. Pero a él sí, ya que sus palmas estaban contra el muro. No había sido una jugada demasiado inteligente. Un fallo, por otra parte, comprensible, teniendo en cuenta que en el país del que procedía, el muro exterior de una vivienda jamás estaba en contacto con el astro rey el tiempo suficiente para templarse siquiera, no hablemos ya de calentarse. Al fin, bajó los brazos y los puso en torno a la cintura femenina.
—Bueno… Si tú estabas justo pensando en mí y yo estaba justo pensando en ti, quizás podamos sacarle partido a este encuentro inesperado… —se insinuó él.
Una sonrisa sensual brilló en el rostro de Erin.
—Bueno… —repuso, imitándolo—. Quizás no sea tan inesperado como crees…
Ike se agachó, acercó la punta de la nariz al lóbulo derecho de Erin y lo acarició arriba y abajo, una y otra vez. Ella respondió pegándose a él y besándolo sin perder el contacto visual en ningún momento. Primero, fueron unas ligeras caricias con sus labios. Después, abrió la boca sobre los labios masculinos y su lengua se internó en la de Ike, plena de provocación. Sonrió desafiante cuando obtuvo la primera reacción que buscaba en él: Ike se estremeció y apretó el abrazo.
—¿Ah, no…? —musitó él, apartándose el tiempo necesario para hablar. A continuación, fueron sus labios los que se abrieron plenamente sobre la boca femenina en un beso caliente y muy posesivo. Sus manos fueron aún más posesivas, acariciándola sin límites. Una de ellas se internó entre sus muslos, por debajo del pareo.
—No… —repuso Erin, dejándose llevar por las embriagadoras sensaciones que se adueñaban de ella cada vez que él se volvía tan dominante en sus acercamientos.
—Guaaauuu… ¿Venías a buscarme?
—Ajá…
«¿Y cómo sabías que estaba aquí?». Ike se apresuró a echar aquel inquietante pensamiento de su cabeza, y apostó por seguir insinuándose. Siempre que la tenía así, entre sus brazos, dispuesta y complaciente, su mente se negaba a pensar en otra cosa más que en desnudarla y hacerle el amor. Le hablaría de su conversación con Brennan, pero, definitivamente, aquel no era el momento.
—Pues ya me has encontrado… Soy todo tuyo —aseguró en un susurro, buscando su mirada—. ¿Qué quieres hacer conmigo?
En aquel momento, el móvil de Erin anunció la recepción de un wasap, al que enseguida se unió un segundo y, un instante después, un tercero.
—Qué inoportuno… —se lamentó él.
—Tengo que leerlos… Seguro que es Shea. Dame un minuto —musitó Erin. Su hermana estaba con contracciones de Braxton Hicks. Como la ponían nerviosa y no quería decírselo a Maverick, buscaba apoyo en ella.
Ike lo sabía. También sabía que Shea estaba bien, pues había hablado hacía un rato con Maverick. Asintió e introdujo su mano con movimientos deliberadamente sensuales hasta la cinturilla del bañador femenino, donde ella tenía el móvil. Lo liberó de la prenda y se lo tendió con expresión desafiante.
—Cuenta regresiva de sesenta segundos —anunció.
En cuanto ella cogió el móvil, Ike volvió a buscar el contacto físico. Se dobló sobre ella, hundió la nariz en el hueco del cuello y comenzó a acariciar sus hombros con la punta de la lengua, mientras musitaba los números de la cuenta regresiva. Estaba decidido a mantener la llama ardiendo hasta que Erin dejara el maldito móvil y volviera a dedicarle toda su atención. Quería sexo y lo quería ya, igual que le había sucedido por la mañana.
Erin también lo quería. Tanto como él. Respiró hondo, elevó el brazo por el costado de Ike y se puso el móvil a la altura de los ojos. Activo la pantalla. En efecto, los wasaps eran de su hermana.
«Papá acaba de llamarme».
«Ike le ha dicho que estáis viviendo juntos y que quiere casarse contigo».
«¿Sabes lo peor? ¡¡¡Tu chico me ha hecho perder 200 libras!!! 😩».
Leyó y volvió a leer el segundo mensaje con los ojos brillantes de ilusión y el corazón galopando en su pecho. Ike había hablado con su padre. ¡Lo había hecho! ¡Qué tipo más genial! Solo con imaginar la situación, se derretía de amor por él.
Brennan estaba al tanto de que se había mudado a la casa de Ike, pues ella misma se lo había dicho. El jueves había aprovechado un momento tranquilo en la oficina para ponerlo al corriente de las novedades. Sabiendo que el fin de semana los moteros planeaban presentarse en la isla para darle una sorpresa a Dylan, no había querido arriesgarse a que se enterara del tema por las bromas que, con toda seguridad, lloverían sobre ellos a cuenta del cambio de estatus en su relación. No había entrado en detalles acerca de sus planes futuros, de ahí que hubiera tenido que soportar un conato del consabido sermón sobre «vivir en pareja sin contraer matrimonio», que ella había cortado a poco de empezar, zanjado la cuestión a su manera:
«Conozco de sobra tu opinión, pero es mi vida y yo decidiré cuándo me caso. Si te lo estoy contando es por una sola razón: darte tiempo a que digieras la noticia para que el fin de semana tengamos la fiesta en paz. Soy feliz con Ike. Estamos muy bien juntos y estamos deseando viajar a Menorca para conocer a Zoe y a Coral. Por favor, papá, no lo estropees».
¡Ike había pensado lo mismo que ella y había decidido coger al toro por los cuernos!
¿Cómo no voy a estar loquita por ti, señor Adams? ¡Eres lo más!
Entonces, reparó en el último mensaje. Lo leyó un par de veces y su nivel de incredulidad se disparó. ¿Su hermana y su padre habían hecho una apuesta? ¿Desde cuándo Brennan Mitchell se tomaba tan jocosamente una noticia como la que ella le había dado? ¿Y en qué puñetas consistía la apuesta? Releyó los tres mensajes. Si Shea la había perdido porque Ike había hablado con su padre, entonces Brennan había apostado por un sí —por que Ike hablaría con él— y Shea por un no.
Un momento. Un momento. Un momento. ¿Qué me he perdido? ¿Cómo estabas tan seguro de que Ike hablaría contigo, papá? ¿Le lees la mente o algo así? ¡Ni yo misma lo sabía!
Lo más increíble, sin embargo, no era eso, sino que, a pesar de que hubiera intentado soltarle una charla, su padre no estaba enfadado con la situación. Y eso era lo mismo que decir que, al estricto y ultra católico Brennan Mitchell, no le preocupaba que su hija «estuviera viviendo en pecado» con un hombre, algo a todas luces imposible.
A menos que… El hombre en cuestión se hubiera ganado su respeto y, sobre todo, su confianza.
Un revuelo de mariposas llenó el estómago y el vientre de Erin, que apagó la pantalla y volvió a dedicarle a Ike toda su atención.
—Shea está bien. No hay Braxton Hicks por las que preocuparse. ¿En qué estábamos…?
Ike se enderezó, rodeó firmemente la cintura femenina con sus brazos y buscó el contacto visual.
—Te decía que soy tooodo tuyo, preciosa. Así que, dime, ¿qué quieres hacer conmigo?
Erin le pasó los brazos alrededor del cuello. Una sonrisa muy traviesa brillaba en su rostro al decir:
—Mmm… Tengo grandes planes contigo, señor Adams.
—¡Guaaaaaaaauuuuuuuuu…! —exclamó, después de emitir un silbido aprobatorio—. ¿Y esos grandes planes son para ahora-ahora… o para más tarde?
—Para ya mismo —repuso ella, insinuándose con descaro—. Vas a coger las llaves de la moto y voy a llevarte a la casa de los guardeses donde pienso darme un buen revolcón contigo. ¿Qué te parece?
Él apoyó su frente sobre la de Erin y se miraron con tanta complicidad como deseo.
—¡Que voy corriendo a buscar las llaves, eso me parece! —concedió con una risita excitada.
—Me encanta que estemos de acuerdo porque, ¿sabes? También tengo planes para más tarde.
A Ike se le disparó el corazón.
—¿Planes para hoy?
Ella asintió enfáticamente con la cabeza.
—Grandes planes… Planes fabulosos —subrayó, y le encantó ver cómo la expresión del motero pasaba de la insinuación a la sorpresa y de esta, a la locura de amor.
Ike se estremeció perceptiblemente. Ignoraba a qué planes se refería —tenían montones de ellos y ninguno en particular para aquel día, excepto disfrutar cada minuto de estar juntos—, pero la palabra «fabulosos» había conseguido ponerle el corazón a mil. Tener a Erin en su vida era todo un regalo por sí mismo. Saber que él era tan importante y necesario como ella lo era para él lo llenaba de emoción y de gratitud. Pero desde hacía cuatro días, la ilusión se había instalado en sus vidas, volviéndolo todo tan especial… Cada momento, cada mirada, cada caricia. La certeza de que ambos deseaban un futuro juntos y toda la expectativa que eso traía consigo lo había cambiado todo. Se sentía el tipo más afortunado del mundo. Y el más enamorado.
—Estoy loco por ti, Erin. Loco, loco, loco —musitó, estrechándola entre sus brazos en un arranque apasionado.
—Y yo por ti, señor Adams. Y yo por ti.
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©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
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