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Proyecto CRS-03.2

Superstar. Extras, 2


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Superstar, 2. Extras, 2, de Patricia Sutherland.
Un proyecto de Club Románticas Stories.


CRS-03.2. Superstar. Parte 2 Extras, 2. Capítulo 1


Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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1


Octubre, 2002.

Downtown Nashville.

Nashville, Davidson County, 

Tennessee.


Ken soltó una carcajada al ver el lío que Sultán había hecho con su propia correa. Era tan eléctrico que no podía esperar ni un minuto para echar a correr. A su lado, Noah y River, todavía sujetos por sus correas a las sujeciones del cinturón de seguridad, parecían celebrar la torpeza de su amigo moviendo la cola y emitiendo agudos ladridos.

Qué animales más increíbles, pensó. En un segundo habían conseguido hacerle olvidar el malhumor que se le había puesto a consecuencia del tráfico. Chris lo estaba esperando y encima que se había despertado tardísimo, llevaba media hora dando vueltas para encontrar un sitio donde aparcar. Todo el maldito mundo estaba en el centro de Nashville.

—Espera, espera, peludito… ¿Por qué no me dejas ayudarte? —le dijo, frotándole la cabeza—. A ver, dame esa pata, que te has atado tú solito…

—A ti te voy a atar yo… Tío, ¿se puede saber dónde te habías metido? —oyó que le decían.

No necesitaba darse la vuelta a mirar para saber de quién se trataba. Reconocería esa voz (y esas malísimas pulgas) en cualquier lugar.

—¡Y encima traes a esos chuchos! —añadió la voz, sumando un punto más en la escala de cabreos—. Joder, Ken… ¿Piensas invitarlos a unas birras en el Tootsie’s? Lamento informarte que no aceptan animales de cuatro patas y por si se te ha cruzado por esa cabezota, yo no voy a hacer de canguro.

Ken liberó a Sultán de su propio enredo y a continuación, soltó los arneses de Noah y de River de las sujeciones de seguridad. Los tres saltaron del asiento posterior al suelo, más felices que unas pascuas.

Recién entonces, Ken se dio por aludido. Allí, de pie, a escasos dos metros de él, estaba su viejo amigo. De punta en blanco, aunque iba de vaqueros y zapatillas deportivas. Tom Keller era la única persona que conocía capaz de lucir siempre perfecto, independientemente de lo que vistiera.

—Hola, Tom. Yo también me alegro de verte… Otra vez —añadió con socarronería. 

No podía hacer mucho que él había llegado a Nashville e intuía que la razón de que volvieran a verse tan pronto, era que alguno de sus hermanos lo había llamado para avisarle del plan turístico. Lo que no acababa de tener claro era cómo había dado con él en plena calle. Era como si lo hubiera estado esperando.

Al darse la vuelta comprobó que su mánager no estaba solo. Shane estaba a su lado, pasándoselo en grande a costa de ellos, como siempre.

—Hola, Shane… Tío, lo siento —se disculpó Ken—. Esto es cosa de mis hermanos. Ya hablaré con ellos. Es una salida común y corriente, no deberían haberte molestado.

—Fui yo —intervino Tom y añadió con la misma socarronería que antes había utilizado Ken—. Salida común y corriente, claro, cómo no. —Miró a Shane—: ¿se lo explicas tú o se lo explico yo?

Shane concedió con un gesto de la mano. Entendía el mosqueo de Tom, pero entendía mejor aún el punto de vista de Ken. Su jefe no había cambiado casi nada con el tiempo. Ser una estrella de la música no modificaba su comportamiento más que en los casos que era imprescindible, a saber; en las actuaciones y en las entrevistas. 

—Tus salidas ya habían dejado de ser «comunes y corrientes» antes de meter tres temas de tu segundo LP en la lista de los más escuchados durante dieciséis semanas, y eso fue hace seis años. 

—¡Hola, Ken! ¿Me firmas un autógrafo? 

La petición interrumpió la conversación, pero no sorprendió a nadie. 

—Claro —repuso Ken, dándose la vuelta en la dirección en la que venía la voz. Su mirada se encontró con la de una chica que le tendía lo que parecía una agenda o libreta de espiral. No podía tener más de diecisiete o dieciocho. Iba acompañada de un muchacho de edad similar—. ¿Tienes un boli?

La joven se puso a hurgar dentro de un abultado bolso y al fin, después de unos instantes, le mostró un bolígrafo con gesto triunfal.

—¡Aquí! —exclamó, tendiéndoselo, excitada—. A nombre de Nicky, que soy yo… ¡Tengo todos tus discos! ¡Mis amigas no se lo van a creer! 

—¿En serio? ¡Gracias! ¿Sabes qué? En diciembre, estaré en el Club Perseus, aquí, en Nashville. ¿Lo conoces? 

—¡Sí, es esa pasada de lugar que tiene los techos de cristal! 

—Ese mismo. Tom te va a dejar una tarjeta —dijo mirándolo brevemente. Él se metió la mano en el bolsillo de atrás de sus pantalones y sacó una tarjeta de su billetera que le tendió a la muchacha. Ella casi se la arrancó de la mano, presa de la excitación—. Llámalo y te dará unos pases para ti y tus amigas. 

—¡¿En serio?! —la chica se cubrió la boca, loca de la alegría—. ¡Ay, que me va a dar algo! ¡Gracias, Ken, muchísimas gracias!

—Gracias a ti —repuso él.

La mirada de Ken se encontró con la del muchacho al entregarle a Nicky la libreta con la dedicatoria. Su mirada era mucho menos excitada y bastante más recelosa. Su lado travieso estuvo a punto de preguntarle si también quería un autógrafo, pero en el último momento se apiadó de él.  

—¡Muchísimas gracias! ¡Iré con mis amigas! —se despidió ella sin dejar de mirarlo mientras se alejaba. 

Ken la siguió con la mirada. Le causaba gracia, puesto que, en realidad, era el chico quien tiraba de ella. Estaría deseando largarse de allí cuanto antes para poder recuperar la atención de su novia, pensó.

—¡Ken Bryan, dichosos los ojos que te ven! —oyó que alguien decía. 

Esta vez se trataba de un grupo de veinteañeras y Ken notó enseguida que Shane adoptaba su postura de guardaespaldas. Pero él continuó como siempre. En cualquier otro lugar del mundo, le preocuparía. En Nashville, no. 

En esta ocasión, sus perros se llevaron unas cuantas carantoñas y él no se libró de las fotos. Tampoco de los besos en la mejilla. Pero sabía que eso era lo más lejos que llegaban sus fans locales. 

En cuanto se marcharon, Tom le tendió su pañuelo. 

—Yo que tú no pondría a prueba la paciencia de Chris.

En su rostro, podía leerse un «¿has visto lo normal y corriente que eres?», que Ken ignoró. 

Se frotó a conciencia, mostrándole el resultado hasta que su mánager asintió con la cabeza en señal de que ya no quedaban restos de carmín en sus mejillas. 

Tom volvió a hablar.

—Te diría que nos diéramos prisa antes de que alguien más descubra tu presencia de tipo normal y corriente, y nos tiremos el resto del día sin salir de este metro cuadrado. Eh, ni se te ocurra, bicho. —Detuvo con la mano el intento de Sultán de olfatear sus pantalones y miró a Ken—: ¿me has oído cuando dije que no puedes entrar en el Tootsie’s con los perros?

Ken le palmeó el hombro con una sonrisa.

—Relájate, hombre. No pasa nada. Te vas a quedar calvo con tanto estrés —y a continuación cogió las tres correas y se agachó a hablar con los canes—: Sin tirar, ¿vale? Hoy tenéis que ser unos peluditos buenísimos, ¿estamos?

Shane vio a Tom poner los ojos en blanco y se las arregló como pudo para tragarse una carcajada.

—Calvo, lo dudo, pero es muy posible que me transforme en Mr. Hyde sin necesidad de echar mano de ningún brebaje siniestro, y te mate muy lentamente… —exhaló un suspiro de hartazgo—. Es domingo, tenía un superplan con una morenaza que está que te mueres y, en cambio, estoy aquí, contigo y tus tres bestias que siempre me llenan de pelos, aguantándote memeces del tipo «es una salida normal y corriente». 

Ken intercambió miradas con Shane y le puso una mano en el hombro a Tom. ¿Era posible que aquel tipo que llevaba junto a él toda la vida aún no supiera que le daba igual si un lugar admitía animales o no? Estaba más que dispuesto a usar su fama para conseguir que lo dejaran entrar igual. Y si, finalmente, no era posible, también estaba dispuesto a marcharse en el acto y buscar otro sitio donde sí los aceptaran. No tenía perros para dejarlos en su casa. 

—Ya sé que no admiten peluditos en el Tootsie’s, pero mi familia no está allí. El local estaba hasta la bandera y han decidido hacer una parada para que comamos juntos, lo cual les agradezco un montón porque estoy muerto de hambre. Están en The Grill

Algo más alejado del fragor turístico, aquel restaurante de cocina típica sureña que también ofrecía música en vivo, era una gran alternativa para disfrutar de una buena comida en un ambiente mucho menos abarrotado de lo habitual por la zona. 

Tom lo miró con los ojos desorbitados.

—¿Y se puede saber por qué coño, no me han avisado? Voy a matar a Jim cuando…

El sonido del móvil de Ken dejó a Tom con la palabra en la boca y maldiciendo en arameo. Ken sonrió al ver de quién se trataba.

—Estoy llegando, Bella. Que no cunda el pánico —se adelantó.

¿Estás llegando a dónde? Llevo veinte minutos dando vueltas por enfrente del Tootsie’s y todavía no he visto ninguna cara conocida —oyó que ella decía, risueña.

—Eso es porque hubo cambio de planes. Están en The Grill —repuso Ken.

Oyó que Bella se carcajeaba.

Pues te diré que es un pésimo sitio para engañar a mi amiga… Me voy a tener que sacar una invitación a comer de la manga y no sé si va a colar… ¡Si quedas a las cuatro de la tarde, lo normal es que ya vayas comida!

—Lo siento… Es que, por lo visto, el Tootsie’s estaba tan lleno que Chris no podía maniobrar con su supersilla… —Sonrió divertido—. Solo puedo decirte que, si la mentirijilla cuela, invita la casa.

Más risas.

 —¡Qué detalle de tu parte! Tranquilo, Ken. Algo se me ocurrirá. Nos vemos en un rato —se despidió.

En cuanto Ken volvió a guardar el móvil y alzó la vista, se encontró con la cara avinagrada de Tom.

—¿De qué mentirijilla hablas? —le preguntó—. Miedo me dais tú y la presidenta de tu club de fans. Sois tal para cual. Cuando la liais, la liais gordísima, y hoy no estoy de humor para ponerme a arreglar vuestros follones…

Ken se rio de buena gana. Miró a Shane y vio que él suspiraba, armándose de paciencia.

—Chico, estoy a punto de largarme, llevarme a Shane conmigo y dejarte aquí, discutiendo con las farolas. Menudo peligro tienes hoy. ¿Quedará alguien con vida al final del día? —le dio un abrazo de colegas—. Venga, gruñón, alegra esa cara. Vamos a meternos unas buenas costillas por el gaznate. ¡Y si eso no te arregla, no sé qué lo hará!

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©️2024. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷


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CRS-03.2. Superstar. Parte 2 Extras, 2. Capítulo 2


Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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2


The Grill

Asador con música en vivo.

Downtown Nashville.

Nashville, Davidson County, 

Tennessee.


La «relaciones públicas» del asador, una jovencísima estudiante de empresariales, nieta de su fundador, había acompañado a Ken, Tom y Shane personalmente hasta la entrada del sector que estaba al aire libre. Situado en la calle de atrás, era un espacio habilitado especialmente para los clientes que, como Ken, preferían no dejar a sus mascotas en casa cuando salían a pasear. Aunque también se admitían en el salón principal, era allí donde estaba la familia de Ken.

El asador tenía una larga trayectoria en Nashville. Era el típico negocio que había pasado de padres a hijos y la mayoría de los empleados eran miembros de la familia, lo cual garantizaba un trato muy particular por el que el establecimiento era famoso. Había cambiado de localización dos veces a lo largo de su historia y en la actual llevaba más de diez años. Se trataba de un edificio que ocupaba la mitad de la manzana y tenía entradas por dos calles. Era una ubicación muy conveniente, situada fuera del corazón turístico de la ciudad, lo que le confería un ambiente más relajado, puesto que quienes acudían eran principalmente clientes habituales del establecimiento.

Permanecía abierto todo el día, ofreciendo servicio de comida y cena en los horarios usuales, y un completo servicio de bar con tentempiés y tapas el resto del tiempo. Tenían dos salones interiores, uno en la planta baja y otro en la primera, ambos con sus correspondientes barras y sus escenarios para los espectáculos en vivo, y un tercero exterior, también con barra y escenario, situado en un jardín perfectamente acondicionado para poder recibir clientes los doce meses del año. 

La carta, sin embargo, no había cambiado demasiado con el tiempo. Estaban especializados en cocina sureña y la presencia de una gran parrilla auguraba una buena cantidad de platillos asados en la carta. 

La familia de Ken ocupaba dos mesas unidas situadas cerca del escenario. Sendas sombrillas negras con el anagrama del asador les protegía del sol y varios nebulizadores instalados en la estructura que formaba el techo, se ocupaban de refrescar el ambiente. Apenas quedaban mesas libres en el restaurante.

Lilly giró la cabeza en cuanto oyó un aullido. 

—¡Sultán! —exclamó, y se levantó de la mesa de inmediato.

A Ken le resultó imposible retener al peludito que, en cuanto divisó a su segunda humana favorita, empezó a tirar con tanta fuerza que se elevaba sobre sus patas traseras. Era como si estuviera tirando de un trineo.

—Vale, vale, vale… Shane, coge a mis perros —le pidió.

Shane lo hizo, pero no sin mencionar lo obvio:

—¿Y tú crees que podré guardarte las espaldas, si tengo una mano ocupada con las correas de tus perros?

Tom concedió a lo dicho por Shane moviendo la cabeza con énfasis.

—Ahora te dirá que no es necesario que le guardes nada porque es un tipo común y corriente —se burló.

Ken no respondió a las pullas de sus acompañantes. Estaba centrado en Sultán.  

—Dame un minuto que te suelto —se rio, agachado, intentando liberar al cachorro, que no paraba de saltar y tirar, moviendo la cola alegremente. Ken soltó una carcajada y se empeñó más a fondo—. ¡Eh, si no te quedas quieto un segundo, no voy a poder desenganchar la correa, pequeñín! ¡Eres puro nervio! ¡Puf, al fin!

En cuanto Ken logró su objetivo, el cachorro de Husky salió corriendo, dejándolo con la correa en la mano y una sonrisa divertida en el rostro.

Una sonrisa que se agrandó en cuanto se enderezó y vio la mesa de su familia y, en ella, a la mujer de su vida. A ver cómo se las arreglaría para estar en el mismo lugar que ella, en la misma mesa, y comportarse como si no se estuviera muriendo por comérsela a besos.

Enseguida notó su mirada dulce sobre él, como una suave caricia. Y su sonrisa por la que sería capaz de hacer cualquier locura. Cualquiera.

Ken respiró hondo y suspiró. 

Ay, qué ganas de comerte entera…

Entonces, dos orejas puntiagudas aparecieron en su campo visual, cuando Sultán saltó sobre la falda de su humana favorita y empezó a cubrirla de lametones. Después de esquivar hábilmente a Lilly, el cachorro se había metido debajo de la mesa para emerger entre las piernas de Chris.

Ante las quejas en broma de Lilly por el evidente favoritismo de que hacía gala el peludito, Chris respondió al cariño del cachorro estrujándolo contra su pecho, haciendo que Ken deseara convertirse en un Husky. No en uno cualquiera, sino en aquel que Chris sostenía amorosamente entre sus brazos. 

Lo que Ken no notó enseguida, a pesar de que era mucho más evidente, fue la bienvenida de sus hermanos y de su tía Doreen; se habían puesto de pie aplaudiendo y gritando a voz en cuello «¡Bravooooooooo, bravoooooooo! ¡El Bello Durmiente se ha despertado!». 

Hasta Robert Bryan también se había sumado a la efusiva bienvenida. Eso sí, él no se había puesto de pie.

Si hasta hacía un segundo, había algún alma en aquel restaurante que todavía no se había enterado de que una estrella de la música acababa de entrar en el establecimiento, ya no quedaba ninguna.

Tom soltó un bufido. Normalmente, no solo aprovechaba cada ocasión de promoción gratuita que se le presentaba, la agradecía. Pero aquel día en particular prefería no dar más notoriedad a aquella salida de Ken. De hecho, pensaba que era mejor que pasara lo más inadvertida posible. Por varias razones. La primera y más importante era que Chris también tomaba parte de ella. Nashville no era como el resto de las ciudades norteamericanas en cuanto al tratamiento que daban los locales a sus famosos, eso era cierto. Pero los paparazzi estaban en todas partes. Como alguien reparara en la mujer de la silla de ruedas y asociara su imagen a la docena de fotos que había publicado el semanario Gossip… Solo Dios sabía lo que podía ocurrir después. Le constaba que a Ken ya no le importaba que la prensa hablara de Chris. Estaba como un adolescente, deseando que todo el mundo se enterara de que estaba saliendo con la chica más guapa del instituto. En realidad, a él mismo había estado a punto de escapársele su nombre delante de los periodistas en un par de ocasiones aquel mismo fin de semana. Pero Chris seguía queriendo mantener su vida al margen de los medios de comunicación. Su posición al respecto era firme. 

Ahora que lo pensaba, Tom cayó en la cuenta de que había otra razón que convenía no perder de vista. Tenía nombre y apellido y estaba sentado junto a Chris. El tipo se esforzaba por mostrarse jovial ante la llegada de Ken. Dado que no estaba al tanto de lo sucedido aquella misma mañana en el rancho, Tom se preguntaba qué sucedería en el momento en que Jamie Daniels ya no pudiera seguir esforzándose.

Por suerte, la respuesta a esa pregunta era «nada». Jamie estaba decidido a seguir en la vida de Chris. De modo que cuando no pudiera seguir esforzándose… Lo seguiría haciendo. Aprendería a querer a Ken Bryan, a mirarlo con buenos ojos. Encontraría la forma, al precio que fuera.

Al fin, Ken tomó conciencia de todo lo demás que estaba sucediendo en aquel momento, aparte de Chris y lo que sentía cada vez que sus miradas se encontraban, y se dio por aludido.

Recuperó las correas de sus perros, que sostuvo en una mano, y elevó su otro brazo por encima de la cabeza, devolviendo el saludo a sus hermanos y a todos los demás comensales que, alertados por los aplausos, le daban la bienvenida con más discreción.

—¡La Bella Durmiente ya está aquí! —se rio, avanzando entre las mesas con sus perros que parecían felices de recibir tanta atención—. ¡Y con el hambre de un dragón! ¡Así que, a ver con qué me sorprendéis!

Y mientras avanzaba, hacía sus cálculos estratégicos. Claramente, no podía sentarse junto a Chris. Tenía a Jamie a la izquierda y a Robert a la derecha, quien, a su vez, estaba junto a la tía Doreen. Ese lado de la mesa estaba completo y hacer algún cambio llamaría mucho la atención. Tampoco podía sentarse frente a ella, puesto que allí estaba Lilly, con Jim a su derecha y Tim a su izquierda. Intentar que alguno de sus hermanos se moviera, daría lugar a un millón de pullas que, probablemente, se extenderían el resto de la tarde. Su mejor alternativa era la cabecera, en el extremo de la mesa donde estaba Jamie. Era donde se encontraría más cerca de Chris. No lo bastante para tocarla, pero sí para intercambiar algunas frases sin tener que levantar la voz. 

Pero cuando al fin alcanzó la mesa, de pronto, las piezas se movieron como si estuviera ante un tablero de ajedrez. Mientras Jim le sacaba de la mano las correas de los perros y las sujetaba por las asas a la pata de su silla, Tim se ocupó de señalarles a Tom y a Shane sus respectivos lugares en la mesa. 

¿Y cuáles eran esos lugares? La cabecera izquierda de la mesa para Tom y la derecha para Shane, puesto que —cómo no— Tim le había reservado a su hermano mayor un sitio de honor, el que estaba a su lado.

—Y tú aquí —le dijo Tim, intentando disimular las tremendas ganas de reírse a carcajadas que tenía—, para que Shane pueda hacer su trabajo, y tú y yo podamos comentar unos asuntos del rancho sin aburrir a los demás. —Su mirada recorrió al resto de los comensales en la mesa y Ken vio que todos asentían, como si lo que Tim acabara de decir estuviera incluido en el programa de actividades.

Ken asintió con una sonrisa de «me has jodido, tío y pienso ajustarte las cuentas». Apartó la silla y se sentó. Tim hizo lo mismo a su lado con una sonrisa que decía a las claras «¿crees que no lo sé? Lo hemos hecho a propósito y, por si te consuela, no soy el único en el ajo».

Entre medio de las risas y los comentarios chistosos sucedió algo más: Shane esperó que Ken se hubiera sentado para inclinarse a hablarle al oído.

—Lo último que quiero es ofender a tu familia, rechazando la invitación, pero no puedo ocuparme de tu seguridad, si soy un comensal más en esta mesa. Y alguien tiene que hacerlo, lo creas o no. 

Si había una opinión que Ken siempre tomaba en cuenta era la de aquel tipo grandote de pocas palabras. Le dedicó una mirada respetuosa y asintió.

—En ese caso, ¿por qué no llamas a Dave y le pides que venga? 

Shane permaneció en silencio unos instantes mientras consideraba la cuestión. Era su guardaespaldas desde tiempo inmemorial y, desde que había subido al Olimpo de las estrellas de la música, el jefe de su equipo de seguridad. Al margen de que esa fuera su profesión, se tomaba la protección de Ken como un asunto personal. La razón era que Ken siempre había ido más allá con él. Siempre lo había tratado como a un amigo muy querido. 

—Esto no es necesario —repuso—. Ya sé que me aprecias, Ken.

Como había hecho tantas otras veces a lo largo de los años, Ken se encogió de hombros y sonrió con sencillez al decir:

—Sí, que es necesario. Para mí, sí. Y, como has visto, para los míos también. Por favor, siéntate —le pidió. A continuación, lo invitó a ocupar el lugar que sus hermanos le habían reservado con un gesto de la mano.

Shane al fin concedió con un movimiento de la cabeza y se dispuso a llamar a un miembro del equipo para que ocupara su lugar aquella tarde, al frente de la seguridad de Ken, su familia y sus invitados.

Cuando Ken volvió a dedicar su atención al resto, se encontró con la mirada de Chris, intensa, amorosa. Supo al instante que ella había estado pendiente de lo que sucedía entre Shane y él. De estar a su lado, habría tomado su mano por debajo de la mesa y la habría acariciado largamente en agradecimiento por el aluvión de cariño implícito en aquella mirada… 

Sin embargo, como estaba en la otra punta, tuvo que conformarse con hacerle un guiño al que ella, después de una rápida comprobación para asegurarse de que nadie la miraba, respondió con una sonrisa.

 Ambos sabían que sería una tarde de conformarse con casi nada…

A menos, claro, que se les ocurriera una idea audaz y la llevaran a la práctica.


* * * * *


Mientras tanto, cerca del Tootsie’s Orchid Lounge, el bar honky tonk más famoso del mundo…


Bella echó un vistazo a la hora y suspiró. Estaba a la sombra, en la entrada de un bar con un pequeño zaguán al que llegaban bocanadas de aire frío del interior cada vez que se abría la puerta. Algo que sucedía muy a menudo, ya que era un establecimiento muy concurrido. Y aún así, estaba asada. Como su querida amiga tardara un poco más, acabaría derretida cual helado de polo en mitad del desierto. Cogió el pañuelo de papel que guardaba en el bolsillo de sus vaqueros y se lo pasó por la frente, enjugando el sudor que su flequillo cubría muy convenientemente. Como merecía la ocasión, se había maquillado a conciencia. Todo un cambio a su habitual «línea de eye-liner, máscara de pestañas, y a correr». El problema era que no había tenido en cuenta que, cuando se trataba de un plan que involucraba a su adorado ídolo, los cambios de última hora siempre formaban parte de la ecuación. Había quedado con su amiga Sue hacía más de una semana. La cita original iba a tener lugar en una cafetería nueva que las dos querían conocer. La habían abierto en el corazón del centro turístico de la ciudad hacía un par de meses y, a pesar de ser tan nueva, su extensa carta de deliciosas tartas ya había empezado a hacerse un nombre entre los golosos de la ciudad. 

Pero el día anterior, Lilly la había llamado para contarle el plan que habían organizado para agasajar a Jamie. Un plan estupendo (aunque, en su opinión, imposible de completar con vida), y el equivalente a una sesión de tortura en el potro para Ken. No había tenido que pensarse acudir rauda en ayuda de su ídolo.

De esta forma, el lugar de la cita con su amiga había cambiado al Tootsie’s. Le había costado lo suyo convencerla de que solo estarían allí un rato. Aparte de un cerebrito que a sus veintidós años estaba a punto de acabar la carrera de leyes, Sue Anderson era la única mujer de seis hermanos y el ojito derecho de su padre, el más católico entre los católicos recalcitrantes que Bella había conocido. Sus salidas estaban muy controladas y no era raro que alguno de sus hermanos fuera el encargado de ir a recogerla y devolverla a casa sana y salva. 

 Para persuadirla, había alegado que el cambio de planes tenía que ver con «encontrarse por casualidad» con un chico que le interesaba, pero todavía tenía en observación. Una mentira tamaño elefante, claro. Y ya puestos a mentir, cuando Sue le había preguntado que por qué en el Tootsie’s que, debido al gentío, era el peor lugar del mundo para encontrarse con alguien, le había respondido, ni corta ni perezosa, que se había enterado de que el chico en cuestión había empezado a trabajar allí. 

Obviamente, ahora no podía llamarla para volver a cambiar el punto de encuentro. 

De ahí que Bella estuviera allí, asándose, mientras se devanaba el seso, pensando en la forma de conseguir llevar a su amiga a The Grill.

Por desgracia, de momento, no se le había ocurrido nada.

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CRS-03.2. Superstar. Parte 2 Extras, 2. Capítulo 3


Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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3


Que los camareros se desvivían por atender la mesa donde estaban los Bryan, no era ninguna novedad para la familia. El hecho de que Ken fuera una persona tan apegada a los suyos había conseguido, sin proponérselo, darle cierta notoriedad a los miembros de su familia. No era raro verlos aparecer junto a él en la prensa de Ohio cada vez que organizaban alguna de sus salidas de fin de semana.

En Nashville, sin embargo, las cosas eran diferentes. El padre y la tía de Ken llevaban poco más de un mes residiendo en la Ciudad de la Música. Sus hermanos, ni siquiera eso. Eran quienes se habían quedado a cargo del rancho de Springfield para liquidar todos los compromisos. Hasta que eso sucediera y pudieran reunirse con el resto de la familia, solo estaban en la ciudad algunos fines de semana. Venían a trabajar y sus jornadas eran muy largas, por lo que cuando acababan, Tim, en especial, prefería quedarse en el salón viendo la televisión hasta la hora de irse a dormir. El que más salía era Jim. Al margen de ser el más joven y un fiestero por definición, Tim sabía que la razón de que no se quedara en casa, a pesar de estar molido, tenía que ver con cierta joven que le estaba poniendo las cosas difíciles. Las malas lenguas decían que no le hacía ni caso. Así que Jim, que se había informado acerca de qué otros lugares solía frecuentar ella, se dedicaba a recorrerlos, a ver si la encontraba en alguno de ellos y podía sacarse de la manga un «encuentro casual». Por el momento, sin demasiada suerte.

Sin embargo, aunque los demás miembros de la familia Bryan no fueran tan conocidos en Nashville, cuando estaban todos juntos, como ahora, la gente los reconocía por deducción. Ken guardaba un enorme parecido con su padre, pero sus ojos eran idénticos a los de su tía, y sus hermanos, cuya semejanza con el cabeza de familia no resultaba tan evidente, habían heredado sus ojos. En cualquier caso, los hermanos guardaban todos un aire que denotaba que eran familia.

Para desgracia del personal femenino del asador, Ken Bryan solo había uno. Uno y, aunque ellas lo ignoraran, no estaba disponible. Lo cual no evitaba que siempre hubiera un revoloteo femenino en torno a él. Generalmente, era sutil; en ocasiones, no tanto. Todas querían atender a la estrella, ganarse una mirada o una sonrisa y, porque de ilusiones también se vivía, quizás, hasta conseguir que él les pidiera su número de teléfono.

Sus hermanos, que sabían lo que ellas ignoraban, se lo estaban pasando en grande. Y, como correspondía, también le estaban sacando partido a la situación. Básicamente del hecho de que, consciente de que Chris estaba al otro lado de la mesa, Ken estaba haciendo auténticas filigranas para mantener las distancias con el personal sin dejar de parecer el tipo cordial de siempre.

Pero había alguien más pasándoselo en grande. 

Desde donde estaba, Chris no podía enterarse de todo lo que el personal le decía a Ken cuando se acercaban a él, pero podía ver su lenguaje corporal y, por supuesto, cómo brillaban sus ojos o aquel ligero rubor que, de repente, cubría la parte superior de sus mejillas. Conocía muy bien esas señales y, por lo tanto, podía deducir que la camarera en cuestión estaba flirteando, le había dicho un piropo o algo que a él le resultaba incómodo. Verlo le provocaba tanta ternura que, de buen grado, le habría dado un achuchón allí mismo, delante de todo el mundo. Se lo merecía por tierno.

—No, no, no… Por favor, no pasa nada. Déjamelo, tiene una pinta estupenda —lo oyó decir, al tiempo que ponía una mano rodeando el plato para evitar que la camarera se lo llevara.

Al parecer, le habían traído un plato que no había pedido. Algo que, con tanto revoloteo a su alrededor, a Chris no le extrañaba en absoluto. 

—De ninguna manera. Faltaría más —insistió la joven y al ir a recoger el plato, su mano chocó con la de Ken. Él retiró la suya de inmediato con una disculpa y sus mejillas volvieron a acusar recibo. 

En aquel momento, Jim se inclinó hacia abajo en la mesa para asomarse por delante de Lilly y de Tim, y mirar a su hermano.

—¿Cómo que te lo deje a ti, tragón? ¡Soy yo el que ha pedido la especialidad de la casa, así que te aguantas y esperas a que salga el tuyo! —y dirigiéndose a la camarera, añadió—: Preciosa, la estrella será él, pero ese plato es mío.

Así que allí estaba la camarera, aguantando el tipo después de quedar en flagrante evidencia, mientras sostenía el plato de la discordia. 

Consultó a Ken con la mirada.

—Si dice que es suyo, habrá que dejar que se lo coma, ¿no? —concedió él, echándole un último vistazo con ojos golosos al humeante plato de costillas que se alejaba de él.

Hubo un conato de risa por parte de Jamie. Seguido de una risita de Lilly, a la que de inmediato se sumaron las de otros miembros de la familia.

Los perros empezaron a ladrar y a aullar alegremente cuando sus sensibles hocicos detectaron el espectacular aroma que desprendía el plato.

—¡Es mío! ¡Podéis oler, pero no tocar! —los recriminó Jim intentando mantenerse serio. Acabó claudicando al ver que Sultán ladeaba la cabeza y se le quedaba mirando con sus ojos, uno de cada color. Parecía como si le estuviera diciendo «¡¿cómo eres tan iluso, hombre?! ¡¿No ves que somos tres contra uno?!».

Cuando la camarera llegó al otro extremo de la mesa y depositó el plato frente a Jim, este remató la faena.

Le hizo señas para que se acercara y cuando ella lo hizo, dijo en voz alta y clara para que todos pudieran oírlo:

—¿Te cuento un secreto? Será mucho más fácil que yo te pida el teléfono, a que te lo pida él —y coronó sus palabras con un guiño. 

Chris miró a la joven y luego a Ken, y se puso una mano en la frente a modo de pantalla para que no la vieran troncharse de risa. Ahora eran dos con las mejillas ardiendo.


* * * * *


Frente a Tootsie’s Orchid Lounge

422 Broadway

Downtown Nashville

Nashville, Davidson County, 

Tennessee.


«¡Al fin!», suspiró Bella al ver la cabeza de su amiga emergiendo entre los numerosos transeúntes, principalmente turistas, que circulaban por Broadway. Su larga y poblada cabellera pelirroja era inconfundible.

Vestía una veraniega camisola negra de estilo indio, unos vaqueros del mismo color y unas sandalias de cuña a juego que sumaban unos pocos centímetros a su estatura tirando a escasa en comparación con la de una norteamericana media. Sujetaba unos libros bajo el brazo. Seguramente, los que no le cabían en la enorme mochila que colgaba de su hombro por una de las asas.

—¡Hola, ¿qué tal?, y todas esas cosas que se dicen siempre! Pero que te quede claro que, como ahora me digas que no puedes quedarte, te vas a enterar —le advirtió Bella, después de echar una significativa mirada a los tres libros.

Sue la saludó con un beso en la mejilla y se rio, dándose por aludida de la cariñosa regañina que acababa de recibir. Y con razón; la pobre llevaba un buen rato allí, asándose de calor.

—¿Lo dices por los libros? No, tranquila. Vengo de estudiar con una compañera, tenemos que presentar un trabajo… Siento la tardanza, Bella. Alex se hizo un lío con la hora —dijo, refiriéndose a uno de sus hermanos—, y al final he tenido que coger un taxi… No me ha dado tiempo a pasar por casa. Bueno, ¿qué novedades hay? ¿Está tu potencial futuro amorcito de turno hoy? ¿Lo has visto ya?

Novedades, pensó Bella, dubitativa. Ella no lo llamaría precisamente de aquel modo. 

Tomó de un brazo a Sue y la atrajo hacia el zaguán donde estaba ella, para que la marea de gente no la arrastrara.

—No hay futuro amorcito. Necesito que entretengas a un abogado.

Vio que la frente pecosa de Sue se arrugaba y sonrió con ironía ante su asombroso poder de síntesis. Esperaba que su amiga no apelara al suyo para dar media vuelta y largarse por donde había venido.

—No tienes ni remota idea de lo que hablo, ¿verdad? Vaaaale… —concedió—. Te lo cuento a grandes rasgos.

Durante los siguientes minutos, Bella le explicó la verdadera razón de que hubiera cambiado el punto de encuentro aquella tarde. Sin entrar en detalles, puesto que no podía revelar lo que se estaba cociendo en la vida de Ken a nivel sentimental. Procuró ignorar el creciente disgusto en el joven rostro, que la miraba como diciendo «¡no tienes remedio, eres una lianta!».

Mientras se afanaba en su explicación, no podía dejar de pensar que cualquiera de sus otras amistades estaría encantada de poder pasar un rato cerca de Ken Bryan. No era el caso de Sue, a ella no le interesaba la música country.  

Al ver que, acabada su explicación, el disgusto de su amiga continuaba igual, pasó de las explicaciones a la súplica.

—Por favor, di que sí, Sue. ¡Te necesito! —le rogó. Hasta juntó sus manos para hacerlo más real.

—No me enredes en tus locuras, Bella. Mucho menos, mediando mentiras. Mis padres son muy estrictos para tu gusto, lo sé. Para el mío, también, pero no quiero mentirles y les he dicho que estaremos allí —señaló con la cabeza el bar Tootsie’s—. ¿Te haces una idea del lío en el que me puedo meter, si a alguno de mis hermanos se le ocurre darse una vuelta por allí hoy?

—Bueno, siempre, puedes decirles que…

—¿Otra mentira? —la interrumpió Sue.

Su amiga tenía toda la razón. Conocía perfectamente la situación en casa de los Anderson. Lo que había hecho era una estupidez. 

—He metido la pata —confesó, haciendo pucheros.

Sue le recriminó con la mirada.

—Hasta el fondo, sí. —Pero su talante crítico no duró mucho. Detrás de esa personalidad arrolladora, a veces, incluso abrumadora, había una mujer de gran corazón. No querer a Bella era mucho más difícil que disgustarse con sus embrollos—. ¡¿Quieres dejar de mirarme con esa cara de carnero degollado?! ¡Eres imposible!

Bella arrugó aún más la cara, mirándola con las manos unidas en una súplica que Sue ya no tenía tan claro si era una petición de perdón o de que la ayudara con el abogado. Aunque, seguramente, fuera una mezcla de ambas. Por eso de matar a dos pájaros de un tiro. Bella era así de práctica para todo.

 —Vale —concedió Sue al tiempo que exhalaba un suspiro—. Iré contigo al asador, pero no vuelvas a hacer algo así. Me dices lo que sucede y dejas que yo decida si me apunto o no, ¿entendido?

Bella la rodeó con un brazo afectuosamente.

—Perdóname, nena, tienes razón. No volverá a ocurrir. Prometido. Y ahora que has dicho que sí… —Toda ella parecía dar saltos de alegría cuando exclamó—: ¡Bien, bien, bien, bieeeeeeeeeeeeeeeen! ¡Esto marchaaaaaa!



* * * * *


Ken procuraba estar atento a la conversación de su mesa, pero solo lo conseguía a ratos. Como correspondía a unos buenos anfitriones, el tema era Jamie y su primera impresión de la ciudad. El canadiense había estado allí con anterioridad en dos ocasiones y debido a que ambas habían respondido a una emergencia, apenas había visto nada de la ciudad. Esta vez, estaba recibiendo un tour intensivo y, por lo que comentaba, lo estaba disfrutando mucho. 

Ken se alegraba de que fuera así, pero buena parte de su interés —por no decir, todo— estaba un poco más a la izquierda de Jamie, en la mujer que estaba sentada a su lado y que, en aquel momento, empujó hacia atrás su silla de ruedas.

—¿Crees que podrás dejar ese tiramisú solo durante un ratito? —le dijo Chris a Lilly. Su hermana y Jim eran los únicos en la mesa que ya estaban por el postre. Los demás, incluida ella, aún disfrutaban del plato principal.

Lilly se limpió la boca con la servilleta y miró de reojo a Jim.

—La verdad, no sé qué decirte, hermana. Igual, cuando vuelva, no quedan ni las migas.

Jim asintió enfáticamente por toda respuesta.

Lilly soltó una carcajada.

—¡Lo digo por ti, Jim! —exclamó.

—¿Y por qué crees que sacudía la cabeza? Yo de ti, no me alejaría mucho de ese plato…

—¡Tranquila, yo te lo cuido! —intervino Jamie, comedido.

La cara de Lilly se torció en un gesto de lo más sarcástico.

—¿Igual que me cuidas las palomitas cuando ponemos una película y voy a por más bebidas? Gracias, muy amable, pero ni se te ocurra acercar tus zarpas a mi plato.

Tom miró a Chris y soltó una risita socarrona al tiempo que decía:

—Espero que no tengas mucha prisa, porque la cosa parece que va para largo…

Pero Chris no estaba atendiendo a Tom, sino a Ken, que al ver que ella se movía, intentaba averiguar el porqué. Le estaba preguntando «¿qué pasa?», moviendo los labios sin emitir ningún sonido, y ella se disponía a responder cuando notó, simultáneamente, que Tom le hablaba a ella y que los que habían visto el gesto de Ken, la estaban mirando.

Volvió la cabeza hacia Tom y sonrió.

—La verdad es que tengo un poquito de prisa —concedió y, a continuación, miró a Lilly. Vio que se estaba poniendo de pie, pero igualmente completó la frase, puesto que no estaba dirigida a ella—. ¿Me acompañas al aseo o  tendré que buscar otra alma caritativa que lo haga?

—¡¿Quién es la meteprisas ahora?! Voy, voy, voy… —repuso ella, risueña. Fue hacia Chris, quien ya había situado la silla en paralelo con la mesa, se agachó a coger las muletas que habían dejado en el suelo, debajo de la mesa, y se las tendió a Chris, quien las sostuvo en posicional vertical—. ¡En marcha, cari! 

Ken asintió para sí mientras miraba a las hermanas alejándose, con disimulo. Enseguida volvió la atención hacia su plato del que ya no quedaban más que los huesos pelados. Vaya pregunta más tonta que acababa de hacer. ¿Qué otra cosa iba a hacer Chris, si quería ir al baño? Su supersilla no era de mucha ayuda en un espacio tan lleno de obstáculos; mesas, sillas, grandes maceteros, por no mencionar que se hallaban sobre una alfombra de césped natural surcada por senderos específicamente dispuestos para facilitar la movilidad de coches de paseo, triciclos o, como en el caso de Chris, sillas de ruedas. Era la desesperación la que lo impulsaba a hacer tonterías, pensó. Se estaba volviendo loco de ansiedad al tener a Chris tan cerca y, a la vez, tan lejos…

Una desesperación de la que más gente se había percatado y estaba más que dispuesta a sacarle partido.

Tim le hizo un guiño a su padre antes de inclinarse hacia Ken y preguntarle:

—¿Cómo es tu nivel de locura ahora mismo? 

Ken sacudió la cabeza risueño. Por lo visto, Tim se olvidaba de que a cada cerdo le llegaba su San Martín. Antes o después, siempre ocurría.

—¿Sabes, tío? Llegará el día en el que seré yo quien se burle sin piedad. 

Hablaban de enamorarse o, como lo llamaba su padre, sentar la cabeza y formar una familia. Ese solía ser el motivo principal de las bromas entre los hermanos; sus chicas… O la ausencia de ellas.

Jim era una bala perdida y Ken, por entonces, un aspirante a estrella de la música con demasiadas mariposas revoloteando a su alrededor constantemente, de modo que las esperanzas de Robert Bryan se habían centrado muy pronto en Tim. Eso quería decir que venía escuchando la misma cantinela desde que había cumplido los dieciocho y se había inscrito en el primer rodeo. Desde entonces, habían pasado diez años, muchas aventuras y un montón de amigas, pero continuaba soltero y sin asomo de compromiso sentimental en el horizonte.

Tim hizo un gesto dudoso con la boca. 

—Quizás, sí o quizás, no. Vete a saber. —Rodeó el hombro de su hermano—. ¡Pero mientras tanto seguiré pasándomelo en grande a tu costa! ¡Se siente, chaval! —celebró, carcajeándose a gusto.


* * * * *


Los baños de la planta baja estaban situados dentro del salón, en dos localizaciones distintas. Un grupo estaba cerca del jardín, era donde esperaba Lilly; el otro, junto a las escaleras que conducían al primer piso. El de los hombres estaba cerca del de las damas y, como era habitual, en comparación, apenas recibía uso. 

Lilly había preferido esperar fuera porque desde allí podía entretenerse mirando la actividad del gran salón.

¿Se veía a sí misma trabajando en un lugar así? El montaje era impresionante y, salvo el lapsus con el plato de Jim que le habían servido a Ken, —algo comprensible si se tenía en cuenta que Ken era un especialista en provocar lapsus allí donde estuviera—, el servicio funcionaba muy bien. Pero sin restarle mérito a los asadores, a ella le interesaba otro tipo de cocina, la que utilizaba la materia prima de la misma forma que un pintor utilizaba sus óleos o sus acuarelas. Aunque, después de dos meses y pico sin coger un cuchillo, sus aspiraciones culinarias estaban de capa caída. ¿Recordaría su mano derecha cómo picar una maldita cebolla? 

Lilly suspiró. 

Volvió a asomar la cabeza por la puerta del baño para ver si su hermana había salido ya del retrete y, esta vez, sonrió.

—¡Estaba a punto de hacer que derribaran la puerta! —bromeó.

Chris, que estaba acercándose a la pileta ayudada por sus muletas, la miró risueña.

—Cómo se nota que el cabestrillo lo llevas en el hombro…  —le dijo—. ¿Sabes? Ya que pareces tener tanta prisa, te diré que si me ayudas un poquito, iremos mucho más rápido.

Lilly fue hacia ella riendo. La sostuvo con firmeza por la cintura para que pudiera lavarse las manos y le acercó un trozo de papel para que se las secara.

Chris se miró en el espejo. Le gustó la imagen que se reflejaba en él. Tenía muy buen aspecto, pero los kilos de más dificultaban bastante moverse con las muletas. Lo cual era un inconveniente para la idea a la que llevaba un buen rato dándole vueltas. Definitivamente, necesitaría ayuda para llevarla a cabo. Suspiró y volvió a colocar un mechón que se había escapado del moño, ajustándolo con la horquilla. 

—Estás genial. La que es guapa es guapa, hermanita —la animó Lilly, ajena al hecho de que los pensamientos de Chris nada tenían que ver con la coquetería. Pero enseguida dejó entrever la verdadera razón de aquel piropo—. ¿Podemos irnos de una vez… por favor? 

Chris sonrió a la muchacha que la miraba por el espejo.

—Si ahora digo que me han vuelto a dar ganas de hacer pis, te da un ataque, ¿no? —le preguntó, riéndose.

Y vio que Lilly, histriónica como siempre, dejaba caer su cabeza en un gesto de impaciencia.


* * * * *


Cuando las hermanas ya habían llegado al salón, una mujer les interceptó el paso, obligando a Chris a detener la silla de golpe.

—¡Perdón! —se apresuró a disculparse la mujer, pero enseguida sonrió—:  ¿Chris? ¡Qué gusto volver a verla!

Al reconocer a April Sommerfield, Chris hizo ademán de ponerse de pie.

—¡April! ¿Qué tal? ¡El gusto es mío!

—Por favor, faltaría más —dijo la mujer, disuadiéndola de levantarse de la silla—. Siento que el encuentro haya sido tan abrupto. Iba pensando en otra cosa y no la vi… Qué sorpresa. La hacía ya camino de Toronto.

Chris no le había dicho que pensaba hacer la rehabilitación completa en Estados Unidos. La mujer creía que solo estaría en la ciudad hasta que sus médicos le dieran luz verde para viajar. Y aún y así, le había ofrecido alojamiento. No quería imaginar lo que le habría propuesto de saber que su estancia sería más larga. Dado que no era nada proclive a ofrecer información de tipo personal, tampoco se lo diría ahora.

—No, todavía estamos aquí… No conoce a Lilly, ¿verdad? —Giró la cabeza para mirar a su hermana que, de pie a su lado, sostenía las muletas—. Esta señora es April Sommerfield, la directora de la OADASV. Estuvo visitándote en el hospital cuando tuviste el accidente.

—Sí, sí… Nos conocemos —dijo Lilly—. También vino a verte cuando tú estabas en el hospital, solo que no lo recuerdas porque dormías y no quise despertarte… ¡Y por tu cara deduzco que se me olvidó decírtelo! —añadió, poniendo una expresión de dolor. 

Chris sacudió la cabeza, contrariada. ¡Menuda despistada! 

—No se apure, Chris —intervino April al notar su incomodidad—. Me alegro mucho de verte y comprobar lo bien que te estás recuperado del accidente, Lilly. ¿Cuándo podrás volver a usar tu mano? —le preguntó, interesada.

—Con suerte, en un mes acabaré la rehabilitación y ya podré quitarme esta cosa del cuello. No veo la hora —repuso, ilusionada.

—Un mes pasa volando, ya verás cómo todo irá bien. —April volvió a mirar a Chris—. ¿Ya conocía este asador o es su primera vez probando…?

La llegada de Sultán, que saltó a las piernas de Chris y comenzó a demostrarle su cariño como si hiciera diez años que no la veía, dejó a April Sommerfield con la palabra en la boca y una sonrisa sorprendida en el rostro.

—¡Eh, cuánta pasión! —se rio Chris ante la emoción de su cachorro.

Entonces, se oyeron ladridos y una voz que gritaba «¡No, no, no… ¿Dónde vais? ¡Volved aquí! ¡River, Noah, volved aquí!» Un instante después, River y Noah alcanzaron a Sultán y, al igual que él, también se pusieron a celebrar el momento.

Sultán había aprovechado que Jim se había levantado del asiento para tirar de la correa, haciendo caer la silla cuya pata sujetaba las correas por el asa. De esta forma, también había liberado a Noah y a River, que corrieron detrás de él cuando emprendió la huida. 

April se echó a reír al ver a los dos enormes cachorros que, haciendo caso omiso de las instrucciones, se unían a su colega de cuatro patas en la celebración.

Jim llegó junto a ellas, jadeando.

—Perdón, espero que no le hayan molestado… Enseguida me los llevo…

—¿Te los llevas? Si ellos quieren, querrás decir. Está claro que no te hacen ni puñetero caso —se quejó Ken, que llegó casi al mismo tiempo que Jim, y no reparó en la mujer que estaba junto a Chris hasta después de agacharse a coger las correas de sus perros—. Ah, perdón… Ya nos conocemos, ¿verdad?

—Tío, ¿qué haces aquí? —protestó Jim—. ¿No ves que cada vez que te mueves, tu ejército va detrás?

Dicho y hecho. Jim no había acabado de decirlo cuando llegó Dave, seguido de Shane. En cuestión de un par de minutos se había formado un grupo de siete personas y tres perros junto al pasillo que conducía a los lavabos.

Ken ignoró el comentario de su hermano y puso su atención en la elegante mujer del veraniego conjunto de chaqueta y falda de color rosa viejo.

—Así es, nos conocemos —concedió April, estrechando la mano de Ken—. ¿Los perros son suyos?  

April Sommerfield estaba bastante segura de que el Husky no era del músico. El cachorro había demostrado demasiada devoción hacia Chris. Por cierto, también lo estaba de que, al fin, Chris y Ken estaban manteniendo algún tipo de relación. Evidentemente, no se habían encontrado en el mismo asador por casualidad.

Ken pensó con rapidez que una pregunta tan simple podía tener sus bemoles cuando se trataba de Chris y de él. Sus perros salían en las noticias, puesto que los llevaba consigo a todas partes. Todos sabían que era el orgulloso amo de dos cachorros de raza Terranova. Añadir un Husky ahora resultaría demasiado forzado. Tampoco quería arriesgarse a decir que pertenecía a Chris. Nadie adoptaba un perro si pensaba regresar a su país en unas pocas semanas y, hasta el momento, la versión oficial era que su estancia en Nashville era temporal. «Oficial» para el resto del mundo, no para él, que ya estaba al tanto de que Chris no tenía intenciones de volver a Toronto. Pero, por más ganas de gritarlo a los cuatro vientos que tuviera, no le correspondía a él hacerlo.

—El blanquito revoltoso, no —repuso, al fin—. Es de una amiga.

Cuando la mirada de Chris se encontró con la de Ken, saltaron tantas chispas, que Lilly sintió la súbita necesidad de atarse los cordones de las zapatillas. Jim fue mucho menos diplomático y directamente se dio la vuelta.

Sin embargo, Ken se las arregló para sobreponerse rápidamente, y continuó diciendo:

—Estoy con mi familia en el jardín, ¿por qué no se acerca y se los presento? —«Y de paso, se sienta un rato con mi chica a conversar de esos temas que la ilusionan tanto», pensó.

Chris, que enseguida se dio cuenta de lo que Ken pretendía realmente con su propuesta, tuvo que resistirse con todas sus fuerzas a la tremenda tentación de abrazarlo muy fuerte. Llevaba toda la bendita tarde igual, luchando consigo misma.

Como correspondía, April objetó con gentileza.

—No quisiera interrumpir la reunión familiar… 

—¡Claro que no! —dijo Ken, hasta que cayó en la cuenta de algo—. Discúlpeme… Seguro que la están esperando.

 April asintió, dándole la razón. 

—Somos dieciséis —repuso con amabilidad—. Es lo que sucede cuando se tienen tantos sobrinos. Crecen, se casan y cuando uno quiere darse cuenta, está invitando a comer a un regimiento… Pero si le parece bien, cuando nos sirvan los postres, saldré al jardín un momento y con mucho gusto conoceré a su familia.

—¡Perfecto! —dijo Ken.

April se volvió hacia Chris, sonrió, y decidió arriesgar un pronóstico acerca de su posible situación sentimental con el músico.

—En tal caso, ¿nos veremos más tarde…?

Chris no lo dudó. Asintió con una sonrisa grande y pícara como la que estaba viendo en el rostro de aquella mujer que admiraba tanto.

—Nos veremos más tarde, April.


* * * * *


—¡Ya estoy aquí! —exclamó Bella. Puesto que había tenido que decirle la verdad a su amiga, no hacía falta fingir un encuentro casual—. ¡Pensé que ya os habrías ido! ¡Menos mal!

April acababa de marcharse y los demás seguían allí, bromeando con las gracias de los Terranova que se habían puesto a jugar con Sultán. Ken era el menos interesado de todos en regresar a la mesa, estaba a un metro de Chris, mirándola a placer sin preocuparse de nada, ya que ambos estaban rodeados por familia y gente amiga ante quienes no necesitaban fingir. 

Al oír aquella familiar voz, los cuatro hombres, que estaban delante de Chris y de Lilly formando una barrera humana, se volvieron a mirar. 

—Os presento a mi amiga Sue —dijo ella, a modo de introducción—. Empiezo por las damas, a Lilly ya la conoces —Lilly agitó la mano, saludándola efusivamente—, y Chris es su hermana. A Ken no hace falta que te lo presente, ¿verdad? Ese tan seriote, que parece que se hubiera lavado la cara con bótox, es Shane, su jefe de seguridad… El que sonríe es Dave, otro sufrido miembro del equipo de seguridad que, a diferencia de su jefe, sabe que cuando le están presentando a una chica, lo suyo es sonreír y ser agradable.

 Bella ignoró la mirada socarrona que le dedicó Shane, hizo otro tanto con las risitas de Lilly y de Ken, y acabó con las presentaciones.

—Y este guaperas —dijo, dándole un golpecito en el pecho a Jim—, que parece que siempre acaba de salir de la peluquería, es uno de los hermanos de Ken y se llama…

—Jim —repuso Sue. 

La joven estaba tan seria como Shane, sus grandes ojos marrones brillaban con algo bastante parecido a la indignación y, para colmo de males, tenía los libros abrazados contra su pecho, otro signo que en el lenguaje corporal auguraba muy mal pronóstico.

Las miradas interrogantes, algunas burlonas, otras directamente divertidas, se sucedieron durante unos instantes sin que nadie dijera nada.

Bella era la más sorprendida de todos. Sue era una de sus dos mejores amigas y resultaba que Jim y ella se conocían ¿y ella no lo sabía? ¡Imposible! Notó que su amiga tenía cara de «estoy a dos segundos de largarme» y que Jim solo sacudía la cabeza. Bella no sabía si era por incredulidad o por otra razón.

—Perdonad, ¿os conocíais? —les preguntó.

—Sí… —empezó a decir él, intentando dejar de alucinar y centrarse. Llevaba semanas deseando volver a ver a la pelirroja, quedar con ella. Y todavía no lo había conseguido. Si por una de esas casualidades de la vida, ella atendía la llamada, la conversación duraba lo que un suspiro y la respuesta siempre era negativa. La mayoría de las veces acababa hablando con su buzón de voz—. Nos… 

—No —lo interrumpió ella, definitiva—. No es posible decir que conoces a alguien que, siendo familia de quien es, se presenta como Jim a secas.

«Acabáramos. Así que este Jim es ese Jim», pensó Bella. Estaba alucinando.

Chris cerró la boca, que se le había abierto de la sorpresa, en un gesto sumamente cómico. Gracias a que todos sabían de su histrionismo, Lilly se estaba partiendo de risa sin cortarse. 

Por su parte, Dave, que era nuevo en el equipo, sonreía algo confuso por la situación. En cambio, Shane disfrutaba secretamente de que al chistoso de la familia le estuvieran dando al fin donde más le dolía.  

Ken conocía mejor que nadie la razón de que Jim no le hubiera dicho su apellido. Y, por más que lo intentó para no caldear más el rostro de la pelirroja que parecía a punto prenderse fuego, al final acabó soltando una carcajada.

—¡Tío —exclamó, dándole un porrazo en el hombro a Jim—, yo creo que esta competición que mantenemos desde que nos salió el bigote, se nos está yendo de las manos!

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©️2024. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷


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CRS-03.2. Superstar. Parte 2 Extras, 2. Capítulo 4


Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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4



—Me voy, Bella —dijo Sue—. Esto no ha sido una buena idea desde el principio. —Al ver que los demás la miraban, especialmente Lilly, que le caía tan bien, y su hermana, que le había parecido tan amable, se sintió incómoda—. Disculpad, si hubiera sabido que…

Jim soltó una risita sardónica. Estaba dispuesto a admitir que ella le diera largas. Después de todo, todo el mundo le había advertido que estaba muy centrada en sus estudios y en su trabajo de aprendiz en un bufete de abogados. También, aunque con algo más de esfuerzo, estaba dispuesto a aceptar que no se hubiera derretido de gusto al verlo allí, fuera cual fuera su apellido. Sus sensores de cazador funcionaban muy bien y sabía que él le gustaba. Mucho. De otra forma, probablemente, no se estaría tomando tantas molestias. ¿Pero esto? ¿Dar a entender delante de todo el mundo que no habría acudido al asador de haber sabido que él estaba allí? No, eso ni hablar.

Se puso las manos en las caderas de sus pantalones de tiro bajo y se inclinó hacia la joven para adecuarse un poco a su altura.

Aunque en aquel momento el humor de Jim señalaba más hacia el lado molesto que hacia el bromista, le gustó ver que ella elevaba su barbilla hacia él, desafiante, dejando claro que si pretendía intimidarla, no lo estaba consiguiendo. La lista de cosas que le encantaban de ella era inusualmente larga, pero el inefable genio que se adivinaba en esos ojos color chocolate, ocupaba un lugar importante entre sus preferidas.

—A ver, disculpa, ¿qué no es una buena idea? —le dijo—. ¿Venir a comer a uno de los mejores asadores de la ciudad porque yo estoy aquí? ¿No te parece que estás exagerando un poquito, pelirroja?

Sue no movió un músculo ni pronunció una sola palabra, una actitud que podía interpretarse de distintas formas por quienes presenciaban la escena.

Para Jim solo había una interpretación posible. Al ver que el geniecillo furioso que vivía en esos ojos alucinantes parecía a punto de saltar sobre él, no se molestó en ocultar una sonrisa. Una sonrisa que decía: «te tengo en el bote».

Ken volvió la cabeza para mirar a su hermano con asombro. Esa versión beligerante de Jim era decididamente nueva. Bien por él que tuviera alguna otra versión, aparte del chistoso impenitente que todos conocían. Pero, si esa era su manera de conquistar a una chica… 

Y Ken no fue el único que volvió la cabeza para mirarlo. Shane, especialmente, estaba alucinando. Tanto, que incluso se atrevió a decirlo en voz alta.

—Tío, porque lo estoy viendo, que si no… 

Bella miró a uno y a otro, especialmente a otro, con la ironía pintada en la cara. Oír a Shane hablar era toda una novedad, pero oírlo decir según qué cosas…

—¿En serio, Shane? Porque lo estoy viendo, que si no —repitió, rezumando ironía—. Mirad, mejor callaos los dos porque, sin intención de ofenderos, lo estáis empeorando… —Se volvió hacia su amiga y la tomó por los codos—. Olvídate de Jim A Secas. ¿No llevas semanas pasando de él? ¡Pues sigue pasando! Ya estás aquí, ¿qué puedes perder quedándote un rato?  —Bajó la voz y añadió—: quédate y ayúdame con ese tema, porfi…

Al oírla, Jim miró a todos con expresión cómica. 

—¿Holaaaaaaaaaa? ¡Que estoy aquí! —intervino, riéndose. 

Era su reacción habitual. Especialmente, cuando algo no le gustaba y no quería demostrarlo abiertamente. Como ahora.

—¿Cómo que olvídate de Jim A Secas? ¿Tú de parte de quién estás? —le dijo a Bella y no esperó respuesta porque ya se imaginaba cuál sería. En cambio, se situó directamente en medio de las dos jóvenes y esta vez, se dirigió a la pelirroja—: ¿qué más da que solo me presentara como Jim? Que yo recuerde, tú tampoco mencionaste tu apellido. ¿En qué cambia eso las cosas? Era «Jim» antes de que mi hermano, la superestrella, inmortalizara el apellido familiar, y sigo siendo «Jim» ahora. ¿O es que ahora te parezco más alto, más guapo y más inteligente porque soy su hermano? 

¿Y eso qué había sido?, pensó la superestrella, ¿un intento de arreglar la primera cagada? La cosa iba de mal en peor. Ken se limitó a sacudir la cabeza.

Pero Jim no había acabado de cagarla, por citar las palabras de Ken.

—Como habrás notado, ya soy muy alto, muy guapo y muy inteligente. Y te aseguro que el hecho de compartir apellido con Ken, no tiene nada que ver con todo eso —alardeó el más joven de los hermanos Bryan, dejando a todos con la boca abierta. Otra vez.

Sue mantuvo su mirada sobre Jim. Sabía lo que pretendía y no pensaba dárselo. Conocía muy bien a los engreídos como él. Tenía cinco hermanos, todos chicos. Quienes, a su vez, tenían amigos, la mayoría chicos. Se había pasado la vida rodeada de testosterona en distintas fases evolutivas. 

Y sí, Jim era muy alto, más que simplemente guapo; era guapo a morir…

Y un creído in-so-por-ta-ble. 

Firme seguidora del principio de que una persona era dueña de lo que callaba y esclava de lo que decía, Sue se limitó a apartar su iracunda mirada de Jim y posarla sobre Bella.

—Me marcho —sentenció. 

Y esta vez, dio media vuelta.

—Ups… Perdón —dijo Jamie, logrando evitar por poco que la muchacha se diera de bruces contra él. Entonces, miró a los demás—. ¡Ah, estáis aquí, qué alivio! Los de la mesa nos estábamos preguntando si, con la excusa de los perros, no os habrías largado, dejándonos a cargo de la cuenta —dijo ensayando una broma que, a juzgar por la sonrisa de Lilly y de Chris, le había salido bastante bien.

—¡Mira qué oportuno! —exclamó Bella—. Sue, este es Jamie Daniels, el abogado que te comenté. Ella es mi amiga Sue. También estudia Derecho. Es un cerebrito, ¿sabes? Cursa el último año en la Vanderbilt.

«¿Y cómo sabes que soy abogado?», pensó Jamie algo descolocado por el súbito descubrimiento de que alguien a quien había visto por casualidad una vez en su vida, supiera ese dato sobre él. 

Bella lo había dicho todo de carrerilla, sin respirar. A pesar de lo cual, Jim había empezado a comprender la verdadera razón de que Sue estuviera en aquel asador. La estrella y la presidenta de su club de fans se habían confabulado para mantener la atención de Jamie lo más lejos posible de Chris. Y resultaba que el entretenimiento elegido era, nada más, ni nada menos que su pelirroja favorita… ¡Qué pequeño era el mundo!  

Chris, por su parte, también empezaba a comprender. Su mirada se desvió hacia Ken para comprobar si eran imaginaciones suyas, y al ver aquel sonrojo tan particular en la parte superior de su cara, se rio. Al fin, Ken se dignaba a ofrecerle una muestra tangible de sus verdaderos sentimientos hacia Jamie. Se rio en voz baja para que solo el auténtico destinatario se diera por enterado.

Y así fue. Ken le devolvió una mirada dulce. La expresión de su cara decía a las claras «me has pillado».

—Ah, qué interesante —dijo Jamie—. Encantado, Sue.  

Mentía, por supuesto. Jamie no tenía el menor interés en la jovencita de largos cabellos del color del fuego. Ya tenía una adolescente en su vida: Lilly. Dos le parecía demasiado, incluso tratándose de alguien dueño de una paciencia a prueba de balas, como él. Pero lo disimuló tan bien, que nadie lo notó. 

—Igualmente —repuso ella, lamentando la maldita coincidencia. Ahora tendría que quedarse a conversar con el tal Jamie.

A la verdadera culpable de todo aquel embrollo poco le faltó para ponerse a dar palmas al comprobar que había vuelto a salirse con la suya.

—¡Perfecto! —exclamó Bella—. ¿Todavía está abierta la cocina? ¡Mi amiga y yo nos morimos de hambre!


* * * * *


Siempre que Bella estaba en un lugar, conseguía cambiar la dinámica de lo que allí se estuviera cociendo. Era algo que Ken había aprendido muy pronto y ahora, que la conocía y sabía qué clase de persona era, disfrutaba dejándola hacer. Indefectiblemente, conseguía sorprenderlo.

Su llegada a la mesa donde estaban los Bryan no solo había cambiado la interacción en un segundo, también la disposición de los lugares que debían ocupar los comensales en ella, que sus hermanos habían planificado con tanta malicia. 

Sin que apenas se notara en medio de las presentaciones, los saludos y las bromas, había situado a su amiga entre Jamie y Tom, obligando a este último a compartir con ella la cabecera de la mesa. Lo cual, indirectamente, había provocado que los cachorros regresaran junto a Ken para que no llenaran de pelos al mánager. Sultán también se había trasladado, pero todos sabían que el alma independiente del Husky no le permitiría quedarse junto a sus colegas de cuatro patas durante mucho tiempo. A Ken le valía, durara lo que durara su compañía. Era un peludito genial.

Seguidamente, y con la excusa de disfrutar de su ídolo, Bella se había reservado un espacio entre Ken y Shane. De esta forma, compartía el otro extremo de la mesa con su jefe de seguridad. Una posición de gran valor estratégico.

Ken vio su jugada y sonrió para sí. Cuando sus ojos se encontraron con los de Chris, se dio cuenta de que ella también la había visto. Suspiró pensando que, quizás, Bella los ayudaría de más formas que desviando la atención de Jamie. Buena falta les hacía. No podía hablar por Chris, pero él estaba a punto de volverse loco. Era genial poder volver a verla después de tantos días, compartir la misma mesa, una mirada… Sin embargo, si en algún minuto del día había sido suficiente, algo que dudaba, hacía horas que ya no lo era. Ni remotamente. Cuando se trataba de Chris, nada lo era.

Había alguien más que había leído la jugada de Bella y estaba sorprendido de descubrir (una vez más) que detrás de aquel peinado con coletas, que nunca se tomaría en serio, por más que viviera mil años, y ese vestuario tan heavy metal que no casaba nada con el estilo del músico de sus amores, había un ser inteligente. De hecho, muy inteligente.

Shane hizo un gesto aprobatorio del que no fue consciente hasta que Bella se lo hizo notar.

—Lo sé. Mis profesores me lo dicen siempre… Pero gracias. Es todo un detalle viniendo de ti —comentó. 

Acto seguido, volvió a ocuparse de su pechuga de pollo asada en salsa barbacoa, mientras interiormente sonreía satisfecha. Apostaba la cabeza a que Shane le estaría dedicando una de sus miradas displicentes. Fingidamente displicentes, para ser exactos. 

Shane hizo más que eso.

—Dime que no se te ha ido la pinza… O sea, eres consciente de que yo no he abierto la boca, ¿no?

«Pues ahora sí que la has abierto», pensó ella carcajeándose por dentro. 

Bella dejó los cubiertos sobre la mesa, se limpió la boca con toques ligeros para no estropear el carmín y, finalmente, volvió la cabeza para mirarlo.

Sus ojos vivaces, cargados de rímel, brillaban traviesos debajo de su largo flequillo al estilo Chrissie Hynde1, cuando le dijo:

—¿Y tú eres consciente de que no tienes secretos para mí? 

Las cejas del jefe de seguridad de Ken se curvaron con mucha más displicencia de la que antes había en su mirada. 

Bella asintió risueña.

—Casi puedo oír tus engranajes mentales cuando piensas —dijo al tiempo que señalaba su propia cabeza con movimientos circulares de su dedo índice—. ¿Y sabes cuál es la moraleja de esta historia?

Las cejas masculinas continuaron arqueadas. No tenía la menor idea de qué puñetas estaba hablando.

«Claro que sabes de lo que hablo», pensó Bella, pero continuó sin mencionarlo.

—Que si no tienes cuidado con lo que piensas, me voy a enterar… Aunque tú no abras la boca para decírmelo.

Bella se tomó su tiempo para disfrutar viendo cómo aquel tipo, que le encantaba desde que era una adolescente, revoleaba los ojos y, a continuación, volvía a poner toda su atención en Ken Bryan.

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1 Chrissie Hynde: cantante, guitarrista, compositora y fundadora del grupo musical The Pretenders.



* * * * *


Robert Bryan solía saber más acerca de sus hijos, de lo que ellos creían o, incluso, de lo que llegaban a compartir con el resto de la familia. La razón estaba en su naturaleza; era una persona muy observadora.

Y lo que llevaba observando, desde hacía un rato, era que aunque Jim parecía de lo más entretenido conversando con Lilly, sus ojos parecían mucho más interesados en la conversación que la amiga de Bella mantenía con Jamie Daniels.

Estrictamente hablando, eso no era una sorpresa. Su hijo era un seductor, que, además, tenía mucho éxito entre las mujeres. Lo que sí encontraba curioso era que a la amiga de Bella le sucedía algo parecido: su mirada volvía con insistencia sobre Jim. Sin embargo, no lo hacía con coquetería, como era de esperar, sino más bien con cierto… ¿Recelo? No estaba seguro. 

—Yo creo que es ella —oyó que Doreen le decía en voz baja.

Robert sonrió ante el comentario de la segunda observadora de la familia.

—¿A qué «ella» te refieres?

—¿Y a cuál va a ser, Rob? Ella —enfatizó, moviendo los ojos graciosamente a un extremo y al otro—, la que, por el momento, no le da más que facturas carísimas de móvil.

Robert asintió sonriendo. Ah, se refería a esa «ella».

—¿Tú crees? —dijo sin ocultar su escepticismo—. Yo ya empiezo a pensar que no es más que un mito…

—Según Tim, existe. Es quien más tiempo pasa con Jim y si él lo dice, yo le creo. Lo único que sabemos de la misteriosa joven es que es pelirroja. Además, fíjate bien. No deja de mirarla. Yo opino que es ella.

Robert desvió su mirada hacia la muchacha. Su escepticismo volvió a hacer acto de presencia. Esta vez, era un escepticismo de una naturaleza algo diferente.

—No lo veo claro… —dudó—. Es demasiado joven. 

—¿Demasiado joven para qué? —dijo Doreen mirándolo con ternura—. ¿Tengo que recordarte que Martha tenía apenas veinte años cuando os pusisteis de novios?

Había pasado tanto tiempo de eso… Pero sí, aún lo recordaba, y no eran situaciones comparables. Tampoco épocas comparables; entonces, las cosas se hacían de otra forma. La mayor diferencia, no obstante, radicaba en las personalidades.

—¿Tú crees que mi hijo y yo nos parecemos en eso? —Iba a decir  «en algo», pero a último momento decidió no contrariar a Doreen. La verdad era que a veces le costaba reconocer algo suyo en su hijo menor. Aparte del color de ojos y la ética del trabajo, Jim era el que menos parecido guardaba con los hombres Bryan—. Él no busca una novia, querida. Ojalá. Además, por lo que cuentan los chicos, la media de edad que le interesa está varios años por encima de los que esa joven aparenta. 

—Entonces, con más razón, ha de ser ella. Echa un vistazo a tu alrededor. Estamos rodeados de treintañeras. Pero, ¿a quién no deja de mirar Jim? —sonrió y afirmó con la cabeza—. Es ella, Rob. Seguro que es ella.

—¿Y cómo explicas que, después de tantas facturas carísimas de móvil, haya acabado sentada a nuestra mesa, nada menos? 

—Bueno, no ha sido él quien la ha sentado aquí. Ha venido con Bella, es su amiga…

Mmm… Demasiada coincidencia.

—¿Y crees que si, hipotéticamente, fueran la misma persona, Jim seguiría aquí, sentado a la mesa? 

Esta vez, Robert no pudo evitar reír de buena gana ante lo irónica que le resultaba la situación. Su hijo menor huía de los compromisos sentimentales, como de la peste. Habría tardado cinco minutos en inventar alguna excusa para quitarse de en medio.

—Vamos a ver, ¿a cuántas de sus innumerables «amigas» hemos conocido en estos años? Y Chloe no cuenta —le advirtió, dejando a Doreen con su nombre en la punta de la lengua. Ambos sonrieron—. Tenía… ¿Cuántos?, ¿ocho años cuando su madre le permitió quedarse en casa a merendar con Jim por primera vez?

El rostro de Doreen se iluminó de ternura al recordar los años de apuestas familiares secretas sobre Jim y Chloe. ¡Qué épocas aquellas! Habían sido novios a los doce años, pero los Bryan nunca habían podido confirmar si, de adultos, alguna vez habían llegado a ser más que dos buenísimos amigos. Algo que continuaban siendo, a pesar de que ella se había casado y había formado una familia. 

—¡Qué chica tan estupenda! —Era lo que Doreen siempre decía cuando salía a relucir el nombre de Chloe Wilson.

Robert concedió con un movimiento de la cabeza.

Doreen exhaló un suspiro.

—Las personas cambian, Rob. Y si son hombres, más. Cuando aparece la mujer, cambiáis muchísimo —repuso con suavidad—. Quizás, esta es esa mujer para Jim. Quién sabe. Habrá que verlo, ¿no?

Robert le dedicó a Doreen una mirada cargada de dulzura.

—Si no te importa, prefiero esperar a verlo antes de hacerme ilusiones.

Al decirlo, Robert ignoraba que, esta vez, no tendría que esperar mucho para ver las primeras pistas de que, en efecto, algo había cambiado. Tan solo diez minutos.

La joven pelirroja se puso de pie tras consultar su móvil y, con él en la mano, se dirigió hacia la puerta que comunicaba el jardín con el salón restaurante.

Jim titubeó unos instantes. Al fin, se levantó de la mesa sin mirar a nadie, y fue tras ella.

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CRS-03.2. Superstar. Parte 2 Extras, 2. Capítulo 5


Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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5


A pesar de llevar el móvil en la mano, la razón de que Sue se hubiera marchado de la mesa no tenía que ver con hacer una llamada de naturaleza privada. Se dirigía con paso ágil hacia la puerta principal de acceso al restaurante, su alucinante mata de pelo parecía flotar en el aire. ¿Había quedado con alguien? ¿Acaso tenía vida social? Después de la cantidad de negativas que había recibido de su parte, Jim estaba más que interesado en saber a quién no le decía que no.

La seguía a distancia prudencial. Por supuesto, pensaba hablar con ella. Para una vez que la tenía al alcance de la mano, no desaprovecharía la ocasión. Sus hermanos —de hecho, toda su familia— no le quitaban los ojos de encima, estaban pendientes de todo lo que hacía y no tardarían en sumar dos más dos. Le daban completamente igual las bromas que tuviera que soportar el resto de su vida. Pero antes quería saber por qué la pelirroja iba hacia la calle. Quería ver quién estaba al otro lado de la puerta y averiguar qué relación tenía con ella.

En aquel momento, alguien se cruzó en el camino de Jim, obligándolo a detenerse. 

—¿Por qué…? —Iba a recriminarle que prestara más atención por dónde iba, pero al reconocer a una de las varias camareras que habían estado revoloteando en torno a su mesa, suavizó el tono—. Habrá que decirle a tu jefe que ponga semáforos en la sala, ¿no?

Peinado de rastas atadas en una coleta alta, mucho rímel y el pabellón de su oreja derecha tan agujereado por la multitud de pendientes que lucía, que parecía un queso gruyer. Llevaba el uniforme del establecimiento, de modo que su aspecto era pulcro a la vez que moderno. Pero Jim estaba seguro de que, de haber vestido de calle,  su atuendo consistiría en una de esas camisetas negras con las palabras «paz y amor» en el pecho, unos pantalones dos tallas más grandes, llenos de bolsillos por doquier, y unos borceguíes de la Segunda Guerra Mundial, de los que asomarían unos calcetines de colores. La chica no estaba mal, era guapa, pero, definitivamente, no era su tipo.

Jim vio que ella sonreía con picardía. 

—La prioridad de paso es mía. Y ya sé que desde tus alturas, todos debemos parecerte liliputienses, pero no soy tan pequeña. Mido 1,68. ¿No será que ibas muy concentrado en otras cosas? —Sus ojos, traviesos, señalaron en la dirección de la puerta.

La mirada de Jim se desvió hacia lo que, en efecto, le interesaba justo en el momento en que Sue salía a la calle. 

—Culpa mía, lo siento —concedió. No había tiempo que perder.

Se disponía a reanudar su camino, cuando la joven, en cuya identificación podía leerse la palabra «Mia», cogió su mano derecha.

—Disculpas aceptadas. En ese caso, no te entretengo. —Garabateó unos números sobre el dorso con un bolígrafo que sacó del bolsillo y le devolvió la mano con un gesto gracioso—. Por lo visto, has dicho que era más fácil que tú nos pidas el teléfono a que lo haga tu hermano, ¿es así? Pues ya no tienes ni que pedírmelo. Adiós, guapísimo. Llámame, ¿eh?

Jim miró su mano, luego a la muchacha, que se alejaba echándole miraditas pícaras de tanto en tanto, y al fin se rio. Puede que Mia no fuera su tipo, pero parecía divertida. Lástima que otra chica, de momento no tan divertida, le tuviera el seso sorbido.

El menor de los hermanos Bryan enfiló hacia la salida. Al abrir la puerta, se encontró con un grupo de clientes a punto de entrar. Se hizo a un lado para dejar pasar a las dos mujeres que iban en primer lugar y a sus respectivos acompañantes. Al fin, salió a la calle y buscó a la pelirroja con la mirada.

No tardó en hallarla. Estaba sobre la misma acera del asador, unos diez metros alejada de la puerta, hablando con el hombre de las cavernas. Suponiendo que a lo que hacían, se le pudiera llamar «hablar». El tipo era un armario. Los pitidos alertaron a Jim de la presencia de un coche aparcado en doble fila al que el cavernícola echaba un vistazo de tanto en tanto. Dedujo que sería su troncomóvil1.

Se concedió dos minutos para escuchar lo que hablaban, antes de intervenir.

—No me vengas con historias, Sue. Según Alex, ibas a otro sitio. Distinto de donde dijiste que irías. ¿Qué coño haces ahora aquí? 

—No son historias. Bella me llamó…

—¡¿Otra vez Bella?! —la interrumpió él—. ¿Quién se va a tragar que Bella te ha traído a comer aquí? ¿Desde cuándo los universitarios os permitís menús más caros que una hamburguesa con patatas fritas? Ha ganado la lotería, ¿o qué? Porque tú no. Joder, Sue… Ya sabes cómo son las cosas, ¿por qué no nos evitas a todos más movidas? Se acabó. Nos vamos —sentenció, tomándola por un codo.

No se había tratado de un gesto violento, sino más bien de uno protector hecho con familiaridad. Sin embargo, Jim no lo tomó de esa forma.

«Qué malísima idea, tío», pensó. 

Un instante después, había retirado la mano del hombre de las cavernas del codo femenino y le estaba haciendo frente.

—¿Cuál es tu problema? Habla con ella, pero no la toques. Y mucho menos, le levantes la voz. 

—¿Y tú quién coño eres? —fue la respuesta que recibió.

Sue miró a Jim, estupefacta. Su rostro pasó por toda la paleta de rojos antes de conseguir articular una palabra. 

El hombre que estaba con ella lo hizo airado por la interrupción y por los modos que había empleado aquel entrometido. Pero enseguida cayó en la cuenta de que su cara le sonaba… Y cuando descubrió de qué le sonaba, su rabia se multiplicó por dos.  El figurín, con pantalones superceñidos lavados a la piedra, camiseta negra (de marca, por supuesto) y más abalorios en sus muñecas y en sus dedos que una adolescente, era uno de los hermanos de Ken Bryan.

Parecidos al margen, Rick Anderson había oído hablar de ellos. Especialmente del menor, que, como ahora, solía llevar el pelo sujeto en una coleta baja. Gozaba de mucha fama entre las «Chicas de Hielo», las animadoras del equipo local de hockey sobre hielo.  

—¡Joder! ¡Ya sé quién eres…! Lo que no sé es qué coño pintas en este entierro —repuso Rick, plantándole cara a su vez. Lo siguiente que dijo fue dirigido a Sue, aunque sus ojos no se apartaron de los de Jim en ningún momento—. ¿Tienes algo que ver con este capullo o se ha metido en mitad de nuestra conversación solamente de capullo que es? 

Sue los miraba alucinada. ¿Qué hacían esos dos gallos de pelea, soltándose picotazos el uno al otro? Era el colmo de los colmos. Qué vergüenza. 

—¡¿Queréis dejarlo de una vez?! —intervino, furiosa. Miró a Jim—. No sé qué haces aquí ni me importa, pero mantente al margen. Esto no es asunto tuyo. Y en cuanto a ti… —Respiró hondo—. He quedado aquí con Bella y me da igual si lo crees o no. No tengo por qué mentir. Por cierto, tampoco tengo por qué aguantar estas tonterías cada vez que hay un cambio de planes… Sé que será como hablar con una pared, pero te lo diré otra vez: puedo cuidarme, yo solita. No necesito que me guardéis las espaldas. ¿Estamos?

Tras lo cual, dio media vuelta y se dirigió de regreso al asador.

Los dos hombres permanecieron mirándola unos instantes, algo sorprendidos por su intempestiva marcha. 

En Jim había más que sorpresa; había preguntas.

¿Por qué el cavernícola le estaba pidiendo cuentas? ¿Quiénes le guardaban las espaldas? Joder. ¿De qué iba todo aquello?

 Jim salió de su abstracción de inmediato y fue detrás de Sue, pero no sin antes lanzar una advertencia:

—Si sabes quién soy, ya sabes dónde encontrarme. No sueñes con que esta conversación se va a quedar así. —Señaló el coche mal aparcado y el patrullero que acababa de detenerse detrás—. ¡Yo que tú quitaría esa carraca de ahí!

Cuando Jim se volvió brevemente a mirar por última vez, el hombre de las cavernas estaba cruzando la calle a toda prisa.

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1 Automóvil formado por troncos de madera que aparece en la serie de animación Los Picapiedra.



* * * * *


—Espera, espera, espera… —pidió Jim y al ver que Sue hacía caso omiso, insistió con más brío—. ¡Para un momento, pecosa!

Ella se detuvo con actitud malhumorada. Todo el mundo los estaba mirando.

—No me llamo pecosa.

—Pero eres pecosa —repuso él con una sonrisa traviesa.

Ja. Ja. Ja. ¿Eres así de gracioso siempre o haces una pausa para comer?

Sue no movió un músculo de la cara, desconcertando a Jim una vez más.  

—¿Vas a decirme qué pasó ahí fuera? ¿Quién era ese tipo? —le preguntó con deliberada suavidad.

¿Y por qué tendría que hacer tal cosa? ¿Por tu cara bonita? Te lo tienes muy creído, chico.

Por no mencionar que sus preguntas dejaban claro dos cosas. Primero, que para decir estar tan interesado en ella, no había hecho sus deberes. Segundo, que su capacidad de deducción dejaba bastante que desear. 

Sue respiró hondo, como si todo aquel asunto la estuviera aburriendo, y tampoco esta vez hizo comentarios. 

Jim sacudió la cabeza. 

—Ay, pecosa, qué trabajo me das…

Acto seguido, se puso frente a Sue, dominando su campo visual. Vio que ella seguía todos sus movimientos con interés. También notó que las orejas del geniecillo furioso se ponían tiesas, señal de que más le valía andarse con cuidado.

No entendía por qué ella se le resistía tanto. No estaba acostumbrado a mover ficha y que no sucediera nada. Era frustrante. Si él le gustaba tanto, ¿por qué lo tenía a pan y agua?

Jim suspiró. Muy bien. Empecemos de nuevo.

—Soy Jim Bryan. No vivo aquí. Vivo en Ohio, pero vengo casi todos los fines de semana hasta que me traslade definitivamente, dentro de un tiempo. Será pronto. —Tras una pausa en la que ambos permanecieron mirándose en silencio, añadió—: Me gustas. Me gustas muchísimo. ¿Qué tengo que hacer para que aceptes quedar conmigo? Hablo de tener una cita. 

Vaya, vaya, vaya. Así que, después de todo, sí que sabes cómo hablarle a una chica…

La aprobación en los ojos femeninos fue tan evidente, que Jim sonrió vanidoso.   

—¿Y qué tal si empiezas por pedirme el teléfono? —propuso ella, desafiante—. Quizás, te lo dé.

Jim bajó la vista sonriendo. Tenía su teléfono. Pero no porque se lo hubiera pedido a ella.

Sus miradas volvieron a encontrarse.

—No me dabas ni la hora, ¿ibas a darme tu móvil? —se defendió él. Su voz, sin embargo, no sonó a recriminación. Destilaba dulzura.

Una dulzura a la que Sue no fue indiferente.

—¿Y cómo vas a saberlo, si no te arriesgas? ¿Qué pasa? ¿Jim A Secas tiene miedo de que le den calabazas? Al final, voy a pensar que tu hermano no bromeaba… Compites con él y ganar es todo lo que importa. Cómo lo consigas, es lo de menos.

Jim carraspeó. Miró alrededor mientras pensaba que para ser una cría, la pelirroja era durísima de pelar. Quizás por eso mismo le gustaba tanto. Al fin, Jim sacó su móvil del bolsillo, activó la pantalla y abrió su agenda de contactos. Sus ojos regresaron a ella.

—Me encantaría invitarte a salir. —Le tendió su móvil—. ¿Me das tu número?

Sue miró de reojo el garabato que Jim tenía en su mano derecha y sonrió para sus adentros. En cuanto tecleó los primeros dos caracteres de su nombre, el registro previo que había en la memoria del dispositivo se mostró en la pantalla. Ella añadió su apellido, pero antes de devolvérselo, alzó la vista hasta Jim.

—¿Quieres que también te apunte el que tienes en la mano? No sea que se emborrone y luego no sirva para nada… —propuso con una sonrisa maliciosa, pero le devolvió el teléfono sin esperar una respuesta. 

Acto seguido, pasó a su lado rodeándolo con un movimiento histriónico y regresó al jardín.

Jim se frotó la frente en un gesto risueño. 

Vaya intento de ligar más surrealista…

Pero ahora tenía su teléfono.

¡Y se lo había dado ella misma! ¡Toma, toma y toma!

Una sonrisa de ganador iluminó el rostro del menor de los Bryan.

La próxima vez que la llamara, no hablaría con su buzón de voz.



* * * * *


Jim había regresado a la mesa un buen rato después de que lo hiciera Sue, pero sabía que lo sucedido no había pasado desapercibido. Y aunque, por el momento, nadie hubiera hecho comentarios al respecto, era solo cuestión de tiempo que empezara a haberlos. Cada vez que su mirada se cruzaba con la de su padre, podía leer las preguntas que se estaba haciendo, sentir su curiosidad. Y suerte que sus hermanos estaban del mismo lado de la mesa que él y sus miradas no se cruzaban, que si no…

De momento, la conversación versaba sobre el trabajo de un rancho. Jamie se había interesado por el día a día de los Bryan en su rancho de Springfield. Tratándose del tema favorito de Robert y de Tim, ambos se estaban explayando a gusto a la hora de saciar la curiosidad del invitado de honor.

Sin embargo, no todos estaban atentos a las concienzudas explicaciones del cabeza de la familia Bryan…

Ken miró a Chris y le hizo un guiño con disimulo. Ella le regaló una sonrisa, también con disimulo.

Desde hacía horas mantenían su propia conversación. Estaba hecha de naderías en las que no había palabras, puesto que estaban uno en cada extremo de la mesa. Pero era una conversación tan intensa e íntima, como si las hubiera.

Y, aún así, la situación les resultaba a ambos cada vez más desesperante. 

Para Ken no era una novedad. Había tenido claro desde el primer día que estar junto a Chris y mantener las distancias suponía el equivalente civilizado a una tortura. Ya lo era, mucho antes de haberse convertido en pareja. Había vivido en carne propia cómo era esa necesidad de ella que crecía y crecía hasta convertirse en pura desesperación. Necesidad de tenerla en todos los sentidos, y también necesidad de que todo el mundo supiera que era suya, que su corazón le pertenecía. Era un sentimiento tan intenso, que era imposible de contener; necesitaba expresarse de la forma que fuera.

Chris, sin embargo, lo estaba descubriendo ahora. 

Por supuesto, agradecía las mariposas en el estómago y el burbujeo que le recorría el cuerpo cada vez que Ken la miraba. El amor se había mostrado muy esquivo con ella y ahora, que al fin formaba parte de su vida, lo celebraba con cada célula de su cuerpo. Pero no podía evitar preguntarse por cuánto tiempo más podría tener atada en corto tanta locura. Las ganas de rodear la mesa, sentarse sobre las piernas de Ken y acurrucarse contra él, como hacían cuando estaban a solas, resultaban cada vez más insoportables. No se trataba solo de necesitar su cercanía, de aspirar su delicioso perfume que anestesiaba sus sentidos, de volver a sentir la delicada firmeza de sus manos cuando la sostenían… Era, fundamentalmente, necesidad de lo que sentía estando entre sus brazos. La paz, la realización, la indescriptible sensación de estar en casa…

Y también la pasión, esa otra necesidad tan real como la emocional, que solo había experimentado junto a Ken. Conocía el deseo —había habido otros hombres antes de él—, pero ese fuego que empezaba a arder incontrolado en su interior cuando él la tocaba, le pertenecía en exclusiva. Llevaba su firma.

Chris se quedó pensando unos instantes sin dejar de sonreír ante las ideas que circulaban alocadamente por su cabeza. Al fin, sacó su móvil del bolso y lo puso frente a sí. Comprobó con disimulo que nadie la estuviera mirando y abrió su agenda de contactos. Seleccionó el de Ken y tecleó el siguiente mensaje:


«¿Cómo lo llevas? ¿Soportable? ¿O es más un “paren el mundo que me quiero bajar”»?


Pulsó enviar y volvió a mirar a Ken con disimulo, forcejeando con una sonrisa de mujer enamorada a punto de hacer una locura, que pugnaba por salir y delatarla.

El móvil de Ken tenía el volumen alto y toda la mesa se enteró al mismo tiempo que él de que acababa de recibir una notificación. Pero pronto, los demás volvieron a sus conversaciones. Mientras tanto, Ken cogió el dispositivo y, antes que nada, bajó el volumen. Después, activó la pantalla…

Y una sonrisa imposible iluminó su rostro. Tenerla al otro extremo de la mesa era una tortura, pero si podían mensajearse sin llamar la atención… Qué idea más genial. 

Chris sintió sus alucinantes ojos grises acariciándola durante unos instantes antes de que volviera a ponerlos sobre el móvil. Esta vez sobre el teclado.


«¿Quieres la verdad o una respuesta de chico bueno?», escribió.


Tras enviar el mensaje, Ken se quedó mirando disimuladamente a ver cuál era la reacción de Chris.

Ella se rio. Al darse cuenta de que podía llamar la atención de los que estaban cerca,  inició una maniobra de distracción, agachándose con rapidez a recoger algo imaginario del suelo, logrando que Ken se las viera y se las deseara para mantener a raya su propia risa.

Al fin, Chris se enderezó, hizo una rápida comprobación alrededor y regresó su atención al móvil, donde escribió:


«¿Y tú qué crees que quiero?».


El intercambio de miradas que tuvo lugar a continuación fue tan intenso, que la temperatura del jardín subió diez grados de golpe.


«Ahora mismo, MATARÍA por diez minutos a solas contigo», decía el primer mensaje de Ken.

Sin, embargo, fue el segundo el que se quedó con el corazón de su chica:


«Y si no me pides que sea más explícito, igual hasta vale como respuesta de chico bueno, ¿no? ;)»


Chris respiró hondo en un intento de que las mariposas se calmaran y su corazón regresara al pecho, donde debía.

 

«En ese caso, ¿qué tal si nos fabricamos una cita al estilo de la que tuvimos en el hotel de Times Square?».


Ken tuvo serios problemas para continuar respirando. Con la poca sangre que aún le quedaba en el cerebro, escribió exactamente lo que sentía, las palabras que no dejaban de repicar en cada rincón de su cuerpo, como si fueran un eco.


«Estoy loco, loco, loco por ti».


Y envió el mensaje. Esta vez, sus ojos se olvidaron de disimular. Se posaron sobre la mujer que amaba, ardiendo de ansiedad. Ella le dedicó una sonrisa tan sexi, que todo empezó a darle vueltas alrededor. 


«¡Ese es mi chico! Vale, pasemos a la acción. Necesitamos un chófer para mi silla y un vigía para la puerta. OK?».


El corazón de Ken empezó a martillear enloquecidamente en su pecho al leer la respuesta de Chris. Un largo suspiro escapó de sus labios sin que pudiera hacer nada por evitarlo. 

Bella lo miró interrogante. Llegó a ver el mensaje antes de que la pantalla se oscureciera, y aunque no pudo leer lo que decía, el rubor en la frente de su ídolo, sumado a la sonrisa en el rostro de Chris, le ofrecieron las respuestas que necesitaba. ¡Cuánta imaginación!, pensó. ¡Lo que daría por leer los mensajes que estaban intercambiando! 

Consciente de la atención de Bella, Ken mantuvo la cabeza baja, con la vista puesta en su móvil, dándose unos instantes para que sus mejillas se enfriaran. Lo último que le faltaba era que Tim oyera o viera algo, y las pullas le estropearan el plan. 


«OK. Vas tú primero o voy yo?», escribió. 


La respuesta le llegó en forma de movimiento, cuando Chris dirigió su silla hacia atrás para poder alejarse de la mesa. Entonces, aprovechando que todos estaban pendientes de ella, Ken se acercó brevemente a Bella.

—¿Quieres quedar como una marquesa conmigo? —susurró en su oído—. Entonces, ve con Chris y llévate el móvil. 

Tras lo cual, regresó con rapidez a su posición original y permaneció mirándola en silencio.

«¡Qué dices de «marquesa»! ¡Como la reina del mambo, ya lo verás!», pensó ella, loca de alegría de poder ayudarlo. Después de todo, era una de las razones de que estuviera allí.

Los ojos cargados de rímel de Bella brillaron ilusionados cuando dijo en voz alta para que todos pudieran oírla:

—Deja, Lilly, ya voy yo con Chris. Así, de paso, les digo a estos señores que no nos escondan tanto el carrito de los postres, que por aquí hay muchas ganas de Lane Cake2. ¿O no?

Ken vio con alivio que toda la mesa se alborotaba ante la propuesta de Bella y que los chistosos de la familia, que ahora eran dos, lo celebraban a su estilo.

—¡Bieeeeeeeeennnnnnnnnnnnn! ¡Bieeeeeeeeeeennnnnnnnn! ¡Arriba Bella! —exclamaron Jim y Lilly al unísono.


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2 Es un bizcocho que se monta por capas con un relleno cremoso de nata y licor de limón. Aunque es un postre de la cocina sureña norteamericana, es muy típico en todo el país.

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CRS-03.2. Superstar. Parte 2 Extras, 2. Capítulo 6


Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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6


Tan pronto abandonaron el jardín, Bella detuvo la silla de ruedas y se inclinó delante de Chris. La curiosidad la estaba matando.

—No sé por dónde empezar… Si preguntándote qué te traes entre manos, o robarte el móvil para poder leer esos mensajes… ¡Por Dios, me muero por leerlos! ¡Qué idea más sexi! —admitió intentando mantener su euforia bajo control—. De verdad, Chris, estás llena de sorpresas…

Chris sonrió con picardía. Por más que Bella la adulara, los mensajes eran privados y no le permitiría leerlos. En cuanto a sus planes, la necesitaba para llevarlos a cabo, de modo que tendría que desembuchar. 

—De los mensajes, olvídate. Y sobre lo otro… Es fácil, necesito que me acompañes hasta el baño y una vez dentro, me ayudes a llegar hasta el retrete. Luego, sales y esperas fuera. ¿Has traído el móvil?

Bella continuó mirándola, cada vez más eufórica y ahora, bastante alucinada. Si Ken había solicitado su intervención, era porque él formaba parte del plan y para llevarlo a cabo necesitaba su ayuda. El plan no podía ser otra cosa que pasar unos minutos a solas, a salvo de ojos curiosos. Pero… ¿El lugar del encuentro era el baño? ¿No había algún cuarto de materiales o algo semejante en aquel inmenso establecimiento? ¿Cómo iba Ken a llegar hasta allí sin desatar la locura entre los clientes y el personal de sexo femenino del asador? Y, suponiendo que él lograra llegar hasta el baño sin contratiempos, ¿cómo se las iban a arreglar para seguir pasando desapercibidos una vez dentro del baño? Era un lugar público, la gente entraba y salía constantemente. 

Chris se rio. A juzgar por la cara de la muchacha, podía imaginarse lo que estaba pensando. Esa era otra ventaja añadida de quienes se dedicaban al trabajo de campo en organizaciones humanitarias; aprender a vivir en condiciones tan elementales que las etiquetas sociales perdían su significado y, desde luego, relevancia.  

—¿Bella? —insistió—. ¿Has traído el móvil o no? 

Ella pareció volver a la realidad de sopetón. Hizo una señal de stop con la mano.

—A ver, para que yo me aclare… —Se agachó para hablarle al oído—. ¿Estáis planeando tener una cita en un retrete? —le preguntó y, acto seguido, se apartó para mirarla.

Chris asintió varias veces con la cabeza. Intentó no soltar una carcajada, pero Bella se lo estaba poniendo muy difícil. Su cara era un poema.

—Chica, me tienes asombradita —concedió la joven y con esas, volvió a ponerse detrás de la silla con la intención de empujarla.

—No. Ve delante —pidió Chris.

—¿Seguro que no quieres que te empuje?

Chris hizo volar sus dedos sobre el teclado y en un momento, la silla dibujó una curva abierta y entró rápidamente en el pasillo que conducía a los lavabos, dejando a Bella con la boca abierta.

Para más recochineo, un instante después, Chris regresó marcha atrás y volvió a aparecer en el campo visual de Bella.

—¿Necesitas otra demostración? —le preguntó risueña.

 Bella apuró el paso hacia ella riendo.

—¡Qué máquina más lista! ¡Casi estoy por pedírtela para ir a la facultad! En esos pasillos interminables te dejas las suelas de los zapatos…

Cuando estaban llegando a su destino, Bella se adelantó. Abrió la puerta del baño y la mantuvo abierta al máximo para que Chris pudiera entrar a bordo de su supersilla. 

Pero Chris no lo hizo. Se detuvo a un par de metros de la entrada y negó con la cabeza. Bella comprobó el espacio por donde debía pasar y volvió a mirar a Chris.

—¿Tú crees que no? Sí que pasas. Justo, pero pasas —le dijo.

La sonrisa de Chris se agrandó. Bella estaba a punto de llevarse otra sorpresa.

—Esa puerta, no. —Dirigió su mirada hacia la puerta del lavabo de caballeros—. Esa, Bella.

La joven se tapó la boca al tiempo que reía. Sus ojos como platos. Enseguida se puso en marcha.

—¡Qué crack! ¡¿Te he dicho ya que me encantas?! 


* * * * *


Ken intentaba mostrarse normal, como si estuviera escuchando genuinamente interesado las preguntas que Jamie le hacía a Tim sobre otro de sus temas favoritos; la monta de toros en los rodeos, más conocido como bullriding. Pero si alguien le hiciera la típica pregunta trampa para comprobar si estaba prestando atención, haría el ridículo más total.

Todo su interés, toda su atención estaban puestos en su bendito móvil y en el mensaje que esperaba como agua de mayo. ¿Por qué no sonaba? 

Lo único que se le ocurría es que hubiera surgido un contratiempo, algo que estuviera retrasando a Chris. ¿Quizás había vuelto a encontrarse con April y se habían puesto a hablar de proyectos solidarios? 

Dios, por favor, no. 

A lo mejor, el problema tenía que ver con el punto de encuentro. Quizás hubiera gente en el baño y estuviera esperando el momento propicio para entrar.

Suspiró. 

Joder. Se estaba poniendo de los nervios.

Bebió de un solo trago el agua que quedaba en su botella de medio litro. Siempre llevaba una con él a todas partes. Buscó con la mirada a un camarero y elevó la botella vacía, pidiéndole que le trajera otra. El hombre asintió prestamente y se dirigió a la barra.

Después de que le trajeran su botella, transcurrieron otros cinco minutos hasta que su móvil sonó. No era una notificación, sino una llamada.

Suspiró al ver que no era Chris. Esperaba que eso no significara un retraso, o, peor aún, una cancelación.

—Hola…

Bella habló al mismo tiempo que Ken.

—Haz de cuenta que soy un colega y sal del jardín. Te voy dando las indicaciones mientras tanto, ¿vale?

Ken saltó de la silla como si alguien le hubiera prendido fuego. Tocó el hombro de Tim, señalándose que se ocupara de los cachorros mientras él atendía la llamada. Tim asintió y enseguida cogió las correas.

—¡Hombre, qué sorpresa! —saludó Ken al colega imaginario.

Luego, se inclinó hacia Shane y le dijo en voz baja:

—Que Dave venga contigo.

Acto seguido, tras indicarle a su padre con un gesto que iba a salir para atender una llamada, puso rumbo al salón principal, seguido por su gente de seguridad.

Robert asintió, dándolo por bueno con normalidad. Sin embargo, estaba seguro de que algo sucedía. No era extraño que su hijo prefiriera mantener en privado sus llamadas profesionales. Lo curioso, en este caso, era el número de sitios que habían quedado vacíos en la mesa al mismo tiempo. Número que, en ese preciso momento, se incrementó cuando Tom se levantó para unirse a la escolta de Ken. 

Robert volvió la cabeza para mirar a Doreen y al ver su sonrisa traviesa supo que los dos estaban pensando lo mismo.


* * * * *


Tom también pensaba lo mismo que Robert y Doreen; que allí estaba sucediendo algo. Por supuesto, quería enterarse de qué iba la cosa. Especialmente, si, como intuía, Ken estaba a punto de hacer una estupidez.

—¿Qué? ¿Están regalando billetes de cien dólares en la barra, que todos venís para aquí? —inquirió, pasándole un brazo alrededor del hombro a Ken.

Él estaba muy concentrado en las indicaciones de Bella y no se percató de la presencia de Tom hasta que sintió que le ponían un brazo en el hombro. Volvió la cabeza para mirarlo sorprendido.

—Dame un momento —le pidió a Bella y, a continuación, se dirigió a Tom—: perdona, ¿has dicho algo? ¿Qué haces aquí?

Tom obtuvo una confirmación adicional de que, en efecto, sucedía algo. Se detuvo obligando a Ken a que también hiciera un alto en el camino.

—¿Con quién estás hablando? —le preguntó con una ceja enarcada.

—Tío, me estás estropeando la fiesta. ¿Por qué no vuelves a la mesa y sigues a lo que estabas?

Tom sonrió sarcástico. Lo que hacía en la mesa era aburrirse como una ostra. Jamie Daniels se interesaba por asuntos como el trabajo agrícola o la vida de los jinetes de rodeos que, después de toda una vida entre los Bryan, él encontraba soporíferos. No tenía claro si su interés era genuino o un intento de demostrarle a Chris que todo estaba bien entre él y Ken. Y la pelirroja con la que Jamie, de a ratos, hablaba de asuntos legales, ni siquiera estaba en su radar (por más pelirroja que fuera). Le faltaban diez años, diez centímetros de altura y dos tallas más de sujetador, como mínimo. Por no mencionar, que si lo que Ken se traía entre manos era una fiesta, Tom no se iría a ningún lado sin él. Con los años y las experiencias vividas, había llegado a desarrollar una profunda aversión a los planes que contuvieran las palabras «fiesta» y «Ken» en una misma frase.

—Olvídalo, no puedo aburrirme más, o me fundiré con la silla y hará falta un serrucho para despegarme. Ahora tú. ¿Con quién estás hablando? Y como digas «con Bella», ya me estás dando ese móvil.

Shane luchó denodadamente contra sus músculos faciales. Por mucho que lo intentó, no consiguió del todo mantener su habitual expresión neutra. Ignoraba qué estaba planeando su jefe con la presidenta de su club de fans, pero toda precaución le parecía poca. La osadía de Anabella Simpson no conocía límites.

Tom, por supuesto, lo notó. Estiró su mano con la palma hacia arriba, reclamándole a Ken su móvil.

—Bella y tú juntos sois una bomba nuclear. Dais miedo. Así que no. Pásame ese teléfono, por favor. Quiero saber de qué va esta historia —exigió con expresión de amigo a quien la superestrella del country le debía más que simples favores.

Ambas cosas eran ciertas. Ken había encontrado en Bella el combustible ideal para resucitar el impulso de lanzarse a la aventura, convencido de que todo era posible. Un estímulo que había sido boyante en su adolescencia y que su época en el infierno había doblegado —por miedo a recaer—, hasta su casi total rendición. En cuanto a Tom, le debía más que simples favores; le debía la vida. No podía ignorar su petición. Su amigo tenía derecho a intentar disuadirlo.

—Si cuando lo sepas, crees que podrás soportar que pase olímpicamente de tus consejos… —dejó caer Ken, mitad en broma, mitad en serio.

—Dime una cosa, campeón: ¿no es eso lo que haces casi siempre? —espetó Tom, asombrado de su respuesta—. Anda, dame ese móvil.

Ken sacudió la cabeza con una sonrisa derrotada y al fin, se lo tendió.

—Cuéntame de qué va esta historia, Bella —exigió Tom—. Y, por favor, ve al grano. No te enrolles. 

—¿En serio? ¡No me fastidies, Tom! —se quejó ella—. ¿Dónde estás?

—¿Eso importa? —Oyó que ella bufaba—. Cerca de la barra del salón de la planta baja, ¿por? 

O sea, a diez metros, pensó Bella. Ella estaba fuera del baño de caballeros. De la puerta contigua, que correspondía al baño de mujeres, entraba y salía gente. No podía quedarse a hablar allí.

Se dirigió hacia donde estaba Tom con Ken y su equipo de seguridad y se detuvo frente a él.

—Acabo de colgar la llamada —anunció, devolviéndole el móvil a su dueño—. Agáchate, que te lo cuento al oído. —Tom enarcó las dos cejas, a falta de una—. ¿Por qué me miras así? Palabra, que no voy a ponerme romántica contigo —le aseguró. Debajo de aquel flequillo denso y largo estilo Chrissie Hynde, sus ojos brillaron traviesos.

Ken ya se estaba riendo. Le encantaba el desparpajo de Bella. 

Shane se limitó a dedicarle una rápida mirada de la que Bella fue plenamente consciente. Y por la cual se anotó un tanto. A la manera neutra y distante de Shane Norton, esa rapidísima mirada había sido el equivalente a prestarle atención. Algo que no haría, si siguiera teniéndola por una adolescente descerebrada.

—¿Te agachas o qué? —insistió ella.

Cuando Tom al fin lo hizo, Bella empezó con la explicación.

Ken sonrió al ver la sonrisa alucinada que dominaba la cara de su viejo amigo mientras la escuchaba. El espectáculo no duró mucho, puesto que Bella fue inusualmente breve. Tal como le había pedido Tom, había ido al grano.

—¿En serio, Ken? —se rio Tom—. Tío, vas a durar dos telediarios…  

Ken sabía a lo que se refería y no se molestó en negarlo. Había puesto la sexta velocidad después de leer la nota que Chris le había dejado en la mesita de noche, y no tenía ninguna intención de quitar el pie del acelerador. 

Pero Tom no esperaba una respuesta por su parte. Sin darle ocasión a Bella a que dijera en alto la pregunta que tintineaba en sus ojos, a saber «¿qué has querido decir con eso?», se dirigió a Shane:

—¿Hay cámaras?

—No estoy al tanto del tema… todavía —repuso él—. Y no pienso agacharme para que me lo cuentes al oído —añadió, mirando de refilón a Bella.

Después de las carcajadas de rigor, fue Tom quien lo hizo sin necesidad de inclinarse. 

—Dame un par de minutos que lo compruebo —repuso Shane en tono profesional.

Sin embargo, al pasar junto a su jefe, Ken pudo apreciar con claridad el relámpago de guasa que atravesó los ojos de su guardaespaldas.


* * * * *


Dave había empezado a ponerse nervioso al ver que algunos comensales mostraban signos de haber reconocido a Ken. Se suponía que en aquella ciudad la gente dejaba que sus famosos disfrutaran de sus salidas en paz, pero aquel par de chicas parecían bastante alborotadas. Estaban en una mesa con otras seis personas de alrededor de veinticinco años, la mayoría de sexo femenino. De hecho, una de ellas acababa de ponerse de pie con los dos brazos en alto, llamando a Ken para hacerse una foto con él.

Lo que le preocupaba era que si una se acercaba a él, otras también lo harían y la situación podía complicarse. Incluso si solo se quedaban unos minutos para fangirlear1 y se marchaban tras lograr su preciado recuerdo con el artista, afectaría a los planes de Ken. Como mínimo, los retrasaría. Que la persona que tenía que proteger quedara expuesta en un lugar público, donde cualquiera podía ir a por ella, era la pesadilla de todo guardaespaldas.

Sin embargo, no era la chica de los brazos en alto lo que había captado la atención de Ken, sino April Sommerfield. La mujer se dirigía hacia él con una sonrisa.

No, por favor, ahora no.

Para disgusto de Ken, fue un «ahora sí».

—Justamente me dirigía al jardín… —dijo ella—. Los míos están muy entretenidos con sus postres y no me echarán de menos. —Al notar cierto desconcierto en el cantante, añadió—: antes, le prometí que, con mucho gusto, conocería a su familia.

Ken aterrizó sin paracaídas. Bella, Shane y Tom estaban ocupándose de las últimas comprobaciones. Se hallaban lo bastante lejos para que no lo oyeran, si los llamaba de viva voz. A menos que gritara, claro. Hacerlo por móvil tampoco era una opción con la directora de la OADASV a un metro. O sea, se había quedado solo ante el peligro. 

Joder. No me lo puedo creer.

Se las vio y se las deseó para que el disgusto que sentía no fuera evidente en su rostro. 

—¡Claro que sí! —exclamó, haciéndose el olvidadizo—. Discúlpeme, señora Sommerfield, estaba pendiente de unos comensales que tienen toda la pinta de estar a punto de hacerme firmar autógrafos lo que resta del día, y se me fue el santo al cielo. —Hizo un gesto galante para cederle el paso a la mujer—. ¿Vamos, entonces? Aprovechemos que el tiramisú y la tarta de queso los mantendrán entretenidos un buen rato.

Cuando April se puso en marcha, Ken miró a Dave con desesperación y le indicó con una seña que el plan acababa de irse a pique para que avisara a todos los implicados.


* * * * *


Chris empezaba a sentir la pierna algo cargada, de modo que bajó la tapa del inodoro y se sentó. 

¿Era una impresión suya o Ken estaba demorando media vida para recorrer los treinta o cuarenta metros que separaban la mesa familiar del baño de caballeros?

Miró alrededor con ojos críticos. Debía admitir que, para tratarse de un baño, estaba reluciente. El cubículo en el que estaba —uno de los seis que había— era bastante amplio y muy ventilado. En la pared posterior, cerca del techo, había un silencioso extractor que se ponía en marcha en cuanto alguien ocupaba el baño. Los azulejos negros, como la mayor parte de la decoración del asador, recubrían las paredes del techo al suelo, dándole un aspecto moderno a la vez que muy higiénico. No olía a baño y eso ya era la guinda del pastel.

Otra vez te has metido en un baño de caballeros…

Una sonrisa apareció en su rostro al recordar la primera vez que Ken y ella habían compartido un retrete en aquel hotel de Nueva York.

¿Quién le habría dicho a la Chris de entonces que, tan solo cuatro meses más tarde, repetiría la experiencia con el mismo hombre, esta vez en Nashville y siendo su pareja? ¡Y había sido idea suya! Sacudió la cabeza asombrada ante su propia osadía. Esta Chris le gustaba mucho. Era muy distinta de la del hotel de Times Square. Y sabía que Ken había sido el catalizador de su gran transformación. Se sentía tan segura de sí misma, tan digna y merecedora de todo lo bueno que le estaba pasando, que nada la retenía. Con Ken podía ser lo que quisiera ser: sexi, osada, provocativa, tierna… Él adoraba todas sus versiones, todas sus facetas, y se aseguraba de que ella lo supiera.

Pero como sigas tardando, vas a conocer una faceta que no va a gustarte nada…

La vibración del móvil le puso el corazón en fuga. Sonrió al darse cuenta de lo helada que estaba la mano con la que lo sacó del bolsillo. Como un témpano de hielo. Era un mensaje, pero no era de Ken, sino de Bella. Supo, al verlo, que no sería una buena noticia y su gesto se torció sin que ella fuera realmente consciente. Leyó:


«Plan cancelado. Puedes salir. Shane te está esperando al otro lado de la puerta con la silla. Yo voy a reclamar el carrito de los postres. Lo siento!!! :(».


Chris no se molestó en contener un bufido. Respiró hondo y manoteó las muletas de muy mal grado.

¿Cómo podía ser tan complicado estar diez minutos a solas con Ken? Qué desesperante. El maldito día se le estaba haciendo interminable.


* * * * *


Chris no era la única al borde de la desesperación. Ken se sentía como si ya hubiera cruzado ese límite. Lo sabía porque siendo un tipo de sonrisa fácil a quien sus padres le habían grabado a fuego que la amabilidad de carácter era un requisito imprescindible en la familia, le estaba costando Dios y ayuda que su (mal) genio, no se hiciera con el control de la situación. También tenía su genio, aunque años junto a Robert Bryan hubieran conseguido domesticarlo.

Los ladridos de Noah y River, acompañados por los aullidos de Sultán, advirtieron a la familia de su presencia, antes de Ken llegara a la mesa. Lograron que él esbozara la primera sonrisa desde que sus planes románticos se habían ido al garete. Y también estuvieron a punto de conseguir que Tim se cayera de la silla cuando, no conformes con el concierto perruno que estaban ofreciendo, los cachorros tiraron de sus correas para ir al encuentro de Ken. El Husky era puro nervio y su genética lo hacía especialmente apto para tirar de pesados trineos, por lo que una silla con un humano de noventa kilos no suponía un gran desafío. Noah y River eran de la raza Terranova y el peso sumado de los dos superaba ya los ochenta kilos, por lo que arrastrar a Tim tampoco era un impedimento para ellos.

—¡Eh… qué hacéis! —exclamó Tim, sobresaltado al haber pasado de estar tranquilamente escuchando lo que su padre decía acerca de la cría de caballos cuarto de milla2, a manotear desesperadamente el aire en busca de algo a lo que asirse para no dar con sus huesos contra el suelo.

De hecho, fue Jim quien impidió que eso sucediera, tirando con fuerza de las correas de los perros al tiempo que los llamaba al orden.

—¡No! ¡Quietos! ¡Noah, River… y tú también, Sultán, quietos! —les ordenó, manteniendo las correas con firmeza.

Ken recorrió los últimos dos metros con paso ágil y, en realidad, fue su mano sobre la cabeza de River, el más revoltoso, lo que culminó el milagro, puesto que entonces la euforia de los tres cachorros se desarrolló junto a la mesa.

—Hola, hola, hola, perretes… ¡Cuánta emoción! Ya estoy aquí, tranquilos. —Cogió una de las botellas de agua que había sobre la mesa y la vació en el bebedero de plástico. Sonrió al ver que los tres se lanzaban de cabeza a beber al mismo tiempo—. ¡Qué sed, ¿eh?! ¡Buenos perros! 

Tim acomodó mejor su silla y le lanzó una mirada socarrona a su hermano mayor.

—Tus buenos perros casi me estampan contra el suelo, chaval. Así que no los felicites tanto…

Ken respondió palmeando el hombro de su hermano, a modo de disculpa.

—A ver, familia, un momento de atención, por favor, que os presento a alguien… Esta señora es April Sommerfield, es la directora de la OADASV que, por si no lo sabéis, es una organización pionera en la lucha contra la violencia doméstica3 y sexual y en la protección de los derechos de las mujeres y los niños. Es también la directora del programa de formación para responsables de residencias femeninas que impartió Chris en agosto aquí, en la ciudad. 

Todas las miradas se dirigieron a la elegante mujer de traje de falda y chaqueta rosa viejo.

—Por orden de aparición, el del accidente perruno es mi hermano Tim. —Tras el intercambio de saludos entre uno y otra, continuó—: El modelo de pasarela que está a su lado es mi otro hermano, Jim.

Él estrechó la mano de April, pero no se ahorró la pulla.

—Como seguro que acaba de comprobar por la suavidad de mi mano, no soy un modelo de pasarela. Soy un ranchero que trabaja muy duro y de sol a sol, señora Sommerfield —señaló, y dedicándole una sonrisa de ganador a su hermano, añadió—: Tranquilo, me encanta que me envidies.

—¡No hace falta que lo digas, tío! En esta familia todos te envidiamos a muerte —celebró Tim, burlándose una vez más de la competencia permanente que había entre Jim y Ken—. Y para que conste, el ranchero que trabaja duro de sol a sol soy yo, tú haces demasiadas pausas para irte de juerga.

Las risas reinaron a placer. Los cachorros no tardaron en unirse a la diversión, ladrando y aullando.

—No se preocupe, siempre es así —le explicó Ken, risueño, a April antes de continuar con las presentaciones—: Creo que a la rubia que está a su lado, ya la conoce…

—Así es —dijo April—. Hola de nuevo, Lilly.

Ella respondió agitando sus dos manos a modo de saludo.

—La chica que está en la punta de la mesa es Sue… 

Ken hizo una pausa. Durante unos instantes pensó en la manera más adecuada de presentar a la pelirroja. Se moría de ganas de confirmar lo que, muy probablemente, su familia ya sospechaba acerca de ella y Jim, pero hacerlo daría lugar a muchas más pullas. Y eso no solo incomodaría a la joven, también sería descortés hacia April Sommerfield, que había dejado a sus invitados porque él le había pedido que se acercara a conocer a su familia. Decidió apiadarse de su hermano menor.

—Sue es una amiga… —dijo escuetamente, dedicándole una mirada maliciosa al individuo de quien acababa de apiadarse. Vio que él escondía su sonrisa, bajando la vista hasta los cachorros a los que acarició un instante después—. Y creo que a Jamie Daniels ya lo conoce…

—En efecto. Me alegro de volver a verlo, Jamie. Qué sorpresa. Lo hacía en Canadá —lo saludó, amablemente.

—Yo también me alegro, April. Es una visita relámpago, me marcho esta noche.

Ken decidió no dar margen para que saliera a relucir la razón de que Jamie hubiera hecho una visita relámpago. Estaba casi seguro de que la mujer ya se había percatado de que había algo cociéndose entre Chris y él, cuando se habían encontrado en el salón, pero no les correspondía a ninguno de los dos confirmarlo.

—Y ese señor que es igualito a mí… —continuó.

—Disculpa, el molde soy yo. Eres tú quien que se parece a mí —intervino Robert con su sonrisa amable en ristre—. Soy Robert Bryan, el padre del músico, del modelo y del ranchero que trabaja de sol a sol —dijo con humor, haciendo reír a los aludidos—. Encantado de conocerla, señora Sommerfield.

A nadie le extrañó que se pusiera de pie y le tendiera la mano por encima de la mesa. 

Excepto, por lo visto, a la directora de la OADASV. Ella enseguida dio un paso adelante y estrechó la mano del padre de Ken. Sus movimientos fueron prestos, pero inesperadamente torpes para alguien que era todo elegancia.

—Igualmente. Por favor, llámeme April… Desde luego, el parecido es asombroso.

—En ese caso, llámeme Robert —convino él—. Tiene sus ventajas que nos parezcamos tanto, ¿sabe?… De esta forma, mi hijo podrá ir pensando con tiempo cómo se las va a arreglar cuando su cabello de «rubio de rompe y rasga», tan apreciado por sus fans, empiece a ser más plateado que rubio… Como el mío.

—¡No hay mal que por bien no venga! —se rio April. 

Había sido definitivamente una risa coqueta y Ken asintió con la cabeza repetidas veces al tiempo que sonreía. 

No era un secreto para ninguno de los hermanos Bryan que su padre seguía siendo un rompecorazones. Aunque Robert viviera de espaldas al interés que las mujeres de su edad le profesaban (y jamás permitiera comentarios o bromas al respecto), era un hecho del que ellos se habían percatado hacía años. Cada vez que a alguno de los tres le tocaba acompañar a Doreen a hacer la compra, hasta la supervisora del súper se despedía del afortunado con el consabido «¡saludos a tu padre!». Robert Bryan había enviudado siendo muy joven y no había vuelto a casarse. Que Ken supiera, tampoco había tenido una relación sentimental con otra mujer. Obviamente, no se había convertido en célibe de la noche a la mañana, pero se las había arreglado para mantener ese aspecto de su vida, totalmente privado y alejado del conocimiento de su familia.

Por lo visto, April Sommerfield tampoco era inmune a los encantos de su padre, pensó divertido. No quiso mirar a sus hermanos. Apostaba la cabeza y no la perdía, a que estaban pendientes de lo mismo. En cambio, sí que miró a su tía Doreen. Ella sonreía y parecía muy atenta a la conversación. Sobre todo, miraba con sumo interés a la directora de la OADASV. Era su mirada analítica, algo que no sorprendió a Ken en absoluto. 

Se disponía a continuar con las presentaciones, cuando April volvió a hablar.

—Pero los ojos de su hijo mayor… —Negó con la cabeza, al tiempo que su mirada se encontraba con la de mujer que estaba junto al padre de Ken—. En eso, me temo que no ha salido a usted, Robert. Y no es por menospreciar los suyos, pero Ken tiene los mismos ojos absolutamente maravillosos de su esposa…

—No soy su esposa. Robert es viudo —la interrumpió Doreen, dejándolo a él también con la palabra en la boca. Se puso de pie y le tendió su mano—. Soy su cuñada. Doreen Montgomery, encantada de conocerla, April… También puedo llamarla así, ¿verdad?

Hubo un silencio incómodo pero, afortunadamente, breve.

—Oh… Por supuesto, Doreen. Encantada de conocerla —repuso, estrechándole la mano—. Disculpe el lapsus… No sabía que Robert fuera viudo… —Otra pausa—. ¡Por supuesto que no! ¿Cómo iba a saberlo, si acabamos de conocernos, verdad? —dijo con una risa algo forzada, consciente de que, intentando arreglar el primer error, acababa de empeorarlo.

Ken se quedó cortado. El brillo incómodo en los ojos de su padre era real como la vida misma. Tan real como el embarazoso rubor en la cara de la directora de la OADASV. Circunstancias de las que no solo él era consciente, como estaba a punto de comprobar.

Con su sonrisa imperturbable, Doreen observó a su cuñado y a continuación hizo lo mismo con la visitante. 

—No se apure, April —repuso, conciliadora—. Tanto Robert como yo estamos acostumbrados a este tipo de lapsus. Llevan más de veinte años confundiéndome con mi hermana.

Ken asintió con la cabeza en un gesto sorprendido. Tampoco esto era un secreto para ninguno de los hermanos Bryan. Lo que a Ken le asombraba era que la presencia de April Sommerfield hubiera vuelto a ponerlo sobre la mesa en el momento y lugar más inesperados. Más aún, después de tantos años.

En la vida se habría imaginado que la incomodidad en los ojos de su padre y aquel brillo salvaje en los de su tía conseguirían hacerle olvidar su propia frustración. 

Ahora era la ansiedad la que había tomado el relevo.

¡Diosss… No podía esperar para contárselo a Chris!


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1 ⁣ ⁣Es la acción de mostrar gusto, emoción o fascinación por un libro, personaje, canción, banda, cantante, etc. Se refiere especialmente a hacerlo de forma constante, muy emocional y un tanto alocada.

2 Raza de caballos desarrollada a partir de otras para ser caballo de carreras de 402 metros. Es el más utilizado en los rodeos.

3 Violencia doméstica: en 2002 aún no se había acuñado el término «violencia machista».

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©️2024. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷


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CRS-03.2. Superstar. Parte 2 Extras, 2. Capítulo 7


Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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7


Bella había sido la primera en regresar al salón. Para algarabía de los más jocosos de la mesa, venía escoltada por una camarera que empujaba el esperado carrito de los postres. En realidad, era como un gran expositor refrigerado con ruedas, de un metro y medio de largo y ochenta centímetros de ancho. En sus cuatro estantes había delicias para todos los paladares.

Después de los aplausos y las risas de rigor, Bella dejó que la camarera se ocupara de los comensales golosos y se dirigió hacia Ken. Él estaba de pie junto a una mujer que vestía un traje de falda y chaqueta. Notó enseguida que Chris aún no había llegado. Tampoco Shane, el encargado de conducirla hasta allí.

—Ya estoy aquí —anunció, dirigiéndose a su sitio en la cabecera de la mesa.

Ken y Bella intercambiaron una mirada. Ken vio las palabras «lo siento» reflejadas en su gesto. Sabía que eran genuinas. Todo en aquella muchacha lo era y eso lo había cautivado desde el primer momento. Después de hacerle un guiño, procedió con las presentaciones.

—A Bella creo que no la conoce, ¿verdad? —le dijo a April.

April luchó por sobreponerse al malestar por lo sucedido hacía un instante y negó con la cabeza, al tiempo que forzaba una sonrisa en sus labios dedicada a la recién llegada.

—Es la presidenta de mi club oficial de fans y alguien muy ligado a la organización de mis conciertos y mis giras. Bella, te presento a April Sommerfield. Es la directora de la OADASV…

—¡Claro! —exclamó ella, estrechando la mano de la ejecutiva con efusividad—. La mujer que ha puesto en marcha la primera organización de Tennessee, dedicada a la lucha contra la violencia doméstica y sexual, que no discrimina a las víctimas por su orientación sexual. Encantadísima de conocerla personalmente, señora Sommerfield. Es un honor. Soy Anabella Simpson, pero, por favor, llámeme Bella.

Su entusiasmo sonó real porque lo era. Real de cabo a rabo. Una de sus dos mejores amigas trabajaba en la Asociación de Gais y Lesbianas y sentía admiración por la labor de aquella mujer que se permitía desafiar el statu quo en un estado no especialmente favorable a las minorías sexuales y de género, como Tennessee. Vivía hablando de April Sommerfield, y en cuanto Bella se había enterado de que la directora del curso que Chris había estado impartiendo en agosto y la mujer que tanto admiraba su amiga eran la misma persona, lo había aprendido todo sobre ella. Su brillante trayectoria la había dejado con la boca abierta.

Ken hizo un gesto de sorpresa y al fin sonrió ante alguien que siempre se las ingeniaba para dejarlo de una pieza. 

—Vaya… Muchas gracias, Bella —repuso April tan sorprendida como Ken—. El gusto es mío. 

La llegada de Chris y Shane al jardín cambió momentáneamente el foco de atención. Especialmente, porque Sultán volvió a escaparse, esta vez de Tim, y corrió al encuentro de su ama. 

—¡Eh! Hola, hola, hola, pequeñín… —dijo Chris, dándole palmadas cariñosas al Husky, que desbordaba alegría. Se agachó para coger su correa y continuaron juntos hasta la mesa.

Su llegada también modificó el lugar de los jugadores en el terreno de juego, puesto que Ken decidió en ese instante que no volvería a tener a su chica sentada en el otro extremo de la mesa. Mucho menos, después de haberse quedado con la miel en los labios.

—Mira, Chris… La señora Sommerfield ha venido a conocer a mi familia… —le dijo. Y, sin más, empujó suavemente la silla de ruedas hacia la esquina de la mesa, junto a la suya, obligando a que Bella y Tim tuvieran que mover sus asientos para hacerles sitio.

Las mariposas se revolucionaron en el estómago de Chris, poniéndole las cosas muy difíciles. Ken ni siquiera la había tocado. Ni ella a él, por supuesto, y, sin embargo, allí estaban su piel de pollo y sus mariposas para atestiguar que, en cuanto ese hombre entraba en su campo vital, todo su ser se volvía loco. Loco de remate.

Chris tampoco pensaba regresar a su sitio original, pero el trayecto del baño a la mesa no era lo bastante largo y su frustración, en cambio, era demasiado grande. No le había dado tiempo a centrarse y pensar en una forma de hacerlo sin llamar la atención. De ahí que, al comprender que ya no tendría que preocuparse de eso, su frustración se convirtió en euforia. ¡Tenía ganas de ponerse a bailar!

Dios. De buena gana, le habría plantado dos besos a April por brindarle la ocasión de poner fin a la tortura y, ya de paso, también le habría dado un buen achuchón a Ken. Se lo merecía por cazarla al vuelo y tomar la iniciativa. Dado que no podía hacer ni lo uno ni lo otro, se conformó con acariciar largamente a Ken con la mirada antes de centrarse en la directora de la OADASV. 

—¿Podrá quedarse un ratito, April, o será mucho pedirle?

La mujer sonrió amablemente al tiempo que movía la cabeza dubitativa. Probablemente, en aquellos momentos, pedirle que se quedara era pedirle demasiado. Lo que realmente deseaba era marcharse cuanto antes y poner fin de una vez a esa desconcertante sensación de incomodidad que la embargaba. Sin embargo, Chris Thompson no solo era alguien a quien admiraba profundamente, también era una pieza importante en sus proyectos profesionales y estaba allí mismo, brindándole la oportunidad de estrechar lazos. No podía desaprovecharla. Por otra parte, huir de las situaciones incómodas no era su estilo. Su educación y su dignidad le reclamaban quedarse y estar a la altura.  

—Bueno… —concedió—. Pero tiene que ser un rato muy pequeño.

Ken soltó un puñetazo victorioso. Fue imaginario, claro. No porque quisiera mantener las formas, sino porque debía hacerlo. Pero energizó todo su cuerpo igual que si hubiera sido real, llenándolo de una euforia muy parecida a la que embargaba a Chris. 

Y había razones para ello. Del mismo modo que Chris Thompson era una pieza clave en los proyectos profesionales de April Sommerfield, la directora de la OADASV tenía un rol estelar en los proyectos personales de Ken. Más concretamente, en sus planes románticos inmediatos. 

—¡Estupendo! —exclamó Chris.

Su mirada volvió a encontrarse con la de Ken y, una vez más, saltaron chispas de colores.



* * * * *



Bella había hecho aparecer una silla extra de la nada destinada a la ejecutiva de la OADASV. La situó junto a Chris. Puesto que la única forma de que cupieran todos, era reduciendo el espacio entre los asientos, tuvo que desplazar la suya y la de Shane, que antes eran las únicas en la cabecera de la mesa. Al fin, tomó asiento. Ahora su silla estaba unos cuarenta centímetros a la izquierda de donde estaba antes y, en consecuencia, pegada a la de Shane.

El guardaespaldas suspiró y ocupó su lugar junto a Bella. Pero por más que mantuviera las rodillas juntas, nada podía hacer con el ancho de sus hombros y, por extensión, con sus brazos. Fue inevitable que su brazo derecho estableciera contacto con el brazo izquierdo de Bella.

La sensación fue inesperadamente agradable para Shane. Dado que ambos vestían prendas de mangas cortas, habían quedado piel contra piel. Al agradable calorcito, se sumó su perfume. Shane no entendía de fragancias y apenas podía identificar cierto aroma dulzón, pero le gustó. Le pareció que conjuntaba con ella. 

Para Bella, la sensación fue burbujeante. Sintió lo que había esperado sentir, pero con mucha más intensidad. Y, por la cuenta que le traía, se cuidó mucho de demostrarlo. 

—Aguanta, grandullón. Será un rato muy pequeño —le dijo, todo picardía, citando las palabras de la ejecutiva—. Después, ya podrás estirarte a gusto, como a los tíos os encanta hacer.

Esta vez, no hubo mirada socarrona por parte de Shane, sino un ligero movimiento de la cabeza.

 


* * * * *


Había alguien más muy agradecido por la oportuna llegada de Bella: Robert Bryan. 

La muchacha había conseguido en un instante desviar la atención de la incómoda situación que lo tenía a él como protagonista, y a sus tres hijos y a su cuñada como espectadores de primera fila. La sensación de bochorno era tan intensa que estaba sudando. Respiró aliviado y bebió un sorbo de su refresco, procurando mostrarse como siempre, a sabiendas de que hacía años que una situación semejante no lo hacía sentir tan fuera de lugar. 

No era ciego. Se daba perfecta cuenta de que todavía no se había mimetizado con el entorno para el resto de sus congéneres del sexo femenino. A pesar de sus achaques y de lo mucho que había envejecido los últimos años como consecuencia de sus problemas cardíacos, su presencia continuaba despertando interés entre las mujeres de su edad. Incluso en otras bastante más jóvenes que él. Desde la última operación, rara vez salía solo, pero cuando su corazón aún no había mostrado intenciones de dejarlo en la estacada, se había permitido coquetear. En ocasiones, cada vez que se había sentido atraído hacia una mujer y las circunstancias eran propicias, había ido más allá. Le parecía algo natural. Había enviudado, no muerto. Sin embargo, cuando estaba en compañía de sus hijos, todas esas cuestiones no tenían cabida. No había espacio para nada de eso. Tenía muy claro cuál era su rol: ser el cabeza de la familia Bryan, el padre de Ken, Tim y Jim. Por no mencionar, que si su cuñada estaba presente, como había sido el caso, cualquier otro rol, le parecía una absoluta falta de respeto  hacia ella. 

Robert miró a Doreen. Ella parecía interesada en la conversación que Chris mantenía con la ejecutiva de la OADASV. ¿Lo estaba realmente? ¿O, como él, intentaba cumplir con su papel de anfitriona con la mayor dignidad posible?

—Lo siento mucho, Doreen —le dijo en voz baja.

Doreen volvió la cabeza para mirarlo. Ella también lo sentía. Por razones que, suponía, eran diferentes de las de su cuñado. Quería quitarle hierro al asunto, mostrarse conciliadora. Esa era su naturaleza. Sin embargo, no le estaba resultando nada fácil. Quizás, porque no podía evitar preguntarse qué era lo que Robert lamentaba. ¿No haber sido capaz de ocultar ante ella, ante todos, el evidente interés que aquella mujer esbelta y elegante había despertado en él?  ¿O que la ejecutiva, con su torpeza de quinceañera deslumbrada por el capitán del equipo de fútbol del instituto, tan impropia de una mujer de su condición, lo hubiera hecho evidente?

—¿Y por qué lo sientes? —fue lo más conciliador que pudo responder—. No tienes la culpa de despertar tantas pasiones…

Algo en su forma de decirlo, hizo que Robert, en vez de sonreír con picardía, como reclamaba aquel comentario, sintiera que un calor abrasador se instalaba en sus mejillas. 

—Mujer, por favor, ¿qué dices…?

La verdad, pensó ella. Eso era exactamente lo que había dicho. Ken era un rompecorazones, un hombre que despertaba emociones fuertes en quienes le rodeaban, fueran hombres o mujeres. Si eran mujeres, la emoción solía tener que ver con su inmenso atractivo sexual. Si eran hombres, con la envidia (no siempre sana) de estar ante otro hombre que se hallaba en la cima del mundo porque lo tenía todo. Y, como muy bien había señalado Robert hacía un momento, él era el molde. La matriz que había dado forma a sus hijos, tres hombres maravillosos hechos a su imagen y semejanza.

—Nada que tú no sepas desde siempre —repuso—. Además, seguro que te agrada comprobar que todavía sigues resultando atractivo a otras damas. Relájate, Robert.

Él frunció el ceño en una mezcla de incomprensión y perplejidad, pero Doreen no le concedió la menor ocasión de responder. 

Con creciente asombro, Robert vio cómo la mirada de su cuñada regresaba al extremo de la mesa donde la directora de la OADASV conversaba con Chris y con Ken, dejando claro que no tenía más que decir al respecto.


* * * * *



Lilly se estiró para mirar lo que sucedía en el otro extremo de la mesa. Hizo una mueca de desagrado al comprobar que su hermana parecía muy enfrascada en la conversación que mantenía con April Sommerfield. 

—¿Qué hora es? —le preguntó a Jim. 

Él sabía por qué se lo estaba preguntando. Echó un vistazo a su reloj. Tragó el bocado de Red Velvet que tenía en la boca antes de decir:

—Demasiado tarde para la clase de baile en línea.

El bufido que salió de la boca de Lilly fue tan sentido que lo hizo reír.

—Otra vez será, paciencia —la consoló—. Cuando Ken está por medio, el cambio de planes es inevitable. 

«Y que lo digas», pensó Lilly. Seguro que Jim no había contado con que la chica que se le resistía tanto, formaría parte del plan de aquella tarde. Hasta el momento, se las había arreglado (no sabía cómo) para no interrogarlo sobre el tema, pero la curiosidad la estaba matando. 

Jim sonrió risueño. No hacía falta ser adivino para darse cuenta de que Lilly se moría por saber qué había entre Sue y él. Lilly era muy expresiva y su mirada había cambiado de manera radical desde que había descubierto una conexión entre la chica protagonista de las pullas de sus hermanos y la amiga de Bella. 

—Ya sabes cómo va esto. Puedes preguntarme lo que quieras…, si yo puedo hacer lo mismo contigo.

—¿De qué hablas? —repuso Lilly, haciéndose la desentendida, pero enseguida se echó a reír.

Miró a Sue Anderson con disimulo. Por lo que había podido deducir de la conversación que las amigas habían mantenido en el salón, Sue estaba allí aquella tarde para encargarse de desviar la atención de Jamie de lo que hacían Chris y Ken. Bella había supuesto que, puesto que ambos habían estudiado leyes, el éxito de la misión estaba asegurado. Tenía que concederle que no era una mala idea. Con cualquier otro hombre quizás habría podido funcionar, pero Jamie era mucho más listo de lo que aparentaba. Se había dado cuenta de la jugada y no se estaba dejando engañar. 

Prueba de ello era que allí estaban los dos, uno junto al otro. Jamie comprobaba algo en la pantalla de su móvil y Sue conversaba con el mánager de Ken, que había estado alrededor de media hora ausente de la mesa y acababa de regresar.

Un mes viviendo entre los Bryan daba para mucho tratándose de una persona observadora, y Lilly lo era. Por eso estaba segura de que, en el más que hipotético caso de que Tom Keller pudiera resultarle atractivo a la amiga de Bella, el sentimiento no era correspondido en lo más mínimo. Tom tenía alergia a las «jovencitas». Según él, tener que lidiar con ellas en los conciertos y giras musicales de Ken era más que suficiente. Si a eso le sumaba el hecho de que Sue tenía al más joven de los hermanos Bryan, allí mismo, al alcance de la mano y dispuesto a complacerla… ¿Qué narices hacía dedicándole su atención a un vejestorio como Tom cuando tenía al bombón de Jim perdiendo el trasero por ella? No entendía una palabra.   

Lilly se acercó a Jim.

—¿Por qué está hablando con Tom y no contigo? —le preguntó en voz baja.

Jim asintió repetidas veces con la cabeza. Buenísima pregunta, pensó.

—Porque cree que demostrando interés por él, me está dando donde más me duele.

—¿Y no es así? —insistió Lilly, cada vez más interesada.

Jim se llevó otra cucharada de tarta a la boca. Si el tipo en cuestión era Tom, decididamente, no le afectaba. Eran agua y aceite, no podían mezclarse, y a la pelirroja le debía haber bastado una mirada para saberlo. En cuanto a Tom… Su radar no detectaba mujeres de menos de treinta años y Sue no aparentaba siquiera los pocos que tenía. Por lo tanto, tenía que haber sido ella quien había iniciado la conversación. Y, conociendo a Tom, no duraría mucho más.

Sonrió desafiante mientras masticaba y, finalmente, negó con la cabeza.

—No. No es así. Y ahora me toca preguntar a mí… ¿Qué piensas hacer? —Las cejas arqueadas de Lilly le causaron gracia—. Me refiero a si te vas a quedar en Nashville o volverás a Toronto —se explicó.

Sin embargo, las cejas continuaron tal cual estaban antes. 

—¿Por qué…? ¿Qué…? ¡Y yo qué sé! —repuso al fin, riendo—. Me has tomado desprevenida, creí que… Bah, da igual.

La sorpresa de Lilly era comprensible. Había dado por hecho que Jim utilizaría su turno de pregunta para averiguar detalles de sus salidas con Bella y Sue, ahora que sabía que la chica que le daba la callada por respuesta y la amiga de Bella eran la misma persona. ¿No quería averiguar si Sue había comentado algo sobre  el «pesado» que no dejaba de llamarla? Desde luego, lo que no había esperado era que él le saliera con una pregunta acerca de su futuro.

—¿Creíste que te preguntaría sobre ella? —dijo Jim, dirigiéndole a la pelirroja una rápida mirada. Vio que Lilly asentía con entusiasmo—. ¿Piensas que sería capaz de poner a prueba tu lealtad hacia las de tu género, usando nuestro buen rollo para tirarte de la lengua? Oye, que sepas que eso me ofende un poquito —guaseó.

Lilly soltó una carcajada.

—¡Venga ya…! Tim y tú sois un peligro cuando se trata de conseguir información…

Jim concedió con un movimiento de la cabeza. 

—Pero solo si es sobre Ken —se defendió—. ¡Es que nos encanta meternos con él! Para todo lo demás, si quiero saber algo, lo pregunto. No, no, no… No estoy fardando de nada —aseguró al ver el gesto socarrón de Lilly—. No es algo mío, es genético… o vete a saber. La cuestión es que todos los Bryan somos así. Mi padre, el que más… ¡Joder, el tío es un interrogador de primera…! ¡Te saca lo que le da la gana, sin necesidad de usar instrumentos de tortura! —Ambos rieron—.  Así que, lo dicho, ¿qué vas a hacer?

Lilly movió la cabeza a un lado y a otro, pensativa. Sonreía y eso le indicó a Jim que lo que circulaba por su mente era de naturaleza positiva.

—Puedo decirte lo que me gustaría hacer. Que lo vaya a hacer o no… —Exhaló un suspiro—.  Depende.

—¿De Chris?

Lilly asintió.

—Ya… Se ve que estáis muy unidas.

Jim entendía ese lenguaje mejor que nadie. Toda su vida había estado supeditada a decisiones que no siempre había tomado él, directamente. No tenía ningún problema con que las cosas fueran de aquel modo. Su familia lo era todo para él. Los seguiría al fin del mundo.

—Vale. Entonces, cambio la pregunta. Dime, ¿qué te gustaría hacer?

—¿Recuerdas que os conté que cuando tuve este maldito accidente —señaló su brazo en cabestrillo—, estaba haciendo prácticas en la cocina del chef Daniel Richmond? —Jim concedió con un movimiento de la cabeza—. La verdad, llamar «cocina» a ese rincón de ensueño es un pecado capital… No te imaginas lo que significa para una amante de la alta cocina poner un pie en ese lugar… En fin, a lo que iba… Yo creía que el accidente se había cargado mi oportunidad, pero el chef me escribió poco después de que Chris y yo volviéramos a Canadá. —Suspiró, sus ojos brillantes de ilusión—.  ¡Me invitó a formar parte de su equipo de estudiantes en prácticas el próximo verano! 

—¡Bieeeeennnnn! ¡Toma ya! —celebró Jim. 

Ella elevó su único brazo útil por encima de la cabeza en señal de victoria mientras Jim aplaudía entusiasta, y las risas duraron unos instantes.

—Lo que me encantaría es quedarme aquí… —continuó Lilly—. Aprovechar estos meses, trabajando de lo que sea en la cocina de algún restaurante o algún hotel para ir ganando experiencia… —Lo miró ilusionada—. Ser estudiante del chef Richmond durante unos meses es el primer paso. El siguiente será trabajar para él. «Lilly Thompson, la sous chef de El Barracuda…» —suspiró, radiante de felicidad—. ¡Qué bien suena, ¿no?!

—¡Ya lo creo que sí…! Pero, oye, solo como antesala de «Lilly Thompson, la laureada chef del… —Jim dibujó una línea imaginaria con un dedo en el aire y añadió, riendo—: ¡completar con lo que corresponda!» ¿O acaso vas a negar que te chiflaría ser la mandamás de tu propia cocina?

Lilly se sentía como si estuviera en una nube, viendo el mundo desde lo más alto. Le encantaba pensar sobre su futuro profesional, fantasear con él. Había todo un mundo de posibilidades a su alcance y la sola idea de saber que era así, la tenía flotando.

Miró a Jim con una sonrisa inmensa.

—No. No voy a negarlo —confesó con los ojos brillantes de ilusión.


* * * * *


Aunque Lilly y Jim no lo habían notado, Sue seguía su conversación con disimulo y más interés del que estaba dispuesta a reconocer. Un interés que no tenía en la que ella misma mantenía con el mánager de Ken Bryan.

A diferencia de lo que Jim creía, no había sido Sue quien se había puesto a hablar con Tom. Resultó que tenían un conocido en común —una de las integrantes del equipo de animadoras de Los Depredadores de Nashville, el equipo local de hockey sobre hielo— con quien Tom se había encontrado en el salón del restaurante. Habían estado un rato charlando y, por lo visto, ella le había preguntado en broma si la joven pelirroja de su grupo de amigos era su nueva novia, dando a entender que se conocían. Tom quería saber de qué se conocían y había preferido preguntárselo a ella directamente.

Bella le había presentado a Lilly hacía poco menos de un mes y a Sue le había caído bien desde el primer momento. Era extrovertida y jovial y destilaba esencia de buena gente. Esas características la convertían en un imán para otras personas de su mismo talante. De ahí, que Bella y Lilly congeniaran tanto.  

Sin embargo, sus sensores no dejaban de emitir señales cada vez que Lilly y Jim interactuaban entre sí. Estaban sentados uno junto al otro (¿coincidencia?) y era normal que, de tanto en tanto, cruzaran algunas palabras. Pero lo que estaba sucediendo entre ellos era diferente. No dejaban de conversar y de reír a cada rato por cualquier motivo. 

De hecho, parecían tan compenetrados y tan a gusto el uno con el otro, que no pudo evitar preguntarse por qué Jim se había empecinado tanto con ella, cuando era evidente que quien de verdad le interesaba era otra persona. Y solo se le ocurría una razón; que, además de un creído insoportable, fuera de la clase de tipos que no aceptaban un no por respuesta. 

Sue, finalmente, apartó la mirada. Su hermano Rick tenía razón; Jim A Secas era un auténtico capullo.

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CRS-03.2. Superstar. Parte 2 Extras, 2. Capítulo 8


Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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8


De poder escoger, la elección de Ken sería muy diferente, pero no podía negar que ver a Chris en su salsa, conversando animadamente con una persona que admiraba —y que él sabía que la admiraba a ella—, compensaba. Al menos, le estaba ayudando a sobreponerse a la frustración de haberse quedado con las ganas de estar a solas con ella durante diez minutos. 

Tenerla cerca estaba ejerciendo un efecto relajante sobre él. Casi podía notar cómo sus músculos y tendones se aflojaban uno a uno. Era el «efecto Chris». Cuando aún no eran pareja, lo experimentaba a través de su mirada, ese mar en calma que lo tentaba a sumergirse en él y dejarse llevar. Ahora que estaban juntos, por lo visto, le bastaba sentarse a su lado. ¿Tendría eso que ver con estar en su campo energético?, pensó risueño. Cada día a su lado era un auténtico descubrimiento. De buena gana, le pasaría un brazo alrededor de los hombros para ver qué nuevos descubrimientos hacía.

Suspiró. La cosa no iba de descubrimientos, sino de reafirmación. De su necesidad de reafirmar la posición que ocupaba en la vida de Chris y hacerlo a la vista de todos. Deseaba que el mundo entero supiera que era el elegido, que entre todos los hombres del universo, lo había escogido a él como compañero de vida. 

Se estiró hacia atrás, presionando su espalda contra el respaldo, y echó un vistazo alrededor. Algunos de los comensales con quienes compartía el jardín, parecían atentos a lo que sucedía en su mesa. Concretamente, en el extremo donde estaban Chris y él. Sonreían y comentaban entre sí. Le dedicaban miradas cómplices. 

Mierda.

Ken acusó recibo del interés que le demostraban con una sonrisa acompañada de un movimiento de la mano, y volvió a ocuparse de sus asuntos. Sus ojos se cruzaron con los de Bella y notó que ella le señalaba a Jamie de un rápido vistazo.

Eres genial, pensó. Siempre estás en todo.

Le agradeció la ocurrencia con un guiño y, a continuación, reclamó la atención de Jamie, proponiéndole con un gesto que se uniera a la conversación que Chris mantenía con April. Vio con alivio que a Jamie le faltaba tiempo para ponerse de pie y dirigirse hacia ellos.

Alejarse de Chris era lo último que deseaba, pero sabía cómo acababan aquellas muestras de interés por parte de la gente. Aunque se hallaran en la ciudad más segura para su privacidad, no pensaba confiarse. Chris había dejado muy clara su postura sobre ese tema.

Ken se puso de pie.

—¿Vas a cederme tu sitio? —le preguntó Jamie, sorprendido.

Su sorpresa era genuina. No había esperado tal cosa. Mucho menos tratándose de él, alguien que a Ken no le caía nada bien. La mirada socarrona del músico le comunicó que, en efecto, no le apetecía lo más mínimo cederle su sitio. Lo hacía porque no le quedaba más remedio. 

A Jamie no le costó deducir cuáles eran las razones de que aquel tipo estuviera renunciando a estar cerca de Chris y tuvo que reconocerle cierto mérito. Ken había prometido hacer todo lo que estuviera en su mano para evitar que ella volviera a convertirse en comidilla de la prensa, y lo estaba cumpliendo.

Jamie concedió con un ligero movimiento de la cabeza y se disponía a ocupar su asiento, cuando Chris intervino. 

—Ah, Jamie… Justo iba a pedirte que te acercaras…

Ken no estaba lo bastante cerca para retenerlo cogiéndolo del brazo o de una mano, de modo que fue la mirada de Chris la que se ocupó de comunicarle un «ni lo sueñes», que no dejó lugar a dudas acerca de quién debía ocupar la silla que estaba a su derecha. 

«Hablando de reafirmar posiciones…», pensó Ken con el corazón bailando el mambo en su pecho.

Intentando mantener a raya una sonrisa desbordante de ilusión, Ken volvió a sentarse de inmediato. Estaba seguro de que sus piernas no lo sostendrían por más tiempo. Parecían haberse convertido en gelatina. 

Chris contribuyó el ablandamiento masivo de Ken, posando una mano sobre su rodilla izquierda, bajo la mesa. Él suspiró y no tardó en cubrir la mano femenina con la suya. 

El contacto fue electrizante para ambos. Era la primera vez que se tocaban y la sangre burbujeaba en sus venas.

Chris se las arregló como pudo para sobreponerse y miró a Bella:

 —Bella, por favor, ¿podrías pedir que traigan una silla para Jamie? 

La presidenta del club de fans de Ken Bryan soltó una risita cómica. ¿Y dónde iban a poner la maldita silla?, pensó. No había sitio para nadie más en la cabecera de la mesa. 

Vaya suerte la suya. Intentando ayudar al músico de sus amores, acababa de estropear sus propios planes. Para una vez que tenía a Shane al alcance de la mano, sin burlas ni miraditas irónicas…

—Siéntate aquí, Jamie —repuso Bella, ofreciéndole su asiento—. Yo voy a aprovechar para atender un rato a mi amiga. 

Shane negó con la cabeza y se puso de pie.

—Hay bastante ruido aquí. Te dejo a ti mi sitio, Bella. Y tú le dejas el tuyo al señor Daniels. De esta forma, él podrá enterarse de lo que hablen… Y tú no estarás tan lejos de tu adorado ídolo —añadió, socarrón.

«Claro. Y, de paso, dejas de sentir esas cosas tan raras que te incomodan tanto cuando estás a mi lado», pensó Bella, risueña. 

Pero no fue eso lo que dijo.

—¡Toma ya! —Miró a Ken—. ¿Lo has visto? ¡Cuando deja que los batidos de proteína que se mete por el gaznate se le suban a la cabeza, se le ocurren unas ideas buenísimas!

Shane aguantó con estoicismo las miradas risueñas y las bromas. Esa mujer era imposible, pensó. Dondequiera que estuviera, conseguía que todo el mundo bailara al compás que ella marcaba.

Se estaba alejando, cuando la oyó decir entre risas:

—¡Eh, grandullón…! ¡No te pavonees demasiado entre las señoritas y vuelve pronto, que aquí te necesitamos! 



* * * * *


April esbozó una gran sonrisa y apretó cariñosamente el brazo que Chris tenía sobre la mesa.

—¿Va a quedarse un tiempo entre nosotros? ¿De verdad, Chris? ¡Qué gran noticia! 

Habían estado hablando de una serie de actividades de sensibilización sobre la violencia doméstica y sexual que la OADASV organizaba cada año durante la semana de Acción de Gracias. Lo hacía en colaboración con otras organizaciones dedicadas a la misma causa. Dichas actividades también les permitían recaudar fondos para financiar sus proyectos. Aquel año, tendrían lugar la última semana de noviembre y a Chris se le habían iluminado los ojos cuando April la había invitado a participar. Había aceptado de inmediato. 

A pesar de que hasta el momento, Chris se había mostrado deliberadamente ambigua a la hora de precisar cuánto tiempo se quedaría en la ciudad y dónde, exactamente, se alojaría, la sonrisa que ahora lucía en su rostro, despejó cualquier duda que April pudiera tener al respecto. En todo caso, pensó, la del atractivo hombre que estaba a su lado, se habría ocupado perfectamente de hacerlo en su lugar. Era una sonrisa de cine. 

—Deduzco que ustedes están… —April los miró con complicidad y dejó la frase flotando en el aire, a la espera de que alguno de los dos la completara.

Notó que Ken y Chris intercambiaban miradas. Eran miradas cómplices, amorosas, que no hicieron, sino confirmar las sospechas de April; ellos estaban manteniendo una relación y, por lo que podía apreciar hallándose tan cerca —que, de otra forma, le habría pasado inadvertido—, estaban viviendo un momento muy dulce.  

Ken permaneció en silencio con su sonrisa en ristre, algo que a Chris no le extrañó. Sabía que no sería él quien se iría de la lengua. La razón de que no apartara sus ojos de él era, simplemente, que le costaba hacerlo. Podría pasarse el día entero contemplándolo, aprendiendo de memoria cada gesto, cada sonrisa… Amaba a Ken, era alguien fundamental en su vida y, por una vez, su corazón y su mente estaban de acuerdo. 

Chris suspiró. Al fin, regresó su atención a April. 

—He intentado resistirme, pero… —concedió con un punto de humor. Vio que Ken asentía enfáticamente con la cabeza y bajaba la vista sonriendo.

April lo sabía muy bien. Había mantenido varias conversaciones con Chris al respecto, tras su regreso a Canadá. 

—Me consta —repuso, haciéndolos reír. Pero enseguida, añadió—: Es obvio que intentan mantener un perfil bajo. Quédense tranquilos. En lo que a mí respecta, esta conversación no ha existido.

—Bueno… Siendo quienes son, no sé por cuánto tiempo más podrán mantenerlo bajo… —intervino Jamie—, pero todos agradecemos su discreción, April. Chris detesta la idea de volver a verse en la primera plana de los periódicos y no hay duda de que Ken hará lo imposible por protegerla, aun así, esta gente… Los paparazzi… Son impredecibles y muy persistentes en su caza… Por otra parte, tampoco hace falta que le diga que a nosotros no nos interesa este tipo de publicidad… Seguro que a su organización tampoco.

No hubo acritud en el comentario de Jamie. Tan solo se había limitado a señalar los hechos tal cual eran.  

April apreciaba la franqueza de Jamie Daniels, pero no estaba del todo de acuerdo con él en lo referido al efecto que podía tener para sus respectivas organizaciones que la relación que la pareja mantenía trascendiera a los medios de comunicación. Sin embargo, en aquel momento no disponía de tiempo para plantear la cuestión como era debido.

—Por supuesto, cuenten con mi total discreción… Es más; pueden contar conmigo para cualquier maniobra de distracción que sea necesaria —bromeó. Entonces, tras consultar la hora en su reloj, añadió—: Me encantaría quedarme. Dios sabe que su mente me maravilla —aseguró, dedicándole a Chris una mirada de apreciación a la que ella respondió con una sonrisa halagada—, pero debo marcharme. —Miró a Ken y procuró mantener el tipo al decir—: Gracias por presentarme a su familia, ha sido un placer.

Sin embargo, la directora de la OADASV no consiguió ocultar del todo su incomodidad por lo sucedido minutos antes. Chris notó algo extraño en el intercambio de miradas que tuvo lugar a continuación entre Ken y April. No logró descifrar lo que era, pero la súbita tensión de la mujer le pareció evidente.

—Familia —anunció Ken, reclamando la atención de los suyos—, la señora Sommerfield se marcha… 

Todos los que estaban alrededor de la mesa le agradecieron el rato de compañía. Tim fue más allá, asegurándole que sería bienvenida en el rancho Mystic Oaks cuando ella deseara hacerles una visita.

—¡Gracias! Ha sido un gusto conocerles —repuso April.

En aquel momento, Jamie se puso de pie.

—Le acompaño —ofreció. 

La mujer se mostró algo sorprendida, pero al caer en la cuenta de que Jamie, probablemente, tendría algo en mente relacionado con la participación de Chris en las actividades de Acción de Gracias de las que habían estado hablando, asintió, dando su acuerdo.

—¡Hasta la próxima! —se despidió la directora de la OADASV.

Todos respondieron a su saludo y April se marchó después de un recorrido amable con la mirada alrededor de la mesa. 

Un recorrido que, muy convenientemente, pasó a la velocidad del rayo por Robert Bryan y la mujer que estaba a su lado.



* * * * *


Chris esperó a que Jamie y April se hubieran alejado para acercarse un poco a Ken.

—¿Soy yo, o estaba un poco rara al final? —le preguntó en voz baja.

Pero la proximidad les pasó factura a los dos. Sus miradas se encontraron intensas, incendiarias.

—Qué dilema —dijo él—. Ahora mismo no sé si responder o comerte esa boca preciosa que tienes, cachito a cachito…

Los ojos de Ken descendieron de manera ostensible a los labios femeninos.

Un estremecimiento recorrió a Chris, provocando un revuelo salvaje de mariposas en su estómago.

—Mentiroso —murmuró—. Ese no es tu dilema.

Sus ojos también recorrieron las facciones masculinas y se detuvieron en sus labios.

Ken inspiró hondo. Tenía razón, ese no era su dilema, en absoluto. 

—¿Qué crees que pasaría, si ahora tomara tu preciosa cara entre mis manos, abriera mi boca sobre la tuya y…? —Volvió a suspirar y no completó la frase.

Chris luchó contra sus propios deseos de comprobar lo que sucedería, a pesar de saberlo con lujo de detalles. 

También respiró hondo.

—Que un millón de fuegos artificiales iluminarían el cielo… —repuso, vibrando de emoción.

Ken se estremeció de la cabeza a los pies. 

—Haciendo materialmente imposible que siguiéramos manteniendo un perfil bajo —añadió ella, completando la frase.

Los dos dejaron escapar un suspiro. 

Esa era la cruda realidad. Tocarían el cielo con las manos un instante y, después, se estrellarían contra el asfalto de forma estrepitosa. En lo que concernía a los medios de comunicación, jamás volverían a levantarse del suelo. Ken estaba más que dispuesto a pagar ese precio; haría lo que fuera por ella. Pero luego, él era un personaje público y Chris, no. Para ella, proteger su privacidad seguía siendo importante. Era tan frustrante. 

Ken asintió. 

—¿Cambiamos de tema? —propuso con resignación.

Chris respiró profundamente. Su corazón debía haber enloquecido porque parecía estar latiendo en todas partes de su cuerpo, no solo en el pecho. Al fin, concedió con un ligero movimiento de la cabeza.

—Sí, creo que será lo mejor.

Ken se tomó unos instantes. Estaba muy acelerado. Necesitaba enfriarse y, sobre todo, calmarse.

Chris decidió aportar su granito de arena a la causa. Después de frotar cariñosamente su rodilla por debajo de la mesa, esbozó una sonrisa pícara.

—Pasó algo con April antes de que yo llegara, ¿a que sí?

La mirada traviesa de Ken le confirmó que estaba en lo cierto. Pero fueron sus palabras las que dispararon la curiosidad de Chris más allá del infinito: 

—¡Vas a flipar cuando te lo cuente!

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CRS-03.2. Superstar. Parte 2 Extras, 2. Capítulo 9


Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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9


A los Bryan y sus invitados les estaba tomando tiempo conseguir marcharse del asador. De hecho, llevaban un buen rato de pie, incapaces de alejarse de la mesa. La razón era la misma de siempre, podían cambiar los interlocutores, pero la escena se repetía una y otra vez. Uno de los dueños, la gerente de sala, los camareros que habían atendido su mesa y hasta el chef de turno se habían reunido en torno a ellos para despedirse y agradecerle a Ken su presencia en aquel respetado establecimiento de la ciudad. Algo que los Bryan tenían asumido desde hacía años, estaba resultando toda una novedad para quienes, como Jamie Daniels y la amiga de Bella, Sue Anderson, no estaban acostumbrados al tratamiento habitual que recibía el músico dondequiera que iba.

Durante todo el proceso, Chris se había mantenido en un segundo plano. Hacía un rato que había regresado a su lugar original en la mesa, cuando Tom les había avisado que iba a pedir la cuenta. Entonces, habían decidido con Ken que eso era lo mejor para su «perfil bajo». Sultán había estado a punto de delatarlos (otra vez). Al ver que su ama rodeaba la mesa y se alejaba, el cachorro había intentado liberarse para ir tras ella a base de dar saltos hacia delante, obligando a Tim a aferrarse a la correa con fuerza.

Pero que Chris estuviera físicamente lejos de Ken, no implicaba que su atención lo hubiera abandonado. Todo lo contrario. Ahora, junto a Lilly, Jamie y Tim, el mediano de los Bryan, que siempre que podía, elegía alejarse de tantas demostraciones de interés, los ojos de Chris no se apartaban de Ken. Miraban con disimulo, pero miraban. Procurando no perderse nada de lo que sucedía en el otro extremo de la mesa. A falta de abrazarlo fuerte, y besarlo, y experimentar una vez más esa plenitud que solo sentía cuando estaba en sus brazos, mirar a Ken cuando él no la miraba se estaba convirtiendo en su pasatiempo favorito. Adoraba su espontaneidad, su frescura, lo atento que era con todo el que se acercaba a saludarlo. Su forma de ser, tan natural y exenta de divismo, nunca dejaría de cautivarla. 

Jamie también atendía lo que estaba sucediendo en el otro extremo de la mesa, donde Ken, su padre y su tía estaban rodeados por el personal del asador. En su caso, lo hacía con sorpresa. No se le había ocurrido pensar que el estatus de famoso de Ken tuviera tal efecto más allá de los estadios o las salas de espectáculos donde actuaba. Hasta el momento, todos habían disfrutado de un par de horas muy agradables en aquel lugar. ¿Por qué, de pronto, hasta el cocinero le estaba rindiendo pleitesía? Solo faltaba que pusieran una alfombra roja a sus pies.  

—Como esto siga así, tendré que escaparme por la puerta de servicio o perderé el vuelo —guaseó.

Lilly lo cogió del brazo, risueña.

—No te preocupes, que no lo perderás. Estamos a quince minutos del aeropuerto. Vamos, que, si hace falta, podemos enviarte en plan disparo de catapulta desde el tejado…

Jamie le siguió la broma.

—¿Y crees que aterrizaré directo en el mostrador de Air Canada?

—¡Por supuesto! 

—Vale, entonces me apunto —repuso él.

Tim pensó en lo difícil que le estaría resultando a ese tipo presenciar tanta devoción hacia el hombre que se había quedado con el corazón de la mujer que amaba. Pero su mirada pronto se desvió hacia la amiga de Bella. En aquellos momentos, le estaba haciendo señas a su amiga de que se marchaba, algo con lo que, por lo visto, Bella no estaba de acuerdo.

Tim dudó unos instantes. Miró a Jim. Él estaba junto a Ken, a cargo de los tres cachorros. Como siempre, coqueteaba con el personal femenino que había en el comité de despedida. Era su forma de competir con Ken. Aunque, en este caso, debía reconocer que estaba siendo bastante más recatado de lo habitual. Se preguntó si la razón tenía que ver con la pelirroja que mostraba tantas ganas de largarse de aquel lugar. Al fin, decidió intervenir.

Se inclinó por encima de la mesa para que Sue Anderson pudiera oírlo.

—Voy a buscar el coche —le dijo—. Si quieres, sígueme y te voy abriendo camino.

La sonrisa de la muchacha mostró a las claras que su idea había tenido una buenísima acogida. Más que eso, Sue no tardó en ponerse en marcha. 

—Me voy —dijo ella en voz baja, despidiéndose de Jamie, de Chris y, en último lugar, de Lilly, a quien le dio un ligero abrazo que ella devolvió con su único brazo funcional—. Nos vemos pronto, ¿sí?

—¡Claro, Sue! 

A continuación, siguió a Tim hacia la otra cabecera de la mesa. Su envergadura le impedía ver lo que sucedía más allá de su imponente espalda, pero, desde el costado derecho, podía ver perfectamente las insistentes señas de Bella, reclamando que se quedara.

Sue no pensaba hacerle caso. Ya iba a tener que dar suficientes explicaciones en su casa, sin añadir más problemas llegando tarde. Además, ¿para qué quería Bella que se quedara? Su ridícula misión se había ido al garete cuando el individuo al que se suponía que tenía que entretener, se había mostrado amable pero nada interesado en conversar de leyes con ella. Probablemente, se había dado cuenta de sus verdaderas intenciones. Y en cuanto a Jim A Secas… Ahora entendía menos que antes por qué él no dejaba de llamarla. Desde luego, no había esperado encontrarlo en el asador. Mucho menos, descubrir quién era en realidad. No le parecía bien que le hubiera ocultado su verdadera identidad, pero después de que él se pasara toda la comida conversando con Lilly, se arrepentía de haberle dado a entender que podían quedar para salir alguna vez. Eso no sucedería. Verlo en plan jiji jaja con Lilly, le había dejado claro que quien le interesaba de verdad no era ella. ¿Quedarse? No. Lo que tenía que hacer era largarse cuanto antes.

La llegada de Tim junto a Ken, interrumpió la conversación con el equipo del asador durante unos instantes.

—Disculpa, Ken… —le dijo a su hermano—. Voy a buscar el coche. Jamie tiene que coger un vuelo…

Tom aprovechó la coyuntura sin pensárselo dos veces. Ya le habían fastidiado sus planes vespertinos; si se largaban ya, quizás lograra que sus planes nocturnos sobrevivieran.

—Yo voy a buscar el tuyo —intervino—. Te espero en esa calle. —Señaló la puerta por la que habían entrado. Era la calle posterior del asador, donde había menos transeúntes.

Ken asintió repetidas veces con la cabeza. Le dio sus llaves a Tom.

—¡Claro…! ¿A qué hora sale el vuelo? ¿Vamos con tiempo o hay que echar a correr? —Había sido una pregunta retórica, puesto que enseguida volvió a poner su atención en el dueño del restaurante—. Lo siento. Voy a tener que marcharme…  

Mientras Ken se despedía del personal dándole la mano uno a uno, Tim se puso en movimiento. Sue lo siguió, ignorando las miradas de todo el mundo. En especial la de Jim, que estaba junto a Ken y al verla detrás de Tim, incluso la llamó. Ella hizo caso omiso.

—Eh… —insistió Jim, tomándola con suavidad de un brazo—. ¿Te marchas ya?

Sue se detuvo de mala gana, se volvió a mirarlo. Su mirada pasó de los ojos masculinos a la mano que la sujetaba por el brazo y, nuevamente, a los ojos de Jim.

—¿Te importa? —le dijo. Su voz sonó razonablemente neutra, pero sus ojos destilaban enfado. 

Jim liberó su brazo. No porque ella se lo hubiera pedido, sino porque los cachorros se alborotaron, obligándolo a tirar de sus correas y llamarlos al orden. Pero enseguida regresó su atención a la pelirroja.

—Te he llamado y has seguido andando… —se excusó.

—¿Será porque tengo que irme? —repuso, todo ironía. Al fin, exhaló el aire por la nariz y volvió a darse la vuelta—. Adiós, Jim.

El pequeño de los Bryan frunció el ceño.

 ¿Cómo que «adiós, Jim»?

—Espera un momento… —pidió.

 Y tuvo la malísima idea de volver a tomarla de un brazo.

Esta vez, Sue se soltó de un movimiento brusco, airado, que sorprendió a Jim. 

Y lo cabreó muchísimo.

—¿Se puede saber qué pasa? —le espetó.

Tim, que se había hecho a un lado para dejar pasar a la muchacha ahora que ya habían atravesado el apretado grupo de gente, al ver que ya no lo seguía, también se detuvo. Pensó que Jim estaba superando con creces sus niveles habituales de estupidez cuando trataba con una chica. ¿A qué tanto interés ahora por alguien que había tenido sentada al lado toda la maldita tarde sin hacerle ni puñetero caso?

Regresó sobre sus pasos con evidente molestia y se metió en medio de los dos sin miramientos.

—Tenemos que irnos, Jim. Lo que tengas que arreglar, déjalo para luego. —Acto seguido, miró a Sue—. ¿Vamos?

—Por supuesto —repuso ella.

Jim miró a su hermano contrariado. Apartó ligeramente su brazo libre del costado del cuerpo en un gesto de incomprensión, que Tim ignoró por completo.

—¡Eh! —volvió a decir Jim, digiriéndose a él. Esta vez, no fue un llamado de atención amistoso.

Tim se volvió, pero no se detuvo. Habló mientras se alejaba.

—Parece mentira que tenga que explicártelo, tío… Tranquilo, te lo voy a deletrear, si hace falta. Pero ahora, no. 

Jim respiró hondo y regresó su atención a Ken. El personal se estaba despidiendo de Robert y Doreen, por lo que el ritual estaba llegando a su fin. En cinco minutos, todos estarían fuera del asador. La imagen de Sue marchándose con Tim seguía clavada en su mente. Que la pelirroja no hubiera esperado a nadie para marcharse, le había sorprendido. Pero no había sido eso lo más inesperado, sino que se fuera con Tim. No acababa de ver claro qué pintaba su hermano en el asunto. 

Desde luego que Tim iba a tener que deletreárselo, pensó. 

Y ahora que tenía «oficialmente» el teléfono de la pelirroja, ella también iba a tener que explicarse. Muy, pero muy bien.

Asintió con la cabeza, reafirmando sus pensamientos.


Jim no era el único sorprendido por la marcha de Sue. La escena que estaba presenciando era del todo inesperada para Bella. Y eso, que tampoco había esperado que el pesado del que tanto se quejaba Sue fuera el mismísimo Jim Bryan. 

Bella siguió con sumo interés a su amiga y al mediano de los Bryan, hasta que desaparecieron del jardín. 

Al igual que le sucedía a Jim, algo no acababa de cuadrarle en esa imagen.


* * * * *


Tim abrió la puerta del asador y le cedió el paso a la amiga de Bella. Una vez que los dos estuvieron en la acera, sonrió.

—Ya eres libre como el viento. Espero que lo hayas pasado bien… Y que mi hermano no haya hecho nada… —Iba a decir «reprochable», pero Jim no hacía cosas reprochables, solo estupideces, la mayoría de las veces inofensivas. A último momento la cambió por otra palabra—. Inconveniente. Es un buen tío, muy bueno —enfatizó—, pero, a veces, es…

Para su propia sorpresa, habida cuenta del enfado que sentía, Sue también sonrió. 

—¿Inmaduro? —propuso.

 Vio cómo los impactantes ojos celestes del mediano de los Bryan rebosaban picardía.

«Sí, como un crío de ocho años», pensó Tim, riendo. Obviamente, no pensaba admitirlo ante la única chica que parecía capaz de mantener el interés del «veleta» de su hermano durante tanto tiempo.

—No te preocupes. Lo he pasado muy bien. Y en cuanto a tu hermano… Bueno, yo creo que no ha hecho más que ser él mismo. Nadie puede culparlo por eso, ¿no? —Apretó contra su pecho los libros que sostenía entre sus brazos—. Debería irme ya…

«Nadie puede culparlo, pero…». Casi había podido oír la objeción flotando en el aire. Un «pero» definitivo que, probablemente, ya había dejado a Jim fuera del juego. O no tardaría en hacerlo. ¿Tendría que ver con que el idiota se hubiera pasado buena parte de la tarde «siendo él mismo» con Lilly? Si era eso lo que había desencantado a la chica que estaba frente a él, quizás debería decirle que se equivocaba. Jim y Lilly siempre estaban igual. No había nada especial entre ellos. No, en el sentido romántico de la palabra. Pero, luego, ¿quién era él para meter sus narices en los asuntos de Jim? No conocía bien a Sue Anderson. Solo sabía de ella que era una experta en darle calabazas a su hermano menor. Lo cual, ahora que la veía en persona, no le extrañaba para nada. Ella parecía tener toda la madurez que a Jim le faltaba. Se notaba a la legua que no era ninguna chiquilla.

—En eso discrepo. Te he ayudado a huir del frente de batalla —Sue sonrió y bajó la cabeza. Desde luego, poco le había faltado para salir corriendo—, pero creo que deberías permitirnos que te lleváramos a tu casa. Mi padre me leerá la cartilla por dejar que te marches sola. 

Sue asintió con la cabeza varias veces considerando lo dicho por Tim. Si él supiera lo harta que estaba de que la llevaran a casa sana y salva, de que siempre hubiera alguien guardándole las espaldas…

Suspiró.

Pensaba coger un taxi. Pero, antes, debía despedirse de la familia y darles las gracias, como era debido.

—Vale. Todo sea por que no te lean la cartilla —concedió.

Tim se lo agradeció con un gesto de la cabeza y volvió a cederle el paso caballerosamente.

—¿Me acompañas a buscar el coche? —la invitó—. Está aquí cerca.

Ella fingió ponerse seria.

—Si digo que me quedo, me quedo. ¿No te fías de mí? 

—Qué va… Es que me daba no sé qué irme y dejarte aquí, esperando —se apresuró a explicar él.

Hasta que vio que una sonrisa iluminaba aquel rostro lleno de pecas.

Tim sacudió la cabeza.

—Bromeabas, claro.

—Diría, más bien, que me estaba burlando —repuso ella, divertida—, pero si tú lo prefieres, podemos dejarlo en «broma». Es mucho más inocua que «burla».

Tim la miró gratamente sorprendido.

—Así que, te burlabas… ¿Y lo admites, así, sin más, y te quedas tan fresca? —dijo—. Creía que los abogados prefieren optar por negarlo todo…

—O por acogerse a su derecho a no responder.

—Pero tú lo estás admitiendo… —señaló él, dedicándole una mirada pícara—. Así que, dime, ¿dónde está el truco?

Ella se rio de buena gana.

—¿En que todavía no soy abogada? —repuso.

Y los dos continuaron conversando y riendo mientras se alejaban calle abajo.


* * * * *


Todos los coches estaban detenidos en línea frente a la salida del asador, mientras la familia y sus invitados se ponían de acuerdo para repartirse en los vehículos disponibles.

A Ken le estaba costando dios y ayuda atender las sugerencias que hacía su padre. Todos formaban un corrillo y tenía a Chris justamente frente a él, dedicándole sonrisas dulces cada vez que sus miradas se cruzaban, lo que sucedía cada minuto y medio.

—Disculpe que le interrumpa, señor Bryan —intervino Sue, muy educadamente—. Tengo que marcharme. Mi padre es muy estricto con el horario de mis salidas. Gracias a todos por un rato tan agradable. La comida y la compañía han sido insuperables —dijo con una sonrisa, recorriéndolos rápidamente con la mirada. Al fin, se dirigió a Ken—. Me ha encantado conocerte en persona. Como te imaginarás, llevo años escuchando hablar de ti a todas horas… —dijo, dedicándole a continuación una mirada capciosa a su amiga Bella.

Ken volvió a aterrizar en la realidad de golpe. Sonrió. Esa era, por lo general, su reacción habitual… supiera de lo que le estaban hablando, o no.

—Gracias a ti por acompañarnos esta tarde —repuso él. Su mirada sobrevoló a su hermano menor. Le divirtió ver aquel gesto de «como digas lo que estás pensando, te zurro».

Pero no fue Ken quien lo hizo, sino Robert.

—Faltaría más, Sue. Si tu padre se preocupa tanto por tu bienestar, se quedará mucho más tranquilo si ve quiénes somos los responsables de que te hayas retrasado. Nosotros te llevaremos a tu casa —le aseguró. 

Sue cruzó miradas con Tim y comprendió que no tenía ningún sentido negarse. 

—Si insiste… Se lo agradezco mucho, señor Bryan —concedió, al fin.

—Insisto —dijo Robert con una sonrisa amable—. Mientras tanto, Jim se pondrá camino del aeropuerto con Chris, Lilly y Jamie. Y Ken se despide de todos aquí y se lleva a sus cachorros a casa, donde no puedan seguir llenándonos de pelos, ¿verdad? 

Como si los perros supieran que estaba hablando de ellos, empezaron a dar vueltas alrededor de su amo, moviendo la cola.

Ken palmeó la espalda de su padre con cariño. 

—No me quejaré. Hoy te has portado de lujo. No les has gruñido a los peludos ni una sola vez. Bien hecho, papá.

Jim se tragó su desacuerdo. También su desconcierto al comprobar que mientras la pelirroja lo ignoraba a él, parecía entenderse de maravilla con Tim. Decir algo sería una descortesía hacia Lilly, Chris y Jamie, y él era un Bryan; simplemente, no podía hacer eso. Se puso en marcha, intentando ocultar lo poco que le gustaba aquella situación. 

—Ya nos veremos —le dijo a Sue al pasar a su lado.

«No lo creo», pensó ella, pero se limitó a ofrecerle una sonrisa de plástico.

—Jim, espera un momento —reaccionó Ken y fue a reunirse con él a un par de metros del corrillo familiar. Le puso un brazo sobre los hombros y habló en un tono muy bajo—. Tan pronto atravieses la verja electrónica del rancho, paras y me llamas. Me esperas allí hasta que llegue, ¿de acuerdo?

—¿Estás planeando escaparte con tu chica sin herir la sensibilidad familiar? —dijo Jim, casi al borde de la risa—. Sí que estás desesperado, hermano…

Ken ignoró la guasa. Para bromitas estaba él…

—¿Estamos de acuerdo? —insistió y cuando vio que Jim asentía con entusiasmo, le dio dos palmadas en el hombro donde había posado su brazo—. Genial. 

En su camino de regreso al corrillo, Ken se detuvo frente a Jamie. 

—Si voy al aeropuerto contigo, se organizará otro tumulto de gente y no podrás despedirte a gusto de tus chicas —le dijo, mirando cariñosamente a Lilly que se había cogido del brazo de Jamie, como si quisiera retenerlo en la ciudad. 

Por supuesto, no miró a la otra de sus chicas, a pesar de que Chris estaba ahora junto a Jamie. Toda la situación estaba poniendo a prueba su paciencia desde hacía horas y cada vez se le hacía más difícil mantener las apariencias. 

Jamie asintió agradecido. Con el tumulto del asador había tenido más que suficiente.

—Claro, Ken. Además, estarás harto de aeropuertos… Gracias por todo. Lo he pasado muy bien. Me he sentido muy a gusto con tu familia.

—¡De nada, hombre! Nos ha encantado tenerte en casa. Vuelve cuando quieres. Siempre serás bienvenido en Mystic Oaks —repuso él, y le tendió su mano. 

Las palabras de Ken sonaron a lo que eran; la confirmación de que lo que hubiera sucedido entre los dos en el pasado, estaba superado.

Jamie esbozó una sonrisa agradecida. Finalmente, le estrechó la mano.

—Lo haré. No creas que vais a libraros de mí tan fácilmente…

Chris bajó la vista cuando la emoción le arañó la garganta. Se sentía muy orgullosa de Ken y también de Jamie. Que hubieran encontrado un punto de entendimiento, le permitía no tener que elegir entre dos personas muy importantes en su vida. 

—¡En marcha, señores! —pidió Ken, dando una palmada—. Antes de que venga la policía a decirnos que no podemos detenernos aquí… ¿Vienes conmigo, Bella?

Ella lo miró con asombro. Un instante después soltó una carcajada.

—¡Ay, cómo eres…! —dijo al tiempo que sacudía la cabeza—. ¿De verdad crees que hay alguna mujer en esta galaxia que respondería que no a esa pregunta? ¡Tu humildad me mata, Ken! —exclamó, haciendo reír a todos.

Y echó a correr detrás de su ídolo que, riendo, ya estaba abriendo la puerta de su F-150 para que los cachorros saltaran al asiento posterior.

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©️2024. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
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