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Proyecto CRS-03.2

Superstar. Extras, 2


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Superstar, 2. Extras, 2, de Patricia Sutherland.
Un proyecto de Club Románticas Stories.


CRS-03.2. Superstar. Parte 2 Extras, 2. Capítulo 10


Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
__________________________________________

10



Downtown Nashville.

Nashville, Davidson County, 

Tennessee.


Ken se rio ante la expresión de Bella al preguntarle dónde vivía. Apenas habían recorrido un par de calles cuando él había caído en la cuenta de que ignoraba qué dirección tomar.

—Espera… ¿Vas a llevarme a casa? —preguntó ella, asombrada.

Él sacudió la cabeza risueño.

—Claro. Te habría dicho «claro, soy un Bryan», pero como eso ya lo sabes, lo he dejado en «claro»…

Una sonrisa inmensa se abrió paso en el rostro de Bella.

—¡Por supuesto que lo sé! —se rio, pero enseguida añadió ilusionada—: siempre te superas, ¿sabes? Cuando creo que ya no puedes subir más alto en mi escala de ídolo indiscutible y total, vas y haces algo que me deja con la boca abierta otra vez… Eres una persona increíble… 

Ken recibió el cumplido con un asentimiento de la cabeza. En su opinión, no había nada de especial en lo que hacía. Al margen de «ser un Bryan», estaba en deuda con la chica que iba en el asiento del copiloto. Tenía con ella una clase de deuda que jamás iba a poder pagar. 

—Vale. Entonces, ¿qué? ¿Sigo por esta calle o giro en la próxima? —le preguntó.

Iban por Broadway, alejándose del populoso centro que, siendo domingo por la tarde, estaba a rebosar de locales y de turistas.

—Sigue recto —pidió y, a continuación, le explicó la mejor ruta para llegar a su casa. 

Bella vivía al noroeste del centro de la ciudad, en una zona donde abundaban los pisos para estudiantes, situada en pleno corazón de North Nashville, el barrio donde históricamente se asentaba la comunidad negra. 

—Qué silencio, ¿no? —dijo ella al cabo de un rato.

Se dio la vuelta para mirar el asiento de atrás. Sonrió al ver que los cachorros estaban echados unos contra otros, en un revoltijo de patas y orejas. Sultán usaba los cuartos traseros de Noah a modo de almohada y el cuello de River como «reposapatas». Parecía disfrutar de la mullida cama que se había oficiado entre los cuerpos de los dos grandes Terranovas.

—Creo que es la primera vez que los veo tan tranquilos…

Ken asintió con una sonrisa orgullosa. Pero por más satisfecho que estuviera de lo bien que se portaban sus peludos, la verdad era que aún eran cachorros y la tranquilidad no formaba parte habitual de su comportamiento.

—Grábalo en tus retinas porque no sucede a menudo —concedió.

Fue entonces cuando Bella vio el morro del monovolumen que los seguía a corta distancia. Era el Toyota RAV4 negro metalizado de Shane Norton. 

—¿Tienes algo programado para esta tarde? —le preguntó. Ken negó con la cabeza—. Que sepas que Shane nos sigue —añadió, procurando que no se notara cuánto le había agradado el descubrimiento.

Ken lo sabía. Aún así miró por el retrovisor el coche de su jefe de seguridad. Lo sucedido con Sandy había caldeado los ánimos de todo su entorno. A Tom, de hecho, lo tenía muy nervioso. Le había dicho a Shane «te quiero pegado a su sombra» y él lo estaba cumpliendo a rajatabla. 

Sonrió cuando el pensamiento apareció en su mente y un instante después lo soltó sin anestesia.

—A lo mejor quiere averiguar dónde vives… —dejó caer. La miró de reojo y sonrió al ver sus ojos muy abiertos. Detrás de aquellas pestañas cargadas de rímel, había un brillo chispeante imposible de ocultar.

Sin embargo, la respuesta que recibió no fue la que Ken pensaba que sería.

—¿Y tú crees que no lo sabe? 

La cara de Ken se torció en una sonrisa pícara.

—Oye, perdona. No pretendía meter mis narices en tus asuntos personales…

Ella se echó a reír.

—No hay nada personal, Ken. —«De momento», pensó Bella, pero no lo dijo. En cambio, hizo las aclaraciones oportunas—. Es un tipo muy meticuloso. Necesita saber que tiene todos los cabos bien atados. 

—Ah, ya entiendo. Y como eres la presidenta de mi club de fans, tú eres un cabo muy importante… —dijo, siguiéndole el juego.

Bella asintió, su sonrisa radiante en ristre.

—Una excusa perfecta, ¿a que sí? —apuntó.

Vio que Ken sacudía la cabeza y se reía. 

Bella también sacudió la suya. En su caso, había más resignación que otra cosa. Algo que quedó claro cuando dijo:

—¿Te imaginas lo que debe haber supuesto para un hombre como él abrirse a una mujer y que ella acabara estafándolo, dejándolo literalmente con lo puesto? Le tomará tiempo volver a confiar en alguien. —«Y mucho más tiempo aún, reconocerlo sin estar cagadito de miedo», pensó. Una vez más, decidió no abundar en el tema.

Ken se quedó de piedra. Bella se refería a que el matrimonio de Shane había hecho aguas, algo de lo que él estaba al tanto. También sabía que el divorcio había sido malo. No así que hubiera mediado una estafa. Hasta aquel preciso momento había creído que, simplemente, se había tratado de un naufragio sentimental.

—Guau… Esas son palabras mayores. Shane nunca ha mencionado nada… Bueno, no es que sea muy conversador —admitió. En realidad, los datos que conocía acerca de su malísimo divorcio, tampoco habían provenido de su jefe de seguridad—. ¿Cómo sabes lo que sucedió? 

Bella emitió una risita socarrona. 

—¿Te olvidas de con quién estás hablando?

Desde luego, no lo sabía por Shane. Era un tipo que hablaba lo imprescindible y jamás de su vida privada. Lo sabía porque Ken Bryan era su ídolo desde la adolescencia y todo lo que tenía que ver con él le importaba. Su jefe de seguridad le interesaba de una manera muy especial y su interés por él no era reciente; databa de años.

—Para ahí —pidió Bella, señalando un sitio libre de coches varios metros más adelante.

Ken señalizó la maniobra antes de aparcar. Vio por el retrovisor que Shane se detenía detrás, en doble fila, y ponía la intermitencia. 

—Gracias por seguir demostrándome que eres lo que siempre he creído que eras… —dijo la muchacha, agradecida. Decidió que lo mejor era largarse antes de emocionarse demasiado—. Y como sé que estarás deseando llegar a tu adorado rancho, me voy corriendo para que puedas irte…

Ken agradeció el nuevo cumplido con un asentimiento de la cabeza, pero la retuvo por un brazo.

—Espera, por favor… Me gustaría comentarte algo… ¿Tienes mucha prisa o…? —Al ver el gesto de la joven, asintió con la cabeza, risueño—. Vale, vale… No tienes prisa… De acuerdo, veamos… Esta semana los chicos y yo nos reuniremos para nuestro primer ensayo.

—¡Al fin! —apuntó Bella.

Ken asintió. Reunir a su nueva banda de músicos había sido un proceso largo y, hasta cierto punto, tedioso y tenía que admitir que, en buena parte, él era el responsable de que hubiera resultado así. Las comparaciones eran odiosas, pero no había podido evitar hacerlas cada vez que entrevistaba a un nuevo candidato. Le había costado decidirse a formar una nueva banda. Sabía que era necesario. No podía seguir actuando con músicos distintos cada vez que pisaba un escenario. Pero se trataba de algo que nunca se le había cruzado por la imaginación que alguna vez tendría que hacer. Había dado por hecho que, si regresaba a los escenarios, sus antiguos músicos lo harían con él. Pero solo uno de ellos formaría parte de su segunda banda; Taylor Benson. 

—Al fin, sí… —concedió—. El miércoles solo estará Chris…

Bella no lo dejó continuar.

—¿Será su presentación oficial? —lo pinchó con expresión pícara.

Lo sería. Aquella misma mañana, Chris había dado luz verde a acompañarlo en sus mini giras musicales y eso había precipitado las cosas. Quería que sus músicos la conocieran antes de que se vieran las caras en algún camerino de los tantos por los que pasaba a lo largo del año. Taylor, que había estado mucho tiempo junto a él, comprendería el mensaje oculto en la botella y se ocuparía de hacerlo rodar entre los nuevos miembros de la banda. Chris era la primera mujer que su banda conocería mediante una presentación formal por su parte. La primera y la última.   

—Sí, bueno… Espero que esté disponible…  Todavía no lo sabe —se rio cual niño que acaba de hacer una travesura.

—¡¿Cómo que no lo sabe?! ¡Presentarle a tus músicos es como presentarle a tu familia!

Él se rio más fuerte al recordar cómo había sido la presentación familiar. 

Bella leyó entre líneas.

—¡No me digas que la pillaste desprevenida! 

—Casi —admitió él—. ¡Se enteró cinco minutos antes! Pero esta vez, se lo diré con más tiempo…

Ambos se rieron con complicidad. Ken continuó.

—Vale, entonces, el miércoles será para Chris y el jueves me gustaría poner en práctica una de tus ideas… 

—¡¿Sí?! —repuso, rebosante de ilusión—. ¿Cuál? 

Ken disfrutó como un niño de la alegría que Bella emitía por cada poro de la piel antes de responder.

—¿Qué te parece si sorteamos diez pases para ver el ensayo en directo entre los miembros del club? 

De no ser alguien tan alegre por naturaleza, Bella habría podido ponerse a llorar de la emoción. Desde el principio, había insistido en que Ken se implicara más con sus fans, convencida de que la clave de su éxito futuro pasaba por los millones de seguidores que lo adoraban a lo largo y ancho del país. Adoraban su música, desde luego. Pero adoraban tanto o más la clase de artista que era. Su sencillez, el cariño con que trataba a quienes se acercaban a saludarlo, su permanente disponibilidad hacia las personas que habían hecho posible que llegara tan alto en un entorno tan tradicional como el de la música country. Si hubiera dependido de ella, el club sería una parte viva, siempre presente en cada actuación de su ídolo, allá donde él fuera. Sin embargo, Ken tenía sus propias prioridades y el amor de pareja, que por primera vez en su vida, tenía un lugar importante en sus días, había sido, en buena medida, lo que había marcado el ritmo de los acontecimientos. 

Bella se puso a aplaudir al tiempo que exclamaba:

—¡Qué bien, qué bien, QUÉ BIENNNN! ¡Te daría mil besos, si no fuera porque la idea es mía! —Se echó a reír—. Perdona… No es que no te los daría de otra forma… A ver, que quede claro que pienso que eres el individuo más besable del universo… Quiero decir que… ¡Ay, Bella, por qué no te callas de una vez!

Ken se desternilló de risa ante los intentos de la joven de explicarse. Y al fin, le dijo lo que ella espera oír:

—Deduzco por tu alegría que la respuesta es sí, así que lo dejaré en tus eficientes manos y me olvidaré de este tema, Bella. ¿Te parece bien?

Ella asintió con entusiasmo, sus ojos brillantes de ilusión.

—¡Me parece perfecto! ¡Gracias por traerme! ¡Y, ahora, me voy corriendo! —exclamó alegremente, cuando ya estaba saltando fuera de la furgoneta.

Ken la siguió con la mirada complacido. La vio rodear su vehículo por la parte posterior, detenerse junto a la ventanilla del conductor del Toyota aparcado en doble fila y pedirle con un gesto que bajara la ventanilla.

Shane había obedecido y ella había asomado un poco la cabeza al interior del vehículo.

Quien hablaba, principalmente, era Bella. Sonreía y gesticulaba, como era habitual. Desde donde estaba, Ken no podía ver todo el rostro de Shane, pero tenía la sensación de que se trataba de una conversación, no de un monólogo. En todo caso, que su jefe de seguridad permaneciera a la escucha, le parecía un salto olímpico en el comportamiento social de aquel hombre que rebosaba energía, pero era tan parco en palabras.

Dios, pensó, lo que daría por ser un pajarito para poder posarse sobre el techo del Toyota y oír lo que se decían.


* * * * *


—Permíteme, yo los llevo —pidió Tim, tomando el lote de libros que Sue se disponía a coger del asiento de atrás.

Ella lo miró algo desconcertada. Sin embargo, notó que el padre y la tía de Tim continuaban como si nada. Mirándola con una sonrisa, probablemente esperando que acabara de recoger sus bártulos para escoltarla hacia el interior del edificio.

—Puedo llevarlos —comentó al tiempo que se ponía la mochila sobre los hombros—. Estoy acostumbrada.

—Ya… —se limitó a decir Tim. Pero no hizo el menor ademán de devolverle los libros.

Sue lo dejó por imposible. Tenía la cabeza en otra cosa. Concretamente, en lo que sucedería en cuanto entrara en su casa.

Recorrió el corto camino que la separaba del coche de los Bryan hasta la entrada de su edificio, bastante más nerviosa de lo que estaba dispuesta a reconocer.

No quería imaginar la cara de sus padres cuando la vieran llegar acompañada de tres guardaespaldas. Pero no había podido convencer a Robert Bryan de que era suficiente con dejarla en la puerta de su casa. Él había insistido con aquellos modos amables, incluso dulces, que le había visto utilizar con anterioridad aquel día, pero tan firmes que hacían imposible negarse.

Al intercambiar miradas con Tim, Sue comprendió que su nerviosismo no era compartido. Se lo veía relajado. Como si llevar a alguien a quien acababa de conocer a su casa y presentarse formalmente a sus padres fuera su pan de cada día. Entonces, cayó en la cuenta de que, probablemente, así era. Su mirada le decía «relájate, todo irá bien» y ella quería creerle. Pero, en aquel asunto, la diferencia entre aquel tipo imponente de perilla perfecta y ella, era que Sue conocía a Peter Anderson y Tim, no.

Su padre era un buen hombre, una persona plenamente entregada a su familia, a su trabajo, y a su comunidad, pero nunca había tolerado de buen grado que se infringieran las normas que regían su hogar. Y aquel día en particular, ella las había infringido dos veces. Primero, al decir que pasaría la tarde con Bella haciendo algo muy diferente de lo que al final habían estado haciendo, lo cual había llegado a oídos de su padre. Segundo, al regresar a casa con casi dos horas de retraso. Que la acompañaran tres adultos desconocidos para su familia era la guinda del pastel. Hasta a ella misma le parecía una rebuscada artimaña para evitar la reprimenda.

Tomaron el ascensor que los condujo a la tercera planta de un edificio de cuatro plantas. Había dos viviendas y la de los Anderson lucía el número «1» junto a la puerta. Sue tocó el timbre tres veces antes de introducir la llave en la cerradura. Dos vueltas de cerrojo más tarde, abrió la puerta y entró en la vivienda al tiempo que anunciaba:

—¡Hola a todos! ¡Ya estoy en casa y vengo acompañada!

Sue se quitó la pesada mochila de la espalda y la dejó en el suelo, apoyada contra el lateral del mueble del gran mueble librería que había en la entrada. Iba a ponerse en marcha cuando recordó que parte de sus libros estaban en poder de Tim, y se volvió.

—Permíteme —dijo, burlona, usando la misma palabra que Tim había usado antes. A continuación, cogió sus libros y los depositó junto al florero de cristal tallado cargado de flores silvestres, ante la sonrisa divertida del mediano de los Bryan.

Ante ellos, había un largo pasillo del que salían puertas a ambos lados. Algunas de ellas eran acristaladas y reflejaban la luz de las estancias a las que pertenecían. El ambiente era fresco y podía percibirse un suave aroma a jazmín proveniente de pequeños aromatizadores situados en distintas superficies de la casa. La vivienda era luminosa, decorada en colores claros, y las paredes mostraban una exposición de fotos familiares que recogían la evolución de Sue y la de sus hermanos a lo largo de los distintos períodos de su vida.

Tim no pudo evitar reír al ver aquel primer plano de una niña pecosa y regordeta, con el pelo alborotado, que se señalaba la boca rebosante de orgullo. La risa de Tim venía a cuenta de que a esa sonrisa radiante le faltaban los dos paletos1. No tardó en comprobar que él no era el único a quien le había hecho gracia. 

Ajena a lo que sucedía un metro detrás de ella, Sue condujo a los Bryan hacia el salón. Sin embargo, el encuentro tuvo lugar en el mismo pasillo, cuando de una estancia situada a la izquierda, aparecieron los padres de la joven. La mujer era rubia, de complexión rotunda y cincuenta y tantos años. El hombre era alto y delgado, de cabello pelirrojo, corto y ensortijado, y unas gafas de ver redondas con el marco metálico.

El hombre posó la mirada sobre su hija. El enfado y la molestia que sentía eran evidentes. Permaneció en silencio. 

La mujer tampoco dijo nada, pero, con disimulo, apretó cariñosamente el brazo de su hija, animándola a hacer las presentaciones.

—Papá, mamá, estos son los Bryan… —empezó a decir Sue.

Doreen posó una mano sobre el hombro de la joven antes de interrumpirla.

—No, exactamente. Ellos son Bryan, yo soy Montgomery —la corrigió, y para alivio de Sue, enseguida tomó el relevo—. Disculpen que nos hayamos presentado sin más, pero les aseguro que hay una razón para irrumpir de esta forma tan inadecuada… Teníamos más invitados de los que podíamos atender como nos gusta hacerlo y, por suerte, Sue y Bella fueron en nuestro rescate…

—¿Conocen a Bella? —preguntó la mujer, interesada.

Su talante era muy diferente del de su marido, notó Robert. Parecía complacida de saber que ellos también conocían a la amiga de su hija.

—Sí, es una chica maravillosa —repuso él.

Robert no estaba seguro de si debía aclarar que Bella era la presidenta del club de fans de Ken. Quizás los Anderson aún no habían asociado el apellido Bryan con el famoso de la familia, por lo que decidió no abundar en el asunto.

—Oh, desde luego que sí. Nosotros la queremos muchísimo. La conocemos desde que era así —dijo la madre de Sue, indicando la altura de una niña con un gesto de la mano.

La voz de la mujer había sonado tierna al referirse a Bella. En cambio, su marido se había limitado a hacer un ligero asentimiento con la cabeza. Eso le había revelado a Robert que el hombre no veía a Bella con tan buenos ojos como su mujer. Podía entenderlo. La joven era un torbellino y el hombre, en palabras de su propia hija, una persona muy estricta. Seguro que no habría sido fácil conciliar ambas cosas.

La intervención de Doreen arrancó a Robert de sus pensamientos.

—Su hija nos ha hecho un gran favor acompañándonos durante la comida en el asador The Grill —dijo Doreen—. Y hemos querido devolverla personalmente a casa… Sana y salva —enfatizó con una sonrisa cordial—. Soy Doreen Montgomery, él es mi cuñado, Robert Bryan, y este apuesto joven es mi sobrino mediano, Tim.

Las palabras «sana y salva» parecieron tener un efecto tranquilizador en el padre de Sue, que enseguida adelantó una mano con actitud amable.

—En tal caso, muchas gracias por traerla de vuelta a casa. Soy Peter Anderson y esta es mi esposa, Claire… —Después de que su mujer y él mismo intercambiaran saludos con todos, señaló hacia el final del pasillo—. ¿Pasamos al salón?

—Sí, por favor, pónganse cómodos —dijo Claire con amabilidad—. Yo voy a hacer café.

Robert se apresuró a declinar.

—Gracias, señora Anderson, pero me temo que no podemos quedarnos… 

—Así es —volvió a intervenir Doreen después de dedicarle a su cuñado una rápida mirada objetora—, pero con mucho gusto pasaremos al salón unos minutos. El café, si no le importa, lo dejaremos para otra ocasión.

—Faltaría más —concedió la mujer, cambiando de rumbo.

Los dueños de la casa se pusieron en marcha, seguidos por Robert y Doreen. Los más jóvenes iban en último lugar, a cierta distancia, andando uno junto al otro.

Tim sonrió al ver la cara de alivio de Sue. Se inclinó un poco  hacia ella y murmuró:

—Mi tía es genial robando balones… Un momento lo tienes tú, y al siguiente, lo tiene ella y ni siquiera te has dado cuenta de que te lo ha quitado… Bueno, es genial en todo, no solo en eso. Pero, ya me entiendes…

Sue lo miró. Era imposible no notar el orgullo en su voz al hablar de la mujer que, en efecto, se había hecho cargo de la situación con maestría.

Tim continuó.

—En cinco minutos, se habrá llevado de calle a todo el que esté en ese salón, sea de tu familia o no. Que no te extrañe si al final acaba poniéndose de acuerdo con tu madre para organizar alguna cosa; llámese comida, merienda, mercadillo solidario… Lo que sea. —Sacudió la cabeza divertido—. Con un poco de suerte, creo que también te librarás del rapapolvo. Nada mal para un cuarto de hora, ¿eh? —dijo, y coronó sus palabras, haciéndole un guiño.

Sue continuó mirando a Tim complacida. Su primera impresión de él era distinta de la que se había llevado de sus hermanos. Ken le había parecido un tipo amable, pero, dado que lo había conocido en una comida en la que participaban varias personas, ignoraba si ese era su talante natural o venía impuesto por las circunstancias. Bella, que lo conocía bien, no era nada objetiva. Para ella, Ken Bryan era la primera maravilla del mundo, de modo que no podía tener en cuenta su opinión. En cuanto a Jim A Secas… Hasta el día anterior, el adjetivo que usaba para definirlo era «engreído». Ahora lo había cambiado por otro aún peor; «inmaduro». En cambio, Tim… Él le había parecido un tipo serio y reservado. No había tardado en sumar otro calificativo; amable. Ahora, acababa de sumar otro más; lo bastante seguro de sí mismo para reconocer abiertamente lo que sentía hacia otras personas. 

A Sue le gustaban los hombres que no tenían reparos en hablar de emociones y en demostrar sus sentimientos, a pesar de que socialmente eso no estuviera bien visto en alguien que había nacido con los cromosomas XY. Por eso se llevaba tan bien con su hermano Alex y, en cambio, chocaba frontalmente, con su hermano Rick. 

—La admiras —dijo ella. No había sido una pregunta, sino una afirmación categórica. 

Tim no conocía a nadie que no adorara a su tía. Todo el mundo la quería y la respetaba. En su opinión, era una gran mujer que había tenido (y seguía teniendo) un papel fundamental en su vida y en la de sus hermanos. Por supuesto, también en la de su padre. No podía imaginar cómo habría sido la vida de Robert Bryan, si al morir su esposa, dejándolo con dos niños pequeños y un bebé, no hubiera contado con el apoyo incondicional de Doreen Montgomery.  

—Pues sí, ahora que lo dices… ¿Tan evidente es? —le preguntó con una sonrisa.

Y vio que Sue asentía con aquel gesto travieso que ponía a bailar las simpáticas pecas de su rostro.


* * * * *


Mientras Lilly y Chris acompañaban a Jamie a obtener su tarjeta de embarque, Jim aprovechó para hacer una llamada. Se apoyó en una de las numerosas columnas de la terminal de salidas del Aeropuerto de Nashville y marcó el número de Tim. Pensó que, con un poco de suerte, él ya habría llegado de regreso al rancho. En tal caso, podrían mantener una pequeña charla privada como aperitivo de la gran conversación que tendrían más tarde, cara a cara.

Quería que Tim le explicara despacio y con mucha claridad a santo de qué había intervenido para acompañar a la pelirroja, primero, hasta la calle y luego, hasta su maldita casa. Eso, después de soltarle a él en toda su cara, un «parece mentira que tenga que explicártelo». Explicarle, ¿qué? ¿Cómo tratar a la chica que llevaba semanas haciéndole morder el polvo? Tenía que estar de broma.

Tim no podía explicarle nada. Nada de nada. En cuestión de mujeres, su experiencia dejaba todo que desear. ¿Y cómo no iba a ser así? Desde que había quedado a cargo de la dirección del rancho, Tim no hacía otra cosa más que doblar la espalda y trabajar, trabajar y trabajar. 

Además, no era asunto suyo lo que se estaba cociendo entre Sue y él. No era asunto de nadie. Pero menos de Tim. No entendía por qué había salido en plan héroe a facilitarle a la pelirroja que hiciera mutis por el foro. Primero, porque no estaba bien que se largara de esa forma sin despedirse, sin un triste «gracias por todo». Eso le había sentado muy mal. A último momento, cuando ya estaban todos en la calle, ella lo había arreglado un poco. Pero solo un poco. Y segundo, porque Tim no pintaba nada en esa historia…

¿O, sí?

Jim soltó un exabrupto cuando la llamada se desvió al buzón de voz. ¿Tan ocupado estaba su hermano, que ni siquiera cogía el puñetero móvil?

Cortó la llamada y buscó otro contacto en la lista, el de Sue Anderson. Pulsó la tecla de llamada y esperó. Su ansiedad crecía a la par que su cabreo, que alcanzó su máximo esplendor cuando la llamada también se desvió al buzón de voz.

Jim exhaló un bufido airado.

Tim estaba tan ocupado que no atendía el móvil. Por lo visto, la pelirroja también estaba muy ocupada.  ¿Estarían ocupados juntos? 

Aj, mierda. Qué coño se traían entre manos esos dos.

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1 Paletos: forma coloquial de referirse a los dos incisivos centrales superiores.

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©️2024. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷


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CRS-03.2. Superstar. Parte 2 Extras, 2. Capítulo 11


Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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11



Rancho Mystic Oaks,

Nashville, Davidson County, 

Tennessee.


Ken exhaló un largo suspiro cuando la verja electrónica se cerró detrás de él. Hogar, dulce hogar. Hasta los cachorros, que habían ido todo el viaje dormitando, saltaban uno por encima del otro, disputándose las mejores vistas a través del cristal y demostraban su alegría con ladridos y aullidos que amenazaban con dejarlo sordo.

Al otro lado de la verja, se había despedido de Shane quien había insistido en seguir pegado a su sombra. En realidad, su intención era acompañarlo hasta la puerta de su casa y verificar que todo estaba en orden. Ken lo había disuadido de semejante idea. Ese lugar era su oasis personal de paz, el rincón más seguro del mundo para él. No quería guardaespaldas comprobando nada, incluso si se trataba de alguien como Shane a quien consideraba familia. 

Bajo los últimos vestigios de luz de la tarde, atravesó el largo camino de acceso, sombreado por arces rojos y robles, que torcía a la derecha y luego a la izquierda antes de alcanzar la zona de edificaciones. Se detuvo frente al edificio principal. No había ningún otro coche aparcado, lo que quería decir que su familia aún no había llegado.

Abrió la puerta trasera de la F-150 en medio de los ladridos excitados de Noah, River y Sultán y los liberó de las sujeciones que los mantenían sujetos al asiento. Entonces, hubo una avalancha de besos perrunos lloviendo sobre él.

—Vale, vale, vale… ¡Cuánta emoción! —se rio—. ¡Vamos dentro, que ahora os toca comer a vosotros!

Fue directamente a la cocina que la familia usaba también a modo de comedor cuando no había visitas y rellenó el cubo de agua de los cachorros. A continuación, sacó de la alacena sus comederos de acero inoxidable y los tres paquetes de pienso. Dos eran de los Terranovas y el otro de Sultán, que solo podía comer pienso de pescado hasta que fuera más mayor. Sus perros bebieron a placer y después fueron a sentarse sobre sus patas traseras frente a Ken para el consabido ritual de elegir qué querían comer.

En esta ocasión, los dos se decantaron por el mismo.

—¡Marchando, una ración de carne con verduras para mis peludos! —utilizando la dosis incluida en cada paquete, Ken sirvió su ración exacta y, a continuación, hizo lo mismo con el comedero de Sultán.

A continuación, consultó un calendario que estaba pegado a la puerta de la nevera con imanes.

—Mañana, Doreen hará lentejas con arroz para vosotros, ¿crees que tu humana te dejará hincarle el diente? Hablaré con ella. A lo mejor, te deja catar un poco mezclado con el pienso. Estaría bien, ¿no?

Ken palmeó los lomos de los perros y abandonó la cocina. Quería darse una ducha antes de que llegara Chris.

—¡Portaos bien! —les dijo desde la puerta.

Se dirigió a su habitación, pletórico de energía. Estaba en una nube. No podía creer que estuviera a punto de tener a Chris solo para él. 

Se sentó en la cama para descalzarse y su mente regresó al sobre celeste de Chris. A la promesa encerrada en él, de que ya no volvería a debatirse entre dos cosas que amaba. En adelante, podría tener ambas. Sus giras musicales y la mujer de la que estaba locamente enamorado.

No siempre, claro. Chris regresaría a la vida activa en cuanto su rodilla se lo permitiera y entonces tendrían que programar las cosas muy bien para estar separados el menor tiempo posible. Sin embargo, la idea de poder tenerla consigo, aunque fuera de vez en cuando, lo llenaba de gozo.

Incapaz de resistir la tentación, volvió a sacar el sobre de la caja donde lo había guardado y se echó en la cama al tiempo que desplegaba la cuartilla.

Sus ojos acariciaron las líneas manuscritas en una caligrafía perfecta. Preciosa, como su dueña.

Las fechas del primer semestre del próximo año estaban cerradas y las de la segunda porción del año, a falta de confirmar un par de eventos, también. Por lo tanto, su siguiente proyecto era empezar a moverse por la basta geografía norteamericana a bordo de un tour bus. En realidad, dos. Uno para sus músicos donde también pudieran ensayar y mantener reuniones. Y otro, totalmente equipado, para Chris, sus perros y él. Se trataba de un sueño que había tenido que esperar mucho tiempo para convertirse en realidad y cada vez que pensaba en ello, no podía dejar de sonreír. Cuatro meses atrás, sus ensoñaciones no incluían ninguna silueta femenina dando vueltas por los distintos compartimentos del maxi bus. Solo a dos preciosos Terranova. Pero ahora sí. Definitivamente, sí. Suspiró. Cuánto había cambiado su vida en tan solo tres meses… 

Ya podía verla, sentada a la mesa, trabajando en su portátil y, a veces, dejando que su mirada se perdiera en las extensas praderas que, después de años en África, tenía grabadas a fuego en sus retinas y en su corazón. Su perfil recortado contra el atardecer. Su profunda mirada en calma abrazándolo todo, recorriendo cada hoja y cada brizna como si quisiera aprenderlas de memoria, como si aquella fuera la última vez que las vería. Para él, la visión más hermosa e inspiradora del mundo. 

Suspiró, apoyó el papel sobre su pecho, bajo su mano, y cerró los ojos.

Aquel día habían llevado a cabo el primer experimento de mostrarse en público manteniendo un perfil bajo. Tan bajo, que buena parte del tiempo habían estado uno en cada punta de la mesa. Todavía estaba por ver si la prensa se hacía eco de la comida en The Grill y qué publicaban, pero, a priori, estaba casi seguro de que habían salido airosos. Eso, de cara a que su relación no fuera de dominio público.

En lo personal, había sido una tortura. Un mirar, pero no tocar que lo había vuelto rematadamente loco. La posición de Chris en la mesa respecto de él, le había permitido tener un panorama bastante completo de ella, del que se había servido a placer sin desperdiciar ni un centímetro. 

Acomodó mejor la cabeza sobre la almohada.

Lo que sentía por Chris era muy loco… Mucho.

Un instante, estaba disfrutando de esa sonrisa conciliadora que salía a relucir siempre que estaba conversando con alguien y, al siguiente, un movimiento de su mano, apartándose unas hebras de cabello del cuello, disparaban todos sus sentidos… Podía oler su perfume. Y sentir el tacto de su piel bajo sus dedos, la rotundidad de sus formas femeninas llenándole las manos, impulsándolo a más. Siempre a más. Y entonces, su imaginación caía en barrena… Captando cada sutil movimiento y convirtiéndolo en una fiesta erótica en su mente.

Había perdido la cuenta de las veces que había dejado volar su imaginación haciendo conjeturas acerca del color del sostén que llevaba debajo, o si sería uno de esos muy escotados que ella se ponía a veces, que lo llevaban al límite solo con mirar. 

Se rio con un punto de desesperación. De sí mismo y de una situación completamente nueva en su vida. Había tardado treinta años en descubrir lo que era sentirse tan loco por una mujer de la que, a la vez, estaba profundamente enamorado, desearla y amarla con locura, que ahora ya no podía parar de experimentar. De querer hacerlo. 

No, no, no… Hablando de locura, pensó. Se llevó una mano a la entrepierna y la apretó al tiempo que exhalaba un suspiro. 

Rodó sobre su estómago, apretándose la entrepierna, y enterró la frente en la almohada, a pesar de lo cual, sintió que su miembro se endurecía con rapidez.

Aishhh… Ahora no, tío

Se concentró con todas sus fuerzas en superar el subidón. No era el momento. Su familia no podía tardar.

Pero mientras su mitad razonable abogaba por el sentido común, su otra mitad, empujaba las caderas como si Chris estuviera allí. Debajo de él, invitándolo a perder definitivamente la cabeza. 

Para, para, para. ¡Joder, Ken, para!

Esto también era nuevo en su vida. Muy nuevo. Era pensar en Chris y todo él se ponía en marcha, como si alguien hubiera pulsado un botón. La había deseado intensamente desde el primer momento. Mucho antes de comprender que se había enamorado. Jamás había deseado a una mujer de la manera que la deseaba a ella. Con locura, con desesperación…

Con muchísima lujuria.

Y jamás se había masturbado tanto, como desde que estaba con Chris. O, mejor dicho, no estaba. Cuando la música lo alejaba del rancho y no podía tenerla, encontraba cierto consuelo en estar con ella de otra forma. 

El sonido de unas voces familiares que provenían de otra parte de la casa, lo devolvieron a la realidad.

Y con la conciencia, llegó la reacción. Ken saltó de la cama y corrió al baño.

Entornó la puerta. Pronto comprendió que no le haría falta cerrarla por las dudas. Su miembro había perdido buena parte de la erección por el camino. Pensó con sorna que esos «de cero a cien en un minuto» que experimentaba desde que Chris estaba en su vida, iban a acabar con él un día de estos.

Entonces, oyó otras voces. Asomó la cabeza por la puerta y prestó atención.

¿Eran gritos? Si no gritos propiamente dichos, una conversación muy acalorada. La voz de Tim se oía alta para tratarse de él. Ken no entendía con claridad lo que decía, pero su tono era el que reservaba cuando algo lo indignaba.

Jim, definitivamente, estaba gritando.

¿Jim? ¿Cómo era eso posible?, pensó. ¿Acaso no le había pedido que lo llamara en cuanto atravesara la verja electrónica y lo esperara allí hasta que él llegara?

Joder, tío. Voy a matarte lentamente.

Ken se arregló la ropa rápidamente y salió aprisa de su habitación, sin volver a calzarse.


* * * * *


Unos pocos metros antes de que Ken llegara a la cocina, la voz de su padre se oyó definitiva, poniéndose un momentáneo fin a la discusión.

—¡Silencio! ¿Pero qué es esto? Por el Amor de Dios, haríais bien en recordar que no estáis en un campo de fútbol. Sentaos y comportaos. Ya.

Ken entró en la cocina cuando sus hermanos se estaban sentando a la mesa. Las miradas que se dedicaban no eran nada amistosas, pero, como siempre, habían obedecido las instrucciones del cabeza de la familia.

—Hola, Ken. Por favor, toma asiento —oyó que su padre le pedía.

Ken hizo un recorrido rápido con los ojos por los demás presentes en la estancia. Su padre tenía una expresión disgustada. Las aletas de su nariz tan abiertas, como si no pudiera respirar con normalidad de otra forma. Lilly, miraba el suelo. Parecía estar buscando una grieta por la que colarse y desaparecer del mapa, y Doreen hacía algo en la encimera, dándoles la espalda a todos. Y en cuanto a Chris… Estaba muy seria, el brillo de sus ojos denotaba lo incómoda que se sentía. No era de extrañar. La vida cotidiana de los Bryan era tranquila, sin sobresaltos. Esta era la primera vez que conocía su otra faceta, normal en todos los hogares.

Ken no se lo pensó. Tomó su mano y la instó a ponerse de pie. La vio titubear. Sabía lo que estaba pensando, que eso era algo que reservaban para cuando estaban a solas, pero le daba igual. Ya no lo reservarían más. 

—Llevo horas guardando las apariencias —le dijo con dulzura, atajando de cuajo cualquier objeción—. Ahora, estoy en mi casa y no pienso guardarlas ni un segundo más.

Chris se limitó a reprenderlo de mentirijilla con la mirada, pero le cedió su asiento, que Ken ocupó. A continuación, hizo que ella se sentara sobre sus piernas.

¿Era demasiado egoísta sentirse tan a tope con su chica entre los brazos, mientras sus hermanos se lanzaban puñales con la mirada, ante la evidente preocupación de su padre y, probablemente, también de su tía?

Sí, seguro que estaba recogido en letras destacadas en el manual de los buenos modales de la familia Bryan. Pero estaba en la gloria. De hecho, se permitió introducir la punta de la nariz en el hueco detrás de la oreja de Chris y aspirar profundamente. 

Ahora sí, pensó. Ahora estoy en casa.

—Vale —dijo Ken satisfecho—. ¿Por qué discutíais?

Robert miró a Tim y a Jim, a ver cuál de los dos tomaba la palabra.

—Discutimos —lo corrigió Jim de muy mala uva—. Esto no está acabado, ni mucho menos.

Vio que las mejillas de Tim se coloreaban de la fuerza que hacía por mantener el pico cerrado, y supo que Jim estaba en lo cierto.

—Vale, ¿cuál es el problema? —volvió a decir Ken, haciendo la pregunta de otra forma.

—Deberíamos hablarlo en privado —apuntó Jim.

Tim asintió. Su hermano siempre acudía a esa estrategia cuando sabía que hacerlo en público lo dejaría en mal lugar, pero, esta vez, estaba de acuerdo con él. Chris y Lilly lo estaban pasando mal. 

—Estoy de acuerdo —concedió.

Robert negó taxativamente con la cabeza.

—Pues haberlo dejado para hablar en privado, en vez de hacernos partícipe de cómo habéis decidido estropearnos a todos un día perfecto —sentenció—. Ahora, ya no tenéis esa opción. 

Ken miró a Tim. Su mirada decía «papá tiene razón». Vio que su hermano mediano respiraba hondo.

—Pasa que este tipo es un inmaduro. Ese es el problema —dijo—. ¿En qué cabeza cabe ponerse celoso de mí por hacer lo que él debió haber hecho y no hizo por…?  —La palabra que acudió a su mente fue «capullo», pero a último momento decidió guardársela.

—¡¿Y de dónde sacas que estoy celoso de ti?! Dices que yo me lo tengo creído, pero anda que tú… Lee mis labios: no estoy celoso. Solo cabreado contigo por meter tus narices donde nadie te llama.  

Ken miró alternativamente a uno y a otro. Luego, a su padre, que sacudió la cabeza, disgustado.

—No me estoy enterando de nada —intervino—. ¿Qué es lo que Jim debió haber hecho y no hizo?

—Conocer mejor los charcos en los que se mete, para empezar —dijo Tim—. La pelirroja, como él la llama, tenía que marcharse y lo estaba pasando mal con tanto retraso. Algo de lo que Jim se habría percatado, si en vez de dedicarse a coquetear con el comité de despedida, hubiera estado más atento a ella. Yo le ofrecí una vía de escape que ella aceptó encantada, porque, como digo, tenía que irse. ¿Y qué hace este inmaduro, en vez de agradecérmelo? Cogerse un cabreo de órdago.

¿Todo eso era por la amiga de Bella?, pensó Ken, divertido. Esto era inédito. Que supiera, era la primera vez que sus dos hermanos discutían por la misma chica. 

La risotada de Jim fue de cine.

—¡Claro, cómo no! ¡Eres el héroe de la tarde! Y te gustó tanto hacer el papel, que no contento con ofrecerle una «vía de escape» —ironizó poniéndole comillas a la frase—, te ofreciste a llevarla a casa. ¡Venga ya, Tim! Tírate de la moto, tío, que somos pocos y nos conocemos bien.

—Yo no le ofrecí nada. Fue papá, no yo —puntualizó Tim, ácido.

—¿Y cómo ibas a negarte, no? —espetó Jim, cada vez más enfadado.

En aquel momento, Doreen regresó a la mesa con una bandeja y empezó a repartir el café en silencio. También puso tres platos con unos tentempiés. Su expresión continuaba tan seria como Ken la había imaginado. Finalmente, ocupó su lugar junto a Robert y bebió su taza a sorbitos, con la vista baja.

Ken también dio un sorbo al suyo, pero nadie más tocó lo que Doreen había servido. Lo harían, en cuanto los ánimos se hubieran enfriado un poco. Quien no conociera cómo funcionaban las cosas entre los Bryan se preguntaría qué hacía aquella mujer sirviendo el té con pastas, como si aquello fuera una reunión social. Para ellos formaba parte del ritual. Era un símbolo de que todo podía plantearse, por más difícil que fuera, y llegar a un acuerdo. Podían hablarlo mientras disfrutaban de un café y unos tentempiés alrededor de la mesa familiar.

—Por supuesto que no. Pero hay una gran diferencia entre ofrecerme a llevarla y hacer de chófer, que es lo que hice. Y si no la ves, es tu problema. 

—Mi problema es que metieras tus zarpas en esta historia. No es asunto tuyo lo que yo haga o no haga en relación con ella, Tim. 

—En privado, no. En público, por supuesto que sí. Soy un Bryan, tío. Como tú. La has tenido toda la maldita tarde sentada a dos asientos de ti y no le has hecho ni caso. ¿Por qué estás tan molesto ahora? 

—¿Qué dices? ¡Era ella la que no me hacía ni caso a mí! —se defendió Jim—. No estaba ahí por mí, lumbreras. Tenía que entretener a Jamie.

—¿Y por eso te dedicaste toda la comida a conversar con Lilly, como si ella no estuviera allí? No me fastidies, hombre. No te comportas de esa forma con alguien que te importa. Y si no te importa, bien por ti, pero entonces, ¿a qué toda esta historia? 

Jim miró a Lilly que seguía con la vista clavada en la mesa y no pudo evitar removerse incómodo en su silla.

—Oye, no te pases… Yo no me dediqué «a conversar con Lilly». —Volvió a hacer el gesto de ponerle comillas a la frase—. Siempre converso con ella. Siempre estamos juntos. Así que cambia ese tonito porque no hice nada distinto de lo que hago siempre.

Ese siempre no era tal siempre, pensó Tim. Había empezado hacía solo un par de meses, cuando Chris y Lilly habían llegado a Mystic Oaks. Y eso que su hermano «hacía» tan alegremente, podía tener una lectura diferente para los demás. Especialmente, para una chica que estuviera interesado en él.

—¿Y no se te ha ocurrido pensar que ella no lo tomó de esa forma? No sé… Le dices que te gusta, no paras de llamarla, pero cuando la tienes a tiro, le dedicas toda tu atención a otra chica…

Jim bufó contrariado.

—No fue algo premeditado. Y si tanto le molestó, pudo intervenir. Decirme algo. Buscar conversación conmigo. También me tenía a dos asientos. Y, en cambio, prefirió atender a cualquiera, menos a mí. ¡Estuvo hablando hasta con Tom, imagínate!

¿Se podía ser más jodidamente inmaduro?, pensó Tim, rabioso.

—¿Y por qué tendría que hacer algo así, tío? ¿No eres tú el que no deja de llamarla, intentando conseguir una cita?  

—¡No es asunto tuyo cómo lleve yo mis asuntos personales! No sabes nada, y aquí estás, haciendo suposiciones y dictando sentencia, como si tal cosa… 

  —Sé más que tú. Sé lo que tú deberías saber. Sue no es como tus otras chicas, Jim. Esta sí que tiene una sólida estructura familiar detrás, una madre que está muy pendiente de ella, un padre estricto, muy católico, que controla sus salidas y le pide cuentas de todo lo que hace, y unos hermanos que hacen de kanguro para ella todo el rato. Por eso estaba tan nerviosa. Porque llegaba tarde…

En aquel momento, Lilly pasó de aprenderse las betas de la madera de memoria a ponerse de pie. Jim la miró sorprendido. Después de él, lo hicieron todos los demás.

—Si me disculpáis… —dijo sin mirar a nadie, y abandonó la cocina.

—Claro, Lilly —se apresuró a decir Doreen. Era la primera vez que ambas pronunciaban una palabra desde que estaban sentados alrededor de la mesa.

Jim también saltó del asiento. Señaló a Tim con el brazo extendido y le dijo rabioso:

—Eres un bocazas, tío. A ver, si empiezas a dedicarte a tus asuntos y dejas los míos en paz.

Acto seguido, también abandonó la estancia.

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CRS-03.2. Superstar. Parte 2 Extras, 2. Capítulo 12


Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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12



Jim apuró el paso en cuanto salió de la cocina. Abandonó la vivienda por la puerta principal y descendió al trote los tres escalones de piedra que conducían a la explanada, bordeada de setos bajos, buscando a Lilly con la vista.

No tardaría en anochecer, pero aún había suficiente luz. Sin embargo, en un primer barrido, sus ojos no la detectaron y eso le sorprendió. ¿Había echado a correr para alejarse del centro de la tormenta lo antes posible?, se preguntó. ¿O entre las tantas genialidades de las que Lilly era capaz, también estaba la de desmaterializarse a placer? 

No sabía exactamente a cuenta de qué había salido detrás de ella. Quizás, era porque la había notado muy incómoda desde el principio de la discusión, antes de que su nombre saliera a relucir, como si tuviera culpa de algo. Estaba seguro de que si ella se había quedado, había sido por pura educación… Hasta que se le había acabado la paciencia. Entonces, con total corrección, se había excusado y se había marchado. En su lugar, él habría hecho exactamente lo mismo.

Ir detrás había sido un impulso. Algo le decía que no podía dejar que las cosas quedaran así. Pero ahora, que lo pensaba mejor, ¿a qué cosas se referiría? No había nada raro en que hubieran conversado durante la comida. Por más que a Tim se lo hubiera parecido. Era lo que hacían siempre. Ni más ni menos. Tampoco había nada raro en que Lilly quisiera dejar de escuchar tantas tonterías. 

A juzgar por la forma en que has salido corriendo, cualquiera diría que sí, dijo una vocecita en su interior.

Jim respiró hondo y se apresuró a ignorar la voz en su cabeza.

En aquel momento, se oyeron las uñas de Sultán, a la carrera, bajando los escalones. Justo cuando Jim se volvió a mirarlo, el peludo dio la vuelta y volvió a subir. Se dirigió alegremente donde estaba su segunda humana favorita, delatándola. 

El cachorro aullaba y le hacía fiestas a Lilly. Estaba sentada sobre el alféizar bajo de una de las ventanas, la más próxima al gran macetero de suculentas y vivaces, situado a la izquierda de la puerta de vitrales, mientras intentaba volver a recogerse el pelo en una coleta con su única mano viable. Y se enfadaba cuando, obviamente, el resultado era un .

Sonrió divertido ante la imagen que captaron sus ojos. Parecía un Buda de la Desesperación, con el moño torcido.

Subió los tres peldaños y se dirigió hacia ella. 

—A ver, peludito, hazme sitio —le pidió al Husky, apartándolo con suavidad. 

El cachorro buscó otro hueco por el que colarse hasta que su humana movió las piernas, dejándole un lugar entre ellas.

Jim se puso de cuclillas frente a Lilly. Estiró los brazos hacia su cabello.

—¿Puedo? —le preguntó. Fue una pregunta retórica, puesto que no esperó su respuesta. Deslizó la banda con la mayor suavidad que pudo para quitársela. El elástico estaba recubierto por un tejido negro, muy suave al tacto, pero su pelo era largo y ella se había hecho un buen lío intentando sujetarlo con una sola mano. Notó que en la frente de Lilly se hacían arruguitas de tanto en tanto—. Puedes insultarme, si quieres. No te lo tendré en cuenta.

Lilly continuó en silencio. Genial, aquello era justo lo que le faltaba. Cómo no. ¿Qué otra cosa podía soñar una chica que Jim Bryan tuviera que hacer de canguro con ella? 

Aparentemente ajeno a los pensamientos de Lilly, Jim prosiguió con la tarea. Fue en ese momento, cuando reparó en que todavía quedaban unos pocos restos del número que esa camarera le había escrito en la mano derecha, y eso que la había frotado a conciencia. Confiaba en que nadie más lo viera.

Cuando al fin consiguió retirar la banda, vio que algunos cabellos se habían enredado en ella. Los quitó, dejándolos caer al suelo, y se puso la goma a modo de pulsera en su muñeca izquierda. Una más, junto a las demás pulseras que acostumbraba a llevar en ambos brazos. Acto seguido, fue recogiendo porciones de su largo cabello en una mano, procurando no dejarse mechones sueltos. Había empezado muy seguro, convencido de que dominaba aquel peinado que él mismo solía llevar muy a menudo. Aquel día, sin ir más lejos. Pero no le había resultado tan fácil como esperaba maniobrar alrededor de la goma con aquella mata de cabello poblada y larguísima. Lilly no se había quejado, lo cual no significaba nada. Concentrado en la tarea, no había prestado atención a otras señales. Esperaba no haberle tironeado mucho el pelo. Manipuló la coleta hasta la altura que ella solía llevarla, y comprobó el resultado con ojo crítico. La altura era la correcta y estaba centrada.

Al fin, sus ojos regresaron a Lilly.

—¿La quieres más alta o está bien así? —le preguntó. 

Sultán emitió un largo aullido. En opinión de Jim, era un aullido aprobatorio. Él también estaba conforme con el resultado. Solo quedaba por ver qué opinaba la dueña de la coleta.

Lilly respiró hondo. Siguió con su vista fija en el cachorro, cuyo lomo acariciaba con su única mano útil.

—Está bien —farfulló.

A Jim le sonó más bien a un gruñido indescifrable y se obligó a tragarse una sonrisa. 

Podía entender a Lilly. Largarse para no escuchar más sandeces, y dos minutos después, volver a tomar contacto con las enormes limitaciones derivadas de su realidad de persona con un brazo en cabestrillo era demasiado. Jim podía oír su frustración, refunfuñando a más no poder. 

Procurando que una sonrisa no delatara sus pensamientos, Jim ajustó la banda elástica y al fin retiró sus manos del cabello femenino.

—Cuando Tim y yo éramos críos, ya sabes, adolescentes, éramos como el perro y el gato…

Al oírse dando explicaciones que no tenía por qué dar, volvió a ser consciente, por segunda vez en los últimos diez minutos, de que había actuado por impulso. 

Y una vez más, se apresuró a apartar aquel pensamiento de su mente. Ya que había empezado, quizás lo mejor, fuera seguir.

—Puede decirse que lo de hoy es excepcional… —Apoyó sus antebrazos sobre los muslos y bajó la vista—. Y la culpa es mía. Debí morderme la lengua y esperar a que estuviéramos solos. Pero me dio tanta rabia…

Jim soltó un bufido y se levantó. Las piernas empezaban a acusar el rato en cuclillas. Además, de repente, se sentía incómodo. No quería disculparse y, sin embargo, disculparse era lo que parecía estar haciendo. ¿Por qué?

Su móvil sonó. Lo sacó del bolsillo de sus vaqueros y puso los ojos en blanco al ver que la llamada era de Ken. Algo le había dicho su querido hermano mayor de plantear a toda la familia la contratación de más personal para que Tim y él no tuvieran que trabajar tanto. Y si no era esa la razón, lo llamaría para que regresara a la cocina a seguir «aclarando» lo sucedido.

—Oye, yo tengo que volver. Pero, hazme caso, olvídate de esto. A veces, se nos cruzan los cables. No pasa nada, ¿vale? —le dijo a Lilly, antes de contestar la llamada—. ¿No puedes vivir sin mí o qué, tío?

Lo tranquilizó oír que Ken se reía. 

—¿Puedes volver a la mesa? Ya sabes que hay otro asunto del que quiero hablar con papá y con vosotros…

Jim sacudió la cabeza.

—¿Ese que te dije que no era necesario sacar a relucir otra vez porque, a diferencia de ti, Tim y yo tenemos muy claro que en un rancho siempre se trabaja duro?

Las carcajadas de Ken volvieron a obrar el milagro en Jim, que esta vez, también se rio.

—Ese mismo, sí. Vuelve, por favor. ¡Y no tardes, que este día se me está haciendo eteeeeeeerno!

—Vaaaaale… Ya voy —suspiró, armándose de paciencia, y volvió a guardar el móvil, tras cortar la llamada. 

Se despidió de ella con un gesto de la mano y enfiló hacia la puerta de los vitrales.

Lilly siguió con la mirada al hombre alto, vestido con unos ceñidos vaqueros de tiro bajo, lavados a la piedra, y una camiseta negra que, como ella, llevaba el cabello sujeto en una coleta. 

Suspiró.

—No pasa nada porque discutáis —le dijo, al fin—. Si nos oyeras a Chris y a mí, alucinarías… 

Un momento, pensó Jim, divertido. ¿Lilly insinuaba que no todo era paz y amor en su relación con Chris? Pues, sería la primera vez que oía  de su boca un comentario negativo o desagradable hacia alguien. Menos aún, hacia su hermana. Si algo era evidente en Lilly, era la profunda admiración que sentía por Chris.

Jim se detuvo y se volvió a mirar a Lilly muy interesado. Notó que tenía las mejillas arreboladas. ¿Tan duro era lo que se disponía a decir?, pensó.

—Nos tiramos los trastos a la cabeza que da gusto… —reconoció  Lilly—. Porque… Bueno, Chris es… 

Lilly se levantó del alféizar y se acercó hasta donde estaba Jim. 

—El ser más paciente y centrado del universo conocido —admitió, envuelta en un lamento de hermana menor que está harta de tanta perfección, logrando que una sonrisa brillara en el rostro de Jim—, y eso me irrita que no veas… Da igual si el techo se está cayendo sobre nuestras cabezas, Chris… 

Lilly suspiró. Sacudió la cabeza.

—Chris es Chris. Y yo… ¡No sé cómo narices lo hace y te juro que me vuelve loca! Siempre me he sentido como la atolondrada, que nadie entiende cómo sigue con la cabeza sobre los hombros y de una pieza… —explicó histriónica, gesticulando con su único brazo viable.

Jim asintió risueño. Se sentía totalmente identificado. Entre los Bryan, Ken representaba el éxito —mucho más, después de haberse convertido en un héroe a ojos de Robert Bryan por regresar a Nashville y plantarle cara a sus adicciones—, y Tim, el sentido común y el buen hacer. Era imposible competir con ellos sin sentir que ya había perdido antes de situarse en la línea de salida. Pero hasta aquel momento, no se le había ocurrido pensar en Lilly de esa forma. Por eso le sorprendió aún más lo que ella dijo a continuación.

—Soy como el cachorro torpe de la camada, ¿sabes? —continuó la joven—. Ese que es supergracioso y precioso y todo el mundo quiere achuchar… Y no paran de rescatar de sus desgracias, una y otra vez… Pero no soy torpe… —Jim vio que lo señalaba con el cabestrillo al decir—: No somos torpes. Ni inmaduros. Cada uno crece a su ritmo. No hay un ritmo mejor y otro peor. Cada ritmo es único y, por mucho que a mi familia o a la tuya les fastidie, es el que es.

Jim asintió enfáticamente. Al principio, le había chocado un poco esa alusión a ser el cachorro desfavorecido de la camada —no había nada desfavorecedor en Lilly—, pero estaba de acuerdo con cada palabra que había oído. Era la pura realidad.

—Pero si Sue te gusta…

Lilly no finalizó la frase. En cambio, respiró hondo y negó con la cabeza, incómoda.

—Perdona, no es asunto mío.

Jim frunció el ceño. «Toma viraje», pensó. ¿Cómo habían pasado de estar hablando de cachorros torpes, a entrar directamente en el asunto Sue Anderson? 

—Si ella me gusta, ¿qué? 

Lilly volvió a sacudir la cabeza. Esta vez, lo hizo más suave que antes. A pesar de lo cual, su flamante coleta alta se agitó con gracia.

Jim era un rompecorazones. Seguro que sabía muy bien lo que hacer con sus amigas, novias o lo que fueran. No necesitaba el consejo de nadie, y menos el suyo. No era lo que se llamaba una experta en el tema.  

Sultán aulló una vez, reclamando su atención. Ella se agachó y le acarició la cabeza mientras ganaba tiempo para responder. 

Tenía la sensación de que la situación entre Jim y Sue no iba a cambiar demasiado, daba igual lo que él hiciera al respecto. Por alguna razón que Lilly, definitivamente, no comprendía, Jim Bryan no parecía estar entre la reducida lista de intereses de la amiga de Bella. Por eso, le daba un poco de rabia la situación, pues tampoco comprendía por qué a Jim le había sentado tan mal la intervención de Tim, ofreciéndole a Sue una vía de escape. Había tenido a su alcance toda una tarde de oportunidades para hacerlo él mismo. Y no había hecho nada de nada. A menos que la razón tuviera que ver con su vanidad, no entendía su enfado. Incluso así, tampoco lo entendía del todo. 

Descubrir que Jim era «el pesado» al que Sue se había referido el día que Bella se la había presentado, la había hecho llorar de la risa. El momento en el asador había sido desternillante. Jim tenía una gracia innata para enfrentarse a situaciones que a otro le harían querer desaparecer por una grieta estelar. Pero, más tarde, pensándolo… Se había sentido bastante desconcertada. ¿A qué tantas llamadas, si luego, teniéndola a dos asientos toda la maldita tarde, no había movido un dedo por hablar con ella? Cuanto más lo pensaba, menos lo entendía. 

Pero ya que has metido baza, se dijo, tendrás que apechugar. 

—Si Sue te gusta, ella debería tenerlo muy claro. Debería notar tu interés, Jim… Y no creo que sea el caso. 

Lo miró brevemente. No le pareció que él estuviera a punto de ponerse a gritar, como había hecho en la cocina. Muy bien, pues aún le quedaba algo en el tintero. Lo más importante.

Tras una pausa, lo dijo sin rodeos: 

—No va a ponerse al teléfono ni a quedar contigo mientras no lo note, ¿entiendes? Yo no lo haría. No le dedicaría un minuto de atención a un chico que no me muestra todas las cartas desde el principio… —Encogió su hombro sano y añadió lo más digna que pudo—: por si te sirve de algo…

Jim permaneció mirándola. Había un punto cómico en su expresión, que Lilly no logró descifrar. Esperaba no haberlo molestado con su ataque de diarrea verbal. Se llevaban muy bien. No quería perder el buen rollo que tenían. Pero lo hecho, hecho estaba, de modo que se limitó a apartar la vista.

Lo de Jim era más que comicidad, era asombro ante una situación que lo había tomado desprevenido. Todo era inesperado. La reacción de Lilly en la cocina, la suya propia de salir tras ella, su intento de justificar una discusión fraterna que no necesitaba de justificación alguna… Y, sobre todo, las palabras de Lilly, cargadas de sensatez y seriedad, que no había esperado oír de alguien junto a quien siempre se reía y organizaba mil cosas divertidas… Era como si lo que tenía frente a sí fuera una persona diferente.

—¿Dónde has estado todo este tiempo? —le preguntó mirándola con una sonrisa al tiempo que empujaba la puerta—. Di que ahora tengo que volver a la cocina, que si no… 

Vio que ella se sonrojaba y sacudía la cabeza, burlona.

—¡Lo digo en serio! —dijo Jim—. Hasta hace quince minutos eras Campanilla y, fíjate…

Lilly ladeó la cabeza y lo miró con un ojo entornado.

—Fíjate, ¿qué? ¿Quieres un premio por descubrir que no soy un hada ni vengo del país de Nunca Jamás? 

—Lo que quiero es que me reserves un hueco el fin de semana que viene. ¡Quiero que me presentes a esta nueva Lilly! —exclamó él antes de desaparecer de su vista.

La nueva, ¿qué? ¿De qué narices hablas? No había nada nuevo. Debajo de la coleta, tenía un cerebro, como todo el mundo. Un cerebro al que, a veces, se le daba por pensar en cosas serias. Eso era todo. Y él también era el de siempre. Diciendo las mismas bobadas de siempre. Oh, seguro que sí.

—¡Eres un payaso, Jim Bryan! —la oyó decir, partiéndose de risa.

Jim asintió risueño ante los pensamientos que circulaban libremente por su mente, pero esperó a que la puerta volviera a cerrarse detrás de él antes de decir:

—Y tanto que quiero conocer a esta nueva tú, Lilly… Y tanto que sí.

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CRS-03.2. Superstar. Parte 2 Extras, 2. Capítulo 13


Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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13


Jim regresó a la cocina y ocupó su lugar sin mirar a nadie, especialmente a su hermano, el metomentodo. Notó que todos seguían en torno a la mesa, excepto Chris que, en vez de estar sentada en una silla, seguía sobre las piernas de Ken. Por lo visto, ese sería su sitio oficial de andar por casa en lo sucesivo y a él le parecía muy bien. Chris Thompson era la mejor medicina para su hermano mayor. Se alegraba inmensamente de que Ken, al fin, hubiera encontrado a su media naranja.

Que Jim pudiera reparar en esos detalles románticos, era una señal de que su enfado original se había disuelto. Era de los que reaccionaban con ímpetu, pero el enojo no le duraba mucho tiempo. Le aclararía las cosas a Tim cuando estuvieran a solas. Solo para que le quedara claro que, aunque no dudaba de sus buenas intenciones a la hora de facilitarle las cosas a la pelirroja, se había pasado de la raya interfiriendo en sus asuntos. 

Ken ya había empezado a exponer su propuesta. Quería que las contrataciones de nuevo personal empezaran cuanto antes. Sabía que sus hermanos opinaban que eso no era viable, pero el cabeza de la familia, por primera vez, parecía estar considerando seriamente la cuestión. Eso le dio en qué pensar a Jim, quien, fiel a su estilo, lo expresó alto y claro.

—Perdón que meta baza —le dijo a Ken—, pero el traslado ha de hacerse de a poco. No hay otra manera. No puedes meterle prisa a la Naturaleza, tío. Y ya puedes presentarte en Ohio y darle las serenatas que quieras, seguro que las vacas te lo agradecen… Están muuuuy tristes desde que te fuiste —matizó, aleteando las pestañas—. Pero con serenatas o sin serenatas, las cosas seguirán su curso. O sea, se cosecha cuando se cosecha y se siembra cuando se siembra. Lo siento, tío. Es lo que hay.

Ken miró a su hermano con gesto divertido.

—¡Gracias, hombre, de verdad! ¡Ahora lo entiendo! Llevaba años devanándome el seso con ese empeño vuestro en cosechar en pleno verano, cuando podíais estar disfrutando de unas buenas vacaciones…

Chris contemplaba la escena con tanto interés como diversión. Le resultaba muy entretenido ver a los hombres de la familia hablando de asuntos de trabajo. Parecían ser los mismos de siempre, con sus pullas y sus comentarios, que a veces eran cáusticos, pero generalmente cómicos. Sin embargo, no eran los de siempre. Tenían puntos de vista distintos y en sus conversaciones ya no se apreciaban los roles determinados por la diferencia de edad. Las opiniones, fueran de quien fueran, se escuchaban con el mismo interés y el mismo respeto. 

Además, después de presenciar cómo Jim había salido detrás de Lilly, cuando ella, incómoda por la discusión de los hermanos, había decidido marcharse de la reunión, Chris estaba mucho más interesada que nunca en él. Interesadísima en diseccionar cada gesto y cada comentario de aquel joven que la había conquistado con su sentido del humor desde que se habían visto por primera vez, el día que él había acompañado a Ken al mercadillo solidario. 

Robert también observaba a su hijo menor. Lo hacía con una sonrisa, puesto que le agradaba que defendiera su postura sin perder ese punto cómico con el que abordaba todos los asuntos. En especial, los que no le gustaban. Jim, en cambio, ya no sonreía. Había oído hablar de ese asunto, probablemente, en más de una ocasión, y no estaba de acuerdo. 

—Vale, listillo —espetó Jim—. Lo que quiero decir es que, mientras no empecemos a producir aquí, no tiene sentido contratar gente a la que habrá que pagarle tanto si tienen faena como si se rascan el ombligo la mitad de la semana.

Tim asintió con la cabeza. A él el enfado no se le pasaba tan rápido como a Jim y, desde luego, le había sentado mal que lo encarara delante de todo el mundo, recriminándole que hubiera llevado a Sue Anderson a su casa. Tampoco pensaba echar un tupido velo sin la aclaración pertinente de que «solo por esa vez, lo dejaría correr», pero en el tema de las contrataciones estaba de acuerdo con él. Primero debían dar carpetazo a los asuntos pendientes en el rancho familiar de Ohio y solo cuando lo hubieran hecho, concentrarse en poner en marcha la explotación en Tennessee. Tener más brazos no resolvería nada sin más cabezas pensantes, y tanto Jim como él estaban a tope con lo que tenían. 

—Opino igual, Ken. Necesitamos un par de meses más para liquidar los asuntos en Ohio. Entonces, pensaremos en hacer las contrataciones necesarias para impulsar los trabajos aquí. Antes, no lo veo factible —explicó, conciliador.

Los ojos de Ken pasaron de Tim a su padre, quien permaneció en silencio.

—Pues yo discrepo —insistió el músico de la familia.

Tim y Jim intercambiaron miradas de desagrado. Cada vez que Ken «discrepaba» en algo, era complicado quitarle la idea de la cabeza. Eso por no mencionar que, desde que se había ganado la aprobación (y la admiración) paterna, regresando a Nashville a plantarle cara a sus demonios en el mismo lugar donde ellos le habían ganado la batalla cuatro años atrás, Robert Bryan cada vez se mostraba más proclive a escuchar sus opiniones y a considerarlas seriamente.

—Y lo tendríamos en cuenta —repuso Jim, taxativo—, si estuviéramos hablando de un grupo de música o de un espectáculo en vivo. Pero hablamos de una explotación agrícola y ganadera.

Las palabras «y tú no tienes ni puta idea de eso» habían quedado colgando al final de la frase, aunque Jim no las hubiera pronunciado.

Vaya. ¿Era aquel el tipo risueño que vivía bromeando?, pensó Chris, haciendo un gesto de asombro con la boca. Se dedicó a observar a Ken. Esta vez tenía una razón de peso, aparte de la de siempre, a saber, que le encantaba mirarlo. Se preguntaba cuál sería su reacción ante aquella velada descalificación por parte de Jim.

Ken permaneció en silencio unos instantes. Al fin, se estiró a coger un trozo de tarta de queso, bajo la mirada cariñosa de Doreen que le acercó la fuente para que no tuviera que estirarse tanto.

Él le ofreció un poco a Chris.

—Está buenísima —la animó con suavidad. Vio que ella negaba con la cabeza y continuaba mirándolo, lloviendo ternura sobre él. 

Ken masticó su bocado con deleite, emitiendo suaves expresiones de agrado. 

La sonrisa no tardó en regresar al rostro de todos. Y con las sonrisas, regresaron las bromas.

—¡Eres un tragón, tío! —se rio Jim.

—Y eso lo dice el segundo tragón de la familia —apuntó Tim, lanzándole una mirada de reojo fingidamente crítica a su hermano menor.

—Es que mis tartas son irresistibles —intervino Doreen. Le aliviaba que las cosas volvieran a su ser entre Jim y Tim. La discusión entre los hermanos le había puesto la nota patética a un día que se había torcido para ella hacía varias horas.

Ken concedió a lo dicho por Doreen con énfasis.

—Haces magia en los fogones, tía. Es imposible no ser un tragón con tantas delicias al alcance de la mano…

La mujer le ofreció una sonrisa tierna, pero no dijo nada.

Tras una pausa, Ken volvió a dirigirse a sus hermanos.

—Esto es Mystic Oaks. No es solo el lugar donde se asentará la explotación agrícola y ganadera, es nuestra casa. Y es el rincón del mundo donde vive la gente que más quiero, la que más me importa. Y da la casualidad que vosotros dos estáis entre esa gente. No quiero ver cómo la vida os pasa por delante de los ojos mientras dobláis la espalda intentando hacer frente a un aluvión de trabajo.

Tim sacudió la cabeza y se guardó sus pensamientos. Jim, en cambio, no. Estaba harto de la testarudez de Ken. Apreciaba las buenas intenciones que lo movían, pero en el negocio familiar las cuentas tenían que cuadrar, igual que en cualquier otro negocio que se preciara. Era imprescindible que lo hicieran.

—En un rancho siempre se trabaja, tío. Da igual si está en Ohio o en Tennessee —se quejó, molesto.

Pero Ken había escuchado esa explicación demasiadas veces. 

 —Y no voy a verlo más —afirmó, ignorando las palabras de Jim—. Me da igual lo que digáis. Quiero que a partir de la próxima semana haya dos empleados a jornada completa, uno para cada sector, avanzando los trabajos mientras vosotros estáis en Springfield. El coste saldrá de mi bolsillo, no del presupuesto. Ya se hará cargo el rancho cuando esté en situación de hacerlo. Así, cuando viajéis los fines de semana, podréis tener jornadas normales, disfrutar de tiempo en familia y también de vuestro tiempo personal… ¡Tenéis menos de treinta, tíos! No es sano ni normal que trabajéis de sol a sol, de lunes a domingo. Y nadie va a convencerme de lo contrario. 

«Ese es mi hombre», pensó Chris. Se sentía tan orgullosa de él que tuvo que emplearse a fondo para reprimir las ganas de estrujarlo contra su pecho.

Sin embargo, el sentimiento manifestado por Jim fue de naturaleza muy diferente. 

—A ver, lumbreras… Contratamos dos personas, vale. ¿Y quién se va a ocupar de enseñarles y de asegurarse de que hacen su trabajo? ¿Tú? Venga, hombre, no seas tan cabezota. ¿Crees que si hubiera una posibilidad de hacerlo de otra forma, Tim y yo no la habríamos descubierto ya? Es nuestra espalda la que se dobla, ¿sabes?

Ken dirigió la mirada hacia su padre y permaneció en silencio; esa parte no le tocaba a él.

Robert asintió con la cabeza, haciéndose cargo de la respuesta.

—Yo puedo ocuparme —concedió, a sabiendas de que las miradas de  Tim, Jim y Doreen acababan de clavarse en él. 

Sus hijos no tardaron en expresar su desacuerdo.

—Será broma, ¿no? —espetó Jim. Esta vez no había humor en su voz, sino indignación.

—Ni hablar, papá —dijo Tim—. Quítate esa idea de la cabeza.

Robert miró a su cuñada, quien, sentada a su derecha, no había dicho apenas nada desde que habían ocupado sus respectivos lugares en torno a la mesa. De hecho, desde antes de eso. Después de aquel momento incómodo con la directora de la OADASV, cuando estaban en el asador, ella no había vuelto a pronunciar una palabra más allá de lo estrictamente necesario. 

Doreen no se dio por aludida y continuó revolviendo los restos de su taza de café.  

Robert no lo dejó estar. En primer lugar, porque su opinión era de suma importancia para él. En segundo lugar, porque se sentía culpable por lo sucedido en el asador. Doreen era una pieza fundamental en la vida de los Bryan. Siempre lo había sido y siempre lo sería. Bajo ningún concepto, permitiría que ella creyera que algo había cambiado. 

—¿Tú también opinas que no debería intervenir en este asunto? —le preguntó, forzando una respuesta.

Doreen no estaba por la labor de bailar al son que marcara nadie. Aquella tarde en particular estaba molesta, cansada y se sentía fuera de lugar. No tenía la menor intención de volver a manifestar una opinión que todos conocían de sobra, puesto que la habían oído innumerables veces a lo largo de los últimos años. Además, era evidente que su cuñado ya había tomado una decisión al respecto. Qué podía importar ahora su opinión.

—Haz lo que consideres oportuno, Robert —se limitó a decir. 

En un gesto nada habitual, la mujer se levantó de la mesa, dejándolos a todos de una pieza.

 En especial a Chris. Después de que Ken le contara por encima lo sucedido con April Sommerfield, se había dedicado a observar a la mujer. Desde el principio, tanto Robert como Doreen habían dejado sus roles claros ante ella, como la recién llegada a la vida familiar que era. Sin embargo, desde que los había visto por primera vez había tenido la impresión de que eran dos personas unidas por algo más que una historia familiar común. Había algo indeleble, poderoso, fluyendo entre ellos. Algo que ahora parecía estar en cortocircuito. Más allá de sus palabras, había un evidente malestar en la mujer, que preocupaba a Chris. Tenía mal aspecto. Parecía estar a punto de desplomarse en cualquier momento.

—¿Se encuentra bien, Doreen? —se interesó.

Ken atrajo a Chris hacia su cuerpo. Ella lo miró algo sorprendida, pero él le dio un tranquilizador beso junto a la oreja. Obviamente, le restaba importancia. Chris, sin embargo, no estaba tan segura de que no la tuviera.

Ken no había entrado en detalles al contarle a Chris lo sucedido con la directora de la OADASV. Como siempre, los habían interrumpido y no había sido posible retomar la conversación. Estaba seguro de que la incomodidad de su tía tenía todo que ver con su padre, pero no era de la clase de malestar que a Chris le preocupaba. 

Doreen se esforzó por mostrar una sonrisa conciliadora y su tono volvió a parecerse al de todos los días, cuando dijo:

—Sí, claro. No te preocupes, Chris —le aseguró, presionando afectuosamente su hombro al pasar junto a ella, camino de la puerta—: Disculpadme, por favor. Ha sido un día largo y estoy un poco cansada. Creo que un baño me vendrá bien. Buenas noches a todos.

Y, sin más, abandonó la cocina bajo la confusa mirada de Robert.

El silencio se extendió durante varios segundos. 

Chris dudaba entre quedarse donde estaba, y acompañar a la mujer hasta su habitación para asegurarse de que no había razones por las que debieran preocuparse. Por otro lado, no quería ser una entrometida. Menos aún, hacer que la tía de Ken se sintiera todavía más incómoda. 

Mientras tanto, Ken, Tim y Jim intercambiaban miradas de complicidad, conscientes desde hacía años de la historia que se estaba fraguando entre su progenitor y aquella mujer que había ocupado el lugar de su madre solo en el rol de cuidadora familiar. 

Robert, en cambio, luchaba contra la angustiosa sensación que se había instalado en su pecho hacía horas y que cada vez era más intensa, más insoportable. Le tomó algún tiempo volver a centrarse.

—Ken tiene razón —dijo al fin—. Por mucho que me recupere en el aspecto físico, no hacer nada me afecta mentalmente. Es la ansiedad lo que me trae de cabeza, no el corazón. Ocuparme de instruir a los nuevos empleados será entretenido y no va a suponer ningún esfuerzo. No voy a trabajar, solo a dirigir un rato cada día. —Miró a sus hijos, conciliador—. Estoy bien, chicos. Y estaré mejor en la medida que deje de sentirme tan inútil… 

Tim exhaló un largo suspiro. Se habían llevado un susto enorme con su último ingreso hospitalario. Nadie quería volver a pasar por eso. 

—Por favor, no te conviertas en otro tema del que tengamos que preocuparnos, papá. Ni a Jim ni a mí nos importa trabajar duro. Tú y tu salud sí que nos importa.

—Lo sé, Tim —repuso Robert, apoyando una mano sobre el codo de su hijo—. Os prometo que me limitaré a dirigir y será solamente mientras cerramos las cosas en Ohio. Luego, regresaré a mi cómodo sillón y dejaré que os ocupéis de todo. Tenéis mi palabra, chicos.

Jim soltó un bufido.

—¿Y se supone que nos lo tenemos que tragar? No te ofendas, papá, pero no eres la persona más obediente del mundo, precisamente, ¿sabes? Harás lo que te dé la gana cuando te dé la gana, sin escuchar a nadie. Y no creo que ahora estés en situación de permitirte esa cabezonería. —Miró a Ken y luego a Tim—. Que quede claro que esto no me gusta ni una pizca. 

Chris decidió intervenir. Ellos la habían recibido con los brazos abiertos, haciéndola sentir como una más. Si había algo que pudiera hacer para ayudarlos, lo haría con mucho gusto.

—¿Puedo decir algo?

Ken fue el primero en responder.

—Puedes decir lo que quieras sin necesidad de preguntarlo, amor. Cuéntanos.

—Por supuesto —intervino Robert.

Tim respiró hondo y se guardó para sí sus reticencias. A Jim no se le cruzó por la cabeza hacer lo mismo.

—¿Sería muy descortés si te digo que «depende»? Mantener atado al león no es tarea fácil. No necesitamos que nadie venga a aflojar las ataduras por la noche, cuando nos estamos reponiendo para otro día de vigilancia intensiva —repuso Jim, echando mano de aquellos modos sinceros y a la vez cómicos, que Chris valoraba tanto.

—Perdón, ¿te refieres a mí? —intervino Robert, muy serio.

Ken se tragó una carcajada. Tim sacudió la cabeza. Jim fue mucho más expresivo; exhaló un largo suspiro. ¿Robert Bryan necesitaba que alguien le aclarara quién era el león y quiénes los sufridos vigilantes de la fábula? 

La risa suave, relajada, de Chris tuvo un efecto calmante en todos.

—Es lógico que la situación te preocupe, Jim… Que os preocupe a los dos —dijo, dedicándole a Tim una sonrisa amable—. Pero yo estoy aquí cada día y veo cuánto se cuida vuestro padre. Y como también soy una persona muy activa, entiendo lo difícil que le resulta estar sin hacer nada. Sé por experiencia que manejar la ansiedad es muy, muy duro. Por eso creo que dejar que se ocupe de los nuevos empleados es una buena solución… Si queréis, me ofrezco como observadora neutral… De esta forma, además de hacerle compañía a Robert y ayudarle a mantenerse en la buena senda, nos aseguramos de que todo marcha según lo planeado. Prometo chivarme, si veo que se está pasando de la raya —añadió con picardía. Y esta vez la sonrisa fue para Robert.

—Observadora neutral —repitió el aludido con retintín—. Por decirlo como lo haría Jim: «¿Y se supone que me lo tengo que tragar?».

Robert vio con alivio que sus hijos se echaban a reír. Él mismo procuró relajarse y acabó festejando las inevitables bromas que siguieron a continuación.

En el fondo, sin embargo, solo podía pensar en que tenía que hablar con Doreen y aclarar las cosas cuanto antes.

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©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷


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CRS-03.2. Superstar. Parte 2 Extras, 2. Capítulo 14


Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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14


Cuando Chris hizo el ademán de levantarse, Ken apretó el cerco de sus brazos, reteniéndola donde estaba, sobre sus piernas. Vio que ella le dedicaba una mirada interrogante, que él se limitó a responder con un guiño antes de decirles a sus hermanos:

—Tranquilos, yo me ocupo de recoger la mesa. Vosotros, id a hacer la maleta y largaos de una vez, a ver si llegáis a Springfield con tiempo de dar una cabezada. ¡Venga, tíos!

Jim volvió a dejar su taza y su plato sobre la mesa. Tim lo imitó justo en el momento en que Robert Bryan se ponía de pie.

—Ken tiene razón. Es tarde ya. Vamos, que os echo una mano —les dijo a sus hijos, dirigiéndose a la puerta.

Jim se agachó buscando a los perros y cuando hizo contacto visual con ellos, dio dos palmadas.

—Noah, River… Venid con el tiíto Jim —los llamó.

Los canes, que estaban echados a cada lado de la silla de Ken, se levantaron del suelo y miraron a su humano, esperando su permiso.

Jim soltó un bufido.

—A ver, que vuestra madre es mi perra, colegas… —Noah y River lo miraron. Empezaron a agitar sus rabos, pero no se movieron de donde estaban—. ¡¿Queréis que le cuente lo mal que os estáis portando conmigo?! —Los señaló, acusador—. Seguís siendo unos cachorros, ¿seguro que queréis enfadar a mamá?

Robert puso los ojos en blanco. 

—Es para hoy, Jim. ¿Quieres hacer el favor de dejar en paz a esos perros? Ya hay bastantes pelos en toda la casa, sin necesidad de llevarlos de paseo por las habitaciones.

Ken y Tim celebraron con risas el comentario paterno. Al pobre hombre le estaba desquiciando ser testigo de tanto amor perruno.

—No seas malo… Los cepillo todos los días, papá —puntualizó Ken, y palmeó la cabeza de Noah—. Id con Jim. Pero no os subáis a la cama, ¿de acuerdo?

Recién entonces, los perros fueron al encuentro de Jim, que los recibió con caricias y golpecitos cariñosos.

—Así me gusta, que seáis obedientes… —dijo el menor de los hermanos Bryan—. No veo la hora de poder traer a vuestra madre… Cuando estoy allí, me muero de ganas de jugar con vosotros. Y cuando estoy aquí, pienso en Rain todo el tiempo… ¡Tengo el corazón dividido! 

—Y yo sueño con el día en que no tropiece con un ser peludo de cuatro patas cada vez que saco la nariz fuera de mi habitación —suspiró Robert—. Un sueño imposible, supongo.

Una sonrisa dejó claro que estaba bromeando. Por más que siguiera reclamando que el sitio de los animales estaba fuera de la casa, se había acostumbrado a la presencia de Noah, River y Sultán. Bromear había sido un intento de mostrarse como siempre. Estaba preocupado y ansioso por lo sucedido con Doreen. No quería que sus hijos lo notaran.

—Ánimo, papá —guaseó Tim, pasándole un brazo alrededor de los hombros—. Tú piensa que, en unos años, crecerán y se irán de casa, como manda la tradición. 

—Pues… Vosotros ya habéis crecido, y seguís en casa… —repuso Robert, riendo de buena gana.

Al fin, los tres hombres abandonaron la cocina, hablando y riendo entre ellos.

Tan pronto su padre y sus hermanos dejaron de estar en su campo visual, Ken rodeó a Chris fuertemente con sus brazos.

—Diosss… No puedo creer que esto sea real… Tú, yo y nada que me impida comerte a besos… ¿Estoy soñando? Por favor, dime que no —murmuró, mientras dibujaba una senda de pequeños besos sobre la delicada piel del cuello femenino—. Te he echado tanto, tanto de menos…

Chris se abrazó a Ken con la misma desesperación y la misma sensación, que la asaltaba por momentos, de que aquello era demasiado perfecto para ser real. Quizás, ambos estaban soñando. Apretó los párpados y dejó que aquellos labios de terciopelo la acariciaran un poco más antes de responder. No quería moverse. No deseaba que nada interrumpiera ese momento… Junto a Ken, todo era tan intenso, profundo y necesario para ella, que ya no era capaz de recordar cómo era su vida antes de él. 

—No sé si es sueño o realidad, pero, por favor, bésame… —repuso, tomando el rostro de Ken entre sus manos.

Ken abrió su boca sobre la de Chris y, mientras sus lenguas se enredaban en una danza erótica, se levantó de la silla con ella en los brazos. Barrió con su brazo derecho la taza y el platillo con la cuchara, donde quedaban migajas de su tarta de queso, y sentó a Chris sobre la mesa. Se situó entre sus rodillas y, sin dejar de besarla, volvió a estrechar el abrazo.

—Llevo cinco días soñando con esto… —susurró. Su lengua abandonó la boca femenina, el tiempo imprescindible para pronunciar aquellas seis palabras. Cuando regresó a ella, se internó más profundamente. 

Un suspiro escapó de la boca de Chris, directamente en la de Ken. Los dos temblaron y una sucesión de estremecimientos los sacudió intensamente.

La emoción crecía; la pasión, también.

Las manos femeninas abandonaron el rostro de Ken y descendieron apasionadamente a lo largo de su espalda. Tras unos instantes, sin embargo, Chris se alejó de su boca despacio, como a regañadientes. Al fin, echó la cabeza hacia atrás y respiró hondo. Estaba ardiendo. 

—Me vuelves loca… —admitió, envuelta en un nuevo suspiro.

—Y tú a mí, Chris… —Tomó su rostro entre las manos, obligándola a mirarlo—. ¿Sabes cuál es la diferencia entre tu locura y la mía?

Ken no esperó una respuesta. Después de buscar una mayor proximidad de sus cuerpos, haciendo que ella se sentara más al borde de la mesa, empujó sus caderas contra ella. Fue un movimiento suave, pero muy gráfico. 

El contacto de aquel miembro viril, listo para darle el placer con el que llevaba días soñando, la hizo estremecer. Chris sintió que sus entrañas se derretían y que cada célula de su cuerpo empezaba a latir frenéticamente.

«Pero estamos en la maldita cocina…», pensó. Dios, qué tortura.

Apretó los párpados, y apartó a Ken con suavidad. 

En un principio, él se resistió. Lo que sentía a su lado era poderoso y adictivo. No quería apartarse. Lo que de veras deseaba con todas sus fuerzas era fundirse con ella. Hacerla suya, allí mismo.

Ken empujó su cabello hacia atrás con ambas manos, y, al fin, retrocedió. Tres pasos, exactamente. Lo suficiente para poner en pausa su mutua locura, sin abandonar del todo su espacio vital. 

Chris suspiró.

—Voy al baño… A meter la cara bajo un chorro de agua helada —murmuró, poniendo una sonrisa tierna en el rostro masculino

Ken la ayudó a bajarse de la mesa. Cuando Chris volvió a sentir que sus pies estaban firmemente apoyados sobre el suelo, se estiró la ropa, se arregló el pelo y se concedió un instante más para intentar recomponerse. Solo faltaba que, al salir de la cocina, se diera de bruces con alguien.

—Pero tú, mejor, abre la ducha y métete entero debajo. No creo que lo arregles con un chorrito en la cara —añadió, en un susurro cargado de un innegable tono cómico.

—Igual me meto en el lavavajillas, junto con los platos, las tazas y las cucharillas, ¿qué dices, crees que funcionará? —propuso él, risueño, mientras la veía alejarse, ayudada de sus muletas.

Chris se detuvo brevemente junto a la puerta. Lo miró por encima de su hombro. Una sonrisa muy pícara lucía en su rostro al decir:

—El programa dura dos horas. Tú verás…

A pesar de saber que se trataba de una broma con la que ambos pretendían enfriar sus emociones, la idea de que la pausa impuesta a la loca necesidad de estar juntos durara dos horas, le resultó insoportable. Hasta dos minutos le parecían una tortura.

—Entonces, no se hable más —exclamó él, risueño—. ¡Recojo esto y voy a por mi ducha! 

Y, acto seguido, Ken se puso a desocupar la mesa a toda velocidad.


* * * * *


 

Jim y Tim intercambiaron miradas al llegar al dormitorio de Doreen.

—Seguro que está dormida —dijo el mayor de los dos, en voz baja—. ¿De verdad, te parece que esto es una buena idea?

Se refería a que estaban a punto de salir para Springfield y su tía, que normalmente se quedaba levantada para poder despedirse y entregarles los tentempiés que preparaba cuando ellos hacían el viaje por carretera, en esta ocasión, no lo había hecho. Se había retirado en mitad de la conversación sobre contratar dos empleados para el rancho, les había dado las buenas noches, y no había vuelto a dejarse ver desde entonces. 

Jim había asegurado que no se marcharía sin despedirse de ella. Tim había intentado disuadirlo. Después de argumentar que podían llamarla por teléfono en cuanto llegaran a Ohio, por la mañana, sin que su hermano le hiciera el menor caso, Tim lo había seguido. Puesto que Jim planeaba despertarla y nada podía hacer para evitarlo, aprovecharía la circunstancia para despedirse él también.  

Y allí estaban los dos, a punto de golpear a su puerta.

—¿Te apuestas algo a que no está dormida? —repuso Jim, y se quedó mirando a su hermano con la esperanza de que él captara la indirecta.

Y si no estaba dormida, ¿por qué no había ido a despedirse?

Tim negó con la cabeza.

—No veo la necesidad de venir a incordiarla. ¿Qué más da, Jim? ¿O acaso necesitas su besito de la suerte? Se despidió con un «buenas noches», tío. Deberíamos largarnos, y dejarla en paz. Ya la llamaremos por la mañana…

Jim enarcó una ceja al tiempo que soltaba el aire por la nariz.

—¿Besito de la suerte? Parece que ahora eres tú, el que necesitas que te lo deletreen —le dijo con retintín, citando las mismas palabras que su hermano había usado en el asador.

Tim hizo un gesto de desagrado con la boca. 

—¿Se puede saber por qué dices eso? 

Doreen se había retirado hacía más de una hora, aludiendo a que estaba cansada. No era de extrañar, después del tour agotador que los dos inquietos de la casa habían organizado con la excusa de que Jamie Daniels conociera a fondo la ciudad. Pero el cansancio, por sí solo, no habría impedido que Doreen Montgomery se despidiera de sus sobrinos con su cariñoso ritual cargado de abrazos, consejos y deliciosos tentempiés, como si los dos siguieran siendo niños y estuvieran a punto de irse de excursión… Había más razones aparte del cansancio. Razones que tenían que ver con lo sucedido en el asador entre el cabeza de la familia Bryan y la directora de la OADASV.

Tim sonrió cuando su cerebro hizo las asociaciones correspondientes.

—Está evitando a papá —afirmó en voz baja, y vio que su hermano movía la cabeza de arriba abajo.

—Le hará bien saber que nosotros somos los de siempre —añadió Jim.

Si se marchaban sin despedirse, la mujer lo tomaría como una confirmación de que la situación los había incomodado. Y nada más lejos de la realidad. 

Tim asintió y golpeó dos veces a la puerta.


* * * * *


Chris había ido sonriendo todo el camino. Sentada en el asiento del copiloto de la F-150, de tanto en tanto, le echaba alguna mirada pícara al conductor, que venía a comunicarle que hacía rato que se había dado cuenta de sus verdaderas intenciones. Intenciones que no eran acompañar a sus hermanos hasta la verja electrónica, como había dicho.

—¿Qué? —dijo Ken, haciéndose el desentendido ante la persistente sonrisa de su chica—. ¿Por qué me miras así? 

—¿Y encima lo preguntas? —se echó a reír—. Tendré que empezar a pensar en una buena excusa para cuando tu padre me pregunte «¿qué tal la despedida en la verja?». Ahora que me he ofrecido de observadora neutral, no me libraré de su peculiar sentido del humor…

Ken puso cara de dolor y enseguida se echó a reír. 

—¿Tan evidente ha sido? —le preguntó

Y se rio aún más cuando la vio mover la cabeza de arriba abajo con insistencia.

Jim conducía unos cincuenta metros delante de Ken. Cada vez que pasaban debajo de una farola, podía ver que sus hermanos iban conversando y riendo. De tanto en tanto, Jim le decía cosas a través del espejo retrovisor de la puerta. Era una noche calurosa y, a pesar de que ambos vehículos iban con las ventanillas bajadas, a Ken sus palabras le llegaban exentas de sonido, solo como mímica. Sin embargo, Jim se estaba partiendo de risa y, conociéndolo, Ken no necesitaba que nadie le explicara el porqué.

Pero le daba igual. 

Tenía sus propios planes y un nivel de desesperación por ejecutarlos, rayano en la locura. El día había sido una tortura. Un conjunto maquiavélico de interrupciones, de un constante esforzarse por mantener las apariencias e intentos frustrados de estar a solas con Chris. Un día que había venido a sumarse a otros tres pasados a quinientos kilómetros de ella. El aperitivo que habían compartido en la cocina lo había puesto al rojo vivo…

Y ya no podía más.

Así que, en cuanto Lilly había dicho que se haría cargo de los peludos de la familia y había puesto rumbo a la casa del bosque, llevándose a los tres canes atados con sus correas, Ken no se lo había pensado dos veces y se había sacado de la manga una oferta, en apariencia espontánea, de acompañar a sus hermanos hasta la verja electrónica para despedirse. Oferta, que sabía, que ni su padre ni sus hermanos se habían creído. 

Pero de nuevo, a Ken le había dado igual. 

Sabía que su padre tenía sus propios asuntos que resolver. Lo conocía bien y por eso dudaba mucho que fuera a hacerlo aquella noche. Lo había notado cansado y preocupado, y esas no eran las mejores condiciones para coger el buey por los cuernos. Ken, que también tenía los suyos, iba a encargarse de ellos de inmediato, y le importaba un pimiento, lo que nadie pensara al respecto.

En aquel momento, Ken tocó tres veces la bocina y sacó el brazo por la ventanilla a modo de despedida, antes de torcer por un camino de tierra que salía a la derecha del camino principal. Lo hizo acompañado por los gritos y los bocinazos de sus hermanos…

Y por la mirada intensa y brillante de Chris.

—¿Estáis jugando a ver quién sale primero del rancho y has decidido hacer trampas, cogiendo un atajo?

Ken no se molestó en disimular cuánto estaba disfrutando del momento. Se mordió el labio al tiempo que una sonrisa imposible aparecía en su rostro.

—He cogido un atajo. Pero el juego no es con ellos, es contigo.

Vio que ella lo miraba con esos ojos que eran como un mar en calma y una sonrisa inmensa. Una sonrisa traviesa.

—Guaaaaauuuu… —Fue todo lo que salió de la boca de Chris antes de que se empezara a reír en una mezcla de excitación y nervios.

Ken asintió enfáticamente y continuó conduciendo. Por momentos, volvía la cabeza y la miraba con complicidad. Y cada vez que él lo hacía, indefectiblemente, Chris sentía una revolución de mariposas en el estómago.

Entonces, Ken detuvo la camioneta y cerró el contacto. 

Chris lo miró brevemente y luego, miró alrededor. Ya había anochecido. A pesar de que el cielo estaba estrellado y la luna estaba en cuarto creciente, no veía mucho más allá de un par de metros. No tenía la menor idea de dónde se habían detenido. El rancho estaba en su mayor parte en estado salvaje. Chris conocía muy poco del lugar, puesto que tener que desplazarse en una silla de ruedas, limitaba bastante las zonas que visitaba en sus paseos. 

—¿Dónde estamos? —quiso saber.

A Ken le encantó notar su excitación. Se estaba derritiendo de gusto. Dio las luces largas y volvió a recostarse contra el respaldo de su asiento. Esta vez, sin embargo, la posición de su cuerpo no era la misma. Se había girado hacia ella. De hecho, Chris lo vio descansar el codo sobre el asiento y usar su puño cerrado para sostener su propia cabeza, mientras no dejaba de mirarla con esa sonrisa que quitaba el hipo.

Chris volvió a barrer el paisaje exterior con una rápida mirada. Cedros, castaños, otros árboles cuyo nombre desconocía o no recordaba… Naturaleza salvaje por doquier. Aguzó el oído. A lo lejos, se oía el sonido del agua corriendo en su cauce, pero eso no le ofrecía pistas fiables, puesto que la finca contaba con pequeños riachuelos, arroyos y hasta un manantial. En resumidas cuentas, no reconocía el lugar.

Ella esbozó una sonrisa cómica y se encogió de hombros.

—Parece que estoy en tus manos —afirmó—. Si tuviera que regresar por mis propios medios, tendría que esperar a que amaneciera para poder orientarme. Espero que no te importe llevarme a casa…

Ken estaba disfrutando, sin ninguna duda. De Chris le gustaba todo, pero en esa frase en particular había dos cosas que se jugaban el puesto de honor entre sus favoritas. La primera era que se refiriera a las viviendas construidas en la propiedad, como su casa, su hogar. La segunda, que admitiera con total normalidad, incluso con cierta coquetería, que estaba en sus manos. Era una confirmación más de que a su lado se sentía segura. A pesar de que, como ahora, ignorara cuáles eran sus planes.

—¿Y si te dijera que no vamos a volver a casa…? —dejó caer él. No cambió de posición, ni dejó de mirarla con esa dulzura que hacía estragos en ella.

¿Cómo que no…? Chris arrugó el ceño, pero no dejó de sonreír en ningún momento. ¿Qué se proponía hacer con ella? Y lo mejor de todo; ¿dónde? Volvió a echar un vistazo alrededor y se le aceleró el corazón ante las excitantes posibilidades que empezaron a circular alocadamente por su cabeza. 

—¿No vamos a volver a casa…?

Ken negó con un ligero movimiento. Extendió el brazo para apagar las luces largas y todo volvió a sumirse en la oscuridad, apenas iluminada por un cielo estrellado. Sin previo aviso, se agachó por delante de Chris para reclinar el respaldo del asiento del acompañante.

El corazón de Chris se saltó un latido. De repente, ella se encontró con el torso de Ken muy cerca del suyo, formando con la puerta y el asiento, una especie de prisión de la que, definitivamente, no tenía intención de escapar. Su cabello le rozó la cara cuando él se agachó un poco más para asir mejor la palanca. Y, después de sentir el roce de su pelo, fue su perfume el que la envolvió por completo. Como ya le había sucedido antes, las mariposas iniciaron un febril revoloteo al comprender lo que Ken se proponía. 

Sin apartarse, él volvió la cabeza hacia ella.

—Empuja con la espalda —murmuró, a diez centímetros de los labios femeninos.

Chris obedeció de inmediato y él cambió de posición. Se agachó aún más, metió un brazo entre las rodillas femeninas y presionó hacia abajo la palanca que había en la parte inferior del asiento.

—Ahora empuja con los pies —pidió él.

Chris volvió a obedecer. Esta vez, impulsó la butaca hacia atrás, ayudada por su pierna buena y por Ken que, ahora, se había pasado a su asiento.

Ambos se estremecieron al sentirse en contacto.

Ella sentía el peso del cuerpo de Ken, proporcionándole calor y placer. Ken sentía que sus sentidos estaban disparados y que ya apenas tenía el control de la situación.

Sus miradas intensas, abrumadoramente brillantes, se encontraron.

—¿Alguna vez lo has hecho así? —dijo él.

Chris no respondió. Era imposible contestar esa pregunta. En su vida, había habido impetuosas locuras juveniles, así como jóvenes impetuosos. Pero nada que hubiera sucedido en compañía de otros hombres, podía compararse con nada que hubiera hecho o fuera a hacer con este hombre en particular, que ahora le lamía los labios y llovía caricias sobre ella, incapaz de esperar su respuesta un minuto más. Fuera la fuera.

—Hoy no será desesperantemente lento, ¿verdad? —dijo ella.

Ken se había arrodillado frente a ella. La había ayudado a subirse la falda hasta la mitad de los muslos y ahora le estaba abriendo la camisa vaquera, tirando de ambos lados con urgencia. Los corchetes estaban cediendo con facilidad. Iba a responder, cuando la visión de aquellos grandes pechos desnudos, lo dejó sin respiración.

¿En qué momento se había quitado el sostén? ¿Y cómo era posible que él no se hubiera dado cuenta?

—Guaaaauuuu… —dijo él, cuando recuperó el aliento.

Ella inspiró profundamente. Sus pechos se movieron de forma ostensible. Notó el brillo enloquecido en los ojos de Ken, su mano acariciando uno de sus pechos posesivamente, y decidió animarlo a que continuara por ese camino excitante y novedoso entre ellos.

—No es lo único que me he quitado…

La mano de Ken se internó de inmediato entre las piernas femeninas.

—Chris… —siseó él. 

Fue un siseo apasionado, húmedo y muy caliente que empezó en el oído de Chris, atravesó su cuello y acabó en uno de sus pezones, cuando la lengua de Ken empezó a torturarlo sin piedad. 

Pero él no solo la torturaba arriba, abajo también.

Le acariciaba la cara interior de los muslos. A veces, sus dedos jugueteaban en su vello púbico, pero luego se alejaban. Siempre se alejaban. Y cuando Chris ya había empezado a desesperarse…

Sintió que él introducía un dedo despacio y con mucha suavidad en su vagina. Lo movía lentamente, pero no dejaba de avanzar y avanzar… 

—Diosss… —jadeó Chris al sentir el dedo masculino completamente dentro de su cuerpo.

Casi al mismo tiempo, volvió a sentir el peso del cuerpo de Ken sobre ella, proporcionándole una indescriptible sensación de placer, de bienestar.

—Eres una mujer tan excitante… —susurró él.

Había planeado sorprenderla con una puesta en escena distinta de la habitual y ella lo había sorprendido a él, mostrándole una faceta de ella que no conocía. Había intencionalidad y mucho morbo en el hecho de que hubiera estado despidiéndose de Jim y Tim, junto al resto de la familia y de su propia hermana, sabiendo que no llevaba ropa interior.

—Vivo mirándote. No entiendo cómo se me pudo pasar algo tan evidente —continuó, refiriéndose a su desnudez con una mirada ostensible. 

Chris sintió el fuego que emanaba de los ojos masculinos, quemándole los pechos. Volvió a respirar hondo, buscando que sus labios o su lengua, comenzaran otra clase de tortura.

—Quizás, no me mirabas donde debías… 

La voz de Chris había sonado desafiante, como dando a entender que él no le había dedicado suficiente atención. Pero fingía. Ken siempre le dedicaba toda su atención. Adoraba sentir su mirada en permanente búsqueda sensorial, intentando descubrir contornos, formas, perdiéndose en su canalillo, intentando adivinar el contorno de sus pezones a través de la ropa. Y cuando le daba la espalda… Ese hombre adoraba sus nalgas. Podía sentir sus caricias recorriéndole los glúteos, internándose entre sus piernas, aunque, en la realidad, no hubiera ninguna mano proporcionándoselas. Chris sabía lo que Ken buscaba con su mirada. Y, a menudo, se lo daba. Era un premio a esa persistencia que la había reconciliado con su propia feminidad y la hacía sentir hermosa.

—Te miraba. Créeme cuando te digo que es dificilísimo lograr que no me pilles haciéndolo… 

Siempre te pillo, pensó ella. Fue un pensamiento fugaz que desapareció por completo de su mente cuando él metió una mano entre sus cuerpos y empezó a manipular la hebilla de su propio cinturón. 

Chris no dudó en ayudarlo. Casi no podía esperar a volver a sentirlo en sus entrañas. Hacía cuatro larguísimos días de la última vez. Además, este Ken excitado que, por una vez, estaba dejando sus habituales escenarios románticos a un lado, para desmelenarse en el asiento de su coche, la estaba poniendo al límite.

—Y entonces, ¿cómo se te pudo escapar algo tan obvio? —inquirió, tomando las manos masculinas y posándolas sobre sus pechos, guiando sus caricias, y gimiendo cada vez que Ken torturaba sus pezones con los dedos.

—Supongo que no imaginé que harías algo así, estando rodeada de Bryans… Y te juro que me encanta descubrir esta faceta tuya… —Era más que encantarle y, por una vez, lo admitió sin rodeos—: Me pone muy caliente… como habrás notado.

Ken se enderezó. Estiró un brazo y encendió la luz interior de la cabina. 

Chris jadeó al volver a tomar conciencia de la realidad. El hombre más atractivo del mundo frente a sus ojos, devorándola con la mirada, deseándola con locura, el mullido tapizado del asiento bajo su piel, su propia desnudez… Estaba a punto de disfrutar de un sexo bestial en el asiento de un coche, aparcado en mitad de la nada. Asintió, en un gesto de aprobación. Definitivamente, hacerlo con luz era mucho mejor. 

Un instante después, Ken empezó a desabrocharse la camisa sin apartar sus ojos de Chris. Abrió ambos lados, exponiendo su torso, pero no se la quitó. Sus manos regresaron a  su cinturón. Lo abrió. Desató el botón superior de sus vaqueros, y bajó la cremallera.

Respiró hondo cuando al bajar la cinturilla de sus bóxers, los ojos de Chris se posaron con deleite en su miembro erecto. 

—Y respondiendo a tu pregunta… Hoy, para variar, va a ser vehemente, muy loco… Y sin protección —murmuró, cuando ya había vuelto a cubrir a Chris con su cuerpo.

Ella le pasó los brazos alrededor del cuello, buscó su mirada con una mezcla de interés y deseo.

—¿Y cómo sabes si hoy podemos hacerlo sin condón, eh? ¿Acaso espías mi diario?

Ken la penetró de una vez y sin preaviso. Chris contuvo el aliento al sentir la embestida. No estaba acostumbrada a que las cosas empezaran de aquel modo entre ellos. Ken era de los que se tomaban su tiempo para todo: para desnudarla, para mirarla, para acariciarla… Era de los que disfrutaban imprimiendo un ritmo lento, pero constante, tan desesperantemente excitante que conseguía volverla loca de deseo, de anticipación.

—Uf… —jadeó Chris—.  Eso ha sido inesperado… Pero muy, muy agradable.

Así que te gusta…

Ken se retiró por completo y un instante después, volvió a embestirla.

—¿Te refieres a ese diario donde desnudas tu alma, que yo mataría por tener entre mis manos, aunque solo fueran cinco minutos, pero que jamás tocaría sin tu permiso? —Sus miradas se encontraron—. Lo sé porque todo lo que tiene que ver contigo me importa… Porque no dejo de mirarte… Para aprenderte de memoria y saberlo todo, absolutamente todo de ti. Por eso reconozco las señales cuando aparecen. Todas y cada una de ellas…  

Ken se afirmó sobre sus manos, apoyadas en el reducido espacio libre que quedaba del asiento a cada lado del cuerpo femenino, y volvió a entrar en ella una vez más. Con mucha más fuerza.

—Y porque te amo con locura… Estoy tan, tan, tan enamorado de ti…

El corazón de Chris se detuvo durante una fracción de segundo para lanzarse a latir enloquecido, un instante después. Ya estaba en las nubes mucho antes de que Ken pronunciara aquellas palabras que continuaban resonando en cada rincón de su mente y de su corazón como el sonido más sanador y más hermoso del universo. Ahora, Chris era la estrella más brillante del firmamento, contemplando a los mortales, desde el infinito. 

—Yo también te amo con locura… Abrázame fuerte, Ken, y no me sueltes nunca.

La pareja se fundió en un abrazo apasionado, cargado de amor y también de deseo. 

Permanecieron regalándose besos y caricias durante un rato,  mientras se recuperaban de la intensa emoción de los primeros «te amo» compartidos.

Entonces, Chris elevó sus piernas y apoyó los pies en el salpicadero, insinuándose sin ningún pudor.

Ken tembló perceptiblemente al sentir que ella atrapaba sus caderas entre las piernas. Volvió a penetrarla con fuerza y, esta vez, ya no hizo más pausas. Siguió entrando y saliendo, a un ritmo cada vez más rápido.

Un ritmo enloquecedor, que Chris acompasó con cada fibra de su ser. Ambos, buscando desesperadamente alcanzar el clímax que llevaban días esperando.

El primero de muchos que compartirían antes de que llegara el alba.

—Qué noche más caliente vamos a tener… —murmuró él, envuelto en un suspiro de fuego.

Sus palabras interrumpieron un silencio hasta ahora dominado por el hipnótico sonido de dos cuerpos chocando uno contra otro, más rápido y más fuerte cada vez. 

—Oh, sí —jadeó Chris. Su voz salió entrecortada y cargada de deseo—. Ya lo creo que sí.

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©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
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