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Proyecto CRS-06

Nuestra gran, gran aventura

(NGGA)


Presentación |

Shortie 1: «Un apartamento con vistas»  1 | 2 | 3

CRS-06. NGGA. ¡Volvemos a Londres!

Shortie 2: «Un cambio inesperado» 1 | 2 | 3



Nuestra gran, gran aventura, de Patricia Sutherland. Una colección de relatos sobre Jana y Declan antes de su gran spin-off 🩷


CRS-06. Nuestra gran, gran aventura (NGGA). Portada de proyecto y resumen.


CRS-06 NGGA

Resumen:


Al final de Volver a empezar, Jana y Declan deciden permanecer juntos, a pesar de la difícil situación psico-emocional que ella atraviesa, como consecuencia de una relación tóxica que tuvo en el pasado y que casi acabó con su vida.


El objetivo no es fácil de conseguir, requiere mantener un sutil equilibrio entre el poderoso sentimiento que los une y los recuerdos de un pasado terrible que se manifiestan en Jana con ataques de pánico que la impulsan a huir. Así las cosas, Declan echa mano de sus potentes dotes de estratega y le propone un cambio radical en sus vidas. Un cambio al que denomina «nuestra gran, gran aventura».

Una aventura de la que me propongo mostrarte sus momentos más importantes a través de una colección de historias cortas que, como no podía de ser de otro modo, se titula: Nuestra gran, gran aventura.


- * - * - * - * - *-


Este proyecto se desarrolla alternativamente junto con el Proyecto CRS-04. Una vez no basta (UVNB), que narra la historia de Gayle y Thomas, y con el Proyecto CRS-05. H&B (Harley & Brandon, titulo provisional), que te seguirá mostrando a Jana y Declan a través de una colección de «shorties» de sus momentos más importantes.

Los tres proyectos pertenecen al mismo universo y comparten la línea temporal. Entre los tres, podrás seguir la vida de Jana y Declan y de sus amigos, más de cerca. Puedes leer cada proyecto de manera independiente, pero dado que la voz cantante la tiene la secuencia temporal, creo que como más disfrutarás de la lectura, es si sigues el orden de las publicaciones tal como las hago en el club.


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CRS-06. NGGA. Un apartamento con vistas - 1


Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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Viernes, 27 de marzo de 2015.

Declan se dirigía a su empresa cuando el móvil sonó anunciando que acababa de recibir un wasap. Sin haber consultado siquiera la pantalla, sonrió. Ya sabía de quién era; de la misma mujer que llevaba media mañana enviándole mensajes a cada rato.

Se habían despedido temprano a las puertas del Hotel Portobello, donde habían pasado una noche inolvidable. Declan se había marchado a trabajar y Jana, a ocuparse del que sería su hogar temporal hasta que encontraran un piso que reuniera las condiciones para convertirse en su rincón especial. Pero desde que había puesto un pie en el apartamento, tomaba fotos de todo y se las enviaba con comentarios que lo hacían desternillar. Se trataba de un apartamento de corta estancia, destinado, principalmente, al sector empresarial y, por lo tanto, estaba totalmente equipado para hacer que su estancia fuera cómoda. Sin embargo, Jana había echado de menos los implementos de limpieza. Decía no haber encontrado ni un triste escobillón. Y había bromeado acerca de que, quizás, la dirección del establecimiento había decidido excluirlos de los servicios, habida cuenta del poco interés que suscitaban entre los huéspedes habituales, normalmente profesionales del sexo masculino.

Declan entró en el edificio donde estaba su empresa, cerró la puerta y, después de sacar el móvil del bolsillo de su cazadora, se recostó contra la pared del pasillo.

—¿Eres tú, jefe? —oyó que Debbie preguntaba desde su despacho.

«Y dale con jefe», pensó él, al tiempo que activaba la pantalla de su móvil.

—No. Soy un sicario que contrató para convencerte de la conveniencia de que dejes de llamarlo jefe.

En el despacho que hacía las veces de recepción, Debbie se echó a reír. Salió de detrás del escritorio y se asomó al pasillo.

Y allí estaba el sicario, apoyado contra la pared, junto a la puerta…

Declan se rio al ver el selfi que Jana se había tomado, fingiendo besar a una fregona a la que había logrado ponerle sus gafas negras. El mensaje decía:


«Yo creo que la limpiadora se la ha dejado olvidada y en cualquier momento volverá para llevársela. ¿Sabes qué? ¡Voy corriendo a esconderla! Porque como esta noche, cenando, se nos caigan algunas migas, ya nos veo a los dos, en cuatro patas, humedeciéndonos la yema del dedo para recogerlas 😂!»


Jana estaba tan contenta… Parecía otra mujer. Era una persona ocurrente, ingeniosa, pero esta alegría que impregnaba cada palabra y cada frase era totalmente nueva.

Declan suspiró.

Fue un suspiro de alivio por que las cosas fueran tan bien. Era consciente de que la aventura que le había propuesto la noche anterior era muy osada. Así se lo parecía incluso a él, alguien sin arraigos ni apego alguno a las cosas materiales. Jana se había apuntado de inmediato, pero estaba por ver cómo se adaptaría a una realidad tan diferente. De momento, todo iba sobre ruedas.

El suspiro también portaba una considerable carga de sentimientos. Estaba enamorado por primera vez en su vida. Y Jana conseguía que oyera pajaritos cantando cada vez que le enviaba una foto o un mensaje. Lo que no recordaba haber sentido a los quince, lo estaba sintiendo con cuarenta y cuatro años. Menuda locura.

Cuando al fin logró salir de la nube rosa y alzó la vista, se encontró a su asistente cruzada de brazos, mirándolo con expresión traviesa.

Declan sabía muy bien lo que vendría después de esa mirada, y decidió ahorrárselo. Y no, precisamente, porque no le apeteciera responder las peguntas que empezarían a llover sobre él en cuanto le diera pie a hacerlas. Todo lo contrario. Estaba tan emocionado por cómo había cambiado su vida en tan solo veinticuatro horas, que no pararía de hablar hasta haberlo soltado todo. Y ese no era su estilo. Podía bromear entre amigos sobre ciertos aspectos de su vida, pero lo que sucedía entre Jana y él era sagrado. De naturaleza privada, incluso para sus más íntimos amigos. De hecho, tenía un wasap de Brandon —un muy explícito «¿qué tal anoche?», seguido del emoticono de un diablo sonriendo y otro de una berenjena, y una llamada de Lau, que había ignorado de forma deliberada. Primero, tenía que calmar sus emociones.

—¿Estás esperando el autobús? La parada está fuera —le dijo Declan al pasar a su lado. Giró a la derecha y un instante después, entró en su despacho.

Era la primera vez que Debbie veía a su jefe tan radiante. Había un halo de persona realizada a su alrededor, que los hombres solo tenían cuando sus asuntos sexuales iban bien. Si a eso le sumaba que vestía prendas que no solía llevar cuando estaba trabajando y que, al pasar a su lado, había dejado un rastro de perfume demasiado dulzón para tratarse de un nuevo aftershave… Las preguntas que se moría por hacerle, no dejaban de multiplicarse con cada nuevo detalle que captaba. Por ejemplo; la curiosa marca rojiza que lucía en el costado del cuello, dos dedos debajo de la oreja izquierda.

Lo siguió con su sonrisa en ristre. Se detuvo frente a su escritorio. Él continuó a lo que estaba, como si ella no estuviera allí. Revisaba las carpetas y recados telefónicos del día anterior. Lo cual, no era, sino otra confirmación de que él no había vuelto a la oficina desde que ella lo había visto por última vez.

Declan siguió haciéndose el sueco. Pero, entonces, el móvil, que había dejado sobre la mesa junto a él, volvió a sonar indicando que tenía un mensaje. La pantalla se iluminó, mostrando las primeras líneas junto a la foto de perfil de Jana. A Declan le faltó tiempo para abrirlo.

Y lo siguiente que Debbie vio fue a su jefe desternillándose de la risa.

Jana se había hecho un selfi sentada al estilo indio en el suelo de lo que parecía una alacena o un trastero, blandiendo un plumero en actitud triunfal. El texto decía:


«¡¡¡Habemus escobillón… Y un recogedor!!! Y hasta una aspiradora de mano!!! ¡Los habían escondido aquí!».


Pero cuando Declan había parado de reírse y se disponía a seguir haciéndose el sueco, puesto que Debbie continuaba plantada frente a su mesa, otro wasap le cambió la cara.


«¿Crees que cabremos los dos aquí, Dec? Se me está ocurriendo una idea muuuuuy 🔥🔥🔥».


Declan se olvidó de que no estaba solo. Se olvidó de todo, de hecho. Activó el teclado y sus dedos volaron sobre él. No tuvo que pensar qué responder.


«¿Crees que después vas a querer salir de ese cuartucho? Probamos esta noche, ¿quieres?».


La respuesta de Jana tardó un segundo en llegar. No contenía palabras y puso a Declan tenso como la cuerda de un violín.

La voz de Debbie se ocupó de devolverlo a la realidad de sopetón.

—¿Sabes qué, jefe? Ya no necesito preguntarte nada. Lo llevas escrito en la cara. Así que… ¡Enhorabuena… por lo que sea que haya pasado! —dijo.

Y tras dar media vuelta, se marchó de su despacho dedicándole una mirada cómplice.

* * * * *

Después de revisar los expedientes que tenía sobre la mesa y responder algunos de los recados telefónicos, Declan se quedó pensando en Gayle Middleton. Todavía no había hablado con Andreas, pero él había despachado con Debbie a primera hora como siempre, informando que, a petición de la clienta, se dirigía a recogerla para llevarla a su trabajo donde solo estaría medio día. Por la tarde, tenía una cita con sus abogados, tras la cual Andreas la llevaría a su casa. Calculaba que quedaría libre para ocuparse de otros servicios alrededor de las cuatro de la tarde. Thomas también había reportado a Debbie a primera hora con normalidad. Después del caos del día anterior, todo parecía tranquilo y en calma.

Demasiado en calma.

Cogió su móvil de empresa y efectuó una llamada. Atendieron enseguida.

—Buenos días, Declan… ¿O debería decir buenas tardes? Qué bien viven algunos… —lo saludó Andreas.

Declan se rio ante aquel inesperado arranque de locuacidad.

—¿Seguro que eres tú? Me parece que es la primera vez que te oigo decir tantas palabras juntas… —contraatacó.

—¿Qué esperas? Llevas desaparecido las últimas veinticuatro horas y dicen las malas lenguas que no desapareciste solo. Tú verás.

Declan ignoró aquel tono burlón y, de paso, también su intento de conducir la conversación hacia la razón de que nadie le hubiera visto el pelo desde la tarde anterior.

—Ya. Tranquilo, estoy bien. Imagino que estarías muy preocupado… —ironizó—. ¿Qué tal van las cosas con Gayle Middleton? Creía que hoy se tomaría el día libre…

—Yo también. Pero anoche, tarde, me envió un mensaje diciéndome que hoy iría a trabajar y que por la mañana me diría dónde debía recogerla.

Declan apoyó la espalda contra el respaldo de su sillón ergonómico. Qué raro, pensó. En teoría, Gayle iba a pasar la noche en casa de Jana. No habían hablado del tema, pero era lo que venía sucediendo el último par de días. Sin embargo, a la hora de enviar el mensaje a Andreas, ella, por lo visto, ignoraba dónde estaría por la mañana. ¿Le habría surgido algo importante a primera hora?

—¿Y dónde la recogiste?

—En una cafetería cerca de Chelsea.

Las cejas de Declan casi se juntaron al oír esa respuesta.

—¿Una cafetería?

—Bueno, no una cualquiera, a ver si me entiendes… Parece que la mujer escoge muy bien donde pone sus pies. En Aubaine, la que está en Brompton Cross.

Declan había dado por hecho que, tratándose de Gayle, el lugar de recogida no sería un Burger King. Lo que le resultaba extraño era que hubiera quedado con Andreas en un sitio público.

—¿Y estaba bien? ¿Notaste algo raro?

La línea se quedó en silencio unos instantes mientras Andreas pensaba en su respuesta.

—Apenas la conozco, pero diría que estaba bien. Mejor que ayer, eso seguro.

Saberlo tranquilizó a Declan. Ya tendría ocasión de preguntarle a ella misma la razón de que hubiera quedado con su guardaespaldas en un lugar distinto de la casa de Jana, donde se suponía que había pasado la noche.

—¿Qué hay de su exmarido? ¿Te has cruzado con él?

—No. Estoy aparcado frente al trabajo de la señora Middleton y, por el momento, no hay rastro de su ex. Crucemos los dedos. Ya me ha contado Thomas que ayer tuvo que darle un buen meneo. Espero que el tipo no necesite otro.

—Eso ni lo menciones. Nada de meneos, tío… Por favor, ve contándome lo que haces con ella a lo largo del día. Quiero estar al tanto de todo.

—Entendido, Declan —concedió Andreas.

Después de colgar con su hombre, Declan cogió unas cuantas carpetas así como sus llaves, y se dirigió a la recepción.

Debbie se despidió del cliente con quien estaba hablando por teléfono y colgó. Miró a su jefe con una sonrisa traviesa.

—Te preguntaría si puedo hacer algo por ti… Ya sabes, por ser amable y servicial, pero tienes cara de no necesitar nada… Me das muchísima envidia, jefe. ¿No me he puesto verde aún?

Declan suspiró. Alzó la vista de la nota que estaba escribiendo sobre la tapa de uno de los expedientes.

—¿Quieres dejarlo de una vez? —Sonrió—. ¿Acaso uno no puede irse de juerga en paz?

—O sea, que admites que has estado de juerga.

Y menuda juerga, pensó él. La mejor de su vida con diferencia.

—¿No decías que lo llevo escrito en la cara? —repuso él. Sin darle tiempo a responder, depositó el lote de carpetas frente a ella—. Aquí tienes los expedientes con instrucciones. No estaré disponible el resto del día, pero si surge una emergencia, puedes ponerme un busca, ¿estamos? —Debbie asintió. Declan ignoró su sonrisa burlona—. De acuerdo. Entonces, me largo. Volveré mañana, a tiempo para la primera entrevista. —Se refería al equipo de especialistas que necesitaba contratar para el proyecto de Marika Ryan.

Se quedó unos instantes esperando la guasa, la pregunta de turno, algo. No sucedió nada.

¿Ni un chiste?, pensó. ¿Ni un comentario con doble sentido acerca de la marca que tenía en el cuello? ¿Nada, en serio? Qué bien.

Satisfecho, Declan dio una palmada sobre el escritorio de la recepción, a modo de despedida, y se puso en marcha.

Pero no había recorrido más de un par de metros, cuando la oyó exclamar:

—¡No te olvides de darle mi enhorabuena a Jana! ¡Te ha cazado, jefe! ¡Esa mujer es mi ídola!


* * * * *


Jana dio una vuelta completa sobre sus pies en mitad de la cocina y a continuación pasó una mano sobre la suave superficie de los muebles. Eran modernos y muy funcionales. Todos de color blanco con la superficie de apoyo de un material que imitaba el aspecto del granito. Los electrodomésticos eran metalizados y el contraste, en conjunto, resultaba agradable. Se veía a sí misma allí, entre sartenes, recuperando su amor por la cocina, que tan olvidado tenía desde hacía tres meses.

Concretamente, desde que, en un ataque de pánico, había puesto fin a su relación con Declan. A partir de entonces, todo había ido cuesta abajo, incluido su hambre, que todavía no había recuperado del todo.

Pero lo haría muy pronto, pensó con una sonrisa ilusionada.

La cocina conectaba con el salón. Podía aislarse cerrando las puertas correderas, pero ahora estaban abiertas. Desde donde Jana se hallaba, podía ver el salón en su conjunto y, al fondo, las dos ventanas que daban a la calle de atrás de donde se encontraba la entrada de la vivienda. Era una de las angostas calles con encanto del Soho, dedicada a vivienda residencial por lo que no había negocios ni coches estacionados, puesto que no estaba permitido aparcar.

Al igual que el resto del apartamento, el salón estaba equipado con todo lo necesario. En un ambiente luminoso, de paredes blancas y suelo de parqué marrón claro, los muebles de pino y los tapizados en crema creaban una atmósfera muy relajante. Había pequeños detalles decorativos cargados de color; una alfombra rústica con motivos geométricos en distintos tonos de azul, cojines de múltiples formas y tamaños en colores llamativos y plantas dispuestas en tiestos de cerámica pintada con motivos abstractos, que alegraban cada rincón de la vivienda. Y dominando el salón, en la pared de la derecha, una gran chimenea. Tenía el aspecto de una antigua chimenea de leña, pero funcionaba con electricidad. La había encendido al llegar y en un rato había templado toda la casa. Jana también podía verse allí, frente a la chimenea, en los brazos de Declan, ambos cubiertos por una gruesa y acogedora manta.

El apartamento tenía dos dormitorios semejantes, situados uno junto al otro. Contaban con las dimensiones necesarias para albergar una cama grande con su correspondiente mesita de noche, una pequeña zona de trabajo con un escritorio abatible, un sillón de una plaza y un armario empotrado. Jana aún no había elegido cuál sería el suyo. Estaba esperando a Declan para decidirlo juntos.

Suspiró ilusionada. En esta nueva aventura en la que se habían embarcado, la clave era «juntos». Lo cual era algo decididamente nuevo para ella. Incluso cuando su madre estaba viva, había tenido que tomar la mayoría de las decisiones importantes, con la duda y la preocupación que estas conllevaban para una adolescente. Era liberador saber que, en adelante, ya no sería así.

A pesar de ser muy distinto de su encantador piso de Covent Garden, Jana estaba conforme con su nuevo hogar temporal. Era moderno, cómodo, muy funcional y estaba totalmente equipado. Y disponía de algo más. Algo que para Jana era lo mejor de la vivienda: el patio-jardín del tejado. El apartamento estaba situado en el último piso de un viejo edificio de dos plantas y era el único que tenía acceso a él, curiosamente, desde una puerta situada en el baño. Jana se rio al recordar que la había abierto pensando que allí encontraría los benditos implementos de limpieza y se había quedado con la boca abierta al ver el pequeño paraíso que se abría ante ella al otro lado de una reja de seguridad. Había tiestos de cerámica en el suelo, a ambos lados, contra las paredes que lindaban con las viviendas vecinas y, en el centro, un juego de jardín compuesto por dos sillas y una pequeña mesa redonda de madera de teca. Si se acercaba a la barandilla, podía contemplar toda la calle con las casas a ambos lados, puesto que la entrada del inmueble estaba situada al fondo de una calle sin salida o cul-de-sac.

Y allí estaba Jana ahora, bajo un paraguas y envuelta en un grueso abrigo, mirando con el corazón en fuga al apuesto individuo que se dirigía a prisa hacia su edificio.


* * * * *


Declan se detuvo en mitad de la calle, a cinco metros de la entrada del edificio y miró hacia arriba con una sonrisa. Si no se estuviera mojando, se quedaría un rato contemplando el espectáculo.

—¿Voy a tener que escalar la pared para llegar hasta ti? —bromeó—. ¿O podré subir por las escaleras, como un tipo normal?

Jana sonrió.

—No me des ideas, ancianito… —Estiró el brazo fuera de la barandilla e hizo repicar el llavero que sostenía en una mano.

Después de darle tiempo a Declan para que se situara en el sitio correcto para cogerlas, las dejó caer. Él las atrapó en el aire.

Entró en el edificio. Se sacudió las gotas de lluvia del cabello y de la ropa y se limpió los pies en el felpudo de la entrada. Al fin, miró alrededor. Era la primera vez que estaba allí y le sorprendió su aspecto antiguo, con un hall diminuto, una puerta a la derecha que, dedujo, daba acceso al apartamento de la planta baja y una escalera que salía de frente, con altos peldaños de madera. Tenía buenas referencias de la empresa arrendadora y el empleado le había asegurado que el apartamento era moderno, puesto que había sido reformado hacía un par de años. Las fotos de la página web así lo corroboraban. Pero, la primera impresión no era la que Declan había esperado.

Al llegar arriba, respiraba con un poco de dificultad. No le faltaba el aliento, pero su cuerpo acusaba el esfuerzo. Y eso que habían sido tan solo dos tramos de escalera. Pero los escalones eran muchos y muy altos. Otra razón para descartar aquella vivienda.

Pero en cuanto alzó la vista y vio a su chica allí, recostada contra el marco de la puerta, se le pasaron todos los males.

—No te preocupes. Lo de dentro compensa con creces lo de fuera —se adelantó Jana, con una sonrisa.
Declan avanzó hasta ella, le rodeó la cintura con un brazo y se inclinó a besarla.

—¿Tú crees? Mucho tendrá que compensar. Esa escalera es mortal. —Sus labios acariciaron los de Jana amorosamente.

—O será que tú estás muy mayor, ¿no lo has pensado? —repuso ella.

Las caricias continuaron unos instantes, hasta que Jana abrió la boca para recibir la lengua masculina y el beso fue largo.

Al fin, Declan avanzó hacia el interior del apartamento sin liberar a Jana. Cerró la puerta con el talón de su bota y se apoyó contra ella.

Se miraron cómplices.

—¿Muy mayor para qué? Anoche no te parecí nada mayor…

Ella se rio bajito. Le rodeó la cintura con los brazos. Él hizo lo mismo y continuaron mirándose en silencio.
Fue Jana quien lo rompió.

—Qué bien que ya estés aquí…

—Cualquiera diría que me echabas de menos… —dejó caer él.

—Qué va. Es que tengo hambre. El estómago lleva un rato haciendo ruidos raros.

Si la intensidad de una mirada tuviera el poder real de convertir a un ser humano en polvo, ninguno de los tendría ya forma física. A pesar de lo cual, siguieron mirándose y dedicándose pullas románticas.

—Ya somos dos. Justamente por eso he venido media hora antes. Porque el hambre me está matando —repuso él—. ¿Qué te parece si echo un vistazo rápido al apartamento y nos vamos a comer?

Pero en cuanto Declan hizo el ademán de apartarse de Jana, ella se lo impidió.

—Te concedo cinco minutos para que dejes de mirarme y eches un vistazo alrededor… Pero sin moverte de donde estás y, por supuesto, sin soltarme… Se está de miedo pegada a ti —admitió, bajando la voz, como si le estuviera haciendo una confesión que no deseaba que nadie más escuchara.

Y que lo digas, pensó él.

—¿Solo me dejas levantar la vista?

Ella asintió divertida.

—Cinco minutos solamente —concedió, haciendo que Declan se derritiera por dentro—. Desde aquí tienes una muy buena vista. Servirá para una primera impresión… Para que te hagas una idea de lo que te espera en el interior. Es la que verán nuestros invitados cuando les abramos la puerta, así que… ¿Qué vibraciones te produce? ¿Buenas, pichí, pichá, buenísimas…?

Declan continuó mirando a Jana. En realidad, dándose un festín de ella. Conectando la imagen que entraba por su retina con el dulce sonido de su voz.

Pensó en lo bien que le había sonado ese «nuestros»… Y en que tenía gracia que ahora le diera tanta importancia a una palabra de la que él había huido la mayor parte de su vida. Era increíble todo lo que esa mujer preciosa y menuda estaba consiguiendo de él.

Y como sigas mirándola…

Declan se tragó un suspiro.

—Muy bien —concedió—. Veamos…

Abandonó los ojos de Jana muy despacio y miró más allá de ella.

La luminosidad y los colores claros dominantes en la vivienda marcaban una gran diferencia con la oscuridad y el olor a viejo del hall y las escaleras del edificio. Asintió con la cabeza en un gesto aprobatorio.

—¿Estás segura de que no hemos atravesado alguna puerta mágica y estamos en otra parte?

Ella se rio al tiempo que asentía con la cabeza. Había tenido la misma impresión al llegar. El exterior tenía tan poco que ver con el interior, que no parecían pertenecer a la misma estructura.

Tomó a Declan de la mano y tiró de él, mostrándole las distintas estancias ante su gesto complacido. Recorrieron las habitaciones una a una y Jana se reservó la visita al patio-jardín para el final.

—Menuda diferencia, ¿eh? —dijo ella, antes de abrir la puerta que conectaba el baño con la terraza.

Declan movió afirmativamente la cabeza. Aunque la diferencia no hubiera sido grande, no habría supuesto un problema, puesto que solo se trataba de una estancia temporal. Pero su primera impresión al entrar en el edificio había sido tan mala, que ahora se sentía aliviado.

—Hace diez minutos no pensé que diría esto, pero me gusta. El apartamento está muy bien, ¿verdad?

—Muy, muy —concedió ella—. Y espera a ver esto.

Con esas, abrió la puerta que conducía al patio-jardín, hizo lo mismo con la reja de seguridad y haciéndose a un lado para dejarlo pasar primero, dijo:

—Seguro que no es lo que esperas encontrar en tu baño, pero, oye, esto es una aventura. ¿Y qué aventura que se precie no tiene tesoros escondidos?

Declan agachó la cabeza y traspasó el umbral que conducía al patio-jardín. Su gesto de sorpresa lo dijo todo.

—¿Es nuestro? —le preguntó girándose a mirarla. La vio asentir con una sonrisa tridimensional—. Guau. Antes, pensé que estabas en la terraza, que habías subido a echarle un vistazo.

Declan tocó el respaldo de una de las sillas al pasar. Ya no llovía, pero las gotas en la madera le mojaron la yema de los dedos. Se acercó a la barandilla. Contempló la escena que se abría ante sus ojos y emitió un silbido aprobatorio. Aquella pequeña calle sin salida era un oasis de paz en medio del populoso ajetreo del Soho. Y la vista más privilegiada de aquel lugar la tenían ellos, estaba al otro lado del baño de su apartamento. Era increíble.

—Esto es genial —dijo.

Jana se reunió con Declan junto a la barandilla.

—Es un sitio ideal. Con buen tiempo, hasta podríamos cenar aquí.

Él le pasó un brazo por los hombros y la apretó contra él, riendo.

—¿Buen tiempo en esta ciudad? No sé yo… Pero tienes razón, este lugar es un tesoro…

Como si la sola mención de las palabras «buen tiempo» hubiera invocado a las fuerzas de la naturaleza, comenzó a llover otra vez. Las tres o cuatro primeras gotas, que parecían tan inofensivas, pronto acabaron convertidas en un aguacero. Declan y Jana se apresuraron a entrar en el apartamento.

Acababan de llegar al salón cuando el móvil de Declan empezó a sonar. Lo sacó del bolsillo y se lo mostró a Jana. El nombre que se iluminaba en la pantalla era «Brandon».

Un instante después, empezó a sonar el de Jana. En su pantalla aparecía otro nombre familiar: «Harley».

—¿Sabes qué? —propuso ella—. Los ponemos a ambos en manos libres y así matamos dos pájaros de un tiro.

—No me digas más; a ti también te han frito a llamadas.

Llamadas, mensajes… De nada había valido que le hubiera enviado a su socia un wasap asegurándole que estaba bien y que más tarde la llamaría.

Jana asintió repetidas veces mientras en su rostro lucía un claro «me tiene harrrrrrtaaaaaa».

Declan se rio. La acompañaba en el sentimiento, desde luego. Eran sus amigos, los quería y les agradecía enormemente la ayuda que le habían brindado tras su ruptura. Pero tanta insistencia empezaba a agotarle la paciencia.

—Vale —acordó Declan—. Entonces, a por los dos pájaros.


(Continuará…)

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©️2024. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷


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CRS-06. NGGA. Un apartamento con vistas - 2


Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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Viernes, 27 de marzo de 2015.

Jana ya se había sentado en el sofá y se disponía a atender la llamada de Harley, cuando Declan llamó su atención poniendo una mano sobre la pantalla del móvil. Ella alzó la vista hacia él con una sonrisa.

—¿Has cambiado de idea y pasamos de atenderlos? —preguntó divertida.

Declan negó con la cabeza. Se puso de cuclillas frente a ella.

—¿Qué te parece si no les decimos nada de nuestra loca aventura todavía? —dijo señalando con la mirada el sitio donde se hallaban.

La sonrisa de Jana se hizo más grande. ¿Mantenerlo en secreto un tiempo? Que le dijeran dónde había que firmar.

—Les dejamos creer que seguimos como siempre y en unos días —continuó el, cada vez más ilusionado con la idea—, cuando acabemos de instalarnos bien aquí, los invitamos a un brunch o a comer… Pero mientras tanto, es nuestro secreto.

Jana asintió con entusiasmo.

—¿Qué buena idea, ancianito! —exclamó.

Declan se sentó en el sofá, junto a Jana. Los dos pusieron sus móviles sobre la mesita ratona y atendieron sus respectivas llamadas, poniéndolas inmediatamente en manos libres.

—Hola, Harley… —empezó a decir Jana.

Ella la dejó con la palabra en la boca.

—¡Al fin! Joder, Jana… ¿Dónde estabas? Tía, me tenías preocupadísima…

—¿Harley, eres tú? —se oyó la voz de Brandon desde el otro móvil.

—¿Brandon? ¿Qué haces tú ahí… donde sea que estés? ¿No ibas al estudio? —repuso ella. Su voz denotó que estaba desconcertada—. ¿Alguien puede decirme lo que está pasando, por favor?

Jana y Declan intercambiaron sonrisas divertidas y fue él quien les ofreció las pertinentes explicaciones.

—Hola, chicos… ¿Qué tal? Estáis tan sincronizados que nos llamáis al mismo tiempo. Así que se nos ocurrió que estaría bien mantener una conversación a cuatro bandas y en directo y ahorrarnos contar las cosas dos veces… ¿Cómo estás hoy, Harley?

—¡De los nervios! ¿Cómo voy a estar si he llamado a todo el mundo y nadie sabía darme el paradero de mi socia? Cuando te tenga cara a cara, te vas a enterar, Jana… —repuso ella, pero enseguida se echó a reír.

Jana sacudió la cabeza.

—Pero, vamos a ver, te envié un wasap, Harley. Te dije que estaba bien y que más tarde te llamaría… —se rio—. Perdona, pero lo tuyo no tiene que ver con la preocupación, sino con la curiosidad, que es muy diferente.

—¿Y qué esperáis? —terció Brandon—. Anoche, os largasteis juntos y sabemos positivamente que no fuisteis a casa. No estabas en tu piso Jana. Ni tú en el tuyo, Dec…

Declan frunció el ceño. Miró a Jana con una sonrisa intrigada.

—¡Y tú qué sabes si estuve en casa o no! —dijo él, seguro de que se trataba de un farol.

Se oyó la risa de Brandon y a continuación su voz, seductora e intrigante.

—Tengo mis fuentes.

—Y una mierda. Has lanzado el anzuelo para ver qué pescabas. ¡Y no has pescado nada, tío!

—¡Te ha pillado, BB! —intervino Harley, confirmando que se había tratado de un farol.

Tras unas cuantas risas, Brandon volvió a hablar:

—Decid lo que queráis, pero yo conozco a Declan muy bien y tengo claro que anoche tenía un plan en mente. Algo grande. —Tras una pausa dramática para darle la ocasión a su amigo de meter baza, sin que eso sucediera, continuó—: y que conste que no lo digo solo porque anoche sacara sus mejores galas del armario… —añadió con malicia.

Jana se cubrió la boca mientras reía. Declan sacudió la cabeza risueño.

—No eran mis mejores galas, tío. ¿Ahora también te sabes de memoria mi guardarropa? Iba de sport, pero con un toque elegante. Vistoso, digamos.

—Vistoso, dice… ¡Qué humilde! ¡Estabas bestial, ancianito! —intervino Jana, incapaz de aguantarse.

Declan premió aquella explosión de sinceridad con un beso, aprovechando que nadie podía verlos. Mientras tanto, Brandon y Harley celebraban el comentario de Jana burlándose, como era habitual en ellos.

—Ya, eso dice ahora —apuntó Harley, como si estuviera hablando con Brandon en el salón de su casa—. Pero anoche se quedó dormida contra su pecho y él no quiso despertarla. Volvió a demostrar que es el mejor, llevándosela en brazos. La pregunta del millón es dónde la llevó. ¿Dónde crees tú, BB?

Jana y Declan se miraron divertidos al oír como sus amigos hablaban entre ellos, claramente, intentando adivinar lo que había sucedido la noche anterior.

La risa de Brandon precedió a otra pregunta.

—¿Sabes, amor? Ahora que lo pienso, creo que la pregunta del millón no es dónde la llevó. Es qué sucedió después. O sea, ¿habrá seguido comportándose como un caballero, dejándola dormir? Porque si la respuesta es sí, ¿qué más da dónde hayan estado? Dormir es dormir, vale cualquier sitio, hasta el asiento de atrás del coche. Pero si la respuesta es no… Entonces, las cosas se ponen muuuuy interesantes.

—¡Y tan interesantes! Porque, en tal caso, sus impactantes vistas de anoche empezarían a tener mucho sentido… ¿Dónde va uno vestido así?

—¿Al Ritz? —propuso Brandon, encantado de seguirle el juego a su mujer.

—Yo diría un sitio un poco más romántico… Pero, sí, BB, creo que vas bien rumbeado —concedió Harley, rezumando picardía—. ¿Qué dices, socia? ¿Te dejó dormir o no?

Jana se echó a reír. Si les permitían continuar con sus deducciones, les estropearían el secreto.

—¡Oye…, qué bien te has recuperado de tus náuseas, ¿no?! Ayer estabas moribunda en la cama, «ay, qué malita me estoy poniendo… Jana, acércame esa jofaina, por favor…» —la imitó, haciendo que Declan, Brandon y la propia Harley se desternillaran—, y mírate, hoy vuelves a ser la misma curiosa de siempre. Me alegro, que quede muy claro, pero si Declan me dejó dormir o no, no es asunto tuyo… ¡Y menos tuyo, Brandon!

—Y dicho esto, voy a cortar, colegas. Tengo que trabajar —intervino Declan y le hizo un guiño a Jana—. ¿Quieres que te acerque a algún lado, preciosa?

—¡Ay, sí, porfa! Tengo que ir a ver a esa médica oriental que está preparando mis nuevos remedios. Adiós, chicos… Ya hablaremos.

Tras un instante de silencio en el que Declan y Jana intercambiaron miradas expectantes, se oyó la risa de Harley.

—¡Uyyy, qué mal me ha sonado eso…! ¡Qué os traeréis entre manos vosotros dos! —exclamó—. Adiós, embustera. Ten por seguro que hablaremos. Largo y tendido.

—Porque si creéis que nos hemos tragado este numerito —terció Brandon, divertido—, ¡estáis muuuuy equivocados!


* * * * *

Después de un ligero tentempié, Jana y Declan se habían repartido las tareas. Mientras ella mantenía su entrevista con la médica que había preparado las fórmulas magistrales que sustituirían a los antidepresivos y a los somníferos, Declan había ido a su casa a empacar ropa y otros enseres de uso personal.

Una hora y media después, él la había recogido en la consulta médica y se habían dirigido al piso de Covent Garden para que Jana también recogiera algunas cosas. Y, una vez resuelto el asunto de qué se pondrían para salir a la calle la próxima semana, se habían dedicado a comprar provisiones para llenar la despensa.

Eran más de las ocho de la noche cuando al fin habían regresado a su nuevo hogar temporal.

Se habían prometido mutuamente que tan solo recogerían lo imprescindible de sus respectivos pisos. Las prendas, artículos personales y utensilios necesarios para una semana, puesto que el plan era buscar una nueva vivienda que se adecuara a sus necesidades y recién cuando la tuvieran, hacer la gran mudanza. Sin embargo, recoger solo lo imprescindible había requerido un par de piezas de equipaje por parte de cada uno. Equipaje que habían tenido que cargar escaleras arriba. No era de extrañar que después de tamaño ejercicio, ambos se hubieran derrumbado en el sofá para recuperar el aliento.

—No pienso volver a moverme hasta mañana —advirtió Declan, con la nuca apoyada contra el respaldo.

Sonreía, no pretendía sonar dramático, pero de verdad que odiaba esa escalera. Los peldaños eran estrechos y altos. Sus pies de la talla 45, no cabían, obligándolo a ponerse ligeramente de costado para no tener que subir de puntillas. Para peor, Jana, inestable sobre sus plataformas, tenía que asirse del pasamanos para impulsarse a través de los escalones, si llevaba más peso que su bolso en bandolera. Y a él le daba la risa cada vez que la miraba. Llegar hasta la cima les había tomado un buen rato.

Jana, que estaba a su lado, exactamente en la misma postura, soltó una risita cómica.

—¡Buena idea, ancianito! ¿Y qué hacemos con las bolsas de la compra, que siguen en el maletero? ¿Las silbamos, a ver si nos hacen caso y vienen trotando?

Ay, mierda, pensó Declan.

Un instante después, explotó en carcajadas. Se reía de pura desesperación. Se había olvidado por completo de que también les había dado tiempo de pasar por el mercado donde Jana, como era habitual, había dedicado diez minutos a hablar con el charcutero y otros diez, con el dependiente que atendía el puesto de las frutas y las hortalizas. Habían salido de allí con provisiones para dar de comer a un regimiento. Pero no se sentía capaz de ir a por ellas. Definitivamente, pasaba.

—No creo que sepan trotar —concedió, entre risas—. Pero yo sé usar un móvil y voy a resolver este pequeño problema en un santiamén.

Acto seguido, sacó el móvil del bolsillo de su chaqueta y miró a Jana sonriente:

—¿Italiano, chino, mexicano…? ¿Qué prefieres? —le preguntó.

Jana le frotó el hombro cariñosamente, aprobando su propuesta. Todavía tenían que acomodar lo que habían traído en las maletas. Cuando acabaran, ninguno de los dos tendría ganas de acercarse a la cocina. Ya no hablemos, de ponerse a cocinar.

—¡Italiano, por supuesto! —exclamó, y se puso en marcha hacia la cocina—. Voy a preparar un poco de té. Es la hora de mi medicina. ¿Quieres una cerveza?

—Sí, por favor… Estoy seco. En cuanto encargue la cena, te sigo a la cocina…

Ella se volvió brevemente y le hizo una caída de ojos.

—Te esperaré ansiosa… —se burló.

Declan sacudió la cabeza risueño y se dedicó a la llamada cuando una voz masculina le atendió en su restaurante italiano favorito.

Jana, mientras tanto, se puso a husmear en los armarios de la cocina. No pudo evitar pensar que habría estado bien llevar a cabo esa tarea antes de ir a hacer la compra. Ahora tenían varios productos por duplicado. A la hora de inspeccionar los estantes superiores se encontró con el mismo problema de siempre; la altura a la que estaban. Miró alrededor en busca de un taburete o algo similar. Entonces, recordó la alacena. Quizás allí hubiera una escalera pequeña.

Pero al volverse, se encontró con un obstáculo en su camino; el cuerpo de un atractivo hombre. Tan cerca, que si extendía la mano, podía tocarlo…

«Tocarlo», pensó, «qué idea más buena».

Dedujo que sus pensamientos debieron reflejarse en su rostro, al ver que Declan daba un paso adelante, obligándola a elevar el mentón para poder mantenerle la mirada.

—¿Necesitas ayuda? —murmuró él.

Una sonrisa traviesa se abrió paso en el rostro de Jana.

—¿Y si digo que sí…? ¿Qué harás, levantarme del suelo y ponerme sobre la mesada para que pueda ver lo que hay en esos estantes?

Declan también sonrió.

—Bueno… No estaba pensando en esa clase de ayuda, pero… Si lo que, realmente, quieres tiene que ver con esos estantes, entonces… —se encogió de hombros, como diciendo «que así sea».

El énfasis había arrancado una risita a Jana. Mejor que Declan no se pusiera a hurgar tan pronto en lo que ella realmente quería, o se quedarían sin deshacer el equipaje y sin cenar.

—¿Sabes qué? —propuso, regresando sobre sus pasos hacia la nevera—. Mejor, mira tú y me vas diciendo lo que hay mientras yo preparo el té… —Abrió la puerta de la nevera y sacó una lata—. Tu cerveza, Dec.

Declan se la quitó de la mano y la puso a un lado. A continuación, tomó a una sorprendida Jana por la cintura y la hizo sentar sobre la larga superficie de granito que había junto al horno.

—Dec, no… —se quejó ella, poniendo morritos. Pero lo hizo con tan poca convicción que él se rio.

—Estoy confundido. ¿Debería dejarte en paz o empezar a desnudarte?

Ella sonrió, derrotada, y le pasó los brazos alrededor del cuello. Declan enseguida le rodeó la cintura con los suyos.

—Quiero que me desnudes —concedió Jana, en un murmullo—. Siempre quiero que me desnudes… —Suspiró—. Pero me agobio pensando que todavía está todo por hacer…

Declan pensó que en eso eran muy distintos. A Jana le estresaba pensar que su ropa todavía estaba en la maleta. La volvía loca ver cosas por el medio. Él, en cambio, se había tomado un año largo en vaciar la última caja de la mudanza.

—Exagerada.

Se inclinó y acarició la nariz de Jana con la suya.

—De «exagerada», nada. ¡Todavía no hemos decidido siquiera dónde va a dormir cada cual!

—¿En la cama?

Ella lo miró con una ceja enarcada.

—Ja, ja, ja. Listillo.

—Vale. —Se apartó sin dejar de sostenerla por la cintura y la miró serio—. Decidámoslo ahora. ¿Qué dormitorio prefieres? ¿El que está más cerca del baño o el otro?

Jana sonrió, satisfecha.

—Cualquiera de los dos está bien. —Se encogió de hombros—. Me da igual.

Declan metió la mano en un bolsillo del pantalón y sacó una moneda.

Jana lo celebró con aplausos. ¿Lo echarían a suertes? Que constara en acta que ese hombre le encantaba.

—Cara, equivale a la habitación que está más cerca del baño —explicó él—. Elige, ¿cara o cruz?

—Cruz. No… Espera, espera… —Sonrió ansiosa—. Mejor, cara.

—Parece que al final no te daba tan igual como dices, ¿no? —comentó él, risueño, y lanzó la moneda al aire.

La atrapó, la descubrió y disfrutó enormemente de la alegría que se adueñó de su chica.

—¡Toma ya! —exclamó ella, moviendo los hombros como si estuviera bailando—. ¡He ganado! ¡Me encanta!

Declan volvió a guardar la moneda. Acto seguido, apoyó ambas manos sobre la superficie, a cada lado de Jana.

—¿Prefieres que nos pongamos con las maletas?

Intercambiaron miradas cómplices.

—¿O qué? —quiso saber Jana.

Él volvió a inclinarse y le lamió los labios muy despacio. Vio que ella cerraba los ojos.

—O estrenamos la encimera echando un buen polvo… —fue su propuesta alternativa.

Jana suspiró. Volvió a abrir los ojos, debatiéndose en una elección imposible.

Mientras su yo amante del orden exigía satisfacción inmediata, el resto de ella se derretía de deseo por el hombre que tenía delante. Dispuesto y al alcance de su mano. Solo tenía que decir «sí», y estaría hecho.

Esbozó una sonrisa sensual y se mordió el labio inferior cuando la idea apareció en su cabeza.

A continuación, escurrió una mano entre su cuerpo y el de Declan. Una mano, que se internó dentro del bolsillo masculino, haciendo que él contuviera el aliento.

Jana también contuvo el suyo. La tentación era demasiado grande. Pero al fin logró pescar una moneda y retirar la mano antes de sucumbir inexorablemente a la locura que se estaba apoderando de ella.

—Si sale cara… —Se miraron intensamente y Jana pronunció la palabra mágica—: follamos.

Aquella palabra fue como un látigo hostigando el deseo de los dos, larga y dolorosamente.

Él se apartó para que ella pudiera arrojar la moneda al aire.

En algún punto, a mitad del recorrido, Jana ya estaba considerando seriamente enviar a su lado amante del orden a freír espárragos. Hasta la última célula de su cuerpo clamaba por un buen revolcón, de la clase que solo Declan podía asegurar.

Declan, que no tenía ninguna decisión que tomar, impulsaba la maldita moneda con su mente. Si la lujuria que se había adueñado de él al ver a Jana morderse el labio, tenía el poder de dirigir el curso de la moneda, se correría dos veces antes de que llegara el repartidor con la cena.

Los ojos de los dos siguieron la trayectoria de la pieza de níquel, brillantes, ardientes. La siguieron hasta que dejó de ascender e inició su caída.

Al fin, Jana la atrapó con una mano sobre el dorso de la otra. Inspiró hondo antes de descubrirla.

Los dos bajaron la vista con el corazón en fuga, buscando descubrir lo que había dispuesto el azar para su futuro inmediato.

Jana apretó los párpados. Una ligera sonrisa de desilusión logró abrirse paso en su rostro.

—Cruz —dijo tan bajito, que apenas pudo oírse.

Mierda. Mierda. MIERDA.

Declan soltó un bufido.

A continuación, manoteó su cerveza y regresó al salón sin pronunciar ni media palabra.

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CRS-06. NGGA. Un apartamento con vistas - 3


Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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Viernes, 27 de marzo de 2015.

Riéndose, y diciéndose cosas de una habitación a la otra, una hora más tarde Jana y Declan habían conseguido acomodar sus cosas de aseo en el baño y su ropa, prolijamente, en sus correspondientes lugares dentro del armario. Aún quedaban un par de bultos por abrir, que contenían un batiburrillo de cosas: desde libros, hasta la taza favorita de Jana, pasando por los botes con especias orientales y las pantuflas de andar por casa de Declan, que mostraban los colores de su club de fútbol favorito. Pero eso se quedaría para el día siguiente.

Habían interrumpido sus quehaceres tan solo para disfrutar de la cena que les había llevado el repartidor del restaurante italiano. Y ahora estaban en el salón, frente a la chimenea. Declan había encendido la televisión, pero seguía la programación sin mucho interés. Jana, se había arrebujado contra su pecho, al calor de una gruesa manta y luchaba contra sus párpados que parecían empeñados en cerrarse.

Declan conocía el proceso y no se preocupó. La energía de Jana mostraba picos a lo largo del día. A veces estaba arriba, la mayoría de las veces, abajo. Luchando para evitar quedarse dormida. Además, aquel día había tomado sus nuevas medicinas por primera vez y la médica le había advertido que podía experimentar somnolencia.

El sonido de su móvil interrumpió los pensamientos de Declan. Se apresuró a atenderlo para que dejara de sonar. No quería despertar a Jana. Al coger el móvil vio que quien llamaba era Andreas.

Echó un vistazo al reloj. Eran casi las diez de la noche. Frunció el ceño.

—Hola, Andreas… ¿Qué sucede?

Al otro lado de la línea, se hizo un brevísimo silencio.

—Me pediste que te mantuviera informado sobre…

—Sí, sí —lo interrumpió Declan, hablando en voz baja—. Pero pensé que el último parte, sería el último. Te hacía ya en casa… O de juerga.

—Yo también, pero no es así. La clienta volvió a llamarme. Acabo de dejarla en The Langham, en Marylebone. A ella y a sus maletas. Así que, supongo que no será por una sola noche. Me dijo que no sabía si mañana me necesitará, que me llamará, si es el caso.

Declan emitió un silbido de sorpresa. Un cinco estrella de lujo en pleno barrio aristocrático de Marylebone.

¿Tan mal habían ido las cosas con sus padres que había salido por piernas, apenas unas pocas horas de poner los pies en la mansión Middleton?

En aquel momento, notó que Jana movía la cabeza y lo miraba. Le dio un beso en la frente y la tranquilizo con un gesto para que siguiera durmiendo. No obstante, ella se incorporó un poco más y permaneció atenta a su llamada.

—¿Algún rastro de su exmarido?

—No, ninguno.

—¿Ella seguía bien?

El silencio esta vez duró un poco más.

—Sí, pero me dio la impresión de que estaba un poco nerviosa, tensa. Quizás, tuvo alguna discusión en casa de su familia.

Eso seguro, pensó Declan. Jana le había comentado que los padres de Gayle tenían a Kyle Baxter endiosado, que nunca habían aprobado que se divorciara de él. No querrían ni oír hablar de que ella solicitara una orden de alejamiento.

—Bueno, mi familia no es aristocrática y también salía tenso de visitar a mi padre, con que…

Oyó que Andreas se reía y comentaba que lo raro era salir de buen humor de una visita familiar.

Cuando se despidieron, Declan puso su atención en Jana.

—¿Con quién hablabas?

—Con Andreas.

Ella se estiró a coger su móvil y volvió a recostarse contra el torso de Declan.

Dios, qué mala amiga, pensó. Llevaba en una nube rosa veinticuatro horas y no había pensado en el tema ni una sola vez.

—¿Qué sabes de Gayle? —le preguntó mientras comprobaba sus mensajes y llamadas.

Nada.

—Que hoy fue a trabajar. Después tuvo una reunión con sus abogados y finalmente se dirigió a la casa de sus padres. Las cosas no debieron ir muy bien porque Andreas acababa de dejarla en un hotelazo en Marylebone.

Mierda.

Entonces, Jana reparó en algo.

—¿Has dicho Andreas?

Algo en el brillo de sus ojos, hizo que Declan sonriera con sorna.

—Si me dices lo que sabes, te digo lo que sé —propuso.

Jana pareció volver a la vida. Se puso de rodillas en el sofá y con esos gestos histriónicos suyos, se cruzó de brazos.

—Perdona, la amiga de Gayle soy yo. Tú no sabes nada de nada.

—Ja. ¿Crees que después del espectáculo que organizaron Kyle y Thomas ayer, a cien metros de tu boutique, no iba a someter a mi hombre al tercer grado?

La expresión de Jana pasó del escepticismo al asombro puro y duro.

—¡No! ¿Ha admitido…?

Declan se hizo el interesante.

—Mis labios están sellados hasta que tú empieces a soltar por esa boquita…

Jana se lanzó a dar palmitas, encantada con lo que estaba a punto de descubrir.

—Vale, pero primero, deja que me asegure que ella está bien —y a continuación, buscó su nombre en los contactos y la llamó.

—¡Hola, Jana! ¡Ya empezaba a preguntarme si tú y tu guardaespaldas os habríais fugado a un planeta sin cobertura!

Jana respiró aliviada al oír aquel tono alegre en la voz de su amiga. Y una vez que recuperó la tranquilidad, lo siguiente fue dedicarle una mirada enamorada al responsable de que no supiera en qué día vivía. Él le arrojó un beso con los labios.

—Sí, perdóname, Gayle. Han pasado tantas cosas… Ya nos pondremos al día en cuanto vuelva a tener la cabeza sobre los hombres. —Oyó que Gayle se reía—. Pero, ahora, dime, ¿qué tal estás?

Gayle se echó en la cama extragrande de su habitación, dejó que sus dedos recorrieran los relieves del cubrecama de seda bordada, mientras decidía su respuesta.

Desde luego, no estaba por la labor de enturbiar un buen momento de su amiga, contándole los pormenores de un día que prefería olvidar, (aunque seguramente recordaría toda la vida). Decidió centrarse en lo positivo y eso era, por este orden, que la actitud perdonavidas que Kyle había tenido frente a la recepción de la fundación, lejos de perjudicar su imagen, la había reforzado. Todos sus superiores y sus compañeros de trabajo habían cerrado filas en torno a ella. En segundo lugar, sus abogados ya estaban tramitando la orden de alejamiento y por último, que, en un inusitado arranque de valentía, por una vez, había dejado a sus padres con la palabra en la boca y se había marchado. Sin meditarlo ni una sola vez. Y, lo mejor, sin arrepentirse ni una vez.

Ahora estaba en uno de sus hoteles favoritos de Londres, disfrutando de que la trataran como una reina, puesto que se lo merecía, y con la factura a cargo de su padre.

Jana escuchó con una sonrisa el relato de Gayle.

—Echo en falta alguna mención a cierto señor —dejó caer. Vio que Declan se reía.

El suspiro que le llegó desde el otro lado, hizo que Jana se carcajeara.

—¡Empieza a contármelo con lujo de detalles!

No había mucho que contar. Por el momento. Pero cuando lo hubiera… Habría un terremoto de grado 7 en la escala de Richter. El suspiro había venido a cuenta de que parecía haber una conexión secreta entre pensar en Thomas y una necesidad imperiosa de expulsar aire de los pulmones.

—Anoche le pedí ayuda. Fay y Perry insistieron en llevarme a casa. Esa casa, donde yo no quiero volver mientras Kyle pueda aparcar enfrente todo el tiempo que le dé la gana. Como te imaginarás, lo tomó como una claudicación por mi parte… Pero me ayudó. Mis ex suegros no se quedan tranquilos hasta que me ven entrando en el edificio y Thomas entró conmigo, haciéndose pasar por un vecino del edificio. Subió conmigo y me esperó mientras recogía unas cuantas cosas. Hasta entonces, todo fue normal… Todo lo normal que podía ir junto a un pavo real de doble pechuga, como este individuo —matizó con su estilo elegante.

Jana volvió a reírse mientras pensaba que no le negaría lo de la doble pechuga. Ese tipo era imponente.

—¿Y siguió normal? —apuró Jana, mordiéndose por saber más.

—No.

Gayle no dijo más, pero otro suspiro se ocupó de disparar la curiosidad de Jana.

—¡Madre mía! ¿Hizo algún avance…?

Lo de Thomas había sido una incursión, no un avance. A Gayle no le había resultado sencillo obligarlo a mantener las distancias. Principalmente, porque cada célula de su cuerpo quería, deseaba intensamente, permitir la incursión sin oponer la menor resistencia.

Pero no hablaría por móvil de un momento tan íntimo.

—Ah, no, querida amiga… Yo también tengo muchas preguntas que hacerte. Así que, si quieres saber más, tendrás que hacer un hueco para tomar el té conmigo mañana. Invito yo, por supuesto. Te enviaré un mensaje con la señas de la mejor pastelería francesa de la ciudad. —Su voz portó toda la calidez de su sonrisa al decir—. Me alegro muchísimo de oírte, Jana.

—Y yo de saber que estás bien, Gayle. Mañana nos contamos todo, ¿vale?

Su mirada se cruzó con la de Declan quien sacudió la cabeza.

—Es un poco inquietante saber que mañana no tendré secretos para una de mis clientes —guaseó él.

Jana dejó el móvil a un lado y se puso de pie. Tenía una gruesa bata encima del traje pijama, que al contrario de lo que sucedía con su ropa de calle, no dejaba nada a la imaginación. Cogió una de las mantas y se la echó alrededor de los hombros. A continuación, extendió su mano hacia Declan.

—Ven, vamos a disfrutar un rato de nuestra patio-jardín… Coge una manta para ti.

—¿Y qué te parece si mejor llevamos una estufa? Fuera debe hacer un frío que pela…

No era una queja aunque lo pareciera. Jana se había sacudido la modorra y él era feliz con disfrutar de ella un rato más. Dónde, le daba igual.

Atravesaron la casa, se metieron en el baño riendo como críos y al fin abrieron la puerta sorpresa que conducía al rincón más inesperado de esa vivienda.

Una vez fuera, Declan se sentó en una de las sillas de madera de teca y Jana hizo lo propio sobre las piernas masculinas. Extendió su propia manta para que los cubriera a los dos hasta las orejas y respiró hondo, dejando que sus ojos se perdieran en la calle que se abría frente a ellos. Como era normal en el Soho, por las noches había un ajetreo muy particular. Eran otro tipo de viandantes los que circulaban por allí, principalmente, turistas y marchosos en busca de un lugar donde escuchar música y beber una cerveza.

Había una pequeña farola sobre la parte superior del muro, del lado de fuera del baño. La luz era suave, pero les permitía ver dónde pisaban y, sobre todo, verse mutuamente.

—¿Qué se está cociendo entre tu amiga y mi hombre? —Al ver su sonrisa pícara, se adelantó—: Ya sé que hay algo. Me lo dijo él. Lo que me gustaría saber es si dejará bajas o no.

Jana se echó a reír. Lo rodeó con sus brazos, acunándolo como si no fuera un hombretón que le doblaba el tamaño.

—Ay, Dec… ¿Por qué piensas eso? ¿Y a qué bajas te refieres? Ni que se fueran a la guerra, en vez de a la cama.

Declan buscó su mirada.

—¿Se han ido a la cama ya? ¿Tan rápido?

—Nooo… Bueno, en realidad, no lo sé. Pero no me sorprendería. Ella es una mujer hermosa, elegante, refinada. Y él… —se echó a reír ante los pensamientos que aparecieron en su mente.

—Él, ¿qué? —exigió saber—. ¿Qué pasa con él?

Los ojos de Jana brillaron de picardía.

—Vamos, Dec. ¿Hace falta que te diga que ese hombre es un poema?

Él empezó a hacerle cosquillas al tiempo que preguntaba «¿cómo que un poema?», «te voy a dar a ti poemas», haciendo reír a Jana a mandíbula batiente.

Ella no estaba diciendo nada que él no supiera. Como hombre, quizás calificar a Thomas de «poema» le parecía un tanto excesivo. Pero el londinense llevaba años a su lado, había tenido sobradas ocasiones de comprobar el efecto que su complexión robusta tenía en el sexo femenino.

—Esa no es la cuestión…

—¿Y cuál es? —dijo Jana, pegándose a Declan al tiempo que tiraba de la manta para que los cubriera bien a los dos.

Era una noche perfecta. Fría, eso sí. Pero Jana podría haberse quedado allí, entre los brazos de Declan, con la vista perdida en lontananza, segura y protegida, hasta el final de los tiempos.

—Si realmente tiene sentido meterse en camisa de once varas por un poco de sexo. Son demasiado distintos, sus mundos lo son.

Jana se enderezó un poco y sus miradas se encontraron.

—Si solo se trata de sexo, ¿qué más da cómo sean sus mundos?

Declan apartó la mirada. Intuía que en Thomas había más. No sabía exactamente cuánto más, pero el solo hecho de que se hubiera sincerado con él acerca de Gayle hablaba por sí mismo. Gayle, en cambio, era quien era. Suponiendo que también por su parte hubiera más, era lo bastante inteligente para cortarlo de raíz. Y si no era ella, su familia lo haría. No podían permitirse que esa relación saliera adelante de ninguna manera.

Jana leyó entre líneas. Ese hombre le provocaba tanta ternura.

—Te preocupa que Thomas acabe loquíto perdido por Gayle…

Declan decidió romper una lanza en favor de su chico.

—O que sea ella la que pierda la cabeza por ese poema de hombre… —repuso en tono burlón.

—¿Y eso sería tan terrible? ¿Tú crees?

Declan hizo un gesto de incertidumbre con la boca.

—El agua y el aceite no hacen buena mezcla, preciosa.

—A lo mejor solo parecen ser tan distintos y en el fondo no lo son…

Declan negó con la cabeza.

—Son distintos.

—¿En serio tú dices eso? Míranos, Dec… Nos detestábamos. No existían dos personas más opuestas que tú y yo. ¡No nos soportábamos! Recuerdo que si, a causa de Lau, coincidíamos en en alguna galería de arte, bajaba por la escalera para evitar darme de morros contigo en el ascensor. La sola idea de tener que decirte «hola», me ponía verde…

Declan se rio.

—¿Tanto me evitabas?

Jana asintió con entusiasmo. Hacía lo que fuera para no toparse con él. Solo por no tener que verse obligada a dirigirle la palabra.

—Vaya. Pues mucho han cambiado las cosas, ¿no?

—Exacto —concedió Jana—. Nadie tiene una bola mágica para saber con certeza lo que pasará. Si es solo sexo, no tienen nada que perder. Y si es algo más… —Respiró hondo—. Gayle se merece tener a su lado a un hombre que la mire como tú me miras a mí, Dec. Si no es Thomas, ojalá que conozca a ese hombre pronto. La vida es increíble cuando estás junto a alguien que te quiere de verdad.

Aquellas palabras tocaron a Declan profundamente. De hecho, le anudaron la garganta, algo que disimuló con un carraspeo que no engañó a nadie.

Él la rodeó fuertemente entre sus brazos, hizo que apoyara la cabeza en su pecho.

—Gracias, nena… Me encanta saberlo.

Jana se rio.

—Podrías ir compartiendo con Thomas alguna de tus brillantes ideas de cómo enamorar a una mujer arisca, ¿no crees?

—Eh, ¿me lo ha parecido o acabas de admitir que estás enamorada de mí?

Se miraron en silencio. Declan supo que Jana no estaba preparada para hablar de sentimientos a ese nivel. En todo caso, le dio igual. Sabía que ella lo quería, tan solo tenía miedo de pronunciar esas dos palabras otra vez.

—Tranquila, seguro que son estas vistas que quitan el aliento, las que me hacen oír cosas raras… —dijo, él, cambiando de tema.

Ella se relajó de inmediato. Volvió a apoyar la cabeza contra su pecho.

—¿A qué sí? —concedió—. ¿A que no esperabas encontrar semejante maravilla detrás de la puerta de un baño?

Ambos rieron.

—Desde luego, es un apartamento con vistas —concedió él.

Unas vistas que le encantaban, pensó Jana. Lamentaría tener que dejarlas para mudarse cuando encontraran el piso definitivo.

Suspiró.

Pero, mientras tanto, disfrutaría a fondo de aquel rincón espectacular en pleno corazón del Soho.

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CRS-06. NGGA. ¡Volvemos a Londres!


CRS-06 NGGA

¡Hola, Romántica!

Ya te he contado en alguna ocasión que normalmente tengo una cola de personajes esperando para que les ceda el turno de palabra. Decidirse por uno es lo complicado, especialmente cuando estoy escribiendo una saga que me tiene tan atrapada, como Mystic Oaks. Sin embargo, he pensado que a ti y a mí nos vendría bien cambiar de aires por un tiempo, así que… En ello, estamos.

Haciendo memoria, aquí te contaba que, dado que Una vez no basta (CRS-04), Nuestra gran, gran aventura (CRS-06) y el proyecto con título provisional H & B (CRS-05), se desarrollan en el mismo lugar y comparten línea temporal, podías ir saltando de uno a otro para seguir también las vicisitudes de Jana, Declan, Harley y Brando. En su momento, no pudo ser porque UVNB me absorbió tanto que no logré abandonar a los protagonistas hasta el final. Ahora me apetece muchísimo la idea de retomar esas otras dos historias, así que he decidido darles el micrófono, a ver que me cuentan. Los primeros serán Jana y Declan ❤️

A medida que las vaya publicando añadiré los enlaces correspondientes en una y en otra historia para que puedas alternalas siguiendo los acontecimientos cronológicamente, si así lo deseas .

Si te digo la verdad, no se por cuánto tiempo conseguiré mantenerme alejada de Mystic Oaks, pero mientras dure, estoy segura de ambas vamos a disfrutarlo a tope.

¡Sigue en antena que pronto regreso a mi querido Londres de la mano de Declan Keegan y Jana de Veen!


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CRS-06. NGGA. Un cambio inesperado - 1


Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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CRS-06 NGGA

En la línea temporal que Nuestra gran, gran aventura comparte con el proyecto CRS04 Una vez no basta (UVNB), lo que narro en este relato sucede en la vida de Declan y Jana, simultáneamente al capítulo 59 de UVNB. 

-*-*-*-

Un cambio inesperado.

1


Miércoles, 1 de abril de 2015.


Declan maldijo cuando el sonido de su móvil hizo las veces de despertador. Incluso en medio de un sueño profundo, parecía que su cerebro ya supiera que no eran buenas noticias.

Se apoyó sobre los codos y miró alrededor. Todo estaba a oscuras. Extendió la mano hacia la mesilla, cogió el dispositivo y atendió. Era Darren Colby. Le había encargado la vigilancia del piso de Danna, la amiga de Gayle.

—Espero que tengas una buenísima razón para despertarme… 

—Creo que es una razón que te interesa saber.

Declan consultó la hora y soltó el aire en un bufido. Eran las ocho y media. 

—Te escucho.

—Hay un tío dando vueltas por aquí… No sé quién es, pero sí a lo que se dedica. Lo lleva pintado en la cara. Creo que podría ser del equipo de seguridad de Lord Middleton. Y si estoy en lo cierto, el noble no tardará en enterarse de que su hija ya no está en la casa de Daniella Locke.

Declan se dejó caer sobre la cama nuevamente y cerró los ojos. Llevaba durmiendo a cuentagotas desde el sábado y estaba agotado. Necesitaba dormir. De ahí que hubiera acordado con Debbie que ella se haría cargo de la distribución de tareas hasta que él llegara, después del mediodía. Cogerse una mañana para recuperarse tampoco era pedir tanto. Y parecía que iba a conseguirlo. Hasta ahora. 

—Joder.

—Pensé que debía avisarte ahora. A lo mejor, si te das una vuelta por aquí, el tipo deducirá que vienes a ver a la señora Middleton y podrás mantener el engaño algún tiempo más.

—Bien pensado, Darren. —Respiró hondo—. Me pongo en marcha. Antes de una hora andaré por ahí.

—Entendido.

Declan volvió a dejar el móvil en la mesilla y se tomó unos instantes antes de levantarse. Permaneció echado en la cama, pensando. 

Entre Thomas y la excuñada de Brandon lo traían por la calle de la amargura. Después de presentarse en plan héroe en la casa de Danna la tarde anterior, Thomas había convencido a Gayle de que debía marcharse con él a un lugar donde pudiera recuperarse sin la presión de su padre. A pesar de todos sus intentos por hacerla cambiar de idea, ella no lo había escuchado. Enterarse de que había suspendido a Thomas de empleo y sueldo, desde luego, no había ayudado. Les había advertido que las cosas estaban muy tensas con Lord Middleton. Y sabía muy bien de lo que hablaba, pues era el que soportaba sus ataques de ira cada vez que intentaba hablar con su hija y Danna lo despachaba con un «está durmiendo. Le diré que la ha llamado», que al noble le hacía subir la bilirrubina. Pero era como si hubiera estado hablando con una pared y al fin lo había dejado por imposible. Eso sí, le había dejado claro a Gayle que no podía ayudarla a mantener oculto su nuevo domicilio temporal y que, si bien no tomaría la iniciativa de informar al aristócrata, si él lo llamaba, tendría que decírselo… A pesar de lo cual, había dejado a uno de sus hombres apostado allí, como si Gayle continuara en casa de su amiga. Esperaba que el truco no acabara costándole la cabeza.

Jana y él habían estado en casa de Danna hasta que Thomas, Alex y Gayle se habían marchado. Entonces, habían puesto rumbo a su nueva casa. Eran las tantas de la noche cuando al fin habían llegado. Debido al cansancio y al remedio herbal que le había preparado su médica, Jana había venido todo el viaje durmiendo. 

Al llegar al aparcamiento, Declan había dudado entre despertarla o llevarla en brazos hasta su nuevo apartamento. Las escaleras lo habían acobardado. Esos escalones eran terroríficos y él estaba agotado. No quería que acabaran la noche rodando escaleras abajo los dos. De modo que la había despertado y habían hecho el corto camino andando. Prueba de que estaba medio dormida fue que, tan pronto la había depositado sobre su cama, Jana no se había movido. El ritmo lento de sus respiraciones le informó que había vuelto a caer en un sueño profundo. Así las cosas, Declan le había quitado el calzado y, tras cubrirla con el edredón, había apagado la luz.

La situación por la que estaba pasando Gayle, gracias al psicópata de Kyle Baxter, había tenido más efectos en Jana que la mera preocupación por su amiga. El acoso había removido su propio pasado. Teniendo en cuenta que el sábado, Jana se había sentido lo bastante aterrorizada para haberse marchado a pasar la noche en casa de Harley, y que lunes y martes había estado ayudando a Danna a cuidar de Gayle —en vez de descansar y tomárselo con calma, como le había dicho su loquero—, estaba claro que «su gran, gran aventura» no había empezado con buen pie. 

Lo único que quería era un poco de tranquilidad para ocuparse de Jana, estar con ella, ayudarla a superar el bache mientras exploraban su nueva relación sentimental. Y, por lo visto, en vez de ser parte de la solución, hasta el momento, había sido parte del problema.

Retiró las mantas de su cuerpo y salió de la cama con decisión. Seguir allí, lamentándose, no arreglaba nada. Cogió ropa limpia del armario y atravesó el salón en dirección al baño. Al pasar frente a la habitación de Jana, se detuvo. La puerta estaba entornada. La tentación de entrar y tenderse a su lado era grande. Grandísima. Se contentó con asomar la cabeza. Estaba a oscuras y no pudo verla, pero su respiración, nuevamente, le indicó que ella dormía. Menos mal. El sonido del móvil no la había despertado.

Declan siguió camino hasta el baño y cerró la puerta tras de sí. 

Otro día más apagando fuegos.

Otro día más viendo a Jana a cuentagotas. 

Otro día más dejándola sola, a merced de sus ataques de pánico.

Suspiró.

Estaba harto. 

Más que harto.

Al fin había recuperado a Jana y no estaba dispuesto a perderla otra vez. Ella era lo más importante de su vida. Y lo que era importante no podía estar supeditado a lo que no lo era.

Definitivamente, algo tenía que cambiar.

Y tenía que hacerlo ya.


* * * * *



La ducha no había ayudado a despertarlo. Ahora estaba aseado y olía bien. Parecía casi un ser humano normal. Pero su cabeza seguía a mitad de camino entre el estado «tonto perdido» y el estado «estoy de pie, pero no pidáis milagros».

Consultó el reloj. Tenía tiempo para un café.

Y aunque no fuera así, lo necesitas, tío. 

Abrió la puerta del mueble colgador donde estaban las tazas. Cogió una. La máquina de café que estaba sobre la mesada era de a las que solo les hacía falta hablar. Puso la taza bajo el dispensador y seleccionó un espresso doble. 

El familiar aroma consiguió despertar un poco más su cerebro. Lo bastante para pensar que aquel apartamento sobre el que había albergado pocas esperanzas, tras ver el diminuto hall de entrada del edificio y las escaleras imposibles que había que sortear para llegar a él, continuaba ganando puntos día a día. 

Al estar pensado para estancias cortas de ejecutivos y profesionales, estaba totalmente equipado. Eso estaba facilitando enormemente las cosas en una semana en la que Declan no había tenido tiempo para nada.

Con la taza en la mano, regresó al baño, esta vez para disfrutar del inesperado patio-jardín oculto tras una puerta de reja a la que se accedía desde su interior. 

El aire frío obró el milagro de despertarlo por completo. Aunque ahora no llovía, en el cielo lucían nubarrones oscuros y todas las superficies, así como el suelo, estaban mojadas.

Se acercó hasta la barandilla y respiró a todo pulmón mientras observaba la vista que se abría ante él. La tranquilidad de la pequeña calle sin salida contrastaba con el constante ajetreo de la zona donde se hallaba, en pleno Soho londinense. 

Su mente muy pronto regresó al fin de semana y a Kyle Baxter. Le parecía increíble que el tipo se las hubiera arreglado para tener a tanta gente en jaque con su paranoia. Estaba claro que su objetivo era su exmujer. Sin embargo, su sinrazón se había cobrado más víctimas. Y lo que todavía le estaba costando asumir era haber infravalorado el riesgo real que corría Gayle Middleton. Incluso ahora, visto en perspectiva, le seguía pareciendo imposible que un tipo brillante y calculador como Kyle hubiera hecho algo semejante. 

Primero, porque Gayle nunca le había importado realmente; la posición que ella le permitía alcanzar, sí. Pero la había perdido cuatro años atrás, cuando ella le había pedido el divorcio. De modo que no eran celos ni un sentido exacerbado de la posesión ni un intento de recuperar esa posición tan conveniente. Sabía positivamente que ese capítulo de su vida estaba cerrado: ella lo había cerrado. 

Segundo, porque, aunque Gayle no quisiera saber nada de Kyle, él seguía conservando el beneplácito de Lord Middleton tras el divorcio. El padre y la madre de Gayle lo adoraban. No tenía sentido que se hubiera arriesgado a perder ese poderoso as en la manga por una supuesta relación con ella que sabía muy bien que no recuperaría. 

Y tercero, porque incluso después de ver que el asunto se le estaba escapando de las manos, cuando Gayle lo había convocado a un brunch al que también había convocado secretamente a Fay y a Perry, tenía que saber que su exmujer lo intentaría todo con tal de evitar que el asunto saltara a los medios de comunicación. Todo el mundo sabía cuánto le importaba mantenerse al margen de las habladurías. La solución para que Kyle siguiera conservando todo lo que tenía, incluido el beneplácito de su ex suegro, era tan simple como disculparse y dar un paso atrás.  ¿Por qué no lo había hecho? 

¿Y cómo coño no te diste cuenta de que el tipo corría hacia el fuego como un caballo desbocado?

Declan sacudió la cabeza, molesto consigo mismo. Su sentido de la autocrítica no había dejado de desmenuzar en finísimas partículas todo cuanto había acontecido aquel sábado aciago. 

Ni de darle un suspenso en cada nuevo análisis.

—¿Qué haces aquí tan solo a estas horas, Dec?

Después de la voz, llegaron los brazos de Jana, que le rodearon la cintura desde atrás, devolviéndolo a la realidad con una sonrisa. Posó su mano sobre las manos entrelazadas de Jana y las apretó con suavidad.

—Hola, preciosa. ¿Qué haces tú aquí a estas horas?, dirás. Deberías seguir durmiendo.

—¿Y qué hay de ti? ¿No deberías estar durmiendo tú también?

Declan se deshizo del abrazo femenino, le pasó un brazo alrededor de los hombros e hizo que se arrebujara contra él. Sonrió al ver que ella se había puesto su cazadora de cuero, que él había dejado sobre el asiento del sofá, en el salón. Le quedaba inmensa. Entraban dos Janas en ella.

—Debería. Pero, aquí estoy, intentando espabilarme para hacerle de tapadera al capullo de Thomas y su brillante idea de llevarse a Gayle a otro lugar seguro —dijo con retintín. Bebió un sorbo de su café y, a continuación, le contó la llamada de Colby y lo que se disponía a hacer.

Jana lo escuchó con atención mientras, acurrucada contra su pecho, lo miraba. Su cara de cansado explicaba en parte el tono disgustado de sus palabras. Pero solo en parte. Su cabreo con Thomas venía de varios días atrás. De hecho, su enfado era tal que lo había suspendido. Se había quedado atónita al enterarse de la medida tan drástica que Declan había tomado. 

—Lord Middleton se enterará antes o después —continuó él—. Bien porque me llame y yo se lo diga, o porque alguno de sus hombres lo deduzca y le vaya con el cuento. Pero prefiero que sea lo más «después» posible. Lo único que me faltaría hoy es tener que aguantar los ladridos del viejo.  —Inspiró hondo y soltó el aire por la nariz—. Sé que Gayle lo hace para evitar que su padre me perjudique, pero… Qué ganas tengo de que este asunto se acabe de una vez.

Declan se refería a que, tras los sucesos del fin de semana y la consecuente cólera del aristócrata, Gayle se había negado en redondo a que otra empresa distinta de Keegan Security se ocupara de su seguridad. Ese había sido el momento en el que Lord Middleton se había convertido en su cliente, después de hacerle firmar un acuerdo de confidencialidad tan restrictivo que le permitía poco más que pronunciar el nombre de su hija en voz alta. El iracundo individuo era ahora el que pagaba las facturas y, por tanto, quien daba las órdenes y a quien debía darle cuentas. Desde entonces, Declan se había convertido en un firme candidato a la úlcera de estómago. Siempre había sido un alfa, el líder de la manada, y, como tal, no llevaba nada bien el talante mal encarado de otro hombre, por más aristócrata que fuera. 

—¿Qué te parece si cuando vuelva hago una parada en esa confitería a la que fuiste con Gayle, que te gustó tanto, y traigo unas cuantas cosas ricas para desayunar? —propuso él, logrando que Jana lo mirara asombrada—. ¿Qué? ¿Qué pasa? 

—No esperaba este giro con derrape y todo. Un minuto parecías a punto de empezar a sangrar por la úlcera; al siguiente, estás pensando en…

—¿Mimarte? —propuso él con picardía.

Desde la noche compartida en aquel hotel con encanto en el que habían tomado decisiones tan importantes, Declan no había hecho otra cosa que recorrer la milla extra por ella. Jana asintió con expresión aún más asombrada.

—Así que era eso… 

—Claro que es eso —repuso él, buscando su mirada—. ¿Por qué te sorprende? Estoy loco por ti, Jana. Y ahora que vuelvo a tenerte conmigo, voy a ponerte muy, muy difícil que pienses en pasar un solo día sin mí. Te quiero conmigo. Siempre.

Jana extendió una mano y la posó amorosamente sobre la mejilla masculina, cubierta por una barba perfectamente recortada.

—¿Seguro que siempre? —repuso en tono íntimo. Vio que él asentía enfáticamente—. En ese caso, ¿qué tal si me das veinte minutos para que me ponga presentable, y te acompaño?

Declan no tuvo que pensarlo. La respuesta era sí. Era consciente y mucho de que apenas cinco meses atrás su contestación habría sido una diferente, que hoy ni siquiera se le pasaba por la cabeza.

Se inclinó hacia ella y la besó en la boca largamente. 

—Hecho —murmuró al fin sobre sus labios—. Mientras tú te preparas, llamaré a Colby para avisarle que me retrasaré un poco.

* * * * *

Después de que Jana acabara de arreglarse, la pareja se había dirigido a la casa de Danna Locke.

En un principio, Declan no tenía intenciones de tocar el timbre, pues con que lo vieran entrar en el edificio era suficiente para mantener el engaño. Sin embargo, Jana había insistido en subir. Quería saber si Danna había sabido algo más de Gayle, ya que la había llamado y había saltado el buzón de voz. Resultó que ella tampoco había podido hablar con su amiga, pero la tranquilizó, asegurándole que, estando con «su tío macizo», seguro que a Gayle se le habían pasado todos los males. 

A Jana, sin embargo, no eran «sus males», genéricamente hablando, los que le preocupaban, sino uno en concreto: Lord George Francis Middleton. Desde que se había enterado de que su hija se había alojado en la casa de su mejor amiga, estaba ejerciendo una enorme presión sobre ella, llamándola a todas horas. De ahí que, cuando ella había decidido marcharse con Thomas, le hubiera aconsejado que desviara las llamadas a su móvil o al de Danna y que fueran ellas las que mantuvieran informado al aristócrata el mayor tiempo posible. Esto no solo le concedería margen para recuperarse, sino que también, con suerte, evitaría durante algún tiempo que su padre se enterara de que ya no estaba con Danna. Sin embargo, Gayle se había marchado sin haber tomado una decisión definitiva al respecto. Su móvil se había marchado con ella.

Habían encontrado a Danna sola en casa, puesto que su hija, Alexis, estaba en el colegio. Los había conducido hasta la diminuta cocina, donde estaba preparando comida para varios días, ya que pronto tendría que reincorporarse al trabajo. 

Aquella mañana, por primera vez desde que había conocido a la amiga de Gayle Middleton, Declan había podido observar la interacción entre ella y Jana. La había conocido en las peores circunstancias posibles, sin tiempo para formarse una opinión acerca de aquella mujer que, a pesar de pertenecer a un entorno social radicalmente opuesto al de su mejor amiga, mantenía con ella una estrecha y profunda amistad. Una que, por lo que Jana le había contado, había logrado sobrevivir incluso los embates de la ira y del deseo de revancha de Lord Middleton, quien nunca había aprobado esa amistad. 

Notó que Jana y Danna conectaban bien. Parecían estar a gusto en compañía de la otra. Declan pensó que la razón quizás estaba relacionada con algo que tenían en común: había una persona en sus vidas a quien consideraban su familia, a pesar de que no eran de la misma sangre, y por quien estaban dispuestas a todo. Para Danna era Gayle; para Jana era Harley. Probablemente, se reconocieran en ese sentimiento de hermandad por elección personal y en la fortaleza de unos lazos que iban mucho más allá de la genética. 

Pensarlo supuso un consuelo para Declan. Al menos, en medio del dolor y la preocupación por Gayle y por sus propios recuerdos tenebrosos, que el acoso de Baxter había conseguido reflotar en Jana, pasar tantas horas con aquella treintañera resuelta y ocurrente había supuesto un apoyo. Justamente lo que él se había comprometido consigo mismo a ser para Jana y, por el momento, no estaba cumpliendo debidamente. La incomprensible actitud de Kyle y sus consecuencias lo tenía en jaque, personal y profesionalmente, desde el sábado. 

Al cabo de una hora, las nuevas amigas se habían despedido con un cálido abrazo y la promesa de mantenerse informadas. Después de eso, la pareja se había dirigido a la confitería francesa donde Jana y Gayle habían estado el sábado.

Jana llevaba un buen rato mirando por la ventanilla, abstraída en sus propios pensamientos, y Declan decidió traerla al presente. Desde que había empezado a sufrir los ataques de pánico, ella misma reconocía que sus pensamientos se habían vuelto oscuros e impredecibles.

—¿Seguro que no prefieres desayunar en esa terracita tan molona que tenemos? 

Jana volvió la cabeza y sus miradas se encontraron brevemente antes de que Declan devolviera la suya al tráfico. Estaba nublado, a pesar de lo cual Jana llevaba puestas sus gafas negras. Declan apenas había podido ver sus ojos, pero que no se hubiera quitado las gafas al subir al SUV constituía una señal muy significativa para él.

En efecto, lo era. El remedio herbal y, seguramente, también el cansancio, habían sumido a Jana en un sueño profundo durante el cual, si las pesadillas habituales habían acudido a torturarla, no las recordaba. Sin embargo, una vez despierta, después de ducharse y mientras se arreglaba, los recuerdos de aquella mañana de hacía muchos años en la que, por milímetros, no se había marchado al otro barrio, habían regresado una y otra vez. 

Y seguían regresando.

Veía el rostro del energúmeno, desencajado por la ira, con tal nitidez, como si estuviera frente a ella. Era aterrador.

—Molona e inesperada —apuntó Jana, forzando una sonrisa en sus labios—. Te aseguro que era lo último que esperaba encontrar al abrir esa segunda puerta que hay en el baño. ¡Creí que era un armario!

«Pero no has respondido a mi pregunta», pensó él, dedicándole una rápida mirada. 

Decidió dejarlo estar. Le daba igual desayunar en la confitería o pedir el desayuno para llevar y tomarlo en casa. La razón de preguntarlo no era obtener una respuesta, sino distraer a Jana.

—Todo ese apartamento supermoderno es bastante inesperado, ¿no? —comentó él, cambiando de tema—. Es como si no encajara en el entorno. Entras en el hall del edificio y piensas: «¡Menudo tugurio! ¿Aguantarán esas vigas?» —se rio—. Te dejas los pulmones para subir los dos tramos de escaleras y cuando llegas arriba y abres la puerta… ¡Halaaaaaaaa! ¡Es como si te hubieras metido en el ropero mágico de Las crónicas de Narnia!

Le gustó comprobar que Jana se echaba a reír. Y mucho más aún, que ella decidiera acusar recibo de su intento de devolverla al presente, y lo hiciera a su estilo.

Jana estiró el cinturón de seguridad para poder acercarse hasta Declan y depositó un beso sobre su mejilla.

—Gracias, Dec. Eres el mejor. Y sí, prefiero que desayunemos en casa.

Él se estremeció. Y no solo el beso tuvo la culpa, sino esas dos palabras que significaban tanto para él: «en casa». 

Declan escondió sus intensas emociones tras una sonrisa seductora cuando la miró brevemente y respondió:

—Tus deseos son órdenes, preciosa.


* * * * *


El clima les había permitido disfrutar de las delicias francesas acompañadas del único café que Jana tenía autorizado al día, no echándose a llover. Hacía frío, estaba siendo una primavera bastante destemplada, pero lo habían resuelto con sendas mantas. Jana se había envuelto en ella y apenas sacaba los dedos necesarios para servirse macarons o madeleines. Declan se había puesto la suya sobre las piernas.

—¿Crees que durará tu cortina de humo? —se interesó Jana. Dio un sorbo a su café y mantuvo la taza entre las manos para darse calor.

Declan negó con la cabeza. A su distracción le quedaban dos telediarios. El noble no se chupaba el dedo. Tampoco se fiaba de él. Razón de más para mirar con lupa todo lo que él hacía. De hecho, aunque no se lo había dicho a Jana para no preocuparla, se había dado cuenta de que le seguían. La tarde anterior, cuando se dirigía a recogerla a casa de Danna, era un sedán gris. Había conseguido despistarlo, pero haberlo hecho solo era una ventaja temporal. El tipo tendría que informar al noble y, en cuanto lo hiciera, este rascaría y rascaría hasta hallar el hueso enterrado. 

—El viejo es un perro de presa con un olfato muy fino. 

—Es un detalle que intentes ayudarlos a mantenerse fuera del alcance de sus radares… Aunque no vaya a durar mucho tiempo.

Sí, pensó Declan, un detalle que podía costarle la cabeza. 

—No soporto a los déspotas. 

Jana sonrió para sí. ¿Insinuaba que lo había hecho solo por fastidiar a quien pagaba sus facturas? 

Venga ya, ancianito.

—Ah… Yo pensaba que era tu forma de hacer las paces con Thomas…

Declan ladeó la cabeza y la miró con interés.

—¿Hacer las paces? Le di la orden directa de mantenerse alejado de Kyle Baxter y se la pasó por el arco del triunfo. Poniendo en riesgo no solo a otros civiles ajenos al tema, sino también a Fay y a Perry, y obligándome a tomar decisiones a ciegas. Si aún estuviéramos en el ejército, se enfrentaría a un consejo de guerra.

Jana asintió. Desconocía en detalle lo sucedido en la cafetería donde Gayle los había convocado para un brunch. Pero Thomas era el único que había visto el peligro potencial en el que se estaba convirtiendo Kyle Baxter. Si había desobedecido una orden directa, debía tener una razón de peso para hacerlo.

—Pero no estáis en el ejército… Sois amigos, Dec. Viejos amigos. Y, evidentemente, hay algo entre Gayle y él.

Declan arrugó el ceño.

—¿Estás intentando decirme algo? 

La incomodidad fue patente en el rostro de Jana.

—No… —dijo, descartando meter sus narices donde nadie la llamaba. Sin embargo, enseguida, rectificó—. Bueno, en realidad sí…

Declan elevó ambas cejas. «¿Cómo que ‘sí’?». Vio que un ligero rubor cubría las mejillas femeninas y sus ojos brillaban de incomodidad.

—No puedo dejar de pensar que… —empezó a decir Jana—. Imagina que en vez de Gayle se trata de mí. Estás fuera, con la orden expresa de no intervenir. No te fías, así que estás vigilando a… mi acosador —dijo, incapaz de pronunciar el nombre de quien había estado a punto de matarla— y, de pronto, te das cuenta de lo que se propone… De lo que va a suceder, si no lo impides… ¿Qué habrías hecho tú, Dec? 

Intervenir. Sin la menor sombra de duda. 

Sin embargo, no era tan simple como Jana proponía. Porque, para empezar, la situación de las parejas no era comparable. Jana y él tenían una relación sentimental que databa de tiempo. Había amor y planes en común. Lo de Thomas con Gayle… Era otra cosa muy diferente. Thomas lo había acusado de tener el juicio nublado por su cercanía a los Baxter. ¿Y qué había del suyo? Su hombre llevaba una semana tomando decisiones con la polla y no con la cabeza. Por eso le había exigido que se mantuviera al margen.

Y, para seguir, estaba también lo de su actitud. Si le aplicaban un castigo por haber desobedecido una orden, lo que Thomas debía hacer era asumirlo y mantener el pico cerrado. Los dos habían sido militares y sabían cuál era el código de comportamiento. ¿Qué había hecho Thomas, en cambio? Desafiarlo. Cómo no.

—Habría ido a por él sin dudarlo ni un minuto —repuso Declan.

«Exacto», pensó Jana. Asintió con la cabeza sin darse cuenta. Cuadraba perfectamente con su forma de ser. Él mismo había reconocido infinidad de veces que ese aspecto de su personalidad le había traído muchos problemas durante su época en el ejército. Sin embargo, viniendo de Thomas, no lo aceptaba. ¿Por qué? 

Declan arrugó el ceño brevemente al percatarse de aquel gesto por parte de Jana. 

—Y, después, habría aguantado calladito el castigo que me impusieran porque así son las cosas —aclaró—. La cadena de mando está para algo, Jana. No puedes saltártela alegremente y esperar que no haya consecuencias.

—Quizás no son las consecuencias las que cuestiona, Dec… Me dio la sensación de que no es tu autoridad lo que pone en duda, sino tus decisiones… tácticas, digamos. Creo que las sigue cuestionando… A pesar de estar suspendido de empleo y sueldo.

Declan reparó en la sutileza con que Jana se refería al enfrentamiento que Thomas y él habían tenido la tarde anterior, cuando estaban en la cocina de Danna. Thomas se había ocupado de dejar muy claro que continuaba cuestionando sus decisiones con aquel «si te hubieras ocupado de su seguridad en algún momento, no estaríamos en esta situación» que le había soltado en toda la cara y delante de todo el mundo.

—¿Y qué? —repuso taxativo—. Puede cuestionar mis decisiones hasta el final de los tiempos, pero si le doy una orden, debe cumplirla porque es mi empresa, mi cliente y mi estrategia.

Jana asintió.

—Vale, vale… Está claro que todavía sigues muy enfadado con él…

—Y él conmigo —precisó Declan. Si Thomas no hubiera seguido soltando pullitas sobre el tema, reavivando su cabreo, él ya se habría calmado.

—Sí, y él contigo. Los dos lo estáis —concedió, como lo haría una madre siguiéndole la corriente a su niño para que no se enfurruñe más.

Sin darse cuenta, Jana había tocado hueso. A Declan no le gustaba que le siguieran la corriente. Incluso si quien lo hacía era ella, la mujer por la que estaba loco de remate. Soltó el aire por la nariz.

—A ver, nena… ¿Por qué no me dices lo que piensas de verdad?

Jana volvió a posar su taza sobre la mesa, se levantó despacio y, procurando no tropezar con la manta en la que se había envuelto, fue hacia Declan. Se detuvo frente a él.

—¿Puedo? —preguntó, refiriéndose a sentarse sobre sus piernas.

«¿Tan malo es lo que tienes que decirme que estás preparando el terreno?», pensó él con preocupación. 

Apartó su silla de la mesa de jardín y retiró la manta que tenía sobre la falda, que dejó sobre el respaldo. 

Entonces, Jana se sentó sobre sus piernas. Sacó un brazo por fuera de la manta y rodeó con él los hombros de Declan.

—Creo que Thomas vio algo de Kyle que nadie más vimos, incluida Gayle. Está claro que si ella lo hubiera visto, si hubiera tenido la menor sospecha de… —Tragó saliva y, sin concluir la frase, continuó—: Jamás habría organizado ese brunch. 

Declan permaneció en silencio contemplando a Jana. Ella no lo estaba mirando, tenía la vista perdida entre las delicias que había sobre la mesa, abstraída en sus pensamientos. El aire mecía algunas hebras de pelo de su largo flequillo, apartándolas de su rostro. Una punzada de preocupación por ella asaltó a Declan al notar lo pálida que estaba. Últimamente, ni siquiera el maquillaje conseguía devolver algo de vida a su rostro. 

Jana continuó.

—Y también creo que lo que hay entre ellos es algo importante. Sé cómo comenzó; ella me lo contó con bastante detalle… —Sus ojos regresaron sobre Declan—. Pero ahora es otra cosa. No te juegas la vida por una noche de sexo, por más bueno que fuera. Ni tampoco desafías a tu padre por seguir a tu amante, por más buen amante que sea. Ayer, Thomas fue a buscarla. El peligro ya había pasado, pero volvió por ella. Y Gayle volvió a escoger desafiar a su padre, desoír tus consejos y marcharse con él. 

—Jugarse la vida es su trabajo y… 

—Ya lo habías suspendido. No era su trabajo —lo interrumpió.

Él ignoró la interrupción y continuó:

—Y, aunque no lo creas, el sexo puede ser una motivación muy poderosa en un tío.

—¿Lo dices por ti? —se burló. Fue una burla con una inequívoca carga de dulzura.

Él se inclinó y la besó.

—Sí —murmuró sobre sus labios—. ¿O ya no te acuerdas de nuestro momento caliente en aquel ascensor tan señorial? 

—Como para olvidarlo… Pero míranos ahora.

Declan sacudió la cabeza, reconociendo la derrota. 

—De acuerdo —concedió—. No ha sido un buen ejemplo.

Ambos rieron y durante unos instantes a Declan le pareció que Jana volvía a ser la de siempre. La de antes de que comenzara la pesadilla. Antes de que aquel suceso terrible de su pasado regresara a pasarle factura con más fuerza que nunca.

Sin embargo, no duró. Pronto su rostro se tornó serio y su mirada se ensombreció. Al cabo de un rato, ella volvió a hablar.

—Quieren estar juntos, Dec. Lo necesitan. No sé por qué lo hace Thomas —sus verdaderas motivaciones quiero decir—, pero sé muy bien cuáles son las de Gayle: él consigue hacerla sentir segura, protegida y querida en un momento en el que toda su vida se está desmoronando… 

La mirada de Jana regresó sobre Declan. Un instante después, sacó su mano del abrigo de la manta y la posó sobre la barbilla masculina, acariciándola con suavidad.

—Es lo que tú me das. Lo que me haces sentir. La razón de que esté aquí, apostando por nosotros y por esta aventura… A pesar de mis ataques de pánico, del miedo al fracaso, de sentirme una tullida emocional… A pesar de todos los pesares. Porque tú me haces fuerte, Dec. Haces que sienta que merece la pena luchar con uñas y dientes por ponerme bien… Y cuando creo que ya no me quedan fuerzas para hacerlo, las invento… —Su voz se quebró al decir—: Por ti.

Para perplejidad de Declan, las lágrimas empezaron a rodar por las mejillas de Jana como si las compuertas de su dolor hubieran volado por los aires y ya nada pudiera contenerlo.

—Vale, vale, vale… —murmuró él—. Tranquila, preciosa. Estoy aquí. Siempre estaré aquí, contigo.

Sin saber qué más hacer o decir para confortarla, Declan la abrazó con fuerza y la acunó entre sus brazos mientras Jana lloraba acurrucada contra él.


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©️2026. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
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CRS-06. NGGA. Un cambio inesperado - 2


Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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CRS-06 NGGA

Un cambio inesperado.

2



A Jana le había tomado un buen rato calmarse y dejar de llorar. Para entonces, la lluvia los había obligado a regresar al interior del apartamento y aquel desayuno, ya muy tardío, había continuado en el salón. Sin embargo, pronto Jana se había quedado dormida. Era lo habitual tras un momento de bajón anímico. Fuera porque este se manifestaba con un ataque de pánico o uno de llanto, cuando pasaba, ella quedaba tan agotada que no tardaba en sumirse en un sueño profundo.

Declan se levantó del sofá con cuidado, la cubrió con la manta y acomodó un cojín debajo de su cabeza. A continuación, acercó el sillón hasta ponerlo cerca del sofá y a la derecha de la mesa baja, se sentó en él y desde allí se dedicó a observarla. Parecía tranquila, sin signos evidentes de que nada estuviera perturbando su sueño. Eso lo alivió inmensamente. Cogió un profiterol de la pequeña bandeja de cartón y se lo llevó a la boca. Estaba relleno de nata y bañado en chocolate. Aunque le resultaba demasiado dulce para su gusto, aquel día necesitaba echar mano de lo que fuera para mitigar el persistente sabor amargo que le había dejado presenciar nuevamente el sufrimiento de Jana. Era demoledor para él sentir que lo único que podía hacer en esos momentos era abrazarla. Estar allí, a su lado. Era un hombre de acción y la impotencia que sentía ante semejante situación era… Indescriptible.

«¿Qué habrías hecho tú, Dec?». Aquella pregunta que resumía a la perfección la postura de Jana acerca de la suspensión de Thomas, regresó a su mente clara como una mañana de verano. 

Tuvo que reconocer que la respuesta que le había dado no había sido del todo sincera. Estaba más centrada en la desobediencia de Thomas que en su propio error al valorar el peligro potencial que Kyle representaba para Gayle. Le había picado que Jana creyera que Thomas había calado a Kyle antes que nadie porque ese «nadie» lo señalaba directamente a él. Y era cierto; la reacción de Kyle no la había visto venir porque, sencillamente, nunca la había creído posible. 

Tan cierto como que, de haber tenido al cabrón de Per al alcance de la mano, se habría cebado en él sin atender a razones de ninguna clase. Y, desde luego, no solo le habría partido la nariz; habría ido mucho más lejos de lo que Thomas había hecho con Kyle. 

Pero jamás tendría siquiera ese consuelo porque el tipo estaba muerto. Se las estaba viendo con los desmanes de un jodido fantasma.

Declan resopló. Echó un vistazo a la hora. Le había dicho a Debbie que se tomaría la mañana libre y esta ya había pasado. Sin embargo, después de lo sucedido, no pensaba marcharse y dejar a Jana sola. Hablaría con su asistente y supervisarían el trabajo entre los dos, pero él lo haría desde donde estaba: sentado a un metro de Jana, vigilándola atentamente.

Cogió su móvil de encima de la mesa y salió con él a la terraza mientras pensaba que aquel rincón, al que se accedía desde un lugar del todo inesperado, estaba resultando ser muy útil. Allí podía gestionar las llamadas de naturaleza delicada con libertad, sin que nadie más lo oyera.

Sintió que el móvil vibraba en su mano, consultó la pantalla y torció el gesto. Era el padre de Gayle.

O bien lo estaba llamando porque no había podido hablar con su hija… O bien, porque se había enterado de que ella ya no estaba en la casa de su amiga. Fuera como fuera, tenía un problemón en puerta.

Hablando de gestionar las llamadas delicadas con libertad, pensó, y se dispuso a atender al iracundo aristócrata.


* * * * *


Declan no necesitó colgar; el viejo lo hizo por él después de bramar: «¡¿Pretende tomarme por idiota?! ¡Lo ha sabido desde el primer momento y ha intentado ocultármelo! ¡Ahora, aténgase a las consecuencias, señor mío!».

Todavía no entendía cómo se las había arreglado para no perder los papeles y enviar al viejo a freír espárragos. 

Suspiró.

Estaba tan harto de ese asunto… Nunca había querido tener a Gayle de cliente. Mucho menos a su padre. Ahora, su situación personal ante la familia de Brandon había quedado en una posición muy delicada. Fay y Perry estaban tan ofendidos de que él «jugara para el equipo contrario», que apenas si le habían dirigido la palabra las únicas dos veces que los había visto tras la detención de Kyle. 

Y en cuanto al padre de Gayle… El viejo había aceptado a regañadientes que él siguiera a cargo del equipo de seguridad de su hija, porque ella se lo había impuesto. Pero, como no se fiaba de él, hacía que lo siguieran al tiempo que le exigía un informe diario detallado de las actividades de su hija que, seguramente, contrastaba con el que obtenía por sus propios medios. Le daba igual si cobraba las facturas o no, pero necesitaba desesperadamente dejar de estar en medio del fuego cruzado de los Middleton, los Baxter y los Cox. Estaba hasta las mismísimas narices de todos. 

Y que constara en acta que también estaba hasta las narices de Thomas, pensó al tiempo que lo llamaba. Andreas le había dicho que Thomas llevaba el móvil de Gayle encima, pues el suyo lo tenía aún la policía, de modo que había marcado el número de ella.

Buzón de voz. Genial.

¿Por qué coño Thomas no había seguido durmiendo una semana más? Pero no. No había caído esa breva. El tío se había despertado, había echado en falta a su chica y no había tenido mejor idea que presentarse donde Danna en plan héroe de la Factoría Marvel a convencerla de que el único lugar seguro del mundo para ella estaba a su lado. Y metiéndolo a él en un lío de cojones.

¡Hay que joderse!

Regresó al interior del apartamento para comprobar si Jana seguía durmiendo. Suspiró aliviado al ver que ella tan solo había sacado un brazo por fuera de la manta. Estaba grogui.

De vuelta en la terraza, siguió intentándolo una y otra vez con el mismo resultado.

Qué ganas tenía de pasar de todo… 

Pero no podía hacerlo. Tenía que avisarle a Thomas que el viejo se dirigía a la casa de su hermano Brady.

Y no precisamente en son de paz.


* * * * *

Declan al fin había conseguido dar con Thomas a través del móvil de su hermano Alex. La conversación, como todas las que había mantenido con su hombre últimamente, había sido breve y en tono cortante, señal de que los dos seguían muy contrariados después de lo sucedido. Al menos, él estaba tranquilo con su conciencia. Le había advertido de que un huracán de categoría 5 se dirigía hacia la casa de Brady Eaton y le había ofrecido su ayuda, en caso de necesitarla. No podía hacer más al respecto.

Hablar con Debbie le había recordado que tenía más trabajo pendiente del que creía. El equipo de Marika Ryan le había enviado un dossier con las primeras actividades promocionales previstas de cara al programa que la diva grabaría en Edimburgo en verano. Algunas se rodarían en exteriores en la capital escocesa y tenía que estudiarlas y establecer el dispositivo de seguridad que fuera necesario. Lo cual suponía desplazarse hasta allí para estudiarlas in situ.

¿Y si le proponía a Jana que fuera con él? Torció el gesto al darse cuenta de que probablemente eso no fuera posible. Ella ni siquiera estaba lo bastante bien para ocuparse de su boutique. Estaba preocupada porque tenía bastantes encargos atrasados. 

Suspiró. Qué poco le apetecía dejarla sola en Londres…

Debbie también le había recordado que tenía entrevistas el fin de semana. Se había olvidado por completo de ellas. El asunto de Gayle Middleton había monopolizado buena parte de su tiempo durante el último fin de semana y, en consecuencia, seis de las diez entrevistas previstas para contratar más especialistas en seguridad habían tenido que posponerse. El lunes por la mañana las cosas no pintaban bien ni en lo personal ni en lo profesional, por lo que había decidido trasladarlas al siguiente fin de semana, repartidas entre las mañanas del sábado y del domingo para que Jana no estuviera sola mucho tiempo.

Declan volvió a activar la pantalla de su tablet. Ahora que buena parte del trabajo administrativo de la empresa estaba informatizado gracias a Debbie, no era imprescindible estar en la oficina para hacerlo o consultarlo. Podía ocuparse de ello, cómodamente sentado en el sillón de su casa, lo que, en sus actuales circunstancias, agradecía encarecidamente. Sin embargo, no era suficiente. Su negocio había crecido demasiado para llevarlo en solitario. Hacía meses que él solo no daba abasto. Y, ahora, que había recuperado a Jana, tenía muchas más razones que nunca para buscar una solución definitiva al asunto. ¿Pero cuál?

—¿Qué pasa, Dec? ¿A qué viene esa cara de preocupación?

Él alzó la vista hasta Jana con una sonrisa.

—Eh… Hola, preciosa… ¿Qué tal estás? —dijo poniendo la tablet sobre la mesa baja y sentándose en el sofá, junto a los pies de Jana—. Vaya siesta, ¿no?

—¿Qué pasa? —insistió ella.

—Nada —repuso él con simplicidad—. Bueno, nada aparte de que mi distracción se ha ido al garete, pero ya sabíamos que no duraría, así que…

—Ay, no… ¿Su padre se ha enterado ya? —Declan asintió—. ¿Te ha gritado mucho? —Un nuevo asentimiento por su parte—. Vaya, lo siento. ¿Sabemos algo de Gayle?

Fue entonces cuando Declan cayó en la cuenta de que la conversación con Thomas había sido tan breve y tan desagradable, que ni siquiera le había preguntado por ella.

—No. Eso es bueno, supongo. Ya sabes, las malas noticias vuelan.

Jana concedió a pesar de no estar muy segura de que eso fuera aplicable a la situación. Conocía a Gayle lo bastante para saber que, si ella no estaba bien, sus amigos no se enterarían a menos que se tratara de una emergencia. Se incorporó sobre sus codos y al fin se sentó en el sofá con los pies sobre el suelo. Pero no tardó en acurrucarse contra Declan, quien la rodeó con sus brazos al tiempo que sonreía.

—¿Estás mimosa?

Lo que estaba era agotada. Sentía una flojera generalizada. Pero no quería preocupar a Declan, de modo que puso morritos y fingió estarlo.

—No lo sé… A lo mejor, sí —coqueteó—. ¿Qué hora es? ¿No tendrías que estar en la oficina?

En teoría, sí. Pero en la práctica no pensaba moverse de donde estaba, a menos que fuera cuestión de vida o muerte. Declan se disponía a soltar algún chascarrillo cuando un móvil empezó a sonar. Era el de Jana, pero sonaba lejos.

—Creo que me lo he dejado en el baño…

Declan se levantó de inmediato y fue a buscarlo. Lo encontró en el mueble del baño, junto al lavabo. En la pantalla parpadeaba el nombre de Danna y atendió.

—Hola… Soy Declan. Enseguida te paso con Jana. 

—¡Hola, Declan! Perdona, ¿ella está bien? Ayer no se sentía muy bien que digamos…

—Sí, sí, tranquila… Es que se ha dejado el móvil en la otra punta de la casa y yo estaba más cerca para cogerlo. Enseguida se pone.

Declan regresó junto a Jana y le entregó el móvil.

—Es Danna —anunció.

—Ay, qué bien… A ver si ha tenido noticias de Gayle… —Se llevó el dispositivo a la oreja—: Hola, Danna… ¿Te importa si pongo la llamada en manos libres? Declan está aquí, conmigo —dijo, acariciándolo con la mirada.

—¡Qué va! —respondió la treintañera—. ¡Bendito sistema manos libres! Si no fuera por ese invento, no sé cómo me las apañaría para comunicarme con mi hija… ¡Entre ella, que, como buena adolescente, no está nunca en casa y yo, que por mi profesión, siempre tengo las manos ocupadas…! 

Jana activó el altavoz del móvil y lo puso sobre su falda. Fue entonces cuando Declan respondió a la caricia de su mirada, estirándose hasta ella. Cogió su mano derecha y, después de depositar un beso sobre su palma abierta, se la quedó. Jana sonrió y entrelazó sus dedos con los de él.

—Listo, Danna. Cuéntanos. ¿Qué sabes de Gayle? ¿Está bien?

—¡Está estupendamente! —exclamó—. Sé que anoche te fuiste muy preocupada, pero, créeme, ese tiarrón ejerce un poderosísimo efecto sobre ella… ¡No te lo vas a creer cuando te cuente lo que escuché con mis dos orejitas! ¡Vamos, casi ni yo me lo creo! —añadió riéndose.

—¿Qué ha hecho? —quiso saber Jana—. ¡Venga, cuenta, cuenta! 

Declan notó enseguida cómo se había transformado aquel rostro precioso. De repente, se había llenado de vida. Saber que Gayle estaba bien había obrado un pequeño milagro en el ánimo de Jana.

Danna relató lo sucedido. Al no poder comunicarse con Gayle, había decidido ir personalmente a la dirección donde estaba. Mientras tanto, por pura ansiedad, se le había ocurrido intentar saber algo de ella llamando al número de Alex Eaton. Él se lo había dado antes de marcharse la noche anterior, por si le pasaba algo al de Gayle, pues la policía todavía tenía en su poder el teléfono de Thomas. Resultó que los tres estaban juntos, pues iban en el mismo coche. Gayle, por lo visto, estaba dormitando y Thomas le había contado el problema que tenían: acababan de enterarse de que el viejo tirano iba camino de la casa de Brady para ver a su hija. Entonces, Gayle, que se había despertado, había cogido las riendas del asunto.

—Cómo habrá sido para que me dejara con la boca abierta… La conozco hace años y me consta que tiene un genio que se las trae, pero lo de hoy… ¡Lo puso a caer de un burro, Jana! Le exigió que diera la vuelta de inmediato y no se acercara al domicilio de Brady Eaton bajo ninguna circunstancia. A cambio, le ofreció ir a verlo a su mansión hoy, cuando anochezca. Le soltó que esa era su única oferta, que no era negociable, ¡y le colgó! 

Jana abrió mucho los ojos.

—¿En serio?

—¡Y lo consiguió! Cuando estaba llegando a la casa de Brady, el tipo que estaba de vigilancia —Jana miró a Declan y él pronunció el nombre de Andreas sin emitir sonido—, me dijo que el viejo había dado la vuelta… —se rio—. ¡Y yo me puse a jalearla como una loca! ¡De haber estado ahí, me la habría comido a besos! ¡No te haces una idea de lo orgullosa que estoy de ella, chica! 

—Qué bien, Danna… Es genial saber que está mejor… Ayer parecía un pajarito que acababa de caerse del nido… ¿Has podido verla?

—Sí, sí… Solo un ratito, pero lo suficiente para comprobar que la compañía de ese tiarrón le sienta de miedo —se rió—. Él me dijo que anoche durmió toda la noche de un tirón y que hoy se levantó supertemprano y quiso acompañarlo… ¡Gayle vuelve a ser Gayle! ¡Esto marcha!

—Qué alivio, Danna… Muchas gracias por llamarme. Empezaba a estar muy preocupada por la falta de noticias… La llamaré esta tarde, a ver si tengo más suerte que hasta ahora y puedo hablar un rato con ella.

—Es que, por lo visto, nuestra común amiga al fin tomó una decisión sobre el asunto de quién gestiona sus llamadas, ¿sabes?… ¿Te imaginas cuál?

Jana sonrió. Tenía una ligera idea, sí.

—Su móvil lo tiene Thomas. —Vio que Declan asentía con la cabeza, confirmando que así era, en efecto. Él lo sabía por Andreas.

—¡Bingo! Pero lo atiende, tranquila —se apresuró a aclarar—. Hoy debía presentarse en la policía… En la de Londres y en la del pueblo ese donde está su cabaña, no recuerdo el nombre… Y lo silenció. Y como tiene la cabeza en cualquier parte, igual que Gayle, ¡se le olvidó! —Se echó a reír, pero enseguida volvió a hablar en un tono que a Jana le disparó la curiosidad—. Oye, ahora voy a tener que cortar. Tengo que ir a hablar con mi jefe y el hermano de Thomas se ha ofrecido a llevarme… Él y su padre han estado descargando la compra del maletero de su coche y yo aproveché para llamarte, pero ahora mismo se están despidiendo…

—¿Te refieres al otro tío cachas que había en tu cocina anoche?

La carcajada de Danna resonó en el salón, confirmándole que su curiosidad estaba plenamente justificada.

—Si fuera solo un tío cachas… ¿Lo has mirado bien? ¡Maaaadre mía! 

Declan sacudió la cabeza. No estaba seguro de desear seguir escuchando: estaba claro que había comenzado el momento «conversación solo apta para chicas».

—¿Mirarlo bien? ¡Claro que no! Yo solo tengo ojos para un tío cachas en particular —repuso, dedicándole una mirada coqueta a Declan que se estaba partiendo de risa—. ¿Pero dices que se ha ofrecido a llevarte? ¡Qué galante, ¿no?!

—¡Ya te digo! ¡Yo estoy flipando desde que se ofreció! Oye, oye, te dejo, que viene hacia mí… —En un tono mucho más bajo, añadió, riéndose—: ¡Y en cualquier momento voy a empezar a tartamudear! ¡Adiós, guapísima!

Lo que se oyó a continuación fue el tono de llamada cortada. Jana sacudió la cabeza risueña y dejó el móvil sobre la mesa baja.

—Danna es superdivertida —comentó.

Declan tiró de la mano que aún sostenía en la suya. Jana empezó a reír, pero lo dejó hacer. Dejó que la ayudara a ponerse de pie, la guiara hasta donde estaba él —a escasos tres pasos— y la instara a sentarse sobre sus piernas. Una vez allí, él le rodeó la cintura con ambos brazos y continuó mirándola desafiante.

—Así que Alex te pareció un tío cachas… —dejó caer él.

No era que se lo hubiera parecido; lo era. 

—Qué va… ¡Era una broma!

Se miraron risueños. Declan negó con la cabeza.

—Dijiste, textualmente, «¿te refieres al otro tío cachas que había en tu cocina anoche?». 

—A ver, Dec, convengamos en que ni Thomas ni su hermano pasan inadvertidos, precisamente. —Jana no pudo completar la frase sin echarse a reír.

Declan le siguió el juego, encantado. Su risa era un regalo para él. 

—A ver, Jana —repuso él, imitándola—: ¿En qué quedamos? ¿Era una broma? ¿O «convengamos que» blablabla?

Ella se acurrucó contra su pecho y alzó la vista, mirándolo desde aquella ubicación privilegiada.

—También dije que solo tengo ojos para un tío cachas en particular… Tú.

Él le dedicó una mirada divertida.

—¿Estás intentando arreglarlo o solo me lo parece a mí?

—No… Es la verdad. Incluso cuando no nos soportábamos, ¿te acuerdas?, pensaba que eras un cañonazo de hombre… 

Declan asintió ligeramente. Su corazón palpitó al ver que Jana ya no reía. Su mirada se había vuelto intensa.

—Y eso que entonces no tenía ni la más remota idea de todas las otras muchas cosas increíbles que eres, aparte de un tío que está cañón…

Él volvió a asentir con la cabeza, agradeciendo sus halagos. Significaban tanto para él que no se sentía capaz de expresarlo con palabras.

—Apenas hemos podido pasar tiempo juntos los últimos cuatro días… —continuó Jana. El corazón de Declan volvió a reaccionar intensamente ante la idea de volver a estar dentro de ella. No habían vuelto a hacer el amor desde el sábado por la mañana. Hacía siglos de eso—. Y mi cabeza está bastante desquiciada, así que no puedo asegurarte que no nos vaya a jugar una mala pasada…

—Me da igual —la interrumpió, decidido. 

Si un súbito ataque de pánico o de llanto les aguaba la fiesta, lo enfrentaría del mismo modo que lo había hecho otras veces. Pero la necesitaba como el aire que respiraba y sabía que ella a él también. 

—Déjame acabar… —protestó con dulzura.

—Me da igual, Jana —insistió—. Tú mandas en esto y yo lo respeto. Pero, por favor, no te inhibas por mí. 

Decirlo era mucho más fácil que hacerlo, pensó ella. Desde que el acoso de Kyle se había transformado en un intento de atacar a Gayle, sus propios miedos se habían descontrolado por completo. Siempre estaban agazapados, a la espera del momento de pillarla con la guardia bajada y apoderarse de ella. 

—¿Y si me da un ataque de pánico en mitad…?

Declan la silenció con un beso largo y apasionado. 

—Haremos lo de siempre, solo que desnudos. Y cuando te hayas despertado, volveré a la carga…

—No es un botón que puedas pulsar y listo, Dec… —protestó una vez más.

 —Claro que sí. Y funciona siempre. ¿Sabes por qué?

Ella no pudo más que sonreír ante aquel despliegue de fanfarronería.

—¿Porque eres un semental? —se burló.

Él buscó su mirada.

—Porque no hay nada en este mundo que desee más que estar contigo. 

Jana ocultó el rostro en el pecho de Declan para que no viera que sus ojos se habían llenado de lágrimas. No solo sus miedos estaban descontrolados, sino todas sus malditas emociones. 

—Ay, Dec, qué desastre… 

—Vamos a la cama, nena —le dijo al oído—. Pase lo que pase, lo superaremos juntos.

* * * * *

Los temores de Jana se habían cumplido. El ataque de pánico había sobrevenido poco después de que, ya desnudos en la cama, hubieran empezado a intimar.

De repente, Jana se había puesto a temblar de forma incontrolada. De los temblores había pasado rápidamente a hiperventilar y, en nada, a pedido de ella, ya no estaban en la cama, sino otra vez en el salón. Declan la había sentado en un sillón, que había empujado contra la ventana doble del fondo y, después de abrir las dos hojas de par en par, había regresado junto a ella para ayudarla a recuperar el ritmo respiratorio.

Y ahora, una hora más tarde, mientras ella dormitaba envuelta en una manta frente a la ventana, Declan estaba en la cocina, de pie, con unos pantalones pijama, una camiseta de andar por casa y unas chanclas, recostado contra el último mueble encimera de la pared que lindaba con el salón. Correspondía a una franja de un metro y medio de longitud donde los muebles se estrechaban, dejando un espacio libre que no podía verse desde donde estaba Jana. Lo había escogido a propósito, pues necesitaba recuperarse del disgusto sin que ella lo viera. 

Y lo necesitaba, desde luego. 

Estaba entrenado para lidiar con situaciones como aquella. Sabía lo que tenía que hacer y era perfectamente capaz de hacerlo con serenidad y eficiencia. El problema venía después, una vez que la situación estaba controlada. Cuando dejaba de ser el profesional entrenado y volvía a ser el hombre. Presenciar el sufrimiento de Jana lo desarmaba y lo llenaba de impotencia al mismo tiempo. Lo primero lo hacía sentir vulnerable y lo segundo, desesperado. No era, precisamente, la mejor combinación de emociones en aquellos momentos. Jana lo necesitaba. Debía ser una roca. No podía flaquear.

Para colmo, el mundo exterior no dejaba de reclamarlos a los dos. Se había llevado consigo todos los móviles y acababa de revisarlos. El de Jana tenía cuatro llamadas perdidas de Harley. Y él, dos llamadas de Brandon en su móvil personal y otra media docena, de distintos contactos, en su móvil de empresa, incluida una de la asistente personal de Marika Ryan. Los asuntos personales podían esperar, pero los profesionales…

Declan exhaló un suspiro de hastío.

Sabía desde hacía tiempo que ya no podía llevar la empresa solo. No podía con todo. Debbie estaba siendo un gran apoyo. Se había hecho cargo de los temas administrativos con eficacia y los estaba informatizando. Sin embargo, para todo lo demás, se requerían conocimientos técnicos y otras aptitudes que solo alguien muy familiarizado con la profesión podía ofrecer. 

Conocía a mucha gente del gremio de la seguridad; hallar al candidato idóneo no debería ser un problema. Sin embargo, lo era. Porque las dos veces que había intentado confeccionar una lista de personas con las que, al menos, mantener una entrevista, no tardaba en encontrarles inconvenientes a todas. Este no por esto. Este otro tampoco por aquello… En menos de lo que cantaba un gallo, lo que tenía ante sí era una lista de nombres tachados. 

Las cosas no podían seguir así, eso estaba clarísimo. Lo que no entendía era por qué la solución se le resistía tanto.

Declan respiró hondo y tomó una decisión. 

Muy pronto, estaba sentado a la mesa redonda del salón con un folio en blanco y un bolígrafo. 


* * * * *

Jana abrió los ojos. Durante un instante se sintió confusa. Estaba mirando la ventana del salón sin entender por qué estaba abierta con el frío que hacía. Estaba cayendo la tarde. Había luz en el salón, aunque donde ella estaba, reinaba la penumbra. La confusión solo duró un segundo. Suspiró al comprender que sus emociones habían vuelto a hacer de las suyas.

Y en el peor momento, dedujo al comprobar que, debajo de la gruesa manta que la envolvía, estaba desnuda.

Apretó los párpados con fuerza. ¿Cuándo acabaría esa pesadilla? ¿Volvería a ser una mujer normal alguna vez?

Bajo los párpados, sus ojos ardían por las ganas de llorar, pero se contuvo. Era hora de recomponerse e intentar que el resto del día fuera lo más normal posible.

¿Y Declan? ¿Seguiría allí, al timón, firme en su decisión de llevarlos a los dos a tierra firme? ¿O ya se habría largado al darse cuenta de que no había salvación posible para el maldito barco? Desde luego, no podía culparlo. Ella misma se largaría, si eso fuera posible.

Se asomó por el costado del sillón y su corazón palpitó de amor. Declan no se había marchado. Una ligera sonrisa de arrepentimiento por haber dudado de él curvó sus labios al verlo sentado a la mesa. Escribía algo. Parecía concentrado en lo que hacía. A diferencia de ella, no estaba envuelto en una manta. Se había puesto los pantalones de un pijama negro y una camiseta de mangas cortas del mismo color. Y estaba allí, tan tranquilo, como si en el salón no hiciera un frío capaz de espantar a un oso polar, pensó al tiempo que se arrebujaba en la manta, cubriéndose hasta las orejas. Tenía que reconocer que le gustaba mucho esa versión hogareña de Declan. Tanto o más que todas sus otras versiones. Le gustaba compartir con él un espacio común y poder conocer esas otras facetas que durante los últimos cinco años no habían formado parte de la relación. 

Podría quedarme aquí, mirándote, todo el día…

En aquel momento, como si hubiera escuchado los pensamientos de Jana, Declan alzó la vista. Sonrió.

—¡Eh…! Hola de nuevo… —Cuando lo dijo, ya se había levantado e iba hacia ella.

Se puso de cuclillas frente a Jana y le frotó los hombros amorosamente. No hacía falta más que mirarla para darse cuenta de que estaba helada. Había dejado una de las dos hojas de la ventana parcialmente abierta, por si ella se despertaba y empezaba a sentirse agobiada por la falta de aire.

—¿Estás lo bastante helada para que cierre del todo la ventana? —bromeó. 

La vio mover la cabeza arriba y abajo graciosamente.

—Vale —dijo, poniéndose de pie nuevamente. 

Jana lo siguió con la mirada. Las vistas eran tan imponentes por detrás como por delante. La camiseta, a pesar de que el tejido estaba bastante estirado, destacaba una espalda que no necesitaba retoques ni ceñidos para lucir poderosa. Y los pantalones pijama… Ese hombre era una tentación andante, lo mirara por donde lo mirara.

Lástima que los efectos de la tentación te duren lo que un suspiro antes de fastidiarlo todo con un ataque de pánico…

Jana suspiró y apartó la vista, contrariada.

Declan regresó junto a ella. Ajeno a sus pensamientos, empezó a ponerla al día de lo sucedido mientras dormía.

—Te ha llamado Harley. Dos veces a tu móvil y una al mío. —Al ver la preocupación en sus ojos, se apresuró a quitarle hierro al asunto—. Está bien. Afónica por la gripe, apenas podía entender lo que me decía. Quejándose de que, ahora, además de las náuseas del embarazo, tiene una tos atroz y le duelen partes del cuerpo que no sabía que tenía… Pero superfeliz por la razón de sentirse como el culo. Cito textual, ¿vale?

Ambos rieron. Solo Harley era capaz de desgranar una lista interminable de malestares que la mantenían atada a la cama desde hacía casi una semana y acabar el discurso reconociendo que, a pesar de todo, estaba feliz.

—¿Sus padres todavía están aquí?

Declan asintió.

—Se van el sábado. Creo que a Harley se le está haciendo larga su visita…

Jana asintió, mostrando su acuerdo. Los Reynolds tenían una característica en común: eran muy independientes. Harley había hecho de la independencia su estilo de vida. Tener a sus padres bajo el mismo techo durante toda una semana debía tenerla al borde de la locura. Además, menuda semana para recibir visitas. La noticia de su embarazo había coincidido con la detención de su cuñado, Kyle. Esto último había provocado un terremoto entre los Baxter, que iba mucho más allá del nivel familiar y profesional. Los periódicos no hablaban de otra cosa.

—Le dije que me habías dicho que te acostarías un rato. Me pidió que vayas a verla. Promete no contagiarte. O que, por lo menos, la llames. —Sonrió antes de decir—: Te echa mucho de menos.

Jana asintió y suspiró. También la echaba mucho de menos.

—¿No te preguntó dónde estoy? Seguro que le ha pedido a Hugo que bajara a mi casa para ver si estaba durmiendo allí…

Jana y Declan habían decidido mantener su gran aventura en secreto y desvelarla invitándolos a una fiesta en su nuevo hogar, cuando se hubieran organizado. Pero el terremoto Kyle Baxter también los había arrasado y de qué manera.

Decidido a ignorar los destrozos que el seísmo había ocasionado en su vida y en la de Jana, Declan volvió a asentir, esta vez, riéndose. 

—¿Y qué le dijiste?

—Que estabas en tu casa —repuso con cara de «¿dónde si no?». Ambos rieron—. Obviamente, no me creyó. Además, me dijo que Brandon estuvo en la mía a una hora en la que sabe que siempre estoy allí, que echó la puerta abajo y nadie le abrió. ¡Nos tienen caladísimos, nena!

Jana respiró hondo y volvió a asentir con la cabeza. La idea de darles una sorpresa a sus amigos le seguía apeteciendo como el primer día, pero su voluble situación emocional la desanimaba mucho. ¿Y si sufría una crisis en medio de la reunión? La celebración se iría al garete de la peor manera posible y se convertiría en otro recuerdo horrible con el que lidiar. 

Declan interrumpió el flujo de sus pensamientos, besándola.

—¡Eh…! —murmuró ella, sorprendida. Enseguida, abrió la boca para recibir la lengua masculina, que, como siempre, se internó profundamente. Todos los besos de Declan eran fuego vivo.

Y este no fue diferente. Una contracción del útero se lo dejó claro de forma irrebatible. 

Deseó intensamente abrir las piernas y reclamarlo. 

Sentirlo profundamente dentro. Entrando y saliendo. 

Enviándola al paraíso en cada embestida.

Arrancándole gemidos de placer.

Haciendo que se sintiera una persona normal. Una mujer caliente por su hombre, que disfrutaba del sexo y lo hacía disfrutar a él. 

Ya, Jana. Pero no eres una persona normal.

Aquel turbador pensamiento sucedió al mismo tiempo que oyó la voz de Declan.

—He pedido la cena en tu italiano favorito. Llegará en media hora o así… Seguro que estás hambrienta. 

No era esa clase de apetito el que abrasaba las entrañas de Jana. 

Y estaba harta de sus miedos. Harta de sus llantos. Harta de ese constante subibaja emocional en el que se habían convertido sus días.

Puede que no seas una mujer normal, pero finge serlo. Eso sí puedes hacerlo. Al menos, inténtalo.

Jana respiró hondo. Sin dejar de mirar a Declan, abrió la manta despacio, exponiendo su desnudez. Vio que el deseo brillaba en sus ojos y eso la animó a seguir. 

Pero, como siempre, las dudas acudieron a torturarla. Esa retahíla de «¿y si?» que la desquiciaba.

Se obligó a apartarlas y a concentrarse en lo importante. 

Piensa. Siente. ¿Qué haría ahora una mujer normal? 

Jana tragó saliva. Por increíble que fuera, estaba nerviosa. 

Al fin, se deslizó un poco hacia abajo en el sillón y puso sus piernas por encima de cada apoyabrazos, colgando hacia fuera.

Declan se estremeció de la cabeza a los pies.

Un latigazo de deseo sacudió su bajo vientre con la visión que había ante él: el sexo de la mujer que amaba locamente, abierto como una flor.

 

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©️2026. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
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