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(NGGA)

CRS-06. Nuestra gran, gran aventura (NGGA). Portada de proyecto y resumen.

Resumen:
Al final de Volver a empezar, Jana y Declan deciden permanecer juntos, a pesar de la difícil situación psico-emocional que ella atraviesa, como consecuencia de una relación tóxica que tuvo en el pasado y que casi acabó con su vida.
El objetivo no es fácil de conseguir, requiere mantener un sutil equilibrio entre el poderoso sentimiento que los une y los recuerdos de un pasado terrible que se manifiestan en Jana con ataques de pánico que la impulsan a huir. Así las cosas, Declan echa mano de sus potentes dotes de estratega y le propone un cambio radical en sus vidas. Un cambio al que denomina «nuestra gran, gran aventura».
Una aventura de la que me propongo mostrarte sus momentos más importantes a través de una colección de historias cortas que, como no podía de ser de otro modo, se titula: Nuestra gran, gran aventura.
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Este proyecto se desarrolla alternativamente junto con el Proyecto CRS-04. Una vez no basta (UVNB), que narra la historia de Gayle y Thomas, y con el Proyecto CRS-05. H&B (Harley & Brandon, titulo provisional), que te seguirá mostrando a Jana y Declan a través de una colección de «shorties» de sus momentos más importantes.
Los tres proyectos pertenecen al mismo universo y comparten la línea temporal. Entre los tres, podrás seguir la vida de Jana y Declan y de sus amigos, más de cerca. Puedes leer cada proyecto de manera independiente, pero dado que la voz cantante la tiene la secuencia temporal, creo que como más disfrutarás de la lectura, es si sigues el orden de las publicaciones tal como las hago en el club.
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CRS-06. NGGA. Un apartamento con vistas - 1
Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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Viernes, 27 de marzo de 2015.
Declan se dirigía a su empresa cuando el móvil sonó anunciando que acababa de recibir un wasap. Sin haber consultado siquiera la pantalla, sonrió. Ya sabía de quién era; de la misma mujer que llevaba media mañana enviándole mensajes a cada rato.
Se habían despedido temprano a las puertas del Hotel Portobello, donde habían pasado una noche inolvidable. Declan se había marchado a trabajar y Jana, a ocuparse del que sería su hogar temporal hasta que encontraran un piso que reuniera las condiciones para convertirse en su rincón especial. Pero desde que había puesto un pie en el apartamento, tomaba fotos de todo y se las enviaba con comentarios que lo hacían desternillar. Se trataba de un apartamento de corta estancia, destinado, principalmente, al sector empresarial y, por lo tanto, estaba totalmente equipado para hacer que su estancia fuera cómoda. Sin embargo, Jana había echado de menos los implementos de limpieza. Decía no haber encontrado ni un triste escobillón. Y había bromeado acerca de que, quizás, la dirección del establecimiento había decidido excluirlos de los servicios, habida cuenta del poco interés que suscitaban entre los huéspedes habituales, normalmente profesionales del sexo masculino.
Declan entró en el edificio donde estaba su empresa, cerró la puerta y, después de sacar el móvil del bolsillo de su cazadora, se recostó contra la pared del pasillo.
—¿Eres tú, jefe? —oyó que Debbie preguntaba desde su despacho.
«Y dale con jefe», pensó él, al tiempo que activaba la pantalla de su móvil.
—No. Soy un sicario que contrató para convencerte de la conveniencia de que dejes de llamarlo jefe.
En el despacho que hacía las veces de recepción, Debbie se echó a reír. Salió de detrás del escritorio y se asomó al pasillo.
Y allí estaba el sicario, apoyado contra la pared, junto a la puerta…
Declan se rio al ver el selfi que Jana se había tomado, fingiendo besar a una fregona a la que había logrado ponerle sus gafas negras. El mensaje decía:
«Yo creo que la limpiadora se la ha dejado olvidada y en cualquier momento volverá para llevársela. ¿Sabes qué? ¡Voy corriendo a esconderla! Porque como esta noche, cenando, se nos caigan algunas migas, ya nos veo a los dos, en cuatro patas, humedeciéndonos la yema del dedo para recogerlas 😂!»
Jana estaba tan contenta… Parecía otra mujer. Era una persona ocurrente, ingeniosa, pero esta alegría que impregnaba cada palabra y cada frase era totalmente nueva.
Declan suspiró.
Fue un suspiro de alivio por que las cosas fueran tan bien. Era consciente de que la aventura que le había propuesto la noche anterior era muy osada. Así se lo parecía incluso a él, alguien sin arraigos ni apego alguno a las cosas materiales. Jana se había apuntado de inmediato, pero estaba por ver cómo se adaptaría a una realidad tan diferente. De momento, todo iba sobre ruedas.
El suspiro también portaba una considerable carga de sentimientos. Estaba enamorado por primera vez en su vida. Y Jana conseguía que oyera pajaritos cantando cada vez que le enviaba una foto o un mensaje. Lo que no recordaba haber sentido a los quince, lo estaba sintiendo con cuarenta y cuatro años. Menuda locura.
Cuando al fin logró salir de la nube rosa y alzó la vista, se encontró a su asistente cruzada de brazos, mirándolo con expresión traviesa.
Declan sabía muy bien lo que vendría después de esa mirada, y decidió ahorrárselo. Y no, precisamente, porque no le apeteciera responder las peguntas que empezarían a llover sobre él en cuanto le diera pie a hacerlas. Todo lo contrario. Estaba tan emocionado por cómo había cambiado su vida en tan solo veinticuatro horas, que no pararía de hablar hasta haberlo soltado todo. Y ese no era su estilo. Podía bromear entre amigos sobre ciertos aspectos de su vida, pero lo que sucedía entre Jana y él era sagrado. De naturaleza privada, incluso para sus más íntimos amigos. De hecho, tenía un wasap de Brandon —un muy explícito «¿qué tal anoche?», seguido del emoticono de un diablo sonriendo y otro de una berenjena, y una llamada de Lau, que había ignorado de forma deliberada. Primero, tenía que calmar sus emociones.
—¿Estás esperando el autobús? La parada está fuera —le dijo Declan al pasar a su lado. Giró a la derecha y un instante después, entró en su despacho.
Era la primera vez que Debbie veía a su jefe tan radiante. Había un halo de persona realizada a su alrededor, que los hombres solo tenían cuando sus asuntos sexuales iban bien. Si a eso le sumaba que vestía prendas que no solía llevar cuando estaba trabajando y que, al pasar a su lado, había dejado un rastro de perfume demasiado dulzón para tratarse de un nuevo aftershave… Las preguntas que se moría por hacerle, no dejaban de multiplicarse con cada nuevo detalle que captaba. Por ejemplo; la curiosa marca rojiza que lucía en el costado del cuello, dos dedos debajo de la oreja izquierda.
Lo siguió con su sonrisa en ristre. Se detuvo frente a su escritorio. Él continuó a lo que estaba, como si ella no estuviera allí. Revisaba las carpetas y recados telefónicos del día anterior. Lo cual, no era, sino otra confirmación de que él no había vuelto a la oficina desde que ella lo había visto por última vez.
Declan siguió haciéndose el sueco. Pero, entonces, el móvil, que había dejado sobre la mesa junto a él, volvió a sonar indicando que tenía un mensaje. La pantalla se iluminó, mostrando las primeras líneas junto a la foto de perfil de Jana. A Declan le faltó tiempo para abrirlo.
Y lo siguiente que Debbie vio fue a su jefe desternillándose de la risa.
Jana se había hecho un selfi sentada al estilo indio en el suelo de lo que parecía una alacena o un trastero, blandiendo un plumero en actitud triunfal. El texto decía:
«¡¡¡Habemus escobillón… Y un recogedor!!! Y hasta una aspiradora de mano!!! ¡Los habían escondido aquí!».
Pero cuando Declan había parado de reírse y se disponía a seguir haciéndose el sueco, puesto que Debbie continuaba plantada frente a su mesa, otro wasap le cambió la cara.
«¿Crees que cabremos los dos aquí, Dec? Se me está ocurriendo una idea muuuuuy 🔥🔥🔥».
Declan se olvidó de que no estaba solo. Se olvidó de todo, de hecho. Activó el teclado y sus dedos volaron sobre él. No tuvo que pensar qué responder.
«¿Crees que después vas a querer salir de ese cuartucho? Probamos esta noche, ¿quieres?».
La respuesta de Jana tardó un segundo en llegar. No contenía palabras y puso a Declan tenso como la cuerda de un violín.
La voz de Debbie se ocupó de devolverlo a la realidad de sopetón.
—¿Sabes qué, jefe? Ya no necesito preguntarte nada. Lo llevas escrito en la cara. Así que… ¡Enhorabuena… por lo que sea que haya pasado! —dijo.
Y tras dar media vuelta, se marchó de su despacho dedicándole una mirada cómplice.
* * * * *
Después de revisar los expedientes que tenía sobre la mesa y responder algunos de los recados telefónicos, Declan se quedó pensando en Gayle Middleton. Todavía no había hablado con Andreas, pero él había despachado con Debbie a primera hora como siempre, informando que, a petición de la clienta, se dirigía a recogerla para llevarla a su trabajo donde solo estaría medio día. Por la tarde, tenía una cita con sus abogados, tras la cual Andreas la llevaría a su casa. Calculaba que quedaría libre para ocuparse de otros servicios alrededor de las cuatro de la tarde. Thomas también había reportado a Debbie a primera hora con normalidad. Después del caos del día anterior, todo parecía tranquilo y en calma.
Demasiado en calma.
Cogió su móvil de empresa y efectuó una llamada. Atendieron enseguida.
—Buenos días, Declan… ¿O debería decir buenas tardes? Qué bien viven algunos… —lo saludó Andreas.
Declan se rio ante aquel inesperado arranque de locuacidad.
—¿Seguro que eres tú? Me parece que es la primera vez que te oigo decir tantas palabras juntas… —contraatacó.
—¿Qué esperas? Llevas desaparecido las últimas veinticuatro horas y dicen las malas lenguas que no desapareciste solo. Tú verás.
Declan ignoró aquel tono burlón y, de paso, también su intento de conducir la conversación hacia la razón de que nadie le hubiera visto el pelo desde la tarde anterior.
—Ya. Tranquilo, estoy bien. Imagino que estarías muy preocupado… —ironizó—. ¿Qué tal van las cosas con Gayle Middleton? Creía que hoy se tomaría el día libre…
—Yo también. Pero anoche, tarde, me envió un mensaje diciéndome que hoy iría a trabajar y que por la mañana me diría dónde debía recogerla.
Declan apoyó la espalda contra el respaldo de su sillón ergonómico. Qué raro, pensó. En teoría, Gayle iba a pasar la noche en casa de Jana. No habían hablado del tema, pero era lo que venía sucediendo el último par de días. Sin embargo, a la hora de enviar el mensaje a Andreas, ella, por lo visto, ignoraba dónde estaría por la mañana. ¿Le habría surgido algo importante a primera hora?
—¿Y dónde la recogiste?
—En una cafetería cerca de Chelsea.
Las cejas de Declan casi se juntaron al oír esa respuesta.
—¿Una cafetería?
—Bueno, no una cualquiera, a ver si me entiendes… Parece que la mujer escoge muy bien donde pone sus pies. En Aubaine, la que está en Brompton Cross.
Declan había dado por hecho que, tratándose de Gayle, el lugar de recogida no sería un Burger King. Lo que le resultaba extraño era que hubiera quedado con Andreas en un sitio público.
—¿Y estaba bien? ¿Notaste algo raro?
La línea se quedó en silencio unos instantes mientras Andreas pensaba en su respuesta.
—Apenas la conozco, pero diría que estaba bien. Mejor que ayer, eso seguro.
Saberlo tranquilizó a Declan. Ya tendría ocasión de preguntarle a ella misma la razón de que hubiera quedado con su guardaespaldas en un lugar distinto de la casa de Jana, donde se suponía que había pasado la noche.
—¿Qué hay de su exmarido? ¿Te has cruzado con él?
—No. Estoy aparcado frente al trabajo de la señora Middleton y, por el momento, no hay rastro de su ex. Crucemos los dedos. Ya me ha contado Thomas que ayer tuvo que darle un buen meneo. Espero que el tipo no necesite otro.
—Eso ni lo menciones. Nada de meneos, tío… Por favor, ve contándome lo que haces con ella a lo largo del día. Quiero estar al tanto de todo.
—Entendido, Declan —concedió Andreas.
Después de colgar con su hombre, Declan cogió unas cuantas carpetas así como sus llaves, y se dirigió a la recepción.
Debbie se despidió del cliente con quien estaba hablando por teléfono y colgó. Miró a su jefe con una sonrisa traviesa.
—Te preguntaría si puedo hacer algo por ti… Ya sabes, por ser amable y servicial, pero tienes cara de no necesitar nada… Me das muchísima envidia, jefe. ¿No me he puesto verde aún?
Declan suspiró. Alzó la vista de la nota que estaba escribiendo sobre la tapa de uno de los expedientes.
—¿Quieres dejarlo de una vez? —Sonrió—. ¿Acaso uno no puede irse de juerga en paz?
—O sea, que admites que has estado de juerga.
Y menuda juerga, pensó él. La mejor de su vida con diferencia.
—¿No decías que lo llevo escrito en la cara? —repuso él. Sin darle tiempo a responder, depositó el lote de carpetas frente a ella—. Aquí tienes los expedientes con instrucciones. No estaré disponible el resto del día, pero si surge una emergencia, puedes ponerme un busca, ¿estamos? —Debbie asintió. Declan ignoró su sonrisa burlona—. De acuerdo. Entonces, me largo. Volveré mañana, a tiempo para la primera entrevista. —Se refería al equipo de especialistas que necesitaba contratar para el proyecto de Marika Ryan.
Se quedó unos instantes esperando la guasa, la pregunta de turno, algo. No sucedió nada.
¿Ni un chiste?, pensó. ¿Ni un comentario con doble sentido acerca de la marca que tenía en el cuello? ¿Nada, en serio? Qué bien.
Satisfecho, Declan dio una palmada sobre el escritorio de la recepción, a modo de despedida, y se puso en marcha.
Pero no había recorrido más de un par de metros, cuando la oyó exclamar:
—¡No te olvides de darle mi enhorabuena a Jana! ¡Te ha cazado, jefe! ¡Esa mujer es mi ídola!
* * * * *
Jana dio una vuelta completa sobre sus pies en mitad de la cocina y a continuación pasó una mano sobre la suave superficie de los muebles. Eran modernos y muy funcionales. Todos de color blanco con la superficie de apoyo de un material que imitaba el aspecto del granito. Los electrodomésticos eran metalizados y el contraste, en conjunto, resultaba agradable. Se veía a sí misma allí, entre sartenes, recuperando su amor por la cocina, que tan olvidado tenía desde hacía tres meses.
Concretamente, desde que, en un ataque de pánico, había puesto fin a su relación con Declan. A partir de entonces, todo había ido cuesta abajo, incluido su hambre, que todavía no había recuperado del todo.
Pero lo haría muy pronto, pensó con una sonrisa ilusionada.
La cocina conectaba con el salón. Podía aislarse cerrando las puertas correderas, pero ahora estaban abiertas. Desde donde Jana se hallaba, podía ver el salón en su conjunto y, al fondo, las dos ventanas que daban a la calle de atrás de donde se encontraba la entrada de la vivienda. Era una de las angostas calles con encanto del Soho, dedicada a vivienda residencial por lo que no había negocios ni coches estacionados, puesto que no estaba permitido aparcar.
Al igual que el resto del apartamento, el salón estaba equipado con todo lo necesario. En un ambiente luminoso, de paredes blancas y suelo de parqué marrón claro, los muebles de pino y los tapizados en crema creaban una atmósfera muy relajante. Había pequeños detalles decorativos cargados de color; una alfombra rústica con motivos geométricos en distintos tonos de azul, cojines de múltiples formas y tamaños en colores llamativos y plantas dispuestas en tiestos de cerámica pintada con motivos abstractos, que alegraban cada rincón de la vivienda. Y dominando el salón, en la pared de la derecha, una gran chimenea. Tenía el aspecto de una antigua chimenea de leña, pero funcionaba con electricidad. La había encendido al llegar y en un rato había templado toda la casa. Jana también podía verse allí, frente a la chimenea, en los brazos de Declan, ambos cubiertos por una gruesa y acogedora manta.
El apartamento tenía dos dormitorios semejantes, situados uno junto al otro. Contaban con las dimensiones necesarias para albergar una cama grande con su correspondiente mesita de noche, una pequeña zona de trabajo con un escritorio abatible, un sillón de una plaza y un armario empotrado. Jana aún no había elegido cuál sería el suyo. Estaba esperando a Declan para decidirlo juntos.
Suspiró ilusionada. En esta nueva aventura en la que se habían embarcado, la clave era «juntos». Lo cual era algo decididamente nuevo para ella. Incluso cuando su madre estaba viva, había tenido que tomar la mayoría de las decisiones importantes, con la duda y la preocupación que estas conllevaban para una adolescente. Era liberador saber que, en adelante, ya no sería así.
A pesar de ser muy distinto de su encantador piso de Covent Garden, Jana estaba conforme con su nuevo hogar temporal. Era moderno, cómodo, muy funcional y estaba totalmente equipado. Y disponía de algo más. Algo que para Jana era lo mejor de la vivienda: el patio-jardín del tejado. El apartamento estaba situado en el último piso de un viejo edificio de dos plantas y era el único que tenía acceso a él, curiosamente, desde una puerta situada en el baño. Jana se rio al recordar que la había abierto pensando que allí encontraría los benditos implementos de limpieza y se había quedado con la boca abierta al ver el pequeño paraíso que se abría ante ella al otro lado de una reja de seguridad. Había tiestos de cerámica en el suelo, a ambos lados, contra las paredes que lindaban con las viviendas vecinas y, en el centro, un juego de jardín compuesto por dos sillas y una pequeña mesa redonda de madera de teca. Si se acercaba a la barandilla, podía contemplar toda la calle con las casas a ambos lados, puesto que la entrada del inmueble estaba situada al fondo de una calle sin salida o cul-de-sac.
Y allí estaba Jana ahora, bajo un paraguas y envuelta en un grueso abrigo, mirando con el corazón en fuga al apuesto individuo que se dirigía a prisa hacia su edificio.
* * * * *
Declan se detuvo en mitad de la calle, a cinco metros de la entrada del edificio y miró hacia arriba con una sonrisa. Si no se estuviera mojando, se quedaría un rato contemplando el espectáculo.
—¿Voy a tener que escalar la pared para llegar hasta ti? —bromeó—. ¿O podré subir por las escaleras, como un tipo normal?
Jana sonrió.
—No me des ideas, ancianito… —Estiró el brazo fuera de la barandilla e hizo repicar el llavero que sostenía en una mano.
Después de darle tiempo a Declan para que se situara en el sitio correcto para cogerlas, las dejó caer. Él las atrapó en el aire.
Entró en el edificio. Se sacudió las gotas de lluvia del cabello y de la ropa y se limpió los pies en el felpudo de la entrada. Al fin, miró alrededor. Era la primera vez que estaba allí y le sorprendió su aspecto antiguo, con un hall diminuto, una puerta a la derecha que, dedujo, daba acceso al apartamento de la planta baja y una escalera que salía de frente, con altos peldaños de madera. Tenía buenas referencias de la empresa arrendadora y el empleado le había asegurado que el apartamento era moderno, puesto que había sido reformado hacía un par de años. Las fotos de la página web así lo corroboraban. Pero, la primera impresión no era la que Declan había esperado.
Al llegar arriba, respiraba con un poco de dificultad. No le faltaba el aliento, pero su cuerpo acusaba el esfuerzo. Y eso que habían sido tan solo dos tramos de escalera. Pero los escalones eran muchos y muy altos. Otra razón para descartar aquella vivienda.
Pero en cuanto alzó la vista y vio a su chica allí, recostada contra el marco de la puerta, se le pasaron todos los males.
—No te preocupes. Lo de dentro compensa con creces lo de fuera —se adelantó Jana, con una sonrisa.
Declan avanzó hasta ella, le rodeó la cintura con un brazo y se inclinó a besarla.
—¿Tú crees? Mucho tendrá que compensar. Esa escalera es mortal. —Sus labios acariciaron los de Jana amorosamente.
—O será que tú estás muy mayor, ¿no lo has pensado? —repuso ella.
Las caricias continuaron unos instantes, hasta que Jana abrió la boca para recibir la lengua masculina y el beso fue largo.
Al fin, Declan avanzó hacia el interior del apartamento sin liberar a Jana. Cerró la puerta con el talón de su bota y se apoyó contra ella.
Se miraron cómplices.
—¿Muy mayor para qué? Anoche no te parecí nada mayor…
Ella se rio bajito. Le rodeó la cintura con los brazos. Él hizo lo mismo y continuaron mirándose en silencio.
Fue Jana quien lo rompió.
—Qué bien que ya estés aquí…
—Cualquiera diría que me echabas de menos… —dejó caer él.
—Qué va. Es que tengo hambre. El estómago lleva un rato haciendo ruidos raros.
Si la intensidad de una mirada tuviera el poder real de convertir a un ser humano en polvo, ninguno de los tendría ya forma física. A pesar de lo cual, siguieron mirándose y dedicándose pullas románticas.
—Ya somos dos. Justamente por eso he venido media hora antes. Porque el hambre me está matando —repuso él—. ¿Qué te parece si echo un vistazo rápido al apartamento y nos vamos a comer?
Pero en cuanto Declan hizo el ademán de apartarse de Jana, ella se lo impidió.
—Te concedo cinco minutos para que dejes de mirarme y eches un vistazo alrededor… Pero sin moverte de donde estás y, por supuesto, sin soltarme… Se está de miedo pegada a ti —admitió, bajando la voz, como si le estuviera haciendo una confesión que no deseaba que nadie más escuchara.
Y que lo digas, pensó él.
—¿Solo me dejas levantar la vista?
Ella asintió divertida.
—Cinco minutos solamente —concedió, haciendo que Declan se derritiera por dentro—. Desde aquí tienes una muy buena vista. Servirá para una primera impresión… Para que te hagas una idea de lo que te espera en el interior. Es la que verán nuestros invitados cuando les abramos la puerta, así que… ¿Qué vibraciones te produce? ¿Buenas, pichí, pichá, buenísimas…?
Declan continuó mirando a Jana. En realidad, dándose un festín de ella. Conectando la imagen que entraba por su retina con el dulce sonido de su voz.
Pensó en lo bien que le había sonado ese «nuestros»… Y en que tenía gracia que ahora le diera tanta importancia a una palabra de la que él había huido la mayor parte de su vida. Era increíble todo lo que esa mujer preciosa y menuda estaba consiguiendo de él.
Y como sigas mirándola…
Declan se tragó un suspiro.
—Muy bien —concedió—. Veamos…
Abandonó los ojos de Jana muy despacio y miró más allá de ella.
La luminosidad y los colores claros dominantes en la vivienda marcaban una gran diferencia con la oscuridad y el olor a viejo del hall y las escaleras del edificio. Asintió con la cabeza en un gesto aprobatorio.
—¿Estás segura de que no hemos atravesado alguna puerta mágica y estamos en otra parte?
Ella se rio al tiempo que asentía con la cabeza. Había tenido la misma impresión al llegar. El exterior tenía tan poco que ver con el interior, que no parecían pertenecer a la misma estructura.
Tomó a Declan de la mano y tiró de él, mostrándole las distintas estancias ante su gesto complacido. Recorrieron las habitaciones una a una y Jana se reservó la visita al patio-jardín para el final.
—Menuda diferencia, ¿eh? —dijo ella, antes de abrir la puerta que conectaba el baño con la terraza.
Declan movió afirmativamente la cabeza. Aunque la diferencia no hubiera sido grande, no habría supuesto un problema, puesto que solo se trataba de una estancia temporal. Pero su primera impresión al entrar en el edificio había sido tan mala, que ahora se sentía aliviado.
—Hace diez minutos no pensé que diría esto, pero me gusta. El apartamento está muy bien, ¿verdad?
—Muy, muy —concedió ella—. Y espera a ver esto.
Con esas, abrió la puerta que conducía al patio-jardín, hizo lo mismo con la reja de seguridad y haciéndose a un lado para dejarlo pasar primero, dijo:
—Seguro que no es lo que esperas encontrar en tu baño, pero, oye, esto es una aventura. ¿Y qué aventura que se precie no tiene tesoros escondidos?
Declan agachó la cabeza y traspasó el umbral que conducía al patio-jardín. Su gesto de sorpresa lo dijo todo.
—¿Es nuestro? —le preguntó girándose a mirarla. La vio asentir con una sonrisa tridimensional—. Guau. Antes, pensé que estabas en la terraza, que habías subido a echarle un vistazo.
Declan tocó el respaldo de una de las sillas al pasar. Ya no llovía, pero las gotas en la madera le mojaron la yema de los dedos. Se acercó a la barandilla. Contempló la escena que se abría ante sus ojos y emitió un silbido aprobatorio. Aquella pequeña calle sin salida era un oasis de paz en medio del populoso ajetreo del Soho. Y la vista más privilegiada de aquel lugar la tenían ellos, estaba al otro lado del baño de su apartamento. Era increíble.
—Esto es genial —dijo.
Jana se reunió con Declan junto a la barandilla.
—Es un sitio ideal. Con buen tiempo, hasta podríamos cenar aquí.
Él le pasó un brazo por los hombros y la apretó contra él, riendo.
—¿Buen tiempo en esta ciudad? No sé yo… Pero tienes razón, este lugar es un tesoro…
Como si la sola mención de las palabras «buen tiempo» hubiera invocado a las fuerzas de la naturaleza, comenzó a llover otra vez. Las tres o cuatro primeras gotas, que parecían tan inofensivas, pronto acabaron convertidas en un aguacero. Declan y Jana se apresuraron a entrar en el apartamento.
Acababan de llegar al salón cuando el móvil de Declan empezó a sonar. Lo sacó del bolsillo y se lo mostró a Jana. El nombre que se iluminaba en la pantalla era «Brandon».
Un instante después, empezó a sonar el de Jana. En su pantalla aparecía otro nombre familiar: «Harley».
—¿Sabes qué? —propuso ella—. Los ponemos a ambos en manos libres y así matamos dos pájaros de un tiro.
—No me digas más; a ti también te han frito a llamadas.
Llamadas, mensajes… De nada había valido que le hubiera enviado a su socia un wasap asegurándole que estaba bien y que más tarde la llamaría.
Jana asintió repetidas veces mientras en su rostro lucía un claro «me tiene harrrrrrtaaaaaa».
Declan se rio. La acompañaba en el sentimiento, desde luego. Eran sus amigos, los quería y les agradecía enormemente la ayuda que le habían brindado tras su ruptura. Pero tanta insistencia empezaba a agotarle la paciencia.
—Vale —acordó Declan—. Entonces, a por los dos pájaros.
(Continuará…)
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©️2024. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷
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CRS-06. NGGA. Un apartamento con vistas - 2
Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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Viernes, 27 de marzo de 2015.
Jana ya se había sentado en el sofá y se disponía a atender la llamada de Harley, cuando Declan llamó su atención poniendo una mano sobre la pantalla del móvil. Ella alzó la vista hacia él con una sonrisa.
—¿Has cambiado de idea y pasamos de atenderlos? —preguntó divertida.
Declan negó con la cabeza. Se puso de cuclillas frente a ella.
—¿Qué te parece si no les decimos nada de nuestra loca aventura todavía? —dijo señalando con la mirada el sitio donde se hallaban.
La sonrisa de Jana se hizo más grande. ¿Mantenerlo en secreto un tiempo? Que le dijeran dónde había que firmar.
—Les dejamos creer que seguimos como siempre y en unos días —continuó el, cada vez más ilusionado con la idea—, cuando acabemos de instalarnos bien aquí, los invitamos a un brunch o a comer… Pero mientras tanto, es nuestro secreto.
Jana asintió con entusiasmo.
—¿Qué buena idea, ancianito! —exclamó.
Declan se sentó en el sofá, junto a Jana. Los dos pusieron sus móviles sobre la mesita ratona y atendieron sus respectivas llamadas, poniéndolas inmediatamente en manos libres.
—Hola, Harley… —empezó a decir Jana.
Ella la dejó con la palabra en la boca.
—¡Al fin! Joder, Jana… ¿Dónde estabas? Tía, me tenías preocupadísima…
—¿Harley, eres tú? —se oyó la voz de Brandon desde el otro móvil.
—¿Brandon? ¿Qué haces tú ahí… donde sea que estés? ¿No ibas al estudio? —repuso ella. Su voz denotó que estaba desconcertada—. ¿Alguien puede decirme lo que está pasando, por favor?
Jana y Declan intercambiaron sonrisas divertidas y fue él quien les ofreció las pertinentes explicaciones.
—Hola, chicos… ¿Qué tal? Estáis tan sincronizados que nos llamáis al mismo tiempo. Así que se nos ocurrió que estaría bien mantener una conversación a cuatro bandas y en directo y ahorrarnos contar las cosas dos veces… ¿Cómo estás hoy, Harley?
—¡De los nervios! ¿Cómo voy a estar si he llamado a todo el mundo y nadie sabía darme el paradero de mi socia? Cuando te tenga cara a cara, te vas a enterar, Jana… —repuso ella, pero enseguida se echó a reír.
Jana sacudió la cabeza.
—Pero, vamos a ver, te envié un wasap, Harley. Te dije que estaba bien y que más tarde te llamaría… —se rio—. Perdona, pero lo tuyo no tiene que ver con la preocupación, sino con la curiosidad, que es muy diferente.
—¿Y qué esperáis? —terció Brandon—. Anoche, os largasteis juntos y sabemos positivamente que no fuisteis a casa. No estabas en tu piso Jana. Ni tú en el tuyo, Dec…
Declan frunció el ceño. Miró a Jana con una sonrisa intrigada.
—¡Y tú qué sabes si estuve en casa o no! —dijo él, seguro de que se trataba de un farol.
Se oyó la risa de Brandon y a continuación su voz, seductora e intrigante.
—Tengo mis fuentes.
—Y una mierda. Has lanzado el anzuelo para ver qué pescabas. ¡Y no has pescado nada, tío!
—¡Te ha pillado, BB! —intervino Harley, confirmando que se había tratado de un farol.
Tras unas cuantas risas, Brandon volvió a hablar:
—Decid lo que queráis, pero yo conozco a Declan muy bien y tengo claro que anoche tenía un plan en mente. Algo grande. —Tras una pausa dramática para darle la ocasión a su amigo de meter baza, sin que eso sucediera, continuó—: y que conste que no lo digo solo porque anoche sacara sus mejores galas del armario… —añadió con malicia.
Jana se cubrió la boca mientras reía. Declan sacudió la cabeza risueño.
—No eran mis mejores galas, tío. ¿Ahora también te sabes de memoria mi guardarropa? Iba de sport, pero con un toque elegante. Vistoso, digamos.
—Vistoso, dice… ¡Qué humilde! ¡Estabas bestial, ancianito! —intervino Jana, incapaz de aguantarse.
Declan premió aquella explosión de sinceridad con un beso, aprovechando que nadie podía verlos. Mientras tanto, Brandon y Harley celebraban el comentario de Jana burlándose, como era habitual en ellos.
—Ya, eso dice ahora —apuntó Harley, como si estuviera hablando con Brandon en el salón de su casa—. Pero anoche se quedó dormida contra su pecho y él no quiso despertarla. Volvió a demostrar que es el mejor, llevándosela en brazos. La pregunta del millón es dónde la llevó. ¿Dónde crees tú, BB?
Jana y Declan se miraron divertidos al oír como sus amigos hablaban entre ellos, claramente, intentando adivinar lo que había sucedido la noche anterior.
La risa de Brandon precedió a otra pregunta.
—¿Sabes, amor? Ahora que lo pienso, creo que la pregunta del millón no es dónde la llevó. Es qué sucedió después. O sea, ¿habrá seguido comportándose como un caballero, dejándola dormir? Porque si la respuesta es sí, ¿qué más da dónde hayan estado? Dormir es dormir, vale cualquier sitio, hasta el asiento de atrás del coche. Pero si la respuesta es no… Entonces, las cosas se ponen muuuuy interesantes.
—¡Y tan interesantes! Porque, en tal caso, sus impactantes vistas de anoche empezarían a tener mucho sentido… ¿Dónde va uno vestido así?
—¿Al Ritz? —propuso Brandon, encantado de seguirle el juego a su mujer.
—Yo diría un sitio un poco más romántico… Pero, sí, BB, creo que vas bien rumbeado —concedió Harley, rezumando picardía—. ¿Qué dices, socia? ¿Te dejó dormir o no?
Jana se echó a reír. Si les permitían continuar con sus deducciones, les estropearían el secreto.
—¡Oye…, qué bien te has recuperado de tus náuseas, ¿no?! Ayer estabas moribunda en la cama, «ay, qué malita me estoy poniendo… Jana, acércame esa jofaina, por favor…» —la imitó, haciendo que Declan, Brandon y la propia Harley se desternillaran—, y mírate, hoy vuelves a ser la misma curiosa de siempre. Me alegro, que quede muy claro, pero si Declan me dejó dormir o no, no es asunto tuyo… ¡Y menos tuyo, Brandon!
—Y dicho esto, voy a cortar, colegas. Tengo que trabajar —intervino Declan y le hizo un guiño a Jana—. ¿Quieres que te acerque a algún lado, preciosa?
—¡Ay, sí, porfa! Tengo que ir a ver a esa médica oriental que está preparando mis nuevos remedios. Adiós, chicos… Ya hablaremos.
Tras un instante de silencio en el que Declan y Jana intercambiaron miradas expectantes, se oyó la risa de Harley.
—¡Uyyy, qué mal me ha sonado eso…! ¡Qué os traeréis entre manos vosotros dos! —exclamó—. Adiós, embustera. Ten por seguro que hablaremos. Largo y tendido.
—Porque si creéis que nos hemos tragado este numerito —terció Brandon, divertido—, ¡estáis muuuuy equivocados!
* * * * *
Después de un ligero tentempié, Jana y Declan se habían repartido las tareas. Mientras ella mantenía su entrevista con la médica que había preparado las fórmulas magistrales que sustituirían a los antidepresivos y a los somníferos, Declan había ido a su casa a empacar ropa y otros enseres de uso personal.
Una hora y media después, él la había recogido en la consulta médica y se habían dirigido al piso de Covent Garden para que Jana también recogiera algunas cosas. Y, una vez resuelto el asunto de qué se pondrían para salir a la calle la próxima semana, se habían dedicado a comprar provisiones para llenar la despensa.
Eran más de las ocho de la noche cuando al fin habían regresado a su nuevo hogar temporal.
Se habían prometido mutuamente que tan solo recogerían lo imprescindible de sus respectivos pisos. Las prendas, artículos personales y utensilios necesarios para una semana, puesto que el plan era buscar una nueva vivienda que se adecuara a sus necesidades y recién cuando la tuvieran, hacer la gran mudanza. Sin embargo, recoger solo lo imprescindible había requerido un par de piezas de equipaje por parte de cada uno. Equipaje que habían tenido que cargar escaleras arriba. No era de extrañar que después de tamaño ejercicio, ambos se hubieran derrumbado en el sofá para recuperar el aliento.
—No pienso volver a moverme hasta mañana —advirtió Declan, con la nuca apoyada contra el respaldo.
Sonreía, no pretendía sonar dramático, pero de verdad que odiaba esa escalera. Los peldaños eran estrechos y altos. Sus pies de la talla 45, no cabían, obligándolo a ponerse ligeramente de costado para no tener que subir de puntillas. Para peor, Jana, inestable sobre sus plataformas, tenía que asirse del pasamanos para impulsarse a través de los escalones, si llevaba más peso que su bolso en bandolera. Y a él le daba la risa cada vez que la miraba. Llegar hasta la cima les había tomado un buen rato.
Jana, que estaba a su lado, exactamente en la misma postura, soltó una risita cómica.
—¡Buena idea, ancianito! ¿Y qué hacemos con las bolsas de la compra, que siguen en el maletero? ¿Las silbamos, a ver si nos hacen caso y vienen trotando?
Ay, mierda, pensó Declan.
Un instante después, explotó en carcajadas. Se reía de pura desesperación. Se había olvidado por completo de que también les había dado tiempo de pasar por el mercado donde Jana, como era habitual, había dedicado diez minutos a hablar con el charcutero y otros diez, con el dependiente que atendía el puesto de las frutas y las hortalizas. Habían salido de allí con provisiones para dar de comer a un regimiento. Pero no se sentía capaz de ir a por ellas. Definitivamente, pasaba.
—No creo que sepan trotar —concedió, entre risas—. Pero yo sé usar un móvil y voy a resolver este pequeño problema en un santiamén.
Acto seguido, sacó el móvil del bolsillo de su chaqueta y miró a Jana sonriente:
—¿Italiano, chino, mexicano…? ¿Qué prefieres? —le preguntó.
Jana le frotó el hombro cariñosamente, aprobando su propuesta. Todavía tenían que acomodar lo que habían traído en las maletas. Cuando acabaran, ninguno de los dos tendría ganas de acercarse a la cocina. Ya no hablemos, de ponerse a cocinar.
—¡Italiano, por supuesto! —exclamó, y se puso en marcha hacia la cocina—. Voy a preparar un poco de té. Es la hora de mi medicina. ¿Quieres una cerveza?
—Sí, por favor… Estoy seco. En cuanto encargue la cena, te sigo a la cocina…
Ella se volvió brevemente y le hizo una caída de ojos.
—Te esperaré ansiosa… —se burló.
Declan sacudió la cabeza risueño y se dedicó a la llamada cuando una voz masculina le atendió en su restaurante italiano favorito.
Jana, mientras tanto, se puso a husmear en los armarios de la cocina. No pudo evitar pensar que habría estado bien llevar a cabo esa tarea antes de ir a hacer la compra. Ahora tenían varios productos por duplicado. A la hora de inspeccionar los estantes superiores se encontró con el mismo problema de siempre; la altura a la que estaban. Miró alrededor en busca de un taburete o algo similar. Entonces, recordó la alacena. Quizás allí hubiera una escalera pequeña.
Pero al volverse, se encontró con un obstáculo en su camino; el cuerpo de un atractivo hombre. Tan cerca, que si extendía la mano, podía tocarlo…
«Tocarlo», pensó, «qué idea más buena».
Dedujo que sus pensamientos debieron reflejarse en su rostro, al ver que Declan daba un paso adelante, obligándola a elevar el mentón para poder mantenerle la mirada.
—¿Necesitas ayuda? —murmuró él.
Una sonrisa traviesa se abrió paso en el rostro de Jana.
—¿Y si digo que sí…? ¿Qué harás, levantarme del suelo y ponerme sobre la mesada para que pueda ver lo que hay en esos estantes?
Declan también sonrió.
—Bueno… No estaba pensando en esa clase de ayuda, pero… Si lo que, realmente, quieres tiene que ver con esos estantes, entonces… —se encogió de hombros, como diciendo «que así sea».
El énfasis había arrancado una risita a Jana. Mejor que Declan no se pusiera a hurgar tan pronto en lo que ella realmente quería, o se quedarían sin deshacer el equipaje y sin cenar.
—¿Sabes qué? —propuso, regresando sobre sus pasos hacia la nevera—. Mejor, mira tú y me vas diciendo lo que hay mientras yo preparo el té… —Abrió la puerta de la nevera y sacó una lata—. Tu cerveza, Dec.
Declan se la quitó de la mano y la puso a un lado. A continuación, tomó a una sorprendida Jana por la cintura y la hizo sentar sobre la larga superficie de granito que había junto al horno.
—Dec, no… —se quejó ella, poniendo morritos. Pero lo hizo con tan poca convicción que él se rio.
—Estoy confundido. ¿Debería dejarte en paz o empezar a desnudarte?
Ella sonrió, derrotada, y le pasó los brazos alrededor del cuello. Declan enseguida le rodeó la cintura con los suyos.
—Quiero que me desnudes —concedió Jana, en un murmullo—. Siempre quiero que me desnudes… —Suspiró—. Pero me agobio pensando que todavía está todo por hacer…
Declan pensó que en eso eran muy distintos. A Jana le estresaba pensar que su ropa todavía estaba en la maleta. La volvía loca ver cosas por el medio. Él, en cambio, se había tomado un año largo en vaciar la última caja de la mudanza.
—Exagerada.
Se inclinó y acarició la nariz de Jana con la suya.
—De «exagerada», nada. ¡Todavía no hemos decidido siquiera dónde va a dormir cada cual!
—¿En la cama?
Ella lo miró con una ceja enarcada.
—Ja, ja, ja. Listillo.
—Vale. —Se apartó sin dejar de sostenerla por la cintura y la miró serio—. Decidámoslo ahora. ¿Qué dormitorio prefieres? ¿El que está más cerca del baño o el otro?
Jana sonrió, satisfecha.
—Cualquiera de los dos está bien. —Se encogió de hombros—. Me da igual.
Declan metió la mano en un bolsillo del pantalón y sacó una moneda.
Jana lo celebró con aplausos. ¿Lo echarían a suertes? Que constara en acta que ese hombre le encantaba.
—Cara, equivale a la habitación que está más cerca del baño —explicó él—. Elige, ¿cara o cruz?
—Cruz. No… Espera, espera… —Sonrió ansiosa—. Mejor, cara.
—Parece que al final no te daba tan igual como dices, ¿no? —comentó él, risueño, y lanzó la moneda al aire.
La atrapó, la descubrió y disfrutó enormemente de la alegría que se adueñó de su chica.
—¡Toma ya! —exclamó ella, moviendo los hombros como si estuviera bailando—. ¡He ganado! ¡Me encanta!
Declan volvió a guardar la moneda. Acto seguido, apoyó ambas manos sobre la superficie, a cada lado de Jana.
—¿Prefieres que nos pongamos con las maletas?
Intercambiaron miradas cómplices.
—¿O qué? —quiso saber Jana.
Él volvió a inclinarse y le lamió los labios muy despacio. Vio que ella cerraba los ojos.
—O estrenamos la encimera echando un buen polvo… —fue su propuesta alternativa.
Jana suspiró. Volvió a abrir los ojos, debatiéndose en una elección imposible.
Mientras su yo amante del orden exigía satisfacción inmediata, el resto de ella se derretía de deseo por el hombre que tenía delante. Dispuesto y al alcance de su mano. Solo tenía que decir «sí», y estaría hecho.
Esbozó una sonrisa sensual y se mordió el labio inferior cuando la idea apareció en su cabeza.
A continuación, escurrió una mano entre su cuerpo y el de Declan. Una mano, que se internó dentro del bolsillo masculino, haciendo que él contuviera el aliento.
Jana también contuvo el suyo. La tentación era demasiado grande. Pero al fin logró pescar una moneda y retirar la mano antes de sucumbir inexorablemente a la locura que se estaba apoderando de ella.
—Si sale cara… —Se miraron intensamente y Jana pronunció la palabra mágica—: follamos.
Aquella palabra fue como un látigo hostigando el deseo de los dos, larga y dolorosamente.
Él se apartó para que ella pudiera arrojar la moneda al aire.
En algún punto, a mitad del recorrido, Jana ya estaba considerando seriamente enviar a su lado amante del orden a freír espárragos. Hasta la última célula de su cuerpo clamaba por un buen revolcón, de la clase que solo Declan podía asegurar.
Declan, que no tenía ninguna decisión que tomar, impulsaba la maldita moneda con su mente. Si la lujuria que se había adueñado de él al ver a Jana morderse el labio, tenía el poder de dirigir el curso de la moneda, se correría dos veces antes de que llegara el repartidor con la cena.
Los ojos de los dos siguieron la trayectoria de la pieza de níquel, brillantes, ardientes. La siguieron hasta que dejó de ascender e inició su caída.
Al fin, Jana la atrapó con una mano sobre el dorso de la otra. Inspiró hondo antes de descubrirla.
Los dos bajaron la vista con el corazón en fuga, buscando descubrir lo que había dispuesto el azar para su futuro inmediato.
Jana apretó los párpados. Una ligera sonrisa de desilusión logró abrirse paso en su rostro.
—Cruz —dijo tan bajito, que apenas pudo oírse.
Mierda. Mierda. MIERDA.
Declan soltó un bufido.
A continuación, manoteó su cerveza y regresó al salón sin pronunciar ni media palabra.
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Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷
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CRS-06. NGGA. Un apartamento con vistas - 3
Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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Viernes, 27 de marzo de 2015.
Riéndose, y diciéndose cosas de una habitación a la otra, una hora más tarde Jana y Declan habían conseguido acomodar sus cosas de aseo en el baño y su ropa, prolijamente, en sus correspondientes lugares dentro del armario. Aún quedaban un par de bultos por abrir, que contenían un batiburrillo de cosas: desde libros, hasta la taza favorita de Jana, pasando por los botes con especias orientales y las pantuflas de andar por casa de Declan, que mostraban los colores de su club de fútbol favorito. Pero eso se quedaría para el día siguiente.
Habían interrumpido sus quehaceres tan solo para disfrutar de la cena que les había llevado el repartidor del restaurante italiano. Y ahora estaban en el salón, frente a la chimenea. Declan había encendido la televisión, pero seguía la programación sin mucho interés. Jana, se había arrebujado contra su pecho, al calor de una gruesa manta y luchaba contra sus párpados que parecían empeñados en cerrarse.
Declan conocía el proceso y no se preocupó. La energía de Jana mostraba picos a lo largo del día. A veces estaba arriba, la mayoría de las veces, abajo. Luchando para evitar quedarse dormida. Además, aquel día había tomado sus nuevas medicinas por primera vez y la médica le había advertido que podía experimentar somnolencia.
El sonido de su móvil interrumpió los pensamientos de Declan. Se apresuró a atenderlo para que dejara de sonar. No quería despertar a Jana. Al coger el móvil vio que quien llamaba era Andreas.
Echó un vistazo al reloj. Eran casi las diez de la noche. Frunció el ceño.
—Hola, Andreas… ¿Qué sucede?
Al otro lado de la línea, se hizo un brevísimo silencio.
—Me pediste que te mantuviera informado sobre…
—Sí, sí —lo interrumpió Declan, hablando en voz baja—. Pero pensé que el último parte, sería el último. Te hacía ya en casa… O de juerga.
—Yo también, pero no es así. La clienta volvió a llamarme. Acabo de dejarla en The Langham, en Marylebone. A ella y a sus maletas. Así que, supongo que no será por una sola noche. Me dijo que no sabía si mañana me necesitará, que me llamará, si es el caso.
Declan emitió un silbido de sorpresa. Un cinco estrella de lujo en pleno barrio aristocrático de Marylebone.
¿Tan mal habían ido las cosas con sus padres que había salido por piernas, apenas unas pocas horas de poner los pies en la mansión Middleton?
En aquel momento, notó que Jana movía la cabeza y lo miraba. Le dio un beso en la frente y la tranquilizo con un gesto para que siguiera durmiendo. No obstante, ella se incorporó un poco más y permaneció atenta a su llamada.
—¿Algún rastro de su exmarido?
—No, ninguno.
—¿Ella seguía bien?
El silencio esta vez duró un poco más.
—Sí, pero me dio la impresión de que estaba un poco nerviosa, tensa. Quizás, tuvo alguna discusión en casa de su familia.
Eso seguro, pensó Declan. Jana le había comentado que los padres de Gayle tenían a Kyle Baxter endiosado, que nunca habían aprobado que se divorciara de él. No querrían ni oír hablar de que ella solicitara una orden de alejamiento.
—Bueno, mi familia no es aristocrática y también salía tenso de visitar a mi padre, con que…
Oyó que Andreas se reía y comentaba que lo raro era salir de buen humor de una visita familiar.
Cuando se despidieron, Declan puso su atención en Jana.
—¿Con quién hablabas?
—Con Andreas.
Ella se estiró a coger su móvil y volvió a recostarse contra el torso de Declan.
Dios, qué mala amiga, pensó. Llevaba en una nube rosa veinticuatro horas y no había pensado en el tema ni una sola vez.
—¿Qué sabes de Gayle? —le preguntó mientras comprobaba sus mensajes y llamadas.
Nada.
—Que hoy fue a trabajar. Después tuvo una reunión con sus abogados y finalmente se dirigió a la casa de sus padres. Las cosas no debieron ir muy bien porque Andreas acababa de dejarla en un hotelazo en Marylebone.
Mierda.
Entonces, Jana reparó en algo.
—¿Has dicho Andreas?
Algo en el brillo de sus ojos, hizo que Declan sonriera con sorna.
—Si me dices lo que sabes, te digo lo que sé —propuso.
Jana pareció volver a la vida. Se puso de rodillas en el sofá y con esos gestos histriónicos suyos, se cruzó de brazos.
—Perdona, la amiga de Gayle soy yo. Tú no sabes nada de nada.
—Ja. ¿Crees que después del espectáculo que organizaron Kyle y Thomas ayer, a cien metros de tu boutique, no iba a someter a mi hombre al tercer grado?
La expresión de Jana pasó del escepticismo al asombro puro y duro.
—¡No! ¿Ha admitido…?
Declan se hizo el interesante.
—Mis labios están sellados hasta que tú empieces a soltar por esa boquita…
Jana se lanzó a dar palmitas, encantada con lo que estaba a punto de descubrir.
—Vale, pero primero, deja que me asegure que ella está bien —y a continuación, buscó su nombre en los contactos y la llamó.
—¡Hola, Jana! ¡Ya empezaba a preguntarme si tú y tu guardaespaldas os habríais fugado a un planeta sin cobertura!
Jana respiró aliviada al oír aquel tono alegre en la voz de su amiga. Y una vez que recuperó la tranquilidad, lo siguiente fue dedicarle una mirada enamorada al responsable de que no supiera en qué día vivía. Él le arrojó un beso con los labios.
—Sí, perdóname, Gayle. Han pasado tantas cosas… Ya nos pondremos al día en cuanto vuelva a tener la cabeza sobre los hombres. —Oyó que Gayle se reía—. Pero, ahora, dime, ¿qué tal estás?
Gayle se echó en la cama extragrande de su habitación, dejó que sus dedos recorrieran los relieves del cubrecama de seda bordada, mientras decidía su respuesta.
Desde luego, no estaba por la labor de enturbiar un buen momento de su amiga, contándole los pormenores de un día que prefería olvidar, (aunque seguramente recordaría toda la vida). Decidió centrarse en lo positivo y eso era, por este orden, que la actitud perdonavidas que Kyle había tenido frente a la recepción de la fundación, lejos de perjudicar su imagen, la había reforzado. Todos sus superiores y sus compañeros de trabajo habían cerrado filas en torno a ella. En segundo lugar, sus abogados ya estaban tramitando la orden de alejamiento y por último, que, en un inusitado arranque de valentía, por una vez, había dejado a sus padres con la palabra en la boca y se había marchado. Sin meditarlo ni una sola vez. Y, lo mejor, sin arrepentirse ni una vez.
Ahora estaba en uno de sus hoteles favoritos de Londres, disfrutando de que la trataran como una reina, puesto que se lo merecía, y con la factura a cargo de su padre.
Jana escuchó con una sonrisa el relato de Gayle.
—Echo en falta alguna mención a cierto señor —dejó caer. Vio que Declan se reía.
El suspiro que le llegó desde el otro lado, hizo que Jana se carcajeara.
—¡Empieza a contármelo con lujo de detalles!
No había mucho que contar. Por el momento. Pero cuando lo hubiera… Habría un terremoto de grado 7 en la escala de Richter. El suspiro había venido a cuenta de que parecía haber una conexión secreta entre pensar en Thomas y una necesidad imperiosa de expulsar aire de los pulmones.
—Anoche le pedí ayuda. Fay y Perry insistieron en llevarme a casa. Esa casa, donde yo no quiero volver mientras Kyle pueda aparcar enfrente todo el tiempo que le dé la gana. Como te imaginarás, lo tomó como una claudicación por mi parte… Pero me ayudó. Mis ex suegros no se quedan tranquilos hasta que me ven entrando en el edificio y Thomas entró conmigo, haciéndose pasar por un vecino del edificio. Subió conmigo y me esperó mientras recogía unas cuantas cosas. Hasta entonces, todo fue normal… Todo lo normal que podía ir junto a un pavo real de doble pechuga, como este individuo —matizó con su estilo elegante.
Jana volvió a reírse mientras pensaba que no le negaría lo de la doble pechuga. Ese tipo era imponente.
—¿Y siguió normal? —apuró Jana, mordiéndose por saber más.
—No.
Gayle no dijo más, pero otro suspiro se ocupó de disparar la curiosidad de Jana.
—¡Madre mía! ¿Hizo algún avance…?
Lo de Thomas había sido una incursión, no un avance. A Gayle no le había resultado sencillo obligarlo a mantener las distancias. Principalmente, porque cada célula de su cuerpo quería, deseaba intensamente, permitir la incursión sin oponer la menor resistencia.
Pero no hablaría por móvil de un momento tan íntimo.
—Ah, no, querida amiga… Yo también tengo muchas preguntas que hacerte. Así que, si quieres saber más, tendrás que hacer un hueco para tomar el té conmigo mañana. Invito yo, por supuesto. Te enviaré un mensaje con la señas de la mejor pastelería francesa de la ciudad. —Su voz portó toda la calidez de su sonrisa al decir—. Me alegro muchísimo de oírte, Jana.
—Y yo de saber que estás bien, Gayle. Mañana nos contamos todo, ¿vale?
Su mirada se cruzó con la de Declan quien sacudió la cabeza.
—Es un poco inquietante saber que mañana no tendré secretos para una de mis clientes —guaseó él.
Jana dejó el móvil a un lado y se puso de pie. Tenía una gruesa bata encima del traje pijama, que al contrario de lo que sucedía con su ropa de calle, no dejaba nada a la imaginación. Cogió una de las mantas y se la echó alrededor de los hombros. A continuación, extendió su mano hacia Declan.
—Ven, vamos a disfrutar un rato de nuestra patio-jardín… Coge una manta para ti.
—¿Y qué te parece si mejor llevamos una estufa? Fuera debe hacer un frío que pela…
No era una queja aunque lo pareciera. Jana se había sacudido la modorra y él era feliz con disfrutar de ella un rato más. Dónde, le daba igual.
Atravesaron la casa, se metieron en el baño riendo como críos y al fin abrieron la puerta sorpresa que conducía al rincón más inesperado de esa vivienda.
Una vez fuera, Declan se sentó en una de las sillas de madera de teca y Jana hizo lo propio sobre las piernas masculinas. Extendió su propia manta para que los cubriera a los dos hasta las orejas y respiró hondo, dejando que sus ojos se perdieran en la calle que se abría frente a ellos. Como era normal en el Soho, por las noches había un ajetreo muy particular. Eran otro tipo de viandantes los que circulaban por allí, principalmente, turistas y marchosos en busca de un lugar donde escuchar música y beber una cerveza.
Había una pequeña farola sobre la parte superior del muro, del lado de fuera del baño. La luz era suave, pero les permitía ver dónde pisaban y, sobre todo, verse mutuamente.
—¿Qué se está cociendo entre tu amiga y mi hombre? —Al ver su sonrisa pícara, se adelantó—: Ya sé que hay algo. Me lo dijo él. Lo que me gustaría saber es si dejará bajas o no.
Jana se echó a reír. Lo rodeó con sus brazos, acunándolo como si no fuera un hombretón que le doblaba el tamaño.
—Ay, Dec… ¿Por qué piensas eso? ¿Y a qué bajas te refieres? Ni que se fueran a la guerra, en vez de a la cama.
Declan buscó su mirada.
—¿Se han ido a la cama ya? ¿Tan rápido?
—Nooo… Bueno, en realidad, no lo sé. Pero no me sorprendería. Ella es una mujer hermosa, elegante, refinada. Y él… —se echó a reír ante los pensamientos que aparecieron en su mente.
—Él, ¿qué? —exigió saber—. ¿Qué pasa con él?
Los ojos de Jana brillaron de picardía.
—Vamos, Dec. ¿Hace falta que te diga que ese hombre es un poema?
Él empezó a hacerle cosquillas al tiempo que preguntaba «¿cómo que un poema?», «te voy a dar a ti poemas», haciendo reír a Jana a mandíbula batiente.
Ella no estaba diciendo nada que él no supiera. Como hombre, quizás calificar a Thomas de «poema» le parecía un tanto excesivo. Pero el londinense llevaba años a su lado, había tenido sobradas ocasiones de comprobar el efecto que su complexión robusta tenía en el sexo femenino.
—Esa no es la cuestión…
—¿Y cuál es? —dijo Jana, pegándose a Declan al tiempo que tiraba de la manta para que los cubriera bien a los dos.
Era una noche perfecta. Fría, eso sí. Pero Jana podría haberse quedado allí, entre los brazos de Declan, con la vista perdida en lontananza, segura y protegida, hasta el final de los tiempos.
—Si realmente tiene sentido meterse en camisa de once varas por un poco de sexo. Son demasiado distintos, sus mundos lo son.
Jana se enderezó un poco y sus miradas se encontraron.
—Si solo se trata de sexo, ¿qué más da cómo sean sus mundos?
Declan apartó la mirada. Intuía que en Thomas había más. No sabía exactamente cuánto más, pero el solo hecho de que se hubiera sincerado con él acerca de Gayle hablaba por sí mismo. Gayle, en cambio, era quien era. Suponiendo que también por su parte hubiera más, era lo bastante inteligente para cortarlo de raíz. Y si no era ella, su familia lo haría. No podían permitirse que esa relación saliera adelante de ninguna manera.
Jana leyó entre líneas. Ese hombre le provocaba tanta ternura.
—Te preocupa que Thomas acabe loquíto perdido por Gayle…
Declan decidió romper una lanza en favor de su chico.
—O que sea ella la que pierda la cabeza por ese poema de hombre… —repuso en tono burlón.
—¿Y eso sería tan terrible? ¿Tú crees?
Declan hizo un gesto de incertidumbre con la boca.
—El agua y el aceite no hacen buena mezcla, preciosa.
—A lo mejor solo parecen ser tan distintos y en el fondo no lo son…
Declan negó con la cabeza.
—Son distintos.
—¿En serio tú dices eso? Míranos, Dec… Nos detestábamos. No existían dos personas más opuestas que tú y yo. ¡No nos soportábamos! Recuerdo que si, a causa de Lau, coincidíamos en en alguna galería de arte, bajaba por la escalera para evitar darme de morros contigo en el ascensor. La sola idea de tener que decirte «hola», me ponía verde…
Declan se rio.
—¿Tanto me evitabas?
Jana asintió con entusiasmo. Hacía lo que fuera para no toparse con él. Solo por no tener que verse obligada a dirigirle la palabra.
—Vaya. Pues mucho han cambiado las cosas, ¿no?
—Exacto —concedió Jana—. Nadie tiene una bola mágica para saber con certeza lo que pasará. Si es solo sexo, no tienen nada que perder. Y si es algo más… —Respiró hondo—. Gayle se merece tener a su lado a un hombre que la mire como tú me miras a mí, Dec. Si no es Thomas, ojalá que conozca a ese hombre pronto. La vida es increíble cuando estás junto a alguien que te quiere de verdad.
Aquellas palabras tocaron a Declan profundamente. De hecho, le anudaron la garganta, algo que disimuló con un carraspeo que no engañó a nadie.
Él la rodeó fuertemente entre sus brazos, hizo que apoyara la cabeza en su pecho.
—Gracias, nena… Me encanta saberlo.
Jana se rio.
—Podrías ir compartiendo con Thomas alguna de tus brillantes ideas de cómo enamorar a una mujer arisca, ¿no crees?
—Eh, ¿me lo ha parecido o acabas de admitir que estás enamorada de mí?
Se miraron en silencio. Declan supo que Jana no estaba preparada para hablar de sentimientos a ese nivel. En todo caso, le dio igual. Sabía que ella lo quería, tan solo tenía miedo de pronunciar esas dos palabras otra vez.
—Tranquila, seguro que son estas vistas que quitan el aliento, las que me hacen oír cosas raras… —dijo, él, cambiando de tema.
Ella se relajó de inmediato. Volvió a apoyar la cabeza contra su pecho.
—¿A qué sí? —concedió—. ¿A que no esperabas encontrar semejante maravilla detrás de la puerta de un baño?
Ambos rieron.
—Desde luego, es un apartamento con vistas —concedió él.
Unas vistas que le encantaban, pensó Jana. Lamentaría tener que dejarlas para mudarse cuando encontraran el piso definitivo.
Suspiró.
Pero, mientras tanto, disfrutaría a fondo de aquel rincón espectacular en pleno corazón del Soho.
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