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Proyecto CRS-02

Volver a empezar (VAE)


Presentación | ELLA | ÉL 

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Capítulos especiales (relatan momentos del principio de su relación):

Capítulo especial 1 | Capítulo especial 2 | Capítulo especial 3



Proyecto CRS-02. Volver a empezar, de Patricia Sutherland. Exclusivo de Club Románticas Stories.

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CRS-02. VAE (Volver a empezar). Cap. 7


Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)

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7

Declan frunció el ceño al ver que Tiffany P. estaba en la puerta del pequeño edificio de dos plantas donde estaba su negocio y la buhardilla que antiguamente había usado a modo de vivienda por pura dejadez y que seguía conservando. Él ocupaba los únicos dos apartamentos disponibles reconvertidos en despachos. Era el único habitante, así que, obviamente, lo estaba esperando a él. ¿Qué otra cosa iba a estar haciendo allí?

Acababa de despedirse de Jana, a escasas dos manzanas de allí. Lo último que quería, lo último que necesitaba, era encontrarse con un antiguo ligue y que ella los viera. Porque Tiffany sí que era un ligue. Una incorporación relativamente reciente a su lista de citas, esa de la que había echado mano después de romper con Jana en un intento desesperado por volver a sentirse el de siempre.

—No respondes a mis mensajes… —dijo ella, apartándose de la pared en la que se había apoyado. Era una queja hecha a su estilo, con coquetería y caída de ojos incluida.

Declan no tenía intención de pararse a conversar. Sacó la llave y la introdujo en la cerradura.

—Por algo será, ¿no crees?

—Si esperas que piense que ya se te ha olvidado lo bien que lo pasamos, no te molestes. ¿Cuál es el problema, Declan? Tú eres libre, yo soy libre y nos divertimos un montón cuando estamos juntos. No sé tú, pero yo no estoy buscando un marido.

Declan pensó que tenía que concederle que, en efecto, lo habían pasado bien juntos. Si pudiera sincerarse con ella, algo que no pensaba hacer, le agradecería haber sido la única capaz de hacerlo sonreír en una época de su vida en la que se levantaba y se acostaba cabreado de pura frustración.

—Hablamos la semana pasada y te dije que sería la última vez. No me hagas tener que repetirlo.

 A continuación, ignorando la mirada disgustada de la treintañera, Declan entró y cerró la puerta tras de sí. Recorrió los cinco metros de estrecho pasillo, al final del cual había tres peldaños que conducían al rellano donde estaban los dos apartamentos, reconvertidos en despachos, de su empresa. Entró en el de la derecha y Andreas ya lo estaba esperando allí, en una de las dos mesas que usaban indistintamente los miembros de seguridad de su plantilla los escasos ratos que estaban en la empresa para recoger las llaves de sus vehículos o completar su parte diario de trabajo antes de entregárselo a Debbie, la más reciente incorporación de la empresa; la primera secretaria que Declan contrataba. Tan reciente, de hecho, que Jana no la conocía.

—Buenos días, jefe…

—No me llames jefe.

—¿Y cómo quieres que te llame? Eres el jefe, ¿no?

Declan le dedicó una mirada irónica y siguió camino de su despacho. Tenía gracia tanta verborrea matutina de un tipo al que Harley no quería en su servicio, porque decía que era silencioso como una tumba. Levantó la persiana dejando entrar la escasa luz exterior y se quitó la chaqueta mientras hojeaba el montón de papeles que Debbie le había dejado sobre la mesa. Exhaló un suspiro y tomó asiento. Odiaba el papeleo. Era lo peor de tener una empresa.

—Por cierto, una mujer ha estado preguntando por ti —oyó que le decía Andreas.

Declan levantó la vista de los  papeles y miró hacia el despacho contiguo con el ceño fruncido.

—¿Dónde?

Andreas se levantó de la mesa y fue hasta el despacho de su jefe. Se acercó hasta donde estaba él.

—Aquí, Declan. Rubia, corte de pelo raro, veintitantos tirando a treinta, metro setenta, en buena forma.

—¿Tocó el timbre? —preguntó sorprendido. Vio que Andreas asentía varias veces con la cabeza.

Joder, qué pesadez.

—Y también llamó por teléfono. Veo que sabes de quién hablo, ¿estaba afuera esperándote? —El inglés de ascendencia alemana esbozó una sonrisa irónica—: Pues le dije que hoy no vendrías por aquí…

—Está claro que no te creyó —repuso Declan sin ocultar su fastidio. 

Andreas se quedó donde estaba. Su jefe estaba poco comunicativo, sin embargo, sabía de buena fuente que aquella mañana no era una mañana corriente. Decidió ver si podía sonsacarle algo.

—¿Qué tal van las cosas?

Declan cogió el papel con las señas del nuevo cliente del que se ocuparía Andreas y lo miró brevemente mientras se lo entregaba.

—Como siempre —y siguió hablando de trabajo. Sabía que se refería a su ruptura con Jana, pero no estaba de humor y la culpable era Tiffany. Encontrársela en la puerta de su empresa le había sentado como una patada en la boca—. Te estará esperando en la recepción a las nueve y media. 

Andreas consideró que el cambio de tema había sido demasiado abrupto para tomarse en serio las palabras de su jefe. Además, los había visto. A él y a Jana. Había estado a punto de entrar en la cafetería, pero a último momento había decidido que lo mejor era no interrumpirlos y se había ido a desayunar a otro sitio.

—¿Como siempre? Llevabas semanas sin ver a Jana y hoy has estado con ella. Si no quieres hablar, dime que me meta en mis asuntos, pero no me mientas.

Declan puso los ojos en blanco.

—Deduzco que nos has visto…

—Deduces bien.

No era dado a hablar de sus asuntos personales. Pero su malestar durante los últimos dos meses y medio había sido tan evidente, que todos en la oficina se habían dado cuenta de que algo sucedía entre él y Jana, en especial Andreas. Era el más antiguo de la plantilla, el primer especialista en seguridad que había contratado. Llevaban diez años juntos y se conocían muy bien.

—Al menos, ahora hablamos —admitió—. Todo un cambio a las últimas doce semanas, en las que el silencio era tan grande que hacía ruido y todo.

—Eso es bueno.

—Sí, supongo que es un comienzo.

—Entonces será mejor que le dejes las cosas claras a la Señora Insistente. No vaya a ser que Jana venga a traerte un café de Starbucks y se encuentre con ella.

Declan asintió enfáticamente. Dudaba mucho que con Jana estuvieran en la fase de recuperar las viejas costumbres, pero no se arriesgaría a que las dos mujeres se vieran las caras. 

Andreas palmeó la mesa en señal de que ya se marchaba.

—Te iré llamando para contarte qué tal con la nueva clienta.

—Sí, en femenino. Es una chica, como a ti te gusta

Andreas sonrió ante el tono empleado por su jefe.

—Prefiero las mujeres a los hombres. No es ninguna novedad viniendo de un tío, ¿no? Pero no hace falta que me lo repitas, porque ya lo sé de memoria: nada de tonterías con los clientes, es de lo que vivimos.

Declan elevó su mano para despedirse de Andreas antes de seguir revisando la pila de papeles que Debbie había dejado sobre la mesa.

Sin embargo, no habían pasado cinco minutos desde que Andreas se había marchado, cuando su nombre empezó a parpadear en la pantalla del móvil de Declan.

—Solo una cosa, Declan; esa mujer sigue aquí.

—¿Perdona? 

—Digo que la mujer que hoy preguntaba por ti sigue aquí.

El rostro de Declan se tornó serio. Muy serio.

—Será casualidad. Igual trabaja por aquí. —La zona estaba llena de peluquerías y ella era peluquera, de ahí que hubiera guardado su contacto como Tiffany P. 

—Que no, tío. La vi entrar en la cafetería de enfrente. Creo que te está vigilando… Ya me dirás si quieres que haga algo.

Vaya mierda. Vaya mierda. Vaya mierda.

—Vale, gracias por avisar… Sigue con lo tuyo, que yo me encargo —se despidió Declan.

Empezaba a encontrar todo ese asunto la mar de irritante. No era la primera vez que daba con alguna pesada que se apuntaba a la aventura, dándosela de independiente, y tras la tercera cita quería presentarle a sus padres. No era para nada habitual. Escogía con mucho cuidado con quién se citaba. Esta, por lo visto, le había salido rana.

Pues, desde luego, «Tiffany P.» no podía haber elegido un momento peor para poner a prueba su paciencia.


* * * * *


Declan se dedicó a revisar los papeles. No solo no podía dejar que se acumularan, además eso le daría un margen de tiempo para bajar las revoluciones. Ya se sentía bastante capullo por haber desempolvado su vieja agenda de citas para intentar olvidarse de lo que sabía perfectamente que no se olvidaría. Que encima una de esas mujeres se pusiera arisca, le hacía hervir la sangre. Las cosas con Jana empezaban a moverse de nuevo. Despacio. A trompicones, pero se movían. No podía permitirse que la sangre llegara al río y Jana se enterara.

Lo mejor era darle tiempo a la peluquera para que se largara por iniciativa propia. Comprobaría que lo había hecho dentro de un rato, cuando acabara con el papeleo. Si para entonces continuaba en el bar, se presentaría allí y se lo pondría meridianamente claro. No estaba dispuesto a tolerar ni la más mínima tontería.

Eso hizo. 

Tras veinte minutos aclarando su mesa, dejó los expedientes para archivar en una pila sobre la mesa de su asistente y otra pila más de documentos, cada una con un post-it con instrucciones. No tenía mucho tiempo. Debía recoger a Hugo, pero antes comprobaría que Tiffany P. se había marchado ya.

Salió del edificio y cruzó la calle en dirección a la cafetería. Era un negocio pequeño especializado en cafés artesanos al que, a veces, acudía cuando tenía ganas de disfrutar de un buen café. Tenía apenas media docena de mesas y un gran mostrador muy bien atendido que dispensaba café para llevar a los numerosos viandantes que circulaban por la zona camino de sus trabajos. Conocía a la dueña y a las tres empleadas. Su afición por socializar no era tan notable como la de Jana, que llamaba por su nombre de pila a todos los puesteros del mercado, pero parte de su trabajo se desarrollaba en bares, restaurantes y sitios de alterne. Así que si estaban por su zona, mayor razón para visitarlos.

Y sí, en efecto, Tiffany P. continuaba allí. Ocupaba la última mesa del fondo junto a la ventana. Leía el periódico. O hacía que lo leía.

Antes de ponerle los puntos sobre las íes, decidió hacer una breve parada en el mostrador. Kimberley, la dueña, estaba diciéndole algo a la cajera y Declan aprovechó para dirigirse hacia ella.

—Buenos días, caballero. ¿Qué, con ganas de tomar un buen café? Puedo complacerte —lo saludó la dueña. A pesar de estar casada -«y muy bien casada», según ella-, no perdía la ocasión de flirtear con sus clientes hombres. Era un flirteo elegante, a mitad de camino entre la coquetería de una mujer que, a pesar de rondar los sesenta, estaba de muy buen ver y la gentileza de todo comerciante con un negocio que trabajaba de cara al público.

—Ahora no. No tengo tiempo para disfrutarlo como se merece, pero me gustaría consultarte algo. 

—Dime, ¿en qué puedo ayudarte?

—La mujer que ocupa la mesa del fondo. ¿La conoces, es cliente habitual?

Ella frunció el ceño y lo regañó en broma.

—¿Y qué haces tú interesándote por una mujer si te han cazado? Porque te han cazado, ¿no? Ya sabes de quién hablo. Pelirroja, menuda, siempre lleva unas gafas de sol oscuras…

Declan hizo un gesto cómico con la cara antes de decir:

—¿Recuerdas que empecé diciendo que hoy voy mal de tiempo? 

Kimberly le palmeó el brazo amigablemente y se caló bien las gafas, mirando hacia el fondo del local.

Al fin negó con la cabeza.

—No la conozco. Y es la primera vez que la veo aquí. Espera que les consulte a las chicas, yo no estoy todos los días.

La mujer estuvo hablando con sus empleadas y al cabo de unos instantes regresó junto a Declan.

—No —dijo—. No es una clienta habitual.

Él le agradeció la información con un gesto y se dirigió al fondo del local. Sabía que Kimberley lo estaba mirando, seguramente también sus empleadas. En todo caso, no era de la clase de personas que organizaban grescas así como así. De modo que se lo tomaría con calma. Para pasar a mayores había tiempo.

Se detuvo frente a su mesa. Ella alzó la vista y lo miró sorprendida. Una sorpresa que él no se creyó.

—Hola, Declan… ¿Qué haces allí de pie? Siéntate, hombre. 

Él respiró hondo. Por supuesto, no se sentó. Lo que sí hizo fue ponerse las manos en los bolsillos por las dudas de que en un arrebato se le diera por darles un uso diferente. Al fin, la miró directamente.

—Estoy saliendo con una mujer y me interesa mucho. 

—Oye, que solo estoy aquí tomándome un café… 

Declan continuó como si no la hubiera oído.

—Te lo dije la semana pasada y otra vez esta mañana, más temprano. Te lo voy a decir por última vez; no inventes más encuentros casuales. No vengas a verme. Y no me llames más. 

Ella se cruzó de brazos con actitud airada.

—Tío, te lo tienes muy creído, ¿sabes? Te he dicho que he entrado a tomar un café. Hacen el mejor del barrio. ¿Qué pasa? ¿No puedo venir porque tú trabajes enfrente?

«¿Y cómo sabes que mi empresa está enfrente? No hay carteles en la puerta», pensó cada vez más cabreado. Pero volvió a hacer caso omiso de sus palabras y continuó. O más bien, acabó:

—Es el último aviso, ¿está claro?

—¿Y si no qué? —espetó ella más y más airada por momentos.

La mirada de Declan fue suficiente no solo para silenciarla, sino también para que ella apartara la suya.

Acto seguido, dio media vuelta y después de despedirse con un gesto de la mano de Kimberly, salió a la calle.

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CRS-02. VAE (Volver a empezar). Cap. 8


8

Jana tenía mucho en lo que pensar y aprovechó que aún era temprano para ir a dar un paseo. Milagrosamente, no llovía y el aire, aunque fresco, se toleraba bien en movimiento.

Recorrió con paso tranquilo la calle plagada de tiendas exclusivas que aún estaban cerradas. La ciudad empezaba a desperezarse lentamente y para cuando llegó a la plaza de Russell Square era una viandante más en el fragor matutino habitual de aquella parte de la ciudad.

Compró un café en un puesto callejero y buscó un banco donde sentarse a disfrutarlo. Utilizó una de las carpetas que llevaba en el bolso a modo de cojín. El plastificado mantendría a salvo sus preciados diseños y también evitaría que la humedad del banco le mojara la ropa.

Imágenes del fin de semana acudieron a su mente. El baile de disfraces que, en realidad, había resultado en una boda doble, de una de las cuales ella había sido dama de honor, había sido diferente y divertido. Lo había pasado muy bien. Inesperadamente.

Después de casi tres meses sintiéndose mustia desde que abría los ojos por la mañana, lo último que había esperado era divertirse. Especialmente, porque sabía que Declan también acudiría, y la sola idea de tener que volver a estar en un mismo lugar con él, la llenaba de sentimientos contradictorios. Por un lado, expectativas —muchas más de las que consideraba seguro tener—. Por otro, una imperiosa necesidad de huir. De echar a correr en la dirección opuesta y no detenerse hasta haber puesto miles de kilómetros entre los dos.

Pero no había sucedido nada de lo esperado y, en cambio, sí algo bastante inesperado; su necesidad de huir se había tornado en culpabilidad que, a su vez, había disparado en ella una necesidad aún mayor; la de aliviarla.

La verdad era que no había roto con Declan por algo que él hubiera hecho, sino por algo que le había sucedido a ella. Por algo que había descubierto sobre sí misma con cinco años de retraso. Alejarse de él había sido una reacción instintiva. Intentar seguir adelante con su vida, pasar página, había sido pura supervivencia.

No había podido hacerlo. Había roto con él, pero no había logrado pasar página. Ni mucho menos.

Y ahora que, después de semanas de silencio, volvían a estar en contacto, la realidad pesaba como una losa sobre sus hombros.

Quería a Declan en su vida. 

Pero desear algo y poder hacerlo realidad eran dos cosas muy distintas tratándose de ella.


* * * * *


Jana torció por la calle Berwick y se detuvo en el acto al ver el tumulto de gente que se agolpaba frente a un edificio, cincuenta metros más adelante. No era un edificio cualquiera de la calle, era su boutique. ¿Cómo era posible? Por lo que sabía, el reportaje de Andrew Blackmore, único periodista autorizado en la boda-baile de disfraces, no salía hasta dentro de dos días.

Todo había sucedido tan de repente que no había habido tiempo de hacer planes al respecto. Ni la misma Harley sabía al acudir al castillo de las Highlands que acabaría formando parte del espectáculo, casándose con Brandon. Finalizado el baile a las dos de la madrugada en punto, la pareja se había marchado de luna de miel hacia un destino que solo Declan conocía, ya que también había formado parte de la sorpresa.

¿Cómo se suponía que tenía que tratar el asunto?  ¿Haciéndose la desentendida hasta que saliera el reportaje de Blackmore? Estaba claro que la noticia había trascendido. De otro modo, ¿qué hacía allí esa gente? 

Jana no se lo pensó dos veces. Retrocedió hasta la esquina y se alejó unos cuantos pasos. No pasaba precisamente desapercibida con su forma de vestir, su cabello de dos colores, rojo y caoba, y sus gafas negras de montura redonda. Una vez segura de que nadie había detectado su presencia, sacó el móvil e hizo una llamada.

Declan estaba regresando al centro después de dejar a Hugo en el instituto. Sonrió sin poder evitarlo al ver de quién era la llamada. Estaba claro que la pelirroja volvía a ser la de siempre, aunque se resistiera. 

—¿Ya me estás echando de menos? Esto marcha —dijo por el manos libres, adelantándose.

Si no haber dejado de pensar en él ni un minuto era sinónimo de echarle de menos, entonces era culpable de todos los cargos, pensó Jana. Por supuesto, no fue eso lo que dijo.

—Ya quisieras, ancianito. Pero no, no es el caso… Hay un montón de periodistas en la puerta de la tienda, los estoy viendo desde la esquina, y no tengo instrucciones de Harley… ¿Te han dicho algo a ti de cómo proceder? Es que me da miedo meter la pata…

—La exclusiva es de Tattoo Magazine y la firma Blackmore.

—Ya, pero, que yo sepa, la revista no sale hasta el miércoles.

—Pues no lo sé… Brandon no me ha dicho nada. Creo que el plan era dejar que el reportaje de Blackmore respondiera la mayoría de las preguntas y conceder alguna entrevista cuando volvieran de luna de miel.

—Ya. ¿Y eso cuándo será? Harley tampoco me dijo nada.

—Ni idea. No creo que tarden mucho en volver… Brandon me dijo que me avisaría el día antes.

—Pues mira qué bien… ¿Nos han dejado a los dos a verlas venir con esta movida?

—Con decir «sin comentarios»… —dejó caer Declan.

Intuía, y estaba bastante seguro de no equivocarse, que el problema de Jana no era qué decir, sino tener que pasar el día con la acera sitiada por periodistas y pendiente de la puerta cada vez que llegaba una cliente, para evitar que se le metieran hasta la cocina. Pero si lo decía abiertamente, solo conseguiría que ella se pusiera en guardia y lo negara.

—Claro, porque estos tipos han demostrado hacer mucho caso a lo que se les dice… —ironizó ella.

Declan echó un vistazo a la hora. Puso el intermitente y cambió el rumbo. Sonrió divertido, satisfecho de que ella no lo estuviera viendo.

—Pues a mí me hacen caso… Quizás el problema es que no te oyen. Prueba subiéndote a una silla.

—Ja. Ja. Ja. A mi estatura no le pasa nada, ancianito. Está muy bien —«Mejor que bien, eres preciosa», pensó él—. Y sus oídos también están bien. Me escuchan perfectamente. El problema es que son unos pesados… Tendré que aguantarlos todo el día, me van a hacer perder un tiempo que no tengo y eso me fastidia muchísimo.

—Venga, ánimo, que tú puedes, nena… Ponte seria. Diles lo que hay y pídeles que se vayan. Luego métete dentro y cierra con llave. Son pesados, es verdad, pero no son imbéciles. Si creen que los denunciarás, no se arriesgarán.

Jana respiró hondo, se acomodó mejor el bolso y se puso en marcha.

—Ya, ya… Qué remedio. Hoy tengo una montaña de cosas que hacer. Lo último que necesito es a estos tipos complicándome el día… No entiendo qué pudo suceder. ¿Cómo se habrán enterado de la boda?

Declan aparcó como pudo —bastante mal—, dejó el intermitente puesto, se llevó el móvil al oído tras desconectar el manos libres y, a continuación, se apeó. Después de cerrar con el mando a distancia, apuró el paso hacia su destino.

—No lo sé… Había mucha gente y aunque los móviles estaban prohibidos dentro del castillo, cualquiera pudo usarlo fuera, después de que los hombrecitos con faldas kilt nos enviaran fuera con tanta puntualidad y tanta determinación…

 Jana ya estaba a diez metros de la jauría periodística y algunos ya la habían reconocido y se dirigían hacia ella. Respiró hondo.

—Bueno, te dejo. Deséame suerte con estas fieras —suplicó.

—¡Suerte y ánimo! ¡Venga, que tú puedes! —exclamó Declan echando mano de todo su histrionismo.

«Que yo puedo…», pensó Jana. No podía con nada. Y desde que había tenido la brillante idea de cortar con él, tampoco podía ni con su vida. 

Volvió a guardar el móvil en el bolsillo de su chaqueta midi de punto y se preparó para lidiar con la tormenta.

—¿Es Jana, verdad? ¿La socia de Harley R.? —dijo uno.

—Señorita de Veen, ¿es cierto que Harley y B.B.Cox se casaron el fin de semana?

—Señorita de Veen, aquí, por favor. Soy Morris para la B.B.C… ¿Son ciertos los rumores de boda? 

Todos la habían rodeado, no dejaban de meterle el micrófono en la cara y de hacerle preguntas… Se interrumpían unos a otros y ni siquiera la dejaban contestar. Se sentía pequeñísima. Y atrapada.

Entonces, una mano la rescató de la trampa.

—¡Apartaos, que la estáis asfixiando! ¡Vamos, circulad! —exigió Declan, abriéndose paso entre los periodistas hacia la tienda, llevando a Jana de la mano—. Marchaos, estáis obstruyendo el paso y molestando y, por más que insistáis, la señorita de Veen no va a contestar ninguna pregunta. ¿Está claro? Marchaos ya.

—¿Es cierto lo de la boda o no? —insistió el reportero de la BBC.

Declan situó a Jana a salvo detrás de su propio cuerpo y se volvió a mirar al periodista.

—Hablo el mismo idioma que tú y acabo de decir que os larguéis. No podéis estar aquí. No hagáis que tenga que empezar a estrellar cámaras y trípodes contra el asfalto… Es muy temprano para que me cabree, así que largaos ya.

Mientras Declan se ocupaba de la jauría, Jana, algo más tranquila, buscó la llave en su bolso. Logró abrir las cerraduras de seguridad situadas en la parte inferior de la persiana. Tiró y, con el impulso, la persiana se elevó hasta el tope superior. Cuando intentó hacer lo mismo con la cerradura de seguridad de la puerta de cristal, no atinaba con ella. Estaba temblando. 

Cálmate, ¿quieres? Y abre la jodida puerta de una vez.

Declan le quitó la llave de la mano con tanta suavidad que, cuando Jana quiso darse cuenta, ya no las tenía.

Después de dar tres vueltas al tambor de la cerradura, la puerta se abrió. Él la empujó con su cuerpo para que se abriera del todo y tiró suavemente del brazo de Jana para que entrara en la boutique. Acto seguido, volvió a cerrar la puerta con llave.

De puro nervio, Jana se arremangó el jersey e inspiró profundamente. Recién entonces lo miró.

—Gracias, Declan… No sé de dónde has salido, pero gracias.

Él permaneció mirándola, escrutándola.

—¿Estás bien?

Jana asintió con la cabeza varias veces, pero él no desfrunció el ceño. Jana no daba la impresión de estar tan bien como decía.

—Me agobié un poquito… —reconoció—. Es que… Estaban tan cerca que me faltaba el aire. Pero ya estoy bien. Con un café estaré perfecta —aseguró.

Y como ya no resistía ni su propio tembleque ni tener a Declan tan cerca y tan dispuesto, dio media vuelta y se dirigió hacia la habitación trasera que usaban a modo de almacén-cocina.

Declan la siguió a cierta distancia. Una vez allí, se apoyó contra el marco de la puerta y la observó en silencio mientras ella cumplía con el ritual de hacer café de filtro.

Al percatarse de su presencia, lo miró por encima del hombro brevemente y continuó con lo que estaba.

—¿Te quedas a tomar uno? —le ofreció—. Es de Brasil, de una de esas cooperativas que lo cultivan orgánicamente. Está recién molido. Me lo molieron en la tienda de la vuelta… Está buenísimo.

—Si está listo pronto… No tengo mucho tiempo ahora. 

Continuó observándola atentamente, intentando atar cabos. Jana estaba acostumbrada a lidiar con los periodistas. Se había acostumbrado a base de padecerlos desde el primer día que había acompañado a Harley a los festivales internacionales. Desde hacía cuatro años asistía en calidad de dueña al 50 % del stand que alquilaban en todos los eventos. Pero hoy, no solo reconocía haberse «agobiado un poquito», juraría haberla sentido temblar. Además, había tenido problemas con la cerradura de la puerta de cristal. No atinaba. Y estaba bastante seguro de que la razón era que le temblaba la mano.

¿Desde cuándo la presencia de periodistas la ponía tan nerviosa?

Las alarmas interiores de Declan volvieron a pitar con estridencia, advirtiendo del peligro.

—Ah, bueno, no te preocupes… Otro día lo pruebas. Seguro que te gusta.

Cuando acabó con su ritual, encendió el botón y la cafetera se puso en marcha. Jana se dirigió a la puerta, pero Declan no se apartó.

—¿Me dejas pasar, por favor? —le dijo, pero no lo miró.

Él continuó atento a ella.

—¿Te asustaste? —le preguntó al fin.

Jana sintió que las mejillas le ardían y supo que se había sonrojado.    

—¿Qué dices, ancianito? —Jana intentó pasar a su lado. Otra vez evitando enfrentarse a las cosas. Otra vez huyendo.

Él la detuvo, tomándola con suavidad por un antebrazo. Buscó su mirada.

—¿Te asustaste? —repitió.

Jana exhaló el aire en un suspiro. Lentamente, encontró su mirada.

—Supongo que sí.

Joder. ¿Qué está pasando aquí? 

Declan asintió varias veces con la cabeza y se hizo a un lado para dejarla pasar. A continuación, sacó el móvil del bolsillo posterior de sus pantalones, seleccionó una memoria y esperó a que lo atendieran.

—¿Has acabado? —le dijo a uno de sus hombres, adelantándose.

—En este mismo momento. ¿Voy para la empresa?

—No. Por favor, ven a relevarme a la boutique de Jana y Harley. —Jana se detuvo al oírlo y se volvió a mirarlo interrogante. Declan continuó—: Te quedarás aquí hasta nueva orden.

—Hecho —respondió Thomas.

—No hace falta que hagas de canguro, Declan —empezó a quejarse Jana. Ya le había sentado bastante mal comprender cuánto la afectaba la cercanía de los periodistas, para oficializarlo con el nombramiento de un guardaespaldas.

—No hago de canguro. Thomas sí, y lo hará con mucho gusto.

—Declan… —se volvió a quejar Jana, dejando caer los brazos al costado del cuerpo en un gesto al estilo niña pequeña que lo ablandó. Muchísimo, de hecho.

—Te encanta que te cuide. 

Ella soltó un bufido. Uno que a Declan le pareció que venía a decirle un «ya estamos otra vez» y decidió curarse en salud.

—Y a mí me chifla encartarte —añadió, cambiando las tornas de «susto» a «seducción»—. Necesito encantarte.

«Si yo te dijera lo que necesito ahora mismo…», pensó Jana. 

Exhaló un suspiro y se dirigió a la banqueta alta, frente a la caja registradora donde había dejado sus cosas, antes de que la tentación de decírselo fuera demasiado grande.

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CRS-02. VAE (Volver a empezar). Cap. 9


9

Al llegar a su edificio, Declan miró alrededor en busca de personas no gratas. Léase, Tiffany P., Melanie PY o cualquiera de sus antiguas compañeras de alcoba que hubieran decidido unilateralmente hacerle una visita.

No había ninguna a la vista, de modo que metió la llave en la cerradura y entró en el edificio. Hacía un rato, había estado hablando con Natasha A. Según ella, no se había acordado de que él le había dicho que ya no estaba en el mercado. Había añadido, muy comedidamente, que tampoco se lo creía y que, en el caso de ser cierto, no creía que «el virus» fuera a durarle mucho tiempo. Fuera como fuera, su nombre había vuelto a iluminar la pantalla de su móvil y eso era algo que ni quería ni podía permitirse. 

Quería recuperar su relación con Jana. Después de la cena en el banquete de boda de Brandon y Harley, lo tenía más claro que nunca antes. No podía permitirse errores de ninguna clase. Ni malentendidos. Tras su episodio de locura transitoria en el que había vuelto a acostarse con otras mujeres en un intento de olvidarse de Jana, y de que ella lo viera del brazo justamente de la mujer con la que acababa de hablar, no quería ni imaginar encontrarse en una situación en la que estuvieran Jana, la azafata y él. 

Cuando entró en la oficina, Debbie, su nueva asistente, estaba hablando por teléfono y Thomas hacía su informe del día mientras lo esperaba a él. Saludó a la asistente con un guiño y le indicó a Thomas que fuera a su oficina cuando acabara.

Sobre su escritorio le esperaba una bandeja llena de cosas. Notó que también había cuatro recados telefónicos. Los comprobó rápidamente; nada alarmante. Eran llamadas de gente interesada en contratar sus servicios. Se sentó a su mesa y se puso a revisar la bandeja de entrada. Muchos eran asuntos de los que muy pronto se ocuparía Debbie. Para eso la había contratado. Pero llevaba apenas diez días en su puesto y no tenía experiencia previa en empresas del ramo, así que su rodaje aún tomaría tiempo.

En aquel momento, entró Thomas después de golpear dos veces con los nudillos en el marco de la puerta, que estaba abierta.

—Pasa y cuéntame qué tal han ido las cosas en la boutique. 

El hombre se sentó en la silla para las visitas. 

—¿En la boutique… o con Jana?

Declan no alzó la vista. No necesitaba hacerlo para adivinar el nivel de burla que habría en el rostro de aquel tipo rubio amante confeso de llevar barba de dos días de manera habitual, como dictaba la moda masculina. Tenía el enorme mérito de caerle genial a Harley, alguien que detestaba llevar guardaespaldas. 

—No te pases y dime qué tal ha ido.

Thomas sonrió con disimulo. 

—Fue bien. La prensa volvió después de que te fuiste. Estuvo como una hora dando por saco. Nada agresivo. Aprovechaban cuando algún cliente entraba o salía para intentar meter la cabeza y hacerle alguna pregunta a tu chica…

—No es mi chica —lo interrumpió Declan. Y esta vez sí que lo miró—. Deja de decirlo, porque uno de estos días se te va a escapar delante de Jana y me vas a meter en un problema. Y entonces, tú vas a tener un serio problema conmigo, ¿estamos?

—Está loquita por tus huesos. No hace falta más que ver cómo te mira. Y a ti, ni siquiera hace falta mirarte. Esto es un rifirrafe temporal, hombre. Nada más.

Un rifirrafe que duraba ya dos meses y medio, pensó Declan. Y, como siempre que lo pensaba, una intensa sensación de desasosiego se apoderó de él.

—Ya, pero ahora no es mi chica —repitió con decisión y añadió—. Por desgracia. Así que no la llames así. 

Thomas se apiadó de su jefe. Se conocían hacía años. Se querían y se respetaban mucho, ya que compartían un pasado en las fuerzas especiales. Y aunque en su opinión, su ruptura con Jana era algo pasajero que estaba a punto de resolverse para bien, era consciente de que Declan lo estaba pasando realmente mal. 

—Vale, perdona… Cuando los periodistas vieron que no conseguirían nada, se fueron dispersando. No fueron muy lejos. De la boutique, al estudio de B.B.Cox, pero al menos dejaron de molestar a Jana y a las chicas.

Por chicas, se refería a las dos empleadas con las que ahora contaba la boutique; Tara y Myriam.

—Y menos mal porque no veas lo que trabaja esa tienda… —continuó Thomas—. Hubo ratos en los que estaban las tres atendiendo a las clientas y no daban abasto. 

Declan asintió. Las cosas le iban muy bien a Jana. Y le aliviaba saber que la prensa no se había cebado en ella. 

—¿Alguna visita que mencionar?

—Estuvo Patrick a eso de las once.

Así que la zanahoria andante había ido a ver a Jana. 

Declan volvió a alzar la vista hasta su empleado.

—¿Y…?

Thomas sabía que Declan no soportaba a aquel tipo risueño que se llevaba de calle a todo el mundo. A todo el mundo, menos a Declan, claro. Así que disfrutó la ocasión de darle una buena noticia.

—Jana no se dio por aludida. Como si él no estuviera ahí —dijo con una sonrisa encantada.

A pesar de que interiormente estaba soltando puñetazos victoriosos al aire, Declan se limitó a responder con un parco «bien» que a Thomas le hizo gracia. 

—Que sepas que, cuando se trata de Jana, disimulas fatal. ¿«Bien»? —repitió con ironía—. Solamente hay una cosa que te gusta más que ponerte bravo con Patrick. ¿Sabes cuál es? Que Jana no le haga ni puto caso. Y hoy no se lo hizo. ¡Disfrútalo, hombre! 

Thomas tenía razón. ¿A quién pretendía engañar? Disfrutaba sabiendo que el pelirrojo seguía estrellándose contra un muro de indiferencia cada vez que intentaba flirtear con Jana. Era un seductor y saber cuánto tenía que escocerle su rechazo le provocaba un placer enorme.

Cuando Declan alzó la vista de sus papeles, estaba sonriendo. 

—Vaaale… ¿Jana pasó de él? 

Thomas asintió enfáticamente con la cabeza.

—«Hola» y «adiós», básicamente. Es cierto que la tienda estaba a rebosar de gente, pero si hubieras sido tú, Jana no habría seguido a lo suyo sin más. 

El placer que sentía Declan era enorme, en efecto. Pero había más en dicho placer que imaginar cuánto le habría escocido a Patrick presenciar la indiferencia de Jana; saber con certeza que si hubiera sido él quien estaba en la boutique, Jana habría encontrado la forma de prestarle atención, hacía que se le riera el corazón. Necesitaba esa clase de estímulos. Los necesitaba muchísimo. Los casi tres meses sin ella en su vida pesaban como una loza. 

—¿Y la zanahoria se quedó mucho tiempo? —preguntó complacido.

—Teniendo en cuenta que no le hacían ni puto caso, diría que sí. Diez minutos o así.

Declan volvió a asentir.

—¿Algo más que mencionar?

—Jana se marchó de la tienda a eso de las dos y yo también me fui porque Debbie me asignó otro trabajo y dijo que estabas al tanto. —Declan asintió—. Jana comentó que volvería si le daba tiempo, pero cuando pasé con el coche hace un rato, estaban cerrando y a ella no la vi. —Hizo una pausa, pensativo—: Bueno, quizás regresó y volvió a marcharse. 

—¿No dijo dónde iba?

—No, y eso que Myriam se lo preguntó.

Declan frunció el ceño. Qué raro. Su negocio había crecido y desde hacía un par de años Jana diseñaba para algunas empresas importantes, pero no solía ausentarse de la boutique en horas punta de trabajo. Mucho menos, sin decir dónde iba. ¿Qué se traía entre manos que no quería siquiera que sus propias empleadas lo supieran?

—Vale. ¿Algo más?

—No. Creo que no.

—¿La notaste preocupada o nerviosa? Quiero decir, aparte de la pesadez de los periodistas…

Thomas volvió a negar con la cabeza.

—Al principio, un poco agobiada. Era un no parar de llegar gente. Pero cuando los periodistas dejaron de molestar, se tranquilizó. Hasta hacía bromas con las clientas diciendo que igual salían en las noticias. Las animaba a ponerse guapas…

Declan dio por buenas las explicaciones de su empleado. Ya se ocuparía personalmente de averiguar de qué iban esas ausencias no justificadas de Jana.

—Muy bien. Si has acabado con el papeleo, puedes irte. Nos vemos mañana.

—Hasta mañana, entonces —se despidió Thomas.

En aquel momento, el móvil de Declan sonó indicando la recepción de un mensaje. Era un wasap de Brandon. A buenas horas, pensó. Le había escrito por la mañana a cuenta de la jauría de periodistas que estaban sitiando la boutique y recién ahora le respondía. Lo abrió y leyó:


«No tengo ni idea. Será cosa de André. Yo estoy en otra». 


Al final del mensaje había un emoticono muy significativo; un plátano con un condón puesto.

Normal, ¿en qué otra cosa iba a estar ocupado en plena luna de miel? 

Declan sonrió a desgana mientras pensaba en lo mucho, muchísimo, que envidiaba a Brandon.


* * * * *


Jana apagó el televisor, cogió el móvil de la mesilla y reunió las pocas energías que le quedaban para levantarse del sofá. Las últimas noches se había quedado dormida allí y cuando se levantaba le dolía todo. Tenía que acostarse donde debía, en el dormitorio. 

Pero desde hacía veinte días a esta parte, estar en su cama la llenaba de recuerdos y, al final, acababa desvelándose. Y agravando aún más su situación. Dormía poco, mal y a deshoras. Comía como un pajarito, porque tras dos bocados, su estómago se cerraba como si se hubiera comido una vaca entera. Y su ánimo, que no dejaba de caer en picado… Caía un poco más.

La tarde había sido agotadora. Había tenido la primera cita con la psicóloga de Harley, y luego, por invitación suya, se había quedado a una de las cinco sesiones semanales de grupo que la psicóloga brindaba en su consulta. No había participado mucho, aparte de presentarse. Tampoco lo había hecho en la consulta. Era muy consciente de que la doctora Meyer reformulaba sus preguntas o las planteaba con otros matices, intentando obtener más información, pero hablar de sí misma nunca se le había dado bien. De hecho, no era la primera profesional a la que acudía en busca de ayuda. Antes de Meyer, había tenido tres consultas con otra terapeuta con la que no había llegado a sentirse cómoda, de ahí que no hubiera seguido adelante con ella. Solo había rescatado algo útil del dineral que había pagado por las sesiones; su recomendación de apuntarse a clases de defensa personal, ya que le ayudarían a sentir que tenía un mayor control de su vida. Las primeras clases había acabado molida. El sentimiento dominante había sido el de tener tal agotamiento que no podía dar un paso más, pero con el tiempo había empezado a convertirse en una forma ideal de canalizar su frustración. Lo de sentir mayor control sobre su vida todavía estaba por verse.

Jana se detuvo al llegar a la puerta de su dormitorio y, en vez de entrar, puso rumbo a la cocina y ocupó sus manos en prepararse una infusión que la ayudara a dormir. Algo que, por supuesto, no engañó a su cerebro que siguió dándole vueltas a las razones de haber acudido a ver a Ronda Meyer.

Darse cuenta de que lo vivido junto a Per no era un asunto zanjado, la había tomado por sorpresa. Le seguía costando reconocer que algo no iba bien en su mente, en sus emociones, y, por lo tanto, le seguía costando reconocer que no tenía la menor idea de cómo dejar de sentir lo que sentía, de cómo evitar ese miedo cerval que, de pronto y sin venir a cuenta, se adueñaba de ella ante circunstancias que nunca habían disparado esa clase de reacciones.

Una parte de sí misma seguía negándose a admitir que necesitaba ayuda. Ayuda profesional. De hecho, la razón que la había impulsado a marcar el teléfono que había en la tarjeta que Harley le había dado hacía tiempo, tenía que ver con Declan pero no con ella. Dejarlo había sido un acto de desesperación que le había enseñado una lección durísima; por más que intentara mantenerlo a distancia, Declan seguía con ella, en su piel, en sus recuerdos, en sus deseos… Daban igual el tiempo y la distancia; lo que sentía por él jamás lo había sentido por nadie y no quería perderlo. No podía perderlo.

Se sirvió la infusión en un vaso y se sentó a la mesa de la cocina a esperar que se enfriara un poco para beberla. Su mente regresó a la consulta.

«Me pasó algo hace unos años. Creí que era agua pasada, pero… Le estoy haciendo daño a alguien que me importa mucho».

Sacudió la cabeza en un gesto cargado de ironía. Resumir como «algo» a secas los meses de pánico junto a Per y el balazo que le había descerrajado, que había estado a dos milímetros de enviarla al otro barrio, era hacer gala de una enorme capacidad de síntesis. Y referirse a Declan como alguien «que le importaba mucho» era decir una verdad a medias. Estaba enamorada de él. 

Y era la primera vez que se enamoraba de verdad de alguien.

Pero pronunciar aquel maldito puñado de palabras le había costado un triunfo y hacerlo la había dejado agotada emocionalmente. Nunca se había visto a sí misma como una víctima de la violencia machista. No se sentía parte de ese enorme y cada vez más grande colectivo de mujeres que habían padecido —e incluso, perecido— a manos, justamente, de quien les había jurado amor eterno. 

Y, sin embargo, era un hombre de su pasado y el lastre emocional que le había dejado, la causa de que ahora todo su mundo estuviera patas arriba. 

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CRS-02. VAE (Volver a empezar). Cap. 10


Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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10


Miércoles, 18 de marzo de 2015.

Boutique J & H

Soho, Londres.


Jana suspiró aliviada al ver a Thomas, uno de los empleados de Declan, dando directrices a los periodistas que se agolpaban a las puertas de su negocio. Aliviada, pero no conforme. Habría preferido que fuera Declan en persona, y no uno de sus empleados, quien estuviera allí. Habían hablado por teléfono e intercambiado un par de mensajes, pero no había vuelto a verle el pelo desde el lunes y, le gustara reconocerlo o no, ya no soportaba no verlo.

Después de saludarlo, atravesó el grupo formado por una veintena de personas entre periodistas y fotógrafos, con la misma banda sonora de fondo que había escuchado hacía dos días. La misma pregunta formulada en una docena de tonos distintos, más o menos amigables según el interlocutor, y planteada de otras tantas formas diferentes. Se alegraba enormemente por sus amigos, ¿pero no podían haber esperado a estar los dos de vuelta en Londres para destapar la exclusiva? 

Una vez dentro de la boutique, dejó sus cosas sobre el mostrador y fue directo a preparar el café. No había dormido bien por la noche y el día se presentaba bastante ajetreado. Necesitaría litros de cafeína para aguantar el tirón.

¿Por qué no había venido Declan? Seguramente por la misma razón que mantenía sus contactos con ella a cuenta gotas: para darle espacio. Lo que en terminología masculina venía a decir «como no entiendo una mierda de lo que está pasando y no quiero cagarla, mejor que me llame ella cuando quiera algo de mí».

Y la verdad era que hacía bien. No podía culparlo por intentar protegerse. Ceder a lo que sentía por él y volver a enredarse sexualmente era tan fácil… Lo más fácil del mundo. Prueba de ello eran los cuatro años que habían estado juntos. Cuatro años que se habían pasado en un suspiro…

Pero no tenía derecho a jugar con Declan. 

—Mmm… Café. Justo lo que necesito —oyó que Thomas decía.

Se dio la vuelta y lo miró brevemente. Muy rubio, fornido y cuatro años más joven que su jefe. Había que reconocer que aquella barba de dos días, tan a la moda, le quedaba bien. Pero no era tan imponente ni deseable ni querible como Declan. Ningún hombre era como él. Para ella, no. 

—Acabo de ponerlo a hacer. Tardará un poquito.

—Tengo tiempo.

Lo que quería decir que Declan le había asignado el trabajo de cuidarla, pensó Jana. Mira qué bien.

—De haber sabido que venías, habría traído algo que mojar en el café… —Y aunque se esforzó a fondo por disimular su decepción, no lo consiguió.

Thomas sonrió aprovechando que ella estaba de espaldas y no podía verlo. 

—¿Deduzco que no me esperabas a mí?

Jana agradeció que él no pudiera verla. Seguro que tendría las mejillas como las de un payaso.

—Ni a ti ni a nadie. La famosa es Harley, no yo. Por favor, no te ofendas… Te agradezco un montón que hayas hecho de muro con todos esos pesados…

Jana se las arregló para ofrecerle una sonrisa natural al pasar a su lado de regreso a la parte central de la tienda.

Thomas sacudió la cabeza y, finalmente, la siguió.

—Si no lo he entendido mal, es hoy cuando sale la exclusiva esa, ¿no?

Jana sacó su cuaderno de bocetos y su caja de lápices del bolso y se acomodó en su banqueta alta.

—La exclusiva ya no es tan exclusiva, a juzgar por la jauría de periodistas que había esperándome en la puerta el lunes… Pero sí, oficialmente es hoy. 

—¿Y creías que mi jefe te iba a dejar lidiar con esto a ti sola? —preguntó con talante divertido. Eso no se lo creía nadie.

Jana alzó la vista hacia el ex fuerzas especiales. Estaba de pie al otro lado del mostrador, con las manos en los bolsillos de sus vaqueros negros. La miraba con expresión divertida y su pregunta, en apariencia inofensiva, había sonado como si en realidad le hubiera preguntado «¿Esperas que crea que tú pensabas que mi jefe te iba a dejar lidiar con esto a ti sola?».

—No pensaba nada —mintió—. Ni me acordaba de que hoy era el día. —Otra mentira del tamaño del London Eye—. Ya te lo he dicho. La famosa es Harley… Es ella la que está pendiente de estas cosas y tiene que llevar escolta dondequiera que va, no yo… A mí todo esto se me escapa muchísimo…

—No crees eso. Qué va —repuso él, tan tranquilo. 

Sus palabras habían sonado seguras. Eran afirmaciones. No suposiciones ni, mucho menos, bromas. Además, sonreía y la miraba como si le estuviera diciendo «a mí no me engañas».

Jana carraspeó y a continuación respiró hondo.

—¿Me estoy perdiendo algo? Porque no sé a qué ha venido lo que acabas de decir.

Thomas se quedó mirándola con sumo interés. Nunca había conocido a una pareja como la de su jefe y Jana. Eran una pareja para todo el mundo, excepto para ellos mismos. Andreas y él eran los únicos que sabían que su relación, que para el resto del mundo tenía apenas un año de vida, en realidad duraba ya más de cuatro.  Quizás era por eso que les resultaba más asombroso. Era como si, ocupados pasándolo bien y creciendo profesionalmente, no se hubieran dado cuenta de lo importante que se habían convertido el uno para el otro. Importante hasta el punto de no ser capaces de estar separados. De desentenderse del otro. De pasar página. Declan lo había descubierto tras la ruptura. Jana, por lo visto, seguía ciega, sorda y muda ante esa realidad. 

—¿No lo sabes? —le preguntó, sonriendo con un punto de incredulidad—. Sí que llevas escolta, Jana. Tienes al mejor del mercado de la seguridad guardándote las espaldas desde hace más de cuatro años.

Jana debió haber reparado en la alusión a los cuatro años, ya que Declan y ella habían acordado mantener su relación en secreto, pero en una prueba más de lo tocada que estaba, lo primero que pensó fue otra cosa:

«¿Y dónde está hoy que no lo veo por ningún lado?». 

Lo pensó, pero no lo dijo en voz alta. Se limitó a hacer un gesto indefinible con la mano y regresó su atención a su cuaderno de bocetos.

Pero ni aquel gesto fue tan indefinible como Jana pensaba, ni su reacción de dedicarse a otra cosa para no hablar más del tema logró engañar a Thomas. 

En su caso, tampoco hubo más comentarios. Aunque sus razones eran de naturaleza muy diferente; Thomas prefirió dejar que Jana sufriera un poquito más.


* * * * *


Hugo soltó su mochila en el asiento de atrás del SUV y ocupó el asiento junto a Declan al tiempo que dejaba constancia de su queja.

—¿No os parece que mi padre y tú estáis exagerando un poquito con este asunto de los paparazzi? No he visto uno revoloteando cerca de mí en meses. No es para tanto.

Declan se armó de valor. Gracias al tráfico demencial londinense, tardaría dieciséis minutos en soltar «el paquete» en la puerta de la exclusiva escuela de Chelsea donde estudiaba Hugo. Dieciséis minutos que se le harían eternos. Hugo había entrado en la adolescencia a lo bestia. Digno hijo de su padre, gozaba de gran éxito entre sus compañeras de clase, pero él solo tenía ojos para una joven esbelta y grácil que estudiaba danza y, por lo que sabía, seguía haciéndose desear. 

Los planes de Hugo eran apearse en el semáforo de la escuela de danza para ver a la muchacha, planes que se habían ido al traste cuando Declan le había recordado que aquel día se publicaba la exclusiva de la boda de su padre y, por lo tanto, solo podría bajarse del SUV cuando llegaran a su destino y, por supuesto, después de que hubiera comprobado que no había prensa por los alrededores.

—Esta conversación ya la hemos tenido antes, Hugo. ¿Por qué no pruebas con una nueva? —repuso Declan.

 En cuanto las puertas del garaje de Brandon se abrieron, quedó a la vista una nube de piernas que, poco a poco, a medida que la pesada puerta metálica subía sobre sus rieles, iba descubriendo los cuerpos a los que pertenecían. El silencio se rompió de repente cuando la excitación pareció adueñarse del nutrido grupo de periodistas y reporteros que se apretujaban unos contra otros para no perderse nada.

Declan soltó un bufido seguido de un rosario de imprecaciones. 

—¿Qué decías de los paparazzi? —apuntó echándole una rápida mirada a Hugo. 

—¡Ups! —repuso él con expresión traviesa, haciendo honor a una de sus muchas cualidades.

Declan solía reaccionar bien al talante divertido de Hugo. No aquella mañana. Los dieciséis minutos acaban de convertirse en veinte porque a menos que los atropellara, tardaría tres o cuatro minutos en conseguir atravesar la masa de gente e incorporarse a la calzada, y si así estaban las cosas por allí, no estaría de más contar con una bienvenida parecida en el colegio de Hugo. En la boutique de Jana habría una igual y, aunque confiaba en Thomas, no estaba tranquilo. Nunca estaba tranquilo cuando se trataba de Jana, a menos que fuera él, personalmente, quien se encargaba de todo. Necesitaba estar allí, controlando a la prensa. Ver qué sucedía, cuántos eran, quiénes eran. De otra forma, se le iba la cabeza pensando en lo peor.

Los flashes y la lluvia de preguntas que nadie respondió, ya que los cristales tintados continuaron cerrados a cal y canto, acompañaron al SUV hasta que, finalmente, alcanzó la calzada. Entonces, Declan pisó el acelerador y se alejó calle abajo. Aparentemente, nadie los seguía.

—Ya que lo has sugerido tú, probaré con una conversación nueva —empezó a decir Hugo en cuanto percibió que Declan se relajaba lo bastante como para dejar de apretar la rueda del volante con ambas manos como si temiera perderla por el camino—. ¿Has hecho las paces con Jana? El sábado os vi bailando muy acaramelados…

Declan puso los ojos en blanco. Eso también lo había heredado de su padre, pero no era una cualidad sino una pesadez.

—Pisa el freno, chaval. Nos has visto bailando, punto. Lo del caramelo está solo en tu cabeza.

—¿No hubo caramelo? ¿Ni siquiera una pizca de azúcar? ¿Ya sabes, la mitad de la mitad de un sobrecito de esos que servían con las infusiones en el convite?

Declan volvió la cabeza para mirarlo. De pronto, Hugo no tenía casi dieciséis años, sino diez. De pronto, era otra vez el crío de las ocurrencias desternillantes que iba por la casa vestido de hombre araña de la mañana a la noche. Tuvo que reírse. Era imposible no hacerlo.

—Anda, calla, ¿quieres? Eres igualito a tu padre.

—¿A que sí? —repuso él, rebosante de orgullo.

Pero no era el niño de diez años el que había formulado la pregunta, sino el adolescente perspicaz en el que se había convertido. Y ese adolescente sabía que Declan no hablaría del tema así como así. Era más cerrado que una ostra para sus cosas. Pero a fuerza de insistir, en algún momento, diría o haría algo que le ofrecería una pista acerca de un asunto que lo tenía intrigadísimo desde que había empezado el año.

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CRS-02. VAE (Volver a empezar). Cap. 11


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11


Declan aparcó el SUV en doble fila y puso el intermitente. Se apeó, y apuró el paso hacia la boutique. Como esperaba, había una multitud de gente bloqueando la entrada de la tienda. Una multitud aún mayor de la que los había recibido a Hugo y a él en la escuela.

Maldijo para sus adentros. Jana se había asustado el lunes y eran la mitad de los que había hoy. No quería imaginar lo mal que lo estaría pasando. Malditos cabrones.

—¡Esto empieza a ser una pesadez! —bramó, a medida que se abría paso a empujones entre los periodistas—. Harley R. no está en la ciudad. B.B.Cox tampoco. ¿Qué coño hacéis, molestando a las puertas de un negocio que funciona de cara al público, si sabéis que ninguno de los dos está aquí? Y después, cuando me lio a patadas con vuestros equipos, os quejáis… ¡Debería liarme a patadas con vuestras cabezas, tíos! ¡Largaos de aquí de una puta vez!

Thomas, que estaba pendiente, abrió la puerta para dejarlo entrar. Declan se metió dentro entre gritos de «¡eh, no empujes!», y «¡como toques mi cámara, te denuncio!», y echó el cerrojo.

—En el estudio de B.B.Cox está peor —le informó Thomas—. No es un consuelo, pero…

Declan barrió la parte principal de la tienda con la mirada. Tara estaba atendiendo a una clienta y lo saludó con la mano. Él respondió con un guiño. y siguió buscando lo que le interesaba, pero no lo encontró.

—¿Jana? —le preguntó a su hombre.

—En el almacén, acomodando un pedido. Lleva un buen rato ahí.

Declan suspiró aliviado para sus adentros. Por fuera, solo se limitó a asentir con la cabeza.

—¿Está bien?

—Muy agobiada. Bastante más que el lunes.

—Vale —dijo, entregándole las llaves del SUV—, apárcalo bien. Está en la esquina, en doble fila. Después, llama a Debbie.

—Hecho —respondió Thomas.

Declan esperó a que su hombre saliera para volver a echar el cerrojo y, a continuación, se dirigió al fondo del local, donde estaba el almacén.

Si, normalmente, se moría por ver a Jana, hoy la ansiedad lo estaba volviendo rematadamente loco.


* * *


Jana estaba renegando con una caja. La pila era muy alta y no llegaba a cogerla bien. Como le había quitado el precinto, temía acabar con el contenido desparramado en el suelo. ¿Y por qué era tan alta la bendita pila? Porque el almacén se les había quedado pequeño hacía meses, y era imperativo abrirlas y darle salida al contenido. Si pertenecían a un encargo, entregarlo. Y si era material para la tienda, distribuirlo debidamente en las estanterías y sitios al efecto. Pero, entre el bajón anímico y el cerro de trabajo atrasado que tenía, no había tenido tiempo de ocuparse debidamente del tema. Y sus empleadas, aunque le echaban una mano cada vez que podían, apenas daban abasto con la atención al público. 

—¿Me permites? —oyó que Declan le decía. Él estaba tan cerca que podía oler su perfume. O, quizás, no lo estaba tanto y era ella, que al menor signo de su presencia, dejaba de pensar racionalmente para convertirse en esta quinceañera, con los sentidos totalmente alerta y las hormonas rugiendo como si no hubiera un mañana.

—Ancianito… Qué sorpresa —dijo, recuperándose en tiempo récord—. Claro, es toda tuya. —Se apartó para dejarle espacio. En realidad, lo hizo porque ese aroma marino, intenso y exquisito, la estaba dejando grogui. Sensualmente, grogui.

Él cogió la caja y la depositó sobre la mesa donde Jana solía vaciarlas y distribuir el contenido en pequeñas pilas, antes de llevarlas a su destino final, mientras pasaba sus palabras por su filtro descodificador. «Ancianito» era lo que decía siempre que quería bromear o sonar casual. Pero con una masa de periodistas bloqueando la puerta de su negocio, dudaba mucho que estuviera de humor para bromear. De hecho, sabía a ciencia cierta que esa circunstancia no le hacía ni maldita gracia. Así que, por descarte, quería que su frase sonara casual. Pero, hete aquí, que lo siguiente había sido un «qué sorpresa». «Sorpresa», como si llevara tiempo sin verlo… O, como si no hubiera contado con que él se presentaría allí aquella mañana. Ninguna de las dos era cierta, así que… Declan sonrió para sí, cuando una tercera opción apareció en su mente: o como si no le hubiera gustado un pelo que él no se hubiera dejado ver el día anterior y, en vez de decírselo abiertamente o, mejor aún, tomar la iniciativa de ir a verlo a su casa o a la empresa, algo que sabía que a él le habría encantado, lo que hacía era dejárselo caer al estilo Jana, casualmente.

—¿Te sorprende verme? 

Ella comprendió al instante que no había estado muy lúcida al darle esa respuesta. Lo cual no era de extrañar, teniendo en cuenta que olerlo la había dejado grogui.

—Bueno, está Thomas. Pensé que venía en tu lugar.

Declan se recostó contra la alta balda metálica que cubría la pared de la derecha, de un extremo al otro, y se puso las manos en los bolsillos.

—Acaba de irse y no vino en mi lugar. ¿Sabes por qué? 

Jana sacudió la cabeza. Esperó uno de sus pegotes de vanidad que, en efecto, no tardó en llegar.

—Porque soy insustituible.

Claro, cómo no. ¿Qué otra cosa iba a decir el señor Keegan?

—Vale —repuso Jana mostrando sus manos en un gesto de «no te voy a seguir el juego»—. En ese caso, retiro lo dicho… ¿Café?

—Sí, gracias… Y Jana… —ella se volvió a mirarlo—. Vivo donde siempre y trabajo donde siempre. 

—¿Me estás pidiendo que vaya a verte? 

Declan respondió al asombro cargado de ironía con una ironía equivalente.

—Nooo… Válgame, Dios. 

—¿Desde cuándo te has vuelto tan devoto?

Ambos rieron y ambos tuvieron claro que era una forma de aligerar la tensión de una conversación, que era mucho más seria de lo que parecía. 

—Desde nunca. Es guasa, Jana. Solo digo que, si te apetece pasar un rato conmigo… Ya sabes dónde encontrarme.

Jana cogió la jarra de la cafetera, intentando ignorar lo que sentía. A saber, una auténtica revolución de mariposas que habían tomado su estómago por asalto.

—¿Y tú crees que si me presento, así de sopetón y sin avisar, no provocaré alguna… —Sus miradas se encontraron cuando Jana le entregó su taza— situación incómoda?

A los dos los recorrió una intensa corriente de energía. Y los dos intentaron disimularla lo mejor que pudieron, que no fue mucho.

—¿Quieres decir incómodas, como las que yo provoco cada vez que vengo y me encuentro a la zanahoria andante, tirándote los tejos? Y cuando digo zanahoria andante, puedo decir perfectamente Sasha, o Ewan, o como coño se llame el chef español. Cualquiera de tus muchos admiradores. 

La respuesta de Jana fue inusitadamente dura y sincera. Y se arrepintió de ella un minuto después, cuando ya no podía retirarla.

—No es lo mismo. ¿Sabes por qué? Porque yo no me he acostado con ellos.

Declan respiró hondo. Una cosa era rendirse incondicionalmente para no perderla, y otra, muy distinta, aceptar toda la responsabilidad de una ruptura de la que no era responsable.

—No me habría acostado con ellas, si no me hubieras dejado por las buenas. Fue un error muy gordo por el que seguiré pidiéndote perdón hasta el final de mis días, pero la verdad es la que es. Tú eras todo lo que me importaba. Eres todo lo que me importa.  

Jana asintió con la cabeza, sintiéndose culpable. Muy culpable. 

—Tendrás que tenerme un poco de paciencia… Un poco más —ironizó—. No sé si sabría hacer frente a una de esas situaciones incómodas en estos momentos… Pero sí sé que me hace bien sentir que estés pendiente de mí… Y no tengo ningún derecho, pero… —exhaló un suspiro, derrotada. Maldito círculo vicioso.

Declan estiró una mano para acariciarla. Fue instintivo. Pero su cerebro reaccionó a tiempo, y la retrajo. Volvió a ponerla a buen recaudo, en su bolsillo. 

—Intentaba no atosigarte. Nada más. Pero si me das luz verde para estar pendiente de ti todo el rato… Es todo lo que quiero hacer… Bueno —se rio de sí mismo—, no es todo lo que quiero hacer contigo, pero ya me entiendes.

Para Jana, las palabras de Declan fueron casi tan buenas como la caricia de esa mano que a punto había estado de rozar su piel. 

—Tienes luz verde. —Para atosigarme, para quererme, para hacerme sentir la reina del mundo, que es como siempre me he sentido cuando estamos juntos.

—Luego, no te quejes, si me paso el día pegado a tu sombra, ¿eh? 

Declan había optado por bromear porque, al oírla, sus rodillas se habían convertido en gelatina y eso no era ninguna tontería, tratándose de él. Solo ella podía hacerlo sentir así de intensamente, así de necesitado. Así de loco por besarla y abrazarla y hacerle el amor hasta que los dos quedaran sin aliento.

¿Quejarme? No sabes lo que dices, Declan. 

Y como no acabaran con esa conversación tan intensa y tan a solas, ya mismo…

Jana le dedicó una sonrisa conciliadora y se encaminó hacia la puerta, decidida a largarse de allí cuanto antes.

—Tranquilo, Dec. No me quejaré.

Declan la siguió con la mirada hasta que desapareció y recién entonces apretó los puños en un signo de victoria.

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CRS-02. VAE (Volver a empezar). Cap. 12


Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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12


Sábado, 21 de marzo de 2015.

Keegan Security,

Zona de Clerkenwell, Islington,

Londres.


Después de dejar a Hugo en su clase avanzada de dibujo, Declan regresó a la empresa a echarle una mano a su nueva asistente con el trabajo. La muchacha iba bien, era espabilada, le ponía mucha voluntad, y aprendía con rapidez. La idea era pasar con ella un par de horas para ver cómo se las arreglaba con el trabajo, y en los ratos tranquilos ponerla al día con la parte administrativa, que era lo que él más detestaba y estaba deseoso de quitarse de encima cuanto antes. Después de eso, iría a recoger a Hugo y lo llevaría con sus abuelos, con quienes había aceptado ir a comer. Con suerte, podría pasar dos o tres horas con Jana, antes de ponerse a los mandos del jet privado para ir a recoger a Brandon y a Harley de su luna de miel, y traerlos a casa.  Después de eso, no tenía ni la menor idea de cómo se desarrollaría el resto de su jornada. Dependía en gran medida de lo que deseara hacer Brandon. Su móvil continuaba en plan «cerrado por boda» y, según le había contado Jana, el de Harley también, de modo que, habría que esperar a que ambos regresaran al mundo real para averiguarlo. 

Aparcó el SUV en la plaza reservada que había frente a su edificio, y se apeó. Cerró con el mando a distancia y, como hacía a diario la última semana, realizó un barrido visual de la zona en busca de presencias no gratas. Nadie a la vista. Después de comprobar que todo estaba en orden, introdujo la llave en la cerradura de su puerta y entró en el edificio.

Al llegar, encontró a Andreas a punto de marcharse.

—¿Qué toca hoy? —le preguntó Declan con la guasa en la punta de la lengua. Su nueva cliente era la hija de un diplomático libanés estudiante de Erasmus, con una agenda demencial de actividades extra universitarias, que tenía a Andreas de una punta a la otra de la ciudad todos los días.

—Hoy nos vamos de tiendas —repuso el inglés con ascendencia alemana, poniendo voz de chica. 

Moreno, con un bigote que resaltaba aún más la masculinidad de un tipo de por sí muy fornido y masculino, aquel tono femenino fue una nota tan discordante, que hizo sonreír a Declan.

—No te quejes, que a ti eso te divierte.

—No me quejo. Ojalá todo se redujera a hacerle de chófer a una cría con mucho dinero…

Declan sabía a lo que se refería. El primer trabajo de Andreas, tras dejar las Fuerzas Especiales, había sido como guardaespaldas de un empresario cuya empresa inmobiliaria no era más que la tapadera de unos negocios oscuros con gente indeseable. Solo había estado dos meses a su servicio, pero, en palabras de Andreas, había sido una pesadilla. Los clientes de Declan no solían entrañar esa clase de peligros, pero eran trabajos de seguridad y eso siempre implicaba cierto grado de riesgo.

—Por cierto —dijo Andreas cuando su jefe ya se dirigía a su despacho. Declan se detuvo y se volvió a mirarlo—. No estoy seguro, pero me parece que Debbie acaba de tener una conversación un tanto rara con alguien… Iba a verificarlo ahora, pero ya que has venido, mejor hazlo tú. 

—¿Rara?

—Sí, no sé… Me pareció que estaba como… tensa, muy seria. No era su forma habitual de hablar por teléfono.

—¿Tiene una forma habitual de hablar por teléfono? —preguntó Declan. A pesar del tono burlón, el asunto había logrado captar toda su atención.

—La de empleada nueva en su trabajo. En plan, «buenos días, soy Debbie. ¿En qué puedo ayudarlo?» —dijo, imitando la voz de una mujer amable y muy servicial—. Tranquilo, dentro de un mes, lo habitual será otra cosa.

Declan sacudió la cabeza.

—Vale. Si dices que dentro de un mes la cosa volverá a la normalidad, entonces me quedo tranquilo. No creo que los clientes sobrevivieran a tanta amabilidad —se rio. Y con razón, ya que ni él ni sus hombres, que eran quienes se habían ocupado de todas las tareas hasta hacía quince días, se caracterizaban por sus dotes de telefonistas.

Andreas se rio de buena gana. Le dio una palmada en el hombro, y se marchó. Declan decidió cambiar de rumbo, y se dirigió hacia el piso de enfrente, donde estaba la recepción. 

La muchacha que formaba parte de Keegan Security desde hacía dos semanas lo saludó con un gesto de la mano. Estaba hablando por teléfono, de modo que Declan apartó una de las sillas destinadas a las visitas que había frente a su escritorio, y se sentó.

Debbie, en realidad Deborah Holt, era una estudiante de leyes en su último curso. Asistía a clases vespertinas porque necesitaba trabajar. Su padre había muerto a principios de año, de una larga enfermedad, dejando a su esposa y a sus dos hijas en una situación delicada. Debbie era la mayor, su hermana aún estaba en el instituto, y ambas se habían visto obligadas a buscar un trabajo que no interfiriera con los estudios, pero les permitiera llevar dinero a casa.

Tenía 23 años, era alta y de silueta atlética, ya que hasta que la enfermedad de su padre le había obligado a guardar cama, hacía dos años, había formado parte del equipo nacional de atletismo. Con su frondosa cabellera rubia y sus chispeantes ojos azules, era lo que solía denominarse una chica guapa, pero a Declan lo que le había interesado de ella desde el primer momento eran sus maneras desenvueltas. No tenía experiencia previa en el sector de la seguridad, pero era muy espabilada y eso era justo lo que él estaba buscando; alguien con ganas de aprender, que le pusiera imaginación y mucha desenvoltura al trabajo del día a día.

—Ya estoy con usted, señor Keegan. Estaba…

—Ya te he dicho que, si no hay clientes a la vista, puedes llamarme por mi nombre…

La muchacha sonrió algo incómoda.

—Sí, disculpa, es la costumbre. En mi antiguo trabajo, había más caciques que indios y, como se te ocurriera saltarte las formalidades… —dijo, refiriéndose al bufete de abogados donde había trabajado a tiempo parcial los últimos tres meses.

—Disculpada. ¿Qué novedades hay?

—La mujer con la que estaba hablando ha pedido que la llames para concertar una entrevista. Dirige una empresa de organización de eventos y, durante el verano, se ocuparán de una serie de actividades para Marika Ryan —asintió risueña al ver que Declan emitía un silbido aprobatorio. Marika Ryan era considerada el equivalente europeo de Oprah Winfrey—. Está buscando especialistas en seguridad y le han dicho que tú eres el mejor.

Declan asintió satisfecho. Tomó el recado telefónico con el nombre y el número al que debía llamar. Era el tipo de trabajo que le interesaba: cosas puntuales con un gran despliegue, que requerían gente especializada. Eso le permitía darle trabajo a antiguos colegas, buenos profesionales a los que no podía contratar de manera permanente, al tiempo que ingresaba una buena pasta a las arcas de Keegan Security, y continuaba cimentando su prestigio de «ser el mejor del mercado».

—La llamaré. ¿Algo más?

La muchacha asintió con la cabeza, pero Declan notó que su sonrisa se había esfumado. En su lugar, había ahora un gesto tenso. Ella cogió unos recados de su mesa y se los entregó.

—Dijo que se llama Samantha, pero creo que mentía. No sé… Tuvo que pensárselo cuando se lo pregunté, y si fuera su nombre real no habría necesitado hacerlo. Preguntaba por ti, le dije que no estabas y, como siempre, me ofrecí a ayudarla. Colgó sin más. Volvió a llamar un buen rato después. No dijo quién era, pero reconocí su voz. Le volví a decir lo mismo y me preguntó si le sucedía algo a tu móvil, ya que te había llamado varias veces y no conseguía dar contigo. Insistí en que me dijera qué quería y volvió a cortar sin más. Y hace un rato, tocaron el timbre de la calle. Se identificó como Tiffany, pero era la misma voz de la que había estado llamando por teléfono. Me pidió entrar para esperarte. Le dije que no, que no estaba previsto que pasaras por aquí por la mañana, y se molestó. Me dijo que se quejaría a ti. Según ella, esa no era forma de tratar a una amiga. 

Declan agradeció a sus años de entrenamiento esa capacidad de seguir mostrando cara de póker, a pesar de que se habían disparado todas sus alarmas y la preocupación reinaba a placer.

—Has hecho bien. No es nadie… Nadie importante, quiero decir. —Al ver la mirada socarrona de su nueva asistente, se sintió obligado a hacer alguna aclaración. Después de todo, sería ella quien tendría que lidiar con Tiffany—. Solo una mujer que no sabe aceptar un no por respuesta. Hablaré con ella —y pensaba hacerlo de inmediato, por lo que se puso de pie—. Otra vez.

—¡Suerte! —le deseó Debbie y añadió con picardía—. Si me permites decirlo, ya empezaba a resultarme de lo más raro, que solo hubiera llamadas de clientes. En mi anterior trabajo, vivía atendiendo llamadas personales. Eran tres abogados solteros y jóvenes, así que, imagínate…

Declan se volvió a mirarla.

—A ver, si tengo que pedirte que vuelvas a llamarme señor Keegan…

La oyó reír y enlazar sus manos en una gráfica petición de disculpas por su atrevimiento.

Declan reanudó el camino de su despacho, pensando que aquella broma de última hora le había venido bien para rebajar su nivel de cabreo antes de volver a ponerse serio con una tipa que, por lo visto, había decidido pasar de sus advertencias, y seguir molestándolo.


* * *


Declan se sentó a su mesa, seleccionó una llave pequeña de su llavero y la introdujo en la cerradura del cajón inferior de su escritorio. Allí, junto a una de sus armas, su correspondiente cartuchera y sus credenciales de personal de seguridad, guardaba un segundo móvil. El que durante años había sido su móvil para «asuntos extraoficiales». Había vuelto a la vida durante apenas un mes y medio, tras su ruptura con Jana y, desde el martes, cuando había zanjado las cuestiones pendientes, no había vuelto a salir de ese cajón. Lo activó y lo que vio espoleó su cabreo. También lo puso nervioso. Había una docena de llamadas y mensajes de Tiffany P. Pero también de otras. Un mensaje de Natasha A., la azafata. En apariencia, se disculpaba por haberse olvidado (por segunda vez) que él se había retirado del mercado de las citas. Y dos llamadas perdidas de Susana S., a quien también recordaba perfectamente haberle informado que no volvería a quedar con ella.

Una sensación de intensa frustración llenó su cuerpo. En otras épocas, ver tanto interés por él le habría encantado. Lo habría reafirmado en su masculinidad. Pero de eso, hacía años. Literalmente. Ahora, lo que experimentaba no era grato. Y más allá de sentirse perseguido, la sensación dominante era preocupación. No podía permitirse que nada de esto llegara a conocimiento de Jana. ¿Pero cómo iba a evitarlo, si Tiffany no dejaba de incordiar?

El móvil casi no tenía batería, de modo que lo enchufó y lo dejó cargando unos minutos antes de seleccionar su nombre de la lista de contactos.

—Vaya, hombre, esto sí que es una sorpresa… —oyó que ella le decía.

—Pues ya somos dos los sorprendidos porque pensaba que te había dejado claro que me dejaras en paz. ¿No hablamos el mismo idioma o es que estás sorda? —le espetó. Y no le dio tiempo a responder—. Deja de tocarme las pelotas o te vas a buscar un problema de los gordos. ¿Estamos? 

Pero entonces algo lo distrajo de la llamada. Algo que sucedía en el otro piso. La voz de Debbie le llegaba en ráfagas. A veces la oía, a veces, no. Pero no era difícil deducir que, cuando la oía, era porque había abandonado su tono amable habitual. De otra forma, solo le llegaría un rumor ininteligible. ¿Con quién estaba hablando? No podía ser Tiffany, ya que él la tenía al teléfono.

Declan puso su llamada en espera y fue hacia la recepción. Justo cuando llegaba, oyó una voz que reconoció al instante: 

«¿Está Declan o no? Soy Jana, es mi nombre. ¿Por qué iba a inventármelo?».

Declan reaccionó al instante. Se abalanzó sobre el escritorio.

—Sí, que estoy. Disculpa, pasa, por favor —y pulsó la tecla que abría la puerta ante el asombro de su asistente.

—Luego, te lo explico —le dijo a Debbie, antes de ir al encuentro de Jana.

La emoción de que ella hubiera vuelto a las viejas costumbres de cuando todavía estaban juntos, se mezcló con la desazón de cómo le explicaría el malentendido que había tenido con Debbie…

Joder. Además, había puesto a Tiffany en espera.

Mieda, mierda, mierda.

Declan se colgó su mejor sonrisa. Se detuvo en el rellano que había al final del pequeño pasillo, y apoyó el hombro contra la pared. Y pasó los siguientes instantes disfrutando de las vistas.

Hoy vestía de verde y crema. Un jersey ligero, probablemente de algodón, muy ceñido, de manga larga y cuello redondo, que apenas le cubría el estómago justo hasta donde empezaban sus pantalones de fajina de color crema, que se sujetaban a su cintura con un grueso cinturón negro tejido. Del mismo color de las botas, cargadas de hebillas y con una plataforma altísima. Su largo cabello, donde abundaba el rojo, el negro y los destellos caoba, caía suelto y algo desordenado hasta los hombros, donde se enlazaba en una trenza, que llevaba sobre su hombro izquierdo y que llegaba bien hasta por debajo de su pecho. Un bolso negro, diseño suyo, en bandolera, completaba su atuendo. 

Decir que estaba preciosa era quedarse muy corto. Iba cubierta del cuello a los tobillos, nunca mejor dicho. Era muy poca la piel que Jana se permitía exponer, y sus ceñidos eran agradablemente sugerentes, pero no provocativos. Aún así, ella siempre le ponía. Seguía encontrando sorprendente lo mucho que se estimulaba sexualmente con solo mirarla. 

Jana también disfrutó de las vistas. El negro le favorecía, era mucho menos aburrido que los grises o los petróleos que solía vestir por su profesión, y llevaba el pelo un poco más largo de lo habitual. Su barba perfecta, como siempre. Esa barba que le hacía pasar tan buenos ratos cuando estaban en la cama, pensó envuelta en un suspiro mental. Todo él era un deleite para los sentidos. «Estás como un tren», pensó y esta vez el suspiro estuvo a punto de dejar de ser solo mental. 

De hecho, disfrutaba tanto de las vistas, que al llegar junto a él y tenderle su vaso del Starbucks, casi se había olvidado de la extraña conversación que había sostenido con una desconocida a través del telefonillo de Declan.

Casi.

—¿Quién atendió el portero?

—Se llama Debbie y es la nueva incorporación de Keegan Security. Empezó hace un par de semanas. Es la recepcionista, telefonista y la que está salvándome de la locura, metiéndole mano a mis caóticos archivos. Ven, que te la presento.

Jana lo siguió hacia el piso de la izquierda, que hacía las veces de recepción y sala de reuniones de la empresa, con bastante curiosidad. Por un instante, pensó que le resultaba extraño no estar al día de las cosas de Declan. ¿La nueva empleada había empezado a trabajar con él hacía quince días, y ella no sabía nada? De hecho, de no haberse presentado allí aquella mañana, seguiría sin saber nada. ¿Cuánto habría pasado hasta que él se lo comentara o el tema saliera por casualidad en una conversación? Exhaló un suspiro y se recordó que no tenía derecho a sentir lo que sentía. Declan no tenía ninguna obligación de hablarle de sus asuntos. De hecho, insistió en recordarse, hasta el día de la boda en Escocia, ella no le había dado pie a nada. Apenas si le dirigía la palabra.

La mujer que había al otro lado del escritorio era guapa, joven —no podía tener más de veinticinco y eso, siendo muy generosa—, y altísima. A su lado, se sentía una pigmea.

¿Y por qué la estaba mirando como si hubiera visto una aparición? ¿Sería por las gafas? Pues, no pensaba quitárselas. 

Declan también lo notó. Le preguntó a Debbie qué sucedía.

—Perdón —se disculpó ella—. Es que…

¿Qué le pasaba a esa criatura?, pensó Declan con impaciencia. Ya había cubierto su cuota de rarezas aquella mañana.

—Es que, ¿qué? —insistió él—. Ella es Jana. Y esta chica que tartamudea y te mira como si tuvieras cinco piernas es la nueva incorporación que te comentaba. Se llama Debbie y seguro que cuando se recupere te lo dirá ella misma.

Jana hizo un ligero movimiento con la cabeza.

—Hola, Debbie. —Dio un sorbo a su café Mocha porque no sabía qué más decir. La mujer no dejaba de mirarla.

La joven al fin pareció recuperarse.

—Perdón, otra vez. Sé quién es, la conozco —aseguró, ante la sorpresa de ambos—. Tiene una boutique en el Soho. La vi en un reportaje, que salió hace un tiempo en una revista dedicada al mundo de los tatuadores… Es que a mi hermana le chiflan los tatuajes… Y déjeme decirle que esa foto no le hace ninguna justicia. Es usted… Guapísima.

Más que guapísima; una pasada de mujer, pensó Declan. ¿Pero a santo de qué oía esas palabras en boca de otro ser humano del sexo femenino? Más concretamente, en boca de su asistente. ¿Acaso le iban las mujeres? Si era así, que constara en acta que tenía un montón de ironía que la única mujer de una empresa compuesta al 99 % por hombres, prefiriera a las de su mismo sexo. Y más concretamente, se pirrara por la misma por la que él estaba colado hasta los huesos. 

De primeras, Jana pensó algo semejante, pero su tendencia natural a no juzgar a la gente por la primera impresión que recibía de ella, le llevó a recordarse que no todas las mujeres miraban con recelo a sus compañeras de especie. Había conocido a algunas que no tenían ningún reparo en reconocer en voz alta las cualidades de sus semejantes, incluso si dichos semejantes eran de su mismo sexo. Quizás, Debbie fuera de esa clase de mujeres… La insistencia de su mirada, sin embargo, empezaba a darle que pensar. Demasiada insistencia para tratarse de un cumplido a secas. ¿Debía consolarse de que, al menos, su secretaria no intentaría meterle mano a él después de «haberle metido mano a sus archivos»?

Pensándolo bien, sí que era un consuelo, se dijo con malicia.

—Gracias, pero… La guapa de la boutique es mi socia —repuso. 

—Discrepo —intervino Declan—, pero vamos a mi despacho. —Antes de que mi secretaria se ponga a babear.

Una vez allí, Declan cerró la puerta.

—Lo siento. No sabía que…

—Normal, la gente no suele hablar de sus preferencias sexuales cuando va a una entrevista de trabajo, a menos que sea inevitable. 

—Ya, pero fue un pelín incómodo…

—¿Un pelín nada más? —se rio Jana.

Entonces, notó el móvil que había sobre la mesa. Estaba enchufado a la red eléctrica. Lo reconoció, aunque debía admitir que hacía mucho tiempo que lo había perdido de vista.

Declan se percató de la mirada de Jana. Fue hacia el escritorio. Apagó el móvil, lo desconectó de la red y volvió a guardarlo donde estaba antes. 

—¿Vas a decirme qué sucede? —dijo Jana. Apartó la silla del escritorio y tomó asiento. Lo miró por encima del vaso del Starbucks del que acababa de beber un sorbo.

—Hoy puede suceder cualquier cosa. Desde que gane la lotería hasta que haya un terremoto de nivel siete —dijo él divertido, dejándose caer sobre su silla giratoria, al otro lado del escritorio.

—¿Y eso?

—Estás aquí. Por propia voluntad y sin que mediara invitación —o coacción— por mi parte. —Su sonrisa se agrandó—. Me gusta que hayas venido, Jana.

—Ya. Pero no esperaba encontrarme con un interrogatorio para poder entrar… Lo que me lleva a pensar que, antes que yo, había otra persona pidiendo verte con mucha insistencia. ¿Es así o son imaginaciones mías?

Declan consideró sus opciones. Habían acordado sinceridad absoluta, pero… ¿Estaban las cosas entre ellos lo bastante bien para hablarle de Tiffany? La tipa estaba insistiendo. No llegaba a ser acoso en toda regla, pero, quizás, fuera necesario tomar cartas en el asunto seriamente. Si eso sucedía, el tema pasaría a mayores y Jana se enteraría. Pero si no sucedía, si conseguía convencer a Tiffany de que no hallaría nada bueno, si seguía erre que erre, todo quedaría en el olvido y no sería necesario hablarle a Jana de ella. 

Respiró hondo y tomó una decisión.

—No son imaginaciones tuyas. Pero no te preocupes, lo resolveré.

Jana leyó entre líneas. El viejo móvil de las citas, cargándose, y una mujer que debía traer a Debbie lo bastante de cabeza, como para que la hubiera hecho pasar a ella por un interrogatorio. No pudo evitar preguntarse quién sería. ¿Alguna de las que ella había visto con él? Tampoco pudo evitar sentirse celosa. Era una estupidez. Una estupidez a la que no tenía derecho.

—Creí que habías acabado con eso.

—Y lo hice. Para que te quede claro, lo hice antes de que volviéramos a hablar en el banquete de boda. Eres tú a quien quiero en mi vida. No tenía sentido seguir mareando la perdiz. Y como te he dicho muchas veces, empezar a marearla fue un error gordísimo por mi parte.

—Ya. Pero, mira por dónde, hay quien insiste. —Lo miró interesada—. ¿O son varias?

Declan podía sentir la intensidad de la mirada femenina sobre él. Una mezcla de desaprobación y rabia. ¿O eran celos? Podía sentirla, a pesar de sus eternas gafas negras. Y tanto como prefería vérselas con las emociones de Jana a vérselas con su indiferencia, esta vez, habría preferido algo distinto; que ella no hubiera formulado esa pregunta, enfrentándolo a una nueva decisión. Era una mujer la que ignoraba abiertamente su petición, pero al activar su móvil hacía un rato… Había más. Fueran olvidos o lances, eran más las que insistían.

—Es una. Digamos que riza el rizo en pesadez.

Jana respiró hondo. Bebió un último sorbo de su café y dejó el vaso sobre el escritorio. Notó que el de Declan estaba intacto. No le extrañó. Se le habrían quitado las ganas de todo, estaba claro.

—Supongo que tengo que agradecerte la sinceridad… —concedió tras unos instantes rumiando su desencanto.

—Pero… —repuso él, instándola a que acabara la frase. Sabía que había más. Y necesitaba oírlo. 

Pero nada. Era tan simple como que los celos la estaban mortificando. Con más motivos, ya que era muy consciente de que nada de aquello estaría sucediendo, si ella no hubiera huido de la relación que mantenían, presa de un ataque de pánico.

—Me encantaría poder ser yo quien lo resolviera —se limitó a decir, a falta de una explicación mejor—. Lo haría con un montón de gusto. 

Para Declan fue más que suficiente. Era lo más cerca que estaría de que Jana reconociera abiertamente sus celos. 

—Si dices que te produciría tanto placer, igual podemos hacer un trato… —dejó caer, su tono seductor en ristre. 

Por supuesto, bromeaba. Buscaba desesperadamente la forma de devolver la conversación a la de dos personas que intentaban arreglar las cosas, y volver a estar juntos.

Y consiguió lo que se proponía. Aquella sonrisa maliciosa, que lucía en el rostro femenino le hizo cosquillas en el estómago.

—Igual te digo que sí... —repuso Jana. 

También bromeaba… ¿O no?


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©️2024. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
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CRS-02. VAE (Volver a empezar). Cap. 13


Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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13


Sábado, 21 de marzo de 2015.

Piso de Jana de Veen,

Covent Garden, Londres.


Jana regresó al salón con una bandeja con café y unos tentempiés para Gayle Middleton y para ella. No era la primera vez que quedaba con la ex cuñada de Brandon, pero en aquella ocasión su visita había sido un tanto inesperada. Como mínimo, no anunciada, lo que tratándose de alguien tan protocolaria como la elegante treintañera de muy buena familia que la miraba con una sonrisa desde el sofá, era decir muchísimo.

En realidad, que Gayle la hubiera encontrado en la boutique aquella tarde noche había sido una casualidad. Se había olvidado su cuaderno de diseño y había vuelto a recogerlo. A pesar de haber usado el trabajo como excusa, a ver si podía librarse de acudir con Harley al baile de disfraces en aquel castillo escocés, la verdad era que desde hacía un mes, solía tomarse las tardes sabatinas libres. Lo había empezado a hacer por necesidad, no por gusto. Se encontraba tan mal anímicamente, que hacía lo que fuera con tal de sentirse mejor. Había leído en una de esas revistas para mujeres a las que jamás les había prestado atención, que introducir cambios en la rutina sentaba de maravilla en épocas de mucho estrés, y se había dicho por qué no. De ahí, a cambiar el estilo completo del salón, solo la habían separado dos tardes y dos mil quinientas libras esterlinas. ¿Y luego, qué? Dado que no podía estar ociosa, paseaba, hacía deporte, visitaba alguna exposición de las muchas que Londres ofrecía a base constante. Últimamente, también acudía a clase de defensa personal si necesitaba recuperar alguna clase que hubiera perdido durante la semana o, como tenía previsto aquel día, a la terapia de grupo conducida por su nueva psicóloga. El posible plan para cenar de aquella noche en casa de Brandon también se había torcido; el mal tiempo en la región le había impedido a Declan despegar a su hora. De hecho, los tres —Brandon, Harley y Declan— seguían a la espera de que la tormenta amainara. Él le había enviado un mensaje, avisándole de que, probablemente, pospondrían el regreso a Londres para el día siguiente. También le decía que cuando estuviera tranquilo —lo que Jana interpretaba como «a solas»—, la llamaría por teléfono. Aún no lo había hecho.

—¿Tanto hacía que no venía a visitarte? Si no recuerdo mal, estuve aquí el mes pasado… —comentó Gayle, mirando a su alrededor con expresión aprobatoria—. Ha quedado precioso, este estilo bohemio es mucho más bonito que el de antes, y eso que el estilo hippie me encantaba… ¡Qué mano tienes para estas cosas!

Jana agradeció el cumplido con un ligero movimiento de la cabeza. A ella también le gustaba mucho su nuevo salón. El papel pintado de ocre y blanco, así como el color tiza del sofá y del acolchado del sillón de mimbre, dotaban al ambiente de un aire relajado. Contrastaba a las mil maravillas con los múltiples cojines del sofá, que eran de distintas formas, tamaños y colores —todos vivos y la mayoría chillones—, y los textiles diversos, que decoraban las distintas superficies, ya fueran mantas, manteles decorativos o servilletas. La mesa ratona era de mimbre, mostraba patrones circulares del mismo material en el tronco principal, y la superficie era de madera pintada en tonos marmolados. Estaba en el centro, equidistante del sofá y del sillón, y sobre una alfombra cuadrada de yute. Además, había sustituido la antigua cortina de cuentas, que separaba el salón de la cocina, por otra estampada en gris que, a diferencia de la anterior, mantenía recogida a cada lado de la pared por sendas sujeciones del mismo tejido dispuesto en forma de trenza. Y lo que más le gustaba de todo, era que ahora podía mirar a su alrededor sin temor a que la asaltara algún recuerdo pasado, de esos que tanto echaba de menos. Declan no había estado en su flamante y precioso salón. De hecho, aún no sabía que ella lo había remozado. 

—Recuerdas bien. Fue cosa de un momento. Me dije que por qué no renovar las vistas, y aquí lo tienes: vistas totalmente renovadas y dos mil quinientas libras menos en mi bolsillo. —Sonrió—. Pudo ser mucho peor. 

Gayle intuía que debían haber habido más razones que el mero capricho. Jana, como la mayoría de los artistas que conocía, adoraba el cambio. Cambiaba frecuentemente su peinado, el color de su pelo, el estilo de maquillaje… Incluso, el estilo de vestirse que seguía siendo grunge, pero con matices distintos, a veces más metaleros, otras más funky. Sin embargo, tenía la sensación de que este cambio en cuestión estaba más relacionado con su vida sentimental. A ella también le había sucedido. 

—Son dos mil quinientas libras muy bien empleadas, Jana. Es increíble cuánto motiva renovar las cosas de casa… Es como cambiar de aires, ¿no? 

—Ya lo creo —reconoció—. ¿Seguro que no quieres quedarte a cenar? Puedo preparar algo rico en menos de media hora. Y así, nos hacemos compañía —ofreció, al tiempo que servía su taza de café.

—¿Y hacerte trabajar en tu tarde libre? No, en todo caso, luego, te invito a cenar… Todavía es pronto. Gracias —repuso, tomando la taza de manos de Jana.

Después de servirse uno para ella, Jana se acomodó en su sillón redondo de mimbre, frente a Gayle. Esta llevaba el cabello recogido en un moño despeluchado que la favorecía mucho, y estaba elegantísima con aquel vestido midi recto color añil, sin mangas y de cuello redondo que acompañaba de una chaquetilla de transparencias, estampada en distintos tonos de azul. Estaba hecha de un tejido muy ligero, probablemente, de seda. Los complementos escogidos eran un colgante de madera en el que habían engarzado una aguamarina de forma ovalada, unos pendientes de broche con pequeñas aguamarinas formando un patrón circular, y tres pulseras de madera de distinto grosor en las muñecas. Los zapatos eran azul añil, a juego con sus prendas, por supuesto. Le recordaba mucho a Fay, la madre de Brandon. Siempre impecable, siempre perfecta. 

A pesar de ser dos años mayor que ella misma, aparentaba cinco menos. O, quizás se debiera a que tenía la sensación de haber envejecido diez años en los casi tres meses transcurridos desde que ella misma desatara un tsunami en su propia vida. Jana se apresuró a apartar ese pensamiento de su mente y volvió a concentrarse en Gayle. 

—También es un buen plan —concedió—. Han abierto un local de comida caribeña aquí cerca, que hace unas cosas riquísimas y el ambiente… Ya sabes —dijo esbozando una sonrisa—. Muy alegre y lleno de hombres perfectos de pieles cobrizas… —y movió sus cejas de manera insinuante, haciendo reír a Gayle.

—¿Desde cuándo te interesas por las pieles cobrizas? Habría apostado a que lo tuyo eran las blancas, preferentemente, de origen irlandés…

Jana sonrió algo incómoda y se disponía a ofrecer una respuesta de compromiso, cuando Gayle volvió a hablar.

—Disculpa. Ha sido una indiscreción por mi parte. 

La sonrisa de Jana cambió de incómoda a conciliadora. Esa era una de las cualidades de Gayle por las que habían hecho tan buenas migas desde el principio. A diferencia de Harley, que entraba al trapo directamente y sin atajos, Gayle respetaba sus silencios. Y, si en algún momento decía algo inconveniente, ella misma rectificaba, dejando claro que no había sido su intención.

—No pasa nada, no te preocupes. Me distraen las pieles cobrizas… Soy una artista y me encanta la variedad —bromeó—, pero mi único verdadero interés por ese local es su comida.

—Entonces, iremos, y no se hable más —repuso ella, agradeciendo que Jana le quitara importancia a su indiscreción.

—Perfecto… ¿Y tú, qué tal? Me sorprendió un poco no verte en Escocia… Bueno, quiero decir, aparte de la sorpresa de asistir a la segunda boda de Harley cuando, en realidad, creía que iba para hacerles de pantalla a ella y a BB en un baile de disfraces al que no podían faltar… 

Gayle asintió. Bebió un sorbo de café.

—Podría decirte que me avisaron el día anterior y tenía otros planes. En parte, sería cierto —concedió, mirando a Jana con una expresión que ella no pudo descifrar a ciencia cierta. ¿Era preocupación? 

—También podrías no decirme nada —repuso Jana, apoyando su mano cariñosamente sobre la de Gayle.

—Lo sé, gracias… Me habría encantado ir —concedió—. Siempre me he sentido muy cercana a los Baxter y, desde que os habéis instalado en Londres, también a vosotras, a Harley y a ti. Pero no quería encontrarme de nuevo con mi ex. Por alguna razón, y por decirlo de una forma amable, nuestros encuentros casuales no dejan de aumentar.

—¿A qué te refieres? ¿Está forzando encuentros contigo?

Gayle respiró hondo y, finalmente, asintió.

—Eso creo. Al principio, pensé que era casual, pero empiezan a ser demasiadas casualidades… No pasa semana sin que lo vea en alguna parte.

Jana no ocultó su sorpresa ni su malestar. Sorpresa, porque hacía cerca de cuatro años que Gayle y Kyle Baxter se habían divorciado de común acuerdo. Había sido un divorcio rápido y pacífico. Malestar, porque, de repente, tuvo la sensación de que el acoso la acechaba por todas partes. Era como si lo sucedido la última Navidad, hubiera abierto la caja de Pandora, y su mundo estuviera amenazado por el acoso desde todos los frentes: por su pasado con Per, por la mujer que estaba acosando a Declan, aunque él prefiriera llamarlo «insistencia», por la pesadez de Patrick, que no dejaba de ir a la boutique para verla, echando mano de las excusas más peregrinas, por las otras mujeres con las que hacía terapia de grupo, por sus compañeras de la clase de defensa personal… Y ahora, por Gayle.

—¿Intenta acercarse y hablar contigo, o solo se deja ver donde tú estás? —quiso saber Jana.

—Un poco de ambas. Por lo general, se acerca a saludar, siempre muy amable… Muy «Baxter», ya me entiendes. Otras veces, me saluda con la mano, y sigue su camino. —Volvió a respirar hondo—. Pero no sé, hay algo que no me gusta en todo esto… 

—No me extraña. Yo estaría histérica.

De hecho, lo había estado. Cuando Per había regresado al mundo real, intentando recuperarla, lo había pasado francamente mal. Que Harley se hubiera negado a dejarla sola, había sido lo que la había salvado de volverse completamente loca.

—Es que esto es muy extraño, ¿sabes? No mantenemos contacto personal, pero lo nuestro no acabó en malos términos. Yo sigo viendo a Fay y a Brandon de manera habitual. Asisto a cumpleaños, celebraciones, meriendas especiales, etcétera. Las poquísimas veces que nos hemos visto por esta razón, se ha limitado a saludarme. De hecho, si han sido tan pocas, sospecho que se debe a que él evitaba acudir para no encontrarse conmigo. Como buen Baxter es un hombre orgulloso y me consta que, sentimientos aparte, herí su orgullo al pedirle el divorcio. Por lo tanto, no me sorprendió que ni una sola vez en esos esporádicos encuentros de estos años, tuviera la sensación de que había algún interés especial por su parte… 

—¿Y ahora sí?

Gayle asintió con la cabeza.

—El problema es que no veo claro de qué clase de interés se trata. ¿Reaparece porque se ha dado cuenta de que aún me ama y quiere volver a conquistarme? ¿O por alguna otra razón?

—¿Cómo cuál?

—No lo sé… Conozco al Kyle enamorado. Sé cómo procede cuando algo le interesa. Y este que se presenta ante mí cuando menos me lo espero, no tiene nada que ver con ese Kyle.

Jana compensó con una broma el escalofrío que había sacudido su cuerpo.

—A lo mejor, ha resuelto su problema de infertilidad, y quiere volver a intentarlo contigo. Ya sabes, por dejar el listón bien alto entre los Baxter, después de su apoteósica caída, hace cinco años.

Esta vez fue Gayle quien se estremeció. La sola idea de haber deseado tener un hijo con él -y todos los sinsabores y decepciones que eso había conllevado- la hicieron estremecer de puro horror.

—Me temo que ese tren ya ha partido —se limitó a responder.

Jana asintió varias veces con la cabeza. La entendía perfectamente. La vergüenza de ver cómo su propio marido la usaba de escudo para protegerse del que dirán, tenía que haber supuesto una decepción sin precedentes. Había sido el propio Kyle quien había matado el amor que ella hubiera podido sentir por él.

—Quizás es solo casualidad, Gayle —le dijo en un intento de tranquilizarla.

—Quiero creerlo. De otra forma… —respiró hondo por tercera vez—. Pero, ¿sabes cuándo empezó esta serie de casualidades? Cuando quedé a comer con Ted. ¿Te acuerdas de ese antiguo compañero de la universidad, del que te hablé?

Jana asintió con una sonrisa traviesa.

—¿Ese que comentaste que era un tío cañón aparte de un lumbreras?

Gayle se echó a reír. 

—Qué buena memoria.

—Como para olvidarlo… Tendrás que reconocer que no es nada fácil dar con esa combinación de cualidades en un mismo hombre. O está cañón, o es un lumbreras. O sea, o te das un festín visual, o pasas una tarde interesante hablando de la última exposición en la Tate Gallery —dijo, riendo de buena gana.

—Qué suerte que Declan no te está oyendo —dejó caer, devolviéndole la sonrisa traviesa—. Estoy segura de que discreparía, y con razón. 

Jana pensó que él no contaba. Por citar un calificativo con el que Hugo Baxter solía bromear, atribuyéndoselo a sí mismo a menudo, Declan era «un ejemplar único e irrepetible».

Y pensó algo más, que prefirió no compartir con Gayle en aquel momento: si los encuentros casuales con Kyle habían comenzado cuando él la había visto en compañía de su amigo cañón a la vez que lumbreras, entonces, ni eran casuales ni eran inofensivos. 

El muy cabrón la estaba acechando.


* * *


Jana había disfrutado de una cena ligera en compañía de Gayle, a quien le había encantado el local caribeño. Se habían despedido poco después de las once. Gayle había tomado un taxi, y ella había hecho el camino de regreso a su casa a pie. Eran apenas cinco calles, y siempre le había gustado pasear por la ciudad. 

Al llegar, se había preparado una infusión, y se había sentado en el sofá a ver la televisión. O, al menos, a intentarlo, ya que su atención no estaba para nada en la película «Notting Hill», que emitían. La había visto una docena de veces y, aunque le encantaba la historia, hoy tenía otras cosas en la cabeza. Gayle la había dejado preocupada. Así que, a su propia manía persecutoria, se habían venido a sumar aquellos encuentros casuales que Gayle decía tener con su ex.

La verdad era que el asunto le daba muy mala espina, y no tenía claro cómo enfocarlo. Kyle no era un hombre cualquiera: era el hermano de Brandon y, por tanto, el cuñado de Harley. Además, para empeorar las cosas, ella mantenía una estrecha relación con Fay. Lo que hiciera, aunque más no fuera hablarle a alguien de su preocupación por el tema, no dejaría a nadie indiferente. Posiblemente, también provocaría una situación incómoda con el matrimonio Baxter, no solo con Fay.

El sonido del móvil la sacó de sus pensamientos. Sonrió al ver el nombre que se iluminaba en la pantalla.

—Ancianito… Dichosos los oídos… —se anticipó.

En la cama de su habitación de un hotel rural en una pequeña isla situada en el Mar del Norte, Declan se puso un brazo debajo de la cabeza, y también sonrió.

Lo mismo te digo… ¿Qué tal? ¿Ya te has acostado?

Jana sonrió ante aquel tonito sensual. Sonrió también por el agradable cosquilleo que le producía.

—Todavía no. Estoy plantada delante de la tele, viendo por enésima vez «Notting Hill». 

Qué romántico… ¿Estás sola?

—No. Mi amante está preparándome un baño de espuma, ¿por?

Lo oyó reírse con complicidad.

Dile que se ponga al teléfono y le explico cómo tiene que hacerlo para quedar como un duque contigo —la pinchó.

Declan había desarrollado nivel de maestría en muchos asuntos relacionados con Jana. Y los baños de espuma eran uno de ellos. Aunque, a decir verdad, ella no tenía claro, si la razón de que los disfrutara tanto, eran las proporciones de los tres productos diferentes que solía usar, o el hecho de que él se metía con ella en la bañera y ambos se enfrascaban en preludios larguísimos, que acababan en sesiones del sexo más satisfactorio que había experimentado jamás.

—¿Seguro que le dirías eso? —repuso risueña, en un intento de que las mariposas pusieran fin a la fiesta que celebraban por todo lo alto dentro de su estómago—. ¿No lo amenazarías de muerte, como haces con todos los tipos que intentan ligar conmigo?

Declan volvió a reírse. 

Aquella risa suave, tremendamente masculina, que a Jana le erizaba el vello de todo el cuerpo y ponía su deseo a palpitar. Justamente esa.

Qué bien me conoces —concedió él.

—Ya. Entonces no le pasaré el teléfono. No quiero que lo asustes —coqueteó. 

Un segundo después, no pudo evitar preguntarse qué demonios le pasaba para estar flirteando descaradamente con un hombre al que seguía sin darle una razón para haberlo dejado tras cuatro años de relación. Pero, como siempre últimamente, ya era tarde.

A Declan le encantaban sus flirteos. Estaba en el séptimo cielo. Era posible que Jana aún no hubiera caído en aquel sutil detalle, pero así era como solían meterse el uno con el otro cuando estaban juntos. Bromear acerca de supuestas citas con terceras personas que ninguno de los dos tenía, era una constante. Lo que, de alguna forma, venía a significar que, aunque despacio —desde luego, muchísimo más despacio de lo que a él le gustaría—, sus vidas volvían a la normalidad.

Tranquila, ya descubriré quién es y le ajustaré las cuentas sin que te enteres —repuso él. También era una respuesta corriente en el pasado.

Hubo unos instantes de silencio que Jana rompió y que también constituyó un regreso a las antiguas costumbres, aunque ella tampoco fue consciente de ello en aquel momento. 

—Hoy ha sucedido algo…

Declan pasó de estar cómodamente echado en la cama, totalmente relajado y concentrado en aquel intercambio de flirteos con Jana, que disfrutaba tanto… A sentarse en la cama de golpe. Todos sus sensibles sensores en posición de alerta.

¿Qué ha pasado, nena?

La preocupación en el tono de Declan le hizo comprender que se había tomado más instantes de los debidos a la hora de hilar sus pensamientos, dejando la frase colgando en el aire demasiado tiempo.

—No a mí. Yo estoy bien.

Ah, vale... —se relajó Declan—. Cuéntame.

—Esta tarde estuve con Gayle. Estuvimos aquí, en casa, y después, fuimos a cenar… Me dijo algo en lo que no puedo dejar de pensar porque me ha dado muy mal rollo… 

Declan sabía que Jana se veía a menudo con la ex cuñada de Brandon. Había sido así desde el principio, cuando todavía era un miembro oficial de la familia. Él tenía su propia opinión sobre Gayle Middleton. No era especialmente buena, habida cuenta de que había estado muchos años junto a un impresentable, pero nunca había interferido en la relación que la treintañera mantenía con Jana y con Harley. Por supuesto, tampoco lo haría ahora.

¿Por qué te ha dado mal rollo?

—No lo sé, pero desde que me dijo que ha empezado a tener encuentros casuales con Kyle y no pasa semana sin toparse con él en algún sitio… Se me ha quedado muy mal cuerpo.  

A Declan también se le estaba quedando muy mal cuerpo, pero por distintas razones. Lo suyo tenía que ver con la rabia y no con la preocupación, como le sucedía a Jana. Kyle Baxter era un impresentable. Lo había demostrado una y otra vez a lo largo del tiempo. ¿A santo de qué estaba rondando a su exmujer? 

¿Qué te ha dicho, exactamente? 

Jana le relató la conversación que había tenido con Gayle. Cuando llegó a la parte del antiguo compañero de universidad, Declan ya no tuvo ninguna duda de cuál era la razón de los encuentros. Era un patrón que había visto una y otra vez en su profesión. De hecho, una parte —cada vez más creciente— de su trabajo, procedía de clientes mujeres que contrataban sus servicios porque creían (o habían comprobado) que alguien las estaba acechando. O, directamente, acosando.

Ya. ¿Se lo ha dicho a alguien más?

—Creo que no. La relación con sus padres, por lo visto, siempre ha sido distante y todavía, de tanto en tanto, habla del disgusto que ellos se llevaron con su divorcio. Me da que serían los últimos a quienes les contaría algo así… A Fay no puede decírselo… —Tras quedarse pensando unos instantes, añadió—: Es posible que se lo contara a su amiga del alma, la madre de Alexis. Pero no creo que se lo dijera a nadie más… ¿Qué te parece?

Declan pensaba que se trataba de un tema delicado en el que había que obrar con cautela. Primero, era necesario confirmar que esos encuentros existían. A veces, cuando las personas se sentían acechadas, tenían manías persecutorias. Veían peligro donde no lo había. Y una vez existiera esa confirmación, entonces, habría que tomar cartas en el asunto. 

Has hecho bien en contármelo. Antes que nada, voy a comprobar de qué van esos encuentros casuales. Pero tienes que hacerme un favor: no hables de esto con nadie más. Tampoco con Gayle, ¿vale? No le digas que me lo has dicho.

—No, no, por supuesto. Es mejor que quede entre nosotros hasta que sepamos realmente de qué va el asunto. Gracias, Dec… Ya me quedo mucho más tranquila.

 No solo fueron las palabras de Jana, sino el largo suspiro que las había acompañado, lo que le hizo comprender a Declan el nivel de preocupación que aquel asunto le estaba provocando. 

¿Te has asustado? —Lo preguntó sin adornos, sin más. Necesitaba saberlo. Jana era una persona empática y generosa. Estaba en su naturaleza interesarse por la vida de las personas que la rodeaban. Pero en aquella conversación había detectado otros síntomas. Síntomas que no le gustaban nada.

Jana tampoco se anduvo con medias tintas. Habían acordado sinceridad absoluta, y eso le daría.

—Sí, un poco… —En realidad, un poco bastante—.  Kyle nunca ha sido santo de mi devoción. Me parece la clase de persona que es capaz de todo. En el mal sentido de la palabra. —Exhaló un suspiro, decidida a cambiar el tono de la conversación—. Eres la solución perfecta para los abusones y cabrones varios de este mundo, así que me quedo tranquila. ¡Declan, el terror de los impresentables!

Él sonrió mucho más complacido que lo que sus palabras dieron a entender cuando dijo:

Vaya, creí que ibas a decir que soy la solución perfecta para tus temores. Que soy el que te hace sentir protegida y a salvo… Pero bueno, supongo que ser el terror de los hijoputas que van por el mundo jodiéndole la vida a las buenas personas, tampoco está tan mal…

Jana bajó la vista hasta su pierna, donde, desde hacía un buen rato, y sin ser consciente de ello, dibujaba círculos imaginarios con un dedo. Declan era la personificación del héroe de los cómics, que todos los niños soñaban con ser de pequeños. Incluso durante aquellos primeros años en los que ni siquiera se saludaban, si podían evitarlo, y las pocas palabras que salían de su boca eran burlas, incluso entonces, una parte de ella reconocía ese lado heroico y su incuestionable valor en un mundo donde la mayoría de la gente solo se preocupaba de mantener a salvo su propio trasero. Y lo admiraba por eso.

—¿Tampoco está tan mal, dices? ¡Cuánta humildad!

Nah… La humildad no es una de mis cualidades. Sé que soy muy bueno en lo que hago, pero, últimamente, valoro mucho más que tú me necesites, a que lo haga el resto del mundo. —Sonrió seductor—. Me chifla que me necesites. Que me digas que te hago sentir protegida, segura… Hace que me sienta… No sé… Una especie de superhombre.

Lo eres. Eres un superhombre, Declan.

—También te chifla que te adule, así que haré los honores. ¿Preparado?

Una sonrisa inmensa brilló en el rostro del guardaespaldas. ¿La razón? Eso también formaba parte de sus viejas costumbres: darse una mano de cal, seguida de otra de arena. 

¿Vas a adularme? Uy, espera, dame un minuto, que me preparo… Ya no recuerdo la última vez que jugamos a esto —guaseó. En realidad, estaba expectante y nervioso a partes iguales. Y más que dispuesto a disfrutarlo a fondo, fuera lo que fuera. Lo necesitaba. Dios, cuánto lo necesitaba—. Vale, ya estoy. Dispara cuando quieras.

Jana respiró hondo y se lanzó en plancha. 

—Lo tuyo es mucho más que solo hacer bien tu trabajo. Porque tu trabajo no es uno corriente. Gracias a ti, hay gente que puede dormir tranquila por las noches y aspirar a tener una vida más o menos normal, dentro de las enormes limitaciones que impone sentir miedo… Sé que nunca te he dicho cuánto admiro lo que haces, pero es así. Siempre ha sido así. Ahora, ya lo sabes.

Declan permaneció en silencio. Había esperado guasa, quizás, algún piropo y, sobre todo, algo que le diera pie a seguir flirteando. Pero esto no. Las palabras de Jana le habían llegado hondo. Tanto, que no sabía qué decir.

—¿Estás vivo todavía o necesitas reanimación urgente? —Esta vez, Jana apeló a la broma. Ella también necesitaba sobreponerse.

Lo primero que oyó fue un suspiro, luego, una risa suave y, al fin, su voz supermasculina.

Sí… Supongo… En realidad, no lo sé… Joder, Jana… Me has dejado totalmente KO —reconoció, y se echó a reír.

Jana rio también.

—Me alegra saberlo. Procuraré hacerlo más a menudo.

Ambos habían dejado de reír.

¿En serio? —murmuró él. Su tono era terriblemente dulce, además de seductor.

—Sí, Dec. En serio.

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CRS-02. VAE (Volver a empezar). Cap. 14


Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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14


Domingo, 22 de marzo de 2015.

En algún lugar entre Covent Garden y el Soho.

Londres.


Después de dejar a Brandon y a Harley en casa, Declan fue a recoger a Hugo, que había pasado la noche en casa de sus abuelos. Su destino era el club de dibujantes, pintores y diseñadores, donde Hugo pasaba buena parte del domingo participando en las distintas actividades.

Declan estaba acostumbrado al ir y venir constante en el que se había transformado la vida de Hugo. El muchacho había heredado el hábito de su padre de no parar nunca. Sin embargo, aquel día en particular se le estaba haciendo cuesta arriba. La razón: Jana. 

Cómo no, pensó. Era genial que ella hubiera decidido dejar de darle la callada por respuesta, más que genial, pero… Declan soltó un bufido sin darse cuenta.

Ahora que hablaban a diario, que Jana le había dado «luz verde para estar pendiente de ella», su ansiedad por recuperar lo que tenían, se había calzado las botas de siete leguas y no había forma de amarrarla quieta. 

Tras la noche anterior, en la que había recibido un inesperado «admiro lo que haces» que lo había dejado completamente grogui, habían intercambiado un par de wasaps por la mañana. Sin embargo, sacar a Harley y a Brandon de la habitación le había costado un esfuerzo titánico, por lo que sus planes de llegar a Londres antes de que las empleadas de Jana llegaran a la boutique para tomar un café con ella a solas, se habían esfumado. Desde entonces, no había hecho más que encadenar una tarea con la siguiente en un bucle infinito. Ahora, mientras se dirigía a la boutique, dispuesto a pasar un par de horas allí (aunque el negocio estuviera lleno de gente y tuviera que conformarse con mirar a Jana desde la puerta), a Brandon se le había ocurrido una idea: convertir la cena que tenían prevista para la noche en su casa, en un brunch. De esta forma podría matar dos pájaros de un tiro: reponer fuerzas y despachar a la familia cuanto antes para volver a encerrarse en el dormitorio (como habían hecho durante toda su luna de miel). Así pues, adiós a su par de horas en la boutique, alegrándose la vista con Jana.

tendrían que soportar las bromas de Brandon y Harley, así como sus interminables preguntas, lo que no solo lo molestaba a él, sino también a Jana. En otras palabras, una putada por partida doble. En lugar de aprovechar el gran avance de la noche anterior, tendría que dedicar una cantidad considerable de energía a evitar que que el enfado de Jana pasara a mayores y ella acabara largándose a las bravas.

Declan se detuvo en el semáforo, pensando, mientras masticaba su desencanto. 

¿Sabes qué?, se dijo. Era domingo, su día libre. Un brunch no era una cena, podía llegar más tarde. ¿Quién iba a impedírselo? Ya se disculparía por el retraso, si hacía falta.

Con una sonrisa satisfecha, Declan puso el intermitente, y giró en la siguiente calle.


* * *


Jana echó un vistazo a su reloj de muñeca, y torció el gesto. Parecía que todo Londres se había puesto de acuerdo para ir a visitar su tienda aquel domingo por la mañana. Llevaba así desde que había abierto.

En otras épocas eso le habría parecido un regalo. Ahora también…, pero menos. 

Su móvil empezó a sonar y ella se ilusionó pensando que sería Declan. Volvió a torcer el gesto cuando vio que el nombre que parpadeaba en su pantalla no era ese.

—Vaya. Qué lujo que me estés llamando —dijo, a modo de saludo.

En su casa, Harley hizo un gesto de dolor. Podía decirse que llevaba una semana desaparecida del mapa. Ni una llamada a nadie. Ni un mensaje. Nada de nada. 

Oye, menos ironías que ya veremos cuántas veces me llamas tú cuando estés de luna de miel.

—Ja. Teniendo en cuenta… —Jana se calló al darse cuenta de lo que había estado a punto de decir. E intentó rectificar el curso de la conversación—. Que me llevaste a ese baile de disfraces para hacerte de pantalla, y que desapareciste cuando acabó, sin decirme agua va —de lo cual hace una semana, exactamente—, y que has seguido sin dar señales de vida, diría que tienes muchísimo morro, querida. Me soltaste en esa boda y me dejaste sola, a pesar de saber perfectamente que yo no quería ir. ¡Y ni siquiera me has mandado un triste wasap en una semana! ¡Eres de lo que no hay, Harley!

¿Sola, dices? ¡Venga ya, Jana! ¡Tú nunca estás sola! Y además, estaba Declan. ¿Crees que no os vi hablando y bailando y vete tú a saber qué más?

Mientras la escuchaba, y soportaba aquel tonito bromista que su amiga usaba cada vez que se refería a algo en lo que apareciera el nombre de Declan asociado al suyo, también atendía a las clientas que se acercaban a hacerle alguna consulta, ya que ni Myriam ni Tara daban abasto. 

—Oye, ya puedes decir misa, que no voy a cambiar de opinión. Puedo entender que estuvieras muy ocupada. Pero no se tarda nada en enviar un wasap, y no lo has hecho. Y si no se te ofrece nada más, propongo que dejemos esta conversación para la cena. Ahora, tengo la boutique a rebosar de gente.

Bueno, en realidad, también llamaba por eso…

—Por eso ¿qué?

No será una cena, será un brunch… Te esperamos en casa a eso de las doce, ¿vale?

Jana volvió a mirar el reloj. 

—¿Me tomas el pelo? ¡Son menos cuarto, Harley!

Harley volvió a hacer un gesto de dolor.

¿Yaaa? ¡Madre mía, el tiempo vuela!

Jana exhaló un suspiro iracundo y lo siguiente que oyó su querida amiga, fue el sonido de llamada cortada.


* * *


Harto de dar vueltas para encontrar aparcamiento, Declan detuvo el SUV, puso la señal intermitente, y se apeó.

Apuró el paso hacia la boutique de Jana, pensando en qué excusa le daría.

Y no se lo ocurrió ninguna. Seguramente, ella estaría al tanto del cambio de última hora. Era probable, incluso, que ya hubiera salido para la casa de Brandon y Harley.

Al verla a través del escaparate, se le rio el alma. No solo por encontrarla todavía allí, sino por lo de siempre: estaba preciosa, con aquel conjunto de camiseta estampada y falda vaquera. Era preciosa.

Y tú, estás cada día más imbécil. 

Estaba loco por Jana. Lo que sentía iba a más, a más, a más… Se había prometido que sería paciente. Que no la presionaría en busca de explicaciones. Que esperaría lo que hiciera falta, con tal de que pudieran seguir viéndose, hablando, estando juntos… Aunque no fuera en el sentido bíblico. Pero cada día se le hacía más difícil mantener su promesa.

Abrió la puerta de la boutique y entró. Myriam lo vio primero, y delató su presencia.

—¡Hola, Declan! ¡Bendito seas entre todas las mujeres! —bromeó, aludiendo a que allí dentro, por el momento, solo había personas del sexo femenino.

A pesar de estar atendiendo a una clienta, Jana se volvió a mirarlo al instante, Sonrió sin poder evitarlo. Y un segundo después, se centró en mantener su alegría a niveles controlables.

—Justo a tiempo —le dijo, y volvió a mirar a su clienta—. Yo tengo que marcharme, pero Myriam le atiende enseguida. Mientras tanto, ¿por qué no le echa un vistazo a estas camisetas de aquí? —la condujo hasta la estantería donde estaban las prendas de temporada—. La roja es mi favorita, pero todas son fabulosas… 

Después de indicarle a Declan con un gesto que enseguida estaría lista, recogió sus cosas del mostrador junto a la caja registradora, las puso en su bolso, y acto seguido fue hacia él.

—¡Hasta mañana, chicas! —se despidió—. ¿Nos vamos, Declan?

«¿Me he perdido algo?», pensó él. Su ceño arrugado lo expresó a las mil maravillas. Abrió la puerta y la mantuvo abierta con su cuerpo para que Jana saliera.

—Te lo explico fuera —le dijo ella en voz baja al pasar a su lado.

Una vez en la calle, se alejaron varios metros antes de que Jana volviera a hablar.

—¿No estás harto de esto? —dijo, deteniéndose en mitad de la acera.

Declan esbozó una sonrisa intrigada. «Esto», ¿qué?, pensó. ¿A qué se refería con «esto»?

—No sé si estamos en la misma página, Jana…

—Hablo de Harley y de Brandon —repuso ella—. Somos amigos y todo eso, pero esto empieza a no gustarme nada. 

Estaban en la misma página. A él tampoco le gustaba nada el giro que empezaban a dar las cosas.

—Ya. Venía dispuesto a invitarte a tomar algo, y que nos esperen. No se van a morir porque, por una vez, sean ellos los que tengan que adecuarse a nosotros.

—Pues yo estoy pensando en no ir. Tengo otros planes. También los tenía para la cena, pero los cambié ayer por la bendita tormenta. Francamente, no me da la gana cambiarlos otra vez. ¿Qué te parece, los dejamos colgados?

Declan demoró en responder. Se había quedado en la parte en que ella decía que tenía otros planes para la cena. ¿Tenía que ver con él… o acaso había quedado a cenar con otra persona?

Jana hizo sonar los dedos delante de su cara.

—¿¿¿Holaaaaa…???

Declan aterrizó sin paracaídas.

—Sí, disculpa… Me parece una gran idea, ahora que lo dices. Yo también tenía otros planes… Además, ya me imagino de qué irá la conversación entre canapé de salmón y rollito de queso…

—La conversación será meterse en nuestros asuntos —concedió Jana—.  Y paso.

—Pasamos. ¿Te apetece italiano o hindú?

«Me apeteces tú». 

Aquel pensamiento se presentó de manera tan fulminante en la mente de Jana, que la dejó en blanco durante unos instantes. No era la fuerza de la costumbre. No tenía nada que ver con los recuerdos. Cuando jugaban al flirteo, esa era una respuesta bastante habitual. A veces la decía ella, y otras, él.

Pero ahora no tenía nada que ver con eso, sino con sus deseos, con sus necesidades. Era lo que le pedía el cuerpo. Y, aunque debía ser lo bastante adulta como para no dejarse llevar cuando aún no había sido capaz de explicarse con él, no lo fue. No pudo serlo.

—Diría que italiano, pero cocino yo. ¿Te apetece?

Declan también se quedó en blanco. Su respuesta tardó en llegar. Era la sorpresa de que ella estuviera proponiéndole algo que se parecía tanto a sus antiguas tardes de domingo, haciendo el amor en el sofá, tras la correspondiente siesta, después de haberse metido por el gaznate una comida opípara.

Pero, por encima de todo, era la realización de que, aunque les quedara un largo camino por delante, Jana, de a poco, iba abriéndose a él. A pesar de sus miedos.

—Tú cocinas, yo lavo —repuso él. Quería recuperar su vida normal, y para eso, era imperativo mantener los niveles de desesperación bajo mínimos. Si se precipitaba, si se dejaba llevar, disfrutaría el momento, pero después sufriría las consecuencias. Los dos las sufrirían.

—¡Hecho! —exclamó Jana, y reanudó la marcha.

Declan celebró otro pequeño avance, pero solo lo hizo mentalmente.

Tiempo al tiempo, se dijo.

Tiempo al tiempo.


* * *


Una vez en el SUV…


Jana le hizo un guiño a Declan mientras esperaba que Harley atendiera la llamada.

—Tranquila —se adelantó—, no llamo para disculparme por haberte colgado. Sigo pensando que te has pasado un montón. Llamo porque tengo otros planes para la tarde. Si queréis, paso a saludaros esta noche, y me invitáis a un café. Y si no, lo dejamos para otro día. Llevo una semana esperando verte el pelo, puedo esperar un día más.

¿Planes? ¿Qué planes son tan importantes que no pueden esperar a que vengas a darle un abrazote a tu mejor amiga que acaba de regresar de su luna de miel, eh? —bromeó Harley.

—Ja, ja, ja. Puede que aún no te hayas dado cuenta, Harley, pero tengo una vida, aparte de ti y de la boutique. Sé que a veces lo disimulo muy bien, pero no te fíes de las apariencias. —Su mirada pasó rápida por la de Declan, que apoyado contra el ángulo que formaba la puerta con el asiento del conductor, seguía atentamente la conversación.

Las carcajadas de Harley hicieron sonreír a Jana.

No hace falta que me lo recuerdes, cari… Has estado tres años revolcándote con Declan y nosotros sin verla venir… Está claro que eres la reina del disimulo… Me pregunto si ese otro plan para la tarde, no será darte un revolcón con él… —dejó caer Harley.

¿Acertaba?, se preguntó Jana. No quiso responderse.

—Paso del tema. Ya me avisarás, si a Brandon también le parece bien que me dé una vuelta por la noche.

Harley esbozó una sonrisa ante el evidente malestar de su amiga.

—A los dos nos parece bien que vengas cuando quieras. Eres una hermana para mí, no necesitas invitación para venir a mi casa. ¿Lo tienes claro? Mira, que dices tonterías a veces…

Jana también sonrió. Eso le había gustado. 

—Sí, lo tengo claro. Me paso por la noche, cari.

Genial —repuso Harley.

Cuando Jana cortó la llamada y volvió a mirar a Declan, se encontró con su sonrisa cómica.

—¿Qué?

—Nada.

—Nada, no. ¿Qué pasa?

Declan puso el SUV en marcha al tiempo que sacudía la cabeza.

—Tus enfados con Harley duran… Lo que un suspiro. —Iba a decir «lo que los míos contigo», pero a último momento decidió no entrar en un terreno tan personal.

Pero pronto se dio cuenta de que quizás no lo había sorteado tan bien como creía. El rostro de Jana perdió la sonrisa, señal de que las ideas que daban vueltas por su cabeza no eran agradables.

Declan volvió a prestar atención al tráfico, consciente de que había un obús en camino. Y que le daría en plena jeta, hiciera lo que hiciera.

—Se lo ha ganado con creces —repuso ella, cáustica—. Desde el primer día que apareció en mi vida, ha estado a todas. A las duras y a las maduras. Jamás me ha defraudado. 

«Y tú, sí».

Declan casi pudo oírlo al final de la frase y tuvo que echar mano de toda su determinación para sobreponerse a la amargura que le llenó el cuerpo, subió imparable hasta sentirla en la raíz de la lengua, y le agrió la boca.

Ninguno de los dos volvió a hablar durante el resto del viaje. Cuando Declan finalmente se detuvo frente al edificio donde vivía Jana, ella se apeó.

Luego, se volvió a mirarlo y pronunció las temidas palabras.

—Creo que será mejor dejarlo para otro día.

Declan respiró hondo y se limitó a asentir. Esperó a que ella hubiera cerrado la puerta y reanudó la marcha.

No solo era amargura, sino también mucho cabreo.

Y muchísimas ganas de volver y decirle un par de cosas. Estaba claro que Jana necesitaba oírlas.

Pero hacerlo, solo empeoraría la situación, y él…

«Basta ya. Déjalo estar», se dijo. 

Y se obligó a poner toda su atención en el tráfico.


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CRS-02. VAE (Volver a empezar). Cap. 15


Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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«¿Solo empeoraría la situación?». Una risa irónica escapó de la boca de Declan. ¿Es que podían estar peor?

Llevaba una hora en su casa, intentando olvidarse del enfado que tenía, y seguía exactamente igual. Ni siquiera poner el partido que su equipo del alma había ganado por una goleada histórica, consiguió el milagro de permitirle evadirse de la preocupación que le quemaba la sangre desde hacía tres meses. Siempre había sido su remedio multiusos, pero, esta vez, no le funcionó.

Nada hacía efecto. 

A la mierda. No había manera de que las cosas con Jana estuvieran peor de lo que estaban, y si decirle cuatro cosas que necesitaba oír, la cabreaba… Pues, ya serían dos los cabreados.

Se levantó del sofá, cogió su cazadora y las llaves del coche, y atravesó su salón con tanto ímpetu, que el periódico que había sobre la mesilla ratona, cayó al suelo debido a la estela de aire que dejó a su paso.

No se paró a recogerlo. Llegó hasta la puerta y la abrió con fuerza.

Y reculó al ver a Jana al otro lado. 

Ella hizo lo mismo, un movimiento reflejo para evitar el choque.

Se quedaron mirándose. En parte, sorprendidos. En parte, porque ninguno de los dos tenía claro qué decir o qué hacer.

—Lo siento —murmuró ella. Tras unos instantes titubeando, añadió—: He traído lasaña, tiramisú y vino —dijo, señalando la bolsa que había dejado en el suelo, junto a la puerta. Era del takeaway de comida italiana «Amore, amore», el favorito de los dos.

Declan se debatió entre mandarla a la mierda o rodearla con sus brazos y comerle la boca hasta que los dos se quedaran sin aire.

Jana volvió a intentarlo.

—No me has defraudado. Me hirió que… —Jana sacudió la cabeza. Ya había perdido la cuenta de las veces que había esgrimido esa excusa. ¿Cuántas veces iba a decir lo de «me hirió que te acostaras con otras, pero sé que no tengo derecho a sentirme herida»? ¿Cien? ¿Un millón?—. Lo siento, Dec. No tienes que dejarme pasar. Si te he cabreado demasiado, puedes decirme que me vaya con la música a otra parte. No lo tomaré a mal. Lo digo en serio. 

Declan se cruzó de brazos. Estaba muy enfadado. Eso, desde luego. Pero de lo que estaba más enfadado aún, era de que la situación estuviera enrocada. No conseguían avanzar. Necesitaban introducir un elemento distinto que forzara a un cambio de patrón. 

—Si te dejo pasar, será a cambio de algo. 

Jana respiró hondo y permaneció en silencio. Declan continuó.

—Te he herido y acepto mi responsabilidad en eso. Pero eres tú, la que sigue trayendo ese asunto a colación cada vez que algo que digo te pone a la defensiva. Solo tú sabes por qué te pones así. Yo no sé nada. Llevo tres meses dando palos de ciego, Jana. Esto no es justo. Te prometí que sería paciente, pero tú también tienes que poner de tu parte. Así que… Escoge tú. Puedes quedarte y darme algo, lo que sea. O irte con la música a otra parte. Hagas lo que hagas, no lo tomaré a mal.

Jana apartó la mirada. Las ganas de salir corriendo y no parar hasta haber llegado a Marte eran tan intensas, que sentía como si todo su cuerpo se hubiera puesto en situación de huida. Sus sentidos se habían agudizado. Oía, olía y veía con una claridad inédita. Su corazón latía a destajo y, hasta la última célula de su cuerpo, le gritaba «¡huye, huye!».

Tragó saliva y apretó los párpados buscando un alivio, una pausa, algo…

Pero nada cambió. Los latidos eran cada vez más fuertes. Retumbaban en sus oídos, pulsaban en las arterias de sus piernas. Todo en su ser la impulsaba a correr, a ponerse en movimiento antes de que fuera demasiado tarde.

Y eso hizo.. 

Lo único de lo que era capaz en ese preciso momento.

Dio un salto hacia delante y se acurrucó contra Declan, como si le fuera la vida en ello.


* * *


Declan se quedó inmóvil durante un instante, preso de las sensaciones que, sentir el cuerpo de Jana pegado al suyo después de una eternidad, lo envolvían. Sacudiéndolo con tanta intensidad, hasta que casi parecía que no estaba tocando el suelo con los pies.

Un instante eterno cargado de emociones. De deseos. De sorpresa.

Hasta que, al fin, su cerebro se hizo cargo de la realidad y comprendió que quien se sacudía era Jana. Bajó la vista hasta ella.

—Eh… —murmuró, buscando su mirada sin conseguirlo—.  Eh, eh, eh… 

Jana estaba acurrucada contra él, con la cabeza gacha, lo que sumado a sus gafas negras completaban un cuadro más y más desesperante cada instante que pasaba.

Se las arregló para quitárselas y las dejó caer al suelo. Vio que ella apretaba los párpados. Estaba tan pálida, que parecía que toda la sangre de su cuerpo la había abandonado.

—A ver, Jana… ¿Me oyes? Si no puedes hablar, mueve la cabeza…

Ella no hizo ni lo uno ni lo otro. Parecía no ser capaz de otra cosa más que temblar.

—Respira hondo, nena. Vamos, respira hondo, despacio… Enseguida, te vas a poner bien…

Como si nombrar aquellas palabras hubiera mentado al diablo, sus respiraciones se volvieron cortas y agitadas.

—Vale —dijo él, con suavidad—. Vamos a buscar un poco de aire fresco. Te sentará muy bien.

Declan la rodeó con un brazo y la llevó casi en volandas hasta la ventana. Manoteó la silla que estaba más cerca con su mano libre, y la situó frente a la ventana, que abrió de par en par. Hizo que Jana se sentara y se agachó delante de ella. Le apartó el cabello de la cara, le aflojó el cinturón de la falda, y tomó sus manos.

—Yo cuento hasta tres y tú respiras hondo, ¿de acuerdo, Jana? 

Ella tenía la cabeza recostada contra el respaldo de la silla y apenas la movió para decir que sí. Declan se tragó un suspiro de alivio, y se concentró en ayudarla a recuperarse.

—Empiezo a contar, Jana… Vamos, inspira… Uno… Dos… Tres… Así, muy bien. Ahora, suelta el aire mientras yo cuento… Uno… Dos… Tres. Muy bien, nena. Repetimos.

Un ciclo y luego otro, y otro más… Después de diez ciclos, su respiración había empezado a normalizarse.

Jana había dejado de temblar.

Y Declan tenía tal flojera en el cuerpo, que se tomó unos minutos de rodillas frente a ella, antes de ponerse de pie.

—Te están volviendo los colores a la cara… Eso es bueno. Sigue respirando despacio y profundo. ¿Tienes frío? ¿Prefieres que cierre la ventana?

Jana negó con la cabeza.

—Quiero echarme un rato… —dijo con un hilo de voz.

Declan la miró largamente. Había pasado un rato terrorífico. Tenía que estar agotada y dolorida. 

—Entonces, espérame aquí, quieta, un minuto. Voy a abrir la otra ventana y vengo a por ti. Por hoy, y, sin que sirva de precedente, te prestaré mi sofá —se atrevió a bromear. Él también necesitaba relajar su propia tensión. Que no la mostrara, no significaba que no la sintiera.

En una señal más de que Jana todavía estaba bastante grogui, no hizo comentarios ni le rio la broma. Ni un esbozo de sonrisa. Nada.

Fue en ese momento, cuando su propia tensión había empezado a ceder y ella parecía estar recuperando el ritmo respiratorio, que el cerebro de Declan se puso en alerta y lanzó la primera de una larga lista de alarmantes preguntas: «¿qué era lo que le sucedía a Jana?». 


* * *


La respuesta a esa pregunta resultaba obvia: a Jana le estaba pasando algo serio. No era cuestión de berrinches o un ataque de celos… O todas las otras cosas en las que Declan había pensado, intentando encontrarle una explicación a la ruptura. Allí estaba pasando algo gordo. 

Después de abrir todas las benditas ventanas de la casa, regresó junto a ella. Parecía extenuada, pero tenía los ojos abiertos.

—Perdona por el susto —murmuró ella.

Declan se las arregló para esbozar una sonrisa con un punto de humor.

—¿Mi susto… o el tuyo? 

Jana apartó la mirada. Ahora sí, que estaba asustada. En los meses que habían pasado desde la ruptura, esta era la primera vez que el miedo que la atenazaba se manifestaba de esa forma. Además de ser una experiencia terrorífica, la dejaba molida. Físicamente hablando. Era como si la energía la hubiera abandonado. 

—Estoy agotada… 

Esta vez Declan no titubeó. No calculó al milímetro, como hacía siempre, las posibles consecuencias de sus actos. La cargó en sus brazos y la condujo al sofá, donde la depositó con cuidado y le puso un cojín debajo de la cabeza.

Intercambiaron miradas que se dijeron mucho más que el puñado de palabras que él pronunció.

—Tranquila, ya te pasaré la factura.

«¿Aceptas pago en especie?», pensó ella. Pero hasta allí le llegó la energía; para pensarlo, pero no para decirlo. Se limitó a esbozar una ligera sonrisa y cerró los ojos.

Declan le puso una manta por encima. A continuación, apagó las luces, y se fue a la cocina. 

Necesitaba poner distancia entre lo que había sucedido y la necesidad de protegerla que empezaba a volverlo loco. 

Necesitaba recomponerse. De otra forma, Jana se daría cuenta de lo afectado que estaba, y eso no era una opción. 

Se sirvió un café y se sentó a la pequeña mesa de la cocina a beberlo mientras pensaba en su siguiente paso.


* * *


Declan llevaba más de una hora sentado en su sillón con reposapiés, mirándola dormir cuando Jana despertó. 

—¿Dec…? 

—Estoy aquí. —Encendió la lámpara de pie, que había a su lado. La estancia estaba en penumbras y apenas se veía lo bastante para no llevarse los muebles por delante.

—Ah… ¿Me he dormido? —preguntó, buscándolo con la mirada. Cuando al fin lo encontró, notó su sonrisa cálida y aquellos ojos celestes, que la miraban con la misma atención de siempre.

—Como un lirón.

«Vaya forma de disculparme», pensó Jana, desanimada. En vez de arreglar las cosas y pedirle disculpas por haber sido tan rematadamente idiota, le daba un susto de muerte y, después encima, se quedaba dormida en su sofá.

—Lo siento… Dios, últimamente, no hago más que disculparme…

Declan se levantó del sillón y se sentó en el sofá junto a ella.

—Disculparte, ¿por qué? Hacía siglos que no me abrazabas —coqueteó. 

Habría preferido que las razones de tanta cercanía fueran diferentes, pero volver a sentir su cuerpo pegado al suyo, su respiración contra su pecho… Había sido como volver a la vida, incluso a pesar de la preocupación.

—Ya sabes lo que quiero decir… 

Ella también habría preferido que las razones para abrazarlo hubieran sido otras. Pero, al igual que él, volver a tener sus atenciones, esa mirada que no se apartaba de ella y la reconfortaba tanto… Cuánto echaba de menos el millón de cosas que compartían cuando estaban juntos.

—No pasa nada, Jana… Dime, ¿tienes hambre?

No mucho, pero lo que sí tenía era una necesidad imperiosa de compensarle el mal rato que le había hecho pasar. Asintió con la cabeza.

—Entonces, voy a pedir algo… ¿Qué te apetece? —dijo él, animado.

—Traje comida, ¿recuerdas? Lasaña, tiramisú y vino.

Él soltó una risotada.

—Joder, todavía está fuera. Espero que siga ahí —dijo, al tiempo que se dirigía a la puerta.

Allí estaba la bolsa con el logotipo de «Amore, amore». La cogió y regresó al salón, enseñándosela con actitud triunfante.

—Voy a calentarla un poco, y enseguida vuelvo.

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CRS-02. VAE (Volver a empezar). Cap. 16


Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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A Declan una lasaña nunca le había sabido tan buena como aquella recalentada, que acababa de devorar.

Los dos sentados a la mesa de la cocina, comida de uno de sus restaurantes favoritos, y ese aire de cotidianidad, que echaba tanto en falta… Estaba siendo una tarde perfecta, a pesar del susto y de la confirmación de que Jana tenía un problema. Un problema de verdad. O, ahora que lo pensaba mejor, quizás fuera precisamente esa confirmación, lo que convertía aquella tarde en una especialmente valiosa. Después de pelearse durante tres meses con la impotencia de no poder hacer nada más que aguantar con los dientes apretados que ella lo había dejado, porque sí, por un capricho o un berrinche, sin darle ninguna explicación… Al fin, tenía la certeza absoluta de que había un problema. Saberlo, abría un mundo de posibilidades que antes no existían. Ella, sin embargo, seguía haciendo girar el tenedor sobre el mismo trocito de masa, sin hacer el menor ademán de llevárselo a la boca.

—Sigues comiendo como un pajarito —comentó él. 

Ella alzó la vista y sus miradas se encontraron. Pero solo durante un instante. El que Jana tardó en apartar sus ojos y ponerlos sobre su plato.

—Es que… Tengo el cuerpo un poco… No sé… ¿Dónde has puesto mis gafas?

Declan le quitó con suavidad el tenedor de la mano, cargó un trozo razonable de lasaña, y lo acercó a la boca de Jana, al tiempo que decía:

—Están en el salón. 

Jana miró el tenedor que había frente a su boca y luego, a él.

—Voy a buscarlas…

—Están muy bien donde están —repuso él, sin apartar el tenedor—. Abre la boca. Es fácil, solo tienes que hacer así. —Realizó una demostración que consiguió lo que buscaba: hacerla sonreír.

—Puedo comer sola, Declan.

—No lo dudo. Pero llevas media hora, mareando ese cacho de lasaña. Vamos, abre la boca. Te juro que no voy a aprovecharme —volvió a coquetear. 

«Qué pena». Jana se apresuró a apartar aquel excitante pensamiento de la cabeza y abrió la boca, permitiéndole que introdujera la punta del tenedor. 

Declan la dejó masticar con calma mientras preparaba el siguiente bocado. 

—Es la segunda vez que me pasa —dijo ella, inesperadamente—. Pero esta ha sido mucho peor.

Declan alzó la vista sorprendido. ¿Quería hablar de lo sucedido? Procuró sonar lo más natural posible al decir:

—En situaciones de mucho estrés, casi cualquiera puede tener un ataque de pánico… Pero, si esta es tu segunda vez, tendrías que hacértelo ver.

Jana asintió.

—Esta es otra cosa que no te he dicho, pero… Estoy con una psicóloga.

Declan dejó el tenedor sobre el plato. Permaneció mirándola largamente mientras su cerebro intentaba establecer las conexiones oportunas entre los retazos de información que había ido pescando aquí y allí acerca de los nuevos hábitos de Jana, y lo que ella acababa de decir. Eso explicaba en parte esas ausencias injustificadas de las que sus empleadas no sabían dar cuenta. Pero también ponía sobre la mesa una duda insoportable: ¿qué tenía que ver él con esos ataques de pánico? Jana le había asegurado que él no era el culpable de la ruptura, que no había hecho nada, pero empezaba a sospechar que había una relación —aunque, fuera indirecta—, entre él, la ruptura y los ataques de pánico.

—¿Por qué dices «otra»? ¿Hay más cosas que no me has dicho? —El gesto de Jana de apartar la vista le hizo comprender que se había precipitado. Era tal su necesidad de saber, de entender… Pero rectificó enseguida—. Menuda estupidez acabo de decir. Eres una mujer. Por supuesto, que hay un millón de cosas que no me dices —guaseó—. Solo espero que ninguna tenga que ver con Patrick. Con otros, quizás, pueda sobrellevarlas, pero con él…

Gracias, Dec. Qué buen tipo eres.

Aquel pensamiento aliviado y agradecido se mostró en el rostro de Jana con la forma de una mirada pícara.

—¿Por qué te cae tan mal? No es competencia para ti. 

Declan lo sabía, pero le encantó que ella se lo confirmara.

—Ya te he explicado por qué. Y ahora añado que me jode muchísimo que intente tener tu atención. No quiero que la tenga. Ni un minuto.

Jana se estremeció. Aquella mirada de por sí intensa, se volvía mucho más intensa cuando hablaban de cosas íntimas.

—No la tiene, Declan.

—Bien. ¿Tiramisú? Veo que la lasaña no consigue tentarte.

Declan ya se había puesto de pie cuando lo dijo. En aquel preciso momento no le preocupaba tanto el apetito de Jana, como quitarse del radio de acción de esos ojos y esa dulzura en su voz que estaban haciendo estragos en él. Había notado perfectamente su estremecimiento. Y como empezaran a dejarse llevar por las reacciones físicas, acabaría precipitándose. Y cagándola.

Jana se tomó un instante para considerar lo que le pedía el cuerpo y lo que su cerebro opinaba al respecto. Un instante después, se puso de pie y fue hasta donde estaba él, cortando un trozo del postre que acababa de sacar de la nevera. Le rodeó la cintura con sus brazos. Apoyó su mejilla derecha contra la espalda de Declan, y cerró los ojos.

Las palabras salieron solas.

—Que quede claro que no me estoy insinuando ni dándote luz verde… Pero necesito que sepas lo importante que eres para mí y lo mucho que te agradezco todo lo que estás haciendo…

Declan permaneció inmóvil. Interiormente, todo él era un cúmulo de sensaciones y sentimientos desbordantes. Era tan consciente del calor que emitían las manos de Jana sobre su estómago, como del contacto del cuerpo femenino contra su espalda. Podía sentirlo con una nitidez y una intensidad que lo dejaron sin aliento.

«Aguanta, tío», se dijo. «No la cagues ahora. No se te ocurra cagarla ahora».

No supo de dónde sacó el coraje de darse la vuelta, y mirarla.

Tampoco supo cómo se las arregló para aguantar el tipo cuando en realidad se moría por besarla, por desnudarla y hacerle el amor.

Pero lo hizo.

—¿Esa es tu excusa para magrearme sin acabar montando una peli porno? —le preguntó, desafiante.

Jana fue la primera en reír. Y también, la única en sonrojarse.

—Vale. Me has pillado… —Alzó sus manos en una clara señal de stop—. Pero nada de pelis porno todavía.

Él le ofreció una sonrisa radiante.

—He oído mal, ¿o has dicho «todavía»?

Jana llamó a retirada. Su subconsciente no dejaba de jugarle malas pasadas y lo último que deseaba era ponerle las cosas más difíciles a Declan. Se giró y abandonó la cocina al tiempo que decía:

—Os espero a ti y al tiramisú en el salón.

Declan la miró, la miró… Y la siguió mirando con una sonrisa que no le entraba en la cara. La distancia que los separaba se acortaba. 

Y, aunque ondeaban problemas serios en el horizonte, si tenía a Jana, si sabía que ella era suya, se sentía capaz de todo. 


* * *


La lasaña no había triunfado, pero el postre, sí. Jana había devorado su porción y había seguido con lo que había quedado en el plato de Declan.

—No hay nada como un buen tiramisú para ponerte las pilas —bromeó él.

—Y sumar un millón de calorías más —añadió ella. Calorías que, por supuesto, le daban igual. 

—Con hacer más ejercicio para quemarlas, asunto resuelto.

Jana asintió, dejó la cucharilla en el plato ya vacío de Declan, y volvió a acomodarse en el sofá con las piernas cruzadas al estilo indio. Su primer pensamiento había sido que desde que no eran pareja, hacía mucho menos ejercicio que antes. Era el deseo el que hablaba, porque la realidad era bien diferente; hacía mucho más ejercicio gracias a las clases de defensa personal a las que acudía y de las que tampoco le había hablado a Declan.

De pronto, ya no le pareció tan buena idea estar allí, en el salón de Declan —tan lleno de recuerdos—, en su sofá —mucho más lleno de recuerdos aún—, tan cerca del hombre junto a quien había comprobado qué equivocada estaba al creer que los hombres guapos no eran buenos amantes. Este lo era. Ambas cosas: guapo a morir y buenísimo, dentro y fuera de la cama.

Hora de irse. 

Jana se puso de pie ante la mirada sorprendida de Declan.

—Eh… ¿Qué pasa? —Notar el brillo en sus ojos y ver cómo ella corría a ocultarse detrás de sus gafas, le hizo comprender lo que sucedía. Básicamente, lo mismo que le sucedía a él. Intentó seguirle el juego para que no se sintiera incómoda—. ¿Te has olvidado de que habías quedado con alguien? Pues espero que no sea Patrick. Para ser sinceros, espero que no sea un hombre, se llame como se llame.

Jana se puso a recoger sus cosas a prisa. No lo estaba mirando cuando respondió:

—Sí, sí… Estoy como tú, ancianito. Olvidándome de las cosas cada dos por tres.

Declan también se puso de pie. Con las manos en los bolsillos de sus pantalones negros, esperó a que ella acabara de ponerse la chaqueta y la acompañó hasta la puerta. De más estaba decir, que no quería que se fuera, pero después de su ataque de pánico, tenía más claro que nunca que debía dejarla a su aire. Ya le había dicho que, en su opinión, debía consultar a un médico. Ella le había confirmado que ya estaba en tratamiento —lo cual había sido la segunda sorpresa del día para él—, y ahora lo que tocaba, era dejar hacer a Jana.

Una vez en la salida, ella se volvió a mirarlo. 

—¿Te pasarás luego por casa de Brandon y Harley a tomar un café?

No tenía ninguna intención. Estaba de su amigo y su querida esposa hasta el mismísimo gorro. 

—¿Tú vas a ir?

—Sí. Según Harley soy su hermana y siempre soy bienvenida, así que me pasaré sobre las ocho o así.

Declan asintió con la cabeza.

—En ese caso, iré —dijo sin adornos.

Jana respiró hondo en un intento de dejar de pensar en el revuelo de mariposas que sentía en el estómago. Que su casa estuviera conectada con la de Brandon por un corredor secreto explicaba muy bien la razón del revuelo.

—Entonces, nos vemos esta noche… —se las arregló para responder y dio un paso atrás, decidida a largarse de allí cuanto antes.

—¿Quieres que te acerque… a dondequiera que vayas?

Jana titubeó un instante. Mejor que no. Dios, mejor que no. Porque entonces, los dos irían a un solo lugar: la cama. Y aunque el cuerpo se lo pidiera a gritos, emocionalmente, no estaba preparada para lo que traería aparejado. 

—Es todo un detalle de tu parte, pero… Ya sabes que me encanta andar.

—Sí, lo sé.

—Bueno… Me voy…

—Nos vemos esta noche —se despidió él, consciente de que seguía con las manos en los bolsillos de los pantalones, porque si las sacaba de ahí, sabía perfectamente dónde las pondría a continuación.

Jana lo saludó con un gesto de la mano y se marchó.

Declan cerró la puerta, pero no se alejó de ella. 

En cambio, sacó una mano del bolsillo y la extendió frente a él.

Si aquel temblor suave, pero persistente, era una señal de cómo estaban las cosas por su libido, de las ganas de Jana que tenía, desde ya quedaba claro que se avecinaba una noche de lo más agitada.


A cien metros de la casa de Declan, Jana se detuvo. Acababa de girar la esquina, de modo que él no podía verla. Eso, suponiendo que siguiera en la puerta de casa, mirándola marcharse como hacía siempre. 

Siempre antes.

Se apoyó contra la pared y respiró hondo un par de veces.

Ese hombre se las arreglaba para hacer una escabechina con sus hormonas sin siquiera tocarle un pelo. Dios. Y tenía muy claro que era él, no sus tres meses de abstinencia sexual. Él: Declan. 

Y también tenía muy claro que había empezado la cuenta atrás. Declan era muy importante para ella. Ya no soportaba la distancia física que había entre los dos. 

Sencillamente, ya no podía con ella.

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