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Proyecto CRS-06

Nuestra gran, gran aventura

(NGGA)


Presentación |

Shortie 1: «Un apartamento con vistas»  1 | 2 | 3

CRS-06. NGGA. ¡Volvemos a Londres!

Shortie 2: «Un cambio inesperado» 1 | 2 | 3



Nuestra gran, gran aventura, de Patricia Sutherland. Una colección de relatos sobre Jana y Declan antes de su gran spin-off 🩷


CRS-06. NGGA. Un cambio inesperado - 3


Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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CRS-06 NGGA

Un cambio inesperado.

3

Eran las ocho de la tarde cuando Declan y Jana al fin habían dejado de devorarse mutuamente para alimentar el hambre fisiológico con las delicias recalentadas del restaurante italiano favorito de Jana: torta pascualina, pollo a la cazadora y, para acabar, el inefable tiramisú.

Estaban sentados en el suelo de parqué, que habían acolchado con los grandes almohadones del sofá, frente a la chimenea eléctrica. Rodeados de cojines y con el abrigo adicional de sendos nórdicos, que habían sacado del armario. En el mismo lugar en el que habían compartido dos horas de locura, de ahí las miradas cómplices que no dejaban de enviarse.

Los dos sabían que los demonios de Jana continuaban al acecho. No se habían ido a ninguna parte. Tan solo les habían dado una tregua. Un momento para amarse en paz, sin sobresaltos. Una pausa que, además de ofrecerles un imprescindible desfogue físico a través del sexo, los había ayudado a recargar las baterías con el valor necesario para seguir luchando, pues la batalla estaba lejos de acabar. Ninguno lo dijo en voz alta, pero ambos sabían que era así.

—Fue mucho mejor que la noche del Portobello. Y eso ya es decir… —comentó Jana, como al pasar. Lo hizo con una mezcla de picardía y complicidad, antes de llevarse un trozo de pollo a la cazadora a la boca mientras sus ojos no se apartaron de Declan, dejando claro que no se había tratado de un simple comentario al pasar. 

Jana no podía quitarle la vista de encima. El nórdico ya no le rodeaba los hombros. Se había deslizado hacia abajo, exponiendo aquel torso bestial que ella siempre había encontrado tan inspirador, más allá del ombligo. Y, si de la fuerza de sus pensamientos hubiera dependido, expondría mucho más. 

Declan creía que, en realidad, no podían compararse. La noche del hotel no había sido quizás tan alocada, sexualmente hablando, pero en el aspecto emocional y, sobre todo, en el sentimental, había marcado un antes y un después en su relación. Siempre atesoraría los recuerdos de esa noche como el momento más importante de su existencia: el principio de su mayor aventura romántica con la mujer que sabía con absoluta certeza que era junto a quien quería pasar el resto de su vida. Tratándose de un hombre que había mantenido un estilo de vida promiscuo hasta los cuarenta, esa noche había constituido un hito.

Pero en el plano puramente sexual, sí. Estaba totalmente de acuerdo con Jana. Disfrutaban jugando y a los dos les iba mucho experimentar con los sentidos, con el movimiento… Con todo lo que les apeteciera mientras fuera seguro. Ella era una mujer de ideas nada convencionales acerca del sexo y él era un promiscuo reconvertido en hombre de una sola mujer. Semejante combinación tenía que ser explosiva por narices.

Y esa tarde, en parte por la necesidad latente y en parte debido a la frustración derivada del primer intento fallido, las dos horas habían dado para mucha más experimentación de lo habitual. 

No había un rincón de Jana que él no hubiera explorado aquella tarde. Ni un solo centímetro de piel que no hubiera devorado con deleite… Ni un solo hueco en aquel cuerpo que lo excitaba como ningún otro cuerpo femenino había hecho jamás, en el que él no se hubiera corrido.

Y ella había hecho otro tanto con él. Jana no era pasiva. Ni en las distancias largas ni, mucho menos, en las cortas. Así estaba él, soñando con volver a sentir su boca y su lengua recorriéndolo, milímetro a milímetro… Volviéndolo loco de remate.

 —¿Por qué hablas en pasado? —repuso. Él, desde luego, todavía no había acabado de saciarse. Suponiendo que junto a una mujer como ella eso fuera posible. Que no lo era. Quería esa boca preciosa cebándose en él, al menos, una vez más antes de apagar las luces y darle descanso a sus sentidos.

Dicho lo cual, Declan cogió una pata de pollo y le dio un buen bocado, pringándose con la salsa, mientras la miraba con expresión divertida.

—Vaya con el ancianito… —se rio Jana—. ¡Cómo se viene arriba!

Cogió una servilleta y retiró con ella las salpicaduras rojas de la mejilla de Declan. 

—Comer como un troglodita no ha sido la mejor de las ideas… —comentó, después de hacer lo mismo con las manchas de los bigotes y la barba.

—Depende… 

—¿De qué? —se burló—. ¡Te has puesto perdido de salsa cacciatore!

La mirada de Declan, acompañada de un sensual movimiento de sus cejas, se ocupó de responder a la pregunta. Jana se miró y comprobó la razón: al estirar el brazo, el nórdico se había abierto lo bastante para dejar a la vista su pecho derecho.

Ella hizo un mohín gracioso y volvió a cubrirse. Continuaron comiendo en silencio durante unos instantes.

—Estuvo bien, ¿verdad? —insistió Jana. Se sentía como una quinceañera buscando su aprobación y lo detestaba. Pero, al mismo tiempo, la necesitaba. Estaba pasando por una época durísima. En sus actuales circunstancias no era buena compañía para nadie y menos para una pareja sentimental. Necesitaba saber que, al menos, la intimidad junto a ella seguía mereciendo la pena.

Declan la miró con ternura. Ella hizo un gesto tristón con la boca y bajó la vista, incapaz de mantenerle la mirada por más tiempo.

Dios. Se sentía como una completa imbécil.

Él dejó la pata de pollo sobre su plato y se limpió bien las manos.

—Ven aquí —le dijo con dulzura, instándola a que cambiara de posición. La tomó por los hombros y la guio hasta que ella quedó sentada entre sus piernas, con la espalda contra su pecho. A continuación, la rodeó con sus brazos y le habló muy cerca de su mejilla, de forma que sus labios la rozaban al hablar—. Tenerte siempre es una puta locura, Jana. Da igual dónde estemos o si son diez minutos o dos horas… Ya era así cuando solo nos movían las ganas de darnos un buen revolcón. 

Jana desplazó sus hombros un poco hacia fuera para poder mirarlo mientras hablaba. Los labios de Declan ya no le rozaban la mejilla, pero la caricia de sus ojos compensaba con creces. 

—O varios —matizó ella con una sonrisa—. No solemos conformarnos con uno. Ni siquiera entonces, que yo recuerde…

No, ni siquiera entonces. A veces, el tiempo apremiaba y les obligaba a dejarlo después de consumar el primer encuentro. Pero en esos casos, cuando volvían a verse al cabo de unas horas, siempre había una segunda parte… Seguida de una tercera e incluso de una cuarta. Un rapidito con Jana no tenía en él el efecto que había probado tener junto a otras mujeres. No contentaba su impulso sexual ni siquiera temporalmente; lo multiplicaba por un millón.

Declan concedió, depositando un beso tierno sobre su mejilla. Debido a su pasado promiscuo, sabía que, para él, ninguna mujer se comparaba con Jana, pero bajo ninguna circunstancia traería ese pasado al presente aludiendo al tema. Aunque fuera de manera indirecta. Así que continuó:

—Ahora hay otras cosas en juego. Y al deseo de tenerte, el de siempre, se suma lo que siento por ti… Que nunca sentí por nadie y que me tiene en un estado… —Ladeó la cabeza a un lado y a otro, como si dudara qué palabras usar, haciendo que la sonrisa de Jana se volviera tan grande y tan brillante que parecía ocuparle la cara entera—. Diría que entre tarumba y tonto perdido… Pero feliz. Y mira que esa palabrita en un tipo tan pragmático como yo se las trae, ¿eh? —guaseó—. Pero, sí, creo que si existe un estado de felicidad, es este. Y ahora, que te has apuntado a esta aventura, que me levanto sabiendo que tú estás aquí, conmigo, que ya no pienso ni planeo en solitario, que la palabra ahora es «juntos»… Cada minuto que paso a tu lado es ideal, Jana. —Esta vez, se acercó para hablarle al oído—. Y si, además, resulta que ese minuto estoy dentro de ti, entonces… ¡Es la puta caña!

Declan consiguió lo que se proponía, tranquilizarla y animarla sin que las lágrimas hicieran acto de presencia. 

—¿La puta caña? ¿En serio? —se rio al tiempo que sacudía la cabeza—. ¡Eso es romanticismo y lo demás son tonterías! Y encima debes estar agotado por el esfuerzo de soltar semejante discurso…

Declan asintió con cara de desesperación, siguiéndole la broma.

Jana se estiró a coger la pata de pollo y la acercó a la boca de Declan.

—Anda, repón energías, ancianito. No sea que te dé un soponcio y los dos nos quedemos con las ganas.

Declan sonrió para sí. 

Así que tú tampoco has acabado de saciarte… ¡Mira qué bien!

Dio un buen mordisco y, mientras masticaba, empujó la pata contra la boca femenina con un dedo, instándola a hacer lo mismo. 

—¿Y qué hay de las tuyas, eh? 

—Las chicas no tenemos ese problema. ¿Qué pasa, faltaste a clase el día que lo explicaron? —se burló. Pero, al fin, dio un bocado al pollo.

«Otro tanto para mí», pensó él. Un efecto colateral de su volubilidad emocional era la pérdida del apetito. Jana comía como un pajarito. Si entre juegos y desafíos lograba que comiera un poco más, se apuntaba encantado.

—Oye, ¿quién es la que se viene arriba ahora?

Ella se encogió de hombros, risueña.

—No es venirse arriba. Es que no tenemos ese problema…

Jana seguía sosteniendo el pollo con una mano y él dio otro mordisco. Y mientras lo masticaba, repitió el gesto de acercarlo a la boca femenina. Consiguió apuntarse otro tanto. 

—Vamos a ver, guapa… Soy un tipo grande. Y muy fuerte —subrayó, desafiante. 

Jana empezó a reírse. Las chicas tenían otro problema. Especialmente si el hombre en cuestión era de las características de Declan. Ahora se sentía genial. Un poquito haragana, eso sí, con esa pesadez postsexo tan deliciosa… Pero, en un rato, cuando su cuerpo se enfriara, le dolerían hasta las pestañas. No habría un solo músculo que no acusara el efecto de las poderosas embestidas masculinas. Ni uno. 

Él sonrió, complacido.

—¿Nos entendemos, verdad? Vale. ¿Traigo el tiramisú o seguimos con el pollo? Porque está claro que los dos necesitamos reponernos.

Jana concedió con un mohín gracioso que Declan festejó con una carcajada y la complicidad regresó con todo su brío. 

—Tienes razón, ancianito. Creo que voy a comer otro trozo de pascualina. ¡Tiene espinacas, el secreto de la superfuerza de Popeye! —exclamó, sacando bíceps—. ¡Y además está de muerte!


* * * * *

(Continuará)

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©️2026. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
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