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Proyecto CRS-09

Mystic Oaks. Historias Especiales, 1


Intro 1: Y después de Mystic Oaks, T2 llega…

Capítulos: 

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CRS-09. MO. Historias Especiales # 1. Cap 11


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2027/2028
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CRS-09 Portada de Proyecto. Vision Board 1

11


Después de regresar del súper y acomodar la compra, Jim había vuelto al trabajo, acompañado de su fiel mascota. Que todos estuvieran trabajando, había supuesto vérselas con la vieja cosechadora tirada por el tractor. La pobre hacía lo que podía, pero la tarea era mucho más lenta y tediosa. El lado bueno de llegar el último era que lo había librado de las bromas de rigor. Aunque sabía positivamente que era solo cuestión de tiempo que volvieran a comenzar

Desde que Tim se había enterado del viaje de Lilly, estaba insoportable, pensó con una sonrisa divertida que dejaba claro que se quejaba de las bromas solo de boquilla. La verdad era que estaba encantado con la decisión de Lilly. Las bromas se la recordaban y con el recuerdo, regresaba la sensación de triunfo absoluto que le llenaba el cuerpo durante horas.

Ahora, sin embargo, el sentimiento dominante era ansiedad. Una clase distinta de ansiedad que, a pesar de estar relacionada con Lilly —últimamente, todo parecía estarlo—, no resultaba nada agradable.

Después de que Robert había dejado de reírse de él, Jim le había pedido que le avisara en cuanto Lilly les hubiera comunicado la noticia. Echó un vistazo al reloj y exhaló un bufido. Había pasado ya una hora y media y seguía sin noticias de su padre. Eso solo podía significar que ella aún no les había dicho nada.

—Lilly tiene que estar atacada de los nervios —dijo en voz alta. Rain, que iba en el asiento del copiloto dentro del tractor, hecha una especie de ovillo con los cuartos delanteros y las dos patas traseras sobre el suelo del vehículo, pues era demasiado grande para aquel asiento, levantó la cabeza y lo miró—. Sí, te hablo a ti. No me mires así.

Jim no pudo más que reírse de su propia locura. Le consolaba saber que no era nueva. Siempre hablaba con su mascota. Y, aunque nunca se lo hubiera dicho a nadie, estaba seguro de que Rain lo entendía. 

—Le daré diez minutos más porque, con el asunto de la entrevista del amigo de Cam, la comida tiene que haberse retrasado bastante, y después… —En aquel momento, su móvil empezó a sonar—. Uy, mira, hablando del rey de Roma…

Jim se estiró a coger el dispositivo del salpicadero. Miró la pantalla y frunció el ceño. No era su padre. Tampoco Lilly. El número le resultaba vagamente familiar, pero en aquel momento no caía de quién podía ser.

Atendió y sostuvo el móvil cerca de la oreja con el hombro para poder seguir conduciendo el tractor.

—¿Sí…?

—¡Hola, guapísimo! ¿Cómo estamos hoy?

Jim respiró hondo en un signo de hartazgo al reconocer la voz. Era la camarera del bar Sidetrax otra vez. Summer o como coño se llamara.

Pues no había elegido el mejor momento para dar por saco. Eso, suponiendo que hubiera uno ahora que Lilly estaba en su vida.

—Igual de no disponible que la última vez que hablamos. Te lo dije. Muy clarito. ¿No me oíste? —disparó a quemarropa.

Eh, eh, eh… Tranquilo, ¿vale? —se defendió Summer. Su tono era serio, pero no ofendido—. Claro que te oí. No estoy sorda. Que te creyera es otra cuestión…  

Jim pudo reconocer una sonrisa irónica al final de la frase y eso lo revolvió. ¿Para una vez que decía la verdad no le creían? Era alucinante. Decidió atajar el problema de raíz.

—Oye, me da igual si me crees o no. No estoy disponible. ¿Está claro? No me obligues a ser borde.

Más borde, dirás —repuso Summer, cáustica. Sin embargo, enseguida cambió el tono por otro entre jovial y desafiante—. ¿Cómo quieres que te crea? ¡Eres Jim Bryan! Hablamos. Bailamos. Tonteamos —enfatizó—. En ningún momento me has dicho que cancelabas la cita porque no te gusto. Lógico. Al margen de que todo Springfield sabe que no le haces ascos a nada, sé que te gusto porque doy el perfil de tus preferencias. Te encantan morenas, macizas y tetonas… Como yo —volvió a enfatizar—. Además, en serio… Suponiendo que me hubiera tragado semejante gilipollez, ¿crees que me importaría que tuvieras a otra en la cabeza? ¡Quiero divertirme, tío; no casarme contigo! 

Ella se reía con desparpajo y Jim no pudo evitar reparar en la enorme ironía de lo que estaba oyendo. ¿Morena, maciza…? 

Si tú supieras… 

Jim no era consciente de tener una preferencia tan específica como la que la camarera detallaba. Tenían que resultarle atractivas, eso era obvio, pero… ¿Preferencias? Qué va. Le daba igual si eran rubias, pelirrojas o morenas mientras estuvieran dispuestas a darse un revolcón con él. Ahí acababa todo.

Hasta Lilly, pensó; ahora estaba claro que se había vuelto un sibarita. 

—A ver, chica… Si me crees o no es tu problema. A mí me da igual. Lo que no me da igual es que sigas llamándome. No voy a enrollarme contigo, ¿lo entiendes o necesitas que te lo deletree? Borra mi número de tus contactos YA —exigió.

Y a continuación, cortó la llamada y dejó caer el móvil de mala manera sobre el salpicadero.

Bufó y compartió con Rain un pensamiento que no se le iba de la cabeza.

—¡Mierda! Esto va a ser un problema, ya verás…


* * * * *

Lilly había pensado mucho en cómo anunciar la noticia de su viaje a la familia. Incluso lo había estado ensayando frente al espejo del baño y solo había conseguido ponerse más nerviosa. Que ya era decir.

Era genial haber tomado la decisión de viajar a Springfield para hablar cara a cara con Jim sobre el tema «me importas», pero vivía entre los Bryan. No podía irse sin más. Tenía que dar una razón.

Y ahí era donde empezaban los problemas. 

Para empezar, Robert era un hombre de ideas convencionales. Y si hubiera tenido alguna duda al respecto, ya no la tenía. Se le había quitado de inmediato después de oír sin querer la conversación que había tenido con Doreen acerca del traslado de Chris al edificio principal y la facilidad con que las parejas hoy en día «estaban preparadas» para irse a vivir juntas y, sin embargo, no lo estaban para asumir un compromiso a largo plazo y casarse. Seguro que su decisión intempestiva de viajar setecientos kilómetros a una casa en la que los únicos habitantes eran dos de sus hijos le haría fruncir el ceño. Para seguir, y suponiendo que pudiera pronunciar sin tartamudear las palabras: «Quería que supierais que mañana me voy a Springfield»; después ¿qué? ¿Les diría que necesitaba hablar con Jim? Era lógico que Robert —y todos— se preguntaran por qué no podía esperar diez días, a que Jim regresara a Nashville. Y aquí había dos opciones: decir que tenían un asunto serio entre manos que no podía esperar y dejar que cada uno llegara a su propia conclusión… O salir corriendo y no parar hasta cruzar la frontera con México.

Ay, madre, qué lío… ¡Esto es un problema de los gordos! 

«¿Por qué es un problema? ¡Dilo y ya!», exclamó la metomentodo, quitándole, por una vez, las palabras de la boca. Ya estaba bien de dar vueltas con eso. Se iba a Springfield. Tenía que decirlo. 

¡Dilo y yaaaaaa!

—Perdón… —empezó a decir Lilly. 

Fue entonces cuando se dio cuenta de que acababa de interrumpir a Robert, que, en aquel momento, le estaba contando a Ken lo impresionado que se había quedado con el amigo de Cameron. 

«¡Tierra, trágame!», pensó. Pero ya estaba hecho.

—¿Sí, Lilly? —repuso él con una sonrisa amable.

Las miradas divertidas corrieron de uno a otro. Todos se preguntaban lo mismo. ¿Lilly al fin anunciaría la gran noticia?

Ella hizo un gesto cómico sin dejar de sonreír y se disponía a empezar a hablar (aunque seguía sin saber lo que iba a decir) cuando un móvil empezó a sonar. Era el de Robert.

«¿Justo ahora? ¡Qué inoportuno!», pensó Lilly con desazón. Como estaba tan sobrada de coraje y nada, pero nada, ansiosa…

—Perdona, Lilly —se disculpó él y, al ver el nombre que se iluminaba en la pantalla, tuvo que concentrarse con todas sus fuerzas para no delatarse. Atendió—. Hola, ¿qué tal? —dijo sin identificar a su interlocutor deliberadamente.

En Springfield, Jim respondió:

—Hola, papá… ¿Os lo ha dicho ya?

Robert procuró mantener una expresión neutra.

—Creo que no tardará. Estamos acabando de comer… 

Jim soltó un bufido nervioso. Conociéndola, Lilly tenía que estar dándose el comecocos, solo que esta vez la razón no era él, sino su padre. Era como si la estuviera viendo en vivo y en directo. Si él mismo había sudado la gota gorda para sincerarse con su padre, ¿cómo no iba a estar pasándolo mal Lilly? Robert Bryan imponía. Joder, si imponía. 

No dudaba de ella. Estaba seguro de que Lilly encontraría la manera de compartir la noticia. Una manera a su estilo: divertida y un poco atropellada. Pero, evidentemente, aún no la había encontrado. Estaría supernerviosa y no quería que ella pasara por eso. Y no, se dijo, no estaba siendo sobreprotector. Para nada. Viajar había sido decisión de Lilly, pero se trataba de su familia. Más concretamente, de su padre: el gran Robert Bryan. Ese toro era suyo y solo suyo. 

—Vale, papá. Sígueme el juego. Ahora mismo te estoy diciendo que la invité a venir y tú lo repites en voz alta sorprendido. ¡Que suene natural, por favor! ¡Venga, dilo!

La sonrisa de Robert se hizo más grande. Inmensa. No solo se trataba de la ternura que le provocaba ver a su hijo tan preocupado por una chica. Era especialmente orgullo de padre. No se lo había dicho a Jim antes, cuando habían hablado, pues había preferido dejar que manejara las cosas a su manera. Pero ahora, al tomar la iniciativa, su hijo estaba haciendo lo que él mismo habría hecho de estar en su lugar.  No cabía en sí de orgullo.

Fue esa sonrisa enorme e imposible de disimular la que lo delató ante Lilly.

—Es Jim, ¿verdad? —dijo ella, mirando a Robert ilusionada. Sus nervios se habían evaporado… Curiosamente—. Le está diciendo que mañana voy a Springfield, ¿a que sí?

Un murmullo de bromas y risas por lo bajo dominó la cocina. Los ojos de Robert se posaron sobre Lilly, cargados de picardía.

—Me está diciendo que te ha invitado a ir… Perdona, Jim. Estaba hablando con Lilly.

En Springfield, Jim dio un respingo en el asiento del conductor. Su mascota levantó la cabeza y lo miró fijamente.

—¡Joder, papá! ¡Te dije que sonara natural! ¿Es que no hablas mi idioma?

—Lo siento. Nos ha descubierto, hijo —admitió, riéndose. Y al ver que Lilly extendía su mano buena, pidiéndole el móvil, añadió—: Quiere hablar contigo. Te paso con ella.

Jim sacudió la cabeza. Le indicó al conductor del camión que estaba detenido a su par que enseguida volvían a ponerse en marcha. El vehículo de catorce toneladas recibía las patatas que la vieja cosechadora iba volcando en la caja. 

Se encomendó a Dios y a todos sus querubines mientras esperaba. A veces, era demasiado impulsivo. Estaba claro que acababa de resolver el problema del anuncio de un plumazo, pero… ¿Lo vería Lilly de la misma manera? Haber interferido podía entenderse como falta de confianza. O peor todavía, como una forma de evitar que ella se echara atrás. ¿Y si la razón de que aún no hubiera anunciado su viaje era que lo estaba reconsiderando? A la mierda, se dijo. Bien o no, ya estaba hecho.

Lilly se puso de pie. Les indicó a Robert y a los demás con un gesto que enseguida regresaba y salió de la cocina. Se apoyó contra la pared, del lado de fuera.

—¿Le has dicho a tu padre que me invitaste a ir a Springfield?

Un agradable cosquilleo recorrió el cuerpo de Jim al oír su voz. Se obligó a no pensar en ello y analizó rápidamente la pregunta antes de responder. 

Lilly no sonaba molesta o nerviosa. Genial.

Pero el tono denotaba que no sonreía, y eso no era nada normal. Mierda. ¿La había cagado, entrometiéndose?

—Sí. ¿Por qué no? De todas formas, te habría invitado ese día, antes de irme, si... Bueno —se rio con complicidad—, si no te hubieras encerrado en el baño con dos vueltas de llave por si la tentación de verme se volvía irresistible. Así que….

—¿Y cómo sabes...? —Lilly sacudió la cabeza risueña—. ¡Toma farol acabas de marcarte, Jim Bryan! ¡Quéééé fueeeerteeeee!

Jim se rio y no añadió nada más. Tenía que dosificar su locura por ella o acabaría metiendo la pata de verdad. No era el momento de fastidiarlo todo dejándose llevar por la ilusión.

Lilly asomó la nariz por la puerta y espió a ver qué sucedía en el interior de la cocina. A pesar de seguir hablando con Ken, Robert giró la cabeza y le hizo un guiño, dejando claro que la había visto. Ella retiró la nariz a velocidad supersónica.

—Tu padre está pendiente de mí —continuó—. Bueno, no solo él… Así que voy a devolverle el móvil para que puedan acabar de comer, ¿vale? Ya hablaremos tú y yo.

¡Uy, qué serio había sonado eso!, pensó Jim. 

—De acuerdo —respondió con cautela.

Entonces, Lilly se rio y habló en voz baja.

—¿Creías que no iba a ser capaz de decirle a tu padre sin más que mañana estaré en su casa? ¿Sin pedirle permiso, ni tener la cortesía de consultarle si le parece bien?

«Pues a lo hecho, pecho, campeón», pensó Jim. Que sea lo que Dios quiera.

—La verdad es que sí —reconoció—. Pero no por lo que tú crees. Es mi padre…

—¡Has hecho muuuuuuuuuuy bieeeeeeen! ¡Eres un crack! —lo interrumpió Lilly, riéndose de los nervios—. ¡Te debo una!

—Debí anticiparme —continuó Jim, hablando al mismo tiempo que ella—. Decirle a todo el mundo que te había invitado a venir, en vez de pedirle…

Ambos callaron a la vez. El corazón de Lilly se saltó un latido. El de Jim se saltó dos.

—En vez de pedirle ¿qué?

Jim suspiró.

—Qué te dieran cancha y no se burlaran. No me mates, por favor.

«¿Matarte? ¡Sí, a besos!». Ese había sido el primer pensamiento de Lilly. 

El segundo fue menos efusivo.

A ver, a ver, a ver… Un momentito, por favor… 

—¿Están al tanto de todo, todo, todo? —preguntó, poniendo cara de dolor.

¡Ay, colega, qué cagada!, pensó Jim. También puso cara de dolor, pero enseguida se creció.

—¿Todo? ¡Qué va! Lo de la flor con el lifting chungo es solo una cosa entre tú y yo —y se tapó la boca. Estaba alucinando pepinillos consigo mismo.

Lilly también estaba alucinando.

—¡Joooooooooooooo, Jim! ¡Venga ya! No me digas que…

—Que nooo… ¡Es broma, es broma, es bromaaaaa! —exclamó él y al fin ambos acabaron tronchándose de risa.



* * * * *

Poco después, Lilly regresó a la mesa. Le devolvió a Robert su teléfono con un mohín cómico.

—Gracias, Robert. ¡Todo aclarado! —exclamó alegremente y fue rápidamente a ocupar su lugar.

Todas las miradas la siguieron mientras ella cogía una patata asada de la fuente, la partía con el tenedor y se la llevaba a la boca. Por supuesto, se había percatado de que llevaba los ojos de todos pegados al jersey.

—¿Qué? —les dijo risueña—. ¿Alguna duda sobre el tema? —y aunque  era consciente de que estaba pidiendo demasiado, rogó por que no hubiera ninguna.

El silencio se extendió durante unos segundos, haciéndole recobrar la esperanza. Si la idea de hablar del viaje ya le resultaba violenta antes de saber que ellos lo sabían porque cierto tío bueno de coleta se los había contado, ahora parecía como si tuviera hormigas por el cuerpo. No estaba en situación de responder preguntas sobre Jim y ella. No tenía todas las respuestas. Aclararse —y que él también lo hiciera— era el motivo del viaje.

Entonces, Ken levantó un dedo para pedir la palabra. Ya había empezado a reírse antes de hacerlo.

—Ya lo sé —repuso Lilly, aliviada. Su cuñado siempre la salvaba—. Quieres que te pase la fuente de patatas, ¿no?

La cocina en pleno estalló en carcajadas cuando Ken señaló la fuente de al lado y dijo:

—Sí, y ya que estás, ¿me pasas la del pollo también, por favor?


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©️2026. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
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CRS-09. MO. Historias Especiales # 1. Cap 12


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2027/2028
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CRS-09 Portada de Proyecto. Vision Board 1

12


Como era costumbre, la sobremesa se había extendido durante un buen rato. Lilly se había marchado tan pronto había terminado de comer, gracias a que su hermana se había ofrecido a recoger la mesa cuando todos hubieran acabado. Solo quedaban Robert, Chris y Ken sentados a la mesa cuando Doreen, siguiendo el plan acordado, dijo que se retiraba.

—Tengo que hacer unas cosas, así que os dejo que sigáis charlando —anunció con una sonrisa. Acto seguido, puso su servilleta sobre la mesa y movió la silla de ruedas hacia atrás, dispuesta a marcharse.

Robert se levantó de su asiento como impulsado por un resorte, pensando que, aunque «tener que hacer unas cosas» no era exactamente la excusa que él le había sugerido, no afectaba en nada a la esencia del plan, pues esas cosas a las que aludía tenían que ver con él.

Ken hizo otro tanto, pero se permitió bromear al respecto, sin saber que estaba a punto de dar en el clavo.

—Te han ordenado reposo, Doreen. ¿Qué cosas tienes que hacer? No será una excusa para acaparar a mi padre, ¿no?

Las mejillas de Robert le dieron la respuesta y, al notarlo, no pudo evitar reírse. ¿Había acertado? ¡No se lo podía creer! Su pobre viejo iba a quedar reducido a cenizas por combustión espontánea.

Doreen le lanzó una mirada divertida a Robert y a continuación posó sus ojos sobre Ken. Pensó que, de buena gana, le cerraría la boca a su querido sobrino respondiendo con la verdad. A descarada no le ganaba nadie. En el último segundo, sin embargo, decidió tener piedad de Robert. 

—¿Y desde cuándo hago lo que me dicen, sobrino? Eso sería una novedad, ¿no te parece? —Por no decir un milagro, pensó.

Algo en su tono de voz o quizás en el brillo de aquellos ojos que eran como mirarse en el espejo, logró que Ken ahora estuviera totalmente seguro de que había acertado.

—Es verdad. Sería toda una novedad. De la clase que provoca diluvios universales y ahora que tenemos mano de obra, no queremos que sea la lluvia la que nos haga una faena. Así que… ¡No se te ocurra hacerle caso al médico, tía! —dijo riendo y añadió, esta vez, mirando a su padre—: Si tú no tienes que hacer cosas, ¿podemos hablar un momento? Necesito tu consejo para un asunto.

Robert maldijo por dentro lo inoportuno de la cuestión. Habían quedado en hablar, pues era él quien necesitaba la ayuda de Ken, pero ¿tenía que ser precisamente ahora? 

—Claro, hijo. Vamos a la biblioteca, así charlamos más cómodos —propuso. Y no quiso mirar a Doreen. Podía oír sus pensamientos. No eran demasiado diferentes de los suyos propios. La frustración empezaba a hacer mella en los dos.

Doreen sentía ganas de ponerse a gritar: «¡Basta ya! ¡Queremos estar a solas! ¡Dejadnos en paz!». Pero no lo hizo. En cambio, se colgó su mejor sonrisa y maniobró su supersilla hacia la puerta.

—Caballeros… —se despidió y, al pasar frente a Chris, que estaba al otro lado de la mesa, junto a Ken, le hizo un guiño—. Muchas gracias por ocuparte de todo, querida. 


* * * * *


Media hora más tarde, Robert y su hijo abandonaron la biblioteca. Se despidieron al llegar a la fuente del hall. Ken fue a la cocina, donde Chris estaba disponiendo la mesa y adelantando algunas preparaciones para la cena. Al igual que había sucedido con la comida, tendría lugar más tarde de lo habitual. Había tiempo de sobra para hacerlo, pero Chris y su hermana se habían acostumbrado al «método Doreen» de adelantar las tareas siempre que era posible y lo seguían de buen grado. Las dos habían comprobado con el paso del tiempo que entre los Bryan nunca faltaban los imprevistos. 

Robert se dirigió a su habitación con una sonrisa satisfecha en los labios. La reunión había sido un éxito: había conseguido la ayuda que necesitaba sin revelar demasiado acerca de sus planes románticos. 

Era satisfacción, pero también una sensación de realización personal que lo tenía flotando a ras del suelo sin llegar a tocarlo. Doreen se había convertido en su sueño más preciado hacía años y, en ese lugar donde todo era posible, se había visto casándose con ella. Felizmente convertido en el señor Montgomery, pensó con una sonrisa divertida. ¡Cuánto le gustaría eso a Doreen! Sin embargo, en el fondo, una parte de él había seguido creyendo que esas visiones maravillosas nunca sucederían fuera del territorio de los sueños. Y era precisamente esa parte la que lo estaba viviendo con más intensidad. La que muchas veces al día, cuando estaba haciendo alguna tarea, de repente pensaba: «¡Voy a casarme con ella dentro de diez días!». El pensamiento llegaba porque sí, sin venir a cuento, y la alegría que lo embargaba ponía su mundo en pausa durante unos minutos. Minutos en los que soñaba despierto con las cosas que Doreen y él harían, los lugares que visitarían juntos, los planes en común que trazarían… Era una sensación maravillosa volver a ser un hombre enamorado en la vida real, no solo un padre y un ranchero.

Al llegar a su dormitorio, se detuvo y se tomó un instante para comprobar que su aspecto era el adecuado. Se arregló el cabello con las manos y, al fin, abrió la puerta.

La habitación estaba iluminada por la luz diurna que entraba del exterior a través de las dos grandes ventanas. Todo estaba tal como lo había dejado al marcharse a recibir a Cameron y su amigo. A simple vista podía decirse que no había rastro de Doreen en aquella habitación.

La preocupación lo invadió. Habían quedado en reanudar lo que tenían entre manos después de la comida, y él se había ido a atender otro asunto. Un asunto que tenía todo que ver con ella, pero no podía decírselo, por lo que a sus ojos no había excusa posible. 

Maldita sea, Robert. Debiste haberle dicho a Ken que hablaríais más tarde.

Exhaló el aire por la nariz y, con él, una buena cantidad de frustración. 

Entonces, reparó en las prendas femeninas, debidamente dobladas y apiladas, que había a los pies de su cama. Una sonrisa aliviada curvó sus labios.

Se acercó hasta la cama y, en un instante, el alivio se transformó en deseo al ver que el conjunto de lencería íntima de Doreen estaba en la parte superior del montoncito. 

Dios mío… Está desnuda del todo.

El pensamiento lo dejó momentáneamente sin aliento. 

Entonces, oyó que la puerta del baño se abría. Volvió la cabeza y la vio. De pie, en el haz de luz. Cubierta por su albornoz de seda que, esta vez, había cerrado debidamente con el lazo. Hermosa como nunca.

—Hola… —murmuró él con apenas un hilo de voz.

Ella se limitó a sonreír. Luego, fue hacia la puerta del dormitorio y la cerró por dentro con el pestillo. A continuación, se dirigió hacia Robert. Sus pasos eran lentos, debido a la herida, pero firmes. Se detuvo frente a él y extendió su mano con la palma hacia arriba.

—Tu móvil, por favor —dijo.

Robert escondió la acelerada que acababa de dar su corazón tras una sonrisa pícara. Obedeció y permaneció mirando cómo Doreen lo apagaba y lo depositaba sobre su pila de ropa sin hacer comentarios. 

Estaba tan emocionado y tan excitado que no le habrían salido las palabras. 

Pero Doreen aún no había acabado de establecer las reglas del juego. Para sorpresa (y locura de amor) de Robert, regresó frente a él. Agarró firmemente los lados de su polo y tiró de la prenda hasta sacarla por fuera de los pantalones. 

Y luego siguió tirando, instando a Robert a que se la quitara. Él obedeció. Pronto la prenda cayó al suelo y él quedó con el torso desnudo frente a la mujer que amaba, viendo cómo aquellos hermosos ojos celestes casi transparentes se regodeaban en él. 

Luego sintió sus dedos, suaves como la seda, recorriendo muy despacio la cicatriz longitudinal de veinte centímetros en mitad de su tórax. Hicieron otro tanto con la más pequeña, de seis centímetros, situada en el costado derecho(1) de su pecho, en la misma línea del pezón. 

Tampoco entonces las manos de Doreen se detuvieron. 

Robert inspiró hondo al sentir cómo manipulaban la hebilla del cinturón, el botón superior y, finalmente, la cremallera de sus vaqueros lavados a la piedra. Un instante después, Doreen tiró de los pantalones hacia abajo, llevándose consigo la ropa interior. Pero, esta vez, mientras lo hacía, su mirada no se apartó de él.

Al liberarse de la prisión de sus bóxers, su miembro se irguió orgulloso, apuntando al frente. Le resultó a la vez extraño y excitante encontrarse de aquella forma por primera vez ante una mujer con la que había convivido durante un cuarto de siglo y con la que había fantaseado la mitad de él.

Entonces, Doreen bajó la cabeza. Robert sintió el fuego de su mirada recorriendo sus genitales con libidinosa lentitud. Contuvo el aliento cuando ella volvió a alzar la vista y dijo:

—Vaya… —Una señal de total aprobación a sus atributos que consiguió que su miembro se irguiera aún más al mismo tiempo que sus mejillas acusaban recibo.

Sin embargo, Robert doblegó su incomodidad y le siguió el juego.

—Me agrada contar con tu visto bueno —repuso con un hilo de voz al tiempo que hacía un gentil movimiento de agradecimiento con la cabeza.

Y entonces, Doreen volvió a ser Doreen, la mujer desafiante y provocadora que conocía.

—Tienes una buena herramienta —concedió sin rodeos. 

Realmente, no se trataba de una primicia. Veinticinco años conviviendo bajo el mismo techo y amándolo en secreto daban para mucha observación. Especialmente, tratándose de una persona curiosa por naturaleza, como ella. Pero esta era la primera vez que podía comprobarlo con sus propios ojos.

Las mejillas de Robert se prendieron fuego y Doreen tuvo que esforzarse mucho por contener la risa. Amaba locamente a ese hombre. Lo adoraba con cada fibra de su ser. Pero estaba decidida a curarlo de sus momentos de bochorno superlativo.

—Habrá que esperar a ver si sabes cómo usarla —remató. 

El brillo demencial de aquellos ojos de mirada profundamente tierna le tocaron el corazón. Hizo un mohín travieso y añadió:

—No te preocupes, Rob. Si no lo sabes, te enseñaré encantada.

Robert asintió con la cabeza y acabó de desvestirse para evitar aquel turbador contacto visual. En parte, también para poder dejar atrás un intercambio en el que ella, por su carácter, llevaba todas las de ganar, y entrar en un terreno donde estuvieran más igualados. Empezando por lo más obvio: la quería tan desnuda como lo estaba él.

Se sentó en la cama para quitarse las botas. Luego siguió con los calcetines y, finalmente, se quitó del todo los vaqueros y los boxers.

Ignorando la dificultad añadida de seguir pareciendo un hombre digno, a pesar de estar completamente desnudo y con una parte de su anatomía apuntando al frente como si fuera una carabina, Robert se levantó y regresó con Doreen. Se detuvo muy cerca, invadiendo deliberadamente su campo vital. Con movimientos suaves y medidos, desató el lazo de su albornoz de seda, pero no abrió la prenda aún. En cambio, sus manos ascendieron hasta los hombros femeninos y volvieron a bajar sobre sus brazos en una lenta y delicada caricia. 

Ella, que no había dejado de mirarlo a la cara desde que se había acercado, sonrió:

—Te gusta saborear cada paso que das… Eso está muy bien, Rob —aprobó.

Él volvió a agradecérselo con un gentil movimiento de la cabeza.

—También adoro saborear los que tú das —matizó.

Se agachó para acercarse a su cuello. Quería aspirar el aroma de su piel en aquel rincón donde ella solía aplicar dos gotas de su perfume favorito.  Quería posar sus labios en el hueco del cuello y subir, dejando un sendero de besos hasta alcanzar su oreja. Y una vez allí, murmurarle dulces palabras al oído. Más allá del deseo, mucho más allá de sus mutuas ganas de jugar a descubrirse en el plano más íntimo de todos, Doreen era para él la realización de un sueño de amor y, después de todo, Robert Bryan era un romántico.

Y eso hizo. Todo ello, paso a paso, mientras sus manos la sostenían suavemente por los codos y el albornoz continuaba cubriendo el cuerpo de Doreen hasta los pies.

—¿Sabes lo que más adoro de todo? —murmuró. Continuó sin esperar respuesta—. Que hayas dejado de ser un sueño imposible… —Buscó la mirada de Doreen—. No creí que la vida me tuviera reservado semejante regalo y cada vez que te abrazo y tú te acurrucas contra mí, haciendo que todo sea tan real, tan tangible… Cada vez que te miro y veo el amor en tus ojos… —La emoción embargó a Robert, que dejó de hablar al sentir que la vista se le nublaba.

Para entonces, las lágrimas ya rodaban por las mejillas de Doreen. Nunca necesitaba estímulos extras para emocionarse; era de lágrima fácil y todos en la familia lo sabían. Pero Robert siempre se los daba. Siempre se las arreglaba para tocarle el corazón.

—Ay, Rob… —musitó entrecortadamente—. Ahora mismo, no sé… si matarte… o comerte a besos… 

Las manos de Robert abandonaron los codos femeninos y se dedicaron a secar suavemente sus mejillas.

—¿Por qué dices eso? ¿Por hacerte llorar en un momento en el que tú esperabas… hacer otra cosa? —propuso con un punto de picardía.

Doreen suspiró. Sus ojos destilaban tal dulzura que, por sí solos, conseguían desarmarla. Solo con mirarla. No hacía falta más. Desde luego, no necesitaba gestos como aquel, que hacían tan evidente su enorme sensibilidad y la enamoraban más y más y más…

¡Eres imposible, Robert Bryan!

Apartó las manos masculinas y se ocupó personalmente de adecentar su rostro.

—No, Rob. Eras tú el que tenía que hacer otra cosa… Quiero decir… Cualquier hombre en tu situación habría hecho otra cosa —afirmó, aún con los ojos brillantes por las lágrimas y también por la ilusión—. Pero tú… 

Hizo una pausa durante la cual pensó que, realmente, no había adjetivos para describir cómo era Robert en la intimidad. Todo lo que hacía en este plano era aún más detallista, emocionalmente intenso y único que en los demás. Era especial hasta para expresar su lujuria.  

—No soy como cualquier hombre —murmuró él, rodeándola por la cintura con sus brazos—. Y tú eres la mujer de mi vida. Por más locura que me inspires, por mucho que te desee… Te adoro. El amor que siento por ti siempre hablará más alto.

Doreen se estremeció al oír aquel «te adoro» cargado de sentido y de su inefable ternura. Esas dos palabras en labios de Robert tenían el poder de invocar toda la locura por él que había acumulado durante treinta y cuatro años, desde la primera vez que sus miradas se habían cruzado. Alzó una mano para acariciarle el rostro, pero, inesperadamente, él la detuvo antes de que llegara a su destino. La retuvo en la suya y volvió a doblarse sobre Doreen para hablarle al oído.

O eso pensó ella que haría, antes de que la caricia húmeda de su lengua empezara a dejar un camino ardiente que descendía por el centro de su pecho, en la delgada franja de piel expuesta por la prenda tras haberle quitado el lazo.

Y por si los efectos de aquella caricia no fueran suficientes para adormecer la razón, la mano con la que antes se proponía acariciarle el rostro ahora se hallaba rodeando su duro falo, con la exigente mano masculina encima de la suya, dirigiendo todos los movimientos.

—Muéstrame lo que quieres —murmuró él—, lo que te excita, lo que deseas… Y yo te seguiré dondequiera que vayas. Pero no lo haré como cualquier otro hombre porque soy este hombre: alguien tierno y romántico, que está muy, muy, muy enamorado de ti….

Entonces, él coló su nariz por debajo de la prenda de seda.

Un instante después, ella sintió su aliento muy cerca del pezón izquierdo. 

Y otro más tarde, cuando los labios de Robert lo rodearon y empezaron a chuparlo con pasión, Doreen simplemente dejó de pensar y se abandonó al placer.


(1) En las modernas cirugías de corazón mínimamente invasivas se opera desde el tercer o cuarto espacio intercostal derecho, dependiendo de la patología del paciente.

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