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Proyecto CRS-09

Mystic Oaks. Historias Especiales, 1


Intro 1: Y después de Mystic Oaks, T2 llega…

Capítulos: 

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¡Fin de MO. Historias Especiales # 1!

¡Mystic Oaks. Historias Especiales # 1, ya tiene sinopsis!

¡Mystic Oaks. Historias Especiales # 1, ya tiene portada!





CRS-09. MO. Historias Especiales # 1. Cap 11


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2027/2028
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CRS-09 Portada de Proyecto. Vision Board 1

11


Después de regresar del súper y acomodar la compra, Jim había vuelto al trabajo, acompañado de su fiel mascota. Que todos estuvieran trabajando, había supuesto vérselas con la vieja cosechadora tirada por el tractor. La pobre hacía lo que podía, pero la tarea era mucho más lenta y tediosa. El lado bueno de llegar el último era que lo había librado de las bromas de rigor. Aunque sabía positivamente que era solo cuestión de tiempo que volvieran a comenzar

Desde que Tim se había enterado del viaje de Lilly, estaba insoportable, pensó con una sonrisa divertida que dejaba claro que se quejaba de las bromas solo de boquilla. La verdad era que estaba encantado con la decisión de Lilly. Las bromas se la recordaban y con el recuerdo, regresaba la sensación de triunfo absoluto que le llenaba el cuerpo durante horas.

Ahora, sin embargo, el sentimiento dominante era ansiedad. Una clase distinta de ansiedad que, a pesar de estar relacionada con Lilly —últimamente, todo parecía estarlo—, no resultaba nada agradable.

Después de que Robert había dejado de reírse de él, Jim le había pedido que le avisara en cuanto Lilly les hubiera comunicado la noticia. Echó un vistazo al reloj y exhaló un bufido. Había pasado ya una hora y media y seguía sin noticias de su padre. Eso solo podía significar que ella aún no les había dicho nada.

—Lilly tiene que estar atacada de los nervios —dijo en voz alta. Rain, que iba en el asiento del copiloto dentro del tractor, hecha una especie de ovillo con los cuartos delanteros y las dos patas traseras sobre el suelo del vehículo, pues era demasiado grande para aquel asiento, levantó la cabeza y lo miró—. Sí, te hablo a ti. No me mires así.

Jim no pudo más que reírse de su propia locura. Le consolaba saber que no era nueva. Siempre hablaba con su mascota. Y, aunque nunca se lo hubiera dicho a nadie, estaba seguro de que Rain lo entendía. 

—Le daré diez minutos más porque, con el asunto de la entrevista del amigo de Cam, la comida tiene que haberse retrasado bastante, y después… —En aquel momento, su móvil empezó a sonar—. Uy, mira, hablando del rey de Roma…

Jim se estiró a coger el dispositivo del salpicadero. Miró la pantalla y frunció el ceño. No era su padre. Tampoco Lilly. El número le resultaba vagamente familiar, pero en aquel momento no caía de quién podía ser.

Atendió y sostuvo el móvil cerca de la oreja con el hombro para poder seguir conduciendo el tractor.

—¿Sí…?

—¡Hola, guapísimo! ¿Cómo estamos hoy?

Jim respiró hondo en un signo de hartazgo al reconocer la voz. Era la camarera del bar Sidetrax otra vez. Summer o como coño se llamara.

Pues no había elegido el mejor momento para dar por saco. Eso, suponiendo que hubiera uno ahora que Lilly estaba en su vida.

—Igual de no disponible que la última vez que hablamos. Te lo dije. Muy clarito. ¿No me oíste? —disparó a quemarropa.

—Eh, eh, eh… Tranquilo, ¿vale? —se defendió Summer. Su tono era serio, pero no ofendido—. Claro que te oí. No estoy sorda. Que te creyera es otra cuestión…  

Jim pudo reconocer una sonrisa irónica al final de la frase y eso lo revolvió. ¿Para una vez que decía la verdad no le creían? Era alucinante. Decidió atajar el problema de raíz.

—Oye, me da igual si me crees o no. No estoy disponible. ¿Está claro? No me obligues a ser borde.

—Más borde, dirás —repuso Summer, cáustica. Sin embargo, enseguida cambió el tono por otro entre jovial y desafiante—. ¿Cómo quieres que te crea? ¡Eres Jim Bryan! Hablamos. Bailamos. Tonteamos —enfatizó—. En ningún momento me has dicho que cancelabas la cita porque no te gusto. Lógico. Al margen de que todo Springfield sabe que no le haces ascos a nada, sé que te gusto porque doy el perfil de tus preferencias. Te encantan morenas, macizas y tetonas… Como yo —volvió a enfatizar—. Además, en serio… Suponiendo que me hubiera tragado semejante gilipollez, ¿crees que me importaría que tuvieras a otra en la cabeza? ¡Quiero divertirme, tío; no casarme contigo! 

Ella se reía con desparpajo y Jim no pudo evitar reparar en la enorme ironía de lo que estaba oyendo. ¿Morena, maciza…? 

Si tú supieras… 

Jim no era consciente de tener una preferencia tan específica como la que la camarera detallaba. Tenían que resultarle atractivas, eso era obvio, pero… ¿Preferencias? Qué va. Le daba igual si eran rubias, pelirrojas o morenas mientras estuvieran dispuestas a darse un revolcón con él. Ahí acababa todo.

Hasta Lilly, pensó; ahora estaba claro que se había vuelto un sibarita. 

—A ver, chica… Si me crees o no es tu problema. A mí me da igual. Lo que no me da igual es que sigas llamándome. No voy a enrollarme contigo, ¿lo entiendes o necesitas que te lo deletree? Borra mi número de tus contactos YA —exigió.

Y a continuación, cortó la llamada y dejó caer el móvil de mala manera sobre el salpicadero.

Bufó y compartió con Rain un pensamiento que no se le iba de la cabeza.

—¡Mierda! Esto va a ser un problema, ya verás…


* * * * *

Lilly había pensado mucho en cómo anunciar la noticia de su viaje a la familia. Incluso lo había estado ensayando frente al espejo del baño y solo había conseguido ponerse más nerviosa. Que ya era decir.

Era genial haber tomado la decisión de viajar a Springfield para hablar cara a cara con Jim sobre el tema «me importas», pero vivía entre los Bryan. No podía irse sin más. Tenía que dar una razón.

Y ahí era donde empezaban los problemas. 

Para empezar, Robert era un hombre de ideas convencionales. Y si hubiera tenido alguna duda al respecto, ya no la tenía. Se le había quitado de inmediato después de oír sin querer la conversación que había tenido con Doreen acerca del traslado de Chris al edificio principal y la facilidad con que las parejas hoy en día «estaban preparadas» para irse a vivir juntas y, sin embargo, no lo estaban para asumir un compromiso a largo plazo y casarse. Seguro que su decisión intempestiva de viajar setecientos kilómetros a una casa en la que los únicos habitantes eran dos de sus hijos le haría fruncir el ceño. Para seguir, y suponiendo que pudiera pronunciar sin tartamudear las palabras: «Quería que supierais que mañana me voy a Springfield»; después ¿qué? ¿Les diría que necesitaba hablar con Jim? Era lógico que Robert —y todos— se preguntaran por qué no podía esperar diez días, a que Jim regresara a Nashville. Y aquí había dos opciones: decir que tenían un asunto serio entre manos que no podía esperar y dejar que cada uno llegara a su propia conclusión… O salir corriendo y no parar hasta cruzar la frontera con México.

Ay, madre, qué lío… ¡Esto es un problema de los gordos! 

«¿Por qué es un problema? ¡Dilo y ya!», exclamó la metomentodo, quitándole, por una vez, las palabras de la boca. Ya estaba bien de dar vueltas con eso. Se iba a Springfield. Tenía que decirlo. 

¡Dilo y yaaaaaa!

—Perdón… —empezó a decir Lilly. 

Fue entonces cuando se dio cuenta de que acababa de interrumpir a Robert, que, en aquel momento, le estaba contando a Ken lo impresionado que se había quedado con el amigo de Cameron. 

«¡Tierra, trágame!», pensó. Pero ya estaba hecho.

—¿Sí, Lilly? —repuso él con una sonrisa amable.

Las miradas divertidas corrieron de uno a otro. Todos se preguntaban lo mismo. ¿Lilly al fin anunciaría la gran noticia?

Ella hizo un gesto cómico sin dejar de sonreír y se disponía a empezar a hablar (aunque seguía sin saber lo que iba a decir) cuando un móvil empezó a sonar. Era el de Robert.

«¿Justo ahora? ¡Qué inoportuno!», pensó Lilly con desazón. Como estaba tan sobrada de coraje y nada, pero nada, ansiosa…

—Perdona, Lilly —se disculpó él y, al ver el nombre que se iluminaba en la pantalla, tuvo que concentrarse con todas sus fuerzas para no delatarse. Atendió—. Hola, ¿qué tal? —dijo sin identificar a su interlocutor deliberadamente.

En Springfield, Jim respondió:

—Hola, papá… ¿Os lo ha dicho ya?

Robert procuró mantener una expresión neutra.

—Creo que no tardará. Estamos acabando de comer… 

Jim soltó un bufido nervioso. Conociéndola, Lilly tenía que estar dándose el comecocos, solo que esta vez la razón no era él, sino su padre. Era como si la estuviera viendo en vivo y en directo. Si él mismo había sudado la gota gorda para sincerarse con su padre, ¿cómo no iba a estar pasándolo mal Lilly? Robert Bryan imponía. Joder, si imponía. 

No dudaba de ella. Estaba seguro de que Lilly encontraría la manera de compartir la noticia. Una manera a su estilo: divertida y un poco atropellada. Pero, evidentemente, aún no la había encontrado. Estaría supernerviosa y no quería que ella pasara por eso. Y no, se dijo, no estaba siendo sobreprotector. Para nada. Viajar había sido decisión de Lilly, pero se trataba de su familia. Más concretamente, de su padre: el gran Robert Bryan. Ese toro era suyo y solo suyo. 

—Vale, papá. Sígueme el juego. Ahora mismo te estoy diciendo que la invité a venir y tú lo repites en voz alta sorprendido. ¡Que suene natural, por favor! ¡Venga, dilo!

La sonrisa de Robert se hizo más grande. Inmensa. No solo se trataba de la ternura que le provocaba ver a su hijo tan preocupado por una chica. Era especialmente orgullo de padre. No se lo había dicho a Jim antes, cuando habían hablado, pues había preferido dejar que manejara las cosas a su manera. Pero ahora, al tomar la iniciativa, su hijo estaba haciendo lo que él mismo habría hecho de estar en su lugar.  No cabía en sí de orgullo.

Fue esa sonrisa enorme e imposible de disimular la que lo delató ante Lilly.

—Es Jim, ¿verdad? —dijo ella, mirando a Robert ilusionada. Sus nervios se habían evaporado… Curiosamente—. Le está diciendo que mañana voy a Springfield, ¿a que sí?

Un murmullo de bromas y risas por lo bajo dominó la cocina. Los ojos de Robert se posaron sobre Lilly, cargados de picardía.

—Me está diciendo que te ha invitado a ir… Perdona, Jim. Estaba hablando con Lilly.

En Springfield, Jim dio un respingo en el asiento del conductor. Su mascota levantó la cabeza y lo miró fijamente.

—¡Joder, papá! ¡Te dije que sonara natural! ¿Es que no hablas mi idioma?

—Lo siento. Nos ha descubierto, hijo —admitió, riéndose. Y al ver que Lilly extendía su mano buena, pidiéndole el móvil, añadió—: Quiere hablar contigo. Te paso con ella.

Jim sacudió la cabeza. Le indicó al conductor del camión que estaba detenido a su par que enseguida volvían a ponerse en marcha. El vehículo de catorce toneladas recibía las patatas que la vieja cosechadora iba volcando en la caja. 

Se encomendó a Dios y a todos sus querubines mientras esperaba. A veces, era demasiado impulsivo. Estaba claro que acababa de resolver el problema del anuncio de un plumazo, pero… ¿Lo vería Lilly de la misma manera? Haber interferido podía entenderse como falta de confianza. O peor todavía, como una forma de evitar que ella se echara atrás. ¿Y si la razón de que aún no hubiera anunciado su viaje era que lo estaba reconsiderando? A la mierda, se dijo. Bien o no, ya estaba hecho.

Lilly se puso de pie. Les indicó a Robert y a los demás con un gesto que enseguida regresaba y salió de la cocina. Se apoyó contra la pared, del lado de fuera.

—¿Le has dicho a tu padre que me invitaste a ir a Springfield?

Un agradable cosquilleo recorrió el cuerpo de Jim al oír su voz. Se obligó a no pensar en ello y analizó rápidamente la pregunta antes de responder. 

Lilly no sonaba molesta o nerviosa. Genial.

Pero el tono denotaba que no sonreía, y eso no era nada normal. Mierda. ¿La había cagado, entrometiéndose?

—Sí. ¿Por qué no? De todas formas, te habría invitado ese día, antes de irme, si... Bueno —se rio con complicidad—, si no te hubieras encerrado en el baño con dos vueltas de llave por si la tentación de verme se volvía irresistible. Así que….

—¿Y cómo sabes...? —Lilly sacudió la cabeza risueña—. ¡Toma farol acabas de marcarte, Jim Bryan! ¡Quéééé fueeeerteeeee!

Jim se rio y no añadió nada más. Tenía que dosificar su locura por ella o acabaría metiendo la pata de verdad. No era el momento de fastidiarlo todo dejándose llevar por la ilusión.

Lilly asomó la nariz por la puerta y espió a ver qué sucedía en el interior de la cocina. A pesar de seguir hablando con Ken, Robert giró la cabeza y le hizo un guiño, dejando claro que la había visto. Ella retiró la nariz a velocidad supersónica.

—Tu padre está pendiente de mí —continuó—. Bueno, no solo él… Así que voy a devolverle el móvil para que puedan acabar de comer, ¿vale? Ya hablaremos tú y yo.

¡Uy, qué serio había sonado eso!, pensó Jim. 

—De acuerdo —respondió con cautela.

Entonces, Lilly se rio y habló en voz baja.

—¿Creías que no iba a ser capaz de decirle a tu padre sin más que mañana estaré en su casa? ¿Sin pedirle permiso, ni tener la cortesía de consultarle si le parece bien?

«Pues a lo hecho, pecho, campeón», pensó Jim. Que sea lo que Dios quiera.

—La verdad es que sí —reconoció—. Pero no por lo que tú crees. Es mi padre…

—¡Has hecho muuuuuuuuuuy bieeeeeeen! ¡Eres un crack! —lo interrumpió Lilly, riéndose de los nervios—. ¡Te debo una!

—Debí anticiparme —continuó Jim, hablando al mismo tiempo que ella—. Decirle a todo el mundo que te había invitado a venir, en vez de pedirle…

Ambos callaron a la vez. El corazón de Lilly se saltó un latido. El de Jim se saltó dos.

—En vez de pedirle ¿qué?

Jim suspiró.

—Qué te dieran cancha y no se burlaran. No me mates, por favor.

«¿Matarte? ¡Sí, a besos!». Ese había sido el primer pensamiento de Lilly. 

El segundo fue menos efusivo.

A ver, a ver, a ver… Un momentito, por favor… 

—¿Están al tanto de todo, todo, todo? —preguntó, poniendo cara de dolor.

¡Ay, colega, qué cagada!, pensó Jim. También puso cara de dolor, pero enseguida se creció.

—¿Todo? ¡Qué va! Lo de la flor con el lifting chungo es solo una cosa entre tú y yo —y se tapó la boca. Estaba alucinando pepinillos consigo mismo.

Lilly también estaba alucinando.

—¡Joooooooooooooo, Jim! ¡Venga ya! No me digas que…

—Que nooo… ¡Es broma, es broma, es bromaaaaa! —exclamó él y al fin ambos acabaron tronchándose de risa.



* * * * *

Poco después, Lilly regresó a la mesa. Le devolvió a Robert su teléfono con un mohín cómico.

—Gracias, Robert. ¡Todo aclarado! —exclamó alegremente y fue rápidamente a ocupar su lugar.

Todas las miradas la siguieron mientras ella cogía una patata asada de la fuente, la partía con el tenedor y se la llevaba a la boca. Por supuesto, se había percatado de que llevaba los ojos de todos pegados al jersey.

—¿Qué? —les dijo risueña—. ¿Alguna duda sobre el tema? —y aunque  era consciente de que estaba pidiendo demasiado, rogó por que no hubiera ninguna.

El silencio se extendió durante unos segundos, haciéndole recobrar la esperanza. Si la idea de hablar del viaje ya le resultaba violenta antes de saber que ellos lo sabían porque cierto tío bueno de coleta se los había contado, ahora parecía como si tuviera hormigas por el cuerpo. No estaba en situación de responder preguntas sobre Jim y ella. No tenía todas las respuestas. Aclararse —y que él también lo hiciera— era el motivo del viaje.

Entonces, Ken levantó un dedo para pedir la palabra. Ya había empezado a reírse antes de hacerlo.

—Ya lo sé —repuso Lilly, aliviada. Su cuñado siempre la salvaba—. Quieres que te pase la fuente de patatas, ¿no?

La cocina en pleno estalló en carcajadas cuando Ken señaló la fuente de al lado y dijo:

—Sí, y ya que estás, ¿me pasas la del pollo también, por favor?


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©️2026. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷


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CRS-09. MO. Historias Especiales # 1. Cap 12


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2027/2028
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CRS-09 Portada de Proyecto. Vision Board 1

12


Como era costumbre, la sobremesa se había extendido durante un buen rato. Lilly se había marchado tan pronto había terminado de comer, gracias a que su hermana se había ofrecido a recoger la mesa cuando todos hubieran acabado. Solo quedaban Robert, Chris y Ken sentados a la mesa cuando Doreen, siguiendo el plan acordado, dijo que se retiraba.

—Tengo que hacer unas cosas, así que os dejo que sigáis charlando —anunció con una sonrisa. Acto seguido, puso su servilleta sobre la mesa y movió la silla de ruedas hacia atrás, dispuesta a marcharse.

Robert se levantó de su asiento como impulsado por un resorte, pensando que, aunque «tener que hacer unas cosas» no era exactamente la excusa que él le había sugerido, no afectaba en nada a la esencia del plan, pues esas cosas a las que aludía tenían que ver con él.

Ken hizo otro tanto, pero se permitió bromear al respecto, sin saber que estaba a punto de dar en el clavo.

—Te han ordenado reposo, Doreen. ¿Qué cosas tienes que hacer? No será una excusa para acaparar a mi padre, ¿no?

Las mejillas de Robert le dieron la respuesta y, al notarlo, no pudo evitar reírse. ¿Había acertado? ¡No se lo podía creer! Su pobre viejo iba a quedar reducido a cenizas por combustión espontánea.

Doreen le lanzó una mirada divertida a Robert y a continuación posó sus ojos sobre Ken. Pensó que, de buena gana, le cerraría la boca a su querido sobrino respondiendo con la verdad. A descarada no le ganaba nadie. En el último segundo, sin embargo, decidió tener piedad de Robert. 

—¿Y desde cuándo hago lo que me dicen, sobrino? Eso sería una novedad, ¿no te parece? —Por no decir un milagro, pensó.

Algo en su tono de voz o quizás en el brillo de aquellos ojos que eran como mirarse en el espejo, logró que Ken ahora estuviera totalmente seguro de que había acertado.

—Es verdad. Sería toda una novedad. De la clase que provoca diluvios universales y ahora que tenemos mano de obra, no queremos que sea la lluvia la que nos haga una faena. Así que… ¡No se te ocurra hacerle caso al médico, tía! —dijo riendo y añadió, esta vez, mirando a su padre—: Si tú no tienes que hacer cosas, ¿podemos hablar un momento? Necesito tu consejo para un asunto.

Robert maldijo por dentro lo inoportuno de la cuestión. Habían quedado en hablar, pues era él quien necesitaba la ayuda de Ken, pero ¿tenía que ser precisamente ahora? 

—Claro, hijo. Vamos a la biblioteca, así charlamos más cómodos —propuso. Y no quiso mirar a Doreen. Podía oír sus pensamientos. No eran demasiado diferentes de los suyos propios. La frustración empezaba a hacer mella en los dos.

Doreen sentía ganas de ponerse a gritar: «¡Basta ya! ¡Queremos estar a solas! ¡Dejadnos en paz!». Pero no lo hizo. En cambio, se colgó su mejor sonrisa y maniobró su supersilla hacia la puerta.

—Caballeros… —se despidió y, al pasar frente a Chris, que estaba al otro lado de la mesa, junto a Ken, le hizo un guiño—. Muchas gracias por ocuparte de todo, querida. 


* * * * *


Media hora más tarde, Robert y su hijo abandonaron la biblioteca. Se despidieron al llegar a la fuente del hall. Ken fue a la cocina, donde Chris estaba disponiendo la mesa y adelantando algunas preparaciones para la cena. Al igual que había sucedido con la comida, tendría lugar más tarde de lo habitual. Había tiempo de sobra para hacerlo, pero Chris y su hermana se habían acostumbrado al «método Doreen» de adelantar las tareas siempre que era posible y lo seguían de buen grado. Las dos habían comprobado con el paso del tiempo que entre los Bryan nunca faltaban los imprevistos. 

Robert se dirigió a su habitación con una sonrisa satisfecha en los labios. La reunión había sido un éxito: había conseguido la ayuda que necesitaba sin revelar demasiado acerca de sus planes románticos. 

Era satisfacción, pero también una sensación de realización personal que lo tenía flotando a ras del suelo sin llegar a tocarlo. Doreen se había convertido en su sueño más preciado hacía años y, en ese lugar donde todo era posible, se había visto casándose con ella. Felizmente convertido en el señor Montgomery, pensó con una sonrisa divertida. ¡Cuánto le gustaría eso a Doreen! Sin embargo, en el fondo, una parte de él había seguido creyendo que esas visiones maravillosas nunca sucederían fuera del territorio de los sueños. Y era precisamente esa parte la que lo estaba viviendo con más intensidad. La que muchas veces al día, cuando estaba haciendo alguna tarea, de repente pensaba: «¡Voy a casarme con ella dentro de diez días!». El pensamiento llegaba porque sí, sin venir a cuento, y la alegría que lo embargaba ponía su mundo en pausa durante unos minutos. Minutos en los que soñaba despierto con las cosas que Doreen y él harían, los lugares que visitarían juntos, los planes en común que trazarían… Era una sensación maravillosa volver a ser un hombre enamorado en la vida real, no solo un padre y un ranchero.

Al llegar a su dormitorio, se detuvo y se tomó un instante para comprobar que su aspecto era el adecuado. Se arregló el cabello con las manos y, al fin, abrió la puerta.

La habitación estaba iluminada por la luz diurna que entraba del exterior a través de las dos grandes ventanas. Todo estaba tal como lo había dejado al marcharse a recibir a Cameron y su amigo. A simple vista podía decirse que no había rastro de Doreen en aquella habitación.

La preocupación lo invadió. Habían quedado en reanudar lo que tenían entre manos después de la comida, y él se había ido a atender otro asunto. Un asunto que tenía todo que ver con ella, pero no podía decírselo, por lo que a sus ojos no había excusa posible. 

Maldita sea, Robert. Debiste haberle dicho a Ken que hablaríais más tarde.

Exhaló el aire por la nariz y, con él, una buena cantidad de frustración. 

Entonces, reparó en las prendas femeninas, debidamente dobladas y apiladas, que había a los pies de su cama. Una sonrisa aliviada curvó sus labios.

Se acercó hasta la cama y, en un instante, el alivio se transformó en deseo al ver que el conjunto de lencería íntima de Doreen estaba en la parte superior del montoncito. 

Dios mío… Está desnuda del todo.

El pensamiento lo dejó momentáneamente sin aliento. 

Entonces, oyó que la puerta del baño se abría. Volvió la cabeza y la vio. De pie, en el haz de luz. Cubierta por su albornoz de seda que, esta vez, había cerrado debidamente con el lazo. Hermosa como nunca.

—Hola… —murmuró él con apenas un hilo de voz.

Ella se limitó a sonreír. Luego, fue hacia la puerta del dormitorio y la cerró por dentro con el pestillo. A continuación, se dirigió hacia Robert. Sus pasos eran lentos, debido a la herida, pero firmes. Se detuvo frente a él y extendió su mano con la palma hacia arriba.

—Tu móvil, por favor —dijo.

Robert escondió la acelerada que acababa de dar su corazón tras una sonrisa pícara. Obedeció y permaneció mirando cómo Doreen lo apagaba y lo depositaba sobre su pila de ropa sin hacer comentarios. 

Estaba tan emocionado y tan excitado que no le habrían salido las palabras. 

Pero Doreen aún no había acabado de establecer las reglas del juego. Para sorpresa (y locura de amor) de Robert, regresó frente a él. Agarró firmemente los lados de su polo y tiró de la prenda hasta sacarla por fuera de los pantalones. 

Y luego siguió tirando, instando a Robert a que se la quitara. Él obedeció. Pronto la prenda cayó al suelo y él quedó con el torso desnudo frente a la mujer que amaba, viendo cómo aquellos hermosos ojos celestes casi transparentes se regodeaban en él. 

Luego sintió sus dedos, suaves como la seda, recorriendo muy despacio la cicatriz longitudinal de veinte centímetros en mitad de su tórax. Hicieron otro tanto con la más pequeña, de seis centímetros, situada en el costado derecho(1) de su pecho, en la misma línea del pezón. 

Tampoco entonces las manos de Doreen se detuvieron. 

Robert inspiró hondo al sentir cómo manipulaban la hebilla del cinturón, el botón superior y, finalmente, la cremallera de sus vaqueros lavados a la piedra. Un instante después, Doreen tiró de los pantalones hacia abajo, llevándose consigo la ropa interior. Pero, esta vez, mientras lo hacía, su mirada no se apartó de él.

Al liberarse de la prisión de sus bóxers, su miembro se irguió orgulloso, apuntando al frente. Le resultó a la vez extraño y excitante encontrarse de aquella forma por primera vez ante una mujer con la que había convivido durante un cuarto de siglo y con la que había fantaseado la mitad de él.

Entonces, Doreen bajó la cabeza. Robert sintió el fuego de su mirada recorriendo sus genitales con libidinosa lentitud. Contuvo el aliento cuando ella volvió a alzar la vista y dijo:

—Vaya… —Una señal de total aprobación a sus atributos que consiguió que su miembro se irguiera aún más al mismo tiempo que sus mejillas acusaban recibo.

Sin embargo, Robert doblegó su incomodidad y le siguió el juego.

—Me agrada contar con tu visto bueno —repuso con un hilo de voz al tiempo que hacía un gentil movimiento de agradecimiento con la cabeza.

Y entonces, Doreen volvió a ser Doreen, la mujer desafiante y provocadora que conocía.

—Tienes una buena herramienta —concedió sin rodeos. 

Realmente, no se trataba de una primicia. Veinticinco años conviviendo bajo el mismo techo y amándolo en secreto daban para mucha observación. Especialmente, tratándose de una persona curiosa por naturaleza, como ella. Pero esta era la primera vez que podía comprobarlo con sus propios ojos.

Las mejillas de Robert se prendieron fuego y Doreen tuvo que esforzarse mucho por contener la risa. Amaba locamente a ese hombre. Lo adoraba con cada fibra de su ser. Pero estaba decidida a curarlo de sus momentos de bochorno superlativo.

—Habrá que esperar a ver si sabes cómo usarla —remató. 

El brillo demencial de aquellos ojos de mirada profundamente tierna le tocaron el corazón. Hizo un mohín travieso y añadió:

—No te preocupes, Rob. Si no lo sabes, te enseñaré encantada.

Robert asintió con la cabeza y acabó de desvestirse para evitar aquel turbador contacto visual. En parte, también para poder dejar atrás un intercambio en el que ella, por su carácter, llevaba todas las de ganar, y entrar en un terreno donde estuvieran más igualados. Empezando por lo más obvio: la quería tan desnuda como lo estaba él.

Se sentó en la cama para quitarse las botas. Luego siguió con los calcetines y, finalmente, se quitó del todo los vaqueros y los boxers.

Ignorando la dificultad añadida de seguir pareciendo un hombre digno, a pesar de estar completamente desnudo y con una parte de su anatomía apuntando al frente como si fuera una carabina, Robert se levantó y regresó con Doreen. Se detuvo muy cerca, invadiendo deliberadamente su campo vital. Con movimientos suaves y medidos, desató el lazo de su albornoz de seda, pero no abrió la prenda aún. En cambio, sus manos ascendieron hasta los hombros femeninos y volvieron a bajar sobre sus brazos en una lenta y delicada caricia. 

Ella, que no había dejado de mirarlo a la cara desde que se había acercado, sonrió:

—Te gusta saborear cada paso que das… Eso está muy bien, Rob —aprobó.

Él volvió a agradecérselo con un gentil movimiento de la cabeza.

—También adoro saborear los que tú das —matizó.

Se agachó para acercarse a su cuello. Quería aspirar el aroma de su piel en aquel rincón donde ella solía aplicar dos gotas de su perfume favorito.  Quería posar sus labios en el hueco del cuello y subir, dejando un sendero de besos hasta alcanzar su oreja. Y una vez allí, murmurarle dulces palabras al oído. Más allá del deseo, mucho más allá de sus mutuas ganas de jugar a descubrirse en el plano más íntimo de todos, Doreen era para él la realización de un sueño de amor y, después de todo, Robert Bryan era un romántico.

Y eso hizo. Todo ello, paso a paso, mientras sus manos la sostenían suavemente por los codos y el albornoz continuaba cubriendo el cuerpo de Doreen hasta los pies.

—¿Sabes lo que más adoro de todo? —murmuró. Continuó sin esperar respuesta—. Que hayas dejado de ser un sueño imposible… —Buscó la mirada de Doreen—. No creí que la vida me tuviera reservado semejante regalo y cada vez que te abrazo y tú te acurrucas contra mí, haciendo que todo sea tan real, tan tangible… Cada vez que te miro y veo el amor en tus ojos… —La emoción embargó a Robert, que dejó de hablar al sentir que la vista se le nublaba.

Para entonces, las lágrimas ya rodaban por las mejillas de Doreen. Nunca necesitaba estímulos extras para emocionarse; era de lágrima fácil y todos en la familia lo sabían. Pero Robert siempre se los daba. Siempre se las arreglaba para tocarle el corazón.

—Ay, Rob… —musitó entrecortadamente—. Ahora mismo, no sé… si matarte… o comerte a besos… 

Las manos de Robert abandonaron los codos femeninos y se dedicaron a secar suavemente sus mejillas.

—¿Por qué dices eso? ¿Por hacerte llorar en un momento en el que tú esperabas… hacer otra cosa? —propuso con un punto de picardía.

Doreen suspiró. Sus ojos destilaban tal dulzura que, por sí solos, conseguían desarmarla. Solo con mirarla. No hacía falta más. Desde luego, no necesitaba gestos como aquel, que hacían tan evidente su enorme sensibilidad y la enamoraban más y más y más…

¡Eres imposible, Robert Bryan!

Apartó las manos masculinas y se ocupó personalmente de adecentar su rostro.

—No, Rob. Eras tú el que tenía que hacer otra cosa… Quiero decir… Cualquier hombre en tu situación habría hecho otra cosa —afirmó, aún con los ojos brillantes por las lágrimas y también por la ilusión—. Pero tú… 

Hizo una pausa durante la cual pensó que, realmente, no había adjetivos para describir cómo era Robert en la intimidad. Todo lo que hacía en este plano era aún más detallista, emocionalmente intenso y único que en los demás. Era especial hasta para expresar su lujuria.  

—No soy como cualquier hombre —murmuró él, rodeándola por la cintura con sus brazos—. Y tú eres la mujer de mi vida. Por más locura que me inspires, por mucho que te desee… Te adoro. El amor que siento por ti siempre hablará más alto.

Doreen se estremeció al oír aquel «te adoro» cargado de sentido y de su inefable ternura. Esas dos palabras en labios de Robert tenían el poder de invocar toda la locura por él que había acumulado durante treinta y cuatro años, desde la primera vez que sus miradas se habían cruzado. Alzó una mano para acariciarle el rostro, pero, inesperadamente, él la detuvo antes de que llegara a su destino. La retuvo en la suya y volvió a doblarse sobre Doreen para hablarle al oído.

O eso pensó ella que haría, antes de que la caricia húmeda de su lengua empezara a dejar un camino ardiente que descendía por el centro de su pecho, en la delgada franja de piel expuesta por la prenda tras haberle quitado el lazo.

Y por si los efectos de aquella caricia no fueran suficientes para adormecer la razón, la mano con la que antes se proponía acariciarle el rostro ahora se hallaba rodeando su duro falo, con la exigente mano masculina encima de la suya, dirigiendo todos los movimientos.

—Muéstrame lo que quieres —murmuró él—, lo que te excita, lo que deseas… Y yo te seguiré dondequiera que vayas. Pero no lo haré como cualquier otro hombre porque soy este hombre: alguien tierno y romántico, que está muy, muy, muy enamorado de ti….

Entonces, él coló su nariz por debajo de la prenda de seda.

Un instante después, ella sintió su aliento muy cerca del pezón izquierdo. 

Y otro más tarde, cuando los labios de Robert lo rodearon y empezaron a chuparlo con pasión, Doreen simplemente dejó de pensar y se abandonó al placer.


(1) En las modernas cirugías de corazón mínimamente invasivas se opera desde el tercer o cuarto espacio intercostal derecho, dependiendo de la patología del paciente.

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CRS-09. MO. Historias Especiales # 1. Cap 13


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2027/2028
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CRS-09 Portada de Proyecto. Vision Board 1

13


Robert y Doreen llevaban varios minutos junto a la puerta del dormitorio. Abrazados y besándose como si no hubiera un mañana. Después de dos interrupciones apasionadas, habían conseguido acabar de vestirse. Eran conscientes de que la hora de la cena se acercaba y el resto de la familia no tardaría en reunirse en la cocina.

También habían conseguido llegar hasta la puerta. Robert, incluso, había quitado el pestillo, pero en el último minuto, la magia de lo que habían compartido había vuelto a adueñarse de él y los intercambios apasionados habían regresado con fuerza. Doreen ya no estaba completamente vestida: tenía la camisola subida por encima de sus pechos, que ahora estaban desnudos, pues él le había desatado el sostén. Y la bragueta de Robert estaba abierta, dejando expuesta la parte más insatisfecha de su anatomía.

 —¿Y si volvemos a la cama? —susurró él entre besos y palabras.

Sin esperar respuesta, la tomó por los hombros y la hizo girar con suavidad hasta que Doreen quedó de espaldas a él. Entonces, la atrajo hasta su cuerpo. Sus manos descendieron por el perfil femenino, deteniéndose en sus pechos, que acarició apasionadamente, torturando sus pezones con la punta de los dedos, para finalmente acabar en sus caderas, contra las que empujó su pelvis, en un desesperado intento de aliviarse.

Doreen habría deseado poder recostarse contra él, apoyar la nuca en su pecho y dejarse llevar. Pero la herida de su abdomen le impedía erguirse.

—No puedo creer lo que voy a decir… Pero no podemos hacer eso, Rob —musitó en un tono que portaba tanta desesperación como antes la de él.

Las caricias masculinas se intensificaron.

—¿Y por qué no? —dijo dejando de besarla solo el tiempo necesario para pronunciar las cuatro palabras, tras lo cual volvió a la carga.

Ella no se quedó atrás en pasión. Sus lenguas se enredaron en una danza cada vez más febril durante la cual, en un momento dado, él empezó a empujarla suavemente con su cuerpo…

Y regresaron junto a la cama.

Los dos suspiraron. Se despojaron de sus ropas febrilmente; Robert la ayudó a sentarse en el medio del colchón con las piernas estiradas. Dos almohadas y un grueso cojín mantenían su espalda en un ángulo confortable. A continuación, él se sentó frente a Doreen. Estiró sus piernas poniéndolas por debajo de las piernas femeninas. Era una postura ensayada para estar lo más cerca posible, que habían descubierto que se les daba bien. La herida de Doreen no se quejaba y el miembro de Robert estaba lo bastante cerca de su vagina para rozarla.

De hecho, para algo más que solo rozarla…

Ella ya estaba anticipando ese algo más que la había vuelto loca de placer, a pesar de tratarse de un acercamiento tan tímido. Abrió los ojos y lo miró con una especie de sonrisa remolona en la cara.

—Te gustó, ¿eh? —dijo en un susurro.

La respuesta tardó en producirse, pues la pareja volvió a enredarse en un intercambio apasionado de besos, caricias y abrazos.

—¿Estar dentro de ti? —murmuró Robert abriendo la boca nuevamente sobre la boca femenina y besándola con pasión—. Oh, sí… Ya lo creo que sí…

Doreen dejó que los besos masculinos se adueñaran de su cuello. Para tratarse de un hombre esencialmente tierno, Robert era bastante provocativo en las distancias cortas. Sus besos no eran simplemente besos. Detrás de la aparente caricia de sus labios, siempre estaba su lengua insinuándose, colándose en cada curva y en cada rincón, y también sus dientes, aprisionando de tanto en tanto pellizquitos de piel y volviéndola totalmente loca. La descarada que vivía en ella, estimulada por tantísimo deseo, no tardó en salir a relucir. Y la mujer profundamente enamorada, no movió un dedo para impedírselo. 

—Ya quisieras. Se le llama meter la puntita, Rob… ¿Sabes cuántos años tenía la última vez? Dieciséis… —y renunció deliberadamente al placer de sentir con los ojos cerrados los excitantes movimientos de aquella lengua que ahora bajaba por el canal entre sus pechos, para poder ver la reacción de Robert.

Y vive Dios que la vio. 

Aquellos ojos brillantes, aquellas mejillas enrojecidas, aquella actitud observante, respetuosa, que intentaba siempre mantener la compostura y al mismo tiempo no desentonar.

—Sé cómo se llama, querida mía. Pero, para tu información, no fue solo la punta. Y si de mí hubiera dependido, habría sido mucho más aún.

Mientras una parte de Robert se hacía cruces por lo que acababa de decir, deseando desintegrarse en el acto, la otra suspiró al recordar la enloquecedora vivencia de sentir la tensión de los músculos vaginales alrededor de su miembro, más allá del glande. Bastante más allá, de hecho.

Doreen no ocultó su asombro. Rojo como un tomate y con la incomodidad a punto de agitar carteles de protesta, Robert le había plantado cara a su desfachatez. ¿Había dicho ya que amaba locamente a ese hombre?

—Vaya, vaya, vaya… —Asintió varias veces en un gesto totalmente aprobatorio. Vio que él se ponía aún más rojo y decidió volver a desafiarlo—. ¿Y de quién depende, si no de ti? 

La mirada en los ojos de Robert se volvió intensa como nunca. ¿Qué le estaba proponiendo? Le faltaba el aliento solo con pensarlo. Permaneció mirándola sin saber qué decir, pues no quería romper la magia del momento. Sin embargo, al mismo tiempo, era consciente de que ya casi no podía esperar más. La pasión, la imperiosa necesidad física de ella y el amor que le profesaba eran una mezcla demasiado peligrosa para su cordura.  

Doreen tomó el rostro masculino entre sus manos. No fue un gesto de ternura, sino de posesión. Y sus siguientes palabras lo dejaron meridianamente claro.

—Ya no tengo 16 años. Los dos somos adultos. Sabemos qué es lo que no podemos hacer por cuestiones médicas. Pero fuera de eso… Haz lo que quieras conmigo y yo haré lo mismo contigo.

El corazón de Robert se disparó.

—¿Todo lo que quiera? —preguntó con un hilo de voz.

Incapaz de esperar, volvió a hundir su rostro en el canalillo femenino.

Doreen bajó la vista. 

Se tomó unos instantes para gozar de la anhelada visión de aquel hombre que amasaba sus generosos pechos y lamía sus pezones, enviándola al paraíso cada vez que se los introducía en su boca, deleitándose con ellos como si fueran el plato más apetitoso del mundo. 

Al fin, echó la cabeza hacia atrás y concedió en un murmullo: 

«Todo».


* * * * *


Cuando Doreen y Robert lograron al fin abandonar el dormitorio, su relación sentimental había dado un paso de gigante y ellos ya no eran el mismo hombre y la misma mujer de antes de entrar. 

Si la experiencia del amor correspondido era de por sí grandiosa, los primeros momentos de intimidad junto a la persona amada habían abierto la puerta a unas emociones y a unas necesidades nuevas que ya no iban a poder posponer. Mucho menos, prescindir de ellas. Ambos lo sabían. El solo hecho de que a dos personas responsables, acostumbradas a anteponer el deber a todo lo demás, les hubiera costado tanto abandonar su burbuja romántica constituía una muestra de cómo sería para ellos el día a día en el futuro. 

Robert fue el primero en llegar a la cocina. Ocupó su lugar habitual en torno a la mesa, aliviado de comprobar que no había nadie más allí. Aún seguía muy agitado por las intensas emociones vividas junto a Doreen y agradeció poder disponer de un poco de tiempo para volver a situarse en la realidad. 

«¿Muy agitado? Tú siempre tan correcto, Robert», pensó, y no pudo evitar reírse de sí mismo. Aquellas palabras no describían en absoluto su situación. Sin embargo, y dejando a un lado que su impulso natural tendía siempre hacia la corrección, lo cierto era que le costaba hallar unas que la describieran mejor.

No tenía que ver con sus hormonas sexuales, que parecían haber despertado de un largo sueño. Tampoco con que aquel día hubiera habido espacio para el erotismo en una vida repleta de obligaciones en la que, desde que había enviudado, solo había habido sexo de manera esporádica y por pura necesidad física, que no emocional ni mucho menos sentimental.

Lo que le sucedía era algo mucho más profundo y significativo.

Aquel día había descubierto cómo era la vida de un hombre que volvía a tener una pareja tras veinticinco años de viudez. Un hombre que había criado a sus tres hijos, que ya eran adultos, y disponía de tiempo y energía para dedicarlos a su pareja y a sí mismo. Tiempo para disfrutar y planear. Tiempo para viajar y compartir. Tiempo para descubrir cómo era estar enamorado de alguien y volver a desear locamente a ese alguien en esta etapa de la vida. 

Aquel día había descubierto que sus vivencias no tenían nada que envidiar a las que había experimentado en su juventud. La madurez y la serenidad adquiridas con el paso del tiempo se habían ocupado de convertir esa parte íntima de su vida en una experiencia vital. Plena y satisfactoria como nunca. Una experiencia imprescindible. 

Por eso aquel día había decidido que así serían todos sus días, de ahora en adelante. Un descubrimiento permanente, de la mano de la mujer de su vida.

—Cambia esa cara, guapo. Es como si lo llevaras escrito en la frente —dijo Doreen al pasar por detrás de él en la silla de ruedas. 

Robert regresó a la realidad de sopetón con una sonrisa. Volvió la cabeza para mirarla. Ella ahora estaba a su lado; su vehículo de dos ruedas ocupaba el lugar de la silla del juego de cocina.

—¿Y tú cómo lo sabes? Estaba de espaldas a ti. No podías verme la cara.

—Ahora sí —repuso risueña—. El cartel es de neón con letras rojas y amarillas y dice…

La reacción de Robert fue inmediata: le tapó la boca con una mano para impedirle decir algo que con toda seguridad le sacaría los colores.

Ambos se echaron a reír. Era una risa traviesa, cómplice a más no poder.

Y cuando la risa cesó, regresó otra clase de complicidad. Robert levantó el reposabrazos articulado, empujándolo hacia atrás. A continuación, pasó un brazo alrededor de los hombros femeninos y la atrajo hacia su cuerpo.

—¿Dormirás conmigo esta noche o prefieres que yo duerma contigo?

Doreen estaba a punto de soltarle un chascarrillo al señor «Están preparados para vivir juntos, pero no para asumir un compromiso a largo plazo y casarse». Pero un beso pleno le cerró la boca. Un beso que le supo a gloria, a pesar de no ser nada apropiado para un lugar donde alguien podía aparecer en cualquier momento.

Y cuando la lengua masculina aún seguía profundamente dentro de su boca, la otra mano de Robert, la que no estaba sobre su hombro, se ahuecó sobre su pecho izquierdo, agarrándolo sin ninguna timidez. 

A Doreen le sorprendió que Robert estuviera siendo tan directo, tan osado, habida cuenta de dónde se hallaban. Pero, de más estaba decir que le encantó. Tanto que posó una mano sobre la de él y guio sus caricias. Se apartó con suavidad de su boca para poder mirarlo mientras le decía:

—Te recuerdo que el médico me ordenó reposo… ¿Crees que reposaré si te pasas la noche magreándome, como ahora? En tu idioma: «Metiéndome mano».

Robert le robó otro beso incendiario y al fin abandonó aquellos labios de los que nunca tenía bastante. Una parte de él sabía positivamente que debía poner fin a la locura, pues no era el momento ni el lugar adecuados; la otra, sin embargo, continuó atrapada en ella. Completamente hipnotizado.

Se acercó a hablarle al oído.

—Esto tampoco existe en mi idioma, querida. Te acaricio, eso es lo que hago.

Y su mano, lejos de quedarse quieta, siguió apretando y amasando.

Ella sonrió desafiante. También se acercó a su oído.

—De caricias, nada, Rob —susurró—. Mis tetas te vuelven loco y no paras de magrearlas.

Sus miradas se encontraron. Un brillo travieso a la par que terriblemente incómodo lució al fin en los ojos de Robert cuando dijo:

—¿Algo que objetar? 

¡¿Pero qué demonios acabas de decir?! Aj… ¡Por Dios, hombre! Entonces, el brillo incómodo traspasó la frontera de sus ojos; Robert se sonrojó de repente y su mano se apartó del pecho femenino.

Doreen no pudo contener la risa. Tampoco disimular la enorme ternura que él provocaba en ella cuando intentaba salir bien parado de una encerrona, su sentido de la corrección lo traicionaba y él procuraba seguir pareciendo digno a pesar de estar prendiéndose fuego frente a ella. Hundió su frente en el pecho de Robert y se rio de buena gana mientras él soportaba la burla estoicamente con cara de circunstancia.

—Ay, Rob, eres increíble… ¡Contigo me río lo que no está escrito! —reconoció, al tiempo que se secaba los lagrimales con la punta de un pañuelo. 

—Bien. Cuando acabes de reírte de mí porque soy taaan increíble, ¿responderás a mi pregunta? Por supuesto, me refiero a la primera que te hice.

La segunda había sido un desvarío de aquel ser extraño y desfachatado que últimamente se apoderaba de él y lo dejaba en evidencia. Un desvarío, a más inri, innecesario, pues, conociéndola, sabía que Doreen no tenía nada que objetar.

—¿O reírte es una estrategia para no responderla? —la desafió él, decidido a dejar de ser el blanco de sus pullas. 

Doreen festejó el contraataque con una carcajada. Lo miró asombrado.

—Pero bueno… ¿Estás usando mis propios trucos contra mí? —sacudió la cabeza encantada con el descubrimiento—. ¡Qué rápido aprendes, Rob!

Robert asintió con un gentil movimiento de la cabeza y permaneció mirándola con una sonrisa, reclamando tácitamente una respuesta. El proceso de adaptación a tratar en la intimidad con una mujer que no tenía filtros no sucedía tan rápido como a él le gustaría. Pero sucedía. 

—Muy bien, veamos —concedió ella, disfrutando enormemente de lo que estaba a punto de decir—. ¿Estás proponiendo que durmamos juntos sin habernos casado? 

Esta vez fue Robert quien sacudió la cabeza ante el descubrimiento de que aquella mujer que adoraba nunca dejaría de señalar lo evidente, aunque eso supusiera meter el dedo en la llaga.

—Vamos a casarnos en diez días, Doreen. 

—Que yo recuerde, aún no me lo has pedido —coqueteó, descarada—. Eso, por no añadir que tus hijos todavía no lo saben. 

Robert volvió a pasar su brazo alrededor de los hombros femeninos en un gesto casi paternal.

—Te dije que te lo pediría. ¿Crees que lo he olvidado?

Ella le acarició la barbilla y no dijo nada. Si había algo imposible en el mundo, era que Robert Bryan renunciara a una ocasión tan señalada de desplegar toda su artillería romántica. 

—Y en cuanto a que no lo saben… —continuó—. Te equivocas.

Doreen volvió la mirada lentamente hacia él.

—¿No íbamos a anunciarlo juntos esta noche? 

—Por supuesto, querida. No me refiero a esto. Me reuní con ellos antes del susto de tu hospitalización… Quería saber qué les parecería que su padre volviera a casarse… Contigo, claro —matizó con una doble dosis de dulzura—. Estaban —están— encantados por nosotros, Doreen. Jim dijo que para él siempre hemos sido el equipo perfecto. 

Del corazón a los ojos sin paradas intermedias; la vista de Doreen se nubló por completo y las lágrimas empezaron a rodar sin tregua por sus mejillas.

—¿Lo… han sabido… todo el tiempo? —musitó con la voz entrecortada por la emoción. Cuando Robert asintió con la cabeza, la emoción se convirtió en un llanto acongojado—. Ay, Rob…

Él la rodeó con sus brazos y, mientras depositaba pequeños besos sobre su coronilla, continuó abriéndole su corazón.

—No quiero esperar para ser en la vida real todo lo que llevamos soñando cada uno por separado desde hace siglos. Lo que he sentido hoy estando juntos, siendo nosotros como hombre y mujer… Lo que siento ahora… Esta alegría, esta plenitud, esta sensación de ser la persona más afortunada del mundo solo por el privilegio de tenerte entre mis brazos… De poder hacerte reír con mis tonterías… De que tú me provoques y yo te siga el juego… Es como si el tiempo se hubiera detenido para nosotros esta tarde. Para permitirnos recuperar un poco de lo que nos hemos perdido todos estos años… —Tomó el rostro femenino entre sus manos y la miró a los ojos—. No quiero renunciar a ser el hombre que soy cuando estamos juntos ni un solo día más, Doreen. Ni un minuto más… ¿De acuerdo, querida mía? Por favor, di que sí.

Doreen ya estaba demasiado sobrepasada por sus propias emociones antes de saber que cuando ella todavía luchaba contra sus sentimientos hacia Robert, él no solo había aceptado con esperanza los suyos hacia ella, sino que los había compartido con las personas más importantes de su vida: sus hijos. 

La respuesta femenina llegó en forma de un beso cargado de emoción, que sucedió entre medias de sollozos y lágrimas, ocupando el lugar de unas palabras que Doreen no pudo pronunciar.

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CRS-09. MO. Historias Especiales # 1. Cap 14


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2027/2028
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CRS-09 Portada de Proyecto. Vision Board 1

14

En esta ocasión, la sobremesa en Mystic Oaks se había trasladado a la biblioteca, donde Robert, Doreen, Ken, Chris y Lilly se habían acomodado en dos sofás próximos en torno a la mesa ratona, la que habían acercado para que el micrófono del terminal de la teleconferencia captara sus voces con mayor nitidez. Los perros de la familia se habían congregado a los pies de Ken y Chris. A pesar de su tamaño y del limitado espacio disponible, Noah y River se las habían arreglado para echarse junto a su amo lo bastante cerca para que alguna parte de su peluda anatomía estuviera en contacto con él. Sultán, en cambio, estaba junto a Chris, recibiendo las caricias de su ama en el lomo. Sentado sobre sus cuartos traseros, miraba fijamente las delicias dispuestas sobre la mesa con sus dos ojos, uno de cada color.

Había café, té y la infusión especial de Robert, así como tartas típicas del estado de Tennessee que Ken había encargado a una conocida confitería de Nashville para la ocasión. Concretamente, la tarta de queso, la tarta de nueces pecanas y el pastel de capas de manzana, originario de la región montañosa de los Apalaches. No faltaban, por supuesto, sus favoritos: los «Goo Goo Cluster», unos famosos bombones en forma de disco originarios de Nashville, que combinaban caramelo, turrón de malvavisco, cacahuetes tostados y una cobertura de chocolate con leche. Tampoco unos sándwiches de miga de gustos variados —todos light y sin sal— para Robert.

En el centro de la mesa estaba el platillo volante, como llamaban al terminal para multiconferencias telefónicas Polycom SoundStation, por su inconfundible diseño triangular. En el rancho de Springfield había otro idéntico. Era la solución que habían encontrado para poder coordinar entre todos las tareas necesarias durante el traslado de la actividad empresarial de Springfield a Nashville. Tom Keller, el manager de Ken, se había ocupado de alquilar los terminales y hacer que los instalaran a cada uno en su destino.

Jim y Tim, por su parte, se habían trasladado de la cocina al salón, donde ocupaban sendos sillones, con una buena cantidad de frutos secos, patatas fritas y café. Rain estaba echada junto a Jim, pendiente del terminal que emitía una voz que le resultaba familiar.

Se trataba de la de Robert, que en aquel momento, con las gafas puestas, estaba haciendo un repaso en voz alta del estado de las cosas en las explotaciones de Mystic Oaks, con su cuaderno abierto sobre la falda. Antes, Jim y Tim habían hecho su resumen en relación al rancho de Springfield. 

—La contrata encargada de conducir el agua a los puntos de canalización y acabar de acotar las áreas empezará a trabajar el martes…

—¿Tan pronto? ¡Qué bien! ¿Cuánto tiempo les tomará? —preguntó Ken, animado. Acababa de servirse un trozo de pastel de capas de manzana y comenzó a comérselo con evidente deleite.

Robert miró a Doreen con dulzura, invitándola a responder, puesto que era quien había conseguido ese «tan pronto» que Ken había celebrado. Ella declinó con un ligero movimiento de los ojos. 

—Alrededor de quince días —repuso Robert—. Una vez que hayan acabado con eso, seguirán con la instalación de las casetas prefabricadas que alquilamos para almacenaje, baños y zona de descanso de los empleados…

Ken asintió satisfecho. Al fin empezaba a haber movimiento en su rincón especial del mundo. ¡Qué felicidad!

—¿Y el vallado y lo demás? —siguió preguntando.

—¿Y si dejas que papá acabe de hacer su resumen primero antes de freírlo a preguntas? —propuso Jim—. Mientras tanto, puedes seguir dándote un atracón con las tartas. 

Ken, que iba a llevarse una cucharada de pastel a la boca, dejó el movimiento a medias para poder reírse. 

—¿Y cómo sabes que me estoy zampando una tarta? ¿Acaso tienes a alguien que te lo está chivando en directo? —Sus ojos se posaron sobre Lilly, quien levantó su brazo sano, como diciendo «¡A mí que me registren!».

—A ver, hermano, no te ofendas, pero eres muuuuy previsible —dijo Tim, haciendo correr las sonrisas de un rostro al otro en la biblioteca—. Domingo + reunión telefónica de la familia + felicidad por volver a estar en casa = atracón padre. Seguro que, sabiendo que la tía está convaleciente, encargaste las tartas ayer o antes de ayer para no tener que privarte de tu momento glotón. ¿Me equivoco?

Ken le hizo un guiño a Chris antes de responder:

—Pues sí, tío. No fui yo, ni fue ayer ni antes de ayer. ¡Fue el jueves y las encargó Bella! ¡Para que veas! —repuso, confirmando que la ecuación propuesta por Tim era tan cierta que se había transformado en un punto más de la lista de tareas de su equipo. En este caso, de la presidenta de su club de fans en Nashville.

Las carcajadas procedentes del salón de Springfield resonaron en la biblioteca.

—¡Eres un caso serio, colega! —se rio Jim—. Y nosotros aquí, hinchándonos a patatas fritas de bolsa y cacahuetes. ¡No es justooooo!

—En eso tienes razón —concedió Ken, y esta vez, no bromeó; dijo exactamente lo que sentía—. Consuélate, tío. Ya va quedando muy poco para que nos demos el atracón juntos. Diciembre está a la vuelta de la esquina.

—¡Amén, hermano! —respondieron Tim y Jim casi al unísono.

Tras un momento de risas compartidas, Robert volvió a tomar la palabra.

—Sigo. A las preguntas las dejamos para luego —pidió, mirando especialmente a su hijo, el glotón, por encima de las gafas. Él asintió con la cabeza dando su acuerdo—. Cameron, nuestro futuro capataz del sector agrícola, se incorpora mañana y lo primero que hará será ocuparse de sembrar los sectores que Tim y Jim han dejado preparados. En principio, estará solo, pues los primeros dos refuerzos no llegarán hasta dentro de quince días, el lunes 4 de noviembre. Y, respondiendo a tu pregunta sobre las vallas y demás, Ken, su primera tarea asignada será ocuparse de ese asunto junto con Cameron. 

Al notar que Ken levantaba un dedo para preguntar, su padre le indicó con un gesto que le dejara acabar y continuó. 

—Jackson, nuestro futuro capataz del sector ganadero, hablará con su jefe para ver si puede modificar el horario de trabajo de forma de acabar los viernes al mediodía. Si eso fuera posible, entonces contaríamos con él desde ya los fines de semana hasta que se incorpore a nuestra plantilla el lunes 2 de diciembre. Pero, de momento, eso es una incógnita. Y para acabar, tenemos a Neil McCoy, el amigo de Cameron, que empezará a trabajar con nosotros en tres semanas, el lunes 11 de noviembre. Y esto es todo por el momento en lo que a personal en plantilla se refiere. En cuanto a temporales, hemos contratado una cuadrilla de vaqueros de ganado durante un mes. Son seis y estarán aquí del 18 de noviembre al 15 de diciembre, inclusive. Se ocuparán principalmente de ayudarnos a tener lista la explotación ganadera para recibir a los animales y de atenderlos cuando lleguen. 

Ken, que había estado escuchando a su padre mientras devoraba su primer trozo de tarta de nueces pecanas, volvió a levantar un dedo, pidiendo la palabra.

Lilly se rio y él, al detectar sus risas, también. Sin embargo, no hizo comentarios al respecto. Volvió sus ojos a Robert. 

—A ver, estoy feliz de que la cosa avance, pero ¿esto es suficiente para poner en marcha el rancho? Si no he contado mal, son cinco tíos en total y el primero de los cinco estará solo hasta dentro de dos semanas. 

—Es suficiente para poner a punto la explotación ganadera —repuso Tim, desde Springfield. Miró a Jim, quien sacudió la cabeza, previendo que se avecinaban objeciones serias.

Ken alzó las dos cejas. Miró a Robert, confuso.

—¿Qué hay de la otra? 

—Tendrá que esperar a la segunda fase.

—¿Segunda fase? —dijo, perplejo—. Vamos a perder los contratos con las conserveras… Además, ¿qué van a comer los animales? 

Robert y Doreen intercambiaron miradas. Esta vez, ella decidió intervenir.

—¿Conoces el dicho «el que mucho abarca, poco aprieta»? No podemos permitirnos no apretar a conciencia, Ken. Porque somos nuevos en la región y los comienzos son fundamentales. Creemos que habrá suficiente alimento para el ganado, pero, si fuera necesario, podríamos optar por hacer un deteste anticipado(1). 

Si Ken ya estaba sorprendido por la puesta en marcha por fases de la que, dicho fuera de paso, nadie le había mencionado nada hasta ahora, que fuera Doreen quien respondiera lo dejó de una pieza. La mirada que intercambió con su padre fue tan evidente que hasta Doreen la notó.

Sin embargo, la ignoró y continuó.

—En cuanto a las conserveras… Intentaremos no perderlas, pero hay que ser realistas; seguir ofreciendo precios competitivos será complicado después de haber añadido setecientos kilómetros más a los gastos de transporte. Así que, bien visto, algo que no queríamos, como tener que ponernos en marcha por fases, nos permitirá hacer un buen trabajo comercial con las industrias de Tennessee, sin la presión añadida de tener la cosecha esperando en los silos.

En Springfield, Jim miró a su hermano y movió la cabeza en un gesto de total aprobación a la intervención de su tía. Era raro oírla hablar de asuntos del rancho con tanta autoridad. Tim fue más allá, se estiró hasta Jim con la mano adelantada y los dos chocaron los cinco.

En Mystic Oaks, Ken dejó su plato sobre la mesa ratona y pasó sus brazos alrededor de la cintura de Chris, reclamando la posición habitual de la pareja: ella sentada sobre las rodillas de él. Una vez que la tuvo donde quería, le preguntó:

—¿Tú sabías algo de esto? —Chris sonrió divertida al tiempo que negaba con la cabeza—. O sea que lo han mantenido en secreto. Entiendo… Vale, a ver —y esta vez, miró directamente a su tía—. Si crees que porque te adoro, no voy a ponerme serio con este asunto, lo llevas claro, Doreen. Te diré exactamente lo mismo que le diría a mi padre o a mis hermanos. ¿Preparada?

—Siempre. ¡Dispara, sobrino!

El tono risueño de Doreen no tuvo nada que ver con el serio, incluso algo preocupado, que Ken utilizó al decir:

—Primero, no quiero una puesta en marcha por fases. Les dije a mis hermanos, esos que se están inflando a patatas fritas y cacahuetes en Springfield —añadió con retintín—, que contrataran lo que necesitaran para poder empezar el 2003 todos juntos aquí y a toda máquina. Y también te lo dije a ti, papá. Segundo, no quiero que se deslomen más. Ya está bien de trabajar como esclavos. Si las contrataciones de personal en plantilla escasean, hay empresas que estarán encantadas de hacer el trabajo. ¿Alguien me puede explicar por qué a un mes y poco del traslado estáis hablando de algo que dije expresamente que no quería desde el principio?

—Nadie quiere una puesta en marcha por fases, Ken —explicó Doreen—. Pero esto es un negocio y hay que tener en cuenta otras cosas aparte de lo que nos gustaría. Si una empresa se hiciera cargo del trabajo, los costes serían prohibitivos. Un peso demasiado grande para un negocio que empieza de cero en otro estado.

—Doreen tiene razón —concedió Jim—. Ni Tim ni yo queremos empezar con ese lastre a la espalda, Ken. 

—¿De qué lastre estáis hablando? —preguntó, cada vez más sorprendido de lo que oía.

—De los costes, tío. ¿De qué va a ser? —dijo Tim, irónico—. No queremos empezar con una deuda que tardaremos diez años en saldar.

—Eso, suponiendo que todo fuera rodado en el rancho —apuntó Jim—, algo que sería una imbecilidad dar por hecho porque lo más normal es que no sea así.

Ken guardó silencio durante unos instantes. La expresión de su rostro hablaba a las claras de su total incomprensión y, para sorpresa de todos, no tardó en ponerlo en palabras.

—No entiendo nada.

—¿Qué es lo que no entiendes, hijo? —preguntó Robert.

Ken miró consecutivamente a su padre y a su tía antes de decir:

—¿Me podéis explicar de qué deuda estáis hablando? ¿Quién ha dicho que tengáis que devolverme nada? Porque yo seguro que no fui. 

La respuesta de Ken fue totalmente inesperada para su familia. Tanto los que estaban en Springfield como los que lo acompañaban en la biblioteca de Nashville intercambiaron miradas confusas, sin saber qué decir.



(1) Destete anticipado: En el sistema de cría comercial que usan los Bryan para sus vacas Angus puras, los terneros se venden al destete para que otros los críen. El destete anticipado (de 3 a 5 meses) se aplica cuando el pasto escasea o hay sequía.

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CRS-09. MO. Historias Especiales # 1. Cap 15


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2027/2028
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CRS-09 Portada de Proyecto. Vision Board 1

15


Mientras el silencio y las miradas de asombro reinaban entre los miembros de la familia, Chris no podía dejar de sonreír. Aquella gente le había parecido especial desde el primer momento y lo que estaba sucediendo no era sino una confirmación de ello. Solo entre los Bryan podía darse una situación en la que el mastodóntico proyecto de trasladar la empresa familiar de un estado a otro no solo no estuviera recogido en un contrato detallado, sino que tampoco estuviera definida la naturaleza del dinero que se iba invirtiendo por adelantado en el proceso.

Lilly hizo algo más que sonreír. 

—A ver, que yo soy pura pólvora y a veces corro a sacar conclusiones antes de tiempo… ¿Estáis diciendo que vosotros… O sea, los de aquí y los que os estáis hinchando a patatas fritas en Springfield pensáis que le debéis a Ken un pastón del que él no se da por enterado?

El aludido asintió enfáticamente con la cabeza.

—Por lo visto… —dijo, todavía asombrado por el descubrimiento.

Lilly soltó una carcajada. Sultán, contagiado de su histrionismo, emitió un largo aullido, que se convirtió en un concierto en cuanto ella exclamó entre risas: 

—¡Pero quééé fueeeerteeeeee! ¡¡¡¿Es que en Springfield no habláis el mismo idioma que en Nashville?!!! 

Para entonces, Noah, River y Rain, desde Springfield, se habían sumado al concierto y Robert se tapó los oídos, provocando más risas entre todos los participantes de la conferencia telefónica y, como era de esperar, más ladridos y aullidos. 

Ken y Chris se dedicaron a calmar a los peludos de la familia antes de que los dejaran sordos a todos. A setecientos kilómetros de allí, Jim hizo otro tanto con su mascota.

—Perdonad —se excusó Lilly, intentando ponerse seria—. Es que después de pasarme los últimos cinco años viendo cómo las iniciativas de mi hermana amenazaban con irse a pique por unos pocos miles, lo vuestro me parece alucinante. ¡Qué digo miles! A veces, eran solo cientos… Me daban ganas de dar un puñetazo en la mesa y decir: «Ya vale de sacarse los ojos por esa miseria. ¡Los pongo yo de mi paga de los próximos dos años!» 

Las risas arreciaron y Lilly se sonrojó un poco.

—Vaaaale… Lo que pasa es que mis recursos económicos eran muuuuy limitados… —Se oyó una carcajada procedente de Springfield que Lilly reconoció como perteneciente al rubio de la coleta y no se cortó—. No te rías tanto, Jim Bryan. Yo iba en calidad de hermana de una cooperante, ¿sabes? Los «hermanos de» éramos el escalafón más bajo después de los recién nacidos del poblado. ¡Poco menos que nos pagaban con sonrisas y plátanos, muuuuchos plátanos…!

Mientras las risas y los comentarios a cuenta de la anécdota de Lilly relajaban el ambiente, Chris le dedicó una mirada cariñosa a su hermana. Se preguntaba si su histrionismo en este caso había sido espontáneo o deliberado. Y no sabía qué responderse.

Sin embargo, había llegado la hora de aclarar el asunto. Doreen intercambió miradas con Robert. Ken había aludido a conversaciones mantenidas con sus hermanos y con su padre. A ella no la había mencionado en ningún momento. Robert asintió, dando su acuerdo a que fuera ella quien retomara el tema. Consideró que la capacidad de conciliación de Doreen estaba fuera de toda duda tras veinticinco años moderando la vida cotidiana de la familia. En todo caso, otro punto del orden del día era plantear a sus hijos que Doreen dirigiera el negocio familiar en el futuro.

—Volviendo al tema… Está claro que hay un malentendido importante sobre un asunto muy serio… 

—¿En qué planeta alguien nos dice que contratemos los temporeros que hagan falta a cargo suyo y es un malentendido que nosotros demos por hecho que, en algún momento, habrá que devolvérselo? ¡Venga ya! ¡Qué malentendido ni malentendido! —se quejó Jim, quitándole las palabras de la boca a su padre.

A pesar de que Robert decidió no intervenir, pues deseaba que sus hijos se aclararan entre ellos, su posición al respecto era clara: si un hermano adelantaba el capital para llevar a cabo las tareas, caía por su propio peso que los otros dos lo tomaran como un préstamo y planearan devolverlo. Se llamaba honradez.

Ken saltó como leche hervida.

—¿Cómo que en qué planeta? ¡En el nuestro, tío; el planeta Bryan! Que haya dicho que yo me hago cargo solo significa que pago yo. Punto. Ahí terminó la cosa.

Doreen no dudó en poner fin a la discusión a la manera de Doreen.

—A ver, señores… ¿Desde cuándo me interrumpís cuando estoy hablando? La última vez que lo miré, erais unos chicos educados y respetuosos. Y no hace tanto que lo miré…

Robert se tragó una sonrisa. El asunto que tenían entre manos era serio y no era el momento de que el hombre cautivado por aquella mujer empezara a agitar los pompones y a jalearla. Pero, desde luego, se lo merecía. 

Ken resopló, incómodo.

—Perdona, tía…

No tardó en oírse otra disculpa procedente de Springfield.

—Perdona, Doreen… —Tras una pausa, añadió—: Una cosita… Se te olvidó «guapos», ¿vale? Educados, respetuosos y guapos —precisó risueño, logrando que a Doreen se le escapara una sonrisa. Menudo majadero.

Ken también sonrió al tiempo que sacudía la cabeza. Doreen nunca lo reconocería abiertamente, pero Jim siempre había sabido cómo neutralizar sus enfados, por grandes que fueran. El suyo y el de toda la familia, pero especialmente el suyo. ¿Sería igual de eficaz para neutralizar los de Lilly? Espió por el rabillo del ojo a la hermana de Chris. La expresión de su rostro hablaba a las claras de que le divertían mucho las bromas y el talante alegre de Jim. Lo cual no era extraño; por algo todos la llamaban Campanilla. Lo que sabía de Lilly a través de Chris, en cambio, le hacía pensar que su hermano iba a tener que emplearse realmente a fondo. Su facilidad para llevarse de calle a todo el mundo le ayudaría, sí, pero con Lilly eso no sería suficiente.

La voz de Tim lo devolvió al presente. 

—No sé yo, tío… —terció él, riéndose—. Creo que hay mucha leyenda urbana sobre el tema, especialmente en lo que te concierne. 

—Ya, ya… Eso lo dices porque te corroe la envidia —retrucó Jim.

Tim asintió con la cabeza dando por buena su respuesta. Le hizo gracia darse cuenta de que en otra época no muy lejana, su hermano le habría respondido que había un ejército de mujeres, tanto en Springfield como en Nashville, dispuestas a rebatir su punto. En la «Era Lilly», evidentemente, eso ya no era una opción.

—Disculpas aceptadas —intervino Doreen—. Ahora, volvamos al tema… No sé lo que habéis hablado entre vosotros, pero, a priori, me resulta lógico que Robert, Tim y Jim crean que tienen una deuda contigo, Ken…

Él hizo el ademán de intervenir y Doreen lo detuvo con un gesto cariñoso de la mano. 

—Espeeera, sobrino. Conociéndote, también me parece de lo más lógico que tú creas justo lo contrario. —Vio que Ken asentía, complacido por la aclaración—. Eres alguien generoso para quien su familia está por encima de todo y entiendo que te haya descolocado que tu padre y tus hermanos pensaran como rancheros y no como familia. Dicho esto, hay mucho de dignidad y respeto por uno mismo y hacia ti en aceptar tu ayuda porque hace falta, pero no considerarla una ayuda a fondo perdido. 

En Springfield, Jim cerró el puño en un gesto victorioso. 

En Nashville, Ken apartó la mirada. La segunda parte de la explicación no era de su agrado en absoluto. Llevaba más de diez años intentando volver a reunir a su familia. El dinero era irrelevante.

—Sé lo que piensas, pero habrá que acercar posiciones, cariño —afirmó Doreen—. Tu padre y tus hermanos tendrán que aceptar que tu generosidad siempre formará parte de la ecuación también a nivel empresarial. Y tú… Tendrás que aceptar que ellos tienen el derecho a decidir qué aceptan a fondo perdido y qué no. 

«Esta mujer es una diosa», pensó Robert, rezumando admiración por ella. Sin embargo, con todo lo que le había agradado, no solo la forma de plantearlo, sino, especialmente, el tono que había utilizado, había algo que requería una aclaración. 

—«Ellos», no; nosotros —precisó, incluyéndola en el círculo imaginario que dibujó con un dedo—. Tú eres tan parte de esto como mis hijos y yo.

Doreen agradeció con un asentimiento de la cabeza la intervención de Robert, pero no se guardó el comentario.

—Resulta que también soy una mujer y las mujeres somos muy prácticas —subrayó, dedicándole una mirada cómplice a Chris—. Tenemos muchos menos problemas que vosotros para aceptar la ayuda que recibimos de otras personas sin necesidad de hacer previamente un estudio ético sobre su significado.

A lo que Chris respondió con un movimiento enfático de la cabeza, logrando que Ken la mirara sorprendido.

—Ya me habría gustado a mí tener ofertas tan generosas cuando estaba en Tanzania, ¿a que sí, Lilly?

—¡Ya te digo! Como mínimo, las reuniones esas no habrían sido taaaaaaan eteeeeeeernas… ¡Quéééé mueeeeeeeermo, por Dios! —exclamó, dejando caer la cabeza hacia delante.

—Y hablando de ser prácticos —continuó Doreen—, propongo que dejemos este tema para hablarlo cuando volváis a casa, la próxima semana. Creo que este tiempo os vendrá bien para poner en remojo vuestras certezas de cómo deben ser las cosas. ¿Qué os parece?

En Springfield, Tim y Jim se consultaron con la mirada. Se dieron cuenta de que los dos estaban pensando lo mismo: por ellos no había problemas, ¿y para el generoso de la familia? Decidieron esperar a ver qué respondía.

Ken sacudió la cabeza, molesto. Era consciente de que el tema era lo bastante serio para hablarlo en persona, pero le seguía pareciendo mal que todo el maldito asunto se redujera a una cifra.

—¿Puedo decir algo? —Ken miró a su tía y a su padre en busca de acuerdo. Cuando lo obtuvo, se tomó unos instantes para escoger las palabras adecuadas—. Sé que para vosotros, los de las patatas fritas, es superimportante sacar adelante la empresa sin depender de mí. Y lo entiendo. Es más, lo respeto profundamente. Lo que me cuesta mucho entender es que valoréis tanto el dinero que pongo, que, al fin y al cabo, es solo dinero, y no tengáis en cuenta para nada el sacrificio enorme que estáis haciendo para que volvamos a vivir todos juntos. Pensadlo un momento, por favor. ¿Creéis que existe alguna cifra que pueda valorar justamente lo que supone dejarlo todo atrás, renunciar a vuestra vida y a vuestro tiempo personal y seguir trabajando como bestias, igual que lleváis haciendo desde hace cinco años, que se dice rápido, en este caso para volver a empezar de cero en otra parte? —Tras una pausa, negó con la cabeza. Cuanto más pensaba en eso, menos lo entendía—. Para mí, no, tíos. Para mí, no.

El alegato de Ken impactó a todos. No solo porque era una muestra más de eso que sus hermanos calificaban como «ser un rarito», sino porque acababa de poner sobre la mesa un aspecto de la realidad que, en efecto, se había relegado a un lejano puesto en la consideración de todos.

—El trabajo de un ranchero es duro, tío —intervino Jim y añadió en tono deliberadamente divertido—. Tú no lo sabes porque todo lo que hacías cuando vivías aquí era darle serenatas a las vacas…  ¿Saben tus millones de fans que no han sido las primeras en disfrutar de tu enoooorme talento? En serio, no es para tanto, Ken. De verdad que no.

—Tiene razón —concedió Tim, inesperadamente. 

Jim lo miró interrogante. 

—Nunca me ha importado doblar la espalda y, como dice Jim, los dos tenemos muy asumido que hacerlo forma parte del día a día cuando te dedicas a esta profesión… Pero desde que papá y la tía se trasladaron a Nashville contigo… —Tim hizo una pausa. Expresar lo que sentía siendo quien era —el fiable de la familia, el tipo con el que siempre podían contar para todo— no resultaba nada fácil—. A mí todo esto se me está haciendo cuesta arriba… No sé. Supongo que he descubierto que soy un animal bastante más gregario de lo que pensaba. Os echo muchísimo de menos. Necesito que esto acabe cuanto antes. 

Ken hizo un gesto apenado con la boca. Qué mal estaría Tim para decir en voz alta algo semejante.

En Springfield, Jim se estiró a palmearle la rodilla a su hermano con afecto. Tim le hizo un guiño, pero su rostro denotó que solo haber mencionado el asunto había influido negativamente en su ánimo.

—Vale —decidió Jim—. Si tú, Ken, estás dispuesto a poner el dinero que has adelantado en un lado de la balanza, nosotros pondremos este tema en el otro. 

Ken no tuvo que pensar su respuesta.

—Hecho, colegas. La semana que viene lo hablamos.

—¡Bieeeeeeennnnnnn! ¡Toma yaaaaaaa! ¡Los hermanos Bryan en acción! —celebró Lilly, alborotando otra vez a los peluditos de la familia. Había saltado del asiento y estaba de pie, moviendo los hombros a un lado y al otro como si bailara, dando palmas con su única mano buena contra el cabestrillo, mientras la voz en su cabeza se burlaba a base de bien: «¿Hermanos Bryan? Vale, haré como si no me diera cuenta de que a quien estás aplaudiendo porque te tiene encandilada es al rubio de la coleta». Lilly siguió a lo que estaba, ignorándola, por supuesto.

Robert, por su parte, estaba emocionado. No había otra palabra que describiera mejor cómo se sentía al comprobar en directo el nivel de comprensión y tolerancia mutua que habían desarrollado sus hijos. Siempre se había sentido profundamente orgulloso de ellos. Lo que sentía ahora era respeto y admiración, elevados a la enésima potencia. Ni siquiera se había dado cuenta de que los ojos se le habían humedecido ligeramente hasta que Doreen le había acercado la caja de pañuelos de papel.

La primera carcajada fue de Ken. Las demás no tardaron en llegar.

—¿Ya se te han pegado mis lloreras? ¿Tan pronto? ¡De aquí a una semana, habrá que encargar los pañuelos al por mayor!

—¿Qué dices? ¿Papá está llorando? —se rio Jim desde Springfield.

—No estoy llorando —aclaró el aludido, pero no solo no rechazó la caja, sino que tomó un pañuelo y se lo pasó disimuladamente por los ojos.

Ken no pudo evitar decir lo que tenía en la punta de la lengua.

—Pero vamos a ver… ¿Tan cerca habéis estado como para que a mi padre «se le pegara» algo de ti, Doreen? 

Robert luchó contra su arrebol y no dijo ni mu. Doreen, sí. Ya que era de dominio público que a descarada no le ganaba nadie, se sirvió a placer.

—¡Y más que estaremos, sobrino!

El momento tierno de la noche lo puso Noah, que, al percibir las emociones del humano de más edad de la sala, fue rápido hacia él y empezó a frotar su cabezón contra su pierna, en un gesto de cariño. 

Un segundo después, para desesperación de Robert, los otros dos peludos de la familia acudieron raudos a apoyar la iniciativa.


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©️2026. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
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CRS-09. MO. Historias Especiales # 1. Cap 16


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2027/2028
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CRS-09 Portada de Proyecto. Vision Board 1

16


La intervención de los peludos de la familia había dado lugar a una larga sesión de risas y a las consecuentes pullas a cuenta del estado de los pantalones de Robert, cuando, siguiendo las órdenes de su amo, Noah y River se alejaron de él. Sultán remoloneó un poco más antes de obedecer, pero al fin lo hizo. Con la ayuda de Lilly, que había ido a por una toalla húmeda y un cepillo de ropa, Robert consiguió adecentar su aspecto. Sacudió la cabeza al ver los lamparones húmedos de sus pantalones, señalando el lugar donde antes estaban las babas. Alzó la vista hasta su hijo y lo miró entrecerrando un ojo en una velada advertencia.

—Te quieren, papá —se defendió Ken, muerto de la risa—. ¡Qué culpa tengo yo de que tú seas tan adorable!

Desde Springfield llegó el sonido de recias carcajadas y la voz de Jim diciendo:

—¡Rain te envía muchos besitos! ¡Ella también te quiere!

Doreen, que llevaba un buen rato agarrándose la herida sin parar de reír, decidió intervenir.

—Si estuviera en vuestro lugar, dejaría de hacer bromas sobre besitos perrunos… —empezó a decir—.  Ya sabéis lo que opina vuestro padre sobre el mejor lugar del hogar para las mascotas, ¿verdad? ¡Seguro que no queréis que vuestros adorados peludos vuelvan a dormir a la intemperie!

—¡Nooooo! —exclamó Jim—. Tranquilo, papá, mi perra acaba de cancelar su envío de besitos y te manda saludos con la pata, ¿a que sí, Rain? —La madre de Noah y River, que seguía teniendo alma de cachorro a pesar de que ya no lo era, emitió un ladrido al tiempo que movía la cola alegremente—. ¿Lo ves? ¡Ha dicho que sí! ¡Nada de tocar a papá Robert!

A lo que Ken añadió un «¡Amén, hermano!», que hizo reír a las mujeres de la biblioteca.

Robert esperó pacientemente a que las risas cesaran para continuar.

—Ahora que Ken ha secundado la moción de Jim y no tengo que preocuparme de que vuestras queridas mascotas me tejan un jersey con sus pelos, ¿qué tal si seguimos con nuestros asuntos? —propuso.

En Springfield, los hermanos se miraron risueños. Sus ojos destilaban picardía mientras se ponían de acuerdo sobre quién se lanzaría en primer lugar. El afortunado fue Jim.

—¿Y qué toca? ¿Decirnos que ahora la tenemos a ella de jefa en el rancho…? Además de en la casa, por supuesto.

Ken miró a su padre con interés. La sorpresa ya no era que Doreen fuera a tener una participación más activa en los asuntos del rancho. Lo había deducido por su intervención al principio de la reunión y, en aquel momento, le había sorprendido. Pero solo durante unos instantes. Lo que le seguía sorprendiendo mucho tenía que ver con su padre y con su enorme sonrisa de satisfacción. ¿Era su viejo, en serio? Le resultaba increíble que le hiciera tan feliz dejar de ser la voz decisiva de un proyecto —el negocio familiar— que desde joven había ocupado un lugar fundamental en su vida.

La voz de Tim lo devolvió al presente.

—Qué va, tío. Lo que nos va a contar es por qué Doreen está buscando a una persona de confianza para que dirija la casa en su lugar. ¿A que sí, papá?  

La mirada asombrada de Ken pasó de Robert a Doreen y se quedó sobre aquella mujer que significaba tanto para él y sus hermanos. Y no fueron las únicas miradas: Chris y Lilly estaban tan sorprendidas como Ken.

Robert esperó para responder, dándole margen a Doreen para que interviniera, pero ella permaneció en silencio. No le extrañó. A pesar de sus convicciones sobre los roles femenino y masculino en los tiempos modernos, siempre había respetado que, cuando se trataba de sus sobrinos, la voz cantante la tenía él. Incluso, si como ahora, el tema tenía que ver con ella. 

—Son asuntos que están relacionados, así que los trataremos a la vez… Mystic Oaks significa para todos el comienzo de una nueva vida y de un nuevo proyecto empresarial. Es maravilloso volver a disfrutar de nuestra mutua compañía y trabajar codo con codo para sacar adelante este gran proyecto…

Robert hizo una pausa. Pronunciar aquellas palabras en voz alta le había hecho comprender la verdadera dimensión del regalo que suponía poder empezar de nuevo y hacerlo juntos, como familia. Era emocionante. 

—Papá se está poniendo profundo —bromeó Jim—. ¡Doreen, prepara los pañuelos! 

Ella, que no había apartado sus ojos de Robert mientras él hablaba, se estiró a coger su mano. La apretó amorosamente entre las suyas y dijo:

—Tranquilo, Jim. Está emocionado, pero no con la clase de emoción que requiere pañuelos… ¡Menos mal! ¡No sé si tendríamos suficientes! 

—No, no es de esa clase —concedió Robert, acariciando a Doreen con la mirada—. Esto es un regalo enorme y siento ganas de reír, no de llorar… Dicho esto, los comienzos son muy exigentes… y yo ya no soy el mismo de antes. Mi retiro forzoso ha supuesto un sacrificio para todos. En especial para Tim y para Jim. Han sido sus espaldas las que han venido soportando todo el peso. Por suerte, el rancho familiar llevaba funcionando desde hacía décadas y, aunque la exigencia en horas de trabajo y en esfuerzo ha sido muy grande, las decisiones fundamentales ya estaban tomadas. En el proyecto que ahora tenemos entre manos, todo está por hacer. Mystic Oaks es otra cosa totalmente diferente. 

—Un monstruo de siete cabezas —apuntó Tim. Vio que Jim asentía con énfasis, mostrando su acuerdo.

—En cuanto a las decisiones que habrá que tomar y a las iniciativas que habrá que poner en marcha, desde luego que sí —concedió Robert.

—Y aquí es donde entras tú, Doreen, ¿no? —intervino Ken con una sonrisa que le ocupaba toda la cara. En Springfield, Tim y Jim chocaron los cinco. 

—No sé por qué dices eso, sobrino… —bromeó.

—¿Porque «tomar decisiones» es tu segundo nombre y «poner iniciativas en marcha», el tercero? 

Ken no exageraba. Esas dos frases resumían con bastante acierto buena parte de los veintiséis años que su tía llevaba entre los Bryan. 

—No, cariño. Mi segundo nombre es Grace y el tercero, Marie, pero tienes razón en algo: aquí es donde entro yo. Estamos ante algo enorme y, ahora más que nunca, necesitamos ser estratégicos. Sacar el mayor partido posible a nuestros recursos y usarlos con inteligencia. Mis puntos fuertes siempre han sido organizar y dirigir. Cuando erais pequeños, esas fortalezas estaban mejor empleadas en casa. Ahora que sois adultos y estamos metidos hasta las cejas en este nuevo comienzo con mayúsculas, creo que es hora de emplearlas en él. 

—Y eso explica tu llamada a Claire Anderson —apuntó Tim. 

Doreen miró a Ken con una sonrisa traviesa al decir:

—También la que le hice a Bella.

—Pues no me ha dicho nada —repuso Ken, sorprendido.

—¡Buena chica! Le pedí que me guardara el secreto. 

—Así que es un hecho; vamos a contar contigo para dirigir Mystic Oaks —dijo Jim, ansioso por concretar el asunto.

Para Robert, aquello fue una confirmación de que había tomado la decisión correcta. Sus hijos necesitaban no solo más manos para hacer frente a la exigente puesta en marcha de los sectores productivos; también una cabeza pensante que los ayudara a dirigir el inicio de aquel mastodóntico proyecto. Y si hubiera tenido alguna duda al respecto, la intervención de Tim la disolvió.

—¡Por favor, di que sí, tía! —suplicó el mediano de los Bryan medio en broma y medio en serio.

Robert y Doreen se miraron aliviados.

—Entonces, digo «sí» —repuso ella.

—¡Hurraaaaaaaa! ¡Toma ya! —exclamaron dos voces desde Springfield

—¡Bieeeeeeeennnnnnnnnnnnnn! —exclamó otra, allí mismo, al otro lado de la mesa ratona.

Los peludos de la familia no tardaron en sumarse a la algarabía, haciendo las delicias de sus amos y consiguiendo por segunda vez en lo que iba de reunión que Robert se tapara los oídos.

—Vale, vale, vale… Caaalma, pequeños, caaalma —pidió Ken.

—¡Rain se ha puesto a correr alrededor del sofá! ¡Está como loca! —celebró Jim, mirando aquel inusual despliegue de felicidad por parte de su mascota. 

—Pues yo estoy a punto de hacer lo mismo que Rain… ¡Nos has salvado, tía! —concedió Tim, a lo que su hermano asintió con énfasis. 

Cuando Logan les había mencionado que Doreen había participado en su reunión con Robert, Jim y él habían deducido que no se trataba de algo circunstancial. Lo habían estado hablando y estaban de acuerdo en que era una gran idea que Doreen se implicara en la puesta en marcha del nuevo negocio familiar.    

—Ojo, no será algo vitalicio —aclaró ella cuando cesó el alboroto—. Durará el tiempo que sea estrictamente necesario y ni un minuto más. En cuanto Mystic Oaks funcione con normalidad, os devolveré la batuta y regresaré a mis libros y a mis recetas de cocina con muchísimo gusto. 

—Y a mí, espero —terció Robert, mirándola con devoción.

—¿Crees que mientras tanto no me ocuparé de ti? —repuso ella con coquetería—. ¡Cuánta ingenuidad toda junta, Rob! 

Robert sonrió complacido y volvió a tomar la palabra.

—Tengo la impresión de que las novedades han tenido muy buena acogida. Sin embargo, ambas suponen cambios profundos. Cambios que no solo afectan al negocio, sino también al hogar. Habrá cosas que ajustar, asuntos que decidir, preferencias a tener en cuenta… Por lo tanto, me gustaría conocer vuestra opinión. Nos gustaría —se corrigió. Y esta vez, posó sus ojos en Ken. Aunque su vida profesional había seguido un camino distinto del de sus hermanos, su opinión siempre había contado para Robert y ahora lo hacía aún más.

Doreen se puso más cómoda en su asiento, preparándose para escuchar el punto de vista de sus sobrinos acerca de un cambio tan importante en su rol familiar.  

Sin embargo, no fue Ken quien habló en primer lugar, sino Jim.

—A mí me parece perfecto. Cada vez que pienso en todo lo que tenemos por delante, una parte de mí tiene unas ganas locas de salir corriendo —admitió, riéndose—. ¡Tranquilos, que no cunda el pánico: se me pasan enseguida! Ahora, hablando en serio: Necesitamos la claridad de ideas de Doreen. Y sobre lo otro… Nos ha regalado veinticinco años de cuidados y atenciones. Si ahora cree que es el momento de seguir entre nosotros de otra manera, estoy con ella. A tope. Siempre.

Doreen luchó contra la emoción que en un instante le nubló la vista. Se dijo que no era el momento de agotar los pañuelos, pero la contienda resultó dura igualmente. Jim ocupaba un lugar muy especial en su corazón. Sus palabras habían calado muy hondo.

Y no fue la única que tuvo que vérselas con la emoción. Lilly tragó saliva y se obligó a mantener la compostura. La situación la tocaba muy de cerca. En muchos sentidos, Chris era el equivalente a Doreen en su vida. Se reconocía plenamente en aquella defensa a ultranza que Jim hacía de ella, en aquel reconocimiento implícito de que mantenía con su tía una deuda eterna. 

—Opino igual —concedió Tim—. Es un alivio saber que, mientras nosotros lidiamos con lo inmediato, hay alguien observando atentamente el plan a gran escala y asegurándose de que avanza hacia donde tiene que avanzar. Esto tiene mucha tela. Y en cuanto a que deje de estar al frente del hogar… Vaya por delante que me parecería de lo más normal, incluso si la razón fuera que está harta de nosotros y quiere jubilarse, pero… ¿Alguien se lo cree de verdad? —dijo, inesperadamente, provocando que en la biblioteca empezaran a oírse risas y que Doreen meneara la cabeza sonriendo, en un intento de disimular que su tendencia a la llorera estaba a punto de ganar la batalla—. ¡Acabará dirigiendo la casa y dirigiendo el rancho porque para eso es la reina!

Robert no podía estar más de acuerdo y no se privó de demostrarlo moviendo la cabeza arriba y abajo enfáticamente.

—¡Y no nos daremos ni cuenta! —volvió a intervenir Jim, haciendo las delicias de Doreen y de Robert. También las de Lilly, aunque nadie estuviera pendiente de ella en ese momento—. Estamos tan acostumbrados a marchar a su ritmo en casa que que ahora su ritmo se imponga más allá de los mojones que delimitan las explotaciones parece hasta natural, ¿no? ¡Kilómetro arriba, kilómetro abajo no hace ninguna diferencia!

—¿Y qué dice a todo esto mi hijo mayor? —preguntó Robert, dirigiendo su mirada hacia él nuevamente.

Ken le dio un beso a Chris en la mejilla y luego la estrujó entre sus brazos al tiempo que decía:

—¡Tu hijo mayor está encantado de la vida! ¡Feliz con las novedades! —Su mirada se encontró con la de Doreen, cargada de afecto y reconocimiento hacia ella—. ¡Y contando los días que quedan para que esos dos y yo nos hinchemos a patatas juntos!

—Os voy a dar yo patatas fritas de bolsa a los tres… ¡De eso, nada! —terció Doreen, regañándolos no tan en broma como parecía.

—¡Habrá que aprovechar ahora, que no nos ve! —celebró Jim.

—Ya te digo —acordó Tim—. En cuanto nos instalemos definitivamente en Nashville, ¡se acabó la comida basura! 

Ken le hizo un guiño a Chris antes de decir:

—Bueno… A lo mejor podemos sobornar a la persona que contrate para ayudarla a dirigir la casa, ¿no os parece? 

—¿«Podemos»? ¡Ja! A ti te han cortado las alas, chaval, si entiendes lo que quiero decir… ¡Ya no puedes sobornar a nadie! —se burló Jim.

—¿Y tú sí? No me hagas mucho caso, pero por aquí se rumorea que a tus alas les han dado una buena poda…

Lilly se puso roja. Por un momento, experimentó en sus propias carnes la suprema incomodidad por la que pasaba Robert tan a menudo. En medio del calor que le abrasaba la cara, pensó que iba a ser muy interesante ver cómo respondía el rubio de la coleta al órdago que acababa de lanzarle su hermano.

En Springfield, Tim se puso cómodo para ver cómo salía su hermano de la trampa en la que él mismo se había metido. 

Jim sacudió la cabeza, risueño. Había sido una broma del momento, que había hecho sin pensar. Pero, bien visto, quizás le permitiera apuntarse un buen tanto con Lilly.

—Se le llama recorte, no poda. Y no, colega, para tu información, no me las han recortado. Las he replegado yo, voluntariamente.

Lilly suspiró. Incapaz de soportar por más tiempo las miradas cómplices que se posaron sobre ella, bajó la vista mientras en su estómago un millón de mariposas alzaban el vuelo, haciéndola sentir como si estuviera flotando entre nubes.

—¡Halaaaaa! —exclamó Ken—. A ver, Tim, tú que estás con él… ¿Es Jim, de verdad, o se nos ha colado un extraño en la conferencia?

—¡Qué va! ¡Es él, tío! ¡Porque lo estoy viendo con estos dos ojitos que Dios me ha dado, que si no…! —repuso Tim, alucinado por aquella respuesta que había dejado claro el enorme interés que su hermano tenía por Lilly delante de toda la familia.

Las bromas y las risas a cuenta de las alas replegadas y los sobornos continuaron durante un buen rato. Tim tampoco se libró de las pullas y todos acabaron enterándose de que el serio y fiable de la familia recibía varias llamadas al día de cierta señorita pelirroja que parecía haber desarrollado un gran afecto por los teléfonos móviles, a pesar de que tan solo tres meses atrás los soportaba tan poco que ni siquiera los atendía cuando sonaban. Como era habitual en la relación fraternal, una pulla había llevado a otra y ya eran cerca de las once de la noche, cuando Tim propuso que era hora de dar las buenas noches. 

Robert y Doreen se miraron rezumando picardía. Había llegado el gran momento.

—Ah, una última cosa antes de acabar, hijos… —dijo él y le cedió la palabra a ella con un gesto galante.

—Cuando hagáis la maleta, la semana que viene, no olvidéis poner un traje. La corbata es optativa, pero si decidís llevarla, quedaréis de lujo con vuestra tía y, ya sabéis, siempre es buena idea quedar bien con la reina —guaseó de pura felicidad—. ¿De acuerdo?

Durante unos instantes, el silencio reinó en la biblioteca. También en el salón, a setecientos kilómetros de allí. Ken miró a su padre con una sonrisa intrigada mientras le preguntaba con la mirada de qué iba todo aquello. Robert se limitó a encogerse de hombros. La expresión de su rostro, sin embargo, hablaba de ilusión.

Lo primero que se oyó fue una carcajada de Jim.

—¿Un traje para qué? ¿Vas a presentarnos en sociedad junto con el nuevo rancho? Lilly no me dijo nada de que lo que tenías en mente para estrechar lazos fuera taaaan formal… 

Tres voces sonaron casi al mismo tiempo.

—¿Qué es eso de estrechar lazos? —preguntó Tim. 

—Lilly no te dijo nada porque tampoco lo sabía —repuso ella, mirando a Robert y a Doreen de reojo, convencida de que allí se estaba cociendo algo.

—No va de eso, tíos —aseguró Ken, que ya había empezado a reírse, anticipando que fuera lo que fuera, tenía que ver exclusivamente con su padre y su tía. A modo de confirmación de que estaba en lo cierto, vio que su padre negaba con la cabeza—. Y papá acaba de darme la razón.

—¿Y si no va de eso, de qué va? —preguntó Jim. Tim asintió: le había quitado las palabras de la boca.

Doreen tomó la mano de Robert y entrelazó sus dedos con los suyos al tiempo que intercambiaban miradas amorosas.

—De una boda, sobrinos. ¡La nuestra! Vuestro padre y yo vamos a casarnos por lo civil dentro de diez días… ¡Así que no os olvidéis del traje! —exclamó alegremente.

Robert le pasó un brazo alrededor de los hombros y la atrajo hacia él, amorosamente.

—Y de la corbata tampoco —pidió él—. Quiero una foto de familia perfecta.

Ken pasó de quedarse con la boca abierta del asombro a reírse de pura felicidad. Claramente, su padre se la había jugado. Tanto secretismo al recabar su ayuda para darle una sorpresa a Doreen y, por lo visto, se le había olvidado contarle el pequeño detalle de que a los Bryan les esperaba una boda a la vuelta de diez días.

—A ver —dijo Tim desde Springfield, sin salir de su asombro—. ¿Esto va en serio? 

—¿Cómo va a ir en serio? ¡Nos están tomando el pelo! ¿Tú te crees que una mujer que se tiraba semanas organizando los detalles para nuestra fiesta de cumpleaños va a decirnos tan ricamente, de buenas a primeras, que se casa dentro de diez días? 

—¿Y para qué iba a decirlo si no? —razonó Tim, respondiéndose a sí mismo además de a su hermano. Su expresión cambió por completo—. ¡Tío, que se casan! ¡Madre mía, se casan!

—¿Os casáis? ¿Va en serio? —preguntó Jim, que al igual que Ken ya había empezado a reírse.

Doreen se rio.

—¿Estabas allí cuando dije que tu padre y yo vamos a casarnos por lo civil en diez días? ¡Claro que va en serio, Jim!

—¡MAAAAAAAAAADRE MÍAAAAAAAAA! —exclamó él y saltó del sillón.

Y entonces sucedió: una explosión de júbilo se inició en Springfield, con los hermanos celebrando la noticia saltando abrazados en una especie de baile vaquero mientras Rain ladraba y correteaba alrededor de ellos. Y se extendió hasta Nashville, donde empezaron a llover las felicitaciones y los abrazos acompañados de un coro de ladridos y aullidos perrunos.

Para Ken, Tim y Jim, que el enlace de su padre con Doreen sucediera precisamente en aquel momento y en aquel lugar tenía un simbolismo especial, que añadía mucha emoción a la noticia. La boda no solo rubricaba la existencia de un sentimiento amoroso que los hermanos Bryan sospechaban y aprobaban desde hacía mucho tiempo, sino que constituía un nuevo comienzo para su padre y para aquella mujer que los había cuidado y criado como si fueran sus propios hijos. 

No se les ocurría una manera mejor de dar el pistoletazo de salida al gran proyecto llamado Mystic Oaks.

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FIN DE MYSTIC OAKS. HISTORIAS ESPECIALES # 1

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Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
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CRS-09. ¡Fin de MO. Historias Especiales # 1!


¡Hola, Romántica!

A estas alturas solo puedo decir una cosa: ¡esta saga se está escribiendo sola! 

Es increíble 🩷

Espero que tú también hayas disfrutado estas Historias Especiales que, como te avancé aquí, tomará el nombre de Entre Temporadas cuando la publique en el catálogo Jera Romance, probablemente, ya en 2028. 

Seguro que no será una novedad para ti si te digo que los dedos me arden de ganas de ponerme a escribir la temporada 3.

¡Hay tantos frentes abiertos…! 

  • Necesito (¡desesperadamente!) saber qué le ha pedido Robert a Ken. ¿Qué sorpresa le está preparando a Doreen?
  • ¿Y qué hay del viaje de Lilly a Springfield para hablar con Jim? ¿No te mueres por ver a estos dos en acción? ¡Yo estoy que no me aguanto de la ansiedad! 
  • Por no mencionar que Ken tiene algo en mente con Chris de lo que todavía no nos ha hablado. Con ese «A mí me pasa igual… Vamos a resolver esto, preciosa, ¿vale?» del capítulo 9 me dejó igual que a ti 🫪
  • Y, por supuesto, los primeros trabajos en la explotaciones: tenemos a Cameron Hynes, el guapísimo capataz del sector agrícola, incorporándose a la plantilla, y a una contrata de varios operarios empezando a dar forma a un proyecto mastodóntico, con Robert supervisando desde la experiencia y Doreen supervisándolo a él 😜 ¡Por favor, quiero ver eso! ¡Qué emoción! Después de tantos años viviendo solo en mi mente, al fin podré compartirlo contigo. 

¡Sigue en antena, que pronto regreso para contarte más cosas sobre la siguiente historia que podrás leer!

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CRS-09. ¡Mystic Oaks. Historias Especiales # 1, ya tiene sinopsis!


¡Hola, Romántica!


Hoy te traigo la sinopsis de nuestras Historias Especiales # 1. Ha seguido la misma tendencia que la propia historia y, prácticamente, se ha escrito sola 😜

Ya te comenté en su momento que como «Historias Especiales» solo existen en Club Románticas Stories, puesto que cuando les llegue el turno de formar parte del catálogo oficial Jera Romance, las publicaré con otro título. Sin embargo, la sinopsis será la misma. Aquí tienes el avance de lo que será el resumen de contraportada:


MYSTIC OAKS

Grandes decisiones

Entre Temporadas

Una historia inédita entre la segunda y la tercera temporada de la saga Mystic Oaks.



Los Bryan tienen grandes planes para Mystic Oaks. Y, por lo visto, también para sus vidas.

Mientras los preparativos para el traslado familiar siguen adelante, Robert y Doreen disfrutan de una complicidad completamente nueva, Ken y Chris buscan la manera de pasar más tiempo juntos y Lilly sorprende a propios y extraños tomando una iniciativa que nadie esperaba de ella. ¡Y que tiene mucho que ver con Jim!

Pero los asuntos del corazón no son los únicos que reclaman la atención de esta familia. La puesta en marcha del nuevo rancho exige pasar de los grandes planes a las decisiones concretas. Y los Bryan están descubriendo que construir su futuro en Mystic Oaks es una aventura mucho más interesante cuando se hace en familia.

¡Bienvenida a una nueva Entre Temporadas de Mystic Oaks!


¡Sigue en antena que pronto vuelvo a mostrarte la portada!


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CRS-09. ¡Mystic Oaks. Historias Especiales # 1, ya tiene portada!


¡Hola, Romántica!

¡Hoy te traigo, por fin, la portada de nuestras Historias Especiales # 1!

Y digo «por fin» porque, mientras que la sinopsis se escribió prácticamente sola, la portada me ha tenido entretenida durante unas cuantas semanas. ¿La razón? Otra de las particularidades de Mystic Oaks.

Como ya sabes, aunque las temporadas de la saga siguen una numeración correlativa, sus historias se desarrollan dentro de distintos ciclos. Actualmente estamos en «Nuevos comienzos», al que pertenecen las dos primeras temporadas y, como mínimo, también la tercera, que estoy a punto de empezar a escribir.

Las portadas de las temporadas reflejan esa continuidad con un diseño similar. Y, después de darle muchas vueltas al asunto (y hacer las correspondientes pruebas, que ya sabes cuánto me gustan), he decidido aplicar el mismo criterio a las Historias Especiales.

Así pues, sus portadas también compartirán un estilo propio, pero serán algo más claras que las de las temporadas. De esta manera, podrás distinguir unas de otras a simple vista en tu biblioteca digital.

En tu biblioteca física, si eres de las que optaron por las ediciones impresas, tendrás una pista adicional: el grosor del lomo. ¡Al fin y al cabo, estas son historias cortas!

Y ahora sí, sin más dilación, te presento la portada de Mystic Oaks. Historias Especiales # 1: Grandes decisiones.

CRS-09-MOHE1-PORTADA

¡Sigue en antena, que pronto vuelvo con más noticias!

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