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CRS-09. Y después de Mystic Oaks, T2 llega…
¡Hola, Romántica!
Como te adelanté en esta entrada, la Saga Mystic Oaks no solo se compone de temporadas, sino también de novelas cortas y episodios especiales a través de los cuales iré acercando hasta ti ese universo alucinante que veo en mi mente, llamado Mystic Oaks.
Cumplirán una función semejante a las Entre Historias en la Serie Moteros, solo que cuando llegue el momento de publicarlas en el catálogo Jera Romance en 2027/2028, tomarán el nombre de «Entre Temporadas» y tendrán un título. De esta forma:
MYSTIC OAKS
[Título]
Entre Temporadas
Sin embargo, como ahora estamos en la fase creativa de este proyecto y aún no tiene un título oficial, dentro de Club Románticas Stories lo llamaremos así:
CRS-09. Mystic Oaks. Historias Especiales, 1.
Es, como su nombre indica, una historia especial situada cronológicamente entre la segunda y la tercera temporada de la saga.
Y te adelanto que se está escribiendo sola. Fue sentarme frente al ordenador ¡y no poder parar!
¡Atenta, que pronto estreno el primer capítulo!
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CRS-09. MO. Historias Especiales # 1. Cap 1
Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2027/2028
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1
Rancho Mystic Oaks
Davidson County, Tennessee
Domingo, 20 de octubre de 2002.
Muy temprano por la mañana.
Robert Bryan sonrió travieso al llegar a la cocina y comprobar que allí no había nadie. Ni siquiera las mascotas de la familia estaban a la vista, lo que quería decir que las hermanas Thompson aún estaban en la casa de los guardeses, probablemente a punto de levantarse.
Sin pensarlo un instante, volvió sobre sus pasos. No pensaba perderse la ocasión de pillar a Doreen aún en la cama. Eran contadas las veces que la había visto a cara lavada y sin arreglo. La mayoría había tenido lugar aquella misma semana, cuando ella estaba en el hospital.
Lo cierto es que era temprano. La ilusión por lo que traería consigo aquel día lo había empujado fuera de las sábanas antes de lo habitual, ansioso por comenzarlo. Mucho más ansioso aún por volver a ver a la mujer de su vida y descubrir cómo lo miraba ahora, después de haberle confesado que la amaba con todo su corazón.
Suspiró. Se sentía exultante. Hacía muchos años que no experimentaba una sensación semejante.
Cuestiones del corazón al margen, hoy prometía ser un gran día. Ken volvía de su gira del fin de semana; estaría a punto de llegar y tenía un asunto muy importante que tratar con él. Probablemente, tendría que esperar al mediodía para hacerlo, pues su hijo solía dedicar las primeras horas tras su regreso a estar con su novia y a dormir. Las entrevistas que tenía programadas durante la mañana le ayudarían a mantener a raya la ansiedad. Y por la tarde, durante la conferencia con sus hijos en Springfield, Doreen y él compartirían la gran noticia. ¡Casi no podía esperar para gritarlo a los cuatro vientos!
Se detuvo al llegar al dormitorio de Doreen. Sentir que su corazón palpitaba lo hizo sonreír. Durante un instante consideró si debía anunciarse golpeando a la puerta. Su lado más travieso decidió que, tras una vida entera haciendo lo que debía, podía permitirse no hacerlo por una vez.
Giró el pomo de la puerta de manera silenciosa y asomó la cabeza.
¿Pillarla en la cama, había dicho?, pensó risueño al ver el lecho vacío.
Un instante después, al comprender lo que eso significaba realmente, su corazón se aceleró. Si Doreen no estaba en la cama, solo había otro lugar donde podía estar: en el baño. Probablemente, a medio vestir o incluso sin ropa.
Dios.
Robert respiró hondo en un intento de que su loco corazón se calmara. Pero la imagen de aquella hermosa mujer desnuda, que no lograba apartar de su mente, lo aceleraba más y más.
Entró en la habitación y cerró la puerta tras de sí. Avanzó hasta el centro de la estancia y se detuvo para decidir su siguiente paso.
A pesar de las pullas a las que Doreen lo sometía por sus ideas conservadoras sobre el amor y el matrimonio, lo cierto era que la única razón de que no hubieran mantenido relaciones íntimas todavía no tenía que ver con ellas, sino con las circunstancias.
Doreen estaba convaleciente de una operación que le había dejado una herida de doce centímetros en el vientre que aún no estaba cicatrizada. Debía guardar reposo por orden del médico. Él, por su parte, aunque parecía estar levantando cabeza y recuperarse al fin del último susto, debía someterse a una nueva prueba de esfuerzo para volver a evaluar cómo respondía su maltrecho corazón al estrés físico. En otras palabras: las relaciones sexuales no estaban recomendadas para ninguno de los dos. Si se lo consultara, cosa que no pensaba hacer, Doreen diría que el sexo con penetración no era la única clase de sexo posible. Por supuesto, él no lo negaba. En sus años mozos, cuando el amor libre no era ni remotamente tan libre como ahora, había experimentado ampliamente esas otras maneras. Pero era un romántico de corazón: la idea de alcanzar el éxtasis junto a Doreen sin consumar físicamente la unión más especial con ella le parecía como una fiesta de cumpleaños sin tarta ni globos: una celebración a medias. Después de tantos años enamorados, se merecían tocar el cielo con las manos.
Sin embargo, su necesidad de ella amenazaba con sobrepasarlo. Seguía viendo la imagen desnuda de Doreen en su mente y estaba muy excitado. A punto. Y sabía que, como atravesara la puerta del baño, no se conformaría con mirarla.
De más estaba decir que Doreen tampoco. En cuanto lo viera, sabría en qué situación se hallaba y, cómo no, intentaría sacar provecho de ella.
Y aquí venía lo más irónico del asunto: no había nada que él deseara más que ella se aprovechara. Cuanto más, mejor.
Oh, Dios mío…
En aquel momento, la puerta del baño se abrió. Robert giró la cabeza.
Doreen no estaba desnuda.
Pero casi.
Un largo albornoz negro de seda cubría su piel desnuda. Pero, a pesar de que la prenda tenía un cinturón de lazo para cerrarla, los lados caían libremente, dejando a la vista su profundo escote y que la única prenda que llevaba debajo era unas finas bragas de encaje del mismo color.
Las miradas de Robert y Doreen al fin se encontraron.
Y las chispas saltaron en todas las direcciones.
* * * * *
Robert no estaba desnudo. Todo lo contrario. Pero para Doreen Montgomery era como si lo estuviera. Siempre lo había considerado un monumento de hombre y ahora que se estaba recuperando de su último ingreso hospitalario y volvía a ser el de siempre, le resultaba más irresistible que nunca. Alto, de aspecto varonil y muy atractivo, le bastaba mirarlo para que sus sentidos se volvieran completamente locos. Y hoy, él había esmerado su aspecto escogiendo las prendas que a ella le encantaban. Aquellos vaqueros lavados a la piedra, regalo de Jim, le sentaban como un guante y conjuntaban muy bien con la camiseta negra, estilo polo, de mangas largas y aquellas botas cortas que, en conjunto, le daban un aspecto moderno y juvenil.
Era un hombre guapísimo. De no ser porque la maldita herida apenas le permitía enderezar la espalda, se lanzaría a sus brazos ya mismo. Lo estaba deseando. Ahora que lo pensaba, menuda estupidez había hecho poniéndose las bragas. Pero había sido algo automático. Entonces, se había dado cuenta de que se había dejado el resto de la ropa sobre la cama y había salido a por ella.
¡Y sorpresa! El hombre más deseable del universo estaba allí, mirándola como si estuviera a punto de arrancarle la poca ropa que llevaba.
«A punto» era la expresión correcta, pensó al notar el sospechoso bulto en sus pantalones. Se le hizo agua la boca imaginando todo lo que le haría con él.
Y todo lo que ella le haría a él.
Pero, conociendo a Robert, si quería mantenerlo en la zona, tenía que evitar que él reparara en su herida y en el aparatoso apósito que la protegía. Sabía que verlo activaría su lado responsable y hoy no lo quería cerca, aguándoles la fiesta. ¿Cómo conseguirlo?
Distrayéndolo.
Con un movimiento casi imperceptible, Doreen desplazó el lado derecho de su albornoz, de forma de dejar una parte de su pecho a la vista. Sus senos eran grandes y aún eran turgentes. Intuía que Robert los prefería así, pues, que ella supiera, todas las mujeres con las que había estado, incluida Martha, tenían delanteras destacables y eso no podía ser una coincidencia. Sin embargo, mantuvo el pezón convenientemente oculto por la prenda.
La distracción funcionó de forma instantánea. Robert se olvidó del apósito y de la herida. Lo único que vio fue lo que Doreen quiso que viera.
Y lo único en lo que pudo pensar fue en apartar el obstáculo que lo separaba de tomar aquel pezón, introducírselo en la boca y chuparlo a placer. Sabía que era prominente en estado normal. Había podido comprobarlo cuando Doreen estaba dormida, en su cama del hospital. Ahora estaba tentadoramente erecto. Notaba su forma a través del fino tejido del albornoz.
Doreen comprobó con enorme satisfacción que Robert se tomó su tiempo hasta que elevó la vista y sus miradas volvieron a encontrarse. Ella tenía muy claro lo que deseaba que sucediera a continuación. Sin embargo, quería asegurarse de que él también lo tenía claro. No quería cambios de opinión a último momento. Por tanto, no se movió de donde estaba.
Robert captó el mensaje de inmediato y no titubeó. Su corazón romántico tendría que adaptarse a las nuevas circunstancias. Después de todo, ese era desde siempre el leitmotiv de su vida. Y si lo era para el deber, también podía serlo para el placer.
Dio un paso hacia Doreen, decidido a aceptar de buen grado esta nueva ocasión que le brindaba la vida de tener un poco más de la mujer que amaba. Decidido a que ella supiera que estar juntos era tan importante y necesario para él, que le valía un minuto, una caricia, una mirada. Que nunca renunciaría a nada que pudieran disfrutar juntos, fueran besos, abrazos o, simplemente, cercanía.
Sin embargo, no pudo dar el segundo paso.
Unos golpes en la puerta los dejaron a ambos momentáneamente paralizados. Robert reaccionó primero. Tiró de su polo para ponerlo por fuera de los pantalones y tras indicarle a Doreen con un gesto de la mano que regresara al interior del baño y cerrara la puerta, respondió al llamado mientras se dirigía a la cama.
—¡Adelante! —Vio que a los pies estaba la ropa que Doreen vestiría aquel día y eso le dio una idea.
Chris asomó la cabeza.
—Buenos días, Robert. ¿Y Doreen? —preguntó.
—Buenos días, Chris —dijo, volviéndose con una sonrisa—. Doreen está en el baño. Reclama su ropa. Creo que he cogido todo lo que quiere… ¿Se la llevas, por favor?
Chris entró en la habitación.
—Claro, cómo no. Lilly ya está preparando el desayuno.
Robert asintió y se dirigió a la puerta.
—Ah, perfecto. Por cierto, ¿sabes algo de mi hijo?
—Acaba de aterrizar en Nashville —repuso con una sonrisa enorme.
—Entonces, en un rato lo tendremos en casa… Me voy, Doreen. Chris ya está aquí. Voy preparando tus tostadas —se despidió, alzando la voz.
Sentada sobre la tapa del váter, Doreen meneó la cabeza. No podía creer que se hubiera quedado con las ganas otra vez.
Qué tortura, por Dios.
—¡Pero no picotees las mermeladas, que son muy dulces para ti! —repuso en voz muy alta.
Él también sacudió la cabeza. Su sonrisa de niño travieso lució en su rostro al decir:
—¡Nada de mermelada para mí! ¡Me portaré bien!
Robert y Chris intercambiaron miradas divertidas. Definitivamente, no se estaban riendo de lo mismo. A Chris le hacían gracia los denodados esfuerzos de Doreen por evitar que Robert se saliera de la dieta que le había puesto el médico. Mucho más ahora, que sabía que no eran los cuidados de una cuñada, sino los de una mujer enamorada de aquel hombre con quien había compartido las últimas tres décadas de su vida. Por supuesto, también le hacía gracia la determinación de Robert por complacerla. Una determinación nacida del amor que sentía por ella. Presenciar sus interacciones le producía una intensa ternura.
Robert, en cambio, agradecía encarecidamente la ocasión de reírse y distraer su mente del momento de suprema incomodidad que acababa de pasar, a cuenta de que la novia de su hijo mayor los hubiera interrumpido cuando estaban a punto de caer en la tentación.
Y ahora, pensó al tiempo que se alejaba por el pasillo, lo que necesitaba encarecidamente era un momento a solas para recuperarse de los estragos que el huracán Doreen había dejado a su paso.
* * * * *
Por suerte, la noche anterior entre su hermana y ella habían dejado la mesa puesta para el desayuno antes de irse a dormir, pensó Lilly Thompson. Estaba tan empanada(1), que como tuviera que hacerlo ahora, le tomaría el resto del día atinar con todo lo necesario.
«¿Has dicho ‘dormir’? ¡Te has pasado la noche dando vueltas!», oyó que decía una voz en su cabeza. La misma voz de siempre que no dejaba de pincharla.
La ignoró. Era demasiado temprano para empezar a lidiar con ella.
Sin embargo, por más pesada e irritante que fuera la vocecita de las narices, tenía razón. Apenas había conseguido dormir un par de horas seguidas. El resto de la noche había alternado diez minutos de sueño con paseos por la casa. De la cocina al salón, de este al dormitorio y vuelta a empezar. No podía decir que no lo hubiera esperado. Tenía la ansiedad a tope. Cada día que pasaba sin noticias de Jim era una nueva confirmación de su enfado. Y con cada nueva confirmación, ella se sentía un poco más culpable por haberlo tratado tan mal. Él era muy buena gente. Los tres hermanos lo eran, pero Jim… Desde el principio se había empleado a fondo en hacer que Chris y ella se sintieran cómodas, como en casa. Era supersocial, el más social de los tres hermanos con diferencia, y el que siempre estaba dispuesto para todo: fuera hacer de chófer, echar una mano o levantar el ánimo de todo el mundo haciendo payasadas.
Algo que, por cierto, se le daba de miedo, pensó con una sonrisa de la que ni siquiera fue consciente. Se reía lo que no estaba escrito con él.
¡Cómo te he hecho de menos, pedazo de payaso!
El pensamiento sorprendió a Lilly mientras esperaba en vano que la tostadora, a la que no había enchufado a la red eléctrica, expulsara las cuatro rebanadas de pan casero que había puesto a tostar.
Y fue lo bastante impactante como para hacerla retroceder dos pasos.
No sabía si de susto o de sorpresa.
«¡Vaya, enhorabuena, Campanilla! ¡Acabas de darte cuenta de que estás coladita por Jim!», volvió a pincharla la voz en su cerebro.
Esta vez, Lilly no la ignoró. Aquello era demasiado. ¡Demasiado! Echaba de menos a Dottie e, incluso, a Frank. Y no estaba coladita por ellos.
—¡Qué raro tú, confundiendo el tocino con la velocidad! ¡Déjate de tonterías y cállate de una vez!
(1)Estar empanado: coloq. Estar distraído, despistado o con la mente confusa.
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©️2026. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷
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CRS-09. MO. Historias Especiales # 1. Cap 2
Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2027/2028
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2
Rancho Bryan
Springfield, Ohio
Tim abrió la nevera y se quedó unos instantes inspeccionando el contenido. Eran las seis y media de la mañana y aún no había dado el primer sorbo a su café, por lo que quizás la cosa no pintara tan mal como parecía. Quizás solo estaba mirando sin ver.
—Ven y echa un vistazo, Jim.
Él levantó la nariz de la taza de café y miró a su hermano con expresión divertida.
—No hace falta. No estás ciego, es que nos hemos dejado la mitad de las cosas sin comprar. No hay zumo de naranja, no hay leche, no hay mantequilla y, lo peor, tampoco hay tocino. Quedan dos huevos: uno para ti y otro para mí. Y espero que quede pan de molde en la alacena, o tendremos que comerlo con galletas. Eso sí, tenemos lasaña y pizza para un mes.
Tim meneó la cabeza. Habían parado en el súper de regreso de Nashville y habían salido con dos bolsas a rebosar. ¿Cómo era posible que faltara de todo?
—No sé tú, pero yo me muero de hambre, así que… ¿Qué prefieres: pizza o lasaña?
Jim no tuvo que pensárselo.
—Pizza. Así ensuciamos menos. Pon dos en el horno y desayuno solucionado.
—Hecho. Y que no se entere Doreen.
—Tranquilo. Me llevaré el secreto a la tumba —se rio Jim.
El buen humor de su hermano no pasó inadvertido para Tim. Era un alivio, después de dos días negros.
—Qué bien te ha sentado que Doreen te diera la razón, ¿eh? —lo pinchó mientras ponía a precalentar el horno y sacaba dos pizzas margarita tamaño familiar del congelador.
Jim le dedicó una mirada socarrona.
—Me la dio porque la tengo y lo que me sentó de fábula fue que no me soltara el rollo de que a la confianza hay que ganársela y blablablá…
Tim se sirvió café en una taza y fue a sentarse a la mesa frente a su hermano mientras esperaba que el horno estuviera lo bastante caliente para poner las pizzas. Dio el primer sorbo, se permitió un instante para disfrutar de la sensación de que todo su cuerpo se pusiera en marcha al paso de aquel líquido fuerte y amargo, y al fin respondió.
—Es lo que hay, hermano, aunque Doreen no te lo dijera. Así que…
—No, no es lo que hay —se burló.
—Vale, tienes la razón y es Lilly la que lo está cagando, ¿contento? ¿Ahora qué? ¿Te sientas a esperar que ella lo vea del mismo modo que tú y haga algo al respecto?
Jim hizo un gesto de disgusto y permaneció en silencio.
—Doreen dirá lo que quiera sobre lo mucho que han cambiado los roles femeninos y masculinos los últimos treinta años —continuó Tim tras beber otro sorbo de café—. No lo niego. Pero la verdad es que todavía hoy la mayoría de las mujeres con las que tú y yo tratamos siguen esperando que seamos nosotros los que movamos ficha. Tengan la razón o no. Así que, si Lilly te interesa y quieres tener algo con ella, sentarte a esperar no es lo más inteligente por tu parte.
—Yo no he dicho que vaya a sentarme a esperar nada.
—Pero es lo que llevas haciendo desde hace dos días…
Jim exhaló el aire por la nariz. Odiaba que lo psicoanalizaran.
—¡Estoy cabreado con ella, tío! Me dejó colgado y no se ha disculpado. Está claro que la semana que viene nos veremos las caras y haré lo que tenga que hacer. Haya recibido una disculpa o no —matizó en tono burlón, haciendo sonreír a Tim—. Pero mientras ella esté allí y yo aquí, voy a ocuparme de hacerle sentir toda la presión posible. Que tenga muy claro que lo que ha hecho no me ha gustado un pelo y que no se va a ir de rositas.
Tim sonrió al tiempo que asentía con la cabeza satisfecho.
—Bueno… Eso sí que es un plan. Oye, me gusta, ¿sabes? Puede funcionar —concedió, haciéndole un guiño.
Más valía que funcionara, pensó él. Empezaba a subirse por las paredes de la ansiedad por saber de Lilly.
Jim le dedicó una mirada desdeñosa y continuó bebiendo su café.
* * * * *
Tim y Jim acababan de sacar las pizzas del horno cuando oyeron que golpeaban a la puerta.
—Voy yo —anunció Jim y atravesó el pasillo.
Al abrir la puerta de calle se encontró con un rostro conocido. Sonrió.
—¿Ya te has caído de la cama? —dijo, dándole la bienvenida a Logan Phillips, el jefe de capataces del Rancho Bryan—. Ven, llegas justo. Estamos desayunando. Qué temprano para ti, ¿no?
—Sí, hay tanto por hacer que no aguantaba en la cama un minuto más.
Esta vez, Logan recordó limpiarse las botas en el felpudo de la entrada antes de entrar. Disfrutó del ambiente cálido que se respiraba en aquella casa. Faltaba el aroma de las flores frescas que ya no formaban parte del decorado desde que Doreen se había marchado a Nashville. Pero excepto por eso, aquella casa seguía conservando el sabor a hogar. Al fin, siguió a Jim a la cocina sin quitarse la parka.
—¡Hombre! ¡Bienvenido! —lo saludó Tim. Apartó una silla de la mesa para que su capataz se sentara—. ¿Quieres cubiertos o la comes con la mano?
Logan se sentó y negó con la cabeza.
—Hola, Tim… Gracias, solo medio café y me voy a trabajar. —Miró las dos margaritas tamaño familiar que había sobre la mesa y se rio—. ¿Pizza para desayunar? Como se entere Doreen, os mata.
Tim cogió una porción y le dio un buen bocado. No estaba mal para ser una de las típicas pizzas congeladas. Tragó y dio un sorbo al café.
—Y que conste que fuimos a hacer la compra, pero entre que nos quedamos cortos con algunas cosas y nos dejamos media lista sin comprar… —explicó, riendo.
Jim se ocupó de servir el café y entregárselo a Logan.
—Bueno… ¿Qué tal cosas por Mystic Oaks? —Su pregunta había sonado razonablemente general. A pesar de que lo que le interesaba saber era sobre Lilly. Cruzaría los dedos para que en el resumen informativo, Logan le ofreciera al menos una línea sobre ella.
—Media taza de café no da para tanto, tío. Además, seguro que ya hablasteis con Robert… —dijo Logan bebiéndose todo el café casi de un trago.
—Venga, hombre. ¿Y a qué has venido?
Logan sacó algo del bolsillo interior de su parka y se lo tendió a Jim con una sonrisa divertida.
—A darte esto. Dije que lo haría tan pronto llegara al rancho y, como soy un hombre de palabra, lo he cumplido.
Jim lo cogió por acto reflejo, pero no logró apartar su vista del sobre y mucho menos recoger el brazo. Se quedó mirando el sobre rosa sin más.
Su reacción suscitó risitas pícaras, de las que Jim ni siquiera fue consciente.
Tim y Logan intercambiaron miradas divertidas.
—¿Tendrá alguna droga de contacto que produce catalepsia? —se burló Tim.
Logan se echó a reír. Menudo efecto había tenido en Jim esa escritura con palotes de niño de primaria.
—¡A mí no me ha hecho nada y la he traído encima setecientos kilómetros!
Jim se limitó a bajar el brazo y depositar el sobre sobre el mantel, pero no dejó de mirarlo.
Al menos, ahora estaba sonriendo, notaron Tim y Logan.
Tim no tenía que preguntarse el porqué.
El jefe de capataces dudó de si la razón de su sonrisa eran aquellos palotes tan cómicos o alguna otra de naturaleza romántica. Apostó por lo segundo. Ahora que la miraba bien, ya conocía esa sonrisa. Era la que Jim sacaba a relucir cuando estaba ligando con una chica.
—Como ya he cumplido, ahora me voy. Gracias por el café. Os veo luego…
Y acto seguido, Logan Philips se puso de pie y se dirigió a la puerta, riéndose con descaro.
* * * * *
Jim se levantó de la mesa, guardó una servilleta de papel en un bolsillo, cogió el sobre con una mano y una porción de pizza con la otra. A continuación, desapareció de la cocina ante la expresión divertida de Tim.
Entró en su habitación y cerró la puerta. Se sentó en la cama y puso el sobre sobre la funda nórdica. Comió su trozo de pizza mientras analizaba el sobre por delante y por detrás. Casi se atraganta de la risa con aquel simulacro de flor que, desde el papel, lo miraba sonriente.
Estaba disfrutando del momento. Al principio, le había descolocado que Logan se lo diera. Era lo último que se hubiera imaginado, pero ahora lo estaba disfrutando de verdad. No solo porque al fin Lilly hubiera tomado la iniciativa, sino también por la forma que había escogido para hacerlo. Podía deducirse mucho de ello.
Para empezar, que no quería hacerlo por teléfono. Habría sido mucho más fácil y rápido, y no habría tenido que abordar al jefe de capataces, pidiéndole un favor nada más conocerlo.
Segundo, enviarle una carta no le parecía su estilo. Ken había comentado alguna vez que Chris no salía a la calle sin su diario. Su hermana, en cambio, era demasiado eléctrica. No se la imaginaba sentándose a escribir. Lilly era como él: teléfono, mensaje de texto o, a lo sumo, un correo electrónico de uno o dos párrafos, dar a enviar y luego seguir con otra cosa. Y, sin embargo, ¿se compraba ese material de papelería tan chulo? Jim torció el gesto dubitativo. No le cuadraba para nada.
Tercero, y muy importante, era diestra y su mano buena estaba en un cabestrillo. Se rio. Si la flor del anverso tenía esa pinta tan rara, no quería imaginarse lo que le esperaba dentro del sobre.
Le dio otro mordisco a la pizza y sacó la servilleta que se había puesto en el bolsillo. Se limpió bien la mano y la usó a modo de mantel para apoyar la pizza sobre la mesilla. Entonces, se dispuso a abrir el sobre con cuidado, pues no quería romperlo. Al fin, extrajo una hoja de tamaño cuartilla plegada al medio. Era del mismo color del sobre. Sonrió satisfecho al ver que estaba personalizada con el nombre «Chris» en el borde superior derecho.
Y volvió a reírse en cuanto empezó a leer:
¡Hola!
¡Solo a mí se me puede ocurrir enviarte una carta impresa! (Tienes que darme tu email. A la vuelta está el mío. La impresora decidió que no me cabía en esta hoja. ¡Será caprichosa!).
Juro que intenté hacerla manuscrita, pero me rendí al sexto intento porque me estaba quedando sin papel ¡y no es mío! ¡¡¡¡Chris me va a matar!!!! Recuérdame que queme el cabestrillo en una ceremonia ritual cuando me lo quiten. Estoy taaaaaaan haaaaaaaarta del maldito cabestrillo… ¡¡¡Es que con él soy la raíz cuadrada de una inútil!!! ¡¡¡No puedo hacer naaaaaaadaaaaaaa!!! Y como no soy ambidiestra…
Bueno, a lo que iba… Supongo que estarás enfadadísimo por no verme aparecer por la cocina a la hora del desayuno… Ni por la explanada ni por ningún sitio… ¿Sin rodeos? Pfffff… Me di el comecocos y acabé echándome atrás. 😩 Ya hablaremos cuando vuelvas.
Quiero que sepas que lo siento mucho, mucho, mucho. ¿Me perdonas, porfa?
Lilly.
PD: El sobre lo escribí a mano… ¿Ves a lo que me refiero cuando digo que no soy ambidiestra? ¡Parece que a la flor le hubieran hecho un lifting malísimo! 🤣
La sonrisa de Jim era tan grande que podía atarse los extremos en la nuca. De haber podido verse en un espejo, habría comprobado que su expresión era la misma que si Lilly estuviera frente a él. Leerla era como escucharla: ocurrente, atropellada y tan expresiva, que era imposible no querer mirarla mientras hablaba.
«Me di el comecocos y acabé echándome atrás». Jim asintió ante aquellas palabras que explicaban tan bien la situación. Podía verla discutiendo con su otro yo y mandándolo a callar mientras se encerraba en el baño y echaba el cerrojo, para ponérselo más difícil si la asaltaba la tentación a último momento. El jodido comecocos le haría sudar la gota gorda en el futuro, de eso estaba seguro. Era una ironía de manual que un tipo como él, con semejante éxito entre las mujeres, le provocara comecocos y ganas de echarse atrás a la única que a él le interesaba.
Pero se entendían.
Eso era lo importante. Ella había comprendido que había metido la pata no presentándose y que había cometido otro error muy gordo al no disculparse de inmediato.
Y ahora tenía clarísimo por qué Lilly había elegido escribir a llamarlo por teléfono: aún seguía dándose el comecocos. Por eso rehuía el contacto directo.
Jim dio la vuelta a la cuartilla y, al dorso, en efecto, estaba su dirección email.
«Muy bien, Campanilla: lo haremos a tu manera», se dijo con una sonrisa satisfecha.
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©️2026. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
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CRS-09. MO. Historias Especiales # 1. Cap 3
Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2027/2028
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3
Rancho Mystic Oaks
Davidson County, Tennessee.
En cuanto el portón automático le dio paso, Ken Bryan se despidió de Shane Norton sacando la mano por la ventanilla y entró en su rincón favorito del mundo. Sonrió al comprobar por el retrovisor que, como siempre, el coche de su jefe de seguridad continuaba allí cuando el portón comenzó a cerrarse. Si por él fuera, lo escoltaría hasta la misma explanada de entrada de la casa y no se despegaría de allí antes de ver que la puerta de vitrales se cerraba tras él. Alegaba que, siendo una estrella de la música que despertaba tantas pasiones entre sus fans, toda seguridad era poca.
Ken no se sentía una estrella, sino un tipo como cualquier otro, solo que con una profesión ideal. Era alguien conocido. Un artista. Un muy buen músico… Hasta ahí bien, pero ¿una estrella? Puede que así lo vieran otros, pero él no se veía a sí mismo de ese modo. Y menos cuando estaba en casa, como ahora.
Aún era noche cerrada y la negrura sería impenetrable de no ser por la luna. El otoño había entrado pisando fuerte en aquella parte del mundo; las temperaturas se habían desplomado y las hojas no tardarían en formar una densa alfombra sobre el suelo. Muchas ya tapizaban el camino por el que ascendía. Suspiró. Lo separaban dos kilómetros de su hogar, del aroma a café recién hecho y pan casero tostado. De una mesa inmensa donde lo esperaba su familia para desayunar…
Y de Chris, la mujer de su vida.
Decían que a todo se acostumbraba el ser humano con el tiempo. Por lo visto, no era su caso: llevaba más de dos meses separándose de ella los fines de semana para actuar en algún lugar de la geografía del país y cada vez la extrañaba más. Las horas sin ella se le hacían eternas.
También echaba de menos a sus amigos peludos. Por cierto, ¿dónde estaban? Era raro no verlos por ningún lado. Entonces, reparó en la enorme luna llena que iluminaba su camino y sonrió. Chris había decidido que Sultán no salía sin correa durante esa fase lunar. La última vez, había desaparecido durante varios días. A los cachorros terranova también les afectaba, por supuesto. Estaba claro que, en su ausencia, Chis había preferido curarse en salud, por lo que los tres le estarían esperando dentro de la casa.
Ya veía las luces exteriores. Dios. Qué felicidad estar de vuelta en casa. Dormir en su cama. Bañarse en su baño. Jugar con sus cachorros. Tumbarse en su sofá con la mujer más especial del mundo entre los brazos…
Una sonrisa inmensa se dibujó en el rostro de Ken al ver a Chris, de pie, en la cima de la escalera, bajo los potentes focos. Con unos vaqueros azul celeste muy claro, las manos en los bolsillos de un grueso cárdigan negro cuya capucha llevaba puesta, unas botas cortas de tacón bajo… Y aquella sonrisa que quitaba el hipo. Estaba preciosa, como siempre. Por más que ella se empeñara en no ponerse ropa ceñida, era imposible ocultar aquellas formas rotundas que a él lo inspiraban tanto.
Maniobró con rapidez, aparcó frente a la entrada y se apeó de su F-150. Subió los tres escalones de un salto y se fundió en un abrazo con ella.
Y un instante después, sin mediar palabra, llegó el beso. Pleno, apasionado, largo. Los dos se rindieron al hechizo de estar juntos, bebiendo de los labios del otro con avidez mientras, detrás de la puerta, un coro perruno anunciaba su impaciencia por darle la bienvenida a Ken a ladridos y aullidos.
—Dios… Al fin —le dijo Ken al oído.
—Sí. Al fin…
—Te he echado tanto de menos… No puedo creer que seas tú, que te tenga así, pegada a mí…
Chris se acurrucó contra el pecho masculino.
—Y yo a ti, Ken… Los días son interminables cuando estás lejos… —Decidió cambiar el tono con una broma. No quería ponerse demasiado mimosa. Los dos sabían cómo acababan las cosas entre ellos cuando empezaban de aquel modo y la familia estaba esperándolo para desayunar en la cocina—. Por si no se nota, los peluditos también te han echado de menos… ¡Menudo concierto!
—Ya lo creo. ¡Cada vez afinan más! —se rio.
Pero enseguida Ken tomó la barbilla de Chris y la elevó un poco. La capucha del cárdigan cayó hacia atrás, exponiendo su cabello. Hoy no había moños. Lo llevaba suelto. Examinó su rostro durante unos instantes.
—Entramos, juego con ellos, desayunamos con la familia y después nos vamos al otro edificio.
Ella sonrió con dulzura. Por «nos vamos al otro edificio» quería decir «nos vamos a la cama».
—Lo tienes todo planeado, ¿eh?
Ken asintió enfáticamente.
—No sé cómo te está tratando tu síndrome… —murmuró. Se refería al síndrome premenstrual que Chris padecía desde la adolescencia.
Ella lo miró risueña.
—¿Y cómo sabes tú nada de mi síndrome?
—¿Porque no soy ciego? —repuso con cara de pillo—. El mes pasado lo tuviste por estas fechas. Además, te lo he preguntado el viernes y ayer. Y las dos veces has desviado el tema…
«Y por si eso fuera poco, acabas de inspeccionar mi cara en busca de señales», pensó Chris, enternecida.
—Vaya.
—Sí. Vaya —repuso él, igual de risueño—. Si te está dando guerra, que sepas que me conformo con quedarme dormido abrazado a ti.
Ella se rio.
—Pues sería la primera vez que te conformas…
Los dos rieron con complicidad.
—¡Eh, qué dices! Si te apartas o me pides que pare, te hago caso siempre y lo sabes… Lo que pasa es que cambias de idea enseguida porque, en el fondo, tú no quieres que pare —añadió riendo al tiempo que le hacía cosquillas.
Tras unas risas compartidas, Ken la sostuvo por la cintura y ella le pasó los brazos alrededor del cuello. Se miraron largamente.
—Nunca quiero que pares —admitió Chris—. Estar juntos es nuestro cable a tierra, Ken. Lo necesitamos como el aire. Así que no quiero que nos conformemos con menos. A veces, será inevitable y entonces, habrá que aceptarlo. ¿Pero conformarnos? No. Eso nunca.
Él la estrujó entre sus brazos al tiempo que lanzabas un suspiro.
—Te adoro y tengo tanto mono de ti que pienso secuestrarte las próximas cuarenta y ocho horas, como mínimo. —Buscó su mirada—. Quiero que me cuentes todo sobre tu nuevo contrato como consultora externa de la OADASV. Y quiero saber lo que has estado haciendo estos tres días. Cada minuto, sin saltarte uno.
Siempre era igual, últimamente. Las primeras horas después de que él regresaba de viaje las dedicaban a compartir intimidad, hambrientos de lo que solo sentían cuando estaban juntos. El resto del tiempo hasta que Ken volvía a marcharse lo pasaban hablando. Contándose todo lo que habían hecho el tiempo que habían estado separados. Compartiendo vivencias y haciendo planes. Era su ritual. Y se había convertido en algo de lo que ninguno de los dos quería prescindir.
—Yo no sé si quiero saber todo, todo, todo lo que tú has estado haciendo… —bromeó Chris, deshaciéndose de su abrazo al tiempo que le dedicaba una mirada entre crítica y juguetona.
El negro de los vaqueros y la camisa estilizaba su figura. Como si a él le hiciera falta estilizar nada… El universo había roto el molde después de hacer a Ken.
—Claro que quieres. Soy un santo. ¿No me ves la aureola? Y también sabes que mi invitación a que vengas a comprobarlo personalmente sigue en pie… —repuso él con segundas.
Chris lo tomó de una mano, instándolo a entrar en la casa.
—No dudo de que eres un santo. Son ellas las que me preocupan.
Él la detuvo al instante.
—¿Cómo que ellas te preocupan?
Hizo que Chris se volviera. Y fue entonces cuando vio que se estaba riendo y sacudió la cabeza.
—¡Serás mala…!
Chris tiró de Ken para que se agachara y le dio un beso en los labios.
—¡Es que no puedo evitarlo! ¡Siempre picas!
* * * * *
Los cachorros se habían vuelto locos de alegría al ver a Ken. Saltaban todos a la vez, compitiendo por su atención sin apenas obedecer a sus órdenes. Noah y River pesaban ya 39 kilos y Ken tuvo que apoyarse contra la puerta doble de vitrales para evitar que lo hicieran caer. Entre los tres habían conseguido acorralarlo.
—¡Yo también os he echado de menos, colegas! —exclamó frotando sus cabezas por turnos—. ¡Pero no me saltéis encima! ¡No! ¡Abajo! —insistió, procurando mirarlos con firmeza, aunque por dentro se derretía de ternura por aquel recibimiento cargado de amor y de alegría que le estaban dando.
En medio de un coro de aullidos y ladridos, Noah fue el primero en obedecer.
—¡Muy bien! ¡Muy bien! —lo felicitó, acariciando sus grandes orejas cubiertas de pelaje blanco.
Entonces, River y Sultán también dejaron de saltar. Se sentaron sobre sus cuartos traseros en un inusitado despliegue de obediencia a la espera de su recompensa.
—¡Así me gusta! —celebró Ken frotándoles el lomo y el morro—. ¡Buenos perros!
Chris miró al suyo con asombro. Los terranova eran perros tranquilos y, aquellos en particular, seguían acudiendo a clases de adiestramiento canino varios días cada mes. Sin embargo, Sultán pertenecía a la raza más independiente de todas. Era un alma indómita y verlo obedecer una orden sin más era del todo insólito.
—¿Habrá cambiado de amo y no me lo ha comunicado? —sugirió, risueña.
Ken aprovechó el comentario para coquetear.
—Es que ni siquiera tu lobito es capaz de resistirse a mi encanto… ¿Lo ves? —bromeó al tiempo que le dedicaba una mirada de reojo a Sultán, que ya empezaba a inquietarse, cansándose de tanta obediencia.
—Tú ten cuidado, no sea que tanto encanto se te vaya de las manos…
Él le hizo un guiño y volvió su atención a los perros. Les dedicó a cada uno una buena ración de carantoñas mientras dejaba caer de manera casual información importantísima.
—Ya falta menos para que podáis veniros conmigo… En tres semanas, el bus musical estará listo para rodar… ¡Vais a tener vuestras propias camitas! ¡Os va a encantar!
¿Cómo que tres semanas?, pensó Chris. La última vez que había salido el tema, Tom había dicho que confiaba en que los autobuses estarían listos antes de Navidad.
—No sé si preguntarte qué has hecho para reducir el plazo de entrega nada menos que un mes y medio… —Aunque en realidad, pensó, la pregunta no era solo «qué», sino «por qué». ¿Habría tenido algo que ver con eso la cancelación de sus planes de traslado al edificio principal? Se le derritió el corazón de ternura solo con pensarlo.
Ken sonrió para sí. «¿Qué había hecho?». Qué no había hecho, mejor dicho. No acostumbraba a ponerse en plan cliente insoportable con sus proveedores, daba igual qué tipo de productos le suministraran. Normalmente, dejaba todos esos temas en manos de Tom. Confiaba plenamente en él y aceptaba de buen grado las condiciones que él hubiera pactado. En lo único que podía llegar a ponerse muy puntilloso era en sus actuaciones en directo y en los contratos discográficos. Todo lo demás siempre le había dado un poco igual.
Hasta ahora.
—¿Usar mi encanto? —propuso, mirándola con cara de pillo.
La conversación que había mantenido con el máximo responsable de la empresa proveedora no había sido especialmente encantadora. Pero sí muy efectiva. Después, Tom, que la había presenciado de principio a fin agarrándose la cabeza, lo había puesto a caer de un burro.
No hizo falta más para que Chris comprendiera lo que había sucedido. Asintió con la cabeza varias veces.
—¿Yo también tendré mi propia camita?
Ken le pasó un brazo alrededor de los hombros, atrayéndola hacia él cariñosamente.
—Por supuesto. Es de dos plazas y me incluye a mí de regalo.
Chris volvió a asentir, risueña.
—¿Y también vas a usar tu encanto para convencerme de que te acompañe el día que la estrenes?
Ken la tomó por los antebrazos y la guio con suavidad hasta ponerla directamente frente a él.
Sus miradas se encontraron. Eran risueñas y estaban cargadas de ilusión.
—Voy a usar lo que haga falta, Chris. Y no solo para que vengas el día que la estrene. Te quiero a mi lado siempre.
Chris se las arregló como pudo para sobreponerse a la emoción que siempre la embargaba ante la incansable determinación de Ken por derribar todas las barreras que los separaban.
—Presiento que se avecina una conversación larga y profunda. ¿Me equivoco?
Él se inclinó a besarle la punta de la nariz. Sus ojos enamorados recorrieron despacio sus facciones antes de decir:
—No. No te equivocas.
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CRS-09. MO. Historias Especiales # 1. Cap 4
Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2027/2028
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4
El abrazo entre padre e hijo había sido más largo de lo habitual. Chris y Doreen, que sabían la razón, habían contemplado la escena con una sonrisa. Lilly, sin embargo, seguía con la ansiedad por las nubes, ensimismada en sus asuntos, por lo que no había reparado en nada.
De hecho, no fue hasta que Ken y Chris ocuparon sus sitios en torno a la mesa que Lilly aterrizó en la realidad sin paracaídas, circunstancia que llamó poderosamente la atención de todos y, en especial, de las dos mujeres presentes.
—¡Ken! ¡Bienvenido! ¿Qué… tal? —exclamó ante la expresión divertida de todos. De repente, fue consciente de que acababa de caerse de la parra y de que la miraban con sorpresa, y durante un instante no supo qué decir. Como siempre que eso sucedía, un segundo después, su verborrea cogió el relevo—. ¡Menuda pregunta más tonta! ¿Cómo vas a estar si acabas de llegar a tu paraíso terrenal y tienes a tu churri, o sea, a mi hermanita, de nuevo en tu campo visual? ¡Perfecto!
Dado que no podía estarse quieta ni callada, continuó.
—¿Café? —ofreció, acercándole una de las jarras—. Hoy me ha salido buenísimo. Mucho mejor que las tostadas… —Esta vez, aproximó a donde estaba Ken un gran plato rojo de cerámica con varias rebanadas de pan casero con distinto grado de tostado: del mínimo al casi quemado—. Primero, me olvidé de enchufar la tostadora… ¡Ay, cabecita loca! Y después, me olvidé de las tostadas… Estas son las que han sobrevivido… —Señaló con su mano buena el plato rojo y se rindió ante la evidencia riendo—. Bueno, más o menos… ¡Algunas parecen que acaban de venir del infierno!
En aquel momento, Ken elevó un dedo, pidiendo la palabra. La mesa explotó en carcajadas ante las mejillas rojo bermellón de Lilly que, sin embargo, no se molestó en esconderlo. Le daba la verborrea cuando se ponía nerviosa y estaba acostumbrada a situaciones como aquella.
—¿Ese dedo es porque quieres decir algo? —le preguntó. Vio que Ken asentía, tronchándose de risa—. Vaaaaaaaaaale, te cedo la palabra. ¡Que no se diga que en esta casa no hay libertad de expresión!
Durante unos instantes solo se oyeron las risas y los ladridos de los perros, que, animados por tanta jarana, decidieron aportar su granito de arena.
Lilly también acabó sucumbiendo, dando lugar a un momento entrañable y muy particular, pues, aunque ella no fuera realmente consciente de eso, llevaba su firma. Las hermanas Thompson habían contribuido al clima familiar que se respiraba en Mystic Oaks con sus señas de identidad. Chris representaba la calma en mitad de la tormenta; Lilly, definitivamente, la risa. Esa energía poderosa capaz de transformar a mejor la peor de las circunstancias.
Y más risas se oyeron aún cuando al fin Ken tomó la palabra y dijo:
—¿Me pasas también la mermelada de frambuesa, por favor?
* * * * *
Después de saciar su voraz apetito mientras les contaba cómo habían sido sus primeros tres conciertos acompañado de sus propios músicos, Ken se dedicó a observar a su padre y a su tía.
Uno de sus primeros descubrimientos fue que la alegría que había percibido el día anterior, hablando por teléfono con Robert, representaba una mínima parte de la que podía sentir estando allí, frente a él. Sin embargo, no solo había alegría; había realización. Su padre tenía el aspecto y la actitud de alguien que está plenamente satisfecho consigo mismo y con su vida.
El siguiente descubrimiento tenía que ver con la interacción entre él y Doreen. Era diferente a la que conocía. Incluso a la que existía tres días atrás, cuando él se había marchado de gira. Aunque se comportaban con naturalidad, ahora había una complicidad nueva entre ellos que a Ken le encantó ver. Se trataba de una complicidad nacida del amor, no de la camaradería que había habido entre ellos, fruto de veinticinco años de convivencia.
Su padre era un caballero de la vieja escuela. Ken estaba acostumbrado a presenciar sus gestos gentiles hacia otras personas, especialmente si eran mujeres. Sin embargo, este hombre que pelaba una naranja y la separaba en gajos para, a continuación, entregársela a la mujer que estaba a su lado junto con un tenedor de postre para que no tuviera que ensuciarse las manos, era decididamente un hombre diferente. Un hombre enamorado.
Tan diferente como la mujer que ahora pinchaba uno de esos gajos y se lo acercaba a Robert a la boca con una sonrisa.
Ken intercambió miradas divertidas con Chris.
—¿Qué sabemos del tío Frank y la familia de Montana? ¿La prima Trish ya ha contagiado a todo el mundo?
—No, qué va —dijo Doreen—. Por suerte, Christina y Jared se han librado. Lo que no ha conseguido evitar que tu tía Blanche esté al borde de la locura… La pequeña de la familia les ha salido peleona, ¿sabes? Y no hay Dios que la mantenga en la cama, como le ha dicho el médico. Está empeñada en que le dejen hacer los exámenes… Frank está bien, echándome de menos, como yo a él —concedió. Durante un instante su mirada se ensombreció, pero solo fue un instante, tras el cual sonrió y dijo—: Se nos pasará.
Ken volvió a intercambiar miradas con Chris antes de decir:
—¿Y qué? ¿Ya le habéis dicho que envíe el esmókin a la tintorería?
Los ojos de Robert acariciaron a Doreen. Los de ella hicieron exactamente lo mismo antes de responder:
—El tinte tendrá que esperar. Tenemos que centrarnos en llevar a cabo el traslado según lo previsto y aquí está todo por hacer. Esa es la prioridad ahora, ¿verdad, Rob?
—Verdad, querida —repuso él con su talante tierno.
Ken se los quedó mirando durante unos instantes. Analizándolos. Hasta que la conclusión apareció meridianamente clara ante sus ojos.
—No me lo trago —sentenció—. Estoy muy bien informado y, por lo que me han dicho, lo tuyo no fue una broma, papá. Y tu perplejidad, tampoco —añadió, dirigiéndose a su tía—. Aquí hay gato encerrado.
«Y tanto que lo hay», pensó Robert.
«No lo sabes tú bien», pensó Doreen.
Sin embargo, ninguno de los aludidos llegó a responder, pues, en aquel momento, un teléfono sonó anunciando la recepción de un mensaje. Era el de Lilly.
Ella se quedó inmóvil mientras su cerebro asociaba las ideas «tengo un mensaje» y «a estas horas, solo puede ser de Jim». Cuando lo hizo, activó la pantalla.
Una sonrisa lució en sus labios al leer:
«Mira tu correo, Campanilla. Besos. Jim».
Saltó del asiento y fue aprisa hacia la salida, ensimismada en su mensaje y en la palabra «besos», que todavía le seguía haciendo cosquillas por todo el cuerpo.
Fue al llegar a la puerta que cayó en la cuenta de que otra vez acababa de hacer de las suyas. Paró en seco, se volvió a mirarlos procurando mantener a raya su sonrisa, y dijo lo primero que le vino a la mente:
—¡No os preocupéis! ¡Dejadlo todo como está, que yo recogeré la mesa cuando vuelva! ¡Adiós a todos!
Un instante después, había desaparecido de la cocina.
Ken se rio.
—¿Es una impresión mía o todo el mundo está rarísimo en esta casa? Menos mal que solo me fui tres días. ¡Llego a tardar un mes en volver y no reconozco a nadie!
* * * * *
Chris sonrió al ver que Ken se detenía en mitad del sendero y respiraba a todo pulmón con expresión de estar en la gloria. Los cachorros, a los que llevaba de la correa, se volvieron a mirarlo. Noah y River se sentaron sobre sus cuartos traseros. Sultán, en cambio, empezó a dar vueltas en el sitio, mostrando su impaciencia.
—Ya sé, no me lo digas —bromeó, sentada en su superbólido de dos ruedas—: Ningún lugar huele tan bien como tu rinconcito favorito del mundo.
Normalmente, cuando Ken llegaba de viaje tan temprano, el recorrido hasta el otro edificio lo hacían en coche. Sin embargo, en esta ocasión, él había propuesto hacerlo andando. Alegaba que los tres días que había estado fuera, su agenda de entrevistas era tan apretada que apenas había tenido tiempo de estirar las piernas. Chris sabía lo que sucedía en realidad. Y no tenía nada que ver con agendas apretadas. Cuanto más tiempo pasaba en Mystic Oaks, más enraizaban en él el silencio y el lento pero constante paso de las estaciones. Regresar al bullicio de la ciudad y a la locura de sus actuaciones en vivo frente a miles de personas suponía un cambio drástico, cuyo efecto Ken acusaba cada día más.
Él volvió el rostro para mirarla.
—Nuestro rinconcito favorito del mundo —matizó—. Y no, nada se parece remotamente a esto… Y si ya es perfecto así, imagínate cómo será cuando mis hermanos se instalen definitivamente aquí. ¡Te juro que no veo la hora de que llegue diciembre!
Dejó que sus ojos se perdieran en los robles que jalonaban el sendero. Ya era de día y el bosque y sus habitantes naturales habían vuelto a la vida, plenos de energía. Todos eran sonidos distinguibles para Ken, pues había aprendido a reconocerlos con el paso del tiempo. Y, a pesar de que no se hallaban cerca del arroyo, si cerraba los ojos y se concentraba, podía escuchar el murmullo del agua. Era un sonido profundamente reconfortante para él.
—¡Añoras como un loco volver a casa! —dijo Chris, meneando la cabeza incrédula. Esa faceta ultrahogareña de Ken siempre la sorprendía. No era propia de alguien que vivía más en la carretera que en ninguna otra parte. Cualquier persona en sus circunstancias se habría habituado a estar lejos, aunque más no fuera por fuerza de la costumbre o por pura supervivencia. Él, no: era especial incluso en eso.
Ken sonrió. Asintió con la cabeza varias veces.
—Y, desde que tú estás aquí, muchísimo más… —repuso, mirándola con amor.
—¡Gracias! Te ha quedado muuuy bonito… —lo pinchó.
En aquel momento, sonó el móvil de Ken.
—O es una admiradora que no puede vivir sin ti, o es alguien de tu familia —bromeó—. No hay nadie más despierto a estas horas.
Él sonrió travieso.
—Mis admiradoras no tienen mi número de móvil, preciosa…
—Así que solo puede ser de la familia —concluyó Chris.
Ken movió la cabeza arriba y abajo al tiempo que sacaba su dispositivo del interior de la chaqueta. Sonrió.
—Es mi padre. Si es que cuando dije que había gato encerrado…
Atendió la llamada.
—¿Me he dejado algo en la cocina? —se adelantó.
Robert cerró la puerta del baño que había cerca de la biblioteca donde acababa de dejar a Doreen, tendida en el sofá con su manta, su almohada y su portátil.
—No. Para variar, esta vez no te has dejado nada —repuso con segundas—. Te llamo para pedirte algo.
—Claro. Dime, papá.
—Tengo que hablar contigo. No ahora. Más tarde, cuando puedas… —Tras una pausa pensando cómo decirlo, añadió—: Y necesitaría que, si estoy con Doreen o ella está cerca, seas tú el que diga que necesitas hablar conmigo.
Ken miró a Chris con una sonrisa imposible en los labios. Asintió con la cabeza, dando a entender que el asunto «gato encerrado» empezaba a asomar las orejas.
—¿No vas a decirme lo que os traéis entre manos, Doreen y tú?
La sonrisa de Robert se ensanchó. Necesitaba la ayuda de su hijo y revelar parte de sus planes sería inevitable. Pero revelaría solo lo imprescindible. Quería que su plan al completo fuera una sorpresa para todos.
—¿Es un requisito para hacer lo que te pido?
Ken se rio de buena gana.
—¿Te refieres a si te estoy chantajeando? Tranquilo: no es un requisito.
Robert también rio.
—¡En tal caso, no te lo diré!
Ken sacudió la cabeza, risueño. Si el nivel de alegría de su padre era una medida de lo que se traía entre manos, entonces no había ninguna duda: se trataba de un gran plan.
—Vale, papá. Por la tarde hablamos.
—Gracias, hijo. Nos vemos luego.
Ken todavía estaba sonriendo cuando volvió a guardar el móvil.
—¿Tú has notado algo inusual estos días? —le preguntó a Chris.
—¿Dices, aparte del amor que se respira en el ambiente cuando tu padre y Doreen están juntos? No, nada inusual.
—Pues está claro que algo traman. Quiere hablar conmigo, pero no quiere que Doreen sepa que es a iniciativa suya.
—¡Qué intriga!
—¡Ya te digo! ¡Vamos, colegas, en marcha! —dijo Ken, animando a los peludos de la familia, que enseguida obedecieron.
Sultán, fiel a su naturaleza dramática, aulló de felicidad, haciéndolos reír.
Y los cinco reanudaron el camino por el sendero que conducía al segundo edificio de la finca, donde Ken tenía su estudio de grabación.
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CRS-09. MO. Historias Especiales # 1. Cap 5
Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2027/2028
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5
Lilly entró en la casa de los guardeses como una tromba. Si ya había salido aprisa de la cocina, dejando a todos alucinados, en cuanto había abandonado el edificio principal, sus pasos se habían acelerado al ritmo de su ansiedad. Cien metros antes de llegar a la casita del bosque, ya estaba corriendo.
Cogió su portátil, se dirigió al sofá y, después de ponerlo sobre la mesa ratona, se dejó caer contra el respaldo unos instantes para recuperar el aliento.
«¿Ahora a estar cagadita de miedo se le llama recuperar el aliento?».
La maldita metomentodo otra vez.
Lilly bufó.
—¿No es demasiado temprano para que empieces a dar la brasa?
«Vaya, vaya, vaya… Esto sí que es una sorpresa. Por una vez, no me has soltado cualquier tontería con tal de no reconocer lo evidente. ¡Estás cagadita de miedo de leer ese correo y no lo niegas! ¡Esto marcha!», insistió la voz.
No, por una vez, no lo negaba. Suspiró. No entendía cómo era posible que la ansiedad por leerlo fuera tan grande como el temor a hacerlo.
«Pues eres tú quien ha abierto esa puerta, Campanilla», insistió la voz.
Lilly puso los ojos en blanco. ¿Y quién otra iba a hacerlo, sino ella?
—Hablando de soltar cualquier tontería… —se quejó.
Volvió a suspirar.
El problema era que, fuera lo que fuera que descubriera de Jim al abrir ese correo, le afectaría.
Si, después de leerlo, él le seguía pareciendo el tipo más genial sobre la faz de la Tierra, se ilusionaría mucho más con él… ¡Y eso era malísimo!
Si, en cambio, él se ponía en plan «perdonavidas» o en plan «tío bueno que arrasa donde quiera que va», su desilusión sería de órdago.
Y, lo peor: Tanto si sucedía lo uno como lo otro, quedaría demostrado de manera irrefutable cuánto le importaba Jim.
Arrugó la cara en un gesto de dolor.
¡Ay, Lilly! ¡En buen lío estás metida!
* * * * *
Tim se dirigía hacia el edificio donde guardaban la maquinaria agrícola cuando vio que su hermano se acercaba comiendo una porción de pizza. Rain, su fiel mascota, iba a su lado.
—Hombre, ya era hora… —lo pinchó. Estaba encantado de ver cuánto habían cambiado las cosas en la vida de su hermano desde que Logan había entrado por la puerta con una carta para él—. ¿Qué haces con esa porción en la mano? ¿Aún no has acabado de desayunar? Me pregunto qué te habrá tenido tan entretenido…
—«Comerla», «no» y «no es asunto tuyo» —repuso el menor de los Bryan con un mohín divertido antes de separar el borde crujiente de la porción, dársela a su perra y meterse el resto en la boca.
En cuanto había visto el sobre rosa, había tenido claro que responder a Lilly iba a ser una tarea delicada. Sabía que ella seguía preocupada. Por lo tanto, no podía sentarse frente al teclado y decir lo primero que le venía a la cabeza. Le había llevado un rato idear una respuesta con la que estuvo conforme. Así que no, aún no había acabado de desayunar. De hecho, el resto de su margarita tamaño familiar estaba en la bolsa de plástico con asas que traía en la mano, junto con un termo de café. Pensaba comerla mientras trabajaba.
—Ah, ya veo. Has estado ejerciendo toda la presión posible sobre Lilly para que tenga clarísimo que a Jim Bryan ninguna mujer lo deja colgado y se va de rositas… —lo siguió pinchando.
Y como a Tim la situación le hacía mucha gracia, aunque no quería echarse a reír, no pudo evitarlo.
Jim aguantó la pulla con una sonrisa y siguió andando a su lado. No podía enfadarse ni tomarlo a mal aunque quisiera. Lilly había conseguido con cinco párrafos y el trazo deformado de una flor que su enojo de dos días se evaporara como por arte de magia.
—No sé si te has dado cuenta, pero, aunque sea el menor de los tres, tengo mucha más experiencia con las mujeres que tú y, por supuesto, que Ken. Sé muy bien lo que hago.
Tim le dedicó una mirada irónica por encima del hombro.
—Ya quisieras. Con esta clase de mujer, no —precisó—. Por eso llevas una semana caminando por las paredes. La verdad, colega, es que estás más perdido que un pulpo en un garaje. ¡Pero tranquilo, no pasa nada! Lilly está tan perdida como tú. —Y con esas, le soltó un porrazo en el hombro.
—¡Qué dices! Ninguno de los dos está perdido ya.
Tim se volvió a mirarlo con expresión divertida. Jim se encogió de hombros.
—Lilly y yo somos muy conscientes de lo que está pasando entre nosotros. A ella le da miedo y a mí no…
—¿Que no? —lo interrumpió Tim riendo—. Hace nada me acusabas de estar tomándome este asunto demasiado a la ligera…
—Y con razón. No nos hemos conocido en un bar, tío. Ella es quien es. Y yo soy quien soy.
Tim concedió con un movimiento de la cabeza.
—Y no te da miedo… —volvió a pincharlo.
«Y dale con lo mismo», pensó Jim.
—A ver, lumbreras… Una cosa es que me tome con la debida seriedad lo que se está cociendo entre Lilly y yo, y otra muy distinta es que me dé miedo. No me asusta para nada, ¿estamos?
Tim asintió satisfecho al constatar qué claras tenía las cosas ahora su hermano.
—Es a ella a quien le da miedo, no a mí —afirmó Jim—. Y como ese miedo suyo es el muro que me está fastidiando la fiesta, voy a echarlo abajo. Lilly lo sabe. Y, a pesar de saberlo, ¿qué hace? Usar a Logan de mensajero para enviarme una carta. —Le devolvió el porrazo en el hombro con actitud triunfal—. Hazme caso: no hay pulpos en el garaje, tío. Ya no.
En aquel momento, el teléfono de Jim sonó anunciando un mensaje. Él introdujo la mano en el bolsillo trasero de sus vaqueros, sacó el móvil y lo puso frente a sí. Activó la pantalla y, al leerlo, soltó una carcajada.
«Me he vuelto a dar el comecocos y no me atrevo a abrir tu mensaje. ¡¡¡No me mates, porfa!!!».
* * * * *
—¡No me lo puedo creer! —gimió Lilly con el móvil aún en la mano—. ¿En serio le he enviado un mensaje a Jim Bryan, nada menos, diciéndole que no me atrevo a abrir su correo? ¡Nooooooooooooo!
Dejó caer la cabeza hacia delante.
—¡Y más vale que mantengas el pico cerrado, metomentodo! —advirtió—. ¡Acabo de hacer una estupidez como una catedral y no necesito que vengas a recordármelo!
Nadie le recordó nada. El silencio era atronador.
Lógico, pensó Lilly. Hasta su otro yo se había quedado pasmado. Además, estaba sola en aquel salón, ya que Sultán se había quedado en el otro edificio, con su ama favorita. Que no era ella, claro.
Sola como una ostra y haciendo estupideces.
Ajjj…
Las mujeres le escribían sus números de teléfono a bolígrafo en el dorso de la mano sin que Jim se los pidiera y ella, en cambio… ¿Cómo narices se le había ocurrido soltarle algo semejante al tío más bueno del planeta? ¡Jim iba a pensar que era una imberbe!
El sonido de su móvil la sobresaltó.
Ya está, pensó.
Es él preguntándome si le estoy tomando el pelo. Ay, Lilly… ¿Por qué serás tan impulsiva? ¿Por qué no piensas bien las cosas antes de hacerlas?
«¿Pensar, dices? Ja», se rio la voz en su cerebro. «Cuando se trata de Jim Bryan, no puedes. ¡Se te cuelga el sistema operativo, Campanilla!»,
Lilly hizo caso omiso. Estaba demasiado concentrada en su móvil para prestarle atención a otra cosa. Aún lo sostenía en la mano y lo acercó a su cara despacio, con desconfianza.
Activó la pantalla con una mueca de dolor. Cuando vio el contenido del mensaje, curvó las cejas, sorprendida. Consistía en una sola palabra. Muy larga, eso sí:
«Jajajajajajajajajajajajajajajajajajajaja»
Durante un instante Lilly se quedó cortada, sin saber cómo tomarlo. ¿Aquella interminable carcajada era una burla o…?
«¿O qué? No hay muchas formas de interpretarlo, Campanilla. ¡Está claro que le ha hecho gracia!», volvió a decir la voz.
«Pues sí», pensó ella releyendo el mensaje con estrellas en los ojos.
—¡Por una vez, estamos de acuerdo, metomentodo! —celebró—. ¡Le he hecho reír! ¡Toma ya!
Superanimada, apoyó el móvil sobre la mesilla y tecleó con su mano buena:
«Jooooooooooooo… ¡No te rías!»
Una sonrisa inmensa brillaba en su rostro cuando envió el mensaje.
La respuesta de Jim no tardó en llegar.
«¿Que no me ría? ¡Eres divertidísima!».
La primera reacción de Lilly fue sonreír complacida. Sin embargo, un pensamiento corrió raudo a borrarle de un plumazo la sonrisa. ¿Debería preocuparle que Jim la encontrara tan graciosa?
Seguramente, sí.
Pero lo cierto era que le encantaba hacerlo reír. Porque Jim le encantaba. Fuera un error o no que él le gustara tanto, esa era la pura verdad.
—Para, Lilly —se dijo—. Baja de las nubes y piensa: Jim se ha tomado a risa el mensaje que le enviaste, pero ¿no le ha picado ni un poquito lo que dices en él? ¿Nada de nada? ¿En serio?
Decidió comprobarlo.
«¿No te importa que no haya abierto tu correo?», tecleó y envió el SMS.
En Springfield, él lo leyó con una sonrisa que no le entraba en la cara.
Apenas podía creer cómo habían cambiado las tornas en un abrir y cerrar de ojos. Por mucho comecocos que Lilly se diera, ahora la tenía justo donde quería: totalmente atenta a él.
Jim no necesitó pensar su respuesta.
«Tú te lo pierdes ;)»
En Mystic Oaks, Lilly sacudió la cabeza al tiempo que reía de buena gana y tampoco tuvo que pensar la suya:
«¡Serás creído!».
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CRS-09. MO. Historias Especiales # 1. Cap 6
Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2027/2028
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6
Robert entró en el edificio principal con una sensación tan positiva en el cuerpo que hacía años no sentía cuando se trataba de asuntos del rancho. Acababa de finalizar la última entrevista de personal y estaba muy satisfecho con el candidato. Le iba bien trabajando como temporero, asistiendo a los rancheros locales, tanto en tareas agrícolas como ganaderas. Sin embargo, al igual que el anterior candidato, era un hombre joven que tenía una familia que alimentar y no le importaba correr algún riesgo para mejorar sus condiciones laborales. Al fin parecía que la suerte los acompañaba en este nuevo comienzo.
Además, era la primera vez que conducía desde su último ingreso hospitalario, hacía cerca de dos años. Y qué bien le había sentado llevar a los candidatos hasta la explotación en coche, en vez de andando. Conducir era una confirmación de que volvía a ser un hombre normal, pensó con una sonrisa satisfecha.
Un hombre normal que está a punto de casarse.
Aquel pensamiento le llenó el cuerpo de burbujas pequeñitas que explotaban nada más formarse. Y le hizo tan feliz que bebió alegremente del termo que llevaba bajo el brazo.
Una expresión de asco no tardó en dibujarse en su cara.
Se dirigió a la biblioteca riéndose de sí mismo y de las cosas que hacía —y continuaría haciendo— por complacer a Doreen. Daba igual la mezcla de hierbas que ella utilizara; el sabor nunca mejoraba. Podía ser algo más dulce o un poco menos ácido, pero jamás se parecería al café, y él era un ranchero: el café formaba parte de su ADN.
Al llegar a la puerta, primero asomó la cabeza. Si ella estaba durmiendo, se marcharía sigilosamente. Ya era un milagro que estuviera acostada —aunque fuera en el sofá— y no dando vueltas por la casa. Si Dios había obrado el milagro de hacer que se durmiera, no sería él quien lo estropearía.
«¿Dormir, has dicho? ¡Cuánta ingenuidad toda junta, Robert!» pensó al verla sentada —que no tendida, como debía—, tecleando en su portátil.
Aquella mañana, Doreen había escogido un jersey de hilo color verde musgo con mangas largas que acababan en forma de campana y un escote barco bastante pronunciado. La prenda se cerraba con cinco botones en la espalda y llegaba hasta la cintura. Lo había combinado con un pantalón de corte ancho de color piedra —le resultaba cómodo también, pues no le apretaba la herida— y unas botas cortas de cuero crudo y tacón bajo. Amante de los abalorios donde las hubiera, sus anillos, pendientes y collares multicolores completaban su habitual estilo hippie con un toque bohemio.
Robert entró en la biblioteca enseñando el termo al tiempo que decía:
—A ver, hermosa mujer: si yo debo tomarme este brebaje, tú debes hacer reposo. Ambas son órdenes del médico.
Doreen enseguida levantó la vista del teclado y la posó sobre el monumento de hombre que se dirigía hacia ella.
—En realidad, no. Tu cardiólogo solo dijo: «Nada de café». El brebaje es cosa mía —repuso con una sonrisa divertida sin decir nada que Robert no supiera ya.
Él avanzó hacia ella. Dejó su termo sobre la mesilla y se sentó junto a Doreen. A continuación, cerró la tapa del portátil con movimientos suaves y lo depositó junto a su termo.
—Muy bien —concedió, al tiempo que la tomaba por los hombros, instándola a que volviera a tenderse sobre el sofá—. En tal caso, esto es cosa mía: quiero que descanses. Pretender que estés acostada todo el día no tiene sentido, pero unas cuantas horas, sí. ¿Qué tal si lo dejamos en un 50/50? Por la mañana haces algunas cosas que te apetezcan y por la tarde te estás quietecita. ¿Qué opinas?
La mirada de Doreen pasó de divertida a intensa en un instante.
—¿Y esas cosas que me apetezcan las puedo hacer contigo?
Un latigazo de deseo recorrió la espalda masculina y los ojos de Robert, habitualmente tiernos, reflejaron cuál era la naturaleza de la descarga que lo había hecho estremecer.
Doreen continuó en un tono deliberadamente sensual:
—Lo digo porque todavía es por la mañana y se me ocurre algo que me apetece muchísimo… Pero te necesito para llevarla a cabo.
Un incendio se apoderó del cuerpo de Robert al completo. Comenzó, como siempre, manifestándose en su rostro ante aquella deliberada insinuación sexual que le resultó incómoda. La incomodidad, sin embargo, duró tan solo un segundo. De inmediato, fue tan tentadoramente apetecible que el deseo se extendió como lava por cada rincón de su cuerpo.
Su sentido común flaqueaba. Y, por lo visto, su lado responsable se había tomado un respiro, puesto que, por más que prestaba atención a sus señales internas, no hallaba ninguna que le diera la voz de alto. De hecho, era todo lo contrario.
—¿Eso que te apetece tiene que ver con… —Robert tragó saliva con disimulo y fue a por todas—: tu precioso albornoz de seda a punto de mostrarme una parte de ti que me muero por saborear?
Y como aún sostenía los hombros femeninos, en un acto de supremo atrevimiento, tratándose de Robert Bryan, dejó que su mano derecha se deslizara por el brazo de Doreen, rozando de forma deliberada el perfil de su pecho.
La primera respuesta de Doreen no fue con palabras. Detuvo la mano masculina, que ya había sobrepasado la línea de su cintura, y la posó directamente sobre su seno izquierdo.
Ambos cerraron los ojos, abandonándose a las intensas emociones provocadas por aquel contacto.
Durante un instante, ninguno se movió. Todo fue sentir: el calor que emanaba de sus cuerpos, el pezón enhiesto contra la palma de la mano, el corazón desbocado, el deseo creciendo imparable…
Al fin, Robert extendió sus dedos al máximo para abarcar lo más posible del pecho femenino. A continuación, los cerró parcialmente en lo que pretendió ser un apretón posesivo y acabó pareciéndose a una caricia un poco más impetuosa de lo habitual. Una caricia que llevaba la marca de la casa de principio a fin.
Entre el millón de cualidades que ella amaba de aquel hombre, se hallaba la delicadeza de sus acercamientos. El respeto implícito que había en cada mirada, en cada roce y en cada caricia. La suavidad con la que sus manos anunciaban su presencia.
Sin embargo, Doreen necesitaba más.
Era una mujer apasionada y, en los momentos íntimos, su cuerpo le pedía mucho más. De modo que guio aquella mano sobre su pecho, mostrándole a su dueño cómo deseaba que fueran sus caricias.
Robert descubrió que ella las quería intensas e invasivas al notar que lo animaba a que su mano se aventurara por debajo del fino jersey de hilo, tirara del escotado sostén hacia abajo para liberar su pezón de la prisión de encaje y se dedicara a él con igual intensidad.
También descubrió que, a pesar de tenerse por un hombre muy suave en las distancias cortas, él también las prefería de aquel modo.
Y descubrió otra cosa: que aquel día no acabaría sin que él hubiera probado el néctar de aquellos pechos con los que llevaba tres lustros soñando en secreto.
Entonces, llegó la respuesta con palabras de Doreen. Y lo hizo al mismo tiempo que ella desplazaba la mano de Robert hacia su otro seno y repetía la visita guiada.
—Lo que me apetece tiene que ver con descubrir todo lo que pueden hacer dos personas que se desean locamente desde hace años, cuando están juntas y desnudas, pero no pueden… Voy a decirlo, Rob. Porque aunque de primeras te incomode, va a ponerte muy caliente. —Doreen apretó la mano que ahora se posaba sobre su pecho derecho en un gesto deliberadamente sexual y cumplió su advertencia—: Follar.
A Robert siempre le había disgustado el lenguaje vulgar y Doreen tenía razón: le incomodó oír aquella desagradable palabra en su boca. No obstante, tuvo que admitir que también estaba en lo cierto en cuanto a los efectos. Oírla había convocado imágenes tan excitantes que apenas podía esperar para verlas suceder en la realidad. Además, estaban enamorados, se dijo. Todo lo que sucediera entre ellos en el plano más íntimo siempre estaría protegido por el profundo sentimiento que los unía.
Robert hundió su lengua en la boca de Doreen al tiempo que sus manos la acariciaban sin límites. Estaba ardiendo. Sus sentidos empezaban a rendirse al aluvión hormonal.
—¿Más? —murmuró.
Doreen atrapó la lengua masculina con sus dientes durante unos instantes. Una prisión que Robert encontró deliciosa y provocativa. Tanto, que se dejó tentar, mordiendo la de ella a su vez. Adoraba sus insinuaciones y sus miradas sensuales. Adoraba sentirla tan cerca y tan suya.
—Cuanto más, mejor —fue su respuesta.
—¿A ti también te… excitaría si fuera yo quien la dijera? —murmuró sobre sus labios. A veces, los lamía. Otras, los besaba. Y en todo momento, se sentía totalmente incapaz de abandonarlos.
¿Robert Bryan pronunciando palabras tan ajenas a un hombre de su ternura y de su escrupulosa corrección?, pensó Doreen. Definitivamente, sí: la pondría a mil.
Sin embargo, no fue eso lo que dijo.
—Quizás —concedió, juguetona—. O quizás no. Tendrás que averiguarlo tú solito, Rob.
* * * * *
Poco después, Robert y Doreen abandonaron la biblioteca. Se dirigieron al dormitorio de él sin necesidad de ponerse de acuerdo previamente. Ambos sabían que era el lugar menos probable donde alguien iría a buscarlos. Desde que ella había salido del hospital y estaba convaleciente, su habitación se había convertido en un punto habitual de visita de toda la familia.
En cuanto entraron, Robert cerró la puerta tras de sí y no le dio tiempo a nada. La ayudó a levantarse de la silla de ruedas. Sosteniéndola por los codos, la condujo hacia la pared junto a la puerta para que hiciera las veces de apoyo e invadió su boca en un beso voraz.
—Vaya efecto, ¿no? —musitó ella cuando él al fin dejó de besarla.
Robert se dobló sobre ella y se acercó a su oído. Hizo algo que nunca había hecho con ella: lamerla con la misma voracidad que un momento antes le había dedicado a su boca.
Doreen se estremeció una y otra vez ante aquellas incursiones que la estaban enviando al paraíso. Deseó intensamente sentir su lengua entre las piernas, avasalladora y dominante, y decidió en ese instante que aquel día no se marcharía de su dormitorio hasta que su deseo se hubiera cumplido.
Más aún, intentaría no marcharse: quería amanecer a su lado.
Entonces, Robert pareció regresar a la realidad con una propuesta.
—¿Podemos continuar donde nos quedamos esta mañana?
Sus miradas se encontraron, rabiosamente intensas.
—¿Quieres jugar? —dijo ella.
La respuesta era sí. Quería jugar.
Y excitarse haciéndolo.
Y averiguar cómo se sentiría cuando ella jugara con él.
Junto a Doreen, en aquel plano donde los sentidos reinaban a placer, se sentía un hombre distinto al que había sido los últimos veinticinco años y quería descubrir cómo sería a partir de ahora esa parte tan íntima de su vida.
Robert respondió asintiendo suavemente con la cabeza.
—¿Lo quieres exactamente como lo dejamos… o prefieres cambiar algo? —Doreen lo dijo pensando en la parte inferior de su conjunto de lencería que tanto había lamentado haberse puesto antes de darse cuenta de que el resto de su indumentaria se había quedado a los pies de la cama.
Robert también pensó en aquella prenda íntima cuando respondió sin apartar sus ojos de Doreen:
—Exactamente como lo dejamos.
Guau. Quieres quitármela tú… Doreen exhaló un suspiro de fuego.
—En ese caso, ve a buscar mi albornoz de seda y no tardes —exigió con urgencia.
* * * * *
Una vez en el pasillo, Robert necesitó unos instantes para recuperarse. Era como si el suelo se moviera bajo sus pies. Inspiró hondo unas cuantas veces y esperó hasta que su respiración se normalizó.
Al fin se puso en marcha hacia el dormitorio de Doreen. Estaba a punto de entrar cuando recibió una llamada. Sacó el móvil y le extrañó ver que se trataba de Lilly.
—Hola, Lilly. ¿Qué tal? —se adelantó.
—¡Hola, Robert! Estoy en la explanada. Cameron está aquí, acompañado de un amigo. Quiere hablar con usted.
—¿Un amigo?
—Sí, alguien que podría interesarle como candidato para el sector agrícola. Acabo de estar en la casa, buscándolo, pero no sé en qué rincón se habrá escondido porque no he podido dar con usted —contestó, risueña.
Robert se tragó un suspiro. Un par de manos extra para trabajar eran sin duda bienvenidas, aunque el momento no podía ser más inoportuno. En parte era un alivio que Lilly no lo hubiera encontrado porque, según recordaba, lo sucedido en la biblioteca entre Doreen y él había sido bastante subido de tono.
Pero, por otra parte…
Esta vez no se tragó el suspiro. No podía creer que los hubieran interrumpido por segunda vez en una misma mañana. Mucho menos aún lo que esa interrupción significaba en esta ocasión. Probablemente, tardaría un buen rato en volver. Para entonces, ya sería la hora de comer y…
Su gozo, en un pozo.
Robert se obligó a centrarse en la llamada.
—¡Ah, qué bien! Por favor, Lilly, ¿te importa conducirlos a la cocina? Yo enseguida voy.
—¡Eso está hecho!
Después de colgar con Lilly, entró en la habitación de Doreen y se dirigió al armario donde ella guardaba la ropa de cama que tenía en uso. Cogió el albornoz y volvió a sorprenderle la ligereza y suavidad de la prenda. Se la acercó a la nariz y aspiró aquel suave aroma dulce con un toque a madera. Tenía tantas ganas de que ella volviera a ponérselo… Suspiró. Por lo visto, los dos tendrían que esperar. Se disponía a volver a dejarlo donde estaba, cuando cayó en la cuenta de algo. Se trataba solo de un retraso, no de una cancelación.
Además, se animó; la frustración de Doreen sería muchísimo menor si lo veía llegar con su albornoz.
* * * * *
La frustración de Doreen no fue menor en absoluto. Escuchó la explicación de Robert sin interrumpirlo, pero maldiciendo a todos los dioses del Olimpo por dentro. Cuando él acabó, sus hermosos ojos se quedaron mirándolo durante unos instantes antes de levantarse de la cama, donde se había sentado a esperarlo, y dirigirse a la silla de ruedas con mucho más ímpetu del que podía permitirse.
Estaba harta. Francamente, harta. Saber que no tenía sentido tomarla con él, pues no era su culpa, no aligeraba lo más mínimo su fastidio.
Robert la observó proceder por la habitación con una mezcla de comprensión y ternura. A él también le había sentado como un jarro de agua fría. Aquel día, parecían condenados a resignarse.
—Doreen… —la llamó en un tono cargado de dulzura.
Ella se sentó en la silla de ruedas y tan solo lo miró el tiempo suficiente para decir:
—Está bien, Rob. Ve y ocúpate de Cameron y su amigo. Ya seguiremos con lo nuestro… Cuando nos dejen —añadió con retintín, demostrando su disgusto.
Robert fue hacia ella. Se detuvo delante de la silla, cerrándole el paso, y posó sus manos sobre los apoyabrazos de la silla, acercándose hasta rozar la nariz femenina con la suya.
Muy a su pesar, Doreen no pudo evitar sonreír.
—¿Estás empezando a usar tu sex appeal para capear los temporales conmigo? —coqueteó—. ¡Qué rápido aprendes!
Una sonrisa traviesa brilló en el rostro de Robert.
—¿Has visto?
Ella meneó la cabeza. Ese hombre era un tierno. Y lo cierto era que no necesitaba echar mano de su sex appeal para aplacarla; su dulzura se las arreglaba muy bien. Sin embargo, tampoco fue eso lo que dijo en esta ocasión.
—¿Te cuento un secreto? El sexo es mano de santo cuando estoy tormentosa. Dame un buen revolcón y me tendrás calmada como una gatita.
Robert se estremeció. Otra vez, Doreen había usado una palabra vulgar. Y una vez más, la bendita palabra había herido sus oídos a la par que revolucionado su libido. ¿Cómo era posible? Esa mujer hermosa, que amaba con locura, le estaba mostrando una faceta desconocida de sí mismo.
—¿Con uno solo bastará? —musitó el nuevo Robert, dejando alucinado al hombre tierno, que deseó encarecidamente encontrar una grieta por la que desaparecer ipso facto.
Ya no había travesura en los ojos de Robert, sino deseo. Uno tan intenso como el de Doreen.
—Para aplacarme, sí. Para saciarme, ni de broma —lo provocó.
Él asintió ligeramente con la cabeza.
—Tomo nota —murmuró.
La ardiente mirada masculina descendió de los ojos de Doreen a sus labios. Un instante después, él abrió su boca sobre la de ella y se besaron. Bebieron de sus labios como si el tiempo se hubiera detenido.
Pero el minutero seguía corriendo y a él lo estaban esperando en la cocina. Con un esfuerzo casi sobrehumano, logró apartarse de aquella boca exigente y posesiva que anhelaba sentir por todo su cuerpo.
Doreen gruñó. Intentó retenerlo.
Y lo consiguió.
Otro beso incendiario volvió a detener el tiempo. Y esta vez, no solo sus bocas se emplearon a fondo; sus manos también.
Nuevamente, fue Robert quien puso fin al momento al cabo de unos instantes de pura locura. Echó la cabeza hacia atrás y respiró profundamente.
—Tengo que irme, querida… —murmuró. Su voz sonó alterada por el revuelo hormonal que agitaba su sangre.
Doreen se apartó de la cara el flequillo rubio platino. Caía sobre el lado izquierdo de su rostro, formando una onda amplia, que le cubría el perfil de su rostro y la mitad de su oreja izquierda. A continuación, se acomodó el jersey en un gesto de frustración suprema.
—Ya. Pues mejor hazlo antes de que cambie de idea.
Otro suspiro femenino. Otra respiración profunda por parte de Robert que, poco a poco, se estaba recomponiendo.
—A ver qué te parece esto —propuso él—: Después del café y la sobremesa, nos retiramos por turnos. Tú dices que vas a recostarte un rato y yo… Bueno, ya pensaré en algo. Nos reunimos aquí y seguimos con lo nuestro… ¿Qué me dices?
—¿Tú crees que eso será posible? Empiezo a pensar que voy a tener que secuestrarte si quiero tenerte todo para mí.
La sonrisa de hombre tierno volvió a dominar el rostro masculino.
—Y yo me dejaré secuestrar encantado, pero estoy seguro de que no será necesario.
Doreen no lo tenía tan claro y la mirada irónica que le dedicó lo expresó a las mil maravillas.
—Muy bien. Haremos lo que propones, pero apagaremos los móviles y cerraremos la puerta con llave. Y si alguien golpea, no responderemos. No voy a tolerar más interrupciones. Haré lo que haga falta. Como si tengo que poner un cartel de «no molestar» en la puerta para que todos se enteren de lo que estamos haciendo y nos dejen retozar en paz.
Vio que él se sonrojaba a pesar de su sonrisa dulce y remató la cuestión mirándolo con absoluta seriedad.
—Ni una interrupción más, Rob. ¿Estamos?
—Estamos —concedió él—. Ni una más, querida mía.
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CRS-09. MO. Historias Especiales # 1. Cap 7
Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2027/2028
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7
Jim había acabado de trabajar un rato antes para preparar la lista de la compra con las cosas que faltaban y llamar al súper para que prepararan el pedido.
Lo primero que había hecho al llegar a casa, sin embargo, había sido consultar el correo electrónico y ver si Lilly había respondido a su email. Torció el gesto al comprobar que no había recibido respuesta. En honor a la verdad, el correo le daba igual. Lo que no le daba igual era no tener noticias de ella. Activó la pantalla de su móvil. Tampoco había nuevos mensajes.
Se giró en la silla del escritorio de forma de quedar de frente a su mascota y le frotó la cabeza enérgicamente. Sonrió al ver que la hembra de terranova cerraba sus ojos, complacida.
—A ver, ¿tú qué harías en mi lugar? ¿Lo dejarías estar hasta que ella dé señales de vida o… intentarías ayudarla un poquito, ya sabes, motivarla para que haga lo que quieres?
Rain no abrió los ojos. Siguió disfrutando plácidamente de las carantoñas de su amo y él continuó haciéndoselas, mientras su mente consideraba la cuestión.
¿Y qué es lo que quieres que Lilly haga?
La respuesta apareció clara en su mente: que dejara de darse el comecocos y aceptara ser su chica.
Se rio de sí mismo al tiempo que sacudía la cabeza. Su pregunta había apuntado a una cuestión más inmediata, como que ella lo llamara por teléfono o respondiera al bendito correo, no a una declaración de intenciones.
¿Tu chica, dices? ¿Y desde cuándo tienes tú de eso?
Tampoco esta vez hubo dudas: «Desde ahora».
Jim asintió con la cabeza, reafirmando sus propios pensamientos.
—Entonces… Tendrás que pensar a largo plazo, tío. Porque conseguir que deje de darse el comecocos va a requerir mucho juego de muñeca.
Volvió a mover afirmativamente la cabeza.
—Si se siente presionada, va a echar a correr otra vez. Tiene tu email por leer. Sabe que no te has tomado a mal que no lo abriera. Y también sabe que puede comunicarse contigo por SMS cuando le apetezca. Déjala en paz.
Soltó una risita irónica, pues decirlo era una cosa y hacerlo otra muy diferente. No estaba acostumbrado a esperar cuando se trataba de «ellas». Movía ficha; si salía bien, perfecto, y si no, a otra cosa. Nueve veces de diez salía bien.
—Vaaale… Déjala en paz por hoy. Mañana, si sigues sin noticias suyas, ya pensarás en algo —se dijo, satisfecho.
A continuación, le dio dos palmadas a su mascota en el lomo y se puso de pie. La perra abrió los ojos, pero no del todo. Sus párpados quedaron a media asta. Jim se rio.
—¿Sabes? La próxima vez que te pida consejo, esperaré a que me lo des para empezar con las caricias… ¡Cómo te gusta que te frote la cabeza! ¡Eres una mimosa, Rain!
* * * * *
Lilly seguía sin abrir el correo de Jim. Ni siquiera había vuelto a acercarse al portátil, lo cual era una soberana estupidez. ¿Qué sentido tenía no leer su correo si, en cambio, leía sus SMS y no dejaba de pensar en él?
Entró en la casa de los guardeses y fue hasta la cocina. Cogió una manzana del frutero y se sentó en el sofá a mirar las musarañas. Venía del edificio principal, donde había dejado a Cameron y a su amigo conversando con Robert.
«Sin Jim aquí me aburro como una ostra», pensó envuelta en un suspiro.
Para peor, los peludos de la casa estaban con Chris y Ken desde primera hora de la mañana. La comida estaba hecha, pues habían decidido usar los platillos que Chris había preparado para congelar cuando Doreen estaba en el hospital. No había absolutamente nada que hacer.
Mierda. No veía la hora de que le quitaran el maldito cabestrillo.
Un instante después, se sorprendió de lo que estaba pensando.
Y mucho más aún de que la metomentodo no hiciera alguna de sus observaciones sesudas.
Le dio un mordisco a la manzana y aprovechó el inesperado rato de silencio para seguir a lo suyo.
Aquella no era la primera vez que Jim y Tim estaban fuera. Hasta la hospitalización de Doreen, los hermanos solo estaban en Nashville los fines de semana. Llegaban el viernes por la noche y regresaban a Springfield el domingo a última hora. ¿A qué había venido lo del aburrimiento, entonces?
Asintió con la cabeza cuando la respuesta apareció clara como una mañana de verano en su mente: Hablaban por teléfono constantemente. Daba igual dónde estuviera Jim; siempre estaban organizando alguna salida familiar, una cena especial con sesión de cine casero incluida o lo que se terciara. Por tanto, ella siempre tenía algo entre manos.
—Pues organiza algo —se dijo.
La cuestión era cómo. No podía llamarlo o enviarle un SMS porque sí. Después de los «me importa» y de todos los comecocos que se daba a cuenta de eso, debía mirar muy bien lo que hacía. No fuera que posara su piececito de Campanilla en cualquier sitio y un clic le advirtiera que acababa de pisar una mina antipersonal.
—Jooooooo… ¡Lilly! —gruñó—. ¿Se puede saber qué te ha hecho Jim para que desconfíes tanto? ¡Es un encanto de tío! —Un instante después, suspiró—. Ya, no lo digas: es un encanto con demasiadas admiradoras.
Le dio otro bocado a su manzana.
¿Y si Chris tenía razón al decir que todas esas admiradoras eran una consecuencia de su soledad, su manera de capearla? Desde luego, la tenía en que Jim no había salido solo desde que su hermana y ella estaban en Mystic Oaks. Era verdad que solamente estaba tres días en Nashville, pero eran sus únicos días libres y eran en fin de semana: el momento ideal para irse de juerga. ¿Y si tampoco quedaba con chicas en Springfield desde que ella había llegado al rancho?
Un revuelo de mariposas en el estómago le dejó muy claro cuánto la había ilusionado pensar que eso pudiera ser cierto.
Meneó la cabeza, contrariada.
Había sido descubrir en los ojos de Jim que era verdad que ella le importaba y empezar a ver problemas por todas partes. Llevaba dos malditos meses divirtiéndose viendo cómo hasta la cajera del súper le tatuaba la mano con un boli. ¿Por qué ahora era un problema que las mujeres le dieran su teléfono sin necesidad de que él se molestara en pedirlo? ¿Porque así era más probable que marcara esos números? ¡Menuda chorrada!
Entonces, cayó en la cuenta de algo y negó taxativamente con la cabeza
—No tan rápido, Lilly. No tan rápido. Es una chorrada que te preocupe algo que pasaba antes. Pero si ahora sigue pasando, ya no será ninguna estupidez. Si Jim permite que veas cómo otra tía flirtea con él, será un capullo y un impresentable.
«¿Y cómo vas a averiguarlo si sigues huyendo de él como de la peste?».
Lilly puso los ojos en blanco.
—Vaya por Dios. Ya decía yo que era raro que estuvieras tan calladita.
«Y ya decía yo que esta versión madura y razonable de Campanilla no podía durar mucho», sentenció la voz.
Lilly le dio un nuevo bocado a la manzana, decidida a ignorar a todas las voces que metieran sus narices en el tema.
¿Y qué si a veces era inmadura y poco razonable? Era como era. Tenía veinte años y nunca se había enfrentado a una decisión tan importante como la de ahora. En todo caso, ser precavida no era precisamente un acto de inmadurez. El riesgo era real; no se lo estaba inventando. Si se embarcaba en una relación con Jim y las cosas no salían bien, las consecuencias serían serias y afectarían a toda la familia, no solo a ellos dos.
Y dado que eran su vida y su corazón los que estaban en juego, tenía todo el derecho del mundo a manejar el asunto como le diera la real gana.
—Lo has dejado muy clarito, sí —se dijo, sintiéndose empoderada—. ¿Y ahora qué? ¿Qué es lo que te da «la real gana» hacer?
Una docena de alternativas acudieron en masa a su cabeza y todas le parecieron igual de excitantes…
Y de aterradoras.
Lilly arrugó la cara en un gesto de dolor.
—¡Ay, nooooo…! ¿Por quééééé? ¡Ya estás hecha un mar de dudas otra vez!
* * * * *
Jim acababa de hacer el pedido al súper cuando Tim llegó acompañado del jefe de capataces.
—Pon un plato más para Logan —anunció desde la entrada—. Le he convencido de que se quede.
Muy pronto los dos hombres aparecieron en el campo visual de Jim. Logan lo saludó elevando una mano y permaneció en el hall de entrada, pues estaba hablando por el móvil.
Tim entró en la cocina.
—Está entrevistando a un candidato —explicó.
Jim aplaudió la noticia. Era increíble. Habían pasado de no hallar gente interesada a cubrir el sesenta por ciento de la mano de obra necesaria para acabar los trabajos imprescindibles para el traslado en menos de una semana.
—¡Toma ya! ¿Otro candidato? ¡Al final vamos a tener un ejército de gente trabajando en el rancho! ¿Es otra recomendación de Sullivan? Ese tipo es un hacha —comentó mientras sacaba una ración extra de lasaña del congelador y la añadía al horno.
Tim ya se estaba riendo por dentro cuando respondió:
—No, esta vez, no. Lo ha llevado Cameron en persona. Por lo visto, es un amigo.
«Así que Cam está en el rancho», pensó Jim.
Flirteando con Lilly mientras yo estoy aquí mirando el móvil cada cinco minutos. Grrr… Qué mierda.
—¿Amigo? ¿No dijo que llevaba poco tiempo en Nashville? —comentó, como al pasar.
Tim sacudió las manos para escurrir el agua del enjuague y cogió el paño de cocina para secárselas.
—A lo mejor es un antiguo amigo y han vuelto a encontrarse en Nashville. ¿De verdad esperas que crea que eso es lo que te interesa, de que Cam esté ahora mismo en el rancho? —apuntó sonriente, al tiempo que ocupaba su silla frente a Jim.
Él se dedicó a aliñar su paupérrima porción de ensalada sin decir ni mu. La había hecho con lo que había encontrado en la alacena, que no era mucho: dos patatas, un bote de aceitunas y una lata de pimientos en conserva. Tim meneó la cabeza.
—Te conozco, tío. Seguro que te reconcome que tú estés aquí y Cam allí, encandilando a Lilly con su… imponente osamenta.
Imponente, ¿qué? Jim soltó una carcajada.
Tim también se rio.
—Iba a decir «imponentes vistas», pero soy un tío y a último momento me dio no sé qué hablar de las vistas de otro…
Jim se acomodó mejor en asiento y estiró las piernas cuan largas eran.
—No puede encandilarla —afirmó, destilando vanidad por los cuatro costados.
Tim se cruzó de brazos y miró a su hermano con interés.
—¿Ah, no? ¿Y eso por qué? No negarás que el tío está cachas…
—Eso da igual. No es Jim Bryan —repuso con una sonrisa de ganador.
—Guau. Cuánta confianza —concedió Tim, risueño—. Me pregunto qué habrá sucedido… Desde que Logan te dio ese sobre rosa del que, dicho sea de paso, no me has contado nada de nada, pareces otro tipo… Estás de buen humor, tienes pinta de sentirte el rey del mambo y no dejas de mirar el móvil a cada rato… ¿Habéis hablado, Lilly y tú?
Hablar lo que se dice hablar…
—Digamos que nos estamos comunicando… —concedió con una sonrisa de tipo que está encantado consigo mismo.
—¿Con quién te estás comunicando? —intervino Logan, que apartó la silla de la mesa que estaba equidistante de los hermanos y se sentó. La sonrisa de Jim era tan grande que podría anudársela en la nuca, de modo que tenían que estar hablando de chicas—. ¿Tiene algo que ver con ese sobre que te entregué esta mañana?
Jim mantuvo un intrigante silencio, a pesar de que su sonrisa hacía rato que lo estaba delatando.
—¡Claro que tiene que ver con eso! —celebró Tim.
—Pues no tenía ni idea de que al ligón de la familia le fuera la comunicación epistolar… —guaseó Logan—. ¿Ahora te carteas con las chicas? ¡Joder, tío, qué fuerte!
«Con las chicas, no; con Lilly», pensó Jim. Haría lo que fuera para estar en contacto con ella.
—No te irás a la cama sin haber aprendido algo nuevo —terció Tim, siguiendo con la broma.
El jefe de capataces se rio de buena gana.
—¡Y que lo digas! ¿Jim Bryan, escribiéndose con una chica? ¡Verlo para creerlo!
Entonces, un móvil empezó a sonar. Era el de Jim que estaba sobre la mesada y él se levantó a cogerlo con cara de circunstancias. Esos dos se lo estaban pasando en grande a su costa.
Logan no se cortó. Meterse con Jim era su pasatiempo favorito desde siempre.
—Oye, a lo mejor es una del millón de chicas que tiene tu número en este país y prefiere hablar por móvil… ¡Corre, corre, que no solo de cartas de amor vive el hombre…! —exclamó, haciendo que Tim se tronchara de risa.
Sin embargo, Jim había dejado de oírlos. Sus ojos leían una y otra vez el nombre que se iluminaba en la pantalla sin dar crédito a lo que veían.
Joder, joder, joder. ¿Lilly me está llamando? ¿De verdad?
Fue pensarlo y sentir que su corazón empezaba a latir acelerado.
—No me esperéis para comer —se limitó a decir.
Y acto seguido, abandonó la cocina a toda prisa.
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©️2026. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
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CRS-09. MO. Historias Especiales # 1. Cap 8
Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2027/2028
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8
Lilly se arrebujó en su plumífero azul, nerviosa y helada de frío, mientras esperaba que Jim atendiera el móvil. Había tenido la buenísima idea de salir al campo, a ver si la naturaleza la inspiraba y decidía lo que quería hacer. Y allí estaba, cerca del arroyo, a pleno rayo del sol mientras el viento frío le enredaba el cabello y, de paso, le recordaba que ya no estaban en verano. ¿Por qué narices no se habría quedado en casa, calentita?
«Porque no puedes estarte quieta, Campanilla. Si quieres, llámalo buscar inspiración. También puedes culpar al clima de que te castañeteen los dientes. La verdad es que estás de los nervios», repuso la voz en su cerebro.
—¡Ay, por Dios, qué pesadez! ¿Cómo no voy a estar helada si llevo el abrigo abierto? —Necesitaba ayuda para cerrar la cremallera y Chris seguía con Ken en el tercer edificio. Sacudió la cabeza al caer en la cuenta de que el móvil de Jim estaba sonando demasiadas veces—. Aj. Mierda. ¿Por qué no atiendes? ¿Dónde puñetas te has…?
—Perdona la tardanza… —dijo Jim, interrumpiéndola sin saberlo—. ¡Hola, por cierto!
Lilly se quedó cortada por la sorpresa. Y más le sorprendió pensar en cuánto le gustaba cómo sonaba la voz de Jim por teléfono. Era sexi, pero al mismo tiempo dulce. Habían hablado montones de veces y esta era la primera vez que caía en algo tan obvio.
Entonces, reparó en sus palabras y sonrió con picardía.
—¿Quieres decir que no estabas con el móvil en la mano, esperando mi llamada? ¡Quéééé decepcióóóónnnn! —lo azuzó—. ¡Hola, por cierto!
En Springfield, Jim arrugó el ceño sin dejar de sonreír. Esperó hasta que Rain hubiera entrado para cerrar la puerta de su habitación. Se apoyó en ella mientras analizaba lo que acababa de oír. ¿Lilly estaba apelando a la broma por puro nerviosismo o aquello iba en serio?
Decidió curarse en salud.
—Digamos, más bien, que a mi cerebro le tomó algún tiempo creer lo que mis ojos veían en la pantalla del móvil…
Una sonrisa divertida brilló en el rostro de Lilly.
¿Te la quedaste mirando como un bobo? ¡Habría pagado por verte!
—Cualquiera diría que no creías que fuera a llamarte… —Entonces, oyó la risa de Jim. Genuinamente divertida. Tremendamente contagiosa… Imposible de olvidar.
—¡Venga ya, Lilly! ¡Ni tú te lo creías!
Jim, de alguna manera, había acertado. Entre las características de sí misma que, a veces, la traían de cabeza, estaba la impulsividad. Sin embargo, esta no había sido una de esas veces. No se había tratado de un impulso: quería hablar con él. Después de comprender que no se merecía tanta desconfianza por su parte, qué menos que llamarlo y decírselo. Pero darse cuenta de que su metedura de pata había sido tan gorda, por lo visto, había tenido un efecto inesperado sobre su coraje, pues media hora después de haber tomado la decisión de llamarlo, aún no había conseguido hacerlo. Tenía el móvil en la mano, el contacto de Jim a la vista en la pantalla y cada maldita vez que había apuntado el dedo de su mano sana al botón de llamada, se había echado atrás a último momento. Se había llevado una señora sorpresa al darse cuenta de que, contra todo pronóstico, en el último intento al fin se había atrevido a pulsar el maldito botón. Tanto era así que, durante un instante, había cundido el pánico.
—Ah, no sé, no sé… La cuestión es que lo hice, ¿no te parece?
Jim asintió con la cabeza varias veces. Le parecía un sueño, pero no lo era: tenía a Lilly al otro lado del teléfono.
—Lo hiciste, sí.
—¿No me preguntas por qué?
Tenía tantas ganas de hablar con ella. De recuperar sus conversaciones habituales, que siempre eran una mezcla de planes y de bromas aderezadas con vivencias personales y anécdotas de su infancia o de su adolescencia, que tuvo que contenerse. Era consciente de que esta no era una conversación de la misma clase que llevaban manteniendo desde que se habían conocido. Esta era distinta. Intuía que sería muy importante de cara al futuro. Al igual que le había sucedido al sentarse frente al ordenador para escribir su correo, comprendió que no podía soltar lo primero que le cruzaba por la cabeza.
Pasaron varios instantes durante los cuales solo se oyó el silencio.
—¿Y desde cuándo necesitas una razón para llamarme? Hace siglos que tienes mi teléfono. Tu hermana todavía estaba en el hospital cuando intercambiamos nuestros números.
Lilly bajó la vista hasta sus botas y se miró la punta de los pies con una sonrisa encantada.
«Qué genial eres», pensó.
Intentas quitarle hierro al asunto. Y es tooooodo un asunto. Porque la he cagado yo solita, sin ayuda de nadie.
—Porque desde que me pediste que te mirara a los ojos, ¡y no precisamente para ver si se te había metido una basurilla…! —dijo, histriónica, riéndose de los nervios sin acabar la frase.
La risa le ofreció la excusa perfecta para hacer una pausa y decidir cómo seguir. Quería usar las palabras correctas. Pero el solo hecho de saber que era Jim con quien hablaba, el mismo hombre en el que no podía dejar de pensar en todo el día, le ablandaba el cerebro.
«¿Solo el cerebro? Ja. Ja. Ja. ¡Estás hecha un flan, Campanilla!», ironizó la voz.
¡Déjame en paz, pesada! Si he conseguido llamarlo, conseguiré decirle lo que necesito que sepa. Solamente tengo que centrarme. Nada más.
Sin embargo, Jim no estaba dispuesto a permitir que el impulso de hablar de aquel momento se disolviera. Adoraba su risa, le encantaba que fuera tan teatral, pero quería una relación con ella. Una relación diferente de la que habían tenido hasta ese día al que ella se estaba refiriendo con tanto humor.
—Porque desde que te pedí eso… ¿Qué?
La risa se fue calmando hasta convertirse en un gesto de remordimiento.
—No he hecho más que evitarte, cambiar de idea cada diez minutos… ¡Qué digo diez; cada minuto y medio! Y ponerle la guinda al pastel quedando a desayunar contigo y… —arrugó la cara al tiempo que soltaba un quejido lastimero—. Ay, nooooo… ¡Dejándote colgado! ¡Todavía no puedo creer que haya hecho eso!
Jim no habría podido quitarse la sonrisa con nada, ni aunque hubiera querido. Cada palabra que Lilly pronunciaba era una caricia no solo a su vanidad, también a esa parte de sí mismo que estaba convencida de que ella era su media naranja.
—Ni yo —concedió en un fingido tono de reprimenda—. Pero ya te has disculpado, Lilly. Esa flor deforme me llegó al corazón.
«Y no es un corazón cualquiera», pensó, ilusionada. ¡Era el corazón del tío más bestial del planeta!
La voz de Jim se había suavizado tanto que Lilly pudo adivinar una de sus preciosas sonrisas al final de la frase.
«¿No te parece que deberías moderar un poquito tu locura, Campanilla?», volvió a salir a relucir la voz. «No sea que luego te entre el pánico y vuelvas a cagarla hasta el fondo otra vez».
Ella suspiró. Estaba atacada de los nervios.
¡Cálmate, Lilly, y sé tú misma!
—Aj… No veas lo que me costó la bendita carta… —se lanzó a explicar. Por supuesto, no se refería al aspecto práctico del tema, aunque estuviera bromeando sobre ello de forma deliberada—. Me decía: «Venga, venga, Lilly, que tú puedes. Esta vez, te saldrá genial». Y cuando intentaba leer lo que había escrito, ¡ni yo lo entendía! ¡Qué frustración, por Dios!
—Y entonces, chica lista, se te ocurrió usar el portátil… —dijo él, animándola a continuar. Ahora que al fin estaban hablando, no quería que nada lo estropeara.
—Sip. La impresora y yo tuvimos nuestros más y nuestros menos, no te vayas a creer que todo fue un camino de rosas, ¿eh? Pero fue genial coger la hoja impresa de la bandeja y poder entender lo que ponía… ¡Chúpate esa, cabestrillo odioso!
Ambos rieron durante unos instantes hasta que Lilly volvió a hablar.
—Bueno… Ya nos hemos reído y…
«No, no, no, no… Por favor, no cortes ahora», pensó Jim y, antes de darse cuenta, ya estaba diciendo:
—¿Qué quería Doreen que le ayudaras a hacer?
Ella sonrió cómicamente. ¿Jim acababa de dejarla con la palabra en la boca? Pues sí.
—Si me dejas terminar de hablar, te lo digo.
—Sí, sí, perdona. No me había dado cuenta de…
—Ya —repuso Lilly, pensando en que menudo momento más torpe estaban creando entre los dos—. ¿Te acuerdas, el domingo…?
—De que no habías acabado —dijo él, hablando al mismo tiempo que ella.
Los dos rieron ante otro momento torpe.
—Primero, las damas —concedió Jim.
—¿Seguro que no vas a interrumpirme?
—Seguro.
—Vale. Atento, que voy con la pregunta. ¿Te acuerdas de lo que hablamos el domingo cuando…?
—Claro —se apresuró a decir él—. ¡Uy, perdón!
Lilly celebró que hubiera vuelto a interrumpirla, pues era una señal clarísima de que estaba tan nervioso como ella.
—Perdonado. Pero explícame por qué dices «claro». Hablamos de muchas cosas ese día.
Jim se creció. Vio la posibilidad de anotarse un tanto sin haberlo buscado y no lo dudó.
—Lo sé. Me acuerdo perfectamente de todo lo que hablamos.
Lilly pasó de la sonrisa a la burla descarada en un segundo.
—¡Venga ya! ¡Serás pelota!
—¿Quieres apostar algo? —La ilusión volvió a hacer acto de presencia en Lilly. Jim, que lo intuía, volvió a crecerse—. Recuerdo cada palabra.
—¡Guaaaaaaaaaaaauuuuuuuuuu! —dijo Lilly, moviendo los labios sin emitir sonido. Y lo siguiente se lo dijo a él, en tono desafiante—. Vale, si insistes… ¿Qué te dije sobre Sue Anderson?
Jim frunció el ceño. ¿Qué tenía que ver la pelirroja con el comecocos de Lilly?
—Hablamos del domingo, ¿no?
—Por un casual —lo desafió, riéndose—, ¿este es el momento en el que me pides que te dé alguna pista porque no tienes ni pajolera idea de lo que te dije?
—No necesito pistas. Me estás preguntando por un pequeño consejo que me diste ese día.
«Ay, madre…», pensó Lilly. Una explosión de mariposas estuvo a punto de levantarla dos palmos del suelo.
Pero aún se resistió.
—¿Cuál era? —quiso asegurarse.
Jim soltó un puñetazo victorioso.
—Dijiste que no le dedicarías un minuto de atención a un chico que no te mostrara todas sus cartas desde el principio… Y he seguido tu consejo. No con ella, obviamente. Contigo.
Entonces, nada pudo impedir que Lilly flotara a dos palmos del suelo en una nube de mariposas multicolores.
Mientras su cerebro no dejaba de repetir: «¡Ay, Dios! ¡Ay, Dios! ¡Ay, Dios!», su corazón latía a mil por hora de ilusión.
Los segundos pasaron sin que ninguno de los dos dijera nada.
Lilly, porque no podía hacerlo: Seguía flotando en el aire entre un millón de mariposas.
Jim, porque sabía que no debía precipitarse. Ni siquiera se atrevía a algo tan habitual en ellos como bromear. Cuando ya empezaba a desesperarse, la oyó suspirar y decirle:
—Tenemos que hablar, Jim…
Oh-oh.
¿Era ese «tenemos que hablar», frase mundialmente conocida por su mal agüero, o no estaba soñando y Lilly se proponía dejar de evitarlo?
—De acuerdo… —repuso con cautela.
—Pero no por teléfono.
—De acuerdo… —volvió a decir él, consciente de que el tono calmado y las dos palabras neutras que había escogido tan solo pretendían compensar una realidad mucho menos calmada y nada neutra: su corazón estaba dando una fiesta por todo lo alto.
Jim no quería dejarse llevar por la alegría, que a ella volviera a darle el comecocos, se echara atrás y ambos regresaran a la casilla uno.
Sin embargo, lejos de acobardarse, Lilly pisó el acelerador.
—Mañana —precisó.
Abrió la boca de pura sorpresa al escucharse. ¿Acababa de decir «mañana»?
¡Maaaaaaaaaadre del Amor Hermoso! ¡¿Impulsiva, yo?!
Jim no movió una pestaña. Toda su energía se concentró en responder una única pregunta: ¿Lilly estaba diciendo lo que él creía que estaba diciendo?
Ella sabía que en el rancho de Springfield iban a contrarreloj con la cosecha y que él no regresaría a Mystic Oaks hasta dentro de una semana.
«Así que sí, tío. Mantén la calma porque no son ideas tuyas: dijo lo que crees que dijo», pensó mientras se pasaba una mano por la frente, alucinado.
JO-DER. JO-DER. JO-DEEER.
Jim inspiró profundamente antes de responder, como si fuera lo más normal del mundo:
—Genial, Lilly. Avísame en qué vuelo llegas y te voy a recoger.
Una sonrisa radiante brilló en el rostro de Lilly, pues aunque hubiera surgido de un impulso, por una vez, se sentía tranquila y segura al respecto: era la decisión correcta.
—Sí, sí, no te preocupes que te aviso… ¡Tieeeeeemmmmblaaaaaa, Springfield, que allá voooooooy! —se despidió, risueña, mientras apuraba el paso hacia la casa de los guardeses.
Una despedida muy al estilo de Lilly que a Jim lo enamoró y lo divirtió a partes iguales.
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CRS-09. MO. Historias Especiales # 1. Cap 9
Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2027/2028
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9
—¿Cómo está la tía más genial del mundo entero? ¿Tiene un minuto para atender a su sobrino más guapo y divertido? ¡Por favor, di que sí! ¡Te necesito, Doreen!
Ella se rio. Imposible no hacerlo ante semejante despliegue de alegría. ¿Qué le sucedía al loco de su sobrino para que estuviera tan contento? Después de su enfado incontenible del día anterior, apostaba la cabeza a que lo que fuera que le pasara a Jim tenía que ver con Lilly.
—Ya lo sé, no lo digas: a tu hermano y a ti se os va a quedar cara de pizza congelada y queréis convencerme de que vaya a Springfield unos días a rellenar los congeladores con mi deliciosa comida casera.
Jim soltó una carcajada.
—¿Cómo sabes lo de la pizza? —¿Acaso tenía espías que le chivaban todo lo que Tim y él hacían en su ausencia?
—Porque aparte de ser la tía más genial del mundo entero, también soy la más lista —declaró. Y al fin, también se echó a reír.
—Oye, que hay una explicación, ¿vale? —empezó Jim, dándole razones entre risas—. Fuimos al súper. De verdad que fuimos. Pero, por lo visto, nos dejamos la mitad de las cosas sin comprar. Ya hice otro pedido. Iré a buscarlo en un rato. En serio, Doreen. Y para que veas lo bueno que soy: ¡en el pedido no hay pizzas congeladas!
—¡Muy bien, cariño! ¡Así se hace! Y, digo yo, si no es para que os salve del aburrimiento alimenticio, ¿para qué necesitáis mi ayuda?
—Necesito, en singular. Yo necesito que me eches una mano. —A Jim se le reía el alma solo con pensarlo, algo que quedó patente en lo que dijo a continuación—: ¡Lilly llega mañana! —Soltó un puñetazo al aire—. ¡Joder! ¡Te juro que no me lo puedo creer!
En la biblioteca de la casa principal, Doreen apartó el portátil de su falda y se cubrió mejor con la manta mientras escuchaba aquella mezcla de alegría y nerviosismo de la que hacía gala su sobrino menor. El motivo era toda una sorpresa, tratándose de Lilly. Y, desde luego, toda una novedad, viniendo de Jim. Estaba claro que, por citar las palabras que su sobrino había empleado en su última llamada, la muchacha «se había quitado las telarañas de los ojos». ¡Y de qué modo! Tenía que reconocer que se las había arreglado a la perfección para hacerle olvidar su propia frustración a cuenta de lo difícil que estaba resultando aquel día estar con Robert a solas el tiempo suficiente para intimar.
—¿La has invitado tú?
—Nop. Ha sido cosa suya. Quiere que hablemos —repuso él con una sonrisa de satisfacción tan grande que le ocupaba la cara entera. Después de días evitándolo, incluso rechazándolo, aquel era el primer movimiento deliberado de Lilly hacia él.
Doreen asintió complacida. Menudo salto olímpico acababa de dar Campanilla. Estaba claro que el cortocircuito que había detectado entre ellos el día anterior estaba en vías de solución. Entonces, recordó el nerviosismo de Lilly durante el desayuno y sonrió. ¿Qué habría sucedido en las pocas horas transcurridas desde su última conversación con Jim para que la situación entre ellos —un cortocircuito en toda regla— hubiera dado semejante giro?¿Sería ese viaje también una confirmación de que el inicio de una relación sentimental estaba próximo? Una relación de la que, de momento, su «sobrino más guapo y divertido» no le había dicho ni pío a nadie.
—¡Oh! —repuso ella con picardía.
—Sí: «¡Oh!». ¡Todavía no me he recuperado de la sorpresa! ¡Te juro que ahora mismo, si me pinchan, no sangro!
Otra vez aquella risa alegre y excitada que denotaba que Jim estaba de los nervios.
—¿Sabes, sobrino? Me encanta que me llames hecho un par de castañuelas, especialmente después de tu enorme enfado de ayer, pero acostumbro a leer los libros desde el principio y tengo la sensación de que esta historia ya va por el capítulo cinco o seis… Corrígeme, si me equivoco, claro —dejó caer, rezumando picardía.
Jim se había quedado solo en la cocina. Tim y Logan habían regresado al sector agrícola a seguir trabajando. Él todavía estaba allí, apoyado contra la mesada con su fiel mascota echada a sus pies. Acababa de comerse su lasaña y estaba desocupando la mesa cuando había recibido un SMS de Lilly con los datos de su vuelo a Springfield. Desde entonces, parecía que tenía hormigas en el cuerpo. La ansiedad por que llegara el día siguiente lo estaba volviendo loco de remate.
—Y yo tengo que volver al trabajo, así que te quedarás con las ganas —repuso, divertido—. Pero, aunque te falte información, necesito que hagas algo por mí…
Doreen concedió con un asentimiento de la cabeza. Jim acababa de reconocer tácitamente que algo había sucedido entre Lilly y él en las últimas horas. Algo, claro estaba, aparte de lo que venía sucediendo hacía tiempo y de lo que, por supuesto, la familia al completo ya se había percatado. Sin embargo, que él lo admitiera abiertamente constituía un avance monumental.
—Tú dirás en qué puedo ayudarte…
—Vale. Necesito que te ocupes de que, cuando Lilly os anuncie su viaje, no sea una sorpresa para nadie. Y, sobre todo, de que reaccionéis con normalidad. Tú quieres que Lilly y yo te ayudemos a organizar algo para estrechar lazos con otros rancheros de la región, ¿no?
—Así es.
—Pues ese sería un momento ideal para comentarlo, tía…
Doreen sonrió encantada. Que Jim hubiera cogido el timón era una señal inequívoca de cuánto le interesaba Lilly.
—¿Me estás pidiendo que le venda la moto a tu padre? —dejó caer, utilizando el lenguaje propio de los hermanos Bryan.
Jim sacudió la cabeza, divertido. Doreen era genial. Se había pasado la vida intentando cubrir a sus sobrinos y, aunque ninguno de los tres eran niños ya, seguía más que dispuesta a ello. Pues esta vez se iba a llevar una sorpresa… Hablaría con su padre, cómo no. Lilly era un asunto serio y no pensaba dejar ningún cabo suelto.
—Lo he llamado y estaba hablando con alguien. Insistiré más tarde. No, Doreen, lo que te estoy pidiendo es que le facilites las cosas a Lilly.
—¡Ah, ya entiendo! ¿Te refieres a que no la incomodemos con nuestras bromas ni pongamos cara de «¡Oh, ¿te vas a Springfield?! ¡Vaya! ¿Qué te traerás entre manos con Jim, pillina…?» —matizó, sin hacer ya ningún esfuerzo por disimular lo bien que se lo estaba pasando a costa de su sobrino menor.
O peor aún: que, fingiendo ponerse serios, la interrogaran sobre sus motivos para viajar, pensó él, riéndose al tiempo que asentía enfáticamente con la cabeza.
—Sobre todo eso. ¡Por favor!
—Muy bien. Me ocuparé. Pero que conste que me debes mucha chicha de esta historia, Jim… Y que pienso cobrármela.
—Que sííí… Ya te pondré al día, te lo prometo. Pero ahora tengo que colgar. La cosecha no espera. ¡Gracias, tía! ¡Eres la mejor!
Una sonrisa feliz lucía en el rostro de Doreen cuando repuso:
—Un placer, sobrino.
* * * * *
Con los brazos cruzados sobre el albornoz de ducha de Ken para protegerse del aire fresco, Chris esperó hasta que Lilly se alejó con los perros para cerrar la puerta. Aquella mitad vivienda, mitad estudio de grabación estaba en el único de los tres edificios que había hecho construir Ken, algo que se notaba a simple vista, pues no había estancias del tamaño de campos de fútbol, ni pasillos kilométricos. Tampoco cuero o maderas oscuras en el mobiliario. Al contrario, había luminosidad y calidez en cada habitación, y una explosión de colores vivos por doquier. Desde los pósteres de las paredes hasta los cojines multicolores que había casi en cada rincón, pues Ken adoraba sentarse en el suelo con su guitarra a componer.
Entró riéndose y la razón era Lilly. Su hermana estaba tan contenta que se había marchado bailando al compás de los aullidos de Sultán y de los ladridos de Noah y River. Era un ser extrovertido y social por naturaleza, pero aquel día estaba loca de alegría.
Al poner un pie en el salón, encontró a Ken. Su imagen dominó al instante su campo visual y, cómo no, Chris se detuvo. Él estaba de pie en mitad de la estancia con el torso desnudo, sus vaqueros negros ceñidos por toda vestimenta y descalzo. Menudo poema de hombre.
—Dichosos los ojos… —le dijo después de acabar su recorrido turístico por aquel cuerpo imponente—. ¿Te hemos despertado? Lo siento, Ken. Por regla general, la alegría de Lilly no es fácil de contener… ¡Y esta vez, estaba extática!
Chris reanudó la marcha hacia Ken con pequeños pasos. De a poco, iba animándose a andar por sí misma. Sin embargo, cuando no usaba el bastón, aún se movía despacio, pues no había recuperado plenamente la confianza en su rodilla.
Ken enseguida fue hasta ella, obligándola a detenerse otra vez. Le rodeó la cintura con ambos brazos fuertemente. Chris sonrió enternecida al comprobar que se trataba de un intento de sostenerla que, para no minar su autoconfianza, él disfrazaba de avance romántico.
—Lo mismo te digo, preciosa: dichosos los ojos… Siempre he sido un dormilón, pero ahora me duermo mucho más feliz sabiendo que al despertar me encontraré con este pedazo de mujer que me tiene loco… Y más cuando se pone mi albornoz y sé que debajo está desnuda —añadió, moviendo las cejas en un gesto sensual que Chris no se tragó.
Intercambiaron miradas risueñas.
—Vale. Tranquilo, que no se ha notado nada que me estás agarrando para que no me caiga —apuntó ella, riéndose con picardía.
Ken no podía negarlo y no lo hizo. Su chica había sufrido mucho a cuenta de aquella lesión y no se había tratado solamente de un sufrimiento físico. La había alejado del trabajo de campo de manera definitiva y obligado a cambiar el rumbo de su vida. Ahora tenía una rodilla de titanio, la fase del dolor agudo había quedado atrás y había un contrato por dos años como consultora externa de la OADASV en su sede de Nashville, esperándola en cuanto sus médicos le dieran el alta. Necesitaba tanto como Chris que nada torciera unas perspectivas tan fabulosas.
—¿Y por qué Lilly estaba tan contenta? —quiso saber.
—Por cierto joven de coleta que se apellida Bryan…
—¿Jim le ha pedido salir? —preguntó en voz baja y se contestó él mismo—. Qué va. Hasta hace dos minutos, tu hermana lo tenía en cuarentena. ¿Qué ha pasado?
La expresión de Ken rezumaba picardía. Era como un niño pequeño tramando una travesura. Chris no pudo evitar pellizcarle la mejilla.
—Lilly se va a Springfield mañana.
La expresión de Ken pasó de la picardía al asombro en un abrir y cerrar de ojos.
—¿En serio?
—Como lo oyes. Y la iniciativa fue de ella.
Él abrió mucho los ojos, haciéndola reír.
—Así es mi hermanita. Cuando se da cuenta de que ha sido injusta y que su error le ha hecho daño a alguien, coge el toro por los cuernos. Es una persona increíble.
—¡Mi hermano estará flipando! —dijo Ken entre risas.
—Seguro que sí. Y bailando, como Lilly. Cuando se marchó de aquí iba así… —Movió su cuerpo y su cabeza a izquierda y derecha, una y otra vez sin moverse del sitio donde estaba parada—. ¡Y los peluditos aullaban y ladraban al compás! ¡Es una loca divina!
Ken la tomó por la cintura firmemente y la condujo hasta el sofá de tres plazas color crema. Apartó la manta violeta y el libro que Chris había estado leyendo hasta la llegada de Lilly y se sentó. Luego ayudó a Chris a que se acomodara sobre sus piernas y volvió a rodearla por la cintura en un abrazo flojo. Era la postura habitual de estar en casa y anticipaba un buen rato de conversación. El primero, desde que Ken había vuelto al rancho. Por un instante, Chris se preguntó si el tema sería su hermana o la «conversación larga y profunda» sobre ellos que tenían pendiente.
—Si Lilly va en persona, es que se trata de algo que hay que hablar cara a cara —comentó Ken. Chris asintió, pues opinaba lo mismo.— ¿Alguna idea de qué es?
Ella negó con la cabeza.
—No me lo ha dicho ni yo se lo he preguntado.
La sonrisa de Ken se hizo mucho más pícara.
—Pero alguna idea tendrás…
—Quizás… —concedió, intrigante.
—Ya veo que si quiero tirarte de la lengua, tendré que sobornarte con algo. La cuestión es con qué. ¿Qué necesitas hoy? ¿Sexo? —Se acercó a besar sus labios una y otra vez sin dejar de mirarla—. ¿Mimos? ¿Un poco de cada?
Chris lo miró risueña.
—¿Y qué necesitas tú? Porque no olvidemos que eres el que viene con hambre de hogar, no sólo de novia. Sueñas con tu sofá, tu cama, tu baño…
Dios. Novia. Qué bien sonaba esa palabra, pensó él. Y con cuánta rapidez Chris se había acostumbrado a usarla.
—¿Tengo que elegir? —preguntó con su sonrisa traviesa en ristre—. Lo necesito todo. Especialmente a ti. —Y no acabó de decirlo que ya estaba besándola.
Chris no se quedó atrás. Después de los besos, llegaron las caricias, y el mecanismo amoroso no tardó en ponerse en marcha.
—¿Seguro que estás bien? —musitó él, robándole besos entre palabra y palabra.
La mano de Ken se había posado sobre el vientre de Chris, dejando claro a qué se refería.
—Perfectamente.
Él suspiró y volvió a besarla.
Entonces, empezó a sonar un móvil a lo lejos. Era el de Ken, que se había quedado en el dormitorio.
—No voy a atender. Ahora soy tuyo. Ya volverán a llamar…
—Sí —murmuró ella, tan implicada en el momento como él—. Que llamen después.
Los dos suspiraron cuando el teléfono dejó al fin de sonar.
Sin embargo, el alivio duró poco, pues acto seguido empezó a sonar otro mucho más cerca: en el bolsillo del albornoz que vestía Chris.
—¿Pero qué pasa? —murmuró Ken con fastidio.
—No lo sé, amor, pero habrá que averiguarlo —dijo sacando el teléfono del bolsillo y comprobando quién llamaba—. Es tu tía.
Ken se apartó el pelo hacia atrás con ambas manos en un gesto de desesperación, que a Chris la hizo reír.
—Hola, Doreen. ¿Qué tal?
—¡Siento interrumpir! Pero me han encomendado una misión muy importante que no puede esperar…
Al ver que Chris se reía, Ken se relajó. Aunque su primera reacción hubiera sido de molestia, la insistencia finalmente le había dado que pensar.
—Soy todo oídos.
—Imagino que ya sabes que Lilly viajará a Springfield mañana…
—Sí. Cuénteme, ¿qué misión es esa? —dijo, invitándola a explayarse, cosa que Doreen hizo.
Chris, mientras tanto, puso el móvil(1) de forma que Ken también pudiera oír si acercaba su oreja al dispositivo.
—Así que normalidad total —dijo Doreen—. Nada de bromas de doble sentido ni comentarios románticos. Yo mencionaré un proyecto para el que le he pedido ayuda a Lilly y a Jim. Vosotros seguidme el juego, ¿de acuerdo?
—Si no hay bromas, Lilly sospechará —apuntó Chris y vio que Ken asentía con énfasis.
Las hermanas Thompson llevaban en Mystic Oaks el tiempo suficiente para saber que las bromas eran inherentes a la familia Bryan.
—Ya. Me refiero a bromas de doble sentido. Nada que sugiera que sabemos que entre tu hermana y mi sobrino se está cociendo algo. Por favor, díselo a Ken, que es un especialista en meterse con Jim. ¿Entendido?
Chris pensó que, de todas formas, Lilly no se lo tragaría, pero seguro que en el momento sus nervios lo agradecerían. Más tarde, caería en la cuenta de que la ausencia de bromas había sido cosa de Jim y lo tomaría como otra muestra más de la clase de hombre que era.
—Claro como el agua.
—Bien. Entonces voy a por el padre de la criatura, que es otro que bien baila cuando se trata de bromear. Ah, otra cosa: comemos en una hora.
—¡A la orden! —se despidió Chris y, después de colgar, comentó—: Ahora va a decírselo a tu padre.
Ken se rio. La historia de Lilly con Jim tenía toda la pinta de convertirse en otro desafío a su visión tradicional de las relaciones de pareja. Pobre hombre. Entre todos iban a conseguir que le explotara el cerebro.
Chris dejó su móvil sobre el sofá y se acurrucó contra Ken.
—Qué bien se está así… —murmuró, envuelta en un suspiro.
Ken buscó su mirada con gesto divertido.
—¿Es tu manera sutil de darme a entender que lo que necesitas de verdad son mimos, aunque antes dijeras que «estás perfectamente»?
Chris lo miró largamente. Intensamente. Lo necesitaba a él. Su cercanía. Su ternura, que convertía cada acto, por cotidiano que fuera, en algo especial. Y sobre todo, la conexión que compartían, que la completaba de una forma que jamás había creído posible.
—Es mi manera de decirte que te echo muchísimo de menos… Cada vez, más —admitió.
Él la estrujó entre sus brazos, lloviendo besos sobre su pelo y su frente.
—Lo sé, lo sé… A mí me pasa igual. —Al fin, mirándola a los ojos, murmuró—: Vamos a resolver esto, ¿vale, preciosa?
Sus miradas permanecieron enganchadas durante un segundo eterno.
Y un instante después, el corazón de Ken se lanzó a latir desaforadamente al ver que Chris asentía con la cabeza, mostrando su acuerdo.
(1) La historia transcurre en 2002. Entonces, la función «manos libres» no estaba integrada en los móviles de la época, excepto en contados dispositivos de gama alta para uso ejecutivo.
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CRS-09. MO. Historias Especiales # 1. Cap 10
Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2027/2028
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10
Robert saludó con un gesto de la mano a Cameron y a su viejo amigo Neil McCoy cuando, después de tocar el claxon dos veces a modo de despedida, el vehículo empezó a alejarse por el camino.
El inesperado candidato le había dado tan buena impresión que había querido que Logan también lo entrevistara, aunque fuera por teléfono, para cerrar el acuerdo cuanto antes y aprovechar así la buena gestión de Cameron, convenciéndolo de que fichara por los Bryan. Se habían encontrado por casualidad en un bar de la ciudad la noche anterior, después de bastante tiempo sin verse. Habían trabajado varios años juntos en la explotación del tío de Cameron, en Austin, hasta que Neil se había marchado en busca de un trabajo mejor pagado. Lo había encontrado en una empresa contratista de mano de obra agrícola muy bien valorada por los rancheros de los estados del sur del país donde ofrecían sus servicios. Hacía menos de un año que había heredado una pequeña vivienda en Hendersonville, a veinte minutos en coche del centro de Nashville, aunque debido a la naturaleza de su trabajo pasaba muy poco tiempo allí. La entidad del proyecto Mystic Oaks, así como la posibilidad de volver a trabajar junto a un viejo amigo y, de paso, dejar de viajar tanto, habían movido la balanza en favor de los Bryan, quienes, finalmente, contarían con un nuevo empleado en plantilla en tres semanas.
Robert entró en la casa satisfecho de que las cosas al fin estuvieran saliendo bien y se disponía a dirigirse a la biblioteca, cuando oyó ruidos provenientes de la cocina. Volvió sobre sus pasos y asomó la cabeza por la puerta. Sonrió cuando vio la imagen de la hermosa mujer en silla de ruedas que parecía muy ocupada con la comida.
—Mira a quién me encuentro aquí… ¿Aprovechando a fondo tus horas de hacer lo que te apetezca?
Doreen volvió la cabeza para mirarlo con una sonrisa pícara.
—Entreteniéndome, a falta de poder hacer lo que realmente me apetece… que, como te imaginarás, no es cocinar —añadió con segundas.
Las mejillas súbitamente arreboladas de Robert le provocaron un acceso de risa que él soportó con cara de circunstancia hasta que Doreen empezó a calmarse.
—¿Has acabado de reírte de mí? —le dijo con ternura y las mejillas aún enrojecidas—. Porque, si es así, tengo buenísimas noticias para compartir.
—Ah, pues mira qué bien… Yo también tengo noticias que compartir contigo. Y para que conste, me río porque es lo que toca hoy. A partir de mañana, cuando ya no haga falta guardar las apariencias, en vez de reírme, te comeré a besos.
Él hizo un mohín de niño al que acaban de felicitar por aprobar el examen con sobresaliente, consiguiendo que Doreen pasara de las palabras a la acción: dirigió su silla hacia Robert, tiró de él y, cuando se agachó, tomó su cara entre las manos y lo besó.
En realidad, se besaron. Comenzó como un contacto cariñoso y no tardó en convertirse en algo más que, para frustración de ambos, el sonido de un móvil interrumpió en lo mejor.
Robert se enderezó y respiró hondo. Empezaban a irritarlo tantas interrupciones. Cuando sacó el móvil y vio quién llamaba, su expresión se suavizó enseguida.
—Es Jim —anunció—. Hola, hijo. ¿Qué tal? Me has tenido bastante olvidado, ¿no?
Acto seguido, se sentó junto a Doreen que, aunque él no lo notó en aquel momento, se quedó allí, pendiente de la conversación.
Jim había ido a recoger al súper el pedido que había hecho por teléfono y estaba en el aparcamiento que el establecimiento compartía con una gasolinera, sentado en su coche. En realidad, no se trataba de un supermercado propiamente dicho, sino de un negocio familiar atendido por el dueño y sus cinco hijos que, con el tiempo, había ido ampliando su línea de productos, así como su horario de apertura durante los fines de semana. Era el único por la zona que permanecía abierto los domingos después de las seis de la tarde.
Después de librarse de la insistente cháchara de la hija del dueño, que lo había acompañado mientras descargaba el carrito de la compra y acomodaba las bolsas en el asiento de atrás, Jim había decidido volver a intentar comunicarse con Robert. Era una veinteañera, la menor de los cinco hermanos, y coqueteaba con él desde siempre. Jim la recordaba con nueve o diez años, arrojándole besos con la mano a escondidas de su padre, mientras él atendía a Doreen en el mostrador.
—Y tú has estado bastante ocupado, ¿no? Eso, por no mencionar que tu teléfono debe estar echando humo —repuso Jim, devolviéndole la pulla.
—Es verdad. ¡Pero por una buena razón! ¿Te lo ha contado Tim?
—Sí, sí… ¡Enhorabuena por el éxito en las contrataciones! ¡Y por que tengamos más manos que nos salven de la locura…! —Entre el trabajo que le mordía el trasero y los nervios por lo que se traía entre manos, Jim no se fue por las ramas—. ¿Tienes un rato para que hablemos?
Fue entonces cuando Robert se percató de que había algo extraño en el tono de su hijo. Cierta urgencia nada habitual en él. Alguien que siempre estaba dispuesto a bromear, hoy parecía un tanto nervioso.
—Claro, Jim. Cuéntame.
Ya. A ver cómo le cuentas esto…
Ser el payaso de la familia tenía la desventaja de que los suyos no esperaban un planteamiento serio de naturaleza personal por su parte. Esperaban bromas, colaboración cuando la necesitaban, indicaciones sobre la salida familiar de turno que, como todas, él se estaba ocupando de organizar… Pero nada ni remotamente parecido a lo que hoy tenía que decir.
Siempre había una primera vez para todo, se animó.
Así que… Vamos allá.
—Hay algo entre Lilly y yo… Bueno, todavía no, pero lo habrá… Espero —se apresuró a añadir al darse cuenta de que lo estaba dando por sentado. Maldijo lo forzado que había sonado—. ¿Me sigues hasta aquí, papá?
Al darse cuenta de lo dicho, Jim arrugó la cara en un gesto de dolor. ¿Que si lo seguía? ¿Qué pregunta era esa? Apenas había conseguido articular un par de frases. ¡Claro que lo seguía!
Robert arrugó la frente. Jim no le estaba diciendo nada que él no se imaginara ya. Lo que le intrigaba era por qué lo estaba llamando ahora para decírselo. Desvió su mirada hacia Doreen y, al ver su sonrisa, comprendió que, fuera lo que fuera, ella ya lo sabía.
—¿Has dicho «esperas»? —repitió Robert. Y a continuación, sacó a relucir su talante bromista—. Uy, no… No es posible. ¿Quién eres y qué has hecho con mi hijo Jim? Porque, si pretendes engañarme haciéndote pasar por él, desde ya te digo que no lo vas a conseguir.
Jim sintió que un calor abrasador ascendía por su cuello y se instalaba en su cara. Desde luego, no había nada que objetar al argumento paterno. Su viejo lo había clavado. Cuando se trataba de mujeres, la palabra «esperar» no existía en su diccionario.
Hasta Lilly, campeón. Ahora sí que existe.
—Pues soy Jim, papá. Y he dicho «espero»… Porque es lo que quiero de verdad, pero no depende solo de mí.
—Entiendo —repuso Robert.
Y, para mayor incomodidad de Jim, no dijo más.
Él soltó el aire por la nariz y reunió valor para seguir explicándose con la esperanza de hacerlo un poquito mejor que hasta ahora. Aunque, quizás, eso fuera demasiado pedir.
Joder. Estaba de los nervios.
—Es largo de contar y ya seguiremos con este tema la semana que viene, cuando Tim y yo volvamos al rancho. De momento, quiero que sepas que ella me importa y que…
—¿Qué quieres decir con «me importa»? —lo interrumpió. Y tampoco esta vez se extendió. En las relaciones románticas no había medias tintas. Mucho menos aún en esta relación romántica en particular.
Jim meneó la cabeza. ¿Qué otra cosa había esperado de un hombre como su padre? Cuando se trataba de lo que pudiera suceder entre un hombre y una mujer, Robert Bryan era totalmente predecible.
—Estoy colado por Lilly. En tu idioma, estoy enamorado —admitió. El calor ya lo abrasaba entero, hasta el punto de que dejó el móvil sobre el asiento del copiloto un momento para poder quitarse el jersey.
Vaya, pensó Robert. Así que el casanova de la familia había encontrado al fin la horma de su zapato. ¡Y lo reconocía! A pesar de la ilusión que le hacía la perspectiva de que Jim cambiara un estilo de vida que él no aprobaba, Robert optó por mantenerse serio. El tema lo exigía, pues la mujer en cuestión no era una desconocida.
—¿Y qué hay de Lilly?
—Creo… Estoy bastante seguro de que ella también… Pero no puedo hablar por ella, papá. Sé que tiene miedo de que esto sea un error —«y de mí», pensó con sorna— y que este asunto le preocupa mucho porque… Bueno, ella es quien es y yo soy quien soy…
Robert asintió en un gesto aprobatorio a lo que oía. Sin embargo, no hizo comentarios al respecto. Los temores de Lilly le parecían lógicos y que los tuviera, en su opinión, demostraba que era más madura de lo que su carácter y sus veinte años inducían a creer. En cuanto a su hijo, le agradaba mucho que, a pesar de su indiscutible éxito entre el público femenino, tuviera la humildad de no dar por sentados los sentimientos que despertaba en Lilly.
Jim respiró hondo y soltó el aire por la nariz. El silencio en Mystic Oaks era clamoroso.
—Hemos tenido unos días complicados… —continuó—. Lilly hizo algo que estuvo mal y a mí no me gustó un pelo que ni siquiera me ofreciera una disculpa. Así que… Me enfadé.
Robert abrió mucho los ojos. Conocía vagamente lo sucedido por Doreen, que le había hablado del enfado monumental de Jim. Y si ya le había resultado de lo más elocuente que alguien como su hijo se hubiera enfadado, que ahora lo reconociera le parecía directamente increíble.
—¡Qué dices! Jim Bryan no se enfada. Y si lo hace, le dura diez minutos —precisó Robert y esta vez sí que tuvo que concentrarse en reprimir la risa. Imaginarlo enfadado por una chica por primera vez en toda su vida le producía ilusión y gracia al mismo tiempo.
—Pues me enfadé y el cabreo me duró tres días. Y ahora, ¿qué te parece si dejas de cachondearte de mí, papá? En tu idioma significa burlarte —aclaró con retintín—. Y me parece que ya está bien: esto es un asunto serio y aún no he terminado de decirte todo lo que quiero que sepas.
Robert sacudió la cabeza, más sorprendido por momentos. ¿Acaso su hijo había madurado de golpe? Esta versión de Jim Bryan que estaba al teléfono era muy distinta de la que conocía.
—De acuerdo, Jim. Te escucho.
—Vale. La cuestión es que finalmente se disculpó. Se dio cuenta de que se había pasado de la raya y, aunque yo acepté sus disculpas y le quité hierro al asunto… Hoy me ha dicho que tenemos que hablar… En persona. —Exhaló el aire en un suspiro ruidoso que era un noventa por ciento ansiedad por volver a ver a Lilly y un diez por ciento nerviosismo por cómo su padre fuera a tomar lo que estaba a punto de decir—. Vendrá a Springfield mañana.
Oh, vaya, pensó Robert. ¿Qué era tan urgente que no podía esperar hasta que Jim regresara a Nashville? La idea no acababa de gustarle y en aquel momento no quiso preguntarse el porqué. En cambio, desvió la mirada nuevamente hacia Doreen. Notó que ella lo miraba con dulzura.
Entonces, Jim volvió a hablar.
—Todavía no sé cuánto se quedará, pero lo hemos estado hablando con Tim y pensamos que lo mejor es instalarla en la antigua habitación de Ken. La de invitados que está más cerca de un baño parece un trastero y la tuya y la de la tía están llenas con vuestras cosas. Lilly no tendrá sitio ni para guardar un peine… ¿Te parece bien? —No era eso exactamente lo que le estaba preguntando, pero esperaba que su padre leyera entre líneas.
Robert no pudo evitar que una sonrisa de satisfacción luciera en su rostro. Definitivamente, esta nueva versión de su hijo le gustaba mucho. Su mirada volvió a desviarse hacia Doreen, cargada de orgullo paterno, al responder:
—Me parece muy bien, Jim.
En el aparcamiento frente al súper, Jim hizo el gesto de retirarse unas gotas de sudor imaginarias de la frente con la mano y también sonrió aliviado.
—Vale, vale… Bien. Cuando Lilly te diga lo de su viaje, ¿podrías no soltarle alguno de tus comentarios pícaros, de esos que dices en un tono muy dulce para que escueza menos? Porque aunque los dijeras cantando y los peludos de la familia te hicieran el coro, seguirían siendo pullas, ¿sabes? Y seguro que Lilly ya estará bastante nerviosa sin necesidad de que tú le tomes el pelo… ¿Puede ser, papá? ¿Me harías el favor de ponérselo lo más fácil posible?
Qué bien le sentaba enamorarse a su hijo menor, pensó Robert. Su evidente preocupación por Lilly le producía una ternura inmensa. Jim Bryan había dejado de ser el joven vanidoso y veleta que tonteaba con cuanta mujer se cruzaba en su camino y no se comprometía con nadie. Al fin, había madurado.
—¿Cómo negarme? Es la primera vez en veinticinco años que el Rey de las Pullas me pide que modere las mías por una chica. ¡Estoy emocionado! —exclamó, y ya no contuvo las ganas de reír por más tiempo.
Aliviado por haberse sincerado con su familia sobre el tema Lilly Thompson, Jim apoyó la cabeza contra la ventanilla y se dedicó a oír las carcajadas de su padre con resignación.
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©️2026. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
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