Club Románticas, la Zona Vip de Patricia Sutherland



B.B.COX & HARLEY

Pareja protagonista de Fire & Gasoline (Fuego y gasolina)


B.B.Cox y Harley R., protagonistas de Fire & Gasoline.

CONTENIDOS EXCLUSIVOS

(Por orden de publicación)

Club Románticas Original


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CR23. La locura más maravillosa de todas


CR23 La locura más maravillosa de todas, de Patricia Sutherland

Sábado, 23 de julio de 2011.

Finca «La Savina»,

Menorca.

Hora «H».


- I -


Hace una noche preciosa. El cielo está estrellado y el calor no es agobiante gracias a la brisa marina. Es perfecto.

O, quizás, soy yo, que todo lo que respiro, veo y oigo, lo paso por el tamiz de mi propio estado de ánimo. Uno tan bueno que no recuerdo haber tenido nunca. Jamás. Ni siquiera mi primera vez. Y eso que por aquel entonces, mis veinte años eran razón más que suficiente para estar exultante.

Hoy estoy más que exultante. Casi histérica. Siento que estoy vibrando… De emoción, de alegría, de anticipación… Soy feliz. 

Brandon tiene la misma sonrisa incrédula que yo debo tener en la cara. Y seguro que se pregunta lo mismo que yo; ¿de verdad, vamos a hacerlo?, ¿y cómo narices nos las hemos arreglado para organizarlo todo en unas pocas horas estando en otro país donde no conocemos a nadie, se habla un idioma del que ninguno de los dos sabe decir más de un par de palabras, y tratando con gente que apenas chapurrea nuestra lengua? Menuda locura.

Tan conscientes somos de las dificultades de lo que nos traemos entre manos que, en un primer momento, hasta dudamos de si recurrir a alguien fuera de esta isla para que nos ayude. Declan es el primero que nos viene a la mente… Pero está a miles de kilómetros y no lograría llegar aquí antes de la medianoche a menos que echara mano de un platillo volante. 

Descartado Declan, ¿quién queda? La respuesta es nadie. Además, Hugo no deja de llamar y la idea de recurrir a alguien conocido sin decírselo al principal interesado, no nos parece bien. Ya tendremos que vérnoslas con él mañana… Ojalá no se enfade por que lo hayamos dejado fuera de algo tan importante…

No podemos recurrir a nadie. Estamos solos para sacar adelante esta locura en tiempo récord. Pero no nos preocupa. ¿La verdad? Estamos encantados. Nunca he conocido a dos personas a las que les chiflen tanto los desafíos como a nosotros.    

Ay, el amor… Debe ser cierto eso de que pone alas a los pies porque aquí estamos, descalzos en la arena, rodeados de una decena de isleños sonrientes pero desconocidos, frente al alcalde y la peluquera del salón de belleza más grande de los tres que hay -que hace las veces de intérprete-, a punto de cometer la mayor locura de nuestra vida.

Pienso en cómo hemos llegado hasta aquí y me da la risa. Brandon se contagia. Ese brebaje dulzón que bebe todo el mundo en esta isla se sube a la cabeza a base de bien y no voy a negar que mi risa fácil se debe, en parte, a eso… Pero cada vez que me veo en medio de la comarcal, con mi vestido ibicenco y, como dice BB, con mis «curvas de infarto», intentando detener a un alma caritativa que me libre de andar los tres kilómetros hasta el centro urbano… ¡Madre mía, la cara que se le quedó al tipo cuando Brandon salió de entre los arboles y se montó en el coche detrás de mí! ¡Toma encerrona!

Pero lo que vino después fue lo más de lo más. Cuando entramos en el salón de belleza que hay en la plaza, en pleno centro. Todos nos miraron. Tantos tatuajes llaman mucho la atención, así que no me pareció raro. La sonrisa que la única veinteañera con uniforme de peluquera que había allí le dedicó a BB, sí que me sorprendió. Era más que la típica sonrisa de ligoteo. Además, él se la devolvió y todo su lenguaje corporal cambió. Su sonrisa seductora, su actitud galante, sus gestos deliberadamente sensuales… Es evidente que ya se conocen. Me doy cuenta de que la peluquera, de alguna manera, es parte de la estrategia de BB, así que me quedo en un segundo plano y lo dejo hacer. 

Intercambian saludos, algunas frases… La muchacha habla un poco el inglés y le pone bastante imaginación. Se hace entender con gestos, gesticula mucho. Y se deshace en sonrisas. Teniendo enfrente semejante monumento de hombre no me extraña nada, pero es que, además, BB está desplegando todos sus encantos… ¿Quién puede resistirse a un hombre así? ¡Qué tío, por Dios! 

Cuando intuyo que él está a punto de ir al meollo de la cuestión, me acerco un poco para no perdérmelo. Ella le pregunta «y dime, ¿qué puedo hacer por ti?». Entonces, él le dice algo al oído. Las arruguitas de la frente de la muchacha dan paso a un gesto de sorpresa. Me puedo imaginar lo que estará pensando y la conversación surrealista que viene a continuación me lo confirma.

—¿Dices que te quieres casar? ¿«Casar» como en «y fueron felices y comieron perdices»? —pregunta ella. Normal; duda de si ha entendido bien o todo aquello es una tomadura de pelo monumental.

Brandon asiente con la cabeza, su sonrisa cautivadora en ristre.

—¿Aquí, en la isla?  —El asombro de la peluquera crece por momentos. 

—Aquí.

—¿Hoy?

—Hoy —responde Brandon de lo más fresco.

—You are crazy!!! Pazzo!!! Loooco!!! —Y como si decirlo en tres idiomas distintos no le pareciera suficiente para hacerse entender, se acerca un dedo a su propia sien y lo mueve en círculos. 

¡Qué razón tiene!, pienso. ¡Los dos estamos como cabras! Me rio a carcajadas, los demás se contagian y ella, al fin, también claudica y se echa a reír. 

Total que Diná, que así se llama nuestra peluquera/traductora, acaba involucrándose a fondo en el asunto y su intervención resulta clave para poder llevar a cabo nuestros loquísimos planes, ya que su tío es el alcalde de la región. Brandon la conoció el domingo, en el pequeño supermercado donde fue a por todas las provisiones que desbordan la nevera y la alacena de la cabaña. Me contó que también trabaja de dependienta allí los fines de semana y que le echó una mano para escoger los mejores productos locales.  

¿Mejores productos locales?, pienso, venga ya, BB. ¡Era a ti a quien quería echarte las dos manos, no solo una! 

Dios mío… Llevo horas riéndome a cada rato. Riéndome porque sí. ¿Cuántos años hace de la última vez que la ilusión me tuvo tan risueña? No lo recuerdo… 

Un carraspeo nervioso del alcalde me saca de mis pensamientos. Está hablando con su sobrina y no entiendo lo que dicen. A juzgar por su cara, Brandon tampoco.   

Calculo que debe faltar poco para la medianoche. Esta lengua de arena sería una boca de lobo sin las antorchas y las lámparas de aceite que nos rodeaban, formando un corazón en cuyo centro estamos los cuatro; el alcalde, Diná, Brandon y yo.

Oigo risas. Cuatro isleños en la treintena nos miran y se ríen. Creo que son amigos de Diná. ¿O ha dicho que son familia? El ambiente es alegre y un poco expectante. ¡No me extraña! Seguro que cuando se levantaron por la mañana no imaginaban que acabarían participando en la boda sorpresa de dos ilustres desconocidos! Pero sus sonrisas bobaliconas me dicen que aparte de expectación hay bastante achispamiento. Está claro que no soy la única a quien el «brebaje dulzón» se le ha subido a la cabeza… Y eso que no he bebido más de lo habitual cuando estoy de juerga, pero hoy el efecto del alcohol parece más grande. Supongo que tendrá que ver con que hoy no es un día cualquiera y esta no es una juerga cualquiera. 

Y está claro que hasta el último lunar de mi cuerpo es muy consciente de la diferencia porque… toda yo sonrío. No consigo ponerme seria. No puedo. Mis músculos se niegan a obedecer…

Bah… Qué más da. ¿Quien querría estar seria en una noche como esta? ¿Qué mujer no sonreiría de puro gusto, halagada hasta el tuétano, teniendo a un hombre como BB, derrochando sex-appeal frente a ella, a punto de pronunciar las más palabras más importantes del mundo?

Además, estamos fabulosos. Él, tan bronceado, con su traje blanco estilo boho, la camisa por fuera de los pantalones y con los primeros dos o tres botones desabrochados, y su cabello suelto, moviéndose con la brisa… Qué bien le queda el blanco… Qué bien le queda todo a este hombre.

Yo también me he esmerado lo mío y estoy tan fabulosa como él. Una amiga de Diná es modista y tenía el vestido perfecto para mí. No es de novia; es de calle, pero me enamoré en cuanto lo vi en el maniquí. Blanco, largo, vaporoso y con transparencias. Junto con la corona floral que llevo en la cabeza me da un aire bastante hippie que me gusta y que está claro a mi chico le gusta tanto como a mí. Especialmente, las transparencias. 

Brandon también sonríe. Pero hay algo en su expresión, un no-sé-qué en ese rostro al que el maquillaje hace aún más singular, que me habla de otras cosas aparte de alegría. De más cosas aparte de ilusión.

—¿Te has emocionado? —le digo, derritiéndome de ternura.

Él se ríe bajito. Se pone colorado. O al menos, a mí me lo parece. Las luces de las antorchas podrían estar jugándome una mala pasada, pero creo que no me equivoco. 

—¡Y ahora te has sonrojado!  

No lo niega. Al contrario.

—El que ríe el último, ríe dos veces —se defiende—. Y después de tocará a ti hacer tus votos. A menos que te rajes, claro… 

El alcalde dice algo a lo que Diná responde de malos modos. Pronto nos llega la traducción:

—Mi tío dice que sois los novios más tardones que le ha tocado casar. Son las doce menos cuarto de la noche y mañana tiene que madrugar. —Le dedica al cincuentón una mirada crítica que el hombre recibe con una sonrisa algo culpable—. Le he dicho que se aguante… Y más cosas que no voy a traducir —añade con una carcajada maliciosa.

Su risa provoca un montón de comentarios bromistas a nuestro alrededor. 

El alcalde es su tío y puedo imaginarme a qué se debe tanto jaleo. Miro a Brandon y él me hace un guiño antes de decir:

—Cinco horas atrás ni siquiera nosotros sabíamos que antes de que acabara el día, íbamos a saltar en caída libre desde un edificio de cincuenta plantas… Me apuesto la cabeza a que esta es la primera vez que le toca oficiar una boda fraguada en tan poco tiempo. Probablemente, también será la última. Dudo que haya tantos locos por ahí, que vengan a recalar justamente en esta isla en mitad de la nada para consumar la mayor locura de sus vidas.  ¿Tardones? Ni de broma; somos meteóricos. 

Mientras Brandon habla de locuras y saltos al vacío con ese aplomo elegante y, a la vez, superilusionado, yo solo puedo sentir que el corazón me late tan fuerte que parecen dos… O diez. O, qué sé yo. Igual son un millón. Y todos palpitan de amor por ti, BB…. Pero si sigo mirándote, el alcalde acabará teniendo que esperar otras cinco horas, así que lo miro a él, que es gordo y calvo. Está sonriendo. Deduzco que entiende el inglés mejor de lo que nos ha hecho creer. 

Pero BB no le da tiempo a la peluquera a traducir. Tampoco a que el alcalde meta baza. Sigue hablando y cuando coge mis manos, suspiro. 

Es la hora. Lo siento. Lo sé. Vamos a hacerlo. 

—Estaba loco por ti antes siquiera de darme cuenta de que lo estaba… Y de esto hace por lo menos cinco años —admite. A pesar de saberlo, me estremezco. Obviamente, él se percata y me dedica una sonrisa marca que me hace estremecer aún más. Como sigamos así…, pienso. BB vuelve a tomar la palabra—: A tu lado, siempre he tenido la sensación de que somos dos mitades de un mismo todo. Las formas son distintas, válgame Dios, salta a la vista —me dice recorriendo mi cuerpo con una mirada fingidamente libidinosa—. Pero el fondo es el mismo. Estamos hechos de la misma clase de material, uno que necesita espacio para expresarse a tope y que reacciona mal a las limitaciones, sean del tipo que sean. Uno que, sin embargo, a la hora de expresarse tiende a la acción más que a las palabras. Nos va la marcha —dice con evidente doble sentido y a mí se me empieza a ir la cabeza… Pero entonces, noto que su expresión cambia. Se vuelve… ¿Tierna? Sí, muy tierna. Y dice—: También nos va el amor. Muchísimo. Pero el romanticismo… El romanticismo, no. Bien pensado es una pena —sonríe seductor—. Porque seguro que se me daría de miedo y ya sabes que siempre voy con el pedal a fondo en todo lo que hago… Pero no quiero provocarte un infarto y perderme la noche de bodas… Así que nada de romanticismo hoy, ¿vale, Harley?

¿Acaso existe algo más romántico que lo que estamos haciendo?, pienso. Eres un hombre increíble, BB. 

—Me encanta que estés en mi vida —continúa él—. Nunca me he sentido tan libre estando con alguien como me siento contigo y todavía me sigue pareciendo increíble que sea así. Me sorprende la necesidad que siento de tenerte a todas horas, siendo una especie de eremita como soy. Me encanta cómo quieres a Hugo. Cómo lo animas. Lo compinches que sois. Creo que entre los dos hemos creado un lugar muy especial en el que se siente a gusto… Libre de expresarse tal y como es. Y en cuanto a mí… No sé cómo decir lo que representas para mí sin echar mano de un montón de clichés, así que… Seré practico y lo resumiré diciendo que eres la horma de mi zapato. De todos mis zapatos —añade, haciéndome reír con su mirada traviesa—. Me halaga y me pone muchísimo que hayas tomado la iniciativa. Mi respuesta es sí. Y seguirá siendo sí siempre. «Sí» a lo que digas. «Sí» a lo que quieras. «Sí» a tus sueños, a tus propuestas, a tus locuras, da igual del tipo que sean. Siempre será «sí» para ti. Esta es mi promesa.

Se oyen suspiros y comentarios, pero los ignoro. Estoy demasiado ocupada intentando mantener mi emoción con las riendas cortas. Llorar no es una opción. 

El alcalde vuelve a decir algo que no entiendo. Diná lo traduce. Ella también está emocionada, se le quiebra la voz. Pero yo solo oigo a Brandon, que me dice: «es tu turno, preciosa».

Y sí, lo es. Suspiro.

Genial, me toca a mí y no me salen las palabras. Tengo la sensación de que en cuanto abra la boca me voy a poner a llorar como una magdalena y no soporto la idea de provocar una riada cuando lo que de verdad quiero hacer es reír y bailar y abrazar a BB con todas mis fuerzas… Y comérmelo a besos delante de todos estos risueños desconocidos…

Respiro hondo. Abro la boca para empezar a hablar y un instante después la cierro. No quiero llorar. 

No voy a llorar.

Reúno coraje de nuevo y… Un segundo después, el coraje se evapora y vuelvo a cerrar la boca ante la mirada divertida de Brandon, que seguramente se está preguntando qué bicho me ha picado para que esté boqueando como un pez fuera del agua. 

Pero entonces él me aprieta la mano, dándome ánimos, y no lo pienso más. Que sea lo que Dios quiera.

—Nunca creí que habría una segunda vez para mí —empiezo a decir—. Mucho menos que sería yo quien lo propusiera… Pero ese es tu mérito. Consigues hacerme sentir que a tu lado todo es posible… —Suelto un suspiro y hago una pausa porque no sé cómo seguir. Demostrar lo que siento siempre me ha resultado mucho más fácil que hablar de ello—. Te adoro, BB. Y estoy en las nubes. Creo que soy la mujer más suertuda del mundo y sé que, a su debido tiempo, seré la tía más envidiada del planeta… ¡Y eso me encanta! —Brandon sonríe y yo me derrito… Pero si voy a convertirme en un charco pringoso a sus pies, lo haré a mi estilo—: Ahora que me has dado el «sí», seguiré haciéndote proposiciones, especialmente deshonestas… Ya sabes que soy buenísima en ese tema. Y seguiré proponiéndote locuras, muchas y muy grandes. Porque la vida son dos días y hay que vivirlos a tope… Y porque no hay nada en este mundo que me inspire más, que saber que te tengo en mi vida. Que eres mío, BB. Mío y solo mío… Y como si fuera poco, también tengo a Hugo. ¿Suertuda, yo? ¡Ya te digo! Vosotros dos sois mi rincón favorito del mundo. Y siempre será así. Esta es mi promesa.

El silencio es total. Tanto que puedo oír los latidos atropellados de mi propio corazón… Tengo las manos heladas y la mirada de Brandon sobre mí, tan intensa, tan amorosa, que hace que me pregunte cómo puede ser que mis manos estén tan frías cuando dentro de mí, está a punto de desatarse un incendio de dimensiones épicas. 

Entonces, alguien rompe el silencio.

—Según mi tío, no habéis dicho que queréis casaros. Si no lo decís, no vale —nos advierte Diná. 

—Es verdad —concede Brandon, mirándome—. No hemos pronunciado el «sí, quiero» todavía.

—¿Y queréis o no? —interviene el cincuentón, impaciente. Es lo primero que le oímos decir en nuestro idioma.

Las carcajadas de todos los presentes suenan tan fuerte que consiguen silenciar las quejas de su sobrina, que lo riñe por ser tan poco romántico.

Brandon y yo nos miramos. Siento su emoción cuando él toma mis manos y sé que él siente la mía.

—A riesgo de no ser un caballero —me dice—, haré los honores… Sí, quiero casarme contigo, Harley. En honor a la verdad, me muero por casarme contigo —añade con una sonrisa sensual.

Esa sonrisa hace estragos en mí. Sé lo que está pensando. Sé perfectamente a qué se refiere con ese «me muero» y, como siempre, estamos en sintonía. 

Y me vengo arriba, cómo no.

—¡Y yo contigo! Perdón, lo diré bien, no vaya a ser que el tío gruñón vuelva a las andadas… ¿Preparado? —pregunto y sin apartar mis ojos de Brandon, lo digo otra vez—: Sí, quiero casarme contigo, amor. 

—¡Braaaaaaaaaaaavooooooooo! ¡Braaaaaaaaaaaavooooooooo! —exclama el alcalde, dando palmas. Y enseguida le dice algo a su sobrina. Ella lo traduce.

—¿Tenéis alianzas o me tocará improvisar otra vez? —nos pregunta con una sonrisa divertida. ¡La pobre lleva cinco horas improvisando!

Entonces, Brandon se mete la mano en el bolsillo de la chaqueta… 

¡Y yo empiezo a alucinar pepinillos!


- II -


Madrugada del miércoles, 20 de abril de 2011.

En una casa frente al Atlántico…

Harley sonrió al sentir el calorcito agradable que subía por su muslo. Se estremeció cuando el calor se tornó húmedo y alcanzó su entrepierna.

Sin abrir los ojos, buscó la cabeza de Brandon y le acarició el cabello al tiempo que sugería sutilmente qué movimientos de su lengua prefería.

No era tarea fácil. Le gustaban todos sus movimientos. Y le gustaban, independientemente de con qué parte de su cuerpo los ejecutara. Él, como siempre, obedeció solícito.

—Me encanta despertar de esta manera… —ronroneó ella—, pero…

Sentía el cerebro algo neblinoso… Algo bastante. Pero incluso neblinoso, o quizás precisamente por eso, dudaba de si compartir lo que pensaba o guardárselo para ella.

—Pero ¿qué? —preguntó él, alzando la cabeza ligeramente y mirándola por encima de la línea de su pubis al tiempo que exhalaba un suspiro. 

La vio encoger los hombros en un gesto de genuino placer al sentir el calor de su aliento. En el brevísimo instante que permaneció mirándola, su belleza lo dejó… Grogui. 

Simple y llanamente grogui.

Su rostro con el maquillaje algo emborronado, su desnudez, la cadencia de su respiración que hacía que su tórax subiera y bajara rítmicamente, meciendo suavemente sus generosos pechos… Y aquella sonrisa sensual por la que él haría cualquier locura… Aquella mañana, Harley le parecía más hermosa que nunca.

—Estaba soñando —ronroneó ella. 

—Espero que conmigo. 

Su voz sonó insinuante y tan sensual como siempre, pero el movimiento de su cuerpo, cuando reptó sobre ella, desvió completamente la atención de Harley que lo rodeó con sus brazos y acomodó su postura para lo que estaba a punto de suceder.

—Ajá…

—¿Qué quieres decir con ese «ajá» tan poco efusivo? ¿Soñabas conmigo o había más candidatos aparte de mí?

La lengua de Brandon dibujaba un sinuoso sendero sobre su cuello y sus hombros y si eso no era lo bastante estimulante para atrapar toda la atención de Harley, había más; su miembro en completa erección había empezado hacer incursiones en su vagina. Sutiles. Suaves. Pero firmes.

Ocupada en acompañar los movimientos oscilantes de Brandon, ella se tomó su tiempo para responder.

La lengua masculina ahora se adueñó de la boca de Harley y los siguientes intercambios de frases sucedieron entre besos plenos y ligeros mordiscos que no hicieron sino excitarlos más.

—Había más hombres… Aunque no los llamaría «candidatos». Y luego estabas tú… 

—¿Follábamos? —murmuró antes de volver a hundirle la lengua en la boca.

El beso fue largo y la primera penetración, profunda pero breve. Los dos suspiraron. Él reafirmó su postura dominante y guió las piernas de Harley alrededor de sus caderas.

—Raro, es cierto, pero no —ronroneó ella, buscando mayor profundidad en los movimientos masculinos. Le encantaba cuando él se introducía en ella despacio, cada vez un poco más adentro. La hacía salivar de gusto. Y muchas veces, también correrse de placer. 

—Más que raro. Siempre me tienes encima o detrás…

—O debajo.

—Mmm, sí… —concedió él, acelerando apenas un poco el ritmo de sus incursiones—. Y si no me tenías encima, ni detrás ni debajo… ¿dónde estaba yo?

—Frente a mí —murmuró mientras él le recorría el contorno de la mandíbula con su lengua provocando en ella estremecimientos tan intensos que parecían sacudidas.

—¿En pelotas?

Tenía su punto que lo dijera y a Harley le hizo gracia, pero su sonrisa quedó desdibujada por el intenso deseo que la embargó cuando él volvió a embestirla. Durante un brevísimo momento, su duro y grueso miembro la ocupó por completo antes de retirarse. Duró dos latidos, pero sintió cada milímetro de él abriéndose camino por su canal vaginal. Obligándolo a expandirse para acomodarlo. Provocándole un intenso, indescriptible placer.

—Aishhh… —se quejó. Exhaló un largo suspiro, tras el cual repuso, apenas en un susurro—: No… Vestido. Los dos estábamos vestidos.

El lastimero quejido de Harley, el mismo que siempre emitía cada vez que él se hacía desear, esta vez lo llevó al límite. Su miembro se endureció dolorosamente y Brandon tuvo que echar mano de toda su concentración para contenerse. Como era de esperar, Harley no se lo puso fácil. Nunca se lo ponía fácil. Tuvo que arreglárselas para mantenerse lejos de su alcance. Le costó más que otras veces. Había sido una noche muy intensa, de muchas emociones, en a que no había faltado el sexo ni el alcohol, y eso siempre le pasaba factura. Lo volvía más voluble. Mucho más propenso a sucumbir a los encantos de Harley sin oponer resistencia. 

Cuando estuvo seguro de haberse recuperado, liberó las muñecas de Harley y volvió a colocarse encima de ella, sus brazos soportando el peso de su cuerpo. Observó que tenía los ojos cerrados y su respiración era lenta y pausada.

¿Se había quedado dormida?, pensó enternecido.

Pero entonces, como siempre que estaba así de cerca, olió la fragancia favorita de Harley entremezclada con el aroma de su piel, sintió la suavidad de su cabello acariciándole la cara cuando acercó la nariz a su cuello y aspiró profundamente… Vibró al percibir con toda claridad la turgencia de sus senos contra su propio pecho… 

Y su siguiente pensamiento no fue nada tierno.

—No sé si sigues soñando o solo duermes, pero seguro que no quieres perderte esto. Es mejor que cualquier sueño, te lo aseguro —susurró.

Harley volvió en sí cuando él se hundió dentro de ella hasta el fondo. Abrió los ojos en los que se reflejó primero un poco de sorpresa y a continuación el fuego del deseo ardiendo en su interior. Su cuerpo reaccionó al instante, acompañando los profundos movimientos de Brandon.

—Ay, sí, sí… Sigue, BB… 

Él volvió a internarse en ella, esta vez con fuerza, arrancándole un suspiro de placer.

—¿Y qué hay de tu sueño? —murmuró Brandon, lamiendo el sendero que había entre la barbilla femenina y el hueco en la base del cuello—.  ¿Me lo cuentas… o prefieres dejarlo para después?

Harley lo silenció con un beso. Un beso tórrido, salvaje y hasta cierto punto desesperado. Él la volvía loca de deseo. Su voz, su piel, sus movimientos… Ese punto dominante y a la vez terriblemente sensual que teñía cada palabra, cada gesto, cada caricia… Adoraba todo en él. La excitaba todo de él. Todo y mucho.

Fue la clase de beso que desató la locura de Brandon, algo que ella sabía de antemano. Desde el primer momento había sabido qué teclas tocar y la experiencia de tantos meses juntos, practicando las artes amatorias a destajo, la había convertido en una experta en lo que a Brandon Baxter-Cox concernía. 

Una experta que aquella madrugada sacó a relucir sus mejores armas.


- III -

El cansancio físico era grande, después de tres días de intensas emociones que habían culminado en una noche mágica, y la pareja no se prodigó en juegos eróticos ni recorrió la casa experimentando nuevos rincones, como solía ser habitual. No abandonaron el lecho en ningún momento y cuando al fin Brandon alcanzó el clímax, ambos cedieron a un sueño profundo que duró varias horas.

Brandon despertó primero. Se tomó unos momentos para recuperar la conciencia plena y otros más para deleitarse en la imagen de la mujer más hermosa del mundo yaciendo completamente desnuda a su lado. Al fin, con una sonrisa de hombre realizado en la cara, se sentó en la cama y consultó el reloj. Quedaban cuatro horas por delante hasta que Declan fuera a recogerlos y al menos dos, según la diferencia horaria, para que Hugo empezara a freírlo a llamadas, de modo que se dirigió a la cocina a preparar café. No se molestó en vestirse. Su plan para aquella mañana era retozar en la cama con su mujer.

«Mi mujer», pensó al tiempo que una enorme sensación de placer lo recorría de la cabeza a los pies. Tan enorme que acabó manifestándose en una incipiente erección.

Se palpó el miembro por puro instinto mientras pensaba, bastante sorprendido, que no había contado con que la idea de haberse casado le provocara tanto morbo. Satisfacción, sí. Ilusión, desde luego. ¿Morbo? Ni en sueños. Debía ser el único tío del planeta a quien la palabra casamiento le provocaba una erección. Pero allí estaba; desnudo y empalmado mientras hacía café.

Por suerte, no tenía que preocuparse de que alguien lo pillara in fraganti de esa guisa. No había nadie más que ellos en varios kilómetros a la redonda. Mucho menos necesitaba preocuparse de guardar las apariencias delante de su esposa o mostrarse más comprensivo con ella después de una noche de intensa actividad. La esposa en cuestión era una mujer pasional y tan exigente como él a la hora de satisfacer su voraz apetito sexual.

Y hablando de voracidad… 

Brandon permaneció mirando ausente la reluciente cafetera, mientras se acariciaba lánguidamente el pene y su mente explotaba en decenas de imágenes de lo que pensaba hacer con Harley las próximas dos horas y media.

* * *

Cuando Brandon regresó a la habitación, Harley se había puesto de lado. Yacía sobre el lado izquierdo de su cuerpo, con una pierna flexionada sobre la otra y el brazo derecho colgando fuera de la cama. De pie en el quicio de la puerta, con una taza de café en la mano, el tatuador contempló largamente la silueta femenina. 

El brazo cubría sus pechos, de los que solo se apreciaba la exuberante curva inferior. La pierna flexionada ocultaba su Monte de Venus y sumía en las sombras su rincón más dulce. A cambio, le ofrecía una estimulante panorámica de sus nalgas. Tan estimulantes que su cerebro volvió a explotar en imágenes de tres rombos con dos únicos protagonistas: él y ella. Muchas eran recuerdos. Ninguno de los dos tenía prejuicios a la hora del sexo. Otras, aún más excitantes si cabía, eran pura imaginación.

Entre el calor de la humeante taza de café que sostenía en la mano y el fuego de su entrepierna estaba a punto de quemarse a lo bonzo sin necesidad de echar mano de ningún combustible. Respiró profundamente y avanzó hacia Harley.

Se puso de cuclillas a su lado. Acercó una taza de café hasta ella, no demasiado cerca. Solo lo bastante para que pudiera respirar el aroma a café. 

«Solo olerlo, preciosa. Para disfrutarlo tendrás que esperar», pensó con una sonrisa traviesa. Sus actuales circunstancias no daban para más; tenía una erección de campeonato, el cerebro encharcado en testosterona y cada célula reclamándole a gritos tumbarse encima de ella y darle gusto al cuerpo. 

Al cabo de unos instantes, vio que Harley arrugaba la frente y a continuación, olfateaba. Casi enseguida, abrió un poco los ojos y carraspeó para aclararse la garganta.

—Mmm… Café… —murmuró. Su voz sonó pastosa; su tono, somnoliento.

Brandon movió la taza suavemente a izquierda y derecha, practicando un recorrido imaginario de unos pocos centímetros frente a Harley. Quería asegurarse de que sus neuronas despertaban.

Lo consiguió. Ella se incorporó parcialmente, apoyándose sobre un codo y sus ojos ahora estaban abiertos. La remolona sonrisa en sus labios confirmó que estaba abandonando a Morfeo.

«Bien», pensó él. «Ahora me toca a mí». Y con esas se incorporó despacio frente a ella, exhibiéndose. Haciendo inevitable que los ojos femeninos siguieran el movimiento ascendente de su cuerpo y que, llegado el momento, repararan en su miembro, en erección plena.

La reacción de Harley fue la que él esperaba; extendió la mano y no precisamente para coger la taza de café.

Brandon cerró los ojos e inspiró profundamente al sentir el tacto de unos dedos cerrándose en torno a su verga. Emitió un gemido cuando ella le sacó la taza de las manos y después de dejarla sobre la mesilla, se introdujo su miembro en la boca.

«Diossss… Qué bueno… Esto es la gloria», pensó el tatuador exhalando un largo suspiro.  

Pero cuando Brandon estaba en el séptimo cielo, con la cabeza echada hacia atrás y los brazos en jarra, balanceando las caderas suavemente para acompañar el movimiento que ella imprimía con su boca, Harley se detuvo. 

—No pares —susurró él. Fue mitad súplica, mitad orden. Ante la ausencia de respuesta, irguió la cabeza y la miró.

Ella se había apartado. Tenía una mano frente a su cara a la que miraba como si no la hubiera visto jamás antes.

¿Qué estaba pasando?

—¿Estás bien? —Había sido lo primero que le había venido a la boca. Tratándose de Harley solo eso podía explicar que hubiera parado en seco en mitad de la fiesta.

Ella tiró de su brazo izquierdo, pidiéndole tácitamente que le diera la mano. Brandon obedeció y entonces la vio hacer exactamente lo mismo que había hecho antes con la suya; mirarla como si no la hubiera visto antes.

Pero la había visto.

Y la había sentido por todo su cuerpo millones de veces, provocándole ríos de placer.

—Harley… —la llamó al orden. A pesar de que su tono fue suave, la intención quedó explícita en su rostro. Si había algo que detestaba, era quedarse a medias.

Entonces, una sonrisa alucinada se abrió camino en el rostro femenino.

—No era un sueño… No estaba soñando, BB…  ¡Joder, nos hemos casado! ¡Maaaaaadre mía!

Brandon no pudo más que reír. Porque era eso o echarse a llorar. ¿Su mujer lo había dejado con las ganas en pleno preludio porque no se acordaba de que la noche anterior habían llevado a cabo la mayor locura de sus vidas?  

—Disculpa el matiz, pero tú me propusiste que nos casáramos y yo, que siempre soy tan solícito con tus deseos, te complací —repuso, destilando vanidad a raudales en lo que, en realidad, fue un intento de compensar lo raro que se sentía, allí de pie, hablando de lo sucedido como si no siguiera empalmado.

—Venga ya, Brandon… Me adelanté por muy poco, nada más. Es evidente que ibas a pedírmelo tú —repuso ella, señalando las hermosas joyas, reproducción de un diseño de Hugo, que ambos llevaban en su dedo anular izquierdo. Eran de titanio y representaban de forma muy estilizada la silueta de un murciélago. Sus alas desplegadas estaban talladas en el metal con relieve, a las que una pátina oscura sombreando las distintas secciones le otorgaba gran realismo. El cuerpo era de forma ovalada y estaba representado por un diamante negro.

Se miraron cómplices.

—Mi plan era darte tiempo a que te acostumbraras a la idea… —admitió él con una sonrisa sensual—. Aunque… Sí, supongo que si veía que mi propuesta tenía una buena acogida, probablemente me habría venido arriba y bueno… Ya sabes, el que no arriesga, no gana. 

—Pero yo me adelanté.

—Por muy poco, pero sí, lo admito. 

Harley se rio. Sacudió la cabeza varias veces y cuando volvió a mirarlo, sus ojos soltaban chispitas de ilusión.

—Así que… Eres mi marido... —La palabra le hacía cosquillas en la lengua y en el corazón. A medida que los recuerdos regresaban, confirmándole que no se trataba de ningún sueño, la alegría y la ilusión crecían imparables. 

—Pues sí —repuso él riendo con tanta incredulidad como ella—, diría que desde anoche soy tu marido. 

Para entonces Harley se había arrodillado sobre la cama y se había llevado las manos a la cara en un gesto de incredulidad. Reía sin parar, extática de felicidad.

—¿De verdad, lo hemos hecho? —preguntó. Y al ver que él asentía tan encantado y alucinado como ella, exclamó—: ¡Pero quééééé fueeeeeerteeeeeee!


- IV -


Les había costado abandonar su mundo de ensueño y regresar al mundo real. Consumaron el sexo que el momento de risas a cuenta del sueño de Harley había amenazado con dejar a medias, sin embargo, tomar conciencia de que habían amanecido como marido y mujer por primera vez, había cambiado de forma drástica el ambiente entre ellos; había ilusión y mucha expectación sobre lo que les depararía el futuro.

Después de un baño compartido, habían hecho el equipaje y ahora, mientras esperaban la llegada de Declan, tomaban un tentempié sentados a la barra americana de la cocina. La conversación que mantenían estaba cargada de complicidad y de preguntas que intentaban descubrir cómo sería su vida juntos a partir de ahora.

—¿De qué te ríes? —quiso saber Brandon. Se llevó un canapé de paté de oca a la boca y permaneció mirándola sumamente interesado mientras esperaba su respuesta.

—De nervios, supongo. 

Él elevó las cejas en un gesto cómico.

—¿Te pone nerviosa haberte casado conmigo?

—No nervios en ese sentido, BB… Míranos, parecemos los mismos de siempre… —Sonrió al tiempo que le lanzaba una mirada sensual—. Tú con tus vistas de tío cañón y tus ojos pintados y yo…

—¿Con tus curvas de infarto y uno de esos escotes vertiginosos que me distraen tanto? —propuso, travieso.

—Gracias… Sí, con mis curvas y mi escote descarado que te pone tan caliente —matizó con sus modos directos, haciéndolo reír—. Parecemos los mismos de siempre, pero nos hemos casado, BB… —Su sonrisa se ensanchó como cada vez que, desde que había abierto los ojos al nuevo día, volvía a tomar conciencia de lo sucedido la noche anterior—. ¿No sientes…? No sé cómo explicarlo… Cuando lo pienso o lo digo en voz alta es como si…

—¿Un millón de burbujitas explotaran dentro de ti, todas de golpe? —volvió a proponer él.

En su caso, como si el mero hecho de que su sangre se hubiera convertido en vino espumoso no fuera suficiente para mantenerlo en el séptimo cielo, también tenía que hacer frente a otra emoción totalmente nueva. Su deseo por ella también se había vuelto loco. Saber que habían dado el salto al vacío, que se pertenecían el uno al otro, no solo metafóricamente hablando, sino también sobre el papel, había cerrado el círculo de su locura por ella. Intuía que a Harley le sucedía lo mismo.

Ella asintió con la cabeza, su sonrisa radiante en ristre.

—¿Cómo vamos a arreglárnoslas para disimular, BB? Cuando te miro, pienso «¡se le nota un montón!» y seguro que mi cara es mucho más explícita —se rio.

—Bueno… Siempre podemos no disimularlo.

—¿Tú crees?

Los dos sonrieron con complicidad, pero Brandon solo podía pensar en que ahora que tenía a Harley, ahora que era suya de verdad, haría lo que fuera necesario para conservarla. Incluso meter la cabeza en las fauces de un león hambriento; un símil bastante realista de lo que le sucedería, si llegaba a oídos de la prensa lo que habían hecho la noche anterior. Sus ojos rezumaban amor cuando dijo:

—¿Quieres que lo nuestro se sepa?

Y entonces, dejarían de ser libres de hacer lo que les diera la gana, pensó Harley. Tendrían una nube de paparazzi siguiéndolos a todas partes y su vida, recogida en imágenes, publicándose por entregas en todos los periódicos amarillos del país… Algo que Brandon odiaría y ella, quizás, no tanto. No le preocupaba tener la atención de la prensa y de la gente. Pero que le hicieran daño a Hugo, sí. Le preocupaba y mucho. Adoraba a ese niño y estaba segura de que si la gran noticia trascendía, se meterían con él. Si la prensa se enteraba de que se habían casado, quedaría en evidencia que el dios de la tinta llevaba meses mintiendo al alegar que solo mantenía una relación profesional con su colaboradora estrella. Y que llevaba mucho más tiempo aún no desmintiendo a los que sostenían que su orientación sexual era otra, distinta de la que tenía en realidad. Y si había mentido en todo eso, ¿por qué no iba a hacerlo respecto de su ahijado?  Encima, el niño se parecía más a Brandon cada día que pasaba… La prensa empezaría a escarbar, a ver qué más encontraban, y no estaba por la labor de permitir que hicieran daño a ese crío maravilloso.

Harley extendió la mano y la posó sobre la de Brandon. Cuando habló, había vuelto a ser la mujer descarada y sensual que él adoraba.

—¿Y perdernos el morbo de saber que tenemos que escondernos? En las ferias, el jueguito de guardar las apariencias y pasar horas rodeados de gente nos pone tan calientes, que los polvos son épicos… ¿Y tú quieres cargártelos? ¡No puedes estar hablando en serio, BB!

Para Brandon fue como si le hubieran quitado un enorme peso de encima. No solo porque lo último que deseaba era meter la cabeza en las fauces de un león hambriento, sino por comprobar, una vez más, cuánta sintonía había entre los dos. Era de fundamental importancia para él. 

Por supuesto, no fue eso lo que mostró. 

—Perdona, ¿estás sugiriendo que lo épico es consecuencia del morbo? —repuso él con todo su amaneramiento, haciéndose el ofendido. 

Harley se echó a reír. También a ella le aliviaba constatar nuevamente que seguían siendo los mismos, a pesar de que su realidad había dado un giro de noventa grados las últimas doce horas.

Y si eran los de siempre, haciendo y diciéndose la mismas cosas de siempre…

Harley se acercó a diez centímetros de los labios de Brandon.

—Eres el tío más caliente del planeta. El mejor amante que he tenido en mi vida. Y, como si esto fuera poco, la tienes enooorme… —Sus miradas se encontraron y Harley pudo sentir con toda claridad cómo la vanidad de Brandon desplegaba las alas—. Pero el morbo también cuenta, BB. En gente como nosotros, juega un papel muy importante. 

—Así que votamos por el morbo… —susurró él. No la miraba a ella, sino a sus labios, esa boca perfecta, pintada de rojo sangre. De repente, le habían entrado unas ganas tremendas de comérsela, trocito a trocito.

Y no era solo Brandon quien se sentía tan tentado; la mano de Harley ya ascendía por el muslo masculino cuando  dijo:

—Votamos por el morbo.

* * *

Esa mano, sin embargo, no estaba destinada a ir muy lejos. La llegada de Declan los interrumpió, poniendo sonrisas traviesas en los rostros de los dos. Entró en la cabaña como Perico por su casa, desplegando toda su energía de hombre de acción.

—Joder, sois de lo que no hay —guaseó el guardaespaldas al tiempo que iba hacia ellos—. ¿Todavía no os habéis quitado las ganas después de tres días a solas dale que te pego? Pues lamento deciros, que si queréis llegar a Londres antes que Hugo, se os acabó la juerga.

Fue al ir a estrechar la mano del tatuador, que reparó en el anillo. Ya lo conocía, lo había visto antes, y sabía que existía otro igual, un poco más pequeño, que no tardó en ver en el dedo de Harley.

—Vaya. Parece que ya es oficial —celebró, palmeando el hombro de su amigo e inclinándose a besar la mejilla de Harley.

—Vaya. Así que lo sabías —repuso ella, imitándolo. Le dedicó a los dos hombres una mirada fingidamente recriminatoria.

Brandon se echó a reír. Sacudió la cabeza divertido al pensar que aquel asunto aún seguiría deparándoles ratos divertidos unos cuantos días más. 

—¿En serio? —le dijo a Harley—. ¿Desde cuándo Declan te lee la mente?

Ella se quedó cortada un instante, pero al comprender a qué se refería Brandon, se echó a reír. 

—¡Ya lo creo que es oficial, Dec! —exclamó—. ¡No te haces una idea cuánto!

Declan los miró interrogante. 

«¿Qué les pasa a estos dos?», pensó. Ya estaban con sus juegos otra vez y no había tiempo para eso. No había tiempo para nada. Cogió las dos maletas que estaban junto al sofá y se encaminó hacia la salida al tiempo que decía:

—No picaré. Tenemos veinte minutos para llegar al aeropuerto, así que andando, colegas. Dejadlo todo como está. Por la tarde vendrán a limpiar.

Brandon tomó una mano femenina. La apretó cariñosamente y tras depositar un galante beso sobre ella, volvió a mirar a Harley con una sonrisa traviesa en los labios.

—Dime, ¿estás lista para estrenar el pasadizo secreto que unirá nuestras casas y nuestras vidas de ahora en adelante, para el millón y medio de preguntas que nos hará Hugo, para la cara que se les va a quedar a tus padres y a los míos cuando se enteren de lo que hemos hecho? —Iban a causar una a una auténtica revolución y eso lo hacía sentir ansioso, expectante y muy, muy feliz. 

Ella le apartó un mechón de la cara con suavidad. Se trató de un gesto familiar y tremendamente amoroso. 

—Más que lista, BB; estoy deseándolo —dijo Harley rezumando picardía—. ¡Vamos a dar la campanada y me encanta!


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©️2023. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷


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CR26. La locura más maravillosa de todas - 2


La locura más maravillosa de todas - 2, de Patricia Sutherland. Segundo relato sobre B.B.Cox y Harley Rl, basado en Los moteros del MidWay, 6.

Miércoles  20 de abril de 2011, 

a primera hora de la tarde.


- I -


Brandon estaba extático, ansioso y nervioso. Todo al mismo tiempo. Cada vez que se miraba la mano y volvía a tomar conciencia de que lo habían hecho, una energía alucinante se adueñaba de él, haciéndolo sentir un superhombre. Harley era suya. Al fin. Menuda escapada romántica, pensó. Una sonrisa de hombre realizado dominó su rostro. Extático, no, lo siguiente.

Las ansias eran un poco mezcla de todo. Por un lado, se sentía impaciente por  comenzar su nueva vida. Había muchísimo que hacer hasta que su nueva residencia estuviera preparada para recibir habitantes. Y antes que eso, tenía que hablar con todas las partes implicadas, a saber; sus empleados, su familia y, por supuesto, su hijo. El pobre niño alucinaría de alegría y de sorpresa; no solo tenía que decirle que se había casado (en vez de comprometerse que era lo que supuestamente debía suceder durante la escapada romántica), también que en breve se mudarían a su nueva casa. Todavía no le había hablado de eso. Había comprado el bendito edificio en un arranque de desesperación. Lo tenían tan harto los paparazzi… Todo el día apostados, vigilando su domicilio a pesar de estar situado en una zona residencial. Ver a Harley se estaba convirtiendo en un complicado juego de estrategia del que ya se había hartado. Así que se había puesto a barruntar sobre el tema y había llegado a la conclusión de que la mejor -y quizás la única- forma de que los dos tuvieran la vida que deseaban era mudarse al edificio donde vivía Harley. Allí había otros dos pisos y los había comprado. Poco después, su agente inmobiliario también le había sugerido adquirir el edificio que hacía espalda con el de Harley, ya que sería una buena inversión y, de pronto, el pasadizo uniendo ambos edificios había aparecido en su mente como la solución a todos sus problemas; tener a Harley, tener una vida en común y darle esquinazo a la prensa en sus propias narices. Hugo no estaba al tanto aún, pero Brandon sabía que la zona le encantaba. Durante la mudanza de Harley y de Jana, no había dejado de comentar acerca de que las paredes exteriores tuvieran grafitis y estuvieran pintadas de distintos colores. Seguramente le encantaría que se mudaran allí.

Y los nervios… 

Brandon exhaló un suspiro cargado de ansiedad.

Era plenamente consciente de que Harley y él estaban a punto de provocar una explosión en la familia. Curiosamente, no le preocupaba tanto la suya, como la de ella. Los conocía, pero no lo bastante para anticipar cómo se tomarían la noticia. Y por más que Harley jurara y perjurara que en su vida mandaba ella y nadie más… Él necesitaba que todo el mundo estuviera de su parte. Jamás contarían con la prensa, de ahí que hubieran decidido mantenerlo en secreto. Pero necesitaban contar con la familia. Con las dos familias para mantener a salvo su secreto y su cordura. De otra forma, serían demasiados frentes importantes que atender, y fallarían.

En aquel momento, una imagen le devolvió la sonrisa.

Las puertas que comunicaban el área de pasajeros con la sala de llegadas se habían abierto y una versión «potteriana»de Hugo corría a su encuentro. 

«¡Qué ganas de que volvieras conmigo, peque!», pensó y se dispuso a recibir a su hijo con los brazos abiertos. 

—¡Ya estoy aquí! —exclamó el niño, pero en vez de agarrarse de su cuello y trepar, como hacía cuando estaban a solas, paró en seco y le dio su mano, como si se estuvieran presentando, provocando que Brandon soltara una carcajada.

—Ah, perdón —dijo corrigiendo de inmediato su postura y estrechando ceremoniosamente la mano que le ofrecía—. Se me olvidaba que ya no eres tan pequeño… Especialmente, cuando están tus compañeritos delante —añadió en un tono más bajo.

Sin embargo, el niño se percató de otra cosa; del anillo que él había dibujado y que su padre había enviado a fabricar. Lo llevaba en el dedo.

—Pero… ¿No me habías dicho que «todavía noooooo»? —exclamó, imitando la voz de su padre.

Hugo lo había llamado a primera hora de la mañana aquel día porque, según le había explicado, la última actividad del viaje comenzaba pronto y la profesora a cargo no les permitiría que volvieran a usar sus móviles hasta que estuvieran en el aeropuerto para coger el vuelo de regreso a Londres. En tales circunstancias, a Brandon no le había parecido una buena idea contarle por teléfono lo sucedido, ya que entre lo mucho que el pequeño lo echaba de menos y su curiosidad innata, la ansiedad de Hugo ya estaba por las nubes sin necesidad de más. De modo que había optado por una vía alternativa que, con un poco de suerte, resolvería temporalmente la cuestión; decirle una mentirijilla. En realidad, habida cuenta de lo sucedido la noche anterior, se trataba más bien de un pedazo de mentira. A ver cómo se las arreglaba ahora para deshacer el entuerto.

—Todavía no has crecido tanto como para entender esto, Hugo, pero créeme cuando te digo que proponerle matrimonio a alguien ya es, por sí solo, bastante estresante para cualquiera. Y resulta que ni ella es cualquier mujer ni yo soy cualquier hombre… —Sabía que Hugo no entendería a que se estaba refiriendo por «cualquier». Era demasiado pequeño aún para comprender que había personas con una marcada necesidad de independencia, con un deseo casi obsesivo de ser libres de levantar el vuelo sin tener que darle explicaciones a nadie, así que respondió a su ceño fruncido con una frase—: Tranquilo, ya lo entenderás… Pero esto puedes entenderlo ahora; no necesitaba a mi hijo, sentado sobre mis hombros, añadiendo presión. ¿Estamos? ¡Llevas días friéndome a llamadas, peque!

A pesar de partirse de risa, las mejillas del niño acusaron recibo de la cariñosa reprimenda.

—Es que te echaba mucho de menos… —se defendió poniendo morritos.

«Y yo a ti, Hugo. No te imaginas cuánto», pensó Brandon. Sin embargo, optó por decirle otra cosa que, a la sazón, también era muy cierta.

—Dirás que te morías de curiosidad por lo del anillo. Admítelo —replicó Brandon.

Las mejillas de Hugo subieron un nivel en la escala de rojos.

—Y… un poquito, sí.

Brandon le despeinó la cabeza cariñosamente.

—Bueno, como ves, ya ha sucedido —le dijo. 

—¿Y….? Se lo has pedido, ¿no? ¿Le ha gustado el anillo?

Brandon no pudo evitarlo. Se agachó hasta ponerse a su nivel y lo rodeó con sus brazos en un ataque de ternura. Esta vez, Hugo se dejó querer.

—Ay, peque, eres genial… Claro que se lo he pedido. ¿De qué otra forma si no podría llevar este anillo en el dedo? Pero si quieres que te lo cuente con pelos y señales, despídete de tu profesora y vámonos a casa.

Hugo ya la estaba buscado ansiosamente cuando exclamó:

—¡No tardo nada!


* * *


La excitación de Hugo no conocía límites. Durante todo el trayecto a casa, no había parado de contarle las aventuras de los días que había pasado visitando el mundo de su personaje de ficción favorito mientras Brandon lo escuchaba atentamente, regocijándose al comprobar una vez más qué diferente era este Hugo del que había aterrizado en Londres por primera vez hacía un año y medio. Sabía que el enorme cambio que había experimentado era, principalmente, producto de su fuerza interior, de su determinación de aceptar las cosas tal como se habían dado sin cuestionarlas y mirar hacia el futuro con esperanza. Hugo no era consciente de nada de esto, pero Brandon lo sabía. Sabía que esa fuerza interior que había heredado de su madre era, en gran medida, la razón de que se hubiera recuperado tan bien de una pérdida terrible. Aunque, en el fondo, también se atribuía un poco del mérito, una pequeñísima parte. Había luchado con uñas y dientes por protegerlo, por darle un hogar en el que se sintiera amado y libre de expresarse, y quería creer que lo había hecho bien. No perfecto, pero bien.

Al llegar a Knightsbridge, ya le había contado con detalle los dos primeros días en el universo Harry Potter. Todavía le quedaban por relatarle tres más que Brandon no pensaba perderse bajo ninguna circunstancia. Después, cuando la excitación de Hugo se redujera a niveles manejables, entonces, le contaría su gran aventura rogando que, como siempre, el niño se lo tomara bien. En realidad, cada minuto que pasaba, estaba más convencido de que había sido una locura necesaria, pero locura al fin y al cabo. ¿Casarse en secreto? ¿Tan en secreto que ni su propio hijo había estado presente? Brandon sacudió la cabeza, disgustado consigo mismo.

—¿Qué? —dijo el niño, sacando a Brandon de sus pensamientos.

—¿Que qué? —Miró a su hijo con una sonrisa mientras esperaba que la puerta del garaje se abriera.

—Has hecho así —Hugo sacudió la cabeza y su sombrero de niño mago se le bajó tapándole la mitad izquierda de la cara. Él se rio, chistoso y dijo—: ¡Ups!

Brandon encontró la excusa perfecta para evadir el tema en el grupo de reporteros que, apareciendo de la nada, acababan de rodear el vehículo, lanzando ráfagas de preguntas e incluso, golpeando el cristal tintado para obligarlo a que lo bajara y, presumiblemente, hacerle tragar el micrófono o la grabadora.

Aunque, realmente, ojalá no hubiera sido esa la excusa para evitar el tema. Después de cuatro días en el paraíso, esto era un contacto con la realidad demasiado… real. 

—No se cansan. Qué pesadez —le dijo Brandon a Hugo. Por suerte, la puerta  electrónica del garaje se había abierto y Sigfried ya había salido para espantar a los moscardones recordándoles, móvil en mano, que era una zona residencial y no estaba permitido detenerse ni hacer fotos.

Momento que Brandon aprovechó para poner la primera marcha y tocar el claxon dos veces para indicarles que debían apartarse del vehículo.

Avanzó por el aparcamiento privado mirando por el retrovisor la entrada que acababa de dejar atrás. De hecho, se detuvo a pocos metros para asegurarse de que ninguno de los periodistas tenía la mala idea de colarse en una propiedad privada. Solo se relajó al ver que las puertas se cerraban sin sobresaltos. Entonces, continuó hasta su plaza, detuvo el motor y miró a su hijo.

—Te quedan tres días más por contarme. Eso es muuuucha energía. ¿Qué te parece si le decimos a Sigfried que haga poner un par de pizzas en el horno?

La alegría de Hugo no tardó en mostrarse. Saltó del SUV y fue hacia el ascensor al tiempo que exclamaba:

—¡Sigfrieeeeeeeeeeed! ¡Ya estoy en caaaaaaaaasaaaaaaaaa! ¡A ver esas pizzaaaaaaaaaas!


- II -

—¡Y ahora tú! Quiero saberlo todo, hasta el último detallito —dijo Hugo, alegremente, después de echar una mirada traviesa al anillo que su padre llevaba en la mano izquierda. 

Había transcurrido una hora desde que habían llegado a casa. Todavía estaban en la cocina y acababan de dar cuenta de sendas pizzas margarita individuales. Durante todo el tiempo, Hugo había comido y compartido detalles de su experiencia «fabulosa» con la misma avidez. Pero, por lo visto, acababa de llegar la hora de la verdad.

Brandon se puso de pie. 

—Ven, vamos al salón —propuso.

Se refería a su salón privado. Era su lugar favorito y también el de Hugo y, dadas las circunstancias, quería poner todo lo que estuviera de su parte para hablar de un tema muy importante. Un tema que, en realidad, eran dos.

Hugo lo imitó pero al salir de la cocina tomó la dirección contraria.

—Primero voy al baño —y cuando acabó de decirlo ya había echado a correr, los lados de su capa flameando como en los cómics.

Aquella capa de invisibilidad marrón, plagada de imágenes mágicas bordadas en dorado, le sentaba francamente bien. Era una capa infantil, un disfraz de niño mago de los millones que la franquicia Harry Potter vendía en todo el mundo pero, de alguna forma extraña, conjuntaba a las mil maravillas con la personalidad de Hugo. Él no era consciente de ello, por supuesto. Pero Brandon, sí y  se sentía cada vez más orgulloso del jovencito en el que se estaba convirtiendo. Tenía una personalidad apabullante.

Brandon se dirigió al salón, donde se acomodó en su lado preferido del sofá.

Se sentía nervioso. O, quizás, la palabra más adecuada era ansioso. Por momentos, tomaba consciencia de que hoy era un hombre diferente del que era ayer. Había una nada sutil diferencia: ayer era un tipo soltero y ahora estaba casado. Felizmente casado con la mujer de sus sueños.

Cada vez que pensaba en ello sentía que hasta la última célula de su cuerpo bailaba de alegría.

—Ya estoy aquí —Hugo entró como una bala y se sentó frente a Brandon. Dejó la varita mágica a su lado y a continuación, miró alrededor como si, de repente, se hubiera dado cuenta de que faltaba algo—. ¿Y Harley?

—En su casa. —Que pronto será «nuestra casa», pensó. Una corriente de energía volvió a recorrerlo de la cabeza a los pies—. Tenía una cita con un cliente y antes necesitaba recoger unos documentos. Me ha pedido que te diera un beso de su parte, pero supongo que ya eres muy mayor para eso… —Hugo se rio—. Y en todo caso, preferirás que te lo dé ella en persona. Así que, date por besado a cuenta del que te dará Harley cuando venga, más tarde.

—Vale. Y ahora cuéntame… ¿Le gustó el anillo? —dijo todo ansioso, sus ojos soltaban chispas.

Brandon no pudo menos que echarse a reír. De todo lo que podía suceder entre un hombre y una mujer que se amaban locamente y disponían de cuatro días a solas, en mitad de la nada, para hacer lo que les diera la gana, lo que le interesaba saber a Hugo era si le había gustado el anillo de compromiso que había dibujado y que él había mandado a fabricar. Bendita inocencia.

—Le encantó. Se enamoró en cuanto lo vio. Dijo que es fabuloso igual que tú —vio que su hijo daba saltitos en el asiento del sillón mientras aplaudía alegremente. 

Brandon dejó que festejara el momento sin interrumpirlo y cuando al fin pareció serenarse y querer saber más detalles, fue al grano.

—Escucha, peque, tengo que contarte algo… 

—¡Eso espero! —exclamó Hugo con picardía.

—Esto no lo esperas, seguro que no —empezó a decir. Pensaba que Hugo no habría podido darle una mejor introducción ni aunque se lo hubiera propuesto—. Me temo que tu padre ha hecho una locura.

La cara de Hugo se tornó traviesa y expectante.

—¿Cuál?

Brandon respiró hondo y lo soltó:

—Me casé con Harley —dijo. Y permaneció en silencio esperando la reacción de su hijo.

El pequeño frunció el entrecejo y lo miró algo confuso.

—¿Qué dices de casarte? Después del «¡todavía nooooo, Hugo!», me dijiste «no me he animado a mostrarle la cajita» —volvió a imitar la voz de su padre.

Sí, desde luego, sonaba absolutamente increíble. El mismo Declan había pensado que le tomaban el pelo. Harley había tenido que mostrarle la licencia matrimonial para que le creyera.

Lo gracioso del caso era que que había sido Harley quien le había propuesto que saltaran al vacío y entonces, él todavía no se había animado a «mostrarle la cajita». Pero no le diría eso a su hijo. Que lo hiciera Harley, si deseaba.

—Pues ya ves… Ayer, después de nuestra última conversación telefónica, me animé y, después me animé un poco más y me casé con ella.  

—¿¿¿Ayer??? Pero hoy me dijiste…

Brandon mostró sus manos pidiéndole calma.

—Estabas tan ansioso que saltabas de una cosa a la otra sin acabar tus frases. ¿Crees, realmente, que podía contarte esto por teléfono? Tu inagotable curiosidad habría hecho que te perdieras esa visita tan chula… ¡y hasta habrías llegado tarde al aeropuerto!

Por toda respuesta, Hugo se cruzó de brazos. Su actitud estaba a mitad de camino entre una queja y su tendencia natural a verle el lado gracioso a todas las cosas. 

—Lo hablamos. Harley y yo —continuó Brandon, sin darle tiempo a que su hijo metiera baza—. Ayer estuvimos a un tris de llamarte y contártelo. De hacerte tomar un avión para que fueras nuestro padrino, pero… Estabas tan contento en Edimburgo… Nos daba pena que tuvieras que perderte la fiesta de despedida con tus compañeros de aventura y, después de todo, tampoco habría sido nada sencillo conseguir que llegaras a tiempo… Dime, ¿estás muy, muy, muy enojado conmigo?

Notó que el niño continuaba mirándolo como si no acabara de decidir si se trataba de una broma o le estaba contando la verdad. O peor aún -y eso, suponiendo que le creyera-, si le enfadaba haberse quedado fuera de un momento tan importante o podía perdonar al zoquete de su padre.

—Hugo… ¿No vas a decir nada?

—A ver… ¿Dónde está el truco?

—¿Qué truco?

—¡El truco! —exclamó al tiempo que gesticulaba con sus manos dando a entender que si pretendía tomarle el pelo, él no se lo había tragado y no debía seguir perdiendo el tiempo—. ¿Seguro que Harley no está escondida por ahí? —Histriónico, se estiró hacia atrás mirando a un lado y a otro a ver si descubría su melena rubia por alguna parte y volvió a mirar a su padre con expresión divertida—. Eres detallista y tardón para todo… 

¿En serio? Por lo visto, a su querido hijo se le había olvidado lo que costaba despertarlo por las mañanas y los recursos de los que se había visto obligado a echar mano para que no llegara tarde a clase todos los días.

—¿Yoooo? ¿Y qué me dices de ti? —espetó Brandon asombrado, interrumpiéndolo.

—Yo soy dormilón —aclaró el pequeño y continuó superanimado—. Pero tú necesitas muuuuuuuucho tiempo para todo… ¡¿cómo ibas a casarte en una tarde, hombre?!

Aquella frase dicha al estilo Declan Keegan hizo reír a Brandon de buena gana. Bien mirado, su hijo tenía razón. Había una lógica irrefutable en lo que decía. Él habría necesitado meses para organizar una boda a su gusto. Meses estudiando hasta el menor detalle. Meses acariciando un sueño que llevaba en su vida mucho tiempo. Pero en la ecuación que Hugo planteaba, faltaba un elemento: Harley. Ella era, de hecho, la que hacía saltar la ecuación por los aires. 

—De acuerdo, te lo concedo. Si hubiera dependido de mí exclusivamente, no habría podido suceder en una tarde… ¡Ni en seis meses! —reconoció, risueño. Estaba tan feliz que era capaz de reírse de todo—. ¿Pero a que Harley no es tardona? Ella es un rayo. —Vio que el rostro del pequeño se transformaba al caer en la cuenta de que lo que oía también era cierto—. Así que sí, por increíble que parezca, su velocidad de proceso triunfó sobre mi amor por los detalles y aquí estamos, casados en secreto y en una sola tarde. ¿Qué te parece? 

Y con esas, extendió los brazos sobre el borde del respaldo, rezumando satisfacción al tiempo que miraba a su hijo con una enorme sonrisa en los labios.

Hugo se puso de pie de pura sorpresa y fue hacia él.

—¡Te has casado! ¡Va en serio!

Brandon asintió con la cabeza. Seguía sin tener claro qué clase de noticia era para su hijo. ¿Era buena? ¿O se sentiría excluido?

—Sí, peque. Tu padre se ha casado —dijo acariciándole el pelo con ternura. Hizo que se agachara frente a él—. Y ahora dime, ¿estás muy enfadado conmigo por no haberte ido a buscar? 

Hugo movió la cabeza a un lado y a otro, pensativo. Fueron unos instantes en los que la preocupación de Brandon le ganó el pulso al estado de casi permanente felicidad que tenía desde hacía unas horas.

—Me habría gustado mucho poder estar contigo… Y verte nerviosísimo porque, admitámoslo, las prisas y tú no sois muy buenos amigos…

Brandon se rio. Hugo tenía razón otra vez. Casarse de aquel modo había sido una experiencia alucinante, pero su parte organizativa y planificadora -que representaba como el noventa y nueve coma noventa y nueve por ciento de él, nada más y nada menos-, se había pasado horas subiéndose por las paredes ¡y disimulándolo! De más estaba decir, que volvería a hacerlo sin dudarlo. Volvería a decir «sí» con los ojos cerrados. Por Harley haría lo que fuera.

Hugo continuó:

—Pero habría tenido que perderme la fiesta y fue fa-bu-lo-sa… ¡Fabulosa, papi! Así que… —Se quedó unos instantes haciendo muecas con los labios, frunciéndolos para luego estirarlos y vuelta a fruncirlos. Y al fin dijo—: No, no estoy enfadado contigo… —Le pasó los brazos alrededor del cuello—: ¿Cómo voy a estar enfadado contigo… Solo porque no me hayas invitado a tu boda? —añadió con segundas.

Brandon lo estrechó fuerte. A Hugo no le gustaba haberse perdido su boda. Ahora veía claro que él habría preferido estar presente. Por más que intentara dar a entender lo contrario hablando de lo fabulosa que había sido la fiesta.  

—Es una muy buena razón para estar enfadado y lo siento, peque. Te prometo que la próxima, cuando quiera que suceda, serás mi padrino, ¿vale, Hugo?

Brandon buscó la mirada de su hijo y él sonrió de mala gana.

—Vaaaaaale…

—Y en esta, aunque te la hayas perdido, tienes una misión muy especial.

—¿Ah, sí? —dijo el pequeño con la curiosidad disparada.

Brandon asintió.

—Nos casamos en secreto y el plan es que siga siendo secreto. Ya sabes qué importante es para mí que tengas una vida lo más normal posible. Al margen de los dimes y diretes de la mía. Si la prensa se entera de que Harley y yo somos pareja en la vida real, se desatará la locura. Y eso no nos conviene a ninguno de los tres. Así que una parte importante del plan que hemos ideado es acordarnos de quitarnos la alianza cuando estemos juntos en público porque en cuanto los periodistas la detecten, ya sabes… —Hugo asintió interesado—. Y hemos decidido nombrarte custodio de nuestro secreto. Serás el encargado de guardarlas bajo llave mientras nosotros estamos en la feria o en la entrevista que sea. Como siempre viajas conmigo, será coser y cantar, ¿no?

—¿Eso quiere decir que voy a seguir viajando contigo y con Harley? —preguntó ilusionado.

Brandon tomó a su hijo por los hombros y buscó su mirada.

—¿A qué ha venido eso? —¿Acaso le preocupaba que ahora que Harley estaba oficialmente en la vida de su padre, él quedaría relegado a un segundo plano? El niño se sonrojó y a Brandon empezó a derretírsele el corazón—: Tú y yo somos un equipo, ¿recuerdas? Donde yo esté, estarás tú. Siempre. Mientras tú quieras acompañarme, yo estaré encantado de que lo hagas, ¿estamos? —Para alivio de Brandon, su hijo asintió varias veces con la cabeza todavía un poco sonrojado—. Entonces, ¿qué, aceptas ser nuestro mago-custodio? 

—¡Síííí! ¡Soy el mago custodio, el único, el irrepetible Hugo Baxter! —exclamó el niño, apuntado al cielo con su varita mágica—. ¡Ay, qué bien, qué bien!

—¿Serás capaz de guardar el secreto, peque? —insistió Brandon en cuanto la alegría exultante de su hijo se calmó un poco. Todavía quedaba otro asunto muy importante que tratar.

—¡Claro que sí! ¡Sigo llamándote padrino cuando estamos de viaje y en todo este tiempo no se me ha escapado un «papi» ni una sola vez. Ni una! —aseguró con todo su histrionismo, haciendo sonreír a Brandon.

—De acuerdo. Entonces, vuelve a sentarte que todavía no he acabado de contarte secretos…

Los ojitos de Hugo brillaron de curiosidad y de alegría.

—¿Qué has hecho, papi?

Brandon no pudo más que reírse. ¿Que qué había hecho? Otra locura del tamaño de un edificio. Nunca tan bien dicho. 

—¿Recuerdas dónde está la nueva casa de Harley y Jana, en ese barrio tan marchoso?

—Sííí… Es supergenial. Hay músicos tocando en la calle y las paredes están llenas de grafitis. ¿Por?

Hugo seguía de pie, moviéndose como si tuviera hormigas en el cuerpo. O como si estuviera aguantando las ganas de hacer pis, lo que no era posible porque acababa de ir al baño. Esa energía inagotable que lo caracterizaba, sumada a su talante de niño feliz, eran los culpables de que casi nunca se estuviera quieto… Le recordaba tanto a sí mismo cuando era niño. Brandon lo tomó de una mano, instándolo a que se sentara sobre la alfombra, frente a él. Hugo obedeció, pero dado que Brandon sabía que su quietud no duraría mucho, fue directo al grano.

—¿Te gustaría que nos fuéramos a vivir por esa zona?

—¡¿Es en serio?! —Cuando acabó de decirlo ya estaba de pie otra vez, dando saltitos en el sitio. Brandon sacudió la cabeza. En esta ocasión la quietud de Hugo había durado menos de un minuto. Volvió a tomarlo de la mano. 

—Peque, siéntate. Por favor. Voy a acabar con una lesión en el cuello si tengo que seguir hablando contigo de pie.

—Vale, vale, vale.

El niño volvió a obedecer. Cruzó sus piernas al estilo indio y dejó la varita mágica junto a él con un ademán ceremonioso. Luego, enfocó en su padre, mirándolo atentamente.

—Deduzco que tu respuesta es sí… No, no te levantes —se anticipó, al ver que la energía de Hugo volvía a impulsarlo al movimiento—. En ese caso, el secreto que tienes que guardar por un tiempo, hasta que nos hayamos mudado, es que viviremos en el edificio que está detrás de la casa de Harley.

—¡Bieeennnnnnnnn! —lo interrumpió Hugo, pero esta vez no hizo además de moverse del sitio. Tan solo añadió—: En cuanto me dejes, hago un bailecito para celebrarlo porque… ¡Es un notición, papi!

Brandon se echó a reír. Hugo le encantaba. Qué crío más genial.

—Bailaremos juntos, no te preocupes, pero ahora presta atención que todavía no he acabado de contarte secretos… Que viviremos en Camden Town, dejará de ser un secreto en cuanto nos mudemos, pero esto que te voy a contar ahora lo escuchas y no lo repites. Bajo ninguna circunstancia. Nunca. ¿Estamos?

Hugo asintió repetidas veces con la cabeza, expectante. Impaciente por saber de qué se trataba.

—Si mi casamiento con Harley es un secreto, nuestra vida debe seguir pareciendo la de siempre. Me refiero a que ella deberá seguir viviendo en su casa y nosotros en la nuestra. —Hugo asintió—. Pero esa no es vida para una pareja que acaba de casarse, ¿a que no? Así que, de puertas de casa para adentro, viviremos juntos. ¿Cómo? 

Brandon hizo una pausa. Por un instante se preguntó qué pensaría su hijo cuando conociera sus planes. Incluso a él mismo, que nunca se había caracterizado por tener ideas convencionales, esto le parecía una auténtica locura.

—Conectaremos su casa y la nuestra a través de un pasadizo que abriremos en el muro —dijo Brandon de carrerilla. Interiormente se encomendó a todos los dioses del Olimpo por que Hugo no empezara a pensar que a su padre se le había ido totalmente la cabeza.

Nada más lejos de la realidad. El niño lo miró con la boca abierta del asombro durante un instante. Pronto, reaccionó muy a su estilo.

—¡Cóóóómo mooooola! —exclamó.

Y un instante después, se levantó de un brinco y se puso a bailar al tiempo que exclamaba «¡mi papi es un genio, mi papi es un genio!».


- III -

Mientras tanto, en la Boutique J & H…

Librarse de los periodistas no había sido tarea fácil. Le había tomado varios minutos intentar abrirse paso a través de ellos con su sonrisa perenne al tiempo que comentaba «Chicos, ahora no, que llevo mucha prisa». Al fin, había conseguido meterse en la tienda y echar el cerrojo. Pero al darse la vuelta, se había encontrado con la sonrisa capciosa de Jana que, sin más lo había dejado todo, se había excusado con las dos clientas que curioseaban el muestrario de la nueva colección de prendas, y la había seguido hasta su estudio sin decirle ni media palabra, ignorando completamente su advertencia. A saber; «mi cliente está buscando aparcamiento, me lo he cruzado al venir».

Tras cerrar la puerta del estudio de Harley,  Jana dio rienda suelta a su locura.

—¡¿Se puede saber qué bicho te ha picado para decirme que te vas de escapada romántica y volver casada! —le espetó.

Claramente, no se trataba de una crítica, ya que enseguida la había rodeado con sus brazos al tiempo que festejaba la noticia. Pero a Harley le preocupaba el tono de su voz. 

—¡Shhhh… No hables tan alto, que es un secreto! —Había sido volver a poner un pie en la civilización y que se le contagiara la manía persecutoria de Brandon. Miraba por encima del hombro a cada rato, convencida de que había oídos en todas partes dispuestos a hacer volar por los aires su secreto, y con él, su paz mental.

De primeras, Jana hizo el además de cubrirse la boca, pero un instante después su expresión cambió.

—¿Y desde cuándo te preocupa que se sepan cosas de tu vida privada? —volvió a espetarle.

Harley soltó una carcajada.

—Es verdad. Chica, se me había olvidado —concedió.

Y la dos se echaron a reír.

—¿Pero cómo se os ha ocurrido…? Es de lo más inesperado tratándose de ti… De él, no tanto, fíjate, pero de ti… —Jana miró a Harley con una sonrisa imposible y volvió a abrazarla—. Esto me confirma lo loca que estás por BB… Ya no puedes negarlo. Al menos, ante mí, no. Anda, que volver a casarte… ¡Y a propuesta tuya!

Harley sacudió la cabeza. Desde luego, eso era lo más sorprendente de todo. Hasta a ella misma la había tomado desprevenida.

Fue entonces que Jana reparó en el anillo. La miró con la boca abierta de la sorpresa y cogió su mano para inspeccionar la joya.

—¿Esto es lo que yo creo que es? —le preguntó, alzando la vista hasta ella.

Por lo visto Declan no se había detenido en florituras al contarle la locura que habían hecho. A Harley le pareció la ocasión perfecta para comprobar qué tan delatora era la alianza.

—¿Y tú qué crees que es? —le preguntó, intrigante.

—Es nuevo. Antes de irte no lo llevabas. Así que… —las amigas se miraron y Harley la instó a continuar—. A ver, no tiene pinta de ser lo que yo creo que es, pero teniendo en cuenta quién es el novio, esperar algo convencional sería como esperar un milagro—razonó Jana.

Harley pensó que eso tenía su lado bueno. Si su alianza era lo bastante anticonvencional como para no dar lugar a preguntas indiscretas, todos vivirían más tranquilos.

—¿Así que… qué? ¿Es lo que crees o no es lo que crees?

Jana se llevó una mano a la barbilla y, haciéndose la pensativa, contempló la mano de Harley, que ella continuaba exponiendo en plan «mira, ¿te gusta?». Al cabo de unos instantes, volvió a mirar a la dueña de la mano.

—Sí, es lo que creo que es. No lo parece, la verdad, pero sí, es la versión Brandon Baxter-Cox de una alianza de matrimonio —aseguró traviesa—. ¿BB lleva una igual?

Harley asintió con los ojos iluminados de felicidad.

—Es un diseño de Hugo —explicó—. Es increíble, ¿a que sí?

Las dos amigas se quedaron admirando el anillo.

—Ese crío es alucinante —concedió Jana—. ¿No querrá venir a trabajar para nosotras? Con las ideas geniales que se le ocurren, seguro que nos hacemos ricas. 

Otro abrazo sin venir a cuenta dejó claro que Jana rebosaba alegría e hizo sospechar a Harley que, quizás, su inesperada boda secreta no era la única razón.

—Oye, qué feliz te veo.. Me pregunto qué habrás estado haciendo tú mientras yo… ¡hacía la mayor locura de mi vida! —exclamó riendo.

Jana había estado haciendo muchas cosas; casi ninguna de ellas era apta para menores de edad. Pero como no tenía la menor intención de hacer saltar la liebre, puso su mejor cara de póquer.

—También me casé en secreto… Ah, no, espera… ¡Si ni siquiera tengo con quién! —se burló.

Que Jana se burlara, en vez de sacarla con cajas destempladas como hacía siempre que el tema Declan surgía, le puso a Harley la mosca detrás de la oreja. La miró con un ojo entornado:

—¿Qué habéis estado haciendo tú y el «ancianito» en mi ausencia? 

A Jana le faltó tiempo para enfilar fuera del despacho.

—¡Cree el ladrón que todos son de su condición! He sido una santa, Harley. ¡Santa Jana! Uno de estos días tendrán que canonizarme o algo así… 

Pero Harley la detuvo cogiéndola por la cinturilla de los pantalones.

—Mientes fatal, Santa Jana, así que siéntate aquí —le señaló su taburete— y cuéntamelo todo.

En aquel momento, las campanillas de la puerta sonaron y Jana sonrió de oreja a oreja.

—Tu cliente —anunció.

—Ya, ya,… A ti te ha salvado el gong, como se suele decir.

—Volveré —aseguró Jana—. En cuanto acabes con tu cliente, vengo y tú me lo vas a contar todo… Anda, que casarte —celebró meneando la cabeza con incredulidad.


* * *


En realidad, no se trataba del cliente de Harley, sino de Declan. Una de sus breves visitas con las que preparaba «el terreno para después», que a Jana le ponían una sonrisa en los labios y al mismo tiempo le daban muchísimo en qué pensar.

—Harley está en el estudio —le dijo en voz baja, en prevención de males mayores. Había dos clientas mirando los expositores, de modo que la opción «empotrarla contra una pared y dar rienda suelta a su pasión» como hacía con preocupante regularidad desde hacía un mes, no era una opción. Aún y así, no se fiaba de Declan. Ni de ella misma, para el caso.

—Lo sé… Pero no hay nada de malo en traerte un Café Mocha, ¿a que no? —y acto seguido, enseñó el vaso típico de Starbucks.

También era lo de siempre.

—Mientras no me digas que si lo quiero tengo que besarte… —añadió en voz baja después de mirar por encima del hombro para comprobar que las clientas seguían a lo suyo.

Su rostro supervaronil se iluminó en una sonrisa que a Jana le provocó cosquillas en sus zonas pudendas.

—¿Yo? ¿Chantajearte para que me beses? Qué dices… Te mueres por mis huesos, no necesito chantajearte, y lo sabes. —Le entregó el vaso y cuando ella lo cogió, él añadió en un susurro—: Además, bien visto, me conviene que no pagues ahora. Los intereses se seguirán acumulando y ya sabes lo bien que lo pasamos cuando te pones al día con tus deudas… —y coronó aquel pegote de autosuficiencia que acababa de soltar con una de sus sonrisas rompedoras.

«Dios, no me lo recuerdes», pensó Jana. Que no le recordara que, a cuenta de la ausencia de Harley, llevaba tres noches seguidas poniéndose al día de un hambre de buen sexo que había durado años. De sus encuentros sexuales con casi desconocidos nunca esperaba demasiado, pero desde que tenía con qué compararlos, la performance de todos ellos juntos no daba ni siquiera para aguantarle la mano a la experiencia de estar cinco minutos con Declan. Ya no hablemos de una cita en toda regla. O de tres consecutivas, como era el caso.

—Bien. Gracias por el café, tendré en cuenta el detalle. Pero ahora debes irte. Porque si te quedas…

Si me quedo, estamos perdidos. Lo sé.

Declan exhaló un suspiro.

—Brandon nos ha convocado en su casa esta noche. Harley te lo dirá en cuanto se entere. Yo lo sé porque estaba delante cuando lo decidió…. —le dedicó una mirada golosa tras la cual volvió a suspirar—. Vale, y ahora me voy.

Le hizo un guiño antes de desaparecer por la puerta y Jana se quedó donde estaba, viéndolo alejarse a través de la cristalera mientras pensaba… 

A ver, no era ciega. Declan siempre le había parecido uno de los tíos más mirables que conocía. Pero en la vida se lo habría imaginado así en la distancias cortas. En su experiencia personal, los hombres guapos rara vez resultaban ser buenos amantes. Pero Declan… 

Joder con el tío. 

Menudas tres citas habían tenido, a modo de comienzo de la semana.

Lo cual, pensándolo bien, era un gran problema. Grande, de verdad.


- VI -


Harley estaba empezando a teclear un mensaje para Brandon cuando entró su llamada.

—¡Eh, justo estaba escribiéndote!

¿Ah, sí?

—Es que si te llamaba, me iba a quedar colgada de esa voz tuya, supermasculina, y no tengo mucho tiempo… Mi cliente está al llegar… —coqueteó Harley—. ¿Qué te cuentas, marido?

Que me encanta cómo suena esa palabra. Brandon exhaló un suspiro. 

Dos cosas. La primera es que me pone muchíííííísimo que me llames así —susurró insinuante haciéndola sonreír—. Mucho de verdad. Repítelo esta noche, ¿vale, Harley?

Y a ella le ponía que él se lo dijera. Porque sabía que era cierto. Y solo con pensarlo se le hacía agua a la boca… Vaya dos, pensó risueña.

—Cuenta con eso. ¿Y la segunda cosa?, antes de que nos pongamos a hablar de sexo y se nos vaya el santo al cielo… —matizó.

Brandon se rio bajito. Que constara en acta que su santo ya estaba camino del cielo. O del infierno, dada la clase de pensamientos que le rondaban la cabeza, no estaba muy seguro.

La segunda es que me ha entrado la locura y quiero dejar nuestro asunto resuelto hoy.

Harley frunció el ceño. ¿A qué asunto se refería?

—No es por subrayar lo obvio, pero tú estás tan loco como yo, así que no sé qué quieres decir con eso de que te «ha entrado»… A nosotros no nos entra la locura, ¡la llevamos puesta todo el tiempo, BB! 

Tras un rato de risas compartidas, Brandon se explicó.

Mis padres sabían que Hugo llegaba de Escocia hoy así que acaban de aterrizar en Londres. No sé cómo lo sabían porque tuve muchísimo cuidado de decirles que volvía mañana, no hoy. Sea como sea, me han fastidiado los planes… Y yo que pensaba disfrutar de mi hijo y de mi mujer una noche, antes de que la noticia sea vox populi en la familia y empiecen a volvernos locos con sus preguntas… —Un suspiro coronó su frase.

—¡Las cosas que haces para acaparar a Hugo, Brandon! 

Era la primera vez que el niño se iba de viaje sin él. ¿Acaso era un delito querer disfrutar de volver a tenerlo, escuchar sus aventuras escocesas y volver a pasar tiempo juntos sin público familiar presente?

No solo a Hugo —se defendió—. Por si no me has oído bien, he dicho «mi hijo y mi mujer»… Pero como ves, no será posible. Para que no nos sitiaran la casa desde ya, he tenido que invitarlos a cenar.

—Pues yo estoy disponible, así que no hay problemas… —Su risa delató que era otro de sus coqueteos. Uno que Brandon pilló al vuelo, como era habitual.

Así que estás disponible… Tomo nota, preciosa —dijo, rebosando sensualidad y tras una pausa, añadió—: Me pregunto si tus padres también lo estarán…

—¿Mis padres? ¿Qué pasa con mis padres?

Empecé diciendo que me había entrado la locura, ¿recuerdas? 

—Lo recuerdo.

Quiero que los invites a cenar en casa esta noche. 

La primera reacción de Harley fue soltar una carcajada. La siguiente decir exactamente lo que pensaba:

—¡Estás de coña! ¡Acaban de regresar de Estados Unidos ¿y quieres volver a subirlos a un avión?!

Bueno… Dijeron que, de regreso, harían una escala en Londres para verte y como entonces no estábamos en la ciudad, hubo que posponerlo… Mira, nena, hemos estado tan ocupados ayer, que no hemos tenido tiempo de pensar en cómo abordaríamos el asunto con nuestras familias. Pero estamos a punto de salir de viaje otra vez y estaremos todo el fin de semana rodeados de periodistas… —Exhaló un suspiro—. Mi plan de hoy no era tener que contarles a mis padres que no solo me he casado, sino que, en breve, me mudaré a Camden Town, pero ya que así están las cosas, ¿por qué no decírselo de una vez a todos lo que tienen que saberlo y matar todos los pájaros de un tiro? Además, ¿qué?, ¿vamos a contárselo a tus padres por teléfono? No podemos hacer eso, amor… Venga, ánimo. Tú te ocupas de ellos y yo me ocupo de Lau.

Con cada palabra de Brandon, Harley tenía más y más claro que no se trataba de ninguna broma. Por más que sonara a locura pura y dura, su propuesta tenía muchísimo sentido.

Aún y así… ¡Era de locos!

—Ay, BB… Los pobres van a flipar en colores… ¿Te lo imaginas? «Papá, mamá, tengo que daros una noticia pero tiene que ser en persona, así que, queridos míos, coged el primer avión que salga para Londres y avisadme en qué vuelo venís para ir a recogeros al aeropuerto. Por cierto, no toméis ningún aperitivo en el avión que estamos invitados a cenar en casa de Brandon». De esta, me hacen poner un chaleco de fuerza y me declaran loca peligrosa sin remisión —se carcajeó Harley.

Una loca peligrosa preciosa de la cabeza a los pies —se insinuó él.

El rostro de Harley se iluminó con una sonrisa de oreja a oreja. Adoraba esa voz y adoraba mucho más saber lo que se ocultaba tras ese cumplido galante.

—Y digo yo… ¿Crees que entre tanto jaleo tendremos un ratito a solas, BB? Diez o quince minutos, ya sabes… 

El suspiro de Brandon recorrió cada terminación nerviosa de Harley como si él estuviera a su lado.

Más nos vale… —susurró—. Porque estoy tan salido, que si de esta no me da un infarto…

Pero en aquel momento, cuando los dos a su manera, se regodeaban en lo que sucedería cuando volvieran a estar a un metro de distancia, Harley oyó un intercambio de voces en la casa de Brandon. Iba a preguntarle de qué se trataba, cuando él volvió a hablar:

Nena, te paso con alguien que está tan impaciente por hablar contigo que no puede esperar a que acabe yo. —El tono de Brandon era de reprimenda. Un instante después, Harley escuchó la voz de Hugo—. ¡Hooooola, hooooola! Ya me han contado vuestro secretito... 

Ella rio ante aquel tono mitad pícaro mitad compinche que había empleado Hugo.

—Hola, chiquitín… ¿Y sabes ya que a tu padre le puede dar un telele si se lo cuentas a alguien más?

Síííí… No pasa nada, Harley. ¡Soy una tumba! Me ha dicho que el anillo te ha gustado mucho… 

—¿Gustarme? ¡Me encanta! Es una maravilla, Hugo. —Oyó su risita—. A Jana también le encanta. Dice que tenemos que contratarte como diseñador para la boutique. Piensa que eres buenísimo… Y de estas cosas entiende mucho más que yo, así que… 

¿En serio? 

Su voz de niño halagado le llegó al corazón.

—¡Claro que sí! Oye, ¿pero te ha dicho tu padre que nos gustaría que cuidaras de los anillos cuando estamos trabajando? Por mucho que nos gusten, no podemos llevarlos en público… Y nos haría ilusión que fueras tú el encargado de tenerlas. ¿Te lo ha dicho ya?

Sí, sí, me lo ha dicho…

Al ver que Hugo no añadía nada más, Harley insistió:

—¿Y…? ¿Qué? ¿Te apuntas?

La voz que oyó a continuación no fue la de Hugo, sino la de Brandon imitando a su hijo.

¡Síííí! ¡Soy el mago custodio, el único, el irrepetible Hugo Baxter! ¡Ay, qué bien, qué bien!

Que no es así… —intervino el niño mientras se reía a carcajadas al tiempo que le quitaba el móvil de las manos—. Mira, Harley, te lo muestro… ¡Y mira tú también, papi!

Brandon consiguió recuperar su teléfono:

Te voy a tener que dejar, preciosa —dijo—. Llama a tus padres, ¿de acuerdo? A mí me toca asistir a una clase de representación teatral a cargo del único e irrepetible payaso de la casa. 

«¡No soy un payaso, soy un mago!» —se oyó al niño reclamar, en un segundo plano.

Lo que tú digas, Hugo. Vamos, despídete de Harley, que hay mucho que hacer.

¡Adióóóóóóósssssss, Haaaaaarley! —El tono cantarín de Hugo la hizo reír.

—¡Adiós, mis amores! —se despidió ella.

Harley apagó la pantalla del móvil y exhaló un suspiro ilusionado.

Maddy y Art Reynolds fliparían de lo lindo en cuanto les pidiera que cogieran el primer avión con destino a Londres.

Y mucho más aún cuando se enteraran de la razón del viaje.

¡Estaba deseando ver sus caras!


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©️2023. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷


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CR29. La locura más maravillosa de todas - 3


La locura más maravillosa de todas -3, de Patricia Sutherland. Tercer relato sobre B.B.Cox y Harley, basado en Los moteros del MidWay, 6. Una locura maravillosa. Londres.

Miércoles 20 de abril de 2011,

temprano por la tarde.

- I - 


Brandon esperó a que Hugo se marchara a su habitación a deshacer el equipaje para abordar el segundo tema del día. Camino de su salón privado, se asomó a la cocina donde Sigfried daba instrucciones a la cocinera sobre la cena para diez personas que tendría lugar aquella misma noche.

—Perdón…

—¿Señor? —repuso el mayordomo amablemente.

—Tenemos que hablar. Cuando hayas acabado aquí, te espero en el salón.

Diez minutos más tarde, Sigfried se reunió con su jefe en el lugar indicado.

Brandon, que estaba sentado en el sofá, con su portátil abierto sobre las piernas, lo cerró y lo puso a un lado. Alzó la vista hasta el sexagenario de traje azul marino que permanecía de pie fuera del rectángulo imaginario formado por la disposición del sofá y los sillones individuales de su salón privado.

—¿Todo en orden con la cena? —le preguntó—. Lamento las prisas, pero ya que mis padres saben lo de Hugo y van a venir de todos modos, he preferido atajar el tema de una vez.

Sigfried asintió con una sonrisa. Llevaba muchos años junto a Brandon, primero al servicio de sus padres, cuando él y su hermano eran pequeños, y ahora a su servicio. Años en los que lo había visto luchar por mantener su independencia, y también sufrir por ello. Años luchando por sí mismo, alejado de una familia que jamás había llegado a entender del todo su desbordante personalidad. Años en los que tanta lucha y tanto sufrimiento habían empezado a dar sus frutos y el «niño terrible» parecía al fin alcanzar el lugar que le pertenecía por derecho; la cima de su profesión. Pero nunca, en todos esos años, lo había visto triunfar en el amor. Hasta ahora. La responsable de que este hubiera dejado de ser una asignatura pendiente para él era la mujer con quien acababa de casarse en secreto. Una norteamericana hermosa y dueña de una personalidad tan desbordante como la suya. Aquel era, sin duda, uno de los mejores días que Sigfried había vivido junto a Brandon Baxter-Cox y no podía estar más feliz por él.

—Todo un tema, desde luego, señor. Cuánto me alegro por usted y por la señora Harley.

Brandon también se alegraba de haber cometido semejante locura. De hecho, su alegría crecía y crecía cada minuto que pasaba.

—Gracias, Sigfried. Lo cierto es que todavía estoy en las nubes… Por momentos, me cuesta creer que haya sucedido de verdad —respiró hondo sin perder la sonrisa—. Pero ha sucedido; Harley y yo nos hemos casado.

—Así es, señor —repuso el mayordomo con una gran sonrisa.

—Y ahora toca abordar el siguiente tema del orden del día. Por eso te he pedido que vengas… —Vio que el mayordomo asentía con la cabeza y permanecía mirándolo con total atención—. Nuestra boda será un secreto de puertas de la familia para fuera. Que se sepa que estamos casados no nos conviene profesionalmente a ninguno de los dos. En estos momentos, al menos. —Brandon presentía que Sigfried conocía las razones aunque él nunca hubiera hablado de ellas abiertamente y verlo asentir con tanta naturalidad, se lo confirmó—. Esto quiere decir que Harley vivirá en su casa y Hugo y yo viviremos en la nuestra…

—Entiendo, señor.

—Pero nuestra casa no será esta casa —añadió, apenas capaz de contener su euforia.

—¿Planea mudarse? —se atrevió a preguntar el mayordomo. 

Su expresión denotaba cierto nivel de asombro y a Brandon no le sorprendió. La mayoría de la gente de su entorno creía que vivir allí iba a juego con su personalidad, no solo con su apellido. Y no podía culparlos por creerlo ya que había sido él mismo quien los había inducido a hacerlo. La verdad, sin embargo, era mucho menos glamorosa; vivía en Knightsbridge para demostrarle a los otros hombres Baxter de su familia que podía permitírselo. Una suerte de recordatorio constante de que sí, había triunfado contra todo pronóstico, lo había hecho sin ninguna clase de apoyo familiar y, lo más importante, sin tener que plegarse a los deseos de nadie.

—Sí, es mi plan —concedió Brandon—. He comprado el edificio que está por detrás de la casa de Harley y la idea es comunicarlos a través de un… —Una sonrisa divertida brilló en su rostro—. Sé que va a sonarte a película de fantasía, pero… Las viviendas estarán comunicadas a través de un pasadizo. Un arquitecto ya está trabajando en ese proyecto.

—Es una idea fantástica, señor. Fantástica en el sentido de maravillosa, no de fantasiosa. ¿Lo sabe Hugo ya? A él sí que le parecerá pura fantasía —celebró el mayordomo.

Los dos hombres rieron cuando Brandon asintió con la cabeza.

—¡Está histérico! —reconoció—. Se muere de ganas de estrenar el pasadizo y ya me imagino que me tocará ir a buscarlo allí más de una vez, cuando decida jugar a esconderse. Lo realmente genial de todo esto es que le ha encantado la idea de que vivamos en Covent Garden. No estaba muy seguro de que la idea fuera a tener buena acogida… Es un cambio importante y ya ha tenido más que suficientes en su corta vida, pero está feliz.

—Claro que sí, señor. Si me permite que se lo diga, ese niño se iría al fin del mundo con una única condición; que usted fuera con él. 

Brandon agradeció sus palabras. Que otros pensaran que él jugaba un papel fundamental en la vida de su hijo, después de años en los que había sido relegado a un lejano y más que secundario rol de padrino, lo halagaba. Sobre todo si se trataba de aquel hombre, el único que podía hacer una valoración de esa naturaleza con pleno conocimiento de causa, ya que había seguido la evolución del pequeño de cerca, día a día, desde que había llegado a Londres.

—Muchas gracias, Sigfried. Hugo es la persona más importante de mi vida y me tranquiliza que pienses que él y yo hacemos un buen equipo… Pero tú y el resto del personal también formáis parte de este equipo, de nuestra vida…

Brandon hizo una pausa para hilar sus pensamientos. 

—Soy consciente de que alguien de tu nivel profesional cuenta con desarrollar su actividad en determinadas condiciones y nuestro nuevo hogar está fuera de dichas condiciones. Decididamente fuera —matizó—. No lo tomaré a mal, si decides no acompañarnos, esto que quede claro de antemano, pero quiero que sepas que tanto a Hugo como a mí nos gustaría que te trasladaras con nosotros, a nuestra nueva casa. El edificio tiene dos plantas con la misma distribución. Hugo y yo ocuparemos la de abajo. La de arriba sería para ti. —Brandon volvió a hacer una pausa—. Sé que es un cambio importante. Covent Garden no es Knightsbridge, desde luego… Pero me gustaría mucho que consideraras mi propuesta.

—Por supuesto, señor.

Brandon cogió su portátil y se puso de pie.

—Perfecto. Entonces, voy a seguir con el siguiente punto del orden del día… 

Al notar que el mayordomo permanecía donde estaba, lo miró interrogante.

El hombre sonrió con sencillez.

—Ya he considerado su propuesta, señor. 

—¿Ah, sí? —repuso Brandon, algo sorprendido. 

—Sí, señor. Me halaga que desee que los acompañe a la nueva residencia y acepto encantado. Será un honor poder seguir a su servicio.

Brandon no se molestó en guardar las formas, intentando disimular su alegría. Aquel hombre amable, reservado y sumamente eficiente en su trabajo también jugaba un papel importante en la vida de Hugo, no solo en la suya. 

—Entonces… ¡«Fabuloso», como diría mi hijo! —exclamó, estrechando la mano del mayordomo afectuosamente—. «Fabuloso», a cuenta de ver la cara que se le queda a mi señor padre cuando se entere de que he conseguido embaucarte para que abandones el paraíso y vengas con nosotros a los bajos fondos de la ciudad… ¡Eso sí que será FA-BU-LO-SO!

Desde luego que sí, pensó el mayordomo. Y por una vez, se permitió celebrar aquel oportuno comentario con una carcajada en toda regla.


* * *


Brandon había dejado dos mensajes en el buzón de voz de Lau y empezaba a pensar que quizás su buen amigo se quedaría fuera de la cena aquella noche, cuando recibió su llamada.

—¡Hombre, al fin! ¿En qué estabas?

Enseguida oyó la risa elegante de Lau con un punto de socarronería.

Aunque nuestro común amigo de ascendencia irlandesa crea que algunos no trabajamos, porque a tener una galería de arte no se le puede llamar trabajar, eso era justamente lo que hacía; trabajar. Una reunión larguísima y bastante tediosa que no ha servido para nada porque no he logrado convencer al representante del artista en cuestión de exponer su obra en mi humilde galería. Como se suele decir en estos casos…

—¡Que le den! —intervino un más que extático Brandon.

Iba a decir «él se lo pierde», pero tienes razón, ¡que le den por haberme hecho perder dos horas para nada! ¿Y tú, qué tal? Qué raro que me llames… 

—Te llamo a menudo. No tiene nada de raro.

Me refiero a las circunstancias, Brandon… Te hacía retozando con tu amada en algún lugar perdido del mundo. ¿Desde dónde me llamas?

—Desde casa. Llegamos hoy, más temprano. 

Entonces, lo dicho. Qué raro. ¿Qué te traes entre manos, querido amigo?

—Una cena a la que quiero que asistas.

Faltaría más. ¿Y cuándo es esa cena a la que quieres que asista?

—Esta noche —repuso Brandon de lo más fresco y subió los pies a la mesilla, cruzó un tobillo sobre el otro y se dispuso a disfrutar a fondo de los siguientes minutos.

Del otro lado, se hizo el silencio unos instantes. Al cabo de los cuales, Brandon oyó la risa de su amigo.

¿Te has comprado un platillo volante y quieres estrenarlo conmigo? —dijo Lau al fin—. De otra forma, me temo que habrá que dejar la cena para otro día. 

—Será hoy. Probablemente, muy tarde. Pero eso no es ningún problema, ¿verdad? No somos nada tradicionales…

A ver, Brandon, una cosa es no ser tradicional y otra muy distinta es ser mago…

—Nooo… —volvió a interrumpirlo Brandon—. Nada de magos, que con el único e irrepetible Hugo Baxter, ya tenemos suficientes magos en esta casa.

Estás extático de alegría, querido amigo. No pareces tú. 

—Pero soy yo, Lau. Y necesito que dejes lo que estés haciendo, vayas al aeropuerto y cojas el primer vuelo con destino a Londres. 

¿Lo necesitas? —dijo Lau, risueño.

—Lo necesito —repitió Brandon—. Te quiero sentado a mi mesa esta noche, así que, ¿quieres tomártelo en serio? Por favor. 

¿Y podrías decirme por qué me necesitas? Admito que has despertado mi curiosidad.

—¿Eso he hecho? Fantástico. En tal caso, tendrás más razones para hacer lo que te pido —puntualizó con retintín.

Ay, Brandon… Me voy a morir de la curiosidad por el camino. Igual no llego vivo a Knightsbridge, ¿en serio no puedes adelantarme nada ahora? ¿Ni un poquito?

—Ni un poquito. Mis labios están sellados hasta esta noche, amigo mío. ¡Venga, corre! Avisa cuándo llegas a Londres para que alguien te esté esperando en el aeropuerto.

Ya lo creo que me voy corriendo… ¡Si no, llegaré mañana! ¡Adiós, loco! Mira que a veces tienes unas cosas… —se despidió Lau.

Brandon cortó la llamada con una sonrisa que no le entraba en la cara. Y tenía razones para ello; por su lado, el plan estaba en marcha. ¿Cómo irían las cosas por parte de Harley? ¿Habría hablado ya con sus padres? 

A él sí que la curiosidad lo estaba matando.


- II - 


Mientras tanto, en la Boutique J & H

—¡Que ya te he dicho que no puedo seguir al teléfono, mamá! Mi cliente lleva un rato aquí y no puedo hacerlo esperar más. Por favor, haced lo que os pido… Ah, y nos olvidéis enviarme un mensaje con la hora que aterrizáis para que haya alguien esperándoos en el aeropuerto… ¡Adiós, adiós!

Harley cortó la llamada y se llevó una mano a la frente al tiempo que reía. Había estado a punto de ceder a la insistencia de su madre y decirle la auténtica razón de aquel viaje relámpago a Londres que les había pedido que hicieran. La verdad era que tenía tantas ganas de gritarlo a los cuatro vientos, que no necesitaba mucho para irse de la lengua. Pero BB quería decirlo cuando todos estuvieran reunidos y así responder de una vez a las preguntas que empezarían a llover sobre ellos desde todos los frentes.

Hacía un rato que su socia le había avisado de que su cliente estaba esperando, de modo que salió de su pequeño estudio y fue a por él. Pero antes, se acercó a Jana y le dijo al oído:

—Le acabo de cortar a mis padres. No puedo seguir haciendo esperar a este hombre… Te dejo mi móvil. Si vuelven a llamar, les dices que estoy ocupada. Y si intentan sonsacarte, tú no sabes nada. Por cierto, te esperamos a cenar en casa de Brandon a las nueve y media —y al ver a Declan, cerca de la puerta, soltó la pulla de turno—. Hombre, ¿tú otra vez por aquí?

Declan no se molestó en explicarle que su ahora marido estaba tan histérico que le había pedido que volviera, la esperara hasta que acabara con su cliente y en cuanto terminara, la llevara «directo para casa», sin anunciar su llegada a nadie. En cambio, la saludó graciosamente elevando su vaso de café y no se dio por aludido. Estaba curado de espanto de sus bromas de doble sentido cada vez que lo veía cerca de Jana. O a ella cerca de él. Y era cierto que desde hacía tres días, ninguno de los dos perdía ocasión de estar cuanto más cerca mejor, pero de estarlo a admitirlo abiertamente ante Brandon y Harley era otro cantar. No tenía intención alguna de darles carnaza para seguir alimentando sus constantes pullas. Ni hablar. 

Jana intervino desviando el tema. Miró a su amiga con expresión divertida.

—Ah, pues eso va a ser superfácil porque yo no sé nada, Harley. 

—Claro que lo sabes —dijo hablando entre dientes al tiempo que le enseñaba el anillo con disimulo.

—¿A presentarte con eso en el dedo al volver de una escapada de tres días con tu chico le llamas «saber»? —rió con ironía—. Mala amiga, quiero todos los detalles y hasta que no los tenga, no sabré nada y por lo tanto, no podré soplárselo a tu madre… 

No acabó de decirlo, que el móvil de Harley empezó a sonar. Jana puso la pantalla a la vista de las dos y vio que su amiga se echaba a reír de pura desesperación. Era su madre otra vez.

—Te dejo con ella, cari. Ya sabes, ni una palabra, ¿eh? — Y mirando a su cliente, le dijo—: Disculpa la espera. Ya soy toda tuya, ¿vamos dentro? 

El treintañero, vestido al mejor estilo de los Hijos de la Anarquía, siguió a Harley hacia su estudio después de hacerle un guiño seductor a Jana, que arrugó ominosamente el ceño de Declan. Ella, ocupada con el móvil de su amiga, no lo vio. 

—No soy Harley. Soy y Jana —se anticipó—. Ella está con un cliente, así que me ha dejado el teléfono. ¿Qué tal estás, Maddy?

¡Uy, qué oportuna… Hola, Jana! A ver si tú me puedes ayudar con esto… Yo creo que mi hija se ha vuelto loca…

—Querrás decir más loca porque cuerda, lo que se dice cuerda, nunca ha estado… —bromeó y se aguantó las ganas de reír al ver cómo Declan movía la cabeza afirmativamente, dándole la razón.

¿Te puedes creer que me acaba de pedir que cojamos el primer avión y vayamos a Londres? ¿De qué va todo esto?

—Mmm, ya. Pero estoy igual que tú, Maddy. No me ha dicho ni pio, solo que estoy invitada a una cena en casa de Brandon y no puedo faltar. Alguna locura seguro que es. Tratándose de Harley no se puede esperar otra cosa…

No puedo creer que tú no lo sepas —repuso Maddy con tono pícaro—. Solo hay una persona, aparte de Brandon, que sabe lo que se cuece en la vida de mi hija y estoy hablando con ella.

Declan se rio al ver el gesto de Jana.

—¡Que no, te juro que no, Maddy! Yo también estuve interrogándola en plan policía… Bueno, está superliada, así que tampoco se ha dejado ver mucho fuera de su estudio, pero no he conseguido que soltara prenda. Supongo que habrá que seguir mordiéndose las uñas unas horas más… 

No sé, no sé… Esto es tan raro… ¿Ha dicho de verdad eso de que cojamos el primer avión? Me parece rarísimo hasta para Harley.

Jana pensó que como no se inventara una razón que sonara más plausible, la madre de Harley seguiría insistiendo hasta el final de los tiempos.

—En este caso, si lo piensas, no es tan raro… Habíais quedado en hacer una escala  en Londres de regreso de vuestro viaje a Estados Unidos, que no pudo ser porque Harley y Brandon no estaban en la ciudad. El próximo fin de semana empezamos otra vez con la locura de ferias aquí y ferias allí… Si tu hija quiere compartir con nosotros lo que se trae entre manos, y obviamente es así, no va a tener otra ocasión mejor de hacerlo en varias semanas…

Hubo una pausa que a Jana le dio esperanzas de que quizás había acertado con la respuesta.

Bueno… —concedió Maddy—. Su padre ya está con la chaqueta puesta junto a la puerta, así que supongo que no me quedará más remedio que unirme a la expedición.

Jana hizo el gesto de quitarse el sudor de la frente logrando que Declan se riera sin ningún disimulo.

—¡Entonces nos vemos en un rato! —exclamó alegremente y una vez que volvió dejar el móvil sobre el mostrador, exhaló un suspiro aliviado y miró a Declan.

—Si de esta no me crece la nariz…

—Nah, tranquila —repuso él—, mentirle a la madre de tu mejor amiga no se considera mentir en ninguna parte del planeta.


- III - 

Una hora más tarde…


Declan se acercó hasta Jana con la excusa de arrojar el vaso de café vacío a la papelera. Y de que se trataba de una excusa, no había la menor duda; estaba a punto de marcharse y había otra papelera pública justo frente a la tienda donde se hallaba. 

Jana no apartó sus ojos de él. Últimamente, cada vez le costaba más dejar de mirarlo. Él se había inclinado y al extender el brazo, el movimiento había tensado su camisa, destacando sus pectorales y sus bíceps. Un auténtico poema.

—Si crees que puedes aguantar hasta esta noche sin verme, iré un rato al estudio de Brandon, a ver cómo están las cosas por ahí, y luego vuelvo a por Harley —murmuró él.

Sus miradas quedaron enganchadas, a pesar de las gafas negras de Jana. Exactamente igual que venía sucediendo desde hacía tres días. Declan se sabía de memoria lo que había detrás de esas gafas y Jana tenía que agradecerles ese grado de protección extra que le concedían también en el aspecto de la seguridad personal, ya que de otra forma, explotaría por combustión espontánea bajo la intensidad de aquellos ojazos alucinantes que la desnudaban sin necesidad de tocarla, haciéndola sentir… Lo que nunca otros ojos la habían hecho sentir.

La cuestión era que después de que sus miradas se engancharan, lo hacían sus lenguas y después, sus cuerpos. Y no estaban a solas. Los dos eran plenamente conscientes de ello.

Los ojos de Declan fueron los primeros en romper el encanto. Lograron, milagrosamente, liberarse de aquel magnetismo imposible, pero solo consiguieron descender un palmo…

Hasta esos labios pintados de color rojo sangre que lo cautivaban tanto o más que sus ojos, a pesar de las benditas gafas. 

La mirada de Jana hizo exactamente el mismo recorrido.

—No sé si podré aguantarme —murmuró—, pero creo que lo mejor es que te marches. En realidad… No creo; lo sé. 

Jooooodeeeeer, Jana. Que ganas de…

El pensamiento de Declan quedó interrumpido por el sonido del móvil de Harley. Ambos desviaron la mirada hacia la pantallita, junto a la caja registradora. Y ambos maldijeron por dentro, a pesar de ser muy conscientes de que se trataba de una interrupción de lo más oportuna. 

Jana exhaló un suspiro y cogió el móvil. Conociendo a quien llamaba, decidió anticiparse.

—No soy Harley —advirtió. Brandon había empezado a decir algo, obviamente creyendo que hablaba con su ahora esposa.

Él se calló de repente. Agradeció la advertencia. Llevaba horas sin ver a Harley y su locura no paraba de crecer.

Vaya, bueno… Gracias por aclararlo, no me gustaría sonrojarte.

Jana soltó una risita cómica.

—Pues a punto has estado, te diré… Harley sigue con su cliente y yo tengo su móvil porque… Bueno, no quería que Maddy le tirara de la lengua, así que después de utilizar a su cliente como excusa para cortarle, me dejó el móvil a mí.

Brandon también sonrió. Quería todos los detalles, desde luego, pero saber que Harley había echado mano de un recurso extremo para no desvelar la noticia antes de tiempo, le confirmó que los planes marchaban bien también por su parte.

Y supongo que tú no te habrás ido de la lengua…

—¿Y cómo iba a hacerlo? Hasta hace un rato no sabía siquiera que estaba invitada a cenar en tu casa… —Al ver que Declan sacudía la cabeza divertido, añadió—: Por cierto, y así, en tono bajito para que no me oiga nadie;  ¡enhorabuena!

Brandon soltó una carcajada. Sonaba alegre, más que feliz.

Perdónala, está como yo; flotando en una nube…

—¿Me lo dices o me lo cuentas?

Ambos rieron ante una realidad que era innegable; Harley estaba tan extática como Brandon.

La cuestión es… ¿Vendrán los padres de Harley? 

—Sí, Brandon, vendrán —repuso Jana divertida.

Él no ocultó su alegría. Sonó a un quinceañero festejando su primera cita cuando habló.

¡Fabuloso!… —Y al darse cuenta de cómo le habría sonado a Jana aquella inusitada muestra de locura en alguien que normalmente era mucho más medido, matizó—: ¡Como diría mi hijo!


* * *


Tan pronto su cliente cerró la puerta de la boutique, Harley fue a recuperar su móvil a prisa.

—¿Brandon ha llamado muchas veces? ¿Y mi madre? Dios, te juro que estaba tan nerviosa pensando en este tema, que me costó un montón concentrarme en el bendito tatuaje…

—Ya se te ve —guaseó Jana al ver cómo su amiga comprobaba los mensajes y llamadas moviéndose en el sitio como si estuviera aguantando las ganas de ir al baño.

Había varias clientas en la tienda, haciéndole preguntas a Jana y distrayéndola de lo que en aquel momento realmente le interesaba; observar qué hacía Harley. Todavía no podía creer la locura que su amiga había llevado a cabo sin decírselo a nadie. Sin planes previos. Sin nada. Tenía que mirarle el anillo para tomárselo en serio. Y allí estaba, en su dedo importante, como una prueba irrefutable de que ni siquiera alguien independiente como Harley podía escapar a la locura del amor.

—¡Dios, mis padres vienen! ¡Lo has logrado, cari, eres una campeona! —dijo rodeando el hombro de Jana con un brazo—. ¡Te debo una muy grande, nena! —pero no le dio tiempo a Jana meter baza—: ¿Para qué Brandon me habrá llamado seis veces? —dijo mirando su móvil. Jana sacudió la cabeza ante lo obvio de aquella pregunta y no se molestó en responder—. Vuelvo a mi estudio, a ver si lo tranquilizo… Debe estar caminando por las paredes de los nervios… ¡Mas o menos como yo!

Y del mismo modo que había parecido, Jana la vio marcharse con pasitos cortos y rápidos. 

Desde luego, pensó, la noche prometía.


- IV - 


Una vez a solas, Harley seleccionó el número de Brandon de la lista de contactos. Se sentó en la camilla a esperar que la atendiera con una sonrisa imposible en los labios.

¡Al fin! 

—Eso digo yo… Lo siento, estoy tan nerviosa que no atinaba con la aguja. Encima, ni siquiera tengo la excusa de que fuera difícil porque el bendito tatuaje no podía ser más sencillo… 

¿Cómo estás, aparte de atacada de los nervios? —preguntó Brandon, riéndose. Le consolaba enormemente saber que no era el único bajo los efectos de una locura de amor.

—Con muchas ganas de que llegue esta noche y podamos soltar nuestro secreto de una vez… —Exhaló un suspiro—. No sabes lo que fue hablar con mis padres… Qué fuerte. Se pasaban el teléfono de uno a otro y hacían las mismas preguntas una y otra vez… Me estaban poniendo histérica… Al final, les tuve que cortar.

Sí, ya me comentó Jana que le soltaste el marrón a ella… 

Los dos rieron. Los dos sonaban ilusionados y muy emocionados.

Ojalá yo pudiera hacer lo mismo —continuó Brandon—, porque no veas lo que me está costando mantener todos los frentes bajo control… Pero bueno, ¿estamos en marcha? Por mi parte, sí. Lau me acaba de enviar un mensaje avisándome de que aterriza a las ocho. Llega a Luton, era el vuelo que llegaba a Londres más temprano.

¡Bien! Mis padres también llegan a Luton. Media hora más tarde, eso sí. Pero con un poco de suerte los traeremos a todos con un solo coche. ¿Quién irá a recogerlos? ¿Declan?

No, irá Andreas. Vive cerca del aeropuerto. Luego, pernoctará en el ático de la empresa porque, por lo visto, mañana tienen un servicio que empieza muy temprano —exhaló un suspiro de pura felicidad—. Creo que lo tenemos todo controlado, amor.

—Eso parece… ¡Ay, qué nervios! Mis padres se interrumpían mutuamente. No dejaban de hablar. Normal, seguro que se estarían preguntando qué locura había hecho que justificara otra locura tan grande como pedirles que cogieran el primer avión a Londres… Menos mal que se me ocurrió colgarles porque te juro que me tuvieron a punto de decirles la verdad…

¡Nooo, nooo! No podemos hacer eso, nena. En cuanto uno lo sepa, la noticia correrá de boca en boca y se pondrán de acuerdo para enloquecernos más de lo que estamos. No, no, no… Lo que tenemos que hacer es mantenernos los dos a buen recaudo hasta que todos estén sentados alrededor de la mesa del salón. Entonces, haremos nuestra aparición triunfal… ¡Y soltaremos la bomba! ¡Y menuda bomba, van a flipar!

Los dos rieron durante unos instantes.

—Lo que no veo tan claro es cómo vamos a lograrlo, BB. Tus padres están de camino, ¿qué vas hacer con ellos hasta que lleguen los míos?

Era una buenísima pregunta y la solución que le había encontrado tenía sus bemoles.

Lo he estado pensando y le voy a dar permiso a Hugo para que diga una mentirijilla…

—¿Te fías de él? —se rio Harley—. ¡Estás loco, BB! Hugo estaba excitadísimo cuando habló conmigo. ¿Crees que será capaz de guardar el secreto hasta la nueve y media? Me parece que mucho le pides al pobre niño…

Hay algo que lo tiene tan excitado como nuestra boda secreta, ¿y sabes qué es? Hablar hasta por los codos de su semana en Escocia. Si le pido que mantenga entretenidos a sus abuelos, contándoles todos los detalles de sus días en el mundo de Harry Potter, ¿qué crees que dirá?

—¡Fabuloso! —exclamó Harley, imitando la voz del pequeño.

¡Exacto! —celebró Brandon—. Él será nuestro salvador esta noche y le tengo mucha fe. Lo hará muy bien, ya verás. Por cierto, ¿cuando vienes a casa? Porque, ¿sabes?, no solo me tiene excitado lo que nos traemos entre manos… —dejó caer con tono sensual.

—Ni a mí. —Harley no necesitaba de ninguna clase de estímulos extra—. ¿Sabes qué? Estoy pensando que mientras Hugo entretiene a tus padres, yo puedo colarme en tu casa sigilosamente y esperarte en el dormitorio…

Una sonrisa lujuriosa dominó el rostro de Brandon. ¿Se leían mutuamente el pensamiento? Sí, definitivamente, se lo leían.

Yo había pensado algo parecido y le he pedido a Declan que vaya a recogerte y te traiga conmigo… ¿Me avisarás cuando llegues? —La voz de Brandon, transformada por el nivel de deseo que crecía en su cuerpo, sonó profunda y cautivadora.

Harley se estremeció de la cabeza a los pies.

—¿Acaso lo dudas? —repuso ella.

Le enviaría un mensaje tan caliente, que su móvil se derretiría como si fuera de mantequilla.


* * *


Brandon trepó por las escaleras que conducían a la habitación de Hugo, subiendo los escalones de dos en dos. Al llegar, vio que Siegfried estaba ayudando a su hijo a poner un poco de orden en la habitación.

—Ah, qué bien, con los dos quería hablar…

—¿Qué pasa, papi? ¿Alguna otra sorpresa?

Brandon se tomó unos instantes para mirar alrededor. Menudo desparramo de cosas había por todas partes. Hugo ya se estaba riendo cuando la mirada de su padre recaló en él.

—Sí, ya lo sé… ¡Pero abrí la maleta y me emocioné! Empecé a sacar las capas y las varitas y los sombreros de mago… ¡Míralos, ¿no son fabulosos?! —exclamó, ilusionado.

—No se preocupe, señor —intervino el mayordomo—. En cinco minutos esta habitación lucirá impecable.

—Gracias, Siegfried. Lo único que nos hace falta es que lleguen mis padres y me acusen de no ser siquiera capaz de enseñarle a mi hijo a mantener ordenada su habitación.

El pequeño se rio travieso haciendo que Brandon sacudiera la cabeza.

—He estado pensando que la única forma de que nuestro plan salga bien —continuó—, es que ni Harley ni yo nos dejemos ver hasta que los invitados hayan llegado y estén sentados a la mesa. Además, mis padres no saben que habrá más gente a cenar —se dirigió al mayordomo, quien asintió dando su acuerdo—: así que no deben entrar en el salón principal hasta que sea la hora. Y por eso mismo, voy a necesitar tu ayuda, Hugo.

El niño soltó el sombrero de Gryffindor que tenía en la mano y se sentó en la cama, frente a su padre.

—Cuenta, papi, ¿qué quieres que haga? ¡Soy todo oídos!

—Voy a necesitar que hagas algo que no está bien, pero es solo por hoy, ¿vale, peque? —Su mirada se cruzó con la del mayordomo, quien debió intuir de qué se trataba  ya que sonrió—. Yo estaré en casa, pero cuando vengan tus abuelos, Siegfried les dirá que he tenido que ir al estudio y los conducirá hasta aquí donde tú te encargarás de mantenerlos entretenidos hasta que llegue la hora de la cena, ¿entendido?

—¿Quieres que les mienta? —dijo Hugo con tal cara de felicidad que el mayordomo tuvo que girarse un poco para que el niño no lo viera reír.

Brandon decidió curarse en salud en prevención de males mayores.

—Solo por hoy. Solo a tus abuelos. Y solo en este caso, ¿de acuerdo?

—¡Eso está hecho, papi! —exclamó el niño dando palmitas—. ¡No se van a dar cuenta de nada, nada, nada!


* * *


A Brandon se le erizó todo el vello del cuerpo al leer el mensaje que le había enviado Harley. Era muy conciso, pero aquel puñado de palabras constituía la promesa de que durante los próximos noventa minutos abandonaría el mundo de los mortales para internarse en un paraíso húmedo y caliente.

Intentando mantener el tipo, alzó la vista hasta su hijo que seguía emocionado probándose las distintas capas y jugando con todos los «tesoros» que había traído de su experiencia potteriana, y anunció:

—Empieza el tiempo de descuento, Hugo. Los abuelos no tardarán en llegar. Recuerda que yo no estoy. He ido al estudio a atender a un periodista.

El pequeño se dio la vuelta de repente, los lados de su capa de alumno de la escuela de magia más famosa del mundo, emitieron un sonido plástico al rozar contra la cama.

—¿Ya es la hora? ¡Ay, qué bien, qué bien…! Tranquilo, papi. Tu ve a hacer lo que tengas que hacer, que yo me ocupo de los abuelos.

—Gracias, peque. Eres el mejor.

Y acto seguido, abandonó la habitación de su hijo con aparente tranquilidad.

Pero en cuanto llegó a la escalera, echó a correr como un adolescente que ya no puede esperar ni un minuto más para ver a su amada.

De camino a su dormitorio, se detuvo brevemente en la cocina. Tras asomar la cabeza por la puerta, anunció:

—Me voy al estudio, Sigfried. Se me olvidó que tenía una entrevista. Mis padres llegarán de un momento a otro.

El mayordomo asintió con la cabeza.

—Entendido, señor. Espero que pueda resolver el asunto cuanto antes —repuso, siguiendo el plan.

Una vez más, Brandon mantuvo un paso normal hasta alejarse varios metros de la puerta de la cocina. Después de mirar por encima de su hombro para asegurarse de que nadie le veía, volvió a echar a correr y esta vez no se detuvo hasta llegar a su dormitorio.

Respiró hondo un par de veces y se concentró en lo que estaba a punto de suceder.

Tenía bastante de irónico que, tras haberse casado la noche anterior, Harley y él siguieran escondiéndose para tener sexo, en su propia casa, mientras sus invitados llegaban desde distintos puntos de la geografía europea.

Y también mucho morbo. Especialmente morbo.

En un último acto de coquetería, se echó un vistazo y se pasó una mano por el pelo, asegurándose de que todo estaba como debía.

Finalmente, abrió la puerta.

Entonces, la imagen de su mujer, desnuda y dispuesta para él, yaciendo sobre la cama, consiguió transportarlo en un solo instante directamente al reino de los sentidos.


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©️2023. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷

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