Club Románticas, la Zona Vip de Patricia Sutherland



B.B.COX & HARLEY

Pareja protagonista de Fire & Gasoline (Fuego y gasolina)


B.B.Cox y Harley R., protagonistas de Fire & Gasoline.

CONTENIDOS EXCLUSIVOS

(Por orden de publicación)

Club Románticas Original


CR23 | CR26 | CR29 | CR31 | CR33



CR31. La locura más maravillosa de todas - 4


CR31. La locura más maravillosa de todas - 4, de Patricia Sutherland.

Miércoles 20 de abril de 2011, al anochecer.

Residencia de Brandon Baxter-Cox

Knighstbridge, Londres.


- I -



Declan cerró el contacto y volvió la cabeza para mirar a Jana con una sonrisa que delató sus intenciones a la perfección.

—Ni se te ocurra. ¿Estás loco? —dijo ella mirando alrededor. Era el aparcamiento privado de Brandon, pero aquella tarde familiares y amigos estaban convocados a una cena.

Él se inclinó hacia el asiento del acompañante, su mirada cautivadora en ristre.

—Te mueres de gana. Y yo también. Además, el riesgo lo hace muchísimo más apetecible, ¿no te parece?

Demasiado apetecible, pensó Jana. Para muestra, un botón; a cuenta de hacerlo a escondidas, llevaban tres días enganchándose en cualquier rincón que les permitiera un alivio inmediato con un mínimo de privacidad. El baño o el almacén de la boutique, el maldito ascensor de servicio de un centro comercial, y ahora, por lo visto, también un aparcamiento.

Jana recorrió con los ojos aquel rostro hípermasculino por centésima vez en lo que iba de día y siguió sin ser capaz de encontrar algo que no le gustara en él. 

—Vale, lo admito —concedió y cuando él volvió a la carga, lo detuvo riéndose con un punto de desesperación—. Quieto ahí, ancianito. Deja de tentarme... Ahora el riesgo es altísimo. No sabemos quién ha llegado y quién falta por venir. ¿Y queremos que esos dos cotillas se enteren de lo que nos traemos entre manos? —Él exhaló un suspiro desilusionado y negó con la cabeza—. ¿Lo ves? Ahora no, pero si quieres... —El rostro de Declan se iluminó con una sonrisa tan traviesa y seductora que Jana estuvo a punto de claudicar—. Diré que me voy y tú dirás que me llevas. Me resistiré un poco y al final diré que de acuerdo. Y cuando nos subamos al coche... ¿Podrás aguantarte un par de horas?

Él le robó un beso caliente y largo que le ofreció a Jana las respuestas que buscaba.

—No te vas aguantar —susurró ella. Una de sus manos descendió por el torno masculino buscando confirmarlo.

Y vaya si lo hizo. Él rodeó la mano femenina con la suya y muy delicadamente la alejó de la zona de peligro. 

—Siempre podemos encerrarnos en el baño cinco minutos... —propuso él recordándole los cinco minutos de aquella misma mañana.

Jana exhaló un suspiro y a regañadientes manoteó la apertura de la puerta del copiloto.

—Vámonos de aquí. Ya.

Declan se rio bajito. Menuda velada les esperaba.

—Por una vez, secundo la moción.

—¡Sin que sirva de precedente! —añadió ella.

Y los dos se echaron a reír.

No había transcurrido un minuto desde que los dos se habían apeado cuando la puerta del garaje volvió a abrirse. Los dos giraron la cabeza hacia la entrada, sorprendidos.

—Sí que era grande el riesgo... —comentó él al tiempo que saludaba con la mano al conductor del vehículo que estaba descendiendo la rampa. Era Thomas, lo que quería decir que a bordo del SUV venían tres pasajeros; Art y Maddie Reynolds, y Lau.

—Madre mía, por poco nos pillan —dijo Jana hablando entre dientes, procurando que sus labios, curvados en una sonrisa de bienvenida, no delataran sus palabras.


* * *


Hacía tiempo que los recién llegados no veían a Jana, de modo que los abrazos duraron un rato. Momento que Declan aprovechó para darle instrucciones a Thomas, en un intento de evitar que la mirada que Lau le había dedicado al notar que estaba con Jana, se convirtiera en preguntas capciosas destinadas a rizar el rizo sobre la misma cuestión de siempre; «¿qué se cuece entre vosotros?» Como Lau empezara, Brandon y Harley, que no necesitaban incentivos extras, encontrarían la excusa perfecta para sumarse y después de ellos, todos los demás invitados a la cena se apuntarían al bombardeo sin pensárselos dos veces.

—No has tenido que esperarlos mucho, por lo que veo —comentó Declan, asomado a la ventanilla del SUV.

—No, los vuelos aterrizaron a su hora. 

—Milagrosamente —subrayó—. Márchate, Thomas. No lo he confirmado con Brandon todavía, pero creo que los invitados se quedarán aquí a pasar la noche. Si hay que llevar a alguien a alguna parte, ya me ocupo yo. Y gracias por esto.

—De gracias, nada, tío —apuntó con una sonrisa el londinense rubio y de ojos claros que trabajaba para Declan desde que había abierto la empresa—. Espero verlo reflejado en mi cuenta a fin de mes. 

Se trataba de una broma. Si por algo era conocido Declan entre sus empleados era por recompensar generosamente los favores que pedía. 

—Esperas demasiado —repuso él, palmeándole el brazo a modo de despedida—. Nos vemos mañana.

Y hablando de esperar demasiado…, pensó Declan al ver que Lau estaba junto al ascensor. Los demás ya habían subido y él estaba allí, lo que dejaba claro que no se libraría del interrogatorio. Su gozo en un pozo.

El neerlandés vestía un traje de media estación azul con un chaleco estampado con flores en distintas tonalidades de azul y rojo. Los zapatos y el bastón iban a juego, por supuesto. Era un coqueto y un excéntrico, pero Declan le concedía que tenía buena percha y que sabía llevar su excentricidad con clase. Algo que, por supuesto, no pensaba decir en voz alta. En su lugar, como correspondía a su larga trayectoria de piques mutuos, se burló.

—¿No cabías en el ascensor o has querido esperarme por las dudas que me diera miedo subir solo? —le preguntó cuando llegó a su lado.

—Es que la curiosidad está a punto de acabar conmigo y he querido aprovechar. Igual, con los debidos estímulos, consigo que te vayas de la lengua.

El ascensor ya estaba allí y cuando las puertas se abrieron, Declan le cedió el paso con un gesto fingidamente caballeroso.

—¿Debidos estímulos? Hombre, no sé si te has parado a pensar en lo mal que suena... —Vio que Lau se reía y continuó—: Pero sean los que sean los estímulos en los que estás pensando, la respuesta es no. No me voy a ir de la lengua. Si quieres saber qué se trae Brandon entre manos, tendrás que esperar como todos los demás. Lo siento.

La risa del neerlandés pronto se convirtió en sorpresa.

—¿Y quién habla de Brandon? ¡Hablo de ti! 

—¿De mí? 

—Bueno, solo de ti, no... De ti —se acercó y lo dijo en voz baja—: y de Jana.

Por su profesión y también por su forma de ser, Declan era un especialista en poner cara de póquer. Y esta vez se sirvió ración doble.

—¿De mí y de Jana? —De haber tomado parte en el campeonato mundial de caras de póquer, la que ahora lucía se habría llevado la palma—. No sé de qué me hablas.

Lau sacudió la cabeza divertido. Iba a callárselo, pero cambió de idea:

—Buen intento, pero no cuela. Y el hecho de que te esfuerces tanto en negarlo, consigue justo el efecto contrario. Porque, para que lo sepas, si estos meses tenía alguna duda de que entre vosotros se está cociendo algo, ya no tengo ninguna.

Declan no cedió. Al contrario.

—Repito; no sé de qué me hablas. Pero la libertad es libre... Allá tú con lo que creas.


- II -


Harley esbozó una sonrisa lasciva y se apartó de Brandon, interrumpiéndolo en pleno acto. Le indicó con un dedo que la siguiera y se alejó de la cama sin dejar de mirarlo. Cómo hacerlo. Aquel portento de hombre ya era una obra maestra con su cuerpo musculado y su piel cubierta de tatuajes, sin necesidad de decorados especiales o luces sugerentes. Y ahora había una circunstancia de lo más sugerente; la erección bestial de su no menos portentosa verga conformaba un paisaje imposible de ignorar. Era algo que Harley deseaba apreciar desde todos los ángulos posibles, de ahí que lo hubiera interrumpido en lo mejor. Brandon a punto de correrse era un manjar de dioses. 

Él saltó de la cama y fue detrás de ella. Cuando la alcanzó, la rodeó con sus brazos desde atrás y pegó su cuerpo al de Harley.

—Tú y tu voyerismo, que me encanta, por cierto, no habéis elegido el mejor momento. ¿Sabes por qué? —le dijo al oído.

Harley apoyó su nuca contra él, disfrutando a fondo del momento. Claro que lo sabía. 

—Sí. Pero me encanta ver cómo te corres. ¿No quieres complacer a tu mujercita?

Mi mujercita. 

Brandon estaba en una nube desde hacía horas, pellizcándose para convencerse de que no había sido un sueño. Por momentos, todo le parecía tan alucinante que tenía que mirarse la mano para confirmar que era verdad, se habían casado. Aunque para el resto del mundo siguiera siendo su colaboradora estrella, en la intimidad Harley era su esposa. Su cuerpo manifestó el enorme estímulo que eso suponía al mejor estilo B.B.Cox. Frotó su miembro entre los cachetes de Harley, arrancándole un jadeo.

—¿Te parece que te complazco poco? Te pasas el día gimiendo.

—¿Y que hay de ti? —Un nuevo gemido escapó de sus labios cuando las manos masculinas se adueñaron de sus pechos, apretándolos posesivamente.

—Que me paso el día igual —concedió con una risita suave.

Harley se dio la vuelta para estar cara a cara. Sus miradas se engancharon y Brandon supo que no se libraría. A pesar de lo cual, se tiró el lance.

—Ahora follamos y esta noche me miras.

Ella sonrió traviesa

—Esta noche, ¿cuándo? Seguro que a esta hora tenemos la casa llena de invitados. Vete a saber cuándo podemos volver a estar a menos de un metro. No hay trato. —Capturó su verga con una mano y empezó a acariciarla. 

Brandon cerró los ojos.

—Harley... —le imploró—: Sé buena...

—Soy buenísima. Pero ahora quiero mi postre.

Acto seguido retiró su mano, la sustituyó por la de Brandon y volvió a echarse en la cama, de lado, a contemplar el espectáculo.

Brandon se dio la vuelta, de frente a ella. Se quitó el condón muy despacio y luego se dirigió al baño, lo arrojó a la papelera y después de asegurarse de ofrecerle a Harley una visión panorámica de lo que hacía, se situó junto al lavabo y se dedicó a lavarse el pene y a secárselo con hipnótica lentitud.

Harley aún seguía atrapada en el subidón cuando lo oyó decirle:  

—Así que quieres tu postre... —Para entonces, Brandon ya estaba de nuevo junto a la cama, frente a ella.

No era solo su postre, ambos lo sabían. Harley había descubierto su voyerismo junto a Brandon, pero él conocía su propio exhibicionismo desde siempre. Le gustaba exhibirse y disfrutaba provocando, tanto como a ella le gustaba mirarlo y que la provocara.

Y eso hizo; exhibirse y provocarla.

Consciente de que el tamaño de su miembro tenía un atractivo propio (aunque todo el mundo dijera que el tamaño no importaba) y que su mujer no era una excepción, lo explotó a conciencia. 

En efecto, Harley no era una excepción. Había estado con infinidad de hombres. Y hasta conocer a Brandon, también había sido de las que restaban importancia al asunto. Sencillamente porque, en su caso carecía de importancia. Su libido siempre estaba por las nubes y aunque apreciaba las habilidades de un amante experto, estas no eran determinantes a la hora de asegurarle unos buenos orgasmos. Brandon era totalmente otra cuestión. Su notable herramienta había concentrado buena parte de su atención desde el primer momento. En las ferias, se le iban los ojos a su entrepierna, intentando adivinar formas y volúmenes a través de los modelos exclusivos que diseñaba Madame Demonia para él que, por lo general, no se caracterizaban por ser ceñidos de cintura para abajo. Entre la personalidad apabullante de Brandon y lo que ella sabía que escondía debajo de los pantalones… Y cuando al fin pudo contemplarlo sin prendas que obstaculizaran su visión… 

Madre mía. 

Harley se incorporó un poco cuando Brandon se puso de perfil y empezó a recorrer con una mano sus genitales, empezando por el interior de sus muslos. Se trató de un acto reflejo; no quería perderse ni el menor detalle. La lentitud de aquella mano. Los ligeros movimientos de su pelvis. La tensión de sus cuádriceps destacados por la postura de su cuerpo. Estaba de pie con las rodillas flexionadas de forma natural para facilitar el movimiento oscilante de las caderas, hacia adelante y hacia atrás. Y, por supuesto, la otra mano de Brandon… A veces, la hacía intervenir empujando su propio miembro erecto un poco hacia abajo para luego soltarlo y ver cómo ella se deleitaba con la sacudida. 

Podría pasarse horas mirándolo… El exhibicionismo de BB no era histriónico. No ensayaba bailecitos eróticos (a menos que eso formara parte del plan de juegos de cama previsto). Ni rizaba el rizo en lascivia, como solían hacer sus compañeros de especie. A su lado, había aprendido que había mucho más erotismo en la actitud natural de alguien que se gustaba a sí mismo y disfrutaba tocándose con el mismo mimo y la misma delicadeza con los que tocaría a un amante, que en el contoneo sexual del stripper más provocativo del mundo. 

Madre mía, madre mía, madre mía…

La mirada de Harley se transformó en fuego puro cuando él regresó a la cama, encerró su cuerpo situando una rodilla a cada lado, obligándola a yacer de espaldas sobre el colchón, y le puso la verga a diez centímetros de la cara. Enrojecida por la fricción, con las venas abultadas y una brillante gota coronando la punta, era el sumun de la provocación. Como casi siempre, Harley se debatió entre seguir disfrutando de las vistas o pasar a la acción.

—¿Qué prefieres? Difícil elección, ¿verdad? —la desafió acercándole el miembro a su boca hasta casi rozar sus labios—. Amor, decídelo pronto o...

Brandon apretó los párpados. Intentó retrasar lo inevitable.

Sintió que ella salía de debajo y tiraba de su brazo para que corrigiera la postura, pero concentrado en no correrse no la vio arrodillarse en el suelo, frente a él. No la vio, pero sintió un montón de cosas, a cual más enloquecedora. Primero fue una mano de Harley rodeándole la base del pene. Luego, su lengua acariciando la punta. Y para acabar de pulverizar la poca contención que a Brandon le quedaba, el calor abrasador de sus labios envolviéndole el miembro hasta abarcarlo todo lo que le permitía su boca.

Un instante después sobrevino el orgasmo, fulminante y catártico, y Brandon se vació en espasmos que Harley acompañó hasta el final.


* * *


Brandon se dejó caer de espaldas sobre la cama y cerró los ojos mientras lentamente todo volvía a su ser. Después de una breve visita al baño, Harley regresó junto a él. Apoyó la mejilla sobre su pecho y le rodeó el torso con un brazo. Él le paso el suyo por debajo del cuello y la atrajo más hacia su cuerpo.

Permanecieron así, muy juntos y en silencio durante un rato hasta que Harley vio que Brandon sonreía.

—En qué estarás pensando para sonreír de esa manera... ¿En las caras que se les van a quedar a todos cuando soltemos la noticia? 

Él respondió sin abrir los ojos.

—Serán dignas de foto y habrá que ir pensando a quién le encargamos que retrate el momento, pero no. Pensaba en otra cosa.

Harley se acomodó mejor contra su pecho, mirándolo totalmente atenta.

—¿Cuál?

—En lo bien que nos lo vamos a pasar de ahora en adelante en las ferias, en las entrevistas... En todas partes, en realidad. Fingiendo ser lo que ya no somos, mientras oímos y leemos el millón de conjeturas que seguirán haciendo sobre nosotros a partir de cualquier gesto casual, como el tuyo de recoger algún mechón que se escape de mi coleta o el mío de abrirte la puerta... Va a ser genial ver cómo se te insinúan o, directamente, te tiran los tejos y saber que eres mía. Ver al individuo en cuestión y pensar «hazme caso. Aunque coquetee contigo, no tienes la menor oportunidad con ella. Lárgate antes de que te haga papilla el corazón».

Harley rio bajito. ¿Que se largara?

—¿Desde cuándo eres tan generoso? Ni en tus pensamientos le dirías eso, BB. Si hay algo que te gusta más que verme coquetear con otro, es verlo a él mordiendo el polvo. 

Brandon se puso de costado, cara a cara, para poder mirarla mientras hablaban.

—Vale, que se quede —concedió y ambos rieron—. No se me ocurre mejor manera de volver a tatuar en público que esta; tres días después de haberme casado contigo en secreto. ¡Va a ser la caña!

Se refería a la Feria del tatuaje de Portsmouth que tendría lugar en el sur del país el siguiente fin de semana. Sería la primera aparición pública de B.B.Cox en varios meses y, en efecto, la primera a la que asistían como matrimonio, aunque de cara al público continuarían siendo simplemente colegas.

—Y habrá un montón de gente más de lo habitual por la concentración de moteros de Harley Davidson... —Harley dejó de hablar de repente.

—¿Qué pasa?

Ella ya había saltado de la cama en busca de su bolso al tiempo que decía:

—¡Joder! ¡Evel! 

Brandon no necesito de más explicaciones; con los nervios y las prisas se les había olvidado invitarlo a la cena.

Harley regresó a la cama. Se sentó en la posición de los indios y seleccionó la memoria de Evel en el móvil. Sonó varias veces antes de que él atendiera.

—Esto es un milagro —oyó que le decía— ¿Todavía tienes mi número en tu agenda de contactos? Llevas siglos sin llamarme, Harley.

Ella sonrió.

—Pero voy a verte, que es mucho mejor que llamarte —coqueteó.

—¿Y cuánto hace de la última vez? ¿Un mes? 

—¡Exagerado! Dos semanas, como muchísimo.

—¡Qué dices de dos semanas! ¿Cómo cuentas tú el tiempo? —le reprochó riendo.

—Lo cuento mal, salta a la vista —concedió Harley—. Es que estoy liadísima, Evel. Pero hoy estoy rompiendo la racha, así que no te quejes.

—Imagino que si la estás rompiendo es por un buen motivo... ¡La curiosidad me carcome! —guaseó él. 

Lo había dicho en broma. Harley no solo lo llamaba cuando tenía noticias que compartir. Desde que había regresado a Londres, hablaban a menudo simplemente para saber cómo estaba el otro. Pero en este caso, sin saberlo, había dado en la diana.

Harley intercambió miradas con Brandon. Había diversión y mucha ilusión en los ojos de los dos. Ella conectó el altavoz para que Brandon pudiera participar de la conversación.

—Sé que es un poco repentino, pero ¿podríais tú y tu mujercita venir a una cena tardía en casa de Brandon esta noche?

Tras un instante de silencio, se oyó la carcajada de Evel.

—¿Un poco repentino, dices? —y se echó a reír a mandíbula batiente.

—Sí, lo siento. He tenido un día de locos... Por cierto, te he puesto en altavoz. BB está conmigo.

—Hola, Brandon. ¿Cómo estás? A ti hace mucho más que no te veo...

—Muy bien... —empezó a decir él, pero Harley le cubrió los labios, impidiéndole continuar.

—Está fenomenal. Por favor, no os enrolléis, que no hay tiempo... Dime, ¿podéis Abby y tú venir esta noche o no?

—La verdad es que no, nena... 

—Ohhh —repuso Harley, poniendo morritos.

—Es el cumpleaños de mi suegro. Estamos en su casa y la celebración va para largo, ya sabes que la familia de Abby es de ascendencia italiana... Las mujeres todavía están en la cocina, con eso te lo digo todo... Pero podemos quedar la semana que viene, cuando digáis —propuso animado. 

Harley y Brandon se miraron. Él asintió, dando su acuerdo a una nueva cita a cuatro bandas.

—Lo haremos, pero ya que no vas a venir hoy... Tengo que contarte algo. Es una locura de las grandes... Qué digo «grande»… ¡Esta es épica! —admitió riendo de pura felicidad.

Hubo un nuevo momento de silencio. Harley supuso que su amigo estaría haciendo cábalas y permaneció callada disfrutando anticipadamente de la sorpresa que estaba a punto de darle. En realidad, Evel no necesitaba hacerlas; lo que el resto de los mortales denominaba «hacer locuras» era el pan de cada día para Harley. No tenían nada de especial. Sin embargo, esta vez, según sus mismas palabras, se trataba de «una locura de las grandes»… Por no decir la más grande de todas.

—Si la calificas de épica, entonces ya sé qué es —dijo Evel. Su voz sonó alegre y tierna a la vez.

Harley rio de buena gana ante la sonrisa seductora de Brandon que la miraba a ella entre desafiante y divertido.

—¡Venga ya, no te la des de adivino porque te garantizo que esta vez no tienes ni idea!

Evel había salido al porche de la casa de sus suegros. La tarde había estado desapacible y, a ratos, lloviznaba pero, si su intuición estaba en lo cierto, aquella noche estaba destinada a permanecer en su recuerdo por los siglos de los siglos.

—¿Apostamos algo? 

—Te advierto que vas a perder... 

—¿Apostamos o no? —Evel se vino totalmente arriba—: Mil libras a que acierto.

El rostro de Harley se volvió dulce, incluso algo emocionado, al decir:

—Si acertaras, querría decir que me conoces mucho. Muchísimo más de lo que yo creo, que ya es decir. Porque si existe alguien aparte de BB que me conoce del derecho y del revés, ese eres tú.

Brandon tomó una mano de Harley y se la llevó a los labios. La besó amorosamente. 

—También querría decir que la clavé cuando le dije a Brandon que él es la quintaesencia de lo que a ti te cautiva en un hombre… 

—Guau... ¿Eso le has dicho? ¿Cuándo? —quiso saber, intrigada, al tiempo que le dedicaba a su ahora marido secreto una miradita recriminatoria.

Brandon hizo un gesto de dolor y bajó la vista sonriendo. Había compartido con Harley buena parte de lo que habían hablado con Brian la noche de la primera cita a cuatro bandas. Pero no todo. 

—No lo culpes por no decírtelo. Tuve la impresión de que no se lo creía del todo... 

Las miradas de Harley y Brandon se encontraron nuevamente.

—Pero es cierto. Es la quintaesencia de lo que me chifla en un hombre —concedió haciendo que el corazón de Brandon palpitara—. Y es muchas otras cosas más de las que no voy a hablarle contigo escuchando, guapete —añadió. Y esta vez se oyó a Evel reír.

—Bueno, ¿qué? ¿Apostamos o ya te he convencido de que, si lo haces, mañana habrá mil libras menos en tu cuenta bancaria? —insistió.

Harley sacudió la cabeza, asombrada. Ni ella misma era consciente de que iba a proponerle a Brandon un salto al vacío diez minutos antes de hacerlo, ¿cómo podía Evel estar tan seguro? Quizás lo que la unía a Brandon era mucho más evidente de lo que los dos creían. Y si era así, supondría un problema ya que, aunque fingieran cuando estaban en público, no engañarían a nadie. O, quizás, tan solo era evidente para Evel gracias a esa conexión especial que había entre los dos, una que no solo había sobrevivido al tiempo, a la distancia y al devenir de la vida, sino que se había hecho más fuerte con el paso de los años.

—Las perdería encantada, Evel. Pero las quemaremos juntos en una noche de celebración por todo lo alto, contigo y con Abby. Eso sí, tendrá que quedar entre nosotros porque esto es un secreto y seguirá siéndolo. Profesionalmente nos jugamos mucho y no queremos que sepa. Pero a título personal... ¡Estamos encantados! ¿Que te parece?

Evel esbozó una sonrisa inmensa. Celebró la gran noticia soltando un puñetazo al aire.

—Que no olvidaré este momento mientras viva... Llevo mucho, muchísimo tiempo esperándolo... ¡Muchas felicidades, chicos! Y no digo lo de que seáis felices y comáis perdices, porque no hace falta. Basta veros juntos cinco minutos para saber que sois miembros de pleno de derecho del comité por la extinción de las perdices! ¡Pobres perdices, que quede claro que ha sido una broma! —exclamó extático de alegría.


- III -


Tal y como estaba previsto, el mayordomo condujo a los recién llegados al salón privado de Brandon y les ofreció algo de beber. Declan era el único de los allí presentes que sabía que los padres de Brandon estaban arriba, en la habitación de Hugo donde él se ocupaba de entretenerlos hasta la hora señalada. Y como conocía muy bien al dueño de casa también sabía, aunque nadie se lo hubiera adelantado, dónde estaban él y su flamante esposa. No pudo evitar pensar que tenía su gracia que mientras Brandon se daba el revolcón del siglo con Harley, los Baxter y los Reynolds ocuparan estancias distintas de la misma casa sin saberlo, y no tuvieran la menor idea de la verdadera razón que los había llevado hasta allí.

En aquel momento, Sigfried entró en el salón y se dirigió a él. Le dijo en voz baja:

—¿Podemos hablar un momento?

Declan se puso de pie.

—No huyas, cobarde. ¿Crees que vas a librarte por lo que me has dicho antes, en el ascensor? Ni lo sueñes —dijo Lau, disfrutando de su pequeña venganza.

Declan sintió la mirada de Jana sobre él, pero se hizo el desentendido.

—¿Sabes a lo que me dedico? Chico, la palabra «cobardía» no está en mi diccionario —guaseó y siguió al mayordomo fuera de la estancia.

Una vez en el pasillo y después de haber cerrado la puerta del salón, Sigfried dijo:

—Me temo que se ha sumado un invitado que yo no esperaba; Kyle Baxter está aquí. Lo he conducido a la habitación de Hugo, donde están sus padres. ¿Sabe el señor que su hermano iba a venir o nos ha tomado por sorpresa a todos? Porque en tal caso, debería avisarle antes de reunirlos a todos en el salón principal —comentó el hombre, comprobando la hora en su reloj de muñeca. Todavía quedaban detalles por ultimar y el tiempo volaba. Lo último que necesitaban era sumar la visita de una persona no grata para el anfitrión.

¿A santo de qué Kyle se había autoinvitado a la visita que sus padres le hacían, en teoría, a su nieto recién llegado de Escocia?, pensó Declan.

—Yo no lo sabía y, francamente, dudo mucho que Brandon lo invitara. —Tras una pausa, sacó su móvil del bolsillo y añadió—: Hay que decírselo. No te preocupes, yo lo haré.

El rostro del mayordomo se relajó.

—Por favor, avíseme si hay algún cambio en los planes. 

—Dalo por hecho.


* * *


Después de colgar con Evel, Harley y Brandon habían empezado a prepararse para el gran momento. Tras compartir una ducha, ella se había quedado en el baño, maquillándose mientras él se vestía en el vestidor.

Fue entonces cuando sonó el móvil de Brandon. Todavía descalzo, fue hasta la mesilla de noche abrochándose los botones de su camisa de seda negra. Frunció el ceño al ver el nombre que se iluminaba en la pantalla de su móvil.

—¿Qué pasa, tío? ¿Todo bien? —se adelantó.

—Casi bien. Tu hermano está aquí —repuso Declan. 

Brandon se envaró de inmediato. 

—Aquí, ¿dónde?

—¿Y dónde va a ser? ¿Crees que te llamaría si me lo acabara de encontrar por la calle? Está con tus padres, en la habitación de Hugo.

Brandon exhaló un suspiro contrariado que Harley recibió desde el baño alto y claro. Se asomó a la habitación.

—¿Qué pasa, amor? —le preguntó.

—Que el cabrón de mi hermano se acaba de apuntar a una fiesta a la que no ha sido invitado —repuso BB, y dirigiéndose a Declan añadió—: Acabo de arreglarme y voy. Que no se mueva de donde está.

Brandon colgó y regresó a prisa a su vestidor. Harley fue detrás.

—Déjalo, BB. ¿Qué más da? Cuando tus padres se enteren será cuestión de tiempo que él se entere también. Y de esta forma, le estaremos dando la oportunidad de demostrar que es capaz de mantener la boca cerrada. —Al ver su mueca de disgusto, cambió de estrategia—: Tú piensa en que esta noche no podrá pegar ojo del ataque de envidia que le va a dar, y ya verás como en cinco segundos se te pasa el cabreo… —En eso tenía razón. Al muy capullo le daría un ataque al hígado, como mínimo, pensó BB. Su gesto de enorme agrado lo traicionó y Harley se echó a reír—: Venga, acaba de arreglarte, que yo le avisaré a Declan que no hace falta que le rompa las piernas a tu hermano. 


* * *


Harley le regaló a Brandon una sonrisa seductora y le dio la espalda.

—¿Me subes la cremallera, por favor? —murmuró insinuante al tiempo que movía las caderas.

Los ojos del tatuador se tomaron su tiempo para recorrer la porción desnuda de espalda que dejaba a la vista aquel vestido negro entallado que se ceñía a las sinuosas curvas de su mujer de una manera que traería consecuencias. Al fin, tiró de la cabeza del cierre cerrándolo con mucha más lentitud de la requerida para la tarea.

—Te has dado la vuelta demasiado rápido y no he podido ver bien esta maravilla de vestido que llevas… ¿También hay una cremallera abierta por delante o a esa no hará falta cerrarla? —y coronó sus palabras con un beso en el cuello, que a Harley la hizo estremecer.

—BB no empieces, que tenemos invitados... 

—Claro, porque tú no pretendes provocarme poniendo esa espalda tentadora al alcance de mis manos... —El cierre llegó al tope superior y él volvió a besar el cuello femenino—: Retaguardia a cubierto. ¿Me dejas ver el frente?

Harley se dio la vuelta despacio y cuando completó el giro, dio un paso atrás y se puso una mano en la cadera. Esperó el veredicto, mirándolo con una sonrisa sexi. 

Si existía algo que pudiera lucir recatado en un cuerpo como el de Harley, aquel vestido se acercaba bastante. 

En apariencia, claro. 

Era de popelina, recto y largo hasta los tobillos. Era negro, sin transparencias ni tejidos extrafinos de esos que no dejaban nada a la imaginación. No había tirantes exponiendo su delicada piel ni escotes que acapararan todas las miradas. Era un vestido de estilo sobrio, sin mangas y con un escote en uve que terminaba exactamente donde finalizaban los tatuajes que decoraban la parte superior de su pecho. Apenas había canalillo a la vista. La provocación estaba en lo que no era evidente, excepto para él. El corpiño del vestido dibujaba el contorno de sus pechos, pero no le marcaba los pezones. Dado que al cerrarle la cremallera, había podido comprobar que Harley no llevaba sostén, estaba claro que había echado mano de su amplia colección de cubre pezones. Tan claro como que él se pasaría el resto de la noche contando los minutos que quedaban para poder arrancárselos con los dientes y darse un festín con lo que había debajo. Pero la osada de su mujer no se había quedado ahí; su recatado vestido lucía una abertura delantera, sobre el lado derecho de la falda, que empezaba un palmo por debajo de la ingle y llegaba hasta el final. Solo se abría con el movimiento… Lo cual no era mucho consuelo, ya que ahora ella no se estaba moviendo y él podía ver perfectamente la tira de un liguero negro. De encaje, como a él le gustaba. Ya estaba cardíaco perdido y aún no había comenzado la velada.

El explícito gesto de Brandon le provocó risa a Harley. Sus palabras, un escalofrío.

—Supongo que lo compraste pensando en mí y ya te imaginas lo que pienso. Lo diré de todos modos; me voy a pasar la noche metiendo la mano por esa raja. Y te diré algo más, si no llevas ropa interior el premio será inolvidable. —La miró a los ojos—. ¿La llevas?

Harley no respondió. Respiró hondo y exhaló el aire en un suspiro. Le dedicó una mirada juguetona mientras pensaba que de buena gana le dejaría comprobarlo en ese mismo momento. Pero los dos sabían dónde les conduciría la comprobación, y no era al salón principal de la casa donde deberían estar ya.

En cambio, se fijó en que él también había esmerado su aspecto. Llevaba el cabello pulcramente recogido en una coleta baja, ni un solo pelo fuera de lugar. Una línea de eye-liner acabada en rabito y unos toques de sombra negra difuminada eran todo el maquillaje que lucía. Hoy no había lápiz labial negro o rojo burdeos, a pesar de lo cual aquella boca perfecta le resultaba tan tentadora como siempre. Dejó que sus ojos descendieran por el cuerpo masculino, pasándole revista. Su camisa de seda negra también estaba un poco más abierta de lo habitual, lo suficiente para exponer parcialmente, con según qué movimientos, sus poderos pectorales cubiertos de tatuajes. Raro en él, que solía ser bastante conservador a la hora de escoger la holgura de las prendas que se ponía de cintura para abajo, hoy vestía unos pantalones de cuero que calzaban como un guante. Menos mal que llevaba la camisa por fuera, que si no provocaría infartos masivos. 

Pero mi corazón está acostumbrado, así que..., pensó al tiempo que daba un paso al frente y apartaba el extremo derecho de la camisa con dos dedos.

—Guauuuuu... Si ahí hubiera una raja, también me pasaría la noche metiendo la mano —confesó después de dedicarle una mirada golosa al notable bulto delineado por el cuero—. Lástima.

Él le rodeó la cintura con un brazo, pegándola a su cuerpo. Agachó la cabeza y después de dejar un beso húmedo justo en el punto en el que el lóbulo de la oreja se une con el cuello, susurró:

—Pero hay una cremallera. Y tienes mi permiso para hacer lo que te apetezca. 

—¿Lo que me apetezca? —susurró traviesa—. Creo que te has olvidado de con quién estás hablando. A mí no puedes decirme eso, BB.... A menos que no te importe que el pajarito coja frío…

—Sabes que no me importa. Y para que conste, de pajarito, nada. Es un tiburón tigre de siete metros. 

Ella hizo un gesto de desdén con la mano.

—Qué creído te lo tienes, guapo… ¡Y con razón! —añadió enseguida, riendo y haciéndolo reír.

Tras un nuevo momento de risas cómplices, Harley apoyó la manos sobre el pecho masculino y,  durante unos instantes, la sensualidad se convirtió en amor.

—Me encanta lo que tenemos.

—¿Te refieres a todo lo que tenemos o a alguna cosa en especial? —Y movió las cejas sensualmente.

—Me encanta todo. Porque todo lo que tenemos es especial y lo más especial de todo eres tú. Te amo con locura, BB... Eres la compensación a todo lo malo que me tocó vivir. La medicina total... Servida en un embalaje de diez. ¡De un millón, porque estás buenísimo! —coqueteó, incapaz de mantener el nivel de intensidad emocional por más tiempo.

Brandon la estrechó fuerte entre sus brazos. 

—Yo también te amo con locura, Harley... Tengo que mirarme el anillo para darme cuenta de que no ha sido un sueño, que lo hemos hecho, que eres mi mujer... Y no veas lo blandito que me pone oírtelo decir... Casi tanto como cuando me bajas la bragueta y metes la mano —añadió, riendo con suavidad. 

Al igual que le sucedía a Harley, el lado emocional de lo que los unía seguía siendo demasiado intenso para dos personas que, como ellos, habían mantenido su corazón cerrado a cal y canto durante tantos años.

Ella se pegó más a él. 

—Tenemos que ir al salón o vendrán a buscarnos, pero propongo un experimento para esta noche; ya que mis confesiones románticas te ponen casi tanto como que le frote la espalda al tiburón, ¿qué tal si probamos haciendo las dos cosas al mismo tiempo? —buscó la mirada de Brandon y se encontró con un volcán—. ¿Sobreviviremos? ¿Tú qué crees?

Creo que estoy rematada e irremediablemente loco por ti, Harley.

Brandon no respondió con palabras. En cambio, la silenció con un beso de tornillo que los mantuvo entre esas cuatro paredes durante otros diez intensos, apasionados, inolvidables minutos.


_____________________________________________________
©️2023. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷


Comentar                                 Ir a Inicio 🔝                                Ir a Principal 🔙



CR33. La locura más maravillosa de todas - 5


CR47. Días de ilusión, 6. La gran fiesta. Parte 6

Miércoles 20 de abril de 2011, al anochecer.

Residencia de Brandon Baxter-Cox

Knigthsbridge, Londres


- I -


Después del (último) beso de tornillo, Brandon y Harley al fin abandonaron el dormitorio para seguir caminos diferentes. Mientras ella iba al salón privado donde estaban sus padres acompañados de Jana, Lau y Declan, él se dirigió a la habitación de Hugo donde se hallaba su familia. 

Sabiendo que se vería las caras con Kyle, el buen talante de Brandon se agrió considerablemente mientras subía las escaleras. Jana mantenía un contacto bastante estrecho con Gayle y se había enterado por ella que su cuñada no había cambiado de opinión; su separación de Kyle, muy probablemente, acabaría convertida en divorcio. Para el estirado de su hermano, divorciarse -y que en su círculo social se supiera que su matrimonio había naufragado-, era un castigo de una dureza sin precedentes. Para Brandon, en cambio, era una especie de justifica poética. Kyle, que había intentado joderle su relación secreta con Harley, acababa teniendo que enfrentarse a un divorcio público. Dicho lo cual, eso no le parecía suficiente castigo. La relación fraterna nunca había sido buena y ahora estaba bajo mínimos. Tensa como nunca. Tensa al extremo de que lo que sentía en su presencia eran unas insoportables ganas de zurrarlo, mediara provocación o no.

A ver qué tal se desarrollaban las cosas ahora que la noticia de la que iba a enterarse aquella noche era de las que podían causarle un daño irreparable, si el cabrón de Kyle se iba de la lengua. 

Dado que lo último que deseaba era que Hugo lo pasara mal, se colgó su mejor sonrisa antes de golpear a la puerta dos veces.

—¡Adelanteeeee! —oyó la voz de su hijo, histriónica.

Brandon asomó la cabeza. Hugo estaba en mitad de la habitación con su capa de invisibilidad, el sombrero de Gryffindor y una varita en su mano derecha. Sentada en la cama, estaba Fay que le dio la bienvenida con una sonrisa. En un sillón estaba Perry Baxter que casi no le dirigió ninguna mirada, tan atento como estaba a lo que Hugo contaba. Y a la izquierda, recostado contra la pared junto al escritorio de su hijo estaba Kyle, el caraculo. 

Qué ganas de zurrarte, cabrón.

Los hermanos intercambiaron miradas, pero ni una sola palabra.

El primero en hablar fue Hugo.

—¡Al fin, papi! —dijo mirándolo con ojitos traviesos.

Brandon entró en la habitación, fue hasta él e ignorando su gesto de «¡por favor, no!», le dio un beso en la frente.

—¿Por qué «al fin»? Dudo muchísimo que estuvieras quedándote sin historias que contar... A mí me has estado hablando sin parar durante tres horas y seguías en el día uno del viaje.

—Jajaja —se burló el niño—. Lo digo porque has tardado. Por lo visto, el periodista ese tenía un montón de preguntas... —dejó caer travieso.

Un gesto que Brandon ignoró para ir a saludar a sus padres.

—Menos mal que solo fueron cinco días, ¿no, madre? De lo contrario, tendrías que acampar en mi salón. —Besó a Fay en la mejilla e ignoró su mirada, a la sazón, tan traviesa como la de su hijo. Y eso que ella ignoraba que no había sido atender a un periodista lo que había estado haciendo hasta ahora.

—Lo cual sería un problema enorme para tu sentido de la independencia —apuntó Fay, risueña.

Si había pretendido ser una regañina, Brandon no se dio por aludido. Amaba su independencia por encima de todas las cosas. Y ahora, además, estaba casado. No quería padres ni suegros campando en ninguna parte de la casa.

—No tengas la menor duda sobre eso —declaró. Se detuvo frente a Perry—. ¿Qué tal París?

El padre de Brandon recibió la pregunta de muy buen grado. Su hijo llevaba años limitándose a saludarlo con un cabeceo. Que ahora se aviniera a un intercambio de frases le parecía un salto olímpico en su relación paterno-filial. 

—La ciudad, estupenda, como siempre. Sus habitantes, no tanto. Sin parisinos, París sería el sumun de la perfección. ¿Y tú, qué tal? ¿Qué tal esos días de vacaciones en donde sea que estuvieras?

Brandon asintió con la cabeza dando a entender que habían estado bien. Extáticamente bien, en realidad, pero como no quería emocionarse antes de tiempo, continuó con lo importante.

—Harley no tardará en llegar... ¿Por qué no vamos pasando al salón? Imagino que te quedas. —Se refería a Kyle, pero ni lo nombró ni lo miró.

Quien respondió fue Fay.

—Vaya pregunta, cariño. Por supuesto que se queda. —Se levantó de la cama donde estaba sentada, y pasando un brazo alrededor de los hombros de su nieto, cambió de tema—: Nos tienes que seguir contando la visita a la Escuela de Magia, Hugo. ¡Queremos todos los detalles!

—¡Todos! —la secundó Perry—. Qué viaje más ideal… Si no fuera que hace tiempo que se me ha pasado la época de disfrazarme, yo mismo propondría una visita familiar al mundo de Harry Potter...

«¡No, por Dios!», pensó Brandon. Sin embargo, dijo algo diferente.

—Francamente, no te veo con una varita mágica pronunciando hechizos, padre.

«Vaya novedad. Tú nunca ves nada aparte de tu propio ombligo, idiota», pensó Kyle.

Uno a uno fueron abandonando la habitación del niño y pusieron rumbo al salón principal de la casa mientras conversaban sobre las aventuras de Hugo en Escocia.


* * *


En el salón privado de Brandon, el ambiente era muy diferente. Los Reynolds tenían una excelente relación con su única hija y estaban tan intrigados como felices por el viaje relámpago que los había llevado a Londres. No sabían de qué se trataba, pero conocían a Harley. Lo que se traía entre manos tenía que ser grande si en vez de elegir el teléfono para compartirlo, había exigido hacerlo cara a cara.

Lau, por su parte, se había quedado muy solo en Ámsterdam tras la marcha de Harley y de Jana. Sus mejores amigos, aquellos junto a quienes había pasado los momentos más especiales de los últimos diez años, estaban reunidos bajo el mismo techo aquella noche. Independientemente del tipo de noticia que el anfitrión fuera a compartir con sus invitados, él ya estaba más que servido tan solo con escuchar sus risas y disfrutar de su compañía.

Jana y Declan eran un asunto aparte. A título personal, estaban rodeados de las personas más importantes de su vida, lo que hacía la reunión especial e inolvidable más allá de la noticia que darían Brandon y Harley. Noticia que acapararía todo el interés en cuanto la compartieran. Pero, además, había un asunto paralelo, que solo los implicaba a ellos dos y que mantenía dividida su atención. 

Por un lado, debían participar de las conversaciones y mostrarse como siempre. Pero no estaban como siempre, ahora eran amigos con derecho a roce y lo que de verdad querían era rozarse. Eran conscientes de haber abierto la caja de Pandora, pero suponiendo que fuera posible volver a cerrarla, cosa que dudaban, lo que sabían con certeza era que no deseaban hacerlo.  

Por otro lado, no querían que se supiera que habían estrenado un nuevo estatus. Lo habían comentado muy como al pasar entre ellos y el tema no había vuelto a salir, pero en los días que llevaban rozándose a placer, ambos habían descubierto otra cosa; más allá de la conveniencia de evitar las mofas a las que los someterían sus queridos amigos en cuanto supieran que compartían más cosas que un café de tanto en tanto, estaba el morbo que les producía enredarse en cualquier rincón, sabiendo que podían cazarlos con las manos en la masa. Un morbo que los había llevado a tener sexo en lugares inverosímiles en otras circunstancias, como el ascensor de servicio de un centro comercial al que habían ido, en teoría, a comprar comida para llevar, el baño o el almacén de la boutique. Dos lugares posibles, pendientes de probar, eran el baño de la habitación azul de Harley y el aparcamiento privado de Brandon. Y la realidad era que muy probablemente cederían a la tentación y los probarían a ambos aquella misma noche. Primero el baño, para aliviar al gusanillo morboso. Luego el aparcamiento, a modo de postre. Con pensamientos tan excitantes rondando sus cabezas, no era de extrañar que intercambiaran miradas furtivas de lo más explícitas a cada rato. 

—Tú tienes que saber de qué va esto —dijo Lau, decidido a meterse con Declan. Ya que seguía enviando balones fuera acerca de lo que se traía entre manos con Jana, entonces intentaría averiguar por qué había tenido que salir corriendo de su casa para coger el primer avión que despegara de Schiphol con destino a Londres.

Maddy sonrió risueña.

—Y esa señorita también, estoy segura —dijo señalando a Jana.

La aludida elevó los brazos en un gesto de «alto el fuego» al tiempo que se reía. Como Harley no apareciera ya, la sorpresa se la daría ella.

—¿Yo? ¡Qué va! ¡Os juro que no sé nada!

Declan se acomodó mejor contra el respaldo de su sillón y le dedicó a Lau una mirada entre divertida y desafiante. 

—¿Estás insinuando que Brandon me dice cosas que no te dice a ti? Uy, qué raro, ¿no? Según tú, eres su mejor amigo.

—No he dicho que te lo dijera, sino que lo sabes. Lo sabes porque eres su guardaespaldas. Vamos, hombre. ¿No podrías adelantarnos aunque sea un poquito en vez de tenernos en vilo?

Los amigos se sostuvieron la mirada. Como siempre había tanto cariño como desafío. 

—Ni un poquito, lo siento —sentenció Declan complacido de ganarle la mano al neerlandés—. ¿Y sabes por qué? Porque además de ser su guardaespaldas, soy su amigo. Y un amigo nunca haría algo así.

—¿Pero mi hija está aquí o todavía no ha llegado? —intervino Art.

Maddie palmeó la rodilla de su marido cariñosamente.

—Claro que está aquí, Art. Jana está aquí. Declan está aquí. Hasta Lau, que no vive en Londres, está aquí. ¿Dónde va a estar Harley, si no? 

—Estoy aquí. ¡Qué impacientes sois! —dijo la susodicha, desde la puerta. Llevaba allí unos pocos minutos, dándole tiempo a Brandon a que pusiera a los Baxter en marcha hacia el salón principal de la casa, y acaba de recibir el mensaje que esperaba de su parte. ¡Lo que hacían para evitar que los volvieran locos a preguntas por separado!

—¡Al fin, cariño! —exclamó Art, levantándose del sofá. Todos los demás lo imitaron.

Harley ya se veía a sí misma sometida al tercer grado con tres interrogadores turnándose para exprimirla a fondo. Primero, le demostrarían efusivamente cuánto se alegraban de volver a verla y luego dispararían a discreción.

Y no, ni hablar. Si Brandon y ella habían conseguido llegar hasta esas horas de la noche sin desvelar su secreto, no sería ella quien lo estropeara todo en el último minuto.

—¡Hola, hola, hola y gracias por venir! Enseguida os abrazo y os beso, pero ahora… ¡quietos ahí, que os conozco! —dijo extendiendo los brazos a modo de barrera. 

—Eh, ¿pero qué pasa? ¿Te parece que hemos esperado poco? —se quejó Lau. Una queja cariñosa que de inmediato fue secundada por los padres de Harley.

—Eso. ¿Cómo que «enseguida os abrazo»? Ni que el último nos lo hubiéramos dado ayer. ¡Ven aquí y dale un buen abrazo a tus padres, señorita! —intervino Maddy, risueña. Art mostró su acuerdo a lo dicho por su mujer con repetidos asentimientos de cabeza.

Harley los silenció a todos con un gesto.

—¿Queréis saber por qué Brandon y yo os hemos invitado a cenar aquí esta noche?

Un coro desafinado y estruendoso de síes resonó en el ambiente.

—¡Madre mía, por poco me dejáis sorda…! —se rio Harley—. Muy bien, en ese caso os encantará saber que… ¡Estáis a punto de averiguarlo! 

Y después de indicarles con la mano que la siguieran, todos abandonaron el salón privado de Brandon.


* * *


La comitiva dirigida por Brandon llegó a la planta baja con diferencia de segundos y los dos grupos se encontraron camino del gran salón, tal como estaba previsto.

En cuanto se vieron las caras, el pasillo se convirtió en pura algarabía. Hubo abrazos, saludos afectuosos, bromas y, sobre todo, muchas risas. Un momento que hizo las delicias de Brandon y Harley, que lo presenciaron dichosos y satisfechos. Era algo que habían planeado y ejecutado en tiempo récord y que, salvo por la inesperada presencia de Kyle, les estaba saliendo muy bien.

—¡Menuda encerrona, ¿verdad?! —dijo Maddie, apretando cariñosamente las manos de Fay—. ¡No sé qué es lo que tu hijo y mi hija han planeado, pero me encanta esta sorpresa!

A Fay le había costado unir las piezas. Le había resultado algo extraño que su hijo tuviera programada una entrevista para el mismo día que volvía de viaje, pero en el momento en que había visto a los padres de Harley, lo había comprendido todo. Y no solo estaba feliz por lo que intuía que había sucedido, también se sentía muy satisfecha de haber sido la instigadora. Apenas había transcurrido un mes desde que, con la excusa de reunir a sus hijos para aclarar lo sucedido con el asunto de la filtración a la prensa, había puesto a Brandon y a Harley cara a cara, a hablar por primera vez de una palabra que les provocaba terror; el futuro. Su futuro juntos. Un futuro, que si no se equivocaba, ellos acababan de sellar de la forma más romántica de todas. Algo que, por supuesto, no pensaba mencionar. Todo lo contrario; les seguiría el juego.

—¡Imagínate! ¡Ya tendrá que ser un motivo excelente para justificar matarnos de hambre hasta estas horas! Ni que viviéramos en España…

—Tú vives a dieta, cariño —dijo Perry, estrechando la mano del padre de Harley—. Los hambrientos somos nosotros, ¿verdad, Art?

Kyle saludó a los padres de Harley con la cortesía debida y a los amigos de su hermano con un ligero movimiento de la cabeza y ninguna palabra. El motivo de estar en una casa en la que nunca se había sentido a gusto, no tenía nada que ver con las personas que estaban en el pasillo. Ahora que comprendía que su hermano había vuelto a convertir el regreso de su hijo de Escocia en un espectáculo tan de su estilo, lo único que deseaba era largarse cuanto antes.

En efecto, la persona que Kyle había ido a ver, no estaba allí cuando comenzzó la ronda de saludos. La razón era que cuando Hugo iba por la mitad de la escalera, se había dado cuenta de que no llevaba su sombrero. 

Pero ahora, sí. Con su capa de invisibilidad, su gorro de la casa Gryffindor y la alegría contagiosa que desprendía por cada poro de la piel, acaparó la atención de todos en cuanto apareció corriendo por el pasillo.

—¡Esperadme, esperadme, no empecéis sin mí! —exclamó, deteniéndose junto al grupo con la respiración agitada—. ¡Uff, menos mal que todavía estáis aquí! —se abrazó a Harley en cuanto la vio—. ¡¡¡Harley!!! ¿Me has echado mucho de menos? ¡Yo a ti muchísimo!

Harley lo estrechó cariñosamente.

—Y yo a ti, pequeñín. ¡Qué guapo estás!

Brandon carraspeó reclamando la atención de su hijo y le indicó la presencia de los invitados con un gesto.

—¡Ups, perdóóóóóóóón! —exclamó, y enseguida corrió al encuentro de los recién llegados. Pero en esta ocasión, no repartió besos como habría hecho tan solo seis meses atrás. Ahora era mayor, de modo que fue estrechando sus manos ceremoniosamente, pero sin dejar de ser el niño de siempre—. ¡Hola, Maddy! ¡Hola, Art! ¡¡¡Hoooooola, Lau!!! —cuando estuvo frente a Jana, en vez de estrecharle la mano, la abrazó por la cintura igual que había hecho antes con Harley—. ¡Hooooola, Jana!

Ella retribuyó a su efusivo saludo, pellizcándole la nariz.

—Hola, peque. Qué capa más chula… ¡Y ese sombrero es lo más!

—¿A que sí? ¡Tengo más en la maleta! ¿Quieres que te deje uno?

Declan, que hasta el momento había presenciado el intercambio de saludos con una sonrisa, pero sin hacer comentarios, decidió intervenir.

—Disculpa… ¿Acaso llevo una de esas capas de invisibilidad y no me ves? —Hugo lo miró chispeante de alegría—: Lo digo porque acabas de pasar por delante de mí y has seguido con los saludos como si nada.

—¡Que noooo! —y esta vez, lo intentó con un saludo estilo «colegas», empujando su hombro contra el cuerpo de Declan. Debido a la diferencia de estatura no se trató de un hombro contra hombro, sino más bien de un hombro contra estómago.—. ¡No te pongas celoso! ¡Es que a ti te veo a cada rato!

Todos se echaron a reír.

—Vale, vale, vale… Chaval, cuánta emoción —repuso Declan apartándolo con suavidad.

—Bueno, ¿qué? ¿Cenamos? —dijo Hugo, superexcitado, al tiempo que se frotaba las manos.

Brandon y Harley intercambiaron miradas risueñas ante aquel despliegue de ilusión infantil. Sabían que tanta excitación no estaba relacionada con la cena, sino con lo que sucedería una vez que estuvieran en el salón. Ellos también estaban ansiosos por compartir la gran noticia.

—Cenamos —concedió Brandon con una sonrisa.

Y a continuación, abrió la puerta de dos hojas que daba paso al salón principal de la casa.

- II -

Aquel salón de enormes dimensiones era el lugar menos utilizado de la casa. Estaba climatizado y decorado con el mismo estilo ecléctico que el resto de la vivienda. Grandes y cómodos sofás de piel, a juego con los sillones. Muebles modernos con formas orgánicas, como la mesa principal para dieciséis comensales que reproducía la forma de una suave onda. Los colores eran los de siempre; azules y blancos. No precisamente las tonalidades que alguien imaginara ver en la casa del gran B.B.Cox. Las paredes también exhibían el gusto de su propietario por lo ecléctico con pinturas al óleo y acuarelas de sus artistas preferidos. Entre ellos, su favorito, Hugo Baxter-Thorn. Los dibujos a carboncillo de su hijo ocupaban los lugares más destacados. 

A pesar de que la cena estaba dispuesta a modo de un bufé, en un extremo, Brandon y Harley se dedicaron a su labor de anfitriones. Querían asegurarse de que todos tenían las manos y las bocas ocupadas cuando ellos soltaran la noticia; sería la única forma de mantener el turno de palabra el tiempo suficiente para poder comunicarla antes de que empezaran a llover las preguntas.

Y así fue. Durante los diez o quince primeros minutos, se ocuparon de que cada uno de sus invitados tuviera su copa y su plato, ambos debidamente llenos. Espontáneamente, se habían reunido formando un corro y conversaban los unos con los otros, circunstancia que Brandon y Harley aprovecharon para hacerse un sitio en la rueda. En su caso, solo tenían una copa en las manos. Ya comerían después, cuando su ansiedad se hubiera calmado.

—Ahora que todos tenemos bebida y… —empezó a decir Brandon.

—¡Espera, espera, papi! —Hugo apareció en mitad del corro empujando una silla donde estaba su plato, cargado con generosas raciones de todo lo que había encontrado—. ¡Ya estoy, ahora sí!

Y con esas cogió el plato, se sentó en la silla y después de dar un bocado a una de sus porciones de pizza, miró a su padre con total atención. Era como si estuviera en el cine con su bolsa de palomitas, solo que en esta ocasión la película tenía lugar en vivo y en directo, frente a sus ojos.

Las carcajadas resonaron en el ambiente. Brandon se llevó la mano a la frente, incapaz de creer que su hijo siempre se las arreglara para acaparar la atención de todo el mundo incluso sin proponérselo. Menudo talento. 

—No te quejarás, querido amigo. Has hecho un trabajo estupendo. Hugo es igual a ti —dijo Lau mirando admirado a aquel niño que era una especie de Brandon en miniatura, no solo por el parecido físico que se iba acrecentando a medida que Hugo se hacía mayor, sino, en especial, por esa personalidad arrolladora que encandilaba a todo el mundo con apabullante facilidad.

El rostro del padre de la criatura destilaba orgullo cuando habló. Aunque no dijo exactamente lo que se esperaba de él.

—Hugo es inigualable y lo es por derecho propio. Yo he tenido poco y nada que ver en eso. Estoy orgullosísimo de él.

El niño emitió un gorjeo satisfecho. 

—Pero como vuelva a interrumpirme, tomaré medidas —añadió haciendo desternillar a Hugo que hizo el gesto de poner una cremallera a sus labios—. De acuerdo, como decía, ahora que todos tenemos bebida y comida, vamos a contaros por qué os hemos pedido que vinierais… —Miró a sus padres y de refilón a Kyle—. No me refiero a vosotros, sino a los que habéis tenido que tomar un avión para venir. Perdón por las prisas y por lo intempestivo de la invitación, pero el motivo lo amerita.

Esta vez Brandon giró la cabeza para mirar a Harley que a su lado, le cogió la mano y la apretó en un gesto de ánimo.

—Eso espero. Porque llegué al aeropuerto por los pelos y sin aliento —dijo Lau sosteniendo un vol-au-vent de queso azul y dátiles. Lo que había empezado sonando a queja, acabó como lo hacía siempre cuando se trataba de él—: Algo que repetiré gustoso las veces que haga falta porque nada me hace tanta ilusión como pasar un tiempo con vosotros, mis queridísimos amigos… ¡Ay, cuánto os echo de menos!  —tras lo cual, se metió el bocado en la boca, más feliz que unas pascuas.

Brandon, Harley y Declan levantaron sus copas mostrando su acuerdo. Jana fue más expresiva; le pasó un brazo alrededor de la cintura al neerlandés.

—¡Y nosotros a ti, querido Lau! 

—Lo sé, lo sé… Pero sugiero que dejemos la emoción para más tarde. No sé por qué presiento que nuestro querido y excéntrico amigo, aquí presente, está a punto de despacharse con algo grande… —miró consecutivamente a Harley y luego a su «querido y excéntrico amigo»—. ¿O me equivoco?

Harley sintió que Brandon soltaba su mano. Luego lo vio sacar su móvil del bolsillo de los pantalones y entregárselo a Declan con una instrucción:

—Empieza a grabar. Quiero esto guardado para la posteridad.

Declan le dedicó una mirada divertida. Manipuló el móvil para hacer lo que Brandon le pedía y cuando estuvo listo, se lo indicó con un movimiento de la cabeza.

Harley sonrió alucinada ante la transformación que Brandon sufrió en un instante. Ahora era el showman, el dios de la tinta, desplegando toda su seducción para comunicar a sus más allegados la mayor locura de su vida. 

Brandon se volvió hacia su mujer con una sonrisa, le rodeó la cintura con un brazo para acercarla más a él, tomó su mano significativa y la guió hacia adelante, exponiéndola con la palma hacia abajo. A continuación, extendió su propia mano y la puso a la par.

—La clave de todo está a la vista —dijo rebosando orgullo—. En estos dos fabulosos anillos diseñados por el inigualable e irrepetible Hugo Baxter —y antes de que su hijo, que ya había saltado de la silla, pusiera su excitación en palabras, exclamó—: ¡¡¡Señoras y señores, nos hemos casado!!!

Y la fiesta estuvo servida. Las caras de sorpresa, las risas de incredulidad seguidas por abrazos, Hugo sacudiéndose al son de una música imaginaria mientras marcaba el ritmo usando su varita a modo de batuta, incluso alguna cara de entierro… Declan se estaba encargando de que todo quedara registrado para la posteridad.

—¡Madre mía! ¡Harley, cariño, ay, qué alegría más grande! —dijo la madre de la novia, abrazando a la pareja efusivamente.

—¡Esto vais a tener que explicármelo muy bien! —intervino Art, fundiéndose en un abrazo con su única hija y cuando hizo lo propio con Brandon, le dijo en un tono que solo él pudo oír—. ¿Te dije o no que la razón de que mi hija regresara a Londres eras tú? Gracias por hacerla tan feliz…

Los hombres intercambiaron miradas. Para Brandon todo lo sucedido seguía siendo demasiado. Tenía el corazón bailando el mambo desde hacía horas. Le agradeció a Art sus palabras con un ligero movimiento de la cabeza y procuró que la emoción no lo embargara.

La reacción de Lau ayudó a ello; soltó una carcajada y miró a la pareja con cara de estar buscando averiguar si era una de sus bromas antes de dar rienda suelta a su alegría.

—¿Va en serio? ¿Lo habéis hecho? —Y al verlos asentir enfáticamente, también fue hacia ellos—. Cuando me calme, me explayaré a gusto sobre esto. No creáis que os iréis de rositas… Porque eso de dar la campanada y no dejarme ser el tercer o cuarto padrino —dijo graciosamente al recordar que la lista de candidatos era grande—, ha sido pasarse mucho de la raya… Pero ahora solo puedo deciros una cosa. ¡Me encanta, me encanta y ME ENCANTA!

Enseguida fue el turno de los padres del novio y su reacción fue dispar. Fay enseguida se dispuso a felicitarlos. Era lo que había pensando al ver a los demás invitados y además, ella misma había puesto su granito de arena -en realidad, todo un bloque de hormigón- para que su hijo diera el gran salto. 

—¡Felicidades, cariño mío! Diría que es una sorpresa —miró a su hijo con cariño y le dio un abrazo afectuoso—, pero no lo es. Muy grata, gratísima, pero no una sorpresa.

—¿Acaso sugieres que te he enviado una invitación en sueños, madre? Ni yo lo sabía, así que no te la des de adivina…

Fay ya estaba felicitando a Harley y decidió centrarse en ella y no responder al comentario de su hijo.

—Felicidades, querida. Me hace muchísima ilusión que ya seas parte de esta familia —Tomó la mano en la que Harley llevaba el anillo y la acercó para apreciar la joya. A pesar de no ser la que ella habría elegido regalarles, sin duda, conjuntaba a la perfección con la personalidad de los novios—. Es una sortija fantástica. «Fabulosa», como diría su diseñador.

Harley fue mucho más efusiva y la besó en la mejilla. 

—Gracias, Fay —también se miró la mano y luego alzó la vista hasta la madre de Brandon, destilando ilusión—. Es una maravilla… Y la prueba de una maravilla aún más grande, ¿no, BB? 

—Una maravilla alucinante. Alucinante, alucinante, alucinante —concedió Brandon. 

Entonces, ella le pasó los brazos alrededor del cuello, él la abrazó por la cintura y la elevó tres palmos del suelo, dando lugar a un momento tierno al que los amigos de la pareja contribuyeron con sus pullas de siempre y los padres de Harley los animaron, como si estuvieran en el estadio, apoyando a su equipo favorito. Hugo directamente se puso a bailar, presa de la excitación.

- III -

Para Perry fue una sorpresa de verdad y tuvo serios problemas para disimularlo. La cámara de Declan captó la interrogación en su mirada, la tensión en su rostro y también la sonrisa forzada al darse cuenta de que lo observaban. Pasado el momento tierno de su hijo y su ahora nuera, las miradas de todos se habían vuelto hacia él; el único de los padres que aún no le había dado la enhorabuena a la pareja.

Nunca había sido especialmente diplomático a la hora de argumentar ante sus hijos y en esta ocasión tampoco lo fue.

—Corregidme si me equivoco, ¿pero no decíais hace un mes que si vuestra relación sentimental se hacía pública el perjuicio sería… poco menos que el mayor desastre de la historia? —subrayó las últimas palabras con cierto desdén—. No lo comprendo. Imagino que no seréis tan ilusos de creer que ahora, que la relación se ha convertido en un matrimonio, podréis mantenerlo en secreto, ¿verdad?

Declan pensaba exactamente lo mismo. De hecho, le preocupaba cómo se las arreglaría ahora para desarrollar su trabajo sin sobresaltos. Un guardaespaldas poco podía hacer frente a una multitud exaltada. Y si llegaba a saberse que la relación que sostenían no era estrictamente profesional como ellos tanto cacareaban, las cosas se saldrían de madre. Dado que le habían encargado que recogiera el momento para la posteridad, eso siguió haciendo. Esta vez, enfocó en Brandon y en su cara de «¿y qué otra cosa ibas a decir tú, verdad?».

Esperar que su padre se alegrara por él era pedir un imposible y Brandon no cometía ese tipo de errores. Estaba más que escarmentado con los hombres de su familia. Pero aquella velada habría agradecido una actitud políticamente correcta por parte de su progenitor para variar. Aunque fuera fingida con el único propósito de no incomodar a los Reynolds. Su suspiro, una mezcla de resignación y hartazgo, lo dejó claro; sus palabras más claro aún.

—Ese es el plan, en efecto. Lo que significa que nuestra boda es un secreto y que contamos con vuestra discreción para que continúe siéndolo. —La mirada de Brandon los recorrió a todos y se detuvo unos instantes en su hermano antes de regresar a Perry—. Además, padre, no exageres… Seguro que después de tantos años mis insensateces, como tú las llamas, ya no te sorprenden.

Perry no se molestó en hacer matizaciones. Las llamaba insensateces porque lo eran. 

—Esta sí… Al menos contaba con poder anunciar la boda de mi primogénito como acostumbran a hacer nuestras familias desde tiempo inmemorial, pero supongo que tratándose de alguien tan singular, no cabía esperar que fuera diferente. —No era «singular» la palabra en la que pensaba, pero la dura mirada de su esposa lo convenció de la necesidad de acabar con aquella conversación cuanto antes—. En todo caso, ya está hecho, así que… Felicidades. —Acto seguido, estrechó la mano de su hijo y le dio un beso a Harley en la mejilla.

Maddie Reynolds se removió incómoda ante la frialdad de su consuegro. No solo le parecía increíble, lo peor era que ni siquiera intentara disimularlo. Su marido le pasó un brazo alrededor de los hombros en un gesto que vino a comunicarle que estaba totalmente de acuerdo con ella, pero que no se le ocurriera arrimar más leña al fuego.

—¿Y ya está? —escupió Kyle, a quien la noticia lo estaba ahogando en su propio veneno—. ¿Es que nos hemos vuelto todos locos? 

Harley sintió cómo Brandon se envaraba. La tenía tomada de la mano y la tensión que notó en él la impulsó a intervenir.

—¿Lo dudas? Está bastante claro que tu hermano y yo nos hemos vuelto completamente locos, pero es una locura buena, ¡buenísima…! ¡Una locura de amor! —exclamó risueña.

Kyle avanzó hacia ellos con evidente molestia. Eran tantas las cosas que no entendía, que no sabía por dónde empezar. Pero algo tenía claro; no se quedaría callado por más tiempo.

—Vamos a ver, ¿de qué historieta de cómic os habéis escapado? Porque la última vez que lo miré, en este mundo -el mundo real-, cada cosa que hacemos tiene consecuencias legales. Casarte con un Baxter…

—No sigas —siseó Brandon. No fue solo una orden. Su tono, su expresión, el rencor en sus ojos hablaban de una clara amenaza.

Tan clara que Fay no dudó en intervenir.

—Basta, Kyle. Esto es una celebración. Hay invitados. Qué vergüenza… Por favor, si no eres capaz de aparcar por una noche las diferencias que tienes con tu hermano, te ruego que te marches —dijo, situándose entre los dos.

Kyle exhaló un suspiro malhumorado y apartó la vista. Brandon, no. Su mirada airada y desafiante continuó sobre él.

Harley no era proclive a tomarse las cosas de manera personal, pero que Kyle hubiera insinuado que a ella la había movido un interés económico, le había escocido. Y ya era difícil que aquel día algo pudiera atravesar su nube rosa de mujer que acaba de hacer la locura más maravillosa de todas, pero… 

Escocía y mucho.

Todos miraron a Harley sorprendidos al oír su voz en aquel tono inusualmente serio.

—Me gustaría… Nos gustaría —se corrigió, dedicándole a Brandon una ligera mirada— que te alegraras por nosotros. Tu hermano seguro que no lo espera, pero yo sí. Me cuesta imaginar que alguien pueda no alegrarse cuando a otra persona la vida le va bien. Ya no hablemos de que esa persona sea de su propia sangre… Eso que sugieres, no sucederá. Quédate tranquilo. Porque yo no me he «casado con un Baxter». Me he casado con B.B.Cox, el dios de la tinta, un hombre al que adoro y admiro profundamente en lo personal y en lo profesional. Es un sueño de hombre, la mejor pareja que he tenido nunca y un padre orgulloso de su hijo que vive por y para él.  Y todavía le queda tiempo para ser el artista más talentoso y creativo que he conocido en mi vida. Es el dios de la tinta por algo. Está en la cima de su profesión y ha llegado hasta allí sin necesidad de echar mano de su ilustre apellido. Sin la ayuda de nadie… Por sí mismo. Algo que muy poca gente puede decir… —A todos les quedó claro que había sido un sustituto elegante de lo que en realidad pensaba; «algo que tú no puedes decir».

Harley apoyó un codo sobre el hombro de Brandon en una pose sensual pero a la vez muy posesiva. Él respondió rodeándole la cintura con su brazo. La cámara de Declan captó a un tipo que no cabía en sí de gozo al oír a la mujer que amaba defendiendo a su hombre como una leona.

—Me he casado con él —continuó—. No con los Baxter. Ni con los Cox. Solo con BB. Bueno…, y con Hugo, ¿no, peque? 

—¡Sí, sí, sííííí! ¡Ay, qué bien, qué bien! —explotó Hugo, aliviado, y corrió a ocupar su lugar entre los dos. 

Las intervenciones de Perry y de Kyle habían asustado al niño. Aunque el tono empleado por ellos no era el propio de una discusión, percibía el enfado su padre con alarmante claridad.  

Harley apoyó su mano libre sobre el hombro del pequeño, lo frotó cariñosamente, y remató la faena:

—O sea que, aparte de las risas y las charlas que de buen grado queráis venir a compartir con nosotros tres, lo demás me trae completamente al pairo. ¿Sabes qué es lo bueno de todo esto? —A continuación, usó el plural dejando claro que también se refería a Perry—: Que no tenéis que creerme; solo tenéis que esperar. El tiempo siempre es el que pone a cada uno en su sitio.

—¡Amén! —exclamó Jana. Llevaba un buen rato mordiéndose la lengua para no empeorar las cosas. Ella mejor que nadie sabía de la generosidad de su amiga. Lo dicho por Kyle le había sentado como un puñetazo, con que podía imaginar cómo se sentía Harley. 

La cámara de Declan captó el entrañable abrazo de las amigas y las carcajadas que compartieron después. Pero no pudo captar lo que Jana le susurró al oído: «pasa de lo que diga ese impresentable. Los que te queremos sabemos muy bien la clase de persona que eres». Ni lo que las hizo reír; «pero que te quede claro que como no me cuentes en detalle cómo llegó ese anillo a tu dedo, no podrás disfrutar de tu maridito. Porque pienso quedarme aquí lo que haga falta, Harley. ¿Estamos, mala amiga?».

—¡Amén! —la secundó Lau, alzando su copa.  

—¡Amén! —concedió Brandon—. Y ahora, si ningún otro aguafiestas tiene algo que decir, propongo un brindis a nuestra salud. ¿Qué os parece? ¿Queréis brindar por nuestra maravillosa locura y por que se nos sigan ocurriendo muchísimas más? 

Y entonces, un coro ensordecedor de «síes», entre los cuales destacó el de Hugo, dio lugar a uno de los momentos más alegres de la noche.

- IV -

La velada se prolongó hasta bien entrada la madrugada y la pareja de recién casados se ocupó de hacerla divertida e inolvidable con sus momentos tiernos y sus pullas mutuas.

Kyle no tomó parte del brindis y se marchó enseguida, incapaz de presenciar la felicidad de alguien a quien despreciaba con todo su ser. Más en aquellos momentos, en los que su matrimonio, uno que se había atenido a todas las reglas sociales y familiares, amenazaba con naufragar.

A Perry le costó aparcar sus reticencias ante la forma de proceder de su hijo mayor. Hacía mucho que había dejado de oponerse abiertamente a las personas de las que elegía rodearse. Harley no era la clase de nuera que le habría gustado tener, pero hasta un ciego podía ver el efecto positivo que tenía ella sobre Brandon y sobre Hugo. Y él no era ciego. Sin embargo, su hijo parecía olvidarse de que, le gustara o no, era miembro de una  familia muy importante; su desdén hacia los protocolos y las costumbres perjudicaba el apellido familiar. Pero al fin, acabó disfrutando de la velada y de la contagiosa felicidad de la pareja.

Hubo música, bromas y muchas preguntas. Si Harley y Brandon creían que iban a poder reservarse algo de lo sucedido la noche anterior, muy pronto descubrieron que permitirlo no estaba en los planes de sus amigos. 

Hugo había participado activamente durante la primera mitad de la velada, pero la excitación y los nervios habían podido con él y se había quedado dormido a medianoche con la cabeza apoyada sobre las piernas de su padre, acaparando buena parte del sofá.

O eso creían todos, que el pequeño había sucumbido al cansancio.

Hasta que él interrumpió el relato de Harley. Todos oyeron su voz cargada de incredulidad y lo miraron. Para entonces, ya se había incorporado un poco. Estaba apoyado sobre un codo y miraba a su padre con los ojos muy abiertos.

—¡¡¿Fue Harley la que te lo pidió a ti?!! ¡Ay, pillín, que guardado te lo tenías! —exclamó. Y a continuación se puso a reír a carcajadas.

Hubo un momento de silencio durante el cual todos los presentes se dedicaron a hacer las asociaciones oportunas entre el relato de Harley y lo dicho por el niño. Todos, excepto ella que miró a Brandon con el mismo asombro y la misma picardía que había en la cara de Hugo.

—¿Le dijiste que habías sido tú? —preguntó, aguantando la risa—. ¡¡¡No me lo puedo creer, BB!!!

Brandon podía explicar el malentendido. Decir, por ejemplo, que en el momento al que Hugo se refería, lo que de verdad le preocupaba era cómo se tomaría que su padre lo hubiera dejado fuera de algo tan importante. Que la energía arrolladora de Hugo tendía a marcar el ritmo de todo lo que hacía y que se dispersaba con enorme facilidad, por lo que mantener su atención no era una tarea nada fácil. Quién le había pedido matrimonio a quién no era relevante; haberse casado con Harley sin decírselo, sí. Para él era lo más importante de todo y su nivel de preocupación era tal, que no había sido capaz de demorarse en hacer aclaraciones que, conociendo a su hijo, habrían dado lugar a un millón de preguntas. Ya no podía esperar más para decírselo.

Brandon podía haberse explicado, pero no lo hizo. El orden de los factores en temas de pareja no tenía ninguna importancia para él. Y ahora que sabía que contaba con la aprobación de Hugo… Por citar las palabras de Harley; «todo lo demás, le traía completamente al pairo».

De modo que respondió con un gesto; se cubrió la cara con las manos.

Sabía que eso sería motivo de burlas y bromas los próximos cincuenta años, pero no le importó. 

Aquel día todo era especial, único, inolvidable… Y las carcajadas que resonaron en el salón a continuación le supieron a gloria. 

Eran el colofón perfecto al día más maravilloso de toda su vida.


_____________________________________________________
©️2024. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷


Comentar                                 Ir a Inicio 🔝                                Ir a Principal 🔙


COMENTARIOS


¿Quieres compartir tu opinión o hacerme alguna sugerencia?

Si has disfrutado de este texto exclusivo y quieres compartir tu opinión o hacerme alguna sugerencia sobre historias que te gustaría ver en Club Románticas, ¡sírvete tú misma! Me encanta que "me cuentes cosas" 😜 ¡Y siempre respondo! ¡Muchas gracias!

IMPORTANTE: No olvides indicar tu nombre y tu localidad en el apartado correspondiente. De lo contrario, no sabré a quién pertenece el comentario ¡y quiero saberlo! ;)