Club Románticas, la Zona Vip de Patricia Sutherland



MAVERICK & SHEA

Una de las parejas de Los moteros del MidWay, 1, 2 y 3 y los protagonistas de Momentos Especiales - Maverick & Shea (Extras Serie Moteros # 6)


Club Románticas. Contenidos exclusivos dedicados a Maverick & Shea, personajes de Los moteros del MidWay y protagonistas de Momentos Especiales - Maverick & Shea

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CR08. Tu secreto está a salvo.


Tu secreto está a salvo, un relato de Patricia Sutherland, sobre Maverick & Shea, basado Los moteros del MidWay, 5. Noticias inesperadas. Menorca.

Domingo, 26 de diciembre de 2010.

Casa de Brennan Mitchell.

Cala Morell, Menorca.


- I -


Antes de desaparecer de la cocina, Maverick volvió la cabeza con una sonrisa y les hizo una advertencia final a sus compañeros de desayuno:

—Lo de que vuelvo enseguida va en serio. Así que mucho ojito con lo que hacéis…

Las risas de Ike y los comentarios de Erin lo siguieron durante parte del trayecto. Maverick tenía claro que algo había sucedido entre esos dos la noche anterior. No sabía exactamente qué, pero se los veía mucho más a gusto juntos de lo habitual. Y eso ya era decir. Ike le parecía un buen tío. A pesar de que Dakota lo odiara y de que la mayoría de los moteros del bar lo convirtieran en blanco de sus burlas, a él le parecía un tipo legal. Además, siempre se había portado muy bien con él. Sonrío al pensar que no tenía ningún problema en que acabara convertido en su cuñado.

—¿Dónde estás, nena?

Maverick continuó abriendo puertas de las distintas habitaciones que salían a un lado y al otro del pasillo central.

—¡Aquí! 

El sonido de la voz llegó justo en el momento en que Maverick vio la rubia cabeza de su princesa asomándose por la puerta del baño.

Apuró el paso hasta ella que enseguida tiró de él, cogiéndolo por la manga de su camiseta. A continuación, indicándole con un dedo que guardara silencio, Shea cerró la puerta.

Ya estaba sonriendo cuando se giró hacia él. Era una de sus sonrisas de «vas alucinar con lo que te voy a contar».

—Se besaron —le dijo, frotándose las manos, encantada por el nuevo estado de las cosas entre su hermana y el «no-motero» del bar—. Erin me lo contó esta mañana.

—¡Ya me parecía a mí que estaban diferentes…! ¿Pero es un secreto?

Desde luego, si no lo era, a santo de qué estaban encerrados en aquel baño hablando en voz baja.

—Secreto, secreto, no… Pero como sé que siempre te pones eufórico, no quería que lo hicieras en mitad del pasillo donde ellos pudieran oírte porque se supone que somos personas adultas y que Erin no ha venido corriendo a contármelo como si tuviera quince años. Cosa que hizo —añadió, tronchándose—. Pero hay que mantener el tipo, ya sabes…

Maverick le rodeó la cintura con sus brazos haciendo que se apoyara contra su cuerpo. Él, a su vez, se recostó contra el lavabo. Era una de sus posiciones habituales de conversación, de modo que a Shea no le extrañó. Continuó hablando de lo más animada.

—Menudo fin de semana, ¿verdad? Y ya no te digo la noticia de que mi hermano le haya pedido a papá que se quedara en su casa un tiempo más… ¡Te juro que habría pagado por poder verlo! 

Maverick asintió. Con el cabreo que tenía Dylan, lo último que él había esperado era semejante cambio de tornas. Por la mañana, el irlandés estaba decidido a que su viejo regresara a su propia casa de una vez. De hecho, él mismo le había estado ayudando a hacer el equipaje. Por la noche, las maletas seguían hechas pero Brennan ya no se marchaba.

—Y que lo digas. Fue toda una noticia… Quizás se ha dado cuenta de que no es tan malo el león como lo pintan… —añadió con segundas.

Shea rió con cierta ironía al recordar que Ike le había dicho a Erin algo parecido. Estaba claro que la corrección social de Brennan Mitchell engañaba mucho.

—Claro que es tan malo como lo pintan… Lo que pasa es… —Shea hizo una pausa—. Es lo que pasa cuando tienes al lado a alguien que mira la vida a través de unas gafas de persona feliz. Andy es la razón de que mi hermano haya cambiado tanto…

—Es cierto. Las personas cambian. Algunas necesitan más ayuda que otras, pero el cambio es una constante en la vida de todos… Y eso que es válido para tu hermano, también lo es para tu padre… ¿Cuándo vas a decirle nuestros planes? Hoy nos vamos, Shea. Se te está acabando el tiempo…

—Mav…

No hacía falta que dijera más, pensó él. La expresión del rostro de su chica y el enfado que empezó a brillar en sus ojos hablaban por sí mismos.

—Ya sé lo que piensas… Estás dando por hecho que a tu padre le parecerá mal, pero no tiene por qué ser así…

—No debería ser así, pero hay muchas más posibilidades de que suceda que de que no suceda. No te dejes engañar por su aspecto ni por su sonrisa ni por su amabilidad… La noticia de que va ser abuelo lo ha afectado, pero sigue siendo el mismo hombre imprevisible de siempre. El mismo hombre que espera que las cosas sucedan de una forma, la suya. Tu forma y la mía, sencillamente, no están a la altura. Y sí, sé que tengo que decírselo… Pero hemos pasado un fin de semana fabuloso y sé que en cuanto abra mi boca y le cuente lo que hay, va estropearse y…

—¿Pero qué crees que va a decir? —la interrumpió Mav.

Ella sonrió con ironía.

—Son tantas las cosas que puede decir… No ve con buenos ojos lo nuestro, Maverick. Y por más que con el paso del tiempo haya aprendido a tenerte afecto, eso no modifica en nada lo que él cree. O sea, que tú eres demasiado joven y yo me divorcié demasiado pronto, que he rehecho mi vida demasiado pronto y que irme a vivir contigo sin haberme casado antes está mal. Es lo que ha pensado siempre. ¿Crees que haberse convertido en abuelo va a cambiar las creencias de toda una vida? No te equivoques, Mav…

Él le acarició una mejilla suavemente.

—Estás feliz, viviendo el mejor momento de tu vida y es tan evidente que hasta a mí me das envidia… —Vio que ella sonreía, todavía algo disgustada—. Y cuando le digas esto —la mano de Maverick pasó de la mejilla al vientre femenino, donde se posó con infinita suavidad—, va a alucinar… Eres su hija, su niña pequeña, y estás embarazada… Se va a volver loco de alegría. ¿Por qué te lo piensas tanto?

—Ay, Mav, por favor, no —se quejó, poniendo morritos.

—Venga, preciosa… ¿No confías en mí?

—Eso es un golpe bajo. Claro que confío en ti.

—Pues entonces hazlo. Se alegrará, se alegrará tanto como se alegró anoche, créeme. Será así. No es el mismo hombre de hace unos meses, y no es sólo porque él haya cambiado… Tu padre no es ciego. Ve perfectamente lo feliz que eres. Lo felices que somos —Mav hizo una pausa y tomó el rostro de Shea entre sus manos—. Hay que decírselo, nena.

Ella se abrazó a él. Lo rodeó fuertemente con sus brazos. Aquella actitud siempre positiva, siempre confiada en el buen hacer de la gente, era algo que la había cautivado desde el primer momento. Porque sabía que nada de lo que le había dicho era por convencerla. Lo creía de verdad. Maverick estaba convencido no sólo de que su futuro suegro lo quería bien, también de que acabaría convirtiéndose en un aliado, en alguien con quien podrían contar siempre. Mav era así. 

—Te adoro —murmuró ella. 

—Yo más —respondió él. Dejó que su mano descendiera suavemente por las caderas de Shea hasta su pubis. Ella se estremeció y no apartó sus ojos de él en ningún momento—. ¿Qué tal si mientras dejamos que ellos hagan manitas, tú y yo…? —Un movimiento sensual de las cejas rubricó aquella frase que Mav no llegó a completar.

La mano de Shea hizo el mismo recorrido que antes había hecho la de Mav. Él soltó un suspiro.

—La respuesta es sí —dijo ella.

Y a continuación, la temperatura de aquel baño empezó a elevarse críticamente.


* * *


«Tengo a papá al teléfono, ¿dónde estás, Shea?»

Shea y Maverick pasaron de estar casi a punto de tocar el cielo con la punta de los dedos, a apartarse uno del otro como si los hubiera alcanzado una descarga de mil voltios. Lo siguiente fue arreglarse la ropa a la velocidad de la luz.

—¡Estoy en el baño, enseguida salgo! —gritó Shea para asegurarse de que a su hermana no se le ocurriría abrir la puerta.

—¡Joder! —masculló Maverick, frustrado—. En el más que hipotético caso que consiguiera subirme la puta cremallera, ¿cómo se disimula esto? —Alzó brevemente la vista hasta ella señalando con un dedo el enorme bulto que le impedía cerrarse sus ceñidos vaqueros.

Pero al hacerlo, otra imagen ocupó toda la atención de Maverick. Shea estaba acomodándose el sujetador y esos movimientos que sacudían sus pechos lo pusieron al límite.

Ajena a la mirada de Mav, Shea comentó en voz baja:

—Pues anda que yo… —Sus pezones destacaban como si fueran carteles de neón sobre el ligero tejido de su blusa blanca.

—Joder… —volvió a decir él, su tono totalmente alterado por la excitación.

Fue entonces cuando Shea miró a Maverick. Él se relamía. Literalmente. Y un instante después, antes de que ella pudiera hacer nada al respecto, había pasado a la acción; una de sus manos le acarició un pecho posesivamente y enseguida fue a hacer lo mismo con aquel trocito de carne enhiesta que destacaba tanto sobre su blusa lisa.

Shea también se relamió. Cerró los ojos y dejó que él jugueteara a gusto, provocándole ríos de placer. 

Los pasos de Erin acercándose obraron el milagro; Shea empujó a Maverick suavemente para apartarlo de ella.

—Venga, Mav… Tendremos que dejarlo para después…

Su mano aún se resistió a apartarse y Shea suspiró cuando él la metió por debajo del sostén y le pellizcó el pezón. Acto seguido, le abrió la blusa de par en par y tiró del sujetador hacia abajo, liberando sus pechos al completo. No conforme con eso, empezó a darse un festín con ella. Festín al que Shea, tan rendida al momento como él, no opuso la menor resistencia.

Al fin, Maverick soltó un suspiro.

—Joder —susurró—, con qué hambre me has dejado… Ve, habla con tu padre y vuelve aquí volando… 

Y esta vez fue él quien se apartó. Sus ojos parecían dos antorchas cuando se posaron sobre Shea.

—Te espero. No tardes.

Shea asintió varias veces con la cabeza.

—No te muevas de aquí —murmuró, con tal tono de súplica desesperada que consiguió hacerlo sonreír de placer.

A continuación, Shea acabó de acomodarse la ropa a toda prisa, hizo lo mismo con su cabello y después de echarse un último vistazo en el espejo, fue al encuentro de su hermana.


* * *


—Ah, al fin… —dijo Erin al ver a su hermana.

Iba hacia ella con paso ágil pretendiendo parecer de lo más normal. Pero no estaba de lo más normal. Una sonrisa divertida apareció en el rostro de Erin en cuanto comprendió la única razón posible de aquellas mejillas tan sumamente arreboladas. 

—Vaya, ¿he interrumpido algo interesante? —bromeó.

Shea sacudió la cabeza. Como para bromas estaba ella.

—Dame ese móvil, haz el favor —y con esas, casi le arrancó el aparato de la mano.

Echó un vistazo rápido a la hora y supo exactamente por qué su padre la estaba llamando. Exhaló un suspiro y se encomendó a Dios. Aquella precisa mañana no tenía ganas de escuchar quejas paternas. De hecho, pensando en lo que le estaba esperando en el baño, lo único de lo que tenía ganas era de acabar la conversación con su padre cuanto antes poder volver con Mav. Diossss… Tenía que ser cierto lo que Dylan había estado comentando en plan broma acerca de cómo el embarazo había estimulado la libido de su mujer. Ella también había notado «mejoras» en ese sentido; el sexo era mucho más placentero y ella tenía muchas más ganas que siempre. Lo que sumado a las permanentes ganas de Mav, iba camino de convertirlos en dos adictos. 

«Deja de pensar en sexo y céntrate, que tienes al gran león esperando para hablar contigo», se dijo.

—Buenos días, ¿qué tal, papá? ¿Cómo va tu pierna esta mañana?

Brennan, que había empezado a impacientarse de tanto esperar, exhaló un suspiro y eso fue lo primero que oyó Shea.

Al fin… ¿Mi pierna? Recordándome que ya no soy un niño, gracias. Pero como ya lo sé y no necesito que ella me lo recuerde, la ignoro. Así que, en resumidas cuentas, bien. ¿Y tú… cómo estas hoy? ¿Estás bien?

Aquella parrafada tan espontánea —y tan poco propia de su padre—, tomó a Shea por sorpresa. Frunció el ceño pensando si quizás alguien le había puesto unas gotitas de brandy al único café que su padre se permitía por día y esa era la razón de que él sonara tan… ¿Dicharachero?

—¿Yo? A mí no me han operado de un trombo. ¿Por qué no iba a estar bien?

Porque ayer te noté rara —«¿Rara cómo?, pensó Shea—. Algo pálida… Bueno, me refiero a más pálida que de costumbre… Tu piel es tan blanca que cualquier malestar se te nota enseguida… Y también porque es tarde —se apresuró a matizar. Se suponía que no sabía lo que sabía y lo último que deseaba era que un exceso de preocupación por su parte, acabara delatando a Maverick—. ¿Te has percatado de la hora que es? Tu hermana y tú sois bastante exasperantes con el tema de la puntualidad, así que…

—Estoy perfectamente, papá. Es Navidad, nos acostamos tardísimo anoche y hoy se nos pegaron un poco las sábanas… Yo creo que una vez cada diez años podemos ser algo impuntuales sin que ocurra ningún cataclismo, ¿no te parece?

Qué jocosa te has levantado, hija mía. Estoy de acuerdo; una vez cada diez años no hace daño. Pero no tardéis demasiado. El padre de Andy llegará de un momento a otro y ella cuenta con nosotros para que el hombre se sienta un poco más en familia…

—Tranquilo, papá. No tardaremos demasiado —se despidió. Y una sonrisa traviesa le iluminó el rostro cuando su cerebro se ocupó de acabar aquella frase: «solo lo necesario para disfrutar del festín privado que me espera en el baño».


- II -

La comida en casa de Andy y Dylan había estado muy bien. Dylan había podido al fin preparar el menú que el día anterior había acabado sustituido por pizza con ensalada y Andy, aunque mareada y algo descompuesta, había podido hacer de anfitriona de su recién recuperado padre y presentárselo a su familia política. La conversación había fluido y todos habían pasado un momento agradable, pero después de comer Erin y Shea habían propuesto a sus respectivos acompañantes y al cabeza de familia ir a dar un paseo. La excusa había sido que Brennan ejercitara un poco su pierna, pero el verdadero propósito era que Andy pudiera disfrutar de su padre a solas las pocas horas que quedaban antes de que el hombre regresara a Kenia.

—Vaya sorpresa con el padre de Andy, ¿verdad? —comentó Brennan.

Estaban en la Cala en Porter, frente al acantilado desde el cuál podía verse la cueva más visitada de la isla, la Cova d’en Anxoroi. A pesar de la belleza de las vistas, su mente continuaba dándole vueltas al hombre que había conocido hacía un rato y que, inesperadamente, le había dado una muy buena impresión.

—Eso, desde luego. Desaparecer de la vida de tus hijos un buen día y quince años después presentarte como si fueras un regalo de Navidad… —comentó Erin.

—Me refiero a que no es exactamente como me lo había imaginado —precisó su padre, algo incómodo por  el exceso de sinceridad de su hija mayor—. Cuando te hablan de alguien tan enganchado a las drogas y a la bebida, que un buen día se marchó de casa como si lo que dejara atrás no fueran su mujer y sus tres hijos pequeños, no esperas a alguien elegante, educado y agradable como el individuo con el que hemos estado comiendo hoy. ¿O sí?

Erin no era de las que se dejaban llevar por las apariencias. Aquel tipo, independientemente de su aspecto, había abandonado a su familia. Esos eran los hechos. Más allá de lo que Andy decidiera creer y hacer al respecto, la realidad era la que era.

—Mira, papá, aunque al mono lo vistan de seda, mono queda…

—Es decir, que no te agrada.

—No es a mí a quien tiene que agradarle. Y sí, parece un hombre cortés y muy educado…

—Y muy atractivo —terció Shea, bromeando más por evitar que el ambiente se enrareciera, que por que Chad Avery le hubiera resultado realmente tan mirable.

—A ver, un momento, ¿cómo es eso de que es muy atractivo? Ese señor podría ser tu padre. ¿Desde cuándo te gustan los hombres tan mayores? —intervino Maverick, haciendo reír a todos. 

Shea le pellizcó a la mejilla a modo de respuesta. Brennan asintió enfáticamente con la cabeza. Teniendo en cuenta la gran juventud de Maverick, le había resultado un comentario de lo más acertado.

—¿A ti también te lo ha parecido, Erin? —quiso saber Brennan, pero en vez de mirar a su hija, se dedicó a observar las reacciones de su acompañante.

Ike sonrió. Sus ojos continuaron sobre Erin con el mismo interés de siempre. Pensó que después de que ella hubiera dejado clara su opinión acerca de aquel hombre, dudaba mucho que su apariencia fuera a merecerle un calificativo diferente.

Ella se encogió de hombros y mirando a Ike brevemente, se limitó a responder:

—A ver, una no es ciega y el hombre tiene muy buena planta —Al notar la sorpresa pintada en el rostro de Ike, se empezó a reír—. Las cosas como son; no se puede negar la evidencia. Pero hasta ahí llega mi interés.

—Pues no me parezco a él ni en lo blanco del ojo… —comentó Ike, con un punto de desolación en su voz.

Maverick soltó una risotada.

—¡Lo has hundido en la miseria, Erin! ¡Pobre Ike!

Erin estuvo a punto de decir lo que pensaba acerca de Ike, pero estando su padre presente no le pareció una buena idea confesar que le parecía el tío más espectacular del mundo. Brennan Mitchell ya lo analizaba bastante. Se limitó a reír. 

Al cabo de un rato, Brennan continuó con sus preguntas.

—¿Y tú qué opinas, Maverick?

—¿Yo? Pues no sé… Creo que haberse presentado de la forma que lo hizo no fue la mejor de las ideas… Quiero decir, las cosas podrían haber acabado muy mal… Pero viendo lo feliz que estaba Andy… Para ella fue un regalo. Lo dijo. Así que, si tantos años de ausencia acaban convertidos en un reencuentro feliz, yo apuesto por ello.

Brennan asintió con la cabeza. No había esperado una respuesta distinta por parte de Maverick. Si algo había dejado claro a lo largo de los meses, era que veía la vida a través de un cristal multicolor. Sin embargo, ¿era realmente lo que pensaba… O sólo lo que decía?

—Sí, pero no te preguntaba por los resultados. Está claro que para Andy ha sido una gran noticia, pero también sabemos que ella no es una chica corriente.

Maverick se rascó la cabeza en un gesto cómico. Era el mismo que solía hacer cuando algo lo obligaba a tener que salir de su zona de confort. Shea se giró un poco para poder verlo con lujo de detalles. Era tan difícil sacarlo de esa zona, que casi estaba a punto de aplaudir a su padre por intentarlo.

A Maverick no le gustaba tener que reconocer que había malas acciones y personas que cometían errores muy serios. No le gustaba entrar en ese terreno porque lo conducían indefectiblemente a ciertas acciones y personas de su propia vida que la habían cagado a base de bien. El padre de Andy no había ejercido de padre, pero al menos se había llevado sus miserias con él, sacándolas del área de influencia de su familia. Su padre, en cambio, solo había dejado de exhibir sus miserias al morir. Había sido un padre ausente, con un sentido muy precario de la paternidad.

—Imagino que las razones que tuvo para largarse y no mirar atrás debían ser importantes. Debió sentirse muy acorralado por las circunstancias para hacer las elecciones que hizo. Personalmente, me parece inadmisible. Unir tu vida a la de otra persona es una decisión muy seria. No llegas a ella con una mentalidad de «mientras dure». Es una decisión definitiva, es para siempre. Y ya no hablemos de que además tengas hijos con esa persona. No me entra en la cabeza que alguien pueda hacer esa clase de elecciones y luego seguir con su vida como si no las hubiera hecho.

La respuesta de Maverick sorprendió a todos. A Shea, la primera. Sus palabras habían sido de una dureza inusitada teniendo en cuenta de quien provenían.

—O sea, que puedo quedarme tranquilo. Tu relación con mi hija es para siempre y todo lo que venga después, también —comentó Brennan con cierta comicidad.

Maverick esbozó una gran sonrisa. Qué gran actor era el padre de Shea, pensó.

—¡Eso puede darlo por hecho!


* * *


Shea se apresuró hasta el coche, decidida a ganarle la mano a su hermana.

—Qué prisas… —se quejó Erin. Le hizo un guiño a Maverick que lo entendió a la primera porque ya se había percatado de las verdaderas razones por las cuales se había dirigido rauda a hacerse cargo del volante.

Ella desdeñó el comentario con un gesto de la mano. Ni loca pensaba quedarse en la fila de atrás y quedar a merced de las preguntas de su querido padre que, desde que Mav, inesperadamente, se había salido de su zona de confort, amenazaban con volverse más personales. Que Dios la perdonara, sabía que tenía que hablar del tema, que no podía seguir postergándolo. Pero no le apetecía lo más mínimo hacerlo. Se resistía a arriesgarse a regresar a Londres con una preocupación más. Con un disgusto más.

—Erin te haces un lío en las rotondas. No es que disfrute relegándote al asiento del copiloto, pero está fresco y necesito ir al baño. Preferiría no tener que hacérmelo encima, ¿sabes?

—Sí, sí… Tú métete conmigo, que ya vendrás a buscarme cuando necesites un chófer…

Shea ocupó el asiento del conductor, se puso cómoda y esperó a que los demás llegaran, tamborileando los dedos sobre el volante.

Brennan sabía de qué iba todo aquel asunto gracias a Maverick. Sabía que su hija menor seguía pensándose si compartir la gran noticia de su vida o dejarlo para otro momento. Como si fuera algo que pudiera posponerse… Pero así era ella, tan joven y tan estrecha de mente. Porque había que estar muy ciega para no haberse dado cuenta todavía de que él estaba de su parte y siempre lo estaría. Aunque discutieran. Aunque muchas veces no estuvieran de acuerdo en cosas importantes. Estaba claro que Shea pretendía encontrar una excusa para seguir postergando lo impostergable y decidió que no le pondría las cosas fáciles. 

—Espera, espera, Erin… La pierna empieza a molestarme, creo que estaré mejor si voy delante.

Maverick lo ayudó a subir al coche, esforzándose para no echarse a reír al ver el brillo en los ojos de su chica. Shea no había pronunciado una sola palabra. No había hecho el menor gesto y, aparentemente, continuaba mirando lo que su padre hacía como quien veía la lluvia caer al otro lado del cristal de la ventana. Pero él sabía que la procesión iba por dentro.

Después de ayudar a Brennan, Maverick ocupó su asiento en la fila de atrás junto a Ike y a Erin

—Ya estamos, preciosa —anunció, tragándose la risa.

Sus miradas se encontraron brevemente a través del espejo retrovisor y Shea pudo ver perfectamente cómo el amor de su vida se lo estaba pasando bomba a su costa. 


* * *


A pesar de qué tenía la chaqueta de Maverick sobre los hombros, Brennan notó que su hija parecía estar bastante destemplada. Su palidez, aquella palidez extraña que destacaba tanto el color de sus ojos y que volvía su piel casi transparente, había vuelto a ser más evidente que antes. Recordó que su mujer también había experimentado algo parecido durante su primer embarazo. El médico les había explicado que tenía que ver con la bajada del nivel de glucosa en la sangre. Pero como se suponía que no sabía lo que en realidad sabía, Brennan volvió a apartar la mirada procurando que Shea no se diera cuenta de con cuánto interés la estaba observando. Lo intentaba, de verdad que lo intentaba, pero desde que sabía que una nueva vida crecía en el vientre de su hija, le resultaba casi imposible desviar su atención de ella.  

Cuando al fin les sirvieron las raciones de dulce que inevitablemente solían acompañar al café últimamente, Maverick apretó la mano de Shea, animándola a que se lanzara de una vez. Era la ocasión perfecta: estaba los cinco solos, en un lugar donde sucediera lo que sucediera, Andy no se vería afectada. Ni siquiera estaba Dylan, que con su ya conocida animadversión hacia Brennan Mitchell, podía aguarles la fiesta. 

Shea lo sabía muy bien, lo cual no evitó que se removiera en su asiento con tal incomodidad que todos se dieron cuenta.

Pero solo uno preguntó por ello.

—¿Todo bien? —dijo Brennan. 

Shea no lo aguantó más. Se puso de pie y respondió con la mayor naturalidad de que fue capaz.

—Claro, papá. Erin, ¿vienes?

—¿Dónde? —insistió Brennan sin ocultar su asombro.

Quien respondió fue a Ike. Y se estaba riendo cuando lo hizo.

—Al baño. Es un clásico, señor Mitchell. Las chicas van al baño de a dos. 

Maverick sacudió la cabeza incapaz de creer que Shea siguiera arreglándoselas para esquivar el tema. Si se lo permitía, regresarían a Londres sin decírselo a su padre y el asunto quedaría en suspenso hasta la próxima vez que sería ¿cuándo, el día de la boda? De eso, nada.

—Pues esta vez será de a tres —comentó Maverick.

Y salió detrás de ellas, dejando a Ike y a Brennan a solas.


- III -

Cuando Shea vio que Maverick se metía en el baño de señoras, detrás suyo, se dio la vuelta con la intención de regañarlo y lo devolvió suavemente al pasillo. 

Maverick se anticipó a la regañina. La tomó por los codos con suavidad y fue directo al grano.

—Díselo, princesa. Él tiene derecho a saberlo y a alegrarse por nosotros. Tú necesitas soltarlo. Y yo… —Esbozó una sonrisa cargada de ilusión—. ¡Necesito que lo sueltes de una vez! ¡Estoy feliiiiiiiz, nena! ¡Quiero contárselo a todo el mundo y no morderme la legua porque tu padre aún no lo sabe! Venga, Shea, esto no es justo…

Cuando le hablaba en aquel tono en el que no solo quedaba patente la dulzura con la que siempre la trataba, sino también aquella visión suya del mundo, tan propia de alguien incapaz de ver las cosas de otro color que no fuera el rosa, Maverick le resultaba demoledor. Era imposible negarse. 

Pero Brennan Mitchell era Brennan Mitchell por más color de rosa que Maverick quisiera verlo todo.

—Nos va a estropear el día, Mav. Es así. Y sé que es inevitable, que tengo que decirle que nos casamos en un mes y medio, que no puedo seguir postergándolo… Lo sé, lo sé… Pero es que… Estamos tan felices…

—Precisamente, nena. Estamos felices y tenemos dos noticiones por compartir, ¿por qué no hacerlo? ¡Será como ponerle la guinda al pastel! Confía un poco más en tu padre, Shea —y al ver que ella elevaba una ceja ominosamente, concedió— : Vale, no confíes en él, si no puedes; confía en mí cuando te digo que él no va a estropearnos nada.

Otra vez con lo mismo.

Confío en ti, Mav. Y me molesta mucho que lo pongas en duda.

—Venga, princesa, no te enfades conmigo… Todo irá bien. Tu padre se alegrará.

Shea se cruzó de brazos, miró a otra parte. Admiraba la capacidad de Maverick de confiar siempre en las buenas intenciones de la gente. Sin embargo, en este caso, ella no lo veía nada claro.

—Te tiene por un niño y a mí por una loca inconsciente que cinco meses después de divorciarse no tuvo mejor idea que «ayuntarse» con alguien mucho más joven. ¿De verdad crees que su opinión ha cambiado tanto? ¿De verdad piensas que esto le parecerá bien?

—La gente cambia, Shea. Ha tenido mucho tiempo para vernos juntos y para darse cuenta de que tenemos una buena vida. Ha tenido tiempo de verte feliz y muy enamorada. ¿No es eso lo que todo padre quiere para sus hijos?

—Sigues siendo un niño para él, no precisamente su versión ideal de yerno.

Maverick le pellizcó la nariz cariñosamente.

—Lo creas o no, tu padre me quiere. Todo el mundo me quiere —dijo, seductor, echando mano de aquel truco que siempre le funcionaba tan bien—. Él no es una excepción. Vale, no es tan efusivo como las chicas suelen serlo conmigo —Vio que Shea asentía con cara de disgusto—, pero eso no cambia el hecho de que me aprecia. Lo demuestra de forma diferente, nada más. No te preocupes, se sorprenderá. Puede que quizá no exprese su alegría como el resto de la gente que conocemos, ¿pero eso qué más da? Tampoco se puede ir por la vida esperando de antemano que la gente reaccione de la forma que queremos. A mí con que se alegre me basta.

Shea bajó la vista. Respiró profundamente y exhaló un suspiro. 

—Esta bien, Mav. No creo ni por asomo que las cosas vayan a resultar tal como tú te las imaginas, pero ya te he dicho que voy a decírselo y lo haré. Solo… —Esbozó una sonrisa nerviosa—. Solo necesito prepararme. Ahora, vuelve a la mesa o empezará a preguntarse qué está sucediendo.

Maverick se sintió un poco culpable por no poder aliviar su preocupación diciéndole que su padre ya estaba al tanto de todo. Pero para él, esa era su baza secreta. Nunca había sido partidario de ocultarle cosas al padre de Shea. Y las veces en las que, por las circunstancias, se había enfrentado a una de sus preguntas directas  y se había decantado por responderle con la verdad, había encontrado en él a alguien bastante más receptivo de lo que sus hijas pensaban. La sinceridad era la única baza con la que contaba para conseguir que aquel hombre estricto de ideas tradicionales, comprendiera que más allá de su juventud, era alguien lo bastante maduro como para apostar siempre por la verdad, incluso aunque eso pudiera perjudicarlo. No le gustaba hacer cosas espaldas de Shea, pero desde el primer momento había tenido muy claro que él era el único capaz de lograr que padre e hija acortaran las enormes distancias que los separaban. Así que por más culpable que se sintiera, tenía que seguir adelante con el plan.

—No tardes, ¿eh, princesa? —La señaló con un dedo—. O vuelvo a buscarte.

En aquel momento, se oyó la voz de Erin. Al salir del baño y encontrarse a su hermana hablando con Maverick junto a la puerta, comprendió que si los tres estaban allí, Ike se había quedado solo ante el enemigo.

—¿Pero qué haces aquí, chico? ¿Has dejado a Ike solo con mi padre? ¡Por Dios! —exclamó.

Y un instante después, se alejó corriendo hacia la mesa.


* * *


Ike se las había ingeniado para aguantar el tipo bastante bien después de que las hermanas se fueran al baño y Maverick hiciera lo propio cinco minutos más tarde. Por lo visto, ninguno se había percatado de que yéndose a la vez, lo habían dejado totalmente solo y desarmado ante la puntería legendaria del padre de su chica.

En fin, pensó, hasta el momento había logrado salir bien parado de los lógicos accesos de curiosidad del padre de Erin. No había razón para pensar que quedarse a solas con él fuera a cambiar su suerte.

Los pensamientos de Brennan Mitchell, sin embargo, estaban puestos en su hija menor. Aquella huída hacia el tocador de señoras le había confirmado que Shea seguía forcejeando consigo misma y eso no le agradaba en absoluto. ¿Tan difícil le estaba resultando compartir con su propio padre una noticia tan feliz? 

Al fin, Brennan decidió que ya que nada podía hacer sobre la indecisión de Shea, aprovecharía la ocasión servida en bandeja que esta le estaba proporcionando. Que su hija mayor se hubiera presentado a la cena familiar acompañada de aquel hombre había constituido un hito, fueran solo amigos o más que amigos. Tras la muerte de su prometido, Erin había cerrado filas en torno a su familia. Después de bastante tiempo, había retomado la vida normal de una mujer independiente de su edad, pero solo en apariencia. Sabía que había tenido citas, que había ciertos «amigos» con los que a veces salía. Se había enterado oyéndola conversar con Shea. También se había enterado por la misma vía de que para ella no era más que una forma de socializar fuera del ámbito laboral. Ninguno de esos «amigos» había sobrevivido más allá de la primera semana. Pero, hete aquí que una mujer que, de cara a quienes la conocían, llevaba sola y sin compromiso varios años, de pronto, se presentaba a celebrar la Navidad con su familia en compañía de un hombre. Aquel hombre que ahora, frente a él, removía su café algo ausente.

—Ya que nos han dejado solos, no nos quedará más remedio que conversar, ¿no te parece?

Ike vio que los ojos de Brennan sonreían con aquel brillo travieso marca de la casa. Era el mismo que adoraba ver en los ojos de Erin. No obstante, en su padre, apodado «el león», resultaba bastante intimidante.

—También podría aprovechar para ir al baño… —bromeó Ike, sabiendo que, claramente, ya era tarde para desaparecer. 

Los dos rieron. Brennan volvió a confirmar que, aunque no sabía casi nada de Ike, lo visto hasta ahora le gustaba. Aquel joven le caía bien. 

Aún y así, no se libraría.

—¿Cuál es tu historia, Ike? Espero que no te importe la pregunta… Verás, mi hija lleva muchos años sola. Tantos que ya había perdido la esperanza de volver a verla en compañía de un hombre, aunque solo sea una amistad —apuntó con cierta malicia, aludiendo al comentario que Erin se había encargado de subrayar cada vez que había surgido la ocasión—. Ella también tiene una historia, me imagino que ya lo sabes, así que ¿cuál es la tuya?

Ike se quedó cortado. Ignoraba si su famosa puntería era tan certera como la pintaban. Pero de que aquel hombre no se andaba por las ramas cuando se trataba de su familia, ya no le cabía la menor duda. 

—Parecida a la de Erin; tuve un gran amor y lo perdí por esas fatalidades de la vida que se presentan sin más y ponen tu mundo del revés. Costó enderezarlo. Mucho tiempo y mucho esfuerzo. Logré recuperarme físicamente, pero la soledad no me daba tregua… No voy a mentirle; cometí muchas tonterías intentando librarme de ella aunque fuera durante unos días… 

—Como acudir a la boda de ese… —no recordaba el nombre— motero con la mujer equivocada.

Ike asintió. Su rostro mostró la gran incomodidad que traía aparejado el recuerdo de aquel día.

—Y creer que su interés por mí era genuino. Esa fue la mayor estupidez; no haberme dado cuenta de que me había utilizado —Sacudió la cabeza ligeramente—. Aunque, en honor a la verdad, he llegado a la conclusión de que yo también la estaba utilizando… A ella y a todas mis otras tonterías de los últimos años…—Desvió su mirada hacia Brennan—. No sé cómo explicarlo… Mentalmente, deseaba dejar de estar solo, abrirme a otra persona, volver a enamorarme… Pero aquí —se tocó el pecho— siempre fui muy consciente de que no sucedía nada. No sucedió nada hasta que conocí a su hija. 

—Y qué otra cosa vas a decirle al padre de la chica, claro…

Ike sonrió un tanto incómodo.  

—Hasta el viernes por la noche, no sabía que conocería al padre de la chica, así que no se trata de una frase hecha, créame. Llevo treinta y seis horas sacándome conejos de la chistera, señor Mitchell. 

Brennan sonrió más que complacido. Erin era una mujer de gran carácter, dura en las negociaciones, fueran de tipo personal o profesional, que solía descolgarse con efectos sorpresa; decía que así era como se conocía realmente al adversario. En este caso no se trataba de tal adversario, pero no tenía la menor duda de que su hija mayor había sabido capitalizar la oportunidad de ver al hombre que, evidentemente, le interesaba, improvisando pases de magia.

—Pues a juzgar por el buen humor de mi hija, diría que lo has estado haciendo bastante bien.

A Ike se le iluminaron los ojos. Viniendo de aquel hombre, sus palabras significan mucho.

—¡Eso espero! 

Para alivio de Ike y disgusto de Brennan, la conversación no duró mucho más. La llegada de Erin puso fin al momento de una manera «muy típicamente Erin».

—Se acabó el interrogatorio, querido papá —dijo al tiempo que volvía a ocupar su silla junto a Ike y frente a Brennan—. Apaga la grabadora y quítale esos focos cegadores de la cara, que su abogada de oficio ya está aquí.

Horas después, a Ike seguía dándole la risa tonta cada vez que su mirada se cruzaba con la de Erin.


* * *


Shea se había tomado su tiempo para preparase y Maverick ya había empezado a impacientarse cuando al fin la vio serpentear entre las mesas hacia donde estaban ellos. Traía una expresión que le resultó muy familiar y le confirmó que, ahora sí, iba la vencida. Sonrío procurando pasar inadvertido y se dedicó a su batido mientras pensaba cuánto le gustaba su chica cuando sacaba a relucir su determinación. Todo su lenguaje corporal cambiaba completamente. Era la viva imagen de la seguridad.

En efecto, así era. Y aunque la sonrisa de Maverick pasó desapercibida, el aire de confianza que envolvía a Shea no lo hizo en absoluto. Brennan también supo al verla que su hija al fin se dignaría a darle la gran noticia. Por un instante, dudó de si sería capaz de interpretar su papel adecuadamente. Era tal la emoción que sentía y le había costado tanto mostrarse natural hasta el momento, que temió no ser capaz de seguir haciéndolo.

Pero no podía traicionar a Maverick. Si algo en sus palabras o en su actitud no resultaba convincente, su hija sospecharía. No podía fallar.

Shea volvió a sentarse, apartó su taza y apoyó los dos codos sobre la mesa, irguiendo el cuerpo. A continuación, miró a su padre directamente.

—Tengo algo que decirte. Ayer, con todo lo que sucedió con Andy, no me pareció el momento oportuno, pero es algo importante y ya es hora de que lo sepas. Advierto: no quiero escenas ni discusiones. Ha sido un fin de semana fabuloso, lo hemos pasado en grande, voy a ser tía y lo último que me apetece, a horas de volver a Londres, es llevarme un disgusto. ¿Nos entendemos, papá?

Brennan tuvo que emplear toda su concentración para mantener el tipo.

—Creo que sí —repuso.

Shea asintió. Tenía un nudo en el estómago y dudaba que aquello fuera a salir bien, pero había empezado a hablar y ahora lo que tocaba era seguir. Respiró hondo y lo soltó de carrerilla.

—Mav y yo vamos a casamos por lo civil el 14 de febrero, así que estás invitado a una boda. Y por favor, no me digas ahora que él es demasiado joven para saber lo que quiere o que apenas han pasado unos meses desde que me divorcié de Ian y que hago lo que hago porque estoy despechada y todas las otras cosas que sueles decirnos siempre. Ya las hemos oído y no estamos de acuerdo. Sabemos perfectamente lo que estamos haciendo. No nos hemos vuelto locos de repente. Lo entiendas o no, estamos enamorados y somos muy, muy felices juntos. Esto nunca ha sido una locura, papá. Es amor. Estamos ilusionados con nuestra vida y con nuestros planes, y lo último que queremos es que vengas tú a pincharnos el globo con «tu saber basado en la experiencia que otorgan los años» —sentenció. Y acabó su discurso, cediéndole la palabra a su padre con un gesto de la mano.

Las sonrisas cómicas hacía rato que dominaban los rostros de todos cuando Shea dejó de hablar. Brennan no tuvo la menor idea que cómo se las ingenió para contener su euforia y mirar a su hija con tanta tranquilidad como lo hizo.

—¿Has acabado de advertirme? 

Shea puso los ojos en blanco por toda respuesta.

—¿Entonces, puedo hablar? 

Esta vez, ella exhaló un suspiro.

—Muchas gracias por la oportunidad de ejercer mi derecho de expresión, hija mía. Es un detalle por tu parte… Bien, ya que lo tengo, lo usaré para decirte que…

Su voz había empezado firme, casi eufórica y con aquel punto de ironía que solía teñir las conversaciones con sus rebeldes hijas. Pero pronto, Brennan se vio obligado a hacer una pausa. Ahora que ya no hacía falta que se contuviera, la emoción había echado a la euforia de la carrera, y empezaba a embargarlo. Tragó saliva.

—Me alegra comprobar que sigues planteándote tu vida sentimental con esperanza, a pesar de que la primera vez te haya salido tan mal… 

Cuando la voz de Brennan, finalmente, se quebró por la emoción, arrastró a Shea consigo y sus ojos se llenaron de lágrimas. 

—Me hace feliz verte feliz, hija —continuó—, y disfrutaré viéndote darle el «sí, quiero» a Maverick en un registro civil con la misma satisfacción y la misma felicidad que si fuera en la casa de Dios… 

Brennan hizo una nueva pausa. Esta vez, para apartar una lágrima traicionera que había resbalado por su mejilla izquierda.

—Porque sé que si pudieras casarte ante Dios, lo harías… —Respiró hondo y esbozó una sonrisa rogando que aquello pusiera fin a su emoción. No era el momento de llorar. Era el momento de demostrarles su alegría. Necesitaba volver a ser el de siempre. De modo que se puso de pie y elevó su taza de chocolate como si fuera a efectuar un brindis—. ¡Mi más sincera enhorabuena a los dos, chicos…! ¿Puedo abrazaros… O eso se sale demasiado de lo que esperabais de mí?

Shea estaba luchando contra su propia emoción. Intentaba contenerse, no estaba acostumbrada a tener tan poco control sobre sus emociones, pero las lágrimas seguía cayendo en cascada mejilla abajo amenazando con mojarla entera y llenándola de una sensación extraña. Su expresión también había cambiado. Aunque ella no fuera consciente de ello, había pasado de derrochar seguridad a sollozar sin parar. 

—Claro, papá… —logró decir entre sollozos al tiempo que se ponía de pie—. Qué tonterías dices… 

Y ese fue el momento en el que padre e hija se fundieron en un abrazo.

Maverick, que ya no aguantaba más sus ganas de empezar a celebrar la gran noticia por todo lo alto, se levantó, rodeó la mesa y se unió al momento pasándoles a Shea y a su padre un brazo alrededor de los hombros. 

—¡Por el primero de un millón de abrazos! —exclamó riendo, feliz—. ¡Estoy tan contento que me pondría a bailar aquí mismo!

—¡Pues ya somos dos! —exclamó Erin—. ¡Dios mío, qué «momentazo Mitchell» más increíble!  

Y tomando a Ike de la mano, se sumó al abrazo familiar tan emocionada como estaba su hermana.

- IV -

Después de recoger el equipaje, el grupo se había dirigido a casa de Dylan y Andy para despedirse y de paso, recoger al padre de Andy que haría el camino al aeropuerto junto con ellos.

Había sido una tarde fantástica en familia. Aunque las hermanas no habían tenido ocasión todavía de hablar al respecto, ambas sabían que algo había cambiado en la forma en que se relacionaban con su padre.

Pero por mejor que hubieran ido las cosas con la primera noticia, Shea seguía en sus trece respecto a esperar hasta el final del primer trimestre de gestación para decirle a su padre que estaba embarazada. Quería ir sobre seguro y, aunque no lo admitiera abiertamente, quería evitar que en la cabeza ultracatólica de su progenitor, su boda con Maverick acabara siendo una consecuencia del embarazo. Esa correlación no era la correcta y darle unas semanas más a la noticia, aseguraría dicho fin.

Maverick, sin embargo, no estaba por la labor de ocultarle nada más. 

—Díselo, nena —insistió, apretándole cariñosamente la cintura en un gesto de ánimo.

Se habían quedado rezagados mientras Shea cogía su bolso y cerraba el coche, y después de ver lo bien que a ella le había sentado contarle a su padre que iba a casarse -y lo bien que su suegro se había hecho el sorprendido-, tenía más claro que nunca que darle la segunda gran noticia sería el colofón a un fin de semana perfecto.

—Noooo, ¿estás loco? No, no, no… Quiero la confirmación de que todo sigue en orden pasado el primer trimestre y una ecografía de nuestro bebé creciendo sanito. Entonces, se lo diré. Por ahora, tendrás que aguantarte las ganas de gritarlo a los cuatro vientos, ¿vale, Mav?

Él la hizo girar de frente a él y la tomó por los antebrazos suavemente. Se acercó para que la conversación fuera privada. 

—Escucha, preciosa. Tenías miedo de que el león se pusiera a repartir dentelladas y no dejara títere con cabeza y, como has visto, no fue así. El león está feliz de la vida. ¿Por qué no le das un voto de confianza? Y no me vengas con que la razón es lo del primer trimestre y la ecografía… Shea, nadie tiene la vida comprada. No la tenemos, nena. Y eso no nos impide soñar y planear, y pasarlo genial ilusionándonos. Estás como una rosa… No necesitamos esperar para compartir esta noticia con la gente que nos quiere. Tu padre no te juzga, solo intenta protegerte. Ahora que lo sabes, no hay razón para esperar. Se alegrará, lo harás feliz. ¿No quieres hacerlo feliz?

Shea exhaló un suspiro, miró a Maverick de reojo. 

—Claro que quiero hacerlo feliz, Mav… —exhaló otro suspiro. Su futuro marido era un especialista en desarmarla, en dejarla sin razones—. Solo quiero decírselo cuando haya más garantías…

—¿Más garantías de qué? Mírate, estás preciosa y estás feliz. Todo va perfecto, nena. Y si en algún momento llegara a torcerse, cómo se lo tome tu padre será el menor de nuestros problemas… Además, dime la verdad, ¿no te sientes un poquitín culpable ocultándoselo? 

Sí, pensó Shea, se sentía culpable. Pero ese sentimiento en relación a Brennan Mitchell no era una novedad. Por alguna razón, él siempre se las había ingeniado para hacer que tanto su hermana como ella se sintiera así ante el menor error, ante el menor olvido… 

Aunque lo de ahora no era ningún error u olvido. Ni tampoco podía considerarse algo menor. 

—A veces, odio que me conozcas tan bien, Mav —concedió. 

El rostro masculino se iluminó con una sonrisa tierna.

—Lo dices por decir, nena. ¿La verdad? Me adoras. Te encanta que te conozca tan bien como tú a mí porque eso es lo que hace que esto —movió un dedo señalándola a ella y luego a sí mismo— sea mágico. ¿Cómo es posible que dos personas que no se habían visto nunca antes, se terminaran las frases y se entendieran a la perfección como si se conocieran de toda la vida? Es posible; tú y yo somos la prueba. 

—Zalamero.

—Preciosa.

Shea cerró la puerta del coche al tiempo que sacudía la cabeza. Al fin, se puso el bolso en bandolera y lo miró.

—Muy bien. Se lo diremos —concedió envuelta en el enésimo suspiro de la última hora.

A falta de ponerse a dar puñetazos al aire, o a bailar frenéticamente de pura alegría, algo que no podía hacer en aquel momento, Maverick festejó el acontecimiento sacudiendo los hombros en un bailecito sensual que le arrancó a su chica una sonrisa.


* * *


Los demás estaban al final del jardín delantero de Andy y Dylan, casi a punto de entrar en la casa, cuando Shea llamó a su padre.

—Espera, papá… Quiero hablar contigo...

Brennan se detuvo y se volvió hacia Shea.

Ella tomó a Maverick de la mano.

—En realidad, los dos queremos hablar contigo... —matizó.

Brennan puso su mejor cara de póquer, aunque por dentro la emoción de presentir lo que su hija iba a decirle, estaba haciendo estragos.

—La respuesta es sí, Shea. A lo que sea. Si queréis que me haga cargo de los gastos de la boda, lo haré. Si quieres que me ocupe de la oficina de Londres mientras estás de viaje de novios, lo haré. Y si lo que queréis es que sea vuestro padrino... —dejó caer con picardía—, acepto encantado. Sí, hija. Lo que sea que quieras, cuenta con ello.

Inesperadamente, los ojos de Shea volvieron a llenarse de lágrimas. Maverick se derritió por dentro al ver cómo le temblaba el labio inferior debido al esfuerzo que hacía por contenerse.

—¿Y si te contamos que…? —hizo una pausa para tragar saliva. Maverick la animó a continuar—. ¿Y si te contamos que vas a ser abuelo? No es lo que te imaginas… No nos casamos porque esté esperando un hijo; queríamos tener un hijo y casarnos es el lógico paso previo, pero pasó lo de tu trombo y...

Brennan esta vez no se cortó. Dejó que la emoción que llevaba embargándolo desde el día anterior cuando se había enterado, se expresara a gusto y sin limites. Las lágrimas anegaron sus ojos y empezaron a deslizarse por sus mejillas.

—¿Estás embarazada? —le preguntó con la voz entrecortada. Ella asintió tan emocionada como él. Brennan la abrazó con todas sus fuerzas, acunándola entre sus brazos como si todavía fuera su niña pequeña y todo lo que pudo decir fue—: Dios Bendito... 

Maverick juntó sus manos en un gesto agradecido, festejando que todo estuviera saliendo exactamente como esperaba. Como deseaba. Celebrando que, una vez más, su intuición le hubiera señalado cuál el camino correcto y que él, a pesar de las circunstancias, lo siguiera.

La emoción de Brennan era tan intensa y tan genuina que no solo tomó a todos por sorpresa, también los contagió.

—¡Felicidades, Shea! —exclamó Erin, abrazando a su hermana, y de paso, a su padre, y moviéndolos a ambos a un lado y al otro como si estuvieran bailando—. Ya sé que lo sabía, pero es que ahora que puedo alegrarme públicamente, ¡no quiero cortarme!

—Pues si ya lo sabías, déjame que yo disfrute a gusto de mi primera vez —intervino Brennan, instando a su hija mayor a que se apartara y cuando ella lo hizo, rodeó a Shea con sus brazos nuevamente y le habló al oído—: Me parece increíble que estés embarazada, querida mía… Y me parece un sueño que vaya a ser abuelo también por vuestra parte… ¡Qué año nos espera a todos! ¡Es maravilloso! —buscó la mirada de Shea—. ¿Y cómo te sientes…?

—Muy bien… Estoy mejor que nunca, papá —Su risa sonó entrecortada por la congoja—. A mí también me parece increíble… A veces, cuando me miro al espejo y pienso que en unos meses seremos tres… Tengo tantas ganas de verle la carita, de saber cómo es… 

Brennan rió de buena gana.

—¿Y cómo quieres que sea? Será una maravilla. Preciosa o precioso como su madre —sus ojos se posaron sobre Maverick brevemente, cargados de cariño—. Imparable como su padre. 

Shea asintió enfáticamente. Las lágrimas habían dado paso a la alegría y ahora una enorme sonrisa lucía en su rostro.

—¡Eso mismo le dije yo! 

Brennan abrió uno de sus brazos instando a Maverick a que se acercara. Cuando lo hizo, también lo abrazó. 

—Es una gran noticia, chicos. Me alegro tanto por vosotros… Cuando consiga dejar de emocionarme cada vez que pienso en esto, lo notaréis, os lo aseguro… Pero ahora, este anciano necesita recuperarse de tantas noticias fabulosas…

Erin contempló la escena con una sonrisa y los ojos llenos de lágrimas. Ike tomó una de sus manos y la acarició suavemente entre las suyas. Verla tan emocionada le había tocado el corazón. 

Pero en aquel momento, una gota impactó contra la nariz del motero. Vio que Erin se tocaba la mejilla y alzaba la vista al cielo, donde unos oscuros nubarrones anunciaban que había llegado la hora de ponerse a cubierto.

—No quiero estropearos este momento tan emotivo, chicos, pero ha empezado a llover… Sugiero que sigáis abrazándoos dentro —y cuando lo dijo, ya estaba introduciendo el código de apertura en la pantalla que había junto a la puerta de casa de su hermano.

—Sí, sí… Vamos dentro, no te mojes, Shea —dijo Brennan, empujando suavemente a su hija menor hacia el interior de la casa.

A Maverick, sin embargo, lo retuvo por un brazo. Esperó a que los demás estuvieran lo bastante lejos para hablar.

—Enseguida entramos… Es solo que quería decirte algo… Ni en sueños se me habría ocurrido que Shea reharía su vida junto a alguien tan joven… Ni tan pronto, después de su divorcio. Pero hoy he comprendido por qué mi hija te adora.

«Nunca es tarde si la dicha es buena». Maverick sonrió con sencillez.

—¿Y ha comprendido también por qué yo la adoro a ella? —Brennan asintió, emocionado—. Shea y yo estamos hechos el uno para el otro. Es así, aunque suene a cliché y al mundo le resulte tan difícil de creer. 

En efecto, sonaba a cliché e incluso a él mismo le resultaba difícil de creer, pero era cierto. Él había sido testigo y ya no tenía dudas acerca del profundo amor que los unía.

—Eres un buen hombre, Maverick. Gracias por hacerla tan feliz.

—Gracias a usted por ser tan buen actor. No me gusta hacer estas cosas a espaldas de Shea, pero, a veces, hasta la magia necesita un poquito de ayuda…  Me entiende, ¿verdad?

Por supuesto que lo entendía. Bendita magia y bendita ayuda que le estaban permitiendo recuperar la relación con sus hijas.

—Quiero que sepas que te estaré eternamente agradecido por eso, Maverick. Y no te preocupes, tu secreto está a salvo. Siempre estará a salvo conmigo.


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©️2021. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷


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CR13. La sorpresa


«La sorpresa», un relato de Patricia Sutherland, sobre Maverick y Shea, basado en Los moteros del MidWay, 5. Noticias inesperadas. Menorca.

Viernes, 31 de diciembre de 2010.

Piso de Maverick y Shea,

Londres.


- I -


Maverick descansó el peso de su cuerpo sobre un codo y se dedicó a uno de sus deportes favoritos; mirar a Shea mientras dormía.

Estaba preciosa, pensó. Era preciosa, pero desde que una pequeña vida crecía en su vientre, su belleza le parecía infinitamente mayor. Y no era solo porque, a diferencia de lo que sucedía con Andy, el embarazo le estuviera sentando bien. Había más razones que él conocía y entendía, de las que el resto del mundo no tenía ni idea.

Para Shea tener un hijo siempre había formado parte de sus proyectos personales. Era, de hecho, el mayor proyecto de todos. Pero entendía la maternidad como un proceso que debía desarrollarse en el seno de una pareja, no en solitario, y su primer intento de formar una familia había acabado saliéndole muy mal. Su matrimonio había hecho aguas por un motivo doloroso, y para Shea, irreversible; la infidelidad. Con treinta años cumplidos, la sombra de que quizás empezaba a ser tarde para convertirse en madre, la había acompañado en su desolación durante todo el proceso de divorcio. Tanto era así que había necesitado implicarse a fondo en un proyecto empresarial que su familia creía una locura porque eso le permitía abandonar Dublín y empezar de cero. Ni siquiera su hermana lo sabía, Shea estaba tan hundida que se lo había guardado para sí.

A él no se lo había ocultado. Había sido una de las primeras cosas que le había contado después de que empezaran a salir. Todo había sido así de intenso y meteórico entre ellos desde el principio.

Maverick sonrió al recordar el día que se conocieron. La sensación de familiaridad que había sentido al verla por primera vez, no había dejado de crecer con el paso del tiempo. De hecho, cada día era más intensa. Se conocían, incluso en lo que aún no se habían contado el uno del otro. En lo más profundo de su ser, ambos sabían que no habría sorpresas desagradables. 

En aquel momento, Shea abrió los ojos. La luz del día bañaba la habitación y necesitó unos instantes para que sus pupilas se acostumbraran al exceso de iluminación. Una sonrisa apareció en su rostro en cuanto la silueta de Maverick se volvió nítida.

—Otra vez me he dejado la persiana levantada… —murmuró somnolienta—. El lado malo es que te ha despertado antes de tiempo un día que podías dormir un poco más. El lado buenísimo es que abrir los ojos y verte a ti en todo tu esplendor, medio desnudo en mi cama, es una forma fabulosa de empezar el día…

Maverick se inclinó a besarle la nariz. La miró con picardía al tiempo que apartaba las mantas que lo cubrían de cintura para abajo.

—De «medio», nada —aclaró.

«Madre mía», pensó Shea, mientras sus ojos se daban un festín.

Se habían acostado tarde la noche anterior. Él había llegado poco después de medianoche y se había unido a ella en la decoración del salón para la cena de nochevieja, mientras conversaban. Les habían dado las dos de la mañana haciendo cosas y cuando al fin se habían metido en la cama, ambos estaban rendidos. No habían tardado en quedarse dormidos. Pero la gloriosa libido juvenil de Maverick, que Dios se la conservara durante muchos años, lo había despertado un par de horas más tarde, reclamando su alimento y… 

Por lo visto, ella era la única que había vuelto a vestirse.

Maverick esperó pacientemente a que ella finalizara el recorrido turístico para volver a inclinarse sobre ella.

—¿Encima o abajo? —murmuró. Sus labios empezaron a dibujar un sendero de besos que comenzó en su boca y bajó lentamente por el cuello de Shea.

Ella volvió a cerrar los ojos envuelta en un suspiro. Adoraba que se despertaban al mismo tiempo… Adoraba los días en los que no había prisa por levantarse y podían empezar la mañana haciendo el amor… 

—Eh, remolona, ¿me has oído? —El sendero de besos acababa de llegar al vientre de Shea. Maverick le levantó la camiseta del pijama y se tomó su tiempo para intensificar la caricia de sus labios. Desde que sabía que su hijo (o hija) estaba allí, no podía evitarlo. Su vientre se había convertido en un gran campo magnético que lo atraía inexorablemente.

Shea se estremeció al sentir que los labios de Mav dibujaban una huella húmeda sobre su piel  justo en el límite del elástico de su braguita. La emoción ante su próxima paternidad se mezclaba con su deseo de hombre enamorado y la combinación era un cóctel irresistible, adictivo. Shea tomó el rostro de Mav con una mano, lo atrajo hacia sus labios. Una vez cara a cara, recorrió muy despacio sus facciones con la mirada, como si quisiera aprendérselo de memoria.

—¿No vas al gimnasio hoy?

Él tomó el labio femenino y lo apretó ligeramente entre sus dientes antes de soltarlo. Pero no se apartó, continuó a la distancia de un beso.

—No… Hoy soy todo tuyo.

—¿Quieres decir que tu fabulosa forma física está en mis manos hoy? —coqueteó.

Él asintió ligeramente.

—Solo tienes que decirme dónde la quieres, y será toda tuya. ¿Dónde me quieres, nena?, ¿encima o abajo?

Él volvió a hundir sus labios en el hueco del cuello y el movimiento hizo que parte de su peso recayera sobre ella, recordándole cuánto le gustaba sentir cómo se hundía en el colchón cuando lo tenía encima, todo poderoso y dominante, dirigiendo la invasión a su cuerpo como un general del ejército. Pero cuando no era él quién estaba a los mandos, cuando no tenía que preocuparse de aplastarla bajo su peso o hacerle daño por un fallo en el ritmo o en la intensidad, si ella estaba en uno de esos días en los que hasta el roce de la ropa le molestaba, también era una delicia. Una locura. Todo el sentido del ritmo de aquel cuerpo supertonificado, que era mucho, y toda la creatividad de su dueño, que también era mucha, quedaban enteramente al servicio de una única causa; volverla loca de placer. 

Y vaya si lo conseguía.

—Decidirse no es fácil, ¿sabes? 

Maverick se rió bajito y le robó un beso. Pero a pesar de su risa, no fue un beso inofensivo. 

—Vale —concedió—. Este lo elijo yo, y después eliges tú. 

Cuando acabó de decirlo, ella sintió el familiar peso del cuerpo de Maverick acoplándose sobre el suyo, sus movimientos delicados a la par que seguros, sus caricias, sus besos… El paraíso.

Y Shea volvió a cerrar los ojos, envuelta en un suspiro.


* * *


De la cama, Maverick y Shea habían pasado a la ducha y allí las cosas se habían vuelto a poner calientes cuando un móvil empezó a sonar.

—Es el tuyo —ronroneó Shea.

A Maverick le dio igual. En aquel preciso momento, tenía una mano de su mujer estratégicamente situada en su lugar favorito y ya podía ser Dios, que tendría que esperar. Abrió más su boca sobre la de Shea, intensificando el beso mientras sus manos se ocupaban de comunicarle cuánto le gustaba aquel precalentamiento al que lo estaba sometiendo.

El móvil sonó unas cuantas veces más y al final dejó de hacerlo.

—Al fin —susurró Shea.

—Que les den a todos. Ahora solo quiero ocuparme de ti —fue la respuesta de Maverick. 

Y bien que se ocupó.

Con el último movimiento, Shea quedó de espaldas a Maverick, él hizo que se recostara contra su pecho y sus manos empezaron a recorrerla lentamente tomándose su tiempo en sus paradas favoritas. 

Shea gimió cuando él empezó a jugar con sus pezones. Se apretó más a Mav. Estaban debajo del chorro de la ducha, que habían hecho girar un poco para que cayera sobre ellos pero no sobre sus rostros. Entre el agradable calor del agua y las hábiles manos de Mav, Shea estaba en la gloria.

—Te gusta, ¿eh?

Ella se dio la vuelta. Se miraron ardiendo de deseo y él se adueñó de la boca femenina en un beso pleno, apasionado.

Y mientras su lengua le invadía la boca, posesiva y dominante, uno de sus dedos se internó profundamente en su vagina, haciendo que ella se retorciera de placer.

Shea elevó una pierna y rodeó la cadera de Maverick con ella. Él se estremeció visiblemente cuando sus cuerpos entraron en contacto también de cintura para abajo. 

—Joder, sííí… —Retiró su dedo con suavidad y volvió a penetrarla, esta vez con su miembro—. Dios, sííí… Ay, nena, ¿por qué no cancelamos los planes de hoy y nos quedamos aquí? 

Shea exhaló el aire en un largo suspiro. Apoyó la nuca contra la pared y se dedicó a mirarlo mientras él la embestía. El placer se multiplicaba hasta el infinito al ver lo que sucedía además de sentirlo. Su rostro desencajado por el placer, sus hermosos ojos cargados de lujuria, sus hombros y sus brazos en tensión, sosteniéndola, en una maravillosa exhibición de poderío. Y su pecho… Ese pecho portentoso con los pectorales perfectamente delineados y unos abdominales tan trabajados con horas de gimnasio, que podía sentirlos contra su estómago cada vez que él empujaba.

—No me des ideas… Que entre tus permanentes ganas y mi embarazo, esto es un no parar…

—Ventajas de montártelo con un yogurín… —repuso él, desafiante.

La embistió con fuerza y volvió a retirarse, robándole el aliento.

—Ventajas de que estés loco por mí —murmuró ella cuando al fin pudo articular palabras.

—Aunque no estuviera loco por ti, querría tenerte a cada rato porque eres preciosa y me pones muchísimo… Pero sí, estoy hasta las mismísimas trancas por ti… 

Otra embestida, seguida de otra aún más dura, que la hizo gemir.

—No pares, Mav…

Él no se lo hizo repetir. Aseguró la posición haciendo que Shea quedara bien encajada en un rincón y la sujetó firmemente por la cintura. Ella elevó su pierna al máximo, haciendo que la penetración fuera aún más profunda y esta vez los dos gimieron. El ritmo empezó a acelerarse.

Entonces, el móvil volvió a sonar. 

—Mierda. ¿Pero quién coño llama a estas horas? —se quejó Mav entre dientes. Sus palabras sonaron entrecortadas por el esfuerzo de sus frenéticas embestidas.

Un instante después, cuando ambos estaban a punto de alcanzar el orgasmo, sonó el timbre. 

—Me cago en la puta… —Maverick se afirmó mejor. Sus movimientos volvieron a acelerarse. Se hundía tan profundamente en ella para luego retirarse y regresar con más fuerza que los gemidos de Shea se convirtieron en quejidos cada vez más fuertes. Quejidos de placer, de deseo que no acabara. Y por si a él no le había quedado claro, lo dijo en alto:

—No pares. No pares, no pares, no pares… —suplicó ella.

Él empezó a beber de sus besos, cada vez más provocativos y más calientes.

—¿Parar? Ni de broma… Ay, Shea… Shea…

Los dos alcanzaron el clímax al mismo tiempo con el teléfono y el timbre a modo de banda sonora. Se abrazaron fuerte y permanecieron en silencio mientras recuperaban el resuello.

Maverick continuaba dentro de Shea cuando le dijo:

—¿Te cuento una cosa antes de enviar a hacer puñetas a quien esté dando por saco con el móvil y  matar a quien sea que esté al otro lado de la puerta? 

No sabían quién llamaba, pero sí quién estaba tocando el timbre; solo Erin tenía las llaves de su casa. Había abierto el portal con ellas y ahora estaba en la puerta del piso, educadamente, esperando que los dueños de casa la dejaran pasar.

—Cuéntamela.

Mav empujó más su pelvis contra la de Shea y no contento con eso, le lamió los labios libidinosamente. 

—Sigo con muchísimas ganas…

Ya lo notaba. Y, por cierto, eran dos los que seguían con muchísimas ganas, pensó Shea.

—Al final voy a pensar que solo me quieres por el sexo… Y que quede claro que no me molesta, ¿eh? El sexo contigo es…. Diossssss, qué buenísimo eres… —dijo con histrionismo, halagando su ego masculino no solo porque Mav se lo mereciera, también por pura conveniencia—. Pero, no sé, creí que ibas a contarme otra clase de cosas… —dejó caer al fin, juguetona. 

Ella tampoco tenía ninguna gana de abandonar aquel baño. Especialmente, porque el plan del día incluía contarle a la madre de Mav que iban a casarse en un mes y medio. Por mucho que hubieran mejorado las cosas entre ellos, Madeleine seguía pensando que su hijo era demasiado joven para mantener una relación tan formal. A ver cómo se tomaba el hecho de que esa relación estuviera a punto de volverse formal del todo.

—Iba a hacerlo… Pero cada vez que te miro esas… —En vez de pronunciar la palabra, sus ojos recorrieron los pechos femeninos en un claro gesto de lo a que se estaba refiriendo—, se me va el santo al cielo…

A Shea le encantaba que se «auto-censurara». Le provocaba una enorme ternura. 

—Claro, ahora, intenta arreglarlo…

—Lo digo en serio. Estoy loco por ti, Shea. Loco, loco, loco… ¡Y sigo con muchísimas ganas! —se rio y, de pronto, la euforia empezó a apoderarse de él—. Pero no podemos quedarnos aquí. ¡Hoy es el gran día! Después de que se lo contemos a mi madre, ya no tendré que morderme… ¡Podré gritar a los cuatro vientos que en un mes y medio me caso con la mujer más alucinante del mundo! ¿No te parece un sueño?! 

Shea lo estrechó fuertemente. 

—Te adoro, Mav… Te quiero tanto, tanto, tanto…

—Y yo a ti, nena… —El timbre volvió a oírse y el teléfono seguía sonando. Mav exhaló un suspiro y se retiró con suavidad—. Tú termina aquí con tranquilidad, que yo me ocupo de las visitas, ¿vale?

—¿Así vestido? —Los ojos de Shea se regodearon en la desnudez de su chico. Coronó sus palabras con un movimiento sensual de las cejas.

Maverick sacudió los hombros ensayando un bailecito provocativo que la hizo sonreír. Al fin cogió un grueso albornoz y se lo puso al tiempo que decía:

—Tranquila, preciosa. Este manjar es solo para tus ojos.


* * *


Maverick soltó un bufido al ver el nombre que se iluminaba en la pantalla de su móvil.

—¿Qué pasa? 

¿Aparte de que todavía no son las doce y esto está petado?, dices. Tienes que venir, tío. Tony estaba tan apestado, que lo mandé de vuelta a su casa antes de que nos pegue la gripe a todos y a Evel ya lo conoces, le pone voluntad, pero atender una barra no es lo suyo. Yo no puedo con todo. Ven, al menos, dos o tres horas.

—Joder, Dakota. Es mi día libre y tenemos invitados. No puedo dejar a Shea sola con todo… Sabíais que hoy necesitaba el día libre, ¿por qué no os programasteis mejor? Yo no puedo estar al pie del cañón cada vez que las cosas se desmadran. 

¿No me has oído antes? Tony está con gripe. ¿Cómo coño programas algo así? Además, eres tan socio de este bar como Evel o yo. Y los dos estamos aquí pringando. Si nosotros pringamos, tú también. Ya has librado todo el fin de semana de Navidad, tío, así que búscate la vida y ven.

Lo siguiente que oyó fue el sonido de llamada cortada.

Un nuevo timbrazo le recordó que aún no se había ocupado de las visitas. Después de dejar el móvil sobre la mesa, se anudó el albornoz y fue a abrir la puerta.

—¿Os habéis caído de la cama al mismo tiempo? —fue su recibimiento a Ike y Erin. Al verlos tan acaramelados, se corrigió de inmediato—. Ah, ya veo, en realidad, os habéis caído de la misma cama, ¿no? —Las expresiones divertidas en sus rostros le dieron suficientes pistas de que estaba en lo cierto, lo cual le alegró, pero solo redujo su malestar durante un instante. Al siguiente, recordó que tanto la llamada de su querido socio como el timbre lo habían interrumpido en un momento muy inoportuno. Se hizo a un lado para dejarlos pasar al tiempo que les decía—: ¿Se puede saber qué hacéis aquí a estas horas? La cena es a las seis…

Ike le cedió el paso a Erin que entró en el piso con su sonrisa pícara en ristre.

—Por lo que se ve, estabas tan ocupado que no has caído en que son las once y media de la mañana. ¿Quién está durmiendo a estas horas cuando tiene invitados a cenar? Las cosas no se hacen solas, ¿sabes?

Maverick no tenía la menor idea de que fuera tan tarde, pero le seguía fastidiando igual que lo hubieran interrumpido en lo mejor. Intercambió miradas con Ike quien le dio un puñetazo amistoso en el brazo:

—Yo también me alegro de verte, Maverick.

«Quizás no te alegres tanto», pensó el barman en cuanto la idea apareció en su mente. ¿Así que Dakota no podía con todo? Muy bien.

—No te pongas cómodo —anunció mientras se dirigía a la habitación para empezar a vestirse—. Acaban de llamarme del bar. Hacen falta manos.

Ike miró a Erin con los ojos muy abiertos.

—¿Y yo qué tengo que ver?

—Si no me han informado mal, eres casi de la familia. —Sus ojos se posaron brevemente en los de Erin antes de regresar a Ike con una sonrisa pícara—. Ya va siendo hora que aprendas cómo se atiende la barra de un bar.

Ike soltó una risa irónica.

—¿En serio? Mira, por decirlo a tu manera; «¡tú alucinas!». No tengo ninguna intención de convertirme en barman.

—Lo sé. Pero eres demasiado buen tipo para dejarme en la estacada, Ike. Y el bar está hasta arriba y Tony, de baja con gripe. Así que…

Ike dejó de reír. Miró a Erin algo confundido. Ella se encogió de hombros, señal de que entendía lo que estaba sucediendo tan poco como él.

—¿Estás hablando en serio? ¿Quieres que vaya a echaros una mano? —Maverick asintió varias veces con la cabeza—. Pues espero que Dakota esté de vacaciones, porque como me vea entrando por la puerta se va a poner de un humor de perros… 

Ese era justamente el plan, pensó el barman con malicia. Estaba bastante harto de la prepotencia de su socio. Sobre todo, estaba harto de que dos tipos que antes se las arreglaban solos, desde que estaba él parecían incapaces de hacerse cargo del negocio un solo día. Si él tenía que renunciar a sus planes del día para «pringar» junto a sus socios, Dakota tendría que tragarse su malhumor y apechugar con la ayuda que él le ofreciera. 

—Ese es su problema, tío. Como se suele decir, nada es perfecto.


* * *


Maverick se había vestido a prisa y después había regresado al baño para hablar con Shea. Ella se estaba secando el cabello. De modo que Maverick, desenchufó el secador y le contó las novedades de la forma más escueta posible. 

—¡Ay, Mav, noooo! ¿Hoy también vas a tener que estar en el bar hasta las tantas? ¿Y la cena? ¿Y tu madre? ¡Noooo! —Shea se dejó caer sobre la tapa del váter con actitud derrotada. Se les había hecho tarde y parte de los invitados ya habían llegado. Y ella todavía estaba en albornoz, por Dios bendito. Por no hablar de que, conociendo a Mav, era una posibilidad muy real que Madeleine llegara y él aún estuviera en el bar. La idea de tener que darle conversación a su futura suegra hasta que su hijo llegara, no la seducía lo más mínimo.

Maverick se puso de cuclillas frente a ella, tomó sus manos.

—Lo sé y lo siento, nena. Tony está con gripe y mi socio lo envió de vuelta a casa. Hizo bien, pero está claro que un día como hoy todas las manos son pocas en el MidWay. Solo será un rato, te lo prometo. 

Shea exhaló un suspiro de resignación.

—¿Vas a estar aquí cuando llegue tu madre? ¿Seguro? 

Maverick le pasó ambos brazos alrededor de la cintura y descansó la cabeza en el pecho de su chica. Según ella, se le daba mal ocultar la verdad, especialmente cuando se trataba de algo que la tenía volando de felicidad. Shea seguía sin fiarse de que su suegra fuera a recibir la gran noticia de buen grado y en tal caso, prefería que se la dieran entre los dos. 

—Voy a estar aquí, Shea. —Buscó su mirada—. ¿Crees que me perdería la ocasión de ver a mi madre llorando a moco tendido por la emoción? ¡Ni de coña! Me dará un gusto bárbaro pasarle la caja de pañuelos… Por cierto, ¿hay suficientes? Porque con tres mujeres en la casa, las cosas se pondrán muy lacrimógenas…

Una sonrisa desafiante iluminó la cara de Shea.

—¿Y tú qué? ¿Acaso no vas a soltar alguna lagrimita? —Lo vio negar con la cabeza, todo seguridad, y se rio—. Ah, ya entiendo. ¿Cómo va a emocionarse el «barman buenorro» del MidWay? ¡Adiós, sex-appeal!

—A mí me da por reír, no por llorar, Shea. Todo esto, lo que tenemos, lo que está por venir, me parece tan alucinante que cada vez que pienso en ello, la risa llega sola… Pero si en algún momento me da por llorar, puedes estar tranquila de que no voy a intentar disimularlo. Será lo que sienta y lo sentiré a tope… Además —coqueteó—, ¿quién te ha dicho a ti que a mi sex-appeal le pasaría algo si me emocionara? A las chicas, pocas cosas os ponen más que un hombre mostrando su lado sensible…

Estaban a la distancia de un beso, totalmente concentrados el uno en el otro. Jugando. Coqueteando. Al igual que les venía sucediendo desde la primera vez, ya se habían olvidado de la hora, de las visitas… De todo.

—Y eso lo sabes por tu extensa experiencia con las chicas, ¿no?

—Así es. —Shea sacudió la cabeza risueña mientras pensaba que aquello era un confirmación que él había sido un auténtico ligón desde que le había salido el bigote. Aunque lo negara por activa y por pasiva. Mav no le dio tiempo a que empezara a sacar conclusiones y continuó—: También lo sé porque soy muy observador y he comprobado que a la mujer de mis sueños le pone mogollón mi lado sensible.

Maverick era dulce como la miel. Siempre. Y desde que la prueba de embarazo había dado positivo, mucho más.

—También me ponen tus estriptis, zalamero… —reconoció, riendo.

—Exacto. Así que estoy pensando que si hoy se me da por llorar, podría poner alguna música sugerente y empezar a desvestirme, a ver qué tal…

—No sé yo… La combinación podría ser fulminante. 

Los dos rieron unos instantes. Al fin, Maverick se acercó y la besó.

—Me tengo que ir, Shea. ¿Me dejas? —Ella hizo pucheros, pero al final asintió con la cabeza—. ¿Te he dicho hoy lo loco, loco, loco que estoy por ti? 

Shea tomó su rostro entre las manos y depositó un último beso sobre sus labios.

—Sí, Mav. Pero puedes repetirlo las veces que quieras porque me encanta oírtelo decir.

* * *


Veinte minutos más tarde, Shea apareció en la cocina donde su hermana se había puesto a lavar las hortalizas que iban a utilizar. 

—Buenos días, madrugadora —la saludó Erin, volviéndose al oír pasos que se acercaban.

Raro en ella, vestía vaqueros, una sudadera con capucha y un letrero en el pecho que decía «Soy superdulce» y calzaba zapatillas de deporte. Erin sonrió enternecida; su hermana parecía una veinteañera y no era tan solo por su aspecto; el brillo en su mirada, su expresión de pura felicidad… El embarazo parecía haberle quitado varios años de encima.

Erin se limpió las manos en el delantal de cocina y rodeó a su hermana en un abrazo afectuoso. Besó su mejilla.

—¿Hemos cambiado los papeles? —le preguntó. Lo que ella vestía no era una sudadera sino un jersey azul francia con escote en uve, pero por lo demás iban conjuntadas—. Deberías vestirte así más a menudo, ¿sabes? ¡Te queda fabuloso!

Shea se dejó querer y devolvió el abrazo mientras en su rostro brillaba una enorme sonrisa.

—Madrugué. Pero no me he levantado hasta ahora… —Un movimiento sensual de sus cejas hizo reír a Erin, aparte de confirmarle que sus sospechas eran correctas. Shea continuó—: No hemos cambiado los papeles. Luego, me cambiaré de ropa. Ya sabes que la informalidad en el vestir te la dejo a ti, pero reconozco que para lidiar con los preparativos de la cena, unos vaqueros y una sudadera son lo mejor.

—Siéntate, que enseguida te sirvo un café. «Suavecito», ya lo sé —se adelantó Erin. Había puesto la cafetera al llegar, de modo que ya estaba listo. 

—Sírvete otro para ti y siéntate conmigo.

—¿Qué, quieres que tengamos una conversación de chicas? —Erin sonrió para sus adentros y lo soltó—: ¿Hay algo que quieras contarme?

La risa de Shea le dejó claro que lo que se proponía no era contar, sino que le contaran a ella. 

—Desde que me dijiste que Ike se presentó en Dublín, estoy que me no me aguanto de la curiosidad y cada vez que te llamé para intentar sonsacarte, me has dejado con las ganas con tu «por teléfono, no. El viernes, Shea, el viernes». Muy bien, pues hoy es viernes. Y que te quede claro que no despegarás el trasero de esa silla hasta que me haya dado por satisfecha.

Era el plan perfecto, ya que Erin llevaba cuatro días en las nubes y se moría por compartirlo con su hermana. Con una taza de café humeante en cada mano y una sonrisa inmensa, Erin se sentó a la mesa.

—¿Por dónde quieres que empiece?

—¡Por el principio! Saliste de la imprenta y te paraste en la escalera a respirar el aire de la noche y entonces, lo viste de pie junto a una moto… ¡Dios mío! ¡¿No se te salió el corazón del pecho?! 

Erin exhaló un largo suspiro. En un instante, había regresado a aquel preciso momento, cuatro días atrás.

—¡Madre mía, síííí…! Te juro que pensé «¡estás viendo visiones, Erin. Este tipo te gusta tanto que no dejas de verlo en todas partes!». —Hizo una pausa durante la cual su sonrisa brilló con más fuerza que antes—. Pero no, no era una visión. ¡Era él en persona! ¡Te juro que no me lo podía creer! 

Y al fin se dedicó a saciar la curiosidad de su hermana, contándole con lujo de detalles los cuatro increíbles días que había pasado con Ike en Dublín.


- II -

Cuando Maverick llegó al MidWay acompañado por Ike, Dakota no estaba a la vista. Un muy agobiado Evel servía los incesantes pedidos. Lo mismo hacían los otros dos camareros, todos hombres, que por exigencia de Maverick habían contratado solo para apoyar el servicio durante las horas punta de los fines de semana y en épocas especiales del año, y que aquel día estaban al pie del cañón, atendiendo un bar hasta los topes de clientes desde primera hora de la mañana.

—Tío, eres un regalo del cielo —lo saludó Evel sin detenerse. Entregó a sus clientes las dos pintas que llevaba en las manos. Cuando regresó para servir una nueva comanda, vio que Maverick no había llegado solo e hizo un gesto de disgusto—: Mala idea, Mav. Perdona, Ike, lo digo porque…

—Ya sé por qué lo dices. Y créeme, te entiendo —repuso Ike.

Maverick pasó al otro lado de la barra de un salto, provocando comentarios entre los moteros que estaban cerca y algún silbido halagador por parte de las clientes mujeres, que él agradeció con una reverencia. Tras dejar la chaqueta en el cuarto que usaban a modo de oficina, regresó al punto caliente de actividad.

—Lo que es mala idea es que hoy, que os dije que libraba porque tengo invitados para la cena, haya tenido que dejar a mi chica sola con todo el follón porque no os podéis apañar con el trabajo. —Puso delante de Ike la bandeja con un paño y el spray limpiador—. Si te encargas de las mesas, me harías un gran favor. El servicio irá más rápido si no tenemos que atravesar el gentío para desocuparlas. Gracias, tío.  

Evel sacudió la cabeza al ver que su socio se ponía a atender clientes sin esperar respuesta alguna por su parte. Fue detrás de él.

—Mav, lo digo en serio; este es no es el mejor día para tocarle las narices a Dakota. Sabes que no lo soporta, así que déjalo estar. Lo mejor sería que hoy Ike se fuera a beber cerveza a otro bar, pero no vamos a echarlo, así que si se queda, al menos, que sea exclusivamente como un cliente, y atiéndelo tú. Va muy en serio, Mav.

El barman hizo un gesto de disgusto, pero, para alivio de Evel, acabó asintiendo con la cabeza.

—Vale, está bien. Todo sea porque al Gran Dakota no se le hinchen las narices…


* * *

Dakota se había ausentado unos minutos para ir al baño. Por culpa de la gripe de Tony y del aluvión de clientes se había perdido hasta el desayuno de Romina y estaba de un humor de perros. En días tan señalados, el bar solía estar muy concurrido desde primera hora de la mañana, pero nunca como aquel día. Habían tenido solo un rato de tranquilidad esa mañana. A eso de las diez, había empezado a llegar gente y una hora más tarde estaban de bote en bote. Lo peor era saber que el ritmo no bajaría durante el resto del día. Eso era lo que lo ponía de malhumor; la falta de pausa. Era imposible mantener el nivel durante horas cuando sabías que hasta tomarte unos minutos para ir al baño producía una avalancha de trabajo a los que se quedaban atendiendo la barra. El espectáculo navideño, que Maverick había anunciado con bombos y platillos en las redes sociales del bar, había provocado tal impacto que, desde entonces, el bar recibía nuevos clientes a diario. La mayoría no eran moteros, sino universitarios y treintañeros que llegaban atraídos por el vídeo del baile de Romina que se había hecho viral. Muchos habían repetido visita varias veces desde entonces y eso era lo que explicaba que hubiera tantísima gente desde temprano aquel día. Si las cosas continuaban de la misma forma una vez que acabaran las fiestas, tendrían que plantearse seriamente contratar más personal. Él ya estaba reventado y le quedaban horas de trabajo por delante.

Atravesar la nube de gente hacia la barra no fue tarea fácil, pero lo logró sin perder parte de la ropa por el camino. Cuando ya faltaban un par de metros para alcanzar el extremo de la barra, alguien lo cogió por el brazo. Y ahora, ¿qué?, pensó. Se volvió con cara de mala leche. 

—¡Eh, tú eres el padre del bebé! Al fin te veo en persona. Soy Sylvia… ¡Me encanta tu pelo!

«¿Me encanta tu pelo? ¿Estás ligando conmigo o quieres las señas de mi peluquero?». Dakota miró a la veinteañera con la burla pegada a la cara. Notó que estaba acompañada por otros tres ejemplares de la misma especie y decidió al instante que no tenía tiempo que perder. Hacía mucho que había dejado de desfogarse con universitarias cachondas y ni siquiera entonces hablar con ellas formaba parte del trato.

—A mí también —fue su respuesta.

Sin molestarse en averiguar qué acogida había tenido su cortante respuesta, continuó hacia la barra, pero cuando se disponía a pasar al otro lado, vio a Maverick hablando con el tipo de la barba ridícula. ¿Qué coño hacía Ike Adams allí? La respuesta le llegó al instante, cuando el barman puso el spray limpiador sobre la bandeja y el otro se la llevó como si fuera un camarero más. 

Las cejas del motero formaron dos arcos sobre sus ojos.

«¿Estás sirviendo mesas en mi bar? Ni de coña».

* * *


Lo primero que hizo Dakota cuando pasó al otro lado de la barra, fue pedirle a Maverick que hablaran en la oficina. Él lo siguió a regañadientes. Al verlos, Evel maldijo su suerte aquella mañana y también se unió a ellos en cuanto acabó de atender al último cliente.

En cuanto lo vio aparecer, Dakota negó con la cabeza.

—No pintas nada aquí, Evel. Y la barra está bajo mínimos. Si te necesito, te llamaré. 

La cara de malhumor de Maverick era igual de evidente que la de Dakota y aunque Evel tenía que reconocer que no era el mejor momento del día para que tres de los cinco miembros del personal en activo aquella mañana estuvieran conversando en la oficina, nunca se había fiado de las malas pulgas de Dakota y aquel día en particular, menos que menos. Era un especialista en complicar las cosas cuando se empacaba en algo.

—Entonces, sé breve y así todos podremos regresar a la barra enseguida.

Dakota se quedó mirando a Evel con cara de muy mala leche. Estaba apostado contra la puerta, cubriéndola casi por completo con su gran envergadura, y se había cruzado de brazos como si estuviera diciendo «de aquí no se va nadie hasta que esto esté resuelto». La actitud de su otro socio no era mucho mejor; era raro ver a Maverick tan serio. Pero lo estaba.

Muy bien. Sería un visto y no visto, pensó. Respiró hondo y empezó a soltar por la boca todo el veneno que llevaba acumulando desde que había empezado la mañana, y que la presencia de Hannibal King no había hecho sino empeorar.

—Vale. No sé a quién se le ha ocurrido la brillante idea de pedirle a ese cabrón que nos eche una mano y me da igual. No lo quiero aquí y punto. —Silenció con un gesto de la mano el primer intento de Maverick de meter baza, y continuó—: Cada vez que me doy la vuelta, me topo con ese tío. ¿Por qué? Porque me lo estáis intentando meter por los ojos de todas las maneras. Y no va a funcionar. Me importa una mierda que haya soltado una pasta por que le customices una moto —le dijo a Evel, tras lo cual se dirigió a Maverick—. Y el dinero que se deja aquí me vale solo hasta cierto punto, por eso lo tolero, porque ya que no lo aguanto me queda el consuelo de que cuando se larga, una parte de su billetera se queda aquí. Pero hasta ahí. Así que no se te ocurra pasarte de la raya. Y te lo digo así de claro: eres un tío muy válido y te quiero en el negocio, pero si tengo que prescindir de ti, lo haré. No me toques las pelotas, Maverick. O tendrás que plantearte volver a repartir ultracongelados. ¿Estamos? ¿Veis qué rápido ha sido?

Maverick apenas conseguía salir de su asombro cuando vio que Dakota se dirigía a la puerta dando la conversación por terminada.

—Oye, espera un momento… —atinó a decir.

Pero el motero no se detuvo. Una mirada bastó para que Evel comprendiera que el horno no estaba para bollos y no solo se hiciera a un lado para dejarlo salir de la oficina, sin que también evitara que Maverick fuera tras él.

—Déjalo, Mav.

A Maverick se le encendieron las mejillas del disgusto que sentía. 

—¡¿Que lo deje?! 

—Sí, es lo mejor, tío. —Le puso una mano sobre el hombro, un gesto conciliador que también llevaba el propósito de impedir que siguiera a Dakota hasta la barra y continuaran aquella conversación tan traída de los pelos delante de todo el bar—. Fue un error meter a Ike por medio y te lo advertí. Dakota no lo aguanta, es lo que hay, tío… Mira, no le tengas en cuenta lo que ha dicho… Bueno, en lo de Ike, sí. Me refiero en lo demás. Hoy, no sé por qué, está desquiciado. Imagino que tendrá que ver con asuntos personales. —Había oído algo acerca de una nueva candidata a canguro que le resultaba tan difícil de creer, que se negaba a darle crédito hasta que pudiera hablarlo con Dakota—. Y que el bar esté tan llenísimo desde primera hora y el mejor camarero que tenemos de baja por gripe, no ayuda. Con un bebé recién nacido, su mujer todavía recuperándose del parto… Son muchas cosas, mucha presión. Déjalo estar, Mav. Ya hablaremos sobre este asunto la semana que viene, cuando las aguas hayan vuelto a su cauce.

El asombro de Maverick crecía por segundos. Otro tanto hacía su enfado. ¿Así que el Gran Dakota soportaba mucha presión y había que tenerle paciencia, como si fuera un niño en pleno berrinche? ¿Era en serio?  

—Oye, ¿de qué vais vosotros dos? ¿Me lo puedes explicar? Ya me parecen muy fuertes los desplantes de Dakota. Que tú lo cubras es inaceptable.

—No lo estoy cubriendo, Maverick. No me parece bien lo que te dijo y lo aclararemos, pero no hoy. Lo conozco y sé que empeorará las cosas. Solo te pido que le tengas un poquito de paciencia. Que lo dejes estar por hoy, ¿puede ser?

—Para el carro, tío. Yo no debería estar trabajando hoy. He venido un rato y, como quiero que el rato sea lo más corto posible, le he pedido a Ike que nos echara una mano. ¿Y ahora resulta que si tenéis que prescindir de mí, lo haréis? 

—Nadie va a prescindir de ti, tío… —Evel sacudió la cabeza consciente de que su propia paciencia empezaba a flaquear. Puestos a aclarar las cosas, él tampoco tendría que estar en el bar aquel día. Era el socio capitalista. El trabajo no formaba parte del trato—. Llevas suficiente tiempo con nosotros, y con Dakota tratas más que conmigo porque lo ves a diario, ¿de verdad todavía no has aprendido a distinguir cuándo habla en serio y cuándo es su cabreo el que habla? Por favor, tío… Es fin de año, ¿no podemos tener la fiesta en paz?

Aquellas palabras fueron la gota que colmó el vaso de Maverick.

—Es tu amigo y tu cuñado, lo mío es una relación comercial y no está incluida entre mis tareas hacer de psicólogo de un tipo que, en mi opinión, tiene demasiados humos. Eso que lo haga su mujer o tú, si te apetece. Yo vengo a trabajar. Y eso es lo que hago. Me he dejado la piel en esa barra porque teníamos un acuerdo y gracias a esa piel que me he dejado, el negocio está generando dinero a espuertas, ¿y ahora que he conseguido que el bar esté hasta los topes los siete días de la semana, resulta que el acuerdo es «revisable» según el humor con que se levante Dakota? —Maverick inspiró profundamente, manoteó su chaqueta del gancho donde la había colgado al llegar y enfiló hacia la puerta—. Mira, Evel, ¿sabes qué te digo? Que ahí os quedáis hasta que me aclaréis de qué cojones va toda esta historia. 

—Espera, espera, espera… ¡Mav, espera, por favor!

Pero fue en vano. Un instante después Evel se había quedado solo en la oficina con un enorme problema pendiendo sobre su cabeza.

* * *

Maverick atravesó la barra sin mirar a nadie. Su paciencia había tocado fondo y cuando eso sucedía, se temía a sí mismo. Pasó por detrás de Dakota, que atendía a un grupo de moteros, y tras saltar por encima del mostrador, empezó a abrirse camino entre la gente hacia la mesa más próxima a la salida principal, donde había visto que Ike hablaba con sus ocupantes. Eran dos chicas que habían empezado a frecuentar el bar los últimos días, probablemente animadas por las reacciones en las redes sociales que había causado el espectáculo de Navidad en honor a Romina.

Hizo un gesto cortés a modo de disculpa por interrumpir la conversación. Ellas lo saludaron alegremente, pero él no estaba para charlas sociales, de modo que le tocó el hombro a Ike:

—Nos vamos. Te espero fuera. No tardes.

Diez minutos después, cuando Maverick se estaba planteando seriamente volver a entrar, coger a Ike del brazo y sacarlo del bar a rastras, este al fin apareció.

—Llámame impaciente, pero ¿qué entiendes tú por «no tardes»? Estaba a punto de convertirme en un cacho de hielo…

Hacía frío, era cierto, y la sensación térmica estaba bien por debajo de cero, pero Maverick no era friolero. Prueba de ello era que no se había cerrado la cazadora de estilo «bomber», debajo de la cual ni siquiera había un jersey de abrigo. Como siempre, solo llevaba una de sus  habituales camisetas de manga corta. La de hoy era anaranjado chillón, a juego con los ribetes de su cazadora.

—Hacerlas consumir, eso hacía. No tenían ni idea de que servís canapés y eso que, según dicen, llevan viniendo desde el lunes. —Le palmeó el hombro un par de veces—. Les recomendé mis favoritos; los de paté de oca y los de jamón ibérico. 

De eso normalmente se ocupaba Maverick, porque además de que le encantaba la idea de  los canapés, era una forma ideal de incrementar el consumo mínimo habitual de los clientes no moteros y, de paso, minimizar los efectos del exceso de cervezas entre los aficionados a los vehículos de dos ruedas. Pero había sido una semana de locos, con el bar lleno a todas horas, y apenas si le había dado a tiempo a respirar. 

—Hemos estado desbordados —explicó—. Y más que estarán a partir de mañana… Bueno, vámonos ya.

Ike lo detuvo por el brazo suavemente.

—Espera, ¿qué ha pasado? —Al notar la reticencia del barman, aclaró—: No quiero meter la pata… Bueno, más de lo que parece que ya la he metido. Y sin información, es bastante probable que lo haga.

Maverick echó un vistazo alrededor, pensándoselo. No deseaba quedarse allí a la vista de todo el mundo. Tampoco quería dar lugar a que Evel saliera a intentar convencerlo, Dakota se uniera a la conversación y ya que estaban en la calle, acabaran liándose a tortazos.

—Vale, pero aquí no. Vamos al coche.

Ike había tenido que aparcar su monovolumen a la vuelta porque las motos ocupaban buena parte de los sitios de aparcamiento destinados a los vehículos de cuatro ruedas. 

Una vez en el coche, Maverick le contó brevemente lo sucedido. Era muy consciente de que a medida que hablaba, su enfado crecía a la par que el asombro de Ike. Realmente, estaba cabreado. Era de la clase de persona que veía el lado amable de las cosas y conocer a Shea, poder estar juntos, había completado su cuadro personal de felicidad. Pero Dakota había conseguido cabrearlo. No era solo su bordería o su mal carácter, también su total falta de reconocimiento al esfuerzo ajeno, aunque se estuviera beneficiando de él. 

—Esto que quede entre tú y yo. Hoy es un día muy importante y no voy a permitir que nada lo estropee… Ya me ha fastidiado a mí bastante, pero aquí quedará la cosa. No merece la pena gastar tiempo y energía en quien no lo valora. 

—Claro… Cuenta con eso. Pero siendo honestos, ¿no te parece que pedirme que viniera contigo fue un poquito de mala leche por tu parte? No lo digo por mí, yo encantado de echarte una mano, sino por el Gran Dakota…

Tenía que reconocer que sí. La cuestión era que, a pesar de ser socio del bar, Dakota no lo trataba como si lo fuera. La conversación -por llamarla de algún modo- que habían mantenido por la mañana por teléfono, no era propia de dos socios igualitarios. No había sido una llamada planteándole que tenían un problema y solicitando su ayuda. Se había parecido mucho más a la conversación de un jefe con un empleado. Así que, en mitad de la rabia que le había provocado sentirse ninguneado, pensó que si el bar fuera solo suyo, no habría dudado ni un momento en recurrir a quien fuera necesario para resolver el cuello de botella, y Ike estaba a mano y dispuesto. ¿Por qué no aprovecharlo? ¿Porque Dakota no lo podía ni ver? No estaban en el colegio, eran mayorcitos para aguantarse sus manías y hacer lo mejor para el negocio. Al final, las cosas habían acabado mal.

—No me gustan nada sus maneras —reconoció sin entrar en detalles—. Y contigo se está pasando muchísimo. Hasta ahora, no he querido tomar partido porque entendía que lo que sucedió el día de su boda fue muy fuerte y que cuando hay cuestiones personales por medio, es complicado separar una cosa de la otra. Pero, la verdad, ya no me valen esas razones. —Forzó una sonrisa en sus labios, decidido a cambiar el chip—. En fin, vamos. ¡Que hoy hay pachanga de la buena!

Ike puso en marcha el coche, pensativo. Ignoraba qué se habían dicho en aquella oficina porque Maverick había sido más que escueto al respecto, pero sospechaba que había razones de peso detrás de su enfado y que parte de ellas, posiblemente, estuvieran relacionadas con la posición de Dakota dentro del bar. Allí siempre había sido el amo y señor, ya que Evel no se implicaba en temas laborales. La marcha de Andy lo había dejado con una mano detrás y otra delante, no solo por lo abrupta que había sido. Ella representaba, en esfuerzo y en capacidad, el otro cincuenta por ciento del bar, cuando no más. La llegada de Maverick había resuelto el desbarajuste organizativo y había hecho crecer el negocio, pero como no lo había hecho en calidad de empleado a sueldo, Dakota se había encontrado con que ahora había otro «jefe», a más inri, un yogurín como él, con quien compartir el liderazgo al frente del bar. Obviamente, aún no se había acostumbrado a ello y no hacía falta ser psicólogo para entender el porqué.

- III -


—¿Qué pasa, tío? Me habéis dejado solo. ¿Dónde ha ido Maverick? 

Evel volvió a guardarse el móvil y miró a Dakota, armándose de paciencia. Había asomado la cabeza por la puerta de la oficina y lo estaba mirando como si no hubiera tenido ni arte ni parte en el actual estado de cosas.

—¿Qué dónde ha ido? ¿Dónde crees tú que ha ido, Dakota? —Evel respiró hondo—. Mira, no sé qué es lo que tiene a tus malas pulgas tan revueltas, pero te aconsejo que les des un sedante o un puñetazo que las ponga a dormir una semana seguida… O lo que sea, me da igual qué. Por más cabreado que estés, no puedes hablarle así a la gente, Dakota. A nadie. Y desde luego, menos que menos a Maverick. No es un empleado, ni tu hermano pequeño, ni tu colega. Es tu socio, ¿vale? Nuestro socio.

Lo que le faltaba, pensó Dakota. 

—¿Pero qué coño…? ¿Se ha ido? Joder, vaya nenaza está hecho… 

Evel fue hacia él, obligándolo a apartarse de la puerta para dejarlo pasar.

—Ojalá fuera solo eso. A ver cómo nos las ingeniamos ahora, tío.

Dakota lo detuvo por un brazo.

—Para —exigió—. ¿Qué coño pasa?

—Eres un especialista en cagarla hasta el fondo, tío —se quejó Evel—. Pasa que Maverick no piensa volver hasta que nos reunamos y le aclaremos las cosas. 

La cara de Dakota era un poema. ¿Aclarar qué?

—Me he perdido —se limitó a decir.

Evel respiró hondo.

—Poco menos que lo has amenazado con enviarlo a la cola del paro. Así que, lógicamente, se está haciendo muchas preguntas. Como por ejemplo, si ahora que el bar da tantos beneficios, estás pensando en reducir el número de personas a la hora del reparto. En cuyo caso, imagino que no estará por la labor de seguir partiéndose la espalda detrás de esa barra. No sé, son cosas mías, igual está encantado y solo se fue a dar una vuelta… —Remató el tono irónico de su alocución con una pregunta de lo más irónica—: ¿Empiezas a enterarte, tío? De verdad, no entiendo cómo te las arreglas para cagarla tanto. Es un misterio para mí.

Dakota por poco se desinfla de un bufido. ¡Joder, solo había sido una forma de hablar! Se adelantó a Evel, camino de la barra, al tiempo que decía:

—Vale. Pues ya sabes lo que te toca, tío. Yo solo no puedo con todo. Y por tu bien, espero que no te pongas susceptible con lo que he dicho porque no te estoy mandando a la cola del paro… ¿Pero al hospital? Sí que podría. Con la mala leche que tengo hoy, ¡ya te digo, si podría!

Evel se quedó mirándolo mientras se alejaba. Lo conocía mucho y bien. Y lo quería. Sin embargo, había días en los que, de buena gana, le daría una buena tunda.

«Pero no será hoy», decidió. Ya bastante mal estaban las cosas. 

Evel se ahorró los comentarios y regresó a la barra.

* * *

Para evitar que Shea sospechara, Maverick le había pedido a Ike que dieran un rodeo hasta la casa de su madre, para hacer tiempo. La habían encontrado con el delantal de cocina y las manos manchadas de harina.

—Pasad, pasad, chicos… Venid a la cocina, que me habéis pillado con las manos en la masa… ¿Qué tal, Ike? 

Desde que la había visto por primera vez, a Ike le había sorprendido el aspecto tan juvenil y moderno de la madre de Maverick. Vestida de vaqueros, con una camiseta multicolor y esa afición por los abalorios que, evidentemente, Maverick había heredado de ella, parecía una treintañera. 

—Muy bien, gracias. ¿Preparando algún postre para esta noche?

—Sí, y también el pastel favorito de mi hijo, para que no crea que me olvido de malcriarlo.

Maverick se acercó y la besó en la frente a modo de agradecimiento mientras Ike presenciaba el evidente afecto que había entre los dos. Sabía por Maverick que habían pasado épocas difíciles y que, en un principio, su madre no se había tomado bien que él se fuera a vivir con Shea. Ahora, todo eso había quedado atrás y la relación de los tres era muy buena. 

—Qué raro tú por aquí a estas horas… —dejó caer Madeleine. Continuó amasando.

Maverick fue hasta la nevera y le preguntó a Ike qué quería beber mientras pensaba en la respuesta que le daría a su madre. Habían ido a su casa para hacer tiempo y evitar que Shea sospechara al verlo regresar del bar tan rápido. Pero acababa de caer en la cuenta que, a menos que se sincerara al respecto, era muy posible que su mentira tuviera las piernas muy cortas y Shea se enterara de todo cuando a su madre, parlanchina como siempre, se le escapara en mitad de la cena que ya había estado con él más temprano.

Sacó una lata de refresco y vertió el café recién hecho en una taza que le entregó a Ike, quien a juzgar por su mirada, estaba pensando exactamente lo mismo que él.

—Sí, debería estar como tú, con un delantal de cocina, ayudando a Shea, pero me llamaron del bar. 

—Ah. Qué lata. Bueno, al menos, ha sido rápido, ¿no? —El prolongado silencio hizo que Madeleine alzara la vista de la masa y se fijara en su hijo—: ¿No?

Maverick dio un sorbo a su refresco, más molesto por minutos. 

—Me jodió porque, en teoría, tengo el día libre, pero fui. Y como hacían falta manos, le pedí a Ike que viniera conmigo. Por resumir; Dakota se mosqueó. Me dijo que… —Ike estaba allí y no sería él quién repitiera las ofensivas palabras que su socio le había dedicado—. Bueno, que si no dejaba de intentar metérselo por los ojos, tendría que volver a repartir ultracongelados. 

—Lo habrás mandado a la mierda, espero —espetó Madeleine. Para entonces, había dejado de amasar, y estaba frente a Maverick, con los brazos en jarra. 

Ike no pudo evitar sonreír. Ahora también sabía de quién había heredado Maverick el histrionismo.

—Menuda fan tengo, ¿has visto, tío? Si la dejo, llama a un par de amigas y va en plan banda callejera a plantarle cara a mi socio —explicó entre risas.

—Hombre, si no te defiendo yo, que soy tu madre… Aunque, la verdad, tampoco es para sorprenderse… Se le nota a la legua su mala leche.  Es muy…

—¿Borde? —apuntó Ike. Vio que madre e hijo asentían con la cabeza—. Doy fe que sí. No me soporta y no es de los que se cortan, así que…

—Muy borde —concedió Madeleine—. Y si en días normales de trabajo ya se le nota, ¿un treinta y uno de diciembre? Su mala hostia estará desatada… ¿Y qué hay del otro, ese que es tan educado que no parece un motero? ¿Qué dijo él? ¿O solo fue algo entre tú y Dakota?

Ike pensó que los modos educados de Evel no le impedían ser tan parcial en sus juicios de valor como lo era Dakota. En su opinión, y salvando la distancias, eran tal para cual. Pero como lo que él pensara no venía a cuento, se limitó a seguir participando del momento como un invitado silencioso mientras disfrutaba del café.

—Me dijo que dejara estar el tema y no tuviera en cuenta lo que me había dicho. Por lo visto, con un bebé recién nacido, su mujer convaleciente y el bar desbordado de trabajo tiene mucha presión. Como si el resto de los mortales no tuviéramos problemas… En fin, que les dije «ahí os quedáis hasta que me aclaréis las cosas». 

Madeleine asintió.

—Bien hecho. Le servirá para ir tomando nota de lo que pasa cuando te tocan las narices. Ya verás como se le empieza a pasar la neura rápidamente —aseguró, y regresó a la mesada donde continuó amasando.

Maverick frunció el ceño. No pudo evitar la sensación de que su madre estaba descartando demasiado pronto las posibles consecuencias de lo que había sucedido. No había sido una pelea de estudiantes en el recreo. No había sido ninguna tontería.

—Yo no contaría con eso, mamá. Dakota es como es y punto. Está convencido de que son los demás los que tienen que hacer algo al respecto, no él. 

—Tiene mala leche, pero no es ningún estúpido, Mav. Ninguno de tus socios lo es. Saben lo que vales. Y, al margen de que también estoy segura de que te quieren, porque ¿quién no te quiere a ti, hijo mío?, saben perfectamente lo que les conviene. A Dakota no le quedará más remedio que disculparse, porque lo último que querrá es complicarse la vida por una tontería como esta. Imagino que tú aceptarás sus disculpas… —Dejó de amasar y lo miró, esperando una respuesta.

Maverick no tenía nada claro que fuera a bastarle con eso. Lo había dejado tocado la actitud de Dakota. Y la de Evel lo había rematado. A nivel laboral, había sido un año durísimo a la par que gratificante. Ahora ya no le quedaba ninguna duda de su capacidad para gestionar un establecimiento de esa clase y convertirlo en un negocio de éxito. Y saberlo, ponía ante sus ojos más alternativas. 

—Supongo —se limitó a decir, ya que no deseaba ahondar en el asunto—. Bueno, haz de cuenta que no me has visto. Si puedo evitar que Shea se entere de esto, lo prefiero. No sé si lo conseguiré, porque esa mujer me lee la mente tan bien como yo se la leo a ella, pero lo intentaré. ¿Vale, mamá?

Una sonrisa pícara con un gran trasfondo de ternura brilló en el rostro de Madeleine.

—Vale. 

—Gracias. Y por lo demás, ¿qué tal? ¿Todo en orden? —quiso saber Maverick.

Esta vez, la mujer sacudió la cabeza. Su hijo era increíble. 

—Creo que sí. Bueno, a ver… Está claro que se me puede quemar el pastel de Yorkshire… O el pudin se me puede caer al suelo cuando vaya a desmoldarlo, pero después de tantos años haciéndolos, ya sería mucha mala suerte que fuera a pasarme justamente hoy, ¿no te parece? 

Maverick respiró hondo y soltó el aire en un sonoro suspiro. Aunque intentara disimular, el encontronazo que había tenido con sus socios lo había puesto de los nervios. Precisamente aquel día, necesitaba que todo saliera bien. Que fuera un día perfecto.

—Los dos te quedarán de muerte, como siempre, mamá. No me hagas caso, hoy estoy un poco tonto… —Volvió a besarle la frente, esta vez, a modo de despedida—. Acábate el café y nos vamos, Ike. 

—Sí, sí, vamos —repuso él—. El café estaba buenísimo, Madeleine. Muchas gracias. Nos vemos más tarde.

* * *

Shea dejó la frase a medias al oír la puerta y miró a Erin con gesto interrogante. 

—¿Mav? —preguntó en voz alta. 

Enseguida, el sonido de voces le confirmó que los chicos estaban de vuelta. Shea y Erin intercambiaron miradas. ¿Tan pronto?

—Sí, preciosa —repuso él—. Ya estamos aquí.

Un instante después, entró en la cocina acompañado de Ike. 

—Y no hemos venido con las manos vacías. —Depositó una caja de pasteles variados sobre la mesa y sacó uno que se llevó de inmediato a la boca. Un segundo después, estaba relamiéndose—. Dios, qué bueno… Este tipo es un sibarita. Cada vez que me recomienda algo y lo pruebo, acabo empachado… Pruébalos, nena. De verdad, que esto le sube la moral a cualquiera… ¡Y el azúcar también! —guaseó, chupándose el dedo que se había manchado con chocolate.

Pero en aquel momento, sucedió algo que distrajo a Shea.

Ike fue a sentarse junto a Erin. Estiró la mano para coger un pastel y se lo ofreció, acercándoselo a la boca.

—Confía en mí, todos están ricos pero este te va a encantar —le dijo en voz muy baja.

Una sonrisa, una mirada cómplice… Los labios de Erin se abrieron un poco, lo bastante para que él pusiera el dulce al alcance de sus dientes. Nuevas miradas componiendo un momento de lo más íntimo entre dos personas enamoradas. 

Maverick notó que Shea los miraba totalmente concentrada en lo que estaba sucediendo, y agradeció haber dejado de ser el centro de atención. Eso le daba una oportunidad de quitar de en medio la cuestión de por qué había regresado tan pronto sin tener que mentirle.

En efecto, Shea estaba abstraída en las vistas. En Erin y, sobre todo, en Ike. En aquel galante caballero de la barba recortada al estilo Hannibal King que se las había arreglado tan fenomenalmente bien para sacar a su hermana de entre los muertos y devolverla a la vida, a los sueños, a la ilusión. 

Además, en su opinión, hacían una pareja perfecta.

* * *

Pero mal que le pesara a Maverick, no consiguió evitar que el hecho de haber regresado tan pronto estuviera en el candelero. Tan pronto, Ike y Erin se descolgaron de su momento romántico y Shea regresó a la realidad, su atención volvió sobre él.

—¿Y tú, qué? ¿Cómo es que has acabado tan rápido, Mav?

Ike y Maverick se miraron resignados, lo que a su vez provocó que las hermanas también se miraran. En su caso, preguntándose qué había sucedido. Porque ahora ya no tenían dudas de que algo había sucedido.

Shea palmeó el asiento de la silla que había a su lado un par de veces, instando a Maverick a que se sentara y dejando claro que no se conformaría con una respuesta para salir del paso. Lo habían requerido del bar porque estaban desbordados de trabajo, ¿y en una hora ya estaba de vuelta en casa?  

—Quiero la versión completa de los hechos —le advirtió. Su voz sonó dulce, pero decidida.

Maverick respiró hondo. Se quitó la cazadora y la dejó en el respaldo de la silla en la que, a continuación, se sentó.

—Tuve una bronca con mis socios. No me gustó su respuesta y les dije que no pienso seguir doblando la espalda hasta que me aclaren las cosas. Esto sería un buen resumen.

La preocupación quedó patente en el rostro de Shea. 

—Ay, Mav… Vaya una manera de terminar el año, cari… Lo siento mucho.

También había preocupación en el de Erin, quien al notar la mirada apesadumbrada de Ike, comprendió que la «bronca» tenía que ver con él. Ike se lo confirmó en seguida.

—A Dakota no le gustó que Mav me pidiera que les echara un mano. Para variar, si en ese bar hay un problema, el 99,99 por ciento de las veces es por mi culpa…

—De eso, nada. —Maverick y Erin lo dijeron casi al unísono. 

—El problema lo tiene Dakota —continuó Maverick—. Y lo tiene con más cosas que el simple hecho de que no le guste tu cara, Ike. Somos socios y, por lo tanto, él tiene tanto derecho a decidir cómo han de hacerse las cosas en ese bar como yo. Esto quiere decir que sobre asuntos en los que pensamos diferente, hay que hacer un esfuerzo extra para ponernos de acuerdo. El problema, entre otros, es que él no hace ningún esfuerzo. Dice «esto es así y punto». Y se queda tan tranquilo… Y a mí me fastidia y, entonces, le respondo «vale, pues hazlo tú. Yo paso». 

Maverick hizo una pausa. El enfado había vuelto y odiaba que fuera así. Cogió otro pastel y se lo metió en la boca, a ver si un subidón de azúcar lo ayudaba a cambiar el talante. Al cabo de un rato, continuó.

—No sé si es que todavía no se ha dado cuenta de que soy yo -y no él- la razón de que ese bar se haya convertido en un surtidor de pasta o es que es demasiado orgulloso para reconocerlo. El hecho, lo reconozca o no, es que es por mí que nos estamos forrando. Llevo más de un año dejándome la piel en jornadas de quince horas de lunes a domingo, teniendo que inventar tiempo para cumplir con mi vida personal, que también la tengo, igual que ellos… No estoy dispuesto a tolerar desplantes ni de Dakota ni de Evel. Nos los necesito; ellos a mí, sí. Es así de simple. Así que… Como se suele decir, hasta aquí hemos llegado.

—¿Y ahora qué vas a hacer? —La dulzura en la mirada de Shea, junto a su cara de preocupación, ablandaron a Maverick. Hasta cierto punto lo hicieron sentirse culpable.

—No te preocupes, nena, por favor. Lo digo en serio. Lo último que quiero es que acabemos de bajón un año que ha sido fabuloso para los dos. Esto se resolverá mañana o pasado de alguna forma. Habrá que sentarse y hablar, y según lo que me digan, tomaré una decisión. Tomaremos —se corrigió—; tú y yo. 

Shea le acarició una mano y la mantuvo entrelazada con la suya en una señal de apoyo que enseguida corroboró con sus palabras.

—Ya sabes lo que pienso sobre este tema. No es solo que trabajes muchísimo, es que pones el alma en todo lo que haces. Por eso triunfas. Por eso encandilas a la gente. Porque haces que a tu lado se sientan cómodos, escuchados, atendidos… Mejor que en su propia casa. Y si tú mismo no te sientes reconocido y a gusto en un lugar donde pasas más de la mitad del día, no hay más que hablar. Lo que sea que decidas para mí estará bien, Mav. 

Él tiró de su mano haciendo que Shea se acercara. Sus ojos la acariciaron amorosamente antes de decirle:

—¿Ves por qué eres mi persona favorita del mundo? Siempre intento evitarte el disgusto que me provocan las movidas con mis socios porque pienso que te vas a preocupar… Y siempre acabas siendo tú la que me anima a mí y me hace ver mi situación con claridad. Tienes toda la razón, Shea. No me siento a gusto. Y ahí, justamente, está la raíz del problema. Gracias, preciosa. Gracias por conocerme mejor que yo mismo. —Besó la mano de Shea y se obligó a cambiar el tono—. Y ahora, basta de comerse el coco, ¿vale? ¡Es 31 de diciembre! ¡Hoy es un día superespecial porque al fin podré desgañitarme gritando la mejor noticia de mi vida y que todo el mundo se muera de envidia! ¡Nada de malos rollos! ¿Nada de preocupaciones! ¡Hoy toca fiestuki y hay mucho que hacer! ¡Fiestukiiiiiiiii, síííí! 

Y enseguida, se puso a bailar al ritmo de una música imaginaria, invitando a Shea, Ike y Erin, uno a uno, a sacudirse la pereza y ponerse con los preparativos de un día que Mav llevaba acariciando en su mente hacía mucho tiempo.


- IV -

Madeleine Curtis estaba convocada a las seis de la tarde, dado que tratándose de la víspera de primero de año, la cena no comenzaría hasta las ocho. Esas dos horas de margen eran suficientes para hacerla partícipe de la gran noticia; su casamiento el próximo 14 de febrero. Shea había querido que fuera así para que si la mujer no se tomaba la noticia todo lo bien que Maverick creía, hubiera tiempo de responder a todas sus preguntas con calma y pudieran tener la cena de nochevieja en paz.

Sin embargo, no eran las cinco y media de la tarde cuando sonó el timbre. Era el de la puerta del piso, no el de la calle, por lo que Maverick pensó que ella habría aprovechado la llegada de algún vecino para entrar en el edificio sin usar el telefonillo. Fue el primero en levantarse para abrir. Ike y Erin también abandonaron los asientos, dispuestos a recibir a la invitada especial de la tarde.

—Menos mal que ya estamos listos —comentó Shea, estirándose la falda de su vestido corto de cóctel negro con transparencias en los brazos y en los hombros.

De hecho, todos lo estaban y hacía un rato que se habían sentado en el salón, a recuperar el aliento. 

—Ya sé lo que voy a regalarte para tu cumpleaños, mamá. Un reloj. —Y al verla tan atractiva con su cabello color chocolate recogido en un moño y unos pendientes delgados y largos que le daban un toque tan elegante, soltó un silbido aprobatorio—. ¡Oye, qué guapa estás! 

La mujer le hizo una caída de ojos y a continuación le ofreció su mejilla para que la besara, cosa que Maverick hizo riendo.

—Qué razón tiene Shea cuando dice que eres un zalamero… Tú también estás muy guapo… No puedo creer que hayas dejado tus vaqueros en el armario por una vez… ¡Chiquillo, vas a hacer que diluvie! 

No solo se había olvidado de sus camisetas y sus vaqueros aquel día. Se trataba de un día especialísimo y su indumentaria, compuesta por una camisa de seda azul, unos chinos de vestir color arena y botas cortas negras, estaba a la altura. Sus anillos, pulseras y abalorios, en cambio, seguían con él; se habían convertido en una seña de identidad y sin ellos no se sentía realmente Maverick.

—Qué exagerada, mamá…

—Toma —pidió ella, haciéndole un guiño pícaro—, ayuda a tu madre cogiendo estas cosas que pesan lo suyo.

Maverick agarró las dos bolsas que, en efecto, pesaban bastante.

—¿Qué traes aquí? 

—Aparte del pastel y el pudin, champán, vino, bombones, una tonelada de galletas que me sobraron de Navidad y están buenísimas, y, por supuesto, varias pistolas de confeti y gorritos de papel. ¡Es fin de año, nene, y hay que celebrarlo a lo grande!

Ike, Shea y Erin fueron a recibir a Madeleine de inmediato y como todos lucían sus mejores galas, hubo cumplidos y bromas acerca de lo distintos que estaban. 

Shea reía e intentaba mostrarse como siempre, pero la procesión iba por dentro. Estaba nerviosa, un poco preocupada y, sobre todo, deseando compartir la gran noticia con su futura suegra cuanto antes. Lo tomara como lo tomara, llevaban meses con aquel asunto a cuestas y no veía la hora de dejar de tener secretos.

En cuanto Maverick regresó de la cocina, después de poner en su sitio las cosas que había traído Madeleine, Shea fue directa al grano.

Estaban sentados en torno a una mesita ratona convenientemente surtida de champán, cinco copas y un plato con aperitivos salados. Maverick y Shea ocupaban el sofá. En el sillón de la izquierda estaba Madeleine y en el de la derecha, Ike, y junto a él, estaba sentada Erin. Hacía una hora que había oscurecido y el decorado de las luces multicolores con que habían decorado el balcón, se reflejaba dentro del salón, donde además de la iluminación habitual, había que sumar la proveniente de farolillos y de aromáticas velas blancas y rojas repartidas por las distintas superficies. Un agradable calor proveniente de los radiadores contribuía a crear una atmósfera ideal. 

—Bueno, ahora que estamos todos los que tienen que estar… —empezó a decir. 

—Espera, espera. Dicen que la música amansa a las fieras, así que —intervino Maverick que volvió a ponerse de pie y fue al moderno mueble estilo escandinavo que habían comprado en el IKEA, donde estaba el equipo de música. 

Shea deseó haber sido más rápida de reflejos y darle un buen pellizco. Lo único que le faltaba a sus nervios era que pusiera a todos sobreaviso de que el tema que se traían entre manos, efectivamente, podía poner furioso a alguien. Se fijó en su suegra con disimulo y vio que ella sonreía.

Ike, en cambio, lo celebró con una carcajada.

—¡Bien pensado! No sé qué es lo que os proponéis, pero una buena música siempre ayuda. 

Maverick se tomó su tiempo para escoger una melodía apropiada. La voz de James Blunt, interpretando su hit del año, «Estoy gritando tu nombre», empezó a sonar suavemente en el ambiente. Y cuando esa acabara, seguirían las otras que también formaban parte de su tercer álbum, Some Kind of Trouble. A su chica le encantaba y sabía que a su madre, también. Satisfecho, volvió a ocupar su lugar junto a Shea.

—Perdona la interrupción, preciosa. Sigue, sigue, que soy todo oídos… —Tomó la mano de Shea y entrelazó sus dedos con ella, intentando mantener a raya la sonrisa sin mucho éxito al comprobar que su mano estaba helada. Era como estar sosteniendo un cubito de hielo.

Shea estaba muy nerviosa. Tanto que, como solía hacer cuando se sentía de esa forma y se trataba de un asunto de negocios, acudió a un truco que siempre le funcionaba; aislarse del entorno y centrarse exclusivamente en lo que tenía que decir. Por lo tanto, no se percató de la sonrisa de Maverick. Fijó su vista en un punto inmediatamente por encima de la cabeza de su suegra, lo que creaba el efecto de que la estaba mirando aunque no fuera así, y visualizando en su mente un discurso que había ensayado a solas muchas veces, empezó a hablar.

—Hoy no solamente estamos reunidos para darle la bienvenida a un nuevo año. Poder pasarlo juntos en este lugar que Mav y yo llamamos hogar desde mayo, sería una estupenda razón por sí sola. Pero hay más. Los dos somos muy conscientes de que la velocidad a la que se desarrollan las cosas entre nosotros es motivo de preocupación para toda la familia. No esperamos que lo entendáis… 

Fue superior a sus fuerzas y Madeleine no lo pudo evitar.

—Shea, por Dios, cuántos preparativos… ¡Ni que fuerais a salirme con que el mes que viene os casáis!

Maverick tampoco pudo evitarlo; soltó una carcajada que enseguida fue acompañada por las de Ike y las de Erin. Hasta Shea, en medio de su nerviosismo y con sus mejillas sonrojadas, se las arregló para esbozar una sonrisa mientras pensaba «trágame tierra». La mujer había sido de lo más oportuna.

—Ignórala, Shea. Los treinta y uno se levanta así de chistosa—bromeó Mav, pero le lanzó una mirada con mensaje a su progenitora para que cerrara el pico y no lo volviera a abrir en un buen rato, de la que la mujer acusó recibo de inmediato.

—Perdona, querida —dijo Madeleine, mirándola con cariño—. Por favor, sigue…

Shea corrigió su postura. Ahora estaba más nerviosa que antes, qué suerte. Volvió a centrarse en su discurso y lo retomó donde lo había dejado.

—Decía que ni Mav ni yo esperamos que entendáis por qué hacemos lo que hacemos. Nos conformamos con que, momentáneamente, dejéis a un lado las ideas preconcebidas acerca de cómo han de desarrollarse las relaciones amorosas entre dos personas para considerarse normales, y nos concedáis el beneficio de la duda. Nadie creía en lo nuestro y cuando tomamos la decisión de vivir juntos, todos pensaban que en un mes ya nos habríamos dado cuenta del enorme error que habíamos cometido. Y aquí estamos, siete meses después, más felices que nunca. Esta introducción viene a cuento de que hoy vamos a necesitar que nos concedas el beneficio de la duda otra vez, Madeleine. Porque para Mav y para mí, la noticia que hoy queremos compartir contigo es muy importante. —Shea hizo una pausa para respirar hondo y pedirle al Santísimo, una vez más antes de soltar la bomba, que la explosión no causara víctimas. 

Fue entonces cuando Maverick se puso de pie. Empujó fuera del círculo de sillones la mesa ratona y se situó frente a su chica, a una distancia suficiente para que todos pudieran verlo.

Shea lo miró confundida.

—Y tan importante —dijo él—; un sueño hecho realidad… Hoy hace once meses y cuatro días que esta preciosa mujer apareció por primera vez en mi vida. Era un día cualquiera, como otros, con mucho trabajo en el bar. Yo estaba en la bodega, poniendo un poco de orden, y lo último que recuerdo fue la rabia que me dio verme con la ropa pringada de mugre y no tener a mano una muda para cambiarme. Iba a tener que quedarme así, con esas pintas de tipo alérgico a la higiene personal el resto del día. En eso estaba pensando cuando volví a la barra. Y entonces, la vi… —Se encogió de hombros al tiempo que una sonrisa de incredulidad brillaba en su rostro—. Y dejé de pensar. Fue fulminante. Ni siquiera me di cuenta hasta mucho después, de que me había quedado como un zopenco, clavado al suelo, sin poder quitarle los ojos de encima.

Vio que Shea volvía a respirar hondo, solo que esta vez no eran solo nervios, también había  emoción. Sus ojos brillaban intensamente mientras lo escuchaba sin apartar su mirada de él.

Todos los demás hacían lo mismo que Shea. 

—Es hermosa —continuó Maverick—, y no porque yo lo diga. Cualquiera con dos ojos en la cara puede verlo. Pero no era esa la única razón por la que no podía dejar de mirarla. Sentí que había algo más. Muy pronto ella se fue con Tess y yo me quedé allí, como un imbécil, con la cabeza hecha un lío, sin saber siquiera cómo se llamaba ni cómo haría para volver a verla… Porque tenía que verla. No sabía por qué, no entendía lo que me estaba pasando, pero eso lo tenía clarísimo; necesitaba volver a verla para confirmar que no estaba loco. Que lo que sentía era real y que ella también lo sentía. Así que, dos días después me presenté en su puerta y desde entonces, no hemos vuelto a separarnos… Bueno —se corrigió, mirándola con ternura—, tuvimos un pequeño lapsus de cinco días por un problemilla con mi edad… Pero fue una minucia de nada, ¿verdad, nena? 

Shea, a quien la emoción ya empezaba a anudarle la garganta, miró con cierto nerviosismo a Madeleine. También estaba emocionada, aquellos ojos claros, llenos de energía, que Mav había heredado de ella, presentaban un aspecto acuoso. No le pareció especialmente sorprendida y eso sí la sorprendió. Sin embargo, más allá de las hermosas palabras que su hijo le estaba dedicando y de la evidente buena acogida que estaba teniendo, estaban totalmente fuera del guión. El plan era otro. Mav, sencillamente, había saltado al escenario como un espontáneo. Volvió su mirada hacia el hombre que estaba a punto de convertirla en una magdalena y en vez de responder a su pregunta, formuló otra.

—¿Qué estás haciendo, Mav? —Su voz se quebró al decir—: Aparte de lograr que se me estropee el maquillaje…

Y con una mano temblorosa, intentó eliminar las pruebas de su creciente emoción. Un gesto que a Maverick le inspiró tanta ternura, que necesitó ver una sonrisa en su rostro. Con un gesto gracioso, le pasó la caja de pañuelos, esa sobre la que habían bromeado tanto por la mañana. 

Logró su propósito. Shea cogió uno, echándole una reprimenda con la mirada, una reprimenda que nadie se creyó… Y sonrió. Era algo desdibujada, más emocionada que humorística, pero una sonrisa al fin y al cabo.

—Ya —murmuró—. Intenta arreglarlo, graciosillo.

—Es que adoro esa sonrisa, soy capaz de hacer cualquier cosa por verla… Y respondiendo a tu pregunta… —Miró a su madre de reojo y volvió a lanzarse—:  lo que hago es declararme.

Shea se quedó helada, inmóvil. Se estaba secando las lágrimas usando la pantalla del móvil a modo de espejo, aunque apenas veía su reflejo, y así se quedó. Como una imagen congelada. Durante un instante, solo fue consciente de que el corazón parecía estar a punto de saltar fuera de su pecho y de que no podía moverse. 

Entonces, volvió a oír su voz.

—Mírame, Shea. 

Ella tragó saliva. Alzó la vista lentamente y cuando sus miradas se encontraron, se estremeció. Mav parecía brillar, como si estuviera rodeado por un aura luminosa y sus ojos… Dios, esos ojos le estaban leyendo el alma.

—Nuestra vida es como un sueño —continuó—. Desde el primer día ha sido un descubrimiento permanente… Re-descubrimiento lo describe mejor, porque lo sabíamos todo el uno del otro… De alguna forma imposible de explicar, lo sabíamos. Lo sabemos. Por eso avanzamos a toda vela, las cosas suceden sin que nos demos cuenta porque queremos lo mismo y no hay dudas. No necesitamos pararnos a pensar. Es una pasada… Vivir con estas certezas sobre ti y sobre mí es alucinante, un regalo…. Pero hemos estado a punto de meter la pata hasta el fondo… ¿Cómo dos románticos como nosotros vamos a saltarnos este paso, nena?  —Rió al tiempo que sacudía la cabeza—. ¿Te das cuenta de lo que estábamos a punto de hacer? ¡Menos mal que me di cuenta! Sé que has ensayado tu discurso a conciencia… —Vio que Shea se sonrojaba y tuvo que reprimir las ganas de comérsela a besos allí mismo—. Pero me estoy colado por la cara y no lo lamento, nena. Ni un poquito. Nos merecemos esto. Nos lo merecemos muchísimo. Así que… 

Shea inspiró profundamente y exhaló el aire en un suspiro cuando lo vio hincar una rodilla en el suelo.

Y empezó a alucinar cuando él miró a Madeleine y extendió el brazo con la palma hacia arriba. La mujer, con una sonrisa emocionada, hurgó en su bolso del que extrajo una pequeña caja de joyería y la depositó sobre la palma de su hijo. Las cejas de Shea formaron un arco perfecto sobre sus ojos. ¿Madeleine estaba al tanto de todo? No se lo podía creer.

—Esto sí que lo siento —continuó Maverick—. No me gusta ocultarte nada, pero necesitaba un compinche que mantuviera esta cajita a buen recaudo de ti, y si acudía a tu hermana, se chivaría. Perdona, Erin. Te quiero y todo eso, pero no me fío de ti cuando se trata de tu hermana favorita.

Erin le quitó hierro al asunto con un gesto de la mano con el que, en realidad, pretendió disimular su propia emoción.

—Tranquilo, has hecho bien. No habría tardado ni diez minutos en soltárselo todo —reconoció, dedicándole una mirada cómplice a su hermana que ella no vio. Shea solo tenía ojos para Maverick. 

—Y también siento haber dejado que siguieras ensayando un discurso que no ibas a dar… Bueno, esto lo siento solo un poquito, la verdad. Tengo la piel más dura que tú… No podía hablar con tu padre por ti. —Aunque, en realidad, lo había hecho—. Era lo lógico y lo que él esperaba, pero esto sí que podía ahorrártelo. Así que, el lunes fui a visitarla y… Bueno, digamos que me vine arriba… ¡y se lo conté todo!

—¿Todo? —murmuró Shea, con la voz quebrada. 

Quien respondió fue Madeleine y no lo hizo solo con palabras; apretó la mano de su nuera afectuosamente y la miró emocionada.

—Todo. Y, desde que sé que voy a ser abuela, estoy… ¡Estoy en el séptimo cielo!

Shea ya estaba sollozando. A pesar del férreo control que intentaba mantener sobre la situación, era evidente que su emoción estaba a punto de desbordarse sin control. Maverick decidió que era hora de pasar a la acción. 

Abrió la tapa de la pequeña caja exponiendo un anillo de oro blanco, coronado por un zafiro oval, engarzado en una corona de pequeños diamantes, y mirándola a los ojos pronunció las palabras mágicas.

—Tu alma y la mía se pertenecen porque son dos partes de un mismo todo. Tú eres la mujer correcta para mí y yo soy el hombre correcto para ti. ¿Te acuerdas?, te lo dije al tercer día y me preguntaste si siempre era tan definitivo para todo… 

Shea lo recordaba perfectamente. Todo lo que esa afirmación le había hecho sentir, lo real que le había parecido, a pesar de su desconfianza hacia el sexo masculino. Y todo lo que él y solo él le había hecho sentir cada minuto de cada día, todos los días que habían pasado juntos desde entonces. Volvió a inspirar profundamente.

—Ay, Mav… Dios mío —murmuró al sentir las lágrimas deslizándose por sus mejillas—, no voy a poder parar de llorar en una semana…

Mav tomó su barbilla, obligándola tácitamente a mirarlo. Quería toda su atención.

—Estamos destinados a estar juntos, los dos sabemos que esto es así. No soy capaz de imaginar mi vida sin ti y sé que a ti te sucede igual… Tenemos la fecha, los planes, los billetes para la luna de miel… Solo nos falta una cosa, la más importante de todas… ¿Quieres casarte conmigo y hacerme el tipo más feliz del universo?

Shea tenía los ojos totalmente empañados por las lágrimas cuando le echó los brazos alrededor del cuello y se apretó contra él. 

—Diossss…. —fue la única palabra que pudo articular.

Maverick respondió abrazándola amorosamente, mientras en su rostro lucía una sonrisa de hombre realizado que sabe que acaba de regalarle al amor de su vida el momento más romántico y especial. 

Un silencio respetuoso, cargado de ternura y de emoción, se adueñó del salón.

—¿Eso es un sí? —murmuró él, buscando su mirada, al cabo de un rato.

Shea se las arregló para serenarse y al fin tomó el rostro de Maverick entre sus manos.

—Claro que es un sí… ¿Crees que voy a dejar escapar a un hombre increíble como tú? Es un sí. —Él sonrió y ella lo besó. Fue un beso amoroso, intensamente tierno y muy agradecido, tras el cual le ofreció su mano para que le pusiera el anillo al tiempo que decía—: Sí, sí, sí, sí… ¡Oficialmente, sí, quiero casarme contigo, Maverick McCrae! 

Hubo suspiros y palabras de admiración cuando la joya al fin estuvo en el lugar para el que estaba destinada.

Maverick y Shea tan solo se miraban con complicidad. Sonrientes, ilusionados, enamorados. Era uno de sus momentos de sintonía total, de plena felicidad, parecido a otros compartidos a lo largo de los once meses que llevaban juntos… Y a otros muchos que les quedaban por compartir el resto de su vida.

Madeleine no pudo resistirse a abrazarlos. Tampoco a decirles lo que estaba pensando. 

—Muchísimas felicidades, chicos… Sé que he tardado lo mío en verlo, pero… ¡Qué pareja más increíble hacéis! ¡Contagiáis ilusión! —Se secó una lagrimilla traidora y mostró su mejor sonrisa—. ¡Que sepáis que si algún día vuelvo a lanzarme a una aventura sentimental, la culpa la tendréis vosotros…!

Y tras ella fue Erin, que llevaba mordiéndose desde que todo aquello había empezado y ahora que podía dar rienda suelta a su alegría, no escatimó.

—¡Venid aquí, que os merecéis un achuchón tamaño elefante por regalarnos momentos tan geniales! ¡Sois una inspiración, una inspiración total!

En mitad del abrazo a ocho brazos, Erin reparó en que faltaban los de Ike. Giró la cabeza para mirarlo. Él continuaba sentado en su sitio, con una sonrisa que no le entraba en la cara. ¿Qué hacía allí, tan quieto? Pronto descubrió que sus pensamientos tenían que ser muy evidentes en su cara, ya que él le hizo un disimulado gesto con la mano dándole a entender que luego se lo explicaba.

«¿Me explicas qué?, pensó ella.

Y entonces, lo comprendió. 

Estaba tan quieto porque había una pequeña cámara de vídeo situada sobre el borde del respaldo del sillón, justo a su lado. 

En un principio, Erin asintió con la cabeza, comunicándole que ya se había percatado de lo que sucedía, pero a poco que lo pensó, cayó en la cuenta de que no entendía tanto como creía.

Lo último que a ella se le habría ocurrido hacer en un momento tan emotivo, habría sido ponerse a grabarlo. Entre otras razones, porque el plan era otro y Maverick los había tomado desprevenidos. Pero además, Ike no estaba usando la cámara del móvil, que era lo que todos siempre llevaban encima. ¿De dónde había salido esa cámara de vídeo? ¿En qué momento la había puesto estratégicamente sobre el respaldo sin que nadie se diera cuenta?

Un nuevo guiño por parte de Ike vino a confirmarle que las sorpresas aún no se habían acabado por el día.

Erin sonrió feliz y le dio otro achuchón a Shea y a Maverick. No se le ocurría una manera mejor de acabar el año, que siendo partícipe de más momentos inolvidables como el que acababa de vivir.

¿Qué otra sorpresa les depararía el último día del 2010? Si Ike los estaba grabando, estaba claro que, fuera lo que fuera, tenía que ver con la pareja de tortolitos. Dado que Mav era un loco romántico, la ilusión estaba servida. Aunque, ahora que lo pensaba mejor, su hermana también era de armas tomar en lo que a locuras se refería y, desde que Maverick había resucitado su corazoncito romántico, devolviéndolo a la vida, tampoco le extrañaría que la sorpresa en cuestión llevara su firma. ¿Sería Mav, otra vez, el que dejara a su chica muda de la emoción? ¿O sería Shea, esta nueva mujer en la que se había convertido, tan feliz y enamorada que se sentía capaz de comerse el mundo, quien lo dejara mudo a él?

Con dos locos como ellos todo era posible. Así que… 

«¡Señoras y señores, se abren las apuestas!».


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©️2022. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷


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CR15. Una sorpresa para Maverick.


Una sorpresa para Maverick, de Patricia Sutherland. Tercer relato sobre Maverick & Shea, basado en Los moteros del MidWay, 5. Noticias inesperadas. Menorca.

Viernes, 31 de diciembre de 2010.

Piso de Maverick y Shea,

Londres.


- I -


Estaban en mitad de la cena cuando empezó a sonar el móvil de Shea. Un instante después lo hizo el de Maverick. 

Shea sonrió al ver de quien se trataba. 

—¡Es Tess! —anunció alegremente.

Maverick no tuvo tanta suerte. Soltó un bufido, que a todos les dio una buena pista de que su llamada no era tan grata como la de su chica, y se levantó de la mesa.

—Disculpadme un segundo… Seguid, por favor, yo enseguida vuelvo.

Dicho lo cual, se dirigió a la cocina. Por las dudas, cerró la puerta antes de atender.

—¿Qué pasa, Evel? —fue su saludo. Enseguida se arrepintió de haber sido tan brusco, pero ya estaba hecho.

La reacción de su socio lo hizo sentir aún peor.

Perdona la lata, seguro que te pillo cenando, pero… ¿sería posible que te olvidaras de la memez de Dakota por hoy y vinieras un rato, más tarde, para echarnos una mano? Esto es un desastre y solo puede empeorar a medida que avance la hora, y, la verdad, yo ya no soy capaz de sumar dos y dos sin una calculadora… —Maverick lo oyó suspirar—. Te juro que preferiría desmontar un coche con las manos descubiertas que estar en este bar cuando llegue la «hora feliz»…

El tono de Evel era una mezcla de desesperación y súplica que Maverick le costó ignorar. Principalmente, porque además de darle pena, le hizo mucha gracia. Para un desconocido, aquella frase del motero no tendría demasiado sentido, pero para él era muy explícita. Dakota, siempre tan amable para referirse a todo el mundo, decía que su socio era un «finolis» y no solo lo decía porque era un tipo educado y galante, sino porque trabajaba con guantes. No tocaba una herramienta sin ellos. Así que la idea de imaginarlo maniobrando con un chasis oxidado y mugriento, de esos que localizaba en algún granero en la otra punta del país para alguno de sus clientes coleccionistas, sin la protección de sus guantes de nylon y poliuretano, le hablaba a las claras de su nivel de desesperación.

Dado que el silencio se prolongaba, y para Evel Maverick era la única alternativa a volverse totalmente loco de remate, decidió insistir. No era su estilo, pero se jugaba su cordura.

Hablaremos, tío. Aclararemos las cosas. Y si tengo que zurrar a Dakota para que reconozca que se ha pasado siete pueblos contigo, lo voy a hacer. Pero, por favor, ven. 

—Estoy cenando. Estamos. Porque como ya os dije a los dos, hoy tengo invitados. Según Dakota soy prescindible y tú no le has llevado la contraria, así que ¿por qué debería molestarme por vosotros? Dame una razón para no colgarte y seguir disfrutando de mi cena, Evel.

Vale, pero después recuerda que has sido tú quien me lo ha pedido… —Maverick puso los ojos en blanco. Debería haberle colgado sin más—. No sé lo que te pasa con Dakota, pero algo sucede. 

No había estado nada mal como comienzo, pensó Mav con disgusto. Le pasaban muchas cosas con Dakota.

Que a él le siente como un tiro ver a Ike en el bar y lo demuestre, es normal —continuó Evel—. Es lo que hace siempre. Que tú reacciones a su enfado, como lo has hecho hoy, no es nada normal. 

Era más normal de lo que Evel creía. Maverick nunca había tolerado que la gente se pasara con él, pero desde que Shea había aparecido en su vida, todo su mundo había cambiado. Ahora había mucha más alegría que antes, se sentía realizado y todo le resbalaba un poco. Un poco bastante. Lo de hoy no solo no le había resbalado; había entrado directo en su corazón. Le había dolido. Y todo en su conjunto había sido como una nota discordante.

Además, dudo muchísimo que estés tan tranquilo disfrutando de tu cena —siguió Evel—, ¿y sabes por qué? Porque eres un buen tío, de los que siempre le echan una mano a la gente, de los que siempre se arremangan cuando hace falta estar al pie del cañón. Esto que haces es una putada y lo sabes. No lo sería para el normal de la gente, pero para personas como tú o como yo, sí. Es una putada, Mav. Así que llamarte pidiéndote socorro es también una forma de darte la posibilidad de arreglarlo.

Tocado y hundido, pensó Maverick. No estaba a gusto consigo mismo y por más que se hubiera escudado en sus razones para justificar haberlos dejado colgados con su problema, se sentía mal. No era su naturaleza dejar a la gente tirada. Soltó un nuevo bufido. Enseguida oyó la voz de Evel, mucho más animada.

No hace falta que dejes la cena a medias… Ven cuando acabes y trae a tu familia… Parte de la mía también vendrá… No se lo digas a Dakota, ¿eh?, que no lo sabe —se rió. Él todavía no tenía ni idea de que la mitad de los Gibb estaba ya en su buhardilla, con Tess, y que la otra mitad llegaría después de cenar junto con sus padres, Dough y Rosalyn Taylor—. Te prometo que mañana nos reuniremos expresamente para aclarar todo esto. Tienes mi palabra, Mav. Pero hoy sé el buen tipo que siempre eres… ¡Y sálvanos a todos de la locura, tío, por favor! —suplicó casi a punto de echarse a llorar.

Maverick sacudió la cabeza, maldiciendo la hora en que había decidido atender la llamada. 

Más tarde, agradecería haberlo hecho, pero en aquel momento le dio mucha rabia.

—Ike está entre mis invitados y si voy, vendrá conmigo —advirtió.

Vale. Mientras no se te ocurra ponerlo a trabajar en el bar, estoy bastante seguro de poder garantizarte que habrá paz.

Dios, qué rabia le daba… Maverick exhaló un suspiro de pura resignación. 

Pero lo que para él significaba disgusto por no poder evitar algo que consideraba que estaba en su derecho de no hacer aunque su moral se lo exigía, tuvo un significado totalmente distinto para Evel. Se dio cuenta al instante que el muro había cedido y no se preocupó en disimularlo:

¡Te voy a hacer un monumento, tío! ¡Te lo mereces porque eres más bueno que el pan! ¡Vamos, Mav, vete a cenar y luego ven, que te estaremos esperando con los brazos abiertos!


* * *


—Malas noticias, chicos… —anunció Maverick al regresar a la mesa—. En el bar las cosas están al límite y me han pedido socorro… Y yo, que soy un imbécil incapaz de negarme a echarle una mano a nadie, les dije que iría después de la cena… —Miró a Shea con cara de dolor—. No me mates, preciosa, por favor… 

—¡Ay, Mav… Es Nochevieja! Tenemos de todo para celebrarlo a lo grande…

—¡Hasta tenemos pistolas de confeti! —intervino Madeleine, regañando a su hijo.

—Eso. ¿Y ahora qué? ¿Te vas y nos dejas solos? —Shea sacudió la cabeza, molesta—. Mira, ¿sabes qué? A esa reunión que quieres tener con Brian y Dakota iré yo también, así podré exponer mis quejas, que son muchas y empiezan a acumularse.

—No, no, no, no, no —se apresuró a explicar Maverick. Acercó su silla a la de Shea para poder pasarle un brazo alrededor de los hombros y atraerla hacia él—. Nooo, preciosa. ¿Cómo me voy a ir sin vosotros? De eso nada. La idea es que acabemos de cenar tranquilos, cojamos todo lo que habíamos preparado para celebrar la Nochevieja y nos vayamos al bar. Vosotros celebráis mientras yo trabajo. Lo que no será trabajo, si te tengo en mi campo visual, nena…—coqueteó y al ver la mirada de Shea, pasó a la siguiente fase; el ruego—: Venga, dí que sí, por favor…

Shea puso morritos, haciendo que Erin y Madeleine tuvieran que concentrarse para no soltar una carcajada.

—Venga, vamos, nena… Dí que sí —volvió a suplicar él.

Ella al fin exhaló un suspiro de resignación.

—Vaaale, pero después de que el bar cierre, mantendremos nuestros planes. ¡Quiero ver los fuegos artificiales en el London Eye!

Maverick la estrujó entre sus brazos.

—Eres la mejor. ¡Claro que nos iremos de pachanga al London Eye! ¿Con quién crees que estás hablando, eh? Los deseos de mi princesa son órdenes para mí.


- II -

Bar The MidWay,

Hounslow, Londres


Habían llegado diez minutos antes de que comenzara la hora feliz y tan pronto vio el rictus de Evel, Maverick supo sin ningún género de dudas que él ya la había comenzado. Teniendo en cuenta el nivel de desesperación que había detectado en su voz al llamarlo, hacía ahora una hora y media, podía entender que hubiera decidido ahogarla en alcohol.

La alegría con que lo recibió acabó de confirmarle que no se equivocaba. Había corrido hasta el micrófono y después de toquetear botones hasta que consiguió encenderlo, volvió a la barra y se despachó a gusto.

—¡Silencio, colegas, por favor, abrid un camino para el Salvador! ¡Alabadas sean las cuatro ruedas que te han traído hasta aquí, chaval! ¡Pasa, ven, empuja a la gente si hace falta y, por favor, por favor, por favor, pon orden en este puto caos!

Dakota le tocó el hombro a su socio. 

—No es por nada, pero que sepas que se te está notando el pedo que llevas, tío. 

—Le dijo la sartén al cazo —repuso el motero, con aquel desparpajo divertido que sacaba a relucir las raras veces que se pasaba con el alcohol—. No es por nada, pero que sepas que el tuyo es igualito al mío. ¿Sabes por qué lo sé? Porque me has desterrado al grifo y soy yo el que te ha puesto tooodas las cervezas que te has bebido?

Maverick empezó a alucinar. No tendría nada de especial que siendo Nochevieja, sus socios hubieran decidido animarse un poco para hacer más llevadero el trabajo, pero Evel tenía un micrófono en la mano y no lo había apagado. La gente se estaba tronchando. Algunos, de hecho, habían empezado a aplaudir como si se tratara de una función de teatro. Y Dakota, ni corto ni perezoso, agradecía los aplausos inclinando la cabeza cada vez.

—Uy —dijo Ike, palmeándole el hombro compasivamente—, esto tiene muy mala pinta…

—¡Qué va! —intervino la madre de Maverick—. ¡Será la primera vez que tu socio melenudo me caiga bien! ¡Míralo, cómo hace reverencias al público! ¡Qué bueno, por Dios!

Shea y Erin intercambiaron miradas divertidas. 

—¿Sabes qué, cuñado? Te las vas a ver negras para torear esos dos toros que te están esperando detrás de la barra, ¿seguro que estás preparado? Yo que tú me abonaría al grifo de cerveza un rato, porque esto sobrio no hay quien lo aguante… ¡Ahí te quedas, bonito, Shea y yo nos vamos a ver a Romina, que Tess nos ha invitado!

Y ante la cara de estupefacción de Maverick, las dos hermanas abandonaron el bar por la puerta principal y rodearon el edificio hasta la puerta de acceso privado de la vivienda, no sin antes hacerle adiós con la mano cuando pasaron frente al gran ventanal.

El barman exhaló un suspiro y fue entonces cuando se encontró con la mirada divertida de su madre.

—Tranquilo, nene. Yo me quedo… ¡A hacerte el apoyo moral porque seguro, seguro, seguro que los vas a necesitar!


- III -


El jaleo de gente era tal que, a pesar del cabreo, Maverick y Dakota habían podido compartir el mismo espacio durante más de una hora sin dirigirse la palabra. Algo que, bien pensado, Maverick agradecía porque cada vez que reparaba en él, su rabia volvía a encenderse. Que hubiera tanto trabajo, que la gente estuviera tan pasada de alcohol, algo por otra parte típico el último día del año, hacía su magia en él, recordándole cuánto le gustaba ser barman. Le encantaba estar entre la gente, le encantaba ayudarles a disfrutar de su momento de ocio, amenizándolo con sus sus cócteles o, simplemente, con su don de gentes. Le encantaba convertirse en la atracción del momento. Daba igual si duraba una hora o toda la noche, esa sensación de estar aportando su granito de arena a los buenos ratos de la gente compensaba las horas de pie, las prisas, incluso hasta la transpiración que siempre marcaba sus axilas profusamente, algo que odiaba con todas sus fuerzas, de ahí que aquella noche en particular hubiera escogido una camisa de color negro. Sabía que iba a sudar a mares y había ido preparado para eso.

Algo era especialmente cierto en relación al bar y a la llegada de Maverick, y era que su talante siempre dispuesto, siempre dicharachero y su actitud alegre y decidida a hacer que todo el mundo lo pasara bien, había transformado el ambiente. 

Y no solo aquella noche en particular. 

Era algo que hasta los propios clientes comentaban desde hacía varios meses; un cambio en el aire que se respiraba en el lugar. Y también un cambio en su apariencia. Seguía siendo un bar de moteros decorado como tal, pero la extensa carta de cócteles, aperitivos y sándwiches, así como la música y el hecho de que siempre hubiera videoclips musicales proyectándose en las dos pantallas, habían convertido al bar en un lugar atractivo para otra clase de clientes, aparte de los amantes de las motos. Ahora, podía verse entre los clientes habituales, estudiantes de distintas edades e incluso gente que trabajaba por la zona y se acercaban hasta allí a disfrutar de la «hora feliz». Y todo eso no había sucedido sin más; Maverick era el artífice. La cabeza pensante. El barman que escondía detrás de su sonrisa y sus meneos de caderas, lo bien que dominaba el arte de vender.

Pero por mucho trabajo que hubiera aquel día, estaba claro que en algún momento Maverick iba a volver a tomar contacto con la realidad y cuando lo hiciera, caería en la cuenta de que Shea se había marchado con Erin hacía mucho.

Y así fue.

—¿Sabes algo de tu chica? —le preguntó a Ike al pasar frente a él portando tres pintas de cerveza en cada mano. Notó que él negaba con la cabeza y esperó a regresar junto a él para continuar. Se detuvo apenas unos minutos para refrescarse, en su caso con una tónica—. Hombre, yo sé que a la mía le pierden los bebés, pero hace un montón que se han ido…

Ike simuló ignorar lo que sabía y sacó su móvil para hablar con Erin.

—Tienes toda la razón… Voy a averiguar en qué están…

La reacción de la madre de Maverick fue poner la mano sobre el móvil de Ike, negando disimuladamente con la cabeza en una indicación de que no hiciera tal cosa.

—Dejadlas en paz… —pidió—. Si no fuera porque he dicho que me quedaría a hacerte el apoyo moral, hijo mío, yo también estaría disfrutando de Romina…

Atareado como estaba, Maverick no se percató de que Ike había vuelto a guardar su móvil sin hacer la llamada.

—Pues como no baje pronto, subiré a buscarla… —dijo el barman—. Pasar mi Nochevieja trabajando aquí,  me vale siempre y cuando tenga a mi chica a tiro para alegrarme la vista, y, de momento, llevo tres horas sin verla…

—¡Qué exagerado, Mav! —se quejó su madre—. Si hace apenas un ratito que se fueron…

«Ratito», pensó el barman con ironía. Las mujeres y su gran problema para medir el tiempo era de risa.


- IV -


—Toma, bebe, tío. Hoy no está permitido estar sobrio en este bar.

Maverick se volvió hacia la voz con cierto recelo. Por supuesto, la había reconocido perfectamente. Y que lo lincharan, pero ¿cómo podía su socio, el «no me toques las pelotas», mostrarse como si no hubiera sucedido nada, después de lo que había sucedido?

«Qué malo es el alcohol», pensó. Estaba claro que Dakota había decidido volver a celebrar su reciente paternidad por todo lo alto, ya que dudaba que tanta alegría se debiera solamente a que era Nochevieja.

—Alguien tiene que estar sobrio, tío —repuso, dejando la cerveza intacta sobre la barra—. Especialmente, si dos de los tres dueños de este bar están que no pueden con su vida.

Dakota siguió a lo que estaba, cobrando a un cliente. Sonreía, a pesar de que Maverick no había sido nada delicado en su respuesta.

—No te dejes engañar por su finura, colega. Evel ha apoyado a las empresas cerveceras de este país como el que más. Sabe beber. Tranquilo, que puede perfectamente con su vida. 

—¿Y qué hay de ti? —le preguntó al pasar a su lado llevando una bandeja cargada de cervezas y aperitivos.

—¿De mí? —Dakota soltó una risotada—. Tío, yo vine al mundo con media pinta bajo el brazo. No te preocupes y bebe. —Tras una pausa decidiendo si decirlo o no, lo soltó—: Te hará falta.

Maverick frunció el ceño, pero no se detuvo. Sirvió las bebidas y los aperitivos, intercambió unas cuantas frases amables con el grupo de moteros que los habían pedido y continuó trabajando.

Pero en ningún momento dejó de preguntarse qué le había querido decir Dakota. ¿Por qué iba a necesitar beber? ¿Acaso esos dos planeaban regalarle a sus clientes un estriptis a modo de despedida del año? En tal caso, estaba de acuerdo; verlos meneándose en cueros encima de la barra solo sería soportable con dos pintas y media en su sistema. Como muy mínimo.

Iba a preguntárselo, más que nada para estar preparado, justo cuando vio la cabeza rubia de Shea emergiendo entre la multitud. La puerta que comunicaba el bar con el acceso privado a la vivienda de Dakota estaba abierta y aunque ignoraba el porqué, sabía a ciencia cierta una cosa; no había sido él quien la había abierto.

Detrás de Shea, empezaron a aparecer otras cabezas conocidas; Amelia y Richard, los padres de Tess, su hermana Abby, Rosalyn y Douglas, los padres de Dakota, Erin, y, finalmente, Tess. 

Las tías de Tess, Stella y Fina, con sus respectivos maridos, se habían quedado en la buhardilla, al cuidado de Romina.

En aquel momento, Evel pidió silencio a través del micrófono y Tess apareció de cuerpo entero frente a Maverick, sosteniendo con la ayuda de Abby, una enorme tarta rectangular de chocolate en cuyo centro había una única vela encendida.

Maverick la miró sin ocultar su desconcierto.

—¿Celebramos algo? —atinó a preguntar. Resultaba evidente que la respuesta era sí. ¿Para qué otra cosa iban a presentarse con una tarta? Pero era lo único que se le había ocurrido decir.  

A su confusión se sumó el bochorno cuando algunos moteros empezaron a dejar claro lo estúpida que había sido su pregunta.

—Joder, Mav… Tío, está claro que celebramos algo. ¡Vaya pregunta! —dijo uno.

—Déjalo, hombre —intervino otro—. ¿Qué otra cosa iba a decir, el pobre? ¡Entre todos nos las hemos arreglado para desquiciarlo en apenas hora y media! 

En aquel momento, Maverick notó que una mano aparecía por su costado derecho portando el micrófono. Para mayor asombro del barman, vio que Shea se estiraba a cogerlo y, a continuación, lo sostenía delante de Tess.

—Por favor, no seáis malos con Maverick —dijo la editora con su vocecita dulce—. Su cara de no entender es una confirmación de que todos hemos hecho perfectamente nuestro papel. También de que, aunque por la mañana hubo un momento de pánico —los ojos de Tess se desviaron brevemente hacia su marido, quien se cubrió la cara en un gesto de «por favor, no vuelvas a enfadarte»—, las aguas han vuelto a su cauce… De modo que, respondiendo a tu pregunta, Maverick; sí, celebramos algo. Tu primer año como socio del bar. ¿Creías que no lo recordaríamos? Por supuesto que sí. Eres un encanto de persona, se lo dije a Scott en cuanto te conocí. Y después de un año viendo tu profesionalidad, tu apasionada entrega a lo que haces y la alegría con que lo haces, estoy convencida de que eres la pieza que le faltaba a este bar para convertirse en lo que es hoy; un espacio ideal donde pasar el rato, charlar y hacer amigos. Por lo tanto, querido Maverick… ¡Muchas felicidades y que sea por muchos años más! —exclamó Tess.

Tras lo cual el bar se vino abajo a aplausos, silbidos y gritos de «¡Felicidades, campeón! y «¡que-ha-ble, que-ha-ble!» mientras el barman no salía de su asombro.

Maverick se sentía emocionado pero, al mismo tiempo, bastante confuso. El día se había presentado intenso desde el principio. Tras su discusión con Evel y Dakota por la mañana, había regresado a casa convencido de que había llegado la hora de cambiar de trabajo. Era cierto que estaba dolido con ellos -con Dakota por sus palabras; con Evel por no haberlas rebatido- y que, quizás, eso hubiera influido en él, pero esa convicción de que necesitaba un cambio no le había hecho sentir mal. Las ofensivas palabras de Dakota incluso ahora le seguían pareciendo auténticas, no la consecuencia de un enfado momentáneo.

Sin embargo, allí estaban Dakota y Evel, involucrando a sus familias para celebrar su primer año como socio del bar. Confuso se quedaba corto. Totalmente perdido; así se sentía. 

—No sé que decir… Esto es toda una sorpresa…

Shea se acercó al micrófono para hablar. Evel agitó sus manos pidiendo silencio, sin demasiado éxito.

—Esa era la idea; sorprenderte. Que seas tú, por una vez, el que recibe la sorpresa en vez de ser el que las ofrece a los demás, como haces siempre… Pero como no apagues la vela ya mismo, nos vamos a quedar sin tarta, amor…

—¡Sopla, sopla, tío, que todos queremos probarla! —dijo uno. Y enseguida, a esa voz se unieron otras, dando lugar a un alboroto ensordecedor.

El barman se tapó los oídos en un gesto explícito y se aproximó al micrófono:

—¡Vale, vale, ya soplo! ¡Me vais a dejar sordo!

Inspiró profundamente y soltó una bocanada de aire frente a la vela, consiguiendo apagarla a la primera.

Comenzaron los aplausos, las risas, las felicitaciones seguidas por peticiones de que se repartiera la tarta de una vez… 

Y entre todos, lograron transformar el ánimo de Maverick. Radicalmente.

De repente, comprendió que aquella mañana se había sentido más dolido de lo que estaba dispuesto a admitir y que se había dejado llevar por ese sentimiento. Comprenderlo lo hizo sentir culpable y cuando su mirada se encontró con la de Shea, se sintió aún más culpable.

—¿Tú sabías esto? —le preguntó.

Ella se estiró por encima de la barra y depositó un beso sobre su mejilla.

—No me hagas preguntas que no puedo responder —repuso con picardía. 

La madre de Tess y la de Dakota ya estaban partiendo la tarta en minúsculos trozos, cuando Abby cogió el micrófono.

—No, no te vayas aún, Mav… —le pidió. Él se volvió a mirarla—. Ven, que todavía no hemos acabado.

El barman buscó respuestas en Evel, quien se encogió de hombros a pesar de que su sonrisa lo delataba. A continuación, miró a Dakota y este, haciendo honor a su estilo, dijo:

—Que sí, tío… Aguanta firme ahí, que todavía hay más.

Maverick volvió sobre sus pasos. Se detuvo frente a Abby y entonces vio que Richard, su padre, le entregaba un paquete de grandes dimensiones envuelto en papel de regalo en cuya parte superior había un gran lazo azul. Por la forma, le pareció un cuadro o algo semejante, pero llegados a ese punto, estaba tan impresionado que lo que contuviera el paquete, era lo de menos para él. 

Al notar su cara de asombro, Abby le dedicó una sonrisa satisfecha.

—Justamente eso es lo que queríamos ver en tu cara, Maverick… ¡Lo logramos, chicos! Verás, nos hemos estado devanando el seso pensando qué sería lo mejor para conmemorar tu primer aniversario… Queríamos que fuera algo original y que a la vez reflejara lo que pensamos de ti, lo que significas para nosotros. Al final, ganó mi idea —dijo, haciéndole ojitos a su marido quien desde el primer momento había apoyado su propuesta convencido de que era la mejor—. No es exactamente como yo quería que quedara, pero para eso habríamos tenido que delatarnos, así que… —A continuación, con una sonrisa traviesa, Abby elevó el paquete por encima de la barra y se lo entregó.

—¡Qué será, que será…! —dijo Evel, pidiéndoles a todos con un movimiento de la mano que se unieran a él. 

Decenas de voces empezaron a repetir lo dicho por él y el ambiente se llenó de ilusión y expectación.

—Bah, colegas, ¿estáis ciegos? —guaseó Dakota—. ¡Está claro que es un cuadro! 

Maverick reparó en que tenía a sus socios, uno a cada lado, tan pendientes de lo que él hacía,  como si aquello no fuera una barra y su trabajo no fuera atenderla.

—Los que estáis secos, no desesperéis… —anticipó, riendo, mientras empezaba a quitar el envoltorio—. En un minuto, volvemos a atenderos. 

Evel no se aguantó y cortó el lazo con su navaja. Maverick lo miró sorprendido.

—¿Es una impresión mía o está más nervioso que yo? 

—No, qué va… Pero como no lo abras en un segundo, te juro que lo abro yo… ¡Rompe el papel, tío, por favor! —repuso Evel, riéndose de su propia ansiedad.

Y cuando al fin el contenido quedó expuesto, un multitudinario «ohhhhh, ¡¡qué pasada!!» llenó el aire.

Era un póster enmarcado, un fotomontaje muy logrado de los tres dueños del bar situados detrás de la barra. Maverick estaba inclinado hacia adelante con sus codos apoyados sobre ella. A su derecha y a su izquierda estaban Dakota y Evel. Se daban la espalda mutuamente mientras miraban a la cámara. Y estaban cruzados de brazos, con una mano empuñando un arma imaginaria en una postura típica de los afiches publicitarios de James Bond. Debajo había una leyenda que decía:


«1 año juntos. 2009-2010»


* * *


No solo era un montaje fabuloso, también tenía mucho significado para Maverick. Se preguntó si que él ocupara el centro de la imagen y fuera el único que estaba de frente a la cámara era una casualidad o algo deliberado, destinado a reflejar su importancia en la sociedad. 

Y se descubrió deseando intensamente que fuera así. Lo había apostado todo a ese proyecto, se había dejado la piel detrás de la barra y los números hablaban claro de su éxito. Pero para él no era suficiente; necesitaba sentirse valorado por sus socios. Esa era la verdadera razón de que las palabras de Dakota le hubieran escocido tanto.

—Es precioso, una maravilla… Y menudo protagonismo me estáis concediendo…

—El que te corresponde —repuso Tess con suavidad—. Este bar no sería lo que es hoy sin ti, Mav.

«Guaaaauuu», pensó el barman. Miró a Abby y la vio conceder a lo dicho por su hermana asintiendo varias veces con la cabeza. Entonces, reparó en Shea y su sonrisa orgullosa le hizo cosquillas en el corazón.

—Muchísimas gracias, señoras —les dijo, haciendo una reverencia—. Muchas gracias a todos… ¡Vaya sorpresa! Dadme un momento y os prometo que volveré a ser el de siempre y no este bobo que no sabe qué decir —explicó, frotándose la frente con cierta incomodidad. 

Pero al instante se dio cuenta de que, en realidad, sabía muy bien lo que deseaba decir. Miró a sus socios.

—¿Y vosotros, qué? ¿Esto es lo que realmente pensáis?

Evel y Dakota intercambiaron miradas. La de Evel le dijo que la culpa era suya por ser tan bestia cuando se ponía de mal humor. La de Dakota, como no podía ser de otra manera, le respondió que no estaba de acuerdo. En su opinión, ofenderse por algo era una elección personal. Prueba de ello era que a él todo el mundo lo tenía por un pasota.

Evel se tragó su fastidio por la cabezonería de su amigo y, decidido a quitar aquella piedra del camino cuanto antes, repuso:

—¡Claro que lo pensamos. Los dos! Yo lo pienso y lo digo. Dakota es Dakota y… Bueno, ya me entiendes,  probablemente no va a decir ni pio. Pero tú y yo sabemos que es borde por naturaleza, así que pasemos del él, Mav… —Era el alcohol el que hablaba por Evel y las carcajadas que resonaron en el bar se ocuparon de dejarlo claro.

Dakota no se inmutó. Al contrario. También el alcohol habló por él cuando dijo:

—Así me gusta, que me conozcáis bien y no me deis la brasa con chorradas. Y ahora, ¿qué os parece si nos dejamos de tanta cháchara? ¡Esto es un bar, colegas. La gente viene a beber…! Vosotros poned a 007 en la pared que yo me ocupo del bebercio1… 

Mientras una parte del público aplaudía enardecido, Maverick y Evel se dedicaron a colgar el póster enmarcado en su lugar de honor, encima de la caja registradora. 

—Hemos salido bien —comentó Evel con tono satisfecho. 

Maverick asintió varias veces con la cabeza. El póster destacaba entre la decoración típicamente motera del local y además, mostraba una faceta relajada de los tres, tan poco habitual en el día a día. Rara vez coincidían los tres detrás de la barra y cuando lo hacían era porque el trabajo los había desbordado y el relax brillaba por su ausencia.

—Menudo montaje… —concedió—. ¿Lo ha hecho tu chica?

—Sí, con la ayuda de la tuya… —Y al ver el gesto interrogante de Maverick, se explicó—: La foto de base es una que te hizo Shea. Nosotros no teníamos ninguna que valiera. Así que a Tess se le ocurrió llamarla. Y voilà…

Maverick buscó a Shea con la mirada. Ella conversaba con la familia de Tess y al notar su mirada, le arrojó un beso con los labios. Él se quedó pensando cuándo le había tomado esa foto y le costó recordarlo. Era de varios meses atrás. El bar estaba vacío porque hacía un rato que él había cerrado cuando Shea había llegado. Esa noche, ella le había hecho fotos y él le había mostrado su agradecimiento con un estriptis privado que había elevado la temperatura hasta el punto de fusión. Dato que, por supuesto, no pensaba compartir con nadie.

Entonces se oyó la voz de Tess a través del micrófono.

—Scott, por favor… —lo llamó. No solo Dakota se dio la vuelta a mirarla, Evel, Maverick y mucha otra gente también—. Estoy pensando que sería muy agradable que hoy, que es una noche tan especial, dejaras que Maverick viera que tú también eres un hombre encantador… Aunque, a veces, te esfuerces tanto por ocultarlo.

—¡Toma yaaaa! —exclamaron algunos, celebrando anticipadamente la posibilidad de ver a aquel tipo deslenguado en el más que inusual papel de persona amable.

—¡Esto no me lo pierdo por nada del mundo! —exclamó otro.

En aquel momento, aparecieron Conor y Nikki entre la multitud y se abrieron paso hasta donde estaban Ike, Erin y Shea junto con Tess. Conor no pudo evitar intervenir. Alguien le acababa de servir en bandeja decir lo que pensaba y además había bebido vino en la cena…

—¡No te hagas ilusiones, tío. Mientras no seas su mujer, no corres el peligro de que te mate de un infarto mostrándote su lado amable! —exclamó. Y coronó su broma con una carcajada.

—Qué bien, no esperaba veros por aquí —los recibió Ike—. ¡Feliz año nuevo!

—Ni nosotros —repuso Nikki, risueña.

—Luego te cuento —explicó Conor. Volvió a prestar atención a lo que sucedía detrás de la barra y fue entonces cuando reparó en el cuadro—: ¡Teníamos a tres agentes del MI-6 aquí y nosotros sin enterarnos! ¡Cóóóómo mooola!

—Que alguien saque la leche de la nevera para Conor. Como podéis ver, tolera de puta pena el alcohol —dijo Dakota y continuó hablando con su mujer—. A ver, Bollito, ¿por qué querría dejar que mi socio viera mi lado de «hombre encantador»? —Hizo un gesto histriónico de ponerle comillas a las palabras que denotó su grado de achispamiento—. No soy encantador, nena.

Ella le dedicó una mirada amorosa.

—Sí que lo eres.

—Solo contigo… ¡Y porque me conviene! —repuso él, riendo.

Las carcajadas no tardaron en oírse.

Pero Tess no cejó en su intento de limar las asperezas que pudieran quedar entre los socios después de que  aquella mañana el malhumor le jugara una mala pasada a su marido. Su mirada amorosa permaneció sobre él. También su sonrisa. Esa que él llamaba «demoledora» y por la que siempre, indefectiblemente, él haría lo que fuera. 

Dakota soltó un bufido y miró a Maverick:

—Vaaaaaaaaaaaale… ¡De todas formas estáis todos como cubas y mañana no os acordaréis de nada, así que allá voy!  —anunció, provocando carcajadas. Su mirada regresó sobre Maverick—. A ver, capullo… Este es el bar de mi viejo, del que come tooooooda mi familia. Si en algún momento se te ha pasado por esa cabezota que tienes que podrías estar detrás de esta barra si yo tuviera la menor duda sobre ti, es que estás tarado perdido… Ni te puta coña, Maverick. Ni aunque tuviera que trabajar dieciséis horas seguida de lunes a domingo para sacar el bar adelante yo solo; no estarías aquí si dudara de ti. Recuérdalo la próxima vez que algo que tú hagas —lo apuntó con un dedo—, me cabree y te suelte lo primero que me venga a la boca. La sutileza no es lo mío y esto no va a cambiar. Así que haznos un favor a todos y deja de confundir el tocino con la velocidad porque no son la misma cosa, tío, ¿estamos? —A continuación, miró a Tess y le preguntó—: ¿Satisfecha, Bollito?

Tess tenía una sonrisa que no le entraba en la cara. Scott no había sido suave, ni delicado, no era su estilo, pero a su manera, había expresado cuánto valoraba a Maverick. 

Aunque la editora no se hubiera dado cuenta, alguien más se había sentido tocado por sus palabras; Doug Taylor, el padre de Dakota. A pesar de sus esfuerzos por recomponerse, el hombre tenía los ojos acuosos.

Los clientes celebraron el «momento insólito» con aplausos y gritos, pero nadie necesitó hacerlos callar.  No todos entendían lo que acababa de suceder, pero la mayoría se había percatado de la tensión que había entre los dos socios hasta hacía apenas un rato. Todos estaban expectantes por saber cuál sería la respuesta de Maverick. 

Evel, por su parte, no salía de su asombro. Al igual que Tess, pensaba que Dakota le había hecho un gran cumplido a Maverick. A diferencia de ella, le constaba que Dakota no era alguien proclive a disculparse, por mucho que la cagara. Menos aún a hacer cumplidos. De ahí, su asombro. Estaba claro que Tess estaba consiguiendo educar el lado más salvaje de su querido amigo. 

Para Maverick supuso una sorpresa aún mayor que la tarta y el cuadro de la pared. 

Se sentía profundamente conmovido por la alusión de Dakota a su padre. Era la primera vez que caía en la cuenta de que la importancia que el bar tenía para su socio, iba mucho más allá de lo profesional y, en ese contexto, sus palabras le parecían todo un cumplido. Dado que no era ni el momento ni el lugar para dejarse llevar por la emoción, sonrió:

—¿Eso fue una disculpa? —le preguntó a Evel, divertido.

—¡Ya lo creo, tío! Y dudo muchísimo que vuelvas a oír algo como esto en lo que te quede de vida, así que no te acostumbres…

Dakota se cruzó de brazos. Una clara indicación de que sus escasas reservas de paciencia para las tonterías estaban a punto de agotarse.

—Disculpas aceptadas, entonces —repuso Maverick—. ¿Qué? ¿Nos damos un abrazote para hacer las paces? —guaseó.

Dakota meneó la cabeza. Menudo payaso estaba hecho Elvis, pensó, y eso que no había probado una gota de alcohol.

—¡Vete a la mierda, hombre! —exclamó riendo y se dirigió al equipo de música— ¡Vamos, colegas, esto es el MidWay y ya casi es año nuevo, ¿a qué estáis esperando? ¡Que empiece la juerga!

Y un instante después, la música volvió a sonar a todo volumen en aquel legendario reducto londinense de moteros.

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1 Bebercio: (coloq.) bebida alcohólica.


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©️2022. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
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