
Una de las parejas de Los moteros del MidWay, 1, 2 y 3 y los protagonistas de Momentos Especiales - Maverick & Shea (Extras Serie Moteros # 6)
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(Por orden de publicación)
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CR20. Un día perfecto.

Domingo, 13 de febrero de 2011
De madrugada…
- I -
Dylan esperó a que Ike colocara bien un pañuelo alrededor de las muñecas de Maverick para ajustar la cuerda, y antes de marcharse le palmeó el hombro.
—Lo siento, cuñado. Es lo que toca.
En cuanto Dylan se alejó, Ike le dijo:
—En un rato vuelvo y te desato, no te preocupes.
—¿Y ya que estás por qué no me desatas ahora? —repuso el barman.
Ike le indicó con un gesto que bajara la voz y a continuación negó con la cabeza. Había estado en muchas despedidas de soltero y sabía que lo mejor era que creyeran que se habían salido con la suya. De modo que se alejó del barman, haciéndole un gesto de «ten paciencia» y subió a su coche.
De pronto, las risas y las guasas habían cesado y cada cual se estaba preparando para irse por donde había venido ante la cara estupefacta de Maverick.
—¿Qué hacéis? ¡Nooooooo…! ¡No me dejéis así, volved aquí, cabrones!
Pero ya era tarde. Dylan estaba al volante de su coche de alquiler. Dakota había montado en el monovolumen de Evel, riéndose a carcajadas. Niilo había hecho otro tanto en su coche, donde ya estaba Conor, esperándolo. Evel, que había sido el primero en alejarse y llamar a los demás para que hicieran lo mismo, lo miraba con una sonrisa cómica mientras se despedía moviendo su mano a derecha y a izquierda, como hacían los niños.
«¡No me lo puedo creer!», pensó el barman. Había forcejeado como si le fuera la vida en ello, pero entre todos habían conseguido atarlo a la columna del alumbrado que había frente a la puerta de su edificio y el lazo estaba tan ajustado que apenas podía moverse.
—¿No decías que tienes a tu suegro en casa? ¡Pues pídele que te ayude, colega! —gritó Dakota con parte del cuerpo fuera de la ventanilla.
Un instante después el último de los coches que todavía estaba cerca, se alejó a toda pastilla.
—¡Me cago en la…! —farfulló el barman—. ¿Y ahora qué narices hago?
Llevaba días cruzando los dedos para que a sus socios no se les ocurriera organizar una despedida de soltero. Al comprobar que había llegado el sábado y nadie mencionaba nada al respecto, había empezado a pensar que quizás se había librado.
Pero después de cerrar el bar, lo habían metido a empujones dentro de un coche y lo habían llevado a un club en pleno corazón del East End. Todos iban entonados, excepto Ike y Evel, que no habían probado ni una gota de alcohol. Y por todos quería decir, todos: Dylan, que con su mujer «estupenda» por primera vez en sus catorce semanas de embarazo, tenía doble razón para estar de fiesta. Dakota, el infaltable cuando se presentaba la ocasión de una buena juerga. Niilo, que desde que llevaba un sospechoso anillo en su dedo más significativo, se apuntaba a un bombardeo, y Charlie Penham, un motero que por su profesión, era más difícil de ver un sábado en el bar, que una semana soleada completa en la ciudad. Hasta Conor, que normalmente no pasaba de los refrescos, se había animado con una cerveza y, en consecuencia, también iba entonado.
Maverick no quería beber. A un día de su boda, con Shea sufriendo náuseas y vómitos que, dicho fuera de paso, él estaba convencido que tenían más que ver con el enlace que con el embarazo, y con su suegro en casa, no podía permitirse una borrachera. Pero en mitad de la noche, cuando sus colegas habían logrado desvestirlo y disfrazarlo de hawaiano con una falda hecha de delgadas tiras de plástico que se volaban con el viento exponiendo al mundo sus gayumbos de Dolce & Gabbana, una guirnalda de flores multicolores, también de plástico, y, cómo no, las infaltables pulseras y tobilleras nativas por toda vestimenta… En fin. No había manera de aguantar aquello a palo seco.
Así que sí, había bebido. No mucho. Lo suficiente para soportar su despedida de soltero sin cometer un asesinato… O varios.
Cuando a las dos y media de la madrugada el club al fin había cerrado y no les había quedado más remedio que marcharse, Maverick había vuelto a respirar aliviado. Con suerte, le permitirían volver a vestirse antes de dejarlo en la puerta de su casa.
Menudo iluso.
Se habían pasado un buen rato dando vueltas por la ciudad en busca de algún club que estuviera abierto para seguir con la juerga. Los había y Maverick sabía dónde estaban. Por supuesto, mantuvo la boca bien cerrada con la esperanza de que sus colegas se cansaran de hacer el imbécil en mitad de la noche londinense y le dejaran volver a su casa.
Y así había sido. Solo que en vez de dejarlo en casa, lo habían atado a la farola que había justo frente a la puerta de su edificio.
¡Y se habían llevado su ropa, sus llaves, el móvil, todo…!
Conclusión; tendría que matarlos. Con una muerte lenta y dolorosa. No le habían dejado otra alternativa, los muy cabrones.
Pero un rato más tarde, el enfado de Maverick pasó a un segundo plano. Lo único que sentía era frío. La temperatura debía rondar los tres grados y él estaba en cueros.
Podía gritar pidiendo ayuda. Si lo hacía lo bastante alto e insistía, seguramente conseguiría despertar a alguien en el edificio. El problema era que ese alguien quizás fuera Brennan Mitchell. Por mucho que hubieran mejorado las cosas entre los dos, a sus ojos, seguía siendo demasiado joven como pareja de su hija. En la mente del septuagenario, y aunque no lo hubiera dicho abiertamente, juventud era sinónimo de inmadurez. Así que, ¿iba a arriesgarse a pedir ayuda y que fuera él quien bajara a desatar de una jodida farola al «hawaiano medio desnudo» que se parecía tanto a su futuro yerno? Mejor que no.
Sin embargo, el frío que sentía era tal que la idea pronto dejó de parecerle tan mala.
Después de todo, ya se sabía que las despedidas de soltero solían ser un desmadre, que los amigos siempre se pasaban de graciosos y que el aspecto del novio generalmente daba a entender que la juerga había sido mucho más salvaje de lo que en realidad había sido.
Seguro que su suegro también habría tenido que aguantar lo suyo en su despedida. Además, ¿qué más daba estar semidesnudo? El padre de Shea ya lo había visto en público bailando sin camiseta una vez, en el bar. Entonces, se acordó de que además de estar medio desnudo, tenía buena parte del cuerpo cubierto de marcas de carmín. Dakota y Niilo habían sido los encargados de besarlo… Bueno, en realidad habían intentado que un par de chicas lo hicieran, pero él se había retorcido tanto, pateando y soltando puñetazos a diestro y siniestro que, finalmente, ellas habían cambiado de idea. Así las cosas, sus colegas se habían procurado sendos lápices de labios y mientras Charlie y Conor lo sujetaban, Dakota y Niilo le habían llenado el cuerpo de marcas.
Bueno, todo era explicable, volvió a pensar su cerebro helado dentro de un cuerpo que se helaba más y más por segundos. ¿A quién se le podía ocurrir pensar que lo que esas marcas sugerían, había sucedido de verdad?
¿Acaso alguien en su sano juicio podía tragarse que, de haber pasado un buen rato en los brazos de una striper, él no se habría ocupado de eliminar las pruebas del delito antes de volver a casa?
Eso era rebatible, se dijo. Dependía del grado de borrachera. Si era alto, probablemente, ni siquiera hubiera caído en la cuenta de que tenía marcas que quitarse.
Y seguían siendo marcas de carmín con forma de labios. Labios que podían perfectamente ser los de una mujer. O peor aún, de varias.
Y algunos estaban en sitios un tanto comprometidos de su anatomía.
Maverick soltó un bufido. Vio cómo su aliento se condensaba al entrar en contacto con el aire helado formando un humo espeso delante de su cara, y sacudió la cabeza.
«Os voy a moler a palos, cabrones».
* * *
Aunque a Maverick se le hubiera hecho eterno, su agonía solo había durado diez minutos. Sus amigos no estaban tan locos como el barman creía y mucho antes de haberlo encadenado a la farola, Evel había llamado a Abby para que las chicas estuvieran al tanto de sus planes. Solo había omitido el pequeño detalle del disfraz.
Maverick suspiró aliviado al ver que un coche se detenía frente a su casa y reconocer a las ocupantes. Pero tuvo claro que se avecinaba otro rato de guasa en cuanto vio las caras de asombro que lo miraban a través de la ventanilla.
En efecto, la primera en apearse había sido Shea. Vestía de calle, con su ropa normal. El único detalle que delataba su condición de homenajeada de una despedida de soltera era el velo de novia con un pequeño letrero de luces LED parpadeantes que rezaba «¡Se acabó lo bueno!».
Se dirigía hacia él cubriéndose la boca como si quisiera impedir que su risa despertara a todo el vecindario algo que, evidentemente, no servía para nada, ya que se estaba partiendo de risa.
La seguían Tess, que era quien iba al volante, Erin y Andy. De un segundo vehículo, se apearon Abby, Amy y Nikki.
Todas llevaban una diadema con un festón color fucsia. En su caso, el letrero de luces LED ponía «Equipo Shea».
Y todas, sin excepción, empezaron a carcajearse en cuanto lo vieron atado a la farola.
La verdad, no era para menos, pensó el barman.
—¿Pero tú te has visto, Mav? —logró decir Shea antes de ahogarse de risa y ponerse a toser.
—¡Mejor que no se vea porque vaya pintas tienes, cuñado! —celebró Andy.
—¡Chico, la próxima vez que te subas a la barra del MidWay a mover las caderas, tienes que vestirte así! ¿No me digáis que no sería la caña! —terció Amy.
—¡Ay, sí, por favor! —Nikki se puso a dar saltitos, dejando en evidencia que también había bebido de más.
—¡Provocaría desmayos masivos! —concedió Abby.
—¡Pero qué mona te queda esa faldita! —exclamó Erin, añadiendo más leña al fuego.
Lo de Tess merecía párrafo aparte. La mujer era tan educada que se las estaba viendo negras para disimular lo que verdaderamente sentía.
—Qué malos, mira que disfrazarte de… ¿De qué vas disfrazado, Maverick?
Las carcajadas arreciaron.
El barman soportó estoicamente las risas, pero al fin intervino:
—Disculpad, no es que quiera meteros prisa… Pero no sé si os habéis dado cuenta de que estoy medio desnudo… Me estoy helando. ¿Os importaría desatarme para que pueda entrar en casa? Por cierto —le dijo a su chica—, espero que tengas llaves, si no habrá que despertar a tu padre…
Solo con imaginar la cara que se le quedaría al señor Mitchell viendo a su yerno de esa guisa, consiguió que Shea volviera a tener un ataque de risa. Maverick respiró hondo y soltó el aire en un largo y exasperado bufido.
A pesar de estar bastante achispada, Erin se dio cuenta de que la paciencia de su cuñado había alcanzado un punto crítico. Rebuscó en su bolso y cuando halló el llavero, lo sacudió triunfal entre sus dedos.
—¡Que no cunda el pánico, que no hará falta despertar a papá! Aquí, la mujer que todo lo resuelve, acaba de encontrar las llaves de repuesto… Venga, hermanita, ¡desata a tu marido antes de que se convierta en un helado hawaiano!
* * *
Después de que las chicas se marcharan, la pareja entró en el edificio.
Maverick iba más serio de lo habitual en él. Shea, en cambio, estaba radiante y risueña.
—Parece que se divirtieron muchísimo a tu costa… —comentó. Lo hizo sin malicia, pero Maverick no se mordió la lengua.
—¡Se lo han pasado bomba estos cabrones! Pero las cosas no van a quedar así…
—Venga, Mav… Todo el mundo sabe que una de las grandes desventajas de casarse es que antes hay que sobrevivir a la despedida de soltero… —dijo riendo.
—Querrás decir algunas despedidas de soltero.
Maverick estaba encogido del frío. Con los brazos cruzados sobre el pecho y frotando una rodilla contra la otra para entrar en calor mientras Shea le masajeaba los brazos intentando, de momento sin mucho éxito, robarle una sonrisa.
—Pues… A juzgar por la cantidad de marcas de carmín, yo diría que no te ha ido tan mal…
Él la miró con un ojo entrecerrado.
—Me las hicieron ellos.
—Venga ya… Seguro que voluntarias no faltaban…
—Mírala, qué graciosilla... Claro que no faltaban. Nunca faltan. Pero como yo no me dejé, al final…
La imagen de Dakota intentando atinar con el lápiz de labios sobre su propia boca, lo consiguió; logró poner una sonrisa en el rostro de Maverick. Su socio estaba tan borracho que se había llenado la cara de rayones rojos. Y al final había sido Evel quien, con su santa paciencia, había pintado los labios de su amigo. Menuda imagen. A Niilo le había costado -le daba la risa cada vez que se acercaba el lápiz labial a la boca-, pero al final había logrado pintarse sin ayuda. Lástima que entre Charlie y Conor lo tuvieran cogido con las manos sujetas a la espalda, de otra forma se habría hartado a hacerle fotos que, por supuesto, se habría encargado de difundir debidamente entre los clientes del bar.
El ascensor había llegado ya a su destino y la pareja salió de él. Shea se detuvo frente a su piso. Seleccionó la llave correcta y estaba a punto de ponerla en la cerradura, cuando la puerta se abrió.
—Ya estás aquí. Al fin. Empezaba a preocuparme —comentó Brennan, vestido con un albornoz, mirando a su hija. Pero en aquel momento, reparó en su yerno. Tras un primer instante de sorpresa, asintió con la cabeza como si estuviera dándole el visto bueno.
—Interesante vestimenta. Sí, señor —dijo el padre de Shea, aguantando la risa a duras penas.
El barman se limitó a sonreír con resignación mientras una única frase resonaba en su mente:
«¡Tierra, trágame y escúpeme en el séptimo anillo de Saturno!».
Media hora después, Shea seguía tronchándose de risa cada vez que sus miradas se cruzaban.
- II -
Lunes, 14 de febrero de 2011.
Shea y Maverick habían pasado el domingo rematando los últimos detalles del gran día, rodeados de familia y por la noche se habían retirado temprano a descansar, alegando que querían estar radiantes el día más importante de sus vidas.
Y desde luego, lo estaban, pensó Brennan emocionado al verlos entrar al juzgado tomados de la mano, con una sonrisa inmensa iluminando sus rostros. Ella, mucho más hermosa que nunca, con un vestido midi de encaje blanco complementado con una elegante chaqueta nupcial corta a la cintura hecha de alpaca y merino color marfil, zapatos a juego con tacón bloque y un pequeño ramo de novia inspirado en la primavera en el que destacaban las margaritas preservadas, el eucalipto y las flores silvestres. Él, superelegante, con un traje azul marino con chaleco a cuadros, corbata a juego y un broche de solapa que emulaba el ramo de la novia.
Ignorando la tradición, se habían vestido juntos y habían llegado en un mismo coche al registro civil donde tendría lugar el breve acto que los convertiría en marido y mujer ante la ley. Sus socios y amigos estaban esperándolos a las puertas del histórico edificio y los recibieron de la manera ruidosa habitual, con aplausos y vítores.
También el fotógrafo estaba allí, con su cámara en ristre. Los acompañó escaleras arriba, y ya no se despegó de ellos el resto del día.
Mientras Brennan y Madeleine, la madre de Maverick, participaban en la ceremonia en su calidad de testigos, el resto de la familia estaba en el hall. Desde donde estaban, podía oírse la algarabía de los amigos que esperaban en la acera. Después de más de un año en contacto con ellos, Brennan ya no tenía dudas respecto del valor positivo que añadía a la vida de sus hijos aquel grupo variopinto de treintañeros amantes de las motos.
Shea estaba tan feliz como nerviosa y no ocultaba ninguna de las dos cosas. Eran muchas las emociones que sentía al ser parte de un momento que tan solo un año atrás le habría parecido imposible.
Maverick no estaba nervioso sino exultante de alegría. No paraba de sonreír y de bromear, como si hubiera ganado un premio millonario. Desde luego, así se sentía; el hombre más afortunado del mundo.
Debido al nerviosismo de Shea y a su especial emotividad producto del embarazo, la pareja se había decantado por un acto formal breve en el que no habría votos. Los dejarían para la gran ceremonia de boda que tenían planeada para más adelante, en la que pensaban tirar la casa por la ventana.
Pero cuando llegó el momento de los anillos, Maverick no pudo aguantarse. Los dos estaban de pie, uno frente al otro y Brennan acababa de darle su alianza, cuando él esbozó una sonrisa que Shea conocía muy bien y que la hizo estremecer de emoción (y la puso mucho más nerviosa aún).
Miró a la funcionaria, una mujer de alrededor de cincuenta años, delgada y con unas gruesas gafas de montura metálica, que respondía al nombre de Norma Parker. Ella sonrió con cara de «¿y ahora qué, señor McCrae?»
—Voy a romper el protocolo —anunció Maverick—. Espero que no le importe…
—Ay, Mav… —suspiró Shea con los nervios a flor de piel.
—A mí, no, desde luego. Pero no lo rompa demasiado porque tengo que casar a otra pareja después de ustedes y ya me han avisado que están fuera, esperando. ¿O debería decir «desesperando»? —repuso la funcionaria con humor.
Maverick asintió con la cabeza riendo.
—No lo romperé demasiado, no se preocupe, señora Parker… Y tú, princesa, ¿pensabas que ibas a salir por esa puerta sin que yo te dijera delante de testigos lo que siento por ti?
Shea inspiró profundamente. Permaneció mirándolo con estrellas en los ojos y el cuerpo tan helado que no entendía cómo era posible que no se hubiera convertido ya en un bloque de hielo.
A Maverick le enterneció comprobar lo fría que estaba al tomar sus manos, las apretó cariñosamente entre las suyas.
—Un día como hoy, hace un año, mi mirada se cruzó con la tuya y todo cambió. Fue así, fulminante. Y lo más grande que me ha pasado en la vida. Y desde ese día, estar contigo ha sido un descubrimiento constante, una aventura increíble y un sumar experiencias día tras día. Te amo con todo mi corazón, Shea. Gracias por estos trescientos sesenta y cinco días tocando el cielo con las manos. Gracias por hacerme el mejor regalo del mundo —dijo posando brevemente una mano sobre el vientre femenino—. Tu alma y la mía se pertenecen desde el mismo minuto que nos conocimos… Y se pertenecerán siempre.
Su mano no tembló al deslizar la alianza en el dedo de Shea. La de ella, en cambio, tembló de manera perceptible. Tenía los ojos nublados por las lágrimas. A pesar del enorme esfuerzo por contenerse que llevaba haciendo desde que se había despertado por la mañana, la emoción, finalmente, se había adueñado de ella.
Exhaló un suspiro nervioso y se secó las lágrimas con disimulo. Tomó la alianza de manos de su padre rogando a Dios que sus dedos recobraran un mínimo de sensibilidad. Lo bastante para que el anillo no se le cayera. De hecho, tenía tan poca confianza en que eso no acabara sucediendo, que puso su otra mano debajo, como quien transporta un vaso demasiado lleno y teme ir vertiendo parte del contenido por el camino.
—¿Quieres la mía también? —bromeó Maverick al verla. Y lo hizo; puso su mano debajo de la de Shea, logrando que Brennan y su madre sonrieran con disimulo, y que la funcionaria directamente se riera sin tapujos.
Shea se puso roja. No fue un suave rubor. Sus mejillas y, de hecho, toda su cara adquirieron un tono rojizo imposible de disimular. Maverick cerró su mano en torno a la de Shea que aún sostenía su alianza, y le rodeó la cintura con su brazo libre.
—Te comería a besos cuando te pones así… Te comería a besos siempre —le susurró al oído, apretándole suavemente la cintura en un gesto de ánimo—. Venga, princesa, un esfuerzo más y terminamos con esto, ¿vale?
—Disculpe, señor McCrae. Según el protocolo, eso viene después —volvió a decir la funcionaria en lo que claramente fue un intento de que la novia se tranquilizara y pudieran seguir con el acto.
Maverick se apartó riendo.
—Lo sé, lo sé… Pero es que, mírela, ¿quién puede resistirse a semejante preciosidad?
Shea volvió a respirar hondo. Después de asegurarse de que la alianza continuaba donde debía y que no rodaría por el brillante suelo de madera, alzó la vista hasta él.
—Te adoro, Maverick. Nunca imaginé que la vida me tendría deparada semejante sorpresa después de… —No estaba todo lo lúcida que le habría gustado, pero sí lo bastante para saber que su mala experiencia con Ian, no tenía cabida en aquel momento. Dejó la frase en el aire y continuó—: Y sé que te debo unos votos decentes…
—Los dos nos los debemos —la interrumpió él con dulzura.
Shea asintió.
—Pero como ahora intente expresar con palabras lo que siento, lo que significas para mí…
Hizo una pausa. Su voz había empezado a temblar y la angustia volvía a hacer acto de presencia en su garganta.
—Voy a inundar este edificio —aseguró—. Así que…
En un último intento de no estropear el momento, Shea se las arregló para deslizar la alianza en el dedo de Maverick y soltó un suspiro de alivio cuando lo consiguió.
—¡Bravo! —exclamó él. Enseguida la rodeó con sus brazos y la estrujó contra él, loco de amor—. ¡Ya no te me escapas, nena! ¡Te quiero, te quiero, te quiero…! ¡Gracias por hacerme el tipo más feliz de la galaxia!
Y en esta ocasión, fue Norma Parker quien rompió el protocolo, poniéndose a aplaudir alegremente como si los contrayentes fueran sus propios hijos.
- III -
Después de que los cónyuges, los dos testigos y la oficial del registro firmaran el acta matrimonial, la ceremonia llegó a su fin. El fotógrafo, que no había parado de hacer fotos de distintos ángulos, fue el primero en acaparar a los novios recién convertidos en matrimonio y retratarlos para la posteridad. A Maverick se le había pasado el rato en un suspiro. A Shea se le había hecho eterno, a pesar de que la ceremonia apenas se había extendido cinco minutos por encima de los quince reglamentarios.
En cuanto pusieron un pie fuera de la sala, el primero en felicitarlos fue Ronnie, al mejor amigo de Maverick. No se habían visto mucho los últimos meses. En parte se debía a motivos laborales pero Maverick sabía que había más razones. El inicio de su relación con Shea había marcado el inicio del distanciamiento con Ronnie por más que su amigo insistiera en negarlo. Tanto era así que, de hecho, no había contado con que él asistiera a su enlace.
—¡Felicidades, tío! —oyó que decía su amigo, un tanto titubeante.
Maverick, en cambio, no titubeó; fue hacia él y los dos se fundieron en un abrazo.
—Gracias, Ronnie. Me alegra mucho que hayas podido venir.
—¡Qué dices! No podía faltar. Tengo que irme corriendo a trabajar, pero esto no pensaba perdérmelo por nada… —y mirando a Shea, añadió—: ¿Puedo abrazar a la novia?
—Claro…. —repuso ella, abriendo sus brazos.
—¡Muchas felicidades! Estás radiante, Shea —reconoció Ronnie con genuina admiración.
Maverick palmeó cariñosamente el hombro de su amigo. Se alegraba tanto de verlo…
—Estaré fuera toda la semana. Ya sabes, de luna miel —aclaró risueño—. Pero el lunes vuelvo detrás de la barra del MidWay… ¿Por qué no te das una vuelta y nos tomamos una cerveza bien fresquita? Hace siglos que no hablamos y lo echo de menos…
Ronnie asintió complacido.
—Me parece una gran idea. Nos vemos en una semana, ¿de acuerdo?
—¡Hecho! Pero ahora tenemos que dejarte… ¡Un ejército viene hacia nosotros! —se disculpó el novio cuando la primera avanzadilla ya estaba junto a ellos.
Eran Anna y Jaume.
—¡Muchas felicidades, queridos míos! —dijo Anna. Apoyándose en Jaume, se estiró a besar a la novia e hizo otro tanto con el novio.
Shea le dio un abrazo. Sentía un cariño especial por aquella mujer que, a pesar del mal pronóstico que tenía su propia vida, se esforzaba tanto por contribuir a la alegría de los demás de todas las maneras que podía. Nunca olvidaría el apoyo que le había brindado la primera vez que había estado en Menorca, durante una época muy difícil para ella.
—Muchas gracias en nombre de los dos, Anna. No sabes qué ilusión más grande nos hace que hayas podido venir. —Miró ligeramente a Jaume y sonrió—. Y gracias a ti por seguir siendo un bastón tan vistoso y eficiente, ¿verdad, Anna?
Ella se afirmó mejor sobre el brazo de Jaume y le dedicó una mirada tan llena de amor que hasta Shea pudo sentirla.
—El mejor del mundo, eso te lo garantizo.
—¡Seguro que se entrena todos los días! —bromeó Maverick.
—¡Por supuesto! Ser su bastón es un privilegio que me tomo muy, muy en serio —dijo el constructor de barcos y tras besar la mejilla de la novia, añadió—: ¡Muchísimas felicidades, chicos! A ti no te beso, Maverick. Espero que no te importe.
—No me importa para nada. Creo que en mi despedida de soltero he cubierto mi cuota de besos ajenos para los próximos diez o quince años —se rio el barman y al ver la mirada pícara de Jaume, tuvo claro que las fotos que Dakota y compañía le habían hecho aquella noche, también habían llegado a Menorca.
En aquel momento, el resto de la familia se arremolinó en torno a los novios.
—Ya eres oficialmente miembro del clan Mitchell —le dijo Dylan a su cuñado. Lo que, en un principio, parecía la típica felicitación, acabó en guasa cuando añadió—: ¡Mi más sincero pésame!
—Bah, no le hagas caso. Mi hermano es un exagerado. Somos una familia de lo más normal —intervino Erin—. Pero, eso sí, no te olvides del chaleco antibalas cuando estés cerca de mi padre, Mav. Ya sabes que dispara sin avisar y su puntería es legendaria… —Tomó a Shea por los brazos afectuosamente—: ¡Estás preciosa, hermanita!
La referencia de Erin al chaleco antibalas trajo muchos recuerdos a Ike. Su sonrisa al acercarse para saludar a los novios lo delató.
—¡Felicidades, pareja! —Y cuando fue a estrechar la mano de Maverick, añadió en voz baja—: Si necesitas que te deje uno de los míos, me avisas. ¡Mi colección no para de crecer!
Pero Ike no lo había dicho en un tono tan bajo como él pensaba, algo de lo que se dio cuenta enseguida al oír las carcajadas a su alrededor.
Entonces le llegó el turno a Andy. Sostenía a Luz en brazos para evitar que correteara a sus anchas por los despachos del edificio.
—¡Ay, mis «cuñis», qué fabulosos estáis los dos! —exclamó rodeando con su brazo libre primero a Shea y luego a Maverick— ¡Muchas felicidades, chicos!
La nota de humor la puso la pequeña cuando, contagiada por la alegría del momento, emitió un gritito feliz y después de lanzarse sobre Shea, que tuvo que sostenerla rápidamente para impedir que se cayera al suelo, empezó a besarla una y otra vez.
* * *
La salida de los novios fue otro momento memorable. Memorable al estilo de los amigos y colegas de la pareja; aplausos, gritos de «¡te han cazado, tío!» y «¡se te ha acabado lo bueno!», así como una lluvia de pétalos de rosa acompañaron a la pareja mientras descendía los siete peldaños del edificio, seguidos por sus padres y el resto de la familia, hacia la acera.
Una vez allí se reanudaron las felicitaciones. Algunas afectuosas y correctas como la de Tess, que estrechó a Shea y seguidamente a Maverick y les dijo:
—Enhorabuena, chicos. Os deseo toda la felicidad del mundo.
Y otras descaradas, como la de su marido:
—¿Qué? ¿Pudiste sacarte tú solito el carmín o Shea tuvo que usar un estropajo? —Acto seguido le dio un trompazo al novio en el hombro—. Tienes que casarte más a menudo, tío. ¡Me lo he pasado bomba en tu despedida de soltero!
—Ja, ja, ja —fue la respuesta de Maverick.
Pero cuando Dakota se acercó a Shea, su talante cambió. No era físicamente afectivo, excepto con Tess, así que los abrazos no estaban en sus planes. Pero sentía un gran respeto por la hermana de Dylan y lo dejó claro al darle la enhorabuena:
—Es otra persona desde que está contigo, es como un crío feliz, riendo y haciendo el cabra todo el tiempo… Tess dice que a ti te pasa igual. Bueno, en lo de feliz, no en lo de hacer el cabra —matizó—. Me alegro mucho por los dos y os deseo que seáis muy felices… Y todo eso que se dice siempre, ¿vale?
Totalmente sorprendida por aquella inesperada muestra de afecto, Shea se permitió ir un poquito más allá; se puso de puntillas y le dio un beso en la mejilla.
—Gracias, Dakota. Significa mucho para mí.
Después de recibir la enhorabuena de Abby, Evel, Conor, Nikki, Niilo y Amy, entre otros amigos que se habían dado cita allí, la lluvia se ocupó de recordarles dónde estaban.
—¡Sugiero que nos larguemos, colegas, o los novios se pasarán por agua! —exclamó Dakota.
Y así, rápidamente, el grupo de amigos se fue dispersando y la entrada del edificio quedó despejada en cuestión de minutos.
- IV -
La pareja puso rumbo hacia un hotel cercano donde habían alquilado una sala que albergaría la comida familiar.
Brennan había dado carta blanca a Shea y a Maverick en todo lo concerniente a su boda, pero ellos habían preferido celebrar un convite solo para la familia y los más allegados; la madre, el hermano y una de las tías de Andy, que habían llegado el viernes por la mañana acompañados de Jaume, y los socios de Maverick con sus respectivas esposas. La gran boda tendría lugar cuando el hijo que esperaban hubiera aprendido a andar, ya que la pareja deseaba que el niño (o la niña) fuera su paje. Otra razón para haberse decantado por algo más modesto era que Shea no se encontraba del todo bien. Tenía problemas digestivos, náuseas matutinas y una sensación general de malestar constante que eran incompatibles con una celebración de boda a gran escala.
Sin embargo, aunque se tratara de un evento familiar, el hotel había hecho un gran trabajo otorgando a la sala un aire de lo más romántico a la vez que festivo con flores, lazos y detalles conmemorativos en blanco y distintos tonos de rosa.
El menú, muy elogiado por los invitados, consistía de un entrante de mini brochetas variadas, un plato principal compuesto de entrecot con salsa de trufas acompañado de patatas princesa y ensalada de tres variedades distintas de lechuga, nueces y queso feta con un aliño de miel y vinagre balsámico. De postre, un surtido de tartas de hojaldres con fruta y chocolate. Era un menú sencillo pero muy apetitoso que, para asombro de todos y, especialmente de Dylan, Andy estaba devorando como si no hubiera comido desde hacía una semana.
—¡Venga, Shea, que no se diga que las chicas Mitchell le hacemos asco a un menú que está para chuparse los dedos! —exclamó alegremente.
Shea miró su plato dudosa. El menú lo había elegido ella, de modo que no tenía a quién quejarse, pero solo con ver aquel entrecot al punto se le estaba revolviendo el estómago.
—Mmm, no sé… Yo creo que ahora que soy una chica McCrae me estoy volviendo más quisquillosa…
Las carcajadas arreciaron. Pero no solo por lo dicho por Shea, ni por la mirada desconfiada que le estaba lanzando al pobre trozo de carne mientras lo decía, también por el amor mezclado con orgullo que teñía la expresión de Maverick.
A pesar de ser católica y firmemente partidaria del matrimonio, Shea no llevaba legalmente el apellido McCrae. Mav lo había dado por bueno sin más, no le importaba qué apellido usara mientras estuvieran juntos, pero intuía que las razones de Shea tenían que ver con el papeleo que había supuesto recuperar su apellido de soltera tras la ruptura con su ex.
En todo caso, sabía que el asunto del divorcio había sido para ella como una mancha en su fe; había sembrado dudas y quebrado, en parte, su confianza en cosas en las que creía desde niña y por las que siempre había apostado. Esta era la primera vez que Maverick la oía hacer una referencia al tema en público y su corazón -romántico a un nivel muy por encima de lo habitual para tratarse del corazón de un hombre- no cabía en sí de gozo.
Shea los miró a todos con sorpresa. ¿A qué tanta risa, acaso había dicho algo tan gracioso?
No tardó en comprenderlo.
Maverick se inclinó hacia ella, le pasó un brazo alrededor de los hombros.
—Exigente, no quisquillosa —matizó—. Y también mucho más romántica y más ilusionada. Viene en el lote de «chica McCrae». —Dicho lo cual, la besó amorosamente.
—¡Eh, ¿ya os estáis poniendo románticos?! ¡Dejadnos acabar de comer! —exclamó Evel.
Le hizo un guiño a Dylan para animarlo a que también se metiera con la pareja de tortolitos.
El irlandés, por supuesto, aceptó el desafío.
—Qué va. Seguid, seguid… Si cuando acabáis de daros besitos, os encontráis con que la mesa está pelada, ya sabéis a quién pedirle explicaciones —sentenció. Su dedo señaló a Andy, que sentada a su lado, seguía comiendo como si no hubiera un mañana.
—¿Y yo qué he hecho? —repuso la aludida.
—¿Comerte la mitad del menú tú sola? —propuso Dylan. Le encantaba pinchar a Andy, era su deporte favorito, pero aquel día en particular lo hacía porque se sentía aliviado. Le parecía increíble verla disfrutar tanto después de las semanas complicadas que había pasado.
—¡Venga ya! ¡Qué exagerado eres, calvorotas! —exclamó, tapándose la boca para evitar sembrar el mantel de trocitos de entrecot.
Y, como no podía ser de otra manera, la mesa al completo explotó en carcajadas.
* * *
Después del postre, llegó la hora de que apareciera en escena la tarta nupcial. Sabiendo la cantidad de golosos que había entre los invitados, Shea había encargado una «black velvet» de tres pisos, cada uno de los cuales estaba decorado con las mismas flores de su ramo de novia. Era una maravilla que la artista repostera había acabado de montar en la cocina del hotel mientras los invitados disfrutaban del primer plato del menú y que, tan pronto apareció a bordo de una mesa con ruedas, acaparó la atención de todos y los flashes del fotógrafo.
La distendida charla que había tenido lugar durante la comida no evitó que los nervios de Shea volvieran a aflorar en cuanto se vio frente a la tarta, con la mano de Maverick sobre la suya, sosteniendo entre los dos el largo cuchillo.
Como si la idea de no atinar con el corte y que la tarta acabara desmoronándose sobre la mesa no fuera suficiente, habían bajado el nivel de iluminación de la sala y en el ambiente sonaba la versión de Ronan Keating de la canción «When You Say Nothing At All», el conocido tema de la banda sonora de la película Notting Hill.
Maverick sonrió enternecido. Con la excusa de que nadie pudiera oír lo que le decía, se acercó a Shea y le besó suavemente el lóbulo de la oreja justo en el punto que se unía con el cuello, haciéndola estremecer. Satisfecho, recién entonces habló:
—Tú relaja la mano y déjate llevar. Yo me ocupo, ¿vale, princesa?
«Como siempre», pensó Shea mirándolo con una mezcla de alivio y adoración. Era lo que había hecho desde el minuto uno; dar un paso al frente y hacerse cargo. Mover ficha. Demostrarle a cada paso que él no era como Ian, que siempre estaría a su lado, apoyándola, acompañándola y también sosteniéndola cuando fuera necesario, porque eso era lo que hacía un hombre que amaba de verdad.
Shea suspiró
—Te adoro, Mav —repuso en voz baja.
—Y yo a ti, nena… Pero si no quieres que la cague con la tarta, deja de susurrarme esas cosas que me encantan hasta que la haya cortado… Pero después sigue, ¿eh? —Shea asintió con una sonrisa y él carraspeó—. ¡Señoras y señores, allá vamos, deseadnos suerte!
Después de hacer dos cortes limpios al piso superior de la tarta, la pareja elevó el cuchillo en un gesto victorioso y la sala volvió a llenarse de flashes y aplausos.
- V -
Los camareros ya habían servido tarta a todos los comensales y las señoras, especialmente, se estaban dando un atracón de «black velvet», cuando Madeleine golpeó su copa con la cucharilla reclamando la atención de todos. Se puso de pie con la copa en una mano.
—¿Ha llegado la hora de los discursos? —preguntó Evel, animadísimo. Esa parte le encantaba siempre y cuando el novio no fuera él. Abby le frotó el hombro cariñosamente.
—Sí, motero. Es el momento de decir todas esas cosas de las que después la mayoría se arrepiente y le echa la culpa al alcohol.
Dakota asintió con la cabeza. Por eso odiaba los discursos nupciales, fuera el novio o no. Pero entonces, al caer en la cuenta de que era Morticia quien lo había dicho, se sorprendió de estar de acuerdo con algo que hubiera salido de su boca.
—Un momento de atención, damas y caballeros —reclamó Madeleine al sector de la mesa donde estaban los socios de su hijo—. Como madre del novio quiero hacer un brindis por la feliz pareja. Sé que mi nuera está un poco llorona, así que voy a ser breve y a intentar que esto no se me vaya de las manos… Empezaré por mi hijo… Siempre hemos estado muy unidos y, desde que nos quedamos solos, mucho más. Es ley de vida que los hijos crezcan y abandonen el nido. En mi caso sucedió demasiado pronto y no voy a mentir diciendo que lo he superado porque no es así, pero… Aunque me opuse y te compliqué mucho la vida a cuenta de tu noviazgo con Shea, hoy me alegro de que no me hicieras ni puñetero caso…
Algunas risas se oyeron más fuerte y sirvieron para moderar la creciente emoción del momento.
—Cuando dos personas están enamoradas y se entienden como Shea y tú lo hacéis —continuó Madeleine—, deben estar juntas. Da igual lo que digan… digamos los demás. Veros en vuestro día a día me ha devuelto la fe en el amor… Me ha devuelto la esperanza. Aunque las cosas del amor me hayan salido rana en el pasado, viéndoos siento que a lo mejor no todo está perdido... Así que gracias por ser una inspiración y os deseo toda la felicidad del mundo. —Alzó su copa—. ¡Por Shea y Maverick!
—¡Por Shea y Maverick! —brindaron los demás.
Después le llegó el turno al padre de la novia.
Brennan Mitchell se puso de pie y tomó su copa ceremoniosamente. Se dirigió a su yerno en primer lugar.
—Te conocí en circunstancias un tanto peculiares —empezó diciendo.
Maverick se mordió cómicamente el labio al recordar el día de marras. Shea y él habían tenido la primera y única desavenencia. Tras horas sin noticias suyas, se había presentado en su oficina y sin preámbulos, le había dicho alto y claro lo que sentía por ella, que estaba en su vida para quedarse y que no pensaba dar un paso atrás. Pero resultó que Shea no estaba sola. Detrás de la mampara que dividía aquella pequeña oficina de alquiler en dos ambientes, estaban su padre y su hermana en una reunión que él había interrumpido sin saberlo. Así había conocido a su ahora suegro.
Shea directamente se ruborizó. Recordar aquel día y las intensas ganas de desaparecer en una grieta de la pared que había sentido sabiendo que su padre y su hermana lo estaban oyendo todo, fue suficiente para que su rostro adquiriera un intenso color rojo. Lo que provocó risas y bromas que interrumpieron temporalmente el discurso del padre de la novia.
Cuando los ánimos se calmaron, Brennan continuó.
—Y cuando comprendí lo que estaba sucediendo, pensé que mi hija se había vuelto loca de remate… —Miró a Shea con cariño—. «De remate» viene a colación de que ya por entonces pensaba que estabas algo perturbada cuando decidiste trasladarte a Londres y poner en marcha un proyecto que todavía hoy me sigue pareciendo una completa locura.
Volvieron a oírse risas y Dylan sacudió la cabeza. La sinceridad era una característica común a los Mitchell, pero su padre rizaba el rizo a la hora de no tener pelos en la lengua. Esa capacidad suya sin precedentes de decir exactamente lo que pensaba sin matizaciones e independientemente de las circunstancias, nunca dejaba de asombrarlo.
—¡Es que era una locura! —intervino Erin riendo—. Un proyecto brillante, pero muy loco.
—Disculpa —le dijo Brennan a su hija mayor—, puedes cacarear cuanto quieras cuando llegue tu turno. Ahora es el mío, ¿de acuerdo?
Andy fue la primera en celebrar el contraataque de su suegro. Cuánto había cambiado, pensó. Del hombre circunspecto tan poco dado a sonreír a este setentón educado pero mucho más suelto y desenfadado, había un mundo de diferencia.
—Sigo pensando lo mismo —continuó Brennan—. Estaréis de acuerdo conmigo en que el común de la gente, difícilmente se lanzaría a otra relación tan solo meses después de enterrar la primera. No es lo habitual. Y también estaréis de acuerdo conmigo en que, aunque el amor no tenga edad y demás frases creativas que la gente se inventa para justificar sus locuras sentimentales, tampoco es lo habitual que una mujer hecha y derecha, que a más inri, acaba de pasar por un divorcio traumático, inicie una relación seria con un hombre ocho años más joven que ella. Si me lo permitís, casi un jovencito… —Y esta vez, su mirada cariñosa se posó en Maverick—: Es lo que pensé esa noche en el bar, cuando te vi con tu pañuelo en la cabeza al estilo pirata bailando sobre la barra.
Maverick escondió el rostro detrás de su brazo mientras miraba a su flamante esposa con cara de «¡Ay, Dios, qué fuerte!».
El asombro en el rostro de Shea hablaba a las claras de lo inesperado que le estaba resultando el discurso de su padre.
Para Dylan también estaba siendo una sorpresa. Especialmente por el tono, más que por las palabras. Brennan no sonaba crítico. Tampoco al típico sabelotodo que está sentando cátedra. Había una dulzura implícita en su tono de voz, en su mirada. Incluso en la sonrisa un tanto incómoda que le estaba ofreciendo a la pareja.
—Esa noche, mi preocupación creció exponencialmente… Pensé que mi hija había perdido la cordura y me temí lo peor. No por mí, sino por ella. Pero entre esas frases hechas a las que la gente acude para justificarse, hay algunas ciertas. Las apariencias engañan. Y Maverick no tardó en demostrarme lo equivocado que estaba. Has sido el hombre que le ha devuelvo la ilusión a Shea y solo por eso ya te has ganado el cielo. Pero has ido mucho más allá. Desde el primer día, has tendido puentes entre mis hijos y yo. Has sido la persona que mediaba. Cuando otro en tu lugar se habría inhibido, tú te implicabas. No te has mantenido al margen ni una sola vez desde que te conozco. Y me has enseñado mucho. Detrás de tu aspecto juvenil, hay un hombre con las ideas claras, que adora a mi hija y lo grita a los cuatro vientos. Te has ganado a pulso el lugar que ocupas en su corazón. Y también en el mío… Y en cuanto a ti, mi queridísima hija… Solo te diré una cosa; ojalá hubieras conocido a Maverick primero, habrías tenido una pareja ideal desde el principio… ¡Y hoy yo tendría media docena de nietos! —sonrió y alzó su copa—. ¡Por vosotros, hijos, por un matrimonio largo y feliz!
Entonces, las copas se alzaron una última vez en honor a Maverick y a Shea, y todos brindaron efusivamente por el futuro de la pareja.
- VI -
Maverick y Shea abrieron el baile con un tema pegadizo que le permitió a él exhibir sus grandes dotes para la provocación y a ella, su incipiente barriguita.
Danny, el hermano de Andy, no tardó en tomar a Luz de brazos de la tía Neus y poner rumbo a la pista de baile a la voz de «¡vamos a bailar, pequeñaja!
—¡Bailáááááá, sííííí! —exclamó Luz moviendo sus bracitos para que su tío volviera a dejarla en el suelo. En cuanto él lo hizo, empezó a contonearse entre las parejas al tiempo que aplaudía con sus manos regordetas.
—Pobre Danny —comentó Anna mirando a su hijo bailando con una criatura de diecisiete meses entre una docena de adultos que le doblaban la edad—. Se debe estar aburriendo como una ostra…
Neus asintió riendo. El muchacho había intentado que a Alice, su novia, la dejaran acompañarlo a la boda, pero no había habido caso. Otro en su lugar se habría quedado en casa, pero Danny, no. Desde que se había enterado de que su hermana estaba embarazada, no se alejaba de ella ni a sol ni a sombra.
Andy enseguida imitó a su hermano.
—¡Vamos, calvorotas!
—¿Estás segura? —le preguntó él, poniéndose de pie y siguiéndola hacia la pista de baile.
—¿Si estoy segura de qué?
«De estar en condiciones de moverte sin caerte redonda al suelo. ¿De qué va a ser?». Tras semanas viéndola agarrarse de las paredes incapaz de mantener el equilibrio, Dylan no acababa de creer que el súbito bienestar de la última semana fuera duradero. De ahí que su pregunta le hubiera salido de sopetón. Pero ya estaba bien de preocuparse tanto. Los dos necesitaban disfrutar de un poco de normalidad.
Dylan respondió rodeándole la cintura con un brazo y dándole un beso de tornillo que provocó los mismos silbidos y bromas de siempre…
Y que, también como siempre, hizo ruborizar a Brennan.
—Guaaaaauuuuu… —murmuró ella cuando él dejó de besarla.
—Un placer —repuso el cazador que vivía en Dylan, feliz de poder exhibirse después de semanas guardando las formas.
Guau. Guau. Guaaaaaaauuuuu.
—Lo mismo te digo, señor Mitchell.
La voz de Andy sonó a lo que pensaba; que la noche se presentaba muy, muy excitante.
* * *
La música lenta tardó en dejarse oír y cuando al fin lo hizo, la pequeña pista se llenó de gente bailando acaramelada, dando lugar a un espectáculo que los invitados no tan jóvenes contemplaron con ternura y cierta melancolía.
Los novios llevaban un buen rato sumergidos en su propio mundo, ajenos a todo lo demás, cuando Dylan le tocó el hombro a Maverick.
—Es la hora, tío.
La pareja intercambió miradas. La de Maverick era pícara, la de Shea intrigada.
—La hora de qué.
—Nos vamos, nena.
Shea abrió mucho los ojos.
—¿Sin despedirnos?
Lo vio asentir con cara de chico malo.
Shea se rio excitada e ilusionada a partes iguales.
—¿De verdad vamos a largarnos por la puerta de atrás sin avisar, sin decir nada de nada? ¡Qué locura!
—¿Cómo «qué locura»? —intervino Andy, risueña—. Ahora viene lo mejor del día de bodas. ¡Vamos, marchaos de una vez! Nosotros os cubrimos la retirada.
Maverick volvió a mirar a Shea. Sonreía. Pero sacudía la cabeza no del todo convencida de que aquel fuera el modo correcto de hacer las cosas. Por lo visto, su mujercita necesitaba que la animaran. Muy bien.
—Ha sido un día perfecto —dijo él.
—Mucho más que perfecto, Mav… —repuso ella con ojitos soñadores—. Maravilloso. Emocionante. Inolvidable.
Él asintió. Se acercó para hablarle al oído.
—Pero puedo mejorarlo… Si me dejas.
La sonrisa de Shea se transformó en una risita coqueta.
—Así que el barman buenorro del MidWay cree que puede mejorarlo…
—No creo; lo sé. —Se acercó nuevamente y le dijo al oído—: Tengo en mente un espectáculo privado que te va a volver loquita…
—¿Ah, sí? —repuso ella, siguiéndole el juego.
Habían vuelto a ser la pareja cómplice de siempre. Estaban enamorados, esperaban un hijo y eran intensamente felices. Se regalaban sonrisas y flirteaban como si no estuvieran rodeados de una docena de personas. Como si Dylan y Andy no estuvieran junto a ellos, esperando.
—Oh, sí… —musitó él al tiempo que asentía repetidas veces con la cabeza dejando que la locura que Shea siempre le había inspirado y que era patente en su mirada, en su sonrisa, en todo él, se ocupara de comunicarle la auténtica naturaleza de sus planes.
Y lo consiguió.
De hecho, fue tan convincente que ella se olvidó por completo de que no estaban a solas y dejó que su mano descendiera despacio por el pecho de Maverick. Una caricia deliberadamente sexi que se detuvo justo al llegar a la hebilla de su cinturón.
—En ese caso… —murmuró Shea en un tono mucho más sexi aún—. ¿Quién podría negarse, no?
Y un instante después, ayudados por Dylan y Andy, la pareja abandonó sigilosamente su convite de boda en pos del siguiente gran desafío romántico; mejorar un día que ya era perfecto.
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©️2022. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
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CR24. Lo cortés no quita lo valiente

Domingo, 24 de abril de 2011.
Quedada motera en honor a Romina Taylor
Antes del desfile de banderas.
Portsmouth, Hampshire.
- I -
Shea intentó concentrarse en lo que Andy contaba sobre el viaje que la había traído hasta Portsmouth. No prestar atención a lo que estaba sucediendo un par de metros más adelante. Pero tenía que reconocer que no le estaba resultando nada fácil en esta ocasión.
No era la primera vez que veía a esa tipa coqueteando con Maverick. Tampoco era la primera vez que alguien coqueteaba con él y ella lo veía. Era barman, lo que lo convertía en el foco de atención de todo el mundo, y encima estaba buenísimo. Podía entender el gran atractivo que tenía para ellas. De hecho, le sucedía lo mismo cada vez que iba al bar aunque debía reconocer que, en su opinión, ese gran atractivo tenía más que ver con él, que con su profesión. Era más que un simple barman. Había tal desparpajo y tal sensualidad en sus movimientos, en sus gestos, -probablemente restos de su antigua profesión de boy-, que era imposible ignorarlo. Ni siquiera en las horas pico de trabajo, cuando el bar estaba a tope y todos los que atendían la barra iban de aquí para allá como pollos sin cabeza. Incluso entonces, Maverick se las arreglaba para seguir llamando la atención.
Que se lo dijeran a ella.
Pero había algo en esa tipa que la sacaba de quicio. Lo suyo no era un coqueteo normal; lo estaba llevando mucho más allá. Ahora no estaban en el bar, sino en mitad de un aparcamiento en el centro de Portsmouth atestado de motos del millón de visitantes que habían llegado a la ciudad para presenciar el desfile de banderas de la concentración de moteros de Harley Davidson que estaba teniendo lugar aquel fin de semana.
Maverick ni siquiera estaba en el mismo grupo de la motera; conversaba con Dylan, Ike, Evel, Dakota y Niilo y ella se había acercado. Con la excusa de preguntarle si tenía quién lo llevara de paquete al desfile de banderas, lo que hacía era buscar su atención. Como siempre. Vaya pregunta más tonta. ¿Cómo no iba a tener quien lo llevara? Caía por su propio peso que sí, ¡era barman y socio de un bar de moteros!
No había podido oír lo que Mav le había respondido, pero sabiendo cuánto le incomodaban esa clase de avances, podía imaginárselo. La cuestión era…
—¿A quién hay que zurrar? —Primero fue la voz de Erin. Casi de inmediato, su mano agarrándole el antebrazo en un intento de llamar su atención.
Shea se tragó el disgusto que le provocaba que ella y, por añadidura, las demás, se hubieran dado cuenta de lo que le pasaba y forzó una sonrisa de «me habéis pillado» en su cara.
—No me des ideas, hermana —repuso.
Andy miró hacia donde estaban los chicos. La motera se marchaba. Caminaba de espaldas mirando a Maverick en plan «¿de verdad, no quieres que te lleve?» mientras le decía que ya se verían «por ahí». Él no tenía cara de haber disfrutando del encuentro. Parecía tenso, disgustado. Demasiado serio para lo habitual en él. Lo cual era bastante normal, habida cuenta de que la motera le estaba tirando los tejos como si no se hubiera dado cuenta de que su mujer estaba allí mismo, a escasos dos metros. De hecho, pensándolo mejor, Maverick le parecía mucho más que disgustado. Tenía cara de estar a punto de ponerle los puntos sobre las íes… ¿Lo haría?
A Shea también le dio esa impresión. Pero entonces, la tipa dejó de andar de espaldas y con las manos en los bolsillos de sus ceñidos pantalones de cuero, se dirigió hacia un grupo de moteros que conversaban bastante más allá, casi a la salida del aparcamiento.
—Madre mía, mi cuñado tiene cara de «como sigas dándome la brasa, te vas a enterar»… —dijo Andy, riendo. No solo era lo que pensaba, también lo había dicho por tranquilizar a Shea, por quitarle hierro al asunto. No era que las moteras fueran un gremio especial dentro del género femenino a la hora de ligar, pero el hecho de que la sede del club fuera un bar cuyo barman además de estar buenísimo era el único hombre no motero del lugar, lo convertía en un imán para las mujeres.
Erin ya se había empezado a reír y estaba a punto de hacer un comentario al respecto, cuando la voz de Shea las dejó a todas con dos palmos de narices.
—Pues debería, sí.
Un segundo después de haberlo dicho, Shea se arrepintió. ¿En qué momento se había convertido en esta mujer que ya no toleraba que nadie coqueteara con él? ¡Era barman, por Dios!
Pero ya era tarde. El bochorno no tardó en mostrarse en su cara, poniéndole mejillas de payaso.
* * *
No solo Shea pensaba que había llegado la hora de que ponerle los puntos sobre las íes a la motera, Maverick también. Además, Ike se lo había dicho con todas las letras y Dylan, al que todos tenían por un pasota, se había mostrado de acuerdo. Más claro, el agua.
Maverick había aguantado el tipo lo mejor que había podido y, en parte, tenía que agradecérselo a Dakota y sus comentarios acerca de que él no era capaz de mantener a las clientas a raya. Eso no era cierto. Por supuesto que se las arreglaba muy bien para marcar las distancias, pero su intervención había dado lugar a bromas y a risas que muy pronto habían dejado atrás aquel incómodo momento.
Lo que no había logrado dejar atrás era lo culpable que se sentía. Shea parecía atenta al relato de Andy, pero estaba seguro de que se había dado cuenta de lo que sucedía. Probablemente, no hubiera podido oír lo que se decían por el ruido ambiente. Había un aire excitado y alegre entre los visitantes. Pero, bien visto, que no lo hubiera oído le parecía incluso peor; en su cabeza podía imaginarse cualquier cosa y lo último que le faltaba a Shea era imaginación.
Mierda.
Sin pensárselo dos veces, dio media vuelta y se encaminó hacia donde estaba las chicas. El grupo era más grande ya que se les habían unido la familia de Tess y la de Andy, incluido su propio suegro, Brennan. Habían empezado a andar. Probablemente, se dirigían al punto donde se iniciaba el desfile de banderas para encontrar un sitio en primera línea, pero no estaba seguro porque Nikki y Erin tomarían parte del desfile y también iban en el grupo. De lo que estaba cien por cien seguro era de que algo le sucedía a su mujer para irse sin despedirse.
—Eh, ¿dónde vas, tío? —le dijo Conor, que ya estaba a lomos de su Harley—. Tenemos que irnos.
—Tranquilo, enseguida vuelvo —repuso el barman, apurando el paso.
Dylan sonrió para sus adentros.
—Vaya pregunta, colega. ¿Dónde crees que va?
Conor miró consecutivamente a Dylan y a Ike. Dakota y Evel se estaban partiendo de risa.
—¿Necesitas que te lo expliquemos? —intervino Ike, mirándolo divertido—. Te doy una pista: es algo que tú has tenido que hacer millooooones de veces. Si me apuras, ahora que ese vídeo se ha hecho viral y las mujeres te persiguen por la calle, seguro que lo haces dos o tres veces cada día…
Conor al fin tomó tierra. Asintió con la cabeza riendo.
—Pues le deseo mucha suerte… No sé por qué me da que esta vez le va a hacer falta —guaseó Conor, solidarizándose con Maverick y con todos sus compañeros de especie que tan a menudo se veían abocados a usar el ingenio para evitar que la sangre llegara al río.
* * *
—¿Eh, preciosa, ya me dejas solito? —dijo Maverick, tomando a Shea del brazo con suavidad—. ¿Y cómo es que no te despides?
Ella permitió que él la hiciera girar hasta quedar enfrentados. Mantuvo una especie de sonrisa que no engañó a nadie y menos a Maverick, quien confirmó sus peores temores.
—No voy a dejarte —repuso con segundas. Vio que los ojos de su marido brillaban incómodos, incluso algo avergonzados—. Las chicas y yo necesitamos ir al baño. Después buscaré un buen sitio para ver el desfile… Gajes de estar embarazada, ya sabes, buena parte del tiempo te lo pasas en el baño o mirando cómo los demás se divierten.
Erin, Andy y Nikki intercambiaron miradas pícaras. Habrían pagado por saber lo que vendría después de semejante declaración de intenciones por parte de Shea, pero no podían retrasarse si querían participar del desfile.
—Nosotras nos adelantamos… Ya vendrás cuando… —Nikki miró a Maverick. Iba a decir «cuando acabes con él», pero tuvo piedad—. Hasta ahora.
—De acuerdo, enseguida voy —repuso Shea.
Las tres mujeres se alejaron cuchicheando entre ellas. Sus risas delataban la clase de conversación que mantenían.
Maverick no esperó a nada. Le daba igual que los miraran. Le daba igual que se rieran de él. Le daba igual todo. Tomó las manos de Shea, reclamando toda su atención.
—La has visto, ¿no? —La falta de respuesta de Shea constituyó una respuesta en sí misma. Maverick hizo un gesto de dolor y murmuró—: Lo siento mucho, preciosa.
A los dos les hacía ilusión haber podido tomar parte de la quedada, aunque fuera el último día, y Shea no quería estropearlo. Se limitó a asentir dando por buenas sus disculpas. Algo, que en el fondo, no era así. No las daba por buenas. Disculparse no le parecía suficiente. En esta ocasión, no.
Él se inclinó a besar sus labios, pero no se retiró enseguida. Se quedó contemplándola largamente. Analizándola…
Y venerándola.
Shea exhaló un suspiro.
—Vamos, vete ya, Mav…
El rostro masculino se iluminó con una sonrisa.
—¿De verdad? Mira que puedo quedarme aquí, besándote, el resto del día…
Ella sacudió la cabeza. Era demoledor.
—Que sí… Venga, vuelve con Conor o se irá sin ti…
Maverick le dio un último beso, más feliz que unas pascuas.
—¡Eres la mejor, preciosa! —exclamó cuando ya se estaba marchando.
* * *
Nikki se había contenido de intervenir en el asunto de la motera. Pero al ver a Maverick tan afectado por cómo fuera a tomar su mujer lo que había sucedido en el aparcamiento, decidió romper una lanza en su favor.
Shea y el resto de los asistentes a la quedada que solo verían el desfile de banderas desde la acera caminaban hacia el punto de inicio al ritmo que imponía la masa de gente y de motos que iban en esa misma dirección. Andy estaba con ellos solo temporalmente, hasta que Dylan, que circulaba a lomos de su moto bastante más atrás junto con el resto de los miembros del club, la alcanzara. Entonces, montaría en el sidecar que él había instalado la tarde anterior para que ella pudiera tomar parte en el desfile.
Nikki se detuvo brevemente al pasar junto a Shea y Andy.
—Disculpa, Shea… Quería decirte una cosa…
Las dos la miraron algo sorprendidas.
—¡Te hacía ya en la meta! —exclamó Andy, divertida.
—Qué va. Tomará un buen rato salir de este aparcamiento —repuso Nikki.
El sonido de varios cláxones le advirtió que estaba estorbando y ella les indicó con un gesto de su mano enguantada que no demoraría.
—Si no me quito de enmedio, me remolcarán, así que iré al grano. Son ellas las que se montan la película en la cabeza, Shea. Créeme, sé de lo que estoy hablando. —Su gesto de hartazgo hizo sonreír a Andy. A Shea, algo menos—. Es cabreante, pero Maverick no tiene la culpa. No la tomes con él.
Shea exhaló un suspiró. En mitad de su enfado, que era mucho, podía ver que Nikki tenía parte de razón. A la hora de imaginarse películas de tres rombos con su marido de protagonista, todas ellas eran unas excelentes guionistas.
—Vale. Intentaré no ensañarme con Mav. Pero cumplo en advertirte que sigo queriendo sangre —admitió, riéndose de sí misma—. Así que, por las dudas, no te quedes muy cerca. A ver si te salpica.
—¡Ay, cómo te entiendo! —se rio Nikki, pero una nueva andanada de bocinazos la impulsó a ponerse en marcha—. ¡Nos vemos en un rato!
Poco después, Nikki desapareció, zigzagueando con su moto entre el gentío. Andy y Shea reanudaron su camino fuera del área de aparcamiento que el ayuntamiento había habilitado para los miles de visitantes moteros que se daban cita allí aquel fin de semana.
—Es muy maja… —comentó Andy. En realidad, había sido un pensamiento en voz alta.
Durante mucho tiempo, la había tenido por una caprichosa que agobiaba a Conor con sus antojos y sus exigencias. Y era cierto que lo hacía. Pasaban por un mal momento en su eterno noviazgo y a Nikki la hería que él siempre diera largas a formalizar su relación. Ahora sabía que las discusiones y los tira y afloja de entonces se habían debido a eso. Pero desde que se habían casado, los dos habían cambiado. Se los veía relajados y felices de estar juntos. Nikki era más reservada respecto a su relación con Conor, pero él… Conor lo gritaba a los cuatro vientos. Reconocía sin tapujos que casarse con ella era lo mejor que le había pasado en la vida. Hasta había dejado la presidencia del club de moteros para poder dedicarse plenamente a su nueva vida de casado.
—Sí, ¿verdad? —repuso Shea—. Sé que no era santo de tu devoción. Me lo ha contado un pajarito muy tatuado que no tiene un pelo en la cabeza —precisó, haciendo reír a Andy—. Pero a mí me ha caído bien desde el principio… Y tiene razón en lo que dice, pero…
Shea se acomodó mejor el bolso en el hombro mientras pensaba en lo que diría después de aquel «pero». Porque todo lo que le venía a la mente distaba mucho de ser una razón de peso. No era siquiera algo importante.
«¿Pero, me enfada que esa tiparraca tontee contigo y tú no la mandes a la mierda? Primero, es una cliente del bar. Segundo, es evidente que se ha montado su propia peli erótica contigo en la cabeza. ¿De qué serviría que la mandes a la mierda? Seguramente, conseguirías el efecto contrario. Que crea que te estás haciendo el difícil porque ella te interesa».
Menuda memez.
«Pero», ¿qué, Shea? Pero qué.
—Estoy embarazada y muy susceptible a todo. De verdad. Es la única explicación a tanta tontería —reconoció al fin.
—¿Me lo dices o me lo cuentas? —Andy sonrió con ternura y tomó a Shea del brazo—. Mira, cuñada, te has casado con un tío bueno que además es barman. Siempre estará la peliculera de turno enredando para llevárselo a la cama. Y tú estás embarazada y entre el millón de cosas que te pasan a diario, estás susceptible. Pasará. ¡Por suerte! —Volvió a reírse, pensando en su propio enfado al ver la silla de ruedas—. Pero ahora es lo que hay. Así que tú tendrás que tolerar a la peliculera de turno y él tendrá que tolerar tu susceptibilidad. Mientras los dos tengáis claro qué es lo importante en vuestra vida, lo demás da igual.
- II -
Después del desfile de banderas.
En un área de descanso, a 20 kilómetros de Portsmouth.
La euforia continuaba en plena efervescencia cuando los moteros llegaron al lugar donde tenían previsto parar a comer.
En un abrir y cerrar de ojos varias manos habían desplegado las sillas, montado sobre caballetes los largos tablones que harían las veces de mesa y las barbacoas portátiles humeaban a destajo.
Shea estaba ayudando a las hermanas Baldini con las salchichas y las patatas asadas mientras Maverick, en el equipo de camareros voluntarios encabezados por el motero galés Charlie Pelham, montaba los sándwiches dobles en una mesa auxiliar.
A pesar de que había refrescado bastante, el calor de las barbacoas y la marcha que todos llevaban en el cuerpo eran suficiente combustible para mantenerlos calientes. En el caso de Maverick, demasiado. Nunca solía llevar mucha ropa encima y en aquel momento, a dos metros escasos de uno de los fogones y rodeado por otros cinco tíos tan sudorosos como él, preparando sándwiches sin parar, le sobraba todo. Se limpió la manos en un trozo de papel de cocina y se quitó el jersey. Era de un tejido ligero, como toda la ropa que le regalaba Shea, pero hasta eso le molestaba ahora. Lo dejó sobre un banco y después de estirar la camiseta verde fosforito que llevaba debajo, reanudó la tarea.
Maverick no la vio venir. Cuando quiso darse cuenta, la motera se había hecho un hueco a su lado y después de dedicarle una sonrisa, se puso a montar sándwiches como si tal cosa. Apenas había espacio entre los dos, por lo que sus cuerpos se rozaban al menor movimiento.
Joder. ¿Otra vez? No me lo puedo creer.
Los ojos de Maverick instintivamente buscaron a Shea. Ella estaba de espaldas, sosteniendo una fuente en la que Amelia Gibb, la madre de Tess, iba depositando las salchichas y hamburguesas que estaban listas. Aún no lo había visto, pero era cuestión de tiempo que lo hiciera.
—Ah, genial —dijo el barman, cogiendo al vuelo una botella de la pila de cajones de cerveza, refrescos y vinos—. Si tú ayudas a estos patosos con los sándwiches, yo me pongo con las bebidas.
Un instante después, estaba a diez metros de ella.
Los otros cinco voluntarios que estaban en la mesa se dieron perfecta cuenta de la jugada de Maverick. No faltaron las sonrisas ni los intercambios de miradas. Nada de lo cual fue del agrado de la motera, cuyo malhumor crecía por segundos.
Charlie, el motero galés que encabezaba al equipo de voluntarios, conocía a Beverley desde hacía unos años. A Maverick no tanto, pero sí lo suficiente para saber que aquello no acabaría bien. Había intentado disuadirla antes, por lo visto, sin demasiado éxito. Decidió hacerlo otra vez.
—¿No te das cuenta de que te evita, de que siempre sale pitando? Y suerte que se va. Porque el día que decida quedarse y decirte algo, te vas a cagar. Hazme caso, Bev. Déjalo ya.
«Qué sabrás tú», pensó la motera. No existía el concepto «hombre que evita a una mujer». A menos que la mujer en cuestión pesara ciento veinte kilos y tuviera tres ojos. Y aún así, habría que verlo; siempre había un roto para un descosido. Lo que sí existía era el concepto «hombre que guarda las apariencias delante de la gente». Los casados eran expertos en eso. Pero «guardar la apariencias» no equivalía a «falta de interés». Ni mucho menos.
Beverly hizo un gesto de desdén, pero se guardó de decir nada. Estuvo haciendo sándwiches diez minutos más y al fin, se marchó. Poco después, conversaba con una amiga, como si nada hubiera pasado.
Desde el otro extremo, al final de la última mesa, Maverick volvió a controlar con la vista lo que hacía Shea. Ella continuaba junto a Amelia Gibb y todo parecía de lo más normal, como si su reacción supersónica de ponerse a distribuir las bebidas, hubiera evitado a tiempo que volviera a verlos a él y a Beverly juntos. Sin embargo, algo en su interior le decía justo lo contrario. En realidad, era más que un simple decir; se lo estaba gritando a voz en cuello.
Maverick exhaló el aire por la nariz, cada vez más molesto.
La situación se estaba poniendo insostenible.
Le gustara o no, iba a tener que acabar un día de fiesta poniéndole los puntos sobre las íes a esa tía.
* * *
Hacía un buen rato que todos habían acabado de comer. Había conversaciones grupales y muchas risas, pero Shea y Maverick, que ocupaban un extremo de la mesa más larga, estaban rodeados de familiares; su padre Brennan, Jaume y Anna, la madre de Andy, su tía Neus y su hermano, Danny.
—¿Y qué tal la experiencia de estar en medio del rugido de tantas Harleys? —preguntó Shea.
—Puro ruido —terció Danny, sacándole las palabras de la boca a Maverick, que se rio al tiempo que asentía con la cabeza.
—Que no me oigan mis socios —dijo el barman, bajando la voz—, pero creo que hay que ser motero para disfrutar del desfile de banderas. La quedada está fenomenal, es una reunión de amigos genial, ¿pero el desfile? Hacía un calor del copón y el ruido te dejaba sordo.
—Pues Andy está encantada —apuntó Shea, mirándolos a los dos—. Dice que fue superemocionante.
—Mi hermana está loca, así que no cuenta —repuso el muchacho con desparpajo—. Y me da igual que me escuche porque se lo digo en su cara todos los días. La verdad, no sé cómo se las arregló para caber en ese sidecar… Mi cuñado también esta loco.
Maverick intercambió miradas con Shea. A Danny no le había parecido tan buena idea que Dylan llevara a su mujer embarazada al desfile de banderas. No le parecía seguro en su estado.
—Tu hermana, no sé… Tampoco lo diría si lo supiera —matizó Maverick, haciéndole un guiño a Anna que sentada junto a su hijo, atendía la conversación—, pero te puedo asegurar que Dylan nunca ha estado tan cuerdo como desde hace seis meses. Era un riesgo calculado, Danny.
—¡Y necesario! —admitió Shea al tanto de lo sucedido el día anterior. El enfado de Andy al ver la silla de ruedas destinada a ella había sido monumental.
—Necesario, ¿por qué? —repuso Danny—. Lo que mi hermana necesita es dejar de hacer gilipolleces. Con eso de que «solo está embarazada» nos trae a todos de cabeza… —Miró a Shea—. Tú te quedaste en la cafetería, ¿a que sí? Ella debería haber hecho lo mismo.
Shea entendía que el embarazo era algo ajeno a los hombres y que, por lo tanto, solía generarles preocupación. Tenía dos buenos ejemplos muy cerca. Concretamente, uno a su derecha y otro a su izquierda. Léase, su marido y su padre, respectivamente. Pero no pensaba darle más carnaza al muchacho para que cargara contra Andy. La pobre ya bastante tenía con su embarazo múltiple.
—No me quedé por mi embarazo. Vi el desfile un rato desde la acera, pero no estaba del todo bien del estómago y preferí alejarme un poco del gentío.
Cuando sintió que Maverick se acercaba y la agarraba de la mano, Shea supo que había cometido un gran error.
—¿Qué pasa, preciosa? ¿Te duele? No me digas que han vuelto las náuseas…
Brennan, que sabía positivamente lo que le sucedía al estómago de su hija, se removió sin poder evitarlo. Algo que ella notó y la hizo sentir aún más incómoda; lo último que le faltaba era que su padre se hubiera dado cuenta del tonteo que la motera se traía entre manos con su yerno.
—No pasa nada, Mav. Algo de lo que comí debió sentarme mal. Con tanto viaje y tanto traqueteo…
La mano de Maverick fue directo al vientre de su mujer, donde inició una serie de suaves caricias circulares.
—¿Seguro que todo va bien? ¿No me estarás mintiendo para que no me preocupe como haces siempre, no?
Shea posó su mano sobre la de Mav.
—Todo va bien —le aseguró. Y se inclinó a darle un beso.
Brennan logró contenerse de decir lo que pensaba. Pero en su mente, se despachó a gusto:
«¿Algo que has comido? Tu indigestión no es de comida, querida mía. Pero, desde luego, es una señora indigestión».
* * *
Después del momento emotivo de Ike al recibir las palabras de agradecimiento de Tess y Dakota por la organización de la quedada en honor a su retoño y de las bromas a cuenta de lo distinto que era todo en el MidWay cuando Andy, a quien todos llamaban ahora «la puta ama», formaba parte de la plantilla, los moteros se había dedicado a bailar y a divertirse.
Era el último punto de la agenda de la quedada, lo último que harían juntos antes de que cada cual volviera a su casa, y se emplearon a fondo. La música era gentileza de las playlists de los moteros que, gustosamente, conectaban sus móviles al altavoz cuando les llegaba el turno. Animar la fiesta corría a cargo de los dos fiesteros del bar, Conor y Maverick. Entre los dos se habían ocupado de que nadie se quedara en su asiento. Hasta el padre de Shea había tenido que dejar su bastón y unirse al grupo de bailarines unos minutos.
Caía el atardecer y ya había sido necesario echar mano de los faroles portátiles, pero ninguno quería ser el primero en decir que era hora de poner rumbo al hotel.
Maverick no paraba de bailar y bromear con sus colegas. Bailar era algo que llevaba en la sangre aunque por esas vueltas de la vida hubiera acabado dedicándose al negocio de la restauración. No necesitaba que nadie lo animara y si además tenía cerca a otro fiestero consumado como Conor, el espectáculo estaba asegurado.
Aquel día, además, Maverick estaba especialmente feliz por razones que no tenían que ver con la quedada; al fin les habían confirmado el sexo de su bebé. Se habían enterado el día anterior, con la última ecografía en la que la postura del bebé, al fin, lo había dejado ver con toda claridad. A título personal, le daba igual si era niño o niña, pero le emocionaba comprobar que hasta en eso las cosas estaban saliendo tal y como Shea soñaba.
Aprovechó que había empezado a sonar un tema lento para ir a buscarla. Su mujer llevaba un buen rato sentada junto a Andy, en sendas sillas de ruedas que Dylan había ido a buscar a la autocaravana (y dejado por allí cerca, sin decir nada). Ambas compartían un banco vacío, donde descansaban sus piernas mientras conversaban.
—Venga, arriba —la invitó, ofreciéndole su mano—. Quiero que ese bebé lleve el baile en la sangre como su padre.
Andy soltó una carcajada al ver la cara de desesperación de Shea. La pobre solo quería tener las piernas en alto un rato y su marido no la dejaba tranquila ni a sol ni a sombra. «Igualito que Dylan», pensó. Si de él dependiera, solo se levantaría de la silla o de la cama para ir al baño.
—Como no dejes a tu mujer tranquila, lo que seguro que tu bebé llevará en la sangre serán las ganas de zurrarte…
—Esta es lenta… —se defendió Maverick, ayudando a Shea a ponerse de pie—. ¿No quieres bailar pegadita a mí? —y acompañó sus palabras con un movimiento sensual de las cejas que dio a su rostro el aspecto de un niño travieso.
Shea no pudo evitarlo, su sonrisa de «Dios, dame paciencia» pronto se convirtió en una expresión de «¿cómo te las arreglas para salirte siempre con la tuya?». Miró de reojo a Andy.
—¿Tú te crees? —le dijo—. Este zalamero hace lo que quiere conmigo…
No había crítica ni disgusto en su voz. Todo lo contrario. Y Maverick se aprovechó. Le pasó un brazo alrededor de la cintura atrayéndola contra su cuerpo.
—Y a ti te encanta, admítelo.
Shea le dedicó una mirada golosa. «Especialmente cuando estamos a solas» pensó su lado travieso. Se dio cuenta de que él le había leído el pensamiento al verlo sonreír.
—Vamos —dijo, tirando de él hacia la improvisada pista de baile—, hagamos que nuestro bebé lleve el baile en la sangre… Pero cuando se despierte en plena noche y se ponga a berrear pidiendo juerga, te vas a levantar tú, ¿estamos de acuerdo?
—¡Id con Dios, amigos, que dijera mi ex jefe! —los despidió Andy, acomodando mejor sus piernas sobre el banco, ahora que lo tenía para ella sola.
Tan pronto llegaron junto al resto de los bailarines, Maverick rodeó la cintura de su mujer con holgura. Shea no estaba tan imponente como Andy porque en su vientre solo crecía un bebé, pero, como solía bromear Maverick, «apuntaba maneras».
—¿Estás mejor del estómago? Dime la verdad…
Los ojos de Shea buscaron disimuladamente a la motera. No estaba bailando, sino conversando en la pista con un miembro del club al que todos llamaban Charlie. Se preguntó si estaría pasando el rato a la espera de que Maverick estuviera disponible.
—Claro. Fue solo un ratito. Pedí un té de menta en la cafetería y el malestar se me pasó enseguida.
No tan enseguida, en realidad. Cada vez que veía a aquella tiparraca pendiente de Maverick, se le daba vuelta el estómago. Pero él no tenía la culpa de que ella estuviera tan susceptible últimamente.
—Tienes que decírmelo, Shea.
—Decirte, ¿qué?
—Que no estás bien… En serio. Para ti es evidente porque lo sientes, pero es que estás tan… —La admiración en los ojos de Maverick fue como una larga caricia en el corazón de Shea que supo lo que él iba a decir, antes de que pronunciara las palabras—: Hermosa. Radiante. Hay mujeres a las que te basta con verle las ojeras para hacerte una idea de lo mal que están, pero tú… El embarazo te sienta tan fabulosamente bien, que es imposible imaginarse que algo no va bien… Y quiero saberlo. Tienes que decírmelo. No quiero ser el típico tío insensible, tan ocupado con sus propios asuntos que no se da cuenta de que su mujer está para el arrastre… Ya es bastante malo tener que pasar tantas horas en el bar porque mis socios y yo no damos a basto, ¿vale, Shea?
—Vaaaaale. ¿Quieres dejar de preocuparte? Tu hijo y yo estamos perfectamente.
Una sonrisa imposible se abrió paso en el rostro de Maverick.
—Mi hijo… ¡Qué bien suena! ¿Cuándo se lo diremos a la familia?
Otra sonrisa igual de imposible brilló en la cara de Shea. Hacía muchos meses había soñado que tenían un hijo varón. Era pecoso como ella y travieso como Mav. Lo había visto con toda nitidez, como si fuera real. Había sido ese sueño, precisamente, el que había puesto en marcha la decisión de convertirse en padres. Y allí estaban, a casi cuatro meses de conocer a su hijo, de verle la carita y poder sostenerlo entre sus brazos. Un sueño hecho realidad.
—Cuando volvamos al hotel. Papá me ha dicho que necesita consultarnos algo a Erin y a mí, así que aprovecharemos para darles el notición.
Maverick la estrujó entre sus brazos loco de alegría.
—¡Van a flipar! Más o menos como estamos flipando nosotros, ¿a que sí? —dijo buscando la mirada de Shea, quien asintió con la cabeza. Su rostro resplandecía de felicidad—. ¡Dios, qué maravilla!
Después de unos minutos regocijándose en el gran momento que estaban viviendo, Shea se apartó un poco de Maverick.
—Vale, me has dicho que te lo diga y te lo digo; tengo que hacer pis o me lo haré encima. ¿Me sueltas, por favor, para que pueda ir al baño?
—Vaaaaale, te suelto. Pero no tardes, ¿eh? Te espero aquí mismo.
—¿Aquí mismo? ¿No voy a poder poner las piernas en alto otro ratito?
Intercambiaron miradas cómplices y él negó con la cabeza.
—Nah… Primero, tendrás que mover ese cuerpazo un poquito.
Ella se echó a reír. Su gozo en un pozo, pensó.
—«Cuerpazo» lo define muy bien. Porque te juro que cada vez que me miro al espejo, me busco la cintura y no la encuentro. ¡Parezco un tonel! —dijo cuando ya se estaba alejando hacia donde estaban aparcadas las autocaravanas
«Un tonel precioso», pensó Maverick embelesado con las vistas de las que no apartó sus ojos hasta que Shea desapareció de su campo visual.
Sin embargo, el embeleso duró poco. Pronto, se transformó en molestia.
Cuando sintió que una mano le rodeaba la cintura desde atrás.
- III -
Al darse la vuelta y ver de quién se trataba, Maverick tuvo serios problemas para guardar las formas.
—¿Qué haces? —le preguntó. Para entonces, ya se había apartado.
Beverly no se cortó.
—¡Bailar! ¿Qué otra cosa voy a hacer en mitad de este grupo de locos meneando las caderas?
Volvió a hacer el ademán de acercarse, pero el brazo de Maverick la obligó a mantener las distancias.
La motera era atractiva y estaba en forma. Muy en forma. Tenía moto propia, una Harley customizada muy cara que daba a entender que también tenía un buen pasar. Siempre que estaba en el bar, la veía rodeada de tipos más que dispuestos a ser su Romeo, aunque fuera durante una noche. ¿Por qué se dedicaba a perseguirlo justamente a él, que ni estaba por la labor de dejarse seducir ni tenía el menor interés en ninguna clase de tonteos? El tema le superaba, la verdad.
—No me refiero a eso y lo sabes.
Ella volvió a intentar un nuevo acercamiento, pero esta vez la mirada de advertencia del barman fue lo bastante clara como para que la motera dejara de sonreír.
—¿Cuál es el problema? ¿No podemos bailar? —espetó—. Al final acabaré pensando que tus sonrisitas cuando estás en el bar son puro interés comercial…
Maverick frunció el ceño. ¿De qué estaba hablando? Tenía gracia que ahora insinuara que él era el culpable de que ella no dejara de acosarlo.
—Soy barman y sí, las sonrisas son parte de mi trabajo. Pero no te sonrío a ti más de lo que le sonrío a todo el mundo, así que si algo que dije o hice te ha llevado a pensar que sí, te pido disculpas. No era mi intención.
Su tono no dejaba lugar a dudas y la motera no se molestó en disimular su disgusto. Tanto, que en un primer momento, Maverick pensó que más que darlo, sería él quien tendría que aguantar un discurso. Lo soportaría, desde luego. Si con eso conseguía que lo dejara en paz, lo haría.
No hubo tal discurso. Tan solo una pregunta.
—¿Por qué no?
—Por qué no, ¿qué?
—Lo que tú llamas parte del trabajo, yo lo llamo tirarme los tejos. Flirteas conmigo, Maverick. Y yo estoy respondiendo a tu flirteo. ¿Por qué dices ahora que no era tu intención? —Al ver la cara del barman, lo dijo de otra forma mucho más directa—: A ver… ¿Por qué no aceptas sin más lo que te ofrezco? Ningún tío se lo pensaría. ¿Por qué tú sí? Y, por favor, no me digas que porque estás casado… Eso es una excusa, no una razón.
Maverick estaba alucinando. En un minuto, recreaba en su mente imágenes de los momentos que ambos habían compartido en el bar, revisando su comportamiento en busca de algo que pudiera justificar lo que estaba oyendo. Y no encontró nada ni remotamente censurable. Había una gran diferencia entre lo que él hacía y la forma en que ella lo estaba interpretando. Una diferencia enorme.
—Porque no me interesa lo que tú me ofreces, Beverly.
Su tono fue tan sincero y a la vez tan suave, tan delicado, que ella se removió incómoda.
El sentido del respeto hacia el sexo opuesto de Maverick también se removió muy, muy incómodo.
—Disculpa la franqueza, pero no quiero más malentendidos.
—Oye, ¿me tomas por imbécil o qué? —se quejó ella, rezumando desdén.
Él se encogió de hombros.
—Ya tengo todo lo que quiero —repuso con simplicidad—: Entró por la puerta del bar hace exactamente catorce meses. No sabía su nombre. No la había visto en mi vida. Pero nos miramos y supe que nos conocíamos desde siempre.
Ella soltó una risotada.
—Pareces un tío listo… Generalmente… Pero ahora hablas como un pirado.
No era la primera vez que Maverick oía algo semejante. Tampoco sería la última. Pero había lidiado con leones mucho más fieros que la treintañera que tenía delante. Y todos, sin excepción, habían acabado rindiéndose a la evidencia.
—Sé que suena raro, pero es la pura verdad. Lo supe en ese mismo momento con una certeza que no se puede explicar…
Maverick hizo una pausa. Estaba vibrando, todo él. Como si fuera una gran caja de resonancia. Era recordar aquel día y trasladarse al momento con toda la intensidad, con todas las emociones, extrañas pero alucinantes, a flor de piel.
Notó que Beverly lo estaba escuchando. No estaba seguro de lo que podía estar pensando, pero que le escuchara -y no montara un espectáculo-, le infundió esperanzas de que quizás aquello no acabara tan mal como había pensado.
—No era una clienta del bar —continuó—. Estaba ahí porque esperaba a alguien y se fue enseguida sin darme tiempo a nada… Pero averigüé quién era y dónde encontrarla. —Todo él sonreía al decir—: ¡Y me presenté en su casa!
—Venga ya, Maverick…
No le extrañaba, a él mismo le seguía pareciendo increíble ese momento. Ese algo dentro de él que lo había impulsado a hacer lo que ni siquiera a los quince habría hecho, seguía allí, tan poderoso y real como aquel día. Era el motor de los pasos de gigante que él y Shea venían dando en su relación, los mismos que tanto confundían a sus amigos y aterraban a su familia.
—Pregunta a mis socios o a cualquiera de la junta directiva del club… ¡Se rieron a mi costa lo que no está escrito! Encima, resultó ser la hermana de un tipo al que sí conocía, de esos que pegan primero y preguntan después… —Sonrió al tiempo que sacudía la cabeza—. Pero cuando al fin la tuve frente a mí…
Todo estaba allí otra vez, en sus recuerdos, en su piel. Real como la vida misma. El brillo de esos ojos preciosos. Las mariposas revoloteando en su estómago… Y la certeza absoluta de que era ella; la mujer con la que compartiría el resto de su vida.
Tan concentrado estaba en sus propias vivencias, que no fue consciente de que había logrado despertar el interés de Beverly por su historia hasta que la oyó decir:
—¿Y qué hizo ella?
—Hacérmelas pasar canutas. Allí, quieta, sin decir ni pio, mirándome con esos ojos alucinantes que tiene, mientras yo intentaba pensar en algo interesante o gracioso que decir para poder quedarme un rato más…
—Detrás de la barra pareces tan seguro de ti mismo…, pero apuesto lo que sea a que ese día la seguridad brillaba por su ausencia… Estabas cagadito, admítelo. —Beverley se rio de buena gana.
Fue una risa divertida, que contagió a Maverick y lo animó a continuar.
—¿Solo «cagadito»? ¡Estaba totalmente atacado de los nervios! Era como si nunca antes hubiera hablado con una chica… Cuando vives algo así, todo lo demás… Deja de interesarte. Una vez que conoces a tu persona ideal y pruebas lo que se siente estando a su lado… Cómo es estar junto a alguien que te conoce y te entiende como nadie y a quien conoces y entiendes como nadie… Una vez que pruebas ese néctar, ya no quieres otra cosa.
Ella esbozó una ligerísima sonrisa. Asintió con la cabeza varias veces. Él decidió que había llegado el momento de ir al meollo de la cuestión:
—Tu persona ideal te está esperando en algún lugar y ojalá la encuentres pronto porque te aseguro que esto que llamamos vida es un millón de veces mejor cuando tienes a la persona adecuada a tu lado, pero…
Maverick exhaló un suspiro. En el fondo, le daba pena lo que estaba a punto de decir. El rechazo no era un plato de gusto para nadie.
Ella se le adelantó.
—Pero está claro que esa persona no eres tú.
—No. No soy yo.
—Ya… —La motera se puso las manos en los bolsillos—. O sea, que he estado haciendo el tonto toooodo este tiempo creyendo que flirteabas conmigo de verdad… —Echó un vistazo rápido a sus amigos, al otro lado de las mesas. Notó enseguida que, aunque con disimulo, estaban pendientes de ella—. Mis colegas me lo advirtieron, me dijeron que me llevaría un buen corte si insistía. Y no les hice caso, así que supongo que se lo pasarán en grande cuando se enteren…
—¿Y por qué iban a enterarse? Esto es una conversación, no un «buen corte», y yo no pienso contársela…
—¿Qué es lo que no piensas contarles? —preguntó Shea.
Tanto Maverick como Beverly la miraron sorprendidos.
Era evidente que ninguno de los dos la había visto llegar. Tampoco se habían percatado de que llevaba un rato atenta a lo que sucedía entre los dos, unos metros más atrás. La música hacía un buen rato que había hecho una pausa. Un grupo de moteros estaba junto a los altavoces. Bromeaban y reían sin acabar de decidir cuál lista de reproducción sería la siguiente. Aunque Shea no había podido oír en detalle la conversación entre Maverick y la motera, estaba lo bastante cerca para apreciar que ni él parecía enfadado ni ella airada, como se suponía que debían estar si él le había parado los pies. No estaba segura de lo que estaba sucediendo entre ellos. De ahí que, finalmente, hubiera decidido hacer algo tan impropio de ella como acercarse.
Él fue el primero en reaccionar. La tomó por la cintura, atrayéndola hacia él.
—Ah, preciosa… Ya estás de vuelta. Ven que te presento… Esta chica es Beverly, es miembro del club… ¡Salta a la vista! —bromeó, aludiendo a que, al igual que los demás miembros, llevaba puesto su uniforme de motera—. Y esta preciosidad —dijo mirando a Shea con su devoción habitual—, es Shea, mi mujer. Es la que te conté que apareció en el bar hace año y medio y me cambió la vida…
Shea se quedó cortada al oírlo. ¿Eso habían estado haciendo, hablando de ella? Miró brevemente a la motera y su expresión le pareció indescifrable por lo que volvió a concentrarse en Maverick.
—¿Le has estado hablando de mí? ¿Y tú crees que eso es lo que de verdad le interesa? —La mirada de Shea regresó a Beverly. Decidió que no se lo callaría. Llevaba todo el día con dolor de estómago por su culpa—. Porque a mí me parece que no…
Fue en ese momento, cuando Maverick tuvo la total certeza de que el malestar al que había aludido Shea no era producto de algo que hubiera comido o del ajetreo del viaje. Y se sintió mucho más culpable que antes. Había sabido desde el primer momento lo que pretendía Beverly y si había demorado tanto en abordar el asunto directamente, había sido por él. Detestaba cuando las cosas se salían de madre, especialmente si había una mujer involucrada. Le costaba ser descortés con ellas.
—Tenía que explicarle por qué yo no… —Maverick respiró hondo. No había otra forma más amable de decirlo—: no soy una opción. Y no es posible hablar de mí sin hablar de ti. Porque tú y lo que tenemos es la razón de que ninguno de los dos seamos ya una opción para nadie más.
Shea sintió un pellizco en el corazón. Una intensa emoción empezó a crecer dentro de ella. Casi tan intensa como su arrepentimiento por haber dudado de él. Ahora veía claro que detrás de la aparentemente inofensiva etiqueta de la susceptibilidad a causa de los cambios hormonales propios del embarazo, lo que se escondía era desconfianza y celos.
—¿Y le has contado nuestra historia?
Maverick asintió con la cabeza varias veces sin dejar de acariciarla con la mirada.
—Es mágica, ¿por qué no? Hay otra clase de amor, otra clase de relaciones, muy diferentes de las que intentan vendernos los medios de comunicación, la sociedad en general… La gente necesita ver para creer, así que ¿por qué no, Shea?
El pellizco se convirtió en una larga caricia que empezó a derretirle el corazón. Ese era su Maverick, el que hablaba de magia con la misma soltura con la que se quitaba la camiseta y se ponía a bailar sobre la barra del MidWay.
—¿Y cómo sabes que el tiro no te ha salido por la culata? —le preguntó con expresión traviesa—. Seguro que Beverly ahora está mucho más loca por ti que antes. Yo lo estoy, así que…
Maverick dudaba mucho que la motera sintiera algo por él, pero de lo que no tenía ninguna duda era de que había captado el mensaje y no volvería a insistir. Por lo que misión cumplida y doble razón para dejar de preocuparse por ese asunto y ocuparse de lo verdaderamente importante.
Se rio bajito al tiempo que estrechaba a Shea contra su cuerpo.
—¿Más loca por mí que antes? Fíjate qué bien… Eso me da muchas ideas, ¿sabes?
Shea no se quedó corta en devoción. Le pasó ambos brazos alrededor del cuello.
—¿Son ideas aptas para todo público o solo para adultos? —repuso, siguiéndole el jugo.
Ambos rieron cuando Maverick echó una mirada rápida alrededor y murmuró: «será mejor que no estimules más mi imaginación ahora, preciosa».
La pareja continuó prodigándose mimos, ajena a lo que la rodeaba, la motera, incluida. Siempre que estaban juntos era igual.
Pero a diferencia de lo que pensaba Shea, el interés de Beverly por Maverick no había crecido. No en ese sentido. Era un tío cañón y de haberse presentado la ocasión, se lo habría tirado sin ninguna clase de escrúpulos, pero solo había insistido porque creía que el interés era mutuo. Y si después de oír su historia, aún continuaba allí, era porque que no podía dejar de mirarlos. Su historia familiar estaba marcada por el divorcio; sus padres y sus dos hermanos mayores habían tomado ese camino. Su historia personal era como la de la mayoría de sus amigas y colegas; muchas citas y otros tantos desencuentros. Al principio, no le había dado importancia. Vivía a fondo, conocía gente, viajaba… A punto de cumplir los treinta años, empezaba a sentir que a su vida le faltaba algo. Y ahora, comprendía el qué. Nunca había mirado a un hombre y había sentido esa certeza de la que hablaba el barman. Nunca había sentido por nadie esa locura desbordante que él y su mujer se profesaban mutuamente. Ni nada remotamente parecido. Ahora, treinta años le parecía muchísimo tiempo viviendo de espaldas a algo semejante. Necesitaba en su vida lo mismo que Maverick tenía con su mujer. ¿Habría alguien especial destinado a ella escondido en algún rincón del mundo? ¿La estaría esperando, como había dicho el barman? Una mezcla de renovada ilusión y bastante incredulidad ante la clase de pensamientos que rondaban su cabeza, hizo sonreír a Beverly.
—Perdón por interrumpiros… Pero tengo algo que decir antes de irme…
La pareja volvió a tomar tierra sin paracaídas. ¿Se habían olvidado de ella? Por lo visto, sí. Maverick fue el primero en ensayar una disculpa.
—Perdónanos tú. Te juro que no lo hacemos a propósito…
Ella asintió risueña. No era necesario que él le jurara nada.
—Es la primera vez que le tiro los tejos a un tipo y él se pone a hablar de lo loco que está por su mujer. Fue bastante desconcertante, que lo sepas… Pero que luego se presente la mujer en cuestión y no se ponga hecha una furia ni acabe dándome una hostia… Esto, directamente, es pura ciencia ficción. Tú eres un tío muuuuy raro y tú, una tía con muchísima suerte… En fin, ahora me voy. Mis colegas se estarán preguntando si os he convencido de hacer un trío —y al ver la expresión de la pareja, se rio—. ¡Que no, que no… Es broma!
La motera se despidió con un gesto de la mano y al fin se alejó hacia donde estaba su grupo de amigos.
Entonces, Maverick se giró de frente a Shea. Apoyó su frente contra la suya.
—Confundió el tocino con la velocidad, nada más. Todos hemos hecho esa clase de cagadas alguna vez. No podía enfadarme con ella…
—Lo sé.
—Pero por mi culpa lo has pasado mal.
Shea buscó su mirada.
—No fue por tu culpa… —La vergüenza flameaba en sus rostro al admitir—: Desconfié. Otra vez.
Sentir el fuerte abrazo de Maverick, la reconfortó, pero no alivió su arrepentimiento.
—No desconfiabas de mí. Te escamaba la situación, y con razón. No sé por qué he tardado tanto en aclararle las cosas… Mejor dicho, sí que lo sé; odio que ellas crean que sonrío por otros motivos… Odio que piensen que… —sin completar la frase, continuó—: Sigo siendo el barman del MidWay, me sigo contoneando y haciendo payadas y quitándome la camiseta y bailando sobre la barra… —Esta vez fue él quien buscó la mirada femenina y cuando habló, lo hizo con el mismo sentimiento que lo hacía siempre que se refería a lo que sentía por ella—: Ellas siguen viendo a un tío bueno que siempre tiene ganas de juega. Y antes era así, pero ya no. Ahora no soy lo que parezco, Shea. Soy este hombre enamorado de ti, de nuestra vida juntos, de este hijo que esperamos y que me muero por conocer…
Ella, en cambio, era exactamente lo que parecía; una mujer que había recuperado la confianza en el amor y en el sexo opuesto gracias al hombre que ahora estaba de pie frente a ella. Ese que hablaba de magia y de romanticismo como si no fuera un hombre.
Ese que miraba la vida con alegría y contagiaba fuerza e ilusión a todos los que lo rodeaban.
Ese que a pesar de su juventud, incluso a veces de su inmadurez, le enseñaba todos los días que había otra manera de ver las cosas, otra forma de lidiar con la desidia y el descreimiento. Otra manera de amar. Una más loca, más intensa y mucho más real.
Shea depositó un beso tierno sobre la punta de su nariz.
—Yo te diré lo que eres, Mav… Eres un macizorro y, encima, un yogurín al que tooooodas las mujeres le quieren hincar el diente. ¡No me vengas con cuentos, que seguro que no es tan duro como lo pintas!
Se miraron risueños.
—Vaaale, vaaale, preciosa… ¡Me has pillado! —concedió el barman.
Y al fin los dos se echaron a reír.
* * *
Pero aunque Maverick hubiera dicho que nadie se enteraría de su conversación con Beverly, no habían pasado ni diez minutos, que todo el mundo hablaba de ello.
El culpable se llamaba Dakota.
Había ido a recuperar a su pequeña de brazos de las gallinas cluecas, como llamaba a sus abuelas, su tía y sus tías abuelas, pero Romina ya estaba en la autocaravana durmiendo en su moisés, al cuidado de su canguro. Al regresar, había visto a Maverick hablando con la motera. Shea no estaba a la vista, así que pensando que la cosa prometía, se había quedado cerca, procurando no llamar la atención, solo para poder averiguar qué se cocía entre los dos. Pero la música hacía que la información le llegara a cuentagotas y si se acercaba más, delataría su presencia… y cuando la música dejó de sonar, la gente aprovechó para ir a por bebida o por comida. Iban y venían, pasando por delante de él, impidiéndole ver a su socio y a la motera todo el tiempo. Estaba a punto de dejarlo por imposible, cuando oyó la voz de Shea preguntado: «¿le has estado hablando de mí?»
Y un segundo después, la de Maverick respondiendo: «tenía que explicarle por qué yo no soy una opción».
Dakota sumó dos y dos, la película completa tomó forma en su mente y…
Tuvo que largarse a toda prisa de allí, antes de que le diera tal ataque de risa que lo jodiera todo en el mejor momento.
Evel se cruzó en su camino y él no tardó en empezar a contarle lo que estaba sucediendo.
—¡No te vas a creer lo que está haciendo nuestro socio!
Evel miró por el costado de Dakota hacia donde estaba Maverick con Shea. Enseguida notó una tercera presencia junto a ellos. Un sonrisa divertida apareció en su rostro al darse cuenta de quién era.
—¿Esa chica no es la que antes…?
Dakota asintió repetidas veces con la cabeza.
—La misma, tío. ¿Y sabes lo que está pasando ahí?
Evel intentó adivinarlo a base de observar a Shea. Siendo la esposa del tipo que la motera intentaba ligarse con total descaro, era quien podía ofrecerle información más fiable.
—Shea no parece enfadada… Más bien, lo contrario… ¿O es solo una impresión mía?
Miró a Dakota con gesto interrogante y comprobó que él se estaba partiendo de risa. Doblado hacia adelante, con las manos apoyadas sobre sus propios muslos, parecía a punto de ahogarse de tanto reír. El alcohol ayudaba, era cierto. Todos habían bebido bastante. Pero era demasiada risa…
—Oye… ¿Qué pasa?
Dakota se enderezó. Respiró hondo un par de veces intentando sin mucho éxito ponerse lo bastante serio como para poder hablar.
—¡En vez de mandarla al carajo, le está contando una peli de amor! ¡Este tío no tiene arreglo!
Evel no acababa de entender muy bien a lo que se refería, pero las carcajadas de Dakota siempre lo contagiaban, y esta vez no fue diferente.
Pronto los dos reían.
Y pronto, ya no eran solo dos.
—¿Se puede saber a qué se debe tanto jiji jaja? —dijo Conor, apoyando una mano en el hombro de cada uno.
Evel señaló donde estaba Maverick y vio que el motero de las rastas arqueaba las dos cejas al mismo tiempo.
—¿Qué hace hablando con Beverly delante de Shea? ¿Quiere que lo maten?
En aquel momento, para mayor asombro de los tres mirones, el barman abrazó a su mujer y los dos desconectaron del mundo real como hacían siempre que estaban cerca. La motera los miraba. No hacía ademán alguno de intervenir ni parecía disgustada.
—Oye, ¿esto va en serio? —dijo Evel.
—¡Parece coña, ¿a que sí?! —apuntó Dakota, casi ahogándose de la risa—. Pero sí, tío… Le ha contado su peli rosa con Shea y la tía tan feliz… ¡Quéééé fueeeeerte!
—No puede ser… —dijo Conor—. Ella es de armas tomar.
—¿Ella, quién? —preguntó una voz femenina que todos reconocieron al instante y Conor más aún.
Todos seguían con total atención lo que sucedía quince metros más adelante, pero Conor tomó a Nikki por la cintura y con su mano libre le señaló a Beverly.
Nikki siguió la dirección de su mano con la mirada y entonces la vio. La motera había vuelto a las andadas, incansable en sus intentos de seducir a Maverick. Lo raro del asunto era que él y Shea estaban en uno de sus famosos momentos románticos y ella tan solo los miraba. Si era de armas tomar, lo estaba disimulando muy bien...
—¿Y cómo sabes tú que es de armas tomar? —le preguntó a Conor.
¿Qué cómo lo sabía? Porque la conocía de antes de que ella empezara a frecuentar el MidWay y también había sido objeto de su interés. Solo que, en su caso, la cosa no había resultado tan pacífica. A diferencia de Maverick, él no tenía ningún reparo a la hora de quitarse a las pesadas de encima.
—Porque su fama la precede —se limitó a decir, evitando referirse a la verdadera razón. Eso también era cierto así que, técnicamente, no podía considerarse una mentira.
Entonces, vieron que el diálogo se había reanudado entre Maverick, Shea y Beverly, el ambiente parecía relajado entre ellos y había risas, y que al fin la motera se marchaba de aparente buen grado. Y que…
—¡Se están morreando! —exclamó Conor al ver el pedazo de beso que Maverick le daba a su mujer—. ¡Que alguien me explique lo que está pasando ahí, por favor! Ven, Niilo, ven —dijo tirando del brazo del motero que en ese momento pasaba junto a él—. Mira a Maverick.
—¿Qué pasa con Maverick? Le está comiendo la boca a su mujer… ¿Qué hay de raro? Tú lo haces todo el tiempo…
—¡Le dijo el muerto al degollado! —exclamó Amy que enseguida se había unido al grupo.
—Que nooo… —intervino Dakota—. No os enteráis de nada, colegas… La motera esa, como se llame…
—Beverly —precisó Conor, acudiendo en su ayuda.
—Vale, esa. Estuvo tirándole los tejos esta mañana, cuando estábamos en el aparcamiento, antes del desfile de banderas. «Si no tienes quien te lleve, yo me ofrezco…» —dijo Dakota, imitando una voz femenina al tiempo que batía las pestañas.
Las carcajadas del grupo de amigos se oyeron lo bastante fuerte para que el barman y su mujer repararan en ello.
—Mierda. Ya lo saben —dijo Maverick—. No sé cómo se han enterado tan rápido, pero esas carcajadas llevan mi nombre.
—¿Enterarse de qué?
Maverick sonrió al tiempo que sacudía la cabeza.
—Esta mañana, cuando Beverly se acercó hasta donde estábamos… —La vio asentir con expresión de fingido disgusto y aprovechó para saltarse el intercambio de palabras que había tenido lugar entonces y continuar con la siguiente parte del relato—. Ike me aconsejó que era hora de aclararle las cosas y tu hermano se apuntó al consejo.
Los ojos de Shea se abrieron de asombro.
—¿Dylan dijo eso? De Ike no me extraña, pero de mi hermano… ¡Este hombre es una caja de sorpresas!
—Lo dijo muy serio, además.
—¿Y qué hiciste tú?
—Darles la razón. Como era de esperar, Dakota se ofreció a hacerlo por mí. Ya sabes que según él soy un «tiernito», incapaz de decirle una palabra más fuerte que otra a una mujer. —Shea sonrió con ternura al imaginarse la conversación—. Decliné, claro. No quiero imaginar lo que habría soltado por la boca de estar en mi lugar…
Maverick echó un nuevo vistazo. Dakota les contaba algo que tenía que estar relacionado con Shea y con él porque de tanto en tanto los miraba y se reía. Conociéndolo, no necesitó más datos para saber lo que su socio pensaba.
—Nos ha visto a los tres hablando, pero no ha visto sangre por ningún lado, así que ahora soy el blandengue oficial del bar The MidWay.
Lo último lo dijo riendo suavemente. Las bromas durarían meses, lo sabía. Pero no le importaba si a Shea no le importaba, y era evidente que no.
—Blandengue, ¿por qué? A ver, aclaremos algo; lo que sucedió no me gustó. Erin se lo pasa bomba cuando otras mujeres flirtean con Ike, pero ese no es mi caso.
Vio que él sonreía con picardía y decidió dejarlo aún más claro:
—Y no, no tiene nada que ver con el embarazo. ¿Sabes por qué lo sé? Porque antes de estar embarazada me gustaba tan poco como ahora —admitió risueña, haciéndolo reír—. Aclarado ese punto, te diré que hace falta valor y mucha hombría para hacer lo que tú acabas de hacer.
Maverick no había esperado semejante afirmación por su parte y no ocultó ni su sorpresa ni su emoción; ambos fueron patentes en su rostro.
—¿Eso piensas?
—No es solo lo que pienso, Mav; es lo que es. Podías habértela quitado de encima sin ningún miramiento. Es lo que todos esperaban… Incluida yo, lo admito. En algún momento, lo pensé —concedió, arrepentida—. O llamarle la atención delante de todo el mundo, a ver si así escarmentaba y te dejaba en paz. Si hubieras hecho eso, te habrías anotado un tanto con Dakota. Quizás, hasta habrías conseguido que dejara de burlarse de tu sensibilidad... Pero, en cambio, elegiste no avergonzarla. Ni a ella, ni por extensión, a mí. Elegiste ser tú mismo, hacer las cosas a tu manera. Mostrarle la clase de hombre que eres y lo que tienes conmigo. Lo que tenemos. Todo el mundo comprende ese lenguaje, Mav y la mayoría lo agradece. Estoy segura de que ella te lo agradece… De lo que sigo sin estar segura, es de que el tiro no acabe saliéndote por la culata porque, diga lo diga esa motera, es imposible que no esté mucho más loquita por ti después de haberla librado del bochorno…
Ambos rieron durante unos instantes.
—Y yo también te lo agradezco —añadió Shea.
—Qué dices, preciosa… ¿Me agradeces el dolor de estómago?
Shea volvió a pasarle los brazos alrededor del cuello.
—Serás un yogurín según el carné de conducir, pero en lo que cuenta y, sobre todo, en lo que a mí me importa, eres un señor. Un hombre hecho y derecho que no deja de ser un caballero nunca, y menos cuando trata con una mujer. Lo cortés no quita lo valiente y hoy me has demostrado, nos has demostrado a todos, que tú puedes ser exquisitamente cortés a la par que increíblemente valiente. Ahí es nada, Mav… ¿Sabes qué pienso? Que Dakota debería dejar de reírse tanto y empezar a contagiarse más de ti. Falta le hace.
Maverick la estrechó muy fuerte.
—Gracias, nena… Estoy más ancho que largo con lo que acabas de decirme… ¡La sensación es tan genial que igual te pido que me lo repitas!
Shea se acurrucó contra su pecho y lo dejó hacer. Ahora que se había sincerado, empezaba a sentirse cómoda por primera vez en el día.
Pero como siempre que estaban cerca, la mutua locura que se profesaban empezó a hacer su parte.
—Así que… «exquisitamente cortés». Toma ya. Eso no se lo dices a cualquiera…
Shea se rio bajito.
—Nop.
—Por no hablar de lo «increíblemente valiente» que crees que soy. No nos olvidemos de la valentía, que lo mío me ha costado… Eso tampoco se lo dices a cualquiera.
Shea se enderezó un poco para que pudieran mirarse mientras hablaban. No le extrañó en absoluto la altísima dosis de picardía que halló en los ojos de Maverick, en su sonrisa, en esa cara de niño guapo que a ella le costaba tantísimo dejar de mirar.
—Nop —volvió a decir con una sonrisa tan pícara como la suya.
Entonces, vio que él se mordía el labio inferior y su mirada se tornaba la mar de sugerente…
Y supo lo que vendría después.
Maverick se acercó al oído femenino.
—¿Qué te parece si… ?
Pero no llegó a pronunciar el final de su frase porque ella lo interrumpió.
—Me parece perfecto.
—¿Me lees la mente?
—En este caso no hace falta —repuso, risueña—: tus intenciones son evidentes. Pero sí, cuando los celos no nublan mi percepción —aceptó algo violenta—, te leo la mente, Mav. Igual que tú me la lees a mí.
La mirada del barman se volvió traviesa y juguetona.
—Demuéstralo —la desafió.
Las mejillas arreboladas de Shea lo dijeron antes que sus palabras.
Maverick ya se estaba riendo cuando, tras carraspear para aclararse la garganta, la oyó decir, imitándolo:
«¿Qué te parece si buscamos algún rincón oscuro y vuelvo a demostrarte lo exquisitamente cortés a la par que increíblemente valiente que soy?».
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©️2023. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
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