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Proyecto CRS-08

Mystic Oaks, 2 (MO 2)


Intro 1: ¡Fin de la primera parte!

Intro 2: ¿Volvemos a Mystic Oaks?

⭐️ Lo que empezó como un extra… ¡Y acabó siendo una saga! 

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Presentación | Sobre los personajes  

Capítulos: 

1 | 2 | 3 | 4 | 5 | 6 | 7 | 8 | 9 | 10 | 11 | 12 | 13 | 14 | 15 | 16 | 17 | 18



CRS-08. Lo que empezó como un extra… ¡Y acabó siendo una saga! 🥳


En mi entrada titulada «Serie Luces de Neón # 3. A modo de presentación» (ver el enlace «Presentación» en la cabecera) te contaba que cuando me puse a escribir las historias de los hermanos Bryan y el rancho Mystic Oaks descubrí que resultaron diferentes de las que vivían en mi mente desde hacía tantos años.

Por años me refiero a más de una década. Cuando, tras mucha insistencia por parte de las fans de Dakota, me decidí a darle una continuación a Princesa, la Serie Luces de Neón tuvo que cederle el paso a la Serie Moteros. Es decir, hablamos de 2012. Desde entonces, hay manuscritos completos de Luces de Neón, esperando que les llegue el turno.

Aparte de descubrir que los hermanos de Ken -¡Te estoy mirando a ti, Jim!— decidieron cambiar el guion original que veía en mi mente, volví a enamorarme de Mystic Oaks. De pronto, la historia de esos personajes y ese rancho empezó a crecer, convirtiéndose en algo diferente a las novelas que tengo en la cabeza para Luces de Neón. De partida, hay una diferencia evidente: no son novelas autoconclusivas, sino que se están desarrollando por temporadas

Y aquí vino lo más curioso: 

Los Extras, 1 y 2 de Superstar que me puse a escribir para conocer más a Ken, a su familia y a ese lugar maravilloso al que él llama «su lugar especial», resultaron ser, sin que yo me lo propusiera, la introducción a Mystic Oaks 1.

Con el Extras, 3 sucedió algo parecido. Abandoné el rancho por un rato para contarte cómo Chris se presenta por sorpresa en las oficinas de Ken para conocer a sus músicos, dando lugar a su primera aparición en público como pareja, y luego regresé a Mystic Oaks para narrar la sorpresa que toda la familia le estaba preparando a Doreen.

Es como si la historia romántica de Chris y Ken fuera alimentando —y complementando— la historia del resto de los Bryan.

Si a esto le sumo la aparición de nuevos personajes que han empezado a tejer sus hilos en mi cabeza, cuando miro más allá, lo que veo es esto:

  • un universo de historias interconectadas que se desarrollan junto a Ken y Chris en Mystic Oaks
  • relacionado con la Serie Luces de Neón, 
  • pero con entidad propia. 

Ya estaba esperando como agua de mayo que Logan Phillips aterrice al fin en Mystic Oaks


¡Hola, Logan! 

[Saga Mystic Oaks] Personajes: Logan Phillips

Cuando, de repente, alguien toca el timbre de la puerta de vitrales, Lilly va a abrir y se encuentra con esto:

[Saga Mystic Oaks] Personajes: Cameron Hynes

¡Sí, señoras y señores: Cameron Hynes! 

Hoy por hoy, no tengo la menor idea de qué le deparará el rancho a Mr. Hynes románticamente hablando. Pero en mis historias no hay personajes que aparezcan porque sí. Si Cameron ha tocado el timbre de esa puerta, es que a ti y a mí nos espera una aventura que lleva su nombre. 🩷

Así que he tomado una importante decisión editorial: 

🥁¡Redobles, por favor!

A partir de ahora, separo las novelas de Luces de Neón de las historias del rancho Mystic Oaks.

Esto significa:

📌 El nacimiento oficial de la Saga Mystic Oaks que, a través de un número (indeterminado, por el momento) de temporadas —y con el apoyo de nouvelles y episodios especiales—, será la encargada de mostrarte ese universo alucinante que veo en mi mente.

Paralelamente, por supuesto, iré compartiendo contigo las distintas novelas autoconclusivas que tengo previstas para la Serie Luces de Neón.

¡Estoy superilusionada con este cambio de rumbo! ¿Será porque me encanta que mis personajes me sorprendan? Ya te digo. ¡Jim Bryan, mira la que has liado! 😝

Gracias por estar aquí, por leerme y por formar parte de este proceso. Mystic Oaks está naciendo contigo… ¡Y eso lo hace aún más especial! 🥰


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©️2026. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷


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CRS-08. Mystic Oaks, 2 (MO 2). Episodio 10


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2026/2027
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10


Al escuchar los golpes en la puerta ventana, la atención de Robert abandonó momentáneamente a Doreen.

—Vaya. Es Ken —anunció sonriendo al ver a su hijo mayor al otro lado del cristal. Fue en aquel momento, al rodear la mesa para ir donde estaba Ken, que cayó en la cuenta de que Frank no estaba allí. Primero se había ido Lilly. Poco después, lo había hecho Jim. Tim y Sue también se habían marchado. En teoría, él le mostraría el camino al baño. Pero, que supiera, de eso hacía un buen rato y ninguno de los dos había vuelto. Y ahora su cuñado también se había evaporado. Qué vergüenza. La pobre Chris era la única que se estaba ocupando de las visitas.

Como si Ken le hubiera leído el pensamiento, fue lo primero que observó al entrar en la estancia.

—Hola, papá… ¿Ha pasado algo? ¿Dónde estaba todo el mundo? 

Robert le palmeó el hombro en un gesto tranquilizador.

—No te preocupes. No tardarán. ¿Qué? ¿Ya está todo listo para tu mini concierto? Doreen está muy ilusionada…

—¿Estás seguro de que la razón soy yo? —repuso Ken, riendo. Robert también se rio, pero no comentó al respecto, aunque su cara lo hizo por él—. Estamos listos. Vamos muy justos de tiempo, así que he preferido saludar a las visitas ahora. Después tendré que salir corriendo al aeropuerto.

No solo pensaba en el matrimonio Anderson, sino en la preciosa mujer que en aquel momento conversaba con ellos. En un rato, él estaría a bordo de un avión y no regresaría hasta el domingo. Quería aprovechar cada ocasión para estar con ella. Aunque solo fuera un minuto.

Ambos se encaminaron hacia Doreen, que ya había extendido sus brazos para recibir a Ken.

—Mira a quién te traigo —dijo Robert. 

—Ven aquí, sobrino, y dame un abrazo. Flojito, ¿de acuerdo? Mis costillas están quejosas todavía. 

Ken obedeció y tía y sobrino se abrazaron afectuosamente. Fue uno de esos abrazos cálidos y largos que hacían innecesarias las palabras.

Sin embargo, las hubo.

—Estos son los detalles que te hacen una persona tan especial. No es tu música, ni tu talento, ni siquiera tu fama de buen tipo. Eso es lo que ve la gente que no te conoce. Lo mejor de ti está aquí —murmuró Doreen, posando una mano sobre el pecho de Ken. Su voz se quebró al decir—: Gracias por esta sorpresa, cariño. 

Ken acusó recibo de las palabras de Doreen con una sonrisa y se apartó de ella. Su voz se había quebrado y sus hermosos ojos estaban acuosos. Ambas eran señales de que su lado emocional había tomado el control y verla llorar, aunque fuera de alegría, era lo último que quería.

—¿Qué tal las visitas? Hazme un resumen —le preguntó en voz baja en un intento de desviar la atención de su tía.

Doreen tiró de él para que se pusiera aún más cerca. No deseaba que Claire, que estaba sentada a su derecha, la oyera.

—Ella es agradable; él, más tieso que un palo, y su hija ha confirmado que tiene un genio de aquí te espero. ¡Esa chica me gusta! —apuntó, traviesa, haciendo reír a Ken y, por extensión, a Robert que estaba lo bastante cerca para oírla—. Y la Red Velvet que trajeron está deliciosa, no te la pierdas.

Ken dirigió su mirada hacia la maravilla roja, blanca y marrón que dominaba la mesa como si allí no hubiera más, y se le hizo agua la boca.

—¡Genial! Voy a presentarles mis respetos y, de paso, me comeré un trozo de tarta y volveré rápido con los chicos. Porque, como vean lo que hay sobre la mesa, ¡no van a querer tocar! 

—Yo te doy el pie, cariño —repuso ella y, volviéndose hacia los invitados, anunció—: Perdón por la interrupción, ¿me permiten que les presente a mi sobrino mayor? Él es Ken, el artista de la familia. Ellos son Claire y Peter Anderson. Su hija Sue ha ido un momento al baño, pero ya la conoces. Estuvo comiendo con nosotros en The Grill el domingo.

La atención de Ken tardó en desviarse de Chris, que lo miraba con esos ojos que eran un mar en calma, relajantes y magnéticos a un tiempo, y centrarse en lo que debía.

Claire enseguida le tendió la mano.

—Encantada, Ken… Vaya. Qué ojos más hermosos. Se parecen mucho a los suyos, Doreen, ¿verdad? Y a los de su hermano Frank, ahora que lo pienso —comentó la mujer amablemente.

Peter, que estaba más alejado, se puso de pie. Estrechó la mano de Ken sin hacer comentarios. Se limitó a sonreír, una sonrisa tan ligera que pareció una mueca. Sus pensamientos distaban mucho de ser amables, como los de su esposa. Ahora que sabía que la famosa sorpresa consistía en asistir al mini concierto del hijo artista que había estado «retirado temporalmente del negocio» y sus nuevos músicos, tenía muchas más ganas de marcharse de allí que nunca.

—Bienvenidos a Mystic Oaks y encantado de conocerles… Gracias por el cumplido. Mis ojos son cien por cien Montgomery, la familia de mi madre. Pero el resto de mí es Bryan —dijo, pasándole un brazo alrededor de los hombros a Robert, que estaba de pie, a su lado—. Gracias por venir a visitar a nuestra enfermita. Estarse quieta no es lo suyo y nos está costando bastante tenerla entretenida —dijo, dedicándole una breve mirada pícara Doreen. 

Vio que Claire asentía, dándole la razón.

—Ah, ya veo… —bromeó Doreen, fingiendo enojo—. Por eso te has traído a tus músicos contigo… 

—Entretenerte habría sido una buena excusa, ¿no crees? Pero no. Sabes bien que no es por eso —repuso él.

Doreen estiró una mano para acariciarle la barbilla.

—Claro que lo sé. —Inclinó la cabeza por el costado de su sobrino y les dijo a los Anderson—: Desde que nos hemos instalado en Nashville con él, nos hemos convertido en su «consejo de ancianos». —Se rio—. Asistimos a todas las reuniones de su equipo con voz y voto. ¡Sus hermanos se libran porque se ocupan del rancho, que si no…! Hoy era la primera reunión con sus nuevos músicos. Robert y yo debimos haber acudido, pero como estoy convaleciente… —Hizo una mueca triste y no completó la frase.

Claire lo hizo por ella.

—Su sobrino ha traído la reunión a casa —dijo, dirigiéndole a Ken una mirada aprobatoria—. Qué gesto más bonito.

—Doreen se lo merece —concedió Ken—. Aunque a veces nos traiga de cabeza con esa energía imparable que le impide hacerle caso al médico y estarse quieta hasta que le den el alta, la verdad es que no hay nada que los hombres de esta casa no haríamos por ella, ¿verdad, papá?

Los ojos de Robert acariciaron el rostro femenino con inocultable devoción antes de decir:

—Verdad.

—Bueno… Será mejor que empecemos, o perderemos el vuelo —dijo Ken.

Entonces, Chris le tendió un platillo con una buena porción de tarta. Lo hizo con una sonrisa y sin pronunciar una palabra.

Él no se cortó. Después de ver la manera en que Chris se había presentado a los miembros de su banda, explicándoles de una manera tan poética lo que había entre ellos, Ken se había venido arriba. Quería más de esa magia, más de esa sensación de pertenecer a alguien cuyo corazón también le pertenecía y desear gritarlo a los cuatro vientos.

—¿Es una indirecta para que me endulce? —le dijo con su sonrisa seductora en ristre.

Ella sonrió con picardía.

—¿Más? Yo creo que ya eres muy dulce tal como eres… Solo alimento tu glotonería con esta tarta que está de muerte.

Los ojos de Ken se iluminaron al devolverle la sonrisa pícara.

—Guau… Gracias… Entonces, no puedo perdérmela —repuso, encantado, y se llevó una cucharada a rebosar a la boca, que masticó haciendo aspavientos y emitiendo gruñidos de placer ante la complacida mirada de la repostera y la no tan amigable de su esposo—. ¡Esto es una bomba! ¡La felicito, Claire! Y, después de este subidón de energía, vuelvo con mis chicos… ¡Que empiece la música!


* * * * *


Los pasos que Tim y Sue habían oído en el pasillo eran de Lilly. Se dirigía a la biblioteca donde estaban los invitados, pero al pasar frente a la puerta del salón y oír la voz iracunda de ella diciendo: «¿Ah, no? ¿Y cuál era tu intención al acusarme de darle alas a tu hermano?», sus pies se habían quedado momentáneamente pegados al suelo. Su oreja derecha, ni corta ni perezosa, había hecho lo propio con la puerta. Sultán había ignorado sus chistidos para que regresara junto a ella. El peludito se había detenido brevemente y, tras dedicarle una breve mirada, había continuado su camino hacia la biblioteca, confirmando una vez más que no existía un animal menos obediente que él. 

Con el estómago revuelto por los nervios y la desilusión, Lilly se había quedado escuchando hasta que otros pasos la habían obligado a esconderse en la habitación de enfrente para que no la pillaran con las manos en la masa. Allí había esperado unos instantes hasta estar segura de que el pasillo se hallaría despejado. Finalmente, había cambiado de idea y, en vez de dirigirse a la biblioteca, había decidido abandonar la casa. Al pasar cerca de la cocina, había oído a Frank hablando por el móvil. Dedujo que eran suyos los pasos que le habían hecho despegar abruptamente su oreja de la puerta y dio gracias de que estuviera pendiente de su conversación telefónica y no de ella.

Ahora, desde hacía un buen rato ya, estaba en el bosque, sentada sobre una piedra muy incómoda, mirando el agua correr por el arroyo, como si allí fuera a encontrar las respuestas que necesitaba.

¡Lo único que vas a encontrar es un dolor de trasero insoportable, Lilly!

Respiró hondo y se puso de pie. Se acercó un poco más a la orilla y puso su atención en las piedrecitas del fondo que podía ver con claridad gracias a que el agua era cristalina. Permaneció allí durante un rato, abstraída en las vistas de aquel paisaje de postal, hasta que al fin volvió a sentarse en la piedra de las torturas. Había probado otras de alrededor, y eran aún menos amigables para su trasero. Suspiró. Debía regresar a la casa o empezarían a preocuparse por su prolongada ausencia. Eso era lo que debía hacer… Pero, como siempre últimamente, siguió dándole vueltas a lo que no lograba quitarse de la cabeza.

Cada vez que caía en la cuenta de que todo iba a pedir de boca hasta el maldito domingo, se enrabiaba más consigo misma. Hasta entonces, Jim era el chico perfecto: un compañero de aventuras supersociable y extrovertido que además le alegraba los ojos con sus imponentes vistas, sin que hubiera riesgos implicados, pues los intereses femeninos del menor de los Bryan estaban a kilómetros del rancho. O lo que era lo mismo, de ella. Estar con Jim era fácil, divertido y seguro. Más perfecto, imposible.

Hasta que el domingo, Tim había metido el dedo en la llaga, las cosas se habían caldeado entre los hermanos, ella se había marchado al sentirse aludida por un comentario y Jim no había tenido mejor idea que ir tras ella… Desde entonces, las cosas iban cuesta abajo.

Ahora estar con Jim ya no era fácil, ni divertido, ni, muchísimo menos, seguro. 

Si aquel día, en vez de largarse, hubiera pegado su trasero a la silla de la cocina —igual que había pegado la oreja a la discusión entre Sue y Tim hacía un rato—, las cosas ahora serían diferentes. Sus verdaderas emociones seguirían a cubierto y Jim no habría empezado a mirarla con otros ojos.

Ay, mierda, Lilly… 

En aquel momento, el sonido de una voz la dejó congelada en el tiempo.

—Antes de que te cabrees conmigo, no te estaba buscando, ¿vale? Pasaba por aquí —anunció Jim.

Un instante después, se materializó frente a sus ojos. Y con él, Rain y sus dos hijos, Noah y River, que enseguida fueron hacia ella moviendo sus colas alegremente. 

Lilly suspiró. De pronto, estaba rodeada por animales que le demostraban su alegría de verla con devoción perruna y quitarse de en medio para evitar hablar con el único humano que los acompañaba, la dejaría aún más en evidencia que antes.

¿Decías algo sobre que las cosas iban cuesta abajo? Pues agárrate fuerte, bonita, porque están a punto de caer en barrena.

—¿Y cómo es que «pasabas por aquí»? Esto no está detrás de la casa, precisamente.

Le dedicó una brevísima mirada, lo suficiente para que él captara su disgusto sin que ella empezara a derretirse. Diez segundos más de contacto visual y se convertiría en un charco pringoso alrededor de aquella dolorosa piedra. 

Jo, Lilly, ¿por qué tiene que gustarte tanto? 

«¿Porque es el hombre más mirable del universo conocido y el que está por descubrir?», propuso una vocecita en su cerebro. 

¡Era una pregunta retórica! ¡Cierra la boca!

Ajeno al duelo dialéctico de Lilly con su otro yo, Jim se dispuso a responder.

—Tim está más arriba hablando con ese tipo que te ha caído tan bien… —Señaló la dirección con un brazo, en un intento de darle normalidad a un comentario con más retintín del deseable—. Yo voy a casa para que mi padre pueda reunirse con él. Tenemos visitas. No podemos largarnos todos. ¿Conforme con la explicación? —repuso, tan desafiante como ella había sonado antes.  

—Sí, estoy conforme. En ese caso, será mejor que sigas tu camino. No es cuestión de hacer esperar a las visitas, ¿no? —repuso, dedicándole una nueva mirada tan disgustada y breve como la anterior. 

Lilly pensaba, en especial, en una de las visitas: la que tenía el cabello muy largo, ondulado y del color del fuego, que a él le había resultado tan hipnótico, que se había pasado semanas hablando con su buzón de voz, intentando conseguir una cita.  

Jim la contempló largamente. Si cualquier otra mujer le hubiera dicho algo semejante, él ya se habría marchado sin mirar atrás. De hecho, ganas de hacerlo no le faltaban. Pero solo era su vanidad la que abogaba por irse. El resto de él quería quedarse exactamente donde estaba. 

A diferencia de lo que Lilly creía, quien ejercía un atractivo irresistible sobre Jim era ella. Había sido así desde el primer día, solo que él no se había dado cuenta de ello hasta el domingo. 

—Hablemos de una vez, ¿quieres? —dijo al fin en tono definitivo.

Pues la verdad es que no quiero. 

Marcharse de la cocina en medio de la discusión entre los hermanos, dejando claro que se sentía aludida, había sido una estupidez. Permitirse sentir celos de Sue era otra estupidez aún mayor. Y flirtear con Cameron… Aj… Con eso había batido su propio récord. Pero «hablar» los metería en camisa de once varas, y ella tenía demasiado que perder.

—No, Jim. Se nos da mucho mejor organizar cosas divertidas y reír… Cada vez que nos ponemos serios… —Negó con la cabeza y no acabó la frase.

—A ver, Lilly… Seguro que haré cosas que no te gusten y que tú harás otras que no me gusten a mí. Es normal. Lo hablamos y ya está. Los problemas empiezan cuando decides que algo que hago no te gusta y, en vez de decírmelo, me juzgas, me sentencias y me destierras al país de «no quiero saber nada más de ti». No soporto que hagas eso. —Ella lo miró con ojos de carnero degollado y él asintió—: Va en serio. Lo paso muy mal cuando me evitas.

Lilly meneó la cabeza. «Seguro que haré cosas que no te gustan…». «Lo hablamos y ya está…». «Lo paso muy mal cuando me evitas…».

Aquello no sonaba nada a la conversación entre dos amigos. Mucho menos a una entre dos futuros cuñados. Y lo que ella misma estaba a punto de responder lo haría todo muuucho más raro todavía.

—Cuando volvía a la biblioteca, Tim y Sue estaban discutiendo en el salón que hay al lado. —Elevó la vista hasta Jim y preguntó—: ¿Sabes por qué discutían? 

Él hizo un gesto de disgusto y al fin asintió con la cabeza.

—Me lo imagino… 

¿Ah, sí? 

El propósito de Lilly era cruzarse de brazos como las personas normales cuando querían dar a entender que algo no les gustaba, pero como uno de sus brazos ya estaba cruzado, tuvo que conformarse con cruzar el otro encima del cabestrillo. Fue un gesto que mostró más torpeza que enfado e hizo sonreír a Jim.

—Yo que tú no sonreiría tanto —le espetó—. ¿Qué clase de persona le fastidia el plan a su propio hermano, contándole que la chica que le interesa estuvo tonteando con él el domingo? Si hay algo que he tenido clarísimo desde que conocí a Sue es que ella pasa de ti, Jim. Olímpicamente. No es que hayas hecho «algo que no me gusta» —dijo, haciendo el gesto de poner la frase entre comillas con su única mano viable—. Es que lo que has hecho es muy… Rastrero.

Jim se quedó mirándola perplejo.

—¡Guau! ¿Rastrero? ¿Cómo que «rastrero»? ¿Eso es lo que piensas de mí? —Las mejillas de Lilly se arrebolaron—. ¿Acaso crees que fui a calentarle la cabeza a Tim para joderle? Él insistió en el tema. Por eso se lo dije. Además… 

Jim sacudió la cabeza porque no podía creer que estuvieran manteniendo esa clase de conversación. Se puso los brazos en jarra y la miró con los ojos brillantes de rabia.

—¿Crees, de verdad, que necesito inventarme historias de este tipo? 

¡Serás creído, Jim Bryan! ¡Ajjjjjjjjjj…! ¡Menuda plasta de vanidad acabas de soltar! 

—Sí, claro, perdona. Se me olvidaba que eres tan irresistible que todas se mueren por quedar contigo… Tú no necesitas tatuajes: ¡con los números de teléfono que ellas te escriben a boli en la piel, ya estás servido! —espetó y coronó su frase con un gesto de asco.

«Pues sí, ese soy yo», pensó Jim. Para su propia sorpresa, no lo dijo en alto. Era lo que habría hecho en el pasado. Era lo que hacía siempre cuando alguien, fuera hombre o mujer, pretendía poner en entredicho su innegable éxito entre el público femenino.

Sin embargo, no fue lo que hizo esta vez. 

—A ver, Lilly… No lo decía en ese sentido —aclaró.

—¿En serio? ¿Y en qué sentido lo decías? 

El tono de Lilly seguía siendo hostil y receloso, pero ella ya no evitaba tanto su mirada como antes y eso le daba esperanzas. 

—No es que le contara que tonteó conmigo. Es que tonteó conmigo. —Sacó su móvil, buscó su ficha de contacto y se la mostró—. ¿Ves el apellido? Está todo en mayúsculas y el nombre, no. No lo escribí yo. Antes del domingo no estaba ahí. Cuando conseguí su número a través de una amiga, solo sabía su nombre de pila. Fue ella la que agregó su apellido. Si no estaba tonteando, concretamente: invitándome a que la llamara para quedar, ¿cómo explicas que mi móvil acabara en sus manos, eh?

Vio que Lilly desviaba la mirada y continuó: 

—Tim lleva insistiendo en esto desde el lunes y lo conozco: sé que cuando se le pone la mosca detrás de la oreja, no para. 

—¿Y por qué se le ha puesto la mosca detrás de la oreja? ¿Tendrá que ver contigo o también eres una víctima de las circunstancias? —Ella le dedicó otra mirada tan breve como las anteriores.

A él, sin embargo, le pareció menos breve. Y menos cáustica. ¿Avanzaban?, se preguntó. A trompicones, pero sí, avanzaban.

Jim exhaló el aire en un largo suspiro. Estaba harto de dar vueltas a lo mismo cuando lo único que quería era acercar posiciones con Lilly. Conocerla mejor. Volver a sentir una conexión profunda con una mujer que se parecía tanto a él, y que esta vez esa mujer «no lo quisiera como a un hermano». 

—Soy muy competitivo. Ya te lo dije: odio perder. Y en este caso, no había perdido. Así que, que Tim me lo soltara a la cara con tanta seguridad, no me gustó un pelo. Por alguna razón que no tengo ni puta idea de cuál es y tampoco me interesa averiguar, el domingo, durante un rato, la pelirroja dejó de pasar de mí tan olímpicamente como dices. 

Lilly permaneció en silencio. Se puso a acariciar la cabeza de Noah. Le valía cualquier cosa que le ofreciera una excusa para no hacer contacto visual con Jim. Y desde luego, la necesitaba. Porque cada vez le resultaba más difícil no hacerlo.

Él asintió con la cabeza. Suspiró y siguió intentándolo.

—Cuando hablamos en el aparcamiento del hospital, te dije que no había mordido el polvo, ¿recuerdas? Me refería a esto. Ella me invitó a que la llamara. Y cuando Tim me salió con eso que te molestó tanto como para irte de la cocina, me piqué. Vale, sí; fue una estupidez. Pero no nos engañemos: esa no es la verdadera razón de que los hayas oído discutir. La razón es que a Tim le huele tan a quemado el súbito interés de la pelirroja por él, como me huele a mí. Desconfía. Y si puedo serte franco, hace bien en desconfiar. Yo creo que ella no sabe lo que quiere. Y no, por si te lo estás preguntando, esto no se lo he dicho. 

Esta vez, para sorpresa de Jim, consiguió una reacción distinta en Lilly. Aunque no fue la que esperaba…

—¿Que no sabe lo que quiere, dices? ¿Por qué? O sea, tú puedes tontear con una distinta cada día y todo tan normal, ¿pero si lo hace ella, es que no sabe lo que quiere y hay que desconfiar? Mira, Sue Anderson sabe perfectamente lo que quiere. Es una persona con las ideas muy claras. Y no lo digo solo yo, es lo que opina tu padre y también tu tía Doreen… ¡Vamos, seguro que si se lo pregunto a Sultán, opina lo mismo!

—Venga ya, Lilly… Somos hermanos. ¿No ves el problema que hay en que tontee con los dos o es que no quieres verlo? Además, dime una cosa: si lo tiene tan claro como dices, ¿por qué me dio alas el domingo y al día siguiente estaba tocando a la puerta de Tim? 

Lilly volvió a ponerse a acariciar la cabeza de Noah. Seguro que había un motivo que explicara el proceder de Sue, pero no se le ocurría cuál. Si hubiera podido quedarse un poco más con la oreja pegada a la puerta, habría oído la explicación de primera mano… Uf. No quería darle la razón a Jim. Era como admitir que aquel día ella no hacía otra cosa que meter la pata a base de bien. Primero con Cam. Y ahora, volviendo a acusarlo sin razón. O mejor dicho: por celos. 

¡Bravo, Lilly! ¡Bravísimo! ¡Sigue así que lo estás petando!

Jim se puso de cuclillas frente a ella, decidido a romper aquel círculo vicioso de una vez por todas.

—Yo sí sé lo que quiero —aseguró. 

Volvió a activar el móvil y, poniéndolo de manera que ella pudiera ver lo que estaba haciendo, eliminó el contacto de Sue. 

El corazón de Lilly empezó a latir a destajo. Inspiró despacio, de manera silenciosa, y procuró mantener una actitud normal, consciente de que no había nada normal ni en la situación ni en sus emociones. 

Jim continuó.

—La discusión que te escamó tanto fue hace un rato, pero llevas dos días evitándome. ¿Por qué? ¿Fue por lo que te dije en el aparcamiento del hospital?

Lilly giró la cabeza y esta vez lo miró a los ojos. 

—Dijiste e hiciste muchas payasadas en ese bendito aparcamiento. Yo que tú concretaría un poco.

—O sea, que no voy mal encaminado, entonces… —Jim no pudo evitar sonreír de gusto. ¡Al fin, lo estaba mirando! ¡Al fin estaban hablando de lo importante!

Ella, en cambio, permaneció seria. Demasiado seria para tratarse de Lilly, pensó él. Sus siguientes palabras le confirmaron que lo más conveniente en aquel momento era tragarse la sonrisa.

—No me hace ni pizca de gracia, ¿sabes? 

—Vale. —Jim carraspeó y se puso serio—. Voy a concretar. ¿Es porque te dije que me miraras a los ojos si no me creías?

Te ha pillado, querida. Lamento comunicarte que estás jodida.

Lilly suspiró y, como ya no podía sostenerle la mirada por más tiempo, la apartó. 

Jim se creció. Era eso. ¡Joder, era eso…! 

«Y ahora que lo sabes, ¿qué piensas hacer, campeón?», pensó. 

Fácil: seguir creciéndose.

—Te diste cuenta de que me importas y te asustaste… —La pausa fue tan breve que Lilly ni siquiera la notó, pero la hubo. Jim no quería que volviera a acusarlo de ser un fanfarrón, de ahí que se lo pensara antes de decir—: Porque yo también te importo. 

Te ha pillado y bien pillada. ¡Aishhhhh, mieeeeerdaaaaaaa!

Lilly sacudió la cabeza, derrotada. 

Y esta vez, Jim obtuvo exactamente la reacción que esperaba.

—¡Jooooooooooooooo…! ¡¿Te das cuenta del lío monumental en el que nos estamos metiendo?! 


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©️2026. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
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CRS-08. Mystic Oaks, 2 (MO 2). Episodio 11


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2026/2027
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11


Jim quería parar de reír, pero cuando intentaba ponerse serio, la seriedad duraba lo que un suspiro. La verdad era que, de buena gana, se habría puesto a bailar allí mismo de puro júbilo. Si no lo hacía era porque sabía que el solo hecho de que estuvieran manteniendo aquella conversación suponía un problema muy serio para Lilly. Lo había llamado «lío monumental», pero Jim sabía que era mucho más que eso. Detrás de su expresión burlona, él podía ver con claridad que estaba asustada.
Y Lilly lo estaba. Se le ocurrían un millón y medio de razones para que aquello no solo no saliera bien, sino que resultara tan desastroso, que tuviera que marcharse lejos de allí, de Chris y de todo lo que significaba tanto para ella. Por ese mismo millón y medio de razones, las risas de Jim le parecían un pésimo chiste.
—Vale. ¿Sabes qué? Te cedo mi sitio en esta piedra rompeculos y vuelvo a la casa —dijo, poniéndose de pie. Y para que le quedara claro que estaba hablando en serio, se puso en marcha.
—Eh, eh, eh… —Apuró el paso hacia ella y continuó andando a su lado—. Me río de alegría, Lilly. ¿Qué hay de malo en eso?
Los perros se pusieron a corretear alrededor de ellos, emitiendo ladridos alegres. Jim les frotó la cabeza cariñosamente.
—Mira, ¿ves? ¡Los peluditos también están supercontentos!
Lilly le dedicó una mirada burlona.
—No quiero pincharte el globo, pero sabes que su alegría no tiene nada que ver con la tuya, ¿verdad? Creen que estás jugando. Están esperando que les arrojes un palo, Jim. —Fue ella quien lo hizo: se agachó, cogió uno y lo lanzó todo lo lejos que pudo. Los tres perros corrieron como alma que lleva el diablo a recogerlo—. ¿Ves?
Jim siguió sonriendo, a pesar de su pulla. Para él no era más que una confirmación de que el susto que Lilly tenía en el cuerpo era lo que le impedía darse cuenta de que eso, a lo que le tenía tanto miedo, era lo mejor que les había pasado en la vida a los dos.
—Vaaale. Sé que decirlo no evitará que tú sigas pensando justamente lo contrario, pero allá voy: No pasa nada, Lilly. Seguimos siendo los mismos.
—Qué va —dijo ella, después de soltar una risita irónica—. Era genial. Lo pasábamos de fábula organizando planes divertidos y poniendo a todo el mundo a sacudirse la modorra…
—Y seguiremos haciéndolo. No nos levantamos pensando a ver qué idea divertida se nos va a ocurrir hoy. Somos divertidos. No podemos evitarlo.
—Sí, claro, lo que tú digas… Ahora que has descubierto que tú me importas —hizo un mohín burlón— y yo he descubierto que también te importo —otro mohín burlón—, nos pondremos idiotas. Idiotas perdidos. Mirando con lupa cada gesto. Analizando cada mirada que le dedicamos a otros, especialmente si son del sexo opuesto… Buscando significados ocultos en cualquier detalle… ¡No te rías, Jim!
—¿Cómo no voy a reírme? ¡Eres divertidísima y superexpresiva!
—Y entonces, ¿por qué se te puso esa cara de pekinés estreñido cuando entraste en la cocina y me viste con Cameron?
El primer conato de risa fue de la propia Lilly. A ese siguió otro de Jim y, en segundos, los dos se estaban tronchando.
—¡Joder, Lilly! Mira que me han llamado cosas en la vida, pero esto…
—Ya, ya, todo muy cómico, pero ¿ves adónde quiero ir a parar? Te sentó como un tiro.
—Porque tú lo hiciste a propósito —se defendió él.
Ninguno de los dos se estaba riendo ya.
—Y tú te pusiste celoso.
—¡Porque estabas coqueteando con ese tío en mi jeta, Lilly! ¡Venga ya!
—¿Lo ves? —concedió ella, haciendo el correspondiente gesto con la mano—. No somos los mismos de siempre. Ahora somos idiotas —sentenció.
El sonido de la música ya llegaba hasta ellos. Muy pronto verían la casa emergiendo a la izquierda entre los árboles. Jim se detuvo y la tomó brevemente por el cabestrillo para que ella también se detuviera.
—Escucha, Lilly… Sé lo que te preocupa. A mí también me preocupaba…
—¿Por qué hablas en pasado? La última vez que lo miré, —o sea, hace dos minutos—, tú seguías siendo el hermano de Ken y yo, la hermana de Chris. ¿O es que me estoy perdiendo algo y no me he enterado?
—Déjame acabar, Campanilla… —pidió Jim con suavidad y esperó hasta que ella le indicó que continuara—. No estoy diciendo que ser quienes somos no sea una razón para la prudencia. Está claro que sí. Pero me he dado cuenta de que, como todo, este asunto también tiene otra cara y es que, si no fuéramos quienes somos, no nos habríamos conocido. Ni nos lo habríamos pasado bomba desde el primer día. Ni habríamos descubierto lo parecidos que somos y lo bien que conectamos…
Ella lo miró con una ceja enarcada.
—Que sepas que, como ahora digas que estábamos predestinados, me largo y te dejo hablando solo… —advirtió—. ¡Con lo de «si no me crees, mírame. ¿No dices que mis ojos nunca mienten?», ya he tenido suficiente empalagamiento para los restos!
Él se echó a reír. Lilly tenía razón. En su afán por intentar arreglar las cosas, se había pasado de poético.
—Bueno, eres tú quien dice que los ojos me delatan cada vez que intento marcarme un farol —apuntó, batiendo las pestañas en un gesto de afectación.
Lilly sucumbió a la risa. Era imposible no reírse con él.
Jim era descarado y engreído, pero a la vez era dueño de una asombrosa capacidad de reírse de sí mismo. Si a eso le sumaba que era dulce como todos los hombres Bryan… (¡Y guapo como él solo!), el resultado final era un tipo con un encanto irresistible.
—Eres un payaso, ¿lo sabías?
—Pero te gusto. Mucho —tentó él, haciendo alarde de su famoso descaro.
¿Dónde crees que vas con tanta prisa, Jim Bryan? Ahora eran dos cejas las que lucían enarcadas en el rostro de Lilly.
—¿En serio? Fíate tú de tus impresiones y uno de estos días, igual te llevas una sorpresa…
—Vale —concedió con su sonrisa seductora en ristre—. Capto el mensaje, tranquila.
Ella sacudió la cabeza, riendo.
—¡Venga ya! ¡Estás dando palos de ciego, Jim, a ver si con alguno aciertas!
—Es verdad —concedió una vez más—. Pero con este palo acabo de acertar y lo sabes… No pasa nada si no quieres reconocerlo —volvió a tentar—. Mientras tengas claro que sé que lo sabes, me conformo… Por ahora.
¿En serio? ¡Qué tipo más creído! Ya verás…
—Así que te conformas… —apuntó, risueña.
Él asintió enfáticamente con la cabeza.
Entonces, Lilly le hizo señas de que se acercara para decirle algo en confidencia y cuando Jim lo hizo, murmuró:
—Estás más perdido que Santa Claus en verano, Jim. Pero tranquilo, no hace falta que lo admitas. Mientras tengas claro que lo sé, yo también me conformo.
Y cuando volvieron a mirarse, los dos se estaban partiendo de risa.

* * * * *

Aprovechando que Doreen parecía concentrada en lo que sucedía al otro lado de las puertas ventanas de la biblioteca donde Ken y sus músicos estaban tocando uno de sus nuevos temas, Robert se echó un poco hacia atrás en su silla para poder ver el otro extremo de la mesa.
Hacía un buen rato que Sue Anderson había regresado. Si que lo hubiera hecho sola, ya le había llamado la atención, la extrema seriedad de su rostro hablaba a las claras de que algo había sucedido entre ella y Tim. Algo que no era del agrado de la joven.
Para colmo, Lilly, Tim y Jim seguían ausentes. Y Frank, que había ido a la cocina a por más bebidas para todos, estaba tardando mucho.
Cogió su móvil, decidido a averiguar qué sucedía. Llamó a su hijo menor y esperó, tapándose el oído opuesto para aislarse del ruido ambiental.
Apenas había sonado tres veces cuando oyó la voz de Jim.
Hola, papá. Cuelga, que estoy llegando a la biblioteca. 
—Muy bien. Nos vemos ahora —repuso Robert y volvió a guardar el móvil.
Un par de minutos más tarde, Jim apareció al fin acompañado de Lilly. Ella fue a sentarse junto a su hermana, ocupando, sin saberlo, la silla de Frank, y él se dirigió adonde estaba Robert.
La música sonaba fuerte. Jim se inclinó hacia su padre y habló cerca de su oído.
—Estamos entrevistando a un candidato…
—Estáis… ¿Qué? —repuso Robert, arrugando el ceño. Lo que había entendido no le parecía posible; por lo tanto, estaba claro que no podía haberlo entendido bien.
—Es increíble, pero es verdad. Ha venido un candidato, sí. Lo envía el hombre consigue-todo de Tom, ese tal Leroy Jacobs… Estuvimos hablando largo y tendido y, la verdad, me gustó. Llamé a Tim y ahora está con él en ese lugar donde Ken quiere crear un jardín japonés… ¿Por qué no vas a conocerlo, a ver qué te parece?
Era una gran noticia. Sin embargo, tenían visitas: marcharse no le parecía bien a Robert.
—Vamos fatal de tiempo, papá —lo animó al darse cuenta de que se lo estaba pensando—. Si te formas una opinión de él ahora, podemos hablarlo entre nosotros y tomar una decisión esta noche, cuando esta locura de casa vuelva a la normalidad. De otra forma, el candidato tendrá que volver otro día.
Jim tenía razón. Aún así, no le gustaba la idea de ausentarse de la biblioteca él también.
—¿Has visto a tu tío? Dijo que iba a buscar más bebidas y no ha vuelto. Como no haya ido por ellas a la ciudad, no me explico por qué tarda tanto.
Jim negó.
—Entré en la cocina porque estaba muerto de sed y allí no había nadie. ¿Quieres que lo busque?
Robert descartó la idea con un gesto de la mano. Solo faltaba que ahora también se perdiera Jim. Se acercó a Doreen. Ella lo miró con una sonrisa.
—Voy a estar ausente un rato —le dijo al oído—. Es increíble, pero hoy se ha presentado alguien interesado en uno de los puestos de trabajo. A Jim le ha gustado y, por lo visto, a Tim también.
—¿Aquí? ¿Sin llamar antes?
Robert asintió con la misma expresión de desconcierto.
—Entonces, ve, Rob. ¡Hay que aprovechar esta ocasión caída del cielo! —Y cuando él hizo ademán de alejarse, lo detuvo posando una mano suavemente sobre su pecho y añadió—: Pero vuelve, ¿eh? Y no tardes mucho, por favor.
Sus miradas chispeantes de picardía se encontraron durante unos instantes.
—Claro. Procuraré que no tengas que echarme de menos mucho tiempo —repuso Robert, insinuándose.
Una insinuación que a Doreen le encantó y a la que respondió con coquetería.
—Te tomo la palabra.
Cuando Robert regresó al mundo real, Jim seguía a su lado. Por su sonrisa, dedujo que estaba disfrutando del espectáculo que acababa de desarrollarse allí mismo, en paralelo al que su hermano estaba ofreciendo desde la rosaleda. Antes, eso le habría hecho sentir incómodo. Ya no.
—Muy bien —anunció con naturalidad, poniéndose de pie—. Entonces, vamos allá. 
—Si quieres, puedo ocuparme de entretener a los invitados —comentó Jim con malicia.
—Mejor, deja a tu hermano. Tú ya los has entretenido bastante —repuso Robert y le dirigió tal mirada que Jim se las vio y se las deseó para no soltarle una carcajada en la cara.

* * * * *

Jim sonrió para sí al ver que Lilly se había sentado junto a Chris, dejando una silla libre entre ella y la pelirroja. Que alguien tan extrovertido y con tanto sentido de la hospitalidad como Lilly hubiera escogido ese lugar era muy significativo. Sabía cuál era la razón y le encantaba.
Con sus modos desenfadados, ocupó la silla libre entre la rubia y la pelirroja, y se puso cómodo. Vio que Sue lo miraba de reojo. Ella le hizo un gesto que podía tomarse como un saludo forzado y que él interpretó como lo que en realidad era: un «Vaya, ¿otra vez aquí? Qué suerte la mía», tras lo cual enseguida volvió a poner su atención en lo que sucedía al otro lado de los cristales. Le hizo gracia caer en la cuenta de que en otras épocas, no muy lejanas, él habría capitalizado ese genio indomable de Sue Anderson. Bien para burlarse o bien para intentar seducirla, no lo habría dejado correr. Ahora, quien le interesaba estaba sentada a su izquierda, no a su derecha. «Ahora» era un decir: Su interés por Lilly no era de «ahora». Como casi siempre, Tim tenía razón.
Lilly también apartó la vista de la tarta que estaba comiendo para mirarlo. Era una mirada de naturaleza muy distinta a la de Sue. Había tantas expectativas como dudas en ella. Dudas de si la siguiente reacción por parte de alguno de los dos sería una nueva confirmación de que ya no eran los mismos de siempre, sino dos idiotas complicándose la existencia. Expectativas acerca de dónde les conduciría aquel inesperado cambio de tornas en su relación. Probablemente, hasta que se acostumbraran a dicho cambio, aún se sorprenderían mutuamente con alguna reacción estúpida. Sin embargo, Jim no tenía ninguna duda acerca de dónde les conduciría, y estaba ansioso por llegar.
Dado que el ruido ambiente no propiciaba la conversación, Jim le hizo un guiño, al que Lilly respondió ofreciéndole un poco de su tarta con un gesto.
—Nunca le diría que no a un bocado de Red Velvet —se acercó para decirle al oído.
La proximidad les llenó el cuerpo de burbujas, algo de lo que ambos fueron plenamente conscientes y, como si hubieran alcanzado un acuerdo tácito, ambos ignoraron.
—Ni a uno de tarta de manzana o de helado o de pastel de carne… ¡O de cualquier cosa comestible que te parezca deliciosa que, en tu caso, es casi todo! —dijo ella risueña al tiempo que le acercaba la cuchara a los labios.
Él saboreó el trozo de tarta con teatralidad. Esperó hasta tener la boca libre para hablar y volvió a acercarse al oído de Lilly.
—Ni te diría que no a ti. Me zamparía la fuente entera, si tú me lo pidieras.
Ella lo miró asombrada. Él se echó a reír.
—¿Se me ha vuelto a ir la mano con la poesía? —le preguntó al oído.
—¡Ya te digo!
Y entonces fueron dos riéndose a todo reír.


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CRS-08. Mystic Oaks, 2 (MO 2). Episodio 12


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2026/2027
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12


Después de dejar a su padre conversando con el candidato, Tim puso rumbo de regreso a la biblioteca. Cameron Hynes le había parecido una excelente apuesta para cubrir el puesto de trabajo en el sector agrícola. Su historia le había resultado coherente y, a pesar de que las cosas no habían acabado demasiado bien con sus primos, Cameron le había dado sus señas y un teléfono de contacto para que pudieran comprobar que su década de experiencia en una explotación agrícola-ganadera era real. Si su padre no tenía nada que objetar, el siguiente paso era coordinar las cosas para que Logan, el jefe de capataces, hiciera un viaje relámpago a Nashville para entrevistarlo. Por más que el tiempo apremiara, no estaba por la labor de contratar a nadie sin su visto bueno. Y esto lo llevaba directamente a otro asunto que nada tenía que ver con el rancho: qué hacer con Sue Anderson. Para que Logan pudiera viajar a Nashville, Jim y él tendrían que sustituirlo en el rancho de Springfield, por lo que tendría que posponer su plan original de quedar con ella el fin de semana para aclarar las cosas.

La música atrajo su atención. Ken estaba tocando un tema de su nuevo repertorio. Llevaba semanas trabajando en los arreglos y esta era la primera vez que la oía ejecutada con todos los instrumentos. Hasta el momento, solo la conocía interpretada por Ken al piano y ya le había gustado mucho en su versión simplificada. Tim asintió, complacido. Su área de experto no era la música, pero estaba bastante seguro de que esa canción tenía pegada. 

Suspiró al darse cuenta de que estaba evitando el asunto Sue Anderson. No era propio de él y, sin embargo, era lo que estaba haciendo. La razón de que una parte de él —una bastante grande— intentara evadirse de la cuestión tenía que ver con que, si bien no le había gustado enterarse por Jim de lo sucedido el domingo, le había gustado menos aún la actitud de Sue al hablarlo con ella. Le había permitido conocer una faceta contestataria y agresiva que no iba con él en absoluto. Le gustaban las personas con carácter, se había criado entre ellas y él mismo se identificaba como tal. Sin embargo, la reacción de Sue le había sabido a pataleta de adolescente. Y ese era el problema. Nunca se había planteado con qué clase de mujer quería salir. No tenía preferencias definidas como otros hombres. Pero si había algo que enfriaba su interés a la velocidad del rayo, era una persona impredecible. Por su propia naturaleza, no se llevaba nada bien con la impredecibilidad.

Sin embargo, era un Bryan. Hacer mutis por el foro no era su estilo.

En aquel momento, vio que Tom le hacía señas nerviosas de que se acercara. Hablaba con… ¿Un perro? Apuró el paso hasta él riéndose.

—Tío, ¿quieres, por favor, ocuparte de esta bestia antes de que me llene de pelos? —lo recibió Tom—. Y ya de paso, ocúpate de las demás… Están jugueteando alrededor de los músicos y, como se enreden con los cables, los voy a convertir en salchichas… ¡Tú, quieto ahí! —bramó, extendiendo su brazo para evitar que Noah se le acercara.

—Vale, vale, tranquilo, Noah… Ven conmigo —pidió Tim, todavía riéndose, al tiempo que frotaba cariñosamente la testa del animal—. Llevas años con nosotros… ¿Todavía no has aprendido cómo son los cachorros? Si haces tanto aspaviento, Noah cree que estás jugando, tío. Por eso te salta encima.

Tom, que seguía quitándose los pelos del animal de sus estilosos pantalones, le dirigió una mirada burlona.

—¿Será que los animales no me gustan? Venga, Tim, por favor, llévate a las bestias de la rosaleda antes de que organicen un follón.

Tim le palmeó el hombro al pasar a su lado.

—Voy ahora mismo, no te preocupes. ¿Y tú por qué no entras en la casa? Hay café, refrescos y una Red Velvet que quita el sentido.

—Estoy bien y estaré mejor cuando te lleves a las bestias… Yo no vivo para comer —bromeó Tom, ahora más relajado al saber que no tendría que seguir lidiando con los cachorros—. De verdad que no entiendo cómo no rodáis con todo lo que os metéis por el gaznate…

Tim ya se había alejado bastante y se limitó a acusar recibo de la broma elevando un brazo sin volverse. Atravesó el frente de la casa, agachado para sostener a Noah por el collar. Pero en cuanto giraron hacia la rosaleda, el animal consiguió zafarse y corrió a reunirse con los otros. Ahora, los cuatro perros de la familia daban vueltas alrededor de los músicos, superexcitados.

Tim se las arregló para volver a coger a Noah por el collar y se dirigía a hacer lo mismo con River, cuando este decidió cambiar de humano y corrió hasta una de las dos músicas del grupo. Era la que sostenía un llamativo violín de color fucsia sobre su hombro izquierdo. 

Ella no se mostró preocupada por el jubiloso interés que River le dedicaba. De hecho, no parecía prestarle ninguna atención. Tim se estiró hasta el cachorro, intentando no molestarla. Esto lo dejó en una postura más propia de un contorsionista, puesto que con el otro brazo intentaba mantener alejado a Noah, sin que se soltara.

—¡Vamos, River! —exigió en voz alta, una vez que consiguió asirlo por el collar.

Fue entonces cuando la mujer reparó en Tim. Lo miró algo sorprendida. 

No era de extrañar, pensó él. Atenta a la música, y con el nivel de sonido alto, ni siquiera se habría dado cuenta de que él estaba cerca. Y tan cerca; a sus pies, concretamente.

Él sonrió. Ella también. Entonces, la vio retroceder un par de pasos y empezar a tocar su violín, confirmando que esa era la razón de que no les hubiera estado prestando atención ni a él ni a los perros. 

Tim aprovechó el momento para dirigirse a las puertas ventanas sujetando a un perro con cada mano. Aún le quedaban otros dos por «cazar», pero iba a tener que hacerlo después. 

Mientras esperaba que Jim, que había saltado del asiento al verlo, abriera un ala de la puerta ventana, dirigió con disimulo una mirada a la violinista. Ella no parecía encajar demasiado en aquel grupo de hombres y mujeres. Su aspecto era bastante más sobrio que el de los demás, incluido Ken. Se preguntó si tendría que ver con el instrumento que tocaba. No llegó a responderse, puesto que Jim ya estaba junto a él, haciéndose cargo de uno de los perros.

—Enderézate, hermano.

—Gracias, sí… Espera a ver si puedo —bromeó Tim, llevándose una mano al riñón derecho.

Ambos entraron y volvieron a cerrar la puerta ventana. Ofrecieron una sonrisa de disculpa al público que, detrás de la mesa, cabeceaba para ver la actuación y, rápidamente, se quitaron de su vista.

—Tú quédate aquí y vigila a los perros, Tim. Yo me llevaré una correa e iré por detrás de la casa. Rain es muy obediente, pero fijo que Sultán va a dar guerra. ¿Vienes, Lilly? —la llamó en alto.

Ella enseguida se puso de pie y fue a reunirse con Jim.

—Claro. ¿Cuál es el plan?

—Traer a los dos peluditos que faltan. Ella es mía, pero él es tuyo —dijo señalando el improvisado escenario donde Rain parecía muy feliz recibiendo las carantoñas de un músico de gafas azules, y Sultán no dejaba de corretear alrededor de Ken, rebosante de alegría.

Lilly soltó una risita cómica.

—Vale. Si necesitas apoyo moral, aquí me tienes. Pero que sepas que para Sultán que yo sea su dueña no implica que tenga que hacerme caso… ¡Menudo es el lobito!  

Después de hacer que Noah y River se echaran junto a los cristales para que pudieran ver a su amo y no alborotaran para reunirse con él, Tim se dirigió a su sitio. 

Volver a sentarse junto a Sue no le apetecía lo más mínimo. No sabía cómo romper el hielo después de lo sucedido. Aunque, teniendo en cuenta cómo le miraba, estaba claro que ella sí.


* * * * *


Sue apenas si esperó a que Tim se sentara para acercarse y decirle cerca del oído:

—¿Podemos hablar? 

El primer pensamiento de Tim apareció en su mente cargado de ironía: «¿Ahora quieres hablar?».

El segundo, igual de irónico, fue que, por lo visto, aquel día él estaba condenado a seguir disgustándola. No podían hablar allí, a menos que gritaran. Marcharse tampoco era una posibilidad; él era el único Bryan que quedaba en la biblioteca.

Y el tercero, inesperadamente, fue una advertencia. Esperaba, por el bien de todos, que esta vez ella no le saliera con otra reacción de quinceañera. 

—¿Te importa si esperamos a que Jim vuelva? Como mi padre regrese y vea que no estamos ninguno de los dos… —Iba a decir «se cabreará», pero al fin decidió cambiarla por otra que le pareció mucho más oportuna—: montará en cólera. 

Los ojos brillantes de Sue le informaron que ella había comprendido perfectamente la indirecta que acababa de lanzarle. 

Tim asintió complacido con un ligero movimiento de cabeza y se disponía a devolver su atención a la actuación de su hermano que se estaba desarrollando en la rosaleda, cuando otro pensamiento apareció en su cabeza:

«¿No decías que la gente impredecible te enfriaba? Pues no parece que tu interés esté tan frío…».


* * * * *


La conversación tuvo que esperar cerca de media hora y dos intentos fallidos gracias a sendas interrupciones: la primera por parte de su padre, que lo llamó para que se despidiera del candidato; la segunda por parte de Ken para que preparara un refrigerio rápido en la cocina para que, cuando acabaran de tocar, sus músicos y él pudieran refrescarse el gaznate antes de salir corriendo al aeropuerto.

Después de cumplir con ambos cometidos, Tim regresó a la biblioteca en busca de Sue.

—Ya está —le dijo acercándose un poco—. Te propongo que huyamos de aquí antes de que alguien me pida otra cosa.

Y eso hicieron: abandonaron la biblioteca, luego la casa y, una vez en el exterior, siguieron alejándose. Estaba atardeciendo y, a medida que se adentraban en el bosque que rodeaba la casa, los sonidos de la naturaleza dominaban por encima de cualquier otro sonido.

Acababan de detenerse en mitad de un estrecho sendero natural. Estaban de pie, uno junto al otro, oteando el horizonte a través del claro, donde el sol se estaba poniendo a lo lejos.

—Este lugar es una maravilla —dijo Sue mirando alrededor con expresión admirada—. Había oído hablar de este rancho, pero esto supera con creces mi imaginación…

Era el lugar favorito de Tim: un claro del bosque donde las flores silvestres rompían la uniformidad de los tonos rojizos y marrones de los robles en otoño con una explosión de amarillos, azules y púrpuras procedentes de las varas de oro, los ásteres y las gencianas. Ken planeaba construir un jardín japonés en su rincón favorito; el de Tim solo necesitaba un banco de madera —de roble, por supuesto— para estar completo. Lo instalaría en cuanto se mudara definitivamente a Nashville.

Tim asintió. En otras circunstancias, habría seguido el hilo de la conversación como hacía un buen anfitrión. Pero ahora no estaba allí en calidad de anfitrión.

—No sé por cuánto tiempo podremos estar aquí sin que alguien nos reclame. Querías que habláramos. Hablemos. 

Ella concedió con un ligero movimiento de la cabeza y al fin volvió a mirarlo.

—Creo que hoy hemos empezado con mal pie… Tú tienes razón. En parte. Y yo también… En parte. El problema es que una cosa llevó a la otra y acabamos sacándolo todo de contexto… 

Tim negó.

—No uses el plural. Yo no saqué las cosas de contexto. Mi frialdad inicial estuvo mal. Fue una estupidez y me disculpé por eso. Pero lo que vino después… —Tan solo con pensarlo ya sentía el enfado crecer en su interior—. Sigo sin entenderlo y me pareció muy fuerte.

Ella frunció el ceño. Tim pudo ver con claridad que su enfado también crecía y se temió lo peor. Rogó que sus temores no se convirtieran en realidad, pues sabía muy bien que no soportaría otra salida de tono.

—¿Qué es lo que no entiendes? ¿Te haces una idea de lo que supone tener a un tipo friéndote a llamadas durante semanas para invitarte a salir? Daba igual si lo atendía y le decía que no, que si dejaba que saltara el contestador. Seguía erre que erre. Estoy hablando de tu hermano, Tim. Estabas en la biblioteca; lo oíste reconocer treinta llamadas. 

Esto sí que Tim no lo había esperado. Dicho así, parecían demasiadas llamadas. Incluso si tenía en cuenta que se habían repartido a lo largo de varias semanas. ¿Qué podía alegar?, pensó. Sabía que Jim la había llamado con insistencia, pero hasta ahora nunca se había parado a pensar en lo que esa insistencia había significado para Sue. 

Ajena a los pensamientos de Tim, ella siguió hablando.

—Flirteé con él porque sabía que, después de pararle los pies a mi hermano, se crecería y la sola idea de que volviera a empezar con sus llamadas me ponía los pelos de punta… No estoy diciendo que se enfrentara a Rick con esa intención, pero es evidente que quería hablar conmigo a solas. Por eso me siguió cuando me fui de la mesa. 

Aquello tenía sentido para Tim. Sabía que la llegada de Sue al asador había sido una gran sorpresa para Jim. Ignoraba que fuera amiga de Bella y verla allí había sido del todo inesperado. Conociendo a su hermano, era normal que quisiera averiguar por qué estaba sentada a la misma que él. 

Tras una pausa para darle la ocasión a Tim de intervenir sin que él lo hiciera, Sue continuó.

—¿Que para ti tu hermano no es de los que pierden el interés cuando creen que ya las tienen en el bote? Bien. ¿No te has planteado que la versión de Jim que tú conoces es diferente de la que yo he padecido? Perdona la sinceridad, pero te aseguro que si hubiera seguido mis impulsos cada vez que sonaba el maldito teléfono, me habría gastado una fortuna en móviles nuevos. De hecho, llegué a considerar muy seriamente cambiar el número.

Tim bajó la cabeza, contrariado consigo mismo. Él habría hecho algo mucho peor que estrellar el móvil contra la pared. 

—Y Jim solo es una parte pequeña en todo esto… ¿Tienes la menor idea de lo que se siente siendo la única mujer de seis hermanos a quien todos y cada uno creen que deben proteger? ¿Sabes lo que es ser la única hija mujer de un hombre como mi padre? Sigue cada movimiento que hago desde que era así —dijo, señalando la estatura de una niña de corta edad—. No te imaginas la cantidad de explicaciones que voy a tener que dar por estar contigo ahora, cuando volvamos a casa. 

Sue respiró hondo.

—Mira, me desquició que tú también me pusieras bajo la lupa. Es agotador pasarte la vida dando explicaciones por todo… No quise ofenderte. No fue mi intención. Siento haber reaccionado de esa forma. Lo siento mucho, Tim.

Él asintió. Ahora se sentía más que incómodo y contrariado: se sentía como un auténtico imbécil. 

—¿Quieres que hable con tu padre? —ofreció con un tono de voz tan suave que a Sue se le llenó el estómago de mariposas.

—¿Y qué vas a decirle? Si crees que por ser hombre vas a librarte de la lectura de cartilla, estás muy equivocado. En eso, mi padre no hace distinciones: se las lee a hombres y a mujeres por igual.

Tim esbozó una sonrisa suave.

—Le diría que su hija me encanta porque es sincera, directa y valiente… Además de preciosa, claro. Y que yo cometí un error estúpido y no podía dejar que se marchara tan enfadada. Tenía que disculparme e intentar compensarle el disgusto de alguna forma. ¿Y qué mejor que mostrándole mi rincón favorito del rancho? —Tras una breve pausa, añadió—: Es lo que debió suceder. Así debieron ser las cosas. Pero no estamos aquí por mí, sino por ti. Hablar e intentar resolver este asunto fue tu propuesta, no la mía. Podías haberte marchado sin explicar nada… Al final parece que tú has procedido con más madurez que yo —«el maduro de los hermanos Bryan», pensó Tim con ironía. Respiró hondo y sacudió la cabeza—.  Lo siento mucho, Sue. 

Sue había pasado en segundos del revuelo de mariposas a la emoción de confirmar que no se había equivocado al poner sus ojos en Tim, a sentirse halagada de verdad —con auténticos halagos, y no con los cumplidos vacíos y empalagosos que estaba harta de oír— y, finalmente, a tener la sensación real de estar flotando a un palmo del suelo.

Sabía que todas esas emociones se estaban mostrando con la misma nitidez que antes lo había hecho su enfado. Era transparente para lo bueno y para lo malo. Sin embargo, esta vez no lamentó serlo. Tim le interesaba mucho. Quería conocerlo y que él la conociera a ella. No tener que poner palabras a lo que sentía, de hecho, supuso un extraño alivio. 

—Vaya… Parece que mi discurso te ha calado hondo —murmuró él con una sonrisa seductora. 

Sue asintió enfáticamente. 

—Ya lo creo. Es que ha sido todo un discurso. Espero que mi padre opine lo mismo.

Él se rio. Si Sue creía que lo había dicho en broma, iba a llevarse otra sorpresa emocionante. 

—Yo también.

«¡Venga ya! ¡Menudo farol!», pensó ella, ilusionada de que esa conexión que había sentido durante sus conversaciones telefónicas hubiera regresado. No podía imaginarse la situación, pero, desde luego, pagaría por verla.

—¿Sabes qué? Yo que tú eliminaría la parte de «intentar compensarle el disgusto de alguna forma». 

—Está claro. Esa parte hay que quitarla —concedió él—. No queremos que a Peter Anderson se le vaya la cabeza imaginando todas las posibles maneras en las que un hombre podría intentar compensar a su única hija mujer, ¿verdad? 

—¡A ver si es mi padre el que acaba dándote un disgusto a ti! —exclamó ella, tronchándose de risa.

Y, en aquel momento, Tim y Sue tuvieron la ocasión de conocerse en otra faceta —risueña y divertida— que los dos disfrutaron mucho tras el malísimo comienzo que habían tenido aquel día.


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CRS-08. Mystic Oaks, 2 (MO 2). Episodio 13


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2026/2027
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13


Al regresar a la casa, Tim y Sue encontraron a todos —invitados, familia, músicos y perros— en la gran explanada que había frente a la puerta doble de vitrales. 

—Caray, mi padre me va a matar —comentó ella, apurando el paso.

—Anda que el mío —bromeó él. De hecho, acababa de ver a Robert volviéndose en su dirección. Seguramente en un intento de averiguar si los invitados iban a tener que continuar esperando al descortés de su hijo mediano mucho tiempo más.

Inesperadamente, ella se rio.

—¿Ves? Esta es otra cosa que tenemos en común. 

Tim le dedicó una mirada apreciativa, pero no se calló lo que pensaba. No conocía a Peter Anderson más que por las referencias que Sue había hecho de él. Sin embargo, a su padre lo conocía muy bien.

—El mío lleva toda la razón en este caso. Si hay invitados en la casa, tenemos que hacer los honores. Todos los Bryan, no solo él. Supongo que puede decirse que es estricto, pero no inflexible. Es un gran tipo.

A pesar de la preocupación, Sue no pudo evitar reparar en las palabras que Tim acababa de dedicarle a su padre y recordar cuánto la había impresionado la breve conversación sobre Doreen que habían tenido el domingo, cuando él, su padre y su tía la habían acompañado a su casa. Tim le parecía muy diferente a los hombres en general y a los que ella había conocido en particular. Espectacularmente diferente. 

—Lo admiras —concedió ella con una gran sonrisa—. Se te nota un montón.

Tim no llegó a responder. Ya estaban llegando y los perros se arremolinaron en torno a ellos, acaparando su atención.

—¡Al fin! —dijo Robert saludándolos con una sonrisa que delató más impaciencia que cortesía—. ¿Habéis disfrutado del paseo? 

—Sí, señor Bryan. Cómo no disfrutar de un paraíso como este —repuso ella—. Es un lugar maravilloso.

Ken intervino enseguida, dejando, sin darse cuenta, a Peter Anderson con la palabra en la boca.

—Me alegro mucho de volver a verte, Sue. Y a ti, Tim… Pero tenemos que salir para el aeropuerto ya, así que dejadme que os presente rápidamente a mis chicos.

Ken se refería a los músicos de su nueva banda. Todos estaban junto a él, con sus petates al hombro, dispuestos para montarse en los coches que esperaban junto al camino.

Los fue presentando por orden, empezando por el que estaba más cerca, diciendo sus nombres de pila y el instrumento que tocaban. Primero fue a Luca, el miembro más joven y el encargado de la batería. A continuación, fue el tipo de gafas que había estado haciendo carantoñas a Rain. Se llamaba Andy y era el pianista del grupo. Después le llegó el turno a un treintañero de cabello castaño rizado y largo hasta los hombros. Según había dicho, tocaba cualquier instrumento de viento, aunque prefería el saxo. En el caso de Taylor las presentaciones fueron aún más breves. Tim y él se conocían desde hacía años, pues el bajista también había formado parte del grupo de músicos originales de Ken. Simplemente, se estrecharon la mano mientras Ken continuaba con el siguiente, que esta vez era una mujer joven, la segunda guitarra del grupo, a quien presentó como Sky. 

—Y ahora le toca el turno a la foránea del grupo. Es irlandesa, una gran violinista y su nombre es Alanna. Este es mi hermano Tim y la pelirroja que está a su lado es Sue Anderson… —Ken se mordió justo a tiempo y, tras una pausa, salió del paso, diciendo—: Es muy amiga de Bella. Así nos hemos conocido, ¿verdad?

Sue asintió con una sonrisa y saludó a la violinista con un «hola, encantada».

Los hermanos intercambiaron miradas divertidas. Ese breve espacio de tiempo que había transcurrido entre una frase y otra había dado que pensar a Tim. De hecho, juraría que Ken había estado a punto de presentar a Sue como a su novia o alguna sandez semejante. Pero tenía que admitir que a último momento se había despachado con una presentación bastante decente. ¿Lo habría hecho al darse cuenta de la expresión de pocos amigos que tenía Peter Anderson? El hombre parecía haber amartillado su arma y tenerla apuntando a su cabeza.

—Sí, nos conocemos, Ken —dijo Alanna—. Fue el que antes, en la rosaleda, me rescató del fiero ataque de tus cachorros. Encantada, Tim. Y muchas gracias por tu heroico arrojo —bromeó, provocando, sin saberlo, el amartillado de otra arma. 

Ken lo detectó enseguida. Vio el fiero brillo en los preciosos ojos marrones de Sue y no pudo aguantarse.

—Te iba a llamar exagerada, Alanna… Pero, la verdad, lo has clavado. Este tiarrón montaba toros en el rodeo, ¿sabes? —dijo dándole un porrazo al hombro de su hermano—. El coraje lo lleva de serie.

Ay, tío, no me jodas… Tim no sabía si reírse o taparle la boca a su hermano con cinta de embalar para evitar que siguiera metiéndolo en apuros. No quería mirar a Sue por temor a delatarse. Lo cierto era que ni él mismo tenía claro si lo dicho por la violinista había sido una broma, como quería dar a entender, o llevaba segundas intenciones. 

Fue Doreen quien se apiadó de Tim y acudió en su ayuda.

—Bueno, basta de cháchara, Ken, o acabarás perdiendo el vuelo. Gracias a todos por la visita y por la sorpresa. ¡Me ha encantado conoceros! A ver si cuando volváis de viaje organizamos una buena barbacoa. ¡Quiero que me lo contéis todo, todo, todo! ¿De acuerdo?


* * * * *


Ken y sus músicos se habían marchado y el resto de la familia continuaba en la explanada, despidiendo a sus invitados. 

—¿Así que el coraje lo llevas de serie? Tío, te juro que no sé cómo me las arreglé para no soltar una carcajada y joderte del todo —le dijo Jim al oído y, aunque tampoco esta vez se carcajeó, su voz sonó risueña, casi a punto de echarse a reír. 

Tim se limitó a dedicarle una breve mirada informándole que era mejor que cerrara el pico.

Los hermanos estaban un poco alejados de los demás, pues ambos sostenían la correa de un perro en cada mano. Noah y River siempre se alborotaban un poco cuando su amo se iba y, aunque se les pasaba al cabo de un rato, Sultán no necesitaba ningún estímulo extra para desplegar su incombustible energía. Ante la duda de que el sosiego habitual de Rain fuera suficiente para contener la excitación de los tres cachorros, habían decidido atarlos en corto.

 Chris y Lilly se estaban despidiendo de Sue. Conversaban y reían. Cerca de ellas, Doreen y Claire hablaban de plantas y Tim estaba bastante seguro de haber oído algo acerca de quedar para que Claire le ayudara con el jardín. ¿Qué jardín?, se preguntó algo desconcertado. Tenía uno en Springfield. Sin embargo, aún no había creado uno en Mystic Oaks y pasaría tiempo antes de que el médico le permitiera tanta actividad. La casa estaba rodeada de flores y árboles, pero eran vastas extensiones a las que no podía llamárseles «jardín». Robert y Frank conversaban con el padre de Sue. Eran ellos los que hablaban principalmente. El hombre tenía cara de estar deseando largarse de allí.

—Relájate, Tim. Es bueno que la pelirroja vea que hay más peces en el mar interesados en que los pesques —insistió Jim. Le encantaba meterse con él. 

—¿Bueno para quién? —Las cosas estaban bien entre Sue y él después de haber estado pésimamente mal. No tenía el menor interés en que volvieran a torcerse—. Además, ¿qué dices? La chica estaba bromeando, hombre… 

—Claro, tío. Es la forma habitual de flirtear de las chicas… ¡Lo llevan de serie! —y esta vez, Jim bajó la cabeza, partiéndose de risa.

Serás capullo…

—Toma, coge a los perros —dijo Tim, cediéndole las correas en un inesperado arranque de valor. Pensó con ironía que al final iba a ser cierto que el coraje lo traía de serie. Le haría falta para lo que se disponía a hacer.

Una vez libre de las mascotas, se dirigió hacia donde estaba su padre. 

—Hola, hijo… —lo saludó Robert, haciéndole sitio en el corrillo—. Justamente, le estaba comentando a Peter que eras jinete de rodeos… Resulta que uno de sus hijos también estuvo haciendo sus pinitos años ha. Qué coincidencia, ¿verdad?

Tim intercambió miradas con el padre de Sue. No estaba seguro de que tener eso en común con uno de sus hijos fuera algo positivo. Siendo tan conservador como su hija decía que era, lo más probable era que no le agradara que uno de sus hijos quisiera ganarse la vida de esa forma. En todo caso, no se había acercado para eso. Amaba el rodeo, siempre lo amaría, pero lo había dejado atrás hacía tiempo porque amaba a su familia por encima de todo y ellos lo necesitaban en casa.

—Ah… Tendré que conocerle, entonces. Será genial poder compartir viejas batallitas con alguien que me entienda… Señor Anderson, ¿le importa si hablamos un momento?

Para entonces ya se había apartado del corrillo un par de pasos, instando al padre de Sue hacer lo mismo con un movimiento cortés de la mano, como si le estuviera cediendo el paso.

«Es ahora cuando me descerraja el tiro», pensó Tim. El arma la tenía amartillada hacía rato y, a juzgar por cómo se le habían ensanchado las aletas de la nariz, la cosa no pintaba nada bien.

—No sé si me importa. Esperaré a ver qué es lo que me dice para decidirlo —repuso Peter Anderson, siguiendo a Tim en la dirección que él le indicaba.

Se detuvieron a pocos metros. Tim se aseguró de ponerse de espaldas a su familia. No solo por evitar que las pullas silenciosas de Jim lo distrajeran, Robert y Doreen eran tan peligrosos a la hora de bromear como su hermano. Lo que se traía entre manos era demasiado importante para malograrlo con una sonrisa que no venía a cuento.

Vale, tu segundo nombre es «Coraje». Muy bien, Coraje. ¿Y ahora qué?

Tim carraspeó y se encomendó a Dios y a todos sus querubines.

—Lamento haberlo incomodado llevándome a su hija de la reunión y le pido disculpas. Sue y yo nos conocemos hace relativamente poco. De hecho, nos estamos conociendo y… Bueno, digamos que topamos con un pequeño bache en el camino. Fue mi culpa y no quería que se marchara llevándose una idea equivocada de mí. Paseamos, hablamos y aclaramos un malentendido. Eso fue todo, señor Anderson.

El hombre respiró profundamente y exhaló el aire en un largo suspiro.

—No sé si preguntarle por qué me está contando todo esto. Francamente, no sé si quiero saberlo. Hemos venido de visita. Hemos anticipado la hora por pedido de su padre para darle una sorpresa a su tía y parece que, finalmente, la sorpresa me la estoy llevando yo.

—Entiendo sus reticencias, pero creo que le interesa saberlo. —Al ver que el hombre torcía las cejas en un gesto claramente displicente, Tim añadió—: La razón tiene que ver con su hija y, por lo que sé, sigue con total atención todo lo relacionado con ella.

—Soy su padre —repuso Anderson con claros signos de impaciencia—. Sigo con atención todo lo que tiene que ver con mis hijos.

Tim asintió con la cabeza. Muy bien. «Sin rodeos, Coraje».

—Estoy muy interesado en Sue —dijo, dejando al hombre perplejo—. Disculpe que sea tan directo… Supongo que esto no se lo dirán todos los días… 

El padre de Sue estaba atónito. Aquella gente le había parecido extraña desde el primer momento. Los mayores salían mejor librados porque la mujer tenía un indiscutible don de gentes y se notaba a la legua que el hombre era una persona de principios, como él. Pero sus hijos… Entre el descaro del menor y la franqueza del mediano le estaban dando el día.

—Tampoco es habitual que alguien reconozca haber estado molestando a mi hija durante semanas y bromee al respecto en mi propia cara. Sin embargo, ambas cosas han sucedido. Hoy y aquí. —Tras una breve pausa en la que volvió a respirar profundamente, concluyó—: Gracias por su disculpa. Y espero que no le moleste mi franqueza, pero estoy deseando marcharme.

—Escuche, por favor —dijo, en un último intento por detenerlo. 

El hombre volvió la cabeza y lo miró conteniendo su irritación a duras penas. Tim continuó con voz calma.

—Jim es un bromista. Es su carácter. Pero es una buena persona. Por favor, no tome lo que dijo como una falta de respeto. Y en cuanto a mi franqueza… Como he dicho, su hija y yo recién nos estamos conociendo. Es muy pronto para saber qué nos deparará el futuro, pero sí sé que para seguir en contacto con Sue, también necesitaré su aprobación, y usted no va a dármela sin más. 

Tim creyó ver algo diferente de absoluto rechazo en los ojos de aquel hombre y eso lo animó.

—Como es natural, esperará que me la gane. Mire… Respeto que para usted se trata de su familia y de su única hija mujer, y que su opinión al respecto es muy importante. Quiero que sepa que jugaré según sus reglas, señor.

El padre de Sue escrutó a Tim durante unos instantes. Su natural desconfianza hacia la juventud actual, que, en su mayoría, se mostraba tan disoluta, carente de principios y de voluntad para procurarse una vida digna, estaba en alerta. No acertaba a decidir si el joven que tenía ante sí estaba siendo sincero o tan solo intentaba congraciarse con él. En tal caso, decidió, primaba la cautela. 

—Mis reglas pueden llegar a ser muy duras, joven. Soy una persona exigente —le advirtió. 

Esta vez, Tim se permitió una ligera sonrisa.

—Su hija también lo es. Podré con ello, señor Anderson. No se preocupe.


* * * * *


El momento de regresar junto a los demás fue para Tim una experiencia aún más intensa que vérselas con el león de roja melena. Intensa y bastante surrealista debido a los contrastes. La burla descarada de Jim —el muy perro se estaba partiendo la caja—. El evidente orgullo de su padre, de su tía e, inesperadamente, de Frank, a quienes solo les faltaba ponerse a aplaudirlo. Las sonrisas cómplices de Chris y de Lilly. La actitud totalmente aprobatoria de Claire Anderson… Y, cómo no, aquella mirada entre admirada y asombrada de Sue por la que Tim supo, al instante y sin ningún género de dudas, que haría cualquier locura. 

Peter Anderson no dio pie a que la despedida se prolongara por más tiempo. No alegó razones, como dictaban las normas de cortesía. Simplemente, elevó una mano a modo de saludo y se dirigió a su vehículo, que estaba aparcado junto al camino.

—Vamos, Claire… Sue sube al coche —se limitó a decir.

Fueron ellas las que estrecharon manos con amabilidad por última vez.

—¡Muchas gracias por todo! —se despidió Claire antes de ocupar el asiento del acompañante.

Sue se detuvo brevemente frente a Tim. 

Tenía ganas de comérselo a besos. Esa era la verdad, aunque no fuera una opción en aquellos momentos. Como mínimo, le habría gustado poder tomar su mano. Suavemente. Con disimulo. Transmitirle de alguna forma lo emocionada y agradecida que estaba de que él hubiera vuelto a demostrarle lo diferente que era a todos los demás. Alguien que se merecía su tiempo y su atención.   

Sin embargo, podía sentir los ojos de su padre clavados en la espalda. Irritados. Impacientes. Analizando cada detalle que veían y haciendo el correspondiente juicio de valor. Por eso sabía que lo mejor para todos era que se montara en el maldito coche de una vez. 

Suspiró.

—Tengo que irme —musitó en tono de lamento.

Él sonrió.

—Lo sé, tranquila. Luego te llamo y hablamos.

Otro suspiro.

—Mejor te llamo yo. No sé cuánto durará la lectura de cartilla —dijo traviesa. 

Y una sonrisa radiante y preciosa brilló en el rostro de Sue antes de que se diera la vuelta y apurara el paso para reunirse con su familia.

Una sonrisa cargada de tanta ilusión y de tanta expectativa que cautivó totalmente a Tim. 

Más que eso: lo enamoró.


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©️2026. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷


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CRS-08. Mystic Oaks, 2 (MO 2). Episodio 14


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2026/2027
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14


Tras la marcha de los invitados, la familia se había repartido las tareas. Robert, Chris y Lilly se estaban ocupando de aclarar la mesa de nogal y devolver a su sitio los objetos decorativos que habían retirado para que los invitados pudieran disfrutar del mini concierto de Ken. Tim y Jim habían quedado a cargo de sacar a los perros a quemar energía antes de servirles su última comida del día. Los hermanos Montgomery se estaban ocupando de todo lo necesario para servir la cena. En realidad, había sido Robert quien había propuesto el reparto de las tareas con el propósito de que Doreen y Frank pudieran disfrutar de un tiempo de hermanos a solas para ponerse al corriente de sus vidas. Lo hizo sin saber lo oportuno de su proposición.

—¿Cómo que te vas? Acabas de llegar —dijo Doreen, mirando a su hermano preocupada. 

Él le tendió una lechuga para que la cortara y la añadiera a la ensalada. Dado que los apoyabrazos de silla de ruedas le obligaban a tener una postura incómoda para trabajar, Doreen se había trasladado a una silla de la cocina, y desde allí le iba dando instrucciones para preparar la cena. A juzgar por su despliegue de energía, estaba claro que la medicación que había tomado hacía un rato ya había empezado a hacerle efecto.

—Me extrañaba que Blanche no me hubiera llamado —explicó Frank—, y cuando vine a por más bebidas, aproveché para llamarla yo. Ha estado toda la mañana de aquí para allá con mi pequeña. Le avisaron del colegio que la niña no se encontraba bien. Total, que cuando la llamé, acababan de llegar de la consulta del médico. —Suspiró—. Beatrice tiene la varicela. Y como ninguno de sus hermanos la ha tenido, Blanche los ha enviado con los Jensen por unos días, hasta que la enfermedad deje de ser contagiosa.

—Ay, pobre niña… ¿Y los exámenes? ¡Se los va a perder! Estará preocupadísima… 

Beatrice, al igual que su hermana mayor Christina, era una excelente estudiante. 

—Imagínate. Blanche me dijo que la trae de cabeza con los benditos exámenes. Cuando supo que no iba a poder ir a clase al menos durante diez días, se echó a llorar delante del médico. Le preocupa más atrasarse en los estudios, que lo mal que se siente a cuenta de la enfermedad. Pobrecita mía…

Doreen suspiró. La más pequeña de los Montgomery enferma, los dos mayores desplazados temporalmente a la casa de sus amigos y socios en el rancho Lone Star, y el directivo principal del siempre exigente negocio a mil quinientos kilómetros, visitando a su hermana. 

—Tienes que irte, claro. —Vio que Frank asentía enfáticamente—. ¡Qué pena me da, hermanito!

—Y a mí —repuso él, que apartó los obstáculos que había sobre la mesa para poder tomar las manos de su hermana—. Pero pienso someterte al tercer grado antes de irme. No creas que vas a librarte.

Doreen se rio. Venía esquivando el interrogatorio con bastante éxito, pero sabía que la situación no estaba destinada a durar.

—¿Cuándo te marchas?

—Mañana a primera hora. ¿Crees que será suficiente para todo lo que me tienes que contar? Siempre puedo atrasar el vuelo y salir por la tarde —bromeó.

—Tampoco hay tanto que contar, Frank. Las mujeres preferimos guardar nuestros secretitos. ¿No deberías saberlo después de casi veinte años casado con mi querida Blanche? —repuso, burlona.

—Ya, ya. No va a caer esa breva, Doreen. Llevo muchísimo tiempo esperando que pase algo en tu vida. Ya sabes esa clase de «algo». Y resulta que cuando llego a Nashville, descubro que ya ha pasado. ¡¿Qué me he perdido?! 

Doreen se rio al ver aquella expresión de asombro mezclada con picardía que a su hermano se le daba tan bien.

—La última vez que te sonsaqué sobre el tema, me enviaste a la mierda, ¿y ahora estáis los dos de lo más acaramelados? Vas a tener que explicármelo muy despacito para que lo entienda —le advirtió Frank, confirmando sus sospechas.

En efecto, no se libraría de contarle con pelos y señales los nuevos aires que soplaban en su vida sentimental.


* * * * *


En el inmenso bosque que rodeaba la casa, Jim jugaba con los perros bajo la paciente mirada de Tim. Harto de esperarlo de pie, había optado por sentarse en un tocón, resignado. Estaba cansado de las idas y venidas de un día atareado, tanto a nivel laboral como a nivel personal. Un cansancio que venía arrastrando a lo largo de toda la semana debido a los kilómetros extra que había hecho y a las pocas horas de sueño que había tenido como consecuencia de la hospitalización de Doreen. Quería ducharse, cenar algo, decidir cómo organizarían las cosas para que Logan pudiera entrevistar a Cameron Hynes y después darles a todos las buenas noches. Luego, se metería en la cama a esperar la llamada de Sue. Sonrió ante ese pensamiento tan ajeno a su vida cotidiana. Tenía muchas ganas de hablar con ella. Era raro, pero agradable. Después, dormiría a pierna suelta hasta que sonara el despertador a las cinco de la mañana.

Se suponía que eran los perros los que debían quemar sus energías, pero Jim gastaba las suyas a la par. De hecho, Tim estaba convencido de que esa era la verdadera razón de que siempre se ofreciera a sacarlos. Les arrojaba palos y, en vez de esperar que el primero en atraparlo se lo trajera para volver a lanzarlo, corría tras ellos, feliz como un cachorro más.

Cualquier otro día, Tim le habría metido prisas para que acabaran el recorrido y regresaran a la casa, pero esta vez no lo hizo. Sabía que, en cuanto Jim dejara de pasárselo en grande jugando con los perros, empezaría a pasárselo en grande metiéndose con él. Y aquel día, sin proponérselo, él le había dado munición de sobra no solo a Jim, sino a toda la familia.

De modo que allí siguió, sentado sobre el tocón, viendo cómo el atardecer empezaba a llenar de sombras el bosque.

Transcurrieron otros diez minutos antes de que Jim regresara junto a él y se echara de espaldas sobre el manto de hojas secas con los brazos en cruz. 

—Joder… Estos peluditos son imparables —dijo envuelto en un suspiro.

Un instante después apareció Rain, corriendo con la lengua afuera. Se echó junto a su amo, jadeando.

—Debimos haber traído agua —observó Tim al ver al animal tan agitado.

—Tranquilo, entre los cinco nos hemos bebido medio arroyo —apuntó, riendo—. ¿Por qué crees que he tardado tanto? ¡No había Dios que les hiciera sacar el morro del agua!

—Ya veo. Lo que debí traer es un libro para entretenerme mientras tanto…

Jim aprovechó aquella ocasión que acababan de servirle en bandeja para ponerse de lado y apoyar la cabeza sobre su codo flexionado.

—¿Esperas que crea que no has estado muuuuuy entretenido hablando con tu churri(1)?

—¡Que churri, ni churri! —se rio Tim, meneando la cabeza ante las ocurrencias de su hermano—. Como ella te oiga llamarla así, se pondrá a lanzar bocanadas de fuego por la boca, en plan dragón, y morirás abrasado…

—Ya. La pelirroja es de armas tomar. Seguro que hoy has tenido la ocasión de comprobarlo… —dejó caer, con segundas.

—No me lo recuerdes, haz el favor.

El rostro de Tim había pasado de la risa a la seriedad en un santiamén. Jim se hizo cargo enseguida de la situación. Lo que le había contado sobre lo sucedido entre la pelirroja y él el domingo en el asador era la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. No había añadido ni una coma. Pero si no fuera tan competitivo, habría podido mantener la boca cerrada y no saltar como leche hervida cuando iban camino de Springfield. Había sido su comentario: «¿Desinterés? No tienes la menor idea de lo que estás hablando», lo que había conseguido intrigar a Tim hasta el punto de no dejar de insistir en saber qué había querido decir con eso. 

—Vale. No te lo recuerdo —dijo, afectuoso—. ¿Habéis hablado?

Tim asintió y su expresión se relajó en una sonrisa.

—¡Bieeeeeen! ¡Así me gusta, tío! Y ahora, desembucha. Me muero por saber qué le dijiste a su padre. ¡Te juro que estaba flipando!

—No tan rápido, colega —contraatacó Tim—. ¿Qué hay de Campanilla y tú? Antes, me dio la impresión de que habíais vuelto a ser un equipo…

—Mmm… Más o menos. 

Había una ligera sonrisa en su rostro, pero no se trataba de la clase de sonrisa propia de Jim «el ganador» que Tim conocía tan bien. Esta era diferente. Daba a entender que, aunque las cosas habían mejorado, no tanto como él esperaba. 

Jim se incorporó y se sacudió las hojas de la ropa.  Su mascota enseguida hizo lo mismo. Él le acarició la cabeza para que se tranquilizara y le ordenó que volviera a echarse. Después, miró alrededor en busca de un tocón o una piedra que sirviera a modo de asiento y, al no hallar nada útil, se puso de cuclillas frente a su hermano.

—Me encontré con ella de camino a casa para que papá pudiera reunirse contigo y con el candidato. Iba a seguir de largo, pero…

—¿Seguir de largo, tú? Eso ha sonado muy raro… —lo interrumpió Tim.

Jim concedió con un asentimiento de la cabeza. No era de los que dudaban o se echaban atrás. Siempre había tenido la suficiente confianza en sí mismo como para no acobardarse al primer traspiés. Ni al segundo ni al décimo quinto, para el caso. Pero esta vez había otras cosas en juego que iban más allá de su evidente interés por ella y del hecho de que fueran cuñados, con todo lo que eso implicaba. Cosas como la juventud de Lilly. Su corta —o, quizás, incluso nula— experiencia en relaciones románticas. Y su propia inexperiencia a la hora de manejarse con mujeres tan jóvenes. Era como una advertencia silenciosa pero constante en su cabeza que lo obligaba a pensar dos veces cada paso que se proponía dar.

 —Ya. Es que todo esto es muy raro… —Al ver la diversión en la expresión de Tim, resopló—. Ya me conoces. Cuando estoy con una tía, lo único que me interesa es pasarlo bien. Si veo claro que lo voy a conseguir, me quedo. Si no, adiós muy buenas. Pero con Lilly… Joder. Con ella voy como pisando huevos todo el tiempo, tío. Es desesperante.

La expresión divertida de Tim se convirtió en risa pura y dura.

—O sea, que mi diagnóstico era correcto. Estás tan acostumbrado a ser Jim Bryan que no sabes cómo ser simplemente Jim. Tranquilo, Lilly tiene pinta de ser una profesora buenísima. Aprenderás, hermano. 

—Ya, tú ríete… A mí esto no me hace ni puta gracia.

—Pero… ¿Has podido averiguar lo que le sucedía?

Jim volvió a asentir con un movimiento de la cabeza.

—Acerté con lo que le pasaba… le pasa —se corrigió.

—¿Y…?

—Que me voy a seguir sintiendo como si fuera pisando huevos durante muuucho tiempo —concedió. Pero esta vez, se reía.

—No te lo va a poner fácil —concluyó Tim. 

Se trataba de una conclusión muy bien fundada. A pesar de sus veinte primaveras, la vida de Lilly no había sido la normal de una chica de su edad. Tenía la alegría de alguien que miraba la vida con ilusión y expectativa. Pero también la cautela de quien ha aprendido a dar gracias por sus bendiciones porque ha conocido de primera mano la pérdida, la renuncia y, por supuesto, el dolor.  Jim lo sabía. De ahí su respuesta:

Nop. Nada fácil.

—Eso es bueno. A ti te pirran los desafíos, Jim.

Lilly era el mayor desafío de toda su existencia. Jim lo sabía con una certeza absoluta. Y saberlo lo llenaba de ilusión y también de un extraño sentido de la responsabilidad. Se sentía responsable de que Lilly fuera feliz. Un sentimiento muy extraño tratándose de él, pero real como la vida misma.

—También es verdad —concedió, y se incorporó—. Tu turno, colega. Pero me lo cuentas mientras volvemos. Está anocheciendo.

Después de silbar a los cachorros y esperar unos instantes hasta que al fin obedecieron, Tim y Jim se pusieron en marcha hacia la casa.

—Sé lo que parece, pero no es eso —empezó, diciendo Tim.

—¿Quieres decir que no le estabas pidiendo permiso a su padre para invitarla a salir? —lo interrumpió Jim, riendo—. Pues a ver cómo te explicas, porque te juro que eso es exactamente lo que parecía.

—Lo sé. Esa era mi intención; que lo pareciera. 

Jim lo miró con interés.

—A ver, a ver, a ver… ¿Qué quieres decir con eso?

—¿Crees que solo tú sabes echar mano de la estrategia cuando te conviene, tío? Yo también sé hacerlo. —«Aunque rara vez alguien me motive tanto como para tomarme la molestia», pensó. 

—Ahhh… Así que te has apuntado al juego de la estrategia con la pelirroja… ¡Cómo mola! Sigue, sigue… ¡La historia se está poniendo de lo más interesante!

—Esa conversación que tuvimos tú y yo hizo que se me cruzaran los cables y metiera la pata con ella… —reconoció—. Y el primer rato a solas fue de los de mejor olvidar. Me puso de vuelta y media… 

Jim asintió con la cabeza al tiempo que sonreía.

—Tiene un genio de aúpa. Se le nota a la legua.

—Ya, pero a mí la gente que es tan explosiva no me va. Tú llamaste en mitad de la tormenta y le propuse quedar el fin de semana para seguir hablando del tema. Si te digo la verdad, en ese momento, lo hice principalmente por cortesía… Estaba muy escamado por su reacción. 

—Has dicho «estabas». O sea, que ya no estás escamado… —apuntó Jim con picardía.

Tim negó.

—Se disculpó por haberse puesto tan borde… Se explicó y me hizo entender algunas cosas que yo había perdido de vista por completo… 

Hizo una pausa mientras decidía si profundizar en el asunto o pasar de puntillas. Entre las cosas que había comprendido se hallaba una que sabía que para Jim sería urticante. Para él también lo había sido. Al fin, decidió que no ignoraría la cuestión.

—Como, por ejemplo, que treinta llamadas son muchísimas. —Buscó la mirada de su hermano antes de decir—: Te conozco y sé que no fue esa tu intención, pero desde la perspectiva de quien está al otro lado del teléfono, esa insistencia se parece mucho al acoso, tío. 

Jim lo miró con los ojos muy abiertos. 

—¿Te dijo que la acosé? ¡Joder, qué fuerte! 

—No —se apresuró a aclarar Tim—. Lo digo yo para que entiendas lo mismo que yo entendí hablando con ella. Nunca me había parado a pensarlo hasta hoy, pero, a la hora de flirtear, ellas no necesariamente ven la insistencia del mismo modo que nosotros, Jim… Lo que para nosotros es algo que hacemos porque «quien la sigue, la consigue», para ellas puede tener otra lectura. Puede perfectamente ser «este tío me está acosando». Admitiste haberle hecho alrededor de treinta llamadas. Yo te oí. ¿Cómo te sentirías si una mujer que no te interesa lo más mínimo te llamara treinta veces para invitarte a salir? No sé tú, pero yo estaría como un león enjaulado, soltando dentelladas a diestra y siniestra… Piénsalo. Ahí lo dejo.

Y eso hizo Tim. Ignorar la cara de total consternación de su hermano y continuar hablando.

—Me contó que tiene a su padre respirándole en la nuca todo el tiempo y no va siquiera a clase en la facultad sin alguno de sus hermanos de escolta. Con la excusa de que siempre va cargada de libros y cuadernos, la llevan a la facultad y la van a buscar cuando acaba las clases. No sé… Fue como un baño de realidad, ¿sabes? Francamente, no puedo ni imaginarme cómo es vivir de esa manera.

Ante el persistente silencio de su hermano, Tim volvió sobre el tema que había levantado ampollas. 

—Relájate, tío —dijo, palmeándole el hombro con afecto—. Sue no te ha acusado de nada. No hablaba de ti, sino de ella. De las situaciones que vive día a día con su padre y sus hermanos, que la han vuelto muy sensible a según qué comportamientos masculinos… Como el mío de hoy, por ejemplo. —Puso los ojos en blanco—. Fui tan gilipollas total.

Jim suspiró. Seguía bastante alucinado. Y molesto, eso no lo negaría. Había reconocido haberle hecho no más de treinta llamadas, era cierto. Pero también había dicho alto y claro que veintinueve de esas treinta llamadas no habrían existido si ella le hubiera dicho a la primera que no tenía ningún interés en quedar con él. Por lo visto, nadie había tenido en cuenta ese pequeño detalle… 

«Ya la has cagado una vez con Tim», se dijo, «no la cagues de nuevo».

Asintió con la cabeza, dando el asunto por zanjado, y cuando volvió a mirar a su hermano, había vuelto a ser el mismo de siempre.

—Ya veo… Así que tu estrategia es impresionarla.

—Una parte de la estrategia. La otra es intentar que Peter Anderson no se convierta en un dolor de muelas. Si quiero salir con Sue, tendré que ganarme la confianza de su padre. No hay otra vía.

Jim miró a su hermano rezumando picardía.

—¿Y quieres?

—Si quiero, ¿qué?

—Salir con ella, tío. ¿Qué va a ser?

—¿Y a ti qué te parece? He metido la cabeza en las fauces del león. ¿Crees que lo hice de valiente que soy?

Tras un momento de risas, Jim preguntó:

—¿Pero qué le dijiste? Hubo un momento en que al pelirrojo mayor le salía humo de la cabeza…

—Convengamos en que el hombre es bastante intimidante sin necesidad de que le salga humo de ningún sitio… —Se encogió de hombros—. Le dije la verdad: que Sue me interesa mucho y que sé lo importante que es su hija para él. Le aseguré que respetaría sus reglas de juego.

Jim lo detuvo poniéndole una mano en el abdomen.

—Espera. Que le has dicho… ¿Qué? ¿Estás loco, colega? ¡Si respetas las reglas del pelirrojo mayor, no vas a poder echarle un polvo hasta el día de tu boda!

—¿Mi qué? —preguntó, asombrado—. ¡Tío, no hace ni una semana que la conozco! ¿No te parece que vas un poco rápido?

«Y tan rápido», pensó Jim.

—Entiéndeme; ¡es la ilusión! ¡Ya no me acuerdo de la última vez que tuviste una novia…! —guaseó.

Tim lo miró con la diversión pintada en la cara.

—Es bastante normal que no te acuerdes. Que yo sepa, no he tenido ninguna. 

—¡Ehhhh, tanto como ninguna…!

—Vale —concedió Tim—. Si quieres contar a mi novia del cole… ¿Cómo era que se llamaba?

Jim empezó a carcajearse.

—Del nombre no me acuerdo, pero ¿sabes de lo que sí me acuerdo? 

Tim asintió, pues sabía a lo que Jim se refería y precisamente por eso no dijo nada. Puso cara de dolor mientras esperaba que él respondiera a su propia pregunta.

—¡También era pelirroja! —exclamó Jim—. ¡Es tu destino, tío!

Los hermanos hicieron el resto del trayecto echándose a reír cada vez que sus miradas se cruzaban.



1 Churri: expresión coloquial usada en España a modo de mote cariñoso para designar a la persona con quien se mantiene una relación sentimental.

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CRS-08. Mystic Oaks, 2 (MO 2). Episodio 15


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2026/2027
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15


Frank había presenciado con interés la facilidad con la que Robert y sus hijos tomaban decisiones importantes sobre la plantilla del rancho mientras cenaban. Sabía por Doreen que la compenetración que había entre ellos hacía que las cosas fluyeran, que no hubiera fricciones, pero verlo suceder ante sus ojos era muy distinto que saberlo de oídas. Les había tomado apenas unos minutos decidir que Tim y Jim pondrían rumbo a Springfield al día siguiente temprano por la mañana para que Logan pudiera viajar a Nashville, entrevistar al candidato y, de paso, acordar con Robert las condiciones de su nuevo contrato como jefe de capataces en Mystic Oaks. Les había dado tiempo incluso de avisar a los interesados —Logan y Cameron— para que hicieran los preparativos necesarios. Le sorprendió ver a los hombres Bryan en acción. No estaba acostumbrado a tanta rapidez en el proceso de toma de decisiones. Aunque sus socios en Lone Star eran ante todo amigos de muchos años, acordar cualquier cambio en la plantilla suponía tiempo y energía. Cuando se trataba de decisiones estratégicas, el proceso podía tomar semanas.

Además, que Robert y sus hijos se hubieran puesto de acuerdo rápidamente había sido una ventaja añadida aquella noche, pues la sobremesa había sido breve. Una vez al corriente de que él debía regresar a Montana al día siguiente, todos se habían retirado para dejarlo disfrutar de las últimas horas en compañía de su hermana. Algo que él agradeció de manera especial, pues su conversación anterior, mientras preparaban la cena, había quedado muy pronto interrumpida por la llegada de Tim y Jim acompañados de su tropa de amigos peludos. 

Ahora estaban en la habitación de Doreen, conversando. Haciéndole caso por primera vez en todo el día a las recomendaciones médicas, ella se había acostado y él había acercado su sillón de lectura hasta la cama. 

Sin pensárselo dos veces, Frank había abierto fuego con la madre de todas las preguntas: «¿Cuándo habéis dejado vosotros dos de jugar a los cuñados?».

Su hermano usaba esa expresión para denominar lo que para él era un secreto a voces. Por alguna razón que Doreen ignoraba, Frank parecía dar por hecho desde hacía tiempo que la situación sentimental entre Robert y ella había cambiado. Y la ignoraba precisamente porque jamás le había permitido que se explayara en el tema. De ahí su comentario anterior de que la última vez que había intentado sonsacarle, ella lo había sacado con cajas destempladas. Pero ahora estaba muy interesada en saberlo, pensó risueña. Y ya que estaban a solas, aprovecharía la ocasión para preguntárselo. 

—No sucedió hace tanto, como piensas. Fue el domingo.

Frank la miró interrogante.

—¿Qué domingo? 

—El domingo pasado. Sí, no me mires así. No estoy bromeando. Chris tenía a un viejo amigo de visita. Es también su jefe en la organización para la que trabaja. Jim y Lilly organizaron un tour para mostrarle Nashville, que incluía una parada para comer en un famoso asador… Total, que, por lo visto, la directora de la OADASV también había escogido el lugar para comer y…

—Espera —la interrumpió él—. ¿No es esa mujer que estuvo a verte en el hospital el día que conocí a Chris? 

Doreen asintió. Sí, era ella: la maldita April Sommerfield de sus desvelos. Un instante después, cayó en la cuenta de que sus pensamientos debían haberse traslucido con demasiado realismo en su expresión, pues Frank no tardó en preguntar, de lo más interesado:

—¿Y esa cara? ¿Pasó algo entre Robert y esa mujer?

—¿Tan abstraído estabas en su apasionado discurso sobre Chris que no te diste cuenta del evidente interés que le profesa a Robert? El domingo, cuando Ken los presentó, la mujer casi tartamudeaba de la emoción… Parecía una quinceañera deslumbrada por el capitán del equipo de fútbol de su instituto. Yo creo que hasta aleteaba las pestañas y todo —no pudo evitar decir. 

Frank asintió con la cabeza repetidas veces al tiempo que una sonrisa de incredulidad se dibujaba en su rostro. Cuánto le habría gustado poder presenciar ese momento, pensó: el momento en que a su querida hermana se le había caído la careta de cuñada perfecta.

—Y tú trinabas de rabia —sentenció.

Cuánto habían cambiado las cosas en apenas unos días, pensó Doreen. Ahora podía referirse a ello con el humor que se merecía una situación tan absurda como la que había tenido lugar entre Robert, April y ella en aquel asador. Porque ahora la comprendía y, de hecho, le hacía mucha gracia. Un sentimiento de lo más contrapuesto a la indignación y la decepción que había sentido entonces.

—Es que Robert se sintió demasiado halagado para mi gusto. Y en vez de echar un tupido velo y dejarlo correr, como habría hecho cualquier otro hombre del mundo, le salió «el Bryan» de dentro y no tuvo mejor idea que disculparse conmigo. ¿Te lo imaginas? Me lo quería comer con patatas…

La boca de Frank se abrió en un gesto de sorpresa. En sus ojos brillaba la diversión y todo lo que salió de su boca fue:

—¡Acabáramos!

Por más que ahora Doreen viera las cosas con humor, no deseaba desempolvar las emociones de aquel lunes aciago en el que sus emociones se habían desquiciado tanto como para tomar la decisión de poner tierra por medio y marcharse a Montana. Sabía que el inicio de la menopausia había tenido mucho que ver con su tormenta emocional y tampoco deseaba hablarle de ella a su hermano. De modo que practicó un salto olímpico digno de medalla de oro:

—¡Ya lo creo! —concedió, risueña—. Pero cuando estaba afilando el cuchillo de carnicero, mi apéndice decidió dar señales de vida… Y aquí estamos.

Frank cogió una mano de Doreen y la apretó afectuosamente al tiempo que sonreía en una mezcla de sorpresa y satisfacción.

—¡Vaya! ¿Así que tenemos que darle las gracias a un trocito de carne más pequeño que mi dedo por haberos quitado el velo de los ojos de una bendita vez? ¡Loado sea tu apéndice, Doreen! 

No había sido el apéndice, sino haberse enterado de sus ocho minutos clínicamente muerta, lo que había obrado el milagro, pero no lo compartiría con Frank. Habían conseguido reanimarla; no tenía ningún sentido hacerle sufrir hablándole del tema. Se limitó a sonreír, festejando la alegría de su hermano.

—¡Blanche se va a poner loca de contenta cuando se lo diga! Aunque, igual, te me adelantas… —continuó—. Me dijo que te llamará mañana. Hoy, la pobre, está como loca con tanto jaleo…

Ella asintió con gesto agradecido. 

—Claro, me lo imagino. No es para menos. Las enfermedades infantiles provocan un caos cuando hay más de un niño en casa… —concedió. Una sonrisa acudió a sus labios al recordar sus épocas de hacer malabarismos para ocuparse de tres niños enfermos a la vez. 

Qué tiempos aquellos…

—¿Y ahora qué? —preguntó Frank con picardía.

Tampoco le hablaría de eso, pensó Doreen. En realidad, no deseaba hacer planes. No quería pensar en «mañana», solo en «hoy». Conocía todas las otras facetas de Robert: la de padre, la de ranchero, la de hombre enamorado de su esposa, la de cuñado… Ahora quería conocerlo como amante. Quería saborear la ilusión de estar con él siendo simplemente un hombre y una mujer, desnudos en una cama. Descubriéndose, conociéndose. Quería averiguar cómo era él en la intimidad. Y cómo era después, cuando volvieran a verse para desayunar con el resto de la familia. Llevaba más de tres décadas enamorada de Robert, soñando por las noches con un sueño imposible y volviendo a ser la tía Doreen al día siguiente. Ahora que su sueño se estaba convirtiendo en realidad, no lo encorsetaría decidiendo de antemano cómo debían suceder las cosas. Ni siquiera fantaseando con ellas. Deseaba descubrir lo que cada día tuviera que ofrecerles y disfrutarlo juntos.

—Y ahora… —Hizo una pausa dramática antes de decir—: Podrías explicarme por qué llevas años acusándonos de jugar a los cuñados. Acusándome —matizó—, porque tan seguro como de que ya no tengo un apéndice del que preocuparme, que a Robert no se lo dices. No te atreverías. Me lo dices a mí. Así que la pregunta es obligada: ¿Sabes algo que yo no sé?

—¡Ahhhh, mírala…! —exclamó—. ¿Cómo es eso? ¿Ahora no me envías a la mierda?

Ambos rieron. La actitud de su hermano, tan risueña y a la vez tan desafiante, daba a entender que él sabía algo al respecto. Algo, ¿como qué? La curiosidad se la había empezado a comer viva.

—No. Ahora estoy aquí, todo oídos, esperando a que desembuches…

Frank se recostó contra el respaldo y se cruzó de brazos, mirándola con picardía.

—Así que ahora te interesa…

—Mucho —admitió, con actitud soñadora.

—Muy bien. En ese caso, haré los honores.

Y entonces vio que una sonrisa enorme y muy traviesa brillaba en el rostro de su hermano.


* * * * *

Lilly y Jim eran los últimos que aún daban vueltas por la casa. Después de la cena, habían aclarado la mesa y puesto el lavavajillas en marcha. Mientras esperaban a que el programa acabara, habían preparado todo lo necesario para el desayuno y puesto al horno las dos hogazas de pan que Chris había amasado el día anterior. Los hermanos regresaban a Springfield por la mañana y eso suponía que el desayuno de toda la familia comenzaría antes de lo habitual en la casa.

Ahora estaban sentados a la mesa, conversando, con la única compañía de Rain, que se había echado cerca de la silla de Jim y dormitaba con el morro apoyado sobre sus patas delanteras. El resto de los peludos de la familia se había marchado con Chris a la cabaña del bosque. En cuanto Lilly se reuniera con su hermana, Noah y River regresarían al edificio principal junto a su madre. Ese era el nuevo ritual que los cachorros practicaban desde que Rain estaba en Mystic Oaks. Un ritual que no estaba destinado a durar, pues Jim no pensaba marcharse a Springfield sin su amada mascota.

—Qué pena que Frank tenga que volver a Montana. Doreen estaba tan ilusionada de tenerlo aquí… —comentó Lilly.

Jim había apartado la silla de la mesa para poder estirar sus piernas, que había cruzado tobillo sobre tobillo. Desde allí, se dedicaba a observar a Lilly. Procuraba hacerlo con naturalidad, pero era consciente de que su interés por ella crecía imparable y que, probablemente, no estaba siendo tan natural como se proponía. Además, estaba la cuestión de su regreso a Springfield. El viaje pendía sobre sus cabezas como una imprevista separación, la primera desde que habían reconocido su mutuo interés por el otro. Pasarían diez días hasta que volvieran a verse y Jim necesitaba averiguar si Lilly lo estaba llevando tan mal como él. La otra opción era preguntárselo directamente y, aunque no la descartaría en caso de emergencia, suponía arriesgarse a que ella se pusiera en guardia y, como ya había sucedido con anterioridad, volviera a exiliarlo al país de «no quiero saber nada de ti».

—Doreen está acostumbrada. Es lo habitual. Por la razón que sea, las visitas de Frank duran lo que un suspiro… Es ella la que viaja más a menudo y cada vez que va, la perdemos de vista dos o tres meses.

Lilly también lo estaba observando. Lo hacía con mucho más disimulo que él, pero lo hacía. 

Jim se había deshecho de la coleta baja que solía llevar y la había sustituido por otra que solamente recogía la mitad superior del cabello. De forma que ahora la parte inferior caía libremente en mechones sobre sus hombros y espalda. Para ser un Bryan, lo llevaba bastante largo, pero le quedaba bien. Mejor que bien. «Como si hubiera algo que a Jim no le quede bien», pensó. Era insoportablemente guapo. Y amable. Con esa amabilidad característica de los hombres de su familia que resultaba galante de manera natural, no empalagosa o forzada. Y simpático; siempre tenía un comentario risueño a mano para hacer que la otra persona se sintiera cómoda en su compañía… Excepto si la persona en cuestión era Frank Montgomery. Lilly había notado que cuando se trataba de él, hasta le costaba sonreír y sabía que la razón era su tía, no su tío. Todos los hermanos eran bastante posesivos con Doreen, pero ninguno tanto como Jim. 

—Ya sé que no es santo de tu devoción —le dijo—, pero el pobre hombre no puede prever que a su hija pequeña le dará por coger la varicela… Por lo que sé, la mía también fue bastante imprevista y contagié a Chris… No recuerdo mucho porque era pequeña, pero sí que las dos teníamos la cara pringada de esa loción rosa que nos ponían y nos rascábamos por turnos a escondidas de nuestros padres… ¡Qué gustito daba!

—Sí, mis hermanos y yo también solíamos caer a la vez… La pobre Doreen se tiraba de los pelos y mi padre igual, pero nosotros nos lo pasábamos de miedo… Bueno, los primeros dos días, no mucho… Ken y Tim dormían todo el tiempo, por la fiebre, supongo. Pero yo… —Sonrió al recordar los enfados de Doreen—. Yo no podía estarme quieto. 

—Sigues sin poder —apuntó Lilly, risueña—. Es toda una experiencia conocer a alguien que no me dice «¡Para ya, Lilly, por favor!». ¡Hasta mi propia hermana se desespera conmigo y eso que no es precisamente de las quietecitas! ¡Menuda marcha tiene Chris!

También para él había sido toda una experiencia conocer a una mujer que era igual de eléctrica que él y esa era otra del millón de razones por las que Lilly lo tenía tan cautivado. 

La última vez que Jim había tenido una compañera capaz de seguir su ritmo era un niño entrando en la adolescencia. Por entonces, en su inocencia, creía que Chloe y él estarían juntos para siempre. Pero ese «siempre» apenas había durado unos pocos años —hasta que ella se había marchado a la universidad—, y jamás había llegado a ser, románticamente hablando, lo que él esperaba que sería. 

Después de que Robert cayera enfermo, Tim y él habían tenido que tomar las riendas del negocio familiar. El poco tiempo libre del que disponía, sumado a que su energía mental estaba puesta en mantener el rancho a flote, había hecho que el contacto con las chicas se volviera oportunista. No buscaba una novia; se decía que no tenía tiempo para eso, tan solo salía para desfogarse.

Ahora sabía que su distancia emocional de ellas no había sido más que una excusa. Una excusa para no profundizar en una relación y volver a pasar por la tortura de comparar a la nueva candidata con alguien que no tenía igual para él. 

Entonces, había aparecido Lilly. Ella se había encaramado al tope de sus preferencias personales sin el menor esfuerzo, casi sin que ninguno de los dos se diera cuenta de que sucedía. 

Y dos meses más tarde, ya no había comparaciones posibles. Lilly era lisa y llanamente incomparable.

Jim sonrió seductor.

—Bueno, soy un tío… ¿Tú crees que existe alguno en el planeta que te pediría que pararas?

Lilly se lo quedó mirando con sus preciosos ojos verdes muy fijos en él, obligándolo a hacer un esfuerzo sobrehumano por reprimir la risa. Había una comicidad implícita en cada gesto que hacía, por sutil que fuera. Incluso cuando pretendía ponerse seria, era como si a una parte de ella le resultara imposible no intentar encontrarle el lado bueno a la situación. El lado risueño. Era la criatura más alucinante que había conocido jamás. 

Al fin, ladeó la cabeza y aquella fijeza con la que lo había estado mirando cristalizó en una expresión tan cómica que Jim directamente se rio.

—A ver, graciosillo, sácame de la duda: ¿Qué fue eso? ¿Una de tus indirectas de ligón empedernido que estás tan acostumbrado a soltar, que se te escapan sin que te des cuenta…? —Entornó un ojo antes de decir—: ¿O no estamos poniendo idiotas otra vez?

El temporizador del horno sonó, anunciando que las hogazas estaban listas. Jim fue el primero en levantarse. Lilly se tomó unos instantes para deleitarse con las vistas. Al principio, lo hacía de manera inconsciente. Aunque lo creyera totalmente fuera de su alcance, el atractivo de ese hombre era bestial. Ahora ya no era tan inconsciente. Especialmente, si como ahora, él no la estaba mirando a ella. Jim tenía una figura estilizada, muy proporcionada en relación a su estatura, pero no por eso carente de formas. Sus vaqueros delataban la existencia de unos muslos poderosos y unos glúteos dignos de envidia. 

«¡Tiene mejor culo que yo!», se descubrió pensando justo cuando Jim le decía: 

—Está claro que soy el primero capaz de seguirte el ritmo, pero estoy seguro de que no soy el único que se ha apuntado a la carrera.

Ella frunció el ceño. ¿De qué carrera estaba hablando? Ah, ya. Se había quedado tan abstraída en las vistas posteriores de Jim, que se le había ido el santo al cielo. Se levantó y fue hacia la cocina. 

—Así que, a lo mejor —continuó Jim mientras sacaba la bandeja del horno—, es una forma indirecta de averiguar quiénes son los capullos que no lo consiguieron… 

Luego, vio que él se quitaba las manoplas, las guardaba en el cajón y se volvía a mirarla con su sonrisa Profidén.

«Bendita sonrisa derrite-glaciares», maldijo para sus adentros. Ignorando que las rodillas se le habían aflojado como si estuvieran hechas de gelatina, Lilly cogió una delgada varilla de acero inoxidable y la hundió en la primera hogaza. La extrajo y comprobó que estaba limpia, sin restos de masa adheridos a la superficie. Repitió la operación con la otra hogaza, con el mismo resultado.

De a ratos, la velocidad vertiginosa a la que se estaban desarrollando las cosas entre los dos lograba colarse en su conciencia y el temor a estrellarse la ponía en modo huida. Detestaba pasar de la ilusión suprema al terror más extremo, como si fuera bipolar. Se concedió unos instantes para calmarse.

Al fin, alzó la mirada hasta Jim.

—O sea que nos estamos poniendo idiotas otra vez —concluyó con una sonrisa fingidamente divertida—. ¿Sabes qué? Tú ocúpate de guardar las hogazas en la panera a prueba de cachorros.  Yo me voy a dormir.

Acto seguido, Lilly se dirigió a la puerta.

Jim había sabido desde el principio que acercar posiciones con Lilly no iba a ser tarea fácil, pero tal como había dicho Tim, le pirraban los desafíos y Lilly era un desafío con piernas. Se apresuró a poner el pan en la caja de madera con un puerta corrediza, que había en un extremo de la encimera.

Fue tras ella. 

O eso intentó. 

Al notar que la seguía, Lilly se detuvo y se volvió a mirarlo. Se hallaban en mitad del hall donde estaba la fuente cuando ella le preguntó:

—¿Dónde vas?

—Te acompaño.

—¿Por qué?  

—¿Porque soy un Bryan y no voy a dejar que una chica se vaya sola a casa en plena noche? —guaseó él.

Otra vez la maldita sonrisa derrite-glaciares.

—¿Te refieres a esa casa que está a cincuenta kilómetros, como mínimo, de cualquier hombre que no se apellide Bryan? ¿Tienes miedo de que me ataque un conejo? 

Jim había empezado a desternillarse y ella no pudo evitar sucumbir.

—Sue tendría más posibilidades que yo de que la confundan con una zanahoria —se rio—, pero bueno, ¡quién sabe!, a lo mejor es un conejo daltónico y estoy en peligro de verdad…

Después de unas buenas risas, Jim optó por decir la verdad. En realidad, solo una parte; la verdad a secas habría sido demasiado fuerte.

—Vaaale… Todavía es temprano y me marcho mañana. —«No me lo recuerdes, por favor», pensó Lilly, pero se obligó a continuar mirándolo como si no supiera que iba a pasarse los próximos días tachando fechas en el calendario como un preso—. Además, así vamos charlando por el camino y me hablas de todos esos tíos a los que hiciste morder el polvo. Seguro que son una legión.

—Una legión —repitió Lilly, con sorna—. Perdona que te diga, pero el de la legión de admiradoras aquí eres tú, no yo.

—Venga ya… No te la des de humilde. ¿Crees que estoy ciego? ¿Que no veo cómo te miran todos?

Y para entonces, ya estaban recorriendo la explanada exterior de la casa sin darse cuenta.

—¡Serás exagerado!

—¿Exagerado? Al tal Hynes solo le faltó pedirte el teléfono antes de irse… —comentó con malicia.

«Al tal Hynes» no le había dado tiempo a pedírselo. Estaba a punto de hacerlo cuando Jim había hecho su aparición triunfal en la cocina. Y mal que le pesara admitirlo, en aquel momento estaba tan desilusionada, que probablemente se lo habría dado. Lilly le lanzó una mirada desafiante de la que Jim no se percató. De ahí que ella decidiera desafiarlo con palabras. 

—¿Y qué te hace pensar que ya no lo tenía? 

Jim se detuvo y la miró directamente. 

—¿Cameron tiene tu teléfono? —le preguntó. Sonreía, pero no era su sonrisa de siempre. 

No podía ser la de siempre porque era un tipo muy competitivo y la idea de tener a un contrincante en su propio territorio justamente ahora, que estaría diez días lejos del rancho, no le gustaba nada. Nada de nada.

Lilly empezó a reírse. Iba a tener que darle las gracias a Cameron por haber servido a sus propósitos tan convenientemente sin siquiera saberlo. 

—¡Cómo picas! —celebró, agitando su mano buena como si estuviera en un festival de música. 

Ahora que había descubierto su talón de Aquiles, pensaba aprovecharse a base de bien. 

Jim enarcó una ceja. Ya no sonreía.

—Que noooo… —lo tranquilizó con sus modos histriónicos—. ¡¿Cómo va a tener mi teléfono?! 

Sin embargo, al ver que Jim asentía con la cabeza satisfecho, no pudo evitar volver a meterse con él.

—¿Para qué lo necesita? ¡Me verá todos los días cuando venga a trabajar!


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CRS-08. Mystic Oaks, 2 (MO 2). Episodio 16


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2026/2027
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16


Robert se había retirado pronto después de la cena. El día había sido largo e intenso, a nivel físico, no solo emocional. Necesitaba relajarse. Echarse en la cama, cerrar los ojos y, simplemente, tomarse un tiempo para agradecer todas sus bendiciones y disfrutar de las nuevas y excitantes perspectivas que se abrían ante él.

Eso hizo. Se acostó sobre el cubrecamas tal cual estaba, sin desvestirse. Acomodó dos almohadas bajo su cabeza y cerró los ojos.

El regreso de Frank a Montana había sido una noticia de lo más inesperada para él. Había notado que él se había ausentado durante un buen rato de la biblioteca donde estaban los invitados y la familia, pero en ningún momento se le había pasado por la cabeza que su ausencia se debiera a que estaba organizando el viaje de vuelta a casa. La varicela de la benjamina de la familia Montgomery no solo había precipitado el regreso de Frank, también había cancelado el viaje de Blanche y las niñas a Nashville. Era una pena que la reunión de Doreen con su familia de Montana se hubiera estropeado a último momento. A él, desde luego, también le habría gustado poder pasar unos días con su concuñada y sus sobrinas. Sonrió al pensar que no podía negar la conveniencia de ese contratiempo, pues definitivamente beneficiaba sus intereses románticos.

La mañana siguiente marcaba el comienzo de una nueva etapa en su vida. Que Frank emprendiera el regreso a Montana le permitía volver a recuperar toda la atención de Doreen. Y con sus hijos en el rancho de Springfield durante los próximos diez días, disfrutarían de un poco de intimidad para establecer los cimientos de su incipiente relación sentimental sin miradas curiosas ni las bromas habituales de sus hijos. Pensó risueño que ya estaba ansioso porque se hiciera de día. Un día que también marcaría su regreso a la actividad del rancho. O, lo que era lo mismo, a volver a sentirse útil.

Sin embargo, había una razón que explicaba por qué Robert continuaba vestido; no podía acabar el día sin estar unos instantes con Doreen. Aunque más no fuera para verla dormir asomado a la puerta de su dormitorio. Así de seria era su locura de amor por ella.

Se sentó y bajó los pies de la cama. Consultó la hora en su reloj y sonrió.

Acto seguido, se calzó y salió de su cuarto rumbo al dormitorio de Doreen.


* * * * *


Hacía varios minutos que Lilly y Jim habían llegado a la casa del bosque, pero ella solo había entrado para que Noah y River pudieran salir. De paso, también había comprobado dónde estaba su hermana. No había tenido que buscarla demasiado. Al verla dormida en el sofá con un libro sobre el regazo y Sultán a sus pies, le hizo una señal de silencio al peludito, que se limitó a darle la bienvenida moviendo el rabo sin moverse del sitio, y volvió a abandonar la casa de puntillas.

Jim estaba frotando la cabeza de los cachorros cuando Lilly volvió junto a él.

—Chris está grogui, pero hablemos en voz baja por las dudas —le dijo al tiempo que volvía a cerrar la puerta con sigilo.

—¿Y Sultán?

—¿Dónde crees tú? —repuso, risueña—. ¡A sus pies! Era yo la que quería un perro y sé que lo adoptó por mí, por levantarme el ánimo, pero…

Las preferencias del peludito blanco eran evidentes. Aunque obedecía a las hermanas por igual, reconocía como ama solo a una de ellas: la mayor. Jim lo sabía, igual que lo sabían todos, su pregunta había venido a cuenta de que los perros solían moverse en grupo y le había extrañado que Sultán no hubiera salido también de la casa junto con Noah y River. Sin embargo, había algo que había suscitado el interés inmediato de Jim en la frase de Lilly. Algo que le permitiría saber más de ella y, con suerte, arañar unos minutos extras en su compañía. Sultán era el cachorro más joven que había en la casa. Sabía que Chris lo había adoptado a través de una asociación y eso quería decir que el animal debía tener como mínimo dos meses de edad por entonces. ¿Qué le había sucedido a Lilly en agosto para que su hermana decidiera levantarle el ánimo, regalándole un cachorro? Le costaba imaginársela de bajón. Muchísimo, de hecho. 

—¿Levantarte el ánimo? ¿Ella a ti? No sabes lo raro que suena eso…

Lilly asintió, dándole la razón. Ahora, cuando recordaba esos días de enfado y frustración, le parecían muy lejanos en el tiempo y también muy ajenos, tan extraños a su carácter que era como si le hubieran sucedido a otra persona. A otra Lilly. Obviamente, seguía siendo frustrante estar limitada por un cabestrillo todo el tiempo, pero ya no la desanimaba como antes.

—Fue una enfermedad pasajera, no te preocupes —repuso alegremente—. Hasta que asimilé que hay cosas que no se pueden controlar y que no tiene sentido dejar que la rabia acabe controlándote.

—Qué profundo…

Jim lo había dicho en tono de burla y ahora la miraba con cara de «no era eso lo que te preguntaba y lo sabes». Ella hizo los honores.

—Sí, bueno… Quería que quedara claro que cuando se trata de ser como todo el mundo, o sea, cabrearte porque algo no sale como quieras y convertirte en una amargada que la paga con todo el mundo, se me pasa enseguida —y coronó su parrafada con un mohín cómico.

Esa había sido una aclaración innecesaria que Jim recibió como lo que era: un intento de enmendar el error de haber admitido sin darse cuenta que había estado mal. Nadie en su sano juicio podría acusarla de amargada. Incluso aunque nunca la hubieran visto antes, la luz que emitía su mirada hablaba a las claras de su naturaleza alegre. Pero además Jim la conocía. Bastante bien y un poco mejor cada día que pasaba.

Continuaban de pie. Jim acariciaba la cabeza de Rain; Lilly las de Noah y River por turnos. Pero ninguno hacía lo que se suponía que debían: despedirse.

—¿Qué te pasó?

Intercambiaron miradas. Jim se dio cuenta de que ella se lo estaba pensando y enseguida dio un paso atrás.

—Bueno… Si te apetece contármelo, claro.

Era un período de su vida del que a Lilly no le gustaba hablar. No tenía que ver con Jim. Aunque, en parte, sí. No quería que nada opacara la idea que tenía de ella. Por otro lado, si había alguien capaz de entender lo que había supuesto para alguien alegre por naturaleza caer en el pozo del desánimo, era él. 

—El accidente de Chris en África me dejó muy tocada —admitió—. Fue la primera vez que sentí que nos tenían que haber hecho un maleficio o… No sé, algo muy malo. Porque si a alguien como Chris, que se merece todo lo mejor del mundo, le había sucedido algo así… Y luego, cuando logramos más o menos levantar cabeza las dos, ese tarado borracho se estrelló contra mi taxi y… Mi ingreso en la escuela de cocina se evaporó tal que así —chasqueó los dedos—. No me permitieron asistir como oyente para no perder las clases hasta que me quitaran la escayola… Sabían perfectamente mi historia, lo que me costó sacar mis cursos viviendo en el medio de la nada, aprobé el ingreso con la nota más alta y les dio igual… Me cabreó tanto que directamente cancelé mi matrícula y les obligué a devolverme el pastón que costaba. No quiero pasar ni un solo minuto entre gente que procede de esa manera. En fin, que fueron días muy negros. Y para colmo, me dolía todo. El impacto del accidente fue en todo el costado derecho del cuerpo. No podía respirar sin maldecir en siete idiomas…

—Y entonces, Campanilla se convirtió en su versión más oscura durante un tiempo… —apuntó él, mirándola con algo que a Lilly le resultó muy próximo a la ternura, casi como un abrazo, y la hizo sentir reconfortada.

—¡Imagínate! ¡Soltaba mordiscos y todo! ¡Era temiiiiiible! —concedió poniendo cara de ogro al tiempo que formaba una garra con su única mano viable.

Estaban cerca de la entrada, iluminada por tres farolas que formaban un potente haz de luz. Jim se movió a un lado y apoyó la espalda contra la pared. Hizo lo mismo con su pie derecho antes de volver a hablar en voz baja, obligando a Lilly tácitamente a acercarse donde él estaba.

—Tengo una teoría sobre eso. ¿Te la cuento?

Intercambiaron miradas cómicas.

—Sí —añadió él—, aunque no lo creas, algunos rubios también tenemos  cerebro y, a veces, lo usamos.

Lilly, que ya había empezado a reír al oírlo apropiarse de aquella famosa frase dedicada a las de su género, se dobló agarrándose la tripa cuando él elevó la nariz en un fingido gesto de estar ofendido. No pudo evitar pensar que su fama de ligón era totalmente merecida: además de guapo a morir, era el tío más divertido que había conocido jamás.

Jim celebró la buena acogida que había tenido su broma. No solo quería hacerla reír —la risa era el mayor afrodisíaco para una mujer—, quería demostrarle que con él podía ser ella misma, sentirse segura para hablar de momentos dolorosos o difíciles sin temor a que la emoción que inevitablemente regresaría junto con el recuerdo la arrastrara de nuevo. 

—Ay, Jim… ¡Qué llorera de risa! ¡Voy a tener que dejar de usar rímel cuando quede contigo! —dijo ella apantallándose los ojos con su mano buena al tiempo que reía.

Pues espero que no vuelvas a usarlo en toda tu vida…

Jim se mordió para no decir lo que pensaba. Ella le gustaba tanto que la bombardearía con piropos todo el tiempo. Pero no quería asustarla. De modo que se mordió muy fuerte.

—¿Te cuento mi teoría? —insistió.

Ella asintió repetidas veces mientras acababa de adecentar sus ojos con un pañuelo de papel que había sacado del bolsillo de sus vaqueros.

—Me apuesto lo que quieras a que ahora te ríes mucho más que antes de esos días tan negros… Estás en modo energía total, en plan «venga, ¿nos vamos de acampada? El hombre del tiempo dice que hará bueno»… Y como tu hermana y tú acabáis de llegar de una sesión de entrenamiento en el gimnasio que a ella la ha dejado de cama, te suelta la archiconocida frase: «¡Para yaaa, Lilly, por favor!»… Pero tú estás pletórica, como nunca. La sesión de entrenamiento te ha recargado las baterías y estás lista para el próximo plan. No puedes parar. No quieres parar.

Jim supo al instante que había acertado. La expresión de Lilly se había transformado. Su preciosa carita había pasado de la risa a la sorpresa en un santiamén.

Y así era. Jim había hecho una descripción acertada de cómo habían cambiado las cosas en su vida después de aquel momento extremadamente bajo. Sin embargo, Lilly lo había atribuido todo a que la situación sentimental de Chris había dado un giro de ciento ochenta grados y, en consecuencia, también su propio estado de ánimo. Pero ahora que oía a Jim, se estaba percatando de que había más razones que no estaban relacionadas con circunstancias externas. ¿Cómo podía él saber algo en lo que ella misma no había caído hasta hacía un segundo?

—¿A ti también te pasó algo así? 

Sip —La mirada de Jim se perdió entre los árboles mientras hablaba—. Mi teoría es que son esos momentos de negrura total, cuando le ves las orejas al lobo, los que hacen que comprendas lo fácil que es caer en barrena. Hundirte. Te das cuenta de que ya casi no hay luz porque la luz eres tú mismo. Tu capacidad de verle siempre el lado bueno a todo, de ponerle al mal tiempo buena cara… Y ahora estás tan sobrepasado porque a tu alrededor se apilan las desgracias, que no das abasto a… Básicamente, a nada. Ni a consolar a los tuyos, ni a arrimar el hombro, ni a sobreponerte a los estragos que deja en ti ver sufrir a la gente que quieres mientras tú mismo tienes el corazón destrozado… Con las baterías casi a cero, tu luz brilla lo que una cerilla y no alumbra nada… Ni a un jodido centímetro de tu nariz… Es terrorífico.

—¿Hablas de cuando tu padre enfermó? —dijo ella, tocada y sorprendida por la profundidad de unas palabras dichas por alguien a quien no tenía por un ser reflexivo.

Jim volvió a asentir con la cabeza. Sin embargo, esta vez no abundó en ese tema.  

—Tranquila, ahora viene la parte buena —dijo al ver lo seria que se había puesto Lilly—. Porque si la luz eres tú, aunque ahora sea una birria de luz, puedes decidir dónde enfocarla. Y si puedes elegir, ¿por qué no dirigirla a encontrar la manera de dejar de caer, de salir del pozo? Al fin y al cabo, reír o llorar, rendirse o luchar no son más que formas de enfrentarse a las cosas, ¿no?   Cuando por fin logras sacar la cabeza fuera del pozo, eres mil veces más fuerte y resiliente que antes. La energía del triunfo es muy poderosa —afirmó con una sonrisa—. Así es como te sientes tú ahora, Lilly: imparable.

Así era. Se sentía imparable y dispuesta a todo. Era como si todo lo que había sucedido hubiera dejado de ser el obstáculo insalvable que había creído y se hubiera convertido en el estímulo perfecto para emplearse con más ahínco. Ella concedió con un movimiento de la cabeza y permaneció en silencio unos instantes. Ahora no pensaba en sí misma, sino en él. En lo que había dicho y en cómo cuadraban sus palabras con lo que podía apreciarse desde fuera acerca de su naturaleza.

—A ver si lo he entendido bien… ¿Quieres decir que eres un payaso por elección propia?

Volvieron a intercambiar miradas. Esta vez eran intensas y cargadas de la emoción propia de un gran descubrimiento.

—Mi madre murió al darme a luz, así que, puesto en plata, mi llegada a este mundo supuso un dolor enorme para mi padre, mi tía y mis hermanos. No podía devolverles lo que mi nacimiento les había quitado, pero sí podía ser el que siempre los hiciera reír. Tenía que haber alguna forma de compensar una pérdida tan grande, ¿no crees?

A Lilly le costó descolgarse del cúmulo de emociones que se adueñaron de ella. Por supuesto, sabía que Martha Montgomery había muerto horas después de dar a luz a su tercer hijo. Pero lo dicho por Jim presentaba una perspectiva de la historia en la que nunca se había parado a pensar. Hasta ahora no había caído en lo que había supuesto para Jim ser el causante de la muerte de su madre. Aunque fuera de manera indirecta y no tuviera culpa de nada, seguía siendo un peso enorme que él cargaba en el corazón. 

¡Madre mía, eres el tipo más adorable del mundo!… ¡Ay, nooo, joder, Lilly, estás perdida!

En cambio, cuando volvió a hablar, Lilly dijo algo muy alejado de sus pensamientos. De hecho, toda ella había vuelto a ser Campanilla.

—Las chicas de hielo no saben nada de esto, ¿verdad? —preguntó, risueña. Se refería al equipo de animadoras del equipo local de hockey sobre hielo, que se hacían llamar a sí mismas de ese modo. Jim era famoso entre ellas.

¿Cómo iban a saberlo? Cuando quedaba con alguna de ellas, no era precisamente para hablar. Jim se apuró a apartar aquel pensamiento antes de que se trasluciera en su mirada y lo echara todo a perder. No afirmó ni negó. Darle la razón suponía admitir que se acostaba con ellas, pero no mantenía una relación con ellas, y eso no le convenía. Por otra parte, no dársela sería mentir y, definitivamente, eso tampoco le convenía. Se limitó a mirarla con su sonrisa divertida en ristre, a la espera de que ella continuara hablando.

—Haces bien en guardártelo bien guardadito —concedió, riendo—. Con lo que a las chicas nos gusta un hombre sensible —aunque digamos que nos van los malos, es solo de boquilla—, ¿te imaginas el revuelo que habría si ellas se enteraran de que el buenorro de Jim Bryan es este tío taaaaaaan achuchable? 

¿Achuchable? Jim sacudió la cabeza, pensando que había habido un tiempo no muy lejano en el que habría tomado esa palabra como un claro signo de declive de su sexappeal. Ya no, claro. En la era Lilly Thompson, eso suponía un triunfo.

—Así que soy un tío achuchable… Pues, no te cortes, Lilly, y achúchame —dijo, tendiéndole los brazos, de los que ella se alejó con rapidez al tiempo que se reía.

—¡Quieto ahí! —exclamó. Hizo la señal de stop con su mano viable y un instante después empezó a señalar con ella la dirección en la que Jim debía marcharse, igual que lo haría una azafata indicando las puertas de emergencia del avión—. Largo, chaval. Que duermas con los angelitos y todo eso que se dice siempre. Nos vemos mañana.

Él se quedó donde estaba. Mirándola con una sonrisa divertida mientras por dentro se mordía de ganas de… Cuando se trataba de Lilly, le resultaba muy difícil decidirse. Tenía ganas de todo. Estar con ella era tan fácil, tan profundamente reconfortante y placentero. 

—No nos veremos mañana… —tentó él, intentando retenerla un minuto más, un segundo más—. A menos que madrugues mucho y desayunemos juntos…

Lilly se detuvo. Dejó caer la cabeza graciosamente hacia delante.

—Vaaaaale. ¿Cuánto es mucho?

—Nos vamos a las seis, como muy tarde. Hay que pasar por el aeropuerto para dejar a Frank antes de seguir hacia Springfield. O sea que… ¿Cinco y media?

Ella se volvió a mirarlo con los ojos como platos.

—¡A esa hora no han puesto las calles todavía!

—Venga… Sé buena… Piensa que serán diez días —suplicó.

Lilly suspiró. «Diez días interminables, ya lo sé», pensó. De una manera extraña, ya estaba echando de menos los momentos de risas y de planes que se quedarían en suspenso, a la espera del compañero idóneo para compartirlos.

—Vaaaaaale. Mañana, a las cinco y media, en la cocina del edificio principal, ¿de acuerdo? —dijo enseñando la palma de su mano.

A Jim le faltó tiempo para chocar los cinco.

—¡Hecho, preciosa! —A continuación, palmeó la cabeza de Rain y animó a los perros a seguirlo—. ¡Venga, colegas, en marcha!

Ya se había alejado unos cuantos pasos, cuando Lilly volvió a hablar.

—¿Qué me has llamado?

Jim hizo un gesto de dolor que Lilly no pudo ver, pues él estaba de espaldas. Evidentemente, sus pensamientos lo habían delatado. 

—Y yo qué sé… ¿Lilly? ¿Campanilla? 

—Me llamaste «preciosa» —sentenció ella, cruzando el brazo sobre su cabestrillo. 

¿Y acaso no lo eres? ¿La mujer más preciosa del mundo?

—Qué va. Me habrás entendido mal… —repuso él cuando estaba a punto de bajar el camino. No se detuvo. Elevó un brazo a modo de saludo y se alejó.

Lilly sonrió para sí. No lo había entendido mal. Jim Bryan la había llamado «preciosa».

 ¡Y, Dios, cuánto le había gustado que la llamara así!


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CRS-08. Mystic Oaks, 2 (MO 2). Episodio 17


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2026/2027
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17


Robert se detuvo ante la puerta de Doreen y permaneció quieto unos instantes, aguzando el oído para comprobar si su cuñado aún continuaba de cháchara con ella. No se oía nada. Además, era bastante tarde ya; cerca de la medianoche. Sonrió sin darse cuenta ante la idea de que lo más probable era que Frank ya se hubiera ido a dormir. Pero en una prueba más de su regreso a la época de las hormonas alteradas, su ánimo enseguida se vino abajo al caer en la cuenta de que si Frank no estaba allí, probablemente se debiera a que Doreen había empezado a mostrarse somnolienta, con lo cual ella estaría dormida.

«¿No decías que querías estar un momento con ella «aunque más no fuera para verla dormir asomado a la puerta?», se dijo, burlándose del adolescente enamorado que no hacía sino inventar excusas. 

Por Dios bendito. Era viudo desde hacía un cuarto de siglo, tenía 65 años y tres hijos que ya habían dado gustosamente su visto bueno a que él volviera a casarse. 

No necesitas excusas, Robert. La necesitas a ella. Si Doreen está dormida, la despiertas, y asunto resuelto.

Se apartó un poco para detectar si había luz debajo de la puerta. No notó que la hubiera, aunque eso no significaba nada. La luz del velador que Doreen tenía en la mesilla de noche era tenue y de color rojo. Estiró la mano con la intención de anunciarse, pero al fin cambió de idea y giró el picaporte muy despacio, procurando no hacer ruido.

Cuando asomó la cabeza al interior, se encontró con la sonrisa de Doreen. Era una sonrisa adormilada pero preciosa que le calentó el corazón al instante.

Ella se hallaba parcialmente incorporada en la cama. Su cuerpo formaba un ángulo obtuso gracias a un par de cojines que había puesto encima de la almohada. Eso le permitía un cambio de postura sin que su abdomen o sus costillas se quejaran de dolor.

Solo sus hombros estaban fuera del edredón. Sus preciosos hombros apenas cubiertos por los tirantes de seda de un camisón azul. 

Qué tentación de mujer, pensó Robert. Lo que dijo, en cambio, fue un comentario obvio.

—Estás despierta… —La vio asentir levemente—. ¿Puedo entrar?

—Claro. Te esperaba…

¿Me esperabas? El maltrecho corazón de Robert se aceleró. Entró, cerró la puerta tras de sí y se dirigió hacia la cama con su sonrisa tierna en ristre, rogando porque no se notara que estaba como un flan.

Ella sacó una mano de debajo del edredón y palmeó el espacio libre que había a su lado, indicándole que tomara asiento. Luego, volvió a guardarla bajo las mantas. Él obedeció de inmediato.

—¿Tan previsible soy para ti? Y yo que planeaba sorprenderte…

—Fue una simple deducción —murmuró ella, hablando pausadamente por efecto del somnífero—. Si no fuera porque en mi estado me tomaría dos días llegar hasta tu dormitorio, habría hecho lo mismo que tú. Intentar ver esa sonrisa fabulosa que tienes una última vez más antes de dormirme hasta mañana. Así que, si yo lo hubiera hecho, ¿por qué tú no? —Cerró los ojos un instante al tiempo que inspiraba profundamente. Tras lo cual, musitó—: Sabía que vendrías.

Él asintió, procurando mantener a raya su emoción.

—No habría podido dormir, si no te veía —concedió.

Una sonrisa adormilada, aunque indudablemente pícara, asomó a los labios femeninos al decir:

—Ya me has visto. ¿Tienes suficiente con eso? 

Si sus palabras le habían puesto el corazón al galope, su sonrisa traviesa completó el hechizo. Robert sacudió la cabeza emocionado y a la vez sorprendido por las formas directas de Doreen. 

—Creo que cuando me haya acostumbrado a esta mujer tan distinta a la Doreen que conozco…

—¿Te refieres a la respetable tía de tus hijos? —se mofó ella.

Él hizo un gesto cómico.

—Para mí siempre has sido una mujer respetable. Y siempre lo serás con independencia de tu rol familiar —matizó. Al fin, concedió—: Pero sí, cuando me haya acostumbrado a esta mujer que dice claramente lo que quiere cuando lo quiere…

—¿Qué? —lo desafió.

Él sonrió seductor.

—Creo que te sorprenderé. Mucho —añadió. 

—Esperaré ansiosa ese momento… Pero, mientras tanto, ¿qué te parece si sigo diciéndote claramente lo que quiero? —propuso en tono deliberadamente sugerente.

—Me parece perfecto, querida mía.

Doreen forcejeó con sus párpados para mantenerlos abiertos. Maldita medicina que les estaba aguando un momento tan delicioso.

—Muy bien… A ver, veamos… —Sacudió la cabeza ligeramente en un intento de espabilarse y, tras una pausa, fue al grano—: ¿Es cierto que yo te importo hace tiempo, que esto… no es nuevo?

Vaya, vaya, vaya… Por lo visto, el tiempo de hermanos a solas entre Frank y Doreen había dado para mucho, pensó Robert. ¿Qué le habría dicho Frank, exactamente? Sentía una enorme curiosidad por saberlo. Enseguida, apartó ese pensamiento de su mente. Ahora esa no era la cuestión. Ahora, lo importante era empezar a establecer las bases de su relación sentimental con Doreen. Solo de pensarlo, todo su ser se estremecía de emoción. Después de tres lustros luchando contra esos sentimientos, al fin podía admitirlos en voz alta.

—Es cierto.

Sus miradas se encontraron cargadas de emoción, rebosantes de ilusión. 

Doreen respiró profundamente. El corazón galopaba en su pecho y era una experiencia abrumadora a la vez que físicamente dolorosa.

—Así que mi hermano tenía razón —musitó, envuelta en un suspiro—. Según él, hace años de esto. De cuando tuvimos que internarte de urgencia la primera vez…

Robert la miró sorprendido y se rio.

—Eso fue hace cinco años, Doreen —repuso, risueño al tiempo que negaba con la cabeza en un gesto cargado de incredulidad. ¿Tan buena había sido su actuación que había logrado engañar a toda su familia política? 

Doreen concentró todas sus fuerzas en mantener abiertos los párpados. No podía creer que se estuviera quedando dormida justo ahora. 

—¿Qué? —logró decir—. ¿Por qué te ríes? 

¿Y cómo no hacerlo?, pensó Robert. Presenciar la denodada lucha de Doreen por no ceder al sueño en un momento tan importante le hacía gracia y le enternecía a partes iguales. Además, llevaba tanto tiempo reuniendo el valor para sincerarse con ella acerca de sus sentimientos, que ahora que el momento al fin había llegado, su alegría era tal que habría podido ponerse a bailar. 

—Porque para entonces hacía mucho tiempo que había dejado de mirarte como a mi cuñada —concedió.

Y exhaló el aire en un suspiro ilusionado al ver cómo se transformaba el rostro femenino. ¡Qué espectáculo más maravilloso!

—¿Cuánto es mucho? —se las arregló Doreen para preguntar. No había sido nada fácil recuperar el habla tras semejante confesión. La había dejado literalmente muda.  

La expresión de Robert se volvió intensa. Esa pregunta había traído a su memoria años de mirarla a hurtadillas, de soñar despierto con el día en que pudiera referirse a ella como su mujer y no como la tía de sus hijos. Eran retazos de su vida juntos que estaba deseando poder compartir con ella. 

Pero no ahora. 

Mucho, créeme. Pero si quieres más detalles… —«Habrá que negociar». Las palabras que no dijo quedaron colgando en el aire, íntimas, provocativas.

Ni siquiera un cerebro tan adormilado como el de Doreen consiguió librarse del aluvión de emociones que esa única palabra había provocado. Amaba a Robert locamente desde la primera vez que sus miradas se habían cruzado, hacía décadas. Todavía le parecía increíble que Frank pensara que lo que ella creía una novedad en su vida databa de al menos cinco años atrás. El rato que había pasado a solas, después de que su hermano se fuera a dormir, se había debatido entre la ilusión y la duda de que, realmente, fuera cierto. Al fin, se le había ocurrido que quizás a Robert también le había sucedido lo mismo que a ella al enfrentarse a la posibilidad de su propia muerte. Un suceso semejante tenía el poder de poner las cosas en contexto con enorme rapidez. Doreen podía dar fe de ello. Y cuando creía haber conseguido asimilar la idea de que los sentimientos de Robert hacia ella no eran recientes… Dios. La idea de que fueran aún más antiguos había causado un revuelo de mariposas en su corazón. 

Se miraron largamente y, al fin, fue ella quien volvió a sorprenderlo.

—Estoy en las últimas… El somnífero está haciendo efecto y se me caen los párpados, así que no esperes demasiado.

El corazón de Robert se saltó un latido cuando la vio sacar una mano fuera del edredón y abrir la cama al otro lado de donde estaba sentado él.

—Quédate aquí esta noche —propuso—. No habrá fiesta, no te ilusiones… Si la pastilla no me noquea antes, quizás puedas robarme algún beso… Uno normalito… Ya te digo que no estoy para fiestas hoy… Pero seguro que te mueres por tenerme cerca. Es otra deducción, obviamente… —Sonrió con los ojos casi cerrados al decir—: Y algo que todavía no sabes de mí es que en la intimidad soy una mujer muuuy generosa.


* * * * *

«¡Al fin!», pensó Sue Anderson al entrar en su habitación y cerrar la puerta tras de sí. Las cosas se habían alargado tanto que Tim la había llamado. Lógico. Querría irse a dormir, pues era ranchero y madrugaba más que el resto de los mortales. No había podido atenderlo más que para decirle que le devolvería la llamada en cuanto pudiera. De eso había pasado un buen rato. Seguro que estaría dormido ya… Qué desastre.

Pues lo despertaré… No pienso irme a dormir sin hablar con él.

Sue se dejó caer en el sillón de su habitación con el móvil pegado a la oreja. Con un poco de suerte, Tim aún estaría levantado y ella podría mantener una conversación ideal con un hombre que, a más inri, tenía una de las voces más masculinas que había oído jamás… «Una, no; la más masculina», se corrigió mentalmente de inmediato. No podía ser de otra manera, pues todo en Tim seguía ese mismo patrón. Con su espalda doble ancho y esos brazos que destilaban poderío, era escandalosamente varonil. Un tío de rompe y rasga. 

Todos los hombres Bryan eran atractivos y cada uno descollaba a su manera. El cabeza de familia era dueño de una ternura que no pasaba inadvertida. Su hijo mayor tenía el carisma propio de una estrella de la música con el atractivo añadido de que, en el trato cercano, era una persona sencilla. El menor era un ligón muy agraciado que, a pesar de tener suspirando por sus huesos a media ciudad de Nashville y a la otra mitad, totalmente rendida a sus pies, había insistido hasta el hartazgo en quedar con ella. Seguramente, la única a quien no le interesaban ni sus huesos ni nada que tuviera que ver con él. Sin embargo, aunque le costara, tenía que reconocerle su gran sentido del humor. El mediano, en cambio… De él le interesaba absolutamente todo. Tim era un poema hecho persona. Su ideal de hombre, sin la menor sombra de duda.

—Disculpa la hora… Y disculpa por cortar tan rápido antes, cuando me llamaste. Un amigo de Rick vino a cenar a casa, la sobremesa no acababa más y mi padre no me perdía pisada… Cuando al fin se marcharon, me tocó asistir al sermón de la montaña según Peter Anderson… —Suspiró risueña—. ¿Quién está en la Casa Blanca ahora? ¡Seguro que hemos cambiado de presidente desde que entré en el despacho de mi padre!

Tim se rio de buena gana. Le encantaban sus ocurrencias. Eran agudas y solían tomarlo totalmente desprevenido. En realidad, pensó fugazmente, le encantaban cada vez más cosas de ella.

—No te preocupes. Nuestras sobremesas también suelen ser largas aunque no haya invitados. ¿Qué tal el sermón?

Así que te pica la curiosidad, ¿eh? 

Sue apoyó la cabeza contra el respaldo y cerró los ojos, deleitándose en aquellos modos tan directos que cada vez le gustaban más.

—No estoy segura… —repuso, haciéndose la pensativa—. Todavía lo estoy procesando.

Tim notó que su voz sonaba risueña y dedujo que, en tal caso, las cosas no podían haber ido tan mal. Pero quería saber más. Sorprendentemente, para ser alguien tan poco curioso, quería todos los detalles.

¿Tan complicado fue? —insistió. Entonces, la oyó reír.

—¿Estás ansioso por saber qué impresión le has dado a mi padre… o solo me lo parece?

Y entonces fue Sue quien oyó reír a Tim. Su risa supervaronil le hizo cosquillas en el oído.

Más bien por saber si me dará algo de soga o me seguirá llevando con las riendas muy cortas —dejó caer, seguro de que lo dicho suscitaría preguntas y enseguida cambió de tercio—. ¿Estás en la cama ya? 

Tim podía haberle preguntado: «¿Sigues levantada?» o «¿Tienes que estudiar?». Sin embargo, había escogido las palabras y el tono con cuidado para que sonara personal. Íntimo. Ya no eran dos personas que se caían bien; eran un hombre y una mujer que se gustaban. Por una vez en mucho tiempo, una mujer le interesaba. Deseaba estar con ella. Con el traslado de la actividad del rancho de un estado a otro pendiendo sobre su cabeza, no había tiempo que perder.

Funcionó. Sue se enderezó de golpe en su sillón con los ojos brillantes y una sonrisa en sus labios.

—Mmm… —dudó, valorando a velocidad vertiginosa a qué había venido la pregunta y qué le convenía responder—. No. Aún no… ¿Por?

Tim apretó un puño en un gesto victorioso.

Me marcho a Springfield mañana muy temprano y no volveré en una semana o así… 

Sue se quedó cortada. 

—Ay, Tim… ¿Te vas? —repuso con el ánimo por los suelos. De repente, sentía que se había desinflado—. ¿Una semana, nada menos? 

Otro puñetazo victorioso se ocupó de demostrar cuánto le había gustado a Tim comprobar lo mal que le había sentado la noticia. Era una mierda de noticia y se pasaría los próximos diez días deseando regresar a Nashville. Pero que Sue lamentara que tuviera que marcharse implicaba que le importaba y que, probablemente, contaría los días hasta su regreso igual que haría él. 

Ya, lo sé… Pero no podía irme sin verte otra vez, Sue —murmuró.

Y se quedó esperando su explosión de alegría con una sonrisa expectante.

—¿Cómo…? ¿Qué has dicho…? —Ella corrió hasta la ventana. Se asomó. No podía verlo a él, pero sí el familiar vehículo que la había llevado a casa el domingo anterior. Estaba aparcado frente a su portal—. ¡No puedo creer que hayas venido! ¡Estoy alucinando!

Tim disfrutó a lo grande de su risa feliz. Estaba haciendo una locura y lo sabía. De hecho, él mismo se había llamado al orden cuando la idea se había presentado, excitante e imposible de ignorar, en su cabeza. Pero luego, la manera en la que sentía era muy loca, muy diferente a su apatía del último lustro. Y sabía que la razón era ella. Así que, ¿por qué no dejarse llevar y ver a dónde les conducía?

Pues…, soy yo. Y estoy aquí… Deseando verte —volvió a usar un tono deliberadamente íntimo—. ¿Por qué no bajas y lo compruebas por ti misma?

Sue corrió hacia la puerta de su habitación, manoteando un abrigo y sus llaves por el camino.

—¡No te muevas de ahí! —exclamó—. ¡Voy ahora mismo! 


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CRS-08. Mystic Oaks, 2 (MO 2). Episodio 18


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2026/2027
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18


Lilly abrió la puerta despacio, entró de puntillas y volvió a cerrarla con sigilo. Sabía que el ruido de la puerta difícilmente despertaría a su hermana, pero el diablillo blanco que estaba a sus pies era melodramático hasta decir basta. Fuera alegría o enfado, todo lo expresaba con histrionismo y mucho ruido.

Lo espió por el rabillo del ojo y, aunque el peludito había alzado la cabeza con sus orejas y sus ojos muy atentos, había permanecido en silencio.

«¡Bien!», pensó. Ya solo le quedaba atravesar el salón, entrar en su habitación y meterse en la cama. Y más le valía dormirse rápido, porque las cinco de la mañana era una hora muy temprana para levantarse. Maldita sea. ¿Por qué le habría dicho que sí a Jim? Ni siquiera iban a estar a solas… ¡Y menos mal! Pero qué sentido tenía poner la alarma a las cinco, tirarse media hora bajo la ducha intentando recuperar la conciencia para desayunar en familia. Y luego, claro, comerse el coco con los diez días que aún transcurrirían antes de que volvieran a verse las caras mientras lo miraba alejarse por el camino en plan película romántica. «¡Adiós, amor mío, adiós! ¡Por favor, no me olvides!».

Aj, Lilly… ¡Estás como una chota!

La voz de su hermana la sacó de sus elucubraciones.

—¿No vas a contarme a qué venían tantas risas?

Lilly miró a Chris con cara de circunstancia.

—¿Te he despertado? Vaya pregunta —pensó en voz alta, poniendo los ojos en blanco—. Es evidente que sí. Perdona, Chris.

Entonces, Lilly reparó en lo dicho por su hermana. No había sido ella quien la había despertado al entrar en la casa, sino unas risas. Abrió mucho los ojos mientras pensaba: «¿Lo ha escuchado todo? ¡Mierda!»

Entonces vio que Chris la miraba con una sonrisa que conocía muy bien y palmeaba el asiento del sofá a su lado, en un gesto que también conocía muy bien.

Suspiró.

—¿Si te pido que lo dejemos para otro momento porque mañana tocará diana a las cinco de la mañana… colaría?

Y vio que Chris negaba no una, sino tres veces con la cabeza. El peludito ya había saltado del sofá y estaba haciendo carreras consigo mismo de un extremo al otro del salón… Y ella tendría una conversación de hermanas con Chris, aunque no tuviera ni la más remota idea de lo que iba a decirle.

Se sentó a su lado y volvió a suspirar.

—Supongo que un buen resumen es que Jim está flirteando conmigo, alucinantemente, yo también con él y que… En fin, que no me gusta nada el cariz que están tomando las cosas.

Chris la miró con cariño.

—¿Y por eso te reías tanto? —bromeó.

—Por si no lo habías notado, siempre me río. Además, es un payaso de tomo y lomo… Es imposible no reírse con él. Pero eso no quiere decir que todo este asunto me guste… La verdad es que no me gusta un pelo. 

—¿Por qué no? —y al ver que su expresiva hermana la miraba con los ojos como platos, sonrió—. Me imagino lo que te da vueltas por la cabeza, cariño. Pero verbalizar lo que nos quita el sueño, siempre ayuda… Oírte a ti misma, explicándoselo a otra persona, te vendrá bien para centrar las ideas… Y ya sabes que yo soy todo oídos —añadió con cariño.

—Además de una cotilla.

Las dos rieron.

—Eso también —concedió Chris—. Si se trata de mi Lilly, me interesa todo.

Ella hizo un gesto de disgusto con la boca. No sabía por dónde empezar.

¡Sí, que lo sabes, cobarde!

—Es que todo esto es un rollaaaaaazo… —lloriqueó. Un rollo del que no le apetecía hablar porque se temía que «centrar las ideas», no resolvería el problema, sino todo lo contrario.

—De acuerdo. ¿Dónde está el principio de la madeja? —la animó Chris, cada vez más interesada.

Hablar con Lilly era algo que Chris llevaba días posponiendo. La hospitalización de Doreen había agitado mucho las emociones en el rancho y ella, principalmente, se había visto un poco agobiada al tener que hacerse cargo de las tareas de las que antes se ocupaba la tía de Ken. Sin embargo, por más atareada que estuviera, Lilly no tenía secretos para ella. Sabía cuando estaba preocupada y, desde el domingo, lo estaba. Verla hacer algo tan inusual como disculparse y retirarse de la mesa durante la discusión de Jim y Tim le había puesto la mosca detrás de la oreja. Además, aunque ahora hubieran estado riéndose, estaba bastante segura de que, desde el domingo, su hermana había estado evitando a Jim. Lógicamente, quería saber por qué.

Lilly soltó el aire en un bufido.

—Vale. El principio de este rollazo es que… Jim me interesa y ahora sé que yo también le intereso a él —reconoció con las mejillas coloreadas.

Para Chris el interés era mutuo y no era nuevo, pero, sin duda, suponía todo un avance que Lilly al fin lo admitiera.

—¿Y…? —dijo, satisfecha, instándola a continuar.

Lilly se restregó la cabeza con su única mano viable.

—Y… que somos cuñados y yo tengo veinte años y todo por hacer… Y mucho de lo que planeo, a lo mejor, me lleva lejos de aquí durante un tiempo… ¡Y él tiene el teléfono de todas las chicas de Nashville! —gesticuló—. Se lo escriben en la piel, ¿vale? ¡No tiene ni que pedirlos! 

Al fin, Lilly llegó al meollo de la cuestión, tras un suspiro derrotado:

—Y no entiendo por qué yo. —Miró a Chris negando con la cabeza y con el desconcierto pintado en la cara—. ¿Por qué puñetas tengo que importarle justamente yo…? Todo sería mucho más fácil si las cosas siguieran como antes…

Chris la miró con cariño. La cogió de la mano.

—¿Por qué dices «justamente yo»? Eres estupenda, Lilly. Preciosa, inteligente, una personita dulce y alegre a más no poder… ¿No te parece que lo raro sería que no le interesaras?

Lilly la miró de reojo, puso morritos.

—No es por nada, pero tu opinión no es muy objetiva que digamos, ¿sabes?

—¡Claro que sí! A ver quién es el valiente que me lleva la contraria —bromeó en un intento de animarla y luego continuó en tono de hermanas hablando de cosas de chicas—. Habéis conversado sobre el tema, supongo…

Suponiendo que a decir dos frases sin reírnos se le pueda llamar «conversar sobre el tema»…

Lilly asintió, pero no dijo más. Chris esperó un tiempo prudencial antes de insistir.

—¿Y…?

—Según Jim, esto no cambia nada. Seguimos siendo los de siempre. 

—¿Y según tú?

—Según yo… —Respiró hondo—. Lo cambia todo. Porque cosas que antes no me hacían mella, como que dondequiera que va haya señoritas que se acercan a saludarlo y lo toquetean como si él fuera de su propiedad… O que salga de un bar con las manos tatuadas a bolígrafo con números de teléfono, ya no me van a dar igual. Me voy a mosquear. Y lo mismo le pasará a él conmigo… Es un tío celoso. Todos lo dicen y él no lo niega. Así que nuestra buenísima conexión hará… ¡Paaaaam! —y acompañó la palabra de un movimiento de su mano, con los dedos extendidos—. Y viviremos peleándonos cada rato que pasemos juntos… Que serán muchos porque, como en nada tú y yo nos mudaremos al edificio principal, él y yo nos veremos las caras las veinticuatro horas del día… ¡Ayyyyy, Diossss…! —se quejó, poniendo cara de dolor. 

Chris la rodeó con sus brazos.

—Ven aquí, cariño. Échate a mi lado.

Lilly obedeció. Se tendió en el sofá junto a Chris y, como apenas cabían, se acurrucó contra ella.

—Dime una cosa, Lilly… ¿No has pensado que todas esas chicas y esos números de teléfono son una consecuencia de su soledad, de la de antes de conocerte?

—De que es un ligón empedernido, querrás decir…

—No, piénsalo bien… Estáis siempre juntos, así que, ¿qué lugar ocupan esas chicas en su vida ahora?  

Lilly se enderezó sobre su codo sano y la miró con una ceja enarcada.

—¿Y cuál crees tú que ocupan? Haces cada pregunta, hermanita…

Chris se rio. 

—Noooo… Lo que quiero decir es que si él se ha dado cuenta de que eres tú quien le interesa, esas cosas de su vida anterior empezarán a desaparecer…

La imagen de Jim eliminando el contacto de Sue de su móvil acudió raudo a la mente de Lilly, masajeándole el corazón.

—Si no lo han hecho ya… —continuó Chris—. No recuerdo que haya salido solo muchas veces desde que estás aquí, ¿tú, sí?

Lilly permaneció en silencio mientras pensaba. Hacía cerca de dos meses que estaba en Mystic Oaks, pero tenía la sensación de que habían pasado siglos. Apenas se acordaba de cómo habían sido sus primeros días… Aunque Jim solo estaba en el rancho los fines de semana, hablaban por teléfono constantemente. Vivían organizando aventuras, planeando cosas que hacer en familia. No recordaba que hubiera salido solo, pero luego pasaba la mayor parte de la semana en Springfield. A saber lo que hacía cuando estaba allí.

—Supongo que no.

—¿Lo ves? Te asusta y lo entiendo… —Ella también había pasado por eso e incluso hoy, todavía, muy de tanto en tanto, la asaltaban las dudas—. Pero si estuviera en tu lugar, intentaría dar tiempo al tiempo… Jim es un buen hombre. Y seguro que es tan consciente de todo lo que hay en juego como tú. Ve paso a paso, Lilly. 

Paso a paso. Como si fuera tan fácil… 

Desde que había visto en los ojos de Jim que ella le importaba de verdad, todo se había puesto en marcha a velocidad trepidante. Los últimos dos días había descubierto más sobre ellos que en todo el tiempo que llevaba en Mystic Oaks. Ahora sabía que los dos se parecían tanto, que congeniaban hasta cuando discutían. 

Pero si Chris se había dado cuenta de la tensión que había entre ellos, Robert, Doreen, Tim y Ken también. Y ese era el problema: que nada de lo que sucediera entre ellos escaparía jamás a la atención del resto de la familia. Les afectaría para bien o para mal. Y si se permitían ser algo más que dos buenos amigos y las cosas acababan por no funcionar, seguirían viéndose las caras las veinticuatro horas del día… A menos, que uno de los dos se marchara. 

Y, obviamente, tendría que ser ella. 

Solo que Lilly no podía imaginar una vida lejos de Chris. 


* * * * *


Sue se asomó a la ventanilla del conductor con una enorme sonrisa en los labios.

—¿Subes? —dijo él—. ¿O prefieres conversar en el portal? También podemos ir a tomar algo… Tú eliges.

Prefería estar con él. Conversar sin que nadie los molestara. Conocerlo mejor y confirmar sus sospechas. Descubrir que detrás de esas vistas imponentes se escondía un ser humano igual de imponente. Pero era tarde y no se fiaba de su padre. Lo tenía respirándole en el cuello todo el tiempo y no le sorprendería que decidiera pasar por su habitación antes de irse a acostar. No había tiempo que perder.

—¡Subo! —exclamó cuando ya estaba rodeando el morro de la furgoneta.

Tim quitó el seguro de la puerta y encendió la luz de la cabina. Estaba tan ansioso por pasar un rato con ella… Ya no recordaba la última vez que se había sentido de esa forma.

Al fin, Sue montó en el asiento del acompañante, cerró la puerta y se volvió a mirarlo.

—Primero que nada, gracias por esta sorpresa, Tim. La necesitaba, lo digo en serio. 

Él asintió con una sonrisa.

—Las cosas se pusieron bastante mal esta tarde —concedió. Vio que ella también asentía. Suspiró—. Lo siento. 

—Yo también. Pero eso ya ha quedado atrás. Hablemos de nosotros. Aprovechemos esta ocasión mientras dure.

Tim se rio.

—¿Quieres decir que tu padre aparecerá de un momento a otro y me enviará de regreso a mi casa en menos de lo que canta un gallo?

—No lo descarto. Y tú tampoco deberías. —Dobló una rodilla, que apoyó sobre el asiento al tiempo que se ponía de lado para poder hablar mientras lo miraba—. Cuéntame, ¿cómo se te ha ocurrido esta locura?

—¿No lo habías llamado «sorpresa»? —Tim sabía muy bien a lo que Sue se refería. De hecho, él había pensado lo mismo: que presentarse en su casa a esas horas era una puñetera locura. Pero disfrutaba mucho con sus razonamientos, le encantaba ver cómo sus ojos refulgían apasionados cuando hablaba de algo que le interesaba y tenía la esperanza de que el tema Tim Bryan despertara en ella esa misma clase de interés.

—¿Y si te digo que fue una sorpresa precisamente porque haber venido es una locura y tú no tienes pinta de ser una persona muy dada a las locuras? —propuso ella con los ojos chispeantes de ilusión.

No lo era. Tim era cerebral y reflexivo. Era de los que hacían lo que debían y siempre anteponían la familia a todo lo demás. Pero, luego, aquel día había hecho dos cosas totalmente inesperadas. Uno, hablar con Peter Anderson. Dos, presentarse en plena noche en su casa para sorprender a su hija. Así que, quizás, era ella la que lo empujaba a plantearse preguntas tan atípicas en él como por qué no dejarse llevar y ver dónde los conducía la locura.

—Tiene mucho sentido —concedió Tim—. A ver… Pensaba irme a dormir. Con la hospitalización de Doreen todos nos hemos llevado un buen disgusto. Yo había llegado a Springfield por la mañana cuando me avisaron, así que… Aparte del disgusto, llevo mil kilómetros de más a la espalda y mañana toca salir a la carretera otra vez.

Ella asintió.

—Te noté cansado esta tarde. Ahora, no. Parece como si hubieras renacido de tus cenizas… ¿Será la emoción de estar haciendo esta locura? —Hizo un mohín risueño—. No se lo digas a nadie, pero me gustaría pensar que sí…

—Tranquila, te guardaré el secreto —se rio Tim.

Y entonces, sucedió algo aún más inesperado.

—Desde que tuve que dejar el rodeo, me está costando volver a ser el de siempre… —se descubrió confesando.

Hizo una pausa. No era esta clase de «dejarse llevar» en la que había pensado al subirse al coche. Sin embargo, la pausa duró un instante, pues, para su sorpresa, no podía parar de hablar.   

—Era mi pasión. Y, aunque de más está decir que no reniego de haberlo dejado… Me necesitaban en casa y no había más que hablar —aclaró—. No sé… Es como si algo se hubiera apagado en mí… Me he vuelto bastante… No sé si apático es la palabra, pero es la que se me ocurre ahora… Es una sensación como de que nada te mueve lo bastante… Te alegra, si es buena, pero hasta ahí. Lo pasas bien si es una barbacoa con amigos o una salida, pero hasta ahí… La verdad es que podrías haberte quedado en casa, mirando una peli o lo que sea, y te habría dado igual. No es depresión, tranquila —aclaró al notar la mirada seria y enfocada de Sue sobre él—. Estoy bien. Es solo que la adrenalina de la vida en los rodeos es muy intensa y muy adictiva… Y muy diferente a la clase de energía que mueve la vida corriente. De pronto, es como si estuvieras viendo una foto en blanco y negro. En apariencia es lo mismo, solo que el color y la emoción se han ido. 

Y, al fin, Tim dejó de hablar. 

Se sentía raro, muy raro, pero aliviado. A su familia le había tocado bailar con la más fea el último lustro. La enfermedad de su padre y las adicciones de Ken, que lo habían hecho tocar fondo, habían acaparado todos los titulares. El peso de mantener a flote el rancho, que era el sustento familiar, había caído sobre sus hombros y los de Jim como una losa. No había tiempo ni energía para nada más. Jim era un crío entonces, tenía veinte años. No podía cargarlo también con su frustración. Así que había arrumbado el asunto en un rincón de su mente, donde no estorbara, y había dedicado toda su energía a hacer lo que debía. Esta era la primera vez que se permitía sacarlo del rincón de los recuerdos y no estaba seguro de haber hecho bien. ¿Era esto lo que una chica quería escuchar del chico al que creía especial, totalmente diferente a todos los demás? 

—Pero ahora estás aquí, conmigo… —dijo ella.

De todas las cosas inesperadas del mundo, la reacción de Sue había sido la más inesperada. Tim asintió con énfasis. 

Y volvió a sorprenderse a sí mismo, admitiendo otra verdad:

—Eres lo primero que no me da igual en cinco años.

La expresión de Sue denotó tanta emoción como sorpresa. 

—¡Guau…! —atinó a decir. Dudaba mucho que existiera alguna palabra formal capaz de expresar mejor lo que sentía, pero, en todo caso, ninguna acudía a su mente. Se había quedado en blanco de la emoción. 

Tim volvió a asentir con una sonrisa algo incómoda y permaneció callado, recuperándose de su propio ataque de sinceridad.

El silencio se extendió durante un rato mientras ambos se reponían del intenso momento que habían compartido. Al fin, fue Sue quien lo rompió.

—Creo que entiendo esa apatía de la que hablas… Yo no he tenido que renunciar a las cosas que me apasionan… Pero salir y conocer gente con una familia como la mía, siguiendo cada paso que doy, no es fácil. Muchas veces, se hace tan cuesta arriba… A menos que esté segurísima de que la escapada me compensará el esfuerzo de organizarla y el interrogatorio por el que tendré que pasar cuando vuelva a casa…, ya ni siquiera me lo planteo. ¿Para qué? La verdad es que me sobran los dedos de una mano para contar las veces en las que sentí que el esfuerzo compensaba. Por no hablar de lo poco que duró la supuesta compensación… Entre lo uno y lo otro, acabas desinflándote. Piensas: «Bah. Mejor me quedo en casa y reviso bien la bibliografía del trabajo de grupo para asegurarme de que está completa»…

Él la miró con picardía.

—¿Hablas de novios? —De repente, la conversación había dado un giro de lo más interesante, y estaba ansioso por saber más.

—Novios, amigos, compañeros… Gente con la que interactuar. Con Bella nos conocemos desde niñas y, sin embargo, a medida que pasa el tiempo, hacer cosas juntas sigue siendo difícil porque el encono de mi padre ha ido a peor… Pero sí, supongo que, principalmente, hablo de una pareja —reconoció con una ligera sonrisa—. Estoy rodeada de chicos desde que era una niña. Mis hermanos siempre han hecho deporte. Dos de ellos son deportistas profesionales. Si te pasas un jueves a la tarde por mi casa, encontrarás a media docena de Predators bebiendo refrescos o batidos proteínicos en la cocina. Y si no son Predators, son Titans.

Se refería a los equipos local y estatal, respectivamente, de hockey sobre hielo y fútbol americano: Nashville Predators y Tennessee Titans.

Tim siguió mirándola en silencio, atento a sus palabras. Completamente abstraído en ella. Le encantaba la mujer, pero la atracción que ejercía sobre él su mente era sin igual.

—Lo lógico habría sido que me fijara en alguno. Después de todo, están a mano y tienen el visto bueno de mi padre, que no es poco… Mis compañeras de universidad se quedan bizcas de tanto fijarse cuando quedamos a estudiar en casa —apuntó, divertida. Luego, continuó hablando con la mirada perdida en las sombras del paisaje nocturno que había más allá del parabrisas—. Pero he crecido oyéndolos hablar de sus ligues, celebrar los tantos de su equipo, alardear de sus músculos y su buen estado físico, y… Aunque sé que son buena gente, también sé, con cero margen de error, que no sobreviviría a una cita con ninguno de ellos. Me dormiría del aburrimiento al cabo de cinco minutos. ¿Y sabes qué? Ellos no son tan diferentes de los otros que hay aquí fuera, que nunca han pasado por la cocina de mi casa… 

Cuando la mirada de Sue volvió a posarse sobre Tim, él estaba sonriendo.

—¿Lo supones o lo sabes? —dijo él, cada vez más interesado. Había tantas cosas que quería saber de Sue… 

—Me he dormido del aburrimiento muchas veces —confesó, sonriendo con picardía—. Y eso que, generalmente, eran compañeros de estudios y, como nos veíamos en el instituto o en la facultad, ni mi padre ni mis hermanos llegaron a enterarse… 

—¿Conseguías eludir la férrea vigilancia de tu equipo de seguridad para irte de picos pardos? —dijo él, riéndose de puro asombro. Sue no daba ese perfil. Tenía pinta de chica muy seria y aplicada a sus estudios. Estaba alucinando con lo que oía. Cada minuto que pasaba, ella le resultaba más y más interesante.

—¡De picos pardos en la cafetería del insti! ¡Muy bueno, Tim! —festejó—. Pero sí, haberme dormido del aburrimiento tantas veces ha confirmado mi teoría de que todos los tíos entre los 18 y los 30 años se parecen muchísimo. Les preocupan tres cosas: primero, el sexo; segundo, ser populares y tercero, fardar con los amigos de lo primero y de lo segundo. Corrijo: todos, no. Tú no te pareces a ellos en nada. 

El asombro de Tim pasó a modo superlativo y supo que eso era lo que reflejaba en su rostro cuando la oyó añadir, en tono risueño: «Y ahora, si quieres, también puede decir: “¡Guau…!”». 


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