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Intro 1: ¡Fin de la primera parte!
Intro 2: ¿Volvemos a Mystic Oaks?
⭐️ Lo que empezó como un extra… ¡Y acabó siendo una saga!
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Presentación | Sobre los personajes
Capítulos:
CRS-08. Lo que empezó como un extra… ¡Y acabó siendo una saga! 🥳
En mi entrada titulada «Serie Luces de Neón # 3. A modo de presentación» (ver el enlace «Presentación» en la cabecera) te contaba que cuando me puse a escribir las historias de los hermanos Bryan y el rancho Mystic Oaks descubrí que resultaron diferentes de las que vivían en mi mente desde hacía tantos años.
Por años me refiero a más de una década. Cuando, tras mucha insistencia por parte de las fans de Dakota, me decidí a darle una continuación a Princesa, la Serie Luces de Neón tuvo que cederle el paso a la Serie Moteros. Es decir, hablamos de 2012. Desde entonces, hay manuscritos completos de Luces de Neón, esperando que les llegue el turno.
Aparte de descubrir que los hermanos de Ken -¡Te estoy mirando a ti, Jim!— decidieron cambiar el guion original que veía en mi mente, volví a enamorarme de Mystic Oaks. De pronto, la historia de esos personajes y ese rancho empezó a crecer, convirtiéndose en algo diferente a las novelas que tengo en la cabeza para Luces de Neón. De partida, hay una diferencia evidente: no son novelas autoconclusivas, sino que se están desarrollando por temporadas.
Y aquí vino lo más curioso:
Los Extras, 1 y 2 de Superstar que me puse a escribir para conocer más a Ken, a su familia y a ese lugar maravilloso al que él llama «su lugar especial», resultaron ser, sin que yo me lo propusiera, la introducción a Mystic Oaks 1.
Con el Extras, 3 sucedió algo parecido. Abandoné el rancho por un rato para contarte cómo Chris se presenta por sorpresa en las oficinas de Ken para conocer a sus músicos, dando lugar a su primera aparición en público como pareja, y luego regresé a Mystic Oaks para narrar la sorpresa que toda la familia le estaba preparando a Doreen.
Es como si la historia romántica de Chris y Ken fuera alimentando —y complementando— la historia del resto de los Bryan.
Si a esto le sumo la aparición de nuevos personajes que han empezado a tejer sus hilos en mi cabeza, cuando miro más allá, lo que veo es esto:
Ya estaba esperando como agua de mayo que Logan Phillips aterrice al fin en Mystic Oaks…
¡Hola, Logan!
![[Saga Mystic Oaks] Personajes: Logan Phillips [Saga Mystic Oaks] Personajes: Logan Phillips](https://www.jeraromance.com/images/Logan-Phillips-2.jpg)
Cuando, de repente, alguien toca el timbre de la puerta de vitrales, Lilly va a abrir y se encuentra con esto:
![[Saga Mystic Oaks] Personajes: Cameron Hynes [Saga Mystic Oaks] Personajes: Cameron Hynes](https://www.jeraromance.com/images/cameron-hynes.jpg)
¡Sí, señoras y señores: Cameron Hynes!
Hoy por hoy, no tengo la menor idea de qué le deparará el rancho a Mr. Hynes románticamente hablando. Pero en mis historias no hay personajes que aparezcan porque sí. Si Cameron ha tocado el timbre de esa puerta, es que a ti y a mí nos espera una aventura que lleva su nombre. 🩷
Así que he tomado una importante decisión editorial:
🥁¡Redobles, por favor!
A partir de ahora, separo las novelas de Luces de Neón de las historias del rancho Mystic Oaks.
Esto significa:
📌 El nacimiento oficial de la Saga Mystic Oaks que, a través de un número (indeterminado, por el momento) de temporadas —y con el apoyo de nouvelles y episodios especiales—, será la encargada de mostrarte ese universo alucinante que veo en mi mente.
Paralelamente, por supuesto, iré compartiendo contigo las distintas novelas autoconclusivas que tengo previstas para la Serie Luces de Neón.
¡Estoy superilusionada con este cambio de rumbo! ¿Será porque me encanta que mis personajes me sorprendan? Ya te digo. ¡Jim Bryan, mira la que has liado! 😝
Gracias por estar aquí, por leerme y por formar parte de este proceso. Mystic Oaks está naciendo contigo… ¡Y eso lo hace aún más especial! 🥰
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©️2026. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷
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CRS-08. Mystic Oaks, 2 (MO 2). Episodio 10
Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2026/2027
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10
Al escuchar los golpes en la puerta ventana, la atención de Robert abandonó momentáneamente a Doreen.
—Vaya. Es Ken —anunció sonriendo al ver a su hijo mayor al otro lado del cristal. Fue en aquel momento, al rodear la mesa para ir donde estaba Ken, que cayó en la cuenta de que Frank no estaba allí. Primero se había ido Lilly. Poco después, lo había hecho Jim. Tim y Sue también se habían marchado. En teoría, él le mostraría el camino al baño. Pero, que supiera, de eso hacía un buen rato y ninguno de los dos había vuelto. Y ahora su cuñado también se había evaporado. Qué vergüenza. La pobre Chris era la única que se estaba ocupando de las visitas.
Como si Ken le hubiera leído el pensamiento, fue lo primero que observó al entrar en la estancia.
—Hola, papá… ¿Ha pasado algo? ¿Dónde estaba todo el mundo?
Robert le palmeó el hombro en un gesto tranquilizador.
—No te preocupes. No tardarán. ¿Qué? ¿Ya está todo listo para tu mini concierto? Doreen está muy ilusionada…
—¿Estás seguro de que la razón soy yo? —repuso Ken, riendo. Robert también se rio, pero no comentó al respecto, aunque su cara lo hizo por él—. Estamos listos. Vamos muy justos de tiempo, así que he preferido saludar a las visitas ahora. Después tendré que salir corriendo al aeropuerto.
No solo pensaba en el matrimonio Anderson, sino en la preciosa mujer que en aquel momento conversaba con ellos. En un rato, él estaría a bordo de un avión y no regresaría hasta el domingo. Quería aprovechar cada ocasión para estar con ella. Aunque solo fuera un minuto.
Ambos se encaminaron hacia Doreen, que ya había extendido sus brazos para recibir a Ken.
—Mira a quién te traigo —dijo Robert.
—Ven aquí, sobrino, y dame un abrazo. Flojito, ¿de acuerdo? Mis costillas están quejosas todavía.
Ken obedeció y tía y sobrino se abrazaron afectuosamente. Fue uno de esos abrazos cálidos y largos que hacían innecesarias las palabras.
Sin embargo, las hubo.
—Estos son los detalles que te hacen una persona tan especial. No es tu música, ni tu talento, ni siquiera tu fama de buen tipo. Eso es lo que ve la gente que no te conoce. Lo mejor de ti está aquí —murmuró Doreen, posando una mano sobre el pecho de Ken. Su voz se quebró al decir—: Gracias por esta sorpresa, cariño.
Ken acusó recibo de las palabras de Doreen con una sonrisa y se apartó de ella. Su voz se había quebrado y sus hermosos ojos estaban acuosos. Ambas eran señales de que su lado emocional había tomado el control y verla llorar, aunque fuera de alegría, era lo último que quería.
—¿Qué tal las visitas? Hazme un resumen —le preguntó en voz baja en un intento de desviar la atención de su tía.
Doreen tiró de él para que se pusiera aún más cerca. No deseaba que Claire, que estaba sentada a su derecha, la oyera.
—Ella es agradable; él, más tieso que un palo, y su hija ha confirmado que tiene un genio de aquí te espero. ¡Esa chica me gusta! —apuntó, traviesa, haciendo reír a Ken y, por extensión, a Robert que estaba lo bastante cerca para oírla—. Y la Red Velvet que trajeron está deliciosa, no te la pierdas.
Ken dirigió su mirada hacia la maravilla roja, blanca y marrón que dominaba la mesa como si allí no hubiera más, y se le hizo agua la boca.
—¡Genial! Voy a presentarles mis respetos y, de paso, me comeré un trozo de tarta y volveré rápido con los chicos. Porque, como vean lo que hay sobre la mesa, ¡no van a querer tocar!
—Yo te doy el pie, cariño —repuso ella y, volviéndose hacia los invitados, anunció—: Perdón por la interrupción, ¿me permiten que les presente a mi sobrino mayor? Él es Ken, el artista de la familia. Ellos son Claire y Peter Anderson. Su hija Sue ha ido un momento al baño, pero ya la conoces. Estuvo comiendo con nosotros en The Grill el domingo.
La atención de Ken tardó en desviarse de Chris, que lo miraba con esos ojos que eran un mar en calma, relajantes y magnéticos a un tiempo, y centrarse en lo que debía.
Claire enseguida le tendió la mano.
—Encantada, Ken… Vaya. Qué ojos más hermosos. Se parecen mucho a los suyos, Doreen, ¿verdad? Y a los de su hermano Frank, ahora que lo pienso —comentó la mujer amablemente.
Peter, que estaba más alejado, se puso de pie. Estrechó la mano de Ken sin hacer comentarios. Se limitó a sonreír, una sonrisa tan ligera que pareció una mueca. Sus pensamientos distaban mucho de ser amables, como los de su esposa. Ahora que sabía que la famosa sorpresa consistía en asistir al mini concierto del hijo artista que había estado «retirado temporalmente del negocio» y sus nuevos músicos, tenía muchas más ganas de marcharse de allí que nunca.
—Bienvenidos a Mystic Oaks y encantado de conocerles… Gracias por el cumplido. Mis ojos son cien por cien Montgomery, la familia de mi madre. Pero el resto de mí es Bryan —dijo, pasándole un brazo alrededor de los hombros a Robert, que estaba de pie, a su lado—. Gracias por venir a visitar a nuestra enfermita. Estarse quieta no es lo suyo y nos está costando bastante tenerla entretenida —dijo, dedicándole una breve mirada pícara Doreen.
Vio que Claire asentía, dándole la razón.
—Ah, ya veo… —bromeó Doreen, fingiendo enojo—. Por eso te has traído a tus músicos contigo…
—Entretenerte habría sido una buena excusa, ¿no crees? Pero no. Sabes bien que no es por eso —repuso él.
Doreen estiró una mano para acariciarle la barbilla.
—Claro que lo sé. —Inclinó la cabeza por el costado de su sobrino y les dijo a los Anderson—: Desde que nos hemos instalado en Nashville con él, nos hemos convertido en su «consejo de ancianos». —Se rio—. Asistimos a todas las reuniones de su equipo con voz y voto. ¡Sus hermanos se libran porque se ocupan del rancho, que si no…! Hoy era la primera reunión con sus nuevos músicos. Robert y yo debimos haber acudido, pero como estoy convaleciente… —Hizo una mueca triste y no completó la frase.
Claire lo hizo por ella.
—Su sobrino ha traído la reunión a casa —dijo, dirigiéndole a Ken una mirada aprobatoria—. Qué gesto más bonito.
—Doreen se lo merece —concedió Ken—. Aunque a veces nos traiga de cabeza con esa energía imparable que le impide hacerle caso al médico y estarse quieta hasta que le den el alta, la verdad es que no hay nada que los hombres de esta casa no haríamos por ella, ¿verdad, papá?
Los ojos de Robert acariciaron el rostro femenino con inocultable devoción antes de decir:
—Verdad.
—Bueno… Será mejor que empecemos, o perderemos el vuelo —dijo Ken.
Entonces, Chris le tendió un platillo con una buena porción de tarta. Lo hizo con una sonrisa y sin pronunciar una palabra.
Él no se cortó. Después de ver la manera en que Chris se había presentado a los miembros de su banda, explicándoles de una manera tan poética lo que había entre ellos, Ken se había venido arriba. Quería más de esa magia, más de esa sensación de pertenecer a alguien cuyo corazón también le pertenecía y desear gritarlo a los cuatro vientos.
—¿Es una indirecta para que me endulce? —le dijo con su sonrisa seductora en ristre.
Ella sonrió con picardía.
—¿Más? Yo creo que ya eres muy dulce tal como eres… Solo alimento tu glotonería con esta tarta que está de muerte.
Los ojos de Ken se iluminaron al devolverle la sonrisa pícara.
—Guau… Gracias… Entonces, no puedo perdérmela —repuso, encantado, y se llevó una cucharada a rebosar a la boca, que masticó haciendo aspavientos y emitiendo gruñidos de placer ante la complacida mirada de la repostera y la no tan amigable de su esposo—. ¡Esto es una bomba! ¡La felicito, Claire! Y, después de este subidón de energía, vuelvo con mis chicos… ¡Que empiece la música!
* * * * *
Los pasos que Tim y Sue habían oído en el pasillo eran de Lilly. Se dirigía a la biblioteca donde estaban los invitados, pero al pasar frente a la puerta del salón y oír la voz iracunda de ella diciendo: «¿Ah, no? ¿Y cuál era tu intención al acusarme de darle alas a tu hermano?», sus pies se habían quedado momentáneamente pegados al suelo. Su oreja derecha, ni corta ni perezosa, había hecho lo propio con la puerta. Sultán había ignorado sus chistidos para que regresara junto a ella. El peludito se había detenido brevemente y, tras dedicarle una breve mirada, había continuado su camino hacia la biblioteca, confirmando una vez más que no existía un animal menos obediente que él.
Con el estómago revuelto por los nervios y la desilusión, Lilly se había quedado escuchando hasta que otros pasos la habían obligado a esconderse en la habitación de enfrente para que no la pillaran con las manos en la masa. Allí había esperado unos instantes hasta estar segura de que el pasillo se hallaría despejado. Finalmente, había cambiado de idea y, en vez de dirigirse a la biblioteca, había decidido abandonar la casa. Al pasar cerca de la cocina, había oído a Frank hablando por el móvil. Dedujo que eran suyos los pasos que le habían hecho despegar abruptamente su oreja de la puerta y dio gracias de que estuviera pendiente de su conversación telefónica y no de ella.
Ahora, desde hacía un buen rato ya, estaba en el bosque, sentada sobre una piedra muy incómoda, mirando el agua correr por el arroyo, como si allí fuera a encontrar las respuestas que necesitaba.
¡Lo único que vas a encontrar es un dolor de trasero insoportable, Lilly!
Respiró hondo y se puso de pie. Se acercó un poco más a la orilla y puso su atención en las piedrecitas del fondo que podía ver con claridad gracias a que el agua era cristalina. Permaneció allí durante un rato, abstraída en las vistas de aquel paisaje de postal, hasta que al fin volvió a sentarse en la piedra de las torturas. Había probado otras de alrededor, y eran aún menos amigables para su trasero. Suspiró. Debía regresar a la casa o empezarían a preocuparse por su prolongada ausencia. Eso era lo que debía hacer… Pero, como siempre últimamente, siguió dándole vueltas a lo que no lograba quitarse de la cabeza.
Cada vez que caía en la cuenta de que todo iba a pedir de boca hasta el maldito domingo, se enrabiaba más consigo misma. Hasta entonces, Jim era el chico perfecto: un compañero de aventuras supersociable y extrovertido que además le alegraba los ojos con sus imponentes vistas, sin que hubiera riesgos implicados, pues los intereses femeninos del menor de los Bryan estaban a kilómetros del rancho. O lo que era lo mismo, de ella. Estar con Jim era fácil, divertido y seguro. Más perfecto, imposible.
Hasta que el domingo, Tim había metido el dedo en la llaga, las cosas se habían caldeado entre los hermanos, ella se había marchado al sentirse aludida por un comentario y Jim no había tenido mejor idea que ir tras ella… Desde entonces, las cosas iban cuesta abajo.
Ahora estar con Jim ya no era fácil, ni divertido, ni, muchísimo menos, seguro.
Si aquel día, en vez de largarse, hubiera pegado su trasero a la silla de la cocina —igual que había pegado la oreja a la discusión entre Sue y Tim hacía un rato—, las cosas ahora serían diferentes. Sus verdaderas emociones seguirían a cubierto y Jim no habría empezado a mirarla con otros ojos.
Ay, mierda, Lilly…
En aquel momento, el sonido de una voz la dejó congelada en el tiempo.
—Antes de que te cabrees conmigo, no te estaba buscando, ¿vale? Pasaba por aquí —anunció Jim.
Un instante después, se materializó frente a sus ojos. Y con él, Rain y sus dos hijos, Noah y River, que enseguida fueron hacia ella moviendo sus colas alegremente.
Lilly suspiró. De pronto, estaba rodeada por animales que le demostraban su alegría de verla con devoción perruna y quitarse de en medio para evitar hablar con el único humano que los acompañaba, la dejaría aún más en evidencia que antes.
¿Decías algo sobre que las cosas iban cuesta abajo? Pues agárrate fuerte, bonita, porque están a punto de caer en barrena.
—¿Y cómo es que «pasabas por aquí»? Esto no está detrás de la casa, precisamente.
Le dedicó una brevísima mirada, lo suficiente para que él captara su disgusto sin que ella empezara a derretirse. Diez segundos más de contacto visual y se convertiría en un charco pringoso alrededor de aquella dolorosa piedra.
Jo, Lilly, ¿por qué tiene que gustarte tanto?
«¿Porque es el hombre más mirable del universo conocido y el que está por descubrir?», propuso una vocecita en su cerebro.
¡Era una pregunta retórica! ¡Cierra la boca!
Ajeno al duelo dialéctico de Lilly con su otro yo, Jim se dispuso a responder.
—Tim está más arriba hablando con ese tipo que te ha caído tan bien… —Señaló la dirección con un brazo, en un intento de darle normalidad a un comentario con más retintín del deseable—. Yo voy a casa para que mi padre pueda reunirse con él. Tenemos visitas. No podemos largarnos todos. ¿Conforme con la explicación? —repuso, tan desafiante como ella había sonado antes.
—Sí, estoy conforme. En ese caso, será mejor que sigas tu camino. No es cuestión de hacer esperar a las visitas, ¿no? —repuso, dedicándole una nueva mirada tan disgustada y breve como la anterior.
Lilly pensaba, en especial, en una de las visitas: la que tenía el cabello muy largo, ondulado y del color del fuego, que a él le había resultado tan hipnótico, que se había pasado semanas hablando con su buzón de voz, intentando conseguir una cita.
Jim la contempló largamente. Si cualquier otra mujer le hubiera dicho algo semejante, él ya se habría marchado sin mirar atrás. De hecho, ganas de hacerlo no le faltaban. Pero solo era su vanidad la que abogaba por irse. El resto de él quería quedarse exactamente donde estaba.
A diferencia de lo que Lilly creía, quien ejercía un atractivo irresistible sobre Jim era ella. Había sido así desde el primer día, solo que él no se había dado cuenta de ello hasta el domingo.
—Hablemos de una vez, ¿quieres? —dijo al fin en tono definitivo.
Pues la verdad es que no quiero.
Marcharse de la cocina en medio de la discusión entre los hermanos, dejando claro que se sentía aludida, había sido una estupidez. Permitirse sentir celos de Sue era otra estupidez aún mayor. Y flirtear con Cameron… Aj… Con eso había batido su propio récord. Pero «hablar» los metería en camisa de once varas, y ella tenía demasiado que perder.
—No, Jim. Se nos da mucho mejor organizar cosas divertidas y reír… Cada vez que nos ponemos serios… —Negó con la cabeza y no acabó la frase.
—A ver, Lilly… Seguro que haré cosas que no te gusten y que tú harás otras que no me gusten a mí. Es normal. Lo hablamos y ya está. Los problemas empiezan cuando decides que algo que hago no te gusta y, en vez de decírmelo, me juzgas, me sentencias y me destierras al país de «no quiero saber nada más de ti». No soporto que hagas eso. —Ella lo miró con ojos de carnero degollado y él asintió—: Va en serio. Lo paso muy mal cuando me evitas.
Lilly meneó la cabeza. «Seguro que haré cosas que no te gustan…». «Lo hablamos y ya está…». «Lo paso muy mal cuando me evitas…».
Aquello no sonaba nada a la conversación entre dos amigos. Mucho menos a una entre dos futuros cuñados. Y lo que ella misma estaba a punto de responder lo haría todo muuucho más raro todavía.
—Cuando volvía a la biblioteca, Tim y Sue estaban discutiendo en el salón que hay al lado. —Elevó la vista hasta Jim y preguntó—: ¿Sabes por qué discutían?
Él hizo un gesto de disgusto y al fin asintió con la cabeza.
—Me lo imagino…
¿Ah, sí?
El propósito de Lilly era cruzarse de brazos como las personas normales cuando querían dar a entender que algo no les gustaba, pero como uno de sus brazos ya estaba cruzado, tuvo que conformarse con cruzar el otro encima del cabestrillo. Fue un gesto que mostró más torpeza que enfado e hizo sonreír a Jim.
—Yo que tú no sonreiría tanto —le espetó—. ¿Qué clase de persona le fastidia el plan a su propio hermano, contándole que la chica que le interesa estuvo tonteando con él el domingo? Si hay algo que he tenido clarísimo desde que conocí a Sue es que ella pasa de ti, Jim. Olímpicamente. No es que hayas hecho «algo que no me gusta» —dijo, haciendo el gesto de poner la frase entre comillas con su única mano viable—. Es que lo que has hecho es muy… Rastrero.
Jim se quedó mirándola perplejo.
—¡Guau! ¿Rastrero? ¿Cómo que «rastrero»? ¿Eso es lo que piensas de mí? —Las mejillas de Lilly se arrebolaron—. ¿Acaso crees que fui a calentarle la cabeza a Tim para joderle? Él insistió en el tema. Por eso se lo dije. Además…
Jim sacudió la cabeza porque no podía creer que estuvieran manteniendo esa clase de conversación. Se puso los brazos en jarra y la miró con los ojos brillantes de rabia.
—¿Crees, de verdad, que necesito inventarme historias de este tipo?
¡Serás creído, Jim Bryan! ¡Ajjjjjjjjjj…! ¡Menuda plasta de vanidad acabas de soltar!
—Sí, claro, perdona. Se me olvidaba que eres tan irresistible que todas se mueren por quedar contigo… Tú no necesitas tatuajes: ¡con los números de teléfono que ellas te escriben a boli en la piel, ya estás servido! —espetó y coronó su frase con un gesto de asco.
«Pues sí, ese soy yo», pensó Jim. Para su propia sorpresa, no lo dijo en alto. Era lo que habría hecho en el pasado. Era lo que hacía siempre cuando alguien, fuera hombre o mujer, pretendía poner en entredicho su innegable éxito entre el público femenino.
Sin embargo, no fue lo que hizo esta vez.
—A ver, Lilly… No lo decía en ese sentido —aclaró.
—¿En serio? ¿Y en qué sentido lo decías?
El tono de Lilly seguía siendo hostil y receloso, pero ella ya no evitaba tanto su mirada como antes y eso le daba esperanzas.
—No es que le contara que tonteó conmigo. Es que tonteó conmigo. —Sacó su móvil, buscó su ficha de contacto y se la mostró—. ¿Ves el apellido? Está todo en mayúsculas y el nombre, no. No lo escribí yo. Antes del domingo no estaba ahí. Cuando conseguí su número a través de una amiga, solo sabía su nombre de pila. Fue ella la que agregó su apellido. Si no estaba tonteando, concretamente: invitándome a que la llamara para quedar, ¿cómo explicas que mi móvil acabara en sus manos, eh?
Vio que Lilly desviaba la mirada y continuó:
—Tim lleva insistiendo en esto desde el lunes y lo conozco: sé que cuando se le pone la mosca detrás de la oreja, no para.
—¿Y por qué se le ha puesto la mosca detrás de la oreja? ¿Tendrá que ver contigo o también eres una víctima de las circunstancias? —Ella le dedicó otra mirada tan breve como las anteriores.
A él, sin embargo, le pareció menos breve. Y menos cáustica. ¿Avanzaban?, se preguntó. A trompicones, pero sí, avanzaban.
Jim exhaló el aire en un largo suspiro. Estaba harto de dar vueltas a lo mismo cuando lo único que quería era acercar posiciones con Lilly. Conocerla mejor. Volver a sentir una conexión profunda con una mujer que se parecía tanto a él, y que esta vez esa mujer «no lo quisiera como a un hermano».
—Soy muy competitivo. Ya te lo dije: odio perder. Y en este caso, no había perdido. Así que, que Tim me lo soltara a la cara con tanta seguridad, no me gustó un pelo. Por alguna razón que no tengo ni puta idea de cuál es y tampoco me interesa averiguar, el domingo, durante un rato, la pelirroja dejó de pasar de mí tan olímpicamente como dices.
Lilly permaneció en silencio. Se puso a acariciar la cabeza de Noah. Le valía cualquier cosa que le ofreciera una excusa para no hacer contacto visual con Jim. Y desde luego, la necesitaba. Porque cada vez le resultaba más difícil no hacerlo.
Él asintió con la cabeza. Suspiró y siguió intentándolo.
—Cuando hablamos en el aparcamiento del hospital, te dije que no había mordido el polvo, ¿recuerdas? Me refería a esto. Ella me invitó a que la llamara. Y cuando Tim me salió con eso que te molestó tanto como para irte de la cocina, me piqué. Vale, sí; fue una estupidez. Pero no nos engañemos: esa no es la verdadera razón de que los hayas oído discutir. La razón es que a Tim le huele tan a quemado el súbito interés de la pelirroja por él, como me huele a mí. Desconfía. Y si puedo serte franco, hace bien en desconfiar. Yo creo que ella no sabe lo que quiere. Y no, por si te lo estás preguntando, esto no se lo he dicho.
Esta vez, para sorpresa de Jim, consiguió una reacción distinta en Lilly. Aunque no fue la que esperaba…
—¿Que no sabe lo que quiere, dices? ¿Por qué? O sea, tú puedes tontear con una distinta cada día y todo tan normal, ¿pero si lo hace ella, es que no sabe lo que quiere y hay que desconfiar? Mira, Sue Anderson sabe perfectamente lo que quiere. Es una persona con las ideas muy claras. Y no lo digo solo yo, es lo que opina tu padre y también tu tía Doreen… ¡Vamos, seguro que si se lo pregunto a Sultán, opina lo mismo!
—Venga ya, Lilly… Somos hermanos. ¿No ves el problema que hay en que tontee con los dos o es que no quieres verlo? Además, dime una cosa: si lo tiene tan claro como dices, ¿por qué me dio alas el domingo y al día siguiente estaba tocando a la puerta de Tim?
Lilly volvió a ponerse a acariciar la cabeza de Noah. Seguro que había un motivo que explicara el proceder de Sue, pero no se le ocurría cuál. Si hubiera podido quedarse un poco más con la oreja pegada a la puerta, habría oído la explicación de primera mano… Uf. No quería darle la razón a Jim. Era como admitir que aquel día ella no hacía otra cosa que meter la pata a base de bien. Primero con Cam. Y ahora, volviendo a acusarlo sin razón. O mejor dicho: por celos.
¡Bravo, Lilly! ¡Bravísimo! ¡Sigue así que lo estás petando!
Jim se puso de cuclillas frente a ella, decidido a romper aquel círculo vicioso de una vez por todas.
—Yo sí sé lo que quiero —aseguró.
Volvió a activar el móvil y, poniéndolo de manera que ella pudiera ver lo que estaba haciendo, eliminó el contacto de Sue.
El corazón de Lilly empezó a latir a destajo. Inspiró despacio, de manera silenciosa, y procuró mantener una actitud normal, consciente de que no había nada normal ni en la situación ni en sus emociones.
Jim continuó.
—La discusión que te escamó tanto fue hace un rato, pero llevas dos días evitándome. ¿Por qué? ¿Fue por lo que te dije en el aparcamiento del hospital?
Lilly giró la cabeza y esta vez lo miró a los ojos.
—Dijiste e hiciste muchas payasadas en ese bendito aparcamiento. Yo que tú concretaría un poco.
—O sea, que no voy mal encaminado, entonces… —Jim no pudo evitar sonreír de gusto. ¡Al fin, lo estaba mirando! ¡Al fin estaban hablando de lo importante!
Ella, en cambio, permaneció seria. Demasiado seria para tratarse de Lilly, pensó él. Sus siguientes palabras le confirmaron que lo más conveniente en aquel momento era tragarse la sonrisa.
—No me hace ni pizca de gracia, ¿sabes?
—Vale. —Jim carraspeó y se puso serio—. Voy a concretar. ¿Es porque te dije que me miraras a los ojos si no me creías?
Te ha pillado, querida. Lamento comunicarte que estás jodida.
Lilly suspiró y, como ya no podía sostenerle la mirada por más tiempo, la apartó.
Jim se creció. Era eso. ¡Joder, era eso…!
«Y ahora que lo sabes, ¿qué piensas hacer, campeón?», pensó.
Fácil: seguir creciéndose.
—Te diste cuenta de que me importas y te asustaste… —La pausa fue tan breve que Lilly ni siquiera la notó, pero la hubo. Jim no quería que volviera a acusarlo de ser un fanfarrón, de ahí que se lo pensara antes de decir—: Porque yo también te importo.
Te ha pillado y bien pillada. ¡Aishhhhh, mieeeeerdaaaaaaa!
Lilly sacudió la cabeza, derrotada.
Y esta vez, Jim obtuvo exactamente la reacción que esperaba.
—¡Jooooooooooooooo…! ¡¿Te das cuenta del lío monumental en el que nos estamos metiendo?!
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©️2026. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
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