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Proyecto CRS-07

Mystic Oaks, 1 (MO 1)


Presentación | Sobre los personajes  

Capítulos: 

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¡Fin de la primera parte!



Club Románticas Stories - Proyecto 7: Mystic Oaks, 1 - Vision Board


CRS-07. Mystic Oaks, 1 (MO 1). Capítulo 31


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2026
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31



Con bastante sorpresa, Frank había notado que la mano de Robert descansaba sobre la de Doreen, contacto que ella no hacía el menor intento de evitar. 

Llevaba años advirtiendo las miradas y las sonrisas cargadas de amor que Robert le dedicaba. Sin embargo, que ahora hubiera contactos físicos, le hablaba de que la situación había cambiado entre los dos. Debía tratarse de algo muy reciente, pues, de otra forma, él se habría enterado. Su hermana se había enamorado a primera vista de Robert. ¿No iba a llamarlo para contarle que, al fin, habían dejado de jugar a los cuñados para dedicarse a ser abiertamente lo que, en sus corazones, levaban siendo desde la muerte de Martha: dos personas unidas por el dolor, que, a fuerza de conocerse y compartir vivencias de manera cotidiana, habían descubierto el amor verdadero juntos?

Decidió continuar atento a sus interacciones, a ver con qué más lo sorprendían. Desde su sillón, situado muy cerca de la cama de Doreen, donde su cuñado estaba sentado, tenía una vista estupenda.

Robert sonrió al ver que a Doreen se le cerraban los ojos.

—Te estás quedando dormida…

Ella apenas murmuró un «ajá» que le confirmó que estaba más dormida que despierta.

—Necesito hacer pis… —musitó al cabo de unos instantes, pero no abrió los ojos.

—Vale. ¿Pido el orinal o quieres ir al baño?

Doreen tenía mucho sueño y nada de ganas de moverse. Tampoco disponía de fuerzas para hacerlo. Pero el orinal no era una opción.

—Quiero ir al baño.

Robert asintió y se puso de pie. Se volvió a mirar a Frank.

—¿Me ayudas? Está muy dolorida para cogerla en brazos, pero si la sostenemos por un brazo, uno de cada lado, puede andar despacio.

Frank enseguida se acercó, dispuesto a ayudar.

—¿Seguro que puedes, hermana? ¿No sería mejor llamar a la enfermera?

Ignoraba si volvería a sostenerse de pie. La primera vez la había dejado extenuada y había tenido que regresar del baño a la cama en la silla de ruedas. Pero dado que quería que le dieran el alta cuanto antes, debía esforzarse por que su cuerpo volviera a funcionar. 

Doreen se limitó a asentir. Prefería ahorrar fuerzas.  

Mientras Frank colocaba las pantuflas, Doreen se incorporó en la cama con la ayuda de Robert.

—¿Quieres el deshabillé? —ofreció él.

Doreen afirmó de inmediato. No por coquetería ni porque sintiera frío, sino por pudor. No llevaba el sostén, el tejido del camisón era ligero, y sabía con seguridad que no sería capaz de mantenerse erguida. El salto de cama, que se cerraba con un lazo en la cintura, mantendría su escote a buen recaudado.

Al fin, pasó ambas piernas a un lado de la cama y se deslizó despacio hasta que sus pies descalzos tocaron las pantuflas.

—¿Lista? —preguntó Robert con una sonrisa.

Doreen volvió a asentir y se preparó para llevar a cabo un movimiento cotidiano que, sin embargo, aquel día se presentaba como un enorme desafío.

Las piernas le fallaron y, en un primer momento, dependió de los brazos masculinos para mantener el equilibrio.

—Despaaacio, hermanita —pidió Frank—. ¿Dónde vas con tanta prisa? Ni que hubieras quedado con alguno de tus muchos e insistentes admiradores —añadió, solo por ver cómo reaccionaban ambos a sus palabras. 

Y no eran unas palabras dichas al azar. En opinión de Frank, si había algo tan cierto como el lazo amoroso que su hermana y Robert compartían, era el hecho de que, a lo largo de los años, ambos habían hallado consuelo temporal a su soledad sentimental, en brazos de otras personas. Por supuesto, no lo sabía de primera mano. Robert jamás aludiría a esa cuestión en presencia de nadie, menos aún del hermano de su esposa. Doreen tampoco ofrecía demasiados datos sobre su vida sentimental cuando hablaba con él, pero con su mujer, Blanche, hablaba por los codos. Se llevaban muy bien y eran muy compinches. De esta forma, había averiguado algunas cosas interesantes, que estaba seguro de que Robert ignoraba, pues de haberlas sabido no habría perdido el tiempo jugando a los cuñados.

Vio que Robert y Doreen intercambiaban miradas, pero ninguno decía nada al respecto. 

La procesión, sin embargo, iba por dentro. 

Doreen decidió que, en adelante, le cosería la boca a Blanche, antes de compartir con ella cualquier información de tipo personal. A diferencia de su hermana Martha, tenía un punto de vista liberal acerca de la sexualidad y las relaciones entre los hombres y las mujeres. Había disfrutado de una vida sexual activa con distintos compañeros de alcoba, y eso que, cuando Ken, Tim y Jim eran niños, había sido muy complicado encontrar tiempo para sí misma. De hecho, lo seguía haciendo, aunque la enfermedad cardíaca de Robert y, en especial, la prolongada convalecencia de su último ingreso hospitalario de urgencia, la había tenido demasiado preocupada —y agotada— para pensar en otra cosa. Pero siempre había procurado mantener a sus parejas sexuales totalmente al margen de su vida familiar. Y creía haberlo conseguido con bastante éxito, para que ahora viniera su hermano a dinamitar ese aspecto tan delicado de su intimidad, nada menos que delante del hombre más importante de su vida. Pensándolo mejor, a él también le cosería la boca. En su caso, usaría una aguja de colchonero.

Tal como Frank sospechaba, Robert sabía de la misa la media. Y lo que sabía era más por deducción, que por conocimiento propiamente dicho. Doreen era dueña de una personalidad arrolladora y, además, era una mujer muy atractiva —para él era directamente hermosa, sin matices—. Cautivaba a todo el mundo con su forma de ser. Caía por su propio peso, que hubiera hombres interesados en llevar su cautivación por ella a otro nivel. Además, desde que se había comprado un teléfono móvil, recibía frecuentes llamadas de naturaleza personal. Ahora que, según decía su propio hermano, los admiradores eran «muchos e insistentes», Robert quería saber quiénes eran, cómo los había conocido, a qué se dedicaban y, en especial, qué había tenido con ellos. Quería un relato pormenorizado de cada una de sus citas, detalles eróticos incluidos. Un informe completo en toda regla. Deseaba saberlo todo sobre esos hombres que habían compartido con la mujer que amaba, algo que él jamás había podido tener. Solo de esa forma conseguiría aplacar los celos que le quemaban las entrañas: sepultándolos bajo una lluvia de datos. O, quizás, ni siquiera así.

Cuando Doreen volvió a hablar, lo que dijo no guardaba relación alguna con el comentario de su hermano sobre el cual estaba dispuesta a correr un tupido velo.

—¡Soy una tortuga…! —gimió. Una tortuga inútil y quejumbrosa.

Los celos de Robert pasaron a un segundo plano en cuanto vio a Doreen poner morritos. Adoraba ese gesto que la hacía parecer una niña. Adoraba esos labios que llevaba años deseando besar. Adoraba todo en ella.

—Estás recién operada —le recordó—. No seas tan impaciente.

La voz de Robert sonó tan dulce como la de Doreen cuando respondió.

—Y tú no le pidas peras al olmo.

—A ver, explícame esto. ¿Eres una tortuga o eres un olmo? Estoy confundido. Oye, y otra cosa: ¿Le puedo pedir peras a la tortuga? ¡Por supuesto que puedo! El «no» ya lo tengo, así que… —dijo Robert, contestándose a sí mismo.

 Y, a continuación, se despachó con una sonrisa tan tierna, que Doreen sintió que se le aflojaban las rodillas.

—Ja. Ja. Ja —fue su respuesta.

Frank no pudo más que echarse a reír ante la mirada sorprendida —y algo incómoda— de Robert y Doreen. Esos dos estaban tan inmersos en su mutuo coqueteo, que hasta se habían olvidado de que él estaba allí. 

¡No podía esperar para contárselo a Blanche!


* * * * *

—Lilly, espera… 

Ella oyó a Jim perfectamente, pero hizo caso omiso de su llamada. No quería esperarlo porque no deseaba hablar sobre su nueva marcha intempestiva, la segunda en tres días. Y no quería hacerlo, porque no quería pensar en las razones que la habían llevado a cometer semejante estupidez. Pero no detenerse, era una estupidez mayor aún. Si algo había podido comprobar desde que estaba en Mystic Oaks, era que Jim pertenecía a la clase de personas que martilleaban el mismo clavo hasta remacharlo completamente. Por lo tanto, era de cajón, que él no dejaría estar el tema.

Jim soltó el aire por la nariz al ver que ella no se detenía, y apuró el paso. Dado que había hecho el camino al trote rápido, apurarlo, quería decir correr. Y eso hacía, literalmente.

Al fin, la alcanzó y se puso a su nivel. 

«Vale», pensó, «y ahora ¿qué?».

La miró de reojo. Lilly estaba inusualmente seria. ¿Enfadada? Quizás. Quizás, no, se dijo, seguro que estaba enfadada.

—¿Quieres que hablemos o, directamente, nos ponemos los guantes de boxeo y que gane el mejor? —soltó, inesperadamente, y tuvo que contener la risa ante su propia ocurrencia.

¡Serás payaso! 

Lilly dejó de andar. Giró la cabeza para mirarlo mucho menos seria de lo que estaba antes. Era imposible estarlo con un bufón como él.

—¿Has dicho «y que gane el mejor»? No sé qué opinarás tú, pero yo creo que estoy en franca desventaja —dijo, elevando su cabestrillo, burlona.

Jim se las vio y se las deseó para aguantar la risa. No quería estropearlo.

—Vale. Entonces, hablamos —propuso.

Lilly lamentó haber descartado tan rápido la primera opción. La segunda era infinitamente peor, pues no tenía nada que alegar en su defensa, excepto admitir que detestaba estar en medio de la bronca de los hermanos, más por la razón de la misma, que por la bronca en sí. Algo que, ni en sueños, pensaba admitir en voz alta. Congeniar con Jim era una cosa; ilusionarse con él, otra muy distinta. No tenía ni pies ni cabeza. En el más que hipotético caso de que Jim viera en ella algo más que a Campanilla, él no era un chico con quien besarse en la disco, y, luego adiós, muy buenas. Y no porque no fuera el tío más besable que había conocido… 

¡Es mi cuñado! ¡Mierda!

—Si hubiera querido hablar, me habría quedado con vosotros. —Lilly señaló con el pulgar el aparcamiento al aire libre de donde los dos venían—. Como has visto, no fue el caso. 

Y con esas, reanudó la marcha, esta vez, a un ritmo más tranquilo.

Jim la siguió mientras maldecía para sus adentros. Esto era nuevo. Era la primera vez que la veía enfadada. El enfado de Lilly no era explosivo, como otros con los que había tenido que vérselas en el pasado, pero resultaba mucho más infranqueable. No respondía a las bromas, ni a las sonrisas, ni descargaba su despecho, atacándolo verbalmente o soltando indirectas. Se limitaba a decir «no», y ya. 

Suspiró. A las explosiones de rabia sabía cómo manejarlas; esto, no.

Pues estás en un problema, tío. 

A ver qué tal funcionaba la sinceridad, pensó.

—Rick Anderson no me cae bien. Me encaré con él el domingo, en la calle. Es de los se imponen levantando la voz. Ya sabes, amedrentando al personal. Y la persona con quien se estaba pasando de vueltas, era su propia hermana. Obviamente, le paré los pies. Ningún tipo hace eso en mi presencia y se va tan tranquilo.

«Ah, vaya…», pensó Lilly. Así que la razón de que Rick no se hubiera siquiera molestado en saludarlo era que Jim «se había encarado con él el domingo y le había parado los pies». ¿El motivo? ¡Oh, sorpresa! Sue Anderson. Otra vez.

Jim espió a Lilly por el rabillo del ojo. Continuaba andando, igual que antes. Tan seria como antes.

Vale. La sinceridad tampoco funciona. A ver, qué tal una disculpa.

—Perdona, Lilly…

—¿Por qué me pides perdón ahora? —lo interrumpió, volviéndose a mirarlo. La risa centelleaba en sus ojos, a pesar de que ella se esforzaba porque no pasara de allí—. ¿Lo dices por ver si aciertas?

Él intentó mantenerse serio. No quería cometer otro error, pareciendo que bromeaba con el enfado de una chica, algo con lo que sabía muy bien que jamás había que bromear.  Pero la capacidad de Lilly de anticiparse a sus pensamientos —o de leérselos, aunque ella lo hubiera negado— le hacía mucha gracia. Siempre había jugado la baza del éxito evidente que tenía con el sexo opuesto. Excepto con Chloe. Pero ella no contaba porque a los diez años la cosa no iba de bazas, sino de descubrimientos. El gran interés que despertaba en ellas le allanaba el camino para lo que viniera después. Con Lilly tenía que esforzarse, echar mano del ingenio. Su capacidad de anticiparse a él hacía que todo fuera excitante y divertido. 

—Bueno… Está claro que la he cagado y, ya sabes, una disculpa a tiempo… —dejó la frase en el aire y se encogió de hombros, mirándola risueño.

—¿En serio? —repuso ella, cruzando su único brazo viable sobre el cabestrillo, en una imitación descarada de la postura que había adquirido él, hacía unos instantes, con su hermano.

¿Existes, de verdad?

Últimamente, era un pensamiento frecuente. Descubrir que compartía una conexión con Lilly no dejaba de sorprenderlo una y otra vez. Hasta el punto de que, a veces, se preguntaba si no serían imaginaciones suyas… Se entendían con una comprensión que no nacía del conocimiento. Tres meses atrás, ni siquiera había oído hablar de ella y ahora era parte inseparable de sus días. Inseparable… Y necesaria. 

Jim sacudió la cabeza y ocultó sus verdaderos pensamientos tras un momento de risas que ella secundó.

—Mi reacción fue una estupidez —concedió al cabo de un rato.

«Pues anda que la mía…», pensó Lilly.

—Pero, no es lo que parece —continuó Jim, escogiendo sus palabras con mucho cuidado—. Me da igual de qué conoce Tim a Rick Anderson. Lo que me jode es que ande tan de puntillas en este tema, que al final yo acabe enterándome de las cosas de rebote.

—Sí, claro… Que a Tim parezca irle tan bien, donde tú has hecho un aquaplaning descarado, no te fastidia para nada. ¡Qué va! ¡Está clarísimo!

De repente, Jim se vio a sí mismo tendido bocabajo en el hielo, con los brazos extendidos como el Cristo del Corcovado, resbalando ladera abajo, y soltó una carcajada.

Las risas esta vez duraron un buen rato.

—Soy muy competitivo y no voy a disculparme por eso. Vale, me fastidia el aquaplaning. Pero no es por ella. Es porque odio perder. Y más, si es ante alguno de mis hermanos —dijo él, al fin, seleccionando sus palabras cuidadosamente otra vez.

—¿Cómo que no es por ella? ¿Me tomas el pelo? —Lilly sacudió la cabeza, riendo divertida—. ¡Todos decís lo mismo cuando os dan calabazas! 

Jim consideró si debía hacer las aclaraciones oportunas. La verdad era que, a diferencia de lo que todos creían, Sue Anderson no le había dado calabazas. El domingo, después de plantarle cara a su hermano en la calle, ella se había mostrado bastante receptiva. De hecho, ella misma le había sugerido que la llamara y había añadido su apellido al nombre con el que él la guardaba en los contactos de su móvil. Dos días después de eso, no solo no la había llamado, sino que las veces que Sue había regresado a su mente, se había debido a Tim y su maldita manía de andar de puntillas con el tema, que lo sacaba de quicio. Habían sido dos días de locos, eso era innegable. Pero no haber sentido el menor deseo o interés de hablar con ella, le había hecho caer en la cuenta de que, en realidad, no se trataba de algo nuevo. Hacía semanas que no pensaba en Sue. Tampoco le había dedicado demasiada energía mental cuando aún pensaba en ella. Ahora, lo sabía. Lo había descubierto como suelen descubrirse la mayoría de las cosas en la vida: por comparación. En Lilly pensaba a todas horas.

—Normal. ¿Qué quieres? ¿Que vaya pregonando por ahí que me han hecho morder el polvo? Soy Jim Bryan. ¡Tengo que cuidar mi prestigio! —dijo, acariciando con sus pulgares unas solapas imaginarias, ensayando una broma.

Lilly, sin embargo, no lo tomó como tal. Asintió enfáticamente y celebró el comentario de buen grado, como hacía siempre. En su interior, en cambio, el ambiente no era nada dicharachero.

«Ya sabía yo que Sue te importa. Y más que te va a importar, cuando te enteres de que a ella no le interesas tú, sino tu hermano», pensó, con una desilusión creciente, que se obligó a ignorar. 

Jim no le leía el pensamiento a Lilly, o, al menos, no era consciente de haber desarrollado tal poder, pero esto lo vio. Detrás de su risa y de sus gestos teatrales, notó con claridad su desencanto. Fue solo un instante, como un relámpago que atravesó sus preciosos ojos azules, iluminando la oscuridad y dejando al descubierto lo que esta escondía. 

Un instante que avivó el anhelo de Jim de encontrar a ese alguien especial con quien compartirlo todo. Y también el miedo a fracasar en el intento por segunda vez. 

Vale, campeón… Si tienes miedo es porque esto te importa de verdad. Y si te importa, lo que tienes que hacer es ir a por ello.  

Jim esperó a que ella dejara de reírse para volver a hablar. 

—Era una broma, Lilly. 

Ella le dedicó una mirada breve y contundente en la que podía leerse un «sí, claro, y yo me lo trago». Que, acto seguido, se hubiera puesto a andar otra vez, fue una confirmación para Jim de que su desencanto era real y no sabía por cuánto tiempo más podría ocultarlo.

Él la detuvo por un brazo con suavidad, pero enseguida retiró su mano.

—Ella no me interesa. Y, para que lo sepas, tampoco he mordido el polvo. Es la verdad.  Si no me crees, mírame. ¿No dices que mis ojos nunca mienten?

La expresión de Lilly pasó de la molestia por que Jim se empeñara en seguir con el tema, al escalofrío al sentir el contacto de su mano en la piel, y, un instante después, a la sorpresa (y el consecuente ablandamiento masivo) al comprobar que, en efecto, sus ojos no mentían.

«Ay, mierda. ¡Es cierto! Estás en un buen lío, Lilly».


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©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷


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CRS-07. Mystic Oaks, 1 (MO 1). Capítulo 32


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2026
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32



Doreen había pasado una buena noche y al despertar había pedido desayunar, algo que sus cuidadores nocturnos —Robert y Frank—, habían recibido con algarabía, pues significaba que ella se estaba recuperando.

La situación real de la paciente, sin embargo, no eran tan halagüeña como ella quería dar a entender. Estaba muy dolorida, aún le costaba respirar, y, definitivamente, no sentía hambre alguna. Pero su plan era marcharse a casa cuanto antes. De hecho, antes de la fecha sugerida, si era posible. No estaba acostumbrada a ser quien necesitaba atenciones y ser consciente de cómo todos y cada uno de los miembros de su familia había tenido que alterar su vida para adecuarse a su nueva realidad hospitalaria, la tenía muy preocupada. Tim había dejado la gestión del rancho de Springfield en manos del jefe de capataces para estar junto a ella. Frank había hecho lo propio con la gestión del rancho de Montana y pronto se les unirían su mujer y dos de sus tres hijos. Eso, sumado a algunos fragmentos que había escuchado de la conversación que Tim había tenido con Robert, la habían convencido de que no podía permanecer en el hospital por más tiempo.

Las enfermeras habían llegado con el desayuno cuando Robert se estaba bañando. No era lo habitual, pues el servicio de comidas tenía sus propios celadores al cargo, pero Candance les había pedido a sus compañeros que la dejaran ocuparse. Al enterarse, Marybeth también se había apuntado.

—¡Marchando un buen desayuno para la mejor paciente de la planta! —anunció Candance, al tiempo que entraba en la habitación empujando el carrito.

—Le traemos un poquito de todo… —explico Marybeth, poniéndose a la derecha de la cama y manipulando el mando para elevar el cabezal—. Bueno, de todo lo que puede comer. No espere chocolate, ni café, ni tarta de fresas, ni bombones…

—¡Uy! —exclamó Candance, mirando alrededor—. ¿Dónde se ha metido el unicornio? ¡Esto hay que apuntarlo: es la primera vez que entro y no lo veo aquí!

Frank miró a su hermana risueño y al ver que, bajo unos párpados todavía muy hinchados, sus ojos brillaban sospechosamente, comentó en voz baja:

—No sé si preguntar por qué le llaman unicornio… Me da miedo pensar en lo que me van a responder… —logrando que ahora fueran las mejillas de Doreen las que también acusaron recibo de la incomodidad.

En aquel momento, Robert regresó a la habitación. Las enfermeras se miraron y rieron.

—¿Qué ocurre? —dijo él.

—Nada, nada… —se apresuró a explicar Candance—. Es que entré diciendo que era la primera vez que no le veía a usted aquí. Por lo visto, sigue sin haber una primera vez…

«Ni la habrá», pensó Robert. Sonrió por todo comentario y atravesó la habitación para ir a sentarse junto a Doreen.

Ella lo siguió con la mirada. Apenas podía moverse o respirar a todo pulmón y estaba prisionera de una cama, a expensas de quien quisiera venir a desnudarla con la excusa de revisar el estado de la herida o cambiar los vendajes, pero esto sí que podía permitírselo: disfrutar de unas vistas incomparables. Las mejores del mundo.

Se había puesto la camisa de lino azul eléctrico que ella le había regalado su último cumpleaños y lo había combinado con unos Levi’s color arena que le quedaban francamente bien. Los náuticos color crudo, a juego con el cinturón, le daban un toque informal muy agradable.

«¿Qué vas a decir tú?», pensó un instante después. Como si alguna vez, hubiera pensado algo distinto al ver a Robert.

Doreen respiró todo lo profundo que le permitían sus doloridas costillas y se lanzó a por la primera parte de su plan.

—Tienes que andar —dijo, mirando a Robert, al tiempo que hacía otra respiración corta—. ¿Por qué no vais a dar una vuelta?

Robert no tenía ningún interés en dejar de tener a Doreen en su campo visual. A regañadientes, se habría avenido a dar una vuelta solo, pero ella había usado el verbo en plural y llevarse a su cuñado con él era otra cuestión. Sospechaba que Frank iba a querer tener una conversación con él —acerca de Doreen—, y Robert no estaba por la labor de hablar con su hermano sobre algo de lo que todavía no había tenido ocasión de hablar con la propia interesada. 

—¿Y dejarte sola? Me parece que no… —repuso con dulzura.

—Tienes que andar —insistió Doreen, manteniéndole la mirada—. Dos kilómetros de ida y dos de vuelta… Por favor.

Él la miró con un ojo entornado. 

—Ni por favor, ni nada… —dijo, haciéndose el duro—. Si alguna de estas amables señoritas se queda contigo mientras desayunas, me iré. De otra forma, mis dos kilómetros de ida y dos de vuelta tendrán que esperar. —Acto seguido, miró a las enfermeras.

Candance esbozó una sonrisa pícara. Siempre se lo pasaba en grande en la habitación de Doreen Montgomery. Lo que se cocía entre ella y su unicornio era como ver una novela por entregas.

—Márchese tranquilo. Yo me quedaré.

Robert asintió y se puso de pie. Cogió una mano de Doreen y la apretó cariñosamente.

—Muy bien. Nos vemos después de mis cuatro kilómetros —le dijo con una sonrisa—. Cómetelo todo, ¿eh?

Doreen respondió apretando la mano masculina. Fue un toque ligero, por falta de fuerzas, pero fue suficiente para él, que abandonó la habitación con una sonrisa de oreja a oreja.

En cuanto se quedó a solas con las enfermeras, fue directo al grano.

—Chicas… Necesito vuestra ayuda.


* * * * *

Andar por los alrededores del hospital no era el mejor de los paseos, pero Robert agradeció poder respirar un poco de aire fresco. Además, Frank tenía una conversación amena y, lo más importante, los temas no se acercaban ni remotamente a Doreen.

Le había contado, por ejemplo, que estaba muy contento con sus hijas y cómo estaban creciendo: las dos eran buenas estudiantes y, a diferencia de Jared, muy obedientes. También estaba satisfecho de los progresos de su único hijo varón, desde que lo había puesto a cargo de las relaciones públicas. Todos decían que iba para modelo masculino, —atributos para serlo, no le faltaban—, pero tenía don de gentes y a Blanche se le había ocurrido que la mejor manera de implicarlo en la gestión del rancho, era permitirle hacer algo que se le diera bien. Como hijo varón, era sobre quien recaería en el futuro la dirección de Lone Star, el rancho de ocio que los Montgomery poseían en Montana, pero el joven se había rebelado con todas sus fuerzas a convertirse en la persona seria y responsable que sus padres esperaban. Las relaciones públicas, por el momento, parecían irle como anillo al dedo.

—He visto a Ken muy bien, muy centrado y algo más fibroso que la última vez. ¿Está yendo al gimnasio?

Robert asintió.

—Sí, es parte de su rehabilitación. Está muy bien. Mejor de lo que lo he visto en años. Su regreso a la música está yendo de perlas y, como si esto fuera poco, también está Chris.

Frank sonrió.

—Se nota que ella te gusta para tu hijo.

—Bueno… Nunca me atrevería a cuestionar las elecciones sentimentales de mis hijos, no es a mí a quien tienen que gustarle sus parejas, pero, en este caso, puedo decir con toda seguridad que ella nos ha cautivado a todos. Es una gran persona.

—Creí que la conocería por la noche… Me extrañó ver que Ken llegaba solo… ¿La tiene muy escondida para que no se la quiten? —bromeó Frank, en lo que, en realidad, fue más bien un intento de saber más sobre ella.

Robert captó enseguida sus verdaderas intenciones y consideró un instante cuáles eran sus posibilidades reales de escurrir el bulto. Probablemente, no eran muchas, pues aún tenían un kilómetro por delante hasta regresar a la habitación de Doreen. Apreciaba mucho a Frank, pero no era nada dado a hablar de la vida de sus hijos. Cuando eran niños, lo hacía con mucho gusto —siempre había estado muy orgulloso de los tres—, pero ahora que eran adultos, no le parecía bien.

—La conocerás en un rato. Debe estar al llegar. Mantienen un perfil muy bajo porque si los ven juntos, comenzarán las especulaciones. Ya sabes que Ken nunca ha hablado de su vida privada. Y mucho me temo, que aquí se han juntado el hambre y las ganas de comer…

Estaban atravesando el aparcamiento, cuando Frank dijo:

—Pues ya es curioso que una mujer no quiera que la relacionen con una estrella de la música, como tu hijo… —Sonrió—. Oye, todavía no la conozco, y ya me cae bien.

Robert asintió, dándole la razón.

—Es que no es una persona nada corriente. Lo comprobarás en un rato —concedió, sonriendo.

—Ya tengo ganas, sí. Además, después de conocer a su hermana, ayer… ¡Qué chica más simpática! —le hizo un guiño al decir—: Además, de preciosa. ¿Se lleva muy bien con Jim, no?

Robert pensó que el viento había cambiado y ahora no soplaba en la dirección de Ken, sino del menor de los Bryan. Aunque, quizás, conociendo el paño, Frank solo estuviera dando un rodeo.

—Sí, son bastante parecidos en el carácter. Y en la abundancia de energía —añadió, suspirando por algo que él había dejado de tener hacía tiempo—. Cuando están juntos, es imposible seguirles el tren. Siempre están organizando algo.

Frank se rio al recordar el recibimiento que le habían regalado en el aeropuerto. Sabía, sin sombra de dudas, que no podía haber sido idea de su sobrino, y por eso valoraba más la iniciativa de la muchacha.

—¡Ese cartel me tocó el corazón! —admitió, ante la sonrisa complacida de Robert—. Bueno, si se llevan tan bien, igual la simpática Lilly consigue atrapar al más veleta de los hermanos Bryan, ¿no te parece? 

Robert no llegó a responder lo que en realidad pensaba: que no era un asunto del que hablar con tanta ligereza. No solo por que, si las cosas continuaban encaminadas de la misma manera —y todo apuntada a que lo harían—, Lilly y Jim serían oficialmente cuñados. Jim era inmaduro e inconstante en su vida personal. Continuaba en la fase de capitalizar su condición de hombre atractivo todo lo que podía, quedando con una chica diferente cada fin de semana. Desde que Doreen y él se habían establecido en Nashville, la vida social de su hijo menor parecía algo más sosegada, pero estaba convencido de que tenía que ver con el exceso de trabajo, y no con su repentina madurez. Por otra parte, Lilly tenía apenas veinte años y todo por hacer en la vida. Su sueño de convertirse en una chef de prestigio, probablemente, la llevaría a estudiar y trabajar muy lejos de Nashville. Enamorarse de un ranchero, permanentemente atado a las vicisitudes del día a día en una explotación agrícola y ganadera, pondría coto a sus sueños. O bien, deterioraría la relación sentimental hasta acabar con ella. Contemplar una tercera opción, habida cuenta de la naturaleza apasionada e inquieta de Lilly y de Jim, probablemente, era esperar demasiado.

—¿Es una idea mía, o tienes demasiado interés en casar a mis hijos? ¡Que no se diga, con tus antecedentes, cuñado! —repuso Robert con la correspondiente sonrisa, aludiendo a que Frank tenía casi cuarenta años cuando al fin había pasado por la vicaría.

Él asintió con una sonrisa. Estuvo a punto de guardarse sus pensamientos para sí. A último momento, decidió comprobar qué averiguaba, no haciéndolo.

—¿Tus hijos, dices? Qué va, todavía son jóvenes y tienen mucho por hacer antes de asumir la responsabilidad de formar una familia… Más bien pensaba en ti, cuñado. Veintiséis años solo es mucho tiempo. ¿En serio, no has pensado en volver a casarte? 

Robert se quedó mudo ante aquel viraje repentino. Tal como había pensado, Frank solo había dado un rodeo. Pero, no para seguir averiguando cosas sobre Ken, sino para ponerlo a él con la espada de Damocles en la cabeza.  Por suerte, estaban a punto de llegar a la habitación de Doreen.

—Vaya preguntas haces de buena mañana, Frank… —se limitó a comentar, al tiempo que sacudía la cabeza con incredulidad.

Fue al abrir la puerta de la habitación que Robert llegó a la conclusión de que, de poder elegir, casi prefería volver a cerrarla y seguir bajo el fuego cruzado de su cuñado. De hecho, la sorpresa fue tal, que no pudo ocultarla.

—¡Oh, caramba…! —musitó.

—¿Qué? ¿Qué pasa? —quiso saber Frank, a quien la espalda de Robert, le impedía ver hacia el interior de la habitación.

—Nada, nada… Parece que Doreen tiene visitas… —explico Robert, al tiempo que entraba con su mejor sonrisa, preguntándose qué demonios hacía April Sommerfield allí.


* * * * *


Tim se dirigió a la cocina, descalzo y con el pelo enmarañado. Era el lugar de donde provenían ruidos humanos y, por lo tanto, donde hallaría respuesta a su acuciante pregunta: por qué nadie lo había despertado y enviado a dormir a su cama, al ver que se quedaba dormido en el maldito sofá de la biblioteca. Al margen de que se le había quedado el cuello duro por la mala postura, no tenía la menor idea de la hora que era.

Al llegar del hospital, la noche anterior, se había ido directo al baño, a darse una buena ducha. Se había puesto ropa de andar por casa: un pantalón de chándal, una camiseta y unas pantuflas. Después había disfrutado de una cena deliciosa en compañía de Chris y Ken. Cuando su hermano se había marchado al hospital, Chris y él habían trasladado la charla de sobremesa a la biblioteca. Al cabo de una hora, habían llegado Jim y Lilly y se habían unido a la reunión. Lo último que recordaba eran las risas de la veinteañera mientras contaba la reacción del tío Frank al verla con el cartel de bienvenida en el aeropuerto.

Elevó la vista hacia los vitrales que, a modo de bóveda, decoraban el techo del hall, y torció el gesto.

—Dime que no son las once de la mañana y soy el único ser humano que está sin hacer nada en este rancho —fue el saludo de Tim al entrar en la cocina.

Lilly, que estaba en los fogones, se volvió sonriendo. Pensó que era muy extraño ver a Tim con esas pintas a esas horas. Y no porque las pintas tuvieran nada de malo, todo lo contrario —el hombre era un dechado de músculos, y dueño de una espalda que quitaba el hipo—, pero era el más madrugador de los Bryan: normalmente, era él quien veía los nada glamorosos despertares de los demás miembros de la familia. 

—¡Hey! —lo saludó—. Tranquilo, no son las once de la mañana.

Tim la miró con desconfianza y ella se echó a reír.

—Vaaaaale. No son las once, pero casi. Faltan cinco minutos —dijo, ante el agobio de Tim, que se abalanzó sobre la cafetera.

—¡No me lo puedo creer! ¡¿Pero cómo me habéis dejado durmiendo allí?! ¡Con todo lo que hay que hacer en este rancho!

Lilly cogió una taza de la alacena y se la tendió con una sonrisa compasiva.

—¿Crees que con una taza lo voy a arreglar? —espetó Tim, todavía, contrariado—. ¡Estoy cerebralmente muerto! 

—A menos que quieras beberlo directamente de la jarra… Oye, por mí no te cortes —bromeó.

«Para guasas estoy yo», pensó Tim. La miró de mal humor. Pero al ver su expresión traviesa y caer en la cuenta de lo ridículo de la situación, claudicó. Sonrió, llenó su taza de café, y fue a sentarse a la mesa, al tiempo que sacudía la cabeza.

—Disculpa, Lilly. Es que no estoy acostumbrado a…

—¿A dormir? —guaseó ella, removiendo, con su única mano útil, una pequeña cazuela donde cocía los ingredientes de una crema de verduras para la cena de Robert.

¿Sonaría muy fuerte responder que sí?, pensó Tim. Desde hacía cinco o seis años, ni Jim ni él pasaban demasiado tiempo entre las sábanas. Salvo breves temporadas durante el invierno, se despertaban al alba de lunes a domingo.

—A quedarme dormido por la mañana —matizó.

—¡Así que lo de hoy hay que celebrarlo! ¡Has dormido quince horas de un tirón! ¡Bien hecho, Tim!

Él volvió a sacudir la cabeza, molesto.

—Lo que no entiendo es por qué Jim no me despertó… No he oído ni el móvil… —comentó, pensando en que no recordaba dónde lo había visto por última vez. Seguro que debía tener un montón de llamadas. Especialmente, de Logan, a quien había dejado solo, con los jornaleros, y todo el trabajo.

—Dijo que te dejáramos dormir, que estás agotado y necesitas reponerte… ¡Y oye, donde manda capitán, no manda marinero!

Tim bebió un buen trago de café. Jim siempre estaba pendiente de esas cosas. Desde fuera, parecía que todo le resbalaba, que estaba demasiado ocupado con su propio ombligo para reparar en otros. Pero no se le escapaba una. Y, en efecto, su hermano no se equivocaba. Su agotamiento databa de meses, no de días. Prueba de ello era que había dormido quince horas seguidas en un sofá, sin despertarse ni una sola vez.

Estaba molido. Le dolían músculos que ignoraba que tenía. Pero el café estaba haciendo efecto y empezaba a notar que su cerebro despertaba del letargo. Lo sucedido en el aparcamiento del hospital, el día anterior, entre Jim, Lilly y él, regresó a su memoria, y una sonrisa curvó sus labios.

—¿Jim tuvo que correr mucho rato detrás de ti, o pudo explicarse antes de quedarse sin aliento? —Sacudió la cabeza, divertido—. Esa imagen no se me olvidará mientras viva… ¡Jim Bryan, corriendo por una chica! ¡Quién lo ha visto y quién lo ve!

Lilly sintió que un escalofrío le recorría la espalda al recordar la conversación que había tenido lugar entre los dos en aquel aparcamiento. Pero no estaba por la labor de darle trascendencia a lo sucedido. Menos aún, a dejar que sus emociones se alborotaran más de lo que estaban. Además, conociendo el talante bromista de los hermanos, ni muerta permitiría que convirtieran su estúpida reacción, en un motivo de pulla con la que amenizar la sobremesa. 

—¿Y qué me dices de ti? ¿No habías quedado en llamar a Sue Anderson ayer? —preguntó, volviéndose a mirarlo con la burla impresa en la cara.

Tim se quedó cortado. Miraba a Lilly, totalmente inmóvil, con el gesto de llevarse la taza de café a los labios congelada en el tiempo, como si se tratara de una película, y alguien hubiera pulsado el botón de pausa.

Sus palabras tardaron unos instantes en alcanzar el cerebro de Tim, y cobrar sentido.

Y cuando lo hicieron, el mediano de los Bryan ni siquiera pensó en cómo sabía la veinteañera lo que él había hablado con Sue. Dejó la taza sobre la mesa, y abandonó la cocina a la carrera, ante la sonrisa complacida de Lilly.

«¿Has visto?», pensó risueña, «¡Tú también corres por una chica, Tim Bryan!».

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CRS-07. Mystic Oaks, 1 (MO 1). Capítulo 33


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2026
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33


De todas las cosas imprevistas que podían sucederle a Doreen, siendo rehén de una cama de hospital, recibir la visita de April Sommerfield era la más inesperada… y la más irritante de todas. 

Las enfermeras acababan de marcharse, tras una dura negociación en la que, a cambio de su ayuda para poder volver a casa cuanto antes —de hecho, al día siguiente—, había tenido que hacer de tripas y corazón y comerse todo lo que le habían traído para desayunar. La sensación de que nunca le vería el fondo al tazón de gachas de avena había sido tal, que cuando al fin se lo vio, se le llenaron los ojos de lágrimas de puro alivio. 

Entonces, cuando se disponía a leer un rato, la puerta había vuelto a abrirse. Primero había aparecido la cabeza de Chris. 

—Buenos días, Doreen. No vengo sola… Bueno, venía sola, pero en la plata baja me encontré con April Sommerfield. En cuanto se enteró de que la habían operado de urgencia, ha querido subir a saludarla… ¿Podemos pasar ahora… o prefiere que vuelva luego, después de hablar con los médicos? 

Detrás de la sonrisa afable de Chris, había un gesto de «lo siento, lo siento, lo siento» con el que Doreen se sintió plenamente identificada. Desde luego, ella también lamentaba la situación. No solo porque con sus ojeras y su total incapacidad para moverse como un ser humano normal, se sentía en inferioridad de condiciones frente a la diosa de la elegancia. También, y muy en especial, porque desde el domingo no podía evitar sentirse irritada con solo oír su nombre. Tenerla de cuerpo presente, derrochando glamour, sin duda, era lo último que quería.

Pero, enseguida, se percató del significado de aquel gesto por parte de Chris y comprendió que lo sucedido en el asador entre Robert, April Sommerfield y ella —así como las consecuencias derivadas de ello— había trascendido la esfera privada para convertirse en un asunto del que toda la familia estaba pendiente. Así las cosas, bajo ningún concepto, podía permitirse perder las formas. Daba igual cuánto la irritara la presencia de esa mujer.

Sonrió y respondió indicándole que se acercara, con su mano libre de la vía. No le costó hacerlo, pues, al igual que el resto de la familia, quería mucho a Chris. Ella los había cautivado a todos con su talante compasivo y conciliador, y la calma que irradiaba su sola presencia.

Ella entró en primer lugar. Hoy su largo cabello castaño estaba suelto y vestía vaqueros y una blusa abotonada, que llevaba por dentro de los pantalones. Un grueso cinturón de cuero, a juego con las botas, destacaba sus formas de mujer que gasta tallas especiales sin complejos. En su caso, concretamente, una talla 44. Por encima, llevaba una chaqueta de punto de color verde musgo, lo bastante larga para cubrir por completo sus prominentes caderas. La blusa era estampada en colores oscuros, entre ellos el verde, y tenía un escote redondo que realzaba sus formas, pero no mostraba siquiera el inicio del canalillo. 

Venía andando con ayuda de su bastón. Las distancias a recorrer en el hospital eran grandes y su rodilla aún estaba en rehabilitación, por lo que Doreen dedujo que, probablemente, había dejado la silla de ruedas en el pasillo para que no estorbara dentro de la habitación. 

—¡Qué buen aspecto tiene hoy, Doreen! ¡Es evidente que se siente muchísimo mejor! ¡Cuánto me alegro! —dijo Chris, dirigiéndose hacia ella.

—Gracias, Chris… Estoy mucho mejor —se las arregló para decir sin necesidad de hacer pausas para respirar. 

En cuanto la joven se movió de la puerta, otra imagen apareció en el campo visual de Doreen. Mantuvo la sonrisa, por supuesto, y también la invitó a entrar.

—Pase, April, por favor… ¿Qué tal? —se las arregló para preguntar. Un instante después se sintió estúpida. Al margen de que era ella quien estaba hospitalizada, la respuesta era obvia: estaba fabulosa.

La mujer obedeció con una sonrisa amable en los labios.

—Buenos días, Doreen… Yo estoy muy bien, ¿y usted? Vaya disgusto, ¿verdad? Pero la veo muy bien… 

¿Muy bien, comparado con qué? ¿Con una fregona? 

Doreen rebuscó entre los vestigios de los buenos modales que habían sobrevivido al tsunami del domingo, para sobreponerse a su malestar y comportarse como debía.

—Muchas gracias, April… Sus palabras me animan —concedió, en un intento por ser amable.

Pero, en esta ocasión, no le resultó sencillo en absoluto.

April Sommerfield estaba impactante con aquella combinación de blanco y rojo que le sentaba muy bien. A diferencia del domingo, llevaba pantalones. Eran blancos e iban a juego con su jersey de cuello alto. El blazer rojo le daba un toque juvenil a su porte de ejecutiva de una importante organización no gubernamental. Vestía con elegancia, incluso con refinamiento. Era esbelta, atractiva y algunos años más joven que ella. 

Y la encontraba irritante. Irritantemente guapa e irritantemente amable.

En otras circunstancias, lo poco que sabía de ella habría provocado su admiración. April Sommerfield era una mujer fuerte y resolutiva que utilizaba su prestigio y su influencia para luchar contra la violencia doméstica y ofrecer a sus víctimas todo el apoyo necesario, independientemente de cuestiones de raza, origen u orientación sexual. En un estado abiertamente conservador, como Tennessee, su labor era encomiable, digna del mayor de los respetos y, por supuesto, de apoyo.

¿Por qué la detestaba tanto, en vez de admirarla? ¿Porque había cometido el desliz de sentirse impresionada por un hombre que era a todas luces impresionante, sin poder disimularlo? Qué ridiculez.

La verdadera razón apareció un instante después en su mente, con apabullante y vergonzosa claridad.

La detestaba porque era Robert quien se había sentido impresionado por ella, y no había sido capaz de disimularlo.


* * * * *


Robert apenas había tenido un par de minutos para decidir de qué manera haría frente a la inesperada situación de volver de su paseo y encontrar a la mujer que había agitado el avispero entre Doreen y él, el domingo anterior, en la habitación.

Hallarse bajo el ojo observador de Frank, era una desventaja. Por no mencionar a los ojos de Doreen que, tan seguro como que tenía una cabeza sobre los hombros, lo seguirían por la habitación, totalmente atentos a cada gesto y a cada sonrisa que le dedicara a la visita. Pero también estaba presente Chris, pensó, y eso no solo equilibraba las cosas, probablemente, volvería las tornas en su favor, pues era una especialista en darle la vuelta a las situaciones difíciles.

Al margen de los celos, si había algo que Robert había sacado en claro de su intento de hablar con Doreen sobre lo sucedido en el asador, era que sus disculpas la habían sacado de quicio. Por lo tanto, esta vez, no habría una actitud que sugiriera que él lamentaba lo ocurrido o se sentía incómodo al respecto.

En cambio, habría algo que había faltado en la primera ocasión: una demostración clara de sus sentimientos hacia Doreen. No los de un cuñado, sino los de un hombre enamorado.

Recordaba perfectamente el énfasis de las palabras de Doreen al responder al saludo de la señora Sommerfield, aquel día: 

«No soy su esposa. Robert es viudo. Soy su cuñada».  

Y lo recordaba tan bien, pues recordaba todas y cada una de las palabras que habían intercambiado durante esos lamentables minutos. Pero, también, porque le había dolido oírlas. No habían sonado a una aclaración natural, sino a una declaración de intenciones. 

Observó la habitación con detenimiento. Doreen había modificado su foco de atención, de las visitas a él, en cuanto había oído que la puerta se abría. Ahora, lo miraba. Probablemente, preguntándose qué haría ahora, que volvía a estar en presencia de la mujer que, según ella, tanto le había impactado al conocerla. A la derecha de la cama, estaban Chris y la mujer en cuestión, ocupando sendos sillones. Habían dejado de conversar y ahora también lo miraban. Se trataba de miradas de naturaleza muy diferente, que no se entretuvo en analizar. No tenía tiempo para eso. 

«Muy bien», se dijo. «Es hora de poner las cosas en su sitio. No eres mi cuñada, Doreen. Eres la mujer con la que voy a casarme».

Cuando dio un paso dentro de la habitación, todo el lenguaje corporal de Robert comunicaba el mismo mensaje.

Olvidándose por completo de que Frank iba con él, se dirigió al lado izquierdo de Doreen y le tendió a April la mano derecha por encima de la cama, que ella estrechó con cierto nerviosismo.

—¡April, qué sorpresa! ¿Ha venido a visitar a nuestra enfermita? Ha hecho bien. Se está recuperando con tanta rapidez que, igual, si tarda dos días más, se encuentra con una cama vacía, ¿verdad, Doreen? —dijo, mientras se sentaba a su lado, de frente a ella, con su sonrisa tierna en ristre.

No contento con eso, tomó su mano libre de la vía y se las llevó a los labios, sin dejar de mirarla.

Doreen no hizo el menor ademán de liberarse. Tampoco apartó sus ojos de los de Robert. Él sabía que lo estaba pasando por un tamiz muy fino, y se lo comunicó con un guiño. 

Para Doreen había sido una sorpresa desagradable ver que Chris llegaba acompañada de aquella mujer, gracias a quien se le había indigestado la comida en el asador. La visita se prometía breve —April había venido a ver a un familiar— y, por un instante, Doreen había llegado a creer que se libraría de presenciar, por segunda vez en cuatro días, la evidente simpatía que la mujer le profesaba a Robert. De hecho, había rogado secretamente poder librarse. Su primera desilusión había sido grande y amarga, todavía la estaba digiriendo, y no quería una segunda. 

Pero no se había librado. Ni mucho menos. Había visto en los ojos de aquella mujer su evidente interés por Robert, con tanta claridad como si fuera un cartel de neón, que se encendía y se apagaba, mostrando las palabras «¡Qué hombre más espectacular!», en rojo fosforescente, cuestión de que a nadie le pasara inadvertido. 

Y había vuelto a experimentar la misma comezón insoportable en cada centímetro de su piel.

Ahora, ya que no podía estar en otra parte más que tendida en aquella cama, Doreen se proponía averiguar qué había en los ojos de Robert cuando miraban a April Sommerfield. Qué sentía por ella. Qué pensaba de ella.

Según él, el domingo había sido amable con April porque esa era su naturaleza, no porque tuviera algún interés especial. Había asegurado no tener ninguno. Sin embargo, sus celos —aunque no tuviera derecho a sentirlos—, no eran infundados: algo había sucedido entre Robert y April el domingo. Estaba segura de ello. La cuestión era qué.

En efecto, Doreen aún no había acabado el proceso de tamizado fino, algo que le comunicó a Robert elevando una ceja. Fue una clara advertencia de que no se creciera tanto, pues aún estaba todo por ver.

Robert acusó recibo del llamado de atención con una sonrisa y no hizo comentarios, pero no liberó la mano femenina, ni se movió de su lado. Estaba decidido a ganar esa batalla. Intuía que la victoria final dependía de ella. 

—En realidad, he venido por un sobrino y me crucé con Chris en la planta baja… —repuso April con cordialidad—. Cuando me comentó lo sucedido, no pensé encontrarme a una paciente tan recuperada. ¡Doreen está estupenda!

—Es estupenda —matizó él, sin que una sonrisa amable abandonara su rostro en ningún momento—. Pero sí, tienes usted razón, April. Esta mañana, Doreen está especialmente radiante.

«¡Atónita, dirás!», pensó ella. «Aj. ¡Por el amor de Dios, Robert! ¡Cierra la boca, o te la cerraré yo!»

Y, mientras Doreen ponía los ojos en blanco —contrariada, sí, pero indudablemente halagada—, Chris se las vio y se las deseó para no delatarse. 

Aunque se suponía que mantenía una posición neutral en lo que se estaba cociendo entre el padre y la tía de Ken, no era neutral en absoluto. Había apostado secretamente por Robert desde el primer momento. Presenciar la seguridad y la dulzura con las que él se abría camino hasta el corazón de Doreen, la hacían desear lanzarse a hacer piruetas y a agitar los pompones como si fuera una animadora, animando a su equipo favorito.

Dado que no podía hacer eso, se levantó de sillón y, ayudada de su bastón, se acercó hasta los pies de la cama.

—¿Frank? —lo saludó, ofreciéndole su mano—. Soy Chris. ¡Al fin, nos conocemos!


* * * * *


Tim entró en su dormitorio y cerró la puerta. Manoteó el móvil, que había dejado encima del escritorio, y activó la pantalla. Elevó ambas cejas al ver la ristra de llamadas perdidas y mensajes.

No podía creer que a esas horas todavía estuviera en pijama. Se miró. Ojalá, pensó. Lo que llevaba puesto no valía ni siquiera para pijama. Gracias a que, desde hacía dos meses, vivía a caballo entre Springfield y Nashville, tenía un caos de ropa por todas partes. Montones de cosas sin ordenar, y nunca a mano, cuando las necesitaba. Así pues, la noche anterior, después de ducharse, se había puesto lo primero que había encontrado en el armario: un pantalón de chándal negro del año de Matusalén y una camiseta blanca que era algo más joven, pero no mucho más. Eran prendas cómodas, que llevaban a su lado varios años, por eso las había traído a Nashville, en vez de tirarlas al contenedor de la basura, que era lo que debía haber hecho. Solía llegar tan reventado a Mystic Oaks los viernes por la noche, que necesita procurarse la mayor comodidad posible.

Entre la ristra de llamadas perdidas, vio que tenía una de Sue. 

Bien. Que la hubiera, era bueno. Quería decir que ella no se había tomado a mal no haber tenido noticias suyas la tarde anterior. 

No te alegres tan rápido, colega. 

También podía significar que le había sentado pésimamente mal, y quería decírselo con todas las palabras. 

Suspiró y pulsó el botón de llamada. Esperó con un nivel de ansiedad que no recordaba haber sentido en años ante la alternativa de hablar con una chica.

Cuando oyó que atendían, decidió adelantarse.

—Por favor, no me mates, Sue… Quedé en llamarte, y lo que hice, en cambio, fue quedarme dormido en el sofá de la biblioteca… Así estoy, con el cuello tan rígido, que tengo que girarme entero para mirar atrás…

Escucharla reír consiguió devolver su ansiedad a niveles manejables. Sin embargo, no solo oyó su risa. Ella estaba en algún lugar con más gente. ¿En clase, quizás? No estaba seguro.  

¡Hola! Dame un minuto, que salgo. Aquí no puedo hablar…—Al cabo de unos instantes, Tim volvió a oír su voz—. Ya estoy contigo… Sí, me imaginé que algo habría sucedido para que no me llamaras…

En realidad, Sue no había pensado en la posibilidad de que Tim se hubiera quedado dormido, sino, más bien, de que hubiera cambiado de idea acerca de seguir en contacto con ella. Por más inocentes que fueran sus conversaciones, él seguía siendo hermano de Jim, y ella, la chica a quien Jim se había pasado semanas llamando, intentando invitarla a salir. 

Había sido su sentido común lo que le había impedido juzgarlo tan mal y actuar en consecuencia. Se dijo que no habría puesto sus ojos en él, si Tim fuera esa clase de persona y, dado que, claramente, se había fijado en él, no podía ser de los que escurrían el bulto cuando las cosas se complicaban.

—Lo siento de verdad —continuó él—. Habrás pensado que soy un informal, pero cuando digo que hago algo, lo hago. Es solo que… Me quedé dormido en el sofá y mi familia decidió dejarme tranquilo… Acabo de despertarme. ¡A las once de la mañana! ¿Sabes? Ya no recuerdo qué edad tenía la última vez que me desperté a estas horas un día laborable… —se rio, consciente de que lo hacía por nervios. 

La sonrisa de la muchacha se agrandó. 

De hecho, Sue sonreía sin darse cuenta desde que había visto su nombre parpadeando en la pantalla de su móvil.

Tanta sinceridad se merece lo mismo por mi parte… La verdad es que lo primero que pensé fue que habías cambiado de idea… Diciéndolo sin rodeos: que te habías rajado —admitió, y a juzgar por el calor que sentía, supo que toda ella estaba del mismo color de su pelo.

Tim hizo un gesto de asombro. Por lo visto, Sue tenía tan claro, como él, que lo que estaba sucediendo entre los dos no era casual.

—¿Y lo segundo que pensaste?

Que si fueras de esa clase de personas, no habría reparado en ti… Vivo rodeada de chicos desde que nací. Tengo un radar para esas cosas.

Guau.

Tim se echó en la cama, puso un brazo debajo de la cabeza y se dedicó a alucinar de lo lindo. Cada vez que pensaba que esa mujer tan segura de sí misma, era la misma pelirroja a la que su hermano llamaba «cría» cuando se enfadaba porque pasaba olímpicamente de él, le parecía un chiste. 

—¿Y si te dijera que pensé en hacerlo más de una vez? Rajarme, digo —tentó Tim. 

Sue se mordió el labio inferior, en un gesto cargado de ilusión. Echó un vistazo al interior de la sala del periódico universitario, donde estaba teniendo lugar la reunión semanal del equipo editorial. Ella dirigía el periódico y, por lo tanto, debería estar dentro, y no fuera, coqueteando con el mediano de los hermanos Bryan por el móvil. Pero, por una vez en su vida, prefería estar donde estaba. Tim le encantaba, y, cuanto más lo conocía, más le gustaba.

Supongo que si estuviera en tu lugar, yo también lo habría pensado… —concedió—. Al fin y al cabo, es tu hermano. Es normal que te preocupe.

Tim asintió enfáticamente. Jim le preocupaba. Por otra parte, nunca había pretendido meterse en medio de su hipotética historia con Sue. Era ella quien había decidido a cuál de los hermanos Bryan le devolvía las llamadas. Y lo demostraba con una claridad y una seguridad fuera de toda duda. 

—Lo pensé, pero no lo hice… Solo me quedé dormido.

Los ojos de Sue brillaron intensamente y su voz sonó cómplice, al decir:

Lo sé. Me refiero a que lo sabía antes de que tú me lo dijeras. Te llamé y no respondías. Tenía que haber pasado algo. Así que llamé a Lilly. Ella me lo contó.

Guaaaaaaaaaaauuuuuuuuu…

La boca de Tim se abrió de puro asombro. Las cosas entre los dos no se estaban desarrollando de la manera habitual, ni en la forma ni en la rapidez a la que sucedían. Eran personas serias, muy responsables, de las que pensaban detenidamente las cosas, antes de hacerlas. Excepto, ahora. Él, primero, hacía —procedía por pura intuición—, y luego, alucinaba consigo mismo. Pero, no podía parar de hacerlo. Ella, por lo visto, tampoco.

La verdad era que apenas se conocían y, sin embargo, eso no parecía ser un impedimento para ninguno de los dos.  

Esta vez, tampoco lo fue.

—Por que quede claro —dijo él—: no tengo intenciones de dejar de hablar contigo… Ni de verte —se atrevió a añadir—. Pero si algún día las tengo, te lo diré cara a cara. ¿De acuerdo? 

Sue ya estaba flotando a tres palmos del suelo, impulsada por un millón de mariposas de colores, cuando respondió:

De acuerdo, Tim. Y ahora…, ¿qué te parece si me cuentas cuál es el postre favorito de tu tía? ¿Has podido hablar con tu padre? —sonrió con picardía—. ¿O eso solo era una excusa para llamarme?

«¡Hablando de conocerse…! », pensó Tim. 

Y se echó a reír, haciendo evidente que lo habían descubierto.


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CRS-07. Mystic Oaks, 1 (MO 1). Capítulo 34


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2026
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34


Tal como Robert esperaba, la presencia de Chris había vuelto las tornas a su favor. El asombro de Frank al encontrarse con una versión de mujer que, definitivamente, no había esperado como novia de su famoso sobrino, había disparado su curiosidad, y, durante los siguientes quince minutos, se había dedicado a averiguar qué tenía esa joven, aparte de unos ojos hermosos, que había encandilado a toda la familia, no solo a Ken.

Sin embargo, algo con lo que Robert no había contado, fue que April Sommerfield dejara de ser un problema potencial para él, al convertirse en la mejor portavoz de la labor de Chris. 

Oírla hablar del Proyecto Semillas con tanta pasión, hizo que se percatara de algo en lo que no había caído hasta el momento. El «fenómeno fan» también existía en el ámbito de la cooperación internacional, aunque no se le llamara de esa forma. April Sommerfield era, en relación con Chris, lo que Bella Simpson era en relación con Ken; la mayor fan de Chris Thompson al este del meridiano de Greenwich. Conocía su trayectoria profesional en detalle, y su respeto y admiración por ella eran, a todas luces, evidentes. Nadie en el mundo podía ofrecer una presentación mejor de Chris. 

Así las cosas, Robert aprovechó aquel inesperado segundo plano en el interés de April, para dedicarse a devorar el «desayuno especial para pacientes cardíacos en recuperación» que le había traído Chris. Se sentía tan aliviado por no ser el foco de atención, que hasta el té de hierbas le resultó mucho más tolerable de lo habitual. 

Pero que no estuviera bajo el foco de atención de la visita, no implicaba en absoluto que hubiera dejado de estarlo para Doreen. Robert era muy consciente de ello. Continuaba sentado a su lado, en la cama. Solo que ahora se había girado ligeramente a la derecha para no darle la espalda a los demás. Mientras la directora de la OADASV derrochaba pasión hablando de lo ilusionado que estaba su equipo ante la idea de trabajar, codo con codo, con la creadora del Proyecto Semillas, Doreen escuchaba, sí, pero también analizaba sus gestos, sus miradas… Todo. 

—Sé que Chris lamenta que el desafortunado accidente que dejó fuera de combate a su rodilla, la apartara del trabajo de campo y la devolviera a la «civilización» —dijo April, haciendo el gesto de entrecomillar la última palabra—, pero para Oxfam, para mi organización y, para mí, en particular, es una bendición poder contar con ella en otro campo tan necesario y tan difícil de gestionar, como es el de la formación. Aquí también tenemos problemas reales, con personas de carne y hueso y desigualdades, que aunque de diferente naturaleza, son tan reales, como las que hay por esas latitudes. El conocimiento y la experiencia de alguien que tiene tanto que decir sobre cómo salir adelante cuando no se cuenta con nada, es vital.

Frank hizo un gesto de sorpresa con los labios. Blanche le había comentado algo de que, al parecer, la misteriosa novia de Ken, trabajaba para una asociación o algo semejante. Había dado por hecho que su trabajo sería de secretaria o de administrativa. 

—¿Tuviste que regresar de Tanzania por tu rodilla? —le preguntó asombrado.

Chris asintió con la cabeza, pero no dijo más.

—¡Después de seis años, imagínese! —explicó April, retomando el tema—. La conocí a principios de julio, justamente el día en que aterrizó en Nueva York. Después de tantas horas en avión, se le había hinchado tanto la rodilla, que, aún con la ayuda del bastón, apenas podía andar… Y seguro que lo único en lo que podía pensar era en cómo se las arreglaría para volver a encajar en un mundo al que había dejado de pertenecer hacía una década… Pero allí estaba Chris Thompson, en medio de un salón poblado de dinosaurios… —Sonrió al recordarlo y aclaró—: me refiero a que el más joven de los asistentes era, al menos, quince años mayor. Pero, como digo, allí estaba ella, estrechando manos y regalando palabras amables a todos los que se acercaban a saludarla. 

—Debe ser muy halagador oír que hablan tan bien de ti… —dijo Frank, sonriendo al ver que Chris estaba cada vez más sonrojada.

La vio sacudir la cabeza, risueña y a la vez incómoda.

—Es que April hace que todo suene tan maravilloso, tan impactante… Desde luego, no me extraña que haya conseguido empujar a su organización tan alto, en tan poco tiempo. ¿Quién puede resistirse a esa pasión que exuda por cada poro de la piel? 

Frank asintió riendo. Estaba totalmente de acuerdo con la observación de Chris. La mujer que la acompañaba tenía toda la pinta de ser capaz de venderle hielo a un esquimal.

April sonrió con amabilidad.

—Todo, no, querida Chris. Solo me apasiona lo que verdaderamente me inspira. Y sí, cuando algo me inspira de verdad, es muy difícil resistirse a mi discurso porque creo cada palabra que digo con cada fibra de mi ser. 

«Puedo dar fe de eso», pensó Robert, que bajó la vista hasta su taza, sintiéndose muy extraño.

De pronto, lo sucedido el domingo regresó a su mente, al igual que había hecho infinidad de veces los últimos tres días. Solo que, en esta ocasión, hubo un matiz diferente. Recordó sus primeras impresiones acerca de la mujer que Ken le estaba presentando, la intensidad de su mirada, que le comunicó sin necesidad de palabras lo que opinaba de él, esa sonrisa sensual, que dejaba traslucir sus emociones con tanta claridad… 

Y, entonces, lo entendió. Por primera vez, desde aquel incómodo momento, en uno de los asadores más famosos de la ciudad, Robert comprendió la verdadera razón del disgusto de Doreen.


* * * * *


El saludo de despedida entre Robert y April Sommerfield había sido tan cordial como al llegar, y Doreen lo había observado con el mismo interés con el que había seguido la interacción entre los dos durante los escasos quince minutos que la mujer había estado en su habitación.

Habían sido unos minutos atípicos, ya que, normalmente, cuando alguien iba a visitar a un paciente al hospital, se sobreentendía que, cortesías al margen, iba a interesarse por cómo evolucionaba su recuperación, y no había sido el caso. Más allá de decirle que «estaba estupenda», la conversación apenas había girado en torno a ella. En cambio, el foco de interés de la visita había sido Chris. Por supuesto, también, Robert. Su mirada había regresado sobre él, una y otra vez. Aunque, en esta ocasión, lo había disimulado mucho mejor. 

En todo caso, Doreen sospechaba que Chris había permitido que April la convirtiera en el tema de conversación, por solidaridad. Ya no había dudas de que lo sucedido en el asador había trascendido la esfera privada. Por tanto, era lógico que Chris pensara, que lo mejor para todos era que la atención de April se mantuviera centrada en el proyecto Semillas y en su trabajo en Tanzania. Cuanto más, mejor.

Doreen, desde luego, agradeció su inesperado tercer o cuarto plano. Aunque tan solo habían transcurrido tres días desde la última vez que se habían visto las caras, había corrido mucha agua bajo el puente, incluidos sus ocho minutos clínicamente muerta.

Lo cierto era que ese cuarto de hora, como testigo (más o menos) objetivo, le habían permitido reexaminar lo sucedido durante la comida en el asador, así como sus propias emociones al respecto.


* * * * *



Chris fue la primera en hablar, después de que la directora de la OADASV se marchara.

—Vaya… Creo que en estos minutos he crecido veinte centímetros. ¡Menos mal, que de alto, y no de ancho! —comentó con una sonrisa incómoda, aludiendo a las palabras que April le había dedicado—. Siento la cátedra que os ha dado sobre la importancia del trabajo humanitario. Cree tanto en lo que hace, que no puede evitar emocionarse cuando habla de eso… Es una mujer increíble. 

—¡Qué va! Ha sido de lo más agradable y muy informativo —intervino Frank, al tiempo que asentía con la cabeza subrayando lo dicho—. Así que, según lo que nos ha contado, vivías en Tanzania hasta hace cuatro meses… 

A veces, a Chris le parecía mentira que su vida hubiera dado un giro tan radical en tan poco tiempo.

—Increíble, ¿a qué sí? —repuso ella con una gran sonrisa—. No diré que echo en falta tener que bombear el agua para poder lavarme la cara, pero… Todavía, algunas mañanas, me despierto allí, con el aroma del rocío sobre los pastos y el sonido del silencio. ¡Quién habría dicho que el silencio también tiene su propio sonido, ¿eh?!

—¿Eso sí lo echas de menos? —preguntó Frank.

Era más bien nostalgia y estaba segura de que ese sentimiento se diluiría con el transcurso del tiempo. Ahora sabía que estaba donde debía estar. En Mystic Oaks, con Ken y con los Bryan, Chris había encontrado su verdadero hogar y confiaba en que también lo fuera para Lilly.

Acercó el índice al pulgar de su mano derecha y sonrió.

—Solo un poquito. Bueno… —Se incorporó despacio, ayudándose del bastón—. Voy a ver si encuentro a los médicos de Doreen para que me cuenten sus planes…

—También puedo contártelos yo misma —dijo la paciente con segundas.

Era la primera frase que decía en quince minutos y Robert la miró sorprendido.

—¡Has recuperado el habla! ¡Qué bien!

—Nunca la he perdido —precisó Doreen, antes de volver a dirigir su mirada hacia Chris—. Es por Ken, ¿verdad? No se fía de mí.

Frank se echó a reír.

—Me pregunto por qué será que tu sobrino favorito no se fía de ti… ¡Con lo buena y obediente que eres!

—¡Especialmente, obediente! —terció Robert, dedicándole una mirada cariñosa, que ella descartó con un suspiro de fingido desdén.

Chris esperó a que cesaran las risas para hablar.

—¿Le cuento un secreto, Doreen? Soy yo la que no me fío —reconoció en tono divertido—. Y no es porque sea usted. Es porque es una mujer. Sentimos que tenemos que ocuparnos de los nuestros, aunque vayamos a rastras, y eso nos convierte en las peores pacientes del mundo. ¡Mi pobre Lilly puede dar fe de esto! —se rio—. Así que, no se ofenda, pero quiero oír lo bien que está de boca de sus médicos. 

Doreen no podía rebatir esa afirmación. De hecho, había empezado la mañana negociando con las enfermeras para poder adelantar su alta médica. 

—No me ofendo —concedió, y añadió con picardía, haciendo reír a todos—: si estuviera en tu lugar, haría lo mismo…

—En ese caso, me voy más tranquila… —dijo Chris, despidiéndose con una mano.

Frank enseguida se levantó de los pies de la cama donde estaba sentado.

—¿Te importa, si te acompaño? 

—¡Uy, no, qué va! Si, además de acompañarme, no le importa empujar la silla de ruedas, se lo agradecería inmensamente… Es que no es la mía, que lo hace todo sola, ¿sabe? Ayer, mi fisio me dijo que estaba tan bien, que me vine arriba. «¡Venga, Chris, que tú puedes!», me dije esta mañana. ¡Y cinco minutos después de haber llegado al hospital, ya estaba suplicándole a una enfermera que me prestara una silla de ruedas!

Frank no salía de su asombro. Su primera impresión de Chris había sido desconcertante. En su opinión, no daba el perfil de novia de la estrella del country Ken Bryan, ni de cerca. Sin embargo, había algo en ella que había atraído su atención antes siquiera de haber pronunciado una palabra. No sabía exactamente qué era ese algo, pero estaba allí presente todo el tiempo. En su mirada serena, en su sonrisa franca… Incluso, en sus silencios, que habían sido muchos, ya que, en realidad, quien había monopolizado la conversación había sido April Sommerfield. Y, gracias a ella, quince minutos después de haber visto por primera vez a la novia de su sobrino, podía asegurar, sin ningún género de duda, que nunca había conocido a una persona como ella. 

—Faltaría más, Chris. Hasta luego, chicos. Vuelvo en un rato. ¡Sed buenos! —se despidió.

Cuando la puerta se cerró, Robert miró a Doreen, risueño.

—Otro que ha caído rendido a sus pies —comentó—. Y esta vez, Chris ha batido su propio récord: ¡le tomó un cuarto de hora, y ni siquiera abrió la boca!

Doreen asintió con la cabeza. Chris tenía un aura poderosa. Incluso quienes no creían más que en lo que podían ver y tocar, acusaban los efectos al estar en su presencia. No podían explicarlos, pero, desde luego, los sentían. 

Sin embargo, no era eso de lo que Doreen deseaba hablar.

—Convengamos en que no le ha hecho falta…

—¿Sabes lo que pensé? Que April es una especie de Bella para Chris. —Vio que Doreen sonreía con cara de «¡qué exagerado!»—. Sí, ya sé que no te imaginas a esa mujer con una pancarta, dando saltos en una grada, y jaleando cada palabra que Chris dice, pero ¿te has dado cuenta cómo se le iluminaban los ojos cuando hablaba de su trabajo en Tanzania? ¡La adora!

Doreen posó sus ojos sobre Robert.

—También se le iluminaron al verte. ¿Habrá que deducir que también te adora? —repuso. Y pensó «ya está. Ya lo he dicho». 

Robert no ocultó su sorpresa. ¿Iban a hablar, ¡por fin!, de lo que había pasado el domingo? 

Doreen no apartó su mirada. Robert se creció.

—Pues, espero que no —repuso con ternura—. Porque no sería correspondida…

Vamos, hombre… Esa mujer te tiene subyugado. ¿Vas a seguir negándolo? ¡Por favor!

—Si tú lo dices…

—Lo digo…, pero tú no me crees.

—¿Y por qué será que no te creo? —repuso ella, con dureza. 

Robert se tomó su tiempo antes de responder. Había cosas que su caballerosidad y su sentido del respeto hacia una mujer —cualquier mujer—, le impedían manifestar en su presencia, fuera de palabra o de hecho. Por esta mujer en particular, que ahora estaba ante él, sentía auténtica devoción. La amaba profundamente.

Y si amas a alguien, no puedes mentirle.

—April es atractiva, inteligente y tiene mucho don de gentes. Honestamente, no esperaba que se sintiera tan atraída por mí. Mucho menos, que lo hiciera tan… —Tan patéticamente obvio.

En vez de terminar la frase, Robert la dejó en suspenso. 

«Acabáramos», pensó Doreen. Dolía oír esas palabras de sus labios. Y, al mismo tiempo, suponían una liberación. No estaba loca. No estaba imaginado cosas. 

Respiró hondo y sus costillas volvieron a quejarse. Empezaba a tener problemas para respirar otra vez, aunque ahora había más razones que las físicas.

—¿Evidente? —musitó ella, casi sin aliento.

Él asintió repetidas veces con la cabeza.

—Me sentí muy halagado. —Bajó la vista un instante. Al fin, suspiró y se armó del valor necesario para decirlo, mirándola a los ojos—. Y me dio mucha vergüenza que tú estuvieras allí, viéndolo todo en primera fila. 

«A mí, también», pensó ella. Recordaba haber tenido que luchar con uñas y dientes contra el impulso de levantarse de la mesa, y marcharse para no volver.

—¿Y por qué demonios no echaste un tupido velo sobre el tema… —Definitivamente, le faltaba el aire. Hizo una inspiración corta e intentó continuar—: O me lo dijiste sin rodeos, en vez de…?

Robert sintió el fuego de la deshonra, ascendiendo por su cuello hasta acabar adueñándose de toda su cara. Se obligó a mantenerle la mirada.

—¿Intentar justificar lo injustificable? —propuso.

La ternura en la voz masculina fue como una mano que le acarició el corazón con tanta suavidad, que dejó a Doreen sin palabras. Totalmente muda.

—Ya no soy ningún quinceañero para permitirme semejante desliz… Y, aunque a los demás les haya pasado inadvertido, ahora sé que a ti, no. Me dio tanto miedo desilusionarte, que bloqueé esas emociones. Las empujé tan lejos de mi mente que, para mí, dejaron de existir… Hasta hace un rato —admitió con pesar—, cuando algo que dijo Chris, volvió a ponerlas ante mis ojos, reales como la vida misma. 

Doreen permanecía mirándolo en silencio y Robert no sabía qué pensar. El miedo —a perderla, no solo a desilusionarla— había vuelto, impidiéndole ver lo que ocurría más allá de sus propias emociones. 

—No voy a sacarte de quicio, disculpándome por enésima vez. Ni voy a explicarte por qué debes creerme cuando te digo que esa mujer no me interesa, da igual cuánto me halague ahora o en el futuro. 

Entonces, reparó en algo. Algo que lo hizo sentir esperanzado, a pesar del miedo. Los ojos femeninos brillaban. ¿Era emoción o era disgusto? Apostó por lo primero, y se lanzó al vacío. 

—Pero es así —aseguró—. Eres tú quien me importa, Doreen, no ella. Y espero que tengas clarísimo que voy a demostrártelo. Porque eso es, exactamente, lo que pienso hacer. Hoy, mañana, y cada día de mi vida.

El brillo en los ojos de Doreen era de emoción. Una emoción que no tardó en volverse fluida y rodar por sus mejillas. Llevaba más de tres décadas amándolo en secreto, deseando ser esa mujer, la que acaparara toda su atención, y lo fuera todo para él. No podía creer que, al fin, estuviera sucediendo. 

Robert nunca se había sentido tan poderoso como en el momento que, con su sonrisa tierna en ristre, le tendió un pañuelo de papel. 

Por supuesto, no era eso lo que más deseaba en aquel momento. De muy buen grado, la habría estrechado fuertemente entre sus brazos, pero la conocía bien, y sabía que eso aún tendría que esperar.

Doreen cogió el pañuelo y lo usó a conciencia para enjugar sus lágrimas sin el menor disimulo. Se tomó unos instantes para recomponerse, y, al fin, hizo una inspiración de pajarito.

—Y yo espero que tengas clarísimo, que no te lo voy a poner fácil —aseguró. Y volvió a posar sus ojos sobre él, desafiante y coqueta.

Se miraron largamente. Fue una mirada de amor, de infinita ternura, y también de emoción ante las perspectivas que se abrían ante ellos. 

Robert claudicó primero, y se rio.

—«No te lo voy a poner fácil»… ¡Ese es el eufemismo del año! Me vas a hacer sudar la gota gorda, ¿verdad? —preguntó con los ojos brillantes de ilusión.

Y vio que Doreen asentía enfáticamente, al tiempo que una sonrisa preciosa y muy significativa, iluminaba su rostro.


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CRS-07. Mystic Oaks, 1 (MO 1). Capítulo 35


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2026
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35


El regreso de Doreen a Mystic Oaks estuvo cargado de energía positiva tanto por parte de los humanos, como de los canes, que se arremolinaron en torno a ella, impidiendo que su silla de ruedas avanzara. Los humanos habían hecho un alto en sus tareas para reunirse en la explanada que conducía a la entrada principal para saludarla, tan pronto el vehículo familiar doblara el recodo del camino. Algunos, muchos más efusivos, agitaban pancartas y matracas a falta de pompones de animadoras, según explicarían más tarde.

Volver a ver el inigualable paisaje del rancho, así como el enorme edificio que albergaba la casa principal, fue un momento muy especial para Doreen. Apenas tres días atrás había tomado la decisión de alejarse de todo aquello, pues necesitaba aclarar sus emociones y sus ideas. La vida, con su envidiable talento formativo, se había ocupado de darle el jarabe anti-tontería más potente que existía: ocho minutos clínicamente muerta. ¡Dios, qué claras y qué distintas se veían las cosas después de esa experiencia! Ahora, regresaba esperanzada, llena de ilusión y de planes para el futuro. Un futuro que ya no recorrería en solitario, sino junto al hombre del que llevaba media vida enamorada. Sonrió al caer en la cuenta de que, a pesar de haber vivido bajo el mismo techo que Robert desde hacía veintiséis años, aún tenían muchas primeras veces por descubrir como pareja. La primera caricia, el primer abrazo, el primer beso… Y todo lo que sucediera después. Tratándose de dos personas de firmes convicciones, acostumbradas a decidir sobre su propia vida, tomaría tiempo engrasar los engranajes, pero sabía, en su corazón, que sería tan excitante, intenso e inolvidable, como en sus sueños. 

—Un millón de dólares por tus pensamientos… —murmuró Robert, cerca de su oído. El resto de la familia aún seguía fuera, mostrándole a Frank el jardín y los árboles que rodeaban el edificio. 

Robert y Doreen habían entrado en la casa —ella a bordo de su silla de ruedas que él empujaba, aunque en realidad no necesitaba hacerlo, pues era eléctrica—, y la luz de sol, a través de los vitrales con diseños florales de lirios y lotos, teñía el hall de tonos rosa, verde y celeste pastel. 

Doreen no respondió. En realidad, no pudo más que sonreír de pura admiración ante el espectáculo multicolor que le estaba dando la bienvenida. Ahora, era su casa y ya no le resultaba ostentosa, como la primera vez que la había visitado, hacía años ya, sino fabulosa. Reunía bajo su techo a las personas más importantes del mundo para ella y, por si esto no fuera suficiente, tenía rincones realmente extraordinarios como el que estaba viendo.

—Vaya… —dijo, deslumbrada por las vistas—.  ¿Has visto qué maravilla, Robert?

—¿Estás intentando distraerme con las luces para no contarme lo que estabas pensando? —Se asomó por el costado de la cabeza femenina y volvió a hablarle al oído—. No te preocupes, insistiré. Tu cara era un poema y quiero saber por qué.

Y, esta vez, se permitió algo más: depositar un beso suave, muy delicado, sobre su mejilla, muy cerca de la oreja. Pudo sentir cómo Doreen se estremecía y fue muy consciente de cuánto se estremecía él mismo. Todo su cuerpo vibraba de emoción. Y el tacto de la piel de Doreen… Oh, Dios, eso sí, que era una maravilla.

Después del primer instante de intenso estremecimiento, cuando todo su ser aún vibraba, la sonrisa regresó al rostro de Doreen. Conectaban. A ese nivel íntimo en el que los pequeños gestos comunicaban más que las palabras, la conexión que compartían era profunda y sostenida. Otra primera vez inolvidable, que atesoraría en sus recuerdos para siempre.

Doreen se volvió un poco de lado en la silla para poder mirarlo. Esta primera vez también quería verla bien para poder atesorarla por siempre jamás.

—¿Si te sigo distrayendo, vas a seguir… —Su sonrisa se volvió sensual—, ya sabes, insistiendo? Lo digo porque podría ser muy excitante…

Robert contuvo el aliento. Aquella era la señal más clara que recibía por parte de Doreen, de que estaba dispuesta a explorar el camino de una relación sentimental con él, y se sentía emocionado y excitado al mismo tiempo. Emocionado porque estaba sucediendo: ella le estaba dando luz verde para que desplegara todas sus armas de seducción, algo con lo que llevaba tres lustros soñando. Excitado porque seducir a una mujer era algo que había dejado atrás en su vida hacía tanto tiempo, que ya se había olvidado de cómo era sentir ese burbujeo imposible, recorriéndolo de la cabeza a los pies, despertando cada célula y cada poro de su piel. Y era absolutamente enloquecedor. 

Dios… Quiero más de esto, Doreen. Quiero embriagarme de ti, cada minuto de cada día, el resto de mi vida.

Doreen notó que el rostro masculino se volvía tan intenso como su mirada. Saber que era ella quien despertaba todas esas emociones en él, hizo que se sintiera poderosa.

—Vaya… Esa cara sí que es un poema —remató, encantada.

Y en prevención de emociones mayores en un lugar de lo más inconveniente, pulsó un botón en el cuadro de mandos del apoyabrazos derecho de su supersilla, y se alejó velozmente de aquella tentación hecha hombre, llamada Robert Bryan.


* * * * *


Que le hubieran dado el alta hospitalaria, gracias a la ayuda de sus enfermeras Candance y Marybeth, no implicaba en absoluto que la vida de Doreen pudiera volver a la normalidad aún, algo que ella misma había podido constatar al ver que tan solo el esfuerzo de vestirse la había dejado agotada. Las instrucciones médicas eran que durante su primera semana en casa, debía hacer reposo, mantener la herida limpia y protegida, tomar sus medicinas, y solo preocuparse de comer y dormir. Pasada la primera semana, debía acudir a una consulta con el médico para evaluar su estado quien, dependiendo de cómo la encontrara, le permitiría —o no— hacer algo más.

La idea de ver pasar los días a través de la ventana de su habitación ya era desquiciante, sin el añadido de que su hermano estaba de visita. Pero a Robert se le había ocurrido que, durante el día, podía instalarse en alguno de los dos cómodos sofás de la biblioteca. Era un enorme salón con librerías a izquierda y derecha, y ventanales del techo al suelo, que miraban al invernadero y a una rosaleda, situados a la izquierda de la propiedad. De esta forma, podía disfrutar de la compañía de su familia de Montana y también de la de Nashville, sin que eso entorpeciera su recuperación. 

Así que allí estaba, vestida con su ropa de cama —en este caso, de color azul—, con dos grandes cojines haciendo las veces de almohada, cubierta por su manta preferida, rodeada de gente que lo era todo para ella y de los tres perros de la familia.

Al margen de que lo último que nadie en el mundo deseaba era estar en la cama de un hospital, había razones específicas por las que Doreen se había afanado en conseguir que le dieran el alta antes de lo previsto. Razones que no había compartido con nadie, principalmente, porque estaban relacionadas con asuntos de los que se suponía que ella no estaba al tanto. 

Pero lo estaba. 

Una vez que había despertado tras la operación, el dolor le había impedido volver a alcanzar el sueño profundo durante mucho rato, obligándola a permanecer flotando entre la conciencia y la somnolencia buena parte del tiempo. Para evitar las preguntas de rigor, que no tenía fuerzas para responder, mantenía los ojos cerrados. Robert y su acompañante de turno creían que ella estaba durmiendo, y conversaban en voz baja. Así, se había enterado de asuntos sobre los que tenía algo que decir. Y, ahora que estaba en casa, había llegado la hora de ocuparse de ellos. Debía aprovechar que respiraba algo mejor, pues todavía seguía bajos los efectos de la analgesia extra que le habían dado para que soportara el viaje.

—¡Esto es horrible! ¿Qué es? —dijo Frank, arrugando la cara, cuando por error, se sirvió de la jarra de Robert.

«No me hagas hablar, cuñado», pensó el dueño de la horrible infusión al tiempo que reía.

—No puedo beber café ni té y el médico sugirió que me vendría bien beber alguna infusión de hierbas que ayudara con mi recuperación general. —Sonrió con picardía al decir—: con un poquito de miel, mejora mucho.

Las risitas sardónicas de Ken, Tim y Jim fueron las encargadas de informarle a Frank que, tal como sospechaba, aquel brebaje siniestro no mejoraba con nada.

—Gracias, pero no. Toda tuya —dijo, empujando la jarra sobre la mesa ratona hacia su cuñado—. Tranquilo, no voy a preguntarte por qué la bebes sin rechistar. ¡Ya sé que eres un santo varón!

Robert, que estaba sentado en un sillón a la izquierda del sofá donde estaba Doreen, la espió por el rabillo del ojo. Al comprobar que no lo estaba mirando, asintió enfáticamente en respuesta a lo dicho por Frank. Eso provocó un aluvión de carcajadas entre los presentes y más comentarios jocosos, que los tres canes secundaron con ladridos y aullidos.

Doreen se armó de paciencia y esperó la ocasión de hablar de cosas importantes. 

—Tengo una pregunta —dijo, en cuanto cesaron las bromas.

En un segundo, todas las miradas se posaron sobre ella.

—¿Sobre el té de hierbas? —se burló su hermano.

—Sobre Springfield —repuso ella. Hizo una pausa para respirar todo lo hondo que pudo y añadió con seriedad—: es un asunto de los Bryan y estás invitado a quedarte, solo si guardas al bufón en el armario. ¿Podrás?

Frank respondió haciendo el gesto de poner una cremallera a su boca.

Robert esbozó una gran sonrisa. ¡Cuanto echaba de menos verla coger la batuta! Habían sido solo cuatro días que le habían sabido a una eternidad y estaba seguro de que no solo a él se lo había parecido. Asuntos del corazón aparte, que solo le competían a ella y a él, todos habían tenido ocasión de comprobar que Doreen era una parte esencial de la vida de los Bryan. 

—¡La reina ha vuelto, Dios salve a la reina! —exclamó.

Sus hijos lo apoyaron de inmediato, aplaudiendo y chocando los cinco con él. Las mujeres de la casa lo celebraron al estilo Thompson, jaleando a Doreen y en el caso de Lilly, haciendo un bailecito sin moverse del sillón. El concierto de ladridos y aullidos puso el colofón al momento.

Pero a Jim no le habían pedido que guardara al bufón en el armario y lo sacó a relucir sin tapujos.

—¿Sin poder moverse, y con todas las horas del día para pensar? ¡Agarraos fuerte, que vienen curvas! —exclamó, alegremente.

Doreen le dedicó una mirada con segundas y asintió enfáticamente. También tenía preguntas para él, de tipo sentimental, concretamente, pero de eso se encargaría en otro momento. Dirigió su mirada hacia Tim.

—¿Qué te pasó en Springfield este último viaje, cariño?

La pregunta tomó a todos por sorpresa, en especial a Robert.

—¿Cómo sabes si a Tim le ha pasado algo en su último viaje al rancho familiar? —le dijo con tanta ternura como picardía.

—¿Necesitas que te lo explique? —repuso ella de igual forma.

Los ojos de Robert se llenaron de asombro. 

¿Me has estado escuchando todo el tiempo mientras yo creía que dormías? ¡Ay, pillina, eso no se hace! 

Aunque, bien visto, eso simplificaba mucho las cosas. ¿Lo habría oído también decir que la amaba? Ojalá, pensó, porque entonces la espera hasta el momento perfecto para decírselo cara a cara mientras se miraban a los ojos, sería mucho más dulce y excitante para los dos. 

—Oh, vaya… —se limitó a decir, destilando ternura.

Tim presenció la interacción de su padre y su tía con agrado mientras esperaba que el foco de atención volviera sobre él. Ya no le preocupaba hablar de lo que le había sucedido en Springfield. Lo difícil había sido decírselo a su padre y a Jim, pues lo afectaba directamente. Sabía que Doreen lo entendería y apoyaría su decisión.

Ken no estaba al tanto de nada y fue el primero en hablar.

—¿Qué le pasó a Tim? —preguntó, sin ocultar su preocupación, y se giró hacia su hermano en busca de una respuesta.

Él le palmeó la rodilla.

—Perdona, Ken… Con tanto jaleo, apenas hemos coincidido estos días, y no ha habido tiempo de reunirnos los tres para hablar de este asunto… Básicamente, lo que pasó es que he descubierto que no llevo nada bien estar en esa casa yo solo toda la semana. —Apretó los labios en un gesto de pesar—. Habrá que cambiar los planes.

—¡Ah, tío, qué susto me has dado! —dijo Ken, soltando el aire aliviado—. No pasa nada. Los cambiamos, y listo.

—No vayas tan rápido, hermano —terció Jim—. Hay que ocuparse de Springfield. Y si, al mismo tiempo, también hay que ocuparse de Mystic Oaks, como no nos clonemos…

—Exacto —terció Doreen, atrayendo nuevamente todas las miradas—. Lo primero es Springfield y hacéis falta los dos allí —dijo mirando a Tim y a Jim.

«¡La reina ha hablado!», pensó Robert, encantado. Sonrió para sí y guardó silencio. En cambio, se dedicó a observar a sus hijos. Le interesaba de manera especial la reacción de Ken, puesto que era él la razón de que los planes se hubieran acelerado y fuera necesario que Jim se quedara en Nashville.

Jim asintió con la cabeza y no dijo más. Tim hizo exactamente lo mismo. Ken respiró hondo y se tomó su tiempo para decir lo que pensaba.

—Si esperamos hasta haber liquidado el último de los asuntos en Springfield, para poner en marcha las cosas aquí, perderemos más de un año de producción, quizás, dos. Es mucho tiempo. —Alzó la vista y miró a sus hermanos—. Y todavía no he tocado el tema familiar. Estoy fuera de jueves a domingo prácticamente todos los fines de semana del año. Si los dos estáis en Springfield, ¿cuándo nos veremos? ¿Cuándo vamos a poder pasar tiempo juntos? ¿En Navidad?

Jim y Tim se miraron. Para ellos eso también era un problema. Un problema sin aparente solución. De ahí, que ninguno dijera nada.

—¿Es posible que libréis el martes y el miércoles, en vez del fin de semana? —intervino Doreen.

Robert se arrellanó en su sillón y dejó de sonreír para sí. Ahora, lo hacía abiertamente. Estaba perdidamente enamorado de Doreen y, obviamente, no podía ser objetivo, pero, en su opinión, esa mujer era una diosa.

Hubo un momento de silencio mientras los hermanos analizaban la propuesta de su tía.

—La mayoría del personal trabaja de lunes a viernes —apuntó Jim.

Tim negó con la cabeza.

—La mayoría del personal, ahora mismo, son jornaleros, tío. Trabajan cuando hay trabajo, da igual si es sábado o viernes —aclaró—. Logan se ocupa del resto de los trabajadores. Habría que rehacer el calendario de tareas y distribuir bien el trabajo para no sobrecargarlo los días que tú y yo no estaremos. Y hablar con Logan primero, claro. Pero yo creo que es factible. Podemos probar.

Tras pensarlo unos instantes, Jim asintió con la cabeza. 

—Si ajustamos bien la carga de trabajo y él está de acuerdo, por mí, bien. Y los dos días que estemos aquí…

—Descansaréis y os relajaréis, como es debido —dijo Doreen.

Jim se rio. Fue una risa sardónica que vino a comunicar que, aunque le encantaría poder relajarse, eso no sucedería hasta que cerraran el capítulo de la historia familiar en Springfield y el nuevo en Nashville estuviera rodando.

Sin embargo, Doreen no estaba dispuesta a negociar sobre ese asunto.

—Lo digo muy en serio, cariño. Con un ex adicto al trabajo en la familia es más que suficiente —aseguró, dedicándole una mirada significativa al padre de las criaturas—. Y enfatizo lo de «ex».

—¡Y tan «ex»; estoy retiradísimo! —acusó recibo Robert, mostrando sus palmas en señal de rendición.

«Tanto como retirado…», pensó Doreen y sonrió.

—Bueeeeeeno… —dijo a continuación, imitando a Lilly, quien se dio por aludida enseguida.

—¡Ay, ay, ay… No sé por qué presiento que lo van a retirar de su retiro, Robert! —exclamó, risueña.

Todos miraron a Doreen asombrados. Robert, el primero. Eso no estaba en los planes desde hacía cinco años. Y que fuera, precisamente, ella quien lo estuviera planteando era, como mínimo, sorprendente.

Doreen asintió con la cabeza.

—Estarás algo menos retirado los próximos dos o tres meses. Espero que no te importe —le dijo con ironía. Conociéndolo, era un milagro que él no se hubiera puesto a saltar de alegría—. Tú te ocuparás de entrevistar y entrenar a los empleados que contratemos. Y yo me ocuparé de que el liderazgo no se te suba a la cabeza, y hagas muy buena letra. 

—¡Toma ya! —exclamó Ken—. ¡Esto me encanta! ¡Doreen acaba de ponerte las pilas, papá!

—Si me permitís que lo diga, ¡ya estaba tardando! —intervino Frank. Esta sí que era su hermana, no la que había visto tendida en la cama del hospital.

—¡Y después, nos las pondrá a nosotros! —celebró Tim—. Eso de descansar y relajarnos lo dijo muy en serio… A ver qué es lo siguiente en su lista. ¿Vigilar nuestra alimentación, quizás? —añadió, mirando a Jim, quien le dio la razón, afirmando con la cabeza.

—Ahora ya sabemos por qué has salido escopeteada del hospital. ¡Tenías mucho que hacer en casa! —se rio Jim—. Como dice papá, ¡la reina ha vuelto!

Chris, que desde su sitio junto a Ken, llevaba contemplando en silencio la reunión familiar con enorme satisfacción y cierta emoción que le estaba costando contener, se puso de pie y fue cojeando hasta Doreen. Se sentó a su lado, aprovechando que el sofá era ancho. Su hermana Lilly, no tardó en sumarse, arrodillándose junto a ellas. 

Enseguida, Sultán serpenteó entre sus dos humanas y el sofá donde estaba Doreen, para hacerse un lugar y, al conseguirlo, emitió un largo aullido de satisfacción. Chris frotó el lomo del Husky con afecto, antes de decir:

—¿Se ha dado cuenta del efecto que su enorme claridad mental y el profundo amor que les profesa tiene en estos hombres? Y en nosotras, claro. ¡Es fabuloso tenerla de vuelta en casa, Doreen! 

—La hemos echado muchííííííísimo de menos —añadió Lilly, ofreciéndole su pañuelo con un mohín gracioso.

Doreen lo aceptó, y se secó las mejillas a conciencia.

—Voy a abrazaros —sollozó, emocionada—. Pero no me apretéis, ¿de acuerdo? Mis costillas están muy quejicas…

Las tres mujeres (y un hermoso ejemplar de Husky) compartieron un momento emotivo que los demás presenciaron con una sonrisa, sin hacer comentarios, hasta que Chris, Lilly y Sultán regresaron a sus sitios. Entonces, Ken no se aguantó más.

—Sé de uno que está a punto de dar una fiesta. —Sus ojos, cargados de picardía, se desviaron hacia el cabeza de familia.

—¡Y tanto que sí! —lo secundó Tim. Si la felicidad tuviera una cara, sería idéntica a la de su padre en aquellos momentos.

—Dadle tiempo… Todavía lo está procesando. Pero no creo que la explosión tarde mucho más… —intervino Jim, haciéndole un guiño a Doreen, que todavía bajos efectos de la emoción, intentaba adecentar su rostro con ayuda del pañuelo de Lilly.

Y así era. 

Robert tenía que esforzarse mucho para no saltar del asiento y celebrarlo por todo lo alto. Más allá de la alegría por poder volver a ser útil en el rancho, aunque solo fuera por un tiempo, había algo en las palabras de Doreen que le había llegado al corazón por lo que implicaba.

—¿Me estás pidiendo que incumpla la promesa que te hice?

Los ojos de Doreen mostraron tanto arrepentimiento por una acusación que Robert no se merecía, como amor. Por él, por su ternura, por hacerla sentir querida y necesaria.

—Te estoy pidiendo disculpas —admitió—. He sido injusta contigo.

Robert la miró destilando dulzura. Estaba tan emocionado, que se permitió bromear al respecto.

—Así que… ¿Estarás como el Gran Hermano, controlando de cerca cada cosa que hago para asegurarte de que no me paso de la raya?

Doreen asintió enfáticamente con la cabeza.

—Cada cosa, cada minuto que estés en los sectores productivos, que, te advierto, serán muy pocos —aseveró.

Robert sonrió satisfecho. Sus hijos estaban al tanto de sus sentimientos por Doreen. Y ya le había advertido a la interesada, que se ocuparía de demostrarle cuánto le importaba.

El que avisa, no es traidor.

—Muy bien —concedió—. Eso implica que estarás pendiente de mí. Y Dios sabe que, si hay algo que quiero en esta vida, es tener toda tu atención.

Los hermanos intercambiaron miradas divertidas y, aunque ninguno dijo nada, quedó muy claro que aprobaban lo que se estaba cociendo entre su padre y su tía. La sonrisa de las hermanas Thompson no requería más explicaciones. 

Fue Frank quien le puso la nota cómica al momento.

—¡Ejem, ejem…! —carraspeó, muy oportunamente. Mientras pensaba, «a ver cómo sales de esta, cuñado», miró a sus sobrinos—. ¿Este señor le está tirando los tejos a mi hermana, o son ideas mías?

No tardaron en oírse risitas y las miradas pícaras se sucedieron sin que ninguno dijera nada por respeto. Aunque, también eran conscientes de que si su padre seguía en ese plan, y todo indicaba que así sería, muy pronto ellos también se sumarían a las burlas. Era el pan de cada día en la familia. Ningún Bryan se libraba de ellas.

Robert notó enseguida que los ojos de Doreen brillaban intensamente, y decidió dar un paso más en su cruzada romántica. 

Miró a su cuñado con naturalidad. Ya era hora de poner las cartas sobre la mesa.

—Si con eso de los tejos, te refieres a enamorar a tu hermana, no. No son ideas tuyas, Frank.

«Enamorar a tu hermana». El efecto de esas palabras que Doreen llevaba años deseando oír fue instantáneo.

Y fulminante. 

Una sonrisa halagada se adueñó de su cara y ella no pudo más que bajar la vista al sentir que se ponía completamente roja.

Y, esta vez, el salón en pleno explotó en carcajadas.


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CRS-07. Mystic Oaks, 1 (MO 1). ¡Fin de la primera parte!


¡Y solo puedo decir dos cosas: uno, me he enamorado de Robert y dos, me muero por saber cómo serán esas «primeras veces» entre Doreen y él! 🥰

¿«Solo dos cosas», Patricia? ¡Venga ya!

Es verdad. La lista es larguísima porque, a medida que pasaba tiempo junto a Doreen y Robert, e iba conociendo sus motivaciones, su forma de ser, y, más tarde, los sentimientos que ambos se profesan, sin que el otro lo sepa, no dejaba de asombrarme. Me preguntaba cómo era posible que hubieran vivido bajo el mismo techo durante nada menos que veintiséis años, sin dejar de ser en ningún momento lo que fueron desde el principio: cuñados. Esos veinteséis años se sitúan en la década de los '80 y los ’90, en una comunidad de Estados Unidos que es, tradicionalmente, muy conservadora en la que, probablemente, la sola sospecha de que fueran algo más que cuñados, habría tenido serias consecuencias. Al principio, pensé que esta era una buena razón para explicarlo. Pero luego, descubro —descubrimos— que Doreen es una mujer muy liberal para su época y que no es, precisamente, dócil. Así que la razón ha de ser otra. ¿Cuál? ¡Ahhhh, habrá que verlo!

A estas alturas, no es ningún secreto que me encantan las historias de amor que se cuecen a fuego lento y que disfruto como una niña pequeña mostrándote ese proceso despacito, sin prisas. Me encanta acercar el objetivo de la cámara a los protagonistas, hacer zoom sobre ellos, y ver  cómo el amor los transforma y los convierte en algo mucho mayor que la suma de las partes. 

En este caso, además, se trata de dos protagonistas atípicos en mi trayectoria como escritora: es la primera vez que desarrollo un romance entre un hombre y una mujer en la madurez de su vida(1). No tenía la menor idea de cómo me sentiría escribiéndolo. No sabía qué esperar de Robert y, honestamente, Doreen me descolocó bastante al final del capítulo dos, con su reacción tan visceral al intento de Robert de mantener una conversación sobre ellos. Pero la experiencia ha sido —está siendo— tan dulce y tan especial, que el tiempo se me ha pasado volando. Cuando quise darme cuenta, la historia ponía rumbo al final de la primera parte, y te aseguro que, al igual que Doreen, estoy emocionadísima por saber cómo será lo que está por venir. ¡Me muero de ganas de ver esas «primeras veces» entre Robert y Doreen! ¡Me muero de ganas de saber cómo será su vida, después de esas primeras veces! 🥰

Pero la historia de Robert y Doreen no es solo su historia, ¿verdad? Para mi sorpresa, Tim y Jim —y sus respectivos intereses románticos— no han dejado de asomarse a la historia principal. Al principio, pensé que eran solo cameos. Ahora, está claro que son más que eso. En algún momento, no sé cuándo, alguna de sus historias despuntará primero, y se convertirá en la siguiente novela de la serie. 

¿Y qué hay de Mystic Oaks? Ken y Chris, y ahora también el resto de la familia, tienen muchos planes para convertirlo en un hogar a su medida. Está el proyecto de un muro muy alto que mantendrá una parte de la finca a cubierto de miradas curiosas y de las cámaras los paparazzi.  También está el porche que Robert quiere construir en la parte posterior y (sic) «dejar que Doreen lo convierta en una maravilla, decorada con flores y plantas por doquier, con una buena mesa para desayunar o comer, y unos cómodos sillones —con sus correspondientes cojines hechos a manos por ella— donde pasar las últimas horas del día, respirando el aire puro y alimentando los sentidos con la enorme belleza de aquel paraíso terrenal». Y, por supuesto, el nuevo hogar de Ken y Chris del que solo sabemos que estará en alguna parte del edificio principal… ¡Quiero ver esos proyectos en acción! Sin olvidarnos, por supuesto, del rancho propiamente dicho. Espero que tengas tantas ganas como yo de ver cómo se transforma en una explotación agrícola ganadera de aúpa… Y de conocer más a fondo a Logan Phillips, por supuesto. El jefe de capataces del rancho de Springfield ha aceptado trasladarse a trabajar (y a vivir) con los Bryan, en Tennessee, y desde que lo hizo, no dejo de preguntarme con qué nos sorprenderá.

Estoy ansiosa por comenzar a escribir Mystic Oaks, 2, pero también me pican los dedos con Ken y Chris. Ken planeaba presentarle sus músicos a Chris y que ellos supieran que había alguien importante en su vida que verían a menudo (y de quién no debían hablar con la prensa o con terceras personas). La hospitalización de Doreen trastocó un poco sus planes, pero estos siguen en pie, y los dedos me pican cada vez más, así que… 

¡No te sorprendas si ves a nuestros queridos protagonistas de Superstar reaparecer en la página principal del club, las próximas semanas ;)!

Un abrazo grandote,

Patricia

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(1) Es cierto que probé (tímidamente) las aguas de este tipo de romance en los extras de la Serie Moteros, con Anna, la madre de Andy, y Jaume, pero no he desarrollado su historia completa. Tan solo te he mostrado algunos momentos especiales.


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