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Proyecto CRS-08

Mystic Oaks, 2 (MO 2)


Intro 1: ¡Fin de la primera parte!

Intro 2: ¿Volvemos a Mystic Oaks?

⭐️ Lo que empezó como un extra… ¡Y acabó siendo una saga! 

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Presentación | Sobre los personajes  

Capítulos: 

1 | 2 | 3 | 4 | 5 | 6 | 7 | 8 | 9 | 10


Proyecto CRS-08 de Club Románticas Stories: ¡Volvemos a Mystic Oaks!


CRS-08. ¿Volvemos a Mystic Oaks?


¡Sí, mi mente ya está paseando entre robles centenarios acompañada del murmullo del agua corriendo en su cauce y, por supuesto, de los peluditos de la familia Bryan/Thompson! ¡Qué ganas tengo de retomar la historia de esta gran familia!

A nivel literario y creativo, Mystic Oaks, 1 fue una gran sorpresa para mí.  

Como te comentaba aquí, no es un secreto que adoro las historias de amor que se cuecen a fuego lento. Escribo sagas familiares desde antes de saber que era así como se llamaba a lo que me tenía horas pegada a mi cuaderno de espiral con el boli en la mano y la mente viajando en mundos llenos de personajes que me hablaban al oído. Para mí, la historia de una pareja protagonista nunca es solo su historia de amor

Club Románticas Stories me está permitiendo crear sin las imposiciones del mercado literario y, visto lo visto, está claro que mi corazoncito amante de la libertad creativa se ha calzado las botas de siete leguas y se ha lanzado a la aventura. ¡Y menuda aventura!

Superstar tiene dos partes, con nuestro imprescindible final feliz en la segunda. Mystic Oaks apunta a otra cosa. Y esta es la primera sorpresa: se está perfilando como una saga romántica serial, compuesta por temporadas. ¡Sí, Patricia ha vuelto a hacerlo! 

La segunda sorpresa tiene más que ver conmigo que contigo, lo admito. En la presentación de la Serie Luces de Neón, avancé que Robert sería el encargado de llevarnos a Montana, al Rancho Lone Star. Lo veo allí desde hace mucho tiempo. Así que cuando en el capítulo seis de la primera entrega de Mystic Oaks, Doreen dijo que se marchaba a ver a los suyos, me puse a bailar (y no es una forma de decir, ¿vale? ¡Lo hice!). Si eres una escritora de brújula, cuando una intuición se confirma cierta supone un gran subidón porque no hay planes prestablecidos, la intuición es lo que te guía y seguirla implica un enorme ejercicio de confianza.

Obviamente, el viaje de Doreen quedó en agua de borrajas y a mí me asaltaron las dudas. ¿Por qué veo a Robert allí si al final no saca un pie de Mystic Oaks? ¿Lo sacará alguna vez? Fue una sorpresa grande. Pero, ¿sabes qué? La imagen de mi cabeza no tiene una fecha al pie. Veo a Robert en el Rancho Lone Star y sé que es otoño por el paisaje, pero no tengo la menor idea de qué mes o año se trata. Y, lo mejor: queda muchísima historia por contar 🩷 Así que, lectoras amantes de la Serie Sintonías y El último mejor lugar, ¡no desesperéis!

Que Robert, finalmente, no nos llevara a Montana en esta ocasión, con lo sorpresivo que resultó para mí, no fue nada comparado con el cambio de rumbo que tiene lugar en el capítulo 28 de Mystic Oaks, 1. Esos ocho minutos que cambiaron radicalmente la perspectiva que tiene nuestra protagonista de su propia existencia, me dejaron con la boca abierta y el corazón calentito. Me muero por saber cómo contemplará ahora esos años que ha pasado amando a Robert en secreto, y qué sucederá cuando se entere de que sus sentimientos son correspondidos desde hace mucho tiempo. ¡Y los de Robert! ¿Te has dado cuenta de que él no sabe aún que Doreen se enamoró de él a primera vista?! ¡Madre mía, cada vez que recuerdo sus dudas y su cautela, me dan ganas de gritarle «¡¡¡abre los ojos, hombre!!!». No puedo esperar para saber qué hará cuando lo sepa. Me muero por escribir ese momento y todas las «primeras veces» que esta pareja tiene por delante. ¡Qué ganas de ver a Robert «enamorando» a Doreen! 🥰

Aquí te dejo la portada del proyecto, así como el primer tablero visual de esta historia: 


CRS-08 Portada de proyecto en club

Mis imágenes inspiradoras de Mystic Oaks, 2.
Tablero Visual 1

Habrá más tableros visuales… En cuanto Tim, Ken y Jim se pongan de acuerdo acerca de quiénes se asomarán a escena en Mystic Oaks, 2.

Aunque… 

Teniendo en cuenta que la última vez que los vimos, Tim y Jim estaban conectando los equipos para que Ken y su nueva banda hicieran su primer ensayo juntos en el rancho, ante la familia… En fin, presiento que no llegarán a ningún acuerdo y se presentarán todos a mogollón 😂

¡Espero que tengas tantas ganas como yo de volver a Mystic Oaks! En tal caso, atenta, que empezamos pronto 🩷

 


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CRS-08. Mystic Oaks, 2 (MO 2). Episodio 1


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2026/2027
__________________________________________

1


Mediados de octubre de 2002.

Rancho Mystic Oaks,

Nashville, Davidson County, 

Tennessee.


Tras el alta hospitalaria de Doreen Montgomery, la vida de la familia Bryan estaba volviendo poco a poco a la normalidad. Eran las dos de la tarde de un día laborable y, mientras Lilly Thompson se tomaba un merecido descanso de los fogones, Tim y Jim Bryan habían regresado al trabajo en los sectores productivos del rancho. Los únicos tres habitantes que aquella tarde se hallaban dentro de la casa estaban en la biblioteca: Robert Bryan, el cabeza de familia, Doreen y Frank, su hermano, que había viajado desde Montana para verla.

La biblioteca de los Bryan era un enorme salón con librerías a izquierda y derecha, cuyos ventanales del techo al suelo situados sobre la pared que enfrentaba la puerta de acceso, miraban al invernadero y a una rosaleda, ambos localizados a la izquierda de la propiedad. En el centro de la estancia, formando un cuadrado abierto por el frente, estaban dispuestos tres sofás de cuero color habano con capacidad para cuatro personas. En medio del cuadrado había una gran mesa baja de caoba. Sobre ella, una enorme lámpara de techo, con tres pisos de lámparas en forma de vela, se ocupaba de iluminar la estancia a la par que le confería un aire aristocrático.  

Robert colgó el teléfono y regresó junto a Doreen, que estaba tendida en el sofá que enfrentaba la puerta de acceso, usando el reposabrazos a modo de almohada. Según ella, descansando. En realidad, lo que hacía era pagar las consecuencias de su exceso de optimismo al ignorar las instrucciones del médico de hacer reposo absoluto durante una semana. Y como todo, lo había hecho a lo grande. Su hermano Frank nunca había estado en Mystic Oaks y ella no había querido perderse el «free tour» que los hombres de la familia solían ofrecer a todo el que visitaba la finca. En este caso, se trataba de su segundo tour, y había cubierto las futuras áreas de producción. 

Doreen había hecho el recorrido a bordo de su silla de ruedas. Su «supersilla», la llamaba, porque era eléctrica y podía controlar sus movimientos desde el tablero de mandos situado sobre el reposabrazos derecho. Era similar a la que había llegado a casa del hospital junto con Chris —la novia de Ken, el mayor de los hermanos Bryan—, solo que con menos prestaciones. Sin embargo, la «supersilla» tenía un defecto: el respaldo no era reclinable. Para alguien a quien, hacía cuatro días, le habían practicado una intervención quirúrgica en el abdomen que había supuesto una cicatriz de quince centímetros, se trataba de un defecto enorme. Obviamente, al alquilarla, ni a él ni a Tim, que lo había acompañado a la tienda de ortopedia especializada, se les había cruzado por la cabeza que Doreen la usaría a modo de vehículo para irse de paseo por una finca de ciento setenta y cinco hectáreas. 

La construcción principal, de las tres que existían en la finca, había sido construida en los años cincuenta por los anteriores dueños, y todo en ella era de dimensiones épicas. Conociendo a Doreen, Robert sabía que si no pensaba en una forma de que ella pudiera moverse por la casa sin ayuda, sería muy difícil que hiciera el reposo que le habían mandado. De ahí que alquilara una silla. Por lo visto, lo que debió haber alquilado era un buggy de golf(1)

Doreen había regresado a la casa tan agotada y dolorida, que apenas había tocado el suculento asado que Chris había preparado antes de marcharse, y que su hermana Lilly había completado con un suflé de patatas que le había quedado delicioso. Ahora, ya en posición horizontal al fin, decía que estaba más aliviada. Sin embargo, no hacía más que cambiar a cada rato de postura en el sofá de cuatro plazas. Prueba evidente de que se había pasado de la raya. 

—¿Qué te han dicho? —se interesó Frank cuando Robert volvió a ocupar su sitio. 

Frank estaba sentado a la derecha del sofá donde su hermana estaba tendida, con los ojos cerrados y una expresión algo tensa en el rostro.

—La tendremos mañana. Se llevarán esta y nos traerán otra con el respaldo reclinable. Me han advertido de que es bastante más grande. —Miró a Doreen con picardía, a pesar de que ella no lo vio, pues continuaba con los ojos cerrados—. Les respondí que «perfecto». Así, puedes hacer carreras con tus sobrinos. Ellos en sus camionetas, y tú, en tu Batimóvil.

—Ja. Ja. Ja —ironizó la aludida—. Cuánto humor. Y yo que me preparaba para oír un «¡te lo dije, Doreen!»…

Frank soltó una carcajada.

—Yo también, lo admito —concedió—. Estás muy cambiado, cuñado. ¿Será parte de tu plan para…? ¿Cómo era? Ah, sí… «Enamorar a mi hermana».

Una vez más, la aludida no tardó en intervenir.

—Fraaaaank… —lo reprendió. Aunque su tono de voz sonó convincente, la fugaz sonrisa que centelleó en su rostro no pasó inadvertida a nadie.

Robert abandonó su asiento y se agachó junto a ella.

—¿Te traigo más analgésicos? El médico dijo que podías tomar media pastilla más si el dolor era fuerte…

Doreen habría sabido que Robert estaba allí, a escasos cincuenta centímetros, aunque estuviera ciega y sorda. Ese halo de ternura que él siempre llevaba consigo, como si fuera una segunda piel, estaba allí, envolviéndola otra vez. Abrió los ojos y los posó sobre él.

—En todo caso, más tarde, si todavía me duele cuando me vaya a dormir. Pero si me traes mi mantita… Está un poco fresco aquí.

—¿Fresco? —intervino Frank, risueño—. ¡Eres de Montana, Doreen! ¡¿Qué dices de fresco?! Yo estaba pensando en quitarme el jersey… 

Ni Robert ni Doreen se dieron por enterados de lo dicho por Frank. Siguieron a lo suyo que, por primera vez en veintiséis años, estaba cambiando del tipo de comunicación propia de dos personas que son familia política al de un hombre y una mujer que se profesan mutuo interés. Interés romántico.

—¿Quieres que encienda la chimenea? —propuso él.

—Creo que con mi mantita será suficiente… ¿Me la traes? ¿Harías eso por mí?

«Haría lo que fuera por ti», pensó él. En cambio, decidió capitalizar aquel inesperado momento de proximidad de otra manera.

—Bueno… Quizás. Ya sabes, si recibo el estímulo adecuado, podría hacer muchas cosas por ti… 

—Estímulo adecuado —repitió ella.

—Ajá… —murmuró. Sus preciosos ojos grises rezumaban picardía. 

—Eres un payaso, Robert… 

Doreen no pudo más que reír. Fue una risa muy coqueta, aunque ella no fuera realmente consciente de ello. Últimamente, todas las sonrisas y las miradas que le dirigía a Robert eran de esa clase, profundamente amorosas a la par que seductoras.

Más bien, era un hombre profundamente enamorado de una mujer: ella, pensó Robert. Pero si convertirse en un payaso le allanaba el camino hasta su corazón, que así fuera.

—¿Y te gusta? —murmuró. Se inclinó hacia delante y apoyó los antebrazos sobre el asiento. Sus rodillas le estaban recordando que ya no estaban para tantos trotes, pero no pensaba permitir que sus vetustas articulaciones estropearan nada.

«No me gusta: me encanta», pensó Doreen. Como era de esperar, respondió algo diferente.

—Mmm… Creo que sí… Pero no estoy segura —repuso, haciéndose la interesante—. Esto es muy nuevo en ti. Tendré que ver más de tu faceta de payaso para decidir si me gusta…

Robert asintió satisfecho.

—Lo tendré en cuenta —concedió. «Así que quieres ver más… Muy bien, a ver qué tal esto»—: Y volviendo al importantísimo asunto de los estímulos…

Ella volvió a reírse. Arrugó el rostro cuando su cicatriz se quejó. Sin embargo, lo disimuló lo mejor que pudo. Por nada quería perderse ese momento. Ni ningún otro junto a Robert que la vida le regalara en el futuro. 

—Los estímulos, sí. Veamos… ¿Qué tal un beso? —propuso. Vio que aquellos inmensos y hermosos ojos claros centellaban. Sabía muy bien lo que él estaba pensando. Pero no caería esa breva. Aún no.

—Podría ser un buen estímulo… —murmuró él. 

Una enorme sonrisa de niño travieso iluminó su rostro varonil. Una sonrisa que Doreen adoró ver.

—Entonces, un beso a cambio de mi mantita. ¿Estamos de acuerdo?

—Totalmente de acuerdo.

Se miraron durante unos instantes, expectantes y cómplices. Un momento cargado de picardía. Doreen se preguntaba cuánto demoraría él en cobrarse su premio, dando por sentado que se trataba de un beso romántico. Robert se preguntaba cuánto tardaría Doreen en descubrir que la conocía mucho mejor de lo que ella creía.

Como correspondía a las circunstancias, fue Robert quien movió ficha en primer lugar. Se aproximó a Doreen sin dejar de sonreír y, cuando estaban a la distancia de un beso, giró la cabeza y le ofreció una mejilla.

La sonrisa de Doreen se ensanchó. 

«¡Qué hombre más encantador!», pensó. 

Entonces, se acercó despacio y depositó un largo y amoroso beso sobre la mejilla masculina.

—Eres genial, Rob —le dijo al oído, antes de apartarse.

A lo que Robert respondió con un caballeroso asentimiento de la cabeza y no con palabras, pues no podía hablar. 

Su viejo corazón parecía haber vuelto a la adolescencia y, después de saltar del pecho a la garganta, latía allí con fuerza, impidiéndole pronunciar una sola palabra.

La intervención de Frank no solo evitó que tuviera que hacerlo, sino que contribuyó a romper la intensidad del momento.

—Por favor, no penséis que mi intención es molestar… Ni mucho menos, faltaría más. Pero…, ¿os acordáis de que estoy aquí? 

Las carcajadas de una muy sonrojada Doreen y la cara de bribón al que han pillado con las manos en la masa de Robert pusieron la nota divertida a un momento intenso y entrañable para ambos. 

El primero de muchos.

______

(1)Buffy de golf: vehículo motorizado diseñado para llevar a los jugadores y sus palos de un hoyo a otro por el campo de golf.


* * * * *



Robert recorrió la distancia que separaba la biblioteca de la habitación de Doreen sintiéndose ligero como una pluma. El revuelo de mariposas no solo estaba en su estómago, sino también en la mejilla donde todavía podía sentir el calor de los labios femeninos. Sonreía, incapaz de evitarlo, mientras pensaba que si alguno de sus hijos lo viera, en diez años, su gesto de quinceañero enamorado aún sería una anécdota a compartir en fechas señaladas.

La razón de que tuviera una sonrisa permanente en la cara no solo tenía que ver con las mariposas. Tenía que ver con cómo se estaban desarrollando las cosas entre Doreen y él. Llevaba años imaginando el día en que dejarían de comportarse como cuñados para mostrarse como un hombre y una mujer, sin más. Pero de todas las posibilidades en las que había pensado a lo largo de los años, ninguna se acercaba siquiera a lo que estaba sucediendo en la realidad.

La gente solía decir que los años volvían prácticas a las personas. Sostenían que el romance era cosa de jóvenes y que, alcanzada la mediana edad, ya nadie buscaba fuegos artificiales, tan solo un compañero o compañera que le ayudara a mitigar la soledad, aunque solo fuera de manera temporal. De modo que si a un hombre le gustaba una mujer y esta le correspondía, después de la preceptiva cita para cenar, la siguiente era para comprobar si se entendían en la intimidad. Si lo hacían, fantástico; podían repetir. Si no lo hacían, muchas gracias por todo, y hasta la vista. Tenía un conocido en Springfield, algo mayor que él, que llevaba años reuniéndose con la misma mujer dos sábados al mes. Pasaban la noche juntos, desayunaban juntos y después se marchaban cada uno por su lado hasta la próxima. Decía que, a su edad, no tenía paciencia ni interés para más. 

No era el caso de Robert, en absoluto. Admitía que el paso de los años lo había vuelto (más) práctico en algunas cosas, pero no en las relaciones personales. Mucho menos, en una de naturaleza sentimental. De hecho, ni siquiera entendía qué quería decir realmente ser práctico en esas cuestiones. Él no solo quería fuegos artificiales, quería la ilusión y la sorpresa. La emoción de las primeras veces y la efervescente sensación de saber que habría más veces, después de esas primeras. Más besos apasionados, más caricias ávidas, más abrazos íntimos. Quería flotar entre nubes con Doreen de la mano, y descubrir qué se sentía volando tan alto junto a la persona amada. Quería el lote completo. Incluida una boda muy romántica, por supuesto. Era lo menos que se merecían después de tantos años.

Sin embargo, aunque era un hombre que abogaba por la ilusión, la emoción y la total entrega al otro como ingredientes indispensables en toda relación, no era ningún crédulo. 

Haberse sincerado con Doreen sobre lo ocurrido durante la comida del domingo en aquel famoso asador de Nashville, había resuelto el enroque en el que se hallaban las cosas desde entonces. Doreen ya no estaba en pie de guerra con él. Ya no era un muro inexpugnable contra el que se estrellaba todo intento de establecer una comunicación. Él le había confesado que era ella la mujer que verdaderamente le importaba y Doreen había recibido su confesión de buen grado, mostrándose receptiva. Sin embargo, había veintiséis años de vida en común, bajo el mismo techo, como familia política, no como un hombre y una mujer. Y por más receptividad que hubiera en Doreen, ella seguía siendo la hermana de Martha: su esposa, la madre de sus hijos y el gran amor de su vida. 

Y Doreen, obviamente, lo sabía. De primera mano, de hecho. Había visto crecer ese amor y florecer en todo su esplendor. Años más tarde, también había presenciado el dolor y el inconmensurable vacío que su pérdida había dejado en él, tras la muerte de Martha.

Tan seguro como de que se llamaba Robert Bryan, que ese no sería un escollo fácil de salvar.


* * * * *


Tim se apeó del tractor de un salto, decidido a aprovechar la oportunidad para hablar con su hermano. Él acababa de quitarse la camiseta y se estaba refrescando en la rudimentaria bomba de agua que habían instalado para esos menesteres hacía unos días junto a la construcción prefabricada que, provisionalmente, hacía las veces de oficina, sala de descanso y galpón temporal de algunas herramientas. Era su ocasión.

No se trataba de un tema del que a Tim le apeteciera hablar, eso estaba claro. Pero no era de los que escurrían el bulto. Si tenía que vérselas con algo desagradable, cuanto antes lo hiciera, mejor. Sin embargo, cada vez que lo había intentado con anterioridad aquel día, algún asunto se lo había impedido. Una llamada de Logan para informarles de la situación en el rancho de Springfield —un desastre, con cuatro brazos menos para hacer frente a un creciente volumen de trabajo—. La llegada del tío Frank, que se aburría sin nada que hacer y se presentaba, de repente, a darles cháchara. La llamada de algún posible candidato para la plantilla de Mystic Oaks que, después de tener diez minutos al teléfono a Jim, acababa diciendo que se lo pensaría, igual que habían hecho todos los demás hasta el momento.

Sin olvidarse, por supuesto, de las doscientas cuarenta llamadas de Ken para asegurarse de que los equipos estaban donde debían estar, conectados y dispuestos para el primer ensayo general con su nueva banda, que tendría lugar en el rancho. Originariamente, era una sorpresa para Chris, extensiva a toda la familia, con quienes quería compartir un logro tan importante para su futuro. Chris, que estaba cortada por las mismas tijeras que Ken, lo había sorprendido a él, presentándose aquella mañana en sus oficinas, durante la primera reunión de contacto con sus músicos. 

A pesar de lo cual, las llamadas no habían cesado. 

Jim suspiraba cada vez que sonaba su móvil y veía el nombre de su hermano mayor parpadeando en la pantalla. Por alguna razón, Ken prefería entenderse con Jim en vez de hacerlo con él. ¿Tendría esa razón que ver con que Jim siempre lo atendía?, pensó Tim, con malicia. Quería a Ken, lo admiraba y lo respetaba muchísimo, pero cuando sacaba a relucir su lado soñador e inquieto, que lo volvía pesadísimo como un crío de quince años, acababa con su paciencia. Desde que había conocido a Chris, el adolescente pesado salía de paseo día sí y otro también. Así que, si Ken lo llamaba a él, lo atendía la primera vez. Con suerte, también la segunda. La tercera, directamente, lo dejaba sonar hasta que cortaba. Tim sacudió la cabeza divertido. Entonces, era el móvil de Jim el que empezaba a sonar. 

Ya. Aprovecha a reírte ahora que igual en diez minutos las cosas se ponen de lo más serias…

Se dirigió hacia su hermano con paso decidido y se detuvo junto a la bomba de agua.

Venga. Ánimo.

—Oye, Jim… Hablemos un momento, ¿vale? Quiero comentarte…

El sonido del móvil de su hermano dejó a Tim con la palabra en la boca. 

Jim se secó rápidamente las manos. Cogió el móvil del bolsillo trasero de sus vaqueros. Consultó la pantalla con desconfianza y, al fin sonrió aliviado.

—Es papá —anunció antes de atender—. ¿Qué ha sido esta vez? ¿A la reina se le han ocurrido fresas o helado de pistacho? —lo saludó. 

Vio que Tim se reía.

Desde que Doreen había regresado del hospital, habían tenido que efectuar varias visitas imprevistas al supermercado. Aunque no era Doreen quien estaba a cargo de la cocina y, por tanto, quien hacía la lista de la compra, según ella, había cosas que no podían faltar en su nevera. La pobre venía asqueada de la bazofia de comida del hospital y no dejaban de antojársele «cosas ricas». Ellos —todos, no solo su padre— estaban más que felices de complacerla. 

Robert también se rio con cierta malicia que, afortunadamente, su hijo no detectó.

Esta vez, no. Tranquilo, Jim. Le está haciendo ojitos a una fabulosa Red Velvet que hay sobre la mesa ratona de la biblioteca. Así que creo que no tendrá más caprichos durante unas cuantas horas. Por eso, te llamaba. En realidad, a los dos.

—¡Madre de Dios! ¿Una Red Velvet? ¡Voy corriendo! Pero, hazme un favor: ¡quítasela de la vista ahora mismo o no podré ni olerla! —celebró Jim, salivando ante la visión de su postre favorito sobre la mesita de la biblioteca.

«Estoy jodido», pensó Tim al tiempo que apartaba la mirada intentando que su hermano no descubriera por qué él no celebraba la noticia, a pesar de que también era uno de sus dulces favoritos. 

Qué mierda. 

Ignoraba por qué la visita de Sue se había adelantado y se preguntaba, por cierto, por qué narices ella no le había avisado, pero si había una Red Velvet en la biblioteca, solo podía significar una cosa: que los Anderson la habían llevado hasta allí. 

Entonces, vio que Jim arrugaba el ceño.

—¿Cambiarnos? ¿Para qué? Son las tres de la tarde. No hemos acabado por hoy, papá. No creo que al tío Frank le importen nuestras pintas zarrapastrosas… —«Y si le importan, me da igual», pensó—. No, no… Hacemos una parada breve, le damos un buen bocado a esa delicia, y volvemos al tajo, que hay mucho que hacer.

Robert le ofreció una sonrisa amable a Claire, la madre de Sue, que en aquel momento lo estaba mirando, antes de decirle a su hijo:

—¿Cómo crees que ha llegado esa delicia hasta aquí, Jim? Los Anderson han venido a visitar a Doreen. Iban a hacerlo en el hospital, pero como le han dado el alta… Dejad lo que estéis haciendo, poneos presentables los dos y, por favor, venid a saludar, ¿de acuerdo, hijo? 

Las miradas de los hermanos se encontraron.

La de Jim decía:

¿La pelirroja está en la biblioteca? ¿Era de eso de lo que querías hablarme? ¡No me jodas, tío! 

La de Tim decía:

Sí, justamente de eso quería hablarte. Pero, ya que estamos, aclárame una cosa. ¿Tú con quién juegas el partido? ¿Con Campanilla o con la pelirroja? Pareces un pelín indeciso, chaval… ¿O es una impresión mía?

—Ya vamos, papá —repuso Jim.

Acto seguido, colgó la llamada, se cruzó de brazos y permaneció mirando a su hermano con una ceja enarcada, sin decir ni media palabra.



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©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
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CRS-08. Mystic Oaks, 2 (MO 2). Episodio 2


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2026/2027
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2


Doreen observaba a Robert haciendo sociales con los Anderson como el anfitrión perfecto que era y no dejaba de asombrarse de cuánto habían cambiado las cosas desde la última vez que habían estado juntos, hacía cuatro días, cuando Robert, Tim y ella habían acompañado a su hija Sue a casa. Dado que habían sido los culpables de que la joven se retrasara, qué menos que tranquilizar a su estricto padre, permitiéndole conocer a algunos miembros de la familia con quienes la muchacha había estado comiendo en el asador The Grill.

Entonces, su disgusto con Robert por el desagradable momento que había tenido lugar durante la comida, entre él y April Sommerfield, la tenía tan irritada que le había costado un triunfo disimularlo. Tanto era así que aún resonaban en sus oídos la forma en que había corregido a Sue durante las presentaciones.

«Papá, mamá, estos son los Bryan», había dicho. A lo que ella, después de posar una mano fingidamente conciliadora sobre el hombro de la joven, había matizado: «No, exactamente. Ellos son Bryan, yo soy Montgomery».

El nerviosismo de Sue por llegar tarde le había impedido darse cuenta de que aquella aclaración en apariencia inofensiva había nacido de los celos. Se sentía tan herida por la actitud de Robert en el asador, que lo único que deseaba era marcar las distancias con él de la forma que fuera.  

En cambio, ahora, cuando su abdomen —y sus doloridas costillas, que todavía daban guerra— no le estropeaban la fiesta, Doreen estaba en la gloria. No había otra palabra que describiera mejor el placer que le provocaba poder ser una espectadora que, cómodamente instalada en el sofá, se deleitaba viendo a Robert en su salsa. Mirándolo a placer, sin que él fuera consciente de que lo hacía.  

Robert era alguien que disfrutaba abriéndole las puertas de su casa a quien se acercara por allí y ofreciéndole su hospitalidad sin cortapisa. Así se habían conocido, de hecho. Cuando el coche familiar se había averiado en medio de un diluvio y un desconocido que pasaba por allí se había acercado. No solo les había ofrecido ayuda, sino abrigo y una buena cena en su propia casa. Treinta y cinco años después, el desconocido seguía siendo el mismo hombre generoso de entonces.

Por si presenciar su gran saber estar de primera mano no fuera suficiente, además, era un poema de hombre, el más atractivo que había conocido en su vida. Algo que, tras años disfrutando de las vistas sin haber sido capaz de encontrar un solo ángulo menos favorecedor, podía afirmar con rotundidad. 

Robert Bryan era dueño de una elegancia y un buen gusto en el vestir que nadie esperaría encontrar en alguien que se había pasado la vida trabajando duro en el campo. Cuando se quitaba el sombrero y los guantes de montar, se transformaba por completo. Aquel día estaba especialmente apuesto con un jersey de pico color piedra con coderas en el mismo marrón habano que sus pantalones, del que asomaba el cuello de una camisa blanca inmaculada. Unas elegantes botas cortas de gamuza a juego completaban su atuendo. Gracias a Dios, de a poco, estaba ganando los kilos que su afección cardíaca le había hecho perder los últimos cuatro años y el resultado era este hombre guapísimo que no podía dejar de mirar. 

Sin embargo, lo que le ponía la cereza a su disfrute tenía que ver con ella y no con Robert. Saber que ya no era necesario que siguiera ocultando su interés por él, maquillándolo para que resultara adecuado a la relación de dos cuñados, era una experiencia profundamente liberadora. Después de tantos años, volvía a ser, simplemente, Doreen. No, la hermana mayor de su esposa Martha. No, la tía de sus hijos. No, la persona que le había ayudado a ocuparse de su hijo recién nacido y de otras dos criaturas de 2 y 4 años después de enviudar. Poder mostrarse con Robert, tal cual era cuando estaba con un hombre, la ilusionaba y la excitaba a partes iguales. Estaba segura de que descubrirse mutuamente en roles tan distintos sería una experiencia absolutamente deliciosa a la que ya no estaba dispuesta a renunciar. Ni a eso, ni a nada que la vida quisiera ofrecerles, de hecho. Algo más que debía agradecer a sus ocho minutos clínicamente muerta, pensó. 

Hacía un rato que Peter y Claire Anderson habían llegado al rancho acompañados de Sue, su hija menor y la única mujer de seis hermanos, y de una espectacular tarta Red Velvet casera. Doreen se había quedado dormida cuando el dolor le había dado una tregua y, para que tuviera tiempo de espabilarse, Robert había tomado la iniciativa, sirviendo un refrigerio y dándoles conversación como el gran anfitrión que era.

Los temas se habían sucedido con naturalidad y de esa forma se habían enterado de que el negocio familiar de los Anderson era una ferretería situada en el centro de la ciudad. Dos de sus hijos trabajaban allí, otros dos se dedicaban al deporte a nivel profesional y el quinto era miembro del equipo creativo de una importante compañía discográfica. Cuando Doreen al fin se había unido a la conversación, Robert, a instancias de Claire, les contaba qué lo había decidido a lanzarse a la aventura de comenzar una nueva explotación agrícola ganadera, lejos de la tierra que le había visto nacer y a la que siempre había estado tan apegado. Ken era una estrella de la música y su problema con las adicciones era algo que él mismo había sacado a la luz un par de meses atrás, por lo que Robert había dado por hecho que los Anderson lo sabían. No había entrado en detalles, pero tampoco había eludido el tema. Al margen de otras cuestiones, estaba muy orgulloso de sus hijos y, en particular, de Ken, por cómo se había rehecho. Peter Anderson, por lo visto, no opinaba lo mismo. Doreen estaba bastante segura de haber visto desaprobación en su mirada. 

Robert, obviamente, también, ya que con mucha habilidad había desviado la conversación hacia Sue y, en una confirmación más de que, como había dicho Bella, ella era su ojito derecho, al hombre se le había transformado la cara y se estaba despachando a gusto hablando de su maravillosa hija. La muchacha cada vez tenía las mejillas más rojas. Se la notaba muy incómoda.

—No me extraña que esté tan orgulloso de Sue. Es una joven estupenda —concedió Robert, derrochando ternura como siempre.

«Tú sí que eres estupendo», pensó Doreen, regodeándose en esa sonrisa de cine que siempre le llenaba el estómago de mariposas. 

—Sin duda —le dijo, descolgándose de su abstracción contemplativa para ayudar a la muchacha—, pero me parece que será una joven estupenda a la fuga como no cambies de tema… —Y vio que Sue, agradecida, asentía repetidas veces con la cabeza, haciéndolos reír.

Fue al desviar la mirada de Robert para incorporarse un poco más en el sofá, que los ojos de Doreen se cruzaron con otros idénticos a los suyos que le decían: «¿Has vuelto? Vaya. ¡Qué ocupada te han tenido las vistas!».

Iba a responder, por la misma vía, un «sí, muchísimo, ¿tienes algo que objetar?» cuando unas manos aparecieron de la nada para ayudarla en la nada sencilla tarea de pasar de la posición horizontal a la vertical con una herida de quince centímetros en el abdomen.

—Espera, espera… Deja que te ayude, hormiguita inquieta —ofreció Robert. 

Cuando lo dijo, ya estaba de pie, detrás del apoyabrazos, tirando de ella, después de cogerla por las axilas. La superficie de cuero del sofá facilitaba que su cuerpo se deslizara con facilidad.

Frank fue el primero en reaccionar al mote cariñoso que había usado su cuñado.

—Me gusta. Te describe muy bien, hermana. 

Robert, que había captado las verdaderas intenciones de aquel comentario, se tragó una sonrisa y se centró en acomodar un grueso cojín para que Doreen apoyara la espalda.

—En especial, por mis antenas, ¿no? —repuso ella con ironía, señalando vagamente el lugar donde estas habrían estado, de ser una hormiga. Alzó la vista por encima de su cabeza para agradecer la ayuda—. Gracias, Rob. Así está bien.

Él le respondió con una sonrisa tan cálida, antes de regresar a su sitio, que le hizo olvidar hasta de cómo se llamaba.

Pero el aguafiestas de su hermano no tardó en recordárselo.

—No, Doreen. Me gusta porque ha sido una forma muy bonita de llamarte «trasero de mal asiento» sin decirlo. Y con antenas o sin ellas, te describe a la perfección desde que eras así. —El gesto de su brazo describió a una niña muy pequeña.

Ella le dedicó una mirada desdeñosa.

—Dijo «el tranquilo» de los Montgomery… No le hagan caso. Es tan inquieto como yo —apuntó, dirigiéndose a las visitas—. Pero, como es un hombre, a él nadie le llama trasero de mal asiento. Él es enérgico. Notan qué matiz tan digno para describir lo mismo, ¿verdad? 

Hubo tres reacciones bien distintas en los Anderson. Para el padre no había ningún matiz: una cosa era una cosa, y otra, otra, y la expresión de su rostro lo dejaba bien claro. La madre asentía y en sus ojos podía leer que estaba totalmente de acuerdo, pero su sonrisa de compromiso decía que no deseaba incomodar a su marido comentando al respecto. La hija, en cambio, era un espectáculo digno de ver. Si el saber popular acertaba en cuanto al genio de los pelirrojos, Sue Anderson era un excelente exponente de ello. Todas sus pecas parecían alborotadas ante un tópico más de los miles que realzaban en los hombres las mismas actitudes que denostaban en las mujeres. Aquella joven era de armas tomar. Tenía todo el aspecto de ser alguien con las ideas muy claras. Lo que explicaba por qué Jim había fracasado con ella y Tim, no. Aunque, a tenor de las insistentes miradas que dirigía hacia la puerta, resultaba obvio que su tardanza empezaba a impacientarla. 

La muchacha le caía muy bien y Doreen decidió acudir en su ayuda nuevamente.

—Muchísimas gracias por venir y por tomarse la molestia de hornear mi postre favorito… ¡Qué detalle de su parte, Claire! —Dirigiendo su mirada hacia Robert, añadió—: ¿Dónde están los chicos? ¿Podrías decirles, por favor, que como tarden cinco minutos más se quedan sin tarta? Ya que estamos, también avísale a Lilly. ¿Dónde habrá ido? Qué raro no verla por aquí…

Él asintió.

—Voy a ver por qué tardan tanto —se excusó, poniéndose de pie—. Enseguida vuelvo.

Y después de hacer un gesto amable con la cabeza a los invitados, Robert se dirigió a la puerta bajo la atenta mirada de Doreen.


* * * * *


Jim soltó un largo bufido al llegar a la habitación de su hermano y ver que él solo se había puesto los pantalones después de ducharse. Estaba descalzo y con el torso desnudo, retocándose la perilla frente al espejo del baño. 

—Tío, venga ya, ¿todavía estás a medio vestir? 

Tim ignoró las fiestas que le hacía Rain, frotando el hocico contra sus pantalones, y le lanzó una mirada desafiante a su dueño a través del espejo.

—¿Ahora me hablas? ¿Ya se te ha pasado el berrinche de quinceañero?

Jim se recostó contra el marco de la puerta y le mantuvo la mirada. No era ningún berrinche y Tim lo sabía mejor que bien.

—Es muy práctico acusarme a mí de comportarme como un crío para no reconocer que eres tú el que se está saliendo del tiesto.

Esta vez, Tim se volvió para mirarlo. Jim se había agachado hacia su enorme mascota y le acariciaba las orejas. 

—¿Y por qué me estoy saliendo del tiesto, según tú? ¿Por estar en contacto con una mujer que pasa olímpicamente de ti? 

Jim sacudió la cabeza. Tim seguía erre que erre con el mismo jodido tema. Su enfado no tenía que ver con la pelirroja, sino con él. 

—No, lumbreras, por comportarte como un capullo conmigo. Siempre hemos sido amigos, tío. Y los amigos hablan. Se cuentan las cosas. ¿O eso tiene que cambiar porque «estás en contacto con una mujer que pasa olímpicamente de mí»? —dijo, entrecomillando la frase con un gesto—. No entiendo por qué tengo que enterarme de tus cosas por papá. 

—Intenté decírtelo un montón de veces, pero entre Ken, que es un plasta, y las llamadas de los candidatos para trabajar en el rancho…

Jim se lo quedó mirando. Su expresión cargada de ironía decía a las claras lo que estaba pensando: que le fuera con el cuento a otro.

Tim dejó caer los brazos al costado del cuerpo, molesto consigo mismo. Jim tenía razón. Pero él también tenía sus motivos.

—¿Y qué quieres que te cuente, Jim? Te has pasado semanas intentando quedar con Sue… Me cuesta hablarte de ella —reconoció.

—¿Pero, qué dices, hombre? Eso fue hace mucho. 

Tim enarcó una ceja.

—¿Y tu numerito del domingo a qué vino, entonces?

El numerito del domingo había venido a cuenta de que era el tipo más competitivo del mundo y todavía no se había dado cuenta de que el premio por el que competía había dejado de interesarle.

—Vaaale… —concedió—. No me gustó, obvio que no, pero sabes que detesto perder. Y ya puedes mirarme raro todo lo que quieras: lo de Sue fue hace mucho. Dejé de llamarla hace más de dos meses.

Tim consideró lo que acababa de oír y al fin asintió con la cabeza. La última llamada sin respuesta de Jim se remontaba a mediados del verano, y estaban en otoño. Lo recordaba porque en ese momento estaban juntos, habían salido a tomar una cerveza, y Jim había colgado diciendo «estoy hasta las narices de hablar con su buzón de voz. Que le den». Desde entonces, tampoco había vuelto a mencionarla.

—¿Y qué hay de ti? Tampoco es que tú me digas mucho de tus cosas, últimamente, ¿no?

Jim suspiró.

—No es por ti. Es que no sé qué decir… 

Tim sacudió la cabeza sonriente y se volvió para limpiar el lavabo de los pelos que había recortado a su perilla.

—Será la primera vez que Jim Bryan no sepa qué decir cuando se trata de chicas… —repuso echándole una mirada traviesa por el espejo.

Vio que él apartaba la vista.

—Dicen que siempre hay una primera vez para todo…

«Eh, ¿qué está pasando aquí?», pensó Tim.

—Para esto, no —lo consoló, afectuoso—. Seguro que no. 

—Sí, tío. La verdad es que estoy más perdido que un pulpo en un garaje —admitió Jim, y enseguida se incorporó del marco de la puerta, incapaz de soportar la ansiedad—. Oye… Ya hablaremos de esto más tarde, ¿vale? Ahora, tenemos que bajar. 

Si a Tim ya le resultaba rarísimo que Jim reconociera sentirse confuso en un asunto de faldas, que la sola idea de hablar de ello lo pusiera tan nervioso lo estaba desconcertando. ¿Qué narices había sucedido? ¿Y cuándo? Habían estado juntos todo el tiempo y él no había notado nada especial.

Tim lo detuvo tomándolo por el codo. 

—No voy a bajar medio desnudo. Cuéntame mientras me visto. Te hará bien soltarlo. Sea lo que sea.

Jim aún se resistió.

—En serio, tío. Dejémoslo. Tenemos que bajar.

—Bajaremos —insistió Tim, mientras, sentado en un extremo de la cama, se ponía unos calcetines—. Ahora, hazme caso y suéltalo.

Jim puso los ojos en blanco. Al fin, a desgana, se sentó a su lado y se dispuso a hablar.

 

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CRS-08. Mystic Oaks, 2 (MO 2). Episodio 3


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2026/2027
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3


—Me está evitando —aseguró Jim.

Tim giró la cabeza para mirarlo sorprendido por aquellas tres palabras. No lograba imaginar de qué modo Lilly lo estaba evitando, si estaban todo el tiempo juntos, organizando cosas. 

Pero ver a su hermano con los antebrazos apoyados sobre los muslos, cabizbajo, como si en el impoluto suelo cerámico de efecto piedra esperara encontrar la solución a todos sus males, le confirmó que, en efecto, Jim tenía un problema. O, al menos, estaba convencido de tenerlo.

Tim no llegó a formular la pregunta que rondaba su mente, puesto que Jim se le adelantó.

—Ya sé lo que estás pensando —le dijo—, pero te equivocas. Cuando no hay público, se comporta muy distinto conmigo…

Tim frunció el ceño. 

Para empezar, en su opinión, no eran tantas las ocasiones en las que «no había público». En su familia, nunca había sido fácil encontrar un momento de tranquilidad a solas. Cuando más solo estaba era durante las largas horas de trabajo, pero la tranquilidad brillaba por su ausencia, puesto que o bien necesitaban resolver algún problema de los que nunca faltaban en el día a día de un rancho, o bien tocaba trabajar a destajo porque casi siempre iban por detrás del calendario. 

Para seguir, no acababa de entender a qué se refería por «muy distinto». ¿No sería que, acostumbrado a ligar como un condenado dondequiera que iba, no sabía cómo manejarse con una chica que no intentaba ligar con él?

—A riesgo de que me des una hostia, te diré lo que creo —y continuó calzándose unas botas cortas, bajo la mirada expectante de su hermano—. Estás tan acostumbrado a ser Jim Bryan, que no sabes cómo relacionarte con una mujer siendo Jim, sin más —aseguró y volvió la cara para mirarlo.

Vio que las cejas de su hermano formaban dos curvas perfectas sobre sus ojos, anticipando una respuesta contundente. Quizás no iba a ser un puñetazo en el sentido literal de la palabra, pero seguro que sería el equivalente dialéctico perfecto.

Y no se equivocó.

—¿Para qué me pides que hable si al final vas a acabar soltándome estas gilipolleces? —A continuación, se incorporó de la cama donde estaba sentado, y enfiló hacia la puerta—. Nos vemos abajo, tío.

Tim salió detrás de Jim al instante y lo detuvo por un brazo.

—Espera, espera, espeeera… Calma, hombre, calma.

Él se detuvo pero no regresó sobre sus pasos. Permaneció allí, mirándolo, hasta que Tim se disculpó.

—Perdona. Empecemos de nuevo, ¿vale? —Jim elevó una ceja en señal de advertencia. Tim le mostró sus palmas pidiendo una tregua—. ¿Por qué dices que te está evitando? 

—Porque me está evitando, tío —Su tono sonó principalmente cargado de ironía, pero con un punto de desesperación que a Tim le resultó muy inusual en Jim.

—Dame un ejemplo.

Jim volvió a bufar.

—¿Estás de coña? ¿No sabes lo que es evitar a una persona? Da igual si está en la biblioteca, en el pasillo o en la cocina; si llego yo y está sola, no pasan dos minutos que se acuerda de que tiene que hacer algo, y se va…  Si le digo «oye, Lilly, ¿qué te parece si…?», da igual con qué acabe la frase, me responde «uy, ahora no, Jim, que tengo prisa. Hablamos luego, ¿sí?». Y luego es nunca.

—Bueno… Tampoco es tan raro que esté atareada, ¿no? Piensa que con Doreen en cama, ella y Chris se han hecho cargo de la casa… Eso no es moco de pavo, tío.

Jim suspiró por quinta vez desde que había entrado en la habitación de su hermano. Volvió a sentarse en la cama y se dedicó a acariciar el lomo de su mascota, mientras reflexionaba sobre el tema.

—No es falta de tiempo, es que metí la pata.

Tim manoteó la camisa vaquera del respaldo de la silla, se la puso y regresó sobre sus pasos, cerrando los corchetes uno a uno. Se sentó en la cama junto a Jim. 

—¿Y eso? —se atrevió a preguntar ante el persistente silencio de su hermano.

—Cuando nos dijo que se largaba, en el aparcamiento del hospital, ¿te acuerdas?

Como para no recordarlo. Jamás olvidaría haber visto a Jim Bryan corriendo tras una chica. Pero el ánimo de su hermano no estaba para bromas, de modo que se limitó a asentir.

—Hablamos. Bueno, más bien fui yo el que hablé… Intenté explicarle que mi reacción no tenía que ver con la pelirroja, sino contigo, que últimamente te callas las cosas, y, en parte, también conmigo, porque soy competitivo y odio perder.  

Oh, vaya, vaya, vaya. ¿Dónde había oído esas palabras antes?, pensó el mediano de los Bryan.

—Tú mismo no lo creías hace cuatro días. Íbamos en el coche y te dije que Sue no es quien te interesa, sino Lilly. Que solo seguías porfiando con ella por orgullo, porque su desinterés te hacía sentir desafiado… 

Jim meneó la cabeza. 

Ya estamos otra vez…

—Lo dijiste, sí. Y acertaste de lleno…

—O sea, que lo reconoces —apuntó Tim, desafiante—. Vamos mejorando.

Hasta hacía dos días, su hermano saltaba como leche hervida ante la sola insinuación de algo que era tan obvio, que todos se habían dado cuenta.

Jim tensó la mandíbula. Soltó el aire por la nariz. 

—La cuestión es, ¿tú te lo crees de verdad? —repuso, igual de desafiante—. Lo digo porque hace un momento no lo parecía, ¿sabes? 

—No es eso —sentenció Tim muy serio—. Me respondiste con toda tu pluma de pavo real: «¿Desinterés? No tienes ni idea de lo que estás hablando» —dijo, imitando el tono de voz que Jim había usado—. Así que pensé que seguías llamándola.

Jim respiró hondo. Le había dicho eso porque el desinterés de la pelirroja no era tal. De otra forma, ella no le habría sugerido que la llamara, como había hecho el domingo. Hasta había añadido ella misma su apellido a la ficha de contacto. Pero ahora eso daba igual. No era a Sue Anderson a quien tenía en la cabeza, sino a Lilly Thompson.

—Pues no —repuso, tan serio como Tim—. Ya te he dicho que no.

Durante unos instantes permanecieron en silencio. 

Tim le estaba dando vueltas a lo dicho por Jim. No le había convencido su respuesta. Porque ahora esa respuesta no tenía sentido. Si Jim no había seguido llamando a Sue, ¿a qué había venido desplegar sus plumas de pavo real, dando a entender que las cosas con ella no estaban tan frías como todos creían? Jim nunca alardeaba por alardear. No le hacía falta. Su éxito entre las chicas estaba fuera de toda discusión. Algo no acababa de cuadrar en su relato.

—¿Y dices que Lilly te evita porque no te cree?

Jim negó con la cabeza.

—Le dije que si me miraba a los ojos con atención, vería que le estaba diciendo la verdad.

—Qué poético…

Los hermanos intercambiaron miradas burlonas.

—Según ella, mis ojos nunca mienten…

—¿En serio? —lo interrumpió Tim, divertido.

Jim hizo un gesto ambiguo con una mano, como quien intenta resumir algo que le han explicado, pero no ha entendido en detalle.

—Por lo visto, no soy tan impenetrable como creo… Son sus palabras, no las mías… Impenetrable yo, imagínate; primera noticia. Dice que me rio mucho y soy amable porque todos los Bryan lo llevamos de serie, y que eso despista a la gente. Digamos que esconde mis verdaderos pensamientos… Pero mis ojos, no. Para quien me mire a los ojos el tiempo suficiente, según ella, no tengo tantos secretos… —Se encogió de hombros—. Debe ser verdad porque conmigo acierta nueve de cada diez veces. O son mis ojos los que me delatan, o es ella la que me lee la mente.

—Así que, según tú, te miró a los ojos y ahora, te cree. Por eso te evita.

—Sí. 

Guau. Eso cambiaba las cosas, pensó Tim. 

Lo que Jim tenía con Lilly era como lo que había tenido con Chloe, con la diferencia de que Lilly no lo veía como a un hermano. Y Jim ahora lo sabía. Tim sospechaba que, en realidad, su hermano se había dado cuenta de eso hacía tiempo. En todo caso, él se lo había dicho en aquella conversación que habían mantenido en el coche, camino de Springfield, cuatro días atrás. ¿Y si Lilly ahora también lo sabía? Una cosa era fantasear con alguien que sabes que es inalcanzable; otra muy distinta es hacerlo después de descubrir que ese alguien no es tan inalcanzable como creías. ¿Lilly no se habría asustado al ver las enormes implicaciones de semejante descubrimiento? 

—Ya veo —concedió—. De ahí que estés más perdido que un pulpo en un garaje…

Jim asintió varias veces con la cabeza y exhaló el sexto suspiro.

—Es que no sé cómo manejar esta situación —admitió—. Si ahora prefiere no estar conmigo a solas, tengo que respetarlo. No puedo forzar las cosas. Pero… No llevo nada bien que me evite. Es una estupidez y me cabrea un montón porque, francamente, no sé qué cree que va a conseguir con eso.  

—Quizás te evita porque ella tampoco sabe cómo manejar la situación…

—Pues estamos jodidos porque es ella quien la crea, evitándome.

Tim negó taxativamente con la cabeza.

—Qué va. La has creado tú, siendo tan poético. Quizás, tus ojos le dijeron mucho más de lo que crees y se asustó… 

Jim se frotó la frente.

—Es un jodido círculo vicioso —se quejó, contrariado—. Porque cuanto más me evita, más me desespera no poder estar con ella y es lo que verá en mis jodidos ojos cuando me mire, con lo cual se asustará más y me evitará más… ¿Voy a tener que ponerme unas tremendas gafas negras, en plan José Feliciano, para que no se me vean ni las cejas? ¡Esto es de locos!

—¡Mejor un casco, tío! —celebró Tim, incapaz de contener la risa.

Jim meneó la cabeza y al fin se puso de pie. Su mascota hizo lo mismo y empezó a dar vueltas alrededor de él, moviendo el rabo alegremente.

—Venga, bajemos de una vez. A ver si dándome un atracón de Red Velvet, se me pasa el malhumor…

Tim se echó un último vistazo en el espejo para comprobar que todo estaba como debía y siguió a su hermano. Acababan de abandonar la habitación cuando decidió quitarse la espinita.

—Oye, Jim, espera un momento…

—¿Y ahora qué? —dijo él, volviéndose a mirarlo con impaciencia.

—Aclárame una cosa. ¿Por qué en el coche me dijiste que no tenía la menor idea de lo que estaba hablando?

—¡Y yo qué sé…! ¿Será que eres un especialista en cabrearme? Vámonos, tío, o vendrán a buscarnos.

Tim lo detuvo, tomándolo por un brazo. Ya no tenía ninguna duda de que sucedía algo.

—Dímelo, Jim.

—¿Qué quieres que te diga? Me cabreaste y ya está… Vámonos. —Tras lo cual, volvió a ponerse en marcha.

Y Tim volvió a impedírselo. 

—No vamos a ir a ninguna parte hasta que hables. Así que suéltalo de una puta vez.

Jim exhaló el aire por la nariz, abrió las manos como diciendo «tú lo has querido» y se dispuso a contarle a qué había venido su alarde de vanidad, cuando iban camino de Springfield. 


* * * * *


Robert se detuvo al llegar al hall y ver a Lilly guardando el móvil en el bolsillo de sus vaqueros.

 —Ah, justo iba a llamarte… ¿Está todo controlado? Doreen ha empezado a extrañarse de que no estés en la biblioteca… —le dijo con una sonrisa traviesa.

—Sí, sí, todo controlado. Solo faltan Chris y los peluditos, que vienen con ella… Pero acabo de llamarla. Ya está en el rancho. Entró por la entrada oficial, para que Doreen no sospeche nada —repuso la muchacha, haciendo un mohín pícaro—. En cuanto ponga un pie en la biblioteca, le avisaré a Ken.

Robert sonrió satisfecho.

—Perfecto. Ahora solo queda que mis otros dos hijos se unan a la fiesta. La última vez que hablé con ellos me dijeron que ya venían, pero de eso hace un buen rato… ¿Los has visto por ahí? 

Lilly negó con la cabeza graciosamente. Un gesto con el que pretendió ocultar que era difícil que los viera, especialmente al Bryan de la coleta, porque solo ella sabía las vueltas que daba al día para evitar encontrarse con él. Cualquier chica con dos ojos en la cara y ganas de divertirse junto a un tío cañón, pensaría que estaba loca. ¿Vivir en la misma casa que el guapérrimo Jim Bryan y evitar encontrarse con él? Su diagnóstico sería: loca de atar. Pero esas chicas no tenían nada que perder divirtiéndose con Jim. Lamentablemente, ella, sí.

—Entonces, estarán acicalando sus plumas —bromeó Robert—. ¿Puedo pedirte un favor?

«¿Puedo decir que no?». Lilly lo pensó, pero no lo dijo. Aquel hombre era la gentileza personificada y, por supuesto, no podía negarse. Mantuvo la sonrisa mientras rogaba que el favor no la obligara a tener que ir a buscar a los hermanos en persona. Sería bastante difícil, por no decir imposible, evitar hablar con Jim si tenía que golpear a su puerta.

—¿Te importa ir a ver por qué tardan tanto? Mis rodillas te estarían eternamente agradecidas…

La sonrisa de Lilly se ensanchó. Mantenerse a distancia de Jim ya le estaba resultando bastante duro. No podía permitir que el resto de la familia se percatara de ello.

—¡Con lo majas que son sus rodillas, ¿quién podría negarse?! —exclamó, haciéndolo reír.


* * * * *


Las emociones de Lilly se habían convertido en un torbellino mientras, pegada a la pared del pequeño hall de la primera planta, escuchaba conversar a los hermanos sin que ellos lo supieran.

Del asombro a la incredulidad.

De la incredulidad al enfado consigo misma.

Y, finalmente, a la desilusión. La decepción que sentía era tan grande que amenazaba con tragársela entera.

Respiró hondo varias veces. Sabía cómo acababa esa opresión en la garganta y no estaba dispuesta a llorar.

Dado que su misión era averiguar por qué tardaban tanto y ya lo había hecho, no era necesario que se vieran las caras. Con una rápida llamada a Robert para avisarle, sería suficiente.

Lilly regresó sigilosamente sobre sus pasos.

Una vez en la planta principal, se dirigió a la cocina y abandonó la casa por la puerta que daba al jardín.


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CRS-08. Mystic Oaks, 2 (MO 2). Episodio 4


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2026/2027
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4


Robert miró a sus hijos con cara de «¡ya era hora!» cuando estos entraron en la biblioteca acompañados de Rain, y enseguida procedió con las presentaciones.

—Aquí están los responsables del negocio familiar, la sangre del rancho Mystic Oaks. A Tim ya lo conocen; a Jim, no. —El pensamiento pícaro «su hija, sí» atravesó su mente, pero se abstuvo de decirlo—. Señor y señora Anderson, les presento a Jim, el más joven de mis hijos…

Los hermanos se dirigieron al centro de la estancia con actitudes bien distintas.  

Tim intentaba ordenar las ideas en su cabeza después de que Jim le hubiera explicado, a petición suya, qué había querido decir con aquel «¿Desinterés? No tienes ni idea de lo que estás diciendo». Estaba claro que entonces no la tenía. Pero ahora sí. Ahora, a la luz de la nueva información con la que contaba y, por citar las palabras de su hermano, era él el que estaba más perdido que un pulpo en un garaje. Como siempre que no veía claro qué terreno estaba pisando, Tim se movía con muchísima cautela. Estrechó manos con el matrimonio Anderson con corrección. Y mantuvo las distancias con su hija en el sentido más literal de la palabra, puesto que, después de un breve intercambio de saludos, mucho más breve en el caso de Tim ya que se limitó a un «hola», fue a sentarse junto a su padre, al otro extremo de donde estaban los Anderson. Poco después, se había servido un café y bebía de su taza con aparente normalidad.

Jim había esperado encontrar a Lilly en la biblioteca y no le gustó comprobar que no estaba allí. Tenía que saber que los Anderson habían llegado al rancho. ¿Tan empeñada estaba en evitarlo que no pensaba acercarse a saludar? Era una descortesía inaceptable. 

Sin embargo, si había algo que el menor de los Bryan detestaba, era demostrar cuando algo le tocaba la moral. En especial, si ese algo tenía que ver con una chica.

—El más joven y el más guapo —dijo con desparpajo, estrechando en primer lugar la mano de Peter y a continuación la de Claire—. Encantado de conocerles.  —A continuación, después de colgarse su mejor sonrisa, le hizo un guiño a su hija—. Hola, Sue. Qué enorme sorpresa volver a verte. Y aquí, nada menos.

Acto seguido, se agachó a acariciar la cabeza de su mascota, que estaba a su lado, sentada sobre sus patas traseras, mientras esperaba el contraataque que, estaba seguro, no tardaría en llegar.   

En realidad, Sue no le había estado prestando atención a Jim. Miraba a Tim a hurtadillas, mientras se preguntaba por qué su bienvenida había sido tan fría. Había sido precisamente notar que él se llevaba súbitamente la taza a los labios en lo que le pareció más un gesto por esconder su disgusto que otra cosa, lo que la hizo percatarse del comentario de Jim.

Lo miró. Allí estaba él, de pie, frente a ella, con su sonrisa Profidén en ristre y la actitud propia de un hombre que está pensando «las mujeres me adoran, tú eres mujer; ergo, también me adoras». Si ese fanfarrón pensaba que el hecho de que sus padres estuvieran presentes le cerraría la boca, se equivocaba de medio a medio.

—Desde luego, el mundo es un pañuelo… ¿Te acuerdas de esas tropecientas cuarenta llamadas de las que te hablé, mamá? Pues aquí tienes al responsable.

«Así que le has hablado a tu madre de mi hermano… Guau», pensó Tim. Mantenerse quieto le estaba costando mucho. Parecía como si tuviera hormigas en el cuerpo. Decidió canalizar un poco de esa energía enloquecida, estirándose para coger la jarra de café y rellenar su taza.

Claire le dirigió una mirada divertida a Jim.  

—Vaya. ¿No son esas muchas llamadas? —preguntó, sonriente

Jim se puso una mano junto a la boca, a modo de pantalla, como si estuviera a punto de contar un secreto.

—Entre usted y yo, fueron treinta, como mucho.

—Más que suficientes —terció Sue, incapaz de callarse. Cada vez que sonaba el maldito móvil, le daban ganas de estrellarlo contra la pared.

Jim, como era habitual en él, no se cortó. 

—Convengamos en que no habrían sido tantas si me hubieras dicho «paso de ti, Jim» a la primera. Pero no se preocupen, señor y señora Anderson, después de hablar veinticinco de esas treinta veces con su contestador automático, capté el mensaje y dejé de llamarla. De eso hace como dos meses, ¿no se lo has dicho? —apuntó, mirando a Sue, desafiante.

Robert tuvo serias dificultades para contener la risa. 

A pesar de la actitud reservada y observante de Tim, habitual en su hijo mediano, él, que estaba a su lado, podía sentir que no estaba disfrutando en absoluto de la escena que tenía lugar a escasos tres metros de donde estaban ellos. Lo cual, por otra parte, entendía perfectamente: Sue le gustaba, y el descaro de su hermano, a veces, daba lugar a situaciones muy incómodas. Sin embargo, era innegable que Jim tenía un enorme talento para reírse de sí mismo e invitar a los demás a que hicieran lo mismo. 

Doreen no logró contenerse. Cuando se trataba de ser un pícaro desfachatado, su sobrino menor bordaba el papel. 

—¡Ay, Jim, cómo eres…! —explotó, partiéndose de risa al tiempo que se sujetaba el abdomen.

Peter Anderson tampoco logró contenerse. En su caso, lo que no pudo frenar fue ofrecer una pincelada de su colérico temperamento.  

—Tiene usted un sentido del humor muy peculiar, joven —le dijo a Jim con expresión totalmente seria.

Jim tampoco se cortó esta vez. 

—No se apure, señor Anderson. Está claro que no voy a ser su yerno —repuso divertido, después de ponerse las manos en los bolsillos traseros de sus vaqueros en una actitud totalmente despreocupada.

Y, esta vez, hasta la misma Sue estuvo a punto —muy a punto— de echarse a reír.


* * * * *


Después de lograr que la mayoría de los presentes se desternillara de la risa —y que el resto se las viera y se las deseara para no hacerlo—, Jim al fin había ocupado su lugar junto a Tim. Él le había dado la bienvenida palmeando su rodilla (con mucha más fuerza de lo necesario) y diciéndole al oído «¿te has quedado a gusto?». Mientras tanto, Robert, con la ayuda de Frank, había empezado a servir el postre que había preparado Claire Anderson.

Después de servir a las visitas, y mientras Frank hacía lo propio con sus sobrinos, la siguiente porción había sido para Doreen. Robert se agachó frente a ella, sosteniendo el plato de postre en una mano.

—¿Te la doy o puedes tú sola? —le preguntó en voz muy baja. Nadie excepto Doreen lo oyó, pero el solo hecho de que Robert estuviera hablando en murmullos atrajo la atención de todos. Y las miradas cómplices de algunos.

A pesar de la picardía presente en el ambiente, la pregunta formulada por Robert no había sido un simple coqueteo (que también). El exceso de optimismo del que Doreen había hecho gala por la mañana, apuntándose a la visita guiada por los sectores de explotación de la finca, había seguido mostrando sus consecuencias a medida que habían ido transcurriendo las horas. En el almuerzo, apenas había comido; estaba agotada. Y ahora, a pesar de los analgésicos, continuaba tan dolorida en la zona del abdomen y el pecho, que le costaba mantener el cuerpo en un ángulo de ciento veinte grados. De ahí que se hubiera ido deslizando hacia abajo en el sofá, buscando alivio a su dolor. 

—Creo que puedo yo sola —repuso. Cuando él le tendió el plato, añadió—: Pero no estoy segura… —y coronó el comentario con un movimiento sensual de sus cejas.

Una sonrisa imposible dominaba el rostro de Robert al retraer la mano y sentarse junto a Doreen, en el sofá, preparado para llevar directamente hasta sus labios pequeñas porciones de su postre favorito.

El primer bocado estuvo cargado de una complicidad y una ternura de la que solo ellos fueron plenamente conscientes, puesto que Robert le estaba dando la espalda a todos, excepto sus hijos, a quienes tenía de frente, y por la postura, con su cuerpo, la cara de Doreen quedaba oculta a casi todos los presentes.

Robert la vio cerrar los ojos en un gesto de puro placer mientras saboreaba la cucharada de Red Velvet. Habría pagado por seguir viendo esa expresión en su bello rostro y no pudo evitar pensar en cómo cambiaría su semblante si lo que saboreara fuera él, sus labios, su lengua, su piel…

El comentario de Doreen lo devolvió a la realidad con el corazón palpitando en una subyugante mezcla de emoción y anhelo.

—Mmm… Claire, menudas manos tiene usted para la repostería… ¡Qué delicia, por Dios! 

—Estoy con mi tía —dijo Jim, hablando con la boca llena—. ¡Esto es una pasada, señora Anderson!

Uno a uno, todos fueron halagando el talento de la repostera y ella, agradecida aunque algo incómoda por tantos cumplidos, aprovechó para desviar la conversación hacia Doreen quien, después de todo, era la razón de que ella y parte de su familia estuvieran allí.

—Está muy dolorida, ¿verdad? 

—Un poquito… —repuso Doreen. Robert se había movido y Claire pudo ver que la mujer concedía con un gesto amable que intentaba quitarle hierro al asunto, sin conseguirlo del todo.

—Dicen que son operaciones menores —continuó la madre de Sue—, y que en un abrir y cerrar de ojos el paciente estará haciendo vida normal, pero la verdad es que se pasa mal y el malestar tarda en irse. En casa somos tres los que ya no tenemos apéndice y para ninguno fue tan simple como nos dijeron…

—En su caso, la apendicitis se convirtió en peritonitis —intervino Jim, con la boca algo menos llena que antes, dirigiéndole una mirada cariñosa a su tía—. Por poco, no nos morimos todos de un susto.

—Lo sé, cariño… Debieron ser unas horas muy difíciles para todos —esbozó una sonrisa al decir—: para mí empezaron a serlo cuando desperté de la anestesia. Por Dios. Nunca me habría imaginado que hasta las pestañas pudieran doler tanto…

Robert volvió a acercarle una cucharada de postre a la boca.

—Toma otro bocadito de esta delicia, seguro que te ayuda a olvidar esas horas horribles —le dijo con ternura.

Los ojos de Doreen regresaron a Robert tan dulces como el postre que él le estaba ofreciendo. Abrió la boca y tomó el nuevo trozo con un gesto histriónico de placer que a Robert le encantó.

—Bueno, en honor a la verdad, mi hermana está muy dolorida ahora por otros motivos —intervino Frank, echándole una mirada socarrona a la susodicha—. Motivos que tienen que ver con que es… —Hizo una pausa deliberada para elegir sus palabras—: una mujer muy enérgica —Se oyeron risitas por parte de Claire y Sue— y no para quieta.

Tim asintió enfáticamente. A pesar de no haber captado el significado de la alusión de Frank, pues no estaba presente cuando Doreen había argumentado que lo que en una mujer se calificaba como «ser un trasero de mal asiento» se convertía en «ser enérgico» cuando se trataba de un hombre, lo que había dicho era la pura verdad. 

—Estoy con el tío —dijo, usando las mismas palabras que Jim, al tiempo que dirigía su mirada muy seria a Doreen—. El médico te mandó una semana de reposo absoluto para empezar. Dijo que, dependiendo de cómo estuvieras entonces, te permitiría empezar a moverte por casa. ¿Y qué has hecho tú? Pasarte toooda la mañana de paseo por la finca… Si eso intentáramos hacerlo mis hermanos o yo, sacarías el silbato de sargento del cajón y nos mandarías a la cama sin dejarnos rechistar. Incluso ahora, que ya no somos unos niños. ¿Te parece normal? —Respiró hondo—. Te adoro y lo sabes, pero, a veces, te pasas muchísimo… Y me enojas —añadió, enfatizando sus palabras con movimientos de la cabeza—. Me enojas muchísimo.

Era la primera vez que Tim intervenía y sus palabras no pasaron en absoluto inadvertidas. Mientras a Sue se le derretía el corazón al presenciar una vez más cómo manifestaba sus emociones sin cortapisa, un significativo silencio acompañado de las correspondientes miradas se adueñó del resto de los hombres de la familia. 

Doreen puso morritos y miró a Tim con ternura y arrepentimiento.

—Lo siento, cariño mío… Lo siento mucho. Tienes toda la razón. ¿Me perdonas, por favor?

El lenguaje corporal de Tim se transformó en un instante. 

—¿Te importa si te lo digo dentro de una semana, cuando el médico confirme que has hecho bien los deberes y te dé permiso para moverte por casa? —repuso, echándole una mirada socarrona.

—¿No te fías de mí?

—No me hagas hablar…

 Tía y sobrino rieron. 

—¡Eh, eso no vale! Me estás dejando fatal delante de las visitas… ¿Qué van a pensar los Anderson? —dijo, dirigiendo una breve mirada amable a la familia.

—¿Y qué íbamos a pensar, Doreen? —intervino Sue—. Que es una persona increíble y tiene una relación preciosa con sus sobrinos, ¿no, mamá?

Claire asintió con una sonrisa a lo dicho por su hija. 

—Desde luego —concedió.

Peter no sonrió ni concedió de ninguna manera. En esa casa, todos le parecían bastante peculiares. Los anfitriones eran personas muy educadas, amables y muy sociables. Pensándolo bien, quizás, demasiado. El hijo más joven era un descarado, simple y llanamente. El otro, que parecía más callado que una tumba, acababa de despacharse con algo que no sabía siquiera cómo clasificar. ¿Estaba regañando a su tía? Menudo atrevimiento. ¿Era por eso que dejaba tan claro cuánto «la adoraba»: para que ella no se enojara por el rapapolvo? No podía imaginar a ninguno de sus hijos haciendo algo semejante con él o con su esposa. En su opinión, los hijos no regañaban a sus adultos. Punto. En cuanto al tercer hermano… No lo conocía en persona, pero lo que sabía de él y sus adicciones, definitivamente, no era de su agrado. Además, había demasiada expresividad y demasiada emoción en el ambiente, para su gusto. No se sentía nada cómodo.

Ajeno a los pensamientos críticos de Peter Anderson, Tim posó su mirada en Sue. Era la primera vez que lo hacía desde el  intercambio de saludos. 

Ella sonrió. Él también, pero menos. 

Decididamente, no fue de la clase que Sue esperaba ver en sus labios. Tan solo se había tratado de la típica sonrisa de compromiso, y eso le confirmó que algo no iba bien. Los dos volvieron a poner su atención en Doreen que, en aquel momento, estaba hablando.

—El mérito no es mío. Los tres son unos chicos estupendos… Hombres estupendos —se corrigió—. Desde que su madre nos dejó, hemos formado una piña… Estamos muy unidos. Lo cierto es que estos años han pasado casi sin que me diera cuenta… 

»Su padre es un hombre con las ideas muy claras que ha sabido en todo momento cómo hacer frente a una pérdida terrible en la familia. Ha sabido guiarlos con amor, respeto y paciencia; ayudarlos a crecer y a expresar todo lo que son. El resultado está a la vista. Ya conocerán a Ken, hoy no ha podido estar aquí porque de jueves a domingo suele estar de gira, pero es como sus hermanos. Los tres son unos chicos increíbles… 

»Perdón por lo de «chicos», no puedo evitarlo… Una parte de mí los sigue viendo correteando por la casa, armando tal jaleo que era uno el que quería salir a corretear por ahí y no volver en dos horas… —Se rio ante sus propios recuerdos—. Son protectores, honestos y dulces, como su madre… Valientes, fuertes y generosos, como su padre. Estoy muy orgullosa de ellos. Orgullosísima. ¿Se me nota? —dijo, mirando a las visitas con una gran sonrisa a pesar de que en sus ojos ya podía apreciarse la emoción—. Pero, como digo, el mérito no es mío. 

Todo lo que Robert oía era música para sus oídos. Sin embargo, conocía muy bien el lado sumamente emotivo de Doreen y sabía que estaba a punto de echarse a llorar. De modo que corrigió su postura, regresando a su posición original en el sofá, cortó otro trocito de pastel y acercó la cuchara a los labios femeninos.

—Veo que, muy convenientemente, has obviado la parte en que los tres pequeños salvajes agotaban mi paciencia, y ya no  era ni tan amoroso ni tan tolerante… Y tú, tampoco, por cierto.  Has hecho bien. Tampoco es cuestión de airear los trapos sucios delante de las visitas, ¿verdad? Toma, querida —le dijo con ternura—, endúlzate un poquito más.

Las risas de Jim y de Tim dieron cuenta de que, en efecto, tras la mirada tierna y la sonrisa amable de su padre, se escondía un hombre de gran carácter a quien los hermanos le habían hecho perder la paciencia muchas veces.


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CRS-08. Mystic Oaks, 2 (MO 2). Episodio 5


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2026/2027
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5


La llegada de Chris, poco después, había revolucionado el ambiente en la biblioteca. Su presencia, independientemente de dónde se hallara, siempre acaparaba toda la atención, pero, además, llegó acompañada de tres cachorros, uno de los cuales era de lejos el más revoltoso. Tanto, que entró corriendo en la estancia y demostró su alegría por volver a estar en casa, dando repetidas vueltas alrededor de los sofás, a la carrera. Pura energía expansiva y contagiosa, que logró de inmediato que fueran cuatro los canes alborotando el lugar.

Otro motivo que contribuyó a la excitación —al menos de una parte del público presente— fue que además de Sultán, Noah y River, Chris llegó acompañada de otra humana; su hermana Lilly. 

—¡Bien! —celebró Doreen—. ¡Te dije que era Chris el coche que oímos subiendo el camino hace un ratito, Robert! ¡A ver qué nos cuenta de los nuevos músicos!

Jim se levantó del asiento como si alguien le hubiera prendido fuego. Su hermano y su padre también se levantaron, por lo que no fue tan evidente que, en su caso, no solo se trataba de un gesto caballeroso habitual en los Bryan, sino de ansiedad y de alegría por que Lilly no lo estuviera evitando esta vez.

—Hola, queridas —las saludó Robert. Dirigiéndose a los Anderson, se dispuso a hacer las presentaciones. Ellos también se pusieron de pie—. Estas son las hermanas Chris y Lilly Thompson. Ellos son Claire y Peter Anderson. Creo que a Sue ya la conocéis, ¿verdad?

—¡Sí, Bella nos presentó hace semanas! —dijo Lilly, adelantando a Chris para saludar a los invitados—. Encantada de conocerlos, señor y señora Anderson… Su hija y yo hemos hecho buenas migas. Es una chica genial. —Apretó afectuosamente la mano de la muchacha al tiempo que decía—. Hola, por cierto…

«Tanto como buenas migas…», pensó Sue, que respondió al saludo de Lilly con un «hola» y una sonrisa.

—Igualmente, Lilly. Mi hijo Rick me ha hablado de ti —dijo Peter, inesperadamente. Su mujer y su hija lo miraron sorprendidas.

—¡Espero que bien! —apuntó Lilly, alegremente. Le tranquilizó ver que el hombre asentía con la cabeza.

«Más le vale que hablara bien de ti», pensó Jim al recordar la conversación que Lilly había tenido con el troglodita en el aparcamiento del hospital un par de días atrás.

—Claro que sí; es un rayito de sol —afirmó Chris con una sonrisa orgullosa, al tiempo que le daba la mano a Peter Anderson y a continuación, hacia lo mismo con Claire—. Yo soy la hermana del rayito. Me llamo Chris, encantada de conocerles. 

—Me alegra poder ponerle cara al fin —intervino Claire—. Sue nos comentó que le conoció el domingo.

Chris asintió con gentileza. Vio que su marido también concedía con una sonrisa. Ignoraba qué podía haberles dicho Sue acerca de ella, puesto que apenas se conocían. Se guardó de aclarar que, en realidad, se habían limitado a compartir la misma mesa.

—Éramos unos cuantos por lo que no tuvimos ocasión de hablar demasiado, pero mi mejor amigo, que es abogado, se sorprendió de que alguien tan joven estuviera a punto de acabar la carrera. Debe ser un hueso, me dijo. 

—Lo es —intervino Peter y mirando a su hija añadió—: Aunque no sabíamos nada de que su amigo abogado estuviera allí, Chris. ¿Se habrá olvidado de comentarlo?

«Pues igual, sí», pensó Tim, dado que también se había olvidado de comentarle a él que había estado coqueteando con Jim. Por lo visto, el tiempo le había cundido de maravilla el domingo. Respiró hondo y su sentido común volvió a tomar las riendas de sus pensamientos. Sue era dueña de coquetear con quien le diera la gana, se dijo. No tenía que darle cuentas a nadie y menos a él; no eran nada. Una semana atrás ni siquiera se conocían.

Ser tan sensato, sin embargo, no disminuyó en absoluto la sensación de Tim de haber hecho el completo idiota. Tanto fue así que no despegó su mirada de Peter Anderson mientras Sue respondía. Se sentía totalmente incapaz de mirarla sin dejar traslucir lo molesto que estaba por la situación.

 —Éramos doce en esa mesa, papá. Es más que probable que se me haya olvidado mencionarte a algunos… Probable, no; seguro. ¿Te hablé de un señor grandote que se llama Shane? ¿O de otro que se llama Tom? —lo desafió. Vio que su padre la miraba con seriedad, pero eso no la cohibió—. También estaban allí.

Chris puso una sonrisa de compromiso mientras pensaba que, intentando ser amable, acababa de meter la pata hasta el fondo. Sin embargo, fue Doreen quien salvó el incómodo momento. En buena parte, lo hizo porque la ansiedad por saber se la estaba comiendo viva.

—¡¿Qué tal fue la reunión con los músicos, Chris?! ¡Venga, cuenta, cuenta! 

Las hermanas fueron a sentarse en los lugares libres que quedaban. 

Jim suspiró, desalentado. Que Lilly hubiera escogido sentarse junto a Sue confirmaba que continuaba evitándolo. Los demás probablemente no lo notarían, puesto que procedía con toda naturalidad, pero él, sí. Era tan simple como que, apenas tres días atrás, se habría sentado a su lado y no enfrente. 

Sin embargo, hubo alguien más que lo notó. Chris había esperado que Lilly se sentara junto a Jim y le llamó la atención que no lo hiciera. De ahí que fuera la última en ocupar en el único asiento libre que quedaba, junto a él.

—¡Eso! —intervino Lilly, secundando a Doreen—. ¡El pueblo quiere saber cómo fueron las cosas!

—Tanta excitación viene a cuento de que hoy mi hijo Ken tenía su primer ensayo con los músicos de su nueva banda —explicó Robert a las visitas.

—Y yo me lo he perdido… —se quejó Doreen, poniendo morritos. 

—¿Quiere decir que hasta ahora tocaba en solitario? —se interesó Claire—. Disculpe mi ignorancia, pero no estoy muy al día en la música…

—No, no —volvió a explicar Robert—. Su grupo original se disolvió cuando él tuvo que retirarse temporalmente del negocio. Desde que volvió a trabajar, ha estado contratando a músicos locales para sus conciertos. 

Peter Anderson no pudo evitar notar con cuánto estilo el dueño de casa había evitado referirse al tiempo que su hijo había pasado en clínicas de desintoxicación, gracias a sus adicciones. Ateniéndose a sus palabras, Ken Bryan no había estado en rehabilitación como cualquier hijo de vecino, sino que «había tenido que retirarse temporalmente del negocio». Si eso no era llevar el eufemismo a otro nivel, que bajara Dios y lo viera.

Ajena a los pensamientos del padre de Sue, Chris se rio de buena gana. «Para ignorancia, la mía», pensó.

—No se apure, Claire. Cuando conocí a Ken, ni siquiera sabía quién era —dijo, provocando risas en todos los presentes. En especial en Frank, que se había quedado muy impresionado al conocerla y le resultaba más interesante con cada nuevo dato que aprendía.

—¡Uy, eso debió dolerle muchísimo a mi sobrino!

—Bueno… Al principio, se lo tomó a broma… —Sacudió la cabeza riéndose al recordar su reacción—. Me dijo: «Venga ya…¿Has estado encerrada en una cueva los últimos cinco años, o qué?»… Pero supongo que cuando comprobó que no se trataba de ninguna broma, alguna que otra diminuta grieta en su autoestima sí que se formó… 

Robert asintió enfáticamente a lo dicho por Chris. De hecho, sabía que la grieta había sido de todo, menos diminuta.

—Pero seguro que no se le notó —terció Frank.

—No. La verdad es que se lo tomó con mucha deportividad.

Frank sonrió orgulloso.

—Eso es porque mi sobrino es un as a la hora de mantener el tipo en situaciones… digamos, inconvenientes… Sin ir más lejos, cuando la prensa lo agobia con los mismos rumores de siempre… Él sonríe y con toda la calma del mundo responde «ya sabéis que no hablo de esos temas». Ni se inmuta. Nadie diría que está hasta la coronilla de que le pregunten lo mismo una y otra vez. 

Jim se acercó al oído de Tim con disimulo y pronunció cuatro palabras: «eso fue por nosotros», tras lo cual regresó a su posición original. Vio que, aunque Tim no lo miraba, asentía con la cabeza en señal de acuerdo. Lo dicho por Frank en apariencia no tenía ninguna relación con ellos, pero solo en apariencia. Ken estaban tan en desacuerdo como sus hermanos con los repetidos viajes de Doreen a Montana para visitar a su familia, puesto que ellos rara vez salían de su rancho. La diferencia era que Tim y Jim lo expresaban de viva voz sin cortarse, y Ken, por citar las palabras de su tío, «mantenía el tipo».

Cuestiones familiares al margen, Jim no estaba disfrutando para nada de esa reunión social en la biblioteca. Tener a Lilly al otro lado de la mesa ratona, evitando concienzudamente su mirada, lo estaba poniendo al límite de ansiedad, de preocupación y también de paciencia. En general, no llevaba bien ese aspecto de la personalidad de las chicas que las impulsaba a mantener las distancias cuando lo que en realidad deseaban hacer era ajustarle las clavijas al causante de su enfado y quedarse a gusto. Cuando se trataba de Lilly, en particular, no lo soportada. En cuanto a las visitas… Se notaba a la legua que el hombre no veía la hora de largarse de allí. Tan bien como se notaba que su esposa se esforzaba en mostrarse amable por los dos. El resultado era un intercambio social demasiado forzado para su gusto. Eso, cuando su tío no aprovechaba la ocasión para soltar indirectas, claro. 

—¡Y ya lo creo que lo está! —terció Doreen—. Hartito lo tienen… Pero creo que ha cambiado la versión, ¿no, Rob? —preguntó, haciéndole un guiño para que le siguiera el juego.

Chris empezó a sentirse como si estuviera en una sauna, a pesar de lo cual, mantuvo la sonrisa. 

—Sí, es verdad… —repuso él—. ¿Cómo era lo que dijo la semana pasada?

—«El día que me eche novia serán los segundos en saberlo. La primera será ella, claro». ¡Estuvo buenísimo! —exclamó Doreen, derrochando orgullo de tía.

Todas las miradas se dirigieron a Chris, las últimas fueron de los Anderson que solo la miraron porque los demás lo hacían. No entendían lo que estaba sucediendo. 

Al llegar Chris en compañía de su hermana, y darse cuenta de que no eran familia, Claire se había preguntado qué relación tenían con los Bryan, pero había sido solo por curiosidad. 

Peter estaba completamente desconcertado con aquella familia. Robert Bryan les había pedido adelantar la visita debido a una sorpresa que le estaban preparando a Doreen, a quienes ellos tenían previsto visitar. Y allí estaba, hora y media antes de lo acordado originariamente, preguntándose si la bendita sorpresa era aquella conversación tan desabrida que estaban manteniendo. Francamente, no comprendía qué interés podía tener —para nadie, no solo para él— lo que el artista de la familia respondía a la prensa cuando le hacían preguntas de tipo personal.

Chris consultó la hora y suspiró aliviada para sus adentros. A continuación, devolvió el tema de conversación al asunto que verdaderamente importaba.

—¿Y si le digo que no se ha perdido la reunión, Doreen? —preguntó, traviesa.

Le encantó ver cómo la cara de la tía de Ken pasaba del asombro a la alegría en un santiamén.

—¿Están aquí? —preguntó ella. Sus ojos se posaron consecutivamente en Chris y en sus sobrinos para acabar en el padre de las criaturas, en este caso, teñidos de ternura—. ¿En serio, están aquí?

Robert asintió con una enorme sonrisa.

—Están aquí, querida mía.


* * * * *


El timbre de la casa había sonado unos segundos después de que se oyera la voz de Ken con el volumen propio de un concierto, diciendo:

«Probando, probando… ¿Me oís bien los habitantes de la biblioteca?».

—¡Sííí! ¡Sííí!—respondió Doreen. Se rio al comprender que su sobrino no la escucharía pues, a diferencia de él, ella no tenía un micrófono en la mano. Sacó su móvil de debajo del cojín que tenía a modo de almohada, y lo activó—. Será mejor que se lo diga por teléfono.

—¿Y tú crees que lo escuchará sonar? —se burló su hermano, tapándose los oídos pues empezaban a oírse las pruebas de sonido de algunos instrumentos musicales.  

—¿Dónde están? —preguntó Tim, mirando a su hermano. Según les había dicho Ken, el mini concierto lo darían él y sus músicos en la explanada de entrada del edificio principal, pero el sonido no parecía venir de esa dirección.

En efecto, el sonido procedía de la rosaleda situada a la izquierda de la casa, pero Jim no llegó a responder, pues en aquel momento su padre dijo algo.

—¿No ha sonado el timbre? —preguntó Robert—. Creo que sí. Voy a ver…

Lilly saltó del asiento. Estaba deseando dejar de estar en el área de fuego de aquellos ojos azules que debían tener propiedades curativas, pues quitaban las penas, la respiración y hasta el hipo.

—No, no, deje Robert. Voy yo. Querrán que compruebe algún otro cable… ¡Es lo que estuve haciendo la última hora y pico, pero, por lo visto, aún queda alguno por conectar! —guaseó.

Jim apenas tuvo tiempo de seguirla con la mirada. En un abrir y cerrar de ojos, Lilly había desaparecido de la biblioteca. Respiró hondo y soltó el aire por la nariz, sin darse cuenta. Tim, que estaba a su lado, se percató y le palmeó la rodilla, se acercó a su oído y murmuró:

—¿Esperas que Lilly te mande una invitación oficial o algo así?

¿Una invitación oficial o algo así?, pensó Jim con ironía. Lo que esperaba era que Lilly dejara de evitarlo. Que le dijera en qué la había cagado para poder tener la ocasión de remediarlo o, al menos, de explicarse. Pero, por encima de todo, esperaba que las cosas volvieran a ser como eran antes. Pensándolo mejor, no solo lo esperaba: lo deseaba tanto que la espera se estaba haciendo insoportable. 

Sin embargo, debía respetar las distancias que Lilly estaba poniendo entre los dos. Si la conocía tan bien como creía, ella misma le diría el porqué de su distanciamiento cuando se sintiera preparada para hacerlo. Forzar las cosas no conduciría a nada bueno.

Jim se limitó a dedicarle una mirada socarrona a Tim antes de devolver su atención a la conversación que, en aquellos momentos tenía lugar entre su tía, Chris y Claire Anderson, entre medias de las pruebas de micrófono y los redobles de batería.


* * * * *


Una vez en el pasillo que conducía al hall de los vitrales y al ver que nadie la seguía, Lilly respiró aliviada. Sabía perfectamente que se trataba de un alivio temporal —viviendo en el mismo lugar que Jim era virtualmente imposible no acabar encontrándose con él—, pero necesitaba tiempo. 

Tiempo para procesar la conversación entre los hermanos que había escuchado sin ser vista hacía un rato. 

Tiempo para decidir qué hacer con lo que ahora sabía y asegurarse de que, fuera lo que fuera lo que hiciera al respecto, su decisión no perjudicaría la relación que su hermana mantenía con Ken, ni su vida familiar entre los Bryan. 

Tiempo para esto, tiempo para aquello y ningún perjudicado. ¿Quieres algo más, Lilly? Tú, tranquila, por pedir que no quede.

Solo tenía una baza y en ella estaban puestas todas sus esperanzas: en tres semanas y media le quitarían la escayola y con sus dos manos viables nuevamente podría buscar trabajo no remunerado en la cocina de algún restaurante. En la hostelería, no había horarios razonables. Las jornadas eran largas y se trabajaba a destajo. Si lo conseguía, estaría muy poco tiempo en el rancho. Eso sumado a que los hermanos iban a pasar la mayor parte de la semana en Springfield hasta mediados de diciembre, reduciría sus eventuales encuentros con Jim a la mínima expresión, por lo que ya no tendría que preocuparse por él. Pero hasta entonces, estaba vendida.

Inesperadamente, sus ojos se nublaron. Renegó consigo misma por ser tan floja de lagrimales. Sabía que no eran lágrimas de decepción solamente. Sí, Jim la había desilusionado. No era la clase de hombre que ella creía que era. Pero no podía culpar a nadie excepto a sí misma por eso: las señales habían estado ahí todo el tiempo. Era ella quien se había negado a verlas. Así que también eran lágrimas de rabia. Estaba rabiosa consigo misma por ser tan ingenua. 

«Ya vale, Lilly. Ya está bien de lloriquear», se dijo cuando se dirigía a la puerta. Se tomó un instante para recomponerse, y al fin, la abrió al tiempo que decía:

—¿A quién he dejado desgañitándose delante de un micro desenchufado? ¡He conectado doscientos cables, no puedo creer que…! —Al ver que del otro lado de la puerta no había ninguno de los rostros conocidos, hizo una mueca graciosa—. ¡Ups…! Perdón, creí que… 

El desconocido se rio y miró alrededor con expresión divertida.  

—Vaya jaleo, ¿no? Me parece que no he llegado en un buen momento… 

Lilly sonrió. Era de sonrisa fácil, era algo que estaba en su naturaleza, aunque en este caso había un metro noventa de razones para hacerlo. Centímetro arriba, centímetro abajo. Pertenecían a un hombre fornido, de pelo castaño y unos impactantes ojos marrones. A pesar de que el día estaba fresco, no llevaba abrigo. Vestía vaqueros, botas tejanas y una camisa azul marino arremangada hasta el codo. Tenía una barba corta muy bien cuidada y calculó que debía rondar la edad de Tim. En resumidas cuentas: un bombón.

—Depende. ¿Cantas o tocas algún instrumento?

—La guitarra, solo en las barbacoas y no muy bien —concedió él y se tocó el pecho—. Cameron. Cam para los amigos.

—Lilly —repuso ella.

Permanecieron mirándose y sonriendo hasta que ella volvió a hablar.

—Y si no cantas y solo tocas la guitarra en las barbacoas… —obviaremos lo de «no muy bien», porque seguro que no lo haces tan mal como crees—, ¿por qué estás aquí?

—Ah, sí… Claro —dijo él, sacudiendo la cabeza ante su propio despiste—. Me envía Leroy Jacobs…

Volvió a reírse al ver que Lilly lo miraba interrogante.

—No te suena de nada… —Ella negó graciosamente con la cabeza—. Vale, a ver. Estáis buscando gente competente y con experiencia para trabajar en una explotación agrícola. —Volvió a tocarse el pecho—. Soy competente y tengo experiencia. Esto sí que lo hago muy bien.

¿Iba a trabajar en el rancho?, pensó Lilly. ¡Dios mío, menudo festín para los ojos! 

Él continuó.

—Me han dicho que preguntara por el señor Bryan, pero alguien —señaló con un pulgar hacia atrás por encima del hombro con una sonrisa de incredulidad— acaba de decirme que hay tres señores Bryan… Aparte del Bryan con mayúsculas, ya sabes… No tenía ni idea de que venía a la casa de una de estrella de la música. ¡Casi estoy por pedirle un autógrafo para mi hermana!

—Pídeselo —repuso Lilly—. Seguro que te lo da. Ken es un encanto… 

Y siguieron mirándose y sonriendo hasta que, en esta ocasión, fue Cameron quien volvió a hablar.

—¿Alguna idea de con qué señor Bryan debería hablar?

Pues, sí. Mira, qué coincidencia.

Lilly retrocedió al tiempo que abría la puerta de par en par para dejar entrar al pecado con piernas llamado Cameron.

—¡Claro que sí!

—Vaya. Parece que es mi día de suerte —repuso él, en tono seductor.

«¡Y el mío!», pensó Lilly.

Estaba ansiosa por ver qué cara se le quedaba al creído de Jim cuando fuera a reunirse con ella en la cocina, creyendo que estarían a solas, y la encontrara en compañía de un Adonis. 

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CRS-08. Mystic Oaks, 2 (MO 2). Episodio 6


6


Debido a que Ken había trasladado el mini concierto a la rosaleda, sus hermanos habían propuesto que todos se movieran a la mesa que estaba frente a los grandes ventanales para verlo mejor. Se trataba de una mesa de nogal de grandes dimensiones, con capacidad para doce comensales por lo que había espacio de sobra para la familia y los invitados. 

Doreen no lo había dudado ni un segundo: había apartado la manta, dispuesta a no perderse nada de aquella actuación sorpresa de su sobrino favorito. El sofá en el que se hallaba estaba de espaldas a los ventanales que daban a la rosaleda y no pensaba conformarse con oír la música. Quería verlo en acción. Conocer a las personas que había escogido como miembros de su nueva familia profesional. Era un gran momento para Ken, que él había trasladado al rancho para que ella pudiera estar presente y nada le impediría hacerlo.

—Eh… ¿Dónde crees que vas? —dijo Robert, yendo en su ayuda, algo que Doreen agradeció por partida doble. 

Le encantaba tener la atención de Robert. Siempre le había gustado, solo que ahora era capaz de reconocerlo ante sí misma abiertamente, sin que su yo criticón fuera enseguida a aguarle la fiesta. Esta vez, también había razones prácticas para su agradecimiento, ya que al enderezarse, su pecho y su abdomen habían chillado. Un recordatorio más de que su mente iba muy por delante de su recuperación física. 

Alzó la vista hasta él y la mano que le estaba tendiendo. Sonrió, consciente de que aunque hubiera querido mantenerse seria, no habría podido. Se le reía el alma cada vez que aquellos ojos dueños de una ternura insondable se posaban sobre ella. 

Controló rápidamente con la mirada lo que hacían los demás. 

Tim estaba aclarando la mesa de flores y objetos decorativos mientras Jim colocaba diez de las doce sillas rodeando la mesa de forma que todas ofrecieran una buena visual de lo que sucedía en la rosaleda. Su hermano Frank estaba trasladando los tentempiés y las bebidas que había en la mesa ratona a la nueva ubicación. Los Anderson estaban de pie, junto al sofá, conversando con Chris mientras los demás acababan de preparar la gran mesa de nogal. 

Cuando Doreen regresó su atención a Robert, le indicó con un gesto que se agachara para poder hablarle al oído. Él obedeció de inmediato con una sonrisa divertida en el rostro.

—A riesgo de que me acuses de estar coqueteando… ¿Crees que con una mano será suficiente? —dijo Doreen y se alejó del oído masculino antes de que el aroma de su loción de afeitar la embriagara del todo. 

La mirada de Robert se volvió mucho más intensa. Deseó que estuvieran a solas. Deseó no tener que guardar las apariencias delante de los invitados. Deseó poder seguir con aquel juego excitante que lo estaba devolviendo a una clase de vivencias que había dejado atrás hacía un cuarto de siglo.

Pero no estaban a solas y, encima, tenían invitados. Claire probablemente no se daría cuenta de nada: estaba demasiado ocupada intentando compensar la falta de sociabilidad de su marido. Y de hacerlo, como correspondía a una persona bien educada, se abstendría de demostrarlo. Peter Anderson era otra cuestión. Se notaba que el hombre estaba fuera de su zona de confort, y sus pensamientos, al menos a Robert, le resultaban tan explícitos como si los verbalizara. La mayoría de ellos eran de naturaleza muy crítica, por decirlo de una forma amable. ¿Qué pensaría de un hombre y de una mujer que, después de veintiséis años viviendo bajo un mismo techo como cuñados, ahora se comportaban como si fueran algo más? Nada bueno, eso seguro. 

¿Y eso te importa?

Aquel pensamiento tomó a Robert por sorpresa. Reparó en que era la primera vez que pensaba en el qué dirán. Hasta ahora, solo la familia estaba al tanto de lo que estaba sucediendo entre Doreen y él, y todos lo veían con buenos ojos. Sin embargo, antes o después, trascendería fuera de la confortable y segura intimidad del rancho Mystic Oaks. De hecho, sería más pronto que después, pues no estaba dispuesto a prolongar su cortejo más allá de lo necesario. ¿Qué pasaría cuando presentara a Doreen como su esposa y, al hacer lo mismo con sus hijos o referirse a ellos, fuera evidente que ella no era su madre, sino su tía? Podía oír a las lenguas viperinas inventando todo tipo de historias, a cual más insultante y bochornosa. Esas historias intentarían desacreditarlo como hombre y como padre, pero con Doreen serían mucho más cruel. La convertirían en la «otra mujer», con todo lo que eso implicaba, siendo la hermana de su primera esposa. Así era la sociedad en la que vivían.

Doreen arrugó el ceño al ver que la mirada de Robert perdía brillo. La ternura se había transformado en algo distinto. ¿Preocupación? No estaba segura. De hecho, él no la estaba mirando, sino a un punto indefinido más allá de ella.

—¿Estás decidiendo si estoy de broma o hablo en serio? —le preguntó.

Robert se descolgó de sus pensamientos y la miró interrogante mientras procesaba sus palabras. Ella no le dio tiempo a responder.

—Hablo en serio, Rob. Hasta cuando bromeo. ¿Sabes por qué? Porque soy Doreen Montgomery. —«No Martha», pensó—. Y, por si nadie te lo ha dicho, ya era una descarada antes de tener edad para depilarme las piernas.

Una sonrisa volvió a brillar en el rostro masculino cuando le tendió ambas manos.

—¿Y con dos? —propuso él—. También podría cogerte en brazos y que a nuestro invitado le dé un soponcio… —Disfrutó enormemente viendo que Doreen bajaba la cabeza, agarrándose el estómago mientras se tronchaba de risa intentando no llamar la atención—. ¿Qué dices a eso, mi preciosa descarada? ¿Escandalizamos a todo el mundo o nos portamos bien?

Horas después, seguían riéndose a cuenta del oportuno (y descarado) comentario de Robert, cada vez que sus miradas se encontraban.


* * * * *


La conversación de Doreen y Robert no era tan privada como ellos creían. Aunque se hubieran acercado y, en teoría, creyeran estar hablándose al oído, en realidad, el ruido ambiente los había obligado a elevar la voz. Para alguien que estuviera lo bastante cerca y los conociera lo suficiente para poder interpretar su lenguaje corporal, entender de qué iba aquel intercambio de coqueteos era pan comido. Con algunos huecos que había podido rellenar por el contexto, Frank la había oído de principio a fin y había tenido serias dificultades para morderse la lengua. Esos dos le estaban sirviendo en bandeja la ocasión de meterse con ellos a placer. Sin embargo, los invitados estaban a tres pasos de él y el hombre, en particular, se comportaba como si tuviera un palo metido en el trasero. Además, había oído algo acerca de que sus sobrinos se estaban disputando el interés de la joven pelirroja. Lo cual, dicho fuera de paso, lo había sorprendido bastante, pues la atención de Jim estaba en Lilly, quien, también dicho fuera de paso, se comportaba de manera diferente con él. La muchacha era la alegría de la huerta, por lo que no era fácil acertar con lo que realmente le sucedía, pero lo que fuera que pasara estaba relacionado con Jim. ¿Acaso su vanidoso sobrino habría metido la pata hasta el fondo y la alegre Lilly se lo estaba haciendo pagar con indiferencia? Respuesta corta: sí. Respuesta larga: ¡Por supuesto que sí, menudo era Jim a la hora de cagarla bien cagada! En todo caso, el interés de la joven pelirroja por Tim era evidente —no dejaba de mirarlo— y lo último que quería era espantar a su padre con unas bromas que no solo no entendería, sino que, seguramente, reprobaría.

Pero ganas de bromear no le faltaban. Llevaba tantos años esperando que su cuñado se quitara la venda de los ojos de una bendita vez, que le parecía increíble que al fin lo hubiera hecho. 

Por no hablar de su hermana… Porque había algo muy claro: si Robert había logrado mantener su postura de viudo entregado a su familia tantos años, era, precisamente, porque Doreen se había obligado a mantener la suya de tía de sus tres hijos varones. A pesar, claro, de haberse enamorado de él a primera vista. 

¡Vaya manera de perder un tiempo precioso!

Estaba feliz por su hermana y, en honor a la verdad, muy intrigado por saber qué había sucedido para que ella hubiera decidido dejar de ser solo «la tía de los chicos» en el seno de aquella familia. 

Doreen nunca le había hablado abiertamente de sus sentimientos hacia Robert. Con Blanche, su esposa, congeniaba muy bien y se había abierto más. De hecho, cuando él había empezado a bromear al respecto, Doreen descartaba las bromas con aparente indiferencia. 

Frank no necesitaba un comunicado oficial. Estaba presente el día que sus hermanas habían conocido a Robert Bryan. Era quien conducía la furgoneta cuando esta había decidido lanzar su último suspiro en medio de un aguacero. Sabía que para Doreen había sido amor a primera vista porque estaba allí y se había dado cuenta. Para Robert también había sido un flechazo, pero no con ella, sino con Martha. Doreen se había tomado su derrota con deportividad y había llevado el dolor de su amor imposible en silencio. Algunos años después, Martha los había dejado al no sobrevivir al parto de su tercer hijo y Doreen se había trasladado a Springfield para ayudarlo con el bebé recién nacido y los otros dos niños, que aún eran muy pequeños. A pesar de sus sentimientos hacia el padre de las criaturas, había seguido siendo «solo la tía de los chicos» durante nada menos que veintiséis años. Lo que al principio a Frank le había parecido un gesto de respeto hacia su hermana muerta, con el paso de los años, se había convertido en el sinsentido más absoluto. En especial, cuando los sentimientos de Robert hacia Doreen habían cambiado. No estaba seguro del momento exacto en que había sucedido, pero él, que los veía de pascuas a ramos, se había dado cuenta de ello hacía al menos siete años, la última vez que Robert había estado de visita en su rancho de Montana. 

Y ahora, después de décadas manteniendo contra viento y marea sus respectivas posiciones dentro de la familia, allí estaban los dos, coqueteando como dos adolescentes. Definitivamente, algo había sucedido y no pensaba marcharse de Nashville sin averiguarlo.

La vibración de su móvil lo devolvió a la realidad. Lo sacó del bolsillo de su camisa y comprobó la pantalla. Era Lilly.

—¿Necesitas ayuda con esas puertas que, como todo en este casoplón, son de tamaño gigante? —se adelantó, refiriéndose a la puerta doble en arco con vitrales que constituía la entrada principal del edificio.

En la cocina, Lilly sonrió al pecado con piernas antes de darse la vuelta hacia la mesada, de espaldas a él.

Mmm… Con las puertas, no; con uno de sus sobrinos, sí. Le estoy llamando y no responde. 

Frank miró el sofá donde los chicos habían estado sentados. Sonrió.

—No responde porque no lleva el móvil encima. Lo estoy viendo sobre el asiento del sofá. Lo que no sé es de cuál sobrino estamos hablando… —dejó caer con picardía—. ¿Hablamos del que se lo tiene muy creído o del reservado?

Oyó que Lilly se reía antes de responder:

Del primero, Frank. 

—De acuerdo. ¿Qué quieres que le diga? 

Que se reúna conmigo en la cocina. 

—¿Palabras textuales? —volvió a tentar, a ver si lograba confirmar su teoría.

Lilly sacudió la cabeza divertida. Frank era observador y perspicaz. O quizás su enfado con Jim fuera más evidente de lo que ella creía. Suspiró y se obligó a sonreír antes de responder.

Eso estaría bien —concedió.

«Teoría confirmada», pensó Frank.

—Hecho, Lilly. Te lo envío para allá. Por favor, trátamelo bien, ¿eh? 

Los dos rieron. Frank tenía tantas ganas de ver a su sobrino morder el polvo como Lilly de hacérselo morder.

¡Faltaría más! —se despidió ella. Tras lo cual, dejó el móvil sobre la mesada y se volvió hacia Cameron con la jarra de café en su mano útil y una gran sonrisa.


* * * * *


Frank se dirigió a la mesa de nogal preparándose para disfrutar a fondo de lo que estaba a punto de suceder. 

Habían transcurrido tres años desde la última vez que había visitado a los Bryan. No había sido un viaje de placer, precisamente. Entonces, Robert estaba hospitalizado y los ánimos familiares estaban por los suelos. Al igual que todos los miembros de la familia, Jim no aparentaba su edad real, por lo que en aquella época parecía un adolescente —acné incluido—. Por citar las palabras de Doreen, un adolescente ligón y bastante promiscuo. 

Tres años después, Jim no tenía acné ni aspecto de un adolescente, sino de un hombre joven. Y, aunque continuaba teniendo mucho éxito entre las mujeres, daba la impresión de haberse decidido por una en particular. Una, con la que, según su teoría, iba a tener que hacer mucho mérito para arreglar las cosas. ¡Ver al creído de Jim haciendo mérito por una chica era justo lo que le había recetado el médico!

Los hermanos estaban ocupados preparando la mesa para que todos pudieran ver el mini concierto de Ken desde allí.

—Venga, Jim… ¿Por qué no aprovechas y vas a hablar con Lilly? Con tanto jaleo, nadie se dará cuenta de que te has ido —propuso Tim. 

Ambos sabían muy bien a qué se había referido por «nadie». Su padre era implacable en lo concerniente a las visitas: si tenían invitados, todos los Bryan de la casa debían hacer los honores.

—Y dale con lo mismo —se quejó él.

Tim meneó la cabeza.

—A veces, no te entiendo, tío. Te has pasado semanas hablando con un contestador automático. Así que está claro que a insistente no te gana nadie. ¿Qué te impide ahora insistir cara a cara? Dale la ocasión de que te diga lo que le pasa. Si Lilly no quiere hablar contigo, tranquilo, que ya te lo dirá. 

Jim le lanzó una mirada socarrona y no dijo una palabra.

—Si ella te importa, no deberías dejar las cosas así —sentenció Tim—. Y ya me callo.

«Sí, más te vale», estaba pensando Jim cuando oyó la voz de su tío.

—Hola, sobrinos… ¿Está todo listo por aquí?

—Sí. Traeré más servilletas y más bebidas, pero creo que ya podemos trasladarnos todos —repuso Tim.

—Ah, perfecto. De las servilletas y las bebidas puede ocuparse Jim… —dijo Frank, dirigiendo su mirada al aludido que, tal como esperaba, lo estaba mirando con una ceja enarcada. 

Jim no se quedó en el gesto.

—¿Y por qué yo? 

«¡Porque allí te espera una sorpresa, muchacho! ¡No sé de qué clase, pero seguro que será una sorpresa!».

Frank tuvo que esforzarse mucho para mantener el tipo y no echarse a reír antes de tiempo.

—Porque te reclaman allí y ya de paso… Lilly dice que te reúnas con ella en la cocina —repuso de manera casual. No quiso cruzar miradas con Tim porque estaba seguro de que él ya se había dado cuenta de su jugada y no quería estropearla en el último minuto. En cambio, se dio la vuelta, dispuesto a regresar a la zona de los sofás—. Bueno, voy a decirles a los Anderson que escojan sus asientos de primera fila.

—Espera, tío… ¿Dices que Lilly…? ¿Cómo sabes eso?  

Frank se volvió a mirar a Jim con su mejor cara de póker.

—No respondías al móvil. Te lo has dejado en el sofá. Y me llamó a mí.

¿Lilly me ha llamado? ¡Dios, al fin! 

Jim no se molestó en disimular que se le estaba riendo el cuerpo entero. Tampoco habría podido impedirlo. La sonrisa no se le quitaba con nada.

—¿Está en la cocina? —preguntó superexcitado cuando ya se había puesto en marcha.

—Eso ha dicho.

Y, esta vez, Frank se molestó en disimular su sonrisa. 

Tim y Frank se quedaron mirando con actitud divertida cómo Jim se alejaba con pasos enérgicos.

—¿De qué va todo esto? 

—¿La verdad? No lo sé, sobrino. Pero ya tenía la sensación de que algo le pasaba a Campanilla, antes de recibir su llamada… Que me llamara a mí cuando podía perfectamente venir y decírselo en persona… —sacudió la cabeza—. Me da mucho que pensar, ¿a ti, no? 

Y vio que Tim asentía risueño.


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CRS-08. Mystic Oaks, 2 (MO 2). Episodio 7


7


Poco después de que Jim acudiera a encontrarse con Lilly en la cocina, la familia y sus invitados se trasladaron a la mesa de nogal. 

Robert había sido muy estratégico a la hora de situar a las visitas sin renunciar a sentarse junto a Doreen. Era quien cerraba la fila de sillas por la izquierda para poder moverse con libertad si era necesario. Junto a él, estaba Doreen en su silla de ruedas. A su lado, estaban Claire, su marido y, a continuación, Chris, Frank y Tim. 

Había sido mucho más estratégico aún al situar a sus hijos. Tim le había dirigido una mirada de desagrado —breve, pero muy explícita— cuando había invitado a Sue a sentarse a junto a él, de la que Robert no se había dado por aludido. A la derecha de la joven pelirroja había dos asientos vacíos que Robert tenía previsto asignar por este orden a Lilly y a Jim cuando regresaran a la biblioteca. Su propósito no era solamente facilitarles a sus hijos la comunicación con ellas, sino también ofrecerles a las jóvenes una vía de escape, en el caso de que no desearan «comunicarse» con ellos. Sue y Lilly se conocían. Lo lógico, incluso para alguien tan crítico como Peter Anderson, era que estuvieran sentadas una junto a la otra para poder conversar.

—El espectáculo comenzará en breve —anunció Robert, señalando con una mano los ventanales tras los cuales se veía un ir y venir de músicos haciendo las últimas comprobaciones—. Mientras tanto, propongo que demos cuenta de lo que queda de esa maravillosa Red Velvet. ¿Te ocupas, Tim, por favor?

—Deja tranquilo al muchacho, cuñado. Me ocuparé yo con mucho gusto. ¡Llevo dos días sin dar palo al agua y ya no puedo conmigo mismo! —se ofreció Frank. Enseguida se puso de pie, acercó la primorosa bandeja hacia él, cogió un lote de platillos de postre de la pila, un número equivalente de cucharillas y volvió a sentarse para servir la tarta.

—Si tú sirves las porciones, yo las reparto, tío Frank —no tardó en intervenir Tim, que tampoco podía ya consigo mismo. Se puso de pie y se acercó a su tío, se detuvo a la izquierda de su silla a esperar el primer plato. No quería hablar con Sue. No quería mirarla y que ella descubriera lo molesto que estaba. En realidad, quería a estar a kilómetros de ella. Y gracias a su querido padre, la tenía sentada al lado.

—Ahí va la primera —dijo él, tendiéndole el primer plato—. Empieza por la derecha, Tim.

«O sea, empieza por Sue, Tim», pensó él con retintín. Por lo visto, ahora eran dos a confabularse para darle la tarde: su padre y su tío. Qué bien.

Intercambiaron miradas además del plato con un suculenta porción de tarta. Tim creyó ver un fugaz relámpago burlón en aquellos ojos idénticos a los de Ken. Se mordió por dentro.

El ruido de instrumentos siendo afinados y pruebas de sonido parecía haber hecho una pausa, de la que Tim se aprovechó.

—Por supuesto. Primero se sirve a las visitas, tío Frank. Eso es hospitalidad básica —repuso. En el aire quedó colgando lo que pensó y se guardó para sí: «No hace falta que me lo recuerdes. Soy un Bryan».

Frank tuvo que esforzarse mucho para no echarse a reír. 

—Claro. Disculpa, sobrino. Se me olvida que en esta familia, es una asignatura más como las matemáticas o la historia y la aprendéis desde niños. Es la costumbre. Mis hijos también la aprenden desde niños… Pero la catean casi siempre. Me consuelo pensando que no todo está perdido porque todavía son muy jóvenes… Pero, mira, ahora que lo dices, igual los envío aquí una temporada para que los metáis en cintura —bromeó, y con esa excusa, al fin dio rienda suelta a la risa.

«Ja. Ja. Ja», pensó Tim. No lo dijo, pero su sonrisa irónica se ocupó de hacerlo por él. Acto seguido, fue hasta donde estaba Sue. Ella lo miraba con aquellos preciosos y vivaces ojos color café y en su rostro había una sonrisa suave. De repente, se sintió culpable. Acababa de aconsejarle a su hermano que le diera a Lilly la ocasión de explicar lo que le sucedía, mientras él apenas le había dirigido la palabra a Sue desde que había llegado. Se estaba comportando como un niño con una pataleta, no como un hombre. Era inaceptable.

—Espero que no tengas problemas con el azúcar —le dijo, al tiempo que le entrega el platillo—. Mi tío acaba de servirte una porción de elefante… 

Y, por una vez, no evitó el contacto visual.

La sonrisa de Sue se ensanchó.

—No, ninguno. ¡Menos mal! Porque viviendo con una repostera, sería un auténtico castigo —repuso ella, agradecida de que él dejara de mostrarse tan frío. 

Tim asintió.

—¿Quieres más café? —ofreció.

«Quiero tu atención. Si eso supone beberme la jarra entera, estoy dispuesta», pensó Sue.

—¡Por favor! —replicó, risueña.

Él también sonrió.

—Vale. Ya vuelvo.

En el otro extremo de la mesa, Robert se sentó junto a Doreen.

—Muy hábil —dijo ella.

Él apoyó los antebrazos sobre la mesa y la miró sonriente.

—Todos sabemos que Tim es de pocas palabras, ¿pero tan pocas? Si no he contado mal, creo que todo su intercambio social con esa muchacha en lo que va de tarde se reduce a tres palabras: «hola, ¿qué tal?» —dijo, imitando la voz y el estilo sobrio de su hijo.

Doreen asintió y también lo miró sonriente. 

—Lo decía por ti, no por él —apuntó, con coquetería—. Antes estabas sentado a dos metros de mí…

Robert se quedó cortado. Halagado por su flirteo. Encantado de que lo hiciera sin tapujos. Pero muy cortado. Los modos de Doreen en las distancias cortas eran una novedad —una maravillosa novedad— que lo enamoraba y a la que se acostumbraría muy pronto. 

Bajó su brazo derecho y posó su mano sobre la rodilla femenina con mucha suavidad. Ambos se estremecieron. Vio que sus hermosos ojos brillaban intensamente y un instante después sintió el contacto cálido de su mano sobre la suya. 

Los latidos del corazón de Robert retumbaban en cada célula de su cuerpo cuando volvió a hablar. 

—Ya sabes como va el dicho: El que parte y reparte…  —murmuró.

Y un movimiento sensual de sus cejas se ocupó de completar la frase.


* * * * *


Cuando Lilly le tendió la taza, Cam asintió agradecido y dio un sorbo. Se quemó; estaba ardiendo, pero se guardó de demostrarlo y, en cambio, le ofreció una sonrisa cómica. A pesar de lo cual, ella se dio cuenta. 

En realidad, lo dio por hecho. Ella también se había quemado de lo lindo hasta aprenderse la lección.

—Se me olvidó advertirte de que en esta casa el café se sirve a la temperatura de la fusión nuclear —comentó con un mohín gracioso.

Cam soltó una carcajada. Se cubrió la boca para evitar esparcir los restos de la ardiente bebida que aún no había tragado.

—¡Perdona! —volvió a decir ella, al ver sus esfuerzos para no convertirse en un aspersor de café—. ¿Pido una ambulancia para que te lleve a la unidad de quemados?

A Cameron le tomó unos instantes calmar su risa. Además de preciosa, Lilly era divertida y ocurrente. No era algo que hubiera esperado al tocar el timbre. Iba en modo «entrevista de trabajo», decidido a impresionar al señor Bryan, pues necesitaba conseguir el trabajo. Y ahora… Ahora no sabía exactamente en qué modo estaba. Si la hubiera conocido en otro lugar, se habría lanzado de cabeza a conquistarla. Estando donde estaba, primaba la cautela. No sabía de ella más que su nombre. Igual estaba hablando con la hija del dueño de la explotación.

—No te preocupes, creo que no hará falta… —repuso cuando logró dejar de reír—. Disculpa la pregunta, pero… Tú no eres de aquí, ¿no?

Lilly le indicó con un gesto que se sentara e hizo lo propio. Cameron cogió la silla que estaba en la cabecera, de espaldas a la puerta por donde habían entrado. Lilly se sentó cerca, en la primera silla que había a la izquierda de Cameron.

—¿Quieres decir que mi esmerado acento nashvilliano no ha dado el pego? —preguntó, mirándolo con sus chispeantes ojos verdes.

Cameron volvió a reírse.

—Todavía le falta un pelín… Un pelín de nada; ya casi lo tienes —concedió.

Lilly sopló su taza antes de dar un sorbo.

—Si no me equivoco, al tuyo también le falta un pelín —dijo, mirándolo con picardía por encima de su taza.

Él sacudió la cabeza, risueño.

—Me has pillado. —Sonrió—. Pero yo pregunté primero.

Ella asintió. Ya le había parecido que su acento no era como el de Bella o el de Sue Anderson. No estaba segura de su procedencia. Parecía de más al sur de donde estaban: de Texas, quizás. Sonaba muy similar a una cooperante que había conocido en África. Trabajaba como enfermera para el Proyecto Semillas y era oriunda de Dallas.

—Soy canadiense. De Toronto. 

—Estás un poco lejos del hogar, ¿no? —dijo él, interesado.

Lilly sonrió al tiempo que movía la cabeza ligeramente a un lado y a otro mientras pensaba en su respuesta. Durante mucho tiempo, mientras anhelaba regresar al mundo civilizado, había creído que su hogar era la casa de sus padres, en Toronto. Ellos ya no estaban. Los dos habían muerto, pero aquella casa seguía siendo su idea de un hogar por aquel entonces. Ya no. Desde que había llegado a Mystic Oaks, se había sentido en casa. Como si hubiera llegado a su destino después de años dando tumbos por el mundo. 

—En realidad, no. Este es mi hogar. Era antes cuando estaba lejos.

Cam la miró intrigado.

—¿En serio? 

Lilly asintió y permaneció mirándolo con una sonrisa.

—Qué increíble —dijo él—. A mí me pasó algo parecido… Nací aquí y viví aquí hasta los dos años. Luego nos mudamos a Austin —Texas—, de donde es la familia de mi madre y también mi acento, que no te suena como el de aquí —matizó, con una sonrisa—. He vuelto a principios de este mes y desde que puse un pie en la avenida Broadway… No sé. Esperaba sentirme como un turista, ¿sabes? Era un bebé cuando mis padres me llevaron al sur, pero qué va. Me sentí tan a gusto… En casa, desde el primer momento.  ¡Y eso que no conozco a nadie aquí! 

—A nadie, no; ahora me conoces a mí —coqueteó Lilly.

Porque, en efecto, estaba flirteando con Cam. Le picó darse cuenta de que su coqueteo no tenía tanto que ver con lo atractivo que era él, sino con lo desilusionada que estaba de Jim. Mal que le pesara, el Bryan de la coleta le importaba mucho más de lo que creía, y darse cuenta de eso le picaba todavía más.

La mirada masculina se volvió seductora y una sonrisa que a Lilly le pareció preciosa y muy varonil apareció en el rostro de Cameron cuando dijo:

—Claro, tienes razón… ¿Por qué no me cuentas más cosas sobre ti mientras esperamos?

—Si tú también me cuentas cosas sobre ti…  —propuso ella.

«Y sigues coqueteando… ¡Esto se te está yendo de las manos, chica!», pensó, molesta consigo misma. 

Cameron, en cambio, se mostró encantado.

—Eso está hecho, Lilly —repuso, seductor.


* * * * *

Jim no hizo el camino a la cocina solo. Rain nunca se despegaba de él, y sus hijos, Noah y River, la seguían a ella. Los tres iban por delante, moviendo sus colas y emitiendo ladridos de alegría, creyendo que se iban de paseo por la finca. Sultán apareció como una tromba cuando Jim estaba a pocos metros de la cocina.

—¡Eh! ¡Chico, cuánto ímpetu! —se rio, a lo que el husky respondió con dos aullidos felices.

Fue cuando el peludito se calló que Jim tuvo la primera pista de que Lilly no le había pedido que se reuniera con ella para mantener una conversación privada. No estaba sola. Había un hombre con ella. Alguien que él no conocía, pues su voz no le resultó familiar. 

Joder. ¿De qué va esto? 

Una intensa frustración se adueñó de Jim. Había hecho todo el camino de la biblioteca a la cocina pletórico de alegría. Iban a hablar. Al fin se enteraría de cuál era el problema y, fuera cual fuera, lo resolvería. Todo volvería a su ser. La sensación de ligereza era tal que le parecía que sus pies apenas rozaban el suelo.

Ahora, esa sensación se había evaporado y lo que había en su lugar era impotencia. Frustración.

Respiró hondo y recorrió los dos metros que lo separaban de la verdad con la cabeza alta y la espalda erguida. Se sentía como un imbécil, pero ni loco lo dejaría traslucir.

Sultán le tomó la delantera. Entró corriendo en la cocina y empezó a dar saltos alrededor de Lilly. Ella le agradeció sus muestras de cariño, palmeando su testa con afecto, mientras pensaba: «Jim ya viene. ¡Que empiece la función!». Tenía un nudo en el estómago de los nervios.

—¡Hola, hola, hola, peludito! ¡Yo también me alegro de verte! Tenemos visitas, ¿sabes? Voy a presentaros —rodeó el cogote de su mascota y alzó la vista hasta el hombre que la acompañaba—. Cam, este cachorro precioso y supertravieso es Sultán. Sultán, este señor tan alto y… —Iba a decir «guapísimo», pero en el último momento, decidió cambiarla por—: fuertote es Cam.

Cameron le dirigió una mirada pícara antes de agacharse a acariciar la cabeza del animal.

—Alto y fuertote. No está mal para empezar… Encantado de conocerte, amigo.

—Bueno… —dijo ella, haciéndose la interesante—. Son hechos, ¿no? Eres alto y fuertote. ¿No practicarás el Truck Pull, por un casual? 

Sus miradas se encontraron, chispeantes de picardía.

Lilly se refería a una prueba en la que los atletas arrastran camiones de dos toneladas utilizando un arnés, cuerdas y su fuerza física. 

Cam negó con la cabeza. Se disponía a seguir sacándole partido a su buena genética cuando aparecieron otros tres perros. Lo olfatearon unos segundos, pero enseguida se unieron al husky, buscando las caricias de Lilly. 

—¡Guau! —exclamó, sorprendido no solo por el tamaño de los canes, sino también por su belleza. Eran tres ejemplares fabulosos de la raza Terranova.

Jim había oído lo último dicho por Lilly y todavía estaba intentando encajarlo. La miró de reojo. 

—¡Ah, hola! —lo saludó ella, como si su llegada la hubiera tomado por sorpresa. Enseguida se dirigió al otro hombre de la estancia, con una enorme sonrisa—: Este es el Bryan con quien tienes que hablar, Cam.

Jim frunció el ceño. 

¿De qué vas, Lilly? ¿Estás coqueteando con este tipo? ¿Qué coño es esto?

Se obligó a centrarse y regresó su atención sobre el individuo que estaba en su cocina. 

—Soy Jim Bryan —dijo, tendiéndole la mano.

El treintañero, que ya se había puesto de pie, se la estrechó enérgicamente.

—Cameron Hynes, señor Bryan. Encantado. Vengo por la oferta para trabajar en la explotación agrícola, pero no me dieron el nombre de pila de la persona con quien debía hablar. Lilly ha sido muy amable y me ha hecho pasar.

Ya. Lilly siempre es la hostia de amable… Excepto conmigo, últimamente. 

Jim desvió su mirada brevemente hacia ella. Ver que sonreía halagada por el cumplido le sentó como un tiro.

—Puedes volver a la biblioteca, si quieres. Yo me ocupo —le dijo, procurando hacer honor a su apellido y sonar amable. Sin embargo, y a pesar de ser un tipo de sonrisa fácil, no fue capaz de ofrecerle ni siquiera un sucedáneo. Algo de lo que ella acusó recibo de inmediato.

Lilly lo miró desafiante.

—Eso ya lo sé. Pero primero me acabaré el café. Si no te importa, claro. No es porque lo haya hecho yo, pero está buenísimo. —Su mirada se desvió brevemente a Cameron antes de regresar sobre Jim—. ¿Quieres un poquito?

«Si crees que vas a tontear con este tipo en mi jeta, lo llevas claro», pensó él, más cabreado y celoso por momentos.

—No, gracias. Y sí, por supuesto, acábate el café… Nosotros nos vamos al sector agrícola. —Señaló con un brazo la puerta que daba al jardín—. Por aquí, señor Hynes.

Los perros acudieron en tropel como si la señal hubiera sido para ellos y salieron de la cocina en cuanto Jim abrió la puerta. Todos, excepto Sultán, que permaneció donde estaba. Algo que no extrañó a Lilly ni tampoco a Jim, pues ambos sabían que mientras Chris estuviera en el edificio, Sultán no se alejaría de allí.

—Adiós, Lilly. Y gracias —se despidió Cameron.

Ella le ofreció una sonrisa y agitó su mano sana, saludándolo.

Jim no movió un solo músculo de su cara. Dejó que el candidato saliera en primer lugar y después lo hizo él, sin dedicarle a Lilly ni una mísera mirada.

Cuando la puerta se cerró, ella volvió a acariciar la cabeza de Sultán.

—Creo que la he cagado —murmuró, haciendo un gesto de dolor.

Ay, Lilly, Lilly… 


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CRS-08. Mystic Oaks, 2 (MO 2). Episodio 8


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2026/2027
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8


Mientras Ken ultimaba los preparativos en la rosaleda, Tim contaba los minutos que quedaban para que la atención de todos se centrara en el improvisado espectáculo musical y, sobre todo la de Sue, dejara de estar sobre él. Había conseguido mostrarse (algo) amable con ella y admitía que no haberlo hecho desde el principio era una chiquillada nada propia de él. Sin embargo, la razón de fondo que había motivado su comportamiento seguía allí, espoleándolo en lo más profundo de su ser. No estaba seguro de querer hablar de ello aún —necesitaba digerir lo sucedido—; no obstante, de algo sí lo estaba: aquel no era el momento ni el lugar idóneos para hacerlo.

Pero Sue no dejaba de observarlo. Con disimulo, pero lo hacía. Obviamente, se había dado cuenta de que él no se comportaba como lo había hecho hasta ahora con ella. Era cuestión de tiempo que se lanzara a averiguar lo que sucedía.

Dicho y hecho.

—Quise avisarte, pero tu padre nos pidió que le guardáramos el secreto —oyó que ella le decía. 

Había sido el primer intento de su Sue de iniciar el diálogo. También su primera tentativa de acotar el terreno. En su lugar, a ella también le habría gustado saber que la cita se adelantaba y no descubrirlo cuando los invitados estaban al otro lado de su puerta. De modo que quizás esa era la razón de que Tim se mostrara distante: le había molestado que lo cogiera por sorpresa. 

Sue se había acercado un poco a Tim para evitar que su padre, que estaba pendiente de ellos, la escuchara, así que lo primero que llegó hasta él fue su perfume. Se sintió embriagado por aquel aroma fresco, dulce y floral… A peonía, quizás. Se parecía mucho al del jardín de Doreen, en Springfield, y ella adoraba esas flores. Estaban por todas partes.

Olía tan bien… Solo la había tenido lo bastante cerca para comprobarlo en dos ocasiones, pero el efecto, esta vez, estaba siendo mucho más fuerte. Tanto que lo atontaba.

—Ya —dijo—. A mi padre le encantan las sorpresas. 

Tim se quedó pensando en lo que acababa de decir. La sorpresa era para Doreen, no para él o para Jim. Ken había recurrido a ellos para montar su mini espectáculo, así que habían estado al tanto del asunto desde primera hora de la mañana. Lo único que había cambiado era la localización: Ken les había dicho que tendría lugar en la explanada de entrada al edificio principal y ahora estaba a punto de celebrarse en la rosaleda. Lo cual tenía bastante sentido, pues Jim y él habían ocultado los instrumentos, los cables y demás equipos necesarios entre los rosales para que nadie los viera. Era mucho más práctico celebrarlo allí. 

—¿Dices que te pidió que no me avisaras?

—Bueno, no exactamente… Tu padre no habló conmigo, Tim. Mi padre es quien se puso al teléfono.

Él la miró sorprendido y ella se rio al tiempo que sacudía la cabeza.

—¿Creías que exageraba cuando te dije que los hombres de mi familia siguen muy de cerca cada paso que doy? No exageraba nada de nada. —Miró alrededor con gesto cómico antes de decir—: No te extrañes si ves a algún pelirrojo descolgándose del techo en plan «Misión imposible». 

Ambos rieron y Tim disfrutó del momento por partida doble. Primero, porque unas buenas risas lograron que se relajara y tomara conciencia de lo tenso que estaba desde que había puesto un pie en la biblioteca. Segundo, porque verla reír era una maravilla. Sus ojos soltaban chispitas de alegría y sus pecas parecían bailar al son de las carcajadas. 

Sin embargo, las palabras de Jim no tardaron en acudir raudas a su mente, decididas a estropearle el disfrute. Tim respiró hondo. 

—Hay algo que no entiendo —dijo. 

La seriedad en su expresión hizo que Sue se tensara. Tuvo la certeza de que ese algo no tenía relación con la conversación de su padre con Robert Bryan, ni con el adelanto de la hora de la visita, ni con nada de lo que estaba sucediendo allí aquella tarde. Prueba de ello fue que, en vez de bromear o decir una frase de compromiso, Sue asintió y permaneció en silencio.

En realidad, había varias cosas que Tim no entendía y no había una forma amable de plantearlas. Era una persona reservada, pero cuando tenía algo que decir, no se andaba con rodeos. 

Controló lo que sucedía a su alrededor de una rápida mirada que le confirmó lo que ya sabía: aquel no era ni el lugar ni el momento idóneos. A pesar de lo cual, decidió continuar.  

—El lunes, cuando me llamaste, dijiste que uno de tus hermanos había estado en el asador, el domingo. Que habías salido tú para evitar que él entrara.

Tim había procurado acercarse para no tener que elevar la voz, pero debido al ruido ambiente, era muy consciente de que aquella conversación distaba mucho de ser privada.

—Sí. Mi hermano Rick, lo conociste en el hospital, era uno de los que me escoltaban —dijo con un punto de humor—. El otro era Alex. 

Tim asintió y volvió a respirar hondo. 

—¿Por qué no me dijiste que Jim también salió a la calle —de hecho, detrás de ti—, y tuvo un cambio de palabras con tu hermano? 

Mantuvo su mirada sobre ella, intentando que las emociones que sentía crecer en su interior no se salieran de madre y acabara diciendo o haciendo algo reprobable. Al verla arrugar el ceño, supo que había una tormenta en ciernes.

Sue movió la cabeza como si no estuviera segura de lo que decir a continuación. Ahora era ella la que no entendía algo: no comprendía qué tenía que ver el menor de los hermanos Bryan en aquella conversación. Llevaba dos días en las nubes, ilusionada con esa visita al rancho Mystic Oaks que le permitiría estar un rato con Tim. ¿Por qué estaban malgastando los pocos minutos que estarían lo bastante cerca para conversar, hablando de Jim Bryan?

—No sé… ¿Será porque me es totalmente indiferente lo que él haga o deje de hacer? 

La expresión de Sue denotaba que la tormenta se había desatado. El «tiembla la tierra» del que su hermano Alex había echado mano para describir su genio estaba patente en aquellos ojos color café que, más que mirarlo, lo estaban desafiando a un combate.

Tim asintió varias veces con la cabeza y permaneció en silencio unos instantes.

—En ese caso, tengo otra pregunta. ¿Por qué le diste alas el domingo, cuando te pidió una cita? Grabaste tu número en su móvil con nombre y apellido. 

Sue pasó del enfado al asombro y de este a un enfado aún mayor en cuestión de segundos. ¿Los hermanos se la estaban disputando como si fuera un hueso, echando mano de cualquier método, por sucio que fuera, que les permitiera quedarse con el premio?

—¿Estás hablando en serio? —repuso—. Pues mira, te han informado mal. Tiene mi número desde hace meses y no porque yo se lo haya dado. Y sí, añadí mi apellido al nombre con el que lo guardaba. Flirteé con él. Es el único lenguaje que tu hermano entiende. Es de los que pasan de ti una vez que creen tenerte en el bote porque, entonces, el juego ya no tiene interés. Y yo no quería que el hecho de que se hubiera enfrentado a Rick para defenderme, se le subiera a la cabeza y volviera a freírme a llamadas. Quería que pasara de mí. Y funcionó, ¿sabes? Desde el domingo, tiene mi permiso oficial para llamarme y no lo ha hecho ni una sola vez. En cuanto a ti… No sé qué clase de hombre eres. Creía saberlo, pero está claro que me equivoqué.

Dicho lo cual, se levantó de la silla, ignorando la mirada reprobatoria que le lanzaba su padre. Había intentado hablar en un tono bajo, pero su lenguaje corporal era inocultable. 

—¿Me dices dónde está el baño, por favor? No, solo dímelo —exigió al ver que Tim hacía el ademán de ponerse de pie—. Esta conversación acaba aquí.

Tim la miró desafiante. Sus dos cejas se alzaron a un tiempo. Ignorando por completo su petición, se levantó de la silla. 

Sue soltó un bufido y miró a otra parte, conteniendo las ganas de largarse de allí sin esperar a nadie. 

Tim, en cambio, procedió con naturalidad. Le cedió el paso con un gesto galante, y la siguió de cerca hasta que sobrepasaron el área donde estaban los tres sofás. Entonces, tomó la delantera. Al llegar a la puerta de la biblioteca, volvió a hacerse a un lado y esperó a que Sue pasara frente a él para volver a hablar.

—De eso, nada —le dijo—. Esta conversación acaba de empezar.


* * * * *

Doreen continuó mirando a Robert con una sonrisa. Viniendo de alguien como él, de ideas conservadoras y comportamiento impecable, aquellos avances románticos en público eran el equivalente a lanzarse al vacío sin paracaídas. La enamoraba y la enternecía a partes iguales. Y no dejaba de asombrarla. Era una versión de Robert Bryan muy distinta de la que conocía. Por momentos, no le parecía él.

—¿Por qué me miras así? —quiso saber él, y decidió poner un punto de humor al momento—. Ya sabes que soy un caballero, así que si prefieres que retire mi mano… 

—Si quiero que retires tu mano, ¿qué?

—¿Quieres? —musitó y sus hermosos ojos azules acariciaron el rostro de Doreen, cargados de picardía y de ternura.

Ella se rio bajito.

—No —murmuró—. Pero si quisiera…

—Ah, es muy fácil —continuó él, animado—. Tendrías que presentar una solicitud por escrito y por duplicado, que ya sabes que a veces las cosas se traspapelan. Si todo va bien, en diez días hábiles el responsable cursaría las órdenes oportunas, y listo: ¡mano fuera!

Ambos rieron. Doreen porque adoraba esa cara de pillo que se le ponía a un hombre al que conocía tierno y paciente, pero no necesariamente travieso. Robert porque estaba disfrutando muchísimo de la nueva interacción que se había instalado entre los dos.

—¿Y si no va bien? —dijo Doreen.

—Bueeeeno… Depende. Si el responsable está muy ocupado, igual son más de diez días… Pero también podría pasar que quisiera saber la razón de tu petición. En ese caso, tendrías que presentar un formulario de explicaciones. También por escrito y por duplicado.

—¿Tanto papeleo? Pues menos mal que quiero, si no… No te miraba por eso, Rob. Tu mano está muy bien donde está.

Él asintió satisfecho. Más que satisfecho: encantado de la vida. Consciente de que aquella conversación estaba a punto de acabar, pues era una descortesía que no se estuviera ocupando de sus invitados, apuró los últimos instantes con una pregunta.

—Dios sabe que adoro sentir esos ojos hermosos que tienes sobre mí, independiente de cuál sea la razón. Pero, por favor, dímela. Dime por qué me miras así.

Doreen apartó la vista un instante. Dejó que su mirada se perdiera en lo que sucedía al otro lado de los grandes ventanales, donde Ken hablaba con sus músicos. Era una persona muy sociable que adoraba compartir, participar. Sin embargo, aquel día habría dado lo que fuera por poder estar a solas con Robert. Por poder hablar con él largo y tendido. Por tontear con él, aunque no fuera ese el comportamiento que se esperaba de dos personas que ya peinaban canas. Por disfrutar a fondo del momento tan dulce que estaban viviendo sin tener que preocuparse de nadie más. Solo de él. Sin embargo, tenían invitados, entre ellos, su propio hermano. Suspiró y volvió a mirar a Robert.

—Esto daría para una conversación larga y, sobre todo, privada. Pero ahora no tenemos tiempo. Así que te ofreceré un resumen. —Movió la cabeza a un lado y a otro con picardía y rectificó—: Será más bien un tentempié porque la idea es que te contente solo por ahora.

—Vaya… Qué interesante se está poniendo —concedió él. Su cara de pillo volvió a reinar.

Y más que se pondrá, Rob.

—De acuerdo, vamos con el tentempié. No dejo de mirarte porque me asombras.  Sé que eres tú, el hombre al que conocí una tarde lluviosa hace treinta y cuatro años. Pero no pareces el mismo. Este de ahora es… —Suspiró—. Más aventurero y mucho, mucho, mucho más sexi.

La expresión de Robert se transformó por completo al oír esas palabras que entraron directo en su corazón. Era emocionante, excitante y embriagador. Todo a un tiempo. Doreen lo extasiaba. Lo enamoraba esa enorme facilitad que tenía de convertirlo en una coctelera donde las emociones se agitaban sin control, colmándolo de vida. A su lado, el mundo estaba lleno de color, de sabores y aromas deliciosos. Todo era tan intenso que, por momentos, se sentía abrumado. Asombrado de que tal intensidad pudiera existir y él tan solo acabara de descubrirla.

—Vaya —musitó, envuelto en un suspiro—. Me has dejado… —Y a falta de hallar una palabra capaz de expresarlo, añadió—: ¡Vaya!

La sonrisa de Robert competía en hermosura e intensidad con sus ojos azules, profundos e increíblemente tiernos. Doreen se habría quedado tal como estaba, viendo aquel despliegue de seducción varonil dedicada a ella, el resto de la tarde. Llevaba años soñando con eso. 

—Bien —dijo ella, sonriendo traviesa al tiempo que retiraba la mano de Robert de su rodilla cogiéndola con dos dedos, y la depositaba sobre la de él—. Ahora, sé un buen anfitrión y ve a ocuparte de nuestros invitados.


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CRS-08. Mystic Oaks, 2 (MO 2). Episodio 9


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2026/2027
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9


Jim tuvo que emplearse a fondo para dejar a un lado su enorme cabreo y centrarse en el primer candidato que mostraba suficiente interés en la oferta de trabajo como para acudir en persona. Haberlo encontrado flirteando con Lilly no ayudaba. Tampoco, por supuesto, que el tipo tuviera buena percha. No era tan buena como la suya, pero, aunque odiara reconocerlo, apuntaba maneras. 

Cameron Hynes era alto y de contextura robusta. Según le había dicho, tenía 27 años —uno más que él—, era soltero, dueño de su tiempo y estaba dispuesto a «echar las horas que hicieran falta» para poner en marcha la explotación. 

Su experiencia laboral era suficiente y acorde a lo que los Bryan necesitaban. Se había criado en el rancho de su tío y conocía los entresijos de una explotación agrícola-ganadera en detalle. Había trabajado allí oficialmente desde los dieciséis, siempre simultaneando el trabajo con los estudios: primero, con el instituto y después con la universidad. Era ingeniero agrónomo.

—¿Y por qué has vuelto a Nashville? —quiso saber Jim.

Habían hecho un recorrido a pie por el sector agrícola y ahora conversaban apoyados contra la rueda del tractor. La única caseta que, de momento, habían instalado estaba cerrada con llave y Jim no la había traído consigo. Cuando había salido de la biblioteca, lo último que había imaginado era que estaba a punto de conocer al primer candidato. El conocimiento adquirido durante la caminata había relajado el trato y, desde hacía un rato, ya no eran el señor Hynes y el señor Bryan, sino Cam y Jim.

—Mi tío murió hace seis meses y lo que durante muchos años fue un trabajo ideal en un sitio ideal se ha convertido en una batalla entre mis primos por ver quién la tiene más grande… Perdón por la expresión, pero todo se reduce a eso. Son cuatro, compiten entre ellos desde que eran críos, y ahora todos quieren llevar la voz cantante. Las discusiones eran constantes. Las órdenes y contraórdenes que recibía de ellos, también. Así que dije: «Paso. Ahí os quedáis». Y aquí estoy —repuso con simplicidad.

—¿Y qué pasa con tu familia? ¿También la has dejado atrás? —Jim era consciente de que había sonado más crítico de lo necesario y no había sido su intención. El punto en cuestión era que Austin no estaba a la vuelta de la esquina y quería asegurarse de que la ausencia de su familia no se convertiría en un problema con el paso del tiempo.

Cameron le miró con expresión interrogante.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —le dijo.

Jim sostuvo la mirada. Admitía que su tono no había estado muy afinado, pero seguía siendo quien conducía la entrevista. 

—¿Contestas primero a la mía? —repuso.

Cameron mostró sus manos en señal de rendición y esbozó una sonrisa.

—Claro. Veamos… Mi padre falleció hace mucho y mi madre volvió a casarse. Mi hermana vive con ella y su nuevo marido. Yo vivo solo desde que cumplí los dieciocho… Tenemos una buena relación, sí, pero todos hemos ido siempre un poco por libre, ¿sabes? Así que, tranquilo, que no te pediré días de permiso porque los echo de menos. 

—Es bueno saberlo… Aunque no me los pedirías a mí. Voy a aprovechar tu comentario para explicarte que aquí no recibirás órdenes y contraórdenes de cuatro jefes distintos. Solo dirige una persona: nuestro jefe de capataces, Logan Phillips. Hay un capataz por sector y los dos reportan a él. Ahora está en Springfield, en el rancho Bryan, a cargo del millón y medio de cosas que hay que finalizar para poder trasladar la actividad a Nashville. Pero lo tendremos entre nosotros muy pronto. Aquí, como ves, estamos empezando de cero, pero el organigrama final, cuando todas las contrataciones de personal se hayan completado, será este. Mientras tanto, todos estamos un poco a todo, lo cual tiene su parte positiva y su parte menos positiva. Si eres ambicioso y demuestras ser tan bueno como aseguran tus credenciales, tienes muchas posibilidades de crecer profesionalmente. Lo menos positivo es que está prácticamente todo por hacer —dijo señalando con un brazo los extensos campos, la mayoría de ellos en estado salvaje—. Habrá que trabajar muy duro y aquí no hay favoritismos ni enchufes, lo que quiere decir que el resto de los trabajadores que contratemos tendrán las mismas posibilidades de ascender, si demuestran su valía… Aunque se hayan incorporado después que tú.

—Me parece justo —concedió él, después de pensarlo unos instantes. 

Jim asintió dando su respuesta por válida. El tipo le caía bien. Era claro y directo. No se echaba flores ni se iba por las ramas. Las condiciones laborales le habían parecido bien y estaba dispuesto a empezar de inmediato. Mejor, imposible. Incluso diría que Cameron Hynes le parecía demasiado perfecto para ser real. Sin embargo, tenía un defecto. Uno muy grande, de hecho: le gustaba Lilly. 

«¿Y a quién no?», oyó que se burlaba una voz en su cerebro. 

Por supuesto, la ignoró. Le daba igual que Lilly fuera de la clase de mujer que atraía todas las miradas masculinas. Lo que no le daba igual era que hubiera atraído las de aquel tipo que estaba a su lado y que, si su padre y su hermano estaban de acuerdo, se incorporaría a la plantilla del rancho en breve. Razón por la cual seguiría estando a su lado, trabajando codo con codo, y flirteando con Lilly en su tiempo libre. 

Mierda.

—Vale. ¿Qué me querías preguntar antes?

—Ah, sí… A ver cómo lo explico sin levantar ampollas… Cuando toqué el timbre y Lilly me hizo pasar y nos pusimos a conversar, no sabía quién era. Pensé que a lo mejor era la hija del dueño… Pero cuando entraste en la cocina, la tensión podía cortarse con una tijera… Ahora sé, porque me lo has dicho, que solo sois tres hermanos. Y si hay algo que no soporto es a un tío que intenta marcar el territorio ajeno, aprovechándose de las circunstancias, y después actúa como si no hubiera pasado nada… 

Cameron estaba levantando ampollas, aunque estas no fueran evidentes. Jim se las arregló para mantener la mirada sobre él y lo dejó continuar, procurando que su expresión facial no demostrara que, por dentro, estaba cubierto de dolorosas vesículas a punto de explotar. 

—Si ella es tu novia y yo, sin saberlo, fui ese tío por un rato, por favor, discúlpame. Te aseguro que no era mi intención. 

Jim asintió nuevamente mientras pensaba en su respuesta. 

Lilly no era su novia. Aún. Pero antes o después, lo sería porque la tensión a la que Cameron se había referido era real. Existía. Habían comenzado siendo dos personas que congeniaban de manera natural y se divertían organizando planes para disfrutar en familia. Pero ahora eran otra cosa. El solo hecho de que Lilly hubiera estado coqueteando con un extraño por darle celos lo confirmaba. Sin embargo, también era cierto que podía pasar algún tiempo hasta que Lilly y él se convirtieran, de hecho, en más que amigos. Y podían pasar muchas cosas durante ese tiempo. Cosas que Cameron vería, si lo contrataban. Quedar como un mentiroso ante él no contribuiría a afianzar las relaciones laborales. Perjudicaría su imagen, como hombre y como jefe. Así que si le decía la verdad —a saber: que Lilly no era su novia—, Cameron seguiría marcando territorio y si, por el contrario, mentía, por eso de que las mentiras tienen las patas muy cortas, él no tardaría en descubrirlo.

O sea, Jim, ¿qué prefieres? ¿Que te corten los huevos con una navaja… o que te los corten con un cuchillo de carnicero? Ay, joder…

Jim se puso las manos en los bolsillos de sus vaqueros y se apartó de la rueda del tractor contra la que había estado apoyado.

—Sin problemas —repuso, ofreciéndole una respuesta tan ambigua como su actual situación sentimental—. ¿Por qué no volvemos a la casa y hablas un rato con mi hermano Tim?

«Puf. Te has salvado por los pelos, tío». Cameron no lo dijo, pero su lenguaje corporal lo hizo por él. Se había marchado de Austin harto de las constantes peleas de sus primos, pero también porque era un tipo ambicioso y la muerte de su tío había fulminado sus posibilidades de crecimiento profesional. Con esos cuatro cabezas huecas dirigiendo el negocio, en un par de años no habría negocio que dirigir. Ahora era ingeniero, todavía estaba pagando el crédito universitario y necesitaba un trabajo con futuro. La oferta de los Bryan reunía todas las condiciones y la verdad era que no podía permitirse perderla.

—Perfecto —concedió sin esconder su alivio—. Entonces, vamos.


* * * * *

El foco de tensión entre Tim y Sue se había trasladado de la biblioteca a un salón próximo a ella, situado en ese mismo lado del pasillo. La muchacha, que ya había reaccionado mal a que él se hubiera negado a dar la conversación por terminada, se revolvió al ver que no la había conducido donde ella deseaba.

—¿Por qué me traes aquí? 

—¿Prefieres que hablemos en mitad del pasillo?

—Prefiero que no hablemos. Creí haberlo dejado claro —repuso Sue. 

Acto seguido, pasó a su lado y enfiló el camino de regreso a la biblioteca.

—Oye, espera un momento… 

Tim la detuvo, tomándola por un brazo. La suavidad con que lo hizo no evitó la urticante reacción de Sue.

—Haz el favor de retirar tu mano de mi brazo —siseó. 

Tim dio un paso atrás al tiempo que una media sonrisa cargada de sorpresa e ironía asomaba a su cara. 

—Estoy perdido. Disculpa la sinceridad, pero estas reacciones tuyas son muy desconcertantes. Me llamas con la excusa de agradecerme que…

—No era una excusa —lo interrumpió.

«Sí, claro, y yo no soy Tim Bryan», pensó él. Suspiró.

—Vale, lo que tú digas… 

—No digas «lo que tú digas» como…

Él detuvo una nueva andanada de reproches mostrando sus palmas en una clara señal de «stop».

—¿Puedo acabar de hablar sin que me interrumpas, por favor? Luego, cuando haya terminado, sigues tú. Se llama dialogar —repuso él, serio como nunca.

Sue soltó un bufido y se cruzó de brazos. Odiaba ese tono educado y contenido que él empleaba. Detestaba ese aire de persona en control de la situación que contrastaba tanto con el suyo. Estaba tan rabiosa que se le había acelerado la respiración. 

Tim asintió con la cabeza, agradeciendo que ella al fin mostrara un comportamiento adulto, y continuó:

—Me llamas y me vuelves a llamar. Dejas claro que te interesa que nos conozcamos mejor, pero a la primera de cambio que digo algo que no te gusta, montas en cólera y me tratas como si fuera un capullo de esos que te abordan en la calle, intentando pasarse de listos contigo. ¿Qué es esto? ¿A qué juegas?

Los ojos de Sue ardían de ira y sus palabras rezumaron ironía cuando preguntó:

—¿Tengo tu permiso para hablar ahora? 

¿Se puede saber de qué vas? Tim ladeó la cabeza, mirándola como si estuviera contemplando a un ser que era a la vez desconocido y atrayente.

Sin embargo, el sonido de unos pasos que se acercaban provocó que él volviera a hablar.

—Tu hermano ya advirtió que eres de encendido fácil, pero no creo que quieras quedar en evidencia delante de la gente. Alguien se acerca. Propongo que entremos.

Aissssh… ¡Qué ganas de largarme y dejarte hablando solo!

Sue titubeó un momento. No solo deseaba acabar con esa discusión sin sentido; quería marcharse de allí para no volver. Su ansiada visita al rancho había acabado convirtiéndose en un fiasco. Él era un fiasco. Sin embargo, sus padres estaban en la biblioteca. La opción «marcharse del rancho» no existía. No podía hacerlo sin ellos. Al fin, dejó caer los brazos al costado del cuerpo y entró en la habitación. 

Tim la siguió y cerró la puerta tras de sí. Apoyó la espalda contra la pared y permaneció mirándola, a la espera de que ella tomara el turno de palabra.

La estancia daba al jardín de frutales que había en la parte posterior de la casa. Era luminosa e inmensa y estaba decorada con tonos suaves. Tres grandes sofás con tapizados en color crema estaban situados en el centro de la habitación sobre una alfombra nativa americana tejida a mano. Las paredes estaban cubiertas por fotos familiares de distintos tamaños. Era un lugar cálido y acogedor.

Sin embargo, lo que estaba acogiendo en aquellos momentos era una tormenta.

—Para empezar, aclaremos algo: que mis reacciones te desconcierten no implica que sean desconcertantes. Son absolutamente coherentes. Esta soy yo cuando alguien, por lo general del sexo opuesto, pone en tela de juicio mis acciones e intenta imponerme sus criterios sobre lo que debo hacer, cuándo y cómo. No me gusta la actitud paternalista de la mayoría de los hombres y, para mi desgracia, vivo rodeada de ellos. Lo que quiere decir que llevo lidiando con esto desde que era una niña cada día de mi vida. Si me pinchan, sangro, Tim. Y hoy tú me has pinchado a base de bien.

—No era esa mi intención —se disculpó él. 

Ella hizo un gesto displicente con la boca.

—¿Ah, no? ¿Y cuál era tu intención al acusarme de darle alas a tu hermano? 

—No te estaba acusando. Te estaba pidiendo que me lo explicaras. Decir que alguien no te interesa al mismo tiempo que le das tu teléfono, invitándolo a que te llame, es una contradicción. 

—No, perdona. Me acusabas de darle alas. Diste por hecho que eso era lo que había pasado y ya me estabas acusando con tu comportamiento cuando pusiste un pie en la biblioteca… Primero: no te llamé «con la excusa de…». No era una excusa: te llamé para darte las gracias. Y segundo: Eso de que a la primera de cambio, dices algo que no me gusta y monto en cólera, se las trae… ¿Por qué le llamas montar en cólera a que te esté poniendo los puntos sobre las íes? ¿Acaso también lo llamas así cuando es tu padre o tu hermano quien lo hace? 

Tim no respondió. De haberlo hecho, la respuesta habría sido «sí». Jim era un especialista en montar en cólera cuando le tocaban las narices. Subía como la espuma a velocidad pasmosa. Solo que en su caso sucedía esporádicamente porque su propia naturaleza le impedía tomarse las cosas demasiado a pecho. Robert Bryan era, por lo general, un hombre paciente, pero también tenía sus momentos de enfado superlativo. No se había tratado de un comentario sexista y Tim no pensaba defenderse de un crimen que no había cometido. En cambio, continuó mirándola, procurando que su rostro no delatara que lo que estaba oyendo no era de su agrado. Y no por lo que oía. Se había criado junto a una mujer combativa y reivindicativa en asuntos de igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Estaba acostumbrado a que le hicieran notar esos pequeños matices incorporados en el hablar popular que escondían prejuicios inconscientes hacia el comportamiento femenino. La diferencia era el tono: en Doreen nunca había rencor. 

A diferencia de lo que Tim creía, la pregunta de Sue había sido retórica. No esperaba una respuesta, de modo que continuó.

—Si te los estoy poniendo es porque esto no va de una simple diferencia de opiniones: me estabas acusando. Así que, rebobinemos. Te llamé para agradecerte lo que hiciste el domingo. No fue una excusa. Puede que para ti sea normal y no veas una razón para que nadie te lo agradezca. Pero en mi mundo —es decir, en el mundo en el que vivimos las mujeres— los hombres no se comportan de esa forma, a menos que quieran obtener algo a cambio. Así que supuse que tú también querías algo a cambio y cuando te fuiste sin hacer la menor insinuación al respecto y al día siguiente mi móvil no recibió ninguna llamada tuya, a pesar de que tenías a huevo conseguir mi número, pensé: «¡Guau, chica! ¡Acabas de encontrar un unicornio!». 

»Te llamé y nos pusimos a hablar. Y conectamos. O eso creí. Quería conocerte y que tú me conocieras a mí. Pero el tipo que hoy entró en esa biblioteca, distante, frío, evitando por todos los medios el contacto visual conmigo… Perdona, pero ese tipo no tiene nada que ver con el que estuvo en mi casa el domingo ni con el de las conversaciones telefónicas… Y aunque sé que esto no va a gustarte, lo diré de todas formas: este tipo de aquí —dijo señalándolo— tampoco es él. Ese Tim no me habría ignorado, ni me habría acusado de estar jugando a dos bandas, ni me habría forzado a mantener esta conversación. 

¿Forzarte, dices? Aj… 

Tim sintió que todo su ser se retorcía ante una acusación tan ofensiva y tan injusta.

—Yo no te fuerzo a nada. La puerta está abierta. —Mantuvo su mirada sobre ella. Tras una pausa en la que nadie se movió del sitio, continuó—: Ya que sigues aquí, te diré que deberías pensar mejor antes de soltar lo primero que te viene a la cabeza sin miramientos. 

Sue volvió a cruzarse de brazos y apartó la mirada porque cuanto más lo miraba, más decepcionada de él se sentía.

—Los unicornios no existen. Los hombres decentes, sí —dijo Tim con su tono contenido y educado—.  Y cuando un tío decente descubre que la mujer que ha estado llamándolo, emitiendo señales inequívocas de interés, coquetea con otro tipo, se le cruzan los cables. Porque en el mundo en el que vivimos los hombres decentes a eso se le llama jugar a dos bandas y nos ofende. Súmale que el otro tipo es mi propio hermano y ya tienes una explicación para mi distancia, mi frialdad y mi falta de contacto visual. 

»Cuando entré en la biblioteca, acababa de enterarme. Te ignoré porque me sentía tan mal que no podía ni mirarte. No me enorgullezco de mi reacción y no voy a justificarme. Sé que no estuvo bien… Te pido disculpas por eso. Lo siento mucho, de verdad, Sue… —Respiró hondo—. Por si no se nota, sigo sintiéndome muy mal. La diferencia entre antes y ahora es que ya no te ignoro. Habría preferido tener tiempo para asimilarlo antes de hablar contigo… Pero así se han dado las cosas y me gustaría que aclaremos este asunto porque… Eso que dices de que flirteaste con Jim porque es el único lenguaje que entiende no me cuadra para nada.  

La mirada de Sue volvió a posarse sobre Tim. Su ira crecía; su decepción también.

—¿Y por qué no te cuadra? ¿Crees que miento?

Él acusó recibo de la ráfaga de metralleta que acababa de recibir, adoptando una posición aún más definitiva, pues no se andaría con rodeos en una cuestión tan importante. 

—No me cuadra porque Jim es mi mejor amigo, no solo mi hermano, y lo conozco muy bien. 

—O sea, que miento.

—Deja de poner palabras en mi boca, por favor. Digo que no me cuadra y digo que es un asunto demasiado importante para…

Iba a decir «para tomarlo a la ligera», pero el sonido de su móvil lo interrumpió. Lo sacó del bolsillo de su camisa vaquera. Vio que era Jim. Durante un instante dudó si ignorar la llamada o no. Su hermano no solía usar esa vía de comunicación con él, a menos que alguno de los dos estuviera fuera de la casa y lo necesitara para algo. Por otra parte, a Sue y a él les vendría bien hacer una pausa antes de que la sangre llegara al río. 

—Disculpa. Tengo que atender —anunció—. ¿Qué pasa, tío? 

A medio kilómetro de donde estaba Tim, Jim se alejó unos cuantos pasos de Cameron antes de responder.

No te lo vas a creer… Ni yo me lo creo todavía, pero estoy entrevistando a un candidato para el sector agrícola y la cosa pinta muy bien. ¿Por qué no te acercas y conversas un rato con él, a ver qué te parece? Iba camino de la casa, pero me he cruzado con Tom y me ha dicho que Ken y sus músicos ya están a punto de empezar a tocar… No vais a poder hablar tranquilos con tanto ruido…

Al reconocer la voz de Jim, Sue sintió una punzada de rabia. ¿Cómo Tim no iba a dejar la conversación a medias para atender el maldito móvil? Por supuesto que sí. ¡La llamada era de su hermano y mejor amigo!

—No me extraña que no te lo creas —repuso Tim, ajeno a los tormentosos pensamientos femeninos—: Es casi un milagro. Vale, ¿dónde estás?

Voy hacia el arroyo donde Ken quiere hacer el jardín japonés. Allí nadie nos molestará. 

—De acuerdo. Nos vemos en un rato —se despidió y volvió a guardar su móvil. Alzó la vista hasta Sue, que seguía con los brazos cruzados, mirándolo desafiante—. Es… —empezó a decir.

—¿Importante? —lo interrumpió ella. Estaba claro que cualquier cosa era más importante que ella.

—Sí, lo siento. Llevamos semanas intentando…

Sue decidió que ya había tenido suficiente. 

Suficiente rabia. Suficiente ninguneo. Suficiente decepción. 

No lo dejó continuar.

—Tranquilo, tranquilo. Ve a hacer lo que tengas que hacer —dijo al tiempo que abría la puerta—. No te preocupes.

Su tono de voz había sonado conciliador, pero su rictus y el brillo de sus ojos hablaban alto y claro de la tempestad que se había desatado en ella.

—Por favor, espera… —rogó Tim con una dosis extra de amabilidad. Ella se detuvo, pero no lo miró—. Hoy hay mucho jaleo por aquí… No regresaré a Springfield hasta el domingo. Podemos quedar a tomar un café en alguna parte y seguir hablando de esto, ¿qué te parece? 

¿Quedar contigo? Ja. Tienes que estar de broma.

—Claro —concedió y esta vez le dedicó una breve mirada—. ¿Por qué no? Pero ahora será mejor que me vaya, o mi padre se pondrá a revisar habitación por habitación hasta dar conmigo.

Acto seguido, Sue se alejó con paso decidido hacia la biblioteca.

 

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