[ClubRomanticas STORIES] Banner Zona Vip

Proyecto CRS-07

Mystic Oaks, 1 (MO 1)


Presentación | Sobre los personajes  

Capítulos: 

1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21

22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32



Club Románticas Stories - Proyecto 7: Mystic Oaks, 1 - Vision Board


CRS-07. Luces de Neón # 3. A modo de presentación…


Y después de Superstar (¡y sus extras!), ¿qué, Patricia? ¿Cuál es la siguiente entrega de la Serie Luces de Neón?

¡Buena pregunta! 

Cuando los hermanos Bryan y el rancho Mystic Oaks aparecieron en mi cabeza por primera vez, hace mucho tiempo, las historias que me mostraban eran algo (bastante) diferentes de lo que, en realidad, han resultado ser cuando me puse a escribirlas. Al menos, por el momento. 

Esa es una de las razones por las que he seguido mostrándote a Ken, Chris y al resto de sus amigos y familiares a través de los Extras, 1 y 2: conocerlos mejor, a ellos y a ese ese lugar al que Ken se refiere como su rincón especial, el rancho Mystic Oaks

Sucedió que, mientras algunos personajes me sorprendían con giros totalmente inesperados para mí (Jim, por ejemplo) y otros, como Bella, se plantaban ante mis ojos «chupando cámara» con una determinación fuera de toda duda… Me volví a enamorar de Mystic Oaks y de sus historias. De todas ellas: las que tenía en mente, las que creí que serían de una forma y apuntan a ser de otra, y las que no tenía previstas  y ahora parece inevitable escribirlas.

Quiero ver cómo es el primer viaje de Chris junto a Ken en el «tour bus». Quiero saber cómo será la vida de la pareja cuando a Chris finalice su rehabilitación y, como ya ha decidido, se quede en Nashville. ¿En qué proyectos humanitos se implicará? ¿Y cómo resolverá su situación legal en Estados Unidos? Recordemos que tanto Chris como Lilly son canadienses. Pista: no pienses en algo al estilo de la película «Matrimonio de conveniencia». Estoy razonablemente segura de que los tiros no irán por ahí 😂

Me muero por saber qué sucede entre Robert Bryan y su cuñada, Doreen Montgomery. Da la impresión de que los une un nexo poderoso, que va más allá de la admiración que Doreen siente por Robert y de la gratitud que él siente hacia ella. Quiero saber cuál es su historia, cómo eran las cosas entre ellos cuando Ken, Tim y Jim eran niños y, por favor, por favor, por favor… ¡Cómo serán a partir de ahora!

Jim me ha dejado muerta cambiando su foco de interés en el último minuto.  No sabía cuándo ni cómo se las iba a arreglar un tipo tan creído como el menor de los hermanos Bryan para vérselas con la madurez y el carácter de Sue Anderson. Tenía claro que no iba a ser sencillo, pero, para mí, el romance entre Jim y Sue era un hecho. Ahora… Tengo mis dudas. 

¿Y qué hay de Sue? No le gusta la música country, de ahí que no tenga ningún interés en Ken. Jim consigue irritarla con su vanidad y con sus insistentes llamadas. Pero hay un Bryan que, contra todo pronóstico, parece haber despertado su interés… ¿Será correspondido? Es posible que Tim solo haya sido gentil, como buen Bryan… Pero, ¿qué pasaría, si se tratara de un interés correspondido? Convengamos que, estando Jim por medio, la cosa tendría sus bemoles. No quiero imaginar cómo se tomaría que la pelirroja, que tanto ha pasado de él, le pusiera ojitos a su propio hermano… Espera, Patricia, ¿qué dices? ¡Claro que quieres! 😆 

Quiero ver ese rancho en producción, conocer a los capataces y a los empleados… ¡Y a los músicos de la nueva banda de Ken! Quiero saber qué pasará entre Bella y Shane.  Me muero por verlos en plena fricción romántica… Y digo «fricción» porque tengo bastante claro que él va a resistirse todo lo que pueda, y más… 

Y podría seguir enumerando «quieros» un buen rato más. Tranquila, no lo haré.

En cambio, te diré que si te sientes identificada con los párrafos que anteceden, te va a encantar la siguiente historia en cola de publicación de la Serie Luces de Neón.

Lleva por título el nombre del rancho, estará dividirá en partes —no me preguntes cuántas, aún no lo sé—, y a través de ellas te llevaré al mismísimo corazón de ese lugar mágico llamado Mystic Oaks.

Empezamos muy, muy pronto, así que, ¡atenta!


Comentar                                 Ir a Inicio 🔝                                Ir a Principal 🔙


CRS-07. Mystic Oaks, 1 (MO 1). Personajes 1


CRS-07. Mystic Oaks, 1. Personajes 1

DOREEN MONTGOMERY

Cuando comienza la historia, Doreen tiene 56 años. Es oriunda de Montana y la mediana de tres hermanos. Su familia es propietaria del Rancho Lone Star. Sí, el mismo donde se desarrolla una parte de mi novela El último mejor lugar 🥰

Al morir Martha, su hermana menor y la esposa de Robert Bryan, por complicaciones durante el parto de su tercer hijo, Doreen abandona su paraíso terrenal en Montana y se traslada a Springfield, para ayudar a su cuñado con los niños.  En principio, dijo a su familia que sería por dos o tres años, pero han transcurrido más de veinticinco, y Doreen sigue viviendo con los Bryan…

Qué más sabemos de este personaje hasta ahora:

✔︎ Admira a su cuñado, Robert.  Ha visto con sus propios ojos cómo se rehizo tras la súbita muerte de su esposa, que lo dejó con un bebé recién nacido y dos niños muy pequeños, y se centró en ser un pilar para ellos. Lo considera un gran hombre y un gran padre. 

✔︎ Los Bryan (incluido Robert) la adoran. Sienten un enorme respeto por ella. Para ellos, Doreen es una pieza clave en sus vidas.

✔︎ Se emociona con facilidad y llora mucho. 

✔︎ Es la personificación del sentido común (lo dicen sus sobrinos, abiertamente).

✔︎ Es alguien que no se calla. Dice lo que piensa cuando lo piensa.

✔︎ Rebosa ternura. De ahí, que la gente se sorprenda de que, al mismo tiempo, pueda llegar a ser tan directa. 

✔︎ Según todos los hombres de la casa, cocina como los dioses.

✔︎ Es una gran lectora.

✔︎ Aunque malcría a todos sus sobrinos por igual, siente debilidad por uno: Ken.

✔︎ Sus ojos son de un celeste tan claro que parecen casi transparentes. Es una característica física de los Montgomery, que Ken ha heredado de su madre y, por lo tanto, comparte con ella.



ROBERT BRYAN


Cuando comienza la historia, Robert tiene 65 años. Nació y vivió en Springfield, Ohio, hasta agosto de 2002, momento en el que toda la familia decide trasladarse a Nashville, junto a Ken.

Tras su primer ingreso hospitalario por problemas cardíacos, cinco años atrás, se vio obligado a dejar cada vez más la gestión del rancho en manos de sus hijos Tim y Jim. Después de su tercer y, por el momento, último susto, ya no ha vuelto a trabajar. Siempre ha sido un hombre muy activo y no lleva bien la idea de estar retirado.

A pesar de haber enviudado tan pronto, ha sabido ser un pilar para su familia, y un padre amoroso y presente para sus hijos. Siempre ha reconocido el papel fundamental que su cuñada ha tenido en la educación de Ken, Tim y Jim, y siente una gran gratitud hacia ella. 

Qué más sabemos de este personaje hasta ahora:

✔︎ Es una persona muy familiar, que siempre se ha implicado de manera directa en la crianza y la educación de sus hijos. 

✔︎ Es un hombre recto, de ideas conservadoras. 

✔︎ Es creyente, pero no practicante. En su casa no se siguen los ritos católicos, más allá de lo tradicional. 

✔︎ Es el típico caballero, una persona gentil y galante. No le gusta el lenguaje relajado que los jóvenes (y no tan jóvenes) usan hoy día. De hecho, reprende a sus hijos cada vez que dicen un taco.

✔︎ Está muy orgulloso de sus hijos, pero su relación con cada uno es distinta: 

 🔹 Apoya a Ken de forma incondicional, y lo admira por el valor de haber regresado a Nashville a relanzar su carrera, el mismo lugar donde perdió la batalla contra sus demonios años atrás.

 🔹 Se apoya en Tim para la gestión del rancho. Piensa de él que es un hombre serio, responsable y fiable en todos los sentidos.

 🔹 Sigue «criando» a Jim. Su relación con él es la de un padre amoroso, pero vigilante. Cree que, aunque su hijo apunta maneras de convertirse en un gran hombre, todavía es inmaduro y veleidoso.

✔︎ Un rasgo personal característico de Robert es su mirada dulce.

✔︎ Sus tres hijos comparten varios rasgos físicos con él (ver nota 1). Sin embargo, todos dicen que Ken, su hijo mayor, es un clon suyo. El parecido físico es tan grande, que Robert suele bromear al respecto, aludiendo a que es el espejo donde Ken debe mirarse para saber cómo será cuando «sea mayor». 


Y ahora la pregunta que seguramente te estarás haciendo es: ¿qué pasa con estos dos personajes? ¡Desde luego, es la que yo me hago! 

Entre ellos parece haber un vínculo profundo. Algo que va más allá de la admiración que Doreen siente por él y de la gratitud que Robert siente por ella.

También parece que los hermanos Bryan intuyen que algo se está cociendo entre ellos… Y lo ven con buenos ojos.

Por otra parte, está ese momento raro (¿flechazo?), que tuvo lugar entre April Sommerfield, la directora de la OADASV, y Robert, mientras toda la familia comía en el asador The Grill… Parece haber levantado ampollas en Doreen.  Inesperadamente, también en Robert.

Pero, ¿qué hay de verdad en todas esas sensaciones? ¿Son tan reales como aparentan ser? ¿Cómo ha sido la relación de Robert y Doreen todos estos años? ¿Cómo será a partir de ahora? ¿Ese momento «flechazo» cambiará algo entre ellos? ¿O seguirán siendo dos personas muy bien avenidas que están juntas, pero no revueltas?

Todo esto y más es lo que te propongo descubrir en Mystic Oaks, 1 🩷.


Nota 1:

Las fotos de los personajes que acompañan las entradas intentan aportarte un marco, un contexto. No son como los que viven en mi mente, pero tienen un aire. Sin embargo, en el caso de Robert, ese aire es más lejano de lo habitual. La mirada del hombre de la foto es la que se ha llevado el gato al agua; es muy Robert Bryan. En lo demás, imagínatelo como Ken, con treinta años más.



Comentar                                 Ir a Inicio 🔝                                Ir a Principal 🔙


CRS-07. Mystic Oaks, 1 (MO 1). Capítulo 1


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2025/2026
__________________________________________

1

Rancho Mystic Oaks.

Nashville, Davidson County, 

Tennessee.


Robert Bryan echó un vistazo a la hora y negó con la cabeza. Al darse cuenta de que su gesto no había pasado inadvertido a quienes estaban con él, procuró disimular.

—Estos chicos cada vez se van más tarde… —comentó—. ¿Qué se habrán quedado haciendo?

Notó que Ken, su hijo mayor y el miembro famoso de la familia gracias a su estatus de estrella de la música country, le dedicaba una sonrisa. Era cariñosa, como siempre, pero en ella creyó ver una alusión al hecho de que los «chicos» tenían 25 y 28 años, respectivamente, y no era necesario que él se preocupara por la hora, como hacía cuando eran unos adolescentes. 

Los chicos en cuestión eran Jim y Tim, los hermanos menores de Ken, y estaban a punto de salir para Springfield, Ohio. Allí se hallaba el rancho familiar que los Bryan habían decidido vender para trasladarse a Nashville, con Ken. El proyecto era vivir y trabajar todos juntos otra vez en su nuevo hogar, el Rancho Mystic Oaks. El traslado no se completaría hasta el invierno y mientras no tuviera lugar, Tim y Jim trabajaban en el rancho familiar de Springfield, de lunes a viernes, y los fines de semana viajaban a Nashville, para continuar con los trabajos de acondicionamiento de la propiedad, de cara al traslado de la actividad agrícola y ganadera. A veces, regresaban por avión, pero aquel día lo harían por carretera. De ahí, que la familia estuviera en la explanada de entrada, esperando, junto a los vehículos, para despedirlos.

—Pues no sé qué decirte, papá —repuso Ken—. Chris me dijo hace un buen rato que enseguida volvía, y aquí estamos… ¿Se habrán quedado los tres debatiendo sobre el cambio climático, la situación del hambre en el mundo, o alguno de esos temas sesudos que a mi chica le gustan tanto, mientras nosotros echamos raíces aquí, esperándolos?

—¡¿Temas sesudos?! —guaseó Lilly. La veinteañera soltó una carcajada—. ¡Como mi hermana te oiga, ya verás lo que te espera!

Un aullido de Sultán, el cachorro de raza Husky de Chris y Lilly, propició los ladridos de los otros cachorros de la casa, Noah y River, los dos Terranova de Ken. Muy pronto, había un concierto perruno en plena efervescencia.

Ken se echó a reír y chistó a los perros para que se calmaran, sin demasiado éxito.

—¡Ay, Lilly, cada vez que te ríes, tu pequeño monstruito organiza una serenata! —se quejó Robert, tapándose los oídos—. ¿Sería mucho pedir que no volvieras a reír hasta que Sultán sea mayor?

El cachorro tenía tres meses y medio de vida. Su pelaje era blanco y sus ojos, uno azul  claro y otro de color marrón oscuro, mostraban a las claras su temperamento vivaz. El animal era eléctrico y su desbordante energía parecía encontrar en el histrionismo de Lilly, el acicate perfecto para expresarse. Y, cada vez que lo hacía, los dos jóvenes machos Terranova, que eran de una naturaleza mucho más calmada, parecían contagiarse de esa energía expansiva del Husky.

Como era de esperar, la bromista petición de Robert provocó más carcajadas en Lilly, lo que, a su vez, dio lugar a más aullidos y más ladridos.

—Eh, eh, eh… ¡Sultán, basta ya, pequeñín! —intervino Chris, reclamando la atención del Husky que, enseguida, calló y corrió hacia ella.

La hermana mayor de Lilly se detuvo al comienzo de la escalera de tres peldaños y se dedicó a hacerle carantoñas al cachorro hasta que este se calmó. Entonces, acomodó su muleta, preparándose para bajar los escalones. Ken trepó a prisa y fue a su encuentro.

—Eh, eh, eh… —la imitó, cariñosamente, rodeándole la cintura con un brazo—. ¿Dónde te habías metido? Estaba a punto de llamar a la policía…

Cuando bajaron el último escalón, Ken se acercó un poco más y le dijo al oído:

—Oye, ¿no decías que el que necesitaba una ducha fría era yo? 

Se trataba de una referencia con una descarada connotación sexual. Tras quedarse a solas por primera vez en cuatro días, habían compartido un momento romántico en la cocina. Como siempre, últimamente, la pasión no había tardado en dispararse. Sabiendo que la familia no podía tardar en regresar, Chris había puesto fin al momento, sugiriéndole a Ken que una ducha fría obraría milagros en su acaloramiento. En su caso, había dicho, sería suficiente con un buen chorro de agua fría en la cara. Sin embargo, a juzgar por lo que había tardado en volver, estaba claro que los chorros habían sido varios, y no solo uno.

Chris ocultó el arrebol de sus mejillas tras unas oportunas carcajadas, seguidas de un intercambio de miradas, y de un intrigante silencio.

—Tanto como la policía, no sé —intervino Robert, ajeno a las insinuaciones de la pareja—, pero si tengo que estar aquí un minuto más, volveré dentro y haré sus maletas yo mismo. 

—Se refiere a mis hermanos —le aclaró Ken a Chris, risueño. 

Ella se rio.

—Ah, ya vienen, Robert —le dijo—. Los he oído conversando en el pasillo que conduce a la otra ala de la casa.

Vaya. Ahora entendía la razón de la tardanza de sus hijos, pensó Robert y asintió con la cabeza. 

Las habitaciones de Jim y Tim estaban en la planta alta. Sin embargo, Chris los había oído en el pasillo de la planta baja que conducía al ala este de la casa. Eso tenía una única explicación: habían ido a despedirse de su tía Doreen. La misma que hacía una hora y media, se había retirado intempestivamente en mitad de una conversación familiar con la que no estaba de acuerdo, alegando que se sentía cansada y se iba a acostar.

Pero, si a sus hijos les había tomado tanto rato despedirse, entonces, quedaba claro que Doreen no estaba durmiendo. 

Interesante.

En ese momento, Jim y Tim salieron de la casa y bajaron los escalones. Rubios y muy altos, como su padre, la maleta que cada uno llevaba parecía aún más pequeña de lo que era. Conversando entre ellos, se dirigieron a la explanada, donde había dos vehículos aparcados: la furgoneta de Jim en la que viajarían a Ohio, y la F-150 de Ken. Junto a los coches, esperándolos, estaban Robert, Ken, Chris, Lilly, y los perros de la familia. 

—Ya estamos aquí —anunció Jim. Abrió el maletero, cargó el equipaje y volvió a cerrarlo. 

—Al fin —dijo Robert, con retintín.

—Te equivocas de culpable, papá… —repuso el más joven de los hermanos Bryan, y señaló a Tim—. Sabe desde ayer que tenemos que irnos, pero basta que cojas el equipaje y le digas «vamos, que se hace tarde», para que le den ganas de ir al baño y te tenga media hora esperándolo. ¡Es como un niño!

Tim miró a su hermano menor con socarronería.

No era así como habían sucedido las cosas. Al ir a despedirse de su tía, habían podido confirmar que Doreen, en efecto, estaba evitando a Robert. No dormía. Ni siquiera se había acostado todavía. Estaba sentada en el sillón que había junto a la ventana de su habitación, leyendo. No les había pedido de forma expresa que no comentaran que aún estaba levantada, pero ellos habían leído entre líneas. De ahí, que el chistoso de la familia estuviera aprovechando la ocasión para meterse con él.

—No te pases, colega, que si contamos el tiempo que tú dedicas a hacerte esa coleta, igual resulta que el tardón eres tú, y no yo.

Jim enseguida se acercó al retrovisor para comprobar su peinado, lo que provocó risas y más comentarios desdeñosos que, por supuesto, ignoró. Era lo que hacía siempre.

Conforme con la inspección, se enderezó y los miró a todos con actitud sobrada.

—Es que un tío no puede llevar una coleta hecha de cualquier manera. Tú no lo entiendes, porque tu idea de ser un tipo rompedor es cortarte el pelo al estilo de los años cincuenta y llevar perilla. ¡Perilla, tío! ¡Ni que fueras un luchador de pressing catch!

Tim era el más corpulento de los tres hermanos. Era fornido y de espaldas anchas, pero al único que eso parecía molestarle era a Jim. 

—Pues… El físico de luchador ya lo tiene —terció Ken, incapaz de ahorrarse una pulla, después de intercambiar miradas divertidas con Chris.  

Jim hizo una mueca de escepticismo. Los tres eran altos. Los tres tenían muy buena percha, y los tres arrasaban entre el público femenino. En su opinión, todo lo demás eran detalles sin ninguna importancia.

—¡Qué va a tener! —dijo con desdén. Rodeó a Robert con un brazo—. Nos vamos, papá. 

Robert respondió al gesto de su hijo, dándole un buen abrazo.

—Llamadme cuando lleguéis, ¿de acuerdo?

—¿A las cuatro de la madrugada? —dijo Tim, que también se despidió de su padre con un abrazo. Pero no esperó una respuesta. Sus hermanos y él sabían que Robert no se quedaba tranquilo hasta saber que habían llegado a su destino, sanos y salvos. Incluso Ken cumplía con el ritual cada vez que salía de gira—. Claro que sí, papá, te llamaremos. Y tú, pórtate bien y no nos des ningún susto. 

Jim asintió enfáticamente a lo dicho por Tim.

—Y cuéntanos cómo vas con las entrevistas para cubrir los dos puestos de trabajo —añadió—. Estaría bien que nos dejaras hablar un rato por teléfono con los candidatos que más te gusten, antes de contratarlos, ¿no? 

Robert sonrió. Era una de sus sonrisas suficientes.

—Dime una cosa, Jim. Sabes que cuando tenía tu edad, yo ya llevaba cinco años dirigiendo el rancho familiar, ¿verdad? Solo —recalcó—. Desventajas de ser hijo único.

Tim soltó una risita y palmeó el hombro de Jim.

—Tiene razón, tío. Aquí, los aprendices somos nosotros.

Tim y Jim se habían hecho cargo de la gestión del rancho cuando Robert había tenido que ser intervenido de urgencia por una afección cardíaca. Entonces, no sabían que ese sería el comienzo de un largo periplo médico, que mantendría a Robert alejado de su trabajo de ranchero, que tanto amaba. Desde entonces, habían transcurrido casi cinco años. Aunque despacio y con muchos altibajos, su padre, recién ahora, empezaba a recuperar parte de su forma física y mental de antaño. De ahí, que no les hubiera extrañado que Doreen no se tomara a bien la decisión paterna de ocuparse de contratar e instruir a los nuevos empleados. Por supuesto, también sabían que esa no era la única razón de que la mujer estuviera evitando tener un cara a cara con su padre aquella noche. Pero eso era harina de otro costal.

—Lo sois. Y muy buenos aprendices, por cierto —confirmó Robert, en tono definitivo. Entonces, una sonrisa iluminó su rostro varonil y, enseguida, sus modos cariñosos cogieron el relevo—. Claro que hablaréis con los candidatos. ¿Cómo no, si estarán a vuestras órdenes? Lo que dije antes, acerca de repantigarme en mi sofá y miraros trabajar, lo dije muy en serio.

Esta vez fue Ken quien rodeó a Robert con un brazo. Su padre nunca dejaba de sorprenderlo. A pesar de su enfermedad y todo lo que ella implicaba, sabía muy bien lo duro que había sido para él tomar la decisión de dejar el rancho en manos de Jim y Tim. Era un ranchero, esa había sido su vida y jamás había renegado de ella. Al contrario. Sin embargo, deseaba que sus hijos hubieran podido disfrutar más de su juventud, antes de verse obligados a hacerse cargo de las riendas del negocio familiar. Le pesaba que su enfermedad lo hubiera impedido.

Padre e hijo se miraron, y ninguno dijo nada. El abrazo se había ocupado de expresar lo que pensaban y lo que sentían el uno por el otro.

Entonces, Jim dio una palmada, anunciando que había llegado la hora de irse. 

—Muy bien, papá —dijo—. Nos vamos. 

Se disponía a subir a su coche, cuando cambió de idea. Se acercó a Lilly. La hermana de Chris era risueña y teatral para todo, pero, desde hacía un rato, se limitaba a mirar sin intervenir. Encima, les había puesto las correas a los tres peludos de la casa, como si planeara llevarlos a dar un paseo, pero, en el rancho, no hacía falta atar a los cachorros.

—¿Tienes miedo de que se te escapen y no vuelvan nunca más? —la pinchó.

Lilly se rio. Sus ojos rezumaban picardía cuando lo miró. A continuación, echó un vistazo rápido y muy disimulado a Chris y Ken, y, al fin, regresó su mirada hacia Jim, esperando que no fueran necesarias más explicaciones.

—Ah, ya veo —dijo él. Los cachorros sujetos por una correa, que les impedía que echaran a correr detrás de sus respectivos humanos. La furgoneta de Ken aparcada detrás de la suya. Sí, definitivamente, las cosas empezaban a cuadrar—. Vale, me largo, pequeña… No voy a pedirte que seas buena, porque con un hombro y un brazo en cabestrillo hacer locuras, no es una opción… Pero sí voy a recordarte lo del hueco que te pedí.

«El hueco en mi agenda para que te presente a la “nueva Lilly”», pensó ella. ¿Qué nueva Lilly? ¡No existía tal cosa! Era la misma de siempre.

—Lo recuerdo, tranquilo. Lo que no sé es, si mi nuevo yo estará por la labor. No la conozco mucho, ¿sabes? Igual es una borde insoportable y me sale con que no tiene ni un hueco libre hasta dentro de un mes —guaseó, haciéndolo reír—. Pero lo intentaré, ¿vale?

Jim se carcajeó a gusto. 

—¡Y luego, resulta que el payaso soy yo! —exclamó, al tiempo que se despedía con un gesto de la mano y volvía al coche.

Ken no perdió ni un momento. 

—Venga, que os acompaño hasta la verja para despediros —dijo, mientras ayudaba a una sorprendida Chris a subir al asiento del acompañante de su F-150.

—¡Y para asegurarte de que no volvemos! —bromeó Tim. Una vez que estuvo dentro del coche, junto a Jim, añadió en voz baja—: Este se trae algo entre manos, ¿no?

—¡Ya te digo! —repuso Jim—. ¿Qué opinas? ¿Lo dejamos tranquilo… o le estropeamos el plan?

Los hermanos intercambiaron miradas maliciosas. La verdad era que ganas de ser malísimos no les faltaban a ninguno de los dos. Y no se trataba de algo nuevo; era el deporte favorito de los tres hermanos desde que eran niños.

Al fin, fue Tim quien cedió. Después de cuatro días lejos del rancho, el pobre Ken debía estar desesperado por un rato a solas con su chica.

—Lo dejamos —opinó.

Jim asintió, dando su acuerdo. Por una vez, dejarían tranquilo a Ken. Ya tendrían tiempo de meterse con él cuando la familia al completo se hubiera instalado en su nuevo hogar. Entonces, no tendrían piedad.

Después de tocar la bocina varias veces, Jim se puso en marcha.

Ken rodeó su furgoneta. Antes de ponerse al volante, le dijo a su padre:

—En un rato volvemos, papá. ¿Te acuestas ya? 

Robert, que también se había dado cuenta de las verdaderas intenciones de su hijo mayor, se tragó una sonrisa pícara y lo miró con la expresión más natural que fue capaz de mostrar.

—Ahora mismo me voy a la cama —mintió—. Así que, no tengas prisa. 

Ken elevó un brazo a modo de saludo y, finalmente, subió a su furgoneta y siguió a sus hermanos.


* * * * *


Robert esperó hasta que sus hijos se alejaron por el camino principal y ya no podía verlos, para regresar a la casa.

Las potentes luces de la entrada disimulaban el hecho de que era tarde. Hacía mucho que había anochecido. Era una noche estrellada y calurosa. Según Ken, hacía bastante calor para estar a mediados de octubre. 

Subió los tres peldaños que conducían a la entrada principal con más agilidad de la que esperaba. Estaba en claro proceso de recuperación y sus niveles de energía crecían día a día. Sin embargo, era consciente de que era la ansiedad, lo que lo impulsaba hacia el interior de la casa. 

Motivos para estar ansioso no le faltaban, desde luego, pensó. Abrió la puerta doble en arco, decorada con vitrales en ambas hojas, sorprendido de que, por una vez, los tres seres peludos de cuatro patas que convivían con la familia, no hubieran aparecido con su impetuosidad de cachorros, obligándolo a hacerse a un lado para que evitar que lo arrastraran dentro.

La decisión de abandonar el rancho familiar de Springfield y trasladarse a Nashville no había sido sencilla. Necesaria, sí, pero nada fácil. Era un hombre que amaba sus raíces, la tierra que le había visto nacer a él y a otras tres generaciones de la familia Bryan, antes que él. Dejar atrás sesenta y cuatro años de vivencias y arraigos familiares había sido muy duro. La otra cara de la moneda era que, tras cuatro años luchando contra sus adicciones y más de un año sin consumir, Ken había regresado a Nashville a relanzar su carrera musical, y los Bryan no sabían cómo vivir separados. Además, él, personalmente, no estaba dispuesto a permitir que su hijo estuviera solo en el mismo lugar donde había tocado fondo años atrás. 

De hecho, había sido la determinación de Ken y su valor de regresar para plantarle cara a sus demonios, lo que había obrado a modo de catalizador para Robert, haciéndolo reflexionar mucho sobre sus propios valores y cómo deseaba que fueran las cosas en el futuro. Sabiendo que la soledad y estar lejos de los suyos había sido un factor crucial en la caída de Ken en el infierno de las adicciones, ya no era capaz de encontrar una sola razón que justificara asumir ese riesgo una segunda vez. 

Así las cosas, cuando Ken le había propuesto trasladar la actividad agrícola y ganadera del rancho familiar de Springfield a Mystic Oaks, la respuesta de Robert había sido afirmativa. Esta vez, sí.

Ahora, todo estaba en marcha. Jim y Tim se estaban ocupando de ultimar los preparativos para el traslado de la actividad económica, y él se disponía a contratar a los primeros dos empleados en plantilla del nuevo rancho, con el fin de adelantar los trabajos necesarios y descargar un poco las espaldas de sus hijos. 

Sin embargo, su corazón, que no entendía de razones, seguía despertando en el lugar que lo había visto nacer y donde estaban sus raíces, Springfield. Anhelándolo, igual que el primer día.

Robert cerró la puerta. Esta daba acceso a un hall inmenso del que salían cuatro corredores luminosos —dos a cada lado—, que conducían a las otras áreas de la vivienda. En su centro había una fuente de agua hecha de piedra. El techo tenía forma de cúpula y estaba construido con vitrales de cristal que mostraban un diseño floral de lirios y flores de loto en tonos rosa, verde y celeste pastel. El suelo estaba cubierto por baldosas de cerámica que alternaban los colores del vitral, formando un vistoso tablero de ajedrez.

Torció a la derecha, tomando el primer pasillo que conducía a las habitaciones situadas en el ala este de la casa. Procuraba mantener un paso firme y no pensar en lo agotado que se sentía. 

Estaba cansado, pues había sido un día muy largo, cargado de actividades. Pero también estaba muy preocupado por algo que había sucedido horas atrás, mientras comían en un famoso asador de la ciudad. Doreen, su cuñada, le había quitado importancia, pero Robert sabía que solo había sido de boquilla. Prueba de ello, era que no había vuelto a ser la misma desde entonces. 

No podía culparla, desde luego. Él tampoco era el mismo. 

Cansado, preocupado y ansioso. Vaya mezcla, pensó. ¿Eran esas las mejores condiciones para presentarse ante Doreen para aclarar las cosas?

Robert se detuvo frente a la puerta de la habitación de su cuñada y consideró la cuestión durante unos instantes.

No existía algo denominado «las mejores condiciones». La gente vivía posponiendo las conversaciones importantes, esperando una quimera. En el fondo, aguardar el momento perfecto, no era más que una excusa para darle largas a las decisiones difíciles. Y sabía muy bien de lo que hablaba. Llevaba tres lustros evitando tomar una de esas decisiones difíciles. ¿Cuántos años más pensaba seguir esquivando la cuestión? No tenía ningún sentido continuar así.

Para bien o para mal, debía enfrentarse a la realidad. 

Los dos tenían que hacerlo.

Era muy consciente de que el hecho de que Doreen se hubiera retirado en mitad de una conversación familiar, alegando cansancio, no había sido, sino, una forma de evitarlo a él. Desde aquel momento bochornoso en el asador, ella no había vuelto a dirigirle la palabra más allá de lo que reclamaban las normas de cortesía.

Tampoco había ido a despedirse de Jim y Tim. Otra prueba más de que lo estaba evitando.

Si Doreen no deseaba hablar con él aquella noche, lo respetaría.

Pero la decisión tendría que ser suya, puesto que él no pensaba dejarlo correr. 

Robert asintió con la cabeza, reforzando su postura en ese asunto.

A continuación, extendió el brazo y golpeó a la puerta.

________

1 ⁣ ⁣Lucha libre profesional.

_____________________________________________________
©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷


Comentar                                 Ir a Inicio 🔝                                Ir a Principal 🔙


CRS-07. Mystic Oaks, 1 (MO 1). Capítulo 2


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2025/2026
__________________________________________


2


Doreen negó con la cabeza al sentir que golpeaban a su puerta. Dado que Tim y Jim habían salido ya para Springfield, y que Ken, con toda seguridad, estaría ocupándose de su novia, tras cuatro días de viaje, solo podía tratarse del padre de las criaturas. El hombre más testarudo del mundo.

Había albergado la esperanza de que Robert hubiera comprendido que, si ella se había marchado en mitad de la reunión familiar, era porque no deseaba continuar hablando del tema. Ni del que había motivado su retiro, ni de ningún otro. Especialmente, de ningún otro.

Evidentemente, había sido una tontería esperar que él lo dejara estar. Robert era un buen hombre, pero estaba acostumbrado a tener la última palabra. Y hoy, no la había tenido.  En dos ocasiones, a falta de una. 

Primero, en el asador, al descartar su intento de excusarse por el momento de incomodidad superlativa que había tenido lugar mientras Ken les presentaba a la directora de la OADASV. Alegar que nadie podía culparlo por despertar tantas pasiones, había sido un educado equivalente a rechazar sus disculpas, y Robert, que no tenía un pelo de tonto, obviamente, había leído entre líneas. 

Segundo, durante la conversación familiar, al negarse a opinar sobre su decisión de ocuparse de la contratación y formación de los dos primeros empleados en plantilla del rancho. Tras responderle que hiciera lo que considerara oportuno, les había dado a todos las buenas noches, y se había retirado.

Y, por supuesto, Robert Bryan no podía dejar correr algo semejante.

Después de abandonar la cocina, Doreen había tomado un buen baño. Era algo que solía ayudarla cuando estaba nerviosa o preocupada. Por lo visto, la terapia casera no daba tan buenos resultados cuando ambas cosas sucedían al mismo tiempo. 

Sabiendo que no tenía sentido acostarse hasta que se hubiera serenado un poco, se había sentado en su sillón a leer. La mayoría de su bien nutrida biblioteca continuaba en Springfield. A Nashville, solo había traído unos pocos libros, los que releía de manera habitual. En esta ocasión, había escogido su lectura de manera intencionada, Bridget Jones: Sobreviviré, de la escritora británica Helen Fielding. Daba igual las veces que lo hubiera leído antes, el desparpajo y la torpeza de la protagonista siempre la hacían reír. Sin embargo, esta vez, apenas había conseguido mantenerla entretenida.

La razón de su preocupación y de su nerviosismo estaba ahora al otro lado de la puerta de su dormitorio. Esperando que ella diera señales de vida.

¿Qué opciones tenía?, pensó, mientras miraba la preciosa noche estrellada, a través de su ventana.

Si abría la puerta, tenía que estar dispuesta a hablar del tema candente del día. Probablemente, también del que había usado como excusa para abandonar la reunión. Y no lo estaba. Los celos, unos que no tenía ningún derecho a sentir, aún le removían las entrañas y, conociéndose, probablemente lo harían durante varios días más.

Si no la abría, Robert no se llamaría a engaño. Seguro que sabía que ella aún estaba despierta. En todo caso, también sabía que tenía un sueño ligero y que, en el hipotético caso de estar durmiendo, los golpes en la puerta la habrían despertado. Más aún; después de meses cuidando de él, la habrían puesto en alerta.

Por lo tanto, Robert pensaría que ella estaba muy molesta con él, o bien, que estaba escondiendo la cabeza bajo el ala… O ambas cosas a un tiempo.

Y sí, estaba molesta. Presenciar el coqueteo de aquella mujer y la buena acogida que había recibido por parte de Robert, la había decepcionado mucho. No era solo vergüenza por un espectáculo propio de quinceañeros; Robert había conseguido que ella se sintiera fuera de lugar. Ignorada. Y eso era algo que jamás había sentido estando a su lado. Ahora, no sabía cómo tratarlo, ni qué decirle. Esa era la razón de que intentara evitarlo. Necesitaba tiempo para asimilar lo sucedido y reacomodar sus emociones. Necesitaba tiempo para recomponerse y volver a ser la de siempre. Y él debería respetar su decisión, en vez de forzarla a rechazarlo por tercera vez en un día. 

Suspiró.

Muy bien, Doreen. Entonces, ¿qué? ¿Vas a permitir que él crea que no tienes el valor de mirarlo a la cara y decirle «hoy no quiero hablar contigo»?

Porque lo tenía. Vive Dios, que lo tenía.

Dejó la novela junto al florero cargado de pensamientos rojos, violetas y amarillos, sobre la pequeña mesa redonda que había a la derecha del sillón, y se dirigió a la puerta. Se tomó un instante para comprobar que su kimono, largo hasta los pies, estaba debidamente cerrado, y, al fin, la abrió.

Y allí estaba Robert Bryan, fuerte, seguro de sí mismo y con esa dulzura implícita y permanente en la mirada, que lo convertía en el ser más afable del planeta, sin necesidad de que pronunciara una sola palabra. Era como estar viendo a su sobrino predilecto con treinta años más. Y una personalidad infinitamente más arrolladora… 

Nada de lo cual se reflejó en las palabras de Doreen, cuando dijo:

—¿Qué es tan urgente que no puede esperar a mañana, Robert? 

Él procuró mantener la calma… Y su mirada, por encima del cuello femenino. Lo cual, acababa de comprobar, no le estaba resultando una tarea fácil. Era como si sus ojos tuvieran sus propios planes. Apenas un vistazo, tan veloz del que casi ni siquiera había tenido tiempo de percatarse, le había permitido descubrir que ella vestía la hermosa prenda de seda que sus hijos y él le habían regalado para su último cumpleaños. En realidad, el regalo había sido solo suyo. Pero, cuando ya lo había envuelto, se le había ocurrido que, quizás, a Doreen podía parecerle un regalo demasiado personal para provenir de un cuñado, y había añadido los nombres de Ken, Tim y Jim a la tarjeta. ¿Llevaría también el camisón del conjunto? Las pantuflas, desde luego, las llevaba. El rojo realmente la favorecía. 

—Tenemos que hablar de lo que sucede —le dijo.

Su voz sonó dulce, empapada de la misma ternura de siempre.

Sin embargo, no fue en el tono, sino el tiempo verbal utilizado, en lo que Doreen reparó. Prueba de ello, fue que se le hizo un nudo en el estómago.

Robert notó que ella apartaba la vista y respiraba hondo, como si estuviera preparándose para rechazarlo de nuevo, y decidió adelantarse.

—Por favor —le rogó—. No voy a poder pegar ojo, si no hablamos. Y tú, tampoco —se atrevió a añadir, con un tono aún más dulce.

Ella negó con la cabeza, contrariada. 

Conque tienes el valor de decirle a la cara «no quiero hablar contigo», ¿eh? Ya se ve que sí, Doreen.

No era cuestión de valor, se justificó. Herir a Robert por demostrarse a sí misma que podía seguir en sus trece, no tenía nada que ver con el valor, sino con el orgullo. La verdad era que él tenía razón. Aunque a ella, ahora mismo, le pesara admitirlo, la tenía. Si ni siquiera un buen baño de espuma había conseguido que se relajara lo bastante para meterse en la cama e intentar dormir, estaba claro que nada lo haría… Hasta que aclararan lo sucedido, no. Llevaba más de veinticinco años entre los Bryan, y le sobraban los dedos para contar las veces que había discutido con Robert. Así que, ninguno de los dos pegaría ojo, si no hablaban. Tampoco era seguro que lo hicieran después. Doreen no tenía nada claro lo que sucedería una vez que se sinceraran al respecto. Pero, al menos, debían intentarlo. Era una cuestión de sentido común.

Volvió a respirar hondo y, al fin, asintió con la cabeza.

—Muy bien —concedió, sin mirarlo—. Tengo que vestirme, así que… 

Robert consiguió a duras penas contener una sonrisa triunfal. No podía creer que hubiera sido tan fácil. Pensó que, probablemente, eso significaba que lo duro de verdad aún estaba por llegar. Sin embargo, haber conseguido que Doreen se aviniera a hablar aquella noche, cuando antes había dejado claro que no deseaba hacerlo, era una victoria.

Asintió agradecido.

—Por supuesto —dijo, y empezó a alejarse por el corredor—. Te espero en la cocina.


* * * * *


Para cuando Doreen entró por la puerta, habían transcurrido diez minutos que a Robert le habían sabido a una eternidad. Tanto, que había empezado a ponerse nervioso. Incluso, había llegado a pensar que, quizás, ella hubiera cambiado de idea y, finalmente, no se reuniría con él aquella noche. 

Volvió el rostro para mirarla cuando sintió sus pasos acercándose y esbozó una sonrisa al verla junto a la puerta. 

Doreen se había puesto unos vaqueros y una ligera camisa blanca con delgadas rayas de color celeste, que llevaba remangada por encima del codo, y por fuera de los pantalones. Calzaba unas sandalias planas que sujetaban el pie mediante tres tiras trenzadas de cuero, unidas a una tira central que se anudaba alrededor de los tobillos. Muy hippies, pensó él con una sonrisa. Doreen no había cambiado demasiado con el paso del tiempo. Vestía igual, tenía el mismo aspecto de persona enérgica y, excepto por su cabello, que ahora había teñido de rubio platinado, casi blanco —para despreocuparse de las canas, según había dicho—, seguía pareciéndose muchísimo a la veinteañera que vivía en sus recuerdos. 

Su corte de pelo era distinto, eso sí. Durante años, lo había llevado largo y cortado en capas, que le daban un aspecto vaporoso. Pero poco después de que a él lo ingresaran en el hospital de urgencia la primera vez, lo había cambiado por otro más cómodo, alegando que no tenía tiempo para mantener su larga melena en condiciones idóneas. El de ahora era un corte corto, que dejaba sus orejas a la vista y le permitía lucir su amplia colección de pendientes. El flequillo caía sobre el lado izquierdo de su rostro, formando una onda amplia, que le cubría el perfil de la cara y la mitad de la oreja izquierda.

—¡Ah, qué bien! Ya estás aquí —dijo él, y se puso de pie, esperando que ella tomara asiento en primer lugar.

Se trató de un gesto que no pasó inadvertido a Doreen. Era lo que hacía siempre. Robert era un hombre galante a la vieja usanza, y, sin embargo, aquel día en particular, el gesto le había parecido lo bastante diferente a lo habitual, como para notarlo.

Sin mirarlo, Doreen ocupó la silla que estaba justo frente a él, al otro lado de la mesa.

Robert asintió para sí. Ver que ella escogía situarse enfrente, en vez de a su lado, le produjo ternura a la par que le ofreció pistas sobre su estado de ánimo. Puede que Doreen se hubiera avenido a hablar —o, al menos, a escucharlo—, pero el mar seguía revuelto y aquella era una señal inequívoca de su enfado.

—¿Té, café… un refresco? —ofreció Robert.

—Estoy bien así, gracias —dijo ella. A continuación, posó los antebrazos sobre la mesa, entrecruzó los dedos y permaneció mirándolo en silencio.

El mar estaba mucho más que revuelto, pensó él. Si la señora de los refrescos y los tentempiés dispuestos en cada rincón de la casa, «estaba bien así, gracias», se estaba preparando un temporal de cuidado.

Robert carraspeó y asintió con la cabeza. Doreen acababa de dejarle claro que no le facilitaría las cosas y, puesto que había sido él quien había ido a tocar a su puerta para que hablaran, estaba en posesión de la palabra. 

Qué bien, pensó. Ojalá supiera por dónde empezar.

—Lo que sucedió en el asador estuvo fuera de lugar. Fue muy incómodo y quiero disculparme, y…

—Otra vez —puntualizó ella, interrumpiéndolo. 

Sus ojos brillaban como nunca. Era un brillo tormentoso.

—Las veces que sean necesarias, sí. Y, conociéndome, seguro que te imaginas que esta no será la última.

La voz de Robert había sonado dulce, como siempre, pero firme. Había sido su forma de reprenderla por aquel arrebato, que no había venido a cuenta y que era tan impropio en ella. No esperaba que participara de forma activa en la conversación. Entendía que su enfado todavía era demasiado grande para permitirle mostrarse conciliadora, y lo aceptaba. De hecho, aceptaba agradecido que Doreen estuviera allí, en vez de haberle cerrado la puerta en las narices. O, peor aún, fingir que estaba dormida y no responder a su llamado. Pero no se disculparía por pedirle perdón.

El enfado de Doreen, sin embargo, crecía con cada palabra que Robert pronunciaba. Por una vez, su dulzura la estaba poniendo de los nervios.

Se apoyó en el respaldo y se cruzó de brazos. 

—Pues, espero que esta haya sido la última. Unas disculpas sentidas y sinceras se agradecen. Las tuyas… —Doreen dejó la frase inconclusa. Respiró hondo, y exhaló el aire por la nariz. 

Robert arqueó ambas cejas al mismo tiempo. 

—¿Qué les pasa a las mías? 

Los grandes ojos celestes, casi transparentes, de la mujer se posaron sobre él, brillantes de rabia.

—Dime una cosa, Robert. ¿Qué es lo que lamentas? ¿Que esa mujer te entrara por los ojos y… —Doreen iba a decir «yo», pero en el último momento decidió cambiarla por otra palabra menos personal—: todos nos hayamos dado cuenta? ¿O que el sentimiento fuera mutuo y ella lo ocultara mucho peor que tú, dejándote en evidencia? 

Las cejas de Robert estaban cada vez más arqueadas. Decir que estaba asombrado por lo que oía era quedarse muy corto.

—¿Entrarme por los ojos? —repitió. De repente, era como si estuviera oyendo hablar a su hijo Jim—. Y eso, en nuestro idioma, ¿qué quiere decir?, ¿qué significa?

—No te hagas el tonto. Sabes perfectamente lo que quiero decir.

—Pues no —espetó él. Y ya no sonreía—. No tengo la menor idea de lo que quieres decir. Fui amable con ella. Es mi forma de ser. Pero, por mi parte, eso fue todo.

Doreen soltó una risita irónica. 

Menudo mentiroso

—¿Y entonces por qué te disculpas? ¿Por ser un hombre amable? Venga ya. Ni tú te crees eso.

—Me disculpo por la situación, Doreen. La reacción de la señora Sommerfield no estuvo todo lo atinada que era de esperar, dadas las circunstancias, y se produjo un momento muy… 

Vaya, ¿ya no la llamas April?

Una vez más, Doreen volvió a interrumpirlo, diciendo algo muy diferente de lo que estaba pensando.

—¿Bochornoso? —apuntó.

Vergonzoso, más bien. Había sentido auténtica vergüenza de que sus hijos y ella presenciaran aquel momento torpe y fuera de lugar. Especialmente, ella.

Robert respiró hondo. Ojalá Doreen dejara de interrumpirlo. Aparte de ser una reacción de lo más inapropiada (e inesperada) viniendo de ella, nada evitaría que él dijera lo que tenía que decir. Sin embargo, las formas eran tan importante como el fondo. Estaba acostumbrado a que se le escuchara con atención y con respeto. Esto, decididamente, lo estaba sacando de quicio. 

—Sí, mucho —concedió—. Pero me gustaría…

—Pues, muy bien —volvió a cortarlo Doreen—. Ya te has disculpado. Por enésima vez. Y por enésima vez, te respondo que te relajes. Tus hijos ya no son niños. Son capaces de entender lo sucedido. Y yo también. ¿Puedo volver a la cama ya?

La vio enderezarse, como si estuviera a punto de dar aquella conversación por terminada y permaneció mirándola fijamente durante unos instantes. ¿A qué había venido semejante reacción? Para no desear hablar, Doreen estaba hablando demasiado. Lástima que lo que salía de su boca fueran niñerías. Si su intención era ponerlo a prueba, desde luego, lo estaba logrando.

—No —espetó él, muy serio—. Aún no.

Doreen volvió a dejarse caer contra el respaldo. Se cruzó de brazos una vez más y lo miró desafiante.

Robert permaneció en silencio, con la vista baja unos instantes, mientras decidía de qué modo continuaría su alegato a partir de ese momento. El ambiente no era propicio. No recordaba haberla visto tan enfadada jamás. Pero, luego, ¿lo sería alguna vez? Además, ¿no era eso una señal de que las cosas no podían continuar tal como estaban? 

Al fin, alzó la vista hasta ella.

—Fui amable porque era lo que correspondía. Porque así me educaron, y así soy. Pero hay una gran diferencia entre ser amable con una persona, y sentir un interés especial hacia esa persona. Son dos cosas muy distintas. Así que voy a empezar por dejar claro esto: no me interesa la señora Sommerfield. 

Pues no es eso lo que a mí me pareció.

Fue lo que Doreen pensó, pero no lo que dijo.

—¿Y…? Eso es asunto tuyo. No tienes que darle cuentas a nadie. Desde luego, a mí, no.

La mirada de Robert se tornó pura miel.

—¿Eso crees? —preguntó. 

Ella no respondió con palabras. El suspiro de hastío que salió de sus labios, lo hizo a la perfección.

—¿Sabes? O tú estás muy ciega, cuando se trata de mí. O con los años, yo me he convertido en un actor merecedor de un Oscar. No hay otra explicación.

Hizo una pausa durante la cual sus miradas se encontraron. Robert no pudo precisar si en los ojos femeninos había ironía o si, simplemente, se trataba de rabia. No estaba acostumbrado a esta Doreen airada y contestataria. O, mejor, debería decir, que estaba muy malacostumbrado. Su sonrisa fácil, su talante tierno y conciliador, y ese deseo de poner siempre su granito de arena para mejorar la vida de quienes le rodeaban, eran las señas de identidad de Doreen Montgomery. 

—Quiero darte cuentas —dijo él—. A ti, sí. Eres la única mujer a la que quiero darle cuentas. Por eso es tan importante para mí que entiendas, que tengas absolutamente claro, lo que sucedió esta tarde. La señora Sommerfield no me interesa. Me interesas…

—¡Para! —exigió Doreen, mostrando ambas manos para reafirmar su petición.

En un impulso nacido de lo más hondo de su ser, saltó de la silla como si alguien le hubiera prendido fuego, e, ignorando la expresión consternada de Robert, lo enfrentó sin rodeos.

—No sigas. —Exhaló un suspiro y se apartó el pelo de la cara con un gesto nervioso. Al fin, volvió a mirarlo—. Mira, lamento recordarte tanto a Martha. Nos parecemos mucho… Demasiado —reconoció—. Y supongo que es inevitable que, a veces, sientas mucha nostalgia… Pero yo no soy ella, Robert. Soy tu cuñada, la tía de tus hijos. Eso es lo que soy. 

Él arrugó el ceño, a pesar de lo cual su expresión no perdió un ápice de su ternura habitual. Hacía años que Doreen había dejado de ser solo eso. A veces, tenía la sensación de que sus sentimientos eran tan obvios, que hasta sus hijos se habían dado cuenta de ellos. ¿Cómo podía estar tan ciega? 

La voz dulce de Robert volvió a acariciar el corazón femenino.

—¿Nostalgia? Han pasado veinticinco años desde que nos dejó… Eso es un cuarto de siglo, Doreen. Muchísimo tiempo. No es nostalgia por Martha, es…

Y ella volvió a revolverse, cual animal herido.

—He dicho que pares —siseó—. Y va muy en serio.

Robert mantuvo sus ojos sobre ella. Le concedió unos instantes antes de volver a hablar.

—De acuerdo —convino, con dulzura—. Si prefieres que hoy no diga nada más sobre esto, no lo haré. Nunca te he sentido tan lejos de mí, como hoy, y lo último que deseo es que añadas más distancia a la que ya has puesto entre los dos… —Vio que ella lo miraba brevemente con el remordimiento pintado en la cara—. Pero, ¿crees, realmente, que guardar silencio cambiará algo? 

Para Robert, la respuesta era no. Lo que él sentía era profundo, definitivo y llevaba años creciendo en su interior. Hacía por lo menos tres lustros que había dejado de ser solo gratitud. Y sabía, porque se lo decía el corazón, que lo que Doreen sentía hacia él era igual de profundo, definitivo y antiguo.

Doreen, sin embargo, no estaba en condiciones de analizar su corazón ni mucho menos el de su cuñado. La angustia que sentía era enorme y amenazaba con tragársela entera. 

Tan enorme, como su rabia.

—¿Acaso importa lo que yo crea? Ya estás otra vez metido en los asuntos del rancho. ¿Sabes cuánto tiempo vas a tardar en hacerte con las riendas y volver a trabajar dieciocho horas al día? No te doy ni un mes.  Si importara algo lo que yo creo, te habrías mantenido al margen. Que, por otro lado, es lo que dijiste que harías. Está claro que tampoco cumples tus promesas. Así que, basta de disculpas vacías. Basta de palabrería inútil. Y, por favor, deja ya de… —De repente, Doreen calló. 

Las palabras habían salido de su boca sin el menor control, cargadas de despecho, de dolor, de acusaciones egoístas… Y muy injustas. Era tan impropio de ella, que se sentía abochornada.

Aj, ¡Doreen, por el amor de Dios! 

Consciente de la dureza de sus palabras y del impacto que tenían en Robert, que la miraba, atónito, la mujer negó con la cabeza.

Se apartó una vez más el flequillo del rostro y respiró hondo. 

 —¿Sabes qué? —murmuró, como si hablara consigo misma—. Mejor, me voy a dormir.

Y con esas, se dirigió a la puerta con paso rápido, consciente de que lo que, en realidad, quería era echar a correr.

Lejos, muy lejos de allí. 

Con el corazón acelerado por unos sentimientos que ya no podía disimular por más tiempo, Robert la siguió con la mirada hasta que ella abandonó la cocina.

_____________________________________________________
©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷


Comentar                                 Ir a Inicio 🔝                                Ir a Principal 🔙


CRS-07. Mystic Oaks, 1 (MO 1). Capítulo 3


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2025/2026
__________________________________________


3


Después de las bromas de rigor, a cuenta de la desesperación de Ken por estar a solas con Chris, que desataban ocurrencias de quinceañero en él, Tim y Jim habían conducido en silencio durante un rato.

Sin embargo, no se trataba de un silencio normal y ambos lo sabían.

Todo había empezado con el descubrimiento de que la chica con la que Jim intentaba quedar desde hacía semanas, sin éxito, y la amiga de Bella que había acudido al asador, encargada de entretener a Jamie Daniels, eran la misma persona. A la joven no le había gustado nada enterarse de que el «Jim» que no dejaba de llamarla era, en realidad, hermano de la estrella de la música y en una primera reacción le había dicho a su amiga que se marchaba. No obstante, se había quedado. Lo cual, en opinión de Jim, no era, sino otra muestra de que, aunque se hiciera la difícil, su interés por él era real. Interés que él estaba decidido a capitalizar. Estando toda su familia delante, había tenido que usar el ingenio para estar un rato a solas con ella. El encuentro había sido un tanto desconcertante, puesto que al seguirla fuera del salón comedor, la había encontrado discutiendo acaloradamente con un hombre de veintitantos años, pero el resultado final había sido que ella misma le había dado su número de teléfono —el mismo que Jim ya tenía y al que llevaba semanas llamándola sin demasiado éxito—, en una confirmación de que ahora tenía su permiso para llamarla. Después de eso, habían regresado a la mesa cada uno por su lado para dedicarse a sus respectivos cometidos: Sue, entretener a Jamie Daniels, sin éxito; Jim, seguir siendo el mismo individuo divertido y sociable de siempre, tarea que se le daba a las mil maravillas. Todo iba según lo esperado, hasta que Tim había tenido el gesto de facilitarle la marcha a la chica pelirroja. Siempre que Ken estaba involucrado en algo, las cosas se alargaban entre agasajos y agradecimientos. Esta vez, no había sido diferente. El personal del asador había acudido a la mesa para despedirse de la estrella y se había creado un tapón que impedía salir a los que estaban al final de la misma. Tim había ido raudo al rescate de la chica y, después, no contento con su heroica y oportuna intervención, la había llevado a su casa. A Jim se lo llevaban los demonios y, tan pronto habían regresado al rancho, le había plantado cara delante de toda la familia.

A la pregunta de por qué había metido sus narices donde nadie le llamaba, Tim le había respondido que se había limitado a hacer lo que Jim debería haber hecho de no estar tan ocupado de coquetear con el personal del asador, añadiendo que acompañarla a casa, no habido sido cosa suya, sino de su padre. Él solo había conducido el coche. La discusión había ido subiendo de tono paulatinamente hasta que Tim había aludido al hecho de que, si tanto le interesaba la muchacha, debería ocuparse de ella, en vez de pasarse toda la tarde conversando con Lilly. 

El duro intercambio de palabras que había tenido lugar en la cocina familiar, a instancias de Jim, había quedado interrumpida por la inesperada reacción de Lilly de marcharse, y no la habían retomado. 

El tema continuaba latente entre ellos. Jim sabía que Tim no volvería sobre ese asunto. Había dicho lo que tenía que decir. Era él a quien todavía le quedaba algo en el tintero. Algo bien gordo, que a medida que habían ido transcurriendo las horas, cada vez tomaba una forma más concreta, más real.

—¿Te gusta la pelirroja? —le preguntó, sin rodeos.

Jim notó que su hermano volvía el rostro para mirarlo, probablemente sorprendido por su pregunta, pero él no apartó sus ojos de la carretera. 

Tim, en efecto, estaba sorprendido de que Jim pudiera confundir amabilidad con interés tan fácilmente. Sin embargo, otro pensamiento de desagrado, que le resultó aún más sorprendente, ocupó su mente: la muchacha tenía un nombre, ¿por qué se refería a ella por un mote? 

—Vaya manera de confundir la velocidad con el tocino, hermano… Primero, eres tú el que parece que no tiene reparos en liarse con una adolescente, si se tercia. Y segundo, ¿no te parece que la cuestión aquí es si no estás apoyando la escalera en el muro equivocado? Porque a mí, sí. A mí me parece que esa chica te gusta, pero no es quien realmente te interesa.

Jim sonrió con ironía. Sue no era una adolescente. Era joven, bastante más joven de la media femenina con la que él solía quedar, sí, pero no una niña. Además, ¿«esa chica», había dicho? Qué forma más impersonal de referirse a la pelirroja. 

Sí, esa chica por la que te has tomado tantas molestias hoy, tío. Esa misma.

—¿Eso es un no?

Esta vez, Tim permaneció mirando con dureza a su hermano al responder. 

—Es un déjate de memeces y piensa bien lo que haces. Ya no eres ningún crío, tío. No puedes ir por ahí jugando con los sentimientos de la gente.

Jim tensó las mandíbulas. 

—¿Sabes? Entre papá y tú, me estáis llenando el vaso. Empiezo a estar hasta las mismísimas pelotas de oír que ya no soy un crío, cuando hago algo que no os cuadra… 

—Tendrás que admitir que, a veces, haces cosas que no le cuadran a nadie, tío.

Al ver el cartel que anunciaba el desvío hacia una gasolinera, Jim lo tomó. 

—Claro, porque ofrecerte a llevar a Sue a casa, es algo tan lógico y normal que le cuadra a todo el mundo, ¿no? Venga ya, hombre. No me jodas —espetó el menor de los Bryan.

«¿Eres tonto, o qué?», pensó Tim. Sus celos le resultaban absurdos. Él no se había ofrecido. Su padre lo había hecho. ¿Cuántas veces tendría que decirlo?

Jim no se dio por aludido de la mirada furibunda que Tim le dedicaba. Entró en la gasolinera y se detuvo frente al último surtidor que había en una isleta donde había otros tres surtidores. A continuación, se apeó de la camioneta. 

Un instante después, lo hizo Tim. Fue él quien cogió la manguera, después de indicarle al dependiente que ellos se ocuparían de cargar el combustible, mientras Jim abría el depósito.

—Hice lo que tú deberías haber hecho. Lo que habrías hecho, si tu orgullo no te lo hubiera impedido. Lo que haces siempre que la chica en cuestión es Lilly —puntualizó—. Perdona que lo diga sin rodeos, pero creo que necesitas oírlo.

Jim sonrió con ironía. 

—Ahora, cambias de tema, cómo no. Qué conveniente. 

—No cambio de tema…

—Mira, no has respondido a mi pregunta y fue muy clara —lo interrumpió Jim, alzando la vista hasta él y mirándolo directamente—. Espero por tu bien y por el mío, que todo haya sido tan circunstancial como has querido dar a entender. Mientras sea así, tendremos la fiesta en paz. Eso sí, no vuelvas a meterme en mis asuntos. ¿Está claro?

Tim negó con la cabeza, incrédulo y a la vez enfadado. 

—Suerte tienes de que sea lo bastante maduro, como para no sentirme ofendido por tu pregunta, tío. Si fuera como tú, tendría que venir la policía a separarnos… —Exhaló el aire por la nariz, ruidosamente—. No estoy cambiando de tema. Ese es el tema, Jim. El quid de la cuestión. Sigues porfiando con Sue por orgullo, porque su desinterés hizo que te sintieras desafiado, pero… 

—¿Desinterés? —repitió Jim con ironía, interrumpiéndolo una vez más—. No tienes ni idea de lo que dices…

El desinterés de la muchacha era tan evidente, que no requería explicaciones, y Tim estaba seguro de que Jim lo sabía, por lo que ignorando la nueva interrupción, continuó:

—Pero eso fue antes de que Lilly llegara a nuestras vidas. Lo que tienes con ella es como lo que tenías con Chloe, con una diferencia —dijo, y esperó a que él lo mirara para añadir—: Lilly no te ve como a un hermano.

Desconcertado, Jim volvió a poner su atención en la manguera. Nunca había hablado con nadie de la razón de que su relación con Chloe no hubiera ido más allá de una gran amistad. Debería preocuparle averiguar cómo era posible que Tim la supiera. Sin embargo, se descubrió a sí mismo, intentando averiguar otra cosa.

—¿Y cómo me ve?

«Te pillé», pensó Tim. De repente, toda la tensión se desvaneció y una sonrisa apareció en su rostro. Palmeó el hombro de Jim, afectuoso.

—Como el príncipe que eres, tío. Estás tan bueno, que das asco —guaseó, haciéndolo sonreír—. Limpia el parabrisas, mientras yo voy a pagar. ¿Quieres un café o algo?

Jim devolvió la manguera al surtidor y cogió la escobilla.

—Vale. Sí, un café solo. Coge también sándwiches y alguna tableta de chocolate. Hoy nos hemos quedado sin tentempiés…

Tim asintió con la cabeza y, mucho más aliviado de lo que estaba dispuesto a admitir en voz alta, puso rumbo a la tienda de la gasolinera.


* * * * *


Jim estaba en el baño de caballeros, secándose las manos, cuando su móvil empezó a sonar. Lo sacó del bolsillo delantero de sus vaqueros y sonrió al ver de quién se trataba.

¿Qué tal está la carretera? —oyó que Lilly le preguntaba.

—Aburrida. Acabamos de parar para repostar, pero hasta la próxima parada tendré que soportar doscientos kilómetros de muermo total. Menos mal que el café me espabila… ¿Y tú? Qué raro que me llames a estas horas… —En realidad, lo raro era que le estuviera llamando. No solían hablar por teléfono.

A punto de echarme en el sofá a ver una peli… Te llamo porque me ha pasado algo raro… Bueno, no a mí, personalmente… Quiero decir que…

Jim sonrió. Le encantaba esa forma nerviosa, aturullada, que tenía Lilly cuando no estaba segura de cómo plantear un tema. Decía las cosas, tal cual pasaban por su mente.

—No te ha pasado a ti, pero ha pasado. ¿Qué es? —repuso él, divertido, haciéndola reír.

Jim salió del baño y se dirigió a la camioneta mientras hablaba por el móvil. Se cruzó con Tim, que también iba a hacer una parada en el lavabo de caballeros antes de reiniciar el camino hacia Springfield. 

Hace un rato, cuando fui a tu casa a dejar a los peluditos, tu padre y tu tía estaban en la cocina… Lo que voy a decir es raro, pero yo creo que estaban discutiendo. Bueno, a quién se oía era a Doreen, pero sé que no hablaba con alguien por teléfono. Tu padre estaba con ella. Al rodear la casa, los vi a través de la ventana. Uno a cada lado de la mesa, como si fuera una reunión del Pentágono. 

—¿Discutían? —preguntó Jim, con el ceño fruncido.

Te dije que era raro…

—¿Pudiste enterarte de lo que decían?

Lilly sonrió.

Oye, ¿me estás llamando cotilla?

—Noooooo… ¡Qué dices! —guaseó él, riendo—. Seguro que en cuanto te diste cuenta de que había una discusión en ciernes, saliste corriendo sin escuchar una sola palabra…  

Lilly sintió que el calor se instalaba en sus mejillas. La verdad era que se había quedado un rato escuchando. No mucho. Solo hasta que otro pensamiento, más acuciante que la curiosidad de saber lo que sucedía, había aparecido en su mente. Si alguien llegaba, pasaría un mal rato intentando explicar qué estaba haciendo allí, parada junto a la fuente de piedra. Sola, puesto que los perros habían corrido a la habitación de Ken (seguramente, para subirse a su cama), y sin moverse.

Vaaaale —concedió con las mejillas rojas—. A ver, solo pude oír a tu tía. Ella le decía que no se hiciera el tonto, que sabía lo que ella quería decir… Tu padre dijo algo, pero siempre es tan suave cuando habla, que no llegué a entenderlo. Después, tu tía le preguntó si, entonces, se estaba disculpando por ser un hombre amable. Que ni él se creía eso. Lo dijo con ironía. Parecía muy enfadada. Me dio la impresión de que le estaba recriminando algo, no sé… 

El momento incómodo con April Sommerfield en el asador, pensó Jim con una sonrisa alucinada. Su padre se estaba disculpado por eso. Y Doreen Montgomery lo estaba enviando a freír espárragos, sin cortarse un pelo. 

—¿Y después, qué pasó? 

Oí el ruido de una silla que se movía y me fui corriendo. No quería arriesgarme a que me encontrarán allí… A lo mejor, no estaría de más que llamaras a tu padre, a ver si está bien…

Aquel último comentario hizo sonreír a Jim. Lilly se había integrado entre los Bryan desde el primer momento, incluso con mayor facilidad que su hermana mayor. Se implicaba, participaba en todo, y estaba tan atenta a la salud del cabeza de la familia, como lo estaban los mismos Bryan. Le encantaba esa faceta de Lilly. 

—Y yo que pensaba que me llamabas porque ya me estabas echando de menos… —dejó caer, risueño.

—Mecachis(1), ¡me has pillado! —repuso ella, riendo.


(1) Mecachis o cachis: interjección que expresa extrañeza o contrariedad.


* * * * *


Jim acababa de finalizar su llamada con Lilly y llevaba unos minutos sentado al volante, esperando a su hermano, cuando lo vio dirigirse hacia la camioneta. Iba hablando por el móvil.

Tim se sentó en el asiento del acompañante, dejó el portavasos con dos cafés humeantes y la bolsa de papel con las cosas que había comprado sobre la consola central, y después de hacerle una seña con la mano que Jim entendió, pero no se creyó, puesto que era imposible, dijo:

—Espera, papá, ya estoy con Jim. Te pongo en altavoz. —A continuación, volvió a mirar a su hermano y le dijo—: Da la vuelta. Volvemos a Mystic Oaks.

Antes de que tuviera tiempo para reaccionar y, desde luego, de cambiar la cara de asombro por otra más normal, Jim oyó la voz de su padre. 

Hola, Jim… Le decía a tu hermano que antes me he dejado llevar por la emoción. La verdad es que no puedo ocuparme de formar a los empleados. Los médicos me han dado el alta para llevar una vida normal, pero no para volver al trabajo. De eso, me han retirado a la fuerza hace cuatro años.

Jim no se movió del sitio. Ni siquiera atinó a poner la camioneta en marcha. ¿Desde cuándo Robert Bryan le hacía caso a los médicos? 

Entonces, la conversación que había tenido con Lilly regresó a su mente, y las cosas empezaron a tener sentido. Asintió con la cabeza, al comprenderlo.

¿Y qué ha pasado para que algo que mis hermanos y yo te venimos diciendo, por activa y por pasiva, desde hace siglos, haya atravesado, justamente hoy, esa cabeza durísima que tienes? Porque si esperas que creamos que sucedió, sin más, pierdes el tiempo… Al menos, yo, no me lo creo. 

Vio que Tim le hacía gestos de molestia, dando a entender que no comprendía a cuenta de qué le decía esas cosas, que lo que importaba era que su padre había recapacitado, y los planes volvían a ser los originales.

Jim, que sabía muy bien por qué se lo decía, ignoró a Tim e insistió: 

—Tranquilo, papá, tómate tu tiempo —añadió, con desparpajo.

El silencio se extendió durante varios segundos. 

Robert continuaba en la cocina, donde Doreen lo había dejado con dos palmos de narices, después de lanzarle unas acusaciones durísimas.

Acusaciones que lo habían herido. Tanto, como lo habían hecho reflexionar. 

No tenía sentido pretender enarbolar la palabra amor ante una persona, si, luego, los actos cotidianos no se correspondían con dicho sentimiento.

Recordaba perfectamente haberle prometido a Doreen que no volvería a ignorar el consejo de los médicos. Había sucedido en circunstancias muy especiales, era cierto. Él acababa de despertarse de su última anestesia general. Ella estaba en la habitación, de pie, junto a la ventana, y lloraba en silencio. La imagen le había atravesado el corazón como una flecha. 

Por lo visto, al oír a Ken plantear la necesidad de contratar gente para descargar de trabajo a sus hermanos, la idea de dejar de sentirse tan inútil durante un tiempo, lo había obnubilado y, estúpidamente, muy estúpidamente, había hecho saltar su promesa por los aires. Con eso, también había herido a la persona más importante del mundo para él, aparte de sus hijos. Algo imperdonable, en su opinión, aunque esperaba que Doreen lo juzgara con menos dureza, y le diera la oportunidad de redimirse ante sus ojos.

He cometido un error e intento corregirlo —se limitó a decir—. Ya lo hablaremos con calma. Ahora, por favor, dad la vuelta. Yo no puedo ocuparme de ese asunto, pero es importante, Ken tiene razón, y alguien ha de ocuparse. Lo decidiremos mañana temprano, mientras desayunamos, ¿de acuerdo?

Tim abrió los brazos, en señal de incomprensión, y miró a su hermano interrogante antes de responder: 

—Muy bien, papá. No te preocupes, regresamos al rancho. En cuanto corte contigo, le avisaré a Logan que mañana está al cargo de todo.

Se refería a Logan Philips, quien había sido el capataz jefe hasta que, en el 2000, los problemas financieros habían obligado a los Bryan a reducir la plantilla. Desde entonces,  Logan conservaba su puesto solo en lo que al salario concernía, puesto que sin contar ya con los responsables de cada sector del rancho, su trabajo se había triplicado en horas y en esfuerzo. 

De acuerdo. Siento el cambio de planes, hijos. Os aseguro que no estoy chocheando —dijo, en un intento infructuoso de bromear. Suspiró—. Ahora, me voy a dormir.

Tim volvió a guardar su móvil después de cortar con su padre. Le entregó un café a Jim y cogió el suyo, al que dio un buen sorbo, antes de decir:

—Oye, que quede claro que doy gracias al cielo por que papá haya reculado en esto, pero, conociéndolo, me resulta de lo más raro… ¿Tienes alguna idea de lo que ha pasado? 

Jim esbozó una sonrisa divertida, que consiguió que Tim frunciera el ceño, interesado.

—Ya lo creo que sí, hermano. Vamos —dijo, después de dejar su café en el portavasos y poner en marcha la camioneta—. Te lo voy contando por el camino.

___________________________________________________
©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷


Comentar                                 Ir a Inicio 🔝                                Ir a Principal 🔙


CRS-07. Mystic Oaks, 1 (MO 1). Capítulo 4


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2025/2026
__________________________________________


4


Chris suspiró en la boca de Ken y, reuniendo los últimos vestigios de determinación que le quedaban, se apartó de él y manoteó la manilla de la puerta.

Ken no la dejó apartarse del todo. Ronroneando como un gatito, siguió buscando el contacto, ansioso por mantener la intimidad que habían compartido durante horas.

—Nooo… —le suplicó. Una súplica sensual a la vez que tierna—. Quédate un ratito más…

Sus manos habían vuelto sobre ella. En un instante, habían conseguido abrir los corchetes superiores de la camisa vaquera. Chris las sentía con toda la suavidad y toda la avidez habitual en Ken, amasando sus pechos desnudos, torturando deliciosamente sus pezones.

Chris no cerró la puerta, pero le permitió que la devolviera a su posición original. 

Entonces, los labios masculinos ocuparon el lugar de sus manos y el ambiente empezó a caldearse.

Era imposible resistirse. Ese hombre había conseguido convertir cada una de sus caricias, cada incursión de su lengua, cada penetración, en una necesidad imperiosa para ella. Llevaba semanas tejiendo su telaraña en torno a ella y aquel día, había culminado su obra de una forma inapelable.

La pareja había pasado la noche junta de una manera totalmente diferente a la habitual. Los asientos traseros de la F-150 de Ken, aparcada en mitad de un paraje silvestre dentro de la finca, habían sido testigos de su pasión desenfrenada; también de su primera confesión romántica. 

Las palabras «te amo» habían tenido en ellos el mismo efecto de un chorro de gasolina sobre una hoguera. Chris y Ken apenas habían dormido. Se habían dedicado a descubrirse mutuamente a través de juegos sensuales, que los habían llevado a hacer el amor no solo dentro de la camioneta, también fuera de ella: sobre el capó, contra la puerta y por último, apoyados contra un enorme cedro centenario, que, de poder hablar, contaría historias muy calientes sobre ellos. 

Pasadas las cuatro de la madrugada, temporalmente saciados y muy exhaustos, Chris y Ken habían abatido los asientos de la camioneta. Al fin, abrazados y cubiertos por una manta que él solía tener en el maletero por si se presentaba la ocasión de llevar a sus peludos de excursión al campo, habían cedido al sueño. No había sido un sueño reparador, tan solo una pausa física necesaria.

Al despertar, un par de horas más tarde, Chris había logrado convencerlo de que tenían que regresar a la «civilización», alegando que su padre, que seguía levantándose a horas intempestivas para el común de los mortales, despertaría a los peludos de la casa. Estos irían a su encuentro, dejando en evidencia que su amo no estaba en el edificio. A Ken le había hecho gracia aquella forma de referirse a la única zona construida de la enorme finca de ciento setenta y cinco hectáreas.

—Tampoco es que sea un secreto lo que hacemos… —había dejado caer él, en un intento infructuoso de retenerla, puesto que Chris ya había empezado a vestirse.

—Tampoco es que sea necesario hacerlo tan evidente, ¿no crees? —le había respondido ella, zanjando el asunto.

Y ahora, que ya despuntaban las luces del amanecer, estaban allí, aparcados en el pequeño sendero que conducía a la casa de los guardeses, enredados en besos y caricias incendiarias. Otra vez.

—Deja que me marche. Ken, por favor, para ya de volverme loca… —Esta vez, las súplicas eran de Chris. 

Él suspiró. A regañadientes, se fue apartando despacio. Al fin, echó la cabeza hacia atrás y respiró a todo pulmón.

—¿Te das cuenta de que lo que me pides es un sacrificio enoooorme? Ay, nena, uno de estos días, vas a acabar conmigo… —murmuró, aún con los ojos cerrados. Apoyó la nuca contra el reposa-cabeza de la furgoneta, en actitud derrotada.

Ella lo miró sorprendida y, al ver la expresión en su rostro, no pudo evitar reírse con suavidad. Vio que él abría un ojo y la espiaba con aquella mirada de niño travieso.

—¿He dicho algo gracioso? 

Entonces, Chris se rio abiertamente.

—Eres un artista para todo, Ken Bryan… —repuso ella, volviendo a cerrar los corchetes de su camisa—. Francamente, no sé cómo se las arreglaba tu padre para decirte que «no» a algo cuando eras un niño.

—Pues tú te las arreglas de maravilla —respiró hondo y exhaló el aire en un largo y teatral suspiro—, así que tan buen artista no debo ser.

Se las arreglaba tan bien, que ella todavía seguía allí, intentando apearse de un vehículo en el que había pasado toda la noche haciendo el amor con él. 

—¿Quieres dejar de intentar manipularme? —le exigió ella, en un tono dulce, pero a la vez firme.

Ken esbozó una sonrisa derrotada y al fin asintió con la cabeza.

Sus miradas se encontraron largamente.

—Vale. Dejaré que te marches, pero…

—Pero, ¿qué?

Ken volvió a respirar hondo. Se apartó el flequillo de la cara en un movimiento lánguido, incluso algo cansado.

—Hay algo que tenemos que resolver —dijo y volvió la cabeza para mirarla. No había rastro de humor o de sonrisas en su rostro al decir—: no quiero despertarme solo en esa cama tan grande… No quiero ponerme a idear formas para que podamos estar un rato juntos. Ya me resulta cada vez más difícil marcharme, dejarte aquí, y no verte en tres o cuatro días. Por favor, no me pidas que cuando al fin vuelvo a casa, solo pueda tenerte a hurtadillas… Ya no puedo con esto, Chris. De verdad, que no.

Ella permaneció en silencio, mirándolo con ternura. Decidiendo qué responder. Su sintonía era inmensa, muy profunda, y no le extrañó que él pusiera en palabras los mismos sentimientos que ella albergaba desde hacía un tiempo. 

A Chris también le resultaba cada vez más difícil dejarlo marchar, mantener las apariencias cuando estaban juntos en público. Incluso, le costaba hacerlo en presencia de la familia de Ken y de su propia hermana. Lo que él reclamaba no era intimidad en el sentido sexual de la palabra, era un espacio de vida en común al que ya no estaba dispuesto a renunciar. Y ella, tampoco.

Al fin, Chris extendió una mano y le acarició la barbilla con dulzura.

—¿Qué te parece si, después de desayunar, nos vamos a dar un paseo y hablamos tranquilamente de este asunto?

¿Eso significaba que ella estaba de acuerdo? El corazón de Ken se saltó un latido. 

Inicialmente, la decisión de que las hermanas Thompson ocuparan la casa de los guardeses, había sido de Chris. Luego, Ken y ella lo habían hablado y, después de sopesar varios factores, entre ellos, la opinión del cabeza de la familia Bryan acerca del amor libre y las relaciones sentimentales, habían decidido continuar ocupando viviendas distintas. La integración de Chris y Lilly entre los Bryan ya suponía todo un reto por sí mismo.

Sin embargo, tal y como había sucedido desde el principio entre ellos, su relación avanzaba dando pasos de gigante, y apenas un mes después de que Chris hubiera llegado al rancho Mystic Oaks, era necesario que la pareja se replanteara la situación.

Ken retuvo con suavidad la mano que le acariciaba la barbilla. Sus ojos recobraron toda la ilusión al decir:

—¿Tú también piensas lo mismo que yo?

Ella asintió varias veces con la cabeza.

—Sí, amor. Necesitamos hablar de esto.

Ken soltó el aire en un largo suspiro y la estrechó entre sus brazos fuertemente.

—Estoy tan loco por ti, Chris…

—Y yo por ti —murmuró ella—. Pero ahora, déjame marchar. Si me sigues abrazando, no me iré. Y debo irme, o nos pillarán con las manos en la masa… ¡Y menuda vergüenza!

Ken la liberó con una sonrisa imposible y mostró sus manos en señal de acatamiento. A continuación, se apeó de la furgoneta, cogió la muleta de Chris y luego, rodeó el vehículo y la ayudó a bajar de él. Ella se acomodó la ropa. Después, se acomodó la muleta, cuando él se la entregó.

—Muy bien, señor Bryan. Ahora, me voy. Nos vemos en unas horas, ¿de acuerdo?

Él se inclinó y rápidamente  le robó un beso.

—No puedo negarme, ¿verdad? —coqueteó, en un último intento por retenerla.

Ella se rio bajito.

—No, no puedes. Venga, vete. ¡Largo de aquí! —lo urgió, blandiendo su muleta en broma para espantarlo.

Ken apuró el paso de regreso a la furgoneta, fingiendo que aquella muleta había conseguido que se sintiera amenazado. Su sonrisa, en cambio, continuó tan rompedora como siempre.

Chris, incapaz de apartar sus ojos, se quedó exactamente donde estaba, viendo cómo se alejaba el hombre del que estaba profunda e irremediablemente enamorada.


* * * * *


Al llegar a la explanada, Ken se encontró con algo inesperado. Pasó despacio junto a la furgoneta de Jim y aparcó delante, mientras se preguntaba qué había sucedido para que ese vehículo, que estas ahora debería estar llegando a Springfield, estuviera allí, frente a la casa familiar en Nashville.

Alarmado, revisó su móvil en busca de llamadas que, en el fragor de la pasión nocturna, pudieran haberle pasado inadvertidas. Tenía varias recibidas durante el día, a las que no había respondido porque, o bien tenía el móvil silenciado, o bien estaba en el asador, ocupado en otros asuntos. Pero ninguna era de su familia. 

Suspiró aliviado. Eso quería decir que su padre estaba bien. De hecho, quería decir que toda su familia lo estaba. De otra forma, le habrían avisado.

Se apeó de la F-150 y subió los tres peldaños que conducían a la puerta de vitrales algo más tranquilo, pero dándole vueltas a la posible razón de que sus hermanos continuaran en Nashville. En el rancho de Springfield quedaba aún mucho por hacer. Restar cuatro brazos a la faena, no era una decisión que sus hermanos tomarían a la ligera. Ahora, que lo pensaba con detenimiento, no serían ellos quienes la tomaran. Así que, tenía que ser cosa de su padre. Sin embargo, no se le ocurría el porqué.

En cuanto abrió una de las hojas, lo recibió un aluvión de cariño perruno. Aparecidos de la nada, Noah y River estuvieron a punto de hacer caer a su dueño. En el último instante, Ken manoteó la pared y consiguió mantenerse en pie.

—Eh, peluditos, más calma, por favor… Yo también me alegro un montón de veros, pero no hagáis ruido —les pidió, cogiendo cariñosamente el morro de Noah con sus manos y luego, haciendo lo mismo con el morro de River—. Shhh… Que vais a despertar a toda la casa…

La voz de su padre supuso la segunda sorpresa de la mañana.

—La casa está despierta o en vías de hacerlo, hijo. Llegas justo a tiempo… Aunque, tranquilo, no te preguntaré de dónde vienes —dijo Robert, pasando un brazo alrededor del hombro de Ken.

Rogando que la indirecta paterna no le hubiera arrebolado las mejillas, Ken le devolvió el gesto de cariño.

—Mejor. No pensaba responder, así que… He visto la furgoneta de Jim en la explanada. ¿Han vuelto? 

Robert asintió y señaló el camino hacia la cocina. Ambos se pusieron en marcha.

—El café está hecho y tus hermanos, a punto de bajar… —Tras una pausa, añadió—: Doreen aún no se ha levantado, así que empezaremos sin ella… —De todos modos, pensó, hay algo que prefiero hablar con vosotros a solas.

—Claro, papá… Pero, estás bien, ¿no? —le preguntó, deteniéndose, antes de entrar en la cocina.

Robert sonrió y asintió con la cabeza varias veces.

—Estoy bien, hijo. No te preocupes.

Ken exhaló un suspiro y asintió. Los dos hombres entraron en la cocina, seguidos por los cachorros. 

—Entonces, ¿por qué no saqueas la nevera, mientras yo les pongo de comer a mis peludos? —propuso Ken, y abrió la alacena donde guardaba el alimento de sus perros—. Tengo un hambre voraz.

—¿Hambre voraz, tú? Eso es rarísimo. A ver si tenemos que empezar la semana, llamando al médico —comentó Robert, riendo con suavidad.

Ken, que estaba agachado, sirviendo el pienso a sus cachorros, lo miró con una sonrisa intrigada.

Era lunes, sus hermanos, que debían estar en Springfield, seguían en Nashville y su padre parecía gozar de un estupendo buen humor. ¿Qué narices estaba sucediendo?


* * * * *

Muy pronto, Tim y Jim se unieron a Ken y a Robert en la cocina. Después de darse los buenos días y de las bromas de rigor a cuenta de su inesperado regreso al rancho en mitad de la noche, ocuparon sus respectivos lugares en torno a la mesa. 

El resultado del saqueo a la nevera, había dejado en evidencia que Doreen no se había olvidado de preparar los tentempiés para el viaje de sus sobrinos a Springfield, tan solo de dárselos. Estaban en el segundo estante del frigorífico de tres cuerpos: dos bandejas individuales con sándwiches de pollo, lechuga y tomate, otros de jamón, queso y tomate, y dos contenedores plásticos con tapa en cuyo interior había porciones de tarta de queso y tarta de manzana. En un extremo de la mesada, sendos termos de medio litro, limpios y secos, esperaban que alguien los llenara con café caliente.

Ahora, los tentempiés estaban sobre la mesa del desayuno, junto a un plato con tostadas recién hechas por Robert, la mantequera, tres botes de mermelada casera de distintos sabores, una fuente de fruta fresca y la jarra de zumo de naranja. También había infusión de hierbas, leche y café. 

A ninguno le pasaba inadvertido que su padre, que normalmente cuidaba mucho su apariencia, aquel día lucía especialmente pulcro. Un afeitado tan perfecto como su aspecto, que el azul marino de su ropa —un polo de mangas cortas y un pantalón Levi’s Original— realzaba. Lo más sobresaliente, sin embargo, era su talante. Se lo veía animado y con mucha energía.

Fue Robert, precisamente, quien abrió la conversación con una pregunta que los sorprendió mucho más que su renovado aspecto.

—¿Qué pensaríais, si os digo que me gustaría… —respiró hondo y manteniendo la taza firmemente cerca de sus labios, como si estuviera a punto de beber un sorbo, pronunció las inesperadas palabras—: volver a casarme? 

Robert se esforzó por mirar a sus hijos, como si no acabara de hacerles la pregunta más insospechada de todas. Era consciente del brillo de sus propios ojos, puesto que los sentía raros. Tenía la sensación de estar intentando ver a través de un manto transparente, compuesto de diminutas luces.

Ken sonrió sin poder evitarlo. Se estiró y palmeó el brazo de su padre, quien continuaba resistiendo la incomodidad de aquel momento, lo mejor que podía. Tenía muy claro cuál sería su respuesta y estaba bastante seguro de que sus hermanos pensaban igual, pero nunca lo habían hablado. Bromeaban, sí. Cada vez que detectaban alguna mirada tierna por parte de su padre o escuchaban aquel «Rob» con el que Doreen se refería al cabeza de familia, siempre había comentarios entre ellos. Comentarios que dejaban claro que los tres eran conscientes de que algo se cocía entre su padre y su tía. Pero nunca lo habían hablado de manera abierta y directa. 

Por esa razón, Ken miró a sus hermanos, en busca de una nueva constatación. Jim, que acababa de atragantarse con el zumo de naranja, se limpiaba la cara con una servilleta, intentando contener la risa. Tim se había quedado con su sándwich de pollo en la mano. Sonreía al tiempo que negaba con la cabeza, incapaz de creer lo que estaba oyendo. No había ninguna duda: la expresión del rostro de sus hermanos denotaba alegría por algo que todos esperaban secretamente desde hacía mucho tiempo, y también cierta sorpresa de que al fin estuviera sucediendo.

Decidido, Ken volvió a dirigir su mirada hacia Robert.

—Creo que hablo por los tres al decir que es una gran noticia y… —sonrió con picardía al añadir—: que ya era hora.

Robert asintió, aliviado. Continuaba sintiéndose muy raro. El momento lo era. Comprobar que ninguno de sus tres hijos hacía preguntas acerca de quién era su posible futura esposa, suponía una confirmación de que sus sospechas eran ciertas. Ken, Tim y Jim se habían percatado hacía tiempo de que algo había cambiado en su relación con Doreen. Ahora, también sabía que ellos lo veían con buenos ojos, y eso hacía que todo le pareciera mucho más sencillo.

Aunque, en realidad, no lo era en absoluto. 

Tal como habían quedado las cosas entre Doreen y él la noche anterior, nada sería sencillo. Era de ingenuos pensar lo contrario.

—Quizás, lo más sensato sería no cantar victoria todavía… —reconoció en un tono de voz mucho más suave del habitual—. Me temo que ayer, sin proponérselo, la señora Sommerfield puso un dedo en la llaga. Lamento mucho el momento tan incómodo, chicos. Esa mujer me tomó desprevenido… Y sabiendo quién es y lo que representa para Chris, no supe cómo salir del paso.

Jim, ya recuperado de su atragantamiento, no tardó en quitarle importancia.

—¿Y por qué tienes que disculparte? 

«¿Dónde había oído eso antes?», pensó Robert con ironía.

Ajeno a los pensamientos de su padre, Jim continuó como si tal cosa.

—Es normal que las mujeres te miren. Es normal que coqueteen contigo. Estás de toma pan y moja —sentenció con todo su desparpajo ante el ceño fruncido de Robert—. Que sí, papá, que quiero decir que estás de muy buen ver… ¿A quién crees que hemos salido tan resultones? ¡A ti! Si en vez de ser tú, hubiera sido yo, nadie se habría sentido incómodo… Así que, olvídate del tema. 

Robert consultó a Tim con la mirada. Él concedió a lo dicho por Jim con un movimiento de la cabeza. Ken, en cambio, se rio.

—Se olvidaría, si pudiera. Pero me parece, que no lo dejan… —aseguró, y miró a su padre. Le produjo una intensa ternura ver sus ojos brillantes y aquel ligero rubor en sus mejillas.

Robert suspiró. A continuación, bebió un sorbo de su té. Hizo un gesto de disgusto y volvió a dejar la taza sobre la mesa. Detestaba aquel brebaje, era un ranchero hasta la médula y los rancheros bebían café, pero el médico se lo había desaconsejado, salvo ocasiones muy especiales. Doreen, que se lo había tomado al pie de la letra, preparaba jarras y más jarras de aquel brebaje siniestro. Le añadía miel o cambiaba algunos ingredientes por otros para que resultara más agradable. 

Y, allí estaba él, incapaz de desilusionarla, desayunando con una maldita infusión de hierbas.

—Está muy enfadada —concedió, al fin, como si estuviera compartiendo el secreto mejor guardado de la historia—. Anoche, después de que os marcharais, le pedí que habláramos… 

Jim y Tim intercambiaron miradas pícaras. 

—¿Anoche? —tentó Tim—. La tía hacía ya un buen rato que se había ido a la cama…   ¿Fuiste a despertarla? No me extraña que se enfadara… —dejó caer, haciendo reír a sus hermanos.

En realidad, la intención de Tim era que su padre se relajara. Le daba una pena enorme que el hombre lo pasara mal exponiendo sus asuntos sentimentales ante ellos. Pero no lo consiguió.

—Sabía que no estaba durmiendo. Y yo no quería dejar estar el asunto. Además, vuestra tía no está enfadada por eso, sino por el bochornoso suceso del asador. 

Ken pensó en lo dicho por su padre e intentó relacionarlo con los recuerdos de lo sucedido con April Sommerfield. Había sido un momento divertido y un tanto torpe entre un hombre y una mujer que se gustan. Su padre tenía un porte impresionante. Seguía siendo un hombre muy atractivo, a pesar de su edad y de los achaques. Por otro lado, April era una bella mujer con una gran personalidad. Su elegancia reclamaba la atención inmediata, dondequiera que estuviera. Había sido como el encuentro de dos colosos. Sin embargo, quien no había logrado disimular la buena impresión que se había llevado, había sido ella, no él. En su opinión, Robert había estado amable, pero correcto. Por lo visto, Doreen no opinaba lo mismo. ¿O quizás, por estar a su lado, había visto u oído algo que él se había perdido?

Ken se llevó el último trozo de tostada a la boca y se limpió las manos antes de dar un buen sorbo de café.

—Yo no oí que intercambiarais números de teléfono con April o que la invitaras a salir, papá… —dejó caer, tentativamente—. Francamente, no creo que haya sido para tanto. Divertido, sí. Un poco torpe, sí. ¿Bochornoso? No, ni hablar. Para ti, sí —se adelantó—, pero yo me lo pasé en grande viendo el gran tirón que tiene mi padre entre las damas. Y sospecho que no fui el único —añadió, mirando a sus hermanos, que hundieron las narices en sus cafés, probablemente, para que no resultara tan evidente que estaban conteniendo la risa. 

La expresión de Robert, en cambio, adquirió un grado de seriedad superlativa.

—Pero, ¿qué estás diciendo, Ken? Por supuesto, que no hubo intercambio de números, ni invitaciones de ninguna clase. No tengo el menor interés en esa mujer.

—Entonces, tengo razón. No has hecho nada por lo que tengas que sentirte tan mal, papá. Y, lo siento por la tía, que es un dechado de sentido común, pero tampoco has hecho nada que justifique que ella esté tan enfadada. 

Robert negó con la cabeza, contrariado.

—Enfadada, no. Enfadadísima —precisó.

—Entonces, está claro que son celos —sentenció Ken, satisfecho, y se rio al ver que la cara de su padre se coloreaba de rojo—. ¡Eso es bueno, papá!

En medio de su incomodidad, y mientras luchaba por seguir mostrándose tan digno  como siempre, Robert no dejaba de preguntarse cómo podía ser una señal positiva que la mujer más importante en su vida, pudiera albergar tantas dudas acerca de su proceder en relación con otras mujeres. El solo hecho de que pensara que él podía sentir algún interés por April Sommerfield, lo desconcertaba. Que además creyera que era capaz de avergonzarla delante de toda la familia, demostrando ese supuesto interés en su presencia, eso… Directamente, lo sacaba de quicio. En su opinión, eso significaba que él no le inspiraba seriedad ni confianza. Por Dios, ¿cómo podía eso ser bueno?

Entonces, Jim volvió a sorprenderlos a todos.

—Que sienta celos y se enfade, también es una reacción normal. ¿No lo estarías tú, si la situación hubiera sido a la inversa? —dijo, antes de darle un bocado a su sándwich de jamón y queso—. Te apuesto lo que quieras a que sí. 

Robert bajó la vista. Hacía tanto tiempo que no era el novio de alguien o el marido de alguien, que había perdido el pulso a las relaciones románticas. No recordaba cómo eran los celos. Ni siquiera estaba seguro de haberlos sentido alguna vez. Al menos, no hasta el punto de enfadarse. 

Pero cuando se disponía a responder algo para salir del paso, Jim volvió a hablar.

—Mira, yo no conocí a mamá… 

Tim y Ken se miraron sorprendidos al darse cuenta de lo que su hermano decía. 

Robert mantuvo el tipo, y la mirada sobre su hijo menor.

—Siempre he oído hablar maravillas de ella, de la buena pareja que hacíais, y todo eso… Y no lo pongo en duda. Pero conozco a la tía muy bien. Y también te conozco a ti. Para mí, siempre habéis sido el equipo perfecto. Pero es porque tú hacías que fuera perfecto, que funcionara… Siempre has tenido la solución para todo. La clave de todo… —Jim puso los ojos en blanco al decir—: Aunque, a veces, consigas ponerme de los nervios con tanta perfección, y me cabrees esperando que, porque soy tu hijo, tenga que ser tan perfecto como tú… La verdad es que has hecho que esto funcione: nuestra vida, la familia, la casa, el negocio familiar… Todo. Así que, si la tía está enfadada, sea por lo que sea, no te preocupes. Estoy segurísimo de que ya encontrarás la forma de que se le pase. Es lo que haces siempre… Y, por favor, ahora, que no se te suba a la cabeza, ¿vale? —añadió el menor de los Bryan, coronando sus palabras con un guiño.

Tim y Ken volvieron a intercambiar miradas. Esta vez, se trataba de miradas satisfechas. Los dos estaban de acuerdo con Jim, pero que fuera él quien lo dijera, tenía mucho más valor aún. Jim era el único miembro de la familia que no había conocido a Martha Montgomery. De hecho, su nacimiento había estado directamente relacionado con la muerte de su madre. 

Las palabras de Jim calaron hondo en Robert, que se las arregló para contener la emoción. Esbozó una ligera sonrisa y asintió con la cabeza, a modo de agradecimiento, tras lo cual, volvió a beber un sorbo de infusión con aparente normalidad.

Sin embargo, fue el ruido que hizo el líquido al lograr pasar por su anudada garganta, lo que delató a Robert Bryan, poniendo una indiscutible nota de ternura al momento.

_____________________________________________________
©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷


Comentar                                 Ir a Inicio 🔝                                Ir a Principal 🔙

Comentar                                                                                     Volver al inicio


CRS-07. Mystic Oaks, 1 (MO 1). Capítulo 5


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2025/2026
__________________________________________


5


Doreen se echó un último vistazo en el espejo y apagó la luz del baño. Su aspecto era tan malo al despertar, que había tenido que recurrir al cobertor de ojeras, lo que había supuesto que, previamente, tuviera que aplicarse un poco de maquillaje, para disimular el contraste. Y como sus ojos lucían hundidos, ya puestos, los había «reflotado», con una delgada línea de eye-liner y un poco de rímel.

Era una mujer coqueta, el maquillaje formaba parte de sus rutinas, pero no solía maquillarse antes del mediodía. Le gustaba empezar el día haciendo footing. Al regresar, preparaba el desayuno para todos y lo disfrutaban en familia. Después, cada uno regresaba a sus tareas y ella se dedicaba a ordenar la casa y a poner en marcha la comida. Solía ser entonces, con sus tareas matutinas encaminadas, que, tras una ducha, dedicaba un rato a su arreglo personal. 

Durante muchos años, sus días habían comenzado antes del alba, de modo que, entonces, el orden de sus tareas era distinto al de ahora. Pero, desde que las dolencias cardíacas habían obligado a Robert a retirarse, había habido cambios en las costumbres de toda una vida: ella se permitía dormir un poco más y los tres paseos que el médico había prescrito a Robert, también se habían hecho un lugar en su rutina diaria.

Hoy no habría una sesión de footing —era tardísimo y no se sentía bien—, y la sesión de acicalamiento que hacía por pura coquetería, se había adelantado varias horas por necesidad. Era consecuencia de haber tomado una pastilla para dormir. Y no era la única, lo sabía muy bien. Se pasaría el día como un zombi, flotando entre la somnolencia y la conciencia, mirando pasar la vida frente a sus ojos, sin fuerzas ni interés de participar activamente en ella. Y, lo peor, inventándolas, para no preocupar a los hombres de la casa.

Los hombres de la casa, pensó. Suspiró. Querrás decir: el hombre de la casa.

Ken estaba en las nubes desde que, por citar sus propias palabras, «se había echado una novia». No notaría nada y, en el más que hipotético caso de que lo hiciera, no le daría importancia. Cualquiera podía pasar una mala noche. Tim y Jim, menos aún. En todo caso, no estaban en Nashville, de modo que no podían verla. Así pues, las molestias que acababa de tomarse tenían un solo motivo, evitar que el único hombre que tenía razones para preocuparse, se diera cuenta de que, a pesar de haberse despedido alegando que lo mejor que podía hacer era irse a dormir, ella se había pasado una parte de la noche mirando el techo. Tan enfadada con él y preocupada por la situación, que había tenido que recurrir a un somnífero para conseguir que su mente le diera un respiro.

En realidad, los motivos eran dos. Mostrarse ante Robert en su mejor versión, haría más tolerable sobrellevar lo desilusionada que se sentía. Robert, desde luego, no era consciente del daño que le había hecho presenciar ese vergonzoso momento entre él y la directora de la OADASV. Mientras sucedían, y después.

Y lo peor era que esos bochornosos minutos, no habían sido nada comparados con la conversación que él había insistido en que tuvieran la noche anterior.

«Fui amable con ella. Es mi forma de ser. Pero, por mi parte, eso fue todo». Las palabras de Robert regresaron a su mente, removiéndola por dentro. A ella y a sus celos. Aunque no tuviera derecho a sentirlos, eran reales como la vida misma.

Tan reales como su enfado.

Tan reales como su desilusión.

¿Acaso la tomaba por tonta? Habría preferido una y mil veces que él hubiera admitido la verdad, que April Sommerfield lo había deslumbrado. Le gustara o no, eso era lo que habían expresado sus ojos al verla. 

No, se dijo Doreen, en realidad, lo que habría preferido era que Robert hubiera dejado estar el asunto, que lo hubiera tomado como una reacción desafortunada en un momento inoportuno, sin más, y no hubiera vuelto a mencionarlo. Nadie estaba exento de meter la pata, pero había circunstancias sobre las que era infinitamente mejor echar un tupido velo, que intentar explicarlas. Sin duda, todo sería mucho mejor, si él no hubiera tenido la malísima idea de intentar justificar lo injustificable.

Pero, por alguna razón, él había preferido sostener la posición más indefendible de todas y negar la evidencia. ¿Cómo Robert Bryan iba a tener el indecoroso comportamiento de demostrar un interés sensual por una mujer, delante de toda su familia? ¡Jamás!

Deslizó la puerta del armario empotrado y estuvo unos instantes decidiendo qué abrigo ponerse. Vestía la misma ropa de la noche anterior, cuando Robert había tocado a su puerta: unos vaqueros, una camisa blanca con delgadas rayas verticales celestes y unas sandalias planas. Esa era la ropa que había dejado preparada para ponerse aquel día. Pero, solía refrescar por las mañanas y ella tenía tan mal cuerpo, que estaba helada. Escogió una rebeca de color celeste pastel. El cárdigan tenía escote en pico y unos vistosos botones multicolores de madera y un estilo retro.

Y para acabar de rematar un día patético, Robert le había soltado que quien le importaba era ella. Bueno, no había llegado a decirlo con todas las palabras, pues se lo había impedido. Pero había dicho algo casi peor:

«Eres la única mujer a la que quiero darle cuentas».

¿En serio? Darle cuentas, ¿de qué? Si él siempre había hecho lo que le había dado la gana, sin escuchar a nadie, incluidos sus médicos, cuyas recomendaciones siempre se había saltado a la torera. Y sobre todo, ¿para qué? ¿Qué esperaba conseguir con semejante declaración de intenciones? ¿Que creyera que después de veinticinco años viviendo bajo el mismo techo, él, de repente, había descubierto que Doreen Montgomery existía con entidad propia? ¿Que era algo más para él que la hermana de Martha, el amor de su vida? ¿Algo más que la persona que había asumido parte de sus tareas cuando, tristemente, Martha no había logrado sobrevivir al parto de su tercer hijo?

Había que ser muy idiota para creer que ella podía siquiera contemplar la idea de tomarse en serio semejante sinsentido. Mucho más idiota aún, para pensar que lo aceptaría sin rechistar. Idiota… O senil. Igual, el gran Robert Bryan estaba gagá y nadie, excepto ella, lo había descubierto aún.

A continuación, se dirigió a la cómoda. Allí estaba su joyero. Un mueble artesano de madera tallada, de veintiocho centímetros de alto y veintiséis de ancho, que contaba con seis cajones y una tapa con espejo en la parte superior. Abrió el segundo cajón y seleccionó unos pendientes que combinaban con el celeste y el blanco de su indumentaria. Eran de plata, con una larga piedra natural en forma de gota de agua. Sus labios se curvaron en una sonrisa irónica al recordar que la dependienta de la tienda donde los había comprado, había destacado que a la piedra emperador, de la que estaban hechos, se le atribuían propiedades curativas. Concretamente, fortalecía la autoestima y ayudaba a recuperar la estabilidad emocional. 

Pues, mira qué bien… Hoy tendrán la ocasión de demostrarlo.

Dado que formaban parte de un conjunto, que también incluía un colgante y un brazalete, los seleccionó de sus correspondientes cajones y se los puso.

Aquel era uno de esos días en los que deseaba haber amanecido muy lejos de allí, para no tener que ver a Robert ni hablar con él. Para no tener que enfrentarse a ese hombre que amaba desde tiempo inmemorial, sintiéndose tan herida. Tan dolida. 

Pero no estaba lejos, sino allí, en Mystic Oaks

Doreen exhaló un largo suspiro.

Completó su sesión de acicalamiento con dos gotas de su perfume favorito y, finalmente, abandonó su habitación.

«Que sea lo que Dios quiera», pensó, mientras ponía rumbo a la cocina.


* * * * *

Por lo visto, lo que Dios quería era sorprenderla. ¿Qué hacían Tim y Jim allí? Doreen, primero se quedó en blanco, después maldijo su suerte por tener que volverse a ver las caras con el causante de su insomnio delante de sus hijos, y, un instante después, el talante conciliador que desde niña había sido su seña de identidad, ganó la partida, y Doreen se dirigió hacia sus sobrinos con una sonrisa.

Ellos se pusieron de pie para darle la bienvenida, como siempre. Pero Noah y River se les adelantaron. Salieron de debajo de la mesa velozmente y comenzaron a dar vueltas alrededor de la mujer, al tiempo que emitían pequeños ladridos de alegría a los que ella correspondía con las debidas caricias.

—Gracias, gracias… Pero dejadme que salude a los humanos —les dijo mostrando las manos para que cesaran los cariños perrunos.

En cuanto, la dejaron tranquila, Doreen se dirigió a sus sobrinos.

—No tengo la menor idea de por qué estáis aquí, queridos míos, pero me alegro muchísimo de veros —les dijo, mientras repartía las consabidas carantoñas, dejando a Ken para el final—. A ti también, por supuesto, pero, ¿no es un poco temprano para ti? ¿Te has caído de la cama, o qué?

—Ja —fue la respuesta de Tim.

La de Jim no fue tan recatada.

—Di, mejor, que todavía no se ha acostado… Por lo menos, en una cama, no —matizó con total descaro.

—Qué mala es la envidia —dijo el aludido, con humor. Sabía que su escapada nocturna sería el motivo de innumerables pullas, pero el premio había valido la pena. Por una noche así, soportaría todas las pullas del mundo el resto de su existencia. 

—Oh —se limitó a responder Doreen, sus ojos y su sonrisa rebosantes de picardía.

Y dado que las carcajadas arreciaban, pero ella ya no tenía más excusas para evitar dedicarle un minuto de atención al cabeza de familia, lo miró.

—Buenos días, Robert.

La mirada de Doreen había sido tan breve que, de no haber estado observándola desde que había puesto un pie en la cocina, Robert no habría podido darse cuenta siquiera de que sus ojos, normalmente al natural a esas horas, lucían aquella línea negra que les daba tanta profundidad. 

Pero había estado observándola. Cada movimiento, cada gesto, cada detalle… Exactamente igual, que llevaba haciendo, al menos, quince años.

—Hola, Doreen —repuso él, aún de pie, junto a la silla. 

Era lo que hacía siempre —sus hijos, educados a su imagen y semejanza, también lo hacían—, y no había razón para que nadie reparara en ello. 

Sin embargo, hoy, Robert hizo algo más: apartó de la mesa, la silla que estaba a su lado, la que ella siempre ocupaba, y esperó con galantería a que Doreen hiciera los honores.

Los hermanos intercambiaron miradas. Les quedó claro que todos pesaban lo mismo —que el cabeza de familia estaba cogiendo al buey por los cuernos a base de bien—, y hacían lo mismo: intentar disimular la ternura que les provocaba ver a su padre en ese plan.

Ni Robert ni Doreen se dieron cuenta de nada. Estaban muy ocupados con sus propias emociones.

Él sabía que ella continuaba muy enfadada y estaba decidido a hacer cambiar las tornas. El primer paso de su plan era reducir la distancia que ella había impuesto entre los dos. Reducirla tanto, como fuera posible. Empezando por la distancia física. De modo que, no le daría la ocasión de que volviera a sentarse al otro extremo de la mesa, como la noche anterior. Al menos, no se la serviría en bandeja

Doreen volvió a maldecir para sí, por segunda vez, desde que había puesto un pie en la cocina. Robert, claramente, se estaba aprovechando de que no estaban a solas para salirse con la suya. Contaba con que ella preferiría que mantuvieran sus desavenencias en privado. No pudo evitar preguntarse qué pasaría si, por una vez, las cosas no sucedían como él esperaba. Y su rabia sintió unas ganas locas de comprobarlo.

Miró a Robert con dureza. 

Sin embargo, no halló en los ojos masculinos otra cosa que lo que siempre hallaba. La misma dulzura. La misma calma. La misma mirada directa y sincera de alguien que se sabía un hombre recto. Robert no se estaba aprovechando de nada, era ella la que estaba desquiciada. Respiró hondo y, al fin, rodeó la mesa y fue hacia él. 

Acusó recibo de su galantería con un gesto tan ambiguo, a mitad de camino entre el agradecimiento y una maldición, que Robert se las vio y se las deseó para no delatarse con una carcajada.

Volvió a tomar asiento después de ella y estiró el brazo para coger la cafetera.

—Llegas justo a tiempo —le dijo, mientras vertía café en la taza de Doreen y, a continuación, le añadía apenas un chorrito de leche, ajeno al efecto que aquel acto natural estaba produciendo en ella. 

Ajjj… ¡Por el amor de Dios, déjalo ya! ¡Puedo servirme yo solita! 

Aquellos pensamientos que, por suerte, Doreen no llegó a expresar en palabras y estaba bastante segura de que tampoco en gestos, la hicieron reflexionar unos instantes. Podía seguir enfurruñada, como una niña pequeña, o podía asumir su desilusión y comportarse como la mujer adulta, centrada y, sobre todo, conciliadora que era.

La elección es tuya, Doreen. Siempre es tuya.

—¿A tiempo de qué? —dijo, intentando mostrarse natural. Miró con gesto gracioso los platos y fuentes semivacías que había sobre la mesa—. ¿De ayunar? 

Ken, Tim y Jim, que, a diferencia de Robert, se habían percatado de la inusitada tensión de su tía, no dudaron en celebrar la broma.

—¡Prohibido quejarse! —le advirtió Ken—. ¿Cómo no vamos a arramplar con todo, si todo lo que sale de tu cocina es una delicia?

—¡Eso! —opinó Jim y cogió el último sándwich de pollo que quedaba en el plato.

—Ya vale, tíos. ¡Dejadme un poco! —intervino Tim, que cogió otra fuente alargada en la que solo quedaban dos canapés, y la apartó de sus hermanos con un movimiento posesivo, al tiempo que reía. 

—Uy, sí —repuso Doreen, halagada por el cumplido—, se me olvidaba que hay que ser un chef con tres estrellas Michelin para preparar un emparedado en condiciones… Lo que pasa es que sois unos tragones. Algunos, más que otros —añadió, y su mirada se posó en Ken, quien se dio por aludido haciendo el gesto de la victoria con ambas manos, en un cómico mea culpa.

Robert se volvió a incorporar y fue hasta la mesada. Regresó con una fuente redonda en la que había sándwiches, galletas dulces de mantequilla, las favoritas de Doreen, y dos porciones de tarta que ella había preparado el día anterior: una de manzana y una de queso.

—Mujer de poca fe —le dijo, tras depositar la fuente frente a ella.

Doreen no ocultó su sorpresa. Al estar a cargo de la cocina, era la que se ocupaba de guardar un poco para quien se saltaba la hora del desayuno o de la comida. No había contado con que nadie reparara en su ausencia y le guardara algo. Menos aún, con que ese alguien fuera el hombre a quien le había dicho algunas cosas tan injustas la noche anterior. Su gesto le había pellizcado el corazón.

—Vaya… Gracias —dijo.

—Un placer —repuso él.

Doreen bebió un poco de café, cogió una de las pastas de mantequilla, e intentó recuperarse.

—¿Vais a decirme por qué estáis en Nashville, en vez de en Springfield? —les preguntó.

Como si lo hubieran planeado, Jim y Tim señalaron al unísono a su padre con un dedo, dando lugar a un momento cómico.

Robert esperó a que cesaran las gracias para tomar la palabra. Que estuvieran sus hijos presentes, haría el momento algo más incómodo, pero se lo debía a Doreen. Se había comportado como un imbécil, y haría lo que fuera necesario para rectificar.

Volvió la cabeza para mirar a Doreen a los ojos y no le tembló la voz al decir:

—Es necesario descargar las espaldas de Tim y de Jim, Ken tiene razón. Pero no debí apuntarme a ser quien contratara y entrenara a los nuevos empleados. Me equivoqué, cometí un error, y les he pedido que volvieran porque quiero corregirlo.

Robert hizo una pausa para beber otro sorbo de esa infusión que odiaba. Sentía la lengua tan seca por los nervios y la incomodidad que hasta le supo a gloria.

Doreen continuó mirándolo mientras daba gracias por estar sentada, puesto que estaba segura de que sus piernas no la habrían sostenido. ¿De verdad, ya no tendría que pasarse el día con el corazón en la boca, temiendo que el de Robert, harto de sus excesos, se plantara, negándose a seguir haciendo su trabajo?

—Sé que Ken lo propuso con la mejor intención… Sabe que llevo fatal la ansiedad por no hacer nada. Solo quería aliviarla, proponiéndome algo que, sin duda, puedo hacer, pero no voy a hacer, porque no debo. —Sus ojos destilaban una intensa dulzura cuando dijo—: Te prometí que no volvería a trabajar, y no lo haré. Siento en el alma haberte desilusionado, Doreen. ¿Me perdonas por haber sido tan idiota?

En algún momento entre el comienzo del parlamento de Robert y su última frase, un calor incendiario había empezado a ascender por el cuerpo de Doreen, haciéndola sentir cada vez más incómoda y más fuera de lugar. 

Las mejillas le ardían. Toda su cara debía parecer un tomate maduro. No quiso mirar a sus sobrinos, pero era tan consciente de su presencia, que no le salían las palabras.

¿Qué se proponía Robert, hablando de sus cosas delante de los chicos? ¿Se había vuelto loco? Definitivamente, tenía que estar gagá.

Hizo lo único que fue capaz de hacer: carraspeó dos veces. 

Lo hizo de forma intencional y sonora, al tiempo que sus grandes ojos celestes, a los que la línea de eye-liner daba tan profundidad, señalaban a Ken, Tim y Jim, en un rápido movimiento, recordándole que no estaban a solas.

Robert no se dio por aludido. Al contrario, a su mirada de carnero a punto de ser degollado, suplicando clemencia, se sumó aquella sonrisa dulce que nunca lo abandonaba, conformando un todo irresistible.

Para peor, empezaba a haber alguna risilla en el ambiente, que no provenía del hombre al que miraba, sino de sus vástagos. 

«Ay, qué ganas de matarte», pensó Doreen.

Pero dijo otra cosa.

—¿Sabes qué, Robert? Como no te calles ahora mismo, voy a cerrar esa bocaza que tienes con cinta de embalar.

Y fue en ese momento, cuando Robert suspiraba aliviado, convencido de que había resuelto el primer escollo, y Doreen volvía a dedicarse a su café, incapaz de seguir sosteniéndole la mirada, cuando las tímidas risillas se convirtieron en carcajadas.


* * * * *


La reunión en torno a la mesa familiar se había extendido durante cerca de una hora y media, antes de que llegaran a un acuerdo sobre quién se ocuparía de contratar e instruir a los nuevos empleados de Mystic Oaks.

La persona elegida había sido Jim y la razón de que les hubiera tomado más tiempo del habitual alcanzar un acuerdo, tenía que ver, justamente, con su desacuerdo. No quería dejar solo a Tim con las tareas de desmantelamiento del rancho de Springfield, argumentando que, con la plantilla ya reducida en más de ochenta por ciento, era poner demasiado trabajo sobre los hombros de una sola persona. Aunque fueran a ser tres o cuatro semanas. Ken había zanjado la cuestión proponiéndoles la contratación temporal de jornaleros, a su cargo. Tim había terminado de convencer a Jim, asegurándole que con uno o dos trabajadores que cubrieran parte de sus tareas, podría apañárselas bien. De hecho, le había dicho, no tendría ni siquiera que buscarlos, puesto que podían echar mano de alguno de los trabajadores temporales que contrataban cada año en temporada alta. 

Después de que Tim pusiera rumbo a Springfield a bordo de la furgoneta de su hermano, Jim se había traslado a la biblioteca a hacer las primeras gestiones relacionadas con su flamante tarea de encontrar, contratar y entrenar a los que serían los dos primeros trabajadores en plantilla del rancho Mystic Oaks. Ken se había retirado a su habitación con la idea de recuperar parte del sueño que había perdido por la noche, dejando a Doreen y a Robert, a solas, por primera vez, aquel día.

—¿Me acompañas a dar mi primer paseo del día? —propuso Robert.

Su voz había sonado mucho más dulce de lo habitual, puesto que era muy consciente de que haber salvado el primer obstáculo —a saber, romper el hielo con Doreen—, no implicaba, ni mucho menos, que la tormenta hubiera pasado.

En efecto, en el corazón de la mujer aún había rachas de viento huracanado, que amenazaban con convertirse en algo mucho más serio.

La noche anterior, Doreen había dicho cosas muy injustas, de las que se arrepentía profundamente. Pero también había dicho verdades. Y de esas, no solo no se arrepentía, estaba dispuesta a sostenerlas y a hacerlas respetar. Y también había una razón para aquella explosión emocional tan impropia de ella. Una razón fisiológica que había llegado para poner más desorden y más desconcierto a su vida.

—Sí. Tenemos que hablar —concedió ella.

«¡Por Dios, iban a hablar, al fin!», pensó Robert. La sonrisa, que había empezado a curvar los labios de Robert, se truncó al ver que ella se ponía de pie sin esperarlo y se dirigía a la puerta.

—Y antes de que te emociones —añadió, volviéndose a mirarlo—. Que te quede claro que, como se te ocurra volver sobre el tema de a quién quieres darle cuentas y por qué, daré la media vuelta y te dejaré hablando solo. ¿Entendido? Voy a ponerme un calzado más cómodo.

Y, sin darle tiempo a Robert a decir ni mu, desapareció por la puerta.

_____________________________________________________
©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷


Comentar                                 Ir a Inicio 🔝                                Ir a Principal 🔙


CRS-07. Mystic Oaks, 1 (MO 1). Capítulo 6


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2025/2026
__________________________________________


6


Durante la mayor parte del paseo, Robert había mantenido el tema de conversación lejos de lo sucedido la noche anterior. Consciente de que el talante de Doreen continuaba tormentoso, había preferido referirse a asuntos seguros, como las obras del rancho o la belleza de los nuevos rincones de la finca que estaban recorriendo aquella mañana. En todo caso, había sido ella quien había mencionado las palabras «tenemos que hablar» y, aunque no negaría que su curiosidad empezaba a desbordarse, dejaría que fuera ella quien decidiera cuándo.

Estaban en la linde suroeste del sector ganadero, más próxima a la zona edificada de la propiedad. Era el sector que menos labores requería, pero, aún así, quedaba todo por hacer. Tan solo estaban puestos los mojones que delimitaban cada área. Los habían colocado la semana anterior, con la ayuda del agrimensor que habían contratado al efecto. 

—No te haces una idea de lo difícil que me resulta no calzarme unos guantes ahora mismo, y ponerme a trabajar… ¡Hay tanto por hacer! —comentó Robert, lanzando un suspiro. De pie, con las manos en los bolsillos traseros de sus vaqueros, miraba la lontananza detrás de sus gafas de sol. Entonces, reparó en lo dicho, y decidió curarse en salud—. Tranquila, no lo voy a hacer. Solo es una forma de hablar… —añadió con dulzura, mirándola brevemente.

No era solo una forma de hablar, ese era el auténtico Robert Bryan. Era un ranchero hasta la médula y aprender a vivir sin ponerse unos guantes de trabajo estaba siendo una asignatura difícil para él. Sin embargo, Doreen no tenía ganas de ahondar en ese tema. En realidad, en ninguno. El café la había espabilado solo durante un rato; ahora, los efectos secundarios del somnífero volvían a hacerse sentir.

—Anímate, Robert. Con suerte, las entrevistas nos darán buenos candidatos, la selección será rápida y, en unos días, habrá algo más aquí, que estos tristes mojones —comentó.

Él asintió con una sonrisa.

—Sí, lo que importa es que estamos con Ken. La familia reunida otra vez —dijo, satisfecho—. Todo lo demás, se andará. ¿Volvemos a casa? —la invitó, ofreciéndole su brazo.

Doreen miró aquel brazo que galantemente esperaba a que ella enlazara el suyo; luego, a su dueño. Ya se lo había ofrecido antes, tres veces para ser exactos. Y las tres veces, ella lo había rechazado con sutileza, alegando razones variadas. La última, que hacía calor. De hecho, sentía tanto calor que se había quitado la rebeca, que ahora llevaba anudada en torno a su cintura. 

Qué hombre más imposible, pensó. Al fin, se cogió de su brazo, soportó estoicamente la sonrisa triunfal que se dibujó en aquel rostro amable, y los dos pusieron rumbo de regreso al edificio principal.

Llevaban un buen rato caminando en silencio, cuando Doreen respiró hondo y exhaló el aire en un suspiro. Era una señal familiar para Robert, que sintió una punzada de nerviosismo en la boca del estómago. Ella se disponía a hablar y, a juzgar por el tamaño del suspiro, el tema le preocupaba. 

—Voy a decirte algo y quiero que te lo guardes para ti. —Lo miró de soslayo—. Y con esto, me refiero a que no quiero que se repita lo de esta mañana. No sé qué bicho te pudo picar para que comentaras tan fresco lo de mi desilusión delante de los chicos, pero, hazme un favor y ponte repelente de amplio espectro. No quiero que vuelva a picarte ni ese bicho, ni ningún otro, ¿estamos, Robert?

Doreen llevaba gafas de sol oscuras, igual que él, pero debido a la diferencia de estatura, había podido ver durante un instante el tormentoso brillo de aquellos hermosos ojos casi transparentes, lo que le confirmó que su advertencia no había sido una mera queja; Doreen hablaba en serio. 

Robert sintió ganas de decirle que para sus hijos no había nada nuevo bajo el sol, ya no. Tuvo ganas de confesarle que la noche anterior él mismo había podido confirmar que ellos sabían muy bien lo que estaba sucediendo entre su tía y su padre. Probablemente, hacía mucho tiempo que se habían dado cuenta. Solo se contuvo porque, ahora, estaba más ansioso que antes por saber qué era eso que Doreen quería mantener en privado. No podía imaginarse de qué se trataba.

Sonrió y asintió con la cabeza, dando su acuerdo.

—Procuraré ahuyentar a los bichos —concedió.

Pero el inocultable punto cómico en el tono de su voz, revolvió a Doreen.

—No lo procures; hazlo —espetó, resuelta y, al notar que la expresión amable de su cuñado transmutaba en incomprensión, no se mordió—: Los chicos no tienen por qué saber lo que yo opino o siento acerca de tus decisiones. Más allá de lo que yo comparta con ellos abiertamente, no. Y no pongas esa cara. Esto no es nada nuevo, Robert. Lo acordamos hace años para que tus hijos escucharan una sola voz, la tuya.

La expresión de incomprensión ahora era de asombro y Doreen pensó que, quizás, habría sido mejor, haberse mordido. Pero ya estaba hecho.

Robert estaba más que asombrado. Estaba molesto por aquella observación tan oportunista y tan fuera de contexto. 

En primer lugar, lo que habían acordado estaba relacionado con la crianza de Ken, Tim y Jim. Doreen no era su madre, pero tras la muerte de Martha, se había ido a vivir con ellos. Por lo tanto, había participado activamente en la vida de los niños. Sin embargo, a pesar de ser mayor que Martha, tenía un estilo de vida y una forma de pensar bastante más liberal que ella y, desde luego, que él. Esto hacía que chocaran muchas veces. Y Robert, que no estaba dispuesto a que sus hijos recibieran mensajes contradictorios sobre cuestiones fundamentales, había cortado por lo sano. Doreen podía estar en desacuerdo con cualquiera de sus criterios, enfadarse con él y llamarlo cabezota, como había hecho decenas de veces. La condición era que sucediera en privado. De cara a los niños, solo podía haber un criterio válido y era el suyo.

El contexto era la educación de sus hijos mientras estos se convertían en adultos y la razón se fundamentaba en la coherencia; las circunstancias de la vida lo habían convertido en un padre soltero. De modo que, la responsabilidad por su descendencia que, en cualquier matrimonio se repartía entre el padre y la madre, en su caso, estaba íntegramente sobre sus hombros. No podía permitirse ceder las riendas, ni siquiera para darse un respiro.

Pero, hete aquí, que Ken, Tim y Jim ya eran hombres, y la desilusión de Doreen, que seguía siendo real como la vida misma, no tenía nada que ver con ellos.  

—Pues… Sí que has ido lejos a buscar una excusa para reprenderme —dijo Robert cuando consiguió sobreponerse al disgusto inicial—. Esto no está relacionado con la educación de los chicos que, por cierto, ya no son unos niños, sino contigo y conmigo. Y con lo enfadada que estás por lo sucedido en el asador, aunque lo niegues —precisó— y con lo mucho que te he desilusionado haciendo algo que te prometí que no haría…

«Contigo y conmigo», repitió ella mentalmente. O sea, «con nosotros». ¡No había ningún nosotros!

Esta vez, Doreen se revolvió a base de bien. Se detuvo y lo enfrentó.

—¡¿Excusa, dices?! ¡No es una excusa! ¡Y deja de insistir en lo del asador y en mi enfado y en toda esa cantinela ridícula, ya empiezas a resultar cargante con ese maldito tema! —Tras una pausa para respirar, volvió a la carga—: ¡Es obvio que no debiste haberte apuntado a la propuesta de Ken, pero no porque me lo prometieras, sino por sentido común, Robert! —espetó, enfatizando con movimientos de sus brazos las acusaciones que vertía por la boca—. ¡Estás cargando las tintas, deliberadamente, sobre mi desilusión, cuando lo que debería llevarse el titular es que has sido lo bastante insensato como para apuntarte a un plan que podría costarte la vida! ¡Por Dios Bendito!  

La mujer negó con la cabeza, ardiendo de rabia. Se quitó las gafas de malos modos y las colgó de la abotonadura de su camisa. A continuación, sacó un pañuelo de tela del bolsillo de sus vaqueros, y se secó el sudor que perlaba su frente. Luego, dio pequeños golpecitos con él por encima y por debajo de sus labios para enjugar la humedad.

Robert también se quitó las gafas, poniéndolas encima de su cabeza, a modo de diadema. ¿Qué diablos estaba sucediendo? Permaneció observándola en silencio. Su tormentosa reacción no solo le parecía desproporcionada, empezaba a preocuparlo. Esperó unos instantes, hasta que ella reanudó la marcha, para decir:

—Fue una absoluta insensatez —concedió—. Y lo lamentaría igual por todo lo que implica, aunque no te hubiera prometido que no volvería al trabajo activo. Pero lo hice. Así que, además de lamentarlo, me duele. Es una espina que llevo clavada en el corazón desde ayer, porque lo último que habría querido en este mundo es desilusionarte, y sé que lo he hecho. Necesitaba pedirte perdón, Doreen. Y necesitaba que mis hijos lo oyeran.

Ella exhaló el aire en un suspiro tan cargado de rabia que a Robert le supo a bufido.

—Vale, muy bien. Ya lo has dicho tres veces, y he tomado nota. Ahora, escucha. Necesito que dejes de disculparte y de darme explicaciones y de preocuparte de lo que pueda pensar o dejar de pensar sobre lo que haces con tu vida, como hombre. Porque así ha empezado todo esto: contigo intentando explicar —«lo inexplicable», pensó, pero, en cambio, dijo otra cosa— lo que no tenías por qué explicar. 

—No, no es así —intervino él, impidiéndole continuar. Lo hizo con su suavidad habitual, pero con decisión—. Yo no he intentado explicar nada. Lo que sucedió estuvo fuera de lugar. ¿Qué hay que explicar? No cabía ninguna explicación, Doreen, solo una disculpa. Pero te la di y te enfadaste. Y puedes negarlo cuanto quieras, a mí no vas a convencerme…

Doreen ya podía oír el final de la frase. Podía ver dónde les conduciría aquel duro intercambio de palabras, y no estaba por la labor.

—¡Me da igual!

Robert frunció el ceño. Permaneció mirándola unos instantes, intentando entender lo que estaba sucediendo. Intentando que esa actitud beligerante, tan nueva y tan desagradable, no lo sacase de quicio.

Pero, mujer, ¿por qué te alteras tanto? 

Qué difícil le estaba resultando ser el de siempre con ella desde hacía veinticuatro horas. 

—Pues, a mí, no —dijo él—. Te he herido, y no solo por incumplir mi promesa. Lo sucedido en el asador entre esa mujer y yo me ha dejado en un pésimo lugar ante ti… 

Robert vio que los ojos de Doreen brillaban mucho más que antes y ella apartaba la mirada. ¿Se le habían llenado de lágrimas? Ahora, era su corazón el que lloraba. 

Sin embargo, no tardaría en descubrir que las lágrimas que habían nublado los ojos de Doreen eran, principalmente, de ira. 

—Sé que tomará tiempo curar esa herida —continuó—, y lo respeto. Te daré todo el tiempo y el espacio que necesites… Pero negar lo evidente y pretender que, callándome…

—¡Basta ya, Robert! —lo interrumpió, iracunda. Acababa de dejar claro cuánto tiempo y cuánto espacio le daría: ninguno—. Basta. Te lo he advertido antes de salir, ¿o no? 

Robert respiró hondo, mordiéndose por dentro. ¿De verdad, estaba tan ciega o, le asustaba tanto la perspectiva de que fueran algo diferente de lo que habían sido durante un cuarto de siglo, que se negaba a quitarse la venda de los ojos? Fuera como fuera, vería la luz. Antes o después, lo haría. Y sería más pronto, que tarde, pues él ya no era capaz de disimular sus sentimientos hacia ella por más tiempo. Asintió con la cabeza y guardó silencio.

Doreen exhaló un suspiro, como si llevara diez minutos aguantado la respiración. Le parecía increíble lo cabezota que podía llegar a ser ese hombre. Si él supiera el malísimo momento que había elegido para sacar a relucir su testarudez… 

Estaba a punto de saberlo con pelos y señales.

—Te dije que teníamos que hablar… —Vio que él volvía a asentir con la cabeza. La tranquilizó notar que su expresión abandonaba el gesto ceñudo de hacía un momento y volvía a ser la de siempre—. Esto es algo muy personal. Así que, ya sabes, ponte repelente a discreción… Lo oyes, lo registras, y no lo repites. Ya lo haré yo, cuando y si, lo considere necesario, ¿estamos?

Robert ignoró la pulla sobre el repelente y asintió con la cabeza, dedicándole una mirada tan dulce, que Doreen corrió a apartar la vista antes de que empezara a derretirse.

—La semana pasada tuve una cita con mi médica…

—Con tu, ¿qué? ¿Y cómo es que me estoy enterando ahora? —la interrumpió él, preocupado.

Doreen exhaló un suspiro. Lo miró irritada.

—Con mi médica, y te enteras ahora porque es ahora cuando tienes que enterarte. ¿Puedo seguir?

Robert no se molestó en disimular su disgusto. 

—Doreen… Siempre he respetado tu independencia, pero esto me parece pasarse de independiente. ¿Por qué has ido a ver al médico? ¿Qué te sucede? ¿Y por qué no me has dicho nada?

Con gesto cansado, Doreen señaló un pequeño muro, lo que quedaba del que originariamente había limitado la parcela donde estaba construido el edificio principal. Los dos tomaron asiento, uno junto al otro.

—Es una médica, no un médico. Para tu información, también tengo una en Springfield —dijo, con retintín—, pero como ahora vivo en Nashville… He tenido que buscarme a otra. Total, que la semana pasada fui a verla. Ya había recibido mi historia clínica. Cambia esa cara de carnero degollado, por favor. No estoy enferma ni a punto de morirme, ¿de acuerdo? Mi consulta original sobre este asunto fue hace un año y medio porque… Tuve una falta. —Se sentía tan incómoda, que, sin darse cuenta, apeló a la ironía—. ¿Sabes lo que es, verdad? Mi hermana tuvo que tener, como mínimo, tres. Tranquilo, tampoco estoy embarazada. 

La comprensión llegó para Robert envuelta en un manto de ternura. Saber que había una razón física natural detrás de tanta exasperación y tanto exabrupto, le había devuelto el alma al cuerpo. Ella, seguía siendo la misma mujer de la que estaba enamorado. Solo estaba pasando por una fase. Complicada, sí, pero natural.

Robert asintió con suavidad, pero lo que a Doreen la tocó profundamente fue la dulzura que emitían sus ojos. En realidad, todo su lenguaje corporal. Sintió como si él la estuviera acunando entre sus brazos y le costó descolgarse de la placentera sensación que la invadió por completo.

—Lo atribuí al estrés de tu última intervención quirúrgica y todo lo que vino después… —Se refería al postoperatorio y a la fase de rehabilitación que había tomado mucho más tiempo del esperado—. Pero pedí una cita de todas formas. Y, entonces, descubrí que soy un espécimen bastante raro, por lo visto. Hoy en día, lo normal es que esa falta hubiera sucedido cinco o seis años atrás, incluso más. Es un síntoma de la menopausia, el principal. Pero no volvió a presentarse hasta el mes pasado y, según mi nueva médica, es posible que pasen varios meses más, antes de que vuelva a tener otra falta. Pero hay otros síntomas. Llevan algunas semanas conmigo y se agravan a medida que pasa el tiempo. Por eso he querido decírtelo…

Doreen hizo una nueva pausa. Ya se sentía abochornada y ni siquiera había empezado a explicarse.

—Porque te ayudará a entender algunas cosas. Y a no tomártelas demasiado a pecho.

—¿Como la explosión de anoche…, que fue un inofensivo 4 de julio(1), comparada con la de hace un momento? —murmuró él con una sonrisa tierna. Su voz sonó a pura miel.

Ella asintió, avergonzada.

—Eres un buen hombre, una buena persona. No te merecías que te hablara así, que te tratara de ese modo… Y, ojo, que quede claro que pienso cada palabra que te he dicho. Equivocada o no, es lo que pienso. —Sacudió la cabeza, contrariada consigo misma—. Pero no sé dónde se ha ido la dulce y paciente Doreen… Lo que sé es que se ha ido, e ignoro cuándo volverá… No quiero agobiarte con estas cosas. Sé que a los hombres os asustan nuestras emociones… Pero acepta un consejo: harás bien en poner atención y moverte con mucho cuidado, Robert. Estás caminando por un campo plagado de minas antipersonales. Tooodo el tiempo.

Lo que de veras Robert habría deseado hacer era abrazarla. Y besar esa boca perfecta, una y otra vez. Besarla por todos los años que llevaba deseando hacerlo, y conteniéndose. 

Pero ahora era más consciente que nunca de que, en efecto, se movía por un terreno explosivo, de modo que se contentó con hacer algo diferente. Algo que, esperaba, no agitaría las aguas turbulentas de Doreen.

Cogió una mano femenina y la sostuvo entre las suyas. Dulcemente. Amorosamente.

Notó que los preciosos ojos de Doreen brillaban, pero ella no hacía ademán de recuperar su mano, y eso le infundió confianza para continuar.

—Hemos pasado por muchas etapas juntos, Doreen. Esta es tan solo otra más. —Al ver que ella enarcaba una ceja, sonrió y añadió—: Pero, sí, tomo debida nota de tu consejo. 

Ambos rieron por primera vez aquella mañana. Y a ambos les supo a gloria, después de horas de desazón.

—De acuerdo. ¿Volvemos? —propuso él, ofreciéndole su brazo nuevamente, al tiempo que se levantaba del incómodo asiento que les había ofrecido aquel trozo de muro que aún seguía en pie.

Doreen respiró hondo. Apartó la vista mientras reconsideraba su decisión unos instantes. 

—Aún no. Tengo algo más que decirte —dijo, alzando la vista nuevamente hacia él.

Robert esbozó una sonrisa entre intrigada y divertida, y volvió a sentarse junto a ella.

—Muy bien. Pues… Cuéntame.

Doreen se tomó unos instantes para observarlo. Ya no había tensión en su rostro, ni disgusto. No había sombras de preocupación en esos ojos de mirada dulce ni en su sonrisa amable. Parecía tan relajado, tan encantado, que daba gusto contemplarlo. Mucho más placer del habitual.

—Me voy a casa un tiempo. A mi casa de Montana. Hace cerca de dos años que no veo a mi familia. Ya es hora de que lo haga, Robert.

«Y este es el momento en el que el encanto vuela por los aires», pensó Doreen, sintiendo un pellizco en el corazón, mientras contemplaba cómo se ensombrecía el semblante masculino. 


(1) El personaje se refiere a los fuegos artificiales con los que se celebra el día  de la independencia de los Estados Unidos de América.


_____________________________________________________
©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷


Comentar                                 Ir a Inicio 🔝                                Ir a Principal 🔙


CRS-07. Mystic Oaks, 1 (MO 1). Capítulo 7


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2025/2026
__________________________________________

7


—¿Cómo que te vas? —dijo Jim, acercándose a Doreen—. ¿Están todos bien en Lone Star?

Miró a su padre interrogante. Él continuaba sentado a la mesa de la cocina, como si no acabara de lanzar un cóctel molotov. 

Jim acababa de regresar de llevar a Noah y a River a quemar en el campo parte de su incombustible energía de cachorros, dado que su amo seguía durmiendo a pierna suelta. Al llegar, su padre le había anunciado que Doreen se marchaba un tiempo a Montana. Así, sin anestesia. 

Robert se imaginaba lo que su hijo menor estaría pensando. Su mirada decía: «¿Qué has hecho, papá?». Pero él no había hecho nada. No era su idea, ni estaba de acuerdo con ella, ni le parecía bien. Pero le había dicho a la interesada que le daría el espacio y el tiempo que necesitara para que curara la herida provocada por algo que sí había hecho, y no le quedaba más remedio que aceptarlo con los dientes apretados. De modo que, después de hacer el anuncio, permaneció en silencio. Exactamente, lo mismo que había hecho, desde que se había enterado de la noticia en vivo y en directo. Sabía que a Doreen le había sorprendido su reacción, pero, ¿qué otra cosa esperaba que hiciera? ¿Que le dijera «¡qué buena idea, no te olvides de enviarles mis saludos!»? 

Doreen se secó una mano en el delantal de cocina, luego la extendió y acarició la barbilla de Jim, amorosamente.

—Sí, sí, querido mío, no hay de qué preocuparse. Es un viaje de placer. 

—Ah, bueno… Es un poco repentino, ¿no? —apuntó, después de volver a mirar a su padre, quien se limitó a respirar hondo.

Doreen continuó lavando una lechuga, sin volverse. El silencio de Robert era una señal tan clara de su malestar, que hasta ella empezaba a sentirse incómoda. Más incómoda de lo que se había sentido desde que había pronunciado las palabras: «me voy a casa un tiempo». 

—Según lo mires, cariño… La última vez que estuve en Montana fue en enero del año pasado, haz la cuenta —repuso, y esta vez sí consiguió reunir el valor de volverse hacia él, esbozando una sonrisa.

Jim asintió varias veces con la cabeza. Ver la mirada culpable en los ojos de su tía, notar cómo buscaba la de su padre con timidez y, le pareció que, con bastante nerviosismo, le dio las pistas que los inexistentes comentarios de Robert le negaban. No sabía exactamente qué había sucedido, pero, en el caso de que su tía hubiera decidido resolverlo poniendo tres mil kilómetros entre ella y el problema en cuestión, Jim tenía algo que decir al respecto, y no pensaba guardárselo para sí. 

—¿Y cuándo fue la última vez que los tíos y los primos estuvieron aquí…? Bueno, aquí, no. Quise decir en Springfield. Me recuerdo en el suelo, mirando al tío Frank y pensando que era enorme, así que yo todavía debía gatear —exageró, medio en broma y medio en serio. Tanto a Doreen como a Robert les quedó claro de que, a pesar del tono bromista que había empleado, su intención no lo era.

Lo dicho por Jim había sido deliberadamente exagerado, puesto que hacía tres años que había visto a su tío por última vez. Frank había hecho un viaje relámpago de unos pocos días para ver al convaleciente Robert, quien acababa de regresar a casa tras varias semanas en el hospital. Sin embargo, en realidad, no había sido sino, otra forma de incidir en un tema recurrente a lo largo de los años. 

Todo había empezado durante la adolescencia de sus hijos, a raíz de unas breves vacaciones de verano que se habían visto obligados a pasar en Montana, con los Montgomery.

Con el paso del tiempo, la típica queja juvenil se había transformado en una reivindicación, especialmente por parte de Tim y de Jim. Ken opinaba como sus hermanos, pero no solía intervenir cuando salía el tema. 

A diferencia del rancho Bryan, Lone Star era un rancho dedicado al ocio rural, propiedad de dos familias: los Montgomery —que eran los socios mayoritarios— y los Jensen. Sus sesenta y cuatro hectáreas de extensión, recibían turistas y amantes de la vida al aire libre los trescientos sesenta y cinco días del año, puesto que el rancho ofrecía uno de los programas de actividades deportivas y de ocio más completos del país. Tras la muerte de Martha y el traslado de Doreen a Springfield, Frank se había quedado solo al frente de la gestión del negocio por parte de la familia Montgomery. Algunos años después, cuando ya nadie esperaba que sentara la cabeza, se había casado y había tenido tres hijos. Organizar un viaje familiar de tantos kilómetros, se volvía más y más complicado a medida que los niños crecían.

Robert siempre había tenido una buena relación con la familia de su mujer. También con los Jensen, los otros propietarios de Lone Star. Iba a visitarlos, siempre que podía, aunque, de la última vez, habían transcurrido seis o siete años, y no se complicaba pensando si su familia política reciprocaba o no. Pero entendía la postura de sus hijos. En parte, porque sabía que la verdadera razón no tenía que ver con la reciprocidad, sino con los celos. Adoraban a Doreen, era parte de sus vidas desde la infancia, y no querían dejar de tenerla. Y cada vez que Doreen ponía rumbo a Montana, la perdían de vista durante varias semanas.

La mirada de la mujer volvió a desplazarse de Jim a Robert. Esta vez, claramente, le estaba ofreciendo la oportunidad de intervenir antes de que ella le dijera alto y claro a su sobrino menor, que más le valía no meter sus narices donde no debía.

Robert suspiró y, al fin, habló.

—Es su familia, Jim. Su hermano, su cuñada y sus sobrinos. Nosotros vamos cuando podemos y ellos vienen cuando pueden, pero si tu tía los añora, y me consta que es así, es libre de ir a visitarlos cuando quiera. ¿No crees?

Doreen le agradeció la oportuna intervención con un movimiento de la cabeza y, a continuación, miró a Jim.

—Sé que te alegras por mí… aunque lo disimules tan bien —le dijo, con una sonrisa traviesa.

Jim claudicó. Fue hacia ella y la rodeó con sus brazos.

—Claro que me alegro… Pero me fastidia un montón tenerte lejos tanto tiempo. ¿Cuánto será esta vez? ¿Dos meses, tres…? —Suspiró—. Se me va a hacer eterno…

Robert se quedó contemplando la escena con ternura, y, debía reconocer, que con un interés especial desde que Jim había tenido la genial idea de preguntar por la duración del viaje de su tía. Él se había quedado tan mal al saber que Doreen se marchaba, que ni siquiera había considerado preguntárselo él mismo. No fuera que la convulsa Doreen de ahora lo tomara como una forma de presionarla y lo enviara a freír espárragos.

Doreen también miró a Jim con ternura. Aunque siempre se refiriera a él y a sus hermanos como sus sobrinos, los amaba como si fueran sus propios hijos. Había estado cuidado de ellos desde que eran niños. En el caso de Jim, desde su nacimiento. 

—Lo sé, cariño, lo sé. Pero esta vez, será un viaje más corto. Quiero estar aquí para la mudanza. Y antes de eso, iré a Springfield para ayudar a Tim a embalar las cosas. Es toda una casa, toda una vida, lo que hay que trasladar. Como no organice la operación, no volvemos a ser capaces de encontrar nada nunca más… 

Robert suspiró aliviado para sí. Hizo un cálculo aproximado y el resultado obtenido le indicó que, como mucho, perdería de vista los hermosos ojos de Doreen durante un mes y medio. Ignoraba cómo se las arreglaría para sobrevivir seis semanas sin que la melancolía acabara con su cordura, pero era un consuelo que fueran solo seis y no, diez o doce, como de costumbre.

—¿En serio? ¡Toma ya! —exclamó Jim, con los ojos iluminados de felicidad. Acto seguido, cogió a su tía por la cintura y la levantó tres palmos del suelo, haciéndola reír.

—¡Eh, oye! ¿Qué es eso de estar levantando a tus mayores como si fueran palos del gallinero? ¡Bájame, Jim! —exclamó.

Y, mientras estaba en las alturas, por encima de los hombros de Jim, los ojos de Doreen se encontraron con los de Robert durante un largo, intenso, amoroso segundo.


* * * * *


Tim le indicó a Logan, su capataz jefe, con una seña, que continuarían en un rato y se alejó unos cuantos pasos para atender la llamada. 

Al llegar a Springfield, hacía más de una hora, había descubierto que su plan del día se había ido a tomar vientos por la acción de unos gamberros. El resultado había sido la caída de un tramo de cincuenta metros de alambrada en la divisoria que separaba el área agrícola de la ganadera. Allí había un camino que permitía el acceso de los grandes camiones que transportaban ganado y que, desde hacía un tiempo, algunos adolescentes de la región utilizaban para hacer fechorías a bordo de sus motos de cross. Menuda paliza se estaban dando Logan y él intentando arreglar el estropicio. Prueba de ello era que, a pesar de que la temperatura no superaba los diez grados, estaba sudado como un pollo.

Se quitó el sombrero de cowboy para enjugarse la frente, antes de atender la llamada. Ver el nombre de Jim iluminándose en la pantalla, le recordó que se había olvidado de avisar en casa que había llegado bien. De otra forma, su padre no se quedaba tranquilo.

—Lo siento, tío. Al llegar, me he encontrado con cincuenta metros de alambrada en el suelo, y se me ha olvidado llamar.

En Nashville, Jim torció el gesto. Llovía sobre mojado.

—¡Qué putada! —comentó, mientras entraba en la biblioteca, un enorme salón con librerías a izquierda y derecha, ventanales del techo al suelo sobre la pared que enfrentaba la puerta de acceso, que miraban al invernadero y a una rosaleda, situados a la izquierda de la propiedad.

Jim cerró la puerta tras de sí. Ken seguía durmiendo a pierna suelta y dudaba mucho que su padre hiciera otra cosa que guardar las espaldas de Doreen mientras estas estuvieran en Nashville, pero, no estaba de más tomar medidas adicionales para asegurarse de que la conversación fuera privada.

—Ya lo creo —concedió Tim—. Lo he denunciado a la policía y, por ese lado, puede que tengamos algo de suerte. Al parecer, anoche no fuimos los únicos perjudicados por esta panda de capullos. El seguro, de momento, ha pasado olímpicamente de mí. Con eso de que no cubren acciones vandálicas… Me pregunto qué puñetas cubren. Siempre es una historia conseguir que se hagan cargo de algo. No se lo digas a papá, ¿vale? Creo que entre los chicos y yo, podremos apañarlo con, relativamente, poco gasto.

—No se lo diré, tranquilo. Además, si te digo la verdad, no creo que ni siquiera haya caído en que aún no lo has llamado. No ha tenido tiempo. Todo su cerebro está pendiente de la novedad del día. Y el mío, casi que también.

Tim volvió a pasarse la mano por la cara. Sudaba a chorros. Miró alrededor, donde Logan y la mermada cuadrilla de trabajadores del rancho intentaban, sin demasiado éxito por el momento, recomponer la dañada cerca, a pleno rayo de sol. No había una triste sombra a la vista. Como la novedad mencionada por Jim, fuera remotamente parecida a la que él se traía entre manos, era capaz de meterse en la cama y no volver a asomar la nariz al mundo el resto del día.

—¿Por qué? ¿Qué pasa?

—Que Doreen se marcha a Montana, tío. 

Tim se quedó en blanco. No había nada de raro en que su tía, que era oriunda de Montana, viajara a la región para visitar a su familia. Lo que era rematadamente raro era el momento elegido para hacerlo. Por lo visto, el coqueteo de la señora Sommerfield había provocado más movimientos sísmicos de los que, a priori, él y sus hermanos creían.

—¿Papá y la tía han discutido? —Asociar la palabra «discusión» con las dos personas más importantes de su vida, le resultó tan fuera de contexto que no pudo evitar decirlo en voz alta—. Qué raro ha sonado eso, ¿no?

Jim se dejó caer cuán largo era en uno de los tres sofás de cuero color habano y capacidad para cuatro personas, que estaban dispuestos en el centro de la estancia formando un cuadrado abierto por el frente, en cuyo centro se hallaba una gran mesa baja de caoba.

Discutir le parecía una palabra muy fuerte, tratándose de ellos. Por más enfadada que estuviera, en palabras de Robert, le costaba mucho imaginarse a Doreen, la mujer más dulce que existía, «discutiendo» con nadie. 

—Y tanto que sí —concedió—. No sé si han llegado a tanto, pero algo tuvo que pasar. Y lo digo por papá, que es como una tumba: se limita a mirar y a mantener el pico cerrado.

—No solo por papá, Jim. La tía es la personificación del sentido común, ¿y decide marcharse al culo del mundo justamente en este momento? Estamos desmontando el negocio en Springfield y montándolo en Nashville al mismo tiempo. ¿Se te ocurre un momento peor para que la cabeza organizadora de nuestra vida familiar se vaya de viaje? Porque a mí, no. 

Jim asintió con la cabeza. Los hombres Bryan eran autosuficientes. En teoría. Así habían sido educados por el individuo más autosuficiente del planeta: Robert Bryan. Pero nunca habían tenido que ejercitar ese músculo en asuntos no relacionados con el rancho. La casa, y todo lo que ella implicaba, siempre había estado bajo el férreo control de Doreen Montgomery. Era ella quien lo decidía todo al respecto. Y quien lo ejecutaba, o se ocupaba de que otros lo hicieran. Como ahora, que vivían en un edificio que tenía las dimensiones de un pequeño museo, y Doreen había contratado personal doméstico por horas para que la ayudaran a mantener la vida familiar funcionando con la eficacia y la precisión de un reloj suizo. Tim tenía razón. Su decisión de marcharse a Montana había llegado en el peor momento. Todos los miembros de la familia que podían trabajar, estaban desbordados. Trabajaban muchas más horas al día que siempre, lo cual ya era mucho decir. Y el que no podía trabajar, aún necesitaba supervisión y cuidados. Por más autosuficientes que fueran, ahora, más que nunca, necesitaban no tener que preocuparse de que hubiera leche fresca en la nevera o ropa limpia en el armario.  

—Doreen añora a los suyos. Hace casi dos años que no los ve. —Respiró hondo y soltó el aire por la nariz—. Es lo que hay, hermano. Así que, agárrate fuerte, que vienen curvas.

Tim hizo un gesto de desagrado. Estaba harto de agarrarse fuerte. Iba para seis años ya, que no hacía otra cosa. Tenía los nudillos blancos de la fuerza que hacía para no rodar cuesta abajo. Él y todos, en realidad.

—Es natural que los añore y tiene todo el derecho del mundo a visitarlos cuando le dé la gana. Faltaría más. ¿Pero qué hay de ellos? La distancia es la misma. ¿Tienen miedo de que se les pegue el acento, o qué? —se quejó Tim. Un segundo después, se arrepintió de haberlo hecho. Jim era el más sensible de los hermanos con ese tema y él acababa de servirle la ocasión de que se despachara a gusto.

Pero, para sorpresa de Tim, no fue eso lo que sucedió.

—A mí no me lo preguntes. Ya sabes lo que pienso… Oye, tengo que colgar. Está sonando el móvil del trabajo. ¿Por qué no llamas a papá más tarde? Ahora, no. Está ayudando a la tía con la comida. Intenta averiguar qué ha sucedido. —Sonrió y soltó la pulla de siempre—. Como a ti te considera un hombre tan serio y responsable, a lo mejor, te confía sus cuitas.

—¡Serás capullo! —repuso Tim, riendo, antes de cortar.


_____________________________________________________
©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷


Comentar                                 Ir a Inicio 🔝                                Ir a Principal 🔙


CRS-07. Mystic Oaks, 1 (MO 1). Capítulo 8


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2025/2026
__________________________________________

8


Doreen miró a Robert de refilón. Él estaba poniendo la mesa con la vista fija en lo que hacía, como si ella no estuviera junto a los fogones. Tan solo había abierto la boca para consultarle sobre el mantel y la vajilla a usar aquel día. Sabía que a ella le gustaba variar la presentación de la mesa, así que la pregunta no tenía nada de extraño. Era la misma que le hacía casi cada día. Que no hubiera vuelto a abrir la boca desde que habían llegado de dar el paseo, sí lo era. Aunque, teniendo en cuenta la noticia que había compartido con él, probablemente, su pertinaz silencio tampoco fuera extraño. Encajar la noticia aún le tomaría algún tiempo más. Desde luego, todo sería mucho más fácil para ella si Robert, por una vez, se permitiera expresar lo que sentía tal cual lo sentía, sin filtros. Que mostrara su enfado o su desazón o lo que fuera que estuviera sintiendo. 

Pero entonces, no sería Robert Bryan, se dijo con socarronería. Decidió que lo mejor que podía hacer era dejarlo solo, rumiando sus preocupaciones, e ir a darse un baño. No solo por seguir con la rutina; especialmente, para evitar que sus hormonas se expresaran a lo grande. Ya había sido bastante injusta con él. No deseaba empeorar las cosas.

—Mientras tú acabas de poner la mesa, me voy a asear para comer —dijo al pasar a su lado en dirección a la puerta.

Robert la detuvo tomándola con mucha suavidad de un brazo, que soltó tan pronto consiguió su propósito. 

Doreen volvió la cabeza para mirarlo, sorprendida. 

¿Has recuperado la capacidad de hablar? ¡Válgame Dios! ¡Y solo te ha tomado dos horas y media!

—Siento estar tan callado… Intento asimilar lo sucedido. No esperaba que te fueras ahora y… —Robert hizo una pausa—. Me ha descolocado un poco tu decisión. Un poco bastante, lo admito. 

Ella se puso de frente a él y se cruzó de brazos. Arqueó una ceja.

—¿Te ha descolocado que decida ir a visitar a mi familia, después de casi dos años sin verlos? —Mejor te hubieras quedado calladito, Robert. 

Él bajó la vista. No quería que Doreen se diera cuenta de lo que estaba pensando y volviera a enfadarse. A saber, que estaba malinterpretando sus palabras de forma deliberada en un intento justificar una decisión que era el equivalente a huir. A poner kilómetros entre ella y una realidad que se negaba a admitir.

Así y todo, estaba dispuesto a concederle el tiempo y el espacio que necesitara. Se lo había dicho y lo sostendría contra viento y marea. Incluso si eso, suponía aceptar sin decir ni pío que ella se fuera al otro extremo del país en el peor momento para hacerlo. Algo que, lógicamente, ella tenía que saber. ¿Desaparecer de la vida de los Bryan durante un mes y medio en pleno traslado de la actividad empresarial? Por supuesto que una mujer razonable como ella tenía que saber que, si había un momento en el que la necesitaban en casa, era aquel. No obstante, pretender que nadie se extrañara de lo inoportuno de su decisión, le parecía demasiado pedir. 

Consciente de que decir lo que pensaba supondría remover las aguas turbulentas de Doreen, Robert respiró hondo y forzó una sonrisa en sus labios.

—No, querida, no… Los echas de menos. Debes ir a Montana. Lo que sucede es que me tienes… nos tienes —se apresuró a matizar, por pura prevención— muy malacostumbrados. Dos meses sin tu cariño y tus atenciones serán eternos, pero Frank, Blanche y los chicos también tienen derecho a disfrutar de ti… Y tú de ellos, por supuesto. Solo intentaba decirte que no te preocupes, si me ves más callado de lo habitual… Últimamente, me está costando más encajar los imprevistos y tiendo a encerrarme en mí mismo… ¿Será que me hago mayor? —Una sonrisa culpable curvó los labios de Robert—. Es solo eso, ¿de acuerdo? Se me pasará.

¡Ay, mierda! ¡Tú deberías haberte quedado calladita, Doreen!

Si aquel reconocimiento de lo importante que era para él y sus hijos no le había ablandado suficiente el corazón, la dulzura de sus ojos y del tono de su voz fue el remate final. Sintió que su ira perdía fuerza, como si funcionara a pilas y estas se estuvieran descargando. 

—Claro —se limitó a decir. 

Podría haberle dicho mucho más, como que le agradecía infinitamente el esfuerzo evidente que estaba haciendo por ayudarla, por evitar que se enfadara y por hacerla sentir querida, aunque en el último tiempo se hubiera convertido en un ser odioso.

Pero se le había anudado la garganta, algo que también tenía que agradecerle a su nueva etapa femenina. En su lugar, se dio la vuelta y abandonó la cocina con rapidez. Después de la ira, siempre llegaba el llanto y no estaba dispuesta a que nadie lo presenciara.

Él se quedó mirando el espacio por donde Doreen acababa de marcharse.

Ojalá supiera cómo sobrevivir a un día sin ti, cariño… Y serán seis malditas semanas.

Robert exhaló un largo suspiro y continuó poniendo la mesa.


* * * * *


Después de cortar con Jim, Tim había recibido dos llamadas. Todas relacionadas con el asunto de la cerca, que estaba en manos de la policía y, solo teóricamente, del seguro. Se disponía a llamar a su padre, cuando el móvil volvió a sonar.

Tim negó con la cabeza. 

¡Será posible! ¡Vaya día de locos…!

—Pídele a alguien que te ayude con esto, tío. Si dependemos de mí, no acabaremos nunca —le dijo a Logan Phillips, el capataz jefe del rancho. 

Logan le dio dos golpecitos en la espalda con su mano enguantada, y usó su teléfono para solicitar brazos extras.

Tim regresó su atención a la llamada. Frunció el ceño al ver el nombre que parpadeaba en su pantalla. No se le ocurría ninguna razón para que Bella lo estuviera llamando. Aunque, teniendo en cuenta el nivel de ingenio, por no decir locura pura y dura, de la presidenta del club de fans de Ken, seguro que la había.

Sé que estarás trabajando duro como el ranchero que eres… Ahora que lo pienso, a saber en qué te habré pillado… Igual estás ordeñando una vaca, o esquilando una oveja, o vete a saber, y aquí estoy yo, dándote la brasa… Pero, tranquilo, seré breve —oyó que Bella le soltaba sin dejarle decir ni «hola».

Tim se tuvo que reír. Era imposible no hacerlo. Cuanto más la conocía, mejor comprendía la rapidez y la facilidad con las que Bella se había hecho un lugar en la vida de su hermano mayor. Era muy buena gente y, encima, era divertidísima. Una chica ocurrente y espontánea.

—Sí, hay un «vete a saber» larguísimo de cosas por hacer en un rancho. Lo difícil será llamarme y no pillarme en alguno… —La oyó reír—. Así que no te preocupes, Bella. Cuéntame. ¿Qué te traes entre manos, esta vez? ¿Qué estás organizando para mi hermano?

Aunque te parezca increíble, esta vez, no llamo por Ken. Llamo por ti —dijo intrigante.

Tim se echó a reír. 

—¿Por mí? ¡Venga ya! Dicen por ahí que te gustan callados, sí, pero solamente si, además, no llevan un solo pelo en la cabeza… Y entre los Bryan la calvicie no es un problema, como seguramente ya habrás descubierto.

Vio que Logan lo miraba sonriendo, pero con evidente sorpresa, y Tim se encogió de hombros. Así eran siempre las conversaciones con Anabella Simpson. Daba igual si sucedían en persona o por teléfono. Su desparpajo era tan contagioso, que ni él podía evitarlo.

Oyó que Bella soltaba una carcajada.

No creas todo lo que dicen, Tim… Te llamo porque anoche estuve hablando con Sue. Me pidió tu número. Por lo visto, tú y tu familia os marchasteis enseguida y no tuvo ocasión de… Bueno, da igual. La cuestión es que le dije que no podía dárselo sin más, que primero tenía que hablar contigo.

Tim pasó de la risa al asombro en un santiamén. Y del asombro a sentirse muy raro en otro. Le sorprendía que la muchacha quisiera hablar con él. También le halagaba, claro. Ver a Jim intentando captar su atención sin éxito durante semanas, había consolidado una imagen de «chica difícil» en su mente. Él, por lo visto, lo había conseguido a la primera y sin siquiera proponérselo. Pero, conociendo a Jim, no le parecía una buena idea. 

—¿Seguro que soy yo el Bryan con el que quiere hablar? —fue todo lo que se le ocurrió decir. Y se sintió patético, pero ya lo había dicho.

Bella sonrió con picardía y, aunque Tim no podía verlo, se notó en su tono de voz al decir:

Bueno, si quisiera hablar con Jim, habría atendido alguna de sus doscientas mil llamadas, ¿no te parece? Además, para el carro. Pedirle una cita no es la única razón por la que una chica puede querer el teléfono de un chico, ¿sabes? Y para muestra, ahí va un botón: ¿fuiste tú quien me dio tu número? No. ¿Cuántas veces has tenido mi voz susurrándote al oído? Un montón, ¿a que sí? ¿Alguna vez te he pedido una cita? Jamás de los jamases. ¿Lo ves? ¡Qué mal pensados sois los hombres, de verdad! —dijo, apelando al humor, en un intento de quitarle hierro al asunto.

Y lo consiguió, en parte. Para empezar, hizo reír a Tim. Para seguir, lo hizo pensar. Bella tenía razón. La conversación que había mantenido con Jim en la furgoneta al salir del rancho, con su insólita pregunta sobre si Sue Anderson le gustaba y su más que insólita advertencia al respecto, había despertado mucho recelo en él, convirtiendo a la muchacha en un tema delicado. Pero no tenía por qué ser así. 

Ahora, en serio, Tim… —insistió Bella, ante el persistente silencio del mediano de los hermanos Bryan—. Si conocieras a su familia como la conozco yo, te darías cuenta de que ayer le hiciste un enorme favor y no te extrañaría que quiera darte las gracias. Además, y ahora voy a fardar con descaro de mi amiga —anunció, risueña—, Sue es de esa clase de personas: de las que siempre están cuando las necesitas y saben valorar como Dios manda la ayuda que reciben, cuando son ellas las que están en apuros. 

—¿Y ayer estaba en apuros? —Tim lo dijo en tono de «no intentes venderme la moto, que no la compro».

¡Chico, hay que ver lo fácil que es Jim cuando se trata del sexo opuesto, y lo complicado que eres tú! —exclamó entre risas—. Vale, a ver… Lo plantearé de otra forma: ¿te acuerdas de lo que te dije al principio de nuestra conversación? Mi amiga sabe que iba a preguntarte si podía darle tu número. Está esperando una respuesta. ¿Qué quieres que le diga? 

Él respiró hondo. 

En otras palabras, no tenía más alternativa que decir que sí. De otra forma, quedaría como un imbécil pretencioso.

¡Pero como el inmaduro de mi hermano se entere de que ella tiene mi móvil, montará un follón de cuidado!


* * * * *


Doreen entró aprisa en su habitación y cerró la puerta. Se quedó de pie en medio de la estancia, decidiendo qué hacer. De repente, la breve conversación que acababa de mantener con Robert, le había hecho comprender que anunciar: «me marcho un tiempo», era mucho más fácil de decir que de hacer. Antes de que pudiera poner un pie en el avión, tenía un millón de cosas que hacer. Y, aun haciéndolas, ¿qué sucedería cuando ella estuviera en Montana? ¿Quién se haría cargo de su parte del trabajo en Nashville? Tenía que dejarlo todo organizado antes de marcharse y no sabía por dónde empezar.

Procuraba regresar a Montana, a visitar a su familia, cada año. Solía escoger la época de menor actividad en el rancho y, como lo planificaba con tiempo, solía tener alrededor de un mes para dejar todos los hilos bien atados. Aunque siempre recurría a una cocinera, una vecina a la que conocían hacía años, a la que le pagaba para que se ocupara de preparar la comida y la cena para su cuñado y sus sobrinos, Doreen también solía dejarles raciones congeladas de sus platos favoritos. Así había sido hasta que habían ingresado de urgencia a Robert por primera vez. Desde entonces, iba a visitar a su familia un poco a salto de mata. Pero, aunque la frecuencia hubiera cambiado, siempre había una planificación previa. Siempre, excepto ahora.

Doreen negó con la cabeza, preocupada. Para peor, en Springfield, disponía de los contactos adecuados para todo, pero, en Nashville, no. No le había dado tiempo a hacerlos, hacía apenas un par de meses que estaba en la ciudad. 

Se dirigió a la mesilla de noche, donde estaba su móvil, y lo cogió. Se sentó sobre la cama al tiempo que exhalaba un suspiro nervioso y efectuó una llamada.


* * * * *


Ken se estaba secando el pelo con una toalla cuando oyó que su móvil estaba sonando. Salió del baño y se dirigió a atender la llamada con una sonrisa en los labios. La bella durmiente se había despertado. Al fin. Había estado llamándola sin éxito desde hacía un buen rato. 

Cogió el móvil de escritorio que estaba contra la ventana y se rio al ver quién lo estaba llamando.

—Te entiendo, tía —se adelantó—. En este rancho todo es tan grande que hay que usar un teléfono para comunicarnos con otros habitantes de la casa.

Doreen sonrió ante la ocurrencia de su sobrino y le alivió encontrarlo despierto. Pensó que no era el tamaño de la casa, la razón de que hubiera usado el móvil, pero era de agradecer que, sin proponérselo, Ken le estuviera dando una buena excusa. 

Ya lo creo. O eso, o habrá que empezar a echar mano de patines o triciclos… ¡O de sillas de ruedas, como Chris! —dijo, ensayando una broma antes de entrar en materia—. Oye, Ken, necesito hablar contigo… No te entretendré mucho rato, lo prometo. ¿Podría ser ahora?

Él pasó de celebrar el comentario a fruncir el ceño. ¿Desde cuándo Doreen le pedía audiencia? Audiencia para ya, más concretamente. Entonces, se le ocurrió una razón. Había una sonrisa traviesa en su rostro cuando dijo:

—Me pregunto qué sorpresa te traes entre manos… Y a quién quieres sorprender esta vez —dejó caer, divertido. 

Doreen se mordió el labio. Desde luego, Ken se llevaría una sorpresa al saber lo que ella se traía entre manos. Y no sería una sorpresa grata. Se apresuró a apartar el pensamiento de su mente.

¿Puedes ahora, sobrino? —insistió.

La sonrisa desapareció del rostro de Ken y su ceño volvió a convertirse en un acordeón.

—Claro, cómo no. 

Perfecto. Ven a mi habitación y hablamos, ¿de acuerdo?

Ken asintió cada vez más extrañado.

—En diez minutos, estoy allí —se despidió.


* * * * *


Mientras tanto, en Springfield…


Tim sacó uno de los sándwiches que había comprado en la gasolinera la noche anterior. Abrió una lata de refresco que sacó de la nevera y con ambas cosas en un plato fue a sentarse en el porche, seguido por Rain, la perra de Jim. 

—¿Ya te has acabado tu comida y piensas seguir con la mía? —le preguntó.

El hermoso animal ladró y comenzó a mover la cola, al tiempo que daba vueltas alrededor de la mesa, haciéndolo reír. Seguro que, si se lo permitía, arramplaría hasta con su refresco. Menuda era. Digna mascota de un tragón como Jim.

Después de acomodar los almohadones multicolores hechos por su tía, se arrellanó en el cómodo sillón de madera. Dejó que su vista se perdiera en el horizonte, mientras comía el sándwich y pensaba en que la semana que tenía por delante, iba a resultarle inusualmente dura.

Y no solo por la bendita alambrada dañada, que le había obligado a destinar parte de la escasa fuerza de trabajo a un imprevisto; también porque habiendo asuntos tan importantes cociéndose en Nashville, se le haría más pesado de lo habitual estar lejos de los suyos. O, mejor, estar totalmente solo en la casa. Le resultó curioso descubrir esa faceta desconocida de sí mismo. Más curioso aún, fue caer en la cuenta de que, en veintiocho años de vida, jamás había estado solo. Había aprendido a no añorar a Ken, puesto que apenas era un adolescente cuando su hermano mayor había comenzado a pasar la mayor parte del año en Tennessee. Mejor dicho, había aprendido a mantener su añoranza a niveles tolerables. Pero tener al resto de la familia a su lado, de alguna forma, atemperaba ese sentimiento. Ahora, se habían invertido las tornas y era él el único que quedaba en Springfield.

Para peor, la noticia que le había dado Jim, había complicado el panorama nada halagüeño que se había encontrado al llegar. La decisión de su tía le parecía de lo más insólita. Además, de una auténtica insensatez. Algo, que teniendo en cuenta la mesura y la madurez de las que la mujer había hecho gala toda su vida, sumaba mucha preocupación. No era normal que Doreen hubiera elegido precisamente ese momento para irse a la otra punta del país. Jim tenía razón: algo debía haber sucedido entre su padre y ella. ¿Pero qué?  Los sentimientos de ambos eran evidentes desde hacía tiempo. Al menos, lo eran para él y sus hermanos. Los tres ignoraban, si Robert y Doreen habían llegado a hablar de esos sentimientos. Pero si eran evidentes para ellos, también tenían que serlo para Doreen. En el caso de que Robert hubiera dicho algo al respecto, no podía ser una sorpresa para ella. Además, aunque su padre había dejado clara su intención de casarse, era un hombre prudente. Y un hombre prudente no le haría una proposición a la mujer de la que estaba enamorado en mitad de su tsunami emocional. Esperaría a que las condiciones fueran propicias. Así que, si esos sentimientos, verbalizados o no, no podían tomar a su tía por sorpresa y su padre no le había hecho una propuesta matrimonial, dejándose llevar por la emoción, ¿qué narices había sucedido?

—Llámalo de una vez y pregúntaselo, tío —se dijo.

Estiró el brazo para coger el móvil, pero se dio cuenta de que no estaba sobre la mesa. Entonces, reparó en que la planta del tiesto que decoraba la superficie, estaba mustia. Hizo una mueca de disgusto. La ausencia de Doreen se notaba hasta en los detalles más insignificantes. Se apresuró a apartar ese pensamiento cargado de melancolía de su mente y se palpó los bolsillos. Entonces, recordó que lo había dejado en el mueble de la entrada junto con sus guantes de trabajo.

Se incorporó y entró en la casa. Allí estaba, en efecto. Lo cogió y regresó al porche. 

Volvió a sentarse y le dio otro bocado a su sándwich, bebió un sorbo del refresco y se dispuso a averiguar qué puñetas pasaba en su familia. No las tenía todas consigo de que su padre fuera a abrirle su corazón, como decía Jim, pensó con ironía. Pero, al menos, lo intentaría.

En ese momento, el móvil empezó a sonar. Miró la pantalla y no reconoció el número. Atendió.

¿Hola? ¿Tim? —oyó que decía una voz femenina que no tuvo ningún problema en reconocer—. Soy Sue. Sue Anderson. 

Tim se descubrió sonriendo y, al hacerlo, apretó los párpados. 

¿Por qué sonríes, tío? ¡Estás a punto de meterte en un lío de tres pares de narices!


_____________________________________________________
©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷


Comentar                                 Ir a Inicio 🔝                                Ir a Principal 🔙


CRS-07. Mystic Oaks, 1 (MO 1). Capítulo 9


9


Ken volvió a dejar el móvil sobre el escritorio y regresó aprisa al baño para acabar de arreglarse. Sabiendo lo que estaba sucediendo entre su padre y Doreen, la curiosidad lo estaba matando. No podía esperar a saber cuál era la razón de que su tía lo hubiera convocado a una reunión con tanta urgencia y nada menos que en su habitación. 

Enchufó el secador y, mientras se mesaba el cabello para permitir el paso del aire caliente, pensó en el asunto. Que lo hubiera convocado en su habitación, indicaba que lo que fuera que se traía entre manos, era algo que los demás no debían saber. Tim estaba en Springfield, de modo que no tenía que ver con él. En cuanto a Jim, a esas horas, no estaría en la casa, sino en los sectores de producción del rancho. ¿Era posible que su plan estuviera relacionado de alguna manera con las hermanas Thompson? Tratándose de Doreen era una posibilidad muy real. La generosidad y el sentimiento de familia de esa mujer no conocían límites… Pero Chris continuaba durmiendo en su habitación de la casa de los guardeses, y Lilly no estaría en el edificio principal, aunque ya se hubiera levantado. No sabía exactamente el porqué, y, ahora que pensaba en ello, tenía que preguntárselo a Chris, pero la muchacha nunca acudía allí por sí sola. Siempre lo hacía con alguien, en calidad de acompañante. Por otra parte, si Doreen lo estaba convocando, el plan no iba destinado a él, solo lo incluía como un colaborador necesario. Así que, ¿quién más quedaba? ¡Robert Bryan, por supuesto!

Ken sonrió. Le encantaba ser testigo de esta etapa de la vida de su padre y de su tía. Como decía Jim, eran el equipo perfecto y se alegraba de que estuvieran a punto de convertirse en la pareja perfecta. No había nadie mejor en el mundo que Doreen para su padre. Nadie lo conocía tan bien como ella. Y en cuanto a Robert Bryan… Sentía tanta admiración y tanto respeto hacia su padre, que le costaba imaginar que pudiera existir alguien mejor que él para Doreen. 

Animado por las perspectivas del día, que incluía una conversación importantísima con Chris, ante la cual se sentía tan excitado que casi no podía esperar para tenerla, Ken acabó de arreglarse, cogió el móvil y su botella de agua, y salió de la habitación.

Echó en falta el hocico de sus cachorros, haciéndole cosquillas en aquella forma tan particular que tenían Noah y River de darle los buenos días. Pensó que era raro no haberlos visto desde que se había levantado. Entonces, se acordó de Jim. Seguramente, los perros estarían con él, en los futuros sectores de producción.

Vestido con unos vaqueros desgastados, una camiseta negra de mangas cortas y, por una vez, calzando unas zapatillas de deporte a juego, en vez de botas, atravesó el edificio pensando cuánto le gustaba estar en casa y poder ser un tipo normal y corriente.

Se detuvo frente a la puerta del dormitorio de su tía, golpeó dos veces y, a continuación, asomó la cabeza por la puerta.

—Ya estoy aquí. ¿Puedo entrar?

Ella fue enseguida a recibirlo y, en cuanto Ken puso un pie dentro de la habitación, le echó los brazos alrededor del cuello.

—¡Eh, cuánta emoción! —dijo él, respondiendo a la bienvenida con su brazo libre. En la otra mano, llevaba el móvil y la botella de agua.

Lo había dicho por decir. En realidad, empezaba a sentir preocupación. Primero, su llamada. Ahora, aquel abrazo sin venir a cuento.

Cuando Doreen se apartó, notó que sus ojos estaban más brillantes que de costumbre. Y enrojecidos, pensó. Su preocupación se disparó.

—¿Qué pasa, tía? ¿Estás bien?

Ella, a duras penas, se las arregló para contener las lágrimas. Sin embargo, luchó por no preocupar a su sobrino, más de lo que ya estaría por aquella inusual convocatoria.

—Sí, sí… No te preocupes… Ven —dijo tomándolo de la mano—, vamos a sentarnos junto a la ventana, y te cuento.

Ken la siguió procurando mantener su preocupación a raya. No quería ser un alarmista. Sabiendo que había movimientos sísmicos entre su padre y ella, lo más probable era que su tía quisiera contarle algo relacionado con eso. Su relación personal estaba cambiando, habían discutido —su padre le había dicho que ella estaba muy enfadada— y era normal que hubiera momentos de tensión. Además, si por algo era conocida en la familia su tía, era por ser de lágrima fácil. Pero al recibir su llamada, no había contado con encontrarse ante semejante panorama. 

Después de que los dos tomaran asiento en los sillones, Doreen se sirvió un vaso de agua y le ofreció un poco a Ken. Con una sonrisa compasiva, él le señaló la botellita que siempre iba con él y acababa de depositar sobre la mesa.

—Sí, perdona… Estoy un poco… —¿Desquiciada?, pensó. En su lugar, exhaló un suspiro y fue al grano—: He decidido pasar un tiempo con los míos, en Montana.

Guau. ¿Montana? ¡Pero ¿qué narices ha sucedido?!

Ken se dejó caer contra el respaldo del sillón, mirándola asombrado. Su mente bullía de preguntas, pero no hizo ninguna. Permaneció callado, esperando que ella se explicara.

—No era la sorpresa que esperabas, ¿verdad? —Doreen negó con la cabeza, contrariada—. De acuerdo, veamos. No voy a entrar en detalles. Son de naturaleza personal. —Hizo una pausa. Le costaba enhebrar cada frase, encontrar las palabras correctas que comunicaran su decisión, sin hacer daño y sin añadir preocupación—. Necesito ver a los míos. La última vez que estuve en casa fue en enero de 2001. Y también necesito… —Se quedó pensando unos momentos y al final dijo—: cambiar de aires un tiempo. Solo serán cinco o seis semanas, a lo sumo. Quiero estar de vuelta para la mudanza y ayudar a Tim a embalar nuestras cosas en Springfield, pero acabo de caer en la cuenta de todo lo que implica que me ausente… Y de que aquí no conozco a nadie todavía… ¿A quién voy a encargarle que cuide de vosotros mientras yo no estoy? —Soltó el aire en un suspiro cargado de ansiedad—. Y, Dios… Me ha entrado una desesperación tremenda…

Ken sonrió con ternura, aunque, por dentro, seguía intentando poner en contexto las palabras de su tía. ¿Cambiar de aires? Acababa de llegar a Nashville, después de años en Springfield. Doreen no quería cambiar de «aires», sino de vistas. Concretamente de unaL la de un señor alto, de cabello rubio, plagado de canas plateadas, y ojos azules. Un señor al que, de hecho, él se parecía mucho.

—Cuidar de nosotros —repitió con un punto de humor. 

Doreen, en cambio, no fue consciente de la comicidad, solo de la dulzura que había impregnado las palabras de su sobrino, y le caló hondo. Ken era el vivo retrato de su padre, pero su parecido iba mucho más allá del físico. Sus mismas pausas. Su misma mirada atenta. Su misma dulzura demoledora…

—Sí, como lo oyes. Siempre cuidaré de vosotros —le aseguró muy seria—. Aunque os caséis y os convirtáis en padres. Siempre estaré pendiente de vosotros. Si tenías alguna duda, ya puedes ir borrándola de tu mente. Y ahora, si no te importa, volvamos al tema. Necesito que me ayudes a organizar todo lo necesario para poder irme.

Él se estiró y acarició las manos que la mujer se restregaba, nerviosamente.

—Me encanta que quieras cuidarnos, Doreen. Solo intentaba que te relajaras un poquito. Vale, empecemos por el principio… ¿Cuándo sale tu vuelo?

También tenía la misma capacidad que su padre de dejarla inerme a la primera, pensó, incómoda. Sintió que sus mejillas ardían y, al ver la mirada de Ken, se dio cuenta de que él ya se imaginaba que no había ningún vuelo. No había un billete de avión, ni una fecha de partida, porque no se trataba de algo que hubiera planeado.

—Me iré en cuanto tenga todos los hilos atados… —repuso con dignidad, a sabiendas de que su sobrino, que no dejaba de mirarla con aquella ternura marca de la casa, ya no tenía ninguna duda de que había más razones en su viaje, que el simple deseo de volver a ver a su familia.

Vio que su sobrino asentía, y respiró hondo. Menos dudas aún, tendría Ken en un minuto, pensó Doreen antes de decir:

—Quiero que esto quede entre tú y yo. En un rato, cuando vayamos a comer y tu padre te cuente que me voy a Montana, quiero que hagas de cuenta que para ti es una novedad. Fuera de estas cuatro paredes, esta conversación no ha existido, ¿de acuerdo? 

La expresión de Ken cambió de divertida a profundamente tierna. Ignoraba qué había sucedido en las horas precedentes entre su padre y esa mujer que, a todos los efectos, había hecho el papel de madre para él y sus hermanos, pero era plenamente consciente de que estaba siendo testigo de una transformación entrañable y hermosa del sentimiento que los unía desde hacía años. 

Ken tomó las manos de la mujer entre las suyas y las apretó amorosamente.

—Cuenta con eso, Doreen.

Ella soltó un suspiro y acarició las manos de su sobrino antes de liberar las suyas con la excusa de beber un buen sorbo de agua.

—Muy bien —dijo, al fin—. Entonces, empecemos.


* * * * *


Tim frotó enérgicamente la cabeza a Rain y acabó ofreciéndole el trocito de sándwich que le quedaba, para que la perra lo dejara en paz. Era un encanto de animal, y estaba claro que la ausencia de su amo la desconcertaba, pero en aquellos momentos el interés de Tim estaba en otra parte. Concretamente, en la joven que tenía al teléfono.

—¿Qué tal…? Iba a decirte «qué tal, tanto tiempo», pero no hace tanto tiempo… 

Nop. Aunque, si te digo la verdad, llevo corriendo de una clase a la siguiente desde que me he levantado, tempranísimo, por cierto, así que tengo la sensación de que ha pasado un siglo desde que sonó el despertador. Y eso ha sido hoy. Imagínate lo lejano que me parece ayer…

Tim asintió con la cabeza. No podía estar más de acuerdo con ella. Él se sentía agotado y todavía le quedaban ocho horas de trabajo por delante, mínimo.

—¿Madrugas mucho?

La pregunta había sido tan inesperada para él que, cuando quiso darse cuenta, Sue ya la estaba respondiendo.

Seguro que no tanto como tú, pero sí… Alguna que otra vez me toca ir encendiendo las farolas… —Se rio con malicia—. Mis hermanos me odian un poquito más desde que me he apuntado a la clase de Derecho de familia avanzado. Es broma… —se apresuró a añadir, riendo—. No me odian, aunque más de una vez, me atarían a la cama, si pudieran… Solo para poder dormir un ratito más. —Y volvió a reírse. Pensaba en su hermano Rick. Era el más protector y el más pesado. En su caso, no se trataba solo de no tener que madrugar tanto, sino de protegerla de todos los males del mundo.

Tim frunció el ceño, intrigado. Se preguntó qué tenían que ver los hermanos de Sue con su clase de Derecho de familia avanzado.

—¿Lo dices porque son ellos los que te llevan a clase? —se animó a preguntar. Ignoraba su edad, pero le parecía que hacía tiempo que había dejado atrás la época de tener que ir acompañada de un adulto responsable para poder hacer según qué cosas. Eso no quería decir nada, estaba claro. Pero era, como mínimo, poco corriente. Ahora, los chicos —independientemente de su sexo—, se movían de forma autónoma desde que cumplían los trece o los catorce.

Ella suspiró antes de decir:

Te suena rarísimo, ¿a que sí? A mí también, pero es lo que toca. 

Tim se quedó pensando unos instantes. En su casa, eran tres hermanos. Ninguna chica. Y a sus veintiocho años seguía teniendo que llamar a su padre cuando llegaba al rancho para que él se quedara tranquilo. No pudo evitar preguntarse cómo habría sido la vida de los Bryan, si hubieran tenido una hermana mujer. ¿Hasta qué punto habrían logrado la tía Doreen y sus ideas liberales influir en Robert Bryan? Tuvo que sonreír al caer en la cuenta de que la respuesta a esa pregunta era «probablemente, no mucho».

—Bueno, no es lo habitual hoy en día, pero raro, lo que se dice, raro… No diría tanto. Si hubiera una chica entre los Bryan, creo que tampoco se libraría de salir con guardaespaldas… —concedió, riendo.

La escuchó reír. No era una risa nerviosa, tampoco una coqueta. Tuvo la sensación de que la conversación fluía entre ellos, igual que había sucedido el día anterior, de que tan solo eran dos personas disfrutando de una conversación amena. Eso lo animó a continuar.

—Ojo, que no lo digo en un sentido paternalista… Bueno, a lo mejor, un poco sí… Pero tiene que ver más con nuestra forma de entender la relación entre hermanos, de entender la familia, ¿sabes? Somos muy protectores entre nosotros, estamos muy pendientes de cómo nos van las cosas, de lo que hacemos y no hacemos… Si tuviéramos una hermana mujer, sería la favorita de la casa. 

Vuestro ojito derecho —intervino Sue, riendo.

Sí, seguro. Y nos tendría a todos revoloteando a su alrededor, pendiente de sus cosas. Reconozco que, a veces, puede resultar pesado… Piensas que, de vez en cuando, estaría bien no tener que dar explicaciones… Imagino que, siendo una chica, lo llevarás un poco peor. Además, en tu caso, son cinco contra una, ¿no?

Los dos rieron. Tim pensaba que, en el caso de los Bryan, el equilibrio venía dado en gran medida porque solo eran tres. Si fueran cinco o seis, ese equilibrio saltaría por los aires y su padre se las vería negras para imponer el orden. Sue, en cambio, pensaba en lo bien que le caía Tim y en lo a gusto que se sentía hablando con él.

Sí, señor. Cinco. Todos son chicos y mayores que yo. Así que, imagínate, pierdo dos veces: por ser la única mujer y por ser la benjamina de la familia. ¡Es horrible! Dondequiera que voy, siempre llevo una sombra pegada… ¡O más de una! —exclamó, risueña.

Tim volvió a fruncir el ceño. 

—Qué raro que no se haya presentado alguna de tus sombras en el asador ayer… A lo mejor, no es tan fiero el león como lo pintan, ¿no? —tentó, diciendo en alto exactamente lo que estaba pensando.

La explosión de carcajadas por parte de la muchacha duró un buen rato en esta ocasión.

¿Que no? ¡Claro que sí! —repuso, tomando a Tim por sorpresa—. Ayer, hubo un momento en el que me fui del jardín… Está claro que no te diste cuenta, pero…  A lo que iba, uno de mis hermanos —Rick, el mayor— me estaba esperando en la calle. Llevaba un rato llamándome por teléfono y enviándome mensajes. Yo le explicaba lo que ocurría y él seguía erre que erre. Salí del asador para evitar que él entrara porque sabía que discutiríamos, y eso fue exactamente lo que pasó… Verás, respeto las reglas del juego. Son estrictas y, muchas veces, me ponen de los nervios —dijo en tono cansino—. Pero son las de mis padres y, mientras viva bajo su techo, las respetaré. Lo que no me gusta y no tolero es que pongan en duda lo que digo. Y siempre que salgo con Bella, me toca dar un montón de explicaciones… —El tono cansino regresó—. La verdad, no me parece justo. 

Tim no salía de su asombro. No solo no se había dado cuenta de nada; de haberlo hecho, tampoco habría imaginado la verdadera razón de que su hermano se hubiera presentado allí. Por cierto, tampoco había imaginado que detrás de aquel rostro juvenil, se escondía un talante tan contestario.

—Pero volviste a reunirte con nosotros… —dijo, tentativamente.

¡Por supuesto! Crecer en un ambiente en el que estoy en clara minoría, no ha conseguido acobardarme, precisamente.

—Guau. Así que eres una chica dura —se rio Tim.

No te imaginas cuánto —concedió ella, y no se explayó.

No hizo falta que lo hiciera. Tim empezaba a comprender que la imagen de chica difícil que se había forjado de Sue al ver lo duras que le estaba poniendo las cosas a Jim, era real. Real, pero con un matiz. 

Sue Anderson no era una chica difícil, sin más. Era una persona de carácter decidido, que tenía las ideas muy claras y obraba en consecuencia.


* * * * *


Después de haber puesto la mesa y de echar un último vistazo a la cazuela para asegurarse de que la cocción seguía su curso sin imprevistos, Robert apartó una silla de la mesa con la intención de sentarse. Pero, cambió de idea. Cogió su móvil de la encimera y se dirigió a la salida.

Abrió la puerta exterior y permaneció de pie en la pequeña explanada decorada a cada lado con grandes macetones de flores y suculentas. 

Negó con la cabeza, contrariado. 

Hoy era uno de esos días en los que agradecería poder sentarse en un porche y dejar que el aire, el sol y el canto de los pájaros le ofrecieran un poco de sosiego. Pero eso no era una posibilidad, puesto que quien había diseñado semejante casoplón no lo había provisto de una mísera galería sombreada donde poder poner una silla y sentarse a disfrutar de tanto horizonte.

¿No será que estás de un humor de perros y no ves más allá de tus narices? 

Lo estaba, reconoció. Y se sintió mal por ello. Estaba vivo. Por increíble que pudiera parecer, estaba vivo. Y, para mayor fortuna, ahora toda su familia vivía bajo un mismo techo, otra vez. El futuro se presentaba realmente prometedor para todos, en especial para Ken. No tenía ningún derecho a estar malhumorado. 

Suspiró y miró alrededor. Decidió que, a falta de un porche, el alféizar que había bajo cada una de las ventanas de las habitaciones situadas en el lado oeste de la casa, tendría que valer. Escogió el más próximo a la puerta de entrada y se sentó. Dejó el teléfono a su lado. Apoyó los antebrazos sobre sus muslos y volvió a mirar alrededor. Realmente, era un lugar magnífico. Grandioso.

Pero, si pensaba continuar viviendo en ese edificio enorme, iba a tener que proveerlo de un porche en condiciones. No tenía que ser como el de Springfield, situado al frente de la casa, invitando a cualquiera que se acercara a hacer un alto en el camino, sentarse en los cómodos sillones y disfrutar de una buena taza de café. Podía tratarse de un espacio techado en la parte posterior, que estuviera comunicado con la cocina, por ejemplo. Sonrió. Doreen se ocuparía de convertirlo en una maravilla, decorada con flores y plantas por doquier, con una buena mesa para desayunar o comer, y unos cómodos sillones —con sus correspondientes cojines hechos a manos por ella— donde pasar las últimas horas del día, respirando el aire puro y alimentando los sentidos con la enorme belleza de aquel paraíso terrenal.

Asintió con la cabeza, sintiéndose de repente ilusionado con el nuevo proyecto. Cuando Doreen regresara de Montana, el nuevo lugar de reunión familiar estaría listo para que ella le diera su toque mágico y lo convirtiera en el rincón más especial de la casa. Suspiró. No sería como tenerla en carne y hueso, pero lo mantendría ocupado hasta que ella volviera a casa.

Montana, pensó. Cada vez que esa palabra aparecía en sus pensamientos, se le hacía un nudo en el estómago. Nunca había sido una palabra asociada a sentimientos gratos. Antes de casarse con Martha, era sinónimo de añoranza y de soledad. Y después, cuando ella ya no estaba, y era Doreen quien viajaba a visitar a su familia, durante mucho tiempo, había sido sinónimo de complicaciones: las derivadas de quedarse solo con tres niños, una casa y un rancho, todo el tiempo que ella estaba lejos. Doreen siempre se había preocupado de dejarlo todo lo más organizado posible, pero ser padre soltero y, encima, ranchero, nunca había sido una tarea fácil. 

Y ahora, volvía a ser sinónimo de añoranza y de soledad. 

Robert bajó la vista. En esta ocasión, Montana también era equivalente a frustración. Una parte de sí mismo no estaba de acuerdo con dar tiempo al tiempo. Era esa parte, la que lo agotaba con preguntas y dudas, y ante la natural falta de respuesta, se frustraba. Hasta el momento, había dado por bueno que Doreen estaba enamorada de él y que tan solo sentía miedo de admitirlo, de que los dos hicieran claros sus sentimientos, de lo que sucedería después de que lo hicieran. Dejarla a su aire, no presionarla y permitir que el tiempo se ocupara de poner las emociones en su sitio, parecía lo más razonable. Doreen también tenía que enfrentarse a los desajustes y altibajos propios de la fase femenina por la que estaba pasando. No era la de siempre. Necesitaba tiempo y tranquilidad para adaptarse a sus nuevas circunstancias. 

No obstante, existía otra posibilidad… 

Estaba seguro de que Doreen lo quería, pero, ¿y si no estaba enamorada de él? ¿Y si lo que ella sentía, no era lo bastante grande para arriesgarse a cambiar su estatus dentro de la familia Bryan? ¿Y si era esa la razón de que ella se negara a hablar del tema?

Soltó el aire por la nariz. Si al menos no lo cortara en seco cada vez que él intentaba sincerarse con ella…  Todo sería mucho más sencillo. 

Y él no se sentiría tan frustrado.

Cogió su móvil. Sabía por Jim, que Tim había llegado bien a Springfield, pero quería oírlo de viva voz. Además, suponía que su hijo menor se habría ocupado de adelantarle las malas nuevas. No obstante, quería ser él quien se lo dijera, igual que haría con Ken. No solo porque no quería hacer diferencias entre sus hijos. Tenía una razón especial en esta ocasión: necesitaba hablar con Tim. Era un hombre maduro, sosegado y medido, y, aquel día en particular, necesitaba de todo el sosiego que pudiera hallar. La noticia de Doreen lo había sacudido mucho más de lo que estaba demostrando. La procesión iba por dentro.

Marcó su número y se acercó el aparato a la oreja. Daba señal de que la línea estaba ocupada. Tim estaba hablando con alguien. Aquel día, por lo visto, el sosiego no dejaba de resistírsele una y otra vez.

Robert colgó y, con un suspiro de resignación, volvió a dejar el móvil junto a él.

_____________________________________________________
©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷


Comentar                                 Ir a Inicio 🔝                                Ir a Principal 🔙


CRS-07. Mystic Oaks, 1 (MO 1). Capítulo 10


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2025/2026
__________________________________________

10


Robert llevaba diez minutos en el alféizar bajo de la ventana, rumiando su frustración, cuando se puso de pie. Volvió a entrar en la casa como un autómata, ya que no tenía ningún propósito en especial. Podía regresar a la cocina a comprobar la cazuela por enésima vez, sabiendo de antemano que no había necesidad de comprobarla. También podía coger sus gafas de leer y el periódico, y sentarse en la biblioteca hasta que llegara la hora de comer, sabiendo que sus ojos solo pasarían sobre las letras impresas sin que la información recibida conectara con su cerebro en ningún momento. Sus neuronas estaban muy ocupadas en descifrar un intríngulis amoroso y parecían totalmente incapaces de concentrarse en nada más. Y, dado que ahora estaba retirado, tampoco tenía el escape de refugiarse en la inmediatez del trabajo.

Se detuvo en mitad del hall, del que salían cuatro corredores luminosos —dos a cada lado—, que conducían a las otras áreas de la vivienda, como si estuviera ante un cruce de caminos, sin acabar de decidirse cuál tomar.

Esto no es justo.

Aquel pensamiento lo tomó por sorpresa, no solo por lo intempestivo, sino también por el sentimiento que lo acompañaba. Lo que sentía era más que frustración, era enfado. 

Doreen podía negarse a hablar de sus sentimientos, pero no tenía ningún derecho a impedir que él expusiera los suyos. Se estaba comportando como una niña, creyendo que, con cerrar los ojos, la realidad que la asustaba desaparecería como por encanto cuando volviera a abrirlos. 

No era así. Ni mucho menos.

Aunque Doreen se empeñara en poner cuatro mil kilómetros entre los dos, él no dejaría de amarla, ni de añorarla, ni de contar los días que quedaban para su regreso. Y cuando al fin regresara, tampoco estaría dispuesto a seguir callando sus sentimientos hacia ella. De hecho, ya no lo estaba. No era justo que se lo exigiera. Y permitir que lo hiciera, era sentar las bases para que siguiera exigiéndolo. 

Robert asintió con la cabeza, reafirmando sus pensamientos. Le concedería el tiempo y el espacio que ella necesitara para sí misma, para asumir su nueva situación y tomar sus decisiones, pero sobre sus sentimientos no haría concesiones. Eran los que eran y no cambiarían; daba igual lo que Doreen hiciera o qué tan lejos eligiera irse.

Giró a la derecha con decisión y tomó por el pasillo que estaba situado a la derecha de los dos que se abrían ante él.

En aquel momento, sonó su móvil. Se detuvo y consultó la pantalla: era Tim.

—¿Qué tal, hijo? He estado llamándote, pero la línea estaba ocupada todo el tiempo… ¿Va todo bien por allí?

En Springfield, Tim se dirigió al interior de la casa, seguido por Rain, la mascota de Jim. Llevaba el plato con la servilleta de papel usada y la lata de gaseosa vacía a la cocina. Iba con el tiempo justo para hablar unos minutos con su padre, lavarse los dientes y regresar al trabajo.

Sí, papá, no te preocupes. Estaba con el tema de los jornaleros… —mintió.

—¿Y, qué tal? ¿Cuándo empiezan?

Tim hizo un gesto de dolor. Decían que las mentiras tenían las piernas cortas. La suya, le había durado un suspiro. Tendría que seguir mintiendo, ya que la verdad era que había estado disfrutando de una larga conversación telefónica con Sue Anderson y, habida cuenta del follón que había organizado Jim la noche anterior a cuenta de ella, no era algo que pensara compartir.

Tal como le había anticipado Bella, Sue lo había llamado para agradecerle a él y a su familia que le hubieran sacado las castañas del fuego la tarde anterior, llevándola a casa y socializando con sus padres. Le había dicho que su madre había quedado encantada con Doreen, que le había resultado una mujer de lo más agradable, y que la reprimenda de su padre se había limitado a decirle que la próxima vez que se retrasara, lo llamara a él, personalmente. Lo cual, por lo visto, no era nada comparado con sus reprimendas habituales. Y eso había sido todo. Diez minutos de los más agradables, sin coqueteos, ni insinuaciones o invitaciones disfrazadas de ocurrencia espontánea a volver a verse o a llamarse por teléfono… A pesar de lo cual, Tim prefería guardarse lo sucedido para sí. En el fondo, seguía teniendo la sensación de que no estaba obrando bien, hablando con Sue a espaldas de Jim. 

Pronto. Quizás para el jueves o el viernes, pero aún no he concretado nada. Espero hacerlo esta noche —dijo, para salir del paso. 

—Pero vendrás el viernes, ¿no? —quiso asegurarse Robert. Ignoraba cuándo se marcharía Doreen, pero sospechaba que no tardaría mucho en hacerlo. 

Tim no titubeó. 

Sí, claro. Al anochecer me tendréis por ahí. —Aunque no durmiera en cuatro días para ponerse al día con el trabajo, no pensaba pasar el fin de semana solo en el rancho—. Y tú, ¿qué tal estás?

Robert respiró hondo y soltó el aire por la nariz. Decidió que no disfrazaría la verdad. Ante Tim, no. 

—Dame un momento —pidió. Y, a continuación, retrocedió sobre sus pasos y salió del edificio. Quería asegurarse de que la conversación sería privada. Descendió los tres escalones, atravesó la explanada bordeada por setos bajos a cada lado y, una vez en el camino principal de acceso, se alejó de la vivienda mientras se sinceraba con su hijo mediano. 

—Pues… estoy intentando asimilar la noticia del día. De momento, sin mucho éxito… Supongo que ya sabrás que Doreen se va un tiempo a Montana…

Sí, me lo ha dicho Jim.

El tono de voz y la brevedad superlativa de su hijo hacían innecesario que le preguntara cuál era su opinión al respecto. 

—Ya —dijo Robert mientras se alejaba despacio por el camino principal de acceso a la propiedad, con la vista perdida en el horizonte—. Tengo que admitir que esta vez me ha dejado totalmente anonadado con su decisión… ¿Pensará que marchándose las cosas van a cambiar? ¿Que cuando vuelva me habré olvidado del tema y ya no será necesario mantener una conversación adulta al respecto? Jamás he sido enamoradizo. No tenía arrebatos amorosos ni siquiera cuando estaba en edad de tenerlos, ¿creerá que voy a tenerlos ahora, con los sesenta y cinco cumplidos? Ahora que lo pienso… Igual, cree que estoy senil.

Tim, que había empezado a alucinar tras reparar en esa alusión acerca de que su padre y su tía aún no habían mantenido una «conversación adulta» sobre el tema, no pudo evitar reírse de buena gana con su comentario final. 

La risa de Tim arrancó a Robert de su soliloquio. Primero, se quedó cortado; luego, claudicó ante lo ridículo de la situación, y se rio.

—Sí, desde luego, a este asunto es mucho mejor tomárselo con humor —concedió.

No obstante, Tim tuvo claro que ni su risa ni su tono de voz denotaban gracia alguna. En el mejor de los casos, disgusto.

¿La tía no ha querido hablar del tema? —se atrevió a preguntar.

El largo suspiro que oyó a continuación le ofreció una pista significativa de la situación de su padre.

—No. No quiere saber nada con este asunto. 

Tim frunció el ceño.

¿Quieres decir que te evita o que, directamente, se niega a que habléis de ello?

Las palabras de Doreen regresaron a la mente de Robert.

«Lamento recordarte tanto a Martha. Nos parecemos mucho… Demasiado. Y supongo que, a veces, es inevitable que sientas mucha nostalgia… Pero yo no soy ella. Soy tu cuñada, la tía de tus hijos. Eso es lo que soy…».

—Se niega en redondo, sí —volvió a conceder, con más y más incomodidad.

El asombro de Tim crecía por momentos. Su padre estaba siendo tan medido, tan parco en palabras, que la curiosidad empezaba a desbordarlo. Si había algo con lo que, decididamente, no había contado, era con que su tía le hubiera parado los pies al mismísimo Robert Bryan. Su negativa a hablar del tema, tenía que ser para su padre, el equivalente perfecto a rechazarlo. No le extrañaba que estuviera tan disgustado.

¿Y por qué crees que lo hace? Alguna razón debe tener…

Robert suspiró.

—Francamente, no lo sé, Tim. No me ha permitido hablar. Y lo que ella llegó a decir, en un momento de enfado, me parece tan descabellado, que me niego a darle pábulo… No tiene ningún sentido que crea de verdad que su parecido físico con vuestra madre me ha puesto nostálgico. Mucho menos que, sin haberlo meditado con tiempo y con mucha calma, me atrevería a expresar en voz alta unos sentimientos que sé muy bien que cambiarán las cosas entre nosotros de manera definitiva. Me conoce. Sabe que no soy una persona impulsiva, que no me dejo arrastrar por las emociones del momento. No soy así, y lo sabe. —Suspiró—. Así que, sencillamente, no podía estar hablando en serio. 

Tim cerró la boca de golpe cuando su padre dejó de hablar. Era su turno de decir algo, pero seguía intentando conectar los puntos. Apenas recordaba algo de su madre, era muy pequeño cuando ella había muerto, pero había visto decenas de fotos y, aparte de los ojos, él no apreciaba un parecido tan grande entre las hermanas. Algún rasgo, algún gesto, una estatura semejante, y para de contar. Pero la tía Doreen creía que Robert veía a su esposa cada vez que la miraba a ella. ¿En serio? Estaba alucinando pepinillos.

O sea, que… No le has podido decir lo que sientes por ella…

—No. 

Joder. Tim sacudió la cabeza, como si intentara recolocar los trozos de información para que cobraran sentido. De momento, no estaba funcionando, puesto que, por más que lo intentaba, no conseguía imaginarse la situación. 

—Sé que suena a un despropósito total —siguió diciendo Robert con una mezcla de ironía e incredulidad—, pero, en cuanto ve, o cree ver, que la conversación toma un rumbo que no le gusta, se enfada y no me permite continuar… Debería decir que se enfada más, porque, desde ayer, su trato conmigo no puede ser más tenso y desagradable… Está que trina. Nunca la había visto así.

Tim se dio la vuelta y se apoyó contra la pila. Palmeó cariñosamente la pata que Rain acababa de apoyar en su rodilla y ante la insistencia del animal, ávido de cariño, se puso a frotarle la cabeza, mientras pensaba en lo dicho por su padre. Una idea acababa de aparecer en su mente y, aunque en principio la había descartado, volvió a considerarla.

Mmm… ¿Te has planteado que, a lo mejor, eso que para nosotros está tan claro, para la tía no está nada claro?

—No entiendo a qué te refieres.

Lo que digo es que mis hermanos y yo hace tiempo que nos hemos dado cuenta de que sientes algo por ella…

—Algo, no —lo interrumpió Robert—. No es «algo», Tim. Es amor. Estoy enamorado de Doreen.

Una sonrisa pícara y muy tierna se abrió paso en el rostro del mediano de los Bryan ante el alegato de su padre. No estaba acostumbrado a escucharlo hablar de aquel modo, pero lo haría. Se acostumbraría a ello con muchísimo gusto.

Vaaale… No es «algo», es amor —concedió—. ¿Te has planteado que, quizás, ese amor que nosotros damos por sentado, no esté tan claro para la tía? 

Oyó otro suspiro y una sola palabra. Definitiva y tajante.

—No.

Tim volvió a sonreír.

¿No de «no te lo has planteado», o no de «¡hombre, por Dios, a esa memez no hay por dónde cogerla!»? —propuso, cómicamente, en un intento de que su padre se relajara.

Lo consiguió. Robert sonrió al tiempo que sacudía la cabeza con desgana. Casi habría podido responder que ambas propuestas eran válidas. De hecho, él mismo le había dicho a Doreen que, o bien estaba ciega en lo que a él concernía, o bien él debía ser un grandísimo actor si había sido capaz de engañarla durante tanto tiempo. Sin embargo, no lo había dicho porque realmente lo pensara, sino porque la postura de Doreen le parecía tal desatino, que no le entraba en la cabeza.

—Es una mujer muy observadora y muy intuitiva. ¿De verdad, crees que no se ha dado cuenta de lo que siento por ella? Eso, por no decir que, francamente, dudo mucho que mis sentimientos puedan pasar inadvertidos a nadie —reconoció con evidente incomodidad—. A veces, tengo la extraña sensación de ser como una película con subtítulos. 

Tim emitió una risita tierna. ¡Qué mal lo estaba pasado, pobre hombre!, pensó.

No es para tanto, papá. No te preocupes —lo tranquilizó—. Puede que a ti no te lo parezca, pero lo estás llevando muy bien. Y sobre la tía… Si estuviera en tu lugar, yo me lo plantearía. 

Robert arrugó el ceño.

—¿Qué te plantearías?

Hasta ahora has intentado entablar una conversación con ella sobre el tema, partiendo de la base de que tus sentimientos son tan evidentes como los suyos y ambos sabéis lo que hay entre vosotros. ¿Y si haces de cuenta que no es así? ¿Y si te olvidas de lo que sabes, o de lo que crees que sabes? ¿Cómo encararías esa misma conversación?  

El impacto del razonamiento de Tim fue tan fulminante que Robert se detuvo. Dejó de andar y se quedó plantado en mitad del camino, a pleno rayo de sol, abrumado por la cantidad de ideas que habían empezado a recorrer su cabeza. 

Lo que sentía por Doreen era lo bastante evidente para que hasta sus hijos se hubieran dado cuenta. De modo que, le costaba mucho considerar seriamente la posibilidad de que ella, que era muy intuitiva y observadora (y, desde luego, no era ciega), no lo hubiera hecho. Tenía que haberse dado cuenta. Pero si Doreen estaba atribuyéndolo todo a la nostalgia que provocaba en él su parecido con Martha, entonces, era lógico que no los tomara en serio, puesto que no se creía la verdadera destinataria de tales sentimientos.

Y en cuanto a los de Doreen… Su corazón le decía que ella lo quería, que sus sentimientos hacia él eran tan profundos y databan de tanto tiempo como los suyos… Pero, puestos a ser realmente honestos, ¿hasta qué punto podía fiarse de lo que le dijera su maltrecho corazón? Desde hacía más de cinco años, el pobre iba a trancas y barrancas… Quizás estuviera equivocado. Y quizás esa fuera la razón de que Doreen estuviera intentando evitar el tema por todos los medios. 

Robert negó con la cabeza. Por supuesto, que se fiaba de su corazón. Era al que siempre había recurrido cuando lo que tenía por delante era una decisión dura o dudosa. No dejaría de hacerlo ahora. Además, su corazón no podía equivocarse en algo tan importante. De hecho, no le habría dado alas a sus sentimientos, si su piel no hubiera despertado del larguísimo letargo por ella. Sentía que Doreen era receptiva. Cuando se tomaban del brazo, o sus dedos se rozaban por casualidad al coger un vaso que ella le estaba entregando, las chispas eran reales… Oh, Dios, tan reales.  

¿Entonces, qué? Quizás era Doreen la que no se fiaba de su propia piel. Quizás estaba tan convencida de que él continuaba añorando a su esposa, que… 

Suspiró. 

Quizás. Quizás. Quizás.

Eliminar la certeza de la ecuación, cambiaba radicalmente la perspectiva de las cosas. Puesto que entonces, ya no se trataba de una conversación para certificar la existencia de unos sentimientos que ambos conocían, y formalizarlos, sino de una para descubrir si esos sentimientos existían, cuál era su calado, y si ambos estaban dispuestos a descubrirlo… Juntos

 —¿Sigues ahí? —preguntó Tim, al cabo de un rato.

—Sí, sí, disculpa… Me he quedado pensando en lo que has dicho, y se me ha ido el santo al cielo. 

Ah, vale... Entonces, no te parece una locura…

—No, Tim, desde luego, que no… Entre mi empeño en negarme a aceptar que Doreen ignora lo que siento y el suyo de impedir a toda costa que hablemos de ello… —Un nuevo suspiro escapó de su boca—. Es demasiado empeño. Y ya sabes cómo va el dicho: no hay peor sordo que el que no quiere oír. 

Tim asintió satisfecho.

Bueno…  ¿Y cuál es el plan ahora? ¿Ir a por un par de megáfonos? —bromeó.

Robert esbozó una sonrisa divertida, la primera del día, y su hijo tenía el enorme mérito de haberla conseguido. 

Pero no caería esa breva.

—Ya te gustaría saberlo… Pero me temo que para eso, tendrás que esperar.


* * * * *


Jim cerró el contacto y saltó del tractor. Era la hora de comer. Y lo sabía no porque le hubieran avisado, sino porque su estómago rugía. Aún le quedaba mucho terreno por arar. La semana anterior habían esparcido estiércol vacuno sobre la primera zona que entraría en producción: la dedicada a obtener alimento para los animales. Tim y él esperaban tener el suelo listo para sembrar alfalfa forrajera durante la fase de luna creciente el próximo mes.  

Se quitó los guantes de trabajo, los metió en el bolsillo trasero de sus vaqueros, y volvió a consultar el móvil del trabajo. Sin llamadas ni mensajes. ¿Debería empezar a preocuparse? Tenía a dos empresas de trabajo temporal buscando candidatos idóneos para el rancho y también había hablado con un tipo, que, según Tom, que era quien le había dado el contacto, era una especie de «consigue-todo» al que él mismo había recurrido en varias ocasiones. Por el momento, tan solo había recibido dos llamadas sin ningún resultado. Al conocer las condiciones laborales, los candidatos habían dicho que se lo pensarían, lo que, en otras palabras, venía a decir que pasaban del tema. No les interesaba. Jim sabía dónde estaba el problema: no era el salario ni la duración de las jornadas, sino que se tratara de una explotación nueva en la región. Sin referencias locales y sin poder usar a la estrella de la familia, como gancho, el rancho no ofrecía suficientes garantías a los ojos de gente que necesitaba trabajar para sostener a su familia. También, por qué negarlo, el caos y el estrés propios de los comienzos de cualquier actividad, tampoco obraban en su favor. Las jornadas en una explotación agrícola y ganadera ya eran intensas, sin añadir que estaba todo por hacer: hasta las divisorias de los sectores estaban aún en el estadio «mojón».

Silbó a Noah y a River, que enseguida corrieron hacia él.

—Nos vamos, colegas —se puso al volante del vehículo familiar y miró a los perros por la ventanilla—. Lo siento, tíos. El dueño de este coche no quiere pelos en los asientos… Pero sois jóvenes, ¡podéis seguirme corriendo!

Maniobró para incorporarse al camino principal. Lo hizo despacio, puesto que ese sector aún no estaba asfaltado. Otra cosa por hacer, pensó. Puso rumbo hacia la casa y se armó de paciencia para recorrer el camino a la misma velocidad que si fuera andando. Se entretuvo mirando a los cachorros por el retrovisor. Sus orejas flameaban y sus lenguas colgaban, como si fueran demasiado grandes para mantenerlas dentro de la boca. Eran dos perros preciosos. Dignos hijos de su madre.

Cuánto echaba de menos a Rain… Se quedó pensando un momento. Ya que le habían encargado la misión de quedarse en Nashville para contratar e instruir a los nuevos empleados, ¿qué tal, si le pedía a Tim que trajera a su perra el próximo fin de semana? Enseguida, hizo un gesto de disgusto. El pobre estaba solo en Springfield. Al menos, su perra le hacía compañía. Suspiró. Tendría que seguir echándola de menos un tiempo más… 

En aquel momento, vio que los perros lo adelantaban a la carrera. Frunció el ceño, riendo.

—¿Qué pasa? ¿Habéis olido la comida desde aquí?

Muy pronto, Jim descubrió que la razón por la que corrían no era pura alegría de cachorros: habían olido a su amigo de cuatro patas.

Jim sonrió. No podía ser Chris quien había sacado a pasear al Husky. Seguro que estaba desmayada en la cama, igual que su novio. Por lo tanto… A ver la cara que se le quedaba a Lilly cuando viera que estaba allí, en vez de en Springfield.

Tampoco tardó en descubrirlo. Los aullidos de Sultán alertaron de la presencia de Noah y River. El peludito de orejas puntiagudas solo se ponía tan eléctrico cuando se reunía con sus amigos. 

Los canes fueron los primeros en aparecer en el campo visual de Lilly. El siguiente, con unos instantes de diferencia, fue Jim, a bordo del coche familiar. Ella se llevó su mano buena a los ojos, como si se tratara de un catalejo, y negó con la cabeza.

—Qué va —dijo—. No puedes ser tú. ¡Estás en Springfield!

Jim detuvo el vehículo y cerró el contacto. Se apeó y fue hasta donde estaba ella, sonriendo.

—Soy yo. Es mi furgo la que está en Springfield… —comentó con cara de dolor—. Y mi hermano Tim, claro… Ya habíamos recorrido casi cien kilómetros, cuando mi padre nos pidió que volviéramos.

El rostro de la muchacha se puso serio de golpe.

—¿Está bien? Esta mañana todavía no le he visto… Bueno, acabo de levantarme… como puedes comprobar por mi cara, así que tampoco es que haya tenido taaaaaanto tiempo para ver a tu padre…

¿Qué le pasa a tu cara? Es preciosa.

Jim sacudió la cabeza ligeramente, en un gesto inconsciente de apartar esos pensamientos que no sabía de dónde habían salido. Se centró en lo dicho por Lilly y pensó que, en realidad, su padre no estaba todo lo bien que era de desear. Por no hablar del inminente viaje de su tía a Montana… Pero, siendo positivos, no se trataba de un asunto de salud, sino de amor. Él y sus hermanos llevaban años preguntándose cuándo Robert Bryan se animaría a abrir su corazón a otra mujer. Así que los tres estaban felices de saber que al fin estaba sucediendo. Eso era lo que contaba.

—Sí, sí… Se dio cuenta de que no debió haberse apuntado a hacerse cargo de las nuevas contrataciones en plantilla del rancho y nos llamó para que diéramos la vuelta. Quería que nos reuniéramos temprano y encontráramos una solución, así que… —Al ver la mirada sorprendida de Lilly, volvió a asentir con la cabeza—. Así es mi padre. La caga como nadie, pero cuando se da cuenta, no quiere esperar para corregir el error.

—Me recuerda tanto a Chris… —comentó ella al tiempo que movía la cabeza de arriba abajo—. Bueno, y a mí misma… Yo tampoco soporto mucho tiempo el sentimiento de culpabilidad, la verdad. 

Jim hizo un gesto con la boca que tuvo tanto de pícaro como de aprobatorio.

—Es bueno saberlo…

Intercambiaron miradas risueñas y Lilly se puso a acariciar el morro de Noah que, como siempre, no perdía ocasión de ir en busca de mimos.

Jim la observó con interés. Vestía un pantalón de chándal negro holgado y una camiseta de mangas largas del mismo color. No era tan ancha como el pantalón, pero sí lo bastante para disimular sus formas femeninas. Era una chica preciosa y nunca la había visto sacar partido de eso. Lo más ceñido que le había visto ponerse eran unos vaqueros que le quedaban de muerte, dicho fuera de paso. Ignoró ese nuevo pensamiento sorprendente y siguió analizando lo que veía. El cabestrillo de hoy era rosa fucsia. Y el cabello… Llevaba el pelo suelto.  Una ondulada mata rubia le cubría los hombros y la espalda. Una confirmación más de que su hermana debía estar durmiendo todavía.

Sonrió para sí.

—¿Te hago una coleta? —ofreció.

Ella lo miró de reojo. Sonrió divertida y negó con la cabeza.

—¿Por qué no?

—Tienes que mejorar la técnica, Jim.

Él se echó a reír.

—¿Te he dado muchos tirones, no?

La vio asentir con énfasis. Pensó que era normal, puesto que no estaba acostumbrado a manipular un cabello tan largo.

Pero, sobraba decir, que estaba más que dispuesto a aprender.

—Vale. Pero si no puedo practicar, ¿cómo voy a mejorar? 

—¡Ah, no sé, no sé… Pero con mi pelo, noooooo! 

Después de un rato de risas compartidas, Jim señaló el vehículo.

—Es la hora de comer. ¿Vienes? —y al notar que ella lo miraba dubitativa, añadió—: ¡Venga, mujer! Ya que no me dejas tocarte el pelo, al menos permíteme llevarte hasta la casa, ¿no?

Lilly, en efecto, se lo estaba pensando. Jim le gustaba. Como hombre, era un poema y como persona, alguien muy parecido a ella en el carácter y en el sentido del humor. Sin embargo, algo había cambiado el día anterior. No sabía exactamente en qué consistía el cambio ni cómo afectaba eso la forma en la que se relacionaban, pero algo en su interior le reclamaba cautela. 

«Cautela, sí», se dijo, «paranoia, no».

Lilly al fin sonrió y, con un gesto gracioso de su brazo sano, se hizo a un lado para dejarlo pasar en primer lugar.

_____________________________________________________
©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷


Comentar                                 Ir a Inicio 🔝                                Ir a Principal 🔙

Ir al siguiente capítulo >>>




COMENTARIOS


¿Quieres compartir tu opinión o hacerme alguna sugerencia?

Si has disfrutado de este texto exclusivo y quieres compartir tu opinión o hacerme alguna sugerencia sobre historias que te gustaría ver en el club, ¡sírvete tú misma! Me encanta que "me cuentes cosas" 😜 ¡Y siempre respondo! ¡Muchas gracias!

IMPORTANTE: No olvides indicar tu nombre y tu localidad en el apartado correspondiente. De lo contrario, no sabré a quién pertenece el comentario ¡y quiero saberlo! ;)