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CRS-07. Mystic Oaks, 1 (MO 1). Capítulo 21
Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2025/2026
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21
Robert no había tenido tiempo de contarle a Doreen que su hermano llegaría a Nashville aquella misma tarde. Dos enfermeras habían acudido a su llamada y, tras aumentar la dosis de analgesia, Doreen se había dormido enseguida.
Él había aprovechado para darse una ducha, un afeitado rápido, y cambiarse de ropa. Chris había llegado con todo lo necesario en un bolso, del que él había escogido unos vaqueros negros y una camisa blanca con finas rayas verticales de color azul. Era de mangas cortas y se había decantado por esa, pues en la habitación y, en general, en todo el edificio la temperatura era elevada. Satisfecho con la imagen que devolvía el espejo, había regresado a la habitación. Doreen seguía durmiendo y, después de un rato mirándola a placer, él había dispuesto frente a sí las medicinas que tenía que tomar. No quedaba infusión de hierbas en el termo y la tentación de comprar un café en las máquinas era grande, pero más grande aún era su deseo de estar en las mejores condiciones para poder ocuparse de Doreen y las últimas horas había hecho ya demasiados desarreglos.
Entonces, Chris había regresado de hablar con el cirujano y no lo había hecho con las manos vacías. Traía una infusión de menta y un café que había comprado en la cafetería del hospital. Robert le dedicó una sonrisa cariñosa.
—¿El café es para mí? —le preguntó en tono bajo, desde su sillón junto a la cama de Doreen.
—Shhh… —bromeó ella—. ¿Y si solo parece que duerme y lo pilla a punto de llevarse el café a la boca?
Robert sonrió y volvió la cabeza para mirar a Doreen. Acarició su rostro con la mirada, como había hecho cada una de las millones de veces que había ejecutado la misma acción desde que a su cuñada la habían trasladado a la habitación. No fingía: gracias a Dios, Doreen continuaba durmiendo profundamente.
Chris avanzó en su silla de ruedas hasta alcanzar el sillón de Robert. Le tendió una pequeña caja de cartón que contenía un sándwich vegetal y la infusión de menta que había pedido que le sirvieran en un vaso con tapa, un azucarillo y una pajita.
—Muchas gracias, Chris. Has sido de lo más oportuna… —Tomó la primera pastilla del día con más de dos horas de retraso, y dio un sorbo a su infusión. Tenía otras dos, esperándole—. ¿Has podido hablar con alguno de los cirujanos que operaron a Doreen?
—Sí, por suerte, con el cirujano jefe y con la residente de cirugía que le asistió en la operación. Por separado. Así que, contrastando versiones, creo que no nos han escondido nada —dijo ella, y abrió la tapa de su vaso de café para aspirar el aroma—. El apéndice estalló camino del quirófano, por eso tuvieron que cambiar de estrategia y abrirla. La operación fue larga, en parte también porque Doreen se descompensó y tardaron un rato en conseguir que se normalizara.
Robert arrugó el ceño. A él no le habían dicho nada de eso.
—¿Que se descompensó, dices? —Al ver el gesto de arrepentimiento de Chris, Robert se alarmó—. ¿Tuvo una parada?
—¿No lo sabía? Uf, discúlpeme, Robert… Creía que sí. La doctora Pérez me dijo que se lo había comentado a Jim.
Y su querido hijo menor había considerado más conveniente ocultárselo. Robert exhaló el aire por la nariz, contrariado. Tenía suficiente experiencia en médicos y quirófanos para deducir que si la operación se había prolongado, era porque los médicos se habían encontrado con situaciones inesperadas. Pero una parada cardiorrespiratoria eran palabras mayores. ¿Había estado a punto de perderla? Un escalofrío le recorrió el cuerpo.
Chris lo miró con cariño. Pobre hombre, como no estaba ya bastante asustado, venía ella y le daba un susto de muerte sin querer.
—Lo importante es que lo superó y pudieron seguir adelante, Robert. —Él asintió varias veces con la cabeza—. Me dijeron que es una mujer muy fuerte, nada que no sepamos, ¿verdad? —dijo, con una sonrisa compasiva—. Y me aseguraron que después, no hubo más complicaciones. Salió de la anestesia con normalidad, esto siempre es una preocupación, así que otro tanto a favor de Doreen. Y creen que, si todo va bien, en una semana más o menos podrán enviarla a casa. La recuperación será larga, comparada con la típica operación de apéndice por el tamaño de la herida. ¿Ha podido verla?
—No. Vinieron dos enfermeras cuando toqué el botón de llamada, pero solo subieron la dosis de la analgesia y le acomodaron mejor la almohada y las sábanas.
—Pues me dijeron que es grande, así que habrá que prepararse para poner cara de póker…
Robert esbozó una sonrisa cuando el pensamiento apareció en su mente.
—Para lo que habrá que prepararse es para lo pesada que se va a poner cuando la vea. Consultará a todos los cirujanos plásticos del país y no parará hasta conseguir que no quede ni rastro de la bendita cicatriz.
Chris sonrió aliviada de que su error pareciera no haber empeorado el ánimo de Robert.
—Se nota que es muy presumida —comentó, y vio que él asentía enfáticamente.
Sin embargo, el error de Chris había hecho mella en Robert. La idea de perderla, esta vez, le resultó mucho más real que nunca.
¿Qué habría pasado si ella no hubiera salido de ese quirófano? ¿Cómo seguiría con su vida sabiendo que llevaba años soñando con convertirse en su marido y que ella se había marchado de este mundo sin siquiera saberlo? Sin saber una sola palabra acerca de sus sentimientos, porque a pesar de amarla con todo su corazón, nunca había reunido el valor suficiente para arriesgarse a decírselo, que ella no le correspondiera y decidiera, por el bien de todos, que lo mejor era marcharse. Siendo tan valiente en todos los otros aspectos de su vida, en este había sido un cobarde.
Un total y absoluto cobarde.
Ni un minuto más, Robert.
No seguiría callando sus sentimientos ni un minuto más.
* * * * *
Al mediodía, Doreen continuaba durmiendo bajo la atenta vigilia de Robert, que sonrió al pensar que esa era la primera vez que la había visto inmóvil tantas horas seguidas.
Su temperamento inquieto y curioso, le impedía estar ociosa y siempre tenía algo entre manos. Era una mujer de múltiples intereses, que disponía de un envidiable nivel de energía. Esto explicaba que su vida fuera un caleidoscopio de actividades de lo más variopintas, desde la formación universitaria al máximo nivel, pasando por cursos de cocina, repostería, costura o, incluso, pintura, hasta la organización de mercadillos solidarios destinados a recaudar fondos para las diversas causas sociales que defendía activamente. Su hermano Frank decía que ya de niña era imparable y traía de cabeza a sus padres.
En un principio, Doreen había estudiado ciencias empresariales, puesto que, entre los Montgomery, se daba por sentado que su futuro estaba ligado al negocio familiar. Tan pronto había acabado la carrera, había iniciado otra totalmente afín a ella para graduarse cuatro años más tarde en lengua y literatura inglesa. El destino había querido que su futuro no estuviera ligado al Rancho Lone Star y que esta última se convirtiera en su profesión. Tras la muerte de su hermana Martha y lejos de Montana, Doreen había compaginado su vida entre los Bryan con un trabajo de docente. Durante los primeros años, cuando Ken, Tim y Jim aún eran niños, había ejercido como profesora en la escuela nocturna para adultos. De esta forma, podía ocuparse de sus sobrinos durante el día y dedicarse a la enseñanza, cuando ellos se iban a dormir. El año que Ken había cumplido los quince, Doreen había aceptado su primer trabajo como profesora universitaria. Tres respetables instituciones de Ohio habían podido disfrutar de su amor por la lengua y la literatura hasta que a finales de 1998, él había ingresado en urgencias por última vez, iniciando un largo periplo hacia la recuperación que lo había tenido entrando y saliendo del hospital durante cerca de un año y medio, y Doreen había renunciado a su puesto. Había dicho que necesitaba un cambio, sacudirse la rutina y dedicarse a un proyecto nuevo que tenía en mente. Quería tiempo para desarrollarlo.
Pero Doreen nunca había vuelto a hablar del tema. No había habido ningún nuevo proyecto ni ella había regresado a la docencia.
La enfermedad de Robert y el dilatado tiempo de su recuperación, así como el tratamiento de sus adicciones al que se estaba sometiendo Ken, se habían convertido en el foco de atención de toda la familia. Entre los problemas de salud y los económicos, nadie había tenido tiempo de pensar en otra cosa. De hecho, nadie había reparado en el giro que había dado la vida de Doreen.
Ahora, con la perspectiva del tiempo, Robert comprendía que sus verdaderas razones habían sido muy diferentes.
Apretó los labios.
Lo has dejado todo por mí, y yo ni siquiera te he dado las gracias, amor. ¿Cómo he podido estar tan ciego…?
Posó su mano sobre la de Doreen y cerró los dedos suavemente en torno a ella. Agradecido por cada instante que pasaba a su lado, también sentía que el amor que le profesaba crecía desbocado, sin ningún control, devolviéndolo a una época de su vida en la que las emociones y los sentimientos eran mucho más intensos y vívidos. Una época que había dejado atrás cuando Ken era un niño pequeño todavía, y a la que pensaba que ya nunca volvería.
—¿Rob…?
Aquel murmullo lo devolvió a la realidad con una sonrisa. Doreen se había despertado. Había vuelto a usar el diminutivo de su nombre y él, a sentirse como un adolescente ante la primera sonrisa de la chica de sus sueños.
—Estoy aquí —dijo apretando la mano que sostenía entre las suyas.
Doreen abrió los ojos muy despacio, como si los párpados pesaran una tonelada. Tardó en enfocar en Robert, pero cuando lo hizo, un suspiro de alivio escapó de su boca.
—Ah… hola…
Robert se levantó del sillón y se sentó en el borde de la cama. Se estiró despacio hasta ella y la besó en la frente. Un beso suave y muy dulce.
Doreen volvió a cerrar los ojos, no pudo evitarlo. Su cercanía, el roce de sus labios, el embriagador aroma de su perfume… Y aquella inefable ternura que lo convertía en un ser único a sus ojos… Los sentimientos de toda una vida por él la envolvieron, como un torbellino. Levantó su brazo izquierdo con la intención de tocarle el pecho. Y al hacerlo, descubrió que apenas tenía fuerzas para moverse. Su mano acabó cayendo como un peso muerto sobre el muslo masculino.
El contacto fue turbador para Robert. Descubrirse deseando que el toque de esa mano se convirtiera en una caricia intensa y profunda, desempolvó emociones que había enterrado a siete metros bajo tierra veintiséis años atrás. Respiró hondo y se obligó a abandonar el reino de los sentidos, y centrarse en el aquí y ahora. Doreen estaba convaleciente de una operación y su razón, nublada por efecto de los analgésicos. No era así como quería que esa otra parte de él volviera a la vida. Tomó la mano que descansaba sobre su pierna y se la llevó a los labios.
Al sentir que él besaba la palma de su mano, Doreen volvió a abrir los ojos. Lo miró largamente, provocando una revolución de mariposas en el estómago de Robert, que se las arregló para aguantar el tirón lo mejor que pudo.
Ella al fin suspiró.
—¿Es tu forma de disculparte? —murmuró.
Una sonrisa dominó el rostro masculino. Doreen volvía a ser «ella». No había mejor noticia en el mundo para él. Pero si era una estrategia para que él dejara de besarla, —algo que, conociéndola, no le extrañaría para nada—, estaba a punto de comprobar que iba a necesitar buscarse otra.
—Disculparme, ¿por qué? —repuso, besando su mano entre palabra y palabra.
Doreen se tomó su tiempo para reunir la energía necesaria para volver a hablar. Sentía la mente nublada. Las órdenes que daba su cerebro tardaban siglos en ejecutarse.
—Por saltarte el tratamiento a la torera con la excusa de cuidar de mí…
—¿Y quién te ha dicho a ti que me he saltado el tratamiento a la torera?
La picardía en los ojos masculinos la hizo sonreír. Su sonrisa interior fue mucho más grande y luminosa que la que se mostró en su rostro. Robert la celebró riendo de alegría.
—Te conozco —insistió Doreen—. No hace falta que nadie me diga nada.
Sin liberar su mano, Robert se estiró para coger su pastillero azul de encima de la mesilla. Lo abrió y se lo enseñó, triunfal.
Ella asintió levemente.
—¿Has comido bien? —musitó.
—No. Pero ahora que tú estás mejor, me pondré al día con eso.
—Te he dado un buen susto… —Los besos regresaron y, con ellos, un agradable calorcito que empezó a extenderse por todo su cuerpo, adormeciendo sus terminaciones nerviosas—. Lo siento.
—No lo sientas —repuso él—. Te estás recuperando y pronto nos iremos a casa. Eso es todo lo que importa.
Doreen asintió levemente con la cabeza, cerró sus dedos en torno a los dedos masculinos, y sus párpados volvieron a caer.
Poco después, su respiración se hizo más lenta, indicando que había vuelto a quedarse dormida.
* * * * *
Tim hizo un gesto de dolor al darse cuenta de que había llegado en un momento de lo más inoportuno y se apartó de la puerta. No se animó a cerrarla por temor a que el ruido delatara su presencia.
Sonrió, no pudo evitarlo. Le producía una intensa ternura ver a su padre en el papel de hombre enamorado. No lo conocía en esa faceta, pues su madre había muerto cuando él tenía apenas dos años y Robert nunca se había dejado ver en compañía de otra mujer.
Desde la puerta, Tim no tenía un buen ángulo de visión para averiguar qué sucedía con Doreen. La espalda de su padre la ocultaba casi por completo, excepto sus pies y el brazo de la vía. Pero ver a Robert en el borde de la cama, inclinado hacia ella, y oír aquel «¿y quién te ha dicho a ti que me he saltado el tratamiento a la torera?», con el tono propio de un niño travieso, le había hecho tanta gracia que, a punto había estado de reír.
Dejó los dos vasos que traía de la cafetería sobre el alféizar de la ventana de la habitación de su tía, y se dispuso a darles unos minutos más para que disfrutaran de su mutua compañía sin interrumpirles. Saber que Doreen se estaba recuperando le había quitado un enorme peso de encima. Podía esperar un rato para verla. Además, tenía que pensar qué le diría. La última conversación que habían mantenido le pesaba como una losa. No porque hubiera cambiado de opinión acerca de su viaje a Montana, sino por el tono empleado. Había tenido un día muy malo, enfrentándose a situaciones difíciles —y a emociones nuevas y desagradables—, y percibir la enorme desazón de su padre, había disparado resortes en él. Preocupación por cómo pudiera afectar a su salud la marcha de Doreen y muchísima frustración por una decisión que le parecía inconcebible en alguien con tanto sentido común como su tía. Resultaba irónico que, para defender su punto de vista, él hubiera alegado que aquel no era el momento de dejarlos tirados con el trabajo, amenazando con desbordarse y enterrarlos vivos. Ahora, estaba claro que Doreen no iba a poder arrimar el hombro. Al contrario, iba a necesitar que ellos la ayudaran a recuperarse.
Tim resopló, enfadado consigo mismo. Cogió su vaso de café, le quitó la tapa y dio un sorbo. Echó un vistazo a su reloj. Eran las doce y diez. Les daría a su padre y a su tía diez minutos más, y luego, entraría en la habitación. Chris había regresado al rancho con Tom, que había pasado por el hospital a recogerla. Lo habían coordinado de ese modo, puesto que ella aún no podía conducir y Tom tenía una sesión de trabajo con Ken que, esta vez, se desarrollaría en el rancho y no en sus oficinas.
Su plan era quedarse al cuidado de Doreen mientras su padre iba a estirar las piernas y comía una porción de lasaña, que él había traído consigo. Lilly la había preparado expresamente para Robert. La había bautizado «lasaña descafeinada» porque no llevaba sal, ni pimienta. La carne era una especial que Doreen encargaba al carnicero, tan magra que no parecía carne, y el queso del gratinado era bajo en grasas y en sal. Sonrió al recordar la cara de Lilly al decir: «si de esta no me nombran la chef más creativa de la ciudad, no sé qué lo hará». Estaba de acuerdo. Hacía falta mucho talento para preparar algo apetecible con semejantes ingredientes.
Aún sonreía cuando, a punto de llevarse el vaso a los labios, volvió la cabeza hacia el otro lado del pasillo y la vio.
Un segundo después frunció el ceño.
Tío, estás viendo visiones. No puede ser ella. ¿Qué va a estar haciendo a estas horas en el hospital?
Pero era ella.
Tim sabía muy bien que no estaba viendo visiones: aquella fabulosa melena color fuego era inconfundible.
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CRS-07. Mystic Oaks, 1 (MO 1). Capítulo 22
Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2025/2026
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22
Un rato después de que Doreen volviera a quedarse dormida, Robert continuaba sentado en el borde de la cama. Observándola. Admirando la belleza de aquel rostro tranquilo. Disfrutando de la complicidad que estaba surgiendo entre los dos. Algo en lo que, probablemente, tenían que ver los potentes fármacos que le estaban suministrando, puesto que adormecían la razón, facilitando así que ella sintiera más y se cuestionara menos.
Era una complicidad distinta de la habitual. Esos besos que Doreen recibía sin aparente molestia o demostración de que le resultaran inapropiados eran nuevos entre ellos. Más allá de la típica palmada en el hombro o que ella lo cogiera del brazo cuando salían a dar los paseos que el médico le había prescrito, nunca había habido contacto físico entre ellos.
Ahora, sí. Robert aún sentía un agradable hormigueo en los labios, como si su piel continuara inmersa en la embriagadora sensación de haber tocado la suya, de sentir la tibieza de sus dedos, la suavidad de su frente.
Suspiró mientras sus ojos recorrían el rostro femenino, que lucía relajado por efecto de los calmantes. Aún no había tenido la ocasión de hablarle de sus sentimientos y, probablemente, pasaría algún tiempo más antes de que la ocasión se presentara. Pero, desde que había despertado de la anestesia, se los estaba demostrando. Ambos sabían que esos besos que ella no rechazaba y que a él lo embriagaban tanto, eran los besos de un hombre a una mujer de la que estaba enamorado. Y esto también era algo decididamente nuevo entre los dos. Se sentía tan pleno como no recordaba haberlo estado en años.
El sonido del móvil sacó a Robert de sus pensamientos. Se apresuró a cogerlo de la mesilla y sonrió al ver el nombre que se mostraba en la pantalla.
—¿Qué tal, cuñada? —se anticipó.
—¡Hola, Robert! Ayer no quise darte la tabarra. Me imaginé que estarías al borde de un ataque de nervios que, por supuesto, intentarías esconder bajo tu habitual fachada de hombre sereno, y no quise poner a prueba tu tapadera… —se rio—. Pero me ha dicho un pajarito que Doreen está bien, así que… Aquí me tienes.
Robert asintió con la cabeza, concediendo a lo dicho por Blanche, la esposa de Frank, a pesar de saber que ella no podía verlo.
La mujer había llegado tarde a la vida de los Bryan, pues Frank Montgomery se había tomado su tiempo para sentar la cabeza. Pero desde que Robert y Blanche se habían visto por primera vez, habían congeniado. No eran afines, tampoco parecidos en el carácter. Blanche era un torbellino. Espontánea, risueña, incluso, algo descarada. Pero, al igual que Doreen, parecía tener la clave que descifraba el código de las personas más difíciles, permitiéndole llegar a ellas con pasmosa facilidad.
—No fue una noche fácil y te agradezco que no pusieras a prueba mi templanza. Anoche no estaba todo lo templada que me habría gustado —concedió, agradecido.
La oyó reír y sonrió a su vez.
—Por lo que me ha dicho el pajarito del que te hablé, a Doreen la han trasladado a una habitación en la primera planta. Los médicos la tienen hasta arriba de analgésicos y eso quiere decir que estará tranquila… Me refiero a medio grogui, así que… —Tras una pausa, añadió—: Digamos, que está a tu merced, y espero que lo aproveches como es debido.
Robert controló de una rápida mirada que Doreen seguía dormida y suspiró aliviado para sus adentros. Sus mejillas, que ya habían empezado a acusar recibo en cuanto detectaron el tono pícaro que estaba empleando su cuñada, ahora estaban ardiendo. Concretamente, desde que le había oído pronunciar la última frase.
No podía decirse que el asunto le fuera totalmente ajeno. De alguna forma, siempre había tenido la sensación de que Blanche creía que algo sucedía entre Doreen y él. Recordaba miradas o, incluso, sonrisas ante algún comentario suyo o de Doreen, que habían vuelto a traer esa sensación a la palestra. Pero la razón se imponía y acababa descartándola por falta de pruebas consistentes. Se decía que viéndose de Pascuas a Ramos a raíz de que las familias vivían una en cada punta del país, era normal que cuando al fin estaban juntas, las emociones estuvieran a flor de piel.
Francamente, lo último que había esperado era confirmar sus sospechas justamente en aquel momento, y no tenía nada claro cómo proceder ante esa situación. El doble sentido empleado por Blanche no dejaba lugar a la indiferencia. Ignorar su comentario, hacer como que no lo había oído, lo dejaría en evidencia. Pero si se daba por aludido, habría preguntas y, cómo no, más incomodidad, y, en todo caso, no estaba por la labor de admitir ante un tercero algo que aún no le había dicho a la propia interesada. No era ese el orden en el que debían suceder las cosas.
Entonces, cuando Robert aún no había resuelto su dilema, Blanche volvió a hablar.
—Me ha dicho Frank que creía que tu hijo mayor se había echado una novia… De más está decir, que no lo tomé en serio, pero el pajarito mencionó que una tal Chris estaba contigo en el hospital, y me dejó pensando… Antes de ponerme a organizar una fiesta porque, si es cierto, habrá que celebrarlo en condiciones, como el hito histórico que es… Dime, cuñado, ¿es verdad que Ken está saliendo con alguien?
Robert no sabía si la razón de aquel abrupto cambio de tema era que su silencio se había prolongado más de lo deseable o, si, por el contrario, su demora en responder, había sido suficiente respuesta para Blanche, pero se sintió aliviado de que hubiera sucedido.
—No es vox populi, ni lo será, porque ella es tan hermética con su vida privada, como mi hijo, pero, sí. Me hace muy feliz confirmar que Frank está en lo cierto —concedió, con una sonrisa.
Y, al instante, un grito de júbilo resonó en sus oídos.
* * * * *
La chica de la melena fabulosa que se acercaba por el pasillo era Sue Anderson, y no venía sola. La acompañaba un hombre alto y delgado, de veintitantos años que, a juzgar por el color del cabello, debía ser familia. ¿Sería uno de sus escoltas permanentes?, pensó Tim con humor al recordar la conversación que habían mantenido el día anterior.
Volvió a dejar el vaso en el delgado alféizar de la ventana al tiempo que echaba un vistazo rápido al interior de la habitación de su tía. Los estores de la ventana doble estaban parcialmente bajados, pero logró ver que su padre continuaba sentado sobre la cama. Probablemente, seguiría coqueteando con Doreen.
Respiró hondo, consciente de que se sentía algo… ¿revolucionado? ¿Nervioso? No sabía cuál era la palabra. Pero sí sabía que, fuera cual fuera, no había motivos para sentirse de esa forma. Primero, si Sue estaba en el hospital, no era por nada relacionado con él, y segundo, Jim estaba al tanto de la conversación telefónica que había tenido con ella.
Volvió a mirar en esa dirección del pasillo. A Sue le gustaba el negro, pensó. Y le sentaba muy bien. Hoy no vestía la camisola de estilo indio del día del asador, sino una camiseta de mangas largas sobre la que llevaba una camisa a cuadros rojos y negros. La llevaba abierta, como dictaba la moda. Tampoco vestía pantalones como aquel día, sino una falda negra recta, larga a media pierna, debajo de la cual asomaban unas botas de cowboy. Llevaba libros en sus brazos, por lo que debía venir de la facultad o, quizás, de estudiar en la biblioteca. La envergadura del hombre que caminaba a su lado la hacía parecer menuda y mucho más joven. ¿Más joven que qué?, oyó que preguntaba una vocecita en su cerebro. No sabía su edad real, pero cuando Jim se enfadaba porque no atendía sus llamadas, se refería a ella como «la veinteañera». Su primera impresión al verla en el asador corroboró que no podía tener más de diecinueve o veinte. Sin embargo, esa primera impresión cambió apenas un par de horas más tarde. Sue tenía aspecto de adolescente, pero sus ideas y opiniones no iban a juego con su aspecto.
Sue había decidido pasar por el hospital para ver cómo estaba Doreen Montgomery en cuanto se había enterado por Bella que habían tenido que ingresarla de urgencia. El domingo, esa mujer tan agradable había estado sentada en su salón, socializando con sus padres —y librándola a ella de un rapapolvo—, y el lunes por la noche, estaba en el hospital. Era increíble cuánto podían cambiar las cosas de un momento para otro.
Por la mañana, solía ir muy justa de tiempo, así que había coordinado con su hermano Alex para que la fuera a recoger a la facultad. Por supuesto, había dado por hecho que él no se limitaría a hacer de taxista y se sumaría a la visita, aunque no conociera de nada a la paciente. Pero tener la mala suerte de encontrarse con su hermano Rick en las escaleras que conducían a la primera planta, le parecía demasiado. Sabía que el encuentro no había sido planeado —su novia trabajaba allí, era enfermera de pediatría—, pero estaba harta de llevar escolta dondequiera que iba, como si fuera la primera dama del país. Además, Rick seguía molesto por el asunto del asador donde había tenido un cara a cara con Jim A Secas. Solo le faltaba que el menor de los Bryan estuviera allí justo en ese momento, soltara alguna estupidez a las que eran tan afecto, su hermano montara en cólera, y entre los dos volvieran a hacerla pasar vergüenza, como había sucedido el domingo… ¡Qué castigo divino!
Entonces, vio a Tim. «Qué imponente», fue su primer pensamiento. Y como si eso hubiera sido una invitación a explayarse, su mente, con la ayuda de sus ojos, empezó a desgranar las múltiples razones que sustentaban aquella afirmación.
Para empezar, Tim tenía ese aire de persona segura de sí misma que ella encontraba tan atractiva. Luego, estaba ese talante reservado, que lo hacía más proclive a escuchar, que a intentar acaparar la atención. El domingo, cuando él estaba conversando con otros comensales, lo había observado. Participaba en las conversaciones, pero no las monopolizaba. Ni siquiera cuando había salido el tema de los rodeos que, según había comentado Robert Bryan, era la gran pasión de su hijo mediano. Y luego, estaba lo que más le gustaba de su personalidad: que no tuviera reparos en expresar sus emociones y hablar de sus sentimientos. Lo había comprobado cuando estaban en el hall de su propia casa y de la forma más inesperada, al oírlo hablar de su tía. Era algo que se daba por hecho en las mujeres, pero estaba mal visto en los hombres. Y, aunque Tim no lo supiera, había sido justamente ese descubrimiento lo que lo había convertido, a sus ojos, en alguien especial.
Bueno, eso, y sus vistas de escándalo, se dijo. Y en este caso, no dejaría que su mente se pusiera a enumerar las razones que apoyaban semejante declaración de intenciones. Ese hombre era un portento y, simplemente, no acabaría nunca.
En aquel momento, sus miradas se encontraron.
Tim le ofreció una sonrisa que ella le devolvió. Entonces, vio que había un segundo hombre en el grupo. Alto, muy fornido, con barba, parecía el mayor de todos, y también era pelirrojo.
¿En serio?, pensó Tim, risueño. Por lo visto, Sue no había exagerado nada al decir que «siempre llevaba una sombra pegada… ¡O más de una!».
Algo debió traslucirse en su mirada porque Sue asintió con la cabeza.
—Hola, Tim. Te presento a mi sombra número uno —dijo señalando al hombre que se les había unido a último momento—, mi hermano Rick.
El tipo era alto y muy corpulento, de la clase con la que no te gustaría tener que enfrentarte en un combate cuerpo a cuerpo. Se notaba que era un hombre peludo, ya que aparte de la profusa barba y el bigote, por la abertura superior de su camisa vaquera asomaba una alfombra de pelo de su pecho. Era como un oso. Un oso pelirrojo. Calculó que tendría la edad de Ken. En su rápida inspección no le pasó desapercibido que lo estaba analizando. Lo miraba con actitud desafiante, como si estuviera diciendo: «Ten mucho cuidado con lo que haces».
En realidad, Rick estaba intentando determinar si se habían visto antes. Sabía quién era Tim de oídas porque la fama precedía a los hermanos Bryan. Al otro, lo había conocido el domingo, y el encuentro no había sido agradable. Este era mayor y parecía menos capullo, pero, si pensaba tontear con la única chica de los Anderson, él se ocuparía personalmente de explicarle las reglas de la casa.
—Encantado. Soy Tim Bryan.
—Él, su padre y su tía me acompañaron a casa el domingo —explicó Sue a sus hermanos.
—Rick Anderson, igualmente.
—Yo soy Alex —dijo el pelirrojo del pelo corto, y, a diferencia de su hermano mayor, le tendió su mano.
—Mi sombra número dos —volvió a explicar Sue con un mohín cómico.
—Tim. Encantado —repuso él, estrechándole la mano.
—Anoche me dijo Bella que habían ingresado a tu tía de urgencia… Vaya susto, ¿eh?
Tim movió la cabeza afirmativamente, a modo de respuesta. Había sido un día horrible que había culminado en un susto de muerte. Se sentía como si le hubieran dado una paliza. Le dolían hasta las pestañas.
—¿Cómo está?
—Bueno… La operación fue larga y, por lo visto, tuvo algún problema del que le costó un rato recuperarse, pero despertó de la anestesia según lo previsto y parece que está bien… Yo acabo de llegar, así que todavía solo la he visto dormir… Mi padre dice que, de a poco, va volviendo a la normalidad…
Sue asintió aliviada.
—Bien. Eso es bueno. ¿Fue una apendicitis?
—Sí. El apéndice estalló en algún momento entre la sala de trauma y el quirófano. Ha sido una desgracia con suerte. —Tim se apartó el pelo de la frente y respiró hondo—. Pero nos hemos llevado un susto tremendo.
Notó que ella miraba su mano y entonces cayó en la cuenta de que todavía la llevaba vendada.
—Tuve un altercado con una alambrada —explicó.
Ella se rio.
—¿Y quién ganó? ¿Ella o tú?
—Vaya pregunta… Yo, por supuesto. No te fíes de las apariencias, ella quedó mucho peor…
Rick y Alex intercambiaron miradas. El primero carraspeó antes de decirle a su hermana:
—Si vienes a ver a su tía, sería mejor que… vieras a su tía. Mamá te espera a comer y luego tienes que volver a la facultad —dijo, señalando la hora en su reloj.
Esta vez fueron Tim y Sue los que intercambiaron miradas. Ella puso los ojos en blanco.
—¿Has escuchado la parte en que Tim decía que él acaba de llegar y todavía solo la ha visto dormir? —Se volvió hacia su hermano mayor y mirándolo directamente, lo soltó—: ¿O estabas tan ocupado decidiendo si me sonríe porque es amable o porque tiene otras intenciones conmigo, que no has prestado la menor atención a lo que decía?
Tim tuvo que tragarse la sonrisa. Notó que mientras al oso pelirrojo se le inflaban las aletas de la nariz, el otro se reía.
—Diría que te la ha clavado en mitad de la frente, tío —apuntó Alex, haciéndole un guiño a Sue.
Rick no se molestó en responder a su hermano menor. De hecho, ni siquiera lo miró.
—Es amable. Pero no te sonríe por eso. Y sí, tiene otras intenciones contigo. No es una novedad. Nueve de cada diez tíos que se te acercan, las tienen —sentenció—. Lo que intento decidir es de qué clase son.
Tim se quedó cortado. Su primer pensamiento fue de qué narices estaba hablando ese tipo. El segundo, en cambio, fue que esta vez, había sido el oso quien se la había clavado —a él— en la mitad de la frente.
Sue le gustaba, eso era innegable a estas alturas, pero no tenía ninguna clase de intenciones con ella. No había tenido tiempo de pensar en ello. Apenas se conocían. La cuestión era que si lo negaba, quedaría como un capullo, y si no lo hacía, podía crear expectativas equivocadas en ella.
Sue reaccionó de inmediato. Estaba acostumbrada a las salidas inesperadas de su hermano mayor, y devolvió el golpe con decisión.
—¿Por qué no dejas que yo me ocupe de hacer esa clase de valoraciones? Puede que no te hayas enterado todavía, pero ya no soy la niña a la que le enseñabas a montar en bici. Dan igual las intenciones de los demás, Rick. Lo único que importa aquí son las mías.
Y con esas volvió su mirada hacia Tim. Él alucinó al ver cómo centelleaban sus ojos de rabia. Las innumerables pecas de su rostro parecían haber cobrado vida propia.
—Me disculpo en su nombre, Tim. Sé que él no lo hará. Encima de entrometido, es de los que piensan que disculparse es de blandos, imagínate. Qué desastre de hombre. No sé cómo su novia lo aguanta, de verdad.
—No te preocupes. No pasa nada —dijo Tim, quitándole importancia con una sonrisa.
Entonces, Rick volvió a hablar.
—No soy un desastre de hombre, soy tu hermano. Y como tus otros cuatro hermanos, cuido de ti. Es nuestra obligación. Si eso implica que nos tildes de entrometidos y desastres, pues… Que así sea.
Sue respiró hondo, hizo un gesto de «paso de ti» y volvió a poner toda su atención en Tim.
—¿Has venido tú solo?
—Sí… Bueno, es que es mi turno. Mi padre no se separa de la cama de Doreen. Nos turnamos para acompañarlo y asegurarnos de que descansa, come bien, toma sus medicinas y… En fin, que no se salta el tratamiento.
Ella asintió. Ignoraba que Robert Bryan estuviera enfermo, pero, luego, pensó, no era de extrañar. Aparte de saber que su hijo mediano era un portento; el mayor, una estrella de la música, y el menor, un inmaduro y un creído, no conocía a los Bryan.
—Ah, vale. Lo decía por si quieres que vaya a comprar algo para ti o para tu padre a la cafetería, o… No sé, echarte una mano de alguna forma. No tengo la prisa que mi querido hermano mayor ha dado a entender —dejó caer con retintín.
Y sus pecas volvieron a cobrar vida, haciendo reír a Tim.
Ella frunció el ceño.
—¿He dicho algo gracioso?
—No, no… Es que eres muy expresiva. Cuando te enfadas, tus pecas parecen ponerse a chillar… —Al ver que aquel ceño se arrugaba aún más, Tim se puso serio—. Perdona. Llevo más de mil kilómetros de conducción a la espalda y casi no he dormido. Se ve que mi cerebro no va bien.
«¿Mil kilómetros? ¿No estabas aquí?», pensó ella. De repente, recordó que el fanfarrón de su hermano le había dicho algo acerca de que vivía en Ohio y viajaba a Nashville los fines de semana. ¿Tim tampoco vivía en la ciudad? Jim A Secas también había dicho algo sobre eso, recordó aliviada: que se trataba de algo temporal, hasta que se trasladara de manera definitiva a la ciudad. En aquel momento, la voz de uno de sus hermanos la devolvió a la conversación.
—¡Qué va! ¡La has calado al vuelo! —se rio Alex—. Y ahora, te dirá si no has oído eso de que los pelirrojos tienen mal genio… No le creas. No es por eso. Soy pelirrojo y no tengo ni un cuarto de la mala uva que tiene mi hermanita. Sus pecas chillan. Toda ella chilla cuando se enfada, aunque no la oigas levantar la voz. ¡Tieeeeembla la tieeeerra! —guaseó, sacudiendo sus manos como si se estuviera electrocutando—. Pero no porque sea pelirroja, sino porque tiene la mecha muuuuy corta —sentenció, dedicándole a Sue una mirada cariñosa.
Rick asintió enfáticamente a lo dicho por su hermano.
Tim y Sue volvieron a intercambiar miradas. Ella estaba roja y sus grandes ojos marrones brillaban intensamente. Pero, esta vez, no había enfado en ellos, sino incomodidad. Bochorno.
—¿Tan corta es tu mecha? —le preguntó Tim, conteniendo la risa.
Y cuando ella asintió con una sonrisa derrotada, ya no la contuvo más.
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CRS-07. Mystic Oaks, 1 (MO 1). Capítulo 23
Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2025/2026
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23
Después de colgar con Blanche, Robert dejó su móvil sobre la mesilla y retornó a su posición original, sobre el borde de la cama de Doreen. Tomó su mano y se inclinó a depositar un beso lento y amoroso sobre ella. No notar el menor movimiento en su cuñada, le confirmó que ella dormía profundamente.
Se enderezó sin liberar su mano, y se quedó mirando el rostro de Doreen. Aunque Robert no era consciente de ello, sonreía. La razón era simple. Desde hacía años, esa era la reacción habitual cuando la tenía en su campo visual. Verla era siempre una experiencia muy grata.
Doreen tenía una personalidad arrolladora. No dejaba a nadie indiferente. Él la encontraba fascinante. Aunque muchas veces chocaran y ella, definitivamente, pusiera a prueba su paciencia con esas ideas suyas tan liberales, que defendía a capa y espada, acerca de los roles masculinos y femeninos, su mente le resultaba muy atrayente.
Y su belleza, directamente, lo atontaba. Le parecía tan apabullantemente hermosa, que muchas veces le costaba disimular y comportarse con la corrección que requería su situación. No era ningún niño, no podía dejar que sus ojos se fueran de paseo, a perderse entre curvas y escotes. Era un hombre y derecho, viudo y padre de tres hijos adultos. Debía guardar las formas.
«Pero ahora estás solo», oyó que decía su yo adolescente.
Robert asintió para sí. Eso no podía rebatirlo. En esa habitación solo estaban Doreen y él. Y ella estaba dormida.
Respiró hondo y se dio permiso para salir de aventura. No podía tocarla, se justificó, —eso no sucedería a menos que ella lo deseara tanto como él y lo consintiera de manera inequívoca—, pero, ¿mirarla? Por supuesto, que sí.
Y, como podía hacerlo, lo hizo.
Tomó algún tiempo conseguir que sus ojos se despegaran de aquellos labios que anhelaba besar y, cuando al fin lo logró, descubrió que avanzar por aquel cuello delgado y largo tampoco fue una tarea rápida. Ni mucho menos. Sabía cómo olía. Conocía de memoria todas las fragancias con las que Doreen se perfumaba. Solo dos toques, uno detrás de cada lóbulo, eran suficientes para que a él se le fuera la cabeza. Lo que no sabía, y se moría por averiguar, era cómo sabía su piel. Parecía tan suave, tan tersa… Tan apetecible… De esos manjares que no puedes morirte sin probar.
En realidad, los toques de perfume eran dos, si Doreen se los daba en público. De lo contrario, eran tres. Robert aún no sabía que existía un tercer toque que Doreen se daba en el canal que separaba sus pechos. Ni imaginaba, por supuesto, que cuando lo descubriera, comprendería el verdadero significado de que «se le fuera la cabeza».
Ignorando los electrodos de su pecho que, con descarnado realismo, amenazaban con estropear su viaje de aventuras, observó que el camisón sanitario de Doreen conjuntaba con sus ojos: era celeste con las iniciales del centro médico en azul, a modo de estampado, llenando toda la prenda. Los ribetes del cuello también eran azules. La prenda era holgada, como una túnica, tenía cuello redondo y se ataba por detrás. Aunque el escote no era pronunciado, algo acaparó su atención, y la retuvo. Le habían quitado el sostén al desnudarla para llevarla al quirófano y no habían vuelto a ponérselo.
Tragó saliva porque lo necesitaba. La visión de esas formas generosas, libres de su habitual prisión de encaje, perfectamente perfiladas por la prenda, consiguió, literalmente, que se le hiciera agua la boca. Llevaba horas mirándola, ¿cómo no se había percatado de eso antes? Entonces, comprendió que tenía que agradecerlo a las enfermeras. La habían arropado tanto al ir a subir la dosis de analgesia, que Doreen, probablemente estando medio dormida, había empujado la sábana y la manta de algodón por debajo de su cintura. Y él no se había dado cuenta hasta ahora…
Bendito descubrimiento.
Sus ojos recorrieron extasiados las cúspides que coronaban sus pechos. Incluso, en esa posición —yaciendo de espaldas sobre la cama—, eran notables a través de la delgada prenda. Parecían firmes, rotundas, con tanta personalidad como ella. Dios, todavía no había visto sus pezones desnudos, y ya se había enamorado de ellos…
Entonces, el profundo amor que sentía por ella desde hacía tanto tiempo se mezcló con el deseo y la necesidad de hacerla suya, de que le perteneciera en el terreno más físico de todos y, en un arranque de madurez, Robert se obligó a recomponerse.
«Así no», se dijo. «Esto, y espiarla por la cerradura, es lo mismo».
Doreen duerme. Hazlo cuando esté despierta, cuando sea consciente de tus miradas, y no las rechace ni las cuestione.
Así, no, Robert.
El sonido de la puerta lo regresó a la realidad de manera abrupta.
Se volvió y sonrió a Tim, que tan solo asomó la cabeza.
—Buenos días. ¿Qué tal has dormido? —lo saludó, procurando que no se le notara que se sentía como si hubieran estado a punto de pillarlo en un renuncio impensable para un hombre de su edad.
Era la primera vez que Tim veía el rostro de su tía tras la operación, y su palidez, mucho más notable por la total ausencia de maquillaje, lo impactó. El cabello, que ella siempre llevaba cuidado y vaporoso, estaba achatado y carente de su brillo habitual. Necesitó unos instantes para recuperarse de la impresión.
—Seguro que mejor que tú… —repuso—. ¿La tía duerme de verdad, o se hace la dormida para que la dejemos en paz?
Robert asintió con la cabeza varias veces al tiempo que sonreía.
—Gracias a Dios, duerme de verdad… ¿Por qué no entras?
—Porque tienes visitas. —Al ver que su padre lo miraba extrañado, Tim aclaró—: Bueno, tú, no; la tía, pero como ella duerme… ¿Puedes salir un momento?
—Claro. Ya mismo voy.
* * * * *
Tim regresó al pasillo con las visitas. Sus ojos pasaron rápidamente sobre los hermanos antes de recalar en Sue. Ella abrazaba los libros contra su pecho y lo miraba con su mirada atenta. Ya no había enfado en sus preciosos ojos marrones, sino interés.
—Ahora viene —anunció—. Doreen sigue durmiendo.
—Vale. Pero no hacía falta pedirle a tu padre que salga… —dijo Sue.
—¿Por qué no? Se alegrará de verte, y ya que has venido…
Sue sonrió. La presencia de sus hermanos la incomodaba de manera especial aquel día. Sentía sus miradas constantemente sobre ella.
—Antes, dijiste que habías conducido mil kilómetros… ¿Estabas de viaje? —preguntó, sin poder evitarlo. Un instante después, lo lamentó. No la pregunta en sí, sino estar dando lugar con ella a que su sombra número uno sacara conclusiones sobre sus hipotéticas razones para querer conversar con Tim. Conclusiones que, en este caso, eran correctas, por cierto. Pero habría preferido que no empezara a sacarlas tan pronto.
Tim se descubrió sonriendo mientras una sensación agradable le recorría el cuerpo. Le gustaba su curiosidad. La última vez que lo había mirado, —antes de que la enfermedad paterna pusiera su mundo del revés y ya no tuviera tiempo ni de pensar en chicas, ya no hablemos de quedar con ellas—, la curiosidad en una mujer era sinónimo de interés. Y eso era bueno, se dijo.
—Algo así. Nos estamos mudando. Los Bryan no somos oriundos de Tennessee. Mi hermano Ken es el único que se ha establecido aquí por cuestiones profesionales.
Sue estaba extasiada, escuchándolo. Aunque procuraba mostrar una actitud normal, lo cierto era que cuanto más escuchaba a Tim, mayor era su curiosidad. Le gustaba oírlo hablar. Era pausado, tranquilo, y su voz destilaba orgullo familiar.
—¿De dónde sois? —dijo Rick, sacando a Sue de su abstracción.
—De Springfield, Ohio —repuso él algo sorprendido. Se le había olvidado que las sombras estaban allí.
Rick asintió.
—Ah, sí… Ahora recuerdo que oí o leí algo sobre eso hace un tiempo… Tu hermano tuvo algún problema que lo obligó a marcharse de aquí durante dos o tres años, creo.
Sue le lanzó una mirada disgustada a su hermano. ¿Desde cuánto estaba tan informado?
Tim no acertaba a decidir si se trataba de una pregunta desinteresada o, si, por el contrario, era una forma indirecta de traer el asunto a la atención de su hermana. Quizás, quería desencantarla, mostrándole el lado oscuro de las estrellas de la música.
—Se lo habrás oído a él mismo. Hace un par de meses, publicó un vídeo en su web que se hizo viral, contando las razones que lo habían alejado de Nashville. Básicamente, eran dos: por un lado, los problemas cardíacos de nuestro padre, a quien casi perdemos, y por otro, sus adicciones. Ken estuvo en rehabilitación —repuso, y notó tres reacciones bien diferentes en los hermanos Anderson.
Rick asintió, el brillo en sus ojos dejaba claro que ya lo sabía y, por tanto, no se había tratado de una pregunta desinteresada.
Alex negó con la cabeza, en un gesto de preocupación, y pronunció un «lo siento». Tim quiso pensar que se refería a que lamentaba que la familia se hubiera enfrentado a problemas tan serios, pero no descartó que ese «lo siento» aludiera, en realidad, al metomentodo de su hermano mayor.
El rostro de Sue se tiñó de rojo y sus ojos, destilando cólera, se posaron sobre Rick. Tim no tuvo la menor duda de que ella estaba a punto de poner su cólera en palabras, y decidió evitarlo. Si Rick pensaba que alguno de los Bryan sentía vergüenza de que uno de los suyos hubiera caído en el infierno de las adicciones, el tiempo le demostraría que se equivocaba de medio a medio.
—Este año, la familia hemos decidido que ya está bien de vivir separados —continuó Tim, con aparente normalidad—. Somos muy pegote, estamos muy pendientes los unos de los otros y, la verdad, estos años lejos de Ken han sido duros para todos. Así que, estamos trasladando la actividad agrícola y ganadera de Ohio, donde está el rancho familiar, aquí, al paraíso terrenal de mi hermano… Bueno, ahora es de todos… ¿Has oído hablar de Mystic Oaks? —dijo, mirando a Sue.
En aquel momento, la puerta de la habitación de Doreen se abrió y apareció Robert. A la primera que vio fue a Sue, pero enseguida reparó en los dos hombres pelirrojos que estaban a su lado.
—Qué sorpresa más agradable… ¡Hola, Sue! Gracias por venir a ver a nuestra enfermita —dijo, agachándose para la que la muchacha pudiera darle un beso en la mejilla.
Sue lo hizo enseguida, pensando cuánto le gustaban los modos afectivos del padre de Tim.
—¿Qué tal, señor Bryan? Me alegro de verlo. No he venido sola, como seguramente ya habrá podido comprobar —dijo con segundas al tiempo que presentaba a los dos soldados de guardia que había junto a ella—. Chicos, este señor tan amable es Robert Bryan, el padre de Tim. El de la barba es mi hermano mayor, Rick, y el otro, alto y guapísimo, es mi hermano Alex —dijo, haciéndole un guiño al aludido, a quien le habían hecho gracia las presentaciones.
—Yo soy el feo, supongo —comentó Rick, tendiéndole su mano a Robert.
—No lo creo. Tan solo no eres su hermano favorito —repuso él, estrechándola.
—Yo soy el alto, eso es un hecho; lo otro es totalmente subjetivo —bromeó Alex, que también le tendió su mano—. Encantado de conocerlo, señor Bryan.
—Igualmente, Alex.
Sue no pudo evitar reparar en la forma en que Tim miraba a su padre mientras hablaba. Había la misma admiración y el mismo orgullo que ya había notado antes, cuando era él quien se refería a su familia. Pero, en ese momento, la mirada de Tim abandonó a su padre para posarse sobre ella, forzándola a disimular.
—¿Qué tal está Doreen, señor Bryan? —le preguntó.
Tim sonrió para sí. Acababa de pillarla mirándolo.
—Bastante bien, gracias por preguntar. Le duele mucho. Dijeron que es normal, y que le seguirá doliendo un tiempo. La medicación lo hace más tolerable, aunque le causa sopor, de ahí que duerma. Pero teniendo en cuenta cómo habrían podido ser las cosas si no hubiera llegado tan a tiempo al hospital, yo creo que hemos ganado la lotería.
—Tim comentó que el apéndice le estalló estando aquí… ¡Menuda suerte! A ver, lo mejor habría sido que no estallara, pero si tenía que hacerlo, mejor rodeada de cirujanos, ¿no?
—Ya lo creo… Hemos tenido mucha suerte. La noche ha sido larga y difícil, estar tantas horas sin noticias fue muy duro, pero, sí, sin duda hemos sido muy afortunados… Qué pena que no puedas verla. Se alegraría tanto… A ver, voy a comprobar si se ha despertado, espera…
—Por favor, no se preocupe —se apresuró a decir Sue. Robert respondió quitándole importancia con un gesto de la mano.
Tim sacudió la cabeza al tiempo que sonreía. Su padre no lo comprobaba solo por las visitas, sino por sí mismo. Apenas lograba ocultar sus ganas de que Doreen despertara para poder mimarla.
Ajeno a los pensamientos de su hijo, Robert abrió la puerta despacio y se asomó al interior de la habitación. Doreen no estaba en la misma posición. Había movido la cabeza, que ahora reposaba sobre su lado derecho. Sin embargo, continuaba en los brazos de Morfeo.
Volvió a cerrar la puerta muy despacio.
—Duerme. No te preocupes, Sue. Le diré que has estado aquí. Le encantará saberlo.
Rick volvió a intervenir. Sabía que haciéndolo le estaba sirviendo en bandeja a su hermana la ocasión de que volviera a llamarlo entrometido. Esos minutos allí le habían brindado información suficiente para saber que a los hermanos Anderson acababa de aumentarles el trabajo, pues era evidente que a Sue le interesaba el mediano de los Bryan. Tan evidente, como que se trataba de un interés correspondido.
—Sue, lamento interrumpir, pero tenemos que irnos…
La desilusión en los ojos de su hermana le confirmó a Rick lo oportuno de su intervención.
—Es verdad —concedió ella, después de comprobar en su reloj que, de hecho, llegaría tarde a comer.
La desilusión tampoco fue ajena a Tim, pero la disimuló mejor.
—Papá, ¿por qué no los acompañas a la salida, y así, de paso, estiras un poco las piernas? Cuando vengas, una lasaña hecha por nuestra chef te estará esperando —dijo, señalando el bolso que había dejado en el suelo junto a él—. Tranquilo, yo me quedo con Doreen.
Sin embargo, por muy bien que Tim hubiera logrado disimular su decepción, esta no pasó inadvertida a Robert. Tampoco la de la joven.
El domingo, durante la comida en el asador, Doreen había adivinado que la amiga de Bella era la pelirroja de la que solo sabían que no dejaba de darle calabazas a Jim. A ver qué cara se le quedaría cuando se enterara de que quien no tenía ningún problema a la hora de captar el interés de la muchacha, era Tim.
Robert asintió sonriendo.
—En tal caso, los acompañaré con mucho gusto —dijo, ofreciéndole su brazo a Sue, que lo tomó encantada—. Vuelvo en un rato, Tim. Cuida bien de la enfermita, por favor.
Los hermanos se despidieron con un gesto de la mano. El de ella fue tan leve que, de no haber estado atento, ni siquiera lo habría notado. ¿Sería para evitar darle pistas a sus hermanos?, pensó Tim. Decidió comprobarlo.
—¡Ya nos veremos! —se despidió, sin precisar a «quiénes» se refería.
Y vio que Sue volvía la cabeza para mirarlo con una sonrisa radiante.
* * * * *
Tim se quedó en el pasillo hasta que Sue se despidió una última vez, saludándolo con su mano libre, antes de desaparecer por la puerta que conducía a las escaleras.
Sonrió al pensar que encontrarse con ella en el hospital había sido del todo inesperado, pero muy agradable.
Pronto, dejó de sonreír.
No sabía exactamente cómo estaba la situación con Jim. Tenía claro que el interés de su hermano por Sue había cambiado en cuanto Lilly había aparecido en la vida de los Bryan. No había nada raro en eso. La complicidad que había entre ellos se parecía mucho a la que Jim tenía con Chloe, pero, a diferencia de ella, Lilly no lo veía como a un hermano.
Tampoco estaba seguro al cien por ciento de lo que había entre ellos. Creía que, por el momento, eran solo amigos. Principalmente, porque, por mucho que Jim cacareara acerca de que Lilly no era como cualquier chica, —aludiendo, claro, a su posición dentro de los Bryan como hermana de la novia de Ken—, no se atrevía a mover ficha. En su opinión, estaba mareando la perdiz por una razón: su vanidad estaba aterrada de que ella le diera calabazas porque, en efecto, para él no era como cualquier otra chica: era la chica. Pero, en cuanto se armara de valor y diera un paso adelante, la situación cambiaría. En todo caso, antes o después, tanta afinidad acabaría por conducirlos a algo más.
¿Y qué había de Sue? ¿Qué sentía ella por Jim?
Probablemente, durante un tiempo, Jim la hubiera encandilado. El tiempo que mediaba entre que aparecía de cuerpo presente, con su buena percha y su pelo perfecto, hasta que abría la boca y soltaba una fanfarronada, Jim se las llevaba de calle. A todas. Sue no podía ser una excepción.
El domingo, al ver el evidente interés que Jim le profesaba a Lilly, tenía que haberse sentido molesta. Incluso, algo celosa. ¿Por qué no? Jim llevaba semanas llamándola, intentando quedar con ella y, cuando al fin coincidían en un mismo sitio, él le dedicaba toda su atención a otra chica. Era, como mínimo, confuso.
Pero, entonces, él no formaba parte de la ecuación, y ahora, sí.
Tim estaba razonablemente seguro de que Sue estaba interesada en él. Lo había llamado para agradecerle algo que ya le había agradecido en persona, aunque ella le hubiera dicho a Bella que no había tenido tiempo de hacerlo. Habían estado un rato conversando y habían conectado bien. Muy bien, diría. Y otro tanto acababa de suceder, a pesar de la incómoda presencia de sus dos ángeles custodios. ¿Era genuino interés por él, o mero despecho como respuesta a la patética actuación de su hermano durante la comida del domingo?
Tim respiró profundamente y ni siquiera intentó responderse esa pregunta.
En cambio, abrió la puerta y entró sin hacer ruido en la habitación de su tía.
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CRS-07. Mystic Oaks, 1 (MO 1). Capítulo 24
Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2026
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Nota: Como puedes apreciar, he modificado el año previsto de publicación de esta historia en el catálogo principal. Próximamente, te hablaré de las razones de este cambio. Mientras tanto, ¡disfruta de poder leerla en exclusiva! 🥰
24
Robert le dedicó una sonrisa cariñosa a Sue. La muchacha no había parado de hablar en todo el trayecto de la habitación de Doreen hasta la calle, donde se hallaban ahora. Estaba seguro de que ella intentaba evitar que alguno de sus hermanos interviniera haciendo preguntas, pues su alivio por estar a punto de marcharse sin que ellos hubieran podido meter baza era tal, que se le notaba en la cara.
Ninguno de los dos pelirrojos que ahora la acompañaban estaban presentes cuando Doreen, Tim y él la habían llevado a su casa, el domingo después de la comida en el asador y, según les había contado la muchacha, sus hermanos se tomaban muy en serio la labor de cuidar de la única chica Anderson. Por lo tanto, Robert había contado con que habría preguntas. De hecho, las esperaba. Estaría más que encantado de responderlas. Sue le parecía una gran chica. Le había caído muy bien incluso antes de saber detalles sobre ella. Detalles como que era una de las dos mejores amigas de Bella, una estudiante de matrícula, y una persona idealista, que destinaba parte de su tiempo libre a trabajar como voluntaria atendiendo llamadas en la «línea de la mujer», que brindaba ayuda a las víctimas de la violencia de género. Por lo que, en cierto modo, le sorprendía que no las hubiera. Al menos, hasta el momento.
Robert ignoraba que la ausencia de preguntas tenía una razón: él no era la persona idónea para responderlas.
Rick quería saber por qué el Bryan que le había plantado cara el domingo, frente al asador, no era el mismo Bryan por el que su hermana se había mostrado tan interesada hacía un rato. ¿A qué estaban jugando los hermanos? ¿A ver quién de los dos seducía a la única mujer de los Anderson? En ese caso, se tomaría como un desafío personal conseguir que a los dos se les quitaran las ganas de jugar para los restos.
Alex también tenía preguntas. El evidente interés de Sue por aquel rubio fornido había despertado su curiosidad a lo bestia. Conocía muy bien a su hermana y, si por una vez, algo fuera de sus estudios y las causas en las que creía y se implicaba a tope, había atrapado su interés, no tenía la menor duda de que ese algo tenía que merecer mucho la pena. Estaba ansioso por saberlo todo del tipo que había conseguido que la única chica de los Anderson despegara la nariz de sus libros.
—Ah, señor Bryan, antes de que se me olvide… A mis padres les gustaría venir a ver a la señora Montgomery, yo les he dicho que es mejor que esperen un par de días para que se recupere… No creo que ahora tenga el ánimo para tantas visitas. ¿Le parece bien si vienen el jueves? Sería por la tarde, después de que mi padre acabe de trabajar…
Robert asintió complacido. Le parecía una propuesta de lo más sensata. Ignoraba cómo estaría el ánimo de Doreen, ya que por el momento se dedicaba a dormir, pero de lo que no tenía la menor duda era que no se dejaría ver sin haber pasado previamente por una sesión de maquillaje y peluquería.
—Claro que sí, Sue. Tus padres le parecieron muy agradables. Por supuesto, tú, también. —Al ver que la muchacha se sonrojaba, continuó hablando—. Yo creo que para el jueves, Doreen habrá vuelto a ser la de siempre y conversaréis hasta los codos.
—Genial. Entonces, me voy… Bueno, nos vamos —matizó, dedicándole una mirada de soslayo a sus hermanos. A continuación, se puso de puntillas para besar la mejilla de Robert, que enseguida se agachó para facilitar la tarea—. Adiós, señor Bryan.
—Adiós, Sue. Adiós a todos… —añadió, dedicando a los hermanos una mirada amable—. Y gracias por venir.
Los hombres volvieron a estrecharle la mano con toda corrección y, finalmente, se marcharon.
Robert sonrió al notar que se habían situado uno a cada lado de su hermana. Pensó, con malicia, que disfrutaría viendo cómo se las arreglaba Tim para franquear aquella sólida y persistente barrera humana. Desde luego, los hermanos no se lo pondrían nada fácil.
Entonces, otro pensamiento tomó su mente por asalto. El nombre de su hijo mediano había surgido de manera espontánea, como si se tratara de algo que caía por su propio peso. Sin embargo, tan solo dos días atrás, Tim no estaba en las apuestas. Ni parecía querer estarlo, pensó al recordar la discusión que, a instancias de Jim, habían tenido el domingo, al llegar al rancho. Después de eso, Tim se había marchado a Springfield y al regresar, horas más tarde, no solo estaba en las apuestas, sino que las lideraba por una clara diferencia.
Robert hizo un gesto de aprobación con los labios.
«A eso le llamo yo tener un efecto fulminante».
* * * * *
Fue al intentar cambiar de postura, que Doreen regresó a su realidad de paciente hospitalaria. No podía moverse con tantos cables.
Un instante después, lo que regresó fue su conciencia del dolor.
Apretó los párpados y estirando el brazo hacia atrás, palpó a ciegas en busca del botón que llamaba a las enfermeras.
Tim saltó de su sillón. Apoyándose en la cama, se inclinó hacia su tía.
—Eh, hola… Dime lo que quieres, Doreen… ¿Llamo a la enfermera? ¿No te encuentras bien?
Tim. Es Tim. ¿Dónde está tu padre?
Doreen abrió los ojos e intentó enfocar en su sobrino.
Él sonrió.
—Hola, tía… ¿Quieres que haga algo por ti? ¿Aviso a la enfermera para que venga? —murmuró.
Doreen se alegraba de ver a su sobrino y, al mismo tiempo, continuaba algo afectada por la última conversación que habían mantenido. Sin embargo, estaba demasiado dolorida para pensar en eso ahora. De hecho, no quería pensar en nada. No tenía fuerzas para hacerlo. Solo quería cerrar los ojos y descansar. Y, si Robert estaba cerca, sosteniendo su mano, mucho mejor.
—Hola… —repuso con una leve sonrisa—. Sí, llámala…
Tim lo hizo al instante y volvió a mirarla.
—¿Te duele?
Doreen respiró hondo cuando una repentina punzada le atravesó el vientre de lado a lado, logrando que el dolor sordo de fondo que sentía desde que había despertado de la anestesia, le pareciera un paseo por el jardín botánico.
Asintió varias veces con la cabeza a modo de respuesta.
—¿Dónde está… tu padre?
Aquello había tenido gracia, pensó Tim. Al margen de que su intento de huir a Montana fuera una insensatez en aquellos momentos, ¿cómo pensaba arreglárselas para estar lejos de Robert durante semanas? Llevaba un minuto despierta, y ya estaba preguntando por él.
—Ha estado Sue a verte… Sue Anderson, ¿la recuerdas? Es la chica que acompañamos a su casa el domingo…
Doreen volvió a asentir. Pensó que no entendía que tenía que ver eso con lo que ella le había preguntado. ¿Acaso sus fuerzas eran tan pocas que hablaba sin emitir sonido alguno?
—¿Y Rob…bert? —insistió, concentrándose para hablar con claridad.
Tim esbozó una sonrisa divertida. No solo había vuelto a nombrar a su padre por aquel diminutivo que solo ella utilizaba (aunque al final hubiera completado el nombre), sino que, por lo visto, no podía esperar para saber de él.
—Ya viene. Te estaba contando por qué no está aquí… ¿Quieres que siga o mejor me callo y te dejo tranquila, a ver si vuelves a dormirte?
Oh, vaya, sí que emito sonidos… Menos mal.
—Perdona… Creí que… —Cogió aire—. Sigue, cuéntame…
—Vale. Sue ha estado aquí con dos de sus hermanos. Ha venido a visitarte. Como estabas dormida, papá los recibió en tu lugar. Le pedí que los acompañara hasta la salida, así, de paso, estiraba las piernas un poco antes de comer… Lilly le hizo una lasaña. Lasaña descafeinada, la llamó. Te puedes imaginar por qué… —añadió riendo.
Doreen asintió y continuó intentando enfocar la vista en su sobrino. Entre el dolor y lo pesados que sentía los párpados, la tarea no le estaba resultando nada fácil.
Tim sintió que la culpa caía sobre él como una losa. Del mismo modo que no era capaz de callarse si algo le parecía injusto, tampoco podía hacerlo cuando era él quien cometía un error. Mucho menos, si ese error tenía ver con alguien a quien quería y admiraba profundamente, como la mujer que yacía en la cama.
Suspiró y se inclinó a darle un abrazo que no pudo completar debido a los cables que la conectaban a distintas máquinas.
—Te quiero muchísimo, Doreen… Y lamento el tono en el que te hablé ayer. No estuvo bien. Perdóname, por favor.
Doreen no tenía fuerzas para devolverle el abrazo, pero, de muy buen grado lo habría hecho. Tim era un gran muchacho, una persona de buen corazón. Se conformó con palmear torpemente su brazo.
Tampoco tenía fuerzas para hablar de ese tema. Pero sintió que debía hacerlo. Necesitaba hacerlo. No era analítica como Tim. Ni le resultaba tan fácil dar su brazo a torcer cuando se enfadaba. Quizás, por falta de entrenamiento, ya que era muy raro que se enfadara. Eso era antes, se dijo. Ahora, la menopausia estaba haciendo de las suyas y ya no era tan raro. Pero, al igual que su sobrino, si se daba cuenta de que había cometido un error, no podía callarlo. Y había cometido uno muy grande.
—No hay nada que perdonar… —se esforzó por decir—. Te molestó, y con razón… Era un sinsentido.
Una nueva punzada de dolor la desconectó momentáneamente de la conversación.
En aquel momento, dos enfermeras entraron en la habitación. Una era muy joven, parecía recién salida de la escuela de enfermería. La otra, en cambio, derrochaba autoconfianza. Era mayor, cincuenta y tantos, de aspecto robusto y el nombre de pila que mostraba la identificación en su pijama sanitario era Candance.
—Le duele mucho —explicó Tim.
—Claro, cómo no le va a doler… —dijo la mayor, dedicándole a Doreen una mirada compasiva. Enseguida, manipuló una de las bolsas que estaban conectadas a la vía—. Nunca hablan de lo duro que es el postoperatorio. Si no, nadie se operaría… Tranquila, en un ratito se aliviará, y podrá seguir descansando. Quítale la manta, Marybeth —le dijo a su compañera—. Le da calor y se destapa toda. Y no es ni tanto, ni tan poco.
La enfermera permaneció junto a la cama, mirando a Doreen hasta que vio que ella empezaba a relajarse.
—¿Mejor? —le preguntó. Doreen asintió—. Muy bien. Ah, mire, su marido ya está de vuelta… Así, dormirá más tranquila todavía.
Robert se quedó inmóvil, de pie en la puerta. Su mirada sobrevoló a su hijo y a las enfermeras para acabar posándose en el motivo de su preocupación. En ningún momento fue consciente de lo dicho por la enfermera. Tim, sí, y se las vio y se las deseó para mantener a raya la sonrisa.
Doreen también lo había oído. En su caso, prefirió cerrar los ojos y concentrar sus escasas fuerzas en no pensar. Ya lo había hecho antes y funcionaba. En su situación, era prácticamente el único recurso de que disponía para evitar que su corazón se ilusionara con quien no debía, desplegara las alas y echara a volar alto, muy alto. Había razones de peso para evitarlo, pues era un principio fundamental de la física que todo lo que subía, tenía que bajar. Y cuanto más alto subiera…
Apenas podía moverse y, aunque no le doliera hasta la raíz del pelo ni estuviera llena de cables, tampoco tenía fuerzas suficientes para hacerlo. Era prisionera de sus propias circunstancias y, en el momento más vulnerable de su existencia, estaba totalmente a merced de la ternura de un hombre del que llevaba enamorada toda su vida. ¿Qué podía salir mal? Respuesta corta: todo. Respuesta larga: absolutamente todo.
—¿Qué sucede? —dijo Robert al fin. Como si alguien hubiera dado a un interruptor, recuperó el movimiento. Fue hacia ella, y cogió su mano, la del brazo que no tenía la vía—. ¿No estás bien, querida?
—Acaban de operarla. Sería un milagro que estuviera bien —dijo Candance—. Pero ahora que usted está aquí, seguro que se siente mucho mejor, ¿verdad? —Su chispeante mirada se posó sobre Doreen y al ver que ella tenía los ojos cerrados, regresó al apuesto hombre que acababa de llegar.
Esta vez, sus palabras no pasaron inadvertidas a Robert. Tampoco el tono indudablemente pícaro de aquel verdad del final, que no solo dejaba la cuestión abierta a dobles interpretaciones, sino que confirmaba que se trataba de una pregunta. Una pregunta destinada, ¿a quién? ¿Se lo preguntaba a ella o a él? ¿Insinuaba que Doreen mejoraba por el mero hecho de que él estuviera allí? La amable mujer no los conocía de nada, ¿por qué hacía esa clase de insinuaciones? Entonces, lo comprendió.
La sonrisa radiante que iluminó su rostro fue prueba de ello.
—Vaya… En ese caso, me alegro mucho de estar aquí —dijo, más feliz que unas pascuas.
«Seguro que sí, majadero», pensó Doreen, que siguió ocultándose tras sus ojos cerrados para no darse por aludida.
* * * * *
Las enfermeras se fueron poco después. Robert y Tim alejaron los sillones de la cama para conversar sin molestar a Doreen.
—Toma, papá. Es de Lilly, con mucho cariño para ti —dijo en voz baja, tendiéndole un contenedor térmico de alimentos en cuyo interior había una humeante ración de lasaña.
Robert lo recibió de buen grado. Abrió una servilleta sobre sus piernas y depositó el contenedor abierto sobre el extremo de la mesilla más alejado de la cama, mientras sacaba los cubiertos de la bolsa.
—¿Y tú? ¿No te has traído nada para ti?
Tim negó con la cabeza. Estaba más cansado, que hambriento. En todo caso, tendría que marcharse en cuanto llegaran Jim y Lilly, que habían ido al aeropuerto a buscar al hermano de Doreen.
—La compartimos, ¿quieres? —ofreció Robert.
Tim se rio y, al ver que su padre elevaba las cejas en un gesto de incomprensión, se explicó.
—No tiene sal, ni carne que sepa a carne, y, para rematarla, el queso del gratinado es bajo en grasas y sin sal. Si no te importa, prefiero esperar a llegar a casa para comer —murmuró, y le encantó ver que su padre, al fin, también se reía.
Suponía un enorme alivio comprobar que, poco a poco, su vida y la de su familia volvía a su ser. Aunque faltaba bastante todavía para alcanzar la normalidad, avanzaban. Para un hombre familiar como Tim, eso lo significaba todo.
—No me importa. Más para mí —dijo con cara de pillo—. Después de las horas… —Robert iba a decir «terribles», pero decidió que no le concedería a esas horas oscuras un mayor protagonismo del que ya habían tenido— en vela, incapaz de probar bocado, esto es un manjar. Si te digo la verdad, creo que mi paladar ya se ha acostumbrado al cambio de alimentación. Además, Doreen hace maravillas en la cocina. La sal es lo de menos…
Tim concedió con un asentimiento de cabeza.
—Pero la infusión de hierbas… —bromeó, dejando la frase inconclusa al tiempo que miraba a su padre con cara de asco.
Robert por poco se atraganta de la risa, haciendo las delicias de su hijo mediano. Espió con disimulo para comprobar que Doreen estaba dormida, antes de decir:
—Es difícil que una mujer como ella entienda que un ranchero no puede funcionar a base de infusiones. Ni siquiera suponiendo que me gustaran, que no es el caso.
Doreen era una mujer energética por naturaleza —era pura pólvora—, que se esforzaba por llevar un estilo de vida sano. En veintiséis años juntos, jamás hasta ahora la había visto enferma. Alguna gripe, algún dolor de garganta de tanto en tanto, esos eran todos los malestares de los que Robert podía dar cuenta. En su escala personal de prioridades, el primer puesto lo ocupaba la salud. Para ella no había nada más importante que estar bien. Decía, con razón, que sin salud nada era posible, y estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario para mantenerla.
—Sobre todo, si esa mujer se ha llevado un susto de muerte con tus problemas de corazón.
—Exactamente. Por eso me las bebo sin rechistar. Quid pro quo —murmuró, dedicándole a su cuñada una mirada demasiado amorosa para no estar a solas con ella.
Tim asintió enfáticamente con la cabeza. Esas horas conduciendo desde Springfield habían estado llenas de miedo y preocupación. Había sido más que miedo, se dijo. Mucho más. La idea de no llegar a tiempo de verla, de abrazarla y decirle cuánto significaba para él había sido como una tenaza alrededor de su cuello, impidiéndole respirar.
—Haces bien. Se merece que hagamos lo que nos pide, se lo ha ganado a pulso. Y ahora nos necesita. Tenemos que mimarla mucho, papá.
Robert miró a Tim impactado por la seriedad de sus palabras. Hacía apenas un momento, estaban bromeando.
—¿Estás bien, hijo? —le preguntó con ternura.
—Ahora, sí.
Aquella llamada de Tim a su tía para decirle lo que pensaba acerca de su viaje a Montana lo había indignado. Entendía que era su forma de ser, que Tim no se callaba ante lo que creía injusto, pero él no quería que nadie presionara a Doreen. Si él mismo había reunido la determinación necesaria para hacerse a un lado y permitir que ella decidiera libremente lo que quería hacer, no había esperado menos de sus hijos. Si no lo hacían por ella, porque era su derecho, que lo hicieran por él. Luego, había llegado el malestar de Doreen, su ingreso de urgencia en el hospital, las horas interminables con el corazón en un puño… Ante semejante golpe de realidad, todo lo demás había pasado a un segundo plano. Su indignación se había esfumado. Y no había vuelto a pensar en eso, no había tenido tiempo ni energías para hacerlo. Su hijo, obviamente, sí. Seguramente, no había podido dejar de pensar en la maldita conversación telefónica. Él apenas había podido hablar con Doreen, pero estaba claro que Tim lo había hecho. Tía y sobrino habían aclarado el asunto que tenían pendiente, por eso él parecía estar en paz.
—Me alegro mucho, Tim. —La suave sonrisa de su hijo le confirmó que estaba en lo cierto —. Bueno… ¡Hora de comer!
Y, a continuación, se dedicó a devorar su lasaña bajo la mirada de Tim que, de a ratos, sonreía sin poder evitarlo cada vez que los comentarios de Lilly acerca del platillo que su padre parecía disfrutar tanto, regresaban a su mente.
—Esto está buenísimo, en serio —comentó Robert, una de las veces que pilló a su hijo sonriendo.
—A Lilly le encantará saberlo. Dice que si, después de esto, no la nombran la chef más creativa de la ciudad, lo dejará por imposible. Imagínate cocinar algo comestible sin sal, ni pimienta, ni carne en condiciones, ni queso que sepa a queso… ¡Eso no es un plato, es un milagro!
Los dos hombres rieron un rato hasta que Robert se levantó y fue a coger su pastillero. Aprovechó para acercarse a la cama y observar a Doreen. Al notar que el color estaba regresando a su rostro, se alegró tanto que, olvidándose de que su hijo estaba allí, se inclinó y la besó en la frente.
Al volverse y ver la sonrisa de Tim, cayó en la cuenta de lo que había hecho.
—¿Qué? —le dijo, intentando quitarle importancia.
Tim mostró las manos en señal de que todo estaba bien. Pero cuando habló, soltó una pulla.
—Nada. Me gusta ver que te tomas al pie de la letra lo de mimarla…
Robert sonrió. Lo había pillado in fraganti y no sería la última vez. De modo, que fingir no tenía ningún sentido.
—Esto no es nada, Tim. Ya verás lo en serio que me lo tomo en cuanto vuelva a ser la de siempre —aseguró, y vio que su hijo sacudía la cabeza, divertido.
En la cama, Doreen contuvo la respiración y concentró todas sus fuerzas en evitar que las lágrimas que anegaban sus ojos, delataran que no dormía. Eran lágrimas de emoción, de júbilo, de esperanza. Las palabras de Robert ya no le parecían simples palabras de afecto. Y sus besos… ¡Oh, esos besos cargados de tanto sentimiento, de tanta dulzura…! Tenían un significado muy especial, pues nunca hasta ahora había habido esa clase de manifestaciones físicas entre ellos.
Su cerebro no dejaba de gritarle a voz en cuello que no debía hacerse ilusiones, que la actitud de Robert era tan solo resultado del disgusto y que se tranquilizaría a medida que pasara el tiempo y comprobara que ella estaba bien. Entonces, todo volvería a la normalidad y ya no habría besos amorosos ni palabras infartantes, él seguiría despertando pasiones en mujeres de todas las edades y ella seguiría amándolo con locura y sobreponiéndose a los celos como mejor pudiera. Preferentemente, mejor de lo que lo había hecho la última vez.
Pero lo que sucedía en su pecho… ¡Ah, eso era totalmente otro cantar!
Allí, su corazón, que ya no atendía a razones, se estaba acicalando las plumas, decidido a alzar el vuelo.
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CRS-07. Mystic Oaks, 1 (MO 1). Capítulo 25
Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2026
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25
Robert estaba hablando con Ken, que había llamado para interesarse por su tía, mientras Tim, sentado en el sillón más alejado de la cama, atendía la conversación sin intervenir. Había puesto la llamada en altavoz, pero había bajado tanto el volumen para no molestar a Doreen, que cuando Ken hablaba, Tim apenas lo oía.
—No, qué va —respondió Robert—. Sigue durmiendo. Han venido a cambiarla y a comprobar que la herida está bien, y sí, gracias a Dios, lo está, pero, por lo visto, apenas si abrió los ojos un momento. Candance se reía. Me decía que Doreen se está poniendo al día del sueño que dejó a deber los últimos diez años. ¡Cuánta razón! Parece una marmota —una marmota hermosa, que él disfrutaba enormemente viendo dormir—. La pobre no puede moverse por los cables y la vía… Bueno, podría, aunque necesitaría ayuda para hacerlo. Pero creo que está tan grogui, que ni siquiera se ha dado cuenta de eso. Lo máximo que ha movido es la cabeza. Un rato la pone mirando hacia mí; después, la pone para el otro lado.
En su estudio de grabación de Mystic Oaks, donde estaba con Tom, Ken seguía interesado el relato de su padre, al que también había puesto en altavoz para que su amigo pudiera participar de la conversación.
—¿Quién es Candance? —preguntó, pensando que si su tía hubiera estado despierta, ese nombre sería uno de los tantos que surgirían en la conversación mientras permaneciera en el hospital. Dos minutos después de llegar a cualquier parte, Doreen ya había hecho buenas migas con gente del lugar. Eso era lo normal. Sin embargo, no era el caso, puesto que ella, de momento, continuaba durmiendo. Así que solo se le ocurría una explicación, que no tardó en decir en voz alta—. ¿Ya has hecho una admiradora?
—¡Qué dices! Cree el ladrón, que todos son de su condición… —repuso, riendo de buena gana—. Pero, no olvides que, entre los Bryan, eso te corresponde en exclusiva. No, Ken, no… Es una de las enfermeras que cuidan de Doreen.
—¡Qué humilde! ¡Venga ya, papá!
Robert ignoró el comentario y cambió de tema. Después de la experiencia del domingo, y las repercusiones que esta había tenido, no quería saber nada de admiradoras, fueran reales o imaginarias.
—¿Y tú, en qué estás?
En ese momento, Robert vio que Doreen movía la cabeza. Se quedó observando un instante, a ver si el movimiento era una señal de que estaba despertando, pero no fue así. Entonces, acercó el sillón un poco más a la cama, posó su mano sobre la mano femenina, y cerró los dedos en torno a ella mientras escuchaba a Ken.
—Aprovecho que Chris está con su fisioterapeuta para intentar convencer a mi mánager de que esos temas «romanticones y sensibleros» que, según él, escribo ahora, son los que agotan las entradas de mis conciertos, y que, aunque él se queje de que no son la mejor apuesta para mi nuevo álbum, son los que voy a grabar. Y la discográfica tendrá que tragar, porque mi nuevo contrato con ellos es resultado de un acuerdo compensatorio. De momento, no he conseguido convencerlo, pero todo se andará…
—No se andará —intervino Tom—. Podrás incluir algunos, ya veremos cuántos, pero todo el álbum con esos temas empalagosos, ni hablar, tío. ¿Estás loco? Acabas de volver. Todavía hay empresarios que te miran con recelo. Que quieras cambiar tu repertorio, vale, la creatividad es cosa tuya y ahí no me meto, pero no puedes cambiarlo de golpe. No te preocupes, Robert: antes o después, lo haré entrar en razón…
—Pues a mí me gustan sus nuevas canciones, ¿por qué dices que son empalagosas? —dijo él—. ¿No será que has desarrollado algún tipo de alergia al romance y te sientes directamente aludido por ellas?
Robert se rio de su propio comentario. Nunca dejaba de asombrarlo que dos personas con una visión del amor y de la familia tan diferente pudieran ser tan buenos amigos desde siempre. Tom parecía ir camino de convertirse en un solterón, pero él albergaba secretamente la esperanza de que un día dejara de serlo. Aunque para eso, quizás, haría falta un pequeño milagro, reconoció.
—Ja, ja, ja. De tal palo, tal astilla —se burló Tom—. No es alergia, te lo aseguro. Es que son empalagosas. Y, ojo, me gustan. Todo lo que compone tu hijo me gusta. Otra cosa, es que me parezca bien —comercialmente hablando—, que, de buenas a primeras, pretenda hacer algo completamente distinto de lo que lo convirtió en quien es. Y deja de meterte conmigo, Robert. Disfruto de la compañía femenina, igual que vosotros, pero prefiero no darles las llaves de mi casa. De hecho, si no saben dónde vivo, mucho mejor.
—Bueno, al menos, admites que te gusta su compañía. Algo es algo. No me quejaré —repuso Robert, riendo.
En su sillón, Tim sacudió la cabeza, sonriendo ante la evidente mejoría del talante de su padre. La primera vez que lo había visto aquel día, al llegar de Springfield de madrugada, el hombre parecía una sombra. Y ahora, su humor era tan bueno que estaba picando a Tom. Verlo para creerlo. Entonces, se acordó de su móvil. Lo había silenciado al llegar al hospital y vio que tenía dos llamadas perdidas. Una era de Logan, de hacía cerca de dos horas. La otra… ¿Sue Anderson le había llamado? Era más reciente y, verla allí, le produjo un innegable placer que no tardó en convertirse en preocupación al pensar en Jim. Decidió salir al pasillo para devolverlas. Al menos, la de Logan. La otra… Tenía que pensarlo.
Se acercó a su padre y le dijo en voz baja lo que se disponía a hacer. Robert asintió con la cabeza, y Tim abandonó la habitación.
—¿Sabes algo del tío Frank? —preguntó Ken, desde Mystic Oaks.
—Ha llamado Jim para avisar que el vuelo viene con retraso. —Consultó su reloj—. Según la nueva información, debería estar aterrizando. Ya veremos si es así…
—¡Menuda sorpresa se llevará Doreen! ¿O ya lo sabe?
—No, no he tenido tiempo de contárselo antes de que se volviera a quedar dormida, así que… —se rio—. Mejor, ¿sabes? Voy a disfrutarlo muchísimo.
—Aj, qué envidia… Me encantaría ver qué cara se le queda cuando despierte, se encuentre con otros ojos idénticos a los suyos, mirándola, ¡y se dé cuenta de que no soy yo!
—No te preocupes, hijo —repuso Robert con malicia—. Intentaré contártelo con lujo de detalles.
Después de colgar con Ken, se levantó del sillón y fue hasta la cama, donde se quedó unos instantes mirando a su cuñada con una sonrisa en los labios. Al fin, apoyándose sobre sus manos, se acercó hacia ella.
—¿Sabes? —murmuró—. Ojalá no hubiera sido de esta forma, pero necesitabas ver a tu familia, y la verás. Frank estará aquí mismo dentro de un rato. Y en dos o tres días, llegarán Blanche y las niñas… Con un poco de suerte, también podrás ver al rompecorazones de Jared… ¡No hay mal que por bien no venga, ¿eh?! Es lo que tú dices siempre, querida mía.
Y, como era habitual desde hacía unas horas, Robert se inclinó muy despacio, y depositó un beso largo y amoroso sobre la frente de Doreen.
* * * * *
Tim se alejó unos cuantos pasos de la habitación de su tía y marcó el número de Logan. Sonó varias veces antes de que lo atendieran.
—Hola, disculpa la tardanza, Tim. ¿Qué tal? —lo saludó el capataz del rancho Bryan en Springfield.
—Bien. Sin novedades desde la última vez que hablamos por la mañana. Mi tía no hace otra cosa que dormir como un lirón, pero está bien. ¿Y tú?
—Bueno, vamos retrasados, pero avanzamos, que no es poco. ¿Tienes alguna idea de cuándo podrás volver?
Tim quería proponer a su familia que las cosas regresaran a como se habían planeado originariamente. Al menos, hasta que hubiera candidatos interesados a los que entrevistar. Pero, todavía no habían podido reunirse con su padre y con Ken, de modo que la decisión estaba en el aire.
—Aún no lo sé. Mi idea es estar allí, no más tarde del domingo… —Del otro lado le llegó un silbido de asombro—. ¿Qué pasa?
—Básicamente, que estamos a martes, Tim. Quiero decir… Puedo hacerme cargo, pero la cosecha no espera a nadie. Si tampoco vas a estar tú, necesitaré más manos, o habrá pérdidas importantes.
Y tampoco había más manos disponibles para contratar, pensó Tim al tiempo que suspiraba. El problema era muy serio.
—¿Con cuántos jornaleros contamos?
—De momento, con tres.
Tim negó con la cabeza.
—Son pocos —repuso.
—Bueno, hay otros tres pendientes de confirmación que, teóricamente, acaban donde están trabajando el viernes. Si es así, podrían comenzar con nosotros el sábado. —Tras una pausa, añadió—: Y también está Link…
Tim hizo una mueca irónica. A Link Parish lo había despedido hacía diez meses y no quería volver a verlo ni en pinturas. Había sido un empleado modélico durante más de cinco años. Ni un problema, ni un fallo. Siempre dispuesto a trabajar duro. Pero dos años atrás, su novia había roto su compromiso con él de manera definitiva y se había marchado de Springfield. Se rumoreaba que la razón era que había descubierto que él le había sido infiel. Desde entonces, Link no daba pie con bola. Llegaba tarde al trabajo o, directamente, faltaba. Y cuando acudía, su resaca era tal que un par de veces había estado a punto de herirse con la maquinaria. Logan había tenido que ir al bar a recogerlo en varias ocasiones, pues el dueño del local, que los conocía a ambos desde niños, no quería avisar a su padre, y que lo viera en esas condiciones.
Al fin, la última Navidad, hartos de lidiar con él, Tim y Jim habían decidido incluir su nombre en la lista de los penúltimos despidos que tendrían lugar en el rancho Bryan, antes de desmantelar la actividad.
—¿Todavía no la ha palmado de una intoxicación etílica?
—No. Está vivo —repuso el jefe de capataces del rancho Bryan—. Y está sobrio. Lleva tres meses sin beber una gota de alcohol.
Tim negó con la cabeza.
—Logan, sé que es tu amigo, pero, ¿de verdad, quieres volver a pasar por eso? Porque yo no, y me apuesto la cabeza a que Jim dirá lo mismo.
—No, mi amistad con él no tiene nada que ver. Ni siquiera hablaríamos de esto si tú estuvieras aquí, Tim. Pero necesitamos manos, las tuyas seguirán en Nashville hasta el domingo, y Link está limpio, disponible, y le vendría muy bien volver a trabajar.
Tim exhaló el aire por la nariz. Últimamente, todo eran complicaciones. Avanzaban a trompicones o, directamente, retrocedían. Un paso adelante, dos atrás.
—Vale. Lo consultaré con Jim. Si mi hermano está de acuerdo, lo contratarás una semana a prueba, a ver qué tal. Te llamo con lo que sea, ¿de acuerdo?
—Hecho. Espero tu llamada, entonces —se despidió Logan.
Después de colgar, Tim no volvió a guardar el teléfono. Miró el nombre de Sue en la lista de llamadas perdidas mientras decidía qué hacer.
Cada vez se sentía más raro y más incómodo con la situación. Le halagaba el interés de Sue Anderson. Un interés que ella estaba dejando claro. Fuera de toda duda. Quizás, demasiado claro, demasiado pronto para un tipo vanidoso como Jim. Suspiró. Su hermano no lo entendería.
Mierda. Yo tampoco lo entiendo del todo.
Sue y él apenas habían intercambiado unas cuantas palabras el domingo. No se conocían. ¿Tanto la habían impactado esos pocos minutos juntos? Lo halagaba mucho pensar que sí. Era lógico. ¿A qué tío no le gustaba llegar y arrasar? Tenía su lado vanidoso, como cualquier hombre, pero el solo hecho de que la situación le hiciera sentir tan incómodo, era una señal que no podía ignorar.
No, se dijo, antes de devolver esa llamada, tenía que meditarlo muy bien.
Tim volvió a guardar el móvil y regresó a la habitación de su tía.
* * * * *
Robert alzó la vista del periódico cuando oyó que la puerta se abría. Sonrió al ver a Tim.
—¿Todo bien por Springfield?
Tim le dedicó una mirada burlona a modo de respuesta y fue a sentarse en su sillón. Robert asintió.
—Vaya pregunta más tonta acabo de hacer… Tú estás aquí, así que Logan debe estar dándose la cabeza contra las paredes cada cuarto de hora —razonó.
Vio que su hijo asentía enfáticamente y esperó a ver si hacía algún comentario tras ese gesto, pero no lo hizo.
—Entiendo que ayer, tanto tú como Jim, intentarais mantenerme al margen de los asuntos del rancho. La verdad es que el susto fue muy grande y comprendo perfectamente que no quisierais preocuparme más de lo que ya estaba… Que era mucho —reconoció Robert, con un suspiro—. Pero ayer fue ayer, y hoy es hoy. Por favor, pónme al día, Tim.
—No ha pasado nada que no puedas imaginarte, papá. Conoces el día a día de un rancho mejor que nosotros, ¿para qué quieres los detalles?
Su padre hablaba del susto en pasado, como si el hecho de que Doreen hubiera despertado de la operación sin sobresaltos, fuera el fin de sus preocupaciones. Pero no era así. Y tampoco era esa la principal razón de que él y sus hermanos pasaran por un filtro muy grueso la información que compartían con él, sino su salud.
—No quiero imaginarlo, Tim —repuso Robert. Mantuvo la mirada sobre su hijo, instándolo a responder.
Él respiró profundamente y comenzó a explicar en qué situación estaban las actividades en Springfield. Lo hizo de manera concisa, procurando no abundar en detalles, pero no se guardó nada. Incluso le contó el incidente de los gamberros con la alambrada. Tras lo cual, guardó silencio.
Robert también se quedó callado un rato mientras consideraba la cuestión. Era el cabeza de familia y el ranchero con más experiencia de los Bryan: las decisiones le correspondían a él.
—Muy bien. Aparcaremos el asunto del traslado por el momento y nos concentraremos en la cosecha. Vamos a contratar todas las manos disponibles, incluidas las de Link Parish. Y vamos, voy —matizó— a hablar con Magnus Quincy y con Peter Wallace para ver si nos pueden ceder a alguno de sus chicos.
Tim asintió. Jim y él no habían pensado en eso. Los Quincy habían acabado de levantar su cosecha, pues debido a problemas financieros derivados del último gran tornado que había afectado la región, se habían visto obligados a limitar su actividad agrícola. Habían tenido que despedir a parte del personal, pero quizás pudieran cederles a uno o dos durante quince días. Otro tanto con los Wallace. En su caso, los daños habían sido tan grandes, que el treinta por ciento de sus manzanos no habían podido salvarse. Les vendría bien ahorrarse el salario de un par de semanas de aquellos empleados que tuvieran a bien cederles.
—Es necesario conducir el agua a los puntos de canalización, acabar de acotar las áreas, vallarlas, y alquilar e instalar las casetas prefabricadas para almacenaje, baño y zona de descanso de los empleados, hasta que podamos hacer las construcciones fijas definitivas. Y después, habrá que ponerse con los sistemas de suministro de agua y de riego en cada área. De otra forma, cuando resolvamos el atasco de trabajo en Springfield, el traslado seguirá pendiente porque aquí no habrá más que los mojones puestos. No tiene ningún sentido ponernos cabezones con este tema. Las circunstancias familiares han cambiado y lo que hay que hacer es adaptarse, no ir contra corriente. Vamos a encargar estas tareas a empresas especializadas. Es lo mejor.
Tim no podía negar que le aliviaba saber que ni Jim ni él tendrían que seguir multiplicándose por mil para poder estar a todas, pero cada vez que las manos que se ocupaban de una tarea no eran de un Bryan, las arcas familiares, ya muy mermadas, volvían a sangrar. Y no quedaba mucha sangre en los depósitos.
—No será barato, papá.
—Pero será eficiente. Y de esta forma descargaremos tus hombros y los de Jim. Lo haremos así, hijo. Le diré a Ken que siga añadiendo ceros a nuestra cuenta pendiente. Sabes que a él no le importa.
Tim suspiró. Detestaba llevarle la contraria a su padre.
—Pero a mí, sí. Y a Jim, también. Queremos una operativa limpia y rentable, que el funcionamiento del rancho sea independiente del bolsillo de Ken. Empezar con una cifra en negativo importante, supondrá años hasta poder saldarla, incluso si el rancho funciona en óptimas condiciones. Cuanto más alta sea la deuda, más hipotecado estará nuestro futuro.
—Yo también quiero que dejemos de depender de Ken. Pero, al margen de lo que quiero y deseo como padre, también está lo que sé como ranchero. Vosotros —Jim y tú— sois el principal activo del rancho. Ni las tierras, ni la maquinaria, ni el ganado, ni los activos financieros… Nada de eso importa. Sin vosotros, este proyecto no será posible. Sois insustituibles, ¿lo entiendes? Todo lo que hagamos para proteger vuestra cordura, será el dinero mejor invertido del mundo. Es así de simple, hijo.
Tim bajó la vista considerando la ristra de gastos que engrosarían la deuda, a propuesta de su padre, decidido a encontrar la forma de recortarlos, pues eran demasiados. Y por eso de que el que busca, encuentra, la halló.
—Jim y yo nos ocuparemos de vallar las áreas y del suministro de agua y de los sistemas de riego —propuso—. Si la contrata deja lo demás listo, digamos, en un mes, nosotros ya habremos resuelto lo más urgente en Springfield, y podremos ponernos con el vallado y el riego en Mystic Oaks.
Robert sonrió satisfecho.
Jim era duro de pelar a la hora de dar su visto bueno para incrementar la cuenta de gastos, pero Tim lo era mucho más aún. Había criado a dos excelentes administradores.
—De acuerdo, me parece bien —concedió—. Y sobre Logan… Prepararemos una oferta irresistible porque lo queremos aquí, en Nashville, con nosotros, todo el tiempo que él desee quedarse. Ese muchacho se lo ha ganado con creces y, en el futuro, será una pieza clave. Eso hay que resolverlo esta semana, Tim. Imagino que querrás quedarte aquí unos días por la tía, pero cuando te marches, quiero que te lleves el nuevo contrato para que lo firme.
Tim volvió a asentir con la cabeza. Había llegado la hora de hablarle a su padre del asunto privado que lo tenía mal desde hacía tres días.
—Hay algo que quiero adelantarte… Mis hermanos y yo vamos a reunirnos primero para ponernos de acuerdo con el tema porque… Bueno, estás aquí la mayor parte del tiempo y queremos facilitarte las cosas… Pero, ya que estamos hablando del rancho…
—¿Sobre qué queréis hablar conmigo? —dijo Robert, extrañado.
—Sobre el plan de que Jim se quede aquí y yo me ocupe del rancho familiar…
—¿Hay algún problema? —El suspiro de Tim hizo que Robert frunciera el ceño—. ¿Qué pasa, hijo?
Tim apoyó los brazos sobre sus muslos y permaneció con la cabeza gacha durante unos instantes.
—Pasa que he descubierto dónde está mi talón de Aquiles —soltó, al fin, junto con una bocanada de aire, señal de cuánto le había costado pronunciar aquel puñado de palabras.
—¿Tú tienes de eso? Lo dudo mucho.
—Pues lo tengo, papá… —Tragó saliva, y ante la expresión asombrada de su padre, se explicó—. No soporto estar sin vosotros. La casa se me cae encima… Y sé que no voy a acostumbrarme.
—¿Y por qué no? Eres el animal de costumbres más entrenado que conozco, Tim. Mucho más que yo mismo, que ya es decir —bromeó Robert. Consciente de lo mal que lo estaba pasando su hijo, quería quitarle hierro al asunto.
—Porque no es el tiempo el problema, no es cuestión de habituarme. Es que no sé vivir sin vosotros y, la verdad, no quiero aprender. —Suspiró—. Sé que me necesitas en Springfield y lo último que quiero en esta vida es decepcionarte… Pero… Honestamente, no me siento capaz de pasar allí toda la semana, cada semana, los próximos tres meses, yo solo. Así que… Habrá que plantear las cosas de otra manera, papá.
La mirada de Robert se volvió dulce como nunca. El fuerte y fiable Tim Bryan, la persona en quien todos y, muy especialmente él, se apoyaban, había descubierto, a sus veintiocho años, que había cosas demasiado importantes para él, a las que se negaba a renunciar.
—Eso no es un talón de Aquiles, Tim. No es una debilidad. Todo lo contrario. Conocer dónde están tus límites, te hace más fuerte. Y que lo admitas ante mí, te hace más fiable que nunca. Y más humano —añadió con una sonrisa—. Te eduqué para que fueras una persona de valores, un hombre de familia, alguien con quien los suyos siempre pudieran contar para todo… Eso es lo que eres y estoy muy orgulloso de ti.
Tim suspiró aliviado del enorme peso que acababa de quitarse de encima. Saber que no había decepcionado a su padre, que con su decisión no estaba añadiendo un problema más a la enorme lista a la que su familia debía enfrentarse en los próximos meses, le había devuelto el alma al cuerpo. Al menos, hasta que Robert dijo:
—Además, me da la sensación de que ahora tienes más razones para quedarte en Nashville, ¿no?
La picardía en el tono de su voz era todo un mensaje en sí mismo.
Tim dejó caer la cabeza, derrotado.
No había ninguna duda: su querido padre estaba intentando sonsacarle qué se traía entre manos con Sue Anderson.
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CRS-07. Mystic Oaks, 1 (MO 1). Capítulo 26
Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2026
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26
Robert y Tim continuaban conversando cuando Doreen al fin abrió los ojos. Se había despertado hacía un rato. Aunque, por momentos, caía en un sopor extraño que la hacía dormitar, su mente era cada vez más consciente de lo que sucedía a su alrededor. De hecho, había escuchado una parte del relato de Tim sobre la situación del rancho familiar.
Se tomó unos instantes antes de advertirles de que ya no dormía. Unos instantes para comprobar cómo estaba. Confirmó que el dolor seguía acompañándola, a pesar de la analgesia. Estaba principalmente localizado en su abdomen. Era soportable. El que sentía en el pecho y en las costillas también era relativamente tolerable mientras no se le ocurriera hacer respiraciones profundas. Cuando lo hacía, veía las estrellas. No entendía por qué le dolía el pecho si el apéndice estaba un palmo y medio más abajo. También le dolían el cuello, la espalda y lo que estaba después de la espalda. Dios, ¿se le había dormido el trasero? ¿Cuántas horas llevaría tendida bocarriba? Además, estaba la sensación de vacío en el estómago. ¿Hambre?, se preguntó. No estaba segura, pero, si lo era, se trataba de una buena señal. Muy buena, pensó, pues según estaban las cosas por el rancho de Springfield, iba a necesitar recuperarse en tiempo récord para volver a coger las riendas de la vida familiar.
Muy bien, Doreen. Primero, cambiar de postura. Segundo, intentar comer algo para reponer fuerzas. Venga, que tú puedes.
—Robert… —lo llamó. Al darse cuenta de que ni siquiera ella misma se había oído, volvió a intentarlo más fuerte.
Un instante después, dos cabezas masculinas, una a cada lado, aparecieron en su campo visual.
—Eh, pero mira quién ha vuelto con nosotros… —dijo Robert.
—¡La bella durmiente se ha despertado! —dijo Tim.
Doreen se aclaró la garganta antes de hablar.
—Mmm… Bella durmiente… Suena bien. —Tras una pausa, añadió—: Desde luego, mucho mejor que marmota…
En circunstancias normales, Robert habría reparado en que Doreen estaba aludiendo a un comentario que él le había hecho a Ken mientras ella, supuestamente, dormía. Pero estaba tan feliz de oírla y tan subyugado por volver a ver aquellos hermosos ojos otra vez, que no cayó en aquel evidente detalle.
—¿Estás segura de eso? ¿Te acuerdas de cómo acaba el cuento? —repuso con tal picardía (y tal descaro), que Tim miró a otro lado para que su tía no lo viera reír.
Ja. Ja. Ja. Qué gracioso te has levantado hoy, señor Bryan.
—Avisa a la enfermera, por favor… —pidió ella, parcamente, y apartó la vista.
En lo que sí cayó Robert esta vez, fue en la regañina que leyó fugazmente en sus ojos. Y sintió ganas de echarse a reír de pura felicidad, aunque se contuvo, en previsión de enfados mayores.
Definitivamente, Doreen Montgomery estaba de vuelta, y no existía en el mundo una noticia mejor que esa para él.
* * * * *
«Necesito ir al baño y comer algo», había dicho Doreen tan pronto las enfermeras, Candance y Marybeth, entraron en la habitación. Sin titubear, sin susurrar. Como si no llevara horas dormida tras una intervención quirúrgica. Robert la había mirado sorprendido. Y no había sido el único en hacerlo.
—¡Guau! ¡En cinco minutos, se habrá levantado y le estará diciendo a todo el mundo lo que tiene que hacer! —exclamó Tim, y se echó a reír.
Doreen asintió.
—Empezando por ti… —repuso, con segundas. Había oído algo acerca de nuevas y, tratándose de él, totalmente inesperadas, razones para querer quedarse en Nashville, y quería conocer hasta el último detalle.
—¡Chúpate esa, Tim Bryan! —exclamó Robert, divertido.
—Uy, no cantes victoria tan pronto… —dijo él—. Que si hay cartilla para mí, tú seguro que tampoco te libras.
—¡Qué buen humor hay por aquí! ¿Les importa si me quedo un rato recargando energía? —dijo Candance al tiempo que le indicaba a su compañera con un gesto que se situara a su lado para ayudarla—. No le pregunto qué tal se encuentra, porque ahora hay cosas más urgentes que atender, ¿verdad? Soy Candance, por si no recuerda mi nombre. Y el de ella es Marybeth… Pero, no se apure, si grita «¡enfermeraaaaa!», también acudimos.
Le agradaba esa mujer, pensó Doreen. La recordaba muy vagamente —su nombre, no; solo su voz—, pero a su compañera, no.
—Yo soy Doreen… —repuso, mirando con gentileza a las enfermeras.
—¡Lo sabemos! Pero presentarse es todo un detalle de su parte —repuso Candance, complacida—. Bueno, primero nos sentamos, ¿de acuerdo? Vamos a levantar despacio el cabezal de la cama y a ver cómo se siente… Yo me ocupo de Doreen, tú del cabezal, Marybeth.
Tim se alejó hacia la ventana para no molestar. Robert tan solo se alejó lo suficiente para dejar pasar a la enfermera. La joven se lo agradeció con una sonrisa profesional y dirigió el movimiento de la cama articulada con el mando, que fue modificando gradualmente su ángulo hasta alcanzar los ciento veinte grados. Entonces, se detuvo.
Doreen cerró los ojos. Increíblemente, se había mareado.
—Es normal, no se preocupe. De ahí que lo hagamos despacio. En unos minutos, las paredes dejarán de bailar la conga ante sus ojos —explicó Candance.
Y así fue. Cuando unos instantes después volvió a abrirlos, veía con normalidad.
Con demasiada normalidad, pensó al reparar en el hombre imponente que estaba de pie junto a la cama, atento a lo que sucedía.
—Mucho mejor —concedió Doreen—. ¿Y ahora?
—Ahora, vamos a retirar los electrodos un ratito. La vía nos la llevamos al baño.
Doreen asintió. Miró con atención lo que hacían las enfermeras. Mientras Candance retiraba los electrodos uno a uno, Marybeh había ido a por la silla de ruedas que estaba en un rincón, junto al armario empotrado. ¿Iban a conducirla hasta allí? ¿Aún no podía andar? Que en su mente empezara a haber preguntas sobre sí misma, le sorprendió. Su cerebro llevaba horas en silencio, no sabía exactamente cuántas, pero sabía que eran muchas. Y, de repente, había vuelto a expresarse.
—La silla es por precaución —volvió a decir Candance—. Intentaremos comprobar si sus piernas no están demasiado perezosas todavía para sostenerla. Si lo están, no pasa nada, también es normal. La silla se encargará de hacer el camino mientras dejamos que las perezosas descansen un poco más. ¿Todo claro hasta aquí? ¿Tiene alguna pregunta antes de que corramos a aliviar la vejiga?
Doreen se quedó observando. Marybeth había apartado la sábana, por lo que, por primera vez en horas, volvía a verse los pies desnudos. Y sus pálidas pantorrillas. Reparó en el camisón sanitario que le habían puesto. Era cómodo, sí, pero espantoso. Un trozo de tela sin forma y con apenas costuras… ¿Cómo se ponía uno esa cosa? Desde luego, no había lazos ni botones por delante.
—¿Esto se cierra por detrás? —le preguntó a Candance.
La vio asentir con una sonrisa pícara.
—Con tres primorosos lacitos.
Doreen asintió. En tal caso, no quería público presente. Y menos, al monumento de hombre que continuaba de pie, a su lado, sin apartar sus ojos de ella. Volvió la cabeza y miró a su sobrino.
Se disponía a hablar cuando Robert intervino.
—Tienes uno tuyo, si lo prefieres… En realidad, dos, con sus correspondientes saltos de cama. Están aquí —señaló el bolso que había junto a la mesilla, del lado izquierdo. Enseguida lo puso sobre el sillón, lo abrió, y alzando la vista hasta ella nuevamente, le dijo—: ¿lo quieres? También tengo tus pantuflas favoritas, tu neceser de maquillaje… Y, bueno, media habitación y un cuarto de tu biblioteca —bromeó, radiante. Y continuó mirándola expectante.
«Eres imposible», pensó Doreen cuando, a duras penas, logró reponerse del efecto que la ternura inefable de aquel hombre tenía sobre ella. Un efecto que cada vez era más grande y más devastador. Él y sus detalles de hombre sensible siempre le habían tocado el corazón. Ahora, directamente, la hacían derretir de amor. Y desear intensamente que esos detalles considerados que Robert tenía con todo el mundo, en su caso, fueran mucho más que simples detalles.
—¿Has traído el rojo que los chicos me regalaron por Navidad? —se las arregló para preguntar.
«Que yo te regalé, aunque me faltara valor para decírtelo», pensó él. No era quien había preparado el bolso, sino Chris por pedido suyo, pero ella, por lo visto, también pensaba que era una prenda preciosa y la había escogido, junto con otro conjunto azul que Doreen se había comprado.
Robert se limitó a asentir dos veces con la cabeza. Sus ojos cargados de dulzura no se apartaron de Doreen en ningún momento.
—Entonces, sí, lo quiero —dijo, lo más compuesta que pudo. Tendió apenas su brazo con la palma hacia arriba, reclamando la prenda, pues no pudo extenderlo. No tenía fuerzas para hacerlo. Lo que le hizo pensar que quizás tampoco pudiera mantenerse en pie. Suspiró. De todos modos, lo intentaría. Tenía que salir del hospital cuanto antes.
Pero, por supuesto, no lo haría frente a Robert, vistiendo un horroroso trozo de tela, que se ataba por detrás con tres lazos. Ni hablar.
Robert no entraba en sí de gozo. Se sentía como un niño al que sus padres acaban de premiar por haber sacado buenas notas en la escuela. Extrajo del bolso el precioso camisón rojo, el salto de cama y las pantuflas, y los colocó sobre la cama, al alcance de la mano de Doreen. Entonces, reparó en la ropa interior —que ella no llevaba puesta en aquel momento— y, durante un instante, pensar en su desnudez le hizo sentir turbado. Se rió de sí mismo por sentirse de aquel modo en un momento y en una circunstancia tan inoportunas y se concentró en sobreponerse. Cogió una pequeña bolsa plástica con cierre de cremallera que contenía una muda de ropa interior y la depositó sobre la pila sin hacer comentarios. Finalmente, tomó el neceser y coronó la pequeña pila con él.
—Creo que está todo —dijo, con su sonrisa tierna en ristre. Sus ojos se posaron sobre ella, radiantes.
Doreen deseó poder cerrar los suyos y rendirse a aquellas caricias en las que él era tan experto que ni siquiera necesitaba usar las manos. Su sonrisa cálida bastaba. Su mirada, intensamente amorosa, bastaba.
Pero al igual que antes había hecho Robert, se concentró en sobreponerse. Debía hacerlo.
Al fin, dirigió su mirada hacia Tim.
—¿Por qué no te llevas a tu padre a estirar un poco las piernas? —propuso. Pero su tono no sonó a propuesta porque no lo era, y Tim se rio. Le pasó un brazo por los hombros a su padre.
—¿Cinco minutos, dije? ¡No han pasado ni dos, y ya no estás mangoneando! Venga, papá, vamos a dar una vuelta.
Robert asintió y siguió a su hijo hasta la puerta con una sonrisa tridimensional en la cara. Qué alivio que Doreen hubiera vuelto a ser Doreen. Esa mujer lo divertía y lo fascinaba a partes iguales.
Doreen procuró no mirarlos. No lo consiguió del todo, puesto que sus ojos parecían tan empeñados en no apartarse de Robert, como los de él en no perderse detalle de lo que hacía ella. Era como si, después de tantas horas ausentes, necesitaran ponerse al día de él. Sonrió a su sobrino, que en aquel momento, se despedía con la mano.
Candance esperó a que los hombres se hubieran marchado para decir:
—No se le ve nada. Le hemos puesto un pañal —y al ver la expresión de pura desazón de su paciente, añadió—: Vaaale, no es el último grito del glamur, lo admito. Pero es mejor a que su hijo le vea el pompis, ¿no?
Doreen que, en aquel momento, se disponía a apoyar un pie en el suelo para bajar de la cama, se detuvo, y alzó la vista.
—¿Quién? Tim es mi sobrino, no mi hijo. —Lo quería como si lo fuera y lo había criado igual que haría una madre, pero era el hijo de su hermana.
Vio que las enfermeras intercambiaban miradas.
—Vaya —dijo Candance—. Entonces, el otro caballero… ¿No es su marido?
Doreen sintió que toda la sangre que había en su cuerpo se dirigía raudamente a su rostro.
Era soltera. ¿Acaso no lo ponía en su historia clínica?, pensó irritada por alborotarse tanto.
—No —se limitó a responder. De repente, se le había secado la lengua, la garganta, todo.
—Oh. Pues… Habría jurado que sí. El hombre no se ha separado de usted ni un minuto…
Doreen ignoró el estremecimiento que le recorrió el cuerpo, y se concentró en ponerse de pie.
En realidad, lo que acababa de oír no era una novedad. Había sentido su presencia, su cercanía, todo el tiempo. Al principio, había creído que eran imaginaciones suyas. Imaginaciones surgidas de la necesidad de que fuera cierto. Pero, ya no había dudas. Robert no se había despegado de su lado y, ahora, ella tenía un millón de nuevas razones para amarlo más que nunca.
* * * * *
Tim abrió la puerta y saludó a Doreen con una mano mientras permitía que su padre saliera en primer lugar. Ella le devolvió una ligera sonrisa antes de atender a la enfermera que en aquel momento le dijo algo.
—Se la ve muy bien, ¿no? —preguntó a su padre.
—¡Ya lo creo! Es una mujer muy fuerte. Cuando queramos darnos cuenta, la tendremos en casa otra vez, dirigiéndolo todo.
Tim observó a Robert con una sonrisa. El hombre estaba feliz, con una felicidad distinta a la que él y sus hermanos conocían. Vaya efecto tenía el amor, pensó. Primero, Ken y ahora, su padre. Y no dejó que el pensamiento acabara de desarrollarse, pues no quería saber quién sería el próximo en contraer aquel virus que parecía tremendamente contagioso.
Por suerte, Robert lo devolvió a la realidad.
—Voy a aprovechar estos minutos para hablar con Magnus Quincy y con Peter Wallace. A ver si conseguimos esas manos extras que necesitamos. Enseguida vuelvo —dijo, y lo vio alejarse con el móvil en la mano.
Tim bajó la vista. Él también tenía llamadas que hacer. Aunque, en realidad, sabía perfectamente que solo estaba pensando en una llamada, una en concreto que todavía seguía dudando si hacer o no.
Si debía hacer o no, se corrigió mentalmente.
Hacía apenas tres días, no conocía a Sue, y ahora, no dejaba de comerse el coco pensando si no era demasiado pronto para que ella se mostrara tan interesada, y otras estupideces semejantes, nada propias de un hombre de veintiocho años.
Sue le gustaba mucho. No era extraño, pues físicamente era una mujer preciosa, pero le gustaba sobre todo su personalidad, su madurez. Daba igual cuándo la había conocido. El tiempo no determinaba la validez de sus percepciones. Estas no eran menos reales porque acabaran de conocerse. ¿Por qué narices desconfiaba de que a ella pudiera sucederle otro tanto? De hecho, quizás fuera eso —lo mucho que le gustaba una mujer con la que Jim había intentado quedar durante semanas— la razón de que se sintiera tan incómodo.
Sacudió la cabeza. Se había burlado de Jim por ir tras una «cría». ¿Y ahora era él quien se enredaba con ella?
Tim respiró hondo.
A ver, si eres un hombre, ¿qué tal si te dejas de memeces y te comportas como tal?
Pulsó el botón de llamada y esperó a que lo atendieran.
Apenas llegó a sonar cuando oyó la voz de Sue.
—Hola… Dame un segundo, por favor…
Tim frunció el ceño. Se oía bullicio de fondo. Una voz masculina destacaba sobre el ruido. Hablaba de… ¿Sue estaba en clase? A su porcentaje vanidoso se le rio el alma. No era una risa normal: se estaba riendo a carcajadas. Jim no había conseguido que ella lo atendiera, mucho menos que le devolviera una llamada. A él, en cambio, lo atendía aunque estuviera en plena clase de la facultad. ¿Cómo no iba a reír?
La voz femenina lo devolvió a la realidad.
—Perdona… Ya puedo hablar… ¿Qué tal?
—Perdona tú. Silencié el móvil al llegar al hospital y se me olvidó que lo había hecho. Estoy muy bien, gracias. Mi tía acaba de despertarse y ya le está dando órdenes a todo el mundo… Y, como era de esperar, mi padre está encantado. Después de tantas horas preocupado, le ha vuelto el alma al cuerpo. ¿Y tú, qué tal?
—Pufff… Con ganas de agarrar del cuello al profesor de derecho constitucional y conteniéndome porque, ante todo, soy una demócrata. Pero, que quede claro, que está poniendo a prueba mi paciencia con sus ideas retrógradas sobre la gestación subrogada, el matrimonio entre personas del mismo sexo y su derecho a adoptar un hijo, etcétera, etcétera. En mi padre, puedo entenderlo. Tiene casi sesenta años y es ultracatólico. Pero este tipo no tiene ni treinta años y no se cansa de repetir que es «felizmente agnóstico». ¿Agnóstico? Ja. ¡Es un reaccionario de mucho cuidado, eso es lo que es!
Tim sonrió ante aquella exhibición de genio.
—Guaaaauuuu… —dijo—. Habrá que advertirle que se ande con ojo, si tú estás cerca cuando suelta alguna de sus perlas retrógradas…
Sue se rio. Por el calor que sentía en la cara, estaba segura de que se había sonrojado. Razones no le faltaban. Tim le encantaba y, en vez de charlar con él, acababa de soltarle un discurso político. Y encima, sobre temas tan delicados y controvertidos.
—Perdona, perdona… Cuando me enciendo…
—Subes como la espuma —dijo él. Oyó un suspiro y después, nuevamente, su voz.
—Supongo que sí. La diversidad de opiniones no solo me parece necesaria, sino sana. Pero me indigna que un sector de la población —minoritario, por cierto—, eche mano de la tradición y de su interpretación sectaria del derecho natural para imponernos a los demás sus criterios de lo que está bien y de lo que está mal. —Suspiró al darse cuenta de que acababa de volver a hacerlo—. Perdona. Otra vez. Dios… Pensarás que estoy loca…
Oír que Tim se reía, en cierto modo, la tranquilizó.
Tim, en efecto, se reía. Se había criado entre personas de gran carácter, de modo que con Sue se sentía como en casa. Eso, por no mencionar, que la encontraba refrescante, directa y sin remilgos. Y preciosa. Muy, muy, muy preciosa. Su mente lo era, no solo su aspecto.
—Qué va. Lo que estoy pensando es que harías un buen equipo con mi tía y que mi padre sudaría mantequilla para ganaros la mano en un debate —se rio—. Tendré que proponérselo a Doreen. Sería un espectáculo digno de ver.
Sue sonrió. Así que no había metido del todo la pata… Bien, bien, bien.
—Me apunto, sin duda. ¡Los debates son lo mío! ¡Válgame Dios, salta a la vista! —añadió, tras una pausa.
—En eso te doy la razón: salta a la vista —Respiró hondo. Se quedaría hablando con ella el resto del día, pero su padre no tardaría en volver, y no quería que lo descubriera hablando con ella—. Oye, voy a tener que cortar. ¿Por qué me llamabas? —Tras pensarlo unos instantes, decidió apostar por sí mismo, y añadió—: Bueno…, aparte de porque te gusta hablar conmigo, digo.
Sue bajó la vista hasta sus botas con una sonrisa que no le entraba en la cara.
—Pensé que ibas a decir aparte de porque tú me gustas… Pero, no, a último momento, has dado un volantazo y no te has salido de la carretera.
«Así que es cierto que llegué y arrasé», pensó Tim con una sonrisa tan grande como la de Sue.
—Es que soy muy buen piloto…
Ambos rieron con complicidad.
—Ya lo veo —concedió ella—. Mis padres quieren ir a visitar a tu tía. Tu padre ya lo sabe. Será el jueves, alrededor de las cinco. A mi madre le encanta la repostería… Bueno, la cocina, en general, y le gustaría preparar el postre favorito de tu tía. Por eso te llamaba, para preguntarte cuál es. —Sonrió antes de decir—: Bueno, aparte de porque me gusta hablar contigo, claro.
Tim sacudió la cabeza, risueño. Doreen tenía varios «postres favoritos» y, obviamente, sabía cuáles eran. Incluso, podía decir en qué estación del año alguno de sus favoritos se convertía en el predilecto, pues también lo sabía. Pero se le acababa de ocurrir una idea buenísima.
—Uy, creo que en esto me has pillado… Todos somos muy dulceros, pero mi tía nos gana por siete cuerpos. Acertar con un favorito es complicado, cuando la ves devorar todo lo que lleve nata montada o cobertura de chocolate. —La oyó reír y sonrió a su vez—. Hagamos una cosa. En cuanto pueda, se lo pregunto a mi padre, él seguro que lo sabe, y te llamo a última hora de la tarde, ¿te parece bien?
Sue celebró la idea de Tim bailando sin moverse del sitio, sacudiendo los hombros y la cabeza al son de una música imaginaria. Enseguida, miró a ambos lados para comprobar si alguien la había visto, y suspiró. «Calma, niña, calma», se dijo.
—Me parece genial —repuso con mucho más aplomo que el que había demostrado hacía escasamente dos segundos.
Tim no se quedó atrás en su celebración.
—¡Sí! —exclamó sin emitir sonido alguno al tiempo que apretaba un puño en señal de victoria.
Su respuesta también fue sobria.
—Perfecto. Hablamos después. Ahora, tengo que cortar.
—Muy bien. Hasta otro rato, Tim.
Él se apartó el dispositivo de la oreja y miró la pantalla. Cortó la llamada con un gesto de dolor. Había dicho que tenía que colgar, pero no era eso lo que deseaba hacer. Ni mucho menos.
Dios. Las cosas entre Sue y él estaban sucediendo a velocidad vertiginosa.
Demasiado rápido, tío… Por mejor piloto que seas, vas demasiado rápido.
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©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷
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CRS-07. Mystic Oaks, 1 (MO 1). Capítulo 27
Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2026
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27
Doreen había llegado hasta el lavabo sin aliento. A pesar de que las enfermeras la habían acompañado todo el trayecto de la cama al baño, sosteniéndola cada una por un codo, el solo esfuerzo de mantenerse sobre sus pies había sido agotador. Eso, sin añadir el dolor. Se había agudizado y ahora se extendía por todo su abdomen, provocando unas intensas náuseas. Sin embargo, mientras ella, con las manos apoyadas sobre el borde de la pila y los latidos del corazón disparados a causa del esfuerzo, intentaba recuperarse, las enfermeras estaban celebrando «su gran logro» animadamente, como si ella no hubiera recorrido el camino doblada y con pasos de tortuga.
—¡Bien hecho, Doreen! —exclamó Candance—. ¡Qué bien se está recuperando de la operación! ¡En cuanto vuelva a la cama, pediré que le traigan dos gelatinas! ¡Vive Dios que se las ha ganado!
La enfermera más joven que, hasta el momento, se había mostrado bastante reservada —Doreen ignoraba si porque ese era su carácter, o porque se sentía intimidada por el talante arrollador de su compañera— también se sumó a la celebración.
—¡Ya lo creo! ¡Es una campeona, Doreen! ¿De qué sabor prefiere la gelatina? Hay de fresa, limón, piña y naranja.
Doreen negó con la cabeza. La sola mención de la comida consiguió que se le revolviera el estómago.
—Dadme un minuto, chicas… Por favor… —suplicó, sin apenas aliento.
Las enfermeras se pusieron manos a la obra de inmediato.
Marybeth cogió el banco que había junto a la ducha y lo situó detrás de la paciente. Candance la tomó firmemente por los antebrazos desde atrás.
—Déjese caer despacio. Tranquila, tiene un buen banco de madera detrás. No es bonito, pero es fuerte. No acabará con sus doloridos huesos en el suelo —bromeó.
Doreen inspiró profundamente. O, al menos, lo intentó hasta que el dolor en su pecho se lo impidió, dejándola con los pulmones a medio llenar. ¿Por qué sus costillas se quejaban tanto al menor movimiento? Volvió a inspirar de manera superficial y elevó la cabeza. Sus ojos se encontraron por primera vez con su propia cara al otro lado del espejo, y un grito de horror escapó de su boca. Ese esperpento no podía ser ella.
—¡Ahhhhh! ¡Dios mío!
Las náuseas regresaron y, esta vez, vinieron acompañadas de una gran arcada que le hizo ver las estrellas, pues toda su zona abdominal estaba inflamada, pero no expulsó líquido alguno. Llevaba horas en ayunas y la mantenían hidratada a través de la vía conectada a su brazo. No había nada que expulsar.
Rápidamente, Candance sentó a Doreen en el banco. Empujó su barbilla hacia arriba, haciendo que descansara la nuca contra su cuerpo. Marybeth mojó una pequeña toalla de cara bajo el chorro de agua fría y, tras escurrirla, empezó a refrescar el rostro de Doreen con suaves toquecitos.
—Vaya susto, ¿eh? —murmuró Candance mirando compasivamente a su paciente, que continuaba con los ojos cerrados—. La entiendo, créame. Todas las mañanas me pasa lo mismo, y eso que, gracias a Dios, nunca he visitado un quirófano como paciente.
De haber estado más lúcida, Doreen le habría respondido que estaba exagerando, pues no había nada en ella que justificara sus sustos mañaneros. Candance era robusta, pero no tenía exceso de peso. De hecho, estaba bastante en forma. Llevaba estupendamente sus cincuenta y tantos. Su cabello, teñido de un caoba intenso, lucía impecable y el estilo —media melena corta— le sentaba muy bien. No poseía un rostro especialmente agraciado —ni grandes ojos, ni una boca seductora, ni una nariz de anuncio televisivo—, pero con una presencia tan fuerte, carismática y atractiva como la suya, no lo necesitaba.
—Tiene mala cara, y quién no, después de una operación —apuntó Marybeth—. Yo creo que el susto ha sido grande porque esta señora es muy coqueta.
—Estoy de acuerdo —concedió—. Cuando vi todo lo que había en ese bolso tan grande… Pensé: esta mujer es supercoqueta… También pensé otra cosa, pero no sé si es adecuado que lo diga… —dejó caer, en tono pícaro.
Candance lo dijo porque quería animar a Doreen —era una mujer muy agradable y estaba claro que volver a verse en el espejo había sido un shock para ella—, pero también porque era cierto: había pensado algo más. Y el pensamiento en cuestión le había robado una sonrisa. En un lugar donde el dolor estaba a la orden del día, una sonrisa era un regalo digno de ser apreciado y compartido.
Doreen permaneció en silencio y con los ojos cerrados. Aquellos pequeños toques húmedos, que ahora se habían trasladado a su frente y sus sienes, eran mágicos. Un calorcillo de lo más agradable se extendía despacio por toda su piel, invitando al relax. Algo que necesitaba casi tanto como el aire, después de haberse visto en el espejo. Estaba hecha un verdadero adefesio. Pálida como un cadáver, con los párpados hinchados, y tan ojerosa, que podía hacerle la competencia a Fétido Adams. Y el pelo… ¡Ay, Dios, el pelo! A su cabello abundante y de aspecto sedoso, del que siempre se había sentido tan orgullosa, parecía que lo había estado lamiendo una vaca toda la maldita noche.
—¿Y por qué no iba a ser adecuado? ¡Venga, Candance, anímate! —pidió su compañera.
La enfermera consideró la cuestión. No se trataba de nada censurable, por supuesto. Pero, después de enterarse de que el apuesto hombre que no se había despegado de la cabecera de la cama de Doreen, no era su marido, no estaba segura de cómo se lo tomaría ella.
—Vale, allá voy… Pensé «quiero un hombre como este, que sea capaz de preparar mi bolso de viaje con los ojos cerrados».
Marybeth soltó una risita divertida.
—O sea, que si es guapo y tiene dinero, o es de color verde y en su cara hay cuatro ojos, en vez de dos, no te importa para nada, mientras tu bolso de viaje esté completo.
—Pues claro que me importa, ¡no soy tonta! —se rio.
Miró brevemente a su paciente en el espejo. Ella continuaba con los ojos cerrados mientras su compañera le refrescaba el rostro. Tenía una expresión relajada, y parecía ajena a la conversación, pero Candance estaba segura de que no se perdía una sola palabra.
Y tenía razón. A Doreen también le había sorprendido el bendito bolso. No porque no creyera a Robert capaz de prepararlo con los ojos cerrados, —sabía que lo era—, sino porque nunca había tenido ocasión de comprobarlo. Y hacerlo… ¡Dios, era tan emocionante…!
Siempre había sido ella la que se ocupaba de esas cosas que todo el mundo consideraba demasiado detallistas para que estuvieran a cargo de un hombre. De todas, en realidad.
De las flores frescas en los jarrones de cada habitación.
De los platillos con apetitosos tentempiés repartidos por distintos rincones de la casa. Siempre disponibles para que sus sobrinos, que pasaban demasiadas horas trabajando en el rancho, picotearan cosas ricas y saludables cada vez que hacían una breve parada en casa.
De los manteles, que cambiaba cada día, del mismo modo que cambiaban los platos que se servían sobre ellos.
Y tantas otras cosas… Era una persona detallista. Adoraba saber que cada rincón de la casa recibía atención y cuidados, que mostraba su toque personal.
Pero nunca había estado enferma, esta era su primera vez, y, por lo tanto, nadie había tenido que ocuparse de sus asuntos hasta ahora.
—¡Ah, bueno, qué alivio! —dijo Marybeth—. Empezaba a pensar que eras bastante rarita… Pero, sí, supongo que sé lo que quieres decir. Hay hombres que no son capaces ni de hacer su propia maleta… Mi padre, sin ir más lejos. Imagínate hacerle la maleta a otro y que, encima, ese otro sea una mujer.
Candance movió la cabeza arriba y abajo, mostrando su acuerdo.
—¿Te imaginas lo bien que tiene que conocer un hombre a una mujer para poder llevar a cabo una tarea como esa? Primero: sabe lo que a ella le gusta. Segundo: sabe lo que prefiere, entre todas esas cosas que le gustan, pues no hay sitio en un bolso para todo, solo para algunas cosas. Hay que escoger y él sabe hacerlo muy bien. Tercero: ¡sabe dónde ella las guarda! ¡Es increíble! Hasta la mujer más austera, tiene un guardarropa mucho más grande y variado que el de un hombre. «¿Quieres torturar a tu marido?», me decía mi madre, que en paz descanse, «¡mándalo a buscar algo en tu armario, y siéntate a disfrutar viendo cómo se tira de los pelos, incapaz de encontrar nada!»
Las enfermeras rieron de buena gana. Candance creyó ver un fugaz movimiento en el rostro de su paciente a través del espejo. ¿Había sido una sonrisa?
—¿Ya se siente mejor, Doreen? —le preguntó.
—Sí… Gracias —concedió, mirándola brevemente antes de volver a cerrar los ojos.
Doreen casi podía decir que estaba en la gloria. El cuerpo de Candance hacía las veces de respaldo, pues se había situado a su espalda, sosteniéndola no solo con su cuerpo, sino también con las manos, que había posado sobre sus brazos. Mientras tanto, Marybeth estaba delante, apoyada contra el lavabo e inclinada hacia ella, proporcionándole tanto relax con la pequeña toalla húmeda, que no quería mover un músculo. Además, esas dos mujeres, a las que estaría eternamente agradecida por sus cuidados, estaban hablando de Robert. Era su tema favorito… Y, él, su persona favorita del mundo entero. Imaginarlo buscando en sus cajones no le inquietó. Y eso que era bastante maniática con el orden de sus cosas personales… Ver a Robert en su mente, apartando una prenda para escoger otra, con aquellas manos recias que, sin embargo, la tocaban con tanta delicadeza cuando la tomaban del brazo o le apartaban un mechón de cabello de la cara, le resultó inesperadamente natural.
—Perfecto. Le daremos unos minutitos más para que se recupere antes de afrontar el último tramo hasta el inodoro —la animó Candance, y tras una pausa, volvió al tema—. Pero con este hombre ese método de tortura no sirve. Sabe exactamente lo que busca y dónde encontrarlo. No conozco a muchos hombres con semejante capacidad de observación. Que digo muchos, ¡no conozco a ninguno! Así que, ¡decidido: quiero uno así como regalo de Navidad!
—Genial, lo pondré en el arbolito, en un calcetín gigante con tu nombre —bromeó su compañera.
—Ya, pero primero tendrás que encontrarlo. Y no será fácil… —dijo, con un fingido suspiro de resignación, al tiempo que le hacía un guiño.
«Fácil, no; será imposible», pensó Doreen. Robert era único. No existía otro hombre como él.
Inspiró todo lo profundo que sus costillas le permitieron, y volvió a abrir los ojos.
—Ya estoy bien —dijo—. Primero, necesito aliviar mi vejiga. Y después, voy a necesitar no matar de un susto a la gente que me quiere. Por favor —suplicó, y vio que las dos enfermeras se reían—. Un baño, un lavado de cabeza y una sesión de maquillaje.
—Aún no puede ducharse, lo siento… —explicó Candance—. Y, la verdad, no creo que quiera hacerlo cuando se levante de ese banco y vea cuánto le cuesta mantenerse de pie esta vez… No se preocupe, también es normal.
—Pero podemos darle un aseo rápido con una toalla enjabonada —intervino Marybeth.
Candance asintió.
—Sí. Y también podemos hacer algo con el pelo, usando champú en seco… Mañana, ya podrá venir una enfermera a lavarle la cabeza. Sin salir de la cama, por supuesto. Todavía está en la fase de los paseos cortitos, Doreen.
—Muy bien —dijo ella, envuelta en un suspiro. Menos, daba una piedra—. Todo lo necesario está en el bolso.
Candance emitió una risita cómplice.
—¿Se refiere a ese bolso del que se ha ocupado un hombre tan observador y detallista, que es casi como un unicornio entre los hombres?
La imagen de Robert con largas crines blancas y un cuerno en la frente hizo sonreír a Doreen. El verdadero significado de esa imagen, inesperadamente, le humedeció los ojos.
—Ese bolso, sí —admitió con la voz algo más quebrada de lo que le habría gustado, y vio que el rostro de la enfermera se iluminaba con una chispeante sonrisa.
* * * * *
Aunque apenas había durado un cuarto de hora, el proceso de acicalamiento le había resultado desquiciantemente lento a Doreen. La habían instalado en la silla de ruedas, lo que le había permitido reposar la espalda, descargando tensión en la zona operada. El aseo con la toalla enjabonada había activado su circulación y, en general, se sentía más limpia que antes, pero había sido incómodo estar desnuda viendo cómo otras manos la lavaban, y un poco doloroso. Un poco bastante.
La razón era que toda ella era como un muestrario de padecimientos, que iban desde el dolor propiamente dicho en la zona operada hasta esa tensión sumamente molesta que sentía donde le habían puesto la vía, cada vez que intentaba mover ese brazo.
Las enfermeras no le habían permitido ver su cicatriz, alegando que ya lo haría cuando vinieran a hacerle las curas. La inquietaba bastante pensar en lo que se encontraría cuando retiraran ese vendaje grueso y cuidadoso que le cubría el abdomen hasta el comienzo del vello púbico. Sus aparatosas dimensiones advertían del gran tamaño de la herida, pero lo que, verdaderamente, le preocupaba era la estética del corte. Rogaba que el cirujano no la hubiera dejado con el aspecto de un rollo de carne mechada.
—Las bragas, no, lo siento, Doreen —dijo Candance, apartando la prenda—. Tendrá que seguir llevando pañales uno o dos días más.
Doreen hizo un gesto de disgusto. Con el trapo informe que había llevado hasta hacía un rato, el abultado pañal pasaba inadvertido. No sucedería lo mismo con su precioso camisón rojo. Hasta las tiras adhesivas se notarían a través del fino tejido.
—Y tenga en cuenta que, si viene algún médico tiquismiquis o alguna compañera que se ha levantado con el pie izquierdo, igual la riñen por este camisón tan fabuloso… No tiene aberturas, y eso quiere decir que tendrán que subírselo hasta el pecho para comprobar el estado de la herida.
Fantástico. Así que, además de pasarse el día con pañales de anciana, también tendría que exhibir sus pechos cada vez que alguien en pijama sanitario fuera a comprobar el estado de su herida.
¿Algo más? ¡Por Dios, quiero irme a casa ya!
—En tal caso, quiero mi sostén —dijo, señalando con la vista la pequeña bolsa con cremallera, conteniendo ropa interior, que Candance había vuelto a dejar en el bolso al informarle que el uso del pañal era obligatorio.
«No lo va a aguantar», pensó la mujer, apretando los labios. En vez de decirlo, dejó que su paciente lo comprobara por sí misma.
Y no tardó en hacerlo.
Doreen arrugó la frente en un gesto de dolor y ahuecó los hombros.
—No, no, no… Desátalo, Candance, por favor… ¡Desátalo!
La enfermera obedeció en silencio, preparándose para una pregunta que no tardaría en llegar. De hecho, su paciente ya había mencionado el tema con anterioridad y ella lo había dejado correr. Había conseguido evitarlo una vez, pero sabía que no habría una segunda.
Después de efectuar varias inspiraciones superficiales, Doreen alzó la vista hasta la mujer.
—Apenas puedo respirar como un pajarito… —Se detuvo para hacer otra inspiración antes de decir—: ¿y ahora resulta que tampoco puedo ponerme una prenda que he usado cada día de mi vida desde que cumplí los trece?
Doreen tragó saliva y aspiró un poco de aire nuevamente.
—¿Se puede saber qué demonios me han hecho en el maldito quirófano?
Candance intercambió miradas con su compañera y, al fin, se dispuso a responder.
* * * * *
Robert asomó la cabeza por la puerta y torció el gesto sin darse cuenta al ver que la cama de Doreen seguía vacía. Ella y sus ayudantes de belleza continuaban en el baño. Asegurándose de que a él le daba otro infarto. «Pues no necesito otro, señoras», pensó. Al contrario. Lo que tenía en mente para los próximos años de su vida junto a Doreen, requería estar sano. Muy sano y muy en forma. Una sonrisa se abrió paso en su rostro ante aquel pensamiento propio de un hombre cuarenta años más joven.
Después de cerrar la puerta, regresó a sentarse junto a Tim, en una hilera de tres asientos que había en el pasillo, dos puertas más adelante de la habitación donde estaba Doreen.
—¿Aún siguen en el baño?
Robert asintió con una sonrisa.
—Guau. Saldrá hecha una estrella de cine —dijo Tim.
—Es una señal de que se siente mucho mejor… ¡Y más, que se sentirá en un rato!
El vuelo de Frank Montgomery finalmente había aterrizado y estaban de camino al hospital con Jim y Lilly. Miró el reloj y sonrió. Tenían que estar a punto de llegar.
—Ya lo creo —concedió Tim—. Adora a ese hombre… No sé por qué —añadió con malicia, y se rio de su propio comentario.
—Será para compensar que tu hermano y tú no lo podéis ni ver.
—No es para tanto. Además, es «hermanos», en plural. Que Ken se calle, no quiere decir que no piense lo mismo que Jim y que yo.
Robert miró a su hijo con expresión muy seria.
—Lo cual demuestra que es perfectamente posible pensar lo mismo, y no decirlo en alto ni demostrarlo, ¿verdad?
Frank había atravesado el país para ver a Doreen y ahora estaba allí. Los hermanos al fin pasarían tiempo juntos, tras casi dos años sin verse. Doreen lo necesitaba y Robert no permitiría que nada lo estropeara.
Tim acusó recibo inmediato del llamado de atención. Asintió repetidas veces con la cabeza.
—Verdad.
—Bien. Y hablando de Jim… —Robert sonrió con malicia—. ¿Qué te dijo cuando se enteró de que a su «pelirroja» le caes tan bien?
—¿A ti qué te parece?
Tim hizo una pausa al caer en la cuenta de algo. En el intento anterior de su padre de sonsacarle información, él se había limitado a contarle que Jim estaba al tanto de que Sue lo había llamado por teléfono, que se lo había dicho porque no se sentía cómodo, ocultándoselo. Había sido tan escueto y conciso a la hora de relatar lo sucedido, como lo había sido con su hermano. Estaba seguro de que no se había salido del guion una sola palabra.
—A ver, un momento… ¿Cómo sabes si le caigo bien?
—Porque es evidente, Tim —dijo Robert, riendo.
Él resopló.
—Yo no le veo la gracia… Además, ¿de dónde sacas eso, de haber estado conversando con ella y sus dos guardaespaldas durante diez minutos este mediodía? Venga ya.
No le gustaba que sus asuntos personales se hubieran convertido en comidilla paterna. Por no mencionar que, si el interés de Sue por él le había resultado tan evidente, no quería imaginarse cómo reaccionaría Jim cuando también lo fuera para él. Le preocupaba mucho el cariz que estaban tomando las cosas y, sobre todo, la velocidad a la que estaban sucediendo.
—Fueron más de diez minutos. A los que hay que sumar el rato que estuvimos en su casa el domingo. Sería más que suficiente con eso, pero hay más… Que tu hermano llevara semanas intentando hablar con Sue, sin conseguir siquiera que lo atendiera, y que a ti te hayan bastado unos minutos para lograr que fuera ella quien te llame a ti, ¿no te dice nada, Tim? A esa chica le interesas mucho —aseguró, y esbozó una sonrisa paternal al decir—: Y ella a ti.
—¡Ah, por favor! La conocí hace tres días. Tres días. No sé nada de ella. Ni ella de mí. ¿No te parece que tu imaginación está un pelín desatada? —se quejó con demasiada vehemencia.
Un instante después lo lamentó. Tanto ímpetu solo era un reflejo de cuánto le preocupaba el asunto. Y si le preocupaba, era porque había motivos para ello. Sue le gustaba muchísimo. Y él a ella, también
Mierda.
Robert se rio de buena gana. Para el común de los mortales, el razonamiento de Tim sería un derroche de lógica. Para él, en cambio, había sonado a lo que era: una excusa para evitar un tema que le preocupaba porque implicaba a su hermano y para Tim, la familia era sagrada. Había conocido a la madre de sus hijos durante un temporal y le había bastado un cruce de miradas para saber que estaba ante la mujer de su vida. Se trataba de un dato que sus tres hijos conocían, aunque, evidentemente, en su afán por desviar el tema, Tim no lo había tenido en cuenta.
—Pues… Si hay algo hereditario también en los asuntos del amor, entonces, mi imaginación va a ralentí. —Miró a su hijo con una sonrisa inmensa—. Lo digo porque ya sabes que a mí me sobraron dos días y veintitrés horas de tus tres días, ¿no?
Vio que su hijo lo miraba con los ojos muy abiertos y le pasó un brazo alrededor de los hombres, atrayéndolo hacia su cuerpo en un gesto afectuoso.
—Relájate, Tim —le dijo—. Cuando estás ante la persona correcta, el tiempo no tiene ninguna importancia. Además, hasta tu hermano, inconstante y emocionalmente inmaduro como es, sabe que no eliges de quién te enamoras y, mucho menos, quién se enamora de ti.
¿«Persona correcta»? ¿«Enamorarse»? Tim soltó una risita irónica, a medio camino entre la guasa y la desesperación.
—¡Sí, no te preocupes, que después de oírte, ya estoy muuucho más relajado!
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CRS-07. Mystic Oaks, 1 (MO 1). Capítulo 28
Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2026
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28
Doreen dejó que las enfermeras la ayudaran a volver a la cama y reclinaran el respaldo a su gusto, sin hacer comentarios, pues no estaba atenta a ellas ni a lo que hacían. De hecho, acababa de darse cuenta de que ahora estaba sola en la habitación. Candance y Marybeth ya se habían marchado, lo cual no era sino, otra demostración de que, aunque su cuerpo hubiera llegado hasta allí, su mente, definitivamente, estaba en otra parte. Se había quedado enganchada a la explicación del dolor de su pecho, que Candance le había ofrecido y no dejaba de reproducir en bucle. Concretamente, a dos de sus palabras: ocho minutos.
Mucha gente hablaba de circunstancias únicas que, de un día para otro, habían cambiado sus vidas por completo. Robert, sin ir más lejos, sostenía que su último ingreso hospitalario había allanado el camino que meses después lo alejaría definitivamente de su hogar familiar en Springfield. Se había tratado de una decisión sin precedentes en su vida, pues había hecho posible que la familia volviera a reunirse en un nuevo hogar: Mystic Oaks. Sin embargo, Doreen nunca se había sentido aludida por esos momentos trascendentales. Veintiséis años atrás, su vida había dado un giro de ciento ochenta grados, pero no por algo que le hubiera sucedido a ella, sino a Martha, su hermana. Su muerte había abierto ante ella un nuevo camino, que Doreen había tomado como un desvío temporal para apoyar a su cuñado en un momento tan difícil, arropar emocionalmente a sus sobrinos, y ayudar con el recién nacido. En ningún momento se le había cruzado por la cabeza que acabaría convirtiéndose en un camino sin retorno.
Ahora sí se sentía aludida.
Los ocho minutos en los que había estado clínicamente muerta eran una circunstancia totalmente personal e intransferible.
Una circunstancia única, que había cambiado su vida de manera definitiva, aunque aún no fuera ni remotamente capaz de calibrar el alcance de dichos cambios.
* * * * *
«Dele un par de minutos más», había aconsejado Candance a Robert, después de asegurarle que todo estaba en orden. Él pensó que la expresión de su rostro no debió ser muy tranquilizadora, pues ella había añadido, en tono cómplice, que Doreen se estaba dando los últimos retoques. Ajeno a la mentira piadosa de la enfermera, que sabía que su paciente aún no se había recuperado por completo del shock al saber lo que le había sucedido en el quirófano, durante la operación, Robert le había asegurado, que bajo ninguna circunstancia interrumpiría un momento tan importante.
A pesar de que la ansiedad por volver a verla crecía a pasos agigantados, Robert había permanecido en el pasillo conversando con Tim y los recién llegados, Jim, Lilly y Frank, el hermano de Doreen.
Cuando los dos minutos aconsejados se convirtieron en cinco, Robert le hizo un guiño a Frank, y asomó la cabeza por la puerta de la habitación de Doreen.
La visión lo dejó momentáneamente sin habla.
La media hora transcurrida desde que Tim y él habían salido de la habitación, había merecido la pena: Doreen parecía otra persona, distinta de la que era, la última vez que la había visto.
El rojo la favorecía y aquel camisón era una prenda hermosa, aunque quedara mal que él lo dijera, puesto que había sido un regalo suyo. Le habían hecho algo en el pelo. Ahora parecía más brillante y vaporoso. Su precioso rostro ya no parecía tan pálido y las sombras oscuras bajo sus ojos estaban difuminadas, por lo que Robert dedujo que los responsables de semejante mejoría, serían una buena base de maquillaje y un poco de colorete. No había rímel, eye—liner ni sombra, ya que sus párpados aún estaban inflamados, pero le habían aplicado algo de color en los labios, un carmín rosado suave que daba a su rostro mucha vida, y a él, unas granas tremendas de besarlos y comprobar si eran tan suaves como parecían.
Se obligó a dejar de pensar en lo que (aún) no debía, y a centrarse. Entró y cerró la puerta tras de sí.
—Vaya, vaya, vaya… —dijo, después de emitir un silbido aprobatorio que a Doreen le puso el corazón en fuga.
Qué curioso que ese mismo corazón, que había estado detenido durante ocho minutos, derrochara vida en presencia de aquel hombre, pensó ella.
Esbozó una ligera sonrisa y permaneció en silencio, esperando a que su corazón se normalizara. Siguió a Robert con la mirada mientras él se dirigía hacia ella.
—¿Qué has hecho en ese baño? ¿Convencer a tu hada madrina de que te concediera el deseo de volver a estar fantástica, como siempre, a pesar de llevar horas en un lugar donde estarlo es virtualmente imposible? —La miró con un ojo entornado—. ¿O hacer algún pacto con el diablo? Parece que te hubieras quitado diez años de encima. Estás increíble, Doreen. —Su voz sonó cargada de dulzura y de sinceridad.
Fue al tomar asiento a su lado, sobre la cama, cuando Robert notó que Doreen tenía un libro en su regazo. Su sonrisa se volvió aún más dulce.
—Mmm… Bridget Jones. —Sus ojos abandonaron el libro, cuya portada mostraba la silueta de perfil de una treintañera con un pitillo en la mano, para posarse sobre la dueña del libro—. ¿Has decidido usar la risa a modo de terapia para que te ayude a volver a casa cuanto antes?
Era una de sus lecturas contemporáneas favoritas. Doreen decía que su protagonista era un personaje singular y que pocos libros conseguían hacerle pasar tan buenos ratos, a pesar de que aquel, en particular, lo había releído varias veces desde su primera publicación, cinco años atrás.
Doreen no respondió enseguida. Robert se había sentado a su lado, sobre el lado izquierdo de la cama. No a los pies de la misma, sino cerca, al nivel de sus caderas. Tras apoyar su mano izquierda sobre el colchón, al otro lado de su cuerpo, había fijado una posición muy próxima, —incluso algo íntima para un hombre y una mujer que no mantenían una relación sentimental—, pero nada intrusiva. Sentir la cercanía de Robert le resultó tan agradable y familiar, que todos sus sentidos se replegaron, aislándola del entorno durante un instante. Un instante en el que también comprendió que la familiaridad no era producto del deseo o de su imaginación hiperactiva. Le resultaba familiar porque aquella no era la primera vez que sucedía desde que estaba hospitalizada. Recordaba, entre sueños, esa sensación de estar a salvo por la proximidad de aquel hombre que, a modo de muralla, se erguía entre ella y la adversidad, protegiéndola de todo mal, y haciéndola sentir querida. Muy querida.
Enfocó sus ojos en Robert, sin hacer el menor ademán de apartarse o de pedirle a él que lo hiciera. Algo de lo que él también fue consciente y le llenó de ilusión. Había decidido no callar sus sentimientos, ni disimularlos, pero, puesto que Doreen había pasado la mayor parte del tiempo durmiendo o con la mente enturbiada por efecto de la potente analgesia que le suministraban, aún no había tenido ocasión de comprobar cómo se tomaba ella sus evidentes avances.
—Sí, gracias… por traerme a Bridget… —barbotó. Aún le costaba hablar. La cansaba muchísimo—. Y por ese bolso… —Hizo una inspiración de pajarito antes de continuar—. Tan bien surtido de cosas que me hacen sentir más yo, más en casa…
Tampoco ahora Doreen había corregido su postura para darle a entender sin palabras que él estaba demasiado cerca. Y aunque eso, sumado a su agradecimiento, lo hacían sentir realmente poderoso, no tenía ninguna intención de adjudicarse un triunfo que, en realidad, no era del todo suyo.
—Un placer —concedió—. Aunque, técnicamente, no fui yo quien lo preparó, sino Chris. No he vuelto a casa desde que nos marchamos en el taxi.
Doreen apartó su mirada brevemente. Así que no había sido su mano la que había buscado en sus cajones, pensó, para su sorpresa, un tanto desilusionada. Hasta que cayó en la cuenta de que a quién perteneciera la mano ejecutora, era irrelevante.
—Chris hizo… —Volvió a inspirar hasta que sus costillas se lo permitieron— lo que tú le pediste.
—Eso es verdad.
Doreen cerró los ojos. ¿Cuánto tiempo más tendría que pasar, pidiéndole permiso a sus dolores para hacer cualquier cosa?
Por Dios, qué frustrante.
—No seas tan humilde… Acepta el mérito. Es una frivolidad… —dijo de forma entrecortada, sin abrir los ojos—, teniendo en cuenta dónde estoy… Pero tener mis cosas hace que me sienta mejor… —Suspiró—. Aunque me duela absolutamente todo —afirmó, y recién entonces, volvió a mirar a Robert.
Una sonrisa radiante apareció en el rostro masculino cuando inclinó la cabeza en un gesto teatral de aceptación.
—En ese caso, acepto el mérito encantado. Y ya que hablamos del tema… Hay algo que hará que te sientas… —Robert coronó su frase con un gesto extasiado de pura felicidad, que hizo sonreír a Doreen.
—¿Algo más? —repuso ella, ya presa de la curiosidad.
Robert asintió enfáticamente. A continuación, se puso de pie y se dirigió a la puerta, lanzándole miradas cómplices cada tanto.
Comprobar cómo los ojos de Doreen se llenaban de ilusión y expectativa, acarició el corazón de Robert, que se hizo a un lado, dejando su campo visual libre de obstáculos.
¡Y qué placer más increíble fue ver su expresión de puro asombro al encontrarse cara a cara con su hermano!
Fue un momento que Robert jamás olvidaría.
—¡¿Frank?! —exclamó Doreen. Hasta su voz parecía haber vuelto a la vida—. ¡Dios mío, ¿estás aquí, de verdad, o estoy viendo visiones?!
—Qué va, nena. No son visiones —repuso él, tan emocionado como ella.
Y un instante después, los hermanos se fundieron en un abrazo.
* * * * *
Jim había soportado con estoicismo que, en un principio, toda la atención de Doreen se hubiera concentrado en aquel hombre por quien no sentía demasiada simpatía. Sin embargo, a medida que habían ido pasando los minutos sin que ella le dedicara una triste mirada a él o a Lilly, su estoicismo fue decreciendo al mismo ritmo que sus celos se disparaban. Había pasado parte de la noche en un banco del hospital, con el corazón en un puño por ella, e intentando mantener la calma para no asustar a su padre, y ahora, venía del aeropuerto donde había estado una hora y media esperando que aterrizara el bendito vuelo para cumplir con su misión: llevar a su querido hermano para que la viera. ¿No se merecía siquiera un «hola, Jim», de su parte?
Soltó el aire por la nariz y se incorporó de la pared donde se había apoyado a esperar lo que ahora veía con claridad que debió haber esperado sentado y con una bolsa de palomitas, por si le daba hambre.
—Voy a tomar un café. Luego, vuelvo —anunció. Y abandonó la habitación con su vista al frente.
Robert miró a su hijo con dureza, pero no sirvió de advertencia, pues él no lo vio. Tim, en cambio, sí lo hizo. Estaba más cerca de Jim y, en consecuencia, de la puerta, y podía haberlo detenido o haberle dicho algo para hacerlo cambiar de idea, pero no se inmutó. Reconocía que no había sido una reacción razonable, ni madura por parte de su hermano, pero se solidarizaba totalmente con él. Y si su reacción traía cola, y era necesario escoger un bando, iría a muerte con Jim.
Ignorando la dura mirada que ahora Robert le estaba dedicando a él, Tim también se incorporó de la pared.
—Voy a hablar con él —dijo en voz lo bastante baja para que solo Robert lo oyera.
—Menos mal —musitó él—. Creí que habías entrado en algún estado de catatonia que te impedía moverte…
No era catatonia, se llamaba solidaridad. A nadie le gustaba sentirse en el segundo plano del interés de una persona importante en su vida. Y todos los Bryan allí presentes, incluido su mismísimo padre, ocupaban ese plano de la atención de Doreen, desde que Frank Montgomery había puesto un pie en aquella habitación. Él mismo tenía unas ganas tremendas de dar media vuelta y largarse de allí. ¿Era razonable? No. Pero a sus ganas, eso no parecía importarles en lo más mínimo.
A Tim no le dio tiempo a responder, pues Lilly intervino.
—¿Puedo convencerte de que me lo dejes a mí? Es una misión perfecta para Campanilla —murmuró, en tono cómplice, con su talante optimista.
Tim sonrió. Así la llamaba Jim, «Campanilla». Por razones obvias, con las que estaba totalmente de acuerdo.
—Claro —repuso él, indicándole con un gesto de la mano que «era todo suyo».
Robert, aunque aún bastante molesto por la reacción de su hijo menor, también esbozó una sonrisa, antes de volver a poner su atención en lo que sucedía a dos metros escasos, donde estaba Doreen.
Era una reacción que podía entender mucho mejor de lo que todos creían, pues, aunque jamás lo diría en alto y, por supuesto, tampoco lo admitiría a la otra mitad de su propio cerebro —esa que siempre había velado por hacer lo correcto—, los sentimientos de su hijo no le eran ajenos en absoluto.
* * * * *
Jim no había logrado ir muy lejos antes de oír que alguien pronunciaba su nombre. No reconocía la voz o, al menos, no la recordaba, y aquel día no estaba de humor para nada. De modo que, giró la cabeza en la dirección de la voz, pero no se detuvo.
—¿Otra vez aquí? —le preguntó la doctora Gómez. Muy pronto, lo alcanzó y continuó andando a su lado.
Jim sonrió. La mujer se había portado muy bien con él y con su padre, durante la madrugada.
—Ah, hola… Podría preguntarte lo mismo, ¿no?
—Trabajo aquí —se rio ella—. Y para que veas lo bien que tratamos a las visitas, te invito a un café. Iba justamente a eso, a beber el cuarto de la tarde.
Era una risa coqueta que Jim no tuvo ningún problema en reconocer. La mujer había estado coqueteando con él desde el principio, cuando él no tenía otra cosa en la cabeza más que miedo y preocupación.
Estaba muy buena. Tenía esas curvas contundentes de las mujeres de ascendencia latina, y en sus ojos, oscuros y vivaces, podía adivinarse una picardía persistente, aunque sutil, que le gustaba bastante, pero…
Qué mala suerte tienes, guapa, pensó Jim. Ahora lo que no tenía era humor para flirteos.
Tampoco tenía la menor idea de que Lilly estaba detrás, hasta que se puso al mismo nivel que ellos, y la oyó decir:
—Ay, qué bien, me muero por un café. ¡Gracias por la invitación, doctora Gómez! Yo soy Lilly. No te doy la mano porque ¡sorpresaaaa!, ¡está escayolada! —dijo, alegremente, mostrando su cabestrillo—. Estaba con Jim y con su padre anoche, pero creo que no reparaste en mí… ¡Encantada de saludarte y muchísimas gracias por ocuparte tan bien de Doreen!
La cara de la médica residente era un poema y Jim sintió la imperiosa necesidad de bajar la cabeza para disimular que estaba a punto de echarse a reír a carcajadas.
Un instante después se descubrió haciéndose la misma pregunta de siempre, últimamente.
«¿Cómo lo haces? ¿Cómo consigues hacerme reír cuando un minuto atrás quería morder a todo el mundo? Eres única, Lilly».
Obviamente, la médica no los invitó a café. Ni siquiera llegó a la cafetería. Argumentando que había recibido un busca que ni Jim ni Lilly oyeron sonar, se desvió por un pasillo a mitad de camino.
A Lilly le hizo gracia que la mujer llamara a retirada con tanta rapidez, pues sabía que había coqueteado con Jim (con la excusa de interesarse por la familia de su paciente) en más de una ocasión durante la madrugada. En realidad, habían sido más de dos. Y, esta vez, no se lo calló.
—Ya sabes. Cuando quieras quitarte de encima a alguna pesada, me avisas y, en un minuto, ¡pimpampum, y arreglado!
Eran muchas las pesadas que rondaban al menor de los Bryan, dondequiera que iba. Muchísimas. Tenía un éxito bestial. De ahí, que le hubiera extrañado tanto que la amiga de Bella, la única que él parecía rondar con insistencia, pareciera resistirse tan bien a sus encantos. Era de su mismo sexo y, por lo tanto, podía entender por qué ignoraba a Jim. Pero pretender tener toda su atención en exclusiva antes de dejarse seducir, no la convertía automáticamente en inmune a sus encantos. Jim era un portento de hombre, simpático, carismático, con esa galantería educada de los Bryan, y, encima, era guapo a morir. No era fácil resistirse. Ella lo sabía muy bien.
—Suponiendo que quisiera hacer algo así… —tentó él, pues le encantaba desafiarla—. Soy un tío, ¿recuerdas? No nos molesta la insistencia. Como a vosotras, quiero decir.
Ya estaban sentados a una mesa que había quedado libre cuando ellos, con sus respectivos cafés, se dirigían hacia allí. La cafetería era enorme, como todo en aquel hospital, y estaba atestada de gente. Algunos llevaban pijamas sanitarios, la mayoría vestían de civil, por lo que, seguramente, serían familiares de los pacientes. Había bastante ruido en el ambiente, pero eso lo había oído perfectamente, pensó Lilly con una sonrisa divertida en la cara.
—Estabas siendo amable porque ¡eh, eres un Bryan!, y va con el apellido, pero, si entre los numerosos y evidentes talentos de la doctora —enfatizó con histrionismo, haciendo que Jim se atragantara con el café, y regara la mesa de diminutas partículas marrones—, hubiera estado el de leerte la mente, se habría inventado lo del busca mucho antes.
—¿Y tú me la lees? —volvió a desafiarla, después de limpiar a conciencia el estropicio que había hecho.
—¿No dices que soy Campanilla? —contraatacó ella.
—Sí, pero, que yo sepa, las hadas no tienen ese poder.
—¡Las médicas buenorras tampoco! —repuso, riéndose de buena gana—. No te leo la mente, Jim. Y si lo hiciera, no te lo diría… ¡¿Dónde estaría la gracia, si te lo digo?! —exclamó, divertida.
—¿Entonces…?
Lilly se encogió de hombros. Volvió su vista al café que removía con un palito de madera.
—No eres tan impenetrable, como crees —dijo, haciendo el gesto de entrecomillar la palabra impenetrable—. Te ríes mucho y esa amabilidad que recibiste en herencia junto con tu apellido, a veces, es una cortina de humo perfecta, pero tus ojos nunca mienten. Tanto para lo bueno como para lo malo, dicen la verdad. Así que… Para quien logre mirarte a los ojos el tiempo suficiente —sin derretirse, pensó, pero no lo dijo—, no tienes tantos secretos.
Los ojos de Jim se posaron sobre los de Lilly, poniéndola a prueba.
—¿Pero algún secreto, sí? —«Como, por ejemplo, lo muchísimo que me gustas», pensó y tampoco lo dijo.
Lilly apartó los suyos de él. Desvió la vista hacia algo seguro para su integridad estructural, como la enfermera que acababa de sentarse en la mesa contigua. Mantuvo su sonrisa divertida y, para enorme satisfacción de Jim, repuso:
«Sí, supongo que alguno, sí».
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CRS-07. Mystic Oaks, 1 (MO 1). Capítulo 29
Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2026
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29
La emoción y el esfuerzo por intentar comunicarse con su hermano, pronto habían dejado extenuada a Doreen. De modo que le había cedido el testigo a Robert, para que él hiciera las veces de anfitrión. Era algo que se le daba muy bien y que, además, tenía la ventaja añadida de permitirle observarlo sin que él se percatara de que lo hacía.
Tener reunidos en un mismo lugar a sus dos hombres preferidos del mundo solo sucedía muy de tanto en tanto, y, a pesar de sus penosas circunstancias, lo estaba disfrutando. Los siete años de diferencia en edad entre ellos era ahora más notable que antes. Objetivamente hablando, la enfermedad había hecho estragos en Robert, poblando de canas su cabello rubio y haciendo mucho más profundas sus marcas de expresión. Continuaba siendo un hombre fibroso, pero haber tenido que abandonar la intensa actividad física de un ranchero, se había traducido en que sus músculos perdieran firmeza y que, en conjunto, su aspecto resultara menos fuerte que antaño. A sus ojos, sin embargo, nada había cambiado, y si lo había hecho, era a mejor. Robert era ahora un hombre mucho más consciente de las limitaciones que le imponía su enfermedad cardíaca, y más decidido que nunca a vivir con plenitud cada minuto de su vida.
Para Frank, en cambio, el tiempo seguía transcurriendo muy despacio, dejando apenas rastros en él. No era tan alto como Robert, pero no había canas en su cabello castaño oscuro, ni arrugas o marcas pronunciadas en su rostro, excepto cuando sonreía. Solo entonces, quien lograra ver más allá de la enorme belleza de sus ojos celestes, tan claros que parecían transparentes, podía apreciar el paso del tiempo. Nadie pensaría al verlo que su vida no había sido fácil. Para el mundo, ser un Montgomery eclipsaba cualquier pérdida o padecimiento. Ella sabía lo que nadie más sabía, como los enormes sacrificios que había tenido que hacer y las razones que había detrás de las decisiones transcendentales de la vida de su hermano. Y por eso, lo adoraba aún más.
Guardar silencio y convertirse en espectadora, también le había permitido darse cuenta de que Jim y Lilly ya no estaban. Habían llegado junto con Frank. Al menos, recordaba haberlos visto fugazmente. Pensó, con el corazón blandito, que iba a tener que dedicarle al benjamín de la familia unas cuantas carantoñas para que se le pasara el ataque de celos que, con toda seguridad, estaría sufriendo. Prueba de ello era que se había marchado. Ignoraba dónde y tampoco lo preguntaría para no dar lugar a explicaciones incómodas, pero esperaba que volviera pronto, pues tenía muchas ganas de verlo.
Ahora, solo estaba Tim. Sentado en el último asiento disponible, algo alejado del centro de reunión en torno a su cama, atendiendo lo que sucedía sin intervenir, o haciéndolo solo cuando alguien le dirigía una pregunta. Entonces, sacaba a relucir toda la «etiqueta Bryan» y se comportaba como el perfecto anfitrión. Era lo habitual cuando Frank formaba parte de la escena, independientemente de donde esta tuviera lugar. También tenía celos de él, aunque lo disimulara mucho mejor que Jim.
La llegada de una enfermera a la que Doreen no conocía, interrumpió el momento. Calculó que tendría su misma edad, aparte de varios kilos más. Entró portando una bandeja. Enseguida, la depositó sobre la mesa, que acercó hasta donde estaba ella, tras desplegarla y montarla con una sola mano, en una exhibición de destreza que Doreen, tan venida a menos que necesitaba ayuda para llegar al baño, envidió desde el fondo de su ser.
—Buenas tardes a todos —dijo, dedicándoles a una mirada amable que al regresar a la paciente iba acompañada de una sonrisa—. Soy Lucille y me han encargado que le traiga dos gelatinas. Me han dicho que hoy se ha portado como una campeona y se merece un buen premio —dijo, depositando una gelatina de fresa y otra de naranja sobre la mesa, junto a una cuchara pequeña con un mango muy largo.
Doreen miró los dos pequeños botes multicolores, y luego a la enfermera. Su apetito regresaba tan despacio, que si le jugaba una carrera a sus piernas, —esas mismas a las que les había tomado media vida llevarla hasta el baño—, seguro que estas se hubieran alzado con la victoria sin despeinarse. Por lo tanto, probablemente, le sobraría una gelatina y media, daba igual si de fresa, naranja o piña. Pero la última vez que lo había mirado, un postre requería, como mínimo, una cobertura de chocolate para poder considerarse «un buen premio».
Un brillo travieso iluminó por un momento los cansados ojos de Doreen cuando habló con voz baja y en frases breves, interrumpidas por inspiraciones de pajarito.
—Estoy ansiosa… por saber cuál es… el premio por una… vuelta completa a la planta —dijo, provocando una explosión de carcajadas.
La enfermera asintió con la cabeza al tiempo que reía.
—¡Me lo imagino! Ya me dijeron que es usted encantadora, Doreen, así que no dude de que cuando llegue ese día, me presentaré con un postre inolvidable. ¡Uno de verdad! —elevó un brazo a modo de saludo—. ¡Hasta otro rato!
—¡Cómo se nota que ya estás mejor, hermanita! —celebró Frank—. ¡Creo que nunca una gelatina me había hecho sentir tan feliz!
Robert se levantó del sillón con una sonrisa y fue hasta la cama. Cogió las gelatinas y la cuchara, que depositó sobre la mesilla que había a la izquierda de la cama. A continuación, empujó la mesa con ruedas hacia el final y se sentó junto a Doreen.
—¿Por cuál prefieres empezar? —le preguntó.
Doreen volvió a mirar los pequeños botes con desgana y, al fin, exhaló un suspiro.
Robert sonrió. Cogió el de fresa, le quitó la tapa y lo conservó en su mano.
—¿Yo lo sostengo y tú te lo comes? —propuso.
La expresión de desgana de Doreen no cambió un ápice. Tenía que empezar a comer. Si quería marcharse cuanto antes del hospital, era imprescindible que se enfocara en alimentarse bien y recuperar las fuerzas. Eso era lo que le decía su cerebro. El problema era que la simple idea de mantener la cuchara en el aire el tiempo suficiente para llevársela a la boca le resultaba agotadora.
La sonrisa masculina se ensanchó. Quería mimarla y su desgana le estaba sirviendo la ocasión en bandeja.
—De acuerdo. Yo lo hago todo, menos comérmela —volvió a proponer con dulzura. Y, a continuación, introdujo la cuchara en el envase y la sacó con un trozo manejable de gelatina, que le acercó a los labios.
En vez de abrir la boca, Doreen lo miró con el ceño fruncido. Robert casi pudo oír el eco de sus rezongos: «¡ya comía sola antes de aprender a andar, ¿sabes?!», y tuvo que reprimirse para no rodearla con sus brazos y comérsela a ella, trocito a trocito. En cambio, apeló a algo que solía funcionar muy bien cuando lo acompañaba de la debida dosis de ternura y la correspondiente expresión de niño pícaro.
—Veeenga, mujeeer… —le suplicó—. ¡Deja que te mimemos, por una vez!
A pesar de oír las risitas cómicas que provenían de atrás, donde su cuñado y su hijo mediano parecían pasárselo en grande a su costa, Robert no se inmutó. Estaba tan enamorado de Doreen, como decidido a enamorarla.
—Dime que sí —insistió. Y esta vez, su tono fue tal que solo le faltó ponerse de rodillas.
Doreen tuvo que sonreír. Algo que él celebró, como el niño arrebatadoramente dulce en el que era capaz de transformarse, cuando se lo proponía.
«Serás majadero…», pensó, y, tras poner los ojos en blanco, al fin, abrió la boca.
* * * * *
El temido momento de ver lo que había debajo de los vendajes que Doreen tenía en su vientre llegó poco después, cuando el mismo cirujano que la había operado, el doctor Peters, pasó a visitarla. A pesar de estar a punto de acabar su turno, Candance no había querido perderse el gran momento. Y allí estaba, pelándola como si de una cebolla se tratara, capa tras capa, gasa tras gasa.
Como era habitual en esas circunstancias, el médico había indicado que las visitas debían esperar fuera de la habitación, algo que Doreen agradeció, pues prefería enfrentarse a las situaciones desagradables sin público. Sabía que esta lo sería.
Sin embargo, una parte de sí misma, deseó que Robert estuviera allí, con ella. Se trataba de una parte desconocida hasta ahora, que, por lo visto, ya no deseaba enfrentarse sola a la adversidad… Ni a nada.
Una parte que, con muchos años de retraso, empezaba a comprender que la vida, con sus momentos de alegría y sus momentos de dolor, resultaba mucho más amable cuando se tenía a alguien con quien compartirla.
—Esperen… —pidió cuando se disponían a retirarle el último apósito—. ¿Estoy cubierta…? Me refiero…
La enfermera sonrió.
—Y tan cubierta. Su glamuroso pañal tiene la cintura alta y hemos tenido que hacerle un doblez para poder trabajar. Así que ahora es un pañal glamuroso con una glamurosa faldita. ¡Ahí es nada! ¿Por qué lo pregunta? —añadió con picardía—. ¿Quiere que alguno de los caballeros que esperan fuera…?
Candance no completó la frase. En cambio, esperó con una sonrisa a que su paciente lo hiciera.
—Candance, ¿eres consciente de que tengo otros quince pacientes que ver? —intervino el médico, armándose de paciencia.
Ella le respondió con un rápido guiño y regresó su atención a Doreen, expectante.
—¿Y arriba? —volvió a preguntar Doreen.
—¡Eh, que soy yo! Su camisón es precioso, me encanta que sea coqueta y no soy quisquillosa, ni me he levantado con el pie equivocado —la recriminó fingidamente, aludiendo a la conversación que habían mantenido al inicio de su turno—. ¿Alguna pregunta más?
Doreen apretó levemente la muñeca de la enfermera en señal de agradecimiento y tras inspirar todo lo hondo que sus costillas le permitieron, dijo:
—Pídele a Robert que entre… por favor.
Una sonrisa traviesa brilló en el rostro de la enfermera que pronunció una sola palabra.
—¡Oh!
Robert, junto a Tim y su cuñado, Frank, estaban conversando con Jim y Lilly, que acababan de regresar de la cafetería, cuando vio la cara de la enfermera apareciendo en su campo visual.
—Disculpe —dijo ella—. ¿Puedo hablar con usted un momento?
Robert cruzó miradas con su cuñado y enseguida se apartó del grupo, preguntándose qué estaba sucediendo. Era la enfermera que había entrado con el médico para comprobar el estado de la herida de Doreen y cambiarle las gasas, y cinco minutos más tarde, estaba allí preguntándole si podía hablar con él.
—Claro —repuso—. ¿Doreen está bien?
Respiró aliviado al verla asentir con la cabeza.
—Perfectamente. ¿Qué experiencia tiene con carne amoratada y cortes sanguinolentos? Hablo de carne humana.
Robert sonrió con amabilidad, aunque la expresión de su rostro decía a las claras que no entendía a dónde quería llegar la enfermera con semejante pregunta.
—Soy ranchero, así que diría que mucha. ¿Por?
La mujer volvió a asentir, satisfecha.
—¡Estupendo! Porque en ese caso, no se le irán los colores de la cara ni le darán mareos cuando le diga que tiene usted una invitación VIP al primer cambio de gasas de la herida de Doreen Montgomery. ¿Qué le parece? —dijo, risueña.
«Que si se le iban los colores de la cara o le daban mareos, no sería por la impresión, sino por la emoción», pensó Robert con el corazón latiendo acelerado.
Espera, hombre. Espera un momento antes de echar las campanas al vuelo…
—¿Doreen quiere que entre? —se las arregló para preguntar con bastante normalidad.
La enfermera rio, divertida.
—¡Vaya pregunta me hace! Si no es su médico o su enfermera, esa es la única forma de que pueda atravesar esa puerta, créame. Me cae usted muy bien, ¿sabe? —añadió, asintiendo con la cabeza, como si una parte de ella acabara de hacer un descubrimiento con el que la otra parte estaba totalmente de acuerdo.
Y Candace a él, desde luego, pensó Robert, que se limitó a agradecer el cumplido con una sonrisa galante y a seguirla a la habitación de Doreen.
—Aquí le traigo a Robert —anunció, alegremente, al tiempo que se dirigía a su puesto, situado en el lado derecho de la cama.
Cuando la enfermera se apartó del campo visual de Doreen, sus ojos se encontraron con los de Robert. Él notó enseguida su inquietud y esbozó una sonrisa suave.
—Póngase allí, por favor —dijo Candance, señalando el otro lado de la cama, donde estaba el doctor Peters. Robert obedeció—. ¿Preparada para conocer a la nueva inquilina temporal de su barriga, Doreen?
Ella le devolvió una mirada en la que podía leerse el mensaje: «¡qué remedio!».
Pero antes de que Candance dejara expuesta la herida y que Doreen se enfrentara al fin a ese momento, sucedió algo: Robert se acercó más a la cama, tomó la mano femenina, y la sostuvo entre las suyas, en una silenciosa —y amorosa— muestra de apoyo.
Su gesto le tocó el corazón. Doreen pensó que, aunque iba a ser incómodo y doloroso para su vanidad exhibir esa parte venida a menos de su cuerpo, le reconfortaba mucho que él estuviera a su lado.
Dirigió su mirada nuevamente hacia él y, esta vez, esbozó una ligera sonrisa.
El momento de la verdad llegó al fin y dado que, aunque lo intentó, no podía verse, se conformó con observar las expresiones de quienes la rodeaban para calibrar el nivel de desastre. No tardó en comprender que estas de poco le servirían. El médico ya conocía la herida, pues era él mismo quien había efectuado el corte. Candance estaba más que acostumbrada a ver todo tipo de desastres quirúrgicos y parte de su formación consistía en mantener una cara de póker, viera lo que viera. Y en cuanto al hombre de mirada dulce que le sostenía la mano…
Su cuñado era sensible y galante. Aunque la herida diera a su vientre el aspecto de un rollo de carne mechada, Robert no lo dejaría traslucir ni en sueños.
En cualquier caso, no debía olvidarse de que, aparte de sensible y galante, Robert era un hombre. Tan segura como de que estaba allí cual conejillo de indias con la tripa al aire, que sus ojos estarían regodeándose en las vistas, totalmente ajenos a la maldita cicatriz.
Y, en efecto, así era.
El lado sensible de Robert no dejaba de regañar al adolescente con las hormonas alteradas, que parecía incapaz de concentrarse en detalles que nada tenían que ver con la herida, pues no la veía. Solo veía un vientre hermoso, blando al tacto y sumamente apetecible, del tipo que él prefería. Admiraba el enorme esfuerzo y la disciplina que había detrás de un abdomen con los músculos bien definidos y visibles, pero cuando se trataba de una mujer, sus dedos preferían la suavidad de un vientre en estado natural, a la dureza de una tableta labrada a base de sudor y esfuerzo.
Y en cuanto a los benditos detalles que se esmeraban por robarle el protagonismo a una visión imponente y, de momento, lo estaban consiguiendo con sobresaliente…
Es que hay tanto que mirar… Tanto, y tan hermoso…
Habían retirado la sábana, dejando todo el cuerpo femenino al descubierto. Y aunque la mesa con el instrumental y las gasas le impedían ver la parte inferior de sus muslos, veía con lujo de detalles la parte superior. Unos muslos preciosos, a los que el pañal no restaba un ápice de sensualidad ni de belleza. Ese mismo pañal, cuyo doblez superior, cubría el pubis femenino justo hasta el inicio del vello. Era imposible no mirar.
Imposible.
Tan imposible, como lo era, no desear extender la mano y tocarla. Dejar que las puntas de sus dedos se introdujeran ligeramente bajo el pliegue del pañal y averiguar, al fin, si en la vida real lo que sentía al hacerlo era tan embriagador, como llevaba años imaginándolo en la intimidad de su mente.
Y luego estaba el maravilloso espectáculo de la parte superior. Le habían levantado el camisón hasta el inicio del estómago, acomodando la fina tela sobre el pecho de forma cuidadosa. Pero la prenda era seda, Doreen no llevaba un sostén, y el fino tejido perfilaba con asombrosa precisión sus pechos desnudos.
—Está muy bien —observó satisfecho el médico, inclinado hacia la paciente, inspeccionando la herida sin tocarla.
Candance asintió enfáticamente.
—Se ha lucido, doctor Peters. Cada vez, corta mejor —bromeó.
Robert se obligó a que su mente dejara de desbarrar y se centrara en cumplir el cometido para el que Doreen lo había requerido allí.
—Ya lo creo que sí. Como el año que viene no te presentes a Miss Nashville, organizaré nuestro propio concurso de belleza y te presentaré yo mismo —dijo Robert, en un repentino arranque de lucidez que incluso a él lo había tomado desprevenido.
Doreen lo miró sorprendida.
—¿Piensas desfilar en bikini? —repuso con un hilo de voz, apenas conteniendo la risa ante la imagen de su cuñado con un bikini como el que usaban las concursantes femeninas, desfilando sobre tacones de diez centímetros.
Él le dedicó un gesto burlón.
—He dicho «te presentaré», pero si quieres que desfile… Mi cicatriz es mucho más grande que la tuya, ¿sabes? —la desafió con dulzura y le preguntó a Candance—: ¿no tenemos un espejo para que pueda verla?
—Lo tenemos —repuso ella, con un gesto triunfal, cogiendo uno de la misma mesa donde tenía el instrumental.
Robert se lo quitó de la mano con suavidad pero con firmeza. Se puso de frente a Doreen y sostuvo el espejo con las dos manos.
Vio aquellos hermosos ojos, celestes casi transparentes, abrirse mucho ante la imagen que devolvía el espejo, para luego regresar a su tamaño natural con una expresión mucho más serena.
El primer contacto visual con su herida fue impactante para Doreen. No era un rollo de carne mechada, pero casi. Suspiró, desilusionada, a pesar de que se había imaginado que un vendaje tan aparatosamente grande no podía esconder una herida pequeña.
Heridas, en plural.
Tenía un corte oblicuo de unos tres o cuatro centímetros en la parte inferior derecha de su abdomen. Ese era fácil de ocultar. Con renunciar a ponerse un bikini, asunto arreglado. Se pasaría al bañador entero hasta que un cirujano plástico obrara su magia. El otro zurcido de zapatero remendón era otra cosa muy distinta. El corte comenzaba cinco centímetros por encima del ombligo, lo rodeaba, y se extendía cinco centímetros por debajo. Los puntos eran simétricos, sí, pero el marrón de la sutura —¿o era negro?— y el púrpura de los bordes donde la carne había sido cortada, destacaban tanto sobre el blanco lechoso de su piel, como si se tratara de un maquillaje de Halloween. Era horripilante. Espantoso. ¡Y era su vientre, por Dios!
Entonces, el recuerdo de lo que le había sucedido en el quirófano, obró con su desilusión una magia semejante a la que esperaba que un cirujano plástico obrara con su herida.
Estas viva, Doreen. Te fuiste durante ocho minutos… Dejando todo lo que amas atrás, junto con un millón de cosas por hacer y sueños por realizar… Pero has vuelto y estás aquí. Ahora, todo vuelve a ser posible. Y eso es todo lo que importa.
Hizo una breve inspiración y alzó la mirada hasta Robert.
—La tuya será más grande… —Volvió a inspirar—, pero la mía es más bonita.
Robert la acarició con su mirada largamente, antes de responder:
—Eso es irrebatible, querida mía.
Candance sacudió la cabeza, encantada con su paciente y su incombustible coquetería. Y más encantada aún de presenciar lo que se cocía entre ella y ese hombre que le caía tan bien. Vio que el doctor Peters sonreía, a pesar de parecer tan interesado en la lectura de la historia clínica de su paciente, que ya se sabía de memoria.
—Bueno, y ahora que hemos hecho las presentaciones oficiales, ¿qué tal si acabamos con las curas, ponemos un nuevo vendaje y volvemos a estirarle ese precioso camisón? No queremos que se enfríe, ¿verdad?
Los ojos chispeantes de la mujer sobrevolaron rápidamente a Robert antes de posarse sobre su paciente y comprobar que el ligero rubor que bañaba sus mejillas, esta vez, no era producto del maquillaje.
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©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
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CRS-07. Mystic Oaks, 1 (MO 1). Capítulo 30
Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2026
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30
Jim no pudo evitar sonreír cuando entró en la habitación de su tía y vio que ella le tendía su brazo libre de la vía y movía sus dedos, reclamando que le diera un abrazo. Se trataba de una imagen familiar para él. Era el «método Doreen Montgomery» de contentar sus celos desde que era un niño. Daba igual por qué se hubiera enfurruñado, ella siempre estaba dispuesta a consolarlo con toneladas de mimos, y se lo demostraba de esa forma: tendiéndole los brazos y llamándolo para que acudiera a refugiarse en ellos.
Jim continuaba respondiendo a esa familiar llamada, a pesar de que hacía mucho tiempo que había dejado la niñez atrás… Y seguía encontrando en sus brazos, el mismo refugio de siempre.
—Hola, hola, cariño… —susurró ella, rodeando a su sobrino con un brazo en un abrazo flojo—. Estoy bien, pero no me aprietes…
—Vale. Entonces, tendré cuidado —repuso él, separándose un poco—. Me alegra un montón saber que estás bien…
—Pero, te habría alegrado más que… —Realizó una inspiración corta—. Te lo hubiera dicho hace una hora.
Doreen vio que Jim asentía enfáticamente. No sonreía, y que no lo hiciera, era una muestra de cuánto le había molestado tener que permanecer en un segundo plano ante la llegada de Frank. Por si le quedaba alguna duda, sus siguientes palabras se lo confirmaron.
—Hora y media —precisó él, incapaz de morderse.
Ay, mi niño… Doreen emitió una risita compasiva. Tiró de su barbilla hasta que él apoyó su frente contra la suya, y murmuró:
—Lo siento, cariño. Fue la emoción.
Se miraron largamente ajenos a lo que los rodeaba, sintiendo el profundo lazo amoroso que los unía, y dejando que ese sentimiento se expresara libremente, intensamente.
Al fin, Jim hizo un fingido gesto de disgusto. Sus hermanos decían que era un blando. Y tenían razón… Para según qué situaciones y con según qué personas, lo era. Doreen era una de ellas. Se sentía unido a esa mujer de una forma especial, y sus enfados nunca duraban. En especial, si como ahora, Doreen sacaba a relucir toda su artillería dulce.
—Más te vale… —repuso y, en aquel momento, dejó salir su verdadera preocupación, que nada tenía que ver con Frank Montgomery—. No vuelvas a darme un susto así, ¿estamos?
—Solo tenía un apéndice… —Inspiró brevemente—. Y me lo han quitado.
El intento de broma de Doreen no llegó a cuajar, pues Jim la regañó con la mirada.
—Uno, y no más —aseguró ella, presionando la mano de su sobrino cariñosamente.
Jim le dio un beso en la frente antes de apartarse. Se sentó en la cama, frente a ella, con una mano apoyada a cada lado del cuerpo de su tía.
—Eso está mejor —concedió—. ¿Cuándo podemos llevarte de vuelta a casa?
—Mmm… Creo que es… —Cogió aire—. Un poco pronto para eso…
Robert, que había estado contemplando el momento con una sonrisa, se acercó hasta la cama.
—El viernes, si todo va bien. Pero Doreen no tiene que preocuparse de nada porque, por suerte, nuestra cocinera sustituta nos cuida muy bien —dijo, dirigiendo su mirada a Lilly, para que se acercara a saludar.
La joven no tardó en hacerlo.
—¡Hola, Doreen! No sé cómo se siente, aunque basada en mi experiencia, seguramente será de pena, ¡pero lo disimula fabulosamente bien! ¡Está estupenda! ¿A que sí, Jim?
Como siempre que intervenía, —aunque Lilly no fuera consciente de ello—, su espontaneidad y su talante divertido acapararon de inmediato la atención de todos. Los Bryan se habían quedado prendados de ella al conocerla, una calurosa noche de finales de agosto, en el hospital, recién llegada de Toronto, para ver a su hermana, a quien habían tenido que operar de rodilla de urgencia. Un mes y medio más tarde, ninguno era ya capaz de imaginar el nuevo hogar familiar sin sus carcajadas y los largos monólogos que sostenía con su perro, Sultán, que el cachorro celebraba con aullidos o corriendo a su alrededor, como si comprendiera lo que su humana le estaba contando. A Frank le habían bastado cinco minutos para caer rendido ante la jovialidad desenfadada de la muchacha quien, a pesar de no conocerlo de nada, lo había recibido agitando un cartel con grandes letras negras, destacadas con purpurina de colores, donde podía leerse: «¡Bienvenido a Nashville, tiíto Frank Montgomery!». El interés del menor de los hermanos Bryan por ella no había hecho, sino crecer con el paso de los días. Crecer, y transformarse en algo que anhelaba tanto, como temía.
—Ya lo creo que sí… —concedió Jim.
Sus ojos no consiguieron apartarse de Lilly con suficiente rapidez y Doreen se percató. Tomó debida nota de ello para analizarlo en cuanto pudiera, ya que, sin duda, se trataba de un hallazgo sorprendente. La última vez que lo había mirado, la joven que monopolizaba el interés de su sobrino era pelirroja, no rubia.
—Muchas gracias, Lilly —murmuró Doreen—. Dime, ¿se portan bien estos hombres?
Lilly intercambió miradas divertidas con Jim y también con Tim, que junto a Frank, acababan de acercarse al corrillo que rodeaba a la paciente.
—Bueeeeeeenooooo… Ayer, hubo alguna que otra crisis, pero el alto mando logró contener la situación… Lo que no es de extrañar para nada. Mi hermana está genéticamente programada para manejar situaciones de crisis. Está claro que no es algo que nos venga de familia, porque a mí, fuera de una cocina, las crisis se me dan de pena… ¡Pero mientras esté ella al timón, estamos salvados! —y se echó a reír.
Frank venía dándole vueltas al tema desde que se había enterado de que había una «Chris» en la vida de Ken y decidió tentar suerte, a ver qué más averiguaba.
—Una cosa, Lilly. Sácame de dudas. ¿Esa hermana tuya es la que se rumorea que ha cazado a mi sobrino mayor?
«Y bien cazado», pensó Tim, que bajó la cabeza, ocultando su sonrisa.
Todos sonrieron expectantes y el aire se cargó de picardía. Lilly, en cambio, se quedó cortada un momento antes de echarse a reír, genuinamente divertida.
—¡Qué va, fue justo al contrario! ¡Fue él quien la cazó a ella! Y menudo mérito tiene, porque le aseguro que no hay un ser más rápido y mañoso que mi hermana cuando se trata de librarse de las trampas. ¡Las huele a kilómetros y siempre las sortea! ¡Si lo sabré yo…!
—Siempre, menos esta vez —matizó Frank, a quien la curiosidad por conocer a Chris empezaba a devorarlo.
—Bueeeeeenooooo… —volvió a decir Lilly, y ya empezaron a oírse risas—. ¡Yo seguiré cruzando los dedos, por las dudas!
Tampoco esta vez, Jim logró apartar su mirada de Lilly a tiempo, y Doreen se percató. Solo que, en esta ocasión, aparte de tomar debida nota, se quedó mirando a su sobrino con una sonrisa.
—¿Qué? —dijo él, con aparente normalidad.
«Esos ojos brillantes… Esa pregunta tan propia de alguien que se sabe pillado in fraganti e intenta disimular… ¿Qué está pasando entre Lilly y tú, cariño?», pensó Doreen.
En cambio, quitó importancia a la pregunta con un gesto, y pronunció una sola palabra.
—Nada.
* * * * *
Si existía una posibilidad de que Doreen, —tendida en una cama de hospital, conectada a una docena de cables mientras sus costillas le recordaban con cada aliento que apenas podía respirar—, pudiera decir que estaba en la gloria, era precisamente el momento en el que se hallaba. Robert había ocupado el lugar de Jim, sentado junto a ella, y desde esa posición hacía las veces de perfecto anfitrión. Los demás se habían acomodado formando un corrillo, compartiendo los dos sillones que había en la habitación. Ella no tenía más que observar, escuchar y disfrutar de estar rodeada de personas fundamentales en su vida, entre ellas, de su querido hermano Frank. De tanto en tanto, participaba con algún comentario o hacía alguna pregunta. Pero, en general, prefería reservar sus fuerzas y llenarse de esa energía amorosa que desplegaban los Bryan, siempre que estaban juntos.
En aquel momento, vio que Tim se levantaba del posabrazos del sillón de Frank, donde había estado sentado, e iba hacia ella.
—Voy a marcharme para que venga Ken —dijo, inclinándose a besar su frente—. Volveré mañana. ¿Quieres que te traiga algo?
Doreen extendió su mano y le acarició la barbilla.
—Contigo es suficiente… —Inspiró brevemente—. Pero, descansa bien. Pareces agotado, Tim… —Volvió a inspirar—. Yo estoy bien…
—Y yo también —repuso él—. Lo mío se arregla con una noche de sueño. En serio, no te preocupes por mí, Doreen.
Ella asintió ligeramente y Tim se irguió sobre sus pies.
—Si alguien quiere ir al rancho, está a tiempo de que lo lleve… —dijo, sin mirar a nadie.
No le hacía ninguna gracia tener a su tío de único pasajero durante nada menos que veinte minutos —¿De qué narices iban a hablar?—, pero tampoco podía cargar a Jim con la tarea de hacer de chófer. Él ya se había ocupado de recogerlo en el aeropuerto y llevarlo al hospital, tras esperar una hora y media a que el bendito vuelo aterrizara.
—¿Por qué no aprovechas, Robert? —ofreció Frank, atrayendo de inmediato la atención de Doreen.
«¿Vas a irte? Nooo… Por favor, quédate», pensó, y, al instante, se recriminó por ello. ¿Cuándo se había vuelto tan egoísta? Él necesitaba descansar, dormir como era debido, tomar las medicinas a sus horas, y hacer sus ejercicios, como le había dicho el médico.
Robert, a quien no se le había cruzado la idea de separarse de la cama de Doreen en ningún momento, le dirigió a Frank una mirada interrogante.
—¿Qué quieres que aproveche?
—Yo me quedo con mi hermana esta noche —dijo él. Su mirada se desvió de Robert a Doreen, cargada de afecto—. ¿Quieres que te lea, como cuando éramos críos?
Doreen recordó de inmediato esos años en la casa de Montana. Las lecturas habían comenzado siendo niños, era cierto, pero habían continuado siempre que se reunían, incluso después de la muerte de Martha, cuando ya eran adultos. Desde luego, la propuesta era tentadora, pero no, si tenía que renunciar a la compañía de Robert.
Fue él quien respondió.
—Seguro que eso le encantaría…
Apretó con suavidad la mano de Doreen, y no la liberó en espera de ver cuál era su reacción, ahora que estaban en presencia de su hermano. Se sintió poderoso al notar que ella no hacía el menor intento de evitar el contacto, y continuó hablando con naturalidad.
—Siéntete libre de quedarte a pasar la noche con nosotros, si quieres, Frank. Los dos sillones son reclinables, así que…
«¡Qué arte, papá!». Tim sonrió satisfecho para sus adentros al ver el nuevo avance romántico de su padre, quien, además, acababa de dejar claro, muy a su estilo —con elegancia y sin necesidad de debates—, que no se marcharía a ninguna parte. Mientras se dirigía a la puerta, se preguntó si Frank habría notado la mano que se posaba sobre la de su hermana y, de haberlo hecho, qué pensaría al respecto.
—El tren está a punto de partir… —anunció, y le hizo un guiño a Lilly, que miró a otra parte para que nadie la viera reír.
—Tranquilo, tío Frank —ofreció Jim, inesperadamente—. Si quieres darte una buena ducha y cenar algo, o lo que quieras, puedes ir al rancho conmigo más tarde. —Le encantó ver la mirada orgullosa que le dedicaba Doreen.
Frank recibió de buen grado la oferta de Jim. Era consciente desde siempre que los hijos de Robert sentían celos de él y de la relación que mantenía con su ahora única hermana. Nunca lo había demostrado, ni se había dado por aludido de los a veces punzantes comentarios del más joven, a los que siempre respondía con afecto. Quería mucho a sus tres sobrinos, en su opinión eran muy buenos chicos y sabía que Doreen era feliz viviendo con ellos. Para él era suficiente.
—Muchas gracias, Jim… No te preocupes. Me quedaré, así tu padre puede dormir un rato.
—Como quieras, tío… Espera, Tim, te acompaño… —dijo, y añadió—: ¿te apetece estirar las piernas un poco, Lilly?
Ella se levantó del sillón como un resorte. Una sonrisa brillaba en su rostro cuando dijo:
—Ya que al brazo no puedo estirarlo, ¡me vengaré con el resto de mí!
* * * * *
Tan pronto se hubieron alejado de la habitación, Tim miró a su hermano riendo.
—¿Qué? ¿Intentando arreglar tu cagada anterior, haciéndote el bueno delante de Doreen?
Jim se carcajeó a gusto. Había un poco de eso, debía reconocerlo. Un poco bastante.
—Tú estás solo. Yo voy con Lilly. Sería un mal hermano, si no intentara quitarte al tío de encima. Y oye, como sobrino dejo mucho que desear, pero como hermano… ¡Soy la caña! —dijo, dándole un porrazo cariñoso al hombro de Tim.
Él concedió con un asentimiento de cabeza. Estaba claro que a Jim ya se le había pasado el mosqueo a cuenta de la confesión que le había hecho aquella misma mañana en relación con «la pelirroja». Aunque todavía tenía que contarle lo que había sucedido después, cuando la pelirroja en cuestión se había presentado en el hospital, acompañada de dos de sus hermanos, para interesarse por Doreen, pensó. Pero eso podía esperar, y, en todo caso, él no había tenido nada que ver. Le alivió saber que los nubarrones se habían dispersado y el sol volvía a brillar en la relación fraterna. El tiempo y la distancia que los había alejado de Ken, cuando él se había marchado de Springfield en pos de su sueño de convertirse en un músico importante, había estrechado los lazos entre Jim y él. Eran buenos amigos, aparte de ser hermanos. No quería que nada estropeara una conexión tan importante. Muchos menos, algo tan trillado y vulgar, como un asunto de faldas.
Aunque su alivio no estaba destinado a durar, algo que pudo comprobar cinco minutos más tarde, cuando llegaron al aparcamiento al aire libre donde había aparcado el coche familiar.
Jim fue el primero en reconocer el troncomóvil del que acababa de apearse un individuo enorme, a quien tampoco tuvo ningún problema en reconocer: era Rick Anderson.
El recuerdo de la conversación —nada amable— que había tenido con él dos días atrás regresó a su mente y con él todas las emociones asociadas, que, obviamente, tampoco eran nada amables. Pero esta vez, algo cambió. O, mejor dicho, alguien hizo que cambiara.
Lilly estaba al tanto de la visita de Sue al hospital, donde había acudido acompañada de dos de sus hermanos, Rick y Alex. Bella se lo había comentado al llamarla aquella misma tarde, para interesarse por Doreen. Quería saber si ella estaba lo bastante bien para ir a visitarla, o era mejor esperar un par de días más para no incomodar a la familia con visitas no deseadas. También, le había comentado que su amiga estaba muy ilusionada con Tim. Después de la discusión que los hermanos habían mantenido el domingo, al volver del asador, no hacía falta ser un genio para deducir que, como no interviniera, habría una segunda discusión, allí mismo.
—¡Tú eres Rick, el hermano de Sue! —dijo Lilly, yendo hacia él con una sonrisa—. ¡Encantada de conocerte! ¡Vaya, sí que eres grandote…! ¡Eso no se veía en la foto!
Rick miró a la joven y, a continuación, hizo lo propio con los dos hombres que iban con ella. Su gesto se torció al tiempo que pensaba que, por lo visto, estaba predestinado a encontrarse con los hermanos Bryan a cada paso que daba.
—¿Eres amiga de Sue? —preguntó, regresando su atención a Lilly.
—¡Sí…! Bueno, no. No somos lo que se llama amigas, amigas… Nos conocemos desde hace muy poco, ¡pero hemos hecho buenas migas!
—¿Y… tienes un nombre, no amiga de Sue, que la conoces hace muy poco tiempo, pero has hecho buenas migas con ella?
Jim entornó los ojos, mirando al mayor de los Anderson con ganas de matarlo. Había que ser rematadamente gilipollas para hablarle de aquel modo a alguien como Lilly.
Ella, sin embargo, no se dio por aludida en absoluto.
—¡Claro! Perdona… Me llamo Lilly. Lilly Thompson —y tendiéndole la mano izquierda, añadió—: La otra mano está de baja, pero la intención es lo que cuenta. Encantada de conocerte, Rick. Tu hermana habla mucho de ti.
—Me tiene por un pesado, así que dudo mucho que te haya hablado de mí…
¿Y ahora la llamaba mentirosa? Jim dio un paso adelante, decidido a plantarle cara. La mano de Tim en su brazo, lo detuvo, justo en el momento en que Lilly volvía a hablar.
—Tranquilo, eso es el síndrome de la hermana pequeña. Los mayores siempre son unos pesados, pero los quieres, y sabes que solo se preocupan por ti… Aunque te dé una rabia enorme que sean tan pesados —enfatizó, histriónica—. La mía también es una pesada, pesadíííísima, pero la adoro, y siempre estoy hablando de ella. ¡Dame cinco minutos y seguro que sale a relucir su nombre!
—Y supongo que también te ha hablado de Alex… —dejó caer Rick, ahora más interesado en Lilly, pero aún dudando de sus palabras.
Ella asintió enfáticamente, con su sonrisa divertida en ristre.
—Diría que vas diez tantos por debajo de él en el marcador. Supongo que eso también tiene que ver con el síndrome de la hermana pequeña: todos los mayores son unos pesados, pero siempre hay uno más enrollado que los demás. ¡Ánimo, Rick, diez puntos no son nada! ¡Todavía puedes alzarte con la victoria! —y acompañó sus palabras, con su puño en alto.
—En ese caso, no perderé la esperanza —repuso él—. Encantado de conocerte, Lilly. Me voy, que llego tarde.
—Claro. Adiós, Rick —se despidió ella.
Al pasar junto a los hermanos, el mayor de los Anderson ignoró flagrantemente al menor de los Bryan. En cambio, saludó al mediano con un movimiento de la cabeza.
—Tim —dijo.
—Rick —repuso él, maldiciendo para sus adentros, pues ya sabía lo que vendría a continuación.
En efecto, así fue. Jim se cruzó de brazos. Miró al oso pelirrojo que se alejaba del aparcamiento sin siquiera dedicarle una mirada, y, a continuación, posó sus ojos en Tim.
—¿Os conocéis?
El bufido de Lilly atrajo la atención de los dos. Su siguiente reacción, los dejó de piedra.
—Mientras vosotros os quitáis las plumas a picotazos, yo voy a estirar las piernas hacia la habitación de Doreen. ¡Cuidado, no os arranquéis la cresta, ¿eh?, no sea que mi hermana os confunda con gallinas y os meta en la cazuela!
Acto seguido, se alejó a paso vivo de regreso al hospital.
Jim la siguió con la mirada, incapaz de decir o hacer nada, totalmente mudo del asombro ante una reacción muy distinta a las que ella lo tenía acostumbrado. A él y a toda la familia. El domingo, Tim la había aludido indirectamente en su comentario. Era comprensible que se sintiera incómoda, no quisiera seguir presenciando la discusión y se marchara de la cocina. Pero ahora, ¿por qué se iba?
Tim sacudió la cabeza.
—¿Decir «te lo dije», se consideraría hacer leña del árbol caído? ¿O, como también soy un hermano de puta madre, que te avisó no una, sino dos veces, de que esto pasaría, puedo regodearme tranquilo?
—¿Pasar, qué? —se defendió Jim. Esta vez, consiguió dejar de mirar a Lilly y centrarse en su hermano—. Solo te pregunté si os conocíais…
—Nah. De eso, nada, colega. Te volviste de frente a mí, te cruzaste de brazos así, y me soltaste un «¿os conocéis?» —dijo, repitiendo no solo el gesto, sino su tono desafiante. Vio que su hermano ponía cara de dolor.
«¿En serio?», pensó Jim. ¡Ay, joder! Seré capullo…
—Que sepas que me imitas fatal —dijo, cuando ya se había puesto a trotar en dirección al hospital—. Ya me explicarás de qué conoces al oso pelirrojo…
Tim soltó una carcajada y se guardó para sí sus pensamientos.
«¡Que sepas que es la primera vez que te veo correr tras una chica, y pienso recordarte este momento sublime cada día, los próximos cien años!».
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©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
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