![[ClubRomanticas STORIES] Banner Zona Vip [ClubRomanticas STORIES] Banner Zona Vip](https://www.jeraromance.com/images/xbanner-cr-stories.jpg.pagespeed.ic.KacVPOgXOt.jpg)
Presentación | Sobre los personajes
Capítulos:
1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21
22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32

CRS-07. Mystic Oaks, 1 (MO 1). Capítulo 11
Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2025/2026
__________________________________________
11
Robert volvió a guardar el móvil en el bolsillo trasero de sus Levi's 501 y puso rumbo de regreso al edificio principal con un talante diferente del que tenía antes. Hablar con Tim había hecho mucho más que ofrecerle el sosiego que necesitaba. Le había ayudado a salir del bloqueo en el que llevaba horas, dándole vueltas al mismo asunto sin encontrar la forma de resolverlo, y frustrándose más y más con cada nuevo intento de sortearlo. Ahora, podía ver que había pecado de sabelotodo, dando por sentado cuestiones que eran demasiado personales para permitirse tanta certeza. Era un hombre seguro de sí mismo y eso que, normalmente, obraba en su favor, facilitándole las cosas a la hora de relacionarse con otras personas, empezando por sus propios hijos, en este caso, le había perjudicado. Ahora veía algo que, hasta el momento, ni siquiera se le había cruzado por la imaginación: percibir tanta certeza en un asunto tan personal, a Doreen tenía que haberle parecido muy soberbio de su parte. Todo un atrevimiento, desde luego. ¿Quién era él para dar por sentado que ella lo quería? ¿Quién era él para dar por sentado nada en asuntos del corazón, de hecho? Negó con la cabeza, contrariado consigo mismo. Menuda estupidez había hecho.
Al ascender la última cuesta del camino, desde cuya curva podía verse una parte de la explanada que conducía al edificio principal, vio a Ken dirigiéndose a su F-150. Lo llamó al tiempo que apuraba el paso hacia él. Ken se quedó esperándolo, de pie, junto a su coche.
—Buenos días, dormilón —lo saludó Robert—. ¿Tienes un minuto?
Ken sabía para qué quería su padre ese minuto. También lo que implica: que había llegado el momento de fingir. Se consoló pensando que fingir no estar al tanto de algo no era, necesariamente, sinónimo de mentir.
—Buenos días, papá. Sí, claro, dime…
Robert señaló el vehículo, indicando que entraran en él para conversar. En realidad, más que confort, quería privacidad. Una vez que estuvieron dentro, fue al grano.
—Doreen se va un tiempo a Montana. Un mes y medio, más o menos —dijo sin preámbulos. Tampoco hizo pausa alguna que le permitiera a su hijo meter baza—. Ha dicho que echa de menos a los suyos. Me consta que es así, hace casi dos años que no los ve… Y supongo que también quiere perderme de vista durante algunas semanas. Esto no lo ha dicho, claro, pero… Sé leer entre líneas —admitió, incómodo.
Ken apoyó una mano en el hombro de su padre. Sabía perfectamente cómo se sentía, puesto que él había pasado por un proceso parecido con Chris.
—Vaya… Qué frustración más grande tendrás, papá… —Vio que él le daba la razón moviendo la cabeza, contrariado—. Y yo que creía que, en los dominios de los Bryan, solo había un conejillo asustadizo. De nacionalidad canadiense, para más datos… —comentó, risueño, en un intento de animar a su padre.
Cierto, pensó Robert. Chris también había puesto tiempo y distancia entre ella y Ken, antes de reconocer sus sentimientos hacia él.
—No voy a negarlo —concedió—. Pero mi frustración no es lo que importa ahora, hijo. Conozco a Doreen, y sé que estará muy preocupada por cómo nos las arreglaremos mientras ella no está. Y yo quiero que disfrute su tiempo en Montana, no que lo pase angustiada por nosotros. Por eso también quería hablar contigo, además de para darte la noticia en persona… Necesito que me ayudes con esto, Ken.
¿Que te ayude? ¡Madre mía…!
Ken se las vio y se las deseó para seguir disimulando.
—Eso está hecho, papá —le dijo con una sonrisa, mientras pensaba que a ver cómo se las iba a apañar para hacer el papel de cómplice por partida doble, de la tía Doreen y ahora, también, de su padre.
* * * * *
Ken rodeó la casa de los guardeses y fue por detrás, decidido a darle una sorpresa a su chica. La ventana de la habitación de Chris daba al costado derecho de la casa. Pero ya desde el extremo de la pared, vio que estaba abierta de par en par. Adiós, sorpresa, pensó. Se asomó y la llamó. Nadie respondió. No había ni un alma en esa casa. Ni siquiera el peludito de las orejas puntiagudas. De haber estado por los alrededores, sus aullidos ya lo estarían dejando sordo.
Sonrió. Si Chris no estaba en la casa, probaría suerte en otra parte, donde, probablemente, la encontraría.
Hasta allí solo podía llegar a pie, de modo que regresó a la F-150 por sus gafas y la botella de agua, y, a continuación, cogió el camino que se internaba en el bosque, detrás de la casa.
La encontró, a ella y a su silla, en el terraplén, a unos tres metros por encima del nivel del arroyo. La cuesta no era pronunciada. Chris podía haber bajado hasta la orilla. Despacio y apoyándose bien en el bastón, era capaz de hacerlo. Pero Ken sabía que estaba tan harta de la rehabilitación, que no quería arriesgarse a prolongar la tortura ni un solo día más, dando un paso en falso.
Ken fue a su encuentro con una sonrisa. Se agachó y la besó largamente, algo a lo que ella no opuso la menor resistencia.
—Mmm… Así da gusto empezar la mañana —murmuró ella.
Ken acarició su nariz con la suya.
—¿Mañana, dices? Estamos a punto de comer, Bella Durmiente.
—¿Y de quién será la culpa de que me haya acostado tan tarde y tan agotada?
Él volvió a rodear sus labios con los suyos, y el beso fue largo y apasionado.
—Toda mía —murmuró—, y estoy dispuesto a repetir esta noche. ¿Qué dices?
Chris lo miró rebosando picardía.
—Digo que te sientes aquí —señaló el tocón que había a su lado— y que dejes de hacer propuestas tan tentadoras, o ya estoy viendo que también me saltaré la comida. ¿Y sabes? No puedo vivir solo de tus besos… Aunque me encanten —enfatizó, traviesa.
Él festejó el comentario y fue a sentarse a su lado. Se quitó las gafas de encima de la cabeza y las enganchó por una patilla del escote de su camiseta. La miró risueño.
—Buena idea, nena, porque te diré que se nos empiezan a acumular los temas a resolver —y acompañó su mirada con un movimiento sensual de sus cejas.
—Cierto… Ya no me acordaba de tu «por favor, no me pidas que cuando al fin vuelvo a casa, solo pueda tenerte a hurtadillas… Ya no puedo con esto, Chris. De verdad, que no» —repuso, en tono quejumbroso, imitándolo.
Él volvió a reírse.
—¿Que no te acordabas? No cuela, preciosa. ¿Y sabes por qué?
Si había algo que Chris adoraba, era cómo brillaban esos ojos preciosos cuando flirteaba con ella. De hecho, en vez de responder, apoyó un codo sobre el reposabrazos de su silla y la barbilla sobre su mano, mientras lo miraba con una sonrisa de puro deleite.
Ken se la quedó mirando ilusionado al descubrir cuánto habían cambiado las cosas entre los dos desde que, la noche anterior, habían pronunciado las palabras «te amo» por primera vez.
—Es una sensación increíble estar tan loco por alguien, ¿a que sí? —murmuró él.
Alucinantemente embriagadora, desde luego. La mirada de Chris se volvió mucho más intensa.
—Quizás, podamos encontrar un rinconcito en esa enorme casa, que sea solo para nosotros, ¿no? —propuso ella.
Ken se estremeció. Por todo, por su cercanía, por su disposición, porque el tormento en solitario estaba a punto de acabar. Tomó la mano que descansaba sobre el regazo femenino y la acarició entre las suyas, sin dejar de mirar a Chris a los ojos.
—¿Lo eliges tú?
Ella negó con la cabeza.
—Juntos. Hemos estado bregando solos demasiado tiempo, Ken. Lo elegiremos juntos, lo decoraremos juntos y… —Tras una pausa, añadió—: Solo te pido que me des tiempo para hablar con Lilly. Ni siquiera le he dicho aún que he decidido quedarme aquí.
Esa sintonía extraña que les hacía desear lo mismo al mismo tiempo, nunca dejaría de asombrar a Ken.
Y nunca dejaría de sentirse agradecido por ello.
Ken asintió con la cabeza levemente y se inclinó a saborear los labios femeninos una vez más. Pero no pudo hacerlo por mucho tiempo, ya que Chris enseguida se apartó con suavidad.
—Bien. Un tema resuelto. Ha sido fácil, ¿a que sí? —dijo ella, sonriendo con picardía—. Venga, que me he venido arriba… ¿Cuál es el siguiente?
—Ay, el siguiente, el siguiente… ¡Este no será tan fácil! —repuso él, al tiempo que sacudía la cabeza, divertido.
Chris frunció el ceño.
—¿Y por qué no?
—Porque me he metido en un buen lío —admitió, mirándola con ojitos traviesos—. Y voy a necesitar tu ayuda para salir del embrollo.
* * * * *
Había sido una buena idea hablar con Ken, pensó Doreen mientras se dirigía a la cocina, tras una ducha rápida. En la vida se habría imaginado que algún día recurriría a su sobrino en busca de ayuda para resolver un lío en el que ella misma se había metido. Mucho menos, que él lograría no solo hacerse cargo de la situación, sino también tranquilizarla.
Por supuesto, nada ni nadie evitaría que su preocupación la acompañara durante todo el tiempo que estuviera fuera de casa. Sin embargo, había sido un gran alivio ver que era posible organizar las cosas de modo que la casa continuara teniendo su orden habitual, y que el tratamiento que el médico le había prescrito a Robert, no se vería alterado por su ausencia. Él era un hombre responsable, pero con tanta prohibición y tanta pauta estricta, necesitaba un poco de ayuda para que no se le quedara nada por hacer. Debía seguir una dieta muy baja en sal, en grasas, y también en volumen de alimentos por ingesta, lo cual requería planificación extra por parte de la cocinera. Además, tomaba varias medicinas a diario, que tenían que seguir una pauta en cuanto a horarios. El tratamiento también incluía una sesión de ejercicio físico moderado tres veces por semana, y una distancia diaria que debía recorrer andando al aire libre, también en una pauta concreta, ya que no debía cansarse. Eran muchas cosas, y le preocupaba que Robert se agobiara y se olvidara de alguna.
Doreen suspiró. No sería como estar en casa y hacerse cargo ella misma, pero ayudaba saber que habría otros ojos y otras manos diligentes, pendientes del tema. Ayudaba mucho.
Se alisó el cabello en un gesto presumido antes de entrar en la cocina. Vestía igual que por la mañana, —unos vaqueros, una camisa blanca con delgadas rayas verticales celestes y unas sandalias planas—, pero esta vez la sesión de maquillaje había sido concienzuda. Quería ser la de siempre y la Doreen de la hora de la comida, siempre sacaba a relucir su coquetería.
Pero, al poner un pie en la cocina, sus ojos quedaron cautivos de la imagen que apareció ante ellos.
Al pillarse en semejante renuncio, se justificó argumentando que habría resultado imposible no quedarse contemplando a Robert unos instantes, puesto que era la única persona que había en la cocina y no era, precisamente, de la clase que pasaba inadvertida. Menos a ella, que llevaba media vida enamorada de las vistas…
Aún así, no podía negar que aquella mañana le resultaba mucho más entrañable que nunca.
Robert se había puesto su delantal de cocina y estaba haciendo algo en la gran encimera de madera. Siempre había sido un hombre robusto. Su larga convalecencia le había hecho perder mucho peso y masa muscular. Ahora los estaba recuperando: volvía a haber volumen, músculos de aspecto saludable, y fuerza en él.
Y, quisiera reconocerlo abiertamente o no, ella volvía a tener los mismos problemas de siempre para evitar que sus ojos se quedaran abstraídos en las vistas, dándose un festín.
Ya tenía mucho mérito que Robert le siguiera pareciendo un espectáculo, a pesar del primoroso moño con el que se había atado el delantal, que, en semejante envergadura, resultaba incluso chocante. La prenda no era de su talla y, por lo tanto, el moño que debería rodearle la cintura, se hallaba un palmo más arriba. Para peor, el delantal era rosa. Demasiado hombre para tan poco mandil, pensó, y no pudo evitar reírse.
—¡Vaya pintas! —comentó.
En parte, también lo dijo por romper el hielo y mostrarse afable. Las últimas horas ella había sido tan desagradable con él, que se sentía culpable.
Robert volvió la cabeza para mirarla con una sonrisa. No sabía a qué se refería y francamente le daba igual averiguarlo. Le bastaba con saber que era él con quien hablaba —no había nadie más allí— y que, por increíble que pareciera, Doreen se estaba riendo. ¡Qué maravilla! Allí, de pie, con los brazos cruzados y un hombro apoyado contra el marco de la puerta, luciendo aquella sonrisa que él había echado tanto de menos, estaba más hermosa que nunca.
—Las de siempre, Doreen. Pero si te hacen reír, ¡alabadas sean mis pintas! ¿Qué? —dijo, instándola a que le contara cuál era el motivo de que se mostrara tan risueña.
Ella señaló su delantal con un movimiento de la barbilla.
—De frente es todavía más chocante —concedió, refiriéndose al cartel que ponía «Soy la reina de la casa». Había sido un regalo de Jim.
Robert se miró y también se echó a reír.
Absorto en sus pensamientos, no le había prestado la menor atención al delantal. Lo había cogido del colgador y se lo había puesto para evitar mancharse la ropa al trocear la carne guisada. Bien podría haber sido un mantel, que tampoco habría reparado en ello, tan ensimismado estaba.
—¿Estás insinuado que el rosa no me favorece? —dijo él, poniendo un brazo en jarra.
Doreen dudaba mucho que hubiera algo que a ese hombre no le quedara espectacular, pero se limitó a reírse de su pose mientras se dirigía hacia él.
—Deja, que ya sigo yo…
—No hace falta. Puedo hacerlo yo, mientras tú te sientas a la mesa y te sigues riendo de mis pintas —ofreció él.
Ella le dedicó una mirada maliciosa que él no pudo ver.
—¿Y desde cuándo al gran Robert Bryan le parece bien que se rían de él? —preguntó, mientras le desataba el delantal.
Robert la dejó hacer. Le parecía increíble que las aguas parecieran estar volviendo a su cauce y se sentía tan agradecido por ello, que, por momentos, se debatía entre su cautela, que le decía «calma, hombre, no la fastidies ahora» y su locura de amor que lo animaba a seguirle el juego y aprovechar cada momento a su lado para derribar las barreras que los separaban.
Libre del moño que sujetaba los extremos del mandil, Robert, se dio la vuelta. Decidió darle cancha a su locura de amor.
—Desde nunca —repuso, sin dejar de mirar a Doreen con ternura—, pero hay un detalle. No he dicho «se rían», sino «te rías».
El intenso brillo de los ojos femeninos le confirmó que el halago había funcionado.
—Ah, ya veo. Como según esto, soy la reina de la casa, es mi privilegio reírme de todos los que dependen de mí para no morirse de hambre —repuso ella, restándole importancia, al tiempo que se ponía de puntillas para poder quitarle la parte superior del delantal.
Robert agachó la cabeza para facilitarle la tarea, y en cuanto ella recuperó la prenda, él se la volvió a quitar con suavidad.
Sus miradas se encontraron. Pícaras. Divertidas. Cómplices. Con mucha menos complicidad de la que él había querido, y, sin embargo, con mucha más de la que a Doreen le habría gustado. Así eran las cosas entre ellos desde hacía mucho tiempo.
Fue Robert quien apartó sus ojos primero. Su lado cauto no dejaba de gritar a voz en cuello que diera un paso atrás y no volviera a fastidiarlo todo.
—No es por eso, mujer…
—¿Ah, no? ¿Y, entonces, por qué es?
Y ahora era su lado enamorado el que no dejaba de gritar: «¡Dilo, dilo, dilo!».
—Porque tu risa es mi debilidad —repuso Robert, y con movimientos muy medidos, la ayudó a ponerse el delantal.
Doreen se volvió de espaldas para permitir que él atara los extremos mientras pensaba que a ella le sucedía exactamente lo mismo con su sonrisa.
Lo pensó, pero no lo dijo.
—¿Y crees que confiármelo ha sido una buena idea? Podría aprovecharme…
No hubo respuesta alguna.
Tener a Doreen tan cerca, sacó a Robert de la realidad durante unos instantes. No pudo evitar cerrar los ojos para atrapar dentro de sí esas sensaciones embriagadoras que lo recorrían a sus anchas, devolviéndolo a una época muy lejana en el tiempo. Una época en la que las emociones estaban a flor de piel y teñían su mundo de colores muy vivos. Cuando era joven y libre, y todo parecía alcanzable. Posible.
Así se sentía junto a ella: el hombre más poderoso y capaz de todo del mundo entero.
Aunque ya no fuera joven, ni poderoso, ni capaz, de hecho, de casi nada.
Ajena a los pensamientos masculinos, Doreen volvió a pincharlo.
—El que calla, otorga, Robert… ¿Puedes atarlo o quieres que lo haga yo?
Él volvió a la realidad de sopetón. «¿El que calla, otorga?». No tenía la menor idea de lo que ella estaba diciendo. Pero su frase final… Esa sí que la había entendido.
—¿Te refieres a si soy capaz de atarte el delantal? Pues verás… Igual mis dedos necesitan tomarse su tiempo, ya sabes, por la artritis, pero aparte de eso… Sí, diría que podrán. ¿Tienes mucha prisa?
Y para enorme júbilo de Robert, Doreen volvió a reírse.
—¡Ha dicho, el payaso padre! —exclamó, celebrando su broma—. El pobre Jim es el que carga con el muerto, ¡pero lo que se hereda, no se roba!
* * * * *
En el pasillo, muy cerca de la puerta de la cocina, Jim se cubrió la boca con una mano, conteniendo la risa.
El asombro, y, en cierto modo, la preocupación que lo había acompañado buena parte de la mañana a cuenta de la evidente tensión que se había instalado entre su padre y su tía desde el día anterior, acababa de evaporarse como por encanto al oírlos reír.
Necesitarían algún tiempo más para volver a engrasar los engranajes de la convivencia —especialmente, Doreen—, pero seguían siendo los mismos de siempre: cómplices, a más no poder.
«Menos mal que la sangre no ha llegado al río», pensó el menor de los hermanos Bryan.
Y, con mucho sigilo, desanduvo sus pasos hacia la salida, decidido a dejarlos a solas un rato más.
_____________________________________________________
©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷
Comentar Ir a Inicio 🔝 Ir a Principal 🔙
CRS-07. Mystic Oaks, 1 (MO 1). Capítulo 12
Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2025/2026
__________________________________________
12
Doreen ya había empezado a servir la comida cuando Lilly entró en la cocina, agitada, acompañada de los aullidos de su mascota. Noah y River, que estaban echados bajo la mesa, fueron a darle la bienvenida a su amigo.
—Perdón, perdón, perdón… Siento llegar tarde, pero la culpa es este diablillo —dijo, tirando de la correa de Sultán que, por el contrario, intentaba zafarse para ir con su ama.
Jim enseguida se levantó de la mesa, y fue a hacerse cargo de la correa. El cachorro le estaba poniendo las cosas difíciles a su humana, que solo podía usar un brazo para dominarlo.
—No me lo digas. Encontró una madriguera y no conseguías arrancarlo de allí, ¿a que sí?… La próxima vez, llámame y te ayudo.
Ella soltó un suspiro de agradecimiento y sacudió su mano dolorida para activar la circulación.
—Es por la luna —intervino Chris—. Cuando se acerca la luna llena, te conviertes en un lobito muy travieso, ¿eh, Sultán? ¡Ven aquí, que hace horas que no te veo!
El cachorro no tardó en obedecer, metiéndose debajo de la mesa con correa y todo, y emergiendo del otro lado, donde estaba Chris. Mientras Ken sujetaba el extremo del asa de la correa con la pata de su silla, ella se dedicó a obsequiar al cachorro su dosis matutina de cariño.
—¿Y yo qué? —se quejó Lilly, poniendo morritos—. ¡También hace horas que no me ves!
Chris soltó al peludito ipso facto, empujó hacia atrás su silla de ruedas y rodeó la mesa. Al llegar junto a Lilly, se puso de pie y extendió sus brazos hacia ella.
—Tienes toda la razón, cariño. Ven aquí, y dame un abrazote.
—Vale —repuso Lilly, todavía haciendo pucheros—. Esto ya me gusta más.
Los Bryan presenciaron aquel momento muy típico de las hermanas Thompson, con ternura y un poco de asombro. Salvo Ken, ninguno de los presentes había tenido ocasión de ver a las hermanas en acción. Las chicas ocupaban la casa de los guardeses por lo que cuando se reunían con los Bryan, ya habían tenido tiempo de prodigarse los abrazos y las carantoñas que formaban parte de su rutina diaria desde siempre. Ken sonrió ilusionado al pensar que esos momentos muy pronto se integrarían en el día a día de los Bryan, cuando Chris y Lilly se mudaran al edificio principal.
Para Robert fue un momento especialmente entrañable. Chris le había gustado desde la primera vez que sus miradas se habían cruzado, en aquel restaurante donde toda la familia había quedado con Ken. Él se había presentado acompañado por Chris y todos habían tenido claro, nada más verla, que ella era la elegida. No solo porque era la primera vez que Ken les presentaba a una amiga, sino también por la energía tan singular que fluía entre los dos. Momentos como el que ahora presenciaba, le hablaban de la enorme sensibilidad de Chris y de la estrecha relación que unía a las hermanas.
—Son increíbles. Me hace tan feliz que estén con nosotros. ¿No sería fantástico que Dottie se trasladara aquí también? Seguro que las tres se echan mucho de menos… —murmuró Robert, sin apartar los ojos de la entrañable escena que tenía lugar entre las hermanas.
Robert hablaba con Doreen, que estaba a su lado, pero si la hubiera mirado a ella en vez de a las hermanas, habría descubierto que toda la atención de la mujer estaba en él, y no en lo que sucedía entre Chris y Lilly.
La capacidad de Robert de aglutinar a otras personas a su alrededor, lo convertían en un bicho raro. Doreen había visto esa capacidad en acción por primera vez hacía años, un otoño que los Montgomery estaban de viaje en Springfield y su coche se averió. Robert pasaba por ahí y se apeó para ayudarlos. Llovía torrencialmente, una cosa llevó a otra y, al final, ella y su familia, acabaron pasando el día en el rancho Bryan. Después, se enteraron de que él estaba de luto. Hacía apenas dos semanas que había enterrado a su padre, quien había muerto de un infarto, siendo aún joven. Robert estaba enfrentándose a un momento muy difícil, que, más allá de la enorme pérdida afectiva, lo había dejado solo al frente de la explotación agrícola y ganadera. Nada de lo cual le había impedido mostrarse servicial y encantado de abrirles las puertas de su casa a unos ilustres desconocidos.
Para Doreen había sido amor a primera vista, pero era Martha en quien Robert había puesto sus ojos.
Después de tantos años, ese deseo de acoger a todo el que se acercaba a su puerta, convencido de que siempre había lugar para otro más en torno a su mesa, aún seguía asombrándola.
—Hay un Frank en su vida —repuso ella, intentando disimular que él acababa de descubrirla mirándolo—, y me parece que a él será un poquito más difícil convencerlo de que venga.
Ajeno a los pensamientos que habían tenido a Doreen tan abstraída, Robert se acercó para hablarle al oído.
—¿Y desde cuándo a ti y a mí nos preocupan las dificultades? El fin es lo que importa. Y no negarás que sería estupendo que las chicas pudieran tener a su única familia, aquí, con ellas.
Sus miradas se encontraron brevemente, cuando él se apartó del oído femenino para mirar a Doreen.
Tenía razón, sería muy bueno que las tres pudieran estar juntas. Por lo que Chris les había contado, Dorothea Patterson se había pasado la vida intentando ser también un padre, una madre y una amiga para sus sobrinas, y el trabajo de Chris no le había puesto las cosas nada fáciles.
Sin embargo, en todo lo que Doreen podía pensar era en Robert y en esos ojos de mirada dulce en los que siempre era verano.
Eran los ojos más tiernos del mundo.
—No, no lo negaré —atinó a decir.
La risa de Lilly interrumpió el momento.
Chris estaba regresando a su sitio y Lilly se abrazaba el estómago en uno de sus gestos histriónicos, mientras se partía de la risa.
—Y tú le llamas travieso. ¡Ojalá fuera solo travieso! —se carcajeó—. ¡El demonio este se convierte en el terror de los conejos, las ardillas y todo lo que ande, vuele o nade, mientras sea más pequeño que él! —Al fin, se dejó caer en la silla, agotada de tanto reír. Luego, asomándose por delante de Jim, les dirigió una mirada culpable a Robert y a Doreen—. Lamento mucho la tardanza…
—Ah, no te preocupes. Todavía estamos en los preliminares —dijo Doreen—. Robert, por favor, dame su plato. ¿Un poco de todo, Lilly, o empiezas por la crema de legumbres?
La muchacha miró con ojos golosos las delicias que había sobre la mesa.
—¡Un poco de todo, por favor! ¡Huele de maravilla, Doreen! —exclamó, y volvió a levantarse—. Voy a lavarme las manos… Bueno, en realidad, la mano —matizó, al tiempo que agitaba su única mano viable, haciéndolos reír a todos.
* * * * *
No fue hasta los cafés, cuando todos se habían trasladado a la biblioteca, que Doreen mencionó su inminente viaje a Montana.
—O sea, que si veis que empezamos a dar vueltas por la casa, en plan pato mareado, no os preocupéis. Es que no somos capaces de encontrar siquiera nuestras propias cabezas —dijo Jim, dirigiéndose a Chris y a Lilly.
A pesar de que se reía, todos se percataron de que no era su risa de siempre.
Porque, en efecto, no lo era. A Jim no le gustaba tener que pasar semanas sin Doreen. Para ser exactos, era algo que detestaba. La relación que mantenía con ella era distinta de la de sus hermanos. Él no había conocido otras manos amorosas ni otros cuidados maternales que los de Doreen. Aunque, legalmente, fuera su tía, para él siempre había sido mucho más.
—La cabeza, no sé… —terció Ken, divertido—. Pero todo lo demás, incluidos los gayumbos… ¡Seguro! Tranquilo, tío, serán unas pocas semanas…
—¿Pocas? Ya verás como te parecen eternas al tercer día de tener huevos con bacon para desayunar, comer y cenar…
Doreen miró a Jim con fingido disgusto.
—Mira que eres exagerado, cariño… Eres un Bryan, Jim. ¿Sabes lo que quiere decir eso? Entre otras cosas, que vuestro padre os ha enseñado a ser autosuficientes. Los tres lo sois. Me echaréis mucho de menos, yo a vosotros también, pero ni perderéis la cabeza ni viviréis a base de huevos fritos con bacon.
Especialmente, después de haber recurrido a Ken para que me ayude a evitar que cunda el pánico, pensó. Su mirada se cruzó con la de Ken, quien sonrió y no hizo comentarios.
Sin embargo, en aquella estancia solo había una persona que no estaba al tanto del tema, Lilly. Dado que Chris no había tenido ocasión de ponerla al día de las novedades, la sorpresa de la muchacha era auténtica.
—Oh, vaya… Toda su familia está allí, ¿verdad?
Doreen asintió con la cabeza.
—Yo soy la única que lleva media vida fuera de Montana.
—¿Tiene muchos parientes allí? —intervino Chris.
—Familia de sangre, solo un hermano. Está casado y tiene tres hijos adorables, dos chicas y un chico. Pero Lone Star siempre ha sido como una gran familia, mi segunda familia. Los Jensen, nuestros socios en el negocio, son vecinos y amigos desde tiempo inmemorial. Y con muchos empleados sucede algo parecido… Empezaron los padres, y ahora son los hijos los que están trabajando.
Ken no le había comentado mucho acerca del negocio familiar que sus tíos por parte de madre tenían en el norte del país. Sin embargo, Chris conocía muy bien cómo funcionaba una comunidad, los lazos tan singulares que hacían posible la convivencia a lo largo del tiempo, y podía reconocer señales muy familiares en lo que Doreen contaba.
—Debe ser un lugar muy especial —concedió.
Doreen volvió a asentir con la cabeza. Miró a Ken con ternura antes de decir:
—No es por llevarle la contraria a mi sobrino mayor, pero, para mí, el rincón más maravilloso del mundo no se llama Mystic Oaks, sino Lone Star…
—No es por llevarle la contraria a mi tía favorita, pero ¿no te parece que eso es muchísimo decir? —repuso Ken, mirándola travieso.
Chris se quedó observándolos con una sonrisa en los labios, disfrutando de aquel intercambio de opiniones, cargado de ternura.
—Para mí, no, sobrino. Llevo muchos años lejos de mi paraíso personal. Pero mi corazón nunca se marchó de allí. Sigue en Lone Star.
Robert, que hasta el momento había estado siguiendo la conversación con atención y mucha expectativa por ver cómo Doreen manejaba el asunto de su inminente viaje, bajó la vista ante un dato que había perdido totalmente de vista.
«Mi corazón nunca se marchó de allí. Sigue en Lone Star».
Las palabras de Doreen resonaron en su mente, mostrándole, por segunda vez aquel día, una perspectiva diferente de las cosas.
La gran adaptabilidad de Doreen, su carácter enérgico y positivo le habían hecho olvidar que ella, al igual que Martha, sentía un profundo arraigo hacia su tierra y sus gentes, hacia su familia. Durante décadas, eso no había sido más que un dato para él. Importante, desde luego, pero tan solo un dato. Ya no. Había abandonado Springfield para establecerse en Nashville, pero sabía que su corazón nunca se marcharía de allí.
Ahora, lo entendía en toda su dimensión.
Entendía el dolor de estar lejos de las querencias. Un dolor que nunca era lo bastante intenso para impedirte crecer y progresar, pero siempre estaba allí, como un sonido de fondo, recordándote lo que habías dejado atrás. Impidiendo que lo olvidaras.
Entendía la sensación constante de ser un extraño en la propia casa.
Entendía la melancolía de amanecer otro día más en un lugar que, por más acogedor y entrañable que llegara a ser con el tiempo, nunca sentiría como propio.
Fue Chris quien sacó a Robert de su ensimismamiento. En realidad, sorprendió a todos los presentes al levantarse del sofá con la ayuda de Ken, e ir a sentarse al lado de Doreen.
—Qué duro es a veces, ¿verdad? —La rodeó con sus brazos afectuosamente—. Estas semanas allí le harán mucho bien, Doreen.
Pero si la reacción de Chris había tomado desprevenido a todos, la de Lilly no se quedó atrás. Ella también se levantó y se reunió con ellas, aportando su único brazo móvil, al abrazo.
—¡Ay, Doreen, usted no se preocupe por nada! —dijo la muchacha.
Y entonces, volvió a sorprenderlos proponiendo, de manera espontánea, una idea que ya formaba parte del plan previsto por Ken con Robert y Doreen (aunque ellos ignoraran que el otro también estaba en el ajo).
—Nosotras podríamos quedarnos un tiempo más aquí, ¿no, Chris? Por el bendito cabestrillo, no te serviré de mucho hasta dentro de un mes, pero puedo dirigirte en la cocina. Vamos a ver, que quede claro que los platos no serán tan buenos como si los hubiera cocinado yo, ¡pero seguro que se dejarán comer! —guaseó, alegremente. Y al cabo de un instante, insistió con sus ojos llenos de ansiedad—. ¿Qué dices, nos quedamos?
Ken y Chris intercambiaron miradas significativas antes de que ella volviera a posar sus ojos sobre su hermana.
—Nos quedamos, Lilly —repuso con ternura.
Y esta vez fue Doreen, quien, imitando a la pequeña de las hermanas Thompson, elevó los brazos al tiempo que decía:
—¡Bien, bien, bieeeeeennnnnnn!
* * * * *
La reunión de la biblioteca se disolvió poco después. Jim fue el primero en volver al trabajo. Chris, que todavía tenía pendiente hablar con Lilly acerca de sus planes futuros, aprovechó para invitar a su hermana a dar un paseo. Entre las dos, desocuparon la mesa ratona, poniendo las cosas del café sobre una bandeja que se llevaron al marcharse. Por su parte, Ken decidió dejar a su padre y a su tía a solas, alegando que se daría una vuelta por los sectores de producción para ver qué tal evolucionaban las cosas. Eso le daría también la ocasión de hablar con Jim acerca de cómo se organizarían durante las semanas que Doreen estuviera en Montana.
—Sí, yo también voy a decirle adiós a estos comodísimos sillones para ir a poner un poco de orden en la cocina —dijo Doreen. Se había dado cuenta de la verdadera intención de su sobrino favorito y no estaba por la labor de permitir que se saliera con la suya.
Pero cuando llegó a la puerta de la biblioteca, vio que Robert iba detrás de ella.
—¿No prefieres quedarte a leer el periódico? Se está muy bien aquí.
Lo que Robert prefería, era estar con ella, pero como no podía decirlo abiertamente, le ofreció otra razón. Cierta, además.
—Ya, pero es la hora de tomar una de mis medicinas.
Sin detenerse, Doreen consultó su reloj de muñeca y sonrió satisfecha.
—Sí, señor… ¡Qué bien, Robert!
Él agradeció la felicitación con una gran sonrisa y, aprovechando que ella no lo veía, detuvo la alarma de su reloj antes de que sonara (y lo delatara).
—¿Tienes un minuto? —le dijo, tirando brevemente de su rebeca para evitar que ella siguiera alejándose.
Ya estaban en el largo pasillo que, al igual que los otros tres que había en la casa, conducían al hall circular con el techo en forma de cúpula hecho de vitrales, donde estaba la fuente. Quedaba un buen trecho por recorrer hasta llegar a la cocina y, aunque, en teoría, solo quedaban ellos dos en la inmensa casa, era imposible asegurarlo, excepto en aquel rincón, del que los demás ya se habían marchado.
Doreen se volvió hacia él, y lo miró con una ceja enarcada. Sus ojos le decían claramente que no se le ocurriera volver a la carga con sus disculpas.
Él mostró sus dos manos en señal de calma.
—No, no, tranquila. No más disculpas. Ya sé que no quieres oírlas. Solo voy a compartir un deseo contigo, ¿te parece bien?
Ella le dedicó una mirada suspicaz.
—Depende…
—Mujer de poca fe… No será una disculpa disfrazada de otra cosa, te lo prometo.
—Entonces, sí. Me parece bien.
—Quiero que vayas con los tuyos y disfrutes de todo lo que tanto añoras y tan poco has tenido estos últimos años. Quiero que charles con tu hermano y cotillees con Blanche, y pasees con tus sobrinos mientras intentas averiguar si tienen algún novio o amigo especial… —La vio reír y supo por qué. Sus sobrinas eran pequeñas aún para amigos especiales, pero el único varón de los Montgomery, no—. Quiero que vuelvas a reunirte con tus viejas amistades y que no te preocupes por nada. Mis hijos y yo estaremos bien, Doreen. Yo, personalmente, me aseguraré de que sea así… —Tras una breve pausa, murmuró—. Esto es lo que deseo con todo mi corazón, y espero que me lo concedas. Me entristecería mucho enterarme de que estás allí con la mente aquí.
Doreen lo miró largamente, evaluando sus palabras. Sobre todo, intentando asimilar la esperanza que habían despertado en ella de que quizás fuera cierto que ella le importaba de verdad. A pesar de sus esfuerzos por apartarla de su mente y de su corazón, la ilusión de que fuera así se negaba a abandonarla del todo.
—¿Ah, sí? —le preguntó, desafiante—. ¿Y cómo ibas a enterarte, estando a cuatro mil kilómetros?
Porque te quiero con locura, y necesito saberlo todo de ti.
—¿Y eso qué más da? Lo que cuenta es que me enteraré. Así que, mucho cuidado con lo que haces…
Doreen negó con la cabeza y reanudó el camino hacia la cocina.
—Me parece que voy a tener que meterle mano a este asunto… —anunció—. ¡Como descubra quiénes son los que a mí me hacen sonrisitas, y luego, se chivan a ti, van a rodar cabezas!
Los chivatos estaban en el seno de su propia familia y no se dejarían pillar tan fácilmente.
—Pues… ¡Suerte con eso! —exclamó él, con una enorme sonrisa.
_____________________________________________________
©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷
Comentar Ir a Inicio 🔝 Ir a Principal 🔙
CRS-07. Mystic Oaks, 1 (MO 1). Capítulo 13
Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2025/2026
__________________________________________
13
Doreen espió a Robert por el rabillo del ojo. Él estaba acabando de cargar el lavavajillas con los platos, vasos y cubiertos de la comida, aparentemente concentrado en lo que hacía. Sin embargo, había una sospechosa sonrisa en su rostro que delataba que su mente no estaba en la tarea, sino en algún pensamiento grato.
Ni la tarea ni la sonrisa eran inhabituales. Él y sus hijos se implicaban en las tareas de la casa. Como norma general, colaboraban en ellas, ayudando a mantener el orden con iniciativas sencillas como limpiar lo que ensuciaban. Las largas jornadas de trabajo en el rancho dejaban margen para poco más. Pero los domingos, que era el día elegido por los Bryan para dedicar tiempo al ocio y a la familia, no era raro que fueran ellos los que se ocuparan de levantar la mesa después del desayuno o la comida o, incluso, de ordenar la cocina. Desde que el médico le había dado el alta, Robert se implicaba en las tareas domésticas mucho más que antes, puesto que era la única clase de trabajo que tenía permitido hacer.
Y en cuanto a su sonrisa… Era uno de los atributos de Robert, que Doreen más apreciaba. De hecho, era la irresistible combinación de esa mirada cálida con la ternura de sus sonrisas, lo que la había cautivado desde el principio.
Pero, de alguna manera, la de hoy se le antojaba diferente. Más cálida, incluso algo traviesa.
—¿Puedo preguntar qué te está contando el lavavajillas, que te hace sonreír? —preguntó sin poder evitarlo.
Un instante después temió haber dado pie a otra conversación profunda, de la clase que no quería tener con su cuñado. Y, como le sucedía desde que la elegante señora Sommerfield había abierto la caja de los truenos, se sintió culpable por desconfiar de Robert y tratarlo tan mal.
Pero ya estaba hecho.
Él se incorporó un poco al tiempo que la miraba sonriente.
Aquella sonrisa le había calentado la piel, de la cabeza a los pies, como un baño de sol, y, ahora, era la dulzura en sus ojos la que le estaba acariciando el corazón.
Vaya efecto, pensó ella, procurando mantener el tipo.
Ajeno a las intensas sensaciones que provocaba en Doreen, él se explicó.
—Me estaba acordando del primer lavavajillas que tuvimos, de ese día que Ken quiso darte una sorpresa… ¡Y casi te mata del disgusto!
El mayor de los hermanos que, por entonces, tenía seis años, había decidido ayudar a su tía, poniendo la vajilla a lavar en el flamante lavavajillas automático. Por supuesto, sus hermanos menores lo habían acompañado en la aventura. Ken se las había ingeniado incluso para llegar al pequeño mueble colgante, donde Doreen guardaba los productos de limpieza, fuera del alcance de los niños. Había cogido el contenedor de plástico que estaba más a mano y había espolvoreado la vajilla con puñados del polvo blanco que había en él. Era jabón para lavar la ropa.
—¡Había espuma por todas partes! —dijo ella, moviendo la cabeza divertida ante unos recuerdos entrañables de la niñez de los chicos.
—Y Tim se agarraba la cabeza y no dejaba de repetir “¡qué lío!, ¡qué lío!”, mientras Jim, sentado en el suelo, se ahogaba de la risa.
Tim, que, por entonces, tenía cuatro años, apuntaba maneras de convertirse en el hombre serio y responsable que era ahora. Jim, a punto de cumplir los dos, ya había estrenado su talante de payaso. Un aspecto en el que no había cambiado nada veinticuatro años más tarde.
—¡En medio del charco! ¡Me lo quería comer con patatas! ¡Madre mía, tuve que cambiarlo entero, hasta las zapatillas estaban llenas de jabón!
Robert asintió con la cabeza mientras una sonrisa enorme se mostraba en su rostro.
Su sonrisa no solo tenía que ver con los recuerdos, sino con haber constatado que su nueva estrategia estaba funcionando.
Toda una vida juntos daba para infinidad de recuerdos en común. Momentos inolvidables que hablaban de permanencia, de estabilidad familiar, de respeto, y de muchísimo amor. Por más que la naturaleza de ese amor hubiera cambiado con los años hasta convertirse, en su caso, en el profundo sentimiento de un hombre por una mujer que a ella le estaba costando tanto aceptar, seguía siendo el mismo tejido fuerte y duradero que los había conectado desde siempre, uno que ella reconocía y aceptaba de buen grado. Su existencia era por sí misma una garantía de estabilidad. Y no había habido otra época en la que Doreen necesitara sentir ese nexo y esa estabilidad, más que ahora. Si eso era todo lo que él podía ofrecerle en estos momentos, bienvenido fuera. Empezaría por allí y continuaría fortaleciendo ese nexo, construyendo un refugio a su medida, uno tan perfecto del que ella jamás iba a querer marcharse.
—¡Qué peligro tenían esos chicos…! Donde te descuidabas un minuto, hacían cada cosa… —recordó, risueño.
Entonces, por primera vez desde que estaban en la cocina, Robert se permitió un ligerísimo coqueteo. Pulsó el botón de inicio del aparato.
—El lavavajillas cargado y en marcha, unas buenas risas, y el corazón calentito después de desempolvar unos recuerdos entrañables… No te quejarás.
La intensidad de esos ojos tan claros que parecían transparentes hizo estremecer a Robert, quien decidió llamar a retirada antes de estropearlo todo. Sacó de la nevera una botella de refresco y otra de agua, y con ellas en la mano se dirigió a la puerta.
—Voy a ver a Jim —anunció—. Y, de paso, le llevo algo de beber.
Doreen volvió a abrir la nevera, sacó dos sándwiches de jamón y queso, los guardó en una bolsa de plástico para alimentos, y se la tendió con una sonrisa.
—Llévale esto también. Es un comilón, ¿recuerdas? Seguro que ya tiene hambre de nuevo.
Robert se rio al tiempo que asentía con la cabeza.
—Es verdad. Casi mejor, le preparamos una tartera, como cuando iba a la escuela, ¿te acuerdas? ¡La suya era tan grande que parecía una maleta!
—Dios mío, yo venga a meter cosas, que sándwiches, que galletas, que fruta… ¡Pero nunca se llenaba!
—¡Y siempre volvía vacía! —apuntó Robert.
Tras un buen rato de risas, Doreen dijo:
—Llama a Ken y que venga a buscarte. No vayas andando, ¿vale?
Robert sacudió la cabeza entre risueño y enternecido. Sus hijos ya no eran el tema de conversación, sino él y su salud. Tres caminatas diarias, separadas por un mínimo de cuatro horas de descanso, y con un recorrido de no más de cinco kilómetros, entre ida y vuelta, por caminata. Su pauta de tratamiento era estricta y ella se ocupaba de que la cumpliera a rajatabla. Habría preferido no ser nunca un motivo de preocupación para Doreen, pero era agradable sentirse tan cuidado, tan atendido. Muy agradable.
—Tranquila, mujer. No iré andando —repuso con dulzura—. Nos vemos más tarde, ¿de acuerdo?
—De acuerdo. Hasta luego.
Doreen le dio la espalda y volvió a sus tareas. Si seguía bajo el influjo de esa mirada increíblemente tierna un segundo más, acabaría derretida en el suelo, en mitad de la cocina.
* * * * *
Después de que Robert se marchara, Doreen se sentó a la mesa, decidida a aprovechar el rato de tranquilidad para hacer unas llamadas. Chris y Lilly se harían cargo de la cocina, pero había que resolver el tema de la limpieza de la casa y de la ropa mientras ella estuviera de viaje.
Torció el gesto al darse cuenta de lo nerviosa que la ponía aquel asunto. Su preocupación por cómo se las arreglarían Robert y los chicos en su ausencia, crecía imparable. Daba igual lo que se dijera para tranquilizarse. Sin embargo, tenía que alejarse del rancho.
Más concretamente, de Robert. Quería darle tiempo para que él se aclarara con sus supuestos sentimientos, pues creía seriamente que lo necesitaba.
Haberse recuperado del último varapalo, cuando ni siquiera los mismos médicos daban un centavo por su vida, había hecho que Robert valorara otras realidades que a una persona sana solían pasar inadvertidas, como lo efímero de la vida y la importancia de aprovechar cada momento, como si fuera el último, y que, en consecuencia, tomara decisiones trascendentales. Decisiones, como la de vender el rancho de Springfield para poder reunirse con Ken en Nashville, a Doreen le habían parecido de las más inteligentes que Robert había tomado jamás. Sin embargo, la decisión que tenía que ver con ella, la de concederle una importancia en su vida, que estaba segura de que no tenía, le parecía un enorme error. Mucho más, si tenía en cuenta que no eran dos extraños. Los dos llevaban a la espalda un gran bagaje de cosas compartidas: veintiséis años de vivencias y de recuerdos. Veintiséis años de proyectos, y más que estaban por venir. No era extraño que Robert confundiera los sentimientos.
La cuestión era que los sentimientos de Doreen no eran confusos. Estaban meridianamente claros y no habían cambiado. Eran los mismos, desde que sus caminos se habían cruzado por primera vez. Su corazón había sobrevivido a treinta y cuatro años de amar sin ser correspondido, pero ella sabía muy bien que no sobreviviría a una desilusión sentimental. Si permitía que las cosas fueran más allá entre los dos, y, después de haberlo hecho, Robert se daba cuenta de que había confundido sus sentimientos… Eso sería el fin. Ella tendría que abandonar Nashville y regresar a Montana. Y, esta vez, sería para siempre.
Además, también necesitaba disponer de un tiempo para sí misma, para hacerse a la idea de que su vida estaba a punto de cambiar. La menopausia siempre suponía un antes y un después en la vida de una mujer, y ella necesitaba asumirlo y aprender a convivir con los inevitables cambios de humor que la acompañarían durante un tiempo en esta nueva fase. Sobre todo, necesitaba volver a encontrar el equilibrio emocional.
Dejar atrás a este ser insoportable en el que parecía convertirse por momentos.
Y hacerlo, preferentemente, antes de que Robert y los chicos empezaran a odiarla, pensó con ironía.
En aquel momento, el móvil sonó, arrancándola de sus pensamientos.
Hablando de chicos, pensó. Era Tim.
—Dichosos los oídos, sobrino… ¿Qué tal estás, cariño?
Agotado y muy solo, pensó él.
Tim se había alejado de los dos hombres con los que estaba reparando el último tramo de la cerca que unos gamberros habían destrozado la noche anterior y, desde esa perspectiva, el panorama le parecía mucho peor que mientras estaba al pie del cañón, enfrascado en la tarea. Habían perdido un día de trabajo —del trabajo que debían hacer, correspondiente a una programación que ya iba con retraso—, él se había lastimado una mano tensando la alambrada (por suerte, no era su mano dominante), lo cual provocaría aún más retraso, y para colmo de males, se estaba enfrentando a una situación nueva, la de estar completamente solo en la casa y descubrir lo mal que se le daba.
—Bastante menos bien desde que me he enterado de la noticia del día —repuso. Esta vez, no estaba dispuesto a ponerle al mal tiempo buena cara, como hacía siempre.
Todo el mundo parecía andar de puntillas en relación con ese tema. Su padre, por ser quien había agitado el avispero. Ken, porque siempre era neutral en ese asunto. Y Jim, que hasta ahora nunca había sido neutral, por no meter la pata, diciendo o haciendo algo que perjudicara la cruzada romántica de su padre. Alguien tenía que poner un poco de sentido común sobre la mesa.
La reacción de Doreen fue apartar el móvil de la oreja y comprobar con quién estaba hablando. Era Tim, eso ponía la pantalla, pero no parecía él, en absoluto.
—Por lo que veo, la idea te desagrada más que siempre. Pero es lo que hay, cariño. Mi familia vive en Montana. Yo soy de Montana. Para poder pasar tiempo con ellos, tengo que viajar.
La voz de la mujer era dulce y su tono profundamente conciliador. Era lo habitual en ella. Especialmente, cuando trataba con sus sobrinos. Aunque algo no le gustara, Doreen siempre se las arreglaba para que el amor que sentía por ellos fuera la emoción dominante (y no el enfado), incluso cuando los estaba regañando. Era algo que Tim valoraba de manera especial, pero aquel día ni toda la dulzura del mundo conseguiría evitar que él le dijera lo que, en su opinión, necesitaba oír.
—Lo que me disgusta no es que quieras ver a tu familia, faltaría más, sino que siempre seas tú la que viaja. Lo paso mal cuando no estás, sé que a ti te sucede lo mismo, y creo que estaría muy bien que, de vez en cuando, fuera el tío Frank quien recorriera la distancia que lo separa de ti. Para variar.
La angustia, que había estado haciendo de las suyas desde que Tim había pronunciado la primera palabra, obligó a Doreen a permanecer en silencio. Sabía que, como intentara decir algo, se echaría a llorar.
Tim continuó, decidido.
—Todo el mundo pasa por momentos en los que desearía estar en cualquier otra parte, menos donde está. Imagino que tú estás pasando por uno de esos momentos ahora…
Doreen se sobrepuso a la angustia porque lo que estaba oyendo empezaba a molestarla. Cuáles fueran sus motivos para marcharse, era algo que no le incumbía a nadie más que a ella.
—No te ofendas, Tim —lo interrumpió—, pero tú no tienes la menor idea de por qué clase de momento yo puedo estar, o no estar, pasando. Eres un gran chico, y sé que la intención que te mueve es buena, que te preocupas por mí y te lo agradezco mucho. Pero estaría bien que recordaras que es mi decisión y que no está abierta a debate.
Tim asintió con la cabeza varias veces mientras intentaba encajar el golpe. Adoraba a esa mujer. La admiraba profundamente. Su llamado de atención le dolía de manera especial, puesto que sabía que, esta vez, no tenía razón. Era ella quien estaba equivocada.
—¿Sabes? Quizás parte de tu error en todo esto, sea, precisamente, que cuando nos miras, a mí y a mis hermanos, sigues viendo a unos chicos. Pero ya somos adultos, Doreen. Eso quiere decir que vemos, oímos, y entendemos, a pesar de que, por respeto, nos mantengamos al margen de lo que está sucediendo entre papá y tú.
Doreen contuvo el aliento. La idea de que sus sobrinos estuvieran al tanto de todo, la dejó en blanco por un instante. Obviamente, era consciente de que el momento bochornoso en el restaurante con April Sommerfield no les había pasado inadvertido, pero había querido creer que eso había sido todo: unos comentarios fuera de lugar que habían dado lugar a un momento incómodo, y nada más.
De repente, empezó a sudar y un instante después, el sofoco que estaba sufriendo se manifestó en todo su esplendor, obligándola a quitarse la rebeca y a desabrocharse los tres primeros botones de su camisa. Le corrían las gotas de sudor por todas partes: la frente, las mejillas, las axilas, el pecho… Estaba ardiendo viva. Se levantó, abrió las ventanas de par en par y respiró profundamente, tomándose unos instantes para serenarse.
Al fin, volvió a hablar.
—Entre vuestro padre y yo no está sucediendo nada que sea de vuestra incumbencia —aseguró—. Y, si alguna vez consideramos que lo es, seréis los primeros en saberlo.
Tim sintió que le ardía la cara. Miró a otra parte, incómodo como pocas veces recordaba haberlo estado. Pero aún no había acabado de ser sincero. De modo que, respiró hondo y volvió a la carga.
—No es mi intención meter mis narices en tus asuntos, tía, pero convengamos en que hay una razón para que, de buenas a primeras, decidas irte a Montana. O sea, para que quieras estar en cualquier otro lugar, menos donde estás. Pero… —Tim hizo una pausa. Rebuscó en su cerebro la forma de decir lo que debía decir, de la forma más suave posible—. Cuando eres adulto, tienes que hacer lo que tienes que hacer. Eres la personificación del sentido común, así que no hace falta que te diga que este no es el momento de irte, sino el de quedarte y arrimar el hombro, ¿verdad? Tu familia de Montana seguirá estando allí en enero y, por entonces, para nosotros, tu familia de Nashville, ya habrá pasado lo más duro del traslado.
El silencio al otro lado de la línea fue largo y doloroso para Tim. Le pesaba tanto contrariarla…
Respiró hondo y su voz sonó mucho más suave, cuando dijo:
—Te quiero, Doreen, y te admiro muchísimo. Por eso mismo, no puedo pasar de puntillas por este tema. Creo que te estás equivocando con esta decisión. Y que cuando te des cuenta de ello, y no tardarás nada en hacerlo, te vas a arrepentir de haberla tomado, y vas a sufrir muchísimo. Así que… Prefiero arriesgarme a que te enojes conmigo ahora, y me envíes a freír espárragos, a callarme lo que pienso y dejar que metas la pata sin hacer nada al respecto.
Doreen respiró profundamente en un intento vano de mantener a raya las turbulentas emociones que la agitaban.
Toda su preocupación y todo su persistente sentimiento de culpa, perfectamente resumidos en apenas un puñado de palabras, pensó.
Y apretó los párpados, cuando la angustia se transformó en lágrimas, y estas empezaron a rodar por sus mejillas.
* * * * *
Usando la supersilla de ruedas a modo de biplaza, Chris y Lilly se habían internado en el bosque, acompañadas de Sultán. Para evitar que volviera a escaparse, Lilly había atado un extremo de la correa a la silla de ruedas y el cachorro no dejaba de mordisquearla, intentando liberarse.
Al cabo de un rato, se detuvieron a la sombra y se refrescaron con la cantimplora de agua. Lilly estaba muy excitada ante la idea de quedarse en Nashville un tiempo más. No dejaba de hacer planes sobre los platos que prepararía en ausencia de Doreen y de los lugares que visitaría. Incluso había empezado a desgranar, tímidamente, parte de sus planes laborales inmediatos, mencionando que, cuando le dieran el alta médica, estaría bien ofrecerse de pinche en algún restaurante u hotel importante, para ir ganando experiencia.
Chris no estaba acostumbrada a planear a espaldas de Lilly. Siempre lo hacían todo juntas y, aunque hacía apenas unas horas, que había admitido en voz alta ante Ken su decisión de quedarse en Nashville, se sentía mal por ello. Su hermana siempre había sido la primera en saberlo todo.
—A ver, Lilly, tenemos que hablar… —dijo más abruptamente de lo que esperaba, algo de lo que solo se dio cuenta al ver que Lilly se sobresaltaba—. Perdona… He pensado en voz alta…
Ella primero sonrió, pero enseguida arrugó la frente.
—¿Está todo bien…?
—Sí, sí… Es que el fin de semana fue tan intenso, que apenas hemos podido hablar sobre el viaje de Jamie.
—¿Y qué hay que decir, aparte de que el plan de Bella de distraerlo con Sue no salió para nada como ella esperaba? —repuso, riéndose al recordarlo.
Chris asintió con la cabeza riendo.
—Fue muy cómico, la verdad… Verás, Lilly, Jamie vino por vernos, pero también por motivos profesionales. Mis vacaciones se acaban y necesita saber a qué atenerse.
—Ya…
Chris tomó las manos de su hermana y las sostuvo entre las suyas.
—He decidido no regresar a Canadá por el momento. Me gustaría quedarme en Nashville… Me refiero a después de que acabe mi rehabilitación. En otras épocas, habrías tenido que seguirme, fuera donde fuera… Pero ya no eres una niña. No puedo arrastrarte conmigo… Siempre quiero tenerte a mi lado, ya lo sabes. Pero también quiero que seas libre de tomar las decisiones que más te convengan, que viajes y estudies donde quieras, y conozcas mundo…
—Quiero quedarme aquí, contigo —la interrumpió Lilly, decidida.
Chris le ofreció una sonrisa cargada de emoción, pero también de dudas. Lo último que deseaba era que el gran apego que tenían la una por la otra, hiciera que su hermana tomara una decisión equivocada.
—¿Seguro?
La muchacha asintió enfáticamente.
—Me encanta esto… —explicó al tiempo que recorría con ojos ilusionados el hermoso paraje que las rodeaba, donde los robles centenarios que daban nombre a la finca, convivían con los arces, los cornejos y los álamos amarillos—. Me encanta esta familia, son todos tan especiales… Y me requetencanta Nashville. Será famosa por la música, pero si miras alrededor, ves arte y creatividad por todas partes… En unos meses, podré volver a la cocina de El Barracuda y me encantaría no ser la novata del staff otra vez… Quiero poder aportar algo de experiencia… ¡Aunque sea la de haber estado pelando patatas en alguna cocina importante! Sí, estoy segura, Chris. Muy segura.
Chris soltó un suspiro aliviado y sonrió.
—¡Ay, cariño, qué bien! ¡Entonces, nos quedaremos aquí!
Tiró de las manos de Lilly, y las hermanas se fundieron en un abrazo que duró un buen rato. Sultán, ni corto ni perezoso, aprovechó para saltar al regazo de su humana favorita, y contribuir al momento de cariño con generosos lametazos.
—Hay otra cosa que quiero que hablemos —dijo Chris al cabo de un rato—. A Ken le gustaría que nos mudáramos al edificio principal…
La mirada de Lilly se tornó pícara.
—Dirás que tú te mudes… ¿Vais a vivir juntos? —preguntó con los ojos brillantes de ilusión.
Chris sonrió y, mientras acariciaba a Sultán, dejó que su mirada se perdiera en la naturaleza silvestre que las rodeaba. Estrictamente hablando, la respuesta era no. No se trataba de una propuesta de esa clase. De hecho, ni siquiera era una propuesta. Más bien, de algo que había devenido de forma tan natural, que caía por su propio peso.
—Nada de lo que sucede entre Ken y yo se puede encuadrar en una definición al uso, Lilly… A lo mejor, me equivoco, pero tengo la sensación de que nunca seremos él y yo solos, «viviendo juntos». Sino más bien, él y yo, adaptándonos a lo que requieren las circunstancias, a lo que necesitamos en un momento dado… Y me gusta mucho que sea así. Ken viaja constantemente. Está fuera más de la mitad de la semana y en cuanto yo me incorpore al trabajo, habrá más cosas a tener en cuenta, a la hora de cuadrar nuestras respectivas agendas para poder estar juntos. Me parece de lo más normal que él ya no quiera guardar unas apariencias en las que ninguno de los dos creemos, porque a mí tampoco me apetece guardarlas por más tiempo… Así que, lo que tú llamas «vivir juntos», nosotros lo llamamos ser lo más felices posible —y coronó su alegato con una sonrisa tridimensional.
—Si tú eres feliz, ¡yo soy megafeliz, Chris! Y ya que tienes tanta influencia sobre la superestrella de la música, Ken Bryan, ¿qué tal si le propones mudarnos a la última planta? —dijo, haciéndole ojitos.
Chris no había estado allí, pero sabía por Ken que era la más acogedora de la casa. No obstante, a priori, le encontraba una gran desventaja.
—Claro, ¿y cómo voy hasta allí? ¿A gatas?
Lilly hizo una pedorreta.
—Vaya pregunta… ¡En los brazos de tu príncipe azul! ¿Para qué lo tienes, si no?
Chris se rio a carcajadas durante un buen rato. Ambas lo hicieron. Lilly lo atribuyó a su broma.
Pero no era así.
En realidad, la culpa la tenía el lado travieso de Chris, que había plantado en mitad de su mente la imagen de Ken con un ataque de lumbago al cabo de tres días llevando en brazos a su princesa XXL, escaleras arriba.
_____________________________________________________
©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷
Comentar Ir a Inicio 🔝 Ir a Principal 🔙
CRS-07. Mystic Oaks, 1 (MO 1). Capítulo 14
Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2025/2026
__________________________________________
14
La angustia iba de la mano con la rabia y Doreen no tenía claro si la forma en que se sentía formaba parte del proceso de la menopausia, que exacerbaba sus emociones o, simple y llanamente, era consecuencia de su reacción habitual ante la injusticia.
«Eres la personificación del sentido común, así que no hace falta que te diga que este no es el momento de irte, sino el de quedarte y arrimar el hombro, ¿verdad?».
Las palabras de Tim no dejaban de resonar en su cabeza, añadiendo más y más indignación a lo que ya, de por sí, le parecía todo un atrevimiento por su parte.
Arrimar el hombro. ¿Acaso no es lo que vengo haciendo desde hace veintiséis años?
Se secó las lágrimas con torpeza y respiró profundamente antes de responder:
—Muy bien, sobrino. Ya me has dicho lo que opinas sobre mi decisión, una opinión que no te he pedido, por cierto, y me doy por informada. Ahora ya puedes dormir tranquilo porque me has avisado y el que avisa no es traidor, ¿cierto? Tú tienes muchísimo que hacer en Springfield y yo también aquí, en Nashville, así que voy a colgar. Hasta luego, Tim
Doreen cortó la comunicación sin darle ocasión a su sobrino de añadir nada más, consciente de que la angustia se había evaporado, y ahora todo lo que quedaba en ella era una rabia descomunal.
En Springfield, Tim negó con la cabeza.
Mierda.
La reacción de Doreen no había sido la esperada. Las personas sensatas agradecían cuando alguien de cuyo juicio se fiaban, le señalaba un posible error, y ella lo era. Habría podido entender que se disgustara por su intromisión en un asunto de índole personal. Pero no se trataba de eso. Había sido displicente y mordaz. No era su proceder habitual y eso lo confundía. Se preguntó si estaría sucediendo algo más en la vida de Doreen Montgomery, que los Bryan ignoraban. Algo más, aparte de lo que se estaba cociendo entre su padre y ella. No se le ocurría qué podía ser, pero era una posibilidad a tener en cuenta. Sin embargo, en tal caso, ¿por qué no lo había compartido con ellos? Eran su familia.
Volvió a negar con la cabeza. Lo que sucedía estaba claro. Doreen se sentía bajo fuego cruzado y, como la alternativa de hacer frente a la situación no le gustaba un pelo, había optado por una vía de escape: poner tiempo y distancia entre la situación y ella. No había nada que objetar en que la mujer no se sintiera preparada para vérselas con un asunto que, sin duda, iba a tener muchas repercusiones. Incluso estaba dispuesto a admitir que, en otras circunstancias, alejarse, quizás, facilitaría algo las cosas, permitiendo que los ánimos se enfriaran un poco. El problema era que, en estas circunstancias, su decisión dejaba a toda la familia con el trasero al aire en el peor momento posible y, como parte directamente implicada, no le parecía nada bien.
Si eres miembro de una familia unida, ellos cuentan contigo, igual que tú cuentas con ellos. Ninguno puede desentenderse, sin más. Da igual cuáles sean las razones.
Guardó el móvil en el bolsillo trasero de sus vaqueros y volvió a ponerse los guantes de trabajo. Había tenido que coger un par nuevo y todavía no se habían amoldado a sus manos. Hizo un gesto de dolor cuando el grueso tejido rozó la venda que protegía los puntos de sutura adhesiva en la eminencia tenar de su mano izquierda, recordándole que, además de todas las cosas que se habían torcido aquel día, también estaba la maldita herida. No era grande ni muy profunda, pero Logan, su capataz, se la había suturado por precaución. Estaba localizada en la palma, entre el índice y el pulgar, y, de otra forma, se abriría constantemente al menor esfuerzo que hiciera con la mano.
Y le quedaban muchos esfuerzos por hacer antes de que la actividad de la finca se trasladara definitivamente a Nashville… Una vez allí, tendría que seguir esforzándose, puesto que su familia contaba con él. De modo que, largarse a una playa del Caribe y tumbarse en una hamaca a la bartola, que era lo que en verdad el cuerpo le estaba pidiendo a gritos, no era una opción.
Desventajas de ser una persona seria y responsable.
* * * * *
Después de esperar a que Jim acabara de labrar el sector en el que estaba trabajando, Robert y sus hijos habían aprovechado la única sombra disponible para reunirse a conversar; la que les ofrecía el tractor. Robert se había sentado en el peldaño mientras Ken y Jim permanecían de pie, apoyados contra el chasis del enorme vehículo. Noah y River habían estado correteando por la zona abonada, revolcándose en la tierra removida, pero, desde hacía un rato, estaban echados junto a su amo, aprovechando la escasa sombra disponible. A veces, se levantaban para ir a beber copiosamente del contenedor que Ken había llenado hasta arriba de agua y luego, volvían a su sitio.
Jim se quejaba de que la búsqueda de personal estaba yendo mucho más lenta de lo esperado. Había recibido dos llamadas, pero, por el momento, ninguna había cristalizado en una entrevista.
—Es pronto todavía, Jim. Estas cosas llevan tiempo —dijo Robert.
—Un tiempo que no tenemos —puntualizó él, y añadió—: Somos nuevos en la región, ese es el problema. Y eso no va a cambiar hasta que vean que entramos en producción… Es eso, o dejar caer tu nombre, chaval —dijo, dirigiéndole una mirada significativa a la estrella de la familia.
Ken descartó la idea.
—La propiedad de esta finca no es ningún secreto, pero si hacerla funcionar va a depender de poner mi nombre en el cartel de la entrada, vamos mal. Además, ¿queremos contratar gente que necesite ese tipo de reclamos para mostrar algún interés por unirse al proyecto? ¿Qué garantiza mi nombre? Si fuera ranchero, lo entendería, pero soy músico.
—¿Estás de guasa? Garantiza la pasta, hermano. ¿Te parece poco?
Ken intercambió miradas con su padre. Sabía que él comprendía por qué utilizarlo como reclamo no era una buena idea.
—Los comienzos de algo son muy importantes, Jim —dijo Ken—. Sé que para ti, soy demasiado sensible, y la mayor parte de lo que hago, te suena a chino, pero fíate de mí en esto. Si un posible candidato necesita saber que yo aparezco en el guión de esta historia para interesarse por él, entonces, no es un buen candidato. No es el tipo de persona que queremos trabajando en este proyecto.
Jim suspiró. Se llevó a la boca el último trozo de su sándwich de jamón y queso, y masticó en silencio.
—Vamos a darle unos días antes de empezar a desesperarnos —volvió a intervenir Ken.
—¿Y después, qué? Porque te recuerdo que el hecho de que yo esté aquí, deja la fuerza de trabajo bajo mínimos en Springfield —puntualizó Jim, aprovechando la ocasión de manifestar su total desacuerdo con el tema una vez más.
En aquel momento, sonó el móvil de Robert, que sonrió al ver de quien se trataba.
—Hablando de Springfield —anunció antes de responder—: ¿Qué tal, Tim?
—Bien, bien… Mira, te llamo porque estuve hablando con la tía sobre su viaje a Montana… —Suspiró—. Le he dado vueltas al tema desde que me enteré y, la verdad, papá, que haya decidido irse ahora, cuando todos estamos trabajando a destajo y contra reloj, me parece un disparate. Y antes de que me digas nada, no tiene que ver con la historia de siempre, sino con el momento. Necesitamos a la tía en casa. Necesitamos su cabeza fría, sus ideas, su calma, y su capacidad de organización. Sin ella, estos meses van a ser una locura, y todos estamos ya muy agobiados. Honestamente, papá, no creo que podamos permitirnos seguir tensando la cuerda… Y como no se me da nada bien ocultar lo que pienso, decidí ser franco con ella.
La sonrisa inicial fue desapareciendo gradualmente del rostro de Robert mientras escuchaba a su hijo mediano.
—¿Que has hecho qué? —dijo Robert.
El tono de contrariedad fue tal que Ken y Jim, que habían seguido conversando, se volvieron a mirarlo.
Robert los tranquilizó con un gesto y se alejó varios metros. Quería que la conversación fuera privada pues su indignación era grande y no deseaba dejar a Tim en evidencia frente a sus hermanos.
Sin embargo, el simple hecho de haberse alejado fue suficiente para que Ken y Jim se dieran cuenta de que el asunto era tan serio como su tono había dado a entender.
Intercambiaron miradas preocupadas y en cuanto Robert estuvo lo bastante lejos para oírlo, Jim dijo en voz baja:
—Tim estaba muy quemado esta mañana cuando lo llamé para contarle que la tía se va de viaje. Y ya sabes cómo las gasta cuando se sulfura. No sé por qué me da que está a punto de desatarse una tormenta de tres pares de narices, hermano…
—¿Otra más? Joder, tío —murmuró Ken, preocupado, espiando a su padre por el costado del hombro de Jim. El lenguaje corporal de Robert Bryan le confirmó que su hermano estaba en lo cierto.
En efecto, a diez metros de donde se hallaban Ken y Jim, las cosas se estaban poniendo tensas entre padre e hijo. La indignación que Robert sentía, lo estaba haciendo sudar mucho más que las temperaturas inusualmente altas de aquella tarde de octubre. Sin embargo, el sentimiento dominante en él era la preocupación. La etapa por la que Doreen estaba pasando, de la que sus hijos no sabían una palabra, la volvía muy voluble, emocionalmente hablando. A saber cómo estaba, después de su conversación con Tim.
—¿Cuándo has hablado con ella?
Tim arrugó el ceño. ¿Y eso qué más daba? Al fin, estiró el brazo de su mano lesionada y consultó su reloj de muñeca. Estaba viviendo un día interminable, así que no estaba seguro de cuándo había hecho nada.
—No lo sé… Calculo que hará una hora y pico.
—Y me llamas ahora —apuntó Robert, contrariado.
Las cejas de Tim formaron dos arcos perfectos coronando unos ojos cargados de asombro.
«Sí, es que me he entretenido jugando a los videojuegos y se me ha pasado llamarte», pensó con ironía.
—Quiero que lo sepas por mí… No porque me arrepienta o me sienta mal al respecto. Obviamente, no fue agradable, pero alguien tenía que decírselo, y está claro que ni tú ni mis hermanos ibais a hacerlo.
Dicho lo cual, Tim guardó silencio.
Robert estaba perplejo. Era Tim a quien tenía al teléfono, pero no le cabía en la cabeza que alguien medido y sensato como él, hubiera hecho algo semejante.
—Vamos a ver, Tim, ¿quién eres tú para decirle a tu tía lo que debe o no debe hacer? —Robert exhaló el aire por la nariz ruidosamente—. Mira, no sé qué se te ha podido cruzar por la cabeza para hacer algo semejante, y ya hablaremos largo y tendido sobre esto cuando vengas, el viernes, pero desde ya te digo que te has pasado mucho de la raya y quiero que vayas pensando en una buena disculpa. Una que esté a la altura de la metedura de pata monumental que acabas de hacer. Tu tía no se merece lo que le has dicho, Tim. Lleva toda la vida al pie del cañón, cuidándonos y desviviéndose por nosotros, y si necesita volver con los suyos ahora…
—Papá, no se trata de merecimientos —lo interrumpió Tim, con suavidad—. Nadie está cuestionando su libertad de ir a ver a los Montgomery cuando quiera, pero…
—Primero, no me interrumpas cuando estoy hablando —espetó Robert.
En el rancho de Springfield, Tim bajó la cabeza, incómodo por el llamado de atención, y se mordió la lengua.
—Y segundo, claro que la estás cuestionando. Si realmente creyeras que Doreen es libre de marcharse cuando quiera, no le habrías dicho que ahora no es un buen momento para hacerlo. En eso, precisamente, consiste no cuestionar a alguien, Tim. En ser consciente de que no podía haber elegido un momento peor para marcharse, y, aún así, guardártelo para ti y desearle buen viaje.
Tim discrepaba con su padre. Totalmente. Más aún, se preguntaba qué habría sucedido si, en vez de ser Doreen quien decidiera irse de viaje, hubiera sido él. ¿Tampoco habría «cuestionado» su decisión? Por supuesto que sí. Habría sido el primero en decirle que se dejara de memeces y eligiera otro momento para largarse. Y con razón.
—No estoy de acuerdo. Y no voy a decirte lo contrario por congraciarme contigo o para que no te enfades más de lo que estás… Solo he llamado para contártelo, pero ahora tengo que volver al trabajo… Y supongo que tú tienes que decidir cómo vas a manejar este asunto con la tía… Así que creo que lo mejor será seguir con esta conversación el viernes, cara a cara. ¿Te parece bien, papá?
Robert respiró hondo. Su indignación aumentaba cada minuto que pasaba. Tanto como su preocupación al pensar en cómo se habría tomado Doreen el momento de sinceridad de su sobrino. Sin embargo y, a pesar de su enfado, tuvo que reconocer que no podía culpar a Tim por decir lo que pensaba. La sinceridad era algo que les había inculcado a sus hijos desde pequeños.
—Sí, supongo que será lo mejor.
Después de una fría despedida con Tim, Robert regresó junto a Ken y Jim.
—Ha surgido un imprevisto y necesito volver a la casa. ¿Me llevas, Ken?
Los hermanos intercambiaron miradas. Ambos pensaban lo mismo: una nueva tormenta azotaba el antes tranquilo mundo de los Bryan. La segunda en veinticuatro horas.
—Claro, papá, vamos. Vosotros quedaos aquí —les dijo a los perros que ya se habían incorporado y movían la cola, dispuestos a emplear su inagotable energía de cachorros en una nueva aventura—. Enseguida vuelvo, Jim. ¿Quieres que te traiga algo?
Él agitó la bolsa para alimentos vacía.
—¿Otro sándwich? Ya puestos, mejor que sean dos —dijo sonriendo.
Pero solo Ken festejó la broma. Robert continuó andando hacia donde estaba aparcada la furgoneta, y ni siquiera alzó la vista del suelo que pisaba.
* * * * *
Ken miró a su padre que, en el asiento del copiloto iba en silencio, mirando por la ventanilla. Su contrariedad era evidente.
—Tim habló con la tía sobre lo de Montana, ¿no? —dijo, tentativamente.
Robert regresó de su ensimismamiento con un suspiro.
—Así es.
No abundó en el tema, y que no lo hiciera fue un signo muy claro para Ken de que el asunto le molestaba tanto, como que fuera Tim el Bryan implicado en él.
—Está desbordado, papá. Los dos lo están. Y no es de ahora. Por eso me he puesto tan cabezón con el tema de adelantar las contrataciones de personal.
Robert volvió la cabeza y miró a Ken con interrogación en la mirada.
—¿A qué te refieres con que no es de ahora?
—Entre tus problemas cardíacos y los míos con las adicciones, les hemos puesto las cosas muy difíciles a Tim y a Jim. No es solo una cuestión del nivel de trabajo físico que llevan cargando a sus espaldas desde hace años, es también la sensación de que no les da la vida para hacer nada más.
—¿Eso te han dicho?
—Qué va. Ninguno de los dos me ha dicho jamás una palabra. Ni lo van a hacer, de eso, estoy seguro. Pero sé muy bien lo que significa vivir por encima de tus posibilidades físicas y anímicas, porque así ha sido mi vida durante mucho tiempo. ¿Cuándo fue la última vez que alguno de los dos se tomó unos días libres? ¿Tú te acuerdas? Porque yo no.
Robert apretó los párpados. Él tampoco lo recordaba, y no haber caído en la cuenta de lo que sus hijos estaban pasando, le parecía un fallo enorme por su parte.
Ken dudó si decirle lo que pensaba sobre el asunto que se traían entre manos. Sabía que Doreen estaba muy preocupada por todo lo que implicaba su viaje. Tanto era así, que le había pedido ayuda a él para dejar todas las tareas familiares que estaban bajo su responsabilidad lo más controladas posible. Eso era algo que, naturalmente, no podía confiarle a su padre, puesto que le había prometido a Doreen que no lo haría. No quería ser desleal hacia ella, pero tampoco podía serlo con sus hermanos. En última instancia, eran ellos los que estaban soportando todo el peso del traslado de Springfield a Nashville.
—Por si sirve de algo, entiendo perfectamente que la tía necesite cambiar de aires un tiempo, y voy a poner todo de mi parte para que lo pase fenomenal en Montana, y no tenga que preocuparse por nada de lo que suceda aquí mientras tanto… Pero, entre tú y yo, papá, este es un momento pésimo para que se vaya.
Lo era. Desde luego que sí, pensó Robert, que sacudió la cabeza, y permaneció en silencio.
_____________________________________________________
©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷
Comentar Ir a Inicio 🔝 Ir a Principal 🔙
CRS-07. Mystic Oaks, 1 (MO 1). Capítulo 15
Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2025/2026
__________________________________________
15
«Pues, aquí no estás y eso es una malísima señal», pensó Robert al entrar en la cocina y no ver ni rastro de su cuñada. Intentó tranquilizarse pensando que quizás estuviera en el baño o hubiera ido a su dormitorio a buscar algo, pero, en el fondo de su ser, intuía que no era así. Todo estaba demasiado ordenado, las sillas perfectamente puestas en su sitio y la mesa despejada, con el enorme jarrón, generosamente adornado con flores frescas, en su centro.
Ken, que había acompañado a su padre hasta la cocina para coger más avituallamiento para Jim, notó su preocupación. Apenas había dado un par de pasos y se había detenido como si estuviera dudando sobre qué hacer a continuación. Podía entenderlo. Doreen adoraba hacer cosas en la cocina, era su lugar preferido de la casa y la usaba incluso para organizar su agenda, sentada a la mesa con un buen café recién hecho. Que ella no estuviera allí era por sí mismo todo un mensaje.
—¿Crees que con un par de sándwiches tendrá suficiente?
Robert salió de su abstracción y miró a su hijo que estaba de pie frente a la nevera, husmeando en su interior.
—¿Suficiente? Dudo que exista esa palabra en el diccionario de Jim. Al menos, en lo que concierne a la comida. Yo de ti, le llevaría también algo de fruta y quizás, unas galletas saladas. Y ya puestos, un termo pequeño con café —repuso, y acabó riéndose de su propia recomendación en un intento de no parecer tan preocupado.
—Sí, tienes razón. Más vale que sobre y no que falte.
Ken enseguida se puso a la tarea. Fue seleccionando los distintos alimentos y poniéndolos sobre la mesada de madera, excepto los dos sándwiches, a los que previamente puso dentro una bolsa de alimentos. Robert sacó una gran bolsa con asas de uno de los cajones y, mientras guardaba las tres piezas de fruta, las galletas y los sándwiches, Ken enjuagó un pequeño termo de medio litro de capacidad, lo secó, y vertió en él el café que quedaba en la jarra.
—¿Te ocupas tú de hacer más? —le preguntó a su padre.
—Sí, deja la jarra ahí mismo, que yo la lavaré y prepararé más café —repuso Robert, tendiéndole la bolsa con asas.
Intercambiaron miradas y Ken esbozó una sonrisa.
—Ánimo, papá —dijo, y tras darle una palmada en el hombro, se marchó.
Desde luego, lo necesitaba, pensó Robert al tiempo que asentía con la cabeza. Su hijo ya no estaba en la cocina y, dado que nadie podía verlo ni oírlo, suspiró.
—Ay, Doreen... Qué preocupado me tienes —musitó
En un nuevo intento de tranquilizarse, pensó que quizás ella estaría en la biblioteca. A veces, la usaba a modo de salón para tenderse en uno de sus cómodos sofás a leer, como hacía cuando estaban en Springfield.
Tampoco hubo suerte en la biblioteca: estaba desierta.
Respiró hondo y siguió esforzándose por no sacar las cosas de quicio. Últimamente, todo lo que tenía que ver con Doreen lo afectaba muchísimo, y eso no obraba en su favor, en absoluto.
La conversación que Tim había mantenido con su tía no podía haber sido un plato de gusto para ella, eso lo tenía claro. Sin embargo, Doreen conocía a Tim muy bien. Sabía que era el único de los tres hermanos que no se andaba con rodeos a la hora de ser franco, en especial, sobre asuntos que afectaban directamente a la vida familiar. Tim era de pocas palabras, —comparado con sus hermanos, era mudo—, pero cuando abría la boca para decir algo, no dejaba a nadie indiferente. Y normalmente, eran asuntos familiares los que le hacían aparcar su habitual reserva, e intervenir.
Y, esta vez, su hijo mediano se había servido ración doble de verborrea.
Robert sacudió la cabeza, contrariado.
Qué difícil era mantenerse ecuánime. Entendía a Doreen, de hecho, sabía que él era una de las razones por las que quería alejarse un tiempo de Nashville, y se sentía culpable por ello. Pero también entendía a Tim. La familia era el centro de su vida y su compromiso con ella era total. La decisión de Doreen chocaba frontalmente con los intereses familiares y, ahora, que pensaba en ello, comprendía que era de cajón que Tim hiciera algo al respecto.
Respiró hondo y consideró, por un instante, si lo mejor no era dejar estar el asunto. Intentó pensar qué habría hecho en otras épocas ante una situación semejante, pero al fin lo descartó. No eran otras épocas, eran estas. Estaba enamorado de Doreen y ella siempre tendría el corazón dividido entre los Bryan y su familia de sangre. Por lo tanto, él siempre estaría en medio, intentando amortiguar los efectos que sus decisiones tuvieran sobre sus hijos y sobre la familia. Fingir que no estaba al tanto de nada, no era una opción. Lo que debía hacer era aprender a navegar en aguas turbulentas. Y cuanto antes lo hiciera, mejor.
Decidido, abandonó la biblioteca y se dirigió a la habitación de Doreen.
Cuando estaba atravesando el hall, oyó el sonido de un motor. Se detuvo y miró hacia la puerta de entrada de la casa. A través de los vitrales, le pareció ver la silueta de un sedán detenido al final de la explanada.
Robert se dirigió hacia allí, intrigado. ¿Esperaban a alguien? Nadie había comentado nada al respecto.
Cuando abrió la puerta de vitrales, un hombre desconocido estaba subiendo los escalones de piedra. Tenía alrededor de cuarenta años. Vestía pantalones oscuros y una camisa blanca de mangas cortas.
—Buenas tardes —lo saludó—. ¿Puedo ayudarle en algo?
—Buenas tardes. Sí, gracias... Vengo a recoger a la señora Doreen Montgomery. ¿Es aquí? Ha pedido un taxi —repuso el hombre.
El maltrecho corazón de Robert pasó del azoramiento a la desesperación. ¿Se marchaba? ¿Dónde? ¿Y por qué había pedido un taxi habiendo dos vehículos disponibles en la casa?
A medida que su mente iba uniendo los puntos, su corazón se desbocaba más y más.
¿Acaso su enfado era tal, que pensaba irse sin despedirse siquiera?
Por el amor de Dios, Doreen...
* * * * *
Robert respiró profundamente e intentó recuperar la compostura. El taxista lo miraba, esperando una respuesta. Seguramente, se estaría preguntando si él había entrado en trance o algo semejante.
—Claro, es aquí…
Dudó lo que hacer a continuación. Si la vivienda contara con un porche, le habría pedido al hombre que tomara asiento, pero el bendito museo en el que ahora vivía, tenía de todo, menos un porche.
—Voy a avisar a Doreen que su taxi ha llegado. Pase, por favor.
Como si el hombre hubiera estado leyendo los pensamientos de Robert, mostró sus manos en un gesto amable y dijo:
—No se preocupe. Puedo esperar aquí fuera…
Robert negó con la cabeza, decidido. En su casa, eso no era una opción, se hallara en Nashville o en el fin del mundo.
—Faltaría más. Por favor, entre un momento. —Guio al taxista hasta la fuente que había en el hall—. Enseguida vuelvo —anunció, antes de desviarse por el pasillo de la derecha.
La distancia que conducía hasta las habitaciones le pareció mucho más grande que nunca. Su corazón iba tan desbocado como su mente, daba igual lo que se dijera a sí mismo intentando serenarse. Había un pensamiento que no dejaba de resonar: «no puedo creer que me dejes y te vayas así». Uno al que no tenía ningún derecho, y que, sin embargo, no conseguía acallar.
Se detuvo frente al dormitorio de Doreen y golpeó dos veces.
No obtuvo respuesta y volvió a golpear.
—¿Doreen? ¿Estás ahí?
Nada.
La preocupación de Robert se disparó. Posó su mano temblorosa sobre la maneta, y abrió la puerta.
—Soy yo. Voy a entrar. Espero que estés presentable… —se permitió bromear, a pesar de tener un nudo en el estómago.
Avanzó un par de pasos hacia el interior de la habitación y miró alrededor.
Doreen no estaba a la vista, pero había un desorden inusual en la estancia. Sintió un escalofrío al ver las dos maletas de pie, una junta a la otra, en el hueco libre que quedaba entre la mesilla de noche y el tocador. Había contenedores transparentes llenos de ropa, apilados junto al armario, prendas de abrigo sobre el respaldo de ambos sillones, y varios pares de calzados, en sus respectivas bolsas para viaje, en el suelo, junto a los contenedores de ropa. Notó que, aunque la cama estaba hecha, el cubrecamas estaba arrugado, como si ella hubiera estado acostada allí.
Con alivio, cayó en la cuenta de que Doreen ni siquiera había empezado a hacer las maletas, de modo que no podía haber pedido el taxi para ir al aeropuerto.
El alivio, sin embargo, duró menos de un segundo, lo que tardó en aparecer en su mente, la siguiente pregunta.
¿Y entonces, para qué lo has pedido?
Se le secó la boca de repente.
—¿Doreen? —volvió a llamarla.
—Aquí… —oyó que ella respondía.
La voz había sonado apagada, muy tenue. Provenía del baño, situado al lado opuesto que él había estado mirando.
A Robert le faltó tiempo para correr hacia allí. La puerta estaba entornada y la empujó hasta abrirla del todo.
Contuvo la respiración al ver a Doreen de rodillas en el suelo. Estaba de frente al inodoro, pero no lo estaba usando. Su espalda se doblaba hacia delante en un claro signo de dolor y parecía sostenerse el vientre con un brazo.
—¡Doreen! —exclamó en cuanto recuperó el habla. De dos zancadas se situó junto a ella y la tomó por los hombros. Pero ella tenía la cabeza gacha y su largo flequillo hacía las veces de cortina, impidiéndole ver su rostro—. ¿Qué te pasa? A ver, mírame…
Y con esas, tomó la barbilla femenina y con firmeza la obligó a obedecer. Un escalofrío le recorrió la espalda al ver su palidez. Sus ojos parecían perderse en un rostro totalmente carente de vida, de color.
—No te asustes —fue lo primero que Doreen consiguió decir. Se aferró fuertemente a la mano que la sostenía por un codo y repitió—: No te asustes, Rob…
¡¿Que no me asuste?! ¡Cómo no voy a hacerlo, si abro la puerta y te encuentro en el suelo!
De haber estado menos preocupado, Robert habría reparado en que ella lo había llamado por el diminutivo de su nombre, como hacía antes de que se hubiera desatado el tsunami. Pero no lo hizo, pues toda su energía estaba puesta en sobreponerse al miedo que sentía, y ayudarla.
—Tranquila, soy ranchero. Te aseguro que he asistido a espectáculos mucho más macabros que este… Aquí ni siquiera hay sangre… —comentó con un tono burlón que, sin embargo, no perdió un ápice de su habitual dulzura.
Al ir a bajar la tapa del váter, vio que Doreen había estado vomitando. Tiró de la cisterna y luego, tomó a la mujer fuertemente por los codos.
—Vamos, arriba —dijo con suavidad mientras la ayudaba a levantarse del suelo y a sentarse sobre el inodoro.
Doreen no opuso resistencia, pero en ningún momento dejó de rodearse el vientre con un brazo. Continuó con la espalda doblada porque el dolor era tan intenso que le impedía estirarse. Se esforzó por hablar con calma.
—Estoy bien… Hazme caso… Tu corazón no está… para sustos…
—Olvídate de mi corazón, Doreen, y dime qué te pasa. ¿Te has caído? ¿Te has golpeado?
Ella negó con la cabeza y no dijo más. Permaneció en silencio, con los ojos cerrados, mordiéndose el labio inferior.
Robert insistió. Empezaba a desesperarse.
—¿Dónde te duele? Déjame ver —pidió, apartando con suavidad el brazo femenino para palpar la zona. La notó inflamada—. ¿Es el estómago?
Era más abajo del estómago, pero ella asintió para no entrar en detalles.
—Tengo que ir al hospital a que me vean… He pedido un taxi…
¿Y cuándo ibas a llamarme a mí? ¿Cuando te dieran el alta? Tú y tu manía de tenerme entre algodones, no sea que me rompa… ¡Maldita sea, Doreen, soy un hombre, no una muñeca de porcelana!
Robert apartó esos pensamientos de su mente y se incorporó. A continuación, pasó un brazo por debajo de las piernas femeninas con la intención de levantarla.
—¡Nooo! ¿Estás loco? ¡No puedes cargar pesos! —se quejó ella, intentando apartarlo con una mano. De repente, su rostro se contrajo—. Aishhh, qué dolor…
Él respiró hondo, armándose de paciencia, volvió a afirmar su posición y la levantó en volandas.
—Anda, haz el favor de cerrar la boquita, mujer —murmuró entre dientes.
Y salió del baño con Doreen en los brazos.
* * * * *
Robert no consiguió llegar muy lejos con Doreen en los brazos. Aún no habían alcanzado la puerta del dormitorio, cuando ella volvió a hablar.
—Para… Para, Robert. Déjame en el suelo. Voy a vomitar —le pidió casi sin resuello.
Él no se detuvo, pero aminoró el paso.
—¿No será una treta para conseguir que no cargue pesos, verdad?
—¡Para ya y ponme en el suelo! —le ordenó.
Robert obedeció a regañadientes.
Doreen trastabilló, pero, con ayuda de las manos masculinas que fueron prontas a sujetarla, al fin consiguió mantenerse sobre sus dos pies. Se agachó, pues el dolor continuaba siendo muy intenso, y apoyó las manos en sus rodillas en un intento por equilibrar su cuerpo. Hizo una arcada, que no expulsó nada. Luego, otra y otra más. Estaba muy descompuesta.
Robert, que se había inclinado hacia ella, la sostenía fuertemente por la cintura, temiendo que sus piernas no la sostendrían por mucho tiempo más…
Y sintiéndose un completo inútil.
Pensó en traerle un vaso de agua —como si eso fuera aliviar su dolor, pensó con sorna—, pero no se animaba a soltarla. Un instante después, su mente le decía: «calma, hombre, calma. Haz lo que te pide, ella se conoce mejor que tú», y, al siguiente, esa misma mente, totalmente desquiciada, le gritaba: «¿qué demonios estás haciendo, hombre? ¡Cógela en brazos y corre al hospital!».
Y así, una y otra vez.
Una nueva arcada, que no cristalizó en un vómito, volvió a tensar el cuerpo de Doreen. Cuando cesó, ella se dirigió con pasos inseguros hasta la puerta.
Robert fue tras ella con los brazos extendidos, preparado para evitar que se cayera redonda al suelo. Pero Doreen logró alcanzar la pared y apoyarse de espaldas contra ella, donde descansó unos instantes. Luego, volvió a doblarse, apoyando las manos sobre sus rodillas. Al fin, respiró hondo e intentó enderezarse un poco. Se apartó torpemente el flequillo de la cara y cuando al fin esta quedó a la vista, fue Robert quien palideció.
Parecía una muerta. El maquillaje corrido convertía aquel rostro hermoso en una máscara propia de Halloween.
Y ni siquiera entonces, dejó de ser Doreen Montgomery. Algo que Robert no tardó en comprobar.
—No vas a cargarme —le espetó.
Ignorando el gesto masculino de poner los ojos en blanco, continuó con apenas aliento, dando órdenes a diestro y siniestro.
—Dame mi bolso y mi móvil. Están por ahí, en la cama o cerca… Y luego, ve a tu dormitorio y trae la silla del escritorio…
Robert cumplió su primera petición, pero no la segunda.
Le había pedido que fuera a buscar su silla porque esta tenía ruedas, pero no era una silla de ruedas propiamente dicha. Por lo tanto, no estaba adaptada para realizar esa función. Además, carecía de apoyabrazos. Era uno de esos muebles ergonómicos, que tanto gustaban a los antiguos propietarios de la finca, que a él, en cambio, no le agradaban en absoluto. Si la usaban a modo de improvisado medio de transporte, tardarían mucho más en salir de la casa. Por no añadir, que a Doreen la veía bastante inestable como para mantenerse erguida en un asiento. Empujar la silla al mismo tiempo que la sostenía a ella para evitar que se cayera, le parecía infinitamente más engorroso y esforzado, que hacer lo que haría cualquier hombre y, simplemente, cogerla en los brazos.
—Olvídate de la silla —dijo él, mientras la ayudaba a ponerse el bolso en bandolera.
Los ojos de Doreen, llorosos por el dolor e iracundos por su negativa, se posaron sobre Robert.
—¡Por el amor de Dios! —escupió—. Apenas puedo tenerme en pie… ¡¿Quieres guardarte donde te quepa tu vanidad masculina y hacer lo que te pido?!
Robert no pudo evitar una risita irónica.
—No, mujer. El complaciente Robert se ha ido de vacaciones y me ha dejado al cargo, así que harás lo que yo te digo. Y lo que te digo, para empezar, es que cierres el pico.
Y con esas, volvió a tomarla en brazos, salió al pasillo, y esta vez no se detuvo.
* * * * *
Doreen había empeorado durante el viaje. Se había acurrucado contra la ventanilla, hecha un ovillo en el asiento. Poco después de traspasar las verjas electrónicas de Mystic Oaks, había empezado a quejarse, y ya no había dejado de hacerlo. Sus lamentos eran un murmullo apenas audible, como si no quisiera molestar, pero habían conseguido disparar la preocupación de Robert. Ignoraba lo que le ocurría. No entendía por qué se había puesto tan mal de forma repentina. Tampoco comprendía que hubiera llamado a un taxi. No negaría que la llegada del taxista les había ofrecido una forma inmediata de abandonar la finca, pero debería haberlo llamado a él o a alguno de sus hijos. ¿Por qué no lo había hecho? Intentó despejar al menos la cuestión más urgente y, cuando estaban a diez calles del hospital, le preguntó qué había sucedido.
—Dime la verdad, Doreen. Necesito saber a qué atenerme…
Ella no contestó de inmediato. Se sentía cada vez peor. El dolor aumentaba, provocándole cada vez más náuseas. Ya se extendía por todo su flanco derecho, de la ingle a la axila, irradiando hacia delante y hacia atrás en punzadas cada vez más intensas y duraderas. Y si padecer semejante dolor no fuera tortura suficiente, Robert lo estaba presenciando todo…
Y haciéndole preguntas.
Preguntas que no deseaba responder, porque eran de naturaleza personal, íntima. Decir que lo ignoraba sería una verdad a medias. Pues, aunque no estaba segura, sospechaba la razón de su malestar. Si sus sospechas se confirmaban, Robert acabaría enterándose. Y si no lo hacían, si, en este caso, la razón de su malestar era otra, de todas formas, antes o después, él lo sabría.
—Tengo un quiste en el ovario derecho… —musitó.
Los ojos de Robert se abrieron como platos. Esa misma mañana, le había asegurado que «ni estaba enferma, ni a punto de morirse».
Se desplazó en el asiento hasta donde estaba ella, inclinada hacia la ventanilla, que había abierto para que el aire le diera en la cara.
—Perdona, ¿has dicho… «quiste»? —murmuró, muy cerca de su oído.
Doreen exhaló un largo suspiro de agotamiento, y asintió.
Robert exhaló uno aún más largo, en su caso, cargado de impotencia.
—Esto mejora por momentos… —se quejó—. Un poco más, y me entero por los médicos.
Pero un instante después, se sintió mal por haberlo dicho. Le pasó un brazo alrededor de los hombros y la atrajo hacia él.
—Vale, vale, tranquila… —murmuró con ternura—. Te pondrás bien, Doreen. Estamos a punto de llegar al hospital. Ya verás cómo te recuperas en un santiamén.
A pesar del miedo y la preocupación que Robert sentía, hubo algo que logró endulzar aquel momento: comprobar que Doreen no solo no se oponía a su abrazo, sino que se acurrucaba contra su pecho.
_____________________________________________________
©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷
Comentar Ir a Inicio 🔝 Ir a Principal 🔙
CRS-07. Mystic Oaks, 1 (MO 1). Capítulo 16
Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2025/2026
__________________________________________
16
Finalmente, no había sido una cuestión ginecológica la razón del problema, sino, al contrario, lo que había facilitado que Doreen recibiera una atención rápida en una tarde en la que las Urgencias estaban especialmente abarrotadas. Para entonces, ella había empezado a perder de a ratos la conciencia.
Al conocer a través de Robert la existencia del quiste y comprobar que los síntomas de la paciente eran compatibles con una apendicitis, el box se había llenado de médicos y enfermeras. Con la misma rapidez que la habían atendido, se la habían llevado al quirófano ante el riesgo de que el apéndice estallara, poniendo en peligro la vida de la paciente al propagarse la infección por todo el abdomen.
Todo había sucedido tan rápido, que Robert había tenido que cruzarse en el camino de la camilla para poder estar unos instantes con Doreen antes de que se la llevaran.
Tomó una de sus manos y se la llevó a los labios.
—Van a operarte del apéndice que te lo está haciendo pasar tan mal… Te dormirán y no te vas a enterar de nada. Y cuando despiertes, estarás como nueva, ¿de acuerdo?
Había miedo en sus hermosos ojos, aparte de dolor, y notarlo le partió el corazón a Robert, pero no podía flaquear.
—No me moveré de aquí —le aseguró, y al ver que sus ojos se llenaban de lágrimas, probablemente por el dolor, decidió poner una nota de humor al momento, diciendo—: Así que, no tardes mucho, que no me he traído mi té de hierbas…
Se ilusionó pensando que la ligera mueca que pareció torcer los labios femeninos era una sonrisa. Y la ilusión fue tan grande, que se inclinó hacia ella y la besó en la frente. El impulso original, en realidad, había sido acariciar sus labios con los suyos, pero, a último momento, no se atrevió. En todo caso, el personal sanitario que rodeaba la camilla no le dio tiempo a nada más.
Verlos alejarse, llevándosela de su lado, fue un momento extraño, cargado de emociones contradictorias. Alivio, pues Doreen dejaría pronto de sufrir. Temor ante la incertidumbre de lo que sucedería después, cuando la camilla atravesara las puertas metálicas y él ya no pudiera verla. Dolor, mucho dolor: el que le producía separarse de ella. Y también, cómo no, desconcierto, al descubrir que lo que sentía por Doreen era mucho más grande e intenso de lo que él mismo había creído hasta hacía nada. ¿Cómo había esperado sobreponerse a su ausencia mientras durara su viaje a Montana?
¿Cómo, por Dios, cómo…? Si la idea de pasar un solo momento alejado de ella, le resultaba insoportable.
* * * * *
Después de que los médicos se llevaran a Doreen, Robert se quedó dando vueltas en la enorme sala llena de otras personas que, como él, intentaban no desesperar mientras el tiempo transcurría sin noticias de sus seres queridos.
Pasó un buen rato hasta que al fin pudo sentarse en una silla que había quedado libre al fondo de la sala.
Se inclinó hacia delante, y apoyó los antebrazos sobre sus muslos. Respiró hondo varias veces, en un intento de que su corazón bombeara más fuerte y la sangre regara su cerebro. Necesitaba calmarse. Necesitaba centrarse. Pero estaba tan helado, asustado, y confundido, que le costaba pensar con claridad. Tenía la sensación de estar viviendo un día eterno, en el que Dios no había dejado de arrojarle desafíos a la cara, de ponerlo a prueba, y, ahora, como colofón, se despachaba con un drama que lo había dejado en shock.
Los médicos apenas le habían dicho nada del estado de Doreen. El que parecía estar al cargo, después de ofrecerle una sonrisa compasiva, le había asegurado que harían todo lo posible para que ella se recuperara. Pero, ¿no era eso lo que siempre le decían a la familia del paciente?
Intentaba tranquilizarse, diciéndose que la apendicitis era una afección corriente que, cogida a tiempo, no solía presentar complicaciones. ¿Pero la cogerían a tiempo? Además, toda intervención quirúrgica conllevaba riesgos… Y ya puestos, ¿acaso había algo más normal y corriente que un alumbramiento?
Robert negó con la cabeza. Apretó los párpados.
«No puedo perderte a ti también. Por favor, no puedo perderte…».
Tragó saliva en un intento de echar a la angustia que se había instalado en su pecho, convirtiendo el mero hecho de respirar en un esfuerzo extraordinario.
Debía serenarse. No podía permitir que el miedo lo dominara. No solo por él, también por sus hijos. Ellos aún no sabían nada de lo sucedido y, si dejaba translucir lo asustado que estaba, acabaría convirtiéndose en parte del problema, aumentando la preocupación de sus hijos por su propia salud.
Al coger su móvil y notar cuánto le temblaba el pulso, sacudió la cabeza.
¿Con que serenarte, eh? Ya se ve lo sereno que estás…
Y si así estaba su pulso, mejor no pensar en cómo estaba el resto de él. Se quedó considerando la mejor manera de manejar la situación, rogando por calmarse y decidir con el mayor acierto posible.
Suspiró. Eso era muy fácil de decir, pero hacerlo…
Doreen era el eje alrededor del cual giraba la vida de los Bryan desde hacía veintiséis años. Era posible que para ella, que jamás se ahorraba la aclaración de que no era una Bryan, sino una Montgomery, su importancia en el seno de la familia, fuera secundaria. Pero no era así para él y sus hijos. De hecho, siempre había sido más que la tía Doreen. Mucho más. Para Ken y Tim era la mujer que los había criado; para Jim, los únicos brazos maternales que había conocido.
¿A quién llamaría para darle la noticia?
Tim estaba descartado desde el principio. Se hallaba a casi quinientos kilómetros de allí y seguro que ya se sentía mal por haberse sincerado con su tía, aunque él dijera que no. Lo conocía bien. Daba igual que creyera tener razón en algo, le pesaba contrariar a las personas que quería. Y a Doreen, la adoraba.
Jim también estaba descartado. Doreen era una persona fundamental en su vida, y lo reconocía tan abiertamente, que ni siquiera se molestaba en disimular sus celos cuando, como ahora, ella decidía pasar un tiempo con su familia de sangre. En cuanto se enterara de que la estaban operando, soltaría lo que fuera que estuviera haciendo, se plantaría en el hospital y no habría dios capaz de volver a sacarlo de allí.
Quedaba Ken… que, aparentando todo el aplomo que se esperaba de un hermano mayor, también lo dejaría todo y se plantaría en el hospital hasta que pudiera ver con sus propios ojos que Doreen estaba sana y salva.
Volvió a suspirar.
Daba igual con quién de los tres hablara, la estampida estaba asegurada.
«Vaya cuatro blandengues», pensó. «Yo, el primero».
La respuesta a sus plegarias apareció en la mente de Robert unos instantes después, con tal claridad y certeza, que lo hizo sentir reconfortado.
Un momento de paz en medio del caos.
Atendieron al segundo ring.
—¡Hola, Robert! —Aparte de la dosis habitual de optimismo, hubo cierta sorpresa en la voz de Chris.
Y mucha más que habría en cuanto se enterara de por qué la estaba llamando.
* * * * *
Chris y Lilly estaban en un claro del bosque, disfrutando de uno de sus «momento de hermanas», cuando Chris recibió una llamada.
Le hizo un gesto de silencio a Lilly, que jugaba con Sultán a pocos metros, haciéndolo aullar, y acomodó mejor el móvil contra su oreja. La voz de Robert, de por sí suave, se perdía por momentos en un mar de otros sonidos ininteligibles.
—Por lo visto, llegamos a tiempo. Si el apéndice estalla, puede convertirse en una peritonitis y eso… Bueno, podría ser mortal —Respiró hondo—. La cuestión es que… conozco a mis hijos y estas cosas no se les dan nada bien… A mí, tampoco —reconoció— ¿A quién pretendo engañar? Pero, digamos que los años me ayudan un poco más a mantener la calma… O, como diría Jim, impiden que me suba por las paredes…
La sonrisa compasiva que apareció en el rostro de Chris, llamó la atención de Lilly. ¿Con quién hablaba? Palmeó la cabeza de Sultán y fue a sentarse junto a su hermana.
—¿Quién es? —le preguntó, moviendo los labios sin emitir sonido.
Chris cubrió el micrófono.
—Es Robert —repuso en voz baja.
Las cejas de Lilly, formando dos cúpulas perfectas sobre sus ojos, le informaron que estaba tan sorprendida como ella misma. Chris volvió a poner su atención en lo que Robert le decía.
—No… La verdadera cuestión es que, aunque no lo parezca, estoy muy preocupado, mis hijos se darán cuenta y con mis problemas de corazón… No quiero que se asusten, Chris. Hay que evitar una estampida, como sea. No tiene sentido que entren en pánico ahora y se presenten en masa en el hospital. Aquí no hay nada que hacer hasta que los médicos acaben de intervenirla. Así que, necesito que alguien optimista por naturaleza y con una cabeza mucho más lúcida de lo que la mía está ahora, se ocupe de hacer de mensajero. ¿Sabes de alguien con estas características, a quien pueda confiarle una misión tan delicada?
La preocupación y el miedo eran tan evidentes en Robert, que Chris sintió un pellizco en el corazón.
—Pues, está de suerte —repuso con una risita cómplice—. Justamente, conozco a alguien así.
A veinte minutos del rancho Mystic Oaks, Robert se recostó contra la pared del pasillo que conducía a la salida del hospital, y exhaló un suspiro de alivio.
—Gracias, Chris, muchas gracias… No sabes el peso que me quitas de encima… Esto significa mucho para mí.
—No hay de qué… Y aparte de la misión especial, ¿necesita algo más? Medicinas, ropa, … ¿Un osito de peluche? Yo preferiría un peludito, pero como sé que no le gustan… —añadió con ternura.
Vio que Lilly gesticulaba, reclamando una explicación para aquella conversación de la que no entendía una palabra. Chris le hizo un guiño, y a continuación, apretó cariñosamente su mano.
Robert sonrió. Esa joven tenía la capacidad de hacer que todo resultara más llevadero, mucho menos dramático. Había algo en ella que, incluso no estando de cuerpo presente, conseguía calmar los ánimos. Infundía serenidad.
Dios, sentaba tan bien volver a sonreír, pensó.
—Qué haríamos sin ti, Chris… —reconoció, agradecido—. A ver… Doreen estaba muy mal y, prácticamente, he salido con lo puesto. Necesitaré mis medicinas. Es un pastillero enorme, que está en la primera puerta del mueble colgante de la cocina, el que está justo encima del fregadero. El mamotreto es de color azul chillón, «para que no lo despiste», palabras textuales de la persona que me lo regaló. Ya te imaginarás a quién me refiero. ¿Pensará que soy ciego? Te aseguro que no hay forma de no verlo… También voy a necesitar un termo con la infusión que me prepara Doreen. Como despierte de la anestesia, y me vea con otra cosa en la mano… No te preocupes, no hay que hacerla, hay litros y más litros en la nevera…
Chris se cubrió la boca para impedir que Robert la escuchara reír. No podía concederle el título de hombre más tierno del mundo porque el puesto ya estaba cubierto —por su hijo mayor, concretamente—, pero el segundo, definitivamente, le pertenecía.
Vio por el rabillo del ojo que Lilly se tiraba del pelo con su mano sana, en uno de sus gestos histriónicos de impaciencia.
—Y un abrigo, he salido en mangas cortas —continuó Robert—. Elígelo tú. Y para Doreen…
Si estuvieran en Springfield, podría dibujar un mapa exacto de dónde Doreen guardaba cada cosa. Pero estaban en Nashville. Y para peor, con el asunto del viaje, todo estaba manga por hombro en su dormitorio.
—Quizás, no llegue a usarlo, pero es muy presumida y no aguantará mucho con el camisón que le pongan aquí. Tráele alguno de sus conjuntos de camisón y salto de cama. Están…
Hizo una pausa y cerró los ojos, concentrándose en la imagen mental del dormitorio de su cuñada.
»En el armario empotrado, colgados en la primera puerta de la izquierda. Debajo hay una cajonera. La ropa interior y los calcetines los guarda allí. Coge mudas para un par de días, solamente. Confío en que la dejarán marchar a casa pronto. Coge sus pantuflas, las de gamuza con el forro de corderito. Son sus favoritas. Y su manta. Creo que está en su sofá de lectura. Si no, mira en la biblioteca. Un poquito de sabor a hogar le vendrá muy bien… Ah, y también trae un par de libros. Esta mujer necesita leer como el resto de los mortales necesitamos respirar… Aunque, igual no está en condiciones de hacerlo…
Se quedó pensando unos instantes y enseguida descartó la idea.
»Le hará bien verlos, saber que los tiene a mano. Así que, sí, tráelos. Los que está leyendo ahora deberían estar encima de la mesa, junto a los sillones, en su dormitorio. O, quizás, en la mesilla de noche… ¡Y, por favor, no te olvides del neceser de maquillaje! Estará en el baño, en algún mueble… No estoy seguro cuál. Busca hasta que lo encuentres, es muy importante. Casi estoy por decir que es lo más importante de todo…
Volvió a respirar hondo.
—¿Sigues ahí… o te has desmayado después del discurso que acabo de soltar sin preaviso ni anestesia?
Chris sacudió la cabeza, su rostro iluminado por una sonrisa cómplice. A pesar de la evidente preocupación de Robert por el estado de Doreen, y de la suya propia al enterarse de la noticia, escuchar al padre de Ken le resultaba inspirador y muy gratificante. Decían que el amor residía en los pequeños detalles, y aquel hombre de mirada dulce acababa de componer una oda de detalles acerca de la mujer que amaba.
—Claro que sigo aquí —concedió Chris.
Y su risa afectuosa y tremendamente cálida, fue como un faro en medio de la noche más oscura para Robert, que exhaló un largo suspiro de alivio y volvió a sonreír.
* * * * *
—¡Ay, Dios… pobre Doreen! —Y un instante después, se llevó una mano a la cabeza al darse cuenta de que había algo más de lo que preocuparse—. ¡Maaadre mía…! ¡A Jim le dará un ataque!
—No, si manejamos bien este asunto.
—¡Le dará de todos modos! ¡Menudo es!
Chris hizo un gesto de calma con las manos.
—Tranquilidad, Lilly, tranquilidad —Revisó su móvil—. No tengo llamadas ni mensajes de Ken, así que sigue con Jim, en el área agrícola. Lo primero que hay que hacer es separarlos.
Lilly asintió enfáticamente, dándole la razón.
—Sí, por favor. Individualmente, ya son la leche de intensos… Si están juntos, seremos nosotras las que necesitaremos una RCP1 —Lilly volvió a hacer un gesto apesadumbrado—. Ay, Dios… Jim está muy apegado a Doreen. Vete a saber cómo se toma la noticia…
—Se la tomará mal, Lilly. Sufrirá. Tienes que asumir que será así y también que no hay nada que puedas hacer para evitarlo. Tu misión y la mía es conseguir que no cunda el pánico. Solo eso. Así que, respira hondo y tranquilízate. Porque tus nervios no ayudarán a nadie.
Lilly asintió. Exhaló un largo suspiro.
—No sé cómo lo haces. Cómo puedes estar tan calmada en mitad de un desastre… Te he visto hacerlo mil veces… Y te juro que me encantaría… Pero no hay caso, yo soy incapaz. —Miró a su hermana con la preocupación patente en su rostro—. ¿Crees que Doreen…?
Lilly no acabó la frase. Chris tiró de su mano, obligándola a arrodillarse frente a la silla de ruedas, y la rodeó con sus brazos.
—Sí, Lilly. Doreen estará bien. Es una apendicitis y la están atendiendo. —Buscó su mirada—. Está en el hospital, el mejor lugar del mundo donde se puede estar, si tienes una apendicitis —dijo con un mohín gracioso—. Todo irá bien, cariño. ¿De acuerdo?
Lilly respiró hondo y soltó el aire en un bufido.
—Vaaaale. Tú ocúpate de la estrella de la familia.
—Y tú del modelo de pasarela —repuso Chris, haciéndola reír.
1 RCP: abreviatura de reanimación cardiopulmar, un tratamiento de emergencia que se realiza cuando alguien no respira o no tiene pulso.
* * * * *
Jim soltó una carcajada. Se asomó por la ventanilla del tractor.
—A ver, ese culo valorado en millones de dólares… Tío, sácalo de mi panorámica, me están entrando unas ganas de cogerte con la uña del tractor y lanzarte a cincuenta metros, que no veas…
Veinte metros más adelante, Ken se afanaba por retirar una piedra semienterrada. Noah y River, que lo habían tomado como una invitación al juego, escarbaban jubilosos, creando pequeñas montañas de tierra a su alrededor. Ken se dio la vuelta, partiéndose de risa.
—¿Así agradeces mi ayuda, colega? Lo tendré en cuenta la próxima vez que me pidas un favor… A ver, espera —dijo, elevando un dedo al oír que su móvil estaba sonando. Sonrió a la pantalla al ver el nombre que se iluminaba en ella.
Jim sacudió la cabeza.
—¡Ya estamos! ¿Para qué te has quedado conmigo? ¿Para ayudarme o para intercambiar mensajitos calientes con tu chica? Tranquilo, no hace falta que contestes —exclamó, risueño.
Ken no le hizo el menor caso a su hermano. Toda su atención estaba en la conversación que mantenía con Chris.
—Así que necesitas mi ayuda para un asunto que te traes entre manos —repitió con un tono travieso.
Y soltó una carcajada al oír que Chris le respondía:
—¿Ya se te está yendo la cabeza otra vez?
—¿Se ha notado mucho?
—Y… un poquito, sí…
—Vale. Entonces, me pongo serio… ¿Dónde estás?
—En tu casa —repuso ella con picardía, a sabiendas de que él no tardaría en corregirla.
Y eso, precisamente, fue lo que sucedió un instante después.
—Nuestra casa —matizó Ken.
Lo hizo con ese tono intensamente dulce, que a Chris le hacía cosquillas en el oído y la enamoraba un poquito más cada vez lo oía.
—Vaaale. Nuestra casa. ¿Vienes?
—Ya mismo. Lo que tarde en subir a la furgo, y llegar —repuso Ken.
Después de cortar, atravesó el área al trote, en dirección al sitio donde había dejado la furgoneta, seguido de Noah y River.
—¡Lo siento, tío! ¡El deber me llama!
La risotada de Jim resonó en los oídos de su hermano.
—¿El deber? ¡El placer, dirás!
—¡Qué mala es la envidia! —exclamó Ken, desde su F-150.
Jim asintió enfáticamente sin dejar de reír y los hermanos se despidieron, intercambiando cláxones desde sus respectivos vehículos, totalmente ajenos a los oscuros nubarrones que se cernían sobre Mystic Oaks.
_____________________________________________________
©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷
Comentar Ir a Inicio 🔝 Ir a Principal 🔙
CRS-07. Mystic Oaks, 1 (MO 1). Capítulo 17
Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2025/2026
__________________________________________
17
Robert tiró la botella de agua vacía en la papelera y se dirigió a la máquina expendedora de café. Sabía que no debía, pero necesitaba hacer algo para mantener la ansiedad a raya y, dado que hasta la natural actividad de andar la tenía medida al milímetro, no había mucho donde elegir. Hacía al menos dos horas que se habían llevado a Doreen al quirófano, y él continuaba sin noticias. No quería ser tremendista. Su propia naturaleza le impedía pensar en lo peor, pero dos horas empezaban a parecerle demasiado para una intervención quirúrgica que todo el mundo decía que era la más simple de todas.
Suspiró. Si no controlaba la ansiedad, se volvería loco.
Estaba buscando monedas para la máquina, cuando el móvil de Doreen empezó a sonar dentro de su bolso. Debido a su falta de costumbre, ya se lo había dejado olvidado dos veces en la silla, por lo que había decidido ponérselo como si fuera una bandolera. Debía lucir ridículo con aquel nada masculino bolso, demasiado pequeño para un hombre de su envergadura, pero, al menos, lo tenía a buen recaudo.
Sacó el móvil del bolso y, al ver el nombre que se iluminaba en la pantalla, apretó los labios en un gesto de disgusto. Era Tim. Si estaba llamando al móvil de su tía, quería decir que ignoraba lo que le había sucedido.
Durante un momento, Robert consideró la alternativa de no atender la llamada. La descartó al recordar que la última conversación que su hijo mediano había mantenido con Doreen no había sido agradable. Tim se preocuparía. Incluso, quizás, pensaría que su tía estaba enfadada.
Respiró hondo, desbloqueó la pantalla del móvil, y atendió.
—Hola, Tim.
En Springfield, Tim acababa de servir en el comedero de Rain, su ración de pienso mezclada con una lata de alimento para perros. Como siempre, la ansiedad del animal había conseguido que se ensuciara las manos. Se las secó aprisa, pero con cuidado de no tocar la compresa de gasa de su mano herida, y volvió a consultar la pantalla del móvil que había apoyado en la mesada, junto a él. No se había equivocado de número. Puso la llamada en altavoz.
—Ah, hola, papá. ¿Ahora la tía no se puede poner al teléfono?
A continuación, Tim abrió la bolsa con la cena que acababa de llegar. Cuando estaba Jim, normalmente, uno de los dos acababa un rato antes de trabajar para ir a preparar la cena. Pero ahora estaba solo, el trabajo definitivamente lo había desbordado aquel día, y no le quedaban fuerzas para nada más. Así que, había encargado la cena. Nada de hamburguesas o pollo frito del KFC. Disfrutaría de una buena cena de un restaurante al que la familia solía ir a comer. Doreen estaría orgullosa, pensó.
—No, Tim. Ahora no…
Totalmente ajeno a lo que estaba sucediendo en Nashville, Tim echó un vistazo a Rain. Sonrió al ver que la perra tenía el morro enterrado en su comedero rojo, a juego con su collar. Le encantaban esas latas de alimento preparado. Jim no solía dárselas, decía que las hacían con sobras. Prefería ocuparse personalmente de prepararle arroz con pollo o con ternera. Pero, ahora, Jim estaba en Nashville y a él no le daba la vida ni siquiera para preparar su propia cena.
Cogió el móvil, lo dejó sobre la mesa y se sentó. Continuó hablando mientras abría el recipiente que contenía la sopa. Era de carne y verduras, y olía deliciosamente.
—Supongo que te estarás preguntando si la llamo para disculparme por lo que le dije. Y la respuesta es… Sí, y no. O sea, sigo pensando que su decisión es como mínimo muy inoportuna, pero hoy… —En aquel momento, recordó que su padre no estaba al tanto de que unos gamberros habían destrozado cincuenta metros de alambrada—. En fin, no estoy en uno de mis mejores días. Así que… Ahora que estoy tranquilo, cenando, he querido asegurarme de que no fui demasiado borde con ella. ¿Te ha comentado algo sobre el tema?
Mientras esperaba a que Robert respondiera, Tim se llevó la primera cucharada de sopa a la boca. ¡Qué manjar! Sentía cómo el líquido lo revigorizaba a medida que bajaba hacia el estómago. No pudo evitar sonreír al caer en la cuenta de que era un tipo muy fácil de contentar. Después del día horrible que había tenido, era feliz disfrutando de un buen tazón de sopa.
Robert sacudió la cabeza varias veces. Detestaba tener que ser el encargado de cortarle la digestión a su hijo mediano. Nunca era un buen momento para dar una mala noticia, pero aquel era seguramente el primer rato tranquilo de Tim en todo el día.
—Verás, hijo… A tu tía la están operando del apéndice. Se sentía mal, hemos venido al hospital y… Por lo visto, lo tenía muy inflamado. —Sabía por experiencia que las palabras «no te preocupes», provocaban en quien las oía justamente el efecto contrario. Otro tanto sucedía con las palabras «no pasa nada». De modo que decidió obviarlas e ir al grano con la mayor naturalidad de que fue capaz—: Todavía está en el quirófano. Los médicos me avisarán cuando la operación haya acabado, así que, es todo lo que puedo decirte por el momento. Si quieres, vuelve a llamarme en una hora. Seguro que, para entonces, tendré noticias.
La sorpresa había dejado a Tim como una imagen congelada, con la cuchara a medio camino de su boca. Incapaz de pensar. Incapaz de hablar. Detenido en el tiempo.
Pero solo fue durante unos segundos. Cuando su mundo volvió a ponerse en movimiento, se levantó de la mesa y resumió en tres palabras lo que sucedería a continuación.
—Voy para allá.
—No, Tim. Aquí no hay nada que hacer. Ya llevas casi seiscientos kilómetros a la espalda hoy. No quiero que acabes el día sumando otros seiscientos más, hijo. Además, uno de nosotros tiene que ocuparse del rancho.
Tim ya había cogido su chaqueta y las llaves de la furgoneta, e iba apagando las luces por el camino, cuando respondió.
—Déjalo, papá. —Ya le estaba resultando inesperadamente duro estar solo en Springfield, aún sabiendo que toda su familia estaba bien—. ¿Con Doreen en el hospital? Ni lo sueñes. Estoy saliendo para Nashville. —Consultó su reloj y añadió—: llegaré alrededor de las dos de la madrugada. Te iré llamando durante el viaje, ¿de acuerdo?
Robert exhaló un suspiro. Su cruzada por evitar estampidas iba perdiendo por un tanto. Además, saber que Tim estaría en la carretera, conduciendo de noche, sumaba nervios y preocupación.
—Entiendo que te esté costando digerir la noticia, hijo, pero te necesitamos en Springfield, a cargo del rancho. Aquí no puedes hacer nada, aparte de gastar las suelas de tus zapatos, pasillo arriba, pasillo abajo. Y eso ya lo hago yo. Por favor, intenta calmarte y pensar —dijo, en un último intento por evitar lo inevitable.
La respuesta de Tim fue taxativa.
—Ya lo he pensado y está decidido, papá. Pedirme que me quede es pedirme demasiado, lo siento.
* * * * *
Tim estaba bajando las escaleras del porche cuando sintió el inconfundible sonido de las patas de Rain sobre el suelo de madera.
Se detuvo y soltó un bufido.
¿Qué voy a hacer contigo?
El pobre animal lo estaba pasando tan mal como él con las idas y venidas de sus humanos. Y ahora, que conocía de primera mano el sabor de la soledad, ¿la dejaría allí, más sola que una ostra, otra vez?
Era increíble que, con lo preocupado que estaba, tuviera tiempo de pararse a pensar en Rain. Su padre alucinaría pepinillos, si lo supiera.
Regresó sobre sus pasos, palmeó la cabeza de la hermosa Terranova, y entró en la cocina. Rain lo siguió, pendiente de cada cosa que hacía.
—Tranquila, preciosa. ¿Te apetece un viajecito a Nashville a ver a tus cachorros? —le preguntó mientras llenaba de agua un bidón de cinco litros.
La cola del animal le mostró la buenísima acogida que habían tenido sus palabras. En realidad, no habían sido ellas, sino aquel gesto de cargar agua, lo que le resultaba familiar. Jim y Ken eran iguales en algo: no iban a ningún lado sin sus mascotas.
A continuación, se agachó a coger el comedero y lo guardó en una bolsa con asas. Rain no había dejado ni un solo grano de pienso, estaba más limpio que si lo hubiera lavado con agua y jabón.
Finalmente, cogió su arnés y la correa de paseo, y puso rumbo a la salida, seguido por la perra, que hacía pequeñas carreras a su alrededor de pura felicidad.
Ya había fijado la correa al enganche del cinturón de seguridad, cuando oyó el sonido de un motor acercándose por el camino. Era Logan, que se marchaba a su casa.
El jefe de capataces detuvo su vehículo junto a la furgoneta de Jim.
—No puedo creer que todavía te queden ganas de sacar a pasear a la perra, tío. Hoy daría lo que fuera por que este trasto tuviera piloto automático —dijo, desperezándose en una extensa flexión hacia atrás que remarcó sus poderosos pectorales a través del jersey negro.
Tim hizo un mohín cómico.
—Iba a llamarte en un rato… Vuelvo a Nashville, Logan. Doreen está en el hospital, con apendicitis.
La cara del treintañero se tornó seria al instante.
—¡No me jodas! ¿Y cómo está?
—Todavía no sabemos nada. —Se encogió de hombros—. Está en el quirófano. Y tampoco sé lo que haré mañana… Dependiendo de cómo esté mi tía, volveré o no. Lo siento. Ahora mismo, no puedo decirte más. Mañana, la prioridad será acabar con lo que hoy se ha quedado pendiente. Luego, hablamos y decidimos con qué podemos seguir, teniendo dos brazos menos, ¿vale?
—No te preocupes, Tim. Tres jornaleros me han confirmado que mañana empiezan a trabajar. Estarán aquí a primera hora. Nos apañaremos, tranquilo.
Tim se disponía a subir a la furgoneta, pero se dirigió hacia Logan. Se agachó para hablar por la ventanilla.
—Me ocuparé de que recibas un buen bono para las vacaciones. Aparte del de Navidad, claro. Nada de esta locura sería posible sin ti, tío. Estoy por proponerle a mi familia que te traslademos a Nashville junto con el ganado… Bueno, no en los mismos camiones —matizó con un punto de humor—. Me refiero a un vuelo de primera clase, que es lo menos que te mereces, porque eres un campeón. Un verdadero campeón.
Logan sonrió.
—El bono se agradece mucho. Y en cuanto a lo otro… Todo puede hablarse.
Tim elevó las dos cejas. Lo dicho había pretendido ser una broma. Logan era mayor que Ken, tenía 32 años. Era oriundo de Springfield y toda su familia vivía en la ciudad o por los alrededores. Su relación con ellos nunca había sido demasiado estrecha, pero había mejorado mucho tras la muerte de su prometida, seis años atrás. Habían sido novios desde los dieciséis y a un mes de la boda, un accidente de moto había acabado con la vida de la joven. Entonces, ambas familias, la de ella y la de Logan, se habían volcado en él, en ayudarlo a superar el bache y seguir adelante. Algo que, por lo que sabía, todavía no había conseguido del todo. Según le había contado Jim, Logan todavía seguía bastante tocado por la muerte de su prometida.
A nivel profesional, era un excelente jefe de capataces. Las grandes haciendas de la región se lo rifaban, y Tim sabía que no era por dinero, que Logan continuaba en el rancho Bryan. Ganaría más, trabajando menos, en cualquier otra parte. Sin embargo, al menos a él, no se le había cruzado por la cabeza que Logan pudiera estar interesado en abandonar la tierra que le había visto nacer.
—¿Estarías dispuesto a venir con nosotros? —Tim se llevó la mano a la frente, estaba alucinando—. ¿Lo dices en serio?
Logan apartó la vista un instante, meditando su respuesta. Había empezado a hacer sus primeros pinitos en aquel rancho cuando todavía era un crío. Robert Bryan había sido para él mucho más que un jefe. Había sido un modelo a seguir, un mentor y, en muchas ocasiones, también un padre. Sus hijos eran como él: buena gente. Personas junto a quienes merecía la pena estar. Nunca le habían faltado ofertas tentadoras por parte de otros rancheros de la región, pero, aunque su familia no lo entendiera, para él había cosas más importantes que el sueldo a la hora de escoger un trabajo. De ahí, que nunca hubiera dejado de trabajar para los Bryan. Tampoco lo haría ahora, si podía evitarlo. De su plan original de vida, había perdido a la pieza más importante y nada podía hacer al respecto, pero sobre esto sí podía hacer algo.
—Si mejoráis la paga y ponéis un techo sobre mi cabeza, podemos hablarlo —repuso, y una sonrisa volvió a iluminar su rostro cubierto por una barba de dos o tres días.
Tim no tuvo que pensárselo. Le daba igual de dónde saliera el dinero necesario para cubrir las exigencias de su jefe de capataces. Ahora, que sabía que el interesado estaba dispuesto, quería a Logan Phillips en Mystic Oaks.
—Hecho, tío. ¡Al fin, una buena noticia! —Se estrecharon las manos—. Tengo que irme. Tenemos —matizó, echando un vistazo a Rain que, desde el asiento trasero de la furgoneta, no dejaba de ladrar—. Hablamos, ¿vale?
Logan asintió y, después de saludarlo una última vez con la mano, se alejó por el camino.
* * * * *
Ken asomó la cabeza por la puerta de la cocina. No había ni rastro de Chris allí. Regresó al pasillo, donde sus perros, con su talante de cachorros, esperaban a ver en qué consistía el juego.
Decidió que, con las distancias enormes que había dentro de la casa, lo mejor era llamar a Chris. Sacó su móvil y, en cuanto oyó que atendían, dijo:
—En la cocina, no estás.
—Lo sé —repuso ella.
Él se rio de la clase de conversaciones que mantenían últimamente. Jamás se habría imaginado que intercambiar naderías por el móvil, podría convertirse en algo tan importante y tan necesario para él.
—¿Y sabes dónde estás?
—Claro, tonto. ¿Cómo no voy a saber dónde estoy?
Su risa divertida le acarició el oído.
—¿Vas a decírmelo? —volvió a tentar suerte.
Chris estaba en el dormitorio de su tía Doreen. ¿Cómo iba a explicarlo sin entrar en detalles? No quería hacerlo por teléfono.
—¿Y qué gracia tendría decírtelo, Ken? —lo oyó reír y se animó a continuar con la broma—. Te doy una pista. Dirígete a la fuente, y toma el pasillo que está más a la derecha.
Ken hizo un gesto de dolor.
«Vaya, entonces, no estás en mi cama», pensó.
—¿Y después?
—¡Después, búscate la vida, amor! —le dijo con dulzura, y cortó.
Ken se quedó mirando la pantalla del móvil con una sonrisa entre divertida y sorprendida. Volvió a marcar su número y, en cuanto ella atendió (riendo, por supuesto), lo soltó sin miramientos:
—Perdona, preciosa. ¿Sabes a quién acabas de colgarle el teléfono? ¡Un poquito de respeto!
Después de un momento de risas, Chris volvió a hablar:
—A ver, no voy a decirte dónde estoy. Tendrás que averiguarlo tú. Y si seguimos tonteando por el móvil, nos dará mañana, y tú seguirás en una punta de la casa, y yo la en la otra. ¿Es eso lo que quieres?
Se suponía que lo estaba regañando, pero aquel tonito dulce lo estaba poniendo a cien.
—Si yo te dijera lo que quiero… —suspiró, haciéndola reír—. Vale, iré avanzando, pero tú ayúdame. Ve diciéndome, si voy por buen camino, ¿eh?
Y así lo hicieron. Cuando Chris dijo «muy caliente, casi te estás quemando», Ken y sus perros ya estaban frente a la puerta del dormitorio de Doreen. Estaba abierta y él vio que ella estaba en su silla de ruedas, junto a la cama, guardando cosas en un gran bolso de mano.
Arrugó el ceño, confuso. No negaría que lo que él creía que Chris se traía entre manos tenía que ver con el sexo, y que eso había puesto en su mente varias ideas, todas muy locas, de dónde llevarlas a cabo. Pero de lo que él creía a lo que parecía estar sucediendo, había una galaxia de diferencia. De repente, no sabía qué pensar.
Ella le ofreció una sonrisa dulce y le tendió su mano.
—Ven, amor.
Mientras Ken ordenaba a sus perros que se echaran junto a la puerta, Chris apartó el bolso y palmeó la cama, invitándolo a sentarse.
Él dudó unos instantes. Recorrió la habitación con los ojos. El desorden era algo de lo más anormal en aquel lugar, pero recordó que ya lo había visto por la mañana. Sin embargo, sucedía algo más, aparte del viaje de Doreen a Montana. El desasosiego que sentía, y que no podía explicar, le hacía estar seguro de eso. Al fin, volvió a mirar a Chris.
—¿Qué sucede? —le preguntó.
Chris volvió a palmear la cama y, esta vez, Ken obedeció. Se sentó sobre la cama, frente a ella.
—Me ha llamado tu padre. Doreen tiene apendicitis y necesita que le llevemos unas cosas al hospital. ¿Me ayudas a prepararlas?
La mente de Ken empezó a desbarrar. La palabra «hospital» le ponía los nervios de punta a cualquiera, pero no acababa de entender lo que estaba sucediendo. ¿Por qué su padre había llamado a Chris en vez de hablar con él? ¿Y cómo habían ido al hospital? ¿Habían pedido un taxi? ¡¿Por qué?! Había dos vehículos disponibles en la finca… No entendía una palabra. Si Doreen no se encontraba bien, ¿por qué su hermano y él no estaban al tanto?
Espera, espera un momento… ¿Qué está pasando aquí? ¿Lo de Doreen es una apendicitis… o es algo más?
Sentir las manos de Chris tomándole el rostro, devolvió a Ken a la realidad. El mar en calma que vivía en sus ojos, obró el milagro.
—Doreen está bien. Tu padre también. Soy yo la que no sé dónde están las cosas y me estoy volviendo loca… ¿Me ayudas, por favor? —entrelazó sus manos, haciendo un mohín cómico—. Por favor, por favor, por favor…
Ken soltó el aire en un suspiro. Estaba sacando las cosas de quicio y desesperándose, sin motivo. Chris tenía razón. Ahora no era el momento de desbarrar, sino de hacer lo que su padre les había pedido.
—Claro, preciosa —concedió, rodeándola con sus brazos y estrechándola muy fuerte—. Claro que sí.
* * * * *
—Gracias por llamar —se despidió Jim, antes de colgar.
Era la tercera llamada que recibía, interesándose por el puesto de trabajo. Y la tercera vez que escuchaba que el candidato «se lo pensaría y, si acaso, volvería a llamar».
Por más que su padre dijera que las contrataciones de nuevo personal llevaban su tiempo y que debía mantener la calma, en su opinión, las cosas no estaban yendo bien.
Condujo el tractor a su lugar de aparcamiento, cerró el contacto y se apeó. Todavía había algo de luz, y, si no estuviera tan cansando, habría seguido trabajando un rato más. Pero estaba agotado. Necesitaba una buena ducha, una buena cena y ver un rato de televisión para desconectar.
Estaba a punto de subir al vehículo familiar, cuando su móvil empezó a sonar. Sonrió al ver que el nombre de Lilly se iluminaba en la pantalla.
—¡Al fin! —oyó que ella exclamaba—. Ya pensaba que tendría que llamar a los bomberos o a los guardabosques… ¡Qué sé yo! ¡A cualquiera que venga a ayudarme!
Jim arrugó el ceño. ¿Ayudarla a qué? No podía tratarse de nada serio, puesto que ella se reía. Aunque, conociéndola, también era posible que se riera de los nervios.
—¿Por qué? ¿Qué pasa?
—¡El demonio que tengo por perro ha vuelto a hacerme una faena! Se me ha escapado y corriendo detrás de él…
Lilly calló abruptamente.
—¿Qué? Corriendo detrás de él… ¿Qué?
—Como se lo digas a Chris, espero a que te duermas, ¡y te corto la coleta, como a los toreros! —y no acabó de decirlo, que la seriedad de su pretendida amenaza, acabó en una carcajada al imaginarse entrando de puntillas en la habitación de Jim con la tijera de poder rosales en la mano.
Jim soltó una carcajada.
—Oye, que mi coleta no te ha hecho nada… ¿Qué es eso que no quieres que le cuente a tu hermana? ¡Me reconcome la curiosidad!
—Que me he desorientado —reconoció en voz baja. Como si no estuviera aún del todo segura de que admitirlo fuera una buena idea.
Jim sacudió la cabeza. Tenía que haberla oído mal.
—¿Cómo dices?
—¡Ay, Jim! ¡Digo que no sé dónde estoy…! Ya está. ¿Te has quedado a gusto ahora? Había empezado a orientarme con el sonido del tractor, pero el ruido ha parado hace un rato y tú estabas hablando por el móvil… ¿Te importaría volver a ponerlo en marcha y acelerar? ¡No, ya sé, mejor toca el claxon! ¡¡¡No te rías!!! —rezongó al oír que el menor de los hermanos Bryan se estaba desternillando de risa.
—¿Y cómo no voy a reírme, Lilly? ¡Eres la persona más divertida que he conocido en mi vida…!
—¡Jim, ya vale! ¿Vas a ayudarme o llamo a los bomberos?
Él ya se había puesto en marcha hacia el tractor, riendo a todo reír.
—Que sí, mujer —dijo, y empezó a tocar la bocina—. ¿La oyes?
—Espera… ¡Sííííí! ¡Sííííí! ¡Ay, qué bien! ¡Sigue, sigue, a ver si me oriento!
* * * * *
A Jim ya empezaba a cansársele la mano de apretar el claxon, cuando al fin vio a Lilly aparecer allá a lo lejos. Traía a Sultán atado en corto con la correa y, por sus gestos, lo estaba regañando. Decidió ahorrarle el paseo y fue en su dirección a bordo de la furgoneta familiar. Se detuvo fuera del área de trabajo, en un espacio que habían despejado de matorrales a mano y hacía las veces de camino, y se apeó.
Apoyado contra la culata del vehículo, se tomó su tiempo para observarla sin perder la sonrisa en ningún momento. Su figura vestida de negro, con aquel chándal holgado y aquel cabestrillo rosa que destacaba tanto sobre el negro de su camiseta, se recortaba contra el horizonte. Llevaba el cabello recogido en una coleta muy alta, en la cima de su cabeza, lo cual quería decir que las manos expertas de su hermana mayor se habían ocupado de peinarla. Las coletas altas le quedaban genial.
Jim se quedó pensando. Prefería el pelo largo al corto en las mujeres y, desde luego, prefería que lo llevaran suelto, pero, en el caso de Lilly, sus preferencias no estaban tan claras. Su cabello suelto, con esas ondas graciosas que la favorecían tanto, le encantaba. Pero sus coletas, también. Le daban ese aire fresco y divertido que conjuntaba a la perfección con su personalidad. Eran como una extensión de ella, de su talante gracioso y chispeante. Suelto o recogido, daba igual, pensó. A una mujer preciosa como ella todo le quedaba bien.
Arrugó la frente, sorprendido por sus propios pensamientos, que se apresuró a ignorar. Se fijó en algo normal, como el hecho de que, a pesar de que Lilly venía andando con ritmo, la forma en que posaba sus pies en la tierra, denotaba cansancio. Su mascota, en cambio, derrochaba energía. Sultán era un diablillo. Estaba claro que le había hecho pasar un mal rato a su humana.
Lilly le dedicó a Jim una mirada socarrona al rodear la furgoneta. Se puso a intentar atar la correa de Sultán al parachoques trasero mientras le decía:
—Deja de reírte de mí, Jim. Esto le puede pasar a cualquiera.
Él le quitó la correa. Lo que Lilly se proponía era imposible de hacer con una sola mano, por más ingeniosa que fuera. Se ocupó de asegurar al diablillo, para que no volviera a escaparse, y cuando acabó, la miró.
—Claro que sí. Por eso no quieres que tu hermana lo sepa —dijo. Se cruzó de brazos y continuó mirándola con una sonrisa desafiante.
Ella hizo un gesto de desdén y fue a ocupar el asiento del acompañante. Jim la imitó sin hacer más comentarios, y, poco después, se pusieron en marcha hacia la casa principal, controlando, de tanto en tanto, por el retrovisor que Sultán no hiciera travesuras.
Lilly no quería que Chris supiera que se había perdido porque no era la primera vez que le sucedía. Ella lo atribuía a su despiste habitual, pero Chris, no. Siempre se tomaba muy a pecho todo lo que tuviera que ver con ella y le había advertido que si volvía a suceder, lo consultarían con un médico. A pocas semanas de librarse del traumatólogo, lo último que quería era empezar con un neurólogo. Además, de no tener entre manos una «misión especial» relacionada con Jim, no habría regresado a la explotación agrícola, Sultán no habría descubierto aquel conejo tan apetecible y, en resumen, ella no se habría pasado un cuarto de hora dando vueltas en círculo, sin saber cómo salir del bosque.
—No, no es por eso, listillo —refutó—. Y, por cierto, tú tienes parte de culpa en que me haya desorientado, así que, calla y escucha…
—¿Yo? ¿Por qué?
El sonido del móvil de Jim interrumpió la conversación. Él se inclinó un poco en la butaca para poder sacarlo del bolsillo trasero de sus vaqueros y, al ver de quién se trataba, atendió con la pulla en la punta de la lengua.
—¡Hombre, si es el calladito de la familia, que nunca dice nada, pero cuando abre la boca, la caga hasta el fondo! ¡Dichosos los oídos! —lo saludó.
Lilly supo con quién estaba hablando sin necesidad de mirar la pantalla. Hizo un gesto de dolor que Jim, concentrado en la conversación, no vio.
A quinientos kilómetros de Nashville, Tim se quedó en blanco un instante. Al siguiente, cuando comprendió que el tono de su hermano no había sonado como se suponía que debía sonar ante las circunstancias que atravesaba la familia, sacudió la cabeza incapaz de creer lo que estaba sucediendo.
¿Cómo era posible que Jim, que vivía en la misma casa con el resto de la familia, no se hubiera enterado aún de que Doreen estaba en el hospital?
Joder. No podía creer que, como colofón a un día de mierda, le tocaría a él darle la pésima noticia.
_____________________________________________________
©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷
Comentar Ir a Inicio 🔝 Ir a Principal 🔙
CRS-07. Mystic Oaks, 1 (MO 1). Capítulo 18
Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2025/2026
__________________________________________
18
Robert se tomó unos cuantos minutos en la calle, respirando el aire fresco del anocher, mientras intentaba recuperarse del disgusto. Acababan de informarle de que lo que, en un principio creían que era una apendicitis, se había convertido en algo más serio al estallar el apéndice. Había habido complicaciones y Doreen continuaba en el quirófano.
Había tenido que insistir y casi llegar a gritarle a una enfermera para conseguir que alguien se dignara a informarle en qué estado estaba su cuñada. Y sin casi, cualquiera que lo conociera, podía asegurar que el tono que había empleado era la versión Robert Bryan de gritar a voz en cuello. Ahora, que tenía la maldita información, estaba tan asustado que le costaba respirar.
Todos sus hijos le habían llamado. Varias veces, de hecho, y él había procurado mostrarse sereno para no empeorar la situación. Sin embargo, la cruda realidad era que la serenidad brillaba por su ausencia.
Jim y Lilly venían de camino y, gracias a que Chris estaba coordinando las cosas desde Mystic Oaks, se habían organizado entre todos para acudir al hospital por turnos. Sabía que la razón principal de tanta organización era sustituirlo a él para que fuera al rancho a descansar, y se sentía agradecido por ello, pero, aunque no se los hubiera dicho, él no tenía ninguna intención de alejarse de allí. Ya descansaría cuando a Doreen le dieran el alta y ambos regresaran a casa. Excepto por Tim, que se había negado a permanecer en Springfield y llegaría de madrugada, podía darse por satisfecho: el pánico no había cundido.
Hasta ahora, dijo una vocecita en su cabeza. A ver, qué sucedía en cuanto les comunicara las malísimas nuevas de las que él acababa de enterarse.
Robert apretó los párpados.
El maldito día no había dejado de empeorar y le aterrorizaba pensar que aún faltaban dos horas para la medianoche.
* * * * *
Se disponía a regresar a la sala de espera, cuando su móvil empezó a sonar. El nombre que mostraba la pantalla era Frank Montgomery.
Robert regresó sobre sus pasos, y se apoyó contra la pared, junto a las puertas de cristal por las que no dejaba de entrar y salir gente.
En el tiempo que llevaba en el hospital, ni siquiera se había acordado de los Montgomery, prueba más que fehaciente de que su cabeza no iba nada bien. Hablaban con relativa frecuencia, desde luego con muchísima más frecuencia de la que se veían, de modo que no estaba seguro de si se trataba de una llamada social o Frank ya estaba al tanto de que su hermana había sido hospitalizada. Ninguno de sus hijos le había mencionado que se hubiera ocupado de avisar a los Montgomery.
Respiró hondo y atendió la llamada.
—Hola, cuñado. No te voy a preguntar cómo estás. Ya me lo imagino. ¿Se sabe algo más de mi hermana? —se adelantó Frank, confirmando que no se trataba de una llamada social.
Diez minutos antes, Robert se habría sentido agradecido de que alguien hubiera hecho los honores, en su lugar, ocupándose de soltar el cubo de agua fría sobre la cabeza de la familia de Doreen. Ahora, él estaba en posesión de información muy preocupante, de la que nadie más estaba todavía al tanto puesto que aún no le había dado tiempo a compartirla, así que el mazazo, que no el cubo, correría de su cargo.
Robert volvió a inspirar profundamente.
—Hola, Frank… Disculpa que no te llamara para avisarte, pero he estado peleándome con medio mundo, intentando averiguar cómo está Doreen…
—Sin suerte, por lo que parece… Tu voz suena a que estás a punto de ponerte a gritar como un loco —repuso, conciliador—. Tranquilo, Robert, seguro que no tardarán en decirte algo. Y no te preocupes: los chicos nos han avisado… Bueno, ya no son tan muchachitos, aunque en casa sigamos llamándolos así…
Robert se mordió los labios. Su cuñado era un tipo muy afable, que siempre se las arreglaba para poner un nota amable, incluso en las situaciones difíciles. Era algo de familia, pues Doreen —y también Martha— se parecían mucho en ese sentido.
—Me alivia saber que alguien se ocupó de avisarte, Frank… —Robert dejó de hablar al oír que su cuñado se reía.
—Alguien, no: los tres me han llamado —aclaró él—. Como siempre te digo, son unos chicos estupendos… ¡Vaya, ahí se me ha escapado la palabra otra vez…!
—Eso no voy a rebatirlo —repuso, orgulloso, y se dispuso a contarle lo que sabía—. Después de mucho insistir…
Entonces, vio que Jim y Lilly iban hacia él. Su hijo traía un gran bolso colgado del hombro. No tenía buen aspecto. Lilly lo saludó con su única mano viable al tiempo que esbozaba una sonrisa compungida.
—Discúlpame un momento, Frank. Jim acaba de llegar —dijo, y apartando el móvil de su oreja, se fundió en un abrazo con él.
—Hola, papá… ¿Estás bien?
—Sí, no te preocupes… Hola, Lilly.
La joven se estiró a darle un beso en la mejilla.
—Estoy hablando con tu tío —continuó Robert—, así que escucha para que no tenga que repetirlo todo otra vez, ¿de acuerdo, hijo?
Jim frunció el ceño. ¿Había noticias? Robert le palmeó el hombro y regresó a su conversación con el hermano de Doreen.
—Disculpa, ya estoy contigo, Frank… La razón de que estén tardando tanto es que el apéndice ha estallado.
Jim suspiró, asustado, sin despegar los ojos de su padre. En aquel momento, sintió que Lilly enlazaba su brazo con el suyo, y la miró brevemente.
—Tranquilízate… Le dijo el muerto al degollado —oyó que ella murmuraba, esbozando una de sus sonrisas cómicas.
Estaba demasiado bloqueado para pensar en nada. Incluso, para valorar como debía, aquel gesto de acompañarlo en el sentimiento, que resultaba compasivo y gracioso al mismo tiempo. Un gesto muy del estilo de Lilly. Pero sentir el calor afectuoso de su brazo, lo reconfortaba y, aunque no se sentía capaz de expresarlo en palabras, su reacción instintiva de apretarlo contra su propio cuerpo, hizo las veces a la perfección.
Cuando regresó la atención a su padre, él estaba explicando lo sucedido.
—La ecografía que le hicieron al llegar no lo mostraba o no se apreciaba con claridad, no lo sé exactamente. Quizás, estalló camino del quirófano o… Bueno, la cuestión es que la supuesta apendicitis ya no es tal. Es algo más serio. Además, al parecer, ha habido complicaciones que la enfermera no ha sabido o no ha querido explicarme, y siguen operándola. Al menos, era así hasta hace quince minutos —Robert torció el gesto al ver cuánto había empeorado el aspecto de su hijo—. Te llamaremos en cuanto haya más noticias. Es todo lo que puedo decirte, Frank.
Hubo un tenso silencio antes de que Robert volviera a oír a su cuñado.
—Qué mala suerte que el maldito apéndice estallara… Pobre Doreen… —respiró hondo y, como siempre, se las arregló para poner una nota amable—. ¡Y pobre nosotros! ¡Con lo coqueta que es, en cuanto se vea la cicatriz, pondrá el grito en el cielo!
Robert asintió repetidas veces con la cabeza y una ligera sonrisa puso algo de brillo en su rostro.
—Es verdad —concedió, agradecido de que su cuñado intentara animarlo—. Habrá que irse preparando, ¿no?
—¡Más nos vale! Bueno, también te llamaba para contarte nuestros planes. Yo salgo para Nashville mañana, a la siete de la mañana. Vuelo vía Denver por United Airlines, y llegaré a primera hora de la tarde. Blanche y mis hijas viajarán el jueves. Antes no es posible, pues las niñas están con exámenes. Jared tendrá que quedarse aquí, ocupándose del rancho, hasta que yo regrese. Pero intentaremos que también vaya a Nashville, aunque sea un par de días —hizo una pausa y volvió a apelar al humor—. ¡No te vamos a dejar solo ante el «Huracán Doreen», hermano! ¡No te preocupes!
Eso era una gran noticia. Doreen se alegraría mucho de ver a su familia. Y, egoístamente hablando, quizás postergara durante unos cuantos meses su viaje a Montana.
Robert asintió, y una ligera sonrisa, al fin, logró poner algo de brillo en su rostro.
* * * * *
Chris introdujo la fuente con lasaña en el horno, reguló el tiempo y la temperatura adecuada, y regresó a la mesa donde un cabizbajo Ken hacía girar su vaso vacío sobre la mesa. Sonrió apenada al darse cuenta de que, aunque él estaba allí, su mente estaba en otra parte. Posiblemente, gastando las suelas de sus zapatos imaginarios en los pasillos del hospital, junto a su padre.
Desde que Jim había llamado para avisar que Doreen continuaba en el quirófano debido a que el apéndice había estallado, Ken estaba más ausente que nunca. Le había costado tranquilizarlo. Quería salir corriendo al hospital. Pero eso no ayudaría a nadie. En momentos como aquel, era más importante y necesario que nunca atenerse al plan. No solo por el plan en sí mismo, sino por la sensación de seguridad que confería en una situación de incertidumbre, saber que había algo que podían controlar. Además, había un optimismo implícito en ejecutarlo tal como estaba previsto, puesto que daba por sentado que Doreen superaría la operación y necesitaría pasar unos días en el hospital, antes de que le dieran el alta. Y, aunque el cabeza de familia creyera lo contrario, también daba por hecho que él solo abandonaría el hospital, cuando lo hiciera Doreen.
Tim estaba conduciendo hacia Nashville. Por expreso deseo de su padre, ignoraba que había habido complicaciones en el estado de la paciente. Haría una breve parada en el rancho para comer algo y dejar a Rain allí, antes de ir al hospital a sustituir a Jim, quien ignoraba que su mascota estaba en casa, esperándolo. Robert no quería que Tim pasara toda la noche en vela, después del duro día de trabajo que su hijo llevaba a la espalda, en el que, además, había conducido más de mil kilómetros. Ahí era donde entraba Ken: él se ocuparía de acompañar a Robert en el hospital, mientras sus hermanos descansaban. Por la mañana, después de preparar todos los ingredientes necesarios para que Lilly pudiera ocuparse de hacer la comida, Chris sustituiría a Ken, y así, sucesivamente.
—Aquí, tenemos las cosas controladas por hoy… Creo —matizó con una sonrisa al tiempo que le acariciaba el cabello—. ¿Qué hay de ti, guaperas? ¿Sabes qué harás mañana y se lo has comunicado a la cada vez más larga lista de gente que necesita saberlo?
Ken volvió a la realidad de sopetón. Sonrió, movió su silla hacia atrás, y le tendió la mano, reclamando tácitamente que Chris se sentara sobre sus piernas.
—Eres un ángel, preciosa —murmuró, después de besarla en los labios.
—¿Es tu forma de admitir que ni siquiera habías pensando en mañana?
Ken se apartó el cabello de la frente con un gesto cansino y asintió. Su cabeza estaba en otra parte y no tenía sentido que intentara engañar a alguien que lo conocía tan bien.
Chris notó que su expresión empezaba a mostrar la preocupación que se había esforzado tanto por disimular, desde que se había enterado de que Doreen estaba en el hospital.
Le acarició la barbilla amorosamente.
—Te ayudo, ¿quieres?
Él respiró hondo y, al fin, asintió.
—A ver… Mañana, mañana, mañana… —musitó, intentando recordar lo que había dispuesto para el día siguiente. Tenía una entrevista a primera hora y una sesión de fotos por la tarde. ¿Y entre medias? ¡Mierda!—. Tengo que avisarle a los chicos… ¡y a Bella!
—¿Qué chicos?
Ken miró a Chris con el ceño fruncido.
—¿No te he dicho que mañana haríamos nuestro primer ensayo oficial?
Ella negó con expresión divertida.
Mierda. Ken la miró con cara de dolor.
—Vale. Entonces, tampoco te he dicho que mi idea es que vengas al ensayo conmigo, ¿no?
Chris se cruzó de brazos, lo miró risueña. Él emitió una risita de desesperación.
—¿Me perdonas por ser tan desastroso? Iba a decírtelo, te lo juro. Iba a invitarte a venir… Quiero que te conozcan, que sepan que estás en mi vida, para que cuando vengas de gira conmigo, ya se tengan aprendido el libreto y no metan la pata… Pero, entre la noche tan excitante que compartimos y nuestra conversación en el bosque, de esta tarde, y la alegría de que vayas a mudarte aquí, conmigo… ¡Por lo visto, se me ha ido el santo al cielo…!
Chris sacudió la cabeza ligeramente. ¿Perdonarlo, decía? ¿De qué estaba hablando ese hombre? ¿Perdonarlo por qué? ¿Por ser el responsable de que su vida hubiera dado un giro de noventa grados y viviera constantemente en el séptimo cielo?
Tomó el móvil de Ken que estaba junto a su vaso, y se lo entregó.
—Gracias por la invitación. De más está decir, que la acepto encantada. ¿Lógico, verdad? No tengo un pelo de tonta y tú eres Ken Bryan. ¿Quién diría que no a semejante oferta? —dijo, guiñándole un ojo, traviesa, pues ambos sabían que lo había hecho en el pasado—. Y ahora, venga, empieza con las llamadas, antes de que se haga más tarde.
Ken tomó el teléfono y también la barbilla femenina. Sus lenguas se enredaron en un beso breve, pero intenso.
—Estoy loco por ti —murmuró él.
Los ojos de Chris acariciaron el rostro masculino largamente antes de que ella respondiera.
—Y yo por ti.
* * * * *
Lilly se las arregló bastante bien para abrir el termo con café y servir un poco en una taza. No era ambidiestra, pero, desde que tenía el hombro y el brazo derecho en cabestrillo, la destreza de su mano izquierda había mejorado considerablemente.
Le ofreció la taza a Jim, quien negó con la cabeza.
Estaban sentados en un pasillo alejado de la sala de espera, pues había sido el único lugar donde habían encontrado tres asientos libres. Después de dos horas de pie, se agradecía descansar las piernas un rato. Robert iba y venía, apenas si duraba cinco minutos sentado, pero Jim llevaba en pie, trabajando duro, desde el amanecer, y ella estaba agotada. Había sido un día muy agitado, emocionalmente hablando, y eso la cansaba más que correr una maratón.
Intentó animarlo con un tentempié, pero, para su sorpresa, Jim volvió a negar con la cabeza.
—Uy, esto no es normal —dijo. A continuación, miró el mini sándwich de paté con una delgada rodaja de tomate, que sostenía en una mano—. Mmm… Tienes muy buena pinta, pero si el mayor tragón del reino dice que pasa de comerte, empiezo a sospechar que algo no va bien contigo… ¿Serás de atrezo? —Apretó las dos mitades del pan con suavidad—. Estás esponjoso. Y hueles de maravilla —añadió, después de acercárselo un poco a la cara—. No eres de atrezo y seguro, seguro, seguro que estás buenísimo… Oye, Jim, ¿te has parado a pensar que podrías herir sus sentimientos, rechazándolo con ese gesto tan despectivo?
Jim sacudió la cabeza y, al fin, esbozó una ligera sonrisa.
—Estoy bien, Lilly.
Ella se agachó para ponerse al nivel de los ojos masculinos. Sus miradas se encontraron.
—¿De verdad? Pues, yo tengo la sensación de que acabas de decir una mentirijilla.
Jim respiró hondo.
—Estoy cagadito de miedo —admitió—. La llamo tía, pero para mí… —Volvió a respirar hondo—. Me aterra la idea de perderla.
—Es normal que estés asustado. Y también es normal que se te ocurran toda clase de pensamientos horribles. Pero solo son eso, Jim, locuras que uno piensa cuando tiene miedo. ¿Te imaginas cómo se sentirá tu padre? ¿Y tu hermano, después de la conversación que tuvo con tu tía poco antes de que ella se pusiera mal? Eres el gran bufón de esta familia. ¿Por qué no te concentras en ser eso? Hoy lo necesitan más que nunca —apretó los labios en un gesto compungido—. Y tú, también.
Jim se quedó en silencio, pensativo, durante unos instantes. Al fin, la miró largamente.
—Ya no eres Campanilla…
Lilly sonrió con desdén, como hacía siempre que Jim se refería a ella de aquel modo. ¡Claro que no era Campanilla, ni venía del País de Nunca Jamás!
—Que sepas, que cada vez me gusta más esta nueva Lilly.
Durante un instante los dos se quedaron cortados. Fue como si alguien hubiera pulsado el botón de pausa.
Entonces, ella lo miró con los ojos muy abiertos. No quedaba rastro de una sonrisa en su rostro. Ni de desdén, ni de ninguna otra clase.
«Joder», pensó él. «¡¿Qué coño acabas de decir, tío?!»
—Pero, que no se te suba a la cabeza, ¿eh? —se apresuró a matizar, recuperándose a marchas forzadas de su alucinante metedura de pata.
Y, sin darle tiempo a Lilly a decir nada, le quitó el mini sándwich de la mano, se lo metió en la boca y se dedicó a saborearlo, al tiempo que emitía pequeños sonidos aprobatorios.
«Más te vale atar en corto tus impulsos, chaval», se dijo.
Pero que muy en corto.
* * * * *
Robert no había tocado uno solo de los tentempiés que Jim y Lilly habían llevado al hospital. «Estoy sobrealimentado, hijo. No pasará nada porque ayune hasta mañana», le había dicho. Y, aparte de agua para tomar sus medicinas, se había negado a hacer otra cosa que caminar pasillo arriba, pasillo abajo.
Pero, en realidad, aunque nadie lo supiera, Robert había hecho algo más. Mientras gastaba las suelas de sus zapatos, incapaz ya de mantener control alguno sobre su ansiedad, había tomado una decisión: si Doreen superaba la operación, él iría a por todas. En cuanto, ella saliera de la anestesia y pudiera mantener una conversación coherente, pondría las cartas encima de la mesa. Le confesaría lo que sentía por ella desde hacía años, su esperanza de que sus sentimientos fueran correspondidos, y los sueños que albergaba acerca de un futuro juntos.
Haberse vuelto a enamorar era un regalo del cielo, un regalo que ambos se merecían, y no estaba dispuesto a perder un minuto más para disfrutarlo.
Ahora, solo necesitaba una cosa: que Dios permitiera que Doreen saliera con vida del quirófano para que él pudiera decirle cuánto la amaba.
_____________________________________________________
©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷
Comentar Ir a Inicio 🔝 Ir a Principal 🔙
CRS-07. Mystic Oaks, 1 (MO 1). Capítulo 19
Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2025/2026
__________________________________________
Pasaban unos minutos de la medianoche, cuando un hombre y una mujer vestidos con pijama sanitario entraron en la sala donde esperaban Robert, Jim y Lilly. Se detuvieron cerca de la puerta.
—¿Familiares de Doreen Montgomery? —preguntó la mujer.
Robert saltó de la silla con una energía inusitada y fue a su encuentro. Jim corrió detrás de él, y, un instante después, Lilly hizo lo mismo.
—¿Cómo está? —preguntó Robert. No era por sexismo que hubiera dirigido su consulta al hombre, sino porque llevaba puesto un gorro quirúrgico.
La diferencia de estatura entre los interlocutores era notable, pues, aunque el médico era como mínimo diez años más joven que Robert, medía veinte centímetros menos. En lo que no había diferencia era en el rostro demacrado y en el cansancio que delataban sus ojos.
—Soy el doctor Peters y esta es la doctora Gómez. A pesar de las complicaciones, la operación ha salido bien. Hemos extirpado el apéndice, hemos logrado controlar los daños directos causados por su estallido, y esperamos controlar los indirectos con medicación. Pero, hay que ver cómo evoluciona la paciente.
—¿Y cómo está? —intervino Jim, nervioso. ¿Qué coño querían decir con toda esa palabrería?
En esta ocasión, fue la mujer quien respondió. Era joven, de estatura media, y atractiva, con ojos oscuros y vivaces, y rasgos que denotaban sus orígenes latinos. Más tarde, se enterarían de que estaba haciendo el tercer año de residencia en aquel hospital.
—Dormida. Todavía está bajo los efectos de la anestesia. Pero respira por sí misma, y tiene el mismo número de manos y de piernas que tenía al venir al hospital.
Lilly no pudo contener su alegría.
—¡Menos mal! Para «incompletos«, ya estoy yo —dijo, mostrando su brazo en cabestrillo, en un gesto triunfal.
Jim sonrió, le dedicó a Lilly una mirada apreciativa, y volvió a poner su atención en su padre.
Robert, en cambio, apenas festejó la broma. Estaba agotado, tenso y preocupado. Y sabía que no se relajaría hasta que pudiera comprobar con sus propios ojos que Doreen estaba bien.
—Gracias, doctor. ¿Qué sucederá a partir de ahora?
—La tendremos en la sala de reanimación hasta que haya pasado el efecto de la anestesia para poder tenerla controlada en todo momento. Por la mañana, si todo sigue bien, la trasladaremos a otra planta. Entonces, podrá verla. Ahora, le recomiendo que se vaya a casa e intente descansar.
Robert respiró hondo. ¿Cuándo, exactamente, la trasladarían a otra planta? ¿En ocho horas? ¿En diez? Necesitaba verla ya.
—¿Y por qué no ahora? Llevamos horas aquí. ¿No podemos verla a distancia, sin entrar en la sala?
El cirujano miró a la mujer que lo acompañaba, ella concedió con un gesto y, él, al fin, asintió.
—Cinco minutos y sin acercarse, ¿de acuerdo? La doctora vendrá a buscarlos cuando la paciente esté en la sala.
Robert asintió agradecido.
—Por supuesto. Muchas gracias, doctor —dijo, estrechando la mano del médico.
Detrás de Robert, Jim y Lilly chocaron los cinco, superanimados.
* * * * *
Volver a ver a Doreen, tras tantas horas de miedo e incertidumbre, fue una experiencia agridulce para Robert. Verla a través de las puertas correderas de cristal y confirmar que seguía con vida, le había devuelto el alma al cuerpo. Sin embargo, saber que aún había muchas horas por delante antes de que Doreen despertara, disparó su ansiedad. Necesitaba volver a ver sus hermosos ojos, saber cómo estaba, cómo se sentía, oírlo de sus labios. Y también necesitaba, desesperadamente, abrirle su corazón. Pronunciar, de una vez, las palabras que llevaba tantos años reprimiendo, que ya le quemaban la garganta. Esas horas en el hospital le habían hecho comprender el gran error que había cometido al callar lo que sentía por Doreen durante tantos años. Dudando de si sus sentimientos serían correspondidos. Y si lo fueran, pensando en cómo tomarían sus hijos que su tía se convirtiera en la pareja de su padre y, por lo tanto, en su madre adoptiva. Pensando en cómo lo tomarían los Montgomery, en el qué dirán… En todo. Y dejando pasar el tiempo por temor a que saliera mal, Doreen regresara a Montana y él la perdiera para siempre. Qué estupidez más grande había cometido. Vivir la vida como si esta no tuviera caducidad era un enorme error. La realidad era que no había tiempo que perder.
Jim, en cambio, estaba exultante. Sus ojos habían recobrado ese brillo tan característico de alguien que ve la vida a través de un filtro colorido. De hecho, su primer comentario fue:
—Le queda genial ese peinado, ¿has visto, papá?
No era un peinado. No, al menos, cómo lo entendía Doreen. Su largo flequillo, que ella solía llevar formando una onda bien marcada cayendo sobre el costado de su rostro, ahora estaba hacia atrás, dejando la frente totalmente despejada. Estaba achatado, sin volumen, seguramente, por efecto del sudor y del gorro que le habían puesto en el quirófano. Robert no pudo evitar pensar que si despertara en aquel momento y alguien le pusiera un espejo delante, su grito horrorizado se oiría desde el rancho. Sin embargo, si el comentario de Jim pretendía destacar la belleza de la mujer que yacía en aquella cama de hospital, rodeada de aparatos, entonces, estaba totalmente de acuerdo. Doreen era hermosa. Y, sí, aquel peinado forzado por las circunstancias, le quedaba maravillosamente bien.
—Si ella te oyera, te enviaría al oculista, hijo.
Lilly se rio, al tiempo que asentía enfáticamente con la cabeza.
—Ya lo creo que sí. No se te ocurra decírselo a ella. Es lo que hace todo el mundo, ya sabes, intentar animarte, pero te aseguro que lo primero que piensas cuando lo escuchas es «ay, dios, debo parecer un monstruo extraterrestre con antenas y todo».
—Sí, seguro que si nos quedamos mirando con atención, veremos dos antenitas verdes apareciendo despaaacio, muy despaaacio entre el pelo plateado —celebró Jim, pero enseguida su sonrisa se transformó en un gesto de alivio—. Dios mío, qué suerte poder reírnos… Qué mal rato he pasado —reconoció.
Lilly le dedicó una mirada tierna que Jim no vio, pero Robert, sí, y le hizo sonreír.
—Las mías eran rosas, no verdes —apuntó la muchacha.
La mirada de Jim abandonó a Doreen para posarse sobre la joven que estaba de pie, a su derecha.
—Rosa fucsia, concretamente —precisó él.
Lilly se rio. Mostró su cabestrillo con talante triunfal.
—¡Válgame, Dios, salta a la vista!
—Pues serían unas antenitas muy molonas —repuso Jim, ni corto ni perezoso.
Robert frunció el ceño a mitad de camino entre la sorpresa y la incomprensión. No entendía el significado de esa palabra, pero sobre el tono empleado por su hijo no tenía la menor duda. Era el mismo que él usaba cuando flirteaba con Doreen.
—Quiere decir «divertidas» —explicó Lilly, asomándose por delante de Jim para mirar a su padre.
Robert asintió repetidas veces con la cabeza.
—Ah, muchas gracias por la aclaración, Lilly —concedió.
Jim sonrió para sus adentros.
«Que va. Quiere decir ‘preciosas’, como tú».
* * * * *
Ken y Chris se habían despertado entre aullidos y ladridos. Estaban en la biblioteca, sentados en un sofá, donde hasta hacía una hora habían estado mirando una película. Después de recibir la tranquilizadora llamada de Robert, informándoles de que Doreen había salido del quirófano y, en principio, la operación había ido bien, Chris había sido la primera en quedarse dormida contra el pecho de Ken. Él había sucumbido poco después.
—Ha llegado alguien… —musitó ella, todavía medio dormida.
Ken chistó a los cachorros que ya no estaban con ellos, en la biblioteca.
—¡Shhhh! ¡Menudo revuelo!
Chris pestañeó varias veces para aclarar la vista, luego le dedicó una sonrisa a lo primero que vio con claridad en su campo visual.
—Guau. Menudas vistas…
Él se levantó del sofá y ayudó a Chris a hacer lo mismo. En una muestra más de lo preocupado que estaba, no hizo el menor comentario al cumplido femenino.
—Vamos, preciosa —le dijo—. A ver qué pasa. Los peludos están haciendo demasiado escándalo…
—Será Tim. ¿No venía Rain con él?
—Ahhh, claro… ¡Se me había olvidado! Vamos —dijo tomándola de la mano, después de que ella cogiera su muleta—. Ven a conocerla. ¡Es una peludita hermosa!
En el hall, junto a la fuente, había una auténtica fiesta en curso. Una fiesta digna de ver. Noah y River le estaban dando una bienvenida apoteósica a su madre, que después de olerlos y lamerlos, se había puesto a jugar con sus dos pequeños. Sultán se les había unido como si fuera el tercer cachorro de la camada. Sus aullidos y los ladridos de los tres Terranova retumbaban en los techos altos de la casa, haciendo imposible que los humanos oyeran sus propias voces.
Tim y Ken se fundieron en un abrazo que duró varios instantes.
—¿Cómo está? —preguntó el recién llegado. Tan solo sabía lo que le había dicho Jim: que había salido de la operación.
Ken lo tomó por el codo y se alejaron del bullicio.
—Bien. Sigue dormida, por la anestesia. Estará en la sala de reanimación hasta que despierte —dijo Ken, sin entrar en detalles. Su padre no había querido que nadie le dijera que la simple operación de apéndice se había transformado en algo serio, al estallar el apéndice.
Tim soltó el aire en un suspiro.
—Joder, qué miedo he pasado, tío…
Ken palmeó el brazo de su hermano.
—Y que lo digas…
Fue entonces cuando se percató de que Chris no estaba junto a él. Se volvió a mirar y la vio inclinada hacia los perros, acariciando a Rain mientras hablaba con ella. En aquel momento, Chris alzó la vista y sonrió. Fue al encuentro de Tim.
—Bienvenido, forastero —le dijo, al tiempo que se estiraba para darle un beso en la mejilla—. Una lasaña recién hecha te espera en la cocina.
—Mi estómago y yo te lo agradecemos mucho, Chris. Estaba a punto de empezar a cenar cuando papá me avisó de lo de la tía… Hice un par de paradas de camino hacía aquí, pero no fui capaz de comer nada…
—Es normal, hombre —dijo Ken, conduciendo a su hermano hacia la cocina—. Yo tampoco he probado bocado.
—Y eso sí que es un milagro —apuntó Tim, con segundas.
Los tres rieron, algo por lo que se sintieron agradecidos, pues era una señal de que, después de horas de incertidumbre, la calma regresaba lentamente al seno de la familia. Doreen había superado la operación, los Bryan estaban juntos, la vida volvía a tener sentido.
* * * * *
Después de que Chris calentara la lasaña, los tres habían devorado sus raciones acompañadas de una buena ensalada. Mientras tanto, los cachorros seguían a Rain en su recorrido por el edificio.
—Espero que papá haya dejado la puerta de su habitación cerrada, si no, mañana su colcha estará llena de pelos —dijo Ken, tras apartar su plato vacío a un lado.
—¿Su colcha, solamente? —apuntó Tim—. Esa perra adora a papá. Seguro que si vamos ahora, la encontraríamos echada sobre sus pantuflas. De la colcha ya se habrá ocupado al llegar.
Tras un momento de risas, Tim fue al grano.
—¿Alguno de los dos va a decirme lo que pasó?
—¿A qué te refieres?
Tim miró a su hermano con una ceja enarcada. ¿En serio tendría que aclararlo? Por lo visto, sí.
—A que una operación de apéndice no dura lo que ha durado esta.
Los ojos brillantes de Ken le dieron la primera pista, pero fue Chris quien respondió:
—En el quirófano, o camino de él, no lo sabemos exactamente, el apéndice estalló.
Tim apretó los párpados. Lo sabía. Sabía que algo no iba bien. Había hecho todo el camino de Springfield a Nashville con una mala sensación en el cuerpo.
—Y papá no quiso que me lo contarais.
Ken asintió. Él sacudió la cabeza, contrariado.
—¿De qué te habría valido saberlo, Tim? —lo consoló Ken—. No podías hacer nada más que ponerte nervioso y preocuparte. Sabes que papá siempre lo pasa mal cuando conduces de noche. Ya tenía bastante con Doreen sobre una mesa de operaciones, ¿no te parece?
Tim exhaló un suspiro y apartó esa sensación de sentirse el último orejón del tarro que no lo dejaba ni a sol ni a sombra. Estar completamente solo en Springfield era ya bastante duro, para encima recibir las noticias tarde, y a cuenta gotas.
—¿Y Jim?
Ken emitió una risita irónica.
—No es por echarle flores a mi chica, pero sin esta mujer aquí, calmando las aguas, el día de hoy habría sido una puta locura. Jim se puso a gritar a voz en cuello: «¡¿Por qué coño soy el último en enterarme de que Doreen está en el hospital?! ¡Estoy aquí, joder! ¿Cómo puede ser que me enterara por Tim, que está en otro estado!». —Sacudió la cabeza—. Tuvimos que sacarlo de la furgoneta entre los tres. Él estaba con Lilly. Bueno, sacarlo, no. Más bien, despegarlo. Quería ir al hospital a toda costa. Fue Chris quien consiguió que se serenara.
Tim asintió. Se lo había imaginado. Básicamente, porque Jim le había colgado. Luego, habían hablado dos veces más, pero él no había querido meter el dedo en la llaga, recordándoselo.
—Bueno, después, también tuve que improvisar una barricada para ti —dijo Chris, mirando a Ken con dulzura.
Él se inclinó y la besó largamente mientras Tim miraba a otra parte, renegando en broma ante tanto romanticismo.
—Sí, lo siento, preciosa —admitió—. Me puse muy nervioso cuando papá avisó que las cosas se habían complicado… Te sientes tan impotente, tan inútil…
Tim volvió a asentir, esta vez, con énfasis.
—Es desesperante —suspiró—. Bueno, ¿vamos? Así, Lilly y Jim pueden venir a dormir.
Cuando lo dijo, ya se había puesto de pie. Ken lo imitó.
—Y tú, también. El turno de noche es mío, ¿recuerdas? —dijo, despidiéndose de Chris con otro beso romántico.
—Como para no recordarlo. Me lo has dicho media docena de veces, tío. Casi estoy por animarte a que aproveches la visita al hospital para que te hagan una prueba de memoria.
La carcajada de Chris los hizo reír a los dos.
—Anda, quejica, ven —repuso Ken.
Después de pasar un brazo alrededor del hombro de su hermano, los dos se alejaron y, por una vez, no llevaban ningún cachorro a la saga.
* * * * *
Ken saludó a Lilly con un guiño y se agachó delante de su padre. Tim hizo lo propio, a su lado.
Robert estaba sentado junto a Lilly y a Jim, en una fila de asientos al fondo de la sala de espera. Tenía la cabeza apoyada contra la pared y los ojos cerrados. El ritmo de su respiración indicaba que era el único de los tres que no estaba despierto.
—Está dormido. Mejor, dejarlo tranquilo —musitó Ken.
Tim asintió, dando su acuerdo. Estaba seguro de que no conseguirían arrancar a Robert de la cabecera de la cama de Doreen, así que todo descanso era bienvenido, por pequeño que fuera.
Los hermanos se sentaron junto a Jim y, muy pronto, se pusieron a conversar en un tono bajo para no molestar a su padre.
—¿Qué tal sigue la tía? —preguntó Tim.
—Sin novedad, y eso es bueno… —Jim volvió la cabeza para comprobar si su padre seguía durmiendo, y continuó hablando en voz aún más baja—. Hace un rato, me crucé con una médica que estuvo en el quirófano.
Lilly bajó la cabeza para no la vieran sonreír. En realidad, había sido justo al contrario: la médica en cuestión, norteamericana de nacionalidad, pero con ascendencia peruana, que respondía al nombre de Luciana Gómez, se había «cruzado» con Jim. Y estaba segura de que no había sido fruto de la casualidad. Lo sabía porque había sucedido ante sus ojos, cuando regresaba del baño.
—¿Y qué te dijo? —quiso saber Ken.
—Que la tía lo tuvo difícil durante un rato, pero que es una mujer muy fuerte y, gracias a eso, lograron estabilizarla. Dijo que tardará un tiempo en recuperarse del todo porque tuvieron que abrirle el vientre para limpiarla bien. Ahora, hay que esperar a que se pase el efecto de la anestesia para ver cómo está realmente. Pero los médicos son optimistas.
Ken y Tim escucharon las noticias sin ocultar su preocupación. El asunto parecía mucho más grave que la simple apendicitis con la que había empezado todo.
—¿Papá no lo sabe? —musitó Tim. Jim negó con la cabeza. Robert estaba dormido cuando él regresó de su encuentro con la médica—. Pues no se lo digas.
Ken estuvo de acuerdo.
—Ya se lo dirán los médicos a él o a Doreen, si lo consideran necesario. El pobre ha tenido suficiente por hoy.
Los hermanos y Lilly continuaron conversando en voz baja durante un buen rato. Fue así como Ken y Tim descubrieron que los tres habían llamado a Frank Montgomery para avisarle que Doreen estaba hospitalizada.
—Fijaos si estaría mal, que me acordé de Montana. Y eso que nunca he tenido un interés especial en esa parte de nuestra hermosa geografía nacional —comentó Tim, con un ligero tono irónico. Ahora, que llevaba un buen rato con su familia, se sentía más recuperado. Más «él».
Ken hizo lo que hacía siempre: guardarse sus comentarios. Jim también hizo lo que hacía siempre.
—Mejor —dijo—, así le quedó bien claro que lo que queremos es que sea él quien mueva su culo hasta aquí. Por una vez.
Jim no estaba siendo justo y lo sabía. Las visitas familiares por parte de los Montgomery eran muy escasas, sin embargo, en las emergencias, Frank no había fallado ni una sola vez. Pero le daba exactamente igual.
—Y tan claro —terció Ken—. Papá me ha dicho que llega mañana. Bueno, mañana ya es hoy. ¿A qué hora estará aquí, Jim?
—Guau, sí que hemos sido convincentes —intervino Tim. Pensó que ojalá los Montgomery se pusieran en marcha con la misma rapidez cuando no está en peligro la vida de nadie, pero no lo dijo. Vio que Jim mostraba su acuerdo, moviendo la cabeza arriba y abajo con decisión, antes de responder a la pregunta de Ken.
—Su vuelo aterriza a las dos y media de la tarde. Ahora que lo pienso… ¿Habrá que ir a recogerlo al aeropuerto? —Soltó un bufido y se respondió a sí mismo—. Sí, por supuesto, que sí.
Ken palmeó la rodilla de su hermano menor.
—Tranquilo, yo me ocupo.
—Sí, claro, como a ti no te conoce nadie… —se rio Tim—. Mejor, no te ocupes, tío. Ya estoy viendo que tenemos que ir a rescatarte de tus fans.
—Tiene razón —concedió Jim—. Así que, gracias, pero, no, gracias. Ya me ocuparé yo.
—¿Y tú crees que el tío Frank llegará al hospital de un pieza, si lo dejamos a tu cargo? —se rio Ken—. Venga ya, Jim. Eres muy capaz de poner a las dos familias en pie de guerra.
—Guerra, ¿por qué? Doreen es nuestra. Sobre esto no hay discusión —afirmó él, y también acabó riéndose.
—O sea, que es mejor que vaya Tim —propuso Ken, siguiéndole la broma.
—¿Yo? —dijo él, con incredulidad, señalándose—. ¡Demasiada confianza me tenéis!
Lilly llevaba un buen rato observando a los hermanos. Siempre que estaban juntos había ese aire divertido y relajado entre ellos. En circunstancias normales, ya le resultaba asombroso que la relación que mantenían fluyera sin grandes altibajos. Incluso, la única tormenta que había presenciado entre Jim y Tim (solo en parte, pues se había marchando de la cocina enseguida), había pasado con rapidez y sin hacer destrozos aparentes. Las de hoy no eran circunstancias normales. Había sido un día muy tenso, enfrentándose a un problema grave del cual todavía no se conocía el desenlace. Y allí estaban, en la sala de espera del hospital, mientras esperaban noticias de una mujer que era fundamental en su vida, capeando el temporal con ese mismo aire que había visto cientos de veces. Compensando la preocupación que, indudablemente, sentían, con el disfrute, también indudable, de estar juntos.
—¿Y qué tal si voy yo? —propuso Lilly.
Los tres hermanos posaron su mirada sobre ella a un tiempo. La de Jim estaba cargada de una dulzura que nadie más notó… excepto Lilly. Una dulzura innegable y evidente que la hizo sentir halagada a la par que bastante confusa. Jim era dulce —todos los Bryan lo eran—, pero… ¿tanto? Cuando la tenía por «Campanilla» era mucho menos dulce.
—Corrígeme, si me equivoco, pero ¿el código de circulación no exige usar las dos manos para sujetar el volante? —preguntó él.
Lilly le restó importancia con un gesto de su única mano útil.
—El código no se enterará —repuso, con desparpajo—. ¡No se lo decimos, y listo!
—¿Y qué tal si yo me encargo del volante y tú de mi tío, mientras te espero en el aparcamiento? —propuso él, que ya había empezado a reírse del puro disgusto que le daba saber que tendría que mostrarse amable con un tipo al que, la mayoría de las veces, deseaba estrangular.
—¡Vale! Y como no nos conocemos, lo esperaré con una pancarta que diga: ¡Bienvenido a Nashville, tiíto Frank Montgomery! ¡Estábamos deseando volver a verte! —exclamó ella, alegremente—. ¡Vas a quedar de lujo con tu tío, ya verás!
En medio de las inevitables risas, esta vez fueron los hermanos mayores los que intercambiaron miradas. Miradas que decían que algo sucedía entre los dos habitantes más jóvenes del rancho. De hecho, Tim fue un poco más allá en sus pensamientos, preguntándose si Jim, finalmente, había decidido pasar de Sue Anderson. No supo qué responderse.
—Son casi las cuatro de la madrugada —dijo, mirando su reloj—. Es hora de que os vayáis a dormir.
—Vayamos —preciso Jim, señalándolo a él también.
Tim puso los ojos en blanco.
—Que síííí…
Se levantaron del asiento y fueron hacia donde estaba Robert.
—Papá… —musitó Ken, tocando su brazo con suavidad un par de veces.
Él abrió los ojos enseguida. Sonrió al ver a sus hijos mayores, y extendió los brazos en un abrazo que los alcanzó a los dos.
—Qué bien teneros conmigo otra vez…
—¿Cómo estás? —se interesó Tim—. ¿Has tomado tus medicinas?
—¿Has comido algo? —preguntó Ken—. No puedes tomarlas con el estómago vacío.
«Hogar, dulce hogar«, pensó Robert, que miró a uno y a otro consecutivamente.
—Sí y no. No puedo comer, si estoy nervioso… ¿Qué hora es? —preguntó, pasándose una mano por la cara.
—Ha dormido casi una hora y media —le informó Lilly, satisfecha.
Robert elevó las cejas, sorprendido. Miró a Jim quien asintió con una sonrisa.
—Vaya… Parece como si acabara de cerrar los ojos… ¿Alguna noticia? —dijo, un instante después, sobresaltado.
—Ninguna. La tía sigue dormida —repuso el menor de los Bryan.
—Ah, bien… —suspiró Robert—. Bueno, ¿y vosotros?, ¿cómo estáis?
—Estamos bien, papá. Yo, cenado y descansado. O sea, listo para hacerte compañía el resto de la noche. Tim, bastante molido por este día interminable, pero como está a punto de irse a dormir, sobrevivirá —dijo, dedicándole una mirada afectuosa a su hermano—. Previendo que no tocarías los tentempiés, Chris te envía este termo con crema de verduras. —Lo sacó de una bolsa con asas y se lo entregó—. Dice que, por favor, se lo devuelvas vacío. Y yo te digo que ahora tenemos a otra mandona en casa. Así que, por mi bien, te recomiendo que le hagas caso —y coronó su frase con una sonrisa traviesa.
—¿Mi hermana, mandona? —terció Lilly—. Quééééé vaaaaaa… ¡Mi hermanita es el ser más dócil y adorable que existe sobre la faz de la Tierra!
Robert aceptó el termo con el corazón rebosante de gratitud. Sin la actitud calmada y la gran capacidad de organización de Chris, todo habría sido infinitamente más duro aquel día.
Los Bryan y él, en particular, tenían una deuda enorme con aquella mujer de mirada serena, que había conquistado no solo el corazón de Ken, sino el de toda la familia.
coment_____________________________________________________
©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷
Comentar Ir a Inicio 🔝 Ir a Principal 🔙
CRS-07. Mystic Oaks, 1 (MO 1). Capítulo 20
Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2025/2026
__________________________________________
20
Ken abrió los ojos un instante y enseguida volvió a cerrarlos. Le pesaban los párpados. La conciencia regresaba a él muy despacio y con ella, una colección de molestias debidas a la mala postura. La del cuello, concretamente, molestaba bastante. Era como si se hubiera quedado dormido… ¿sentado? Volvió a abrir los ojos e intentó enfocar la mirada. Paredes blancas. Una cama… ¡La cabeza de su padre sobre la sábana! ¿Qué le pasaba? Se incorporó de golpe, totalmente alerta. Entonces, los recuerdos regresaron y Ken exhaló el aire en un suspiro aliviado.
Ya había amanecido cuando la doctora Gómez les informó que Doreen había salido de la anestesia. Dado que ya podía abandonar la sala de reanimación, la estaban trasladando a una habitación en la primera planta. Era donde los tres estaban ahora: Doreen, durmiendo, aunque ya no por efecto de la anestesia; Robert, dormitando, usando el borde de la cama a modo de almohada, y él, que ahora disfrutaba de un buen dolor de espalda gracias a haberse quedado dormido como un tronco, sentado en una silla.
Se pasó una mano por la nuca, dobló el cuello a la izquierda y a la derecha, varias veces, estirándolo todo lo que podía. Al fin, se incorporó y se acercó a la cama. Una sonrisa iluminó su rostro.
Doreen no estaba dormida. Sus grandes ojos grises, ahora lucían mucho más pequeños por la hinchazón de sus párpados, pero estaban abiertos. De hecho, lo miraba. Su cabello estaba aplastado y hacia atrás, dejando su rostro completamente despejado. La palidez de su piel era tan notable como las sombras oscuras bajo sus ojos. Tenía electrodos fijados a su pecho y una vía situada en su brazo derecho por la que le suministraban medicación y suero. A pesar de que debía sentirse como si un camión de diez toneladas le hubiera pasado por encima, dos dedos de su mano izquierda descansaban sobre la mano de Robert y, si no había malinterpretado el gesto, ella acababa de negar ligeramente con la cabeza, pidiéndole que no lo despertara.
Ken rodeó la cama, se acercó a la cabecera y se inclinó a besar la frente de su tía.
—Hola, Doreen… Bienvenida de nuevo a este mundo de locos… ¿No quieres que despierte a mi padre? ¿Por eso has movido la cabeza? —le dijo al oído.
Otro ligero movimiento, bastante más leve que el anterior, le confirmó a Ken que estaba en lo cierto.
Robert debería estar descansando debidamente, tomando sus medicinas y cuidándose. No allí, pidiendo a gritos una tortícolis. Pero si ni siquiera su hijo mayor había conseguido convencerlo de que se fuera a casa, a dormir en una cama, la única que quedaba por intentarlo era ella y, evidentemente, no estaba en condiciones. Así pues, lo mejor era dejarlo dormitar en aquel sillón todo lo que fuera posible.
Doreen cerró los ojos. Inspiró despacio y profundo. Cada parte de su cuerpo pesaba y le molestaba, con una clase de molestia que le costaba definir. En el abdomen tenía un dolor sordo que, seguramente, sería muy agudo sin la analgesia que le estaban suministrando. Pero en el resto de su cuerpo, la sensación era una mezcla de ardor y tirantez que en algunas zonas llegaba a ser dolorosa. Era como si su piel hubiera encogido y sus órganos y huesos entraran a presión en ella. Sin embargo, la sensación de no tener un gramo de energía era preocupantemente clara, definida. Tanto como la necesidad de dormir un mes seguido. No recordaba haberse sentido tan agotada en toda su vida.
Volvió a mirar a su sobrino y concentró todas sus fuerzas en una desvaída sonrisa que él le agradeció con otro beso.
—Estoy feliz de verte, Doreen —susurró Ken junto al oído de su tía—. Y mi padre también lo estará cuando despierte… Por sí solo, tranquila, yo no lo despertaré. Ahora, descansa.
Y fue en aquel momento, cuando Ken vio que Doreen cerraba los ojos y se rendía al sueño.
* * * * *
Robert no despertó hasta dos horas después y, para entonces, hacía un buen rato que Ken se había marchado. En su lugar, estaba Chris, aunque en aquel momento intentaba hablar con alguno de los cirujanos que habían operado a Doreen, por lo que no se hallaba en la habitación.
Tal como Doreen había anticipado, a Robert lo había despertado un dolor de cuello y al intentar alzar su mano con la intención de palpar la zona afectada, la presión de los dedos femeninos lo había devuelto plenamente a la conciencia en un santiamén.
Miró a la mujer que, con los ojos cerrados y la respiración acompasada, parecía dormida, y luego, a aquellos dedos pálidos que retenían débilmente su mano en la posición que estaba. Se le disparó el corazón de júbilo.
Por puro impulso, agachó la cabeza y besó los dedos femeninos. Primero, fue un beso tímido, pero muy sentido. Después, otro, y, al fin, continuó depositando besos pequeños sobre sus dedos, incapaz de resistirse a la tentación.
—Gracias a Dios… Gracias a Dios que has vuelto conmigo… —murmuró entre beso y beso.
Sin liberar los dedos femeninos, elevó la cabeza para mirar a Doreen. Su rostro mostraba los signos de las horas difíciles que había vivido con tal claridad que le dolió. Seguía siendo hermoso. A sus ojos, no existía nada ni nadie más hermoso que ella. Sin embargo, los estragos eran grandes y evidentes. Hasta sus labios lucían inflamados y presentaban cortes sobre los cuales se habían formado pequeñas costras. Esos labios que llevaba años deseando intensamente besar y a los que cada vez le costaba más resistirse. Incluso, ahora, la tentación era inmensa. ¿Sería eso una señal de que el amor lo había devuelto a la adolescencia? No se le ocurría otra forma aceptable de explicar que un hombre hecho y derecho pudiera albergar esa clase de pensamientos en un momento tan inapropiado. Debería estar pensando en su salud, en cómo ayudarla a recuperarse lo antes posible, en cómo se organizarían para cuidar de ella cuando le dieran el alta hospitalaria y la enviaran a casa para continuar con los cuidados postoperatorios… Había un millón de cosas en las que pensar. Y allí estaba él, salivando de gusto, como un niño frente a un tarro de golosinas, ante la idea de besarla.
—Como diría Jim, estás fatal… —dijo, molesto consigo mismo.
Decidió que lo mejor era ir al baño, lavarse la cara, asearse un poco y, luego, comprobar qué medicinas le tocaba tomar.
Se estaba levantando del sillón cuando le pareció oír que Doreen le hablaba, y se le iluminó el rostro.
—¡Eh! ¿Estás despierta? ¿Me has dicho algo?
Doreen llevaba un rato despierta. Lo suficiente para sentir los besos de Robert en sus dedos, darse cuenta de cuánto le gustaban, y seguir haciéndose la dormida para evitar que él dejara de besarlos.
Ella respiró hondo y carraspeó. Al fin, abrió los ojos y lo miró.
—Vaya forma… de animarme —repitió, con voz muy baja y entrecortada.
A Robert se le rio el alma.
—No, no, no… No iba por ti, querida mía… Sino por mí. Pensaba en voz alta. ¡Qué alegría más grande, Doreen! —apoyándose en la cama, se acercó hasta ella cuidando de no rozar su abdomen—. Cuéntame, ¿qué tal estás? ¿Puedo hacer algo por ti?
«Sí, no dejes de mirarme… Nunca», pensó ella. Estaba convencida de que sus ojos tenían que tener alguna cualidad terapéutica. No eran unos simples ojos bonitos. La hacían sentir tan bien, tan fuerte… Incluso cuando, como ahora, estaba tan venida a menos que apenas podía con su propia vida. Los dolores ya no eran sordos. Eran muy reales. Demasiado.
—Me… duele… mucho.
—¿La panza? —dijo él, señalando con los ojos la zona operada.
Robert lo hizo con tanta dulzura, —la misma que habría usado con un niño pequeño—, que la hizo sonreír. Levemente y con desgana, pero Doreen sonrió.
—Llama a la enfermera… Pero no te vayas —añadió, para su propia sorpresa, tras una pausa. No podía creer que su boca hubiera pronunciado esas palabras. ¿Serían los efectos secundarios de la anestesia? Qué locura.
Robert estaba en las nubes. Su cerebro no dejaba de repetir «no estoy soñando, ¿verdad? Me has pedido que me quede. ¡Lo has dicho; no quieres que me vaya! ¡No es un sueño, lo has dicho!».
Doreen no le había preguntado por sus medicinas, ni lo había reñido por estar allí, en vez de haciendo su paseo matutino, o intentando averiguar si había comido o descansado como debía. Por una vez, no era la enfermera, preocupada por su salud; era la mujer, pidiéndole que no se fuera.
—Claro que no. No pienso irme de aquí si no es contigo del brazo —aseguró él, procurando mantener su ilusión bajo control. Se estiró hasta los mandos que había en la cabecera de la cama para reclamar la asistencia de una enfermera.
Al verse envuelta por su perfume, Doreen cerró los ojos. El aroma era suave, señal de que habían pasado muchas horas desde que se había perfumado, pero igualmente embriagador. Volvió a abrirlos en cuanto sintió que Robert regresaba a su posición original.
Él volvió a sentarse en el sillón con una sonrisa. Esta vez, enredó sus dedos en la mano femenina, y la apretó contra su pecho.
—¿Qué me pasó? —murmuró ella.
—Tu apéndice estalló. La operación fue más larga de lo previsto.
Doreen apretó los ojos con fuerza. El dolor aumentaba y saber lo que le había sucedido no hacía, sino empeorarlo. Si la operación había sido larga, su recuperación también lo sería. Iba a requerir muchas atenciones, curaciones, dieta, reposo… Mucha paciencia y mucha disciplina. Y ella se sentía demasiado agotada para cuidar de sí misma.
Robert volvió a reclamar nuevamente a una enfermera, pulsando el botón de la cabecera de la cama.
—Aguanta un poquito, Doreen. Ya no tardarán en venir a verte. ¿Te cuento una cosa que seguro que te anima?
Doreen no respondió. Continuó con los ojos cerrados, pues sentía tantas ganas de llorar, que apenas podía contenerse, y no quería que él se diera cuenta.
Llorar de dolor y de desesperación por el futuro que se abría ante ella. Había provocado una revolución en la familia con su decisión de marcharse a Montana. Y el único motivo que la había llevado a decidir semejante sinsentido era alejarse durante un tiempo de aquellos ojos que le derretían el corazón cada vez que se posaban sobre ella. Necesitaba tiempo para recuperar el control de sus emociones. Tiempo y distancia. Y ahora, como si de un castigo divino se tratara, no solo pasaría semanas bajo el influjo de esos ojos; dependería del dueño de dichos ojos para todo. Lo tendría en cuerpo y alma, pendiente de ella, veinticuatro horas al día, siete días a la semana.
La realidad cayó sobre ella como un mazazo.
«Dios», pensó, «¿qué demonios voy a hacer ahora?».
* * * * *
A pesar de que el plan era dormir para recuperarse, no eran las nueve de la mañana cuando Tim y Jim ya estaban en pie. Tras un desayuno más frugal de lo habitual, ambos se habían dirigido al área de explotación, acompañados por todos los perros de la familia. Noah y River estaban revolucionados por la presencia de su madre en el rancho y la seguían dondequiera que fuera y, ella, leal a su adorado amo, no se despegaba de los talones de Jim. Sultán se había apuntado a la aventura, aprovechando que su humana favorita estaba en el hospital, y la otra durmiendo a pierna suelta.
Ahora, apoyados contra el tractor, hacían una breve pausa para hidratarse y descansar antes de que Tim pusiera rumbo al hospital, para sustituir a Chris.
—Sé que me repito, pero… ¡gracias por traer a Rain! —volvió a decir Jim, al tiempo que frotaba cariñosamente la cabeza de su perra.
Era la quinta vez que lo decía aquella mañana, lo que sumado a la fiesta de alegría que había dado al regresar del hospital y encontrar a su mascota esperándolo en el rancho, debían rondar ya el millón y medio de agradecimientos de los que Tim no tenía muy claro ser merecedor.
—Fue un arranque de solidaridad —dijo.
Jim volvió la cabeza para mirarlo con ojos interrogantes. Tim asintió.
—Me he sentido más solo que una ostra desde que llegué a casa… Bueno, a nuestra antigua casa —se corrigió— y cuando iba a subirme a la furgo para venir para aquí y la vi en el porche, mirándome con cara de «no te vayas, por favor», me sentí totalmente identificado…
La expresión de Jim se suavizó ante la seriedad superlativa del rostro de aquel tipo que parecía mucho más duro de lo que en realidad era.
—¿Más solo que una ostra? No sé por qué me lo dices, tío. Sabes que lo usaré en tu contra —añadió, en un intento de hacerlo reír.
Tim volvió a asentir. Esa clase de soledad era algo nuevo para él y no le preocupaba admitir que no le gustaba porque, y aquí venía el problema, no estaba dispuesto a volver a sentirla. Menos ahora, con Doreen hospitalizada.
—Te lo digo porque habrá que encontrar una solución. No pienso quedarme en Springfield yo solo. —Miró a su hermano y no titubeó al ver su cara de sorpresa—: Las paredes se me caen encima. Y todo —poner en marcha esto, cerrar aquello, que la familia esté repartida entre esto y aquello…— es ya bastante duro tal como es, sin añadir que ahora Doreen nos necesita. Nos necesita a todos. —Suspiró y volvió a mirar al frente—. Así que, lo dicho: habrá que encontrar una solución. Una distinta de pedirle al responsable y disciplinado Tim, que aguante fuerte todo lo que le echen.
Jim apretó los labios y enseguida le rodeó los hombros con un brazo. Sin duda, era un gran problema que no resultaría sencillo de resolver, pero qué mal tenía que estar Tim para decirlo en alto.
—Tranquilo, ya pensaremos en algo. Ahora que sé lo mal que lo pasas, yo tampoco estoy por labor de pedírtelo. No es justo. Lo solucionaremos.
Tim agradeció el gesto de su hermano con un movimiento de la cabeza.
—Tengo una buena noticia —dijo, a continuación, cambiando el tono—. Estuve hablando con Logan.
Le relató brevemente la conversación que había tenido antes de salir del rancho de Ohio con el jefe de capataces ante la sorprendida expresión de su hermano que, al igual que él, tampoco se había imaginado que Logan estuviera dispuesto a abandonar Springfield.
—Si te digo la verdad, yo hice el comentario en broma, pero resultó que se lo tomó en serio. Cuando me dijo que si mejoramos la paga y ponemos un techo sobre su cabeza, estaría dispuesto a trasladarse a trabajar aquí, por poco organizo una fiesta —admitió Tim, sonriendo—. Es que, en serio, ¿te imaginas lo distintas que serían las cosas aquí, si podemos contar con él?
Claro que sí, pensó Jim. Tener a Logan Phillips en Mystic Oaks lo cambiaría todo. Ya no tendrían que empezar de cero seleccionando candidatos para dirigir cada sector y formándolos, una vez contratados, confiando en que resultaran ser tan buenos como prometían y se integraran bien en un sistema de trabajo exigente.
—¡Estoy alucinando! —repuso Jim—. ¿En serio, vendrá a Nashville?
—Ya te digo. No pienso dejarlo escapar. Lo hablaremos con papá y con Ken tan pronto tengamos un rato, y zanjaremos este asunto. Quiero a Logan en Nashville.
Jim asintió enfáticamente a lo dicho por su hermano. No debían dejar escapar esa oportunidad llovida del cielo.
—¡Toma ya! —Chocó los cinco con Tim—. Después de la llamada de papá para decir que ha estado conversando con la tía, esta es la siguiente mejor noticia del día. ¡Es una pasada! —exclamó alegremente, y volvió a frotar la cabeza de Rain, a lo que la perra respondió lamiendo su mano.
Tim hizo una pausa mientras miraba cómo su hermano le hacía carantoñas a su mascota. El día anterior habían sucedido cosas que habían acaparado no solo su atención, también toda su energía, relegando a las demás a un segundo plano por pura necesidad. Pero siempre se había fiado de sus sentimientos a la hora de decidir cómo debía proceder, y estos le indicaban que aún no lo había dicho todo.
—Tengo otra noticia que no sé cómo tomarás…
Desde el suelo, donde estaba agachado jugando con Rain, Jim miró a su hermano interrogante.
¿Para tanto había dado un día en la vida de Tim?, se preguntó. Le parecía imposible. De hecho, él mismo se había levantado con la sensación de que en su mente solo había un asunto que acaparaba su atención: Doreen. Todo lo demás, incluido trabajar, comer y dormir, funcionaba en piloto automático, sin la menor intervención de su cerebro.
—¿Y eso? —le preguntó.
Tim se encogió de hombros.
—Yo mismo no sé cómo tomarla… Me digo que no tiene importancia, que solo fue una llamada de cortesía, y todo eso, pero… Me siento incómodo no diciéndotelo.
Jim dejó de jugar con Rain y se incorporó. Se puso de frente a Tim, con una mano apoyada sobre la gran rueda del tractor.
—¿De qué llamada estás hablando?
—Ayer, me llamó Bella. Quería consultarme si podía darle mi teléfono a Sue Anderson… —Al ver que la frente de su hermano se convertía en un acordeón y sus ojos brillaban, supo que había hecho bien en decírselo. Claramente, había tocado hueso—. Por lo visto, nos fuimos tan rápido de su casa, que no tuvo tiempo de agradecérnoslo en condiciones. Le dije que se lo diera. ¿Qué otra cosa iba a hacer? Ella sabía que Bella me llamaría para consultármelo…
—¿Y te llamó? —preguntó Jim, mirándolo desafiante.
Tim asintió repetidas veces con la cabeza.
—Fue una conversación normal —«y muy agradable», pensó, pero decidió no ser tan descriptivo—. Me dio las gracias por ofrecerle una vía de escape en el asador y me dijo que sus padres nos están muy agradecidos por haberla llevado a su casa. También me dijo algo que no me sorprendió y que a ti, seguro que tampoco te sorprende: les encantó la tía Doreen —concluyó con una sonrisa, que su hermano no le devolvió.
Así que la pelirroja no lo llamaba, —ni siquiera atendía sus llamadas—, pero a Tim, sí. Y cuando él le había preguntado si Sue le gustaba, su hermano lo había acusado de confundir la velocidad con el tocino. Pero allí estaba, contándole que ella lo había llamado porque no decírselo lo hacía sentir incómodo.
¿En serio? ¡Venga ya, Tim! ¿Acaso crees que me chupo el dedo?
Esta vez fue Jim el que asintió repetidas veces, mucho más desafiante que antes.
—¿Vas a seguir mucho tiempo más dándotelas de niño bueno que no ha roto un plato? Ni la acompañaste por obligación, ni dejaste que Bella le diera tu móvil porque «¿qué otra cosa ibas a hacer?» —dijo, haciendo el gesto gráfico de las comillas—. Ella te va. Mucho. Te gustó desde que la viste… Aunque, cuando te lo pregunté directamente, me acusaste de ser un inmaduro. ¿Recuerdas?
Tim apartó la mirada. No era exactamente así como habían sucedido las cosas, pero la conclusión final era correcta. Sue le gustaba. No desde que la había visto, como decía Jim, sino desde que habían empezado a hablar. Le gustaba su personalidad, su risa, lo directa que era… No había sucedido como Jim decía, pero había sucedido. Y, aunque la conversación no había acabado en una cita, ni siquiera en la promesa de otra llamada, lo cierto era que no podía rebatirlo. Ya no.
Lo cual, por supuesto, no implicaba que no tuviera algo que decir al respecto.
—¿Vas a seguir llamándola por pura cabezonería mientras le dedicas tu atención a quien realmente te interesa, arriesgándote a que no quiera saber nada más de ti cuando descubra que estás jugando a dos bandas? ¿No te parece que ya va siendo hora de que madures, tío? —Y en ningún momento mencionó quién era la única dueña de su atención, porque, a estas alturas, su hermano lo sabía tan bien como el resto de la familia.
Jim apretó las mandíbulas. No había vuelto a llamar a Sue, ni estaba jugando a dos bandas. Y si había algo que odiaba, era que su familia lo tildara de inmaduro porque no les parecía bien la forma en la que se relacionaba con el sexo opuesto. Además, ¿cómo podía Tim hablar con tanta seguridad de lo que a él «realmente le interesaba», si ni siquiera él mismo lo sabía? Por no mencionar que, esta vez, la chica en cuestión no era cualquier chica. Lilly no era una animadora o una camarera con la que se había enrollado en un bar y a quien no volvería a ver. Era la hermana de la novia de Ken, y todo apuntaba a que acabaría convirtiéndose legalmente en su cuñada. Hasta él, un payaso y un inconstante, según su familia, era capaz de ver clarísimas señales de peligro en todo aquel asunto.
—¿No tenías que irte, tío? —le espetó Jim.
Tim soltó el aire por la nariz.
Qué inmaduro eres, chaval.
—Sí, será lo mejor.
_____________________________________________________
©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷
Comentar Ir a Inicio 🔝 Ir a Principal 🔙
COMENTARIOS
Si has disfrutado de este texto exclusivo y quieres compartir tu opinión o hacerme alguna sugerencia sobre historias que te gustaría ver en el club, ¡sírvete tú misma! Me encanta que "me cuentes cosas" 😜 ¡Y siempre respondo! ¡Muchas gracias!
IMPORTANTE: No olvides indicar tu nombre y tu localidad en el apartado correspondiente. De lo contrario, no sabré a quién pertenece el comentario ¡y quiero saberlo! ;)