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Proyecto CRS-08

Mystic Oaks, 2 (MO 2)


Intro 1: ¡Fin de la primera parte!

Intro 2: ¿Volvemos a Mystic Oaks?

⭐️ Lo que empezó como un extra… ¡Y acabó siendo una saga! 

Señoras y señores… ¡Demos la bienvenida a Jackson Sullivan!

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Presentación | Sobre los personajes  

Capítulos: 

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¡Fin de la 2ª temporada!

¡Mystic Oaks, 2 ya tiene sinopsis!



CRS-08. Mystic Oaks, 2 (MO 2). Episodio 20


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2026/2027
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20


Robert dejó el cuaderno sobre la mesa ratona y se alejó de la zona de sillones de la biblioteca para atender la llamada de su hijo mayor. Por suerte, el sonido del teléfono no parecía haber despertado a Doreen.

—Buenos días, Ken. ¿Levantado ya tan temprano? —lo saludó mientras se dirigía a la escalera que conducía a la parte alta de la biblioteca y se sentaba en el quinto escalón. Esperaba que los tres metros, aproximadamente, que lo separaban de los sillones y el propio cuerpo de la escalera le permitieran hablar sin molestar a Doreen y, además, le proporcionaran cierta intimidad.

¡Qué remedio! Mi primera entrevista comienza en una hora y tengo tropecientas más antes del show —se quejó, aunque su voz no denotó enfado—. Voy a tener que darle un toque a Tom; a este tren se quedará sin representado antes de que acabe el año… ¿Qué tal está Doreen?

Robert sonrió. Esa era la primera llamada, pero no la última que sus hijos harían aquel día, interesándose por el tema. 

—Fingiendo que está perfectamente para que no nos preocupemos, aunque la procesión vaya por dentro —suspiró—. En fin, así se han dado las cosas.

Era una lástima que Frank hubiera tenido que marcharse tan rápido. Si al menos hubiera podido estar el tiempo previsto, quizás el médico le habría dado el alta a Doreen y ella podría haber regresado a sus tareas cotidianas. Estar más ocupada le habría ayudado a superar la nostalgia, pero con todo el tiempo de mundo, sin más que hacer que ver pasar las horas mientras guardaba reposo, la pobre Doreen no lo tendría fácil.

Yo creo que esta vez lo sobrellevará mucho mejor, papá —repuso Ken con picardía, haciéndolo sonreír.

Robert esperaba que fuera así, pero no dijo nada. Sabía que de ahora en adelante los comentarios con doble sentido y las bromas estarían a la orden del día y un viernes a las ocho de la mañana era demasiado pronto para empezar con eso.

—¿Sabes? Voy a aprovechar que me has llamado para comentarte algo, a ver qué te parece… 

«Sí, claro, tú cambia de tema que yo no me doy cuenta», se rio Ken y volvió a la carga.

Yo también te llamaba para comentarte algo. ¿O creías que era solo por meterme contigo a cuenta de lo románticas que se han puesto las cosas entre Doreen y tú? 

Robert sacudió la cabeza, sonriendo.

—Muy bien —dijo—. Entonces, ya que la llamada es tuya, empieza tú.

Ambos rieron durante unos instantes. Al fin, Ken volvió a tomar la palabra.

Chris y yo vamos a hablar con vosotros el domingo… El plan sigue en pie, aunque los chicos estén en Springfield —participarán por teléfono, y listo—, pero voy a adelantarte algo porque… Bueno, mejor, primero te adelanto el tema y luego te explico por qué te lo adelanto, ¿vale?

—De acuerdo —repuso Robert con una sonrisa intrigada—. Te escucho.

La pausa de Ken fue larga y había una razón para que lo fuera. En su mente, todo el asunto era natural, lógico y resultaba de lo más razonable. Sin embargo, ahora que tenía que convertir toda esa lógica en palabras y decírselas a un hombre conservador como su padre, y encima hacerlo por teléfono, no resultaba tan sencillo como, a priori, había pensado.

El tema es este. Por razones en las que no entraré porque son privadas de Chris, voy a dejar que sea ella quien decida los tiempos en nuestra relación… Pero mientras eso sucede, quiero que estemos juntos todo el tiempo posible, los tres o cuatro días por semana que estoy en Nashville. Y por juntos, quiero decir que le he propuesto que ella y su hermana se muden al edificio principal. El plan es escoger una planta y convertirla en nuestro rincón privado dentro del hogar familiar… Y Chris ha dicho que sí —admitió, sin disimular que la idea lo tenía en el séptimo cielo—. ¿Me sigues hasta aquí, papá?

La pausa de Robert también fue larga. En lo dicho por su hijo había varias cuestiones que habían suscitado su curiosidad y cierta preocupación. La sociedad había cambiado mucho desde que él se había casado y convertido en padre. Sin embargo, seguía pensando que el amor bien entendido implicaba un compromiso. Y si no se estaba preparado para asumirlo plenamente, no era amor, sino otra cosa. Las medias tintas no tenían cabida en su forma de entender las relaciones sentimentales.

Por supuesto, era consciente de que ni su hijo ni Chris se reservaban la vida íntima para después del matrimonio. No obstante, le daba que pensar que ambos pudieran estar lo bastante seguros de sus sentimientos como para plantearse vivir bajo el mismo techo, pero, aparentemente, no lo bastante para asumir un compromiso definitivo y legalizar su relación. De hecho, le preocupaba.

—¿Por dejar que Chris decida los tiempos te refieres a cuándo te casarás con ella?

A muchos kilómetros de Nashville, Ken, algo más relajado ahora que su padre al fin había roto su silencio, estiró las piernas y se arrellanó en el sillón de su suite.

Bueno… Yo diría más bien a cuándo ella querrá casarse conmigo —concedió con una sonrisa divertida, a pesar de que en el fondo seguía resultándole muy raro asumir que ser quien era, por una vez, no le estaba allanando el camino, sino justamente al contrario—. Eso, entre otras cosas… Tiene varias decisiones importantes que tomar y voy a darle todo el tiempo que necesite.

Robert consideró lo dicho por su hijo durante unos instantes. Se trataba de dos personas adultas y, en ambos casos, autosuficientes. Eran libres de plantearse su relación amorosa de la forma que desearan. No obstante, si el proyecto era integrar dicha relación en el hogar familiar, su libertad tenía límites. Lo que opinaran al respecto los demás miembros de la familia era importante, empezando por el cabeza de familia. 

—Entiendo —dijo Robert—. Pero, si no te importa, me gustaría escuchar lo que Chris tiene que decir sobre este asunto. Me refiero a que…

Ken sonrió y se adelantó.

Te refieres a que quieres saber si casarse con tu hijo mayor está en sus planes.

El rostro de Robert, al fin, se relajó en una ligera sonrisa. Si bien el tema era preocupante, que su hijo lo conociera tan bien, de alguna manera, lo tranquilizaba. 

—Sí —concedió—. Eso, entre otras cosas.

Me parece bien, papá. Seguro que Chris iba a hacerlo de todas formas. Siente un gran respeto por ti —por toda la familia—, pero especialmente por ti… Así que, cuando Chris y Lilly se trasladen al edificio principal, la casa de los guardeses quedará libre. A lo mejor, eso te facilita la negociación con Logan. Estará allí mañana, ¿no? Podrías ofrecérsela… Si te parece conveniente, claro. 

Robert asintió con la cabeza y se quedó pensando. Ken continuó: 

Que quede claro que todos queremos a Logan Phillips como jefe de capataces en Mystic Oaks y que si él prefiere alojarse en pleno centro de Nashville, perfecto. No es cuestión de dinero. Pero creo que la idea de tenernos cerca hará que se sienta menos solo. Sobre todo los primeros meses.

—Buena idea, Ken. Lo hablaré con Doreen y con tus hermanos, a ver qué opinan. 

Vale, papá. Ahora es tu turno.

Robert se asomó por el costado de la barandilla para ver qué hacía Doreen. Parecía dormida, pero, después de descubrir cuánto había escuchado de sus conversaciones cuando se suponía que estaba grogui en su cama del hospital, no pondría las manos en el fuego por ello. Lo cierto, por otra parte, era que esta vez no importaba demasiado si lo oía, pues acabaría enterándose de todas formas.

Así las cosas, Robert regresó a su conversación con Ken, contándole sus planes inmediatos con lujo de detalles. 


* * * * *


Los hermanos llevaban más de doscientos kilómetros recorridos cuando Tim decidió hacer un alto en el camino. Lo hizo más por sacar a Jim de sus pensamientos que porque necesitara descansar de la conducción. A pesar de haberse acostado a las tantas, se sentía en plena forma. Su hermano, en cambio, era la personificación del abatimiento. Probablemente, Jim lo negaría y era cierto que, de haberse tratado de cualquier otra persona, podía pasar por un simple ensimismamiento. Pero no se trataba de otra persona, sino del payaso de la familia.

—Voy a parar para respirar aire fresco un rato —dijo, sin más, al detenerse en la zona de estacionamiento de una gasolinera.

Jim lo miró sorprendido y de inmediato volvió a mirar por la ventanilla. Estaban en Kentucky, pero ¿dónde exactamente? Cayó en la cuenta de que había estado tan ausente que no tenía la menor idea.

—Sí, vale… Pero a juzgar por cómo va vestida la gente, será más bien aire frío —dijo, estirándose a coger su parka del asiento de atrás.

—Si quieres, podemos ir a la cafetería y pedir algo caliente.

—Por mí, no. Voy a bajar a Rain para que haga sus cosas.

Diez minutos más tarde, Jim se dedicaba a seguir con la mirada el deambular de su mascota olisqueando aquí y allí, y no había vuelto a pronunciar una palabra.

—Es normal que se haya quedado durmiendo —dijo Tim en un intento de tirarle de la lengua. 

Sospechaba que la ausencia de Lilly en el desayuno era lo que tenía a Jim tan pensativo y sabía que dejarlo rumiar no mejoraría la situación.

—Si tú lo dices… —Esta vez, no tenía ganas de tomarse las cosas con filosofía. Lo haría más tarde, cuando hubiera logrado quitarse un poco del sabor a hiel que le amargaba la boca, pero ahora, no. 

La ausencia de Lilly había cobrado mucho más peso para él al darse cuenta de que la mesa del desayuno no era la misma sin ella y de que ya había empezado a echarla de menos antes de haber sacado un pie de Mystic Oaks. Saberse a merced de las inseguridades de una veinteañera lo ponía frenético. Porque en ese juego de descubrir que se importaban, su mutuo interés no estaba al mismo nivel. Lilly le importaba mucho más él, que él a ella. Por eso podía permitirse cambiar de idea a placer. Se sentía tan frustrado que, como no se concediera un tiempo para lamerse las heridas, era capaz de hacer cualquier estupidez.

—Vamos, tío… Seguro que cuentas con que hará cosas que te descoloquen… Sin ir más lejos, tú mismo decías ayer que no te lo iba a poner fácil. Sabes que no va a ser coser y cantar.

Jim sonrió con ironía. Tenía su gracia que, queriendo animarlo, sin proponérselo, Tim acabara de tocar hueso. Ese era justamente el quid de la cuestión. 

—¿Y por qué no puede ser coser y cantar? ¿Por qué, cuando me planteo que las cosas con una mujer vayan más allá de follármela y adiós, muy buenas, todo tiene que ser siempre tan complicado? Con Chloe me estrellé contra un muro de hormigón armado. ¿Contra qué me voy a estrellar esta vez?  ¿Contra sus jodidos veinte años?

Tim se quedó sorprendido ante tamaña reacción. Le pasó un brazo alrededor de los hombros, afectuoso.

—El muro al que te enfrentas esta vez se llama Chris Thompson. Y, por suerte para ti, no es de hormigón armado. Lilly solo necesita tiempo, Jim. Nada más.

—Tiempo, ¿para qué? —espetó, mirándolo directamente a los ojos—. ¿Para ponernos a su hermana y a mí en una balanza y decidir quién le compensa más? —¿Acaso tenía alguna posibilidad de que la balanza se inclinara a su favor? ¿La tendría alguna vez? Era lo que pensaba, pero le resultó tan duro, tan patético, que no fue capaz de expresarlo en voz alta. En cambio, descartó el asunto con un gesto de la mano y dijo—: No me fastidies, tío. 

Acto seguido y, en una clara indicación de que la conversación había terminado, Jim se llevó dos dedos a la boca y chifló a su mascota para que regresara junto a él.

—¡Aquí, Rain! —le ordenó— ¡Sube al coche, que nos vamos!



* * * * *


El repartidor de la empresa de ortopedia donde Robert había alquilado la silla de ruedas de Doreen se había presentado poco después de las diez de la mañana para sustituirla con una nueva silla con respaldo reclinable. Para entonces, Chris y Lilly estaban en la cocina, ocupadas preparando la comida y, antes de que Doreen no pudiera resistirlo y se ofreciera a ayudarlas, Robert había propuesto que fueran a dar un paseo para probar si la nueva silla se adecuaba a las necesidades de una paciente incapaz de estarse quieta un minuto. Sería, además, su primer intento de estar a solas tras la marcha de Frank, Tim y Jim, por lo que Robert estaba ansioso e ilusionado.

El día había amanecido con algunas nubes que anunciaban lluvia y el termómetro había descendido cinco grados respecto del día anterior. Después de coger su inseparable termo cargado de infusión de hierbas, sendos abrigos, un paraguas grande y una manta para Doreen, se pusieron en marcha. Fueron en dirección de la futura zona ganadera, puesto que allí el terreno era menos accidentado y el regreso sería más rápido en el caso de que se pusiera a llover.

Doreen estaba especialmente silenciosa, con la vista perdida en el paisaje y la mente a kilómetros de allí. La alegría por el cambio de la silla de ruedas había sido efímera y su melancolía pronto había vuelto a reinar. Era un proceso que Robert conocía bien. Por eso sabía que lo mejor era hacerle compañía sin más. Conversar, si ella demostraba interés. Dejar que sus emociones se aquietaran a su propio ritmo y, sobre todo, no agobiarla mostrándose preocupado por ella, aunque lo estuviera. 

Sin embargo, inesperadamente para Robert, fue Doreen quien inició una conversación. Él estaba apoyado en la única alambrada que continuaba en pie de los años en que la finca había estado en explotación, observando el enorme campo abierto donde había tantísimo trabajo por hacer y tan poco tiempo para llevarlo a cabo, cuando ella habló.

—He estado pensando en algo… Ven, busquemos algún sitio donde puedas sentarte y te lo cuento… Mira, allí hay un tronco.

Robert la siguió algo sorprendido por el evidente cambio de humor de Doreen.

—Y yo que creía que estabas abstraída en las vistas… 

Había sido una broma traviesa, convenientemente disfrazada de inocencia, de la que Doreen se hizo eco con una sonrisa algo desvaída por la melancolía.

—Pero puedo hacer ambas cosas al mismo tiempo, ¿sabes? Disfrutar de las vistas y pensar.

Robert se sentó sobre el grueso tronco de un roble y, después de sacar el termo del bolsillo lateral de la silla de ruedas, dio un buen sorbo a aquel brebaje que le sabía a rayos, daba igual cuánto se esforzara Doreen por modificar la receta para hacerla más apetecible.

—Por supuesto, esa cabecita puede con todo —concedió, galante—. Cuéntame, Doreen.

—He estado pensando que necesitamos organizarnos mejor. En particular, la gestión de la casa… En Springfield, con un poco de ayuda externa, era suficiente. El negocio estaba encaminado, la vivienda tenía unas dimensiones manejables y, en fin, las cosas eran de otra manera. Pero la situación ha cambiado radicalmente: la situación del negocio, la de la familia y también la nuestra.

El corazón de Robert saltó del pecho a la garganta, logrando que su dueño tuviera serios problemas para mantener una expresión normal. ¿Doreen no solo lo sorprendía siendo quien iniciaba la conversación, sino que, además, quería hablar sobre ellos? Madre del amor hermoso.

—No sé si te sigo… —Fue todo lo que consiguió decir, no porque quisiera, sino porque ella lo estaba mirando, como si esperara algún comentario por su parte, y él se había quedado en blanco de la emoción.

Ella soltó una risita irónica.

—¿De verdad? No me había dado cuenta… —Ambos sonrieron durante unos instantes antes de que Doreen continuara—. Ahora vivimos en un edificio inmenso y, con la llegada de Chris y Lilly, somos más que nunca. Y, además, vamos a trasladar la actividad empresarial de Springfield a aquí. Tenemos la experiencia, los contactos, las cabezas de ganado, algunos clientes que seguirán con nosotros si conseguimos mantener precios competitivos… Pero, a la vez, es casi como empezar de cero. —Miró alrededor, a las vastas extensiones cubiertas de flores silvestres y malas hierbas—. Está prácticamente todo por hacer, Rob… Habrá que emplearse a fondo y no serán unos meses, sino cinco o seis años.  

Robert asintió procurando ocultar su desilusión porque el rumbo de la conversación no fuera el que había esperado.

—Es cierto. Se nos viene un aluvión de trabajo encima… Bueno, sabes mejor que nadie lo que hace falta para que esa casa funcione como a ti te gusta, así que… Lo que tú digas, Doreen.

Ella le dedicó una mirada socarrona. 

—Yo que tú, esperaría primero a ver qué digo

—Muy bien, querida mía —concedió—. En tal caso, cuéntame cuál es tu plan y después te diré lo que pienso, ¿te parece bien?

—Eso está mucho mejor… Porque, ¿sabes?, es posible que lo que tengo en mente no sea exactamente lo que tú crees.

Vaya. Definitivamente, Doreen hablaba de otra cosa. Otra cosa que, leyendo entre líneas, quizás ni siquiera fuera de su agrado.

Robert suspiró con disimulo, se tragó su desilusión, y echó mano de un recurso infalible para salir del paso: su sonrisa encantadora. 


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CRS-08. Mystic Oaks, 2 (MO 2). Episodio 21


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2026/2027
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21


Robert permaneció en silencio, mirando a Doreen interrogante mientras intentaba encajar lo que acababa de oír. Aquel día, el primero de su ansiada nueva vida, no estaba resultando ni remotamente parecido a lo que había esperado. Por segunda vez, se enfrentaba a una situación que desafiaba sus concepciones sobre la familia y no eran siquiera las once de la mañana. 

Desde siempre, Doreen contaba con ayuda externa, contratada por horas, para sacar adelante las tareas de la casa. Había sido de esta forma en Springfield, aunque debido a las dimensiones de aquella casa, la ayuda era menor que la requerida en Mystic Oaks, puesto que vivían en un edificio de tres plantas. Sin embargo, lo que proponía ahora era contratar a alguien para que dirigiera la casa bajo su supervisión. Si la propuesta había sido del todo inesperada para Robert, sus motivos lo eran aún más.

Doreen se quedó callada. Una de las ventajas de haber formado parte activa de la vida de Robert durante un cuarto de siglo era que conocía sus procesos muy bien.  

—Tenías razón en aconsejarme que esperara a ver lo que decías, pero… Francamente, ahora que lo has dicho, no sé qué responder. 

Doreen asintió en señal de comprensión y optó por seguir callada, mirándolo.

—Obviamente, si prefieres que otra persona se ocupe de la casa, así será. Hablaré con los chicos y encontraremos una fórmula con la que te sientas a gusto. Son tus motivos los que me desconciertan un poco…

—Un poco bastante —apuntó ella sin acritud.

Robert apartó un mechón que el viento había empujado sobre su frente y movió afirmativamente la cabeza.

—Corrígeme si me equivoco, pero nunca me dio la impresión de que tuvieras un interés especial por los asuntos del negocio. Así que, que quieras implicarte ahora… Sí, me desconcierta bastante. 

—Acabo de romperte los esquemas, lo sé. 

—Es que… Desear implicarte y estar preparada para hacerlo son cosas diferentes.

Ella sonrió.

—Eso es justamente lo que quería decir con romperte los esquemas, Rob… En tu esquema familiar, mi lugar está en la casa, no en el negocio. 

Él sintió que se le abrasaban las mejillas. Dicho así, sonaba rancio. Antediluviano. De pronto, se sentía un neandertal. 

—No es eso a lo que me refiero… Hablo de tener los conocimientos y la experiencia para desarrollar una tarea. 

—No, no te refieres solo a eso —rebatió Doreen—. Tu esquema es el que es y necesitas tiempo para asumir que va a cambiar. 

Robert suspiró y permaneció en silencio. Su vida no había dejado de dar giros los últimos cinco años, requiriendo de él un enorme esfuerzo de aceptación. Obligándolo a adaptarse, una y otra vez. 

Y ahora esto. 

Estaba acostumbrado al sentido del orden de Doreen. A sus flores frescas en las habitaciones, a las pequeñas fuentes con tentempiés repartidas por distintos rincones de la casa para asegurarse de que los hombres siempre ocupados de la familia se alimentaran bien. Al detallista cuidado de la mesa a la hora de las comidas… A su estilo de cocina nutritiva y tan deliciosa… A que su mano estuviera detrás de cada cosa, pequeña o grande, relacionada con la vida familiar. La idea de que ella deseara dejar de ser el centro del hogar era del todo inesperada y su resistencia era fuerte. 

—Y en cuanto a lo demás… —continuó Doreen—. Tengo los conocimientos. Se suponía que, en algún momento de mi vida, iba a ser parte del equipo directivo de Lone Star, así que mi familia invirtió en darme la formación necesaria. Y también tengo la experiencia… Gestionar un negocio no es muy diferente de gestionar una casa, sobre todo si es la de una familia numerosa. No soy la señora de esta casa…, pero llevo gestionándola desde hace un cuarto de siglo. Y, modestia aparte, lo hago muy bien.

Él concedió sin hacer comentarios. No podía rebatir ni una sola coma de lo dicho por Doreen. Sin embargo, todo su ser se revolvía ante la perspectiva de tener que replantearse lo que para él eran los pilares sobre los que basaba su existencia.

Ella lo observó con ternura mientras elaboraba mentalmente otra forma de plantear su argumento. Decirle que le había roto todos los esquemas era un eufemismo: lo que le había roto era el cerebro.

—No estaba en los planes que una enfermedad cardíaca te dejara fuera de combate, haciendo que toda la responsabilidad del negocio familiar recayera sobre los hombros de Tim y de Jim… Pero sucedió. 

Robert suspiró y bajó la vista. Ella impulsó la silla de ruedas y la detuvo a su lado, de frente a él. Sacó una mano de debajo de la manta y se la tendió. 

—Te ha costado mucho reponerte. Y durante esos años, yo fui más necesaria que nunca en mi rol, como tú lo llamas… Pero ya estás recuperado. Retirado del trabajo —enfatizó—, pero mucho mejor de salud. Estás volviendo a ser tú. Y ahora que estamos empezando de cero en otro lugar, la carga que los chicos llevan a su espalda se ha vuelto insostenible. Fue una gran decisión dejar tus raíces para apoyar a Ken y que pudiera tener a toda su familia junto a él en esta nueva fase. ¡Es fantástico volver a estar todos juntos…! Sin embargo, el costo a otros niveles es muy grande. En especial, para Tim y para Jim… Están en la flor de la vida: no podemos permitir sin más que hipotequen sus mejores años. —Hizo una pausa y lo miró con dulzura—. Lo que toca ahora es ser estratégicos, Rob. Jugar nuestras bazas de la forma más inteligente posible. 

Él sacudió la cabeza. Una sonrisa, aunque algo apagada, lucía al fin en su rostro.

—Ser estratégicos, jugar nuestras bazas… ¿Es una impresión mía o, con esas sutiles referencias a un juego en equipo como pareja, estás intentando suavizar el disgusto que sabes que me has dado?

Ella se rio y enseguida se agarró el estómago cuando este le recordó que todavía estaba convaleciente. Se acomodó mejor en la silla, buscando una postura más confortable para su herida. Entonces, recordó que ahora disponía de un respaldo reclinable y toqueteó los mandos hasta graduar la inclinación a su gusto. Al lograrlo, emitió un teatral suspiro de alivio. 

—¿Dorarte la píldora, dices? —preguntó risueña, traduciendo lo dicho por Robert al hablar del común de los mortales. Lo vio asentir varias veces con la cabeza—. Yo lo llamaría más bien apelar a tu gran inteligencia y a tu enorme sentido de la responsabilidad. 

Esta vez, la sonrisa de Robert resultó mucho menos apagada. Menuda aduladora estaba hecha. No podía negar que Doreen era muy buena acariciando su vanidad.

—¿Y a esto cómo lo llamas? 

—Coquetear —repuso, mirándolo a los ojos—. ¿Sabes por qué?

Robert no se movió, no pestañeó y casi no respiró. Habían pasado de una situación tensa para él a otra clase de tensión mucho más dulce y excitante en un minuto. Le costaba acostumbrarse a esos giros inesperados de Doreen. Lo haría, sin duda, pero aún conseguían tomarlo desprevenido.

—Porque ahora somos algo distinto de lo que fuimos durante veinticinco años… Algo nuevo que estamos descubriendo. Sin embargo, en el plano hombre-mujer, yo sigo siendo ahora tan distinta a lo que estás acostumbrado, como lo era entonces… Como lo he sido siempre. 

La sorpresa fue patente en los ojos de Robert. Otro giro inesperado.

—¿A qué te refieres? Soy viudo desde hace un milenio. No estoy acostumbrado a ninguna clase de compañía femenina en particular… Aparte de la tuya, claro está. No sé qué significa lo que has dicho.

Significaba que no era ciega, ni sorda, aunque por respeto hubiera mantenido la boca bien cerrada al respecto. Al igual que ella, Robert también había hecho enormes esfuerzos por mantener esa parte de su vida al margen de la familia. Sin embargo, Doreen sabía que él había tenido contacto con otras mujeres. Springfield no era Nueva York. Siempre había alguien que conocía a alguien que conocía a alguien… De hecho, con el paso del tiempo, había llegado a enterarse de quiénes eran dos de las mujeres en cuestión. Ambas tenían un perfil definido, muy similar al de Martha. Lo cual tenía su lógica, puesto que era un hombre de ideas conservadoras y sus preferencias en ese sentido también lo eran. Ahora bien, dejando al margen que ella sabía fehacientemente de la existencia de otras mujeres, ¿quién podía tragarse que él había permanecido célibe durante nada menos que veintiséis años? ¿Era tan ingenuo de pensar que ella no se lo imaginaría? Por supuesto que no. 

Doreen ladeó la cabeza. No pronunció palabra, pero su mirada se ocupó de comunicarle que no se hiciera el tonto. La mejor respuesta fue ver el brillo incómodo en sus ojos.

—Bien —concedió ella—. Aclarada esa cuestión, sigamos… Ahora somos algo distinto. Esto quiere decir que puedo comportarme contigo como Doreen, la mujer, y no como Doreen, tu cuñada… ¿Te acuerdas cuando te dije que no te lo iba a poner fácil? Pues eso. Esta mujer que soy, cuando no soy tu cuñada,  y que tú aún no conoces, va a ponerte a prueba día sí y otro también. 

Las emociones de Robert eran tan intensas como desconcertantes resultaban los giros que Doreen imponía con su arrolladora personalidad. Y vive Dios, que deseaba conocer a la mujer que, según se había enterado recientemente por un comentario de Frank, hasta ahora había estado solo reservada a «sus muchos e insistentes admiradores». Lo anhelaba con todo su ser. Deseaba locamente embarcarse en la aventura de descubrir cómo era Doreen y cómo era él, junto a una mujer como ella. Sin embargo, ahora estaba empezando a comprender el verdadero significado de esas palabras que ella había pronunciado cuando aún estaba en el hospital. No se había tratado de ningún coqueteo; no las había dicho por decir.

Robert inspiró hondo. Acarició la mano que sostenía en la suya largamente antes de volver a hablar. 

—¿Es una advertencia?

—Es una certeza —musitó ella y tiró de la mano masculina. Lo hizo brevemente, invitándolo a que se acercara.

Invitación que Robert no dudó en aceptar. Llevaba años esperando ese momento.

Doreen llevaba muchos más: desde que sus miradas se habían cruzado por primera vez. Estaba sucediendo, era real, y, sin embargo, una parte de ella aún se resistía a creerlo del todo.

Las primeras gotas de lluvia los sorprendieron muy cerca. Más cerca de lo que habían estado nunca hasta ahora. Doreen temió que él se echara atrás. Que, en su visión romántica del amor, tomara aquella inoportuna inclemencia meteorológica como una señal desalentadora.

Pero no fue así.

Robert recorrió los escasos centímetros que los separaban y rozó los labios femeninos con mucha suavidad. El contacto fue electrizante para los dos y el tiempo se detuvo. Se miraron una última vez, como si quisieran asegurarse de que eran realmente ellos —Doreen y Robert—, antes de cerrarlos y unir sus bocas por primera vez.

Una excitante, arrebatadora, increíblemente apasionada primera vez.


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CRS-08. Mystic Oaks, 2 (MO 2). Episodio 22


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2026/2027
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22


Al primer beso, había seguido un segundo y, a este, un tercero… Y para sorpresa (y enorme gusto) de Doreen, la lluvia no había disuadido a Robert lo más mínimo. Cuando las gotas habían dejado de ser esporádicas, él había echado mano del paraguas y lo había abierto sobre ellos. Acción que había llevado a cabo de manera rápida y apartándose de ella lo menos posible.

—Como todas nuestras primeras veces sean así, voy a tener que tomarme un tiempo para recuperarme bien… —murmuró Doreen, depositando pequeños besos sobre los labios y la barbilla masculina.

Robert había entendido perfectamente el doble sentido en sus palabras, pero no se dio por aludido. Siguió bebiendo de los besos de Doreen con la misma desesperación que un hombre al encontrar un manantial en el desierto tras días deambulando sin rumbo. La amaba locamente, pero también la necesitaba tanto… Ya no recordaba la última vez que se había sentido así.

—Rob… —insistió. No fue una queja, sino un ligero llamado de atención. Estaba en la gloria saboreando aquellos labios con los que llevaba décadas soñando. Pero algo que él aún ignoraba era que su naturaleza apasionada no era una leyenda urbana y, a las puertas de la menopausia, sus hormonas no necesitaban incentivos para alborotarse. 

Por toda respuesta, Robert la besó con más vehemencia. Sus lenguas se enlazaron en una danza que se extendió durante unos instantes eternos. Y, por si a Doreen le quedaba alguna duda sobre el estado de profunda inmersión amorosa en el que se hallaba Robert, lo confirmó un segundo después al intentar apartarse con delicadeza: él se lo impidió, profundizando aún más el beso, forzándola con suavidad pero con determinación a que abriera su boca al máximo para recibirlo.

Doreen suspiró. Era una delicia. Sus modos, sus besos, el aroma de su piel, el sabor de su boca… Todo él era una delicia. Empezaba a sentirse muy embriagada. Con esa clase de embriaguez previa a la seducción en la que la sensación de ligereza y el deseo de dejarse llevar lo ocupaban todo. 

Y también empezaba a sentir un calor inusual en la piel. Era húmedo y pegajoso.

Volvió a exhalar el aire y esta vez posó una mano sobre el pecho masculino. No solo lo apartó, ella misma echó la cabeza hacia atrás y respiró a todo pulmón.

Robert volvió a la realidad como quien despierta de repente y abre los ojos sin comprender lo que sucede.

Enfocó en ella. Su caballerosidad fue la primera en recuperarse.

—Perdona, querida… ¿Estás… bien? 

La pregunta era decididamente estúpida. Sabía sin la menor sombra de duda que Doreen estaba en la gloria, igual que él. Lo que ignoraba era por qué ella había puesto fin a aquel momento. A estas alturas sabía a ciencia cierta que hacerlo no estaba en su naturaleza, de ahí que lo hubiera tomado desprevenido y no supiera qué decir.

Doreen no respondió. Estaba muy ocupada respirando. Intentando dejar de quemarse viva. Estaba ardiendo en el sentido más real de la palabra. Sentía los chorros de sudor bajando por la espalda y el pecho.  ¡Le ardían hasta las uñas! La necesidad de enfriarse era tan intensa que se quitó el grueso chal, abrió la cremallera del cárdigan y se desató los tres primeros botones de la blusa. No contenta con eso, abrió los lados de la prenda, exponiendo una generosa porción de piel. 

Hipnotizados, los ojos de Robert descendieron por el cuello femenino con inusitada avidez. Reconoció el sujetador de verlo en el cesto de la ropa para guardar. Sin embargo, apreciarlo sobre su piel estaba resultando una experiencia muy distinta. Sublime. Era blanco, de un tejido de aspecto suave, liso y brillante, con el escote decorado por una banda de encaje del mismo color. La parte del tejido que cubría sus pechos era pequeña comparada con la cantidad de piel expuesta por el encaje, pero además se trataba de una prenda muy escotada. Lo correcto sería dejar de mirarla obsesivamente, pensó por un instante. No pudo hacerlo. Sus ojos parecían estar imantados a los soberbios senos de Doreen. Totalmente subyugados por la imagen que su cerebro estaba completando a partir de lo que veía. 

Sin embargo, lo más desconcertante de todo para Robert era su propia excitación física. Tener sesenta y cinco años y sentir la misma energía viril de los veinte era turbador. 

Y nuevo. 

Y embriagadoramente adictivo.

Dios. 

Doreen volvió a abrir los ojos cuando, inesperado y febril como había llegado, el sofoco se disolvió un instante después y todo empezó a volver a su ser, dejando un agradable runrún meciendo sus emociones, agitando ligeramente su sangre, como un excitante vaivén.

Notar la mirada de Robert le produjo satisfacción y placer a partes iguales. Y como ya no era su cuñada, sino la causa de que en sus ojos hubiera una mirada de profundo deseo, se lo comunicó sin cortapisa.

—¿Te gusta lo que ves?

Un ligero arrebol se instaló en las mejillas masculinas que Robert combatió con todas sus fuerzas. No era un mojigato y, aunque no acababa de entender en qué momento habían cambiado sus preferencias personales en cuanto a diálogos de naturaleza íntima con una mujer, lo cierto era que no solo le gustaba lo que veía; también le gustaba que Doreen se lo hiciera notar. 

—Mucho.

Ella volvió a cubrirse con la ropa cuando el frío le recordó que estaban en otoño. El escote que tanto había estimulado a Robert quedó oculto muy pronto bajo el cárdigan sin que ella volviera a atarse los botones de su blusa. Existía una razón para que no lo hubiera hecho, que Robert descubriría más tarde.   

—Hoy has aprendido algo sobre mi menopausia. Ahora sabes que, como todo en la vida, los sofocos también tienen su lado bueno. Y, por dejarlo claro, no me estoy refiriendo solo a mi tendencia al striptease cuando me asaltan los calores… —se insinuó—. Tenlo en cuenta para el próximo.

La mirada de Robert refulgió en una mezcla de amor y deseo.

—Lo haré —murmuró. Era un completo ignorante en lo que a ese proceso femenino se refería, pero ahora tenía más motivos que nunca para aprender todo lo que pudiera al respecto. Deseaba ser su apoyo, su refugio. Quería ser todo lo que Doreen necesitara.

—¿Y cómo te sientes ahora? —se interesó ella, ofreciéndole la primera sonrisa divertida tras el apasionado intercambio de besos que había puesto la relación a otro nivel.

«Esta mujer que soy, cuando no soy tu cuñada, y que tú aún no conoces, va a ponerte a prueba día sí y otro también». Aquellas palabras de Doreen nunca le habían parecido tan reales a Robert como ahora. Tan ciertas como ahora.

Él sonrió al tiempo que sacudía la cabeza. Esa hermosa mujer era una experta en ponerlo contra las cuerdas. Después de tantos años manteniendo conversaciones sobre economía familiar, enfermedades infantiles y no tan infantiles, órdenes médicas y deberes de la escuela, Doreen había propuesto un cambio en su rol dentro de la familia. Un cambio que desafiaba los fundamentos de su vida familiar y que él aún no había conseguido siquiera asimilar. Y ahora, veinte minutos después de que ella hubiera puesto su mundo del revés, estaban hablando de intimidad. De su intimidad. Respiró hondo y miró alrededor. Tras asegurarse de que había dejado de llover, cerró el paraguas y lo apoyó contra el tocón, a su lado.

—¿Prefieres la verdad… o una respuesta políticamente correcta? 

Ver el brillo en los hermosos ojos de Robert, notar cómo se esforzaba por contener las evidentes emociones que lo agitaban y seguir siendo el hombre tierno y galante de siempre, la llenaba de gozo… ¡La hacía tan feliz! 

—Ha sido intenso, ¿verdad? 

Robert volvió a respirar hondo. Por increíble y un tanto incómodo que le resultara admitirlo, aún no se había recuperado del todo. Sus sentimientos hacia Doreen eran muy profundos —eso era algo que tenía asumido desde hacía años—. Sin embargo, no había contado con el efecto arrollador del aspecto más físico de dichos sentimientos. Honestamente, había creído que la impetuosidad y la urgencia de sus épocas juveniles habían quedado definitivamente atrás años ha. Craso error.

—Abrumadoramente intenso…  —reconoció, y su lado galante corrió a ofrecer las debidas excusas—. Quiero decir que… No me malinterpretes, por favor. Besarte, sentirte tan cerca de mí… Dios… Ha sido increíble… Un sueño hecho realidad.

Ella lo miró con ternura y expresó, a su manera, aquello que a él le estaba costando tanto explicar.

—Lo que te abruma es haberte dado cuenta de que no solo tu corazón ha despertado… Tu cuerpo también. Y está muy hambriento. De mí —añadió, mirándolo intensamente.

Robert concedió con un ligero asentimiento. Doreen sonrió satisfecha, pero su lado travieso no pudo resistirse a pincharlo otra vez.

—Será divertido intentar hablar de las mismas cosas de siempre, desnudos en la cama, después de un arrebato de pasión… 

La imagen que aquellas palabras invocaron en la mente de Robert hizo palpitar su corazón.

—¿Las mismas de siempre, dices? —repuso él en un intento de aplacar a base de raciocinio las intensas emociones que lo sacudían—. Si no te he entendido mal, ahora quieres que contratemos a alguien para que dirija la casa en tu lugar y, de esta forma, tú puedas dirigir el negocio familiar. Suponiendo que consigas venderme esa idea…, algo que todavía está por ver, sospecho que nuestras conversaciones serán muy diferentes a las «mismas de siempre»…

Doreen tuvo que reprimir las ganas de tomar el rostro de Robert entre las manos y besarlo hasta dejarlo sin aliento. Su adoración por él crecía a cada instante con cada nueva intimidad que compartían. Lo amaba locamente y ahora ya no tenía ninguna duda de que se complementaban a la perfección. 

Extendió su mano y acarició de manera insinuante la mejilla de Robert.

—No tiene por qué… —musitó—. Si te excita que asuma el rol de mujer de la casa cuando estamos en la cama, lo haré encantada… Ya te he dicho que en la intimidad, soy una mujer muy complaciente.

Ay, Doreen, por Dios… Robert apretó los párpados. Su sangre rugía enfebrecida. Sus emociones rugían. Se inclinó hacia la silla de ruedas y rodeó a Doreen torpemente con sus brazos en un impulso que tuvo tanto de intentar poner fin a esa conversación que lo estaba turbando, como de experimentar esta nueva necesidad de contacto físico que ella despertaba en él.

—¿Podemos hacer una pausa, por favor…? —suplicó con un deje de pura desesperación en su voz.

Ella le acarició el cabello, enternecida.

—Podemos —concedió y un instante después, añadió—. ¿Pero queremos? ¡Yo creo que no! ¡Con lo bien que estamos pisando el acelerador a fondo!


* * * * *


Chris se apresuró a secarse las manos con el paño de cocina y cogió su móvil de encima de la mesada. Sabía que a esas horas no podía ser Ken, pero le sorprendió un poco ver el nombre que se iluminaba en la pantalla.

—¿Ya habéis llegado? —se adelantó.

En Springfield, Tim esperó para responder a que Jim, que había vuelto a entrar brevemente para coger su impermeable del perchero de la entrada, cerrara la puerta.

Ahora mismo. Acabamos de descargar los bolsos y estoy por poner un poco de orden en este desastre de cocina…

La noticia de que Doreen había sido hospitalizada lo había pillado cenando y, como para entonces su ánimo ya estaba bajo mínimos debido a lo mal que estaba llevando el hecho de estar solo en Springfield mientras el resto de su familia estaba en Nashville, había bastante vajilla sucia en la pileta, esperando que un alma caritativa hiciera los honores.

Chris aprovechó la llamada para tomarse un descanso. Se dirigió a la mesa, apartó una silla y se sentó despacio. Exhaló un suspiro. 

—¿Qué tal la despedida de vuestro tío Frank en el aeropuerto? —bromeó.

Oyó que Tim se reía antes de decir:

Rápida.

—No debido a vosotros, espero —dijo Chris riendo.

Qué va. Llegó con el tiempo justo para decirnos adiós y correr a la puerta de embarque… ¿Qué tal está Doreen?

Chris arrugó el ceño. ¿Por qué se lo estaba preguntando a ella?

—Yo la veo bastante entera, pero luego, todos sabemos lo buena que es a la hora de ponerle al mal tiempo buena cara. Seguro que tu padre es quien puede ofrecerte los datos más fiables sobre el verdadero estado emocional de Doreen…

Sí, más tarde volveré a llamarlo. Me salta el contestador, así que imagino que estará muy ocupado interpretando su papel de Romeo… 

Chris se rio. Ella había pensado lo mismo hacía un momento al echar un vistazo a la hora y caer en la cuenta de que Robert y Doreen llevaban más de una hora y media fuera de la casa.

—Son tan dulces los dos… 

Se me hace muy raro pensar en mi padre en estado «dulce»… —reconoció riendo. Tras unos instantes de silencio, fue al grano—. Voy a hacerte una pregunta, Chris. A ver… Entenderé que prefieras no responder, pero si lo hicieras, te estaría muy agradecido…

Ella asintió en señal de comprensión. Empezaba a entender la verdadera razón de que Tim la hubiera llamado.

—¿Esa pregunta tiene que ver con cierta señorita que se apellida igual que yo, por un casual? —Esa señorita que, desde que se había levantado aquella mañana, deambulaba por la casa ensimismada, más mustia que una planta sin sol y no se parecía en nada a la verdadera Lilly.

Tim soltó un puñetazo victorioso al aire.

¡Qué lista eres…! ¡Así da gusto!

—¿Verdad que sí? —dijo, risueña—. De acuerdo. Te propongo un intercambio. Tú me preguntas sobre Lilly y yo te pregunto sobre el rubio de la coleta que lleva el mismo apellido que tú. ¿Te parece?

El rubio de la coleta apenas había hablado en todo el maldito viaje. Nunca lo había visto tan ausente ni tan enfadado y empezaba a estar preocupado por él. Esa actitud no era nada normal en Jim.

Diosss… Sííí, por favor —repuso Tim, después de dejarse caer en la silla al tiempo que dirigía su vista hacia el cielo en un gesto de agradecimiento.

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©️2026. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
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CRS-08. Mystic Oaks, 2 (MO 2). Episodio 23


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2027
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23


Jim subió los cinco escalones aprisa y se detuvo en mitad del porche al tiempo que soltaba un suspiro. El agua caía del ala de su sombrero como si alguien hubiera abierto un grifo encima de su cabeza. A pesar del impermeable y de las botas, estaba calado. El vaquero, que normalmente era celeste claro, pues era de los lavados a la piedra, lucía oscuro y pringado de barro. Se quitó el sombrero y lo colgó en el perchero exterior que había junto a la puerta. Hizo lo mismo con el impermeable. Pisó fuerte unas cuantas veces sobre el felpudo para desprenderse todo lo posible del barro que acumulaba en sus botas y al fin entró en la casa.

En cuanto puso un pie en el hall de entrada, los saltos y lametazos de Rain le dieron la bienvenida. Con el mal tiempo que hacía, Jim había preferido dejarla en casa. Lo último que quería era tener que meterla en la bañera después de un día de trabajo.

Tim, que estaba acabando de poner la mesa, se rio al verlo a través de la puerta de la cocina. Su pelo estaba empapado y algunos mechones parecían pegados al cuello. ¿Chorreaba agua por la coleta? ¡Chorreaba agua por todas partes!, pensó al ver que, tras quitarse las botas de lluvia, sus calcetines estaban tan mojados como si hubiera estado trabajando descalzo. 

—Parece que te has mojado un poco… 

«Como te habrías mojado tú, si hubieras venido conmigo a doblar la espalda en vez de quedarte aquí haciendo no sé qué…», pensó Jim mientras regresaba de puntillas hacia el porche para dejar las botas fuera y volvía a entrar en la casa. Pero no lo dijo. Hacía una hora que Tim lo había llamado para decirle que se dejara de memeces y volviera a la casa, a esperar que parara el diluvio para seguir trabajando, y él lo había ignorado. Estaba insoportable. Parecía como si tuviera hormigas en el cuerpo; ni podía estarse quieto ni estaba de humor para hablar, y si volvía a la casa, su hermano lo notaría… Y tendría que hablar, aunque no quisiera.

Qué mierda. 

Se había dicho que necesitaba lamerse las heridas durante diez o quince minutos, pero se había tomado todo el viaje desde Nashville más el tiempo que llevaba en Springfield, y seguía igual. De hecho, estaba peor. Porque cada minuto que pasaba sin que su móvil sonara y fuera el nombre de Lilly el que se iluminaba en la pantalla, se frustraba más y, en consecuencia, más se enfadaba consigo mismo. 

Diez minutos atrás, había recibido una llamada. Cuando se había puesto a sonar, el corazón le había dado un vuelco, creyendo que era ella.

Pero no. Lilly seguía desaparecida en combate. Quien llamaba era un candidato interesado en el puesto para trabajar en el sector ganadero. Aunque todavía seguía sin creérselo del todo, al conocer los detalles, no le había respondido que se lo pensaría. Eso, de alguna forma, lo había animado.

—Pon otro plato, que Logan viene en diez minutos —anunció, después de quitarse los calcetines, mientras avanzaba con sus pies desnudos sobre el suelo de madera—. Hay que hablar con papá, pero primero voy a darme una ducha.

—Creí que Logan se había marchado ya. ¿Estaba contigo haciendo surf en los maizales? 

Jim se detuvo brevemente junto a la puerta de la cocina.

—Estás muy dicharachero, ¿no? 

La palabra era «fenomenal», pero, habida cuenta de que el payaso de la familia estaba con cara de funeral, Tim decidió que lo mejor era no compartir con él la razón de estarlo. 

—Y tú, muy mojado. Venga, ve a ponerte ropa seca. Lo único que nos falta es que cojas una gripe.

Jim soltó una risa socarrona. 

—¿Te acuerdas de la última vez que cogí una? Porque yo no…

Tim le devolvió la socarronería.

—¿Te acordabas de la última vez que Doreen había estado enferma antes de que papá tuviera que llevarla al hospital el lunes? Llevamos seis años bailando con la más fea. No mentes al diablo, tío. Haz el favor.

«Pues en eso te doy la razón». Jim asintió con la cabeza y se dirigió al baño, seguido por su mascota. Mientras se desnudaba para meterse en la ducha, Rain se echó en su sitio preferido —en mitad del baño— y apoyó el morro sobre sus patas delanteras. 

Jim lanzó un suspiro al sentir que entraba rápidamente en calor. Se enjabonó el cuerpo y el pelo y se lavó a conciencia, disfrutando de la primera sensación placentera desde que había salido de Nashville.

Llevaba un rato en la ducha cuando oyó que Tim le preguntaba:

—¿Por qué hay que hablar con papá otra vez? 

Hacía apenas una hora que Robert lo había llamado para consultarle su opinión acerca de que Logan ocupara la casa de los guardeses cuando esta quedara libre. Para entonces, ya se lo había consultado a Jim, quien había dado su acuerdo. A Tim le había parecido una excelente idea. 

—¿De vuelta a las viejas costumbres? —se burló Jim. El baño era un punto de reunión habitual de los hermanos desde que eran niños.

Tim celebró el comentario con una risita. La vivienda familiar del rancho de Springfield era una casa grande, pero con dimensiones normales según los estándares del país. Sin baños privados en cada dormitorio: solo había dos; uno que compartían los hombres de la casa y uno para Doreen, más un retrete al que podía accederse desde el porche. Sin otras escaleras, excepto los cinco escalones que conducían al porche. Sin pasillos kilométricos. Si estabas en la cocina, no necesitabas llamar por teléfono para comunicarte con quien estuviera en el salón: con elevar un poco la voz era suficiente. La vivienda combinaba la madera con la piedra en su construcción y no había rincón en el que la creativa mano de Doreen no hubiera dejado su huella.

—Las viejas y queridas costumbres, sí. En Nashville, se me olvidaría lo que iba a decirte antes de llegar a tu dormitorio —concedió, riendo.

Detrás de la cortina de la ducha, Jim también se rio. 

—Ya te digo… Estoy pensando en comprarme unos patines… —Cogió el bote de acondicionador de pelo y se aplicó un poco, masajeando para esparcirlo bien por toda su melena.

—¿Qué pasa con papá? —insistió Tim.

—Ah, sí, eso… Tenemos otro candidato interesado. Para el sector ganadero.

—¿En serio? ¡Qué bien!

—Pinta bien, sí. Al menos, por teléfono. Lo bueno es que, por lo visto, también tiene algo de experiencia agrícola. Su primer trabajo fijo fue en un rancho al oeste de Tennessee, donde cultivaban maíz, sorgo y soja. 

—¿Está trabajando ahora?

—Sí. En Fayetteville, en una finca importante dedicada al ganado bovino de la raza Limousin. Por lo visto, allí no ve claras sus posibilidades de promoción. —Jim abrió la cortina, manoteó la toalla y se secó el pelo y el torso enérgicamente antes de salir de la bañera.

Tim, que estaba sentado sobre la tapa del inodoro, se puso de pie para dejarle espacio a su hermano.

—Eso está a hora y media de Mystic Oaks… ¿No ha encontrado nada más cerca?

—No te pongas tiquismiquis, tío. Es de Franklin y tiene familia allí, a media hora del rancho. Y, por una vez, no me tocó escuchar la famosa frase «me lo pensaré y si acaso, ya vuelvo a llamar». Para mí es bastante.

Tim asintió. Conseguir gente interesada en unirse a la plantilla del rancho estaba resultando una labor demasiado ardua para ponerse quisquillosos.

—¿No es de allí Bella?

Jim se anudó el lazo del albornoz y alzó la vista hasta su hermano mientras se ponía las chanclas.

—¿Piensas pedirle referencias a ella? Oye, es buena idea. ¡Seguro que se sabe su vida y obra!

Ambos rieron durante unos instantes. Tim tenía otra razón para hacerlo: el alivio de comprobar que, poco a poco, Jim volvía a ser Jim. 

—Qué alivio verte reír… —dejó caer Tim.

A él también le aliviaba, desde luego, pensó Jim. Había pasado horas sintiéndose como un extraño en su propio cuerpo, en su propia mente.

—Perdona por mi reacción en la gasolinera, por el muermo de acompañante que he sido todo el viaje y por mi malhumor… Estaba quemadísimo.

—¿Ya no?

Jim suspiró. Comenzó a peinarse mientras consideraba la pregunta de su hermano. Seguía muy enfadado consigo mismo por permitir que la indecisión de Lilly lo afectara hasta ese extremo. Estaba tan acostumbrado a mantener relaciones superficiales con mujeres que lo superaban a él en edad, que había perdido de vista que esta vez se las estaba viendo con casi una adolescente. Y sí, los adolescentes eran indecisos e inmaduros. Cambiaban de idea como de peinado. Él lo sabía mejor que nadie porque, de hecho, su propia familia seguía pensando que le faltaba un hervor(1). Sin embargo, también se sentía muy frustrado por otra cuestión.

—Me jode. Mucho. Esto de tener a todas las tías en el bote, menos a la que a mí me importa… Es la segunda vez que me pasa y empieza a darme que pensar. —Volvió a dejar el peine en el contenedor que había en el primer estante. Era de cerámica y estaba pintado a mano por Doreen. Al fin, exhaló el aire por la nariz—. Pero también tuve veinte años una vez. Me costaba hasta decidir qué ponerme por la mañana y eso que siempre iba en vaqueros y camiseta… Puedo entender que Lilly tenga un lío en la cabeza. Me jode, pero puedo entenderlo.

Tim pensaba que Jim estaba simplificando demasiado las cosas. Por lo que sabía, el problema de Lilly parecía ir bastante más allá que un simple lío en la cabeza. Pensaba hablar con él acerca de la conversación que había mantenido con Chris sobre su hermana, pero decidió que lo mejor era dejarlo para la noche, cuando hubieran acabado la jornada laboral —si la climatología no se empeñaba en continuar enviándoles más metros cúbicos de agua en forma de diluvio universal—. Preferentemente, con una cerveza y algo de picar a mano.

—¿Qué me dices de la consulta de papá sobre la casa de los guardeses? —preguntó Tim, decidido a apoyar la positiva evolución del humor de Jim con un tema que le daba vueltas en la cabeza.

—Que funcionará. Logan siempre ha estado más apegado a nosotros que a su propia familia. Ocupar esa casa es como tener lo mejor de dos mundos. Puede hacer vida con nosotros cuando le apetezca y cuando no, retirarse a su casita del bosque. Y encima, no tiene que tragarse ningún atasco para ir a trabajar. 

—Ya, pero no lo digo por eso —repuso Tim y dejó que la expresión traviesa de su rostro le informara a su hermano que no iban por ahí los tiros.

—¡Ah, joder…! ¡Claro! La casa tendrá que estar vacía para que Logan la ocupe…

—Exacto. Y tiene que ser algo más o menos inmediato porque, de otra forma, papá no estaría pensando en ofrecérsela.

Los hermanos abandonaron el baño conversando, seguidos por Rain, y se dirigieron a la habitación de Jim. Una vez allí, él empezó a vestirse.

—¡Qué interesantes se están poniendo las cosas, ¿no?! Me alucina no haber caído en esto antes… —dijo Jim de lo más animado. Aunque teniendo en cuenta que el asunto de Lilly había monopolizado las primeras ocho horas de su día, tampoco era para extrañarse tanto—. ¿Tú crees que se casan?

Tim abrió mucho los ojos.

—¡Se conocieron hace nada! ¿Estás loco? Además, Chris no quiere siquiera que su relación trascienda a la prensa… Ya ves las estrategias que despliegan cada vez que están juntos en un mismo lugar que no sea el salón de casa…

—Que no quiera salir en las fotos, no implica que no quiera casarse con Ken… 

—Y dale con el casamiento… Que no hay boda, tío, ¿te apuestas algo? —se rio Tim. 

—Vale. Pero si no hay boda, ¿cuál es el plan? Ken no va a marcharse de Mystic Oaks. Es su paraíso terrenal… Y en el más que hipotético caso de que se le haya cruzado por esa cabezota que tiene la idea de mudarse, me ocuparé personalmente de hacerlo cambiar de idea. Vamos, que llega a mudarse y me lo cargo —advirtió. 

—Que no, hombre… ¡Qué dices! Ken no va a marcharse a ninguna parte. Con lo que le ha costado recuperar Mystic Oaks… Tranquilo, que de ahí no lo saca nadie.

—¿Y entonces, qué? 

Tim asintió risueño.

—Esa es justamente la cuestión: Y entonces, ¿qué?

Los hermanos se miraron durante unos instantes y Jim llegó a la misma conclusión a la que había llegado Tim, razón por la cual estaba planteando el tema. Si no había boda a la vista y las hermanas Thompson iban a dejar la casa de los guardeses, o bien tenían previsto mudarse a un piso en el centro de la ciudad, o bien donde se trasladaban era al edificio principal con el resto de la familia. Lo primero no tenía mucho sentido, pues aún no habían acabado sus respectivas rehabilitaciones: Chris de la cirugía de rodilla y Lilly del hombro y el brazo derechos. Lo segundo, en cambio, tenía todo el sentido del mundo. 

¿Lilly y él vivirían bajo el mismo techo? El pensamiento puso una sonrisa radiante en el rostro de Jim, que un instante después se convirtió en risotada al comprender las verdaderas implicaciones de que Chris y Ken habitaran la misma casa sin que mediara una boda.

—¡A papá le va a salir una úlcera! —exclamó.

Y vio que Tim asentía al tiempo que se desternillaba de risa.

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(1)Ser inmaduro, ingenuo o carecer de la sensatez necesaria para asumir una responsabilidad.


* * * * *


Después de comer con Chris y Lilly, Doreen y Robert se habían trasladado a la biblioteca. Mientras él, sentado en un sillón, seguía trabajando en su cuaderno, dando forma a un regalo para Doreen, ella había dormido una buena siesta tendida en el sofá. 

Ahora, tras haber tomado su medicación para el dolor, con la cabeza apoyada en un mullido cojín y cubierta hasta el cuello por su manta favorita, escuchaba a Robert, intentando concentrarse en sus palabras y no en sus maravillosas vistas.

Le estaba costando muchísimo hacerlo, tuvo que reconocer. Desde que se habían besado por primera vez, aquella mañana, cada vez que lo miraba, se le iba la cabeza. Y cuando no lo miraba, también. Suspiró.

—Vas a enterarte de todas formas el domingo, así que te lo digo ahora, pero cuando lo oigas, por favor, pon cara de novedad, ¿de acuerdo? —dijo Robert y, al ver que a pesar de estar mirándolo no respondía, sonrió.

La habría dejado seguir ensimismada en sus pensamientos un rato más, pues estaba claro que dichos pensamientos tenían que ver con él y eran de naturaleza muy agradable, pero tenían que hablar.

—¿Doreen…? —insistió con suavidad.

Ella volvió a la realidad de sopetón. «Otra vez, en el Limbo», pensó con una sonrisa. Dado que negarlo no tenía ningún sentido, ¿qué tal sacarle partido a la situación?

—¡Ay, chico, qué inoportuno! Estábamos en lo mejor… —dijo en un tono a mitad de camino entre la queja y el coqueteo. Finalmente, coronó sus palabras con un histriónico suspiro.

El efecto fue fulminante. Mientras los ojos de Robert refulgían halagados, sus mejillas se tiñeron de un ligero arrebol y él se quedó cortado. 

Doreen no pudo evitar reírse. 

—¡Eres tan tierno…! —Sacó una mano de debajo de la manta y la posó sobre el codo masculino—. Respira, Rob… Era una broma. Solo estaba metiéndome contigo…

—Estoy respirando, Doreen. Y sí, ya veo que te encanta meterte conmigo. Pero donde las dan, las tomas, ¿sabes? A ver si uno de estos días, soy yo el que te deja sin respiración a ti…

«Lo estoy deseando» era lo que decía la sonrisa de Doreen. Robert se las arregló para ignorar el efecto devastador que aquella sonrisa descarada tenía sobre él. Tenían que hablar y el asunto era importante. 

—Chris y Lilly van a trasladarse a vivir aquí. Ken planea escoger una de las plantas y convertirla en su rincón privado. 

—¡Vaya! ¡Qué noticia más estupenda! Después de lo mal que lo ha pasado Ken, fíjate qué planes más maravillosos hay a la vista…

Esta vez fue Robert quien suspiró. ¿Por qué no le extrañaba que la idea de Ken tuviera tan buena acogida en Doreen? 

—Ya sé que es tu sobrino favorito y todo lo que tiene que ver con él te parece maravilloso, pero esos planes no incluyen una boda. Al menos, por el momento.

Oh, oh. Acabáramos… Doreen hizo un mohín cómico con la boca.

—Y eso es un problema para ti —afirmó, poniendo en palabras la preocupación de Robert. Lo hizo sin percatarse de que lo que acababa de decir añadía una nueva inquietud.

Robert se incorporó un poco en el asiento y la miró interrogante. 

—¿Y qué hay de ti? ¿No te preocupa estar sentando un precedente erróneo ante Tim y Jim? Los hemos educado juntos, Doreen. 

Eso no era del todo cierto, pensó ella. En asuntos relacionados con la ética y las reglas de la casa, la voz cantante pertenecía a Robert. Eran sus enseñanzas. De hecho, cuando Ken, Tim y Jim eran pequeños, ella se había abstenido de expresar su opinión, si esta entraba en conflicto con los criterios paternos. Ken tenía doce años ya la primera vez que ella había manifestado su desacuerdo con un castigo que le había impuesto Robert. Decidió pasar por alto hacer una aclaración al respecto y fue directamente al meollo de la cuestión. 

—Todos somos mayores de edad en esta casa. Y, por supuesto, que habrá una boda. Pero será cuando Chris y Ken lo decidan, y no por el qué dirán. Los tiempos han cambiado, Rob… Aunque tú te resistas tanto a aceptarlo.

Robert se cruzó de brazos.

—En otras palabras: te parece bien.

Doreen le dedicó una mirada tierna.

—Si estuviéramos hablando de dos adolescentes, no me parecería bien. Creo que a esa edad deben plantearse otras cosas, vivir otras experiencias… Pero Ken tiene 30 años y Chris, 28. Saben muy bien lo que hacen y no necesitan nuestra aprobación para hacerlo. Te digo más: me parece todo un gesto que quieran hacer partícipe a la familia, informándonos de su decisión y abriéndose a hablar de ella, antes de llevarla a cabo. ¿Cuánta gente hace eso hoy en día? 

Robert concedió con un gesto. Siempre se había sentido orgulloso de la actitud de Ken hacia la familia y hacia él, en particular. Pero una cosa no quitaba la otra.

—Creo en el compromiso y en que las cosas han de tener un orden, Doreen. Es cuestión de coherencia, no del qué dirán. 

—Vamos, Rob… —lo regañó ella cariñosamente—. ¿Qué crees que van a hacer Chris y Ken cuando de repente desaparecen durante horas y no responden al móvil? 

—¿Qué pregunta es esa, querida? Obviamente, sé que ninguno de los dos practica la castidad… Ninguno de mis hijos, de hecho.

Robert ignoró el conato de risa que relampagueó en los ojos de Doreen y continuó con la mayor dignidad posible a pesar de lo incómodo que le estaba resultando hablar del tema.

—Pero, francamente, me cuesta mucho entender que una persona pueda estar preparada para «vivir con alguien» y, sin embargo, no estarlo para asumir un compromiso a largo plazo y casarse con ese alguien. 

—Rob, los chicos y yo tenemos muy claro que esa idea tan de moda de irse a vivir juntos para ver si la relación funciona, no va contigo. Pero, dejando a un lado que no todas las parejas aspiran a casarse ni todas las novias sueñan con una boda de princesa de cuento, aquí no estamos hablando de eso: habrá una boda —aseguró.

—¿Y qué sucederá si Jim o Tim, en vista del éxito obtenido por su hermano mayor, proponen algo semejante? ¿Vamos a tener la casa llena de «novias» que dormirán con ellos y vivirán con nosotros hasta que estén preparadas para darles el «sí, quiero»? —Robert negó enfáticamente con la cabeza—. En esta vida, te aseguro que eso no sucederá. Así que sí, me preocupa mucho estar sentando un mal precedente. ¿Dónde queda la coherencia si les niego a Tim y a Jim algo que a Ken le permito hacer? No es tan simple como parece, Doreen.

Ella apretó el brazo masculino en un gesto de cariño. No quería reírse, pues sabía que todo aquel asunto le afectaba de verdad. Sin embargo, le hacía gracia que, en su preocupación por cómo pudiera afectar esa supuesta falta de coherencia a sus dos hijos menores, estuviera perdiendo de vista otra brecha en la coherencia mucho más evidente. 

—¿Y qué hay de nosotros, Rob? ¿Lo has pensado? 

Él la miró con interrogación en su mirada. No entendía a qué había venido ese cambio de tema. 

Doreen hizo los honores.

—Llevamos veintiséis años viviendo bajo el mismo techo y ahora nuestra relación ha cambiado… ¿Propones que tengamos sexo a escondidas para que nadie se entere de que estamos haciendo trampa? ¡Qué morbo! ¡Por mí, fantástico! Pero, ¿no ves la ironía?

Si era posible que Robert se pusiera aún más serio de lo que ya estaba, Doreen acababa de conseguirlo con su comentario. 

—¿De qué ironía hablas? Cuando le dije a tu hermano que le avisaríamos con tiempo, no estaba bromeando. 

«¡¿Perdooooonaaaa…?!». La perplejidad de Doreen era tal, que no logró que su cerebro diera las órdenes oportunas para que su boca le pusiera sonido a la palabra.  

Ver la expresión de total asombro en el rostro femenino desconcertó a Robert. Era consciente de que los acontecimientos se habían precipitado tras el ingreso hospitalario de Doreen y estaba decidido a no saltarse pasos. Ambos se merecían disfrutar del cortejo y del romance. Sin embargo, si ella pensaba que todo se reduciría a tener sexo a escondidas…

En aquel momento, las ya famosas palabras de Doreen regresaron a su mente:

«Esta mujer que soy, cuando no soy tu cuñada, y que tú aún no conoces, va a ponerte a prueba día sí y otro también».

Y el que avisa no es traidor. Robert asintió con la cabeza, reafirmando sus propios pensamientos.

—¿Sabes, querida mía? —dijo, mirándola a los ojos con mucha seriedad—. Tú y yo vamos a tener una larga conversación sobre este asunto.


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CRS-08. Mystic Oaks, 2 (MO 2). Episodio 24


Publicación: Catálogo oficial Jera Romance 2027
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24


Jim y Tim se miraron algo ansiosos mientras Logan leía el borrador de su nuevo contrato para trabajar en Mystic Oaks. Estaba recién duchado y con el cabello aún húmedo, pues había llegado a la casa en las mismas condiciones que Jim. De su expresión era imposible deducir si lo que leía era de su agrado, por lo que la ansiedad de los hermanos crecía. Ninguno de los dos se había planteado la posibilidad de que su jefe de capaces estuviera dispuesto a trasladarse a Nashville junto con la actividad agrícola ganadera del negocio familiar. Pero en cuanto habían descubierto que dicha posibilidad existía, ya no podían imaginarse Mystic Oaks sin Logan Philips. Las nuevas condiciones eran mejores de las que Logan tenía actualmente, pero no todo lo buenas de esperar tratándose de un empleado que dejaba su casa, su familia y sus amigos atrás para trasladarse a otro estado. De ahí que Robert hubiera incluido una mención específica a que el salario se revisaría al alza a dos años vista, tras la temporada 2004/2005, o antes si las circunstancias lo permitían. 

Estaban los tres sentados a la mesa de la cocina con una fuente de lasaña y otra de carne guisada que Tim había comprado de camino al rancho. El mantel, las servilletas y la vajilla eran señales de que Doreen había vivido en aquel lugar y, aunque ninguno de los hermanos hiciera referencia a ello, los dos se sentían extraños por igual: ella ya no estaba allí, pero, en cierto modo, era como si aún lo hiciera. Como si en cualquier momento fuera a aparecer por la puerta con un postre apetitoso recién horneado en las manos y su calidez de siempre.

Tim y Jim continuaron comiendo, procurando mantener a raya la ansiedad. Fuera había dejado de llover y empezaba a escampar, por lo que el plan era dirigirse a la explotación agrícola para analizar el estado de los sectores de cultivo pendientes de cosechar y decidir el siguiente paso. Iban contrarreloj, pues las heladas no tardarían en llegar a la región y todo cultivo que permaneciera en la tierra se perdería.

Logan al fin puso el documento a un lado y asintió con la cabeza.

—Creo que podemos estrecharnos la mano —dijo con una sonrisa.

Jim se levantó de la mesa y le dio un abrazo.

—Ah, ¡qué alivio, tío! ¡Me has quitado un peso de encima!

Tim no se quedó atrás. Le tendió su mano a través de la mesa y Logan la estrechó con energía.

—¡Es verdad, menudo peso nos has quitado de encima, Logan! Te va a encantar aquello, ya lo verás. ¡Qué alegría se van a llevar en casa cuando se enteren!

Logan concedió a lo dicho por Tim con un movimiento de la cabeza. Llevaba tiempo necesitando un cambio. Todo seguía igual en su vida: el mismo trabajo, el mismo piso, los mismos amigos, el mismo paisaje, las mismas rutinas… Todo, excepto Lainey, la persona más importante de su vida, que se había marchado para siempre. La sensación de estar detenido en el tiempo, atrapado en un bucle de rutinas vacías, empezaba a asfixiarlo.

—Yo también estoy muy contento. Tengo ganas de empezar de cero en otra parte y, por lo que me contáis, será tal cual, ¿no? —Aunque no lo dijo, no se refería solo al aspecto profesional de su vida, sino especialmente al personal.

—Ya te digo. ¡Todo está por hacer! Empezar de cero es una definición perfecta de lo que te espera… Nos espera —dijo Jim muy animado. Cortó un trozo de carne y se lo llevó a la boca sin dejar de sonreír del puro alivio de saber que era real. Logan había dado el visto bueno a las condiciones laborales y se trasladaría a Nashville. 

Tim bebió un sorbo de agua antes de intervenir.

—Hemos estado tan desbordados que no nos ha dado tiempo de apreciar lo bueno de que todo esté por hacer en Mystic Oaks. Agobia pensar que el calendario de siembra nos está mordiendo el culo, lo sé… Pero, por otro lado, ¿no es genial tener la posibilidad de empezar de nuevo? Una parte de la finca estuvo en explotación, pero de eso hace tantos años que, a los efectos, es como si nunca lo hubiera estado… 

—¿No queda nada en pie de esas épocas? —se interesó Logan.

—Una alambrada —repuso Jim con humor—. Mejor dicho, un único tramo de ochenta y tantos metros. 

—Que seguramente tendremos que echar abajo… —apuntó el jefe de capataces. Vio que los hermanos asentían y añadió—: ¡Guau…! 

Tim sonrió.

—Aparte de los sectores cerealeros que entre los dos hemos dejado listos para la siembra a fin de mes —dijo—, el resto son campos interminables llenos de hierbas, margaritas y amapolas hasta donde se pierde la vista.

—Mañana verás los planos. ¡Vas a flipar! —terció Jim.

—¿Los planos? —se rio Tim—. Va a flipar con la finca… Desde ya te digo que no es una finca al uso… ¡Y vas a flipar con la casa; es tridimensional!

—Bueno, ¿qué tal si nos dejamos de flipar por un rato y hablamos con papá? —propuso Jim después de coger su móvil—. Todavía no sabe que mañana Logan va a entrevistar a dos candidatos…

Tim estuvo de acuerdo. Como se pusieran a hablar de las maravillas de Mystic Oaks, les daría la noche.

—Sí, venga, llámalo. 


* * * * *


Lilly entró en la casa como una tromba. Ignorando el recibimiento festivo de Sultán, Noah y River, atravesó el salón y fue a la habitación de su hermana aprisa.

Chris se había echado en la cama no con la intención de dormir, sino más bien con la de poder descansar sin que las tres mascotas comenzaran a ponerse ansiosas por salir. Había comprobado que, si dejaba la luz apagada, los peludos se echaban, como si interpretaran que luz apagada era sinónimo de ama durmiendo. 

La razón de haberse acostado era que se le habían juntado los síntomas premenstruales con el cansancio acumulado por todo el ajetreo familiar derivado de la operación de Doreen y su actual convalecencia. Su pierna derecha se parecía más a una morcilla que a un miembro humano. La sentía muy cargada y le dolía la rodilla al andar. Para colmo de males, a diez días de su próxima menstruación, ya mostraba la mayoría de los síntomas más molestos.

—Si estás dormida, despierta que tenemos que hablar —anunció Lilly al tiempo que encendía la luz. Fue hasta la cama, quitándose el abrigo, y se sentó junto a su hermana. Los perros se arremolinaron junto a la cama y Sultán no tardó en tomar la iniciativa de saltar encima.

—En la cama, no. ¡Abajo! —ordenó Lilly, pero el peludito continuó en cuatro patas al otro lado de la cama, mirándola, con sus orejas alertas y sin obedecer. Solo cuando Chris repitió la orden, el cachorro de husky saltó al suelo. Después de dejar clara su disconformidad con un largo aullido, se fue a sentar junto a sus amigos de cuatro patas.

Chris regresó su atención a Lilly, mirándola preocupada. Había dicho que salía a dar un paseo sin los perros porque necesitaba «airearse». Lo que, tras lo sucedido con Jim, en lenguaje de Lilly venía a decir que lo que realmente necesitaba era «aclararse». Pero ahora que la miraba bien, era evidente que el paseo no le había sentado nada bien.

—¿Qué pasa, cari?

Lilly exhaló un suspiro y se lanzó a hablar sin hacer pausas.

—Volví a la casa a recoger mi móvil. Me di cuenta de que lo había dejado en la cocina… Y ya que tenía que pasar por detrás de la casa, aproveché. Pero resulta que no solo yo soy una olvidadiza; el pastillero de Robert estaba sobre la misma mesa que mi móvil. Y como me sé de memoria los horarios de las medicinas de tooooodos los pacientes de la casa —¡vamos, que podría valer perfectamente para enfermera!—, decidí llevárselo junto con su té de hierbas porque ya le tocaba tomar una pastilla… Allá que fui, con mis buenas intenciones, hasta el final del pasillo. El pastillero sujeto en la cinturilla del vaquero, porque no me cabe en el bolsillo, y el termo en la mano —explicó haciendo los correspondientes gestos con su única mano viable. 

»Y cuando estoy a punto de entrar en la biblioteca, oigo que Doreen le dice a Robert que todos en la casa saben que no va con él esa moda de irse a vivir juntos para saber si la relación funciona, pero que no estaban hablando de eso porque en este caso «habrá una boda». A lo que Robert responde…

Lilly se aclaró la garganta y lo que dijo a continuación imitaba la voz de un hombre.

—«¿Y qué sucederá si Jim o Tim, en vista del éxito obtenido por su hermano mayor, proponen algo semejante? ¿Vamos a tener la casa llena de «novias» que dormirán con ellos y vivirán con nosotros hasta que estén preparadas para darles el «sí, quiero»? En esta vida, te aseguro que eso no sucederá. Así que sí, me preocupa mucho estar sentando un mal precedente. ¿Dónde queda la coherencia si les niego a Tim y a Jim algo que a Ken le permito hacer?». Y luego siguieron… 

De hecho, la cosa se había puesto tan interesante que a Lilly le había costado un triunfo despegar la oreja.

—Pero yo me volví. Dejé el pastillero y el termo donde estaban y me he venido corriendo para aquí porque… —Paró para tomar una bocanada de aire y concluyó—: ¡Houston, tenemos un problema!

Chris se quedó pasmada. Obviamente, Robert y Doreen estaban hablando de su traslado y el de Lilly al edificio principal, pero ¿cómo lo sabían? ¿No se suponía que Ken y ella lo hablarían con toda la familia el domingo, cuando él regresara al rancho? 

—A ver, cariño… —dijo cuando consiguió articular una palabra—. ¿Estás segura de que lo has entendido bien? Sí, ya sé que tu memoria auditiva es sobresaliente. Me refiero al contexto de la conversación. Es que me sorprende que sepan algo de lo que todavía Ken y yo no les hemos hablado…

Lilly soltó una risotada. 

—¡Estoy citándolos textualmente! Mañana, igual ya no podría hacerlo, no recordaría todas las palabras, pero ahora sí que puedo. 

«Pues menudo problema…», pensó Chris.

—No comprendo cómo pudieron enterarse… Y no está bien que lo hayan sabido por terceros, sean quienes sean. Fíjate en el malestar que ha creado. 

—A mí no me mires; yo no he sido —se defendió Lilly—. ¿Y qué terceros podrían ser, Chris? Hasta ayer, Jim no lo sabía. Me habría dicho algo si fuera así. —«Eso suponiendo que tú, cobarde, te hubieras presentado a desayunar como dijiste que harías. Pero no lo hiciste. Y no has vuelto a hablar con él. Ni él contigo. ¿Cuándo iba a decírtelo, eh?», pensó—. Bueno, tampoco puedo asegurarlo, pero creo que no lo sabía… 

—Ken no me comentó nada antes, cuando hablamos… Así que no está al tanto de lo mal que se lo ha tomado su padre, porque si no, me habría vuelto a llamar… —Exhaló el aire, preocupada—. Esto no es bueno, Lilly. 

La muchacha asintió con la cabeza y su coleta se sacudió graciosamente.

Nop —concedió—, nada bueno.


* * * * *


A Doreen le había tomado unos instantes salir de su estado de absoluta perplejidad, pero cuando al fin lo hizo, su respuesta fue tan definitiva como antes lo había sido la de Robert.

—Es cierto. Tenemos mucho que hablar, Rob. Yo también pienso que las cosas han de tener un orden, aunque… obviamente, no me refiero exactamente al mismo orden al que tú te refieres. Quiero decir que, antes de mantener una larga conversación sobre esto —dijo, imitándolo—, habrá que hablar de otras cosas.

Robert asintió enfáticamente. Una sonrisa destensó su serio rostro.

—Por supuesto, querida mía. Y estoy deseando hacerlo…

Doreen suspiró. Se apoyó en sus manos para incorporarse, pero el impulso se vio truncado de repente cuando su abdomen le recordó que seguía convaleciente. Robert fue a socorrerla rápidamente y la ayudó a sentarse en el sofá con los pies apoyados en el suelo. 

Recién entonces, Doreen se dispuso a hacer una aclaración que le parecía imprescindible. Dejando al margen que sus ideas sobre la vida en común no pasaban necesariamente por estampar su firma en un acta de matrimonio, no veía con buenos ojos que alguien diera por hecho la forma en que debían hacerse las cosas. Especialmente, si esas cosas tenían que ver con ella.

—No me estás entendiendo, Robert. Lo que digo es que antes de encarar la fase «avisarle con tiempo a Frank», hay otras que habrá que superar. Otras fases que no pienso saltarme.

Él permaneció en silencio, mirándola sin entender del todo el súbito cambio de la atmósfera que se respiraba entre los dos. Que Doreen ya no lo llamara por el diminutivo de su nombre era una señal clara de dicho cambio. Aunque no la única; sus hermosos ojos ya no lo miraban con ilusión, sino con cierta dureza. ¿A qué venía esa mirada? Por supuesto que toda relación tenía sus fases; eso era justamente lo que él había estado argumentando al hablar de Chris y Ken. Sin embargo, no eran situaciones comparables, pues su hijo y Chris se habían conocido apenas cuatro meses atrás. Doreen y él eran una familia: llevaban media vida juntos, viviendo bajo el mismo techo. Luchando codo con codo para sacar adelante a Ken, Tim y Jim, la vida familiar y ganarse el sustento.

—Claro que sí, Doreen. No pensaba saltármelas —repuso con una dosis extra de ternura.

«Sigues sin entender…», pensó ella. 

—Muy bien. Todo aclarado, entonces. Ya hablaremos de ese asunto cuando hayamos llegado a esa fase. Ahora, estamos en otra. —Y como una confirmación de que el tema «avisarle a Frank» quedaba pospuesto hasta nueva orden, añadió—: ¿Me acercas la silla de ruedas, por favor? Necesito ir al baño.

Robert expulsó el aire por la nariz con suavidad. Rodeó su sillón y fue hasta la silla de ruedas, mientras pensaba que el primer día de su nueva vida parecía decidido a torcerse. Condujo la silla hasta ella y le tendió una mano para ayudarla a trasladarse del sofá al asiento de su nuevo bólido.

Sus miradas se encontraron. 

—Llevamos toda la vida juntos, Doreen. ¿Aún necesitas tiempo para decidir si quieres seguir a mi lado?

—¿No te parece que estás siendo un poquito demasiado simplista, Robert? —espetó ella—. Lo que necesito, para empezar, es que dejes de dar las cosas por sentadas. 

—¿Qué quieres decir…? Si te he dado esa impresión, te ruego que me disculpes. Te aseguro que no era esa mi intención. 

—¿En serio? No es que me haya dado esa impresión, es que lo haces. Tienes tal seguridad en ti mismo y en que tu visión del mundo es la correcta, que la das por sentada sin más. 

—Bueno… Si te refieres a la crianza de mis hijos… —empezó a decir. Doreen no le permitió continuar.

—A lo largo de tu vida, has dicho y hecho muchas cosas en relación con los chicos con las que no estuve de acuerdo. Eres su padre, yo, tu cuñada, y tu punto de vista primaba sobre todos los demás, así que lo respeté. Pero ya no soy tu cuñada, Robert. Tengo mi propia visión del mundo y tu opinión sobre cómo deben ser las cosas entre nosotros tiene exactamente la misma importancia que la mía. Ninguna prima sobre la otra. Ninguna es mejor o peor. 

—Por supuesto. Faltaría más —repuso, confuso—. No comprendo a qué… 

Doreen mostró su palma en señal de que la dejara acabar.

—Como bien dices, llevamos toda la vida juntos. No se trata de decidir si quiero seguir a tu lado. Eso lo decidí hace mucho tiempo. Ahora bien, sobre el cómo seguir a tu lado está todo por decidir.

El ceño fruncido de Robert le hacía la competencia en confusión a su mirada. Pensó que era un milagro que su mandíbula siguiera firmemente sujeta a su cara y no en el suelo, pues, en honor a la verdad, lo que acababa de oír lo había descolocado por completo. ¿Qué clase de futuro juntos se estaba planteando Doreen? ¿Había alguna otra clase de futuro más que el matrimonio para un hombre y una mujer que, tras una vida juntos como cuñados, se habían dado cuenta de que se amaban? ¿O pretendía que fueran cuñados de día y amantes de noche? ¿Acaso, aparte del apéndice, le habían extirpado el sentido común?

El sonido del móvil de Robert interrumpió el momento. Él inspiró profundamente. Doreen optó por marcharse. 

—Voy al baño —anunció cuando la silla de ruedas ya estaba alejándose del sofá.

A pesar de su contrariedad, Robert procuró sonar amable y dispuesto, como siempre. 

—¿No vas a necesitar ayuda, querida mía? —ofreció.

La «querida tuya» sabe ir al baño sola desde que tenía cuatro años. Una operación de apéndice no va a cambiar eso.

Además, en el caso de que la necesitara y tratándose de un lugar tan privado como el baño, ¿estaban en la fase de pedírsela a él?, pensó con ironía. ¡Madre del Amor Hermoso, qué iba a pensar la gente!

—No te preocupes, Robert. Creo que me apañaré. 

La respuesta de Doreen no había sido especialmente cortante o desagradable y, sin embargo, había habido algo en la forma de darla o en su actitud que a él le había sabido a un cachetazo.  

Robert bajó la vista, intentando centrarse. Se agachó a coger su teléfono de la mesita ratona. Era Jim el nombre que mostraba la pantalla.

Forzó una sonrisa a sus labios y se dispuso a atender la llamada.


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CRS-08. Mystic Oaks, 2 (MO 2). Episodio 25


25


Lilly respiró hondo antes de entrar en la cocina, armándose de valor para el mal rato que estaba a punto de pasar. Su querida hermana se había rajado y se había quedado sola ante el peligro.

—Creo que ya podemos empezar… —entró diciendo—. Chris presenta sus excusas. No cenará. No está muy bien hoy. Su cabeza ha decidido tenerla a mal traer desde la mañana, así que ha decidido intentar dormir.

Robert y Doreen, que ya estaban sentados a la mesa, miraron a Lilly preocupados. 

—Ay, pobre… —dijo ella—. ¿Ha tomado algo? ¿Por qué no le preparas una infusión de jengibre? 

—Dile que no se preocupe —intervino él—, que descanse y mañana, Dios mediante, estará mejor. No me extraña que su cuerpo le haya dado la voz de alto… La pobre Chris lleva ocupándose de todo desde principios de semana…

Lilly no pudo evitar pensar que ahora, a la luz de lo que sabía gracias a haber escuchado lo que no debía donde no debía, la habitual amabilidad de Robert no le sabía tan sincera como siempre.

¿Y eso lo dices tú? Querida, por si se te ha olvidado, has escuchado una conversación muy privada a escondidas y, no contenta con eso, se la has chivado a tu hermana. ¡Menuda hipócrita, Campanilla!

—Sí, gracias. Luego, antes de marcharme, le haré una infusión —miró a Robert y se rio— que espero que sea más agradable que la suya. Ya me veo a Chris arrojándome a mí y a la infusión por la ventana…

Todos rieron el comentario y se dispusieron a comenzar con la cena. Había ensalada, puré de patatas y guisantes y filete a la plancha. Era bastante más ligera de lo habitual cuando Ken, Tim y Jim estaban en casa. En palabras del jefe del clan era un menú para personas normales y no para jóvenes devoradores.

—Mañana es un gran día —comentó Robert—. Tendremos a Logan aquí durante un par de días. Ha habido mucha suerte… Pensé que me lo iba a poner más difícil, pero según Jim, su sonrisa después de leer el borrador del nuevo contrato dijo mucho más que sus palabras. Estaba muy contento con la propuesta y ya ha aceptado venir con esas condiciones.

El lado irónico de Doreen no se extrañó de que Robert se sintiera tan afortunado. Que Logan hubiera aceptado las condiciones implicaba que no necesitaría negociar ni, por supuesto, meterse en el jardín de tentarlo, ofreciéndole la casa de los guardeses cuando estuviera desocupada. Principalmente, porque Robert era el primer opositor a que quedara libre.

Vaya, pensó Lilly. Así que Jim había hablado con su padre, pero a ella, ni mu.

¿Y tú qué? ¿Acaso lo has llamado? Venga ya. No solo no te has presentado al desayuno como dijiste que harías. ¡Tampoco tú has dicho ni mu!

—Es una suerte que el empleado con el puesto más importante del rancho esté de acuerdo en trasladarse, ¿no? —dijo—. Bueno, yo no entiendo nada de eso, pero me parece que será de mucha ayuda.

—¡Claro que sí, Lilly! —concedió Robert—. Todo será mucho más sencillo si podemos contar con él y ha dicho que sí, así que es un hecho. Además, es una victoria. Logan es casi como un hijo para mí, salvando las distancias. Empezó a trabajar en el rancho cuando era un adolescente, así que podríamos decir que a nivel profesional se ha formado con nosotros. No todo en su vida fue como él esperaba, pero, al menos, en lo profesional, sí. Y estoy seguro de que seguir a nuestro lado en este nuevo comienzo le vendrá muy bien…

Robert se refería a que la situación personal de Logan, tras perder a su prometida en un accidente siete años atrás, no había mejorado. La relación con su familia, sí. Pero, de alguna forma, Robert seguía teniendo la sensación de que su jefe de capataces no había vuelto a su vida normal, tras el luto, más que en apariencia. Y que hubiera aceptado trasladarse a Tennessee, con todo lo que eso implicaba, era una confirmación de que Logan también necesitaba un nuevo comienzo. ¿Y qué mejor lugar para hacerlo que en Mystic Oaks?

—Además, vendrá para entrevistar a dos candidatos… —celebró Doreen—. Y pensar que la semana pasada Jim estaba tan preocupado, pensando que no conseguiríamos a nadie…

—¿Tenemos otro candidato? —dijo Lilly.

—Sí. ¿Increíble, no? —apuntó Robert muy animado—. Se llama Jackson Sullivan y viene por el puesto en el sector ganadero. A Jim le pareció un buen candidato, porque, a pesar de que solo tiene veintisiete años, empezó a trabajar desde muy joven y, por lo visto, tiene mucha experiencia.

—¿Dónde trabajaba? —se interesó Doreen.

—Sus primeros años estuvo en una explotación agrícola de maíz, sorgo y soja. Ahora está en una finca importante dedicada al ganado bovino, en Fayetteville. Que esté trabajando es muy bueno. Es una garantía de que el hombre se toma en serio su carrera profesional…

—¿Y también vendrá Cameron? —preguntó Lilly.

Robert y Doreen intercambiaron miradas. Algo habían oído a través de Tim sobre su encuentro inesperado con Cameron y lo bien que habían conectado.

—Así es —repuso él con una sonrisa paternal—. Si quieres, te aviso en cuanto llegue…

Lilly se rio. Era un ofrecimiento de lo más oportuno, pero no por lo que Robert sospechaba, algo que él descubrió enseguida.

—¡Sííí, por favor, avísenme para no aparecer por aquí hasta que se haya ido! —repuso, provocando unas buenas risas.

Robert aprovechó el momento distendido para intentar un acercamiento con Doreen. A pedido suyo, el tema relativo a la discrepancia sobre su propia relación había quedado aparcado por el día. Sin embargo, aunque seguía sin comprender la razón de que las cosas se hubieran ido tanto de madre con Doreen cuando estaban en la biblioteca, tenía muy claro que necesitaba limar asperezas como fuera.

—¿Te gustaría estar presente durante la entrevista? —le preguntó a Doreen.

Ella se mostró sorprendida, pero no con la clase de sorpresa que Robert buscaba.

—¿Me estás haciendo la pelota por un casual? —repuso ella, a su vez.

Lilly bajó la vista con una sonrisa en los labios y siguió comiendo mientras pensaba que le habría encantado quedarse escuchando, en vez de salir corriendo a contárselo a su hermana. Se había marchado justo cuando las cosas se ponían interesantes. Estaba segura de que esa ligera tensión que se adivinaba entre ellos, tenía relación con la parte de la conversación que se había perdido.

Robert sonrió para sí y miró a Doreen con ternura al decir:

—¿Por qué tendría que hacerte la pelota? Es una invitación, Doreen.

¿La invitaba a tomar parte en la entrevista a un candidato… para qué? Según él, desear implicarse en la dirección del rancho no suponía estar preparada para hacerlo. De hecho, en su opinión, no lo estaba. 

¿Una invitación? ¡Serás pelota!  

La mirada suspicaz de Doreen se ocupó de comunicarle que le fuera a otro perro con ese hueso.


* * * * *

Lilly se retiró poco después y Robert se ocupó de levantar la mesa y distribuir la vajilla en las distintas bandejas del lavavajillas. Lo hizo bajo la atenta mirada de Doreen, algo de lo que él fue consciente en todo momento.

Estaba decidido a impedir que aquel día acabara torcido y, aunque todavía no había comprendido cuál era el punto que Doreen había intentado poner sobre la mesa al decir: «¿Ves la ironía?», se apoyó en unas palabras que Jim le había dicho recientemente, que tanto lo habían emocionado, acerca de que era él quien hacía que el tándem Doreen-Robert fuera perfecto a nivel familiar. No estaba totalmente seguro de que fuera realmente él el responsable de que todo funcionara en la familia, pero creerlo y actuar en consecuencia era preferible a dudar de ello y quedarse de brazos cruzados.

—Nuestro primer día a solas como pareja no ha ido nada mal…

—¿En relación con qué? —espetó ella, entre irónica y divertida. Después de la conversación que habían mantenido en la biblioteca —que, por cierto, había sido ella quien se había ocupado de que no continuara al regresar del baño—, había que ser muy positivo para plantear las cosas de aquel modo. 

Robert lo era, reconoció con más ternura de la que le habría gustado. Ese era su estilo: levantarse, sacudirse el polvo de la derrota, y volver a intentarlo. ¡Y Dios, cuánto lo adoraba por eso!

Él se secó las manos en el trapo de cocina, lo colgó en su sitio y regresó junto a ella, riéndose por lo bajo.

—No seas tan dura conmigo, Doreen… Soy un buen hombre y mis intenciones hacia ti son las mejores —dijo en un tono sensual que su inefable ternura convirtió en algo más, mucho más dulce.

—Honorables —apuntó ella, riéndose. Robert Bryan era un hombre de honor; ergo sus intenciones también lo eran.

—Totalmente honorables.

Doreen asintió. Pensó que, a veces, le gustaría que no lo fueran tanto. Pero cuando lo miraba, tan íntegro, tan tierno, tan fiable, inevitablemente, se le derretía el corazón. Era un hombre de otra época que se esforzaba mucho por encajar en los tiempos que le habían tocado vivir. Eso lo honraba.

—Tienes que hablar con Ken. Sé que le has dicho que querías escuchar lo que Chris tenía que decir al respecto, pero no es suficiente. Antes de eso, necesitáis una conversación privada padre-hijo. Tienes que ser sincero con él. Para ti, su proyecto supone un problema y no sé si conseguiréis poneros de acuerdo, pero Ken también es un buen hombre, sus intenciones para con Chris son las mejores y se merece que le digas honestamente cuáles son tus reparos.

Puede que Jim creyera que era él quien hacía funcionar a la familia, pensó Robert. No obstante, definitivamente, no lo hacía solo. Doreen y sus verdades, que a veces levantaban ampollas tan grandes en él, eran un elemento imprescindible para el equilibrio de la familia Bryan.

—No será una conversación sencilla… Ken está muy ilusionado con eso, lo cual comprendo perfectamente. 

—No, no lo será —concedió Doreen—. Pero no es la primera que tenéis, ni será la última. Tal como yo lo veo, tienes tanto derecho a manifestar tus reparos como él lo tiene a decirte: «Te aguantas». Después de todo, es su casa… —Al ver la mirada interrogante de Robert, aclaró—: Me refiero a que él ya estaba aquí antes. Somos nosotros los que nos hemos venido a vivir con Ken. Ahora es el hogar de todos, pero, técnicamente, esta es su casa. No puedes perder eso de vista, Rob.

Robert asintió con la cabeza. Era un matiz muy importante, sin duda.

—Lo haré. No te preocupes: hablaremos. Solos, él y yo. E intentaremos ponerlos de acuerdo, como hemos hecho siempre —aseguró.

Doren concedió satisfecha.

—Eres un buen padre, Rob. 

—Lo intento con todas mis fuerzas. No siempre lo consigo, como bien sabes, pero… Así es la vida: por mucho que lo quieras, las cosas no siempre salen como tú deseas.

—Lo sé.

Robert echó mano de una de sus sonrisas tiernas. Estiró un brazo y lo puso sobre el respaldo de la silla de Doreen. Ella sonrió para sí. Evidentemente, él volvía al ataque. ¡Y le encantaba! 

Y así fue.

—Nuestro primer beso fue… —Suspiró teatralmente y en su rostro brilló una expresión de puro deleite al decir—: Maravilloso. ¿Qué te parece si probamos con un segundo?


* * * * *

Jim miró de reojo a su hermano mientras se servía un plato con patatas chip y abría una lata de cerveza.

De su lenguaje corporal ya podía deducirse que no se trataba de una conversación normal. Hablaba con una chica. Flirteaba.

De las palabras podía deducirse mucho más: las cosas con su pelirroja iban viento en popa.

Que Jim supiera, habían hablado dos veces aquel día. Él lo había pillado riendo y, aunque Tim había intentado disimular al sentirse descubierto, a él no lo engañaba: lo conocía demasiado bien. Así que a saber cuántas otras veces había estado hablando con su churri.

Le habría gustado quedarse y seguir escuchando, pero para una vez que Tim tenía algo con una chica que duraba más que una cerveza en un bar, no quería aguarle la fiesta.

Regresó al salón con su tentempié, se sentó en el sofá y puso los pies en el reposapiés. Exhaló un largo suspiro.

Se habían dado una paliza a trabajar aquella tarde, después de que escampara. Había zonas impracticables para las que tendrían que esperar un día o dos antes de poder entrar con las máquinas. Pero otras les habían permitido trabajar manualmente. Y como el tiempo apremiaba… ¡Menudo dolor de riñones!

Eso además había tenido otro lado bueno: apenas había pensado en Lilly y su desaparición voluntaria. Lo cual le había permitido ir recuperando de a poco su talante natural.

En aquel momento, Tim entró en el salón.

Jim lo siguió con la mirada y una sonrisa traviesa en los labios que Tim ignoró. O, al menos, procuró ignorar. También traía un plato con patatas y una cerveza y se sentó junto a Jim. Puso su atención en la televisión donde retransmitían el partido de fútbol que el fin de semana habían disputado los Titans de Tennessee y los Redskins de Washington. Los primeros, que jugaban en casa, habían ganado con holgura.

—¿Qué? —dijo Jim, instándolo a explicar la razón de su fenomenal estado anímico.

—Qué, ¿qué?

—Estabas hablando con Sue. No te hagas el desentendido y cuéntame.

Tim sonrió. No necesitaba que nadie lo animara a hablar de cómo estaba su vida sentimental. Increíblemente, iba viento en popa. Estaba tan contento que no habría podido callárselo aunque quisiera. Que no quería, por supuesto.

—Anoche fui a verla —fue su frase de apertura.

Vio que su hermano soltaba el plato de patatas chip y se giraba hacia él, mirándolo con los ojos muy abiertos y una expresión totalmente alucinada en la cara.

—¿Qué has hecho qué? ¡Venga ya! ¿Tim Bryan? Qué va, tío. ¡No has hecho eso!

Tim asintió varias veces con la cabeza.

—Suena increíble, lo sé. Pero sí, lo hice. Y le encantó —añadió con una sonrisa que no le entraba en la cara.

Jim continuó mirándolo, asombrado. Intentaba recordar en qué momento Tim había dejado de ser el hombre concentrado en el trabajo y en la familia, con un punto melancólico en la mirada, para convertirse en este otro encantado consigo mismo y haciendo cosas de adolescentes a sus veintiocho años. Le encantaba el cambio, desde luego. Y lo alucinaba muchísimo que la responsable del mismo fuera una chica que a él se lo había puesto tan difícil: a Tim le había bastado un gesto galante para tenerla en el bote. ¡Verlo para creerlo!

—Cuéntamelo, tío. ¡Necesito saberlo! —exclamó, cuando consiguió salir de su estado de perplejidad.

Tim le ofreció un resumen breve y carente de detalles. Y aún así, Jim no pudo dejar de sonreír mientras su hermano hablaba.

—Así que su padre está al tanto…

Tim asintió.

—Nos vio desde la ventana. Mejor dicho, vio mi coche aparcado frente a su edificio. Seguramente, dedujo lo demás. Tenía que apreciarse que había dos personas en la cabina.

—¿Y no bajó en persona a echarte a los leones?

Tim negó con la cabeza.

—Según Sue, solo le pidió que me dijera que la próxima vez toque el timbre. —Y coronó su frase con una sonrisa inmensa.

Jim soltó una carcajada. Palmeó cariñosamente la rodilla de Tim.

—¿Ya sois novios oficiales? ¡No me lo puedo creer!

—No, hombre. No vayas tan rápido. Todavía no hemos llegado a eso.

¿Con esa cara esperas que te crea? Menudo mentiroso

—Pero llegaréis —dejó caer Jim.

Tim se encogió de hombros. Su mirada brillante dijo mucho más que su gesto de aparente ignorancia.

—Me gusta mucho. Y no, no solo me refiero a… Bueno, a lo evidente —dijo, algo incómodo al darse cuenta de con quién estaba hablando con tanta libertad.

Era lo que siempre había hecho. Hablar con Jim libremente. Pero ahora el motivo de la conversación era una chica con la que él había estado intentando salir durante semanas. Todavía se seguía sintiendo incómodo cuando lo recordaba. Aunque, dicho fuera de paso, cada vez lo recordaba menos.

—Lo evidente, claro —se burló Jim.

—Me gusta cómo piensa. Me siento… No sé… Muy cómodo con sus razonamientos. Es alguien con mucha fuerza interior, que se apasiona por las cosas en las que cree y, además, me ha mostrado una cara distinta de algunos asuntos en los que yo no había caído… Me hace pensar y eso me gusta —concluyó con una sonrisa satisfecha.

—Vale. ¿Y qué hay de lo demás? —El tono pícaro fue un adelanto de lo que Tim vio en su expresión al volver la cabeza para mirar a su hermano—. Ya me entiendes…

«Ni lo sueñes», pensó Tim. Por mucho que hubieran mejorado las cosas entre ellos en lo referente al tema Sue Anderson, aún no lo bastante para que Tim se sincerara a ese nivel.

—Lo demás es privado, tío. Se siente.

Jim alzó ambas manos en señal de rendición.

—Vaaaaale. Por hoy lo dejaré estar. La verdad es que me has alegrado el día, tío. De verdad —dijo, dándole dos porrazos al hombro de su hermano—. Me gusta saber que las cosas van bien con ella. Me alegro mucho, Tim.

—Gracias. Lo sé —concedió Tim.

Se hizo un momento de silencio durante el cual los hermanos continuaron mirando el partido mientras engullían sus respectivos tentempiés. En realidad, Tim no estaba concentrado en la televisión, sino considerando si aquel era un buen momento para sacar el tema de Lilly. Jim parecía haberse recuperado del disgusto. Quizás lo mejor sería darle un día o dos más antes de hablarle de la conversación que había tenido con Chris. A poco que lo pensó, se dio cuenta de que esperar no tenía ningún sentido. La razón de haberse metido donde nadie lo llamaba era ayudar a Jim con información de primera mano. 

Tim echó una breve mirada a Jim. Él seguía el partido con evidente interés.

—Hoy hablé con Chris…

La atención de Jim se desvió de inmediato de la televisión a su hermano. Los ojos que permanecieron sobre Tim mostraban emociones encontradas. El tono y la forma de comunicarle algo tan normal como haber hablado con la novia de Ken daban a entender que no se había tratado de una conversación normal. No habían hablado de Doreen, ni de Ken, ni del rancho, sino de él. Más concretamente, de Lilly y de él. 

Jim detestaba las intromisiones ajenas en sus asuntos personales, de modo que esa era la emoción dominante en su mirada. ¿Por qué narices Tim había pensado que meterse en sus cosas era una buena idea? ¿Con qué derecho se había tomado la libertad de hablar con la hermana de Lilly acerca de sus sentimientos? Lilly y él ni siquiera tenían una relación aún y ya habían comenzado las interferencias familiares. ¿Sería ese el cariz que tomarían sus hipotéticas discrepancias de opinión en el futuro? ¿Tendrían a la familia confabulando a sus espaldas para «ayudarlos» a resolver el problema? Pues si eso creían, se iban a llevar una sorpresa: no quería convidados de piedra metiendo baza entre Lilly y él, y estaba bastante seguro de que ella tampoco.

Por otra parte, seguía sin noticias de Lilly. No había querido ponerse a pensar a fondo en la razón de que fuera así. Seguía muy tocado por el disgusto que se había llevado por la mañana y necesitaba darse una tregua. 

Pero también necesitaba saber de Lilly. Y dado que hablar con ella no era una opción… 

—Lilly no tiene un lío en la cabeza —dijo Tim, citando lo dicho por su hermano aquella misma mañana—. Tiene miedo, Jim.

Jim soltó una risita socarrona. 

—¿En serio? No me hagas mucho caso, ¿pero no fui yo el que te lo dijo a ti ayer?

—Dijiste «se asustó» porque, de buenas a primeras, pasó de verte flirtear con todas a convertirse en la chica con la que flirteas. Yo he dicho «miedo». Miedo a meter la pata. A que ser más que amigos no funcione. Miedo, Jim. No susto.

Jim desvió su mirada en un gesto de evidente contrariedad. 

—Vamos mejorando —dijo con socarronería al cabo de unos instantes—. El problema ya no se llama Chris Thompson como dijiste esta mañana, sino… —Volvió a mirarlo—. ¿Yo mismo? ¡Espera! ¿Qué estoy diciendo? ¡Ahora son dos los problemas! Uno se llama Chris Thompson y el otro Jim Bryan. —Sacudió la cabeza—. Hay que joderse…

Tim hizo un gesto triste con la boca. Definitivamente, Lilly no iba a ponerle las cosas fáciles. Ni mucho menos.

—El problema de Chris siempre estará ahí. Es su única familia de sangre y, además, se adoran. Es lo que hay, hermano. Si las cosas no funcionan entre Lilly y tú, la convivencia familiar será complicada y, si alguno de los dos tiene que marcharse a otra parte, lógicamente, no serás tú. Juegas en casa. Pero si quieres mi opinión…

Hizo una pausa, esperando a ver de qué modo reaccionaba Jim. 

—¿Esperas mi consentimiento por escrito para hablar? Pues… No lo necesitaste para hablar de mis asuntos con Chris… —le recriminó.

Tim entonó el mea culpa. 

—Lo siento, tío. No debí hacerlo. Me tenías muy preocupado…

Jim exhaló el aire en un suspiro de hartazgo.

—Vale. Desembucha de una vez.

—Creo que le preocupas tú. —Vio que Jim lo miraba interrogante—. Tu fama te precede, Jim. Eres un ligón y así es cómo te conoce: viéndote ligar con todas. 

—Ella no se queda atrás, ¿sabes? —se defendió. Campanilla ligaba como una condenada.

—Es distinto —concedió Tim con una sonrisa cómplice—. Lilly es muy bonita. Esté donde esté, todos los tíos con dos ojos funcionales que haya en ese lugar intentarán entrarle de alguna forma. No es ella la que toma la iniciativa. 

Jim cogió los restos de patatas chips que quedaban en su plato y se los metió en la boca. Masticó con la vista puesta en la televisión.

—Y también te precede tu fama de celoso. Y creo que esto le preocupa tanto o más que que seas un ligón.

—No soy celoso. Soy competitivo —espetó.

—Llámalo como quieras. Pero tendrás que reconocer que, a sus ojos, es un binomio malísimo. Todas las tías te tiran los tejos porque tu fama te precede. A Lilly le tocará soportarlo, apretando los dientes. Pero cuando sea a la inversa, y no tengas la menor duda de que será tu pan de cada día, tú no vas a soportarlo. Montarás un pollo. Las cosas se saldrán de madre, vendrán las recriminaciones, el resto de la familia nos daremos cuenta de lo revuelta que está la situación entre vosotros, nos afectará y… Bueno, ya te imaginas el final de la historia. Y así, cada vez. —Tras una pausa, fue al meollo de la cuestión—. Lilly no se presentó al desayuno ni te ha llamado porque no está por la labor de meterse en ese jardín, Jim. Tiene miedo de cagarla.

La cara de Jim era un poema de confusión y rabia cuando, inesperadamente, se levantó como un resorte del sofá.

—¿Sabes qué, tío? Estoy harto de esta mierda. Me largo. Me voy a pasar el rato con alguien que no tenga tanto miedo de estar conmigo —dijo, claramente herido.

Tim intentó detenerlo.

—Espera, espera…  

Jim se zafó de la mano que lo retenía por un brazo. Abandonó el salón de cuatro zancadas, seguido de cerca por Rain, se dirigió a la salida y, tras manotear su cazadora del perchero, salió de la casa dando un portazo.

—Joder —farfulló Tim. 

También se levantó del sofá y recorrió la misma ruta que Jim.

—Quédate aquí, Rain —le ordenó a la mascota, frotándole la cabeza junto a la puerta—. Buena chica.

Se puso el abrigo y fue a reunirse con su hermano. Él ya había puesto en marcha la furgoneta y tuvo que hacerle una seña para que se detuviera.

—No quiero compañía —le espetó en cuanto Tim abrió la puerta del copiloto.

—No siempre se puede tener todo lo que uno quiere —repuso con cariño—. A mí también me vendrá bien distraerme un rato.

Jim soltó un bufido. Qué mierda, pensó. Estaba tan harto y tan frustrado…

Al fin, volvió la vista al frente y se limitó a reanudar la marcha sin decir ni una palabra más.

 

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©️2026. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷


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CRS-08. Mystic Oaks, 2 (MO 2). Episodio 26


26


Chris abrió los ojos pesadamente. Intentó enfocar la vista en lo que parecía estar tan cerca de ella como para tocarlo. La imagen se fue aclarando y reconoció la cabeza de Sultán y sus ojos vivaces fijos en ella.

—¿Qué haces subido a la cama, diablillo? —musitó.

No le dio tiempo a nada más. El cachorro dio rienda suelta a su alegría, lamiéndola y aullando, dando saltos sobre la cama de pura felicidad, arrancándole una sonrisa.

—Vale, vale, vale… Yo también me alegro de verte —dijo, poniendo su brazo a modo de barrera entre el amor perruno y su cara—. Ahora, ¡abajo, Sultán! ¡En la cama, no! —ordenó, tocando el hocico del animal varias veces, a modo de regañina.

 Tras dejar claro su desacuerdo con un aullido lastimero, el cachorro saltó al suelo y permaneció sentando sobre sus cuartos traseros junto a la cama, mirándola expectante. Junto a él, había otros dos cachorros.

—Vaya, ¡hola!, ¿vosotros también estáis aquí? —estiró la mano para frotar la cabeza de Noah y River. Ellos lamieron su mano, agradecidos.

Chris se limpió las efusivas muestras de cariño que Sultán le había dejado en la cara y suspiró. Por suerte, el dolor de cabeza le estaba dando un respiro. Llamó a Lilly en voz alta. Nadie respondió. No tenía la menor idea de qué hora era, pero si su hermana no estaba allí, quería decir que estaría en el edificio principal ayudando a servir el desayuno.

Suspiró.

Independientemente de cuánto durara la tregua que el dolor le estaba concediendo, no podía seguir usándolo como excusa para no reencontrarse con Robert, después de saber lo que opinaba del proyecto «traslado de las hermanas Thompson al edificio principal». Doreen necesitaba ayuda para hacerse las curas y vestirse. No podía cargar con todo a Lilly y su único brazo viable. Además, no era su estilo esconderse de las situaciones incómodas. 

El sonido del móvil la sacó de sus pensamientos con una sonrisa, anticipando que se trataría de Ken. Sin embargo, no era ese el nombre que mostraba la pantalla al coger el móvil. Vio que eran las nueve de la mañana. ¿Tan tarde ya?

—Buenos días, jefe —atendió.

En Toronto, Jamie se rio.

¿Por qué me llamas así? ¿Hace falta que te recuerde que siempre has hecho lo que te ha dado la gana? Mi jefatura es totalmente teórica.

Lo que Jamie alegaba era totalmente cierto. Sin embargo, no tenía que ver con que Chris tuviera problemas a la hora de respetar la autoridad de Jamie como director de la delegación, sino con el hecho de que los últimos años había estado dedicada a sacar adelante un proyecto que llevaba su firma. Era su creación. Por lo tanto, en la organización solían darle carta blanca para hacer y deshacer a su antojo. 

—No lo digo por eso —repuso con cariño—. Es por la hora. Si me llamas a las diez de la mañana hora de Toronto, es por un tema laboral. Las llamadas personales las haces después de las seis.

Ah, vale. Eso me gusta más… No te preguntaré cómo estás porque con tu príncipe encantado teniéndote en palmitas, puedo imaginármelo. De modo que iré directamente al tema que nos ocupa, que sí, es cien por ciento laboral —tras una pausa dramática, añadió con una sonrisa—: Hemos encontrado la fórmula para que sigas en Nashville, trabajando en el proyecto Semillas con la OADASV. ¿Qué te parece?

Chris pasó de embotamiento a la energía total. Se sentó en la cama de pura ansiedad.

—¿Lo dices en serio? —preguntó ilusionada.

Sí, señorita. Muy en serio. ¿Te lo explico? Por encima, ¿vale? Estos temas legales son un rollo y a ti siempre te han aburrido los rollos.

—¡Por favor, sí!

De acuerdo. Tus vacaciones finalizaron el nueve y ahora, tu estatus en la organización es «baja por enfermedad». Cuando tus médicos en Nashville te den el alta, tendrás que reincorporarte al trabajo aquí, en Toronto.

A Chris se le fue el alma a los pies.

—Jamie, te dije que no quería…

Espera, espeeera —la interrumpió él—. Déjame acabar. Técnicamente, solo necesitamos que estés aquí 24 horas. Pero imagino que querrás pasar por casa, embalar tus cosas para enviarlas a Nashville, etc. Tú verás. A nosotros, nos basta un día. Luego, vuelves a Estados Unidos con todos los documentos necesarios de los que te hablaré en un minuto y solicitas una visa TN al mismo oficial de inmigración que te toque en el aeropuerto. La aprueban en el momento. Y ya estás lista para empezar a trabajar como consultor externo en la OADASV. ¿Me sigues hasta aquí?

—¿Y si no la aprueban?

La aprobarán —aseguró Jamie—. No es algo que quede a discreción del oficial de inmigración. Es una visa específica y para solicitarla hay que aportar determinados documentos y cumplir una serie de requisitos claramente establecidos en la ley. Los documentos estarán, los estamos redactando y, en cuanto a los requisitos, tú los cumples. Por tanto, la aprobarán. ¿Puedo seguir?

—Sí, perdona. Por favor, continúa —dijo algo más aliviada.

Uno de los requisitos de esos documentos es que tienen que mostrar de manera inequívoca el objetivo de tu labor como consultora externa y el tiempo que necesitarás para llevarla a cabo. El objetivo será  asesorar a los directivos de la OADASV y a los responsables de todas sus residencias femeninas a identificar y resolver los problemas de gestión en el ámbito de aplicación de sus proyectos, concretamente, del Proyecto Semillas, mejorar la eficiencia operativa y aumentar la rentabilidad. O lo que es lo mismo, tratándose de una ONG, reducir los costes. ¿Entendido, hasta aquí?

Regresar al tercer mundo ya no era una opción para ella. Pero el primer mundo también tenía carencias fundamentales que su proyecto podía resolver y, en el peor de los casos, aliviar. No era exactamente lo que había soñado al hacerse cooperante humanitaria, pero se acercaba mucho. ¡Era una gran oportunidad para ella! 

—Sí —respondió al tiempo que sacudía ligeramente la cabeza en un gesto de incredulidad.

Jamie sonrió satisfecho. Pudo adivinar por el tono soñador de aquel «sí» que su amiga estaría flotando entre nubes y se sintió realmente bien.

April Sommerfield ha dejado claro que quiere acaparar tu talento y está dispuesta a lo que sea para conseguirlo —continuó—. Charlotte Allen, por su parte, ha dejado claro que ni OXFAM ni ella, en particular, están dispuestas a dejarte marchar. Seguirás en nómina de la organización en las mismas condiciones que ahora y realizarás tu trabajo donde se tercie por el período que nuestra organización y la que requiera tus servicios determinen de muto acuerdo. Y ahora te doy un par de minutos para que te congratules por tener a dos de las personas más influyentes de la cooperación internacional, peleándose por ti. Porque no te quepa duda de que la pelea ha sido durísima. ¡Les ha tomado tres días ponerse de acuerdo! —añadió, risueño.

Chris se llevó la mano a la frente en un gesto de total incredulidad. ¿Estaba sucediendo? ¿De verdad, volvía a tener un objetivo profesional que la llenaba?

—Gracias, Jamie. Desde luego, necesito un minuto para reponerme. ¡Estoy temblando de la emoción! 

Ya —concedió—. Sé que este asunto te tenía en vilo. He intentado agilizarlo todo lo posible, pero, como digo, a las damas de hierro les ha tomado un siglo llegar a un acuerdo. Y mientras tanto, me frieron a llamadas. Me tenían al borde de la locura —se rio. 

Chris no solo necesitaba recuperarse de la emoción; también de la sensación de que ese giro que su vida había dado a nivel sentimental y que durante varias semanas no había logrado comprender, ahora se estaba consolidando en los hechos también a nivel profesional. 

Implicaba un adiós a Toronto y a las personas que habían formado parte de su vida y que permanecerían allí: Dottie. Frank. El mismo Jamie. 

Pero también significaba abrazar con confianza su nueva vida junto a Ken y su familia, en Mystic Oaks.

Suspiró.

¿Estas preparada para conocer el tiempo que las damas han acordado como necesario para que cumplas tu objetivo?

—Supongo… —musitó. Demasiadas emociones y ni siquiera se había tomado un café aún. Enseguida, añadió—: Venga, sí. Suéltalo.

Serán dos años, Chris —repuso Jamie con una sonrisa.

—¡No! ¿En serio! ¡Dos años! ¡Qué maravilla! —explotó Chris, de puro júbilo.

Sí, querida, dos años. Imagino que tu príncipe encantado te habrá pedido matrimonio antes de que se cumplan. Pero me ocuparé de dejárselo caer. En plan: «Tío, tienes dos años para idear la forma de que se quede contigo para los restos. Dos años y ni un día más. Después de eso, volverá a mi territorio y tendrás que negociar» —coronó su broma con una risita traviesa que a Chris le tocó el corazón pues sabía que, a pesar de su buen talante y sus bromas, Jamie sufría. 

—Eres un gran amigo, Jamie. Nunca podré agradecerte todo lo que estás haciendo por mí.

Jamie asintió para sí. Su expresión se tornó melancólica durante unos instantes. Los que necesitó para recordarse que siempre había sabido que su amor por Chris no era correspondido y que siempre había hallado consuelo en verla prosperar sabiendo que él había tenido parte en eso. Ahora no era diferente.

Soy un gran amigo y no tienes nada que agradecerme.

—¿Cómo no? Claro que sí.

No —aseguró—. Hay algo en lo que tu príncipe y yo estamos totalmente de acuerdo. Tú te lo mereces todo, Chris. Te mereces lo mejor. Me hace muy feliz poder aportar mi granito de arena para que algunas de esas cosas que deseas, las que están en mi mano, se conviertan en realidad. No me des las gracias. Vive tu vida a fondo. Disfruta de haber encontrado al amor de tu vida. Eso me basta.

Chris se mordió los labios al sentir que las lágrimas rodaban por sus mejillas.

Hubo un momento de silencio en el que ambos intentaban contener su mutua emoción. Unos golpes en la puerta de Jamie lo interrumpieron. Cuando volvió a ponerse al teléfono, dijo:

¿Adivina a quién tengo esperando en línea? 

—¿Charlotte Allen? —propuso intentando sonar risueña, a pesar de la emoción.

—¡Premio! Si cuando digo que estas damas me tienen al borde de la locura, no exagero un pelo. Te dejo, nena. A ver qué quiere la jefa suprema. Un beso.

Después de cortar con Jamie, Chris volvió a dejarse caer en la cama con una sensación indescriptiblemente intensa. 

Había nervios al ver cómo su nueva vida iba tomando forma. También cierta melancolía por el importante capítulo que estaba a punto de cerrar. Suponía un nuevo futuro no solo para ella, sino también para Lilly y, definitivamente, estaba nerviosa. Tenía un nudo en el estómago.

Y también había mariposas. Miles y miles de mariposa, aleteando en su corazón, en su pecho, en su mente… Se había enamorado por primera vez en su vida y el hombre escogido era alguien muy especial. Se emocionaba solo con pensar en él. En un principio, tener su carrera, sus proyectos por los que tanto había luchado, y tenerlo a Ken parecía una meta difícilmente alcanzable. Había tantas cosas que encajar y tantos acuerdos que lograr… Las soluciones a corto plazo eran posibles, desde luego. Ahora mismo era una de esa clase la que le permitía estar con Ken. Pero en el fondo de su corazón, Chris no quería soluciones temporales. No deseaba tener que vivir entre Toronto y Nashville. No quería tener que sacrificar una cosa en pos de la otra. Quería su trabajo, quería a Ken y quería permanecer en Mystic Oaks, pues había descubierto que ese era su lugar en el mundo. 

¿De verdad April Sommerfield y Charlotte Allen habían llegado a un acuerdo?

Suspiró con el corazón latiendo emocionado.

¡Qué alguien me pellizque, por favor!


* * * * *


 

 Chris se estaba sirviendo un café en la cocina de la casa del bosque cuando su móvil empezó a sonar y esta vez era su «príncipe encantado».

—¡Hey, forastero! ¡Dichosos los oídos…! —lo saludó, adelantándose.

Cogió su taza y se dirigió al salón ayudada de su bastón. Aquella mañana se había levantado con la pierna muy cargada, pero, en general, su nueva rodilla estaba funcionando muy bien. Dejó la taza sobre la mesilla y se sentó con cuidado en el sofá.

En la suite del hotel, recién salido de la ducha y con una toalla alrededor de la cintura por toda vestimenta, Ken se deshizo en un suspiro.

Uf. Qué alivio. 

—¿Por qué dices eso?

—Anoche me quedé un pelín preocupado de que no me llamaras…

—Ah, claro. Es que me quedé dormida, Ken. —Si a desmayarse del dolor de cabeza podía llamársele «quedarse dormida». Dado que se encontraba mejor, prefirió no mencionarlo.

Lo sé. A mí se me hizo tardísimo y cuando al fin di con mis huesos en la cama y vi que no tenía llamadas tuyas, te envié un mensaje…  Al que no has respondido todavía, por cierto —dejó caer, revelando una parte del motivo de que estuviera «un pelín preocupado».

Chris arrugó la frente. No había oído ninguna notificación del móvil. Tampoco había visto ningún mensaje.

¿Ah, sí? Espera —pidió. Manipuló las pantallas hasta llegar al mensaje en cuestión y sonrió al leerlo:


«Es supertarde. Quizás ya estés dormida. Llámame cuando te despiertes. Estoy loco por ti. Cuento las horas que quedan para volver a casa».


—¡Ay, lo siento…! Vaya mañana más torpe tengo… No lo había visto, Ken. La verdad es que acabo de levantarme… 

Él se echó en la cama, puso una mano debajo de la cabeza y se dedicó a disfrutar del momento. No tener mensajes ni llamadas de Chris lo había extrañado. Eso sumado a que ella no hubiera respondido a su mensaje lo había dejado inquieto. Pero ahora que la tenía al teléfono, todo volvía a su ser… Excepto por un detalle.

Dormilona… Por eso hace un rato llamé a Lilly… Y la noté muy rara… ¿Ha pasado algo?

Chris hizo un mohín triste. La llamada de Jamie y su gran noticia habían conseguido que se olvidara del asunto «traslado de las hermanas Thompson al edificio principal» por un rato. En parte esa era la razón de que no hubiera llamado a Ken.  Entre el dolor de cabeza y el disgusto, no le había parecido una buena idea hacerlo. La tarde anterior había tenido lugar la primera actuación pública de Ken junto a su nueva banda y no había querido estropear la celebración. Sin embargo, el asunto era lo bastante serio como para no andarse con rodeos. 

Sí… Ha sucedido algo. Verás, tu padre se ha enterado de nuestros planes de traslado al edificio principal y no los ve con buenos ojos. 

Ken se sentó de golpe en la cama. Las preguntas empezaban a agolparse en su cabeza y la preocupación se había disparado. Él mismo le había hablado de dichos planes. La cuestión era: ¿cómo sabía Chris que su padre estaba al tanto? ¿Acaso había decidido no esperar hasta el domingo para conocer las razones de Chris y la había abordado directamente? No, se dijo. Su padre no haría algo semejante.

A ver, un momento… ¿Cómo lo sabes?

—Lilly lo oyó hablando con Doreen en la biblioteca —explicó, incómoda—. Robert se había dejado su pastillero en la cocina. Lilly se dio cuenta y fue a llevárselo y… Lo oyó.

Joder… —fue la primera palabra que logró articular Ken, pero no la única que su mente bombardeaba. ¡Pero qué fuerte! ¡Qué situación más bochornosa! 

—Creo que lo mejor es que hablemos de este asunto tranquilamente cuando estés en casa —propuso Chris. Era obvio que la noticia le había sentado como un tiro y se estaba acelerando. Lo cual no era de extrañar. Sin embargo, de esa forma no conseguiría más que empeorar las cosas.

—Es con mi padre con quien tengo que hablar y ahora mismo no sé si será una conversación tranquila, la verdad —advirtió. Su tono fue mucho más cortante de lo deseable y enseguida se disculpó—. Perdona, Chris. Es que… Hay cosas que me confunden de mi padre y esta es una de ellas. 

—Somos nosotros quienes tenemos que hablar. Tu padre tan solo expresó su opinión. Era una conversación privada que Lilly escuchó accidentalmente. Eso no podemos cambiarlo, ya está hecho. Pero sí podemos controlar lo que suceda a partir de ahora. Para empezar, no quiero que Robert sepa que algo que dijo en confianza, hablando con tu tía, ha llegado a mi conocimiento. ¿Te imaginas lo avergonzado que se sentiría? No —dijo definitiva—. No puede saberlo, Ken.

Él bufó. ¿Por qué tenía la sensación de que sus maravillosos planes de crear su propio rinconcito en el edificio acababan de irse al garete?

¿Y para seguir? —la instó a continuar.

Chris se mordió los labios ante lo que iba a decir.

—Y para seguir… Vamos a tener que posponer nuestros planes.

Ken apretó los párpados. 

Ay, Chris… Nooo… —suplicó.

—Lo sé, lo sé y lo siento… Pero las cosas suceden por algo, amor. Esta indiscreción de Lilly, por llamarla de algún modo, nos ha permitido darnos cuenta a tiempo de que hay un fallo en nuestro plan. Un fallo importante. 

Ken negó con la cabeza, contrariado.

Es mi casa y tanto tú como yo somos mayores de edad. No necesitamos el consentimiento de nadie para vivir nuestra vida como nos dé la gana.

—Cierto —repuso ella con suavidad—. Pero en una comunidad, el consenso es esencial. Tú y tu familia sois una comunidad, independientemente del lugar donde estéis. Por lo que sé, siempre lo habéis sido. Y estoy convencida de que no es tu intención que eso cambie ahora.

Ken respiró hondo y soltó el aire en un largo suspiro. 

¿Qué fallo hay en nuestro plan? 

—El momento de llevarlo a cabo.

¿Por qué? 

—Lo nuestro es mágico, Ken —musitó con dulzura en un intento deliberado de tranquilizarlo—. Es como una fuerza indómita que nos impulsa siempre a más porque, con cada paso que damos, las cosas entre nosotros se vuelven más increíbles. Más mágicas, si cabe… Todo ha ido a velocidad de vértigo entre nosotros desde el principio. 

Ken concedió con un movimiento de la cabeza. La sonrisa había regresado a su cara. Después de años de apatía, sentir el corazón acelerado y la sangre corriendo atropelladamente en sus venas por la mera existencia de esa otra persona que le estaba destinada y a quien él se sentía destinado, había marcado un antes y un después en su vida.

Convengamos que, al principio, la magia remoloneó un poco… —matizó travieso en una velada referencia a las dudas de Chris—. Pero sí, pronto metió la sexta velocidad, pisó a fondo y aquí estamos.

—Está bien confiar en la intuición. Está bien escuchar al corazón. Pero esta vez, nos hemos dejado llevar sin más por esa magia…  

¿Tú crees?

—Sí. Y tú también lo crees —concedió con dulzura—. Nos encanta estar juntos. Es la primera vez en la vida que nos sentimos unidos a otra persona y la conexión que hay entre nosotros es muy fuerte. Pero seamos honestos, ninguna pareja se va a vivir junta sin haber hablado de ello antes. Es un proceso, una serie de vivencias y certezas las que te llevan a tomar esa decisión. Y, normalmente, vivir juntos suele ser la antesala a un proyecto mayor del que también se habla con anterioridad. Nosotros somos distintos, eso es verdad. Sin embargo, yo creo que en ningún momento hemos caído en la cuenta de que ese traslado supone irnos a vivir juntos, Ken. Simplemente, no lo hemos pensado. Que Lilly y yo nos mudemos al edificio principal era la solución a nuestra necesidad de pasar el mayor tiempo posible juntos. No hemos ido más allá. Pero a ojos de la gente, de tu familia, tiene una lectura diferente. Tu padre no entiende cómo se puede estar preparado para vivir con alguien y, sin embargo, no estarlo para asumir un compromiso a largo plazo con ese alguien. ¿Y sabes qué? Su opinión es de una lógica demoledora.

¿Qué dices, nena? Yo estoy totalmente preparado para asumir un compromiso a largo plazo contigo, Chris. 

Ella se estremeció. Un revuelo de mariposas aleteando por cada rincón de su cuerpo le anunciaron que ahora sí estaban hablando de cosas muy serias. Cosas maravillosas.

—Pero no es eso lo que me has propuesto —musitó con toda la dulzura y la delicadeza de que fue capaz. 

Ken se quedó sin aliento. Chris no podía creer que él… ¿O sí?

A ver, preciosa… Aquel día, en el arroyo, me dijiste que confiar en un hombre a nivel sentimental, abrirte a mí y sentirte verdaderamente integrada en el seno de mi familia, te tomaría tiempo. Y yo te prometí que te lo daría, que iríamos paso a paso…

El tono dulce de Chris pretendió ser un bálsamo a la dura realidad que estaba a punto de exponer.

—Pero no estamos yendo paso a paso, Ken… Esa es la cuestión. Lo que nos une es tan vertiginoso que nos arrastra y cuando queremos darnos cuenta estamos veinte pasos por delante de donde deberíamos estar… Lo que quiero decir es que si el momento fuera el correcto, tú lo sabrías y, por lo tanto, tu propuesta sería otra… Llegará —se apresuró a tranquilizarlo—. Ese momento llegará, pero aún no lo ha hecho, amor.

Durante unos instantes, ninguno dijo nada. Ken intentaba asimilar una verdad que le estaba resultando durísima. Chris lo sabía y, en consecuencia, permaneció en silencio.

Un largo suspiro precedió a una confesión que derritió el corazón femenino.

¿Sabes? Solo tú eres capaz de pincharme el globo y de ponerme las pilas al mismo tiempo. ¡Qué mujer, por Dios! ¡Qué arte!

Ella se rio mientras pensaba que era una verdadera suerte ser capaz de ello. Amaba a Ken y lo último que deseaba era desilusionarlo.

Él continuó.

Ahora mismo estoy frustrado de saber que tendremos que seguir escondiéndonos para hacer el amor… ¡Y en mi propia casa, joder! —se lamentó gesticulando al cielo con desesperación. Aunque Chris no pudo verlo, el tono de su voz portaba suficiente desolación para hacerla reír—.  Pero, por otro lado, ese «llegará»… —Volvió a suspirar, esta vez con histrionismo, y su voz sonó pícara al decir—: Digamos que me anima muchísimo, muchísimo…

Ambos rieron con complicidad durante unos instantes.

—¿A que sí? —concedió ella—. ¿Te cuento otra cosa que te va a animar un montón?

¡Sííí, por favor! ¡Hoy necesito muchísimo ánimo, pobrecito yo!

—Vale, allá voy… Mi futuro profesional inmediato está resuelto —dijo como unas castañuelas—. En cuanto mis médicos me den el alta, me incorporaré como consultora de gestión de Oxfam en la OADASV… ¡Con un contrato por dos años! —Su tono fue el equivalente perfecto a estar dando palmitas de alegría—. ¡¿Cómo te quedas?! ¡Yo estoy a punto de dar una fiesta!

La primera reacción de Ken fue echarse a reír. De alegría. De incredulidad. De felicidad.

¿Quieres decir que trabajarás en la OADASV, en Nashville, y te tendré conmigo los próximos dos años? Por favor, piensa bien antes de responder —suplicó cómicamente—. ¡Estoy a punto de tener un infarto!

Después del disgusto que acababa de darle cancelando sus grandes planes de traslado, Chris decidió no escatimar en la compensación.

—Bueno… Mi contrato con la OADASV es por dos años, pero espero que tú no te conformes con tan poco… O sea, que sepas que mis intenciones van muuucho más allá… —coqueteó.

El corazón de Ken latía a destajo y, a pesar de haber oído cada una de las palabras que Chris había pronunciado, su mente se había quedado en unas en concreto.

¿Cuánto más allá?

Chris asintió con la cabeza para sí. Una sonrisa soñadora brillaba en su rostro cuando dijo:

—¿Qué te parece toda la vida?

Y como solía suceder cuando Ken estaba bajo los efectos de un ataque de amor, lo expresó con emoción y locura.

«Te adoro, te adoro, te adoro, te adoro, te adoro… ¡Dios, cuánto te adoro, Chris!».


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CRS-08. Mystic Oaks, 2 (MO 2). Episodio 27


27


Logan Phillips consultó la hora mientras esperaba a que el portón automático se abriera para darle paso. El vuelo había aterrizado con una hora de retraso, de modo que, técnicamente, llegaba tarde a su primera cita en Nashville con Robert Bryan. Qué bien.

Cuando el portón acabó de abrirse, entró en el rancho Mystic Oaks a bordo del Dodge Neon gris metalizado que había alquilado en el aeropuerto. Sabía que para el mayor de los hermanos Bryan, aquel era un lugar muy especial al que había llegado por casualidad cuando era poco más que un adolescente y del que se había enamorado a primera vista. Sin embargo, aunque llevaba años oyendo hablar de aquel lugar, era su primera vez allí y estaba ansioso por ver con sus propios ojos todas esas maravillas de las que tanto le habían hablado. 

De primeras, podía dar fe de que el paisaje que se abría a derecha e izquierda del camino era imponente. Prados cubiertos de flores silvestres se alternaban con zonas de densos bosques de robles centenarios, pintando un lienzo multicolor que quitaba el aliento. Y eso, a pesar de que el cielo estaba cubierto de nubarrones oscuros que anunciaban lluvia. Se preguntó cómo luciría aquel lugar bajo los rayos del sol. Sería un espectáculo digno de ver, sin duda.

Se sentía nervioso. Inquieto. Estaba allí porque había dicho «sí» a llevar a cabo un cambio radical en su vida. A nivel profesional era uno muy estimulante. Un desafío. Los Bryan habían decidido trasladar la actividad comercial al estado de Tennessee, a aquella finca de ciento setenta y cinco hectáreas que había dejado de estar en explotación hacía más de una década. Era el equivalente a empezar de cero: mucho trabajo, muchas tareas que cuadrar para que funcionaran de manera sincronizada y personal nuevo que recién estaban empezando a contratar. 

A nivel personal… Lo cierto era que no tenía la menor idea de cómo le saldría la arriesgada jugada que estaba llevando a cabo. Esperaba que bien, pero no las tenía todas consigo. Dejar Springfield nunca había formado parte de sus planes. No era así como había planeado estar a los treinta y dos años. Pero un accidente de tráfico había puesto su existencia del revés y seis años después seguía sin dar un nuevo rumbo a su vida. Estaba estancado en un punto y no dejaba de dar vueltas en círculos. Lo único que sabía con seguridad era que necesitaba resetearse. Apagar y volver a encender sus circuitos. Y confiar en que eso lograría ponerlo en marcha otra vez.

Sonrió al reconocer a los cachorros de Rain corriendo hacia él. Qué grandes estaban. Habían crecido muchísimo desde la última vez que los había visto. Un tercer cachorro les llevaba la delantera. Corría como un demonio, arrastrando una larga correa roja, a juego con su collar. El animal era blanco. Un hermoso ejemplar de husky. Entonces, divisó una silueta humana, trotando en su dirección. A medida que se acercaba, pudo ver que se trataba de una muchacha rubia, que llevaba el cabello recogido en una coleta alta y vestía ropa de deporte y zapatillas. Llevaba un brazo en cabestrillo y gritaba un nombre en otro idioma. Español, quizás.

Cuando el husky llegó a la altura de la ventanilla del conductor y se puso a aullar y saltar en lo que parecía una calurosa bienvenida, Logan se detuvo y bajó el cristal.

—A tus amigos los conozco bien, pero a ti… Ni idea de quién eres, colega. —Se estiró para coger la correa—. ¿Te has escapado?

El cachorro respondió con un largo y sentido aullido que hizo reír a Logan.

Noah y River al fin llegaron junto a su coche y el jefe de capataces les dedicó unas cuantas carantoñas.

—Vais a ser más grandes que vuestra madre y eso ya es decir… ¡Me alegro de veros, chicos!

La muchacha al fin también llegó junto a su coche con la respiración agitada, regañando al husky. Logan le tendió la correa y ella la cogió sin prestarle atención.

—¡Eres un demonio, Sultán! ¡Mira que hacerme correr detrás de ti! ¡Uno de estos días voy a hacer salchichas de perro contigo! —El husky emitió un aullido—. Sí —amenazó la muchacha. Una nueva queja en forma de aullido—. ¡Que sí! ¡Y no me lleves la contraria, lobito malo! ¡Esto no es una democracia!

Al fin, el husky se sentó sobre sus cuartos traseros y no protestó más.

Lilly asintió complacida y al fin miró al conductor del Dodge Neon. Lo primero que notó fue que sus hombros sobresalían del respaldo. Tenía una espalda tridimensional. Lo segundo fue su mirada: unos bonitos ojos verdes, de forma almendrada, destacaban como estrellas en la noche en aquel rostro curtido por el sol, de cejas frondosas y mandíbulas cubiertas de una barba corta muy cuidada. Fue entonces cuando cayó en la cuenta de algo más: lo descortés que estaba siendo con el recién llegado. No le había dicho ni «hola» antes de quitarle la correa de la mano y ponerse a regañar a Sultán. Ese diablillo de perro tenía parte de culpa, pero no toda. El asunto Jim Bryan la tenía preocupada, confundida y bastante malhumorada. Decidió que tenía que esforzarse más. 

—Eres Logan Phillips, supongo… —Él asintió con una sonrisa—. Encantada de saludarte. Soy Lilly, la dueña al cincuenta por ciento de este perro taaan desobediente —explicó, lanzando una mirada recriminatoria al animal—. Robert y Doreen te están esperando. La entrada a la casa está un poco más arriba. Solo tienes que seguir el camino.

Logan asintió.

—¿Te llevo? 

—Te lo agradezco, pero estoy paseando a los perros. Bueno, en teoría —dijo divertida—. No da esa impresión, ¿a que no? Además, estamos casi en luna llena y a los tres les afecta. De este demonio es mejor no hablar. —Otra mirada recriminatoria al husky—. Como lo saque sin correa en luna llena, lo perdemos de vista durante una semana. Menudo es.

—Tranquila, suele ser así cuando son cachorros. Dentro de un par de meses, serás tú quien los pasee en vez de al revés. El lobito se hará algo más tranquilo, pero no más obediente. Los huskies son muy independientes. Y con el asunto de la luna llena no hay nada que hacer… Cosas de la naturaleza.

—¿Tienes perros?

No desde que Lupita había muerto, hacía dos años. Era la perra de su prometida y, a su muerte, la hembra de ovejero alemán se había convertido en suya. 

—Los tuve en el pasado. Me encantan. Quizás, cuando me instale en Nashville, me anime a tener otro…

Lilly se echó a reír al pensar en la cara que pondría Robert al enterarse de que para final de año las «bestias fabricantes de pelos» a su alrededor serían cinco y no cuatro.

—¡Pooobre Robert! —se rio.

Logan concedió con un movimiento de la cabeza al tiempo que reía. Recordaba perfectamente las discusiones entre Jim y su padre a cuenta de que Rain durmiera dentro de la vivienda. Lo había conseguido. En una ocasión que la perra estaba enferma, Robert había cedido a las súplicas de Jim. Pero para entonces, hacía meses que la cachorra había llegado al rancho. 

—Mejor no se lo comentaré… ¡Igual me rescinde el contrato! —bromeó y vio que Lilly se reía al tiempo que asentía con la cabeza.

—Bueno, me marcho a ver si canso a estos peluditos llenos de energía. ¡Hasta otra! —se despidió.

Logan la saludó con la mano y reanudó la marcha, camino arriba, mientras pensaba qué relación tenía la joven con la familia Bryan. 


* * * * *

A Robert le extrañó no encontrar a Doreen en su habitación. Tras golpear dos veces sin recibir respuesta, había asomado la cabeza. La cama estaba hecha y allí no había nadie. ¿Tan tarde era? Echó un vistazo a su reloj. No era tarde; Doreen había madrugado. Regresó sobre sus pasos y se dirigió a la cocina. 

Sonrió al verla sentada a la mesa, rodeada de los ingredientes necesarios para preparar la comida. Preciosa como siempre, con sus vaqueros y una camisola azul de esas medio hippie, medio indígena que le encantaba usar y que tan bien le sentaba. 

—¿Te has caído de la cama, preciosa mujer? —le dijo. Fue hacia ella, se inclinó y le besó la mejilla.

Después de darle un soberbio repaso y aprobar con sobresaliente su elección de vestuario —unos Levi’s negros, una camisa blanca con delgadas rayas negras verticales y unas botas cortas tejanas—, Doreen lo miró con fingida displicencia.

—¿Y ese beso tan casto? 

Los ojos intensamente tiernos de Robert no la abandonaron en ningún momento mientras él se sentaba en la silla que había a su lado.

—¿Qué te hace pensar que es casto? ¿El lugar? No te dejes engañar por las apariencias, Doreen. 

—¿Ah, no? —le siguió el juego.

—No —confirmó él—. Nada de lo que hago cuando me acerco a ti puede considerarse casto. Amoroso, sí. Casto, definitivamente, no.

Acto seguido, tomó la barbilla femenina y el siguiente beso fue en la boca. Excitante, tierno y dulce como la miel. 

Pretendió serlo, al menos: un beso delicado con suficiente dulzura para neutralizar el sabor amargo que, sabía muy bien, le habían dejado a Doreen los asuntos aún sin resolver del día anterior.

Sin embargo, no fue solo uno ni fue solo dulce… Ni fue él quien tuvo el rol dominante todo el tiempo.

Doreen era una mujer apasionada y Robert estaba descubriendo que, a su lado, él también lo era. Besarla una vez era besarla ávidamente otras mil en un ciclo sin aparente final. Y lo que había comenzado con una propuesta respetuosa de introducir su lengua en la boca femenina acababa en un devorador festín en el que sus bocas y sus lenguas competían por llevar la voz cantante, la temperatura empezaba a dispararse y a Robert le costaba un triunfo mantener las manos quietas. Doreen ni siquiera lo intentaba; Robert sentía el fuego de sus manos arrasando su espalda, su pecho, sus hombros, su cuello… Dondequiera que se posaban dejaban una huella ardiente. Y, en algún momento entre la primera y la última caricia incendiaria, su miembro viril había vuelto a la vida y amenazaba con hacer saltar la cremallera de sus Levi’s.

Sin dejar de besarla, Robert se llevó una mano a la bragueta con mucho disimulo y acomodó su miembro en un intento de que la erección fuera menos evidente. Como alguien entrara en la cocina en aquel momento…

Dejar de besarse les tomó algún tiempo y varios intentos fallidos. Cuando al fin lo consiguieron, ambos permanecieron mirándose con fuego en los ojos durante unos instantes. 

—Esto ha estado mucho mejor. Ha sido un buen morreo, sí, señor —musitó ella, desafiante. Sus ojos regresaron a los labios de Robert en un gesto de pura gula. 

Y gula definía exactamente lo que tenía. Habría seguido bebiendo de aquellos labios perfectos durante horas. Llevaba años soñando con ellos y, desde que había descubierto que la realidad superaba con creces el mejor de sus sueños, no podía parar. No quería parar.

Robert recogió el guante. Todavía se sentía turbado por su propia excitación y por la sinceridad sin filtros de la que aquella mujer hacía gala en las distancias cortas, pero sabía que muy pronto lo superaría. Inesperadamente, cada vez le gustaba más el descaro de Doreen. 

—Y mejor que será —concedió—. La práctica hace la excelencia. Y estoy decidido a pasar el resto de mi vida practicando… Si me lo permites —añadió caballeroso.

Se miraron con complicidad y descubrieron que en los ojos del otro también había deseo de provocarse mutuamente, de explorar sus propios límites personales en cuanto al sexo. Un deseo loco de convertirse en amantes y descubrir cómo eran cuando estaban desnudos y calientes, uno tendido junto al otro. De descubrir qué se decían, cómo se tocaban, cómo exploraban el cuerpo del otro antes de fundirse en el acto más básico y primigenio de todos.

—Suena de lo más excitante —lo pinchó y, haciendo honor a su descaro, rozó ligeramente la ingle masculina con un dedo—: ¿También estás decidido a practicar mucho con esto?

El miembro masculino reaccionó al instante, dejando a Robert momentáneamente sin aliento. Tragó saliva y cogió la mano que había tocado su muslo, en una velada alusión a su excitación, y se la llevó a los labios.

—Todo lo que me permitas practicar —musitó sin apartar los ojos de ella al depositar un beso sobre la palma de su mano.

Doreen siguió cada movimiento masculino con suma atención, incapaz de apartar sus ojos de Robert. Totalmente hechizada por la poderosa energía que emanaba de él. Conocerlo en ese plano tan íntimo estaba despertando su libido a base de bien. Más aún por lo inesperado de la situación; no había contado con que detrás de aquel hombre de talante moderado e ideas conservadoras, pudiera esconderse este hombre impetuoso.  Y le encantaba. 

—En ese caso, que sepas que practicaremos mucho… Y por mucho, me refiero a… —Doreen asintió con la cabeza afirmando sus palabras. Sus ojos se posaron sobre Robert, brillantes de deseo cuando dijo—: Mucho.

Robert asintió. Era grandioso sentirse como si hubiera vuelto a la adolescencia. Pero no era un adolescente, sino un padre de familia, y se hallaban en la cocina. No era precisamente el mejor lugar para dejarse llevar. Respiró hondo y desvió su mirada hacia los ingredientes que había sobre la mesa.

—¿Por qué estás cocinando?

«Ya veo: toca retirada urgente», pensó ella divertida. Reanudó su tarea, picando pimientos con una sonrisa.

—¿Porque soy la mujer de la casa y esta es una de mis tareas?

—Dijiste que querías dejar de ocuparte de esto, Doreen —repuso él con ternura.

—Para ocuparme de otra tarea mucho más necesaria, no porque sí. Pero según tú, no estoy preparada para eso y, como imaginarás, no tengo intención de pasarme el día ociosa. Si no puedo dirigir el negocio familiar, tendré que conformarme con seguir dirigiéndoos a vosotros —y con esas, lo miró brevemente—. No soñéis con que vais a libraros de que os siga diciendo qué hacer, cuándo y cómo.

Robert posó su mano sobre la mano con la que Doreen sostenía el cuchillo, impidiéndole continuar picando.

—Hablemos, ¿te parece bien? —propuso.

Pues no, la verdad. 

Doreen prefería seguir anclada en el excitante momento «morreo» y dejar estar un poco más los temas de los roles familiares y demás cuestiones dadas por hechas.

—Logan estará al llegar. Además, ¿de qué quieres hablar? No voy a venderte esa idea, como dijiste ayer. Cuando murió Martha, no tuve que convencerte de que podía hacerme cargo de tu casa y de tus hijos. Fue un ofrecimiento y lo aceptaste encantado, sin cuestionar si era capaz de hacerlo o no. ¿Por qué tendría que convencerte ahora? ¿Porque esto sí lo cuestionas? —Negó con la cabeza—. Al igual que entonces, es un ofrecimiento. O lo tomas o lo dejas. 

Robert se mordió los labios.

—Te dolió que te dijera eso —musitó él, mirándola con infinita ternura—. Lo siento mucho.

Ella lo miró con interés. Era una mujer independiente de ideas liberales que había nacido en el seno de una familia muy conservadora y había vivido los últimos veintiséis años junto a un hombre de otra época. ¿De verdad creía que no había contado con sus reticencias? Eso habría sido muy ingenuo de su parte y Robert sabía positivamente que ella era de todo, menos ingenua.

—¿Eso piensas? —Vio que él asentía con un mohín triste—. Yo creo que no lo piensas. Te disculpas porque ese es tu estilo, tu forma de allanar el camino hacia la resolución de los problemas. Antepones una disculpa y te ganas el buen ánimo de tu interlocutor.

Robert esbozó una sonrisa resignada. Sacudió la cabeza, asombrado por la habilidad de Doreen para ponerle los puntos sobre las íes sin inmutarse.

Ella continuó.

—Sabes que no puedes herirme por expresar tu opinión. Me conoces lo bastante para saber que nunca me he dejado influir por las opiniones de los hombres de mi familia y de mi entorno. Las escucho, las analizo y, por lo general, acabo descartándolas porque son discriminatorias o directamente erróneas. Dichas desde lo que la sociedad —fundamentalmente bajo el dominio masculino— considera correcto o adecuado para una mujer.

Robert la miró con infinita ternura. Admiraba su lado combativo. Incluso cuando, como ahora, lo estuviera dejando a él en un mal lugar, respetaba sus enormes agallas. Y la amaba mucho más por eso.

—¿Estás sugiriendo que me equivoqué al dudar de tu capacidad para dirigir el negocio familiar? —le dijo con dulzura. 

Ella volvió a sorprenderlo con un despliegue de autoafirmación.

—Es que, honestamente, no creo que pienses que no estoy capacitada para hacerlo. Porque lo estoy —dijo con simplicidad—. Por eso no voy a mover un dedo para convencerte. Sabía antes de decírtelo que mi propuesta te confundiría y te desagradaría en lo más profundo de tu ser. Reaccionaste a los cambios que traería a tu vida que yo dejara de hacer lo que hago; no a mi capacidad de hacer algo diferente. Reaccionaste porque te he roto los esquemas.

Robert bajó la vista, recordando el momento en que había oído su propuesta por primera vez. No podía más que darle la razón. Su resistencia partía de todos los cambios que la propuesta de Doreen supondrían para él y su idea de cómo debía ser su hogar. 

—Me tomó desprevenido —reconoció con incomodidad—. Nunca pensé que desearas hacer algo distinto de lo que haces. Mucho menos que tuvieras un interés especial por los asuntos del rancho. Y ahora que me escucho decirlo en voz alta… —Hizo un gesto de disgusto con la boca—. Me siento como un troglodita.

—No es que desee ocuparme del negocio, Rob. Es que es necesario que alguien lo haga para que los chicos no sacrifiquen su juventud trabajando como mulos. Y si tú estás fuera de la lista de candidatos, ¿quién queda? Además, ¿por qué te sientes como un troglodita? No hay nada de malo en que te guste tu vida tal cual es. A mí también me gusta y nunca me he sentido como una Wilma Picapiedra por eso. —Vio que los hermosos ojos de Robert sonreían—. Eres un hombre de costumbres y para ti es muy importante que mis flores frescas sigan estando en cada rincón de la casa. Seguir notando mi presencia en cada detalle del hogar, por más insignificante que sea. No quieres que otras manos toquen tu ropa o tus cajones. No deseas un orden diferente o que las cosas se hagan de otra manera. Lo entiendo perfectamente y lo respeto. Solo necesitas comprender que una cosa no quita la otra. 

—¿A qué te refieres?

—A que seguirán habiendo flores frescas en cada rincón y seguiré siendo yo quien toque tu ropa o tus cajones, si tú lo prefieres. La persona que contratemos estará bajo mi supervisión. Seguirá mi plan al detalle y, cuando todos estemos conformes con su funcionamiento, recién entonces iré dedicando más tiempo a meter mis narices en los asuntos del rancho. No antes. A esto se le llama «dirigir», Rob.

Robert asintió con la cabeza. Menudo idiota había sido. ¿Cómo había podido perder de vista lo evidente de aquella forma? Tomó la mano de Doreen y la sostuvo entre las suyas, acariciándola suavemente mientras la miraba en silencio durante unos instantes.

—Si te pido que participes en las entrevistas de hoy, ¿lo harás, por favor? —le dijo, al fin.

Doreen sonrió.

—No puedo. Tengo otras tareas de las que ocuparme. Cosas de mujeres —se burló, señalando con la mirada los ingredientes que había sobre la mesa.

—Por favor, querida —suplicó—. Puede que tú nunca te hayas sentido como Wilma Picapiedra, pero yo ahora mismo me siento un troglodita de tomo y lomo… Permíteme arreglar este desastre. Déjame demostrarte que confío en ti plenamente. Por favor.

—Un troglodita guapísimo —matizó ella con picardía.

—Por favor, Doreen. 

Allí estaba Robert Bryan en todo su esplendor. El incansable. El que nunca se daba por vencido. Por más dura que hubiera sido la batalla, se levantaba, se sacudía el polvo de la derrota y volvía a la carga. Adoraba su determinación y su fuerza. Era un hombre admirable.

—Muy bien —concedió al fin—. Empezad, Logan y tú. Me reuniré con vosotros cuando tenga la comida en marcha.

Una sonrisa hermosa brilló en el rostro de Robert que, sin decir media palabra, rodeó a Doreen con sus brazos y la estrechó fuertemente.

«Primer fuego, controlado», pensó él con un profundo alivio. 

Sin embargo, no era el momento de lanzar las campanas al vuelo. Aún quedaban otros dos frentes abiertos.


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CRS-08. Mystic Oaks, 2 (MO 2). Episodio 28


28


La mirada sorprendida de Logan recorrió la explanada bordeada por setos bajos que conducía a la entrada de la casa, franqueada por enormes maceteros de piedra. Subió los tres escalones de piedra pensando que aquel espectacular edificio de tres plantas no guardaba ningún parecido con la casa familiar de los Bryan en Springfield. 

Apenas tuvo tiempo de salir del asombro cuando la puerta doble en arco con vitrales se abrió y Robert Bryan apareció ante él con una sonrisa.

—¡Bienvenido a Mystic Oaks, Logan! —lo recibió, estrechando efusivamente la mano del jefe de capataces—. ¡Qué gusto volver a verte!

—Lo mismo digo —repuso con afecto y, tras echarle un vistazo aprobatorio, añadió—: Le veo muy bien, Robert. Muy recuperado. Está claro que los aires de la Ciudad de la Música le sientan de maravilla… Me alegro mucho.

Robert asintió agradecido. Se sentía francamente bien. Sin embargo, su bienestar no estaba relacionado con el aire, sino con una persona. Una mujer, concretamente, que lo tenía enamorado como a un adolescente. 

—Pasa, por favor… —lo invitó—. Y no te dejes impresionar por lo que ves. —Notó que Logan asentía varias veces con la cabeza y un instante después se quedaba con la boca abierta al ver el techo abovedado de vitrales y la fuente que dominaba el centro del hall—. No es cosa nuestra. Este escándalo de vivienda ya estaba aquí cuando Ken compró la propiedad. Nosotros estamos intentando convertirlo en un hogar acogedor. Sin mucho éxito, por el momento… —reconoció con una risita—. Las dimensiones son monstruosas… En fin, todo se andará. Ven, sígueme. Nos reuniremos en un salón que está en el otro extremo, pero ahora vamos a la cocina. Doreen está deseando verte.

—¿Qué tal está ella, por cierto? —se interesó—. Menudo susto, ¿no?

—Lo fue —reconoció—. En veintiséis años jamás la habíamos visto quedarse en la cama por algún malestar. Imagínate llegar al hospital con ella en un grito y que la ingresaran de urgencia… Pero ya está diciéndole a todo el mundo lo que tiene que hacer, así que diría que está muy bien. 

Logan se rio. 

—No esperaría menos de ella, ¿no? Es una mujer enérgica como pocas he conocido.

Robert asintió con énfasis. Ya habían llegado a la cocina.

—Aquí tienes a la mujer enérgica, preparando uno de sus deliciosos platos…

Doreen volvió la cabeza hacia la puerta con una sonrisa en los labios.

—¡Logan! ¡Ven a darme un beso, que si lo hago yo, hasta que llegue a ti nos dará la Navidad! 

Él se rio y fue enseguida hacia Doreen. Se inclinó hacia ella e intercambiaron besos afectuosos.

—La veo fantástica, Doreen. 

—Y yo a ti —repuso ella, en un descarado piropo que el jefe de capataces aceptó de buen grado. Era uno más de los cumplidos cariñosos que aquella mujer le hacía desde que era un adolescente. Siempre lo había tratado igual que a sus sobrinos, ofreciéndole un abrazo cariñoso cuando las cosas no salían como él quería a pesar de esforzarse por ello, reforzando su autoestima y animándolo a prosperar—. Me hace mucha ilusión que hayas aceptado trasladarte con nosotros a Nashville. ¡Tenemos un gran futuro por delante! 

—Uno grande de verdad —repuso, esperanzado. Realmente deseaba que también lo fuera a nivel personal. En todo caso, el cambio era bienvenido. Entre aquella gente se sentía querido y valorado. Mejor que en casa, de hecho, puesto que desde que había tenido que sacrificar a Lupita, estaba más solo que una ostra.

Robert le dio una palmada en el hombro.

—Propongo que vayamos al salón. Doreen se reunirá con nosotros dentro de un rato. ¿Nos llevamos un café para el camino? ¡Es largo! —bromeó.

—Tú termo con la infusión está listo sobre la mesada —advirtió Doreen, dedicándole a Robert una mirada traviesa.

Él frunció la nariz, pero enseguida sonrió con histriónico agradecimiento, haciendo que Logan se tronchara.

—¡Qué detalle el tuyo, Doreen! ¡Siempre te acuerdas de mis hierbas!

—Y tú siempre piensas: «¿Cuándo llegará el día en que no se acuerde de la maldita infusión?». Spoiler: ¡Nunca!

Robert sirvió un café humeante para Logan, que le entregó al tiempo que lo guiaba con un gesto hacia la puerta. A continuación, cogió su termo.

—Como dijera Jim: «¡Qué calado me tienes!» —repuso, acariciándola con la mirada.

A lo que Doreen respondió con una sonrisa dulce.

Tan dulce, decidió Logan, que bien habría servido para endulzar su propio café. 


* * * * *


Robert y Logan llevaban un buen rato conversando en el salón que estaba junto a la biblioteca cuando llegó Doreen a bordo de su silla de ruedas eléctrica. Los dos hombres se pusieron de pie al unísono, gesto que ella agradeció con un movimiento de la cabeza.

—¿Habéis avanzado mucho? —se interesó, situando su silla en el hueco libre que Robert había dejado al efecto. La mesa estaba cubierta de archivadores, cuadernos y hojas de cálculo.

—Menos de lo que nos habría gustado. Pero la lista de asuntos es interminable y he tenido que hacer una pausa para recobrar energías —bromeó él, elevando su termo con la infusión, dando a entender que se estaba portando bien y la estaba bebiendo aunque la detestara.

—Así me gusta, Robert —concedió, satisfecha, y dirigió su mirada al jefe de capataces—. ¿Qué piensas de lo tratado hasta ahora, Logan? ¿Te parece realizable o tienes tus dudas?

Robert sonrió para sí y se arrellanó en su silla. Estaba acostumbrado a su forma de plantear los asuntos —recabando opiniones e intentando ir más allá de lo que comunicaban las palabras—, pero hasta ahora eran asuntos familiares. Este era cien por ciento profesional y le resultaba novedoso y muy reconfortante que también lo encarara de la misma manera. Aunque, a juzgar por las miradas de Logan, para él fuera del todo inesperado.

En efecto, para el jefe de capataces las preguntas de Doreen habían sido una sorpresa. Y no solo porque procedían de ella, sino porque no eran las preguntas de un ranchero. En una explotación agrícola ganadera se trabajaba sobre una agenda cuidadosamente planificada, teniendo en cuenta las estaciones y todos los elementos controlables que afectaban la actividad. Existían planes alternativos, por supuesto. Había demasiados elementos en la profesión que estaban fuera del control directo del ranchero. Sin embargo, el punto de partida era siempre una agenda preestablecida. Y si estaba establecida era porque era realizable. ¿Qué sentido tendría, de otra forma?  

La mirada interrogante de Logan se desvió brevemente hacia Robert, quien permaneció en silencio, antes de volver sobre Doreen.

—Con la fuerza de trabajo necesaria, sí… Serán varios meses trabajando duro, pero sí, es realizable.

Doreen asintió. Miró a los dos hombres al preguntar:

—¿Y cuál es el plan alternativo si no contamos con ella? ¿Tenemos uno?

¿Cómo iban a tenerlo si él acababa de poner un pie en la explotación por primera vez?, pensó Logan. Jim y Tim habían trazado un primer borrador, que estaba incompleto, pues con el asunto de la hospitalización de su tía no les había dado tiempo a terminarlo, pero la versión definitiva dependía de él y no podía hacerlo desde Springfield. Otra breve mirada a Robert por parte de Logan antes de responder:

—Aún no, pero lo tendremos. En cuanto me haya familiarizado un poco con la agenda de trabajo y vea in situ el estado de la finca, nos pondremos con eso.

—Bien —concedió Doreen—. Porque yo creo que eso es un asunto prioritario. Ya te habrán comentado los chicos que nos está costando un triunfo conseguir candidatos interesados. La gente llama, pero en cuanto se enteran de que es una nueva explotación, el interés se desvanece.

Robert al fin intervino.

—Es bastante normal que sea así. La gente no quiere arriesgarse. Sin embargo, en nuestro planteamiento original no contamos con que nos costaría tanto conseguir trabajadores.

En efecto, Jim y Tim le habían comentado algo a Logan al respecto. Hacía unos días de eso y, como ahora tenían dos buenos candidatos para entrevistar, él no le había dado más importancia al asunto. Desde luego, la tenía.

—Eso sí que sería un problema. Nos obligaría a replantear los planes —concedió Logan—. En Springfield, siempre se puede acudir al trabajo temporal o a la ayuda de otros rancheros. Aquí no contamos con eso.

Robert pensó que tenían algunas puertas a las que llamar, pero, en esencia, eran nuevos en la región y, por tanto, no dispondrían de la red de contactos y recursos de Springfield hasta que la crearan. Lo cual iba a tomar su tiempo. Concedió a lo dicho por Logan con un movimiento de la cabeza. Doreen, en cambio, mostró su desacuerdo.

—Eso no lo sabemos. Llevamos muy poco tiempo aquí y volver a ponernos en marcha en la nueva casa, que encima es más grande que un museo, se ha llevado buena parte de nuestra atención. Y luego vino lo de mi apéndice… En fin, que aún no nos hemos presentado en sociedad como los nuevos de la región y ahora sería una ocasión que ni pintada para hacerlo. En un mes, la actividad de la mayoría de las explotaciones agrícolas entrará en receso hasta la primavera. Más de un ranchero agradecerá la posibilidad de reducir la columna de gastos, cediéndonos a alguno de sus trabajadores en plantilla. Y sería una buena forma de empezar a establecer alianzas con rancheros de la región. 

—¿Presentarnos en sociedad pidiendo favores antes de empezar? No sé yo, Doreen… —dijo Logan, dudoso y a la vez sorprendido por lo que estaba sucediendo. Llevaba años entre los Bryan y esta era la primera vez que aquella mujer intervenía en asuntos del negocio.

Robert también dudaba de que la idea fuera a funcionar. No era así como se hacían las cosas en el gremio en los últimos tiempos. La industrialización intensiva que se había adueñado de todas las actividades relacionadas con el consumo humano convertía a las otras empresas del ramo en competidoras, logrando en parte que se estuviera perdiendo el ánimo de colaboración y de formar alianzas con otros rancheros. Como en todo, las amistades de toda la vida y las viejas alianzas persistían, pero unos recién llegados a la región lo tenían todo por demostrar. No obstante, estaba encantado de oír a Doreen. Sus propuestas, funcionaran o no, eran propias de alguien que no veía limitaciones, solo obstáculos temporales que había que sortear, y eso resultaba muy refrescante.

—Tú dices favor. Yo prefiero llamarlo un intercambio inteligente que permitiría que ambas partes se beneficien. Cuestión de matices —aclaró ella con una sonrisa.

Logan sacudió la cabeza risueño.

—Supongo que no se pierde nada por intentarlo… —concedió.

—Exacto. Y en cuanto a los temporeros… Desde luego, no es lo ideal. Pero, si las contrataciones de personal fijo se nos resisten tanto, quizás la temporalidad nos ofrezca una alternativa. 

—Los costes serían altísimos, Doreen —intervino Robert. 

Logan asintió enfáticamente.

—Habría que revisar a fondo las cuentas —convino ella—. Adjudicamos a temporeros el presupuesto destinado al personal fijo que no logremos contratar por falta de candidatos y analizamos qué podemos hacer con eso. Si no queda más remedio, tendremos que plantearnos la puesta en marcha por etapas.

—Uf. Sé de alguien a quien eso no le gustará nada —dijo Robert, sacudiendo la cabeza.

Logan lo miró con interés. ¿A qué se refería? Doreen se ocupó de despejar esa cuestión.

—Dice el refrán que el que algo quiere, algo le cuesta. Estoy segura de que las contrataciones serían menos complicadas si esa gente que no quiere arriesgarse a dejar un empleo seguro para embarcarse en una nueva explotación junto a unos completos desconocidos supiera que hay una estrella de la música muy querida y respetada involucrada en el negocio. Estoy de acuerdo en que usarlo como reclamo quizás atraería también gente más motivada por el faranduleo que por el proyecto en sí. Y aquí tu habilidad, Logan, y la de Robert, Tim y Jim para separar el polvo de la paja marcarán la diferencia. Sin embargo, Ken prefiere mantenerse al margen para proteger su intimidad y yo lo respeto. Pero, en tal caso, no se admiten quejas.

«¡Toma ya!», pensó Robert, que mostró lo complacido que estaba con el nuevo cariz que estaban tomando los asuntos del rancho, dando una palmada aprobatoria sobre la mesa.

Sin embargo, no se contentó con eso. Amaba locamente a Doreen. Desde la conversación que habían mantenido aquella misma mañana, su admiración por ella se había calzado las botas de siete leguas y avanzaba imparable.

—¡La reina ha hablado! —sentenció con una sonrisa orgullosa que a Logan le ofreció algunas pistas muy interesantes acerca de lo que estaba sucediendo.


* * * * *

Jim resopló, detuvo el tractor oruga y manoteó su móvil de la bandeja de la cabina. Otra vez el mismo número. No estaba en sus contactos y era la sexta vez que llamaba en lo que iba de mañana. Había devuelto la primera llamada, pero nadie le había atendido. Las otras llamadas habían sucedido cuando él estaba de barro hasta las cejas y no había oído sonar el móvil. A ver qué narices se le ofrecía a quien quiera que fuera.

—Sí —dijo, más seco que una parva de heno.

El menor de los Bryan soltó un suspiro de hartazgo cuando oyó una voz femenina que le respondía: «¡Hola, guapísimo! ¡Al fin me atiendes!»

La voz no le resultaba familiar y estaba claro que no había sido él quien le había dado su número. Solía ser al revés. Les pedía el teléfono por si, cuando se despertara por la mañana y el subidón del polvo compartido se le hubiera pasado, seguía estando interesado en volver a ver a la mujer en cuestión. Anoche no había habido polvos compartidos con nadie. Mal que le pesara y por muy raro que le pareciera, no estaba de humor para el sexo.

—¿Te conozco? —preguntó con la misma sequedad.

¡Hombre, no estabas tan borracho como para no recordarme! Soy Summer. 

Suponiendo que fuera posible emborracharse con dos cocacolas…, pensó. Su hermano y él estaban tan desbordados con el trabajo, que ni siquiera podían permitirse tener resaca. 

Así que te llamas Summer… Jim hizo un gesto de «sigo sin tener ni puta idea de quién eres» y permaneció en silencio.

¡La camarera del Sidetrax! ¡Chico, que no se diga!

Ah, ya. Buenas delanteras, morena, simpática. Estaba buena. Habían estado tonteando un rato. Cuando ella había acabado su turno, también habían bailado un poco. El bar Sidetrax había sido su última parada antes de volver a casa. El siguiente pensamiento de Jim fue aún más inesperado: «Me importa una mierda. ¿Por qué coño me llamas?».

Respiró hondo.

—Ya. Disculpa, me has pillado con la cabeza en otra cosa… —En otra cosa que estaba a seiscientos kilómetros de Springfield.

Vale, guapo. —El coqueteo de su tono dejó claro que aceptaba sus disculpas—. Te llamo porque esta noche libro y tengo invitaciones para un discobar nuevo que ha abierto esta semana. ¿Te apetece venir?

Jim volvió a respirar hondo. Respuesta breve: No. Respuesta larga: No le apetecía para nada. Ni siquiera la idea de follársela conseguía estimularlo lo más mínimo. Era como si su libido hubiera entrado en hibernación.

¿Así iban a ser las cosas en adelante? ¿Hasta cuándo? Suspiró. 

—Claro —se obligó a decir—. Dime dónde te recojo y allí estaré. Así, de paso, me explicas de dónde has sacado mi número…

Una risita coqueta antecedió la respuesta de la camarera:

¡Qué gracioso, Jim! ¡Todo Springfield tiene tu número!

Se despidieron después de acordar hora y lugar. Jim sostuvo el móvil en su mano unos instantes mientras su mente empezaba a desbarrar otra vez.

¿Y si la llamas?, pensó por enésima vez desde que se había levantado aquella mañana. 

¡Mierda!

No soportaba no saber de Lilly. Estaba tan jodido con la situación…

Cabreado y frustrado. Pero, sobre todo, herido. Herido de que ella no confiara en él. Herido de que le diera tanto miedo sentir lo que sentía… 

Y muy desilusionado de que estuviera eligiendo entre su hermana y él… Y de que en esa elección de locos, él estuviera perdiendo por siete cuerpos. 

Jim meneó la cabeza, contrariado.

Quería una mujer que lo pusiera primero. Que lo escogiera a él contra viento y marea. 

No se conformaría con menos, decidió. Y si esa mujer no era Lilly, pues… 

Continuaría con su vida.


* * * * *

Lilly empujó la puerta con un dedo e, inconscientemente, miró a izquierda y derecha para cerciorarse de que nadie la veía antes de hacer nada.

Había dejado a los peludos de la familia comiendo en la cocina y la tentación había sido más fuerte que ella. 

«Estás como una cabra, Campanilla», pensó. Si a alguien se le ocurría subir y la encontraba en la habitación de Jim, a ver cómo narices iba a explicar su presencia allí.

Sonrió al comprobar que su habitación era un poco caótica, como la suya. Había cajas en un rincón. Revistas y libros en una pila junto a la mesita de noche. Un montón de fotos enmarcadas dentro de una caja, junto a la ventana. Una especie de tocador surtido de perfumes y productos de belleza capilar, que la hizo sonreír. 

Qué tío más presumido. 

A un costado, sobre el tocador, había una caja de madera con sus iniciales talladas en la tapa. La abrió. Estaba llena de abalorios: pendientes, collares y pulseras de cuentas, anillos y bandas para el pelo. Ese pelo fabuloso que le quedaba de miedo daba igual cómo se peinara. Cogió una de las bandas y la hizo pasar alrededor de sus dedos unos instantes. Era negra y muy suave al tacto. Se la puso alrededor de la muñeca y, sin darle importancia a lo que acababa de hacer, avanzó hasta la cama y se sentó sobre la colcha. Miró alrededor durante unos instantes. 

¿Para qué has venido? Es una estupidez, Lilly…

«¿Porque lo echas de menos, quizás?», oyó que respondía una voz en su cabeza.

—¡Cierra el pico! ¡Nadie te ha dado vela en este entierro!

«Mira quién fue a hablar de entierros…», insistió la voz. «Estoy a punto de ponerme a organizar tu funeral, querida. Estás más mustia que una lechuga en el fondo del cajón de las verduras».

Lilly resopló.

La verdad era que estaba allí en un intento de aclararse con sus propios sentimientos. Se dijo que si podía probarse a sí misma que era capaz de estar en aquel lugar que era cien por ciento Jim, lo más cercano a estar con él, sin experimentar nada revolucionario ni revelador, entonces…

Entonces, ¿qué?

—¡Ay, mierda, Lilly…! —lloriqueó, dando un puñetazo flojito sobre la colcha con su mano buena.

Echar a alguien de menos no era revolucionario. En su caso, ni siquiera revelador. Aunque nunca hubiera pensado en ello hasta ahora, la verdad era que siempre echaba de menos a Jim.

La diferencia era que, antes de que «se miraran a los ojos y descubrieran cuánto se importaban», no lo asociaba a ningún sentimiento, y ahora sí.

Jim era el tipo más achuchable del mundo. Risueño, divertido y tierno a morir. Se llevaban de maravilla y estaban siempre juntos, organizando cosas. Era normal que cuando él volvía a Springfield lo echara de menos.

Y si ahora no podía evitar asociarlo a un sentimiento, era por un pequeño detalle: no solamente lo «echaba de menos». Desde esa conversación que habían tenido en el aparcamiento del hospital, se pasaba el día pensando en él. 

«No solo piensas en él», volvió a la carga la voz. «También fantaseas con él».

Lo hacía. Claro que sí. Jim era el tipo más sexy de la galaxia, ¿cómo no iba a fantasear con él? ¡Era humana!

—El problema es que no eres la única que fantasea con él, querida… —pensó en voz alta haciendo un mohín disgustado—. Mucho menos la única con la que él fantasea… 

Se rio de sí misma al pensar que Jim no se quedaría en un mero fantaseo.

—Seguro que se acuesta con una distinta cada semana… ¡¿Cada semana, has dicho?! ¿Bromeas? ¡No seas ingenua, Lilly! ¡Ni siquiera tiene que molestarse en pedirles el número de teléfono, por el amor de Dios! ¡Ellas se lo tatúan a bolígrafo en las manos y vete a saber en dónde más!

El rostro de Lilly se ensombreció cuando las consecuencias de que eso fuera un hecho aparecieron en su mente. Celos. Discusiones. Enfados. La familia preocupada. Probablemente, incapaz de mantenerse al margen y, por tanto, aportando su granito de arena a la reconciliación. Jim y ella viviendo bajo el mismo techo e intentando evitar verse las caras…

¡Qué pesadilla!

Sacudió la cabeza enérgicamente en un intento de apartar esos pensamientos de su mente. 

—¿Crees que importarle o que él te importe a ti cambiará las cosas? Tú sigues teniendo 20 años y todo por hacer. Sigues siendo su cuñada. Y él sigue siendo guapísimo, divertido, tierno a morir… Y un ligón empedernido. ¿De verdad estás dispuesta a arriesgarlo todo, probando a ser algo más que una cuñada muy afín con la que organizar actividades?

La respuesta era no. Un claro y definitivo no.

Lilly corroboró sus pensamientos asintiendo con la cabeza y, tras ponerse de pie, abandonó la habitación.

Después de todo, se dijo, sí que había experimentado algo revelador.

«¡Y tan revelador…!», oyó que se burlaba la voz en su cabeza, «no es por pincharte el globo, Campanilla, pero ¿te has dado cuenta de que le has birlado(1) una banda del pelo y la llevas en la muñeca a modo de souvenir?».


(1) Birlar (coloquial): Hurtar, robar o quitar algo a alguien.

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CRS-08. Mystic Oaks, 2 (MO 2). Episodio 29


29


Finalmente, Doreen había declinado tomar parte en la entrevista de Cameron Hynes. Alegando que el médico le había ordenado reposo, había dejado el asunto en manos de Logan y Robert. Su plan, les había dicho, era echar un vistazo a cómo marchaba la comida y luego tenderse en un sofá de la biblioteca a descansar hasta la hora de comer. 

Robert sospechaba que Doreen se traía algo entre manos. Algo distinto de descansar. Al ver que regresaba de la cocina con su ordenador portátil, sus sospechas se confirmaron. ¿Descansar?, pensó, divertido. Nada de eso: aquella hermosa mujer ya estaba poniendo toda su materia gris a funcionar. 

Sin dejar de sonreír para sí mismo, la ayudó a pasar de la silla de ruedas al sofá, le acomodó el gran cojín detrás de la espalda y la cubrió con su manta favorita.

—¿Estarás bien, querida? Me da no sé qué dejarte sola… 

Estaba sentado a su lado, sobre el sofá, de frente a ella, con una mano apoyada a cada lado del cuerpo de Doreen, mirándola a los ojos con su inefable ternura.

Los ojos celestes claros, casi transparentes de Doreen, brillaron de picardía.

—¿Esperas que crea que, para una vez que podrás estar en la explotación sin que nadie controle lo que haces, te preocupa dejarme sola aquí? —se rio—. ¡Venga ya! ¡Estás deseando ensuciarte las manos!

La mirada tierna de Robert continuó sobre Doreen. Logan había ido al baño y no tardaría en regresar por lo que aquel no era el momento adecuado para hablar de ciertas cosas. Pero de una en particular, sí, decidió.

—Durante años mis preferencias estuvieron muy claras. Adoraba ser un ranchero —aún lo adoro— y, como se trata de una profesión muy absorbente, el trabajo ocupaba un lugar preponderante. Pero mi corazón dijo basta y lo que al principio fue un varapalo inmenso, con el tiempo me permitió descubrir que también quería otras cosas… Cosas que había relegado a un segundo plano porque el trabajo no me dejaba espacio para más… Ahora, no hay nada en esta vida que desee más que pasar mi tiempo contigo, con los chicos, con Chris y Lilly… ¡Hasta con las bestias peludas de la familia! —bromeó. Una broma muy oportuna antes del momento de la gran confesión—. Pero, especialmente, contigo. 

«Vaya… ¡Qué bonito!», pensó Doreen. Le emocionaba la transformación de Robert. Le acariciaba el corazón que se mostrara tan cristalino respecto del lugar que ella ocupaba en su vida. Pero al igual que él, decidió que no era el momento de ponerse románticos. Logan ya no podía tardar.

—De lo que, si no lo interpreto mal, podemos deducir que estar en la explotación, teniéndome a tu lado, sería como unir alfa y omega para ti. ¿Lo ves? —dijo, radiante—. ¡Acabas de descubrir tú solito otra ventaja de que «meta mis narices en los asuntos del rancho»!

Robert se rio. Asintió con la cabeza. Sin embargo, cuando sus ojos regresaron sobre Doreen, su mirada se había tornado intensa.

—Tenerte conmigo es la definición de una vida perfecta para mí, Doreen. El lugar es indiferente. Te quiero a mi lado noche y día. Siempre. 

Esta vez no hubo picardía que valiera. Ni siquiera saber que Logan estaría al llegar pudo impedir que los ojos de Doreen se llenaran de lágrimas.

—Aj… Eres imposible, Rob —protestó. Siempre se las arreglaba para hacerla llorar de emoción. No negaría que era de lágrima fácil, pero, ¿quién no sucumbiría ante semejante declaración de amor incondicional? 

Él le tendió un pañuelo de papel de la caja que había sobre la mesa ratona. Contempló con dulzura cómo ella se secaba los párpados inferiores, procurando no estropear el maquillaje suave que lucía. Entonces, decidió que aún tenía algo más que decirle. Algo que, esperaba, limara asperezas entre los dos acerca de un tema tan importante como delicado.

—Soy un hombre de certezas y he pronunciado la palabra «siempre». Querer pasar cada minuto del resto de mi vida contigo para mí implica un compromiso: El matrimonio. Sin embargo, tienes razón —reconoció con las mejillas algo arreboladas—. No debí darlo por sentado y lo siento mucho.

¿Imposible, he dicho? Qué va. ¡Eres demoledor, Robert Bryan! 

Doreen respiró hondo en un intento de truncar la emoción que subía en oleadas. Sacudió la cabeza en un gesto que tuvo más de molestia consigo misma por ser tan emocional que de recriminación hacia él por demostrarle una vez más, en un momento tan inoportuno, que era el hombre más honesto y fiable del mundo entero. Incapaz de pronunciar una palabra, puso su mano con la palma hacia arriba, reclamando más pañuelos.

Robert, directamente, le entregó la caja.

«Uf. Segundo fuego: parcialmente controlado», pensó, y escondió tras su sonrisa tierna un disimulado suspiro de alivio.


* * * * *


El tiempo les había dado una tregua lo bastante larga para que la entrevista con Cameron se desarrollara en la zona agrícola. Y no se había tratado de una entrevista breve. Logan había sido muy minucioso. Se había interesado por la trayectoria profesional de Cameron y su dominio del trabajo agrícola como si él no hubiera pasado antes por dos filtros: el de Jim y el de su padre. 

El lugar donde la entrevista tenía lugar también había sido una propuesta de Logan, que Robert había visto con buenos ojos. El jefe de capataces quería que el candidato supiera exactamente el esfuerzo que implicaba sumarse al proyecto en su actual estadio. No deseaba que nadie se llamara a engaño. Ambos ignoraban que Jim se había ocupado de mostrarle la finca, por lo que recibieron como una buena señal que Cameron no se mostrara impresionado al ver los vastos prados de hierbas altas por labrar.

—Como ves, hay mucho trabajo por hacer. Y el plan es que esté hecho a finales de febrero para las primeras siembras de primavera.

Cameron asintió con la cabeza.

—Un tercio ya está listo para la siembra. No es tan malo como parece —repuso, conciliador. Al ver la mirada interrogante del que sería su jefe directo si lo contrataban, aclaró—: El señor Bryan… Jim… También quiso asustarme —bromeó—, pero no soy fácil de impresionar. Me gustan los retos y este es uno de los buenos. —Su mirada se paseó por el paisaje silvestre que se abría ante sus ojos.

Logan hizo un gesto aprobatorio. 

—¿También te dijo que no habrá jerarquías que valgan hasta que las dos explotaciones estén en marcha? Todos tendremos que arremangarnos por igual.

—Sí, me lo dijo. Fue muy claro. 

—Bien —concedió el jefe de capataces—. Y después de que estén en marcha, será más o menos igual. El negocio se compone de dos explotaciones y es responsabilidad de todos que las dos cumplan con sus agendas. Da igual en qué sector trabaje cada cual. Si hay que arrimar el hombro, se arrima.

Cameron esbozó una sonrisa divertida.

—También me dijo que eres muy exigente y que aquí tu palabra va a misa. Digamos que ya estoy advertido.

Logan sonrió por primera vez desde que había comenzado la entrevista. Estaba de acuerdo con Robert y con Jim: Cameron Hynes era lo que estaban buscando.

—En ese caso, no hay más que hablar —dijo, al fin, tendiéndole la mano que él se apresuró a estrechar con una sonrisa inmensa en los labios—. Bienvenido a Mystic Oaks, Cameron. 

—¡Genial! ¡Gracias! ¡Muchas gracias!

Robert también le estrechó la mano, complacido.

—¡Bienvenido! Hoy mismo prepararemos el contrato para que lo firmes y puedas incorporarte cuanto antes.

—Perfecto. ¡Qué alegría…! ¡Y qué alivio! Necesito trabajar y la idea de servir cafés en algún bar de la avenida Broadway mientras me salía algún trabajo de lo mío no me hacía ninguna gracia —celebró, genuinamente aliviado.

—Volvamos a la casa —propuso Logan—. Así nos ponemos con el tema del contrato para que Logan pueda marcharse…

Él siguió a los hombres hacia el vehículo, pero no tardó en decir lo que pensaba. 

—¿No prefieren que me quede y les eche una mano? —Logan y Robert se volvieron a mirarlo al unísono. Cameron elevó la vista al cielo y, al comprobar que la cosa no pintaba nada bien, se encogió de hombros—. No creo que la lluvia nos dé mucho cuartelillo hoy, pero podemos avanzar lo que nos deje, ¿no?

A Robert le gustaban las personas que tenían una gran ética del trabajo. Evidentemente, se encontraba ante una de ellas.

—Así se habla —concedió satisfecho.

El jefe de capataces fue mucho más efusivo.

—¡Voy a llorar de felicidad! —reconoció, dándole a Cameron una palmada en el hombro.

Al fin, los tres hombres subieron al Dodge Neon de Logan y pusieron rumbo hacia la casa.


* * * * *

Tal como Robert había sospechado, Doreen no se había quedado en el sofá para descansar, sino para idear estrategias relacionadas con la administración de la casa y también del rancho. Eso era lo suyo: pensar. Y se sentía llena de energía para hacerlo. Había tantísimas cosas que decidir, tantísimas cosas que hacer. Y, aunque la bendita herida del abdomen le hacía pasar malos ratos, estaba en su salsa.

Lo primero de lo que se había ocupado tenía que ver con la casa. Al llegar a Nashville, había acudido a una empresa dedicada al ramo para conseguir ayuda especializada para la limpieza de una vivienda con características tan especiales como el museo en el que vivían. Le enviaban personal dos veces en semana que dejaba toda la casa reluciente, de los vitrales a los suelos de cerámica. Sin embargo, no delegaría en la empresa para conseguir a la persona encargada de dirigir la casa. Era algo demasiado personal. Empezaría buscando a la persona idónea a través de sus contactos en la ciudad. Su primera llamada había sido a Claire Anderson, la mujer se había mostrado amable y servicial. Le había dicho que indagaría entre sus conocidos y que volvería a llamarla si surgía algo de interés. 

También había llamado a Bella, pero no habían respondido. Seguramente, estaría en la facultad. Volvería a intentarlo más tarde. La próxima semana tenía cita con el médico en el hospital. Aprovecharía para hablar con Candance, la enfermera que tanto la había ayudado durante su hospitalización. Había otras dos personas con las que podía hablar: la florista que se ocupaba de traer las flores frescas para la casa cada semana y la propietaria de la tienda de dietética donde compraba las hierbas medicinales de Robert y sus cremas cosméticas. Decidió que las llamaría por la tarde.

El siguiente tema del que se ocupó tenía que ver con el rancho. Conocía las vías convencionales de estrechar lazos con los rancheros de una región. Eran las mismas en todas partes. Algunas, como hacerse miembro de la Cámara Agrícola e inscribirse en la Asociación de Ganaderos, ya las había hecho Robert al llegar a la ciudad. Doreen, por su parte, concertó una cita con el agente de agricultura de la Oficina de Extensión Universitaria de la Universidad de Tennessee con un doble propósito: por un lado, obtener orientación sobre las prácticas agrícolas habituales, así como los retos propios de la región y, por otro, acceder a la bolsa de trabajo. Sin embargo, todas estas vías tenían algo en común: llevaban tiempo. Un tiempo del que no disponían. Era necesario encontrar una solución creativa al asunto. 

Estaba pensando en ello cuando, seguida de un concierto de perros a la carrera, ladridos y aullidos, Lilly entró en la biblioteca. A Doreen se le encendió la lamparilla. La muchacha era un ser supersocial que vivía organizando aventuras. ¿Quién mejor que ella para darle ideas?

—¡Justo contigo quería hablar! ¡Buenos días, por cierto! —la saludó y enseguida le hizo señas de que se acercara y se sentara junto a ella. Por alguna extraña razón, Sultán, Noah y River creyeron que el gesto iba dirigido a ellos y los tres saltaron al unísono al sofá, prodigando lametazos a Doreen, alegremente.

—¡He dicho «hablar»! ¿Vosotros sabéis hablar, acaso? Vale, gracias, gracias por los besitos —dijo, apartando a los perros—. ¡Me estáis pisando! ¡Abajo, chicos! 

La muchacha sonrió y apuró el paso. La ayudó con los perros y cuando estos al fin se echaron en el suelo, se dirigió a la mujer.

—¡Buenos días! ¡Soy toda oídos!

—De acuerdo. Te explico —dijo Doreen, palmeando el asiento a su lado para que Lilly se sentara—: Necesitamos estrechar lazos con los demás rancheros de la región. Los métodos habituales ya están en marcha, pero toman tiempo y no lo tenemos. Nos está costando conseguir trabajadores interesados porque es una explotación nueva y estoy segura de que, en esta época del año, habrá explotaciones agrícolas que podrían cedernos algunos de los suyos a cambio de ahorrarse los salarios. Peeeeero… —dijo, imitándola.

Lilly se rio y asintió.

—No puede ir a tocarles la puerta y decirles: «¡Hola, vecino! Soy Doreen Montgomery de la finca de al lado… ¿Tendría algún trabajador para prestarme un par de meses?».

—Podría —afirmó Doreen. Estaba decidida a conseguir lo que necesitaban de un modo u otro—. Y si no me queda más remedio, lo haré. A ti, que te encanta organizar cosas…

En aquel momento sonó su móvil. Sonrió al ver de quién se trataba y atendió enseguida.

¿Cómo está mi tía favorita? —oyó que Jim le decía.

Doreen le hizo un guiño a Lilly antes de responder:

—Haciendo reposo como me indicó el médico. Para que veas lo buena que soy…

Jim se rio. Y Lilly, que hasta ese momento no sabía con quién estaba hablando Doreen, lo reconoció y se envaró. Fue un acto reflejo.

¡Y yo me lo creo! Será en otra vida, tía. En esta, todos sabemos que haces lo que te da la gana. Ahora en serio, ¿estás bien?

Doreen esbozó una sonrisa tierna.

—Perfectamente, cariño. No te preocupes por mí. Tomo mis medicamentos, la herida va muy bien y con mi silla nueva con respaldo regulable puedo moverme por esta enorme casa mucho más cómoda. En unos días, todo volverá a la normalidad. —«Aunque no a la normalidad de siempre», pensó. Pero de eso ya se enterarían en su momento.

Vale —concedió Jim, satisfecho del resumen—. ¿Qué tal has visto a Logan?

—En forma y guapísimo como siempre —lo pinchó. Hizo un nuevo guiño a Lilly y fue en ese momento que notó algo raro. Campanilla estaba muy seria para ser Campanilla.

Ja. Ja. Ja. ¿«Guapísimo», ese armario de doble cuerpo? ¡Venga ya!

Doreen disfrutaba enormemente pinchando al menor de sus sobrinos. Era celoso. O, como él prefería llamarlo, «muy competitivo». Logan estaba con los Bryan desde la adolescencia y tenía una buena amistad con Jim y con Tim, así como una relación muy especial con Robert, para quien Logan era como de la familia. De modo que Jim competía secretamente con él desde siempre.  

—Lo vi muy bien, muy contento. Con muchas ganas de empezar con este proyecto. 

Jim asintió satisfecho. 

Sí. Pienso lo mismo. Creo que está encantado de cambiar de aires. ¿Sabes dónde está ahora? 

—Entrevistando a Cameron Hynes en el sector agrícola, creo. ¿Por?

No, no, por saber. Quedó en llamar y no lo ha hecho, así que imagino que todavía estará exprimiendo al pobre Cam…

Ambos rieron.

—¿Y tú qué haces? —se interesó Doreen.

Doblar la espalda y estar de un humor de perros todo el jodido día. 

Lo primero era inevitable, pero lo segundo no. Y eso era lo que más rabia le daba: no ser capaz de controlar algo que estaba totalmente bajo su control. El malhumor tenía que ver con cierta rubia miedica que le tenía el coco sorbido y no había caso: era pensar en ella y sentir que su indignación subía como la espuma. Y como pensaba en ella cada cinco minutos…

Ahora mismo, hablar contigo mientras me tomo un descanso. En cuanto acabe, seguir con la cosecha manual y rogar para que el suelo absorba pronto el agua y podamos entrar con las máquinas… Si no, ¡menuda paliza a trabajar nos vamos a dar para no perder parte de la cosecha! ¿Sabes qué? Mejor cambiamos de tema, no sea que la realidad me acobarde y salga por patas de aquí —añadió risueño—. ¿Qué estás haciendo tú? Quiero decir de verdad. O sea, no me trago eso del reposo.

Estaba claro que no podía engañarlo. A ninguno, en realidad. Padre e hijos la conocían muy bien.

—Pues, estoy aquí con Lilly y los peludos de la familia… —Iba a decir «pasando el rato», pero entonces recordó que los Bryan también tenían su propio animal social y justamente con él estaba hablando. De modo que dijo—: Planeando algo en lo que, ahora que lo pienso, tú también podrías participar…

Lilly alzó la vista de la costura de sus vaqueros con la que llevaba un buen rato jugueteando y miró a Doreen con los ojos muy abiertos. ¿Pensaba ponerlos a pensar ideas juntos? 

Jim, por su parte, se quedó bloqueado durante unos instantes. Y cuando al fin logró recuperarse, tan solo pudo decir una palabra:

Ah…

No fue precisamente porque no se le hubieran cruzado por la cabeza otras, sino porque, después de hacer una criba rápida, ninguna era lo bastante neutra como para decirla.

¡Qué cabreado estoy con la rubia, joder!

Doreen sonrió al tiempo que arrugaba el ceño.

—¿Solo «ah»? —repuso. Entonces, el brillo incómodo en los ojos de Lilly le hizo comprender que algo sucedía. 

Esta vez, Jim reaccionó con rapidez.

Digo que me alegro de que estés acompañada, tía. Lo que pasa es que me tocaron el hombro para avisarme que alguien pregunta por mí y me despisté…  Te llamo más tarde, ¿vale?

Las cejas de Doreen formaron un arco sobre sus ojos. 

—Claro, claro… Hablamos cuando te desocupes, Jim.

La conversación había terminado de manera abrupta en cuanto había mencionado el nombre de Lilly y no necesitaba ser adivina para saber que la razón no tenía que ver con que alguien «preguntara por él». Obviamente, no era ciega y se había dado cuenta de que los últimos días Lilly parecía evitar a Jim, pero las veces que los había visto juntos no había detectado mal ánimo entre ellos. Curiosamente, ahora era Jim quien parecía evitarla a ella. No, se corrigió, no era lo que parecía; la evitaba. Jim se había descolgado de la conversación como si hubiera mentado al diablo.

Doreen volvió a dejar el móvil sobre la mesilla y miró a la joven, cuyo rostro, a estas alturas, había cambiado de color: estaba roja como si se hubiera dormido al sol.

—Disculpa la pregunta, Lilly, pero… ¿Ha sucedido algo entre Jim y tú?

«Genial, Campanilla. Acabas de llevarte el puñetazo sin comerla ni beberla».

Lilly hizo un mohín cómico. No sabía dónde meterse. Ni qué responder. Jim y ella no eran nada. Ahora, por lo visto, ni siquiera se hablaban, ¿y ya estaba la familia preguntando si les sucedía algo?

¡Tierra, trágame, por favor! ¡Y escúpeme en el séptimo anillo de Saturno!


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