
Protagonistas de Lola (Serie Moteros # 3)
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CR03. Un día inolvidable

Domingo, 26 de diciembre de 2010.
Casa de Dylan y Andy.
Cala Morell, Menorca.
- I -
«Me parece increíble. ¿Eres tú, de verdad?», pensó Andy al ver a su padre conversando animadamente con Brennan. A ratos tenía náuseas y se sentía bastante mareada, pero la alegría de tener a Chad en casa, sumada a la felicidad de estar esperando un hijo, equilibraba con creces su balanza interior y el brillo de sus ojos hablaba alto y claro de ello. Pero la ansiedad la estaba volviendo loca. Le costaba horrores estarse quieta, de modo que dejó a Luz jugando con Erin y Shea, y fue hasta la cocina.
Dylan giró la cabeza en cuanto oyó que abrían la puerta. Frunció el ceño al instante.
—¿Voy a tener que atarte a la silla?
Andy se echó a reír. Avanzó hacia él contoneando las caderas mientras interiormente rogaba por que no le diera un mareo y acabara insinuándose desde el suelo.
—¿Atarme? Qué palabra más sugerente, calvorotas. Y dime, ¿qué me harás después?
Ya estaba su chica intentando desviar la conversación, pensó él. Lo hacía porque sabía que, normalmente, le funcionaba. Normalmente. Hoy no.
El irlandés dejó el cuchillo sobre la tabla de picar. Se limpió las manos en un paño, cogió una silla y la puso junto a Andy. A continuación, la tomó suavemente por los codos y ante su sonrisa tierna, la obligó a sentarse. La miró totalmente serio.
—Primero. Quiero que te quedes tranquila y quieta. —Andy hizo el ademán de meter baza, pero Dylan la silenció con un gesto de la mano—. Segundo. Me da igual que tú y todas las mujeres de tu familia y de la mía digan que esto es normal. Serán locuras de friqui o que mi cerebro opera desde la lógica, llámalo como quieras. Pero que te caigas redonda por los rincones no me parece nada normal. —Un nuevo intento de intervenir por parte de Andy fue silenciado de la misma forma que antes—. Y mientras no me lo parezca, te quiero tranquila y quieta. Ya podrás volver a las andadas cuando seas capaz de mantener el equilibrio sobre tus dos preciosas piernas. ¿Nos entendemos?
Andy exhaló un suspiro.
—Te he dado un buen susto, ¿eh? —le dijo con ternura.
Un susto de muerte. Ver a alguien tan vital, tan imparable como Andy, desmayada en el suelo había sido una experiencia surrealista. Aterradora. Algo sobre lo que no pensaba abundar en aquel momento.
—Susto será el que te voy a dar a ti como no me hagas caso. Va muy en serio, Andy.
Ella asintió. Estiró un brazo y tomó la mano del motero.
—Perdona, Dylan… Es que no estoy acostumbrada a sentirme así y me cuesta rebajar la marcha. Pero tienes razón. Mientras me siga mareando, tengo que tomarme las cosas con calma. —Le ofreció una sonrisa seductora—. ¿Me perdonas?
Él se agachó frente a Andy.
—¿Te vas a portar bien?
Ella le acarició el rostro.
—Te prometo que lo voy a intentar —susurró sobre sus labios—, pero tendrás que tener un poquito de paciencia. Esto es nuevo para mí.
—Nuevo e inesperado.
Andy asintió con una gran sonrisa en los labios.
—¡Ya lo creo! Grau debió pensar que estaba loca o algo así… ¡No me lo podía creer!
Dylan asintió suavemente con la cabeza. La noticia lo había tenido tan en las nubes el día anterior, que su cerebro no había podido dedicarle mucho tiempo a pensar. Pero tras una noche de descanso y con la felicidad de padre primerizo ya instalada en su ser, lo había hecho. Y lo primero en lo que había caído era en algo que ella misma había dicho; se habían gastado una pequeña fortuna en métodos anticonceptivos. Ergo, tener un hijo no estaba en los planes inmediatos de su mujer. Conocía cómo funcionaba su mente y de ahí que, desde el principio, hubiera optado por ser claro respecto a sus intenciones y a sus deseos. Lo había hecho con el tema matrimonio y había vuelto a hacerlo con el tema hijos. Al primero, Andy había respondido fijando la fecha y el lugar y sorprendiéndolo. Pero en lo segundo, la sorpresa se la había llevado ella.
—Es normal. Después de la pasta que nos hemos gastado para evitar que te quedaras embarazada… Menuda sorpresa, ¿no?
El problema de que los dos se conocieran tan bien era que no había forma de maquillar la estupidez monumental que acababa de decir. Ella lo había entendido a la primera, de ahí que su sonrisa se hubiera transformado en una mueca extraña, desdibujada. Dylan se arrepintió un instante después de haberlo dicho.
Primero, dejaba temas tan importantes como aquel en manos de su chica, dando a entender que lo que ella decidiera para él estaría bien. ¿Y luego, qué? ¿Cuestionaba el hecho de que, evidentemente, no estuviera en sus planes inmediatos que tuvieran un hijo? Debería coserse la boca, pensó el irlandés.
—Borra eso. Haz de cuenta que no lo has oído o, mejor, que no lo he dicho. Porque hay que ser muy gilipollas para decir algo así y seré muchas cosas, pero gilipollas no. O, al menos, eso creo.
Andy le acarició la barbilla. Una caricia que se extendió hasta su mejilla al notar lo incómodo que se sentía. Su mano permaneció allí, expresando lo que sentía, un largo rato antes de ponerlo en palabras. La gente que había conocido a lo largo de su vida solo apelaba a la verdad cuando servía a sus intereses. Dylan, no. Él y su sinceridad descarnada eran un tándem que siempre había encontrado irresistible.
—Tener hijos no es algo en lo que hubiera pensado antes de conocerte. Mi vida sentimental iba cuesta abajo y con los antecedentes familiares de las mujeres Avery… —Era lo que había pensado siempre, antes de saber que su padre seguía vivo. Y ahora que lo sabía, le resultaba incómodo pensar en Chad de esa forma, de modo que no completó la frase—. Pero desde que te casaste conmigo y te convertiste en padre de Luz, las dos cosas por el precio de una… —bromeó—, desde que he visto la clase de hombre y de padre que eres de la puerta de casa para adentro, pienso que hay que estar loca para no desear tener hijos si su padre es alguien como tú… Y es cierto que un poquito loca sí que estoy, pero no tanto. Hablaremos largo y tendido de esto más tarde, cuando las visitas se hayan ido y yo… —Exhaló un suspiro cargado de ansiedad—. Y yo haya vuelto a ser la Andy de todos los días, la misma, solo que con un padre vivo. Pero ahora quiero que sepas que los anticonceptivos eran una forma de darte tiempo, Dylan.
—¿Tiempo para qué?
—Para que te acostumbraras al peso de mi mochila —repuso con un mohín tristón—. Mi vida es esto; momentos de felicidad que se las arreglan bastante bien para disimular la carga pesadísima que hay detrás. Mi madre, Danny y ahora Luz… Son mi sangre y los quiero con locura. Jamás los abandonaría y por eso me cuesta tanto entender que mi padre lo haya hecho. Pero acostumbrarse a llevarla siempre a la espalda es duro. Lleva tiempo. Solo intentaba dártelo, Dylan, nada más… Antes de empezar a sumar más pesos. Esta vez, propios.
«Sí, desde luego, el tema requeriría una larga conversación», pensó él. Andy no había tenido elección. Al menos, no una elección factible para alguien de ley. En ese sentido, podía entender que ella tuviera una visión tan cruda de sus propias circunstancias. Pero él sí la había tenido. Estar donde estaba había sido su elección. No suponía una carga para él y, por lo tanto, no necesitaba tiempo. No había nada a lo que acostumbrarse. Y si no era lo bastante evidente para ella, entonces, él no estaba haciéndolo tan bien como pensaba. Necesitaban poner las cartas sobre la mesa.
Además, aquel tono de resignación, de derrota en sus palabras, no le había gustado. Y no era la primera vez que lo detectaba; había sentido exactamente lo mismo el sábado de madrugada, cuando en aquel bar de noctámbulos al que habían entrado a tomar algo caliente, ella le había hablado de su preocupación por Danny. Aunque no fuera un tipo dado a «hablar largo y tendido» de nada, definitivamente, los dos lo necesitaban.
Pero aquel no era el momento y, en todo caso, no estaba por la labor de alimentar la ansiedad de Andy, dándole otro tema espinoso en el que pensar.
Dylan se puso de pie y acudió a la insinuación para salir del paso.
—No te preocupes por mi espalda. Está perfectamente. Igual que el resto de mí. ¿Quieres verlo?
Antes de acabar de decirlo, Dylan ya había manoteado el borde inferior de su camiseta, amenazando con quitársela. No había llegado a hacerlo, pero el movimiento había expuesto una porción de piel de su estómago en la que el colorido de su tatuaje de un samurai destacaba tanto como su buena forma física.
Para Andy fue imposible no regodearse en las vistas. Para Dylan fue imposible no alardear de ello.
—Te tengo en el bote. ¡Joder, aún tambaleándote y con el estómago revuelto, me miras y se te encienden todas las luces como si fueras un árbol de Navidad!
Así era. Para Andy, Dylan era el máximo exponente de sus fantasías más eróticas.
Pero no era solo eso.
De hecho, a medida que había ido pasando tiempo a su lado y él había empezado a mostrarse como realmente era, sin alardes y sin estridencias, en el ranking personal de Andy, lo que Dylan era como persona le ganaba por mucho a lo que era como ejemplar masculino.
Y que estuviera allí frente a ella, exhibiéndose con su habitual descaro para quitar de en medio aquel asunto tan serio como inoportuno, era una prueba de ello.
Andy hizo un mohín desdeñoso y su voz rezumó dulzura cuando dijo:
—Muy creído te lo tienes, calvorotas.
* * *
Pero si las insinuaciones de Dylan le habían hecho creer a Andy que lo dicho acerca de que se quedara quieta no había ido en serio, muy pronto comprobó que se equivocada. Había sido hacer el ademán de incorporarse de la silla, cuando una mano del irlandés la había devuelto a su sitio. Acto seguido, había utilizado la función walkie-talkie del vigilabebé, para solicitar a sus hermanas que acudieran a la cocina. A Erin le había pedido ayuda para preparar los entremeses; a Shea, que escoltara a Andy de regreso al salón y que la retuviera en su sillón hasta nueva orden.
—Qué miedicas se ponen cuando van a ser padres… Mav vive preguntándome si estoy bien. ¡Claro que estoy bien! Solo estoy embarazada, no me ha atropellado un coche o algo así… Aunque, si te digo la verdad, no me lo esperaba de mi hermano…
Shea había hablado en un tono bajo a pesar de que su alegría era tal que hasta el más ingenuo se habría dado cuenta de cuál era la razón de tanta alegría. Seguía firme en su decisión de no compartir la noticia hasta haber superado el primer trimestre de embarazo, lo que leyendo entre líneas venía a decir que no quería decírselo a su padre hasta estar segura de que todo iba sobre ruedas y Andy, que sabía por Dylan que su padre no solo ya lo sabía, sino que estaba emocionado ante la idea de que su niña fuera a convertirse en madre -y él, en abuelo-, tuvo que hacer un esfuerzo titánico para no irse de la lengua.
Pero había algo en lo que se permitiría irse de la lengua y lo haría con muchísimo gusto.
—Te lo dije hace tiempo, Shea. El Dylan de tus recuerdos no tiene nada que ver con mi Dylan. No voy a entrar en cómo fuera tu hermano hace siglos, yo no estaba allí. —Su pulgar señaló la cocina—. Pero ese hombre es el tipo más genial que he conocido y doy gracias todos los días por tenerlo en mi vida.
Shea le pasó un brazo alrededor de los hombros y se detuvo un instante antes de abrir la puerta del salón. La miró con ternura.
—Ha hablado su mayor fan.
—La mayor de todas, sí.
—No era una crítica, Andy. Es que, desde que hemos vuelto a estar en contacto, mi hermano no ha dejado de sorprenderme para bien… Y todo ha sucedido en unos pocos meses… Aún no me acostumbro.
—Las personas cambian, Shea. Cambiamos. Todos. Y eso incluye también a vuestro padre. Quizás sus hijos, los tres, haríais bien en concederle el beneficio de la duda.
Shea esbozó una sonrisa derrotada.
—Vaaale. Mensaje recibido. Ahora vamos dentro, que tengo instrucciones de atarte a una silla y pienso cumplirlas a rajatabla.
- II -
Aquel día habían comido más tarde de lo habitual. En parte, se había debido a que Chad había llamado a Andy a primera hora para pedirle que no fueran a recogerlo al hotel a las diez, según lo acordado. Le había surgido un asunto que lo retrasaría un poco y él mismo cogería un taxi cuando lo hubiera resuelto. No había dado más explicaciones, pero la había tranquilizado diciéndole que en ningún caso llegaría más tarde de doce. Pero en parte, también había tenido que ver con Danny. El chaval no había aparecido ni había llamado y Dylan había preferido esperar, ya que sabía por Anna que se había marchado después de desayunar diciendo que no lo esperaran a comer.
El menú original que Dylan había previsto para la merienda-cena de Navidad, había sido sustituido a última hora por pizza, pero en la comida dominical al fin había podido lucirse, cosechando grandes alabanzas de parte de todos. Eran ocho adultos y una niña de quince meses reunidos en torno a la gran mesa del salón y, manjares aparte, la conversación había fluido y todos habían pasado un rato agradable.
Andy, en particular, sentía emociones encontradas. Pasaba de los recuerdos gratos que habían regresado a su mente al redescubrir el talante extrovertido y social de su padre mientras compartía anécdotas de su vida en Kenia, a la ansiedad por que Danny siguiera sin aparecer, como le había prometido que haría, y a otra aún mayor por que sus malestares no le jugaran una mala pasada. Todavía no había tenido ocasión de contarle a Chad que volvería a ser abuelo en unos meses, y no deseaba que se enterara cuando sus náuseas la obligaran a salir corriendo al baño o, peor aún, por sufrir otro desmayo.
Pensó que tenía gracia que el día anterior deseara una reunión multitudinaria para que su padre se encontrara más cómodo, más en familia, y que ahora deseara justamente lo contrario; poder estar a solas para disfrutar a fondo de las pocas horas que le quedaban, para contarle que estaba embarazada y comprobar de primera mano cómo reaccionaba ante la noticia… Para conocerlo mejor. Era una sensación extraña saber que aquel hombre de pelo encanecido y mirada cálida era su padre y, al mismo tiempo, ser consciente de lo poco que sabía de él.
Por suerte para Andy, poco después, las hermanas Mitchell y sus respectivos acompañantes salieron a dar un paseo en coche con su padre.
—¿Café, té, lo que sea…? —ofreció Dylan.
Los tres se habían quedado a solas en el salón y ahora ocupaban la zona de los sillones. En el suelo, sobre la manta acolchada, decorada con elefantes y jirafas, Luz se resistía a quedarse dormida sin demasiado éxito, ya que sus párpados la traicionaban una y otra vez.
Chad fue el primero en hablar al tiempo que se tocaba el estómago en un gesto de que estaba lleno.
—Yo, nada. Gracias, Dylan. Todo estaba exquisito, pero ya no me entra ni un sorbo de agua.
Andy extendió su mano hacia Dylan. Él acababa de arrodillarse junto a Luz, para tomarla en brazos de inmediato en cuanto sus párpados volvieran a traicionarla, y llevarla a dormir a su cuna.
—Yo, sí; mimos.
Chad miró con una sonrisa cómo aquel irlandés corpulento y cubierto de tatuajes se ponía de pie con una expresión divertida en su anguloso rostro, tiraba suavemente de la mano que ella le ofrecía para que se levantara, y tras ocupar su lugar en el sofá, Andy se sentaba sobre su regazo con una sonrisa que no le entraba en la cara.
—Parece que lo tienes bien entrenado, Andy. Una palabra, y Dylan ya sabe lo que tiene que hacer.
—Nos conocemos bien, ¿verdad, calvorotas? Por eso ya se ha dado cuenta de que no son mis mimos habituales, sino más bien un intento de evitar que se evapore del salón con cualquier excusa para dejarnos conversar a solas.
Dylan se limitó a sacudir la cabeza, risueño. Era cierto. Luz no tenía problemas de sueño. Podía dormir en cualquier parte.
Andy le hizo un guiño a su padre antes de continuar:
—Y me encanta que haga estas cosas… Me encanta que quiera darnos espacio para que hablemos sin que tengas que preocuparte por él. Pero Dylan es alguien fundamental en mi vida y ahora que has decidido volver y formar parte de ella, quiero que os conozcáis. Así que, lo siento, nada de conversaciones privadas. Se acabaron los secretos.
Chad asintió con énfasis. Estaba harto de secretos. Ahora que había reunido el valor de hacer lo que debía haber hecho hacía años, quería sus pecados expuestos a la vista de todos. Cada uno ellos, sin ocultar ninguno por más duro o vergonzoso que pudiera resultar. Era la única forma de que las heridas se curaran de una vez y todos -Andy, Danny, Anna y él mismo mismo- pudieran seguir adelante con sus vidas en paz.
—Me parece perfecto. Solo Dios sabe cuánto me ha costado llegar hasta aquí, pero… He vuelto y, esta vez, es para quedarme. Quiero saberlo todo de tu vida, Andy. Todo lo que quieras compartir conmigo me hará feliz. Y por supuesto, de la tuya, Dylan. Aunque doy por hecho que nuestras conversaciones serán mucho más cortas. Los hombres no solemos ser muy buenos hablando de nuestras cosas, ¿no? —bromeó.
El irlandés hizo una mueca dudosa con los labios.
—Pero pueden cambiar… Antes yo era mucho menos hablador que ahora y la única diferencia que encuentro es que ahora vivo rodeado de mujeres y todas hablan por los codos.
Chad se echó a reír.
—Y si no empiezas a usar su mismo lenguaje, creen que estás enojado y, entonces, amigo, tienes un buen problema —concedió el padre de Andy.
«O creen que necesitas tiempo para acostumbrarte a cargar el peso de su mochila», pensó el irlandés al recordar lo que Andy le había dicho hacía un rato.
—Exacto.
Andy sonrió complacida. Jamás se habría imaginado que la Navidad del 2010 le traería semejante regalo, pero allí estaba; su padre y su marido bromeando. Pocas cosas podrían mejorar aquel momento y ella sabía de una con gran potencial para hacerlo.
—Ya que no hay secretos, tengo que admitir que también lo hice de puro mimosa que soy… Ahora, con mucha más razón que siempre… —dijo con tono intrigante y miró a su padre—. ¿Te cuento otro secreto?
Los ojos de Chad se desplazaron de Andy a Dylan y vuelta a su hija, brillantes. Estaban cargados de expectativa. También había cierta emoción, como si él presintiera la noticia.
Andy se tomó su tiempo para disfrutar aquel momento antes de decir:
—Vas a ser abuelo otra vez, papá.
Durante los breves instantes que Chad permaneció mirándolos emocionado e incapaz de pronunciar una palabra, Andy no dejó de sonreír. Tampoco Dylan. La ilusión que brillaba en los ojos de aquel hombre era real como la vida misma y, en cierto modo, los dos agradecían estar equilibrando un poco la balanza. Por más que Chad les hubiera asegurado que aquel fin de semana había sido de los mejores de su vida, los dos sabían que había tenido que ser muy difícil para él.
Chad al fin logró hablar. Lo hizo en un tono cargado de incredulidad y entrecortado por la emoción.
—¿Estás esperando un hijo, Andy?
Ella asintió varias veces con la cabeza y tuvo la ocasión de ver cómo se desbordaba la emoción de su padre.
Chad se puso de pie al instante con la intención de ir hacia ellos. Luz se había despertado y ya se estaba riendo, y él la tomó en sus brazos y depositó un sonoro beso en su rechoncha mejilla. Con ella en los brazos, se dirigió hasta donde estaba la pareja y los rodeó con su brazo libre, haciendo gala de un forma afectuosa que a Andy le trajo muchos recuerdos de su infancia. Cuando volvió a hablar, su voz no se quebró y había alegría en ella.
—¡Es la mejor noticia del mundo, chicos! ¡La mejor! ¿Verdad que sí, Luz? ¡Vas a tener un hermanito, pequeña! —A lo que la niña respondió con una risita cómica y empezó a balancearse en los brazos de su abuelo como si entendiera lo que él le decía—. ¡Ay, Dios mío, pienso pasarme los próximos meses alardeando de nietos ante todo el que quiera escucharme… y si no quieren escucharme, alardearé igual! ¡Qué maravilla! ¿Y… de cuánto estás?
—No lo sabemos exactamente. Ayer no tuve una idea mejor que desmayarme y cundió el pánico en los dominios Mitchell-Avery. —Le hizo un guiño a Dylan. —Y una hora más tarde, tenía al médico de la familia junto a mi cama, haciéndome una revisión completa. Me hizo un test de embarazo y… —Esbozó una gran sonrisa—. ¡Sorpreeeesa! Cree que estoy entre el primer y el segundo mes de gestación, pero no lo sabré seguro hasta que me hagan una ecografía.
—¡Menuda Navidad, Andy! —celebró Chad, que para entonces ya había movido su sillón frente a la pareja.
Le hizo una carantoña a Luz a quien tenía sobre su falda. La pequeña jugaba con su barba y Dylan tuvo claro que lo siguiente serían sus gafas, de modo que hizo la advertencia de rigor. Chad se las quitó y las apoyó sobre la mesa ratona. Pestañeó repetidamente y cuando volvió a enfocar los ojos en Andy, su imagen estaba borrosa. Mejoraría en cuanto su vista se acostumbrara, pero no demasiado.
Ajena a los problemas visuales de su padre, Andy sonreía. Verlo sin gafas había hecho que más recuerdos acudieran a su mente y no tuvo que pensarse si decirlo o no.
—Ahora eres más tú… Más como la persona que recuerdo. ¿Hace mucho que las llevas?
Las llevaba desde hacía cinco años, pero las necesitaba de mucho más atrás. Solo que entonces sus problemas de salud eran tantos, que ni su cabeza ni su presupuesto podían abarcarlos. Chad se preguntó si no explayarse al respecto, violaría el principio de «no más secretos» y concluyó que la razón de ser de aquella reunión era conocerse, para lo cual era imprescindible estar dispuesto a ofrecer más que simples vaguedades.
—Cinco años. Mucho menos de lo necesario, la verdad… La rehabilitación de una persona adicta se centra en el ahora. En lo que debe hacer y en lo que debe dejar de hacer para mantenerse limpio. En lo inmediato, en seguir el plan. Pero cuando te has pasado la mayor parte de tu vida en rehabilitación, descubres que mientras tú batallas con lo inmediato, en tu retaguardia, los problemas se multiplican. Toda clase de problemas; de salud, tanto física como mental, económicos, sociales… En mi larguísima lista de asuntos por resolver, mis ojos tuvieron que esperar. Sin gafas estoy perdido, es cierto. Pero aunque resulte increíble lo que voy a decir, eran el menor de mis problemas.
Otro recuerdo acudió raudo a la mente de Andy. Era la voz de Anna diciéndole a su marido entre llantos «como sigas así, necesitarás un transplante. ¡¿Por qué estás echando a perder tu vida de esta forma?!». En aquel momento, no había entendido el verdadero significado de lo que había escuchado a hurtadillas. Recordaba haberse sentido triste al suponer que su padre estaba enfermo. Ahora, las palabras de Anna cobraban un nuevo significado.
—¿Has estado muy mal?
Mucho. Había llegado a estar al borde de la muerte en dos ocasiones. La última, hacía ocho años, cuando había estado en coma veinte días. ¿Debía ser sincero también en eso? ¿No sería demasiado dramático para un día de celebraciones y reencuentros? Andy era el único miembro de su familia biológica que lo había recibido sin reticencias ni recriminaciones y se había mostrado abierta a un nuevo comienzo desde el primer momento. Sin ella, sin su tolerancia y su determinación de hacer posible que él tuviera la ocasión de explicarse y pedir perdón, estaba absolutamente seguro de que su regreso a Kenia sería muy diferente. Decidió que por más duro que le resultara, se lo debía.
Sin embargo, cuando Chad se disponía a responder, se oyó la voz de Danny que decía:
«Qué reunión tan familiar… ¿Puedo unirme o vuelvo más tarde?».
- III -
Chad manoteó las gafas y se las puso rápidamente. Luego, se volvió en la dirección de la voz y sus ojos se encontraron con los de aquel quinceañero que se parecía tanto a Anna, que casi era como estar viéndola a ella. Su mirada era tan desafiante como lo habían sido sus palabras. Eso no le extrañó. No había esperado otra reacción de su único hijo varón. Precisamente porque era de su mismo sexo, lo juzgaba a él con mucha más severidad que su hermana. Incluso que su propia madre. Siempre lo haría. De hecho, a pesar de lo que había dicho Andy, no había contado con que Danny al fin se presentara. Así que, en realidad, que estuviera allí era una gran sorpresa. Una sorpresa de lo más inesperada.
—Hola, Danny… —lo saludó.
Andy se tensó al instante de oír la voz de Danny. Estaba claro que hoy el pesado de su hermano había sacado del armario al «quinceañero iracundo». Dios le diera paciencia, pensó.
Pero cuando ella se disponía a hacer de tripas corazón y ofrecerle una respuesta de compromiso que fuera lo bastante buena para no espantarlo y, al mismo tiempo, le diera a entender que como comienzo, el suyo no había podido ser peor y debía mejorar en tiempo récord, Dylan se le adelantó, sorprendiéndolos a todos. A Danny, el primero.
—Si mi padre estuviera aquí y esta fuera su casa, te diría sin cortarse que vuelvas a entrar y saludes en condiciones. O sea, con un mínimo de educación. Por suerte para ti, esta es mi casa y no soy como mi padre. Así que te digo «hola, tío, me alegro de verte. Ven y siéntate con nosotros». Y ahora espero que el que se corte, seas tú. ¿Nos entendemos, colega?
Las mejillas arreboladas de Danny se ocuparon de responder por él. El muchacho hizo un ligero movimiento con la cabeza en el que Dylan decidió ver un «sí, nos entendemos», y se acercó hasta donde estaban ellos. Se cruzó de brazos y no hizo el menor ademán de sentarse.
Andy se estiró a cogerlo del pantalón en un intento de que tomara asiento en el sillón libre que estaba a su lado, pero el muchacho permaneció firme.
—¿Qué, quieres crecer? Ya me sacas dos cabezas y vas camino de convertirte en una torre. —Volvió a tirarle del pantalón— Venga, siéntate, Danny.
—Te saco más de dos cabezas y no quiero sentarme.
Andy exhaló un suspiro.
—¿Dónde te habías metido? Mamá dice que te perdió de vista a las diez de la mañana. Harías bien en llamarla. Estaba preocupada.
Sin ninguna clase de sutilezas, Danny cogió a Luz de brazos de Chad y se dedicó a conversar con la niña que, como siempre que oía la voz de su tío, estaba loca de alegría, soltando risitas y balbuceando en su media lengua.
Esta vez, Andy soltó un bufido.
—Danny… ¿Estás sordo?
En aquel momento, la mirada del muchacho cambió de foco. De la pequeña que sostenía en brazos, a su hermana.
—¿«Preocupada»? De fiesta, querrás decir…
—Chico, ¿deliras por hambre o has estado bebiendo? —se quejó Andy, sin poder evitarlo.
Una risotada irónica la devolvió a la realidad con ganas de matarlo.
—¿Cómo, no lo sabes? ¿Él no te lo ha dicho? —Miró de reojo a Chad quien se obligó a mantenerle la mirada—. ¿Su voto de sinceridad solo abarca el pasado? Bueno, haré los honores. ¿Preparada? Mamá hizo algo más aparte de escucharlo. Le pidió el divorcio. Así que ahora es una mujer libre. ¿Libre para qué?, dirás. Seguro que te lo imaginas. —Soltó otra risotada irónica en la que también podía notarse un deje de tristeza—. Al hombre que quería ver junto a mi madre, lo conocí por fotos y a este, que no puedo ni verlo en fotos, me lo encuentro de frente a cada paso que doy. Vaya mierda.
—Agh, Danny….
Andy sacudió la cabeza. ¿Cómo podía ser tan cruel, tan rencoroso? Se sentía tan enfadada con él por su falta de tacto. Tan molesta con su madre por no habérselo dicho, sabiendo que ella pasaría el día con su padre… Tan dolida por cómo se habían dado las cosas. Ese era el asunto que le había surgido a Chad por la mañana. Así había comenzado su día; firmando los papeles del divorcio. Y así lo continuaba, enterándose de que había otro hombre en la vida de Anna.
Una vez más, Dylan salvó el momento. Hizo que Andy se apartara un poco para poder levantarse y se puso de pie. Cogió a Luz de brazos de Danny y lo miró directamente mientras decía:
—Tienes que comer, tío. Tu glucosa está por los suelos. Vamos.
Danny puso los ojos en blanco. Balanceó los brazos alrededor de su cuerpo una y otra vez. Necesitaba liberar energía de la forma que fuera o explotaría. Al fin, habló.
—No tengo hambre.
Dylan se volvió brevemente.
—No te he preguntado si tenías hambre —espetó, seguido de una elevación de sus cejas en las que el joven pudo leer con claridad un «¿vienes o tengo que ir a buscarte?».
Al fin, el muchacho soltó otro bufido y siguió a Dylan fuera del salón, dejando una estela de malhumor tras de sí.
* * *
Dylan apenas esperó a haber cerrado la puerta de la cocina para decir lo que le estaba quemando en la lengua. Sentó a Luz en su silla de comer y le dio un trozo de pan para que se entretuviera mientras le preparaba su ensalada de frutas. A continuación, se encaró con Danny.
—Estás cagándola otra vez.
—Es que me cabrea tanto…
—Te aguantas. Así es la vida, tío. Cuando eres un niño, se te tolera que te enfurruñes un rato y des la brasa. Pero si sigues enfurruñado cuando ya te ha salido el bigote, te estás ganando una buena tunda… Mira, la cosa está así; tu hermana no está para disgustos. Va agarrándose de las paredes para poder mantenerse de pie y yo no pienso volver a pasar por lo que pasé ayer cuando se cayó redonda al suelo. Sé que estás aquí porque ella te lo pidió, pero si vas a estar de esta forma, prefiero que te vayas ahora... Esto no me vale, Danny. No hay cabreo ni rencor que justifique lo que estás haciendo. Ya eres un hombre, tío. Actúa como tal.
Acto seguido, Dylan sirvió un trozo generoso de empanada en un plato y lo dejó sobre la mesa junto a un juego de cubiertos, frente a Danny.
Intercambiaron miradas y el muchacho asintió. Se sentó a la mesa y se puso a comer en silencio.
Dylan exhaló un suspiro inaudible y se dispuso a preparar la fruta para Luz.
* * *
Mientras tanto en el salón…
—Ay, papá, lo siento… Es buena gente, pero cuando le da la tontería adolescente, se pasa un montón. —Andy bajó la vista, contrariada. —Y también lamento que tu domingo haya comenzado firmando los papeles del divorcio… No lo sabía. Mamá no me comentó nada ayer y hoy estaba tan preocupada por que Danny no hubiera vuelto a dar señales de vida desde el desayuno, que seguro que se le pasó…
Chad intentó quitarle importancia con un gesto. No quería preocuparla, pero el mal rato le había dejado un sabor muy amargo en la boca. Danny había disparado a matar. La forma en que había comunicado la noticia había sido deliberadamente cruel. Quería hacerle daño. Y lo había conseguido. Doblemente; porque su actitud le había dejado claro cuánto lo detestaba, y por haberse enterado, de la última manera que habría esperado, que había otro hombre en vida de la única mujer que había amado y continuaría amando hasta el final de sus días. Eso había sido como una daga ardiente enterrándose en sus carnes.
—¿Puedo preguntarte quién es él?
Aquella pregunta provocó un enorme pesar en Andy. Tan grande, que fue patente en su expresión y en su mirada.
—Se conocen desde que eran jóvenes. Fueron novios en la adolescencia.
Chad respiró hondo. Asintió con la cabeza. Intuía de quién se trataba. Y hacerlo le dolía aún más.
—Jaume… No recuerdo su apellido, pero su nombre es Jaume, ¿no?
Andy lo miró sorprendida, pero enseguida cayó en la cuenta de que era normal que su madre le hubiera hablado de su primer novio. Siempre se hablaba de los «ex», de una u otra forma. Incluso aunque nunca hubieran llegado a tener realmente ese estatus. Dylan seguía burlándose de Conor cada vez que se le presentaba la ocasión. A ella misma seguía saliéndole un sarpullido cada vez que Amy aparecía en escena.
—Jaume Mayol, sí.
Así que era él, pensó Chad. Su intuición no se había equivocado. Recordaba que Anna le había dicho sentirse decepcionada por cómo habían acabado las cosas entre los dos, pero también que lo había atribuido a que ambos eran demasiado jóvenes y orgullosos. Especialmente, él.
—¿A ti te gusta, Andy? ¿Qué opinas de él?
—Me cae muy bien. Es un buen hombre y creo que la hace feliz. —A pesar de gustarle que su padre se interesara por la relación de Anna con su antiguo novio y que le preguntara su opinión al respecto, no podía perder de vista que era de su ex mujer de quien estaban hablando—. Lamento que te enteraras así, papá.
Él le dedicó una mirada tierna y volvió a quitarle importancia al tema con un gesto.
—Tu madre es una gran mujer. Se merece lo mejor y me alegra saber que tiene una buena vida y ahora, que vosotros ya sois mayores, puede dedicarse a disfrutarla junto a alguien que la quiere. No lo lamentes, Andy. Saber que ella es feliz, me hace feliz. Y como sé que probablemente no voy a tener la ocasión de decírselo personalmente, te pido que lo hagas tú. Dile que les deseo lo mejor. —Una sonrisa dulce curvó sus labios al decir—: Que sean muy felices y coman perdices muchos, muchos años.
«Muchos años», pensó Andy. Lamentablemente, no serían muchos. Aquellas dos palabras habían venido a confirmarle que su querida madre no había juzgado oportuno hablarle de su enfermedad al padre de sus hijos. Dado que le había prometido guardar silencio al respecto, ella tampoco podía hacerlo. Odiaba mentir, aunque fuera por omisión y una promesa la obligara a hacerlo. Detestaba la situación en la que se hallaba.
—Y en tu vida… ¿Hay alguien, aparte de porteadores y trabajadores temporales de los safaris? —se animó a preguntarle. Lo hizo en un tono pícaro, desenfadado. Necesitaba cambiar el tono del momento. Y también necesitaba saber más de su vida.
Chad sonrió. Y un instante después, se sonrojó.
—¿Te refieres a una mujer?
Andy se echó a reír. Si sus mejillas arreboladas no habían sido suficiente para derretirla de ternura, aquella pregunta obvia lo consiguió con creces.
—¿Y a qué me voy a referir, papá? ¡Claro! Eres un hombre atractivo y tienes don de gente. Seguro que hay muchas señoras interesadas revoloteando a tu alrededor.
Las mejillas de Chad habían ido subiendo un tono más en la escala de rojos con cada piropo que su hija había añadido.
—Esto es muy incómodo —admitió—, y la respuesta es no. Siguiente pregunta.
—¿Estás seguro de eso? Mira que cuando vaya a Nairobi me voy a enterar de todo, ¿eh?
La ilusión irrumpió en el rostro de Chad, haciendo brillar sus ojos.
—¿Vendrás a visitarme?
Su alegría tocó profundamente el corazón de Andy.
—Claro, papá… En cuanto el ginecólogo me dé mi plan para los próximos meses, Dylan y yo buscaremos un hueco para poder viajar. Ya te iremos contando…
—¡Ay, qué alegría más grande me acabas de dar! Te va a encantar mi rinconcito del mundo, ya lo verás…
Ella rió de buena gana. También se sentía pletórica. Este hombre que su padre era ahora le gustaba. Le gustaban sus formas, su dulzura, su serenidad, su determinación de adaptarse a las circunstancias sin esperar nada de nadie. Su enorme resiliencia. Le resultaba muy fácil hablar con él… Conectaban. Así lo había sentido desde el primer momento y esa sensación no había dejado de crecer con cada nueva interacción, con cada nuevo trocito de información que sabía de él.
—Más te vale estar feliz porque pienso acapararte hasta el último minuto. No te librarás de mí hasta que pases el control de pasaportes, eso lo puedes tener claro.
—Tendrá que ser antes de eso, cielo… —Al ver que Andy lo miraba interrogante, con la sonrisa algo desdibujada, se explicó—: Primero, no te encuentras bien. Te agradezco el esfuerzo que has estado haciendo para disimularlo, pero me he dado cuenta desde el principio. Y aunque la razón de tanto malestar es fabulosa, prefiero que te quedes donde estás. Y seguro que tu marido estará totalmente de acuerdo conmigo. Segundo, no me gustan los aeropuertos ni las despedidas. Este fin de semana ha sido maravilloso, el mejor en muchos años, y no quiero que la última imagen que guardes de mí hasta que volvamos a vernos, sea la de un tipo hecho un mar de lágrimas —Sonrió—. Que el taxista me vea llorar me importa un pimiento.
Su padre tenía razón. Si se sentía mareada estando en tierra firme, no quería imaginar lo que sucedería en cuanto se subiera a un coche y este empezara a moverse. «Ojalá pudieras quedarte un poco más, papá», pensó.
Andy puso morritos.
—Todavía no te has ido y ya te estoy echando de menos. —Lo señaló con un dedo—. Nada de taxis. No sueñes con que te voy a dejar marchar en un taxi habiendo media docena de coches en la familia. Además, mis cuñadas también se marchan hoy. Ellas te llevarán al aeropuerto. Ya has visto que con Maverick es imposible estar serio mucho rato, así que reirás en vez de llorar. ¡Mejor, imposible!
Chad concedió con un asentimiento de la cabeza mientras pensaba en cuánto había cambiado su vida en los últimos dos días. Ni siquiera sabía aún cuándo volvería a ver a Andy y ya estaba contando las horas.
* * *
Cuando Danny regresó al salón, hacía un buen rato que Dylan estaba allí con Luz, quien después de haber estado correteando alrededor de la mesa, había caído rendida de sueño. Él se había quedado en la cocina comiendo. A pesar de haber asegurado que no tenía hambre, había repetido empanada tres veces y hasta había tomado postre.
El muchacho se detuvo junto al sillón donde estaba su hermana, pero permaneció de pie con las manos en los bolsillos de sus vaqueros, mirando a su progenitor.
Dylan decidió curarse en salud. Resuelto el problema de la falta de glucosa, aquel día seguía sin fiarse de la memez adolescente de su cuñado.
—¿Por qué no te sientas, tío?
—Ahora me siento… Primero voy a decir algo.
«Ay, madre», pensó Andy, removiéndose incómoda en su sillón. Miró a Dylan. En sus brazos, Luz dormía con tal expresión de relax en su preciosa carita que Andy deseó que fuera contagiosa. No sabía qué quería decir su hermano, pero con la rabia que había estado acumulando en las últimas horas, dudaba de que fuera algo bueno.
Danny comenzó a hablar, sacándola de sus pensamientos. Andy notó que miraba directamente a Chad y que estaba muy serio. Tanto como no recordaba haberlo visto nunca.
—No estoy aquí por ti, sino por Andy. —Quería dejar claro ese punto antes de continuar y por eso hizo una pausa hasta que vio a Chad asentir con la cabeza—. Ayer me pidió que te dejara ver el chico fabuloso en el que me he convertido y aquí estoy. No creo que sea tan fabuloso como ella piensa. Ni creo que a alguien que se largó antes de que me saliera el primer diente de leche, pueda importarle ahora si soy un tipo fantástico o un idiota insoportable. Personalmente, me da igual lo que pienses. Y también me da igual la razón por la que has venido. No me interesa oír tus excusas ni tengo preguntas que hacerte… No me interesa nada de ti —sentenció y tras una pausa continuó—: No sé si alguna vez veré las cosas de otra manera, pero hoy lo que pienso es que no tengo por qué mover un dedo por ti, así que… No voy a hacerlo. Un hombre que abandona a su mujer y a sus tres hijos sin una palabra y desaparece durante quince años no se merece nada. Ojalá en el reparto haya heredado más genes de mi madre que tuyos porque yo no me perdonaría hacer lo que tú has hecho. Así que no esperes que a ti te lo perdone; eso no va a pasar. Y ya está dicho. —Danny miró brevemente a Dylan, quien le comunicó con un gesto de aprobación que esta actitud de ahora sí que le valía, y respiró hondo antes de zanjar la cuestión definitivamente—: Ahora me voy a sentar.
«Eres fabuloso», pensó Andy, tragando saliva en un intento de contener su emoción. Y esta no tenía absolutamente nada que ver con su embarazo. Creyera lo que él creyera, era un gran muchacho y en aquel preciso momento se sentía muy orgullosa de él…
Y al mismo tiempo, se sentía muy mal por Chad. Tenía que haber sido duro oír a un hijo decir lo que el suyo le había dicho. Por más merecido que lo tuviera. Se preguntó qué pensaría su padre realmente y cómo respondería a la clarísima declaración de intenciones de Danny.
Chad se tomó su tiempo. Lo necesitó para encajar las palabras de su hijo. De Andy había recibido comprensión y afecto; de Anna, una respetuosa indiferencia. Con Danny había sido muy distinto; le había dejado claro que su puerta estaba cerrada y que probablemente nunca se abriría. Una profunda sensación de fracaso lo envolvió y temió que lo que sentía fuera tan evidente en su rostro, en sus ojos, que todos se dieran cuenta. También necesitó tiempo para encajar dicha sensación y recordar que la vida estaba llena de derrotas, y que perder una batalla no implicaba perder la guerra. Habría más batallas. Su existencia era un buen ejemplo de que era posible caer derrotado mil veces, y volver a levantarse y seguir luchando. Con más razón ahora, que una gran victoria como la de haber recuperado su relación con Andy, le había demostrado que bien valía toda la sangre y toda la piel que se hubiera dejado por el camino para conseguirlo.
—No hay perdón posible para lo que hice, Danny. Respeto tu decisión y no voy a incomodarte con cosas que has dejado claro que no te interesa oír. Solo quiero que sepas que puedes contar conmigo para lo que sea. Quizás, algún día cambies de opinión… O quizás, no. En cualquier caso, yo estaré esperándote… Y las puertas de mi casa siempre estarán abiertas para ti.
Danny apartó la vista. Aquel tipo ya podía decir misa, que para él nunca sería más que un charlatán y un impresentable. Suficiente había hecho dirigiéndole la palabra y la única razón de que lo hubiera hecho, tenía que ver con Dylan y, especialmente, con Andy, no con él. Sabía que eso era lo que su hermana quería y siempre haría lo que fuera por ella. Aquel tipo no se merecía nada, pero su hermana, sí.
Andy ya no contuvo su emoción. Si Danny la había hecho sentir orgullosa, la reacción de su padre le había llegado al alma, confirmándole que fuera quien fuera en el pasado, hoy era alguien muy distinto. Alguien que deseaba conservar en su vida.
—Por favorrrrrr… ¿Queréis dejar de hacerme llorar? ¡Agh… Esto no hay quien lo aguante! —exclamó, apantallándose los ojos con ambas manos mientras las lágrimas rodaban por su mejillas sin control.
Dylan, que casi no había apartado sus ojos de ella durante los últimos minutos, sintió unas ganas irresistibles de estrujarla entre sus brazos y decirle al oído lo que resonaba en su mente una y otra vez: «¡Qué hermosa eres… Cuánta humanidad encierras en un cuerpo tan pequeño!».
Estuvo a punto de hacerlo, pero se contuvo en el último instante al recordar que ese lado vulnerable de su mujer que a él lo enternecía, a ella no le hacía ninguna gracia. Detestaba ponerse emocional. Decidió que lo mejor era ayudarla a recuperarse y a reír. A Andy le encantaba reír y, en su opinión, el mundo era un lugar perfecto cuando ella reía.
Con una expresión cómica en el rostro, Dylan le pasó la caja de pañuelos de papel.
—Tranquila, nena. Tú llora lo que quieras que todo está controlado. Los botes inflables están listos en el garaje y los bomberos están en alerta desde anoche. Les dije, «ojo, colegas, que mi mujer está embarazada y con lo intensa que es para todo, como le dé por emocionarse inunda la isla».
La primera risa provino de Chad. Fue recatada y fundamentalmente tierna, ya que no deseaba incomodar a su hija. Lo de Danny, en cambio, fue una sonora carcajada seguida de un comentario:
—¿Esta isla, solamente? Las mujeres de mi familia no se andan con pequeñeces a la hora de eso que ellas laman «expresar sus emociones» ¡Cuando a Andy se le pase la fase de las lloreras, el deshielo del Ártico y la subida del nivel del mar no serán más que anécdotas, colega, te lo digo yo!
Entre unos y otros consiguieron cambiar el tono del momento. Andy se sonó la nariz, se secó las lágrimas y les dedicó una fingida mirada desdeñosa cuando dijo:
«Sois unos exagerados, que lo sepáis. Y tú, calvorotas, el más exagerado de todos».
- IV -
Pero a Andy aún le quedaban por delante otros dos momentos de llanto sin control…
Primero, fue por la despedida de su padre, que aunque no tuvo lugar en el aeropuerto y sucedió rodeados de familia con las infaltables bromas de Maverick entre medias, fue emotiva y difícil para los dos. Chad aguantó firme las lágrimas de su hija, incluso la consoló, susurrándole al oído que no se trataba de un adiós y que seguirían en contacto a menudo vía telefónica y también a través de Skype.
Y después, fue por Dylan.
Brennan ya se había retirado a dormir y todo parecía haber vuelto a su ser. La casa había recuperado el silencio, Luz dormía en su cuna y la pareja estaba en su sofá favorito del salón, cuando Dylan había vuelto a demostrarle por qué era el hombre de su vida…
Y a enamorarla mucho más.
Llevaban un buen rato a solas y en silencio, cuando Dylan habló.
—Bueno… Creo que ahora que cada cual se ha ido con la música a otra parte y la casa ha vuelto a ser mi adorado templo de silencio —Andy empezó a reír suavemente al oír su comentario. Todavía estaba sorprendida de que aquel lobo solitario hubiera tolerado tan bien dos días completos con la casa sitiada—, es hora de que tú y yo aclaremos un asunto.
La risa femenina cesó y una mirada interrogante tomó su lugar.
Hasta el momento, había estado acostada en el sofá, descansando con los ojos cerrados. Usaba las piernas de Dylan a modo de almohada y una ligera manta de pura lana Shetland, regalo de su madre, le procuraba la temperatura idónea sin necesidad de pegarse a él para absorber su calor. Después de un fin de semana de tantas emociones, se sentía agotada y necesitaba más que nunca tener a Dylan cerca, pero odiaba ponerse tan mimosa y sabiendo que le quedaban unos cuantos meses por delante sintiéndose de esa manera, procuraba darle a él el mayor espacio posible. Dylan miraba la televisión, donde en uno de los canales dedicados al cine, pasaban una película del año de cataplum, de modo que aquella era la posición perfecta para ambos.
Pero al oírlo se incorporó de golpe.
Él la devolvió a su posición original con suavidad y una sonrisa insinuante en el rostro.
—Estabas muy bien donde estabas. Además, me encanta tener la posición dominante y que estés a mi merced. Así que, sé buena y déjame disfrutarla mientras pueda porque en unas pocas semanas, cogerás la batuta y no la soltarás hasta después de dar a luz.
La sonrisa regresó al rostro de Andy.
—Claro, faltaría más. De todas formas, recuerda que soy buenísima cuando cojo la batuta. No tienes de qué preocuparte, calvorotas.
Una mano de Dylan se posó sobre el vientre de Andy por encima de la manta. No era solo un acto de ternura; buscaba sentir a su hijo. Sabía que todavía era muy pronto para eso, pero no podía evitarlo.
—No estoy preocupado. Estoy en las nubes. La idea de aquí esté creciendo nuestro bebé, me pone como un flan y, a la vez, me hace sentir el tipo más especial del mundo… Lo digo con todas las palabras por si no te habías dado cuenta…
Una mano de Andy fue enseguida a reunirse con la de su marido, sobre su vientre. Lo miró divertida mientras su mano acariciaba la suya suavemente.
—Como para no darme cuenta, calvorotas… Anoche me costaba reconocerte tan bailarín, tan exultante… Tan emocionado.
Dylan, que no había estado atento a la televisión, sino pensando en la mejor forma de abordar un asunto muy importante, decidió que era hora de dejar de darle vueltas y hacer como hacía ella; simplemente hablar.
—Tu padre ha dicho algo hoy que me hizo pensar… Los tíos somos de poca conversación y eso da lugar a malos entendidos cuando lo que tenemos en frente no es otro tío, sino una mujer. Hasta que te conocí, me daban igual las confusiones y los malos entendidos. Iba a lo que iba y me daba igual porque, básicamente, ellas me daban igual. Tú no.
—Lo sé, amor —lo interrumpió Andy.
—Sí, en algún rincón de esa preciosa cabeza tuya, sé que lo sabes. Pero… —Dylan dudó un instante—. No estoy seguro de si se te olvida o si es que necesitas oírmelo decir para que la idea cuaje y acabes de tenerla clara, así que voy a curarme en salud. Escucha; tú nunca me has dado igual. Ni siquiera cuando me engañaba pensando que lo nuestro había sido sexo de película y nada más. Ni siquiera cuando pretendía seguir con mi vida como si estar en Niza y no saber de ti desde hacía semanas, no me estuviera hundiendo en la miseria. Nunca me darás igual. Así que quiero que tengas las cosas cristalinas, ¿de acuerdo, Andy?
Los ojos femeninos se tiñeron de la misma ternura que impregnó su voz al decir:
—Ehhh, calvorotas… ¿Qué pasa?
—Pasa que hoy me he quedado a cuadros cuando dijiste que los anticonceptivos eran un intento por tu parte de darme tiempo a que me acostumbrara al peso de tu mochila. Porque si de verdad piensas que necesito acostumbrarme a algo, entonces, está claro que contigo no me lo estoy montando tan bien como creía…
Andy se incorporó, ignorando la insistencia de Dylan por que siguiera como estaba. Se sentó en el asiento al estilo indio junto a él, enfrentándolo.
—No. De eso, nada. No pienses ni por un segundo que hay algo que no estás haciendo bien. Porque no es así. Eres genial, el tío más increíble del mundo. Que yo haya querido darte tiempo, no es porque pensara que lo necesitabas, es porque yo necesitaba dártelo. Porque sé que es necesario, lo creas o no.
Dylan la miró con desconfianza. «Lo necesito yo, lo necesitas tú o es necesario, ¿en qué quedamos?».
—Escucha, Dylan, por mucho que me quieras, los dos sabemos que pasarán muchos años antes de que lo nuestro sea la relación de una pareja normal. Y la razón soy yo; no vengo de una familia normal y mi vida es de todo, menos normal. Solo quería tiempo para hacer locuras de pareja, para ir y venir a nuestro antojo, y planear todo lo que pudiéramos dentro de mis limitadísimas posibilidades. Quería darte al menos eso.
«Lo dicho; cuánta humanidad en un cuerpo tan pequeño», pensó el irlandés. Se estiró a coger la manta que se había caído al suelo cuando Andy se había incorporado, y la envolvió con ella.
Pero, sin proponérselo, Dylan consiguió con aquel gesto que a Andy la emoción volviera a traicionarla; sus ojos se tornaron vidriosos y la angustia se convirtió en una garra entorno a su garganta. Él se dio cuenta y lo ignoró. O, al menos, lo intentó.
—Ya sé que soy genial, pero gracias por decirlo. Me encanta oírlo. —Carraspeó para aclararse la garganta y continuó—: Por montármelo mal me refiero justamente a cosas como lo que acabas de decir. Aquí —apoyó su dedo índice sobre la frente femenina— sigues pensando que eres una carga. Sigues creyendo que tienes que hacerme concesiones para compensar todas las cosas que, según tú, me estoy perdiendo por estar contigo. Llevamos un año juntos, nena. ¿Cómo puede ser que sigas pensando de esta forma? Algo falla. Y creo que tiene que ver con lo que dijo tu viejo hoy. O sea, con mi incapacidad de hablar por los codos sobre emociones y sentimientos, y tu incapacidad de leer entre líneas cuando se trata de lo que significas para mí.
Dylan vio aquellas mejillas empapadas por las lágrimas e ignorando las ganas de abrazarla con todas sus fuerzas que sentía, estiró una mano y cogió un par de pañuelos de papel de la caja. Se los entregó con una sonrisa pícara.
—¿Crees que será necesario empezar a evacuar la zona? —bromeó.
—No seas malo… No te burles… Si supieras cómo detesto estar tan emocional…
Era un gran cambio, pensó él, tenía que admitirlo. Pero como todo lo que tenía que ver con ella, le gustaba. Quizás porque, de alguna manera, la volvía más humana, más como el común de los mortales. Menos perfecta.
—Tú y tu mochila nunca habéis sido una carga para mí. Adoro a tu madre y quiero a Danny como si fuera mi hermano… Y Luz… ¡Estoy loco por esa chiquitina! Haberme convertido en su padre, le ha dado un sentido a mi vida que nunca pensé que le daría… Un motivo más. Una razón más para «hacer» y para «ser». Y en cuanto a ti…
Dylan hizo una pausa. Miró a Andy mientras pensaba que sentir lo que sentía por ella era infinitamente más sencillo que hallar las palabras idóneas para expresarlo. Notó que ella le mantenía la mirada, a pesar de que sus lágrimas seguían rodando sobre sus mejillas.
—A ver cómo te lo explico, nena… Cuando la vida te pone delante a una mujer que es un millón de veces más fuerte que tú, más valiente que tú, más humana que tú… Mejor que tú y tienes la enorme fortuna de que se enamore de ti, lo que quieres… Lo que realmente quieres es serlo todo para ella. Todo lo que necesita. Todo lo que quiere. Convertir en realidad sus sueños, por inalcanzables que a ella le parezcan… Primero, porque cuando estás loco por alguien, quieres que ese alguien sea feliz y que nunca se le cruce por la cabeza alejarse de ti. Y segundo, por egoísmo. Porque estar bajo la luz de un ser radiante, te permite mejorar aunque más no sea por contagio. Antes no me planteaba si era mejor o no. Logré mis objetivos profesionales antes de cumplir los treinta y cinco y eran muy, muy ambiciosos… Pensaba que eso me convertía en alguien bastante mejor que la mayoría de los tíos pero, francamente, me daba igual esa forma de medición personal. Ahora me importa. Y la razón eres tú. Porque tú eres alguien excepcional, Andy.
—Dylan… —balbuceó, entre sollozos. Y estiró la mano para acariciarle el rostro. Él se quedó con su mano y negó con la cabeza.
—Nada de «Dylan»… Que eres excepcional, lo sé hace tiempo, pero verte proceder con tu padre este fin de semana me ha dejado alucinado… Hay que tener un corazón muy grande para enfrentarte al hombre que te abandonó hace quince años y hacerlo sin rencor. Y hay que tener dos ovarios muy bien puestos para defender una posición de neutralidad frente a los tuyos… Te mereces un hombre que esté a tu altura como compañero de vida y yo quiero ser ese hombre. Así que ahora me importa mucho en qué punto estoy en la escala de los valores personales. Probablemente nunca llegue a ser tan fuerte, ni tan valiente ni tan buena persona como tú, pero puedes estar segura de que no dejaré de intentarlo nunca.
El llanto de Andy hacía rato que se había transformado en congoja.
—Ay, Dylan… Menos mal que os pedí que dejarais de hacerme llorar… ¡Como sigas diciéndome estas cosas, inundaré la isla! —se quejó de forma entrecortada.
—Está bien, está bien, está bien… Ya acabo —aseguró él, tomando su rostro entre las manos y mirándola a los ojos—. No hay mochilas ni cargas para mí. Y no hay puertas cerradas para ti, ni cosas fuera tu alcance. Puedes hacer lo que quieras. Tienes la juventud, la fuerza y el valor necesarios. Y además, me tienes a mí. Pide por esa boquita y, sea lo que sea, estará hecho. Hoy y siempre. ¿Entendido, nena?
Andy asintió suavemente con la cabeza. Llorosa, se sonó la nariz. Aquel ruido tan poco glamoroso, que hablaba tan claro de su nivel de emoción, hizo reír a Dylan quien la rodeó con sus brazos, estrechándola contra su pecho.
—No te extrañes si me paso los dos próximos meses a «hola» y «adiós» —guaseó, riendo de buena gana—. Joder, estoy agotado... ¿Cómo hacéis las tías para hablar tanto?
- V -
Entre bromas y algunas lágrimas que insistían en seguir cayendo por sus mejillas, Andy se fue relajando poco a poco. Pero no se apartó de Dylan. Él supuso que se trataba de otro de sus momentos mimosos tan frecuentes últimamente y la dejó hacer.
Era más que eso.
Eran dudas y preguntas que no dejaban de atormentarla desde hacía tiempo y respuestas que, cuando al fin llegaban, la hacían sentir culpable.
—¿Y si no quiero seguir aquí cuando mi madre…? —Andy no acabó la frase. Le resultaba imposible concebir un mundo en el que Anna no estuviera y ponerlo en palabras lo volvía mucho más real, mucho más cercano—. ¿Y si quiero que volvamos a Londres, con Danny?
Dylan buscó su mirada y lo que encontró en ella fue culpa e interrogantes. Por primera vez en meses, tuvo la sensación de que su risueña mujercita se disponía a desnudar su corazón, sus verdaderos deseos. A juzgar por lo que leía en su mirada, estaba claro que su corazón no estaba nada conforme con sus sentimientos. Él la acomodó entre sus brazos de forma que ella no pudiera evitar el contacto visual. Quería saber exactamente qué le sucedía. Verlo en sus ojos, más allá de las palabras que empleara para expresarse.
Y quería poner certezas donde sentía que había demasiado desasosiego, por lo que su respuesta fue simple, pero categórica.
—Nos vamos.
—¿Sin más? —Andy sacudió ligeramente la cabeza. Adoraba su permanente disposición hacia ella, pero cuando se era un adulto, el asunto no era tan sencillo como hacer las maletas y largarse.
—Claro. Cogemos carretera y manta, y adiós. ¿Tú no lo ves así?
—Claro que no lo veo así. Desearía que fuera tan fácil, pero no lo es.
—¿Y por qué no? ¿Dónde está el problema?
Andy soltó una risita irónica. Como si de pronto estuviera llena de energía, se incorporó y se sentó frente a él, con las piernas cruzadas al estilo indio, mirándolo con cierto asombro en su expresión.
—¿El problema?, dices. No es uno solo, son varios, calvorotas. Para empezar, apartaríamos a Luz de buena parte de su familia… Y a ellos de Luz, lo que no sería demasiado justo, la verdad. Mis tíos y mi abuelo se han desvivido por la niña desde el primer día. No me imagino diciéndoles «muchas gracias por todo y adiós» y luego quedándome tan tranquila. Y también apartaríamos a nuestro bebé. ¿Viste cómo se pusieron ayer al saber que estoy embarazada? Estaban locos de contentos, ya lo adoran y todavía ni siquiera le han visto la carita… Para seguir, ¿qué hago con Tina y con el gimnasio? He insistido hasta convencerla de que viniera y se convirtiera en mi socia, ¿y ahora me voy? ¿También le digo «muchas gracias por todo y adiós»? ¿Qué pasa con el pastón que has invertido en ese proyecto? ¿Qué pasa con mi tío? El gimnasio forma parte del grupo Estellés, un grupo que él preside, ¿recuerdas? ¿Y qué pasa con tu padre? Se ha mudado aquí para poder recuperar su relación contigo y hasta se compró una casa… ¿Y ahora qué, nos vamos y lo dejamos aquí comiendo ensaimadas y relacionándose contigo por Skype?
La energía de Andy se había ido tal como había venido; en un instante. Hizo una pausa para recuperar el aliento. Expresar aquellas dudas las había vuelto más reales, más grandes, más problemáticas, logrando que su desasosiego aumentara exponencialmente.
—Y luego estás tú, por supuesto. Tienes una profesión y unos compromisos que cumplir. Por no mencionar, claro, que también se trata de tu vida y tienes todo el derecho del mundo a decidir cómo quieres vivirla… Y, por favor, no me digas que a ti te vale lo que a mí me vale. Es muy romántico y muy bonito y te lo agradezco en el alma, pero es una decisión muy importante y como todas las decisiones importantes, traerá aparejada consecuencias. Consecuencias que puede que hoy te valgan, pero quizás mañana no. Consecuencias con las que tendremos que lidiar los dos; tú y yo. No es tan fácil como coger carretera y manta, calvorotas. Ojalá lo fuera.
«Así que era esto lo que te ha tenido desquiciada durante semanas», pensó el irlandés. Y al hacerlo, lo envolvió una mezcla de ternura y de pesar por tanto sufrimiento injustificado y también de admiración por alguien a quien le costaba tantísimo permitirse un momento de egoísmo, aunque se tratara de algo tan fundamental como decidir de qué forma deseaba vivir su propia vida.
Dylan inició su discurso con un despliegue de vanidad.
—¿Sabes qué te digo? Que menos mal que me tienes a mí para poner simplicidad en esa cabecita tuya taaaaan complicada...
Consiguió lo que se había propuesto; ella le regaló una mirada desdeñosa acompañada de una sonrisa que se fue ensanchando a medida que él hacía su exposición con la lógica propia de un informático.
—Luz podrá seguir viendo a su familia menorquina y disfrutando de ella. No vivimos en la Edad de Hielo. Hay aviones, hay teléfonos y hay internet. Y si su familia menorquina la echa tanto en falta, siempre pueden dejar su adorada Menorca y pasar un tiempo en la neblinosa Londres. Por eso de que «el que algo quiere, algo le cuesta», «las relaciones funcionan en los dos sentidos» y demás dichos populares aplicables, que ahora no me vienen a la mente. Y otro tanto con nuestro bebé y todos los otros bebés que tengamos en el futuro. ¿Alguna pregunta?
Andy le hizo burlas. Dylan asintió con una sonrisa.
—Bien, entonces, seguimos. Puede que Tina haya venido por ti, pero no se ha quedado por ti. Sigue aquí por Pau. Tiene una buena vida, el negocio con que el sueña desde la adolescencia y un buen futuro a la vista. Si consigue que su padre también se instale aquí, habrá hecho un pleno. Es tu mejor amiga y sabe que tu lugar en el mundo no es este. Y no solo se alegrará por ti, si decides volver a Londres, te facilitará las cosas porque es tu amiga y te quiere. Ella se encargará de allanarte el camino con tu tío, si hubiera algún problema con el gimnasio, que lo dudo, así que tampoco tendrás que ocuparte de eso. Y en cuanto a mi pasta… Es nuestra pasta y en todo caso, es solo dinero. Puedes venderle tu parte a Tina. Puedes conservarla y seguir siendo su socia capitalista. Puedes vendérsela a un tercero que a Tina le parezca bien. O podéis ampliar el negocio, abrir otro gimnasio en Londres y seguir siendo amigas y socias como hasta ahora. ¿Alguna pregunta?
La actitud de Andy había empezado a cambiar. Ya no había burla, sino admiración. Y mucho, muchísimo amor. Consciente de dicho cambio, él volvió a hacer un gracioso asentimiento con la cabeza.
—Sobre mi padre y su relación conmigo… Cuando ayer aquí, frente a los Estellés, dijiste que el rol de tu padre como tal era un tren que ya había partido, me sentí identificado. Mi viejo y yo todavía no nos hemos sentado a aclarar las cosas. Lo haremos. O mejor dicho, lo haré —advirtió en prevención de males mayores—, pero si quiere estar en mi vida, será él quien tendrá que adaptarse, no yo. Y sobre esto no hay debate posible. Pero como sé que le das vueltas a todo, te recuerdo que Shea vive en Londres y va a tener un hijo, lo que le da a mi padre otras dos razones de peso para querer cambiar su lugar de residencia.
Esta vez, fue Andy la que asintió. No tenía claro si la razón era Dylan y aquella seguridad que irradiaba siempre, o si, en verdad, las cosas eran mucho menos complicadas de lo que a ella le parecían y oírlo de sus labios lo hacía todo aún más simple pero, por primera vez en mucho tiempo, era capaz de pensar en volver a su tierra sin sentir angustia.
—Y en cuanto a mí… ¿Piensas que a un tipo que se presentó en esta isla, jugándoselo todo a una posibilidad entre un millón de estar en tu lista de posibles intereses, le puede importar mudarse a Londres o a China, para el caso?
Notó enseguida que la expresión de Andy se volvía intensamente dulce, profundamente agradecida, y sonrió con cierta incredulidad. Le parecía increíble tener que poner en palabras algo que era tan evidente, y mucho más increíble aún que a ella le pareciera un regalo por el que estar agradecida. El auténtico regalo era ella.
—Mira… De esta ecuación, lo único que me interesa eres tú. Mientras estemos juntos, me da igual dónde. Para seguir con mi profesión solo necesito dos cosas; buenos contactos y un ordenador con conexión a internet. El lugar es lo de menos…. Esto no es romanticismo ni nada que se le parezca. Yo no soy un tipo romántico, Andy. Soy práctico. Así que sí, es tan simple como hacer las maletas y largarnos de aquí.
«Te adoro, Dylan. Dios, cómo te adoro» empezó a resonar en su cerebro, en todo su cuerpo, como si fuera un eco.
Pero algunas de sus neuronas, aún lograron resistirse al aluvión de endorfinas.
—¿Estás seguro? Esto es tan importante… Me moriría de tristeza si te hago caso y me dejo llevar por tu confianza, y un día descubro que solo lo has hecho por complacerme. Que no es lo que querías y no te hace feliz. Así que, por favor, piénsalo bien antes de responder… Por favor.
«Ay, preciosa… ¿Qué tengo que hacer para que te relajes, te olvides de los «no puedo» y los «no debería», y vivas como te mereces?»
Las palabras no acababan de funcionar del todo. Estaba claro que Andy necesitaría tiempo para asimilarlas y que estas se volvieran certezas para ella. Dylan decidió probar otro método.
En un instante, Andy se encontró echada de espaldas sobre el sofá mientras él reptaba sobre su cuerpo con mucho más cuidado del habitual. Darse cuenta de lo consciente que era él de su embarazo, a pesar de ser tan reciente, y de cómo esta nueva realidad había cambiado hasta en los pequeños detalles la forma en que él se comportaba con ella, la sedujo hasta la médula.
Pero cuando lo vio detenerse a la altura de su estómago, aguantando el peso del cuerpo sobre los brazos flexionados, y acariciar su viente con los labios, depositando de tanto en tanto pequeños besos sobre la ropa, la emoción volvió a adueñarse de Andy.
—Es un sueño, ¿a que sí? Te juro que todavía no me creo que… —Andy dejó de hablar cuando su voz empezó a entrecortarse. Respiró hondo y pronunció una sola palabra—: Diossss…
Dylan se colocó encima de ella. La rodeó con uno de sus brazos, mientras soportaba el peso de su cuerpo con el otro y con una de sus rodillas, para no aplastarla. Hundió la nariz en el cuello, junto al oído de Andy y le habló muy suave.
—Es una locura fabulosa que me tiene en las nubes desde que me enteré… Saber que mi hijo está aquí, dentro tuyo, es un sentimiento imposible de explicar… —Buscó su mirada—, pero todo lo demás, sí. Lo demás se explica muy fácilmente porque lo único insustituible para mí eres tú. Eres lo único a lo que no estoy dispuesto a renunciar. Además, y solo por dejarlo claro; querer complacerte es una buenísima razón por sí sola, Andy. Y soy muy bueno en eso —añadió, rezumando vanidad por los cuatro costados.
Andy sonrió, tomó el rostro de Dylan entre sus manos.
—Ya lo creo que sí —musitó—. Te quiero con locura, ¿sabes? Eres lo mejor que me ha pasado en la vida…
—¿Ah, sí? ¿Y qué más?
«Sigue, sigue, me encanta oírlo», pensó Dylan. Su alma de cazador ya estaba preparada para aprovecharse del momento y no esperó. Empezó por quitarse la camiseta y abrir la hebilla del cinturón, y continuó haciendo lo propio con ella, quien retiró las manos masculinas y se ocupó ella misma de la tarea de desnudarse.
—El hombre de mi vida —repuso liberándose del sostén y sosteniéndolo con la punta de los dedos unos instantes, reclamando su atención, para después dejarlo caer.
Dylan se regodeó en las vistas y no contento con eso, la ayudó para que se incorporara un poco, reposando la espalda contra el apoya-brazos del sofá. De esta forma, la panorámica de su torso desnudo era perfecta y sus manos estaban libres para demostrarle cuánto le gustaba.
—Estás para comerte… —murmuró al fin alzando a regañadientes la vista hasta los ojos de Andy—. Y hablando de complacerte… Tengo unas ganas que me salgo de hacerlo… ¿Qué opinas?, ¿podemos…, estás bien?
Andy deslizó una de sus manos entre sus cuerpos, a lo largo del torso masculino, deseosa por averiguar el tamaño de sus ganas. Comprobar lo grandes que eran la excitó hasta el infinito.
—Opino que como se despierte tu padre y se le dé por entrar al salón, va a alucinar en colores.
Él soltó una carcajada y al final los dos acabaron desternillándose.
Desde luego, Dylan casi estaba dispuesto a pagar por ver la cara de su viejo al presenciar uno de sus habituales cuerpo a cuerpo en plan frenesí total, que los llevaba por toda la casa, haciéndolo sobre toda superficie susceptible de servirles de apoyo. Seguro que descubría un mundo nuevo de posibilidades amatorias que jamás se le habrían cruzado por su imaginación de católico recalcitrante.
—¿Y eso no te pone todavía más? —dijo, buscándola, insinuante—. Porque a mí, sí. Mi temperatura acaba de subir quince grados de golpe y no es lo único que está subiendo.
Andy aún se resistió.
—Dylan…
—¿Quéeee? Llevo un mes y medio cortándome y estoy harto… Además, ¿a qué va a venir al salón en mitad de la noche? ¿Crees que es tonto? No va a asomar su nariz por aquí…
—Al menos, apaguemos la luz… —ronroneó ella, sucumbiendo a sus caricias.
—¿Y perderme el espectáculo? No me refiero a él, sino a ti y a mí. ¿Acaso no te vuelve loca mirarme mientras lo hacemos?
Andy exhaló un suspiro cuando él la penetró suavemente, con la misma delicadeza con que lo hacía todo desde la gran noticia. Puso sus piernas alrededor de las caderas masculinas y empezó a acompañar sus movimientos tanto como se lo permitía su enorme cansancio.
—Todo en ti me vuelve loca. Todo, Dylan, todo…
—Entonces, deja de preocuparte por mi padre y ocúpate de mí. Es nuestra primera vez después de saber que llevas a mi hijo en tu vientre y te aseguro… Te aseguro, Andy, que vas a querer que siga complaciéndote así el resto de tus días.
—Diosss… —repuso ella, pegándose a él—. No tengo la menor duda de eso. Eres una máquina, amor. Mi máquina. Y el hombre de mis sueños, el padre de mi hijos y el tío más alucinante del universo… ¿Quieres que siga? —ofreció, encendida, buscando su mirada.
Dylan no respondió con palabras. Sus movimientos se volvieron más profundos y sus besos, más apasionados. Hicieron el amor de la forma acostumbrada, aunque mucho más sigilosa y evitando los lugares comunes de la casa, hasta acabar cayendo rendidos sobre la cama de su habitación.
Pero en esta ocasión, Andy notó algo nuevo en Dylan. Una suavidad implícita en cada caricia, por más apasionado que fuera el momento, y tal veneración en sus ojos cada vez que sus miradas se encontraban, que la hicieron sentir única.
Sin duda, una experiencia extraordinaria que iba a querer repetir el resto de su vida.
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©️2021. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷
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CR04. Una conversación necesaria

Lunes, 27 de diciembre de 2010.
Casa de Dylan y Andy.
Cala Morell, Menorca.
Temprano por la mañana…
- I -
Dylan y Brennan estaban en la cocina desayunando mientras esperaban a Andy, que todavía estaba en la ducha. Cuando hablaban, lo hacían en voz baja para no despertar a Luz que dormía en el carrito de paseo. Pero no hablaban demasiado.
Brennan tenía la sensación de que su hijo estaba especialmente ausente aquella mañana. De hecho, estaba bastante seguro de que Andy y él habían tenido un cambio de palabras que había acabado de forma abrupta después de que una puerta se cerrara con más fuerza de la necesaria. Llevaba seis semanas viviendo en casa de su hijo, tras la operación y, naturalmente, no era la primera vez que los oía discutir. En realidad, eran más bien conversaciones breves en las que la efervescencia propia del temperamento latino de Andy se daba de bruces contra la lógica característica de Dylan y su consecuente sentido de la practicidad. Por lo general, tenían que ver con la hiperactividad de Andy que muchas veces se olvidaba hasta de comer. Aunque solía dejarla a su aire, a Dylan le preocupaba que se esforzara tanto y se cuidara tan poco. Cuando le parecía que las cosas estaban pasando de castaño a oscuro y decidía intervenir, no le daba opciones alternativas. Saber que él tenía razón, no impedía que Andy se sulfurara y reaccionara con vehemencia. Sin embargo, hoy había sido diferente. Tenía la impresión de que la discusión había sido mucho más breve que nunca. Y había acabado con algo que se había parecido mucho a un portazo.
¿Lo había sido en realidad? Y si la respuesta era sí, ¿qué había provocado semejante reacción en alguien tan proclive a la risa como Andy? Su hijo parecía algo más callado de lo habitual. Lo cual, razonó, no tenía necesariamente que ver con el portazo, si lo había sido. Desde el viernes que se habían marchado a Londres, habían dormido poco y el fin de semana había sido un tiovivo emocional. Quizás ahora, que las aguas volvían lentamente a su cauce, estaba aflorando el cansancio.
O, quizás, su hijo estaba rumiando lo sucedido y de ahí que permaneciera tan callado. Brennan decidió romper el silencio.
—Si queréis dejar a Luz conmigo, ya sabes que por mí, encantado…
Dylan aterrizó en la realidad de sopetón. Su padre ya se había acabado el café. ¿Cuánto tiempo llevaba ensimismado en sus pensamientos?
—Nunca quiero dejarla con nadie. Lo hago para no desencadenar una guerra, pero querer, lo que se dice querer, no quiero. Si dependiera solo de mí, iría conmigo a todas partes —admitió, mirando a la pequeña dormir plácidamente en su carrito—. Así que… Gracias, pero «no, gracias». Además, ni tú ni tu pierna estáis en condiciones de lidiar con un bebé de esta edad.
Dylan bebió un sorbo de café y puso cara de asco. Debía llevar ensimismado un buen rato, ya que su bebida estaba apenas tibia. Se levantó para servirse otra taza y regresó a la mesa, bajo la atenta mirada de su padre.
—¿Qué? —dijo Dylan al notar la intensidad de su mirada.
Brennan no había podido evitarlo y ahora que se veía en la tesitura de tener que explicarlo, no sabía cómo hacerlo… Sin remover heridas no cicatrizadas del pasado.
—Por favor, no tomes a mal lo que voy a decir, pero…
Dylan hizo un gesto de disgusto. Su padre aún no había comenzado a hablar y él ya sentía una intensa comezón reptando por su cuerpo.
—Si hay algún riesgo de que lo tome a mal, déjalo para otro día. Llevo toda la vida lidiando con las suposiciones que hace la gente sobre mí y hoy no me apetece. Mis planes para hoy son; uno, que Andy se haga los análisis, recoger los resultados e ir a ver al médico para enterarnos de una vez si que se caiga por los rincones forma parte de su forma de estar embarazada y, por lo tanto, es normal o hay algo más; dos, asegurarme de que cumple a rajatabla las indicaciones del médico aunque eso suponga encadenarla al sillón; tres, acaparar a mi chiquitina todo lo posible y cuatro, seguir en las nubes de padre biológico primerizo todo lo que pueda.
Tan solo pensar que tenía un hijo en camino había conseguido cambiar su expresión sin que él fuera consciente de ello.
Había cierto hartazgo en su voz al comenzar a hablar y ahora sonaba a un hombre feliz. Fue tan evidente, que Brennan se relajó respecto de una respuesta que, en un principio, le había parecido demasiado directa.
—Es un muy buen plan, eso es innegable —concedió. Después de titubear un instante, decidió que no lo dejaría para otro día—: Solo iba a decirte que me gusta el hombre en el que te has convertido. Me gusta la relación que tienes con Andy, creo que habéis conseguido complementaros muy bien. Y me admira ver cómo eres con Luz. Es algo con lo que no contaba cuando te marchaste de Irlanda.
—¿Con qué no contabas? ¿Con que tu hijo fuera una persona decente?
Brennan soportó el contraataque de Dylan con entereza.
—Con que un día me sentiría tan orgulloso de ti como me siento ahora. Porque lo estoy. Estoy muy orgulloso de ti, Dylan. Muy satisfecho de lo que haces y de cómo lo haces. Cuando miro tu vida, me maravilla lo que veo.
Como solía sucederle cuando se trataba de su padre, la sensación agradable provocada por aquel cumplido inesperado se evaporó en el instante que una ráfaga de preguntas asoló la mente de Dylan. Preguntas como ¿y qué tenía de raro su vida de antes, cuando él no se sentía orgulloso? ¿Acaso había sido el casarse y haberse convertido en padre adoptivo de Luz lo que, de repente, lo había convertido en alguien digno sus ojos? ¿De qué estaba tan orgulloso, concretamente? ¿De él… o de que «al fin» su vida empezara a parecerse a la versión según Brennan Mitchell de lo que debía ser un hombre como dios manda?
Agh. Qué mierda.
Ya estaba acelerándose otra vez, pensó Dylan. Cada vez le resultaba más evidente que su padre y él tenían hablar antes de que las cosas se les fueran de las manos.
El irlandés exhaló un suspiro. Se suponía que lo que procedía ahora era agradecerle el cumplido, pero viniendo de quién venía le resultaba imposible pronunciar esa palabra. Hasta aquel ligero movimiento de la cabeza que se ocupó de acusar recibo, le costó horrores.
Para Brennan no fue sino una confirmación de lo que llevaba meses sospechando; Dylan le seguía guardando muchísimo rencor.
Por suerte para los dos, Andy asomó la cabeza por la puerta en aquel momento. Sus ojos rezumaban picardía.
—¿Interrumpo algo? —les preguntó.
«Estabas escuchando, cómo no», pensó el irlandés. En su lugar dijo algo bien diferente.
—Qué va. Hablábamos de ti y de ese talante ahorrativo tuyo que me hace tanta gracia. Mira que querer esperar para hacerte los análisis por el seguro… Si tus tías te oyeran, se carcajearían a gusto.
«Qué mentiroso, calvorotas. ¿Crees que no me doy cuenta de lo que pasa? Tu padre acaba de hacerte el cumplido de tu vida y todavía no lo has digerido», pensó Andy.
Entró y con una expresión de pura picardía, repartió los consabidos besos a todos los presentes, incluida Luz, que siguió durmiendo. Finalmente, se sentó a la mesa.
—No sé por qué te hace tanta gracia, la verdad. Mis tías se apellidan Estellés y pueden carcajearse de lo que les dé la gana. Yo soy una Avery y en mi casa siempre se ha contado hasta el último céntimo porque el dinero no sobraba, precisamente. Para que lo sepas, ahorrar es un arte que yo domino y eso es algo de lo que me siento muy orgullosa. No hay nada malo en ir al hospital a hacerme los análisis como cualquier hijo de vecino y beneficiarme de la sanidad pública que tienen en este país. Pero como eres un mandón…
Ignorando la presencia de su padre, Dylan tomó a Andy por las solapas de su chaquetilla y la silenció con un beso.
Brennan bajó la vista con una sonrisa incómoda en los labios mientras la pareja disfrutaba de aquel beso romántico como si estuvieran a solas.
Andy abrió los ojos cuando Dylan dejó de besarla. Lo vio sonreír. Era su sonrisa de cazador. Esa que a ella le derretía el alma además del cuerpo.
—No eres «una Avery» —dijo él—. Ahora eres «Avery Mitchell». Lo que quiere decir, entre otras cosas, que no necesitas seguir contando los céntimos. Pero si quieres hacerlo, por mí, perfecto. ¿Y sabes por qué? Porque yo no soy un mandón. Me gusta que la gente viva libre y feliz. Y si practicar el arte de ahorrar te hace feliz, genial. Mientras tengas claro que hasta que el médico no vea esos análisis y haga su diagnóstico, te quedarás tranquila y quieta en casa, me parece bien. Creía que eso había quedado claro. ¿Tendremos que encerrarnos en el baño a aclararlo… de nuevo?
Andy empezó a reírse bajito. Había visto por el rabillo del ojo que su suegro se había sonrojado. Eso le hizo tomar conciencia de inmediato de que, sin proponérselo, le estaban brindando demasiada información de índole personal.
—Eres imposible, calvorotas.
—Irresistible, querrás decir —matizó él.
Dylan se refería a que había conseguido hacerla cambiar de idea en tiempo récord. Del enojo al orgasmo en un santiamén.
—Vaaale, eso también —concedió, traviesa—. ¿Podemos cambiar de tema, por favor?
Para Brennan fue como una revelación.
«Oh, vaya», pensó. Por lo visto, no había sido la clase de portazo que él se había imaginado.
En aquel momento, sus mejillas iniciaron una escalada imparable en la escala de rojos.
- II -
Las cosas habían ido rápido en la clínica privada. Apenas habían tenido que esperar y, tras hacerle los análisis a Andy, les habían asegurado que los resultados estarían a primera hora de la tarde y que les avisarían para que pasaran a recogerlos. El Dr. Grau, por su parte, había acordado con Dylan que pasaría por su domicilio cuando acabara su turno en el hospital, a última hora de la tarde.
Poco después de las diez de la mañana, Andy, Dylan, Brennan y la pequeña Luz estaban de regreso en su casa. Al llegar, vieron que Danny los estaba esperando en la puerta.
—¿Y… sabemos algo? —quiso saber el muchacho, acercándose a su hermana quien avanzaba despacio por el camino de la entrada del brazo de su suegro. Más allá, en la acera, Dylan acababa de sacar a Luz de su asiento de seguridad en el monovolumen mientras la pequeña festejaba con risas y balbuceos que la tomaran en brazos.
—Todavía, no. Esta tarde, Danny. Ya me hice los análisis, pero hasta que Grau no los vea… —Giró la cabeza para comprobar que Dylan no podía oírla y lo soltó sin miramientos al tiempo que le hacía un guiño a Brennan—, me tienen prisionera tras los barrotes de mi propia casa.
—¿Y dónde quieres estar? Si te vieras las pintas que tienes, te encerrarías tú misma…
Andy sabía que tenía mala cara. El maquillaje solo cubría parcialmente los estragos que el constante malestar y la falta de energía dejaban en su rostro. Pero no estaba dispuesta a permitir que eso se convirtiera en una razón para que todos estuvieran preocupados y pendientes de ella.
—Gracias, qué amable… Eres el mejor a la hora de levantarle el ánimo a la gente. ¿No has pensado en dedicarte a esto profesionalmente?
El joven la miró con ironía.
—¿Y desde cuándo tú necesitas que alguien te levante el ánimo? Para que pares, hay que atarte y encerrarte. Y que sepas que me parece perfecto que mi cuñado te tenga con las riendas cortas. Eres igual que mamá, no le haces caso a nadie y vas a tu puta bola hasta que el cuerpo te dice basta, y eso no puede ser.
Detrás de su sarcasmo y de su supuesto enfado, había miedo. Andy le apretó la mano cariñosamente.
—Estoy bien, pesado…
—Síííí… Ya se ve lo bien que estás, petarda —repuso él, apretando, a su vez, la mano de Andy.
Brennan sonrió ante aquella nueva demostración de mutuo afecto tan peculiar que tenían los hermanos.
Ya estaban frente a la puerta y Andy introdujo el código de apertura en la minipantalla.
—Lo digo en serio, Danny… Es solo que, por lo visto, los embarazos no me sientan tan bien como a otras mujeres… Más vale que me acostumbre, por la cuenta que me trae —bromeó cuando ya había entrado en la casa, seguida de los demás—. Tu cuñado quiere otros dos más, así que…
Danny festejó la noticia ensayando un bailecito feliz. Le encantaba la idea de tener muchos sobrinos.
A diferencia de lo que sucedía con su hermana, que por haberse convertido en la cabeza de familia demasiado pronto no había tenido tiempo para pensar en su propio futuro, para Danny siempre había sido algo natural estar en contacto con niños. Le encantaban. Se ofrecía a cuidar a los más pequeños en los recreos del colegio, jugaba con los hermanos menores de sus amigos cuando quedaban para estudiar en su casa y desde que Luz había llegado a su vida, eran inseparables.
—¡Tu marido me cae cada día mejor!
—No sé a qué se debe semejante cumplido, pero me alegro porque no tengo intenciones de dejar de ser su marido —repuso Dylan, ganándose al instante un beso agradecido por parte de Andy.
Como si a Luz le hubiera parecido el mejor chiste del mundo, rompió a reír, haciendo las delicias de Dylan, que enseguida besó su rechoncha mejilla.
—¡Ehhh, cuántas risas, peque! ¿Has visto cómo me las ingenio para quedar bien con tu madre? ¡La tengo loquita… Y a ti también! ¡Soy un crack!
Tras soltar otra risita, repentinamente, Luz empezó a besar la mejilla de Dylan una y otra vez. Se trataban más bien de cabezazos, ya que todavía no controlaba bien ni el impulso ni las distancias. Para Dylan eran unos besos perfectos que siempre le acariciaban el corazón y que agradecía efusivamente, estrujando a la pequeña y haciéndole carantoñas, como si ella acabara de hacerle el mejor regalo del mundo porque, en realidad, para él lo era.
Para Andy el regalo era doble; si presenciar aquel derroche de amor de la pequeña la emocionaba, ver cómo se transformaba Dylan le llegaba al alma.
Sin embargo, había alguien mucho más emocionado que Andy. Brennan bajó la vista. Desde que se había instalado en Menorca, sus días eran un descubrimiento constante. Y su propio hijo, sin ningún género de dudas, era el mayor descubrimiento de todos.
Danny, que en aquel momento estaba frente al padre de Dylan, se percató de lo afectado que estaba. No entendía bien el porqué, pero sabía por experiencia que no era algo que a los de su género les gustara sentir en público.
—Oye, Luz, reparte, reparte… —intervino el muchacho, extendiendo graciosamente sus dos brazos hacia la pequeña—. A ver si me tengo que poner celoso…
Ella, sin dudarlo, se lanzó al encuentro de su tío provocando las risas de todos.
* * *
Conseguir que Andy desayunara había sido complicado. Lograr que se tomara el día con calma, casi imposible. Al fin, Dylan había concedido en permitirle organizar la agenda de entrevistas de nuevos monitores del gimnasio a la que deberían sumar la contratación de una persona más en jornada parcial que se ocupara de sustituirla al frente de las clases hasta que el médico le diera el alta. La concesión tenía sus limitaciones; debía desarrollarse desde casa. Nada de ir al gimnasio. Conocía a Andy lo suficiente para saber que en cuanto Tina se descuidara, ella se las arreglaría para hacer algunos «ejercicios suavecitos para mantenerse en forma».
Ahora, sentada al escritorio del estudio de Dylan, Andy se había puesto a la tarea mientras Danny jugaba con Luz cerca suyo, sobre la manta de elefantes y jirafas poblada de peluches y pelotas.
Intentaba concentrarse en el trabajo y no pensar en lo revuelto que tenía el estómago… Ni en lo extraño que le resultaba que hubiera tantos ojos masculinos pendientes de su bienestar. Hasta su propio hermano dedicaba sus esperadas vacaciones escolares de fin de año a hacer de policía, en vez de estar paseando con su novia o jugando al bowling con sus amigos. Para colmo, Anna ya la había llamado tres veces en lo que iba de mañana y sus tías empezarían a hacerlo de un momento a otro.
Fue entonces cuando su móvil sonó anunciando que tenía un mensaje. Lo cogió para ver quién estaba ahora preocupándose por su salud y una sonrisa inmensa se dibujó en su rostro.
—¡Es papá!
El mensaje era breve, pero en él pudo reconocer enseguida el talante social y extrovertido de Chad Avery.
«Acabo de aterrizar en Nairobi, cielo. A ver si con tantas horas de vuelo no se me ha olvidado cómo andar… ¡Espero que no! Mi socio me ha dicho que tenemos un día movido en el trabajo, pero esta noche a las 22.00 horas de Menorca te espero en Skype. Avísame por esta vía si prefieres a otra hora. ¡Muchos besos! Papá».
Volver a tener noticias suyas la llenó de alegría. Además, había palabras que tocaban fibras profundas, como aquel «cielo» que ya le había oído utilizar para referirse a ella o aquel «papá» que le parecía tan nuevo como increíble. Era la constatación de que tenía un padre, después de años de pensarse huérfana. Aquel mensaje suponía también una confirmación de que Chad estaba cumpliendo su palabra. Le había prometido que esta vez había vuelto para quedarse en la vida de su familia y, aunque de momento solo había logrado recuperar la relación con uno de sus miembros, había cumplido. En unas horas, volvería a pasar tiempo con él, aunque fuera a través de una pantalla.
Andy se apresuró a responder.
«¡Hola, papá! Caminar es como andar en bici; nunca se olvida. A las diez me va perfecto. ¡Hablamos por la noche!».
Su humor había cambiado tan pronto sus ojos habían entrado en contacto con aquel puñado de palabras. Ahora se sentía pletórica. Si se atenía a la experiencia de las últimas semanas, probablemente no duraría demasiado, pero en aquel preciso momento se sentía fenomenal.
Al mirar a su hermano se dio cuenta de que sus sentimientos no eran compartidos. Había cierta burla en su mirada, cierta tensión en su lenguaje corporal. Decidió ignorarlo.
—Ya está en Nairobi. Dice que han sido muchas horas sentado y que no está seguro de si todavía se acuerda de cómo caminar… —Andy se rió. Notó que el nivel de ironía en el rostro de su hermano crecía, y decidió volver a ignorarlo—. Sabe por su socio que tendrá un día atareado, pero a las diez hora española nos conectaremos por Skype para charlar un rato. Así que ya sabes…
La mirada del muchacho se clavó en la de su hermana.
—¿Saber qué?
—Bueno, si quieres volver a hacer «acto de presencia»… Sin participar, claro —se apresuró a matizar—, por mí, perfecto.
Luz estaba intentando atar los cordones de las zapatillas de su tío, pero no había escogido la pareja correctamente. Eso le sirvió de excusa al dueño de las zapatillas para tomarse un tiempo antes de responder.
—Así, no, peque. ¿Quieres que me estampe contra el suelo? —dijo al tiempo que ponía en las manos regordetas de su sobrina los cordones correspondientes—. Ese va con este. ¿Ves? Son del mismo pie.
Luz soltó una risita y siguió mezclando los cordones como si tal cosa. Danny le acarició la cabeza, risueño.
—Vaaale. Hazlo como quieras. Para eso eres la princesa de la casa…
Al fin, volvió a mirar a su hermana.
—¿Y por qué crees que me interesa hacer «acto de presencia»?
Andy reflexionó unos instantes sobre cuál sería la mejor respuesta. Con Chad de regreso en Nairobi, ella era el único nexo entre él y su familia. Anna había dejado clara su postura al respecto desde el primer momento, así que no podía contar con ella, ya que no pensaba influir en Danny en ningún sentido. Por otra parte, si Chad cumplía su palabra de estar presente en la vida de sus hijos, aunque fuera desde la distancia, ella estaba dispuesta a recorrer la milla extra por conseguir que Danny recuperara a su padre. Era algo demasiado importante para mantenerse al margen. Pero no quería presionarlo. O mejor, quería hacerlo sin que pareciera que lo estaba haciendo y, especialmente, sin que Danny sintiera que lo hacía.
—¿Porque me quieres y sabes que eso me haría muy, muy feliz? —tentó con una sonrisa pícara.
—No te quiero tanto como para eso, petarda.
Andy esbozó una sonrisa. No había sido un «no» rotundo y que la hubiera llamado «petarda», le daba un toque relajado a la conversación. Teniendo en cuenta el tema del que estaban hablando, era todo un acontecimiento.
—Que sí, pesado. Te guste admitirlo o no, me adoras. Y a lo mejor, puedo convencer a Dylan para que haga ese plato con pollo que te gusta tanto…
—¿Puedes convencer?, has dicho. ¡Ese tipo es tu duende de los deseos… Pierde el culo por darte el gusto y lo sabes! No hace falta que disimules conmigo…
Andy sonrió complacida.
—Hablando de duendes… ¡Voy a contárselo! ¡Ay, qué contenta estoy! —exclamó, todo alegría al tiempo que se levantaba del escritorio.
Danny reaccionó al instante y cogió en brazos a Luz sin preocuparse de volver a calzarse.
—¡Eh, espera, espera, ¿dónde crees que vas tú sola?!
Andy no hizo el menor ademán de detenerse. Estaba feliz por la noticia y quería compartirla.
—Chico, vaya par de exagerados sois… ¡Solo estoy embarazada, por Dios!
- III -
Dylan se volvió sorprendido al oír a su padre. Y no solo porque él lo hubiera seguido hasta el garaje con el esfuerzo que suponía bajar los diez peldaños con su pierna dolorida, sino especialmente por la razón de que lo hubiera hecho. Una razón tan breve y concisa como su pregunta: «¿Podemos hablar?». No hacía falta ser un lumbreras para deducir lo que su viejo se traía entre manos; resolver esa pequeña cuestión que los había mantenido años separados y que él mismo parecía incapaz de encontrar un momento idóneo para resolver de una vez. Por cierto, aquel tampoco le parecía idóneo. Estaba bastante nervioso por Andy y hasta que el médico no le confirmara, a la vista de los resultados de los análisis, que todo estaba en orden, no se tranquilizaría. Esa era la razón de que hubiera bajado a aquel rincón donde podía rumiar sus asuntos tranquilo mientras se autoaplicaba la mejor terapia antiestrés que conocía; engrasarse las manos poniendo a punto las motos. Hoy trabajaba en Lola, la moto de Andy.
—Vengo aquí para desconectar, padre. ¿Todavía no te has enterado? Bueno, ahora ya lo sabes.
Y con esas volvió a poner su atención en la moto que había subido a dos caballetes.
Brennan tensó las mandíbulas. Era un acto reflejo que se repetía a menudo desde hacía seis meses porque, a pesar de haberse prometido a sí mismo que estaba en Menorca para recuperar la relación con su hijo y no para alentar una pelea de perros rabiosos, seguía teniendo su amor propio y mucho genio. Se encaminó hacia un taburete alto que había junto a la mesa de herramientas y tomó asiento, dejando claro que estaba allí y no pensaba dar marcha atrás.
—Nunca será buen momento para aclarar las cosas, Dylan. Pero es necesario hacerlo. Necesitamos tener esta conversación. Y ya que tú no tomas la iniciativa, lo hago yo.
Dylan se incorporó y arrojó el trapo sobre el asiento de la moto de un movimiento violento.
—Así haces con todo. Te levantas un día, piensas «ya he tenido bastante» y te encaras con quien sea donde sea, sin importarte si a la otra parte le parece bien o no. Y si resulta que esa persona soy yo, y acabo largándome y dejándote hablando solo, me acusas de inadaptado social, de rebelde y de egoísta.
El tono de Dylan había ido subiendo en enfado y en volumen. Sus ojos brillaban de rabia cuando avanzó hacia su padre. Se detuvo a mitad de camino al darse cuenta que se había movido por impulso. En realidad, no tenía intenciones de acercarse. No deseaba iniciar una conversación sino, al contrario, evitarla.
—Estoy preocupado por Andy. Me asusta no verla bien y como no quiero que se dé cuenta, vengo aquí a desmontar motores porque hacerlo me calma. Me da igual si lo entiendes o no… Puede que a ti tus asuntos te parezcan importantes, pero para mí tu has dejado de ser importante hace años. Es lo que hay, padre. Ahora mismo en mi cabeza no hay sitio para nada más. Así que…
Dylan regresó junto a la moto y siguió a lo que estaba, dando a entender que la conversación había acabado.
Brennan no se movió del sitio. Se tomó el tiempo necesario para recuperarse de la nueva estocada lanzada por su hijo y cuando estuvo seguro de que volvía a controlar sus emociones, continuó.
—No son mis asuntos. Son nuestros asuntos. Los que nos mantienen alejados desde hace años, aunque estemos tan cerca como ahora. Nuestra relación se ha convertido en una bomba de relojería y si Andy no formara parte de la ecuación, probablemente, me arriesgaría a dejar que fueras tú quién decidiera cuándo y cómo quieres resolver este asunto. Pero Andy está aquí, viéndonos todo el tiempo. Y sufriendo. En su estado, me preocupa mucho que un día ni tú ni yo logremos controlar el genio y acabemos dándole un disgusto. Por eso estoy aquí, no por mí. Yo tampoco estoy preparado para que me crucifiques, créeme.
«Sí, claro, cómo no. Ahora la razón era Andy y no él», pensó Dylan al tiempo que soltaba una risa irónica. Aunque en el fondo, muy en el fondo, sabía que Brennan tenía razón al decir que eran un bomba de relojería, no estaba por la labor de admitirlo. Había llegado a un punto en que hacerle la menor concesión le suponía un esfuerzo casi sobrehumano.
—No me vengas con esas. Tú eres la única razón de todo lo que has hecho en tu vida. Tú y tus ideas. Tú y lo que está bien y lo que está mal. Tú y tus exigencias. Siempre tú. Y ahora también eres tú. Porque el hecho de que yo siga tratándote como a un invitado, te deja en evidencia frente a Andy y eso te jode un montón. Por eso te esfuerzas por mostrarte dócil y tragar lo que te echen. Pero ambos sabemos que tú de dócil tienes lo que yo de melenudo, ¿verdad? —Respiró hondo—. De acuerdo, a mí sí me preocupa Andy y también pienso que uno de estos de días, el león que vive en ti volverá de vacaciones o de donde mierda se haya metido, y la explosión se oirá desde Dublín. Así que bien, aclaremos las cosas y acabemos con este asunto de una vez. Empiezo yo.
El león no se había ido a ninguna parte. Quizás estuviera algo venido a menos después del trombo, más avejentado, pero cuando se trataba de su único hijo varón, siempre estaba al acecho. Brennan solo había conseguido amordazarlo. Algo que quedó demostrado un instante después.
—No. Empiezo yo. —Notó que su hijo ladeaba la cabeza y lo miraba de muy mala uva, pero lo ignoró—. Tu problema es que sigues anclado en el pasado, Dylan. Cuando se trata de mí, eres incapaz de ver más allá de tus prejuicios. Para ti soy un dictador y un católico recalcitrante, y punto. Solo soy eso. Y como eso que soy es lo opuesto de lo que tú eres, según tú, no hay punto de encuentro posible. Pero resulta que nunca he sido un dictador…
—¡Sí, ya se ve! —lo interrumpió Dylan—. El problema siempre he sido yo. Con tus hijas te llevas de maravilla… Ellas cuentan contigo para todo y nunca hacen planes a tus espaldas…
—Mis hijas tienen dos problemas; primero, están tan ciegas y tan ancladas en el pasado como tú y segundo, siguen sin entender que las reglas del juego en una familia formada por personas adultas son participar y compartir tus decisiones, aunque sepas que, quizás, no vayan a estar de acuerdo contigo. Porque tu familia tiene derecho a saberlo y a disentir. El mismo derecho que tú tienes a esperar sinceridad y apoyo, aunque no estén de acuerdo con tu decisión. En eso consiste, precisamente… —repuso, taxativo. Permaneció esperando que su hijo añadiera algo más y cuando no lo hizo continuó—. Como decía, nunca he sido un dictador y mucho menos un católico recalcitrante…
«No, claro que no…», pensó Dylan con sorna y fue tan evidente en su rostro como si lo hubiera dicho en voz alta.
Brennan respiró hondo y exhaló el aire por la nariz, y con él una buena ración de malestar.
—Un casa necesita normas para funcionar. Los niños necesitan directrices y límites. Y también un orden. Que mi sentido del orden no coincida con el tuyo, no me convierte en un dictador. Y que sea creyente y quiera educar a mis hijos en mi fe, no me convierte en un católico recalcitrante. Era mi casa, mi familia y mis hijos y tenía todo el derecho del mundo a establecer las reglas del juego. ¿O tú y Andy no lo hacéis aquí? Soy un hombre estricto, de ideas claras y además, soy católico. Eso es lo que soy. Y buena parte de mis certezas de juventud se han visto seriamente cuestionadas… No por ti, sino por el devenir de la vida, con lo cual tampoco soy ahora la misma persona a la que abandonaste cuando murió tu madre y decidiste, unilateralmente, que los que quedábamos en pie -o sea, tus hermanas y yo-, no merecíamos ni tu tiempo ni tu atención.
Dylan se quedó perplejo. De no tener las mandíbulas sujetas por una articulación, se le habrían caído al suelo.
—¿Que yo os abandoné…? ¡Pero qué jeta tienes! ¡Llevabais años hablándome con monosílabos!
—¿Es que había alguna otra forma de poder hablar contigo? ¿Crees que no sé que cuando te llamaba dejabas que saltara el contestador automático? No soy idiota, Dylan. Y sí, nos abandonaste, ni más ni menos. «Te largaste», como a ti te gusta decir, y, en adelante, todo lo que tuvimos de ti era esa postal que nos llegaba en Navidad. Ni se te cruzó por la cabeza que pudiéramos necesitarte. Claro, como los demás no somos de carne y hueso…
Era el colmo. Sencillamente, el no va más. Dylan sentía hervir la sangre en sus venas y cuando habló, no se cortó.
—Pues no. Jamás me hiciste sentir necesario. Si me apuras, ni siquiera me hiciste sentir querido. Así que no, seguramente, ni se me cruzó por la cabeza. O, quizás, sí y me dio igual… —apuntó desafiante.
Brennan no perdió de vista su tono provocador. Tampoco la persona del verbo escogida por su hijo. Él había hablado en plural en todo momento; Dylan, en cambio, había usado la segunda persona del singular.
Era la misma cantinela de siempre. El juego del contraataque, del rencor, de las rencillas pasadas que regresaban al presente a la menor provocación, las ascuas de un fuego que nunca se había extinguido del todo. Pero hoy nada de eso era real. Ni él era el mismo ni su hijo lo era.
—No te daba igual. Tu familia, la gente que te importa, nunca te ha dado igual. Tan solo no pensaste en nosotros en ese momento. Para ti, mamá se había convertido en tu única aliada y la habías perdido. No eras capaz de seguir en un lugar donde creías que no te quedaba nada y encima cada rincón te la recordaba. Y te fuiste.
Dylan había esperado un rugido amenazador al mejor estilo Brennan Mitchell y una parte de él se sorprendió del tono tranquilo y de la seguridad que habían desprendido sus palabras. La otra parte, como siempre, permaneció alerta, esperando el zarpazo.
Pero no lo hubo.
—Y en cuanto a lo demás… —continuó Brennan—. Siempre te he querido, y eso que tu deporte favorito parecía ser ponernos a tus hermanas y a mí muy difícil quererte. Y te necesitaba. Eres mi único hijo varón y tenía muchas expectativas puestas en ti, pero tú estabas más interesado en enfrentarte a mí, en convertirte en la oveja negra, aunque realmente no lo fueras, y en estar en boca de todo el mundo… Así que no me quedó más remedio que aprender a dejar a un lado esa necesidad de ti y seguir adelante.
—¿Oveja negra? ¡Era un crío y estaba más perdido que un pulpo en un garaje! —exclamó Dylan, iracundo.
—¿Eso crees? Pues yo discrepo. Danny es un crío y hace tonterías de adolescente. Tú eras un rebelde que se lo llevaba todo por delante y la única razón que te movía era tu rencor hacia mí. Era tu forma de hacerme daño. Ibas de trifulca en trifulca y eras tú el que las organizaba. Te presentabas en casa a las tantas seis días a la semana, borracho como una cuba, y tenía que llevarte a rastras hasta tu cama. Y si cuando amanecía, no habías llegado, ya sabía que o estabas en un calabozo, o en el umbral de alguna casa, durmiendo la mona. —Brennan hizo una pausa. Sus ojos brillaban de indignación cuando dijo—: Eras un salvaje, Dylan. Un desastre de persona. A tus dieciséis años podía entenderlo, que no aceptarlo, pero mientras viviste en Dublín tu comportamiento cambió muy poco. Ya eras un hombre adulto y seguías estando en boca de todo el mundo. Y lo que más me dolía era que no te dieras cuenta de que a quien hacías más daño, aparte de a ti mismo, era a las mujeres de tu vida; a tu madre y a tus hermanas. ¿Qué imagen les dabas de lo que debe ser un hombre? Tenías la obligación moral de ser un ejemplo y, en cambio, te convertiste en un motivo de vergüenza y desconfianza.
Su padre exageraba. Como siempre. Había sido un muchacho problemático, pero no había organizado tantas trifulcas ni dormido en el calabozo con tanta frecuencia… O quizás, sí. Ya no lo recordaba. En todo caso, era cierto que la adolescencia de Danny estaba siendo un juego de niños comparado con lo que había sido la suya. Pero seguía sin estar por la labor de concederle nada a su padre, y no lo hizo.
—¿No te has planteado que quizás fueras tú el que fomentara todo eso? Tú eras el primero que se sentía avergonzado y desconfiaba. —La rabia de Dylan fue creciendo al mismo tiempo que el tono de su voz. Estaba gritando cuando dijo—: ¡¿O ya te has olvidado de tu gran hazaña?! Resulta que una cría me acusa de haberla dejado embarazada y ¿qué hace mi padre? En vez de confiar en mi palabra o, como muy mínimo, exigir una prueba de que las acusaciones son ciertas antes de darlas por buenas, me somete a un juicio sumarísimo y me condena sin segundas consideraciones. —Un dedo acusador apuntó directamente al rostro de Brennan—. Nunca, en toda mi vida, me he sentido más ofendido que ese día. Lo que hiciste fue insultante. Imperdonable. Es imperdonable.
Brennan respiró hondo. Había cometido innumerables errores como padre, ninguno tan grande como ese. Por muy duro que resultara admitirlo, era cierto.
—Tienes razón. Me sentía tan decepcionado de ti que, por momentos, te creía capaz de cualquier cosa. Era mi dolor el que hablaba y cuando me di cuenta, ya era tarde. Y mi orgullo, que me impidió hacer lo que debía y pedirte perdón, se ocupó de ponerle el broche de oro al momento más patético y vergonzoso de mi vida… Lo siento mucho, hijo. Eso no debió pasar nunca y quiero que sepas que me perdones o no, lo lamentaré siempre.
Instintivamente, Dylan asintió con la cabeza. De todas las cosas inesperadas del mundo, aquella disculpa de su padre era la más inesperada de todas. Sintió por primera vez en años que el ser iracundo en el que se convertía ante el solo recuerdo de aquel día, de pronto, daba un paso atrás y se retiraba. Nunca se le había cruzado por la cabeza que algún día le pediría perdón y, por lo tanto, no había tenido la ocasión de comprender cuánta falta le hacía, cuánto necesitaba oírlo.
Brennan sabía que su hijo era de pocas palabras, así que aquel ligero gesto de aceptación fue suficiente para devolverle el alma al cuerpo. Quizás, pensó, a pesar de la gravedad de la afrenta, no era demasiado tarde. Quizás, los dos estuvieran a tiempo de dejar a un lado el pasado y empezar de nuevo. Esperanzado, decidió quemar su último cartucho.
—Siempre te he querido, Dylan. Y nunca te necesité tanto como cuando murió tu madre. Mil veces estuve por pedirte que volvieras a casa, por decirte que realmente te necesitaba a mi lado, pero sospechaba que no lo entenderías y que lo tomarías como una exigencia más, y acabaríamos peleando otra vez, sumando más decepciones a la gran montaña que los dos acumulábamos ya… Si te lo digo ahora, es porque ahora sé que puedes entenderlo. Ahora sabes lo que significa amar a una mujer, tener una compañera de vida… Así que puedes entender lo que supone perderla.
Dylan contuvo el aliento. La idea de perder a Andy le heló la sangre.
—Tu madre era la persona más importante de mi vida, pero no fue hasta que la perdí que comprendí que era mucho más que eso. Muchísimo más. Era el pilar de mi existencia. La viga maestra. Y ya sabes lo que sucede cuando echas abajo una viga maestra…
—Joder, papá… —Las palabras salieron solas—: Lo siento mucho… Debió ser terrible para ti.
Brennan bajó la vista al sentir que los ojos se le humedecían. Intentó recuperarse antes de continuar.
—Sigo sintiéndome como un extraño en mi propia vida. Su ausencia ha dejado una clase de vacío que no se puede llenar. Pero, como soy creyente, sé que sigue a mi lado de otra forma y que está feliz de vernos juntos, del hombre en el que te has transformado, de la vida que tienes ahora… ¡De que vayas a ser padre! Sé que se siente tan orgullosa de ti como me siento yo y eso es un inmenso consuelo, ¿sabes? No es como tenerla conmigo —admitió con la voz entrecortada—, pero ayuda.
Dylan sintió que la angustia le atenazaba la garganta. Otra reacción inesperada que lo tomó por asalto y que logró dominar pensando en algo que siempre lo hacía sonreír. Y diciéndolo en voz alta:
—A mamá le habría encantado Andy. Se habría enamorado de ella a primera vista…
Una sonrisa emocionada brilló en el rostro de Brennan.
—Y Danny habría tenido otra gran adversaria a la hora de acaparar a Luz… —bromeó—. Hasta competiría contigo por bañar a la pequeña, por darle de comer, por jugar con ella… ¡Dios mío, cómo le gustaban los niños! Solo sois tres hermanos por mí. Yo quería estar, participar en el día a día, pero mi padre había muerto y con la imprenta a mi cargo me faltaban horas… Si de ella hubiera dependido, habríamos formado un pequeño ejército…
—Era genial… Y habría malcriado a sus nietos lo que no está escrito —rió Dylan.
Durante unos instantes permanecieron en silencio, sonriendo ante los recuerdos que regresaban a su mente. Durante años, Léan Mitchell había sido el único tema de sus vidas sobre el que no existía controversia.
—Sí, lo era —confirmó al cabo de un rato—. Y como ya no está entre nosotros, me gustaría ocuparme de malcriarlos por los dos… ¿Te parece bien?
Padre e hijo se miraron. Había sido una forma de proponer que enterraran el hacha de guerra que Dylan entendió a la primera. Concedió con un ligero movimiento de la cabeza al tiempo que decía:
—Me parece perfecto, papá.
Brennan exhaló un suspiro. Sentía el corazón henchido de júbilo y de emoción. Le costaba respirar. Razones no le faltaban; después de años de alejamiento y de rencor, al fin había recuperado a su hijo.
* * *
Al otro lado de la puerta, Andy entrelazó las manos y elevó su mirada a un cielo imaginario en un gesto de agradecimiento.
Había llegado hasta allí ilusionada para contarle a Dylan que estaban convocados a una reunión familiar por Skype con su padre, y se había encontrado con que los dos hombres Mitchell estaban poniendo las cartas sobre la mesa. Ignoraba cuánto tiempo llevaban allí, en el rincón más alejado de la casa, pero aquel tono cargado de rencor con el que Dylan había pronunciado las palabras «¿O ya te has olvidado de tu gran hazaña?» habían actuado como un imán, obligándola a bajar los dos últimos peldaños de la escalera y a permanecer junto a la puerta, escuchando.
Ahora que ya sabía que el milagro había ocurrido, lo último que deseaba era que ellos la pillaran con las manos en la masa. De modo que le hizo una señal de silencio a su hermano, que continuaba como un policía detrás suyo con Luz en sus brazos. La pequeña estaba entretenida anudando los cordones de una de las zapatillas de su tío.
—Vamos —susurró—. Y de esto, ni una palabra a nadie, ¿me oyes? No hemos estado aquí.
«Como si tu marido no se hubiera enterado ya de cómo las gastan las mujeres de la familia», pensó el muchacho al tiempo que le cedía el paso a su hermana con un gesto gracioso. Dylan era un tío muy listo. Seguro que ya se había dado cuenta de que hasta en su propia casa las paredes tenían oídos.
- IV -
Después de llamar a unos cuantos candidatos y concertar las entrevistas, Andy, Danny y Luz fueron a la cocina. La pequeña había empezado a intentar mordisquear la zapatilla de su tío, señal de que se acercaba la hora de comer. Ilusionada por lo sucedido en el garaje, Andy había intentado emular el éxito en lo que a su padre concernía, sondeando a su hermano a ver si él se dejaría caer por su casa a la hora de la reunión por Skype. De momento, no había logrado gran cosa. Danny era un especialista en hacerse el sordo cuando se trataba de asuntos sobre los que no le interesaba hablar, lo que teniendo en cuenta su edad y su carácter, eran casi todos los temas.
Pero ella no perdía la esperanza.
—Oye, no me has dicho si te esperamos a cenar. Estoy dispuesta a hacer lo imposible para que te pongas las botas con uno de tus platos preferidos, y sabes que soy buena. Pero todavía no he aprendido a convertir huevos en pollo —señaló graciosamente la nevera—. Y huevos es casi todo lo que hay allí dentro, ¿sabes? Bueno, no, también hay una lechuga, pero para el caso da igual porque tampoco sé cómo convertirla en un pollo…
«Ja, ja, ja», pensó el muchacho, «hazte la bromista que yo no me doy cuenta de lo que pretendes». Su mirada fue tan gráfica que Andy empezó a reír. Pero no cambió de tema.
—¿Y…? —insistió.
—No me esperéis a cenar.
Agh. Tú y tu ostracismo me ponéis de los nervios, querido hermano.
Andy gesticuló con las manos, animándolo a que completara la frase con una razón y como, por lo visto, su hermano también se hacía el ciego además del sordo para lo que no le interesaba, lo puso en palabras.
—No me esperéis a cenar porque… «Estoy a dieta y no quiero comer». «He quedado con mis amigos en el bowling». —Una sonrisa traviesa asomó a su rostro en cuanto la idea se cruzó por su mente y no dudó en decirla—. «¡He quedado con el padre de Alice para pedirle la mano de su hija y decirle que la amo locamente y no puedo vivir sin ella!».
Andy se carcajeó a gusto de su propia broma. Danny, finalmente, claudicó.
—Qué payasa eres, tía…
Ella estiró la mano y le pellizcó una mejilla, algo que él intentó evitar sin éxito.
—Pero me adoras. Admítelo.
Él se encogió de hombros.
—Supongo.
—¿Supones? A ver si puestos a suponer, yo supongo que te pongo un ojo negro y sales a la calle con la cara decorada. ¿Qué? ¿Quieres pelear?
Danny miró aquellos puños diminutos (comparados con los suyos) desafiándolo a una pela y luego la miró a ella. Su entrenamiento en kickboxing le permitía dejar nocaut a cualquiera, pero no en sus actuales circunstancias. Se caía sola a consecuencia de sus mareos, no hacía falta que nadie la empujara.
—¡Uhhhhh… Qué miedo! Calla, haz el favor, que te vas agarrando de las paredes para poder llegar sola hasta el baño…
Ay, por favor, no me lo recuerdes…
—Bueno, ya está bien de enviar los balones fuera del campo. Dime, ¿por qué no vienes esta noche? ¿Qué es eso tan importante que te impide complacer a tu hermana favorita?
Danny soltó un bufido largo y ruidoso.
—He quedado con Alice. Ella y su familia se van a Londres mañana. Pasarán el año nuevo con sus abuelos y no regresarán hasta Reyes. Así que mi plan es quedarme con ella hasta que su padre o su madre me echen. ¿Satisfecha?
Andy sonrió enternecida. Al principio, no se había tomado en serio la amistad de su hermano con aquella jovencita medio rubio medio pelirroja que parecía ser tan callada como él. Ahora, le gustaba el cariz que estaban tomando las cosas. Le gustaba el evidente interés de su hermano por ella, la forma en que dejaba claro sus sentimientos. Habría más reuniones familiares por Skype, más ocasiones para que Danny pudiera observar cómo se comportaba su padre ahora, en qué clase de hombre se había convertido después de haber conseguido plantarle cara a sus adicciones y recomponerse.
Tiempo al tiempo, pensó.
—Muy satisfecha. Me parece una buenísima razón, Danny. Y que sepas que no me pongo ni un pelín celosa de que hoy la complazcas a ella en vez de a mí.
—Y yo me lo creo —se burló el muchacho.
—Bueno, vaaaaale. Quizás, un poquito, sí —concedió, regalándole a su hermano una sonrisa cargada de picardía.
* * *
Andy estaba jugando con Luz mientras la pequeña tomaba su tentempié de fruta cuando Dylan entró en la cocina acompañado por su padre.
—¡Uy, pero mira a quiénes tenemos aquí! ¿Has visto, Luz? Estamos de suerte hoy; tenemos a nuestros dos chicos favoritos…. Perdón, tres —se corrigió, echándole una mirada traviesa a Danny.
En cuanto Luz vio a Dylan, le tendió sus brazos y pareció entrar en un frenesí mientras repetía sin cesar un clarísimo «pa-pa-pa». Como era de esperar, a él le faltó tiempo para cogerla en volandas y depositar un sonoro beso en su mejilla.
—¡Pero qué cosita más bonita! A ver, sigue, sigue… ¿Cómo me has llamado? Pá, pá —repitió el irlandés, animando a la pequeña a que le acariciara los oídos con aquella palabra que adoraba oír de sus labios.
—Nah, qué va, tío —terció Danny—. No dijo «pa-pá». Dijo «pa, pa, pa». No alucines, colega.
Dylan volvió a estrujar a la pequeña contra su cuerpo.
—Es la intención lo que cuenta, chaval. Y si soy su padre y ella me tendió sus bracitos, ¿qué más da si decía «pa-pá» o «pa-pa-pa». Claramente, se refería a mí.
Andy miró a su hermano con expresión divertida.
—Tiene razón. Aunque te fastidie admitirlo, te ha ganado la mano.
Danny lo sabía pero, no se rendiría tan fácilmente.
—No sé yo… Por la misma regla de tres, valdrían como «tío» todas las veces que se puso a gritar «íiiiii íiiii» mientras se lanzaba a mis brazos. Y fueron muchas. Pero según vosotros «no eran más que balbuceos»…
La reacción de Dylan fue burlarse, y lo hizo a carcajadas. Le encantaba que su cuñado tuviera tan mal perder, ya que eso le ofrecía la ocasión de divertirse a su costa.
—¡Sí, hombre, cómo no! Las interpretaciones también valen, así que ahora cada vez que mi gordita diga «ma, ma, ma, ma», si tú estás en un radio de dos metros, también contará como «tío».
Entre medias de las risas, sin embargo, Dylan notó que su padre, quien seguía de pie a su lado, se había apoyado contra la cocina. Preguntarle si se encontraba bien, obtendría la misma respuesta de siempre, de modo que optó por ser práctico.
—Danny acércale esa silla a mi padre, por favor.
El joven obedeció de inmediato y Brennan, algo incómodo por la situación, se lo agradeció con una ligera sonrisa pensando que jamás se acostumbraría a su nuevo estatus de enfermo convaleciente.
Andy decidió desviar la conversación hacia un tema que le interesaba de manera especial.
—¿Qué habéis estado haciendo? —les preguntó.
El tono pícaro no pasó inadvertido a Dylan. El gesto de Danny de ponerse a jugar con el peluche de Luz que se había quedado sobre la mesa, tampoco.
Durante un instante, el irlandés consideró la posibilidad de que, fiel a la costumbre de las mujeres de la familia, Andy se las hubiera arreglado para escuchar a través de las paredes. No le importaba que los hubiera oído, de todas formas pensaba contárselo cuando estuvieran a solas. Pero lo suyo con su padre no había durado más que un rato y ella se había instalado en el estudio con una docena de llamadas por hacer. Así que su curiosidad solo venía a cuenta de saber que la conversación padre-hijo era inminente y cada vez que los veía aparecer juntos, su ilusión se desbordaba. La cuestión era que aunque su viejo había sobrevivido al mutuo ajuste de cuentas, dudaba que fuera a soportar volver a hablar del tema. Ni siquiera de manera anecdótica. Ahora que lo miraba con atención, le resultaba evidente que el hombre había quedado exhausto. No pensaba hacerlo pasar por eso otra vez, si podía evitarlo. Y, desde luego, podía.
—Nada en especial —repuso.
Andy miró a su suegro quien se limitó a sonreír. A continuación, miró a Dylan esperando que él añadiera algo a su más que vaga respuesta, cosa que no sucedió.
La crudeza de aquella frase proveniente de un Dylan iracundo, que le había resultado casi un desconocido, y la había mantenido pegada a la puerta que conectaba el garaje con el interior de la casa, escuchando, suponía un contraste tan enorme con esta de ahora, que le arrancó una sonrisa de satisfacción. Esta frase de ahora le hablaba de alguien que al fin había comprendido que su padre no era un enemigo, por más errores que hubiera podido cometer. Que hacía años que había dejado de ser alguien con quien enfrentarse. El león, como él llamaba a veces a su padre, había envejecido. Se había convertido en alguien de quien debía cuidar.
Y eso era lo que Dylan estaba haciendo.
Andy se sentía tan aliviada de que hubieran podido resolver sus diferencias. Y tan orgullosa de Dylan… De los dos, en realidad. Si para Dylan había sido duro poner las cartas encima de la mesa, estaba segura de que para su suegro tenía que haberlo sido mucho más. Infinitamente, más.
«Demasiado feliz y orgullosa para no demostrarlo», pensó.
Ante la sorpresa del plantel masculino presente, Andy se puso de pie con una sonrisa que no le entraba en la cara y fue hasta donde estaba Dylan. Tomó su rostro entre las manos y sin hacer el menor comentario, depositó un beso tierno sobre su mejilla. A continuación, se acercó a su suegro y repitió el mismo proceso.
Padre e hijo intercambiaron miradas interrogantes.
—¿Y esto? —quiso saber Dylan. Empezaba a sospechar que, quizás, había descartado la opción «oreja contra la pared» demasiado rápido.
Andy, que no había regresado a su sitio, sino que permanecía entre los dos, con las manos en los bolsillos de sus vaqueros y una sonrisa feliz en su rostro, se encogió de hombros.
—Nada en especial —repuso, burlona. A continuación, miró a su hermano—. Voy a seguir con mis llamadas. ¿Vienes o puedo ir solita?
El joven saltó de su asiento. Literalmente. También había estado escuchando detrás de la puerta y lo último que deseaba era quedarse a solas con Dylan y con su padre.
—¿Solita?, dices. Ja. ¿Quieres que tu marido me arranque la cabeza? Ni lo sueñes, pesada. —Al pasar junto a Dylan, tomó a Luz de sus brazos sin darle tiempo a reaccionar—. Y tú te vienes conmigo, pequeñaja, que tenemos que practicar la palabra «tío» hasta que te salga perfecta.
Un instante después, los tres habían desaparecido detrás de la puerta.
Dylan miró a su padre con expresión divertida.
—¿Lo sabe? —preguntó Brennan.
El irlandés asintió varias veces con la cabeza.
—Y como Danny no se despega de ella, podemos deducir que también lo sabe. Nos han oído… —A él no le importaba que fuera así, pero no sabía qué pensaba su padre al respecto—. ¿Te molesta?
Brennan consideró el asunto durante unos instantes. Habían aireado cosas muy feas, muy personales. Algunas especialmente bochornosas, de la clase que uno prefería guardarse para sí mismo. Sin embargo, desde que se había trasladado a Menorca, decidido a recuperar la relación con su único hijo varón, Andy había estado de su parte, animándolo, ayudándolo y, durante las últimas seis semanas, también cuidándolo. Haciendo de puente entre su hijo y él en todo momento.
—No, no me molesta. Creo que se lo debíamos. Los dos, tú y yo. ¿Te das cuenta de lo difícil que debe haber sido para ella convivir con esa tensión constante que había entre nosotros?
—¿Tensión? Joder… El día de la boda, cuando te pedí que ejercieras de padrino, creí que iba a explotar. Sabía que debía hacerlo, pero me jodía tanto… Me irritaba tanto.
—Fue Andy, ¿verdad?
Dylan asintió. Y no había necesitado ningún discurso para lograrlo, pensó al recordar aquel momento. Habían estado repasando todos los escenarios donde se desarrollarían la boda y el banquete. Estaban satisfechos con el resultado. Todo había quedado perfecto. Todo estaba a punto, al fin, después de un mes de locos. Hablaban de cómo había quedado el altar y ella había acudido al símil de una foto de familia en la que Brennan brillaba por su ausencia para explicarle su punto de vista. «En esa foto hay algo que no cuadra», le había dicho, «¿sabes qué creo? Que tú también lo piensas, pero llevas tanto tiempo a la defensiva en este asunto, que no sabes cómo dar un paso adelante».
Brennan bajó la vista.
—Siempre es ella, lo noto —comentó—. Son pequeños gestos, detalles que hasta pueden pasar inadvertidos, que hacen cambiar las cosas… El sábado lo vi más claro que nunca. Esta casa era el punto caliente de una guerra. Por momentos, parecía que todo estaba a punto de volar por los aires. Pero no se desató ninguna guerra. No hubo ninguna explosión. Y la razón es ella. De alguna forma que no sé explicar, transforma todo lo que toca…
«Y tanto que sí», pensó Dylan.
—Y a mí me lee como si fuera un libro abierto. Sin el menor esfuerzo.
Brennan sonrió.
—Y eso que adentrarse en los vericuetos de tu mente no es tarea fácil para nadie. Tu sentido de la lógica, sumado a ese talante práctico que tienes es…
—¿Desquiciante? —propuso Dylan, divertido.
—Pues sí. Buscaba una forma más elegante de decirlo, pero sí, lo cierto es que pones a prueba los nervios de cualquiera. A mí me sacabas de quicio constantemente.
Los dos sonrieron y durante un instante ninguno dijo nada a pesar de que aún quedaban cosas por decir.
—Andy también pensaba que darle largas a esto era un error, que había que hablar y aclarar las cosas cuanto antes, pero… —Dylan exhaló un suspiro. Miró a Brennan—: Tenías razón, nunca iba a ser un buen momento y era una conversación necesaria. Me alivia haberla tenido, que hayamos soltado lastre…
—A mí también.
—Bueno… —Dylan dio una palmada sobre sus propios muslos y se puso de pie—. Voy a ponerme a cocinar, quiero que comamos pronto. En la clínica dijeron que tendrían los resultados a primera hora de la tarde y pienso hacerme con ellos cuanto antes. ¿Me ayudas a picar verdura?
—Claro. Entre los dos lo haremos más rápido. ¿A qué hora tiene Andy la cita con el médico?
—A las ocho. Hoy tenía turno de tarde en el hospital. Pero, la verdad, no sé si aguantaré tanto…
—¿Y si vamos al hospital, a que le eche un vistazo rápido a los resultados? La familia de Andy es influyente aquí, seguro que hay alguna enfermera dispuesta a saltarse el turno...
Dylan asintió aliviado. ¿Cómo no se le había ocurrido? Por supuesto, se trataba de una pregunta retórica. Ya sabía el porqué; su cerebro había entrado en modo caída libre desde que había visto a Andy tirada en el suelo y todavía no se había recuperado.
—Eso haremos, sí… Bueno, pongámonos con la comida —dijo animado. Empezó a escoger los ingredientes y los utensilios que iba a necesitar y los fue depositando sobre la mesa.
Y muy pronto, como si no se hubieran pasado los últimos veinte años igual que el perro y el gato, los dos hombres se pusieron a trocear hortalizas mientras conversaban relajadamente.
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©️2021. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷
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CR09. Noticias inesperadas

Lunes, 27 de diciembre de 2010.
Casa de Dylan y Andy.
Cala Morel, Menorca.
- I -
Andy escuchaba a su amiga con una sonrisa. Tina la había llamado para ver qué tal se encontraba y de paso le había contado, toda ilusionada, que había conseguido que su padre y su mujer se quedarán en la isla hasta Reyes.
—Y todo eso gracias a ti… Si es que cuando digo que eres oportuna, ¡lo eres!
—¿Y yo que tengo que ver, Tina?
—Se compadecieron de mí. En cuanto les dije que tendrías que estar de baja hasta que el médico dijera y que no podríamos viajar a Londres por Nochevieja, como estaba previsto, decidieron cambiar sus planes. A ver, mi padre se habría quedado sin pensárselo dos veces, pero ella es muy apegada a su familia y la idea de no pasar las fiestas con ellos, le pesaba. ¡Así que, gracias!
—Bueno, me alegra que el hecho de tener que ir agarrándome de las paredes para mantenerme en pie, le resulte útil a alguien para algo… A mí me tiene harta, la verdad —se quejó Andy. Estaba sola en su habitación y ahora que Danny no estaba la vista, podía permitirse ser franca sin preocupar a nadie.
—Es temporal, nena. No seas quejica…
—Ya te quisiera ver a ti incapaz de dar dos pasos seguidos sin marearte y con tres hombres en casa que no te pierden de vista, preocupados por si vuelves a caerte redonda…
Andy oyó que Tina se reía y, al final, ella misma claudicó.
—Pobres… —reconoció—. Si a mí me resulta difícil acostumbrarme a esto, no quiero ni imaginarme lo que será para ellos…
—Pero tú, ¿cómo te sientes?
Andy exhaló un suspiro. Todo lo que había hecho en la mañana habían sido unas pocas llamadas y eso la había dejado tan exhausta que había necesitado echarse en la cama. Lo que peor llevaba era que un momento estaba arriba, pletórica, y al momento siguiente, sin más, el agotamiento se adueñaba de ella y era tal, que la mayoría de las veces se quedaba dormida donde estuviera.
—Nada bien… Intento disimular para no preocupar a Dylan, pero la verdad es que esto me tiene bastante confundida… Todo el mundo dice que es normal… ¡Jolines, hasta yo lo digo a ver si me lo creo! Pero… No sé, esto es más que unas simples náuseas, más que marearme… A veces, estoy tan débil que no me puedo ni levantar de la cama… ¿Cuándo me has visto a mí quedarme dormida en una silla? Pues ahora, es mi pan de cada día…
Tina procuró ocultar su preocupación. El solo hecho de que Andy estuviera admitiendo ante ella que las cosas no iban bien era una señal de lo mal que se sentía.
—¿Cuándo vas al médico?
—Después de comer iremos al laboratorio a recoger los análisis y a última hora de la tarde, Grau pasará por aquí para verlos…
—No será nada, ya lo verás. De todas formas, te ha venido bien parar un poco, cari. Las últimas semanas llevábamos mucha marcha. Las dos, tanto tú como yo, pero yo no estoy embarazada… —rió, en un intento de quitarle hierro al asunto.
Andy volvió a suspirar.
—Y pensar que todavía me quedan dos embarazos más para complacer al calvorotas… Como todos sean así…
—Habrá que ver cómo sobrevive al primero… ¡Igual hasta cambia de idea y todo!
Andy también decidió quitarle hierro al asunto. No era su naturaleza venirse abajo. Mucho menos, arrastrar a la gente que la quería en su caída.
—Sí, con este hombre nunca se sabe… En un rato, te pasaré el resumen de las entrevistas por correo electrónico. Son unas cuantas, ya me dirás si a alguna hay que cambiarle el horario o quieres pasarla a otro día. Lamento no ser de más ayuda, pero tal como estoy, no me atrevo a entrevistar a nadie… ¡No vaya a ser que el pobre incauto acabe teniendo que recogerme del suelo!
—Deja de preocuparte, Andy y sé sensata. Esto pasará y en un plis estarás como una rosa y dando por saco otra vez —Se rió en un intento de contagiar a su amiga—. Ahora toca quedarte tranquila dónde estás y dejar que tu amiga de alma se ocupe de todo, ¿vale?
Agh. Odiaba sentirse tan baja de forma. Odiaba estar tan quejica.
—Vaaaale —concedió y esbozó una sonrisa—. Disfruta de hacer las cosas como te dé la gana ahora, porque pienso volver a dar por saco muy pronto, entrenadora.
Oír que Tina se reía le quitó un peso de encima.
—¡Hecho! Y ahora me voy corriendo, que llego tarde a una clase. Por la noche te llamo, a ver qué novedades tienes. Un abrazo, nena.
Andy se despidió de su amiga y volvió a dejar el móvil en la mesilla de noche. Intentó incorporarse, a ver si podía regresar al escritorio para acabar el resumen que estaba preparando, pero la sensación de agotamiento volvió adueñarse de ella. Se dejó caer de espaldas sobre la cama y en un acto de pura frustración se cubrió hasta la cabeza con el edredón.
Junto a la puerta entreabierta de su habitación, Dylan respiró hondo. Ya estaba muy preocupado antes de constatar que Andy también lo estaba. Después de escuchar su conversación con Tina…
«Joder», pensó, «estoy cagadito de miedo».
* * *
«Da igual si tienes miedo, tío. Haz lo que debes» se dijo el irlandés. Irguió el cuerpo, movió los hombros en un gesto instintivo de relajarse y entró en la habitación hablando en voz alta.
—La comida está lista y el chef ha venido a buscarte en persona para que tengas claro que si habías pensado en escaquearte, ya puedes olvidarlo. He hecho un pastel con todo lo que quedaba en la nevera y creo que me ha salido buenísimo… Por cierto, luego recuérdame que vaya al súper o esta noche tendremos que cenar las conservas de compota de manzana que hizo tu tía Roser para la peque… —dijo riendo.
Pero enseguida todo rastro de risa se evaporó de su rostro. Se detuvo y puso los brazos en jarra, intentando un gesto cómico a sabiendas de que por dentro su preocupación había tomado cuerpo propio. ¿Andy se había metido en la cama? Estaba tapada hasta la cabeza. Al oírlo, ella se había apresurado a descubrirse, pero él la había pillado en mitad del movimiento.
—Ah, qué bien suena eso, calvorotas… Seguro que está para chuparse hasta el codo —Andy apartó el edredón y se sentó en la cama—. Y si te estabas preguntando qué narices hago acostada a estas horas, te diré que la respuesta es obvia; estoy embarazada, por eso me he costado. A otras mujeres les da por comer, pero como yo soy así de rarita….
A pesar de su tono risueño, sus movimientos eran tan inseguros que llamaban la atención. Dylan se obligó a sonreír.
—Lo que me estaba preguntando era qué coño hago en la cocina, perdiendo el tiempo entre sartenes, mientras tú estás aquí, tan sola en una cama tan grande…
—Si no os importa, preferiría no tener tanta información —dijo Danny, que regresó a la habitación con Luz en sus brazos.
Había estado intentando quitarle las marcas que la pequeña se había hecho con un rotulador en las mejillas.
Andy se rio por lo bajo, miró a Dylan de reojo.
—Nos ha pillado, calvorotas. ¿Te has olvidado ya de que le encomendaste la tarea de no dejarme sola ni a sol ni a sombra?
Como para olvidarse, pensó el irlandés. Jamás le agradecería bastante a aquel muchacho que cumpliera tan bien su cometido. Aunque él no lo supiera, su aparición había sido de lo más oportuna. Su mujer hacía tan mala cara, que él ya no sabía qué decir. Ignorar su mal aspecto, bromear ante el evidente hecho de que su malestar tenía que ser grande para haberse acostado, le parecía una falta de consideración. No ignorarlo, por otra parte, haría evidente para ella lo preocupado que estaba y eso no podía permitirlo. Danny acababa de darle la excusa perfecta para salir del paso.
—¿Se puede saber qué estabas haciendo con Luz en el baño?
La niña había empezado a reír en cuanto sus ojitos habían detectado la presencia de su padre en la habitación.
—Me parece que a tu hija le va el arte, mira cómo se ha puesto la cara… —repuso el muchacho, señalando las mejillas regordetas de la pequeña—. Me descuidé un segundo atándome las zapatillas y en cuanto alcé la vista allí estaba, rotulador en mano, haciéndose un estropicio en la cara… A ver si luego conseguimos quitarle lo que le queda con alguna cosa…
—¡Eh, tenemos a una Picasso en la familia! —celebró Andy, fingiendo estar animada, y se puso de pie.
O, al menos, esa fue su intención. Dylan reaccionó rápido y la sostuvo justo a tiempo.
—Joder, joder, joder… Preciosa, no me des estos sustos… —se quejó el irlandés en voz baja, como si hubiera estado hablando consigo mismo.
—¡Eh… Cuidado! —exclamó Danny. Enseguida fue hacia ellos—. ¡Tía, eres un peligro!
Andy se tomó unos instantes antes de decir nada. Todo daba vueltas a su alrededor a una velocidad vertiginosa.
—¿Estás bien? —insistió Danny, sacándole las palabras de la boca a Dylan.
No tanto como le gustaría, pensó ella. Se limitó a mover afirmativamente la cabeza varias veces. Sabía que Dylan, que la sostenía con ambos brazos, haciendo que ella estuviera parcialmente recostada contra su cuerpo, la estaba mirando. Atento a cada gesto y a cada movimiento, como siempre.
—Uff, qué mareo… Ya estoy bien, ya estoy bien… Pero no tan bien como para que me sueltes… —se apresuró a matizar cuando le pareció que él aflojaba el cerco de sus brazos—. Con lo que me gusta estar así, pegada a ti…
Había sido una maniobra de distracción en toda regla y no estaba segura de que Dylan se lo hubiera creído, pero tenía que intentarlo. Le rompía el corazón notar su preocupación. Aunque él se esforzaba tanto por disimularlo, esos increíbles ojos grises habían dejado de tener secretos para ella hacía mucho tiempo.
Dylan la miró con una ceja enarcada, dejándole claro que su maniobra no había colado.
Con Danny, sin embargo, funcionó.
—¿Estabais aquí cuando dije que prefiero no tener tanta información? ¡Será mimosa, la petarda esta!
Al oír reír a su tío, la pequeña pareció contagiarse y enseguida estiró sus bracitos hacia su padre.
—¡Ven aquí, peque! —dijo Dylan, cogiendo a la niña con un brazo mientras mantenía el otro alrededor de la cintura de Andy, sosteniéndola—. Menos mal que tengo dos brazos, ¿eh?, que si no…
—Eso, eso… ¿Te has preguntado cómo te las vas a arreglar cuando tengamos otros dos retoños? Porque supongo que será mucho esperar que los próximos embarazos empiecen a sentarme bien…
No vayas tan rápido, preciosa. Habrá que ver qué tal llevas el primero. «Llevamos», en plural.
Dylan la miró rezumando amor por los cuatro costados, pero su voz sonó tan desafiante y segura de sí misma como siempre cuando dijo:
—Tú no te preocupes por eso, que «papá» podrá con todos.
- II -
Dylan hizo una evaluación rápida de la situación. Durante la comida, su chica se había mostrado bastante animada. Aunque, probablemente, eso no había sido más que un intento de desviar la atención del hecho incontestable de que había comido como un pajarito. Otra vez. A continuación, mientras esperaba a que los demás acabaran, Andy se había echado en el suelo a jugar con Luz y ahora, las dos dormían como troncos.
Danny estaba tan pendiente de su hermana que no había tardado en darse cuenta y se lo había señalado a Dylan con la mirada y él se había limitado a responder con un ligero movimiento de la cabeza.
—Anímate, hijo, tu madre también hacía cosas raras cuando estaba embarazada de ti —dijo Brennan.
Aquella intervención había sido totalmente inesperada para Dylan. No solo por la información en sí. Lo último que había esperado era que su padre intentara consolarlo… De repente, recordó que aunque todavía le resultara increíble, ya no había motivos para estar a la defensiva; su padre y él habían enterrado el hacha de guerra aquella misma mañana.
—Uy, eso explica muchas cosas… —intervino Danny—. ¿El bebé será otro culo de mal asiento como tú, cuñado?
Dylan se levantó y empezó a recoger la mesa procurando no hacer ruido.
—¿Me lo dices a mí? El culo inquieto de esta familia no soy yo, es tu hermana —repuso el irlandés y, a continuación, miró a su padre—. Gracias por el intento, pero no, no me anima nada… ¿En serio, lo pasó tan mal cuando estaba embarazada de mí? —añadió, intentando ser más amable con su padre.
Brennan también se puso ayudar a su hijo con los platos.
—Sí, tuvo problemas con el azúcar, llegamos a pensar que acabaría con diabetes, pero se recuperó al cabo de un tiempo. El primer trimestre perdió peso porque nada le duraba en el cuerpo el tiempo suficiente para digerirlo… Y después, cuando sus niveles de azúcar se regularon y dejó de vomitar, tú no la dejabas descansar… Te movías muchísimo.
Dylan asintió sonriendo.
—Fui terrible desde el primer momento, ¿eh?
Vio que su padre asentía con la cabeza y que su cuñado lo miraba desafiante.
—Así que tú también le pusiste las cosas difíciles a tus viejos… Es bueno saberlo. Ya sabes, para recordártelo cada vez que me leas la cartilla.
El irlandés esbozó una sonrisa irónica. El chaval hablaba como si no hubiera tenido la oreja tan pegada a la puerta del garaje esa misma mañana como había hecho su hermana.
—Yo no te leo la cartilla más que cuando hace falta. Y, normalmente, no tanto por la cagada que hayas hecho, sino porque te pasas con Andy cuando ella te lo hace notar.
La escena del pasillo del sábado por la noche, minutos antes de que Andy se desmayara, regresó a la mente de Danny. Descubrió que las palabras de su hermana le seguían escociendo igual que entonces.
—Cierto —admitió—. Se me olvidaba que aquí estoy en desventaja cuando se trata de mi hermana.
El irlandés dejó lo que estaba haciendo y miró a su cuñado. Lo vio sonrojarse y le dio igual. Aquel asunto era algo que debía quedar meridianamente claro.
—Aquí y en todas partes, chaval. Si te pasas un pelo con Andy y yo estoy presente para verlo, siempre estarás en desventaja. ¿Me copias?
La incomodidad en el rostro del muchacho era tan grande y tan evidente como la seriedad en el rostro de su hijo. Brennan decidió que era el momento de intervenir.
—Estas molestias suelen ser normales en madres primerizas. Reconozco que asustan, pero son temporales… Al menos, eso nos decía el médico. Según él, no había de qué preocuparse y resultó que tenía razón. Gracias a Dios, con tus hermanas todo fue muy bien…
Brennan consiguió lo que se proponía. La atención de Dylan se desvió de inmediato de Danny y pronto reanudó lo que estaba haciendo.
—Supongo que sí —concedió—. Pero me quedaré más tranquilo cuando sepa cómo han salido esos análisis.
A continuación, cogió la primera pila de cubiertos y platos, y puso rumbo a la cocina. Al pasar junto a su chica, que se había quedado dormida sobre la manta de elefantes y jirafas, con Luz durmiendo contra su regazo, no pudo evitar pensar que aquel cuadro que normalmente le parecía hermoso y solía despertar su lado tierno, en aquel preciso momento lo único que le provocó fue una dolorosa punzada en el estómago.
* * *
Su móvil empezó a sonar antes de que Dylan llegara a la cocina. Dio una instrucción verbal para que la puerta se abriera, dejó los platos sobre la encimera y sacó el móvil del bolsillo trasero de sus vaqueros. Era Anna.
—Mi hija no contesta, así que recurro a ti… —oyó que ella le decía.
En un primer momento, Dylan frunció el ceño. Enseguida cayó en la cuenta de que no lo había oído sonar porque, probablemente, Andy se lo había dejado en la habitación.
—Ah, sí. Estaba haciendo unas llamadas del gimnasio, por unas entrevistas para Tina. Seguro que el móvil se quedó en el escritorio… ¿Qué tal estás? ¿Qué tal llevas la noticia de que volverás a ser abuela el año que viene?
—Fenomenalmente bien, ya que lo preguntas… Dime, ¿sabéis algo ya de los análisis?
—No, estoy esperando que me avisen. Quedaron en enviar un SMS.
—Ah, bueno. Seguramente ya los tendrán listos, ¿fuisteis a primera hora, no?
¿Era una idea suya o a su suegra la preocupación también la estaba afectando?, pensó Dylan. Se suponía que todo estaba en orden, que los desmayos y los vómitos eran normales, eso le venía diciendo desde el sábado.
—En cuanto acabemos de comer, si no me han enviado el SMS, les llamaré por las dudas que se les haya olvidado… Yo también tengo ganas de saber de una vez qué dicen esos puñeteros resultados…
Fue en ese momento cuando Anna se dio cuenta de que su ansiedad le había jugado una mala pasada. En realidad, no estaba más preocupada por Andy de lo que cualquier madre lo estaría sabiendo que su hija no se sentía bien, pero decírselo a Dylan había sido un error. Él lo atribuiría a que ella también creía que el embarazo no iba bien, y nada más lejos de la realidad.
—Dirán que todo está perfecto, querido irlandés, no te preocupes. Y una vez que tengas los resultados, ¿cuándo los verá el doctor Grau?
—En teoría, a las ocho. Quedó en pasarse por aquí.
—¿Y en la práctica? —quiso saber Anna, a quien la forma en que Dylan había respondido le había dado a entender que no tenía intenciones de prolongar su suplicio hasta tan tarde.
—A mi padre se le ha ocurrido que podríamos ir al hospital, a ver si el médico le echa un vistazo rápido a los análisis y nos adelanta algo. ¿A que no suena nada irlandés? Empiezan a notarse sus seis meses en esta isla… Lo estáis llevando por el mal camino; ahora cree que puede colarse por la cara en todas partes —bromeó.
—¡Qué buena noticia! ¿Y te has dejado influenciar por él o vas a esperar hasta las ocho?
—Me he dejado influenciar —reconoció riendo—. Yo no estoy tan tranquilo como tú, así que cuanto antes me quite esta espina, mejor.
—Perfecto. Entonces, las tres mosqueteras también nos daremos una vuelta por el hospital para apoyar tu estrategia. ¡Todos para uno y uno para todos!
—Genial, Anna. ¡Estaré encantado de que me ayudéis a colar a mi mujer en la lista de pacientes!
* * *
«¡Bien!», pensó Dylan al ver el SMS de la clínica. Se levantó rápidamente del sillón.
—Ya podemos ir a buscar los análisis —anunció a su padre y a Danny que estaban con él, en el salón, viendo la televisión—. Voy a avisarle a Andy.
Saber que estaba a pocos minutos de averiguar qué era lo que realmente le sucedía a su mujer, le provocaba sentimientos contradictorios. Por un lado, alivio porque al fin su cerebro obtendría las razones que tanto reclamaba para quedarse en paz y, por otro, cierta inquietud por lo que fueran a revelar los resultados.
Al entrar en la habitación, encontró a Andy sentada frente al escritorio que hacía las veces de tocador, absorta en sus pensamientos. Pensó, animado, que suponía todo un cambio a encontrarla durmiendo… O tirada en el suelo.
—¿Qué, decidiendo si te acicalas o le haces caso a tu marido y reconoces que cuando se es así de preciosa no hace falta acicalarse? —Su tono se volvió aún más insinuante cuando dijo—: ¿Quieres que te demuestre lo preciosa que eres, en mi experta opinión?
Andy aterrizó sin paracaídas. Una sonrisa pícara apareció en su rostro que él vio a través del espejo igual que antes había visto su mirada perdida.
—Si esperas que vuelva a esa clínica, llena de pirañas locas por hincarte el diente, con esta pinta de zombi, ni lo sueñes…
¿De qué «pirañas» estaba hablando? Con los nervios y el susto que llevaba en el cuerpo por la mañana, al acompañarla a hacerse los análisis, apenas recordaba haberse fijado en nada, pero salió del paso echando mano de una broma. Movió los ojos graciosamente a un extremo y a otro de sus párpados con cara de «mí no comprender», haciendo reír a Andy.
—¡No te hagas el desentendido, Dylan! Cuando estoy consciente, me entero de las cosas… Cuando me desmayo, no, claro… ¡Pero, bueno, eso no viene al caso porque esta mañana estaba muuuuy consciente!
Dylan fue hasta ella, tiro del sillón que había junto a la ventana hasta el tocador y se sentó. La miró con una gran sonrisa desafiante.
—Vale, yo no me hago el desentendido y admito que las pirañas me dieron un buen repaso lo que, por cierto, no es de extrañar porque estoy cañón… —Vio que ella sonreía con picardía, pero no la dejó meter baza y continuó—: Y tú te dejas de echar balones fuera del campo y me dices lo que pasa. Te pillé ensimismada y no estabas sonriendo, así que deduzco que, lo que fuera que estuvieras pensando, no era muy excitante que digamos… Cuéntamelo.
A pesar de las formas, el tono empleado por Dylan había dejado claro que no quería oír ambigüedades ni excusas. Andy exhaló un suspiro.
—¿Sabes de lo que me estaba acordando? —Vio que él negaba con la cabeza y permanecía mirándola atentamente—. De que le dije a mi padre que iríamos a Kenia a visitarlo, que buscaríamos un hueco en la agenda y volveríamos a vernos pronto. ¿Qué te parece?
—Una idea fabulosa —repuso él con naturalidad.
Andy bajó la vista. Sacudió la cabeza, contrariada.
—El viernes logré pasar la friolera de dieciséis horas en Londres sin que el miedo a que algo le pasara a mi madre mientras yo estaba lejos de Menorca, me paralizara. Dieciséis horas que para mí fueron un triunfo. Pero ¿sabes qué? Eso es lo que toma llegar a Nairobi. ¿Cómo voy a arreglármelas para pasar dos semanas en la otra punta del mundo sin que me dé un ataque? No puedo hacerlo, Dylan. Y como mi madre decidió no hablarle de su enfermedad y me hizo prometer que yo tampoco lo haría, tendré que inventarme una excusa creíble -o sea, una mentira-, para salir del paso… Lo cuál, no evitará que se lleve un disgusto después de lo ilusionados que estábamos los dos con la idea de volver a vernos pronto. Mentiras y decepciones, vaya manera de retomar la relación con mi padre… —Exhaló un suspiro—. Te juro que no entiendo qué me pasó para decirle algo así… Pero no puedo permitir que siga haciéndose ilusiones con algo que no va a suceder, así que esta noche, cuando nos conectemos por Skype, tendré que aclarar las cosas… En eso pensaba; en una mentira piadosa.
Dylan la miró con dulzura. Desde el sábado, tenía la sensación de que entendía mucho mejor que antes cómo funcionaba aquella preciosa cabecita compasiva. Por eso sabía que había llegado la hora de echarle un cable.
—Pues yo sí que lo entiendo. Quieres recuperar el tiempo perdido con tu padre y, por una vez, pasaste de lo que dijera tu sensato cerebro y le diste luz verde a tu corazón para que hiciera planes…
Andy se mordió el labio inferior y sacudió la cabeza, apenada pensando que a buenas horas se le había ocurrido «darle luz verde a su corazón».
Dylan se inclinó hacia Andy y besó el labio que ella se estaba mordiendo. Ya de paso, besó el otro también y lo que, en un principio había pretendido ser una forma de sacarla de su bucle de culpabilidad, se convirtió en un largo y amoroso beso pleno.
Al fin, sosteniendo las manos de su mujer entre las suyas, murmuró:
—Escucha, la enfermedad de Anna es harina de otro costal y si tu madre prefiere no hablarle de ella, no está en tus manos hacer nada… A lo mejor, cambia de idea en el futuro, el tiempo dirá… Pero si no te ves capaz de estar tantos días fuera de esta isla, tampoco pasa nada. No necesitas mentirle a tu padre, Andy. Porque resulta que estás embarazada y como «eres así de rarita», el embarazo no te está sentado bien… —Dylan posó su mano sobre el vientre de Andy y ella, que lo estaba escuchando con atención deseando fervientemente encontrar una salida al cargo de conciencia que sentía, acarició la mano masculina, enternecida—. Podemos contarle lo que sucede y proponerle un cambio de planes, invitarlo a que venga a pasar unas vacaciones con nosotros, aquí en la isla. En casa, si quieres y él se deja convencer, así puedes disfrutar de tu padre todo el tiempo que esté aquí… Dijo que hasta mayo no empezaba la temporada alta de trabajo, así que… —Su sonrisa de cazador hizo acto de presencia—. ¿Qué premio vas a darle a tu chico por tener ideas tan geniales?
«Te mereces el cielo, amor. Te lo mereces TODO», pensó ella.
Andy le pasó los brazos alrededor del cuello y se pegó a él en una reacción que a Dylan lo tomó desprevenido.
—Doy gracias cada día por tenerte conmigo… No te haces una idea de lo importante que eres para mí… —Buscó su mirada—. Seguro que este no era el premio que tenías en mente ahora mismo, pero… Te adoro, Dylan. Te quiero con toda mi alma.
En efecto, aquel no era la clase de premio que Dylan había pensado, pero aquellas palabras, dichas entre susurros con tanto sentimiento, entraron directo en su corazón haciéndolo sentir una vez más el tipo más afortunado de la galaxia.
- III -
No solo los tres mosqueteros los estaban esperando en el hospital, también D’Artagnan, pensó Dylan al ver a Pau junto a sus hermanas hablando muy animadamente con una mujer de pijama sanitario celeste, que tenía pinta de ser quien llevaba la batuta.
—Ay, mira, allí vienen… —dijo Neus, viendo la silueta imponente de un tipo vestido de negro que no tenía un solo pelo en la cabeza, atravesando la sala de espera de la mano de Andy.
—Ay sí, sí… Mira a mi niña, qué guapa está… —intervino Anna. Ayudada por Jaume, fue hacia su hija con la que se encontró a mitad de camino y se fundió en un abrazo. Abrazo que también hizo extensivo a su yerno, diciendo con picardía—: Ven tú también, querido irlandés, no vaya a ser que te pongas celoso…
Pero un instante después, madre e hija se pusieron a conversar de sus cosas, ignorando completamente a los dos hombres que estaban a su lado.
—Creo que sobramos —comentó Dylan, riéndose.
—Eso parece… Pero yo tengo que quedarme. A tu suegra no le gusta la idea de llevar bastón, ¿sabes?
Anna le hizo un guiño a Andy, que miraba con cariño a aquel hombre que había sabido ganarse su respeto por la vía más directa de todas; haciendo feliz a su madre, y a continuación, apretó cariñosamente el brazo de Jaume.
—Pero vamos a ver… ¿Qué mujer en su sano juicio preferiría un bastón teniendo a su lado a un hombre tan atractivo como tú en el que apoyarse?
Dylan hizo un gesto de «¡toma ya!». Algo había cambiado en la forma en la que Anna y Jaume se comunicaban. Él siempre se había prodigado en piropos y en atenciones hacia ella, pero Anna, no. Al contrario que él, solía mostrarse muy medida en sus demostraciones públicas de afecto. Ahora, por lo visto, se había soltado la melena.
—En ese caso, seguiré haciendo de bastón con mucho gusto —repuso el mallorquín, más ancho que largo.
En aquel momento, Pau se acercó hasta ellos.
—Yo no sé qué es eso que dice esta gente de que te está sentando tan mal el embarazo… Yo te veo preciosa, sobrina, mejor que nunca… ¿No es verdad, Dylan? —Sin esperar respuesta, y tan animado como se había mostrado hasta el momento, continuó—: Ya está todo arreglado. Ahora que habéis llegado, Mari Cruz —dijo, refiriéndose a la enfermera con quien había estado hablando— se ocupará de avisarle al doctor que estáis aquí. Así podréis darle los análisis para que él les eche un vistazo… Estarán perfectos, por supuesto, no hay más que ver a mi sobrina para saberlo, pero así todos nos quedaremos más tranquilos…
«Tanta verborrea solo quiere decir una cosa; que tú también estás de los nervios», pensó Dylan, solidarizándose con el tío de Andy.
—Muchas gracias, tío… —dijo Andy—, yo también ya tengo ganas de saber lo que dicen esos benditos análisis…
—Bueno, mientras esperamos, yo voy a buscar café —intervino Roser—. ¿Quién se apunta?
Todos se volvieron a mirarla extrañados, pero solo una persona lo puso en palabras.
—Chica, por favor, vas a hacer que diluvie o que caiga un rayo y nos parta a todos… — comentó Neus. Estaba de pie junto a Andy y le había pasado un brazo alrededor de los hombros, apretándola contra ella cariñosamente.
Roser puso los ojos en blanco.
—Ya estamos con las bromitas… Por una vez en la vida que os invite a café, no tiene por qué pasar nada —repuso, dándose por aludida, y volviendo a sorprenderlos.
Danny se había quedado rezagado al acompañar al padre de Dylan, a quien su pierna dolorida le obligaba a andar despacio. Estaba ansioso por escucharle decir al médico que el hecho de que su hermana se fuera cayendo por los rincones, aunque a él le pusiera los nervios de punta, no era nada grave. De hecho, se sentía incluso feliz de saber que su comecocos, con el que llevaba bregando desde que la había visto tirada en el suelo del pasillo, llegaría a su fin justo a tiempo de poder disfrutar del último rato que pasaría con su novia Alice hasta después de Reyes.
Pero cuando entró en la sala de espera y vio a su madre recostada contra aquel tipo que le caía fatal, su gesto se transformó completamente y otro tanto sucedió con su humor.
Por lo visto, estaba condenado a verse las caras con él donde quiera que iba. Y para que quedara bien claro que no aceptaba de buen grado su condena, se limitó a pasar frente a su madre y sus tías sin detenerse. Brennan, en cambio, sí lo hizo. Miró a las tías de Andy como diciendo «qué le vamos a hacer, el muchacho es muy joven todavía».
—¿Qué pasa, chico? ¿Ahora no saludas? —espetó Neus, dejando claro que la juventud de su sobrino no justificaba sus malos modales.
Danny ni siquiera se volvió. Se limitó a saludarla con la mano y siguió camino hacia la fila de asientos que estaba contra la cristalera, donde tomó asiento y se puso a jugar con su sobrina, como si no existiera nada más.
* * *
Dylan y Andy llevaban cerca de media hora esperando cuando al fin vieron al doctor Grau. Las hermanas Estellés enseguida se alborotaron y hasta Danny se levantó de su asiento y fue hacia donde estaba su familia con Luz en brazos. Pero el médico se detuvo a hablar con una enfermera y la ansiedad de Dylan decidió que ya había tenido suficiente; el irlandés tomó la mano de Andy y los dos fueron a su encuentro. Seguidos, como era de esperar, por el resto de la familia.
Al médico, que ya estaba advertido de su presencia, le bastó ver a Dylan para darse cuenta de por qué él y su mujer estaban allí en el hospital, buscándolo, cuando se suponía que habían quedado a las ocho en su casa. Acabó su conversación con la enfermera y señaló una puerta que estaba junto al mostrador de recepción.
—Venid conmigo, por favor… —Y echando un vistazo al grupo de gente que los acompañaba, comentó—: Que el equipo de animadoras espere aquí.
El médico entró en primer lugar y mantuvo la puerta abierta para Andy y Dylan.
—¿Tenéis el sobre?
—Sí… —repuso Andy que enseguida le entregó los análisis que habían recogido en la clínica—. Aquí está.
El hombre rasgó el sobre con parsimonia, extrajo tres folios unidos por una grapa y se dedicó a repasar hoja por hoja, volviendo atrás y avanzando otra vez, ajeno al nivel de inquietud que tanta observación estaba provocando en la pareja.
Al fin, se dirigió de nuevo a la puerta.
—Esperad aquí…
—Pero doctor, ¿no nos dice nada? —espetó Dylan.
El médico no se detuvo. Se limitó a hacerle un gesto con la mano de que esperaran. De repente, Andy y Dylan volvieron a quedarse a solas, mirándose sin entender una palabra.
Dylan sentía ganas de agarrar a aquel hombre por el cuello y sacudirlo hasta que escupiera la información que conocía y que, incomprensiblemente, se negaba a compartir. Pero razonó que si él se sentía así, lo de Andy sería mucho peor.
—¿Los resultados serán tan buenos que ha ido a buscar un marco para colgarlos en la pared? —bromeó Dylan.
«O quizás son tan malos que directamente fue a buscar al sacerdote para que me dé la extremaunción» pensó ella.
En su lugar, como hacía siempre, le dedicó a su marido una sonrisa divertida y se encogió de hombros.
* * *
El doctor Grau no había ido a buscar a ningún sacerdote.
Al cabo de otro interminable cuarto de hora, reapareció acompañado de una mujer joven, de alrededor de 30 años, que a diferencia de la otra con la que había estado hablando, vestía una bata blanca.
—Esta es la doctora Menéndez, es la obstetra más joven del equipo del hospital.
Después de las presentaciones el médico continuó.
—Le he pedido que me hiciera el favor de incluirte en su lista de pacientes de hoy para que puedan hacerte una ecografía sin seguir el debido procedimiento —dijo con segundas, recalcando que el hecho de que Andy y Dylan estuvieran allí, era otro flagrante incumplimiento del procedimiento.
Su broma no tuvo el menor efecto. Su propuesta, sí.
—¿Una ecografía? —dijo Andy. La preocupación fue tan evidente en su voz que el médico sonrió.
Iba a responderle a su paciente cuando Dylan habló.
—¿Qué hay de los análisis? No nos ha dicho nada. ¿Están bien?
El hombre mostró sus manos en una señal de que se tranquilizaran.
—Están bien, están bien… —Miró a la obstetra brevemente y miró a Andy—: Me has dicho que este mes tuviste la regla. Así que, antes de derivarte al médico especialista que llevará tu embarazo, quiero saber con la mayor exactitud posible de cuánto estás. Y para eso es necesario hacerte una ecografía, ¿de acuerdo? —Al ver que los dos asentían con la cabeza, aparentemente más tranquilos, bromeó—: Vete acostumbrando porque acabarás hasta el moño de que te embadurnen la tripa con ese gel tan frío… Id con la doctora, yo os veré más tarde.
El médico salió de la consulta y dejó la puerta abierta. Dylan y Andy salieron acompañados de la treintañera de bata blanca y se quedaron cerca de la puerta esperando instrucciones.
—Es por aquí —dijo ella, señalando el pasillo donde estaban los ascensores.
Dylan le pasó un brazo alrededor de la cintura a Andy y la estrechó brevemente contra su cuerpo.
—¿Andas o prefieres que te lleve en brazos? —bromeó.
Ella exhaló un suspiro. Forzó una sonrisa en sus labios.
—Mmm… Qué oferta más tentadora, calvorotas…
«Ya», pensó él, «no te has tragado lo de hacerte una ecografía para saber de cuánto estás. Pues ya somos dos, nena».
* * *
Tras rellenar unos formularios que le había entregado a Andy, la obstetra la había derivado a la ecografista, una mujer que casi la doblaba en edad y que se había mostrado amable y tan esquiva a responder a sus preguntas u ofrecerles información como lo habían sido los otros médicos.
Lo único que había dicho alto y claro lo había hecho por teléfono y habían sido las palabras: «¿Puede venir, por favor, doctora Menéndez?»
Echada en aquella camilla, con «la tripa embadurnada de gel», viendo cómo la ecografista miraba la pantalla sin decir una sola palabra ni hacer el menor gesto que pudiera ofrecerle alguna pista, Andy empezaba a sentirse realmente impotente.
Un instante después supo que Dylan se sentía exactamente igual.
—Oiga, ya está bien de tanto secretismo —espetó, poniéndose de pie. La mujer lo miró sobresaltada—. ¿Qué narices pasa? ¿Qué es lo que está viendo con tanta atención en esa pantalla? ¿Un hombrecillo verde con antenas? ¿O es que el crío nos ha salido con dos cabezas? ¡Hable de una vez!
A pesar de su frustración y de su propia preocupación, Andy no pudo evitar sonreír. La ecografista se había quedado de una pieza, totalmente descolocada por la reacción de Dylan. Teniendo en cuenta que la mayoría de la gente asociaba su imagen a la de un miembro de la Hermandad Aria, la pobre mujer debía estar temiéndose lo peor.
Entonces, se oyó la voz de la doctora Menéndez. Todos la miraron con cierta sorpresa ya que nadie la había oído entrar.
—Por favor, cálmese, ¿señor…?
—Mitchell —repuso Dylan.
La treintañera asintió con una sonrisa amable.
—Si me da unos minutos para que la compañera me muestre los resultados de la ecografía, con mucho gusto responderé a todas sus preguntas. ¿Le parece bien?
Dylan se limitó a conceder con un gesto de la mano, pero su cara de pocos amigos se ocupó de informarles a todos los presentes que aquella era la última concesión que haría.
Durante unos minutos que tanto a Dylan como a Andy les parecieron eternos, las dos mujeres mantuvieron una especie de conversación compuesta de gestos y palabras impronunciables para el común de los mortales, a la que poco después se había unido también el doctor Grau.
Dylan sacó el móvil para consultar la hora y soltó un bufido. Andy lo agarró de la mano y él la miró brevemente, pero no se calló. Estaba hasta las narices de no saber nada.
—¿Necesitan un café para aclararse las ideas… O quizás, mejor, un buen pelotazo de whisky? —propuso de tal mala uva que el doctor Grau sonrió.
—No te impacientes tan pronto, «papá». Te quedan treinta y dos semanas para tirarte de los pelos… Uy, pero si no tienes pelos que tirarte… Eso será un problema —bromeó.
Su broma no disimuló el hecho de que acababa de ofrecerles el primer dato de los muchos que Dylan había reclamado. Andy lo entendió a la primera y fue su reacción la que puso a Dylan sobre aviso.
—¿Estoy de dos meses ya? —preguntó sorprendida, sus ojos brillantes de ilusión.
Una sonrisa se abrió paso entre la mala uva de Dylan.
—¡¿Dos meses…?! ¡Esto es alucinante! —dijo apretando la mano de Andy, tan ilusionado como ella.
El doctor Grau asintió con la cabeza varias veces. Intercambió miradas con la obstetra y la ecografista antes de decir:
—Pues imaginaos lo que vais a alucinar cuando os contemos lo que nos ha «chivado» esta pantalla…
Dylan y Andy se miraron.
—Pero está todo bien, ¿no? —dijo él.
El doctor Grau volvió a asentir y, esta vez, lo hizo con énfasis. Le cedió el turno de palabra a la ecografista con una mirada.
—Sí, señor, todo está en orden. Y aprovecho la ocasión para aclararle que no me tomé tanto tiempo por ponerlo nervioso, ¿sabe? —repuso ella con retintín—. Lo que necesitaba confirmar es difícil de ver, incluso con un buen equipo como este. Y fíjese, tenía usted razón en algo de lo que dijo; hay dos cabezas aquí —señaló la pantalla que Dylan y Andy no podían ver—, pero no se preocupe, pertenecen a cuerpos distintos y ninguna tiene antenas. Si son verdes o no, no puedo asegurarlo. Es un poco pronto para saberlo…
La primera reacción vino de parte de Andy.
—¡Maaaaaaaaaaaaaaadre mía! —exclamó, y se cubrió la boca con las manos mientras se reía y los miraba a todos con absoluta incredulidad.
Dylan, en cambio, se quedó muy quieto. Como si su cerebro aún no hubiera hecho las asociaciones correspondientes. Como si necesitara tiempo para asimilar lo que acababa de oír.
—¿Son dos? —preguntó al fin.
Grau asintió con una sonrisa, pero fue la doctora Menéndez quien respondió.
—Los análisis que, por otra parte, han salido muy bien, mostraban unos niveles elevados de hCG, lo que normalmente indica que puede tratarse de un embarazo múltiple. Por eso el doctor Grau quiso confirmarlo mediante una ecografía antes de anticiparles nada a usted y a su esposa. Ahora, podemos hacerlo, así que, respondiendo a su pregunta; sí, son dos, señor Mitchell. Aún es pronto para conocer el sexo, pero son dos. ¡Enhorabuena, pareja!
Dylan se agarró la cabeza con las manos, incapaz de salir de su asombro.
—Joder, son dos —repitió, como si estuviera hablando consigo mismo mientras el grupo de doctores contemplaba la escena con una sonrisa divertida y Andy lo miraba radiante de amor y de ilusión.
Pero, de repente, él se dejó caer en la silla, desmadejado. Echó la cabeza hacia atrás y exhaló el aire en un largo suspiro.
—¡Eh…! ¿Estás bien, amor? —preguntó Andy ante aquella reacción tan insólita en él.
Él la miró unos instantes algo confuso. Primero, asintió con la cabeza. Luego, se encogió de hombros porque, en realidad, no sabía muy bien lo que le sucedía. Al fin, habló y, por primera vez desde que estaban en aquel hospital, lo hizo en su propia lengua:
—Te juro que no me puedo mover… Tengo tal flojera en el cuerpo que van a necesitar una grúa para sacarme de aquí —reconoció, y cuando la causa de semejante conmoción regresó a su mente, una sonrisa iluminó su rostro—. ¿En serio, son dos? ¡Pero qué fuerte, nena! ¡¡¡NO ME LO PUEDO CREER!!!
Un instante después, para gran alivio de Andy, Dylan se echó a reír a carcajadas.
Por supuesto, no hizo falta ninguna grúa para poner en pie al irlandés. La vibrante energía de su alegría sin par se ocupó de mantenerlo en ese estado ideal en el que con sus pies posados firmemente sobre el suelo, podía acariciar el cielo con los dedos.
Y a medida que la inesperada noticia de que su mujer y él estaban esperando mellizos fue cobrando fuerza en su interior, Dylan pasó de reírse de felicidad a abrazar a Andy y comérsela a besos a cada rato, sin venir a cuento.
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©️2021. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
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