Club Románticas, la Zona Vip de Patricia Sutherland



DYLAN & ANDY

Protagonistas de Lola (Serie Moteros # 3)


Club Románticas. Contenidos exclusivos dedicados a Dylan y Andy, pareja protagonista de Lola, Serie Moteros 3.

CONTENIDOS EXCLUSIVOS

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CR16. Dylan & Andy. 9 semanas.


Dylan & Andy. 9 Semanas, de Patricia Sutherland.

Domingo, 2 de enero de 2011

Casa de Dylan y Andy.

Cala Morell, Ciudadela.

Menorca


- I -

Domingo, 2 de enero de 2011

Casa de Dylan y Andy.

Cala Morell, Ciudadela.

Menorca


Dylan abrió los ojos. Pestañeó un par de veces e intentó tomar contacto con la realidad. De inmediato, un pensamiento apareció en su mente; «voy a ser padre y son dos bebés… ¡Tío, qué golazo!». Un segundo después una sonrisa inmensa apareció en su anguloso rostro y, con ella, las mismas sensaciones que se venían apoderando de él desde que había recibido la buena nueva. Era euforia, realización, orgullo y tanta, tanta ilusión como no recordaba haber sentido en toda su vida.

Miró a Andy. No tenía la menor idea de qué hora era, pero sabía a ciencia cierta que ella no se había levantado en toda la noche. Bien, pensó. Necesitaba descansar. Entre sus persistentes malestares y la locura que se había adueñado de toda la familia al conocerse la noticia de que esperaba mellizos, había sido una semana de no parar que había alcanzado el punto culminante de locura la Nochevieja. Prácticamente habían tirado la casa por la ventana y no contentos con eso, el año nuevo habían tenido visitas todo el día. 

La habitación estaba en penumbras, así que Dylan no veía gran cosa, pero Andy le pareció tranquila. Estaba echada sobre su lado derecho, de espaldas a él, cubierta apenas por una sábana. Su respiración era acompasada y no estaba encogida. Una buena señal que venía a informarle que no había dolor; su estómago le estaba dando una tregua.

Se incorporó despacio, detuvo la alarma despertador y abandonó la cama. Descartó ducharse, ya lo haría después. No quería despertar a Andy. Cogió sus bóxers y se los puso. Hizo lo mismo con unos pantalones de chándal que recordaba haber dejado en el respaldo del sillón y salió con sigilo de la habitación. 

Entreabrió la puerta de la habitación de Luz, pero no entró. Se asomó y comprobó que todo estaba tranquilo. La niña también dormía como un tronco. Sonrió. Como buen lobo solitario, le encantaban esos ratos en los que tenía la casa solo para él. Con un poco de suerte, su padre no le estropearía la fiesta, levantándose temprano.

Entró en la sala de lavado, cogió un buzo de la pila de ropa limpia que todavía no les había dado tiempo a guardar en los armarios y se lo echó sobre un hombro. De camino a la cocina, hizo una breve parada en su estudio para coger su ordenador portátil.

Poco después, con un café humeante en la mano se sentó a la mesa y abrió el portátil.

«Hora de aprender de qué va todo esto de los embarazos gemelares», pensó con renovada energía.


* * *


La soledad le duró a Dylan apenas media hora. Pero fueron treinta minutos de lo más reveladores.

—Buenos días, hijo. Has madrugado. ¿Habéis tenido una noche movida? —dijo Brennan al entrar en la cocina y encontrar a Dylan allí.

Los fines de semana solía darle tiempo a leer el periódico antes de que empezara a haber movimiento en la casa. Hoy, ni siquiera le había dado tiempo a ir a comprarlo.

Dylan necesitó unos instantes para apartar sus ojos de la pantalla y tomar conciencia de que ya no estaba solo. Y unos más para caer en la cuenta de que su padre le había hablado.

—Buenos días. No, no… Por suerte, Andy ha dormido toda la noche… 

Brennan frunció el ceño. En principio, se trataba de una buena noticia. Sin embargo, la cara de su hijo distaba mucho de la del hombre eufórico que gastaba desde hacía seis días. Reparó enseguida en el portátil que Dylan tenía frente a él.

—¿Está todo bien? —fue lo único que se le ocurrió decir. No quería ser entrometido, pero resultaba tan evidente que algo le sucedía, que no podía ignorarlo.

Dylan cogió su taza y bebió los restos de café helado que contenía ganando tiempo para decidir qué hacer. Su padre lo había pillado in fraganti, de modo que si pretendía eludir el tema, la excusa tendría que ser muy buena. Por otro lado, pensó, ¿realmente, quería eludirlo? 

Le indicó que tomara asiento y cuando lo hizo, giró el portátil y lo empujó hacia él.

Brennan abrió el estuche de sus gafas y se las puso. Acomodó el portátil a la distancia adecuada y leyó. Su vista se dirigió automáticamente a un fragmento que destacaba en amarillo. Sus cejas se arquearon sin que él fuera consciente de ello.

El texto hacía referencia a un síndrome que se presentaba en los embarazos múltiples con una frecuencia bastante preocupante -entre el 21% y el 30%-. Uno de los nombres que recibía era «síndrome del gemelo evanescente». Solía darse generalmente durante las primeras doce semanas del embarazo y se definía como la pérdida en el útero de uno o más de los fetos de un embarazo múltiple al ser total o parcialmente absorbidos por el otro.

—¿Es información fiable? Lo siento, hijo, soy un total ignorante en el tema de los embarazos múltiples. Casi si me apuras, en el tema de los embarazos a secas. En mis tiempos, la información era cosa del médico y a los padres nos decían poco y nada.

—Supongo. Es un estudio que se publicó en una revista médica prestigiosa, según dicen.

Brennan asintió. No sabía qué decir y no le extrañaba en absoluto el radical cambio que había sufrido el ánimo de su hijo. 

—¿El médico o la doctora Menéndez os han dicho algo sobre esto?

—No, nada.

El alivio que sintió Brennan fue evidente en su rostro. Incluso sonrió.

—En ese caso, no es más que un dato de los miles que habrá en relación con los embarazos múltiples. Hasta que lo confirmes con el doctor Grau o la Doctora Menéndez, tómalo con pinzas, Dylan. Si realmente hubiera algún problema, os lo habrían dicho. —Su hijo seguía con la vista perdida en la taza que sostenía entre sus manos—. ¿No crees?

Dylan respiró hondo. La noticia había sido como un cubo de agua helada del que le estaba costando recuperarse. Pero debía hacerlo y cuanto antes, se dijo.  

Alzó la vista hasta su padre y, al fin, asintió.

—Claro. Hablaré con Grau para que me aclare todo esto. Y mientras tanto, aquí no ha sucedido nada. ¿De acuerdo, padre?

—No sé de qué me hablas —sonrió y le hizo un guiño—. Pero mis tiempos de llevarte la contraria se terminaron, así que… Sí, de acuerdo.


* * *


Dylan soltó una carcajada al ver la reacción de Luz ante su postre favorito; puré de manzana y plátano. La niña empezó a agitar sus bracitos, desbordante de excitación, y en una de esas, le dio al plato que rebotó sobre la mesa y esparció la pringosa mezcla por todas partes, cara y pelo de la pequeña incluido. Y en vez de sorprenderse -o de enfurruñarse, como recordaba perfectamente que hacía Shea cuando era pequeña-, su rayito de sol solo atinó a echarse a reír, regalándoles a su padre y a su abuelo otro momento inolvidable. 

—Ven aquí, terremoto… Eres un peligro cuando te emocionas. 

—Ten cuidado. Tiene un buen pegote en el pelo…  —intervino Brennan con una sonrisa, señalando un sector a la derecha del flequillo. Aunque en su caso, todavía no estaba claro si la razón de que su sonrisa fuera tan grande eran las ocurrencias de la niña o presenciar una vez más esa faceta superdesarrollada de padrazo de la que hacía gala su hijo. Pensó que quizás buena parte de lo maravillado que se sentía, se debía a la gran contraposición que suponía ver tal capacidad de amar en alguien con el aspecto de un miembro de la Hermandad Aria, más acusada si acaso aquella mañana ya que no se había afeitado.

Dylan tomó en brazos a la pequeña, algo que a Luz le gustó tanto que enseguida quiso agradecérselo con besos. Conclusión: ahora eran dos los que tenían la cara manchada. Pero, por lo visto, a la niña le daba igual comerse el puré de su plato o de la mejilla de su padre y se sirvió a placer.

—¡Nooooo, Luz…! ¡No me chupes la cara, peque!

Andy que entró en la cocina en aquel momento, se dirigió donde estaba Brennan y le dio un beso en la mejilla.

—¡Cómo que no! ¿Crees que es tonta? —intervino. Le tapó los oídos a su suegro y añadió en voz baja—: Hasta ella piensa que estás demasiado bueno para no aprovecharse, ¿ves que no soy solo yo?

Los ojos de Dylan rezumaban vanidad nivel «pavo real desplegando sus plumas» cuando respondió:

—Guaaaau… Recuérdame que más tarde te lo agradezca en condiciones. —Evitó mirar a su padre porque el muy bobo se sonrojaba y lo hacía sentir un extraterrestre (como si él nunca hubiera flirteado con su esposa) y cambió de tema—: Y ahora dime, ¿estas son horas de levantarse, dormilona? 

Andy se desperezó a gusto. No sabía qué hora era. Lo único que sabía era que había dormido de un tirón y que ahora no sentía náuseas. Todo un acontecimiento que pensaba celebrar con un buen sándwich de mantequilla de cacahuete. Pero antes de eso…

Fue hacia Dylan y se sentó en una de sus rodillas, decidida a compartirlo con Luz. Él la rodeó con su brazo libre, más feliz que unas Pascuas. 

—No oí el despertador… —explicó—. Si todavía no has bañado a la niña déjalo, que ya lo hago yo. —Y le dio un beso en los labios que Dylan se ocupó debidamente de convertir en un señor beso.

«Ni lo sueñes», pensó él. Con los problemas de estabilidad de Andy, ya se veía rescatándola de ahogarse en la bañera si le daba un mareo o, peor aún, sufría un desmayo. Era más seguro que los tres se metieran en la bañera. Lo hacían a veces porque a Luz le encantaba que los tres jugaran en el agua. 

—El despertador no sonó. Yo lo apagué. Y en cuanto a tu oferta, tengo una contraoferta, a ver qué te parece… —Se miraron con picardía y entonces el irlandés dijo en alto—. Tápate los oídos, Brennan.

La risilla de Luz, festejando la broma como si la hubiera entendido, fue el detonante de un buen rato de carcajadas. 

Entonces, la puerta de la cocina volvió a abrirse y apareció el segundo guardaespaldas de Andy con tal cara de dormido que Brennan enseguida le ofreció una silla. Danny negó con la cabeza y miró a su cuñado.

—¿Ya estás acaparando, irlandés? —le dijo—. A mi hermana te la regalo, pero esa nena preciosa se viene conmigo ya, que para eso soy el mejor tío del mundo… ¿A que sí, Luz?

Andy le hizo un guiño a Dylan y respondió en tono muy serio.

—Pero bueno, ¿otra vez te has olvidado de cambiar el código de la puerta, calvorotas? ¡No ves que así entra cualquiera!

—«Cualquiera», te voy a dar a ti —repuso Danny, inclinándose a besarle la coronilla—. ¿Cómo estás, petarda? ¿Has podido dormir algo, o has tenido a toda la familia en vela otra noche más?

Quien respondió fue Dylan.

—Ha dormido muy bien.

Los ojos del muchacho se iluminaron.

—¿En serio? ¿Estás mejor?

Andy le apretó una mano cariñosamente.

—Que sí, pesado. Estoy bien… Pero me vendría genial que un alma caritativa me hiciera un sándwich… —dejó caer con picardía—. De mantequilla de cacahuete, si puede ser.

—Vaaaaale… —Danny se puso manos a la obra de inmediato, pero no se calló la guasa de turno. Estaba demasiado feliz para callarse—. Esta tía nos va a convertir en sus esclavos mientras dure el bendito embarazo, ¿lo tienes claro, no, cuñado? 

«Y después de dar a luz, también», pensó el irlandés. Sintió que una emoción indescriptible se apoderaba de él ante la sola idea de ver nacer a sus hijos, y asintió varias veces con la cabeza.  

Sin embargo, para sorpresa de todos, no fue él quien respondió.

—La malcriaremos, sí, señor. Y lo haremos con mucho gusto —aseguró Brennan, dedicándole a su nuera una mirada cargada de cariño.


- II -

Aquel mismo día, más tarde…


Dylan acabó su sesión de afeitado completo y retiró con agua los restos de espuma que aún le quedaban debajo de las orejas. Normalmente solía ducharse primero para que el calor le abriera los poros y el proceso fuera más fácil, pero con tanto jaleo en casa no se afeitaba desde hacía tres días y ya no lo soportaba más. Se pasó la mano por la cabeza y a continuación hizo lo propio con la cara. Conforme con el resultado, enjuagó y secó los implementos de tortura masculina y los guardó en su sitio.  

El plan era darse un baño y después ponerse a cocinar para un regimiento por séptimo día consecutivo. Desde que la gran noticia de que el desmayo de Andy se debía a que estaba embarazada de mellizos había corrido como un reguero de pólvora entre la familia y las amistades, tenían la casa llena de gente constantemente. No era un plato de gusto para Dylan, pero entendía que estaban preocupados por Andy y esa era su manera de acompañarla, de mostrarle el inmenso afecto que sentían por ella. En todo caso, si eso reconfortaba a Andy, él estaba más que dispuesto a permitirlo sin rechistar el tiempo que hiciera falta.

Se disponía a meterse en la ducha, cuando alguien abrió la puerta. Dylan giró la cabeza intuyendo de quién se trataba, y sonrió.

—Lo siento. Este está ocupado, hay otro baño al final del salón. Pero si tienes mucha urgencia, te queda más cerca el baño de invitados que está en el pasillo —le dijo, como si no habitaran la misma casa y su mujer no supiera de cuántos baños disponía la vivienda. 

Ella fue a prisa hacia él y lo rodeó con sus brazos. Apoyó la mejilla contra su pecho desnudo y soltó un suspiro.

—Sí, ya… Pero tú estás aquí y te necesito. 

Dylan la sostuvo por la cintura en un abrazo holgado.

—Me necesitas —repitió. 

—Sí. Por una vez, me siento bien y cuando estoy bien, te necesito.

—¿Y qué pasa cuando no estás bien?

—Que entonces te necesito mucho más. 

—O sea… Que siempre me necesitas —repuso él, buscando su mirada.

Hablaban en tono muy bajo, casi al nivel de los susurros.

—No sabes cuánto, Dylan… Pero solo es un intercambio justo para ti cuando estoy bien, como hoy. 

Él frunció el ceño, la hizo girar de frente al espejo y se colocó detrás. Se agachó para ponerse a su altura y la miró a través del espejo.

—Quiero que me necesites siempre. Me encanta. Y no sé qué es eso del intercambio justo, pero para que conste en acta, yo no tengo quejas… De ninguna clase.  Cada vez que te miro y vuelvo a caer en la cuenta de que aquí —posó sus grandes manos sobre el vientre femenino— están mis hijos… —Suspiró y cerró los ojos porque ni él mismo acababa de asumir que era verdad, que detrás de esa tableta de chocolate que hablaba del gran estado físico de su mujer, crecían dos vidas diminutas—. Es el regalo más grande de mi vida… 

Los ojos de Andy se llenaron de ternura, también de emoción. 

—Y de la mía, te juro que todavía no me lo puedo creer… —concedió, pero sabía que como se dejaran llevar por su mutua sensación de maravilla, se quedarían sin rato a solas—. No sé cuánto durará la paz... Tina me llamó para decirme que cuando acabe en el gimnasio también se pasará por aquí para ver cómo estoy. —Lo dijo con cierto tono de hartazgo que a él lo hizo sonreír—. Pero me encantaría que… Ya sabes, intentemos aprovecharlo… —Esta vez, una sonrisa pícara apareció en su rostro.

Y a la sonrisa, siguieron sus manos posándose sobre las de Dylan.

Él la besó en la boca largamente.

—¿Te estás agobiando con tanta visita? —murmuró sobre los labios de Andy.

—Un poco… Pero ya nos ocuparemos de eso a su debido tiempo. 

—Yo me ocuparé de eso en cuanto tú me digas —repuso Dylan.

Ella suspiró y se pegó a él, haciendo que él la rodeada completamente con sus brazos. Apretó los párpados y habló con el corazón en la mano.

—Eres lo mejor de mi vida, Dylan. Te quiero con locura.

—¿Sabes qué te digo? —repuso, sus ojos de cazador al acecho. La tomó de la mano, la condujo hacia la banqueta que había en un extremo del baño, se sentó e hizo que ella hiciera lo mismo sobre sus piernas—. Que ha llegado la hora de que me lo demuestres. 

Andy sonrió al tiempo que se liberaba de su camiseta, exponiendo sus pechos desnudos frente a un Dylan que se regodeó en las vistas a placer.

—¿Estás preparado? Mira que hoy me siento estupenda, calvorotas.

—Habrá que verlo —murmuró él antes de fundirse en un beso apasionado con ella.


* * *


—Oye, Dylan… ¿Por qué me acaba de decir Erin que creía que no íbamos a la quedada en honor a Romy? ¿No entregamos el formulario en el mismo bar en Navidad? —preguntó Andy al entrar en el salón, guardándose el móvil en el bolsillo de los vaqueros. De pronto, cayó en la cuenta de que acababa de dejar a alguien con la palabra en la boca y sonrió—: Uy, perdón… Se me había olvidado que estábais aquí…

Dylan aprovechó la coyuntura. Además le venía a las mil maravillas para no tener que responder a su pregunta. Sabía que el asunto traería cola.

—Será algún problema de memoria a corto plazo —repuso él—. Habrá que decírselo al médico, porque «están aquí» cada día a esta hora desde hace una semana… 

«Cuánta sutileza», pensó Andy esforzándose por mantener el tipo y no echarse a reír.

—¿Toda la semana? —intervino Tina, apoyando a Dylan—. ¡Qué pesadez! —Los miró a todos con fingido asombro—. No pasa nada. Andy seguirá dando guerra en cuanto los bebés le den una tregua. Solo está embarazada, ¿sabéis? No puedo creer que estéis aquí dándole la tabarra cada día.

—Eso —intervino Danny—. No sabéis lo harto que estoy de lavar platos. ¿Por qué no os quedáis en casita? Os prometo enviaros un parte médico diario de mi hermana.

—¿Lavar platos, dices? —intervino Dylan, tomándole el pelo al muchacho—. ¿Sabes que eso que está junto a la cocina es un lavavajillas, no? 

Andy continuaba de pie en mitad del grupo de sillones en los que solo faltaban los dos hombres Estellés, que habían llevado a Luz al parque y estarían a punto de llegar.

—A ver, un momento —dijo, pidiendo silencio. Miró a Dylan—: ¿Qué pasa con la quedada, calvorotas? ¿Cómo es que Erin cree que no vamos a ir cuando se supone que hemos reservado ocho plazas?

Al ver que él cambiaba de posición en el sillón y adoptaba una de sus posturas de «esto hay que hablarlo», inclinándose hacia adelante y apoyando sus codos en los muslos, sacudió la cabeza.

—Dylan… ¿Lo has cancelado?

El irlandés echó un vistazo rápido a la familia. Excepto su padre, que estaba al tanto y la madre de Andy, que no lo estaba, pero se lo imaginaba, los demás lo miraban con cara de «te acompaño en el sentimiento».

Su querida hermana podría haber mantenido la boca cerrada un par de días más, ¿no? Hasta que él pudiera hablar con el médico y hacerse una composición de lugar para tomar una decisión.

Mierda.

—Lo he dejado en suspenso, Andy. 

—¿Por quéééééé?

Notó que ella lo miraba con tal mezcla de asombro e incredulidad… Era la misma mirada de Luz al descubrir algo nuevo; inocente, espontánea, genuina. Logró que él se debatiera entre abrazarla fuerte y comérsela a besos allí mismo… O encerrarse con ella en el último rincón del mundo y tirar la llave. 

—¿Y tú por qué crees que es, nena? 

Andy no se dejó influir por la intensa ternura que desprendían las palabras y la actitud de Dylan. 

—¡Solo estoy embarazada, calvorotas! 

—Sí. Y te vas agarrando de las paredes.

—No durará eternamente, amor… —Fue hacia donde estaba Dylan y se puso de cuclillas frente a él—. En dos o tres semanas, estos malestares serán historia. Adiós a los mareos, las náuseas y los vómitos… ¡Gracias a Dios! 

—Y entonces empezarán la falta de equilibrio, la retención de líquidos y el aumento de peso…

—¿Y tú cómo sabes todo eso? —lo interrumpió. Una sonrisa orgullosa iluminó el rostro de Andy al comprender la razón—. ¡Has estado leyendo sobre el tema! Ay, calvorotas… Si cuando digo que eres un tipo alucinante, ¡no exagero nada!

Dylan también sintió una punzada de orgullo. De hecho, fue una muy grande. Nada le encantaba más que ser un tipo alucinante a ojos de la mujer más alucinante del mundo, pero eso era harina de otro costal. Se lo agradecería debidamente en otro momento. De modo que esbozó una ligerísima sonrisa y continuó hablando de lo que realmente importaba como si ella no lo hubiera interrumpido. 

—Todos malestares perfectamente normales y llevaderos, si tienes un buen sillón o una buena cama a mano y puedes descansar cuando lo necesitas. La cosa cambia, y mucho, cuando el plan es viajar a otro país para pasar cuatro días en la carretera. 

—¡Lo dices como si nos fuéramos de excursión al Ártico en una tienda de campaña! —se rio—. No es otro país, es mi país. Y allí hay camas estupendas y sillones mullidos, agua corriente y calefacción y todas las comodidades necesarias. Además, el mes que viene se casa tu hermana. ¿También vas a dejar eso «en suspenso»?  ¡Yo no pienso perdérmelo!

Dylan se armó de paciencia. Para peor todos estaban atentos, pero ninguno intervenía ni para hacer una broma. 

—Es distinto, Andy. Será un viaje relámpago. —«Que haremos solo si estás bien», pensó y no dijo en voz alta.

—¡Y la quedada también! Serán cuatro diítas de nada… ¡No puedo perdérmela!

Lo último que deseaba Dylan era disgustarla. Tampoco quería ser un agorero, hablando de todas las cosas que podían salir mal. Pero entre el optimismo imbatible de su mujer y la cruda realidad de un embarazo gemelar tenía que haber un punto intermedio.

Esta vez, el irlandés la miró muy serio. 

—¿Piensas ir sola? —le dijo.

La sonrisa desapareció del rostro de Andy, señal de que acababa de comprender que tenían puntos de vista muy diferentes sobre el tema.

—Dylan… —le dijo con dulzura—. ¿Cómo voy a plantearme ir sola? Estaremos bien, amor —dijo tocándose el vientre en una clara referencia a los bebés—. Estamos bien. No va a suceder nada… Solo estoy embarazada.

Él permaneció mirándola en silencio. Ella continuó martilleando el mismo clavo.

—Está claro que hay límites. Hay cosas que no puedo hacer, pero ¿divertirme mientras estoy cómodamente sentada en una autocaravana? ¡Eso lo puedo hacer perfectamente! —le dijo animada y en esta ocasión, pasó de estar arrodillada en el suelo a sentarse sobre las piernas de Dylan que la dejó hacer con cara de «ya, tú sigue intentando ablandarme que yo no me doy cuenta»—. Mira, conectas una cámara a tu moto y yo te sigo desde la autocaravana con mi tableta, dándote ánimos y diciéndote «¡tío bueno, dichosos los ojos que te ven!». Por favor, Dylan, me muero por verte con tus insignias de miembro del H.O.G1 a bordo de esa motaza tuya… ¡Sé bueno, porfi!

Habían empezado a oírse risas y algún que otro cuchicheo. Dylan notó de un vistazo rápido que hasta su padre tenía cara de «bueno, quizás…». Con lo inflexible que había sido toda su vida, y ahora…

—Venga, Dylan… Sé bueno —insistió Andy.

Joder. Como para negarle algo, pensó el irlandés. Pero no era racional decirle que sí, sin más. ¿Y si le sucedía algo? ¿Y si hacer tantos kilómetros le sentaba mal? ¿Y si…? Él no funcionaba así. Su mente no funcionaba así. Antes que nada necesitaba hablar con el médico. No tomaría ninguna decisión antes de tener las cosas meridianamente claras.

Dylan hizo que Andy se pusiera de pie y se levantó del sillón ante su mirada expectante.

—Me voy a preparar la cena. Y no me sigas. No voy a continuar hablando de esto ahora. —Tras lo cual, se puso en marcha.

Ella hizo pucheros en broma.

—¿Vas a dejarme así, sufriendo? ¿No me dices nada? Vengaaaa….

Dylan se detuvo maldiciendo la facilidad con que su chica conseguía ablandarlo. Exhaló un suspiro y, al fin,  se volvió. 

—Me lo pensaré. Es todo lo que puedo decirte ahora. —Acto seguido, abandonó el salón.

Y en cuanto cerró la puerta, la oyó gritar a voz en cuello:

«¡¡¡¡¡Bieeeeeeeeeeeennnnnnnnn!!! ¡¡¡Bien, bien, bien, bieeeeeeeeeeeeeeennnnnnnnn!!!!».

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1H.O.G: Club de propietarios de motos Harley Davidson.

- III -


Viernes, 7 de enero de 2011.  

Casa de Andy y Dylan.

Cala Morell, Ciudadela.

Menorca.


Dylan colgó y dejó el móvil sobre la mesa de la cocina. Se apoyó contra el respaldo y estiró las piernas cuan largas eran. Había aprovechado que estaba solo en casa para intentar por enésima vez hablar con el médico y al fin lo había conseguido…

Y todos sus temores se habían demostrado si no ciertos, como mínimo, posibles. El embarazo de Andy se consideraba de riesgo y por mejor que se desarrollaran las cosas, estaría sujeto a revisiones semanales para ver cómo evolucionaba. Y aunque el médico hubiera intentado quitarle hierro al asunto, también era posible que lo que había comenzado como un embarazo de mellizos, acabara convertido en uno de un solo bebé. El famoso síndrome del gemelo evanescente era bastante más frecuente de lo que el doctor Grau había querido dar a entender. De hecho, esa era una de las razones por las que el seguimiento del embarazo fuera tan constante.

Tras el último domingo en el que Andy había estado, citando sus propias palabras, «estupenda», había seguido vomitando casi todo lo que comía, mareándose y durmiendo mal. Aunque, por suerte, no había vuelto a desmayarse. Y parecía más empeñada que nunca en que toda la familia se apuntara a la quedada motera en honor a Romina Taylor, algo que a él lo ponía muy nervioso. En realidad, la idea ya no le resultaba tan apetecible como al principio. Como buen motero, disfrutaba asistiendo a las quedadas, pero ahora su situación personal era muy diferente. En abril, Andy estaría de veinticuatro semanas, lo que dejando a un lado los riesgos que el médico acababa de confirmar posibles, implicaba que su vientre estaría más grande que lo habitual en un embarazo de un solo bebé, y su movilidad mucho más afectada. El avión quedaba descartado. Pero incluso hasta una autocaravana, viajando durante horas y horas, le parecía un pésimo plan. Eso, suponiendo que ella estuviera realmente bien. 

El doctor Grau, por lo visto, debía haber estudiado en la misma escuela que las mujeres Avery, porque su criterio era que si Andy estaba bien, no había motivos para limitar su actividad. Desaconsejaba volar y, de todas formas, dudosamente alguna aerolínea la admitiría a bordo, pero mientras viajara al nivel del mar y con tranquilidad, haciendo paradas frecuentes para que pudiera ponerse de pie y activar su circulación sanguínea, no había de qué preocuparse.

Dylan exhaló un suspiro. Se levantó y abrió una hoja de la ventana. A continuación, sacó su cajetilla de tabaco del cajón donde lo guardaba y encendió un pitillo. Aspiró el humo profundamente y sintió cómo un extraño alivio lo envolvía. No era real, lo sabía. Pero desde que se había enterado de que iba a ser padre y que el embarazo era de dos bebés y no de uno, llevarse un pitillo a los labios obraba una especie de milagro; lo relajaba. Durante unos instantes, no había preocupación. Ni temor. Solo el placer de saborear un buen tabaco.

Cuatro caladas más tarde, oyó la puerta de calle y, a continuación, voces que se acercaban conversando. Eran Andy y su madre, y dado que Anna rara vez iba sola a ninguna parte, dedujo que había una tercera persona aunque de momento no supiera quién era.

Lo supo instantes después, cuando Neus abrió la puerta de la cocina y tras esbozar una sonrisa pícara, dijo en alto a los demás «¡Yo me ocupo!», y cerró la puerta.

—Acabo de interrumpir tu momento de travesura, lo siento, Dylan. —No pudo evitar reír al verlo apagar el pitillo bajo el agua del grifo y tirarlo a la papelera—. Andy quería volver a casa.

Dylan se quedó muy quieto.

—¿Por? —preguntó al cabo de un rato con cautela.

Neus ya había empezado a servir un tentempié para su sobrina y su hermana compuesto de té de menta (en el caso de Andy debía estar frío, ya que era lo único que su estómago toleraba más o menos bien), y unas galletas dulces.

—¿Y por qué va a ser, sobrino? 

Dylan la miró con cara cómica.

—¿Porque no puede vivir sin mí?

—¡Exacto! —repuso ella, riendo—. Dice que quiere aprovecharte todo lo que pueda porque la semana que viene vuelves al trabajo. 

—Así me gusta, que me cuide, porque hombres como yo solo hay uno —guaseó el irlandés dirigiéndose al salón.

—¡Ay, si te oyera Roser…! —fue todo lo que comentó Neus antes de echarse a reír a carcajadas.


* * *


Andy le tendió sus dos brazos al verlo aparecer en el salón.

—Ven aquí y dale un buen abrazo a tu mujercita que te ha echado muchísimo de menos.

Dylan saludó a Anna y fue directo hacia su chica. La hizo levantar del sillón, ocupó su lugar y la ayudó a sentarse sobre sus piernas. La rodeó con sus brazos mientras la miraba como quien contempla la mayor maravilla del mundo.

—¿Estás más mimosa que de costumbre o es una idea mía?

La respuesta fue de Anna.

—No es una idea tuya. Hasta a mí me ha estado achuchando…

—Un poquito mimosa, sí, lo admito. Pero lo demás es cierto… —Se acurrucó contra el pecho masculino y exhaló un suspiro—. Qué mal lo voy a pasar cuando vuelvas al trabajo… 

Dylan le hizo un guiño a Anna antes de responder:

—Si quieres, te meto en mi caja de herramientas y te llevo conmigo…

—Pues aprovecha ahora, ¡porque dentro de nada no cabré en ninguna parte! Voy a estar así —dijo extendiendo sus brazos al tiempo que unía sus manos formando un gran semicírculo.

A Dylan le encantaba imaginarla de esa forma. Porque eso significaba que sus bebés crecían, que seguían siendo dos. La sola idea de que hubiera vida gestándose en el vientre de la mujer que amaba lo llenaba de sensaciones únicas. 

—Vas a estar preciosa —aseguró él.

—Voy a estar gordísima —lo corrigió ella, haciendo pucheros—. Preciosa, no sé. Pero no voy a entrar por las puertas. Va a ser toda una odisea que me abraces… —La picardía en los ojos del irlandés la hicieron reír—. Ay, cómo eres… Eso también va a ser una odisea —le dijo al oído.

Anna no se cortó.

—Os estoy oyendo —dijo riendo.

Dylan miró a su suegra con picardía y también le habló a Andy al oído. Anna pudo deducir de qué se trataba por la reacción de su hija que, como si ella no estuviera presente, tomó el rostro de su marido entre las manos y le dijo:

—Dios… Cómo te adoro, amor. Eres lo más de lo más.


* * *


Más tarde aquel mismo día…


Dylan esperó hasta estar a solas con Andy para abordar el asunto de la reunión motera en honor a Romina Taylor. Danny estaba jugando con Luz en la habitación de la niña y al llegar Jaume, Anna había sugerido ir a dar un paseo al que milagrosamente Brennan Mitchell se había apuntado.

«Es ahora o nunca», pensó.

—Ven —dijo, tendiéndole la mano. 

Andy se puso de pie despacio y fue a sentarse sobre las piernas de Dylan con una sonrisa traviesa en el rostro. Se acomodó bien y le pasó un brazo alrededor de los hombros sin dejar de sonreír. Al fin, le dijo:

—Ya soy toda tuya. 

Dylan tuvo claro en aquel momento que ella no esperaba una conversación, sino algo distinto, y durante un brevísimo instante consideró la posibilidad de darle el gusto. O al menos, de empezar por complacerla, dándoselo, y confiar en que eso allanaría el camino para hablar.

Lo descartó enseguida. Era un asunto serio, tenían que ponerse de acuerdo y quería que fuera lo antes posible.

—Que sepas que pienso aprovecharme de que estés tan receptiva, Andy. 

Ella sonrió sensual y le siguió el juego.

—Siempre estoy receptiva para ti.

—Lo sé y me encanta y, como digo, pienso aprovecharme. Pero ahora quiero que hablemos.

—Uy, qué raro es esto… ¿Estás bien? —dijo poniéndole una mano sobre la frente como si le estuviera tomando la fiebre.

Él retiró la mano, la besó y se quedó con ella.

—Sí que es raro… —admitió—. Pero, tranquila, es pasajero. Dame quince minutos y asunto arreglado, ¿vale?

Andy asintió con la cabeza, sonriendo.

—Cuéntame.

—Ike está esperando que le confirme si iremos o no a la quedada para hacer las reservas de hotel y demás… 

«Ya estamos otra vez», pensó Andy. Pero en lugar de decirlo en alto, cambió de estrategia.

—Ah, cierto que me dijiste que te lo pensarías… Ni que el embarazado fueras tú, calvorotas… 

Dylan no se inmutó por la indirecta.  

—Cuando nos apuntamos a la quedada no sabíamos que estabas embarazada, mucho menos que en vez de uno serían dos… —Ante el ademán de Andy de empezar a quejarse, Dylan la silenció con un gesto suave de la mano—. Ya lo sé. 

—¿Lo sabes? —lo interrumpió ella muy seria.

—Sí, lo sé. Me has contado tus razones de por qué no hay que preocuparse varias veces. Y estoy de acuerdo en no preocuparse, en lo que no estoy de acuerdo es en seguir adelante con el programa como si no estuvieras embarazada de mellizos. —Se acercó y la besó en los labios, mirándola a los ojos con tanta ternura como determinación—. Porque estás embarazada de mellizos, Andy. 

Ella soltó un bufido. Él resistió las ganas de estrujarla y comérsela a besos y continuó con toda la calma de que fue capaz.

—Pienso que lo mejor sería que te quedaras tranquila, en casa. Pero sé que no lo conseguiría ni aunque te atara a la cama, así que estoy dispuesto a plantearme una vía intermedia.

—¿Cuál? —dijo ella. Seguía muy seria, pero algo menos.

—Si cuando llegue abril estás bien, y me refiero a bien de verdad, con las molestias normales de cualquier embarazada y nada más, podemos ir en ferry hasta Portsmouth y reunirnos con todos allí el sábado. Participar en las rutas y en las actividades que organicen -yo en moto, tú en la autocaravana con el resto de la familia-, y el lunes, cuando los demás pongan rumbo a Londres, nosotros volvemos a embarcar en Portsmouth de regreso a Menorca vía Bilbao. 

—Pero todos van a estar de quedada desde el jueves, ¿vamos a perdernos dos días? 

Dylan se armó de paciencia.

—Salen del MidWay el jueves por la tarde, nena. Eso quiere decir que llegarán al primer punto de la ruta con tiempo para cenar y acostarse a dormir porque al día siguiente tendrán que madrugar. Así que, en todo caso, lo que nos perderemos será un día, el viernes. 

—Joooo, Dylan… 

Él se mantuvo firme. Odiaba no darle el gusto. Y para que constara, también a él le hacía ilusión volver a las quedadas moteras después de más de un año de vida sedentaria en la isla, pero el bienestar de Andy y el de los mellizos le importaba infinitamente más. 

—Esta es mi única propuesta, Andy. Me conoces y sabes cuánto me jode coartar las libertades ajenas, pero, honestamente, no creo que estés en condiciones de apuntarte a una movida motera de estas características. Y cuando empieces a aumentar de peso y de volumen, me vas a dar la razón. ¿Vale, preciosa?

Andy puso morritos, pero al fin acabó sonriendo de mala gana.

—Vaaaaaale… —dijo.

Dylan la estrechó fuerte entre sus brazos, aliviado y satisfecho. Su preocupación seguía en cotas altísimas. Ser padre primerizo y encima de mellizos no era ninguna pequeñez. Además, sabía que hasta que no hubieran dejado las doce primeras semanas atrás y aumentaran las posibilidades de que el embarazo continuara siendo de dos bebés y no de uno, no se relajaría. Pero, al menos, habían llegado a un principio de acuerdo sobre el tema.

—Perfecto, nena. Entonces, arreglado. Voy a llamar a Ike —dijo al tiempo que sacaba su móvil.

Ella lo detuvo en el acto. Empezó a buscar sus besos.

—Ike puede esperar un rato más, yo no —ronroneó.

Él no opuso la menor resistencia. 

—Así que tú no… 

Andy cambió de postura y se puso a horcajadas sobre Dylan ante su mirada sorprendida. Sí, recordaba perfectamente que Danny estaba en la habitación de Luz, pero era lo más solos que estarían hasta que llegara la noche y todos se fueran a sus respectivas casas. Aparte de la ilusión de ser madre, el aumento del deseo sexual era el único síntoma positivo de la enorme batería de malestares y dolores que traía aparejado su embarazo y no tenía la menor intención de desaprovecharlo. 

«No, yo no», fue todo lo que Dylan la oyó decir antes de que los labios de Andy se abrieran sobre su boca en un beso muy caliente.


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©️2022. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷


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CR19. Dylan & Andy. 14 semanas


Dylan & Andy. 14 semanas, un relato de Patricia Sutherland, basado en Los moteros del MidWay, 5. Noticias inesperadas. Menorca.

Lunes, 7 de febrero de 2011.

Casa de Dylan y Andy,

Cala Morell, Ciudadela,

Menorca.


- I -


Dylan tuvo que hacer un par de maniobras extras con su monovolumen para poder entrar en su garaje. Había varios coches en su calle, dos de ellos mal aparcados. Señal de que, como de costumbre, todos los Estellés habían ido a hacerle compañía a Andy mientras él estaba trabajando. 

Descartó guardar el coche en el garaje, por si acaso necesitaba hacer alguna compra de última hora para la cena,  y aparcó en la entrada para vehículos. A continuación, cerró el contacto, cogió la cazadora y el portátil, y se apeó.

«Al fin en casa», pensó mientras se dirigía a la entrada principal.  

El tiempo en la obra se le hacía eterno y, en parte, agradecía saber que Andy no estaba nunca sola. Cuando había aceptado hacerse cargo del proyecto que los Martí estaban desarrollando en Menorca en asociación con la empresa de Clinton Rowley, a los dos les había parecido ideal un plan laboral que a él le permitiera estar en casa para la hora de la merienda, como muy tarde. Especialmente los días que Andy tenía el turno de tarde en el gimnasio, era una ventaja que Luz pudiera estar con su padre, en vez de con su tío, su abuela o alguien de la extensa familia materna. Todos adoraban a la pequeña y se desvivían por ella, el problema era que también todos, sin excepción, la malcriaban.

Pero el embarazo de Andy había cambiado radicalmente las cosas. No solo porque él no quería quedarse al margen de nada, también porque a ella el embarazo no le estaba sentando bien.  De modo que en cuanto se había enterado de que esperaban mellizos, Dylan había decidido contratar a alguien de confianza en quien delegar la supervisión de los trabajos de automatización para que él tuviera más libertad de movimientos.

El ingeniero en cuestión ya estaba contratado, pero no quedaría libre para incorporarse hasta mediados de marzo, así que ahí estaba él, haciendo malabarismos para atender las necesidades de un trabajo exigente mientras acompañaba a Andy, según sus propias palabras, «en la época más baja, físicamente hablando, de toda su vida», sin olvidarse, por supuesto, de hacer frente a la incertidumbre constante que suponía un embarazo gemelar. 

Nunca tan bien dicho; no habían acabado de quitarse de la cabeza la preocupación del bendito gemelo evanescente, que ya tenían otra ocupando su lugar. 

La ecografía que le habían hecho hacía quince días -la correspondiente a la doceava semana- había confirmado que seguían siendo dos los bebés creciendo en el útero de Andy. Al haber transcurrido ya el período crítico, las posibilidades de que se convirtiera en un embarazo de un solo bebé se habían reducido drásticamente. Y más que lo harían a medida que avanzara el tiempo. Dylan sonrió al recordarlo. Entre el alivio y la alegría que se había adueñado de los dos, se habían pasado la tarde entera brindando a cada rato. Solo que Andy brindaba con té de menta mientras él le daba un buen lingotazo al decantador de whisky añejo. Menuda cogorza había pillado aquel día.

Sin embargo, la tranquilidad había sobrevivido lo que su cogorza; se había esfumado al día siguiente, cuando la doctora Menéndez les había comentado que, dentro de las pruebas habituales del embarazo entre la semana 17  y 20 de gestación, estaba la amniocentesis, una prueba que se usaba para diagnosticar ciertos trastornos genéticos, defectos congénitos u otros problemas de salud en el feto.  

De pronto, con una simple llamada, Andy y él se habían visto enfrentados a la otra cara del embarazo; el hecho de que sí, existía la posibilidad de que sus bebés nacieran con algún problema. La médica les había explicado que la prueba era optativa, pero que si deseaban hacerla debían comunicárselo con tiempo. De ahí que les hubiera llamado con tanta antelación para que se lo fueran pensando. 

Que la amniocentesis no fuera obligatoria ni sirviera más que a modo de diagnóstico, no había impedido tener a toda la familia opinando sobre el tema durante días. La decisión final de Andy, tras una semana en la que su familia había llegado a poner a prueba la paciencia de los dos,  había sido que la dejaran en paz. No se haría la prueba, a menos que su médica se la prescribiera expresamente. 

Los partidarios del «sí» no se habían quedado demasiado conformes con la decisión de Andy, pero habían dejado de inmiscuirse en sus asuntos. Al menos, hasta el próximo sobresalto/prueba/consejo médico que llegara para aguarles la fiesta, pensó.

Entrar en casa consiguió volver a poner la mente del irlandés a cero de preocupaciones en cuestión de segundos. 

Danny y Luz jugaban en el suelo del pasillo y en cuanto la pequeña vio entrar a Dylan, se levantó de suelo como un resorte y fue corriendo a recibirlo.

—¡Papi, papi, papi! —exclamó exultante la pequeña. Mucho antes de llegar hasta él, sus bracitos elevados por encima de su cabeza, ya se ocuparon de indicarle a Dylan lo que debía hacer.

La sonrisa del irlandés habló a las claras de la clase de sentimientos que lo embargaban siempre que era objeto de la exhibición de amor y devoción que la pequeña le regalaba. Para él era una experiencia inédita, una más de las tantas que había traído aparejada iniciar una relación con Andy. Al conocer la existencia de Luz y comprender que antes o después acabaría convirtiéndose en el tutor legal de la pequeña, Dylan había descubierto una faceta desconocida de sí mismo; la de padre. La paternidad era algo en lo que nunca había pensado, algo que le pasaba a otros, no a él. Hasta que Andy había aparecido en su vida, abriéndole las puertas a un mundo de nuevas experiencias de las que había sacado una sorprendente conclusión; adoraba ser padre. Más aún, empezaba a pensar que debía llevarlo en los genes o algo semejante porque se le daba increíblemente bien.

—¡Ven aquí, hermosura! —repuso, tomándola en brazos y brindándose feliz al despliegue de amor de la pequeña que enseguida empezó a llover besos sobre su cara como si hiciera años que no lo veía. 

—¿Qué estabas haciendo? ¿Jugabas con el tío Danny? —le preguntó cuando la emoción de Luz pareció serenarse.

Ella movió la cabeza afirmativamente varias veces y enseguida empezó a realizar movimientos oscilantes con el propósito de que Dylan volviera a ponerla en el suelo.

—¿Se acabó lo bueno? —bromeó él— ¿Ya no hay más besos?

Luz soltó una risita.  

—Síiiiií…. Besitos, besitos, papi… —se rio la niña. A continuación, tomó la cara del irlandés entre sus manitas regordetas y volvió a besarlo tres, cuatro, cinco veces… Mientras Dylan, con cara de felicidad, la dejaba hacer a sus anchas. Al fin, Luz reanudó sus movimientos oscilantes al tiempo que decía—: Ven… Ven… 

Dylan obedeció y en cuanto la pequeña tuvo los pies sobre el suelo, echó a correr en dirección a su tío que contemplaba la escena con cara de adolescente que se ha enternecido, pero no quiere demostrarlo.

—¿Ya, cuñado? —le preguntó a Dylan con sorna.

—Ya, ¿qué?

—Digo… Si ya has acabado de acaparar a Luz… 

Dylan sonrió para sus adentros. Danny celaba mucho a su sobrina y lo disimulaba muy mal. A él, por supuesto, no le importaba para nada. Era el único miembro de la familia, aparte de su suegra, en quien confiaba al cien por ciento. Cuando se trataba de Luz, en su opinión, no había mejor canguro que Danny.

—Y yo digo: ¿qué haces aquí? Mira que la casa es grande para que estés jugando en el pasillo…

Dylan se imaginaba el porqué de su elección. Anna ya rara vez se movía de casa sin Jaume. Uno de los coches aparcados en la calle era el suyo. 

—¿Y a ti qué te parece? —fue la respuesta de Danny que vino a confirmar que las sospechas de Dylan eran correctas.

Desde que Anna convocara a una reunión para informarles del nuevo giro que había dado su relación con Jaume, Danny pasaba buena parte de la semana en casa de su hermana. Por más que, cumpliendo con lo que Dylan le había pedido, siguiera manteniendo su boca cerrada al respecto, no había cambiado de opinión y seguía detestando a Jaume. Así las cosas, la mejor forma de evitar que la sangre llegara al río, era mantenerse lo más alejado posible de la casa familiar. Lo bastante lejos para evitar rifirrafes, pero no demasiado como para preocupar a Anna.

Dylan asintió con la cabeza.

—Bien. Pero en un rato, vuelve al salón. No lo hagas tan evidente porque tu madre no es ninguna tonta, ¿de acuerdo? 

Un bufido precedió la única palabra que Danny pronunció:

—Vaaaaaaaaale.

En cuanto Luz se percató de que su padre se alejaba, soltó las piezas del Lego con las que jugaba y volvió a ponerse de pie.

—Nooo…. Papi… Veeen… —dijo mostrándole su brazo extendido donde su manita se abría y se cerraba con insistencia.

—No me voy, no me voy, peque… —Dylan regresó sobre sus pasos y se arrodilló frente a la niña—:  Voy a ver a tu mamá y enseguida vuelvo a jugar contigo. ¿Por qué no le pides al tío que te ayude a construir una torre muy alta?

—Ya hemos pasado de la fase de «torres», papá —se mofó el adolescente—. Ahora construimos «fortines», ¿no, Luz?

La niña soltó una risita encantada.

—Tines —repitió en su media lengua.

—Entonces, haz un fortín grande, grande, grande… Yo enseguida vuelvo,  ¿vale, peque? 

La pequeña asintió y pareció conformarse. Un instante después estaba jugando otra vez.

Dylan aprovechó para alejarse. Pero cuando estaba a punto de doblar por el pasillo al que daban los dormitorios y la habitación de Luz, se detuvo.

—¿Qué tal ha estado Andy? —quiso saber.

—Habláis a cada rato, ¿no sabes cómo está?

—¿Lo dices en serio? Tu hermana es una artista del camuflaje.

¿Que cómo estaba Andy?, pensó Danny. Pesadísima. Decía que se sentía estupenda y con la excusa de «aprovechar ahora, que me siento bien», no paraba quieta. Y cuando al fin se sentaba en un sillón a descansar cinco minutos, se le daba por pensar. Caía en la cuenta de que su maridito no estaba cerca para mimarla y entonces, se ponía todavía más pesada. 

—¿Te sirve si te digo que lleva puesto tu buzo rojo? —Al ver que el muchacho ponía los ojos en blanco, Dylan sonrió encantado—. Sueño con que llegue marzo y estés aquí todo el día, tío. Esto es insoportable.

El irlandés empezó a alejarse al tiempo que se reía.

—Qué mala es la envidia… 

Envidia, claro. Vale. Bien.

—Lo que tú digas, tío —repuso Danny.

La sonrisa de Dylan era más que una sonrisa encantada; era vanidad pura y dura. Le encantaba llegar a casa y ver que su chica había tomado por asalto su guardarropas y se había puesto algo suyo. Andy decía que era una tontería -«niñerías», las llamaba- y se quejaba de que con el embarazo habían aparecido comportamientos adolescentes, nada propios de ella. Pero para él, que nunca la había considerado otra cosa que una mujer de rompe y rasga, esas niñerías no eran más que demostraciones espontáneas de cuánto lo necesitaba a él, a lo que tenían, y presenciarlas no solo le acariciaba la vanidad, también lo estimulaba en el plano más básico de todos. Lo estimulaba muchísimo.

Unas voces risueñas provenientes de su dormitorio arrancaron a Dylan de pensamientos tan placenteros. Abrió la puerta y descubrió que la fiesta estaba teniendo lugar en su baño privado. Oía las voces de Tina y de Neus, pero la que más sobresalía era la de Andy. Estaba histérica, en el buen sentido de la palabra. 

¡Pero si ayer me entraban! —la oyó decir.

Qué exagerada —le respondió Tina, riendo—. Ayer te pusiste los negros, no estos. 

Vale, no fue ayer, pero no hace tanto… Dos o tres días, como mucho… ¡y mírame, esto es de locos! 

Entonces Neus se rio y le dijo:

¡Ya va quedado poco de tu adorada tableta de chocolate, sobrina! 

Al oírlo, la sonrisa de Dylan se hizo mucho más grande. 

«Al fin», pensó con enorme gusto. 

La gran forma física de Andy, especialmente la de su zona abdominal, había ocultado el embarazo hasta bien entrada la treceava semana, cuando un ligero y sospechoso abultamiento había empezado a mostrarse en la parte baja de su abdomen. 

Dylan dejó la cazadora y el maletín sobre la cama y se acercó a la puerta. Golpeó dos veces con los nudillos.

—¿Puedo pasar o solo se admite a mujeres?

«¡Dylan, ya has llegado, qué bien! » oyó que Andy exclamaba. Un instante después, la tuvo frente a sus ojos cuando ella misma abrió la puerta.

En efecto, se había puesto su buzo rojo. 

Llevaba la parte inferior levantada hasta la boca del estómago, donde la mantenía sujeta con su mano libre.

Y, en efecto también, estaba preciosa con su incipiente pancita de embarazada.

—¡Mira! —exclamó ella exhibiendo un abdomen que ya no podía alardear de poseer unos abdominales perfectos. A la altura de sus caderas, unos vaqueros desgastados con la cremallera abierta confirmaban que ya no eran de su talla—. ¡No me los puedo poner! ¡No cierran!

Dylan estiró un brazo y posó su mano sobre el incipiente vientre femenino… 

Y al hacerlo, una familiar sensación de maravilla volvió a adueñarse de él. Ahora era aún mayor porque la realidad era palpable, evidente a los ojos.  Lo que tocaba eran sus hijos, debajo de varias capas de piel, de músculo y de tejido, sí, pero allí estaban, creciendo día a día, volviéndose más reales cada minuto que pasaba. 

Ella le dedicó una sonrisa tierna. Apoyó su mano sobre la de Dylan.

—Es alucinante, ¿a que sí?

El rostro del irlandés era una mezcla de alegría y emoción cuando respondió:

—De locos… Increíble… Un sueño…. Gracias por este regalo. Te adoro, nena.

Un instante después se inclinó sobre ella y la besó largamente mientras Tina y Neus, cada una emocionada a su manera ante el momento que estaban presenciando, intercambiaban miradas pícaras sin hacer el menor comentario.


- II -

Martes, 8 de febrero de 2011.

Centro de Salud.

Ciudadela, Menorca.


Andy no era la única que miraba extasiada el monitor; Anna, sentada junto a la camilla, además lagrimeaba. Había logrado colarse en la sala de ecografías haciendo uso del apellido familiar y por primera vez, estaba contemplando a sus nietos con una mezcla de asombro y ternura propios de su estatus de madre de la futura madre.

Para Dylan, de pie junto a la camilla y directamente detrás de Anna, no había más que las dos formas humanas que el monitor mostraba en tamaño aumentado, a pesar de lo cual le parecían diminutas. 

Diminutas pero suyos. Cada vez que tomaba consciencia de quiénes eran en realidad aquellas dos pequeñas siluetas que no podía dejar de mirar, se le aflojaban las rodillas.

La ecografista, la misma que le había realizado la primera ecografía a Andy, aprovechó la ocasión caída del cielo que se le estaba presentando de volver a tomarle el pelo al padre de las criaturas. No habían vuelto a coincidir desde aquella primera vez, pero sus compañeras le habían hablado de él. No porque sus reacciones fueran demasiado diferentes de las de otros padres, sino porque su apariencia, definitivamente, lo era. Y no solo por aquella profusión de tatuajes de la que hacía gala, también por el tamaño y perfección de sus bíceps. Ya puestos, también por unos pectorales que no tenían nada que envidiar a los que salían por televisión, anunciando la bebida energética de moda. El caballero era un cuarentón muy llamativo. Y la evidente juventud, sumada al gran estado físico de la mujer que lo acompañaba, a quien siempre llevaba de la mano, hacían imposible que pasara inadvertido.

Lo que sus compañeras ignoraban, porque lo habían conocido en mejores circunstancias, era que el hombre gastaba un genio tan superlativo como su presencia.

—¿Qué, ahora no le salen las palabras? Y pensar que la última vez que nos vimos, no paraba de hablar… —dijo la ecografista dedicándole a Dylan una rápida mirada capciosa—. Y de quejarse.

El irlandés regresó al planeta Tierra con una sonrisa. 

—Razones no me faltaban. 

—Para lo que es normal en ti… —Andy desistió de buscar una palabra mejor y lo soltó sin miramientos—: ¡Estabas histérico, calvorotas! —A lo que Anna asintió con énfasis porque, aunque no había estado de cuerpo presente con ellos, conociéndolo, lo había dado por hecho  y además se lo había contado el propio doctor Grau mientras se partía de risa.

La ecografista también asintió.

—Hablaba de hombrecitos verdes y seres con dos cabezas… Pues mire usted, ¿ve los cursores blancos en la pantalla? El mellizo 1, el que ve en primer plano, mide once centímetros de alto. Y el mellizo 2…

—¡¿Se está riendo!? —exclamó Dylan al tiempo que señalaba el monitor totalmente asombrado. Era el mellizo 1 quien había atrapado su atención con aquel gesto.

—Qué cosa más bonita… —murmuró Andy con los ojos clavados en la pantalla. 

—Es increíble… —dijo Anna, quien tomó la mano de su hija y la apretó afectuosamente mientras daba rienda suelta a su emoción de abuela.

—Bosteza —matizó la ecografista—. Duermen la mayor parte del tiempo, así que lo que acaban de ver probablemente haya sido un bostezo.

Dylan se llevó las manos a la cabeza de puro asombro, de pura maravilla. Estaba alucinando.

—Qué pasada… —dijo—. Y qué suerte más grande vivir en esta época en la que la tecnología permite todo esto… ¿Ves sus caritas? —le hablaba a Andy aunque sus ojos no se apartaban del monitor—. La nariz, la boca, las orejas… Se ven perfectamente, nena —comentó, maravillado.

Andy asintió.

—¡Son preciosos!

—Lo son —concedió la ecografista—. Pero el mellizo 2 se va a poner un poquitín celoso si no les digo que, aunque su hermano haya triunfado con el bostezo, él le gana en altura. Los dos son grandes, pero él mide medio centímetro más. ¿Qué le parece, señor Mitchell? ¿Compensa eso el hecho de que no sea verde ni tenga dos cabezas? —Miró a Andy con una sonrisa—. A usted no se lo pregunto porque ya sé lo que me dirá.

—¿Que ninguno de los dos han salido a mí en lo de «grandes»? —guaseó Andy haciendo reír a la ecografista, que no era esa la respuesta que esperaba recibir.

Pero Dylan reparó en otro detalle. Tanto la obstetra como las distintas ecografistas que habían atendido a Andy, siempre se referían a los bebés como mellizo 1 y mellizo 2. Pero aquel «él» le había sonado diferente esta vez.

—¿Dice «él» genéricamente hablando o porque ya sabe que es «él» y no «ella»… ? 

Andy miró a Dylan y a la ecografista alternativamente. 

—¿Ya lo sabe? ¿Es un niño? —inquirió con los ojos brillantes de ilusión.

La mujer descartó la pregunta con un gesto.

—Todavía es pronto… A menos que quiera pruebas específicas que, en su caso, al tratarse de mellizos, servirían a medias. Podría saber si hay cromosomas masculinos, pero no si son dos niños o un niño y una niña. Paciencia, papás. Dentro de cuatro o cinco semanas podrán saberlo…

Si alguien tenía alguna duda de las preferencias del padre de las criaturas, el puñetazo victorioso que Dylan lanzó al aire, se ocupó de dejarlo meridianamente claro.


- III -

Más tarde aquel mismo día…


Anna aprovechó que Andy le daba un beso de despedida para rodearla con sus brazos y hacerle unas carantoñas a las que ella no hizo el menor ademán de oponerse. Al contrario.

—¿Ya os vais?

—Sí —repuso Dylan mientras cogía sus cosas y las de Andy—. Es hora de meterme en la cocina y darle de comer a mis chicas. Además, no creo que Neus tarde mucho en llegar a casa con el terremoto. 

Por «terremoto» se refería a Luz, que se había quedado con su tía-abuela mientras a Andy le hacían la ecografía.

—Así me gusta, que malcríes a mis niñas… Y a mi niño que, por lo visto, hoy tampoco comerá aquí —dejó caer Anna.

Dylan sabía que lo haría. Ya habían hablado del tema por la mañana y Danny le había prometido que aquel día comería y dormiría en la casa familiar. Pero como no podía decirlo, se limitó a encogerse de hombros.

—Todavía es pronto, Anna. Estará haciendo manitas con Alice por los alrededores del instituto.

—Pues ya puede ir dejándose de hacer manitas y venir a atender a su hermana embarazada de catorce semanas —dijo Andy poniendo morritos, aunque enseguida se rio—. ¡Al pobre lo tengo harto!

—Qué dices. Si está encantado…

Andy soltó una carcajada ante el tono irónico de Dylan. Y aprovechó el aparente buen humor de todo el mundo para proponer algo.

—Estaba pensando que podríamos salir para Londres el viernes —Dylan la miró con una cena enarcada a lo que ella respondió con un aleteo de pestañas antes de decir—: Ya que estoy tan bien… ¿Por qué no aprovecharnos? Además, así sería mucho más descansado para mi mami, ¿no? —Y esta vez el aleteo de pestañas estuvo dedicado a Anna, quien sonrió, miró a Dylan y acabó sacudiendo la cabeza al darse cuenta de la gran mano derecha que su hija tenía a la hora de tratar con su marido.

El viaje al que se refería Andy era el que tenían previsto hacer aquella misma semana para asistir a la boda civil de Maverick y Shea. Viaje que era originalmente de dos días y ahora, de repente, había aumentado su duración en otros dos.

—Ya sé que a ti te mencionan la palabra «Londres» y vuelves a la vida, pero, en serio, Andy, ¿te sientes tan bien como para pasar cuatro días fuera de casa? 

Ella, sentada sobre el reposabrazos del sillón donde estaba Anna, le arrojó un beso con los labios.

—Me siento tan bien que me parece un sueño, calvorotas. Y, la verdad, no sé cuánto me durará el bienestar, pero Londres siempre es un buen plan para mí y si además puedo pasar estos días con tus hermanas y mi cuñado favorito… Y el único que tengo por el momento —aclaró risueña—, no necesito pensármelo. 

Dylan intercambió miradas con Anna. A su suegra solo le faltaba colgarse un cartel luminoso que pusiera «¡Venga, Dylan, anímate!».

—Muy bien —empezó a decir el irlandés.

Y su intención era continuar. Pero Andy ya se había puesto de pie loca de contenta y se contoneaba en el sitio, como si estuviera bailando, al tiempo que exclamaba «¡bieeeeeennnnn! ¡Eres el mejor, calvorotas!».

Dylan carraspeó para llamar su atención.

—¿Qué? —dijo ella, dudosa.

—Aún no he dicho que sí. Supongo que no esperarías que fuera tan fácil, ¿verdad? Tendrás que convencerme, nena. Y espero que te esmeres muchísimo… —añadió con tono seductor.

Anna se tapó los oídos en un gesto muy gráfico que consiguió que Andy empezara a desternillarse de risa.

—¡Eres más listo que el hambre, calvorotas! Venga, vámonos a casa para que empiece a emplearme a fondo… ¡Hasta luego, mami!

«¿Listo, yo? No lo sabes tú bien, preciosa», pensó el irlandés.  Fue hacia Anna para despedirse pero ella lo retuvo por un brazo. La vio comprobar que estaban a solas antes de decirle en voz baja:

—Así que, según tú, puedo contar con mi hijo para la comida… 

—Supongo. A mí no me ha dicho que piense venir a casa hoy y Andy habría comentado algo, si se lo hubiera dicho a ella…

Anna intuía que Dylan se estaba haciendo el desentendido. De hecho, cada vez tenía más claro que la actitud tan contenida de la que su hijo menor había hecho gala en la reunión familiar, no era consecuencia de su madurez ni de su comprensión.

—En ese caso, le prepararé su plato favorito.

—Bien pensado. Bueno, me voy, que no me fío nada del bienestar de tu hija… Ya me veo que cuando salga, la encuentro en el suelo —dijo alejándose.

—Dylan… —lo llamó Anna.

Él se volvió a mirarla.

—Gracias. Eres mucho más grande de lo que creía. Y te aseguro que ya puntuabas altísimo en mi estima personal.

Dylan le ofreció su mejor cara de póquer.

—No tengo la menor idea de por qué lo dices, pero gracias. Acabas de ponerme el ego por las nubes.

Y a continuación, abandonó el patio sin darle a Anna oportunidad de explayarse. 

No tenía el menor interés en colgarse medallas. Además, aunque nadie de la familia hubiera caído en eso todavía, el hecho de que Danny se mantuviera al margen y con la boca cerrada tratándose de un tema que lo revolvía tanto, era en sí mismo una muestra de sensatez. 

A su ritmo y no sin altibajos, el muchacho estaba madurando. 


- IV -

Por la noche…

Andy reapareció en el salón un buen rato después de haber llevado a Luz a su cuna. Dylan estaba en el sofá, con los pies cruzados sobre la mesilla ratona, haciendo zapping. Volvió la cabeza para mirarla y no pudo evitar sonreír. Su chica estaba tan encantada de que el embarazo empezara a notársele, que había cambiado su atuendo deportivo habitual por unos leggings negros de cintura alta, que se ceñían a sus contornos como un guante, y un jersey fucsia a la moda, que apenas le llegaba a la cintura. 

—La peque no quería dormirse, ¿verdad? —dijo él.

Ella se acomodó a su lado en el sofá.

—Con tanta gente en casa todo el tiempo, se sobreexcita y no hay manera de que cierre los ojos… Quizás, vaya siendo hora de que te ocupes de limitar las visitas familiares, calvorotas…

Se refería a la generosa oferta que él le había hecho hacía un tiempo y que entonces, ella había declinado. 

Dylan asintió complacido. Por partida doble. Sabía que Andy no tenía ningún problema en hacerlo ella misma. Que se lo pidiera a él era su forma de destacar el papel preeminente que ocupaba en su vida frente a unos familiares a los que les costaba mucho demostrar su amor sin sitiar la vida de las personas que amaban.

—En cuanto se incorpore el nuevo ingeniero, a mediados de marzo, me ocuparé del tema. ¿Te parece bien?

—Me parece perfecto, calvorotas. ¡Y te deseo mucha suerte! ¡Ya sabes que los míos son de piñón fijo, reeducarlos tendrá sus bemoles!

—No te preocupes por eso. Yo también soy de piñón fijo para lo que me interesa.

—¿Ah, sí? ¡Qué suerte la mía de estar entre tus intereses!  —coqueteó ella.

Dylan le dedicó una mirada sensual. 

—¿Flirteando conmigo tan pronto? Guaaaaauuuu… Cómo te inspira saber que estamos solos en casa, ¿eh?

En efecto, Dylan y Andy tenían la casa para ellos solos por primera vez en casi dos meses. 

Danny estaba en la casa familiar con su madre y con Jaume. Teóricamente. Ya que teniendo en cuenta las malas pulgas del muchacho, nadie podía asegurar por cuánto tiempo más estaría allí. El padre de Dylan, Brennan, se había marchado a Londres el domingo para ayudar a Shea y a Maverick en lo que necesitaran durante la semana previa a su boda civil. 

Andy se rio bajito. Posó las manos sobre su vientre y, un instante después, acariciaba a sus hijos sin darse cuenta, mientras hablaba.

—Lo echaba en falta —admitió. 

Él también modificó su postura para poder mirarla. Apoyó el codo sobre el borde del sofá y descansó la cabeza sobre una mano mientras sus ojos se deleitaban en aquel perfil que se volvía más sinuoso a medida que pasaban las semanas. 

—¿Qué echabas en falta?

—Esto… Nuestras cosas, nuestros momentos… Nuestro ritmo… Dentro del no-parar de vida que llevamos, con tantas idas y venidas por la enfermedad de mi madre o el susto que nos ha dado tu padre…  O con la resurrección del mío después de quince años, que un buen jaleo organizó en la familia… Con nuestros trabajos que son exigentes y absorbentes. —Su rostro se iluminó con una gran sonrisa—. Y con Luz, que es un torbellino que no se cansa nunca… A pesar de todo, cuando estamos solos tú y yo, lo demás desaparece… El cansancio, la preocupación, los nervios, los disgustos, las dudas… Todo. No importa si es una hora o diez minutos, me renueva por dentro… Me alegra el alma y me hace superfeliz. Y sí, lo echaba muchísimo de menos… —Miró a Dylan con un expresión divertida—. ¿Estoy muy loca? 

—Un poquito, sí. Pero yo no soy precisamente la cordura en persona, así que… 

—Y en unos meses, sumaremos dos bichitos más al no-parar de vida que llevamos… ¡Qué increíble! ¡Menuda locura!

Dylan asintió. Entonces, reparó en que ella se acariciaba el vientre y, como siempre, mil preguntas acudieron a su mente. Preguntas que no solía formular en voz alta porque entre lo mal que le había sentado el embarazo hasta el momento y que eran tan pocos sus momentos realmente a solas, a los dos se les estaban acumulando las cosas por hacer y por planear. Esta vez, sin embargo, no se cortó.

—¿Se mueven?

Ella negó con la cabeza. Luego, sonrió y rectificó.

—Bueno… A lo mejor sí, pero de momento no me doy cuenta.

—¿Y qué sientes? 

Fue decirlo y reírse de sí mismo. ¿Se refería a cómo se sentía cuando no estaba vomitando, con unas náuseas que se presentaban ante la sola visión de un plato de comida? ¿O a cuando, de repente, todo se ponía negro a su alrededor y caía de bruces al suelo? Definitivamente, aquella pregunta no había pasado por su cerebro antes de salir por su boca

—Quiero decir… —matizó—. No sé… Hay dos vidas creciendo dentro tuyo… Yo, que solo soy testigo, estoy alucinando… 

La mirada de Andy, poblada de una miríada de estrellas refulgentes, le dio una pista de lo que vendría a continuación:

—No sé cómo explicártelo, calvorotas, pero es muuuuy grande… Me siento fabulosa. La mujer más afortunada del mundo. La más feliz. Es una sensación de realización personal que nunca antes había sentido… Muy diferente. Muy especial. Y no voy a negar que, físicamente, se pasa mal. He tenido días horribles. Pero los ratos que no hay mareos ni malestares… ¡Es la caña!

La sonrisa de Dylan era tan grande como la de Andy. Le gustaba oírla hablar de lo que sentía llevando a sus hijos en el vientre y quería saber más.

—¿Te duele? Me refiero a esa zona… Según la ecografía, los bebés pesan ochenta gramos entre los dos, más las placentas y el líquido… 

Ella lo miró con picardía.

—No tanto como para privarnos del sexo, si a eso te refieres… —Sabía que no era a eso lo que Dylan preguntaba, de modo que continuó—: Dolerá, supongo, más adelante. Ahora, no. Siento pinchazos de vez en cuando, algo de presión, pero nada más. —Sonrió antes de decir—: Lo que sí empieza a doler está más arriba… 

Dylan arrugó la frente. Al fin, sonrió cuando vio que ella se señalaba el pecho con el pulgar en un gesto cómico.

—Ya —concedió con un punto de picardía. 

—Ya, ¿qué?

—Que ya me he percatado. 

—¿Ah, sí? 

Por lo visto, su chica volvía a coquetear. 

—Tengo dos ojos en la cara, Andy. Y, por si no te has dado cuenta, viven mirándote.

—¿Ah, sí?

Esta vez no había sido un flirteo, sino una expresión de genuina sorpresa. Desde luego, aquella declaración la había tomado desprevenida. Andy se preguntó si era posible que estuviera tan pendiente de lo que sucedía dentro de su cuerpo, que no se daba cuenta de lo que sucedía a su alrededor.

Dylan decidió que había llegado el momento de pasar a los hechos. Se inclinó y lo que en principio parecía un acercamiento, pronto se convirtió en un avance en toda regla cuando empezó a reptar sobre ella, obligándola a tumbarse de espaldas sobre el sofá.

Sosteniéndose en un codo, usó su mano libre para subirle el jersey, exponiendo sus pechos desnudos. Se tomó unos instantes para regodearse en las vistas.  A continuación, le bajó la cintura del pantalón, haciendo lo mismo con su vientre.  

Ella se estremeció de gusto, de deseo. Adoraba tenerlo encima. La enloquecían sus avances. Continuó mirándolo en silencio, dejándolo hacer, mientras su corazón se lanzaba a latir desaforadamente.

—Siempre te he mirado, desde la primera vez que te vi… Exhaustivamente —enfatizó. Acercó su nariz al ombligo femenino y jugó a acariciarlo, dentro, alrededor, dibujando círculos que a veces también acompañaba con el roce de sus labios.

Andy tuvo la sensación de que aquellos juegos eran más amorosos que sensuales. Que aunque era su piel la que tocaba, también estaba acariciando a sus hijos. Pensarlo la enterneció intensamente.

Pero no fue eso lo que dijo. Los bebés ya consumían buena parte de la atención de los dos a lo largo del día; aquel momento les pertenecía solo a ellos.

—¿Desde la primera vez que…? Venga ya… Tus ojos estaban demasiado ocupados con cierta señorita rubia platino —murmuró envuelta en un suspiro. Ahora, los juegos masculinos se habían vuelto más serios. Empezaban a alejarse de su ombligo para internarse en su pubis.

—Desde la primera vez, lo creas o no —afirmó él.

Andy movió sus caderas instintivamente cuando la lengua de Dylan se internó en su vagina.

—Diossss… No pares, ay, no pares… Sigue, por favor.

Pero él no obedeció.

Volvió a acercarse al rostro de Andy y se mantuvo allí, muy cerca, el tiempo suficiente para decirle:

—Siempre te he mirado y ahora te miro mucho más. Me sé de memoria cada curva y cada pliegue de tu cuerpo. Cada lunar. Cada cicatriz… Eres la mujer más bestial que he conocido nunca y no puedo dejar de mirarte.

Los ojos de Andy recorrieron las facciones masculinas con devoción. 

—Y desde que estás embarazada… —añadió, destilando sensualidad—. Me vienen ideas muy locas a la cabeza, ¿sabes? Pero…

Dylan hizo una pausa. Se inclinó sobre ella y lamió uno de sus pezones con glotonería, disfrutando doblemente del contacto con aquel trocito de carne enhiesta y de los estremecimientos de Andy.

—Pero ¿qué? —insistió ella, ofreciéndole su otro pezón.

Dylan se sirvió a placer y durante un buen rato solo hubo besos, lametones y caricias ardientes entre los dos. Al fin, él volvió a mirarla.

—Te toca a ti. Dijiste que te esmerarías para convencerme de irnos el viernes a tu querido Londres y… Hoy necesito que te esmeres muchísimo.

Andy no se lo hizo repetir. En un principio, lo rodeó con sus brazos en un abrazo cargado de amor y de ternura. Pero muy pronto se transformó en la mujer que él necesitaba aquel día. En la que se merecía por ser un hombre tan cabal, paciente y entregado a las personas que amaba.

Dylan sonrió excitado al verla erguirse segura de sí misma, desnudándose y exhibiendo aquella belleza especial que le confería su embarazo. Siguió cada gesto y cada movimiento mientras ella le abría la bragueta y lo desnudaba prenda a prenda para luego empujarlo suavemente con un dedo hasta tenerlo donde quería; tendido de espaldas, vestido únicamente por sus numerosos tatuajes, y completamente a su merced.

Entonces la vio sonreír con lascivia y repetir exactamente los mismos pasos que él había dado antes, cuando tenía la posición dominante.

Dylan apretó los párpados al sentir aquella caricia húmeda sobre la punta del pene. Exhaló el aire en un largo y ardiente suspiro.

Y se estremeció de la cabeza a los pies cuando, un instante antes de que ella abarcara su miembro con la boca, la oyó decir:

«Vas a gozar, amor. Muchísimo».


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©️2022. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
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CR22. Dylan & Andy. 25 semanas.


CR22 Dylan & Andy. 25 semanas, de Patricia Sutherland

Viernes, 4 de junio de 2011

Casa de Dylan y Andy.

Cala Morell, Ciudadela,

Menorca.


- I -

Dylan aparcó en la entrada de vehículos de su casa y cerró el contacto. Elevó los brazos en un intento de estirar sus músculos y miró a Andy, que seguía durmiendo como si tal cosa en el asiento del copiloto. Su hija hacía lo mismo en la sillita de viaje situada en el asiento de atrás, entre su tío y su abuelo.

—Joder, no llegábamos más —comentó Danny. Después de comprobar que Luz dormía profundamente, se apeó y dio la vuelta alrededor del monovolumen para ayudar a Brennan a bajar.

Había sido un viaje largo y bastante cansado; un ferry de Portsmouth a Bilbao pasando la noche a bordo. Viajar por carretera de Bilbao a Barcelona y allí embarcar en otro ferry con destino Menorca. 

—Gracias, muchacho —dijo Brennan. Se acercó a la ventanilla del conductor y golpeó dos veces. Dylan bajó el cristal—. ¿Sacamos mi silla de ruedas del maletero o la despiertas?

Se refería a Andy, que aquel día había hecho poco más aparte de dormir. Dylan volvió a mirarla. Ella tenía la cabeza parcialmente ladeada sobre el hombro izquierdo, descansando sobre el respaldo ayudada por la almohada cervical que desde hacía meses iba con ella a todas partes. Se había cubierto con el grueso abrigo de Danny, de modo que lo único que asomaba de él eran su cabeza y sus piernas. Eso sí, su prominente vientre no pasaba desapercibido. No solo dormía; estaba agotada. Y eso que la mayor parte de los paseos y excursiones los había hecho en la silla de ruedas de la que tanto se había quejado, tildándolo de «exagerado». ¿Ves como tenía razón?, pensó con una sonrisa tierna en los labios al verla tan rendida. A ver cuánto tardaba en reconocerlo.

—No, papá. La llevaré en brazos. Será más rápido.

—¿Seguro? —bromeó—. ¿Todavía te quedan fuerzas después de una semana lidiando con una familia entera, una niña de dieciocho meses y una esposa embarazada de mellizos por los caminos perdidos de Dios?

Dylan no pudo más que sonreír. Dicho así, sonaba terrible.

—Sí, seguro, papá. Vosotros ocupaos de Luz. Está tan dormida como su madre.

Así lo hicieron. Mientras Brennan descargaba el equipaje, Danny había desatado los cinturones de seguridad de la niña y la había llevado al salón donde había logrado acostarla en uno de los sillones sin que se despertara. Luego había regresado a echar una mano con las maletas.

Dylan, por su parte, se había apeado, había abierto la puerta del acompañante y después de quitarle el cinturón de seguridad a Andy, le había pasado una mano por la espalda, rodeándole la cintura. 

—A ver, preciosa, agárrate fuerte —le dijo después de poner uno de los brazos de Andy alrededor de su propio cuello.

—Puedo andar… —murmuró ella abriendo apenas los ojos.

—¿En serio? Chica, no sabía que podías hacer eso… ¿Y cuándo lo has aprendido? —y con esas, la sacó del vehículo y la cargó en brazos.

Una ligera sonrisa remolona apareció en el rostro femenino al decir:

—Ja, ja, ja…

Pero en vez de quejarse o intentar que él la pusiera en el suelo, Andy hizo todo lo contrario. Rodeó el cuello de Dylan con ambos brazos y se acurrucó contra su pecho. 

«Si te conoceré…», pensó el irlandés satisfecho, al tiempo que se dirigía al interior de la casa con su mujer en los brazos. Desde que estaba en la dulce espera, no había mimos suficientes para ella.

Una vez en el salón, la depositó sobre el sofá de tres plazas. Le puso un cojín bajo la nuca y la cubrió con su manta favorita.

—Mmm… Perfecto. Gracias, mi amor —musitó Andy.

Dylan se puso de cuclillas junto al sofá. Permaneció unos instantes mirándola. Hablando de perfección, pensó. A pesar de las huellas que el cansancio dejaba bajo sus ojos, el embarazo le daba un aspecto radiante. Sabía que por dentro no sentía de esa forma, pero por fuera era todo un espectáculo con sus mejillas sonrosadas y su cutis lozano y su cuerpo curvilíneo que derrochaba tanta salud como sensualidad. Andy rezongaba acerca de que ya no cabía por las puertas y que sus pechos, que habían crecido una talla y media de sujetador, le estorbaban para todo. A él, en cambio, presenciar el proceso que estaba experimentando su mujer le parecía precioso, un regalo. Saber que había dos bebés -sus hijos- creciendo en su vientre lo llenaba de emoción. Andy le parecía una oda a la perfección. El epítome de la belleza.

Deslizó su mano por debajo de la manta y la posó sobre la prominente barriga femenina. Prestó atención. No percibía nada. Todo parecía tranquilo y sereno.

—¿Duermen? —murmuró. La vio sonreír ligeramente y asentir con un gesto. Dylan sonrió—. Entonces, aprovecha y descansa tú también. En un rato vuelvo, ¿vale, preciosa?

—No tardes… —repuso Andy en una prueba más de su elevado nivel de mimosidad.

Sonriendo, Dylan se acercó al sillón donde estaba Luz. Era el sillón que normalmente ocupaba Brennan, pero era allí donde Danny la había dejado. Se inclinó a besarle la frente. La pequeña estaba tan profundamente dormida que no hizo el menor movimiento. Muy despacio y con cuidado de no molestar su sueño, la acomodó mejor, le puso un cojín en la nuca y la cubrió bien con la manta de su padre. Mis chicas están rendidas, pensó. Él también empezaba a acusar el cansancio  del viaje, pero algo tenían que cenar… Decidió encargar la cena en el Sa Badia, de esa forma se aseguraba que todo sería de primera calidad y hecho con esmero. Ciro, que ya preparaba platos especiales para Anna a diario -platos que no contenían ninguno de los ingredientes que el médico había eliminado de su dieta-, había rizado el rizo desde que su prima estaba embarazada. 

—Muy bien —dijo poniéndose de pie—. Vamos a por esa cena para mis princesas…

* * *

Danny había sido quien había ido al Sa Badia a recoger la cena. Al regresar, la habían tomado en el salón mientras veían la televisión. Luz había comido bien, aunque al principio había costado un poco mantenerla despierta. Con Andy no había habido manera de hacerlo. Había tomado cuatro bocados de tarta de salmón, la mitad de una patata rellena de queso y eso había sido todo. A continuación, se había echado de lado en el sofá y tras taparse con la manta hasta la cabeza, había seguido durmiendo a pierna suelta.

Los demás, en cambio, habían cenado opíparamente. Eran muy pocas las ocasiones en que Dylan no preparaba los platos que comía y aquel día los disfrutó especialmente. A medida que se relajaba, el cansancio afloraba. Lo había pasado muy bien en la quedada en honor a la hija de Dakota y Tess. Volver a ver a los amigos siempre añadía un plus de satisfacción a cualquier plan que incluyera a su propia familia. Pero no podía negar que la preocupación por el bienestar de Andy, tratándose de una actividad tan exigente a nivel físico, había jugado un papel importante en su desgaste, en el profundo cansancio que ahora empezaba a salir a la superficie, haciendo que le dolieran hasta las pestañas.

—Bueno, me voy a dormir. Necesito un colchón y una almohada ya —anunció Danny—. Buenas noches a todos.

—Buenas noches. Yo te sigo enseguida —repuso Brennan, poniéndose de pie con movimientos pausados, como si le estuviera dando tiempo a sus articulaciones a que se pusieran en su sitio antes del siguiente movimiento—. También necesito reposar mis viejos huesos durante unas cuantas horas. ¿Te ayudo con algo, hijo? Las dos parecen bastante dormidas.

Dylan negó con la cabeza. Repantigado en un extremo del sofá donde dormía Andy, el irlandés exhaló un suspiro.

—Tranquilo, papá. Ve a dormir. Hasta mañana.

Brennan se despidió y también abandonó el salón.

Dylan siguió mirando el partido de fútbol que emitían en diferido un rato más. Al fin, apagó el televisor y llevó a Luz a su habitación. Solo le quitó el enterito vaquero antes de ponerla en su cuna para que estuviera más cómoda. La arropó bien y regresó al salón. Sonrió al ver a Andy tan estirada en el sofá y dormida como un tronco. La tomó en brazos. Ella dijo algo ininteligible, pero siguió durmiendo. La condujo al dormitorio y la depositó sobre la cama donde, después de desvestirla dejándole tan solo la camiseta, la ayudó a ponerse de lado, como le había aconsejado el médico. La cubrió bien con el nórdico. Finalmente, se desnudó y se acostó a su lado.

Enseguida fue consciente de su calor corporal y del perfume de su pelo. Ambas eran sensaciones de lo más placenteras y familiares. De hecho, necesarias para él. Eran sinónimo de estar en casa. 

Exhaló un suspiro y dio la última instrucción del día; «apagar».

- II -

Jueves, 28 de abril de 2011

Casa de Dylan y Andy,

Cala Morell, Ciudadela,

Menorca.

Dylan echó un vistazo a la hora. Eran las doce del mediodía. Empezaba a preguntarse si era normal que Andy llevara durmiendo dieciséis horas seguidas. Todos habían dormido más de lo habitual después varios días de viaje, pero hasta Danny, que siempre remoloneaba hasta el último minuto, se había levantado pronto para ir a clase. ¿Debería ir a despertarla?

Siguió troceando las zanahorias para las lentejas guisadas que estaba preparando. No estaba solo en la cocina, su padre leía el periódico sentado a la mesa, frente a él, y no quería preocuparlo. 

Pero Brennan se había percatado del gesto de su hijo. Un gesto que venía repitiendo a cada rato desde hacía un par de horas.

—Parece que a Andy se le han pegado las sábanas… —comentó—. Tendrá que ver con las hormonas. Tu madre también dormía como un lirón cuando los malestares le daban una tregua.

A Dylan le alivió oírlo, pero en este caso creía que tenía más que ver con el viaje que con las hormonas. A pesar de la silla de ruedas, de la que Andy tanto se había quejado pero había acabado usando a destajo, el viaje había supuesto mucho ajetreo y muchas emociones para ella. Y esperaba con todas sus fuerzas que la cosa se quedara ahí y la bendita quedada no les diera a todos un disgusto mayor… 

Un instante después, descartó sus pensamientos. De hecho, se arrepintió de ellos. No entendía por qué su mente empezaba a desbarrar cada vez que veía un comportamiento inhabitual en Andy. Estar embarazada era motivo más que suficiente para que ella tuviera cambios de todo tipo. Y encima, eran dos bebés y no uno. Detestaba que todas sus alarmas se dispararan con tal facilidad al menor amago de contratiempo.

—No va a reconocerlo, pero este viaje la ha dejado de cama.

—Pero nos lo hemos pasamos muy bien —terció Brennan—. Que nos quiten lo bailado.

Dylan se rio.

—Quién te ha visto y quién te ve, Brennan… 

—Es verdad —reconoció él, riendo—. Después de una vida partiéndome en veinte para intentar estar a todas, me parece increíble tener tiempo libre y salud para disfrutarlo con mi familia. Es todo un cambio, ¿sabes? La reunión motera fue estupenda, estuvo muy bien organizada y me gustó mucho verte en tu salsa, hablando de motos con tus amigos y, a la vez, pendiente de tu mujer y de tu pequeñita. Ha sido fantástico. 

Las quedadas habían ido evolucionando a medida que pasaban los años. De las noches bebiendo (y ligando) hasta las tantas y los desayunos a base de café negro para aliviar la resaca y poder hacer kilómetros a lomos de sus motos, a las reuniones familiares de ahora, en las que movilizaban autocaravanas y sillas de ruedas además de sus motos, la diferencia era abismal. Pero Dylan debía reconocer que él también lo había pasado en grande. Había disfrutado mucho de la compañía de sus colegas a quienes ahora veía un par de veces al año como mucho y de haber podido hacer el viaje con Andy, con Luz y también con las dos familias, los Avery y los Mitchell. 

—Andy estaba feliz… Bueno, después de que se le pasó el cabreo por lo de la silla de ruedas. Porque menudo cabreo… —Dylan se rio al recordarlo—. Y mi gordita encandiló a todo el mundo con su simpatía… Es como un rayito de sol…

—¿Quién es como un rayito de sol? —dijo una voz somnolienta desde la puerta de la cocina.

—Mira a quién tenemos aquí… —celebró Brennan, volviéndose hacia su nuera con una sonrisa. Venía envuelta en un albornoz varias tallas más grande -era de Dylan- que llevaba cerrado con un cinturón de lazo por debajo de su enorme barriga,  y tenía el pelo enmarañado. 

Andy fue hasta su suegro y le dio un beso en la mejilla. 

A Dylan se le rio el alma. Tal fue su alivio al verla despierta, preciosa como siempre, y comprobar que estaba bien. 

—Buenos días, dormilona —la saludó—. Hablaba de Luz.

Andy fue hacia él poniendo morritos.

—Y yo que pensé que hablabas de mí… ¿Por cierto, dónde está… sigue durmiendo?

Dylan apartó la silla de la mesa e hizo que Andy se sentara sobre sus piernas.

—Está en la guardería.

Fue entonces cuando Andy reparó en la tabla de cortar y en las hortalizas que había sobre la mesa.

—¿En la guardería…? ¿Pero qué hora es?

—Doce y diez —repuso Brennan.

Andy abrió la boca. 

—¡La ecografía! —exclamó—. ¡Era a las nueve y media! ¡Madre mía, Dylan! 

Intentó ponerse de pie, pero él la retuvo, tranquilizándola.

—Anoche te noté rendida, Andy. Agotada. Así que hoy, en cuanto me levanté, llamé y la pasé a mañana. La única hora libre que quedaba era a las cuatro.

Andy exhaló un suspiro.

—Siempre piensas en todo… ¿Qué haría yo sin ti?

—¿Llegar tarde a la ecografía y conseguir que el médico y la obstetra te lean la cartilla a dúo? —guaseó el irlandés, aliviado de notarla tan recuperada.

—¡Ya te digo! Menuda es la doctora Menéndez… —se rio Andy.

—¿Tienes hambre? ¿Qué tal un buen sándwich y un batido para empezar el día? Para la comida falta una hora y media, por lo menos…

—¡Eres mi héroe! —repuso ella, haciéndole un guiño a Brennan que, para variar, ya se había sonrojado.

Entonces algo interrumpió el momento de risas. Algo maravilloso.

Andy emitió un gritito de sorpresa y tomó la mano de Dylan.

—Mira, mira… —dijo posándola sobre su vientre.

Los dos se quedaron muy quietos, expectantes. De pronto, volvió a suceder; uno de los bebés se movió y con él un bulto considerable apareció en el vientre materno.

—¡Toma ya! —exclamó Dylan, exultante de alegría. Le abrió un poco el albornoz y deslizó su mano debajo de la camiseta de Andy, directamente sobre la piel. El bebé seguía moviéndose, logrando que el vientre de su madre adquiriera formas extrañas. Notó que lo hacía con fuerza; le movía la mano. Miró a Andy con el asombro pintado en la cara—: ¿Es Zoe o es Bebé? Quien sea, ha tomado el desayuno de los campeones esta mañana…  Tiene muchísima fuerza… ¿Te duele?

—No, molesta un poco, pero no duele… Creo que es Zoe… Sí, por la fuerza de sus pataditas, tiene que ser ella… —Se volvió hacia su suegro—. Ven, acércate, Brennan. Mira qué bien juega al fútbol una de tus nietas…

Brennan, que estaba deseando que lo invitaran a esa fiesta, obedeció de inmediato. Dylan le ofreció la silla que estaba a su lado. Entonces, Andy se subió un poco la camiseta. Los movimientos de su vientre eran perfectamente distinguibles.

—¡Qué increíble! —exclamó el anciano emocionado.

Dylan tomó la mano de su padre y la guió sobre el estómago de Andy. Luego puso su mano sobre la de él. Entonces, hubo un nuevo movimiento, esta vez sucedió en otra zona del vientre materno, alejado de donde padre e hijo tenían la mano. Eran movimientos algo más suaves, pero igualmente repetidos. 

—¡Ese es Bebé! —exclamó Dylan. Su mano fue a buscar el contacto de inmediato con aquel ser del que todavía ignoraban el sexo, de ahí que se refirieran a él de esa forma.

—¡Sí, sí… es Bebé! ¡¿Están de fiesta o qué?! ¡Mirad cómo se mueven! —celebró Andy. 

Una sonrisa de niño feliz se abrió paso en el anguloso rostro del irlandés, que se acercó un poco a la barriga de Andy y se puso a hablar con sus hijos.

—Hola, hola, Bebé… ¿Cómo estás, peque? Tu hermana te ha despertado, ¿a que sí? Esta Zoe es una cosita muy inquieta, di que sí… ¡No para de moverse!

Brennan contemplaba la escena con una mezcla de asombro y de emoción. Si alguien le hubiera preguntado en aquel momento qué lo emocionaba más, no habría sabido qué responder. Increíble como resultaba palpar, sentir, la presencia de sus nietos creciendo dentro de su madre, conocer de primera mano esta faceta de padre enamorado de sus retoños de Dylan, no se quedaba atrás en absoluto. Era conmovedor verlo convertido en la clase de hombre que Brennan siempre había soñado para su único hijo varón.

—¡Ay, calvorotas, ¿no es genial?! —dijo Andy echándole los brazos alrededor del cuello.

Dylan respondió a su alegría con otra semejante. 

—Es perfecto, nena… A-lu-ci-nante.

El irlandés la abrazó muy fuerte y, olvidándose por completo de su padre, que seguía contemplando la escena maravillado, dejó que lo que sentía por Andy y por aquellos dos bebés de los que ya estaba irremediablemente enamorado, se expresara a conciencia.

- III -

Más tarde aquel día…

Después de comer, Andy había dormido una siesta de dos horas en el sillón donde se había acomodado, según ella, para ver la televisión.

Dylan había aprovechado para salir a hacer un par de recados que tenía pendientes, además de una buena compra para llenar la nevera.

Danny había llegado con Luz poco después de que Andy descubriera que estaba sola en la casa. 

—¡Ay, mi nenita preciosa, ven con mami! —dijo en cuanto Luz entró corriendo en el salón.

—¡Voy, voy, voy…!

La voz de la pequeña la hizo reír. Luz era expresiva y alegre, pura energía. En un minuto, había trepado al sofá y se había puesto a repartir besos a su madre y a sus hermanitos con aquellas formas histriónicas que hacían las delicias de todo el mundo. 

—¿Qué tal está mi niña hoy? ¿Has jugado mucho en la guarde?

Luz asintió enfáticamente con la cabeza.

—Sí, mucho… 

Danny se dejó caer en el sofá frente a su hermana sonriendo.

—Dice la «seño» que se puso a bailar y no paraba… —se rio y le hizo una carantoña a su sobrina—. Yo creo que sigue enchufada a la juerga de la quedada… 

Cada vez que los moteros habían hecho una pausa en la ruta, siempre había música amenizando el momento. Con personajes como Maverick o Conor, que no perdían ocasión de mover el esqueleto, siempre que había música, había gente bailando. Luz parecía encontrarlo la mar de divertido y siempre se apuntaba, una niña pequeñita moviéndose al son de la música entre un montón de adultos. 

—Sí, me dejó alucinada… —concedió Andy—. Yo creo que fue lo que más le gustó de todo. Y eso que corretear por el muelle y obligar a tu padre a que fuera detrás tuyo te encantaba, ¿eh, Luz? 

La niña soltó una de sus risitas cómicas y sacudió sus rizos.

—¡Papi corría muuuuucho…! —exclamó dando palmitas. Entonces, miró a Andy con sus hermosos ojazos azules—. ¿Papi? —preguntó. Un instante después, bajó del sofá y echó a correr, buscando a Dylan—. ¡Paaaaaapiiiiiiii…. Paaaaapiiiiiiii!

Danny interrogó a su hermana con la mirada. Ella se encogió de hombros.

—Creo que estoy sola… Me quedé dormida y acabo de despertarme…

Danny se levantó y fue detrás de su sobrina.

—Ven, peque… Papá no está. Viene enseguida.

Y con esas, después de cogerla en brazos, Danny fue hasta la cocina donde su cuñado solía dejar notas sobre su paradero pisadas con un imán en la nevera. En efecto, allí estaba el trozo de papel garabateado con la cuidada caligrafía de Dylan. Regresó al salón, leyéndola en alto:

—«Mi viejo está con Anna. Tu madre lo ha invitado a tomar el té. Yo estaré de vuelta sobre las seis con cosas para llenar la nevera. Danny me dijo que irá él a por Luz a la guardería. Tú aprovecha y descansa. Sé buena. Te quiero»… Siempre te recuerda que te quiere, ¿tendrá miedo de que te olvides, te largues con Luz y los dos bebés, y no vuelvas más? ¡Yo haría una fiesta! —guaseó Danny.

—¿Igual que haces una fiesta cada vez que Alice se va de puente o de vacaciones con su familia y tú te quedas aquí, más solo que la una?

—No es lo mismo, petarda. Ni parecido. Yo soy libre como el viento, puedo hacer y deshacer a mi antojo. 

«Qué sabrás tú, chaval». Andy se estiró en el sofá y se pasó la mano por el vientre. Experimentó la misma sensación de plenitud que sentía siempre que lo hacía. 

—Pues para poder hacer y deshacer a tu antojo, haces bien poco aparte de quedarte en casa mirando las paredes hasta que Alice vuelve… —Vio que Danny le ofrecía una sonrisa desdeñosa y apartaba la mirada, señal de que ella estaba en lo cierto—. Lo que demuestra que lo que realmente quieres hacer, lo quieres hacer con ella. No es tan distinto, ¿ves? La diferencia principal es que ni Dylan ni yo tenemos ningún problema en reconocerlo abiertamente. Además, para tu información, yo también le digo constantemente que lo adoro… Y no porque crea que se va a olvidar, si yo no se lo recuerdo. Es porque necesito decírselo. A él le pasa igual. ¿Te enteras, pesado? Y ahora ven y dame a mi hija que, con tanto dormir, hoy casi no la he visto… ¡Ven con mami, pequeñaja!

Y como era habitual en Luz, al oír que su madre la reclamaba, se lanzó hacia el sofá desde los brazos de su tío, dándole a este un buen susto.

* * *

Dylan  llegó poco antes de las seis cargado con bolsas del supermercado. Andy se levantó del sofá y fue a reunirse con él en el pasillo que conducía a la cocina. Él no pudo evitar sonreír al verla vistiendo todavía su albornoz que, además de quedarle inmenso, destacaba tanto su enorme barriga. 

—Por lo que veo, me has hecho caso. Muy bien, así me gusta, que obedezcas a tu marido que para eso lo tienes —dijo divertido por su propio discurso, uno que no sonaba nada a la clase de hombre que era.

—¡Madre mía, ¿qué dices?! ¿Se te han subido las lentejas a la cabeza o qué? —repuso Andy, riendo de buena gana.

Después de darle un beso de bienvenida, Andy se ofreció a coger una de las bolsas. Él le entregó otra distinta.

Andy lo miró con guasa. Levantó la bolsa en la punta de su dedo índice.

—¿Tienes miedo de que me hernie? ¡Menuda ayuda, venga ya, Dylan! Aquí solo hay dos paquetes de patatas fritas y una barra de pan…

—Y los chicles para tu hermano —aclaró el irlandés, tronchándose—. Venga, vamos a la cocina y mientras yo acomodo las cosas, tú te sientas y me cuentas qué has estado haciendo.

Andy le hizo caso a medias. Comenzó a relatarle lo que había estado haciendo, pero no se sentó. Al contrario, empezó a vaciar el contenido de las bolsas sobre la mesa y acomodando ella misma los artículos menos pesados.

—Mi idea era mirar un rato la tele, pero lo que hice fue dormir una siesta larguísima. Cuando llegó Danny con Luz, acababa de despertarme. Mi hermano me estuvo vacilando un rato a cuenta de la notita que dejaste en la nevera… Ya sabes, esa que termina con un «te quiero» que a mí me encanta y a él le hace tanta gracia…

Dylan sonrió para sí.

—Normal. Está en la edad de que le haga gracia. A mí también me la haría… Me la hace —se corrigió—. Cuando me miro con los ojos del crío de dieciséis años que se tiraba a medio instituto porque no le daba el día para tirárselo entero, también me divierte un montón. 

Andy, que estaba sacando un paquete de galletas saladas de una de las bolsas, dejó el movimiento a medias y lo miró divertida.

—¿Ah, sí? Y cuando te miras con los ojos del cuarentón cañón que eres ahora, ¿qué piensas?

«¡Cómo picas!», pensó el irlandés y dejó lo que estaba haciendo para estrujar a Andy contra su cuerpo.

—¿Quieres saber lo que pienso? Vale, te lo voy a decir… Desde que me he dado cuenta cómo te ablanda toda que me ponga tierno contigo -y lo bien que me lo agradeces-, pienso que he estado muuuuuy lento de reflejos… —Se rio, incapaz de mantenerse serio por más tiempo—. ¡Debí hacerlo desde el primer día! 

Andy entre risas le dio un golpecito en el pecho a modo de reprimenda.

—¿Quieres decir que lo haces solo por el sexo, calvorotas? ¡Menudo hipócrita!

Él la estrujó más fuerte.

—«Solo por el sexo», dice… Nena, ¿cómo que «solo»? ¡Es muy importante! 

—¡Que te lo digan a ti, que llevas semanas haciendo piruetas para consumarlo!

—Y seguiré haciéndolas el tiempo que haga falta porque sí, el sexo es importante —aseguró, dándole un beso en la coronilla antes de alejarse—. Y no, no hay ni un poquito de hipocresía cuando te digo que estoy loco por tus huesos, ¿vale?

—Vaaaaale.

La pareja continuó acomodando las cosas de la compra entre miradas cómplices y bromas mientras Andy seguía explayándose sobre lo que había estando haciendo el tiempo que se había quedado sola en casa.

—No esperaba conseguir que mi querido hermano se apuntara a llevar a Luz a casa de mamá, pero lo conseguí. Le dije que, de paso, haría bien en cenar con ella y con Jaume esta noche, ya que durante la quedada no les hizo ni puñetero caso. A eso no se apuntó, claro. Me dijo que se quedaría un rato en la casa familiar para que mamá pudiera estar con Luz, pero que de cenar «ni hablar». Que pusieras la mesa para cuatro esta noche. Menos da una piedra, así que estoy contenta. 

Andy hizo una pausa. Tenía que decirle algo importante. Algo en lo que había pensado a raíz de haber tomado conciencia de que la cantidad de horas que había estado durmiendo, sumado a la facilidad con la que se había sentido cansada al menor esfuerzo durante los días que habían estado en la reunión motera, definitivamente, tenían una lectura diferente. Una que ella había decidido ignorar, quizás, durante demasiado tiempo.

—Y en cuanto tío y sobrina se marcharon, me llamó Tina… Iba a llamarla yo, pero ella se adelantó —continuó—. Estuvimos hablando un buen rato y aproveché para decirle que los próximos meses me tomaré el trabajo con calma…

Dylan se quedó cortado. Estaba de espaldas a Andy, rellenando la aceitera junto a la pila, y agradeció que ella no pudiera verlo. Tras el primer momento de sorpresa, se descubrió sonriendo. Era una sonrisa de satisfacción por que al fin ella hubiera entendido que sus circunstancias eran especiales. Pero Andy podía interpretarla como que estaba celebrando haberse salido con la suya. Siendo una mujer de carácter, prefería no arriesgarse a que ella tuviera una impresión equivocada.

—¿Y te creyó? —repuso, haciendo gala de su gran inteligencia.

—Al principio, no. Pero cuando le dije que, de no haber sido por la bendita silla de ruedas, habría tenido que perderme la mitad del programa de actividades de la quedada… Entonces, ya empezó a creerme.

«¡Guaaaaaaau!», pensó el irlandés. Así que su mujer, al final, sí que estaba reconociendo que el viaje había sido «too much» para ella. Verlo para creerlo.

Dylan se volvió a mirarla con una sonrisa desafiante.

—¿Estás admitiendo que, después de todo, no fue una idea tan terrible? —Manoteó una silla—. Espera que me siento, que igual me desmayo de la emoción…

Y eso hizo. Se acomodó en una silla frente a ella y se cruzó de brazos mientras sus preciosos ojos grises le decían cuánto estaba disfrutando del momento.

Andy sonrió de mala gana. La desgana no venía a cuenta de que le molestara tener que admitir que él estaba en lo cierto y ella no, sino de que pretender seguir siendo la misma de siempre cuando cada vez resultaba más evidente que no podía con ello, era una insensatez. Y no era propio de ella no ser sensata.

—Estaba agotada. Ya ves las horas que he dormido desde que hemos vuelto a casa… Me guste o no -y te juro que no me gusta nada de nada- esto es lo que hay. Necesito tomarme las cosas con calma porque, sencillamente, no doy para más.

Tras una pausa en la que la ternura en la mirada de Dylan llovió a raudales sobre ella, haciéndola sentir muy querida y a la vez muy culpable por haber sido tan testaruda, continuó: 

—Le dije que a partir de ya reduciré mis jornadas en el gimnasio a la mitad hasta que nazcan los mellizos. Después, ya se verá. Asignaré mis clases de esta semana a otros monitores. Mañana tenemos la ecografía y pasado el test de O’Sullivan, así que pienso quedarme en casa el resto de la semana.

Dylan se habría puesto a bailar. O, como mínimo, habría soltado al aire un buen par de puñetazos victoriosos. Pero ya decía el refrán que más sabía el zorro por viejo que por zorro, de modo que moderó sus impulsos.

—Bien —repuso—. Estuvo de acuerdo contigo, supongo… Aunque, bueno… A estas alturas, Tina ya sabe que cuando tomas una decisión, tomada está.

En otras épocas, Andy habría bromeado acerca de la innegable habilidad de Dylan para saber qué decirle y qué no y, sobre todo, cuándo. Bromas que, en el fondo, tenían el propósito de comunicarle que no la engañaba, que se daba perfecta cuenta de cuándo él estaba echando mano de su basta experiencia en el género femenino para intentar llevársela a su terreno. Ahora, no. Ahora no había ningún pulso. Nadie en el mundo la conocía tan bien como él. Era un hecho. 

Andy extendió la mano y le acarició la barbilla con ternura. 

—¿Te he dicho hoy cuánto te adoro, calvorotas?

—Mmm… —repuso él, haciéndose el pensativo—. Me has dicho que soy tu héroe, pero no sé si ponerlo en el contador… Igual solamente era una forma de hablar…

Andy se inclinó y lo besó en los labios.

—Te adoro, Dylan.

—Esto ya está muuucho mejor… —repuso el irlandés con una gran sonrisa—. Este sí que sube al contador, nena. ¡Suma y sigue!

- IV -

Antes de la hora de cenar…


Dylan examinó su barba en el espejo. Hacía dos días que había abandonado el estatus de «sombra». Pero tenía que ponerse con la cena, de modo que el afeitado tendría que esperar un día más.

Sonrió al recordar la conversación que acababa de tener con Andy en la cocina. Todavía no acababa de creer que ella hubiera decidido bajar el ritmo… 

Estaba claro que para ella el esfuerzo del viaje había sido grande y eso le preocupaba. Desde el primer momento, le había parecido que apuntarse a la quedada era mucho trajín para una mujer embarazada de mellizos en su vigésima quinta semana de gestación. Pero enseguida se recordó que Andy estaba bien. Cansada, pero bien. Además, si haberse sentido tan baja de forma había servido para hacerla entrar en razón sobre su verdadero estado, eso era lo que habían ganado. 

Se desnudó, depositó todas las prendas en la canasta de ropa para lavar que había en un rincón y regresó junto a la bañera pensando que, con suerte, los siguientes tres meses serían más sosegados.

Fue entonces cuando oyó unos golpes en la puerta. Volvió la cabeza, pero no le dio tiempo a responder. Andy ya estaba allí. Dentro del baño. De hecho, había entrado y había cerrado la puerta.

Y ahora se estaba quitando aquel albornoz varias tallas más grandes con movimientos sensuales y una sonrisa traviesa en la cara.

Dylan sonrió. Quizás, no fueran a ser «tan sosegados» como había pensado, después de todo.

—¿Vienes a que te ayude a cansarte para que esta noche vuelvas a dormir otras dieciséis horas seguidas?

Ella se quitó la camiseta y se desató el sostén. A continuación, lo dejó caer al suelo en un movimiento premeditado y tremendamente sensual que consiguió su objetivo.

Dylan se empalmó al instante. Sus ojos, cada vez más hambrientos de sexo, recorrieron aquellos pechos que habían crecido considerablemente tras quedarse embarazada. Y no solo eso. Sus areolas eran más grandes y sus pezones… Eran una invitación a perder la cabeza.

—Vengo a que me pongas las pilas bien puestas… —concedió ella.

Andy se puso de perfil, exhibiendo sus redondeces, esas que era plenamente consciente de cuánto lo excitaban. No contenta con eso, las recorrió con una mano, en una larga e insinuante caricia que empezó en sus pechos y terminó en su pubis, internándose entre sus muslos en una provocación final que también consiguió lo que se proponía; que él empuñara su propio miembro.

A continuación se reunió con él, junto a la bañera. Buscó sus besos y él se los dio. La temperatura empezó a subir imparable. Las manos de Dylan estaban por todo el cuerpo de Andy. Buscándola, excitándola. Hambriento de ella. Era como estaba a todas horas, algo que Andy necesitaba más que nunca porque la hacía sentir deseada. Hermosa, a pesar de los cambios drásticos que estaban teniendo lugar en su cuerpo.

—Así que quieres follar… —susurró Dylan pegado al oído femenino. La sintió estremecerse—. Estás de suerte. 

Ella le siguió el juego más que dispuesta. Era lo que quería. Lo mejor de la revolución hormonal era la explosión de deseo que Dylan provocaba en ella. Lo lograba con casi nada, pero él siempre iba más allá. Siempre exploraba otras formas. Palabras, caricias, posturas… La forma en que la tocaba, esa mezcla de pasión y veneración que había en sus caricias, como si sus manos estuvieran recorriendo un espacio que consideraban sagrado, era… Adictiva. Tremendamente adictiva. Le acariciaba el alma y la hacía sentir la mujer más poderosa del mundo.  

—¿En serio? 

Dylan la hizo volverse de espaldas y la apoyó contra su propio cuerpo. Se inclinó adaptándose un poco más a su altura y le rodeó los pechos posesivamente.

—Siempre quiero follarte… —le dijo al oído, lamiendo el lóbulo de su oreja—. Me vuelve loco tocarte… Sentir tus formas, que ahora no me alcancen las manos para abarcarte los pechos… Eres una locura de mujer, Andy. Y eres mía… —Tras una pausa en la que se dedicó a dar rienda suelta a sus emociones, preguntó—: ¿A qué hora le has dicho a Danny que cenamos? Lo primero que hará la peque será venir a buscarnos aquí…

—Le dije que no llegara más tarde de las ocho. Tenemos algo de tiempo.

—Vale, porque me muero de ganas de hacerlo en el agua... ¿Llenamos la bañera?

Andy exhaló un suspiro. Acompañó las manos de Dylan a través de su vientre.

—Sí, por favor… 

Dylan buscó su boca y se adueñó de ella en un beso muy caliente y muy largo.

Sin soltarla del todo, accionó los mandos que cerraban el desagüe y aceleraban el flujo de salida del agua caliente. 

A continuación, le ofreció su mano para ayudarla a entrar en la bañera, pero ella la rechazó.

—No. Tú primero  —murmuró.

Él exhaló un suspiro cargado de deseo. Sabía lo que eso significaba, lo cual no impidió que lo dijera en alto.

—¿Vas a montarme? Joder, Andy. Me estoy prendiendo fuego… 

Dylan se sentó en la bañera y volvió a ofrecerle su mano para ayudarla. Esta vez, ella la aceptó. Despacio, situó sus piernas de la forma que le resultó más cómoda y se puso a horcajadas sobre él. Estaban todo lo cerca que les permitía su abultado vientre, pero aún no conectados íntimamente. Esa tarea requería paciencia y mucho cuidado. 

Ella posó sus manos sobre los hombros de Dylan y él respondió rodeándola con sus brazos, acercándola más a él. En esa postura, ya no podía enlazar las manos en su espalda sin apretarle el vientre, de modo que se conformó con sostenerla por la cintura. 

—¿Estás cómoda? —le preguntó, depositando pequeños besos sobre su barbilla.

Andy suspiró. Asintió con la cabeza varias veces.

—La doctora Menéndez va a cerrarnos el grifo muy pronto, amor —susurró, respondiendo a los besos de Dylan con más besos—. Pero hoy todavía está abierto…

Se refería a que tratándose de un embarazo gemelar, ya les habían advertido que los últimos tres meses debían evitar los orgasmos intensos, ya que supondría demasiada estimulación para el útero y podía acelerar el parto.

—Hoy todavía está abierto —concedió él.

Entonces, regresaron las caricias y los besos. Y durante cerca de una hora, la pareja hizo el amor, entregándose al momento en cuerpo y alma.

- V -

Viernes, 29 de abril de 2011.

Centro de Salud.

Ciudadela,

Menorca.


No era la misma ecografista que disfrutaba tanto tomándole el pelo a Dylan. Esta parecía recién salida de la facultad y, lo peor, también parecía tener mucha prisa. Él, que esperaba ansioso el momento de volver a ver a sus hijos en el monitor, se estaba poniendo de mal humor ante la velocidad con la que la mujer cambiaba los encuadres sin darles tiempo siquiera a hacerse una idea de lo que estaban viendo. «Pues como no rebajes la marcha, te vas a estampar contra un muro; yo», pensó el irlandés.

Estaban en la consulta. Andy en la camilla, su madre en una silla alta situada en la cabecera y Dylan, a su lado. Todos escrutando la pantalla, intentando entender lo que veían y asociarlo a las escasas y nada claras explicaciones que daba quien estaba a los mandos, al otro lado de la camilla.

—El bebé 1 mide treinta y tres centímetros. El 2, medio centímetro menos. El peso está muy bien. Mil treinta gramos el bebé 1 y novecientos noventa y dos gramos el bebé 2… Todo está de acuerdo a los parámetros. ¿Ha tenido contracciones?

Andy intercambió miradas con Dylan.

—No… Creo que no. A veces, siento pinchazos, un poco de presión… Pero eso está bien, ¿no? Sería pronto para tener contracciones… —dijo con una sonrisa algo confusa.

—En esta clase de embarazos es normal que haya contracciones. No son las de parto. Se llaman de Braxton Heaks. ¿No le ha hablado de ellas su obstetra? 

Dylan sabía a lo que se refería. Lo había leído en la larga bibliografía que llevaba consultando desde que se había enterado de que sería padre de mellizos, pero le fastidió la frialdad y el poco tacto de la ecografista, más tratándose de una madre primeriza. Consiguió ponerle la guinda a su mosqueo y reaccionó en consecuencia.

—¿Qué son esas contracciones? —intervino.

—La doctora se lo explicará.

—No, lo explicará usted. Ya que las ha mencionado sin tener en cuenta que somos padres primerizos, mi mujer y yo queremos saber de qué van. Son contracciones, al fin y al cabo, se llamen como se llamen. Si va a tenerlas, queremos estar sobre aviso. Y ya que estamos, también queremos que centre el ecógrafo en el bebé 2 y lo deje quieto un poco, para variar —subrayó con ironía—. Todavía no sabemos el sexo y nos gustaría saberlo.

Anna miró a Dylan sin ocultar su sorpresa. Estaba siendo cortante. Había sonado casi amenazador. Andy no se molestó en hacerlo; lo esperaba. Al verlo removerse un tanto inquieto antes, había tenido claro que no tardarían en presenciar uno de sus ataques de sinceridad. De hecho, tuvo que tragarse la sonrisa que pugnaba por salir y delatar lo bien que se lo pasaba cada vez que él, fiel a su costumbre, mostraba sus malas pulgas sin andarse con rodeos. 

—Bueno, es que… —empezó a decir la joven.

Dylan la interrumpió sin miramientos.

—Es qué, ¿qué? No pienso irme de aquí hasta que nos informe en qué consisten esas contracciones y nos diga cuál es el sexo del bebé 2. ¿Nos entendemos o necesita que se lo explique de otra forma?

El rostro de la ecografista pasó del rosado suave al rojo intenso.

—Discúlpenme, no era mi intención preocuparles… Es mi primer día en este centro y se suponía que otra compañera estaría conmigo… Por favor, discúlpenme…  Las Braxton Heaks —empezó a explicar la joven. Y a continuación, les habló de aquel tipo de contracciones que llevaban el nombre del médico que las había descubierto y de las que, a pesar de ignorarse qué las causaba, existía la creencia generalizada de que servían para tonificar el músculo uterino y prepararlo para el momento del parto. Algunas mujeres no las tenían, pero era habitual que se presentaran desde el principio, aunque la paciente no fuera consciente de ellas antes de la semana veinte de gestación. En el caso de los embarazos múltiples, lo habitual era que se dieran desde el principio. 

De hecho, al escuchar las explicaciones de la ecografista, Andy supo que las había tenido varias veces. Sin ir más lejos, tras la sesión romántica que Dylan y ella habían compartido en la bañera la tarde anterior. El vientre se le había puesto duro y la sensación había durado varios segundos. No era dolor, sino mucha tensión. No le había dicho nada a Dylan porque estaba familiarizada con esa clase de molestias que, en todo caso, no era sino otra más de una larga  lista.

—Y en cuanto al bebé dos… —continuó la ecografista, moviendo el transductor sobre el vientre materno hasta encontrar la ubicación correcta—. ¿Qué querían, una niña o un niño?

—Nos da igual… —dijo Andy.

Casi al mismo tiempo, se oyó la respuesta de Dylan.

—Una niña. —Andy lo miró divertida y él se encogió de hombros—. Las chicas se me dan de miedo.

La ecografista se rio.

—¿Saldré con vida de aquí, si le digo que es un niño? —bromeó.

Dylan miró la pantalla y luego a la veinteañera.

—¿Lo es…, es un niño?  

La ansiedad se lo estaba comiendo vivo. Y también la ilusión. A pesar de lo dicho, el sexo del bebé no era lo más importante. Necesitaba saber quién era para dejar de llamarlo «Bebé».

La ecografista sonrió. Congeló la imagen y giró un poco más la pantalla para que pudieran verla mejor.

—Les presento al bebé 2. Esa es su ingle y allí no hay testículos. Así que… ¡Gana el caballero; es otra niña!

—¡Madre mía, es una niña! —exclamó Andy, exultante y se abrazó a su madre. Las dos festejaron el momento a su manera; Andy riendo. Anna, llorando de emoción.

La reacción del irlandés fue como una explosión en cadena. Primero se agarró la cabeza en un gesto de total incredulidad y enseguida, como si de pronto su cerebro hubiera podido al fin procesar la información, empezó a soltar puñetazos al aire al tiempo que exclamaba «¡Sí, sí, sí!».

Dylan lo había intuido. Y lo deseaba tanto… «Dos niñas», pensó. «Y con Luz serán tres. ¡Qué pasada!».

Un instante después se inclinó sobre Andy. Tomó su rostro entre las manos y empezó a llover besos sobre él.

—¡Voy a ser el único varón de la familia! ¡Cuatro mujeres para mí solo! ¡Otra niña, Andy, es otra niña!  ¡Gracias, nena, gracias, gracias, gracias!

Anna los abrazó a los dos y celebró con ellos la gran noticia mientras la ecografista presenciaba la escena con una sonrisa satisfecha.

—Y ahora que saben que es una niña, ¿debo seguir llamándola bebé 2 o tiene un nombre? —quiso saber la joven.

La abuela aprovechó la coyuntura para apoyar su nombre candidato. Ya lo había intentado con el otro bebé, sin éxito.

—Uy, somos muchos de familia, así que a los padres no les faltan propuestas. Pero de toda esa gran familia, yo soy la única que está aquí ahora, así que usaré mi comodín de abuela de la pequeña para apostar por Estefanía. ¿Tendré suerte? —dijo mirando con picardía a su hija y a su yerno.

Dylan le apartó el flequillo de la cara a Andy y volvió a besar su frente.

—No quiero desanimarte, suegra, pero presiento que tu hija usará su comodín de madre para imponer su candidatura. ¿Me equivoco?

Desde que se habían enterado que estaban esperando mellizos, Andy y Dylan habían acordado que si no se ponían de acuerdo, cada uno escogería el nombre de uno de los bebés. Dylan había elegido «Zoe» para el bebé 1. Ahora le tocaba elegir a la madre.

—No, no te equivocas, amor… —Miró a Anna con ternura—. Lo siento, mami. Nuestra niña se llamará… Tachááán, tachááán…  ¡¡¡Coral!!! 

Anna sonrió enternecida. Se acercó un poco al vientre de su hija y dijo:

—Encantada de conocerte, Coral… Tienes un nombre precioso, ¿sabes? Toda tú eres preciosa, pequeña. 

Dylan apretó la mano de Andy amorosamente. Sus ojos recorrieron las facciones femeninas cargados de amor y de devoción. Si era posible tocar el cielo con las manos de pura felicidad, él lo estaba haciendo. Y era ella, la mujer que le sonreía desde la camilla, quién le estaba haciendo ese inmenso regalo.

—Las dos son preciosas —aseguró sin apartar los ojos de Andy—. Tan preciosas como su madre.

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©️2023. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
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