
Protagonistas de Lola (Serie Moteros # 3)
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CR41. Días de ilusión, 5. Una pequeña crisis

Viernes, 22 de julio de 2011
Casa de Dylan y Andy,
Cala Morell,
Ciudadela, Menorca.
De madrugada.
- I -
Dylan abrió los ojos. Permaneció a la escucha un momento. Suspiró. No, no había llantos. Volvió a cerrar los ojos y se dio la vuelta. No sabia qué hora era ni quería saberlo. Con un poco de suerte, podría seguir durmiendo un buen rato más.
Entonces, sintió que el colchón se movía. O, mejor dicho, la mujer que yacía sobre él, a su lado. ¿Qué sucedía?
«Encender» oyó que Andy decía. Hubo un ruido de sábanas y, a continuación, un bufido. Ella se incorporó.
—Levanta, Dylan.
—¿Qu… qué pasa?
—Hay que cambiar la bajera.
—¿La qué? —pregunto él, restregándose los ojos.
—La sábana bajera —murmuró ella, acercándose a él para no despertar a las niñas que estaban en un extremo de la habitación.
Acto seguido, Andy entró en el baño y cerró la puerta.
Poco después, Dylan sintió el sonido de la ducha. Se sentó en la cama. Cambiar la bajera, pensó. Apartó la sábana y abrió mucho los ojos al ver el lamparón de sangre. Se levantó corriendo y después de dar dos golpes testimoniales en la puerta, se metió en el baño sin esperar respuesta.
—¿Estás bien? —le preguntó desde el otro lado de la mampara. Una vez más la impaciencia pudo con él, y la abrió.
—Tranquilo, tranquilo, es normal —se apresuró a decir Andy.
—No he dicho nada…
Ella lo miró socarrona.
—¿Crees que hace falta? Pareces a punto de desmayarte.
¿Tan evidente era que se había llevado un susto de muerte?
—Vale. A ver, déjame ayudarte…
Andy lo detuvo.
—Estoy bien, en serio. Me he metido en la ducha porque es más fácil limpiar el desastre de esta forma. —Se refería a los chorretones de sangre que recorrían el interior de sus piernas—. Tú ve y cambia la sábana de abajo. Con suerte, en diez minutos estaremos durmiendo otra vez, ¿vale, amor?
En realidad, Andy no creía que a las mellizas les quedara mucho rato para despertarse. Y lo sabía sin necesidad de consultar la hora por sus pechos. Desde que había dado a luz y las niñas habían empezado a mamar, con cada toma notaba que producía más leche. Era lo normal. Y ahora sentía un premonitorio hormigueo en los pezones.
—¿Seguro? —insistió él.
—Sí, Dylan, seguro.
Él aún no estaba convencido. Ignoraba cuánta sangre le quedaba a Andy en el cuerpo, pero entre la mancha de la sábana, el pañal rojo bermellón que había en el suelo junto con su ropa interior y el camisón, y el color del agua que estaba viendo irse por el sumidero de la ducha…
—Dime la verdad, Andy. ¿Estás bien?
—Todo lo bien que puede estar una mujer que acaba de dar a luz a dos bebés, calvorotas.
Él la miró con una ceja enarcada.
—Estoy bien, de verdad —insistió ella.
Y se agarró a los brazos masculinos para estirarse a darle un beso que Dylan, convenientemente, se ocupó de prolongar.
Andy sonrió, lo empujó con suavidad, apartándolo.
—Vete —le dijo y cuando vio que él, de mala gana, se daba la vuelta para obedecer, añadió—: ¡y no tienes al diablo!
En efecto, varios minutos después ambos estaban de regreso en la cama, durmiendo. Dylan con la cara hacia la puerta de entrada de la habitación (o hacia sus niñas, que dormían en la cuna doble, a dos metros de él); Andy abrazada a Dylan.
De repente, se oyó un tenue gemido. Luego, nada.
Dylan, que no se movió por no despertar a Andy, ya estaba alerta. Los minutos siguieron pasando sin que se oyera nada más y cuando él empezaba a relajarse para volver a dormir, otro gemido volvió a oírse.
Seguido, esta vez, de un berrido.
—Encender —dijo Andy y después de comprobar la hora, añadió con ironía—: ¿sabes, calvorotas? Acabamos de batir nuestro propio récord, hemos dormido una hora y media.
—Vamos, que si seguimos así, en una semana seremos zombies —se rio el irlandés.
En realidad, se reía por no llorar. Estaba molido físicamente. Cerebralmente, el panorama era mucho, muchísimo peor. Y si así estaba él, no podía imaginar cómo estaba su mujer que, encima, perdía sangre de manera intermitente.
—¿Te traigo a las niñas o te traigo el saca-leches y las entretengo diez minutos? —le preguntó.
Andy suspiró. Como buena madre primeriza, le preocupaba no tener suficiente cantidad para alimentar a sus pequeñas y reservar un extra para congelar. Estaban equipados a tope para la tarea; tenían tarros de cristal para refrigerar la leche que fueran a usar dentro de las siguientes 48 horas, y bolsas especiales de lactancia para congelar. Hasta habían comprado un congelador de pequeñas dimensiones, específicamente dedicado a conservar el alimento de las mellizas. Sentía los pechos hinchados, pero no a rebosar. Decidió no arriesgarse. El problema era que mientras no tuvieran reservas, Andy tendría que seguir despertándose por las noches para amantarlas, sacrificando así un descanso muy necesario.
—Las niñas. Después, probaré a ver si queda algo que sacar.
Dylan asintió y se puso a la tarea. La preparación previa la tenía controlada. Habían descubierto cuál era la mejor posición para poner a las bebés sobre la almohada de lactancia y qué lugar era el preferido de cada una. Andy, por su parte, también había aprendido cuántos cojines necesitaba ponerse detrás para que su espalda, que había sufrido tanto antes y durante el parto, aguantara en esa posición hasta que las niñas acabaran de comer. También, por supuesto, cómo mantener a las niñas mamando sin dormirse. El primer día, el proceso de principio a fin les había tomado el triple de tiempo. Ahora, las niñas solían quedarse satisfechas tras diez o quince minutos. Le parecía increíble cuánto habían aprendido los dos en apenas dos días.
Y cuánto disfrutaban de las pequeñas. En eso estaban, precisamente ahora.
Andy contemplaba a sus niñas, que tenía mamando de cada pecho, y Dylan, sentado de frente a ellas, procuraba no perderse ni un solo detalle. Las dos eran tan glotonas que a cada rato tenían que parar. En esos momentos había que estar atento para despertarlas, puesto que su glotonería las dejaba tan extenuadas, que no era raro que se quedaran dormidas. Dylan se daba cuenta enseguida porque indefectiblemente a alguna de las dos se le caía un bracito por fuera de la almohada. Pero ahora no era ese el caso. Todavía estaban en plena fase de glotonería.
—¿Te duelen? —le preguntó al ver que Andy arrugaba la frente.
—Un poco… Es más presión que dolor.
—¿Presión?
Ella sonrió quitándole importancia. Le gustaba que Dylan estuviera pendiente, no así que se preocupara. Todo iba sorprendentemente bien hasta el momento.
—Presión, sí. La central lechera está produciendo al sesenta por ciento —explicó, usando aquel símil que a él le hacía tanta gracia. En efecto, vio que Dylan se reía—. Quizás, con un poco de suerte, hoy podremos congelar un poco.
Sesenta por ciento, ¿había oído bien? Sus preciosas glotonas se estaban poniendo las botas a mamar, a pesar de lo cual, Andy pensaba que, cuando acabaran, quizás quedaría algo. El irlandés asintió varias veces con la cabeza, en un claro gesto aprobatorio.
—O sea, que cuando esté al cien por ciento podremos empezar a trapichear con leche en el mercado negro.
Andy no pudo evitar soltar una carcajada. Las niñas se sobresaltaron y Dylan se cubrió la boca, a punto de echarse a reír otra vez.
—¡Ay, Dylan, no seas bestia!
* * *
Andy sonrió al entrar en el salón y ver a Dylan sentado en el sofá, sosteniendo a Luz, ambos dormidos como lirones. Padre e hija eran un espectáculo. Él, con la cabeza recostada contra el borde del sofá, ella encima de él, usando su hombro a modo de almohada. Ahora entendía por qué al ir a la habitación de Luz para darle las buenas noches, la había encontrado vacía.
Había sido un día ajetreado, como todos últimamente, y el sol todavía no se había puesto. Eran las ocho de la tarde y en el salón se veía perfectamente sin necesidad de luz artificial. Por lo visto, la luminosidad no les afectaba a ninguno de los dos, que parecían dormir plácidamente.
Las mellizas también estarían muy pronto durmiendo. En cuanto los abuelos Chad y Brennan acabaran de asearlas. Entonces, los adultos de la casa se reunirían en el salón para disfrutar de un merecido rato de tranquilidad.
Justo cuando estaba llegando al sofá, el móvil de Dylan, que estaba sobre la mesa ratona, sonó anunciando que había recibido un wasap y la pantalla se iluminó, mostrando las primeras líneas del mensaje. Era de Shea. A Andy le bastó la primera para pasar por alto el pequeño detalle de que no era su móvil, cogerlo al voleo y leer el mensaje entero.
«PREPARA LAS CERVEZAS, QUE VAN!!! Son 13 y porque los demás no consiguieron vuelo!!
Hermanito, espero que Andy no te mate. Si fuera ella, yo lo haría 🤬 Otra cosa. El vuelo de Ike y Erin sale con retraso desde Barcelona. Supongo que ya te escribirá Erin, pero su idea es ir directamente a casa de papá para no molestaros tan tarde. ¿Cómo están mis tres preciosas sobrinas? ¡Envía fotos! Me muero de envidia por no haber podido conocer a las mellizas todavía… Besos!»
Andy alucinaba más con cada linea que leía. ¿Cómo que 13? ¿Pensaban plantarse en su casa sin más? ¿Sin molestarse en preguntarle a la dueña de la casa, una mujer que acababa de parir dos bebés, si se encontraba bien o con ánimos de hacer de anfitriona de una docena de personas a las que no había invitado?
Voy a matar a alguien.
Tocó la rodilla de Dylan varias veces hasta que al fin él reaccionó. Abrió los ojos y enfocó en ella.
Pero el enfoque duró poco, lo que tardó Andy en situar la pantalla de su móvil a dos centímetros de su nariz.
—Dime que esto es una coña.
Dylan despertó de golpe.
Joder. Se había olvidado por completo de ese tema.
—Ya me gustaría —confesó—. Pero no.
Andy dejó caer los brazos al costado del cuerpo en actitud derrotada.
—Dylan, por Dios… No me fastidies.
Él asintió con la cabeza, dándole la razón… Y lamentando no haberle metido mano al asunto antes. Lo sabía desde el principio, pero luego, con el devenir de las horas y el no parar en el que se habían convertido sus días, se le había ido completamente de la cabeza.
Cogió a Luz con suavidad y la depositó sobre el sofá muy despacio para evitar que se despertara. Luego, tomó a Andy de la mano y la condujo hasta la cocina. Dejó la puerta del salón y de la cocina abierta para escuchar si la niña se despertaba.
Andy se había sentado a la mesa. Estaba molida, apenas aguantaba estar de pie. Y desde que sabía que al día siguiente tendría que vérselas con trece fiesteros celebrando en su casa la llegada al mundo de Zoe y Coral, además de molida, estaba cabreada. Muy cabreada.
—Ya los conoces —empezó a decir Dylan. Hablaba bajo y en un tono que destilaba dulzura, lo cual no redujo para nada el enfado de su mujer—. Los conoces mucho mejor que yo. Puedo ponerme borde, pero no puedo evitar que vengan a la isla.
La mirada irritada de Andy se posó sobre Dylan un segundo antes de que sus labios pronunciaran las temidas palabras.
—¿A ti te parece que estoy en condiciones de recibir gente? —Dylan bajó la vista brevemente. ¿Qué podía argumentar en su favor? Ella tenía toda la razón. Pero Andy no se contentó con eso. Su enfado era superlativo—. ¡Pues, entonces, ponte borde! ¡¿O esperas que eso también lo haga yo?! Ajjj… —se levantó del asiento antes de decir algo que lamentaría—. Me voy a acostar.
El retintín de aquel «también» que ella había pronunciado, no pasó inadvertido a Dylan.
—Andy, espera… —le rogó.
Intentó tomarla de la mano, pero ella no estaba por la labor.
Negó taxativamente con la cabeza.
—Ahora soy yo la que necesita enfriarse. Calcula unas diez horas más o menos. No garantizo el resultado —espetó al abandonar la cocina.
De camino hacia la habitación, Andy se cruzó con su suegro al que ni siquiera miró.
A Brennan le extrañó, obviamente. Parecía tensa, enfadada y no ver a Dylan junto a ella, le hizo pensar que quizás la tensión tenía que ver con él. La relación de su hijo con Andy era extraordinariamente buena. Pero sabía por experiencia que la llegada de nuevos miembros a la familia, especialmente durante los primeros días, alteraba de forma radical la vida familiar y eso daba lugar a fricciones. Decidió no darle mayor importancia.
Al salir al pasillo y ver a su hijo, sin embargo, cambió de opinión. La puerta de la cocina estaba abierta y Dylan estaba allí, con ambas manos apoyadas sobre la mesa y la cabeza gacha. Su hijo era demasiado práctico para preocuparse por algo sin importancia. Y la imagen que entraba por su retina era la de un hombre seriamente preocupado.
Fue hacia allí.
—¿Qué sucede, Dylan? —le preguntó con mucho tiento.
Él sacudió la cabeza antes de responder:
—Que la he cagado a lo grande.
* * *
Andy no esperaba encontrar público en su habitación y al abrir la puerta y comprobar que lo había, su desesperación creció. ¿Existía algún maldito lugar en toda la galaxia donde pudiera llorar de rabia a solas?
Pero si algo caracterizaba a Andy, incluso en momentos tan bajos como aquel, era su capacidad de ver el brote verde creciendo en mitad del asfalto, en una maravillosa y esperanzadora demostración más de que la vida siempre se abría camino, incluso en las condiciones menos favorables. Su padre estaba allí, junto a la cuna doble, contemplando embelesado las dos pequeñas vidas que habían llegado al mundo hacía apenas tres días. Junto a él, estaba la última persona que Andy habría esperado encontrar allí; Danny. No hablaban, algo que bien podía deberse a no perturbar el sueño de las mellizas, pero que estuvieran juntos en un mismo espacio y no corriera la sangre… Era esperanzador. Como muy mínimo.
Forzó una sonrisa en sus labios, decidida a no estropear aquel momento increíble.
—¿Se han dormido ya? —preguntó en voz baja.
Chad se volvió a mirarla.
—Hace rato de eso. Es tan difícil dejar de mirarlas… —comentó con una sonrisa de abuelo primerizo.
Danny se enderezó y, como si el hechizo se hubiera roto al oír la voz de su padre, pasó frente a la cuna de camino a la puerta.
—Aprovecha y haz lo mismo, que tres horas pasan volando —le dijo a su hermana al pasar junto a ella.
Acto seguido, abandonó la habitación.
Andy exhaló un suspiro. Quizás se había apresurado en celebrar que Danny ya no quería asesinar a su progenitor lenta y dolorosamente. Intercambió miradas con su padre.
—Tiene razón —concedió él, encogiéndose de hombros en un gesto de simple aceptación—. Me iré para que puedas descansar.
—No, por favor, quédate un ratito conmigo… Cuéntame cosas de tu vida en la otra punta del mundo… —Se echó en la cama con un largo suspiro y luego dio dos palmadas sobre el colchón, invitando a su padre a que se sentara junto a ella—. Quiero dormirme con el sonido de tu voz en mis oídos… Como cuando era niña, ¿recuerdas?
¿Cómo negarse a una invitación de esa naturaleza?, pensó Chad. Llevaba años reproduciendo en su mente los pocos momentos que había pasado junto a sus hijas. Reproduciéndolos en bucle, por temor a olvidarlos. Ahora que había podido recuperar a una de ellas, la idea de construir nuevos momentos le parecía mucho más que un privilegio; era una necesidad imperativa. Necesitaba dejar un rastro indeleble en su memoria, algo a lo que Andy pudiera aferrarse cuando ni Anna ni él estuvieran vivos.
Chad aceptó gustoso la invitación, tomando asiento frente a ella.
—Contarte cosas de mi vida en la otra punta del mundo… ¿Estás preparada para oír auténticas locuras? —repuso con suavidad.
* * *
Dylan había pasado de la preocupación a la actividad frenética. Después de encargarle a su cuñado que acostara a Luz, se había puesto a preparar la cena para los adultos a toda prisa.
Brennan lo miraba y procuraba estar atento de alcanzarle los utensilios sin estorbar. Sobre todo, mantenía la boca cerrada. Él le había contado de forma escueta el problema que tenía entre manos y, a título personal, estaba convencido de que en cuanto Andy se levantara, después de unas horas descansando, todo volvería a la normalidad. No era su intención quitarle importancia al enfado de su nuera, ni mucho menos razón, pero estaba seguro de que su enfado era el resultado de un cúmulo de circunstancias y no se debía, realmente, al viaje de los colegas moteros de Dylan. Después de todo, entre ellos, estaban los dos ex-jefes de Andy y le constaba que por uno de ellos sentía un cariño muy especial. ¿Iba a enfadarse por que ellos se trasladaran a la isla para darle la enhorabuena personalmente y conocer a sus niñas? Andy no era esa clase de persona.
Sin embargo, como conocía los procesos de su hijo —o, al menos, creía conocerlos, después de varios meses viviendo con él, en su casa—, sabía que era mejor no importunarlo con consejos no solicitados.
Danny, que no estaba al tanto de nada, y tampoco estaba acostumbrado a ver a Dylan tan alterado, empezó a preocuparse. Si no era nada normal que su hermana se hubiera ido a la cama sin comer, era más raro aún que su cuñado no dejara de dar vueltas por la cocina como un pollo sin cabeza.
—Tío, ¿se puede saber qué pasa? Vas como una moto —le dijo.
Brennan hizo un gesto de dolor. El muchacho era un especialista en meter el dedo en la llaga.
Dylan ni siquiera se volvió. Habló mientras sumergía los últimos dos filetes en una mezcla de huevo batido con ajo y perejil picados, luego los ponía sobre un lecho de pan rallado y finalmente los empanaba por ambos lados. Su tono de voz denotó que no estaba para bromas.
—¿Por qué no vas poniendo la mesa? Mi padre te ayuda.
Si Danny tenía alguna duda de que había ardido Troya, ya no tenía ninguna.
—Claro —se apresuró a decir Brennan—. Vamos, Danny. Te voy pasando los platos.
—Claro —repuso él, imitándolo—. Pero acabo de hacerle una pregunta a mi cuñado y no sé si es que se está haciendo el sordo o…
—Oye perfectamente. Me consta —intervino Brennan—. Y tú eres más inteligente de lo que ahora mismo pareces. ¿Por qué no lo dejas estar, muchacho?
—¿Y eso por qué? ¿Soy miembro de esta familia o no? Si pasa algo, quiero saberlo. —Miró a su cuñado—. Si es un asunto de pareja, pues dime que es personal y ya está. Pero no te hagas el sordo. Ya no soy un crío, Dylan.
Brennan le tendió a Danny el mantel en vez de los platos, pero solo consiguió que el muchacho lo cogiera, lo sostuviera en una mano y siguiera mirando a Dylan, esperando alguna reacción por su parte.
«Vaya día», pensó el irlandés, armándose de paciencia. Le gustara o no, Danny tenía razón. No podía incluirlo en la familia a la hora de remangarse y echar una mano, y excluirlo cuando no le convenía.
—Vale. Dakota, Evel y los demás moteros estarán aquí mañana para celebrar el nacimiento de las mellizas. Se supone que es una sorpresa, pero Erin se enteró desde que empezaron a planearlo, y me lo dijo. —Suspiró—. Con tanto jaleo, a mí se me fue el santo al cielo, y Andy se enteró hace un rato por un wasap que vio en mi móvil. Conclusión: se ha pillado un cabreo de los que hacen época. Y con razón; es evidente que no está en condiciones de aguantarle la vela a nadie. Menos a los fiesteros de mis colegas. ¿Conforme?
Y con esas, Dylan se dio la vuelta y se puso a ultimar la cena.
—¿Pero cómo se va a enfadar mi hermana por semejante chorrada? —soltó Danny—. Justamente ella, que cuando vivíamos en Londres estuvo metida en medio de todos los saraos que organizaban esos colgados. Además… No son tus colegas. Son los suyos también. Dakota y Evel eran sus jefes, ¿o no? No va a pasar nada porque les diga «hola, muchas gracias y adiós». Seguro que esos tíos no van a tomar a mal que Andy pase de ellos. No es para tanto, cuñado.
Dylan se volvió a mirarlo nuevamente. Esta vez, con talante malhumorado.
—¿Y no se te ha ocurrido pensar que el solo hecho de que tu hermana se haya enfadado es una muestra clara de que no se encuentra nada bien? Porque para mí clama al cielo. —Exhaló el aire en un bufido, se quitó el delantal de cocina y lo dejó sobre la mesada—. Tengo que arreglar esto como sea… Papá, pon las patatas al horno y acaba con los filetes. Que Danny se ocupe de preparar la ensalada. Por favor, intenta que Andy coma algo. —Brennan asintió—. Volveré lo antes que pueda, pero vosotros cenad, no me esperéis.
A continuación, abandonó la cocina.
Instantes después, Brennan y Danny oyeron que la puerta de la calle se cerraba.
- II -
Dylan entró en el restaurante Sa Badia, maldiciendo por dentro. Llevaba un buen rato dando vueltas por la ciudad intentando calmarse y pensar. Y, al final, había llegado a la conclusión de que tendría que pedir ayuda.
En general, no le importaba hacerlo, pero cuando se trataba de un Estellés era distinto. Eran familia y después le tocaba pagar eternamente por esa ayuda con concesiones que no le apetecía tener que hacer. Pero había sido error suyo olvidarse del plan de Dakota y compañía, así que ahora tendría que apechugar.
En realidad, había sido más que un simple olvido. Se había dejado llevar por el orgullo de padre (biológico) primerizo. La ilusión de poder alardear de las mellizas delante de sus colegas, le había nublado el juicio. Haciéndole olvidar lo más importante: Andy tenía que recuperarse del parto cuanto antes —el bienestar de las niñas dependía directamente de eso— y contaba con él para lograrlo. Meter a trece fiesteros en su casa a celebrar por todo lo alto, no contribuiría en nada a ese objetivo. Todo lo contrario.
Pensó que, con un poco de suerte, los Estellés aún no habrían llegado a su tradicional cita familiar y Pau estaría en la barra, haciendo relaciones públicas con los clientes. Enseguida cayó en la cuenta de que había pensado en Pau por intuición. El tío de Andy era el señor de las ideas, el solucionador oficial de problemas de la familia. Quizás, se le ocurriera alguna forma de ayudarlo a evitar que Andy le pidiera el divorcio.
Ese pensamiento lo hizo reír. Y recién entonces, Dylan tomó consciencia de lo tenso y malhumorado que estaba.
De la risa a la ironía lo separó un segundo. El que Dylan tardó en comprobar que la única que todavía no había llegado a la tradicional cita familiar era Tina. Todos los demás estaban sentados a la mesa reservada permanentemente a la familia, los trescientos sesenta y cinco días del año. Todos, excepto Anna y Jaume, claro. Después del enfrentamiento que Anna había tenido con su padre el día anterior a que Andy diera a luz, las cosas estaban muy tensas.
Pero Pau, al menos, estaba donde Dylan había esperado y en una reacción rápida, puso rumbo a la barra, confiando que los que estaban sentados a la mesa no lo hubieran visto. No estaba de humor para hacer sociales.
Pau, que conversaba con un cliente, lo saludó con un gesto de la mano y le indicó que enseguida se reuniría con él. Dylan se acomodó en la barra, de pie, puesto que todos los taburetes estaban ocupados, y pidió una cerveza.
Un par de minutos más tarde, el tío de Andy se reunió con él.
—Qué raro verte por aquí… —Le dio una palmada en el hombro y se puso a su lado—. ¿Qué tal están tus niñas? ¿Y mi sobrina?
Dylan le agradeció la cerveza a la camarera que atendía la barra y dio un sorbo antes de responder.
—Todas están bien —repuso—. Necesito hablar contigo… En privado. Ya sé que no es un buen momento, pero… ¿Puede ser?
—Claro. Dame un minuto que hablo con la jefa de sala y vamos a mi despacho.
Poco después, los dos hombres se dirigieron hacia la zona de acceso exclusivo del personal.
Pau cerró la puerta de la oficina y le indicó a Dylan con un gesto que tomara asiento en el sofá. Después, él hizo lo mismo.
—Cuéntame.
Dylan no entró en detalles, no quería robarle más tiempo que el estrictamente necesario y él tampoco podía retrasarse mucho. Quería estar de regreso en casa cuando las mellizas se despertaran.
—No puedo irme de fiesta alegremente, Andy me necesita. Y tampoco puedo desentenderme de ellos. Después de todo, vienen a celebrar el nacimiento de mis hijas. ¿Se te ocurre alguna idea?
Pau se quedó pensando.
—¿Cuántos son los que vienen?
—Según Shea, trece. Pero también está Erin, que vendrá con Ike. Y luego, hay que contar a los habituales; tu mujer, Anna, Jaume, tus otras hermanas… Si hay fiesta, se apuntarán, y entre unos y otros seremos un regimiento… —exhaló un suspiro—: Joder… Andy me va a matar.
Pau lo miró con una sonrisa divertida.
—Pues… Habrá que evitarlo, ¿no? —y al ver el gesto socarrón en aquel rostro anguloso, añadió—: disculpa, es que es muy raro verte en plan «marido culpable». Diría que excepcional.
Y acto seguido, se echó a reír. Dylan esbozó una sonrisa de compromiso, pero enseguida lo llamó al orden.
—Menos risas y más ideas, tío. Lo digo en serio. El horno no está para bollos…
—Sí, vale, perdona… Dame un rato para pensarlo, y luego te llamo. Julio es un mes pésimo… Bueno, casi cualquier mes es malo para improvisar algo en esta isla. Todo está de bote en bote.
Unos golpes en la puerta interrumpieron la conversación.
—¿Sí…? —dijo Pau, mirando hacia la puerta.
Era su madre quien asomó la cabeza.
—Perdón por la interrupción. Hola, Dylan. ¿Está todo bien en tu casa?
Todo, excepto su humor, que no daba para más, pensó el irlandés. Si aquella mujer estaba allí, quedaba claro que su maniobra de evasión hacia la barra no había sido lo bastante rápida.
—Sí, gracias… Bueno, me marcho. Ya me dirás algo, Pau —dijo Dylan, poniéndose de pie.
Pau asintió, pero entonces, algo le vino a la cabeza.
—Espera, espera, Dylan… —Volvió la cabeza para mirar a Lucía—: ¿Me prestas La Savina este fin de semana, madre?
Pau se refería a la enorme finca de sus abuelos maternos donde el pasado julio Dylan y Andy habían celebrado su boda.
La Savina, claro. Dylan volvió a sentarse. Podía ser una buena alternativa al follón que tenía entre manos.
Lucía entró y cerró la puerta.
—Todo lo mío es tuyo, ¿por qué me la pides prestada?
Pau sonrió.
—Porque no es para mí solo.
—¿Qué sucede, Pau?
—Los moteros amigos de Dylan y Andy llegan mañana para celebrar el nacimiento de las niñas. Son trece los que viajan. Se supone que es una sorpresa, pero Dylan se ha enterado y me ha pedido ayuda.
Lucía asintió con la cabeza, sonriendo.
—Es más que ayuda. ¿Trece invitados con ganas de celebrar en una casa donde hay una mujer que acaba de parir y dos bebés recién nacidas, reclamando atenciones a todos horas? No está gritando «¡socorro!» de milagro. Porque es él. Otro en su lugar, lo estaría haciendo sin sonrojarse.
Dylan no pudo más que darle la razón.
—Si podemos reunirlos allí —continuó Pau, animado—, Dylan podrá ocuparse de ellos sin desatender a Andy y a las niñas. Y, como la finca es tan grande, no molestarán el descanso de nadie. Sería una solución ideal, ¿qué opinas, madre?
—Estoy de acuerdo —dijo ella—. Cuenta con La Savina, Dylan. Esta semana han estado haciendo el mantenimiento de la piscina y el jardinero debe haber acabado ya con las podas y demás.
—Genial —dijo Pau—. Pásame los contactos, Dylan, que yo me ocuparé de coordinar todo lo necesario. Tú tienes bastante con las niñas. Olvídate de este asunto.
—Nos ocuparemos —matizó Lucía.
Dylan creía saber a qué venía que hubiera usado aquel verbo en plural; a implicar al Gran Cacique en el asunto. No solo era de cajón, puesto que Pau siempre estaba muy atareado con la dirección del Grupo Estellés, Lucía quería que las aguas volvieran definitivamente a su cauce entre las dos familias, y esta era una ocasión que ni pintada para que Francesc hiciera las paces con su nieta y con él, sin tener que pronunciar las palabras «lo siento», algo que todo el mundo sabía que probablemente nunca haría. Dylan no podía decir que la idea le sedujera demasiado, pero madre e hijo acababan de salvarle el trasero. No les pediría más.
—Muy bien. Entonces, vuelvo a casa con mis chicas… Gracias, Pau. —Miró a Lucía—: gracias a usted también por echarme una mano con esto. Lo tendré en cuenta.
—No hay de qué —repuso ella.
Pero el mensaje que Dylan leyó en sus ojos decía claramente «eso espero».
* * *
Mientras tanto, en casa de Dylan y Andy…
Brennan asomó la cabeza por la puerta y sonrió ante la imagen que vio ante sí.
Andy dormía en una cama que parecía demasiado grande para una mujer pequeña como ella. En el sillón, junto a la cuna doble, su padre también se había quedado dormido. Tenía el libro que había estado leyendo sobre las piernas y las gafas aún puestas. El pobre hombre aún luchaba con su jet lag.
Desde la cuna no provenía ningún sonido, por lo que Brennan dedujo que las mellizas también estaban en brazos de Morfeo. Con un poco de suerte, su madre tendría tiempo de comer antes de que las bebés la reclamaran. Padre e hija parecían dormir tan a gusto, que le daba pena despertarlos, pero la cena estaba servida y su hijo le había dejado instrucciones precisas.
Despertó primero a Chad, tocándolo en un brazo. El hombre enseguida abrió los ojos y al enfocar su vista en él, sonrió.
—Hola… ¿Qué hora es? —dijo consultando su propio reloj. Había dormido cerca de una hora—. ¿La cena está lista?
Brennan asintió.
—¿Despiertas tú a Andy o la despierto yo? —le ofreció.
Chad le dirigió una mirada cargada de ternura a su hija y apretó los labios.
—Qué pena da despertarla, ¿no? Pero tiene que comer.
—Sí, eso ha dicho mi hijo.
Chad miró a su consuegro.
—¿Te ha enviado a ti en misión especial? —le peguntó.
Aquella pregunta hizo a Brennan pensar que quizás Andy le hubiera contado lo sucedido a su padre.
—No está en casa. Me ha pedido que intentara hacerla comer. Ya sabes, por el asunto de la lactancia…
Andy no le había contado nada a Chad. Habían estado hablando de su vida en Africa hasta que se había quedado dormida. Sin embargo, él se había dado cuenta de que algo sucedía. Había pasado suficiente tiempo en esa casa para extrañarse de que su yerno no hubiera entrado en aquella habitación ni una vez en dos horas.
—Ah, ya veo… —Asintió con la cabeza y, después de dejar el libro sobre el reposabrazos, se levantó del sofá—. La despertaré. A ver si tenemos suerte y quiere levantarse a comer algo…
Brennan asintió.
—Crucemos los dedos —se despidió.
Chad fue hasta la cama y se inclinó sobre su hija. Le acarició el cabello con suavidad y la llamó en voz baja hasta que ella abrió los ojos.
—Hola, papá… —Miró alrededor—. ¿Las niñas?
—Dormidas. La cena está lista. ¿Te ayudo a levantarte?
Andy se incorporó sobre sus codos y volvió a mirar la habitación. Excepto por la pequeña lámpara de lectura del sillón, estaba en penumbras. Giró la cabeza para comprobar el otro lado de la cama. Las sábanas estaban apenas arrugadas de cuando su padre se había sentado junto a ella, a contarle sus aventuras africanas. Los ojos de Andy se desplazaron hasta el sillón donde Dylan solía dejar la ropa que se quitaba. No había nada. Ni en el asiento ni en el respaldo. Su marido no había estado allí.
Entonces, la última conversación que habían mantenido regresó a su mente y una sensación angustiosa se instaló en su pecho. ¿Por qué enterarse de que los moteros les preparaban una sorpresa la había sacado tanto de quicio? El momento no era oportuno, sin duda, pero tampoco era para tanto. Y lo peor de todo, ¿por qué había acusado a Dylan de mostrase «tibio» ante la inoportuna decisión de sus colegas?
—¿Estás bien? —dijo Chad ante el persistente silencio de su hija.
Ella ensayó una sonrisa.
—Sí, sí… Estoy media dormida todavía… No, creo que podré levantarme… Eso sí, acércame las pantuflas, por favor. Lo de agacharme todavía me cuesta mucho.
Chad recogió las pantuflas, se agachó junto a la cama y le calzó primero una y luego la otra.
—Listo. Zapatillas puestas. Madame… —dijo, tendiéndole su mano para ayudarla a ponerse de pie.
Andy la tomó con un gesto histriónico.
—Muchas gracias, caballero.
Una vez de pie, Andy se dirigió con pasos pesados hasta la cuna doble. Como siempre que miraba a sus hijas, no pudo evitar sonreír.
—Vamos a tener que poner una barrera que divida el espacio a la mitad, o Coral tendrá que aprender a dormir enroscada en los barrotes. ¿Has visto a la acaparadora de Zoe? —murmuró, mirando a su padre con los ojos chispeantes de orgullo.
—Es verdad… —se rio Chad. La bebé tenía sus brazos y sus piernas relajadamente extendidos. Coral, como era habitual, estaba acurrucada contra su hermana.
Andy sacudió la cabeza enternecida ante la imagen. Se estiró para comprobar que el vigila-bebé que estaba instalado en la parte superior de la estructura de la cuna estuviera encendido. Luego, hizo lo mismo con el que estaba en la mesilla de noche de Dylan. Finalmente, tomó a su padre del brazo.
—¿Nos vamos a cenar?
—Será un placer acompañarla, madame —repuso él con una reverencia teatral.
* * *
Lo primero que Andy notó al entrar en la cocina era que, aunque la mesa estaba puesta para cinco, solo eran cuatro los comensales presentes. La angustia le cerró la garganta al comprender que Dylan no estaba en casa. Brennan y Danny ya estaban sentados a la mesa, esperando, de modo que ella ocupó su lugar habitual. Chad hizo lo mismo.
—¿Dónde está Dylan? —le preguntó a su suegro.
Notó que Danny le dedicaba una mirada recriminatoria, pero enseguida su atención se desvió a Brennan, que en aquel momento respondió:
—Salió. Debe estar por llegar. Dijo que no tardaría.
—«Salió», no —intervino Danny—. Fue a intentar arreglar las cosas para que se te pase el berrinche.
—Danny, no te metas donde no te llaman —lo reprendió Brennan al tiempo que le frotaba un hombro en un gesto cariñoso. A continuación, se dirigió a Andy—. No sé exactamente dónde ha ido, pero ya no tardará. Ha dicho que empecemos sin él.
Andy exhaló un suspiro. Cada minuto que pasaba se sentía peor por lo sucedido.
—Hazme un favor, Danny. Ve a mi dormitorio y tráeme el móvil.
Vio que él asentía aprobando su decisión y se levantaba de inmediato de la mesa.
Brennan cogió el plato de Andy y sirvió un filete de pollo empanado, unas patatas asadas y un poco de ensalada.
—Mis instrucciones son que intente hacerte comer, querida. Por favor, no me hagas quedar mal —le dijo, tendiéndole su plato.
No tenía suficiente hambre para vérselas con un plato a rebosar y lo que, en cambio, tenía de sobre era preocupación y angustia. Andy volvió a suspirar.
Chad y Brennan intercambiaron miradas.
—¿Seguro que estás bien, Andy? —insistió su padre.
Ella negó con la cabeza.
—He metido la pata hasta el fondo —admitió, haciendo pucheros.
Sintió que su padre le despeinaba la cabeza, luego le pasaba un brazo alrededor de los hombros y la atraía hacia él, en un gesto cargado de cariño.
Brennan no pudo evitar sonreír. Su hijo le había dicho algo muy parecido.
—Venga, come algo, Andy. Las cosas se ven mucho mejor después de una buena cena.
* * *
Danny se dirigía al dormitorio de la pareja cuando oyó que la puerta de calle se abría. Habían cambiado la contraseña aquella misma mañana, de modo que solo podía tratarse de Dylan. Se detuvo en mitad del pasillo a ver qué cara traía. Se le hacía rarísimo que su hermana y su cuñado tuvieran problemas. Muy raro y muy incómodo.
Al verlo, Dylan lo saludó con un gesto, pero no hizo comentarios. Entró, dejó las llaves del coche en el mueble de la entrada y se quedó unos instantes pensando qué hacer después. Estarían cenando y aunque se moría por ver a Andy, por saber que estaba bien, no quería fastidiarle la comida a nadie. Menos a ella. Con las niñas lactando, necesitaba alimentarse bien. Tampoco quería enfrentarse a las miradas interrogantes de su padre y de su suegro.
Al fin, en vez de dirigirse a la cocina, se detuvo frente a la primera puerta que salía a su izquierda. Estaba abierta y era la que conducía al pasillo donde daban las distintas habitaciones.
Notó que Danny seguía parado allí, como un pasmarote. Mirándolo sin más.
—¿Todo bien? —le preguntó, algo titubeante. Dios, cuánto detestaba sentirse tenso y descolocado. No saber qué hacer en su propia casa.
Danny se mostró sorprendido por la pregunta.
—Y a mí qué me cuentas… Tú sabrás, ¿no? ¿No dices que la has cagado?
Dylan sacudió la cabeza contrariado ante la memez superlativa de aquel crío, que cuando se lo proponía, se las arreglaba la mar de bien para irritarlo. Decidió tragarse sus palabras y sin más, reanudó la marcha hacia el dormitorio.
El muchacho soltó una risita sardónica y lo siguió.
Al notar los pasos de Danny detrás de él, Dylan se volvió.
—¿Necesitas algo?
El muchacho lo adelantó y antes de abrir la puerta del dormitorio, dijo:
—Sí. Mi hermana me pidió que le llevara el móvil. Un segundo antes había preguntado por ti, así que supongo que lo querrá para llamarte.
Dylan no debería sorprenderse de que su mujer hubiera preguntado por él. Pero un cosquilleo extraño le recorrió el cuerpo al saberlo. Si Andy pensaba llamarlo, entonces, quizás, ya no estuviera tan enfadada con él. Detuvo a su cuñado, poniéndole una mano en el hombro.
—Vale, espera, no entres. Las niñas no tardarán en despertarse, es mejor no hacer ruido ahora. Vamos a la cocina.
—¿En serio, tú crees? Joder. Qué bobos os ponéis los dos cuando reñís…
La ironía en la cara de Danny parecía pintada con marcadores fluorescentes y, en otras circunstancias, Dylan lo habría llamado al orden. En este caso, no lo hizo. El muchacho había dicho la pura verdad.
—Tranquilo, solo estamos entrenando… Ya sabes, a modo de preparación para todas las crisis que nos esperan con una niña de casi dos años y dos bebés recién nacidas en la casa —concedió, riéndose de sí mismo. ¿Había dicho ya cuánto, cuánto, cuánto detestaba estar a malas con Andy?
El chaval lo miró con los ojos como platos.
—Pues la próxima vez que decidáis «entrenar», avísame para mudarme de casa.
—¿Te mudarás, seguro? —le preguntó, riendo.
El chico también rio.
—Nah… Qué va —repuso, dándole una palmada en el hombro—. No te hagas ilusiones, cuñado.
* * *
No se trató de algo planeado, pero fue Danny quien entró en la cocina en primer lugar, diciendo:
—En vez de lo que me pediste, te traigo a tu marido. ¿Te vale así, o vuelvo a por el móvil?
Andy se estaba llevando el tenedor a la boca cuando vio a Dylan aparecer en su campo visual. Y así se quedó, como si alguien hubiera pulsado el botón de pausa, mirándolo.
En realidad, no solo mirándolo; lo acariciaba con la mirada y le decía sin palabras cuánto lamentaba lo sucedido.
Para Dylan no habría podido ser un recibimiento mejor. Tratándose de una cocina en la que también estaban su padre y su suegro, no. De pronto, volvía a sentirse cómodo, en casa. Hasta tenía hambre.
—Hola a todos. Lamento el retraso. —Se dirigió a su sitio y antes de ocuparlo, se inclinó sobre Andy y le dio un beso en la sien, momento que aprovechó para susurrar—: tenía que hacer algo y no quise despertarte. Pero ya estoy en casa.
Buscó su mirada. Ella lo miró suavemente.
—La próxima vez, despiértame —susurró—. Me siento perdida si no sé donde estás…
Él volvió a acercarse y esta vez la besó en los labios.
—Vale, nena. —Ocupó su lugar junto a ella y le tendió su plato vacío a Brennan—. Soy un león hambriento, así que no te cortes.
Aunque la sonrisa de su padre era casi tan grande como la de su suegro, la de Danny era digna de un premio. Notarlo le hizo comprender a Dylan que su pequeña crisis de pareja había tenido un gran impacto en quienes convivían con ellos. Era algo en lo que no había caído hasta ahora y pensó que compartir el plan del fin de semana con ellos sería una manera de compensarlos, de hacer que se sintieran parte de la solución. Ya que habían tenido que sufrir el problema sin comerlo ni beberlo, qué menos.
—Creo que tengo la solución al problema de la invasión de moteros… —empezó a decir al tiempo que cortaba un trozo de filete.
—Dylan, no es un problema… —lo interrumpió Andy—. Solo fue…
El irlandés no la dejó continuar.
—Sí que es un problema.
Se inclinó hacia ella, la besó en los labios una y otra vez, provocando sonrisas cómplices en Chad y Brennan y bufidos incómodos en Danny, que acompañaban a las palabras «¡ya estamos otra vez! ¡Qué empalagosos sois!»
A Dylan le dieron igual las sonrisas y las quejas. No solo besaba a Andy para impedir que se culpara de algo de lo que no tenía ninguna culpa; lo hacía porque lo necesitaba. Tanto como el aire que respiraba.
—O, mejor dicho, era un problema. Porque creo que ya está resuelto. ¿Os lo cuento?
—Como no los emborraches a todos y los encierres en un armario a dormir la mona tres días seguidos, no veo cómo vas a solucionarlo —dijo Danny, rezumando escepticismo.
—Para emborrachar a Evel vas a necesitar echarle mucha imaginación —se rio Andy—. Y con Dakota… ¡Ni lo intentes, nos saldría carísimo!
Oír su risa fresca fue la bocanada de aire que devolvió la vida del irlandés al rumbo correcto. De hecho, se quedó contemplándola encantado. Hacía días de la última vez que la había escuchado reír de esa manera. Eso quería decir que se sentía mejor, que estaba recuperando la energía.
Todos festejaron el comentario de Andy, excepto Dylan que seguía saboreando la increíble sensación de que su mujer volviera a ser la Andy de siempre.
Ella lo miró. Sonreía, pero en sus ojos había cierta interrogación que pronto puso en palabras.
—¿Qué…? No me he puesto rímel, así que no puede haberse corrido…
—¿Y para qué ibas a ponerte rímel con lo preciosa que eres? —repuso él.
Andy volvió a reírse. De los nervios. Su padre la miraba. Su suegro la miraba. Hasta el filete la miraría si no estuviera empanado y frito.
Por suerte, el entrometido de su hermano llegó para salvar la situación.
—Ejem, ejem, ejem —intervino Danny, carraspeando—. ¿Qué tal si dejas de anotarte tantos con tu chica y nos cuentas de una vez lo que ibas a contarnos?
* * *
Dylan acercó sus labios a la cabecita de Coral y la besó con suavidad.
—¿Vamos a dormir, peque? ¿Sí? —Sonrió al ver que la bebé apenas podía mantener los ojos abiertos y volvió a acercarse, esta vez acarició su mejilla con la punta de la nariz al tiempo que murmuraba—: seguro que ya estás más dormida que despierta. Felices sueños, Coral. Papi te adora.
Se levantó del sillón donde se había acomodado con la niña apoyada contra su hombro para ayudarla a soltar el aire que tragaba al comer.
A continuación, se agachó sobre la cuna y depositó el pequeño cuerpo de la bebé sobre el colchón de la cuna doble. Estiró la camisa celeste de su traje pijama de dos piezas, hizo lo mismo con sus pantalones cortos, y la cubrió con su manta de hilo.
Zoe le había tomado la delantera a su hermana y ya estaba allí, como siempre, acaparando espacio. Inclinada sobre su lado de la cuna, Andy miraba a las niñas con total atención, como si quisiera aprendérselas de memoria.
—Son lo más bonito que hay en el mundo —murmuró—. Cuanto más las miro, más me enamoro.
Dylan dio la vuelta alrededor de la cuna y fue hacia Andy. Se detuvo detrás de ella y la rodeó con sus brazos.
—Fíjate, a mí me pasa lo mismo contigo —dijo él.
Andy se recostó contra él, rodeó los brazos que la abrazaban con los suyos, y suspiró.
—Pues ya tienes mérito porque, desde hace unos días, estoy insoportable…
—Qué exagerada… No descansas lo necesario y estas hermosuras, que son dos ángeles, te reclaman cada tres horas. Estás agotada y dolorida por el parto y, encima, las hemorragias te debilitan. Si me pasara a mí… —Dylan hizo una pausa—. Ningún tío sobrevivía a esto. Ni yo, ni ninguno. Por favor, deja de machacarte. Lo digo en serio, Andy.
—Ay, Dylan, no… Vienen a estar contigo, no conmigo. No me voy a morir por dedicarles un rato… Además… Te traté como si no hicieras nada, y eres tú el que llevas meses lidiando con todo, la casa, el trabajo, Luz, yo… Y ahora, dos bebés recién nacidas… No, calvorotas, me pasé. Me pasé un montón —admitió con la voz quebrada.
Dylan la estrechó más fuerte.
—Estabas cabreada. Todos decimos cosas que no pensamos cuando el enfado se nos va de las manos… Y da igual si es un rato o son tres días. No estás en condiciones de socializar. Necesitas dormir, estar tranquila y que no te den la murga. Nadie tiene por qué imponerte su presencia tres días después de haber estado horas desgañitándote en una sala de partos… No, Andy. Debí haber cortado por lo sano con esto en cuanto me enteré… Y lo siento muchísimo, nena.
—Yo también lo siento mucho, Dylan.
Permanecieron en silencio, disfrutando de su mutua cercanía durante unos instantes.
—Tu padre y el mío estarán flipando… —murmuró Dylan, riendo.
—Y Danny. Madre mía, me dio una pena… Cuando empieza a soltar ironías, es que se siente más perdido que un pulpo en un garaje. Es su mecanismo de defensa.
—No están acostumbrados a vernos tan distantes…
—Nosotros tampoco estamos acostumbrados a estar tan distantes —murmuró ella—. Cuando mi padre me despertó y vi que no habías estado aquí…
Dylan suspiró. Habían sido dos horas espantosas también para él. Se inclinó y hundió su nariz en el cuello femenino.
Los dos se estremecieron. Ella giró la cabeza, buscando sus besos.
—¿Estás bien? —susurró él, acariciando los labios de Andy con los suyos.
Los dos temblaron, pero, esta vez, Dylan hizo algo más. Abarcó sus pechos con las manos. Lo hizo con suavidad, pero con firmeza. Y el placer que sintió fue tan intenso, que lo dejó momentáneamente grogui. Sus pechos eran más grande, mucho más que durante el embarazo, y a pesar de que las niñas acababan de comer, estaban tensos y firmes. Fue notar aquella excitante turgencia y sentir que su miembro se erguía, grueso y duro.
La sensación fue igual de intensa para Andy. Desde que había empezado a alimentar a sus hijas, había dejado de asociar esa parte de su cuerpo con el placer sexual. Redescubrirlo consiguió que se sintiera caliente y mojada.
—Diosss… —murmuró ella.
El beso fue largo y apasionado. Las caricias se hicieron más y más intensas. Los dos estaban hambrientos de lo que sentían estando juntos.
—Y que lo digas… Esto es una puta locura. —Hizo que Andy se volviera de frente a él y volvió a rodearla con sus brazos—. ¿Hasta cuándo dices que no podemos…?
Conocía perfectamente la respuesta, de modo que no la esperó. Ambos la sabían: tenían por delante cuarenta días mínimo de hacer buena letra.
En cambio, empezó a desnudarla. Para su sorpresa, ella hizo lo mismo con él. Al final, Andy conservó únicamente lo imprescindible; unas bragas que sostenían la compresa que se veía obligada a llevar a todas horas. Él, tan solo sus tatuajes.
Se miraron largamente, ávidos de intimidad. De la clase que fuera, con tal de poder estar piel contra piel.
Él le acarició un pecho, luego el otro. Finalmente, se inclinó a besarlos. Aunque su excitación crecía desbocada, los lamió con calma y mucha suavidad. Supo que había acertado con la intensidad adecuada del contacto al ver que ella cerraba los ojos y echaba la cabeza hacia atrás, rindiéndose al placer.
Al fin, Andy extendió una mano y le acarició el pecho. Su mano descendió despacio por el centro del cuerpo masculino.
—Vas a tener que improvisar… —murmuró al tiempo que sus dedos se cerraban en torno al miembro masculino, arrancándole a Dylan un suspiro—. No puedes penetrarme, lo siento. Ni siquiera de forma superficial. Estoy en carne viva… Tampoco puedes ponerte encima, dudo que aguante la presión… Pero el resto de mí es tuyo, Dylan… Si lo quieres, es todo tuyo.
—¿Si lo quiero? Claro que lo quiero. Improvisaré lo que haga falta y si solo puedo abrazarte durante los próximos cuarenta días, estaré en la gloria igual —susurró él, y empezó a empujarla con suavidad.
Se detuvieron junto a la cama y siguieron besándose largamente.
—¿Esto no tendrá que ver con nuestra pequeña crisis, no? —murmuró ella enredando su lengua en la de él.
Dylan se rio con suavidad. No dejó de besarla ni de tocarla. Sus manos estaban tan desatadas como el resto de él.
—Si digo que sí, ya te veo inventándote un berrinche todos los días…
La ayudó a acostarse de costado y antes de hacer lo mismo, se quedó contemplando unos instantes aquellas formas sinuosas que había adquirido el cuerpo de una mujer que ya lo volvía muy loco cuando no las tenía. Por primera vez desde que había dado a luz, Andy se exhibió sin ningún complejo. Sin reticencias por las estrías o la estirada piel de su vientre.
—Eso dependerá de lo bien que improvises, ¿no crees? —lo provocó.
Dylan se echó en la cama, frente a ella. Introdujo con cuidado su rodilla entre las piernas femeninas y atrajo a Andy hacia él hasta que sus pezones establecieron contacto con su tórax suavemente.
Se tomó su tiempo para recorrer con una mano el perfil del cuerpo de Andy. Lo hizo de forma posesiva. Reclamando cada curva y cada pliegue como suyos. Luego, bajó la cabeza y dibujó una senda húmeda con la lengua a lo largo del surco que había entre sus pechos. Notó que Andy se estremecía y que sus pezones se ponían tentadoramente duros.
—¿Tienes alguna duda de lo bueno que soy improvisando? —repuso él.
Pero no le dio tiempo a responder.
Los labios de Dylan se abrieron sobre aquellos trocitos de carne enhiesta que lo llamaban inexorablemente, torturándolos por turno, y durante los siguientes minutos, los gemidos ocuparon el lugar de las palabras.
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©️2024. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷
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CR42. Días de ilusión, 6. Parte 1

Sábado, 23 de julio de 2011.
Casa de Dylan y Andy.
Cala Morell, Ciudadela,
Menorca.
Temprano por la mañana.
Dylan abrió la puerta exterior y se llevó el dedo índice a los labios para indicarle a Pau que no hiciera ruido.
—¿Duermen? —murmuró él al tiempo que entraba en la casa.
Dylan asintió.
—Las cuatro. Vamos a la cocina.
Pau siguió al marido de Andy mientras pasaba revista a su atuendo mañanero.
Dylan vestía unos vaqueros pitillo negros, la consabida cadena de plata colgando sobre su muslo derecho y una camiseta roja sin mangas. Todo tan ceñido, que seguramente habría necesitado vaselina para poder ponérselo. Y no había que olvidarse del calzado; unas hawaianas negras. Muy estilosas, eso sí, tenían las tiras hechas de cuero repujado. Sumado a su cráneo rapado al cero y a su piel bronceada, cubierta de tatuajes, constituía una imagen que Pau seguía encontrado chocante.
Pero su sobrina bebía los vientos por aquel irlandés tatuado hasta las cutículas. Cuando sus ojos lo seguían por la habitación, se le notaba en la mirada que le encantaba su estilo desfachatado y provocativo, se consoló Pau. Así que, que él lo encontrara chocante no tenía la menor importancia.
Una vez que llegaron a la cocina, Dylan cerró la puerta y manoteó la jarra de café.
—Para mí, no —adelantó el tío de Andy—. Ya han caído dos y no son siquiera las ocho de la mañana.
Dylan se sirvió media taza y la bebió despacio.
Pau reparó en el anillo, la única joya que destacaba en aquella mano tatuada. Solo llevaba dos anillos, uno en cada mano, y los dos tenían que ver con su vida sentimental. El de la mano con la que sujetaba la taza era el anillo de compromiso. El de su mano izquierda, la alianza de boda. Otro detalle que le chocaba de Dylan, en este caso, porque aquellas dos joyas soberbias eran del todo inesperadas en alguien con su aspecto.
Ajeno a los pensamientos de Pau, Dylan cerró los ojos mientras sentía como la cafeína penetraba en su sistema y su cerebro empezaba a desperezarse. Al fin, soltó un suspiro y se apoyó contra la mesada.
—Vale. Cuéntame.
Aquel gesto hizo que Pau sonriera. Dylan no había podido ser más explicito.
—Estás hecho polvo, ¿no?
Lo estaba. Y no necesitaba que nadie viniera a recordárselo a esas horas de la mañana, cuando le quedaba todo el día por delante para cuidar de sus chicas y, encima, atender a una docena de fiesteros. Además…
—Mi mujer es la que ha traído a dos criaturas al mundo, tío. Lo mío se resuelve con una buena siesta. ¿Qué novedades tienes? ¿Has hablado con mis colegas?
—Sí. Debes tener varios mensajes sin leer en el móvil, pero te resumo la situación.
Dylan se tocó los bolsillos de los vaqueros. Miró alrededor mientras pensaba. Recordó que había llevado consigo el móvil al ir al baño a ducharse. Por lo visto, lo había dejado allí. No había comprobado mensajes o llamadas. De hecho, ni siquiera lo había activado. Simplemente, se lo había llevado de la habitación para que no despertara a Andy, si sonaba.
Volvió a poner su atención en lo que Pau explicaba.
—Anoche, hablé con Brian… Bueno, para vosotros es Evel. Le expliqué que la visita sorpresa había dejado de ser una sorpresa y que lo estábamos organizando todo para que todos estuvieran a gusto. Se rio, así que supongo que se imaginó que, en realidad, lo que intentamos es que, después de esto, Andy no te pida el divorcio…
A Dylan le bastó con una mirada para informarle a Pau que uno, aquel comentario no le había hecho ninguna gracia, y dos, que era demasiado temprano para empezar con las tonterías. Pau procuró tragarse la sonrisa y ponerse serio.
—Le envié un mensaje con las indicaciones —continuó—. Brian se ocupó de reenviarlo y ya he recibido algunas respuestas de los moteros que no viajan con él, en el avión familiar, informando del vuelo y la hora de llegada a la isla. —Hizo una pausa y miró a Dylan, conciliador—. ¿Te sorprenderás si te digo que algunos ya están aquí? Llegaron anoche.
¿Cómo…? ¿Qué quería decir con…? ¿Ya estaban en la isla? Dylan miró hacia la puerta de calle, temiendo que estuvieran al otro lado, agazapados esperando que sacara un pie a la calle para saltar sobre él y empezar a mantearlo.
Pau se rio.
—No te preocupes, están controlados. Ninguno se presentará aquí a desayunar.
—Joder, tío…
—Tranquilo, tranquilo, no te asustes… La cita es a las 14 horas en la finca porque, si no hay retrasos con los vuelos, para entonces todos estarán en la isla. A los que llegan al mediodía, habrá un vehículo esperándolos en el aeropuerto para llevarlos directamente a La Savina. Los que ya están aquí, irán a la finca en dos grupos. Brian siempre alquila un vehículo grande cuando viene, así que ya lo tenía reservado cuando hablé con él. Es un monovolumen multiplaza. Abby y Brian se ocuparán del primer grupo, llevando a la finca a los cuatro pasajeros que viajan con ellos en el avión que, por cierto, aterrizará sobre las once de la mañana. Al otro grupo, los que ya están aquí, lo recogeré yo.
Dylan asintió aliviado. Si la tribu no iba a invadir La Savina hasta las dos de la tarde, tenía tiempo de sobra para que Andy y las niñas se acomodaran en la finca, desayunaran como era debido. Incluso, para que Luz comiera a su hora.
—Mi madre se está ocupando del catering. Habrá comida y cena, y algunos tentempiés a cargo de Ciro, que estarán siempre a mano —sonrió—. Ya sabes, habrá que darles algo sólido para que no acaben con una intoxicación etílica.
—¿Viene Ciro? ¿No está de vacaciones? —preguntó Dylan, sorprendido.
Habían hablado varias veces. De hecho, Ciro llamaba a Andy cada día para interesarse por ella y por las niñas. Pero con los pocos días de descanso que se tomaba al año, Dylan no había esperado que interrumpiera su descanso para viajar a Menorca.
—Sí, claro que está de vacaciones. Dímelo a mí que vengo haciendo milagros con la cocina del Sa Badia desde que se fue. Pero en cuanto se enteró por su madre de lo que estamos organizando, se apuntó enseguida.
Dylan volvió a asentir con la cabeza. Dio un sorbo a su taza de café mientras Pau seguía con las explicaciones.
—Supongo que mi sobrina preferirá que sus niñas estén lo más lejos posible del follón, en la casa de los guardeses, pero las tres viviendas estarán listas en un par de horas. Brian me aseguró que os dejarán en paz a la hora de las brujas… Pero, por las dudas, he preferido asegurarme de que tienen dónde dormir la mona, si se da el caso… —Se rio—. Que, habiendo visto cuánto les va la marcha, estoy seguro que se dará.
Dylan asintió enfáticamente. ¿Hora de las brujas? ¿De qué día? Seguro que el domingo amanecería con la finca ocupada por moteros.
—Parece que lo tienes todo controlado —concedió el irlandés, satisfecho. No podía negar la eficiencia organizativa de su tío político—. Ya me pasarás la cuenta.
Pau hizo un gesto negativo con la cabeza. La reunión de moteros le había venido que ni pintada para ponerle los puntos sobre las íes a su padre por la discusión que había provocado horas antes de que Andy se pusiera de parto, a cuenta de un asunto que no era en absoluto de su incumbencia. A la que, no conforme con lo hecho, le había puesto la guinda en el mismo hospital, enfrentándose a Dylan. Después de haberse quedado a gusto, le había informado que los proveedores contratados para la celebración en La Savina le enviarían a él la factura. Para su sorpresa, el Gran Cacique había soportado el rapapolvo con bastante garbo.
—Mi padre corre con todos los gastos.
Dylan enarcó una ceja.
—Tómalo a modo de disculpa por haberse pasado de la raya… Otra vez —aclaro Pau—. Lo conoces. Imagino que no esperarás otra clase de disculpa de su parte…
¿La esperaba?, pensó Dylan. La facción beligerante de los Estellés lo tenía tan harto que tenía que reconocer que, muy en el fondo, sería feliz con perderla de vista. Mediara una disculpa o no. No podía decir lo mismo de Andy… No creía que a su mujer le valiera como disculpa que su abuelo pretendiera resolver aquel asunto con dinero. Esta vez, Francesc Estellés había conseguido herir a Andy con su actitud.
—Tengo serias dudas de que a tu sobrina vaya a parecerle suficiente…
Pau bajó la vista, contrariado. Él también las tenía. Y no era para menos, su padre se había lucido bien esta vez.
Dylan continuó.
—En cuanto a mí… Como decís por aquí, sus disculpas me importan cuatro cojones. Mientras no piense que rascarse el bolsillo le da carta blanca para visitar a mi mujer y a mis hijas cuando le venga en gana, no tengo nada que decir. Y ya puestos a ser francos, espero que nadie espere que se lo agradezca. No le he pedido que se haga cargo de nada. No me hace falta.
Pau esbozó una ligera sonrisa a modo de disculpa. Su padre se había topado con otro gallo de pelea. El problema era que él no parecía del todo consciente de eso todavía.
—No sabía que fueras tan territorial, Dylan.
Así que ahora a no dejarse avasallar, se le llama ser territorial. Primera noticia.
—Cuando alguien pretende venir a mi propia casa a decirme cómo vivir mi vida, le paro los pies. Si para ti eso es ser territorial, pues… No voy a hacer concesiones, Pau. Asegúrate de que le queda muy claro. O se lo aclararé personalmente.copy
Pau asintió repetidas veces con la cabeza.
—No te preocupes, Dylan. Lo tiene muy claro.
Él concedió con un asentimiento de la cabeza y se acabó el café. Aún le quedaba algo por decir.
—Mi suegro estará también en esa finca. Me da completamente igual lo que opinéis de él. Andy está encantada de tener a su padre con nosotros y yo también. Al primer comentario o mirada inconveniente que alguien de tu familia le dedique, sea quien sea, le enseñaré dónde está la puerta. —Al ver que las mejillas del menorquín se coloreaban, añadió—: Y esto también va por ti, Pau. Saca tu traje de gran relaciones públicas del armario y póntelo, porque no voy a hacer excepciones. ¿Está claro?
El tío de Andy inspiró hondo y, finalmente, asintió.
* * *
Al otro lado de la puerta de la cocina…
Chad se detuvo al reconocer la voz de Pau Estellés. Su tendencia natural cuando cualquiera de esa familia estaba involucrado era evitar el enfrentamiento. Especialmente, desde que había regresado a la vida de Andy. Darse media vuelta y dejarlo estar hasta que capeara el temporal. Esta vez también iba a serlo, pero entonces, oyó a su yerno rompiendo una lanza en su favor y se quedó paralizado.
Paralizado por la emoción. Por la sorpresa de haber encontrado un aliado en alguien que tenía más razones que nadie para mirarlo con recelo, para juzgarlo.
Inspiró hondo y tragó saliva en un intento de contener la emoción que en un instante le había empañado los ojos.
Apenas se había apartado un par de metros de la puerta, dispuesto a regresar sobre sus pasos sin que nadie se percatara de su presencia, cuando oyó que se abría la puerta del pasillo. Un hombre alto, vestido con unos pantalones oscuros y un elegante polo blanco de mangas cortas le ofreció una sonrisa. Era el padre de Dylan.
—Yo madrugo, pero tú me ganas. Buenos días, Chad —lo saludó Brennan, dirigiéndose hacia él.
—Buenos días —repuso, y, mirando de refilón hacia la puerta de la cocina, añadió en voz baja—: creo que hay una reunión allí dentro. Estaba a punto de volver a mi habitación…
—¿Tan temprano? —En aquel momento oyó la voz del tío de Andy—. Ah, ya veo. Bueno, me temo que voy a interrumpirla. Hay mucho que hacer antes de que se levanten las damas de la casa…
Chad estaba de acuerdo. Sin embargo, no deseaba verse las caras con un Estellés de buena mañana. No quería ser motivo de tensiones.
Entonces, Brennan volvió a hablar.
—Si prefieres volver más tarde, me parece bien. Pero, ¿puedo recordarte que estás en la casa de tu hija? Pau es el invitado aquí, no tú.
Chad concedió con una ligera sonrisa agradecida y le cedió el paso.
Brennan Mitchell abrió la puerta. Dylan, que estaba apoyado contra la mesada, dejó de hablar y volvió la cabeza para mirarlo.
—Hola, papá… ¿Alguna de mis chicas se ha despertado? —le preguntó.
—No, hijo. Todo sigue tranquilo y en calma en esa ala de la casa. Ignoro por cuánto tiempo más, pero, de momento…
Entonces, al ver a Chad entrando detrás de su padre, Dylan lo saludó.
—¿Qué tal te trata el jetlag? —Notó que su suegro se había quedado cerca de la puerta y no le preguntó el porqué. Se lo imaginaba.
En efecto, Chad había escogido ese punto porque, desde allí, tenía una huída rápida asegurada en caso de que las cosas se pusieran tensas. A juzgar por la intensidad de la mirada que provenía de su flanco izquierdo y lo estaba traspasando de parte a parte, probablemente, no tardaría en ser necesaria.
—Buenos días… —saludó de manera genérica por pura educación. Por la misma razón, no aclaró que su problema de sueño tenía que ver con el deterioro físico y mental propio de un adicto, que se resentía al menor cambio de hábitos—. Mi jetlag todavía da un poco de guerra… —le dijo a Dylan—. Pero en un par de días más, creo que ya estaré perfectamente.
A Pau le estaba costando dejar de mirar a aquel tipo que tras abandonar a su mujer y a sus hijos, había desaparecido de la faz de la tierra durante quince años. Ni una llamada. Ni una carta. Nada. ¿Qué clase de hombre hacía algo semejante? Y ya no hablemos, de regresar una Navidad y presentarse en la casa de ex mujer, la misma a la había abandonado a su suerte con tres niños pequeños, como si nada hubiera sucedido. Alguien con un sentido tan arraigado de la familia como él, nunca podría entenderlo. Mucho menos, perdonarlo.
Brennan, que notó la cerrada atención del tío de Andy en Chad, decidió desviarla.
—Buenos días, Pau… Qué raro es verte tan temprano por aquí —le dijo.
Fue entonces cuando Dylan también lo notó.
Vio que la mirada del menorquín abandonaba rápidamente a Chad, como si lo hubieran pillado in fraganti. Y al asociar lo dicho por su padre con la mirada esquiva del tío de Andy, Dylan sonrió para sus adentros. Por lo visto, el viejo león se había levantado guerrero.
—Buenos días, Brennan… —lo saludó Pau. Se puso de pie—. Es verdad, a estas horas normalmente voy camino de mi despacho. He venido a informar a tu hijo de cómo están las cosas con la celebración de hoy. Pero ya me iba…
—¿Y cómo están?
Dylan valoró el gesto del menorquín de retirarse del campo de batalla sin disparar un solo tiro. Conociéndolo, sabía que no le estaría resultando nada fácil. Decidió animarlo a continuar haciendo buena letra por el bien de todos.
—Bien, ¿de qué otra forma van a estar? —intervino—. Este hombre es un genio de la organización. Creo que tiene todos los cabos bien atados.
Pau sonrió complacido y cogió sus llaves de encima de la mesa.
—Al menos, por el momento —matizó—. Te llamaré en cuanto tenga más noticias —Dylan asintió—. Hasta luego a todos.
A Brennan le faltó tiempo para acelerar la marcha del tío de Andy.
—Te acompaño… Y de paso, voy a por mis gafas —se apresuró a añadir, en previsión de que le dijera que ya conocía el camino.
Los dos hombres abandonaron la cocina y se dirigieron a la salida en silencio. Pau salió a la calle y no le sorprendió ver que el padre de Dylan también lo hacía. Su hijo y él se parecían mucho no solo en el aspecto físico; especialmente, en sus malísimas pulgas. Se detuvo y esperó la segunda advertencia del día con el mayor garbo de que fue capaz.
—Quería agradecerte todo lo que estás haciendo para ayudar a mi hijo en este asunto. Dos bebés recién nacidas y una niña pequeña requieren muchísima energía. Como padre de tres hijos que soy, lo sé de primera mano… Dylan está mucho más agotado de lo que parece y hoy será un día complicado.
Pau asintió con la cabeza.
—Lo sé… Cuando llegué estaba grogui. Tuve que esperar a que la cafeína le hiciera efecto, para que me diera los buenos días —comentó, a modo de broma—. No hay nada que agradecer, Brennan. Lo hago con gusto. Adoro a mi sobrina y quiero mucho a tu hijo. Aunque nuestros inicios no hayan sido buenos… Nada buenos, en realidad —matizó con una ligera sonrisa—, Dylan se ha ganado mi respeto y mi cariño.
El menorquín se quedó donde estaba, puesto que sabía que Brennan Mitchell aún tenía cosas por decir.
En efecto, así era. El padre de Dylan dio un paso más para poder cerrar la puerta. Quería asegurarse de que la conversación fuera privada.
—Mi nuera quiere que hoy sea un día de fiesta para Dylan. Que celebre su paternidad en compañía de sus amigos sin preocuparse de nada. Y yo quiero lo mismo.
—Claro que sí. Esa es la idea.
—Dudo mucho que vaya a conseguir que nos deje a Chad, a Danny y a mí ocuparnos de ayudar a Andy con las mellizas —continuó—. Y como es el padre de las niñas, si se niega, poco podré hacer al respecto… Pero para todo lo demás, no necesito su consentimiento.
Espéralo, que ya llega, pensó el menorquín, que asintió y permaneció en silencio.
Los ojos grises de aspecto gatuno del anciano se posaron sobre Pau Estellés con firmeza, al decir:
—Solo hay cuatro niños en la familia, tu preciosa hija y mis nietas. Los demás somos adultos y muchos ya peinamos canas. No necesito decirte que espero de todos el comportamiento de personas adultas, ¿verdad?
Pau no pudo evitar pensar que era la primera vez que le ponían los puntos sobre las íes de manera incontestable y, a la vez, con tanta elegancia.
—Por supuesto.
Brennan asintió complacido.
—Me alegro de que nos entendamos tan bien. Seguro que eso nos ahorrará disgustos.
* * *
Dylan besó la cabecita de Zoe y volvió a dejarla con cuidado en la cuna. Acarició a sus dos retoños con la mirada antes de regresar junto a Andy.
Sonrió al ver que ella no solo había vuelto a echarse en la cama, sino que se había cubierto hasta la cabeza con la sábana.
Se sentó a su lado y levantó una punta de la sábana.
—¿Tan mal estoy que corres a esconderte?
Una mano salió de debajo de la sábana y se posó sobre el muslo de Dylan.
—¿Tú mal? Esas dos palabras no tienen sentido en la misma frase —Sus ojitos pícaros miraron a Dylan desde debajo de la sábana—. Me encanta esa camiseta…
Dylan se miró.
—Normal. Me la has regalado tú.
—Pero por mucho que me encante… —suspiró—. Ahora mismo, lo que me encantaría de verdad es quitártela…
Guau. El irlandés sonrió, cómplice.
—Estuvo bien lo de anoche, ¿eh?
Vio que ella asentía con entusiasmo y se mordió por dentro.
«Qué ganas de repetir», pensó.
Y qué mal que, en aquellos momentos, eso no fuera una posibilidad. Ya era tarde. Luz tenía que estar a punto de despertarse. Y en cuanto la pequeña se despertaba, corría a la habitación de sus padres…
Se disponía a responder precisamente eso, cuando Andy apartó la sábana.
Dylan arqueó las dos cejas a un tiempo al tiempo que una sonrisa sexi iluminaba su rostro anguloso.
¿En serio?, le preguntaron sus ojos.
Ella asintió y entonces pasaron dos cosas. La mano que se posaba sobre el muslo masculino avanzó con suavidad hasta su entrepierna. Andy tomó la mano de Dylan con su mano libre y suavemente la guió sobre su propio estómago. Unos instantes después, la movió insinuante sin apartar sus ojos de él. El irlandés suspiró y le acarició un pecho, posesivamente. Se erizó entero al sentir el duro pezón contra la palma de su mano.
—Diez minutos —rogó Andy—. Y creo que podré soportar el resto del día sin ti.
—No estarás sin mí —alegó él.
Pero ya se había puesto de pie cuando lo dijo. Y un instante después, se estaba desnudando con premura bajo la incendiaria mirada de su mujer.
Vestido solo con sus tatuajes, fue hasta la puerta y cerró con llave. Eso les concedería unos minutos para ponerse presentables en caso de que Luz fuera a darles los buenos días.
A continuación, regresó junto a Andy, con pasos deliberadamente sensuales. Exhibiéndose.
A nivel físico, su intimidad ahora estaba compuesta solo de roces y caricias. De ahí, que los juegos eróticos tuvieron un papel tan importante. Eran insinuaciones que ambos sabían positivamente que no irían más allá, pero las necesitaban. Emulaban una realidad que todavía tardaría varias semanas en regresar a su vida íntima.
Uno de esos juegos era el más básico de todos; ponerse encima e insinuarse, imitando una penetración que ambos deseaban locamente. Tanto como sabían que no sucedería. Aún no.
Andy había dado a luz hacía apenas cuatro días y se estaba recuperando espectacularmente bien. Sin embargo, su útero continuaba sangrando y su vientre estaba muy inflamado. La postura del misionero era un sueño imposible en tales circunstancias, pero era la más cómoda para Andy y, realmente, la única tan próxima que podían permitirse. La noche anterior lo habían probado hasta encontrar la posición idónea de sus cuerpos y la distancia a la que debían estar para que los brazos de Dylan pudieran soportar su peso, sin apretar el vientre femenino, el tiempo necesario para alcanzar el orgasmo.
No había sido fácil, Andy apenas podía abrir las piernas, mucho menos, elevarlas, y verse tan limitados para simular el acto sexual aún tratándose de una postura sencilla, había sido motivo de bromas entre ellos. Pero el deseo era mucho más pertinaz que los obstáculos que hallaban en su camino. Hallar la posición idónea había sido, sin ninguna duda, la guinda del pastel de su primera noche íntima tras el nacimiento de las mellizas.
Eso era, precisamente, a lo que Andy se había referido al implorar por «diez minutos». Esos diez minutos de simulación perfecta.
Y ese era el objetivo ahora. Otros diez minutos de gloria antes del largo día de visitas y celebraciones que tenían por delante.
Andy extendió una mano hacia Dylan, invitándolo a unirse a ella. Él se arrodilló junto a la cama y se inclinó sin dejar de mirarla. Su lengua recorrió un ardiente sendero alrededor de los pechos de Andy, demorándose en sus pezones enhiestos. La oyó suspirar y se apartó un poco para poder ver cómo el orgasmo empezaba a crecer en su mujer. Extasiado por el ronroneo femenino, volvió a agachar la cabeza, rodeó uno de sus pezones con los labios y, esta vez, hizo algo distinto. Succionó con mucha suavidad hasta que una pequeña gota, dulce y tibia, le humedeció lengua.
—Ay, Dylan… —Fue una súplica envuelta en un suspiro que lo hizo estremecer de la cabeza a los pies, precipitando los acontecimientos.
El irlandés se puso de pie. Andy se apartó del borde de la cama para hacerle sitio y extendió sus brazos hacia él, ansiosa.
Dylan, como debía hacer, se tomó su tiempo. Cuando lo que en verdad deseaban no era una posibilidad más que en su mente, cada detalle contaba.
Y funcionó.
Los dos gimieron de placer cuando él, apoyándose sobre los codos con firmeza, la cubrió con su cuerpo, dando comienzo a los diez minutos más excitantes y satisfactorios que compartirían aquel día.
* * *
Dylan se quedó mirando con los ojos muy abiertos la montaña de cosas apiladas en el pasillo que conducía a la salida.
—¿Y todo esto qué es? —le preguntó a Danny, que en aquel momento entraba con un bolso de deportes al hombro.
El muchacho lo depositó en el montón y miró a Dylan con el ceño fruncido.
—¿Estás de coña? ¿No me has dicho que fuera poniendo aquí las cosas que vamos a llevarnos a la finca?
Dylan soltó una risotada.
—Tío, mi lista tenía diez cosas. Aquí hay media casa.
Danny levantó los brazos en señal de rendición.
—Puede que tu lista tuviera diez cosas. Pero la de mi hermana era mucho más larga y la de Luz, ni te cuento. En cuanto le pregunté qué quería llevarse, fue corriendo a la sala de juegos y empezó a abrir los cajones.
Se rio al recordar la alegría con la que su sobrina iba escogiendo un muñeco y luego, un peluche y después, otro, y así hasta el infinito.
—Danny, por favor. Es normal que la niña quiera llevarse todos sus juguetes, pero puedes decirle que no y distraerla con otra cosa hasta que se olvide, como haces siempre.
—Sí, claro, como si fuera tan fácil decirle que no a esa encantadora de serpientes… —argumentó su tío con pleno conocimiento de causa.
—Tío, de verdad, no me fastidies… Ponte duro. O necesitaremos una flota de camiones para ir a cualquier parte cuando las mellizas sean más grandes. Venga, ve a buscarla y tráela, que tenemos que irnos. Yo voy a empezar a cargar el coche de mi padre.
Como si la niña supiera que la estaban esperando, apareció corriendo con sus pasitos cortos y su sonrisa en ristre. Arrastraba un hipopótamo de peluche que era más grande que ella. El muñeco vestía una camiseta tipo musculosa, a rayas horizontales verdes y blancas, y una gorra con visera a juego.
—¡Nos vamos, nos vamos! —decía alegremente.
Dylan la cogió en brazos a ella y a su peluche. Le dio un sonoro beso en su mejilla regordeta.
—¿Todo eso vas a llevarte? —le preguntó al tiempo que señalaba la montaña de juguetes.
Ella asintió con entusiasmo y tiró del peluche, mostrándoselo a su padre.
—¿El hipopótamo también? —dijo Dylan.
Otro asentimiento enfático de la cabeza de la niña que agitó sus ricitos graciosamente.
—Son muchas cosas, Luz. Vamos a necesitar un camión para mover todo esto… ¿Qué te parece si dejamos el peluche? No va a estar solo. Sus amiguitos se quedan también.
La niña se abrazó al juguete riendo al tiempo que negaba con la cabeza.
—Pótamo viene…. Viene, papi —aseguró.
Su tono de voz era pura miel, pero la expresión de aquella carita preciosa… Esa niña era el epítome de la dulzura.
—Vaaaale… Pótamo también viene —concedió el irlandés.
Y vio que Luz lo celebraba lloviendo besos pequeños por toda su cara, derritiéndolo de ternura aún más.
Danny se burló a placer.
—Míralo. ¿Por qué no te haces el duro ahora, eh, colega? No es tan fácil, ¿lo ves? —dijo, dándole una palmada al cráneo rasurado de su cuñado al pasar a su lado—. Venga, que te ayudo a cargar.
En aquellos momentos, se abrió la puerta de la cocina y aparecieron Chad y Brennan con sendas neveras portátiles.
Dylan se volvió a mirarlos. Sus ojos volvieron a abrirse como platos.
—¿Eso también? —preguntó con un punto de desesperación en la voz.
Los consuegros intercambiaron miradas.
—¿Cómo que «también»? Hay otras dos más esperando en la cocina, Dylan —repuso su padre—. Esto es lo habitual cuando sales de casa con niños pequeños. Y dos de los tuyos, son bebés. Espera a ver lo que habrá preparado Andy para llevar. ¡Seguro que te depara otra sorpresa!
Chad asintió enfáticamente con la cabeza, reforzando lo dicho por su consuegro.
Dylan puso los ojos en blanco.
¿Solo un camión? ¡Qué iluso, colega!
A continuación, enfiló hacia la puerta con Luz y su peluche en los brazos.
—Entonces, en marcha —dijo—. Entre cargar, viajar, llegar, descargar y acomodar, nos dará la medianoche.
* * *
Finca «La Savina».
Andy se apeó del monovolumen con ayuda de Dylan y permaneció mirando alrededor con una sonrisa.
Su chica estaba para comérsela, pensó él, dándole un exhaustivo repaso. Se había puesto gel en el pelo, resaltando los mechones desiguales de su corte pixie. Por primera vez en meses, había sacado del armario sus plataformas. En este caso, unas sandalias de charol negro. Y había elegido un vestido estilo solero, también negro, largo midi, que llevaba los tirantes cruzados en la espalda. Era un corte que, sin ser ceñido, destacaba unas formas que él encontraba muy excitantes.
Su voz lo devolvió a la realidad.
—Este sitio es una maravilla… Tiene su punto volver a reunir a familia y amigos en el mismo lugar donde hace un año nos casamos, ¿no? —comentó Andy, volviéndose ligeramente a mirar a Dylan.
Los dos estaban junto al monovolumen. De momento, estaban solos.
Dylan había hecho el primer viaje con sus niñas en sus respectivas sillitas de seguridad situadas en el asiento de atrás, transportando además una parte de los bártulos. Chad, Danny y Brennan habían salido un rato antes en el coche del padre de Dylan, con todo lo que cabía en el maletero.
Más tarde, Dylan había regresado a la ciudad a recoger a Andy y las últimas cosas que habían quedado atrás. Según el último parte que había recibido al móvil, hacia cinco minutos, las mellizas seguían durmiendo y Luz estaba tomando el té con la montaña de muñecos que había traído consigo.
Dylan atrajo a Andy suavemente contra su cuerpo y ambos se recostaron contra el lateral del vehículo.
—Habría tenido «mucho más punto», si en vez de reunirlos ahora, nos hubieran dejado hacerlo dentro de un mes. —La miró a través de sus gafas espejadas—. ¿Seguro que no prefieres que nos instalemos en la casa de los guardeses? Aquí, las niñas y tú vais a estar en mitad de la fiesta.
La propuesta original de Dylan había sido mantener a su familia lo más alejada posible del centro neurálgico de la juerga. Y el punto más alejado era la antigua casa de los cuidadores de la finca. Estaba situada a medio kilómetro del edificio principal, en medio de una zona arbolada, y, aunque era austera, tenía todas las comodidades necesarias. Contaba con dos habitaciones, un salón de buenas dimensiones, una cocina y un baño. Los consuegros se habían ofrecido a compartir la habitación y Danny había asegurado que tenía suficiente con dormir en uno de los sofás del salón.
Sin embargo, Andy había descartado la idea, proponiendo instalarse en el edificio principal, en una de las habitaciones de la planta baja que daban a la rosaleda.
—Seguro, calvorotas —repuso ella con dulzura. Lo oyó suspirar—. Estaremos bien, amor. No puedo moverme mucho. Eso quiere decir que me perderé buena parte de la juerga, por no decir toda… Pero quiero estar disponible para quien se acerque a saludar y a conocer a nuestras niñas. No te preocupes, si estoy dormida, mi madre o tu padre, quien sea que esté de guardia, se ocupará de cerrarles el paso.
Él se subió las gafas hasta ponérselas de diadema. Andy pudo ver la objeción en sus hermosos ojos grises.
—¿Tu madre o mi padre, dices? Yo estaré de guardia.
Andy extendió su mano y le acarició la barbilla.
—Tú estarás con los chicos. Dejarás que celebren contigo el nacimiento de nuestras pequeñas en representación de los dos. Tienes 24 horas de permiso. Disfrútalas, Dylan.
¿De qué estaba hablando? No quería permisos. Eso, suponiendo que el regalo de haberse convertido en padre pudiera compararse a un trabajo por turnos. En plan, hoy sí, mañana, también, pasado, libras…
—Pero…
—Pero nada. Ese es el plan, calvorotas. Está aprobado y firmado —y con esas, se apartó del vehículo y empezó a alejarse, intentando mantener el equilibrio sobre sus altas plataformas, después de meses de no haberlas usado ni una sola vez.
O, mejor dicho, lo intentó.
Dylan se estiró hasta alcanzarla. Le rodeó la cintura con un brazo para que no perdiera el equilibrio, y la devolvió despacio junto al monovolumen.
Andy lo dejó hacer y cuando volvieron a estar cara a cara, lo miró con una sonrisa paciente.
—El plan no es ese —aseguro él. La tomó por los codos y se inclinó buscando el contacto visual. Ella sonrió con dulzura, intentando ablandarlo. Dylan no se dejó—. No ha sido ese en ningún momento. Los atenderé, sí. Celebraremos con ellos —dijo señalándola a ella y luego a él, enfatizando el plural— mientras las mellizas duermen. Pero cuando se despierten, los dos nos ocuparemos de ellas.
Andy hizo un mohín cómico.
—¿Eres consciente de que mis exjefes y compañía van a emborracharte?
Con motivo de su boda, también habían intentado involucrarlo en una despedida de soltero con gamberradas del tipo que solo divertían a los amigos del novio. Y no habían podido hacerlo.
—Lo intentarán —concedió.
Ambos siguieron mirándose sin dejar de sonreír.
—Estás en el séptimo cielo desde el miércoles —dijo ella—. ¿Crees que si te reúnes con otra docena de tipos felices de celebrar contigo tu reciente paternidad, no te vas a desmadrar? Eso sería ser muy iluso, calvorotas.
Probablemente, sí, lo fuera. Dylan tenía que admitir que tenía muchas ganas de fiesta. Pero él ya no era el mismo de cuando residía en Londres. Ya no era el tío que vivía de juerga porque esa era la única forma de soportar su día a día. Este tipo de ahora tenía una vida muy diferente. Una vida que le importaba por encima de todas las otras cosas.
Dylan al fin respiró hondo, rodeó a Andy en un abrazo holgado que evitó presionar sus áreas doloridas. Ella lo miró con dulzura, expectante.
—¿La verdad? Tengo muchas ganas de celebrar el nacimiento de Zoe y de Coral. Te juro que cada vez que las miro, me parecen un sueño, un regalo tan grande… —Andy vio que sus preciosos ojos grises se llenaban de ilusión al nombrar a las pequeñas. Asintió con dulzura. Era lo más lógico. Ella también lo celebraría en la medida que sus malestares le dieran una tregua—. Pero no creo que pueda desentenderme de ellas y de ti…
—Que te des un respiro no es desentenderte. Yo me di un respiro de Luz tras el parto. No me desentendí de ella, solo la dejé en tus manos unas horas, sin preocuparme porque sabía que los dos estaríais perfectamente. —Al ver la ceja enarcada de Dylan, continuó—: Ya sé, ya sé… No crees que sean cosas comparables.
Dylan negó taxativamente con la cabeza. No lo creía porque no lo eran. Su respiro había tenido que ver con descansar después del esfuerzo mastodóntico de traer al mundo a dos bebés. Lo que había venido a sumarse a nueve largos meses de esfuerzo y dedicación para gestarlas. ¿De qué forma podía compararse eso con irse de fiesta, dedicarse a beber y a celebrar con sus colegas, olvidándose de sus responsabilidades durante unas cuantas horas?
—Llevas meses soportando una carga inmensa, Dylan. Y sí, fui yo quien las trajo al mundo con toooodo lo que eso implica, pero has estado a mi lado cada paso del camino. Siempre. Ayudándome cuando estaba tan baja de forma, que no podía con mi vida. Sufriendo conmigo. Animándome, mimándome y ocupándote de todas nuestras cosas, las tuyas y también las mías. Sin fallar una vez. Sin desalentarte ni una sola vez… —Bajó la mirada un instante y respiró hondo—. Vale, admito que no es el mejor momento para que nos invada una horda de moteros con ganas de fiesta y también admito que llevo un tiempo tan insoportable, que no sé cómo me sigues aguantando. —Vio su sonrisa burlona y la ignoró—. Pero también eres de carne y hueso. Y también necesitas desconectar de todo un tiempo, como el que más. Eso incluye a las niñas y a mí. En lo que a mí respecta, te lo has ganado con creces. Y como soy el otro cincuenta por ciento interesado en este asunto, si yo lo digo, no hay más que hablar.
Andy le mantuvo la mirada. Él volvió a inclinarse hasta estar cara a cara.
—¿Has acabado? —le preguntó.
Ella apartó la mirada con actitud derrotada. Dylan tomó su barbilla y la obligó a mirarlo.
—Te adoro, Andy.
Ella se estremeció y sus ojos brillaron de emoción ante una respuesta que no había esperado.
—Estoy enamorado de ti, de nuestras niñas, de nuestra vida… Tardé muchos años en saber cómo es que algo, alguien, me importe de verdad. Y ahora que lo sé… No lo cambio por nada.
El irlandés besó las comisuras de los labios femeninos. Fueron besos muy dulces y muy sabrosos…
Pero, al fin, se echó a reír.
—¡Te prometo que intentaré con todas mis fuerzas que no me emborrachen! —exclamó.
—Ay, Dylan… ¡Serás…! ¿Has estado haciéndome la pelota todo el rato? ¡Eres imposible! —se quejó, dándole un suave empujoncito.
Y también se echó a reír.
Al fin, Dylan la cogió de la mano y tiró de ella hacia el edificio principal.
—Vamos, nena —la animó, riendo—. ¡Que hay mucho que hacer antes de que nos invadan!
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Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
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CR43. Días de ilusión, 6. Parte 2

Sábado, 23 de julio de 2011.
Finca «La Savina»,
Menorca.
No eran todavía las once de la mañana y el pequeño salón de la gran casona estaba a rebosar de gente. Andy y Dylan, en su calidad de anfitriones, habían sido los primeros en llegar con sus hijas. Los acompañaban Danny, Brennan, y Chad, el padre de Andy, que había llegado de África el día del nacimiento de las mellizas. Sin embargo, apenas habían pasado un par de horas cuando habían empezado a llegar los otros miembros de la familia. Dos horas que a Dylan se le habían pasado volando, descargando y acomodando el sinfín de maletas, bolsos y cajas que había sido necesario trasladar para pasar tan solo un día fuera de casa.
Los primeros familiares en llegar habían sido Anna, Neus y Jaume. Si la presencia del padre de Andy les afectaba, ninguno de los tres lo demostró. Sabían que Chad estaría allí y Anna, en especial, estaba decidida a facilitar todo lo posible la relación de Andy con su padre, ahora que había reaparecido.
De modo que, mientras Jaume conversaba con Brennan, (y evitaba muy educadamente hacerlo con Chad), las mujeres se habían acomodado en sendos sillones junto al gran sofá donde yacía la flamante madre, y no habían vuelto a moverse de allí, alegando que querían estar en primera fila cuando las mellizas hicieran su aparición triunfal. Dylan sabía que se trataba de una queja cariñosa en contra de su decisión de mantener a las niñas lo más lejos posible del bullicio y del trasiego de gente. En realidad, no había sido suya, sino de Andy, pero él estaba de acuerdo. Ninguno de los dos deseaba que las bebés se pasaran el día rodeadas de gente, o que hubiera un público permanente junto a sus cunas, mientras dormían, y la mejor forma de conseguirlo era que las niñas no estuvieran en el salón más que un rato, cuando se despertaban. De otra forma, la tarea de reclamar que las dejaran descansar recaería sobre Andy, puesto que la mayor parte del tiempo, él estaría ocupado con sus colegas.
Muy poco después, habían llegado Ike y Erin. Ella estaba tan ansiosa por ver a las mellizas, que Dylan le había dejado su móvil para que se entretuviera contemplando el millón y medio de fotos que les había sacado a sus princesas en sus cuatro días de vida.
—¡Serás malo! No va a pasar nada porque entre de puntillas en la habitación y las mire dormir cinco minutos —le había recriminado, más en serio que en broma.
A lo que él, después de señalar con un dedo a todos los que estaban en el salón, le había respondido:
—¿Y qué crees que hace toda esta gente aquí? ¿Esperar a ver si me da la locura y me dejo crecer el pelo para celebrar mi nueva paternidad? Haber madrugado, guapa. Conoces sus horarios. ¿O para qué me los has pedido?
Por suerte, Luz se había ocupado de que todo el mundo se olvidara de sus hermanas. Y lo había hecho a la perfección, como todo lo que hacía esa niña increíble, pensó Dylan, rebosando orgullo paterno. ¡Qué niña más especial!
Pero ahora, ella también dormía y los moscardones empezaban a ponerse nerviosos.
Hablando de moscardones…
Dylan se asomó a la ventana, preguntándose cuánto tiempo más tardaría el abuelo de Andy en buscar una excusa para poder entrar en la casa y visitar a sus bisnietas recién nacidas. Desde donde estaba no podía verlo, pero sí oír su voz dando instrucciones a diestra y siniestra. Y llevaba oyéndola cerca de una hora y media. Demasiado tiempo para alguien impaciente y con alma de cacique, como Francesc Estellés.
Su esposa, Lucía, se había hecho cargo del servicio de catering y de ayudar a Pau con la preparación de las zonas destinadas a los invitados, dándole una excusa para involucrarse sin que nadie pudiera pensar que había sido idea suya. Así que estaba en la finca desde temprano, yendo y viniendo, y hablando por teléfono. Incluso se había marchado un par de veces a comprar algunas cosas que faltaban.
Dylan se habían cruzado con él una vez, cuando había ido hasta el coche a coger un bolso con pañales que se había dejado en el maletero. Había esperado su reacción antes de abrir la boca. Le daba igual que la finca fuera suya —en realidad, era propiedad de su mujer—; Francesc la había cagado y tendría que ser él quien tomara la iniciativa.
Inesperadamente, el abuelo de Andy lo había hecho. No se había detenido a saludarlo y ninguna sonrisa se había mostrado en su cara, pero al pasar a su lado le había dicho un «bon dia, Dylan», al que él había respondido con el mismo número de palabras, tras lo cual los dos habían seguido su camino, sin más.
Y allí seguía, dirigiendo el montaje de la zona de ocio, sin haber intentado ir a conocer a sus bisnietas ni una sola vez.
Pensó con malicia que, quizás, al ver el vehículo de Jaume en el aparcamiento, había decidido esperar para evitar a Anna, con quien había tenido una discusión muy agria el día anterior a que Andy se pusiera de parto. El viejo tenía demasiados frentes abiertos. Todos merecidos, pero, sin duda, eran demasiados.
Dylan recogió la legión de juguetes que Luz había ido esparciendo por la habitación y los apiló en un rincón. Durarían allí lo que un suspiro, lo sabía, pero había tanta gente dando vueltas por las estancias reservadas para uso familiar, que empezaba a sentirse agobiado. El único espacio que continuaba a oscuras e impoluto era el de las niñas, donde ahora también estaba Luz, haciendo una corta siesta de media mañana para compensar el madrugón de aquel día.
Andy no había querido ocupar la casa de los guardeses, de modo que se habían instalado en tres estancias contiguas de la casa principal, situadas en la parte posterior de la planta baja. Desde sus ventanas, podía verse la hermosa rosaleda, con decenas de ejemplares exóticos, de la que Lucía Oriol Martí estaba tan orgullosa. El lugar destinado a la reunión fiestera se hallaba a unos veinte metros a la derecha de la casona, separado por una divisoria natural de aligustre. Allí estaba la piscina, una zona con tumbonas y otra destinada a solarium, y una barra con un gran toldo de hojas de palmera, proporcionando sombra y frescor, a modo de chiringuito de playa. Hoy la barra funcionaría como una de verdad, con un camarero de verdad, sirviendo copas de verdad. Al otro lado de la piscina había una zona verde con un cenador donde servirían la comida, y también el área infantil con la piscina inflable para los niños, así como algunos juegos.
En teoría, de todos los servicios se ocupaba la empresa de catering contratada al efecto, que recibía instrucciones directas del abuelo y del tío de Andy, por lo que él no tenía más que ocuparse de pasarlo bien con sus amigos.
Echó un vistazo a su reloj y sonrió. Evel y compañía ya habrían llegado a la isla. Otros moteros lo habían hecho la noche anterior. Iba quedando menos para que empezara la fiesta.
O, lo que era lo mismo, para que comenzara el pulso entre sus colegas y él. Ellos, intentando emborracharlo a toda costa, y él intentando evitar que lo consiguieran. Después de haberse pasado años yendo a trabajar a base de Berocca∗, su plan del día era evitar acabarlo borracho. Cada vez que lo pensaba, le daba la risa.
Dylan sacudió la cabeza risueño.
Quién te ha visto y quién te ve, chaval.
* * *
Evel detuvo el vehículo frente al chalet de su abuela, en Cala Morell, y miró a los demás ocupantes por el retrovisor.
—Será una parada rápida. Para ventilar la casa, controlar que todo está en orden, dejar algunos bártulos, y eso. ¡Después, pondremos rumbo a la fiesta!
Angela Swynton, la dueña de la casa, no estaba teniendo un buen año. Tenía problemas cardíacos y, a pesar de que le habían cambiado el tratamiento en dos ocasiones, la mujer no acababa de levantar cabeza. Sus achaques le habían impedido sumarse a la expedición para conocer a las bebés recién nacidas de Dylan. En realidad, su abuela no había vuelto a la isla desde su segunda boda con Abby, el pasado septiembre. Por lo tanto, el chalet llevaba diez meses cerrado y eso era mucho tiempo en una isla donde la humedad reinaba a placer.
Evel esperaba que no hubiera demasiados desperfectos. Lo último que quería era dedicar el tiempo que Abby y él estarían en Menorca antes de salir para Bahamas, lidiando con fontaneros o albañiles.
—¿Rápida? ¡Lo que hay que oír! Tío, tú no eres rápido ni para echar un rapidito. Ya estoy viendo que, por la tarde, todavía andarás dando vueltas por la casa, buscando a Wally∗.
La risotada de Dakota fue tal que Romina, que iba dormitando en brazos de su madre, se sobresaltó.
—Scott, vas a despertarla… —se quejó Tess, sonrojada ante un nuevo comentario vulgar de su marido.
Dakota le pasó un brazo alrededor de los hombros, complacido.
—Tranquila, Bollito. Esta preciosidad es como su padre. Abre un ojo para despistar, pero luego sigue durmiendo a pierna suelta. ¿A qué sí, Romina? —murmuró, acercándose a la pequeña que usaba a su madre a modo de cama.
Confirmando lo dicho por su padre, la niña continuó durmiendo sin darse por aludida.
Sin embargo, Tess no había sido la única en sonrojarse.
A pesar de conocer a Dakota desde que era un adolescente deslenguado, Evel seguía detestando esos comentarios con connotaciones sexuales a los que era tan afecto. Los hacía sin ningún cuidado. Para peor, este comentario en particular lo aludía directamente, con lo cual, además de la habitual vergüenza ajena que experimentaba, también sentía bochorno propio.
Pero no estaban a solas. Había otros pasajeros en el coche. Llamarle la atención a su socio, solo provocaría más incomodidad, de modo que Evel se limitó a lanzarle una mirada de advertencia por el espejo retrovisor. Dakota puso los ojos en blanco, pero mantuvo su pico cerrado.
Para sorpresa de Evel, Abby no lo hizo. Se volvió en el asiento para poder mirar a Dakota y lo soltó sin miramientos.
—Y eso lo sabes porque… —Hizo una pausa, dejando en el aire la posibilidad de que Dakota explicara cómo sabía lo que acababa de afirmar con tanto descaro. Cuando su cuñado sacudió la cabeza con aquella sonrisa desdeñosa que le seguía cayendo igual de mal que el primer día, continuó—: Ah, vale, entonces no lo sabes. Qué sorpresa: Dakota, hablando de lo que no tiene la menor idea. En ese caso, toma nota, cortesía de alguien que sí sabe de lo que habla: te sorprendería lo rápido que puede llegar a ser mi marido. Rápido. Y eficiente, por supuesto —añadió, esta vez dedicándole una mirada amorosa a Evel que, a estas alturas, experimentaba una mezcla de emociones de lo más curiosa. Tenía su vanidad masculina por las nubes… Y la cara, como si alguien acabara de prenderle fuego a sus mejillas.
Acto seguido, Abby abrió la puerta del acompañante y se apeó del vehículo.
En la última hilera de asientos del monovolumen, Niilo y Amy habían contemplado la escena con la misma diversión de siempre.
—¡Todo un carácter, sí, señor! —se rio Niilo.
Amy asintió enfáticamente. La relación entre su amiga y el motero pelilargo se había suavizado con el paso del tiempo. Más, desde que Romina había llegado al mundo. Al menos, Dakota había dejado de ignorarla flagrantemente, como había hecho durante años. Abby estaba feliz de haberse convertido en tía. Visitaba a su sobrina dos o tres veces por semana, como mínimo, y aunque no se mordía la lengua, como acababa de demostrar, Amy sabía que Abby procuraba no dar lugar a situaciones tensas con su cuñado. Obviamente, Tess no iba a permitir que Dakota se opusiera a que tía y sobrina pasaran tiempo juntas, pero Abby no deseaba causarle problemas a su hermana. No quería ser el motivo de una discusión de pareja.
—Lo siento, Dakota, pero creo que este asalto lo ha ganado Abby —dijo Amy, disfrutando de lo mucho que le gustaba picarlo.
El motero, fiel a su estilo, se limitó a dedicarle una mirada displicente. A continuación, se apeó del vehículo.
—Dame a esa chiquitina hermosa, Bollito… —Dakota cogió a una adormilada Romina en sus brazos y, a continuación, le tendió una mano a Tess para ayudarla a bajar.
—¡Chico, qué galante! —volvió a pincharlo Amy.
Él se rio con descaro.
—Tranquila. Eso solo pasa con mi mujer. Con el resto del mundo, sigo siendo el mismo borde de siempre.
Y, en una demostración práctica de lo que acababa de decir, se alejó del vehículo con su niña en los brazos y su mujer cogida de la mano, sin hacer el menor ademán de abrirle la puerta de Amy.
* * *
A falta de media hora para que las mellizas se despertaran, Mahoma al fin fue a la montaña.
Desde su sitio junto a Andy, Dylan observó en silencio cómo su abuelo asomaba la cabeza por la puerta de la estancia y, sin mirar a los demás que estaban allí, dirigía la mirada hacia su nieta.
—¿Podemos hablar un momento, Andy? A solas —aclaró, tras una breve pausa.
Ella exhaló un suspiro de resignación que no se molestó en disimular.
—¿Me ayudas a levantarme, calvorotas?
Dylan se puso de pie, e hizo lo que le pedía. Luego, la tomó por la cintura y la acompañó hasta el pasillo, donde la esperaba Francesc Estellés, vestido con unos pantalones beige, una camisa de mangas cortas color rosa y unos náuticos. Elegante, como siempre.
El anciano miró a Dylan brevemente y luego a su nieta.
—He dicho a solas.
Dylan sintió que se revolvía por dentro. Desde lo sucedido en el hospital, su nivel de paciencia con los Estellés en general y con aquel tipo en particular había descendido de manera alarmante.
—Pues no va a ser a solas —le espetó—. Y como no empiece a hablar ya mismo, no será acompañada, ni de ninguna manera.
Andy no había esperado que Dylan interviniera, pero asintió enfáticamente a lo dicho por él.
—Amén.
Por supuesto que la conversación no sería a solas. Y, dado que ella apenas podía mantenerse en pie unos minutos, no había tiempo que perder. Además, que Dylan hubiera intervenido, le pareció una señal muy clara de que la relación con su familia materna sería mucho más tensa en adelante, de lo que lo había sido en el pasado. Simplemente, porque él ya no se inhibía. Hasta hacía unos días, Dylan había procurado mantenerse más o menos neutral y, sobre todo, al margen de las decisiones que ella tomaba respecto de su familia menorquina. Pero, tras lo sucedido el día del nacimiento de sus hijas, no era neutral ni se mantenía al margen.
El rostro de Francesc Estellés enrojeció de enfado. Sacudió la cabeza. Sin embargo, a la hora de dirigir su enfado, no apuntó hacia el irlandés.
—No puedes negar de quién eres hija, ¿eh? Y mira que te quiero, pero, a veces, consigues cabrearme muchísimo.
Andy pensó que no hacía falta mucho para que aquel hombre soberbio y autoritario se enfadara. Con que alguien —cualquiera— tuviera la osadía de no estar de acuerdo con sus puntos de vista, era más que suficiente. Pero no lo dijo en voz alta. Estaba muy desilusionada. Tanto, que había empezado a pensar que no merecía la pena molestarse en intentar razonar con él. Lo que años de indiferencia no habían conseguido, lo habían logrado él y su tozudez, interfiriendo en asuntos que no le incumbían en absoluto. Quién lo habría dicho.
Dylan, además de pensarlo, lo dijo en alto.
—Pues, mire, le voy a dar otra razón para cabrearse. Si estoy aquí, soportando su arrogancia, es por Andy. Personalmente, me dan igual sus disculpas, sus excusas y sus razones. No tengo el menor interés en escucharlo. Usted y toda su familia me han cubierto el cupo, y si los perdiera de vista para los restos, sería el tipo más feliz del mundo. Lo hago por ella, Andy es siempre mi primera razón y la más importante… Pero estoy a un tris de dar la media vuelta y llevarme a mi mujer conmigo, porque sé que lo está deseando. En el fondo, a Andy le interesan sus razones tan poco como a mí. Para que vea lo pésimamente mal que ha jugado sus cartas con ella… Así que diga lo que ha venido a decir y acabemos con esto de una puta vez.
Francesc, a duras penas, se las arregló para contener su mal genio. Le ayudó a ser consciente de que se estaba midiendo con alguien que tenía tan malas pulgas como él, y que, en este caso, llevaba todas las de perder. Lo dicho por Dylan era una confirmación de que lo que había sucedido en el hospital, el día del nacimiento de Zoe y Coral, había sido demasiado para su nieta. Con Andy en su contra, Dylan tenía el sartén por el mango, y nada le impediría mantenerlos, a Lucía y a él, alejados de su casa y de sus hijas todo el tiempo que deseara. Así, pues, tenía que calmarse e ir al grano.
—Pienso lo que pienso y eso no ha cambiado… —dijo el anciano. No miraba a Dylan, puesto que no se dirigía a él, sino a Andy. Congraciarse con ella era su única posibilidad—. Pero te disgusté en un momento en el que necesitabas estar tranquila y eso… No estuvo bien. En cuanto al ave fénix, no pienso dirigirle la palabra y será mucho mejor para todos que no se cruce en mi camino. Desde luego, yo procuraré no cruzarme en el suyo. Pero te engendró, no voy a usar la palabra padre porque nunca se la ha ganado, y es cosa tuya el lugar que decidas darle o no darle en tu vida. Verlo en tu habitación del hospital me sacó de quicio. Me dolió… Me fastidia muchísimo que mi mujer, tu tía Roser y yo, por una discusión, necesitemos un permiso especial para verte y conocer a las niñas, y que ese individuo, que lleva años desaparecido y no ha hecho nada por ti en toda su vida, tenga la vía libre. No lo entiendo y no me parece justo. —Respiró hondo—. Pero no era el lugar, ni el momento de perder los nervios.
Tras lo cual, el anciano dejó de hablar y permaneció mirando a su nieta, expectante.
Por lo visto, ya había dicho todo lo que tenía que decir. Dylan respiró hondo y apartó la mirada.
Andy, en cambio, continuó mirando a su abuelo, mientras luchaba por contener las ganas de dar media vuelta y cerrarle la puerta en las narices, asombrada al descubrir que él no lamentaba nada. Sus palabras no eran una disculpa honesta y sentida, sino una pobre explicación de que lo que hacía y pensaba estaba absolutamente justificado, porque siempre había razones para enfadarse, para inmiscuirse en la vida de los demás, y para tomarse atribuciones que nadie le había dado. El problema no era suyo, sino de Dylan que, en vez de ir a bailarle el agua a un ricachón caprichoso que lo quería a pie de obra en otra isla, había tenido la descabellada idea de quedarse en casa porque su mujer, embarazada de mellizas y a punto de parir, no se encontraba bien. El problema no era suyo, sino de Chad Avery que había cruzado el globo para estar junto a su hija y sus nietas recién nacidas, mientras los demás miembros de la familia menorquina, que vivían en la misma isla, soberbios y orgullosos como siempre, esperaban una invitación real para acercarse al hospital a darles la enhorabuena. ¡Cuánta necedad y cuánto egoísmo!
Ya estaba harta.
—Yo también sigo pensando lo mismo. Y te voy a decir dos cosas. La primera es que, a tus años, todavía no has aprendido que una disculpa sentida puede recomponer una relación, sanar una herida, y, en cambio, negarse a darla por orgullo, empeora las cosas. No hace falta que me digas que lo que hiciste no estuvo bien. Que lo que haces no está bien. Esto —dijo, refiriéndose con un gesto a la reunión que mantenían en el pasillo— no está bien. Cuando uno mete la pata hasta el fondo, como haces tú… Cuando uno lastima a las personas que le quieren, de manera gratuita, lo que debe hacer es pedirles perdón hasta gastarse la lengua. Y después, asegurarse de no volver a cometer el mismo error en lo que le quede de vida. Solo un ser soberbio y egoísta es capaz de presentarse ante las personas con quienes se ha pasado siete pueblos, soltar un «no estuvo bien», y quedarse tan ancho…
Dylan tomó a Andy por la cintura, haciendo que descargara parte de su peso sobre él. Aunque le encantaba que le estuviera poniendo los puntos sobre las íes al impresentable de su abuelo, su creciente enfado empezaba a preocuparlo. Andy se calentaba más y más a medida que hablaba, y no estaba en condiciones de hacerlo.
—La segunda es que, mientras no exista una disculpa, tú y yo no tenemos nada más que hablar. Más tarde, cuando se despierten las niñas, podrás conocerlas. Esperando tu turno, por supuesto. No eres el único que quiere verlas. Pero en lo sucesivo, tendrás que hablar con Dylan. Será él quien decida si vuelves a verlas, cuándo y dónde. Yo no volveré a estar disponible para ti hasta que te disculpes. Y después de que lo hagas, si lo haces, ya veremos. Me has desilusionado mucho, abuelo. Y la desilusión en mí tiene muy mal arreglo.
Tras lo cual, Andy miró a Dylan:
—¿Sería mucho pedirte que me lleves en brazos hasta el sofá? Tengo las piernas como un flan…
Dylan miró a Andy lamentando su nueva decepción y le dio un beso en la frente.
Pau le había anticipado que hacerse cargo de la factura del catering era toda la disculpa que debían esperar por parte de su padre. Estaba claro que lo conocía muy bien.
Levantó a Andy con cuidado de no presionar sus zonas doloridas y se dio la vuelta sin dedicarle un instante más de atención al anciano que continuaba allí, mirándolos con el rostro enrojecido por la ira y ahora también por la vergüenza.
* * *
Dylan saltó del posabrazos del sillón de Andy en cuanto su móvil vibró, anunciando que había movimientos en la habitación donde dormían sus hijas, en este caso las tres, ya que también habían acostado a Luz para que hiciera una siesta corta.
Todos los que estaban en el salón abandonaron sus conversaciones para poner su atención en el hombre tatuado, que atravesaba la estancia en dirección a la puerta, dando grandes zancadas.
Dylan no estaba seguro de a qué clase de movimientos se debía la señal que había dado su móvil. Faltaban diez minutos para las doce. Todavía no era la hora de comer de las bebés y a Luz, por lo general, había que emplearse a fondo para despertarla. La pequeña gozaba de un sueño envidiable. Se negaba a creer que alguien hubiera decidido colarse en la habitación para ver a las niñas, saltándose a la torera no solo las normas de la casa, sino el más que explícito cartel negro que Danny, por pedido suyo, había fijado a la puerta con dos chinchetas. Tan explícito que no contenía palabras; solo una calavera cruzada por dos huesos. Suficiente para traer a la memoria de quien lo viera, la velada amenaza de los piratas: «No se perdonará una vida. No se harán preguntas».
Lo primero que notó fue que la puerta estaba debidamente cerrada. La abrió muy despacio y asomó la cabeza. Nadie se había colado en la habitación. La tenue luz que siempre dejaban encendida, dondequiera que estuvieran durmiendo las niñas, le permitió comprobar que su hija mayor no era la razón de que su móvil hubiera vibrado. Sonrió ante una imagen de Luz que le recordaba mucho a las posturas que adoptaba Zoe para dormir, bocarriba, parcialmente atravesada sobre el colchón, y con los bracitos descansando sobre la almohada, por encima de la cabeza. La carita miraba hacia la ventana, que estaba cerrada y con la persiana casi bajada del todo, y tenía una expresión suave, como si estuviera teniendo un sueño muy agradable.
Dylan desvió su mirada hacia el carrito doble que aquel fin de semana usaban también a modo de cuna. Un quejido muy suave le informó que, aunque todavía no fuera su hora, el estómago de Zoe estaba reclamando alimento. Pronto, lo haría también el de Coral. Entró, cerró la puerta, y fue hacia el carrito.
Y un aluvión de ternura se adueñó de él al ver que las bebés, se las habían ingeniado para poder tocarse, a pesar de la divisoria que separaba sus respectivos lugares en el carro. El panel interior, que dividía longitudinalmente los habitáculos, tenía un círculo de diez centímetros de diámetro a la altura de la cabeza, para que las bebés pudieran verse. Estaba cerrado por una red semejante a la de los parques infantiles. Zoe había pasado su mano por el encordado y ahora descansaba sobre la cabeza de Coral. Dylan decidió en ese instante que haría una modificación a la estructura del carro. Las niñas habían pasado treinta y siete semanas y media en contacto dentro del vientre de su madre. Al nacer, las habían puesto en un nido donde continuaron estando juntas. En casa, la cuna era de dos plazas sin separaciones interiores. Sus hijas necesitaban el contacto físico entre ellas. Quizás, esa era la razón de que Zoe se hubiera despertado antes de tiempo.
Dios, qué ganas de hacerles una foto. Pero no había suficiente luz en la habitación, por lo que el flash se dispararía, y no quería deslumbrarlas. Además, Coral aún dormía. Aunque, pensó con una sonrisa, no sería por mucho tiempo más.
Sacó el móvil del bolsillo de los pantalones y llamó a Erin. Ella atendió al segundo ring.
—Ven —le dijo en un susurro—. Una de tus «sobris» ya está despierta y deseando conocerte.
Tan solo escuchó un «¡¡voy volando!!» y, a continuación, el sonido de llamada cortada.
Se rio al pensar que su hermana estaría al borde de la histeria. Volvió a guardar el móvil, y se acercó al carro, del lado donde estaba Zoe. Retiró con suavidad la mano que la bebé había posado sobre la cabeza de su hermana, y la tomó en sus brazos. Vio que ella lo miraba con esos ojazos increíblemente atentos a todo, y volvió a sentir lo que siempre sentía al darse cuenta de que ese ser pequeñito y hermoso era sangre de su sangre: emoción, asombro, amor…
—Hola, Zoe… ¿Qué tal, preciosa mía? ¿Has dormido bien? —le habló en un tono suave, casi susurrante—. Habría sido mucho mejor sin ese panel que te separa de Coral, ¿a que sí? No te preocupes. Mientras comes, papi se va a encargar de quitarlo de ahí, ¿vale? ¿Te cuento una cosa?
La miró, como si esperara que la bebé fuera a responderle como lo hacía Luz, con un ¡síííííí, papi, papi!, y se rio de sí mismo al darse cuenta.
—Perdona. A veces, me olvido que no entiendes una palabra, pero yo te lo cuento igual… ¿Preparada? ¡Estás a punto de conocer a una de tus tías! Se llama Erin y está emocionadísima, deseando verte, así que tenle un poquito de paciencia… Igual se te queda mirando embobada… ¡O igual se desmaya de la emoción, y todo!
La bebé, en efecto, era demasiado pequeña para poder entender lo que Dylan le decía, pero no para reconocer su voz, una de las dos voces que oía desde siempre. Y, al hacerlo, abrió su pequeña boca en un gesto que a su padre se le antojó una sonrisa, y consiguió derretirlo de ternura.
* * *
Erin no se había desmayado, pero sus ojos se habían llenado de lágrimas. Al entrar en la habitación y ver a la bebé, que parecía perderse en los brazacos de su padre, se le anudó la garganta.
Se percató de que las otras dos personas pequeñitas que había en la habitación, aún no se habían despertado, y se acercó de puntillas hasta Dylan.
Él la recibió con una sonrisa entre divertida y burlona, no exenta de ternura.
—Tu tía se ha emocionado, Zoe. ¿Te lo dije o no? —murmuró—. No se lo tengas en cuenta. Por lo general, es la mar de divertida…
Erin se estiró para poder ver bien a la bebé y, en cuanto sus ojos entraron en contacto, fue ella quien abrió la boca.
—¡Ay, Dylan… Es una preciosidad! —dijo, en voz baja, mirando a una y a otro, totalmente embelesada—. ¡Madre mía, qué maravilla!
No tardó en ofrecerle sus brazos.
—¿Quieres venir con la tía?
—¡No! Estoy muy bien con mi papi —susurró Dylan, imitando una voz infantil que hizo carcajear a su hermana, a pesar de lo emocionada que estaba.
Dylan al fin se la entregó. Erin acomodó a la bebé entre sus brazos con cuidado, sin perder su expresión de absoluto embelesamiento en ningún momento.
—Es maciza. Tiene a quién salir —comentó, mirando a Dylan brevemente—. ¡Y hermosa! ¡Qué bebé más hermosa!
—También tiene a quién salir —dijo él, rebosante de orgullo.
—Claro, con el bellezón de madre que tiene… —lo pinchó ella—. Y mira, mira… ¡Cuánta pelusilla! —destacó, mientras pasaba la yema de un dedo sobre el brazo desnudo de Zoe.
Entonces, la niña berreó. Fue un berrido agudo y sonoro, que los tomó por sorpresa. Especialmente, a Erin. La niña parecía tan tranquila y, de repente…
—¡Toma genio! —dijo ella, mirando a su hermano con expresión divertida.
Dylan se rio de buena gana.
—¡En eso también tiene a quién salir!
Y no se estaba refiriendo a sí mismo. Aquel día, todavía convaleciente del parto múltiple y baja de forma, su madre había demostrado cómo las gastaba cuando se le acababa la paciencia.
—Llévala al dormitorio, que yo voy a por Andy. Coral debe estar a punto de despertarse.
Al darse vuelta, Dylan vio que Luz estaba sentada en su camita, restregándose los ojos. Fue hacia ella, que ya estaba sonriendo.
—¡Yupiii, la princesa mayor de la casa también está despierta! ¿Vamos a buscar a mamá, Luz? —le dijo, tomándola en brazos, después de depositar un beso de ruido sobre su mejilla.
Y esta vez, obtuvo la respuesta a la que estaba acostumbrado:
—¡Sííií, papi, papi!
* * *
Mientras las niñas se alimentaban, había habido mucha más gente de lo habitual en el dormitorio. Anna, que solía estar casi siempre que llegaba a tiempo de verlas comer; Neus, para quien había sido su primera vez, y le había costado salir de su arrobamiento contemplativo; Erin, que después de cuatro días soñando con sus sobrinas, no había querido separarse de ellas, y el padre de las criaturas, para quien esos momentos eran sagrados y hasta el momento, no se había perdido ninguno.
Ahora, las bebés, recién comidas y cambiadas, estaban saludando a las visitas en el salón, con Anna y Erin cumpliendo la función de guardaespaldas. Dylan y Luz continuaban en el dormitorio, con Andy. Ella apenas se había cerrado un botón del camisón de lactancia, lo suficiente para cubrir sus pechos, puesto que aún quedaba un proceso por hacer antes de descansar.
Luz, sentada con las piernas cruzadas al modo indio frente a su madre, conversaba con ella en su media lengua.
Mientras tanto, Dylan preparaba todo lo necesario para la extracción y posterior congelamiento de la leche que Zoe y Coral no habían llegado a consumir. Se alimentaban muy bien, pero la producción materna había aumentado a un ritmo constante, y la idea era aprovechar la leche sobrante para congelarla. De esta forma, iban a poder seguir alimentando a las niñas con biberones de leche materna, a la vez que permitir que Andy descansara por las noches. Sabían que no les faltarían voluntarios para darles el biberón a las bebés.
—Tu madre ya está medio grogui —anunció Dylan al ver los ojos de Andy a media asta mientras Luz no dejaba de parlotear—. Ven, peque.
Tendió los brazos hacia ella, pero la niña tuvo una reacción muy distinta de la habitual. No hubo ningún «sííí, papi, papi». No le tendió los suyos. Esbozó una sonrisa pícara, y abrazó a su madre, que abrió los ojos y respondió al abrazo, más por reflejo que porque fuera realmente consciente de lo que hacía.
—Eh… ¿Cómo es eso? ¿No quieres venir conmigo? —dijo Dylan.
Ella negó con la cabeza. Sus rizos se agitaron graciosamente.
—Mami tiene que dormir —insistió él.
Esta vez, Luz afirmó con la cabeza. A continuación, se echó junto a Andy, de frente a ella, casi pegada, y la rodeó con su bracito, como diciendo «me quedo, aquí, quieta, para que mamá duerma».
Dylan arrugó el ceño. Intercambió miradas con Andy que, en un principio, estaba tan sorprendida como él.
Entonces, una idea apareció en la mente de Andy. Desató el botón de su camisón, se sacó un pecho, y tomó la barbilla de la niña, buscando el contacto visual.
—¿Quieres? —le ofreció con dulzura, acercándolo a sus labios.
Luz no respondió, pero, un instante después, había rodeado el pezón con sus labios, imitando lo que le había visto hacer a sus hermanas.
Dylan se sentó en la cama, mirando a Andy y a la niña, totalmente embobado.
—¿Come? —le preguntó, moviendo los labios, sin emitir ningún sonido.
Ver la sonrisa emocionada en el rostro de su mujer, fue suficiente respuesta.
—Espera, Luz —pidió Andy—. Deja que me acomode, y luego, sigues, ¿vale?
Con la ayuda de Dylan, volvió a incorporarse en la cama. Se apoyó bien en los almohadones, y tomó a la pequeña como si fuera un bebé, acomodándola contra uno de sus pechos desnudos. Ella no tardó en meterse el pezón en la boca y empezar a chuparlo, agarrándose fuertemente al pecho de su madre, igual que hacían sus hermanas.
No fue cosa de un momento. Luz se tomó su tiempo con un pecho y luego continuó mamando del otro, sin hacer el menor ademán de apartarse de su madre.
Andy, por su parte, no apartaba sus ojos de ella. Tenía un nudo en la garganta. Un nudo de emoción y de agradecimiento. Al nacer, Luz no había tenido una madre a la que pegarse, como ahora estaba haciendo, sino unas manos expertas que la habían alimentado con leche artificial mientras estaba en la UCI prenatal, y después, había tenido a muchas personas que la adoraban e intentaban, entre todas, sustituir la ausencia de su verdadera madre. Ahora, el nacimiento de sus hermanas, le estaba ofreciendo al fin la posibilidad de tener eso que la vida, en un principio, le había negado.
—Me parece que ya no vamos a tener ningún alijo que vender —susurró Dylan, tan emocionado como Andy.
Se trataba de una frase que Luz no comprendía, pero Andy, sí. Y venía a querer decir que la niña ya no dejaría de mamar de los pechos de su madre, igual que hacían sus hermanas.
—No importa, calvorotas… Esto es un regalo —dijo Andy con la voz entrecortada.
Y cuando elevó la vista para mirar a Dylan, el irlandés vio que sus ojos estaban llenos de lágrimas.
1 Berocca: multivitamínico muy usado en el Reino Unido para contrarrestar los efectos de la resaca.
2 Buscando a Wally: Es un juego de agudeza y discriminación visual creado por Martin Handford en 1987.
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©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷
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CR44. Días de ilusión, 6. Parte 3

Sábado, 23 de julio de 2011.
Finca «La Savina»,
Menorca.
Dos en punto de la tarde.
Niilo asomó la cabeza por la ventanilla y miró alrededor con una sonrisa. A lo largo del camino, había flechas indicando la dirección, que mostraban dos chupetes unidos por las argollas. Ya le había sorprendido enterarse a través de Evel, que Dylan y Andy habían cambiado de residencia durante el fin de semana, que los recibiera del mismo modo que en su boda, con instrucciones tan precisas para todo, lo estaba dejando anonadado.
—¡Este tipo es un caso serio! —exclamó, riendo—. ¿No éramos nosotros los que veníamos a sorprenderlo a él?
Niilo no aclaró a qué «tipo» se refería, puesto que no era necesario.
Evel, que iba al volante, asintió enfáticamente.
—Imagínate cómo me quedé yo, cuando me llamó el tío de Andy. Este irlandés es un hacha.
Dakota puso los ojos en blanco.
—Son mil de familia —intervino—. Y estarán que no cagan con las mellizas. Seguro que Dylan les dijo «haced algo para que estos tíos estén entretenidos» y allá fueron todos a cumplir sus deseos.
—Yo creo que fue Andy la que le dijo a él «como no mantengas a estos tipos lejos de mí y de las niñas, me divorcio» —apuntó Abby.
Evel le dedicó una mirada divertida. ¿Había sido una broma o una advertencia de lo que él debía hacer cuando le llegara el turno?
—¿Tú crees? —le preguntó.
Abby se encogió de hombros y le dedicó una mirada dulce.
—Sí, supongo… Dio a luz hace cuatro días. No creo que tenga el cuerpo para mucha fiesta que digamos…
Dakota soltó un bufido.
—¡Y daaale con eso! La que dio a luz fue Andy y la fiesta no es con ella. Si quiere, se apunta, y si no quiere, pasa de nosotros, y en paz. ¡El que no puede pasar es el irlandés! ¡Ese se va a enterar de lo que vale un peine!
—¿Un peine, has dicho? ¡Joder! Habrá que explicarle lo que es, ¡seguro que no ha visto uno en su vida! —intervino Niilo, tronchándose, y todos se echaron a reír.
En aquel momento, Evel vio por el retrovisor una moto que se acercaba dejando una estela de polvo. Era una Kawasaki y a bordo venían dos tripulantes.
—Señoras y señores, traemos al «presi» a la saga —anunció en tono grandilocuente.
Dakota se volvió para mirar.
—¿Cómo puede volver a montar en ese cortacésped después de haber tenido una Heritage del ’86 entre las piernas?
Se refería a la Harley-Davidson de coleccionista que Ike le había encargado a Evel que le consiguiera y que Dakota se había ocupado de poner a punto.
—Ese tío es un misterio —corroboró Niilo al tiempo que asentía con la cabeza.
La motocicleta había acelerado y pronto la tuvieron a la par, lo que les permitió comprobar que el segundo tripulante no era quien pensaban.
Los dos vehículos se detuvieron en mitad del camino.
—¡Bienvenidos a Menorca! Espero que hayáis venido con el paladar preparado para saborear algo más que cerveza de importación —los saludó Ciro Montaner, desde el asiento trasero de la moto.
Todos los ocupantes del monovolumen celebraron una noticia del todo inesperada.
—¡Qué gusto me da verte! —concedió Evel—. Perdona, sé que ha sonado a demasiada emoción y yo estoy casado y tú eres un tío y… Bueno, ya me entiendes —Evel se rio ante su propio embrollo de palabras—, pero es que cada vez que me acuerdo de esos volovanes de codorniz a la no sé qué que preparaste para la boda del irlandés, te juro que se me hace agua la boca…
Ciro se rio. Fue una risa divertida, pero también muy halagada.
—Tranquilo. Estoy acostumbrado a despertar tantas emociones…
Evel asintió con la cabeza y su mirada se desplazó al presidente del club de moteros The MidWay Riders. Él también se había levantado la visera.
—¿Y tú, qué tal, Ike? ¿Dónde has dejado a tu novia?
Ike no ocultó el enorme placer que le provocaba que todos se refirieran a Erin de esa forma. Hasta hacía nada era «la hermana de Dylan».
—Adorando a sus sobrinitas, en estado contemplativo total —repuso con una sonrisa feliz.
No se trataba de ninguna exageración. Desde que habían llegado a la finca, poco después de que lo hiciera Dylan y toda su familia, Erin se había transformado. Apenas habían podido ver a las mellizas despiertas, pero a ella parecía darle igual si tenían los ojos abiertos o cerrados. No dejaba de mirarlas con tal expresión de arrobamiento que lo había impresionado. Y cuando las niñas no estaban de cuerpo presente en el salón, Erin seguía adorándolas a través del centenar de fotos que toda la familia había hecho de ellas con sus móviles.
—¿Las has visto ya? —se interesó Tess.
—Sí, y os adelanto que son preciosas…
—¡Ay, qué ganas de verlas! —exclamó Abby, dando palmitas.
De repente, una voz muy familiar gritando a voz en cuello, atrajo la atención de los ocupantes del monovolumen y de la Kawasaki. Era Conor.
—¡Venga, tíos, que la fiesta es aquí! —exclamó, alegremente.
Estaba en mitad del camino, en bermudas y camiseta, con las rastas sujetas en una coleta alta en la cima de su cabeza. Bailaba con Nikki al son de una música que, desde donde estaban Evel y los demás, apenas podían oír.
Dakota meneó la cabeza y dijo lo que todos estaban pensando:
—¡Miradlo, ha vuelto a llenarse el pelo de trenzas! ¡Parece una mopa!
* * *
Cuando el monovolumen multiplaza de Evel al fin entró en el aparcamiento, Conor, Nikki, Maddox y su nueva novia estaban reunidos a la sombra de un enorme árbol, esperándolos, rodeados por sus respectivos equipajes. El tío de Andy, que estaba con ellos, enseguida fue a su encuentro. Tras él, lo hicieron los demás. Por su parte, Ike y Ciro, que habían aparcado junto a Evel, se apearon de la Kawasaki.
A pesar de que se veían a diario, los recién llegados intercambiaron abrazos con los colegas que ya estaban allí, como si hiciera siglos desde la última vez que habían estado juntos.
Eran moteros, pero ninguno vestía como tal. Habían dejado atrás sus pantalones pitillo, sus camisetas y sus botas de motorista, todo de color negro como mandaba la tradición, y vestían como turistas que veraneaban en una isla cuya temperatura habitual en el mes de julio superaba los 28 ºC. Lo cual, teniendo en cuenta de que todos eran británicos, era lo más parecido a estar en el infierno que conocían.
Pau Estellés vestía unos vaqueros blancos, una elegante camisa verde musgo con las mangas recogidas por una traba del mismo color a la altura del codo y unos mocasines de color cuero crudo. El único complemento que lucía era un cinturón de rafia natural. El tío de Andy siempre acaparaba las miradas, dondequiera que estaba. Era un hombre elegante, apuesto y con mucho don de gentes. Esta vez no fue diferente, puesto que recibió las miradas aprobatorias de todas las damas presentes, incluida la de Tess.
A las miradas de los moteros, en cambio, las acaparó la acompañante de Maddox, una negra despampanante que a él le sacaba dos cabezas de altura. Al margen de reconocer que la treintañera estaba de muy buen ver, lo que no dejaba de sorprenderlos era el indiscutible tirón que su colega tenía entre el sexo femenino. Siendo un tipo carente de atributos destacables —al menos, desde la perspectiva masculina—, siempre iba del brazo de una belleza, fuera negra, rubia o pelirroja. A él solía divertirle ver la reacción de sus amigos. Y esta vez, tampoco fue diferente. Después de rodear la cintura de su novia, dijo:
—Ya podéis cerrar la boca, tíos. Lo digo por vuestras churris… Se llama Xena. Sí, como la princesa guerrera, pero ahorraos los comentarios, ¿vale? Está harta de oírlos.
Dakota no negaría que la tía estaba cañón, pero, en efecto, tenía algo que comentar, que no estaba relacionado con su nombre.
—¿Es muda o es que no habla nuestra lengua? —le dijo a Maddox, intentando aguantar la risa ante el aspecto tan «bobmarleriano» que gastaba su colega aquel día.
Maddox ya estaba tronchándose de risa cuando la belleza escultural respondió.
—¿Eres tonto o te lo haces? —le espetó, y después de dedicarle una caída de ojos a Dakota, añadió—: Tranquilo, es para que veas que puedo hablar nuestra lengua.
Evel le dio un codazo a Dakota con disimulo para que prestara atención a lo que debía. A saber, al tío de Andy, que ya había llegado junto a ellos.
—¡Bienvenidos a La Savina! —los saludó con su sonrisa de relaciones públicas.
Ciro se rio. Le hizo un guiño a Ike antes de decir:
—Ah, muy bien. Yo acabo de ser más genérico en mi saludo, pero a La Savina no puedo darles la bienvenida porque no es mía. Tú, sí.
Tío y sobrino intercambiaron miradas, cada uno disfrutando a su manera de picarse mutuamente, hasta que al fin Pau respondió:
—La dueña de esta finca, que a diferencia de lo que cree mi sobrino, no soy yo —matizó, dirigiendo al susodicho una mirada cómica—, te está esperando en la cocina, junto con el personal del catering. Y que quede claro que no es por ser quisquilloso, pero ¿te has dado cuenta de que llegas tarde?
—La culpa es mía —intervino Ike, poniéndose el casco a modo de pulsera—. Tuvo que esperarme un rato en el aeropuerto.
Dakota vio la ocasión perfecta de meterse con el «presi».
—Normal. A lomos de ese cortacésped, te debe adelantar todo el mundo como a un poste caído. ¿Cuántas horas te lleva llegar a Mahón?
Tess le quitó a Romina de los brazos con suavidad y le ofreció una sonrisa a Ike.
—Paciencia, Ike. Scott está particularmente chistoso esta mañana, ¿verdad? —dijo, dedicándole una de sus miradas reprobatorias cargadas de dulzura, mientras él aguanta la risa—. Hasta yo, que no entiendo nada de motores, sé que la preciosa motocicleta que conduces es un bólido.
—¡Ehhhh! ¡Ya será menos! —intervino Niilo, haciendo una señal de «stop» con las manos.
—¿Qué estás diciendo, cuñada? La velocidad no es lo único que cuenta cuando se trata de una moto —abundó Evel.
—Les ha tocado el corazoncito, Bollito —apuntó Dakota, devolviéndole una mirada divertida a Tess que, un tanto asombrada por su reacción, sonreía mientras acunaba a Romina.
Como siempre que se reunían, no tardó en tener lugar un pequeño debate acerca de la mejor moto del mercado.
—Ya sabéis lo que os digo siempre, ¿verdad? Mucho burlarse de mí y mucho cacarear de lo moteros que sois, pero —dijo Ike, abriendo un brazo para señalar el enorme aparcamiento—, ¿cuántas motos veis aquí?
—¡Eso no vale, tío! No estamos en casa —se quejó Niilo.
Ike estaba especialmente feliz aquella mañana. Erin y él vivían juntos desde hacía dos días y, aunque la noticia aún no era de dominio público, a él le bastaba con abrir los ojos, y ver el cuerpo de Erin tendido a su lado para sentirse el tipo más feliz del mundo. De modo que, se permitió disfrutar a fondo de las pullas.
—Ah, no sé, no sé, colegas. Soy yo el que siempre va en moto a todas partes. Así que, ¿quién es el auténtico motero aquí? —dijo, poniéndose en marcha, al tiempo que descartaba los comentarios con un gesto de la mano.
Un coro desafinado de «¡boooooooooo!», entremezclado con risas, lo acompañó camino de la casa.
—¡Te sigo! —exclamó Ciro, yendo detrás de IKe—. ¡Tú serás el auténtico motero, pero yo soy el auténtico chef, y esta gente no funciona a gasolina!
Pau esperó a que cesaran los comentarios para hablar.
—Primero que nada, gracias a todos por venir y por adaptaros tan bien a que, de repente, alguien estuviera controlando vuestra sorpresa desde aquí. Todos estamos muy ilusionados por el nacimiento de Zoe y Coral. Por suerte, el parto fue sobre ruedas y mi sobrina se está recuperando muy bien, pero con una niña pequeña y dos bebés recién nacidas en la casa, los dos están bastante agobiados… Los veréis en un rato. Dylan estará con vosotros la mayor parte del tiempo —sonrió con picardía al decir—: Andy le ha dado el día libre.
—¡Qué remedio! —se rio Dakota.
—No, qué va. Que quede claro que mi sobrina está encantada de que hayáis venido —aseguró Pau, a sabiendas de que lo que decía era una verdad a medias—. Lógicamente, a ella la veréis menos. Todavía está convaleciente, no puede andar ni sostenerse de pie mucho rato, pero vendrá a saludaros y estará un ratito con vosotros. Sin embargo, quiere estar disponible, tanto ella como las niñas, y por eso ha querido alojarse en la casa principal, donde estaréis vosotros. Ella está en la planta baja y vosotros en el primer piso. Hay suficientes habitaciones para todos, pero, si alguno prefiere quedarse en la casa de la piscina —dijo señalando el lugar—. Está totalmente equipada, el salón es muy amplio, pero habitaciones propiamente dichas, solo hay dos. Así que, lo que vosotros decidáis…
Los moteros intercambiaron miradas, algunos empezaron a comentar entre ellos, y fue Nikki quien tomó la palabra:
—Si Andy ha tenido el detalle de alojarse en medio del jaleo para que podamos ir a verla, opino que lo suyo es que todos ocupemos la primera planta. Además, tampoco vamos a complicarle las cosas a la familia, desperdigándonos por la finca. Ya bastantes molestias se están tomando por nosotros.
—Estoy de acuerdo —la secundó Amy.
—Yo también, por supuesto —intervino Tess.
—¡Claro que sí! Además, no os ofendáis —dijo Abby, refiriéndose a los hombres del grupo—, pero yo he venido a ver a Andy y a sus pequeñinas. Al irlandés lo tengo muy visto.
Nikki miró a la única mujer del grupo que había permanecido en silencio, la nueva novia de Maddox. Ella se encogió de hombros, dando a entender que le daba igual una cosa que otra.
—Bien —concedió la vicepresidenta del club de moteros The MidWay Riders—. Las chicas hemos hablado y este tema está zanjado: todos nos alojaremos en la casa principal.
—Mírala, ¿ni siquiera podemos dar nuestra opinión? ¿Cómo que está zanjado? —se rio Niilo—. Tío, controla a tu mujer.
—¿Yo? ¡Qué dices, hermano! —exclamó Conor—. No sabes lo feliz que soy desde que es ella la que os controla a vosotros.
Pau asintió con la cabeza, complacido y adelantó un brazo, en un gesto cortés.
—Perfecto. Entonces, en marcha.
* * *
Los moteros guiados por Pau estaban a punto de entrar en la casona cuando apareció Francesc Estellés. Padre e hijo intercambiaron miradas, ambos sabían que las cosas continuaban tensas entre los dos, pero no dejaron traslucir sus diferencias.
—¿Os acordáis de Francesc, mi padre? —dijo Pau a los moteros.
Los invitados lo saludaron, pero Evel, que conocía un poco más al padre de Pau, puesto que en la boda de Dylan había estado conversando un rato con él, le estrechó la mano efusivamente.
—Me alegro de volver a verlo. Soy Brian, por si no recuerda mi nombre.
Francesc le devolvió el apretón de manos al tiempo que asentía con una sonrisa amable.
—Claro que lo recuerdo. Y también recuerdo que no es así como te llaman tus amigos.
—Buena memoria —concedió Evel, complacido.
—Hola a todos y bienvenidos —dijo Francesc, esta vez, dirigiéndose a los recién llegados—. Espero que estéis preparados para conocer a las dos maravillas que están dentro de la casa. Os aseguro que os van a deslumbrar.
Pau se ahorró comentar que esas «dos maravillas» llevaban cuatro días en el mismo planeta de su padre, a pesar de lo cual, por pura soberbia, él acababa de conocerlas. En cambio, se colgó su mejor sonrisa y comentó:
—Qué otra cosa iba a decir el bisabuelo de las maravillas, ¿verdad? —dio un paso a un lado y, animando a los moteros a seguirlo hacia el interior de la casa, añadió—: Venid, pasad, por favor.
Francesc se unió a la comitiva.
—Imagino que mi hijo os habrá contado cuál es el plan del día… —dijo—. Me refiero, aparte de conocer a las dos maravillas.
«Cuando no», pensó Pau. Era absolutamente imposible que su progenitor no intentara apuntarse alguna medalla. Una vez más, volvió a colgarse su mejor sonrisa.
—Iba a hacerlo después de que dejaran el equipaje en sus habitaciones, pero te cedo la palabra, padre.
El grupo se detuvo al pie de las escaleras que conducían a la primera planta de la casona. Dakota, que era el que iba más cargado, soltó los dos bolsos que llevaba (además de una maleta de ruedas y una mochila tridimensional). Estos hicieron un ruido fuerte al caer. Se oyó una risita y varias sonrisas hicieron acto de presencia. Las mejillas de Tess acusaron recibo, temiendo que su marido se despachara con algún comentario inapropiado. Pero eso no sucedió. Dakota se acomodó mejor la pesada mochila que cargaba a la espalda y permaneció atento a lo que decía el abuelo de Andy, ajeno a las miradas divertidas que le dedicaban sus colegas.
Francesc se rio.
—No puedes ocultar que eres el único padre del grupo, ¿eh, Dakota? Disculpa, no me había dado cuenta de que cargas media casa a las espaldas. Seré breve, lo prometo.
—Es como una tortuga —se burló Maddox, que ya no pudo morderse por más tiempo—. Dondequiera que vaya, lleva la casita a cuestas.
Dakota le dirigió una mirada displicente. Miró sus grandes gafas redondas de pasta verde fosforito, con lentes espejadas, y a continuación, el gorro a rayas multicolores de lana que cubría parcialmente un peinado, en su opinión, tan ridículo como la barba de Ike Adams.
—Mi chiquitina crecerá y, algún día, dejaré de «llevar la casita a cuestas» —dijo haciendo el gesto de entrecomillar la frase—. Lo tuyo, colega, no tiene arreglo —volvió a mirar su look estilo Bob Marley con desdén—. ¿Te pones un gorro de lana para venir a Menorca en pleno julio? Estás como una puta cabra.
Las carcajadas arreciaron mientras Dakota regresaba su atención al abuelo de Andy, como si tal cosa.
—Bueno, os cuento el plan de forma resumida —dijo Francesc cuando cesaron las risas y los comentarios—. Como, efectivamente, estamos en julio, el mejor lugar de esta finca es la piscina y las zonas aledañas. Está a veinte metros y la hemos acondicionado para que paséis el fin de semana. A los que os apetezca tomar un poco de sol, tenéis el solarium y, por supuesto, la zona de tumbonas que rodea la piscina. Para los que prefiráis estar a la sombra, tenemos una zona de césped, donde está el cenador y un área de juegos con piscina para los más pequeños. Hay barra permanente en la piscina de los adultos, donde además de vuestras bebidas favoritas, serviremos apetitosos tentempiés para que el alcohol no se os suba a la cabeza demasiado rápido —bromeó—. Correrán a cargo de mi nieto Ciro. Así que, no hace falta que os diga que os vais a chupar los dedos. Y a eso de las cuatro, os reuniréis en el cenador para comer. En este caso, los platos no son de Ciro, no le daba tiempo, pero sé que preparará algo especial. No ha querido decirme qué, así que habrá que esperar para saberlo… Siento la espera. En la isla se come más temprano, pero hemos preferido atrasarla, por si alguno de vosotros llegaba más tarde de lo previsto. Con los vuelos nunca se sabe… Estoy seguro de que los tentempiés de Ciro compensarán el retraso. De la cena, os hablaremos durante la comida. Y hasta aquí, el resumen.
—Muchas gracias a los dos —dijo Tess, dirigiéndose al abuelo y al tío de Andy—. Gracias por la hospitalidad y por las atenciones. Siempre nos hacéis sentir como en casa.
Pau acusó recibo con un ligero movimiento de la cabeza.
—Gracias a vosotros por venir a celebrar el nacimiento de Zoe y Coral. Los amigos de mi sobrina siempre sois bienvenidos. ¿Vamos, así os muestro vuestras habitaciones?
* * *
Pau estaba acompañando a los invitados a sus habitaciones, cuando Dylan apareció en la planta alta con Luz en sus brazos.
La niña, que llevaba toda la mañana excitadísima por el traslado a la finca para pasar el fin de semana, fue la primera en darles la bienvenida a su manera. Culebreó en los brazos de su padre, para que la pusiera en el suelo, y en cuanto sucedió, echó a correr hacia ellos con sus pasos cortitos y sus rizos saltarines.
—¡Hola, hola, hola…! —exclamó la pequeña ante la mirada orgullosa de su padre. Se abrazaba a las piernas de cada invitado unos segundos, y, luego, iba a por el siguiente, en un despliegue de cariño que provocó risas y comentarios.
—No os quejaréis del recibimiento… —dijo Dylan—. Me ahorraré lo de «¡bienvenidos a Menorca!», porque seguro que ya lo habéis oído media docena de veces —comentó, echando una mirada de refilón al tío y al abuelo de Andy que estaban allí, como dos perfectos anfitriones—. ¡Me alegro de veros, tíos!
—¡Ven aquí, irlandés! —exclamó Evel, rodeándolo por la cintura y haciendo el gesto de levantarlo del suelo—. ¡Enhorabuena, chaval!
Dylan se lo quitó de encima riendo.
—¡Menos confianzas, tío! —Se fundieron en un abrazo de colegas—. Gracias, Evel.
Cuando le tocó el turno a Dakota, se limitó a palmearle el hombro.
—Me reservo la euforia para después —dijo, críptico y a continuación se rio—. Es que… Tengo el peso equilibrado y, como mueva una pestaña de más, empezaré a dar tumbos por ahí. Joder, tío, ¿cómo se pueden necesitar tantas cosas para un jodido fin de semana?!
Dylan acusó recibo, asintiendo con énfasis.
—¡Y que lo digas! El coche de mi padre venía que no entraba un alfiler. Luz se ha traído la mitad de sus juguetes. ¡Menos mal que sus hermanas todavía no pueden hablar!
—Porque entonces, estarás jodido del todo. Según cuentan por ahí, las pequeñas te tienen encandilado —intervino Conor, dándole un abrazo—. ¡Felicidades, Dylan!
—Muchas gracias, pero aclárame algo: ¿«por ahí», dónde? —quiso saber Dylan.
—¿Y dónde va a ser? —dijo Niilo, divertido—. ¿Qué crees que hizo Shea con la primera foto que le enviaste? Exacto, lo que estás pensando. ¿Y qué crees que hizo Mav cuando la recibió? ¡Es un milagro que no hayan empapelado el bar con las fotos de tus mellizas! Por cierto —añadió, dándole a Dylan un abrazo afectuoso—. ¡Muchas felicidades, tío! ¡Esas bebés han conseguido robarte el protagonismo!
La nueva novia de Maddox vio la ocasión de intervenir. Pasó entre el grupo de gente y se acercó a Dylan.
—Pues ya será difícil robarte el protagonismo… Soy Xena. ¿Los tatuajes siguen debajo de esa camiseta tan molona que llevas? —le preguntó, y con esas, se aproximó con la intención de darle un beso en la mejilla.
Dylan dio un paso atrás justo a tiempo de evitar el contacto.
—¡Eh! ¡Que no muerdo! —dijo ella con una sonrisa, quitándole importancia a la reacción de Dylan.
Se hizo un silencio sepulcral y hubo intercambios de miradas y risas a duras penas reprimidas, mientras los ojos grises de mirada gatuna del irlandés escrutaban a la mujer.
Dylan al fin dirigió su mirada hacia Maddox.
—Supongo que es tu millonésima novia del año, ¿no? —Él asintió, aguantando la risa—. Vale, ¿te ocupas de decirle que, aquí, el que muerde soy yo?
Xena hizo un gesto de desdén y regresó a su sitio.
—¡Encantado, aunque no creo que eso la acobarde! ¡Menuda es la tía! —explotó Maddox, tronchándose—. ¡Ven aquí, que te doy un achuchón! ¡Felicidades, irlandés! ¡Tres mujeres y con Andy, cuatro! ¡Casi estoy por darte el pésame!
Otras cuatro cabezas masculinas asintieron enfáticamente, mostrando su acuerdo, y las risas duraron un buen rato.
—Ejem —intervino Nikki, quitándole las palabras de la boca a Abby—. ¿Y a nosotras, qué? ¿No te alegras de vernos, irlandés? —dijo, poniéndole un brazo sobre los hombros a Abby y la punta de los dedos al de Tess, que estaba a su lado, y el otro a Amy,
Las cuatro sonrieron graciosamente, en plan «¡iujuuuuu, estamos aquí!».
—¡Claro que sí! Pero no lo contéis por ahí, no sea que arruinéis mi fama de tipo duro —guaseó y las abrazó brevemente—. Gracias por venir, chicas.
—¿Y tus preciosas bebés? —preguntó Tess.
La sonrisa de Dylan era tridimensional cuando respondió:
—Perfectas y hermosas por donde las mires. Más tarde, las traeremos para que las veáis…
Tess asintió complacida.
—¿Y Andy? ¿Cómo está? Dar a luz a dos bebés es todo un reto…
—Tan perfecta y hermosa, como las niñas —repuso, y luego, añadió un toque de realidad al cuadro bucólico que acababa de pintar ante sus amigos—. Y bastante dolorida y muy cansada, ya sabes, pero feliz. Está encantada con sus tres retoños…
—¿Y tú? ¿Cómo estás, querido irlandés? —le preguntó, al tiempo que le frotaba el hombro en un gesto cariñoso.
«¿Y cómo va a estar, hermana? Con la misma pinta de miembro de una hermandad aria, de siempre», pensó Abby, pero se guardó de hacer el menor comentario.
«Más bueno que el pan…, como siempre», pensó Nikki.
«Como un puto tren. ¡Qué tío!», reconoció Amy para sí.
Ajeno al tipo de pensamientos que circulaban por las cabezas femeninas, Dylan echó un vistazo a Luz, que hablaba en su media lengua con Romina, pues Dakota, que ahora la sostenía en sus brazos, se había puesto de cuclillas para que las niñas jugaran entre ellas. La sensación de orgullo y satisfacción que lo invadió fue inmensa.
—¿Yo? Yo sigo en el séptimo cielo —reconoció con una sonrisa—. Ser padre es una auténtica pasada.
* * *
Chad giró la cabeza al oír la voz de Andy, y sonrió. Enseguida abandonó la ventana junto a la que estaba y fue a su encuentro.
—¿Paseando? ¡Qué bien! —le dijo al tiempo que la tomaba del brazo en lo que pretendió ser un gesto cariñoso, pero Andy sabía que también era protector, y le gustó. Aquel día, después de meses, había decidido sacar del armario sus plataformas y su andar no era todo lo firme que debería.
—Buscándote, más bien.
—¿Y eso?
Andy movió la cabeza a un lado y a otro, como dudando de si estaba en lo cierto pensando lo que pensaba, o eran puras imaginaciones suyas.
—Bueno, digamos que tengo la sensación de que intentas mantenerte lo más alejado posible de la familia Estellés. Y como esta es su finca y hoy están por todas partes…
Chad asintió con la cabeza al tiempo que sonreía. Acercó una silla a la ventana, movió la suya para hacerle sitio y, con un gesto galante, invitó a su hija a sentarse.
Ella miró el asiento dudosa. Sonrió.
—Si añades un cojín, mi trasero te estará eternamente agradecido… —En realidad, no era su trasero, sino su vagina, pero esperaba que a buen entendedor…
Chad soltó una carcajada y se puso en marcha.
—Es verdad. Disculpa, cariño. Me falta entrenamiento para los detalles —dijo, mientras se dirigía a uno de los sillones. Una vez allí, retiró el vistoso cojín forrado con un patrón tejido al croché y regresó con él junto a su hija.
Recién entonces, Andy tomó asiento despacio. No pudo evitar sonreír con desdén al caer en la cuenta de que, desde hacía cuatro días, todo lo hacía a cámara lenta. En especial, sentarse.
—Así está muuuucho mejor, gracias, papá —dijo, aliviada—. Y volviendo a lo que decía antes, no quiero que te escondas.
Chad miró hacia fuera de la ventana, a la hermosa rosaleda que, por el momento, estaba solitaria. Hasta allí llegaba el bullicio de los moteros y la música, un poco machacona para su gusto, elegida por su hijo que se había ofrecido de DJ. Se oía amortiguada por las barreras naturales que los separaban, pero llegaba.
—Lo sé, querida. Pero no quiero ser motivo de una discusión o de un mal rato para nadie. Menos para ti. Así que, siempre que puedo, procuro no cruzarme en su camino. Además, será un rato, nada más. No estarán en el salón todo el día…
—Claro que sí —lo interrumpió Andy—. Menudos son. Así que olvídate de la idea de esconderte. Estás aquí, papá, conmigo, y quiero disfrutarte. Prométemelo.
Chad tomó las manos de su hija y las apretó cariñosamente.
—De acuerdo, cariño. Te lo prometo.
—Así me gusta —sonrió Andy, satisfecha y miró hacia fuera—. Este lugar es precioso. Lo único malo que tiene son sus dueños —se rio—. El día de mi boda estaba todo engalanado, cada rincón, cada valla… Parecía sacado de un cuento, era increíble… Tengo que mostrarte los vídeos «no oficiales» que grabamos…
Chad sonrió.
—Alguno ya lo he visto. Varios, de hecho —reconoció con expresión pícara.
Andy lo miró ilusionada.
—¿Sí?
Chad asintió con la cabeza varias veces.
—Dylan me dijo dónde los guardáis y me invitó a verlos cuando quisiera.
—¿En serio? ¿Cuándo?
—Cuando estuve aquí, por Navidad.
Los ojos de Andy se humedecieron. Sus hormonas tenían que ver, sin duda. Pero también Dylan. Por aquella época, la reaparición de su padre, a quien todos daban por muerto y enterrado, había provocado grandes movimientos sísmicos en el seno de la familia. Habían sido unos días muy difíciles, cargados de tensión. Y, a pesar de saber que Dylan tenía que tener sus objeciones respecto del proceder de Chad, no solo no las había verbalizado, sino que había sido dejarlas a un lado, y proceder con su suegro con toda la humanidad que los Estellés le habían negado. Mostrarle ese momento íntimo de su vida con ella, hacer que Chad se sintiera en familia, acogido y bienvenido como lo que era, el padre de su mujer, tenía un significado profundo, viniendo de él.
—Nunca deja de sorprenderme —concedió, emocionada—. Es… —respiró hondo, pensando que la lista de adjetivos dedicados a su marido no dejaba de crecer. Y por más que lo hiciera, nunca le parecían suficientes—: una persona increíble. El mejor compañero de vida que podría tener.
Chad le pellizcó una mejilla.
—Has elegido bien —le dijo, y luego añadió con picardía—, pero, según dicen las malas lenguas, él no fue tu primera elección…
¿Por qué tenía la impresión de que la oferta de Dylan de visionar los vídeos había estado acompañada por una sesión informativa completa?, pensó Andy, que frunció el ceño y dijo:
—¿A qué te refieres?
Chad se echó a reír de buena gana. Le encantaban esas conversaciones padre-hija, en las que era la hija a quien se le incendiaban las mejillas.
—Bueno, por lo visto, había otro motero que te gustaba mucho… Si es demasiado personal, podemos cambiar de tema —dejó caer, pasándoselo en grande.
—¿Eso te lo ha dicho Dylan?
Chad asintió, risueño.
Pues, vaya. ¡Qué charlatán se había vuelto, de repente, un tipo al que todo el mundo tenía por alguien de pocas palabras!
—¿También te ha dicho que yo tampoco fui su primera elección?
No habían hablado de Dylan, sino de Andy, pero después de haber visto el vídeo del momento del enlace y las palabras que él había pronunciado —unas palabras que lo habían hecho llorar de emoción—, Chad no necesitaba que nadie le explicara cómo había sido el pasado de aquel hombre tatuado hasta las cutículas. Tampoco, que su hija era quien había marcado una diferencia en su vida. Andy, y nadie más que ella.
—Pues, así es —repuso al ver que su padre negaba con la cabeza.
No entendía por qué la historia le seguía escociendo. Dylan había conseguido resolver lo que fuera que tuviera en contra de Conor. Hacía poco de eso, durante la quedada motera de Pascua, pero lo había hecho. Ella, sin embargo, seguía revolviéndose cada vez que pensaba en Amy. O la veía.
Como ahora. Era la primera vez que la veía desde entonces. Le fastidió reconocer que estaba igual de guapa que siempre. Y, a diferencia de ella, muy en forma.
—Y mira, qué coincidencia, es ella. La que tiene el pelo más corto —dijo señalando a Amy con un ligero movimiento de la cabeza.
Estaba con Abby, admirando las rosas. Hablaban entre ellas en voz baja, y reían. Desde donde estaba Andy no alcanza a oír lo que decían, pero estaban cuchicheando. Lo cual quería decir que, probablemente, el tema de conversación era Dylan.
Chad sonrió. La expresión de Andy se había transformado en un instante y tenía que admitir que sus evidentes celos le hacían gracia. Eran totalmente injustificados y cualquiera con dos ojos en la cara podía dar fe de que para Dylan solo existía Andy, pero le agradaba ese lado un tanto aniñado en alguien que, por su culpa, se había visto obligada a convertirse en una adulta demasiado pronto.
—La otra chica, ¿quién es? —preguntó en un intento de desviar la atención de su hija hacia algo que le produjera menos disgusto.
—Es Abby, la esposa de mi exjefe. Sigo pensando que dudo mucho que se merezca a un tipo tan especial, educado, galante, y buena gente… —comentó mirándola con ojos críticos—. Pero tengo que admitir que algo tiene ella que ver en la evidente felicidad de Evel. Y si lo hace feliz, cuenta con todas mis bendiciones —concluyó con una sonrisa maternal.
—El famoso Evel —concedió Chad.
Andy se olvidó de las mujeres que paseaban por la rosaleda, y volvió la cara para mirar a su padre, sonriendo.
—¿También te habló de él?
—Sí, bastante. Me contó que sentías debilidad por él… —Se rio al ver que su hija ponía cara de «no es para tanto»—, que lo preferías a tu otro jefe… No recuerdo su nombre.
—Dakota.
—Eso. ¿Por qué esa preferencia?
Andy esbozó una sonrisa al recordar sus tiempos en el bar. Dakota y Evel eran muy diferentes, pero tenían algo en común, a ambos los precedía su fama.
—Evel es todo suavidad, todo educación. Siempre va impecable. Siempre huele bien. Y nunca lo vas a oír decir una grosería o un taco… Cuando lo conocí, antes de saber su historia, no entendía qué pintaba en ese bar de moteros —se rio—. Dakota… Bueno, Dakota es Dakota. Borde, malhablado, mordaz, sarcástico y con un genio de mil demonios… Ojo, no digo que sea malo… Es muy buen tipo, por algo Evel y él son amigos desde hace años, pero si no eres Tess… Es su mujer —aclaró al ver la mirada interrogante de su padre—. Si no eres Tess, es complicado lidiar con él. Por lo que sabemos, ella es el único ser humano del planeta que recibe un trato preferente. Bueno, ella y su hija, Romina, por supuesto.
—Pero a ti te trataba bien…
—¡Claro! Pero eso no quita que sea un tipo muy difícil.
Chad asintió.
—Dylan me dijo que los dos tenían debilidad por ti, que todavía seguían preguntándole cuándo volverías a trabajar con ellos. Según tu marido, eres muy famosa y muy querida en el bar.
—Exagera —repuso Andy, halagada—. Formábamos una buena familia, eso es verdad, pero, ahora, tienen a Maverick, mi cuñado, que es un hacha. ¿Me echan de menos? Creo que sí. Yo también a ellos. La verdad es que ya no me necesitan.
Chad notó que su hija no hacía alusión a su posible regreso. Entonces, comprendió que había sido un comentario desafortunado por su parte. Aún no habían tenido ocasión de hablar de la enfermedad de Anna, pero sabía por Dylan que Andy adoraba Londres. Sospechando que el traslado de la familia a Menorca, quizás estaría relacionado con eso, decidió cambiar de tema.
—¿Y qué pasó con… Conor es su nombre?
—Vaya, ¿también te ha dicho cómo se llama? —dijo Andy, incrédula.
El hombre se rio.
—¿Qué hay de malo? Es un asunto que nos interesaba a los dos por igual… Aunque por distintas razones —aclaró, risueño.
—¡Menudos cotillas!
Vio que su padre asentía enfáticamente, pero permanecía en silencio, esperando que ella respondiera a la pregunta.
Hablar de aquellas épocas no era algo que le apetecía. Acababa de despertarse de una siesta que había hecho por puro agotamiento y la perspectiva de tener que ir a saludar a los invitados, con las pintas de mujer que acababa de parir, que lucía con tanto esplendor, la tenía algo nerviosa.
Por otra parte, aunque tan solo hubieran transcurrido dos años, sus circunstancias habían cambiado mucho. Volver a pensar en Conor con sus sensaciones y sentimientos de entonces, y recordar por qué lo había descartado, no resultaba una tarea sencilla.
Recordaba haberse sentido muy desilusionada porque habían planeado tener su primera cita durante una quedada motera en Barcelona, y Conor, a última hora, había cambiado los planes, alegando que tenía que hacerle un favor a Evel. El favor consistía en ocuparse de otra chica. Amy, la mejor amiga de Abby. Teóricamente, era Dylan quien tenía que ocuparse, pero algo había sucedido, que había cabreado al irlandés, quien se había plantado, negándose en redondo a llevarla de paquete. Por entonces, Evel y Abby se gustaban, pero no eran pareja todavía. Evidentemente, él pensaba que si Amy se iba al no tener vehículo para continuar en la quedada, Abby también se marcharía por solidaridad. Y eso, claro estaba, iba en contra de sus intereses.
Pero, a pesar de su desilusión, lo había pasado bien. Como Dylan también estaba solo, habían bailado y conversado y reído… Sonrió al recordar que siempre se había reído mucho con él. Desde el principio, había sido así. De regreso en Londres, ella no había querido saber nada más con Conor. Y no era por despecho, solamente. Quería ser lo primero en la vida del hombre que eligiera para dedicarle su más que escaso tiempo libre. Y si no era de esa forma, prefería continuar sola, desfogarse con amantes de una noche, y no complicarse la vida con alguien para quien ella no fuera una prioridad.
Y del mismo modo que no había querido saber más de Conor, había continuado conversando y riendo con Dylan. Había una gran diferencia de edad entre los dos, y junto a él había aprendido cómo era estar con un hombre. Un hombre, de verdad. A su lado, Conor era un niño que todavía no había aprendido a andar. Un dechado de diversión, pero también de inmadurez. En realidad, visto con la perspectiva del tiempo, tampoco podía culpar a Conor. Teniendo en cuenta sus propias circunstancias y el adversario contra quien había tenido que medirse, el chico de las rastas había estado en clara desventaja desde el primer momento. El irlandés era mucho hombre. Comparado con Dylan, cualquier tipo quedaba deslucido. Y, después de un año casada con él, sabía que ningún otro tendría jamás una oportunidad con ella. No existía un solo hombre en el mundo que pudiera compararse con él. Era así de simple.
Andy asintió con la cabeza, reafirmándose en unos pensamientos que no había expresado en voz alta.
—No pasó nada, papá. Es un buen chico. Es divertido, jovial, buena persona… y no negaré que me pirraban sus rastas multicolores —reconoció con carita soñadora, haciendo sonreír a Chad—. Es un chico genial… Pero no es Dylan.
* * *
—Ah, aquí estás, nena… —dijo Dylan, entrando en aquel momento en la estancia.
Andy y Chad se volvieron a mirarlo sorprendidos. No lo habían oído llegar, y eso que el suelo de aquel pequeño salón era de madera y algunos listones crujían.
Se dirigió hacia la ventana, junto a la cual estaban sentados, con pasos enérgicos. Sonreía y sus ojos brillaban. Toda su expresión y su lenguaje corporal hablaban del buen rato que estaba pasando junto a sus colegas, y a Andy le alegró comprobarlo. Habían sido meses duros para ambos. Le vendría muy bien relajarse y pasarlo bien unas cuantas horas.
Al llegar junto a ellos, Dylan se agachó. Saludó a su suegro con un guiño y centró su atención en Andy. Estaba preciosa, como siempre, pero, además, tenía buen aspecto. De modo que, o había hecho un gran trabajo con el maquillaje, o se sentía mejor que los últimos cuatro días.
—¿Qué tal esa siesta?
Andy asintió sonriente, dándole a entender que había podido descansar. Aunque, en realidad, todavía no tenía claro si había dormido o había entrado en coma, ya que su siesta había durado más de dos horas.
—¿Qué tal marcha el reencuentro con los colegas? —preguntó, a su vez, con expresión pícara.
Dylan meneó la cabeza, divertido. Su chica no se estaba interesando por el encuentro en sí, sino por su nivel de alcohol en sangre.
—Para mí, marcha muy bien: sigo a granizado de limón. Para los demás, que ya van por la tercera o la cuarta birra…, menos bien.
Andy asintió complacida una vez más. Tenía claro que la abstinencia de Dylan no podía durar mucho más —los moteros se ocuparían de impedirlo—, pero le gustaba su determinación de llevar su propósito a buen puerto… Por más que no fuera nada realista.
—Ellos dirían que están «genial». ¿Tercera o cuarta, dices? Según mi experiencia, la cosa no empieza a ponerse borrosa hasta la sexta, Dylan —y coronó su frase con una contagiosa carcajada.
—Ya —concedió él, sonriendo—. Aunque… Depende de quién estemos hablando, ¿no? Hay a quien solo una cerveza es suficiente para dejarlo fuera de combate.
Andy se rio al recordar las bromas que los moteros le hacían a Conor por lo mal que se le daba beber alcohol.
—Espero que hayas previsto un buen barril de leche —apuntó. Y los dos soltaron una carcajada, ante la expresión interrogante del padre de Andy, que no entendía muy bien de lo que estaban hablando.
—Habla de Conor, papá. Tiene muy poca tolerancia al alcohol —aclaró Andy con picardía.
—Ah, vaya. ¿Un motero que no bebe en un bar de moteros? Entonces, lo suyo debe ser verdadero amor por las motos, ¿no?
Andy y Dylan asintieron a lo dicho por Chad.
—Fue quien fundó el club de moteros The MidWay Riders, que tiene sede en el bar. Ha sido su presidente hasta hace poco —explicó Andy.
—Interesante… ¿Y por qué lo dejó? —quiso saber Chad.
—Porque se casó y se fue a vivir a Suiza, donde trabajaba su mujer —repuso Dylan.
Chad le hizo un guiño a Andy antes de preguntar:
—¿Cómo que se casó? ¿Y qué fue de su amor por ti, del que tanto cacareaba?
Andy miró a su padre asombrada. Le encantaba redescubrir su talante bromista. Era un recuerdo añejo, de cuando era niña, pero desempolvarlo la hizo muy feliz. Ahora bien, ¿de dónde narices había salido ese comentario?
No tardó en averiguarlo.
—Vete a saber, Chad. Por suerte para mí —dijo Dylan, moviendo las cejas sensualmente—, la memez de ese tipo ha roto todos los moldes. Sigue siendo un gran misterio de la ciencia.
Y, sin darle tiempo a nadie a reaccionar, tomó la mano de Andy y se incorporó.
—¿Lista para ir a saludar a toda esa peña con ganas de fiesta?
Se sentía dolorida, pesada y horriblemente fea. De modo que la respuesta a esa pregunta era no. Un enfático no. Pero no podía hacerles el feo de ignorarlos. No estaría bien. Además, se dijo, diez minutos haciendo sociales no la matarían. Tampoco era para tanto.
Andy esbozó una sonrisa traviesa que hizo reír a Dylan.
—Ardo en deseos —aseguró.
Y vio que su padre se desternillaba de risa.
* * *
Andy y Dylan atravesaron el pequeño salón a paso de tortuga. Y mientras bromeaban entre ellos y se reían, Chad los contemplaba con una sonrisa. Le gustaba cómo era la relación entre su hija y aquel irlandés con pintas de tipo duro. Y, sobre todo, le gustaba Andy. Apenas era una niña cuando él los había abandonado, a ella, a su madre y a sus hermanos. Ahora era una mujer con una capacidad inédita de iluminar cualquier lugar donde estuviera, de transformarlo, de cambiarlo a mejor. Incluso ahora, tan baja de forma y con las hormonas revolucionadas como estaba, seguía siendo un ser luminoso.
—¿Vienes, papá? —dijo ella, volviéndose a mirarlo desde el quicio de la puerta.
Su voz sacó a Chad de sus pensamientos con el ceño fruncido.
—Si voy, ¿adónde, cariño?
—Conmigo. ¿Creías que no iba a fardar de padre delante de nuestros amigos? ¡Qué iluso! —dijo, haciéndole un guiño al tiempo que, en un gesto muy gráfico, le ofrecía su brazo libre para que él lo cogiera.
Chad pasó de la contemplación a la emoción sin paradas intermedias. Tuvo serios problemas para evitar que una lágrima resbalara de sus ojos, delatándolo. De hecho, recorrió la corta distancia que lo separaba de la puerta con la vista nublada por la emoción.
Dylan, que no había apartado sus ojos de Andy, se inclinó y le dio un beso en la frente.
Ella lo miró interrogante.
—Nada. ¿No puedo besarte sin más? —musitó él, a sabiendas de que no había sido «sin más». Había sido un beso intencionado y muy sentido.
Cuanto más tiempo pasaba junto a ella, y más conocía las distintas formas en las que expresaba sus afectos, sus preferencias, incluso sus disgustos, Dylan más se convencía de que no existía nadie como Andy. Solo una persona con una inmensa capacidad de perdonar podía desear alardear de un padre que no se había comportado como tal. Pero Andy nunca miraba atrás, sus ojos y su corazón siempre estaban puestos en el hoy y en las enormes posibilidades que le ofrecía. Haber recuperado a su padre era para ella infinitamente más importante, que las razones por las que no lo había tenido durante tantos años. Y era, precisamente, esa cualidad de ver la vida con una perspectiva inédita para la mayoría de los mortales, lo que la convertía en un ser incomparable a ojos de Dylan.
Ella se limitó a sonreír, agradecida, y dirigió la mirada hacia su padre, justo en el momento en que él la tomaba del brazo.
—¿Preparado para su presentación oficial, caballero?
Él hizo un movimiento galante con la cabeza.
—A sus órdenes, señora.
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Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
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CR45. Días de ilusión, 6. Parte 4

Sábado, 23 de julio de 2011.
Finca «La Savina»,
Menorca.
Tres de la tarde.
Tras dejar el equipaje en sus respectivas habitaciones, los moteros, poco a poco, se habían reunido en el área sombreada, aledaña a la piscina, donde estaba la zona infantil. Allí habían traslado algunas sillas de jardín y tumbonas, y otros habían tendido una toalla directamente sobre el césped. Esta vez, todos llevaban vestimenta adecuada para remojar la piel irritada por tanto sol menorquín.
Ellos vestían trajes de baño a la moda —estilo bermuda, anchos y, como mandaba la tradición, negros o con alguna clase de estampado de color sobre el fondo negro—, una camiseta o musculosa, y chanclas.
Ellas cubrían el bañador con pareos o soleros de estampado veraniego o, como en el caso de Nikki, con unos pantalones cortos y un top de fitness, ambos en color turquesa, de una conocida marca deportiva.
De las chicas, las que habían acaparado la atención de todos, eran Romina y Luz. La primera, de siete meses de edad, vestía un bañador de cuerpo entero blanco con gruesas rayas horizontales rosas del mismo color que los tirantes que se cruzaban en la espalda. En los pies, llevaba unas sandalias de baño del mismo color que el bañador y cubriendo su rubia cabeza, había un primoroso gorro blanco con un festón rosa. Unas gafas de sol en forma de corazón —regalo de su tía—, que estaban la mayor parte del tiempo en cualquier otro lugar excepto donde debían, completaba su atuendo. A Luz, su padre le había dejado escoger el traje de baño que quería ponerse y la niña, sin dudarlo, había elegido lo que elegía siempre, últimamente: un bañador azul eléctrico con un estampado de tortugas marinas multicolores, conocido en la familia como «el bañador de las tortugas». O, como decía Luz en su media lengua: «tatugas». Calzaba unas sandalias tradicionales en la región, llamadas menorquinas1, azules como el bañador. Su piel ya no estaba blanca, como la recordaban los colegas de Dylan de la quedada motera de Pascua. Los ojos celestes de la niña destacaban en una cara muy bronceada por el sol. Pero al igual que Romina, su piel iba cubierta por una buena capa de protector solar y su rizos estaban a buen recaudo bajo una gorra anaranjada con visera. Al cuidado de su tío Danny, que había dejado momentáneamente la música reproduciéndose en bucle, las niñas jugaban en la zona infantil con buena parte de los juguetes que Luz había querido llevarse consigo desde su casa, frente a un público mixto, totalmente entregado, que, cerveza o gaseosa en mano, festejaba sus risas.
Ike y Erin también se habían unido al grupo y estaban sentados en el césped, disfrutando del buen tiempo, como los demás. Dado que eran miembros de la familia —Erin como tía de las recién nacidas y «el presi», en calidad de novio oficial de la hermana mayor del irlandés—, podían ofrecer información de primera mano sobre lo que sucedía en la planta baja de la casa. De ahí que, aprovechando que Dylan se había ausentado un momento para comprobar si Andy había despertado ya de su siesta, los moteros les hicieran preguntas. Todos tenían mucha curiosidad por saber cómo estaba Andy, qué tal se portaban las niñas y cómo la pareja organizaba su vida ahora, que el número de niños de los que ocuparse había pasado de una a tres.
En el fondo, la mayor intriga para los moteros era cómo se había transformado la vida de su colega irlandés. Lo habían conocido cuando era un juerguista que se acostaba a las tantas de lunes a domingo, la mayoría de las veces, junto a mujeres desconocidas. Hasta que, un buen día, se había marchado a trabajar a Niza y cuando habían vuelto a saber de él, vivía en Menorca, se había integrado en la familia de Andy, con quien estaba de novio, y había sentado la cabeza. Pocos meses después, se había casado y adoptado legalmente a Luz, hija de la difunta hermana de Andy, a quien él ni siquiera había llegado a conocer.
Tener una relación sentimental estable marcaba una diferencia en la vida de una persona. Eso era algo que la mayoría de los hombres allí presentes sabían muy bien. La vida de Dakota, Evel, Conor y Niilo era muy distinta ahora, que en el pasado. Otro tanto le sucedía a Ike que, aunque más maduro y emocionalmente más estable que los demás debido a su edad, también había visto cambiar su vida al conocer a Erin. Maddox era el único que permanecía ajeno a los cambios en ese sentido, pues se negaba a echar el ancla en ningún puerto, argumentando que era demasiado díscolo para plantearse algo semejante. Sin embargo, todos coincidían en que, en el caso de Dylan, el cambio había sido drástico. El tipo que aquella tarde había ido a darles la bienvenida, con su hija mayor en los brazos, no se parecía al que habían conocido en el bar The MidWay, más que en los tatuajes y en la cabeza rapada.
—¿Dices que estuvo con Andy mientras daba a luz? —preguntó Conor a Erin con los ojos muy abiertos. A un tipo impresionable como él, la idea de presenciar el nacimiento de un bebé ya le parecían palabras mayores. Que los bebés fueran dos, lo convertía en la pesadilla perfecta.
Erin asintió con una sonrisa tan alucinada, como la que mostraba la expresión del motero de las rastas.
—¿Y qué? Yo también estuve presente en el parto de mi mujer —terció Dakota, sentado en el césped junto a la tumbona de Tess—. No diré que fue como ir a dar una vuelta en Princesa, pero tampoco fue para tanto. Si logras sobrevivir a los primeros diez minutos sin desmayarte ni ponerte a potar como un condenado, lo demás es... Un suplicio más llevadero —concedió, riendo.
—¿Cómo que un «suplicio llevadero»? ¿Con qué se come eso? —preguntó Conor, con los ojos aún más abiertos que antes—. Tío, qué miedo me está entrando...
Evel intercambió miradas con su mujer antes de asentir enfáticamente a lo dicho por Conor.
Hubo risas y comentarios, pero, en aquel momento, otra pregunta acaparó la atención de todos.
—¿Diez minutos? —dijo la vocecita dulce de Tess—. Mercedes me dijo algo acerca de unas náuseas que te mantuvieron haciendo arcadas durante horas. Yo no lo sé, claro. Digamos, que estaba muy ocupada intentado que mis alaridos no fueran demasiado desafinados...
El comentario, que hizo reír a todos, sorprendió a Dakota. No porque fuera incorrecto. Todo lo contrario. Había pasado horas luchando contra unas náuseas que no se debían solo al dantesco escenario donde había tenido lugar el nacimiento de su hija. Tampoco al olor metálico de la sangre que había inundado sus fosas nasales y que, días después, todavía tenía la sensación de que, a ratos, regresaba. Eran náuseas provocadas por el miedo y la impotencia ante el sufrimiento de su mujer. Pero lo último que se había imaginado era que a la comadrona mejicana le hubiera quedado tiempo para fijarse en otra cosa que su parturienta. Menos aún, que se hubiera chivado a ella.
—Qué va, bollito. Menuda peliculera es esa mejicana. Fueron diez minutos, nada más —aseguró y, como no quería que su mujer descubriera la mentira, volvió a mirar a Conor, risueño—: Ayuda saber que si te desmayas, nadie te hará ni puto caso y, que como se te ocurra soltar la pota, la patada en el culo que te echará del paritorio será tal, que durante una semana no podrás montar en tu burra sin ver las estrellas aunque sea de día. Yo he sobrevivido. El irlandés, también. No es para tanto, tío. En serio.
Tess esperó a que cesaran las risas para decir:
—Mercedes estaba muy orgullosa de tu comportamiento durante el parto de Romina. Por eso me lo comentó, para que yo también lo estuviera... No me dijo nada que yo no esperara; tampoco, en esencia, nada nuevo. Eres un hombre increíble y siempre me siento muy orgullosa de ti. Así que... —dijo, con dulzura, dedicándole una mirada amorosa.
—Gracias, nena —Dakota sonrió halagado y soltó el chascarrillo de rigor que, como siempre, sonrojó a su mujer—: Lástima que no estemos solos, ¿eh?... Pero sigo pensando que esa mujer es una peliculera.
Abby pensó que su cuñado nunca perdía la ocasión de convertirse en el protagonista de la historia, aunque la cosa no fuera con él. Decidió que ya estaba bien de chupar cámara.
—A mí que me perdonen —terció Abby—, pero cada vez que veo a Dylan, me parece imposible asociar lo que contáis con él. Quiero decir que lo he visto casarse, aquí mismo, ante mis propios ojos. Y sé que se desvive por Luz y que tiene a Andy en palmitas... Pero si no supiera nada de esto, y me lo encontrara de noche en una calle poco transitada... ¡Echaría a correr en la dirección contraria! —exclamó, riendo.
—Pues yo estaría encantada de encontrármelo donde fuera —intervino Xena, acaparando de inmediato todas las miradas. Se encogió de hombros—. ¿Qué? Seguro que las otras piensan lo mismo que yo, solo que no lo dicen.
Si el comentario de Xena había sorprendido a todos, más lo hizo el de Maddox.
—Es verdad. Pero, por algo será que no lo dicen, ¿no te parece? Deberías cortarte un poco. No por mí, a mí me da igual. Pero me apuesto lo que quieras a que a su mujer no le va a dar igual. Tú no la conoces, pero nosotros, sí. Y... —sacudió una mano en una señal de «cuidado con ella».
Todos respondieron al comentario de Maddox asintiendo con la cabeza enfáticamente. Evel hizo algo más.
—Trabajó con nosotros y es un bar de moteros. Esto te da una idea de que no es ninguna damisela. Pero no es por eso que deberías cortarte, sino por respeto. Dylan ya te ha parado los pies un vez. Si insistes, lo siguiente que hará será mostrarte el camino de la calle con el consecuente mal rato para todos. Y nosotros no hemos venido a disgustar a nadie. Hemos venido a celebrar con Dylan y Andy el nacimiento de sus niñas, y a pasarlo bien. No lo estropees, ¿vale? —dijo con su tono siempre correcto, ante la mirada enamorada de Abby que no pudo aguantarse y se estiró para dejarle un beso en la mejilla.
—El caballero Evel ha hablado —sentenció Dakota.
Últimamente, empezaba a apreciar algo más los modos escrupulosamente correctos de su socio a la hora de ponerle los puntos sobre las íes a quien se pasaba de la raya. Él la habría enviado directamente a la mierda. Aunque la tía fuera un festín para los ojos, con ese cuerpazo de curvas más cerradas que una carretera de montaña, era una desubicada de cuidado. Como no mantuviera su pico cerrado, acabaría aguándoles la fiesta.
En aquel momento, Maddox volvió a intervenir.
—Tranquilo, Evel —dijo—. No estropeará nada porque al próximo comentario fuera de lugar que haga, seré yo el que le muestre el camino de la salida. —Y, esta vez, miró a su acompañante para que tuviera claro que su pasotimo también tenía un límite, y estaba a punto de rebasarlo.
Xena asintió. Su intención no era disgustar a nadie, pero ahora era evidente que esos fósiles no compartían su visión desenfadada de las relaciones de pareja, y que Maddox, que sí la compartía, prefería no molestar a sus amigos.
Mostró las manos en señal de rendición al tiempo que decía:
—¡Oído cocina!
Dakota frunció los labios en un gesto de aprobación.
—Tío, me has dejado con la boca abierta. ¡Quién se habría imaginado que hay un poquito de seriedad, debajo de esas pintas de «todo me importa una mierda»!
—Es mi gorra... —guaseó él—. ¿Cómo la has llamado?
—«Bobmarleriana» —repuso Xena.
—Eso, ¡es mi gorra bobmarleriana!
—Qué va —se burló Niilo—. Son esas gafas verde fosforito. Cuando te las pones, te transformas. ¿Las has ganado en una tómbola?
—No. Se las he regalado yo —sonrió Xena—. ¿A que son una pasada?
Dakota soltó una carcajada. «Vaya dos. Son tal para cual», pensó.
—¿Habéis dicho «pasada»? —intervino Erin, y mostró la pantalla de su móvil con gesto triunfal. En ella se veía una imagen de sus tres sobrinas. Luz sonreía a la cámara junto a la cuna de sus hermanas, que dormían a pierna suelta—. Para pasada, esto. ¡Mirad, mirad! ¡No me digáis que no están para comérselas!
Un instante después, el móvil de Erin empezó a pasar de mano en mano y el tema de conversación regresó al motivo que los habían reunido a todos en La Savina: las mellizas Zoe y Coral.
* * * * *
Dakota notó que empezaba a haber movimientos del personal de servicio de catering en el cenador. Consultó la hora. Estaban preparándolo todo para servir la comida.
—Tíos, no es por nada, pero, como sigamos así, vamos a tener que atar al irlandés, si queremos emborracharlo... Son las tres y cuarto, a las cuatro comemos y el tío sigue a granizados... Por cierto, ¿alguien sabe dónde coño se ha metido?
—Scott, hemos venido a celebrar el nacimiento de las mellizas, no a embriagar a Dylan —señaló Tess, y esta vez la mirada que le dedicó no fue amorosa.
Evel bajó la cabeza para que no lo vieran sonreír mientras Dakota salía del paso de la regañina.
—¡Claro, bollito! Eso es lo que quise decir, que si queremos empezar a celebrar, vamos a tener que atarlo. ¡El tío no para quieto! —mintió.
—Fue a ver si Andy ya se ha levantado —explicó Erin—. La pobre todavía está de capa caída y, después de dar de mamar a las niñas, suele echarse un rato... Dylan seguirá a granizados. Esa es su intención. Y no es por nada —dijo imitando lo dicho por Dakota—, pero cuando se le mete algo entre ceja y ceja, mi hermano puede llegar a ser muy cabezón...
«Pues anda que yo…». Dakota no lo dijo en alto para evitar un nuevo llamado de atención, pero al mirar a Erin fue eso lo que decían sus ojos. Ella se rio al tiempo que sacudía la cabeza.
Maddox señaló el único vaso con una pajita que había sobre el pequeño muro que separaba la zona donde estaba la piscina, de la del césped.
—¿Ese no es su granizado?
—Lo es —concedió Niilo con una sonrisa diabólica.
Maddox se levantó de la tumbona, fue hasta el muro, cogió el vaso y enfiló directamente hacia el puesto que hacía las veces de barra, junto a la piscina.
Dakota asintió divertido. Si no podían llevar al irlandés hasta el alcohol, siempre podían llevar el alcohol hasta él, añadiendo alguna bebida incolora al granizado.
—La idea no está mal, lo admito.
Vio que sus colegas allí presentes, asentían con la cabeza, mostrando su acuerdo.
—Oye, Niilo, tienes razón. Deben ser las gafas, porque el gorro se lo ha quitado —dijo, levantando con un palito la prenda de lana que Maddox había dejado junto a su tumbona.
—¡No te metas con mi gorro, Dakota! —repuso su dueño, que regresaba de la barra.
Dejó el vaso nuevamente sobre el muro y se dirigió a prisa a su tumbona con una sonrisa traviesa en los labios.
—¡Listo! A ver, si hay suerte...
Tess miró a uno y a otro con incredulidad.
—¿En serio? Siento decir que os voy a delatar. No hemos venido a esto, señores —dijo, muy seria.
Dakota tardó menos de un minuto en levantarse del suelo e ir a hacerle la pelota a su mujer.
—Que nooo, bollito... Estamos de coña, no te enfades...
—De coña, dice mi cuñado. Ja. Ja. Ja —intervino Abby, echándole una mirada burlona—. No estáis de coña, ¿verdad que no? —Y esta vez, dirigió la mirada hacia su marido, que puso cara de niño bueno—. Francamente, no sé dónde está la gracia en intentar emborrachar a alguien que, evidentemente, no quiere beber. Parecéis niños.
Dakota no puso sus pensamientos en palabras. La opinión de Morticia le traía el pairo, pero Tess estaba muy seria, y no quería que su enfado fuera a más, de modo que se limitó a dedicarle una mirada displicente y mantener el pico cerrado. «Digáis lo que digáis, lo que tiene que ser, será», y se le rio el cuerpo al pensarlo.
—A mí no me mires —se defendió Conor—. ¡Soy un niño, y a mucha honra! ¡Y lo mejor de todo es que no necesito emborracharme!
Nikki le frotó el brazo cariñosamente.
—Te sale de forma natural, ¿a que sí? —concedió, haciendo que él se tronchara de la risa.
—A ver, ¿y qué hay de malo en divertirse? —intervino Maddox, con desparpajo—. Hablamos de una borrachera, no de un asesinato... —Y pensó, pero no dijo, que justamente por esa razón no quería que su vida cambiara. Tan seguro como de que estaba allí, que esa conversación no habría tenido lugar tres años atrás, cuando sus colegas todavía estaban felizmente solteros.
—Si el irlandés quisiera beber, ¿dónde estaría la gracia? —alegó Niilo, asombrado de que a las hermanas se les pasara por alto algo tan obvio—. Vamos, relajaos... Está en su casa, dormirá la mona en su cama y seguro que tiene las bendiciones de Andy. Además, ¡lo que pasa en La Savina se queda en La Savina!
Las hermanas Gibb no le rieron la gracia, lo que hizo que cierta incomodidad se extendiera entre los partidarios de que Dylan acabara el día con una buena cogorza.
—Anda, caballero Jedi, déjalo. Es la cerveza la que habla por ti —se rio Amy.
Ike llevaba un rato pensando que eso, que a sus colegas les parecía tan buen idea, a él no se lo parecía tanto. El debate no le preocupaba y, en última instancia, era Dylan quien tenía la última palabra sobre el tema. Entendía el punto de vista de las chicas y, al mismo tiempo, pensaba que no había nada de raro en que los moteros quisieran celebrar la paternidad de su colega de la forma acostumbrada. Excepto por un detalle, que decidió comentar.
—¿Es una idea mía o las borracheras de Dylan no son nada divertidas? Que yo recuerde, solía ponerse bastante peleón antes de caer inconsciente...
—¡Y tan peleón! —concedió Evel, sonriendo al recordar las trifulcas del bar a las que Dylan se había apuntado sin tener nada que ver, gracias al nivel de alcohol que había en su sangre cuando estas se habían desatado.
—Ya te digo —terció Dakota—. ¿Os acordáis de esa noche, la noche anterior al clásico de hace tres años, que se lio a puñetazos con esos tíos...? ¿De qué club eran?
—Del HOC de Chelmsford, en Essex —precisó Maddox—. ¡Menuda nochecita!
—¿Pero al irlandés le gusta el fútbol? —preguntó Niilo, extrañado.
Dakota soltó una carcajada.
—¡Qué va! ¡Pero le encanta liarse a hostias! —exclamó.
Y las risas volvieron a reinar en el lugar.
* * * * *
El primero en ver a Andy fue Evel. Acababa de entrar en la zona de césped, intentando mantener el equilibrio sobre sus altas plataformas, con su sonrisa en ristre. Dylan la sostenía por la cintura mientras el hombre que estaba a su lado, la tenía tomada del brazo.
Se levantó y fue enseguida hacia ella, al tiempo que decía:
—¡Mírala! ¡Estás preciosa, Andy!
—¡Gracias, jefe! ¡Por lo que veo, sigues mintiendo genial! —exclamó ella, haciéndolo reír.
Dakota no tardó en unirse a su socio para darle la bienvenida. Evel tenía razón. A pesar de que a la camarera más eficiente y divertida que había tenido su bar no se le distinguía la cintura de las caderas, y de que se movía muy despacio, como si cada paso le costara un triunfo, tenía ese aire feliz y ese brillo en los ojos, idéntico al de Tess, que hablaba de satisfacción por haber hecho algo realmente importante.
—¿Y qué esperas que te diga él? —terció Dakota, rodeando a Andy con sus brazos—. ¿A mí también me vas a llamar jefe, o eso solo está reservado para el incomparable Evel Rowley?
—Oh, vaya… ¿Quieres decir que no estoy preciosa, jefe? —contraatacó Andy.
Dylan negó con la cabeza.
—Nah. Quiere decir que no se va a arriesgar a decirlo delante de mí. Porque de Evel es lo que se espera, pero del señor Malas Pulgas, no.
La risotada de Dakota provocó carcajadas; sus siguientes palabras, muchas más.
—¿Delante de ti? —espetó, socarrón—. Delante de mi mujer, querrás decir. Anda, deja ya el granizado, que te está sentando fatal, tío.
A Evel y Dakota se sumaron todos enseguida, rodeando a Andy, a Dylan y al hombre rubio de gafas que los acompañaba —a quien, excepto Ike y Erin, ninguno conocía—, formando un corrillo. Hablaban todos al mismo tiempo y, entre exclamaciones, risas y preguntas por parte de las mujeres del grupo, dieron lugar a un momento entrañable.
—A ver, un momentito, por favor —pidió Andy, mostrando las palmas—. Antes que nada…
—Antes que nada, te sientas —intervino Dylan, acercando una silla. Se dirigió a Conor que tenía el flotador de Luz a modo de collar—: ¿crees que te ahogarás, si que quito la tortuga?
Conor se lo entregó, risueño.
—¡Espero que no! —bromeó. Sus ojos se encontraron con los de Andy, y le hizo un guiño.
Después de acomodarse sobre el improvisado cojín, tarea que le tomó su tiempo, y de agradecer la ayuda a su marido con un beso, volvió a reclamar la atención de sus amigos.
—Vale, ya estoy sentada, así que ahora, sigamos… Este señor que está a mi lado es Chad Avery, mi padre… Os voy a ir presentando uno a uno, así que tenedme un poco de paciencia. Después, podréis hacerme todas las preguntas que queráis… ¡Hasta que se despierten las mellizas y me reclamen… lo que sucederá en quince minutos, a lo sumo! —Se oyeron abucheos y ella volvió a reclamar silencio con una sonrisa—. No os quejéis, que si no se despiertan, no las veréis y supongo que a eso habéis venido, ¿no? ¡A conocer a las dos nuevas princesas del reino! Por cierto —dijo, mirando a Dylan—, ¿dónde está la princesa mayor?
—¡¿Danny?! —gritó él, volviéndose en la dirección donde debía estar su cuñado.
—¡Aquí! —exclamó el hermano de Andy, levantando un brazo, desde la piscina infantil, donde estaban Luz y Romina, la hija de Dakota, pasándoselo en grande.
Andy se inclinó por delante de Dylan y sonrió al ver a su hermano de esa guisa. El juego, por lo visto, consistía en que las niñas le echaran encima sus cubos llenos de agua. Como Romina era muy pequeña todavía, Luz lo hacía por las dos, y eso parecía divertir tanto a la niña, que no dejaba juntar sus manitas como si estuviera aplaudiendo, y de reírse. Danny se había metido dentro de la piscina, completamente vestido, con zapatillas y todo. Viéndolo, a nadie le cabía ninguna duda de que era quien mejor se lo estaba pasando.
Chad agradeció los minutos extras de risas que antecedieron a las presentaciones. Se sentía nervioso. Ignoraba qué sabía esa gente de él, pero, por menos que supieran, tenían que haber echado en falta que siempre hubiera habido una madre junto a Andy en las reuniones moteras, en las bodas, en todas partes, y no un padre. Tenían que preguntarse dónde había estado todo ese tiempo. Y aunque no formularan la cuestión en voz alta, saber que se lo preguntaban era más que suficiente alimento para su nerviosismo.
—Bueno, chicos y chicas, volvamos a lo nuestro. Mi padre llegó el miércoles desde Kenia y me ha dado la sorpresa y la alegría de mi vida… Ha visto los vídeos de nuestra boda, así que, más o menos, sabe quién es quién, pero os voy a presentar uno por uno, ¿vale? ¡Empecemos! El que tenía el flotador de Luz a modo de collar hawaiano, es Conor Finlay. Él fundó el club de moteros y fue su presidente hasta el año pasado.
—Encantado, señor —dijo Conor, tendiéndole la mano respetuosamente. Se había deshecho la coleta, de modo que sus largas rastas multicolores caían a cada lado de la cara, cubriendo sus hombros y su espalda.
«Así que tú eres el que encadilaba a mi niña hasta que Dylan apareció en escena y te dejó fuera de combate», pensó el padre de Andy.
—El motero que no bebe —apuntó Chad—. Igualmente, Conor. Por favor, llámame Chad.
—¡Solo leche y nada más que leche! —intervino Niilo, divertido.
—Tranquilos, hemos encargado un par de barriles para él. Desnatada, que ahora que está haciendo sus pinitos en el mundo de la moda, tiene que cuidar la línea —se burló Dylan, incapaz de aguantarse.
—Ese soy yo —concedió Conor, haciendo una graciosa reverencia.
—La chica que está a su lado es Nikki Campbell, su esposa. Es la actual vicepresidente del club —continuó Andy.
Chad sonrió a la joven del largo cabello con mechas rubias.
—La intérprete de la ONU. Qué trabajo más interesante, Nikki —dijo, tendiéndole la mano.
—Gracias. Ya no trabajo en la ONU, pero sí, lo fui. Encantada de conocerlo, Chad.
—Y ahora, les toca a los dos que me estrujaron primero. Son mis exjefes, los dueños del bar donde trabajaba en Londres. Y para que no te pongas celoso, jefe —dijo, dirigiéndose a Dakota—, a ti te presentaré primero. Su nombre es Scott Taylor, pero no se te ocurra llamarlo por su nombre de pila. No se va a dar por aludido. Solo su mujer lo llama así, para el resto del mundo él es Dakota. Te presento a mi padre, Chad.
—Un gusto, Dakota —dijo Chad, y añadió—: Y con tu esposa, ¿te das por aludido o vives diciéndole «no me llames así, que me dejas en evidencia»?
Todos rieron al comentario del hombre.
Dakota miró a Tess de refilón. Ella sonrió.
—Mi mujer puede llamarme como le dé la gana, ¿no, bollito? —y al ver las mejillas sonrojadas de Tess, la estrujó contra él, riendo.
—Y ya que estamos, la que tiene las mejillas color gamba cocida, es Tess Gibb. Una santa, si se me permite decirlo. ¡Tiene que serlo para lidiar con este hombre!
—Encantada de conocerlo, señor Avery —dijo ella, tendiéndole su mano amablemente.
—Chad, por favor. Lo mismo digo, Tess —replicó él.
—Y ahora le llega el turno a mi otro jefe… Su nombre es Brian Rowley, pero todos lo llamamos Evel.
Él se levantó de la silla, con su mano tendida hacia el padre de Andy.
—Encantado de conocerlo, Chad. Bueno, todos, todos, no. Mi mujer jamás de los jamases me ha llamado así —precisó él, haciéndole un guiño a Abby.
—Ni lo haré. No se me ocurriría llamarte por ese mote con el nombre precioso que tienes —coqueteó, y no tardaron en oírse las pullas de siempre.
—Igualmente. ¿Es por Evel Knievel, el motociclista de acrobacias?
A Evel se le transformó la cara.
—¡Sí! ¿Lo conoce? —exclamó, ilusionado.
—Claro que sí. Era un auténtico as —concedió Chad.
—¡Corten! —intervino Dakota, haciendo el gesto de cortar un gaznate con la mano—. Que a nadie se le ocurra dejar que este tipo —dejó caer un brazo pesadamente sobre el hombro de Evel— se ponga a hablar de sus tiempos de kamikaze acrobático a lomos de una moto. Nos dará mañana, y seguirá contándonos batallitas.
—¡Amén! —dijeron al unísono Niilo y Maddox. Después de años trabajando para Evel, estaban seguros de que no había una sola batallita que no hubieran oído ya media docena de veces.
—Vale, vale, me callo —dijo él con las mejillas coloreadas.
—Tranquilo, jefe. Si quieres, luego te dejo que les cuentes alguna batallita a las mellizas… Seguro que se duermen plácidamente escuchándote.
—Es verdad. Son el mejor somnífero —concedió Maddox, tronchándose.
—¡Qué malo! Que no lo decía por eso… Lo decía por su voz… ¡Cómo sois!
—¿Y qué le pasa a su voz? —quiso saber Dakota.
—Que es sensual y supermasculina —intervino Abby, haciéndole ojitos a Evel.
La risa de Dylan atrajo la atención de todos.
—Si funciona… ¡Contratado! —exclamó—. Cuando no podamos dormirlas, te llamamos y te ponemos en altavoz, contando batallitas en bucle. ¡Qué idea más buena!
—Por cierto, papá —dijo Andy—, la que opina que su voz es supermasculina es Abby Gibb, su mujer. También es la hermana de Tess.
Chad observó a las hermanas. No guardaban un gran parecido físico la una con la otra. La mayor tenía un aire de elegancia y refinamiento. La menor era un bellezón, de las que acaparan todas las miradas.
—Un gusto conocerte, Abby —dijo, tendiéndole su mano.
—¡Igualmente! Ha sido toda una sorpresa… —Abby calló de manera abrupta cuando estaba a punto de decir algo inconveniente.
Al igual que el resto, según la información que obraba en su poder, Andy tenía madre, pero no padre. Durante las últimas navidades había circulado en el bar el rumor de que, al parecer, existía alguien con ese rol en la vida de Andy, y, lo más sorprendente, que estaba vivo. Maverick había confirmado el rumor poco después. Sin embargo, ninguno había contado con encontrarlo allí aquel fin de semana.
La primera mirada con la que Abby se encontró fue la de Dylan, pues él estaba frente a ella, y no le dijo nada grato.
«Con lo correcta que es tu hermana, y tú no puedes abrir la boca sin cagarla», pensó el irlandés, contrariado.
Chad esbozó una sonrisa de compromiso y apartó la vista.
Andy recogió el guante con dignidad. No estaba dispuesta a dejar a su padre en evidencia, evitando el tema.
—Nos hemos perdido muchas cosas el uno del otro, muchos años y muchos momentos, pero estamos decididos a recuperar el tiempo, ¿verdad, papá? —dijo, dedicándole a Chad una mirada cargada de cariño.
—Verdad, querida —repuso él. Tras su gafas transparentes de estilo aviador, unos ojos azules sospechosamente brillantes le dieron gracias.
—Bien—dijo Andy, satisfecha—. Entonces… ¿A quién le toca ahora?
—¡A mí, a mí, a mí! —exclamó Maddox, que había vuelto a ponerse su gorra bobmarleriana.
Y se reanudaron las presentaciones, que se extendieron hasta que, diez minutos más tarde, Dylan recibió la llamada de Anna, avisándole que sus niñas se acababan de despertar.
—Están despiertas —anunció el irlandés, destilando orgullo paterno—. Y te reclaman, preciosa.
—Las pequeñas tienen prioridad, pero que conste que nos abandonas muy pronto —se quejó Evel, en plan jefe.
Mientras tanto, Dylan ayudó a Andy a ponerse de pie. La maniobra le tomó aún más tiempo del que le había llevado sentarse, pues quería marcharse por su propio pie, y no en brazos de su marido, como siempre, últimamente. Cuando por fin estuvo de nuevo firmemente apoyada sobre sus sandalias de plataforma, soltó un suspiro aliviado.
—¡Al fin! Eso de que tu centro de gravedad se vaya de paseo y te deje aquí tirada para que te las apañes como puedas, tiene sus bemoles… —se rio, haciendo reír a sus amigos—. El deber me reclama, pero volveré, chicos, tranquilos, que volveré. Mejor dicho, volveremos. Las niñas, Dylan y yo.
—¡Bieeeeeeeeeeeen! —celebró Niilo, que gracias a su sexta cerveza en el cuerpo, lo celebraba todo. A él se unieron los demás en un coro desafinado y ruidoso.
—¿Lo prometes? —intervino Abby, enlazando sus manos en una súplica—. ¡Nos morimos de ganas de conocer a tus bebés!
Andy miró a Dylan. Era una mirada de pena que él conocía muy bien. Se puso frente a ella, dando la espalda a sus amigos.
—Eres una blanda —le dijo en voz muy baja, y enseguida se agachó a robarle un beso.
—Soy una blanda —concedió ella en un murmullo, haciendo un mohín gracioso—. ¿Qué te parece si se quedan en la casa, con nosotros?
—¿No va a ser mucha tralla para ti? —Dylan posó una mano sobre el abultado vientre de Andy.
—Probablemente… Pero me da no sé qué que estén aquí, apartados, como si tuvieran la peste… Son tan buena gente… Siempre puedo irme a la cama, si estoy cansada, ¿no?
Los ojos enamorados de Dylan la acariciaron largamente.
—Se hacen cargo de la situación, Andy. No van a tomar a mal que prefieras estar tranquila.
—Lo sé, pero… Soy una blanda —volvió a decir, poniendo morritos.
—¿Seguro?
Ella asintió.
—Si, seguro.
—Como quieras. —Dylan se agachó y la besó.
Y, sin darse cuenta, estimuló las ganas de divertirse de sus colegas.
—¡Eh, que hay menores! —guaseó Niilo.
—¡Este irlandés no pierde el tiempo! Tío, ¿ya estás haciendo mérito para buscar al niño? ¡Dale un respiro, hermano! —exclamó Maddox.
Mientras tanto, Dylan y Andy, aunque sonreían ante los comentarios de sus amigos, continuaban hablando entre ellos.
—¿Ven a las niñas ahora o después de que hayan comido? —preguntó él.
—Después.
—Entonces, dejamos a los consuegros a cargo de la batuta en el salón mientras te ayudo a cambiar a las niñas y a darles de comer. —Vio que su mujer asentía—. ¿Qué hacemos con Luz?
Andy se asomó por un costado de Dylan para ver qué hacía la más pequeña de la casa.
—¿Tú crees que conseguiremos sacarla de esa piscina, calvorotas?
Él también se volvió a mirar. No pudo evitar reírse ante la imagen. Las pequeñas estaban usando a Danny a modo tabla de surf. Recorrían la piscina sentadas sobre su espalda. Aunque quizás, pensó, para Luz fuera más bien un caballo, pues lo azuzaba con unos «¡vamos!, ¡vamos!», que Romina acompañaba con pequeños gritos de alegría.
—Me parece que no… Así que, la dejamos jugando un rato. Le avisaré a Danny del cambio de planes. Y también a Pau, no sea que a tu tío le dé un infarto cuando no vea a nadie sentado a la mesa del cenador…
—Perfecto —dijo Andy, satisfecha.
El irlandés, al fin, se volvió hacia sus colegas.
—De acuerdo, escudad: El alto mando acaba de decidir que podéis ir al salón donde está el resto de la familia.
Y no acabó la frase, que sus colegas ya lo habían apartado de Andy y lo abrazaban todos a la vez, formando una piña, dejando claro, a escasa hora y media de su llegada a La Savina que, bebido o sobrio, Dylan no se iría de rositas.
1 Las abarcas o menorquinas es un tipo de sandalia unisex tradicional de Menorca hecha con tiras de cuero y una suela de caucho de neumático.
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©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
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CR46. Días de ilusión, 6. Parte 5

Sábado, 23 de julio de 2011.
Finca «La Savina»,
Menorca.
Cuatro menos cuarto de la tarde.
Dylan tomó en brazos a Coral con una sonrisa de padre realizado en los labios. Sus llantos no eran tan estridentes como los de Zoe. De hecho, en aquel momento, apenas se oían como un eco del berrinche de su hermana mayor, pero le ponía mucho sentimiento a todo lo que hacía.
—Ay, ay, ay, mi bebita… —susurró, dándole suaves besos en la frente—. Claro, te has despertado con hambre, y ni rastro de mamá o de papá… Bueno, no es que papi pueda servirte de mucho a la hora de comer… Todavía, no. Estamos en ello. Pero siempre te consuela verme, ¿a que sí? —preguntó, buscando su mirada. Sonrió enternecido al ver que el enfado de la bebé disminuía. Aún sollozaba un poco, pero el llanto había cesado—. ¿Ves? Sí, Coral, papi está aquí… ¡Y mamá también! ¡Mírala!
Dylan sabía que sus mellizas todavía no podían enfocar objetos o personas a una distancia superior a veinte centímetros, pero su ilusión ante aquellos dos seres pequeñitos, que eran sangre de su sangre, no se detenía ante nada. Prueba de ello, fue que sostuvo a la bebé de forma que pudiera ver lo que sucedía en la cama, donde Andy estaba acomodándose con la ayuda de Erin, para amamantar a las niñas.
—¿La ves, peque? En dos minutos estarás comiendo, ¿vale?
Le pareció que la niña se agitaba de alegría y la estrechó contra su cuerpo, enternecido.
—Dame a esa preciosidad, que la llevo con su madre —intervino Erin, cuando Andy ya estaba lista—. Tú ocúpate de Miss Pulmones 2011 antes de que nos deje sordos a todos.
Dylan festejó el comentario con una carcajada. Aquel era un título de lo más merecido. Enseguida, fue a sacar a Zoe de la cuna. Ella solía ser la que primero se despertaba y la que, por el brío con el que se expresaba, solía acaparar la atención de todo el mundo primero. Así que, con Andy, habían decidido no darle tanto protagonismo y, si las dos bebés estaban despiertas, las atendían primero por turnos, como ahora.
—Ven con papi, Zoe —dijo Dylan al tiempo que la acomodaba entre sus brazos y llovía besos sobre su cabecita cubierta por una pelusilla rubia apenas perceptible a la vista. La niña berreó más fuerte, haciéndolo reír—. Ya sé que no te gusta que te hagan esperar, pero así es la vida, pequeña. ¡Venga, no te enfades! —Más berridos, aún más fuertes, y más risas por parte de Dylan—. Vaaaale, vaaaale. Cuando tienes hambre, no quieres nada conmigo. Chica lista: sabes que todavía no puedo ayudarte en eso… Vamos con mamá…
Dylan acomodó a la pequeña en su sitio, sobre el almohadón de lactancia, y se sentó en la cama a disfrutar del espectáculo.
Como por arte de magia, el llanto cesó en cuanto la pequeña estuvo en los brazos de su madre. O, más concretamente, con su pezón en la boca. Entonces, se hizo un silencio total. Fue como si alguien hubiera pulsado un interruptor.
Erin, que estaba sentada al otro lado de la cama, se echó a reír.
—¡Madre mía! —dijo—. ¡Santo remedio!
Andy asintió con la cabeza repetidas veces sin apartar los ojos de sus niñas. Desde su posición, tenía una vista privilegiada, que nadie más tenía, y que daba igual las veces que contemplara, nunca dejaba de extasiarla. Desde allí, la belleza del rostro de sus hijas era tan solo comparable con la enorme paz que transmitían. Zoe comía con tantas ganas, que su pequeña nariz apenas se veía de tanto que la apretaba contra el pecho materno. Coral era más pausada, pero, aunque a ratos alejara la boca del pezón, su pequeña mano permanecía sobre el pecho de Andy, como si quisiera asegurarse de que no se iría a ninguna parte mientras ella descansaba del esfuerzo de alimentarse.
En aquel momento, tocaron a la puerta.
Dylan se levantó a abrir. Sonrió al ver a su suegra acompañada de Jaume al otro lado de la puerta.
Anna estaba en la silla de ruedas que solía usar últimamente, en lugar de su bastón, para desplazarse de un lugar a otro cuando estaba fuera de su casa. Decía que de esa forma los invitados no echaban raíces esperando a que se reuniera con ellos. A lo que Andy —y muchas veces, él mismo— respondía «¡qué exagerada!». Pues, a todas luces, se trataba de una exageración. Su enfermedad avanzaba y su movilidad se veía cada vez más afectada a medida que pasaba el tiempo. Tenía épocas en las que algunos síntomas se agravaban mucho, dando la impresión de que su salud se deterioraba con rapidez. Eso hacía cundir el pánico en la familia. Sin embargo, al cabo de unos cuantos días, la mayoría de los síntomas remitían, y Anna volvía a ser la mujer encantadora que todos conocían.
—¿Llego demasiado tarde? —dijo ella.
—Yo vengo de chófer, nada más —advirtió Jaume—. Ya sé que hay turnos para ver a las niñas.
—Creo que se dice «de paquete» —intervino Anna, dedicándole a su prometido una mirada dulce—. Mi silla no necesita chófer. ¡Lo hace todo ella solita!
Jaume se rio. Intercambió miradas con Dylan quien comprendió al instante su problema: el padre de Andy —y exmarido de su prometida—, estaba en el salón, oficiando junto con su consuegro, Brennan, de maestro de ceremonias para los moteros y sus parejas. Obviamente, el mallorquín prefería estar en cualquier parte, excepto allí.
—Llegas a tiempo —dijo Dylan, haciéndose a un lado para que Anna pudiera entrar a bordo de su silla.
Jaume se despidió con un gesto de la mano y ya se había dado la vuelta, resignado a volver al matadero, cuando Dylan volvió a hablar.
—Tú, también. Por esta vez, y sin que sirva de precedente, dejaré que te cueles —concedió, sonriendo.
—¡Ay, qué bien! —repuso Jaume, y le faltó tiempo para entrar en la habitación.
Andy alzó la vista y sonrió a los recién llegados.
—Ven, mamá. ¿Le haces sitio, Erin?
La hermana de Dylan enseguida se levantó de la cama y se sentó en un extremo, dejando espacio para la silla de ruedas. Jaume se situó detrás de la misma, y miraba a las niñas con una sonrisa.
Anna quedó así en primera fila del espectáculo, del lado de Coral, por lo que a quien podía ver mejor era a Zoe. La niña comía con verdadero deleite.
—Es una tragona. Me pregunto a quién habrá salido —murmuró Anna, dedicándole una mirada cariñosa a su hija.
—Eso no está tan claro, ¿verdad, calvorotas? —repuso ella. Sus ojos se desviaron hacia Dylan, que había vuelto a echarse de lado en la cama y, apoyado sobre un codo, miraba interesado lo que hacían sus niñas.
—Sí, que está claro —dijo él—. Zoe, con esa voracidad descarada que ni siquiera se molesta en disimular, salió a mí. Y Coral, con ese estilo suavecito que tiene hasta para berrear, salió a ti. ¡Pero no nos engañemos, las dos tragan más que un motor de ocho cilindros! ¡Menudas son las niñas!
Todos celebraron la broma y el ruido sobresaltó a Coral, que se estremeció, arrugó la frente y emitió un quejido apenas audible.
—Shhh… Shhh… —intervino Andy, riendo—. Bajemos el tono, porfi.
—Ay, mi suavecita… No te asustes, peque —murmuró Dylan, estirándose para acariciar la cabeza de Coral.
Durante los siguientes diez minutos, todos se dedicaron a mirarlas comer en silencio, salvo algún comentario cuando alguna de las bebés hacía algo digno de mención. Lo que, tratándose de familiares directos amantes de los niños en general y de las dos bebés recién nacidas en particular, era casi todo lo que las niñas hacían: una mueca, un quejido, un bostezo y, cómo no, el momento estelar en que sus caritas enrojecían, denotando que estaban activando sus sistemas de evacuación. Era algo nuevo, que solo sus padres habían visto hasta el momento, y ocasionó un gran revuelo.
—¡Madre mía! ¡Con lo blancas que son, ahora parecen diablillos! —festejó Erin.
—Tranquila, en un minuto, olerán igual —anunció Dylan, apretándose las aletas de la nariz con dos dedos.
Erin le dedicó una mirada reprobatoria.
—Mira, que eres exagerado, hermano…
Andy negó con la cabeza.
—No exagera. Es increíble que estas dos hermosuras puedan oler tan mal, pero… Te noquean, en serio. No sé si es porque son dos, pero como no abras la ventana… —admitió la madre de las criaturas, sin poder aguantar la risa.
—¡Andy! —la reprendió Anna—. ¡Pobrecitas!
—¡Pobrecitos nosotros, querrás decir! —repuso Dylan—. ¡Cambiarles los pañales debería clasificarse como una tarea de alto riesgo!
Todos hablaban en murmullos y se reían bajo para no molestar a las niñas, cuando Danny asomó la cabeza por la puerta. Acababa de salir de la piscina, donde se había metido vestido, y, aunque había intentado escurrir un poco su ropa, iba dejando un reguero de gotas por donde pasaba.
—Uy, cuánta gente… ¿Cómo va? —preguntó, dirigiéndose a Dylan.
—Casi acabando. ¿Por qué?
—Por Luz. En cuanto vio que no estabais en el césped, quería venir. Decía que era la hora de comer. Pero ya ha comido… ¿Se habrá quedado con hambre? Me extraña porque se ha metido un platazo de lentejas entre pecho y espalda y, después de eso, media manzana… Se puso tan pesada que la he traído. Es temprano para la merienda, ¿no? —Esta vez, miró a su hermana—. ¿Qué hago, se la doy?
Andy intercambió miradas con Dylan.
Ambos eran partidarios de que Luz lactara, igual que hacían las mellizas. Sin embargo, también era necesario empezar a almacenar el remanente de leche materna para que Andy pudiera dormir por las noches. Habían acordado que la única forma de lograr ambos objetivos era no amamantar a Luz en todas las tomas.
Dylan negó con la cabeza. Aunque su mujer flaqueara, él no pensaba ceder.
—Hay que entretenerla —dijo, y se levantó de la cama—. Voy yo, no te preocupes, nena.
Ella apretó los labios en un gesto apenado, y lo siguió con la mirada.
—Dylan… —lo llamó—. No me voy a morir por que…
Él adelantó una mano pidiéndole que no continuara.
—Primero, lo primero, ¿vale? Esto no está abierto a debate, Andy.
Y sin darle ocasión de añadir más, salió de la habitación.
Erin hizo un gesto de «¡Sopla! ¡Mi hermanito se ha puesto serio!», que Andy no vio, pues había regresado su atención a las niñas.
Anna presenció la escena sorprendida. Sorprendida, en especial, por la respuesta tan definitiva de su yerno. A pesar de que no le gustaba meter sus narices en los asuntos privados de sus hijos, lo que fuera que sucedía tenía que ver con Luz, y eso sí era de su incumbencia.
—Cariño, ¿qué es lo que pasa?
Andy esbozó una sonrisa.
—Algo increíble… Increíble, de verdad —dijo, emocionada, y empezó a contarles la sorpresa que Luz les había dado aquella misma mañana.
Fuera de la habitación, Danny alcanzó a Dylan que iba lanzado hacia el salón.
—Oye, cuñado, ¿he metido la pata?
Dylan no rebajó la marcha. Lo miró con el ceño arrugado.
—¿Qué dices?
Danny soltó un bufido, cogió a Dylan por un brazo y lo obligó a detenerse.
—Digo que me expliques qué coño ha pasado allí dentro —señaló con el pulgar la habitación de su hermana—. No te necesito a ti para entretener a Luz. Solo fui a haceros una consulta, porque es temprano para darle la merienda, y no quería cargármela… Pero parece que he desatado la furia de todos los demonios de la isla. ¿Qué pasa?
—No pasa nada, Danny —le palmeó el hombro—. Y, tranquilo, que los demonios siguen bien atados.
—Sí, claro, tío. Ese «esto no está abierto a debate» ha sonado de lo más tranquilizador… No me vengas con esas, Dylan. Si pasa algo, tengo derecho a saberlo para no volver a cagarla.
El irlandés posó sus manos sobre los hombros de Danny.
—Tu sobrina mayor ha descubierto por qué sus hermanas se agarran a los pechos de su madre, y no los sueltan. Y ahora ella tampoco quiere soltarlos.
Danny abrió mucho los ojos, haciendo reír a Dylan. Él también se había quedado alucinado.
—¿Andy está amamantando a Luz? —preguntó el muchacho con el asombro pintado en la cara.
—Sí. A los dos nos parece un regalo que Andy pueda hacer esto por ella. Queremos que la niña tenga lo que no pudo tener cuando era un bebé… —Vio que los ojos de su cuñado se ponían brillosos al tiempo que asentía con la cabeza—. Pero, ya sabes que necesitamos hacer acopio de leche para que Andy pueda dormir por la noche. Tu hermana necesita descansar. Está hecha polvo… Tiene que recuperarse. Y, como si depende de ella, no sucederá, tú y yo nos ocuparemos, ¿vale? ¿Cuento contigo para despistar a Luz en las tomas que toque reservar la leche sobrante?
Danny asintió con una sonrisa emocionada.
—Qué fuerte… No me esperaba algo así… ¡Qué digo! ¡No me lo habría imaginado ni en sueños! Me parece genial… ¡Genial! Esa niña se lo merece todo… Así que sí —volvió a asentir con la cabeza—. Claro que sí, cuenta conmigo, Dylan.
—Gracias, tío —dijo él, reanudando la marcha—. Y ahora, vamos a buscar a la princesa mayor de la casa.
- II -
La princesa mayor de la casa se lo estaba pasando en grande en el salón, donde Evel se había ofrecido gentilmente a ser su corcel. Dakota había hecho otro tanto con su hija y, entre todos, habían organizado una improvisada carrera de caballos. Los corceles iban a cuatro patas, en medio de aplausos y gritos de ánimo, y las niñas, montadas sobre la espalda de los moteros, eran la viva imagen de la alegría. El padre de Andy no dejaba de hacerles fotos con su móvil, tan ilusionado como ellas.
Dylan y Danny intercambiaron miradas divertidas.
—Yo creo que es Luz la que no te necesita para que la entretengas —dijo el irlandés con una sonrisa.
—Ni a ti —repuso él—. No te ofendas.
Dylan volvió a mirar el espectáculo. Era una clase de diversión bastante distinta de la habitual cuando sus colegas estaban involucrados. Recordó fugazmente las noches musicales en el bar, cuando Maverick había empezado a contratar grupos para que amenizaran la Happy Hour, y también recordó las otras noches, en las que la diversión acababa en peleas multitudinarias. Peleas en las que participaba una mujer —que ahora estaba en el dormitorio, dándole de comer a sus hijas—, repartiendo puñetazos como el que más. Los personajes de sus recuerdos eran los mismos que aquel día estaban allí, con él. Quién lo habría dicho. No pudo evitar sonreír asombrado por cuánto habían cambiado las cosas.
—Molan —aseguró Danny sin apartar la vista de la competencia equina, resumiendo en una sola palabra los pensamientos de Dylan.
—Ya lo creo —concedió el irlandés.
Pero no todo era fiesta en el salón, notó enseguida. En un extremo, parcialmente cubiertos por Ike y uno de los camareros, estaban su padre y el abuelo de Andy. El ruido ambiente le impedía oír lo que hablaban. Aunque, si tenía en cuenta su lenguaje corporal, quizás «hablar» fuera un eufemismo. Cuando Ike se movió, Dylan vio que había un tercero en discordia: Pau. ¿Estaba mediando entre los dos?
Joder.
No acabó de pensarlo, que su cuñado lo dijo en alto:
—Joder. ¿No se cansa de dar siempre la nota?
Por lo visto, no.
—Voy a ver qué pasa. Quédate aquí.
—Ni lo sueñes —repuso el muchacho, que siguió a Dylan.
En vez de atravesar el salón, lo bordearon pegados a la pared para no molestar a los competidores. Además, Dylan prefería no atraer la atención. Por el momento, la tensa conversación entre su padre y el abuelo de Andy estaba pasando inadvertida a los invitados, y quería que siguiera siendo así.
A medida que se acercaban, el motivo de la discusión se hacía más claro: tenía que ver con la comida.
¿Por qué no le extrañaba que a un tipo de piñón fijo como Franscec Estellés le molestaran los cambios de última hora?
—¿Qué sucede? —preguntó Dylan al llegar junto a ellos.
—Nada, hijo. Nos estamos poniendo de acuerdo para reorganizar la comida —repuso Brennan, quitándole importancia.
—No hay nada que reorganizar —espetó Franscesc—. El servicio está a punto de poner en marcha los entrantes en la piscina, donde llevamos dos horas preparando el cenador para la comida. Hay que decirles a los invitados que vayan a la mesa y ocupen sus sitios.
Dylan vio que los ojos de su padre, a quien tenía de frente, adquirían un brillo felino, y supo que el león estaba sacando las garras.
—Mi nuera, tu nieta, quiere que sus invitados estén aquí. Por tanto, lo que hay que hacer es indicar al servicio que sirva la comida aquí, en vez de allí. Hay suficientes sillas. Si unimos esas dos mesas y las ponemos contra la pared, podemos improvisar un bufet.
El abuelo de Andy se estaba poniendo rojo de la indignación.
—No era un bufet lo que estaba previsto —espetó—. Hay platos calientes…
—Por supuesto —intervino Pau, dejando a su padre con la palabra en la boca—. No te preocupes, Brennan.
—¡¿Cómo que «no te preocupes Brennan»?! —escupió el anciano, volviéndose a mirar a su hijo furioso—. Todo está preparado en la piscina. La cocina está allí.
—Ajjj. Padre, por favor, vámonos…
Francesc siguió erre que erre.
—Eso, por no mencionar que a Ciro le dará un ataque cuando se entere de que los platos tendrán que atravesar sesenta metros a pleno rayo de sol antes de llegar a una mesa. ¿No sería más razonable que los invitados comieran allí, donde estaba previsto que lo hicieran, y luego vuelvan aquí con mi nieta, tu nuera? —dijo con retintín, lanzando una mirada airada a Brennan.
—Sí, eso no te lo niego —repuso él—. Pero los invitados no han venido a comer, sino a estar con tu nieta, mi hijo y sus niñas. Así que, ¿te ocupas tú o me ocupo yo?
—Faltaría más. Para eso estamos nosotros —intervino Pau, y, esta vez, le pasó un brazo por los hombros a su padre en una clara indicación de que la conversación había acabado.
Dylan bajó la cabeza para que no lo vieran sonreír, pero, un instante después, incapaz de aguantarse, le dijo a su cuñado:
—Vamos, Danny. Aquí no hacemos falta —y antes de dar la media vuelta, le hizo un guiño a su padre.
A pesar de no haber querido quedarse atrás, Danny no había intervenido. Su abuelo nunca había sido santo de su devoción y no se perdía una ocasión de devolverle un poco del desdén con el que aquel viejo cascarrabias había tratado a su familia. Pero desde que Brennan Mitchell se había instalado en la casa de su hermana y su cuñado, y había tenido ocasión de conocerlo mejor, lo pasaba genial viendo lo bien que se le daba cabrear a su abuelo.
—Las habrás pasado canutas… De crío, quiero decir —apuntó el muchacho.
Dylan se rio. Siete meses atrás, esa misma afirmación lo habría puesto de mal humor. Ya no. Su padre y él habían hecho las paces tras años de no dirigirse la palabra y, ahora, de hecho, disfrutaban estando juntos.
—Supongo —concedió—. Pero él tampoco se iba de rositas.
—No hace falta que lo jures —se rio Danny.
Cuando llegaron al frente del salón, el público explotó en gritos y aplausos, festejando el fin de la carrera.
Dylan vio a Evel levantando un brazo en alto en señal de victoria mientras sujetaba a Luz con el otro. La niña era la viva imagen del gozo, mostrando sus dientecitos a todo el mundo y aplaudiendo con sus manos regordetas.
—Me sorprende que hayas dejado que el «acrobático» te ganara —le dijo a Dakota—, pero de más está decir que me alegro de que mi princesa se haya alzado con la victoria. —Cogió a Luz de brazos de Evel—. ¡Ven con papá, pequeña! —exclamó, y le dio un sonoro beso en la mejilla.
Todos rieron ante el nuevo mote que se había ganado Evel desde que, durante las presentaciones con el padre de Andy, había vuelto a la palestra su pasado como motorista de acrobacias.
Dakota torció el gesto. Estaba de pie, con las manos en la cintura y el rostro arrebolado, recuperando el aliento.
—No te sorprendas tanto. El acrobático no tenía a su mujer metiéndose por medio, agarrando a su jinete porque «¡a ver si se te cae, Scott, por Dios!» —repuso, imitando una voz femenina en pleno ataque de miedo, al tiempo que le lanzaba una mirada a Tess que, a su lado, sostenía a Romina en sus brazos. Se rio al ver que su chiquitina aplaudía como si hubieran ganado.
Evel miró al techo con displicencia.
—Ya, ya. Excusas, tío. Excusas y nada más que excusas.
—Haber quitado a tu mujer del medio… —intervino Conor, y al ver las miradas, la mayoría femeninas, que se volvían hacia él, enseguida se corrigió—. ¡En el buen sentido! ¡Qué mal pensadas! —Dirigiéndose a Dakota, continuó con su talante de niño de diez años—: ¡Un empujoncito de nada, y la línea de llegada habría sido toda tuya!
—Sí, claro… —se burló Evel— ¿Qué dices, chaval? Mi jinete y yo ganamos por un cuerpo. Un cuerpo, tío. Ni media docena de empujoncitos le habrían dado la victoria. —Miró a Dakota con fingido desdén y dijo—: Me haré un lío con la caja registradora…
—¡Y con las comandas! —intervino Niilo, provocando carcajadas.
Evel los ignoró, y continuó como si nada.
—Pero cuando se trata de competir, soy un as. Se siente, colega.
Dakota intercambió miradas con Tess y vio que ella le sonreía con dulzura.
—Tranquilo, Evel. La próxima vez, no te lo pondré tan fácil —se limitó a decir al tiempo que se ataba su largo pelo en una coleta.
Tess se puso de puntillas y le dio un beso en la mejilla, al que él respondió cogiendo a Romina con un brazo, y rodeándole la cintura a su mujer con el otro.
—Scott se refiere a que la próxima vez, si es necesario, me dará un empujoncito… Ahora, no puede hacerlo —remató Tess, mirando a su cuñado con picardía.
Hubo un momento de silencio en el que las miradas interrogantes circularon a sus anchas de unos a otros. Al fin, Abby abrió la boca en un gesto de puro asombro.
—¡Dios mío! ¡Estás embarazada! —exclamó.
—¿De verdad? —preguntó Evel. Su rostro se había dulcificado con una sonrisa la mar de tierna cuando volvió a mirar a Tess—. ¿Voy a ser tío otra vez?
Cuando ella asintió, el salón se convirtió en una fiesta. El aire se llenó de enhorabuenas y jaleos. Luz aplaudía como si lo hubiera entendido y Romina, que repetía todo lo que ella hacía, también se lanzó a aplaudir.
Evel enseguida fue hacia Tess.
—Disculpa —le dijo a Dakota al tiempo que tiraba de Tess, apartándola de él, y la rodeaba con sus brazos—. ¡Enhorabuena, cuñada! ¡Diosss, tío por segunda vez…! ¡Qué ilusión más grande!
—¡Ay, hermana! ¡Felicidades! —exclamó Abby, dando saltitos—. ¡¿Voy a tener una nueva «sobri»?! ¡Eh, que a lo mejor, es chico! —se corrigió, alegremente—. ¡Ven aquí que te doy un buen achuchón!
Las hermanas se fundieron en un abrazo.
—¿Lo sabe mamá? —le dijo Abby al oído y al ver la mirada de su hermana, se rio—. Vaya pregunta más estúpida acabo de hacer… Si lo supiera, estaría aquí contigo, asegurándose de que no haces nada que no debas..
Tess festejó el comentario de buena gana.
—Si lo supiera, ni tú ni yo estaríamos aquí, cariño. Yo por hartazgo de oír sus consejos no solicitados, y tú por solidaridad conmigo.
Dakota esperó a que los ánimos se serenaran para decir:
—Bueno, y ahora que todos sabéis la razón por la que podía haber ganado y no lo hice, ¿qué tal si lo celebramos? Porque… Aunque me venga aguantado tan bien desde el miércoles, que no lo habéis notado… ¡Estoy que no cago por volver a ser padre! ¡Toma, toma y toma! —exclamó, al tiempo que elevaba a su hija—. ¡Vas a tener un hermanito, chiquitina! ¡¿No es la caña!!
Y acto seguido se arrancó a bailar con Romina y Tess al ritmo de una música imaginaria.
- III -
La presencia de los moteros y sus parejas en el salón había modificado drásticamente el ambiente que se respiraba no solo allí, sino en toda la casona. Sus risas y su buen talante atraían la atención del resto de la gente, lo cual presentaba ventajas añadidas para ciertos miembros de la familia, como el padre de Andy o Jaume, el prometido de su madre.
Chad no solo había conseguido dejar de estar en el punto de mira de los Estellés, sino que había encontrado entre los moteros un espacio en el que aprender cosas sobre la época de la vida de su hija cuando ella trabajaba en el bar.
Jaume, por su parte, había podido regresar al salón con el resto de la familia, como de costumbre, sin tener que esforzarse por mantener el tipo ante el exmarido de Anna, puesto que, a pesar de compartir la misma estancia, él estaba a otra cosa. A diferencia de Dylan, Jaume había sentenciado a Chad Avery en silencio y la sentencia era inapelable. De ahí, que estar en su presencia supusiera todo un esfuerzo de contención. Solo el amor que sentía por Anna, le había impedido coger al tipo del cuello y echarlo a patadas a la calle.
Gracias a la rápida reorganización que habían llevado a cabo Pau Estellés y Brennan Mitchell, la comida se había trasladado del cenador junto a la piscina, al salón principal de la casona, situado en la planta baja. Habían añadido una tercera mesa, que habían traído de otra habitación, a las dos que, a modo de bufé, ya habían puesto contra la pared del fondo, junto a los ventanales que daban al jardín delantero. Mesas que, muy pronto, habían empezado a llenarse con distintas bebidas, así como platillos fríos y calientes. Aunque no había sido esa la idea original, el cambio de planes había resultado un éxito para gente, como los moteros, acostumbrados a interactuar de pie junto a una barra.
Y a eso se dedicaban: a socializar alrededor del bufé, mientras esperaban que las bebés recién nacidas hicieran su aparición triunfal.
—¿Cómo es que el presi todavía no se ha apuntado a la quedada escocesa? —preguntó Nikki, lanzando una mirada con segundas al aludido. Sospechaba la razón y se alegraba por él, pero que se mostrara siempre tan reservado no era compatible con su rol de presidente. Aunque él no se diera cuenta, compartir un poco de su vida privada ayudaría a normalizarlo a ojos de los moteros. Para ellos siempre había sido una especie de extraterrestre que había caído en mitad del bar, a lomos de una Kawasaki, sin que nadie se explicara qué hacía allí ahora, dirigiendo los destinos de un club de moteros de Harley-Davidson.
Ike, que en aquellos momentos estaba sirviéndose una porción de perol menorquín(1), sonrió con resignación. Había llegado su turno en las pullas.
—¿No tenéis bastante con que lo organice? Seguro que sí. Tiene muchísimas ventajas: me encargo del tostón que es negociar descuentos, hacer reservas, inscribiros en las actividades, y perseguiros para que enviéis todo lo necesario a tiempo y no os quedéis en tierra por despistados. Así que solo tenéis que pasarlo bien, y, como si esto fuera poco, no me tenéis que ver el pelo. Mejor, imposible.
—¿Y de quién vamos a reírnos, si no vienes? —dijo Evel, haciéndole un guiño para darle a entender que se trataba de una broma.
Ike no estaba del todo seguro de que, en realidad, fuera tal broma, pero acusó recibo con jovialidad.
—Reconozco que eso es una pega —concedió—. Pero, en fin, ¡nada es perfecto!
—Te has escaqueado(2) de Barcelona, ¿también pretendes escaquearte de las Highlands? —dijo Maddox—. Esto no puede ser.
—No me he escaqueado. Estuve un día.
—Menos de un día. A las ocho de la tarde ya te habías pirado —precisó Maddox.
—Perdona, tío —intervino Conor, dándole a Ike una palmada conciliadora en el hombro—, pero convengamos en que eso, y no estar, es lo mismo.
Niilo asintió enfáticamente a lo dicho por su colega, y añadió:
—Exacto. ¿No te han dicho que si te conviertes en el orgulloso propietario de una Harley-Davidson, tienes que sacarla a pasear? Eso lo sabe todo el mundo, tío. Además, viene en el manual.
—¿Qué manual? —dijo Ike, entre risueño e interrogante.
Dakota permanecía callado, aparentemente interesado en su pequeño cuenco de cerámica cargado de paella, pero atento a la conversación que mantenían sus colegas. Algo de lo que Tess se dio cuenta y tomó buena nota.
—¿El gran Dakota no tiene nada que decir al respecto? —le preguntó. También sostenía un cuenco del que se llevó una cucharada a la boca, y comió mientras lo miraba con una expresión risueña.
A su lado, Abby se divertía viendo las caras que ponía Romina al darle a probar un poco del arroz de su porción de paella. La niña no estaba familiarizada con el sabor del marisco y aún no había decidido si le gustaba o no. Al oír el comentario de Tess, decidió aportar su granito de arena.
—¿Qué clase de pregunta es esa? Dakota siempre tiene algo que decir. A todos los respectos. ¿A que sí, cuñado?
Él no se molestó siquiera en mirarla. Ignoró su comentario olímpicamente, no así el de su mujer.
—El gran Dakota está ocupado poniéndose las botas a comer, como siempre que está en España. ¡Todo está buenísimo! —exclamó, y se metió en la boca otra cucharada cargada con una montaña de arroz.
—Es verdad. ¡No olvidemos felicitar al equipo de cocina! —concedió Tess—. Y volviendo al tema, tanta insistencia en si Ike concurre o no a las reuniones moteras, me da que pensar. ¿No será que os habéis dado cuenta de que es mucho mejor persona, y, por supuesto, mucho mejor en su rol de presidente, de lo que pensabais? Yo creo que os cae bien. Sí, os gusta —sentenció, recorriendo uno a uno a los moteros con su mirada.
Ike sonrió halagado. Se preguntaba qué había de verdad en las palabras de Tess, y no sabía qué responderse. Su relación con los moteros había mejorado mucho desde la quedada de Pascua en honor a Romina, pero una parte de él se resistía a hacerse ilusiones. Con esa gente ya se había llevado muchos chascos.
—¿Pero qué dices, Tess? —se rio Niilo—. Nunca, y por nunca quiero decir nunca, nos va a caer bien un tipo que conduce un cortacésped.
—Pero ahora también conduce una moto como Dios manda —matizó Evel—. Una joya que, no es por alardear, yo le encontré y mi socio, aquí presente, restauró.
—Ya, una joya que deja en el garaje de su casa para sacar a pasear un cortacésped —precisó Niilo, nuevamente.
—Eso no es del todo cierto —dijo Nikki—. Lo he visto montando la Heritage varias veces. Es imposible no quedarte con la boca abierta cuando te pasa una maravilla de esas por delante. Para cuando me daba cuenta de que el piloto era Ike, ya estaba demasiado lejos para saludarlo —se rio.
—Es una pasada de moto. Bastante poco la monta para el pedazo de máquina que es —volvió a quejarse Niilo, pero esta vez, sonreía.
Ike empezaba a conceder cierta verosimilitud a las palabras de Tess. Algo estaba cambiando en la forma en que los moteros se relacionaban con él. El solo hecho de que estuvieran hablando de su falta de asistencia a los eventos moteros, implicaba, como mínimo, que se habían percatado de su ausencia. Aunque, quizás, el cambio no fuera tal como para asegurar que ahora les caía bien.
—Me gusta mi cortacésped —explicó con humor—. Además, se da la circunstancia de que tengo un concesionario de cortacéspedes en Londres. —Vio que algunos reían y continuó—. Así que, cuando viajo, dondequiera que voy, puedo alquilar otro cortacésped por casi nada. El seguro y reponer el tanque de combustible, nada más. ¿Sabéis cuánto me saldría alquilar una Harley? Por un ojo y la mitad del otro. ¿No os parece que la elección es simple, colegas?
Eso era algo que todos sabían o, al menos, se imaginaban, y que seis meses atrás habrían descartado con otra pulla. Ahora, no lo hicieron. Hubo un prolongado intercambio de miradas entre ellos, hasta que al fin, Conor resumió en tres palabras lo que todos estaban pensando.
—Y tan simple. Vaaale —concedió—, si es así, nos parece bien que nuestro presi, de vez en cuando, no vaya a lomos de su Heritage, como está mandado.
—¡Gracias, tío, qué alivio! —exclamó Ike.
En aquel momento, Nikki elevó un dedo, pidiendo la palabra.
—Pero sigues sin explicarnos por qué aún no te has apuntado a la quedada escocesa —insistió.
—Ni por qué solo has estado ocho horas en la quedada de Barcelona… —contribuyó Maddox.
Ike exhaló un suspiro, resignado. Se disponía a responder, cuando Dakota lo hizo por él.
—Porque el tío está casi casado y su casi mujer tiene a sus dos hermanos metidos hasta el cuello en asuntos de pañales: uno acaba de ser padre y la otra está a punto de parir. ¡No le da la vida para atender tantos fuegos! —sentenció, desafiante mientras miraba a Ike como diciéndole «niégalo, a ver si eres capaz».
Ike no tenía la menor intención de negarlo. De hecho, pensaba que era un buen resumen de sus actuales circunstancias. Pero, en aquel momento, cayó en la cuenta de que, con la ayuda de unas cuantas cervezas, Dakota siempre sacaba a relucir un vozarrón cuando estaba entre amigos. Y con ese vozarrón se había referido a Erin como su «media mujer», lo cual era cierto desde hacía tres días y él estaba feliz por ello. Sin embargo, estaba seguro de que a Brennan Mitchell no le haría tan feliz enterarse de aquel modo. Quizás, de hecho, ni siquiera lo vería con buenos ojos, aunque mediara una pedida de mano formal por su parte.
De modo que, olvidándose por completo de sus colegas, se volvió a buscar a su futuro suegro con la mirada.
No estaba a la vista, pensó aliviado. Menos mal que no había oído lo de la «media mujer».
Su alivio, sin embargo, duró poco. Tan solo lo que sus amigos tardaron en echarse a reír y a hacer preguntas de las que, a su vez, volvían a reírse en un ciclo sin un final a la vista.
—A ver, a ver, a ver… —dijo Evel, pasándole un brazo alrededor de los hombros—. Explícanos eso de que estás «medio casado».
—Eso —terció Conor—. Porque, que te quede claro: como te cases del todo y no nos lo digas, ¡te vas a enterar, tío! ¡Con las ganas que tenemos todos de casarte!
—¡Y que lo digas! —exclamó Maddox—. ¿Cuándo tuvimos el último bodorrio? ¡Hace un siglo!
—Casi un año —precisó Evel, tomando la mano de Abby y llevándosela a los labios para besarla—, ¿verdad, bombón?
Se refería a su propia boda, que había tenido lugar en aquella misma isla, el último septiembre.
Abby no se quedó corta en sus demostraciones de afecto. Acomodó mejor a Romina en sus brazos y las dos se acurrucaron contra el pecho de Evel.
—Verdad, motero —repuso, haciéndole una caída de ojos.
Ike no veía la hora de convertirse en el marido oficial de Erin Mitchell y, desde luego, podía haber seguido soportando pullas al respecto el resto del día, pero puestos a socializar con sus colegas, no era el único motero para quien parecían soplar vientos de boda.
—Pues, yo sé de otro que está medio casado desde hace varios meses… Anillo hay, aunque nos haya querido colar el gol de que no es esa clase de anillo… Así que, igual es su bodorrio el que celebramos pronto —dijo Ike sin mirar a nadie, a sabiendas de que todas las miradas se dirigirían al único allí presente que reunía las condiciones.
Y así fue.
«Ay, colega, no asustes a la liebre», pensó Niilo sacudiendo la cabeza, risueño.
Podría haber añadido varias precisiones a lo dicho por Ike. Como, por ejemplo, que aquel anillo que ambos lucían era, en intención, de esa clase de anillo, aunque tuviera el aspecto de uno de amistad. También, que la razón de que tuviera ese aspecto respondía a una estrategia muy meditada por su parte. Una estrategia que siete meses después seguía funcionando de maravilla, pues Amy no solo no se lo había quitado, sino que había dejado de disimular su presencia, usando múltiples anillos en todos sus dedos. Ahora, era la única joya que adornaba su mano. Eso, sumado a que vivían juntos desde principios de año, lo ponía mucho más cerca de casarse, de lo que había estado en toda su vida. Pero no tan cerca como Ike estaba dando a entender. Y no por él, sino por Amy. Ella era un alma indómita. Tanto, que todavía, muchas veces, a Niilo le parecía increíble hallarla a su lado al despertarse. Sin embargo, aún no estaba preparada para asumir algo más definitivo que lo que compartían. No necesitaba preguntárselo, puesto que la conocía muy bien. Amy había encontrado en él un puerto seguro y apetecible, y había echado el ancla. Existía un millar de pequeños detalles en su día a día que refrendaban ese hecho. Pero haber echado el ancla, y asumir ante sí misma que lo había hecho y se trataba de algo definitivo, eran dos cosas muy distintas. Lo primero había sucedido; lo segundo, aún no. Él, por su parte, no tenía ninguna prisa en que lo hiciera. Estaban enamorados y muy satisfechos de su vida en común. Para Niilo era suficiente por el momento.
Se disponía a hacer alguna broma que desviara la conversación de su situación sentimental, cuando la liebre se atragantó con la cerveza y, en consecuencia, provocó un estallido de carcajadas.
—Tranquila, tranquila —se rio Abby, dándole golpecitos en la espalda a su amiga—. ¡Ike lo dijo en broma! ¿Cómo iba a saber el pobre que eres alérgica a la palabra «casamiento»? ¡Tranquila, cari, fue sin querer!
Niilo no lo dejó estar. Todos eran unos bromistas que aprovechaban cualquier desliz para burlarse y, que en este caso, le hubiera tocado a él, no le preocupaba. Lo que, en cambio, sí le preocupaba era que Amy creyera que él se sentía incómodo o molesto por su reacción. Porque no lo estaba en lo más mínimo. De modo que cruzó al otro lado del corrillo que habían formado y, apartando a Abby, se inclinó hacia su chica.
—¿Estás bien? Toma —dijo, tendiéndole una servilleta de papel.
Amy la cogió, agradecida, y se cubrió con ella la boca. Tosió varias veces más antes de calmarse.
—No es lo que parece… —intentó decir, antes de que volvieran las toses.
Niilo sirvió un poco de agua en una copa, y se la dio. Ella bebió dando sorbos pequeños, hasta que al fin la tos cesó.
—No es lo que parece —volvió a decir, y señalando la desmembrada gamba que coronaba su cuenco de paella y había estado intentando pelar, añadió—: creo que me he tragado una pata.
Acto seguido, arrugó la cara en un cómico gesto de asco.
—Ajjj —dijo Niilo, repitiendo el mismo gesto. Luego, se acercó, la besó en los labios, y murmuró—: ¿Y qué, si fuera lo que parece? Cada cual tiene sus tiempos y cada cosa, su momento.
Los ojos de Amy brillaron intensamente.
—¿«Te adoro, mi caballero Jedi»? —se adelantó él, pronunciando una de las frases favoritas de Amy.
«Sí, con todo mi corazón y más cada día que pasa». Ella asintió varias veces con la cabeza.
—Fue la gamba, Niilo —insistió, acariciando la barbilla masculina.
Él respiró a todo pulmón. Era otro pequeño avance que a su chica le preocupara tanto dejar claro algo que, para él, no necesitaba aclaraciones.
—Vale —concedió con un tono íntimo que disparó los latidos del corazón de Amy. Tras una pausa, murmuró—: ¿Qué, cogemos a esa gamba y le damos una paliza por hacer que te pongas perdida de cerveza?
Mientras Amy y Niilo se reían con complicidad, Nikki ya había desviado la atención de los moteros.
—¡Mirad qué rápido aprende el presi! ¡Ven aquí, que te doy un abrazo! —exclamó, encantada. Le dio un abrazo de colegas y se puso de puntillas para decirle—: Así se hace, ¿ves? No necesitas contarnos tu vida, con ser un poquito más accesible es suficiente.
Cuando sus miradas se encontraron, Ike sonrió, agradecido. Nikki había estado de su parte desde el principio, apostando por él, y ayudándolo.
—Si no fuera por ti, estos tipos me habrían comido vivo… —le dijo al oído—. Gracias, Nikki.
—¡De nada!
—Eh, eh, eh… Y yo, ¿qué? ¿no hay abrazos para mí? —dijo Conor, metiéndose entre los dos—. No te lo digo a ti, sino a mi mujer —aclaró—. ¿No hay abrazos para mí, pobrecito yo?
La carcajada de Dakota marcó el comienzo de otra ronda de pullas.
—¿Pobrecito, de qué? ¡El tío este se está forrando a base de bailar en la calle media hora cada fin de semana, y tiene el santo morro de hacerse la víctima!
—Oye, que también trabajo en el taller —se defendió Conor—. Además, una cosa es bailar y otra, muy distinta, lo que yo hago —añadió, creciéndose con cada palabra—. Bailar, baila cualquiera…
—Cualquiera, no —lo interrumpió Evel, señalando con un dedo a su socio y haciendo que no con la cabeza al tiempo que se reía.
—Qué dices. Claro que bailo —se burló el motero pelilargo—. No me divierte, pero lo hago. Y otra cosa que también hago y tampoco me divierte es madrugar. —Miró a Conor—. ¿Sabes a qué hora me levanto cada día, chaval? ¡Cinco horas después de haberme acostado! ¡Para que luego, vengas tú a dártelas de «pobrecito»!
Maddox sonrió malévolo.
—Oye, Dakota, estaba pensando… Si con un bebé duermes apenas cinco horas, ¿qué vas a hacer cuando nazca el segundo?
—¡El harakiri! —exclamó Evel, partiéndose de risa.
Las carcajadas de los moteros retumbaron en el salón atrayendo la atención de la familia y, al igual que las bromas, se sucedieron durante un buen rato. Tiempo durante el cual, Dakota esperó pacientemente su ocasión de intervenir.
Esta llegó apenas un minuto antes de que las dos razones de que todos estuvieran allí, se materializaran en el salón, en brazos de sus padres. Pero fue suficiente para lograr que el tema quedara flotando en el aire el resto del fin de semana y diera mucho que hablar.
—Te dije, no hace mucho, que a cada cerdo le llega su San Martín. El tuyo está a la vuelta de la esquina, Evel. Aunque te empeñas un montón en que nadie se dé cuenta y disfrazas, disfrazáis —matizó, echándole una mirada a su cuñada— cambios importantes en el taller como si fueran ocurrencias de última hora, yo lo sé. Mis radares funcionan de puta madre… Eso, por no mencionar, que te conozco del derecho y del revés. ¡A mí no puedes engañarme, tío! —se rio.
Ya había comenzado el intercambio de miradas entre sus colegas, Evel sacudía la cabeza en un gesto que no quedaba claro si era de incredulidad o de ilusión, y las mejillas de Abby habían adquirido un sospechoso color rojizo, cuando Dakota le puso la guinda al pastel.
—Y que quede claro que no te estoy llamando cerdo, ¿eh? —dijo, dejando caer su brazo sobre el hombro de Evel. Atrayendo al motero hacia él, añadió en voz baja—. Estáis planeando fabricar un sobrino para el gran Dakota, ¿a que sí? ¡Tranquilo, intentaré guardaros el secreto, pero no prometo nada!
(1) Receta clásica de la isla que mezcla patatas y tomates cortados en delgadas láminas cubiertas de pan rayado, ajo y perejil, y se sirve gratinada.
(2) Escaquearse: (coloq.) evitar algo o librarse de ello con habilidad.
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©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
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