
Protagonistas de Lola (Serie Moteros # 3)
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CR28. Dylan & Andy. 30 semanas.

Viernes, 4 de junio de 2011
Casa de Dylan y Andy.
Cala Morell, Ciudadela,
Menorca.
Dylan aparcó en la entrada de vehículos de su casa y se armó de paciencia para escuchar la perorata de Domènech Oriol Martí -uno de los hermanos de Lucía, la madre de Pau- por el manos libres. ¿La verdad? Estaba a punto de quedarse sin paciencia. Léase, mandarlo a la mierda y colgar.
Llevaba un bendito mes yendo y viniendo a diario de la isla vecina por culpa de una apendicitis convertida en peritonitis del ingeniero que había contratado para que lo sustituyera al cargo de las obras durante el tramo final del embarazo de Andy. Y ahora que por fin el tipo estaba lo bastante bien para reincorporarse, Domènech intentaba convencerlo de que continuara él. «El cliente te quiere a ti, Dylan. Creía que seguirías hasta el final de la obra hasta que esta mañana habló contigo y se lo dijiste. Desde entonces, lo tengo encima, dándome la brasa».
—En dos meses, habrás acabado y el hombre, que ya está encantado con cómo marchan las cosas, estampará su firma en un nuevo contrato para un proyecto en Ibiza. Tú quedarás libre y con las puertas abiertas para regresar cuando quieras, y nosotros seguiremos consolidando el negocio inmobiliario en Baleares. Todos ganamos. Solo dos meses, Dylan. Por favor, piénsatelo.
El irlandés puso los ojos en blanco. Si le dieran cien euros por cada vez que había oído las palabras “piénsatelo” desde que había empezado el año… La única razón de que aún no hubiera enviado a los Martí a hacer gárgaras era que eran familia de Andy. Familia lejana, pero familia al fin.
Y esa era también la razón de la oferta que estaba a punto de hacer. A contra gusto -muy a contra gusto-, pero quería que lo dejaran en paz de una vez.
—Lo que me pides no está siquiera sobre la mesa. No es una posibilidad. Andy está en el último trimestre del embarazo y yo no pienso estar en ningún otro lugar más que aquí. Y digo aquí porque estoy a punto de abrir la puerta de mi casa.
—Pero Dylan…
—Déjame acabar, por favor —exigió el irlandés que para entonces, había desconectado el manos libres e iba camino de su casa con el móvil pegado a la oreja—. Lo único que voy a ofrecerte es que le propongas instalar cámaras para que yo pueda seguir el desarrollo de las obras desde aquí hasta su finalización. Pero no pienso trasladarme a Mallorca más que lo acordado. Thomas es bueno… Que haya tenido que estar de baja por una peritonitis es una putada, pero está haciendo un gran trabajo. No era un requisito del contrato que además de capacidad y experiencia, tuviera que resultarle simpático a tu cliente. —Inspiró profundamente—. Mira, llevo un mes viendo a mi familia a cuentagotas —por no añadir atacado de los nervios por tener que dejar a Andy sola todo el día—, y ahora estoy aquí. Así que voy a colgar. ¿De acuerdo?
—Claro, Dylan, claro… Lo que propones no será lo mismo que tenerte a ti a pie de obra pero, con un poco de suerte, igual se conforma… No te preocupes. Hablaré con él. Gracias. Y ahora ve a disfrutar de tu familia.
Dylan volvió a guardar el móvil pensando que no necesitaba que nadie le dijera que no se preocupara por la maldita obra. Con Andy en la semana treinta del embarazo, no le quedaba energía para preocuparse por nada más.
* * *
Dylan cerró la puerta de su casa, sonrió y a continuación exhaló un suspiro. Lo separaban un par de minutos de sentirse en la gloria y lo estaba disfrutando con anticipación.
Dejó el maletín en el suelo, soltó las llaves del monovolumen junto a las demás y se dirigió hacia el salón.
Se oían voces y ruidos metálicos, como si estuvieran intentando montar un mueble. Y cómo no, también se oía la risa de su gordita. Se tomó unos instantes para seguir disfrutando de esos sonidos que formaban parte de su vida y que había echado tanto de menos las últimas cuatro semanas…
Y finalmente abrió la puerta del salón.
La primera en verlo fue Andy y reaccionó en consecuencia.
—¡Dylan! ¡Hola, amor! ¡Qué pronto has llegado hoy! —Estaba sentada en una silla, ayudando a su hermano y a su suegro a montar el mueble cambiador para las mellizas—. Mejor acércate tú para que te dé un beso porque si lo hago yo, igual te conviertes en una estatua de sal esperando a que llegue a tu lado —Se rio divertida.
La segunda -casi simultáneamente- fue Luz, y también reaccionó en consecuencia.
—¡Papi, papi, papi! —exclamó y levantándose del orinal con forma de hipopótamo donde la habían puesto, salió corriendo a abrazar las rodillas de su padre, desnuda de cintura para abajo.
Dylan la elevó en volandas y la estrujó contra él.
—¡Eh, preciosa mía! ¿Cómo estás, peque? ¿Tienes dominado al hipopótamo o todavía se te resiste?
La pequeña respondió a una frase que no entendía del todo con una risita y quien respondió fue su madre.
—Yo creo que se lo ha tomado como si fuera su nueva silla. Lo lleva a todos lados, pero hacer algo en él, lo que se dice hacer… Todavía nada.
Dylan buscó la mirada de la pequeña que seguía, como era habitual en ella, enseñando sus preciosos dientecitos a todo el que quisiera verlos.
—¿Nada de pis? —le preguntó. La niña negó sacudiendo su cabecita—. ¿Caca tampoco?
Luz volvió a negar mientras miraba a su padre con una sonrisa traviesa.
—Sucederá en cuanto menos os lo esperéis —dijo Brennan—. La cuestión será si acierta dentro del orinal o no… Tú no acertaste —añadió, mirando a su hijo con expresión divertida por encima de las gafas.
Dylan le devolvió una mirada cómica a su progenitor.
—Claro, porque tú lo digas… Total, como nadie puede rebatirlo —se burló.
Brennan no solo continuaba en su casa, ocupando una de las habitaciones de invitados; también gestionaba a distancia la casa matriz de la empresa familiar desde una mesa con un ordenador que Dylan había instalado en su propio estudio, junto a la suya. Estaba mucho mejor de su pierna, pero el tema de que regresara a su propia casa no había vuelto a estar sobre la mesa ni una sola vez. Su padre parecía no solo adaptarse perfectamente al constante cambio en las rutinas causado por el embarazo de su nuera, también parecía disfrutar ocupándose de ella y de su nieta. Era como si hubiera encontrado un nuevo propósito a su vida. Algo que Dylan agradecía enormemente. Saber que Andy se quedaba al cuidado de su padre cuando él no estaba en casa era lo que había impedido que se volviera loco de ansiedad el último mes.
—¡Exacto! —aseguró el anciano—. Pero es la verdad; no acertaste, Dylan. Ni un poquito. Menudo desastre hiciste.
—¡Que no se diga, cuñado! —exclamó Danny, tronchándose—. Las cosas de las que uno se entera en esta casa…
—¿No acertaste? ¡Toma ya! ¡Algo más que tus hijas y yo aprendemos de tu lejano y oscuro pasado, calvorotas! —celebró Andy, haciéndole un guiño a su suegro.
La risita de Luz reclamó la atención de Dylan que, tras darle un beso en la mejilla, le preguntó:
—¿Quieres que te ponga el pañal… O piensas seguir yendo medio desnuda por la casa, como hace tu padre? —y se echó a reír de puro gusto.
Esta vez las carcajadas duraron un buen rato.
* * *
Al grupo de montadores le había tomado cerca de una hora y media acabar de montar el mueble de setenta y cinco por setenta y cinco centímetros blanco con los tiradores de color ciruela claro, a juego con el resto de los muebles de la habitación de las mellizas. Tenía tres hileras de cajones. La primera de ellas dividida en tres cajones más pequeños que los de las otras dos, que solo contaban con dos cajones cada una. La bandeja para cambiar al bebé llevaba un colchón de cuatro centímetros de grosor con una funda de tela de rizo cuyos bordes eran de un tejido estampado con medias lunas y estrellas en distintos colores de rosa, a juego con los rulos de protección que rodeaban el contorno de la bandeja. El mueble Incluía un moisés de mimbre con asas y su correspondiente colchón, que se colocaba en un espacio libre dejado al efecto a la izquierda de la bandeja. Era el primer regalo que la abuela Anna hacía a sus nietas y Danny, su tío, había sido el responsable de encargarlo, ir a buscarlo, llevarlo a casa de su hermana, y montarlo.
Durante esos noventa minutos, Dylan no había movido un dedo para ayudar; después de volver a vestir a Luz, se había acomodado en el sofá y desde allí se dedicaba a contemplar en silencio la escena. Y a disfrutar a fondo.
Con su ingeniero otra vez en su puesto, él ya no tendría que pasarse la semana viajando a la isla vecina. Eso le permitiría retomar su larga lista de tareas por hacer antes del nacimiento de Zoe y de Coral. Pero eso sería el lunes. Ahora tenía otras cosas en la cabeza.
Por ejemplo, comprobar de cerca -y no de oídas- cómo iba evolucionando el ánimo de Andy. Estaba preciosa con un vestido de punto negro sin mangas que se ceñía a su silueta, y sus zapatillas de deporte del mismo color. Sentada en la silla mientras leía en alto las instrucciones de montaje para su hermano y su suegro, parecía relajada y contenta. En buena parte se debía a que había conseguido dormir bien la noche anterior pero, últimamente, no era lo habitual. Su vientre tenía el tamaño que tendría el de una mujer embarazada de un solo bebé que estuviera a punto de dar a luz. Solo que a ella aún le quedaban varias semanas para llegar al parto, dijeran lo que dijeran las malas lenguas, a saber; que los embarazos gemelares solían acabar en partos prematuros. Hacía un mes que habían comenzado el curso de preparación al parto al que asistían juntos. Iban los sábados por la mañana. Un mes que él llevaba alucinando con los comentarios ponzoñosos que, sin conocer a Andy de nada, le hacían las propias mujeres que asistían a esos cursos en calidad de acompañantes. Personalmente, le parecía una cabronada decirle a una madre primeriza con un embarazo múltiple que «no se preocupara» si no llegaba a término porque el parto prematuro -antes de haber alcanzado la semana treinta y siete- era bastante normal, si esperaba mellizos. ¿Que no se preocupara? ¿En qué planeta una mujer no se preocuparía si le decían algo semejante? Además, en su opinión, era meterle el miedo en el cuerpo porque sí, ya que las estadísticas le daban a Andy un cincuenta por ciento de posibilidades de llegar a término con su embarazo.
Otra razón de que Andy durmiera mejor era su rutina de ejercicios. El calor había empezado a apretar muy pronto en la isla aquel año y durante las primeras semanas de mayo, a Dylan le había costado hacerla salir de casa. Decía que con tanto calor le faltaba el aire. De ahí, que él hubiera comprado una cinta de correr. Puesta a la velocidad mínima, le permitía mantener su rutina de pasos sin agobiarse por el exceso de calor. Dylan la había instalado en la habitación de matrimonio como un sutil recordatorio de que empezara con el ejercicio que le había prescrito su médica tan pronto sacaba los pies de la cama. A pesar de lo cual, en más de una ocasión, cuando él llegaba a casa por la noche, aún no la había hecho. ¿La habría hecho hoy? El irlandés se levantó del sofá para ir a comprobarlo.
Tan pronto Dylan dio un paso, Luz dejó el cuaderno que estaba pintando y fue detrás de él.
—¿Vienes con papi? Genial, peque —dijo el irlandés cuando ya la estaba tomando en brazos—. ¡Vámonos de excursión!
Con la niña en brazos, Dylan se encaminó hacia la puerta que comunicaba con el pequeño pasillo donde daban las habitaciones.
Junto a los montadores, Andy sonrió para sus adentros. Aunque muchas veces se enfadara por tener tantos ojos pendientes de cada cosa que hacía, la actitud de Dylan le resultaba entrañable. Estaba en todo, sin hacer parecer que lo estaba.
Pero esta vez, el Señor Calvorotas se llevaría una grata sorpresa; porque aquel día, el primero en más de una semana, tras dormir toda la noche como un topo, ella había hecho sus tres rutinas diarias de ejercicios.
* * *
Dylan esbozó una enorme sonrisa al acercarse a la máquina y comprobar el número de kilómetros que había hecho su mujer aquel día. Se había portado como toda una campeona en un asunto importantísimo para su bienestar y el de las bebés. No podía estar más orgulloso de su chica.
Pero, por lo visto, Andy había hecho más cosas de las incluidas en la categoría “importante”, pensó al ver lo que había sobre la mesilla de noche.
Dejó a Luz en el suelo que enseguida comenzó a abrir cajones y a husmear en los armarios, y él se sentó en la cama. Había tres libros de la biblioteca municipal apilados junto a la lámpara, tomó el que estaba arriba del todo. La portada mostraba la imagen de una mujer besando la manito del bebé que sostenía contra su pecho. En la parte superior, sobre un fondo celeste con grandes letras en blanco, el título en español rezaba; «El arte femenino de amamantar».
Por la noche…
Cuando Dylan regresó al salón, tras acostar a Luz, Andy todavía seguía sonriendo a cuenta de la imagen con la que la pequeña se había despedido aquella noche; medio dormida, cogida de la pernera del pantalón de su padre y llevando su orinal en la mano libre, como el inseparable compañero en el que se había convertido desde que se lo habían comprado, hacía quince días.
Luz era para comérsela. Todo resultaba fácil y natural cuando se trataba de ella. La peor época se la habían dado los dientes e incluso durante esos meses en los que la pequeña tenía las encías enrojecidas y le subía la fiebre a menudo, en cuanto el dolor cedía, ya estaba regalándole sonrisas a todo el mundo.
Hacía tiempo que la niña amanecía con el pañal seco, así que, de a poco, habían empezado a dejarla un ratito cada día sin él, llevándola al baño cuando calculaban que era su hora. Hasta el momento, no había habido suerte. En todo caso, la pequeña no se resistía ni se quejaba. Todo lo recibía con asombro y alegría. ¿Sería tan fácil con las mellizas como con Luz?, pensó Andy. Era una gran incógnita.
En aquel momento, Dylan se dejó caer junto a ella, en el sofá. Enseguida posó sus dos manos sobre el vientre femenino, esperando percibir algún movimiento de sus hijas. Le encantaba sentirlas. Por el momento, era lo más cerca que podía estar de ellas. Pero todo estaba tranquilo y sereno por aquellas latitudes.
—¿Te han dado mucha guerra hoy? —le preguntó, alzando la vista hacia Andy.
La vio negar con la cabeza.
Dylan sabía que a su mujer no le gustaba que todo estuviera tan tranquilo. No lo decía en alto, pero él sabía lo que pensaba. Era el típico temor materno a que las niñas no estuvieran bien. El riesgo del gemelo evanescente ponía muy nerviosos a los futuros padres y aunque en el caso de Andy no estaba del todo descartado, las posibilidades disminuían a medida que los dos bebés continuaban teniendo un crecimiento similar. El día anterior a primera hora de la mañana, a Andy le habían hecho la ecografía de la semana treinta y sus niñas -las dos- estaban como toros; Zoe medía 39 centímetros y pesaba 1.780 gramos, pero era Coral quien había dado un “estirón” tal que estaba a punto de alcanzar a su hermana; medía 38,5 centímetros y pesaba 1.742 gramos. Y allí, precisamente, radicaba la razón de tanta aparente tranquilidad; a medida que el espacio se reducía, los movimientos ya no eran tan enérgicos e impetuosos, sino pausados pero más intensos.
—Es normal. Ya no los dijo Menéndez. Nuestras bebés están perfectamente. Grandotas y preciosas.
Dylan cumplió con su ritual diario de darle un beso a sus hijas, posando sus labios sobre el vientre materno en la localización donde estaba situada cada bebé, según la última ecografía. A continuación, volvió a acomodarse en el sofá y, esta vez, apoyó su cabeza en el hombro femenino.
Andy giró la cabeza para mirarlo. Tras una ducha, Dylan se había puesto unos pantalones de deporte y una camiseta de lycra que destacaba su buen estado físico.
Le dio un exhaustivo repaso y sonrió:
—Qué envidia me da tu tableta. A la mía llevo meses sin verla.
Él corrigió un poco su postura y también le dio un exhaustivo repaso que, en su caso, no fue tan breve como el de Andy. También sonrió:
—¿Y qué más da? ¿Quién se fijaría en lo que hay más abajo de esas delanteras de infarto que tienes? Solo yo y porque soy el padre de las criaturas.
Ella le dio un codazo.
—¡Dylan, no seas bestia! —se quejó más en broma que en serio.
Al irlandés le encantaba picarla y no se molestó en ocultarlo. Una de sus manos fue a acariciar su vientre amorosamente mientras con su brazo libre apretó a Andy contra su cuerpo.
—Que bestia ni nada, es la verdad. Y hablando de tus delanteras…
—No vamos a hablar de mis delanteras —lo interrumpió ella algo sonrojada. Vaya tema de conversación.
—¿Es terreno vedado? ¿Desde cuándo? —guaseó él.
—No, no es terreno vedado. Pero ya tengo bastante con aguantarlas para encima convertirlas en tema de conversación. O de burla —añadió, dirigiéndole una mirada con mensaje.
Sus pechos llevaban la misma tendencia que su vientre; no paraban de crecer. Le dolían, la incomodaban cada vez más y la obligaban a llevar un sostén las veinticuatro horas del día, algo que odiaba de manera especial a la hora de dormir. Lo último que le apetecía era hablar de ellas.
Dylan sonrió para sus adentros.
—¿Y entonces ese libro que hay en tu mesilla de noche es para mí? —Su mano siguió acariciándole el vientre, ahora acompañado por la mano que Andy había posado sobre la suya.
—Qué bobo eres…
—¿Es para mí o no? —insistió él.
Se miraban y sonreían. La de Andy era la típica sonrisa incómoda debido a las circunstancias; eran un matrimonio joven que había pasado de la luna de miel a esperar mellizos. La sonrisa de Dylan era la de siempre; tierna y bastante canalla.
—No puede ser para ti porque está en castellano —repuso burlona, pero enseguida se rio—: El ejemplar en inglés que recibiremos el lunes, sí. Ese sí que será para ti.
Dylan asintió satisfecho. Volvió a cambiar de postura, sentándose directamente sobre la mesa ratona, frente a Andy. No quería perderse ni un solo gesto.
—Así que nos lo estamos planteando… —dejó caer.
Ella se tomó su tiempo para responder.
—Primero quiero que leas el libro. Hay muchísima información disponible sobre la lactancia materna, pero todo el mundo me recomienda ese libro en particular, así que… Empezaremos por ese y luego hablaremos.
Él volvió a asentir.
—Pero tú quieres darle el pecho a las mellizas… —No fue del todo una pregunta. Tampoco una afirmación. Más bien algo hecho con la intención de que Andy dejara de mostrarse tan cauta y dijera lo que pensaba al respecto.
Inesperadamente, Andy volvió a sentir que un calor espantoso le quemaba las mejillas.
—No puedo hacerlo sola, Dylan. Así que lo que tú quieras importa tanto como lo que quiera yo. Siempre importa, pero en esto más. Cuando hayas leído el libro, hablaremos.
Un terremoto de ternura se adueñó del irlandés al ver sus mejillas rojas y sus ojos brillantes, pero como ya había hecho en tantas otras ocasiones, volvió a apelar a la broma para diluir la incomodidad de su chica.
—Ya sabes que por ti, lo que haga falta, pero… Creo que vamos a necesitar un milagro para que pueda ayudarte con esa tarea. No sé si me explico. —Por si el comentario no era lo bastante claro, se dio un par de palmadas sobre sus pectorales.
De primeras, Andy le dedicó una mirada molesta, pero al instante se echó a reír. Menuda imagen le vino a la cabeza.
—Eres de lo que no hay…
—Pero te hago reír… entre muchas otras cosas.
—También me haces enfadar, ¿recuerdas? —apuntó ella.
Asunto silla de ruedas sobre la mesa otra vez, pensó él.
—Eso es porque a veces te pones muy tontita…
—Dylan… Te la estás jugando…
Él cogió las manos femeninas. Las sostuvo entre las suyas.
—No he leído concretamente ese libro que te han recomendado, pero he leído otros.
Ella asintió. Desde que estaba embarazada, él se había convertido en un ratón de biblioteca.
—No estoy en tu lugar —continuó Dylan—. No sé qué se siente con dos seres pequeñitos creciendo dentro de ti… Me imagino que debe ser… ¡La caña!… Pero también agotador y a veces doloroso… —hizo una pausa esperando que ella dijera algo, pero al ver que permanecía en silencio con su mirada dulce sobre él, continuó—: Sé lo que implica la lactancia artificial y también sé lo que implica la lactancia materna. Y lo único que puedo decirte… Lo único que voy a decirte es que me parece perfecto lo que sea que elijas y que voy a estar aquí para lo que tú y las niñas necesitéis. No esperes que te diga algo distinto después de que lea ese libro.
La mirada de Andy se volvió aún más tierna.
—Eso no es muy justo que digamos, calvorotas. ¿Y si yo quiero saber lo que tú prefieres? ¿Y si para mí es importante saberlo?
—Sé que es importante. Por eso te lo he dicho: prefiero lo que tú prefieras.
—Así no vale, Dylan… ¿Y si me descuelgo con una insensatez… como negarme a usar la silla de ruedas cuando sabía perfectamente que apenas podía andar cien metros seguidos sin cansarme?
—Tranquila, que si creo que las cosas se te están yendo de las manos, te lo diré.
Andy meneó la cabeza.
—Puedes opinar, ¿sabes? Eres mi marido, el padre de mis niñas…
—Tengo esa suerte, sí —repuso él, seductor.
—Dylan, lo digo en serio.
«Yo también» pensó él. En su lugar, fue hasta el mueble bar. Se sirvió un whisky de quince años y, tras beber un sorbo y disfrutarlo como si hiciera siglos desde que lo había probado por última vez, regresó donde estaba antes. Dejó el vaso a su lado y volvió a mirar a Andy.
—Vivimos rodeados de gente que no calla ni bajo el agua —empezó a decir haciéndola sonreír—, y en algunos asuntos lo he dejado correr un poco porque sé que nuestras mellizas han sido una sorpresa para todos. Pero en cuestiones tan tuyas como la forma en que quieras dar a luz o alimentarlas… En estas cosas que nadie más puede hacer por ti, yo soy el primero en inhibirme. Y, lógicamente, detrás de mí tendrán que hacerlo todos los demás.
—¿Y ya está? ¿Eso es todo? —dijo Andy.
—Es todo.
En otras circunstancias, Andy se habría conformado. Le habría devuelto una mirada enamorada y después de decirle que era el tipo más genial del universo, se habría abrazado a él y habría disfrutado de lo segura y querida que se sentía a su lado. Las últimas semanas, especialmente, era lo que más le apetecía, ya que a consecuencia de la baja de su ingeniero al cargo de las obras en la isla vecina, Dylan se pasaba la mayor parte del tiempo fuera de casa.
Pero a medida que se acercaba el momento del parto, los interrogantes y las dudas de Andy aumentaban. Y también su preocupación. Aunque ella misma se dijera que era una tontería preocuparse. Necesitaba más de Dylan que su determinación de inhibirse, por admirable que le pareciera.
Él la vio negar con la cabeza en lo que al principio le pareció una forma de queja y enseguida comprobó que era mucho más que eso.
—Mójate, Dylan. Sé lo que quiero hacer. Lo que no sé es si seré capaz de hacerlo, y eso me está reconcomiendo por dentro. Así que… —inspiró hondo—. Necesito que te mojes.
La primera respuesta del irlandés fue impulsiva; tomó el rostro femenino entre sus manos y le plantó un beso de película. Nada lo inspiraba más que una mujer fuerte y decidida como Andy se permitiera mostrar, por una vez, su lado vulnerable ante él.
—Guaaaau… —murmuró ella, todavía con los ojos cerrados.
Él recorrió las facciones femeninas con la misma devoción de siempre.
—Estuvo bien, ¿eh?
—Mejor que bien. —Andy exhaló un suspiro y al fin abrió los ojos para mirarlo. Entonces, sonrió con picardía y añadió—: Sigo queriendo que te mojes.
Dylan se sentó a su lado en el sofá, le pasó un brazo alrededor de la cintura y después de atraerla hacia él, se dispuso a ofrecerle otra clase de respuesta.
—Entre el libro que quieres que lea y lo que acabas de decir, imagino que hablamos de la lactancia materna, ¿no? —Sus ojos grises se posaron sobre los de Andy el tiempo suficiente para verla asentir—. Vale. Por lo que he aprendido sobre el tema, hay factores a tener en cuenta que no dependerán de ti y, mucho menos, de mí… Lo que, por otro lado, no es ninguna sorpresa. La vida es así. La verdad es que controlamos muchísimo menos de lo que creemos que controlamos, así que lo más probable es que, incluso en el mejor de los casos, haya que improvisar sobre la marcha… Me refiero a contar con que habrá que hacerlo. ¿Estamos de acuerdo hasta aquí?
Andy volvió a asentir. No pensaba decirlo en alto -no quería interrumpir el espectáculo-, pero esa forma tan suya de plantearse las cosas desde el razonamiento, obraba maravillas sobre su ánimo.
—Tu producción de leche también depende de muchas cuestiones que no podemos controlar, así que si no se dan -o dejan de darse-, tendremos que pasarnos a la lactancia artificial. Pero como eso no lo sabremos hasta que ocurra, si ocurre, vamos a centrarnos en cómo haríamos las cosas suponiendo que tu leche recibiera las bendiciones de toooodos los dioses del Olimpo y obtuviera toooodas las certificaciones de calidad y suficiencia habidas y por haber, ¿vale? —Se trató de un intento premeditado de quitarle hierro al asunto y hacerla reír que consiguió su objetivo—. Por lo que he leído, el descanso es fundamental. Si no descansas bien tampoco comerás bien ni asimilarás bien y… Bueno, sin materia prima, la central lechera tendrá que cerrar —se rio.
Andy le dio un puñetazo flojito.
—Voy a hacer de cuenta que no me estás llamando vaca. Porque no me estás llamando vaca, ¿verdad?
A modo de respuesta, él la estrujó cariñosamente al tiempo que los dos reían.
—Las mejores horas para dormir son las de por la noche, el sueño natural —continuó Dylan—. Por lo tanto, la estrategia más inteligente sería que yo me ocupara de las mellizas por la noche mientras tú intentas dormir todo lo que puedas… En la quedada estuve hablando con Dakota y me contó que por lo menos dos o tres tomas diarias de Romina son biberones de leche materna. Me dijo que la descongelan según la van necesitando. Podríamos hacer lo mismo.
Andy se incorporó un poco y lo miró con los ojos muy abiertos.
—¿Has estado hablando con mi ex jefe de lactancia materna?
—Sí, ¿por?
Ella soltó una carcajada.
—¡Vaya conversación más insólita habéis tenido! ¡Cuesta imaginaros hablando de biberones!
—Ahora que lo pienso fue bastante rara… El tío está como una cabra y en estos años le he oído hablar de las cosas más increíbles que puedas imaginarte y de muchas otras que no te imaginarías ni por casualidad… ¿Pero de biberones? —Negó con la cabeza—. Fue la primera vez y sí, fue bastante surrealista —se rio—. Pero también muy útil… Sería un puntazo si logramos que las niñas se acostumbren a tomar biberones por la noche. Así dormirías. Como mínimo, descansarías más.
—¿Y cuándo dormirías tú? Y, por favor, no me vengas ahora con eso de que dormir está sobrevalorado.
—A ver, Andy. Los dos dormiremos cuando podamos. Pero es imprescindible proteger tu sueño y tu descanso lo más posible. Si queremos criar a las niñas con leche materna, no hay vuelta de hoja.
—¿Y queremos? —le preguntó poniendo morritos.
Dylan respiró hondo y exhaló el aire en un suspiro. Estaba claro que su mujer no se quedaría tranquila hasta que se lo deletreara.
—Sí, Andy. Queremos. Los dos queremos.
Una sonrisa inmensa y dulce como la miel iluminó el rostro femenino.
—¡Ay, qué alivio más grande! —exclamó, volviendo a acurrucarse contra Dylan. Esta vez, le rodeó la cintura con un brazo—. A veces, cuando pienso en lo que se nos viene encima, me siento tan pequeñita… Pero luego llegas tú, que lo ves tan claro y haces que todo parezca tan posible, tan realizable… ¡De verdad, qué alivio, calvorotas!
—¿Pequeñita? —Buscó su mirada, ella puso morritos—. ¿Pero qué dices? Eres una mujer fortísima, ya quisieran muchos hombres tener la mitad de tu fuerza interior. Pequeñita y una mierda, Andy. Si hay alguien en el mundo capaz de plantarle cara a lo que sea cuando sea, esa eres tú.
Ella sonrió agradecida y asintió con la cabeza.
—Llevo unos días un poco tontita… Se me pasará —aseguró—. Gracias por ser paciente… Y amoroso… Y por recordarme que debajo de todas estas… redondeces, sigo siendo la misma tía dura de siempre… —Exhaló un suspiro—. Necesitaba oírlo.
Dylan la rodeó con sus brazos y la estrechó muy fuerte.
—De nada —murmuró—. Y digo yo… ¿Hay algo más que necesites? Ya sabes, para seguir mostrándote lo paciente y amoroso que soy…
Era su frase de siempre, dicha en el tono de siempre; uno que sabía que a Andy la derretía de ternura.
Se miraron sonrientes. En sus ojos había mucha complicidad. Esa parte de su vida había cambiado bastante las últimas semanas, pero no de la manera que ambos pensaban que sucedería.
Poco después de la anteúltima ecografía, la obstetra les había prevenido acerca de los efectos indeseados del sexo con penetración a esas alturas del embarazo, pero lejos de desaconsejar las relaciones íntimas, los había animado a explorar otras vías. Así las cosas, lo que a priori habían temido que sería una limitación de su vida sexual por temor a provocar un sangrado o, peor aún, un parto prematuro, se había convertido en un momento pleno de descubrimiento mutuo que los dos esperaban con ansias. Solían reservarse los domingos, el único día de la semana que tenían la casa para ellos solos, y pasaban tiempo desnudos, descubriéndose y disfrutando de una intimidad distinta a la habitual, pero plenamente satisfactoria.
—Todavía es viernes —murmuró Andy.
Los ojos de Dylan recorrieron su rostro lentamente, amorosamente. Y acabaron su recorrido en los labios de Andy.
—¿No tienes ganas de que sea domingo? —insistió él devorando los labios femeninos con su mirada.
—Me muero por que sea domingo… —admitió—. Pero no es domingo. Y no estamos solos. Lo mejor sería seguir planeando cómo nos organizaremos con Luz cuando las mellizas…
Dylan la silenció con un beso. Y mientras la besaba, su mano descendió por el hombro de Andy, se tomó su tiempo para acariciarle el vientre, antes de seguir bajando por su brazo y reunirse con su mano.
—Mañana seguiremos planeando. —Tiró de ella para ayudarla a ponerse de pie—. Ahora, no, ¿de acuerdo?
Andy le dedicó una mirada cargada de amor y, finalmente, asintió.
Dylan sonrió satisfecho.
—Así me gusta —guaseó—. Que obedezcas a tu maridito.
Y tras hacerle un guiño, siguió tirando de ella con suavidad, guiando el camino hacia el dormitorio.
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©️2023. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷
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CR32. Dylan & Andy. 37 Semanas.

Martes, 19 de julio de 2011.
Centro de Salud,
Ciudadela, Menorca.
Dylan se quedó mirando embobado el monitor. Casi sin haberle dado tiempo a recuperarse, la ecografista había situado el transductor de forma que el rostro de Coral podía apreciarse con una nitidez que daban ganas de estirar la mano y acariciarlo. Hacía un momento había hecho lo mismo con Zoe y el sentimiento había sido idéntico, pero la sorpresa no tanta ya que había sido la bebé que se había mostrado desde el principio, acaparando los primeros planos como si ya desde antes de nacer, tuviera previsto convertirse en una estrella.
—Es hermosa. —El murmullo cargado de admiración se había escapado de sus labios sin que Dylan se hubiera dado cuenta.
De hecho, no lo hizo hasta que sintió la caricia de Andy sobre una mejilla.
—Como su padre —dijo Andy cuando él la miró un tanto sorprendido—. ¿Te apuestas algo a que cuando abra los ojos, serán como los tuyos? Esa nariz es la tuya y ese corte de cara también —añadió, señalando ligeramente la imagen del monitor ante la expresión divertida imposible de ocultar de la ecografista, a pesar de que ella intentara ponerse seria con tanto ahínco.
Una sonrisa vanidosa se abrió paso en el rostro del irlandés. Ni podía asegurarse que la nariz de Coral se pareciera a la suya, ni mucho menos la forma de su rostro, pero le encantaba la idea de que las niñas guardaran algún parecido con él. Ahora bien, puestos a elegir, prefería que salieran a su madre. De esta forma, tendría cuatro bellezas a la vista todo el tiempo, para poder contemplarlas a placer.
—¿Eso no es mucho decir? A saber a quién se parecerán las niñas... —se inclinó a besar los labios de Andy—. Pero gracias de todos modos.
—Aparte de hermosas que, sin ninguna duda lo son, ¿les cuento qué tal las veo? —propuso la joven. Era la misma con la que Dylan había tenido un encontronazo su primer día en el puesto de aquel centro de salud.
—¡Claro! —pidieron los dos al unísono.
—Lo primero a decirles es que ha superado la semana 37 y por lo tanto, el embarazo ha llegado a término. Esto significa que las niñas pueden nacer en cualquier momento a partir de ahora sin que se considere un parto prematuro. Así que… ¡Enhorabuena, mamá! —A pesar de saberlo, Andy experimentó una inesperada y gratificante sensación de éxito. Supo que a Dylan le pasaba igual cuando sintió su mano protectora apretando la suya—. En cuanto a lo que miden las bebés…
La joven profesional fue dando progresivamente las distintas medidas que calculaba el ecógrafo. Andy y Dylan se conformaban con saber que todas eran normales y se sorprendieron, como siempre hacían, al saber que Zoe pesaba 2.715 gramos y medía 48 centímetros y que Coral la seguía de cerca con 2.680 gramos de peso y 47,5 centímetros de alto.
—La doctora Menéndez me ha pedido que les diga que pasen por su consulta antes de irse —dijo. Al ver que Andy se mostraba sorprendida, añadió—: Ah, no, no se preocupe. Quiere ver cómo están usted y las niñas. Yo acabo de enviarle el archivo de la eco a su correo. Lo hace siempre con las pacientes que entran en fase de descuento para dar a luz.
Andy y Dylan intercambiaron miradas.
—¿Estamos en esa fase? —preguntaron casi al unísono y luego sonrieron a cuenta de su sincronicidad.
—No se preocupen —volvió a decir la joven con la paciencia propia de alguien preparado para tranquilizar a madres primerizas—. Nada de lo que he visto indica que esté a punto de ponerse de parto. La gestación sigue adelante con normalidad. Pero como he dicho antes, tratándose de un embarazo múltiple, puede suceder en cualquier momento a partir de ahora. Por eso Menéndez quiere seguirlo más de cerca.
* * *
Después de abandonar la sala de ecografías, cogieron el ascensor y se dirigieron a la planta baja, al ala del edificio donde pasaba consulta su tocóloga. Iban tomados de la mano y andaban despacio, ya que desde hacía un mes y medio, Andy se movía con mucha dificultad. Las niñas sumaban cinco kilos cuatrocientos gramos entre las dos, lo que añadido a las placentas y a su propio aumento de peso, suponía moverse con dieciséis kilos por encima de su peso habitual.
La médica estaba atendiendo a una paciente y les tocó esperar un rato, pero al fin estuvieron frente a ella, sentados al otro lado de su escritorio. La vieron abrir el archivo de la ecografía y contemplarla con minuciosidad al tiempo que comprobaba los percentiles fetales. Al fin, puso su atención sobre Andy y lo hizo con una sonrisa.
—¿Qué tal? ¿Deseando poder volver a verte los pies... o todavía resistes?
Andy se rio de buena gana. No era en los pies en lo que había pensado y Dylan, que se había dado cuenta, miró para otro lado ocultando sus pensamientos que, como siempre, se manifestaban en su rostro igual que la tinta mágica.
—Resisto, resisto. Aunque no sé por cuánto tiempo más —bromeó.
—¿Y qué tal te tratan las Braxton Hicks?
—Como siempre. Me visitan cada día al menor movimiento que hago, pero se pasan enseguida. Ya somos viejas amigas.
—A ver, ponte de pie y déjame verte —le pidió al tiempo que ella misma se levantaba, y después de rodear el escritorio, se acercaba a Andy.
Dylan observó la escena con interés y cierta intriga. Después de analizar la voluminosa barriga de Andy, la había hecho ponerse de costado y subirse la camiseta, descubriendo su vientre cuyo perfil luego recorrió con una mano de comienzo a fin. Le resultó curiosa su maniobra, ya que Andy vestía un camiseta elástica de tirantes y unos vaqueros y ambas prendas dibujaban sus contornos con bastante claridad.
En realidad, Menéndez estaba comprobando el nivel de tensión de la piel y la altura de su vientre. Ese era, en realidad, el propósito de la revisión.
—¿Sientes mucha presión abajo?
—Un poco.
—La panza sigue bien arriba. Bajará —le advirtió—. Y entonces sí que habrá presión.
Menéndez asintió complacida y después de indicarle con un gesto que podía volver a sentarse, su siguiente pregunta la dirigió a Dylan:
—¿Duerme bien? ¿Come bien?
—No duerme bien desde hace ocho meses —precisó el irlandés—. Pero estos últimos días le cuesta más encontrar una postura cómoda y se despierta mucho. Comer —dijo echándole una mirada tierna a su mujer—, come como un pajarito, pero me las ingenio para tentarla con cosas ricas varias veces al día.
—Muy bien —aprobó Menéndez.
Estaba muy satisfecha de cómo se estaban desarrollando las cosas con el embarazo de Andy. Pero como sabía de su fortaleza mental por sus tías, que iban a verla a menudo a bombardearla con el millón de preguntas que no se atrevían a hacerle a su sobrina, acudía a Dylan -a veces, también a Anna, su madre-, para asegurarse de que las cosas iban tan bien como parecían.
Se disponía a pasar a la siguiente pregunta cuando Andy dijo:
—Si me lo hubieras preguntado a mí, te habría dicho lo mismo. —A pesar de que sonreía, acababa de dejar claro que no le gustaba que utilizara a Dylan para recabar información.
—Quizás —concedió la médica—. ¿Te cuento un secreto? Adorables como sois, las embarazadas mentís muchísimo. Si sois primerizas, más. Y si es un embarazo múltiple, ya ni te cuento —y coronó su sentencia con un guiño que hizo reír a Dylan, quien se acercó a Andy y le dijo:
—Me parece que te tiene calada.
Dylan detuvo el monovolumen frente al gimnasio y cerró el contacto. Se apeó, rodeó el vehículo y abrió la puerta del acompañante para Andy.
—¿Seguro que no prefieres volver al sofá? —le preguntó, tendiéndole la mano para ayudarla a apearse—. Hace un calor tremendo.
La maniobra tardó el triple de lo normal, tiempo que Andy dedicó a soltar bufidos impacientes mientras Dylan la miraba con ternura. Recién cuando estuvo en tierra firme, soltó un suspiro y respondió a la pregunta que él le había hecho.
—Como preferir, lo prefiero. Pero soy dueña de un negocio y lo tengo que atender. O, al menos, hacer parecer que lo atiendo.
Las cosas no habían salido como Andy esperaba. Estaba bien, no tenía de qué quejarse, pero con la movilidad tan limitada carecía de sentido acudir al gimnasio para echarle una mano a Tina quien, al final, había tenido que ocuparse de todo. Tan solo podía ayudarla con la confección de las agendas de actividades y las entrevistas de los nuevos monitores para sustituir al personal de vacaciones. Todo lo demás recaía sobre las eficientes espaldas de su socia. Tratándose de un negocio en sus inicios, era muchísimo pedirle a unas espaldas por más eficientes que fueran.
Dylan sabía que lo último que su chica necesitaba era que justamente él le llevara la contraria, de modo que se limitó a asentir con la cabeza, dando por buena una respuesta con la que no estaba en absoluto de acuerdo. En su estado y viviendo en un lugar donde los veranos eran abrasadores, lo suyo era que Andy se lo tomara con la mayor calma posible. Eso incluía dejar el gimnasio en manos de su socia. Tina no se cansaba de repetirle que no necesitaba ninguna ayuda, que tenía todo bajo control, pero Andy y su gran sentido de la responsabilidad hacían oídos sordos.
Cerró la puerta y tomó a Andy de la mano. Juntos se dirigieron hacia la entrada a paso de tortuga.
—Estoy bien, amor. No hace falta que entres conmigo. —Andy apreciaba que Dylan fuera servicial, pero si andar tan despacio le resultaba enervante a ella misma, para él tenía que serlo mucho más—. De todas formas, no estaré mucho rato. Hoy Tina tiene la mañana complicada y con este tripón no haré más que estorbar. En cuanto esté lista para irme, te aviso.
—Me parece bien —concedió él, pero siguió haciendo lo que hacía sin inmutarse.
Léase, caminar a paso de tortuga junto a ella sin soltarle la mano.
Ella giró la cabeza y lo miró risueña. Él no se dio por aludido.
—Andy llamando a nave nodriza, Andy llamando a nave nodriza —empezó a decir, poniendo voz nasal—. Acabo de decir que estoy bien y no hace falta que entres conmigo. Andy llamando a nave nodriza...
Dylan la miró con su sonrisa seductora en ristre.
—¿Qué pasa?, ¿algún admirador secreto te está esperando dentro y no quieres que nos veamos las caras?
Andy soltó una risita irónica.
—¡Sí, claro, como para admiradores estoy yo! Dices unas cosas, calvorotas...
Él se detuvo, le bloqueó el paso con su cuerpo y se agachó hasta su nivel para poder mirarla a los ojos.
—Digo lo que es. Puede que tú no tengas el cuerpo para fiestas, pero de que estás de toma pan y moja1, no hay la menor duda.
Andy continuó mirándolo divertida. Su marido acababa de apuntarse otro tanto. Porque había que tener muchísimo talento para conseguir que con dieciséis kilos de sobrepeso y su nivel de actividad normal reducida a cero, no solo consiguiera borrar de un plumazo su fastidio, sino encima la hiciera sentir halagada.
—Así que... de toma pan y moja —repitió ella con talante cómico.
—Ajá.
—¿Y estás seguro de que no es tu subconsciente el que habla? Me refiero a ese que no se come un rosco en condiciones desde hace semanas...
¿Semanas?, pensó el irlandés. Meses. Ambos llevaban meses a dieta de esa clase de roscos. ¿Los echaba en falta? Sí. ¿Pasaba hambre? No. Su dieta actual era light, pero estaba muy bien servida.
—¿Subconsciente dices que se llama? —Puso cara de póquer—. No conozco a ese tipo.
Andy sacudió la cabeza enternecida e incrédula a partes iguales.
—¿Te he dicho hoy que eres el mejor?
Dylan se hizo el pensativo un rato.
—Mmm... Nop.
Ella tomó su rostro entre las manos y sus ojos, cargados de amor, lo acariciaron largamente.
—Eres el mejor, calvorotas —le dijo—. Y te adoro.
* * *
Tina se levantó del banco del vestuario y fue corriendo a abrazar a Andy.
—Ay, cari, qué buena cara haces... ¡Me encanta verte así! —Le estaba mintiendo con descaro, pero todo fuera por su querida amiga.
El abrazo, como todos los que Andy recibía y daba últimamente, fue flojo y a distancia. Una barriga tridimensional la separaba del resto del mundo.
—Tú, en cambio, tienes cara de estar a punto de ponerte a gritar. ¿Qué pasa?
Tina lamentó que Andy hubiera llegado justo en aquel momento de un día en los que su irritación no paraba de crecer. Lo que pasaba era que había discutido con Pau. Algo que, de todas formas, no le habría contado por no preocuparla. Pero, además, como la razón de la discusión tenía que ver con Dylan, más motivos para callarlo.
La posición inamovible del irlandés respecto de la obra de Mallorca cuya domótica dirigía y que estaba a un mes de finalizar, levantaba ampollas entre los Oriol Martí, la familia de la madre de Pau. Posición que Tina defendía porque era lógica y coherente, y Pau, no. Domènec, uno de sus tíos, argumentaba que la presencia a pie de obra del director de domótica, a saber, Dylan Mitchell, era crucial para conseguir nuevos contratos. Ante la neutralidad de su hermana Lucía, no había tenido mejor idea que calentarle la cabeza a su marido, el padre de Pau. Siendo como era, un hombre que veía la vida a través del prisma de los negocios, Francesc Estellés no había tardado en darle la razón. Desde hacía un mes, era un rumor a voces en la familia. Un rumor que se había hecho oficial la noche anterior cuando, indignado, su suegro lo había soltado en mitad de la cena:
«Ni que fuera él quien va a parir... Dylan debería dejarse de tantas tonterías y hacer su trabajo. En la obra de Mallorca es imprescindible; aquí, no. Mi nieta está perfectamente. No lo necesita a él al pie del cañón las veinticuatro horas del día para hacer algo que las mujeres llevan haciendo solitas desde el principio de los tiempos».
Tina, que nunca había sido especialmente paciente con su suegro, tampoco se había andado con paños fríos:
«Que podamos hacerlo solitas, no implica que queramos. Ni que debamos. Un hijo es cosa de dos. Además, Andy apenas puede moverse y es lógico que prefiera tener a su marido en casa. Después de todo, solo Dylan puede ejercer de marido. En ese puesto es insustituible. Y me parece perfecto que él se lo tome así».
Para qué. La discusión se había calentado y había durado lo bastante para que Tina, harta de tanto machismo en un asunto que la tocaba muy de cerca, se levantara de la mesa en mitad de los postres y se largara ante la mirada alucinada de Pau. Por supuesto, la discusión había continuado en casa, con él.
—Qué dices... ¿Tanto espanta mi cara? Es que hoy no ha sonado el despertador... Llevo corriendo desde que me levanté… —dijo pasándose una mano por el pelo y empujándolo hacia atrás. Y cambió de tema sin darle a Andy oportunidad de meter baza—: ¿Qué tal mis sobris?
Preguntarle por sus niñas era un truco que siempre funcionaba y esta vez no fue distinto. La tomó suavemente de un brazo y ambas se sentaron en el banco.
—¡Inmensas! Así estoy yo, claro. Ellas crecen y yo me expando —dijo Andy riendo al tiempo que simulaba con sus brazos el tamaño de un tonel—. Zoe pesa dos kilos y medio y Coral, dos seiscientos y algo. Vimos un primer plano suyo que me dejó... —exhaló un suspiro de madre enamorada de su retoño, haciendo reír a su amiga—. Es preciosa, Tina. Se parece tanto a Dylan...
«Ya. Y tiene sus ojos y es igual de alta», pensó la entrenadora con humor. Pero en vez de burlarse por una observación que era a todas luces imposible, siguió conversando.
—¿Y qué tal te encontró la obstetra?
—Está encantada de la vida. Según ella, todo marcha fantástico.
—¿Y según tú? —quiso saber Tina, consciente de que Andy se callaba muchas cosas.
—¿Me prometes que lo oyes y no lo repites?
—Ya sabes que sí...
Andy exhaló un suspiro. Se acarició la barriga, un gesto que repetía millones de veces por día.
—Me duele todo. No encuentro postura para dormir. Como un bocado de lo que sea y ya siento que voy a reventar y las Braxton Hicks me traen loca… Pensar que todavía quedan tres semanas para las cuarenta —añadió envuelta en un suspiro de pura desesperación—. No recuerdo haberme sentido tan baja de forma en toda mi vida. Ni siquiera al principio del embarazo, cuando tenía que agarrarme de las paredes para poder andar… Te lo juro.
Tina le frotó una rodilla cariñosamente.
—¿Sigues con el yoga, como te dije? —La vio asentir—. ¿Te estiras varias veces al día? —Otro asentimiento de cabeza—. ¿Se lo has dicho a Dylan?
Andy soltó un bufido.
—¿Y para qué voy a decírselo? No puede ayudarme. Sé que ya bastante preocupado está, aunque lo disimule.
—Discrepo, cari. No se trata de si puede ayudarte o no. No va de eso. La forma de que te crea cuando le dices que estás bien es que tenga la seguridad de que si no estás bien, también se lo dirás. Así también rebajará el nivel de preocupación. Porque, lo quieras o no, buena parte de esa preocupación nace de la duda. De no estar seguro de saber lo que sucede realmente.
Sí, pero no, pensó Andy. Últimamente, su niña interior no hacía otra cosa que clamar por que la abrazaran fuerte y la consolaran mientras se lamía las heridas un rato. Pero esa no era una actitud adulta. Después de todo, ¿cuál era el problema? Solo estaba embarazada, nada más. Toda la familia estaba pendiente de ella, de facilitarle las cosas, de acompañarla y de apoyarla. Dylan, el primero. ¿Qué pensaría él si ella se permitía derrumbarse, aunque fuera un ratito? Se desesperaría, lógicamente. No lo diría en alto. Disimularía y aguantaría el tipo como era habitual en él, pero se desesperaría. La procesión iría por dentro. No estaba por la labor de hacerle pasar por algo semejante. Su niña interior tendría que aguantarse.
—No sé... Ya veré lo que hago —respiró hondo y se esforzó por mostrar una sonrisa—. Oye, ¿no tendrías que estar ya en clase de gimnasia?
Tina echó un vistazo al reloj y se levantó de un salto.
—¡Madre mía! Me voy corriendo... —dijo cuando ya trotaba hacia la puerta—. ¿Te quedas un rato y nos tomamos un refresco?
Andy asintió con la cabeza.
—Estaré en mi oficina, organizando las agendas de agosto. Ven a verme cuando acabes.
1. Estar de toma pan y moja: es un piropo. Esta expresión se utiliza en España para valorar de manera positiva el aspecto físico de una persona.
Dylan había aprovechado que Andy estaba en el gimnasio para recoger la compra del supermercado y también unas cosas que habían encargado en la tienda infantil para la habitación de las niñas. Ahora, conducía de regreso a su casa mientras pensaba en lo que últimamente ocupaba sus pensamientos buena parte del día; sus mellizas.
No corría prisa porque las primeras semanas las bebés estarían con ellos, en el dormitorio matrimonial, pero su habitación ya casi estaba terminada. A falta de las cortinas, que las habían encargado a medida, y un par de detalles más. En un principio habían considerado la alternativa de que las tres pequeñas compartieran la habitación, ya que era muy grande. De hecho, habían empezado a cambiar los muebles de sitio para acoger los nuevos. Pero al final habían decidido que lo mejor era darles a las mellizas un espacio independiente para no perturbar el descanso de Luz. Por más tranquilas que fueran, dos bebés recién nacidas marcaban un ritmo propio a la dinámica familiar. Además, tanto Andy como él querían que Luz siguiera manteniendo su estatus de princesa de la casa y una princesa debía tener su propio espacio, qué menos. Hasta el momento, Luz se mostraba muy ilusionada con sus dos hermanitas, con quienes se comunicaba en su media lengua a través del vientre materno a cada rato; le encantaba encaramarse a la barriga de su madre y hablar con las bebés. Bajo ningún concepto querían que se sintiera desplazada.
Al llegar a su calle, vio con disgusto que había un coche aparcado en su entrada de garaje. Un coche que reconoció de inmediato.
Hay que joderse.
Dejó su propio coche fuera, cogió las bolsas del maletero y cargado con ellas entró en su jardín por la entrada de peatones. Accionó la apertura de la puerta de calle con su voz.
—¿Dónde está la princesa de la casa? —dijo en alto una vez que hubo entrado en la vivienda. Su voz retumbó en el amplio pasillo de la vivienda de estilo mediterráneo.
Sonrió de oreja a oreja al oír la vocecita de la susodicha respondiendo desde el salón:
—¡Aquííííí! ¡Papi, papi...!
Y casi al mismo tiempo, empezó a oír sus pequeños pasos acercándose a la carrera.
La mayor maravilla del mundo en versión mini apareció muy pronto en su campo visual. Llevaba el cabello suelto, y el vestido sin mangas color coral con dos hileras de volantes y las sandalias a juego que él había dejado en su vestidor para que su padre le pusiera. No solían llevarla al hospital cuando Andy tenía que hacerse una ecografía. Esos días era su abuelo quien se encargaba de levantarla, vestirla y darle el desayuno.
Dylan dejó las bolsas en el suelo y se aprestó a recibirla con los brazos abiertos.
La estrujó amorosamente y la hizo volar a su alrededor mientras Luz reía encantada.
—¿Cómo estás, preciosa mía? ¿Bien? ¿Qué hacías? —empezó a preguntarle.
Luz era histriónica, sumamente expresiva. Hablaba con bastante fluidez pero le encantaba hacer gestos. La mayoría de las veces respondía asintiendo o negando con la cabeza varias veces, sacudiendo sus ricitos y, por supuesto, sonriendo. La pequeña hacía honor a su nombre a cada instante; era un rayito de sol.
—¿Jugabas con el tío? —Luz negó con la cabeza—. ¿Cómo que no?, ¿dónde está Danny?
La niña señaló vagamente la dirección en la que estaba la habitación de invitados.
—Numiendo —repuso.
Dylan abrió mucho los ojos haciéndola reír.
—¿Todavía durmiendo? —La niña afirmó con la cabeza hasta tres veces, mostrando sus preciosos dientecitos en todo momento—. ¡Será dormilón! ¡Esto no puede ser! ¿Vamos a sacarlo de la cama? ¿Qué dices?
—¡Síííííí! —exclamó la pequeña, traviesa.
Danny pasaba muchas noches en casa de su hermana. No tenía que ver con haberse peleado con Anna, sino con el embarazo de Andy. A medida que el muchacho se hacía mayor, se había vuelto muy compinche con su ahora única hermana. El embarazo los había unido mucho más aún. A veces, les daban las tantas jugando a cartas o mirando una película y al acabar, Danny se quedaba a dormir. Su disgusto -en realidad, sus celos- hacia Jaume, el hombre con el que Anna se casaría en septiembre, ahora que había obtenido el divorcio del padre de sus hijos, se diluía con el paso del tiempo. La verdad era que adoraba a su madre y no podía estar a malas con ella.
En aquel momento, Brennan Mitchell apareció en en el pasillo. Se dirigió hacia Dylan, ayudado de su bastón.
—Hola, hijo... —dijo haciéndole una carantoña a Luz—. El abuelo de Andy está aquí. Iba avisarte, pero Danny duerme todavía y me daba no sé qué dejarlo solo en el salón.
Él torció el gesto.
—Ya. Me he encontrado su coche bloqueando mi entrada de garaje. ¿Hace mucho que está aquí?
Brennan tuvo que esforzarse para no sonreír. A su hijo le fastidiaba más esa costumbre tan típica en la familia de su mujer de aparcar el coche en donde les venía en gana, que tener a aquel hombre, que no era especialmente de su agrado, esperándolo en el salón.
—No, no... Acaba de llegar. Y me parece que no se trata de una visita de cortesía.
Dylan soltó el aire por la nariz. Que constara en acta que estaba de los Oriol Martí y de los Estellés hasta las mismísimas pelotas.
—Vale. ¿Puedes encargarte de despertar a Danny?
—Claro.
—Bien. Esta princesita y yo vamos a ver qué se le ofrece a Don Frascesc, ¿verdad, peque? —dijo forzando una sonrisa que dispersara su incipiente cabreo.
* * *
Lo que se le ofrecía a Don Francesc era meter sus narices en lo que no le incumbía, pensó Dylan armándose de paciencia. Al menos, tenía que agradecerle que, fiel a su estilo, no le hiciera perder el tiempo con formulismos banales cuando quedaba claro que socializar no era la razón que lo había conducido hasta allí.
En tal caso, pensó, le devolvería la cortesía.
—Con todos mis respetos, no se qué pintas tú en este asunto, pero si tienes algo que decir y, sin que sirva de precedente, te escucho. Eso sí, será en la cocina porque tengo que ponerme con la comida —se agachó a hablar con Luz, que se había puesto a pintar un cuaderno sobre su manta de jugar dispuesta sobre el suelo del salón—. Ven con papi. Seguimos pintando en la cocina, ¿quieres? —Cuando la niña sacudió los ricitos mostrando su acuerdo, Dylan cogió las bolsas de la compra y se puso en marcha sin más, seguido por la pequeña.
Francesc también tenía que agradecerle a su nieto político que no se anduviera con florituras. Lo encontraba estridente y descarado con su cráneo rasurado, sus vaqueros superceñidos y sus camisetas de lycra sin mangas que dejaban al descubierto una piel cubierta de tatuajes. Demasiado cubierta, en su opinión. Pero, a su manera, le apreciaba. También le respetaba por haber llegado tan alto en su profesión.
Sin embargo, en el asunto que se traía entre manos no estaba de acuerdo con él en absoluto. De ahí, que hubiera decidido intervenir.
Una vez en la cocina, Francesc se sentó a la mesa y se quedó esperando (im)pacientemente a que Dylan acomodara a la niña en su trona1, guardara las cosas que traía en las bolsas y finalmente, reuniera los ingredientes necesarios para lo que iba a preparar. Cuando al fin también ocupó una silla frente a él, le dijo:
—¿Se puede saber a santo de qué te has puesto tan cabezón con la bendita agenda, Dylan? Has hecho instalar un sistema carísimo para poder controlar a distancia el desarrollo de las obras cuando lo que deberías es hacerlo in situ. Es Mallorca, no El Congo. Está al lado, el vuelo dura cuarenta y cinco minutos. ¿Por qué tienes a todo el mundo en jaque por que mi nieta esté esperando mellizas? Está embarazada, no enferma terminal.
¿«Embarazada, no terminal»? Joder, qué tunda te daría… Las mandíbulas del irlandés se tensaron tanto que cualquier otra persona en el lugar de Francesc Estellés, se habría levantado de la silla y se habría marchado rápidamente, intentando no añadir más leña al fuego ni por casualidad. El abuelo de Andy no era como cualquier persona y continuó allí, esperando una explicación.
—Tu información no está actualizada —repuso, muy seco. Había sido una forma suave de decirle que no tenía ni la más remota idea de lo que estaba hablando—. Primero, la agenda se acordó por ambas partes al firmar el contrato el año pasado antes de saber que tu nieta, o sea, mi mujer, estaba embarazada. Segundo, no soy yo quien quiso instalar ese sistema, sino tu cuñado. Hay un ingeniero in situ, encargándose de todo, pero a Domènech, por lo visto, ahora se le ha antojado que sea yo y no Thomas. Ese es su problema, no el mío.
La llegada de Brennan interrumpió la conversación un momento mientras él se sentaba también alrededor de la mesa.
—Y tercero, no me digas lo que debería hacer —remató Dylan. Brennan intentó que no se notara la sorpresa de escuchar a su hijo hablarle a aquel hombre de aquella manera—. No solo porque no eres quién, que sería suficiente razón, sino porque estoy haciendo lo que tengo que hacer. Siempre lo hago. Imagino que no creerás que me pagan lo que me pagan por mi bonita cara, ¿no?
Dicho lo cual, Dylan le hizo una carantoña a Luz y a continuación, se puso a picar pimientos como si no acabara de soltar una bomba de tres megatones en su propia cocina.
Brennan notó enseguida que al abuelo de Andy no le habían sentado nada bien las palabras de su hijo. Decidió intervenir.
—¿Qué tal si tomamos un refresco o una cerveza? —ofreció, gentil.
Dylan no lo ayudó en su intento de evitar que todo saliera volando por los aires.
—Yo estoy bien —dijo sin más.
—Pero yo no —repuso su padre— y seguro que Francesc tampoco. Hace mucho calor, nos vendrá bien algo fresco.
—Sí, gracias, Brennan. Eres muy amable. Una gaseosa me vale.
En efecto, Francesc se había envarado. Su aprecio por aquel tipo tatuado hasta las cutículas no era tan grande para permitirle que le hablara de una forma que nadie se atrevía a emplear con él.
Y mientras Brennan iba a por las bebidas, Franscesc empezó a mostrarse tan políticamente incorrecto como era habitual en él.
—Exacto —espetó—. Te pagan una fortuna para que vengas tú ahora y te permitas todos estos caprichos de diva…
«¿Caprichos de diva?», pensó el irlandés. «Aquí el único que va de diva es el cliente». Era el típico ricachón ávido de atención que no podía vivir si no tenía a un séquito de palmeros siguiéndolo a todas partes, atentos a sus ocurrencias y, por supuesto, dispuestos a complacerlas de inmediato.
—… Como retrasar tu viaje hasta mañana porque hoy le hacían una ecografía a Andy, por ejemplo. ¿No puede ir sola... o con su madre? ¡¿Es que nos hemos vuelto todos locos o qué?! —exhaló el aire en lo que pareció más la reacción de un toro a punto de embestir, que el bufido de un ser humano, y continuó en el mismo tono exasperado—: Mi cuñado no te pide lo que te pide porque sí. Hay muchísimo dinero en juego y varios interesados en quedarse con una parte del pastel. Mejías está encantado contigo. —Se refería al máximo responsable de la empresa cliente—. No quiere a otro más que a ti, pero no le gusta tu ingeniero. Será muy capaz y todo lo que tú quieras, pero no le cae bien. Esa es la razón de que tengas a Domènech dando por culo, como una mosca cojonera. ¿Lo entiendes o necesitas que te lo deletree?
Dylan miró de reojo a Luz. La pequeña acababa de alzar la vista, sobresaltada. No hacía pucheros, pero tampoco había rastros de una sonrisa en su preciosa carita.
—Lo que necesito es que te calmes y bajes la voz —exigió el irlandés, igual de envarado.
En aquel momento, se produjo una nueva interrupción. Era Danny. Al ver a su abuelo allí, se limitó a dirigirse a la nevera, de la que cogió un yogur para él y otro para Luz. A continuación, fue hacia su sobrina y después de recibir la efusiva bienvenida de la niña, la sacó de la trona y se encaminó a la puerta con ella sin decir agua va. Algo que Francesc, en su enfado, le hizo notar.
—Se dice buenos días.
El joven le dedicó una mirada desdeñosa.
—Ya lo sé —repuso. Tras lo cual salió y cerró la puerta.
Un bufido precedió el nuevo ataque de rabia de Francesc Estellés.
—¡Menudo maleducado! Ese crío trata a todo el mundo como si estuviera perdonándoles la vida...
Dylan sonrió con ironía.
—A todo el mundo, no; a ti. ¿Será que no tiene gran cosa que decirle a alguien que lo ha ignorado durante catorce de sus dieciséis años de vida? Quizás sea eso, ¿no lo has pensado?
—¿Cómo dices? ¡Pero…! ¡Eso no es asunto tuyo! —espetó Francesc.
—A ver, por favor, un poco de calma —intervino Brennan, temiéndose lo peor. Y no por cómo se estaba calentando el abuelo de Andy, sino porque ahora tenía más claro que nunca que a su hijo se le había acabado la paciencia.
—Ahí le has dado —reconoció Dylan. El alivio del anciano irlandés duró un suspiro, lo que Dylan tardó en aclarar que no era a su petición de calma a lo que se estaba refiriendo—. No es asunto mío por qué le diste la espalda a tu hija durante tantos años. Por la misma regla de tres, no es...
Dejó de hablar cuando su móvil empezó a sonar. Al ver el nombre que se iluminaba en la pantalla, la expresión de su rostro, su talante, todo él, dio un giro de noventa grado.
—¿Tan pronto? —se anticipó— ¿Qué pasa, Tina se ha cansado de que tu barriga le estorbe todo el tiempo y te ha enviado de vuelta a casa?
—No es tan pronto, calvorotas. Llevo más de hora y media aquí. Y no, no es ella quien se ha cansado, soy yo. Estoy molida… Necesito echarme en el sofá y que un alma caritativa me de un buen masaje en los pies. ¿Sabes de alguien que se ofrezca voluntario?
Lo primero en lo que reparó Dylan fue en que había perdido la noción del tiempo. No era pronto. De hecho, era tarde, lo que quería decir que iba más retrasado con la comida de lo que creía. En el caso de los adultos, no tenía importancia, pero en el de Luz, sí. La niña debía comer a sus horas. Lo segundo en lo que reparó fue en que, a pesar del tono mimoso de Andy, también había fatiga en su voz. Sonaba a estar molida de verdad.
—Eso ni se pregunta. Quédate en la recepción, no pases calor. Salgo ahora mismo, ¿vale, nena?
—Eres mi héroe —la oyó decir, envuelta en un suspiro, antes de colgar.
Dylan se puso de pie de inmediato.
—Se acabó la conversación —sentenció, dirigiéndose a la puerta—. Si a tu cuñado ahora le viene mal una agenda más que acordada y bendecida por todos, que rescinda el contrato por mis servicios y se busque a otro. Yo voy a recoger a mi mujer que no va ni irá sola a ningún lado mientras ella me necesite. Y, por cierto —desde la puerta, se volvió a mirar al abuelo de Andy—, hay un vado permanente2 en la entrada de mi garaje. ¿Entiendes lo que significa un vado permanente o te lo tengo que deletrear?
1. Trona: silla alta de comer para bebés.
2. Vado permanente: es una autorización municipal que se concede al propietario de una propiedad con acceso a la calle para permitir la entrada y salida de vehículos de la misma.
Dylan no había ido solo a recoger a Andy. Había dejado a Danny a cargo de empezar a preparar la comida de Luz y se había llevado a la niña con él. No solo lo había hecho porque, si de él dependiera, nunca se despegaría de Luz, también por apartarla del ambiente enrarecido que Francesc Estellés había traído consigo. Era familia de Andy y esa era la razón de que hasta el momento siempre hubiera procurado que la sangre no llegara al río, pero presentándose en su casa a decirle lo que tenía que hacer aquel hombre, claramente, había rebasado el límite.
Daba gracias por tener a la niña canturreando feliz en su sillita especial adosada a uno de los asientos traseros. Su rayito de sol siempre se las arreglaba para hacerlo sonreír. Daba igual lo enfadado o preocupado que estuviera, Luz tenía ese efecto sobre él. Un efecto que aquella mañana agradecía de manera especial ya que no tenía la menor intención de permitir que Andy se enterara de la última tropelía de su querido abuelo.
Tan pronto Dylan liberó a Luz de los cinturones de seguridad y la depositó en el suelo, la pequeña echó a correr hacia las puertas de cristal de apertura automática del edificio que ocupaba toda la esquina.
—¡Eh, no tan rápido! ¡Ojo con las puertas! —le advirtió. Sonrió orgulloso al ver que la niña se detenía brevemente a esperar que estas se abrieran y luego reanudaba su trotecito desenfadado hacia el interior, llamando a su madre.
Después de cerrar con el mando a distancia, el irlandés se dirigió al gimnasio. Ya desde fuera vio que Andy estaba sentada en una silla junto al mostrador de recepción. Tina estaba a su lado, agachada conversando con Luz. ¿Por qué su mujer estaba junto al mostrador? Además, ese no era el sitio habitual de la silla en la que estaba sentada. Alguien la había llevado hasta allí. Su preocupación se disparó.
Siguió andando hacia Andy con una sonrisa en los labios, empeñado en que nadie se diera cuenta de que se le había encogido el estómago.
—Menudo asiento de primera fila. Desde aquí lo controlas todo. ¿Qué hay que hacer para que a uno le den uno así en este gimnasio? —bromeó. Se inclinó a besar a Andy y a pesar de que ella sonrió como siempre, notó enseguida lo pálida que estaba.
—No tienes la menor posibilidad —repuso Tina, y le hizo un guiño que acabó de confirmarle a Dylan que Andy no estaba bien.
—Tendré que resignarme… Bueno, ¿qué, te llevo en brazos o vas andando hasta el coche?
Andy inspiró hondo. Necesitaría una grúa para levantarse, pensó con sorna, pero se las arregló para seguirle el juego.
—Qué dices, calvorotas. Hace semanas que no me queda más remedio que caminar… —repuso con una sonrisa algo desdibujada. Su panza era demasiado voluminosa y ya no era posible que él la sostuviera en brazos sin apretarla.
Dylan la tomó por la cintura y la ayudó a ponerse de pie. Notó que ella enseguida descansaba el peso de su cuerpo contra él, como si sus piernas flaquearan.
—No me dejes en evidencia delante de Tina, preciosa. A ver si tengo que cargarte, para que vea que a mis músculos no les pasa nada… —bromeó. Manteniendo a Andy apoyada contra su cuerpo, empezó a dirigirse hacia la puerta—: Ven, Luz, vamos a casa que es tu hora de comer.
Andy se despidió de su socia con un beso y la promesa de que por la tarde la llamaría para decirle qué tal se encontraba.
—Tranquilo, irlandés —lo animó Tina—. Se nota a la legua que tus músculos están estupendamente.
Una vez que todos estuvieron a bordo del monovolumen, Dylan se puso en marcha. Luz no paraba de hablar en su media lengua. Señalaba las cosas que veía por la ventanilla y hacía comentarios o preguntas a las que él respondía sin perder de vista que Andy, que ocupaba el asiento del acompañante, iba algo desmadejada, con la cabeza ladeada sobre el hombro izquierdo, y los ojos cerrados.
Su mirada debía ser más persistente de lo que él creía, pensó cuando la oyó decir:
—No pasa nada, Dylan… Es solo cansancio. Mucho… Pero solo cansancio.
«¿Mucho, pero solo cansancio? Jo-der».
—Estás blanca como un cadáver y no te da ni para mantener los ojos abiertos —guaseó el irlandés hablando entre dientes para que solo Andy pudiera oírlo—. Pero, oye… me tranquiliza que digas que no pasa nada.
En aquel momento, empezó a sonar su móvil. Dylan lo cogió del salpicadero y atendió. Era su padre.
—¿Me tienes en manos libres? —preguntó Brennan.
Debería, eran las normas, pero ni llevaba conectado el bluetooth ni había activado el altavoz.
—No. ¿Qué se te ha olvidado poner en la lista? Últimamente, tu memoria está hecha un asco —disimuló dándole vía libre a su padre para que le contara la razón de su llamada.
Brennan asomó la cabeza por la puerta de la cocina para cerciorarse de que seguía a solas.
—El abuelo de Andy sigue aquí. He intentado tranquilizarlo, pero ya sabes cómo es cuando se enfada. Y para colmo de males, acaba de llegar Anna. —Visitaba a su hija a menudo y siempre que era día de ecografía, la mujer iba a ver el cedé con las imágenes de sus nietas, acompañada de Jaume. Ese día en particular, también había acudido Neus—. En cuanto ha visto que su padre estaba aquí, se le ha cambiado la cara. Supongo que está al tanto de la razón, porque ahora están discutiendo acaloradamente en el salón… Es tu casa, hijo. Yo no soy quien para entrometerme, pero una palabra tuya y pongo fin a esto en un santiamén.
Vaya día habían elegido todos para dar por saco, pensó el irlandés lleno de impotencia. Desde luego, ganas de dejarlo en manos de su padre no le faltaban. Seguía siendo un león, aunque su profusa melena hubiera encanecido… Miró a Andy mientras decidía qué hacer. Si ella estuviera como siempre, la llevaría a tomar un helado o a paladear un trozo de su tarta de chocolate favorita y, cuando hubieran acabado, el león ya se habría ocupado de despejar la casa y ella no se enteraría de nada. Pero no estaba como siempre. Tenía todo el aspecto de no poder dar un paso más. Por no mencionar que proponer un paseo en tales circunstancias, daría al traste en el acto con sus intenciones de ocultarle la memez superlativa que se había adueñado de los Oriol Martí y, ahora también, de su abuelo. Andy se daría cuenta de que algo sucedía y exigiría saberlo de inmediato.
Me cago en la puta.
—Sí que estaba en la lista, papá. Busca bien en la nevera. ¿Ves a lo que me refiero cuando digo que tienes memoria de pez? Y si no, déjalo que lo busco yo. Estamos de camino. En cinco minutos, nos tienes allí. Hasta ahora —se despidió.
Volvió a controlar con la vista lo que hacía Andy. Seguía con los ojos cerrados, seguramente deseando llegar a casa para tumbarse.
Antes de eso, tendrás que atravesar una pequeña tormenta familiar, pensó. Pero no te preocupes, iré delante, abriéndote paso y en cuanto estés cómodamente instalada en el sofá, me ocuparé personalmente de enviar a todo el mundo a su puta casa de una vez.
Pero para sorpresa de Dylan (y también de todos los presentes), no fue él quien plantó cara a Franscec Estellés. Tampoco quien envío a todo el mundo a hacer gárgaras.
Andy pareció recobrar la energía al ver los dos vehículos que estaban aparcados frente a su casa y el tercero que bloqueaba la entrada del garaje. Eran los coches de Jaume, su tío Pau y su abuelo Francesc. En cuanto Dylan la había ayudado a apearse, se había dirigido a la casa, sorteando vehículos. Tras dar la instrucción verbal que accionaba la apertura de la puerta, Andy había desaparecido en el interior sin detenerse a pesar de las peticiones de Dylan, quien se había quedado rezagado sacando a Luz de su sillita.
Y ahora estaba en mitad del salón, sujetándose su voluminoso vientre con las manos… Gritando, como si minutos atrás no hubiera estado desfallecida en el asiento del copiloto… Y dejando claro que estaba al tanto de todo, a pesar de los esfuerzos de Dylan por ocultárselo.
Andy llevaba semanas recogiendo trocitos de información aquí y allí que, de a poco, habían ido completando el puzle. El evidente disgusto de Tina de aquella mañana había sido la última pieza; la había interrogado y ella, finalmente, había acabado admitiendo la razón de su discusión con Pau. Sabía que su socia le había ofrecido una versión muy descafeinada. Pero había sido suficiente para colmarle el vaso.
—¡Me da igual cuál sea el problema, abuelo! —y señalando con un dedo a su tío, añadió furibunda—. ¡Y a ti que no se te ocurra decir nada, porque si tu padre no pinta nada en este entierro, tú menos que menos!
Danny se apresuró a coger a una estupefacta Luz en brazos.
—Me la llevo —dijo al pasar junto a su hermana. Andy asintió brevemente sin despegar sus ojos de Francesc Estellés. No estaba bien que la pequeña presenciara lo que estaba sucediendo, pero su familia por parte de madre la tenía tan harta ya…
En cuanto no quedaron menores de edad presentes en la sala, Andy reanudó el tema donde lo había dejado.
—A ver si os enteráis de una buena vez por todas… Que seáis mi familia, no os da derecho a creer que podéis cuestionar las decisiones de Dylan, ni mucho menos, plantaros aquí, en su casa, cuando os da la real gana.
—Nadie cuestiona sus decisiones —intervino Pau en un tono moderado, intentando calmar las cosas. En realidad, había ido al enterarse de que su padre estaba allí para intentar llevárselo antes de que la sangre llegara al río.
—¿Ah, no? ¿Y cómo es que desde que Thomas estuvo de baja, parece que el mundo se viene abajo si mi marido no está en Mallorca? ¿Y qué hace el abuelo aquí, si no es intentar convencerlo de que cambie de opinión?
-—¡Como si fuera tan fácil! —se quejó Francesc, meneando la cabeza.
—¿Nunca te han dicho que calladito quedas más bonito? —intervino Neus, rabiosa de que su querido padre estuviera haciendo de las suyas otra vez—. Por si no te has enterado, tu nieta está embarazada y lo último que necesita es que tú vengas a disgustarla.
—Calla, padre, por favor —le advirtió Pau al tiempo que le indicaba a Neus con un gesto que no arrimara más leña al fuego. Dirigiéndose a Andy, añadió—: Ha tenido una pésima idea, sí. Pero lo hizo porque es consciente de que la competencia en el negocio inmobiliario es feroz en Mallorca y tu marido es una baza fundamental para que este cliente firme un nuevo contrato… Nada más, Andy. Es obvio que ha sido una metedura de pata, pero ya está.
«Ay, mierda», pensó Dylan, frotándose la frente. Andy estaba totalmente fuera de sus casillas. Lo último que necesitaba era oír lo que su tío acababa de decir. La tomó suavemente por un hombro.
—¿Por qué no te sientas? —sugirió, hablándole al oído. Ella asintió con la cabeza, pero no hizo el menor ademán de obedecer. Al contrario.
—¿Pero tú te estás oyendo, tío Pau? —bramó—. ¡Estoy hasta la coronilla de la bendita obra de Mallorca… Hasta la coronilla de los caprichos de los Oriol Martí…! ¡Hasta las mismísimas narices de que tú, abuelo, seas siempre el primero en ponerte de su parte! Escuchadme bien: Dylan hará lo que considere oportuno cuando lo considere oportuno y tú, abuelo y tú, tío, saldréis de mi casa ahora mismo y no volveréis a menos que medie una invitación por mi parte —inspiró hondo y lo soltó—: Ahora mismo, he dicho.
Anna que llevaba en silencio, mirando a su hija con tanto asombro por su reacción como preocupación por cómo su evidente enfado pudiera afectarla, intervino.
—Llévate a papá, Pau. Andy necesita descansar. Por favor —Neus asintió taxativamente, dándole la razón.
Los hermanos cruzaron miradas. Anna le estaba pidiendo que no se tomara como una afrenta lo dicho por Andy, que le echara una mano. Pau lo entendió y asintió, mostrando su acuerdo.
Franscec, no.
—Tu padre no necesita que nadie lo lleve a ninguna parte —puntualizó. Miró a su nieta, dolido—: Me voy. Que sepas que esperaré a que me invites para volver.
—Es una decisión muy inteligente, Francesc —apuntó Brennan, indicándole la salida gentilmente con un gesto de la mano—. Te acompaño.
Brennan Mitchell era el último que nadie esperaba que interviniera, hecho que fue patente en la mirada de todos, pero el padre Dylan llevaba toda la mañana tragando bilis a cuenta de la imposibilidad de decirle a aquel hombre altivo y metomentodo lo que pensaba de verdad. No había podido evitar disfrutar de un pequeño regodeo a su salud.
* * *
Andy no había llegado al extremo de dejar que su niña interior se lamiera las heridas, pero había permitido que su madre la abrazara como cuando era pequeña y se había quedado dormida en su regazo. Dylan se había asomado varias al salón y se había retirado al ver que Anna lo tranquilizaba con un guiño o le hacía algún gesto para indicarle que todo estaba en orden.
No fue hasta mucho después que todos se hubieran ido -algunos a sus habitaciones, otros a su casa-, que la pareja al fin se quedó sola en el salón mirando una película. O haciendo que la miraban.
—Así que Dylan hará lo que considere oportuno cuando lo considere oportuno… —recordó él e hizo un gesto de aprobación con la boca.
Andy ocupaba la mayor parte del sofá. Estaba echada de costado y aunque cabían los dos, ahora Dylan prefería sentarse en el suelo por temor a quedarse dormido y apretarla con su cuerpo.
Ella esbozó una ligera sonrisa que él no vio, ya que estaba apoyado de espaldas contra el frontal del sofá, mirando la tele.
—Es obvio… Aunque a algunos miembros de mi familia les cueste tanto entenderlo.
—Ya. Pero, aparte de que sea obvio… ¿qué piensas tú? —le dijo y esta vez sí que la miró.
—¿Qué pienso de qué?
Él cambió de posición, enfrentándola.
—De que mañana me pase el día en Mallorca y te deje sola aquí.
Ella hizo un gesto de «ya estamos otra vez». No hacía falta mucho para que él se preocupara. Aunque lo disimulara, era obvio que llevaba preocupado por ella desde que habían sabido que esperaban mellizas. Sin embargo, aquel día no podía culparlo por no ser siquiera capaz de disimularlo. Le habría gustado poder tranquilizarlo, diciéndole que estaba bien. Pero la verdad era que no se sentía nada bien. Aún y así, era natural. Estaba embarazada y era natural que a veces no se sintiera bien.
—No pasa nada, Dylan…
—Eso no es lo que te estoy preguntando.
—¿Y qué es lo que me estás preguntando, exactamente? ¿Si quiero que vayas?
Él asintió. Sin dudas, sin disimulos, mirándola directamente a los ojos.
—Y quiero la verdad —añadió.
Andy cerró los ojos. La verdad, pensó. No era tan fácil. Estaba agotada, lo cual tratándose de ella era muchísimo decir. Jamás entendería cómo era posible quedarse sin fuerzas cuando apenas hacía nada más que comer y dormir en todo el día. No era un agotamiento corriente, como el que surge después de un día duro o de una época de mucho estrés. Nada de lo que sentía era corriente. Sus días eran una sucesión de situaciones nuevas. Encadenadas. Unas detrás de otras. Sin darle tiempo siquiera a hacerse a la idea, ya estaba enfrentándose a un dolor nuevo, a una molestia nueva…
Pero esto que sentía desde hacía unas horas, era decisivamente nuevo entre todo lo nuevo.
—En ese caso… Quédate, por favor —le pidió en un murmullo. Enseguida se apresuró a matizar—: No te preocupes, no pasa nada… Es solo que…
Dylan la silenció con un beso.
—Es solo que estás mimosa —le dijo acariciando su nariz con la punta de la suya—. ¿Crees que no lo sé?
A continuación, se levantó del suelo y se instaló en el sofá, sosteniéndola igual que Anna había hecho antes con ella.
—Tú lo sabes todo de mí… —susurró Andy—. Qué alivio más grande es no tener que explicarte nada…
Dylan no lo sabía todo de su mujer, pero mucho, sí. En todo caso, esto sí. Ya no tenía la menor duda al respecto. Sus mimos y su enorme cansancio tenían una explicación. La sola idea de que estuviera a la vuelta de la esquina el momento de ver a sus hijas por primera vez, lo llenó de tal emoción que estrechó a Andy entre sus brazos.
—Las niñas se están preparando para nacer, ¿no? —le dijo en un susurro al oído.
Ella lo miró con estrellas en los ojos. Era eso… ¡Claro! Esa era la razón de todo lo nuevo de aquel día. ¡Dios, qué maravilla!
«Creo que sí» repuso con la voz quebrada por la emoción y se abrazó a Dylan con todas sus fuerzas.
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©️2023. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷
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CR34. Dylan & Andy. El gran día.

Miércoles, 20 de julio de 2011.
Casa de Dylan y Andy.
Cala Morell, Menorca.
De madrugada…
Andy abrió los ojos. Estaba oscuro y no veía nada. Pero enseguida se dio cuenta de dónde estaba; en la habitación. Estaba acostada de lado y sentía el cuerpo calentito de Dylan pegado al suyo. Uno de sus brazos descansaba sobre sus caderas y sentía su respiración rítmica, pausada, en la nuca. Cuando empezaba a sentirse a gusto, una nota discordante atravesó su mente como un rayo. Estaba mojada. ¿Mojada? Metió una mano dentro de las sábanas y...
—Madre mía... ¡Madre mía! Dylan, Dylan... despierta...
—¿Mmm?
—Despierta, calvorotas... He roto aguas... Y no sé cuándo fue...
—¿Qué... dices? —dijo él—. Encender.
La habitación se iluminó a su orden y Dylan se incorporó un poco, restregándose los ojos.
—¿Qué pasa, nena? —dijo acercándose nuevamente a ella.
Para entonces, Andy había apartado las sábanas. Tras moverse un poco del sitio donde estaba, quedó a la vista una mancha de humedad sobre la sábana bajera roja. Miró a Dylan, vio que él abría mucho los ojos y luego le devolvía la miraba.
—Casi me aliviaría si me dijeras que te lo has hecho encima... —Enseguida una sonrisa iluminó su rostro masculino—. Pero no es eso, ¿no?
—¡He roto aguas, Dylan! Y no tengo la menor idea de si ha sido ahora o... —Se las arregló para incorporarse sobre los codos—. ¿Y si pasó hace horas y no me he dado cuenta hasta ahora?
—Pues entonces tendríamos que salir cagando leches al hospital —dijo él riéndose de los nervios—. Pero tranquila, seguro que acaba de suceder...
—Tranquila, sí. Le dijo el marido histérico a la mujer que está de parto —y también se echó a reír al ver que Dylan se desternillaba.
—¿No estás de parto, verdad? —dijo él en cuanto su cerebro hizo las asociaciones oportunas.
Andy soltó una carcajada. Vaya dos, pensó.
—Anda, ayúdame a levantarme. Hay que ir al hospital, pero quiero darme una ducha rápida.
¿En serio? ¿Quería ducharse? ¿Y si se ponía de parto debajo de la ducha?
—Por lo que sé, los partos son la mar de sucios, ¿y si esperas a después?
—¡Ay, Dylan, como no dejes de hacerme reír, voy a tener a las mellizas aquí mismo!
Dylan se levantó corriendo y fue al lado opuesto de la cama. Le ofreció a Andy sus dos brazos.
—Vaaale. Venga, arriba... Una ducha rápida. Y me quedo en el baño contigo, ¿estamos?
Andy se puso de pie con su ayuda. No tenía contracciones, pero sentía la zona pélvica muy cargada. Pesada.
—Claro. Eres mi mirón favorito, ya lo sabes...
* * *
No fue hasta que estuvieron en el baño, sin ropa y bajo una luz más intensa que la del dormitorio, que la sensación de pesadez de Andy tuvo una explicación. Y fue Dylan quien lo puso en palabras al verla:
—Espera, espera, espera... —dijo él manoteando el banco que había en un rincón y situándolo dentro de la bañera—. Mejor te sientas.
Andy, que había presenciado su maniobra con expresión divertida (aunque nerviosa), le tendió la mano cuando él se la pidió, para ayudarla a entrar en la bañera y sentarse.
—Hace siglos que no tengo mareos, calvorotas...
Después de coger una toalla limpia del armario para usarla a modo de almohadón, Dylan se sentó en el borde de la bañera. Enjabonó el cepillo de ducha de Andy y se lo ofreció.
—No mentes al diablo, nena. Que ahora pesas bastante más que entonces y no sé si podría contigo sin deslomarme. Menudo cuadro, ¿te lo imaginas?
Estaba mintiendo. Y sabía que era una estupidez porque era cuestión de tiempo que Andy también reparara en que su barriga había sufrido una enorme transformación desde que se habían ido a acostar por la noche. Ahora estaba tan baja que parecía que Zoe nacería en cualquier momento. Pero a él le había impresionado al notarlo. Una impresión añadida a la primera, de descubrir que Andy había roto aguas. No sería justamente él quien aludiera al tema.
—Especialmente porque, a diferencia de aquella vez, hoy no vas vestido —señaló ella muy oportunamente, haciéndolo reír.
—Y tú tampoco —retrucó Dylan, ayudándola a enjabonarse mientras mantenía la flor de la ducha apuntando a su cuerpo—. ¡Mi viejo no sabría si vestirnos primero o llamar directamente a la ambulancia para que se ocuparan ellos!
Las bromas y las consecuentes risas no lograban esconder el hecho irrefutable de que estaban nerviosos. Muy ilusionados... pero también muy nerviosos. Y como solía ser habitual; él más que ella.
Una vez que terminó de enjabonarse, Andy le devolvió el cepillo a Dylan y se quedó quieta unos instantes mientras él la enjuagaba, disfrutando del efecto relajante del agua de la ducha cayendo sobre su cuerpo.
—Hoy es el día. Me parece increíble —comentó ella, mirándolo con los ojos radiantes de felicidad.
—Estoy deseando verles la carita —reconoció Dylan mientras sostenía la flor de forma que el agua cayera sobre la espalda de Andy, quien no tardó en ponerse a ronronear.
A medida que las bebés crecían y el peso aumentaba, los dolores en piernas y espalda habían aumentado a la par. Los masajes la ayudaban y Dylan se aseguraba de que cada día hubiera unas manos dispuestas a dárselos —fueran las suyas, las de su hermano o las del fisioterapeuta con servicio a domicilio que trataba a Andy tres o cuatro veces por semana—, pero lo que tenía un efecto más inmediato sobre el dolor era una ducha caliente. La disfrutaba como una niña pequeña y él, viéndola a ella disfrutar.
—Te gusta, ¿eh?
—Ya lo creo... Me relaja tanto... Mi pobre espalda está dando una fiesta ahora mismo... —al fin, abrió los ojos y lo miró—. Pero será mejor ponerse en marcha o las niñas nacerán aquí... —la tensión de Dylan fue tan inmediata que ella enseguida salió al paso con una aclaración—. Estoy bien, calvorotas. Lo digo porque puedo jugar al fútbol con mi barriga. ¿Has visto lo abajo que está hoy?
La sonrisa regresó al rostro de Dylan.
—¿Abajo, dices? Mmm, no... No me había dado cuenta... Será que todavía sigo muy entretenido con lo que hay arriba —guaseó moviendo las cejas sensualmente.
Andy extendió la mano para acariciar aquel rostro anguloso que adoraba.
—¿A horas de convertirte en padre esperas que crea que son mis delanteras las que acaparan tu atención? Buen intento —le dijo, rezumando dulzura—. Eres lo más de lo más, Dylan.
Él cogió la mano que le acariciaba el rostro y se la llevó a los labios. Depositó un ligero beso sobre ella.
—A horas de convertirme en padre otra vez, dirás. Ya soy padre.
—El padre más alucinante del mundo —concedió ella con los ojos empañados.
A Andy le seguía emocionando igual que el primer día esa defensa a ultranza que Dylan hacía de su estatus de padre de Luz.
—¿Si te emocionas se acelera el parto? —le dijo con expresión cómica cortando con una sonrisa la incipiente emotividad de su chica—. Venga, vamos, nena. Te ayudo a salir de la bañera.
A continuación, eso hizo; sostenerla fuertemente de los brazos hasta que Andy volvió a estar sobre suelo firme. Entonces, le puso el albornoz de toalla sobre los hombros, la acompañó hasta donde estaba el inodoro, bajó la tapa y la ayudó a sentarse. Le dejó su ropa a mano y regresó a la bañera, donde tras quitar el banco y colgar la flor, volvió a abrir el agua.
—¿Podrás quedarte sola un ratito? —le preguntó mirándola a través del pequeño espacio que quedaba después de cerrar parcialmente las mamparas para que el agua no salpicara el suelo.
Su nerviosismo seguía a flor de piel y a pesar del tono jocoso utilizado para cerciorarse de que podía quitarle los ojos de encima durante cinco minutos, Andy lo captó a la primera.
—Como poder, puedo... ¿Pero quiero? Eres un espectáculo desnudo y últimamente la mayoría de las veces tengo que conformarme solo con mirarte, así que ¿quiero perderme el espectáculo? Diría que no. Ya secaremos el baño después... O dejaremos que se seque solo.
Dylan volvió a abrir las mamparas de inmediato. Se expuso sensualmente ante la mirada divertida de Andy, quien emitió un silbido aprobatorio en voz baja siguiéndole el juego. Silbido que no consiguió engañarlo. Al contrario. El irlandés no pudo evitar pensar que las cosas se debían estar desarrollando con mucha rapidez en el cuerpo de su mujer para que ella prefiriera que él no la perdiera de vista. Por más sexi que hubiera sido el tono que había empleado. Por más realistas que hubieran sido sus reivindicaciones, ya que era cierto que los últimos días el cansancio y los calambres solían arreglárselas para interrumpir y, en algunas ocasiones, acabar con sus momentos de intimidad de forma brusca.
—Tus deseos son ordenes —repuso él y se puso manos a la obra.
De pronto, sentía una necesidad imperiosa de llegar al hospital cuanto antes. Y sospechaba que Andy también.
* * *
Después de ajustar los cordones de sus Converse negras, Dylan se subió la cremallera de los vaqueros y se puso la camiseta negra de mangas cortas que acababa de sacar a voleo del armario.
—Mientras tú acabas de prepararte, voy a despertar a mi padre para que sepa que nos vamos —dijo.
Andy se había puesto un ligero vestido azul marino sin mangas, largo hasta las rodillas, y unas sandalias planas a juego. Estaba sentada en la cama, dando un último vistazo de comprobación a los bolsos de maternidad.
—Vale. También díselo a Danny. Le va a dar un ataque, si se levanta y no estamos aquí.
—Sí, sí, tranquila. Ahora vuelvo.
Pero al abrir la puerta que comunicaba con el pasillo, Dylan vio que toda la casa estaba iluminada. Prestó atención; se oían ruidos en la cocina.
Se dirigió hacia allí, asomó la cabeza por la puerta entornada y miró a los dos hombres con expresión interrogante.
—¿Insomnio? —les preguntó, cómicamente.
Su padre le respondió con una risita nerviosa y le dio los buenos días a pesar de ser todavía madrugada.
Danny, en cambio, fue al grano.
—¿Cómo está mi hermana?
—Ha roto aguas.
El muchacho puso los ojos en blanco.
—Ya lo sé, Dylan. No sois tan silenciosos como pensáis —apuntó con segundas—. Te pregunto cómo está.
—Bien. Aparte de que según ella puede jugar al fútbol con la barriga, está bien... ¿Qué haces levantado?
Dylan observó que el muchacho estaba totalmente vestido y casi listo para salir; el estado de su pelo revelaba que se había olvidado de peinarse, lo que sumado a su cara de recién despierto le daba un aspecto bastante cómico. Pero si pensaba acompañarlos a Andy y a él, estaba a punto de llevarse un disgusto.
—¿Y tú qué crees que hago? —fue la respuesta del hermano de Andy.
Dylan elevó las dos cejas al mismo tiempo. El chico no era un dechado de buena educación en sus maneras sociales, pero a él no solía hablarle en ese tono.
Brennan Mitchell decidió intervenir.
—No vamos a quedarnos aquí, hijo. —Había seleccionado el plural muy estratégicamente para cubrir al muchacho—. No podríamos dormir. Así que mejor te hacemos compañía.
Dylan negó con la cabeza. Miró a su padre:
—Son las dos de la madrugada, el día será largo y alguien tiene que ocuparse de la peque —miró a Danny—. Mi padre cocina, tú juegas con ella. Así es como nos ayudaréis más a Andy y a mí. Sabiendo que no tenemos que preocuparnos de Luz porque estará en buenísimas manos.
—Ni lo sueñes —espetó Danny, enfatizando con un movimiento de la cabeza cada una de las negativas que pronunció con palabras a continuación—. No voy a quedarme aquí. No. Ni hablar
Dylan no tenía tiempo ni interés de ponerse a discutir con el muchacho. Se dio la vuelta para regresar con Andy al tiempo que decía:
—No es un debate. He venido a avisaros que nos vamos. Os iré llamando con lo que haya. Cuando Luz se despierte, si queréis, venid al hospital.
Brennan dio su conformidad con un movimiento de la cabeza. Preferencias personales al margen, entendía las razones de su hijo para mantener a la más pequeña de la casa alejada del nerviosismo propio del nacimiento de sus hermanas. Sin embargo, sabía que para Danny aquel día tenía implicaciones emocionales que iban más allá de lo normal. Implicaciones que estaban relacionadas con lo acaecido el día que había sido tío por primera vez.
En aquel momento, él mismo se ocupó de ponerlo en palabras.
—Tú no eres quién para decirme si me quedo o me voy. Es mi hermana. Y estaré en ese hospital el tiempo que ella esté allí y ni un minuto menos. Y si no estás de acuerdo... Me la suda —dijo pasando junto a Dylan, airado.
Andy, que en aquellos momentos se dirigía a la cocina, se detuvo en mitad del pasillo.
—Eh... ¿Qué pasa? —dijo mirando a uno y a otro consecutivamente.
—Tu marido, que se ha puesto farruco con que quiere que me quede. No voy a quedarme aquí. Ni hablar, Andy. No me lo pidas.
—No me he puesto farruco... Simplemente, he dicho que no era un debate. Necesito que te quedes aquí, Danny. Con Luz.
—Sí que te has puesto farruco. No hace falta que nadie se quede. Luz es como un lirón. ¿Crees que se va a despertar si la sacamos de la cuna y la ponemos en el carrito de paseo?
—Y cuando se despierte en mitad del hospital y quiera ir conmigo y con su madre, ¿qué? —repuso Dylan, armándose de paciencia al ver que Andy ponía cara de pena, señal de que estaba a punto de claudicar.
Danny se cruzó de brazos.
—Te encanta fardar de lo bien que se te da tratar con Luz, pero no eres el único. A mí también se me da de miedo. Tranquilo, cuñado; sabré cómo entretenerla.
Dylan hizo un gesto de se acabó con las manos. Aquel no era el momento de entretenerse discutiendo sobre tonterías.
—¿Estás lista? —le preguntó a Andy. Ella le dedicó una mirada cargada de cariño y asintió con la cabeza—. Vale. Me llevo los bolsos de maternidad y voy poniendo en marcha el coche. Luego vuelvo a por ti. ¿Por qué no te sientas mientras tanto?
Andy iba a decir que no necesitaba sentarse, pero el dolor, intenso y breve, le hizo cambiar de idea. Acababa de tener una contracción. Había tenido muchas Braxton Hicks a lo largo de los meses, pero esta no era de esa clase. Se sentó en una silla que había en el pasillo y sonrió.
—Aquí te espero.
Vio que su hermano sacudía la cabeza y que su suegro lo consolaba, palmeándole el hombro, y esperó. En cuanto Dylan cerró la puerta, dijo:
—No va a esperar a nadie, así que daos prisa.
—¡Gracias, gracias, gracias! —exclamó Danny que fue corriendo a por Luz.
Brennan enseguida cogió su bolso de hombre, listo para partir.
Al poco, Dylan volvió a entrar en la casa. Fue hacia Andy y cuando llegó frente a ella, le ofreció una mano para ayudarla a levantarse. Andy la aceptó, pero tiró de ella haciendo que Dylan se agachara.
—Escucha, amor —le dijo en voz baja—. La última vez que una hermana suya entró en un hospital para dar a luz, no salió viva.
A Dylan se le descompuso el gesto. ¿Como podía haber pasado por alto algo semejante? No conocía los detalles de la muerte de Sonia, pero sabía lo suficiente; que había muerto de preeclampsia poco después de dar a luz.
—Nena... Lo siento.
Ella le acarició la barbilla, tranquilizándolo. Nunca le había contado las circunstancias particulares de la muerte de su hermana mayor y decidió que era hora de hacerlo.
—Mi madre estaba muy grave en un hospital distinto del que estaba Sonia y supongo que supo desde el principio que mi hermana no iba a salir adelante. Me rogó que me quedara con ella, que no la dejara sola. Pero yo no me sentía capaz de dejarla sola a ella así que entre mi tío Pau y yo convencimos a Danny para que fuera al hospital donde estaba mamá y se quedara con ella. Pensábamos… Confiábamos en que tendríamos tiempo, pero… Apenas llegó a ver a Sonia con vida dos minutos detrás del cristal de la UCI… Si Danny quiere venir con nosotros, no podemos pedirle que se quede aquí.
Dylan asintió varias veces con la cabeza.
—Claro que no, Andy... —volvió a incorporarse y habló en un tono lo bastante alto para que Danny lo oyera—. Pero como ese crío respondón no esté aquí en dos minutos, tendrá que ir andado.
* * *
Tal como había dicho Danny, Luz dormía a pierna suelta. Había procurado no moverla demasiado. La niña iba en pijama -una chaqueta corta gris y roja y unos shorts a juego-, apenas le había puesto una manta ligera para cubrirla. Era de hilo y la había tejido su abuela. Pero ponerla en su sillita de viaje requería hacer algunas maniobras de las que la niña no había dado señales de enterarse. Iba durmiendo plácidamente, flanqueada a la izquierda por su tío y a la derecha por su abuelo paterno.
El vehículo estaba entrando en el aparcamiento cuando el móvil de Andy empezó a sonar. El tono identificaba quién llamaba.
—No me lo puedo creer... —comentó antes de atender el teléfono.
—Es medio bruja —intervino Danny, quien también había reconocido el tono—. Te lo he dicho mil veces, pero no me crees.
—¿Se puede saber qué haces despierta a estas horas, mamá? —la saludó Andy.
—¿Y tú? ¿Cuándo pensabas llamarme? —repuso Anna. Usaba su tono de madre enfadada que no le salía demasiado bien porque rara vez se enfadaba con sus hijos—. ¿Cuando ya hubieran nacido mis preciosas nietas? A ver, dime, ¿cómo estás, cariño mío?
Andy ni siquiera consideró la alternativa de decirle que había tenido una primera contracción hacía un rato. No solo porque para tomársela realmente en serio necesitaba tener una segunda y medir el tiempo transcurrido entre una y otra, también porque Dylan no lo sabía y prefería que siguiera así. Al menos, hasta que estuvieran en el hospital.
—Vuelve a la cama, mamá... Estoy bien. Solo he roto aguas. Pasarán horas hasta que puedas conocer a tus preciosas nietas...
Lo siguiente que oyeron todos en el monovolumen mientras Dylan aparcaba, fue la voz de Jaume, riéndose.
—¿Que vuelva dónde? Tu madre lleva una hora dando vueltas por la casa, Andy. Si no te ha llamado antes es porque no quería despertar a todo el mundo.
—Bueno —intervino Anna—, basta de reírse a mi costa. Imagino que estaréis camino del hospital, ¿no?
—Sí, acabamos de llegar. Estamos aparcando.
—Muy bien. Entonces, corto. Vamos para allí. Te veo en un ratito, cariño.
Y lo siguiente fue el sonido de llamada cortada.
—Parece que vamos a ser un ejército invadiendo la planta de maternidad —dijo Andy.
—Y eso que el ala temperamental de la familia todavía no sabe nada —volvió a intervenir Danny.
El muchacho estaba nervioso y se le notaba, pero esta vez Dylan estaba totalmente de acuerdo con sus palabras. De una u otra forma, algunos de los miembros del «ala temperamental» siempre se las arreglaban para poner a prueba su paciencia. Aquel día en particular no estaba por la labor de soportar memeces.
—Y que siga así varias horas más —concedió.
En el mostrador de la entrada, el trámite fue rápido. Los embarazos gemelares no eran tan frecuentes y encima la madre era miembro de la familia más ilustre de la isla. La mayoría conocía a Andy. También conocían a su marido, por supuesto. Entre el personal de enfermería, los flirteos con él estaban a la orden del día. De ahí que Andy no le sorprendiera en absoluto que la enfermera que atendía el mostrador en vez de referirse a ella, que después de todo era quien estaba a punto de ingresar, se dirigiera a Dylan.
—¿Qué, guapetón? ¿Listo para no volver a dormir una noche entera en dos o tres años? —dijo la mujer.
Tenía edad suficiente para ser abuela y, probablemente lo era, aunque Andy no lo sabía a ciencia cierta. Pero allí estaba con sus ochenta y muchos kilos y sus ojeras por llevar horas de pie, tirándole los tejos a Dylan. No pudo evitar reírse de la situación.
—Tranquila, no se preocupe —repuso Andy desde la silla de ruedas—. Los dos estamos preparados, gracias por su interés.
La mujer se rio.
—¿Y tú qué tal? ¿Vienes para quedarte o eres de esas madres primerizas que van y vienen cinco veces para irse acostumbrando a la idea?
Dylan agradecía el buen talante de la enfermera. Pero en aquellos momentos habría agradecido mucho más que ingresaran a Andy de una ez, la llevaran a su habitación y viniera un médico a decirle que todo estaba en orden.
—Ha roto aguas —dijo—. No creo que vayan a decir que es una falsa alarma y nos envíen de nuevo a casa.
La enfermera le dedicó a Andy una sonrisa aprobatoria.
—Ah, muy bien... Entre nosotras, no tienes pinta de ser de las que van y vuelven, pero un poco de risa siempre ayuda... ¿Qué tal las contracciones? Y esta vez deja que conteste ella —le advirtió a Dylan.
—De momento, solo una... —empezó a decir Andy. Entonces, sobrevino la segunda—. Ahora son dos.
Si saber que su mujer ya había tenido una contracción de la que él acababa de enterarse había sorprendido a Dylan, presenciar la segunda lo puso en movimiento. Se agachó frente a ella y pulsó el cronómetro de su reloj de muñeca.
—Dime cuando para —le pidió.
Pasaron los segundos. El dolor era soportable, pero algo más intenso que con la anterior contracción.
—Ya —dijo Andy volviendo a respirar profundamente.
La mujer del mostrador ya había hecho la llamada de rigor y otra enfermera se dirigía hacia ellos para acompañarlos a la planta de maternidad.
—Cuarenta y seis segundos —comprobó Dylan. La recepcionista tecleó el dato en la historia clínica de la paciente—. ¿Cuándo fue la otra?
—Estábamos en casa todavía.
—Vale, no te preocupes por nada, Andy —intervino la recepcionista—. A partir de ahora, nos ocupamos nosotros. Tú procura estar lo más cómoda posible hasta que llegue el momento de traer al mundo a tus bebés, ¿de acuerdo? ¡Hoy es un gran día, mamá!
Andy sonrió. No supo por qué, pero las palabras de aquella mujer que debía tener la edad de su madre tuvieron un buen efecto sobre ella. La tranquilizaron. Y sí, le recordaron que aquel era un día grandioso. Uno que tanto Dylan como ella llevaban esperando con ansias desde que la última Navidad habían sabido de que serían padres.
* * *
Poco rato después Andy ya estaba en una cama, con un camisón de hospital color rosa y la barriga conectada a pequeños electrodos que enviaban información a una máquina que estaba a la derecha del cabecero de su cama. Dylan ocupaba una de las dos sillas estilo sillón que había a la izquierda.
La comadrona de turno había ido a visitarla y después de auscultarla y comprobar la información de la máquina había dicho que todo iba bien y que les quedaban por delante varias horas. Les había aconsejado que intentaran dormir cuanto fuera posible.
Andy y Dylan intercambiaron miradas. Ninguno dijo nada pero los dos pensaron lo mismo: «¿Dormir? Ojalá».
En aquel momento, se oyeron las voces de Jaume y Anna.
—¿Podemos pasar?
—Claro —dijo Dylan.
La pareja enseguida apareció en el cuerpo principal de la habitación. Anna, que venía en una silla de ruedas que Jaume empujaba, hizo las aclaraciones oportunas.
—No pasa nada, no pasa nada, estoy bien... De esta forma es más rápido y, al menos yo, me canso menos —añadió dedicándole una mirada amorosa al hombre que detrás de ella sonreía—. ¿Cómo estás, pequeña mía? ¿Cómo van esas contracciones? Acércame a la cama un poquito, Jaume, por favor... Quiero ver si me miente —añadió en tono maternal.
Jaume empujó la silla y maniobró con ella de forma de situarla en paralelo a la cama para que madre e hija estuvieran lo más cerca posible. Miró brevemente a Dylan. Él presenciaba la conversación con interés y una sonrisa.
—Todavía no he dicho ni mu, desconfiada —fue la respuesta de Andy.
—Ya, pero por las dudas... —repuso Anna, todo dulzura—. Que te conozco bastante bien y sé de esa tendencia tuya a ocultarle las cosas a tu madre para no preocuparla.
—¿Por qué te refieres a mi madre como si ella no estuviera aquí? —Andy se rio—. Te las oculto a ti y voy a seguir haciéndolo. Pero hoy no te oculto nada, ¿vale? Tengo sueño, estoy ansiosa y estos cables me molestan. De momento, no hace falta añadir contracciones a la lista, pero es cuestión de tiempo... —dijo fingiendo poner cara de dolor—. Todo de lo más normal, ¿no?
Anna le apartó un mechón del flequillo de la cara y de paso acarició su frente.
—Todo de lo más normal, cariño. Unas cuantas horas incómoda y el mayor milagro de tu vida estará en tus brazos... Y no podrás creer lo afortunada que eres —Sonrió al decir—: Y en tu caso serán dos los milagros... ¡Chica con suerte!
Andy cogió la mano que le acariciaba la frente y la conservó muy cerca de su pecho.
—¿Te quedarás aquí? Van a ser muchas horas, mamá...
—¿En qué otro lugar quieres que esté, Andy? —Anna enseguida se dio cuenta que decir eso había sido un error. Su hija quería que estuviera en una cómoda cama, durmiendo. O al menos, descansando. Pero eso no era una opción—. Sí, ya lo sé. Si de ti dependiera, me enviarías a casa. Pero no, señora. No caerá esa breva.
Entonces, se oyeron golpes en la puerta. Jaume fue a abrirla. Eran Brennan y Danny. Se habían retrasado poniendo a Luz en el carrito de paseo y luego habían tenido que esperar a que les informaran el número de la habitación donde estaba Andy.
—Nos van a echar —anunció Danny empujando el carrito hasta la cama—. Casi no nos dicen el número de la habitación porque «no son horas de visita» —dijo imitando la voz de la enfermera y haciendo sonreír a Andy—, así que nos quedan dos telediarios aquí dentro... Pero aquí tienes a tu niña, dormida como un lirón... Y aquí estamos el pesado de tu hermano y tu mayor fan sobre el planeta —dijo refiriéndose a Brennan Mitchell que a los pies de la cama, bastón en mano, presenciaba la escena con una sonrisa satisfecha—. ¿Estás bien...?
Danny había visto a su madre junto a la cama de Andy, por supuesto. También a Jaume justo detrás, como un soldado haciendo guardia. Pero, por el momento, procedía como si ellos no estuvieran allí. Andy, al igual que los demás, sabía el porqué. También sabía que poco podía hacer al respecto en aquellas circunstancias. No era lugar ni momento para sacar a colación un asunto que solo se resolvería con el tiempo. De modo que hizo lo único que podía hacer; cogió la mano de su hermano con su mano libre, obligándolo a inclinarse sobre la cama y la sostuvo contra su pecho, junto a la de Anna. Las mantuvo así, muy cerca.
—Estoy perfectamente y todo irá bien… —les dijo—. Por favor, no os preocupéis, ¿vale?
Los ojos de Danny se volvieron acuosos al instante. Otro tanto sucedió con los de Anna que, a pesar de todo, fue la primera en recuperarse y hablar.
—Eh... ¿qué es esto? ¿Tú nos das ánimos a nosotros? No, no, no... Esto no puede ser. Nosotros sí que estamos perfectamente, ¿no, Danny?
El muchacho miró a su madre. Era la primera mirada intencionada, sin resquemores ni críticas veladas, que le dedicaba en mucho tiempo. Todos acusaron recibo, especialmente Anna que se lo agradeció con una sonrisa algo emocionada.
—Mamá tiene razón, petarda —dijo él, procurando sonar como siempre—. Deja de preocuparte por nosotros. Eres tú la que tiene la tripa llena de cables.
El momento de risas que tuvo lugar a continuación se ocupó de disolver la emoción y la enfermera que entró en la habitación unos minutos después completó el proceso, enviando a todo el mundo a la sala de espera con la consabida frase «solo puede haber una persona aquí con la paciente. Por favor, no hagan que tenga que venir a cada rato a comprobarlo».
—Quédate, Anna —dijo Dylan cuando Jaume ya estaba maniobrando con la silla para abandonar la habitación, tal como había exigido la enfermera. Eran los últimos en salir. Su padre y Danny ya estaban en el pasillo.
—No, por favor, no hace falta, querido irlandés. Con que me dejes entrar un ratito cada cierto tiempo para poder ver que mi niña sigue bien, me doy por satisfecha...
—¿Qué, calvorotas?, ¿vas a presentar tus respetos a las enfermeras del turno de noche para asegurarte de que, cuando llegue el momento, te dejarán hacer todo lo que tú quieras? —se burló Andy. O, al menos, esa era la intención hasta que una contracción la sorprendió, permitiéndole pronunciar solo una palabra—: Ah...
La cara de Dylan acusó recibo del quejido.
—¿Qué? ¿Qué pasa?
—Respira, cariño mío. Respira —dijo Anna a su hija, acariciándole el cabello.
Andy, parcialmente incorporada sobre sus codos, con los ojos cerrados y una expresión de dolor en su rostro, tardó unos instantes en hablar. Los que se tomó la contracción en darle una tregua. Entonces, respiró hondo y soltó el aire en un largo suspiro.
—Esta ha dolido —admitió—. Y supongo que será la primera de muchas... ¡Madre mía!
Dylan regresó a la cabecera de la cama y cogió una mano de Andy. La miró divertido.
—Y ahora viene la parte en la que empiezas a gritar que me odias y me amenazas con cortar cierta parte de mi anatomía. ¿A que sí?
Jaume fue el primero en soltar una carcajada.
—Tiene razón. En las películas después del dolor, siempre llega la amenaza.
Anna también se rio. Aunque lo suyo fue tan solo un intento de disimular su propio nerviosismo. Parir era un proceso extenuante y muy doloroso para cualquier mujer. Y en este caso, era dos los bebés a nacer.
Quien remató el momento fue Andy que miró a su marido con un ojo entornado y le dijo:
—¡No me des ideas, calvorotas!
* * *
Dylan no había salido para presentar sus respetos a las enfermeras del turno de noche, como había sugerido Andy, sino a hacer una llamada. Una llamada que le provocaba sentimientos encontrados, pero que se había comprometido a hacer. Como no quería que nadie lo oyera hablando con el enemigo, se quedó en el pasillo. Lejos de la sala de espera donde estaban su padre y su cuñado, velando el sueño de Luz.
Sacó el móvil y seleccionó el nombre correspondiente de su agenda de contactos. Apenas había dos horas de diferencia horaria, de modo que allí eran horas tan intempestivas para llamar a nadie como lo eran en España.
Sin embargo, atendieron al segundo ring y la voz del padre de Andy sonó despejada, normal. Como si fueran las diez de la mañana en vez de plena madrugada.
—Hola, Dylan... ¿Qué tal? ¿Andy está bien?
—Sí, sí... Ella está bien. Estamos en el hospital. Rompió aguas hace un rato y ya ha tenido algunas contracciones, pero según la comadrona aún queda mucho tiempo por delante... Siento la hora, pero como me pidió que le avisara enseguida...
—Ah, bien, bien... Qué alivio saber que todo marcha según lo previsto —dijo Chad—. No te preocupes por la hora, Dylan. Estamos poniendo todo a punto para llevar a un grupo de fotógrafos al Masái Mara, pero en cuanto corte contigo pongo rumbo al aeropuerto de Nairobi. Cogeré el primero vuelo que salga para España. Sé que Menorca estará en overbooking por estas fechas, así que no sé si llegaré por aire o por mar, ni cuándo exactamente. Pero llegaré, no te preocupes.
A Dylan le tomó unos instantes procesar el cúmulo de información que estaba recibiendo. Luego tendría que admitir que en parte era su desconfianza lo que estaba retrasando el proceso. Algo que quedó claro con su siguiente pregunta:
—¿Vendrá?
—Por supuesto. Mis socios y yo contratamos a un guía experto para que los ayude mientras yo estoy en España. Fue lo primero que acordamos cuando volví de Menorca.
—Ah, muy bien —dijo Dylan.
En realidad, no sabía qué otra cosa decir. Chad Avery era un asunto muy controvertido entre los Estellés. Suponiendo que a última hora no lo llamara con una excusa para no viajar, el reencuentro sería muy bueno para Andy, pero solo de forma temporal. Hasta que alguno de los Estellés decidiera compartir su opinión -no solicitada, por supuesto- sobre la presencia del hombre que había abandonado a Anna y a sus hijos a su suerte tres lustros atrás. Y si no era un Estellés, sería el otro Avery de la familia; Danny. Las posibilidades de que la alegría de Andy perdurara en el tiempo eran igual a cero. En cambio, las posibilidades de que, después de hacer frente a dos alumbramientos a falta de uno, tuviera que enfrentarse al rencor y la desidia asociados al nombre de su progenitor crecían exponencialmente. Tanto, que en un momento dado, Dylan llegó a lamentar haber hecho esa llamada.
—Sé que nadie cuenta conmigo y no los culpo. Me lo merezco. Pero ya no soy ese hombre. Soy este hombre, agradecido de que la vida le haya dado la ocasión de volver a estar en contacto con su familia de sangre... este hombre ansioso y nerviosísimo por que su hija está a punto de dar a luz.. —Su voz denotó que sonreía al decir—: Te compadezco, Dylan. Si yo estoy así, no quiero imaginarme cómo estarás tú... Mira, si te parece bien, no le digas a nadie que estoy de camino. Me gustaría darle una sorpresa a Andy. Seguro que le hace muchísima ilusión volver a verme...
Sería mucho más que ilusión, pensó Dylan. La relación de Andy con su padre se había estrechado mucho con el paso de los meses. Hablaban casi a diario y dos veces por semana se conectaban por videoconferencia a través de Skype. Todavía no había conseguido que Danny participara activamente, pero estaba presente durante las conexiones. Presente y a la vista de su padre, sentado junto a su hermana. Hacía parecer que jugaba con su móvil, pero el solo hecho de que estuviera allí constituía un salto olímpico en una relación que el propio Chad había cortado de manera drástica cuando Dany era un bebé.
—Claro que sí. Será una sorpresa genial. No se preocupe, quedará entre usted y yo... Ya me avisará cuando llegue a la isla, ¿de acuerdo?
—De acuerdo. Y muchas gracias, Dylan.
—No hay de qué. Seguimos en contacto. Adiós —se despidió el irlandés.
Después de guardar su móvil en el bolsillo posterior de sus vaqueros, se dirigió a la sala de espera. Quería darle unos minutos más a Anna junto a Andy. Las dos se necesitaban. De paso, aprovecharía para comprobar que hacía su rayito de sol. Sonrió al caer en la cuenta de que ahora le preocupaban cosas que habían estado tan lejos de su mente la mayor parte de su vida, que a veces no le parecía real. Luz seguiría durmiendo hasta que alguien la despertara cuando fuera su hora de desayunar. Era la niña más adaptable que había conocido. Las pocas veces que la había visto llorar era de dolor -sus dientes le habían dado mucha guerra-, nunca por capricho o malhumor. Lo que quería decir que había pecado de exceso de celo al pretender que su padre y su cuñado se quedaran con ella, en casa, para no alterar sus rutinas.
Tampoco le extrañaba haberse pasado de vueltas. Llevaba meses nervioso y preocupado por Andy. Por su bienestar, por el de las niñas, por todo. Los meses habían sido una sucesión de preocupaciones, dependiendo de la etapa de gestación. Y ahora, sin duda, se hallaba ante el momento de máxima preocupación; el parto. Intentaba consolarse diciéndose que no pasaba nada, que era un proceso natural y que a todos los hombres les tocaba subirse por las paredes viendo a sus mujeres gritar de dolor, pero que tras unas horas difíciles, las cosas volverían a la normalidad, Andy se recuperaría y los dos disfrutarían de la experiencia de ser padres otra vez... Pero ni lo consolaba ni, mucho menos, lo traquilizaba. No funcionaba para nada. Al contrario, a medida que se acercaba el gran momento, se sentía peor.
Aún y así, le debía una disculpa a su padre y otra más grande a su cuñado. Y él no era de los que escurrían el bulto.
Le hizo gracia verlos en la sala. Eran los únicos hombres con un carrito de bebé. Se habían sentado dejando un asiento vacío en medio y habían puesto el carrito atravesado frente a ellos. De esta forma, ambos tenían a la pequeña a la vista con tan solo incorporarse un poco en el asiento. Danny le pareció nervioso; su padre, cansado.
Dylan fue hacia ellos, se inclinó sobre el carrito y permaneció unos instantes mirando a su hija. Dormía a pierna suelta. Los bracitos descansaban abiertos sobre la almohada con una funda de jirafas. Una ligera manta de hilo la cubría hasta la cintura. La placidez en su máxima expresión, pensó. También la belleza en su máxima expresión. Luz era preciosa por dentro y por fuera.
Regresó a la verticalidad y movió el carro un poco para poder ocupar la silla libre que había entre su padre y su cuñado.
—¿Qué tal Andy? —se interesó Brennan—. ¿Has dejado a Anna con ella?
Dylan asintió con la cabeza.
—Está bien dentro de lo que cabe. Pero hay cosas que yo no puedo darle y Anna sí.
Brennan sonrió.
—Es normal. Por mucho que lo intentes, lo que está sucediendo aquí hoy te queda grande. Nos queda grande a todos los hombres. Es ley de vida.
Dylan concedió a lo dicho por su padre con un movimiento de la cabeza. Nunca se había sentido tan fuera de su elemento, tan alejado de algo remotamente parecido al control de la situación, como se encontraba en aquellos momentos. Desde hacía meses, de hecho. Era una sensación extraña; era su vida, su mujer, sus hijas y sin embargo, no podía hacer otra cosa que ser un simple testigo de los acontecimientos. Y podía decir sin temor a equivocarse que lo detestaba. Con todas sus fuerzas. Estaba en las antípodas de su forma de ser y, en consecuencia, no lo estaba llevando nada bien.
—Por cierto, siento lo de antes... Estuvo fuera de lugar. No soy quién para decirte lo que tienes que hacer —le dijo a su padre.
Brennan le palmeó la rodilla cariñosamente, restándole importancia.
—No pasa nada, Dylan. No lo he tomado a mal —sonrió—. Será porque, de todas formas, no pensaba hacerte caso, ¿verdad, Danny?
El muchacho sacudió la cabeza molesto y regresó a su móvil sin decir nada. Pero Dylan sí lo hizo.
—A él no puedo decirle lo que tiene que hacer, pero a ti claro que puedo... Y la verdad es que habría preferido que te quedaras en casa, con Luz, pero hasta que Andy me dijo... —Dejó de hablar cuando el muchacho al fin quitó su atención de la pantalla de su móvil y lo miró con los ojos brillantes—. Bueno... No te lo habría pedido de haberlo sabido. Lo siento, Danny.
El muchacho aceptó sus disculpas, pero tampoco se calló lo que pensaba.
—Por si te consuela, no pensaba hacerte caso. No hay ni una sola posibilidad de que mi hermana se ponga de parto y yo no esté aquí, en esta sala, desesperando como todos los demás. Me lo pidas tú o me lo pida Dios.
Dylan podía entenderlo. Ahora, sí. Exhaló un suspiro.
—Todo aclarado, entonces... Vuelvo con Andy. Ya os iré contando qué tal van las cosas... Y gracias por cuidar de mi gordita —dijo asomándose al carrito una última vez. Entonces, cambió de idea y se volvió hacia su cuñado—. ¿Quieres quedarte un rato con tu hermana?
Al muchacho se le iluminaron los ojos. Ya estaba de pie cuando dijo:
—¿Puedo? Quiero decir... A lo mejor, Andy prefiere que estés tú y no yo...
Seguro que sí, pensó Dylan. Aunque más no fuera para poder quejarse a gusto sin temor a preocupar a nadie. Pero también estaba seguro de que a medida que pasaran las horas y el nivel de dolor aumentara, ella no iba a permitir que nadie más que él estuviera en aquella habitación, con ella. Así que era ahora o nunca.
Dylan le pasó un brazo alrededor de los hombros.
—Aprovechemos ahora que todavía no ha llegado a la fase de odiar a todo el mundo —dijo con guasa y vio por el rabillo del ojo que su padre se estaba riendo.
Con la llegada del alba, Andy ya había alcanzado esa fase en la que la irritaba hasta el contacto con la sábana. Las enfermeras entraban y salían, pendientes de una paciente de la que todas habían oído hablar aunque no la hubieran atendido personalmente. La doctora Menéndez llevaba más de una hora en la planta de maternidad. El de Andy no era el único parto que atendería aquel día pero, sin duda, era el que más interés suscitaba debido a su especial naturaleza.
Sobre las once, hasta el doctor Grau, el médico de la familia, estaba pendiente del parto de las mellizas y en la sala de espera de la planta de maternidad no faltaba un solo Estellés, razón de más para que Dylan se mantuviera lo más alejado posible de allí. En realidad, apenas se había separado de Andy en las últimas ocho horas. Tina había estado un rato con ella antes de ir al gimnasio. Anna había vuelto a entrar con la intención de quedarse junto a ella para que él pudiera dar una cabezadita en la sala de espera. Pero lo último en lo que podía pensar Dylan era en dormir. En realidad, no podía pensar en otro cosa que en estar con Andy. No quería dejarla sola más que para ir al baño o sacar un café de la máquina al que apenas daba dos sorbos antes de tirarlo, tan malo era. Pero ese par de sorbos de tanto en tanto eran suficientes para aplacar durante un rato la ansiedad. Además, le proporcionaban un respiro emocional; el tiempo que tardaba en ir hasta la máquina, beberse los dos sorbos y regresar junto a Andy eran los únicos minutos en los que no la veía doblarse de dolor, los únicos momentos en los que sus quejidos, que últimamente eran más gritos que simples quejidos, no resonaban en sus oídos llenándolo de impotencia.
Y con las horas del día, también había llegado el momento de hacer llamadas y de recibirlas. El padre de Dylan se había ocupado de avisarle a sus hijas y la noticia había corrido como la pólvora.
—Tu padre nos ha pedido que te llame uno solo de nosotros para no freírte a llamadas y tus hermanas me han elegido como portavoz —explicó Maverick—. Así que cuéntame. ¿Cómo está Andy? —se rio—. ¡Y cómo estás tú! ¡Si tuvieras pelo, seguro que ya estarías calvo!
Dylan se frotó el cráneo rasurado en un gesto de cansancio. Pensó que con sus dos bebés abriéndose paso para salir al mundo a través de un cuerpo tan pequeño, quedarse calvo habría sido el menor de sus problemas.
—¿Quieres la versión real o la edulcorada?
Su voz sonó tan ansiosa y preocupada como, en efecto, se sentía.
Maverick no pudo más que compadecerse de Dylan. Y también de sí mismo, ya que pronto Shea y él estarían en la misma situación.
—Es una mierda, ¿eh?
—Una muy grande, sí. Parezco bipolar. Un minuto pienso que estoy a nada de verles las caritas a mis niñas y te juro que es como si el corazón se me fuera a salir del pecho... Y luego pienso por lo que tendrá que pasar Andy para que yo pueda verles las caras, y… —exhaló un suspiro—. Qué desesperación, tío. Lleva horas gritando de dolor...
Maverick intentó buscarle el lado cómico a las circunstancias de su cuñado, convencido de que no le hacía falta otro sufrido futuro padre primerizo lamentándose por las reglas de juego que la naturaleza había establecido para asegurar el futuro de la especie.
—Tú piensa en la suerte que habéis tenido de haber marcado un tanto doble. Cuando mañana salgáis del hospital, tendréis la familia completa. Os pasaréis uno o dos años un poco estresados, haciéndolo todo por dos; cambiar pañales, preparar biberones, calmar lloreras... Pero después, a vivir, que son dos días... A nosotros, en cambio, nos tocará repetir el proceso en bucle cada dos años hasta que Shea diga basta. Y con lo que le gustan los niños, no sé yo... ¡Ánimo, tío! ¡Ya sabes que te queremos y que, desde aquí, te enviamos las mejores vibras!
—Es todo un detalle recordarme que no volveré a dormir hasta el verano de dos mil trece... —Oyó que Maverick se reía—. En serio, gracias, tío. Tengo que volver con Andy, así que voy a cortar. Ya os irán llegando noticias. Gracias por llamar —se despidió.
Dylan se separó de la pared donde se había recostado y volvió a guardar el móvil. No acabó de hacerlo, que este empezó a sonar otra vez. Miró el nombre que parpadeaba en la pantalla. Era Domènech Oriol Martí. O la «mosca cojonera» como lo había llamado el abuelo de Andy. Decidió que no estaba de humor para más cantinelas.
—Hoy no.
Y a continuación, apagó el móvil.
* * *
Los gritos de Andy se oían desde fuera de la habitación. Dylan tragó saliva, reunió valor y abrió la puerta. Había estado fuera unos pocos minutos, aprovechando que la doctora Menéndez había entrado a ver a Andy acompañada de tres médicas residentes de ginecología. Un poco después había llegado la comadrona y dos enfermeras más. En un minuto, la habitación se había llenado de personal sanitario, todas mujeres.
Pero a pesar de que no habían sido más de cinco minutos, el cambio operado en Andy era notable. Notable para mal. Apuró el paso hasta ella, que agarrada del borde de la camilla, levantaba las caderas como si estuviera poseída por el demonio. Tenía el rostro transfigurado por el dolor. Estaba empapada en sudor y su palidez era tan impactante que sus enormes ojos parecían perdidos al fondo de un pozo negro.
Dylan se abrió paso sin miramientos entre el personal que rodeaba a su mujer y a falta de ocurrírsele otra cosa mejor que hacer, cogió la mano de Andy situando la suya propia de forma que en vez de apretar la camilla, apretara su mano.
—Ah, calvorotas... Estás aquí... Diossss... Esto es insoportable —logró decir antes de que una nueva contracción volviera a sacudir su cuerpo.
—Apriétame la mano con todas tus fuerzas... Aprieta, nena, aprieta fuerte —pidió él mientas con su mano libre, cogía el paño de la mesilla y le secaba el sudor de la cara.
—Esto ya está. Tenemos ocho centímetros —anunció entonces la doctora Menéndez. Sacó el brazo de debajo de la sábana y se quitó el guante de látex, que depositó sobre el contenedor de material descartable de la bandeja del instrumental—. Nos vamos al quirófano.
Entonces, apareció el único hombre en pijama sanitario que Dylan había visto, aparte del doctor Grau.
—Ah, Giménez. Buenos días. Justo a tiempo. ¿Te ocupas de llevarla al quirófano? Enseguida voy.
El médico, un treintañero de pelo castaño oscuro y barba de dos días, se puso a la tarea encomendada de inmediato.
En cuanto Andy volvió a respirar hondo, preparándose para la siguiente contracción, Dylan se inclinó a besarle la frente. Ella manoteó su mano y se la agarró muy fuerte, logrando que a él se le encogiera el corazón.
—Ya casi estamos, amor... —le dijo al oído—. Un poquito más y las niñas estarán con nosotros, ¿vale?
Pero en cuanto intentó incorporarse, ella lo retuvo. Lo miró con los ojos llenos de lágrimas y ahora sí que Dylan se sintió morir.
—No, no, no, preciosa... Tranquila, solo voy a ver si esta gente me da un pijama de esos que llevan... Que, preferentemente, sea de mi tamaño —intentó bromear.
Ella asintió muy levemente, no hizo ademán de festejarle su intento de broma, pero a Dylan le pareció que se tranquilizaba y eso le bastó por el momento.
—¿Para qué quiere un pijama? —intervino el recién llegado.
Dylan le dedicó una de sus miradas explícitas. ¿Tendría que oír monsergas otra vez? Pues le vendría que ni pintado para poder quitarse de encima una buena ración de impotencia, pensó. Para colmo de males, el tipo estaba retirando parte de las máquinas que rodeaban la cama con toda normalidad. Ni una mirada comiserativa a la paciente, ni una palmadita de ánimo como habían hecho las enfermeras. Era como si Andy no estuviera retorciéndose allí mismo, en sus narices.
La doctora Menéndez fue quien respondió desde la puerta.
—Viene con nosotros.
—¿Al quirófano? —repuso el treintañero asombrado.
No era habitual que los maridos presenciaran el nacimiento de sus hijos. Los había y la cifra crecía año a año, pero solo en el caso de los partos únicos en los que no se preveía la necesidad de una cesárea. Los partos múltiples eran otra cuestión. Eran de riesgo desde el día uno de la gestación y se desarrollaban en quirófanos totalmente equipados por precaución. Por esa misma razón, solía impedirse la presencia de personal no sanitario durante el alumbramiento.
—No son muchos los valientes que se apuntan a la aventura —dijo el treintañero mirando a Dylan.
—Valientes o locos, no estoy muy segura —dijo Menéndez—. En todo caso, este sí se apunta. Y no intentes disuadirlo porque encima se enfada. Ya lo he intentado yo. Se lo he descrito…
En aquel momento, se oyó la irritada voz de Andy metiéndose en medio de la conversación que los médicos mantenían para decirles en su lengua:
—¿Quieren hablar más despacio? ¡Ni mi marido ni yo somos naturales de aquí! —paró un momento para recuperar el resuello y luego continuó igual de irritada—: ¡Maldita manía de hablar a toda pastilla sin pararse a pensar con quién están tratando!
El personal del hospital presente en la habitación intercambió miradas. Hubo alguna que otra sonrisa incómoda. Dylan iba a decirle a Andy que no se preocupara, pero decidió dejar que se desahogara a gusto. De estar en su lugar, también las pagaría con todo bicho viviente.
La doctora Menéndez acusó recibo de la regañina.
—Tienes razón, Andy. Mis disculpas. Es la costumbre —y mirando al médico con quien había estado hablando, retomó la conversación. Esta vez más despacio—. Se lo he explicado con lujo de detalles y le he advertido que como nuestra prioridad es su mujer, si se desmaya de la impresión o le da un telele del susto, lo dejaremos tirado en el suelo hasta que nazcan sus hijas. ¿Te has inmutado tú? Pues él tampoco. Ha dicho que le parece muy bien... Te aseguro que no he tratado con un señor más cabezón en toda mi carrera —le tocó el brazo a una de las enfermeras más próximas a la puerta—. Bea, acompaña al señor Mitchell, por favor. Que le den un equipo completo. Espera a que se cambie y lo llevas al quirófano.
Dylan pasó entre los sanitarios sin mirar a nadie. No quería comentarios ni consejos. Se sabía los riesgos al dedillo. Estaba al corriente de que aunque el primer nacimiento fuera bien, el segundo bebé podía darse la vuelta y ponerse de nalgas. En cuyo caso, intentarían recolocarlo. Pero si había sufrimiento fetal, cortarían por lo sano y el bebé tendría que nacer por cesárea. O que, incluso sin que hubiera cambios de posición en el bebé, si transcurría más de media hora desde el primer alumbramiento sin que el segundo intentara nacer, lo sacarían por cesárea. La lista de cosas que podían salir mal era larga. Era perfectamente consciente de que nada de lo que iba presenciar en el quirófano era apto para estómagos sensibles, pero dejar que Andy pasara sola por eso no era una opción para él. No había estado sobre la mesa en ningún momento. De hecho, en este caso, no había tenido ningún reparo en hacer uso del apellido familiar para asegurarse de que no le pondrían impedimentos. Además, le habían llamado muchas cosas a lo largo de su vida; dadas las circunstancias, «cabezón» le parecía hasta un cumplido.
* * *
Una hora más tarde Dylan comprendió a la perfección el porqué de que tan pocos «valientes se apuntaran a la aventura».
El espectáculo era dantesco, por decir algo. Había una docena de personas en el quirófano; aparte de Menéndez, había dos ginecólogas, varias enfermeras y auxiliares, dos matronas, una anestesista y dos neonatólogas…. Los gritos de Andy se entremezclaban con las palabras de ánimo y junto con el intenso olor a sangre, las instrucciones, la lectura en voz alta de los datos que ofrecían las máquinas a las que ella seguía conectada, conformaban un ambiente asfixiante, pavoroso. El bebé A se había colocado en posición hacía tres semanas y ahora estaba a punto de nacer, Menéndez decía que palpaba su cabeza, pero Dylan no podía evitar la sensación de que Andy llevaba mucho empujando y la niña no nacía. Aunque el personal se refiriera a ella como el bebé A, se trataba de Zoe y tenía su ironía que siendo la que más se había movido durante todo el embarazo, ahora que le tocaba salir, estuviera remoloneando.
Andy sentía exactamente lo mismo. Con el agravante de que el dolor no era presenciado sino en carne propia.
—¿Qué.. pasa…? ¿Por qué no sale? —preguntó con un hilo de voz.
Menéndez asomó la cabeza entre las piernas Andy. Le ofreció una sonrisa tranquilizadora.
—Pasa que eres primeriza, mujer. No te asustes. Esto es normal. La segunda bebé saldrá mucho más rápido.
Andy dejó caer la cabeza hacia atrás y exhaló un suspiro de agotamiento.
—Es que... no puedo más... Ya no tengo fuerzas...
—Respira profundamente e intenta calmarte, Andy —repuso Menéndez—. Claro que tienes fuerzas. Te parece que no, pero sí. Empuja todo lo fuerte que puedas cuando tengas la siguiente contracción.
Andy empezó a negar con la cabeza. Se movía buscando alivio o eso intentaba, ya que la postura en la que se encontraba le daba poco margen, y había empezado a hacer pucheros.
—¿Qué pasa, preciosa? —dijo Dylan— ¿Es la espalda?
Ella asintió. Era eso y todo lo demás. Pero, principalmente, la espalda.
—Me está matando...
Dylan no se lo pensó.
—A ver, paren… —exigió—. Dice que le duele mucho la espalda. Voy a sentarme en la camilla, detrás de ella. Quizás le ayude apoyarse en mí para hacer fuerza.
Menéndez asintió varias veces con la cabeza.
—Sí, buena idea. Ayudad al señor Mitchell. Que no se desconecte nada.
La llegada de una nueva contracción obligó a todos a esperar.
—Casi está aquí, Andy —dijo la médica, superanimada—. Que su marido se acomode porque con la próxima, el bebé estará afuera.
Y así fue. Dylan apenas tuvo tiempo de situarse detrás de Andy con las piernas a cada lado de su cuerpo. La sostuvo por las caderas, haciendo que ella apoyara la espalda contra su pecho y descansara el peso sobre él.
—¿Estás mejor? —le preguntó.
Andy no llegó a responder. La siguiente contracción arrancó un grito desgarrador a su garganta mientras empujaba con todas sus fuerzas y el primer milagro sucedió: la niña a la que hacía meses habían bautizado con el nombre de Zoe dio su primer berrido cuando estaba en manos de la obstetra. Y ya no paró; siguió berreando.
—Eh, vaya genio, bebé… —dijo Menéndez.
Los padres estaban en el octavo cielo. Dylan rodeaba a Andy con sus brazos desde atrás mientras depositaba besos pequeñitos sobre su cabeza y ella, agotada, se dejaba querer. Pero en cuanto habían oído el primer berrido, a los dos se les había iluminado la cara. Habían vuelvo a vida con una sonrisa emocionada, cabeceando para ver a la pequeña que estaba organizando tanto escándalo.
—Zoe… —murmuró Andy—. Ay, mira cómo llora… Pobrecita...
—Qué campeona. Menudos pulmones —dijo Dylan, con tono de padre orgulloso.
Y en cuanto la tuvieron a la vista, tan tierna y arrugadita...
La felicidad se convirtió en emoción.
—Ay, qué cosita... —Andy no pudo acabar de hablar. Estiró la mano para tocarle la frente a la bebé y no dejó de lagrimear mientras lo hacía.
Dylan directamente se quedó mudo. Estaba maravillado. Lo que veían sus ojos era tan hermoso y significaba tanto para él que no atinó nada, excepto a contemplarla totalmente extasiado.
—Un segundo para mirarla y se la llevan —advirtió Menéndez—, que a ella hay que acicalarla y aquí aún no hemos acabado.
A Dylan y a Andy un segundo nunca les pareció tan breve como aquel. La bebé ya no estaba a la vista y todos los sanitarios se preparaban para la segunda vuelta.
—¿Cómo estás, Andy? —preguntó Menéndez.
Agotada. Destrozada. Sin fuerzas. Andy podía haber seguido enumerando adjetivos un buen rato. No había un solo centímetro de su cuerpo que no le doliera a morir. Pero había llegado hasta allí y la mitad del trabajo ya estaba hecho, así que…
—He tenido días mejores —repuso.
Dylan no pudo evitar reírse.
—¡A eso le llamo yo ser positivo!
Muy pronto todos reían y hasta Andy se las arregló para esbozar una sonrisa.
* * *
El alivio de Andy no duró más de unos cuantos minutos. Las enfermeras aún estaban bromeando cuando tuvo la primera contracción que traería al mundo a su segundo bebé.
—Ay, Diossss… Ya empiezan otra vez —dijo en tono quejumbroso.
Dylan corrigió su posición detrás de Andy.
—Vamos, nena —la animó—, cuando quieras darte cuenta, habrá acabado y Coral ya estará entre nosotros… Apóyate bien contra mí. Así, muy bien.
Andy se removió contra él. Un gesto que hizo más por desesperación que por encontrar una posición en la que alguna parte de su cuerpo no chillara de dolor. Todo el mundo le pedía un esfuerzo más, alegando que era fuerte y podía con ello. A estas alturas, dudaba de su propia fortaleza y, desde luego, podía asegurar que no le quedaba un gramo de energía.
Pero las contracciones siguieron sucediéndose. Andy miraba sin ver, a pesar de tener los ojos abiertos, y las voces le llegaban como en una letanía carente de significado. Su agotamiento era tal que de forma instintiva su mente había decidido aislarla del entorno para ahorrar energía.
Fue Dylan quien la devolvió a la realidad cuando le repitió al oído lo que Menéndez decía y su cerebro no parecía ser capaz de procesar.
—Con la próxima tienes que emplearte a fondo. ¿Me oyes, nena? Coral está a punto de nacer, pero necesita que la ayudes empujando muy fuerte.
Dylan ladeó la cabeza para poder mirarla, detectar algún gesto o alguna reacción.
—Andy —insistió—. Nena, dime si me oyes.
Ella regresó al aquí y ahora de golpe. Los sonidos, las luces, los olores cobraron realidad de repente. Y con la realidad llegó el dolor, intenso, lascerante, eterno…
—Ahhhhhhhhhhhhhhhhhh… —un grito interminable en el que concentró todo su ser. Hasta el último ápice de energía. Puso todo lo que tenía en ello. Todo lo que le quedaba.
Y antes de que pudiera volver a llenar sus pulmones de aire, oyó la voz de Menéndez. Clara, fuerte, en un tono que expresaba muy bien el júbilo que la embargaba. Un júbilo que de inmediato se contagió a todo el personal, y a Dylan, y a ella misma…
—¡B está fuera! A ver, preciosidad, regálame un buen berrido…
—¿Cómo… está? ¿Cómo…? —murmuró Andy y ante la ausencia de respuesta en lo que a ella le pareció un siglo, buscó la mirada de Dylan—. ¿Está… bien?
En aquel momento, un berrido tan potente como antes había sido el de su hermana mayor inundó el quirófano y derritió el corazón de sus padres. Andy empezó a llorar, el llanto pronto se convirtió en congoja y Dylan, conmovido, la abrazó con todas sus fuerzas.
* * *
Una vez que madre e hija recién nacida recibieron las primeras asistencias necesarias, Menéndez tomó a Coral en brazos, se aproximó hasta la cabecera de la camilla y les enseñó a la pequeña. Estaba envuelta en una gasa y lloriqueaba, emitiendo unos quejidos pequeñitos pero tan lastimeros y tan sentidos que Dylan, instintivamente, extendió una mano para consolarla.
—Claro, con lo cómoda y calentitas que estarías... —le dijo, acariciando la mejilla de la bebé con un solo dedo. Al sentir el tacto de su piel, murmuró—: Dios, qué suave es...
—Os presento a vuestra segunda hija... Es una maravilla, ¿verdad? Saluda a tus padres, chiquitina... —Menéndez cogió uno de sus bracitos y lo movió con mucha suavidad imitando un saludo—. Esta maravilla, igual que esa otra que está allí —señaló con la mirada una gran mesa donde dos enfermeras daban los primeros cuidados postnatales a Zoe y acababan de acicalarla— es obra vuestra y que las dos estén aquí, entre nosotros, es obra tuya, mamá. Has hecho un trabajo grandioso y te mereces un gran, gran aplauso. Eres una campeona, Andy... ¡A ver, señoras, vamos a dedicarle un buen aplauso a nuestra mamá!
El equipo al completo de sanitarios aplaudió y animó a Andy mientras Menéndez sonreía y asentía con la cabeza, ya que sus manos estaban ocupadas sosteniendo a Coral. Y cuando cesaron, volvió a tomar la palabra para decir:
—Si el señor Mitchell hace el favor de bajarse de la camilla y nadie dice ni pio, voy a saltarme el protocolo. Dos minutos, ni uno más, ¿de acuerdo?
Dylan ya estaba en el suelo junto a ella cuando respondió:
—No sé a qué, ¡pero me apunto!
Menéndez sonrió y le ofreció a Coral. Se rio al ver cómo se transformaba el rostro paterno.
—¿Le queda valentía en ese cuerpo tan grande o a esto todavía no se atreve?
Dylan extendió los brazos y cogió a la bebé con una mezcla de asombro y el nerviosismo propio de la primera vez. La acomodó mejor contra su pecho y se movió de forma de ofrecerle a Andy la mejor panorámica posible.
—Dime que no estoy soñando —pidió en un murmullo cargado de admiración y de incredulidad—. Dime que esto está pasando, nena. Que es real.
Andy podía entender los sentimientos de Dylan mejor que nadie. Ella aún dudaba de si el ser pequeñito que se movía despacio, emitiendo quejidos y apenas abría los ojos, era real de verdad. Pero no llegó a responderle porque en aquel momento una enfermera le puso sobre el pecho a otro ser pequeñito que también se movía con torpeza, pero no se quejaba ni tenía los ojos cerrados. Al contrario, había puesto toda su atención sobre ella.
—Ay, Dylan, mira... —logró decir.
A pesar de la enorme sonrisa que dominó el rostro del irlandés, sus ojos se volvieron sospechosamente acuosos al ver a la pequeña en brazos de su madre.
—Dios mío... Es hermosa... —murmuró.
La enfermera tuvo que ayudar a Andy para que pudiera cogerla bien, tal era la debilidad de sus brazos tras horas de esfuerzo. Pero al fin lo consiguió. Entonces, bajó la cabeza y sus labios al fin rozaron la mollera de Zoe, donde depositó una infinidad de pequeños besos.
Durante unos instantes la pareja intercambió miradas que a veces iban acompañadas de palabras cargadas de admiración y otras, simplemente, de sonrisas.
Los dos minutos concedidos estaban tocando a su fin y ninguno de los dos quería perderse un solo gesto del bebé que sostenía en los brazos, pero Dylan tenía algo que decir. Era un sentimiento que había ido creciendo a lo largo de las horas junto a Andy, viéndola sufrir y luchar. Sonreír y llorar. Gritar de dolor, respirar hondo y seguir luchando. Horas que le habían permitido conocer una dimensión nueva de la camarera preciosa y divertida que atendía la barra del bar londinense The MidWay. Algo que no podía ni quería seguir callando. Especialmente porque sabía que en cuanto abandonaran el quirófano, su vida volvería a llenarse de visitas, de familia, de opiniones no solicitadas y de fotos y de felicitaciones en un bucle eterno. Menéndez estaba hablando con su asistente y no les prestaba atención. Era su ocasión.
Se inclinó hacia Andy. Los dos sostenían a las bebés en sus brazos por lo que no había espacio para acercarse más, pero el ruido que hacía el personal les concedería suficiente intimidad.
—Este momento es casi perfecto.
Andy sonrió.
—Sí, falta Luz. Tráemela... —rogó—. Pobrecita, lleva horas sin nosotros...
Andy sonó agotada y afónica. El dolor no solo se había llevado sus fuerzas, también su voz.
—Claro que sí. Es lo primero que haré en cuanto salga del quirófano. Pero antes...
Sin despegar sus labios de la mollera de Zoe, Andy buscó la mirada de Dylan. La mantuvo sobre él, expectante.
—Que luches y te esfuerces por estar a todas, por sobreponerte y salir adelante y que la gente que quieres también lo haga no es algo nuevo para mí. Es lo que te he visto hacer desde que te conocí. Cada día, sin excepciones. Siempre te he admirado por eso y lo sabes, te lo he dicho muchas veces... Pero hoy... Hoy he visto más claro que nunca lo fuerte que eres, lo grande que eres… Todo garra y corazón… Eres una fuerza de la naturaleza, Andy. Gracias por dejarme ser parte de tu vida, por esta familia de la que me siento tan orgulloso, tan agradecido... Y gracias infinitas por Luz y por estas dos personitas alucinantes que me has dado... Nunca imaginé que alguna vez podría sentirme de esta forma… ni que podría tener una vida como esta, pero aquí está la realidad para demostrarme una vez más que junto a alguien como tú la palabra «imposible» no existe… —Bajó la vista hasta el ser que sostenía en sus brazos al que ya amaba mucho antes de conocer y esa misma sensación de maravilla que había experimentado hacía un momento, al verla por primera vez, volvió a envolverlo por completo. Miró a Andy con los ojos brillantes de emoción—: Las niñas y tú sois todo mi mundo. Ahora y siempre.
Andy respiró hondo, suspiró. Intentó hablar, pero la emoción se lo impidió. Las lágrimas corrían a raudales, mejilla abajo. Algunas gotitas, de hecho, caían sobre la cabeza de Zoe sin que la bebé se diera por aludida. Continuaba sobre su pecho, mirándolo todo con los ojos muy abiertos.
Dylan se inclinó a besar la frente de Andy.
—Soy tu héroe, ¿a que sí? —le dijo con una sonrisa traviesa.
Ella asintió varias veces con la cabeza. Fueron movimientos leves, pero decididos.
—Y cuando recuperes la voz, me darás lo mío por hacerte llorar tanto, ¿a que sí? —volvió a decir el irlandés.
Nuevos movimientos de cabeza, aún más decididos.
Dylan vio que Menéndez iba hacia ellos. El tiempo se había acabado.
—De acuerdo —concedió con dulzura—. Aceptaré el castigo que me pongas. Pero tenía que decírtelo.
—Siento interrumpir, pero las niñas necesitan atención y la madre también. —Dicho y hecho; un instante después, las bebés se alejaban en brazos de sendas enfermeras y Menéndez se permitía un pequeño placer al decir—: El padre puede irse por donde ha venido con todo nuestro reconocimiento y agradecimiento... ¡Por no haberse desmayado!
Las carcajadas resonaron en aquel quirófano donde todos los sanitarios asignados eran del sexo femenino.
—¡Se ha portado como todo un hombrecito! —guaseó una enfermera.
—¡Menuda suerte hemos tenido! ¡Habríamos necesitado una grúa para levantarlo del suelo! —exclamó otra.
Las pullas se sucedieron a medida que la alegría se extendía entre el personal, ávido de celebración tras un parto múltiple en el que todo había ido sobre ruedas.
—Me voy —anunció el irlandés al fin, dejándole un último beso a su mujer sobre la frente—. Intentaré retener a la jauría todo lo que pueda, a ver si consigues dormir un poco antes de que empiecen a volverte loca. ¡No prometo nada, que ya sabemos cómo las gastan!
Después de meses de preocupación y horas con el estómago revuelto, la euforia de ser padre se había adueñado de él, llenándolo de una renovada energía.
—Dylan... —La voz de Andy fue apenas audible.
De hecho solo la doctora Menéndez la oyó.
—Espere —dijo la médica—. Su mujer lo llama, señor Mitchell.
Él se volvió.
Andy sorbió por la nariz y esbozó una ligera sonrisa. Se concentró para que su voz no le fallara. También necesitaba decirle algo:
—Te adoro, Dylan.
Una sonrisa enamorada brilló en el rostro del irlandés.
—Y yo a ti, Andy —repuso—. Y yo a ti.
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©️2024. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷
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CR35. Días de ilusión, 1.

Miércoles, 20 de julio de 2011
Centro hospitalario,
Ciudadela, Menorca.
Dylan se sentó sobre la tapa del inodoro y soltó el aire en una larga exhalación. Como si eso hubiera puesto en marcha sus engranajes emocionales, sintió que se le cerraba la garganta y sus ojos se humedecían.
Era el primer momento a solas desde que habían nacido sus hijas. El primer momento sin necesidad de fingir que no estaba atenazado por el miedo y la preocupación. El primer momento en el que no estaba expuesto al escrutinio de otros. No había médicas picándolo con sus pullas por la osadía de no querer dejar sola a su mujer. Ni enfermeras coqueteando con él. De tapadillo, claro, en plan de broma. Como si él estuviera para tonterías... O como si la mujer que estaba desgañitándose de dolor en la camilla no fuera su mujer... Tampoco había sanitarios hombres dándole la enhorabuena por haberse convertido en padre para un minuto después aconsejarle que se preparara para no volver a dormir tranquilo hasta que sus hijas hubieran alcanzado la mayoría de edad.
Estaba solo en aquel vestuario, después de haberse quitado el pijama con el que había entrado al quirófano y vestirse con su propia ropa. Solo consigo mismo y unas emociones que lo estaban sacudiendo. Todavía sentía el tacto de la piel increíblemente suave de Coral, el calor de su cuerpecito... El recuerdo de los berridos de Zoe dejando claro que ya había llegado al mundo y estaba decidida a que todos se enteraran... La imagen de Andy sosteniéndola en sus brazos... Dios. No olvidaría ese día mientras viviera. Un día de infarto, desde luego. Horas de dolor, de presenciar el sufrimiento de Andy con un nivel de impotencia que nunca había creído posible, seguido de minutos de gloria... Ver a esos dos seres pequeñitos, poder tocarlos y comprobar que eran reales. Oír sus protestas, apasionadas en el caso de Zoe, suaves pero igualmente evidentes en el caso de Coral... Saber que eran suyas, sus hijas. Carne de su carne... Dios.
Soy padre.
—¡SOY PADRE! —exclamó.
Y como el acto de liberación suprema que llevaba horas esperando y necesitaba más que el aire, sus lágrimas empezaron a correr mejilla abajo mientras Dylan reía de pura felicidad.
* * *
Después de refrescarse la cara, Dylan puso rumbo a la sala de espera. Comprobó su móvil y al ver la ristra de llamadas perdidas y mensajes recibidos, volvió a guardarlo. Entre ellos había algunas de Domènech Oriol y otra de Thomas, su ingeniero a pie de obra, pero le dio igual. Ya se ocuparía de eso en otro momento. Ahora sabía lo que le esperaba; lidiar con la jauría e intentar evitar que sitiaran la habitación de Andy. No quería ser duro con nadie. Sabía que el nacimiento de sus mellizas era un acontecimiento muy deseado y que querían celebrarlo junto a ella. Pero Andy tenía que dormir y recuperarse. Sus hijas recién nacidas la necesitaban en forma. Y él también. Necesitaba desesperadamente volver a ver sus mejillas rozagantes y su chispeante mirada llena de vida.
Cuando al fin llegó a la sala le sorprendió ver que solo estaban los mismos que al llegar de madrugada; su padre, su cuñado, la madre de Andy y Jaume. Pensó que era raro que no hubiera nadie más, pero la reacción de Danny concentró toda su atención, alejando aquel pensamiento de su mente.
—¿Cómo está mi hermana? ¿Y las niñas? —El chico había saltado de su asiento y había ido a su encuentro. Estaba pálido como un muerto y su tono de preocupación sonó tan rayano en el miedo que a Dylan le dio pena.
—Tranquilo, hombre. Tu hermana está bien. Ahora, seguramente esté descansando —vio que el muchacho soltaba un suspiro y que una sonrisa se abría paso lentamente en su rostro—. Y las niñas... ¡Hermosas y sanas!
—¡Qué regalo tan grande! —intervino Brennan—. ¡Enhorabuena, Dylen!
Padre e hijo se fundieron en un abrazo.
—Gracias, papá... Estoy que no me lo creo...
—¡Ay, Dios mío, gracias! —balbuceó Anna—. ¿En serio, está bien? Seguro que mi niña tiene que haber sufrido mucho... —volvió a decir de forma entre cortada.
—Claro que está bien —intervino Jaume, poniéndose de rodillas a su lado—. Es hija tuya, la persona más fuerte que conozco, ¿cómo no va a estar bien, mujer?
Dylan también se agachó frente a Anna.
—Andy está bien y las niñas también... Yo no tanto —dijo haciéndose el gracioso—. ¡Ha sido una experiencia terrorífica!
Anna le acarició la barbilla.
—Mi hija tiene mucha suerte de tenerte, querido irlandés... —sorbió por la nariz mientras las lágrimas continuaron anegando sus mejillas—. Vales tu peso en oro... Eres un gran hombre.
Dylan le ofreció una sonrisa. No era la primera vez que Anna le decía algo así. Hoy, sin embargo, no se sentía nada merecedor de esos cumplidos. En toda aquella historia había alguien verdaderamente grande, y no era él.
—Después de lo de hoy... No sé, Anna. Tu hija es... —La emoción había regresado y Dylan tuvo que centrarse en no perder la compostura, a pesar de lo cual sus ojos brillaron sospechosamente—. Tu hija es una auténtica máquina. Una fuerza de la naturaleza. Hoy me ha dejado asombrado. He alucinado de verdad.
—Andy es mucha Andy. Pero tú eres mucho tú. Sois una pareja ideal… Que sepas que me siento muy honrada de ser tu suegra —En un intento de cortar la emoción, sonrió con picardía—. Tranquilo, está permitido que no sientas lo mismo. Y como la buenísima suegra que soy, no te lo tendré en cuenta.
Todos festejaron la broma en mitad de un momento tan emotivo. Brennan fue el primero en retomar la conversación en busca de la información que a todos más les interesaba. Después de saber que Andy estaba bien, tocaba hablar de las mellizas.
—¿Y esas niñas? ¿Cómo son? Ya sé que son preciosas, pero danos detalles... ¿Cuándo podremos verlas?
Dylan seguía de cuclillas cerca de Anna cuando dijo:
—A ver, primero decidme una cosa... ¿Dónde están los demás?
Jaume se rió pero no dijo nada. Brennan sonrió y apartó la mirada. Fue Danny el que se explayó.
—A tu suegra, aquí presente, le dio un pronto y envió a todo el mundo a hacer puñetas... —tras lo cual miró a su madre brevemente.
El tono empleado por Danny no era aprobatorio, pero Dylan (y todos, en realidad) sabían que el joven no veía con buenos ojos el talante metomentodo de su familia española por lo que, aunque no lo reconocía abiertamente, estaba totalmente de acuerdo con lo hecho y dicho por su madre.
Dylan miró a Anna con una especie de sonrisa. ¿No tendría que ponerse los guantes de boxeo aquel día? ¡No se lo podía creer!
—Mi familia puede ser una auténtica pesadez cuando se lo propone y no tenéis por qué aguantarlos. Hoy no es un día para tolerar ñoñerías. Además, que yo sepa, ayer Andy le dijo a su abuelo claramente que no quería volver a verlo en su casa hasta que se lo pidiera. Y creo que es extensible a cualquier lugar donde ella esté. ¿Se lo ha pedido? —dijo mirando a Dylan, pero se contestó a sí misma—: Pues no. No, que yo sepa. Les he dicho que vinieran más tarde. Mi hija necesita descansar y los demás también.
—¡Qué bien me caes, querida suegra! —exclamó Dylan.
Y todos se echaron a reír.
* * *
Después del momento de risas, Dylan cayó en la cuenta de que allí faltaba alguien.
—¿Y mi gordita? —preguntó. El carrito estaba vacío y no había rastro de Luz por ningún lado—. Con las ganas que tengo de verla...
—Está con Neus —repuso Brennan—. Enseguida vienen. Pidió ir al baño. No sabemos si para usar el inodoro o porque ya había hecho uso del pañal —Sonrió con picardía. Aunque la pequeña ya se estaba acostumbrando a usar su orinal, aquel día era muy distinto a los demás, sus padres no habían querido arriesgarse.
—Sí —dijo Anna—, está con mi hermana.
En aquel momento, Luz que venía con Neus, echó a correr al ver a su padre.
—¡Papi, papi!
Dylan la esperaba con los brazos abiertos y el encuentro fue tierno. Él la estrechó fuerte, se puso de pie y dio un par de vueltas sobre sí mismo. La niña, como era habitual, mostraba sus dientecitos al mundo.
—¡Enhorabuena, sobrino! Tienes cara de felicidad, así que ya debe haber pasado el mal rato —exclamó Neus, dándole un buen abrazo a Dylan rodeando también a la pequeña de la casa—. Lo de «rato» es una forma de decir. Porque seguro que a mi sobrina le debió parecer eterno... ¿Cómo está Andy?
—Bien, muy bien... Agotada y dolorida, ya sabes cómo es esto —vio que las dos mujeres presentes asentían enfáticamente—, pero bien. Y las niñas... —Su rostro se iluminó con una sonrisa de padre orgulloso— son un sueño de bonitas... Zoe da unos berridos que te dejan sordo y Coral es dulce hasta para gruñir... Son blancas, blancas, blancas... Tienen una pelusilla rubia en la cabeza y en los brazos... Zoe tiene unos ojazos y lo mira todo superatenta... Coral todavía se está haciendo a la idea de que ha tenido que dejar su camita y venir a conocernos... Son increíbles... Tan tiernas… ¡Estoy enamorado! —y coronó aquel desgranar de adjetivos con una risita culpable.
—¡Y qué va a decir su padre! —intervino Jaume, recibiendo de buen grado tanta emoción de aquel hombretón de aspecto duro—. Ven aquí, que te doy un abrazo. Que con la emoción se me ha olvidado...
Una vez más el abrazo rodeó también a Luz, algo que la niña encontró divertido. Lo demostró soltando una de sus risitas contagiosas.
—Ay, mi nena... —reaccionó Dylan, achuchándola—. Qué ganas tenía de verte... Mami está en una habitación... Ahora vamos a ir a verla, ¿quieres?
—¡Sííííí! —repuso la pequeña asintiendo una y otra vez con la cabeza.
—Y también vamos a ver a tus hermanas... Vas a poder darles un beso... Son muy pequeñitas, ¿sabes?
Vio que Luz lo miraba con sus grandes ojos grises. Pensó que seguramente no entendía lo que él le estaba diciendo. Llevaba meses oyendo hablar de sus hermanas, ella misma les hablaba en su media lengua a través de la barriga de su madre. Y ahora estaban fuera del vientre materno, compartiendo su mundo. Se preguntó qué sentiría al verlas.
—Tú eres muy grande ya... Grande y hermosa —volvió a apretarla contra su pecho—. ¡Qué ganas tenía de verte, Luz…! Mami también quiere verte. Vamos con ella, ¿quieres?
A la niña se le iluminó la cara.
—¡Sííííí… Vamo con mami! —exclamó al tiempo que se movía arriba y abajo sobre los brazos de su padre, como si se estuviera columpiando.
—Luz y yo vamos a ver si ya han llevado a Andy a su habitación y os mando un wasap. —Entonces, vio la cara de ansiedad de Danny y se compadeció de él—. Ven, tío. No quiero que te de un infarto. Pero sin dramas, que tu hermana ya bastante sensible está. La ves, la abrazas y le cedes el lugar a tu madre, ¿de acuerdo?
—¡Lo que tú digas, tío! —exclamó Danny, agradecido y corrió a su lado.
Dylan le hizo un guiño a su suegra.
—En cuanto esté en la habitación, te aviso.
—Y en cuanto hayas visto a tu hija —intervino Jaume que otra vez se había puesto de cuclillas frente a ella—, te llevo a casa para que descanses. Necesitas dormir, mujer.
—¿Y tú crees que podré dormir? Estoy tan emocionada, Jaume... Tan agradecida de que la vida me esté dando la oportunidad de disfrutar de mi hija y de mis nietas...
Jaume le dedicó una mirada cargada de amor.
—Claro que podrás, preciosa... Porque sabes que cuanto más descanses, más podrás disfrutar de tu hija y de tus nietas. Y cuanto más disfrutes tú, más feliz soy yo.
—Quédate tranquilo. En cuanto haya visto con mis propios ojos que mi hija está bien y haya babeado un rato contemplando a mis nietas extasiada —admitió con una sonrisa de abuela—, dejaré que me lleves a casa y descansaré. ¿De acuerdo?
Él se inclinó y la besó en los labios.
—De acuerdo.
Neus se echó a reír, devolviendo a la pareja al aquí y ahora.
—No es por nada, pero sois insoportables... Ojo, lo digo con mucho cariño, ¿eh? —bromeó Neus.
Dylan abrió despacio la puerta. Notó enseguida que las cortinas estaban echadas y alguien había bajado la intensidad de la luz. Le hizo a Luz, a quien llevaba en los brazos, una seña de silencio antes de entrar en la habitación. Si Andy se había quedado dormida, no sería él quien la despertara. Después de la noche que había pasado, tenía que estar agotada.
Había un pequeño pasillo de aproximadamente un metro y medio que conducía al corazón de la habitación. A la izquierda de él estaba el baño que en aquel momento tenía la puerta abierta. El interior estaba a oscuras.
Dylan sonrió al volver a ver a Andy. Tenía los ojos cerrados y una expresión bastante relajada, dadas las circunstancias. Le produjo un intenso alivio que su mujer al fin pudiera descansar.
—Está dormida —le dijo a Luz en voz muy baja—. Vamos a decirle al tío que ahora no puede ver a mamá y si quieres, volvemos y nos quedamos aquí con ella. Pero tienes que estar muy calladita hasta que se despierte, ¿entiendes?
Luz asintió varias veces con la cabeza dando su acuerdo.
—Vale —repuso él. Estaba a punto de darse la vuelta para abandonar la habitación cuando oyó que Andy lo llamaba. Apenas había sido un murmullo y de no ser por el silencio imperante, no habría podido oírla.
—¿Dylan...?
—Eh, ¿qué haces despierta con los ojos cerrados? —dijo yendo hacia la cama—. ¿Intentas despistar a las enfermeras para que crean que duermes y te dejen tranquila?
Andy no tuvo tiempo a responder, ya que a Luz le dio un ataque de alegría al ver que estaba despierta.
—¡Mami, mami, mami! —exclamó y empezó a columpiarse en los brazos de Dylan que tuvo que agarrarla más fuerte para impedir que se cayera.
—¡Ehhh, que te caes! —La niña en principio se quedó muy quieta pero enseguida se echó a reír. Dylan miró a Andy—: ¿La sostengo cerca de ti para que podáis hablar o te la doy? ¿Tienes fuerzas para sostener a esta nena que no para de moverse?
—Sí, sí… Dámela. —Pero en cuanto Andy intentó moverse sintió como si hubiera una desconexión entre su cerebro y sus extremidades; daba la orden, pero no sucedía nada. Él se percató enseguida.
—Me parece que tus brazos se han puesto en huelga. No pasa nada —dijo Dylan en un intento de bromear más dirigido a Luz que a su madre.
Fue a sentarse al lado de Andy. Luego hizo que la niña se sentara sobre sus piernas y una vez allí, la sostuvo fuerte para que pudiera darle un beso. La pequeña, efusiva como siempre, tomó el rostro de su madre entre las manos y le dio varios besos que en cada ocasión coronaba con un «¡muá!».
Aquella actitud desenfadada y profundamente afectuosa de la niña enterneció a Dylan. Sin embargo, el efecto que tuvo en Andy fue mucho más intenso. En otra prueba más de su altísimo nivel de sensibilidad post-parto, se emocionó hasta el punto de empezar a lagrimear.
—Ay, Luz... ¿Cómo estás, cariño? ¿Bien?
La niña respondió asintiendo con la cabeza.
—Te he echado tanto de menos... —balbuceó Andy.
Luz volvió a besarla y al fin apoyó la cabeza en su pecho, como si acabara de encontrar el lugar perfecto y no tuviera intención de abandonarlo.
La pareja intercambió miradas.
—Ponla junto a mí, aquí en la cama. Pobrecita... Lleva horas sin vernos...
A Dylan no le parecía una buena idea. Andy necesitaba descansar. Pero llevarle la contraria tampoco era una alternativa mejor, de modo que asintió y reclamó la atención de Luz.
—¿Te acuesto al lado de mami? —La niña enseguida se entusiasmó—. Vale, pero escúchame bien. Tienes que quedarte muy quieta para que no le duela, ¿entiendes? —Dylan pensó que seguramente la pequeña no comprendía la relación entre una cosa y otra, pero se lo explicaría más adelante. Ahora se conformaba con que entendiera que no debía ponerse a jugar con su madre. Vio que la niña volvía a decir que sí—. Muy bien. A la una, a las dos y a las tres —y cuando pronunció la última palabra, la acostó junto a Andy, con la cabeza contra el brazo de su madre.
Sonrió ante el glorioso espectáculo que veían sus ojos.
—¡Qué foto más buena!
—Ni se te ocurra —advirtió Andy en un murmullo.
Él la miró sorprendido.
—¿Con estas pintas? —aclaró Andy—. Ni loca.
Andy estaba pálida y muy ojerosa. Los labios parecían resecos y lastimados, especialmente el labio inferior. Su cabello que, aunque corto, siempre llevaba impecable, lucía opaco y desaliñado debido a la larga noche de esfuerzos. Sin embargo, Dylan nunca había podido ser objetivo cuando se trataba de ella.
Se inclinó y la besó en los labios.
—¿En plan novia de Frankenstein? —bromeó.
Ella asintió muy despacio, como si cada movimiento le costara un esfuerzo enorme.
—Cuestión de opiniones. A mí me parece que sigues estando buenísima —le dijo al oído para que Luz no lo escuchara.
Ella puso los ojos en blanco.
—Necesitas gafas.
—Veo perfectamente —repuso él y al notar que Andy apartaba la mirada, insistió de otra forma—: ¿Y si te prometo que no se la muestro a nadie? Las dos así, juntitas, sois una maravilla... Por favor, dime que sí. Es solo para mí, te lo prometo.
La pareja intercambió miradas. Andy al fin claudicó:
—Vaaaale...
Dylan no perdió ni un segundo. Sacó su móvil, se aseguró el mejor encuadre y disparó dos veces. Cuando comprobó las fotos, una sonrisa inmensa brilló en su rostro.
Una sonrisa que Andy contempló bastante embelesada, dadas sus circunstancias personales; a saber, le dolía hasta la raíz del pelo y su medidor de energía continuaba en la zona roja del registro.
Pero así eran las cosas. Incluso la única neurona funcional que le quedaba, se derretía de amor por él. Mucho más, después de las horas que habían pasado juntos en el quirófano donde sus mellizas habían llegado al mundo.
* * *
Danny estaba de pie en mitad de la pequeña sala de espera con las manos en los bolsillos de sus vaqueros cuando Dylan regresó.
—Al fin —dijo el muchacho en cuanto lo vio—. Tío, ¿dónde te habías metido? ¿Has ido a pedirle permiso al Papa para que pueda ver a mi hermana, joder?
Él le indicó con la mano que lo siguiera y ambos se pusieron en marcha. Dylan llevaba horas en pie y pasado el primer efecto energizante de la adrenalina, sentía que el cansancio se apoderaba de él a pasos agigantados. Y cuando estaba cansado, su humor se resentía. Definitivamente, no estaba para recriminaciones juveniles. Sin embargo, aquella misma noche había sabido lo dura que había sido para el chico su primera vez convirtiéndose en tío y se apiadó de él.
—Aquí el único Papa que hay soy yo y tienes mis bendiciones para ver a tu hermana. Además, fíjate si seré bueno que te voy a dejar a solas con ella.
Al llegar frente a la puerta de la habitación, Dylan añadió:
—Está sensible. Intenta no hacerla llorar. Lo digo porque eres la imagen de la desolación... ¡Alegra esa cara, hombre! Eres tío de otras dos hermosuras que te tendrán ocupadísimo los próximos diez años como mínimo. —Vio que Danny le dedicaba una mirada irónica y eso lo impulsó a continuar—: O sea, que no sueñes con que tu hermana y yo seremos los únicos a cambiar pañales y calmar llantos desconsolados, ¿lo pillas? ¡Si eso no te anima, no sé que lo hará!
—¿Puedo entrar de una vez o vas a seguir con el discursito?
Dylan le palmeó el hombro por toda respuesta y se alejó en busca de un café. Aún le quedaban horas por delante antes de poder dar una cabezada, necesitaba una buena dosis de cafeína.
* * *
Danny fue hasta la cama de su hermana de puntillas. Luz estaba con ella, hecha un ovillo contra el costado del cuerpo de su madre. Las dos tenían los ojos cerrados. Pero a medida que se acercaba, procurando no hacer ruido, empezó a ver los signos que el parto había dejado en el rostro de su hermana. Su piel y su pelo carentes de brillo lograron que un escalofrío le recorriera el cuerpo y necesitó recordarse que Andy estaba viva y se recuperaría, que su aspecto demacrado solo era algo temporal. Todo un cambio a lo sucedido la última vez que una hermana suya se había puesto de parto.
La intención de Danny era sentarse en el sillón que había junto a la cama y quedarse allí, mirándolas. Llevaba horas preocupado, nervioso como nunca, aterrado de que la historia volviera a repetirse. Y no porque las circunstancias fuera ni remotamente parecidas... Andy estaba en forma, tenía una buena vida, un buen marido, una familia que la adoraba... Pero desde que se había enterado de su embarazo, el miedo a perderla también a ella lo había espoleado con cada malestar que Andy había mostrado a lo largo de los meses.
Fue cuando iba a sentarse, que Andy abrió los ojos y le ofreció una breve sonrisa algo (bastante) desvaída. Casi una mueca. Al simulacro de sonrisa, siguieron dos palabras:
—Hola, pesado...
La sonrisa de Danny, en cambio, fue grande y duradera.
—Hola, petarda... Te preguntaría qué tal estás, pero tus pintas ya me lo están diciendo. Tranquila, me lo agradecerás cuando vayas a mirarte al espejo y no te de un telele por ir sobre aviso.
—Qué… considerado…
Danny se inclinó y la besó en la frente. Fue un beso suave que se extendió más de lo que Andy estaba acostumbrada tratándose de él. Como buen adolescente solía esquivar los contactos físicos de tipo familiar. Eso le habló de la noche de miedo que había pasado y sintió tanta pena que sus ojos se llenaron de lágrimas. Por suerte, él no lo notó.
—¿Se ha dormido otra vez? —dijo Danny en voz baja al ver que Luz no se movía.
Andy asintió ligeramente con la cabeza.
—¿Quieres que me la lleve?
—No, pobrecita...
Danny asintió y se quedó callado unos instantes. Al fin, extendió el brazo hacia su hermana y le tocó la cabeza en una especie de caricia.
—Te vas a recuperar en un pispás, Andy —le aseguró—. Pero ahora tienes que dormir. Yo me quedo aquí —señaló el sillón— hasta que venga mamá. Tú descansa, ¿vale?
Andy lo retuvo tomándole la mano. Inspiró hondo ante su mirada interrogante y reunió fuerzas para hablar.
—Me recuperaría más rápido... si supiera que... cuidas de mamá... Mímala por mí, Danny... ¿Puede ser?
El muchacho hizo un gesto de ironía y se quedó mirándola un instante como si no supiera muy bien cómo reaccionar o qué decir.
—No soy Dylan —se defendió—. A mí no vas ablandarme así como así...
Nada era tan fácil con Danny desde que había entrado en la pubertad, pero Andy sabía que siempre le había resultado muy difícil negarle algo y estaba decidida a sacarle rédito a sus actuales circunstancias. Los celos de Danny, su orgullo herido por que su madre hubiera decidido darse una segunda oportunidad con el gran amor de su vida, alguien que para él no se lo merecía ya que creía equivocadamente que la había abandonado, duraban demasiado teniendo en cuenta la enfermedad de Anna.
—Por favor —insistió Andy en un murmullo.
El muchacho soltó un largo bufido y, a pesar de sus siguientes palabras, Andy supo que lo había conseguido.
—No te prometo nada... Cada vez que me topo con ese empalagoso... —no completó la frase y desvió la mirada. Cada vez que veía las manos de ese tío sobre su madre le daban ganas de agarrarlo del cuello.
—Es un buen hombre... Y adora a mamá —dijo Andy, a sabiendas de que acababa de meter el dedo en la llaga, espoleando unos celos que, en su opinión, eran exagerados. Danny ya no era un niño para permitirse celar a su madre de esa forma.
—Vale, lo que tú digas. Duerme o tendré que soportar a tu marido. Y no te ofendas, pero es demasiado pedirme después de una noche en vela con los nervios de punta. —La señaló con un dedo acusador y le ordenó—: Duerme.
Andy esbozó una ligera sonrisa y al fin cerró los ojos.
Danny exhaló un suspiro aliviado y dio gracias por que su hermana estuviera bien. No habría soportado perderla a ella también.
Mientras tanto, en el aparcamiento...
Dylan encendió el cigarrillo, le dio una profunda calada y exhaló el humo con un gesto de puro placer en el rostro.
Sonrió. Volvió a guardar la caja de tabaco en la guantera del monovolumen y se arrellanó en el asiento del conductor. Fuera, el sol brillaba como si no hubiera un mañana, no había una sola nube en el cielo y el termómetro rozaba los treinta y siete grados, pero en el coche, con el aire acondicionado puesto, se estaba bien. Además, dentro del vehículo pasaba desapercibido en una isla donde lo conocía medio mundo. Si no lo reconocían por sus tatuajes, lo delataría estar en aquel lugar; era el padre de las mellizas de las que todos hablaban.
Las mellizas, pensó. Su sonrisa se ensanchó. No podía creer que ya estuvieran en el mundo, que ya pudiera tocarlas, verlas... Después de meses soñando, el momento había llegado.
Entonces, recordó que camino del vestuario se había cruzado con una de las neonatólogas que había atendido el nacimiento de sus hijas. La mujer le había comentado que más tarde podría verlas en la sala de neonatos. Las llevarían allí después de que hubieran acabado con los análisis y los primeros cuidados mientras las enfermeras aseaban a la madre y la dejaban descansar un poco.
Dio otra calada animado ante la idea de ir corriendo a la nursery. ¿Sus mellizas estarían ya allí? En cuanto acabara el cigarrillo, lo comprobaría.
El sonido del móvil interrumpió su momento de felicidad devolviéndolo a la otra cara de su realidad para recordarle que tenía una ristra de llamadas perdidas que no había devuelto y otro montón de mensajes que ni siquiera había leído aún.
El nombre que se ilumina en la pantalla era el de Erin. Por lo visto, había decidido saltarse las normas del jefe del clan Mitchell y llamarlo a él directamente. Por supuesto, no le importaba en absoluto. Estaba más que feliz de tenerla al teléfono. Además, en el fondo, se lo esperaba. Conociendo a sus hermanas era de cajón que Maverick no ostentaría el cargo de «portavoz» por mucho tiempo.
—La ansiedad te está matando, ¿no? —se adelantó Dylan.
Y a continuación oyó las risas de Erin y Shea. Estaban juntas.
—¡Felicidades, hermano! —exclamó Erin—. Te tengo en altavoz para que aquí, la histérica de nuestra común hermana menor, pueda hacerte el millón y medio de preguntas que no la dejan vivir.
De inmediato, se oyó la voz de Shea:
—¡Quién nos habría dicho tan solo tres años atrás que un día como hoy te estaríamos felicitando por el nacimiento de tus mellizas! Te teníamos por un solterón empedernido que dormía cada noche en una cama distinta, y fíjate; ¡tienes tres hijas, ya!
—Y se ha casado —intervino Erin—. No nos olvidemos de que lo han cazado. ¡Eso fue lo más increíble de todo!
—Bueno —matizó Shea—, después de conocer a la cazadora ya dejó de parecernos increíble y se transformó en algo que caía por su propio peso. Si hay una cualidad de nuestro hermanito que siempre hemos reconocido abiertamente, es que es más listo que el hambre. Y un tío listo no dejaría escapar a una mujer como Andy...
—Muy cierto... ¡Felicidades, papá! —volvió a decir Erin. Como si de pronto hubiera recordado la verdadera razón de su llamada, añadió—: ¡Cuéntanos como está Andy, háblanos de las niñas! ¿Y Luz, ha visto ya a sus hermanas?
—¡Sí, eso! ¡Venga, hombre! ¿Te has quedado mudo o qué? —lo animó Shea.
Dylan sacudió la cabeza risueño. No estaba mudo. Solo esperaba la oportunidad de que le dejaran meter baza.
—Hola, chicas...
—¡Bieeeeeeeennnnnnn! ¡No está mudo! —lo interrumpió Shea, excitada como una niña pequeña.
—¡Braaaaaaaavooooooo, braaaaaaavoooooooo! —exclamó Erin.
Dylan esperó a que regresara el silencio con una sonrisa divertida en la cara.
—No estoy mudo... Aunque admito que hoy he tenido algunos momentos de esos en los que te quedas sin palabras... —El recuerdo del instante en que les había visto las caritas a sus hijas regresó a su mente y con él una intensa sensación de agradecimiento—. Verlas por primera vez fue... ¡Alucinante! ¡El momento más increíble de mi vida! —al darse cuenta de que se estaba emocionando otra vez, intentó centrarse en responder a las preguntas de sus hermanas—. Andy está muy bien... Bueno —matizó—, después de la noche que ha pasado, seguro que está más aliviada. Hecha polvo, no puede ni hablar, se quedó afónica, pero al menos ya ha dado a luz y ahora podrá recuperarse físicamente. De ánimo está tan feliz como yo. Supongo que está deseando que le den el alta para poder irnos a casa y retomar nuestra vida... Y las niñas... —Su sonrisa volvió a ensancharse—. ¡Son dos preciosidades que vais a flipar! Están muy bien…, perfectas… ¡Son perfectas! Y tienen a medio hospital pendientes de ellas...
—¿Y a quién se parecen? ¿Cómo son? Por Dios, dinos algo más… ¡Qué sosos sois los hombres para estas cosas! —se quejó Shea.
—No pidas milagros, cari —terció Erin—. Esas preguntas hay que hacérselas a Andy. Este zoquete no tiene ni idea...
Dylan se rio. Estaban histéricas de alegría. No paraban de hablar entre ellas.
—A ver, si dejáis que el zoquete siga hablando, veréis que no es tan zoquete... Coged papel y boli, haced el favor —dijo Dylan, con actitud sobrada—. De tamaño son bastante parecidas. Coral pesa dos mil seiscientos ochenta gramos y mide cuarenta y siete centímetros y medio. Y Zoe pesa treinta y cinco gramos más y mide medio centímetro más. Todo el mundo las llama «pequeñas», incluido su padre —dijo rezumando orgullo al pronunciar la última palabra—, pero para tratarse de una gestación múltiple no son nada pequeñas. Así estaba mi chica, la pobre, pensando que estaba a punto de explotar... También son muy parecidas, físicamente hablando. Claro que son recién nacidas y todos los bebés se parecen... Habrá que ver qué pasa cuando crezcan... Son muy blancas, muchísimo. Y tienen la cabeza y los bracitos, cubiertos por una pelusilla blanca... No se ve a simple vista, tienes que acercarte mucho para notarlo... Ojos muy grandes de color indefinido. Los típicos ojos de un recién nacido...
—Claro, porque tú sabes mucho de bebés recién nacidos... —guaseó Erin.
—Es lo que dice todo el mundo, Erin. ¿Puedo seguir?
—¡Sí, por favor! —terció Shea.
—Son rellenitas... Dan ganas de achucharlas —dijo sin poder evitarlo y se rio, haciendo reír a sus hermanas—. Y tienen la boca de su madre, con esos labios bien formados... Es como si alguien hubiera cogido un lápiz y los hubiera dibujado... Son hermosas.
—¡Ha dicho el padre! —bromeó Shea.
—¡Déjalo, no te metas con él! —dijo Erin—. ¿No ves lo emocionado que está? —y esta vez se dirigió a Dylan—. Creo que ni el día de tu boda estabas tan emocionado... Y eso que tu discurso casi provocó inundaciones... Me encanta que estés así, Dylan. Te hace mucho más humano de lo que tus pintas dan a entender…
Dylan estaba más que emocionado. Era un nivel de felicidad totalmente nuevo para él. Ver a sus hijas, sostener a una de ellas en sus brazos, había sido la mayor experiencia de su vida con diferencia. No se consideraba una persona religiosa, ni siquiera una persona espiritual, pero lo que había sentido al sostener a Coral había sido lo de estar ante un milagro. Un milagro tal como lo entendía su propio padre, que sí era católico practicante. Algo que ocurría sin explicación aparente, cuando nadie creía que pudiera ocurrir. Y eso tenía mucho que ver con su pasado, la forma en que había vivido su vida antes de Andy. El matrimonio y los hijos parecían siempre tan lejos de su día a día... No era algo que se hubiera propuesto. Simplemente amaba su independencia y la vivía a fondo. El tiempo había ido pasando y la vida había seguido llevándolo por caminos que nada tenían que ver con la estabilidad mínima necesaria para mantener una relación sentimental.
—No hay nada en este mundo que pueda compararse a lo que sientes cuando te conviertes en padre... Y te agradezco tus palabras, pero me da igual lo que la gente ve cuando me mira. Siempre me ha dado igual. Las personas que me importan saben muy bien quién soy y eso me basta... Y hablando de personas que me importan, os diré que el parecido de mis niñas entre ellas acaba en lo que os conté... Zoe es todo genio, sus berridos te dejan sordo y Coral... —hizo una pausa durante la cual su rostro mostró una enorme sonrisa—. No sé ni cómo describirla... Es suave, todo en ella es suave... Se quejaba tan bajito que apenas se oía... Era como si no quisiera molestar... —Se rio al recordarlo—. Lo primero que pensé fue que no le gustaba el mundo, que pensaba que en la barriga de su madre estaba mucho mejor, calentita y a salvo. Son chorradas mías, claro... Pero no sé... Me pareció tan dulce... Y,por el momento, es todo lo que os puedo contar... Ahora voy a la nursery, a ver si consigo verlas aunque sea detrás del cristal... —dijo en un tono que daba a entender que la conversación a tres bandas estaba a punto de finalizar.
—Vale, y después nos sigues contando... ¡que sus tías quieren saber más de esas niñas! —terció Shea.
—¡Exacto! Y antes de que se me olvide, te adelanto que el fin de semana Andy y tú tendréis una pequeña invasión...
Dylan frunció el ceño. Sabía que Erin viajaría para conocer a sus nuevas sobrinas porque tenía los pasajes comprados hacía tiempo. Shea tendría que dejarlo para más adelante debido a su avanzado embarazo.
—¿De qué estás hablando? Oye, no creo que estemos en condiciones de tener invitados, Erin. Andy necesita recuperarse y para mí empieza la parte ajetreada de convertirme en padre por segunda vez... Son dos las bebés recién nacidas, ¿sabes?
—Sí, lo sabemos, Dylan y estamos intentando hacerlos cambiar de idea...
—¿A quiénes? —preguntó él.
—A tus colegas moteros, ¿a quiénes si no? —exclamó Shea con tono de «vaya preguntas haces a veces para ser un tío listo».
—Papá llamó a Maverick en cuanto las niñas nacieron —explicó Erin—. Estaba el bar hasta los topes y su grito de alegría alertó a Dakota. Evel también estaba en el bar en aquel momento y, bueno... Evel ya tenía previsto ir a Menorca este fin de semana. No por ti, con su mujer planeaban pasar unos días en Menorca antes de salir para Bali, pero lo comentó en voz alta y la gente empezó a animarse... Y la remató diciendo que en el avión de su padre había cuatro plazas libres para quien quisiera ir. De momento, salvo Maverick que no puede viajar, se ha apuntado un montón de gente... Quieren ir a veros, felicitaros en persona y, de paso, conocer a las niñas... Lo siento, hermano. Ike está hablando con ellos, intentando disuadirlos, pero... —se calló dándole espacio a su hermano para que despotricara a gusto.
No sucedió tal cosa. Lo que en un principio había sido una noticia inconveniente para Dylan, ya no lo era tanto. Tenía muchas ganas de ver a sus colegas, de que conocieran a sus hijas... En otras palabras; muchas ganas de alardear de padre de dos bellezones. No estaba seguro de lo que opinaría Andy, pero siempre podían limitar el tiempo de duración de la visita.
—¿Y tú crees que Ike los convencerá de algo? —dijo burlón—. Esos tíos no le hacen ni puto caso a nadie... En fin, habrá que asegurarse de que hay suficiente cerveza en la nevera...
Shea y Erin celebraron por todo lo alto la ausencia de protestas.
—¡Así se habla! Bueno, te dejamos con lo tuyo, hermanito. Pero llámanos después de que hayas visto a tus niñas. ¡Queremos saber más!
Dylan se despidió de sus hermanas con una sonrisa.
Se disponía a apearse cuando su móvil volvió a sonar. Al ver el nombre en la pantalla, frunció el ceño instintivamente. No pudo evitar preguntarse si lo que oiría a continuación sería una excusa o una buena noticia.
—Chad, hola... —dijo al atender.
—¡Hola, Dylan! ¿Qué tal está Andy? ¿Y las niñas? Acabo de ver un mensaje de tu padre... Debió enviarlo hace mucho, pero yo no lo he visto hasta ahora, al volver a conectar el móvil.
«Mi padre», pensó aliviado. Menos mal que el jefe del clan Mitchell estaba en todo.
—Sí, sí... Las tres están perfectamente… Ahora iba a la nursery, a ver si puedo volver a ver a las pequeñas... Dejé a Andy descansando... Está muy bien. Agotada, pero muy bien. ¿Y usted?
—Estoy en Barcelona... Fue lo más rápido que pude conseguir. Ahora tengo que ver cómo llegar hasta Menorca, pero todo se andará... En el viaje, estuve hablando con un pasajero que está en tránsito a París, su vuelo no sale hasta dentro de tres horas. Resulta que viaja mucho a las islas y me está ayudando a conseguir plaza en algún vuelo. Antes de salir de Nairobi, mientras esperaba, estuve averiguando cómo estaban las cosas con el ferry y esa vía está descartada. Tendrá que ser un vuelo. ¡Pero al menos ya estoy en España! —dijo alegremente—. Te llamaré en cuanto consiga alguna forma de llegar hasta vosotros.
A Dylan le tomó unos instantes recuperarse de su propia sorpresa. No había contado con que el padre de Andy pudiera viajar. Y no por no encontrar una forma de llegar; pensaba que acabaría dándole una excusa. Regresar a Menorca suponía volver a estar bajo el radar de los Estellés y también bajo la mirada crítica de su propio hijo. Otra vez se había equivocado. Quizás, pensó, lo mejor para todos sería que dejara de juzgarlo secretamente de una maldita vez.
—Ah, qué bien, Chad. Andy se va a poner loca de contenta...
—Eso creo… ¡Eso espero! ¿Puedo pedirte que sigas guardando el secreto? Todas las sorpresas que la vida le ha deparado a mi hija en lo que a mí respecta han sido dolorosas... Por una vez, me gustaría que fuera una sorpresa feliz.
—Claro que sí, Chad. Cuente con eso.
—Muchas gracias, Dylan. Me alegra tanto saber que formas parte de la vida de mi hija... Bueno... Te llamo en cuanto sepa más, ¿de acuerdo?
—Hecho —se despidió el irlandés.
* * *
Jaume movió el sillón junto a la cama de Andy procurando no hacer ruido. Luego fue a buscar a Anna, que esperaba sentada en el pasillo, y la acompañó dentro de la habitación. Una vez allí, la ayudó a sentarse en el sillón. Hacía un momento que Danny les había avisado que podían ver a la flamante madre de las mellizas más famosas de la isla, aunque les advirtió que estaba durmiendo y Luz también.
En cuanto los ojos de Anna entraron en contacto con la mujer que yacía en la cama con una niña acurrucada contra ella, se llenaron de lágrimas. Y en cuanto Jaume, que estaba pendiente, notó su emoción se puso de cuclillas y le habló con la misma dulzura de siempre.
—Tranquila, mujer... Tu hija está bien, Luz está bien y en un rato traerán a las dos bebés y verás que también están bien. No llores, amor. No quiero verte llorar aunque sea de emoción. Me parte el alma.
Anna apartó las lágrimas de sus mejillas y asintió varias veces con la cabeza. Jaume tenía razón. Además, si Andy despertaba y la veía así, se preocuparía. Y eso era lo último que quería.
—Ya está, ya está —dijo esbozando una ligera sonrisa—. Es que... Me parece increíble que Andy ya sea mamá... Me refiero a... Bueno, ya me entiendes.
Jaume sabía a lo que se refería. Por circunstancias de la vida, a Andy le había tocado jugar un papel muy diferente al de sus hermanos. No era la mayor y, sin embargo, había asumido ese rol y toda la responsabilidad que conllevaba en las circunstancias de la familia Avery, con una madre enferma y un padre ausente desde que el menor de los hermanos era todavía un bebé de meses. Habían sido esas mismas circunstancias las que la habían llevado a convertirse en madre adoptiva de su sobrina. Pero esta era la primera vez que daba a luz. Y para Anna constituía un momento emocionante a la vez que increíble. Una señal más del inevitable paso del tiempo; su niña mimada, su niña querida, acababa de convertirse en madre.
—Y a mí. Tu hija es como tú, no aparentáis los años... —giró la cabeza para mirar a Andy—. Parece tan joven, una adolescente...
—Pero no lo soy —murmuró la aludida. Abrió los ojos y enfocó en su madre y luego en Jaume—. ¿Se puede saber qué hace esta señora aquí en vez de estar descansando en su cama, como debería?
Andy estaba afónica y aunque la pequeña siesta le había restituido un poco de energía, no lograba hablar en un tono de voz más elevado que el de los susurros.
—¡Imagínatelo! —repuso Jaume—. Por cierto, ¡enhorabuena!
—Ay, cariño, pero si casi no puedes ni hablar... —intervino Anna tomando la mano de su hija, que apretó cariñosamente—. ¿Cómo estás?
—No sabría decirte... —intentó bromear Andy—. Me duelen partes del cuerpo que no sabía que tenía...
—Me lo imagino... ¿Ha sido más o menos rápido.... o has sufrido mucho? A nosotros nos decían que para ser primeriza las cosas se estaban desarrollando muy bien, pero...
Era una pregunta difícil de responder. El dolor era tan intenso, tan diferente a todos los otros dolores que Andy recordaba haber tenido, que por momentos tenía la sensación de haber vivido una noche eterna. Por otra parte, el alumbramiento en sí le había resultado meteórico; había sucedido en un abrir y cerrar de ojos y la felicidad de ver a sus dos niñas sanas había compensado en parte las horas de sufrimiento. Era una compensación emocional solamente, ya que a nivel físico estaba destrozada.
—Las dos nacieron rápido. Pero la noche se me hizo larga... Si no hubiera sido por Dylan... —Andy no completó la frase. Además de que le costaba hacerse oír, había habido momentos de gran desesperación en las que sentir a Dylan a su lado había sido su tabla de salvación. Pero no quería pintarle un cuadro tan duro a su madre. Carecía de sentido ahora que ya había pasado—. Estoy bien, mami. Un poquito dolorida y cansada, pero bien. Tú ya sabes cómo es esto...
—Claro, cariño... Pasarás unos días complicados hasta que todo vuelva a su sitio, pero cada vez que veas las caritas de tus niñas se te olvidará. No del todo, pero mucho. Y en un mes estarás como nueva.
Andy asintió. Respiró hondo en mitad de un concierto interior de dolores que cada vez parecían sonar más alto. Entonces, fue consciente del cuerpecito caliente que estaba junto a ella y desvió su mirada hacia él. Luz seguía durmiendo.
—Esa niña es un ángel —intervino Anna—. Tiene un sexto sentido o algo así. Se despertó mucho más temprano de lo habitual y al no veros ni a ti ni a Dylan, me dio la impresión de que se puso nerviosa. Os buscaba con la mirada y cada dos por tres, preguntaba por vosotros. Y mírala... Ahora que está contigo, se le pasaron los nervios y duerme como un lirón...
—Se te ve muy bien, Andy —dijo Jaume—. ¿O en eso también has salido a tu madre y no nos enteraremos de lo mal que estás hasta que te desmayes?
—No te molestes, Jaume… Ya sé que me parezco a la novia de Frankenstein, pero gracias por intentarlo —repuso en voz muy baja.
—De eso nada, señora —se quejó Anna. Estiró el brazo para apartar un mechón de la cara de Andy y de paso aprovechó para acariciarle la frente.
Andy no pudo más que ofrecerle una sonrisa de agradecimiento. Los dolores eran más fuertes y generalizados ahora. La espalda, el vientre y la vagina se llevaban la palma. Intentó modificar un poco su posición en la cama, pero sus brazos continuaban en huelga. Jaume enseguida fue en su auxilio.
—¿Te ayudo? ¿Cómo quieres ponerte?
—Ay, sí, gracias... Si levantas un poco las almohadas para que pueda incorporarme, sería genial...
—Cuidado, amor. No la cojas por la cintura —se apresuró a decir Anna.
—Vale. Te agarro por las axilas, ¿puedo?
Andy sonrió. Una sonrisa pequeñita y con un deje bastante derrotado ante la idea de necesitar ayuda hasta para poder moverse en una cama.
—Inténtalo. No creo que me rompa, pero por las dudas...
En aquel momento, llegó Dylan acompañado de su padre y de su cuñado. Venían de la sala de neonatos. Él estaba tan impaciente por ver a sus hijas que al regresar de fumar un cigarrillo, había decidido darse una vuelta por la nursery. Al llegar, se había encontrado con su padre y su cuñado, ambos con la nariz pegada al cristal. Pero sus hijas no estaban allí. La enfermera a cargo de la sala le dijo que a las pequeñas acababan de llevarlas con su madre.
—¿Qué pasa? —dijo apurando el paso hacia la cama.
—No pasa nada, querido irlandés —lo tranquilizó Anna—. Andy quiere incorporarse y estamos estudiando la situación para no meter la pata...
Su llegada enseguida acaparó la atención de Andy.
—Hola, calvorotas... —y al ver a su hermano y a su suegro, sonrió—: Hola, Brennan... A ti ya te he visto, pesado. Date por saludado.
Brennan se acercó hasta la cama andando despacio con ayuda de su bastón.
—Hola, Andy. Me alegro de verte… ¡Enhorabuena, querida!
Dylan rodeó la cama hacia el lado opuesto de donde dormía Luz. Jaume se apartó y movió el sillón donde estaba Anna un poco para hacerle sitio.
—Dime una cosa, nena, ¿tú no deberías estar durmiendo?
—He dormido. Y ahora necesito cambiar de postura, ¿le parece bien a mi señor marido? —repuso burlona.
—Mmm, no sé… Tu señor marido tiene que pensárselo —dijo él igual de burlón. A continuación, metió sus brazos bajo las sábanas, pasó uno con cuidado por debajo de la espalda de Andy a la altura de las axilas y el otro por debajo de sus rodillas, la elevó un poco y volvió a depositarla sobre la cama dos palmos hacia arriba—. ¿Estás bien así o te subo un poco más?
—Así está bien, gracias... Mueve un poquito a Luz, pero sin despertarla, ¿eh?... —Entonces, de repente, su expresión cambió tanto como su tono de voz al decir—: ¿Qué hora es? ¿He dormido mucho? ¿Dónde están las niñas?
—Aquí están sus niñas —se oyó que decía una enfermera. Entró en primer lugar, empujando un nido de dos plazas y detrás lo hizo una comitiva de media docena de personas, entre ellas, la doctora Menéndez.
El silencio expectante en la habitación solo fue interrumpido por las expresiones de admiración cuando dos enfermeras tomaron en brazos cada una a una bebé y rodearon la cama para mostrárselas a sus padres.
—Ohhh... Dios mío, son preciosas... —murmuró Anna.
—Qué hermosuras... Tan pequeñitas… —dijo Brennan, emocionado.
A Jaume le llamó la atención lo blancas y rubias que eran. No habían salido a su madre en eso, Andy respondía al tipo mediterráneo.
—¡Son dos irlandesas como su padre! —exclamó alegremente—. Mirad la pelusita rubia que tienen en la cabeza... ¡Tienen más pelo que tú, Dylan!
Anna asintió varias veces con una sonrisa emocionada. Ella solía llamar a Dylan «querido irlandés» y las niñas, claramente, habían salido a él. Con el paso del tiempo también mostrarían algún rasgo de su madre en el aspecto o en el carácter.
De haber estado prestando atención, Danny habría comentado que la nacionalidad no tenía nada que ver con el aspecto físico. Lo habría dicho aunque más no fuera por meterse con Jaume. Pero al ver a sus sobrinas, sencillamente, la emoción lo dejó mudo.
—Un auténtico bellezón... —intervino Menéndez tocando la naricilla de una de las bebés con un dedo. Tras consultar la pulsera que llevaba en su muñeca derecha, añadió—: Mamá, papá, les presento a Zoe.
—Y esta pequeñina de aquí es Coral... ¿A qué es preciosa? —dijo la enfermera morena que la sostenía en brazos.
Andy se llevó una mano a la boca y cubrió sus labios. Su gesto embelesado lo dijo todo.
La reacción de Dylan fue por el estilo. Solo que en su caso, la mano fue directa a su cabeza.
—¡Guau! ¿Has visto, nena? ¡Son increíbles... Una pasada de bonitas!
Las dos bebés estaban despiertas. Zoe lo miraba todo con sus grandes ojos de color indefinido habitual en los recién nacidos. Coral remoloneaba en los brazos de la enfermera. Por momentos, abría los ojos y mantenía la vista fija en un punto. Al instante, volvía a cerrarlos y arrugaba la frente. Las niñas lucían sendos bodies de manga larga con cuello babero. El de Zoe era celeste con el ribete del cuello en azul y el de Coral era amarillo patito con el ribete en blanco. Se cerraban por detrás con seis botones y dejaban las piernas al descubierto hasta los pies, cubiertos por sendos pares de calcetines a juego. Al sacarlas del nido, las habían cubierto con las mantas de hilo color beis que había tejido Anna con ayuda de Neus. Por el momento, ninguna de las bebés se quejaba.
—Esto está muy bien, pero ¿no van a cogerlas en brazos? —preguntó Menéndez.
Andy fue la primera en responder.
—Claro que sí... Pero primero vamos a despertar a la niña —miró a Dylan—, ¿no, calvorotas?
Él ya se había inclinado sobre la pequeña cuando dijo:
—Sí, primero hay que despertar a esta gordita hermosa... —le hizo cosquillas en el estómago hasta que Luz abrió los ojos—. Eh, preciosa, ¿quieres conocer a tus hermanas? Están aquí...
Fue oír a su padre y Luz se sentó de golpe. Un instante después ya estaba enseñando sus dientecitos a quien quisiera verlos.
La enfermera que sostenía a Coral se acercó a la cama.
—¿Cómo se llama? —le preguntó a sus padres.
—Luz —repuso Dylan.
La treintañera asintió con la cabeza. Se inclinó y puso a la bebé a su nivel.
—Mira, Luz. Esta es tu hermana Coral. ¿Has visto qué pequeñita es?
La expresión de la niña al verla por primera vez fue una sorpresa dulce para todos, pero muy en especial para su familia.
Extendió su mano regordeta muy despacio. La enfermera le dijo que podía tocarla con mucha suavidad. Y eso hizo Luz; tocarla primero con los dedos y retirarlos rápido. Mirar a su madre buscando su aprobación para repetirlo. Andy se sentía tan emocionada que solo asintió con la cabeza. Entonces Luz volvió a tocarla, esta vez dejó sus dedos en contacto con la mejilla de la bebé y al ver que esta la miraba, también se emocionó y emitió una risita alegre. Era como si les estuviera diciendo «¡me está mirando!».
—Luz es para comérsela —dijo la abuela con la voz quebrada—. ¡Qué niña más adorable!
El padre no entraba en sí de gozo y fue mucho más efusivo a la hora de demostrarlo. La ayudó a ponerse de pie y la cogió en brazos.
—Eres el rayito de sol de papá, Luz... —la estrechó fuerte— ¡Ay, te comería a besos! —Se acercó a la enfermera que sostenía a la otra bebé—. Mira, esta es Zoe. No es tan tranquila como Coral, así que no te sorprendas si berrea cuando la tocas... Es todo un carácter.... No sé a quién habrá salido —dijo guiñándole un ojo a Andy por encima del hombro.
Luz debió encontrar divertido lo dicho por su padre porque volvió a reír. Esta vez no fue una risita, sino una sucesión de pequeñas carcajadas. Alegres, contagiosas. En cuestión de segundos, todos se reían de su reacción.
Y entonces, Zoe sonrió.
Al menos, eso fue lo que en lo sucesivo sostendría su padre contra viento y marea cada vez que saliera el tema. Según las enfermeras no era una sonrisa, tan solo un movimiento involuntario de los músculos de su cara. Menéndez creía que sí lo era. Había visto demasiadas sonrisas en bebés recién nacidos cuando interactuaban con sus familiares para creer que no eran más que movimientos involuntarios.
En todo caso, la alegría de Luz fue tal que acaparó la atención de todos los allí presentes, convirtiendo aquel momento en uno que no olvidarían jamás.
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©️2024. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷
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CR38. Días de ilusión, 2.

Miércoles, 20 de julio de 2011.
Centro hospitalario,
Ciudadela, Menorca.
- I -
Andy se llevó un dedo a los labios para indicarle a Tina que no hiciera ruido. Ella era la única despierta en una habitación donde había otros cuatro seres humanos.
Lo primero que hizo Tina fue ir hasta la cama y darle un beso cariñoso.
—¿Me echarás, si te pregunto cómo estás? —dijo, hablando en susurros.
Andy se las arregló para esbozar una ligera sonrisa. Estaba tan dolorida, que no lograba quedarse dormida. Le habían dado un analgésico, pero, hasta el momento, le había hecho el efecto equivalente a un sorbo de agua.
—¿Hacemos de cuenta que ya te he respondido y seguimos hablando de otra cosa? Casi mejor, habla tú. Como ves, ni voz tengo.
Tina la rodeó parcialmente con sus brazos al tiempo que sonreía.
—Vale. Intentaré hacerte preguntas que puedas contestar moviendo la cabeza. —Buscó su mirada—. Pero antes que nada, ¡enhorabuena, cari! ¡Tus dos niñas ya están aquí, lo que quiere decir que ya tienes el título de madre oficial del año!
—Gracias, Tina —murmuró—. Coge una silla y tráela hasta aquí.
Tina obedeció y al dirigirse hacia el otro lado de la cama, vio a Dylan en el único sillón cama de la habitación. No era de su tamaño, por lo que la parte final de sus piernas colgaba fuera del colchón. Estaba tendido boca arriba, con la cabeza inclinada hacia la pared. Un brazo sobre su estómago y el otro colgando por el costado del sillón. Ni siquiera se había sacado las zapatillas. Parecía dormir profundamente, algo que Tina confirmó al pasar a su lado y coger la silla sin que Dylan hiciera el menor movimiento.
Pero antes de sentarse junto a Andy, fue a conocer a sus sobrinas postizas. Las recién nacidas estaban en un nido doble, ambas boca arriba, con los brazos por encima de la cabeza. Una de las niñas estaba más arriba que la otra y ocupaba más espacio útil. Eso le permitió deducir quién era quién, ya que no había, por el momento, otras diferencias destacables entre las bebés. Eran dos pequeñas hermosuras de piel blanca y, a juzgar por el color de la pelusilla que recubría sus cabezas, eran rubias, como su padre. Constituían todo un espectáculo de ternura y belleza que emocionó a Tina por partida doble, puesto que eran las hijas recién nacidas de su mejor amiga.
Sin embargo, había otro espectáculo que no tenía nada que envidiarle al primero; Luz dormía junto a sus hermanas, en una cuna de pequeñas dimensiones. Una de sus manitos asomaba por fuera entre dos barrotes y estaba apoyada en el borde del nido, como si, ya desde tan niña, estuviera diciéndole al mundo que ese era su lugar, junto a sus hermanas, cuidando de ellas.
—¡Son una maravilla, Andy! ¡Qué bebés más tiernas…! ¡Son hermosas! —murmuró, mientras las miraba embelesada—. Y sé que me repito, pero Luz es… Qué ternura de niña. Mírala —señaló la mano que la pequeña tenía sobre el nido—, ¿no es para comérsela?
El efecto fue inmediato en Andy; al oír las palabras de Tina, sus ojos se llenaron de lágrimas. En parte, era consecuencia de su extrema sensibilidad tras el alumbramiento, pero también tenía que ver con Luz. A veces, tenía la sensación de que la pequeña no era de este mundo. Era imposible no recordar las circunstancias en la que había llegado al mundo. Y, sin embargo, desde que había salido de la UCI neonatal, la pequeña había abrazado la vida llena de ímpetu y alegría. Llena de agradecimiento, como si una parte de ella fuera consciente de cuánto le había costado sobrevivir, y no estuviera dispuesta a malgastar un solo minuto.
—¡Ay, perdón, perdón, perdón…! —Tina enseguida abrazó a su amiga—. Tu marido va a matarme por hacerte llorar…
—Shhh… Que lo vas a despertar —dijo Andy. Su voz salió con gorgoritos y Tina se echó a reír.
—Mejor, calla, nena, y empieza a comunicarte por señas.
Después de un rato deleitándose con sus sobrinas, Tina ocupó su asiento frente a Andy y se dedicó a su amiga.
—¿Duele mucho?
Andy controló con la vista que Dylan continuaba durmiendo y recién entonces, hizo un ligero movimiento de asentimiento con la cabeza.
—¿La vagina? —continuó Tina.
Andy movió el brazo muy despacio, abarcando un espacio que, prácticamente, solo dejaba sus pies fuera del área dolorida. Luego, añadió en voz muy baja:
—Pero lo peor son los riñones, esa parte de la espalda.
Tina no se lo pensó dos veces. Se levantó de la silla y se inclinó sobre la cama.
—Te pongo de lado, ¿quieres? Necesitas dormir un poco…
Andy puso cara de dolor.
—Con mucho cuidado —le advirtió.
—Sí, tranquila. Ya sabes que soy como un meteoro de rápida. Cuando quieras darte cuenta, ya estarás de costado.
Ya había introducido una mano por debajo de la espalda de Andy, cuando alguien intervino.
—Gracias, meteoro, pero déjame a mí —dijo Dylan. Sin darle margen a nada, levantó el cuerpo de su mujer lo suficiente para ejecutar la maniobra, y a continuación, la ayudó a ponerse de costado—. ¿Estás bien así?
Andy le dedicó una mirada cargada de amor y agradecimiento y asintió.
—Duerme, Dylan —le dijo en un susurro.
—Estoy bien. Eres tú la que necesita dormir. Venga, cierra los ojos. Yo le contaré a Tina toooodo lo que quiera saber —dijo, dedicándole a la entrenadora una mirada cómplice.
—Ya te dejaremos hablar cuando recuperes la voz. Dylan tiene razón. Tú duerme y él me cuenta, ¿vale, cari?
Andy miró a su socia, le arrojó un beso con los labios.
—Gracias por venir, Tina…
—No seas tonta y cierra esos ojos, ya —repuso ella, poniendo los brazos en jarra.
Así lo hizo Andy. El alivio tras el cambio de postura fue tal, que no tardó en quedarse dormida. Era un sueño superficial, tanto Dylan como Tina lo notaron enseguida, pero después de una noche tan intensa, hasta una cabezada ayudaba.
Dylan movió las sillas todo lo lejos que pudo de la zona donde estaban Andy y las niñas, para no molestarlas.
—Vaya nochecita, ¿eh? —dijo Tina.
Dylan asintió con la cabeza. Miró de reojo a Andy. Le alivió comprobar que dormía. Su ritmo respiratorio así lo indicaba.
—Por suerte, está bien. Agotada y dolorida, pero bien. Necesita calmantes y dormir, nada más.
Hablaban en un murmullo, pero a Tina no le pasó desapercibida la seguridad con la que Dylan hablaba. No había sido un comentario. Había sonado a una decisión; Andy recibiría las dosis necesarias de analgésicos y dormiría todo lo que necesitara para recuperarse.
—Suerte con los Estellés —le dijo con una sonrisa pícara. Ella los sufría en sus propias carnes, sabía positivamente de lo que estaba hablando.
Dylan hizo un gesto de indiferencia.
—Si todo sigue bien, le darán el alta mañana temprano. En cuanto estemos en casa, habrá días y horas para recibir visitas. —Echó un vistazo al nido y a la cuna, donde estaban sus niñas, y sonrió con expresión de padre orgulloso. Su tono de voz se suavizó, por efecto de la sonrisa, cuando volvió a dirigirse a Tina—: Yo no puedo hacer esto por Andy, así que tiene que recuperarse. Es así de simple.
Tina asintió con la cabeza. Entendía el lenguaje de Dylan porque en eso se parecían mucho; ambos eran, ante todo, personas prácticas. Si había alguien capaz de tener a raya a la metomentodo familia de su mujer, era él.
—Si necesitas gorilas para custodiar la puerta, ya sabes que puedes contar conmigo. Y enhorabuena por tus preciosas bebés, Dylan. ¡Son una maravilla!
Él volvió a mirar hacia donde estaban sus tres princesas. Una enorme sonrisa iluminaba su rostro.
—Es como un sueño, ¿sabes? Las miro y las vuelvo a mirar, y me sigue pareciendo igual de increíble que cuando las vi por primera vez. Es una sensación… —respiró hondo y soltó el aire en un suspiro— alucinante.
—No me extraña. Hasta a mí me resulta increíble… Mi amiga del alma ya tiene tres hijas, y eso que es menor que yo —dijo con una sonrisa incrédula—. Estos dos últimos años se me han pasado volando.
Dylan asintió enfáticamente. No podía estar más de acuerdo.
—¿Quiénes han venido ya a ver a Andy y a las niñas? —quiso saber Tina—. Anna me llamó en cuanto se marchó de aquí, y me contó que había tenido que ponerse seria con Roser, lo que es lo mismo que decir, que había tenido que ponerse seria con mi suegro…
—¿De tu familia política? Nadie, aparte de Neus. Pau llamó para decirme que vendría a última hora, a ver si me parecía bien —repuso Dylan.
Intentó no sonar demasiado irónico, pero la situación le resultaba tan ridícula que no lo consiguió del todo. El altercado que había tenido lugar el día anterior entre Andy y su abuelo, parecía haber exacerbado la sensibilidad de todo el mundo. Andy tenía razón en lo dicho, de la A a la Z. Pero, incluso aunque no la tuviera, era una mujer embarazada de mellizas a horas de dar a luz. ¿Cómo iban a tenérselo en cuenta? Estaba pesada, dolorida y con los nervios de punta. Y, por supuesto, harta de las intromisiones de su familia materna. Pues, se lo habían tenido en cuenta. Estaba claro que el nivel de memez de aquella gente era lo bastante grande, para no notar la diferencia.
Tina sacudió la cabeza. Quería a Pau con locura, era un buen hombre y su personalidad era muy distinta de la de su padre. Sin embargo, aunque él apreciaba a Dylan, no le gustaba jugar con otras reglas que no fueran las suyas. Pau llevaba mal tener que adecuarse a las decisiones ajenas.
—Puede ser tan payaso, a veces… Seguro que su padre le ha estado comiendo el coco. No le hagas caso, Dylan. Adora a Andy y a ti te respeta muchísimo. Vendrá, llueva, truene o caigan rayos. No está en Ciudadela, por eso no lo ha hecho aún.
Dylan estuvo a punto de responder lo que pensaba. A saber, que Pau ya era bastante mayor para dejar que nadie, y mucho menos su padre, le comiera el coco. Al final, decidió morderse la lengua por consideración a Tina.
En aquel momento, su móvil vibró y él lo sacó del bolsillo. Era Chad, el padre de Andy.
—No tardo —anunció, antes de abandonar la habitación.
—Sí, ve tranquilo. Me quedaré hasta que me eches —repuso Tina, y le hizo un guiño.
* * *
Dylan no se alejó demasiado de la habitación. Chad quería sorprender a Andy y él tenía que reconocer que también deseaba que lo hiciera. Qué ironía que el hombre llevara horas intentando llegar hasta su hija desde otro continente, y que una parte de la familia, que vivía a menos de un kilómetro, estuviera esperando una invitación real.
—¡Hola, Chad! ¿Está más cerca o todavía sigue en Barcelona? —se anticipó.
—¡Hola! Aunque no te lo creas, y te adelanto que yo tampoco, ¡estoy en el aeropuerto de Mahón! En cuanto me dejen salir del control de aduanas, cogeré un taxi y lo que tarde en llegar.
Dylan apretó el puño en un gesto victorioso.
—¡Qué buena noticia! ¡Andy va a flipar! Ahora mismo, le envío un mensaje con la dirección.
—Tengo tantas ganas de verla, de veros a todos… ¡Qué ilusión más grande!
—Ya lo creo que sí… De todas formas, llámeme en cuanto llegue, así bajo a la recepción a buscarlo, ¿de acuerdo?
—¡A la orden! Te llamo en cuanto llegue al hospital.
Después de colgar, Dylan tecleó un mensaje con las señas completas, y lo envió.
Todo lo hizo sin dejar de sonreír en ningún momento, feliz por la alegría que se llevaría Andy cuando viera a su padre.
- II -
Andy había conseguido dormir alrededor de una hora y media cuando sus hijas recién nacidas la reclamaron. Sus pequeños quejidos tuvieron el efecto de una alarma no solo ella, sino también en Dylan.
Para entonces, la habitación estaba concurrida. Aparte de Tina, que continuaba allí, Brennan había llegado hacía un rato acompañado de Danny. Traían la merienda para Luz y una muda completa, además de su pijama, para que la niña pudiera pasar la noche con sus padres, en el hospital. También habían traído cosas para que Dylan pudiera cambiarse, puesto que se había negado a marcharse del hospital. La doctora Menéndez le había recomendado que él y su niña se fueran a casa, pero no había conseguido convencerlo.
Dylan, que estaba entreteniendo a Luz, saltó de la silla con la niña en los brazos y fue hacia el nido.
—¿Están bien? —oyó que Andy preguntaba con un hilo de voz.
—Están perfectas —repuso él, rebosante de orgullo. A continuación, empujó el nido hasta la cama con suavidad para que su mujer pudiera comprobarlo con sus propios ojos.
Andy continuaba tendida de costado y en cuanto el nido estuvo lo bastante cerca para poder ver a sus bebés en todo su esplendor, una sonrisa lució en su rostro.
—Ay, qué cositas…
Alzó la vista hasta Dylan y ambos sonrieron. Entonces, reparó en Luz. En los brazos de su padre, miraba a sus hermanas con una sonrisa radiante. Tenía las manos enlazadas, como en una plegaria, y las movía, ansiosa. Toda ella rezumaba alegría.
En el nido doble, Zoe y Coral estaban despiertas, moviendo sus brazos y piernas al tiempo que emitían quejidos. Los de Zoe eran todavía algo somnolientos pero mucho más enérgicos que los de su hermana. Daba la impresión de que a las niñas no les gustaba haberse despertado.
—¿Has visto qué pequeñitas son, Luz? ¿Quieres ayudar a mamá a darles de comer? —Los ricitos rubios de la pequeña parecían saltar de felicidad cuando Luz asintió repetidas veces con la cabeza.
Sin embargo, Dylan, Andy y Luz no eran los únicos contemplando a las mellizas. Danny se había agachado cerca de la cabecera del nido, acariciaba sus cabezas con un dedo. Las tocaba con tanta suavidad que apenas las rozaba, algo que hizo reír a Andy.
—No van a romperse, Danny… —susurró en su media voz.
—Pero es muy posible que Zoe le suelte un berrido —matizó Dylan, risueño.
Y un instante después, sucedió. La mayor de las hermanas volvió a regalarles un chillido muy parecido al que había dado al nacer.
—Creo que acaba de leernos la cartilla —dijo su padre.
Danny sacudió la cabeza, risueño.
—Menudos pulmones tiene la pequeñaja esta…
—La pobrecita tendrá hambre y, encima, estamos todos aquí y no la dejamos dormir —dijo Brennan, mirando con ternura a sus nietecitas.
En aquel momento, se oyó otro berrido, mucho más suave, por parte de Coral. Todos rieron.
—¡Eh, que yo también estoy aquí! —dijo Tina, poniendo voz al quejido de Coral.
Para entonces, los berridos aislados se habían convertido en apasionadas reclamaciones que hicieron las delicias de todos, algo que Luz festejó a carcajadas.
—Danny, por favor, toca el timbre —pidió Dylan, riendo—. Que venga un regimiento de enfermeras a ayudarnos, antes de que estas criaturas nos dejen sordos.
* * *
Todos habían tenido que abandonar la habitación de Andy, excepto Dylan. Después de elevar el respaldo de la cama para que la madre tuviera una posición cómoda para alimentar a las niñas, dos enfermeras habían puesto una almohada de lactancia rodeando el torso desnudo de la madre y, a continuación, habían colocado a las bebés, una en cada pecho. Sus cabezas estaban una junta a la otra, de cara a Andy, y sus pequeños cuerpos descansando sobre los laterales de la almohada, a cada lado del torso de su madre.
Para no estorbar con su gran presencia a las atareadas enfermeras, Dylan se había puesto a los pies de la cama. Gracias a su altura podía ver una parte de la cara de sus niñas y contemplar con lujo de detalles una imagen que, para él, constituía el mayor espectáculo del mundo. Supo al instante que nunca se cansaría de mirar a sus chicas y sentirse afortunado y maravillado.
Sin embargo, el lado práctico de su personalidad lo mantenía en alerta, pendiente de todo, absorbiendo información y asimilándola. Aprendiendo. En casa, no contarían con ayuda experta. Tendrían que valerse por sí mismos. Dado que Andy no estaba a pleno rendimiento, ni lo estaría hasta dentro de algunas semanas, su mujer y sus hijas dependían de él por completo.
Andy también estaba en su propio mundo de observaciones y sensaciones, su atención puesta al cien por ciento en los dos pequeños seres que, desde la primera toma, se agarraban a sus pechos con ganas. Era un sentimiento de plenitud inédito. Despertaba emociones profundas, que venían acompañadas de procesos muy físicos. Procesos que conocía, ya que tanto Dylan como ella habían dedicado mucho tiempo a aprender todo lo necesario para el gran momento. Sin embargo, saber a qué atenerse no había evitado que Andy se sintiera algo desconcertada ante algunas reacciones de su cuerpo, y, sobre todo, a las emociones que traían aparejadas. Entre ellas, la que, sin duda, se llevaba la palma era lo que sucedía cuando las niñas succionaban. A la sensación de plenitud que la embargaba, su cuerpo reaccionaba, provocando un intenso sangrado vaginal a la par que activando sus glándulas lacrimales. En pocas palabras; sonreía, lloraba y sangraba, todo al mismo tiempo.
Andy sabía que todavía faltaba un cuarto elemento; el dolor. Sus bebés se alimentaban de calostro por el momento, pero su cuerpo estaba produciendo leche materna y, si todo iba bien, la produciría en cantidad suficiente. Por lo tanto, sus pechos se llenarían del alimento necesario para sus hijas y, cada vez que lo hicieran, habría dolor. Que fuera leve o intenso dependía de varios factores. Pero ya se las vería con el cuarto elemento cuando llegara el momento, decidió.
—Eh, pequeña, ahora tienes que comer. Después, duermes —le dijo la mayor de las enfermeras a Coral, acariciando con suavidad su cabeza. Luego, miró a sus padres—. Quiere dormir, más que comer. Prestadle atención los primeros días y aseguraos de que se alimenta bien.
—A la otra no necesitáis insistirle —bromeó la otra enfermera—. ¡No para, es una campeona!
Zoe chupaba el pezón de su madre como si le fuera la vida en ello. Lo hacía con pasión, como todo lo demás que le habían visto hacer, incluso cuando todavía estaba en el vientre de su madre.
La enfermera más veterana aprovechó que Coral había vuelto a quedarse dormida para comprobar la calidad del líquido que emitía el pezón. Asintió con la cabeza, en un gesto aprobatorio.
—Esto va de maravilla, Andy —le enseñó los dedos índice y pulgar manchados de una sustancia densa, de color algo amarillento—. Sale bastante más licuado que las tomas anteriores, ¿lo ves? Mañana, seguramente, empiece a tener la densidad de la leche. ¡Muy bien hecho, mujer!
Andy miró a Dylan y él le guiñó un ojo.
—A ver, el otro. ¿Lo compruebas, Noelia? —le pidió a su compañera, que estaba ocupándose de Zoe, al lado izquierdo de la cama.
—Veamos… A ver, pequeña, préstamelo un ratito —dijo la treintañera. Pero en el momento que intentó apartar la boca de la bebé del pezón, un berrido se oyó alto y fuerte. Todos rieron. La muchacha hizo un gesto de «toma genio»—. Oye, a ver si me muerdes… Es un segundo, bebé. Venga, déjame.
Zoe no dejó de quejarse hasta que volvió a recuperar lo que creía que era suyo. Entonces, succionó con más fuerza que antes, casi con desesperación. Sus padres volvieron a intercambiar miradas risueñas.
—Nos vamos a enterar enseguida, si algo no le gusta —anunció Dylan, a lo que Andy asintió enfáticamente con la cabeza.
La enfermera, mientras tanto acercó los dedos manchados a su compañera quien los observó con atención. Al fin, asintió satisfecha.
—Fenomenal, Andy. Vamos a comprobarlo otra vez durante la última toma de hoy —Sonrió, mirando a ambos padres—. Creo que vuestras niñas empezarán a comer opíparamente muy pronto.
—Y falta les hará, si salen a su padre —comentó la treintañera, echando una mirada pícara a Dylan.
Había más que picardía tanto en la mirada como en el comentario de la enfermera, Dylan lo tenía claro. De primeras, lo había tomado por sorpresa, y su primera reacción fue comprobar si Andy lo había oído o, si como los últimos veinte minutos, contemplaba a sus hijas, embelesada.
No las contemplaba. Sus ojos se habían posado sobre la enfermera unos instantes y luego, habían seguido camino hasta él.
Dylan no se dio por aludido. Ni al comentario de la treintañera, ni a la persistente mirada de Andy. Al cabo de unos instantes, le hizo un guiño amoroso y la vio sacudir la cabeza muy ligeramente, antes de volver a poner su atención en las bebés. Obviamente, sabía que el comentario no le había sentado bien, pero estaba acostumbrada —tanto como él, a los exhaustivos repasos que sus alumnos del gimnasio le dedicaban a ella—. Lo que todavía estaba por averiguar, era de qué modo la afectaban ahora, que sus emociones estaban tan a flor de piel, tras dar a luz. ¿Quería averiguarlo? Para nada. No negaría que era halagador recibir la aprobación femenina dondequiera que iba. Tampoco que tenerla, lo devolvía durante unos instantes a una época salvaje de su vida, de la que guardaba algunos buenos recuerdos, aunque la mayoría estaban envueltos en una bruma de desmadre y alcohol. Pero estaba fuera del mercado por propia elección desde noviembre del 2009 y dos años después, continuaba más que satisfecho de la decisión tomada. Andy y las niñas eran todo su mundo. Pertenecía al reducidísimo grupo de seres humanos que habitaban el planeta, que podía darse el lujo de decir que no cambiaría nada de su vida.
O, quizás, algo sí; vivir mil kilómetros más lejos de Francesc Estellés y familia.
En efecto, a Andy le había molestado el comentario. Más bien, la intención detrás de las palabras. Era la misma de siempre, de modo que, en ese sentido, no se trataba de una novedad. Alguien como Dylan no pasaba inadvertido. Era un hombretón de metro noventa, con ropa lo bastante ceñida para mostrar su buen estado físico, tatuado hasta las cutículas, y con ese aspecto de chico malo que seducía al sexo femenino antes siquiera de haber abierto la boca para decir «hola». Esta vez, lo novedoso era su situación. Andy había pasado del sufrimiento durante el parto, a padecer un dolor distinto, pero igualmente contundente después de dar a luz. Llevaba horas tendida en una cama en la que no encontraba una postura cómoda, se sentía pesada, sucia y cansada de que señoras y señores en uniforme sanitario la tocaran, la pincharan, le apretaran la barriga y le metieran los dedos hasta la garganta para comprobar que todo estaba bien «allí dentro». Lo único que le faltaba era tener que presenciar los flirteos de una idiota mientras amamantaba a dos bebés al mismo tiempo.
Por suerte, en aquel momento, la enfermera veterana volvió a hablar.
—Por aquí, ya hemos terminado —dijo, retirando con cuidado la cara de Coral del pecho de su madre y cogiéndola en brazos—. ¿Qué tal vas tú? —le preguntó a su compañera.
—No sé si me atrevo a interrumpirla otra vez. Menudo genio —bromeó la joven.
—Tranquila, ya me ocupo yo —intervino Andy.
Apartó, decidida, las manos de la enfermera, cogió a su hija con mucho cuidado y la enderezó. Zoe gruñó una vez, pero cuando Andy la apoyó contra su hombro y la ayudó a expulsar el aire, la pequeña cerró los ojos, y se quedó dormida.
Dylan bajó la vista sonriendo, mientras pensaba que su chica, a su manera, acababa de propinarle un soberbio gancho de derecha a la treintañera. Decidió que era un momento que ni pintado para que las sanitarias se fueran por donde habían venido y ellos pudieran disfrutar tranquilos de sus tres hijas.
—¿Me permite? —le dijo a la enfermera veterana al tiempo que extendía sus brazos, reclamando a Coral.
—¡Por supuesto! Pero ahora hay que cambiarles los pañales…
Dylan tomó a Coral en sus brazos y la acomodó contra su pecho. Luego, le acarició la nariz, a ver si se despertaba. La niña ni siquiera pestañeó.
—Sí, pero para esta tarea vamos a necesitar a nuestra enfermera particular, ¿no, preciosa?
Andy sabía que no se estaba refiriendo a la preciosura que sostenía en los brazos, sino a ella. Sus miradas se encontraron.
—Claro que sí, pobrecita. La han exiliado en el pasillo junto con todos los demás. Tráela, por favor, Dylan.
Él se puso en marcha de inmediato con Coral en sus brazos.
—Vamos a buscar a tu hermana mayor, ¿vale, pequeña? ¡Será la experta de la casa en cambiar pañales! —le dijo a la niña, quien continuó durmiendo sin darse por aludida.
Dos minutos más tarde, la puerta de la habitación se abrió de nuevo y Luz entró correteando con sus pasos pequeños, pero ágiles, derrochando alegría por doquier, seguida de su padre que la miraba rebosante de orgullo.
- III -
Dylan no podía pedir nada más. Después de horas sin dormir, casi sin comer y con la preocupación jugándole un pulso a la ansiedad, al fin estaba en la gloria. Una vez que las bebés, recién comidas y aseadas, regresaron a continuar durmiendo en el nido doble, él y Luz se habían echado junto a Andy y ella, al fin, dormía. O se hacía la dormida. Dylan no estaba seguro de si era una cosa o la otra, pero le bastaba con tenerla pegada a su cuerpo, y verla descansar.
Acercarse y encontrar la postura idónea había tenido sus bemoles. A Andy le dolía todo. Pero lo habían conseguido. Él se había acostado del lado izquierdo de la cama, boca arriba, y Andy se había acurrucado contra él. Luz dormía con la cabeza apoyada sobre su hombro, algo que enternecía a Dylan tanto como lo hacía haber caído en la cuenta de que la noche también debía haber sido dura para la niña. Mucho más de lo que ellos creían. Luz se dormía con mucha facilidad, pero era una niña muy activa y resultaba muy raro que durmiera tanto durante el día. La pobrecita estaba tan agotada como sus padres. Anna había comentado algo al respecto.
El móvil rompió la armonía de aquel instante perfecto. Andy abrió los ojos y lo miró.
—¿Es el tuyo…? —preguntó con voz somnolienta.
Dylan se levantó procurando no despertar a Luz y la acostó junto a su madre.
—El tuyo está apagado y a menos que las niñas hayan venido con móvil incorporado, lo que no me extrañaría, sí, diría que es el mío. —Se estiró a darle un beso en los labios—. Sigue durmiendo, preciosa. Voy a salir y vuelvo enseguida.
Dylan no sacó el móvil de su bolsillo hasta que se alejó de la cama. Intuía quién llamaba; Chad Avery. Habían transcurrido casi tres horas desde que habían hablado por última vez. Tenía que ser él.
En efecto, lo era.
—Un momento. Estoy saliendo para no despertar a las chicas.
Recién una vez que estuvo fuera de la habitación y había cerrado la puerta, continuó:
—¿Ya está aquí?
—¡Sí, al fin! ¡Creí que no saldría nunca de la aduana!
—Perfecto. Estoy bajando. Ahora lo veo —dijo antes de cortar.
Recorrió el trecho que lo separaba de los ascensores dando grandes zancadas. Al llegar y ver el estado del tablero, decidió que usaría las escaleras.
Nunca se habría imaginado que le produciría tanta alegría volver a ver a alguien a quien había estado juzgando en silencio durante meses. Andy se llevaría la sorpresa del siglo. No lo diría en alto, pero la memez de una parte de su familia política empezaba a tocarle mucho la moral. Eran las ocho de la tarde y nadie había venido a darle la enhorabuena por el nacimiento de sus dos bebés. Lo peor era que, de venir, coincidirían con Chad y eso no auguraba una reunión feliz, precisamente.
Al salir de las escaleras y entrar en la diáfana estancia de la planta baja, enseguida vio a Chad. Estaba sentado en un grupo de sillones que había a la derecha del gran mostrador de recepción. A su lado había una maleta mediana y un bolso de viaje. El hombre enseguida se puso de pie al ver a Dylan y fue a su encuentro.
Vestía con elegancia, unos pantalones gris claro y un ligero blazer azul marino que destacaban su cabello rubio, poblado de canas. Debajo llevaba una camisa de un blanco inmaculado.
—Bienvenido a Menorca, Chad —lo recibió Dylan.
Los hombres se dieron un abrazo cordial.
—¡Al fin! —bromeó Chad, visiblemente nervioso—. ¡Qué largo se me ha hecho el viaje esta vez! Pero dime, ¿cómo está mi niña?
Además de nervioso, Dylan detectó su gran cansancio. Sin decir nada, cogió la maleta y el bolso.
—Muy bien. Cansada y dolorida, eso es inevitable. Pero, ¿qué tal si lo comprueba con sus propios ojos?
Hizo un gesto para cederle el paso y Chad se puso en marcha hacia los ascensores.
Una vez dentro del ascensor, Chad hizo la pregunta de rigor.
—¿Estáis solos…?
—Ahora mismo, sí. Mi padre y Danny estarán al llegar. Los envié a casa para que descansaran un poco, sobre todo mi padre, que ya no está para tantos trotes. Y también por Luz. La niña tiene sus horas, sus comidas, y demás. Queremos que mantenga sus rutinas todo lo que sea posible. Pero los dos estamos aquí, así que alguien tiene que ponerse el delantal de cocina —bromeó.
Chad asintió con la cabeza.
—¿Y su madre…?
Dylan titubeó. Decir que estaba descansando, ¿no haría saltar las alarmas sobre su estado de salud? Anna se había negado en redondo a que su exmarido supiera la grave enfermedad que padecía, por lo tanto, Andy no se lo había dicho a Chad. No quería meter la pata en algo tan importante y tan personal.
—Ha estado aquí desde que ingresamos a Andy. Llegamos juntos. En un rato, volverá —explicó, sin entrar en detalles.
Chad volvió a asentir con la cabeza.
—Estará emocionadísima. Siempre le han encantado los niños y la suya, la niña de sus ojos, acaba de ser madre por partida doble…
—Más o menos como usted —repuso Dylan, conciliador.
Detrás de unas gafas de ver, de estilo aviador, los ojos de Chad se habían llenado de lágrimas, haciendo innecesarias las aclaraciones.
Una vez que llegaron a la habitación de Andy, Dylan se detuvo y se volvió de frente a Chad.
—Si le parece bien, podemos hacer esto. Entraré con el equipaje y lo pondré en el baño. Está junto a la entrada y Andy, en teoría, está dormida, así que no se enterará. Entonces, vuelvo a buscarlo y entramos juntos. Usted, detrás de mí, para que ella no lo vea por las dudas que esté despierta. Le digo que hay alguien que pregunta por ella y me hago a un lado. Y los dejo disfrutar de su momento padre-hija. ¿Qué le parece?
Chad palmeó el hombro de su yerno afectuosamente.
—Una idea perfecta, Dylan. Así será una sorpresa en toda regla.
—Entonces, vamos, ¡que comience el espectáculo! —repuso él, de lo más animado.
* * *
Andy estaba dormida. No oyó nada. Ni siquiera la voz de Dylan, llamándola para que se despertara. De hecho, tuvo que agacharse y acariciarle la nariz hasta que ella abrió los ojos, pestañeó varias veces y al fin, remoloneando, alzó la vista hasta él.
—Calvorotas… ¿Se han despertado… las niñas? ¿Dónde está Luz?
Dylan se la habría comido a besos allí mismo. Pero no estaban a solas y además, si se inclinaba más, delataría la sorpresa.
Sonrió.
—A ver, las respuestas son: sí, soy yo, no y aquí, a tu lado —murmuró Dylan con dulzura—. Todo está en orden, nena. Podrías seguir durmiendo un rato más, pero aquí hay alguien que pregunta por ti.
Andy se restregó los ojos. Exhaló un suspiro y dijo lo que Dylan había estado pensando y no se había atrevido a decir.
—¿Algún Estellés se ha dignado a venir a conocer a las bebés? Menuda sorpresa. Llama a los de Guiness, amor. Seguro que han batido alguna clase de récord.
Su voz sonó quebrada porque aún continuaba afónica, pero la ironía se oyó alto y claro.
Dylan experimentó dos sentimientos totalmente contrapuestos. Por un lado, le partió el alma que ella se hubiera dado cuenta de lo que sucedía. Confiaba en que su estado y el cambio en las rutinas, le hubiera hecho perder la noción del tiempo. Por otro, la copa donde guardaba la paciencia necesaria para tratar con los Estellés, se agotó. Cuando vinieran, si venían, los dejaría entrar, saludar a las niñas y luego, los acompañaría hasta la calle, donde se quitaría las ganas de decirles lo que pensaba: que eran unos impresentables. No lo haría delante de Andy y de sus hijas, pero a solas, desde luego, que sí. Después de eso, supervisaría personalmente sus visitas y se encargaría de que tuvieran claro que, por su parte, habían dejado de ser personas gratas en los dominios Mitchell-Avery. Nunca lo habían sido realmente; ahora, sería oficial.
—¿Crees que, si fuera alguno de ellos, los escoltaría en persona hasta tu cama, nena? No es un Estellés, tranquila.
Y con esas, se apartó del campo visual de Andy dejando expuesto a Chad.
El momento fue precioso y muy intenso. Chad ya estaba lagrimeando antes de llegar a la planta de maternidad. Andy tenía la emoción a flor de piel.
—¡Papá…! —logró decir antes de contraer el rostro y echarse a llorar.
Chad fue hasta la cama y se agachó. La miró con los ojos llorosos.
—No sé dónde tocarte… Me da miedo hacerte daño… ¿Puedo abrazarte?
Dylan intervino solo para tomar en brazos a Luz y dejar la vía libre para la reunión. Luz continuó durmiendo sin darse por enterada de que ahora estaba en los brazos de su padre.
Andy reía y lloraba al mismo tiempo, pasó un brazo alrededor del cuello de Chad. Él la rodeó con los suyos. Lo hizo despacio y con mucho cuidado.
—La hoja de ruta la tiene Dylan —repuso Andy—. Ni yo, sé darte las indicaciones… Pero no te preocupes, la alegría de verte compensará cualquier dolor, papá… ¡Gracias por venir!
—¿Cómo no iba a venir? ¡Tienes que presentarme a mis nietas recién nacidas! —buscó la mirada de Andy y depositó un beso sobre su frente—. Y tenía que ver a mi hija, abrazarla fuerte y felicitarla por sus dos pequeñas maravillas. ¡Enhorabuena, Andy!
Ella lo abrazó más fuerte. Dylan se dio cuenta de que intentaba recomponerse, pero no lo conseguía. Lloraba a mares. Era como si alguien hubiera abierto la espita de sus emociones y ya no pudiera parar.
—Estoy aquí, estoy aquí… Ya sé que te parece un sueño, pero no lo es.
—Ay, papá… No quería pedírtelo porque sé que en esta época es cuando más trabajo tienes… —Lo miró e intentó sonreír. La emoción volvió a truncar su sonrisa—. Vaya recibimiento, te estoy dando… Disculpa, estoy tan sensible, que ni yo me aguanto.
Chad la acunó entre sus brazos.
—Sé que no ibas a pedírmelo, Andy. Por eso a tu marido y a mí se nos ocurrió darte una sorpresa…
—No, de eso, nada. La sorpresa es suya, Chad —intervino Dylan hablando en voz baja para no despertar a Luz.
—Pero has evitado que me volviera loco todas estas horas, contándome cómo estaba mi hija, y, además, has guardado el secreto —miró a Andy—. Sabe que venía de camino. Me puse en marcha en cuanto me enteré de que estabas de parto.
Andy miró a Dylan y le arrojó un beso con los labios.
—¿Entiendes por qué lo adoro, papá? Es así siempre.
Chad asintió con la cabeza.
—Y él te adora a ti. No hay más que verlo… Bueno, ¿vas a presentarme a mis nietas recién nacidas, o qué? —propuso, en un intento de evitar que su hija volviera a llorar.
—Sí, sí, claro… Has atravesado medio mundo para venir a conocerlas… Dylan, ¿por qué no acercas el nido hasta aquí?
—¡Con muchísimo gusto! —repuso el irlandés, empujando con suavidad la cuna de sus hijas—. ¡Señor Avery, estas son sus dos nietas recién nacidas, las mellizas más hermosas del mundo, Zoe y Coral!
- IV -
Padre e hija habían estado conversando todo lo que Luz les había permitido. La pequeña no había tardado en despertarse y al ver a Chad, para sorpresa de todos, le había dado una bienvenida de lo más cariñosa. Ninguno creía que la niña se acordaría de él, ni siquiera el propio Chad, que había sido el más sorprendido de todos. Desde ese momento, abuelo y nieta se habían puesto a dibujar y se comunicaban con normalidad, como si el lenguaje infantil no tuviera secretos para él.
Mientras tanto, Dylan y Andy, que compartían la misma cama aunque solo estuviera pensada para la madre, seguían la interacción de Luz y Chad con interés. De tanto en tanto, echaban un vistazo al nido doble donde las mellizas continuaban durmiendo sin siquiera haberse movido de posición.
—Me gustaría darme una ducha y lavarme el pelo —dijo Andy—, pero no sé si podré llegar al baño por mí misma…
—¿Me estás pidiendo que te lleve en brazos, por un casual? —bromeó él con expresión pícara.
Andy se rio. O lo intentó, hasta que el dolor le recordó que algo tan bueno como reírse, no estaba recomendado en sus circunstancias.
—Dios… Hasta reír me hace ver las estrellas… Sí, y «sin casual», te lo estoy pidiendo… En realidad, te lo ruego —dijo, uniendo sus manos como en una plegaria.
Su voz no había mejorado demasiado, pero el descanso le había permitido recuperar parte de su energía, por lo que ya no hacía tantas pausas como antes al hablar.
Dylan se levantó de la cama. Pasó sus brazos por debajo del cuerpo de su mujer y la levantó en volandas como si se tratara de una pluma.
—Eh… Eso se avisa —dijo Andy, sobresaltada, pero enseguida sonrió y miró hacia donde su padre jugaba con Luz—. Papá, me voy a dar a una ducha. Te quedas a cargo de la guardería infantil, ¿quieres?
—¡Eso ni se pregunta! —exclamó Chad. Cuando alzó la cabeza para mirar a Andy, Dylan notó que el hombre parecía haber rejuvenecido diez años desde que estaba en aquella habitación de la planta de maternidad. Le gustó comprobar cuánto disfrutaba de la compañía de su hija y sus nietas.
—Genial —repuso Andy.
Dylan se puso en marcha hacia el baño, empujó la puerta con el pie y entró. Bajó la tapa del inodoro con una mano y depositó a Andy sobre ella con mucho cuidado. El gesto de dolor de Andy hablaba a las claras de que, por aquella zona, las cosas estaban en estado catastrófico. Esperó a que su rostro se relajara para apartar sus manos de ella. Luego, se puso de cuclillas a su lado.
—Deduzco por lo que has dicho, que quieres que me quede y te ayude.
Andy sabía por dónde venían los tiros. Antes, cuando le habían dado ganas de ir al baño, le había pedido a la enfermera que la ayudara. Dylan no había hecho el menor comentario, pero ahora estaba claro que no había entendido por qué, de repente, ella acudía al personal sanitario, en vez de a él. Hizo un gesto triste con la boca.
—Solo era pudor, calvorotas.
Las cejas del irlandés se curvaron graciosamente.
—¿Pudor? ¿A estas alturas? Debes estar de coña…
Andy asintió y bajó la vista. Exhaló un suspiro.
—Vale. Quería ver cómo había quedado, estando a solas. Y sí, doy miedo… No parezco yo, la verdad. Pero supongo que, antes o después…
Dylan tomó las manos de Andy, las sostuvo entre las suyas mientras pensaba cómo proceder respecto de ese tema. De más estaba decir que le daba completamente igual si las secuelas de haberse convertido en madre de mellizas eran tan terribles como ella decía o no. Lo que no le daba igual era que Andy se sintiera forzada a hacer lo que no deseaba hacer para que él no se creyera desplazado. Si prefería que no la viera hasta que volviera a sentirse cómoda consigo mismo… Pues, no la vería.
—De acuerdo. A ver qué te parece esto… Pongo ese banco que está ahí, debajo de la ducha. Seguro que es para eso… Dejo el champú, el suavizarte y el gel sobre esa repisa, junto con tu peine. Una muda limpia sobre la tapa del inodoro. Está al lado, si estiras el brazo llegas bien. Después, entre los dos, graduamos la temperatura del agua para que esté a tu gusto y te pongo despacio sobre el banco. Abro la ducha y me voy. Me quedo del otro la de la puerta. Tranquila, no la cierro, solo la entorno. Y cuando estés lista, me llamas, y vuelvo a entrar.
Andy le pasó los brazos alrededor del cuello muy despacio. Elevarlos era una tarea dolorosa y lenta por necesidad.
—¿No te importa, de veras?
—Claro que no, preciosa.
Inesperadamente, vio que los ojos de su mujer se llenaban de lágrimas. Por puro impulso, la rodeó con sus brazos, procurando no apretar sus zonas doloridas.
—Eh, no pasa nada… Estás bien. Estamos bien. Necesitas volver a sentirte tú misma, nada más. Relájate, princesa. Los dolores empezarán a irse, todo volverá a su sitio, y en cuanto menos te des cuenta, estarás entrenando otra vez. Ya lo verás.
—No lloro por eso… Aj, vaya estupidez acabo de decir. Últimamente, lloro por todo… Tú me emocionas, calvorotas. Tú y lo bueno que eres siempre. Y la enorme, enorme paciencia que me tienes… —apretó los párpados y respiró hondo. Luego, volvió a mirarlo a los ojos—. Me pondré bien. Esto no durará. Dejaré de moquear a todas horas y volveré a ser la de siempre, ¿vale?
Dylan sonrió ante el empuje de Andy. Ese sí que era enorme, pensó. En medio del dolor, de la emocionalidad a la que sus hormonas la estaban sometiendo, y de los drásticos cambios físicos debidos al embarazo gemelar, ni siquiera ella misma era capaz de ver el vaso vacío por mucho tiempo.
—Vale —concedió—. Entonces, ¿vamos con el plan?
Andy volvió a suspirar y, al fin, negó con la cabeza.
—Hagámoslo como en casa —propuso.
—¿Seguro? Mira, que va en serio lo de que no me importa.
—Pero a mí, sí. No me siento yo misma, es verdad. Diossss, me siento rarísima… Pero tú eres el amor de mi vida, la persona más increíble que he conocido jamás, el padre de mis hijas… Si hay un lugar seguro donde refugiarme mientras vuelvo a ser la de siempre, eres tú. —Asintió con la cabeza, decidida—. Hagámoslo como en casa, Dylan.
Él se inclinó a besar su frente y, a continuación, se incorporó para preparar todo lo necesario.
* * *
«Hacerlo como en casa», no había sido tarea fácil. El baño de la habitación no disponía de una bañera, sino de un plato de ducha con una mampara. No había un lugar donde él pudiera sentarse y el único banco del baño debía usarlo Andy, ya que no podía permanecer de pie.
Así las cosas, Dylan había optado por desnudarse y meterse en la ducha con su mujer donde, arrodillado a su lado, la ayudaba con las tareas de enjabonarse y aclararse. Habían empezado por la cabeza, con un buen lavado y un largo masaje que Andy había encontrado de lo más relajante, y habían continuado con el resto del cuerpo.
Esa parte tampoco había sido tarea fácil. El dolor generalizado que padecía Andy, lo obligaba a ir despacio y con cuidado. Y también estaban dos cuestiones que a ella la incomodaban. La primera era el estado de su vientre tras dar a luz. Dylan no era un tipo impresionable y, sin embargo, a la hora de ayudarla a enjabonarse esa zona, lo había pasado mal. Apenas podía tocarla sin notar que ella contraía el rostro en un signo claro de que le dolía. Y además, su piel flácida, de por sí toda una novedad en una mujer que normalmente lucía una envidiable tableta, caía formando pliegues sobre sí misma. Dichos pliegues a veces tenían forman concéntrica, pero igualmente caían por su peso, cubriendo el comienzo de sus piernas. Era como si Andy llevara una minifalda hecha con su propia piel y, a juzgar por el brillo en su mirada, Dylan tenía claro que verse así y, sobre todo, dejar que la vieran de aquel modo, le incomodaba.
La segunda cuestión era que Andy sangraba. Era normal y continuaría haciéndolo durante varios días más, según la doctora Menéndez. Pero cada vez que sentía que la sangre empezaba a bajar por su canal vaginal, se lo decía a Dylan. Como ahora.
Él procuró resistirse a las ganas de abrazarla fuerte y comérsela a besos que lo invadieron. Quería normalizar la situación y que ella dejara de sentirse tan incómoda, pero su reacción le provocaba tal ternura que le estaba poniendo muy difícil ignorarlo.
Optó por el humor.
—¿Me lo dices con tiempo para que salga corriendo?
En aquel momento, un gran coágulo impactó contra el suelo de la ducha, salpicando todo lo que estaba en un radio de cincuenta centímetros.
Andy, primero, se sonrojó, y luego, sonrió con evidente incomodidad.
—Dudo que tanto, pero, al menos, te habría dado tiempo a retirar los pies.
Dylan aún apostó por el humor.
—Si quieres, para la próxima me pongo unas botas de lluvia como las de Luz, rosas con lunarcitos blancos. ¡En pelota picada y con botas rosas, toma ya! Quedaré de cine, ¿eh? —dijo, haciéndole un guiño vanidoso.
Andy tuvo que reír. La imagen que acudió a su mente era absolutamente ridícula.
—Serás bobo…
Dylan volvió a agacharse frente a Andy. Ver aquellas mejillas rojas, aquel brillo incómodo en sus ojos, puso fin a su intento de normalizar nada. Tomó el rostro femenino entre sus manos.
—No soy impresionable, ni de estómago delicado. Y lo que sí soy, es un tío inmensamente agradecido por esas dos maravillas pequeñitas que me has dado. Por favor, deja de preocuparte por mí, nena.
Andy asintió ligeramente, apoyó la frente sobre los labios de Dylan y exhaló un suspiro.
—Lo intentaré, amor, lo intentaré.
* * *
Andy ya se había puesto el camisón limpio y se estaba peinando, cuando oyeron movimientos en la habitación.
—Mi padre y tu hermano —anunció Dylan, que se estaba vistiendo.
Sonrió al oír a Brennan dándole una efusiva bienvenida a su consuegro. La voz de Danny no se oía más que en relación con Luz, que, como siempre, se había puesto como loca al ver que su tío había llegado.
—Mi padre está siendo la gran sorpresa del año… —empezó a decir Andy—. En la vida me habría imaginado que abriría los ojos después de una siesta, y lo encontraría aquí… Estoy tan contenta de que haya venido, de ver que está bien, deseoso de conocer a sus nietas recién nacidas. Me sentí tan orgullosa de él, Dylan… —Su voz había sonado cargada de satisfacción y también de un poco de emoción.
«Ya», pensó él. «Seguro que para los Estellés también será una sorpresa».
Como si Andy le hubiera leído el pensamiento, dejó de peinarse y lo miró.
—Mi abuelo, su mujer, mi tía y mi tío me tienen muy, pero que muy cabreada. Como le digan una sola palabra fuera de tono a mi padre, los voy a mandar a la mierda sin más.
Dylan asintió enfáticamente.
—Y, con tu permiso, los escoltaré personalmente a la calle para que les quede claro que ya no son personas gratas para nosotros. —Tras una pausa, añadió—: mira, preciosa, son tu familia y lo último que me apetece es interferir, pero no quiero verte sufrir por ellos y tampoco quiero que las niñas estén en el centro de una tormenta permanente por su culpa. Es que, joder… Parece que no pueden vivir sin meter sus narices en la vida de los demás…
Esta vez fue Andy quien asintió con énfasis.
—Por supuesto que tienes mi permiso, Dylan. Dios sabe que les has tenido más paciencia que un santo. Ya está bien. ¿Te han llamado de la obra?
Andy se refería a Domènech Oriol Martí y la respuesta era reiteradas veces.
—Sí, te envían muchos saludos y la enhorabuena por las niñas. Luego, te mostraré el montón de felicitaciones que hemos recibido…
—¿Y…? —insistió Andy, dejando claro que eso no era lo que le interesaba saber. Con lo pesados que eran todos los Martí, dudaba mucho que eso hubiera sido todo.
—Y nada, Andy. El viaje que no hice ayer se traslada al martes de la semana que viene, siempre y cuando mi presencia no sea imprescindible en casa. Si tú o las niñas necesitáis que me quede, el viaje tendrá que posponerse otra vez. Las veces que haga falta.
Andy asintió con la cabeza, satisfecha, y continuó peinándose.
A Dylan le pareció que su mujer se había tranquilizado. Se levantó de la tapa del inodoro, donde se había sentado para atarse los cordones de sus Converse y rodeó la cintura de Andy. La miró a través del espejo.
—Tenemos dos mellizas preciosas y sanas, y a Luz, que es un rayo de sol permanente, alegrándonos cada minuto del día. Tú estás bien. Yo también. Vivamos este momento a fondo, nena. Es todo lo que importa, ¿de acuerdo?
Andy esbozó la primera sonrisa en condiciones desde que estaban en el baño.
—Por supuesto, amor. Ve con las niñas, yo te aviso en cuanto haya acabado aquí.
Dylan le dejó un beso en la coronilla y se marchó del baño.
Era cierto que había recibido varias felicitaciones desde la obra, pero no había hablado con Domènech Oriol Martí.
El hermano de Lucía, la segunda esposa de Francesc Estellés, le había llamado varias veces aquel día, pero él había pasado de atenderlo. Lo que le había dicho a Andy, ya se lo había explicado al propio Domènech antes de que nacieran las mellizas. Era lo que sucedería, ya que estaba recogido en el contrato. Si una visita a la planta no podía realizarse por causa mayor o razones ajenas a su control, la misma se trasladaba automáticamente a la semana siguiente. Al fin y al cabo, eran solo visitas de inspección.
Dylan estaba feliz con Andy y sus hijas, feliz con su vida. Después de haber tenido en brazos a sus mellizas por primera vez, se sentía en la cima del mundo.
Ni loco permitiría que la tozudez de unas personas que no veían más allá de sus propios ombligos, les estropearan a Andy y a él, unos días cargados de ilusión y de alegría.
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©️2024. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷
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CR39. Días de ilusión, 3.

Miércoles, 20 de julio de 2011
Centro hospitalario,
Ciudadela, Menorca.
- I -
El estado de Andy había mejorado de forma considerable tras la ducha. Tina había regresado justo a tiempo de ayudarle a peinarse. Secador de pelo y cepillo en mano, había dejado a su amiga como recién salida de la peluquería. Y había hecho algo más; convencerla de darle un poco de color a su rostro. Después de soltar una risita irónica, Andy le había respondido que, con las prisas de haberse puesto de parto, se le había olvidado coger el neceser del maquillaje.
—Pero yo he venido preparada… —repuso Tina. Fue hasta la puerta del baño donde había colgado su bolso, rebuscó en su interior, y le mostró un neceser de pequeñas dimensiones con gesto triunfal.
Andy apretó los labios.
—Lloro a cada rato, así que no sé yo si será una buena idea…
—¡Claro que es una buena idea! —Tina regresó junto a ella, apoyó el neceser sobre las piernas de Andy y lo abrió—. Mira, ponemos un poquito de corrector de ojeras, luego, te doy un poco de lápiz negro en el párpado de abajo y lo rematamos con una buena capa de rímel. ¿Qué te parece?
Andy la miró con gesto cómico.
—¿Es a prueba de agua?
—Que sí, mujer… Verás cómo te levanta el ánimo cuando te mires en el espejo…
«Del cuello para arriba», pensó Andy. Porque como se mirara de cuello para abajo, le daría una depresión.
Las amigas intercambiaron miradas y Tina supo exactamente lo que Andy estaba pensando.
—Vamos a ver, Andy… Acabas de parir. Tu cuerpo ha tenido que hacer un esfuerzo de adaptación enorme para sostener la vida de dos bebés, a falta de uno. Toda esa piel y toda esa hinchazón es normal. ¿Sabes cuánto tiempo me tomará volver ponerte en forma? —Hizo chasquear los dedos frente a la cara de su amiga—. Será así de fácil, nena.
Andy concedió con un movimiento de la cabeza.
—Si lo sé… Pero además de llorar a cada rato, estoy un poquito tonta… Un poquito muchito —dijo con un deje tristón. Pero enseguida cambió de actitud—. Tú dale al cobertor y al rímel, que pienso volver a la habitación y dejarlos a todos con la boca abierta.
—¡Así se habla! —dijo Tina. Y enseguida se puso manos a la obra—. Menuda sorpresa te ha dado tu padre, viniendo a Menorca …
Los ojos de Andy se iluminaron.
—Ay, sí, ya lo creo… Cuando Dylan se hizo a un lado, y lo vi… ¡Madre mía, por poco inundo la habitación! —Incluso ahora, con solo recordarlo, se le anudaba la garganta.
—Tengo que reconocer que Chad lleva impresionándome desde que reapareció, la última Navidad. Al principio, desconfié. No voy negarlo. Ahora puedo decírtelo; entonces, no podía. Pero con el paso de los meses, está dejándole claro a todo el mundo que, esta vez, ha vuelto para quedarse en la vida de sus hijos… Y no puedo alegrarme más por ti y por Danny, cari… —Andy asintió complacida. Tina continuó—: Yo no sabía nada de que venía y al volver a tu habitación y verlo jugando con Luz… ¡Por poco me caigo de espaldas!
—Solo lo sabía Dylan… —concedió Andy con una sonrisa enamorada—. Este hombre es increíble…
De primeras, Tina le dio la razón. Pero enseguida reparó en lo dicho por Andy.
—Oye, ¿tu madre no lo sabe?
Fue entonces cuando Andy se dio cuenta de que eso que para ella había sido una enorme sorpresa, para Anna podía ser un shock.
—No… ¡Madre mía, tengo que avisarle…! Por lo menos, que sepa a qué atenerse… Aunque, ya se está pasando mucho, para mi gusto, con eso de pretender que su enfermedad siga siendo un secreto para mi padre…
Tina le tendió su móvil.
—Estoy de acuerdo contigo, pero eso da igual. No es decisión tuya ni mía, cari. Hay que avisarle.
Andy concedió con un suspiro y se dispuso a marcar el número de su madre.
* * *
En el salón de la casa familiar de los Estellés…
Jaume se apresuró a coger el móvil para que el sonido no despertara a Anna. Esperó a llegar a la cocina para hablar.
—Hola, Tina —la saludó en voz baja—. ¿Te importa si le digo que te llame más tarde? Se ha quedado dormida en el sofá y prefiero no despertarla.
Andy maldijo por lo bajo. No solo estaba a punto de darle una pésima noticia a su madre, también tendría que interrumpir su descanso para hacerlo.
—Soy yo hablando desde el móvil de Tina, Jaume…
Él sonrió. Andy continuaba bastante afónica todavía, pero su voz -y, sobre todo, su ánimo- sonaban mucho mejor que antes.
—¡Andy! Estás mucho mejor de la garganta… De a poco, volverás a estar a pleno rendimiento, ya lo verás… ¿Cómo están tus hermosas bebés?
—Muy bien. Creo que son las que están mejor. No hacen más que comer y dormir —dijo con tono de madre orgullosa. Pero enseguida recordó la razón de su llamada y fue directa al grano—: Voy a necesitar que la despiertes, Jaume. Tengo que hablar con ella.
—¿Está todo bien? —dijo él, poniéndose serio de repente.
—Sí, sí… No te preocupes.
Jaume no pudo evitar pensar que no acababa de entender por qué era necesario despertar a Anna, si todo iba tan bien. Decidió que, dado que Andy sabía mejor que nadie lo importante que era el descanso para su madre, tenía que haber una buena razón para que lo interrumpiera.
—De acuerdo. Te pongo con ella… —repuso.
Regresó al salón y se acuclilló junto al sofá, del lado donde Anna tenía la cabeza. Se inclinó hacia ella y la llamó.
—Anna, amor, despierta… La voz de Andy ha mejorado tanto que la tengo al teléfono —dijo con una sonrisa que pretendió evitar que ella se preocupara.
Ella abrió los ojos despacio, pestañeó varias veces hasta que consiguió enfocar su mirada y, al fin, sonrió.
—Ah, hola, amor… ¿Qué dices de Andy?
Por toda respuesta, Jaume le mostró el móvil. Anna tendió su mano de inmediato.
—Hola, cariño mío, ¿cómo te sientes? —dijo Anna.
—¿Quieres que te mienta o cambiamos de tema? —repuso ella, forzando una broma, a sabiendas de que lo que estaba a punto de comunicarle, no sería una buena noticia para ella.
Anna se rio con suavidad.
—Te recuperarás enseguida, cariño. Pero sí, los primeros días es como si te hubiera pasado por encima una compañía de carros del ejército…
—¡Cuánta sinceridad! ¡Y qué callado te lo tenías! —dijo Andy procurando no reírse mucho, puesto que cada centímetro de su vientre se lo recriminaba con todo entusiasmo cada vez que lo hacía.
Anna se rio cómplice.
—Hay cosas que es mejor descubrirlas por una misma, Andy… Si supiéramos de antemano por lo que vamos a tener que pasar, seguro que muchas se acobardarían… —dijo hablando despacio—. Y las niñas, ¿qué tal están?
—Luz, adorable, como siempre. Y sus hermanitas, comen y duermen. Eso sí, cuando les llega la hora, lo anuncian con bombos y platillos…
—No te quejarás… ¿Sabes eso que dicen que de tal palo, tal astilla? —comentó Anna, riendo suavemente tras hacer una pausa obligada para recuperar el aliento antes de volver a hablar—. Tú organizabas unos escándalos, que despertabas a todo el vecindario…
Madre e hija rieron durante unos instantes.
—Mami, tengo que decirte algo…
El cambio radical en el tono de voz de su hija hizo que Anna arrugara la frente. Miró a Jaume que seguía junto a ella, pendiente de la conversación.
—¿Qué? ¿Qué sucede, cariño?
—Papá está aquí. Ha llegado hace un rato.
—¿Ha atravesado un continente para verte? —preguntó con el asombro pintado en la cara.
Y se trataba de un asombro por partida doble, puesto que Anna no había contado en ningún momento con que su aparición por sorpresa en Navidad y su posterior promesa de que continuarían en contacto, fuera más que el producto de un ataque de culpabilidad transitorio. Según su experiencia, todo en Chad era transitorio, menos sus adicciones.
—Sí. Lo ha estado planeando con Dylan. Quería darme una sorpresa… Desde luego, lo ha conseguido. Pero supongo que para ti…
Anna no la dejó continuar. Respiró hondo y acometió el titánico esfuerzo de lograr que su hija dejara, por una vez, de preocuparse por ella.
—Por favor, disfruta de este momento, cariño. No te imaginas cuánto me alegra saber que ha cumplido su palabra.
Andy asintió.
—Gracias, mamá… Pero no quisiera que tú te perdieras los primeros días de las mellizas por evitar encontrarte con él.
—Por supuesto que no… —volvió a hacer una pausa. Hablar la agotaba. Todo la agotaba aquel día, tras una noche sin dormir—. No pienso perderme ni un solo gorjeo de esas dos preciosas criaturas. Tu padre y yo somos adultos. Sabremos estar a la altura de las circunstancias.
Anna vio que Jaume suspiraba con desagrado, y apartaba la mirada.
—Tendrás que decirle lo que te pasa, mami… No podré seguir haciéndome la tonta, si te ve… ¿Estás preparada para eso?
No lo estaba. En realidad, no era falta de preparación. No deseaba que Chad la compadeciera. Mucho menos, que eso lo hiciera sentir aún más culpable por haberlos abandonado. Pero, en el fondo, tenía que reconocer que no se trataba más que de su vanidad femenina dando los últimos coletazos. Estaba enferma. Su enfermedad no tenía cura. Y avanzaba más y más cada día que pasaba. Su vida se estaba apagando. ¿Qué podía importar ahora lo que sintiera Chad al saberlo?
Anna se tomó unos instantes para recuperar energía antes de continuar.
—Bueno, es lo que hay, ¿no? Si puedo hacer frente a mi enfermedad, puedo hacer frente a que tu padre sepa que estoy enferma —concluyó Anna.
* * *
Dylan emitió un silbido de aprobación al ver lo distinta que era la mujer que había entrado en el baño, de la que acababa de salir de él. No solo su rostro tenía un aspecto estupendo, Andy incluso caminaba sobre sus dos piernas, ayudada por Tina que la sostenía por la cintura. Iba despacio y bastante encorvada, pero suponía todo un cambio.
Los otros tres hombres de la habitación —Chad, Brennan y Danny —también alabaron su buen aspecto.
—Buen trabajo, Tina —dijo Danny—. Los médicos ya no se empecinarán en intentar reanimarla cada vez que entran en la habitación…
El muchacho nunca perdía ocasión de meterse con ella (ni ella con él), pero, en este caso, había más en su comentario que la costumbre de burlarse. La última vez que una hermana suya se había puesto de parto, la cosa había acabado muy mal. Por lo tanto, las horas que aquel día había pasado en la sala de espera habían sido una experiencia aterradora. Saber que Andy estaba bien, y que sus sobrinas recién nacidas también, lo había llenado de una alegría incontrolable. Las burlas no eran más que una manifestación de ella. Estaba tan contento, que ni siquiera la presencia de su progenitor había logrado empañar su alegría. Algo que Andy, por supuesto, sabía perfectamente. De ahí, que le siguiera el juego con gusto.
—Ja, ja, ja —repuso—. Lo mío, al menos, se arregla con un poco de maquillaje. Lo tuyo… —y acompañó su comentario con una entusiasta negación de la cabeza.
Danny le dedicó a su cuñado una mirada capciosa.
—¿Seguro que no le has puesto «maría» en el champú?
—Segurísimo —repuso el irlandés, mostrando las manos en un gesto de inocencia.
Luz corrió hacia Andy en cuanto se percató de su presencia. Hasta hacía un momento, estaba sentada sobre la falda de su abuelo materno, quien le leía un cuento.
—¡Mami, mami, mami…! —Dylan reaccionó a tiempo de cogerla en volandas y evitar que la pequeña se abrazara a las piernas de Andy, reclamando que la tomara en brazos, como hacía siempre.
—Eh, espera, princesa, que mami no puede cogerte todavía…
La niña sonrió pero lo miró algo desconcertada.
—Ayudamos a mami a meterse en la cama y luego te sientas a su lado, ¿quieres? —propuso Dylan.
Esta vez la niña mostró sus preciosos dientecitos, haciendo reír a todos los presentes.
Y así sucedió.
En cuanto, Andy estuvo otra vez echada en la cama, Dylan sentó a Luz a su lado y la pequeña tendió sus manitas hacia ella y, después, apoyó la cabeza contra su pecho.
- II -
Dylan estaba junto al nido doble, contemplando maravillado cómo dormían sus mellizas. Su parecido era grande. Ambas eran muy blancas y tenían los hombros, la espalda y la cabeza recubierta de una pelusilla rubia. Los rasgos eran casi idénticos a simple vista y la diferencia en peso y en altura prácticamente no era apreciable al ojo humano. De no ser porque las vestían de colores diferentes, nadie, excepto sus padres, sabría quién era quién. Zoe era la del enterito celeste con el ribete del cuello en azul y Coral vestía amarillo patito con el ribete en blanco. Las prendas cerraban por detrás con seis botones y dejaban las piernas al descubierto hasta los pies, cubiertos por sendos pares de calcetines a juego.
Sin embargo, la actitud de las mellizas sí lo era. Muy diferente. Saltaba a la vista que Zoe era quien ostentaba siempre la posición predominante en todo, lo que, probablemente, daba a entender que cuando creciera sería quien llevaría la voz cantante de las dos. Coral, en cambio, buscaba constantemente refugio en su hermana mayor. Dylan había hecho la prueba de acostarlas, una junto a la otra, en sus correspondientes lugares dentro del nido doble, y quedarse observando a ver qué sucedía. Al poco rato, indefectiblemente, Zoe movía sus brazos, separándolos del cuerpo. A veces, uno de ellos invadía ostensiblemente el espacio de su hermana. Otras, incluso, su mano reposaba sobre el cuerpo de ella. Coral siempre buscaba acercarse a su hermana, para, de alguna forma, acurrucarse contra ella.
—Cuanto más las miras, más increíbles te parecen… —dijo Chad.
El hombre había movido una silla entre la cama de su hija y el nido de sus nietas y, desde allí, conversaba en voz baja con ella y con su marido, que estaba de pie al otro lado de las bebés, contemplándolas. Luz había ido a pasear por la planta de maternidad con su tío Danny. Brennan y Tina conversaban junto a sendas sillas ubicadas junto a la ventana.
—Es que, después de tantos meses viéndolas a través de la pantalla de un monitor, están aquí… —Dylan alzó la vista y miró a su suegro y a continuación a Andy, que también contemplaba a sus bebés—. Son tan hermosas, tan tiernitas…
Andy sonrió, sus ojos llenos de amor.
—Son una maravilla —murmuró.
En aquel momento, se oyeron golpes en la puerta y un instante después, el móvil de Dylan empezó a sonar.
El motero sacó el aparato del bolsillo y torció el gesto al ver el nombre que se iluminaba en la pantalla. Cuando la puerta se abrió y Francesc Estellés entró en la habitación, seguido de su hija Roser y de su esposa Lucía, su gesto se torció aún más. Un pensamiento cargado de ironía apareció en su mente.
Vaya, hombre. Más vale tarde, que nunca, ¿no?
La ironía demoró muy poco en convertirse en rabia; el tiempo que el mandamás de los Estellés necesitó para detectar la presencia de Chad Avery y soltar, con toda su acritud:
—¡¿Qué puñetas está haciendo ese individuo en la habitación de mi nieta?!
—Francesc, por amor de Dios —se quejó su esposa, harta de que siempre se comportara como si la isla fuera de su propiedad y pudiera establecer las reglas de convivencia a su antojo.
—¿Y qué va a estar haciendo, padre? El paripé del hombre bueno arrepentido de que las adicciones lo hayan llevado por el mal camino —dijo Roser, cáustica—. Como si él no tuviera ni arte ni parte en ser un drogadicto y un alcohólico. Ya veremos cuánto le dura esta vez la novelería…
—Cuando no, Roser… ¿Queréis hacer el favor de comportaros como personas normales? —exigió Lucía—. Hemos venido a conocer a las bebés recién nacidas, no a organizar una guerra. ¡Por Dios bendito!
La mirada irritada de Lucía se cruzó con la de Dylan y tuvo claro que para él no había ninguna diferencia entre unos y otros; a ella la ponía en el mismo saco que a Francesc y a Roser. En el fondo, no le extrañó. Ella también había desconfiado de las verdaderas intenciones de Dylan al trasladarse a Menorca. Había creído las acusaciones de su hijo Pau contra él y, a su manera, también le había hecho la vida imposible. A la hora de la verdad, poco importaba si ya no estaba en su contra. Desde hacía mucho tiempo, de hecho. Para Dylan seguía perteneciendo al bando enemigo.
En efecto, no había ninguna diferencia para el irlandés.
¿Pero esta gente de qué va? ¿Cómo pueden ser tan impresentables?
Dylan avanzó hacia ellos como un ejército en plena carga. Para entonces, ya había colgado la llamada. Era de Pau y lo último que haría era aguantar la memez de un tercer Estellés, en este caso, preguntándole «si le parecía bien que fuera a conocer a sus sobrinas».
—Primero, bajad la voz. YA —siseó al tiempo que señalaba el nido donde las bebés continuaban durmiendo, de momento, sin que la tensión o el ruido parecieran afectarles—. Y segundo… No sé de qué planeta venís para permitiros ser… tan asquerosos sin que haya represalias, pero este es el nuestro. El mío y el de mi mujer, y aquí no se permiten salidas de tono de este tipo. Así que ya podéis ir dando la media vuelta y largaros por donde habéis venido. Mientras no tengáis un mínimo de educación, aquí no pintáis nada.
—¿Y quién eres tú para impedirme el paso a mí? —espetó Francesc, envarado. Su voz resonó en el antes cálido y relajado ambiente.
Una sola frase había conseguido poner en pie a todos los adultos de la sala, disparando la tensión.
Para entonces, Dylan ya estaba frente a Francesc, con toda su envergadura de gigante y los brazos en jarra, obstaculizando el paso de la comitiva extraterrestre de forma ostensible.
—¿Que quién soy yo? —rugió—. ¡Salid de esta habitación de una puta vez o…!
—Calma, hijo, por favor. Cálmate y piensa. No quieres que tus niñas presencien esto —lo interrumpió Brennan, dirigiéndose al centro de la tormenta, muy preocupado por lo que pudiera suceder. Se puso a su lado y lo cogió por un brazo con firmeza, llamándolo a la reflexión.
Conocía ese tono entre pendenciero y amenazador que Dylan sacaba a relucir cuando algo conseguía atravesar su armadura de «pasota» y le colmaba la paciencia. Si al tono sumaba aquel lenguaje barriobajero que había puesto a buen recaudo al convertirse en el padre de Luz, la conclusión final era que todos estaban ante un peligro inminente.
—No, por favor, Dylan… Por favor, déjalo… —intervino Chad, que se situó junto a él, a su izquierda, intentando evitar que la sangre llegara al río. Lamentaba haberse convertido en motivo de semejante discusión.
Chad iba a pedirle que lo dejara correr. Estaba más que acostumbrado a la desidia y al lenguaje corrosivo de la familia de Anna. Hacía mucho tiempo que había dejado de hacerle daño. Pero sabía que a sus hijos, especialmente a Andy, se lo hacía y no estaba por la labor de permitirlo. Estaba dispuesto a abandonar la habitación. Ir a dar un paseo y tan solo regresar cuando las aguas hubieran vuelto a su cauce. Lo que fuera necesario para evitar que esa gente altiva y sin corazón utilizara su presencia en Menorca para hacerles daño a Andy y a Danny.
Sin embargo, fue Andy quien no lo dejó correr. Con su voz a medio camino de la recuperación total, todavía soltando gorgoritos, exclamó:
—¡Pero qué barbaridad! ¿Cómo os atrevéis a hablarle de esa forma en mi propia cara? ¡¿Es que habéis perdido completamente la chaveta o qué?
Andy se había sentado en la cama y ya había apartado las sábanas, decidida a levantarse cuando Tina la detuvo.
—¡Cari, ni hablar! ¡Vuelve a la cama! Lo único que falta es que nos des un disgusto. —Intentó devolverla a su posición original, sin demasiado éxito. Miró a su suegro y no pudo evitar decirle—: ¡Ya te vale, Francesc! Es increíble… ¡Siempre tienes que dar la nota!
En aquel momento, el llanto de un bebé consiguió poner la escena en pausa. Era Zoe. Un instante después, Coral se unió al llanto.
Al sentir que el brazo sobre el que posaba su mano se tensaba como la cuerda de un violín, Brennan supo que ya nada podría impedir la furia de su hijo.
Y así fue.
Dylan puso una mano sobre el pecho de Francesc Estellés y empujó, forzándolo a retroceder. Y con él, a las dos mujeres que lo acompañaban.
—Largo —siseó—. AHORA.
* * *
No era hambre lo que había despertado a las mellizas.
Tan pronto los extraterrestres se habían largado, Chad y Brennan se habían puesto a la tarea de intentar serenar a las bebés, cogiéndolas en brazos. En otras circunstancias, aquella imagen inesperada habría emocionado a los padres de las niñas, pero comprobar que las bebés se calmaban casi al instante, dejó en evidencia que una vez más aquella familia de locos había conseguido sembrar la discordia, y los removió por dentro.
Andy soltó un suspiro cargado de ansiedad.
—No quiero volver a ver a ninguno de ellos cerca de mis hijas hasta nueva orden, ¿de acuerdo, Dylan?
—Cariño, por favor, espera a calmarte para tomar decisiones tan drásticas —intervino Tina, acariciando el cabello de Andy.
Después de comprobar que Zoe y Coral volvían a dormirse en brazos de los abuelos, Dylan fue a la cama y se sentó frente a Andy. Se inclinó a besar sus labios y tomó sus manos entre las suyas.
—Se hará lo que tú digas, pero ¿recuerdas lo que hablamos en el baño?
—¿Antes o después de que amenazaras con ponerte las botas de lluvia de Luz? —repuso ella.
Aquel comentario que carecía de sentido para los demás, indicaba que Dylan había conseguido reducir el enfado de Andy con una sola frase. Sin embargo, el efecto no iba solo en una dirección, sino en dos. Algo que resultó evidente cuando en la hasta hacía un instante tensa expresión del irlandés, apareció una sonrisa.
—Después.
Andy respiró hondo y al fin asintió varias veces con la cabeza.
—Tienes razón, calvorotas. Vivámoslo a fondo.
Él volvió a inclinarse y esta vez el beso fue más largo y más dulce.
Su móvil volvió a sonar y Dylan, todavía sobre los labios de su mujer, murmuró.
—Qué inoportuno…
Ella rio con suavidad y frotó su nariz contra la de Dylan.
—Paciencia, amor.
—Ya te digo…
Dylan se apartó de Andy, metió la mano en el bolsillo trasero de sus vaqueros, y sacó el móvil. Al ver el nombre que se iluminaba en la pantalla, miró a su mujer y suspiró como diciendo «¿qué decías de «paciencia»?. A continuación, le mostró la pantalla. Era Pau. Otra vez.
—Pasa de él. Que les den(1), amor. Que les den a todos —murmuró Andy.
Ganas no le faltaban, desde luego, pensó Dylan. Sin embargo, ante la impertinencia descarada de Francesc y su séquito, que su hijo le pidiera permiso para ir a conocer a sus nuevas sobrinas nietas, aunque lo hiciera por pincharlo, ya no le parecía tan fuera de lugar como antes.
Armándose de paciencia, se levantó de la cama.
—Le daré la ocasión de que diga unas últimas palabras. Que nadie me acuse de ser un verdugo sin corazón —ironizó, antes de marcharse.
(1) Que le/s den: expresión coloquial utilizada para expresar vehementemente rechazo, desprecio o o desinterés hacia la persona o cosa aludida.
- III -
Dylan se alejó unos cuantos metros de la habitación antes de atender la llamada de Pau.
—Ya te has enterado, supongo —dijo, adelantándose.
—En esta isla, las noticias no corren, vuelan.
—Bien. Entonces, aplícate el cuento —repuso el irlandés, sin cortarse un pelo—. Ya he tenido mi dosis de cabreo por el día y te aseguro que después de haberme convertido en padre de dos bebés preciosas, lo último que quiero es aguantar más memeces vuestras, tío. Lo siento, pero me tenéis hasta las mismísimas pelotas.
Del otro lado de la línea, llegó un suspiro.
—Yo no soy mi padre, Dylan. ¿No cuenta eso para algo?
Él hizo un gesto sarcástico con la boca, que Pau no pudo ver pero sí deducir de su siguiente respuesta.
—¿Qué quieres que te diga? La mayoría de las veces, lo disimulas la mar de bien…
—Eso no es justo y lo sabes.
—Así es la vida, hermano…
—Venga ya, Dylan… ¿Ni siquiera vas a dejar que vaya a darle un beso a mi sobrina?
Esta vez el sarcasmo de Dylan fue evidente desde el principio.
—Vamos a ver, tío… Tu sobrina dio a luz hace nada más y nada menos que nueve horas y, a pesar de que estáis a un kilómetro de aquí, resulta que un hombre que vive en la puñetera África, ha conseguido ganaros la mano a todos vosotros. A todos. Lleva aquí con su hija y sus nietas más de dos horas. ¿Y tú me dices que es injusto? Sois unos mamones, Pau. Unos soberbios y unos impresentables. Os merecéis que Andy no quiera volver a veros el pelo a ninguno de vosotros. Y, como te imaginarás, si toma esa decisión, haré que se cumpla a rajatabla. La habéis cagado mucho, tío. Que lo sepas.
Pau soportó la cascada de razones e, incluso, los insultos sin rechistar, puesto que sabía que su padre se las había ingeniado (como siempre) para caldear los ánimos a base de bien.
—Hablaré con mi padre. Resolveré este asunto. Y si mi sobrina cree que me he pasado, le pediré perdón. Pero, por favor, afloja un poco la soga, Dylan. Sabes que la adoro y acaba de ser madre, ¿no voy a poder siquiera llevarle unas flores, darle un abrazo, conocer a vuestras niñas? Hombre, por favor, no me digas eso.
Dylan respiró hondo. Exhaló el aire por la nariz, esperando que el mensaje llegara donde debía llegar y comunicara su gran hartazgo.
—Lo único que puedo decirte es que la llames. Si Andy quiere recibirte, te lo dirá. Y si no quiere, también. Si mi mujer te da luz verde, yo no me opondré. Pero que te quede claro que si haces o dices algo que no me gusta, saldrás por la puerta más rápido de lo que has entrado. ¿Entendido?
El talante de Pau dio un giro de ciento ochenta grados. El suspiro de alivio le llegó al irlandés antes que sus palabras.
—Hecho. Gracias, Dylan. Muchísimas gracias. Hablaré con Andy. Ahora voy a cortar.
* * *
Dylan se disponía a regresar a la habitación cuando vio otro problema potencial, acercándose por el corredor. Eran Anna, en una silla de ruedas y Jaume, empujándola. Acababa de caer en la cuenta de que no les había avisado que Chad Avery estaba en la isla. Anna se había marchado a descansar hacía varias horas y los sucesos se habían encadenado de tal forma que ni siquiera se había acordado de que el viaje sorpresa de Chad podía tener repercusiones no deseadas.
Apuró el paso para al menos intentar amortiguar el shock y en cuanto estuvo a un par de metros, comprendió que alguien se le había adelantado. La expresión de Jaume era un poema; la de Anna lucía ¿ansiosa? No estaba seguro, pero no era la de siempre.
—¿Qué tal? ¿Has logrado descansar?
—Ya lo creo. He dormido una buena siesta. ¿Qué tal mi niña y las niñas de mi niña? —dijo Anna en un intento de sonar como siempre.
Dylan asintió con la cabeza en una indicación de que todas las mujeres Mitchell estaban perfectamente, pero no quiso arriesgarse a permitir que Anna continuara adelante, sin hacer las aclaraciones oportunas.
—¿Sabes que Andy ha recibido una visita muy especial?
Quien respondió fue Jaume y lo hizo en un tono que tampoco era el de siempre.
—Lo sabemos —dijo, sin más.
Anna le hizo un guiño tranquilizador a Dylan y le tendió su mano.
—¿Me ayudas a ponerme de pie?
Jaume sacudió la cabeza, evidentemente disconforme con aquella decisión, pero no hizo ningún comentario. La razón era que no acababa de entender la reacción de Anna. Primero, el porqué de haberle escondido su enfermedad a un hombre que la había abandonado hacía quince años, dejándola a su suerte. Y segundo, el porqué de que ahora se esforzara tanto por suavizar su verdadero estado de salud frente a él. Anna le había explicado que seguía siendo una mujer coqueta, aunque tuviera una enfermedad mortal, y que, en su momento, no se había sentido preparada para recibir la compasión de un hombre al que había querido tanto. Tras admitir que había sido un error y que estaba decidida a enmendarlo, ahora pretendía aparecer ante él, como si no necesitara una silla de ruedas para no cansarse tanto.
—Por supuesto —repuso Dylan.
La ayudó a levantarse. Jaume le entregó el bastón y Anna buscó equilibrar el peso de su cuerpo antes de decir:
—Muy bien. Vamos a ello —tras lo cual, exhaló un suspiro.
* * *
Chad estaba conversando con Brennan cuando la puerta se abrió y vio a aparecer a Anna seguida de Jaume y de Dylan.
Su atención abandonó la conversación y se centró en ella. De hecho, no había nadie más en aquella habitación que la mujer que avanzaba despacio, ayudada por un bastón.
—¡Hola, mami! ¿Qué tal? Tina, por favor, acércale esa silla… —dijo Andy, con una sonrisa.
—Muy bien, cariño. ¿Y tú? A ver, deja que te mire bien…
Anna llegó al fin junto a la cama y se agachó muy despacio para darle un beso a Andy. Ella se enderezó sobre dos codos, de forma de evitar que su madre tuviera que doblarse demasiado.
—¿Eso que veo en tus ojos es rímel? —preguntó Anna complacida.
—Sí, señora. Tina ha tomado mi cara por asalto y este es el resultado… ¿Has visto a tus nietas? Duermen como angelitos… La otra debe estar enseñándole los dientecitos a todo el hospital. Danny se la ha llevado a pasear por la planta…
Anna esperó hasta que Tina acercó la silla, procurando no perder el equilibrio. La verdad era que sus piernas apenas la sostenían ya y evitaba moverse para no dar un espectáculo.
—Gracias, Tina —le dijo en cuanto logró sentarse. Recién entonces, se giró para ver a sus nietas recién nacidas—. Qué cosas más bonitas… Me temo que no han salido a ti —le dijo a Andy, dedicándole una mirada cargada de amor.
Andy sonrió. Miró a Dylan con dulzura.
—Bueno, todavía habrá que verlo, ¿no?
Entonces, Zoe gruñó y, acto seguido, emitió un berrido.
Dylan se echó a reír, tapándose la boca.
—Eso lo heredó de ti, no de mí —apuntó en un susurro. A las niñas les faltaba aún alrededor de una hora para la siguiente toma de alimento y no quería contribuir con su risa a que las dos se despertaran antes de tiempo.
Todos celebraron su comentario con risas contenidas. Chad lo intentó, pero se sentía un poco fuera de contexto. Estaba concentrado en Anna y en aquella imagen de ella que no encajaba con la de la última vez.
Cuando las risas cesaron, Anna se volvió con actitud digna hacia los demás, incluido su exmarido.
—Hola a todos, por cierto. Tanta belleza me ha distraído… Qué sorpresa verte aquí, Chad.
Él rogó por que las palabras fluyeran y no se pusiera a tartamudear.
—Espero que sea una sorpresa grata —dijo con suavidad—. ¿Qué te ha pasado? ¿Por qué llevas bastón?
Jaume se obligó a mantener una expresión ecuánime. Era un asunto de Anna y no debía intervenir, pero aquel tipo —y la situación, en general—, continuaba gustándole tan poco como el día que el marido muerto había renacido de sus cenizas.
Anna exhaló un leve suspiro.
—También lo usaba hace siete meses. Supongo que no creí que fueras a volver, así que… —No había otra forma de decirlo, de modo que lo soltó, sin más—. Omití decir que estoy enferma. Tengo ELA.
Chad contuvo el aliento. De pronto, todos los pequeños detalles que le habían llamado la atención en su momento y que él se había obligado a ignorar, cobraron sentido. Un sentido devastador.
En la vida no existía ninguna justicia, pensó. ¿Por qué él había sobrevivido, después del daño que había hecho, y aquella mujer que era el pilar de su familia, a la que se había entregado en cuerpo y alma siempre, estaba condenada a morir?
La pena y la desazón se convirtieron en una mano que le apretó la garganta hasta hacerle sentir que le faltaba el aire.
Tras sus gafas de estilo aviador, los enormes ojos azules ya se habían llenado de lágrimas cuando Chad se puso de pie y, después de excusarse, abandonó la habitación.
* * *
Poco después de que Chad se fuera a dar una vuelta para recuperarse del cubo de agua fría que había supuesto saber de la enfermedad de Anna, el móvil de Andy empezó a sonar. Dylan sospechaba de quien se trataba pero no hizo ningún comentario. Se limitó a continuar con uno de sus pasatiempos favoritos; contemplar a sus mellizas.
Andy frunció el ceño al ver el nombre que aparecía en la pantalla de su móvil, exhaló el aire por la nariz y atendió:
—Hola… —dijo a secas. Un saludo de los más escéptico, casi sin emoción alguna.
En la planta baja del mismo hospital donde estaba Andy, Pau escogió cuidadosamente sus siguientes palabras.
—Enhorabuena, Andy. Muchas felicidades por las dos preciosidades que has traído al mundo hoy… Antes de que me envíes a freír espárragos, sé lo que ha sucedido y lo lamento mucho. Me ocuparé personalmente de que mi padre se baje del burro y te ofrezca las correspondientes disculpas por ser tan soberbio…
Andy permaneció en silencio durante todo el tiempo que duró la pausa de Pau. No tenía nada que decir. Tampoco creía que tuviera que escuchar razones o disculpas, pero era hija de Anna Estellés y ella se había ocupado de enseñarle buenos modales a sus hijos. No la defraudaría «enviándolo a freír espárragos». Al menos, todavía no.
Pau volvió a seleccionar sus siguientes palabras con cuidado.
—Me gustaría mucho ir a verte, darte un abrazo, conocer a mis sobrinas-nietas, pero sé que estás muy enfadada, y lo último que quiero es molestarte, presentándome allí sin haber sido invitado…
El silencio de Andy continuó minando las defensas de su tío. Pau la adoraba y su frialdad le estaba haciendo daño.
—¿Harás una excepción conmigo… o los Estellés hemos acabado con tu paciencia definitivamente?
Andy bajó la vista. Exhaló un suspiro. Pau no era como su padre, ni como Roser. Los Avery le debían mucho. Ella, personalmente, le debía mucho. Llevaba toda la vida tendiendo puentes entre Londres y Menorca, esquivando y, la mayoría de las veces, saltándose las órdenes de su padre, buscando formas de reunir a la familia hasta que al fin lo consiguió. Por más enfadada que estuviera con los Estellés, genéricamente hablando, a su tío nunca podría ponerlo al mismo nivel.
—Mi padre está aquí. Por increíble que parezca, ha llegado para verme y conocer a sus nietas mucho antes que mi familia menorquina, que vive aquí mismo. Y eso que para lograrlo ha tenido que atravesar un continente. Lo cual me da mucho, muchísimo, que pensar. —Exhaló el aire por la nariz—. Por ser tú, voy a recibirte. Pero como se te ocurra hacerle un mal gesto a mi padre o dedicarle uno de tus comentarios cáusticos, se acabó. No voy a permitir que ninguno de vosotros se erija en juez y en verdugo. ¿Lo has entendido bien, tío?
Pau suspiró aliviado. Asintió varias veces con la cabeza.
—Perfectamente, Andy. Quédate tranquila. Y gracias. Enseguida subo.
—¿Subes? —dijo ella con el ceño fruncido.
—Sí. Estoy en el hospital, en la recepción —admitió—. No tardo nada. Hasta ahora, sobrina.
Andy cortó la llamada y volvió a dejar el móvil debajo de su almohada. Su mirada se encontró con la de Dylan que, en aquel momento, se había girado para mirarla.
—Le he dicho que venga. —Dylan asintió, dándolo por bueno—. Pero quiero que te quedes aquí. Mis reflejos están muy venidos a menos y si se pasa de la raya, voy a necesitar a un tiarrón fuerte para que lo saque a patadas de la habitación.
Dylan se inclinó hacia ella.
—Tu tiarrón se quedará aquí, firme como un soldado —repuso con dulzura. Y acto seguido, la besó en los labios.
* * *
Pau llegó a la puerta de la habitación de Andy al mismo tiempo que Danny y Luz. Incluso sin estar al corriente de los sucesos que habían acabado con la paciencia de su hermana, el muchacho ni siquiera saludó a Pau. Cogió en brazos a Luz, ignorando que la pequeña movía sus manitos en una especie de saludo infantil dedicado a su tío abuelo, y entró en la habitación como si no conociera al individuo que entró detrás de él.
En cuanto Luz vio a su padre, empezó a reclamarlo y Dylan la recibió con los brazos abiertos.
—Ay, mi princesa, ven aquí… Papi te echaba de menos… —dijo, besando su frente y sus mejillas una y otra vez—. ¿Has ido a pasear con el tío Danny?
Los ricitos bailaron graciosamente cuando la pequeña respondió que sí con la cabeza. Eso dio comienzo a una conversación en clave padre-hija que solo ellos entendían.
Después de apretar el hombro de Anna, tocar el brazo de Jaume, a modo de saludo y estrechar la mano del padre de Dylan, Pau fue hacia Tina, la besó en los labios y le dijo al oído:
—¿Ha sido tan fuerte como me han dicho?
—Mucho más —repuso ella. Vio que Pau sacudía la cabeza como diciendo «Dios me de paciencia».
Enseguida se dirigió hacia Andy, le puso el enorme ramo de rosas rojas que traía sobre las sábanas, a la altura de los muslos, y la rodeó con sus brazos sin previo aviso. Si ella había tenido en algún momento la intención de resistirse, dejó de tenerla cuando sintió la calidez de aquel abrazo que, desde niña, le resultaba tan reconfortante y familiar.
—Felicidades, preciosa. Felicidades por ser mamá y por tus dos bebés… Me muero por conocerlas, ¿puedo? —dijo, buscando su mirada.
Andy asintió suavemente con la cabeza, cogió las flores y después de aspirar su embriagador aroma, le pidió a Tina que las pusiera en agua. Luego, concentró su atención en Pau mientras él rodeaba la cama y se detenía junto a Dylan, frente al nido doble.
Lo vio abrir la boca de pura admiración y también presenció cómo, un instante después, su rostro se convertía en miel.
—Son hermosas —sentenció, mirando a Dylan con expresión embelesada.
El irlandés concedió con una sonrisa. Luz, todavía en los brazos de su padre, reaccionó como si hubiera entendido y celebró con una risita el cumplido de Pau, provocando sonrisas cómplices en la familia.
—Andy, acabo de enamorarme perdidamente de tus mellizas —dijo Pau. Su expresión crecía en embeleso.
—Hermano, te informo que tendrás que ponerte a la fila, como todos los demás, para rendirles pleitesía —apuntó Anna, con cariño.
—Y la fila es larguísima, te advierto —dijo Jaume.
—¿Puedo cogerlas? —se animó a preguntar Pau.
Lo primero que oyó fue la carcajada irónica de Tina, seguida de una frase:
—¡Qué iluso!
A continuación, Pau vio que los padres de las mellizas negaban al unísono y esbozó una sonrisa traviesa.
—Tenía que intentarlo —reconoció y se echó a reír.
En aquel momento, se oyeron unos golpes en la puerta.
—¡Entre! —dijo Dylan.
Era Chad Avery que, en apariencia recuperado, entró en la habitación con una sonrisa.
Se produjo un momento de incertidumbre cuando el tío y el padre de Andy volvieron a verse las caras, que ella presenció con los nervios a flor de piel.
—Hola, Pau. Felicidades por haberte convertido en tío abuelo de esas dos maravillas —dijo Chad. Y le tendió la mano.
Él la aceptó al instante.
—Felicidades a ti también por tus dos nietecitas.
El suspiro aliviado de Andy fue audible y derritió a Dylan, que se sentó en la cama junto a ella y le dijo a Luz:
—¿El comando de los mimos está preparado para atacar a mami?
—¡Sííííííí! —exclamó la pequeña.
Y un instante después, los besos de Luz y Dylan empezaron a llover sobre Andy, como si no hubiera un mañana.
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©️2024. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷
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CR40. Días de ilusión, 4. Hogar, dulce hogar.

Jueves, 21 de julio de 2011
Centro hospitalario,
Ciudadela, Menorca.
- I -
Lograr marcharse del hospital les había tomado su tiempo. Cualquier nacimiento múltiple generaba interés y, en este caso, mucho más. La madre de las criaturas era miembro de la familia más importante de la isla y el padre, que ni siquiera era español, era tan conocido como ella por razones que nada tenían que ver con su estirpe. Todos se habían enterado de lo que hacía en la isla el tiarrón de ojos grises, sin un pelo en la cabeza y cubierto de tatuajes hasta las cutículas, mucho antes de saber su nombre.
Dylan y Andy habían tenido que despedirse de todo el personal de enfermería de la planta de maternidad, de las médicas y comadronas y cuando creían que ya habían acabado con la ronda de saludos, se encontraron al personal que había asistido a Andy en el parto, al completo, esperándolos en la recepción. Luz pasaba de unos brazos a los siguientes en una sucesión que parecía no tener fin, y que estaba poniendo bastante nervioso a su tío. Cada vez que se disponía a recuperar a la pequeña, aparecían otros brazos y daba comienzo una nueva sesión de devoción infantil.
Según las normas del hospital, Andy no se marchaba andando, sino en una silla de ruedas. Algo que, en este caso, había aceptado de buen grado, puesto que todavía le costaba enderezarse para andar. Tenía muchas ganas de llegar a su casa y retomar su vida normal. Se sentía agradecida por la atención y los cuidados recibidos, pero estaba harta de lidiar con señoras en bata médica y con sus constantes comprobaciones de todo; de su útero, de sus pezones, de su episiotomía, de sus evacuaciones y cómo no, de su recuento de glóbulos rojos. No quería volver a ver a un médico cerca suyo hasta que le tocara la primera revisión posparto. De ahí, que la despedida del hospital se le estuviera haciendo eterna…
Y que hubiera empezado a notársele.
De no ser por Anna, o por las oportunas intervenciones de Neus, que siempre le tomaban la delantera y devolvían las gentilezas en su nombre, Andy se habría puesto a gritar «¡Déjenme ya! ¡Me quiero ir!», como una niña caprichosa. Su madre iba a su lado, en otra silla de ruedas empujada por Jaume. Neus, como siempre, junto a Anna.
Dylan también tenía ganas de acabar de una vez con las relaciones públicas. Principalmente, por Andy, que parecía a punto de agotar su escasa paciencia. Como padre primerizo, gozaba enormemente de la atención que recibían sus retoños. Como hombre, estaba en la gloria. Estaba viviendo el mejor momento de su vida. ¿Qué más podía pedir? Avanzaba a paso de tortuga, empujando la silla de Andy entre el personal que había formado una pequeño pasillo y no dejaba de felicitarlos, y no recordaba haberse sentido tan orgulloso jamás. Las mellizas iban dormidas en el cochecito de paseo doble, al cuidado de sus abuelos. Y Luz, como siempre, obsequiándole sonrisas a todo el mundo.
En aquel momento, Andy giró la cabeza y le hizo un gesto a Dylan para que se acercara.
—Dime, nena —dijo, inclinándose.
—Por lo que más quieras, sácame de aquí —murmuró ella, poniendo su mano a modo de pantalla para que nadie más que él recibiera su llamado de socorro.
Él sonrió divertido.
—Estás a punto de convertirte en la niña del exorcista, ¿no?
La mirada que ella le dedicó, lo hizo reír. Dejaba claro que el demonio ya había tomado posesión de su cuerpo y estaba cabreadísimo.
—Bueno, señores y señoras, nos vamos —dijo Dylan en menorquín, sacando a relucir su vozarrón. Acaparó la atención de inmediato—. Muchísimas gracias por todo. Volveremos en unos días con las niñas para que vean lo hermosas que están… No es por nada, pero creo que mi mujer y yo hemos dejado claro que cuando hacemos algo, lo hacemos de película, ¿o no? —bromeó.
Y con esas empujó la silla de Andy con decisión, pero no antes de que ella, inesperadamente, decidiera aportar su granito de arena a la broma:
—Una advertencia final: como a alguien —sus ojos recorrieron al personal femenino— se le ocurra decir que «de tal padre, tales retoños», apuntaré su nombre y volveré a ajustarle las cuentas cuando me haya recuperado, ¿estamos? —Sonrió— ¡Adiós, señoras, y gracias por todo!
En realidad, no había sido tan bromista, puesto que la segunda circunstancia de la que Andy estaba hasta el gorro, era de los constantes flirteos y los exhaustivos repasos que le daban a Dylan. Sus ceñidos vaqueros de tiro corto y sus camisetas de lycra despertaban pasiones entre el personal femenino del hospital. Lo entendía, a ella también la «apasionaban», pero estaba harta.
El oportuno comentario de Andy fue recibido con risas y varios intercambios de miradas pícaras, dejando claro que había acertado de lleno.
Dylan, por su parte, recorrió todo el camino hasta el aparcamiento desternillándose de la risa.
- II -
Casa de Dylan y Andy,
Cala Morell,
Ciudadela, Menorca.
Y cuando llegaron a casa, Dylan seguía sonriendo con picardía cada vez que su mujer y él cruzaban sus miradas.
—Así que piensas ajustarles las cuentas… —le dijo en voz baja al abrir la puerta del acompañante.
Mientras los abuelos ponían a las bebés en el carrito de paseo que Danny acababa de montar, el muchacho había cogido a Luz de la manita y ambos se dirían hacia el interior de la casa con la excusa de que la pequeña fuera al baño. La verdadera razón era poner un poco de orden en la cocina antes de que su dueño viera el desastre.
—¿Algo que objetar? —repuso Andy. Lanzó un suspiro cuando, tras arrastrar lo que quedaba de su cuerpo hasta el borde del asiento, Dylan la tomó por la cintura y la depositó sobre suelo firme—. Madre mía… Parezco una anciana. No puedo moverme.
Dylan le acomodó bien su precioso vestido rojo de estilo premamá que Andy se había puesto a regañadientes porque todavía estaba demasiado hinchada para que su ropa anterior a quedarse embarazada le cupiera. A continuación, se estiró por un costado de Andy para coger su bolso y se lo puso en bandolera. Todo lo hizo sin dejar de sonreír, algo que a ella le fastidiaba a la par que le enternecía. Dylan se burlaba sin piedad pero, al mismo tiempo, se ocupaba de facilitarle las cosas con tal disposición… Estaba en cada detalle.
—No, nada que objetar —dijo él, después de cerrar la puerta del vehículo—. Me encanta que me celes, ya lo sabes… Perdón, ya sé que tú no lo llamas así. Pero me encanta, lo llames como lo llames —aseguró. Tras guiñarle un ojo, le ofreció su mano—. ¿O prefieres que te lleve en brazos hasta casa?
Andy no se movió del sitio. Respiró hondo y, al fin, esbozó un sucedáneo de sonrisa.
Ya no había enfermeras pendientes de ella y de las niñas. Todos los no residentes en la vivienda frente a la cual se hallaba, se habían marchado a sus respectivas casas y solo regresarían de visita al atardecer de los días pautados para tal fin. La euforia y el revuelo causado por la llegada de las mellizas al mundo había tocado a su fin. Ahora comenzaba la vida real.
—Estamos a punto de empezar una nueva etapa… Estoy nerviosa —reconoció—. ¿Y tú?
Él se rio de buena gana.
—¿Ahora a estar «cagadita de miedo» se le llama «estar nerviosa»? Vale, entonces, somos dos los nerviosos —concedió.
Andy no podía estar más de acuerdo. No se trataba de miedo, propiamente dicho, más bien de una gran preocupación por todo lo que implicaba la llegada de sus dos retoños a casa. Por cómo se desarrollarían las cosas en el día a día, ahora que no contaban con personal experto para echarles una mano cuando se sintieran desbordados. Pero llamar a eso «estar nerviosa» era, sin duda, un eufemismo.
Y pensar en ello era un sinsentido, se dijo. Se las habían arreglado perfectamente para llegar hasta allí y así seguirían en adelante. Ser padres primerizos no era una novedad, aunque en su caso fueran dos las bebés recién nacidas. Siempre había una primera vez para todo. Además, Luz había supuesto un gran entrenamiento en la tarea de ser padres, de modo que, en realidad, no eran tan primerizos. Tenían un buen rodaje en la materia.
—Lo haremos genial —afirmó ella, infundida de una renovada energía—. Estoy segura.
Dylan la rodeó por la cintura en un abrazo holgado y se adecuó a su estatura.
—Y yo —repuso él—. Formamos un equipo imbatible.
* * *
Después de acomodar a Andy en el sofá con una almohada debajo de la cabeza y de contemplar unos minutos a sus dos bellezas que estaban junto al sofá, en el doble carrito de paseo, Dylan se agachó frente a su mujer.
—Aquí tienes tu botella de agua, el móvil, el mando universal y el libro que estabas leyendo antes de ponerte de parto —dijo señalando la mesa ratona—. La nevera está en las últimas, así que voy al súper. Me llevo a Luz para que intentes descansar. —Consultó su reloj de muñeca e hizo un gesto de dolor con la boca—. Tocará diana en una hora y media más o menos, pero no te preocupes, estaré de vuelta, ¿vale?
Andy asintió con un ligero movimiento de la cabeza.
—¿Tienes algún capricho especial que quieres que te traiga del súper?
Ella suspiró.
—¿Una máquina de remo para ponerme en forma?
Dylan se inclinó a besarla.
—¿Piensas ponerte cachas tan pronto? No sé si mi corazón podrá soportar tanta exuberancia… —dijo en un tono susurrante e íntimo. Y de forma deliberada, le dio un buen repaso de cintura para arriba, donde un moderno camisón rosa pastel de tirantes, correspondiente a la línea de lactancia de una conocida marca de prendas, realzaba eso que él había llamado «exuberancia»
Andy se lo quitó de encima al tiempo que soltaba una carcajada.
—Ajjj… ¡Dylan, por Dios! Has sonado tan…
—¿Lujurioso? —apuntó él, moviendo sus cejas sensualmente.
—¡Mucho peor! —repuso ella, entre risas— ¡Mucho, mucho peor! ¡Madre mía, qué horror!
Entonces, misión cumplida, pensó el irlandés. Era consciente de que durante la primera semana de regreso en casa, los malestares de Andy se agudizarían. Y sabía por experiencia que la risa era el mejor remedio de todos.
En aquel momento, apareció Chad. Venía de la cocina, donde su consuegro y Danny, con la ayuda de la pequeña Luz, acababan de devolver cierto orden a la estancia.
—¡Ay, qué buen ambiente se respira por aquí! ¿A qué se debe tanta risa? —preguntó Chad. Le animaba que su hija estuviera lo bastante recuperada para reírse y también le animaba por él. Quería comentarle un tema importante que, hasta el momento, no había encontrado el momento oportuno de plantear.
Andy y Dylan intercambiaron miradas y fue ella quien reaccionó primero: soltó una carcajada.
—No quieras saberlo, papá… Tu yerno, aquí presente, es temible cuando se hace el gracioso… —dijo, todavía riéndose al tiempo que le dedicaba al susodicho una fingida mirada recriminatoria.
También era temible cuando se enfadada, pensó Chad. Lo había podido comprobar el día anterior.
—Pues temible o no, me gusta mucho que te haga reír —concedió, haciéndole un guiño a Dylan y fue directo al grano—: He visto mi equipaje en el pasillo… No he venido a daros más trabajo. Y sé que pronunciar la palabra hotel está considerado un pecado capital en esta familia, pero tu padre, Dylan, acaba de ofrecerme generosamente su casa. Y yo la aceptaré más que encantado, si a vosotros os parece bien.
Dylan pensó que tenía mucha gracia que su padre le hubiera ofrecido una casa en la que, desde que la había comprado, apenas había pasado tiempo. No era una queja, por supuesto. Ni él quería que su padre estuviera solo, ni Brennan quería quedarse al margen de la vida de su único hijo varón.
—A mí no me mire —dijo él—. Lo que su hija decida me parecerá perfecto, pero es ella quien decide.
Andy miró consecutivamente a uno y a otro, y asintió enfáticamente.
—Y yo digo que ni hablar. No, papá. No te vas a ninguna parte.
Dylan también mostró su acuerdo moviendo la cabeza varias veces. Ya no recordaba cómo era andar desnudo en su propia casa. Por no hablar de insinuarse a su mujer cuándo y dónde se terciara. Y lo echaba muchísimo de menos… Pero haber recuperado a su padre, había marcado un antes y un después para Andy. Se notaba que tenerlo en su vida la hacía inmensamente feliz. Y a Dylan le valía cualquier cosa que a ella la hiciera feliz. Mucho más en las presentes circunstancias.
Las emociones de Chad estaban tan revueltas como las de su hija, prueba de ello fue que sus ojos se nublaron al instante.
—¿Estás segura? Por favor, no lo hagas por mí. Me parece un sueño estar aquí, poder verte a ti y a tu preciosa familia… —Hizo una pausa cuando se le quebró la voz—. Seguirá siendo un regalo… aunque me aloje a quinientos metros, en vez de al otro lado del salón… Además, querida, no quisiera que el hecho de estar aquí hiciera que tu madre… —Volvió a hacer una pausa, esta vez más larga—. No quiero ser la razón de que se pierda un solo minuto de estar contigo y con tus niñas…
Y lo decía con conocimiento de causa, puesto que ahora conocía la enfermedad de Anna y sabía la enorme importancia que el factor tiempo tenía en su vida.
A Andy se le cerró la garganta. Precisamente por eso, su respuesta fue breve.
—Te quedas —afirmó y esbozó una sonrisa que la misma emoción que le había impedido explayarse, se ocupó de torcer, obligándola a bajar la cabeza.
Dylan no pudo contenerse. Deslizó una mano por la nuca de Andy y la atrajo hacia su hombro. Ella no opuso la menor resistencia. Al contrario, apoyó su frente contra el pecho masculino y se desahogó en silencio.
—¿Sabes qué? —murmuró el motero irlandés, después de hacerle un guiño a Chad, quien se las arreglaba como podía para mantener a raya su propia emoción—. Voy a traer unos cuantos cubos del súper… No sé por qué presiento que nos pasaremos las próximas dos semanas achicando agua como locos.
- III -
Luz se había portado muy bien y Dylan había conseguido llenar el carro de la compra en tiempo récord, a pesar de que había mucha gente en el establecimiento.
La cosa marchaba bien. Entre su padre y Danny habían conseguido adecentar un poco la cocina, lo bastante para que aguantara hasta el fin de semana, cuando se pondrían con ella a fondo. Haber acabado tan pronto con la compra, le daba margen para prepararle la comida a Luz, en vez de echar mano de la que había hecho y congelado una semana atrás, en previsión de cara al parto. Por suerte, todo había ido estupendamente y ya no hacía falta recurrir a ella. A pesar de haber vivido solo tanto tiempo, le encantaba cocinar y nunca se había aficionado a la comida congelada. Era de los que si tenía un día duro y llegaba a casa molido, prefería cenar un sándwich hecho por él, a echar mano de una pizza congelada. Desde que vivía en España, con la variedad, calidad y cantidad de materia prima, le parecía un sinsentido alimentarse de latas de conserva o de comida pre-cocinada.
Decidido. Cocinaría unas buenas lentejas con verduras para la princesa mayor de la casa y mientras estas se hacían, dejaría todo lo necesario preparado para el aseo con esponja y el cambio de pañales de las mellizas. Aún no estaba decidido qué venía primero y qué después, si darles de comer o cambiarlas, puesto que las niñas aún no mostraban un patrón definido en ese sentido, pero todo parecía indicar que cambiarlas antes acabaría ganando la partida.
En cuanto las niñas volvieran a dormirse, Andy y él pasarían un rato en familia antes de volver a la cocina para preparar la comida de los adultos. Eso en cuanto a la primera parte del día. Después, ya vería. Sonrió complacido con el plan y se puso a conversar con Luz, que iba detrás, en su silla de seguridad, muy entretenida con su nuevo cuaderno infantil para colorear.
Sin embargo, la complacencia de Dylan no duró mucho.
Al llegar a casa y ver el coche de Francesc Estellés aparcado frente a su jardín, se le cambió el humor. Por un segundo, pensó que era raro ver aquel vehículo bien aparcado. Pero su presencia no era bienvenida y que se hubiera presentado en su casa sin haber hablado con él antes, le parecía un atrevimiento que no estaba dispuesto a tolerar.
Maniobró para aparcar en la entrada del garaje, se apeó y lo primero que hizo fue sacar a Luz de su sillita. La cargó en brazos para ir más rápido y, sin preocuparse por la compra, se dirigió a la casa.
Desde la entrada, oía las voces de las visitas. No había signos de discusión, pero no era la típica conversación distendida. Y tampoco había voces masculinas. Quienes hablaban eran mujeres: Andy, Roser e, inesperadamente, Lucía Oriol Martí.
«Pues me da igual si son hombres o mujeres», pensó el irlandés que se dirigió con paso marcial hacia el salón. No podían estar allí, sin más. Por no mencionar, que ni siquiera se habían molestado en llamarlo y preguntarle si podían ir de visita. Era su casa, no un bar.
Cuando abrió la puerta, el salón se quedó en silencio. Todas las miradas se dirigieron hacia él. Dylan hizo recuento y comprobó que faltaban Chad y las mellizas. No tuvo que esforzarse mucho para deducir que el hombre se habría retirado de motu propio a velar el sueño de las bebés recién nacidas, decidido a no causarle problemas a sus hijos.
¿Sabes qué? Estoy hasta las pelotas de que quienes quiero que estén porque se lo merecen, tengan que irse para que quienes no quiero que estén ni se lo merecen por impresentables, puedan seguir haciendo y deshaciendo a su antojo.
—Danny, por favor, llévate a Luz a jugar un rato —le pidió al muchacho y enseguida miró a la niña—. Papi enseguida va a buscarte para que le ayudes a acomodar la compra. Eso te encanta, ¿a que sí?
Lo que a Luz le encantaba era sacar todas las cosas de la nevera con la excusa de «acomodarlas». Luego, se entretenía con cualquier tontería y se olvidaba de la nevera y de que el suelo de la cocina estaba sembrado de productos que requerían frío para su conservación.
—¡Sí, sí, sí…! —exclamó la pequeña y le dio un achuchón a su padre de pura alegría.
Danny, que no necesitaba excusas para querer largarse de aquel polvorín cuanto antes, no dijo ni mu. Cogió a su sobrina, la dejó en el suelo y fue detrás de Luz cuando ella echó a correr hacia la sala de juegos.
—Hola, calvorotas… No te esperaba tan pronto… —dijo Andy, desde el sofá donde él la había dejado, en un intento de cortar la tensión.
«Eso está claro», pensó Dylan, pero no lo dijo. En realidad, no dijo nada hasta que Danny y Luz desaparecieron del salón y la puerta que conducía a las habitaciones se cerró. Entonces, avanzó hasta los sillones y se disponía a hablar, cuando Andy volvió a intervenir:
—Me llamaron a mí. Les dije que podían venir.
¿Y por qué a ti y no a mí? ¿Y por qué justamente ahora? ¿Porque yo no iba a estar?
Dylan soltó el aire por la nariz.
—¿Me estoy perdiendo algo? —le dijo a Andy, procurando no sonar demasiado enfadado. Vio que ella se sonrojaba y le tendía una mano, pidiéndole que fuera a reunirse con ella, en el sofá. Esta vez, Dylan pensó en voz alta—: Por lo visto, sí…
Sin embargo, ignoró la invitación de Andy y no se movió del sitio.
Brennan, que ocupaba uno de los sillones, junto a Lucía y a Roser, bajó la vista. Había estado presente todo el tiempo y sabía cómo se habían desarrollado las cosas. Por lo tanto, también sabía que habría podido llamar a su hijo y avisarle de lo que sucedía… y no lo había hecho.
—¿Puedo decir algo? —intervino Lucía en tono conciliador.
Dylan no se cortó.
—¿Sería un grosería si yo le dijera que lo que tienen que hacer usted y su familia es mostrar el debido respeto por las decisiones ajenas, aunque no las compartan, ocuparse de sus propios asuntos y dejar de dar por culo de una puta vez? —espetó. Vio la incomodidad en el rostro de Lucía y la exasperación en el de Roser y no siguió comprobando cuánto malestar habían causado sus palabras. Le daba igual. De modo que continuó—: sí, seguro que en cualquier planeta esto sería una grosería. Pero espero que no espere que vaya a disculparme. Eso no va a suceder. Es exactamente lo que pienso y tengo dos largos años de razones para pensarlo. —Acto seguido, miró a Andy—: Estaré en la cocina. Si necesitas algo, me avisas.
Andy se quedó mirando la puerta por donde Dylan acababa de desaparecer, con evidente nerviosismo. Su intención no había sido en ningún momento dejarlo fuera de la ecuación. Lucía, que era quien la había llamado, había empezado disculpándose efusivamente por lo sucedido el día anterior, dándole incluso a entender que había tenido una pelotera con su marido a consecuencia de ello. También había dicho no estar en absoluto de acuerdo con que Francesc hubiera metido sus narices en los asuntos que su hermano Oriol tenía con Dylan. Simplemente, quería darle la enhorabuena y conocer a las bebés. Roser era otra cuestión. Andy había descubierto que se había apuntado al bombardeo al verla aparecer en su salón, junto a Lucía.
Pero estaba claro que, con intención o sin ella, había dejado a Dylan fuera de la ecuación.
Exhaló un suspiro angustiado.
—Lo siento mucho —dijo—, pero vamos a tener que dejar la visita para otra ocasión.
Lucía se levantó de inmediato.
—Claro, Andy, por supuesto. No te preocupes.
Roser también se levantó. Aunque, como era habitual en ella, no se mordió la lengua.
—Menuda estupidez —se quejó en su lengua nativa—. Ni siquiera hemos podido ver a las niñas todavía…
Lucía la llamó al orden enseguida y lo hizo en inglés, en atención a dónde se hallaban.
—¿Recuerdas bajo qué condición permití que me acompañaras? —Roser puso los ojos en blanco y, a continuación, hizo el gesto de ponerle una cremallera a sus labios—. Exacto. Muchas gracias.
Entonces, inesperadamente, Lucía se acercó a Andy y le dio un beso en cada mejilla.
—No te preocupes por nada y descansa. Volveré a llamar. Pero, esta vez, marcaré su número, ¿te parece bien? —le dijo con un punto de complicidad, refiriéndose al teléfono de Dylan.
Andy asintió con énfasis.
—Por favor.
* * *
La intención original de Dylan había sido refugiarse en la cocina. Era algo que siempre le funcionaba. Sin embargo, sobre la marcha, había comprendido que su nivel de cabreo requería un antídoto más potente. De modo que había rectificado el rumbo, y se había dirigido a la habitación de las mellizas.
Abrió la puerta y se encontró con un ambiente perfecto, en el que una luz roja de intensidad suave y el aroma a bebé invitaban al relax.
Al verlo, Chad enseguida lo saludó con un movimiento de la mano. Estaba sentado en el sillón que usaría Andy para amamantar a las bebés y había puesto el carrito de paseo a su lado para no perder de vista a sus nietas en ningún momento. Eso enterneció a Dylan y desvió su mente momentáneamente del enfado. Pensó que aquel hombre jamás olvidaría ese momento. Sus adicciones le habían llevado por caminos tan oscuros que se había perdido la infancia de su hijo menor. Ahora, la vida le daba la ocasión de paladear algo de los momentos que se había perdido, a través de sus nietas.
—Apenas se han movido —le informó, hablando en voz baja—. Son dos ángeles.
Dylan concedió complacido con un movimiento de la cabeza. Lo eran, dos ángeles hermosos. Se puso al otro lado del carro de paseo y extendió la mano hacia sus hijas. Las acarició, primero a una y luego a la otra, con mucha suavidad. No quería despertarlas… Sí, que quería. Adoraba contemplarlas, verlas dormir. Pero los pocos ratos que estaban despiertas… Qué maravilla. Se quedaba abstraído viendo sus gestos, cómo abrían la boca, aparentemente porque sí, y luego, al cabo de varios segundos, lo sorprendían dando un largo bostezo, cómo lo miraban todo con sus ojos de color indefinido… Cómo estiraban sus bracitos, como si quisieran alcanzar el infinito… Y esos dedos pequeñitos. Nunca se cansaría de besarlos.
La temperatura de la habitación era la adecuada a dos bebés recién nacidas, pero demasiado elevada para los adultos. Chad se había remangado su elegante polo blanco. Dylan no tenía qué remangarse, puesto que llevaba una de sus camisetas de lycra sin mangas. Más tarde tendría que cambiarla por una de algodón, o sudaría como un pollo cada vez que pusiera un pie en la habitación de sus hijas.
Sin embargo, que la temperatura fuera elevada tenía su lado positivo; las niñas iban ligeras de ropa. Vestían bodies de muselina de algodón con estampado de cerezas, que dejaban sus piernas y brazos desnudos. El de Zoe era blanco y el de Coral, rosa viejo. Una manta de hilo blanca y rosa a rayas las cubría hasta la cintura y Andy había puesto dos mantas dobladas rodeando todo el interior del carro para crear un ambiente más recogido y cálido.
Esta vez, Coral no estaba acurrucada contra su hermana. Cada una ocupaba su espacio correspondiente. Estaban boca arriba, con las piernas abiertas y los brazos al costado de la cabeza. Coral tenía la cabeza ladeada hacia donde estaba Dylan; su hermana hacia Chad. Parecían dormir plácidamente.
Eran dos maravillas del universo. Perfectas, tan perfectas…
Había perdido la noción del tiempo que llevaba allí, pensó Dylan, de repente.
—Me quedaría todo el día mirándolas… —murmuró mientras se enderezaba—. Pero la princesa mayor tiene que comer…
El padre de Andy y Dylan intercambiaron miradas. Chad tuvo claro que a su yerno le incomodaban las visitas que tenía en el salón y esa era la razón de que estuviera allí. Dylan, por su parte, confirmó sus sospechas: Chad se había marchado del área de fuego con sus nietas para no convertirse en parte del problema. Y confirmó algo más; que aquel hombre le gustaba, le caía bien. Llevaba meses juzgándolo en silencio y equivocándose de medio a medio.
—Tranquilo, te reservo el sitio para cuando acabes con Luz —repuso Chad en voz baja. Y coronó sus palabras con un guiño afectuoso.
* * *
Dylan había dicho que estaría en la cocina, pero allí no había nadie. Andy luchó con las ruedas de la bendita silla que se negaban a girar. No había querido aceptar la ayuda de Brennan, por no enfrentarlo al enfado de su hijo. Cuando Dylan se enojaba, sus ojos le impedían ocultarlo. Brillaban de rabia y sus pupilas se agrandaban, dándole a su mirada un aspecto felino. De felino a punto de saltar a la yugular de su víctima.
Cuando al fin consiguió que la silla quedara de cara a la puerta principal de la casa, rodó hacia ella. Pensó que, quizás, Dylan estaría fuera. Descargando su cabreo en un cigarrillo. Pero tampoco era así. El monovolumen estaba aparcado en la entrada del garaje, pero no había nadie por los alrededores.
Andy se apartó el flequillo de la cara con un gesto nervioso. Qué tontería ir a buscarlo fuera. Hacía muchísimo calor. ¿Cómo iba Dylan a estar en la calle? Si su marido estaba tan enfadado para no desquitarse con una cerveza o un pitillo, solo había un lugar donde podía estar: con sus niñas.
Cerró la puerta y volvió a luchar con las benditas ruedas. Una vez que consiguió quedar mirando al otro lado del pasillo, se puso en marcha.
Entonces, se abrió la puerta que conectaba el pasillo con las habitaciones y apareció Dylan.
Al verla, él frunció el ceño.
—¿Estás bien? —se dirigió hacia Andy sin esperar respuesta y se detuvo justo frente a ella.
Andy iba a decir que sí. Lo estaba en el sentido que él preguntaba. Estaba sorprendentemente bien para haber parido dos bebés el día anterior. Pero, en el último momento, cambió de idea y negó con la cabeza.
—Lo siento mucho, calvorotas. Las cosas se dieron de tal modo que…
Dylan volvió a soltar el aire por la nariz. Apartó la mirada de forma ostensible.
—Sé que la familia de mi madre te tiene harto —continuó ella, cada vez más preocupada por su silencio—. A mí también. Y puedes estar seguro de que mi abuelo no atravesará esa puerta sin haber hablado antes contigo… Pero Lucía…
Dylan volvió la vista y se la quedó mirando.
«Lucía, ¿qué?».
Esas dos palabras parecían centellear en los ojos de Dylan. Tan claras que las mejillas de Andy enrojecieron.
—Sé que para ti no hay diferencia entre mi abuelo y ella —se apresuró a explicar—, pero la hay. Lucía no es una Estellés, no piensa como ellos ni actúa como ellos. Y sí, sé que vas a decirme que al principio de nuestra relación lo disimulaba la mar de bien… Y tienes razón. Pero hace mucho que dejó de ser así. Hace mucho tiempo que está de nuestra parte, Dylan.
Él sacudió la cabeza. No le gustaba lo que oía. No estaba de acuerdo con Andy en absoluto. Lucía no era una Estellés. Bien. ¿Y qué? Si llevar un apellido u otro significaba algo, que constara en acta que la mujer tenía el mismo que su hermano Oriol. El tipo que llevaba meses demostrándole que cuando había dinero en juego, todo lo demás le traía al pairo. Personalmente, creía que los Estellés, los Oriol Martí y todos los de su clase estaban de una única parte; la que más les convenía, según la ocasión.
—¿Podemos seguir con esto en otro momento? —propuso—. La compra todavía está en el coche y hay cosas que hacer antes de que se despierten las mellizas…
Vio que los ojos de su mujer se llenaban de lágrimas y volvió a sacudir la cabeza, contrariado.
—Estoy muy cabreado, Andy. Y no quiero… No me gusta hablar contigo cuando estoy así. Deja que me enfríe primero, ¿vale? Además, ya que están aquí, ocúpate de ellas. Bastante tiene mi padre con mantener las formas a pesar de lo poco que le gusta esa gente… No le pidas más al pobre hombre.
Odiaba, odiaba, odiaba estar a malas con Andy. No lo soportaba.
Y como Dylan no lo soportaba, rodeó la silla y abrió la puerta de la calle para ir a descargar las bolsas de la compra.
Andy lo retuvo por una mano. Él respiró hondo, armándose de paciencia, y la miró.
—No están aquí —dijo ella—. Les he pedido que se fueran.
Declan frunció el ceño. Cerró la puerta y retrocedió hasta su posición anterior.
—¿Se han ido? ¿Cuándo? Creí que estaban en el salón…
—¿Y eso qué más da? ¿No te parece que la pregunta que importa es «por qué»? —repuso Andy—. Me equivoqué, Dylan. Pensé que acercar posiciones con ella, ayudaría a suavizar esta situación de mierda que ha creado mi abuelo… Y que, como no estabas, no tendrías que hacer de tripas corazón. Lo hice con la mejor intención, pero está claro que he metido la pata hasta el fondo… Y lo siento mucho. Muchísimo. —Suspiró—. Lucía volverá a llamar para ver cuándo puede conocer a las niñas. Te llamará a ti, no a mí.
Dylan asintió con la cabeza. Esto sí que le gustaba. Mucho, de hecho.
Se agachó frente a la silla de ruedas y la miró largamente.
—Está bien, Andy… —dijo al fin—. Está bien. ¿Me das una hora o así para que vuelva a ser el de siempre? Ya sabes que cuando me acelero, después me cuesta bajar las revoluciones… Además, hay un millón de cosas por hacer y me vendrá bien estar tan atareado… ¿Puede ser?
Andy extendió la mano y le acarició la barbilla. Se disponía a responder cuando se oyó un berrido muy agudo y sostenido.
Los dos sonrieron. No tenían que preguntarse a quién pertenecía.
Un instante después, se oyó otro. Tan suave que era apenas audible. No parecía el berrido de un bebé.
—Es tu turno de trabajar, mamá —dijo Dylan, empujando la silla de ruedas.
—De seguir trabajando, dirás. Porque desde que los métodos anticonceptivos nos demostraron lo fiables que son, no he parado de trabajar a destajo. Y yo que pensaba dar una cabezadita… ¡Qué ingenua!
—Vale, que no cunda el pánico… Te ayudo a acomodar a las niñas y mientras te ocupas de alimentarlas para que crezcan grandes y hermosas, yo me voy corriendo a la cocina. Preparo la comida de nuestra princesa mayor. Con un poco de suerte, igual puedo adelantar algo de la nuestra. Ya veremos.
—Ja. Otro iluso. Primero tendrás que descargar la compra, ¿recuerdas? ¡No sueñes con que será tan sencillo, chico! —apuntó ella, risueña y aliviada de que las aguas hubieran vuelto a su cauce.
—Joder, las bolsas… —suspiró Dylan—. ¿Qué puñetas voy a cocinar, si la nevera está vacía? Pues, nena, los niños irán servidos, pero los adultos… ¡Hoy no tengo la menor idea de a qué hora se comerá en esta casa!
Entonces, un recuerdo de la niñez regresó a su mente y Dylan soltó una risotada.
—Oye, ¿es una idea mía o empiezo a hablar como mi padre?
—¡Pues anda que yo! —celebró Andy.
No era una idea suya. Ambos hablaban como lo que eran, la madre y el padre de tres hijas pequeñas con una familia que, por circunstancias de la vida, incluía más miembros con los que compartir y también de los que cuidar. Y, aunque a veces rezongaran por los inconvenientes derivados de tener siempre tanta gente a su alrededor, ninguno de los dos lo lamentaba. Al contrario, estaban satisfechos con su mundo, el que habían creado entre los dos.
Dylan detuvo la silla de Andy junto a la puerta y se agachó para hablarle al oído:
—Luz me está esperando y las mellizas te reclaman… Y yo soy el tipo más feliz del mundo por teneros a las cuatro en mi vida. Gracias, Andy… Y bienvenida a casa.
Una enorme sonrisa brilló en el rostro de Andy cuando acarició la mejilla masculina, a modo de agradecimiento.
—Hogar, dulce hogar, ¿eh? —murmuró, mirando a Dylan con los ojos llenos de amor.
Él asintió enfáticamente.
—Hogar, dulce hogar, preciosa.
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©️2024. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
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