
Protagonistas de Lola (Serie Moteros # 3)
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CR50. Días de ilusión, 6. Parte 8

Sábado, 23 de julio de 2011.
Finca «La Savina»,
Menorca.
¡Esto es una fiesta!
- I -
Dylan y Pau se separaron al llegar a la altura de la casona y cada uno siguió un camino diferente. El primero tenía disculpas que ofrecer; el segundo, hacer una llamada importante.
El frescor que había en el interior de la casa supuso un gran alivio para la sofocada piel del motero irlandés. Fuera de aquellas cuatro paredes, todo bicho viviente que estuviera al sol se estaba haciendo al spiedo.
«Encima, voy medio desnudo», se lamentó Dylan. La camiseta era demasiado corta y el pañal, a pesar de ser inmenso, dejaba expuesta buena parte de sus largas piernas. El sol se había dado un banquete con él. Estaba acaloradísimo.
Aunque se moría por hacer una parada en la habitación de sus hijas para estar un rato con ellas, mirándolas dormir (y babeando de orgullo paterno), se dirigió directamente al salón, a tranquilizar los ánimos. Todos debían estar preocupados por su «desaparición» intempestiva. En especial, Andy. Al acercarse, empezó a oír conversaciones y también risas, y eso lo animó. No había podido evitar marcharse como lo había hecho —estaba furioso y no quería tomarla con nadie—, pero ahora se sentía mal. El abuelo de Andy había conseguido sacarlo de sus casillas con su egoísmo y su desfachatez. Al final, quienes habían pagado el pato eran las personas que más le importaban. Las últimas a las que habría querido preocupar.
—Creo que aquí hay gente que todavía no se ha reído de mí —entró diciendo—. Por favor, no os cortéis. Os doy cinco minutos de gracia.
A continuación, se detuvo a dos metros de donde estaban reunidos y dio una vuelta alrededor de sí mismo, exhibiendo su ridículo disfraz de bebota.
La población del salón se había reducido ostensiblemente desde la última vez que Dylan había estado allí. En número, quizás, no tanto, pero en capacidad potencial de generar otra gresca, definitivamente, sí. Lucía Oriol Martín se había marchado, llevándose consigo a su marido. Roser Estellés también se había ido en solidaridad con su padre. Al no tener que preocuparse ya por vigilar a los ariscos de la familia, Neus también se había marchado. En su caso, no muy lejos: a la cocina de la casa de la piscina, donde probablemente estaría intentando sonsacarle a Ciro alguna novedad sobre su situación sentimental. Los que aún quedaban en la estancia —Brennan, Chad, Anna, Jaume y Andy— aceptaron de muy buen grado los minutos de gracia y no tardaron en echarse a reír. No solo se reían por las delirantes pintas de Dylan; también por el puro alivio de volver a verlo después de un buen rato sin saber de él.
—¡Tus colegas tienen mucho peligro, Dylan! —dijo Chad, rompiendo la primera lanza—. ¡Me gustan!
—Y tantísimo talento —concedió Brennan, asintiendo con la cabeza al tiempo que intentaba dejar de partirse de risa para poder hablar—. ¡Querido hijo, que sepas que han logrado convertirte en una caricatura!
—Estaba claro que se vengarían de algún modo si no dejabas que te emborracharan… ¡Menuda venganza más creativa! —intervino Jaume—. ¡Esos pañales con pintitas son tremendos! —exclamó, tronchándose—. Perdona, Dylan, pero… —Y cuando las carcajadas le impidieron seguir hablando, bajó la cabeza para no reírse en su cara.
Lo cual, como era de esperar, provocó otra andanada de carcajadas en los demás.
—Ay, Jaume… ¡Para ya! —pidió Anna y, mirando a Dylan con ternura, añadió—: Estás gracioso, eso nadie puede negarlo, pero tampoco es para tanto…
¿Que no era para tanto? Dylan miró a su suegra con ironía.
—Tranquila, Anna. No me voy a enfadar porque te eches unas buenas risas a mi costa…
—¡Qué alivio! —exclamó ella, y ya no se contuvo.
Andy también se rio y festejó los comentarios de los demás, pero no aportó su granito de arena a las burlas. Sabía que si Dylan había puesto fin a su rato de aislamiento era porque había logrado recuperar el control de sus emociones. Sin embargo, eso no le ofrecía ninguna pista sobre lo que haría a continuación. Partiendo de la base de que, antes de desaparecer, le había pedido a su madre y a Jaume que empezaran a recoger las cosas de las niñas para volver a casa, Andy no tenía nada claro lo que sucedería ahora y eso la tenía ansiosa y preocupada a partes iguales.
Dylan se dio cuenta enseguida de que la cabeza de su mujer estaba en otra cosa.
—Muy bien. Fin de la gracia —anunció. Cogió una silla, la arrastró hasta el centro de la reunión y se sentó—. Hablemos. Primero que nada, siento mucho haber perdido los papeles y os pido disculpas… Segundo: Francesc se ha ido y no volverá y Roser, tampoco. Pau ha estado hablando conmigo y…
Dylan suspiró y dirigió su mirada hacia Andy. Ella le hizo un mohín tristón disfrazado de sonrisa que ablandó aún más al irlandés. Cogió una mano femenina y la sostuvo entre las suyas, amorosamente.
—Perdiendo los papeles, te he dado el día y no sabes cuánto lo siento, nena. Tu tío tiene razón; pedirte que volvamos a casa y pasemos de todos solo resuelve mi problema. Y no es justo.
Andy estiró su mano libre y le acarició la barbilla.
—Por favor, solo faltaría que justamente tú, que llevas aguantando en silencio las neuras de mi familia desde el primer día, tengas que disculparte por pararle los pies a mi abuelo. No solo estabas en tu derecho; yo habría hecho exactamente lo mismo. Y sobre la opinión de mi tío… —Andy hizo una pausa. Estaba muy dolida con Pau, pero no quería hacer leña del árbol caído—. Lo que importa aquí es qué quieres hacer tú, calvorotas.
Era una buenísima pregunta, pensó Dylan. Si únicamente dependiera de él y su decisión no afectara a Andy, se largaría. Esa era la verdad. Sus hijas habían nacido hacía apenas cuatro días y Andy no se encontraba bien; tardaría un tiempo en recuperarse. Él estaba en modo «padre primerizo», no en modo «fiesta», y atender a sus colegas, por mucho que los apreciara, entraba directamente en conflicto con ocuparse de su mujer y de sus tres hijas. No podía hacer ambas cosas a la vez y sus prioridades estaban muy claras.
Dylan negó con la cabeza.
—Qué va, Andy. Olvídate de mi cabreo de hace un rato. Yo estoy bien. Eres tú la que ha traído al mundo a esas dos hermosuras, así que dime: ¿Nos quedamos o nos vamos?
Brennan, que al igual que los demás había permanecido en silencio escuchando la conversación entre Dylan y Andy, no pudo evitar que una sonrisa orgullosa curvara sus labios. Ver que Chad asentía con la cabeza, en señal de aprobación, lo hizo sentir mucho más orgulloso aún.
Para sorpresa de todos, Andy se rio y, a continuación, se cogió el vientre con un gesto de dolor, tras lo cual volvió a reírse. Ahora que la preocupación se había evaporado y volvía a comprobar que se había enamorado del mejor hombre del mundo, su natural buen humor renacía con fuerza. Tenía más motivos que nunca para celebrarlo a lo grande, pues el mejor hombre del mundo aquel día tenía unas pintas muy cómicas.
—Perdona, calvorotas… Pero ese maquillaje… ¡Dios mío! ¡Cuando te pones serio es todavía más gracioso!
Volvieron a oírse risitas y comentarios por lo bajo, que Dylan ignoró para centrarse en Andy.
—¿Reírte de mí no será una excusa para evitar responder a la pregunta, no? —le dijo y esta vez, exageró la sonrisa a propósito.
No veía la hora de quitarse la pintura y todo lo demás… Pero sabía que no iba a poder hacerlo hasta que sus colegas estuvieran durmiendo la mona, lo cual, conociéndolos, tardaría varias horas en suceder. Ya que no le quedaba más alternativa que aguantarse, al menos usaría aquel ridículo disfraz en su beneficio todo lo que pudiera.
Las carcajadas arreciaron, en especial las de Andy.
—Siempre me haces reír, no necesitas disfrazarte, Dylan. Aunque hay que admitir que los chicos se han lucido hoy… —matizó, risueña, pero enseguida se puso seria—. La verdad es que me iría… —Miró alrededor al tiempo que inspiraba profundamente—. Estoy bastante ñoña y lo que me gustaría es estar en mi casita, no aquí.
Dylan asintió. «Más bien, en tu camita», pensó. El malestar físico de Andy era evidente, por más que se empeñara en ponerle al mal tiempo buena cara.
—¿Pero…?
Andy volvió a acariciarle la barbilla.
—No sería yo, si me fuera. No puedo desentenderme, Dylan. —Suspiró y volvió a sonreír—. No está en mi ADN.
En esta ocasión, quien no pudo evitar una sonrisa orgullosa fue Anna.
Dylan se estiró y la besó en los labios amorosamente. Habría sido otra clase de beso si hubieran estado a solas y ambos eran muy conscientes de ello. A falta de dar rienda suelta a su pasión, permanecieron muy cerca, mirándose y sonriendo.
—Entonces, nos quedamos —dijo él.
—Nos quedamos —concedió ella y exhaló un suspiro lastimero que reflejó muy bien sus sentimientos: tenían por delante la mitad del sábado y todo el domingo haciendo de anfitriones. Era para echarse a llorar.
—Muy bien —intervino Chad—: si vamos a quedarnos, hay que ponerse en movimiento. Las «hermosuras» están en la habitación y los invitados, en la piscina. ¿Repartimos las tareas?
—¡Me pido a las «hermosuras»! —exclamó Anna, levantando una mano como si estuviera en el colegio—. Nos pedimos —se corrigió, mirando a Jaume. Él tomó una mano de Anna y se la llevó a los labios.
—De acuerdo —concedió Brennan—. En ese caso, Chad y yo nos ocuparemos de los invitados, ¿verdad, consuegro?
—¡Faltaría más! —repuso el padre de Andy—. Esto está controlado, chicos. Así que vosotros podéis hacer lo que queráis… ¿Nos vamos? —propuso a los demás.
Dos minutos más tarde, Andy y Dylan se habían quedado solos en el salón.
—Mi padre y el tuyo se llevan de fábula, ¿o es una idea mía? —preguntó Dylan, mirándola risueño. Se levantó de la silla y fue a sentarse junto a ella, en el sofá.
Andy asintió varias veces con la cabeza.
—Han hecho muy buenas migas y me encanta que sea así —concedió—. ¿Pero qué me dices de mi padre y de mi madre? ¿Me lo parece, o ya no se evitan? Por no hablar de Jaume… —añadió enseguida—. Sé que detesta a Chad. O, al menos, lo detestaba hasta hace poco, pero… No sé. Hoy no me da esa sensación… ¿Habrán resuelto sus diferencias?
Dylan estaba de acuerdo. Aquel día habían sucedido muchas cosas. Quizás, el propio Francesc había contribuido a ello sin proponérselo, al obligarlos a escoger el mismo bando para hacerle frente. Pero no era hablando de desavenencias familiares, como tenía previsto emplear el único momento del día en el que estaban solos.
Pasó un brazo alrededor de los hombros de Andy y la atrajo hacia él.
Ella sonrió con picardía.
—Ya sé, no me lo digas. Estás pensando en darle otro uso a este ratito fantástico sin bebés llorando, ni adultos chillando, ni moteros borrachos dando por saco…, ¿a que sí?
Él volvió a asentir. Esta vez, con énfasis.
—Qué bien me conoces… —murmuró, a dos centímetros de los labios femeninos—. ¿Algo que objetar?
Dylan no le dio tiempo a responder. Abrió su boca sobre la de Andy y la besó apasionadamente.
- II -
En la piscina, el ambiente había empezado a relajarse después de que los camareros sirvieran una segunda ronda de delicias firmadas por el chef Ciro Montaner. Las barrigas llenas, el persistente calor menorquín y el alcohol se habían cobrado varias víctimas y, excepto Conor, que estaba a palo seco, y Nikki, que prefería las bebidas isotónicas al alcohol, los demás haraganeaban en las tumbonas. Los menores, con su incombustible energía, jugaban en la piscina infantil al cuidado de Danny. Conor y Nikki habían estado jugando con ellos hasta hacía un rato; ahora, ensayaban nuevos pasos de baile al son del hit del verano «Give Me Everything», del cantante norteamericano de origen cubano, Pitbull.
Dakota levantó la visera de la gorra que se había puesto sobre la cara. Miró lo que hacía el motero de las rastas, pensando que si tenía que volver a oír esa canción otra vez, agarraría el móvil de Conor a patadas. O, quizás, los sumergiría a los dos, a él y a su móvil, en la piscina hasta que dejara de oír el jodido chundachunda que sonaba en todas partes, a todas horas.
Evel, que estaba a su lado, tendido cuan largo era en otra tumbona, y mirando lo mismo que Dakota miraba, sonrió.
—Es como un crío —comentó, divertido—. Se enchufa cuando se levanta y no para hasta que se acuesta. Qué envidia me da… Últimamente, ya estoy medio muerto cuando llega el mediodía.
Desde que habían tenido que extirparle el bazo como consecuencia del ataque del que había sido víctima en su taller dos años atrás, sus niveles de energía se habían visto seriamente afectados. No era el mismo de antes.
—Es un crío —subrayó Dakota—. Y si tuviera que doblar la espalda dieciséis horas por día y ocuparse de resolver doscientos follones, igual que hacemos tú y yo, él también estaría medio muerto… ¡Joder! Si no cambia de banda sonora, lo va a estar porque me lo voy a cargar… —Acto seguido, se incorporó un poco sobre sus codos y gritó a todo pulmón—: ¡CONOOOOOR, QUITA ESA MIERDA DE MÚSICA YAAAAA!
Evel se tapó los oídos.
—¡Joder, Dakota, nos vas a dejar sordos! —rezongó, al tiempo que arrugaba la frente en un gesto de dolor.
Conor se dio la vuelta sonriendo, sin dejar de contonearse al son de la música.
—¿No te gusta Pitbull?
—¡Noooo! —exclamó Niilo, a quien la pegadiza canción también lo tenía harto. Pero enseguida volvió a cerrar los ojos.
Abby, Amy y Tess que conversaban entre ellas muy cerca de la tumbona donde estaba Niilo, se rieron.
—Así es mi caballero Jedi —dijo Amy—: parece que no se entera de nada, pero sí que se entera… Un segundo, al menos. ¡Luego, sigue durmiendo!
—¡Pasa de estos pesados, Conor! ¡Toda la música de Pitbull es de puta madre! —lo animó Maddox. Se levantó de la tumbona para unirse a su colega—. ¿Vienes, Xena? —invitó, tendiéndole una mano.
Ella se subió las gafas y abrió un ojo.
—¿Dónde? —preguntó, confirmando que acababa de despertarse.
Él señaló el borde de la piscina donde Conor y Nikki se lo pasaban en grande, haciendo payasadas al son de la música.
—Creo que paso —repuso ella, volviendo a bajarse las gafas—. Odio esa canción.
Maddox se encogió de hombros y muy pronto eran tres los cuerpos contorsionándose junto a la piscina.
—A Dakota Pitbull no le va —intervino Nikki, siguiéndole el juego a su marido—. Lo suyo es el rock… Diría que el rock duro, pero puede que le vaya también el rock sinfónico.
—¿Quieres que te ahogue? —fue la respuesta de Dakota.
—Vaaale. Ya la quito —concedió el motero de las rastas.
Lo que Dakota veía era tan ridículo, que no sabía si reírse… O cumplir su amenaza y librar a la humanidad de semejante engendro de una vez por todas. Conor seguía con unas enormes gafas de snorkel sobre los ojos. El largo tubo rojo le daba el aspecto de un marciano, recién aterrizado, que se había olvidado la otra antena en la nave. Llevaba un flotador verde con forma de tortuga a modo de collar e intentaba bailar con unas aletas amarillas y rojas que tenían el doble del tamaño de sus pies. Eso sí; su mujer parecía normal. Pero, por eso de que Dios los cría y el viento los amontona, dudaba mucho que lo fuera, si estaba con él. Maddox era la ridiculez en persona sin necesidad de flotadores o aletas. No podía creer que todavía no se hubiera quitado aquel gorro de lana.
Cuando Conor cambió la machacona canción por otra, Dakota se dejó caer en la tumbona. Desde que se había convertido en padre, excepto por las nanas, la música había dejado de formar parte de su universo. «Lo suyo» no era el rock duro ni el rock sinfónico, sino dormir cada ocasión que se le presentaba, aunque fueran diez minutos, de pie y con la nuca apoyada contra la pared.
—¿Estás más tranquilo ahora? —bromeó Evel, que también volvió a ponerse cómodo en su tumbona.
—No sé qué decirte, tío… El irlandés está desaparecido en combate desde hace un montón y he visto a parte de su familia política largarse sin saludar. A ver, como te imaginarás, me la suda que se despidan o no… Y está claro que la familia siempre es un grano en el culo, sea política o de sangre. Pero… No sé, esto huele a chamusquina.
En realidad, olía a lo que era: un incendio descontrolado, pensó Evel. O, al menos, lo había sido hasta hacía un rato. A lo mejor Pau se las había arreglado para sofocarlo.
Evel ignoraba qué había sucedido exactamente. Solo tenía retazos de información. Sabía que existía la posibilidad de que tuvieran que trasladar la celebración a otra parte. Dado que le había asegurado al tío de Andy que no comentaría lo que había visto y oído en el aparcamiento, se centró en Dylan y en la posible razón de que llevara desaparecido tanto rato.
—Quitarle el móvil y el reloj fue una cagada. En eso nos hemos pasado siete pueblos.
—Venga ya, tío. No es para tanto. Se ha librado de la borrachera; debería hacernos la ola.
—No lo digo por eso, Dakota. ¿Te olvidas de cuál es su profesión? ¡Es un informático, tío! Y nosotros, vamos y lo desconectamos del mundo… ¡Estará subiéndose por las paredes!
—Querrás decir un maniático —apuntó él, riéndose con socarronería. En el fondo, le aliviaba saber que su presencia allí y la de sus colegas no era la causa del olor a chamusquina.
Evel concedió con una sonrisa.
—Vale, un poco maniático sí que es…
—¿Un poco?
Los dos rieron.
—Ya estaba histérico desde que se confirmó que tenía dos hijos en camino, y no uno —continuó Dakota—. Ahora que las dos niñas ya han salido de la barriga de su madre, está totalmente desquiciado.
—¿Y por casa cómo andamos? —ironizó Evel. Dakota también estaba desquiciado y su bebé era solo una.
Él asintió repetidas veces al tiempo que se reía.
—¡De puta pena!
Evel sabía que se trataba de una risa de felicidad, no de preocupación.
—Pues ve preparándote, porque ya tienes el segundo en camino…
—Es verdad… ¡Qué pasada, tío! ¡Esto es una auténtica pasada!
La sonrisa del motero le ocupaba la cara entera. Por un momento, Evel tuvo la sensación de estar viendo al adolescente rebelde y fiestero que había tenido que sacar de tantos líos. Pero Dakota ya no era nada de eso. La enfermedad de su padre había comenzado un proceso que la llegada de Tess a su vida se había ocupado de completar. Ahora el rebelde fiestero era un empresario diligente, un marido y un padre de familia. Quién lo habría dicho.
—Me alegro mucho. Estoy deseando volver a ser tío…
Dakota se quitó la gorra de la cara y giró la cabeza para mirar a su socio.
—Pues, fíjate qué coincidencia, yo también estoy deseando ser tío… —repuso con segundas, rebosando picardía—. ¿Qué crees? ¿Se cumplirá mi deseo en 2012?
«No me tires de la lengua…», pensó Evel. Se moría de ganas de ser padre. Desde que lo habían hablado con Abby en Pascua, hasta soñaba con eso.
Consciente de que le ardía la cara y no era por efecto del sol, Evel se limitó a reírse sin hacer ningún comentario.
- III -
Ike y Erin apuraron el paso hacia el sector donde estaba la piscina, aprovechando la refrescante sombra proporcionada por los nísperos, granados y guayabos. No dejaban de reír como dos críos que acaban de hacer una travesura.
—¿Nos habrán echado en falta? ¿Tú qué crees? —preguntó ella.
Ike la atrajo hacia su cuerpo en un fingido arrebato de pasión (que no era tan fingido en realidad) y le habló al oído.
—Sí, seguro. Y me da completamente igual.
«Y tanto que sí», pensó ella.
Una hora daba para mucho cuando las circunstancias eran idóneas. Y lo habían sido.
La casa de los guardeses estaba aislada, el tío de Andy había hecho que la limpiaran y la equiparan bien, creyendo que la pareja y sus niñas recién nacidas se instalarían allí, y como toda construcción de su clase, era muy fresca. Ideal para un día tan caluroso.
Por otro lado, el sexo con Ike siempre era de primera. Shea se sonrojaba y la mandaba callar cuando le decía que, al margen de otras cuestiones físicas destacables, la principal cualidad de Ike era que sabía muy bien lo que hacer con su herramienta. Lo tomaba como el típico comentario calenturiento (y vulgar) de alguien que no tenía filtros. Pero no era así. Algún día iba a tener que explicarle que, simplemente, exponía un hecho: Ike la sabía meter. Los hombres solían dar por sentado que esa era una cualidad inherente a haber nacido con un pene. Que venía de serie con la identidad masculina. Y nada más lejos de la realidad: tenerlo y saber cómo usarlo a la hora del sexo eran dos cosas diferentes. Incluso aunque no hubiera problemas físicos que dificultaran el coito, muchos hombres equivocaban el momento, el ritmo o la intensidad. A veces, fallaban tanto que acababan convirtiéndolo en una experiencia frustrante, cuando no directamente dolorosa. Ike no fallaba; siempre aprobaba con matrícula. El amor que ambos sentían por el otro se ocupaba de añadirle un significado profundo, transformando esos momentos compartidos en algo inolvidable y adictivo.
Así estaban, claro: enganchándose a cada rato, pensó Erin, risueña.
—O sea, que no piensas disimular —le dijo.
Ike negó con la cabeza.
—Ni un poquito. Me encanta que me envidien. —Volvió a acercarse al oído femenino para decir—: Que piensen: «Mira al tío este, viene a celebrar el nacimiento de sus sobrinas y se la pasa metiéndole mano a su chica toda la tarde. ¡Será cabrón!».
La mujer sin filtros no tardó en exponer otro hecho:
—No era la mano lo único que me metías… —susurró, y al ver aquel ligero rubor en las mejillas de Ike, se echó a reír.
Sin embargo, por una vez, Ike no hizo lo que hacía siempre. No sacudió la cabeza, resignado por que ella siempre consiguiera ponerlo en un brete. No se rio para encubrir que no sabía qué responder.
Esta vez, rodeó la cintura femenina y continuaron andando abrazados unos cuantos metros. Entonces, Ike tomó la mano izquierda de Erin, la que estaba más alejada de su cuerpo, y la posó sobre su entrepierna.
Volvió a acercarse al oído de Erin para hablar.
—No, no era lo único… ¿Qué tal si subimos a la habitación y vuelvo a metértela?
Ella giró la cabeza para mirarlo con fuego en los ojos. Acababa de descubrir el tremendo efecto que tenía sobre su libido que Ike, por una vez, hubiera decidido no tener filtros. Acarició su miembro, anticipando su respuesta.
—Moción aprobada. Que sea de pie, contra la pared. No en la cama.
—Contra la ventana —matizó él, tan encendido como Erin—. Saber que pueden vernos te pone muy caliente.
Ella exhaló el aliento en un suspiro ardiente. Aumentó la presión sobre aquella erección que seguía creciendo.
—Vamos, Erin —la urgió él. Retiró la mano femenina de la zona de peligro y la instó a tomar el camino a la casa, puesto que iban en sentido contrario.
Cuando se disponían a completar el giro, se encontraron con Brennan y Chad, que se dirigían a la piscina.
«Me quedo con las ganas. ¡Ay, mierda!», pensó Erin.
«Que me parta un rayo», pensó Ike, acalorado por el subidón y por la bochornosa situación. No podía creer lo que estaba sucediendo. ¿Su futuro suegro, nada menos? ¿No podía ser otro el que lo pillara empalmado?
Erin se encendía con rapidez, pero también se recuperaba a la misma velocidad. No tardó en demostrar que era una artista en sortear momentos de incomodidad superlativa como aquel.
—¡Estáis aquí! Y yo, que creía que estaríais dándolo todo en la piscina… —bromeó.
—Hemos estado dándolo todo, pero en el salón —repuso Chad, mirando a su consuegro con expresión cómica. Ahora que la tensión se había relajado, al menos él era capaz de pensar en lo sucedido dentro de la casa con cierto humor.
Erin los miró interrogante y se quedó pensando. De la piscina, llegaba el sonido de la música, pero ahora que prestaba atención, no se oían voces.
—¿En el salón? —dijo—. ¿Los colegas de Dylan han vuelto a trasladar la juerga? Como no dejen dormir a mis sobris, se van a enterar…
Brennan propuso con un gesto que se acercaran a un granado próximo y la conversación continuó bajo su sombra.
—Querida, Chad no se refiere a esa clase de juerga. ¿No os habéis enterado de la discusión que hemos tenido con el abuelo de Andy? Creí que a estas horas sería vox populi…
Chad asintió enfáticamente.
—Su vozarrón hacía vibrar los cristales… Pero tu padre no es ningún mudo… ¡La suya hacía temblar las paredes!
—Tú tampoco eres mudo, Chad —repuso él, con segundas.
El padre de Andy se rio de buena gana. Hacía años que ardía en deseos de poner a su exsuegro en su sitio. Hoy, de muy buen grado, le habría partido la boca de un puñetazo —Dios sabía que el viejo llevaba años pidiéndolo a gritos—, pero se había contenido. Se había enfrentado a él sin ceder a la ira y, de alguna manera, había conseguido ponerlo en su sitio. Y estaba encantado.
—No —reconoció—. Desde luego que no.
Ike y Erin se miraron asombrados. Que la sangre hubiera llegado al fin al río era la crónica de una muerte anunciada. El abuelo de Andy era un hombre difícil que venía tirando de la cuerda desde hacía días y no solo había cabreado a Dylan; también a su propia nieta. Ahora bien, que fueran aquellos dos hombres los que habían participado de la discusión suponía toda una sorpresa.
—Papá, por favor, dime que no voy a tener que contratar a un cuidador para que no te metas en problemas. ¿Tú, gritando en casa ajena? ¡No me lo puedo creer! —dijo Erin, y esta vez, su asombro llegó acompañado de unas buenas carcajadas.
—Técnicamente, no es su casa —se defendió Brennan, pero enseguida rectificó—: Es inaceptable que adultos que ya peinamos canas hayamos dado semejante espectáculo. Lo que sucedió es una vergüenza.
—¿Y Dylan? —se interesó Ike. No lo habían mencionado aún y no hacía falta que nadie le dijera que la discusión tenía que estar relacionada con las bebés recién nacidas.
Brennan frunció los labios en un gesto cómico.
—Por citar sus propias palabras: «perdió los papeles».
—¿Dylan, perdiendo los papeles? —Erin negó con la cabeza al tiempo que se reía—. Es demasiado pasota para eso…
—Pues los perdió —aseveró Chad—. Francesc, que es todo un especialista en agotar hasta la paciencia de un santo, le tocó la fibra y mi yerno explotó. Teniendo en cuenta que antes había hecho explotar a mi hija, es todo un récord para un solo día. Ahora me río, pero la verdad es que estuvimos a punto de hacer los petates y volver a casa…
—¿Volver a casa? —dijo Erin con los ojos muy abiertos.
Chad movió la cabeza arriba y abajo.
—Parece ser que Pau consiguió que Dylan cambiara de idea… —explicó—. Estuvo solo, rumiando su enfado por ahí, casi una hora. Ahora está con Andy.
La interrogación en la mirada de Ike y Erin llamó la atención de Brennan.
—Oye, ¿dónde estabais, que no os habéis enterado de nada?
Erin no titubeó.
—Estuvimos un buen rato en la piscina, pero ahora venimos de dar un paseo por la finca. ¡Es un lugar fabuloso!
—¿Con este calor? —insistió Brennan. Su mirada se cruzó con la de Ike que mantuvo su mejor cara de póker.
—Íbamos por la sombra, papá. Hay muchos árboles.
—Esto es bueno, Brennan —intervino Chad—. Si ellos no se han enterado, aún hay esperanza de que la onda expansiva no haya alcanzado a las visitas, ¿no crees?
—Ojalá estés en lo cierto, consuegro —concedió Brennan—. Porque si no, menudo bochorno… En fin. Por suerte, el camorrista ya se ha marchado, llevándose a su lugarteniente con él, y podemos tener la fiesta en paz.
—¡Nunca tan bien dicho! —celebró el padre de Andy, animado—. En el reparto, nos ha tocado atender a las visitas y, como no son unos invitados cualquiera, toda ayuda será bienvenida. ¿Os apuntáis?
—Claro —se apresuró a decir Ike.
Erin lo secundó de inmediato.
—Sí, sí, por supuesto… Si Dylan y Andy están en la casa, nadie está atendiendo a las visitas. Vamos.
- IV -
Conor se sorprendió al ver el nombre que se iluminaba en la pantalla de su móvil. Al interrumpirse la canción que en esos momentos estaba sonando en su lista de reproducción, se escucharon algunos «¡buuu!», por parte de los bailarines que se contoneaban junto a él cerca de la piscina.
—Pon música en tu móvil —le pidió a Nikki. Ella lo hizo de inmediato. Y Conor se alejó un poco para atender la llamada.
—Dichosos los oídos… ¿Qué tal está la flamante mamá de mellizas?
—Soy Dylan, tío. Pero gracias por preguntar. Andy está muy bien. Ahora mismo, dándoles de comer a las niñas. Necesito que hagas tres cosas por mí.
Conor se quedó cortado. Si ya le había resultado sorprendente ver el nombre de Andy parpadeando en su pantalla, descubrir que no era ella, sino su marido, lo dejó pasmado. Todos tenían los números de móvil de los demás miembros del club de moteros, pero podía contar con los dedos de una mano las veces que Andy o Dylan habían marcado el suyo.
—¿Sabes lo raro que suena que tú necesites que haga algo por ti? ¿Estás seguro de que no te has equivocado de número? —repuso con sinceridad y oyó que Dylan se reía.
Conor tenía razón, pensó el irlandés, pero aquel era el día de las cosas inesperadas. Había pasado de todo. Incluido algo tan improbable como que él perdiera los papeles.
—Rarísimo, sí. Tranquilo, no me he equivocado de número.
—Bueno… Tú dirás.
—Vale. Primero, quiero que recuperes mi reloj y mi móvil, y me los devuelvas. Y antes de que intentes ponerme alguna excusa, te informo que si tengo que desnudaros uno a uno o meterme en vuestras habitaciones y revolverlo todo hasta encontrar mis cosas, lo haré. Quiero mi reloj y mi móvil. Y los quiero ya. ¿Me sigues hasta aquí?
No le estaba pidiendo un milagro, pero casi, pensó el motero de las rastas. Por lo que sabía, Dakota era quien tenía las cosas de Dylan y, aunque había opiniones encontradas sobre el tema, se había mantenido firme. Según él, Dylan no se iba a morir por estar dos o tres horas sin el móvil. Su argumento era sólido: no le había gustado un pelo llegar a casa cargando a Tess en los brazos, después de dar a luz, y descubrir que había sido sitiada por toda la familia. Tampoco había disfrutado deambular por la ciudad caracterizado como una conejita de Playboy la noche de su despedida de soltero. Pero si él había podido superar el trauma, Dylan también superaría el suyo.
—Seguirte, te sigo —concedió, riéndose—. Pero si hago lo que me pides, serán los demás los que me sigan a mí, para darme una paliza, ¿sabes?
Dylan respondió lo que Conor esperaba.
—Búscate la vida, tío. Sigamos… Cuando tengas mis cosas, necesito que vayas a por Pau, el tío de Andy, y que los dos vengáis para aquí.
Debajo de las gafas de snorkel, las dos cejas de Conor se elevaron a un tiempo.
—¿Dónde es aquí?
Dylan lo pensó un momento. La habitación de las niñas no era una opción. La de matrimonio, donde estaban Andy y él en aquel momento, tampoco. No quería obligarla a tener que verse las caras con su tío.
—En el salón de la planta baja, donde estuvisteis comiendo al mediodía. Cuando estés de camino, dame un toque.
—Vale. ¿Desea algo más, su excelencia? No sé, una piña colada, un masaje, un negro que te apantalle… Lo que sea, ya sabes: ¡a pedir por esa boquita tan guay que te han pintado! —exclamó Conor, partiéndose de risa.
Y oyó que Dylan mascullaba: «Serás capullo…» antes de cortar.
* * *
Conor aprovechó que Tess se estaba alejando del grupo de tumbonas que compartía con Abby y con Amy para hablar con ella. La dirección que había tomado le hizo pensar que probablemente iba a asegurarse de que su retoño, que jugaba en la pequeña zona infantil con Luz y Alba, al cuidado del hermano de Andy, estaba bien. La había visto hacer el mismo recorrido dos o tres veces la última hora.
—¿Tienes un momento? —le dijo.
—Claro —repuso ella, algo sorprendida y, al ver que él le indicaba con un gesto que lo siguiera al otro lado del seto que rodeaba el área de ocio, su sorpresa creció—. ¿Qué sucede?
Una vez fuera de la vista de sus colegas, Conor se explicó.
—Dylan me ha llamado. Quiere recuperar el móvil y el reloj. Tengo que llevárselos. Si se los pido a Dakota, me va a mandar a paseo. Más concretamente, a la mierda. Va a pasar de mí y voy a tener que robárselos. Con lo cual, se cabreará. Pero, casi me da más miedo lidiar con el irlandés cabreado que con tu marido cabreado. En resumidas cuentas: preferiría que nadie se cabreara, ¿se te ocurre alguna idea?
Tess se rio. Entendía la preocupación de Conor y no quería parecer irrespetuosa, pero resultaba muy difícil mantenerse seria mientras lo miraba a través de sus gafas de snorkel.
—Perdona —se disculpó—. Estás muy gracioso con esa indumentaria.
—¿A que sí? —celebró él y dio una vuelta alrededor de sí mismo que resultó bastante torpe, gracias a las enormes aletas que tenía en los pies—. No es mi intención ponerte en un apuro, Tess. Si acudo a ti es porque sé muy bien que contigo no va a enfadarse.
Tess asintió, sonriendo. Conor no era el único que acudía a ella. Hasta el mismo Brian lo había hecho en más de una ocasión cuando Scott no atendía a razones. Alegaban que ella era el talón de Aquiles del Gran Dakota; la única persona en el mundo a quien escuchaba y con quien nunca se enfadaba. Ella, sin embargo, no estaba tan de acuerdo con eso.
—Así que lo sabes muy bien… Me pregunto cómo puedes estar tan seguro.
—Porque también soy un hombre felizmente casado —repuso haciendo un mohín cómico—. Dakota no es el único que está loco perdido por su mujer.
—Vaya… Me gusta oír eso —concedió Tess y le ofreció una gran sonrisa—. Estás de suerte, ¿sabes?
—¿Sí? —preguntó él, después de mover los ojos graciosamente de un extremo a otro de la cavidad ocular.
Tess sacudió la cabeza, riendo. Ciertamente, las gafas, el flotador y las aletas le conferían un aspecto cómico. Sin embargo, en esencia, solo realzaban algo que ya estaba en su naturaleza: Conor era una persona muy graciosa.
—Sí, porque no es Scott quien tiene las cosas de Dylan, sino yo. Y opino que ya es hora de devolvérselas. Así que, si me acompañas, te las daré con mucho gusto —repuso ella.
Y no pudo más que echarse a reír al ver que, fiel a su estilo cómico, el motero lo festejaba moviendo las caderas al ritmo de la música.
* * *
En la casa de la piscina, también creían que la indumentaria de Conor era muy graciosa. Prueba de ello fue que, al verlo llegar, el personal que estaba allí no se molestó en disimularlo. Las carcajadas lo acompañaron en su camino de la puerta de la espaciosa cocina a la mesa donde Pau conversaba con Ciro, mientras él pelaba y troceaba una piña con gran habilidad.
Los que se estaban tronchando del motero de las rastas eran empleados de la empresa de catering contratada al efecto. Su trabajo principal consistía en servir los platos que traían ya preparados, pero Ciro les había pedido que lo ayudaran en la cocina, y todos se habían puesto manos a la obra de inmediato.
—¿Qué tal, Conor? —lo saludó Pau—. ¿Os habéis quedado sin bebidas en la barra?
—¿Bebidas? Estarán muertos de hambre —dijo el chef sin levantar la vista de lo que hacía—. Te dije que no ibas a arreglar la cosa con tapas y miniraciones, Pau. Estos tipos tienen carburadores de cuatro bocas.
A Conor le hizo gracia el comentario del chef. A pesar de sus pintas de despistado, estaba claro que a él y a sus colegas los había calado muy bien.
—Tiene razón. Hay algunos tragones entre nosotros, entre los que me incluyo, pero no he venido por eso. No falta la bebida y, de momento, nadie ha empezado a comerse el césped…
Ciro soltó una carcajada.
—¡El césped, no, por favor! ¡Como Lucía se entere de que estáis mordisqueando su adorado césped nuevo, nos echa a todos a patadas! —alzó la vista y al ver a Conor, añadió—: ¡Ooooye, cómo molan esas gafas!
A lo que Conor respondió con una florida reverencia.
Pau esperó a que cesaran las risas para decir:
—Ah, vale. Entonces, me quedo más tranquilo. ¿En qué puedo ayudarte, Conor?
—Dylan me ha pedido que viniera a buscarte. Nos espera en la casona.
—¿Está todo bien? —quiso saber Pau, algo desconcertado. No entendía por qué Dylan enviaba a alguien a buscarlo.
—¡Seguro que está tramando algo! —celebró Ciro—. Eso es bueno: quiere decir que se le ha pasado el mosqueo.
Pau desvió su mirada hacia Conor quien, después de pensárselo un momento, asintió con la cabeza. El chef volvía a acertar. Al principio no había caído en eso. Estaba más preocupado por encontrar la forma de recuperar las cosas de Dylan.
—No me ha dicho nada, pero sí; ahora que lo pienso, creo que se trae algo entre manos y nos necesita para llevarlo a cabo.
Para Pau supuso un alivio pensar que Dylan estaba planeando algo. Como bien había dicho Ciro, era una señal de que su enorme enfado empezaba a diluirse. Lo que, a su vez, implicaba que la fiesta continuaba en La Savina y él acababa de anotarse un tanto con Andy.
Gracias a Dios, pensó.
—Entonces, vamos a ver qué quiere, Conor —dijo, poniéndose en marcha.
- V -
Los moteros tardaron en darse cuenta de que, en efecto, su colega irlandés se traía algo entre manos. En parte, se debía a la modorra que había logrado que Dakota, que solía ser el más avispado a la hora de notar detalles que no encajaban en el contexto, cediera al sueño. En parte, porque las más pequeñas de la familia —Romina, Luz y Alba, la hija de Pau— se habían trasladado al lugar donde se hallaban los mayores, acaparando la atención de los que estaban despiertos.
Por uno u otro motivo, ninguno reparó en que Conor iba y venía, pues llevaba un buen rato haciendo cosas con Pau en la casa de la piscina. Nikki sabía de la misa la media; tan solo estaba informada de que Pau le había pedido ayuda para algo que el motero no había concretado.
Cuando el padre y el suegro de Andy, que habían estado entreteniendo al grupo con anécdotas, se excusaron y se marcharon los dos a un tiempo, después de que Brennan recibiera una llamada, a Evel le dio que pensar. Fue entonces que reparó en que también faltaba Conor. Según había dicho el padre de Andy, su hija y su yerno estaban ocupándose de las bebés, y se unirían al grupo en cuanto las durmieran. Sin embargo, de eso hacía un buen rato y aún ninguno de los dos se había acercado por ahí. En cambio, los consuegros acababan de marcharse y Nikki estaba sola.
—¿Alguna idea de dónde está tu hermano? —le preguntó a Erin.
«Deshaciendo las maletas, probablemente. No te imaginas lo cerca que hemos estado todos de tener que largarnos de aquí…», pensó ella. No podía decirlo, de modo que tocaba fingir.
Emitió una risita cómica.
—¿Y dónde quieres que esté? Si fuera por Dylan, no se despegaría nunca del lado de sus princesas… Aparte, según me dijo mi padre, hubo un problemilla. Intentaron probar a darle el biberón en la toma anterior y mis sobris dijeron que ni hablar. Se quedaron dormidas, agotadas de tanto berrear. Por eso se han despertado antes de su hora. Las pobres estaban hambrientas. Dylan ya vendrá. No creo que tarde mucho más.
—¿El biberón? ¿Le pasa algo a Andy?
—No, no… Lo hicieron por empezar a probar. Saben que tomará algún tiempo, pero cuando las niñas acepten bien el biberón, Andy podrá descansar por la noche. Dormir es fundamental para todos, mucho más para una madre que acaba de dar a luz.
Evel asintió con la cabeza, dando por buena la explicación.
—¿Y Conor? —preguntó. Esta vez, dirigió su mirada hacia Nikki.
—El tío de Andy necesitaba ayuda con algo.
—¿Y se la pidió justamente a tu marido? —se rio Evel, tomándolo a broma. El menorquín tenía mucha más confianza con Ike o, incluso, con él. A Conor lo conocía solo de pasada.
Nikki se encogió de hombros en un gesto risueño.
—Es el único totalmente sobrio —dijo al tiempo que señalaba con la mirada a Dakota, que roncaba junto a Evel.
Una carcajada precedió a una voz que sonó algo adormilada.
—¡Eso es verdad! —terció Maddox. Tenía los párpados a media asta y no precisamente porque el sol lo cegara.
En aquel momento, se oyó el estruendo de una prueba de sonido fallida. Un ruido breve y chirriante, que provocó quejas generalizadas. Era como una uña arañando una pizarra.
—¡Qué coño…! —farfulló Dakota, que hasta hacía un instante dormía plácidamente—. ¿Qué ha sido eso?
Evel frunció el ceño y se asomó por el borde de su tumbona para mirar lo que sucedía atrás de donde estaba el grupo. Le pareció oír voces, pero no pudo ver a quién pertenecían.
—No tengo ni idea. Pero aquí hay gato encerrado —sentenció, ya totalmente convencido de que algo se estaba cociendo más allá del seto.
* * *
Los gatos encerrados eran cinco y uno de ellos cogió la batuta en aquel momento. Su voz, con un delator acento irlandés, resonó en la piscina gracias a los parlantes de un tocadiscos que Conor había reparado y conectado al micrófono de un juego musical de Luz.
«¡Bienvenidos al segundo acto del musical titulado «¡Vamos a tocarle las pelotas al irlandés y que se joda por haber tenido mellizas!» —anunció en su lengua nativa desde el otro lado de los setos, de forma que sus colegas podían oírlo, pero no verlo.
Al reconocer la voz de su padre, Luz se puso eléctrica, moviéndose en el sitio y dando pataditas al suelo con sus pies descalzos al tiempo que gritaba, mitad en inglés, mitad en español: «¡Daddy, daddy…! ¡Ese es mi papi!».
Romina era muy pequeña para entender lo que sucedía, pero imitaba todo lo que hacía Luz, por lo que ella también empezó a moverse en los brazos de Tess, dando pequeñas patadas al aire y enamorando a su padre, a quien todo lo que su niña hacía le parecía el no va más.
—¡Ehhh, que hay niños aquí! —exclamó Dakota, y soltó un sonoro chiflido que muy pronto contagió a todos.
Una larga andanada de silbidos y aplausos obligaron a Dylan a hacer una pausa para seguir. Para entonces, los invitados habían abandonado sus tumbonas y estaban de pie, con su atención puesta en lo que sucedía más allá de los setos.
—Vaaaale, no más palabrotas. Tomo nota de la presencia de menores en el recinto —concedió el irlandés—. ¡Gracias a todos por venir sin ser invitados! No seríais vosotros si hubierais esperado un mes, como la gente normal. ¡Os quiero, tíos!
Las carcajadas arreciaron ante la cómica sinceridad de un tipo famoso por ser directo. Algunos, como Tess y Evel, lagrimeaban de tanto reírse; otros lo jaleaban con júbilo y entre todos obligaron a Dylan a hacer una nueva pausa, esta vez más larga que la anterior.
—¡Gracias, gracias! ¡Aquí tengo a mi mujer, pateándome las espinillas para que deje de ser tan sincero! —se rio el irlandés—. También quiere que os dé las gracias por venir y que os diga que una buena barbacoa está de camino con todas esas cosas que nos gustan a los británicos y a los irlandeses. ¡Basta de paella, fideuá y mariscos! ¡Hamburguesas, salchichas y alitas de pollo, al poder!
«¡Andy, Andy!», empezaron a jalearla los moteros. Excepto Evel, que adoraba la refinada cocina del chef Ciro Montaner, los demás se sentían mucho más a gusto ensuciándose las manos.
—Y ahora —siguió diciendo Dylan—, un grupo de… no tan expertos bailarines os hará reír con una danza que os traerá muuuchos recuerdos… ¡Que empiece la función!
En aquel momento, empezaron a sonar las primeras notas de la canción infantil «Los cinco patitos». Era una canción pegadiza, con una letra muy repetitiva, tan antigua y conocida, que todos la habían cantado y bailado siendo niños. Y no tan niños; de hecho, no hacía mucho que la habían bailado por última vez, celebrando el nacimiento de Romina Taylor.
Un instante después, por el sendero que conducía a la piscina, aparecieron Brennan y Chad, moviéndose como podían al son de la música mientras empujaban una silla de escritorio con ruedas en la que iba sentada Andy. O mejor, una versión festiva de ella, con el rostro maquillado al estilo del de Dylan, una gorra de ducha con festón en la cabeza y un toallón de baño, puesto a modo de pañal, por encima de la ropa.
Detrás, iba Dylan, moviendo las caderas a un lado y al otro con las mismas pintas delirantes que tenía al marcharse de la piscina un par de horas antes.
La comitiva la cerraba Danny, que portaba la cámara con la que estaba filmando el espectáculo. En su caso, vestía normal —como un adolescente pasando el fin de semana en una finca con piscina—, pero se había aprendido los pasos y se movía procurando seguir el ritmo, exagerándolos.
Al fin, apareció Conor, contoneándose y animando a todo el mundo a sumarse a él.
—¡Estamos emitiendo en directo(1) por el canal del club para que Maverick y los colegas del bar puedan vernos! —exclamó—. ¡Vamoooos, ánimo! ¡A moverse, señores! ¡Hay que darlo todo!
Y a su llamado, todos se unieron a los bailarines entre risas y aplausos, bailando alrededor de la piscina con inesperada sincronización.
Aquella noche, los moteros estuvieron de juerga hasta muy tarde. Se ensuciaron las manos con una barbacoa a cargo de Ciro Montaner, que les demostró que era tan bueno en una cocina superequipada como frente a una parrilla alimentada con carbón vegetal. No volvieron a intentar emborrachar a su colega y flamante padre de mellizas, ni a quitarle el móvil o el reloj. Los consuegros se turnaron con Anna y su prometido Jaume para que también ellos pudieran participar. Y tanto Dylan como Andy estuvieron en la piscina todo el tiempo que sus niñas les permitieron, celebrando junto a sus amigos otro momento inolvidable de aquellos días cargados de ilusión.
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(1) Nota de la autora: antes de la era de los directos de Facebook o Twitter, que comenzaron en la primavera/verano de 2015, existían otros servicios pioneros como Justin.tv (ahora Twitch) o Mogulus (más tarde llamado Livestream). Emitían desde una cámara web o una cámara de vídeo conectada a un ordenador, no desde un móvil. Dado que esta historia se desarrolla en julio de 2011, entendemos que el canal al que se refiere Conor está alojado en alguno de los servicios pioneros antes mencionados.
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©️2026. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
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