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Proyecto CRS-04

Una vez no basta (UVNB)

(Título provisional)


Presentación | Sobre los personajes | ELLA | ÉL 

Canlentando motores - 1ª Parte | 2ª parte

Capítulos: 

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Una vez no basta (título provisional), de Patricia Sutherland. Proyecto Exclusivo de Club Románticas Stories.


CRS-04. UVNB (Una vez no basta). Calentando motores 1ª Parte.


¡Hola, Romántica!

Ha llegado la hora de ver qué nos depara la historia de Gayle y Thomas, pero antes repasaremos lo que ha sucedido con ellos hasta ahora.

Si me sigues, sabes que a esa recopilación de antecedentes, la suelo llamar «calentando motores» y es mi forma de introducirte en la historia para que la tengas fresquita en la cabeza.

¡Vamos con ello!


Hasta que sus caminos confluyen, Gayle y Thomas habían aparecido en Volver a empezar, cada uno, por separado. Él en calidad de empleado (y amigo) de Declan, y ella, como amiga de Jana. Precisamente es Jana quien hace que sus caminos intersecten cuando, preocupada por lo que Gayle le cuenta acerca de su exmarido, se lo cuenta a Declan y este decide intervenir. Sucede una mañana, en casa de Jana:


«Declan apuró el contenido de su taza, le dio un enjuague rápido y la puso en el lavavajillas.

—Me voy, señoras —anunció a las mujeres que estaban sentadas a la mesa de la cocina, cuando ya se había puesto en marcha.

Jana lo siguió con la mirada. Últimamente, no era capaz de dejar de mirarlo. Aquel traje le quedaba francamente bien a un tipo al que todo le quedaba francamente bien.

—¿Me llamas? —le dijo.

Él volvió la cabeza, asintió ligeramente y le hizo guiño antes de desviar su mirada a la mujer que estaba junto a ella. Gayle tenía una sonrisa algo incómoda, que delataba ser consciente de haber interrumpido un momento intenso.

—Thomas no tardará —le dijo—. Hablamos hace un rato y venía de camino. Es muy discreto, no te preocupes. Solo se enterará quien tiene que enterarse de que te está guardando las espaldas.

Todo el asunto de Kyle era un enorme problema para Gayle. Uno que iba más allá de la de ya por sí preocupante situación de sentirse acechada por alguien con quien había dejado de tener toda clase de relación hacía años. Trabajaba para una fundación dedicada a reconducir la vida de niños y adolescentes huérfanos o provenientes de hogares problemáticos. Se dedicaba a recaudar fondos. Su imagen era muy importante. No podía permitirse que alguien se diera cuenta de que llevaba un guardaespaldas. En su mundo, eso no era un signo de estatus sino una señal de peligro que sonaba con estridencia. ¿Pero qué otra cosa iba a hacer? Ignoraba qué pretendía Kyle forzando encuentros casuales con ella, pero le había dado miedo saber que había estado en su edificio, espiándola. Gayle se las arregló para esbozar una sonrisa atenta.

—Sé que eres el mejor en lo tuyo, Declan. Confío en ti. Y gracias por todo.

Declan asintió con la cabeza a modo de agradecimiento y siguió camino hasta el salón. Recogió sus llaves de la mesita ratona y a continuación abandonó la casa.

Al salir, echó un vistazo alrededor. No había ningún Jaguar ni ningún hombre con pajarita en lo que alcanzaba su vista. Kyle no sería tan imbécil de presentarse en casa de Jana y tocar el timbre, pero aún y así no se fiaba. No sabía qué era lo que el tipo se proponía con esos encuentros casuales con su ex. Pero Jana no estaba para sustos…».


Y, entonces, se produce el encuentro:


«La sonrisa de Gayle se fue desdibujando hasta casi desaparecer cuando el verdadero motivo de que ella estuviera en la cocina de Jana salió a colación.

—Te lo agradezco mucho. Pero tú tienes que ocuparte de tu salud. Lo último que te hace falta es sumar mis problemas a los tuyos. Además, ya es hora de que mis padres dejen a un lado sus opiniones sobre mi vida personal... Quizás, saber lo que está sucediendo les ayude a comprender por qué hice lo que hice y dejen de endiosar a Kyle de una vez por todas...

Jana frunció el ceño. ¿Insinuaba que había habido más razones en su divorcio aparte de la bochornosa pretensión de Kyle de mantener a salvo su virilidad dejando que todos creyeran que era su mujer quien no podía quedarse embarazada? ¿Acaso él la espiaba también cuando estaban juntos?

Gayle era muy consciente de las preguntas que se estaría haciendo su amiga, pero no deseaba responderlas. Cuando al fin había tomado la decisión de romper con Kyle, hacía mucho que el desamor campaba a sus anchas en ella. 

—No lo hagas por mí, Gayle —dijo Jana—. Y si me permites la sinceridad, creo que este no es el momento de involucrar a tus padres. Si tienen a Kyle en tanta estima, es posible que lo tomen como un intento suyo de arreglar las cosas contigo. No pensarán que te está acechando, sino que te corteja y es posible que se molesten, incluso, por que tú no le hagas ni caso... Quédate —insistió—. El miedo no sabrá tanto a miedo si estamos juntas.

—¿Y qué harás con tu enamorado? Porque ahora ya no vas a negarme que vuelve a ser tu enamorado, ¿no? 

Jana esbozó la primera auténtica sonrisa de la mañana, totalmente consciente de que la razón era Declan y su nueva situación sentimental.

—Quédate, Gayle. Lo digo en serio.

Entonces, sonó el timbre.

—Tu guardaespaldas ya está aquí —dijo Jana, haciéndolo sonar grandilocuente por quitarle hierro a una situación que sabía que su amiga detestaba.

Las dos mujeres abandonaron la cocina. Mientras Gayle fue a la habitación de invitados a recoger su abrigo y su bolso, Jana se dirigió a la puerta. 

—Buenos días, Thomas. Pasa, por favor. Gayle no tardará.

—Hola, Jana. ¿Qué tal...? —La idea original era preguntarle por su salud, ya que su desmayo había trascendido, pero luego recordó que no se suponía que él estuviera al tanto, de modo que a mitad de la frase había cambiado el tono dejándolo como el típico saludo.

Jana sonrió. Muy preocupado tenía que estar el ancianito para haberle contado a Thomas que ella no estaba bien, pensó. Por lo tanto, no tenía sentido fingir que no lo sabía.

—Mejor, gracias...

La llegada de Gayle desvió totalmente la atención del empleado de Keegan Security.

Thomas conocía a Gayle Middleton de antes. De vista, solamente. Pero la mujer que apareció ante sus ojos estaba bastante cambiada. 

Gayle venía pensando en otra cosa, en la misma que no la dejaba a sol ni a sombra desde el día anterior, al saber que su ex marido había estado frente a su edificio. Durante un instante la presencia de aquel hombre fornido que hacía parecer a Jana tan pequeña la sorprendió. Lo recordaba. No era un hombre que pasara inadvertido. Pero salió del paso con la misma elegancia que siempre.

—Soy Gayle Middleton —le tendió su mano—. Ya estoy lista. Cuando quiera, podemos irnos.

—Sí, la conozco. Y usted a mí. Aunque no nos han presentado formalmente, soy Thomas Eaton. 

—Nos hemos visto antes, ¿verdad? —dijo ella. Seguía saliendo del paso con elegancia.

Thomas se limitó a sentir con la cabeza una par de veces, sin aclarar ni cuándo ni dónde porque no hacía falta. Se habían visto antes y ella se acordaba perfectamente, estaba seguro de eso.

—Bien, entonces... Me voy, Jana. Luego te llamo —dijo despidiéndose con un beso en la mejilla.

—Perfecto.»


Pero, la cosa acaba poco después y no de la mejor manera posible. Debbie le avisa a Declan que Thomas está llevando a Gayle de regreso a la casa de Jana y que ha dejado dicho que por favor lo llame. Declan lo hace y…


«—¿Dónde estás? —le preguntó a Thomas.

—Dando vueltas por Covent Garden hasta que encuentre un sitio donde aparcar. No hay nadie en casa de Jana.

Dado que Thomas no continuó hablando, Declan dedujo que no quería hacerlo delante de Gayle. Se preguntó qué habría sucedido para que su hombre se mostrara tan cauto, pero, por lo visto, tendría que esperar para averiguarlo.

—Voy de camino. Pero con el tráfico a estas horas, es posible que demore en llegar. Aléjate un poco de la zona, busca alguna cafetería y espera mi llamada, ¿de acuerdo?

—A la orden.

A Declan le sorprendió la respuesta recibida. De que Thomas estaba mucho más serio de lo habitual en él, no le cabía ninguna duda, pero el final de la más que breve conversación que habían mantenido, le hablaba de que su hombre estaba molesto. Y eso sí que no le acababa de cuadrar. 

La voz de Jana interrumpió sus pensamientos.

—¿Por qué está yendo para mi casa? Normalmente, Gayle está ocupada, como poco, hasta las seis… —Cogió su móvil al recordar que se lo había dejado en el salpicadero, y al ver la ristra de llamadas perdidas, se alarmó—: Me ha estado llamando… Y Harley también. —Alzó la vista hasta Declan—. ¿Qué está pasando?

A pesar de que las gafas ocultaban los ojos de Jana, el miedo podía leerse en la expresión de su rostro. A Declan le dolió en el alma verla de esa forma. Detestaba que sintiera miedo y le había dolido saber que había sido esa la razón principal que los había alejado, pero comprobar que, al menos esta vez, lo que sentía no estaba relacionado con él, con su presencia, supuso un alivio para Declan. Un alivio extraño. 

—Si me prometes calmarte, te diré lo que sé, que no es mucho, ¿de acuerdo?

Jana se apresuró a asentir con la cabeza, deseosa de que él le contara lo que sucedía.

—Sobre Gayle, no sé qué está pasando…

—Puedo llamarla y averiguarlo —lo interrumpió ella, cuando ya estaba activando la pantalla de su móvil.

—Ahora no va a decirte nada. —Jana dirigió su mirada interrogante hacia él—. Van en el mismo coche y, como has oído, Thomas ha sido bastante conciso. Por no decir, telegráfico. Si van camino de tu casa, y no de un hospital, lo que sea que suceda puede esperar a que llegues.

Ella asintió con la cabeza y volvió a dejar el móvil sobre sus piernas.…».


Sin embargo, quien primero se entera de lo sucedido es Jana directamente de labios de Gayle:


«Gayle había perdido la poca compostura que le quedaba al llegar, y apenas había logrado acabar de hablar antes de echarse a llorar. 

Jana se inclinó hacia ella, en el sofá, y tomó sus manos en un gesto de consuelo.

—Shhh, tranquila, tranquila, nena… Ven a la cocina conmigo, voy a prepararte un café, ¿o prefieres una infusión? Yo creo que con el día que estamos teniendo las dos, lo mejor sería una taza de tila —bromeó al tiempo que tiraba de su amiga con suavidad.

Gayle respiró hondo en un intento de serenarse y se puso de pie.

—¿Tú también has tenido uno de esos días que es mejor olvidar? —Hizo un gesto triste—. Y aquí estoy yo, empeorándolo un poco más… Discúlpame, Jana. Es que llevo días con esta ansiedad, comiéndome viva, y hoy ya no he podido más… —La miró agradecida—. Tomaré lo que tú tomes, y gracias; eres una gran amiga.

Jana le pasó un brazo alrededor de los hombros y juntas se dirigieron a la cocina.

—No me des las gracias. Tú harías lo mismo por mí. Eso sí, cuéntamelo todo más despacio, porque no me he enterado de nada. ¿Dices que Kyle y Thomas tuvieron un enfrentamiento? —le preguntó mientras preparaba café.

Gayle permaneció de pie, junto a Jana. Asintió con la cabeza.

—Sí. Yo tenía una entrevista con un posible benefactor y había quedado con Thomas en que me recogería en la Fundación a las tres. La cita era una hora más tarde, pero había que atravesar la ciudad… En fin, que la gente con quienes me reúno siempre son personas muy importantes. Ese es mi trabajo dentro de la organización; conseguir implicar a gente que está al más alto nivel. A veces, tardo meses en conseguir que me reciban. No puedo arriesgarme a llegar tarde. Prefiero ser yo quien tenga que esperar a que se haga la hora. 

—¿Y qué pasó?

—Que cuando salí del ascensor en la planta baja, estaban los dos sosteniendo una conversación nada amistosa, en la que el personal de seguridad y el empleado de la recepción también intervenían. 

—¿Y qué se decían? ¿Por qué discutían?

Gayle exhaló un suspiro cargado de ansiedad.

—Según Kyle, cuando le dijo que había quedado conmigo en mi oficina, Thomas se negó a dejarlo subir hasta que lo hubiera comprobado. Según Thomas… Lo ignoro. 

Jana dejó lo que estaba haciendo y elevó la vista hasta Gayle.

—¿Cómo que lo ignoras? ¿No te explicó lo que sucedió antes de que tú aparecieras en la recepción?

Gayle exhaló otro suspiro y negó con la cabeza. Jana notó que su rostro había concentrado suficiente cantidad de sangre para que luciera rosado. 

—No debía saberse que tengo un guardaespaldas. Es un reclamo malísimo para mi trabajo… Supongo que mi reacción, al enterarme, no fue la más adecuada. Nada adecuada, de hecho.

Kyle no dejaba de vociferar, atrayendo la atención de todos cuantos pasaban por allí. Thomas matizaba los exabruptos de su ex con frases cortas y punzantes, y toda su impresionante anatomía emitía señales de «peligro inminente». Señales que, aunque estaban dirigidas a Kyle, también la afectaban a ella de lleno. La estaban exponiendo de la peor manera posible.

Aquel «basta, ya está bien. Sigo yo a partir de aquí. Por favor, espéreme en el coche», le había salido del alma. Después de eso, Thomas no había vuelto a pronunciar una palabra. 

Al ver la expresión de sorpresa en el rostro de su amiga, Gayle sacudió la cabeza, contrariada. 

—Es que… Ahora todo el edificio está al corriente de que no voy sola a ningún lado. Después de lo de hoy, también se habrán dado cuenta del porqué. Y eso es todavía peor para mi reputación, si cabe… Para colmo de males, cuando harta del ser el centro de atención, le exigí a Kyle que me dijera de una vez lo que quería de mí, me soltó con toda su pompa que «él no es el enemigo, tan solo un exmarido que nunca ha querido ser un ex». ¿Te lo puedes creer? Resulta que después de casi cuatro años divorciados, su argumento es que sigue sin querer ser «mi ex». Esto no hay quien lo entienda… Me alteré tanto, que me vi obligada a cancelar la reunión. 

—Eso no es un argumento, es una excusa. Porque es tu exmarido, aunque el estatus no sea de su agrado. No tiene por qué forzar encuentros contigo y, mucho menos, presentarse por las buenas en tu lugar de trabajo, inventándose una cita. —Jana le tendió una taza de café y las dos ocuparon sendas sillas frente a la mesa de la cocina—. El entendido en este tema es Dec, pero si estuviera en tu lugar, lo denunciaría ya mismo y pediría una orden de alejamiento.

Gayle asintió enfáticamente.

—Eso es exactamente lo que le he dicho a Kyle. Y te aseguro que nadie lamenta más que yo que las cosas hayan llegado a este punto, pero no estoy dispuesta a continuar dándome de bruces contra él a cada momento. No sé qué pretende y, francamente, tampoco me interesa averiguarlo. Para mí Kyle es agua pasada. Entiendo que el divorcio le sentara como un jarro de agua fría y que, en su fuero interno, desee que las cosas sean diferentes, pero no lo son. Debe respetar mi decisión.

—Bien dicho, nena. Esperemos que Declan regrese —«suponiendo que lo haga», pensó— para hablar de dar grandes soluciones a los grandes males que te aquejan, ¿te parece?…»


La versión que Declan recibe por parte de Thomas es bantante reveladora…


«En una cafetería, a dos manzanas de la casa de Jana…


Declan entró a prisa, buscó con la mirada a Thomas y se dirigió hacia él cuando al fin lo vio, en una mesa de dos, al fondo del local.

—Disculpa el retraso. He tenido que dejar el SUV lejísimos. Vale, cuéntamelo todo con lujo de detalles —dijo sentándose frente a él.

Tras llamar al camarero con una señal, Thomas fue al grano.

—Esta mañana, cuando llegamos a su trabajo, su exmarido estaba allí, en un taxi. La clienta no lo vio y yo no lo mencioné, pero era él. La acompañé hasta los ascensores y cuando volví a salir a la calle, el taxi se había ido. Imagino que la idea del tipo era abordarla, pero como yo entré en el edificio con ella, se vio obligado a cambiar de planes. Me quedé un buen rato por la zona para asegurarme de que no regresaba.

En aquel momento, llegó un camarero al que Declan le pidió un café. La conversación se reanudó en cuanto se marchó.

—La clienta no quiso que me quedara a esperarla. Me pidió que la recogiera a las tres para acudir a una cita en el barrio de Bromley, pero yo llegué un buen rato antes. Ella come en el trabajo, pero, entre sus rutinas, está la de bajar a eso de las dos y media a dar un paseo de quince o veinte minutos. Hoy no pensaba darlo, dijo que se quedaría en su mesa a revisar el dosier informativo para la entrevista de la tarde.

»Pero a mí se me ocurrió que, si el tipo la sigue desde hace tiempo, seguro que conoce sus horarios, y ya que por la mañana mi presencia le había estropeado los planes, quizás regresara a la hora de su paseo. No me equivoqué. A las dos y media en punto, volvió. Yo estaba en la plaza de aparcamiento reservado de la empresa y pasó a mi lado.

»Por si el tremendo Jaguar que conduce no era suficiente para atraer la atención de todo el mundo, era él quien iba al volante, con su traje pijo, pajarita incluida. —Declan notó un cierto desdén en sus últimas palabras, pero no le extrañó. Era el tipo de emoción que Kyle producía en la gente que no lo conocía; los que lo hacían, directamente, lo detestaban—. Él no me vio. Iba muy atento a la puerta del edificio. Aparcó en doble fila unos diez metros más adelante, cuestión de poder seguir viendo lo que sucedía a través del espejo retrovisor, y puso los intermitentes. Luego, un guardia se acercó a indicarle que debía circular. Entonces, estuvo dando vueltas a la manzana un rato. Yo no pensaba moverme del coche hasta que fuera la hora, pero cuando lo vi doblar la esquina a pie y dirigirse al edificio, salí escopetado.

Sabiendo cómo las gastaba el imbécil de Kyle Baxter, Declan podía imaginarse lo que había sucedido después. 

—En cuanto te vio, dedujo qué hacías allí, y se te fue al humo.

—En realidad, quien lo abordó fui yo. —Declan lo miró con los ojos muy abiertos—. Entré detrás de él, lo seguí hasta el mostrador de la recepción. Todos los visitantes tienen que firmar en un registro y decir a quién van a ver. Si todo está conforme, les dan una tarjeta con la que pueden acceder. Esperé a ver cómo explicaba su presencia allí y lo que dijo fue que tenía una cita con Gayle Middleton. Recién entonces, intervine. Le dije que trabajaba para ella, le pedí que se identificara y le informé que tenía que esperar a que yo confirmara con ella ese dato, ya que no estaba al tanto de que esperara a nadie.

—Y ese fue el momento en el que Kyle se convirtió en un hombre lobo, y empezó a soltar dentelladas a diestro y siniestro.

Thomas asintió enfáticamente con la cabeza.

—Ese tío es un paranoico. Se ve a kilómetros que está obsesionado con ella. Pero, por alguna razón, ella no lo ve de esa forma. Lo trata como a un viejo amigo o a alguien que conoce desde hace mucho tiempo. Vale, no fue cortés ni, mucho menos, paciente. Sus maneras dejaron claro en todo momento que no le gustaba un pelo que el tipo se hubiera tomado el atrevimiento de entrar en su edificio. Pero no es consciente, ni por asomo, de lo peligrosa que es la situación. Prueba de esto es que dio por buenas las recriminaciones de su ex y a mí me mandó a callar. 

—¿Cómo…? ¿Qué quieres decir con que te mandó a callar? —preguntó Declan, asombrado—. Esa mujer es la corrección personificada. 

Era como Fay Cox, con veinte años menos. No podía imaginar una situación en la que Gayle Middleton, que era todo elegancia y discreción, perdiera las formas.

Si algo había aprendido Thomas aquel día, era que a la señora Middleton no le hacía falta ser soez o malsonante para dejar claras sus intenciones. Era perfectamente capaz de enviar a cualquiera al infierno sin levantar la voz, y, por supuesto, sin perder su aristocrática sonrisa.

Las apariencias engañan, hermano, pensó.  

—Hizo algo más que eso. Me pidió que la esperara en el coche —repuso Thomas—. Como te imaginarás, me quedé donde estaba, pero en lo de callarme, le hice caso. Cerré la boca y no he vuelto a abrirla hasta ahora.

Declan miró a su hombre con un ojo entornado.

—A ver, a ver, a ver… Explícame eso otra vez. ¿Estás diciendo que te molestó que te pidiera que te fueras? ¿Te trató mal o algo así?

Era mucho más que molestia. Su reacción le había tocado la moral a base de bien. Lo había hecho sentir un ciudadano de tercera categoría.

Sin embargo, cuando Thomas habló, lo hizo con un tono bastante ecuánime, dadas sus emociones.

—Soy su guardaespaldas, Declan, no su chófer. La única versión de los hechos que tiene que importarle es la mía. Eso, suponiendo que haya algo que explicar. Contrata nuestro servicio de seguridad porque un tipo la está acosando. Ese mismo tipo se presenta en la recepción del edificio donde trabaja, preguntando por ella. —Se encogió de hombros en un gesto de incomprensión total—. ¿Qué hay que explicar? 

—Es tu profesión, tío y estás más que acostumbrado a este tipo de situaciones. Gayle, no. Para ella esto es algo inédito, un problema muy serio. Su reacción no debería extrañarte. Seguramente, te pidió que te fueras para no llamar más la atención. A la gente de su clase le preocupan estas movidas por cuestiones de imagen.

Eso último le había quedado meridianamente claro, pensó Thomas. Aunque, en su opinión, no era solo una cuestión de imagen, también de clase social. La señora no podía permitir que un simple guardaespaldas le pusiera los puntos sobre las íes a su ex. No porque fuera su ex, sino porque era un Baxter.

—No, si no me extraña… Pero prefiero no trabajar para alguien a quien parece preocuparle más su imagen, que su seguridad personal. Al final, estas cosas nunca acaban bien, y ya sabemos quién es el que sangra, cuando se tuercen. Te repito que, si esto te complica mucho las cosas, haré de tripas corazón. 

A Declan ya no le quedaba ninguna duda de que Thomas se había tomado a mal la actitud de Gayle Middleton. No obstante, estaba en su derecho de pedirle que le asignara otro trabajo. Por supuesto, no pensaba negarse ni recriminarle nada. Ya era difícil cabrear a un tipo que siempre tenía una broma en la punta de la lengua, pero, estaba claro que la ex cuñada de Brandon lo había conseguido a la primera.

—No, qué va, no es ningún problema. La idea de que fueras tú, surgió antes de que ella contratara nuestros servicios. Necesitaba a alguien que Kyle no conociera y, además, eres el único de confianza a quien podía pedirle un favor de ese tipo. No te preocupes, tío. Le encargaré el trabajo a Andreas o a cualquier otro de los chicos.

Thomas logró esbozar la primera sonrisa desde que había llegado. Se sentía aliviado por no tener que volverse a ver las caras con la señora finolis. Tan solo el recuerdo de lo sucedido en esa recepción lo ponía de mal humor.

—Te lo agradezco mucho, Declan —dijo—. Esta noche tendrás el informe completo sobre tu mesa…»


¿Y cómo se entera Gayle que su reacción ha sido «demasiado» para Thomas? Cuando al marcar su número a la mañana siguiente, su llamada se desvía automáticamente a la centralita de Keegan Security. Habla con Declan:


«—Buenos días, Declan. Soy Gayle Middleton. ¿Puedes atenderme ahora o prefieres que te llame en otro momento?

—Hola, Gayle… Por supuesto. Dime, ¿en qué puedo ayudarte?

—Muy bien… Verás, te llamaba porque esta mañana, más temprano, marqué el número de Thomas para avisarle que hoy iré a la fundación por la tarde y me extrañó que me atendiera una señorita muy amable… Debbie, dijo que se llamaba…

Declan sabía positivamente lo que había sucedido; Thomas había visto su nombre parpadeando en la pantalla y había dejado que la llamada se desviara a la centralita.

—Sí, correcto. Es mi asistente-recepcionista-telefonista y, casi te diría que, el alma de la empresa. Y eso que lleva muy poco tiempo conmigo —bromeó Declan.  

—Nada como una mujer eficiente para hacerse con el control de una oficina repleta de hombres en un periquete, ¿eh? —bromeó ella, a su vez—. Y, además, es muy amable. Me aseguró que le daría el recado a alguien llamado Andreas para que viniera a recogerme… No he querido profundizar en este tema con ella y por eso te he llamado. ¿Le ha sucedido algo a Thomas?

«Ya lo creo; le has tocado la moral a base de bien», pensó él. A ver cómo se las arreglaba para sortear el problema.

—No, no, está perfectamente. Le asigné este trabajo de forma temporal porque necesitábamos a alguien a quien Kyle no conociera, por si tenía que seguirlo. Ahora se conocen. Y diría que no se caen nada bien —volvió a bromear—. Thomas se ocupa de un servicio fijo desde hace tiempo y ha vuelto a él. Andreas es quien se encargará de ti en adelante. Ahora, quizás su cara no te venga a la mente, pero lo conoces. Toda la familia Baxter-Cox lo conoce, incluido tu ex. Te prometo que, por mi parte, no habrá más cambios. Si quedas conforme con Andreas, seguirá a tu servicio. Lo de Thomas fue una intervención puntual requerida por las circunstancias. 

—Ah… Ya entiendo. Bien, entonces, ¿Andreas sabe todo lo que necesita saber?

Declan frunció el ceño. ¿Era decepción lo que había notado en la voz de Gayle? Lo descartó enseguida. Tenían que ser ideas suyas.

—Él, sí. Soy yo el que necesita información. Después de lo de ayer, creo que ha quedado claro que los encuentros con tu ex no son circunstanciales. ¿Qué piensas hacer al respecto?

—Tienes razón. Mi idea era que habláramos sobre el tema anoche, pero fuimos con Jana a ver cómo se encontraba Harley, y acabamos quedándonos dormidas en su cama. Vaya amigas, estamos hechas… ¿Te parece bien que nos reunamos esta tarde? Estaré en casa de Jana a eso de las seis y media.…».


La vida que tiene muchas vueltas, hace que Gayle se deje olvidado su móvil en la boutique de Jana y que cuando vuelve a recogerlo, Thomas esté ahí. Nuestra protagonista empieza a mostrar su genio:


«A Gayle le resultaba imposible no mirar a aquel hombre. Y no solo porque su gran envergadura imponía, como mínimo, respeto. También porque, a diferencia de la mayoría de los hombres con los que se codeaba, este no mostraba el menor interés de relacionarse con ella. Al contrario.

Estaba acostumbrada a tratar con todo tipo de personas, era parte de su trabajo. Pero debía reconocer que, con esta persona en particular, le estaba costando establecer una comunicación. ¿Cuánto tiempo necesitaba el caballero para decidirse a pronunciar una palabra?

Thomas era perfectamente consciente de que Gayle lo estaba mirando. No de una manera descarada, como solían mirarlo las mujeres. Su elevada estatura y su complexión robusta puntuaban alto entre el sexo femenino. Ser guardaespaldas le concedía esa aura de macho alfa que las volvía locas. Pero la señora «espéreme en el coche» era sutil hasta para comunicar sus apetencias. Thomas sabía perfectamente que se había fijado en él. Y no era de ahora. Sus repasos eran delicados, como todo en ella, pero minuciosos. Y allí estaba, con su cabello recogido en un moño, que no tenía un solo pelo fuera de sitio, su elegante traje de alguna marca estilosa, de las que usaban las ricachonas, y sus altos tacones, mirándolo de aquella forma totalmente casual.

Thomas lavó la taza y volvió a dejarla en el pequeño escurridor sin inmutarse. Seguía tomándose su tiempo para responder y había razones para ello; no había contado con que la mujer se presentaría en la boutique. Lo había tomado desprevenido. Mucho menos, que sacaría a relucir lo sucedido el día anterior.

Pero ya que ella estaba allí, decidió que cuanto antes respondiera y se largara de una vez, mejor para todos.

—Lamento haberle dado esa impresión. No estaba molesto. No había razón para estarlo —dijo él, al fin, con tono neutro. Acto seguido, se secó las manos con el paño que había para tal fin y miró su reloj—. Tengo que irme.

Gayle permaneció observándolo. Procuró mantener la calma. Sin embargo, ella sí que empezaba a sentirse molesta. Molesta de que siguiera evitándola, ya que ahora tenía más claro que antes, que algo había sucedido. No entendía por qué no podía ser directo y decírselo, sin más. 

—Le pido disculpas, si le he molestado. No era mi intención. Esta mañana llamé para decírselo y… —Gayle decidió apelar a la diplomacia— debió haber algún problema técnico, puesto que mi llamada la atendió una señorita en la central de la empresa. Tampoco he venido para incomodarlo. Ignoraba que usted estaba aquí. Esta mañana, con las prisas, me dejé olvidado el móvil y he venido a recogerlo. 

 Thomas pasó a su lado, sin detenerse.

—No se preocupe, señora. Ya le he dicho que no pasa nada.

Gayle respiró hondo y se volvió a mirarlo con los brazos cruzados.

—Y si no sucede nada, ¿por qué se marcha corriendo, como si hubiera una amenaza de bomba en alguna parte? ¿Acaso no puede conversar conmigo, como haría cualquier persona? 

«¿Como cualquier persona?» Eso había tenido gracia. Thomas se detuvo un poco antes de llegar a la puerta. No pensaba quedarse y darle el gusto, circunstancia que dejó clara al girar tan solo la cabeza para mirarla, el tiempo suficiente para decir:

—Primero, estoy trabajando. No tengo tiempo para quedarme a conversar. —Suponiendo que quisiera, y no es el caso, pensó—. Y segundo, el tipo de personas con las que usted conversa no son cualquier persona. Pertenecen a un club social del que yo no soy miembro. Y esta es otra buenísima razón para irme. Ahora, si me disculpa…

Dicho lo cual, Thomas volvió la vista al frente y abandonó la cafetería con paso marcial.

Durante un instante, Gayle se quedó en blanco. Si no estaba acostumbrada a que la gente la evitara, lo estaba menos aún a que se dirigieran a ella en aquel tono displicente.

Pero solo fue un segundo.

—Oiga… —reaccionó—. Espere un momento, por favor.

Y salió detrás de Thomas.

Enseguida, comprendió que su no-conversación con el guardaespaldas, acababa de convertirse en cosa de tres.

Sucedió, exactamente, en el momento en que vio a Declan, de pie, en mitad del pasillo, mirándolos a ambos con cara de «¿alguien puede explicarme lo que está pasando aquí?»


¡Qué situación más incómoda! Me divertí mucho escribiendo la siguiente escena:


«Si se había dado por aludido, Thomas no lo demostró. Declan lo vio proceder con total normalidad. Su normalidad incluía una total indiferencia a la evidente impaciencia con que la mujer que estaba a su lado esperaba que le llegara el turno de hablar.

—Hola, Declan. La cámara ya está instalada, programada y probada. Está grabando —extrajo algo del bolsillo posterior de sus pantalones y se lo entregó—. Le he explicado a Tara y a Myriam cómo funciona, aunque no tiene ningún misterio. Este mando es para Jana. ¿Se lo das tú o se lo dejo a alguna de las chicas?

Declan cogió el mando y lo guardó en su chaqueta.

—Gracias —miró a Gayle y tuvo la impresión de que la elegante treintañera empezaba a ponerse verde. Volvió a dirigir su mirada hacia Thomas—. ¿Tienes un momento?

¿Para hablar de lo que acaba de suceder? Delante de ella, no. Ni hablar. 

Thomas no se lo pensó. Estaba dispuesto a mentir, si hacía falta. Y eso hizo.

—Ahora, no —repuso, echando un vistazo a su reloj. Y para reforzar su argumento, continuó andando despacio hacia la salida al tiempo que decía—: ¿te importa si lo dejamos para la tarde? El vuelo de mi cliente aterriza en Heathrow en una hora. Ya voy con el tiempo junto.

—De acuerdo, pero dame un segundo…

Declan le puso una mano en el brazo, una forma informal de detenerlo. Pero fue Gayle quien consiguió realmente detener a Thomas. Al menos, durante un minuto.

—Ya es suficiente —espetó—. Soy una persona amable y educada, pero mi paciencia también tiene un límite. Nunca me habían tratado con semejante descortesía… ¿Por qué razón se comporta de manera tan grosera conmigo? 

Los ojos de la treintañera miraban fijamente a Thomas, dejando claro su nivel de irritación. Tanto que Declan sintió unas ganas tremendas de evaporarse por arte de magia y dejarlos a solas. Era consciente de que no podía hacer eso. Gayle ya no era solo la ex cuñada de Brandon, ahora era su cliente, y Thomas era su empleado. No podía largarse, pero tampoco tenía claro de qué forma intervenir. La situación era muy incómoda.

Para Thomas la situación también era incómoda, solo que por distintas razones. Aquella mujer le había tocado mucho la moral y, de no estar su jefe delante, seguramente, acabaría poniéndole los puntos sobre las íes. Aunque más no fuera por ver cómo se descomponía su aristocrático rictus. Pero Declan estaba allí, presenciándolo todo, y aunque pensaba que las de su clase tenían un nivel de hipocresía a prueba de balas, no se jugaría el puesto de trabajo diciéndolo en alto. Por más que se le estuvieran revolviendo la tripas al recordar cómo lo había mandado a callar el día anterior delante de su ex marido, algo que, por lo visto, a ella no le parecía ninguna grosería.

Thomas respiró hondo. Su tono de voz sonó fría, contenida, al decir:

—Esa no era mi intención. Si algo que he dicho la ofendido, le pido que me disculpe. Lo siento, de verdad. —Su mirada cambió de dirección al instante para centrarse en Declan—. Tengo que irme. Hablamos esta tarde. 

Y cuando acabó de decirlo, ya lo estaba poniendo en práctica. Atravesó el sector principal de la tienda, abrió la puerta de cristal y se marchó.

Gayle se quedó mirando con la boca abierta el lugar donde hasta hacía un segundo estaba el guardaespaldas. Había sorpresa en ella, pero también indignación.

Al fin, soltó una risilla socarrona.

—Esto es increíble… —Miró a Declan—. ¿Alguna idea de qué bicho le ha picado a este individuo? —Al darse cuenta del lenguaje tan impropio de ella que había utilizado, se sonrojó—. Disculpa, ha estado fuera de lugar.

—Por favor… —dijo Declan, quitándole importancia con un gesto de la mano. 

Ella esbozó una sonrisa incómoda y fue a coger sus cosas para irse.

—Espero tu llamada para concretar la hora —le dijo. 

Declan asintió. La vio despedirse de las empleadas y abandonar la boutique. Pensó que, a pesar de la incomodidad, presenciar la reacción de uno y de otro le había resultado muy útil. 

Ahora podía decir, sin temor a equivocarse, que si le había sorprendido descubrir que el interés de Thomas por aquella mujer iba más allá de una cuestión profesional, mucho más sorprendente aún había sido comprobar que Gayle correspondía a ese interés. 

Hablando de cosas increíbles, pensó con humor…»


Thomas se marcha. Gayle lo hace poco después. Pero resulta que Kyle está en la esquina y se organiza una gresca:


«Los gritos empezaron a volverse entendibles cuando Declan estaba a diez metros de la trifulca. Eran principalmente de Kyle, que al no poder devolverle ningún golpe a Thomas, puesto que él lo había acorralado contra su propio coche, se desquitaba profiriendo insultos y exigiéndole que le quitara las manos de encima a voz en cuello. 

Mientras tanto, un grupo de mujeres, que rondaban la cuarentena, se afanaba por mantener a Gayle apartada de la pelea ante sus insistentes intentos de detener a Thomas.

También había otros gritos provenientes del corrillo de curiosos que, con la excusa de ayudar, se dedicaban principalmente a tomar fotos con sus móviles. Algunos, incluso, animaban a Thomas a que golpeara más fuerte. Solo un hombre, de unos cincuenta años, intentaba separarlos y a él pertenecía la voz que con bastante claridad gritaba «¡Déjelo, hombre! ¡Lo va a noquear! ¡¿No ve que no es rival para usted?!».

En efecto, Kyle no era rival para Thomas Eaton. Pocos lo eran, y mucho menos aún, si estaba enfadado. Y ahora lo estaba. Que hubiera pasado a la acción física, siendo alguien entrenado para resolver las situaciones evitando la confrontación, era una prueba irrefutable de que el imbécil de Kyle le había colmado la paciencia.

Declan se abalanzó sobre su hombre y lo inmovilizó rodeándole con sus brazos a la altura del pecho.

—¡Para, Thomas y déjalo! —ordenó, tirando de él para apartarlo del hermano de Brandon.

Fue entonces cuando Kyle aprovechó para soltarle un puñetazo que impactó directamente en la boca de Thomas, partiéndole el labio.

—¡Voy a denunciarte, hijo de puta! —gritó, enfurecido— ¡Quién coño crees que eres para ponerme una mano encima!

Para sorpresa de Declan, no fue Thomas quien respondió, sino Gayle. 

Se las arregló para zafarse del férreo control del grupo de mujeres. Después de abrirse paso entre la gente que rodeaba el vehículo, llegó hasta Kyle  y lo enfrentó:

—Te vas a marchar ahora mismo de aquí y, por supuesto, no vas a denunciar a nadie. A nadie, ¿me has oído? Esta es la última concesión que te hago, Kyle. Ni una más. Si vuelvas a acercarte a mí o me llamas o me encuentro contigo por casualidad en alguna parte, se acabó. Solicitaré una orden de alejamiento e iré todo lo lejos que sea necesario para conseguir que me dejes en paz. ¿Lo has entendido?

Thomas pasó de la furia a la incredulidad en un abrir y cerrar de ojos. 

—¡Esta mujer tiene que estar de broma! —exclamó, después de soltar una risotada irónica—. ¿A qué está esperando? ¡Denúncielo de una vez! ¡Si no lo denuncia, mañana lo tendrá pegado a su sombra otra vez! 

—Cierra el pico —le exigió Declan. 

Lo hizo no porque no estuviera de acuerdo, sino porque la decisión no era  de nadie, excepto de Gayle. Ya se ocuparía por la tarde, cuando se reunieran, de convencerla de que lo mejor era dejar de darle oportunidades a Kyle y cortar por lo sano.

Gayle fulminó con la mirada a Thomas y volvió a centrarse en Kyle, cuyas mejillas rojo fuego daban cuenta del nivel de vergüenza y orgullo herido que lo invadían. A pesar de lo cual, avanzó un paso hacia su ex mujer al tiempo que decía:

—Nena, por favor… Solo quería disculparme por lo de ayer… Me pasé. Estábamos en tu trabajo y sé que puede traerte problemas en… —intentó justificarse.

Thomas ya se había erguido, preparado para disuadir cualquier intento de acercamiento por parte de Kyle, cuando Declan lo alejó de la escena dándole un pequeño empujón.

—Cálmate. Y límpiate la sangre —le exigió, indicándole que se apoyara contra el coche, lo bastante lejos de Kyle, e hiciera lo que le pedía.

Mientras tanto, la interacción entre Gayle y Kyle continuaba.

—No —lo interrumpió ella, retrocediendo el paso que él había avanzado—. No quiero oír nada más. Quiero que te vayas y no vuelvas, Kyle. Ahora.

—Quieto —insistió Declan al sentir que su hombre se tensaba. Y para asegurarse de que recibía el mensaje alto y claro, posó una mano sobre su pecho, en una clara señal de «stop».

Thomas resopló como un toro a punto de embestir. Intercambió miradas con Gayle. Ninguno dijo nada, pero un instante después vio que ella se acercaba y le ofrecía su pañuelo.

—¿Para qué me da eso? —Sus ojos azules, brillantes e intensos, se posaron sobre ella.

—Está sangrando —explicó, ignorando la ironía y también su mirada.

—Sobreviviré. Mi sobrino de diez años pega más fuerte que ese tipo.

Gayle sentía la mirada masculina sobre ella. Intensa. Dominante. Pero continuó ignorándola. 

Y evitándola. 

Apoyó el pañuelo con suavidad sobre el labio del guardaespaldas, lo presionó un poco y después retiró los restos de sangre de su barbilla. Tuvo que emplearse a fondo debido a su barba. Debía hacer dos o tres días desde la última vez que se había afeitado, y la sangre parecía haberse adherido con fuerza a sus pelos rubios.

—A pesar de lo cual, se las ha arreglado para partirle la boca —dejó caer con suavidad. A continuación, cogió su mano, la guió hasta la herida donde había posado el pañuelo, y recién entonces, lo miró—. Sosténgalo ahí un minuto para que deje de sangrar.

Esto es un rasguño, pensó él, rezumando ironía. Un rasguño oportunista que tu ex no habría podido hacerme en una lucha frente a frente.  

Pero no negaría que tenerla tan cerca, compensaba. Y mucho. Esa mujer olía de maravilla.

Thomas se limitó a expulsar el aire por la nariz en un mensaje tácito que a Gayle no le fue indiferente en absoluto. Le resultó extrañamente agradable sentir el soplo de aire tibio sobre la frente. Era suave, delicado, y contrastaba con lo que su presencia comunicaba. Él exudaba fortaleza, incluso, aspereza. No había nada suave en aquel hombre. Excepto, por lo visto, aquel aliento cálido que le había sabido a una caricia.

Mientras tanto, ajeno a lo que se estaba cociendo entre su hombre y la ex cuñada de Brandon, Declan intentaba que las aguas volvieran a su cauce.

—Estás en una posición muy delicada, Kyle. Te sugiero que hagas lo que ella dice. —Tras una pausa, se corrigió—: en realidad, no es una sugerencia. Mira, tío… No sé cuántas posibilidades tienes de que tu padre no se entere de lo que has estado haciendo…

—Yo no he estado haciendo nada —se defendió, ácido.

Declan hizo un gesto de «haya paz» con las manos y continuó.

—Pero si te quedas, ella tomará acciones legales…

—Eso es ridículo —volvió a interrumpirlo—. Es mi exmujer. Nos separamos de mutuo acuerdo, pero ella sabe, todos saben, que mis sentimientos hacia ella no han cambiado. 

—Pero los de ella hacia ti, sí.

—No lo creo —dijo Kyle mirando a Declan directamente—. Honestamente, no lo creo. Solo intento… que nos acerquemos, nada más. Ver si todavía hay esperanza para nosotros.

Por primera vez en años, Declan tuvo que reconocer que Kyle había sonado sincero. Su mirada, la expresión apesadumbrada en su rostro… Este no era el Kyle que todos conocían y detestaban.

—No voy a entrar en ese tema. Pero cumplo en informarte que estás equivocando la forma de llegar a Gayle. Se siente acosada, tío. Y lo que dijo, lo dijo muy en serio.

Vio que Kyle bajaba la vista y respiraba hondo. 

—Y, como ha contratado mis servicios —continuó—, si no lo dejas estar, tendré que informar a tu familia. Esto no beneficia a nadie… Lo mejor es que te vayas, Kyle. ¿Quieres que llame a un taxi?

—Mi coche está aquí cerca —repuso él. 

Acto seguido, atravesó el tumulto y se alejó sin mirar a nadie.

Una vez que Kyle se fue, Declan se dedicó a dispersar a la gente.

—Bien. Ahora, ¿me puedes explicar qué coño ha pasado para que hayas acabado liándote a puñetazos? —le exigió a Thomas, de pie, frente a él.

Thomas miró a Gayle. Acercó su mano despacio a la barbilla femenina, como si le estuviera pidiendo permiso para hacer lo que hizo a continuación; girarla y dejar expuesto ante Declan el lado derecho de su cara.

Una ligera marca rojiza recorría el costado de su rostro, empezaba en la ceja y desaparecía justo debajo del pómulo. Destacaba por la blancura de su piel, pero no se trataba de nada grave. En un día o dos, no quedaría rastro alguno.

—Al doblar la esquina, vi que estaban discutiendo. Ella intentó irse, pero él la detuvo, cogiéndola por un brazo. Forcejearon. Ella logró zafarse y él la empujó. Se golpeó la cara contra esta columna —dijo, dando una palmada sobre el fuste de la columna de alumbrado que había junto a Gayle. 

—No me empujó —dijo ella de inmediato—. Simplemente, trastabillé.

—Claro, y yo no lo zurraba, solo estábamos bailando —repuso Thomas, todo ironía.

Gayle suspiró. Habló mirando a Declan, exclusivamente:

—Trastabillé. Llevo tacones altísimos. Kyle no me tocó —y después de dedicarle una ligerísima mirada molesta a Thomas, añadió—: no es de esa clase de hombres.

Él la enfrentó.

—¿Se puede saber de qué está hablando? Solo hay dos clases de hombres: los que escuchan a una mujer decir que no y lo respetan, y los que no lo hacen. —Señaló la dirección en la que Kyle se había marchado y dijo—: Ese tipo pertenece al segundo grupo. Es cuestión de tiempo que cambie las palabras por los golpes. 

Al notar que ella apartaba la mirada sin añadir nada, Thomas volvió a dirigirse a Declan.

—Qué narices hacía la señora aquí, sin Andreas, no tengo la menor idea. Y sé que me vas a leer la cartilla por esto, pero no podía quedarme de brazos cruzados.

Por supuesto que Declan ajustaría cuentas con él. Se había pasado de la raya y estaba claro que las razones que le habían movido eran de índole personal, lo que empeoraba aún más su comportamiento. Sin embargo, ella tampoco había obrado con inteligencia. 

—Thomas tiene razón —le dijo a Gayle—. No debiste venir sola. Creí que Andreas estaba fuera, esperándote. De otra forma, te habría acompañado yo.

Los ojos femeninos brillaron de incomodidad.

—La señora solo fue a la boutique a recoger su móvil —replicó ella con dignidad—. No creyó necesaria la presencia de nadie que le guardara las espaldas.

—Pues, válgame Dios, salta a la vista que la señora se equivocaba —espetó Thomas. Acto seguido, le devolvió el pañuelo manchado con la sangre de su labio inferior—. Tenga, un souvenir.

Ella declinó con un gesto fingidamente cordial.

—Faltaría más. Por favor, quédeselo.

—¿Está segura? Parece caro…

—Es caro —confirmó, siguiéndole la corriente—. Pero sí, estoy segura.

Declan, que hasta ese momento había presenciado su interacción con bastante incredulidad, decidió poner fin al intercambio de pullas. 

—Llévala donde quiera y no la dejes sola hasta que llegue Andreas —le pidió a Thomas—. Ya hablaremos de este asunto más tarde. Ahora, me voy. Tengo que recoger a Jana… Es tardísimo —añadió, después de consultar su reloj, y se marchó de inmediato.

Thomas y Gayle intercambiaron miradas. Él permaneció en silencio y el segundero siguió corriendo sin que ninguno dijera nada.

—¿Qué va a hacer con el cliente que le espera en Heathrow? No tiene el don de la ubicuidad —dejó caer ella, en tono desafiante.

Thomas sonrió. Fue una sonrisa cargada de ironía. Fiel reflejo de lo que pensaba; que aquella mujer siempre parecía tener un comentario en la punta de la lengua. Tenía la apostilla perfecta para todo. Estaba claro que le encantaba ser quien decía la última palabra. En tal caso, la complacería con mucho gusto.

Al notar que el rostro normalmente serio del guardaespaldas, se suavizaba bajo el brillo de una sonrisa de malote que la cautivó al instante, Gayle también sonrió.

«Vaya, ¿vas a decir algo, al fin? ¡Alabado sea Dios!», pensó.

Thomas, sin embargo, se limitó a abrir la puerta de atrás y a esperar, pacientemente, que ella entrara en el vehículo…».


A partir de aquí, las cosas se empiezan a poner como a las lectoras del género nos gusta. O sea, intensas…🔥🔥


¡Vuelvo pronto con la segunda parte!



CRS-04. UVNB (Una vez no basta). Calentando motores 2ª Parte.


Si aún no has leído Calentando motores… 1ª Parte, pulsa en este enlace


Siguiendo instrucciones de su jefe, Thomas conduce a Gayle donde ella le dice:


Thomas condujo hasta la casa de Jana, con Gayle en el asiento posterior. Ella lo había estado mirando durante un buen rato. Evidentemente, esperaba iniciar una conversación. Él, no. No tenía el menor interés en hacer tal cosa. De modo que había conducido en silencio y ella, al fin, se había puesto a comprobar algo en su móvil.

Gayle, por su parte, se sentía bastante desconcertada por la actitud de Thomas. Más desconcertada aún de que Kyle hubiera vuelto a intentar establecer contacto con ella, tras lo sucedido el día anterior. Entre la pertinaz indiferencia de uno y la no menos persistente insistencia del otro, la estaban conduciendo a la locura.

Al llegar, Thomas detuvo el coche en doble fila, puso la intermitencia y habló mirando a Gayle por el retrovisor.

—Entre y cierre con llave, por favor. Yo me quedaré aquí hasta que haya entrado.

Ella cogió sus cosas y cuando se disponía a apearse, se detuvo y asomándose ligeramente por el espacio que había entre los dos asientos delanteros, le dijo:

—Sus instrucciones son quedarse conmigo hasta que llegue su relevo. ¿Tan desagradable le resulta mi presencia que prefiere esperar en el coche? No se ofenda, pero parece un niño enfurruñado, en vez de un ser humano adulto.

Thomas no sabía si enviarla a la mierda o echarse a reír. Giró la cabeza y la taladró con sus ojos azules en los que Gayle pudo distinguir un brillo burlón.

—Sé cuáles son mis instrucciones. Es mi trabajo, señora. ¿Tan difícil le resulta dejar de hacer suposiciones sobre asuntos de los que no tiene la menor idea y mantener el pico cerrado? Oféndase, si quiere, me da igual. Pero si cree que hay algo en mí que puede confundirse con un niño, necesita un buen par de gafas.

A Gayle no le pasó inadvertida aquella referencia a su portentosa masculinidad, pero no fue eso lo que la espoleó. Lo último que le faltaba aquel día era que alguien la mandara a callar. 

—De acuerdo, ya está bien de tonterías… Si cree que, después del disgusto que acabo de llevarme, me quedan ganas de mantener una batalla dialéctica con usted, se equivoca de medio a medio. ¿Va a entrar en la casa o no? 

«Toma, carácter», pensó Thomas, bastante más complacido de lo que estaba dispuesto a reconocer. Ese era un lenguaje con el que se identificaba plenamente. Era un ex fuerzas especiales, hijo y nieto de militares y, por lo tanto, había crecido entre personas de muy pocas pulgas. No esperaba haberlo encontrado en aquella mujer, pero, sin duda, le agradaba hacerlo.

—Por supuesto. Después de que haya aparcado el coche. Así que, como ya he dicho, por favor, entre y cierre con llave. Yo me quedaré aquí hasta que haya entrado.

Gayle ignoró la burla descarada que destilaban los ojos del guardaespaldas y bajó del coche. Procuró hacer lo propio con las intensas ganas que tenía de estrellar la puerta, en vez de cerrarla. A continuación, se dirigió hacia la vivienda con una actitud digna, puso la llave en la cerradura y, después de entrar, volvió a cerrar la puerta sin dedicarle ni siquiera una mirada al hombre que esperaba en el coche.

¿El «pequeño» Thomas ha conseguido cabrear a su excelencia? ¡Bien hecho, tío!

Thomas sacudió la cabeza, esta vez, con actitud divertida y se puso en marcha.


Y las cosas, al fin, se empiezan a poner interesantes… Entre pullas y desafíos, también hay momentos donde reina la sinceridad y, cómo no, la gran atracción que sienten el uno por el otro 🔥



Cuando se dirigía a reunirse con Gayle Middleton, Thomas se percató de la presencia del Jaguar. Estaba a cien metros de él, pero juraría que había aminorado la velocidad al pasar frente a la casa de Jana. 

El guardaespaldas entró en un edificio aprovechando que alguien salía y se quedó en el zaguán, observando. Los coches que iban delante del Jaguar le impedían ver la matrícula, también al conductor. Tendría que esperar a que pasara por delante para estar seguro de que era quien pensaba.

Lo era.

Había tipos que no entraban en razón, a menos que mediara una paliza bien sangrienta. Por desgracia, Declan había llegado a tiempo de impedir que le diera su merecido. Pero la suerte no le salvaría el pellejo por segunda vez.

Thomas esperó unos instantes a que el Jaguar se hubiera alejado a suficiente distancia, para abandonar el edificio y dirigirse a casa de Jana. Prefería contar con el factor sorpresa, puesto que si no se equivocaba, Kyle Baxter haría una o dos pasadas más. Cuando se hubiera asegurado de que no había peligro para su integridad a la vista, volvería a intentar abordar a su exmujer. Tocaría el timbre y, entonces, se llevaría una gran sorpresa al ver que una mano, nada femenina, lo agarraba por el cuello mientras otra se estampaba contra su cara y le partía los dientes. El tipo había recibido las pertinentes advertencias de parte de su exesposa y de la empresa de seguridad que había contratado para protegerse. Si las desoía, tenía todas las de perder y él se encargaría personalmente de que el muy hijo de puta además de perder en los tribunales, también tuviera que gastarse una fortuna en facturas médicas. 

Tocó tres veces al timbre y enseguida oyó los tacones femeninos acercándose. La puerta se abrió primero apenas un poco y al comprobar que era él, Gayle la abrió del todo. Se hizo a un lado para dejarlo pasar.

Thomas entró, cerró la puerta y pasó el cerrojo superior.

—No abra sin más. Use la mirilla para comprobar quién es o, como mínimo, eche la cadena de seguridad antes de abrir la puerta —le dijo, y al ver su ceño fruncido, añadió—: Hasta un niño de diez años habría podido abrir esa puerta de un empujón.

Gayle se le quedó mirando. Lo estaba esperando, tenía que ser él. Además, había tocado el timbre tres veces seguidas, anunciando su presencia. Un vendedor o el cartero no serían tan insistentes. ¿Darle esas indicaciones había sido otra forma más de seguir pinchándola? Tal y como ya le había dicho, no estaba de humor para más batallas dialécticas. 

Respiró hondo y asintió con la cabeza.

—Tiene razón. Tengo que dejar de dar por hecho que sé lo que tengo entre manos. Está claro que no conozco a mi exmarido tan bien como creía. Pase, por favor. Andreas llegará en media hora. Estoy preparando café.

Gayle no esperó una respuesta. Giró sobre sus altos tacones y se dirigió a la cocina. Estaba bastante segura de que aquel individuo continuaría evitando su presencia, y se quedaría en el salón. Para su sorpresa, Thomas la siguió. 

—Voy a prepararme un sándwich. Un café es todo lo que llevo en el estómago desde anoche. ¿Le apetece acompañarme con otro?

No lo miró. Era tan consciente de su presencia, junto a la entrada de la cocina, que se sentía extraña y no quería que él lo notara.

Pero Thomas lo notó. 

Él sentía lo mismo y no tuvo problemas en reconocer esa misma sensación en ella. Solo que él lo llamaba por su nombre; atracción.

—Gracias. Con el café está bien.

Gayle procedió con calma, de forma deliberadamente lenta. Se sentía inquieta, incluso algo torpe. Solo faltaría que se le cayera una cucharilla o volcará el café y su bochorno sería total. Él no decía nada. De hecho, no hacía nada… Excepto mirarla. Sentía sus ojos sobre ella.

—Antes dijo que a qué esperaba para denunciar a Kyle… —empezó a decir más por evitar su cerrada atención, que por verdadero interés de iniciar una conversación—. ¿Es lo que realmente piensa o se debió al fragor del momento? 

Thomas se cruzó de brazos, pero no se movió de su lugar, apoyado contra el marco de la puerta.

—Si hubiera dependido solo del fragor, a su exmarido no le quedaría un hueso sano en el cuerpo y yo no habría tenido que molestarme en recordarle que denunciarlo no es optativo. Debe hacerlo.

Gayle suspiró. Sus palabras habían invocado el recuerdo del momento cuando el guardaespaldas había levantado en el aire a Kyle, cogiéndolo por el cuello, y lo había arrojado contra la culata de un coche aparcado. Lo había elevado como si se tratara de una pluma y, sin embargo, su rostro no había reflejado furia alguna. No se había tratado de la típica pelea entre dos hombres. No había ira en Thomas. Había algo distinto, que ella no había podido clasificar, y lo que él acababa de decir, era una confirmación de ello.

—Comprendo. 

Ambos sabían que eso no era cierto, pero ninguno dijo nada.

Gayle puso dos tazas y la jarra del café sobre una bandeja. A continuación, hizo lo mismo con su sándwich de jamón y queso. Se dirigió hacia él con actitud digna y se detuvo a esperar que él se retirara para poder pasar.

Thomas se incorporó del marco de la puerta donde estaba apoyado y, en vez de hacerse a un lado, tomó la bandeja de las manos femeninas y se dirigió al salón.

Eso la sorprendió. Quedarse mirando sus envidiables vistas posteriores, tan imponentes y tan al alcance de la mano, la sorprendió aún más. Vestía de oscuro como Declan. Los pantalones de pana negros destacaban unos glúteos firmes y unos poderosos bíceps femorales. Otro tanto hacía el jersey gris oscuro con la parte superior de su cuerpo. Se ceñía a sus abultados músculos, perfilándolos con total claridad. Del cuello redondo de la prenda, asomaba un polo blanco y, por supuesto, no era lo bien que combinaban ambas prendas lo que llamaba su atención, sino el grueso cuello del guardaespaldas. Era un hombre imponente, todo músculo. Había sido esa robustez tan singular, la que había atraído su atención la primera vez que lo había visto. Hacía bastante tiempo de eso, pero aún recordaba lo impactante que le había resultado verlo junto a Harley en una de las ferias internacionales. Su robustez…, y que él le resultaba escandalosamente atractivo, por supuesto.

Gayle se apresuró a apartar esos pensamientos de su mente y lo siguió. Se sentó en el sillón favorito de Jana, el de mimbre con los tapizados a juego con las cortinas que separaban el salón del resto de las estancias. Él ocupó el sofá que había frente a ella.

Thomas volvió a sorprenderla, siendo él quien servía el café y le tendía el platillo con su taza y su cuchara.

—Gracias, muy amable.

Él concedió con un leve asentimiento y se sirvió café. Ignoró el platillo, y tomó la taza entre sus manos, como si quisiera calentárselas con el calor que emitía el líquido. Arrugó la frente cuando al intentar beber, su labio le recordó que estaba partido. Se le había olvidado que un tipo con la fuerza de un bebé se las había arreglado para hacerlo sangrar. Siguió bebiendo el café a pequeños sorbos.

—¿No cree que Kyle vaya a dejarlo estar? —volvió a decir Gayle.

Thomas negó con la cabeza.

—Sé que no lo hará.

—¿Por qué?

—Porque, aunque usted crea que no es de esa clase de hombres, se equivoca. Estoy seguro de que si revuelve en sus recuerdos, encontrará señales muy antiguas. Un hombre… Una persona, da igual su sexo, no se convierte en acosadora. Lo es o no lo es.

Gayle abrió mucho los ojos, impactada por lo que estaba oyendo. ¿Insinuaba que ella había estado casada con un acosador? ¿Cómo era eso posible? Se habría dado cuenta.

Bajó la vista hasta su café cuando empezó a sentirse tan fuera de lugar, como si estuviera paseando desnuda por la calle. 

Thomas continuó.

—Su interés no tiene nada que ver con un interés romántico… —Gayle alzó la vista y lo miró—. No la acecha porque no pueda vivir sin usted. Según me ha dicho, llevan separados varios años, y él no ha dado señales de vida hasta ahora.

Ella asintió.

—Esto comenzó cuando usted quedó con su antiguo compañero de estudios. Antes, no había tenido noticias de él. Imagino que el señor Baxter sabía que ese compañero suyo… Bueno, que usted y él no eran solo amigos… 

Ella no afirmó ni negó nada. Thomas lo tomó como un «sí» y continuó.

—Para que lo entienda, su ex está procediendo como el perro del hortelano. Ni más ni menos. Si no le para los pies, su actitud irá a peor con el paso del tiempo y llegará un día en el que, con tal de evitar que otro hombre tenga lo que él no puede tener, le hará daño. Estoy hablando de daño físico.

Gayle exhaló un suspiro. Se acarició la frente, como si de esa forma las palabras cobraran sentido. Pero nada cambió. Lo que oía le seguía pareciendo tan increíble como siempre. Increíble y aterrador.

—De modo que, su consejo es que corte por lo sano…

—Sí. Y cuanto antes lo haga, mejor.

Ella permaneció en silencio unos instantes. El sándwich seguía sobre el plato, esperándola. Ya no sentía hambre. 

—Supongo que no le resulta fácil entender que me esté costando tomar medidas tan drásticas…

Thomas tenía que reconocer que al principio, sí. Ella no daba el perfil de una mujer acobardada por las circunstancias. Mucho menos, el de la típica esposa enamorada que quiere seguir creyendo en las promesas de un marido abusador. Era inteligente y desbordaba autoconfianza. Pero ya no; sus resquemores tenían que ver con su posición social, no con los sentimientos hacia su ex. Y eso, aunque no negaría que a título personal le parecía la mayor gilipollez del mundo, a nivel profesional no le era extraño. Las personas de su clase temían el escarnio social más que el contagio de un virus mortal. 

—Lo que me cuesta entender es que siendo una mujer tan inteligente, no se dé cuenta de que la amenaza es real, el peligro es real. Ese tipo es perfectamente capaz de atacarla. Y cuando lo haga, usted perderá dos veces, a falta de una. ¿Merece la pena arriesgarse a tanto por el qué dirán? Usted verá.

No era tan fácil, pensó Gayle. No tenía que ver solo con el qué dirán.

—Estuve enamorada de ese hombre. —Lo miró y aclaró—: muy enamorada. Puedo asumir que su amor por mí tenía fecha de caducidad. Dolió. Mucho. Pero lo hice. Fui yo quien le pidió el divorcio… con todo lo que eso implica para alguien de mi posición social —añadió con un deje triste—. Pero creo que voy a necesitar más tiempo para asumir que ese hombre, a quien he querido tanto, está dispuesto a todo con tal de evitar que intente rehacer mi vida y seguir adelante. 

Gayle apartó la vista, incapaz de soportar que la intensa decepción y la vergüenza que sentía al descubrir que no era más que otra estadística en los casos de violencia de género, fuera patente en sus ojos y él se diera cuenta.

Thomas no dijo nada. Pensaba muchas cosas, pero luego, era un hombre racional, nada dado al sentimentalismo. Por su naturaleza y también por su formación profesional estaba acostumbrado a mirar la vida sin filtros y actuar en consecuencia. Por lo tanto, no era la persona indicada para ofrecerle una palabra de consuelo. Pero, como hombre racional que era, tampoco podía ignorar que su necesidad de protegerla sobrepasaba el ámbito profesional. Ni que eso suponía un problema.

En aquel momento, se oyó el timbre.

Thomas se incorporó al tiempo que reclamaba silencio con un gesto. 

El timbre volvió a sonar. Thomas habló en voz baja:

—Vaya a la cocina y cierre la puerta. Oiga lo que oiga, no se mueva de allí.

Ella lo detuvo por un brazo. 

—¿Qué sucede? —inquirió.

Cuando él volvió el rostro para mirarla, vio el miedo en sus ojos.

—Es su exmarido. Cuando venía hacia aquí, vi su Jaguar.

—¡No! —exclamó ella, reteniéndolo por el brazo.

Él hizo un insistente gesto de que no levantara la voz y otro aún más evidente de que le soltara el brazo.

Gayle no cedió. Lo regañó con la mirada, exigiendo obediencia, y empezó a tirar de él para que fueran a la cocina.

Thomas la siguió. Hacerlo, era mejor que ponerse a discutir. Pero cuando llegaron a la cocina, la empujó con suavidad hacia el interior, y manoteó el pomo de la puerta.

Gayle reaccionó al instante; puso el pie para evitar que él la cerrara.

—Joder… —farfulló él, hablando entre dientes—. Ya estamos otra vez como ayer… ¿Quién está al mando de la jodida situación? ¿Tú o yo?

Gayle intentó tirar para abrir la puerta. Thomas se lo impidió, dedicándole una mirada dura.

—Quiero que lo dejes marchar —exigió ella—. Si nadie abre la puerta, se irá.

Había sonado a una orden, porque lo era. Thomas sacudió la cabeza, airado.

—Uno de estos días, tú y yo vamos a tener un problema con esos modos tuyos, tan autoritarios…

Ella hizo un gesto irónico con la boca.

—Lo tumbarías solo con soplarlo, lo sé. No hace falta que despliegues tus alas de pavo real ante mí —dijo en tono burlón—. Pero, como has dicho, soy una mujer muy inteligente y, por lo tanto, sé que todos saldremos mejor parados, si no abres la bendita puerta.

Thomas exhaló el aire por la nariz. Gayle no apartó la mirada. Al contrario. 

Permanecieron mirándose unos instantes hasta que al fin Thomas liberó la tensión de su mano sobre el pomo de la puerta, ella sacó el pie del quicio, y la abrió con suavidad.

Sin embargo, en vez de retroceder y alejarse del área de peligro —que no estaba fuera, en la calle, sino allí mismo—, Gayle se quedó donde estaba, a un metro escaso de Thomas. 

Él ladeó ligeramente la cabeza y la miró de reojo. Su sonrisa canalla hizo acto de presencia y, fiel a su estilo, dijo exactamente lo que pensaba.

—No quieres hacer esto.

Su inteligencia tenía que estar diciéndole a gritos que no fuera tan idiota de enredarse con un jodido guardaespaldas. Thomas casi podía oírla en vivo y en directo.

—No me conoces —repuso ella, desafiante—. ¿Cómo puedes saber lo que quiero?

—Tu amor propio sangra porque ese capullo, que no se merece ni una mirada tuya, ha conseguido hacerte sentir como una mierda. Y yo soy un quita-penas al alcance de tu mano. Muy práctico, sí, pero nada conveniente.

¿Eso es todo lo que tienes que decir? Vaya forma de despreciarme…

Gayle asintió varias veces con la cabeza y, al fin, se retiró del paso. No estaba acostumbrada al rechazo y, este en particular, escocía mucho. Sin embargo, no estaba dispuesta a dar la callada por respuesta.

Y no lo hizo.

—Eso, que tú llamas «nada conveniente» es, en realidad, «estar asustado». La verdad, Thomas, es que no sabrías cómo tratar a una mujer como yo. Y eres demasiado seguro de ti mismo, profesionalmente hablando, para permitirte fallar en algo tan mundano. Vaya… —dijo, envuelta en un fingido suspiro—.  Admito que esto no me lo esperaba. En fin… Supongo que está a tono con el día. Desde que he abierto los ojos por la mañana, no he dejado de enfrentarme a situaciones inauditas…

¿De verdad piensas que yo…? ¡Tienes que estar de puta coña! Thomas no pudo evitar sonreír con socarronería. 

—Situaciones inauditas, te voy a dar yo a ti… —murmuró.

Y avanzó el paso que ella había retrocedido, decidido a demostrarle que sabía perfectamente cómo tratar a una mujer como ella.

Pero, entonces, el timbre volvió a sonar una tercera vez. Y casi al unísono, lo hizo el móvil de Thomas, que atendió sin apartar los ojos de Gayle.

—¿Dónde estáis? —oyó que Andreas le decía—. Según Declan, ibais a casa de Jana, pero estoy aquí y nadie abre la puerta

«Vaya por Dios», pensó él. «Parece que a su excelencia la ha salvado el gong». 

Y después de dedicarle una mirada burlona, le dio la espalda y enfiló hacia la puerta de calle al tiempo que le decía a Andreas:

—Estamos aquí. Pensaba que eras su ex. Antes, lo vi pasar por la calle. Ya te abro.

Gayle dejó escapar un suspiro desilusionado. 

Tras consultar su reloj, sacudió la cabeza, maldiciendo por dentro la exasperante puntualidad de Andreas.



Y después de esa interrupción tan abrupta, que dejó las cosas pendientes entre los dos… Nada. ¡Nada! Al menos, durante algunas horas. Hasta que, al fin, Gayle recibe un wasap de Thomas…


En la habitación de Harley, los ánimos estaban algo mejor de lo que los demás imaginaban. Las tres mujeres estaban en la cama extragrande de la habitación de matrimonio.

Como solía sucederles cuando estaban juntas, Jana y Harley se convertían en un bálsamo la una para la otra. Daba igual lo que les sucediera a nivel personal, estar juntas las fortalecía. Hacía que todo pareciera menos duro, menos doloroso. Y como la energía predominante en Harley era la risa, lograba contagiar a Jana con inmensa facilidad y ahora, también Gayle. De modo que juntas habían pasado del llanto a partirse de risa. En esta ocasión, el motivo de la diversión era la expresión de Gayle al ver de quién era el wasap que acababa de recibir.

Cuando la refinada treintañera había desbloqueado la pantalla y leído el mensaje, las risas se habían convertido en carcajadas.

—Chica, como no nos cuentes de qué va, te juro que te quito el móvil —advirtió Harley. Un instante después, frunció el ceño y se llevó la mano al estómago—. Ay, qué malita me estoy poniendo… Jana, acércame esa jofaina, por favor…

Jana se levantó corriendo y fue a por una pequeña palangana de porcelana esmaltada.

—Toma, cari… —le dijo, sentándose a su lado nuevamente. Cogió el paño húmedo de la mesilla y lo pasó por la frente y las sienes de Harley.

Después de hacer tres arcadas sin expulsar ningún líquido, un eructo consiguió ofrecer una tregua a las náuseas. Harley respiró hondo y expulsó el aire con un bufido.

—Me tiene frita, de verdad. Maldita la hora que se me ocurrió pedir esa hamburguesa… —Miró a Gayle—. A ver, ricura, ¿vas a contarnos lo que te dice ese tiarrón que está de toma pan y moja, o vamos a tener que arrancártelo a la fuerza?

Gayle sonrió y le dedicó una mirada intrigante.

—Y si eso es lo que opinas de él, ¿puedo preguntarte por qué no lo llevas a las ferias más a menudo? 

Harley se rio con socarronería y volvió a agarrarse el estómago cuando este le recordó que el hecho de no tener náuseas en aquel momento, no implicaba que la cosa estuviera para muchas risas.

—Por dos razones. Primero. La seguridad es cosa de BB. Segundo. Él no elige a los hombres del equipo pensando en alegrarnos los ojos a nosotras. Como comprenderás, esa tarea se la reserva para él y no le interesa tener competencia. —Le hizo un guiño a Jana y, a continuación, lo soltó—: pero supongo que, tratándose de ti, podría plantearse hacer una excepción.

Gayle luchó en vano contra el rubor de sus mejillas.

—¿De mí? Qué dices. Eres tú quien asiste a las ferias —repuso. 

—Pero es a ti a quien le gusta Thomas. Diría que mucho. No estoy segura, claro. Reconozco que tu recato me despista bastante todavía… —contraatacó ella.

A Jana le encantaba la forma de comunicación entre Harley y Gayle. Eran dos polos opuestos. Gayle, todo delicadeza y reserva. Harley, un torbellino descarado y audaz.

—Le gusta, que no te despiste —aseguró—. Y, la verdad, como para que no le guste… ¿Lo habéis mirado bien? Ese tipo es toda una inspiración. 

Las amigas rieron al ver las mejillas de la excuñada de Brandon. Su rubor se había extendido ya a la frente y a la nariz.

—Muy bien —dijo la treintañera con actitud digna—. Si tanto os interesa saber lo que me dice en su mensaje, haré los honores…

A continuación, lo leyó en voz alta.

 

«Sigo pensando lo mismo que te dije. Si tú también, ya sabes lo que tienes que hacer. Será divertido verte lidiando con un tipo normal para variar. Hablando de situaciones inauditas… Ojo:“normal”, no “corriente”. En mí no hay nada corriente ;)»


—Guaaaaaaaaaaauuuuuuuu! ¡Toma ya! ¡Me encanta ese tío! —exclamó Harley—. Y convengamos que la última frase se las trae, queridas… ¡Me muero por ver lo poco corriente que es!

Jana se rio de buena gana.

—¡Ya lo creo! Porque si todo lo tiene del tamaño de su espalda, la cosa se pondrá muuuuuy interesante.

—Señoras, por favor… —empezó a decir Gayle, roja como un tomate.

Harley se estiró hasta ella, le apretó cariñosamente una mano.

—Tú piensa en la cara que se le va a quedar a tus padres cuando te vean con ese tipo normal… —Los había conocido de pasada y los dos eran circunspectos. Parecía que alguien les había metido un palo por el trasero—. ¡Dios, pagaría por verlo!

Gayle se tapó la boca. No era capaz siquiera de imaginarlo.

—Eso, si un infarto no acababa con ellos cuando sepan que voy a denunciar al hombre perfecto…

De repente, el ambiente cambió. Las risas se diluyeron y la realidad volvió a cernirse sobre ellas.

—Esos hombres perfectos de puertas de casa para fuera, que te destrozan la vida y la dejan reducida a una mierda de puertas de casa para adentro —dijo Jana.



Como consecuencia de la pelea entre Thomas y el exmarido de Gayle, el guardaespaldas recibe un rapapolvo de parte de su jefe. Pero lo que comienza como una lectura de cartilla, inesperadamente, acaba como una conversación de hombres en la que Thomas deja muy claro lo que sucede y lo que hará al respecto…



[Declan] Dedicó un rato a revisar el trabajo del día siguiente. Decidió que volvería a recurrir a Darren Colby. Quería disponer de toda la tarde libre. Escribió la correspondiente nota para Debbie y cuando estaba acabando, oyó que tocaban el timbre.

Se dirigió a la recepción, donde estaba la mesa de Debbie, y atendió el portero. Vio en la pantalla que se trataba de Thomas y le abrió la puerta.

—Hola, jefe. Aquí, Thomas Eaton listo para el rapapolvo —bromeó al verlo al final del corto pasillo.

Declan le dio una palmada en el hombro y lo acompañó hasta su despacho, donde cada uno ocupó una silla frente al escritorio. Una vez instalados, fue al grano.

—Eres un tipo listo, así que no hace falta que te recuerde que lo que has hecho es una gilipollez —empezó a decir Declan. Thomas concedió con un movimiento de la cabeza—. Nunca hasta ahora había tenido un problema con tu trabajo y, con la advertencia correspondiente de que «una, y no más», lo dejaré correr. Por esta vez. 

Thomas suspiró aliviado.

—Gracias, Declan. Me gusta mi trabajo y me gusta trabajar contigo. Te agradezco muchísimo que me des otra oportunidad.

Declan asintió.

—Pero quiero entenderlo —añadió—. Explícame cómo Kyle Baxter, que es un capullo de manual, logró hacerle perder los estribos a un profesional experimentado como tú. 

Vio que los ojos de su hombre brillaban incómodos, y lo ignoró.

—Y ya que estamos —añadió—, explícame otra vez por qué has querido que te quitara del servicio de Gayle Middleton y enviara a otro en tu lugar. Imagino que, en su momento, te diste cuenta de que no me había  tragado tu explicación. Pero, por las dudas que no sea así, te lo digo clarito: no me la he tragado. —A continuación, le cedió la palabra con un gesto de la mano—. Tu turno, tío.

Tu turno, pensó Thomas con ironía. ¿Tu turno de qué? ¿De quedar como un imbécil delante de alguien a quien admiraba mucho, intentando explicar lo inexplicable, y acabar perdiendo el trabajo, además de su respeto?

Respiró profundamente. Estiró la mano y se puso a hacer girar un bolígrafo que había sobre el escritorio, mientras hilaba sus pensamientos.

Sin embargo, por mucho que intentara darle vueltas, la cuestión era muy simple.

—Hay tema entre ella y yo. 

Vio que Declan lo miraba con los ojos muy abiertos y sintió que un incendio se desataba en su interior, a pesar de lo cual, intentó mantener el tipo.

—Todavía no ha pasado nada… Pero pasará.

Declan sacudió la cabeza. Un tipo tan listo como Thomas tenía que saber que lo que fuera que hubiera entre ellos, no llegaría a ninguna parte. Las personas como Gayle no se relacionaban con hombres como él. Así de simple.

—Era la única explicación coherente, pero me resistía a tomarla en serio porque eres demasiado listo para hacer semejante cagada… A menos que me digas que te has colgado de ella, algo que no me creería porque es imposible —los tipos como tú y yo no funcionamos así—, ese «pasará» no tiene ningún sentido. Córtalo de raíz y ahórrate un millón de disgustos. Lo digo en serio.

Como si fuera tan fácil, pensó Thomas. Lo que había entre ellos databa de tiempo atrás y ahora sabía que era mutuo… Y bastante salvaje.

La primera vez que había visto a Gayle, ella aún estaba casada. Incluso entonces, había notado su mirada. Pero estaba tan acostumbrado a captar la atención femenina, que no le había dado mayor importancia. Si los repasos femeninos tuvieran el poder de arrancarle la ropa, iría en pelota picada todo el día. Todas lo miraban, ¿por qué no iba hacerlo ella?

La segunda vez, había tenido lugar durante una feria de arte corporal a la que ella había asistido acompañando a Fay Cox. Entonces, ya estaba divorciada. Aquel día, sus miradas se habían encontrado varias veces y su interés por él ya no le había parecido tan normal. Una vez más, lo había ignorado. 

Después de eso, habían vuelto a coincidir brevemente en dos ocasiones. Y en cada ocasión, había sentido la mirada femenina sobre él. No era nada descarada, por supuesto. Esa mujer era la sutileza personificada. Precisamente por eso, sabía que sus miradas eran intencionadas. Gayle quería que él notara su interés. De ahí, que le hubiera hecho tanta gracia que ella se presentara con formalidad, fingiendo no reconocerlo, el primer día que había ido a recogerla en calidad de guardaespaldas para acompañarla a su trabajo. 

De nuevo, como correspondía a un tío listo, él había seguido ignorándolo. 

Si había aceptado hacerse cargo de seguir a Kyle Baxter para comprobar si los encuentros con su exmujer eran casuales o intencionados, era por no dejar a Declan en la estacada. Su jefe necesitaba alguien de confianza a quien Baxter no conociera para poder seguirlo sin que se diera cuenta, y esa persona era él. 

En ningún momento se le había cruzado por la cabeza que acabaría convirtiéndose en el guardaespaldas de Gayle. Todo había ocurrido muy deprisa. En cuestión de horas había pasado de vigilar a Kyle Baxter, a guardarle las espaldas a Gayle Middleton.

Y entonces, había sucedido. Aquel interés largamente ignorado, le había explotado en la cara. 

Pasar tiempo con Gayle le había permitido comprobar la poderosa atracción que existía entre los dos. Por eso le había escocido tanto que ella cortara de cuajo la discusión con Baxter, pidiéndole a él que la esperara en el coche. Se había sentido tan ninguneado, tan espoleado en su ego masculino (y eso lo había cabreado tanto), que había estado a un tris de largarse sin esperarla. Si no lo había hecho, había sido por pura disciplina profesional. 

Decidido a quitarse de en medio, le había pedido a Declan que asignara el servicio a otro empleado. Estaba decidido a evitar a Gayle por todos los medios. Pero, sorprendentemente, ella no lo había dejado estar. Una cosa había llevado a la otra y, después de lo que había sucedido aquella misma tarde en la casa de Jana…

Ya no podía seguir ignorándolo. No podía ni quería. Siempre lo habían estimulado los desafíos y, ninguno era tan grande y tan estimulante como esa mujer. 

Cortarlo de raíz y evitarse un millón de problemas. En la teoría estaba muy bien. En la práctica, no era tan sencillo.

—¿Es un consejo o es una orden? —le dijo a su jefe.

Declan le lanzó una mirada socarrona.

—Va a denunciar a su ex, lo cual probablemente lo disuadirá de seguir haciendo el gilipollas con ella, lo que, a su vez, hará innecesarios nuestros servicios. No es una orden. Tómalo como el consejo de alguien que te aprecia mucho. Esta historia no irá a ningún lado, Thomas. 

—¿Va a denunciarlo? —repuso él, sorprendido y halagado de que ella le hubiera hecho caso al fin.

Declan asintió con la cabeza.

—¿Has oído también la parte en la que te digo que esta historia no va a ir a ninguna parte?

Iría todo lo lejos que Gayle deseara, pensó Thomas. Y, a juzgar por el tamaño de su interés, no se quedaría en un revolcón. Para él era más que suficiente.

Thomas le devolvió la mirada socarrona.

—¿Era eso lo que te decías a ti mismo cuando se te ponía dura con solo pensar en Jana? 

Permanecieron mirándose unos instantes, muy serios, hasta que Declan al fin sacudió la cabeza.

—Eso, y muchas más cosas —concedió.

—Vale. Como está claro que tu consejo no funciona, te lo agradezco mucho, pero espero que no te ofendas si paso olímpicamente de él —sentenció Thomas, con humor.

Declan al fin sonrió.

—No me ofendo, tío.

Era más. Habida cuenta de su actual situación, y de que Thomas era un soltero empedernido encantado de serlo, Declan casi estaba a punto de recomendarle encarecidamente que no siguiera su consejo bajo ningún concepto.


¿Y qué pasa con Gayle mientras tanto? Ha recibido un wasap de Thomas, ¿qué piensa hacer al respecto? ¿Juega… o no juega? Juega, por supuesto 😜


[Gayle] Decidió que era el momento ideal para hacer algo que llevaba un buen rato deseando hacer. Aprovechó para excusarse y se dirigió al baño de invitados. 

Una vez allí, activó la pantalla de su móvil y volvió a leer el mensaje de Thomas al que aún no había respondido.

Sonrió. «Ojo: ‘normal’, no ‘corriente’. No hay nada corriente en mí». 

Qué hombre más engreído…

La vanidad no era algo que apreciara de manera especial, pero tenía que admitir que Thomas era el único caso que conocía en el que estaba plenamente justificada. Aquel hombre era imponente, espectacular por dondequiera que se lo mirara.

Con una sonrisa nerviosa releyó el mensaje. «Sigo pensando lo mismo que te dije, si tú también, ya sabes lo que tienes que hacer».

Pues no. No tenía la menor idea de cómo continuar. En su mundo, la relación entre un hombre y una mujer no se desarrollaba de aquel modo. No era «ella» quien le pedía una cita a «él». Ya no hablemos de hacerlo a través de un wasap.

Sacudió la cabeza y fue a sentarse sobre la tapa del váter. Estaba nerviosa. Y no solo por volver a sentir interés por un hombre después de tantos años «fuera del mercado». También por ser plenamente consciente de que estaba tratando con alguien muy diferente al tipo de personas de las que acostumbraba a rodearse. Thomas era distinto. Muy distinto.

«Será divertido verte lidiando con un tipo normal para variar». 

Esta vez, Gayle se rio en voz baja.

¿Y qué me dices de ti? Tan segura como de que estoy aquí, hecha un manojo de nervios, que nunca has conocido a una mujer como yo.  

Activó el teclado de su móvil con una sonrisa imposible y tecleó:


«¿«Lidiando»? ¿«Ya sabes lo que tienes que hacer»? Me parece que este mensaje está destinado a otra persona y me lo has enviado por error. En mi caso, son ellos los que se esmeran conmigo. Y, por supuesto, siempre saben lo que hacer».


Gayle se rio de puro nervio. Releyó dos veces lo que acababa de escribir y, conforme con el resultado, lo envió.


En la acera de enfrente de la casa de Jana, parcialmente oculto en el umbral de un edificio de dos plantas, Thomas oyó la notificación del wasap que acababa de recibir. Lo ignoró por el momento y continuó atento a lo que hacía el taxi detenido en la esquina, a cincuenta metros de la casa de Jana. Tenía la intermitencia puesta y, claramente, estaba de servicio, pero no alcanzaba a ver si el pasajero continuaba dentro, o se había bajado y el taxista lo estaba esperando.

Pensó que, seguramente, eran ideas suyas y no podía tratarse de Kyle Baxter. Después de lo sucedido aquel día, el tipo no sería tan imbécil de seguir acosando a su ex mujer. Pero era mejor asegurarse antes de darlo por hecho.

Al fin, una mujer de altos tacones, vestida con un traje de chaqueta y falda color chocolate, salió de la confitería portando lo que parecía una caja para tartas y subió al taxi. Este se puso en marcha de inmediato y pasó frente a Thomas a poca velocidad. Comprobado. Dentro, solo había un pasajero, la ejecutiva.

Thomas respiró aliviado y recién entonces tomó conciencia de su tensión. Sacó el móvil del bolsillo interior de su cazadora y activó la pantalla.

Las cejas del guardaespaldas se curvaron al leer el mensaje. Un instante después, su sonrisa de malote volvió a hacer acto de presencia.

«¿Alguien ha dicho “pija”?», pensó, desafiante.

¿Sabes qué, guapa? Voy a dejarte en ascuas unas cuantas horas, a ver qué pasa.

Acto seguido, volvió a guardar el móvil sin responder a su mensaje.


La estrategia de Thomas surte efecto. Descoloca a Gayle, la hace dudar. Y rabiar 👿 Pero un suceso inesperado, vuelve a poner la bola en movimiento, reiniciando el juego…


Que Declan y Jana se hubieran marchado juntos, había dejado a Gayle en una situación incómoda. A saber, en casa de Brandon y Harley, con sus exsuegros presentes y tan una sola alternativa aceptable; marcharse a su propia casa a descansar. 

Eso sería lo más lógico, si la idea no le preocupara tanto. En primer lugar, prefería no estar sola. Para seguir, desde que había comprobado que su ex conocía su nuevo domicilio, el lugar ya no le parecía seguro. No se fiaba de Kyle. Al menos, no de este nuevo Kyle en el que parecía haberse convertido. 

La otra posibilidad era pernoctar en casa de sus padres. Sin embargo, no podía hacerlo sin explicarles la razón de que se presentara allí a horas intempestivas. Suspiró. Pasar por eso le resultaba aún más insoportable.

Cuando Patrick al fin se había marchado, hacía una hora que Hugo se había retirado para dar un último repaso al temario del examen que tenía al día siguiente. La presencia del responsable de comunicación de Brandon allí en un día tan señalado, había dado lugar a preguntas por parte de Fay. Lo que, a su vez, había propiciado que la pareja de tatuadores empezara a comentar acerca de cómo se plantearían su futuro profesional inmediato. 

Gayle aprovechó que todos parecían enfrascados en el tema, para consultar con disimulo su móvil. Sin noticias de Thomas.

Otro suspiro. 

Cuando se trataba de su vida personal, por lo visto, había perdido la capacidad de juzgar a las personas correctamente. 

No había visto venir lo de Kyle. Jamás habría imaginado que un hombre que se había pasado la mitad de su matrimonio, ignorándola (en el mejor de los casos), reaparecería años después del divorcio como el acosador que era, algo de lo que tampoco había tomado conciencia realmente hasta que un extraño se lo había dicho con todas las palabras.  

Y en cuanto al extraño… 

Evidentemente, había infravalorado su inteligencia. Por mucho que ella le gustara a Thomas —y de eso, estaba absolutamente segura—, no se creería ni en un millón de años que ella buscaba lo mismo que él. Así que, pasado el primer momento de emoción ante una nueva conquista, había hecho sus cuentas y había concluido que, puestos a disfrutar de un buen rato de sexo, mejor hacerlo con otra mujer algo menos diferente  a él, y potencialmente menos capaz de dejarlo sin trabajo. Seguro que no le faltaban candidatas donde elegir. A su modo de ver, que él no hubiera respondido a su wasap, era una confirmación de que no estaba por la labor de implicarse en ningún juego de seducción con ella. Prefería dejarle pensar que se había asustado, a complicarse la vida. Lo cual, viniendo de un hombre que se ganaba el sustento enfrentándose al peligro, era todo un mensaje en sí mismo.

Thomas no creía que ella estuviera buscando solo un poco de compañía. Sentirse deseada y volver a desear a un hombre, sin más. Sin implicaciones ni compromisos. De hecho, se lo había dicho textualmente: «no quieres hacer esto». 

¿Y por qué no iba a quererlo? Por supuesto, que sí.

Estar soltera a los treinta y seis nunca había formado parte de sus planes. La mayoría de sus amistades habían formado una familia y las que continuaban sin compromisos familiares, se habían marchado de Londres por cuestiones artísticas o profesionales. Siendo quien era, no era fácil moverse en otros círculos sociales. De ahí, que llevara sola tanto tiempo. Necesitaba volver a sentir que existía para alguien, que estaba viva, que era una mujer deseable. Aunque solo fuera durante el tiempo que duraba un coito.

Pero, a pesar de no estar en sus planes, había sucedido. Estaba sola y debía hacer frente a su situación. Para empezar, no podía quedarse en la casa de Brandon y Harley aquella noche. No, sin Jana. Sus exsuegros, que la conocían bastante bien, se preguntarían qué sucedía y no tenía ninguna intención de estropear una velada tan especial, explicándoles que había un acosador en su vida. Mucho menos, que dicho acosador era su propio hijo. Lo haría. En cuanto hubiera hablado con su propia familia. Algo que tampoco sucedería aquella noche. Había sido un día muy duro. Pasaría la noche en un hotel.

Esperó con una sonrisa el momento oportuno de anunciar que se marchaba y cuando este se presentó, no lo dudó.

—Bueno, no diré que es hora de dejar que Harley se vaya a descansar porque sé que eso de tener que pasar tanto tiempo inactiva, no le gusta nada… En cambio, diré que mañana madrugo, así que me voy a despedir. Felicidades a los dos por la gran noticia y por una velada muy, muy grata.

—¿Despedirte? ¡Qué dices! —repuso Harley, negando con la cabeza reiteradas veces. Ya se había dado cuenta de las intenciones de Gayle, pero no le parecían una buena idea—. Es tardísimo. Quédate, mujer. Ya sabes que en esta casa hay muchas más habitaciones, que habitantes… —añadió, mirando brevemente a Brandon para que secundara su propuesta.

Él estaba de acuerdo con Harley, pero intuía cuáles eran las razones de Gayle para querer marcharse, y que mostrara su acuerdo sería más sospechoso para sus padres, que el hecho de que ella pernoctara allí.

—A mí no me mires. Soy el menos indicado para decirle a nadie lo que tiene que hacer… 

Gayle le agradeció el gesto con una sonrisa. Harley, en cambio, se aprovechó de las circunstancias.

—¿En serio? ¿Y entonces, quién es el que me devuelve a la cama con un «tienes que descansar, Harley», cada vez que intento ponerme de pie? ¿Tu doble? ¿O una voz del Más Allá?

Brandon le dedicó una mirada seductora.

—Eso es distinto. Eres mi reina y cuidar de ti es mi privilegio.

Harley lo miró con el ceño fruncido y él acabó claudicando.

—Vaaale. No ha colado.

—¡Me parece que no, cariño, pero la intención es lo que cuenta! —celebró Fay, que dirigiéndose a su marido, añadió—: Nosotros también nos marchamos.

—Así es. También madrugamos —concedió Perry, inusualmente sonriente.

Todos menos Harley se pusieron de pie y las cosas parecían marchar según lo planeado por Gayle, cuando oyó que su exsuegro decía:

—Así, de camino, dejamos a Gayle en su casa, ¿verdad, querida?

—Por supuesto —repuso Fay mientras se despedía de Brandon con un abrazo cariñoso y luego hacía lo mismo con Harley.

Gayle tuvo que emplearse a fondo para que no se le notara el disgusto. 

—¿En serio? Es tarde. Puedo pedir un taxi —repuso, ensayando un ligera oposición más por formulismo, que porque pensara que iba a funcionar.

Fay la tomó del brazo enseguida.

—Claro que sí, querida mía. ¡Buenas noches, pareja, y enhorabuena! ¡Estoy encantada de saber que, al fin, volveré a ser abuela! —se despidió.

Una idea acudió a la mente de Gayle que, en principio, la puso en guardia. ¿Sería la desesperación lo que la estaba volviendo osada?, pensó. Ya lo averiguaría en otro momento,  decidió; ahora no tenía tiempo.

Se liberó del brazo de Fay con una sonrisa amable y dijo:

—Paso un minuto al baño y enseguida nos vamos.



* * * * *


Frente a la casa de Jana…


Thomas se subió el cuello de su cazadora y volvió a barrer con la mirada los alrededores de aquella calle demasiado transitada para ser un jueves por la noche. 

La casa de Jana seguía a oscuras. Sabía que ella estaba con Declan, él mismo se lo había dicho al encargarle que se diera una vuelta por la casa para vigilar que todo estaba en orden, puesto que Gayle, probablemente, dormiría allí. Obviamente, no necesitaba «darse una vuelta», llevaba horas por la zona. Pero eso Declan no lo sabía, claro.

Volvió a fijar su mirada en las ventanas de la vivienda unos instantes, buscando captar el menor signo de que había vida en el interior de la casa. Nada. Definitivamente, allí no había nadie. ¿Era posible que Gayle se hubiera quedado a pasar la noche en la casa de su excuñado? Movió la cabeza dudoso a un lado y al otro. La relación entre los hermanos era mala y había visto con sus propios ojos que Brandon era amable a secas con Gayle. Si había pasado tiempo en su casa, no podía ser a instancias suyas, sino de Jana, cuya relación con la pareja era muy estrecha. Pero si esa noche, Jana no estaba allí… 

Quizás, se equivocara, pero no creía que la amistad entre Gayle y Harley diera para tanto… Vale. Y si su excelencia no se había quedado a pasar la noche con Harley, ¿dónde carajo estaba?

El sonido de su móvil distrajo a Thomas de sus pensamientos.

Por lo visto, pensó al ver el nombre que se iluminaba en la pantalla, estaba a punto de averiguarlo.



* * * * *


Gayle sintió que su corazón se quedaba en pausa, como suspendido dentro de su pecho, cuando oyó que atendían. Un instante después, latía frenéticamente.

—Sigo sin tener tiempo para batallas dialécticas —advirtió, adelantándose a Thomas—. Estoy en apuros y te llamo para pedirte un favor…

Oírla admitir que estaba en apuros, debió ser suficiente razón para que Thomas se pusiera serio, pero la segunda parte de la oración le había dibujado una sonrisa tan grande, que toda posible preocupación, había pasado a un segundo plano. 

Lo que debía haberle costado a su excelencia pronunciar las palabras «te llamo para pedirte un favor»…, pensó.

—¿Estás ahí? —dijo Gayle en voz baja, ante tanto silencio.

¿Por qué susurras? ¿Te han dicho que viene el coco y te has metido dentro de un armario para que no te encuentre? —la pinchó. Joder. Cómo le gustaba hacerla rabiar, pensó al sentir que se le reía el alma de puro gusto.

Gayle puso los ojos en blanco.

—No es el coco, son mis exsuegros y no es un armario, sino el baño de invitados de la casa de Brandon y Harley. —Tras una pausa, respiró hondo y fue al grano—: todavía no saben nada de lo de Kyle y se han ofrecido a llevarme a casa. A mi casa, que es donde, lógicamente, creen que voy a pasar la noche. No he podido negarme. Me están esperando.

Gayle no continuó y el silencio se prolongó unos instantes.

Instantes durante los cuales, Thomas bajó la cabeza, incapaz de dejar de sonreír. Intuía en qué consistía el favor que ella quería pedirle. Estaba bastante seguro de saberlo. Y, por supuesto, estaría más que encantado de hacer los honores. Pero había algo que le encantaría mucho más. Algo que, de hecho, se merecía oír de su parte. Por una vez.

—Entiendo —repuso él—. Bueno… Tú dirás en qué puedo ayudarte.

Procuró que su voz sonara natural, pero era consciente de que, probablemente, no lo había conseguido. Apenas ponía ponerse serio.

Gayle volvió a menear la cabeza. 

Qué hombre más engreído…

—Pasaré la noche en un hotel. Pero Fay y Perry son muy correctos. Esperarán a verme entrar en mi casa, antes de marcharse. Y lo último que quiero es entrar en ese edificio y, mucho menos, salir de él yo sola. Desde que el conserje me dijo que Kyle estuvo aparcado enfrente, no pienso volver a poner un pie allí, si no es acompañada.

—Una decisión muy inteligente —apuntó él.

Y siguió esperando oírlo de sus labios, palabra por palabra.

Pero lo primero que oyó fue un suspiro impaciente.

¡Y, Dios, cuánto le gustó darse cuenta de que la estaba sacando de quicio!

—¿Crees que podrías fingir ser un vecino y entrar conmigo?  —dijo ella, digna—. Yo me ocuparé de que el portero no nos estropee la función teatral.

Thomas se habría echado a reír de gusto. Le provocaba un enorme placer que Gayle se hubiera bajado al fin del pedestal y le pidiera un favor. ¡Un favor! Dios, seguro que la indigestión le duraría una semana. No lo comentaría porque no quería estropear el momento, pero iba a tener que realizar una buenísima actuación para que Fay Cox no lo reconociera. Por supuesto, la haría. Se esmeraría a fondo porque su excelencia se lo había ganado.

—¿Solo eso? —repuso de lo más normal—. Parece fácil. Sí, creó que podré hacerlo. 

Y, acto seguido, se tapó la boca en un intento de contener las carcajadas.…».


Y ahora que Gayle y Thomas están justamente donde interesa… ¡Que empiece el juego! 🩷



Capítulos:

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CRS-04. UVNB (Una vez no basta). Cap. 6


Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)

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6


Gayle se recompuso en tiempo récord y retiró el cierre de seguridad de la puerta. A continuación, se echó un vistazo para comprobar que su atuendo, del todo inapropiado, al menos, estaba cerrado adecuadamente. 

Al fin, abrió la puerta y se tragó un suspiro cuando sus ojos se posaron con el individuo que estaba al otro lado.

Alto, muy robusto y rubio. Aquella sombra de barba que Thomas solía llevar casi siempre, volvía su rostro mucho más masculino y, tuvo que admitir, también más atractivo. Demasiado, para una mujer que, supuestamente, prefería un rostro bien afeitado a cualquier barba o sucedáneo de ella. Vestía de negro y, como siempre, lucía espectacular.

No sabía si era la presencia, imponente y arrolladora de aquellos casi dos metros de hombre, o las salvajes emociones que conseguía despertar en ella con tan solo mirarla, o esa atracción física descomunal que había sentido hacia él desde la primera vez que sus miradas se habían cruzado, cuatro o cinco años atrás…

Ignoraba a ciencia cierta por qué todo su cuerpo se ponía a vibrar, como si de un diapasón se tratara, cada vez que Thomas estaba cerca. La intensidad subía y subía, hasta que al final toda ella temblaba. Perceptiblemente.

Pero así era. Un hecho indiscutible y, lamentablemente para ella, inocultable.

Por amor de Dios, ¿quieres hacer el favor de calmarte?

—¿Qué estás haciendo aquí, Thomas?

Gayle no supo cómo, pero se las había arreglado para que su voz sonara compuesta y su actitud, convenientemente digna, a pesar de lo inconveniente de su indumentaria.

Pero si la presencia de Thomas era para Gayle una arrolladora sorpresa de la que le estaba costando recuperarse, para él no lo fue menos.

Los ojos del guardaespaldas dieron un largo paseo, recorriendo cada centímetro de la mujer que estaba de pie frente a él, con el cabello oculto por un turbante de toalla y tan solo cubierta por un albornoz. 

Examinaron con idéntica lujuriosa atención tanto los centímetros cubiertos, como los que exponían aquella piel blanca de aspecto delicado, que llevaba años muriéndose por tocar. Muriéndose por comprobar si era tan suave, como parecía… O más.

Los ojos de Gayle no eran especialmente grandes, ni sus pestañas especialmente largas o curvadas. Tampoco tenía los labios carnosos. No había nada destacable en su rostro. Ni siquiera un lunar o unas pecas. Y ahora que la veía sin una pizca de maquillaje, podía dar fe de ello. Y, sin embargo, inexplicablemente, le parecía el rostro más hermoso que había visto jamás. 

Tampoco era una mujer de formas exuberantes. No había curvas sexis a la vista. Los lados del grueso albornoz se cerraban dejando un escueto triángulo de piel expuesta debajo del cuello. Apenas cuatro o cinco centímetros de los que, sin embargo, a Thomas le costó Dios y ayuda, apartar sus ojos. 

Pero lo mejor con diferencia, lo que más caliente lo ponía, era saber que lo único que lo separaba de disfrutar de aquel excitante panorama al completo, era un lazo que podía desatar con un solo dedo. 

Un sencillo e inofensivo lazo de toalla.

«Jo-der», pensó, luchando contra un suspiro que, al igual que Gayle, apenas consiguió tragarse.

Cuando sus miradas volvieron a encontrarse, ambos acusaron el efecto. El de Thomas fue tan fulminante, que dio un paso hacia el interior de la suite. Tampoco era cuestión de que las cámaras lo captaran empalmado.

Empujó la puerta con un brazo hasta abrirla casi por completo, obligando, de manera tácita, a que Gayle retrocediera.

—No te he invitado a entrar… —murmuró ella, cuando encontró la pared a su espalda.

Su mirada desafiante no se apartó de él porque no podía. Sus movimientos medidos al milímetro. El poderío implícito en cada músculo de su cuerpo. La seguridad con la que hacía todo, fuera lo que fuera. Aquel hombre era un espectáculo del que no quería perderse nada. 

Thomas se detuvo y la miró con una sonrisa.

—Tampoco me lo estás impidiendo… ¿O sí?

Ella apenas reparó en sus palabras. Toda su atención estaba puesta en aquellos labios que se habían curvado, provocando un torbellino de sensaciones. Era una de sus sonrisas de chico malo, que hacían estragos en ella.

Que hicieron estragos en ella.

Gayle sintió su entrepierna caliente y húmeda. Sin ninguna prenda que hiciera las veces de barrera, sentía la humedad extenderse por su ingle. Hacía mucho tiempo que no experimentaba algo semejante, y hacerlo ahora, de aquella forma tan intensa y repentina, le resultaba excitante y abrumador a la vez.

Su falta de respuesta fue justo la clase de respuesta que Thomas esperaba.

Asintió con la cabeza, satisfecho, y empujó la puerta con el talón de su bota hasta que esta se cerró detrás de él. A continuación, recostó la espalda contra ella.

Los separaban dos metros, a lo sumo. Para Gayle, en todo caso, la distancia era inexistente. Podía sentir a Thomas, como si lo tuviera encima. Su perfume, su olor corporal, la poderosa energía que fluía de él. Todo.

Thomas también podía sentir a Gayle. No era de ahora y no tenía que ver con la distancia concreta que los separaba. La atracción hacia ella se había sentido así de real, desde la primera vez que sus miradas se habían cruzado. Podía notar su presencia sobre cada milímetro de su piel con una nitidez absoluta. Todo él se ponía a pulsar a un ritmo cada vez más frenético hasta arder de deseo. Lo que había comenzado con un enganche de miradas demasiado prolongado para ser algo casual, se había convertido en una atracción bestial. Arrolladora. Imposible. De ahí, que hubiera mantenido la correspondiente distancia profesional con ella a lo largo de los años. Siempre había intuido que el día que le quitara el freno a su loco deseo por ella, su libido se desbocaría. 

Y, ahora, que Gayle estaba allí, tan al alcance de su mano y tan deseable, la intuición se había convertido en certeza.

Follarían hasta que el cuerpo aguantara, caerían rendidos de cansancio, y después, seguirían follando. Salvajemente. Como posesos.

Una y otra y otra vez.


* * * * *


Gayle respiró profundamente. Tenía la sensación de que llevaba horas apoyada contra la pared, temblorosa y mojada.

Las pocas neuronas funcionales que le quedaban, se preguntaban por qué Thomas estaba allí y cómo había conseguido averiguar dónde encontrarla.

No era que le importara mucho. Si tenía que ser franca con ella misma, secretamente, muy secretamente, no había deseado otra cosa, desde que se había despertado sola en aquella cama tridimensional que olía a él. 

Antes de eso, incluso.

Sus otras neuronas no se preguntaban nada. Habían sucumbido al hechizo de aquel hombre que, frente a ella, completamente vestido y sin hacer más que mirarla, conseguía que ella se estuviera cociendo a fuego desesperantemente lento. De tener la capacidad de preguntarse algo, sería cómo era posible que ese hombre ejerciera semejante influencia sobre ella tan solo con su presencia.

Pero eso tampoco le importaba demasiado ahora.

Sorprendentemente en alguien educado para mantener la compostura y el control de sus emociones, lo que Gayle realmente deseaba cuando estaba con Thomas, era dejarse llevar. Saber qué se sentía cuando no había control ni compostura.

Sin embargo, había algo que la mantenía donde estaba, firmemente apoyada contra la pared. En su mundo, no era ella quien tomaba la iniciativa. Le parecía perfecto que fuera así, puesto que siempre le había agradado que la cortejaran, que los hombres le demostraran su interés, fuera de toda duda. Este era su mundo y Thomas era un hombre. Así pues, no haría una excepción por él.

Entonces, como si él le hubiera leído el pensamiento, vio que Thomas se incorporaba y daba un paso hacia ella, con su sonrisa en ristre. Una sonrisa ligera, casi una mueca, que Gayle no tardó en descubrir que hacía estragos mucho mayores en ella. 

Los movimientos de Thomas no respondían a ninguna lectura del pensamiento. Al igual que Gayle, estaba acostumbrado a que fueran ellas las que tomaban la iniciativa. Esta vez, no. Por una vez, esta ficha era suya. De principio a fin. 

Gayle elevó su barbilla a medida que él acortaba las distancias, para poder mantener el contacto visual. Volvió a insuflar aire en sus pulmones con disimulo y, a duras penas, consiguió tragarse el suspiro que pugnaba por salir. 

Thomas se detuvo frente a ella. Sin dejar de mirarla, apoyó una mano sobre la pared. No había contacto entre ellos. No se tocaban. Pero la necesidad de hacerlo era tan intensa, que Gayle se descubrió diciendo, apenas en un murmullo:

—No es una posición cómoda para mí. Eres demasiado alto.

Un relámpago de lujuria atravesó los ojos masculinos cuando respondió:

—Es verdad. ¿Quieres que te ayude a estar más cómoda?

Jamás, unas palabras más inofensivas tuvieron un efecto más explosivo. Gayle se estremeció de la cabeza a los pies.

Thomas sintió que un poderoso cimbronazo le recorría la verga, poniéndola todavía más dura. Se obligó a permanecer quieto, donde estaba. Ni siquiera pestañeó.

Ella tragó saliva y volvió a elevar su barbilla al máximo.

—Quiero saber por qué has venido y cómo has averiguado dónde estaba. Solo una persona sabe que estoy aquí —dijo, mirándolo desafiante.

Mentía. Dios, con cuánto descaro estaba mintiendo… Si antes le importaba poco saberlo, ahora nada.

—Dos —precisó él. 

Dos que, en realidad, eran tres contando a Kyle. El pensamiento atravesó la mente de Gayle fugazmente. Un pensamiento del que no quedó ni rastro, cuando el aire caliente que Thomas expulsó al hablar, acarició su frente.

Ella cerró los ojos durante un instante. Fue un movimiento inconsciente, que puso a Thomas al rojo vivo.

Tanto, que inspiró profundamente y volvió a mover ficha. 

La tomó por la cintura y la elevó, dirigiendo las piernas femeninas en torno a su cintura. El movimiento llevaba implícita una brusquedad apasionada que excitó tanto a Gayle, como la sorprendió, por inesperado. 

—¡Eh…! —exclamó, al tiempo que se aferraba a él. 

La única palabra que fue capaz de pronunciar, salió de sopetón al sentir que sus pies ya no tocaban el suelo. Pero enseguida, calló ante el aluvión de sensaciones que sobrevinieron un instante después. 

Sus poderosas manos, sosteniéndola por las nalgas por encima del albornoz. 

Una esquina de la hebilla de su cinturón, había logrado colarse por la abertura de la única prenda que vestía, y la sentía fría y dura contra el borde interior de su muslo derecho. 

Su boca a un suspiro de la suya.

Todo cuanto la rodeaba había empezado a acercarse y a alejarse, al ritmo enloquecido de sus latidos, cuando él murmuró, a un centímetro de sus labios y casi a punto de besarla:

—¿A quién quieres ahora? ¿A la buena persona de esa nota que dejaste en mi casa… O a este tío, que te vuelve completamente loca con solo mirarte?

Entonces, Gayle, la que adoraba que la sedujeran y por eso nunca tomaba la iniciativa, lo hizo. 

Y tanto, que lo hizo.

Tomó el rostro masculino entre sus manos y se metió en su boca en un beso ardiente, que Thomas devolvió con una pasión elevada a la enésima potencia.


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CRS-04. UVNB (Una vez no basta). Cap. 7


El día estaba desapacible, con el cielo cubierto de nubarrones que auguraban que la lluvia continuaría limpiando la ciudad aquel fin de semana.

Junto a la ventana de una de las pastelerías francesas más selectas de la ciudad, Gayle contemplaba el paisaje urbano con una sonrisa, mientras esperaba a Jana. Habían quedado a las cuatro, pero ella se había adelantado. 

Se había levantado muy tarde para lo habitual en ella. Era cerca del mediodía cuando había abierto los ojos, sola y dolorida, en la cama kingsize de su suite del hotel Langham. No había un solo músculo en su cuerpo que no se quejara al intentar algún movimiento. La mayoría le dolían, incluso, estando quieta. Hacía yoga con regularidad, y deporte con bastante frecuencia, por lo que estaba familiarizada con las sensaciones físicas posteriores a una sesión de ejercicios, y este dolor no se le parecía en nada. 

En nada.

Este dolor no era un sacrificio que aceptaba por vanidad o por motivos saludables. Este dolor era un placer, que había recibido con los brazos abiertos. Más que eso: en su vida, las consecuencias de una noche de desenfreno apasionado con un hombre, eran un lujo. Uno que, en su caso, no podía comprarse con dinero.

La vagina le dolía tanto, que se había visto obligada a encargar prendas nuevas en una de las boutiques del hotel, puesto que no era capaz de soportar la fricción de los pantalones, y eso era todo cuanto tenía en la maleta. Se miró, satisfecha con su compra: una falda recta color hueso, larga justo por encima de la rodilla y muy ceñida en la cintura, donde un cinturón anaranjado de tres centímetros de ancho, constituía el único detalle decorativo. Lo había combinado con un jersey de mohair, tipo polera, del mismo color naranja que el cinturón, y una chaqueta de peluche, a juego con la falda, con más aspecto de abrigo, que de traje, que era deliciosamente cálida y, por esa razón, ahora descansaba sobre el asiento de la silla que había a su lado.

Llevaba un maquillaje completo y el cabello, partido al medio, vaporoso y suelto. Hoy no había lugar para uno de sus elegantes moños. Hoy se sentía hermosa y se había tomado el tiempo necesario para que cada detalle de su persona reflejara lo a gusto que estaba consigo misma.

Sonrió al pensar que nadie que la viera, tan divina y poderosa, podría imaginar el ardor constante que asolaba su zona baja. Convertía en un calvario cada intento de orinar. Intentos que, a consecuencia de la intensa actividad sexual, resultaban necesarios cada poco rato. En realidad, la irritación no solo se debía a la intensidad. Aquella noche, había comprendido a qué se refería Thomas al asegurar que nada en él era corriente. Nada corriente, desde luego.

Un instantáneo rubor se posó sobre sus mejillas cuando el recuerdo de aquel miembro enorme y grueso regresó a su memoria celular con tal realismo, que creyó sentirlo entre sus piernas, moviéndose con firmeza, forzando a los doloridos músculos de su vagina a estirarse más y más para acogerlo en su interior.

Gayle exhaló un suspiro y juntó los muslos en un movimiento instintivo. Se enfrentaba a un problema muy serio, si tan solo un recuerdo, era capaz de conducirla a las puertas de un orgasmo en mitad de un lugar público.

Demonios.

Tragó saliva y se concentró en la respiración. Cuando sintió que todo regresaba a su ser, cogió la fina taza de porcelana entre sus manos, y bebió un poco de la exquisita mezcla de café que servían en aquella confitería. Mantuvo la taza próxima a su rostro y aspiró el aroma con deleite.

Sin embargo, no pudo mantenerse en el presente mucho tiempo. Se sentía muy distinta, otra mujer, y sabía que, en buena medida, se lo debía a sí misma. A haberse permitido, por una vez, perder el control.

Aquella mañana, después de despertarse, se había quedado en la cama alrededor de una hora, enredada en ensoñaciones excitantes y recuerdos tan calientes, que le habían hecho alcanzar un nuevo clímax antes de que al fin lograra arrastrar lo que quedaba de ella hasta el baño. 

Habían sido dos, en realidad. 

Darse placer a sí misma no era una novedad, sino una práctica habitual, que había comenzado en la adolescencia y se había convertido en cotidiana poco después de casarse. Seguía siendo cotidiana, de hecho. Su apariencia no se correspondía con la clase de persona que era en la intimidad. Era una mujer más fogosa de lo que sus modales, o su aspecto, daban a entender. Por desgracia, el hombre del que se había enamorado, no la satisfacía. Su idea de intimidad se limitaba al coito, al que se aplicaba con tanta rapidez como se marchaba después de consumarlo, pues era un empresario importante y no tenía tiempo que perder. El interés de Kyle, de por sí insuficiente, había ido extinguiéndose a medida que transcurría el tiempo. Hacia el final de su matrimonio, se había complicado con el agravamiento de su eyaculación precoz, una dolencia que arrastraba hacía tiempo y, cuya existencia, muy propio de él, se negaba a reconocer. Qué absurdo. Como si acabar antes de haber empezado, no fuera suficiente prueba de que algo no funcionaba bien. Y pensar que Brandon se había quedado estupefacto al enterarse de que Kyle le había endilgado a ella la responsabilidad por la ausencia de hijos, sabiendo que, en realidad, era él mismo quien no podía engendrarlos. El gran Kyle Baxter era incapaz de reconocer ante su propia esposa un hecho tan inapelable como que, la mayoría de las veces, eyaculaba antes de llegar a penetrarla, ¿cómo podía nadie esperar que admitiera públicamente que era estéril? 

Suspiró.

En fin, eso era ya agua pasada. Hoy había comenzado el día tardísimo y satisfecha como nunca. Sonrió al caer en la cuenta de que debía ser todavía una adolescente, la última vez que se había levantado a la una de la tarde tras una noche de mucho sexo. Y lo celebró sin melancolía, ni tristeza. Por increíble que pudiera parecer, habida cuenta de lo acontecido las últimas semanas, no lamentaba haber vivido de la forma que lo había hecho. No se arrepentía de sus decisiones. De ninguna. 

En especial, no se arrepentía de haber pasado la noche con Thomas.

Nunca se había sentido tan seducida y tan deseada. Ni siquiera en sus mejores épocas con Kyle, recordaba haberse sentido como aquella mañana al despertar. Entrar en el baño de la suite, donde Thomas y ella habían pasado horas dándose placer mutuamente, había sido una experiencia de otro mundo. La pared cubierta de espejos, que les permitían verse mientras practicaban juegos eróticos, había tenido un papel clave a la hora de retroalimentar el deseo. Ella había descubierto que le encantaba mirar. Oh, sí… Y él, observador como era, se había percatado enseguida de ello, y no había tardado en realizar los arreglos necesarios para que ella pudiera verlo en el espejo, erecto y poderoso, mientras la hacía suya. 

Y vaya, si lo había visto, pensó envuelta en un nuevo suspiro. 

Qué hombre. Qué cuerpo. Qué… Todo. 

Thomas era absolutamente imponente.

La Gayle de un mes atrás se habría sentido abrumada y avergonzada de las implicaciones de semejante noche. La de hoy, en cambio, no había sentido el menor pudor al revisar las papeleras del baño y del dormitorio. La excusa que se había dado a sí misma, era que no podía arriesgarse a dejar las pruebas de su noche de lujuria al alcance del personal del hotel. Siendo quien era, una exclusiva de esa naturaleza se pagaría a buen precio. Además, supuestamente, era la única huésped de la suite y sabía que la dirección del hotel informaría a su familia de que ella estaba ocupándola. Dar un escándalo no estaba en sus planes. Sin embargo, incapaz de creer del todo que un hombre pudiera haberla deseado tanto, en el fondo, su propósito real era comprobar si había sucedido tantas veces como recordaba… O todo había sido cosa de su imaginación. El producto de su eterno deseo de, por una vez, yacer con un hombre que la dejara de cama. Literalmente. Una fantasía. Perfecta y excitante, pero una fantasía, al fin y al cabo…  

Dos golpes en la ventana devolvieron a Gayle a la realidad. 

Era Jana. La saludó con un suave movimiento de su mano y, mientras esperaba que se reuniera con ella, en la mesa, se echó un vistazo para comprobar que todo estaba como debía.

Y lo estaba. 

Al menos, en apariencia, pensó con una sonrisa traviesa.


* * * * *


Gayle sospechó, tan pronto verla, que las cosas iban muy bien en la vida de su querida amiga. Jana estaba radiante. Venía envuelta en un grueso chal negro de punto, que le llegaba hasta media pierna. Una señal evidente de su bienestar era que hoy sus inseparables gafas no eran negras, sino unas redondas, pequeñas y con marco de metal, cuyas lentes eran de un rosa tan claro, que no ocultaban sus precios ojos en absoluto.

No aparentaba los años, pero hoy, realmente, parecía una adolescente con su cabello a tres colores sujeto en la cima de la cabeza con una mitad coleta, mitad moño despeluchado, y aquel jersey gordo con mangas amplias, que llevaba a modo de vestido. Era de color gris muy claro y tenía un gran cuello vuelto que, al igual que la franja central de quince centímetros de ancho que atravesaba horizontalmente el cuerpo y las mangas de la prenda, era de color burdeos. Unas botas negras de gamuza, de estilo pirata, con una gran plataforma, le daban el punto disonante que Gayle adoraba en el estilo de su amiga.

La siguiente hora había transcurrido entre risas y confesiones, mientras disfrutaban del excelente café y las legendarias pastas de aquel local situado en el corazón de uno de los distritos más exclusivos de Londres.

Las buenas nuevas de Jana la habían llenado de alegría. A pesar de que no le había dado muchos detalles, puesto que, según había dicho, con Declan estaban preparando una sorpresa, había dejado suficientemente claro que los dos se habían embarcado en una aventura muy especial. Una aventura que no estaba relacionada con una boda o con un compromiso, se había apurado a aclarar, pero que para ambos suponía un desafío.

—Así que, si aún no has decidido lo que vas a hacer con tu piso, cuenta con el mío —dijo Jana—. No tengo previsto volver a usarlo… Puedes quedarte allí el tiempo que quieras.

Gayle le dedicó una mirada pícara.

—¿No tienes previsto volver a usarlo pronto… o no tienes previsto volver a usarlo, punto?

Jana se echó a reír.

—No me tires de la lengua, que he hecho una promesa —logró decir, entre risas, contagiando a Gayle.

—Estás radiante, Jana —reconoció ella, cuando dejaron de reír—. Así que, no te obligaré a incumplir tu promesa. No es necesario. No estoy preocupada, en absoluto. Sea lo que sea que esté sucediendo entre Declan y tú, está claro que es positivo. 

Jana asintió y bajó la vista hasta su café. Lo era. Muy positivo. El camino que aún tenían por recorrer era largo y no estaba exento de obstáculos, pero se sentía ilusionada y confiada. Después de meses durísimos, en los que la depresión y ella se habían hecho inseparables, empezaba a ver una luz al final del túnel.

—Tú también estás radiante —repuso ella, volviendo a alzar la vista. 

El rubor que inundó las mejillas de Gayle fue súbito e inapelable. 

—Oh-oh —se rio Jana, cubriéndose la boca con una mano.

Y, acto seguido, presenció con deleite cómo todo el rostro de su amiga, adquiría el mismo color de sus mejillas. Era una confirmación de que había sucedido algo entre su antiguo guardaespaldas, y ella. Y tenía que ser algo importante, puesto que le parecía demasiado rubor para tratarse de una simple llamada telefónica, pensó Jana. Thomas y Gayle tenían que haberse visto. Y si se habían visto…

—¿Te has…? Ya sabes —le preguntó en voz muy baja, y al ver que Gayle asentía con la cabeza varias veces, exclamó—: ¡Cuéntamelo ya mismo!

Gayle no solía explayarse a la hora de compartir sus vivencias íntimas. Su mejor amiga era madre soltera y trabajaba dieciocho horas al día. Cuando sus agendas coincidían, y Gayle iba a visitarla a su casa, rara vez estaban a solas. Alexis, su hija adolescente, vivía con la oreja pegada a las paredes y, según ella misma había podido confirmar, no se guardaba para sí los descubrimientos que hacía. Pero aquel día necesitaba compartirlas. Además, sentía que Jana era la persona idónea para escucharla. Era el ser humano más abierto y, sobre todo, menos prejuicioso que había conocido. Eso era, de hecho, lo primero que la había cautivado de ella.

Le relató lo acontecido después de marcharse de la casa de Brandon y Harley. Lo hizo por orden cronológico y con bastante detalle, puesto que también era una forma de poner orden y concierto a sus propias vivencias. Estaba acostumbrada al control, era su forma de asimilar las cosas y darles un lugar en su existencia. 

Notó que la picardía no había abandonado el talante de Jana en ningún momento durante su relato y le sorprendió descubrir que eso, lejos de incomodarla, la animaba a continuar. Comprendió, entonces, que si podía confiarle cosas tan íntimas sin sentirse incómoda, era porque Jana se había convertido en una gran amiga.

—¿Comprobaste las papeleras? —intervino Jana, con los ojos chispeantes de diversión.

Gayle se acaloraba de solo pensarlo, pero sí, lo había hecho. Tomó un sorbo de café y agradeció que estuviera frío, pues lo necesitaba.

Asintió una vez con la cabeza.

—No podía dejar las pruebas de mi noche loca al alcance del personal del hotel —se justificó, pero enseguida se sumió en un silencio reflexivo durante unos instantes—. Siempre me he sentido tan… invisible en mi matrimonio. Me he pasado años viviendo a la sombra de Kyle. Estaba muy enamorada, y él… 

Gayle hizo una nueva pausa. Bebió otro sorbo de café ante la mirada cariñosa y profundamente empática de Jana.

—¿Sabes? Estaba dudando entre decir que no me deseaba, o que no sabía cómo tocarme. Lo primero, no puedo asegurarlo, pero lo último, sí. Ahora, sí. Y, en resumidas cuentas: el cómo era un misterio para él. Ya no hablemos del dónde o del cuánto, claro —admitió, sacando a relucir su particular sentido del humor, punzante a la vez que elegante. 

Jana asintió. Su empatía hacia Gayle era tan grande como su disgusto hacia Kyle, de modo, que no se cortó:

—Ya. Tu ex tiene toda la pinta de ser de los que creen que retorcerte los pezones es la máxima expresión del erotismo… —Ambas explotaron en carcajadas—. ¡Y hay tantos como él…! —añadió, con aquel desparpajo que Gayle apreciaba tanto.

—En honor a la verdad, anoche comprendí que yo tampoco lo sabía todo acerca de mis propias preferencias…

—Pero ahora lo sabes —tentó Jana. Al ver el énfasis en el asentimiento de Gayle, sonrió complacida—. Bien por ti. Y bien por Thomas. Ya me caía muy bien, ¿sabes? Digo, antes de enterarme de que, además de tener graaandes atributos —matizó con descaro—, es de los que saben qué hacer con ellos.

Al ver el rubor de Gayle, Jana se echó a reír y no pudo evitar decir lo que estaba pensando.

—¡Que no se trata solo de meterla, señores! 

Tras un buen rato de risas compartidas, Gayle continuó sincerándose con Jana.

—No volveré a mi piso. Lo pondré en venta y buscaré otro. Te agradezco mucho tu ofrecimiento, pero, mientras tanto, seguiré disfrutando de mi suite en un hotel que adoro, con cargo a la familia. Es lo menos que se merecen los dos, mi padre y mi madre. 

—¿Has vuelto a hablar con ellos?

—Me han llamado. He visto sus llamadas perdidas, pero aún no las he devuelto. Francamente, no sé si lo haré. 

Gayle suspiró y, tras una pausa, añadió: 

—A veces, la vida puede sorprenderte tanto… Ayer fue un día de contrastes abrumadores. Nadie antes me había hecho sentir tan valorada, tan especial, como Thomas… Ni tan insignificante y poco querida, como mis padres. Y esto es lo mismo que decir que, en uno de los días más difíciles de mi vida, un casi desconocido hizo por mí infinitamente más que mis propios progenitores. —Negó con la cabeza—. Es triste, pero es así. 

Jana no se acordaba de su padre, pero la relación con su madre había sido muy estrecha. Siempre se había sentido querida y mimada por ella. Incluso, malcriada. Habían sido muy compinches, y perderla había sido un duro golpe del que había tardado mucho tiempo en recuperarse. Podía imaginar el tremendo dolor de Gayle al enfrentarse a la total indiferencia de unos padres que vivían más preocupados por el que dirán, que por el bienestar de su propia hija.

Posó su mano sobre la de Gayle y la presionó con cariño, esperando que aquel gesto le comunicara cuánto sentía que hubiera tenido que pasar por eso. 

—¿Y Kyle? ¿Qué vas a hacer con él?

Gayle meditó su respuesta. Era algo que había estado considerando largamente después de hablar con sus abogados, pero solo había acabado de tomar forma en las últimas horas.

—Sé que el consejo de Declan es que solicite una orden de alejamiento. También es lo que piensa Thomas, por cierto. —Respiró hondo y exhaló el aire en un suspiro—. Pero lo he pensado mejor y no voy a hacerlo todavía. No quiero desafiar a Kyle, solo quiero que me deje en paz. Y hay otra forma de conseguirlo. Otra forma más efectiva y, sobre todo, menos arriesgada para mí.

Jana no ocultó su preocupación.

—¿Menos arriesgada que él te haga daño?—le preguntó. 

Gayle permaneció en silencio unos instantes, decidiendo si decir lo que pensaba o pasar a otro tema. Según los entendidos, una mujer acosada tardaba en ser consciente de que el daño que podía infligirle su pareja era un riesgo real. No la creían capaz de algo semejante. Gayle, sí. Había pensado mucho en ese tema. Después de recordar el nivel de violencia que se desataba en Kyle ante la mera presencia de su hermano mayor, ya no tenía ninguna duda de que, en las circunstancias idóneas y con el estímulo adecuado, podía dirigir esa violencia hacia ella. Pero, reflexionando, también había llegado a la conclusión de que ella nunca había sido importante para él; solo un medio para alcanzar un fin. Si solicitaba una orden de alejamiento, pondría en riesgo lo que a él más le importaba de verdad. Entonces, sí que lo volvería en su contra.

—Cuando se lleva un apellido como el mío, casi cualquier suceso sin aparente importancia puede convertirse en el catalizador de un desastre. Las posibilidades de solicitar una orden de alejamiento hoy, y que mañana la noticia no esté recogida en algún tabloide, son prácticamente inexistentes. Y en el mismo momento en que la información trascienda, el prestigio y la credibilidad de Kyle quedarán destruidos. Al margen de que esto tampoco es algo que nos favorezca a mi familia o a mí, ¿qué crees que hará él? Es como darle un motivo para venir a por mí.

Jana se removió incómoda. 

—No sé… ¿Estás segura de eso, Gayle? —le preguntó.

Luego, lo pensó mejor y cayó en la cuenta de que, si Kyle quería hacerle daño, una orden de alejamiento no podría impedirlo. Cuando una persona se obsesionaba por otra hasta ese extremo, no existía en el mundo protección suficiente. Jana lo sabía mejor que nadie. 

Gayle asintió con firmeza.

—Tengo que decírselo a Fay. No puedo mantenerla al margen de esto por más tiempo. De modo que, voy a proponer una reunión en la que estén todas las partes implicadas: Fay, Perry, Kyle, y yo. Y voy a permitir que el enorme poder de convicción de Perry Baxter, le muestre a su hijo la conveniencia de dejar de molestarme. Si hay algo que a Kyle le importa, es su posición social que, en su caso, viene determinada por la posición que ocupa dentro de la empresa y en el mundo de los negocios. Vive para eso. Saber que puede perderla o perjudicarla de alguna forma, será el mejor antídoto contra su estupidez.  

Jana movió la cabeza de un lado a otro, preocupada por lo que oía. 

—Tendrás que seguir llevando guardaespaldas —le dijo, y la miró totalmente seria—. Por favor, prométeme que lo harás.

Gayle la tranquilizó, palmeando cariñosamente la mano que continuaba posada sobre la suya.

—Claro que sí. Por favor, no te preocupes. Estaré bien, Jana.

Ella, al fin, sonrió:

—Y puestos a llevar guardaespaldas, nada impide que sea ese de rompe y rasga que sabe cómo cuidarte las espaldas y todo lo demás, ¿no? —Aunque no lo dijo en alto, la tranquilizaría mucho que fuera Thomas, en vez de Andreas o cualquier otro. El hombre había demostrado que se tomaba la seguridad de su amiga como una cuestión personal.

Gayle esbozó una sonrisa casual ante aquel comentario, y decidió dejarlo correr. 

No tenía intención de volver a contratar a Thomas, ni de aceptar sus servicios profesionales, aunque él se los ofreciera. 

De hecho, no pensaba hacer nada respecto de él. 

Thomas se había marchado de su suite, de forma semejante a la que ella se había marchado de su piso el día anterior. Solo que él, ni siquiera había dejado una nota.

Ese era un lenguaje que Gayle dominaba. Comprendía el significado de la ausencia de mensajes o llamadas por parte de Thomas.  

De más estaba decir, que lo respetaría a pie puntillas.

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