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Proyecto CRS-04

Una vez no basta (UVNB)

(Título provisional)


Presentación | Sobre los personajes | ELLA | ÉL 

Canlentando motores - 1ª Parte | 2ª parte

Capítulos: 

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Una vez no basta (título provisional), de Patricia Sutherland. Proyecto Exclusivo de Club Románticas Stories.



CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 30



Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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30


En la cocina de la suite, el ambiente se enrarecía más y más por momentos. Lord y lady Middleton habían llegado cuando el miedo de Gayle se hallaba en plena efervescencia, tras enterarse de que su exmarido estaba en paradero desconocido, y Jana intentaba tranquilizarla. 

La llegada del matrimonio no había ayudado en nada a esa tarea. Aunque su primera reacción al conocer la noticia había sido de preocupación, no habían tardado en quitarle dramatismo al suceso. En palabras de lord Middleton, su ex yerno estaría en «algún tugurio de mala muerte, donde nadie lo conocía, dándose la cabeza contra las paredes, consciente de la mierda que le llovería encima en cuanto pusiera un pie fuera de allí». 

Gayle, por su parte, había pasado de sentir náuseas debido al miedo, a decidir que ya había tenido suficiente de Kyle, del acoso al que había permitido que la sometiera durante demasiado tiempo e, incluso, de sus propios padres. 

Haber dicho basta, de alguna forma, le había ayudado a aclararse con sus propios pensamientos y emociones. Sabiendo que no se sentiría a salvo hasta que Thomas atravesara la puerta de su suite, y que buscar consuelo en una nueva llamada, solo serviría para retrasar ese momento, se había contenido de llamarlo. A duras penas, pero lo había logrado. 

Asimismo, había llegado a la conclusión de que, si quería recuperar el control de su vida, tendría que renunciar a su privacidad y aceptar que, en adelante, su nombre no solo estaría en los medios de comunicación, sino también en las estadísticas de los casos de violencia machista. Y eso, exactamente, estaba decidida a hacer. Le desesperaba la idea de que aspectos íntimos de su vida se convirtieran en comidilla de todo el mundo, pero le desesperaba más aún saber, sentir, que un hombre de quien se había divorciado cuatro años atrás, siguiera teniendo tanto poder sobre ella. La sacaba de quicio.

Sus padres, como era de esperar, no veían las cosas de la misma manera. De hecho, tenían un plan meticulosamente trazado para la vida de su única hija durante las próximas semanas. Un plan que habían decidido sin molestarse en consultárselo y que, peor aún, no se había visto afectado en lo más mínimo al conocer un dato tan relevante como que el hombre que suponía una amenaza para ella estaba en paradero desconocido. 

Según dicho plan, su padre, y no ella, dirigiría las conversaciones durante la videoconferencia. Las exigencias eran, en primer lugar, que Kyle debía mantenerse alejado del círculo social que frecuentaban su exmujer y su familia. Además, debía abandonar la dirección de todos los proyectos financieros que, directa o indirectamente, estuvieran relacionados con los Middleton. Finalmente, debía ser sometido a un examen psiquiátrico. A la vista de los resultados, el aristócrata se reservaba el derecho de reclamar que Kyle fuera apartado de sus funciones como director de cuentas del emporio financiero creado por sus abuelos, y dirigido en la actualidad por su padre. Perry Baxter dispondría de quince días para tomar las medidas necesarias que garantizaran que sus exigencias se cumplían. A cambio, su hija no denunciaría a su exmarido por acoso, ni solicitaría una orden de alejamiento, permitiendo de esta forma que ambas familias se libraran del escándalo.

Por su parte, Gayle emprendería un viaje que la mantendría alejada de Londres durante dos o tres semanas. Desde aquel mismo día y hasta que estuviera lista para partir al destino que eligiera, regresaría a la casa familiar, con sus padres.

Gayle no salía de su asombro al oír con cuanta naturalidad hablaban de las decisiones que habían tomado sobre su vida, como si ella no fuera un ser pensante y mayor de edad para tomar las suyas propias. Su indignación habría crecido a la par que su asombro. 

Así las cosas, bastó que dijera «¿y cómo pensáis evitar que yo lo denuncie?», para que la discusión estuviera servida.

Y muy bien servida.


* * * * *


Gayle le lanzó una mirada furibunda a la otra mujer que había en la estancia. Todo el mundo opinaba que se parecían. Algunos, iban más lejos y afirmaban que el parecido era tal, que si ponían una junta a otra sendas fotografías de ambas mujeres cuando eran adolescentes, no sería sencillo distinguir quién era quién, excepto por elementos externos, como las prendas que vestían o la decoración de la estancia donde la fotografía hubiera sido tomada. 

Ella, sin embargo, no podía sentirse más distinta a Victoria Anne Middleton.

Ni más lejana a ella, en todos los sentidos posibles.

No se reconocía en absoluto en aquella mujer de gustos estrafalarios, aficionada a los collares de perlas y a los tocados de plumas. Mucho menos aún, en su estilo brusco y estridente. 

—Madre, ¿quieres hacerme el gran favor de bajar la voz? Tengo invitados y te aseguro que no necesitan conocer tus pésimos modales. 

—¡¿Y por qué invitas a nadie en medio de semejante drama?! —bramó ella—. Y, por cierto, ¿quién es esa señorita con el pelo a tres colores? ¿No le basta con uno? ¿Qué hace aquí?

Gayle se pasó una mano por la frente, encomendándose a todos los santos.

Hacía varios minutos que había tenido la enorme descortesía de dejar sola a Jana, y trasladar la discusión del salón a la cocina. Lo había hecho para evitar que continuara escuchando las perlas que su madre soltaba por su aristocrática boca sin ningún miramiento  

Por el amor de Dios, esa mujer le hacía sentir vergüenza ajena. 

No se había equivocado al decirle a Thomas que, en cuanto sus progenitores pusieran un pie allí, necesitaría disponer de toda su energía para evitar hacer algo que lamentaría el resto de su vida. 

Algo, como estrangular a su madre con el cable de la licuadora.

O invitar a su padre a la terraza y darle un suave empujón cuando estuviera junto a la barandilla, admirando las vistas.

Que Dios la perdonara, pero estaba harta de sus imposiciones. Más que harta de su soberbia. 

 —Eso no es asunto tuyo, madre —dijo Gayle, definitiva—. Como ya os he dicho al presentarla, se llama Jana y es la socia de Harley, la esposa de Brandon Baxter-Cox. Y, volviendo al tema que nos ocupa, mi decisión está tomada. 

—Hija, por favor… Todavía es posible resolver esto de otro modo —intervino lord Middleton.

Gayle continuó como si no lo hubiera oído.

—Independientemente de lo que yo hable con Perry y Fay por videoconferencia —dijo, enfatizando la palabra «yo»—, denunciaré a Kyle y solicitaré una orden de alejamiento. No he cancelado la reunión por deferencia a ellos, son buenas personas y siempre me han tratado como a un miembro muy querido de su familia. Pero no saben dónde está Kyle. Por mejores que sean sus intenciones, es evidente que tienen tan poco control sobre las acciones de su hijo, como yo…

—¿Pero de qué situación hablas, Gayle? —la interrumpió lord Middleton, irritado—. Su hijo tiene treinta y siete años. Es normal que no sepan dónde está ni lo que hace. Nosotros hemos dejado de saberlo cuando cumpliste los dieciocho, es ley de vida. Estará ahogando sus penas en alcohol o golpeando un saco de boxeo, o vete a saber… Desde luego, razones para hacerlo no le faltan. 

Gayle respiró hondo y continuó.

—He tardado en comprender que fue un error esperar que Perry pudiera influir en Kyle, es cierto, pero ya lo he hecho. Está decidido: no pienso seguir arriesgándome. 

—Eso es una necedad, no una decisión —sentenció su madre—. Kyle no se atreverá a volver a acercarse a ti después de la conversación que tu padre ha tenido hoy con el suyo. 

Señor, dame paciencia, por favor…

—Suponiendo que eso fuera cierto, ¿Kyle no tendría que hablar primero con su padre para saberlo? Repito: Fay y Perry no han podido localizar a su hijo. No saben dónde está —repuso Gayle, hastiada. Por lo visto, los penosos modales de su madre eran contagiosos.

Lady Middleton continuó sin darse por aludida. Lo que para Gayle no fue, sino otra prueba más de que hablar con sus padres era una absoluta pérdida de tiempo. Simplemente, no la escuchaban. Sus palabras entraban por un oído y salían por otro, sin hacer el menor amago de detenerse en sus cerebros.

—Y si lo hiciera, será para pedirte perdón, no para darte un puñetazo. ¿Quién demonios te ha metido esas ideas en la cabeza, Gayle? 

Lord Middleton sonrió con ironía.

—Su medio amigo, medio guardaespaldas. El mismo que me dijo a la cara que estábamos más preocupados por el qué dirán, que por nuestra propia hija.

—¡Ah, ese, claro! Suponiendo que a alguien le interesara su opinión, ¿no es precisamente desinteresada, verdad? —dijo irónica, empleando el mismo tono que su hija había usado.

Gayle respiró hondo, intentando calmarse, pues Jana estaba en la estancia contigua, pero sabía que era cuestión de tiempo que acabara explotando. No estaba dispuesta a tolerar que hablaran de ese modo de alguien que no había hecho otra cosa que protegerla y cuidar de ella.

—No deseo continuar con este asunto. Tengo invitados que atender. Además, se trata de mi vida y, por supuesto, las decisiones serán mías. Y ahora, por favor, os agradecería mucho que os fuerais. Estaré bien, no os preocupéis por mí. 

Totalmente ajena a la creciente indignación de su hija, la mujer continuó dejando claro su punto de vista.

—No negaré que Kyle ha sido demasiado pertinaz en sus intentos por recuperarte y que hay que comunicarle de forma inapelable que ya hemos tenido suficiente, pero no te haría daño. Nadie va a convencerme de que es esa clase de hombre, porque no lo es. Lo conocemos desde que era un niño, Gayle.

¿«Esa clase de hombre»? ¡¿Pero… qué demonios?! 

—¡No lo conocéis en absoluto! —estalló Gayle—. ¡Es un individuo violento, un mentiroso patológico y un ególatra! ¡Por supuesto, que me hará daño, si tiene la ocasión! Y-no-pienso-dársela. Punto final.

Tras lo cual, se levantó de la mesa alrededor de la cual los tres estaban sentados, y abandonó la cocina ante la mirada estupefacta de sus padres.


* * * * *



Gayle se detuvo a mitad de camino para recomponerse antes de regresar junto a Jana. 

Notó que no había ruidos provenientes de la estancia que acababa de abandonar, y no le extrañó que fuera así. Si había algo a lo que lord y lady Middleton no estaban acostumbrados, era a ver que su hija perdía la calma. En su peculiar visión del mundo, que alguien no impusiera sus ideas a gritos, era sinónimo de ser un pusilánime. Sin duda, se habrían quedado mudos de la sorpresa al comprobar que ella también era capaz de imponer las suyas de esa forma. Era lo último que esperaban.

Se estiró la chaqueta del traje de falda color beis que se había puesto tras darse una ducha rápida. La prenda era corta, a la cadera, y la falda era recta, y dejaba expuestas sus rodillas. Lo había complementado con una blusa negra de cuello redondo y unos stilettos del mismo color, que se sujetaban alrededor del tobillo. Había renovado el maquillaje y su cabello volvía a lucir recogido en un moño. Aunque lo que en verdad deseaba era ponerse un pijama y arrebujarse en la cama con la manta cubriéndola hasta la cabeza, no podía permitírselo. 

Dio una última inspiración y reanudó el camino hacia el salón. Se colgó su mejor sonrisa antes de atravesar la puerta.

Jana estaba sentada en el sofá, con los pies descalzos recogidos sobre el asiento, hojeando una revista. La sonrisa de Gayle se tiñó de autenticidad. Jana le gustaba. Encontraba refrescante su total ausencia de afectación y apreciaba que no se hubiera dejado impresionar por la pomposa apariencia de sus padres.

—Hola de nuevo, amiga —dijo, dirigiéndose hacia ella—. Disculpa que te haya dejado aquí sola tanto tiempo…

El sonido del timbre interrumpió a Gayle, que miró hacia la puerta de entrada, y luego, otra vez a su amiga.

—¿Has encargado algo al servicio de habitaciones?

Ella negó con la cabeza, risueña.

—Si sigo comiendo, voy a rodar —replicó, echando un vistazo rápido a la colección de platos, platillos y fuentes, medio vacías, que estaba sobre la mesa—. Será Declan. Venía para aquí.

Gayle sonrió aliviada.

O Thomas, pensó. Consultó su reloj. También le había dicho que iría. Aunque se estaba retrasando.

—Bien. Voy a abrir…

Se dirigió a la puerta, pero antes de abrirla, comprobó quién era. 

Al otro lado estaba el hombre a quien le había dado autorización para permanecer en su planta. ¿Cuál era su nombre? Darren algo. No recordaba el apellido. 

Al abrir la puerta, descubrió que había alguien más con él. Un escalofrío le recorrió la espalda. Y se sintió ridícula. ¿Tan histérica estaba, que se asustaba por cualquier cosa? Tenía que calmarse.

—Hola, Darren —dijo, y permaneció en silencio a la espera de que él hiciera los honores.

—Señora Middleton, le presento al general Eaton. Ha venido a recogerla.

El desconcierto en el rostro de Gayle fue tal que el militar intervino. Le tendió su mano, que ella estrechó sin que su expresión perpleja cambiara un ápice.

—Soy el padre de Thomas —explicó—. Me dijo que hablaría con usted. ¿No lo ha hecho?

¿El padre de…? ¿Por qué venía su padre en vez de él? ¿Acaso le había sucedido algo? Con cada pregunta, su corazón latía más y más acelerado. Sentía que el miedo volvía a adueñarse de ella y se obligó a centrarse en lo que le decían.

—Mmm… No he hablado con él, no. Pero… ¿Dónde está mi móvil? —Se giró buscando el dispositivo con la vista. ¿Había dicho ya que sus padres la desquiciaban tanto, que no sabía dónde tenía su propia cabeza? Fue en ese momento, al girarse, cuando vio que los culpables de su desquiciamiento se dirigían hacia ella.

—Lo he oído sonar —intervino Jana desde el salón—, pero a lo lejos… ¿Lo habrás dejado en el baño? —Se incorporó rápidamente, y atravesó el salón descalza—. Voy a ver.

—Sí, por favor, Jana. Gracias… —Regresó su atención al padre Thomas, pensando que no acababa de creer que aquello estuviera sucediendo de verdad—. Disculpe, general… Ha dicho que ha venido… ¿a recogerme?

—¡¿Qué sandeces son esas! —bramó Victoria.

Gayle se giró hacia su madre.

—Si tienes a bien guardar silencio, lo sabrás en un instante, madre. Por favor —añadió, mirándola furibunda. Tras lo cual, volvió a ocuparse del recién llegado.

Jana llegó en aquel momento y le entregó el móvil a su amiga, quien lo comprobó y asintió con la cabeza.

—Me ha llamado. Tres veces. No lo oí sonar. —Alzó la vista y sus ojos se encontraron con los del hombre. Eran grandes y azules, como los de Thomas. Gayle tragó saliva y formuló la pregunta que le oprimía el pecho—. ¿Thomas está bien? Disculpe, es que le estábamos esperando…

—¡Esperábamos al señor Keegan! —se apuró a corregir Victoria.

Gayle apretó los párpados e inspiró profundamente ante la nueva incursión modélica de su progenitora. Por el amor de Dios, ¿iba a tener que amordazarla?

En aquel momento, se oyó otra voz. Igual de impaciente y soberbia que la anterior, pero menos estridente.

—¿Qué es todo esto? ¿Me lo puede explicar, general? —intervino lord Middleton, acercándose al militar.

—Por supuesto, milord. Soy Lawrence W. Eaton, general retirado del…

—Sé muy bien quién es —lo interrumpió—. Por eso, me extraña que esté aquí.

—Soy el padre de Thomas, el guardaespaldas de su hija —continuó el militar con aplomo—. Mi hijo me ha pedido que la lleve a un lugar seguro.

A Gayle se le aflojaron las rodillas. Instintivamente, se agarró de la puerta. Su mente no dejaba de lanzar preguntas. Muchas preguntas y ninguna respuesta. Y entre ellas una, la más recurrente: ¿tan grande era el peligro que corría para que Thomas hubiera enviado a su propio padre a sacarla de allí?

La voz airada del suyo devolvió a Gayle a la realidad.

—¿Qué despropósito es este? Se presenta aquí, a petición de su hijo. ¿Así, sin más, porque él se lo ha pedido? 

No había sido sin más. Thomas le había explicado la situación, así como sus planes inmediatos, con los que él estaba de acuerdo. Dado que el aristócrata afirmaba saber con quién estaba hablando, decidió que no necesitaba aclararlo.

—Por supuesto —repuso el general, sin inmutarse. 

—¡Esto sí que es bueno! —intervino Victoria, rezumando ironía—. ¿Acaso hace todo lo que su hijo le pide? 

La respuesta del padre de Thomas, esta vez, fue lapidaria.

—¿Acaso usted no? 

Gayle supo en ese instante todo lo que necesitaba saber para tomar una decisión.

Y lo hizo, sin dudarlo.

—Por favor, entre, general —lo invitó—. Deme cinco minutos para recoger unas pocas cosas, y podremos marcharnos.

A continuación, se dirigió a su habitación con paso firme, haciendo oídos sordos a las quejas que empezaron a explotar en el hall cual fuegos artificiales. 

Un paso que, en realidad, no era más que una cortina de humo tras la cual Gayle intentaba esconder que estaba total y absolutamente aterrorizada.


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©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷


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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 31



Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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31


Con la ayuda de Jana, Gayle recogió algunas cosas y comenzó a guardarlas en su maleta pequeña. El proceso no estaba siendo tan rápido como le habría gustado, pues estar angustiada y helada por los nervios, la volvía torpe y dubitativa. Algo de lo que su amiga se percató enseguida.

—Si fuera tú, pondría ropa cómoda, un par de zapatillas y, como no sabes dónde vas, también algo de abrigo… El resto de tus cosas, si quieres, las recojo yo… Así, puedes dejar de hacerte cargo de esta suite carísima… —dijo con una sonrisa compasiva. Su familia la tenía reservada todo el año, pero Jana sabía que Gayle, en un arranque de pundonor y, probablemente, por intentar quitarse a sus padres de encima, la noche anterior les había dicho que asumiría los cargos de su estancia. 

Gayle tomó una mano de su amiga y la apretó cariñosamente.

—Gracias… Gracias de verdad, Jana. Discúlpame los nervios, la descortesía de no atenderte como te mereces…, la preocupación que sé que sientes por mí… Gracias de corazón y perdóname por todo —suplicó, contrariada por las circunstancias.

Jana la rodeó con sus brazos. 

—Mira que eres tonta, a veces… No tengo nada que perdonarte. Y no me agradezcas que me preocupe por ti. Es lo que hacen los amigos. Venga, recojamos lo que vas a llevarte —dijo, apartándose de ella, pues se estaba emocionando. 

La situación de Gayle le recordaba constantemente a la suya propia, haciendo que, ante cada nuevo acontecimiento, sus emociones se agitaran, como si fuera ella quien estaba en peligro, y no su amiga. Lo último que deseaba era añadir leña al fuego.

—No hagamos esperar a ese señor tan poco corriente como su hijo… —sonrió Jana, decidida a robarle una sonrisa—. ¿A que no te imaginabas que hoy conocerías al papá del hombretón?

No eran precisamente las circunstancias en las que habría querido conocer a nadie, menos aún al padre de una persona que había cobrado tanta importancia últimamente, pensó Gayle. Era curioso cómo podían cambiar las cosas en tan poco tiempo. Cinco días atrás, Thomas no formaba parte de su mundo; hoy, sin embargo, no lo concebía sin él. Le preocupaba mucho la razón por la que era su padre y no él quien estaba allí. ¿Le habría sucedido algo? ¿Estaría bien? Su angustia no dejaba de crecer.

Gayle se limitó a mirarla brevemente. Forzó una sonrisa de compromiso en su rostro y guardó la última prenda en la maleta. La cerró, cogió su abrigo y le dio un último abrazo a Jana.

—Tengo que irme. No puedo esperar a Declan. Intentaré comunicarme con él más tarde, en cuanto pueda, pero, mientras tanto, ¿te importaría pedirle que, por favor, cancele la videoconferencia con mis ex suegros? Evidentemente, no voy a poder estar presente, y preferiría que mis padres no me avergonzaran más de lo que ya lo han hecho… —exhaló un suspiro—.  Aunque, bien visto, lo más probable es que no pueda evitarlo.

—Déjalo en mis manos y no pienses más en eso —le dijo—. Has hecho lo que has podido y estoy segura de que Fay y Perry lo saben. Lo que suceda a partir de ahora está fuera de tu control. Vamos, Gayle.

Jana cogió la maleta y, a continuación, el brazo de su amiga, instándola a ponerse en marcha.


* * * * *



Mientras tanto, en el salón…


Los padres de Gayle no salían de su asombro al ver que el hombre que había venido a llevarse a su hija, con la excusa de ponerla a salvo, no solo los ignoraba, sino que parecía decidido a convertir la suite en un centro de operaciones militares. En un minuto, tenía a tres miembros del personal de seguridad del hotel a su servicio, escuchando atentamente sus indicaciones. 

La indignación de lord Middleton crecía a la par que su asombro, y no tardó en alcanzar su máximo nivel.

—¿Quieren callarse un momento, por favor? —exigió.

No solo interrumpió la reunión de palabra, sino de hecho: interponiendo su robusto corpachón entre el militar y el resto de los hombres que estaban de pie —Darren Colby y los tres miembros del personal de seguridad del hotel—, formando un corrillo junto a la mesa para ocho comensales del salón. 

El silencio fue inmediato. El empleado de seguridad llamado Milton, el mayor de los tres, que, en aquel momento, estaba explicándole al general cuáles eran las salidas alternativas del hotel, se calló y todos los hombres dirigieron su mirada al aristócrata.

—Nada de esto es necesario. De hecho, es un auténtico despropósito del que me ocuparé personalmente que ninguno de los aquí presentes salga bien librado —advirtió, señalando a cada uno con su dedo—. Y, ahora, dado que esta es mi suite, quiero que se marchen de aquí inmediatamente. ¡Inmediatamente! —bramó.

Lord Middleton contempló indignado que nadie se movió de donde estaba. Los empleados de seguridad del hotel dejaron de mirarlo, tras exigirles que se marcharan, y ahora miraban al general. Otro tanto hacía el único individuo del grupo que no llevaba el pelo cortado al uno, el que (increíblemente, en su opinión), trabajaba para su hija.

El general tomó al fin la palabra y se dirigió al aristócrata en tono respetuoso, pero inapelable.

—Estos señores hacen su trabajo, milord. Es su hija quien ha contratado los servicios de una empresa de seguridad por razones que, tanto usted como yo, conocemos, por lo que no es necesario abundar en ellas. Mi misión es recoger a su hija de este hotel y conducirla a otro lugar, y ella ha consentido. —Las palabras «por lo tanto, no hay más que hablar» quedaron flotando al final de la frase sin que el militar llegara a pronunciarlas. En su lugar, pronunció otras—. Quédese tranquilo, milord. En unos pocos minutos, todos nos habremos marchado de su suite.

El militar le concedió unos instantes de cortesía antes de desviar su atención del aristócrata definitivamente, y ponerla en el asunto que le ocupaba.

Lord Middleton estaba más que dispuesto a usar esos instantes para descargar su ira contra aquel individuo que, daba igual cuántas condecoraciones adornaran su expediente militar, había tenido el inexcusable atrevimiento de desobedecerlo en su propio terreno, pero el timbre de la suite se lo impidió, imponiendo un tenso silencio en la estancia.

Darren se dirigió de inmediato al hall. Comprobó quién era por la mirilla y abrió la puerta mientras pensaba que el espectáculo estaba a punto de animarse aún más.

—¿Por qué no estás fuera? —inquirió Declan, con evidente preocupación, al tiempo que su pulgar izquierdo señalaba vagamente hacia el pasillo. 

Le había parecido una exageración que Thomas pusiera a Darren a vigilar la planta, en vez de los alrededores. Pero que ahora ni siquiera estuviera allí, significaba que algo había sucedido. No quería más sorpresas aquel día. 

Darren se hizo a un lado para dejarlo pasar.

—Porque la fiesta es aquí dentro —repuso, sin molestarse en aclarar a qué se refería. Su jefe estaba a dos metros de averiguarlo por sí mismo.

En efecto, a Declan se le cambió la cara al ver al padre de Thomas. Fue enseguida hacia él.

—Laz, hola… ¿Thomas está bien? —le preguntó, al tiempo que estrechaba su mano, después de efectuar un breve saludo militar.

—Hola, Declan. Sí, eso creo —repuso él con firmeza. 

El general decía la verdad. No podía estar seguro de que Thomas estuviera bien, y que al llegar allí, nadie estuviera avisado de su visita, empezaba a darle que pensar. Sin embargo, creía que, independientemente de la naturaleza del contratiempo que se le hubiera presentado, su hijo era capaz de resolverlo.

—Ah, bien… ¿Entonces…? —dijo Declan.

A pesar de la indignación que le producía sentirse como el último orejón del tarro en su propia suite, al aristócrata no le pasó inadvertido que ambos hombres se conocían. Tanto, que el recién llegado —el famoso señor Keegan, responsable de las «recomendaciones» con las que su querida hija no dejaba de dar la lata—, había usado el diminutivo del nombre de pila del militar para dirigirse a él. A esas alturas, ya no estaba seguro de quién estaba más loco de todos, pero de lo que estaba absolutamente seguro era de que no toleraría esa situación por más tiempo.

—Entonces —intervino lord Middleton—, su hijo, que, al parecer, está convencido de que mi hija corre un serio peligro, ha enviado a la artillería pesada a recogerla y llevarla a un lugar seguro. ¡Si esto no es el mayor despropósito que he oído en toda mi vida, que baje Dios y lo vea! —bramó, iracundo.

Declan comprobó de una rápida mirada si el padre de Thomas tenía algo que añadir a la preocupante descripción del aristócrata y cuando vio que el militar guardaba silencio, por poco se le cae la mandíbula de la sorpresa.

Recuperándose en tiempo récord, intentó corregir el error de no haberse presentado al anfitrión en primer lugar. Extendió su mano hacia él.

—Disculpe, milord… Soy Declan… 

El aristócrata no se molestó en extender la suya.

—¡Me da igual quién sea! —lo interrumpió—. Quiero que se marche ahora mismo y se lleve a toda esta gente de mi suite. No pienso tolerar esto ni un minuto más.

En aquel momento, una voz firme y decidida dejó a todo el mundo de una pieza.

—Es mi suite, padre, y se irán cuando hayan concluido su tarea.


* * * * *

Tras el momento de calma impuesto por la oportuna intervención de Gayle, la tormenta había vuelto a desatarse y la voz de lady Middleton era la que sonaba más fuerte. La mujer había reclamado a voz en grito que, ni ella ni su marido, estaban por la labor de permitir el sinsentido de que alguien se llevara a su hija, por más militar condecorado que fuera y por más seguro que fuera el lugar al que pretendía llevarla. Su hija no necesitaba un lugar seguro, pues su vida no estaba amenazada. Y de necesitarlo, ningún sitio en el mundo sería más seguro que el que su propia familia pudiera darle. Por lo tanto, lo que Gayle debía hacer era quedarse donde estaba, y dejar que su padre, que sabía muy bien lo que se hacía, se ocupara del incómodo asunto de su exmarido.

—Espero que hayas acabado, madre. Detestaría dejarte con la palabra en la boca —dijo Gayle cuando ya estaba junto al padre de Thomas, preparada para irse.

—¡Niña soberbia, ¿cómo te atreves?! —se revolvió lady Middleton.

—Cálmate, Victoria —le exigió su marido al tiempo que se interponía entre las dos mujeres. Volviéndose hacia su hija, y tras exhalar un suspiro iracundo, añadió—: Hablemos un momento, por favor. A solas.

—¿No crees que ya he oído bastante? —espetó Gayle, sorprendiéndose a sí misma por los pésimos modales y el tono sarcástico que estaba empleando. Era tan impropio de ella, que se sintió avergonzada. Sin duda, era el único miembro de la familia presente en esa sala, capaz de experimentar tal sentimiento, pensó con pesar.

—Por favor, Gayle —insistió lord Middleton, indicándole con un gesto que lo siguiera a una estancia contigua.

Ella respiró hondo, armándose de paciencia. Dirigió la mirada hacia el padre de Thomas. Su expresión era neutra y eso le resultó familiar. Era la misma que le había visto poner a Thomas reiteras veces. Sin embargo, no tenía la menor duda de que el hombre debía estar deseando largarse de allí, aunque más no fuera para no tener que continuar soportando tanta exaltación cargada de soberbia. Pensarlo la hizo sentir aún más avergonzada.

—¿Me concede unos minutos más, por favor? —le pidió.

El hombre hizo un asentimiento cortés.

—Por supuesto —dijo, y a continuación, se volvió hacia uno de los empleados de seguridad, tendiéndole las llaves de su vehículo—. Aprovecharemos el tiempo para traer mi coche. Está aparcado cerca de aquí, en el número 24 de la calle Queen Anne. Es un SUV negro con los cristales tintados.

—Gracias, general Eaton —repuso Gayle. Le entregó a Jana su abrigo y su bolso, y finalmente, siguió a su padre a través del pasillo que conectaba con las otras estancias de la suite. Tal como esperaba, su madre no tardó en seguirlos.

Una vez dentro de la habitación —que constaba de un dormitorio con una cama de dos plazas, una zona de esparcimiento donde había un sofá de tres plazas, y un pequeño baño independiente—, lord y lady Middleton ocuparon el sofá. Gayle permaneció de pie.

—Sé que estás asustada, hija. Y sé que es el miedo lo que te empuja a creer esa historia de que Kyle está fuera de control y quiere hacerte daño. No es así. Kyle quiere recuperarte, no hacerte daño, y Perry tiene mucho más poder sobre él del que tú crees —aseguró lord Middleton.

Gayle no pudo evitar sonreír con ironía.

—Padre, por favor, Perry no solo ignora dónde está su hijo, tampoco pudo evitar que se marchara del brunch intempestivamente.

El matrimonio intercambió miradas antes de que el padre de Gayle volviera a hablar.

—¿Y sabes a qué se debió su marcha intempestiva? —le preguntó, pero no esperó su respuesta—. Perry le advirtió que si alguna prueba de que él te estaba molestando salía a la luz, lo eliminaría del organigrama del emporio familiar.

Gayle pasó de la ironía a la perplejidad en un instante. 

—¿Cómo dices?

No podía creer que su propio padre, esa persona, que había empezado la conversación diciendo «sé que tienes miedo», estuviera dispuesto a mentirle con descaro con tal de salirse con la suya. Estaba claro que sus sentimientos le importaban un rábano, pero no había esperado que lo hiciera tan dolorosamente evidente.

—¡Ay, niña! A veces, eres muy corta de entendederas… —se quejó Victoria—. Lo que tu padre dice…

Lord Middleton silenció a su esposa con un gesto.

—Lo que digo es que tengo una transcripción completa de lo que se habló durante el brunch. De hecho, como ves, sé más de lo que tú misma sabes. No me mires de esa forma —espetó, al ver la expresión de perplejidad de su hija—. Te dije que envié a alguien de confianza al restaurante. Necesitaba saber qué diablos ocurría y ahora lo sé. Por eso quiero que te quedes, que estés presente en la videoconferencia, y permitas que sea yo quien dirija las conversaciones. Lo que voy a pedirle a Perry es algo que él ya ha dejado claro que está dispuesto a hacer de todas formas. Piénsalo un momento, Gayle. Podemos conseguir que las aguas vuelvan a su cauce sin dañar la reputación de nadie. Aún es posible. ¿No crees que, al menos, deberíamos intentarlo?

Gayle sacudió la cabeza, exasperada ante la situación.

—¿Crees que si no estuviera convencida del buen proceder de Perry, hubiera propuesto el bendito brunch? ¿Sabes tú, acaso, qué hizo Kyle después de su marcha intempestiva? ¿Te lo ha dicho tu persona de confianza?

El matrimonio volvió a intercambiar miradas. Esta vez eran de naturaleza distinta. Había interrogación pero también preocupación en sus ojos.

—Claro que no. No podía hacerlo, puesto que se quedó en la sala para poder oír lo que Perry y Fay hablaban…

Tras una pausa parar asegurarse de que tenía toda la atención de sus padres, Gayle continuó.

—Kyle se marchó de la mesa, pero no del restaurante. Esa gente que contraté para que me protegiera de alguien que, según vosotros, no quiere hacerme daño, lo interceptó en un pasillo posterior del restaurante al que se accede desde el interior del hotel. Conduce a la cocina y a los baños. —Se cruzó de brazos antes de ir al meollo de la cuestión—. ¿Adivináis dónde se dirigía? Sí, donde estáis pensando. Alegó que quería hablar conmigo a solas. Admito que, entonces, dudé de si, quizás, era cierto y solo quería eso. Pero, desde que me he enterado de que está en paradero desconocido, ya no tengo ninguna duda. ¿Qué clase de persona desaparece durante horas, sin más y desconecta su teléfono, dejando a todo el mundo en vilo y a su propia familia con el corazón en la boca? Un ególatra. O, peor aún, un ególatra que ha perdido la cabeza. Si Kyle tiene la ocasión de hacerme daño, la aprovechará. Así que haré todo lo que esté en mi mano para evitar que la tenga.

Lord Middleton se puso de pie y fue hasta su hija.

—¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué me entero ahora de algo tan serio?

Lady Middleton se unió a ellos de inmediato con la expresión tan grave como la de su marido.

—Tu padre tiene razón, Gayle. Debiste habernos dicho esto en cuanto sucedió.

Ella apretó los párpados y exhaló el aire en un suspiro cargado de frustración. Hasta cuando se equivocaban, encontraban la manera de que la responsabilidad por el error cometido, de alguna forma, recayera sobre ella.

—No tengo tiempo para esto. He de irme. Ahora, ya lo sabéis. Espero que obréis en consecuencia —repuso lo más compuesta que pudo. 

Tras lo cual, abandonó la habitación y fue a reunirse con el padre del único hombre en quien confiaba sin reservas, aunque apenas lo conocía.

Un hombre que Gayle deseaba con todas sus fuerzas que estuviera bien, a salvo, a pesar del horrible pálpito que no dejaba de crecer dentro de ella.

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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 32



Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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32


Después de agradecerle a Declan toda su ayuda y disculparse por los pésimos modales de sus padres, un abrazo cálido y las palabras «te veré pronto» habían sellado su despedida de Jana. 

Inesperadamente, la despedida de sus padres fue adecuada. No hubo contacto físico, pero tampoco cruce de reproches. Incluso, su padre la sorprendió dirigiéndose con corrección al militar para pedirle que le avisara en cuanto su hija estuviera a salvo en el lugar al que la conducía. El hecho de que su madre hubiera conseguido mantener la boca cerrada fue la confirmación de que ambos habían comprendido al fin que la situación era mucho más seria de lo que creían.

Acompañada por el general Eaton y un empleado de seguridad del hotel, que era quien iba al frente del grupo, Gayle al fin abandonó su suite, con el abrigo en un brazo, y el asa metálica de su pequeña maleta con ruedas en la otra mano.

Dejó que los dos hombres la guiaran por el interior del hotel a través de pasillos y escaleras en los que nunca había estado. No era extraño, pues siempre había accedido al hotel por la vía convencional y utilizado un ascensor para llegar a su planta, igual que hacían el resto de los huéspedes. Se preguntó si esa era la ruta que había tomado Thomas, cada vez que se había presentado ante su puerta sin previo aviso. Lo ignoraba, pero pensar en ello volvió a traerlo a su mente, y con él, la preocupación y la angustia. 

—No me ha dicho si su hijo está bien… —comentó, incapaz de soportar la duda por más tiempo.

El estrecho corredor que recorrían apenas estaba iluminado, pero el padre de Thomas pudo distinguir con claridad en la tensión del rostro femenino, toda la preocupación que sus palabras habían intentado disimular con bastante éxito. 

Por primera vez, tuvo la sensación de que su hijo no le había dicho toda la verdad acerca del tipo de relación que mantenían. Le había explicado que era su guardaespaldas desde hacía una semana y, en todo momento, se había referido a ella por su apellido utilizando el correspondiente apelativo de «señora». Sin embargo, le pareció que el interés de la elegante mujer que iba a su lado, no se correspondía con el de una cliente, a cuyo servicio, su hijo llevaba tan solo siete días. El brillo que había percibido en la breve mirada que ella le había dedicado antes de apartar la vista para buscar algo en el bolso, le hablaba de miedo.  

Dado que necesitaba que ella colaborara, para lo cual era imprescindible que confiara en él, debía ser sincero. 

El general consultó su reloj. 

—Lo estaba hace una hora —repuso con aplomo—. No hay razón para pensar que ahora no lo está.

Gayle contuvo el aliento, miró al militar con el miedo impreso en la cara.

—Por Dios… ¿Dónde está? ¿Qué es lo que está haciendo? —preguntó, confirmando al padre de Thomas, sin darse cuenta, que sus sensaciones eran correctas. 

Lo cual, pensó el militar, también reforzaba la razón de que su hijo lo hubiera involucrado a él en el tema. Según le había explicado, Declan y él discrepaban sobre la capacidad del acosador de infligirle daño físico a la cliente, algo de lo que Thomas estaba seguro. Creía que la larga relación de su jefe con la familia del acosador estaba nublando su juicio. De ahí, que estuviera convencido de que la única solución era ponerla fuera de su alcance mientras se ocupaban de neutralizarlo. Para ello, su hijo le había pedido ayuda, sabiendo que él no se negaría. 

Ahora ya no tenía dudas de que las razones de Thomas para proteger a aquella mujer eran personales.

—No puedo decirle dónde está porque no lo sé. Pero sí sé lo que está haciendo: protegerla, señora Middleton. Por favor, tranquilícese —pidió, señalando la puerta que el empleado de seguridad sostenía abierta para ella.

Gayle mantuvo su mirada sobre el militar. Intentaba descubrir si le estaba diciendo la verdad o, como hacía todo el mundo, le estaba ocultando algo «por su bien». Al poco de intentarlo, se llamó ingenua. Un hombre con su formación no dejaría traslucir sus emociones. Thomas tampoco lo hacía. 

A falta de señales emocionales, Gayle pensó en sus palabras. El militar bien podía haber acabado su frase con el consabido «todo irá bien». Solía usarse después de pedirle a alguien que se tranquilizara. Era una frase hecha de la que todo el mundo echaba mano. ¿Por qué se había abstenido de usarla? Probablemente, porque el éxito de la misión no estaba garantizado. Y si no lo estaba, y las cosas, finalmente, no iban bien, ¿cómo la tranquilizaría, entonces? ¿Cómo se las arreglaría para evitar que ella entrara en pánico y se marchara corriendo de dondequiera que la estuvieran «manteniendo a salvo»? El padre de Thomas no estaba intentando maquillar la realidad, por lo que, seguramente, le estuviera diciendo cuanto sabía. 

En cualquier caso, la estaba tratando como a una persona adulta, y no como a la hija de un flemático aristócrata, a quien había que proteger para evitar que rodaran cabezas. Decidió darle un voto de confianza.

Gayle tomó aire y lo exhaló en un suspiro inaudible.

—Muy bien —concedió.

A continuación, se irguió en lo que fue un gesto de autoconfianza, más que de coquetería femenina, y atravesó la puerta. 

Cuando al fin llegaron a la calle, el coche del general estaba allí, aparcado en doble fila, con los intermitentes dados. El empleado de seguridad, a quien le había encargado la tarea, se apresuró a abrir la puerta del conductor. El militar se lo agradeció con un movimiento de la cabeza.

—La señora viaja detrás —le indicó, al tiempo que ocupaba su lugar al volante del SUV.

Gayle estaba tan sumergida en sus propias reflexiones, que no se percató de la orden del militar hasta un rato después, cuando estaba ya acomodada en su sitio. Le resultó extraño que dos personas en un vehículo tan grande ocuparan filas de asientos distintos. El general no era su chófer, por más que hubiera ido a recogerla al hotel. Además, el hecho de que el vehículo tuviera los cristales tintados, hacía irrelevante qué asiento ocupara. Quizás, tenía que ver con algún protocolo de seguridad. No profundizó en esa idea. Ya se sentía bastante nerviosa con su situación, tal como era. No necesitaba dar coba a su cerebro para que desarrollara manías persecutorias. En todo caso, no había nada que objetar al asiento que ocupaba, excepto que iba a necesitar un megáfono para comunicarse con el general desde allí. Entonces, se le ocurrió que quizás fuera esa la razón: limitar la comunicación a lo estrictamente necesario.  

Después de agradecer a los empleados de seguridad por la ayuda prestada, y que estos regresaran al interior del hotel después de hacer el saludo militar, el padre de Thomas se asomó por el espacio que había entre su asiento y el del copiloto.

—Señora Middleton, voy a pedirle que apague su móvil. Es por precaución. 

A pesar del tono neutral del militar, a Gayle se le anudó el estómago. Precaución, ¿por qué? Se había tomado muchas molestias para que Kyle no conociera su número nuevo. Además, aunque lo conociera, ¿qué iba a hacer con él, aparte de llamarla? Con no atenderlo, asunto resuelto. Luchó por no traslucir el pánico que de repente se había adueñado de ella.

—Pensaba llamar a Thomas o enviarle un mensaje… Aún no he respondido a sus llamadas. No quiero que se preocupe —explicó, lo más compuesta que pudo.

—Yo me ocuparé de decirle que usted está bien.

Gayle respiró hondo y permaneció en silencio unos instantes.

—Disculpe, general, soy una neófita en temas de seguridad… ¿Puedo preguntarle por qué, concretamente, me pide que apague el móvil?

Lawrence Eaton asintió. Quería elegir las palabras con cuidado para evitar que el miedo de la mujer, que lo miraba con total atención, se disparara. Al fin, decidió que cuanto más elaborada fuera la explicación, más la preocuparía.

 —Un móvil apagado no es fácil de rastrear. Mi misión es llevarla a un lugar seguro —explicó—. Cuanto menos gente sepa dónde está, más seguro será para usted. Es una medida de precaución habitual en estos casos.

A pesar de la matización final del general, un escalofrío recorrió la espalda de Gayle, que tragó saliva y desconectó su iPhone, antes de volver a mirarlo.

—Apagado. ¿Se ocupa usted de decirle a Thomas que estoy bien, por favor?

—Sí. Ahora mismo —repuso él, y volvió a acomodarse en su asiento.

Pensó durante unos instantes de qué manera informar a su hijo. No era así como habían quedado, pero, dado que él la había llamado tres veces sin obtener respuesta y su interés por ella iba más allá de lo estrictamente profesional, le quitaría una preocupación de la cabeza saber que la mujer estaba bien. Ignoraba dónde se hallaba Thomas, de modo que descartó hacerlo mediante una llamada. También descartó enviarle un mensaje de texto. En cambio, se decantó por un wasap. De esta forma, podía saber si lo abría, no solo si lo recibía. Decidida la vía a emplear, solo restaba decidir el contenido del mensaje. No saber dónde estaba su hijo, ni lo que hacía, sumado al hecho de que, por lo visto, era la última persona que había hablado con él, empezaba a inquietarlo. No estaría de más extremar las precauciones.


«Por aquí, todo bien. Estamos de camino. Avisa, si te vas a retrasar. Ya sabes que tu hermana odia que la hagan esperar».


Con un poco de suerte, el tono desenfadado de un mensaje de clara naturaleza familiar, no llamaría la atención si lo leía alguien distinto de Thomas. Y si era él quien lo abría, la referencia a una hermana que no tenía, le haría entender que debía responder al mensaje cuanto antes. 

Después de enviarlo, se quedó mirando la pantalla unos instantes para ver si mostraba el esperado segundo tilde azul, pero no fue así.

—Hecho. Me llamará en cuanto pueda —anunció. Vio por el retrovisor que la mujer asentía con una ligera sonrisa—. Bien. Entonces, en marcha.

Llevaban unos minutos de viaje, cuando Lawrence volvió a comprobar por el retrovisor lo que sucedía en el asiento de atrás. Ella iba mirando por la ventanilla, aparentemente, inmersa en sus pensamientos.

El padre de Thomas activó la pantalla del ordenador de a bordo. Utilizando los mandos situados en el volante, seleccionó el programa que quería, que, en un clic, se abrió a pantalla completa, mostrando un mapa del Gran Londres en el que había cuatro marcadores de localización. En total, eran seis los marcadores registrados en el programa, pero, en aquellos momentos, dos se hallaban fuera del país, de ahí que la pantalla no los mostrara. De los cuatro recogidos en el mapa, solo había uno en movimiento, y era el suyo. Los demás estaban inmóviles. Identificó el de Thomas e hizo zoom sobre él. Frunció el ceño ante las coordenadas que mostraba la pantalla.  

Comprobó una vez más lo que hacía Gayle Middleton. Vio con alivio que la mujer descansaba con los ojos cerrados.

Regresó la vista a la preocupante imagen del monitor y consideró la situación unos instantes. Decidió que dejaría el marcador que señalaba la posición de Thomas ampliado en la pantalla para detectar enseguida si se desplazaba en alguna dirección, y esperaría cinco minutos. 

Solo cinco minutos más, antes de dar la alarma.


* * * * *


La pasajera no solo descansaba: se había quedado profundamente dormida, algo que el padre de Thomas descubrió después de detenerse en una gasolinera, al preguntarle si deseaba apearse, y no obtener respuesta alguna. Era evidente que la tensión le había pasado factura y se alegró de que, al menos, durante un rato, sus nervios le dieran un respiro. Le habría gustado haberse percatado de eso antes de darle vueltas a cómo ausentarse para realizar una llamada a solas, sin alarmar a la mujer. Pero ya que así se habían dado las cosas, aprovecharía la ocasión.

Desde el propio monitor que estaba en el salpicadero, a la izquierda del volante, envió las coordenadas de la localización de Thomas a su móvil, y cerró esa pantalla para poder ver el mapa del Gran Londres con los cuatro marcadores. Ahora, todos estaban fijos. Identificó a quién correspondía el marcador situado más próximo al de Thomas, y cerró el programa. La pantalla del monitor volvió a mostrar la fecha, la hora y la temperatura exterior, como era habitual.

El militar se apeó del vehículo y cerró la puerta de manera silenciosa. Esperó, con los ojos fijos en la mujer a través del cristal de la ventanilla, a ver si ella hacía algún movimiento.

Al fin, se alejó varios metros con el móvil pegado a la oreja.


* * * * *


En el salón de la suite, el ambiente continuaba tenso, a pesar de que ya se había marchado el personal de seguridad, cuya actitud de obediencia al militar de alto rango, que no era quien pagaba sus nóminas, había irritado tanto al aristócrata. Ahora era Declan el blanco de su ira, tras enterarse de que, siguiendo instrucciones de su hija, había cancelado la videoconferencia.

Declan se armó de paciencia. De buen grado se había largado de allí detrás del padre de Thomas, pero Jana le había dicho a Gayle que se ocuparía de recoger sus cosas. De modo que allí estaba él, soportando al iracundo lord Middleton. En realidad, no le estaba prestando demasiada atención. Esa clase de gente, que explotaba a la mínima, perdía interés para él a la velocidad de la luz. Llegaba un punto en el que, entre tanta indignación permanente, su cerebro se acostumbraba y respondía desviando su atención hacia otros asuntos. Motivos de preocupación no le faltaban. 

Ocupando el primer lugar estaba Thomas. Su cabreo original con él había empezado a transformarse en preocupación al llegar a la suite y encontrar a su padre allí. Seguía sin poder comunicarse con él, y eso le daba mucho que pensar. 

El segundo lugar en el comecocos de Declan era Perry Baxter. Estaba seguro de que no se había tragado la excusa que le había dado para cancelar la videoconferencia. Con el grave asunto que se traían entre manos, aunque Gayle estuviera tan indispuesta, que no podía mantenerse en pie, habría delegado en su padre o, incluso, en él. Ambos lo sabían. Sin embargo, Perry lo había aceptado de buen grado, incluso le había pedido que le transmitiera a Gayle sus deseos de que se recuperara pronto. Había ido aún más lejos al asegurar que lamentaba profundamente que su hijo la hubiera hecho pasar por semejante trago, y que se ocuparía personalmente de que Kyle se mantuviera alejado de ella. Dadas las circunstancias, Declan no tenía muy claro cómo esperaba Perry cumplir su palabra, pero su voz había sonado determinada. También cansada. Pensó con pesar que, si así estaba Perry, no quería imaginar lo mal que estaría Fay.

El tercer lugar en sus preocupaciones, inesperadamente, lo ocupaba Kyle Baxter. En concreto; dónde estaba. La teoría de Colby sobre los dos empleados novatos la seguía cogiendo con pinzas, pero, mientras Kyle continuara en paradero desconocido, debía investigarla. Darren se estaba ocupando de ello con la ayuda del personal de seguridad del hotel. En aquel momento, su mente fue vagamente consciente de algo que decía el aristócrata.

—Debió haberme consultado antes de hablar con Perry y contarle una mentira como excusa para cancelar una reunión muy necesaria. Y no me venga con que siguió instrucciones de mi hija, otra vez. ¡Hay que estar ciego para no ver que no está en condiciones de darle instrucciones a nadie!

Declan observó al corpulento hombre. Iba de un lado a otro del salón, con las manos enlazadas a su espalda y el mentón elevado, repartiendo malas vibraciones a diestro y siniestro. Respiró hondo y se disponía a responder, cuando la madre de Gayle intervino.

—Cálmate, George. Lo último que necesitamos es que te pongas malo del disgusto. Además, ¿qué esperabas que dijera el señor Keegan?, ¿la verdad? Prefiero que Perry crea que Gayle no ha soportado la presión, y hemos tenido que darle un sedante. Suena mucho más razonable que lo que está sucediendo en realidad. —Lady Middleton exhaló un suspiro y dirigió su mirada hacia Declan—. ¿Sabe usted dónde la ha llevado el general Eaton? Me refiero a si lo sabe, aunque no pueda decírnoslo por las benditas razones de seguridad —añadió con retintín.

Declan no lo sabía a ciencia cierta, pero tenía alguna sospecha al respecto. Thomas le había contado que, de niños, él y sus hermanos habían pasado los fines de semana y muchas vacaciones de verano en la casa que sus abuelos maternos tenían en Lewes, en el condado de East Sussex, al sur del país. Tras la muerte de estos, la vivienda había pasado en herencia a su única hija, la madre de Thomas, y la costumbre familiar de pasar su tiempo de ocio lejos de la ciudad no solo había continuado, sino que había arraigado en todos ellos a medida que crecían. Ahora que los hermanos eran adultos, la mayoría disponía de su propio rincón de paz en algún punto de la geografía nacional. Thomas tenía una cabaña a orillas del río Ouse, a pocos kilómetros de la casa familiar. Era probable que alguna de las dos se convirtiera en el refugio de Gayle durante algún tiempo.

—Por favor, no me haga preguntas que no puedo responder —dijo Declan, curándose en salud. Decir que lo ignoraba, dispararía la preocupación del matrimonio (y también lo dejaría a él en mal lugar), pero si respondía lo contrario, los padres de Gayle no dejarían de insistir para que les dijera dónde estaba ella.

La mujer le dedicó una mirada altiva.

—Muy bien. En tal caso, le haré una que pueda responder. ¿Quién es ese individuo con tanta influencia sobre mi hija, que es capaz de convencerla de que abandone la ciudad, sin siquiera estar presente? Trabaja para usted, así que no se le ocurra decirme que no lo sabe.

Vaya. Qué suerte. Además de llevar cinco días ladrándole a su hombre por cometer la estupidez de encapricharse de una cliente, ahora iba a tener que dar la cara por él delante de los padres de la mujer en cuestión. 

Joder, qué día más interminable.

—Se llama Thomas Eaton y está conmigo desde que abrí mi empresa, hace más de diez años. Nos conocíamos de antes. Los dos tenemos un pasado militar en las fuerzas de élite del ejército. Es inglés, londinense, para ser exactos, una persona de ley y un buen especialista en seguridad. Es muy bueno en lo suyo.

Lady Middleton exhaló otro suspiro. Esta vez, de exasperación.

—¿Está de broma? —espetó—. ¡Lo que le estoy preguntando es si se acuesta con mi hija! 

Declan maldijo para sus adentros. Dejando a un lado que la vida sexual de sus empleados no era asunto suyo, volvía a estar ante una pregunta imposible de responder. No había una buena respuesta a esa pregunta. Nada de lo que dijera, zanjaría la cuestión. 

En aquel momento, su móvil empezó a sonar. Ignoraba quién era, pero se merecía que lo invitara a una cerveza por ser tan oportuno.

Miró la pantalla. No reconoció el número, no estaba entre sus contactos. Atendió y se identificó, por si se trataba de un posible cliente que necesitaba sus servicios.

—Declan Keegan —dijo.

Hola, Declan. Soy Martin Eaton… No sé si te acuerdas de mí… Soy hermano de Thomas… Necesito tu ayuda. ¿Puedes hablar ahora?

Declan se quedó cortado mientras en su mente empezaban a desfilar preguntas, a cuál más preocupante. Claro que recordaba a Martin, aunque había pasado mucho tiempo desde la última vez que se habían visto. Entonces, su esposa estaba en el último mes de embarazo —lo recordaba porque la pobre mujer no había dejado de moverse en el sillón. Decía que no sabía cómo ponerse para aliviar el dolor en las lumbares—. El niño tenía ahora diez años y Thomas lo malcriaba a base de bien. Por lo visto, sus cuatro tíos lo hacían, en parte, para chinchar a su autoritario hermano mayor. ¿Por qué le estaba llamando ahora? ¿Qué había sucedido? El jodido día no dejaba de empeorar.

Al fin, se levantó de su asiento y se dirigió a la salida, haciendo caso omiso a lo que decían los Middleton. 

—Claro. Dame un momento, que salgo de donde estoy, y enseguida te atiendo.


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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 33



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33



Gayle abrió los ojos. Intentó enfocar la atención en lo que sucedía en su entorno. De primeras, ignoraba dónde estaba, pero enseguida reconoció la situación. Estaba en el coche del padre de Thomas y él se estaba poniendo el cinturón de seguridad. El vehículo estaba detenido en una gasolinera. No había carteles a la vista que indicaran la localidad o qué tan lejos de la ciudad se hallaba. Dado que ella no se había percatado de nada, todo indicaba que se había quedado dormida, y algo — quizás, el ruido de la puerta del conductor al cerrarse— la había despertado. Aunque no del todo, pues continuaba bastante adormilada… Sin embargo, no lo bastante para no sentir que la vergüenza se apoderaba de ella.

¿Te has quedado dormida, sin más? ¡Por el amor de Dios, Gayle!

Su mirada se encontró con la del general Eaton en el espejo retrovisor. Era como estar mirando a Thomas. Si solo se fijaba en el plano de sus ojos, el parecido era asombroso.

Thomas… Dios mío, ojalá estés bien.

—Una parada corta para repostar —explicó el militar—. He comprado bebidas calientes para llevar en la cafetería. A su té, lo sirvieron en un envase térmico. Puede beberlo más tarde, cuando despierte, si lo prefiere.

Lawrence Eaton confió en que su explicación fuera suficiente y la mujer no formulara preguntas. De hecho, rogó que continuara durmiendo. Era lo mejor para los dos. El descanso ayudaría a su sistema nervioso a resetearse y, con ello, a soportar mucho mejor las horas de incertidumbre que estaban por llegar. Por su parte, no se vería obligado a decir medias verdades, como acababa de hacer, o, directamente, a mentir. Saber que aquella mujer era alguien por quien su hijo tenía un interés personal, cambiaba sustancialmente las cosas. Mentirle, incluso si era por una razón tan noble como protegerla, no le parecía bien.

—Muchas gracias… Creo que lo beberé después. Por lo visto, mis párpados se han puesto en huelga… Se me cierran los ojos… Discúlpeme, por favor. Es una enorme descortesía por mi parte —admitió ella, con incomodidad.

Al oírla, lo primero que acudió a la mente del militar fue que no tenía que disculparse por algo que estaba fuera de su control y, por tanto, no podía evitar. Que su mente intentara desconectarse de la realidad, era una reacción normal del organismo ante situaciones en las que percibía que la amenaza superaba su capacidad de enfrentarse a ella con una mínima posibilidad de éxito. Lo segundo que pensó, en cambio, se alejó mucho de su habitual talante analítico y tuvo que ver con una apreciación personal, nada objetiva: aquella mujer le agradaba. Era respetuosa, educada y muy amable en el trato, calificativos que no podían aplicarse en absoluto al matrimonio que había conocido en su suite del hotel. Sabía quiénes eran, por supuesto. Los rostros de la pareja aparecían asiduamente en los medios de comunicación. El de su hija, en cambio, no estaba seguro de haberlo visto alguna vez antes de aquella tarde, lo cual le ofrecía otro dato positivo sobre ella: prefería mantenerse lejos de los paparazzi y los periodistas.   

Acusó recibo de su disculpa con un ligero asentimiento de la cabeza.

—Le hará bien dormir —dijo, cuando ya estaba maniobrando para incorporarse al tráfico.

Gayle forcejeó con sus párpados unos minutos más. También lo hizo con una parte de sí misma, que no dejaba de lanzar preguntas al aire sin conseguir hallar una sola respuesta. Por no saber, ni siquiera sabía si era normal —o una consecuencia directa de su segunda menstruación en veinte días—, que, en medio de semejante drama, por citar las palabras de su madre, a ella no se le ocurriera nada mejor que dormirse en el asiento trasero del coche de un extraño. Sería de por sí un comportamiento insólito por su parte, si el extraño en cuestión fuera realmente un extraño. No lo era: era el padre de Thomas, el hombre que él había enviado para llevarla a un lugar seguro. Si las primeras impresiones condicionaban, de alguna manera, la opinión que una persona se formaba de otra, no quería imaginar lo que aquel hombre opinaría de ella. 

De modo que, el militar tenía razón. Dormir era lo mejor que podía hacer. Imaginar que no era su propio abrigo lo que la cubría a modo de manta, sino los brazos de Thomas, cerrar los ojos, y dejarse envolver por la sensación de sentirse a salvo, protegida y cuidada.

Lawrence Eaton volvió a comprobar lo que hacía la pasajera antes de seleccionar el programa y abrirlo a pantalla completa en el ordenador de a bordo.

El localizador de Thomas continuaba inmóvil, fijo en la misma localización desde hacía ya veinte minutos, cuando lo había comprobado por primera vez, y eso no era una buena señal. Pero el de Martin se dirigía hacia él con rapidez, estaba a nada de alcanzarlo.

Respiró hondo y devolvió su vista al tráfico con un solo pensamiento en la mente, más bien, un ruego.

«Aguanta, hijo. La ayuda está de camino».


* * * * *


Después de hablar con Martin, Declan no había regresado al interior de la suite. Necesitaba calma para pensar, algo imposible con los padres de Gayle cacareando sin parar. También prefería mantener a Jana al margen de las preocupantes noticias que acababa de recibir, todo el tiempo que pudiera. Probablemente, no sería mucho. Su chica estaba empacando las cosas de Gayle y en cuanto le viera sabría la verdad, independientemente de las excusas que intentara darle. Jana había desarrollado con los años la habilidad de saber lo que le pasaba antes, incluso que él mismo. Pero mientras no hubiera decidido cuál sería su siguiente paso, al menos, prefería estar solo.

Piensa, piensa, piensa… 

Gracias al sistema de rastreo que Thomas tenía en su móvil, habían podido localizar su ubicación. Declan se había quedado de una pieza cuando Martin le había dicho que las coordenadas correspondían a su empresa. La última vez que habían hablado, Thomas estaba abandonando el edificio. De hecho, lo había oído introduciendo el código que activaba la alarma. Se habían despedido abruptamente —Thomas le había colgado— y después de eso, cada vez que había intentado volver a hablar con él, su llamada se había desviado al buzón de voz.

Inmediatamente, había puesto a Martin en espera para comprobar el interior del edificio en tiempo real a través del sistema de videocámaras. Había encontrado desorden y destrozos, que le habían anudado la garganta, pero ni rastro de Thomas. No podía consultar las grabaciones por el móvil, pero, a pesar de que la puerta de calle estaba debidamente cerrada y la alarma no había saltado, estaba claro que algo había sucedido. La cámara del exterior no mostraba nada reseñable y las del interior no recogían la actividad de todas las estancias, sino solo las de sitios sensibles por la información que contenían. Por lo que, para estar seguro de si su hombre estaba allí o no, debía desplazarse hasta el lugar y realizar una inspección ocular. No había querido alarmar a Martin con información que, de todas formas, estaba pendiente de confirmar, y le había dicho que se reunirían en la empresa.

¿Pero cómo hacerlo con rapidez un jodido domingo en el que tres cuartas partes de la población atestaba las calles de la ciudad? Le tomaría un buen rato llegar hasta allí.

¡Qué mierda, joder!

Declan sacudió la cabeza, embargado por la preocupación y la frustración.

Entonces, se le ocurrió una idea. Seleccionó el número de su ayudante/secretaria/empleada para todo, y esperó ansioso. Debbie tenía llaves de la empresa y su casa no estaba lejos de allí. Con un poco de suerte, no se habría ido de fin de semana fuera de la ciudad. 

¡Eh! ¡Hola! ¿Estás a punto de volverte loco con tantas entrevistas y recurres a mí para proteger tu cordura? —se anticipó risueña—. Lamento comunicarte que ahora mismo me pillas con un Martini en la mano y muy bien acompañada. O sea, que el precio será alto, si quieres que te ayude.

La última incorporación a la plantilla de Keegan Security, en efecto, se hallaba en aquellos momentos en un pub en compañía de tres amigas. La referencia al Martini había sido una broma, y ambos lo sabían. Lo que había en su copa era ginger-ale, puesto que, como sucedía con la mayoría de los atletas, Debbie solo bebía alcohol en ocasiones señaladas.

Declan agradeció interiormente el buen talante del que siempre hacía gala la joven de veintitrés años. Él también lamentaba algo: tener que aguarle la fiesta. Pero tenía un asunto muy serio entre manos, y necesitaba su ayuda.

—Hola, Debbie… No son las entrevistas el problema. Es Thomas. Verás… —Y empezó a relatarle de manera sucinta la razón de su llamada.

La muchacha, que había escuchado a su jefe con creciente alarma, ya había cogido sus cosas y se había levantado del taburete alto que ocupaba en un pub próximo, cuando respondió:

Estoy a menos de cinco minutos. En cuanto llegue, te llamo.

—Espera, espera un momento… Escucha —insistió él—. Espera a que llegue Martin. No entres sola en el edificio. Y no toques nada hasta que yo sepa lo que ha sucedido y te diga qué hacer, ¿de acuerdo? Calculo que estaré saliendo de aquí en diez minutos, a lo sumo. Te avisaré cuando esté de camino.

Entendido, Declan, no te preocupes.

La joven se despidió de sus acompañantes alegando «cuestiones laborales» y, tras asegurarles que estarían en contacto más tarde, abandonó el establecimiento con aparente tranquilidad. 

Sin embargo, en cuanto estuvo fuera del campo visual de sus amigas, echó a correr hacia su trabajo.


* * * * *


Declan se disponía a regresar al interior de la suite, cuando vio a Colby. Venía acompañado de un empleado de seguridad y sus caras no auguraban buenas noticias.

—¿Qué has averiguado?

Darren se apartó el largo cabello de la cara, empujándolo hacia atrás con ambas manos, y sujetándolo como si fuera a hacerse una coleta, antes de responder.

—Los dos muchachos son empleados nuevos en período de prueba. Uno ya se había marchado, pues había acabado su turno. Lo han llamado para que vuelva y lo interrogarán cuando llegue. El otro, que todavía está trabajando, dice que un huésped, llamado Cliff Robertson, lo abordó en el club VIP del hotel y le ofreció cincuenta libras por entregar un sobre en mano. Era un sobre blanco, pequeño, del tamaño de una tarjeta de visita, y, según dijo el chico, olía mucho a perfume. La palabra que usó fue «apestaba». Según le dijo Robertson, era una invitación para la dama que se alojaba en esa suite. Había dos condiciones. La primera era que debía efectuar la entrega en mano solamente a la dama en cuestión, cuyo nombre es Gayle Middleton. La segunda, que debía asegurarse de que no lo vieran haciendo la entrega. Dice que el huésped insistió en que, si no se daban las dos condiciones, debía cancelar el servicio de inmediato y devolverle el sobre intacto. A cambio, recibiría un buen dinero.

Declan arrugó el ceño. ¿Quién era ese tal Cliff Robertson?, ¿un amigo de Kyle? ¿A cuento de qué venía el sobre? ¿Era, en verdad, una invitación, o el pestazo a perfume intentaba ocultar la auténtica naturaleza del contenido? Hasta el momento, le había dado muy poca credibilidad a esa teoría, por no decir ninguna. Ahora, empezaba a preguntarse seriamente, si no había subestimado a Kyle, tal como Thomas le había repetido hasta la saciedad. Pensó en voz alta. 

—Eso no tiene sentido. Hay cámaras por todas partes. Qué más da que… —En ese momento, se hizo la luz en su cabeza—. El sobre era lo de menos. Quería confirmar si Gayle está alojada aquí y, de paso, comprobar si alguien vigila la planta. ¿Qué pasó después? ¿Qué dijo el chico?

—Como yo me mostré y no pudo entregarlo, se lo devolvió. El huésped le hizo varias preguntas —cómo era yo, si había más gente conmigo, si había sonidos provenientes de la suite, como los de una reunión de amigos o música, por ejemplo—, y le dio cincuenta libras «por su discreción».

Declan negó. Algo continuaba sin cuadrarle en toda aquella historia. Fue Darren quien lo puso en palabras.

—La pregunta del millón es qué habría sucedido, si yo no me hubiera dejado ver —Declan asintió con la cabeza. Los dos hombres se miraron cuando ambos hallaron la respuesta al mismo tiempo—. La señora Middleton habría atendido al empleado, habría recibido la tarjeta… Y habría entrado en pánico. 

—Y se habría largado corriendo de la suite, con lo que se habría puesto al alcance de Kyle Baxter, que entonces podría actuar a su antojo, sin cámaras que lo graben, ni personal de seguridad que intervenga para neutralizarlo —intervino Declan, completando la frase de Colby.

—Thomas sabía muy bien lo que estaba haciendo. Tenía un pálpito y se fio de él —dijo Darren.

Eso parecía, aunque, en aquellos momentos, a Declan no le hiciera ninguna gracia tener que reconocerlo. De hecho, no lo hizo.

—¿Qué hay del tal Robertson, alguien de seguridad ha hablado con él?

—No. El número de habitación que facilitó no está ocupada, no hay huéspedes alojados allí hoy. Están interrogando al novato ahora, para obtener una descripción detallada del individuo. Después, la cotejarán con la que dé el otro novato. Supongo que lo que nos digan no nos tomará por sorpresa.

A Declan le corrió frío por la espalda al caer en la cuenta de que, mientras todos creían que Kyle estaba en paradero desconocido, el tipo estaba a pocos metros de Gayle. Probablemente, aún estuviera allí.

—Es Kyle Baxter —dijo.

Y vio que Darren asentía enfáticamente, mostrando su acuerdo.

—Pero me temo que para que nos digan si está aquí, vamos a necesitar más que nuestra bonita cara —anticipó, señalando con la barbilla la puerta de la suite. Declan comprendió que se refería a recurrir a la influencia del aristócrata—. Se jactan de ofrecer total privacidad a sus huéspedes y no dan ninguna clase de información sobre ellos.

Declan miró brevemente al empleado de seguridad del hotel, que permanecía de pie, junto a Colby, con cara de circunstancias. Su semblante no cambió un ápice, lo cual indicaba que, en efecto, tendrían que recurrir al aristócrata. 

Soltó un bufido. Tenía que marcharse, pero no lo haría sin antes obtener la confirmación de si Kyle estaba en el hotel o no. No podía dejar el asunto en manos de Colby. Era pedirle demasiado a un tipo que, por más eficiente y fiable que fuera, no pertenecía a la plantilla. Además, si Kyle continuaba en el hotel, Declan debía quedarse. Quizás, él fuera la única persona aún capaz de evitar que cometiera una locura. 

La voz de Colby lo arrancó de sus cavilaciones.

—¿Sabemos algo de Thomas?

—Sí, y no pinta bien… Me ha llamado uno de sus hermanos. Su padre ha rastreado el móvil de Thomas… 

—¿El padre de Thomas puede rastrear su móvil? —lo interrumpió Colby, elevando ambas cejas al tiempo.

Declan también le había hecho la misma pregunta a Martin, de modo que, se explicó. 

—Todos los Eaton tienen profesiones de riesgo. Hace tiempo que decidieron ponerse bajo rastreo por seguridad. De esta forma, cada uno sabe dónde están los demás miembros de la familia en todo momento, por si necesitan ayuda. Así, también tranquilizan a su madre, que vivía de susto en susto cada vez que alguno de sus hijos no le devolvía la llamada. 

—Y según el rastreo, ¿dónde está?

—Las coordenadas corresponden a mi empresa… —repuso Declan.

La preocupación se adueñó del rostro de Colby.

—Joder, tío… 

—Mis cámaras muestran que allí ha sucedido algo. Todo apunta a una pelea. Hay papeles por el suelo, sillas volcadas, una lámpara rota… Su móvil estará allí, eso es lo que dice el programa de rastreo, pero ninguna cámara capta a Thomas, la puerta está debidamente cerrada y la alarma no ha saltado, así que…  —Declan quería pensar que, quizás, en el fragor de la pelea, no sabía contra quién o quiénes, ni el porqué, el móvil se habría escurrido debajo de algún mueble o detrás de una puerta, fuera de la vista, y Thomas se habría marchado sin él. Eso dejaba abiertas otro millón de preguntas, a las que se negaba a responder. No quería perder la esperanza de que su hombre estuviera bien—. Su hermano va para allí. Mi asistente, Debbie, le está esperando en la puerta. Y yo tendría que reunirme con ellos, pero…

—Espera —lo interrumpió Colby, acompañando la palabra con el correspondiente gesto de sus manos—. ¿Cómo que las cámaras no lo captan? Si su móvil está allí, él debería estar también. 

—No, necesariamente —repuso Declan, aferrándose a su esperanza.

—¿Estás de coña? —espetó Colby—. No se marcharía sin su móvil. Menos aún, sabiendo que tiene un dispositivo de rastreo. Y si las cámaras no lo captan, es porque…

—No te pongas en lo peor —exigió Declan—. A lo mejor, no se dio cuenta de que no lo llevaba… O, quizás, se dio cuenta, pero no pudo encontrarlo a simple vista, y tenía prisa por marcharse…

Darren estaba cada vez más preocupado y, en parte, molesto por la actitud de Declan.

—Oye, no quiero ponerme en lo peor, pero tampoco vamos a negar las evidencias, ¿no? Tenía que llamarme y no lo hizo. ¿No ha encontrado ningún otro teléfono desde donde llamar a alguien en todo este tiempo? Además, si se dio cuenta de que se le había caído el móvil, y no estaba a la vista, no tenía más que marcar su número desde otro teléfono de tu empresa, y seguir el sonido de la llamada. Eso, por no mencionar, que el hecho de que las cámaras no lo capten, no es una señal tranquilizadora, Declan. Tiene que haberle pasado algo —sentenció.

La tensión podía cortarse con un cuchillo. Los tres eran miembros de una misma fraternidad, una que no tenía nombre y acogía en su seno a todos los militares que fueran o hubieran sido miembros de las fuerzas especiales. Eran más que colegas de profesión: eran hermanos, aunque no tuvieran los mismos genes. Y si un hermano estaba en problemas, los demás acudían en su ayuda.

—Vale. Empecé diciéndote que la cosa no pintaba bien —concedió Declan—. Pero hasta que sepamos a ciencia cierta lo que sucede —y estoy en ello—, hay que tener la cabeza lo más fría posible. Lo que toca es mantener la calma y esperar.

Colby negó taxativamente.

 —Yo no puedo esperar. Tengo que hablar con lord Middleton. 

Cuando lo dijo, ya se dirigía a la suite. Declan lo detuvo.

—¿Qué dices? ¿Hablar de qué?

Colby apretó los labios, contrariado al recordar su propia reacción ante la petición de Thomas.

—Joder… Thomas lo vio clarísimo desde el principio —dijo, como si estuviera hablando consigo mismo—. Me pidió que, si algo le sucedía a él o a la señora Middleton, hablara con el padre de ella y le contara lo que pasó con Baxter en ese pasillo del restaurante.

Declan se lo quedó mirando, alucinado. Intentaba encontrar una sola razón por la que un tipo que llevaba diez años a su lado, trabajando codo con codo, había escogido a Colby para una misión tan delicada, en vez de confiar en él. Y no la hallaba. 

—¿Tienes el archivo de audio? —le preguntó, al fin.

Darren Colby asintió.

—Solo puedo entregárselo a lord Middleton. A solas. Y es lo que voy a hacer. Le he dado mi palabra, ¿vale? —dijo, definitivo—. Lo siento, tío.  

Declan respiró hondo al tiempo que apretaba los párpados con fuerza. 

¿Había dicho ya, que aquel maldito día de mierda las cosas no hacían más que empeorar y empeorar y empeorar…?

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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 34



Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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34


Después de agradecerle su ayuda al empleado de seguridad, quien regresó con los suyos, Declan volvió a entrar en la suite acompañado de Colby, haciéndose cruces por dentro. Estaba muy preocupado por Thomas y, al mismo tiempo, muy decepcionado de la forma en que había manejado las cosas, poniéndose a sí mismo en peligro y poniéndolo a él en una situación insostenible antes los padres de su cliente. Y para rematar las cosas, ahora ni Cristo evitaría que Jana se enterara de las últimas novedades. Tan seguro como de que su nombre era Declan, que el aristócrata sufriría otro acceso de ira y se pondría a bramar con su voz de trueno.

—¡Al fin! —fueron las dos palabras que lord Middleton usó a modo de recibimiento, dichas, como era de esperar, con el mismo tono inquisitorial que empleaba con todo el mundo. 

Acto seguido se levantó del sofá donde estaba sentado, junto a su esposa y se quedó de pie, en medio del salón, como un bulldog guardando la casa de su amo. Su mirada se desvió de inmediato hacia Colby y tampoco ahora el aristócrata se anduvo por las ramas.

—¿Cómo? ¿No se había marchado? ¿Me puede explicar alguien qué demonios hace este individuo aquí? —Su fieros ojos oscuros se posaron sobre Declan.

Antes de que él pudiera responder, se oyó la voz de Victoria Anne Middleton.

—¿Y qué crees que hacen, George? «Protegernos», por supuesto. ¿No ves que estamos en peligro? ¡Faltaría más! —replicó, todo ironía, desde el sofá, después de dejar a su lado, la revista que había estado hojeando. Tras lo cual, exhaló un teatral suspiro de hartazgo.

—¿Y bien? —urgió el padre de Gayle.

Declan avanzó con tranquilidad, ignorando todas las señales subliminales del aristócrata y su esposa. Estaba hasta el moño de esa gente.

—Hay algunas novedades que debe conocer, milord. 

—Le escucho.

—En el tiempo que Darren Colby —lo señaló con una gesto de la mano para que el aristócrata tomara nota de que «el individuo» tenía un nombre y un apellido— ha estado vigilando la planta…

—¿Vigilando la planta por orden de quién? —lo interrumpió lord Middleton.

Declan maldijo para sus adentros. 

—La orden fue de Thomas, pero su hija lo autorizó por consejo mío. Era una medida de precaución idónea. Bien, como le decía…

—¿Qué Thomas?

Declan se armó de paciencia ante una nueva interrupción innecesaria. El hombre sabía positivamente a quién se refería. 

—Thomas Eaton, el guardaespaldas asignado al servicio de la señora Middleton, milord. Su padre ha estado aquí esta tarde para llevar a su hija a un lugar seguro.

—Ah, ese.… Prosiga.

El gesto de disgusto cargado de desdén del noble, le tocó mucho la moral a Declan. Incluso a pesar de lo enfadado que estaba con su hombre, no se merecía semejante trato.

—En el tiempo que Colby ha estado vigilando la planta sucedieron dos cosas que nos llamaron la atención y hemos pedido ayuda al servicio de seguridad del hotel para investigarlas. —Declan relató sucintamente la visita de los dos camareros novatos a la planta y su marcha inmediata en cuanto habían visto a Colby, alegando que se habían equivocado de piso.

—¡Eso es imposible! —aseguró la madre de Gayle—. ¿Se han dado cuenta de dónde estamos? ¡Qué ridiculez!

El padre de Gayle se limitó a dedicarle una mirada crítica a su mujer antes de volverse nuevamente hacia Declan y preguntar:

—¿Y qué han averiguado?

—Que un supuesto huésped del hotel, que se identificó como Cliff Robertson, les ofreció dinero por entregar un sobre en mano a su hija con dos condiciones: primero, la entrega debía ser personal y solo a ella; segundo: nadie debía verlos haciéndolo. Si no se daban las dos condiciones, debían cancelar la entrega de inmediato y devolverle el sobre, a cambio de lo cual, recibirían un buen dinero.

La actitud de los padres de Gayle había experimentado un cambio drástico en los últimos instantes. De hecho, ahora Victoria estaba de pie, junto a su marido, pendiente de lo que Declan relataba.

—La habitación que dijo ocupar, está disponible hoy. No hay huéspedes allí. Así que, todo apunta a que el nombre que dio tampoco es real. Estamos esperando que nos faciliten una descripción del individuo, el servicio de seguridad está interrogando a los dos camareros al respecto, pero, lamentablemente, la hipótesis de que se trata de Kyle Baxter, cada vez cobra más fuerza.

El noble abrió mucho los ojos.

—¿Me está diciendo que mientras su familia cree que Kyle está en paradero desconocido, él ha estado aquí todo el tiempo, intentando llegar a mi hija? 

—Es lo que parece, pero comprobarlo no será una tarea fácil. Como sabe, en este establecimiento no ofrecen ninguna clase de información sobre sus huéspedes.

El padre de Gayle se irguió, sacando pecho.

—¿Que no? Me ocuparé personalmente de ese asunto.

Colby intervino sin dudarlo. 

—Disculpe, milord. Pero, antes que nada, debo entregarle algo —ante la mirada interrogante del padre de Gayle, se explicó—. ¿Está usted al tanto de lo que sucedió en el pasillo posterior del restaurante donde tuvo lugar el brunch?

Declan se echó el pelo hacia atrás con ambas manos en un gesto de cansancio. Sabía que Darren debía cumplir lo prometido a Thomas, pero eran demasiados fuegos que atender. Tenía demasiados fuegos abiertos, que ardían descontrolados. Era cuestión de tiempo que alguno se le fuera de las manos y todo acabara reducido a cenizas. 

—¿Se refiere al sitio donde ustedes interceptaron a Kyle Baxter? —dijo el padre de Gayle

Darren asintió.

—Fue Thomas quien lo interceptó. Se enfrentaron y Thomas grabó la conversación y la utilizó para obligarlo a marcharse con la promesa de que si lo hacía, el archivo de audio no llegaría hasta usted. Así consiguió que se fuera sin armar escándalo. 

—¡Pero qué dice! —exclamó Victoria, alarmada.

—Esta tarde me dio una copia —prosiguió Colby—. Me dijo que si algo le sucedía a él o a su hija, debía entregársela. 

El aristócrata palideció.

—¿Le ha sucedido algo a Gayle? ¿Dónde está?

—A su hija, no, milord, a Thomas. Debía haberse reunido con nosotros aquí hace tiempo. No responde a los mensajes ni a las llamadas. Hemos rastreado su móvil y, según hemos averiguado, lleva fijo en la misma localización desde hace dos horas. No es una buena señal.

En aquel momento, Declan oyó la voz de Jana, cargada de miedo.

—¿Qué le ha sucedido Thomas? ¡¿Dec, qué ha pasado?!

Le tendió una mano, instándola a que se acercara. Ella obedeció de inmediato. Declan no se lo pensó dos veces, y la rodeó con sus brazos. 

—Tranquila, preciosa —le dijo al oído—. Sabemos dónde está y alguien va de camino para reunirse con él. Luego, te lo cuento todo con detalles.

—¡Por Dios bendito! —exclamó lady Middleton, llevándose una mano a la frente, presa de la preocupación—. ¡Vamos a escuchar la maldita grabación ya mismo!

Colby negó con la cabeza.

—Lo siento, señora. Mis instrucciones son muy claras: solo puedo entregarle el archivo a su marido, exclusivamente, y a solas. Una vez que lo haga, debo irme. Ni siquiera yo puedo escuchar el audio.

—Te quedas aquí, Victoria —ordenó lord Middleton y dirigiéndose a Colby, añadió—: Vamos, sígame.


* * * * *


Colby siguió al padre de Gayle hasta una estancia amplia situada a la izquierda  del salón donde estaban los demás. Cerró la puerta tras de sí y esperó, de pie y en silencio, las indicaciones del aristócrata.

—Si el señor Eaton es el guardaespaldas de mi hija, ¿por qué no ha estado aquí hoy, con ella? ¿Y por qué le ha entregado a usted, y no a su jefe, una información tan sensible?

La pregunta tomó a Colby por sorpresa. Sospechaba que había serias discrepancias entre Declan y Thomas acerca de la mejor manera de proteger a la cliente, pero no era quién para decirlo.

—Él ha estado aquí. Se marchó antes de que usted y su esposa llegaran y, como he dicho, debía volver, y no lo ha hecho. En cuanto a la otra pregunta, el señor Keegan no estaba aquí en ese momento. Yo era el único al que podía dárselo.

El aristocrata suspiró.

—¿Cree usted que Kyle está aquí?

—Sí. Definitivamente.

—¿Su propósito es hacerle daño a mi hija? Me refiero a atacarla.

Colby volvió a asentir.

—Aterrorizarla es una forma de atacarla y, por lo que sé, lleva semanas haciéndolo. Nada le impide subir de nivel y pasar a la agresión física, milord.

Lord Middleton asintió varias veces con la cabeza.

—Muy bien. Escuchemos ese audio.

Colby avanzó hasta la mesilla que había frente al sofá, seleccionó el archivo y dejó su móvil sobre la superficie de madera lustrada.

—Solo tiene que pulsar el botón, milord. Espere a que me haya ido para hacerlo, por favor.


* * * * *


El padre de Gayle esperó a estar a solas para posar sus ojos sobre el móvil que estaba sobre la mesa. Era el móvil que le permitiría conocer de primera mano y de una buena vez por todas con qué clase de individuo había permitido que su hija se casara. Por lo que sabía solo había dos voces en el audio: una pertenencia al guardaespaldas de Gayle y la otra a su exmarido. Era el momento de la verdad.

Exhaló un suspiro y pulso el botón. Tras unos instantes de silencio, oyó la primera voz humana. 


 «¡Pero… qué coño…!  ¡¿Tú, otra vez?!».


Era Kyle y su estilo inconfundible cuando se enfadaba.

Nuevamente, silencio. Hasta que se oyó otra voz.


«Tienes dos opciones, tío».


También le resultó inconfundible: era Thomas Eaton. Frío, calmado, amenazador.  


«¡Apártate ya mismo de esa puerta, capullo, o llamo a la seguridad del hotel!», bramó Kyle.


La voz del guardaespaldas volvió a oírse clara y decidida.


«La primera opción es venir conmigo. Te escoltaré hasta tu coche y podrás irte con la reputación y los huesos intactos»


«¿Y quién va a rompérmelos? ¿Tú? Tío, tengo otra cita en una hora y no quiero mancharme con tu sangre, pero, te advierto que estoy hasta las pelotas de ti. ¡Haz lo que te digo de una puta vez, y apártate de mi camino!».


«La segunda opción es intentar abrir esa puerta y jugártelas todas… a un imposible, porque no tienes ninguna posibilidad de salir indemne, si lo intentas. Ni una sola. Sé que crees que es su palabra contra la tuya y con eso estás jugando, pero te equivocas. Tiene suficiente material para empapelarte de por vida, si se lo propone. No hagas que se lo proponga. Lárgate ahora, y conserva lo que tienes: tu nombre, tu prestigio, tu posición social… Tu cabeza sobre los hombros. Es tu mejor opción».


Lord Middleton frunció el ceño. La diferencia en el tono de la conversación entre uno y otro era tal que las imágenes que acudían a su mente resultaban disparatadas. Era como si Kyle le hubiera estado gritando a un robot, incapaz de inmutarse ante sus evidentes y desproporcionadas bravatas. Pero a la vez, el tono que empleaba Eaton, o la forma en que hablaba, resultaba tremendamente amenazador. Algo de lo dicho por él, hizo clic y el noble detuvo la grabación para pensar en ello. 


«Sé que crees que es su palabra contra la tuya y con eso estás jugando, pero te equivocas».


Asintió con la cabeza. Era el estilo de Kyle de toda la vida. Jugar a hacer parecer lo que no era, a restar importancia a lo que no le convenía y a destacar lo que le interesaba. Esas cualidades, que lo hacían tan eficaz en su profesión, lo convertían en un manipulador cuando se trataba de su vida personal. Solo que esta vez había cometido un gran error, pues la mujer a quien intentaba manipular era su hija. 

 

Volvió a pulsar el «play» y  oyó a Kyle decir:


«Te la estás follando, por supuesto. Eres su tipo. Le van los rubios. Y, ahora, que es libre, seguro que hasta el carnicero se la pasa por la piedra… Pero lo tuyo… Lo tuyo, sí que me sorprende. ¿Te has dejado coger tan bien por las pelotas que hasta te juegas la piel por ella? ¡Eres un gilipollas de primera!»


Lord Middleton sintió el amargo sabor de la bilis llenándole la boca. Las siguientes palabras que escuchó, parecían provenir de su propia mente. Eran exactamente lo que estaba pensando.


«Cuánto amor. Por eso la acosas, ¿no? Porque la adoras»


«¡Yo no la acoso! ¡Y sí, es amor… Por supuesto, que es amor! Aunque me joda verla tonteando con el idiota de Ted Vaughan, sé que lo hace por ponerme celoso… Aunque me cabree tanto lo que ha hecho hoy, y me haya jodido con el maldito divorcio, por supuesto, que es amor… Siempre la he querido y siempre la querré, ¿te enteras? ¡Siempre!».


«Estoy aquí porque es mi obligación. Soy un especialista en seguridad. Jugarme la piel por mis clientes, forma parte de mi trabajo», dijo la gélida voz del guardaespaldas. 


«¡Claro! ¡Ya se ve que no hay nada personal entre Gayle y tú! ¡¿Me tomas por idiota?! Ahora mismo, solo en esta ciudad, debe haber una docena de hombres solteros con un excelente pedigrí, locos por meterse en sus bragas. No por ella, es una frígida con los ovarios más secos que una pasa, sino por su familia. Por su papá. ¿Y esperas que me trague que tú, que eres un mindundi, no?» 


Lord Middleton gimió. Pausó la grabación una vez más, consciente de que la ira se estaba apoderando de él. No podía creer que el niño al que había visto crecer y a quien siempre había tenido por un buen chico, se hubiera convertido en el hombre que hablaba de esa forma de una mujer. Mucho menos, si esa mujer era su hija. 


Volvió a dar al play.


«Si crees que podrás pasar del nivel de amante, eres mucho más gilipollas de lo que pensaba. Amante secreto, por supuesto. Dejará que la folles, sí, pero ni en sueños se mostrará en público contigo. ¿Sabes por qué? Porque ella no se codea con gente como tú, imbécil. Contrata a gente como tú para le dé el servicio que necesita, y luego, una vez cumplido su trabajo, la despide. Y ya puedes darte con un canto en los dientes, si papá Middleton no se entera de que te follas a su niña, y acabas teniendo que abandonar el país para no morirte de hambre…».


Entonces oyó la risotada cargada de furia de Kyle y su voz, despectiva, que decía:


«¡Y tú, creyendo que habías dado un braguetazo! ¡Gilipollas! ¡Eres un completo gilipollas!»


«Dije que no había nada personal en jugarme la piel por mis clientes, no que no fuera una cuestión personal. Lo es. Por ti, no por la señora Middleton. Los tipos como tú, que necesitáis infundir miedo o imponeros por la fuerza a una mujer para sentiros hombres, me ponéis enfermo. Y ya no te cuento los que escucháis la palabra «no» en boca de una mujer, y seguís a lo vuestro, como si oyerais llover. Me dais asco. Sois la razón de que las mujeres vivan con miedo y desconfíen de todo. Y, como también soy un hombre, es personal, claro que sí. Cuando me encuentro con un energúmeno de esta clase, es tal la vergüenza que siento, que no puedo dejarlo correr. A los impresentables, como tú, me los desayuno de un bocado con un poco de pan. Y no te haces una idea del hambre que tengo. Hambre de ti. Dame una sola razón para usar la violencia contigo, y te garantizo que el dolor será tal, que me suplicarás que pare».


El final de la grabación fue recibida con alivio por el padre de Gayle. No se sentía capaz de seguir escuchando más barbaridades. Estaba descompuesto. Enfermo de asco, de rechazo y de impotencia al imaginarse lo que habría tenido que pasar su hija junto a ese hombre, cuando aún era su esposa.

Lord Middleton respiró hondo e intentó recomponerse. Tras coger el móvil de la mesilla, se dirigió a la puerta.

En el momento en el que abandonó la estancia, su decisión estaba tomada: acabaría con ese ser inmundo, con su inmerecido prestigio y su posición social. 

Dejaría a Kyle Baxter reducido a la nada.


* * * * *



Debbie estaba a punto de ignorar las órdenes de Declan y entrar en el edificio para ver si Thomas estaba allí, cuando vio que un coche negro, muy parecido al de su jefe, se detenía en doble fila a pocos metros de donde estaba.

Un hombre de cuarenta y tantos, se apeó de él y fue hacia ella. Llevaba un maletín como el que usaban los médicos en una mano. Era rubio, con el pelo cortado al uno, y vestía ropa de estilo militar —unos pantalones de fajina gris oscuro, una camiseta negra y unas botas tobilleras militares—. No había duda de que era familia de Thomas, puesto que el hombre que se acercaba con pasos vigorosos era casi una copia, en tamaño pequeño, de su compañero de trabajo.

—Soy Debbie. Trabajo para Declan. Él llegará en un rato —se adelantó la muchacha.

El hombre enseguida extendió su mano.

—Martin Eaton —se presentó, ofreciéndole su mano—. ¿Podemos entrar?

—Sí, sí… Por supuesto.

Su pulso temblaba de manera ostensible y le tomó unos segundos atinar con la llave en la cerradura. El segundo cierre fue más sencillo.

Lo primero que notó fue el silencio.

—Qué raro. No saltó la alarma.

—La habrán anulado —repuso Martin.

Debbie dejó pasar al hombre en primer lugar, entró y cerró la puerta tras de sí. Las luces del pasillo no se encendieron, tampoco las de emergencia. Por lo visto, también habían hecho algo con la electricidad. Abrió la caja donde estaban los controles y dio la luz manualmente.

Contuvo el aliento ante el dantesco espectáculo. Su mirada se cruzó con la analítica mirada del hermano de Thomas, que continuó escrutando alrededor con una frialdad que a Debbie le pareció de otro mundo. 

—¿Has activado el «modo fuerzas de élite»? Porque te advierto que yo estoy de los nervios —comentó.

Martin estaba analizando la situación. Había carpetas desparramadas por el suelo, mesas desplazadas de su sitio original y algunas sillas caídas. Una lámpara rota y papeles pisoteados en el suelo. Parecía como si hubiera habido una pelea, pero la ausencia de sangre resultaba sospechosa. También era posible que hubieran preparado el escenario para simular que había habido una pelea. Ignoraba el porqué y, a menos que hubieran inhabilitado las cámaras de vídeo, tampoco le encontraba sentido a la simulación, pero era una posibilidad que no debía descartarse. Entonces, se agachó y pasó un dedo sobre una marca emborronada del suelo. Era sangre. Ahora sí que la hipótesis de la pelea cobraba sentido. Buscó otras y enseguida detectó el reguero que desaparecía en el despacho situado a la izquierda del pasillo. 

Se incorporó y siguió la huella. Entonces, se dio cuenta de que la muchacha le había hecho una pregunta.

—Sí, algo así —replicó, y no se quedó a esperar una respuesta.

El despacho que hacía las veces de recepción también había sufrido los efectos de la lucha.

—¡Joder! —exclamó Debbie al ver el desastre en el que se había convertido su oficina—. ¡Cómo dé con el que ha organizado semejante escabechina, lo mataré lentamente con mis propias manos! —Enseguida se dio cuenta de lo inconveniente que habían sido sus palabras, habida cuenta de que la sangre debía pertenecer a otro ser humano, probablemente a Thomas—. ¡Aj, perdona, estoy muy nerviosa!

Con el corazón latiendo en la garganta, Martin vio que el antiguo reguero se convertía en un charco al llegar a una puerta que estaba al final del despacho. Corrió hacia él y allí encontró a su hermano.

Debbie también corrió. 

Y un grito de horror escapó de su boca al ver a Thomas sentado en el suelo, en medio de un charco de sangre, sujeto a los soportes del radiador por las muñecas, con la cabeza caída hacia adelante, sobre su pecho.


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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 35



Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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35



Thomas reaccionó al instante cuando sintió que le tocaban la cara. Lo hizo con un movimiento torpe, pero violento de la cabeza, apartándose de las manos que no veía.

—Tranquilo, tranquilo, soy Martin —oyó que le decían. También escuchó la voz de una mujer y, a continuación, un intercambio de directrices que no llegó a entender, pues su cerebro parecía funcionar en cámara lenta.

Lejos de tranquilizarse, forcejeó con desesperación para librarse de lo que fuera que lo retenía contra la pared. No pudo hacerlo. No tenía ninguna coordinación. La conciencia regresaba a él en oleadas, envuelta en una neblina que lo teñía todo de incertidumbre, pero algo estaba claro: debía irse. Necesitaba irse de donde fuera que estuviera. No sabía el porqué, pero era imperativo que lo hiciera. 

Unas manos fuertes volvieron a detenerlo con firmeza. La misma voz de antes le habló con determinación.

—Tom, soy yo, tu hermano. Por favor, cálmate, y déjame examinarte —exigió Martin, ajustando el estetoscopio a sus oídos. Tras escuchar primero su corazón y, luego, sus pulmones, continuó con la inspección. Comprobó la reacción de sus pupilas, y el estado del ojo, cuyo párpado superior mantenía prácticamente cerrado.

El traumatismo en la cabeza tenía mal aspecto. Era un bulto deformado en el lado derecho, sobre el hueso parietal, por encima de la sutura con el hueso temporal, donde se apreciaba una gran laceración de la que ya no manaba sangre. Probablemente, era, junto con la ceja izquierda y la nariz de Thomas, responsable del charco de sangre sobre el que estaba sentado. 

A continuación, extrajo una navaja táctica del bolsillo inferior de sus pantalones de fajina, y cortó los flejes que ataban las muñecas de su hermano al soporte de uno de los radiadores que había en la sala de descanso del personal. Tras liberarlo, examinó las articulaciones de ambos brazos. No había fracturas. Las muñecas mostraban tumefacción y laceraciones en la piel debido a las ataduras. Los nudillos y los dedos, en cambio, dejaban claro que su hermano no se había rendido sin presentar batalla. Conociéndolo, quizás, ni siquiera se hubiera rendido. Si el atacante no había conseguido someterlo por la fuerza, habría tenido que echar mano de algo más. Había algo anormal en el comportamiento de su hermano. Necesitaba examinarlo mejor.  

Esta vez, las palabras de Martin atravesaron la neblina mental de Thomas. Reconoció su voz. Intentó enfocar la mirada en él, pero uno de sus ojos no respondía y con el otro, solo veía la silueta de un hombre arrodillado a su lado y de otra persona agachada junto a él. Pestañeó varias veces, a ver si la imagen se aclaraba.

—No veo bien… —balbuceó. Y, por lo visto, tampoco hablaba bien. La voz le había salido gangosa, como si estuviera borracho. Sentía la boca hinchada. Entonces, percibió el sabor metálico de la sangre y empezó a recordar algo.

Su hermano fue quien resumió lo sucedido en tres palabras.

—Te han atacado. 

Martin continuó examinándolo con precisión y destreza. Desabrochó los únicos dos botones de la camisa que no habían sido arrancados durante la pelea y dejó el torso de su hermano expuesto. No había heridas punzantes ni cortes profundos. Empujó el cuerpo de Thomas hacia un costado, haciéndolo girar sobre su eje, y levantó la camisa para poder examinar el lado derecho de su espalda. Repitió el proceso desde el otro lado para examinar el izquierdo. 

Desató el cinturón, bajó la cremallera y examinó su bajo vientre. Había hematomas. A consecuencia de los golpes, la hebilla del cinturón le había causado una gran laceración que reproducía parte de la forma de la hebilla. Cortó con la navaja la pernera de los pantalones, desde los bajos hasta los muslos, y expuso ambas piernas. En aquel momento, respiró más tranquilo. Ya podía hacer un resumen preliminar. No se habían usado armas y tampoco objetos extraños para golpearle. No se apreciaban señales de nudillos, por lo que quien le atacó debía llevar guantes gruesos o alguna clase de protección. Sin embargo, no eran muchos los hombres capaces de enfrentarse solos a alguien con la envergadura, la fortaleza y la preparación profesional de su hermano. Thomas estaba lleno de tumefacciones por todas partes. Parecían demasiadas para haber sido hechas por un solo atacante. 

—¿Recuerdas cuántos eran?

La voz de su hermano rescató a Thomas de la bruma nuevamente. Intentó concentrarse en las imágenes inconexas que aparecían con irritante lentitud en su mente. Eran cuatro hombres. Lo atacaron por sorpresa cuando se iba. Antes de que pudiera darse cuenta de nada, los puñetazos y las patadas empezaron a llover de todas las direcciones. 

—Cuatro. Fuertes… No eran… po… pro… pro… fesionales… —¿Qué le pasaba en la lengua? 

—No lograron dominarte, y te drogaron —dijo Martin, quien tuvo la confirmación de sus sospechas al oírlo hablar. Un instante después, pensó que era una conclusión algo precipitada, pues todo estaba aún por ver, pero no se desdijo.

En aquel momento, otro hilo de recuerdos apareció en la mente de Thomas, que asintió levemente. Lo habían sujetado entre tres, y el cuarto lo había obligado a beber algo. Antes de que consiguieran atarlo al radiador, él se había provocado el vómito. Era evidente que no lo había expulsado todo.

—Vomité… —murmuró con apenas un hilo de voz.

—¿Que vomitaste, dices? 

—Sí, hay un vómito en mi despacho —intervino Debbie, señalando en esa dirección con un dedo—. ¿Quieres que vaya y… no sé, te describa cómo es? ¡Puedo hacerle una foto!

Martin le dedicó una mirada compasiva. Oler el vómito le ayudaría más que verlo en una foto, pero se apiadó de Debbie. La muchacha lo estaba pasando francamente mal, siendo una simple espectadora de una situación tan dura. Probablemente, estaría mejor si se sentía útil.

—¿No te importa? —le preguntó, y vio que sus ojos se iluminaban.

—¡Nooo, qué va! 

Un instante después, se había puesto de pie y había abandonado la sala de descanso. 

Martin regresó su atención a Thomas de inmediato.

—Si usaron una benzodiacepina, quizás, podamos suministrarte un antídoto. A ver —tomó la barbilla de su hermano y lo examinó a conciencia—. También es necesario tratar ese ojo y coserte la ceja… —Comprobó los huesos de la nariz. Increíblemente, no se la habían roto. Solo estaba inflamada—. Aparte de los puntos en la cabeza, claro.  

—Estoy bien… —Thomas impulsó el cuerpo con la intención de levantarse, pero fue en vano. La mano de su hermano volvió a detenerlo y lo logró con una facilidad pasmosa.

—Eso lo decidiré yo —sentenció Martin—, que para eso soy el único médico de esta sala. ¿Estamos? Haz el favor de calmarte.

En aquel momento, los recuerdos regresaron en tropel a la mente de Thomas y con ellos, todo el terror y la urgencia. Tanto que, en esta ocasión, Martin no logró impedir que se incorporara.

—¡Gayle! ¿Dónde está Gayle? ¡Tengo que irme! ¡Suéltame, tío, joder! —exclamó con sorprendente claridad, al tiempo que forcejeaba con su hermano.

—¡Joderrrr, Tom! ¡¿Quieres calmarte?! —bramó Martin, afirmándose con su propio cuerpo para mantener a su hermano inmóvil contra la pared—. ¡Ella está bien! ¡Está con el general!

Thomas escrutó a su hermano con su único ojo funcional.

—¿Seguro?

Martin afirmó.

—Sí, tío, seguro. Está a salvo.

Thomas suspiró aliviado. De pronto, sintió que las fuerzas lo abandonaban. Intentó resistir, pero no lo logró.

Martin a duras penas pudo cogerlo a tiempo y acompañarlo en la caída. Un instante después, Thomas era un cuerpo desmadejado, en el suelo.

—La policía debe estar al llegar. ¿Thomas está bien? —intervino Debbie—.¿Qué puedo hacer? Me siento tan inútil…   

—Tráeme ese cojín, por favor.

La joven obedeció y Martin lo colocó bajo la cabeza de su hermano. Sacó una bolsa de frío instantáneo del maletín, la activó, y, tras envolverla en una gasa, la puso sobre su ceja izquierda. No había mucho más que pudiera hacer por él hasta que pudiera llevárselo al hospital, y tenderlo sobre una camilla. Recién entonces, se volvió a mirar a la muchacha. La había enviado a hacer una foto de lo que Thomas había vomitado, y ni siquiera se había dado cuenta de cuándo había regresado. Pobre chica.

—¿Y tú, estarás bien? —le preguntó al ver la palidez superlativa en su rostro, intentando romper la tensión del momento—. Thomas se desmaya por la droga, pero, lo tuyo es disgusto.

Debbie asintió enfáticamente.

—¡Y que lo digas…! ¿Cómo está? —volvió a interesarse—. Es tan buen tipo… Qué rabia me da verlo en estas condiciones…

Martin quería una analítica completa y una tomografía computerizada para descartar otras lesiones, antes de poder afirmar que su hermano estaba bien. Pero no tenía sentido preocupar a la muchacha, más de lo que ya estaba.

—Es muy buen tipo —concedió—. Y es tan fuerte, como bueno. Creo que lo superará. —La muchacha exhaló un suspiro aliviado y a él se le ocurrió algo—. Una pregunta: ¿guardáis dinero en efectivo aquí?

Debbie negó taxativamente con la cabeza. El café lo ponía la empresa, por lo que ni siquiera había una pequeña hucha para tal fin, como sucedía en su anterior empleo.

—Antes, sí, según me contó Declan, pero desde hace un par de años o así, todo se hace por transferencia bancaria o por tarjeta de crédito. La mayoría de los clientes son empresas. Yo tengo una tarjeta de crédito para imprevistos que puedan surgir en la empresa y los empleados en plantilla tienen la suya para las dietas y demás… —Tras quedarse pensando unos instantes, continuó—: hay muy pocas excepciones y suelen ser por los colaboradores externos. Se les paga por día y, en ese caso, es Declan quien se ocupa personalmente. Aunque… Una vez, me dejó el sobre con el dinero para pagarle al colaborador… Pero ya te digo que no es lo habitual.  

 Justo en ese momento se oyeron golpes en la puerta del edificio.

—Es la poli. Ya están aquí —anunció.

Martin se incorporó de un salto.

—Vale. Adelántate y atiéndelos tú, eres de la empresa. Después, querrán hablar conmigo, claro, pero, mientras tanto, voy a hacer una llamada.

—Entendido —repuso Debbie, y se dirigió a abrirles la puerta.


* * * * * 


Lawrence W. Eaton conducía por la A23 a la altura de Burgess Hill, cuando recibió la llamada de Martin. Miró por el retrovisor y comprobó que su pasajera continuaba dormida. No obstante, decidió detenerse para que la conversación fuera privada.

Atendió.

—Espera un momento, por favor —le pidió a su hijo.

A continuación, señalizó la maniobra que se disponía a hacer, y se detuvo cien metros más adelante, en el arcén. Activó la baliza. En aquel momento, se apeó del vehículo con el móvil en la mano. Tan solo se alejó un par de metros.

—Ya podemos hablar. ¿Cómo está tu hermano?

Maltrecho, pero vivo. —Oyó el suspiro de su padre y continuó ofreciéndole información—. Lo atacaron y lo dejaron atado al soporte de un radiador. No he encontrado fracturas ni dislocaciones. No hay heridas abiertas, excepto en la cabeza y en la cara. Tiene una herida en el costado derecho de la cabeza, por encima de la oreja, donde se ha formado un bulto, probablemente, producto de una patada. También tiene un párpado cerrado por la inflamación y una herida en la ceja, que requerirá algunos puntos. Hay mucha tumefacción y tiene laceraciones por todo el cuerpo, pero para saber si hay lesiones internas, necesito que le hagan pruebas. 

—¿Está consciente?

Ahora, no. Lo drogaron. 

Lawrence Eaton torció el gesto.

—¿Sabemos con qué? 

Es complicado saberlo sin un análisis, pero sospecho que fue alguna benzodiacepina. Pudo provocarse el vómito, por lo que la dosis que conserva en su cuerpo es bastante inferior. Con un poco de suerte, lo metabolizará rápido, y solo estará grogui unas pocas horas.

Y si la suerte no le sonreía, tendría problemas de memoria, de equilibrio y de concentración que, además de poner en riesgo su salud, le impedirían por un tiempo desarrollar el trabajo para el que se había estado entrenado durante más de veinte años. ¿Por cuánto tiempo? Solo Dios lo sabía.

El padre de Thomas bajó la cabeza e intentó mantener la calma. Que su hijo siguiera con vida era lo más importante, se dijo. Todo lo demás se vería con el tiempo.

—¿Qué sabes del ataque? ¿Has visto las grabaciones de las cámaras de seguridad?

Aún no. La policía está aquí y Declan viene de camino. Sé que los atacantes eran cuatro. Tom llegó a decirme que eran tipos fuertes, pero no eran profesionales. Tiene las manos destrozadas, así que está claro que se resistió a base de bien. 

—Pero… ¿Iban a por él, o estaban allí por otra razón y se vieron obligados a neutralizarlo?

Las grabaciones aclararían lo sucedido, pero todo resultaba muy raro. ¿Por qué robar en una empresa de seguridad? ¿Por qué cuatro hombres, si era domingo y la empresa estaba cerrada, por lo que no habría personal trabajando en el edificio?  Su razón de estar allí, tenía que ser Thomas. Sin embargo, enviar a cuatro pandilleros a por un tipo como él… Estaba entrenado para ser letal y el estado de sus manos dejaba claro que la lucha había sido encarnizada. ¿Por qué no había más sangre en el escenario? Algo no acababa de cuadrar.

Según la chica que vino a abrirme la puerta, no guardan dinero aquí. Los pagos siempre son por banco o por tarjeta de crédito. Declan tendrá que confirmar si se han llevado algo, pero, a priori, los destrozos que hay parecen consecuencia de la lucha.

¿Qué iban a llevarse, aparte de dinero?, pensó el general Eaton. ¿Información, quizás? Keegan Security era una empresa dedicada a la seguridad. Toda la información que manejaban se guardaba en servidores. Robar los archivos físicos carecía de sentido. Por lo que, descartado el robo como móvil, solo quedaba Thomas. Lo habrían seguido hasta allí. Pero la razón no podía ser darle una paliza. En su opinión, para tratarse de cuatro individuos, apenas le habían hecho daño. Afortunadamente.

—Querían detener a Thomas. Inmovilizarlo —dijo Lawrence Eaton.

Martin pensó que, en el nuevo contexto planteado por su padre, cobraba sentido que lo hubieran drogado. 

No lo drogaron porque no pudieran dominarlo. Querían dejarlo fuera de combate durante unas cuantas horas —corroboró Martin.

—Y, dado que Thomas es el guardaespaldas de la señora Middleton, mientras él estuviera fuera de combate, su exmarido, tendría más posibilidades de llegar hasta ella.

Martin asintió, satisfecho con el razonamiento. 

Pero ella está contigo —dijo, sin ocultar su satisfacción por que Thomas al fin le hubiera estropeado los planes.

—Así es. 

¿Dónde estás? Seguro que es lo siguiente que me preguntará cuando recupere la conciencia.

—A veinte minutos de mi destino final.

Perfecto. En cuanto la policía me deje llevármelo, iremos al hospital. Quiero hacerle pruebas, coserle la cabeza e intentar arreglarle un poco la cara. Los análisis me dirán qué droga le han dado y podré suministrarle un antídoto, si es el caso. Si las pruebas no revelan nada inesperado, nos reuniremos contigo. Eso sí, no sé a qué hora sucederá. ¿De acuerdo, general?

—De acuerdo, hijo. Muchas gracias… 

Muchas de nadas —guaseó él—. Y respira. El pequeño Tom saldrá de esta.

Lawrence Eaton sonrió ante aquella referencia al tamaño de Thomas, que era considerablemente más voluminoso que Martin, y lo superaba en diez centímetros de altura. 

Era su primera sonrisa genuina tras horas de inmensa tensión, y dio gracias a Dios por ella. 


* * * * *


Antes de regresar a su vehículo, el padre de Thomas hizo una llamada. Un gesto compasivo curvó ligeramente sus labios al comprobar que apenas había llegado a sonar antes de que atendieran.

—Martin está con él y el pronóstico parece bueno —se adelantó. 

Oyó un largo suspiro acompañado de un suave gemido.

Gracias a Dios…

—Te contaré más cuando llegue… Lleguemos —matizó—. En veinte minutos, aproximadamente. Pero te adelanto, que no creo que puedas ver a tu hijo favorito hasta bien entrada la madrugada o, quizás, hasta por la mañana —dijo.

Y esperó la corrección que siempre llegaba después de referirse a Thomas como el favorito de su esposa.

Esta vez, sin embargo, no la hubo. 

Bien. Sigue conduciendo y ten mucho cuidado, por favor. Hablaremos luego —se limitó a responder ella, antes de colgar.

Lawrence apretó los labios con pesar.

Querida mía, qué mal lo has pasado esta vez…

Ambos se hacían mayores. Los disgustos, a pesar de toda una vida de experiencia, ya no se sobrellevaban de la misma manera.

En efecto, Alma Eleonora Eaton, a quien todos llamaban Lenora por el diminutivo de su segundo nombre, estaba demasiado preocupada. Ni siquiera había reparado en el comentario de su marido.

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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 36



Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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36


El regreso de lord Middleton al salón principal de la suite había sido mucho menos dramático de lo esperado por Declan. Tanto, que intuyó que algo grave sucedía. 

—Ya tengo una copia del archivo. Tome su móvil. —Se lo entregó a Darren Colby—. Ahora, nos vamos —le dijo, esta vez, a su esposa, al tiempo que recogía su abrigo del sillón donde lo había dejado. Alzó la mirada, la dirigió a los demás, y añadió—: Todos nos vamos. 

Victoria fue a su encuentro, ansiosa.

—¡George, al fin! ¿Qué es lo que hay en ese bendito archivo? —y al reparar en lo dicho por su marido, se mostró sorprendida—. ¿Marcharnos? ¿Y Kyle? ¿No dicen estos señores que está en el hotel?

Jana miró a Declan con el miedo pintado en la cara. ¿Kyle estaba allí? Era consciente de que su amiga prefería que el asunto no llegara a los medios de comunicación, pero, si Kyle Baxter estaba en el edificio, ya no había dudas. Las cosas habían tomado un cariz demasiado grave para no hacer algo al respecto. 

Declan apretó la mano de Jana en un intento de tranquilizarla, a pesar de que, personalmente, no estaba tranquilo en absoluto. La suerte que corriera Kyle estaba indiscutiblemente ligada a la de su familia, y aunque era cierto que el tipo le caía gordísimo, era amigo de su hermano y sentía un profundo afecto por sus padres. La nueva actitud del aristócrata no era nada tranquilizadora.

Sus siguientes palabras se lo confirmaron.

—Como si está en Marte. No solo me ocuparé personalmente de que se sepa que es un mentiroso y un manipulador, también de que ha estado acosando a mi familia. Coge tus cosas, Victoria. Los abogados y la policía nos esperan. —Miró a Declan con altivez—. Ya que es tan amigo de la familia, dígaselo. Yo no pienso molestarme en hacerlo. Gracias por nada, señor Keegan. Cierre al salir.

Sin esperar una respuesta, tomó a su esposa del brazo y ambos se dirigieron a la puerta.

Declan sonrió con ironía. Aquel individuo había sido una piedra en el zapato todo el maldito día. No había hecho más que complicar las cosas y angustiar a Gayle. Por no mencionar que, de no ser por su total ceguera ante la petición de ayuda de su propia hija, la sangre, probablemente, nunca habría llegado al río. ¿Y se permitía el atrevimiento de tratarlo de inútil? 

—No dude de que lo haré, milord. Voy a avisarles ahora mismo —repuso, sacando el móvil del bolsillo. Acto seguido, se volvió hacia Jana—. Vamos, preciosa. Me esperan en la empresa. Antes, puedo dejarte en casa…

Ella asintió varias veces con la cabeza aunque, en realidad, estaba tan aterrorizada, que no se veía capaz de quedarse sola en ninguna parte. 

—Mientras tú hablas con Perry, voy a por las cosas de Gayle —dijo, y regresó aprisa a la habitación de su amiga. 


* * * * * 


Declan se dirigió al pequeño hall de la entrada para hacer su llamada. La situación se había ido complicando tanto a lo largo de las horas, que la gravedad de lo que estaba a punto de comunicarle a Perry Baxter, ya no le parecía tan importante. Comparado con lo que le había sucedido a Thomas o con el puro terror de Gayle, que la había llevado a aceptar marcharse con un hombre al que no conocía, para sentirse a salvo, cosas como que toda la cuestión trascendiera a los medios de comunicación, parecía una nimiedad. Y, sin embargo, no lo era. La decisión de lord Middleton supondría un antes y un después en la vida de los Baxter y de los Cox.  

Hola, Declan… ¿Alguna novedad? —lo saludó Perry Baxter. Su voz sonó tensa y preocupada.

—Sí, y mucho me temo que no es buena, Perry.

Oyó un suspiro y un largo silencio. Declan se disponía a continuar, cuando Perry habló.

¿Te importa, si pongo tu llamada en altavoz? Fay está aquí, conmigo.

—Por supuesto que no.

Bien. Gracias. Ya está. Cuando quieras…

Declan consideró con calma qué le diría al matrimonio. Eran los padres del individuo que estaba acosando a su cliente y, por más que él fuera amigo de la familia desde hacía años, había unos límites muy claros que no podía sobrepasar. 

Perry y Fay ignoraban dónde estaba él en aquellos momentos, así como la verdadera razón de que hubiera cancelado la videoconferencia. Tenía que ofrecerles una razón convincente que, a la vez, no disparara más alarmas, y les había dicho que Gayle se había sentido indispuesta y que el médico le había suministrado un sedante. Más aún, había tenido cuidado de utilizar la palabra «posponer», y no «cancelar». 

Dado que no podía hacer ninguna alusión al lugar donde se hallaba, toda mención a lo que Darren y el personal de seguridad del hotel habían descubierto, y sus sospechas acerca del verdadero paradero de Kyle, quedaban fuera de los límites de lo que podía compartir con Fay y Perry. Tampoco podía aludir al gravísimo suceso que había tenido lugar en su propia empresa, aunque este también apuntara a su hijo, como responsable. Estrictamente hablando, solo podía avisarles de lo que el padre de Gayle se disponía a hacer, sin darles ningún detalle acerca de lo que lo había motivado tal decisión.

Sabía que hacía lo que debía. Sin embargo, eso no evitaba que se sintiera muy mal al respecto.

—¿Tenéis noticias de Kyle? ¿Se ha puesto en contacto con vosotros? —les preguntó.

No. Nada aún. He estado hablando con un alto cargo de la policía metropolitana. Oficialmente, no se puede hacer nada. Es pronto. Extraoficialmente, me ha ofrecido ayuda. Obviamente, la he aceptado. Estamos a la espera de alguna noticia. —Suspiró, nervioso—. Kyle se encierra en sí mismo cuando las cosas no salen como él quiere. Se aísla para rumiar su frustración sin que nadie le moleste. Ha sido así desde que era un niño. Pero esto… ¿Desaparecer durante horas con un problema como el que tenemos entre manos? ¿No dar señales de vida y desconectar su móvil, a sabiendas de lo que nos estamos jugando? Jamás había hecho algo semejante, Declan. Nunca. No dejo de pensar que, quizás, le ha sucedido algo… 

«Sí, que ha perdido la chaveta. Pero de eso, hace tiempo», pensó Declan. Enseguida, se recriminó por ello. No deseaba restarle importancia a la evidente preocupación de los padres de Kyle. 

—Esperemos que tengáis noticias suyas, pronto. Os llamo para avisaros de que ya no habrá una videoconferencia —dijo, entrando en materia—. Lord Middleton ha puesto el tema en manos de sus abogados. Por lo visto, ha recibido información sobre Kyle, que le ha llevado a tomar esa decisión. 

Se produjo un silencio tenso.

¿Qué clase de información? —intervino Fay.

La mujer sonaba aún más agotada y preocupada que Perry. Declan respiró hondo. Apreciaba mucho a Fay Cox y tener que ser tan selectivo a la hora de ofrecerle información, no estaba resultando nada fácil.

—Inculpatoria, Fay —repuso, sin rodeos. Andarse con paños fríos, no ayudaría a nadie—.  Como sabéis, Gayle es mi cliente y poneros sobre aviso de la decisión de su padre, es todo lo que puedo hacer. Por favor, no me pidáis detalles.

No lo haremos. Personalmente, no estoy conforme con cómo has llevado este asunto, y espero que, en el futuro, tengamos ocasión de aclarar las cosas. Sin embargo, entiendo que ahora estás obligado a guardar el secreto profesional, Declan —dijo ella.

Que Perry no manifestara también su comprensión fue todo un mensaje para Declan. Un mensaje que dejaba claro que, en el juego de las lealtades, Perry creía que él había elegido el bando equivocado. Lo cierto era que Declan no había elegido nada. Su lealtad estaba donde siempre había estado. Y decidió demostrárselo.

—Brandon es mi mejor amigo y, ni siquiera a él puedo darle detalles sobre el tema. Eso no puedo hacerlo, pero esto sí. Puedo deciros que Kyle tiene un verdadero problema con sus obsesiones. Que, esta vez, se le ha ido de las manos, y que deberíais tomar cartas en el asunto ya mismo. Es lo que pienso…, como amigo.


* * * * * 


Pocos minutos después, Jana regresó al salón con dos bolsos de viaje. Declan y Darren estaban solos. Ya no quedaba rastro de los padres de Gayle que, obviamente, se habían marchado sin más. Ni un «gracias por ocuparte de las cosas de Gayle» o un «nos vamos, Jana». Era alucinante. Su amiga se moriría de vergüenza, si supiera cómo se habían comportado sus padres, después de que ella se marchara. 

—Ya estoy lista.

Declan notó su palidez y aquel brillo de conejillo asustado en sus ojos, y sintió que la impotencia y la rabia volvían a adueñarse de él. No quería a Jana en medio de aquella historia. La quería a salvo, en el nuevo piso que compartían, descansando y recuperándose de su propio trauma. Pero aquel maldito día, todo iba de mal en peor, y allí estaba ella, en medio de un drama. Otra vez.

—Entonces, en marcha —repuso con una ligera sonrisa.

Cogió los bolsos y los dejó en el pasillo. Luego, ayudó a Jana a ponerse el abrigo.

—¿Vienes conmigo, Darren? —le preguntó a su hombre, que miraba alrededor, como si estuviera asegurándose de que todo estaba en orden en la suite.

—Claro que sí —repuso él—. Cuenta conmigo para lo que sea.

Declan agradeció su buena disposición. La policía estaba en su empresa.  Estaban interrogando al hermano de Thomas mientras lo esperaban a él. Debbie le había dicho que ya habían avisado a los científicos forenses para que analizaran la escena. Colby era una pieza importante del rompecabezas y, seguramente, también iban a querer interrogarlo.

Declan esperó a que Colby saliera para cumplir las instrucciones que le había dejado el aristócrata antes de irse. Cerró de un golpe seco. Un movimiento en el que empleó más fuerza de la requerida, de forma totalmente deliberada.

—Puerta cerrada. Que no se diga que no sé cumplir órdenes —comentó, con ironía.

Y, tras coger los bolsos, se puso en marcha hacia el ascensor con Jana de la mano, y Darren Colby siguiéndolos a poca distancia.


* * * * * 


Cuando Declan llegó a su empresa, toda la calle estaba acordonada y había una ambulancia a las puertas de su edificio, con las luces parpadeando. 

—Qué mal rollo da todo esto —masculló Darren Colby.

—Ya te digo —repuso Declan.

Apuró el paso, dando gracias a Dios y a todos sus querubines por haberse negado a que Jana lo acompañara. No había sido fácil convencerla de que tomara sus medicinas y se acostara —intuía que la verdadera razón de su resistencia era que no quería quedarse sola—, pero no podía permitir que viera lo que había al otro lado de la puerta de su edificio. Sabía positivamente que no sería apto para estómagos sensibles. 

Y no lo fue.

Se hizo a un lado para dejar salir a la camilla y contuvo el aliento al ver el rostro de Thomas, deformado por la hinchazón y cubierto de sangre. Estaba dormido o inconsciente. Tenía un gran bulto en la cabeza, del lado derecho, y una brecha. El pelo estaba lleno de pegotes rojizos. Su nariz —griega, excepto por una pequeña protuberancia en la parte superior—, era ahora una masa informe en la que no se distinguían más que los dos orificios por los que respiraba. Dolía solo de verlo.

—¡Joderrrr! —exclamó Darren, haciéndose también a un lado—. ¡Esos cabrones, hijos de puta…! 

Declan no llegó a ser tan explícito, pero lo pensó. Palabra por palabra. La idea de que Kyle pudiera estar detrás de todo eso —y todo apuntaba a que así era—, le hacía hervir la sangre.

Una manta cubría a Thomas de cuello para abajo y dos correas de sujeción lo mantenían firmemente atado a la camilla. Había una pequeña caja de poliestireno, un poco más grande que un bolígrafo, sobre su pecho. Más tarde, la policía le informaría que la caja contenía una de las dos muestras de sangre que le habían extraído con el fin de determinar, lo antes posible, la droga que habían utilizado sus atacantes.

Declan no tuvo problemas para imaginarse cómo estaría el resto de Thomas, si su cabeza estaba en semejante estado. 

—Ah, hola, Declan… —lo saludó Martin. Apareció en último lugar, detrás de la camilla—. Me han autorizado a llevármelo. Te llamo más tarde, cuando sepa más sobre su estado.

Se reconocieron enseguida. A pesar de que habían pasado diez años de la última vez que se habían visto las caras, ninguno de los dos había cambiado demasiado. Sus respectivas profesiones continuaban siendo las mismas —Martin era cirujano de trauma del ejército—, por lo que, tampoco su forma de vestir había cambiado.

Darren no conocía a Martin, pero su parecido con Thomas era tal, que tampoco tuvo problemas para deducir quién era.

En aquel momento, un policía se volvió hacia Declan al oír su nombre y se acercó a él.

—¿Es usted Declan Keegan? —le preguntó.

—Tranquilo —intervino Darren, mirando a Declan y al policía, alternativamente—, mientras tú hablas con el hermano de Thomas, yo puedo ir respondiendo algunas preguntas.

—Muy bien, señor. Identifíquese, por favor —repuso el uniformado.

Declan dejó a Darren hablando con el policía y corrió detrás de Martin.

—Espera… Por favor, espera un momento.

—No puedo esperar —repuso él, ayudando a los paramédicos a fijar la camilla al suelo del vehículo. Después, cogió la caja de poliestireno que le entregaba uno de ellos, y saltó a la acera. Cerró las puertas, y dio dos golpes para indicarle al conductor de que ya estaban listos para partir. 

La ambulancia enseguida se puso en marcha.

—Lo sé, lo sé… —dijo Declan—. Dime, al menos, cómo está tu hermano…

Martin tampoco se detuvo esta vez. Habló mientras se dirigía aprisa hacia su coche.

—Maltrecho. Lo han zurrado y lo han drogado, no sé con qué. Se provocó el vómito, expulsando buena parte de lo que le dieron, y no se usaron armas u objetos extraños para atacarlo. Creo que no tiene lesiones internas importantes, pero hay que esperar a ver qué muestran los escáneres y los análisis para saber cuál es su estado real. —Subió en su coche, dejó la caja que portaba sobre el asiento del acompañante—. Le he dicho a la policía todo lo que sé y lo que he deducido por cómo encontré a Thomas. Habla con ellos. De verdad, que tengo que irme, Declan. Quizás aún podamos darle un antídoto. El tiempo es crucial.

Declan le dio una palmada en el hombro.

—Claro, por supuesto… No te entretengo más. Y gracias por todo. Estaremos en contacto.

Martin asintió con la cabeza y cerró la puerta. 

Poco después, el cordón policial se abrió nuevamente para dejarlo pasar, y su coche se alejó calle abajo, siguiendo a la ambulancia.

Declan empujó su cabello hacia atrás con ambas manos, al tiempo que inspiraba profundamente.

¡Qué pesadilla de día!, pensó. 

Qué puta pesadilla.


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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 37



Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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37


Declan entró en su edificio, acompañado por Darren Colby. Los seguía de cerca un hombre alto, de alrededor de cuarenta años y aspecto fuerte, que llevaba el pelo cuidadosamente peinado hacia atrás con gel fijador. Era el policía a cargo de la investigación, el inspector detective Arnold Briggs.

Todavía había técnicos trabajando en la recogida de muestras y documentando los distintos hallazgos, por lo que el acceso a algunas estancias estaba restringido. Pero le habían pedido que se fijara si faltaba algún equipo u objeto de valor, de modo que, Declan avanzaba mirando con atención a su alrededor. 

Estaba seguro de que los tipos que habían atacado a Thomas no habían entrado a robar, por lo que, en realidad, la razón de observar lo que le rodeaba tenía otra finalidad: intentar hacerse una idea de lo sucedido, mientras esperaba que los técnicos terminaran de analizar el pequeño trastero. Allí, entre las cosas de limpieza y los suministros de oficina, estaba el grabador de video en red que almacenaba las grabaciones de las cámaras. Había otro grabador de video en su casa, por seguridad. 

Sabía que, en cuanto el robo quedara descartado como móvil, empezarían las preguntas delicadas. Preguntas para las que aún no tenía una respuesta. Todo apuntaba a que Kyle Baxter estaba detrás del ataque a Thomas, pero pasaría tiempo hasta que pudieran demostrarlo, suponiendo que lograban hacerlo. Y, dado que el propio Kyle estaba en paradero desconocido y, por lo tanto, aún era una amenaza potencial para su ex esposa, el trabajo de Declan, ahora más que nunca, era protegerla. Algo a lo que no podía dedicarle toda su atención, si tenía que atender a la policía. El mismo pensamiento que lo había estado aguijoneando todo el maldito día, regresó a su mente por enésima vez:

«¿Y si esto es lo que Kyle busca, distraerme con señuelos que dispersen mi atención y mis recursos?».

La voz de Colby arrancó a Declan de sus cavilaciones con un pensamiento que formuló en voz alta.

—¿Dónde está la sangre? 

Debbie les había contado que Thomas tenía las manos destrozadas de haber zurrado a diestro y siniestro a sus cuatro atacantes. Lo que Colby estaba viendo, no se correspondía con un escenario de lucha, más que en los objetos rotos.

—Intentaron eliminar los rastros —dijo el detective, mostrando los señaladores numerados, que marcaban la presencia de sangre, oculta a simple vista, hallada por los técnicos—. Fueron bastante concienzudos.

—¿Entran en una empresa de seguridad, y no se les ocurre pensar que hay cámaras filmándolos? —Colby negó con la cabeza—. Esto no me cuadra. Nadie es tan lerdo.

Esta vez fue Declan quien habló.

—Creyeron que las habían inutilizado —explicó, señalando las antiguas, que aún seguían instaladas y operativas, y mostraban signos de haber sido manipuladas. 

Había otras, situadas en la puerta de entrada al edificio, su oficina, el despacho de Debbie (que hacía las veces de recepción), la sala de archivo, y el pequeño hall que había entre su oficina y la de Debbie. Una de las dos que había en el hall captaba también el primer tramo de escaleras que conducía a la planta superior, donde estaba su antigua vivienda. No se hallaban a la vista, funcionaban con una batería de respaldo y activaban el modo infrarrojo de forma automática, si las luces de emergencia se apagaban. Pensó que era toda una ironía, que esas mismas cámaras, que el propio Thomas le había ayudado a instalar un par de años atrás, fueran las que les permitirían saber lo que había ocurrido aquella tarde.

«Sigue sin cuadrarme…», pensó Colby al llegar al despacho de Debbie. Había seguido el rastro de gotas de sangre, que nadie había intentado limpiar, y se agachó para observar la mancha que había al final del despacho, junto a la puerta que comunicaba con la sala de descanso. Estaba compuesta por gotas que estaban más juntas, formando un patrón que había visto otras veces. Probablemente, era sangre de la nariz. La pelea en el despacho de la recepcionista había sido violenta. El despacho era un caos. El suelo estaba cubierto de carpetas, bolígrafos y papeles que se habían caído del escritorio principal, que ahora estaba tumbado y desplazado dos metros de su lugar habitual. La pantalla del ordenador estaba rota en el suelo. Había salpicaduras de sangre en las paredes y en el suelo. Dedujo que, si no las habían limpiado, la sangre era de Thomas. O los tipos pensaban que lo era.

Colby exhaló el aire por la nariz. Habían zurrado a un tío entre cuatro y lo habían dejado atado al radiador. ¿Por qué molestarse en eliminar los rastros de su propia sangre? ¿Acaso esperaban que la policía no interviniera? ¿Que no lo pondrían todo patas arribas para encontrar indicios que los condujeran hasta ellos? No tenía sentido.

Mientras tanto, Declan y el policía estaban al otro lado del hall, en el despacho del jefe.

Declan miró alrededor. Era un caos. No había ni un triste bolígrafo sobre su escritorio, pues todas las cosas que había sobre él estaban ahora desparramadas por el suelo. ¿Con qué fin? Habían vaciado el contenido de los cajones en el suelo, pero solo de los que no estaban cerrados con llave, que permanecían en su lugar sin signos de que hubieran intentado forzar la cerradura. El archivador metálico, donde guardaba los documentos y fotografías de los distintos casos, estaba intacto. No había señas evidentes de que hubieran intentado abrirlo. Solo lo habían empujado contra la pared de la derecha. Las sillas, que normalmente estaban frente a su escritorio, ahora estaban caídas, una frente al archivador; la otra junto a la puerta. 

Definitivamente, era un caos. Pero no el propio de una pelea. Ni siquiera parecía consecuencia de que alguien se hubiera afanado en la búsqueda de algo. Era un desorden simulado. Y si él se había percatado de ello de un simple vistazo, la policía tenía que haberlo hecho también.

—¿Nota que falte algo? —preguntó Briggs.

—A simple vista, no —dijo, y esperó la primera de un millón de preguntas.

—¿Es habitual que haya personal trabajando en la empresa un domingo?

Declan negó con la cabeza.

—Estamos abiertos en horas de oficina, de lunes a viernes. Lo que sí es frecuente es que, si alguno de mis empleados que no viven en Londres central, tiene un servicio muy temprano por la mañana, pase la noche aquí. Hay una vivienda equipada en la planta de arriba. 

—¿Esa es la razón de que el señor Eaton estuviera aquí hoy?

—No. Llegamos juntos para seleccionar el material que yo tenía que llevar a una reunión. Lo hicimos, y me fui. Él se quedó para darse un baño y cambiarse antes de marcharse.

—¿Tenía una cita?

Declan se quedó mirando al detective. Había varias razones por las que un hombre podía querer darse un baño, ¿por qué lo primero que había pensado ese tipo era en una cita? Y, suponiendo que lo fuera, ¿qué le hacía pensar que Thomas se lo diría? 

—No lo sé —repuso.

—¿Y cómo se enteró usted de lo que había pasado, si la alarma no saltó?

Declan estaba seguro de que Arnold Briggs conocía la respuesta a través de las otras personas a quienes había interrogado. Era su trabajo contrastar todas las respuestas, pero le irritaba que la policía le hiciera perder tiempo y energía preguntándole por cosas que sabían de sobra.

—Como ya le habrá dicho su hermano, todos los Eaton llevan un localizador en el móvil. El de Thomas indicaba que estaba aquí, mucho después de que debió haberse ido.

Declan notó que Briggs continuaba tomando notas en su pequeña libreta. Lo hacía con tanto detalle, como si aquella fuera la primera vez que oía esa respuesta. 

«¡Qué ganas tengo de largarme y acabar con esto!», pensó.

Como si el tipo le hubiera leído la mente, alzó la vista hasta él y siguió erre que erre.

—¿Quién se dio cuenta de eso?

Declan se disponía a responder, cuando su móvil empezó a sonar. Al ver el nombre que se iluminaba en la pantalla, ni siquiera se molestó en disculparse con el policía. Salió de su despacho para atender la llamada.

—Hola, Fay… ¿Alguna novedad?

—Sí, Kyle nos ha llamado… Está en la casa de verano. Dice que estaba tan disgustado por lo sucedido en el brunch, que considera una encerrona en toda regla, que llegó y se acostó. No se dio cuenta de que su móvil se había quedado sin batería hasta que despertó.  

Declan la notó animada, incluso alegre y, desde luego, aliviada. Por supuesto, él también lo estaba. Haber localizado a Kyle rebajaba el nivel de alarma en relación con Gayle. Sobre todo, les concedía tiempo para mantenerla a salvo, hasta que la denuncia de su padre activara otros mecanismos de protección. 

—Me alegro mucho, Fay. Gracias por llamar.

—No hay por qué. Quería que supieras que seguiremos tu consejo. Estamos de camino a la casa de verano. Ahora, voy a colgar. Hemos parado a repostar, y he aprovechado este rato a solas para llamarte, pero Perry ya viene. No quiero que me oiga hablando contigo. 

Declan asintió.

—No soy persona grata para él, lo entiendo.

—Así es, pero confío en que se le pasará con el tiempo. Tengo que dejarte, Declan —se despidió.

—Sí, claro. Gracias de nuevo.

Después de colgar, regresó junto a Briggs, quien no le dio a tiempo a respirar antes de repetirle la pregunta.

—¿Quién se dio cuenta de que el localizador del señor Eaton llevaba mucho tiempo fijo en este lugar?

Declan consideró qué le respondería. Ignoraba cuánta de la información que Martin Eaton conocía sobre el servicio en el que trabajaba su hermano, había compartido con la policía. Por supuesto, él no le había dado ninguna indicación al respecto. Pero en aquellos momentos, prefería dejar que la policía se centrara en poner nombre y apellido a los que habían atacado a Thomas. Lo demás, vendría después. Siendo militar y médico, supuso que lo más probable era que Martin se hubiera ceñido a la versión que le permitiera marcharse cuanto antes para llevar a su hermano al hospital. Decidió que él haría lo mismo.

—Su padre —repuso, a secas.

—¿Había quedado con él?

—No tengo ni idea. A mí, me llamó Martin. Yo estaba en una reunión al otro lado de la ciudad y le pedí a Debbie —señaló hacia atrás, en la calle, donde la muchacha hablaba con un policía— que viniera. Vive muy cerca de aquí.

En aquel momento, Briggs alzó las vistas de sus notas y sus miradas se encontraron. Declan se temió lo peor.

—¿Es posible que lo sucedido aquí hoy esté relacionado con alguno de sus clientes? —preguntó el policía.

Tratándose de una empresa de seguridad, era una pregunta de manual… Pero solo en apariencia. En el fondo, Declan sabía que no lo era. El detective se había dado cuenta de que había demasiadas cosas que no cuadraban.

Mierda. 


* * * * * 


Lawrence Eaton volvió a mirar el retrovisor. Esta vez no intentaba averiguar si la pasajera que iba en el asiento trasero continuaba dormida, sino comprobar algo. 

Desde hacía un rato, tenía la sensación de que lo seguían. La primera parte del viaje había estado principalmente pendiente de Gayle Middleton y, dado que su intervención en el asunto había sido del todo imprevista, incluso para él, no había considerado la posibilidad de que alguien más estuviera al tanto de ello. 

Sin embargo, al salir de la gasolinera, tras detenerse por primera vez para dar la alarma acerca de Thomas, había reparado en el vehículo que venía detrás. Había aparecido de repente, detrás de él, cuando se estaba incorporando a la carretera. Solo podía venir de la gasolinera, pero, a pesar de haber estado diez minutos detenido allí, no recordaba haber visto ningún vehículo negro repostando o en las plazas de aparcamiento. Pocos kilómetros después, lo había perdido de vista, de modo que no había vuelto a pensar en ello hasta ahora.

Después de hablar con su esposa, había enviado un wasap a los hermanos de Thomas para informarles de la situación. Hacerlo, le había tomado unos instantes más de lo habitual porque no lo había enviado al grupo familiar. No tenía sentido preocupar a los que estaban de misión fuera del país. Ya les avisaría cuando Thomas saliera del hospital y supieran exactamente el alcance de sus lesiones.

Al regresar a su coche, le había aliviado comprobar que su pasajera continuaba durmiendo. Pronto, llegarían a su destino y tendría que despertarla. Sabía que la mujer le preguntaría por su hijo, pero, con un poco de suerte, para entonces, dispondría de más información para ofrecerle y esperaba, de todo corazón, que fuera mejor que la que ahora tenía.

El alivio, sin embargo, no había durado mucho. Apenas diez minutos.

El mismo vehículo negro que había aparecido de repente, como salido de la nada, al abandonar la gasolinera, estaba otra vez en su retrovisor.


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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 38



Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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38



Parcialmente oculto por el pequeño edificio dedicado al lavado de coches, Lawrence Eaton esperó con todos sus sentidos puestos en la carretera que circulaba por delante de la gasolinera donde se había detenido.

Antes de tomar la salida de la autopista, había señalizado su maniobra con suficiente antelación con el objetivo de que el coche que creía que le seguía también tuviera tiempo de hacerla. Era un movimiento arriesgado, sin duda. Si sus sospechas se confirmaban, seguiría sin saber a qué se enfrentaba. ¿Cuántos iban en el coche? Ignoraba si viajaba gente en el asiento trasero. ¿Era alguien a quien Baxter había encargado que lo siguiera a distancia prudencial para ver dónde se dirigía y así tener a su exmujer localizada? Era una posibilidad. Sin embargo, no podía perder de vista, que Baxter había pagado a unos tipos para que dejaran fuera de combate a Thomas durante unas cuantas horas. Por lo tanto, también era razonable pensar que lo que se propusiera hacer, lo haría mientras su guardaespaldas no fuera una amenaza. Y si ese era el caso, él tendría que enfrentarse solo a la situación, con el agravante de que llevaba de pasajera a la mujer que intentaba proteger de Baxter. Pero, según estaban las cosas, necesitaba confirmar que alguien, en efecto, le estaba siguiendo antes de dar la voz de alarma y cambiar al plan de contingencia. 

Un par de minutos más tarde, obtuvo la confirmación buscada. 

El vehículo negro con un solo ocupante pasó a poca velocidad frente a la gasolinera, lo bastante despacio para que el padre de Thomas pudiera identificar el modelo y tomar una foto de la matrícula trasera.


* * * * *


En el box de Urgencias del hospital militar, donde Thomas yacía sobre una camilla, Martin se quitó los guantes quirúrgicos, los dejó sobre la bandeja y se levantó del taburete. 

Mientras esperaba los resultados del análisis de sangre, se había ocupado de sus heridas de la cabeza, así como de las laceraciones de sus puños y las demás que había encontrado en distintas partes de su cuerpo. Eran muchas, pero no eran graves. Ahora, un enfermero estaba adecentado el aspecto de su rostro y de su pelo, retirando con agua los pegotes sanguinolentos. 

A pesar de las circunstancias, Martin estaba contento. El TAC había confirmado que Thomas no mostraba lesiones internas y el laboratorio acababa de informarle que la sustancia usada para drogarlo era una benzodiacepina. Concretamente, rohypnol. Por lo tanto, podía suministrarle un antídoto para neutralizar el efecto sedante central de la droga.

Se dirigía al dispensador de fármacos, cuando su móvil empezó a sonar. Comprobó la pantalla. Era su padre. Qué raro que le estuviera llamando otra vez. ¿Habría pasado algo? Enseguida, sonrió. Por supuesto que pasaba algo: el general ya no toleraba tan bien como antes la ansiedad por la falta de noticias. 

—Nuestro pequeño Tom está bien, papá. Su cabeza está bien. Su ojo izquierdo también. No hay lesiones internas ni huesos rotos, y el laboratorio me acaba de confirmar que lo drogaron con una benzodiacepina —se adelantó—. Ahora mismo, estoy yendo a buscar el antídoto. 

Fuera de su coche, aún detenido en la gasolinera, Lawrence Eaton se apretó el puente de la nariz e inspiró profundamente. Gracias a Dios, pensó. Thomas era un hombre muy fuerte y que no hubiera lesiones importantes ni fracturas, aceleraría su recuperación. Ahora, solo quedaba esperar que eliminara la droga de su organismo rápidamente, y que esta no le dejará secuelas a largo plazo.

Qué gran noticia, Martin… —Tras una pausa añadió—: la mía no es tan buena. Por eso, he preferido llamarte. 

El rostro de Martin perdió la sonrisa y se tornó grave.

—¿Qué ha pasado, general?

Me están siguiendo. Te enviaré los datos del coche por wasap para que hables con Declan. El conductor es un hombre. No puedo darte más detalles. No he podido verlo bien desde mi posición. Ha pasado frente a la gasolinera donde estoy y hace dos minutos ha vuelto a pasar por la parte de atrás, de regreso a la autopista. Creo que no me ha visto, esto está muy oscuro y he aparcado detrás de una especie de lavadero. Pero si ha escogido ese camino para volver a la autopista, no puedo descartar que me esté esperando unos kilómetros más adelante. Y si es así, ya no podré quitármelo de encima a tiempo. Sabrá dónde voy y el lugar dejará de ser seguro.

Martin meneó la cabeza, en un gesto de preocupación. Las cosas se estaban complicando.

Como si ya no fuera suficiente complicación que su hermano estuviera inconsciente en una camilla, pensó disgustado. 

—¿Plan b? —preguntó, solo por confirmarlo, puesto que conocía de antemano la respuesta de su padre. 

Fuera un asunto de naturaleza personal o profesional, el general siempre tenía un plan de contingencia. No dejaba nada al azar. Thomas era como él, de ahí que congeniaran tan bien. A Martin no le había extrañado saber que habían acordado un segundo lugar donde llevar a Gayle Middleton, si por cualquier circunstancia, el primero dejaba de ser viable.

—repuso escuetamente el general Eaton. 

—Bien. Dime, ¿cómo está ella? —Tom iba a querer saberlo en cuanto recuperara la conciencia.

Agotada. Ha venido todo el viaje durmiendo profundamente. Todavía no sabe lo de Thomas… —Y no estaba seguro de cómo se lo tomaría cuando lo supiera. A pesar de la gran compostura de la mujer, era evidente que la tensión y el miedo habían hecho estragos en sus nervios—. En fin… Debo irme, hijo.

—De acuerdo. Pásame esos datos y hablaré con Declan… Intentaré que Tom se entere del cambio de planes lo más tarde posible. Y si es cuando me ve aparcando en un lugar distinto del que espera, mejor que mejor. Pero no prometo nada. Sesenta segundos después de que le dé el antídoto, se despertará. Dudo muchísimo que el dolor lo frene. Y ya sabemos cómo las gasta el pequeñín, ¿verdad? 

Tan pronto su hijo se enterara de que había sido necesario cambiar al plan de contingencia, sería muy difícil mantenerlo al margen. Difícil, por no decir imposible. En su estado, debía descansar y recuperarse, pero Lawrence sabía que Thomas no atendería a razones. Mucho menos, si, como intuía, la relación de su hijo con la señora Middleton era de naturaleza personal.

Verdad —concedió—. Haz lo que puedas, Martin. Voy a avisar a tu madre y después me pondré en marcha. 

—De acuerdo, papá. Te enviaré un wasap antes de salir del hospital para reunirnos contigo —se despidió.


* * * * *


Declan aprovechó que el inspector detective Briggs estaba hablando con los técnicos que analizaban el trastero donde estaba el grabador de video en red, probablemente metiéndoles prisa para que acabaran de una vez, para acercarse hasta Colby. Había estado hablando con alguien por el móvil, pero ya había colgado.

—Tenemos la descripción del huésped del hotel —se adelantó Colby al ver que Declan iba hacia él—. Treinta y muchos, elegante, nativo del país. Por su acento, probablemente, londinense. Rubio, metro ochenta, alrededor de 70 kilos. Ropa de estilo moderno. Tiene barba y bigote, ambos muy cuidados. Y —hizo una pausa dramática—. Usa gafas de ver. De las de culo de botella. 

Declan asintió, en parte, satisfecho, pues esa información confirmaba lo que Fay le había dicho.

—No es Kyle.

—No sé si esto mejora el panorama. ¿Quién es el tipo del hotel? ¿Y si Baxter no estaba allí, ¿dónde coño estaba?

Declan controló con la mirada lo que hacía el policía antes de responder.

—En la casa de verano que los Baxter tienen en Dover —dijo, en voz baja—. Me ha llamado su madre para decirme que Kyle se ha puesto en contacto. Por lo visto, se quedó dormido y no se dio cuenta de que su móvil se había quedado sin batería hasta que se despertó.

Colby frunció el ceño. Miró a Declan con una expresión de incredulidad.

—¿En serio, tío? Vaya excusa de mierda para un tipo del que todos dicen que es más listo que el hambre…

Declan se quedó pensativo un instante. Desde luego, era una excusa de mierda. ¿Por qué no había caído en eso cuando Fay se lo había dicho? Una vez más, las palabras de Thomas regresaron a su mente:


«No sé si es porque eres amigo de su hermano, o porque el estatus social de esa familia te nubla la mente, pero creo que hoy ha quedado claro que las medidas de seguridad que dispusiste para Gayle no eran suficientes».


De acuerdo. La llamada había sucedido cuando el inspector detective Briggs estaba confrontando versiones, agotando la poca paciencia que le quedaba. Por no mencionar que estaba muy preocupado por Thomas, por Gayle y, a nivel personal, por Jana. Todo él necesitaba que alguno de los fuegos dejara de arder incontrolado, no solo su cerebro. Pero… No solo no había caído en la cuenta de lo inverosímil que resultaba que Kyle, simplemente, se hubiera dormido mientras su móvil, casualmente, se quedaba sin batería: se había alegrado por ello. Notar a Fay tan contenta, lo había hecho sentir aliviado. 

Respiró hondo y se disponía a responder cuando su móvil sonó indicando la recepción de un wasap. Lo abrió y lo leyó con los ojos como platos. 

—¡Joder! Están siguiendo al general Eaton —dijo en voz baja. Le mostró a Colby la foto que el padre de Thomas había tomado de la parte trasera del vehículo. Se veía, principalmente, la matrícula, pero había captado suficiente de la culata del vehículo para identificar la marca y el modelo.

Para sorpresa de Declan, Colby le arrebató el móvil de las manos y amplió la imagen.

—Es el Audi A8 de Baxter —aseguró, sorprendiéndolo aún más. Kyle tenía cuatro vehículos de lujo. Ninguno de ellos era de esa marca.

—¿De qué estás hablando, Darren? No hay ningún Audi en su garaje. ¿De dónde sacas eso?

Darren Colby apretó los labios en un gesto de pesar. En su informe de la noche anterior, había omitido deliberadamente mencionar la presencia de Baxter en los alrededores del hotel, puesto que él, personalmente, no lo había visto, y mencionarlo implicaría o bien mentir para encubrir a Thomas, quien intuía que no debía estar allí, o bien, delatarlo. En última instancia, había decidido que, puesto que la clienta había regresado sana y salva de su paseo nocturno hasta el locutorio, y que Baxter se había marchado de la zona sin acercarse ni a ella ni al hotel, no era necesario incluir ese dato en el informe del servicio. Su omisión, por lo visto, acababa de patearle el culo.

—Anoche, Thomas estaba vigilando la zona a pie y Baxter pasó al volante del Audi. Lo siguió, y lo vio aparcando en una calle próxima al hotel —Notó que el rostro de Declan pasaba del asombro a la indignación y se encomendó a todos los dioses—. La señora Middleton fue al locutorio para llamar a su exmarido. Thomas estaba a pocos metros de él, oculto en un edificio, y escuchó la conversación. Ella lo invitó al brunch de hoy. Después de colgar, Baxter se subió al coche y se marchó. Thomas comprobó que se alejaba de la zona. El resto de la noche fue tranquila. Y antes de que me lo preguntes, no lo puse en mi informe porque si Thomas no me lo hubiera contado, no lo sabría. Yo no vi a Baxter en ningún momento.

—No lo pusiste en el informe porque él no debía estar allí y tú lo sabías.

—No, yo no…

Declan no le permitió acabar de hablar.

—Deja de proteger su culo, tío —siseó, airado—. Soy yo el que te paga, no él.

Sacudió la cabeza. No podía creer que aquel jodido asunto no dejara de complicarse más y más. Tenía que proteger a Gayle. No podía quedarse de brazos cruzados. 

—Y como soy yo el que te paga, te voy a decir lo que harás. Dame un minuto —le sacó su móvil de las manos y llamó a Martin.

En el box de Urgencias, Martin levantó la vista y miró al enfermero. Estaba junto a la mesilla auxiliar, donde estaba su móvil.

—Pone Declan Keegan —repuso él después de consultar la pantalla.

Martin refunfuñó por lo bajo y volvió a dejar la jeringa que contenía el antídoto sobre la mesa del instrumental. Se quitó los guantes quirúrgicos y los descartó. Cogió su móvil de manos del enfermero, y salió del box.

—Lo que sea que vayas a decirme, dímelo rápido, Declan. Sigo con mi hermano y sigo sin tener tiempo. Siento ser tan brusco —se adelantó.

Declan no tenía ningún problema con la brusquedad. De hecho, le gustaba la gente que iba al grano. Él también lo haría.

Creemos que el coche que sigue a tu padre es de Kyle Baxter. Probablemente, sea él quien lo conduce.

Martin se quedó cortado. Si Thomas había montado semejante operativo para proteger a su clienta, era porque estaba convencido de que el tipo estaba desquiciado y era peligroso. ¿Y ese demente era el que estaba al volante del coche que seguía a su padre?

—No me jodas… —fue lo primero que logró decir.

Es lo último que quiero, créeme —repuso él, disgustado por la situación—. Necesito dos cosas. Uno, saber dónde estaba tu padre la última vez que vio al Audi siguiéndolo. Dos, saber adónde se dirige ahora. Gayle Middleton es mi cliente y con tu hermano fuera de combate, su guardaespaldas soy yo. Tengo que reunirme con ella. 

Martin respiró hondo. No conocía la historia al completo, pero conocía muy bien a Thomas. Si había recurrido al general, en vez de a su propio jefe, era por algo.

—No sé, Declan… Tendría que consultárselo a mi padre y, como digo, estoy atendiendo a mi hermano. No tengo tiempo para lidiar con eso ahora.

Declan rechinó los dientes de pura frustración.

Dame su número y lo llamo yo.

—No puedo hacer eso sin su autorización, tío. Y para tenerla, tengo que llamarlo y como te acabo de decir, no tengo tiempo. 

¿Qué estaba pasando ahí?, pensó Declan. Había estado en el salón de la casa familiar de los Eaton, invitado por su padre, ¿y ahora Martin tenía que consultarle, si podía darle su número de teléfono?

Vale. Desconfías de mí. No sé por qué —aunque se lo imaginaba—, pero no te fías. Yo tampoco tengo tiempo de lidiar con esto ahora, así que te propongo algo… ¿Está tu hermano consciente? Déjame hablar con él y explicarle cómo están las cosas. Él metió a tu padre en esto, ¿no? Que sea él quien decida.

Martin negó con la cabeza. Dejarle hablar con Thomas estaba descartado. Su hermano estaba fuera del caso por orden del médico, que, casualmente, era él. Y precisamente porque era médico, y su trabajo era cuidar de su paciente, las decisiones operativas no eran cosa suya.

—Te llamo en un rato. Ahora voy a cortar —se despidió.

Declan apretó el puño en un gesto de victoria.

—Gracias, Martin. Espero tu llamada.


* * * * *


No fue Martin quien llamó a Declan diez minutos más tarde, sino su padre. Supo que era él porque la pantalla mostraba las palabras «número privado». Introdujo la contraseña de ocho caracteres que permitía la visualización de las grabaciones de las cámaras de seguridad y se apartó de la mesa.

—Tengo que atender esta llamada —le dijo al detective a cargo de la investigación—. Darren puede responder a sus preguntas mientras tanto.

Se alejó antes de darle tiempo al policía a decir nada, y salió a la calle para atender la llamada.

—Declan Keegan —dijo a modo de saludo.

Soy Lawrence Eaton, Declan. 

—Hola, Laz. Gracias por llamar… ¿Está al tanto de las últimas noticias o lo pongo al día?

No hace falta. Martin me lo ha contado a grandes rasgos. 

—Bien —repuso Declan y guardó silencio.

Tras unos instantes, el militar volvió a hablar.

No me andaré con rodeos, Declan. Thomas piensa que la discrepancia entre tú y él, en cuanto a la capacidad de Kyle Baxter de infligir daño físico a la señora Middleton, es insalvable. Tú estás convencido de que nunca llegaría a tanto, y él está convencido de todo lo contrario. De hecho, cree que tu relación con los Baxter te nubla el juicio. Lo que, viniendo de alguien como mi hijo, es lo mismo que decir que no confía en ti. Tanto es así, que tomó la decisión de saltarse la cadena de mando, y acudir a mí. Has sido militar y no hace falta que abunde en la gravedad de este asunto. ¿Por qué yo debería confiar en ti?

Era duro escuchar acusaciones tan graves de boca de un hombre al que respetaba tanto. Más duro aún, porque Declan ahora comprendía que había parte de razón en ellas.

—La desconfianza era mutua, Laz. El comportamiento de Thomas en este caso ha sido muy irregular. De hecho, al principio, él mismo me pidió que lo asignara a otro servicio, cosa que hice. Pero, en realidad, no dejó el servicio de la señora Middleton. Siguió vigilando a Kyle, a mis espaldas, y su comportamiento fue a peor. Así que lo enfrenté y averigüé lo que sucedía: Thomas se ha involucrado con la señora Middleton. Y esto supone, para empezar, infringir la primera norma de mi empresa y para seguir, que, a mis ojos, sus opiniones sean cuestionables. No puede ser objetivo, si mantiene una relación con ella. 

Declan hizo una pausa antes de reconocer algo que le pesaba mucho.

—Dicho esto, creo que Thomas tiene razón en lo de mi juicio nublado… Conozco a Kyle desde hace años, es cierto. Pero la razón de que no le creyera capaz de hacerle daño físico a su exmujer, no tiene que ver con el afecto que siento por su familia. Tiene que ver con que me consta que es muy inteligente, casi diría que brillante, y muy ambicioso. Quiere estar en la cresta de la ola, dirigir el emporio familiar, quiere el prestigio y el estatus social derivado del éxito y de ser un Baxter. Su exmujer no le importa, quien le interesa es su padre y el estatus que le daba estar casado con la hija de un aristócrata. Es duro decirlo, pero ella nunca le ha importado. Por eso me cuesta mucho creer que se esté arriesgando a perder todo lo que es verdaderamente importante para él, acosándola abiertamente. Suponiendo que la odiara, y tampoco creo que sea el caso, es lo bastante inteligente para pensar en formas de hacerle la vida imposible, sin que nada pueda señalarlo a él como responsable. —Suspiró, contrariado—. Pero todo apunta a que eso que me cuesta tanto creer, es justamente lo que está haciendo, así que… Con su hijo fuera de juego, la pelota está en mi tejado. Tengo que proteger a Gayle Middleton, general.

Declan guardó silencio y esperó. Los instantes que transcurrieron hasta que volvió a oír la voz del padre de Thomas le parecieron eternos.

Gracias por tu sinceridad, Declan… De acuerdo, te haré llegar los datos que necesitas.


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