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(Título provisional)
Presentación | Sobre los personajes | ELLA | ÉL
Canlentando motores - 1ª Parte | 2ª parte
Capítulos:
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CRS-04. UVNB (Una vez no basta). Cap. 8
Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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8
Thomas apoyó las manos contra los azulejos mientras el chorro de la ducha, puesto en modo jet, caía sobre su nuca y su espalda, de momento, sin conseguir activar sus sistemas. No sabía exactamente cuánto tiempo llevaba allí, pero el chorro empezaba a salir tibio, señal de que el contenido de agua caliente del tanque se estaba agotando y, aquel día en particular, no le apetecía una ducha fría.
Cerró el grifo y tiró de la toalla que estaba en el toallero eléctrico. Se secó la cara y se frotó la cabeza. A continuación, se dio un secado rápido, pasando la toalla por el pecho y los muslos antes de salir de la bañera.
Quizás una sesión de intensidad media en el gimnasio conseguiría lo que la ducha no había logrado. Sí, primero un café y después a sudar al gym, decidió.
Se ajustó la toalla alrededor de la cintura y limpió con el antebrazo el vapor del espejo para poder peinarse, pero, a poco que se quedó mirando la imagen que se reflejaba en él, apoyó las manos sobre el lavabo, y dejó caer la cabeza.
Para variar, su mente iba muy por delante que su cuerpo. No tenía fuerzas para ir al gimnasio. Estaba hecho polvo. Como si le hubiera pasado un camión por encima.
Respiró hondo y se decidió a darle una oportunidad al café. Recorrió la distancia que separaba el baño de la zona reservada a la cocina que había en su salón, con mucho más sufrimiento del esperado. Sus pasos eran pesados, pues cada pierna parecía pesar una tonelada y moverla requería una enorme determinación. Encima, le dolían las pelotas. ¿Tan reventado estaba? Por lo visto, sí.
Abrió las puertas correderas negras, cogió la jarra del escurridor, que llenó con la cantidad de agua necesaria, y la vertió dentro del tanque de la cafetera de goteo. Puso la jarra debajo de la cesta del filtro, y la encendió.
Había llegado al pasillo cuando soltó un taco. Se había olvidado de cargar el café.
Regresó sobre sus pasos, maldiciendo sin cortarse, añadió las cucharadas soperas necesarias de café y, al fin, volvió a dirigirse al baño para acabar de asearse.
O, al menos, esa había sido su intención.
Pero al pasar frente a su dormitorio, cedió a la tentación, y regresó a la cama.
Sí, joder, sí… Perfecto.
Respiró hondo y soltó el aire en una larga exhalación.
Sus sistemas estaban trabajando en ralentí. Como si quisieran ponerse en marcha, pero no pudieran dejar de regular al mínimo de revoluciones. Como si les resultara imposible abandonar ese estado de «quiero, pero no soy capaz».
Consultó el reloj que había encima de la mesilla de noche, y sus ojos se abrieron como platos. Eran las seis y media de la tarde. ¿Cuántas horas había dormido?
Volvió a apoyar la cabeza en la almohada y se quedó quieto, descansando, mientras miraba el techo. Intentando poner en orden sus recuerdos.
Al llegar a casa, aún no había amanecido, pero habían empezado a despuntar las primeras luces. Por lo tanto, debían ser alrededor de las siete de la mañana. Había estado despierto el tiempo suficiente para cerrar las persianas, desvestirse, meterse en la cama y apagar la luz. Diez minutos, a lo sumo. Suponiendo que ahora hubiera gastado otros veinte en la ducha, eso daba un total de once horas de sueño. Mejor dicho, de desmayo, ya que al despertarse estaba en la misma posición en la que se había acostado. ¿Ni siquiera se había movido? Qué fuerte.
Asintió para sí mismo ante lo oportuno de aquella palabra. Su sueño-desmayo había seguido el mismo patrón de la noche que, en efecto, había sido fortísima. No podía calificarla de inédita, pero sí de única en su especie.
Poco antes de aterrizar en la treintena, se le había dado por explorar su lado salvaje. La ocurrencia no había durado mucho. Trabajaba en seguridad y las dos cosas eran incompatibles. Pero mientras había durado la novedad, había tomado parte en varias juergas privadas, en las que tener sexo con los distintos invitados era la principal atracción. Bebía muy poco y nunca había consumido drogas duras, solo un poco de hachís, muy de tanto en tanto. En consecuencia, en esas noches, solía ser el que estaba más entero y, por ende, el que más veces se llevaba el gato al agua. Pero practicaba el sexo con distintas parejas, nunca más de una vez con la misma persona, pues en eso consistía la juerga. En quién había hecho el mayor número de muescas distintas a su revólver al despuntar el día.
Anoche, había batido su propio récord. Se había quedado sin sitio para hacer más muescas en la culata, y todas ellas llevaban el mismo nombre: Gayle Middleton.
Su pronóstico se había cumplido. Habían follado hasta que el cuerpo había aguantado. Habían caído rendidos de cansancio. Y después, habían seguido follando salvajemente. Una y otra y otra vez.
O sea, que, estrictamente hablando, lo que le había pasado por encima no eran las siete toneladas de hierro y caucho de un camión, sino los escasos cincuenta o sesenta kilos de una mujer.
Una sola mujer.
Qué fuerte.
* * * * *
Thomas le tenía tantas ganas a Gayle, desde hacía tanto tiempo, que no le había extrañado que su cuerpo reaccionara de una manera tan visceral a la visión de su desnudez. Desatar aquel lazo, había puesto en marcha la experiencia más caliente de toda su vida. Lo que, teniendo en cuenta sus antecedentes, era mucho decir. Había estado a punto de correrse de gusto al contemplar el cuerpo desnudo de aquella mujer que, a pesar de no ajustarse en nada a sus preferencias masculinas, despertaba todos sus sentidos a lo bestia.
Se había tomado su tiempo hasta la primera penetración. Y no lo había hecho solo por el egoísta placer de disfrutar explorando lo inexplorado. Tal como sospechaba, ella llevaba tiempo sin practicar el sexo. Y que él fuera un tipo grande, no facilitaba las cosas. Pero tocarla, excitarla, descubrir qué la encendía y comprobar lo bien que ella correspondía a sus caricias, a sus besos, a las incursiones de sus dedos… había sido un placer inesperadamente adictivo.
Penetrarla por primera vez había sido alucinante. Vencer la resistencia que oponían sus músculos internos, centímetro a centímetro, había sido tan intenso, que había estado a punto de eyacular antes de conseguirlo. Se había dominado. Con mucha dificultad. De hecho, había tenido que retirarse y tomarse unos instantes. Por lo visto, la pausa había facilitado el proceso de una manera inesperada; cuando, ya algo recuperado, había vuelto a aplicarse a la tarea con cuidado y paciencia, había sido Gayle quien ya no podía esperar más. De un solo movimiento, se las había arreglado para conseguir que él entrara hasta el fondo.
Durante el primer instante, los dos se habían quedado muy quietos. Sintiendo. Intentando asimilar lo que acababa de suceder. Con todo el cuerpo pulsando al ritmo de los frenéticos latidos.
Un instante en el que, por momentos, había tenido la sensación de que había entrado tan a presión, que no podría moverse. La tensión de su verga era proporcional a la resistencia de los músculos femeninos. Una locura, que no hacía, sino excitarlo más y más.
Pero sí que había podido moverse.
Caliente a tope y desesperado por aliviarse, se había retirado por completo para volver a entrar un segundo después con más fuerza aún.
Entonces, había escuchado el primer grito de Gayle. Hasta entonces, había oído algún jadeo, incluso algún gruñido. Pero esta vez no había sido un jadeo ni un gruñido, no. Había sido un grito de placer en toda regla, que había resonado en la estancia y lo había vuelto rematadamente loco.
El gran desfogue había sobrevenido solo tres embestidas después. Los dos se habían corrido gritando a todo pulmón.
Joder, qué pasada… Qué. Pasada.
Thomas exhaló un largo suspiro. Desató la toalla que rodeaba sus caderas, se la quitó tirando de un extremo, y la dejó caer al costado derecho de la cama.
Se llevó las manos a la entrepierna y respiró hondo, mientras se apretaba los testículos. ¿Cómo podía empalmarse, si estaba muerto, destrozado hasta la raíz del pelo? Instintivamente, giró sobre sí mismo hasta quedar boca abajo, ejerciendo presión en su entrepierna.
No quería correrse otra vez. Si lo hacía, se debilitaría aún más, y ya estaba para el arrastre.
Soltó un bufido al comprobar que, por lo visto, todo seguía el mismo patrón aquel día. No quería correrse, pero su cuerpo se lo pedía a gritos.
Pues que así sea.
Se volvió boca arriba. Inspiró profundamente. Cerró los dedos alrededor de su verga y comenzó a frotarla. Ya estaba dura, la cosa iría rápido. O eso esperaba. Le dolía todo, estaba molido y sabía que al acabar, lo estaría aún más.
Su mano siguió moviéndose arriba y abajo mientras su mente continuaba espoleando su deseo, recuperando recuerdos de la noche anterior.
Haber batido su propio récord con una misma mujer en una misma noche, no había sido lo más fuerte de todo, pensó al recordar por qué se había largado de puntillas de aquella suite carísima.
No sabía cuánto tiempo llevaban follando en el baño cuando él, al fin, había cargado a Gayle en brazos y la había conducido a la cama. La espalda lo estaba matando. Las piernas lo estaban matando. Necesitaba parar. Dar un bocado a la hamburguesa super-extra-especial que le había preparado aquel chef que chapurreaba el inglés como si acabara de llegar de Francia. Hidratarse. Eso siempre le funcionaba bien. Además, ella empezaba a mostrar signos de cansancio. Los dos necesitaban recuperarse.
En el caso de Gayle, no era solo cansancio. Había escozor. Eran señas muy sutiles, —no se había quejado de viva voz—, pero él lo había notado. Acomodar a un tipo de su tamaño, tenía sus bemoles y lo último que quería era pasarse de frenada. Aunque ahora, analizando su estado actual, definitivamente, se había pasado de frenada. Si él había quedado para el arrastre, ella debía estar mucho peor.
Tenían que parar. Pero no habían podido hacerlo. El sexo entre ellos era tan bueno… Demasiado bueno. Su libido estaba desbocada, la de Gayle también, y yacer en aquella confortable cama, solo la había aumentado, pues el esfuerzo implicado en los juegos previos y en el acto en sí era considerablemente menor por parte de los dos.
Y, desde luego, habían seguido jugando a placer. Decía que le encantaba que la lamiera y él se había servido ración triple. Ella también, por cierto. Era una alumna aplicada. Aprendía muy rápido.
En algún momento, los dos, extenuados por tanto aprendizaje, habían cedido al sueño. Al despertarse, estaba parcialmente encima de ella. La frente apoyada sobre la almohada, el torso algo escorado hacia el lado derecho, descansando sobre el colchón, pero pegado a Gayle. Lo cual era, probablemente, la razón de que ella no se hubiera apartado. De otra forma, el peso de su cuerpo le habría impedido respirar.
Al incorporarse sobre los codos, todavía medio grogui, había descubierto que no solo estaba encima de Gayle. Una parte de su pene seguía dentro de ella; la otra fuera, con el condón bajado unos centímetros.
Sujetando el preservativo con una mano mientras se retiraba con suavidad, su mente se había concentrado en hacer lo que debía: sacar ese condón sin provocar accidentes, deshacerse de él, y marcharse. Gayle tenía que estar agotada para haberse quedado dormida con él entre las piernas, y no haber intentado siquiera moverse. Y él también.
Pero, cuando se estaba retirando, Gayle había emitido un gemido de placer. Acto seguido, había doblado las rodillas, al tiempo que empujaba sus caderas, reclamándolo.
Estaba dormida y lo seguía deseando.
Y él, estaba agotado y había vuelto a excitarse. Aquel gesto de total entrega por parte de Gayle, aquel reconocimiento tácito de que seguía preparada para él, que quería tenerlo dentro, se la había puesto tan dura como la noche anterior, cuando estando todavía en el pasillo del hotel, había caído en la cuenta de que solo lo separaba un lazo del paraíso.
Con la única neurona que aún le funcionaba, se había dado cuenta de que el deseo que sentía por esa mujer era tan fuerte y el placer que obtenía estando con ella, tan adictivo, que lo arrastraría hasta el mismísimo infierno con tal de satisfacerlo.
Entonces, había tenido la suficiente lucidez de coger sus cosas y marcharse sin hacer ruido.
Thomas apretó los párpados. Impulsó las caderas hacia arriba cuando su verga pulsó dolorosamente y empezó a expulsar el semen en chorros intermitentes, proporcionándole, al fin, el alivio que todo su ser clamaba.
El líquido tibio se escurrió por sus testículos, puesto que ni siquiera había intentado evitar ensuciarse. Mancharía las sábanas y, probablemente, también un poco el colchón. Pero le daba igual. Esa mujer encendía su lado más primitivo. Cuando pensaba en ella, todo su ser se rebelaba a cualquier límite impuesto por el sentido común.
Y cuando estaba con ella…
Cuando estaba con Gayle, ardía de deseo. No importaba cuántas veces la hiciera suya, nunca tenía suficiente.
Thomas exhaló un largo suspiro.
Sí. En un inesperado arranque de lucidez, había recurrido a toda su voluntad para dejarla en esa cama, y marcharse.
La cuestión ahora era cómo se las arreglaría para mantenerse alejado.
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©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 9
Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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9
Después de merendar con Jana, Gayle había regresado al hotel. Jana había insistido en acompañarla, de modo que habían compartido un taxi. Como solía sucederles cuando estaban juntas, habían continuado hablando un buen rato mientras el taxista daba vueltas por las zonas aledañas al Hotel The Langhan.
Dado que no tenía previsto volver a salir, había cambiado su flamante conjunto de chaqueta y falda color hueso, por otro de deporte que era tan flamante, que aquella era la primera vez que se lo ponía. Se componía de tres prendas holgadas de color avellana: un pantalón recto de pernera ancha, con bolsillos laterales delanteros, una sudadera de cuello alto cerrado por media cremallera y mangas largas con puño, y una chaqueta con capucha y cremallera, que ahora no se había puesto, pues era demasiado abrigo para aquella suite climatizada. También se trataba de una compra de emergencia que había hecho aquel mismo día.
Con el libro que estaba leyendo y una taza de exquisito té negro con flores de azahar, Gayle se dirigió al salón. Se echó en el sofá que daba a la pequeña terraza. Cuando alzaba la vista, desde allí podía ver el cielo nocturno y, a lo lejos, las siluetas iluminadas de algunos edificios. Sin embargo, su mente insistía en volver sobre los recuerdos de la noche anterior, una y otra vez.
El hecho de no tener noticias de Thomas, y lo que eso implicaba, parecía carecer de toda importancia para su mente, que continuaba entremezclando recuerdos y emociones, febrilmente. Y cuando la proyección erótica se detenía por un rato, comenzaban las reflexiones y las deducciones, en un bucle sin fin.
La primera impresión que había tenido de Thomas era la de un hombre que se sabía atractivo y lo explotaba tanto como podía. Bueno, en realidad, esa había sido la segunda impresión. La primera había venido de la mano de un pensamiento totalmente inapropiado, estando acompañada de su marido. El poco tiempo que habían interactuado, ella como su cliente y él, a cargo de su seguridad, le había demostrado que, en efecto, era un individuo arrogante y vanidoso. Quizás, por eso, su faceta de hombre en las distancias cortas la había sorprendido tanto. En el momento, claro estaba, lo había disfrutado sin pensar. Tampoco era que hubiera tenido mucho tiempo para usar su cerebro, pensó con picardía. Ni para pensar, ni para nada que no fuera devorar a aquel hombre y dejarse devorar por él.
Exhaló un suspiro.
Thomas había resultado ser un amante inesperadamente atento y complaciente. Incluso, delicado. Sonrió ante aquel adjetivo que nadie le atribuiría al guardaespaldas a simple vista. Era enérgico cuando debía serlo, pero, llegado el momento, toda esa energía desbordante se convertía en una larga caricia suave, embriagadoramente sensual… Era como si, consciente de la facilidad con que podía hacerle daño, se inhibiera, apagando deliberadamente esa parte de sí mismo donde residía su fuerza.
Debía admitir que esa extraña combinación de poderío y delicadeza le resultaba sumamente atractiva. Le había descubierto un aspecto de Thomas que no imaginaba que él pudiera tener. Su enorme fortaleza se sobreentendía. Era evidente. Su delicadeza, en cambio, era totalmente otra cuestión. Habían compartido mucho sexo, pero muy pocas palabras. Todas relacionadas con la actividad que los había ocupado buena parte de la noche. Habían sido las dos horas largas que había pasado junto a Jana, las que habían arrojado más luz sobre la personalidad del guardaespaldas. De ahí, que su delicadeza le resultara ahora tan interesante. Según le había dicho Jana, Thomas había crecido en un ambiente marcadamente masculino, y se había unido al ejército tan pronto había alcanzado la mayoría de edad. De él había salido antes de cumplir los treinta para trabajar en el campo de la seguridad como un profesional experto freelance, y nunca había regresado al hogar familiar. Vivía solo desde hacía casi dos décadas y no se le conocían relaciones sentimentales. Así pues, ¿de dónde salía esa dulzura y cómo la alimentaba? Tal vez, no lo hacía, pensó Gayle. Quizás, la reprimía. Del mismo modo que ella había reprimido su fogosidad durante más tiempo del que podía recordar.
Respiró hondo y se acomodó bocarriba en el sofá. Se puso un brazo detrás de la cabeza. Le producía una sensación muy extraña darse cuenta de que un hombre del que apenas sabía nada, la conocía íntimamente mucho mejor de lo que su propio exmarido, el único hombre del que se había enamorado, llegaría a hacerlo jamás. A diferencia de Kyle, Thomas había demostrado saber perfectamente lo que hacer con ella cuando la tenía desnuda y dispuesta entre sus brazos. Y lo hacía con una eficiencia fuera de toda duda.
Con la misma eficiencia que luego desaparecía sigilosamente sin dejar rastro, pensó, con más desilusión de la que estaba dispuesta a admitir. De no ser por su incómoda, pero necesaria inspección de las papeleras de su suite, hasta ella misma habría podido convencerse de que su noche de desenfreno, tan solo había sucedido en sus sueños.
Como solía sucederle, su sentido común no tardó en hacerse cargo de la situación.
Que hubiera habido pocas palabras entre Thomas y ella, era su responsabilidad. Sus actos habían dejado claro que no era hablar lo que necesitaba y él, que lo había comprendido al instante, no había hecho, sino complacerla.
Junto a Thomas se había sentido liberada. Cuestiones sexuales aparte, su mayor disfrute había residido, precisamente, en la libertad de saber que, por una vez, no tenía que dar explicaciones de sus actos o de sus sentimientos, y en la indescriptible sensación de no sentirse juzgada. Eran un hombre y una mujer disfrutando de un sexo excepcional, y nada más. Sin implicaciones. Sin exigencias. Sin expectativas.
Teniendo en cuenta todo lo anterior, ¿qué otra cosa esperaba que Thomas hubiera hecho, más que marcharse y no volver a dar señales de vida? ¿Dejarle una nota en la mesilla, dándole las gracias por una noche maravillosa o algo semejante? Menudo cliché.
Gayle negó con la cabeza, molesta consigo misma.
Volvió a abrir el libro por la marca y se concentró en la lectura.
Sin embargo, su concentración no duró mucho. Muy pronto, se quedó dormida con el libro sobre el regazo.
* * * * *
A Gayle la despertó el lejano sonido de un móvil. Se incorporó sobre un codo y recordó que el teléfono continuaba dentro de su bolso. Se levantó y, sin calzarse, se dirigió a su dormitorio. Al activar la pantalla, vio que la llamada era de Declan. Frunció el ceño. Qué raro.
—Hola… Vaya sorpresa. ¿Jana está bien? —se adelantó.
Hubo una pausa, tras la cual Declan respondió que sí. Gayle notó por el tono de su voz que él estaba sonriendo al responder.
Más tranquila, regresó al salón.
—De acuerdo. Entonces, tú dirás…
—Vale. Acabo de llegar y Jana me ha estado contando lo bien que os lo pasasteis charlando en esa confitería que, según ella, es una maravilla, llena de tentaciones… También me comentó sobre tu cambio de planes… Disculpa la intromisión en tus asuntos, pero noté que estaba preocupada por algo y, bueno… He insistido tanto, que me lo ha contado.
Gayle asintió. La preocupación de Jana era tan evidente, a pesar de sus esfuerzos por ocultarla, que no había podido negarse a permitir que la acompañara hasta el hotel.
—Y, por lo visto, a ti también te preocupa —concedió.
Hubo otra pausa. Esta vez más larga, antes de que Declan dijera algo.
—Ya conoces mi opinión, así que no voy a repetirla. Pero, si me lo permites, quisiera hacerte una sugerencia.
—Te escucho.
—Vale… A ver… Sé que tienes una buena relación con Fay Cox. Según Jana, os veis muy a menudo. ¿Podría decirse que, suponiendo que una suegra pudiera ser amiga de su nuera, la relación que hay entre ella y tú se acercaría a ese tipo de amistad?
Gayle reflexionó unos instantes antes de responder. En efecto, mantenían una relación bastante estrecha, que no había cambiado tras su divorcio de Kyle. Tenían muchas cosas en común —preferencias, hábitos, opiniones, etc.— y, en todo caso, le gustaba rodearse de personas a las que admiraba. Sin duda, Fay Cox era una de ellas. Sin embargo, estrictamente hablando, no la consideraba una amiga. Jana era una amiga; Fay, no.
—No, Declan. Fay es alguien a quien quiero y admiro, pero no la considero una amiga.
Entonces, oyó un suspiro.
—Me quitas un peso de encima —dijo Declan—. Porque, entonces, mi sugerencia no te parecerá pura manía profesional…
—Espero que no —repuso Gayle, con una sonrisa intrigada.
—¿Has hablado ya con ella?
—Aún no. Pensaba llamarla esta noche. ¿Por qué lo preguntas? —dijo con cautela.
—Perfecto. Entonces, allá voy… No le anticipes nada a Fay. Mucho menos, a Kyle. Cítalos a los tres, preferentemente, en un lugar público, y expón la situación. —Tras una pausa, continuó—. No le muestres tus cartas a nadie antes de tiempo. Esa es tu mejor defensa. Y, antes de que me lo preguntes, sí, Gayle, necesitas defenderte. No debes perder de vista que, por mucho que te quieran, Fay y Perry son su familia, no la tuya, y se juegan tanto como Kyle.
Gayle asintió varias veces con la cabeza mientras las crudas palabras de Declan empezaban a cobrar sentido. En un principio, le habían chocado. Le había parecido una postura un tanto exagerada, que entendía viniendo de alguien con su profesión, pero que no compartía. Ahora, sin embargo, no le resultaban exageradas.
—Reconozco que, al principio, he pensado que estabas un poquito loco, pero ya no —concedió con una sonrisa—. De acuerdo. Voy a poner en práctica tu sugerencia y… muchísimas gracias, Declan. Es tranquilizador y muy reconfortante saber que hay personas a quienes les importo y que se preocupan por mí. Gracias, de verdad.
—De nada —repuso él—. Y, ya que estamos, ¿puedo hacerte otra sugerencia?
Gayle se rio.
—Deja que lo adivine… ¿Que no salga sin mi guardaespaldas, quizás? No te preocupes. Lo llamaré.
Oyó la risa de Declan y, a continuación, su voz.
—Ya lo he llamado yo, pero no está en la ciudad. Me dijo que te habías despedido hasta el lunes y le habías dicho que no creías que fueras a necesitar sus servicios durante el fin de semana. Mañana, a primera hora, lo tendrás en la recepción del hotel. Si hoy te surge un imprevisto o, simplemente, te apetece volver a salir, me avisas y te envío a alguien. No te preocupes por la hora, llámame.
—Qué diligente eres… —lo halagó Gayle—. Gracias, otra vez, Declan… No tengo previsto volver a salir hoy, pero te llamaré, si cambio de idea.
—Perfecto. Quedamos en eso. Y ahora, te dejo tranquila —se despidió Declan.
Y omitió decirle que su diligencia, que, en este caso, se sumaba a la enorme preocupación de Jana, era tal, que ya había alguien de guardia en las proximidades del hotel. Se trataba de Darren Colby, un colega exmilitar al que, últimamente, recurría muy a menudo cuando necesitaba que alguien le sacase las castañas del fuego.
* * * * *
Thomas apuró el paso y se refugió de la lluvia bajo el medio tejado de un edificio de oficinas. El hambre lo había despertado de su sueño-desmayo y, para saciarlo, su subconsciente no había tenido mejor idea que conducirlo hasta el centro de la ciudad, alegando que, a esas horas, era la mejor garantía de encontrar algo abierto que sirviera comida decente. Como si en North Wembley, donde vivía, hubiera un toque de queda.
No había acudido a ningún restaurante. Tampoco a un local de comida rápida. Había acabado contentando su apetito con una hamburguesa doble especial con queso y tomate, cubierta de bacon frito, con su correspondiente ración de patatas fritas, que había comprado en uno de los tantos puestos callejeros de Covent Garden. Entonces, había puesto rumbo al que, desde el principio, había sido su destino: los alrededores del Hotel The Langhan.
Desde donde estaba, a unos cien metros aproximadamente, podía ver el extremo occidental del edificio y, por supuesto, la última planta. La suite que estaba situada en la esquina tenía las luces encendidas. Era la de Gayle.
¿Pensaba subir? No, ni hablar. Ni siquiera un cataclismo, lo empujaría a subir otra vez la centenaria escalinata que conducía a la aristocrática entrada de ese hotel.
Entonces, ¿qué coño hacía allí? Muy buena pregunta. Respuesta… Dudosa, como mínimo.
No llevaba despierto mucho tiempo, alrededor de tres horas, pero no había podido quitarse a Gayle de la cabeza. Al principio, lo había atribuido a que, sin duda, había pasado con ella una noche que merecía la pena recordar.
Pero había más que un simple regodearse en los recuerdos de una noche caliente… Tenía el pálpito de que algo no iba bien.
De primeras, lo había descartado, diciéndose que era producto de la manía que le tenía a Kyle Baxter, y lo poco que se fiaba de él. De hecho, había puesto la tele y había intentado entretenerse viendo deporte. Pero no había aguantado en el sofá ni siquiera media hora.
Y ahora estaba allí, mojándose y pasando frío, como si no tuviera nada mejor que hacer.
Fue entonces, cuando reparó en el hombre que se dirigía al trote hacia un coche que estaba aparcado en doble fila en la iluminada esquina. Llevaba algo en la mano. Probablemente, un café u otra bebida, que depositó sobre el techo del sedán mientras buscaba las llaves y abría la puerta. Alto, cuadrado, chaqueta y pantalones de cuero, botas de motorista y el pelo recogido en aquel moño alto, inconfundible. Thomas sonrió al reconocerlo. Pero, al instante, frunció el ceño. Se preguntó qué estaba haciendo el viejo Darren, aparcado a cincuenta metros del Langhan. ¿Pura coincidencia?
Se puso el gorro de montañero que llevaba en el bolsillo interior del abrigo. A continuación, se subió el cuello de la cazadora y se dirigió con pasos rápidos hacia la esquina.
No le extrañó ver la sonrisa del ex fuerzas especiales en cuanto se inclinó a golpearle la ventanilla; ya lo había visto.
—¿Dando una vuelta solo en esta noche de perros? Te estás haciendo mayor, tío —se adelantó Darren, sonriendo, después de bajar la ventanilla.
—¿Y tú qué? —repuso Thomas y le devolvió la pulla—. ¿Esperando a que tu chica acabe su show? —Se refería a un conocido cabaret, que se había trasladado a la zona hacía poco.
Después de las consabidas risas, Thomas fue más directo.
—¿Estás trabajando?
Darren asintió, pero, en vez de explayarse, lo invitó a subir al coche. Thomas se lo agradeció y rechazó su ofrecimiento. En cambio, insistió en el tema que le interesaba.
—¿Es un encargo de Declan?
Darren volvió a asentir.
Thomas sintió que todo su cuerpo se ponía en alerta.
—¿Qué pasa? —le soltó a quemarropa. Un instante después, pensó que debería haber empezado por darle a entender que conocía al cliente o alguna excusa semejante, pero ya era tarde. Las palabras habían salido de su boca, sin más.
Prueba de ello, era la mirada interrogante que ahora lucía en la cara del especialista en seguridad.
—¿Tiene que pasar algo? Es un servicio de vigilancia, como cualquier otro, tío.
Para Thomas, no. Ese servicio de vigilancia no era como cualquier otro. Se enderezó y miró hacia el hotel mientras decidía su siguiente paso.
Al fin, volvió a agacharse.
—Tu cliente está en el Langhan, ¿no es así?
Darren asintió, su ceño cada vez más arrugado.
—Ya tiene un guardaespaldas asignado a su servicio —continuó Thomas—. Así que, si estás aquí, es porque algo sucede. ¿Qué te ha dicho?
Vio que Darren se le quedaba mirando sin decir nada durante unos instantes. Estaría considerando la conveniencia de irse de la lengua con él. Se conocían desde hacía más de diez años, pero solo eran colegas de profesión. Con quien Darren mantenía una relación estrecha era con Declan, no con él.
Al fin, lo vio asentir con la cabeza.
—No mucho —dijo—. Quiere que vigile si el exmarido anda por los alrededores.
—¿Vigilancia con o sin intervención?
Darren volvió a tomarse unos instantes antes de responder.
—Sin. A menos, que su vida corra peligro. Obvio —precisó—. Estoy de guardia solo por hoy. Su guardaespaldas habitual no está en la ciudad. Por eso, me llamó.
No, qué va. No te llamó por eso. Ha sucedido algo. Algo que Declan conoce, y le hace creer que ella podría estar en peligro.
El solo pensamiento le había secado la boca.
Thomas asintió varias veces con la cabeza y, al fin, dio un golpecito al techo del sedán.
—¿Te importa tener un poco de compañía?
Una sonrisa socarrona se dibujó en el rostro barbudo de Darren Colby.
—Mientras no haya que repartir los honorarios… Ya me explicarás cuál es tu interés en todo ese asunto, colega.
No lo explicaría. Por supuesto, que no. ¿Cómo iba a explicar algo que ni él mismo entendía?
—Ya que voy a tener compañía —dijo Darren—, intercambiemos los números de teléfono. Si ves algo, me llamas o me mandas un mensaje. Yo haré lo mismo.
Darren le dio su móvil para que introdujera los datos y Thomas le entregó el suyo.
—Vale. Creo que tengo uno tuyo, pero es de hace años. Igual lo has cambiado —comentó Thomas.
—Seguro. Lo cambio a menudo.
Thomas alzó la vista del teclado y miró a Darren. Vio que él negaba con la cabeza.
—No me preguntes por qué —añadió.
No pensaba hacerlo. Le daba igual. Además, la mayoría de los tipos que conocía, que trabajaban en el ámbito de la seguridad personal, eran unos paranoicos en un sentido o en otro. Seguro que él mismo debía tener alguna paranoia escondida en algún rincón.
—Voy a echar un vistazo por ahí —dijo Thomas, en cuanto recuperó su móvil—. En un rato vuelvo, ¿vale?
Darren concedió con un movimiento de la cabeza y cerró la ventanilla.
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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 10
Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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Gayle volvió a dejar el menú dentro del cajón de la mesilla y se levantó de la cama. Estaba demasiado nerviosa para comer. Y seguiría estándolo hasta que no hiciera lo que debía: llamar a Fay Cox y convocarla, a ella y a su marido, a una reunión con la excusa de tomar el brunch en el restaurante Shakedown. Era un viejo conocido entre los Baxter, que adoraban ese icónico local situado en el Hotel Dixon, donde ya había reservado mesa. En cuanto sus exsuegros confirmaran su asistencia, llamaría a Kyle y le propondría quedar para hablar. Recién después, sus nervios se relajarían lo suficiente para dejarla comer. Entonces, encargaría su cena.
Con el móvil en la mano, se dirigió a la zona de descanso de su dormitorio y se puso cómoda en el sofá. Buscó en sus contactos, y seleccionó el número de Fay.
Esperó con ansiedad mientras el móvil sonaba. Estaba a punto de colgar, cuando oyó la voz agitada de su exsuegra.
—¡He llegado a tiempo! ¡Hola, querida! Dame un instante para que me quite los guantes de jardinería —le pidió.
—Claro, por supuesto —concedió. Frunció el ceño. ¿Estaba trabajando en el jardín en un día lluvioso? Por no hablar de lo tarde que era. Quizás, Fay ni siquiera estuviera en la ciudad, pensó contrariada. Si era así, sus planes acababan de naufragar. Entonces, la oyó conversar con alguien brevemente, aunque no llegó a entender lo que decía.
—Disculpa, Gayle. Ya estoy contigo. Qué agradable sorpresa…
—Por lo visto te he sorprendido con las manos en la tierra… ¿Estabas haciendo cosas en el jardín? —Era una forma de confirmar si estaba en la ciudad o en su casa de campo.
—Oh, no, mi pobre jardín está inaccesible hoy. Y lo he intentado, pero con tanto aire y tanta lluvia, ha sido imposible. Estaba trabajando en mi flamante invernadero —dijo, y su voz denotó que sonreía—. No te lo he contado, ¿verdad? Al final, me he decidido a instalar uno pequeño en el patio trasero. De esta forma, aunque en esta bendita ciudad llueva cada día, siempre tengo un rinconcito verde, a cubierto y con una temperatura agradable, donde disfrutar de mi afición por las plantas.
—De tu también flamante afición por las plantas —precisó Gayle con una sonrisa.
La oyó reír.
—Es verdad. No sé por qué he tardado tanto tiempo en descubrir que hay otros placeres, sencillos y cotidianos, aparte de la música o el arte. Mis nervios están felices desde que he cosechado mi primera «Rainbow Sorbet»1.
Ambas rieron, a pesar de que Gayle tenía un nudo en el estómago que se tensaba más y más, a medida que se acercaba el momento de abandonar los comentarios sociales de rigor, y entrar en materia.
—Si dices que el efecto sobre los nervios es tan fulminante, quizás me autoinvite a tu casa uno de estos días para que me presentes a tu Rainbow Sorbet —bromeó.
—¡Por supuesto, querida! Ya sabes que siempre eres bienvenida en nuestra casa. Estaré encantada de presentártela. Ya verás cómo acabas aficionándote tú también, cuando compruebes lo bien que duermes después de un día en el jardín.
—Lo haré, Fay. Muchas gracias. Llevo unas semanas bastante atareada con la Fundación, pero, en cuanto mis días vuelvan a la normalidad, iré a conocer tu rinconcito verde con mucho gusto. —Gayle hizo una pausa antes de ir al meollo de la cuestión—. Te llamaba para invitaros a ti y a Perry a tomar el brunch mañana. Me gustaría hablar con vosotros de un asunto personal. Pero, si ya habéis hecho otros planes, podemos dejarlo para otro día…
No le extrañó la pausa que tuvo lugar a continuación. Su relación con Fay era excelente, pero que su invitación incluyera también a Perry. Le daría que pensar.
—¿Un asunto personal? —Fay titubeó antes de decir—: ¿va todo bien, querida?
Gayle se tragó un suspiro. Se contuvo de ser sincera con aquella mujer que tanto admiraba, y decirle que no, nada iba bien y que el responsable era su hijo. La advertencia de Declan se había quedado grabada a fuego en su mente. No podía mostrarle sus cartas a Fay, y cualquier cosa que dijera sobre la razón por la que los estaba convocando, a ella y a su marido, les ofrecería pistas, algo a lo que no estaba dispuesta.
—Por supuesto —la tranquilizó—. Aparte de mi agobio laboral, producto de que varios señores importantes con los que llevo meses tratando de concertar una cita, se hayan puesto de acuerdo para poder recibirme, todos al mismo tiempo, estoy muy bien. No te preocupes, Fay.
No dijo más y se encomendó a Dios, esperando que fuera suficiente.
Y lo fue.
—Ah, bien… Dame un instante que lo consulto con Perry, a ver si tenía otros planes. Está aquí mismo.
Gayle cubrió el micrófono antes de exhalar un suspiro de alivio. Fue entonces, cuando se dio cuenta de que había estado conteniendo el aliento. No se oía nada, por lo que dedujo que Fay también habría cubierto el micrófono.
—Perfecto, Gayle —repuso Fay, al cabo de unos instantes—. Dinos hora y lugar, y allí estaremos, con el apetito intacto, para disfrutar de un buen brunch en inmejorable compañía.
Una enorme sonrisa apareció en el rostro de Gayle al comprobar que había salvado el primer escollo con éxito, y después de facilitarle los datos necesarios, se despidió, y colgó.
Exhaló un suspiro nervioso. Aún tenía otra dificultad por salvar. En este caso, el impedimento no radicaba en lograr que Kyle acudiera, sino en tener que llamarlo, una idea que detestaba con todas sus fuerzas. No había vuelto a hacerlo tras el divorcio. A Kyle le había ofendido tanto que ella hubiera decidido poner fin al matrimonio que, durante mucho tiempo, ni siquiera le había dirigido la palabra las pocas veces que habían coincidido en algún evento público. En todo caso, por precaución, ella había cambiado el número de teléfono. Conservaba el de Kyle, pero no había vuelto a usarlo en casi cuatro años.
Miró la pantalla de su móvil. Pulsó la pestaña de contactos, avanzó por los distintos nombres ordenados alfabéticamente, y allí estaba el del culpable de su estrés mastodóntico: Kyle Baxter.
Qué extraño le resultaba que ese nombre, que durante tantos años había sido sinónimo de amor, ahora le provocara un rechazo visceral.
Apagó la pantalla del móvil y se puso de pie. No. Definitivamente, no le facilitaría la tarea de que la molestara también por teléfono. Estaba bastante segura de que Kyle no tenía su nuevo número. De otra forma, el acoso al que la había estado sometiendo habría sido también por esa vía.
Tampoco lo llamaría desde el hotel. Ignoraba qué tipo de información quedaría registrada en el móvil de Kyle, si usaba una línea del hotel y conocía muy bien sus tejemanejes. Que él supiera que su familia mantenía una suite en The Langham todo el año era una cosa; ofrecerle una confirmación sobre su paradero, otra muy distinta. De hecho, quería que Kyle supiera lo menos posible sobre ella.
Se puso la chaqueta del conjunto deportivo y añadió un abrigo impermeable con capucha, que sacó del armario del dormitorio.
A continuación, cogió el bolso y se lo puso en bandolera. Hizo un gesto de disgusto al comprobar cuánto desentonaba aquel mini bolso bombonera de Gucci con el resto de su indumentaria, pero descartó cambiarse.
Ya era tarde, y tenía que resolver el asunto cuanto antes.
1 Rosa Rainbow Sorbet: es una variedad exótica de rosa, cuyos pétalos son de un amarillo suave con el borde rosa brillante y, a veces, escarlata.
* * * * *
Había parado de llover cuando Gayle abandonó el hotel, pero sabía que la tregua no sería larga. Había estado lloviendo todo el día de manera intermitente.
La alternativa de llamar a Kyle desde un pub la había descartado desde el principio, por la misma razón que había descartado usar las líneas del hotel. Además, con las pintas que lucía, cuanto menos se dejara ver, mejor. En el lobby del hotel, se había tomado unos minutos para buscar en internet algún locutorio por los alrededores, que permaneciera abierto hasta altas horas. Había encontrado varios y había seleccionado uno que estaba a tres calles del hotel. Con un poco de suerte, le daría tiempo a ir y volver antes de que finalizara la tregua.
Una vez en la acera, Gayle se detuvo. Miró alrededor con cierta aprehensión al recordar que Declan había insistido en que le avisara si necesitaba abandonar el hotel. El panorama que se abría ante sus ojos ahora era muy distinto del de horas atrás, al salir para encontrarse con Jana. Entonces, también llovía, pero era de día y había viandantes y turistas por la calle. Ahora, apenas se veía un alma. Pasaban coches, eso sí, pero pocos. Llamar a Declan por tan poca cosa le parecía un sinsentido. En veinte minutos, a más tardar, estaría de regreso en su suite.
Gayle respiró hondo, dejando que el aire frío de la noche le llenara los pulmones, y apuró el paso calle abajo.
* * * * *
Thomas se quedó mirando al hombre que conducía el Audi A8 negro hasta que, demasiado rápido para darle tiempo a nada, la luz del semáforo le dio paso, y el coche se alejó. Tardó un instante en abandonar el refugio que le proporcionaba el alero del edificio, y apurar el paso detrás del Audi. Quería comprobar si su intuición era correcta. O, mejor, la sensación desagradable que había invadido su cuerpo, los escasos veinte segundos que el semáforo le había concedido para observar al individuo, y que aún continuaba erizándole el pelo de la nuca.
En aquel momento, el coche se detuvo en doble fila veinte metros más adelante y sus luces traseras empezaron a parpadear. Los reflejos de Thomas se activaron de inmediato. Recorrió en un suspiro la media docena de pasos que lo separaban de su siguiente parapeto: la entrada de un edificio de principios del siglo XX. Se apretó contra la elegante puerta de dos hojas, oculto por la sombra nocturna. ¿Baxter lo habría visto y por eso se había detenido? Eso, en el hipotético caso de que el conductor del vehículo fuera quien él creía que era, cosa que no podía asegurar por el momento. Sabía que Kyle Baxter tenía otros dos coches, aparte de su opulento Jaguar, pero, que él supiera, ninguno era un Audi. Quizás no fuera más que alguien consultando su móvil o esperando a otra persona. Descartó la idea, y continuó observando.
Las luces traseras dejaron de parpadear enseguida y vio que el vehículo doblaba por la calle Chandos. Thomas se echó a correr y cuando alcanzó la esquina, lo siguió a paso ligero, pegado a la pared. Las farolas que iluminaban la calle no le daban margen de maniobra, pero la suerte le ayudó. No tuvo que andar mucho, puesto que el conductor enseguida aparcó.
Pero no se apeó.
Thomas consideró la situación. La calle estaba desierta, aparte de los otros vehículos estacionados. No pasaría inadvertido, si salía de las escasas sombras de aquella corta vía iluminada por tres farolas a cada lado de la acera, para verle la cara al conductor del Audi. No importaba que se dejara ver, si no era Kyle Baxter, pero si lo era, podía traerle problemas. A saber cómo reaccionaba el tipejo al verlo. Y, suponiendo que él resistiera la tentación de sacarlo del interior del coche a puñetazos, cosa que dudaba, Baxter no se tragaría que era una coincidencia. Porque, evidentemente, no lo era.
Por otra parte, ¿qué hacía aparcado allí, sin apearse, en una calle donde no había absolutamente nada? Ni un pub, ni una tienda de venta al público. Nada más que edificios. El Starbucks más cercano estaba en otra calle, a más de doscientos metros, y hacía al menos tres horas que había cerrado al público. En cambio, el hotel The Langham estaba muy cerca. Tenía que ser Kyle Baxter.
En aquel momento, vio que se abría la puerta del conductor y el individuo salía del coche.
Thomas apretó las mandíbulas al constatar que, en efecto, era el cabrón que acosaba a Gayle.
Sacó el móvil del bolsillo interior de su abrigo, lo silenció y, a continuación, tecleó un mensaje para Darren:
«El tipo está aquí. Va en un Audi A8 negro. Está aparcado frente al número 4 de Chandos».
La respuesta llegó enseguida y consiguió ponerle a Thomas los pelos de punta:
«Mierda. La cliente ha salido del hotel. Voy a seguirla. Va hacia ti por Portland Place».
* * * * *
Thomas miraba la pantalla de su móvil, intentando pensar qué hacer. Le costaba centrarse y la razón no tenía que ver con estar bajo de energía gracias a su juerga nocturna, sino con la preocupación y con la impotencia que sentía. Alguien tendría que explicarle cómo era posible que una mujer inteligente, hiciera tantas tonterías cuando se trataba de su exmarido.
¿Por qué coño sales sola y, encima, a pie, se puede saber? ¡Menuda gilipollez!
Exhaló por la nariz y apagó la pantalla del móvil.
Si obedeciera a sus impulsos más oscuros y profundos, cogería al tipejo por el cuello, sin mediar palabra, y le daría tal paliza, que necesitaría gastarse una fortuna en cirugía estética para volver a salir a calle. Después de quedarse a gusto, le advertiría que la próxima vez que se le ocurriera acercarse a menos de cien metros de su exmujer, no volvería a ser capaz de salir a la calle sin ayuda. ¿Qué sucedería después? Perdería el respeto de Declan, el trabajo, su reputación y, por ende, también sus posibilidades de conseguir otro en empresas del gremio. Posiblemente, también perdería su piso, la cabaña y el coche, para hacer frente a la indemnización que le impondría la sentencia. Eso, si no acababa, además, dando con sus huesos en la cárcel. El escándalo, que saldría en todos los medios de comunicación, expondría a Gayle al bochorno público, y ella lo odiaría de por vida. Pero también expondría a Baxter, y eso, quizás, lograra mantenerlo alejado de ella.
Qué mierda.
Espió a Baxter. Vio que él se demoraba sacando un grueso sobretodo del asiento trasero, lo cual indicaba que no regresaría rápido al cobijo de su Audi. Y eso, que ya era de por sí bastante malo, también implicaba que, si el tipo se dirigía hacia donde Thomas creía que era su destino final, pasaría frente a él y sería difícil, por no decir imposible, que no se percatara de su presencia.
En el más que hipotético caso, de que Baxter estuviera tan concentrado en su obsesión como para pasar frente a él sin percatarse de nada, seguirlo, definitivamente, no era una opción. La calle era estrecha y estaba muy iluminada. El tipo se daría cuenta de que tenía a alguien detrás. Entonces, o bien, habría una discusión, o bien, tendría que noquearlo para evitar que la hubiera. Lo cual tampoco era una buena idea a corto plazo: cuando despertara, el tipo estaría cabreado como un babuino y le buscaría las cosquillas hasta encontrárselas.
Por otra parte, si Gayle iba a su encuentro, y eso era, exactamente, lo que estaba sucediendo, él no podía permanecer oculto. Era de cajón, que iba a tener que intervenir. Y, en tal caso, no las tenía todas consigo sobre quién tardaría más en convertirse en un babuino cabreado, si Baxter o Gayle. Las veces que la había visto sacar a relucir su peor genio, eran justamente aquellas en las que él se había interpuesto entre su exmarido y ella. Además, teniendo en cuenta de parte de quién se había puesto su excelencia la anteúltima vez que Baxter y él se habían visto las caras, no estaba seguro de estar muy dispuesto que digamos a sangrar por ella otra vez.
Borra eso, tío. Claro, que estás dispuesto. ¿Qué haces aquí, si no?
Ese era el problema, que por mucho que cacareara contra la insensatez de Gayle de fiarse de quien no debía, y se dijera a sí mismo que ni siquiera un desastre natural lo devolvería a su suite, y blablabá, allí estaba: a punto de hacer una nueva locura por esa mujer.
Si, al menos, ella se hubiera quedado en la suite, pensó Thomas. Tendría una posibilidad de protegerla sin delatarse. El hotel no facilitaba ninguna clase de información sobre sus huéspedes, fueran actuales, pasados o futuros a través del sistema de reservas; lo había comprobado. Dudaba mucho que Baxter tuviera la osadía de intentar colarse en el hotel por otra vía, como había hecho él. Tampoco creía que fuera a funcionar, si lo intentaba. Kyle Baxter tenía aspecto de lo que era: un señorito. No pintaba nada en los accesos de servicio del establecimiento, menos aún, a esas horas de la noche. Pero, en el peor de los casos, si el tipo lograba sortear todos los obstáculos, Thomas podía avisar a Gayle. Darle instrucciones de cómo proceder —básicamente, apagar las luces del hall de la entrada de su suite, y no responder al timbre—. A continuación, informaría a Darren para que interviniera. Él era quien estaba autorizado a hacerlo. Además, estaba seguro de que Baxter no lo conocía. Sus trabajos para Declan eran esporádicos y solían consistir en sustituirlo a él en alguno de sus servicios cuando tenía que ausentarse por unas horas.
¿Había alguna otra opción en la que no hubiera pensado? Sí, permitir que el encuentro tuviera lugar. Gayle se dirigía hacia ellos, por lo que, de un momento a otro, ambos verían su silueta aparecer en la esquina. En cuanto eso sucediera, Baxter ya no vería otra cosa más que a ella. Él podría permanecer al acecho. Darren, que venía siguiéndola, sería un elemento disuasorio en el caso de que el tipo intentara propasarse y, él mismo podría lanzarse sobre Baxter, si fuera necesario.
Thomas negó con la cabeza. Descartado. No se quedaría de brazos cruzados, esperando a que Baxter hiciera un gesto amenazador o profiriera un insulto.
Volvió a controlar al tipo. Se estaba ajustando el abrigo con bastante parsimonia. Era evidente que no tenía prisa, ni esperaba a nadie. Thomas sintió que la rabia ascendía por su cuerpo ante una nueva confirmación de que estaba en lo cierto, no fiándose de él. Ojalá Gayle entendiera cómo funcionaba la mente de esa clase de individuos. Su exmarido no lo dejaría estar, a menos que hubiera en juego algo verdaderamente importante para él. Incluso, quizás, ni siquiera así.
Thomas miró en la otra dirección. Todavía no había rastro de Gayle. Pero ella ya no podía tardar mucho en aparecer. Así que… Debía tomar una decisión.
Durante unos instantes, se quedó mirando el suelo, mientras repasaba sus opciones. Al fin, respiró hondo.
Vale, hijo de puta. Vas a necesitar una cara nueva.
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©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 11
Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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11
Thomas estaba a un tris de sacar un pie fuera de su escondite, cuando vio de refilón que Kyle se detenía y, después de palparse los bolsillos, daba media vuelta y desandaba el camino.
Contrariado, liberó por la nariz el aire que había estado conteniendo, y dio un paso atrás, volviendo a fundirse con la oscuridad del portal en el que se había refugiado.
Esperó sin moverse, con su nivel de alerta al máximo.
Oyó que la puerta del vehículo se abría y, al cabo de varios segundos —quizás, un minuto—, volvía a cerrarse. Luego, se oyó el sonido característico de un mando a distancia activando el cierre y los pasos de Baxter que volvían a alejarse del coche, acercándose hacia el lugar donde estaba él.
En aquel momento, sonó un móvil. No era el suyo, que continuaba silenciado en el bolsillo de su chaqueta, y no había vibrado. Por lo tanto, o había alguien más transitando por aquella calle, o era el de Baxter. El corazón se le aceleró al pensar que ese otro alguien podía ser Gayle. Deseó poder comprobarlo, pero el tipo estaba muy cerca. Un movimiento en falso, y lo vería.
Entonces, oyó su voz con aquel tono de capullo pretencioso y no pudo evitar apretar la mordida.
«¿Hola?… Sí, soy yo…»
Hubo una pausa, tras la cual Thomas pudo constatar que el tono de capullo pretencioso cambiaba por otro aún más vomitivo: el de capullo baboso.
«¿Gayle, eres tú? Dios, nena, al fin… Gracias por llamar, preciosa. Tenía muchas ganas de que habláramos y aclaráramos todo este malentendido».
Thomas negó con la cabeza. No podía creer lo que oía. ¿Aclarar el malentendido? ¿De qué jodido malentendido estaba hablando? ¡¿Y cómo era posible que fuera Gayle quien lo hubiera llamado?!
Joder. Y yo, aquí, jugándome el trabajo para protegerte el culo. Soy un gilipollas de primera.
* * * * *
Gayle hizo un gesto de disgusto. «Nena», «preciosa», por no añadir el tono empalagoso al que su ex recurría por puro interés. Pensó que cuatro años era demasiado tiempo para que Kyle continuara creyendo que esa estrategia podía tener algún éxito con ella. Sin embargo, por lo visto, así era. De otra forma, le hablaría con el tono distante y altivo con el que se dirigía a todo el mundo.
—Sí, creo que es lo mejor —concedió con la mayor suavidad de la que fue capaz—. Vernos, hablar y aclarar todo esto de una vez por todas.
Por supuesto, le costó horrores hacerlo. Descubrió que todo lo relacionado con Kyle suponía un enorme sacrificio. Incluso, escuchar su voz.
—Por supuesto. Estoy deseando verte…
«Yo, no. Lo que deseo es perderte de vista para siempre», pensó Gayle. Sacudió la cabeza y se obligó a centrarse en conseguir su cometido y acabar esa conversación cuanto antes.
—Bien. He pensado que podíamos quedar mañana a tomar el brunch en el restaurante Shakedown. ¿A las doce y media, te parece bien? —Se obligó a sonreír antes de decir—: Espero que sí… Ya he hecho la reserva.
Tal como Gayle esperaba, su ligerísimo flirteo funcionó a las mil maravillas, lo cual no era, sino, otra demostración de la ceguera irreversible de Kyle acerca de sus sentimientos.
—Qué bien me conoces… Sabes que me encanta ese sitio… Y también sabes que, ni en sueños, te diría que no…
Gayle permaneció en silencio. Le fue imposible no recordar la cantidad de veces que él había pronunciado esa palabra en el pasado. Si algo había hecho Kyle con sobresaliente, había sido ningunearla. Hacer que ella se sintiera minúscula.
Como si Kyle se hubiera dado cuenta de la doble interpretación a la que se prestaban unas palabras dichas con la intención de halagarla, se apresuró a añadir:
—Esa hora me va perfecto, preciosa.
«Preciosa». En sus labios sonaba a cumplido barato, tan desagradable y fuera de contexto, que si tenía que oírlo una vez más, se pondría a gritar. Decidió que, conseguido su propósito, no tenía sentido continuar con aquella conversación.
—Muy bien, entonces. —Inspiró profundamente, y volvió a forzar una sonrisa con la intención de que su voz no denotara lo asqueada que se sentía de oír la suya—. Hasta mañana, Kyle.
—Oye, espera… ¿De dónde me llamas? No he reconocido el número y, desde luego, un móvil no es. Atendí por curiosidad.
Gayle sintió una punzada dolorosa en la boca del estómago. Sabía que era miedo, y no nerviosismo. Esa era la clase de sentimientos que su ex despertaba en ella. Miedo. Rabia. Impotencia. Y, sin duda, tristeza: la que le provocaba ser consciente de que ese ser detestable, había sido en otro tiempo su marido y el único hombre del que se había enamorado.
Necesitaba apartar esas emociones, se dijo, exasperada. No era el momento de flaquear. Debía pensar detenidamente qué respuesta le daría.
Si Kyle continuaba siguiéndola, algo que esperaba que no fuera así, pero no podía asegurar, tenía que saber que ella no estaba en su piso y tampoco en el de Jana. Elaborar una mentira que resultara creíble sería arriesgado: nunca se le había dado bien mentir. Con la agravante de que si él la descubría, su plan que, hasta el momento, estaba funcionando bien, se iría al garete. Así, pues, solo podía decirle la verdad.
—De un teléfono público, por supuesto. ¿O, acaso esperabas que te sirviera en bandeja mi número privado sin que hayamos aclarado antes esta desagradable cuestión? No puedes ser tan ingenuo, Kyle.
Durante un instante, temió que su verdad a medias no lo engañara. Para averiguar lo que quería saber, no tenía más que llamar a ese número que no había reconocido. No tardaría en averiguar que pertenecía a un locutorio situado a dos calles del Langham. Haría las asociaciones pertinentes y sabría que ella se hospedaba allí. Cayó en la cuenta de que no había sido una idea inteligente acudir a un locutorio tan próximo.
Entonces, lo oyó reír. Era su risa seductora.
—¿Sabes? Me encanta comprobar que sigues siendo muy buena a la hora de hacerme morder el polvo con estilo. Bien jugado, Gayle.
Ella se tragó un suspiro de alivio mientras sentía que sus nervios empezaban a tranquilizarse ante el inminente final de la conversación.
—En tal caso, hasta mañana —repuso.
A continuación, colgó sin darle ocasión a decir más y se recostó contra el respaldo de la incómoda silla de aquel cubil de minúsculas dimensiones.
Y, esta vez, suspiró a todo pulmón.
* * * * *
Thomas esperó a que el Audi doblara la esquina antes de abandonar su refugio. Dudó unos instantes entre seguirlo para asegurarse de que se alejaba del distrito de Marylebone, o marcharse a su casa y olvidarse del tema para los restos.
Al final, quien había acabado más cabreado que un babuino había sido él, pensó con ironía.
Todavía resonaba en sus oídos la risa estúpida de Baxter. Dios, qué ganas de hacerle tragar los dientes de un puñetazo… Por no hablar de que, después de comprobar cuánto lo había revuelto escuchar que él la llamaba «preciosa», estaba decidido a borrar esa palabra de su diccionario personal. Le había sonado tan… baboso. Tan enfermizo y asqueroso. Aj.
Si se largaba sin asegurarse de que el tipo la dejaría en paz por aquella noche, se sentiría aún más imbécil y enfadado de lo que estaba. Después de todo, llevaba dos horas helándose bajo la lluvia por un pálpito. No tenía sentido ceder al enfado ahora, y marcharse, sin más.
Salió de las sombras y apuró el paso detrás de Baxter. Dobló la esquina y vio las luces traseras del Audi, alejándose calle abajo. Para ir al Langham tenía que girar en la primera bocacalle. Se quedó esperando a ver qué hacía. El Audi no giró. Thomas dibujó mentalmente su posible recorrido y asintió con la cabeza: Baxter se iba a su casa.
Y es hora de que tú te vayas a la tuya.
Le avisaría a Darren que se abría, y se largaría de allí. Además, había empezado a llover otra vez. Trotó hasta el alero de una casa y sacó el móvil del bolsillo. Fue entonces, cuando vio que tenía un mensaje de Darren.
«No va hacia ti. Ha dado la vuelta. Está en un locutorio. Calle Langham. Dame la posición de su ex».
Comprobó la hora. Lo había recibido hacía once minutos.
Thomas descartó responder con otro mensaje y lo llamó.
—Hey… —se adelantó Darren—. Estaba a punto de llamarte, pero la clienta salió del locutorio y tuve que hacer maniobras para poder seguirla… Creo que debió haber sido la llamada más corta de la historia. Entró y salió, tío. Casi no me dio tiempo ni a cambiar de marcha… ¿Dónde está su ex?
A Thomas le sorprendió que su colega se refiriera a la brevedad de la llamada. No había sido esa su impresión. Al contrario. La maldita llamada se le había hecho eterna.
—Camino de su casa. Era él con quien hablaba. ¿Dónde está tu cliente ahora?
Darren le respondió con otra pregunta.
—¿Y tú cómo lo sabes?
Thomas puso los ojos en blanco.
—El tipo recibió la llamada cuando se dirigía al hotel. Se detuvo a cuatro o cinco metros de mi posición. ¿Me dices dónde está tu cliente ahora? —insistió.
—Regresando al hotel. Espero que no vuelva a equivocarse de calle. Se nota que no va mucho a pie. Maniobrar por aquí es un auténtico rollo.
Últimamente, gracias a su ex, Gayle no iba mucho a pie. Pero Thomas la había investigado y sabía que conducía su propio coche. Además, tenía que conocer la zona donde estaba su hotel favorito. Habría sido el miedo, la causa de que se confundiera de rumbo. Pensarlo, hizo que sintiera una mezcla de impotencia y pesar. Detestaba que hubiera cabrones por el mundo que infundían el terror en las mujeres que decían amar.
Detestaba que Gayle se sintiera de esa forma.
—Bueno… ¿Te quedarás por la zona?
—Para eso me llamó Declan. ¿Y tú?
—No. El encargo te lo ha hecho a ti. Así que, que disfrutes de la noche… —repuso Thomas, yéndose por la tangente para evitar más preguntas sobre el tema.
—Ya. Supongo que no vas a contarme cuál es tu interés en este asunto, ¿no?
A Thomas no se le cruzó por la cabeza la alternativa de responder esa pregunta con la verdad. No lo dejaría en buen lugar, profesionalmente hablando. En todo caso, era un asunto personal. Y ni siquiera él entendía, realmente, por qué estaba allí, en vez de en un pub o en el sofá de su casa. Que recordara, nunca se había tomado el sexo tan a pecho. El sexo era sexo, nada más: un buen polvo, quizás dos, y si te he visto, no me acuerdo. En este caso era diferente. No conseguía quitarse a Gayle de la cabeza. Pero, una cosa era encapricharse de una mujer, y otra muy distinta, arriesgar el pellejo por ella. ¿Por qué lo hacía? No podía explicar lo que ni él mismo comprendía.
—No hay nada que contar. Conozco a tu cliente y a su ex desde hace algunos años. Y no me fío un pelo de él. Tuve un pálpito y decidí no ignorarlo. Eso es todo.
—Pues has hecho bien en no ignorarlo… —concedió Darren—. Gracias por la ayuda y por la compañía, tío. Pasa buena noche.
Después de despedirse de su colega, volvió a guardar el móvil.
Esta vez, no hubo dudas ni titubeos: Thomas sabía exactamente lo que haría a continuación.
* * * * *
Gayle había empezado a sentirse mal cuando estaba en el locutorio. Lo había atribuido a los nervios por un plan que, aunque necesario, le seguía preocupando tener que poner en práctica.
Había convocado a sus exsuegros con un engaño que no se merecían, y a su exmarido, mediante una treta que, aunque en su caso era totalmente merecida, sabía que traería cola. Kyle se pondría furioso cuando la descubriera. Se contendría, por supuesto. En un lugar público, se mostraría como el caballero que no era en la intimidad, pero solo Dios sabía lo que sucedería después, cuando el brunch hubiera acabado y se fueran cada uno por su lado.
Su baza era la influencia que Perry Baxter ejercía sobre su hijo menor y, que, curiosamente, no tenía sobre el mayor. El hombre representaba todo lo que Kyle aspiraba a ser y a poseer. Era su modelo a seguir, y dirigir la empresa, ser su sucesor al mando, era la mayor aspiración personal y profesional de Kyle Baxter.
Gayle se decía que todo iría bien, que sería un momento incómodo, sí, pero que se marcharía del Hotel Dixon con su objetivo conseguido: Kyle daría un paso atrás, entraría en razón y la dejaría en paz, sin necesidad de recurrir a los tribunales y, por ende, al escarnio público que también la salpicaría a ella.
Sin embargo, no había garantías de ello y Gayle lo sabía mejor que bien.
Su malestar se había agravado mientras recorría las dos calles que la separaban del hotel. Ya se había transformado en un punzante dolor en el bajo vientre cuando subía las centenarias escalinatas.
Atravesó aprisa el elegante lobby y se dirigió a los ascensores. Entró en el primero que abrió sus puertas, agradecida de que, en aquel momento, no hubiera otros huéspedes esperando. Puso una mano donde le dolía y se dobló hacia delante. Una lacerante punzada, precedió a la familiar sensación de humedad en la vagina. El nivel de humedad, sin embargo, no era nada familiar.
Dios, por favor, otra vez, no.
Una menstruación al mes era suficiente castigo para cualquier mujer. ¿Quién quería una segunda?
Su ruego sería vano, pues, evidentemente, estaba disfrutando de una segunda ronda de tormentos. ¿Le daría tiempo a llegar a la suite? No parecía probable. Apretó los párpados. Angustiada, revisó mentalmente lo que llevaba en el bolso. Tan solo tenía un pañuelo, y como no lo usara ya, dejaría un reguero por el camino. Forcejeó nerviosa con el cierre de su bolso y, al fin, sacó el pañuelo color tiza, con el dobladillo hecho a mano y sus iniciales bordadas. Lo dobló de la forma adecuada. Introdujo una mano dentro del abrigo con disimulo y, manteniéndolo cerrado con la otra mano, para no ofrecer un espectáculo grotesco a las cámaras que la estaban grabando, se situó el pañuelo en la ingle, dentro de la braguita. Procuró no desesperarse al notar que la prenda estaba tan húmeda que le había manchado los dedos.
Apretó los muslos en un movimiento inconsciente que, razonó, no serviría de nada.
Retiró la mano y la dejó caer al costado del cuerpo, pensando que no sabía muy bien lo que hacer con ella. De hecho, no quería ni mirarla. Vestía prendas de colores claros. Ni siquiera podía recurrir a usarlas a modo de toalla, como hacía cuando era niña.
En cuanto las puertas se abrieron en la última planta, Gayle salió escopeteada. La humedad se extendía. Estaba segura de que ya había traspasado el tejido de sus pantalones de deporte. Más y más angustiada, rebuscó en los bolsillos, hasta encontrar la llave de su alojamiento.
Entonces, alzó la vista. Y al ver la silueta que estaba de pie junto a la puerta de su suite, sintió que un intenso y repentino escalofrío recorría su espina dorsal de arriba a abajo.
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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 12
Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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12
El enfado de Thomas dejó de ser la emoción dominante en el mismo instante en que la imagen de Gayle apareció en su campo visual. Había hecho todo el camino apretando los puños, mientras mantenía mentalmente una discusión con ella. O, mejor, una hipotética escena en la que él le leía la cartilla por ser tan necia, y ella soportaba el sermón porque sabía mejor que nadie, que citándose con su ex, acababa de cometer una estupidez de dimensiones épicas.
Pero en cuanto sus ojos volvieron a entrar en contacto con la mujer en la que no había podido dejar de pensar en todo el maldito día, algo cambió. El enfado perdió fuelle y, en cambio, él se dedicó a buscar contornos y formas con avidez. Necesitaba reconocer las formas culpables de haberse pasado una noche casi en vela. Verlas bajo otra luz y comprobar si lo sucedido había sido solo producto de un momento, o si había más. Y si lo había, qué narices era. Por qué la deseaba tanto. Por qué no podía dejar de pensar en ella. Por qué seguía necesitándola, como si no se hubieran pasado toda la noche follando.
Sin embargo, el producto de esa misión de reconocimiento descarado, no fue el que esperaba. Le resultó imposible detectar el menor volumen, el menor contorno. Nada de nada. Hoy no había trajes elegantes, ni joyas exclusivas. Ni tacones. ¿Cómo era posible? Esa mujer no iba a ninguna parte sin sus estilosos zapatos con diez centímetros de tacón. Tampoco llevaba el cabello recogido, como siempre. De hecho, vestía un atuendo de lo más inusual. ¿Gayle, en pantalones de deporte y zapatillas? Ni hablar. El frío que había pasado debía estar provocándole alucinaciones. Sin embargo… No tardó en notar su paso apresurado. Su andar era raro. Caminaba erguida, como era habitual en ella, pero hoy no era una postura natural, sino forzada. Su rostro tampoco era el de siempre. Había cierta tensión en él. Sí, un rictus tenso torcía sus labios. No era enfado ni cansancio. Aguzó su atención a medida que ella se acercaba. ¿Estaba tan pálida como parecía, o era un efecto de la iluminación?
Que Gayle evitara su mirada y entrara casi corriendo en la suite, sin pronunciar una palabra, fue la guinda al pastel.
Él sacudió la cabeza con ironía.
¡Hola, Thomas! ¡Cuánto me alegro de verte! ¡Pasa, por favor!, repitió mentalmente, imitando una voz femenina.
Thomas exhaló el aire por la nariz y empujó la puerta. Dio un paso hacia el interior del hall y miró a un lado y a otro del pasillo. Ella no estaba a la vista.
—¿Gayle? —la llamó.
No obtuvo respuesta. Volvió a sacudir la cabeza.
¿De qué va todo esto? Si no quieres verme, dímelo y ya, joder.
«Borra eso, tío», se dijo un instante después. No era verdad. Pues, en el hipotético caso de que ella no quisiera verlo y se lo dijera, a él le daría igual. No pensaba marcharse hasta haberle leído la cartilla. Eso, como mínimo.
Una media risa socarrona apareció en su rostro al darse cuenta de que se estaba pasando de gallito.
«¿Qué tal si borras eso también?», volvió a decirse.
No era cabreo, precisamente, lo que le había movido a someterla a un repaso tan exhaustivo. Seguía teniéndole muchas ganas a esa mujer. Así que, lo de «leerle la cartilla» y largarse, estaba por ver.
Volvió a soltar el aire por la nariz, enfadado consigo mismo.
¿Se puede saber qué coño te pasa? Ni que hiciera años que no echas un polvo, joder.
En un intento de apartar esos perturbadores pensamientos de su mente, Thomas echó otro vistazo alrededor. Se inclinó hacia la izquierda para mirar a través de la puerta del salón. Las luces estaban encendidas. No estaba seguro de si se habrían encendido solas al abrir la puerta o Gayle se habría olvidado de apagarlas al salir. Se inclinó un poco más. Había un par de libros en el suelo, junto al sofá, y se veía el extremo de una manta, cayendo sobre el borde del reposabrazos. Gayle había estado allí, seguramente echada en el sofá, leyendo.
O, tocándose mientras pensaba en ti, como has hecho tú.
Aquel pensamiento lo descolocó, y se apresuró a apartarlo.
Puso su atención en el otro extremo de la suite. Aguzó el oído. Le llegaban sonidos, pero eran débiles. ¿Qué había en esa área? El dormitorio, el salón de confort, uno de los baños… Comprobaría estancia por estancia, decidió.
Fue al dar otro paso que notó algo en el suelo. ¿Era sangre lo que afeaba el impoluto parqué? Se le aceleró el corazón. Su mente empezó a disparar ideas, febrilmente. No podía ser sangre. ¿Qué había sucedido? Estaba seguro de que Baxter se había ido. No estaba por los alrededores. Y no podía haberse cruzado con ella, iban en direcciones opuestas. ¿Alguien la habría atacado cuando estaba de regreso al hotel? No, no, no. No podía ser sangre. A pesar de lo cual, se agachó, pasó el dedo sobre una de las pequeñas manchas y lo expuso bajo la luz.
¡Mierda!
Avanzó a la carrera por las estancias de la suite, llamándola en voz alta.
«Estoy en el baño. Ya salgo», la oyó decir.
Entonces, se detuvo. Soltó el aire en un jadeo.
Joder.
Joder.
Tragó saliva y volvió a respirar hondo.
Y, acto seguido, se dirigió al baño.
* * * * *
Thomas ni siquiera se planteó la opción de esperar a que Gayle saliera. Tocó la puerta una vez, anunció «voy a entrar», y, sin darle tiempo a nada, la abrió y, no contento con eso, entró.
Enérgico. Poderoso. Escandalosamente masculino…
Y tan inoportuno.
Gayle se quedó mirándolo con la boca abierta mientras sentía que su rostro enrojecía en una mezcla de bochorno e indignación. La había dejado literalmente con la palabra en la boca y se había plantado allí, como si no hubiera una puerta cerrada. Como si no se tratara de un baño, el lugar más privado de cualquier vivienda.
Estaba sentada en el inodoro, esperando que su grifo interior decidiera hacer una pausa lo bastante larga para asearse, colocarse un tampón y, luego, envuelta en una bata, coger ropa limpia del armario y ponérsela antes de volver a mostrarse con algo de dignidad, ante el hombre que la había visto desnuda desde todos los ángulos posibles.
¿Dignidad, había dicho?
«Sí, seguro que con los pantalones y las bragas, manchadas de sangre, enroscadas alrededor de los tobillos, eres la máxima expresión de la dignidad», pensó con creciente bochorno.
Por el amor de Dios, ¿qué más iba a sucederle aquel día?
Thomas no se dio por aludido de lo que estaba sucediendo, ni del rubor de las mejillas de Gayle, ni de la indignación que lucía en sus ojos como un gato a punto de saltar y arañarle la cara. Comprendía que no la habían atacado, pero no estaba seguro de que ella se encontrara bien. No del todo. ¿No era demasiada sangre la que había en sus prendas? Era mejor asegurarse. Se puso de cuclillas frente a ella, y le apartó el cabello de la cara con suavidad. Escudriñó en su rostro. Su palidez no era un efecto de la luz. Parecía como si no hubiera sangre circulando por su cara, cuya piel había adquirido una tonalidad cenicienta. Sus labios lucían apagados, marchitos, igual que sus ojos. Y, por momentos, se estremecía. Su cuerpo estaba perdiendo temperatura con rapidez.
—¿Llamo a un médico? —le preguntó.
Gayle permaneció mirándolo sin decir nada. Incapaz de apartar los ojos de él, a pesar de lo abochornada que se sentía.
A pesar, de lo indispuesta que se sentía.
Thomas la había visto enfurecerse, llorar como una magdalena, tener orgasmo tras orgasmo entre sus brazos y, ahora, tener su segunda menstruación del mes, en vivo y en directo. Uno de los momentos más íntimos de cualquier mujer estaba sucediendo ante sus ojos. Era de locos. Todo lo que existía entre ese hombre y ella era una total y absoluta locura.
Gayle cerró los ojos un instante. Intentó centrarse. Pensar.
Sus reglas eran abundantes, pero no tanto. Estaba sangrando mucho y no se sentía nada bien. Además, menstruar dos veces en tan poco tiempo era una señal preocupante. Pero la idea de tener que pasar la noche en compañía de médicos y enfermeras la hacía sentir incluso peor. Quizás, lo más razonable, era descansar. Esperar. Y, si por la mañana, continuaba indispuesta, entonces buscaría ayuda médica.
Volvió a abrir los ojos y lo miró.
—No. Por el momento, no… ¿Podrías traerme el neceser que está sobre mi cama? Y, por favor, busca en el armario un pantalón de deporte o un pijama… Lo que encuentres. También necesito ropa interior. Está en la cómoda, en el primer cajón de la derecha —dijo, sin hacer más precisiones.
Era extraño volver a tener a un hombre hurgando entre su lencería. En especial, si era ese hombre. Aunque hubieran compartido horas tan apasionadas, la realidad era que apenas se conocían. Era muy extraño, desde luego, pero no desagradable. Nada que tuviera que ver con Thomas lo era.
Él asintió y, con gesto marcial, como si acabara de recibir una orden, se dio la vuelta y desapareció del baño.
* * * * *
Media hora más tarde, Gayle estaba echada en el sofá, arrebujada en un albornoz de ducha, con un cojín bajo la cabeza y cubierta con la manta. El agradable abrigo que esta le proporcionaba la estaba ayudando a recuperar su temperatura corporal, y la postura, definitivamente, aliviaba sus síntomas menstruales. No era de esa forma como le habría gustado volver a verse las caras con el hombre con quien había pasado la noche, pero que él permaneciera en su suite, —léase, que no hubiera huido despavorido tras el grotesco espectáculo del baño—, confirmaba que no se equivocaba al tenerlo por una buena persona, y eso le resultaba profundamente reconfortante.
En aquel momento, Thomas reapareció en la estancia.
Gayle elevó la mirada. Era imposible no sentirse subyugada por aquella presencia que exudaba masculinidad por cada poro de la piel. Vestía de negro. Unos simples pantalones vaqueros, una camiseta de cuello redondo y mangas largas, que llevaba remangadas hasta el codo, exponiendo sus poderosos antebrazos, y unos botines de estilo militar. No necesitaba más para lucir espectacular.
Y cuando creía que no era posible sentirse más cautivada, reparó en la pequeña bandeja que traía en las manos, con dos tazas humeantes. Sin decir nada, Thomas depositó una de ellas sobre la pequeña mesa, frente a Gayle.
Era té negro con flores de azahar. El mismo que ella había estado tomando por la tarde, en aquel mismo sofá. Seguramente, él había visto la elegante caja de madera que contenía las hojas de té, sobre la mesada. Gayle no recordaba haberla vuelto a guardar en la alacena, después de usarla. Volver a confirmar que era un hombre observador y detallista, inesperadamente, le llenó los ojos de lágrimas, obligándola a apartar la mirada para que él no se diera cuenta.
Cuando logró dominarse, le dio las gracias. Él se había hecho un café, que ahora bebía a pequeños sorbos, mientras la miraba con atención, sin decir nada, desde el sillón que estaba frente a ella.
Gayle se incorporó sobre un codo y sopló su té con suavidad antes de beber un sorbo. Tenía preguntas en la mente. Por ejemplo, por qué él se había marchado sin más la noche anterior y no había vuelto a dar señales de vida hasta ahora. También le gustaría saber por qué había vuelto a presentarse ante su puerta, sin avisar, sin proponer una cita, sin más. Era como si diera por hecho que ella estaría gustosa y disponible para él. Lo cual, dado su actual estado —nada gustoso y, desde luego, nada disponible ni para él, ni para nadie—, era una soberana tontería. Pero no se sentía bien. Lo último que necesitaba era una discusión. Estaba muy cansada de bregar con su propia realidad. Últimamente, todo era una lucha. Una lucha incomprensible e inútil. Por no mencionar, que su presencia allí la aliviaba. La hacía sentir segura e, inesperadamente, atendida y cuidada. Casi querida.
—No sé por qué has venido, Thomas… Y algún día tendrás que explicarme cómo consigues llegar hasta mi puerta sin que nadie me avise de tu presencia…
Hizo una pausa deliberada para darle tiempo a que se explicara, cosa que él no hizo.
Thomas no tenía claro cómo responder a la primera cuestión. No podía quitarse a Gayle de la cabeza, esa era la versión simplificada de lo que le sucedía. Pero era consciente de que eso no sonaría nada halagador a una mujer aterrorizada por el acoso al que la estaba sometiendo su exmarido. En cuanto a la segunda, era como pedirle a un mago que desvelara sus trucos de magia.
Ante el persistente silencio masculino, Gayle continuó:
—Porque supongo que ya te imaginarás, que si accedes por la vía estipulada al efecto, tendrías que identificarte y, a menos, que pudieras demostrar algún parentesco directo conmigo, no te dejarían pasar de la recepción.
Hubo una nueva pausa, durante la cual él se limitó a ofrecerle una de sus sonrisas de malote. Luego, se estiró, dejó la taza sobre la mesilla y, tras volver a ponerse cómodo en el sillón, continuó observándola en silencio.
Gayle claudicó. Incluso sintiéndose tan baja de forma como estaba, su presencia conseguía animarla. Por increíble que le resultara, dadas sus presentes circunstancias, así era.
—Pero te lo agradezco mucho… Te agradezco la calma: no debió ser agradable encontrarme… como me encontraste. Y también te agradezco tu buena disposición y, por supuesto, tu ayuda. Has conseguido que me sienta mejor.
Thomas asintió con la cabeza, a modo de agradecimiento, pero tampoco esta vez dijo nada.
Pensó que tenía gracia que las tormentosas emociones que lo habían llevado hasta su puerta, se hubieran evaporado. Su enfado original ya no estaba y no sabía qué decir. O mejor, no quería decir algo que estropeara el momento. Ya bastante mal se encontraba la mujer. No necesitaba que nadie viniera a importunarla con preguntas que, de todas formas, no estaba obligada a responder. Quién era él, después de todo. Por no ser, ya no era siquiera su guardaespaldas oficial… Claro que, eso no evitaba que él siguiera queriendo saber por qué se había citado con su ex, ni pensando que había cometido una insensatez saliendo sola y a pie… Pero, de alguna manera rara, estaba cómodo. A gusto. Las preguntas podían esperar.
Sin embargo, no era Thomas quien estaba destinado a estropear el momento, algo que ambos no tardaron en descubrir.
En aquel momento, sonó el timbre de la suite.
Thomas miró a Gayle con una ceja enarcada. Notó que ella arrugaba la frente y apartaba la manta.
La detuvo al instante.
—Yo me ocupo —declaró, y se dirigió a la entrada de la suite con pasos firmes.
No podía ser Kyle Baxter, se dijo. Sería el colmo de la estupidez que, después de conseguir una cita con ella, se arriesgara a arruinarlo todo, presentándose sin ser invitado en su suite del hotel. Pero si era él, la paliza que recibiría saldría en todos los periódicos.
—¿Quién es? —preguntó antes de abrir.
Del otro lado se oyó una voz masculina, que, en tono autoritario, decía:
—Eso mismo exijo saber yo. ¿Quién demonios es usted y qué está haciendo en la suite de mi hija? Abra la puerta ya mismo.
Thomas volvió la cabeza para consultar a Gayle con la mirada. Estaba de pie, en el hueco de la puerta que comunicaba el hall con el salón. Descalza, con el cabello algo revuelto y vestida con el albornoz de ducha, debajo del cual asomaban la chaqueta y los pantalones de un pijama negro. Pálida y con aspecto de estar agotada, definitivamente, no estaba en condiciones de recibir visitas. Menos aún la de un hombre que, sospechaba, era el responsable de que ella se estuviera alojando en un hotel, en vez de en la casa familiar.
Gayle sacudió la cabeza, contrariada.
—No me lo puedo creer… —musitó—. Déjale pasar, Thomas. Voy a servirme una copa, ¿quieres una?
Y, sin esperar respuesta, se alejó hacia la cocina de servicio.
Thomas también sacudió la cabeza, en un gesto entre divertido e incrédulo. La noche mejoraba por momentos.
Estás a punto de conocer al padre de la chica. ¡Ánimo, machote!
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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 13
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13
Thomas abrió la puerta para dejar pasar al anciano de largas patillas que lo miraba con expresión de bulldog desde el descansillo de la suite.
Los dos hombres se observaron durante unos instantes. Lo hacían por distintas razones, pero se analizaron con igual interés.
George Francis Middleton era un hombre alto y corpulento. Lucía una poblada cabellera blanca en canas y llevaba con elegancia sus setenta y cuatro años. Vestía como un dandi, lo que no lograba disimular la presencia de un estómago algo prominente, ni los achaques propios de su edad que lo obligaban a recurrir a un bastón para lograr que su andar fuera más seguro. No usaba barba ni bigote y sus ojos oscuros, de mirada dura, destacaban bajo unas pobladas cejas igual de oscuras y, de alguna manera, advertían de que su fama de hombre temperamental era fundada. Habrá que ver hasta qué punto es real, pensó Thomas, nada proclive a dejarse guiar por las apariencias.
Las deducciones del padre de Gayle fueron de diferente tenor. Un rápido vistazo a la indumentaria del individuo que estaba al otro lado de la puerta, le informó de lo que, en su opinión, era el dato más importante de todos: carecía del nivel económico necesario para mantener el estilo de vida de su única hija y, dado que no lo conocía —ya que, con toda certeza, recordaría a un individuo de semejante envergadura—, estaba claro que también carecía del estatus necesario para pertenecer a su mimo círculo social. Aún quedaba algo por averiguar, de lo que pensaba ocuparse de inmediato.
—¿Qué hace usted aquí? ¿Dónde está mi hija? —le espetó, después de entrar en la suite.
Thomas cerró la puerta y lo invitó a entrar en el salón con un gesto de la mano. Todo lo hizo con calma, como quien se arma de paciencia para lidiar con un niño malcriado. Desde luego, aquella no era la manera en la que una persona educada se dirigía a otra a quien acababa de conocer. Estaba a punto de responder, cuando Gayle lo hizo.
—Estoy aquí.
La mirada del hombre abandonó a Thomas para centrarse en su hija. Descalza, con un albornoz de ducha y aspecto de haberse peleado con el peine, estaba de pie en mitad del pequeño pasillo. Tenía un brazo rodeando su cintura, como si lo hubiera puesto allí para impedir que la prenda se abriera. En la otra mano, sostenía un vaso con un líquido ambarino. Un vaso que, en su opinión, había llenado en demasía. La miró de arriba abajo y mostró su disgusto ante un atuendo de lo más inapropiado para llevarlo en público.
—¿Acaso también has decidido olvidarte de las formas? Haz el favor de ir a vestirte, Gayle.
Ella exhaló un suspiro y pasó junto a los dos hombres con aire resignado.
—Thomas, él es mi padre. Padre, él es Thomas —dijo, a modo de presentación, tan solo para demostrarle a su progenitor que seguía teniendo modales, aunque él, evidentemente, se hubiera olvidado de ellos.
Una vez en el salón, volvió a acomodarse en el sofá. Esta vez, no se echó, pero se cubrió las piernas con la manta. Permaneció sentada, dando pequeños sorbitos a su doble medida de un whisky escocés añejo.
—Últimamente, me cuesta mucho reconocerte, Gayle —espetó su padre y volvió a lanzar una mirada despectiva al hombre que continuaba de pie, en posición marcial, con los brazos a los lados del cuerpo y sus ojos fijos en él—. ¿Tiene un apellido además de un nombre? ¿Quién es usted?
Thomas no se dio por aludido de la mirada crítica del hombre. Tampoco del tono displicente de sus palabras. No era la primera vez que tenía que tratar con personas que creían que el dinero y la clase social no solo lo eran todo, sino que lo justificaban todo. Hoy tenía otra razón adicional para no hacerlo. Era consciente de que todo lo que hiciera o dijera llevado por la rabia, perjudicaría a Gayle, y no quería eso.
—Sí, tengo un apellido, señor. —Sin molestarse en decir cuál era, continuó en el mismo talante aséptico e impersonal propio de su trabajo—. Soy el guardaespaldas de la señora Middleton.
Cuando el hombre todavía no se había recuperado de aquella respuesta osada, además de inesperada, se oyó la voz de Gayle que decía con firmeza:
—Es mi amigo.
A Gayle le habría gustado desafiar a su padre, usando la palabra «amante», pero no quería ofender a Thomas. Aunque la relación que había entre ellos, estrictamente hablando, fuera de tipo sexual, no podía perder de vista que, los últimos días, los peores de su vida, Thomas se estaba comportando como lo haría un verdadero amigo. Eso lo honraba.
Los dos hombres dirigieron sus miradas hacia ella al mismo tiempo.
La mirada de Lord Middleton continuaba mostrando el mismo disgusto. Tanto si el individuo, que no le había dado su apellido, era un guardaespaldas o era un amigo, estaba claro que su hija no podía estar bien de la cabeza.
La mirada de Thomas, en cambio, ya no era aséptica e impersonal: se había suavizado. No había esperado oír la palabra «amigo». De hecho, anticiparse alegando que estaba allí por motivos profesionales, había sido una forma de allanarle a Gayle el camino ante su padre, ya que su presencia era mucho más fácil de explicar como guardaespaldas, que de cualquier otra forma.
Gayle suspiró.
—¿Te has dado cuenta de la hora que es, padre? ¿A qué has venido?
—¿Que a qué he venido? Si te dignaras a atender el teléfono, como hace la gente normal, no tendría que mentirle a tu madre diciéndole que voy al club y, desde luego, no me presentaría aquí a estas horas —dijo, con un histrionismo indignado que a Thomas le sonó ensayado, totalmente artificial.
A continuación, el hombre entró al fin en el salón y se quitó el abrigo. Titubeó un instante mientras miraba a Thomas, como si estuviera considerando la alternativa de entregárselo a él. Al fin, dejó la prenda y el bastón sobre un sillón, y se sentó en otro, que estaba situado frente a su hija.
Thomas también entró en el salón, pero permaneció de pie, junto al área donde estaban los sillones y el sofá. Por más que la actitud grandilocuente de aquel hombre le hubiera parecido fingida, había un aire demasiado enérgico en él, del que no se fiaba. Juzgó que si las cosas se iban de madre, esa era la mejor posición para controlar la situación.
Gayle volvió a darle un buen trago a su whisky, pensando que se había quedado corta con una doble medida. No estaba acostumbrada a beber, y si hubiera servido tres, en vez de dos, el sueño la haría caer rendida. De esa forma, se libraría de soportar a Lord Middleton, sin tener siquiera que molestarse en pedirle que se fuera. Pero eran solo dos medidas, y no tres.
Suspiró.
—A tus años, ¿no deberías comprender ya el mensaje implícito en el hecho de que alguien no solo no atienda tus llamadas, sino que tampoco las devuelva? No tengo más que decir. Y tampoco deseo oír nada más. Así que, me temo que le has mentido a tu esposa y te has molestado en balde.
—No atender a tus padres es una falta de consideración y de respeto, señorita —espetó él, con el rostro enrojecido por la indignación—. Y si no te gusta oír que te llamemos insensata, deja de comportarte como tal.
Gayle respiró hondo. Miró a Thomas de soslayo. Él tenía la vista fija en su padre. Ni siquiera pestañeaba. Encontró preocupante la tensión en su rostro.
—¿Qué parte de «no deseo oír nada más» no has entendido, padre? Esto empieza a resultar muy molesto. Ya no soy una niña. No puedes decirme lo que tengo que hacer. Y, desde luego, no puedes presentarte aquí y obligarme… Obligarnos a soportar tus monsergas. —Volvió a desviar su mirada hacia Thomas—. No te quedes ahí. Siéntate, por favor.
—Estoy bien —se limitó a decir él después de negar ligeramente con la cabeza. No pensaba moverse de donde estaba. Los modos y la actitud del aristócrata cada vez le gustaban menos.
—¡Por supuesto que puedo! —repuso el hombre cada vez más indignado—. Primero, nos sales con un divorcio cuyos motivos te niegas a explicar. Diferencias irreconciliables. ¿Se puede saber qué es eso? ¿Que a ti te interesa el mecenazgo y a él, los valores bursátiles? Porque, desde luego, conociendo a Kyle, no consigo entender qué diferencias pueden existir entre tú y él, a las que se pueda calificar de irreconciliables…
—No conoces a Kyle —lo interrumpió ella, decidida. No obstante, su tono de voz y su palidez dejaban claro su creciente malestar—. Y si no quise abundar entonces en los motivos de mi divorcio, no voy a hacerlo ahora, puesto que ya carece de sentido. —Respiró hondo—. Deberías marcharte. Estoy cansada y me gustaría irme a dormir.
Para asombro de Thomas y disgusto de Gayle, el hombre continuó como si no hubiera oído su directa invitación a marcharse.
—¡Tonterías! Todos los matrimonios tienen sus más y sus menos. La convivencia no es fácil, Gayle. Te lo dice alguien que lleva cuarenta años casado con la misma mujer. Hay que esforzarse para sacarla adelante. Aprender a escuchar, a pensar en la otra parte de la pareja y, sobre todo, a perdonar. Tú no atendiste a razones de ninguna clase. Querías divorciarte y lo hiciste.
—¡No quería divorciarme! Hablas de mi divorcio como si se tratara de un viaje a Hawái, que lo haces si quieres y si no te apetece, lo cancelas. Era mi vida y me casé enamorada. Por supuesto, que no quería divorciarme, padre. Por no mencionar, que sabía perfectamente a lo que me exponía, haciéndolo.
—¡¿Y entonces, por qué lo hiciste?!
Thomas se irguió, corrigiendo su posición, en lo que constituyó una silenciosa advertencia de que, tanto el tono como el volumen de la conversación, empezaban a estar fuera de los límites aceptables. Una advertencia de la que Gayle se percató de inmediato, aunque no iba dirigida a ella.
El verdadero destinatario también se dio por aludido… A su manera. Cuando volvió a hablar, el tono de su voz había descendido ostensiblemente, asimilándose al de una conversación normal.
—Desde entonces, han pasado cuatro años —continuó—. Cuatro años en los que, me consta, has podido entablar una relación con alguien con quien no tuvieras diferencias irreconciliables. Con tres, de hecho. —Al ver la expresión perpleja de su hija, le dedicó a Thomas una mirada significativa, y aclaró—: Sigues siendo la hija de un lord, ¿o acaso crees que estar divorciada te libera de eso también? Hablan conmigo antes que contigo, Gayle… Y aquí sigues, soltera y sin perspectivas de dejar de serlo en un futuro próximo, a pesar de que ya has cumplido los treinta y seis. —Miró alrededor, al tiempo que exhalaba un largo suspiro—. Gastando una fortuna, que cargas a mi cuenta, porque según tú, tu exmarido te está acosando y tienes miedo de alojarte en tu piso. Si todo esto no es una auténtica insensatez, que baje Dios y lo vea.
—No es una idea suya —intervino Thomas. Padre e hija lo miraron al unísono—. La está acosando.
Gran parte de lo que aquel hombre decía, le parecía objetable ya desde el tono que empleaba para hacerlo, pero tachar de insensatez algo de lo que había tantas evidencias, que clamaba al cielo, era pasarse de la raya. Y, encima, había que sumar la frialdad y el desdén que demostraba hacia la situación que vivía su propia hija. Definitivamente, inaceptable.
—¿No me diga? Dado que mantener su trabajo depende de que la situación de mi hija lo requiera, no se ofenda si tomo sus palabras con cierta cautela.
—¡Padre! —exclamó Gayle, abochornada, llamándolo al orden.
—Me da igual cómo las tome —repuso Thomas—. Kyle Baxter está acosando a su hija. Es un hecho. Hay pruebas suficientes para llevarlo ante la justicia.
El hombre le dirigió a Thomas una mirada desdeñosa al tiempo que sacudía la cabeza, con incredulidad.
—Pero… ¿Qué está diciendo? ¿Qué es todo esto? ¡¿No se da cuenta de quién está usted hablando?!
—Perfectamente, milord. Hablo de un acosador, de un individuo peligroso que se dedica a hostigar a una mujer que ya no puede tener y, que, por lo visto, se ha olvidado de que no es cualquier mujer, sino la hija de un lord. ¿O, acaso, lo ha llamado a usted antes de empezar a acosarla?
En medio de su incomodidad, del bochorno y de sus ganas de desaparecer por una grieta de la pared, Gayle no pudo evitar un ramalazo de placer ante la pulla, tan oportuna y comedida, que Thomas acababa de lanzarle a su padre.
Y aquel hombre robusto y atractivo le gustó mucho, muchísimo, más que nunca.
* * * * *
Gayle se sentía tan agotada, que subió las piernas al sofá, y se echó. Vio que su padre le dirigía una mirada de disgusto, pero la ignoró. Le preocupó más la de Thomas, que fue hacia ella, se agachó, y tras examinar su rostro durante unos instantes, dijo:
—¿La respuesta sigue siendo la misma?
Ella se sintió reconfortada y agradecida al comprender que las palabras que él había escogido para calibrar su nivel de malestar, pretendían no dejar en evidencia ante su padre, que la situación era lo bastante mala, como para que tan solo una hora atrás, se le hubiera pasado por la cabeza llamar a un médico.
—Sí, Thomas. Y, por favor, siéntate.
El padre de Gayle miró a uno y a otro sin acabar de comprender de lo que hablaban, excepto la última frase de su hija, que entendió a la perfección y con la que estuvo totalmente de acuerdo.
—Por favor, hágalo. No quiero terminar el día con una lesión en las cervicales —dijo, señalando con un gesto de la mano el sillón que estaba a su izquierda.
Thomas no obedeció de inmediato. Volvió a consultar a Gayle con la mirada. Sus ojos le dijeron: «¿Estás segura de que no quieres que lo escolte hasta los ascensores?». Le había pedido a su padre que se marchara para que ella pudiera irse a la cama. En su opinión, era lo que ambos debían hacer. Lord Middleton, irse con la música a otra parte. Gayle, pasar de todo, cerrar los ojos e intentar dormir. Pero milord seguía allí, apoltronado en el sillón, como si su hija no acabara de decir que estaba cansada y quería acostarse.
La vio asentir varias veces con la cabeza, al tiempo que, en su mirada, creyó percibir algo suave, decididamente agradable, que no se permitió intentar clasificar en ese momento. En cambio, se puso en movimiento. Rodeó el área de descanso y fue a sentarse donde le habían indicado.
—Bien —aprobó lord Middleton—. Ahora, por favor, explíqueme a qué pruebas se refiere.
Thomas volvió a mirar a Gayle en busca de instrucciones. Se trataba de información muy delicada y no podía explayarse hablando del tema, así como así. Sin embargo, ella se había arrebujado en su manta y estaba con los ojos cerrados. No podía haberse quedado dormida tan rápido, de modo que tenía que haber escuchado la petición de su padre. En cuyo caso, que no se opusiera, tan solo podía interpretarse como una autorización a responder.
—Empezó a seguirla hace un tiempo. No sé exactamente cuánto. Nosotros, la empresa de seguridad para la que trabajo —aclaró—, estamos en este asunto desde hace una semana. La señora Middleton…
El noble adelantó una mano en señal de desacuerdo al tiempo que lo interrumpía.
—No es necesario que continúe refiriéndose a mi hija como señora Middleton. No peino canas por casualidad, joven. Y, en todo caso, sería señorita, y no señora, puesto que ha tenido la inexplicable ocurrencia de cambiar su estado civil —puntualizó, molesto.
Thomas se quedó mirándolo un instante. ¿Era posible que a ese individuo le importara más darle a entender que ya se había dado cuenta de que había algo entre su hija y él, que el drama que ella estaba viviendo desde hacía Dios sabe cuánto? ¿O, acaso, se trataba de un llamado de atención por no haberle consultado antes a él, si podía enrollarse con su hija? Menudo personaje.
—La señora Middleton —volvió a empezar Thomas, armándose de paciencia— sospechaba que los encuentros que, últimamente, tenía con su exmarido no eran casuales. En un principio, se le asignó un servicio de vigilancia con el objetivo de verificar si él la seguía. Y sí, lo hacía. Lo hace —matizó—. Ha estado acosándola cada día. Primero, en su casa. Después, en la casa de una amiga, donde se ha estado alojando hasta el jueves. En su trabajo, donde intentó llegar hasta su despacho y, como no lo consiguió, porque yo lo detuve, se puso hecho una furia y dio un buen espectáculo del que se enteró todo el edificio. En la esquina de la boutique de su amiga, donde la abordó con la supuesta intención de disculparse por lo sucedido en su trabajo. Intervine al ver que la empujaba contra una columna del alumbrado. Y volvió a producirse un altercado entre el sujeto y yo, porque según él, «solo estaban hablando» —dijo, haciendo el gesto de ponerle comillas a la expresión—, y según yo, la estaba agrediendo. Por suerte, no es una cuestión de opiniones. Desde los atentados terroristas de 2005, hay cámaras por todas partes. Así que, además de una veintena de testigos, hay grabaciones de lo que sucedió. También hay testigos que han oído a su hija decirle con toda claridad que no deseaba mantener ningún tipo de contacto con él y que si volvía a acercarse a ella, lo denunciaría por acoso. Y me consta que él ha seguido haciendo caso omiso —dijo sin entrar en más detalles—. No es una ocurrencia de su hija, señor. Hay fotos, testigos y grabaciones que lo demuestran.
Finalizada su exposición, Thomas guardó silencio y continuó observando al hombre que tenía a su lado. Tenía los codos apoyados en el reposabrazos del elegante sofá y había entrelazado sus manos, que ahora estaban bajo su barbilla, sosteniéndola, mientras él, con la cabeza algo gacha, parecía estar analizando lo que había escuchado. Por primera vez desde que estaba en esa suite, su expresión era de preocupación. Algo que a Thomas en cierto modo le alivió comprobar, aunque prefirió esperar para tomarse su preocupación realmente en serio. No estaba seguro de cuál sería su reacción cuando hubiera acabado con el análisis.
Al fin, el hombre exhaló el aire ruidosamente por la nariz y volvió a dirigir su mirada hacia Thomas.
—Conozco a Kyle Baxter desde que era un niño. Por supuesto, tengo una relación con su familia que data de varias décadas atrás. De hecho, continúo haciendo negocios con Perry, su padre, y cenando con él dos veces por semana en el club. —Suspiró—. Esta situación es extremadamente delicada.
Thomas apartó la vista. Había que tener sangre azul para entender semejante razonamiento y él, obviamente, no la tenía. Y lo que sí empezaba a tener era ganas de zarandear al individuo, a ver si conseguía que sus neuronas espabilaran y se hiciera la luz en su aristocrática cabeza.
—Me cuesta comprender por qué Kyle haría algo así… —continuó el padre de Gayle—. No tiene ningún sentido. ¿Qué es lo que quiere? ¿Por qué lo hace?
Thomas no ocultó su molestia.
—¿Está pensando en voz alta o se dirige a mí?
Vio que la expresión del hombre se tornaba ceñuda y mucho más soberbia.
—Es usted muy osado, ¿se lo han dicho alguna vez? Hay que serlo para dirigirse a mí en esos términos. —Tras una pausa, añadió—: Dado que estamos tratando un tema muy importante para mi familia, lo dejaré correr por esta vez. Pero, en lo sucesivo, le recomiendo que tenga mucho cuidado con lo que dice.
Y si no, ¿qué? A buen puerto, ha ido a por leña, milord, pensó Thomas.
—Lamento si le disgusta que sea tan directo. Pero no voy a disculparme por decir lo que pienso. Debería preocuparle la situación de su hija y no es esa la impresión que me está dando. Por supuesto, siéntase libre de corregirme, si cree que estoy equivocado. Faltaría más —añadió en el mismo tono que el hombre había usado antes para dirigirse a él.
Lord Middleton exhaló el aire, molesto.
—¡Por supuesto, que me preocupa mi hija! ¿Cómo se atreve a insinuar lo contrario? ¡Esto es increíble! —se indignó—. Y no, no estaba pensando en voz alta. He formulado dos preguntas. ¿Quiere hacer el favor de responderlas?
Thomas echó un nuevo vistazo a Gayle. Ella no se había movido y, en apariencia, se había rendido al cansancio. Pero, ¿era realmente así? No podía asegurarlo. También era posible que, refugiada tras sus ojos cerrados, estuviera escuchando con atención cada palabra. No solo por su padre, sino también por él. Quizás lo había echado a los leones para ver qué tal se le daba lidiar con lord Middleton.
Pues, en tal caso, disfruta, guapa, pensó.
—A Kyle Baxter no lo mueve el amor, si eso es lo que se está preguntando. No estamos hablando de un hombre enamorado que, intentando recuperar el interés de una mujer, se pasa de efusivo. No es eso. No hace lo que hace porque está enamorado de su hija.
—Eso no puede saberlo. Fue mi hija quien quiso divorciarse. Kyle siempre ha dejado claro que la amaba, que estaba dispuesto a hacer lo necesario para solucionar las cosas y que no quería disolver el matrimonio.
—Claro, porque Baxter no tenía nada que perder, si se disolvía el matrimonio, ¿verdad? —El rubor en el rostro del noble le indicó a Thomas que empezaba a tomar conciencia de su propia ingenuidad—. El amor es la excusa, no la razón, señor.
—¿Y entonces, cuál es?
—Que si él no puede tenerla, se asegurará de que tampoco la tenga ningún otro hombre.
Lord Middleton negó con la cabeza. En principio, era un gesto de incomprensión, pero a Thomas le pareció que también empezaba a haber una buena dosis de indignación. Se alegró de que, al fin, se dignara a descender del Olimpo, y tomara conciencia de que lo que estaba sucediendo a ras del suelo, era grave.
—Eso no tiene sentido. Kyle tiene que saber que si le hace daño a mi hija, él y su familia lo pagarán muy caro.
—Claro que lo sabe. No es tonto. Y, obviamente, intentará librarse de las consecuencias de sus actos. Pero no puede evitar hacer lo que hace.
El padre de Gayle volvió a negar con la cabeza.
—Discrepo. Tal y como ha dicho, no es tonto. En nuestro entorno, no basta con ser solvente y fiable; parecerlo es igual de importante. Sabe que la solvencia y la credibilidad son dos activos fundamentales que no puede permitirse perder. Y todos, su familia y la mía, sabemos que no podemos permitirnos un escándalo de esta naturaleza. Una conversación, recordándoselo, estoy seguro de que lo hará entrar en razón.
—¿Una conversación, dice? Sigue sin entender. Hablamos de una compulsión, señor. O sea, de una conducta obsesiva que no responde a la razón. Eso es, justamente, lo que convierte a Baxter en alguien peligroso para su hija. ¿Y usted quiere solucionarlo con una conversación? —Su tono fue tal, que no necesitó añadir «menuda gilipollez» al final de la frase, para que fuera evidente que lo estaba pensando.
—¿Y qué propone usted?
Thomas volvió a mirar a Gayle. Respiró hondo y decidió comprobar si ella estaba en verdad tan dormida, como aparentaba estar.
—Justamente lo contrario de lo que usted y, me temo, que también su hija, se proponen hacer.
Acto seguido, permaneció mirando a Gayle, seguro de que se daría por aludida.
En efecto, ella abrió los ojos con desgana y se incorporó un poco, con evidente esfuerzo, apoyándose en un codo.
—¡Vaya! —dijo su padre—. ¿Estabas despierta?
Ella no se molestó en responder. Ya no le quedaban energías para lidiar con lord Middleton.
En cambio, miró a Thomas largamente, escudriñando en sus ojos y en su rostro. Intentando averiguar a qué se había referido con aquel «y me temo que también su hija». Le había extrañado encontrarlo en su puerta, pero, pasado el bochornoso momento del baño, había descubierto que el agrado de verlo y de tenerlo a su lado, era mucho mayor. De ahí, que no hubiera insistido en conocer las razones que lo habían llevado hasta allí. Ahora, quería conocerlas.
—¿Me puedes explicar eso, por favor?
Una sonrisa apareció en el rostro del guardaespaldas por primera vez desde que el padre de Gayle había entrado en esa suite. Era displicente, pero era una sonrisa.
—¿Necesitas que lo explique? ¿De verdad?
Lord Middleton se incorporó un poco en su asiento. Miró a uno y a otra con un ceño arrugado, que denotaba irritación, y no tardó en expresar en voz alta lo que pensaba.
—¿Se puede saber qué está sucediendo aquí?
Nadie le respondió. Las miradas de Gayle y de Thomas siguieron conectadas. La de ella era desafiante; la de él, socarrona.
—Yo estaba a tres metros de tu ex cuando lo llamaste —dijo Thomas al fin—. ¿Quieres saber dónde estaba él? A la vuelta de la esquina. Me refiero a esa esquina —dijo, al tiempo que señalaba con un brazo la calle lateral al hotel.
En aquel momento vio que la expresión femenina cambiaba de desafiante a aterrorizada y notó que el hombre que estaba a su derecha se ponía tan nervioso, que hasta podía sentir físicamente su tensión.
«Bien, parece que al fin hablamos el mismo idioma», pensó Thomas.
—Sigue acosándote, Gayle —remató—. ¿De verdad, tu plan para mañana es ir a tomar el brunch con él?
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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 14
Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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14
La cabeza de Gayle era un hervidero de preguntas que atravesaban su mente a la velocidad del rayo, y no lograban permanecer en el centro de su atención el tiempo suficiente para intentar deducir una respuesta. Saber que Kyle había estado a metros de donde ella se hallaba, había puesto su corazón a latir frenéticamente, logrando que el terror se adueñara de ella por completo.
—¿Cómo que él estaba…? —logró farfullar al tiempo que sus piernas la instaban a ponerse de pie.
Pero no acabó la frase, ni completó el movimiento. Su cuerpo había dejado de responder. Sintió que sus piernas ya no la sostenían. Caía, pero todo sucedía a cámara lenta. Hasta que al fin se desplomó desmadejada sobre el sofá con la sensación de que había perdido todo control sobre sí misma.
Unos brazos la asieron. Oyó voces e intentó enfocar su atención en ellas, entender lo que decían. No pudo hacerlo. Eran como una letanía sin sentido. De repente, se sintió ligera, como si estuviera en un lugar con atmósfera cero y su cuerpo flotara. Las cosas pasaban frente a sus ojos. Una mesilla, un sillón, una puerta…
Frío.
Estaba muy oscuro. Apenas veía nada.
Las voces, otra vez. No entendía lo que decían…
Sentía mucho frío.
Los párpados, de repente, pesaban tanto… Por más que lo intentaba, no lograba abrir los ojos.
Pesaban demasiado.
Demasiado.
Dema…
* * * * *
—Gayle, respira hondo. ¡Vamos, venga, Gayle! Respira hondo, ¿me oyes?
Ella apretó los párpados cuando el sonido le taladró los oídos. Claro que lo oía. ¿Por qué estaba gritando?
¿Y por qué demonios le estaba recordando que hiciera algo que no habría podido dejar de hacer, aunque quisiera?
—Respirar… es… un acto reflejo —dijo, de forma entrecortada, pues tenía la boca seca y el cerebro más seco todavía—. Un acto… inconsciente e involuntario… Lo haría… inevitablemente, aunque no me lo estuvieras pidiendo a gritos… —Arrugó el ceño y apretó aún más los párpados—. ¿Por qué gritas…?
¿Ahora vas a darme una clase de anatomía? ¡Serás pija!
Thomas sintió ganas de reír. De no estar tan preocupado, lo habría hecho. El desmayo había rozado los dos minutos de duración. Estaba dentro de lo normal, suponiendo que hubiera algo de normal en perder la conciencia, pero sumado a todas las otras señales de malestar que había visto en Gayle desde hacía tres días, el panorama no era nada halagüeño.
Lord Middleton fue quien rio.
—Es ella, doy fe. Mi hija ha vuelto con nosotros —dijo el anciano, aliviado.
Thomas, que estaba en cuclillas frente al elegante sillón para exteriores donde había puesto a Gayle, después de haberla llevado al balcón, semiinconsciente, se guardó sus pensamientos. A saber, que de haberse mostrado tan paternal dos días atrás, su hija no estaría en un hotel. Probablemente, tampoco habría tenido la peregrina idea de quedar con su exmarido para quién sabía qué. Pero ella seguía con los ojos cerrados, así que decidió que su tiempo estaría mejor empleado en asegurarse de que recuperara la conciencia por completo.
En aquel momento, Gayle abrió los ojos. Buscó con la mirada al dueño de la voz que acababa de oír, y al verlo allí, inclinado hacia ella, los abrió aún más.
—¿Padre? ¿Qué haces aquí? —Encogió los hombros cuando un estremecimiento le recorrió el cuerpo—. Dios… Qué frío…
Entonces, todo regresó a su conciencia. Su conversación telefónica con Kyle. Su segunda menstruación en pocos días. Thomas, junto a la puerta de su suite. El bochornoso momento en el baño. Su padre… Y el terror que se había adueñado de ella al saber que, por algún designio divino, no se había cruzado con su ex en la calle al ir al locutorio.
Un momento, pensó al descubrir que del entonces al ahora había un agujero negro en su memoria. Posó sus ojos en el hombre que estaba en cuclillas, frente a ella.
—¿Me he desmayado? —le preguntó en un murmullo.
Vio que él asentía repetidas veces con la cabeza sin pronunciar una sola palabra.
Gayle apretó los párpados, en un gesto descorazonador.
¿Thomas también la había visto inconsciente? ¿Acaso tenía algún secreto para él? ¿Había algo de ella, que Thomas no hubiera descubierto todavía?
Por el amor de Dios.
* * * * *
Después de tener a Gayle varios minutos respirando el aire frío de la noche, al fin, Thomas había estado conforme con que regresaran al interior de la suite. Lord Middleton había sido el primero en aconsejar que su hija comiera algo, alegando que el desvanecimiento que había sufrido, se había debido, en buena medida, a que llevaba horas con el estómago vacío. Thomas había secundado la moción no porque estuviera de acuerdo con aquel razonamiento, sino con su conclusión final: necesitaba alimentarse para reponer fuerzas.
De nada había valido que Gayle explicara que no era esa la razón de su desmayo, sino el miedo y la preocupación, que llevaban varios días acompañándola. Para no discutir —y gastar en ello las pocas energías que le quedaban—, había permitido que su padre encargara una cena ligera y, desde hacía un buen rato, estaban los tres, en el salón. Ella estaba en el sofá, rodeada de cojines que la ayudaban a mantenerse sentada, y cubierta con una manta. Su padre y Thomas ocupaban sendos sillones a la derecha y a la izquierda del sofá, respectivamente.
—Discrepo —dijo lord Middleton—. Lo que tiene que hacer es hablar con Kyle. Se lo he dicho a mi hija desde el principio. Es posible que en su mundo las cosas se solucionen a las bravas. En el nuestro, no. Además, Gayle ya ha quedado con él mañana, ¿no es así? No asistir sería un signo de debilidad.
—¿Debilidad? Inteligencia, querrá decir. Lo que hace una persona inteligente es quitarse del punto de mira de su acosador, y denunciarlo. Lo primero, le asegura vivir otro día para contarlo. Lo segundo, es su mayor garantía de mantener la amenaza lo más alejada posible. Esto no es solucionar un problema a las bravas, milord. Es usar el sentido común. Es así en mi mundo, en el suyo, en Tombuctú y, si me apura, también en Marte —repuso Thomas.
A pesar del tono aséptico empleado por él, Gayle, que empezaba a conocer los sutiles cambios en su voz y en su rostro, podía detectar cierta arrogancia de bravucón en Thomas. De más estaba decir, que encontraba especialmente atractivo que la presencia de su padre no le acobardara en absoluto. Era un cambio refrescante a lo que sucedía habitualmente. Su padre infundía respeto o temor —o ambas cosas a la vez—. La gente no solía llevarle la contraria. Sin embargo, aquel día en particular agradecería que lord Middleton se marchara para irse a dormir.
Lo cual, ahora que lo pensaba, probablemente, era mucho pedir. Su padre había encontrado un digno contrincante con quien medirse. ¿Qué mejor para dos gallos de pelea, que poder liarse a picotazos, a ver cuál aguantaba el ataque por más tiempo? Resultaba evidente que estaban en su salsa.
—¿Sería demasiado obvio decir que haré lo que considere oportuno, con independencia de lo que opinéis al respecto? —Los dos hombres miraron a Gayle al unísono—. Es lo que haré. De modo que, ¿por qué no os marcháis para que yo pueda retirarme?
Dicho lo cual, dejó su crema de verduras sobre la mesilla. No se sentía nada bien y cuando ese era el caso, al margen de lo que opinaran los expertos en salud que la acompañaban, lo que mejor funcionaba en su caso era ayunar.
Un instante después, el elegante tazón de cerámica pintada a mano, regresó a ella.
Gayle miró a Thomas con una ceja enarcada.
—Necesitas recuperar fuerzas —se limitó a decir él, a modo de explicación.
Ella exhaló un suspiro. Estaba harta de tanta testosterona.
Volvió a depositar el cuenco sobre la mesilla con gesto decidido, y se puso de pie.
O, al menos, lo intentó. Sin mucho éxito, por lo visto.
De no ser por la mano que, salida de la nada, la agarró por un brazo, probablemente habría acabado en el suelo, ofreciéndole al hombre que tanto sabía de ella, otra perla de conocimiento invalorable.
—¡Cuidado! —exclamó lord Middleton.
—Eh… Despacio, despacio… —dijo Thomas, reaccionando justo a tiempo. La sostuvo por un brazo para evitar que perdiera el equilibrio, e, inmediatamente después, se puso de pie y sujetándola por los codos, la ayudó a volver al sofá, sana y salva.
—¿Lo ves, hija? Necesitas comer. Termínate esa crema, y te sentirás mejor —aconsejó lord Middleton.
Thomas regresó a su asiento y, sin dejar de mirar a Gayle, respondió a su bravata, en el mismo tono y con las mismas palabras que ella había empleado:
—¿Sería demasiado obvio decir que intentaré convencerte de que no lo hagas hasta el último minuto? Porque es, exactamente, lo que pienso hacer. Tu padre dirá misa, pero este es mi trabajo. Llevo lidiando con tipos como tu ex toda la vida. Por eso sé que quedar con él es la peor idea del mundo. Así que, ¿por qué no te vas a dormir y te olvidas de tu padre y de mí? Haz de cuenta que no estamos aquí.
Gayle vio por el rabillo del ojo que una sonrisa curvaba brevemente los labios de su progenitor antes de volver a su habitual expresión ceñuda. Hasta manteniendo posiciones distintas, era evidente que el lado paternalista de lord Middleton disfrutaba al comprobar que Thomas, lejos de obedecer, le plantaba cara a su única hija. Ahora que pensaba en ello, que su padre estuviera hablando tan tranquilamente con alguien, a quien, en otras circunstancias, no se habría dignado a dirigirle la palabra, como si hubiera dejado de ser el individuo clasista que había sido toda su vida, le resultaba realmente asombroso.
Sin duda, eran dos especímenes dignos de estudio, pensó, decidida a provocarlos, a ver si abandonaban el combate de una vez, y se marchaban por dónde habían venido.
—No he quedado solo con Kyle. He convocado también a sus padres.
Los dos hombres volvieron a mirarla al unísono.
—Y para tu información —continuó, dirigiéndose a Thomas—, eso que tú calificas como «la peor idea del mundo», no es mía. Es de tu jefe que, imagino, al igual que tú, también lleva «toooda la vida lidiando con tipos como este». Es así cómo lo has dicho, ¿no?
Thomas se quedó pensando unos instantes. Al fin, negó con la cabeza.
—Qué va. Ni hablar. Declan no pudo haberte dicho que hicieras eso.
—¿Por qué no? —intervino el padre de Gayle—. Descartada la posibilidad de meter abogados por medio, ¿qué queda? Hablar, por supuesto. Lo que vengo diciendo desde el principio.
Thomas continuó con los ojos clavados en Gayle. Claramente, le estaba reclamando una explicación de por qué alguien que mantenía una posición tan radical como la suya sobre el asunto Kyle Baxter, de repente, según ella, abogaba por el diálogo.
Ella suspiró.
—Se enteró por Jana de que pensaba hablar con Fay y con Perry sobre este asunto, y me llamó para decirme que… —Volvió a suspirar ante la sonrisa desafiante que lucía en el rostro del guardaespaldas—. En resumen, que tuviera presente que, por buena que sea nuestra relación, ella es la madre de Kyle y no debía mostrarle mis cartas. Que era mejor que los citara a los tres a la vez —reconoció.
—No hay ninguna duda de que es mucho mejor que no muestres tus cartas. Pero sigue sin ser una buena idea —señaló Thomas, que se apoyó contra el respaldo de su sillón, y se cruzó de brazos—. ¿Por qué quieres hablar con tus exsuegros?
Los ojos de Gayle, como si tuvieran autodeterminación, recorrieron los contornos de aquellos bíceps poderosos. Recordar cómo era tenerlos alrededor de su cuerpo, sosteniéndola, apretándola apasionadamente, la devolvió momentáneamente a lo sucedido la noche anterior en un baño de la suite. Al reflejo en el espejo de dos cuerpos enredados en un momento íntimo. Al tacto de esos labios que la enviaban al paraíso cada vez que acariciaban su piel.
Tragó saliva y se obligó a apartar esos pensamientos de su mente, así como las embriagadoras sensaciones que traían consigo, y centrarse en responder. Consciente de que Thomas se había dado cuenta, no evitó su mirada. Al contrario. Junto a él había pasado una noche inolvidable. Una noche en la que había vuelto a sentirse una mujer deseada, capaz de despertar la pasión en un hombre. No se sentía avergonzada en absoluto, sino profundamente agradecida. Probablemente, había sido gracias a esa noche, que ahora podía decir lo que estaba a punto de decir, sin sufrir.
—Yo no le importo a Kyle. No he sido más que un trofeo en su vitrina de éxitos. Pero que todo el mundo, y muy en especial, su padre, lo considere un digno sucesor de Perry Baxter, —con todos los beneficios añadidos que ello implica, como el poder, el prestigio y la posición social—, sí. Es su mayor aspiración en la vida. Por ella haría cualquier cosa. Ya lo ha hecho otras veces, sin ningún reparo. El combate a muerte que sostiene con su propio hermano por celos, no ha sido una lucha limpia, precisamente.
En efecto, Thomas se había percatado de la mirada de Gayle. Y, a pesar de que no era el momento ni el lugar, también se había sentido transportado a las poderosas emociones de la noche anterior.
Y, al igual que ella, había tenido que obligarse a apartarlas para poder centrarse en lo que decía. Unas palabras que, por primera vez, empezaban a tener algún sentido, alguna lógica, para él.
—¿Qué has querido decir con eso? —intervino lord Middleton—. ¿Insinúas que Kyle ha intentado perjudicar a Brandon?
Kyle odiaba con todas sus fuerzas a su hermano. Hallar la manera de perjudicarlo, de dejarlo en mal lugar, era su pasatiempo favorito. Cada vez que recordaba las cosas que había visto, las que había oído, y aquellas de las que se había visto obligada a ser cómplice en más de una ocasión, se sentía enferma. Asqueada de Kyle y de sí misma.
Gayle desvió la mirada hacia su padre.
—No es una insinuación —se limitó a decir, y vio cómo las pobladas cejas de su padre se convertían en dos cúpulas perfectas sobre unos ojos que la miraban llenos de asombro.
También vio que los ojos azules de Thomas se oscurecían, como si sus pupilas, dilatadas por la indignación, ocuparan todo el iris.
—Y tú esperas que su padre consiga apartarlo de ti, ¿es eso? —dijo Thomas al tiempo que negaba con la cabeza, contrariado.
Ahora que sabía que a ese tipo no lo detenía ni siquiera que la persona en cuestión fuera de su misma sangre, no quería ver a Gayle a menos de un kilómetro de él. Imaginarla tomando el brunch en un restaurante con ese energúmeno al otro lado de la mesa, le helaba la sangre.
—¿Ves? Es lo que te dije que hicieras. Convocar a las partes implicadas, incluyéndome a mí, y negociar. Hablar, en vez de acudir a los tribunales y ponernos a todos en jaque mate —apuntó lord Middleton, irritado—. Y te pusiste como un basilisco, nos acusaste de ser unos insensibles y te marchaste de casa, dando un portazo.
Gayle fulminó al anciano con una mirada.
—¿Ah, sí? ¿En qué momento, padre? —Vio que él enrojecía y no tuvo claro si era por vergüenza o por la indignación de que ella le pusiera los puntos sobre las íes en público, pero le dio igual—. ¿Antes o después de acusarme de ver visiones, alegando que un «buen hombre» como Kyle jamás haría algo semejante?
Inspiró hondo varias veces y volvió a ponerse de pie lo más digna que pudo.
—Primero, acudiré a mi cita con Kyle mañana. Y lo haré sola, padre. Y segundo, me voy a acostar. Te agradecería mucho que hicieras lo mismo.
Esta vez, por fortuna, consiguió alejarse del sofá con pasos bastante seguros.
Sin embargo, no logró ir muy lejos.
—Espera, hija, por favor —dijo lord Middleton.
El anciano enseguida se reunió con ella, obligándola a detenerse.
Un instante después, lo hizo Thomas, que había vuelto a ser el guardaespaldas, preparado para intervenir, si era necesario.
Gayle suspiró, consciente de que su nivel de hartazgo ante aquella situación, empezaba a alcanzar cotas realmente preocupantes. Miró a su padre sin ocultar lo irritada que se sentía, y guardó silencio.
—Ven a casa con tu madre y conmigo —dijo él con una dulzura inusitada en un hombre de su carácter—. No tienes por qué pasar por esto sola.
¿A qué se refería por «esto»? ¿A un divorcio con el que nunca había estado de acuerdo? ¿Al acoso de un hombre que jamás la había querido, al que lord Middleton tenía en tan alta estima, como para acusarla de ser una caprichosa por dudar de él? ¿O a la factura carísima derivada de que ella hubiera decidido «pasar por eso sola»?
La indignación que sentía era tan grande como su decepción.
—Ya estuve en vuestra casa, gracias. No suelo tropezar dos veces con la misma piedra. Pero, no te preocupes, padre. A partir de mañana, las facturas por esta suite las cargarán a mi cuenta —dijo, y dio un paso al costado, para rodear al hombre que, con su corpachón, le impedía el paso.
—Gayle, por favor… No seas tan dura con nosotros. Conocemos a Kyle desde que era un niño, ¿cómo íbamos a imaginar que haría algo semejante? Todavía me cuesta asumir todo este asunto. Debe haberse vuelto loco. De otra forma, lo que hace es inconcebible.
¡Esto es el colmo de los colmos!
Gayle giró la cabeza para mirar a su padre, y ya no se contuvo.
—Lo único inconcebible aquí es que, en vez de confiar en mí, en vez de ayudarme, me llamaras insensata… —Exhaló un suspiro cargado de desazón y de tristeza—. Ya basta, padre. Por favor, márchate.
Acto seguido, rodeó al anciano, pasó junto a Thomas, con quien cruzó miradas en silencio, y se dirigió al dormitorio.
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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 15
Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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15
Thomas no había contado con presenciar semejante reacción por parte de Gayle y no se molestó en ocultar su satisfacción ante el hombre que lo miraba con su cara de bulldog. Oír las duras acusaciones que le había dirigido a su padre, había conseguido completar el puzle en su cabeza, haciéndole comprender el infierno por el que ella había pasado los últimos días. Al fin, había encontrado la explicación a su enfado, a su llanto desconsolado durante horas, a su fragilidad física y emocional. Ahora, había comprendido que lo que Gayle sentía, lo que la había hundido emocionalmente, no tenía que ver solo con el miedo, sino, principalmente, con el desamor. El de su ex y también el de sus padres.
Siendo hijo y nieto de militares, Thomas sabía lo que era vivir con normas que anteponían el deber a cualquier otra cosa, en un hogar donde las muestras físicas de afecto quedaban relegadas exclusivamente a las mujeres de la familia. En el caso de Gayle, dichas normas tenían que ver con el estatus y con el qué dirán. Lo entendía tan bien que no recordaba la última vez que su padre le había dado un abrazo. Pero de lo que nunca había tenido ninguna duda era de que podía contar con su familia. Siempre podía acudir a ellos, independientemente de las circunstancias. No era capaz de imaginar una sola situación en la que no confiarían en él, en la que no intentarían protegerlo a toda costa, incluso aunque creyeran que había obrado mal. Gayle había acudido a sus padres en busca de refugio y de apoyo ante el acoso al que la estaba sometiendo su exmarido, ¿y qué habían hecho ellos? Tildarla de insensata por inventar patrañas sobre un hombre al que creían intachable.
—No me mire de esa forma —espetó el padre de Gayle—. El día que tenga hijos comprenderá que vérselas con ellos no es tan fácil como parece. Juzgan más que hablan. Haga lo que haga, siempre le parece mal —precisó, esta vez, personalizando su queja.
La ironía casi tomó forma física en Thomas. No podía creer lo que estaba oyendo.
—Haga lo que haga —repitió—. Perdone, no sé si lo entiendo bien… ¿Se refiere a haberla llamado «insensata» o a haberla abandonado a su suerte después de saber que Baxter la estaba acosando?
El desdén en la voz del guardaespaldas no molestó tanto al padre de Gayle, como la alusión a haberse desentendido de su hija, y reaccionó en consecuencia.
—Me gusta la osadía en un hombre, pero lo suyo está pasando de castaño a oscuro —ladró.
Thomas ladró más fuerte.
—Debió proteger a su hija y no lo hizo. Es inexcusable. Usted puede llamarlo como le dé la gana.
—¡¿Cómo se atreve?! ¡Desprotegida, dice el necio! ¿Con un apellido que le abre todas las puertas sin necesidad de mover un solo dedo? ¿En una suite que cuesta por noche lo que usted gana en un mes… si lo gana? ¡Desde luego que sí! ¡Ya se ve que mi hija está muy desprotegida!
El aristócrata manoteó su abrigo y su bastón y enfiló hacia la puerta con el rostro enrojecido por la indignación.
Thomas lo siguió. Aunque aquel hombre estuviera tan indignado, él no había dicho ni la mitad de lo que quería decirle. La lengua le quemaba de ganas de cantarle las cuarenta.
—Necesita un padre y una madre. Un lugar seguro donde sentirse a salvo y, sobre todo, querida…
—¿Y por qué no un poco de sensatez también? —espetó el anciano, interrumpiéndolo.
Thomas exhaló el aire por la nariz y habló más fuerte.
—Necesita un padre y una madre. Un lugar en el que se sienta a salvo y querida… —enfatizó—. Si un apellido aristocrático y una suite carísima es todo lo que usted puede ofrecerle en estas circunstancias, me temo que su hija está bien jodida… Con perdón de la expresión. Milord.
Sus miradas se encontraron cuando el hombre, que ya estaba en el pasillo, se volvió para mirarlo. Los oscuros ojos del anciano, de por sí intensos en circunstancias normales, ahora eran abiertamente amenazadores.
Thomas mantuvo la mirada. ¿Acaso esperaba intimidarlo? ¿A él? Tenía que estar de guasa.
El pesado silencio se mantuvo durante varios instantes, hasta que al fin, el padre de Gayle lo rompió.
—Me pregunto si esas son las palabras de un guardaespaldas… o las de un amigo muy íntimo.
Thomas siguió mirándolo y mantuvo la boca bien cerrada. No entraría en ese juego. No revelaría, por vanidad, lo que un hombre hecho y derecho debía guardarse para sí.
El noble asintió, desafiante.
—En ese caso, le haré una advertencia: recuerde con quién está tratando. Una palabra mía puede abrirle muchas puertas… También puede cerrárselas a todas, claro. Pero una que jamás obtendrá de mí en relación con Gayle es la palabra «sí». Eso nunca sucederá. ¿Me he explicado bien?
Y tan bien. Lo había ninguneado, insultado y amenazado, sin el menor sonrojo. Con cuánto esmero había escogido las palabras idóneas para dejarlo a la altura de una colilla, aplastada en el suelo… Si hubiera dedicado la mitad de ese esmero en proteger a su hija, las cosas serían muy diferentes.
—Tomo nota, milord —repuso Thomas. Y en sus ojos quedó colgando una frase que no necesitó pronunciar: «¿puedo hacer algo más por usted?».
El noble dio media vuelta y se alejó acompañado por el seco sonido del bastón golpeando contra el suelo.
* * * * *
Thomas cerró la puerta de la suite y regresó al salón, mordiéndose por dentro, lo cual no hacía, sino incrementar su enfado consigo mismo.
Llevaba demasiados años en el negocio de la seguridad para permitir que la actitud o los comentarios de un cliente —o de alguna persona relacionada con él— le hicieran mella. Aconsejaba tomar ciertas medidas, desaconsejaba realizar ciertas otras, pero, en última instancia, acataba la decisión final de su cliente. Sin más. Su posición siempre era neutral. O lo había sido. Hasta Gayle Middleton.
Entonces, su neutralidad se había ido al garete y, por el momento, continuaba en paradero desconocido. No negaría que la violencia de género siempre había sido un tema delicado para él. Que existiera individuos que intentaban imponer su voluntad sobre la de sus parejas o compañeras sexuales por medio de la fuerza o del miedo, era una afrenta para todo el colectivo masculino, en general. En su caso, había que añadir su profesión, que le había permitido ver de cerca los estragos que causaba en la víctima.
Sin embargo, esta era la primera vez que tenía que echar mano de toda la disciplina conseguida tras años de entrenamiento profesional, para no tomarse la justicia por su mano. Con Kyle Baxter directamente no lo había conseguido. Cogerlo por el cuello había sido una reacción en la que su entrenada mente prácticamente no había tenido tiempo de intervenir. Al ver cómo Baxter empujaba a Gayle, había saltado como un resorte sobre él. Y el grado de violencia empleada había ido más allá del necesario para neutralizar la amenaza. Aunque lo hubiera negado ante Declan, no tenía sentido engañarse a sí mismo. La verdad era que su intención no había sido solo neutralizar al exmarido de Gayle; quería hacerle daño. Quería que sangrara. Eso sí que lo había conseguido. Y no lo había lamentado en ningún momento. El cabrón se merecía eso, y mucho más.
Y ahora el padre de Gayle había vuelto a poner a prueba su paciencia. Había que tener unas tragaderas muy grandes para ser testigo de la soberbia con la que lord Middleton se había tomado las duras acusaciones de su hija, y no sulfurarse. Tan grandes, como las que hacían falta para dejarse insultar y ningunear sin mover una pestaña.
El tipo dejaba a su única hija a merced de su exmarido, porque en su opinión, era un disparate acusar a un hombre intachable como Kyle Baxter de acosador, y no podían ser más que imaginaciones suyas. No contento con eso, después, insultaba al hombre que intentaba protegerla, advirtiéndole que no se hiciera ilusiones con dar un braguetazo, puesto que no cualificaba como candidato. ¿Dar un braguetazo, en serio? ¿El tipo creía que esa era la única clase de interés que un hombre podía tener para acercarse a su hija? Estaba flipando… Por no hablar de los requisitos del hipotético candidato. O sea, él no cualificaba, ¿y Kyle Baxter, sí?
—Qué hijo de puta… —musitó.
Thomas se detuvo en mitad del salón y puso los brazos en jarra.
¿Y ahora qué?
Aguzó el oído. La suite estaba en silencio. No se veía luz por debajo de la puerta del dormitorio. Seguramente, Gayle ya se habría dormido.
Baxter se había marchado y, a pesar de que no pondría las manos en el fuego por ello, estaba bastante seguro de que el cabrón ya no volvería a asediarla aquel día. En todo caso, Darren seguía en su puesto de vigilancia hasta que Andreas lo relevara por la mañana.
En resumidas cuentas, él no tenía nada más que hacer en aquella suite. Asintió repetidas veces con la cabeza. Era hora de largarse.
Pero no se movió del sitio. Incomprensiblemente, no movió un músculo.
¿Se puede saber qué coño te pasa?
Lo que le pasaba era que ese brunch le seguía pareciendo la peor idea del mundo e intentaría convencer a Gayle de ello hasta el último minuto. Y suponiendo que ella siguiera en sus trece, algo más que posible porque era una cabezota, lo que no haría, era dejarla acudir sola. No permitiría que Gayle volviera a estar al alcance de la obsesión de ese tipo sin él lo bastante cerca para intervenir, si era necesario. Ni hablar.
Negó con la cabeza.
No, ni hablar.
Otra cuestión: no sabía la hora ni el lugar del jodido brunch. Si se marchaba ahora, cuando al fin lo averiguara, suponiendo que lo consiguiera, igual no llegaría a tiempo. Además, ¿cómo iba a averiguar las señas, si ella no se las daba? Pondría a Andreas en un brete pidiéndoselas. En especial, si, como ya le había sucedido, volvía a acabar cogiendo a Baxter por el cuello, y empotrándolo contra una pared. Ganas no le faltaban.
Ya, ya. Lo que tú digas, pero ¿quién eres para inmiscuirte en sus decisiones, por malas que te parezcan?
—Céntrate, tío —volvió a musitar.
No era su guardaespaldas, tampoco su amigo, y ya le había dado su opinión sobre el tema. Varias veces, de hecho. Era asunto de Gayle lo que decidiera hacer al respecto. Por lo tanto, lo que él tenía que hacer ahora era marcharse.
Dejar de inventar excusas para seguir allí —pues eran eso, excusas—, y largarse de una puta vez.
¡Al fin, te llega sangre a la cabeza! Empezabas a preocuparme, tío.
Recogió las tazas y el cuenco con los restos de la cena que Gayle no había tomado y los puso sobre una bandeja. A continuación, fue hasta el balcón y cerró las celosías exteriores, luego hizo otro tanto con la puerta, y, finalmente, corrió las gruesas cortinas de color ocre.
Cogió su cazadora del respaldo del sillón y se la puso.
Tras echar un último vistazo alrededor para asegurarse de que no se dejaba nada, Thomas, finalmente, se dirigió a la salida.
* * * * *
Al oír que la puerta de la suite se cerraba, Gayle torció el gesto, sin darse cuenta.
Encendió la luz para poder llegar hasta la cama sin llevarse nada por delante o, peor aún, caerse. Con el día que había tenido, lo único que le faltaba era romperse la crisma. Se sentó en la cama y cogió su móvil de la mesilla. Le envió a Andreas un mensaje pidiéndole que la recogiera en el hotel a las once y media.
Al fin, se quitó el albornoz y se metió entre las sábanas, de las que solo sacó un brazo cuando apagó la luz desde el interruptor que había en el cabezal de la cama.
A pesar de haber anunciado que se iba a dormir, en realidad, había estado con la oreja pegada a la puerta todo el tiempo. Tenía mucho interés en oír lo que su padre y Thomas se decían.
La conversación que habían mantenido en el salón había podido oírla sin esfuerzo. Hablaban alto. Sin embargo, de la que habían mantenido en la salida, casi no había podido oír nada. El golpe seco de la puerta al cerrarse, que no le había parecido en absoluto accidental, le había permitido deducir que, durante los instantes que los dos hombres habían estado fuera del alcance de su radar auditivo, la conversación había subido de nivel. Algo que, conociendo a su padre, no le extrañó.
En cuanto a lo que había sucedido después del portazo, lo sabía por deducción. Thomas había regresado al salón. Había recogido las tazas —había oído el sonido de la porcelana contra el metal, al ponerlas sobre la bandeja—. A continuación, oyó que él cerraba las celosías, y aseguraba la puerta que daba al balcón. Poco después, lo que se cerraba era la puerta de salida de la suite, indicando que Thomas se había marchado.
Para Gayle, el resumen final del encuentro entre los dos gallos de pelea arrojaba una clara victoria en favor de Thomas. A su padre, lo había dado por perdido hacía mucho tiempo. Lo sucedido en su casa, hacía dos días, no era más que una confirmación de ello. Sin embargo, Thomas había resultado ser una gratísima e inesperada sorpresa.
Intentó desconectar su mente, y dormir. Lo necesitaba. Estaba agotada y lo que tenía por delante cuando llegara el alba, era otro día muy difícil. Era imperativo hacer acopio de toda la energía posible, puesto que su futuro dependía de cómo jugara sus cartas con los Baxter.
Sin embargo, la imagen de Thomas volvía una y otra vez a su cabeza.
Había disfrutado viendo que los rugidos de lord Middleton no solo no lo acobardaban, sino que, al contrario, él respondía, rugiendo aún más fuerte.
Thomas cada vez le gustaba más. Le gustaba lo evidente, por supuesto. No era ciega. Pero le gustaba mucho más aún lo que no era evidente en él. Los pequeños detalles que revelaban la clase de persona que era. Tan pequeños y carentes de afectación o de intención de quedar bien, que podían incluso llegar a pasar inadvertidos.
Otra característica del guardaespaldas que le encantaba, era ese punto socarrón con el que se permitía mostrar desacuerdo o desagrado, sin abandonar su tono aséptico habitual.
«Sí, tengo un apellido, señor», le había respondido al mismísimo lord Middleton, sin molestarse en decirle cuál era.
Gayle no pudo evitar sonreír al recordarlo.
En cierto modo, era un alivio que Thomas se hubiera marchado. Ella no cambiaría de idea sobre su cita con los Baxter, pero si él proponía quedarse cerca, vigilando o, incluso, se empeñaba en querer acompañarla, tendría que permitírselo. Qué menos, después de todo lo que él había hecho por ella. Y eso, por citar sus palabras, sí que le parecía la peor idea del mundo.
Definitivamente, era mejor así, se dijo, cerrando los ojos al tiempo que se arrebujaba en las mantas, negándose a reconocer que, en realidad, habría preferido que Thomas se quedara.
* * * * *
Gayle tardó varios segundos en identificar que el molesto sonido era la alarma del despertador, antes de apagarla. Luego, estuvo unos minutos remoloneando en la cama, reuniendo el valor necesario para comenzar un día que cambiaría su vida. Ignoraba si para bien o para mal. De lo que no tenía la menor duda era de que, después de verse las caras con Kyle, nada volvería a ser igual que antes.
Se duchó, se lavó el pelo, lo secó y usó el rizador con el que daba a sus cabellos la forma ondeada de aspecto natural, que le sentaba tan bien.
Su grifo interior, por lo visto, había decidido darle una tregua. Que la hemorragia hubiera cesado, era algo a agradecer, pero continuaba manchando, señal que confirmaba que estaba disfrutando de su segunda menstruación en dos semanas. Magnífico. El maravilloso regalo de ser mujer.
Tras inspeccionar el estado de su rostro bajo la potente luz del espejo facial, decidió que necesitaba un maquillaje completo y se tomó su tiempo con la base, el maquillaje con color, la sombra para ojos, el rímel y el delineador, hasta que estuvo conforme con el resultado.
Cuando estaba frente al armario del dormitorio, el móvil sonó anunciando que había recibido un mensaje. Era de Andreas, confirmando que la recogería en el hotel a la hora solicitada. Los nervios hicieron acto de presencia por primera vez desde que había abierto los ojos. Sentía una sensación incómoda, dolorosa en la boca del estómago.
La ignoró y se distrajo tomándose su tiempo para elegir el atuendo.
Se decidió por una falda negra entallada, estampada con grandes rosas de color rosa con pequeñas hojas verdes. Era larga hasta la rodilla y tenía una raja de quince centímetros en la parte inferior de la costura central posterior. La combinó con una blusa blanca, con mangas tres cuartos, que dejaba sus hombros al descubierto, y unas sandalias a juego con sus diez centímetros habituales de tacón. La falda tenía una chaqueta a juego, que dejó sobre la cama. Era negra y mostraba el mismo diseño de la falda en los delgados ribetes que decoraban el borde superior de los bolsillos que tenía a derecha y a izquierda.
A pesar de su indisposición y del miedo, quería que su aspecto proclamara que era una mujer nueva, diferente a la que Kyle había conocido. Una mujer atractiva, deseable y valiente, que no estaba dispuesta a dejarse intimidar por nadie. Un último vistazo en el espejo de cuerpo entero de su habitación le confirmó que lo había conseguido con sobresaliente. Estaba fabulosa.
Atravesó la sala de confort y abrió la puerta que comunicaba su estancia privada con la cocina. Al ver las tazas y el cuenco de cerámica sobre la encimera, reparó en que estaban bocabajo, escurriéndose sobre la zona metálica que había al costado del fregadero. ¿Thomas las había lavado? ¿También sería alguna clase de compulsión la que llevaba a ese hombre a lavar el servicio de café en un hotel de cinco estrellas? Sonrió al pensarlo, pero entonces, recordó que en su piso reinaba un orden nada habitual para tratarse de la vivienda de un hombre solo.
Se preparó un café expreso. Hoy necesitaba algo más fuerte que el té. Con la pequeña taza en una mano, deleitándose en el exquisito aroma que aspiraba, se dirigió al salón.
Deslizó con un suave movimiento la puerta corredera y se quedó inmóvil, mirando al hombre que estaba cómodamente sentado en el sofá, con los brazos extendidos sobre el borde del respaldo.
«Estoy teniendo alucinaciones. No puedes ser tú», pensó. Thomas se había marchado. Recordaba perfectamente haber oído que la puerta de la suite se cerraba alrededor de las once de la noche.
Pero la visión de aquel hombre imponente, que la miraba de arriba abajo con una intensidad que no requería de más explicaciones, barrió aquel pensamiento de un plumazo, dejándola totalmente en blanco.
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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 16
Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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16
Hacía más de dos horas que Thomas se había levantado, cuando Gayle apareció en el salón de la suite.
Dos horas en las que, aprovechando las innegables comodidades del alojamiento, había procurado mantener sus hábitos, incluido el ejercicio físico. Al igual que la mayoría de las personas con entrenamiento militar, era un hombre de rutinas, pero aquella mañana tenía otras razones para seguir el método. La principal tenía que ver con dotar de normalidad una circunstancia que, era de todo, menos normal: haber amanecido bajo el mismo techo que Gayle, por tercer día consecutivo.
Para un tipo que siempre había mantenido sus encuentros sexuales completamente separados de su vida personal, la situación era, como mínimo, desconcertante.
Desde que había abierto los ojos por la mañana, se le iba tanto la cabeza, intentando entender por qué no se había marchado de esa suite cuando había decidido que lo haría, que, sin darse cuenta, había lavado las tazas sucias de la noche anterior, como si estuviera en su casa.
Y ahora se le seguía yendo la cabeza… Por razones diferentes.
Razones, como la mujer que estaba de pie, al otro lado del salón, a quien no podía dejar de mirar.
¿De dónde había salido ese pedazo de mujer? No se parecía a la Gayle de los últimos días más que en el deseo bestial que despertaba en él. Tampoco a la que, mucho tiempo atrás, había visto por primera vez en un evento internacional dedicado al mundo de los tatuajes y el arte corporal. A pesar de que la atracción física siempre había estado presente, la mujer que miraba era muy diferente.
Esta mujer era… Si no fuera porque la noche anterior, había borrado la palabra “preciosa” de su diccionario personal, se la dedicaría sin dudarlo.
Qué dices… Es mucho más que eso, tío.
Había algo adictivo en esa combinación de feminidad y refinamiento, que la hacía tan distinta a las demás mujeres que había conocido. Tan distinta y tan sexi, que cortaba el aliento.
Eso, o él se había equivocado de bote aquella mañana, y el que había cogido de la alacena, contenía algo distinto que café. Algo, como una poción mágica que le hacía ver visiones.
Unas visiones espectaculares.
Los segundos pasaron sin que ni Gayle ni Thomas parecieran capaces de descolgarse de su mutua sorpresa, y regresar a la realidad.
Él fue el primero en hacerlo cuando se puso de pie, de repente, en un inesperado gesto de respeto, muy típico masculino, en el que, sin embargo, no estaba nada entrenado. Hasta ahora no había tenido con quién practicarlo.
Pero, por lo visto, lo había bordado, pensó al ver que Gayle se lo agradecía con un ligero asentimiento de la cabeza.
La siguió con la mirada mientras ella avanzaba hacia él, consciente de que no habría podido dejar de hacerlo, aunque quisiera. Su atención se centraba en una parte distinta de la anatomía femenina, según Gayle se iba acercando. Y, en su opinión, absolutamente todas, estaban para comérselas, y no dejar ni las migas.
Primero fueron sus piernas, tan femeninas y bien perfiladas, que el largo de la falda, apenas por encima de la rodilla, y esos tacones altísimos que le encantaba usar, hacían imposible pasar inadvertidas.
Después, le llegó el turno a sus caderas. Como el resto de su silueta, eran armoniosas y delicadas. En Gayle no había exuberancia ni, mucho menos, provocación. Y, sin embargo, ahí estaba él, totalmente enganchado al elegante balanceo de esas caderas, que marcaban un ritmo hipnótico al caminar.
Y, cuando al fin logró salir de la hipnosis, fueron los hombros femeninos los que secuestraron toda su atención. La blusa blanca que vestía los dejaba al aire. O, al menos, todo lo al aire que podían estar, teniendo en cuenta que buena parte de la vista del escote, estaba cubierta por su cabello y por un original collar de piedras de color rosa. Ignoraba de qué clase, pero, conociendo los exquisitos gustos de la mujer, no le extrañaría que fueran zafiros. De nuevo, se trataba de una prenda elegante, que mostraba porciones de la piel femenina, solo lo justo y nada más. No había insinuación alguna de su ropa interior, como era habitual últimamente entre las mujeres de todas las edades. Tampoco había el menor rastro del canal que separaba sus pechos. A pesar de lo cual, a él se le estaba yendo la cabeza, preguntándose, si el sostén que no podía ver, era aquel blanco de encaje, con una cadena de pequeñas perlas decorando el borde superior de la copa, que había visto en su cajón de la lencería la noche anterior. Imaginándola sin la blusa, tan solo vestida con su fabulosa lencería. Imaginándose, besando esa piel perfecta, suave como la de un melocotón, que olía deliciosamente. Ya la había probado y ahora no podía pensar en otra cosa más que en repetir.
En apartar aquella mata sedosa de cabello, hundir su nariz en el hueco del cuello y lamer su piel, centímetro a centímetro.
En desnudar a Gayle. Despacio, esta vez. Muy despacio, y sin dejar de deleitarse con cada nuevo centímetro que quedaba al descubierto. Ahora que sabía qué botones tocar para encenderla, se moría de ganas de volver a verla ardiendo de deseo por él.
Para ya, tío. ¿Qué tal si dejas de flipar, levantas un palmo la vista y la miras a la cara? Joder. Pareces un salido.
«¿Pareces?», dijo con ironía una vocecita en su cerebro.
Tentaciones visuales al margen, había una razón para evitar el contacto visual. Mientras deambulara por su cuerpo, como un muerto de sed que acaba de encontrar un oasis en el desierto, todo era excitante. Perfecto. Solo tenía que ocuparse de disfrutar al sentir la sangre burbujeando en sus venas, y procurar que las consecuencias de tanto burbujeo no se fueran de madre.
Pero no sabía con qué se encontraría en cuanto elevara la vista, y eso, de alguna forma, lo inquietaba. Lo ponía nervioso.
Gayle le había pedido que se fuera. Obviamente, no le había hecho caso. Además, él mismo era consciente de que no debía estar allí. Sin embargo, cualquier otra cosa que encontrara al mirarla, diferente de una sonrisa, aunque fuera pequeñita, rompería el encanto. El momento dejaría de ser perfecto. Y él se sentiría como un total imbécil.
Pero, aunque lo pusiera nervioso, tenía que enfrentarse a ello, y lo hizo.
Comprobó que no había sonrisas en el rostro de Gayle. Ni pequeñitas, ni de ninguna otra clase. Pero tampoco enfado o reproche. Pensó que, quizás, la razón era que ella estaba tan turbada como él.
Entonces, sucedió algo que lo turbó más aún, disparando su deseo a niveles estratosféricos: ella le acercó su taza. Era un gesto cotidiano, como si no hubiera nada extraño en que él estuviera allí.
—¿Quieres probar? —ofreció.
No quería probar el café. Ya había tomado uno por la mañana. Lo que quería era probarla a ella. Otra vez. Mil veces más.
Thomas negó con un movimiento ligero de la cabeza porque no le salían las palabras.
Gayle bebió un sorbo de su expreso antes de decir:
—Te has quedado aquí.
Ni reproche, ni molestia, nada. Más bien había sonado a una simple observación. Como quien se asoma por la ventana para ver qué tal día hace, y dice «está lloviendo».
Él volvió a asentir con la cabeza.
—Pero oí que la puerta se cerraba sobre las once y media…
Esta vez, Thomas sonrió.
—¿Quieres decir que no estabas durmiendo?
Los labios femeninos también se curvaron. Tan solo un poco, pero suficiente para Thomas, que continuó mirándola desafiante, esperando una respuesta.
Gayle lo imitó, negando con la cabeza.
—O sea, que anoche, en vez de dormir, te quedaste escuchando detrás de la puerta —sentenció él y se cruzó de brazos con actitud divertida.
Gayle se las vio y se las deseó para arrancar sus ojos de esos bíceps que le traían recuerdos tan excitantes. Dio un último sorbo a su café y se inclinó para depositar la pequeña taza sobre la mesilla.
En efecto, así había sido. Y al hacerlo, había podido comprobar que su padre continuaba abochornándola con su visión cuadriculada de las cosas y que, Thomas, inesperadamente, continuaba subiendo posiciones en su escala personal de seres humanos decentes a los que merecía la pena conocer. Siendo quien era, constantemente, se acercaban a ella todo tipo de individuos. Más o menos atractivos por fuera; objetables por dentro. Este que tenía delante, con su enorme e indiscutible atractivo, era incluso mejor por dentro que por fuera. Un auténtico unicornio en los tiempos que corrían.
—Me avergüenzo de lo que le escuché decirte y te pido perdón por lo que sea que te haya dicho cuando estabais en la puerta. No pude oírlo, pero conozco muy bien a mi padre, y estoy segura de que fue ofensivo. Ese es su estilo. Lo siento mucho, Thomas.
Él escondió cuánto le habían gustado esas palabras, tras una pulla.
—Seguro que te lo pasaste en grande viendo cómo le ponía el bozal al perro… —Al darse cuenta de que lo dicho, daba lugar a malas interpretaciones, se corrigió enseguida—. Perdona, que quede claro que no estoy llamando «perro» a tu padre… ¡Es que tiene cara de bulldog cabreado y ladra, que no veas!
Las risas llegaron al fin. Así, de repente, frescas, espontáneas. Y tan necesarias aquel día, en especial para Gayle.
—Debo irme. Anoche, le pedí a Andreas que viniera a buscarme —anunció ella, al cabo de un rato—. Lo cual quiere decir que no he cambiado de opinión acerca de reunirme con los Baxter.
—Ya me he dado cuenta… —Y para que no hubiera confusiones acerca de a qué se estaba refiriendo, le dio a Gayle un rápido, pero exhaustivo repaso que ella recibió con tanto agrado como desconcierto. Le gustaba que Thomas hubiera notado que había esmerado su aspecto aquella mañana, y que, evidentemente, el resultado fuera de su agrado. No así que insinuara que la razón tenía que ver con Kyle. Le había parecido fuera de lugar, incluso, machista, y lo expresó a su manera, diciendo:
—No estoy segura de querer saber a qué te refieres…
Thomas sonrió, socarrón.
—¿Querer saber, dices? Recurrir a Perry Baxter es tu plan B. El plan A es que al cabrón de su hijo le dé un infarto en cuanto te vea. Tú lo sabes y yo lo sé —sentenció y acto seguido, añadió con mucha más socarronería—: y aquí me has pillado, porque tengo que admitir que sería una forma de lo más expeditiva de resolver el jodido asunto.
Gayle se le quedó mirando. En su rostro había una ligera sonrisa, pero sus ojos y su ceño fruncido comunicaban ciertas dudas.
—Tienes una manera muy extraña de hacer cumplidos… Pero, gracias… Supongo —repuso con elegancia.
¡Serás pija…!
Thomas tuvo serios problemas para no echarse a reír en su cara. Le encantaba decirle cosas que la descolocaban porque le divertían mucho sus reacciones.
Se limitó a agradecérselo de la misma manera que ella lo había hecho antes, cuando él se había puesto de pie, y guardó silencio mientras la observaba.
Gayle encontraba muy agradable la falta de afectación de Thomas, su capacidad de expresarse sin remilgos o gestos grandilocuentes. Era correcto y respetuoso en su justa medida, sin aspavientos. Era muy directo al tiempo que se permitía cierta socarronería, sin llegar a ser irreverente. A su manera, también era galante. Lo era de una forma a la que ella no estaba acostumbrada, pero, definitivamente, le agradaba.
Entonces, Thomas volvió sobre el tema.
—¿Has pensado en lo que harás, si Baxter sobrevive al plan A? No todos los infartos son mortales.
Ella bajó la vista para ocultar su sonrisa. Thomas estaba omitiendo de forma deliberada mencionar el auténtico plan, como dando por hecho que la idea de recurrir a Perry Baxter no resultaría como ella esperaba.
—En tal caso, tendré que pensar en otra cosa —dejó caer y, a continuación, se dio la vuelta y regresó al dormitorio en busca de la chaqueta y el bolso.
Thomas la siguió con la mirada, incapaz de apartar sus ojos de aquella silueta de formas delicadas que, inexplicablemente, le tenía el coco totalmente sorbido.
Cuando al fin Gayle desapareció de su vista, Thomas también se dirigió al dormitorio. Se detuvo en mitad de la estancia, en el límite imaginario que separaba el dormitorio de la sala de confort.
Ella, que estaba revisando el contenido de su bolso, alzó la vista brevemente hasta él. Pero la apartó enseguida. Exactamente en el momento en que un escalofrío le recorrió el cuerpo de la cabeza a los pies.
Thomas también se estremeció. Fue poner un pie en aquel lugar, y sentirse transportado a las horas de desenfreno que habían compartido. Se vio a sí mismo en esa cama, haciendo el amor febrilmente con ella. La oyó gimiendo y retorciéndose de placer bajo su cuerpo. Se oyó a sí mismo, corriéndose con un grito.
Y tuvo que concentrarse con todas sus fuerzas en apartar esas sensaciones, esos recuerdos increíbles de su mente, y centrarse en el tema que tenían entre manos.
—Hablo en serio.
Gayle dejó de comprobar su bolso y se quedó pensando. En realidad, más que pensar, intentaba sobreponerse a las intensas emociones provocadas no solo por los recuerdos de una noche que jamás olvidaría, sino también por la presencia de Thomas, allí, en su dormitorio, en su suite.
Junto a él había descubierto lo fácil que le resultaba dejarse llevar. Permitirse sentir sin tapujos, ni ataduras. Había sido una experiencia que deseaba intensamente repetir en cuanto fuera posible. En esas emociones y en esos recuerdos, Kyle era un elemento discordante. Alguien en quien se negaba a pensar.
No obstante, debía hacerlo. Al menos, hasta que resolviera aquel asunto.
Suspiró.
—Lo denunciaré… Supongo. Y solicitaré una orden de alejamiento.
—¿Supones?
Thomas sacudió la cabeza, contrariado.
Gayle lo espió por el rabillo del ojo mientras continuaba manipulando el contenido de su bolso, como si estuviera concentrada en ello. Vio cómo cambiaba su lenguaje corporal y la tensión se adueñaba de él. Suspiró y se acercó hasta donde estaba él.
—Sé que no lo entiendes, pero necesito creer que quedar en evidencia ante su padre tendrá un efecto sobre Kyle, y que Perry conseguirá hacerlo entrar en razón. Es una forma de hablar —se corrigió al ver la mirada socarrona del guardaespaldas—. Se trata de una compulsión y no hay espacio para la razón, lo sé, lo recuerdo. Pero en tal caso, una denuncia o una orden de alejamiento, tampoco impedirán que continúe acosándome de alguna forma, que encuentre una manera de hacerme la vida imposible. —Otro suspiro, esta vez, cargado de ansiedad, escapó de su boca—. Y necesito creer que existe algo capaz de poner fin a este infierno, Thomas. O me volveré loca.
«Existe. Yo soy ese algo», pensó el guardaespaldas, sintiendo que la ira le hacía hervir la sangre en las venas. Las ganas de agarrar a Kyle Baxter por el cuello y darle puñetazos hasta cansarse, crecían de manera exponencial.
Thomas respiró hondo. Exhaló el aire por la nariz ruidosamente.
—¿Dónde y cuándo has quedado?
—A las doce y media en el restaurante Shakedown del Hotel Dixon.
—Bien.
Ella no dijo nada y hubo unos instantes de tenso silencio.
Al fin, Thomas cogió la chaqueta de la cama y la ayudó a ponérsela. La cercanía tuvo el mismo efecto que siempre en él. El embriagador aroma de su perfume era como una droga.
Gayle cerró los ojos y se permitió sentir. Tuvo ganas de reclinar la nuca contra aquel pecho poderoso y más ganas aún de que él la rodeara con sus brazos, de sentirse a salvo. Era consciente de que lo que sentía estaba amplificado a la enésima potencia por la situación de especial vulnerabilidad en la que se hallaba. Pero también, porque Thomas estaba consiguiendo hacerse un lugar en su vida.
—Andreas me está esperando abajo —murmuró mientras se apartaba, antes de que ya no fuera capaz de hacerlo.
—Lo sé.
Gayle asintió con la cabeza, se acomodó correctamente la chaqueta, cogió su bolso y se dirigió a la puerta. Thomas hizo lo mismo a través del salón para recoger su cazadora y se reunieron en el pequeño hall de la entrada. Él se disponía a abrir la puerta de la suite, cuando ella volvió a hablar.
—Sería conveniente que el personal del hotel no te viera. Se supone que no estás aquí.
Intercambiaron miradas. La de Gayle era dulce y algo tímida. La de Thomas, decididamente socarrona.
—Lo sé.
Gayle volvió a asentir. Él abrió la puerta y se hizo a un lado para dejarla pasar.
—Si… —empezó a decir ella, y dejó de hablar. Thomas había hecho tanto por ella, que ahora le pesaba mantenerlo al margen—. Si Kyle nota tu presencia, todo intento de hablar amigablemente habrá fracasado.
Thomas no necesitaba que nadie le recordara que aquel tipo lo odiaba. El sentimiento era mutuo.
—Lo sé —volvió a decir—. ¿Alguna indicación más, su excelencia?
Y, esta vez, la sonrisa de malote hizo su aparición triunfal.
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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 17
Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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17
Thomas se había adelantado y cuando el coche de Andreas se detuvo frente al hotel, él ya llevaba un buen rato parcialmente oculto en la entrada de un edificio situado en la esquina de la acera de enfrente, distante unos quince metros del hotel. Gayle era la primera en llegar y, como era habitual, lo hacía antes de la hora señalada.
La vio descender del coche y entrar en el hotel con paso seguro. Nadie habría dicho que se dirigía a una reunión de importancia trascendental para su vida. Su lenguaje corporal no indicaba tensión o nerviosismo.
En cuanto ella desapareció en el interior del establecimiento, Andreas se puso en marcha.
Thomas le había aconsejado a Gayle que acudiera a la cita acompañada de su guardaespaldas. Ella no había dicho ni que sí ni que no, de modo que lo que sucedería a continuación, era una incógnita. Si le había hecho caso, entonces Andreas se dirigía a aparcar el coche y luego regresaría para ocupar un sitio dentro del restaurante, desde donde podría controlar el desarrollo de la reunión e intervenir, si lo creía necesario. Pero, al ver que los minutos pasaban y Andreas no aparecía, Thomas empezó a preocuparse.
¿Era posible que su excelencia hubiera pasado olímpicamente de su consejo y asistiera a la reunión sin nadie que le cubriera las espaldas? Negó con la cabeza al caer en la cuenta de que la respuesta más probable era «sí».
Bufó y sacó su móvil. Andreas alucinaría pepinillos al tenerlo al teléfono, un domingo, preguntándole por qué había dejado a su cliente sola en el hotel.
Entonces, lo vio aparecer por la esquina, a pie, con sus gafas de sol, una revista bajo el brazo, y su aspecto de viandante dominguero. Asintió con la cabeza, aliviado. Al menos, alguien estaría con Gayle, aunque ese alguien no fuera él.
Poco después, una limusina negra se detuvo frente al hotel, de la que descendieron Perry Baxter y su esposa.
Todavía faltaba la estrella de la reunión, pensó con sorna.
Pero a Kyle Baxter hubo que esperarlo más, puesto que no fue hasta casi las doce y cuarenta, que Thomas lo vio aparecer por la misma esquina que Andreas. Calzaba mocasines y vestía de sport elegante, unos chinos blancos, una chaqueta color petróleo y una camisa de dos tonos más claros. Esta vez se había dejado la pajarita en casa. Se acercaba al hotel andando tranquilamente, como si no tuviera ninguna prisa. Calculó que, a ese ritmo, sería la una menos cuarto cuando al fin se sentara a la mesa.
Thomas negó con la cabeza.
El tipo conseguía que la mujer de la que, según decía, estaba enamorado hasta las trancas quedara con él, ¿y llegaba quince minutos tarde a la cita?
¿En serio, tío? Qué va. Me niego a creer que puedas ser tan gilipollas. Aquí hay gato encerrado.
Entonces, lo comprendió. Baxter lo hacía a propósito. Era su forma de intentar controlar la situación, sembrando la duda en Gayle y torpedeando su autoestima. Y mucho se temía, esa no sería la única técnica de control que usaría aquella mañana.
* * * * *
Gayle ocupó su lugar en la mesa dispuesta para cinco comensales, a la que la condujo la responsable de sala, una amable treintañera, delgada y alta, con el cabello rubio recogido en un tirante moño a la altura de la nuca. Eligió de forma deliberada la silla desde la cual podía ver la entrada. Habría preferido otra ubicación, más próxima a los ventanales, donde estaban los asientos estilo retro, de respaldo muy alto, que a modo de largos sofás recorrían toda la pared del local que daba a la calle, con sus vistosas mesas rectangulares, pero todas estaban ocupadas. Además, dado que el brunch se componía de varios platos, el número de comensales recomendaba ocupar una de las mesas redondas dispuestas en la parte central del local, donde todos estarían mucho más cómodos.
El establecimiento era amplio y estaba decorado con un estilo retro moderno, donde los tapizados eran de color celeste pastel y el mobiliario presentaba formas redondeadas que contribuían a crear una atmósfera cálida.
En el pasado, había estado innumerables veces allí en compañía de Kyle y algunos amigos. El brunch que servían era uno de los mejores de la ciudad, pero no lo había elegido por eso, sino porque era el favorito de su ex. Ya que se había atrevido a dar el paso de hablar en persona con él, había querido asegurarse de que invocar momentos pasados, contribuiría a que él se tragara el anzuelo y asistiera. No se enorgullecía de ello, pero, a esas alturas, estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario para acabar con el asunto de una vez.
Pidió un café mientras esperaba a sus invitados y fue cuando el camarero se alejaba de su mesa, que vio a Andreas entrando en el local por el acceso del hotel. Sus miradas se cruzaron brevemente mientras él daba un rápido vistazo alrededor, decidiendo qué lugar elegiría. Al fin, vio que se dirigía a la parte de la barra que estaba cerca de la puerta que daba a la calle, y ocupaba un taburete alto.
Andreas había escogido ese lugar porque era el más adecuado, de los que estaban disponibles, para vigilar el desarrollo de la reunión de su cliente con los Baxter. Desde allí, no solo podía ver a las personas que entraban en el local por la puerta situada en la calle, sino también a los que accedían a través del hotel, puesto que tenían que pasar junto a él para ir a las mesas. Se quitó las gafas de sol, las dejó a su lado, sobre la barra, y tomó la carta para elegir su desayuno, como un cliente más.
Gayle activó la pantalla de su móvil. Suspiró. Si nadie se retrasaba, en cinco minutos comenzaría la reunión más importante de su vida.
* * * * *
Fay Cox y Perry Baxter habían sido los siguientes en llegar. Vestían con un estilo elegante, pero informal. Ella llevaba un primaveral traje de chaqueta y falda de color aguamarina y unas sandalias a juego de tacón alto. Él había escogido para la ocasión unos pantalones de corte italiano de color gris perla, un polo blanco y un blazer azul marino de cierre cruzado que estilizaba su alta figura.
Después de los saludos de rigor, Fay y Perry habían ocupado dos sitios contiguos junto a Gayle. Se habían visto hacía un par de noches, en la casa de Harley y Brandon, pero ninguno de los dos se ahorró los comentarios gentiles acerca de su buen aspecto, algo que ella agradeció y, como correspondía, les devolvió el cumplido. Todo muy protocolario.
Fay fue la primera en notar que había un cubierto de más en la mesa.
—¿Esperamos a alguien? ¿Quién será? ¡Qué intriga! —dijo con talante festivo, al tiempo que abría su servilleta.
El tono empleado daba a entender que encontraba divertida la idea de que Gayle les hubiera preparado una sorpresa.
Desde luego, sería una sorpresa en toda regla, no pudo evitar pensar ella con bastante remordimiento. Decidió no prolongar la mentira por más tiempo.
—Esperamos a Kyle —dijo lo más compuesta que pudo.
Ignoró la interrogación que lucía en los ojos de los dos, y se explicó.
—Cuando te llamé, Fay, te comenté que había un asunto personal del que quería hablar contigo y con Perry. Dicho asunto tiene que ver con Kyle.
Los Baxter se miraron. Una sonrisa se dibujó en el rostro de Fay y, a continuación, Perry soltó una risita pícara, mientras sacudía la cabeza en una mezcla de incredulidad y agrado.
—¿Tú y Kyle…? —Fay dejó la frase inconclusa, pero su sonrisa cómplice se ocupó de hacerlo por ella.
Desconcertada por el comentario, Gayle se apresuró a negar con la cabeza.
Los recuerdos acudieron en masa a su mente. Retazos de un pasado no tan lejano, cuando había comprendido, con años de retraso, que se había enamorado del hombre equivocado. Al poner fin a su matrimonio, estaba segura de que se trataba de un final definitivo. No porque no quisiera a Kyle, sino porque la vida a su lado se había vuelto insostenible. Por entonces, ya no estaba enamorada de él; sin embargo, aún lo quería. Cuatro años más tarde, el único sentimiento que albergaba hacia Kyle era rechazo. Los acontecimientos de los últimos dos meses habían hecho caer la venda de sus ojos. Ahora podía ver con claridad la clase de hombre que era, una persona completamente distinta de lo que ella creía. Alguien detestable. Nunca había tenido tan claro, como ahora, que si la noche anterior se había prestado a fingir un mínimo interés por su ex, era con la única intención de llevar a cabo su plan, y perderlo de vista para siempre.
Su tono fue correcto, pero definitivo, al decir:
—En absoluto, Fay. Y antes de que me lo preguntes, Kyle no sabe que vosotros estáis aquí. Si no os importa, prefiero esperar a que llegue, para hablar del tema.
La sonrisa desapareció del rostro de los Baxter, dando lugar a un gesto de confusión.
En el caso de Perry, también había preocupación. Sus dos hijos no podían ser más diferentes. Mientras Brandon desdeñaba todo tipo de convención social y se había pasado la vida desafiando a sus padres y todo lo que ellos representaban, Kyle vivía por y para dichas convenciones. No solo era incapaz de salirse del libreto; tenía una fijación con su estatus, su prestigio y el lugar que ocupaba en el círculo social al que se sentía orgulloso de pertenecer. El divorcio había sido una hecatombe para él. Por esa razón, había dado por hecho que, una vez superada su amargura, Kyle intentaría por todos los medios reconciliarse con Gayle. Para su sorpresa había sucedido todo lo contrario. Era como si hubiera borrado a su exmujer de su libreta de contactos y de su vida. No le había oído mencionar su nombre en cuatro años, y estaba bastante seguro de que tampoco había vuelto a verla. Y, sin embargo, allí estaban: sentados a una mesa a la que Gayle los había convocado aquella mañana, para hablar de un asunto que implicaba a Kyle.
Fay extendió su mano para tocar ligeramente la de Gayle.
—Por supuesto, querida. Esperaremos.
Gayle volvió a consultar la hora en su móvil. En una prueba más de su inexistente interés por ella, Kyle llegaba tarde. No se trataba de una novedad, puesto que nunca había sido de otro modo. La única diferencia entre antes y ahora, era que a ella ya no le hacía daño.
—Son las doce y media en punto —dijo con una frialdad que hasta a ella misma la sorprendió—. Propongo que vayamos pidiendo el fabuloso brunch que sirven aquí.
* * * * *
Tan pronto vio a Kyle entrando en el hotel, Thomas cruzó la calle y rodeó el edificio. El lugar del encuentro tenía una entrada independiente situada en una calle aledaña. La había recorrido antes de que llegara Gayle, buscando algún lugar desde donde pudiera ver el interior del restaurante, sin quedar expuesto. No había hallado ninguno.
El establecimiento tenía dos grandes ventanas, todas ofrecían una vista panorámica del interior, pero en la acera de enfrente había una zona privada cerrada por veinte metros de rejas, tras las cuales había un grupo de viviendas idénticas con su correspondiente aparcamiento en la parte delantera. Contra las rejas, del lado de dentro, había tres árboles; no obstante, suponiendo que pudiera colarse en una propiedad privada sin alertar a nadie, el tronco más grueso, apenas ocultaría la mitad de su cuerpo. Kyle lo tenía muy visto y su madre también lo conocía, por lo tanto, no podía quedarse en la acera.
Por suerte, Gayle había seguido su consejo, permitiendo que Andreas estuviera con ella, dentro del local. Habría preferido ser él, eso estaba claro. Ver el partido desde las gradas nunca había sido un plato de gusto para él: era de los que preferían saltar al campo de juego y sudar la camiseta.
Además, no entendía por qué Declan había alentado ese encuentro de locos. Contar con que Perry Baxter lograría meter en cintura a su hijo le parecía una ingenuidad. Básicamente, porque era imposible pretender evitar lo que, en esencia, era inevitable. Su hijo estaba mal de la cabeza. Necesitaba una camisa de fuerza, no una regañina. Por no añadir, que alguien tendría que explicarle por qué creían que estar en un sitio público, frenaría a Baxter. ¿Acaso él era el único que, cuando miraba a ese tipo a los ojos, veía lo violento e inestable que era?
Kyle Baxter no sufriría un infarto al ver a Gayle. Referirse a un hipotético plan A, había sido una forma de explicar su propio alucine, pero aquel tipo no alucinaría al verla. Debería hacerlo, si fuera un hombre normal. Gayle estaba impresionante esa mañana. Era imposible no quedarse mirándola, embobado. Con mucha más razón si, como Baxter afirmaba, seguía enamorado de ella.
Sabía muy bien que no era así. A esa clase de individuos no los movía el amor, sino un interés mezquino por todo aquello que sirviera a sus fines.
Era un error dar por sentado que, el hecho de reunirse en un sitio público, evitaría que Baxter perdiera los papeles. Ese tipo era una bomba andante. Cualquier cosa podía hacerlo estallar.
Thomas respiró hondo.
Pero, por lo visto, él era el único que veía la situación con tanta claridad.
Así que su plan era el siguiente. Dadas las condiciones del lugar, una vez que hubiera localizado la mesa de Gayle, a todo lo que podía aspirar, y siendo cuidadoso, era a echar un vistazo al interior desde la acera de enfrente, cada vez que pasaba delante del establecimiento. Si no notaba nada raro, continuaría dando vueltas por la zona. Si algo, lo que fuera, disparaba sus alarmas, no se lo pensaría dos veces; entraría en el restaurante, y sacaría a Gayle de allí en un abrir y cerrar de ojos.
No era el plan ideal, pero era un plan.
* * * * *
Kyle había accedido por el hotel y al entrar en la sala, fue a Gayle a quien vio en primer lugar. A ella y a sus preciosos hombros desnudos, que le hicieron salivar de gusto. Venía pensando en ella. En realidad, llevaba semanas sin poder apartarla de su mente ni un solo momento y la noche anterior, después de que ella lo llamara para quedar… Estaba tan emocionado y ansioso por que llegara el día, que le había costado conciliar el sueño. No era de extrañar que ella fuera lo primero en lo que sus ojos repararon.
Pero no tardó en darse cuenta de que no estaba sola: había más personas en su mesa, y al reconocer a sus propios padres sentados allí, una intensa desilusión se adueñó de él.
Gayle le había mentido.
No deseaba aclarar nada, mucho menos resolver las supuestas diferencias que la habían llevado a pedirle el divorcio. Creer que ella aún lo amaba, había sido un gran error. Ahora que eliminaba el amor de la ecuación, todo resultaba muy claro. Gayle seguía siendo joven y un excelente partido. Seguía disfrutando de todos sus privilegios. Y desde que había recuperado su libertad, era dueña de llevarse a la cama a quien le diera la real gana. No tenía la menor duda de que retozaba con uno distinto cada semana. Porque, en efecto, era hija de quien era y podía tenerlo todo. ¿Por qué demonios iba a querer arreglar las cosas con él?
Como siempre le sucedía, de la desilusión a la ira, solo mediaron unos pocos segundos.
Lo único que Gayle buscaba era joderlo vivo. Joderlo en lo que más le importaba. Sabía que su padre lo tenía en capilla desde aquella vez que Brandon y él habían acabado a puñetazos, y se proponía utilizarlo para que no volviera a acercarse a ella. Entre Declan y Jana le habían llenado la cabeza con eso.
Así que la muy puta le había preparado una encerrona.
Y pensar que se había pasado media noche soñando con dejar de ser el apestado al que la hija de lord Middleton le había pedido el divorcio. Con volver a tener el respeto de su círculo social, el que correspondía a un hombre legalmente unido a una mujer que pertenecía a la flor y nata de la aristocracia británica. Una mujer que, además, era hermosa… Siempre la había deseado. Intensamente. La noche anterior se había excitado ante la idea de volver a tumbarse encima de ella y hacerle el amor hasta quedar saciado…
¿Cómo has podido ser tan ingenuo, joder?
Hirviendo de rabia, Kyle dio un rápido vistazo hacia atrás. La puerta estaba a tres metros. Con un poco de suerte, podía largarse de allí antes de que su padre lo viera y no le quedara otra alternativa que sentarse a la mesa.
Soltó el aire ruidosamente por la nariz al caer en la cuenta de que nada evitaría el interrogatorio. Tanto si se quedaba, como si no, lo someterían a un juicio sumarísimo. Como mucho, podía usar la estrategia de negarlo todo. Llevaba haciéndolo desde que era un niño y se le daba bien. Sin embargo, no las tenía todas consigo de que esta vez funcionara. Con su madre, quizás, su negativa lograría sembrar alguna duda de si Gayle podía estar exagerando las cosas. Con su padre, lo dudaba mucho. Después de aquella filtración a la prensa que, cuatro años atrás, había expuesto a Hugo, su único nieto, filtración de la que su familia lo creía responsable porque, en efecto, lo era, tenía los cañones de Perry Baxter apuntando a la cabeza, noche y día.
Entonces, se dio cuenta de algo. La última vez que se habían visto las caras, ella le había amenazado con denunciarlo y pedir una orden de alejamiento. Y ahora caía en la cuenta de que, de haberlo hecho, él habría tenido que enterarse de alguna manera. Sin embargo, ningún abogado lo había llamado ni había recibido notificación alguna. En vez de eso, Gayle lo había arrastrado con engaños a una «reunión familiar». Y solo podía haber una razón para que hubiera cambiado la amenaza por una conversación: evitar arrojar la mierda al techo y que, al caer, acabara manchándola también a ella y a su familia.
Lo cual, ahora que lo pensaba, aumentaba sus posibilidades de salir mejor librado. Si jugaba bien sus cartas, claro.
Muy bien, preciosa. Tú decides. Si quieres jugar, jugaremos.
Kyle asintió satisfecho, respiró hondo y se dirigió a la mesa con actitud fingidamente desenfadada.
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©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 18
Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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18
—Buenos días a todos… Hola, nena. Estás preciosa… Bueno, eres preciosa —dijo Kyle, y, con todo su desparpajo, se inclinó a besar la mejilla de Gayle.
Ella se apartó con rapidez, impidiendo que el beso llegara a consumarse, un movimiento que fue evidente para Fay y Perry, y también para Andreas que, desde la barra, se quedó mirando expectante, por si tenía que intervenir, mientras pensaba que las desavenencias entre su cliente y su exmarido habían comenzado muy pronto.
Kyle, en cambio, no pareció darse por aludido de que su exmujer acababa de hacerle la cobra. Ocupó su lugar en la mesa y continuó hablando, como si tal cosa.
—¡Vaya sorpresa! Como nos hayas convocado para anunciar que quieres que volvamos a casarnos, me da un infarto aquí mismo… Un infarto de alegría, por supuesto —matizó, seductor.
Gayle estaba todavía bajo los efectos de aquel fallido acercamiento que la había hecho estremecer de asco y, muy a su pesar, también de miedo. Era una sensación sobrecogedora darse cuenta de que el individuo que le producía tales emociones era un hombre del que había estado enamorada durante muchos años.
—Si esa era su intención, estoy seguro de que ahora mismo la estará reconsiderando. Por si no lo has notado, llegas tarde —dijo Perry, con acritud.
Kyle miró a su padre con los ojos brillantes.
—Lo sé, y lo siento —dijo, dedicándole a Gayle una breve mirada—. El tráfico estaba pesadísimo y, además, he tenido que dejar el coche lejos de aquí.
—Lógico. Es domingo y estás en Londres —intervino Fay, tan seria como su marido—. Para estos casos existe algo que se llama «taxi». Es negro, muy confortable, y su carrocería tiene una forma que lo hace inconfundible. Estoy segura de que habrás visto alguno en estos años.
—Lo siento, de verdad —volvió a decir Kyle, poniendo cara de niño al que acaban de pillar haciendo una travesura.
La llegada de dos camareros, que empezaron a distribuir los platillos del brunch, puso una obligada pausa al inicio de la conversación. Gayle bebió su café por pura ansiedad. Decidida a no dejar traslucir sus emociones, desvió su atención hacia las distintas delicias que formaban parte del brunch, que tanta fama tenía en la ciudad.
La primera parte, de las tres que componían el menú del brunch, eran dos clases de panqueques: la variedad dulce llevaba fresas y moras, dispuestas sobre una delgada capa de ricota, con una ligera cobertura de sirope de caramelo, y la variedad salada se componía de abundantes tiras de bacon extracrujiente con unos toques de sirope de arce. Las bebidas frías que acompañaban el menú eran prosseco, cerveza de barril y cócteles, a elección del cliente. Las bebidas calientes eran distintos tipos de café y té.
Una vez que el último de los camareros se despidió, deseándoles que disfrutaran del brunch, y Gayle se disponía a comenzar con el gran tema del día, Kyle intervino.
—Disculpe —le dijo al camarero, quien se volvió con una sonrisa profesional—. Creo que voy a tomar un zumo picante de tomate. Gracias.
El joven hizo un gesto amable con la cabeza y, finalmente, se retiró.
La nueva intervención de Kyle tampoco había sido una novedad para Gayle. Era curioso cómo el amor reinterpretaba los gestos de la persona amada, eliminando todo rastro de su verdadero significado, si este era de naturaleza negativa. Durante años, había ignorado de manera deliberada el evidente hecho de que él parecía siempre recordar que tenía algo que decir o algo que hacer, justo cuando era otro quien estaba en posesión de la palabra. O como en este caso, estaba a punto de estarlo. Daba igual si se hallaban en una reunión de amigos o a solas, el interés de Kyle por lo que su interlocutor estuviera diciendo, siempre era efímero. Lo que sucedía a su alrededor solo le interesaba mientras fuera él quien acaparaba la atención. Y si no la tenía, hacía lo que fuera por conseguirla. Incluso si eso era algo socialmente reprobable, como llegar tarde, por ejemplo.
Gayle volvió a pagarle con indiferencia. Miró a Fay y a Perry con una sonrisa y, señalando las fuentes, dijo:
—¿Qué os parece, empezamos a pecar sin remordimiento?
Perry agradeció aquella nueva muestra de estilo de la joven mujer por quien siempre había sentido mucho respeto y un gran cariño. Asintió con énfasis al tiempo que miraba los panqueques salados con glotonería.
—¡Desde luego que sí!
Fay le hizo un guiño a Gayle antes de decirle a su marido:
—No te preocupes, cariño. Ya te pondrás a dieta mañana. ¡Los dos lo haremos, después del festín que estamos a punto de darnos! —añadió, al tiempo que se servía un enorme panqueque de frutas.
Gayle dudaba de que sus nervios fueran a permitirle disfrutar del delicioso entrante del menú, no obstante, imitó a Fay. Pinchó una fresa de aspecto apetitoso y se la llevó a la boca.
Notó que Kyle la miraba. No era solo una mirada de deseo. Había cierto desafío en sus ojos azules. Quizás, también algo de disgusto por su indiferencia. En cualquier caso, no producían en ella el efecto esperado. No despertaban un interés sensual por Kyle. En realidad, no despertaban ningún interés, ni sensual ni de otra clase. Eso era algo que tenía que agradecerle a Thomas. Él había conseguido redefinir por completo su idea del deseo y del placer sensual.
Solo sentía rechazo y ganas de acabar con el asunto cuanto antes.
—Bien —dijo, después de limpiarse ligeramente los labios con la servilleta—, vamos con el motivo de esta reunión. Básicamente, se reduce a un hecho. Desde hace alrededor de dos meses, no dejo de encontrarme contigo, dondequiera que voy, Kyle. Y no me gusta. No sé por qué sucede, pero quiero que estos encuentros acaben…
—¡¿Qué dices?! —la interrumpió él con actitud risueña—. Es lógico que nos encontremos, ¿no te parece? Frecuentamos los mismos círculos sociales. El divorcio no ha cambiado eso.
Gayle notó que Perry había dejado de ocuparse de sus panqueques. Se había quedado con los cubiertos en la mano, mirando a su hijo con el ceño fruncido y unos ojos que decían a las claras que lo que estaba escuchando no era de su agrado. Fay, mucho más acostumbrada a desenvolverse con soltura en situaciones incómodas, gracias a que era un verdadero animal social, como todos los Fox, disimuló su desconcierto ante lo que sucedía, con un comentario.
—¿Será la nueva moda en cortejos? ¿Hacer que te vean hasta en la sopa? Espero que no, cariño. No se me ocurre una sensación menos estimulante que el hartazgo —dijo, dedicándole una mirada con mensaje a su hijo.
Kyle descartó la cuestión con un gesto de la mano y, a continuación, se llevó a la boca un trozo de panqueque. Le guiñó un ojo a Gayle mientras sus mandíbulas trituraban el bacon crujiente. Cuando acabó, se pasó la servilleta por la boca.
—Lo que sucede —empezó a explicar— es que estuve evitando a Gayle deliberadamente durante tanto tiempo que, ahora, que ya no la evito, tiene la sensación de que nos encontramos a menudo.
«A eso le llamo yo, tergiversar los hechos», pensó Gayle, pero cuando se disponía a manifestar su desacuerdo, Perry pasó de mirar a su hijo con disgusto, a interrogarlo.
—¿Y por qué, exactamente, has dejado de evitarla? Lo hacías, hasta hace… —miró a Gayle—: ¿dos meses, has dicho? —Ella asintió y Perry volvió a dirigirse a su hijo con otra pregunta—. ¿Qué sucedió a mediados de enero para que decidieras volver a estar en contacto con alguien que habías borrado de tu universo nada menos que cuatro años atrás?
Dicho lo cual, Perry continuó mirando a Kyle fijamente. Sin conocer los detalles, la situación ya le resultaba intolerable. Como confirmara que Kyle había añadido otra fijación más, esta vez relacionada con Gayle Middleton, a su notable lista de obsesiones, tomaría cartas en el asunto. Y serían medidas muy serias.
A pesar de que Perry acababa de meter el dedo en la llaga con su pregunta, Kyle se las arregló para mantener el tipo.
Su viejo lo tenía muy calado, pensó Kyle, y eso empezaba a ser un gran problema.
—Fue un propósito de Año Nuevo, padre —repuso con desenfado—. Llevaba dos años en mi lista y decidí que de este, no pasaba. —Miró a Gayle—. Estar enfadado contigo no cambia en nada mis verdaderos sentimientos. Sigo enamorado de ti… Mal que me pese —añadió, con una especie de sonrisa compungida.
«Y a esto otro, yo lo llamo ser un manipulador… ¿Cómo he podido estar tan ciega?», pensó Gayle, que, tras respirar hondo, dijo:
—No fue un propósito de año nuevo, Kyle. Lo que sucedió en enero es que me viste comiendo con Ted. Y, desde entonces, no me dejas ni a sol ni a sombra. —Se permitió no aclarar quién era «Ted», puesto que todos los allí presentes lo conocían muy bien.
Si las miradas pudieran desintegrar a una persona en el acto, Gayle ya sería historia. No obstante, la voz y la actitud de Kyle no demostraron la furia que estaba creciendo en él.
—¿Quién, dices? ¡Por favor, nena! Y eso de que no te dejo ni a sol ni a sombra… Ya te gustaría —añadió, en tono seductor—. Pero tampoco es cierto.
«¿Ted, otra vez?», pensó Perry, contrariado, y apoyó su servilleta sobre la mesa con un gesto de evidente disgusto.
—No puedo creer que a estas alturas Edward Vaughan-Rice siga dando vueltas por tu cabeza. No puedo creer que eso que tú llamas amor, sea de tal naturaleza, que Gayle se haya visto obligada a esto —dijo golpeando reiteradamente la punta de su dedo índice contra el mantel—. Es inconcebible. Intolerable, Kyle.
—Y muy decepcionante —añadió Fay, mirando a su hijo con ojos llenos de incomprensión y de tristeza.
La furia de Kyle crecía y crecía. Gayle podía sentir la poderosa energía que fluía del cuerpo de su exmarido, que estaba sentado a su derecha. Y la temía. La temía mucho, a pesar de lo cual, se obligó a permanecer donde estaba, con actitud digna.
—Ese tipo no es nadie, no significa nada. Estáis sacando las cosas de quicio.
—No nos vengas con eso, Kyle. Siempre has sentido unos celos enfermizos de él —puntualizó Fay.
—Siempre, no, madre. No digas «siempre» porque no es así. El tipo sabía que Gayle era mi prometida, y seguía tonteando con ella. Eso me sacaba de quicio… Pero, en el fondo, siempre he sabido que no era nadie. Tan solo uno más en la larga lista de hombres ansiosos por convertirse en el «señor Middleton», que no cuentan con las aptitudes necesarias para aspirar a serlo. Si el tal Vaughan-Rice no era nadie entonces, mucho menos ahora.
¿Y esa es la única razón por la que crees que Ted se relaciona conmigo? ¿Por mi apellido?, pensó ella, asombrada ante la desfachatez de Kyle, que no solo se permitía insultar a un caballero, como Edward, sino reducir a todos sus contactos sociales a meros oportunistas.
Lo peor de todo era que Kyle así clasificaba a los hombres que se cruzaban en su vida; en los que, según él, tenían las aptitudes necesarias para ser auténticos competidores suyos, y en los que no.
De repente, Gayle se sintió como un objeto a punto de ser subastado en Sotheby's. Desvió su mirada hacia Fay y Perry. Él se había recostado contra el asiento y, con los brazos cruzados, escuchaba a su hijo mientras lo miraba fijamente. Su lenguaje corporal no auguraba nada bueno. El de Fay, tampoco: había apartado su plato, como si ya se le hubiera quitado el apetito, y miraba a Kyle con los ojos brillantes y una evidente incomodidad.
Kyle, en cambio, parecía de lo más compuesto. De hecho, hizo una pausa para beber un poco de café antes de continuar.
—Y en cuanto a lo que dice Gayle… Simplemente, no es cierto. —La miró con ojos de cordero degollado—. ¿Por qué me haces esto, nena? ¿No crees que ya me has hundido bastante, divorciándote de mí?
¿Que por qué…? ¿Yo? ¡Eres tú el que me estás haciendo la vida imposible!
La llegada del camarero, con el zumo picante de tomate que Kyle había pedido, interrumpió la conversación justo a tiempo de evitar que Gayle perdiera la compostura.
—Su zumo, señor. ¿Desea probar si el picante está a su gusto?
Gayle no se quedó a esperar una respuesta. Se puso de pie.
—Disculpadme un momento, por favor —dijo.
Y, a continuación, cogió el móvil y el bolso, y se dirigió al tocador de señoras.
* * * * *
Mientras tanto, en la barra…
Andreas no apartó sus ojos de la mesa donde Gayle Middleton acababa de ponerse de pie. La reunión, que no había comenzado bien, parecía empeorar a medida que pasaban los minutos. No discutían y el tono de voz era acorde al sitio público en el que se hallaban, pero él que, conocedor de lo que se estaba cociendo en esa mesa, prestaba atención a los detalles, notaba que la tensión podía cortarse con cuchillo.
Su móvil sonó y lo atendió sin apartar los ojos de la mesa.
—¿Cómo va el brunch? —oyó que Declan le preguntaba. Habían hablado antes, mientras iba a aparcar el coche.
Andreas había aprovechado para llamarlo y ponerlo al día de los planes inmediatos de su cliente. Su jefe estaba entrevistando a un candidato para un nuevo proyecto de seguridad y la conversación había sido muy breve. Habían quedado en que Declan lo llamaría en cuanto pudiera.
—Pensando si me llevo a mi cliente de aquí ahora mismo, o espero diez minutos más —dijo en tono de broma, aunque, en el fondo, era una broma a medias.
Oyó que Declan soltaba un bufido.
—Siempre que está Kyle Baxter por medio, todo el mundo acaba cabreado. ¿Qué te parece? ¿Llegará la sangre al río?
Andreas se quedó pensando. La tensión de su cliente había ido en aumento. Sin embargo, la actitud del matrimonio, emitía señales mucho más preocupantes. De hecho, el único que parecía tranquilo era justamente quien no debería estarlo: Kyle Baxter. ¿Hasta cuándo sería así? Ese era el quid de la cuestión.
—Mmm… No lo sé. Ahora mismo, no apostaría por un final pacífico, la verdad.
—Vaya mierda… ¿Qué instrucciones te ha dado la señora Middleton? ¿Puedes intervenir, preventivamente?
Declan no esperaba buenas noticias al respecto. Era de por sí todo un milagro que Gayle asistiera a esa reunión con un guardaespaldas presente en el lugar. Pero pensó que si había sucedido un milagro, ¿por qué no dos?
Andreas emitió una risita irónica.
—¿Hablamos de la misma cliente? La respuesta es no. No quiere que se den cuenta de que estoy aquí.
Dos milagros en un día, claramente, era esperar demasiado. Declan asintió con la cabeza.
—Avísame, si las cosas se desmadran, ¿vale?
—Sí, tranquilo, Declan. Te llamo —repuso, y después de despedirse, volvió a dejar el móvil sobre la barra.
En la mesa, las cosas se estaban animando. El matrimonio hablaba con su hijo. Hablar era un modo de decir, claro: a juzgar por lo que veía, se trataba de una lectura de cartilla en toda regla.
* * * * *
Fay y Perry estaban indignados por la situación a la que se estaban enfrentando, gracias a su hijo menor, quien no parecía ser consciente de las enormes implicaciones que tenía el mero hecho de que la hija de lord Middleton hubiera creído necesario convocar esa reunión. Al margen del afecto que ambos sentían por Gayle, Kyle, con su proceder, había puesto a las dos familias, los Baxter y los Cox, en una situación extremadamente delicada.
—¿Es que has perdido el juicio? ¿Cómo se te ocurre hacer algo semejante? —espetó Perry.
—No es lo que parece, padre —empezó a decir Kyle, defendiéndose.
—¿Ah, no? —lo interrumpió Fay—. ¿Esperas que creamos que alguien como Gayle nos ha reunido aquí por un capricho o un malentendido? Ni tú eres tan ingenuo, ni nosotros, tan crédulos.
—Me da miedo preguntarlo —intervino Perry—, no sé si seré capaz de soportar la vergüenza, pero tengo que hacerlo: ¿estás forzando los encuentros con ella?
Kyle enrojeció de ira. Se mordió por dentro, de pura impotencia, y procuró que su tono no denotara lo furioso que estaba.
—Claro que no, padre. ¿Queréis calmaros, por favor? —Suspiró—. Estuve mal durante mucho tiempo, tras el divorcio. No quería ni oír su nombre. Y como todo lo relacionado con ella me hacía tanto daño, me quité de su vista. Fue muy fácil hacerlo porque conozco sus hábitos y a todas sus amistades. Eran también las mías. Muchas lo siguen siendo. Pero ya he superado el bache…
—Qué oportuno —terció Perry—. Gayle queda a comer con Ted Vaughan, y tú superas el bache. Mira qué coincidencia.
Kyle respiró hondo. Tuvo que hacer el esfuerzo consciente de aflojar sus mandíbulas. Desde hacía años, era escuchar el nombre del capullo pretencioso, y sentir que se le tensaban hasta las pestañas.
—Fueron novios un tiempo —dijo, confirmando lo que durante años había sido un rumor a voces—. Pudo haberse casado con él, pero me eligió a mí. ¿Sabéis por qué? Porque nunca ha estado enamorada de él. Ese tipo no ha tenido nada que ver con que yo haya superado mi bache —aseguró—. Ya no estoy enfadado con Gayle y, simplemente, he dejado de evitarla. Eso es todo.
—¿Entonces, cómo debemos tomarnos esto? ¿Insinúas que es ella la que está mintiendo? —preguntó Fay—. Por favor, Kyle. Estoy segura de que es perfectamente capaz de distinguir un encuentro casual de uno que no lo es.
—Por supuesto que sí —terció Perry—. Es más: no estaríamos aquí, si ella no creyera que las casualidades están ocurriendo con demasiada frecuencia.
Mierda. ¡En menuda movida me estás metiendo, zorra!
Kyle hizo un gesto de «calma» con las manos.
—Es verdad que nos encontramos a menudo —concedió—. Pero es normal. Frecuentamos los mismos círculos. Lo anormal era lo de antes, no lo de ahora.
—En tal caso, vuelve a evitarla —repuso Fay. No se trató de un consejo ni de una sugerencia, sino de una orden que Kyle recibió con los dientes apretados.
Perry exhaló el aire por la nariz y bajó la vista unos instantes. Cuando volvió a posarla sobre su hijo, él tuvo claro que Gayle estaba a punto de salirse con la suya. Si no lo había hecho ya.
—Olvídate de ella —exigió—. Haz lo que sea necesario para que estos encuentros, casuales o no, cesen de inmediato. No podemos permitirnos un escándalo y no vamos a tolerarlo. Eres mi segundo de a bordo, mi sucesor, pero te advierto que, si sale a la luz una sola prueba de que la estás molestando, no me va a temblar el pulso. ¿Lo has comprendido, Kyle? —sentenció Perry Baxter.
Y ese fue el momento en el que la única persona de la mesa que se había mantenido aparentemente tranquila, perdió los nervios.
Después de arrojar su servilleta sobre el plato de panqueques, Kyle se puso de pie, y se alejó de la mesa, furioso.
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©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
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