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(Título provisional)
Presentación | Sobre los personajes | ELLA | ÉL
Canlentando motores - 1ª Parte | 2ª parte
Capítulos:
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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 49
Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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49
Mientras padre e hijo conversaban en la parte delantera del SUV, Gayle había cambiado sus prendas mojadas y su ropa interior con ayuda de Lenora y de la manta de Martin, que cubría su cuerpo, dándole algo de intimidad. En esta ocasión, había descartado sus trajes de falda y había optado por el único equipo de deporte que, siguiendo el consejo de Jana, había puesto en su maleta. Era un conjunto de dos piezas, holgadas y muy suaves, al tacto, de color caramelo. También había adecentado su aspecto. La palidez y las ojeras continuaban debajo de la base y de las ligeras pinceladas de colorete que se había aplicado. No obstante, se sintió algo aliviada al verse más presentable, lo que, en sus circunstancias, era de agradecer.
Ayudándola, Lenora había tenido la ocasión de comprobar no solo la entereza de su invitada, también a qué se había referido realmente Martin al hablar de su agotamiento físico. A pesar de la medicación que su hijo le había suministrado, los calambres menstruales, seguidos siempre de una pérdida de sangre, la dejaban sin aliento. Dado que todo lo que podía hacer por ella era sostener su mano y animarla, eso hizo.
—En cuanto podamos regresar a la cabaña, se meterá en la cama y le daré una buena taza de caldo de carne y verduras. Es la receta de mi madre y le aseguro que es una bomba. La dejará lista para dormir de un tirón hasta mañana. Se pondrá bien, ya lo verá.
Gayle apretó agradecida la mano que sostenía la suya.
—Muchas gracias. Seguro que está riquísima. Me vendrá muy bien. No consigo entrar en calor…
—Es normal. No soy médico, pero he pasado por situaciones de mucho estrés en las que mi cuerpo decidió responder de la misma forma que el suyo. Necesita tomar algo muy nutritivo y dormir. Se recuperará, no se preocupe.
Mientras tanto, en la parte delantera del vehículo, padre e hijo ya no conversaban; estaban en alerta.
Martin había sido el primero en detectar que algo estaba sucediendo cerca de la cabaña. Había sido por casualidad o por desesperación, no estaba seguro. La lluvia caía con tanta intensidad que era imposible ver lo que sucedía más allá de los cristales. Odiaba estar allí, sin saber lo que estaba pasando con sus hermanos. Incapaz de ver siquiera lo que había a un metro del morro de su coche. Sin poder hacer otra cosa más que desesperarse. Entonces, había puesto en marcha el limpiaparabrisas. El delantero le había permitido comprobar que por delante de su coche todo seguía igual: negro, como una boca de lobo. El trasero, sin embargo, había revelado algo que lo había puesto en tensión. No había tardado en indicárselo a su padre y ahora eran dos los que seguían a través del retrovisor los acontecimientos que tenían lugar a una quincena de metros detrás de su posición.
Había un hombre en el suelo y otro sobre él. Este último cubría su cabeza con un gorro, pero no llevaba un abrigo o un anorak. Sus prendas debían estar empapadas por la lluvia. Sin embargo, no era evidente a la vista, pues vestía de negro.
—Es Alex —murmuró el general. Martin asintió aliviado. Volvió ligeramente el rostro para ver qué hacían las pasajeras del asiento trasero. Su madre estaba ayudando a Gayle a desenredarse el cabello.
Cuando regresó la vista al retrovisor, eran cuatro los hombres que vio. A pesar de la lluvia y del rítmico sonido de los limpiaparabrisas barriendo el agua del cristal, le pareció oír algo. Notó que su padre se envaraba y comprendió que él también había oído lo mismo. Un instante después, pudieron identificar de qué se trataba. Eran gritos. Concretamente, palabrotas seguidas de amenazas, seguidas de más palabrotas.
—¿Qué ruido es ese…? —preguntó Lenora y giró la cabeza para mirar en la dirección del sonido—. ¡Madre de Dios! ¡¿Qué demonios…?!
Martin no necesitó mirar a su padre para saber lo que debía hacer. Detuvo el limpiaparabrisas trasero. En segundos, la cortina de agua que cubría el cristal hizo imposible ver lo que sucedía al otro lado.
Gayle estaba lívida, parcialmente incorporada sobre sus codos, con los ojos abiertos de par en par, conteniendo el aliento. No había llegado a ver nada. Los gritos la habían paralizado.
Era Kyle quien daba voces, pensó aterrada.
Era Kyle…
Era Kyle.
Si puedo oírlo es que está muy cerca… Dios mío. Dios mío. ¡Dios mío! ¿Por qué solo te oigo a ti? ¿Dónde está Thomas? ¡¿Qué le has hecho, malnacido?! ¡Dios mío, nooooooo…! ¡Por favor, noooo…!
Gayle estaba tan aterrada que ni siquiera era consciente de que los gritos habían cesado hasta que Lenora le apretó una mano.
—Cálmese, Gayle. Respire. Vamos, respire.
Ella asintió. Se concentró en hacer lo que le decían y respiró profundamente. Una y otra vez.
—¿Qué ha pasado? —preguntó con urgencia, tragando saliva, al tiempo que miraba a Lenora con desesperación—. ¿Por qué ya no se oye nada?
«Porque, gracias a Dios y a todos sus querubines, alguien le ha cerrado la boca al energúmeno», pensó Martin. Sabía perfectamente quién era ese alguien. Había visto a Alex cambiar de posición antes de detener el limpiaparabrisas trasero. No hacía falta ser un genio para deducir la razón.
—Seguramente, lo han amordazado, señora Middleton —repuso el general con tono calmado.
Lawrence había visto lo mismo que Martin por el retrovisor y estaba seguro de que Thomas no había usado ese método para silenciar a Baxter. Pero nadie necesitaba conocer los detalles. Menos aún aquella mujer.
Una calma tensa se instaló en la cabina del SUV. Transcurrieron los minutos sin que nadie dijera nada. Todos deseaban saber qué estaba sucediendo, pero ninguno le pidió a Martin que volviera a poner en marcha el limpiaparabrisas trasero. Les preocupaba lo que podrían ver, si lo hacía, y cómo afectaría eso a Gayle Middleton.
Al fin, unos golpes en la ventanilla quebraron el persistente silencio. Procedían de la ventanilla de Gayle. Los hombres se volvieron a mirar.
—¡Es Thomas! —exclamó Lawrence.
Una sonrisa de alivio iluminó la cara de Martin.
—¡Gracias a Dios! ¡Sansón ya está aquí!
—Deja de llamarlo así, Martin. ¿No crees que ya se lo tiene bastante creído? —La voz de Lenora no sonó a reprimenda, sino a celebración. Se sentía tan aliviada de saber que su hijo estaba al otro lado del cristal que, de hecho, se rio.
—¿Thomas…? —musitó Gayle, incorporándose sobre sus codos nuevamente al tiempo que lo buscaba con la mirada—. ¿Es él?
Era él y no tardó en hallarlo. Thomas acercó su rostro a la ventanilla escudriñando el interior, y después de intentar abrir la puerta sin conseguirlo, golpeó dos veces el cristal con los nudillos.
Gayle buscó la manivela, la accionó varias veces, febrilmente.
—¿Qué…? ¿Por qué no se abre? —musitó.
—Porque están bloqueadas —comentó Lenora lanzando una mirada de «no te enteras» al dueño del vehículo—. ¿Te importa, Martin? Tu hermano se está mojando… No es que cinco minutos más o cinco minutos menos vayan a marcar alguna diferencia, seguro que está calado hasta los huesos, pero tampoco vamos a dejarlo allí, bajo la lluvia, ¿no?
—Ah, claro… ¡Perdón! —dijo él, riendo de puro alivio, y enseguida quitó el cierre centralizado.
Gayle ya estaba llorando de emoción cuando Thomas abrió la puerta. Se miraron apenas un instante antes de fundirse en un abrazo ante la mirada algo sorprendida de las otras personas que estaban en el vehículo.
Gayle se acurrucó contra él. Quería hablar. Tenía tanto que decir, tanto que preguntar… Pero el alivio y la emoción se habían llevado las palabras lejos, muy lejos. Tan solo lloraba en silencio, hecha un ovillo contra el pecho de Thomas, que continuaba con la mitad del cuerpo bajo la lluvia.
—Ya está, ya está, nena. Se acabó —le dijo él al oído.
Ella no dejaba de sollozar. Tragaba saliva y respiraba hondo, intentando calmarse, sin conseguirlo.
—¿De verdad? ¿Se acabó, de verdad? —logró decir.
—Sí, de verdad. Se acabó —dijo él—. Vamos. Envuélvete en la manta y cógete a mi cuello. Te sacaré de aquí.
—Puedo andar, ¿sabes? —musitó, pero enseguida obedeció y se apretó contra él, dejando claro que deseaba su cercanía tanto como la deseaba él.
Thomas no se molestó en responder. Ni siquiera prestó atención a los comentarios reprobatorios que les dedicaban los demás ocupantes del SUV.
Sí, llovía a mares y no era necesario que ninguno de los dos se mojara.
Sí, Martin podía llevar el SUV hasta la misma puerta de la cabaña.
Sí, ya le había exigido demasiado a su cuerpo y era hora de que se relajara y aceptara la ayuda de los demás.
Todo lo que oía era muy cierto. Irrebatible. Pero llevaba horas deseando abrazar a Gayle muy fuerte y olvidarse del mundo. Ya no podía esperar más.
Y no lo hizo.
Un instante después, con Gayle ya en sus brazos, Thomas apuró el paso hacia la cabaña bajo una lluvia torrencial.
* * * * *
Recorrió el último tramo al trote rápido, pues sabía que Gayle se estaba mojando. La manta era abrigada pero no impermeable, y de su precioso cabello sujeto en un moño alto empezaba a chorrear agua. Tenía el rostro empapado.
Pero sonreía. Era una sonrisa cansada, leve, pero una sonrisa al fin, que a Thomas le devolvió la vida.
—Vaya nochecita, ¿eh? —comentó él, mirándola brevemente. Vio que ella asentía con la cabeza. Sus movimientos habían sido ligeros y comunicaban el mismo cansancio que su sonrisa. Aún sollozaba, era como si no pudiera dejar de hacerlo. Una demostración más de lo agotada que estaba a nivel emocional.
«Necesitas descansar, nena», pensó él.
Subió el último escalón del porche y fue directo hacia la puerta que abrió valiéndose del codo.
Aprovechó para mirar de soslayo el lugar donde hacía unos minutos había noqueado a Baxter. Estaba allí, bajo la lluvia, atado de pies y manos. Alex acababa de guardar su móvil y estaba ayudando a Declan a mover el cuerpo fuera del camino. Ignoraba cuáles eran los planes inmediatos de su hermano, pero, probablemente, llevaría al tipo al garaje y lo mantendría allí hasta que llegara la policía. Quizás también decidiera amordazarlo para ahorrarles a todos sus arrebatos histriónicos, cuando volviera en sí. Francamente, a él le daba igual. Retiró rápidamente su vista del camino. Gayle no podía verlo —estaba de espaldas— y él no deseaba que lo hiciera. Baxter era un asunto finiquitado a todos los efectos.
Entraron en la cabaña y él cerró la puerta con el pie. El calor del ambiente fue como un abrazo reconfortante para los dos. Se miraron, ahora a cubierto de la lluvia y bajo las luces del hall de entrada. Se habría quedado allí mismo, tal como estaba, de pie con ella en los brazos, mirándola. Pero era consciente de que, ahora que había pasado el peligro, su cuerpo no tardaría en entrar en una nueva fase. La fuerza lo abandonaría y regresaría el dolor. Además, si él podía verla, ella también a él y estaba seguro de que, a pesar de la palidez y el cansancio de su rostro, el suyo no luciría precisamente hermoso, como el de Gayle. De modo que volvió a ponerse en marcha. Abrió la puerta de su dormitorio de la misma forma que había hecho con la de la entrada y, después de dejarla nuevamente en el suelo, empezó a desvestirse. Ella enseguida se acercó para ayudarle. Al quitarse el anorak, la herida de su cabeza quedó al descubierto. Se dio cuenta por su expresión horrorizada.
También por sus palabras.
—Ay, Thomas… Por Dios… —se lamentó, llevándose las manos a la cara que enseguida dirigió hacia él. No obstante, no llegó a tocarlo—. Me da miedo hacerte daño…
Él se agachó, apoyó sus labios sobre la frente femenina. Notó enseguida que tan solo el contacto le producía dolor. Besó su frente y también su nariz, pero no fue más allá. Estaba hinchado, ensangrentado y olía a barro y a quién sabe qué más.
Gayle cerró los ojos y suspiró al sentir sus besos. Los necesitaba tanto…
Tanto, tanto, tanto…
Sin embargo, el efecto de las hormonas de combate se estaba esfumando y Thomas se dio cuenta de que no duraría mucho más de pie. Antes de que eso sucediera, tenía que quitarse la ropa mojada o el dolor sería insoportable. Si lo lograba sin horrorizar más a Gayle, mucho mejor.
—Mira en la puerta izquierda del armario. Dame unos pantalones de deporte de la pila —le pidió para distraer su atención—. Las camisetas están en el segundo cajón.
Ella obedeció de inmediato. Thomas notó que su andar era lento. Iba descalza y apenas podía mantener la estabilidad. De hecho, se detuvo ante el armario durante unos instantes, sosteniéndose con una mano apoyada en la puerta, sin hacer el menor ademán de abrirla.
—¿Estás bien?
—Sí, sí… Solo un poco mareada.
En cuanto le tendió el pantalón, Thomas aprovechó que ella buscaba una camiseta en el cajón, para quitarse el pantalón empapado que llevaba, deshaciéndose también de sus boxers, y ponerse el limpio directamente sobre la piel.
—Me vendrían bien unos calcetines. Que sean gruesos —añadió, después de que ella le entregara un buzo azul de deporte con cremallera. Prefería verla tambalearse a que se desmayara del horror al ver el estado de su cuerpo—. Primer cajón de la izquierda.
Una vez más, esperó hasta que ella se diera la vuelta para quitarse el buzo que vestía. Además de empapado, tenía manchas de sangre procedente de una laceración que tenía en el abdomen. Estaba decidido a evitar que ella empezara a preocuparse por sus heridas y moretones. Tenía decenas de ellas por todo el cuerpo.
A continuación, se sentó en la enorme mecedora que estaba junto a la ventana que daba al porche. Se quitó el calzado y los calcetines, y se puso los limpios que Gayle acababa de darle. Al fin, le tendió su mano.
Ella no la tomó. Permaneció de pie frente a él, cogiéndose los brazos como si tuviera frío. Mirándolo. Y llorando.
—¿Estás bien de verdad? —balbuceó mientras recorría ávidamente con sus ojos nublados por las lágrimas el enorme bulto que Thomas tenía en el costado derecho de la cabeza, encima de la oreja, y las hinchadas facciones de su rostro, doliéndose solo de verlo y con un nudo en el estómago de la impresión. Le resultaba imposible pensar que la respuesta a su pregunta fuera «sí». Sin embargo, estaba segura de que esa sería la que iba a recibir.
Gayle se equivocaba.
Thomas se hacía cargo de las horas terribles que ella había pasado, pero no quería ver lágrimas en sus ojos. Ni una más. Movió su mano, instándola a que la cogiera y, cuando ella lo hizo, la acomodó en su regazo. Entonces, recién le respondió.
—Vaya pregunta… ¿Tenías miedo de que él me noqueara o algo?
Ella suspiró, apartó con dedos temblorosos las lágrimas que bañaban sus mejillas.
—Tenía miedo de todo, Thomas… De todo —musitó—. El miedo es irracional.
Él descansó la cabeza contra el respaldo. También suspiró. Al fin, tenía a Gayle pegada a él.
Al fin, al fin, al fin…
Podía sentir cada movimiento que hacía, las yemas de sus dedos acariciándole el pecho a través de la abertura superior de la cremallera de su buzo de deporte. Podía percibir hasta los restos de su perfume. Estaba en la gloria.
—Y ciego. Muy ciego. Especialmente el tuyo —repuso con voz queda—. Debió probar a darme con el cerebro… Es financiero, ¿no? Esa es la herramienta más poderosa que tienen los de su profesión… Pero yo le gané de mano con mis músculos, que no es por fanfarronear, pero son muchísimo más poderosos que su cerebrito de capullo. Y ahora está durmiendo el sueño de los hostiados (1). En fin, cosas que pasan…
Gayle se enderezó un poco. Se le quedó mirando entre incrédula y sorprendida por una respuesta que definitivamente no había esperado. Entonces, vio su media sonrisa deformada por la hinchazón y esta vez sonrió de verdad.
—Vaya… Qué vanidosos nos hemos vuelto últimamente, ¿no?
Él asintió. «Qué pasada de sonrisa tienes… Y es toda para mí», pensó. Suspiró y, al fin, cerró los ojos. Empezaban a pesarle hasta las pestañas. La energía lo estaba abandonando a velocidad de vértigo.
—¿Has visto? —concedió.
Y ya no volvió a abrir los ojos.
De hecho, ninguno de los dos lo hizo.
Gayle se acurrucó contra su pecho. Thomas la envolvió nuevamente con sus brazos.
Poco después, se quedaron dormidos.
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(1) Hostiado (Esp., coloq.): alguien a quien le han dado una hostia. Alguien que ha recibido un golpe, un puñetazo.
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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 50
Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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50
Después de que Thomas se marchara con Gayle, los ocupantes del SUV se habían repartido las tareas.
El general se reuniría con Alex y Declan. Había que ocuparse del intruso y, en cuanto llegara la policía, también de las declaraciones sobre lo acontecido en la cabaña aquella madrugada. Naturalmente, la policía iba a querer hablar con Thomas y con Gayle. Intentaría conseguir, con la ayuda del único médico entre los Eaton, si era necesario, que el interrogatorio tuviera lugar al día siguiente, en las dependencias policiales, ya que ninguno de los dos estaba en condiciones de hacerlo aquella noche.
Martin se ocuparía de desinfectar las antiguas heridas de Thomas y revisarlo bien en busca de alguna nueva adquirida durante su enfrentamiento con Baxter. También le suministraría medicinas para que pudiera soportar el dolor que sobrevendría después de que, una vez pasado el peligro, su cuerpo hubiera regresado a las condiciones de un mortal normal a quien el día anterior cuatro tipos habían intentado darle una paliza. Dependiendo del estado en el que lo encontrara, probablemente, también volvería a ponerle una vía para administrarle suero y más medicinas. Y como no pensaba volver a casa hasta estar seguro de que Thomas se recuperaba, también debía avisarle a Laura, su esposa. Sabía que ella estaría esperando su llamada.
Por su parte, Lenora les serviría a todos una taza de caldo de carne y verduras. Eso ayudaría a los hombres a que entraran en calor mientras atendían a la policía, y a Gayle Middleton, a recuperarse lo bastante para poder dormir. Más tarde, cuando la policía se hubiera marchado llevándose a Baxter, todos tomarían una reconfortante cena al calor de la lumbre.
Mientras Lawrence fue en busca de Alex y Declan, Martin y su madre regresaron a la cabaña. Se llevaron consigo el maletín sanitario y el equipaje de la invitada.
Lo primero que vieron al entrar fue una manta en el suelo. Era la que había envuelto a la mujer en su viaje hasta la cabaña en brazos de Thomas. Las huellas mojadas acababan pronto: frente a la puerta del dormitorio principal, la primera que salía a la derecha del pasillo.
Madre e hijo intercambiaron miradas. El espectáculo con el que se encontraron cuando él abrió la puerta fue recibido de distinta manera por cada uno.
Martin no pudo evitar sonreír ante la inusual imagen que estaba viendo. Solía ser el que reprendía a los hombres de la familia por su audacia que, en su opinión, la mayoría de las veces rozaba la inconsciencia. Probablemente, debería hacer lo mismo ahora. Lo suyo era despertar a Sansón y decirle un par de cosas mientras se ocupaba de sus lesiones. Aquella noche, su hermano había ido de una locura a otra mayor, y dormirse en una merecedora, sin recibir los preceptivos cuidados médicos, y con una mujer reposando sobre sus hematomas era el súmmum de la inconsciencia. Pero no lo haría porque no podía; no estaba enfadado, sino enternecido y, en parte, sorprendido por lo que veía. Era tan significativo que su hermano, el que desde siempre asistía solo a las reuniones familiares, se hubiera quedado dormido con una mujer entre los brazos, que aunque quería ponerse serio, no lo conseguía.
La voz de su madre lo devolvió a la realidad.
—¿Pero qué demonios hace en la maldita mecedora? Esa mujer necesita descansar como es debido y él… —Exhaló un suspiro disgustada—. Un psiquiatra, eso es lo que necesita este chico. ¡Míralos, parecen la bella y la bestia! ¡Será posible! ¡Hoy no gano para disgustos con él! ¡Qué hartazgo tengo…! —sentenció antes de darse la vuelta y dirigirse a la cocina, echando pestes por la boca.
Martin se rio por lo bajo. Su madre había acertado de lleno con aquella referencia a «La Bella y la Bestia». Ella, tan delicada y hermosa. Él, tan descomunalmente fuerte y de aspecto monstruoso con la cara desfigurada por la inflamación. Y también había acertado en que era una locura que Thomas hubiera escogido la mecedora para descansar, y no la cama, que estaba a tres pasos. No era una mecedora corriente, sino un sillón mecedora. Su hermano lo había encargado a medida y las dimensiones eran considerablemente más grandes que las de un mueble al uso. Tenía forma ergonómica, un mullido tapizado de treinta centímetros de grosor color beis y no tenía reposabrazos. Sin duda, era muy confortable, pero no el lugar idóneo para un cuerpo que había sido sometido a tanto estrés, como el de su hermano.
Entró en la habitación, sorteando la hilera de prendas que había en el suelo, se acercó hasta la mecedora y analizó la situación con detenimiento.
Por la expresión del rostro femenino, dedujo que ella al fin estaba relajada. No había tensión en su expresión, por lo que, probablemente, la analgesia combinada con la sedación suave que le había suministrado habría hecho efecto. Sin olvidarse, por supuesto, del mayor y mejor efecto de todos: el hombre que la envolvía con sus brazos. Bella estaba bien, no era necesario preocuparse por ella.
En cuanto a la Bestia… Martin tocó repetidamente su mejilla izquierda con la punta de un dedo. Era la parte más hinchada de su rostro, pues se correspondía con el lado donde un golpe le había partido la ceja. No hubo reacción alguna. Asintió, satisfecho, pues eso significaba que podía desinfectar ambas heridas —los puntos de la ceja y los de la cabeza—, retirar la sangre y la suciedad de su rostro con toallitas húmedas y darle una dosis extra de analgesia por vía sublingual sin tener que despertarlo. Después de que Thomas hubiera dormido unas cuantas horas, si no se había despertado por sí mismo, entonces lo haría él para completar la revisión y ponerle una vía para administrarle suero, más antibióticos y, si era necesario, más analgesia.
«Podía haber sido mucho peor», pensó Martin con alivio. Abrió el maletín que había dejado sobre la cama, y después de cubrir sus manos con unos guantes quirúrgicos, se puso a la tarea.
* * * * *
En la cocina, Lenora se quitaba el disgusto lavando con saña los cinco cuencos de terracota con asas que usaría para servir el caldo. A diferencia de lo que sus quejas podían dar a entender, la auténtica razón de su enfado tenía que ver con otras razones.
Hasta hacía unas pocas horas, pensaba que el hecho de que Thomas se hubiera involucrado con la hija de un aristócrata era, principalmente, cuestión de osadía. A su querido hijo le encantaba ponerse a prueba en todos los aspectos de la vida, ¿por qué no iba a hacerlo también cuando se trataba de sexo? Al saber quién era la mujer que había tenido en jaque a su familia todo el día, una mezcla de indignación y temor se había apoderado de ella. Las consecuencias para Thomas podían ser terribles, si el aristócrata en cuestión decidía apuntar su artillería contra él.
Sin embargo, en el fondo, muy en el fondo, Lenora había albergado una lucecita de esperanza de que lo que en realidad hubiera entre aquella mujer y su hijo fuera circunstancial. Pasajero.
Thomas era un portento de hombre que atraía las miradas femeninas dondequiera que iba. No era extraño que hubiera deslumbrado a aquella mujer; su hijo las deslumbraba a todas. Ser hija de un lord no la eximía de los efectos. Tampoco era extraño que Thomas se sintiera atraído por ella. Gayle Middleton era una mujer elegante, refinada y muy femenina.
Pero después de presenciar el abrazo que se habían dado en el coche de Martin, la estampa de la mecedora había fulminado cualquier rastro de esperanza.
Peor aún, Lenora empezaba a temer que lo que había entre su hijo y aquella mujer no era en absoluto circunstancial.
Muchísimo menos, pasajero.
* * * * *
Después de atender a Thomas, Martin se dirigió a la cocina a ver qué hacía su madre. La halló disponiendo cuatro cuencos de caldo sobre una bandeja.
—¿Qué tal está tu hermano? —preguntó ella mientras servía un cuenco, que luego le entregó.
Martín aspiró aquel aroma delicioso y familiar durante unos instantes antes de dar un sorbo.
—Te sale buenísimo, mamá… —Se apoyó contra la oscura mesa rústica con capacidad para ocho comensales y, mientras sostenía el cuenco con ambas manos, comenzó a ofrecerle el parte médico—. Tom sigue durmiendo. Sus constantes vitales están dentro de lo aceptable, dadas las circunstancias, no tiene fiebre y no sangra. Le he vuelto a desinfectar el corte de la ceja y la herida de la cabeza. He revisado sus manos y sus pies… Vamos, lo que estaba accesible, para no despertarlo. Los pies están bien, un poco magullados nada más. Las manos… —Suspiró al tiempo que negaba con la cabeza—. Tiene los nudillos destrozados. Se los he limpiado bien y le he aplicado una crema antibiótica. Lo estuve palpando un poco, por encima, y no he encontrado nada alarmante. Su ropa sigue limpia, no hay manchas de sangre. Creo que no hay heridas abiertas nuevas. Golpes, puede que sí, pero no cortes. Y para el dolor, que es lo que me preocupa, le he dado un analgésico potente. Ahora, hay que esperar…
Lenora mantuvo sus ojos sobre Martin.
—¿Esperar a qué?
—A ver cómo reacciona su cuerpo, con el paso de las horas, al enorme estrés al que lo ha sometido. Habrá dolor, eso seguro. Mucho y persistente. Queda por ver si habrá algo más…
—Este chico, este chico… —se quejó Lenora, angustiada.
—Intenta no preocuparte demasiado, mamá… Tom es una persona muy fuerte y eso obra a su favor. En todo caso, yo me quedaré aquí. Dentro de cinco o seis horas, si no se ha despertado, lo despertaré yo para valorar su estado y decidir el siguiente paso.
Lenora asintió varias veces con la cabeza.
—Gracias, Martin. Siempre te toca recoger los pedazos y volver a unirlos…
Él le quitó importancia con un gesto.
—Y gracias a Dios que puedo hacerlo… Laura te manda un abrazo y mucho ánimo.
—Gracias… Dale un beso de mi parte. A ver si la llamo mañana o pasado, cuando nuestra vida haya vuelto a la normalidad, y nos ponemos al día… —Suspiró—. Bueno, voy a llevarles caldo bien caliente a los hombres que están fuera, ¿vienes?
Martin señaló el maletín que había dejado junto a la puerta con un mohín gracioso.
—Claro —repuso—. Seguro que hay más trozos que recoger y unir.
—¿Unir? Habría que tirarlos a la basura. Sí, ya sé, ya sé… Eres médico. Hiciste un juramento hipocrático. Pero yo lo único que he jurado en mi vida es querer y cuidar a tu padre hasta que la muerte nos separe, así que… La basura con la basura. Es donde debe estar —sentenció, enfadada.
Martin no entró en el tema. No podía hacerlo. Su visión como hombre estaba totalmente influenciada por su visión como médico. Más allá del acoso y de la intención de hacer daño del individuo al que tenían maniatado en el garaje, era muy consciente de que estaba ante un enfermo. En cambio, decidió ponerle un poco de humor al momento.
—Tú piensa que has conocido a la primera novia de Sansón en treinta y nueve años. ¿A que cuando te levantaste por la mañana, no esperabas que el día te deparara semejante sorpresa?
El trapo de cocina que se estampó contra su cara un instante después le informó de que a Lenora Eaton su comentario jocoso no le había hecho ninguna gracia.
* * * * *
Cuando Martin y su madre llegaron al garaje, Baxter estaba sentado en una vieja silla con los brazos atados a la espalda y los tobillos sujetos fuertemente por una brida. Inconsciente. A un par de metros de distancia, junto al coche azul marino de Alex, el general hablaba con Declan y con su hijo mientras el primero se secaba el pelo con una toalla y el segundo acababa de cambiarse sus prendas empapadas por unos vaqueros, una camiseta blanca, un jersey negro con cremallera y capucha, y unas deportivas del mismo color.
Había dejado de llover y ahora podía oírse el ruido de los dos generadores diésel que suministraban energía eléctrica a la cabaña y al garaje.
Lenora enseguida se puso a repartir el caldo, que todos recibieron de buen grado, pues el termómetro que había en la pared, encima de la larga mesa de trabajo, marcaba –4º C.
—Gracias, mamá… ¿Cómo está Tom? —preguntó Alex, sacándole las palabras de la boca al general, después de apoyarse contra la puerta de su coche, junto a Declan.
—Dormido en su adorada mecedora con nuestra invitada sobre las piernas —dijo ella, al tiempo que le tendía la última taza de caldo a su marido.
Un conato de sonrisa atravesó fugazmente el rostro del general Eaton ante aquella respuesta que dejaba claro el enorme disgusto de su esposa. Pensó que sus palabras habían descrito una imagen muy significativa, tratándose de Thomas. Al principio, la idea de que su hijo se relacionara con una mujer de la aristocracia británica le había preocupado mucho. Sin embargo, ahora, al final de un día cargado de nerviosismo, incertidumbre y miedo, en el que había podido conocer de qué madera estaba hecha la mujer en cuestión, la imagen ya no le resultaba tan chocante. De hecho, en cierto modo, lo reconfortaba que hubiera alguien en la vida de su solitario hijo.
Martin, en cambio, no reprimió su sonrisa.
—Mamá quiere decir que está razonablemente bien —aclaró y, a continuación, relató de manera sucinta cuál era su estado. Al observar cómo estaba el contrincante de Sansón, preguntó con segundas—: ¿Qué hay de él? ¿Se cayó y se golpeó la cabeza?
Declan desvió la mirada y se concentró en su cuenco. Alex asintió a la pregunta de su hermano, con expresión impertérrita.
Martin se acercó al individuo y lo examinó por delante y por detrás. Estaba hecho un cristo. El tabique nasal fracturado, el labio inferior partido, barro por todos lados, heridas en los nudillos. Más lo que hubiera debajo de sus carísimas y empapadas prendas de vestir.
—¿La nariz también se la ha roto en la caída? —preguntó, volviéndose a mirar a su hermano.
Otro asentimiento con la misma expresión neutra por parte de Alex le confirmó que el energúmeno se había caído contra el puño de alguien. Si tuviera que apostar, diría que el puño pertenecía a Sansón.
Bajó la vista hasta los pies. Le subió los pantalones para comprobar las bridas. La tensión estaba bien, no le cortaba la circulación, pero la hinchazón de su pie derecho indicaba que se lo había torcido o distendido.
—¿Y el tobillo?
—Saltó de la ventana —repuso Alex, después de dar un buen sorbo a su caldo de carne y verduras.
Martin se volvió a mirarlo con una ceja enarcada.
—Por lo que tengo entendido, tú también —contraatacó.
Alex asintió una vez más. De todas sus respuestas, la última era la única cierta. El tipo se lo había torcido al saltar. Tom estaba convencido de que fingía. Evidentemente, solo exageraba. Sin embargo, a efectos del relato oficial de lo acontecido allí aquella noche y, a pesar de las evidentes objeciones de Martin, todas sus respuestas eran veraces. Los militares contemplaban el uso de la fuerza física de una manera diferente que los médicos. Martin era médico, aunque desempeñara sus funciones dentro de las fuerzas armadas, pero él era militar.
—No te preocupes por mí, yo estoy bien —aseguró y vio que su hermano le lanzaba una mirada burlona que se limitó a ignorar.
Baxter empezaba a dar muestras de estar volviendo en sí. Martin abrió el maletín que había dejado en el suelo, junto a la silla, y anunció:
—Voy a atenderlo. Si a alguien le incomoda, ya sabe lo que tiene que hacer…
Solo Lenora se dio por aludida, levantando una mano. Aunque no era militar, y, desde luego, tampoco médico, sí era una mujer que no sentía ninguna clase de compasión por los acosadores y los asesinos machistas. Menos aún por el que estaba allí, atado de pies y manos, pues había puesto en riesgo la seguridad de su propia familia.
—Ve dentro, querida, y espéranos al calorcito —propuso Lawrence, afectuoso.
—Adiós a todos —se despidió.
Cuando estaba atravesando el pasillo que unía el garaje a la cabaña, Lenora empezó a oír los gritos y los insultos de Baxter, señal de que había recuperado plenamente no solo la conciencia, sino también la psicosis.
Dirigía su ira incontenible contra Thomas por haberse acostado con su mujer, haber puesto a lord Middleton en su contra y por haberle partido la nariz. Contra Martin por intentar recolocársela. Contra Alex por haberlo maniatado y contra Declan por traicionarlo a él y a su familia, permitiendo que lo cazaran como a un perro rabioso. Su ira apuntaba a todos, pero en especial a su exmujer. Las peores ofensas se las dedicaba a ella.
«¡Te voy a matar, puta! ¡Cuando acabe contigo, no van a encontrar ni las uñas!», gritaba, «¡¿Dónde estás?!» ¡¿Dónde coño te has metido, frígida de mierda!».
La estampa de la mecedora regresó a la mente de Lenora y, por una vez, no le produjo disgusto.
«¡Qué ataque de odio te daría, si supieras dónde está ella!», pensó.
Por suerte, el indeseable no seguiría chillando mucho tiempo más. Las sirenas que oía anunciaban que la policía ya había accedido al camino que conducía a la cabaña.
Aquel día nefasto estaba a punto de acabar al fin.
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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 51
Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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51
Gracias a la intervención de Martin, que le había explicado en detalle cuál era el estado médico de Gayle y de Thomas, el policía a cargo del caso había dado su visto bueno a que sus declaraciones tuvieran lugar más adelante, en cuanto fuera posible.
Con Baxter en poder de las autoridades, la familia al fin había podido reunirse en el salón, cenar y descansar unas horas antes de empezar una nueva jornada.
Declan también había permanecido en el lugar. Necesitaba dormir un par de horas antes de volver a ponerse al volante para regresar a Londres. En todo caso, con Thomas de baja, él había quedado a cargo de la protección de Gayle y debía esperar a que ella despertara para recibir instrucciones. Tras darse una ducha y cambiar su ropa mojada por una muda de recambio que llevaba en el coche, había cenado con la familia. Más tarde, Alex, Martin y él habían ocupado los cómodos sofás del salón, donde los tres habían dormido algunas horas.
Ya era de día cuando Martin había regresado al dormitorio de Thomas, dispuesto a completar la revisión de su estado. Para hacerlo, había sido necesario despertar a Gayle. Su hermano estaba tan grogui que se había visto obligado a requerir la ayuda de Alex para levantarlo de la mecedora y conducirlo entre los dos hasta la cama.
Gayle se había quedado de pie junto a la mecedora, abrazándose los brazos, contemplando la escena con tal preocupación que a Martin le partió el alma.
—¿Estás bien?
—Yo, sí, ¿y él? Por favor, dime la verdad, Martin —suplicó.
—Es un roble. Solo está profundamente dormido. Es una respuesta natural del organismo. No te preocupes, se recuperará. ¿Por qué no te pones cómoda en la mecedora y duermes un rato más? Es tan grande que vale a modo de una cama para ti…
Gayle le ofreció una ligera sonrisa. Desplazó su mirada hacia el otro hombre que había en la habitación. Sin el gorro con el que lo había visto la primera vez, se parecía aún más al general Eaton. Pero, luego, todos se parecían a él. ¿Era el mismo que había visto o era otro? Sus recuerdos estaban borrosos.
—Hola…, ¿Alex? —preguntó, dudosa. Vio que él asentía con la cabeza y respondía a su saludo.
Gayle se volvió brevemente a mirar por la ventana. Ya era de día. ¿Quería decir eso que su pesadilla había acabado? Volvió a mirar a los hermanos de Thomas.
—¿Kyle…?
—Anoche, se lo llevó la policía —explicó Alex.
Ella suspiró aliviada. Sin embargo, su alivio no duró mucho. La noche había acabado y, con la detención de Kyle, había terminado una pesadilla. Ahora comenzaba otra: separarse de Thomas. Solo el pensamiento consiguió nublarle la vista.
—¿Qué hora es?
—Las ocho y media —repuso Martin—. Gayle, voy a ocuparme de Tom… ¿Por qué no vuelves a la mecedora e intentas descansar un rato más?
Ella comprendió que su consejo, además de concederle cierta intimidad al paciente, intentaba protegerla de una visión desagradable. Sin embargo, no regresaría a la mecedora. No prolongaría el tormento por más tiempo.
—Gracias, pero he de marcharme. Mis problemas personales y yo ya hemos monopolizado bastante vuestra vida —se disculpó—. Si me indicáis dónde está mi equipaje… Me gustaría darme un baño y cambiarme.
Martin se acercó a ella. Posó sus manos con mucha suavidad sobre los antebrazos femeninos y volvió a partírsele el corazón al sentir que estaba temblando.
—No me gusta lo que dices. Ha sonado a disculpa y no tienes por qué, Gayle. Necesitabas ayuda y todos nosotros estamos encantados de haber podido dártela. Por favor, no te disculpes. No hay nada que disculpar.
Ella se las arregló para contener el llanto. Miró a Alex y vio que él asentía, corroborando las palabras de su hermano.
—De acuerdo. No más disculpas —concedió.
Martin sonrió.
—Así me gusta. He dejado tu equipaje allí —señaló el otro extremo de la habitación, junto a una pequeña mesa escritorio de roble macizo, de estilo rústico.
—Voy a encender la estufa del baño para que se vaya templando —intervino Alex—. Luego, vuelvo a ayudarte con Tom, Martin.
—No —repuso él—. Vuelve al sofá a dormir. Yo me apaño con el pequeño Tom.
Los hermanos intercambiaron miradas cómicas antes de que Alex abandonara la habitación.
* * * * *
Después de encender la vieja estufa de gas y dejar dos grandes toallones sobre el borde de la bañera, Alex fue a la habitación de invitados donde dormían sus padres.
Se dirigió al lado izquierdo de la cama, donde estaba Lawrence, y lo tocó en el hombro hasta que abrió los ojos.
—Buenos días, papá. Nuestra invitada se ha levantado —le informó—. Le he preparado el baño. Va a marcharse.
Lawrence se restregó los ojos y se incorporó un poco en la cama. Miró a su mujer. Lenora dormía.
—Hola, Alex… De acuerdo —dijo en voz baja—. ¿Cómo está Tom?
—Grogui. Martin está con él ahora.
—¿Y la señora Middleton… cómo está?
Muy pálida y nerviosa, pensó. Probablemente siguiera sintiéndose igual de mal que antes de dormirse. Pero se contenía.
—Echándole valor —repuso. En su opinión, era lo que esa mujer llevaba horas haciendo con una entereza y un aplomo fuera de toda duda. Vio que su padre asentía enfáticamente.
—Por favor, pon agua a hervir para el té, también haz algo de café, por si a nuestra invitada le apetece, y despierta a Declan —pidió Lawrence—. Yo enseguida voy a preparar el desayuno. Vamos a darle quince o veinte minutos más a tu madre. Anoche, estaba agotada.
—Entendido, general.
* * * * *
Mientras tanto, en el dormitorio de Thomas, Martin se las había arreglado para despojarlo de su ropa sin ayuda. El tejido flexible de las prendas de deporte que vestía había facilitado, en parte, la tarea, a pesar de lo cual maniobrar con el peso muerto de su hermano lo había hecho transpirar. Al acabar se sentó en la cama, a su lado, y se tomó unos instantes antes de seguir.
Después de una revisión exhaustiva, Martin llegó a la conclusión de que su hermano no tenía nuevas lesiones. Las que poblaban su cuerpo llevaban con él varias horas y habían empezado a cambiar de color. Todo él empezaba a convertirse en una sinfonía de azulados y morados con pequeñas porciones rojizas. El hecho de que no hubiera encontrado siquiera un rasguño nuevo era una confirmación de que Baxter no había podido tocarlo. No tenía la menor duda de que el tipo lo habría intentado. Pero no había tenido éxito. Y no porque Alex o Declan hubieran intervenido. Thomas no habría permitido otra clase de enfrentamiento más que uno en igualdad de condiciones. Simplemente, eran muy pocos los hombres capaces de derrotar a su hermano en una pelea justa.
Tenía unas líneas de fiebre que atribuyó al estado de agotamiento general de Thomas, puesto que las heridas estaban en buenas condiciones. Administrarle suero era imprescindible, así como antibióticos y otros fármacos. Pero antes de ponerle una vía, decidió comprobar su estado mental. Despertarlo no le resultó nada sencillo. De hecho, había empezado a preocuparse cuando su hermano apartó con torpeza la mano que lo estaba sacudiendo.
—Despierta, tío. Vamos, abre los ojos y mírame —pidió Martin.
Thomas obedeció a medias. Solo uno de sus ojos se abrió y miró alrededor, pero no a Martin. Pestañeó con insistencia y enseguida arrugó la cara en un evidente gesto de dolor.
—Joder… ¿Me ha pasado un camión por encima? —musitó. Un instante después, posó sus dos ojos —uno abierto; el otro parcialmente cerrado— en Martin—. ¿Y Gayle? ¿Dónde está?
No había mejor prueba de que la mente de su hermano funcionaba bien que haber preguntado por su novia.
—Ya viene, tranquilo. Está bien. Ha ido al baño.
—Ah, vale… —Volvió a arrugar la frente y lo miró una vez más antes de preguntar—: ¿Y Baxter?
—Detenido.
—Bien… Joder, joder, joder —se quejó, moviéndose con dificultad en la cama, como si estuviera intentando encontrar una postura en la que el dolor le diera un respiro, sin conseguirlo—. Tío, me duele todo…
Martin iba a responderle «te lo dije», pero cuando ya tenía la frase en la punta de la lengua, decidió guardársela. Era médico; su trabajo consistía en ofrecer soluciones al sufrimiento humano. Para los sermones, ya estaban los sacerdotes y los pastores.
—No te preocupes, Tom. Voy a ponerte una vía ahora mismo —repuso él, tomando su brazo para desinfectar la zona—. Tú intenta volver a dormirte, ¿vale? Gayle no tardará.
Martin procedió con toda la rapidez que pudo. Decidió conectar primero la analgesia a la bolsa de suero. Después, le suministraría antibióticos.
Al cabo de unos minutos vio con alivio que Thomas respiraba profundamente y cerraba los ojos. Poco después, había vuelto a sumirse en un sueño profundo.
* * * * *
Una ducha solo le había permitido a Gayle mejorar su aspecto; su ánimo estaba más bajo que nunca. Sabía que le tomaría tiempo superar lo sucedido: el acoso, el temor por su vida, la sensación de total vulnerabilidad. Incluso, la culpabilidad. Ese sentimiento que últimamente la asaltaba a diario, haciendo que se cuestionara hasta qué punto era una víctima inocente. Hasta qué punto no había sido cómplice, con su silencio, de que Kyle se creciera en su locura ególatra hasta acabar convencido de que ella le pertenecía, como su coche o su casa, y era dueño de hacer con ella lo que quisiera.
Lo superaría, de eso estaba segura. No sería sencillo; iba a necesitar terapia y mucha paciencia consigo misma, pero lo conseguiría. No estaba dispuesta a permitir que un indeseable del que se había divorciado por propia decisión cuatro años atrás continuara atormentándola.
Sin embargo, había algo de lo que jamás se recuperaría: tener que distanciarse de Thomas. Era lo último que deseaba, pero debía hacerlo. Si algo había quedado cristalinamente claro las últimas treinta y seis horas era que ella y su apellido solo le causarían problemas.
Se levantó de la pequeña mesa escritorio y se dirigió de puntillas hacia la cama para evitar que el repiqueteo de sus altos tacones contra las tablas de madera perturbaran el sueño de Thomas. Se sentó en la cama, a su lado. Un grueso edredón de plumas con la funda en color terracota lo cubría hasta la mitad del pecho. Un brazo —donde Martin le había puesto una vía— estaba fuera del edredón. Ver su pecho desnudo le produjo emociones encontradas. Era una visión poderosa que traía recuerdos excitantes a su mente. Y, al mismo tiempo, su piel cubierta de moretones y heridas le producía mucha impresión. Y también mucho dolor. Le dolía ser la culpable de su estado. Por más que él y sus hermanos intentaran convencerla de lo contrario. Recorrió con su mirada el brazo y, al llegar a su mano, contuvo el aliento. Estaba herida: sus nudillos y la primera falange de los cinco dedos estaban en carne viva. ¿La otra mano estaría igual… o peor? Sus náuseas se intensificaron. Apretó los párpados en un intento por recomponerse. Al fin, volvió a mirar a Thomas. Su rostro estaba desfigurado por la hinchazón y empezaba a haber suaves tonalidades azuladas alrededor de su ojo izquierdo. Sin embargo, su expresión parecía relajada. Aún sabiendo que era por efecto de las medicinas, eso la tranquilizó. Martin le había asegurado que Thomas se recuperaría y ella confiaba en él. Apenas lo conocía, pero el tiempo —no sabía cuánto— que habían pasado juntos en la parte trasera de su coche había sido suficiente para demostrarle que era alguien en quien podía confiar.
Estar cerca de Thomas pronto se convirtió en una tentación. Incluso en las terribles condiciones en las que se hallaba por su culpa, ejercía una intensa atracción sobre ella.
Respiró profundamente, infundiéndose valor, y se obligó a ponerse de pie.
Debes irte, Gayle. Debes irte.
Pero sus pies se negaban a obedecer. Titubeó un instante y al fin, se inclinó hacia Thomas. Apoyó una mano sobre la cama, pues temía perder el equilibrio y caer sobre él. No soportaría hacerle más daño del que ya le había hecho. Dejó que sus labios se posaran con suavidad sobre los labios masculinos. Lo besó una vez, y otra y otra más.
Y así habría seguido, besándolo aunque no fueran besos correspondidos, sintiéndolo muy cerca. Dios sabía que lo necesitaba. Necesitaba desesperadamente todo lo que solo él conseguía hacerla sentir. Todo lo que había despertado en ella. Sin embargo, debía marcharse y permitir que él siguiera con su vida. No hacerlo, continuar a su lado, a sabiendas de las consecuencias que eso le acarrearía a Thomas, sería un acto de egoísmo imperdonable.
Lo miró durante unos instantes, acariciando amorosamente con sus ojos las heridas, los golpes, hasta los pequeños rasguños, deseando tener el poder de curarlos y de que aquel rostro que jamás olvidaría volviera a estar tan sano y atractivo como siempre. Como antes de que unos desalmados lo atacaran por su culpa.
Suspiró.
—Tengo una deuda enorme contigo, Thomas. Una que nunca podré saldar… Y no sabes cuánto lamento que sea así —musitó sobre sus labios, y lo besó por última vez.
Entonces, se incorporó, dejó sobre la mesilla el sobre con la nota que había escrito para él y abandonó la habitación antes de que ya no fuera capaz de hacerlo.
* * * * *
Cuando entró en la cocina, vistiendo un traje cruzado clásico de raya diplomática azul marino, con pantalones amplios y fluidos, un maquillaje suave y su cabello cuidadosamente recogido en un moño a la altura de la nuca, Gayle ya se las había arreglado para volver a parecer la mujer elegante, amable y educada que, en realidad, era. Aquella buena gente no la había conocido en su mejor momento y nada podía cambiar eso, pero quería asegurarse de que el último recuerdo que guardaran de ella estuviera a la altura.
—Buenos días —los saludó con su mejor sonrisa. Sentados en torno a una mesa rústica, iluminada por cuatro lámparas colgantes de hierro negro, donde había fruta, huevos pasados por agua, jamón, bacon crujiente y tostadas, disfrutando de un momento familiar mientras conversaban, constituían la viva imagen de una familia muy bien avenida. Eso era algo que ella jamás había tenido.
Todos respondieron a su saludo y hubo rápidos movimientos de hombres poniéndose de pie. La única mujer entre ellos enseguida cogió la jarra del café en una mano y la tetera en la otra.
—Buenos días, Gayle. Qué buen aspecto tiene hoy. Me alegra mucho verla tan recuperada… ¿Prefiere té o café? —ofreció Lenora.
Para Gayle supuso un alivio notar que la madre de Thomas estaba siendo sincera. Lo había sido el día anterior al plantearle de manera directa sus preocupaciones, y también lo estaba siendo ahora.
—Gracias, me siento mucho mejor hoy. Me temo que voy a declinar, Lenora. Se lo agradezco mucho, pero debo marcharme y ustedes…
—Nosotros estamos desayunando —la interrumpió Martin con una sonrisa—. Es lo que suele hacer la gente después de levantarse. ¿Cuánto va a retrasarte tomar un café o un té…? ¿Diez minutos?
—Déjala, Martin. No seas pesado. —Y volviendo a mirar a Gayle, añadió—: Le vendrá bien meter algo caliente en el estómago, así que, si no puede quedarse, le pondré lo que elija para llevar. Seguro que mi hijo tiene alguna taza térmica por aquí…
Gayle suspiró. Asintió con una sonrisa y tomó asiento en la silla que tenía más cerca, junto al padre de Thomas.
—Faltaría más. Prefiero un té con un chorrito de leche y lo tomaré aquí con mucho gusto. Gracias, Lenora.
Fue entonces cuando cayó en la cuenta de que la persona que estaba sentada frente a ella, al otro lado de la mesa, era Declan. Recordaba vagamente haberlo visto en el coche de Martin por la noche.
—Hola… —lo saludó—. ¿Has pasado la noche aquí o acabas de llegar? Perdona, mis recuerdos son bastante confusos…
En aquel momento, Lenora le tendió una taza de té y Alex le acercó el soporte para tostadas cargado de rebanadas de pan de molde tostado. Lo hizo con un gesto tan amable que Gayle, a pesar de tener el estómago anudado por los nervios, no pudo negarse a coger una.
—He pasado la noche aquí —repuso Declan—. Quería estar cerca cuando te levantaras porque estoy al corriente de tu afición por no causar molestias al prójimo y cumplo en informarte que ningún taxi va a llevarte a casa. Tu chófer soy yo. Pero aunque hubiera querido marcharme, no me habrían dejado —dijo, dedicando una mirada agradecida a los padres de Thomas.
—Por supuesto que no —corroboró Lenora. El general asintió con la cabeza, concediendo a lo dicho por su esposa.
Gayle no pudo evitar pensar que, a pesar de odiar causarle molestias a la gente, no había hecho otra cosa los últimos dos días. Jana estaba en tratamiento por sus ataques de pánico y, cuando los sufría, no quería quedarse sola. Si Declan había pasado la noche en la cabaña, ¿con quién la había pasado su querida amiga?
—Ay, Declan… ¿Y Jana? —preguntó, angustiada.
—No te preocupes. Anoche se quedó en la casa de Harley y Brandon. Dentro de un rato, cuando estemos en la carretera, la llamo y así charláis.
Gayle asintió. No había probado el té ni tocado la tostada y debía marcharse. Cada minuto que pasaba en compañía de aquellas buenas personas —y tan cerca de Thomas—, más insoportable resultaba la idea de irse. Sin embargo, no podía hacerlo sin formular la pregunta de rigor.
—¿Hay algo que tenga que saber de lo sucedido anoche? —Los recorrió con la mirada sin dirigirse a nadie en especial.
El general Eaton sacó el iPhone de Gayle del bolsillo de su cárdigan y se lo entregó.
—Después de que la policía se llevara detenido a Kyle Baxter —explicó—, me tomé la libertad de llamar a su padre para informarle. Está al tanto de todo. Sabe también que la policía espera que usted se presente en sus dependencias para responder a unas preguntas. Es lo normal. Thomas también tendrá que hacerlo en cuanto se recupere… —aclaró al ver la expresión interrogante de Gayle—. Sin embargo, su padre me ha pedido que le diga que se abstenga de acudir a las dependencias policiales. Me ha asegurado que sus abogados se ocuparán de ofrecerle a la policía toda la información que requieran.
Por supuesto. ¿Cómo no iba a tener algo que decir al respecto lord George Francis Middleton?
Ella asintió con la cabeza y bebió un poco de té. Le costó un triunfo tragarlo. A continuación, inspiró profundamente y se obligó a sonreír.
—Bien. Ahora sí, he de irme. Me han pedido que no me disculpe más, así que no lo haré… —Su mirada se encontró con la de Martin, quien le hizo un guiño—. En su lugar, diré: Muchísimas gracias de todo corazón. Nunca olvidaré lo que han hecho por mí.
La angustia había quebrado sus últimas palabras. Era cuestión de tiempo que ya no pudiera contenerse. Debía marcharse ya.
Gayle se levantó de la silla, hizo un leve gesto con la mano, a modo de despedida, y, acto seguido, se dirigió hacia la puerta con la cabeza erguida y la vista totalmente nublada por las lágrimas.
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52
Declan echó un vistazo al asiento de atrás por el retrovisor. A poco de marcharse de la cabaña, Gayle le había pedido que se detuviera para cambiarse al asiento de atrás, alegando que no se encontraba bien e intentaría descansar. Él había leído entre líneas, obviamente. Su malestar era evidente —el maquillaje no lograba esconderlo—, pero era su ánimo lo que estaba peor. Viajar en la parte de atrás del SUV le concedería al menos cierta intimidad si su emotividad se desataba, cosa que, en efecto, había sucedido. También evitaba tener que hablar sobre sus planes inmediatos y que él le hiciera preguntas al respecto.
En cierto modo, Declan prefería que fuera así. Se sentía responsable de que Kyle se las hubiera arreglado para llegar a estar tan cerca de ella. No era de la clase de personas que tenían problemas para reconocer sus errores, pero hacerlo en aquel momento solo serviría para descargar su conciencia. No la ayudaría lo más mínimo a recuperarse, más bien, al contrario, y ya bastante la había perjudicado con su estrechez de miras.
El sonido de una llamada entrante lo sacó de sus pensamientos con una sonrisa. Era Jana.
—Estás en altavoz y no viajo solo —se adelantó en un tono pícaro—. Hecha la advertencia, ¿cómo estás, preciosa? Lamento haberte dejado sola anoche…
—Yo también. Estás hecho un desastre de novio, ¿sabes? Pero no te preocupes, siempre puedes compensarme…
La dulzura en la voz de Jana fue como un elixir revitalizador para Declan.
—¿Puedo compensarte? —jugueteó.
—Debes.
Una enorme sonrisa brilló en el rostro masculino.
—Entonces, dalo por hecho.
—Lo haré —coqueteó Jana—. ¿Estás con Gayle?
—Sí, pero no se siente nada bien… —Miró por el retrovisor antes de decir—: Va detrás, con los ojos cerrados.
—Vaya… Pobre. Menuda noche debe haber pasado… Tiene el móvil apagado.
—Bueno, en realidad, no tenía el móvil con ella por cuestiones de seguridad —explicó—. El general Eaton se lo devolvió hace un rato. Se ve que aún no lo ha activado.
—Ah, era por eso. Vale, entonces, me quedo más tranquila. La he llamado tantas veces sin lograr hablar con ella, que empezaba a darme que pensar…
—¿Cómo están las cosas por ahí?
—Bien, dentro de lo que cabe. Harley sigue con náuseas, pero según ella son «náuseas felices». Brandon sigue en las nubes con la noticia de que va a ser padre por segunda vez y, aunque se está ocupando de Fay y de Perry, no permite que lo sucedido con su hermano traspase los muros de su fortaleza familiar. No quiere a Harley ni a Hugo en medio de esta tormenta bajo ninguna circunstancia. Dice que lleva toda la vida advirtiéndoles de que este día llegaría y que nunca le han hecho el menor caso, así que ahora sus padres tendrán que hacer frente a las consecuencias. Les ayudará, por supuesto, pero bajo ciertas normas que tendrán que cumplir a rajatabla. Y ya sabes cómo es cuando algo se le mete entre ceja y ceja… Por suerte, Lau está aquí también y es un especialista en ponerle al mal tiempo buena cara, así que… Todo parece mucho más fácil y llevadero cuando él está cerca —admitió, con un punto de emoción en su voz.
Declan asintió con una sonrisa. Su chica echaba mucho de menos al neerlandés. Él también.
—¿Tengo que ponerme celoso? —coqueteó.
—No. Pero si quieres hacerlo, no me parecerá mal —coqueteó ella a su vez.
—Vale. Lo tendré en cuenta… ¿Le digo a Gayle que te llame cuando despierte?
Gayle no estaba dormida, solo abrumada por las duras decisiones que tenía que tomar y muy triste por la que ya había tomado. Sin embargo, no se sentía a gusto consigo misma permitiendo que su querida amiga se preocupara por ella sin dar la cara.
—Estoy despierta, Declan —intervino—. Es solo que no quería interrumpir un momento tan vuestro…
—¡Hola, forastera! ¡Qué alegría escuchar tu voz! —celebró Jana enseguida.
Interiormente, Declan lamentó tener que ceder el turno de palabra. Necesitaba a Jana. Pero Gayle, probablemente, la necesitara más en aquellos momentos. Además, quizás, se sincerara con Jana respecto de lo que pensaba hacer en el futuro inmediato, algo que por el momento era una incógnita.
—Dadme un momento, que desconecto el móvil del sistema bluetooth para que habléis tranquilas —pidió, algo que Jana no tardó en agradecerle efusivamente.
—¡Eres el mejor, Dec!
—Lo sé, preciosa. Un beso. Luego, te llamo.
—Otro para ti —se despidió Jana.
Y a continuación, Declan desconectó el bluetooth y le tendió su móvil a Gayle.
* * * * *
Después de que Gayle se marchara, Lawrence había ido a la habitación de Thomas. Sus hijos y su esposa habían regresado a la cocina. En teoría, para acabar de desayunar; en realidad, ninguno había probado bocado. Todos, a su manera, estaban afectados por la súbita marcha de su invitada y por el momento emotivo que había tenido lugar allí mismo, antes de que se fuera. Y no porque la mujer hubiera cedido a la emoción, sino justamente por sus denodados esfuerzos para no hacerlo.
El silencio se había extendido durante varios minutos y había sido Lenora quien lo había roto.
—No creí que fuera a marcharse tan pronto; anoche no estaba nada bien, pero me alegra. —Al caer en la cuenta de que lo dicho podía tener otra lectura, aclaró—: A ver, es una mujer encantadora y no me habría molestado en absoluto que se quedara aquí el tiempo que necesitara para recuperarse. Lo digo porque todos necesitamos volver a la normalidad. ¿Qué vais a hacer vosotros, por cierto? —preguntó, mirando a sus hijos.
Alex y Martin intercambiaron miradas. Ambos pensaban lo mismo: había alguien que no se alegraría nada de que Gayle Middleton se hubiera marchado.
—Quedarme —dijo Alex—. No tengo que incorporarme hasta el jueves. —Se estiró a coger la jarra de café y, antes de servirse, le ofreció a su familia con un gesto. Martin le acercó su taza y Alex vertió café en ella hasta que su hermano le indicó que era suficiente.
—Yo me voy en un rato al hospital. Volveré por la tarde y, dependiendo de cómo esté Tom, pasaré la noche aquí.
—¿Cómo está él? Y no me vengas con lo de que es un roble… Dime lo que hay —exigió Lenora.
Los hermanos volvieron a intercambiar miradas, solo que esta vez no pasó inadvertido a la única mujer de la familia.
—No sé lo que me estáis ocultando —dijo, señalándolos con un dedo—, pero ya podéis empezar a soltarlo.
Martin dio un sorbo a su café mientras pensaba cómo plantear lo que tenía en su mente de una forma que no crispara a su madre. La conocía lo suficiente para saber que no veía con buenos ojos que Thomas mantuviera una relación íntima con su cliente. Mucho menos que hubiera involucrado a la familia para protegerla. En todo caso, el general se lo había confirmado por la noche, durante la breve conversación que habían mantenido cuando Lenora ya se había acostado. Por lo que Martin había podido comprobar, lo que había entre su hermano y Gayle iba mucho más allá de un simple intercambio de fluidos corporales. Ella le importaba mucho a Tom y, en el estado en que él se hallaba, la ausencia de Gayle tendría consecuencias. En especial, si, como sospechaba, se trataba de una ausencia por tiempo indefinido.
—Está evolucionando mejor de lo que esperaba. Por el momento, al menos.
—¡Bien! —celebró Lenora, dando una palmada de júbilo en la mesa.
—Pero cuando despierte y se dé cuenta de que Gayle se ha marchado… —Martin hizo un gesto de incertidumbre y no completó la frase.
Lenora no tardó en descartarlo con tono desdeñoso.
—¿Qué dices, Martin? Tu hermano no es ningún ingenuo. Seguro que no espera que ella se quede cogiéndole la manita mientras vela su sueño… —Aunque, en el fondo, sabía perfectamente lo que Martin había querido decir y no le había gustado nada.
Él se encogió de hombros.
—Lo que sé, mamá, es que Tom debió quedarse en el hospital y no pude evitar que se marchara porque no atendió a razones de ninguna clase. Y que no debió sumarse a la expedición de caza y captura de Baxter, lo cual tampoco pude evitar que hiciera. No sé cómo reaccionará cuando despierte y no la encuentre aquí, pero, visto lo visto, no voy a apostar por mí. No creo que Tom vaya a quedarse en la cama y a tomárselo con calma. El problema es que tiene que hacerlo. Que su recuperación sea completa depende de eso.
Mientras escuchaba a Martin, la indignación de Lenora no había dejado de crecer. Había educado a sus cinco hijos para que fueran personas generosas y serviciales, no individuos egoístas que solo pensaran en sí mismos y sus intereses. Thomas había puesto en jaque a toda la familia por esa mujer. ¿Y ahora pensaba poner en peligro su recuperación no atendiendo a razones? Ni hablar.
—Tú no te preocupes por eso, Martin. Tu hermano se quedará en la maldita cama hasta que tú lo digas —sentenció Lenora, encendida.
Acto seguido, abandonó la mesa y se dirigió a la puerta.
—Voy a dar un paseo —anunció antes de salir.
Alex siguió a su madre con la mirada, un tanto extrañado. Su explosión, que no era algo excepcional, sí que había resultado bastante excesiva esta vez. No podía estar relacionada solo con el hecho de que Thomas hiciera siempre lo que le daba la gana. La enfadara o no, estaba más que acostumbrada a eso. Además, había algo en aquella situación que no acababa de cuadrarle… Su madre llevaba toda la vida quejándose de que Thomas viviera como el eterno soltero y ahora que, evidentemente, había alguien en su vida, ni siquiera se refería a ella por su nombre de pila. Volvió la vista hacia Martin.
—¿Sabes algo que yo no sé?
—¿Necesitas que te lo explique? —Al ver la mirada interrogante de su hermano, suspiró—. Intuye que se cuece algo importante entre ellos. Y me da que no le gusta.
—¿Qué no le gusta? —Alex no enumeró todas las evidentes virtudes de la treintañera, pero su tono lo dejó entrever.
Martin sonrió al tiempo que asentía con la cabeza.
—¿Que sea la hija de un aristócrata? —repuso con ironía—. Seguro que ya se ha hecho toda una película en la cabeza. Una película en la que a su hijito no solo le rompen el corazón, sino que también le destrozan la vida por liarse con la mujer equivocada… —Vio que Alex arrugaba el ceño y volvió a asentir—. Te entiendo. A mí también me gusta Gayle. Me parece perfecta para Tom, pero ya sabes cómo las gasta Lenora Eaton…
Claro que lo sabía. Todos los hombres Eaton lo sabían muy bien. Su madre era genio y figura. Había que serlo para sacar adelante a cinco hijos ella sola. Sin embargo, esta vez, se estaba pasando mucho de frenada.
—Ni que estuviéramos en el siglo XVII… —comentó Alex.
—Ya —concedió, pues estaba totalmente de acuerdo, pero la cuestión inmediata era otra—. Lo primero que me preguntó Tom cuando lo desperté fue: «¿Y Gayle?». No apostaría a que la próxima pregunta que me haga sea diferente. Y, la verdad, preferiría no tener que ser quien le diga: «Se ha ido».
Alex asintió. Desde luego, él tampoco.
—¿Te dijo algo cuando fuiste a despedirte?
Toda la familia había salido tras Gayle cuando había abandonado la cocina. No la habían agobiado; estaba claro que la mujer lo estaba pasando mal intentando mantener a raya su emoción. Martin la había ayudado a subir al vehículo de Declan (con la excusa de comentarle algo a él) y Alex se había ocupado de poner su equipaje en el maletero. Lenora y el general se habían acercado al coche a conversar con Declan, procurando darle espacio a su invitada para que se recuperara.
—«Gracias por todo, Martin» —repuso—. Estabas ahí, ¿no la oíste?
Alex asintió.
La había oído, sí. También había percibido cómo se le quebraba nuevamente la voz. Había creído —o, quizás, dado por hecho— que ella aprovecharía el momento para dejar un mensaje privado para Thomas. De ahí su pregunta.
—Es raro que se haya ido sin darnos ningún recado para Tom, ¿no?
Desde luego, pensó Martin. Pero no lo dijo. No quería juzgarla. Gayle había pasado por un infierno y lo había hecho con una entereza a prueba de balas. Si se había marchado de esa forma, seguro que tenía buenas razones para hacerlo.
Entonces, se oyó la voz del general.
—Se lo ha dejado a él directamente —intervino Lawrence, que en aquel momento ocupó su sitio en torno a la mesa—. Le ha dejado una carta sobre la mesilla.
Los hermanos se miraron. Al ver que Alex sacudía la cabeza, Martin tuvo claro que ambos estaban pensando lo mismo.
—¿Eso no os suena a una despedida? —dijo Alex.
Martin hizo un gesto triste con la boca, a modo de respuesta. Por lo visto, la ilusión de que al fin hubiera alguien en la vida de su hermano acababa de irse al garete.
Sonaba a una despedida porque lo era: una despedida en toda regla, pensó Lawrence, contrariado.
Le pesó ser consciente de que su contrariedad no tenía que ver con la invitada, sino consigo mismo y con su propia esposa. Gayle Middleton tan solo estaba cumpliendo con la palabra que les había dado.
* * * * *
Thomas tardó en darse cuenta de que la razón de que no supiera dónde estaba era que todo estaba oscuro. Se volvió de lado despacio y con esfuerzo. Cada movimiento dolía. Incluso cuando se quedaba quieto dolía. Entonces, vio el haz de luz que entraba por debajo de la puerta. Los recuerdos empezaron a regresar despacio y borrosos, pero estaba bastante seguro de que se hallaba en su cabaña. Se sentó en la cama. Intentó elevar un brazo para palpar la pared en busca del interruptor de la luz principal, puesto que si estaba en su dormitorio, allí lo hallaría. Algo se lo impidió. Era la vía. Lo intentó con el otro brazo y al fin se hizo la luz. Miró alrededor. Estaba en su dormitorio, pero…
¿Dónde está Gayle?
En el baño, recordó. Siguió el tubo de la vía hasta su origen y vio que la bolsa de suero estaba sujeta a uno de los barrotes de hierro forjado de la cama con un esparadrapo. Se acomodó mejor para la tarea que tenía en mente y, después de mucho maniobrar con unos dedos que parecían empeñados en no hacer caso a sus órdenes, logró liberar la bolsa del metal. Esta cayó a su lado, sobre la almohada.
Bien. Ahora solo tenía que mover las piernas fuera de la cama y ponerse de pie.
No tardó en comprobar la enorme diferencia que existía entre pensarlo y llevarlo a cabo. Cuando al fin consiguió apoyar las plantas de los pies sobre las tablas de madera, cayó en la cuenta de que tenía otro asunto por resolver: estaba desnudo. Además, lo que estaba a la vista —su pecho, su vientre y sus muslos— había cambiado de color desde la última vez que lo había comprobado. Giró la cabeza y vio que alguien le había dejado ropa limpia a los pies de la cama. Descartó el jersey de algodón con cremallera y cogió los pantalones. O más bien, los arrastró hasta él con los únicos dos dedos que parecían obedecerle.
Ponérselos fue totalmente otra cuestión. Eran anchos y suaves; a pesar de lo cual, deslizarlos por su cuerpo era una tortura. De hecho, necesitó parar para tomar aire un par de veces antes de conseguir calzárselos del todo. El problema no era el estado de sus piernas, sino sus manos; estaban inservibles. Los nudillos en carne viva y los dedos tan hinchados que parecían morcillas dificultaban mucho cualquier tarea y el dolor que sentía al intentar moverlos completaba el cuadro.
Incorporarse y llegar hasta la puerta fue otra película en cámara lenta. Estaba débil, las piernas apenas sostenían el peso de su cuerpo y su sentido del equilibrio dejaba bastante que desear. Consiguió abrir la puerta y salir al pasillo, pero no pasó de ahí. Perdió el equilibrio, manoteó el marco de la puerta en un intento de asirse y al fin cayó de rodillas al suelo.
El ruido alertó a los Eaton, que estaban en el salón. Alex saltó del sofá y corrió hacia la puerta. Lawrence fue detrás.
—¡Eh! ¡Tú siempre apareciendo a lo grande! —bromeó Alex, aliviado—. Me alegro de verte en pie, tío.
Recogió la bolsa de suero del suelo, que aún seguía conectada a la vía, se la dio a Thomas y se pasó el brazo libre de la vía alrededor de los hombros para ayudarlo a incorporarse.
—Querrás decir de rodillas —espetó Thomas, recuperando despacio y con mucho esfuerzo la verticalidad. Estaba a un tiempo dolorido y cabreado por sentirse tan bajo de forma—. Joder…
Lawrence enseguida se les unió.
—¡Hola, Tom! Despacio, despacio… Apóyate en mí —pidió al tiempo que sostenía a su hijo firmemente, rodeándole la cintura con un brazo.
Al fin, entre los dos condujeron a Thomas al salón y lo ayudaron a sentarse en el sofá que estaba más cerca de la chimenea. Alex cogió su manta, la que había usado por la noche. Primero se la puso sobre los hombros y luego lo envolvió con ella. Lawrence, por su parte, cogió la bolsa de suero, corrigió la trayectoria de la vía y, después de colocar la bolsa sobre el respaldo del sofá, usó las tiras de esparadrapo que aún conservaba para pegarlas a la superficie. A continuación, reunió un par de gruesos cojines y se los colocó detrás de la espalda.
—Reclínate un poco, hijo. Estarás más cómodo.
Thomas no se movió.
Estaba con la cabeza gacha, un antebrazo posado sobre el muslo, tiritando e intentando normalizar su respiración, agitada por el esfuerzo de levantarse de la cama. El mismo esfuerzo que lo había hecho transpirar, cubriéndole la piel de una capa húmeda. Intentaba controlarse: controlar el dolor, dejar de tiritar, recuperar el ritmo respiratorio normal… En una palabra: centrarse.
Entonces, llegó Lenora. Había ido a darse un baño y entró comentando algo.
—Tenemos que insistirle a Thomas para que instale un buen sistema de calefacción en el bendito baño. Hay que ser pingüino para soportar ahí dentro más de diez minutos… —Al ver a su hijo en el sofá, una sonrisa iluminó su cara—. ¡Tom, te has despertado! ¡Estás hecho una marmota, cariño! —se puso de cuclillas frente a él, buscando su mirada—. Ahora que lo pienso, que seas medio marmota explicaría también por qué siempre hace ese frío endemoniado en tu baño, ¿no? ¡Entras en modo hibernación y listo: no te enteras del frío!
Cuando sus miradas se encontraron, Thomas ya había conseguido centrarse. Al menos, lo suficiente para saber que el sistema de calefacción de la cabaña no estaba entre sus prioridades en aquellos momentos. De hecho, solo había una cuestión prioritaria.
—¿Dónde está Gayle? —preguntó.
La sonrisa materna no tardó en convertirse en un gesto avinagrado.
—«¡Hola, mamá, me alegro de verte! Y muchas gracias por dejar tu casa, tus asuntos y, en resumen, tu vida, durante nada menos que tres días para venir a ocuparte de mí y de mis asuntos. Sé que no ha sido fácil y quiero que sepas que lo aprecio y lo valoro mucho» —ironizó Lenora, con dureza—. Eso habría estado bien para empezar.
Lawrence miró a su mujer con ternura y se abstuvo de intervenir en aquella conversación madre-hijo.
Alex sonrió divertido y tampoco dijo nada. Pensó que cualquier otra madre en su lugar se habría deshecho en demostraciones físicas de afecto hacia Tom. Lo habría abrazado, se habría interesado por su estado, habría intentado confortarlo de alguna forma. Y lo haría —no todo; las demostraciones físicas eran contadas entre los Eaton—, pero más adelante y a su manera porque Lenora Eaton no era como cualquier otra mujer.
Thomas suspiró. Su madre tenía razón. Sin embargo, él casi no tenía fuerzas para nada. No dedicaría las escasas que aún conservaba a ser socialmente correcto, manifestando algo que se caía por su propio peso. Por supuesto que se alegraba de verla. Por supuesto que estaba agradecido de saber que siempre podía contar con ella incondicionalmente. Con toda su familia, de hecho…
Un momento. ¿Ha dicho tres días?
—¿Qué día es hoy? —preguntó, desconcertado.
Lenora se le quedó mirando con una ceja enarcada. Esa tampoco era la respuesta que esperaba.
—Eres de lo que no hay, ¿sabes? —Se levantó y se dirigió a la puerta al tiempo que decía—: Voy a hacer un poco de té. Por favor, que alguien le informe a la marmota en qué día vive.
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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 53
Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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53
La mirada de Thomas cambió de dirección. De la puerta por la que acababa de marcharse Lenora a los hombres que aún seguían con él, a quienes miró consecutivamente.
Lawrence consultó su reloj de muñeca.
—Son las cinco y veinte de la tarde del martes, Thomas.
Él se quedó cortado. ¿Qué le había pasado al lunes? Y lo más importante: ¿dónde estaba Gayle? Instintivamente, miró a su alrededor, buscándola. Una sensación de vacío se instaló en su estómago al comprobar que no había rastro de ella allí.
—Estabas agotado —continuó Lawrence, intentando anticiparse a sus preguntas—. Martin no te ha dado nada más que antibióticos, analgésicos y suero.
—Pediste ayuda dos veces… —intervino Alex—. Necesitabas un orinal. Si no te acuerdas, es porque estabas bastante grogui.
Thomas respiró hondo. Que aquellos dos hombres a los que tenía por pragmáticos y eficientes le estuvieran ofreciendo información tan poco relevante lo estaba irritando. ¿Qué podía importar si Martin lo había inflado a medicinas para mantenerlo en la cama o si recordaba o no haber pedido ayuda? Estaban intentando evitar hablar de lo que era verdaderamente relevante.
—Martin está al llegar. Te ha tomado nuevas muestras de sangre anoche —continuó explicando Lawrence— y…
Thomas lo interrumpió con un gesto impaciente de su mano.
—Ya vale. Es martes y me he pasado las últimas cuarenta horas durmiendo —dijo. Volvió a respirar hondo—. ¿Dónde está Gayle?
«Ahora es cuando las cosas empiezan a ponerse difíciles», pensó el general. Después de intercambiar miradas de preocupación con su hijo Alex, se dispuso a hacer los honores.
—Se marchó ayer, temprano por la mañana.
—¿Ayer? —O sea, ¿quieres decir que puso el despertador para no llegar tarde al trabajo?, pensó con ironía. Una ironía nacida de la consternación, más que de su talante socarrón.
Al ver la confusión reinante en la mirada de su hijo, Lawrece se apresuró a añadir:
—Pero te ha dejado una carta. Espera, que enseguida la traigo.
«¿Dices que me ha dejado una carta? Podía haberme despertado. O llamarme con su móvil. ¿O es que tenía previsto irse a un planeta sin cobertura y se le olvidó decírmelo? ¿De qué coño va todo esto?», pensó Thomas cada vez más confundido.
El general no le dio tiempo a poner sus pensamientos en palabras. Se levantó del sofá y se dirigió al dormitorio principal.
Cuando la mirada de Thomas se posó en su hermano, Alex se encomendó al cielo. Sabía que detrás de esa mirada había muchas preguntas que él no estaba en situación de responder. La primera de ellas no tardó en llegar.
—¿Sabes dónde está ahora?
Alex negó con la cabeza. Thomas esperó que después del gesto hubiera palabras, pero no fue así. Respiró hondo. Su irritación crecía por segundos. ¿Por qué todos andaban con pies de plomo?
—¿Su padre envió a alguien a recogerla? —insistió.
Él volvió a negar. Esta vez, en vez de esperar, Thomas lo instó a continuar con la mirada.
—Se marchó con Declan… O, mejor, ella se marchó y Declan la siguió.
¿Su jefe había pasado la noche allí? Bah, eso daba igual. Lo importante era la matización que su hermano acababa de hacer, como si el orden de los factores marcara una diferencia. No tenía ni pies ni cabeza.
—¿Qué quieres decir?
Alex controló la puerta con la mirada antes de responder. Prefería que su padre no lo oyera.
—No lo sé, Tom. A lo mejor no es nada. Supongo que ella te lo dirá en la carta.
¿Pero de qué cojones estás hablando?
—Dímelo tú —le exigió.
—Me pareció que tenía demasiada prisa por largarse.
O sea que la teoría del despertador cobraba fuerza, pensó Thomas. ¡Qué coño! La del planeta sin cobertura, también. Caía rendido por el agotamiento y cuando se despertaba, cuarenta horas después, estaba viviendo en otra era. La era del «gracias por los servicios prestados y adiós, muy buenas».
Hay que joderse.
La expresión de Thomas indicaba que estaba malinterpretando sus palabras, de modo que Alex fue más claro.
—Lo que quiero decir es que estaba a punto de echarse a llorar.
La socarronería de Thomas efectuó una frenada de emergencia. ¿Llorar? ¿Por qué? No entendía una palabra. A menos que…
—¿Pasó algo con Baxter?
—No, no… —Alex se apresuró a tranquilizarlo—. Hasta este mediodía, seguía detenido.
—¿Cómo lo sabes?
—Hoy ya es vox populi —se inclinó hacia delante para coger el periódico que estaba sobre la mesa ratona y se lo tendió. Thomas se lo acercó a la cara.
Era la edición de The Independent de aquel día. La noticia anunciaba con grandes titulares: «El magnate financiero Kyle Baxter, detenido». El subtítulo aclaraba: «Se enfrenta a cargos de acoso sexual e intimidación de su exesposa, complicidad en un ataque con lesiones y allanamiento de morada». A continuación, el artículo mostraba una foto de primer plano del detenido y otra, más pequeña, de Gayle Middleton.
El momento del escarnio público que Gayle tanto había temido ya era un hecho, pensó Thomas. No quería imaginar lo que estarían publicando los tabloides. Ella debía estar desquiciada. Decidió que leería la noticia en otro momento y dejó el periódico sobre el sofá, a su lado. Ahora tenía otras cosas en la cabeza.
—Además —continuó Alex—, el detective que investiga el allanamiento vino a ver por qué no te habías presentado en la comisaría a declarar. Aproveché para hacerle algunas preguntas. Por lo visto, lord Middleton se está empleando a fondo para que tiren la llave de la celda y no vuelvan a abrirla nunca más.
A Thomas no le extrañó. El aristócrata era un perro de presa. En este caso, por una vez, estaba de acuerdo con él. Pero si la razón no era Baxter, volvía a estar en la casilla de salida.
—¿Por qué crees que estaba a punto de echarse a llorar?
Alex respiró hondo y meneó la cabeza, en parte arrepentido de habérselo dicho. A Thomas le importaba mucho Gayle. Se tomaría muy en serio todo lo que le dijera sobre ella. No debía conjeturar acerca de las razones de la mujer para hacer lo que hacía. Aunque estuviera seguro de que sus conjeturas estaban bien encaminadas.
—Eso es lo que no sé, Tom. Espera a leer la carta. Igual estás comiéndote el coco por nada.
«Por nada, no», pensó Thomas con un nudo en el estómago. La sola existencia de esa carta era una señal de que algo no iba bien.
* * * * *
Thomas inspiró profundamente al ver el pequeño sobre que su padre le tendía. Era verde claro y le resultó familiar. Era del mismo color de una nota que había encontrado hacía unos días, en su salón, pisada por un cenicero.
Lo cogió con dos dedos y se lo acercó a la cara. Su nombre estaba escrito en el anverso. Reconoció la caligrafía de Gayle, bonita y elegante como ella. Le dio la vuelta. El sobre estaba cerrado. En el estado que estaban sus manos, no lograría abrirlo sin destrozarlo.
Elevó la vista hasta su padre, que permanecía de pie frente a él.
—¿Lo abres? —No solo era cuestión de abrirlo, pensó. Por alguna razón (probablemente estúpida) quería conservarlo lo más intacto posible—. Con cuidado; no lo rompas.
Aquel comentario consiguió que Lawrence se sintiera culpable. Mucho más de lo que ya se sentía desde que había visto a Gayle Middleton marcharse al borde del llanto. Tratándose de alguien como Thomas, aquella petición era significativa. Hablaba de cuánto le importaba todo lo que tenía que ver con ella. Apartó esa sensación de su mente y volvió al dormitorio principal. Cogió el abrecartas de la mesa escritorio que Thomas tenía allí, rasgó el sobre con cuidado y regresó junto a su hijo.
—Aquí lo tienes —le dijo.
Thomas volvió a cogerlo. Estaba nervioso, pero se guardó de demostrarlo. En cambio, se concentró en la tarea. Intentó separar los lados del sobre para extraer el contenido. Los movimientos eran torpes, nada precisos. Sus dedos estaban hinchados. Respiró hondo, armándose de paciencia consigo mismo. Odiaba sentirse de aquel modo: un completo inútil. Y odiaba mucho más la angustia que crecía en él.
Alex tomó un extremo del sobre con dos dedos, pero antes de llevárselo, lo consultó con su hermano.
—¿Puedo?
Vio que Thomas asentía con la cabeza al tiempo que exhalaba el aire en lo que a Alex le pareció que era más que simple impaciencia. Su hermano debía sentirse muy frustrado. Sacó el contenido y se lo entregó. Dejó el sobre sobre la mesilla.
Se trataba de una cuartilla. Thomas la desplegó. También le resultó familiar. Era de un papel muy ligero que mostraba el nombre de ella grabado en letras ornamentales doradas en el borde superior. Había unas cuantas líneas escritas con una estilográfica.
Querido Thomas:
Necesitas descansar para que puedas recuperarte plenamente, y yo he de marcharme y no voy a despertarte. Dejaré que este trozo de papel haga las veces de despedida. Creo que es mejor así.
Gracias. Gracias por todo lo que has hecho por mí.
Gracias infinitas por ser como eres: sincero, noble y leal hasta las últimas consecuencias.
Gracias por enseñarme cómo es sentirse a salvo, querida, respetada y valorada… Por mí, por la persona que soy, y no por mi apellido.
Has sido mi refugio en el peor momento de mi vida. Pudiste haberte ido, dejar que otros se ocuparan, pero elegiste quedarte a mi lado. Eso te convierte a mis ojos en la persona más excepcional que he conocido.
Eres mi héroe, Thomas. Por favor, recuérdalo siempre.
Tuya,
Gayle
Thomas bajó la mano con la que sostenía la carta. Estaba temblando. Era muy consciente de que no se estremecía debido a su lamentable estado. Eran aquellas palabras y todo lo que significaban para él. Leerlas había sido emocionante. Excitante. Una caricia a su vanidad, pero sobre todo a unos flamantes sentimientos amorosos con los que no sabía qué hacer. Había habido muchas mujeres en su vida. Ninguna había significado nada. Hasta Gayle. Ella significaba mucho para él y esas palabras le habían calado muy hondo.
Sin embargo, una vez recuperado del impacto inicial, se encontró preguntándose si eso era todo. No había referencias a sus planes inmediatos. Tampoco había un simple «te llamaré para ver cómo sigues». Lo ponía por las nubes, le pedía que recordara que él era su héroe, ¿y se marchaba sin más? Esa carta era una despedida. No tenía ningún sentido. Lo que decía la cuartilla no cuadraba para nada con la mujer que se había quedado dormida entre sus brazos, cuarenta horas atrás.
Esa mujer no se habría marchado; la habría hallado a su lado al despertar. Descubrió en ese preciso momento que no le había gustado que ella no estuviera allí. Era una estupidez con mayúsculas, tenía que admitirlo. Pero allí estaba su disgusto como una prueba irrefutable de lo imbécil que lo volvían esos sentimientos que no sabía manejar.
Céntrate, tío. Joder, ¡céntrate!
Gayle no era de la clase de personas que se iban sin importar a quién dejaban en la estacada. Lisa y llanamente, ella no era así. Por lo tanto, debía haber una razón de peso para que lo hubiera hecho.
—¿Estás bien, hijo?
La pregunta de su padre devolvió a Thomas a la realidad.
No, no estaba bien.
Al margen del dolor físico y de la debilidad, estaba en medio de un tornado emocional. Una lucha insólita entre lo que deseaba, lo que no entendía y lo que añoraba tanto que dolía: su risa, su mirada, el delicado tacto de su piel… Ella.
Sin embargo, tampoco podía explicar por qué no lo estaba. De modo que se limitó a asentir mientras su mente continuaba desbarrando a lo grande.
¿Por qué te has ido de esta forma? ¿Por qué una carta? Si soy para ti todo lo que dices que soy, ¿no me merezco una explicación cara a cara? Claro que sí. Y tú también te lo mereces. No eres de las que escurren el bulto. No eres así.
Frustrado, alzó la vista y miró a su hermano.
De pronto, recordó las palabras de Alex y estas empezaron a cobrar sentido.
Claro, pensó, por eso Gayle parecía a punto de echarse a llorar. No quería irse, le dolía hacerlo. ¿Por qué lo había hecho, entonces? Había pedido unos días en su trabajo después de que el lamentable incidente que había tenido lugar en la recepción del edificio donde estaba su empresa hubiera dejado al descubierto que estaba siendo víctima de acoso. Por lo tanto, la razón no era laboral. Tampoco familiar: estaba harta de sus padres. Lo último en lo que pensaría sería en refugiarse en la casa paterna hasta que se calmara la tormenta mediática provocada por la detención de su exmarido.
—¿La esperaban en la comisaría para declarar? —preguntó, mirando consecutivamente a los dos hombres que lo acompañaban. Vio que su padre negaba con la cabeza, pero fue su hermano quien respondió.
—No… Técnicamente, la esperaban. Antes de marcharse de aquí, la policía dejó instrucciones claras: que los dos —ella y tú— debíais presentaros lo antes posible en las dependencias policiales. Pero cuando se fueron, el general llamó a lord Middleton y él dijo lo contrario.
—Me pidió que le dijera a su hija que se abstuviera de cumplir esa orden —explicó Lawrence—. Sus abogados se ocuparían de eso.
Lo que estaba oyendo no suponía una sorpresa para Thomas. Era de cajón que el perro de presa intervendría.
Vale, si no es laboral, ni es familiar, ni la policía te estaba esperando, ¿qué te obligó a irte de esa forma?
Entonces, empezó a entenderlo. No del todo. Aún ignoraba qué había sucedido, pero estaba bastante seguro de saber el «dónde» y también el «cuándo».
Le tendió la cuartilla a Alex.
—Vuelve a guardarla en el sobre, por favor —le pidió. A continuación, dirigió la mirada a su padre—. ¿Dónde está mi móvil?
—Me temo que todavía lo tiene la policía metropolitana, hijo.
¡Mierda! Se habían llevado su bolso. Por lo tanto, no solo tenían su móvil, también las llaves de su piso y de su coche. Cerró los ojos e intentó concentrarse en recordar el número de Gayle. Nada. Apenas si conseguía recordar los tres primeros dígitos. Ciertamente, su memoria no estaba boyante, pero no era esa la razón de que no lo recordara. No había tecleado el número. Su jefe le había enviado el contacto cuando Gayle se había convertido en un cliente, y él se había limitado a guardarlo.
—Bien. Llama a Declan, por favor —pidió—. Hay que averiguar dónde está Gayle.
Acto seguido, Thomas cogió el sobre verde claro y se levantó del sofá ante la sorpresa de Alex y del general, que enseguida se acercaron para ayudarlo. Él les indicó con un gesto que podía apañárselas solo. Al principio, se tambaleó un poco, pero consiguió mantener la verticalidad y dar un paso, decidido a ponerse en marcha. Con el movimiento, la bolsa del suero se despegó del sofá y ahora pendía de la vía. La sostuvo con su otra mano y dio otro paso más.
El general sacó el móvil y sus gafas del bolsillo. No pensaba negarse ni intervenir en la decisión que Thomas tomara, fuera cual fuera. Les había inculcado a sus hijos que había que luchar por lo que consideraban importante, que no bastaba con proclamar que lo era. Evidentemente, Gayle Middleton era importante para él.
Alex tampoco pensaba hacerlo. Admiraba a Thomas desde que era un niño. Era su ídolo personal. Un hombre resuelto y de ideas claras que nunca había dejado que nadie coartara su derecho a decidir cómo quería vivir. Un tipo con las pelotas bien puestas, que ante una persona en apuros, una injusticia o un abuso, jamás miraba para otro lado. Lo ayudaría en todo lo que pudiera. Ahora y siempre.
En aquel momento, apareció Lenora portando una bandeja con té y unos bocaditos salados. Miró la escena unos instantes, desconcertada, y cuando comprendió lo que sucedía, reaccionó a su manera.
—¿Se puede saber qué haces, niño? ¿Estás loco? ¡Vuelve a sentarte inmediatamente!
Lenora se apresuró a dejar la bandeja sobre la mesa ratona y se dirigió hacia él con los brazos extendidos, preparada para cogerlo si se caía.
En otras circunstancias, a Thomas le habría hecho gracia. Hacía casi tres décadas que su madre había dejado de tener la capacidad de lidiar con un tipo de su envergadura; ya era una mole con diez años. Por no mencionar que aún seguía hablándole como si fuera un niño. Pero no eran otras circunstancias, sino estas. Unas en las que estaba nervioso, enfadado consigo mismo y con sus reservas de paciencia casi vacías.
—Voy a buscar a Gayle…
—¡Ni lo sueñes! —lo interrumpió—. Vas a volver a la cama ahora mismo. ¡Ahora mismo, ¿me oyes?!
El general dejó de buscar el número de Declan entre sus contactos del móvil.
—Cariño, déjalo, por favor. Es un hombre. Sabe lo que hace —intervino con ternura, armándose de paciencia. Su esposa jamás dejaría de ver a sus hijos como seres pequeños y vulnerables a los que amar, guiar y proteger, aunque se hubieran convertido en adultos hacía muchos años.
—Un hombre que hace chiquilladas como si fuera un niño, dirás. No, no voy a dejarlo, Laz. Y tú tampoco deberías. Pero allá tú con lo que hagas. —Se volvió para enfrentar a su hijo—. No sé qué demonios te pasa a ti con esa mujer, pero Martin ha dicho que debes guardar cama y eso es exactamente lo que quiero que hagas, Thomas. Y no solo porque es lo mejor para ti, sino por todos nosotros. No tienes ningún derecho a hacernos pasar por esto. Ninguno.
Thomas rodeó a su madre, decidido a ignorarla. Su energía era limitada, no la malgastaría hablando con alguien que tenía la cabeza más dura que una piedra. Les debía muchas explicaciones y una disculpa por haberlos involucrado en aquel asunto. A todos, no solo a su madre. Y se las daría, pero no ahora.
Lenora lo detuvo por un brazo.
—Thomas, no te atrevas… —empezó a decir. Sin embargo, no logró acabar la frase porque él la cortó en seco.
—Basta, mamá —exigió. Ella se cruzó de brazos, indignada. Permaneció mirándolo fijamente—. Voy a buscar a Gayle. Y no quiero oír una sola palabra más hasta que vuelva.
Thomas iba a dejarlo ahí. De hecho, dio un paso más hacia la puerta. Al fin, cambió de idea. Gayle estaba en alguna parte, enfrentándose sola —y con toda seguridad, muy desquiciada y asustada— a una situación de la que había intentado protegerse toda su vida. Las cosas no serían así, de no haberse sentido obligada a marcharse. ¿Obligada por qué o por quién? Tenía sus sospechas, pero no lo sabía a ciencia cierta y estaba decidido a averiguarlo.
Se detuvo y giró la cabeza para mirar a sus padres.
—Y cuando vuelva, voy a querer que me digáis qué cojones ha pasado aquí para que ella se haya marchado corriendo. ¿Está claro?
El ligero rubor en las mejillas de su padre, así como aquel brillo delator en los ojos de su madre, le confirmaron que sus sospechas eran correctas.
Sin embargo, Lenora no se quedó callada. Al contrario; se revolvió.
—No se marchó corriendo. Simplemente, se fue. ¿O esperabas que se quedara sentada a tu lado, viéndote dormir? No seas ridículo, Thomas.
El general se miró los pies, pensando que su esposa habría hecho mucho mejor tragándose ese genio, al menos, por una vez.
En una prueba más de cuánto se parecían madre e hijo, Thomas retrocedió hasta ella y la enfrentó.
—Claro que lo esperaba. Gayle es una persona decente, agradecida y muy leal. Existe una razón para que se marchara y espero encarecidamente que esa razón no tenga que ver contigo, ni con nadie de esta familia. No sabes cuánto me cabrearía que fuera así —dijo, manteniendo su mirada sobre Lenora hasta que ella al fin apartó la suya.
Entonces, Thomas se volvió hacia Alex.
—Necesito un chófer —le dijo—. ¿Te apuntas o llamo a un taxi?
—¿Necesitas preguntarlo? —fue su respuesta.
—¡Alex! —se quejó Lenora, sacudiendo la cabeza, disgustada. Él le dedicó una mirada de lo más gráfica. Una mirada que decía: «Te quiero, pero eres una pesada».
—Gracias, tío… —repuso Thomas, sinceramente. Siempre había podido contar con él—. ¿Me ayudas a darme una ducha y ponerme presentable? No puedo salir con estas pintas…
De muy buen grado, Alex le habría dado una palmada de colegas en la espalda. En el lenguaje masculino, ese «no puedo salir con estas pintas» se traducía como «no quiero que mi chica me vea así». Viniendo de alguien dueño de una percha descomunal, como su hermano, que le preocupara lo que pensara Gayle de su aspecto, le resultaba divertido.
Pero Thomas estaba allí, de pie, con el torso desnudo, pues la manta con la que él lo había cubierto se había quedado en el sofá. Podía ver que estaba lleno de hematomas. Tocarlo no era una opción.
—Si no hay más remedio… Intentaré que la envidia no me corroa —bromeó, coronando sus palabras con un guiño al ver la cara de sorpresa de su hermano.
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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 54
Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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54
Cuando Thomas regresó al salón, había vuelto a parecerse al mismo de siempre. Afeitado, bien peinado y vestido con vaqueros (que le había costado un triunfo ponerse), un jersey de algodón negro y zapatillas de deporte del mismo color, su imagen distaba mucho de la del hombre que cuarenta minutos antes había ido a darse una ducha.
Su rostro estaba algo inflamado todavía, especialmente en el área del ojo izquierdo, donde su párpado estaba amoratado y a media asta. El chichón encima de su oreja derecha era algo menos protuberante que tres días atrás, pero aún bastante grande. Había retirado ambos apósitos —el de la cabeza y el de la ceja— y no había querido que Alex los sustituyera, por lo que los puntos y las grapas estaban a la vista. Aunque las mandíbulas aún le dolían, la hinchazón de la boca y de la nariz se había reducido ostensiblemente y ya podía hablar con normalidad. El resto de las señales de su enfrentamiento con los cuatro gamberros estaba cubierta por la ropa, excepto sus manos. Daba pena mirarlas, pero así estaban las cosas. No pensaba vendarlas. Era un hombre muy fuerte y detestaba la imagen que le había devuelto el espejo al entrar en el baño. Ese tipo sucio y barbudo con vendas por todos lados no era él. El de ahora sí. En conjunto, estaba bastante satisfecho con el resultado final.
Entró acompañado de Alex y se encontró con Martin conversando con sus padres, quien le dio la bienvenida con una sonrisa y un comentario cáustico.
—Ya veo. Haciéndole caso al médico, como siempre. Así me gusta.
A pesar de sus palabras, Martin se alegraba de ver que Thomas tenía tan buen aspecto. Su capacidad de recuperación era asombrosa.
—Hola, Martin —lo saludó él. Se disponía a preguntarle al general por su conversación con Declan, cuando oyó que su madre intervenía.
—Jamás le ha hecho caso a nadie. No sé por qué esperas que contigo sea diferente, Martin —dijo, lanzándole una mirada recriminatoria a Thomas, quien no hizo comentarios.
Alex y Martin intercambiaron miradas. Los dos se sentían muy aliviados de ver que Thomas se estaba recuperando rápido y bien. El comentario de su madre, aunque denotara lo enfadada que estaba con él, era otro signo más de que todo estaba volviendo a la normalidad.
—¿Qué te ha dicho Declan? —le preguntó Thomas a su padre.
—Por cierto, ahora que lo mencionas —volvió a intervenir Martin—. Ayer me llamó. Quería saber cómo estabas.
Thomas asintió, acusando recibo, y volvió a mirar a su padre. La primera señal de que las cosas no habían ido como esperaba fue el gesto contrariado del general.
—No mucho, me temo. Lord Middleton se ha hecho cargo del tema; él es su cliente ahora. Firmó un acuerdo de confidencialidad que le impide dar información sobre su hija.
—¿Cómo dices? —A Thomas le costó unos segundos salir de su asombro y leer entre líneas. Él había estado a cargo de su protección hasta hacía cuatro días; ¿cómo era que ahora Declan no podía decirle nada sobre Gayle? Cuando creyó comprenderlo, tendió la mano hacia su padre—. ¿Me das tu móvil, por favor?
El general asintió e hizo lo que le pedía. Lenora no se mordió.
—Supongo que esa cabeza tan lúcida que tienes todavía no ha caído en la cuenta de que si ella quisiera seguir en contacto contigo, ni Dios se lo impediría.
Thomas ya había conseguido que la morcilla que tenía por dedo índice derecho seleccionara el contacto de Declan y pulsara el botón de llamada. Estaba esperando que él atendiera. Le dedicó una mirada tan recriminatoria a su madre como la que Lenora le había ofrecido antes.
—Ella tiene nombre —puntualizó—. Se llama Gayle.
En aquel momento, Declan atendió la llamada.
—Hola, general. ¿En qué puedo ayudarle?
—Soy Thomas y espero que no me sueltes gilipolleces porque no estoy de humor. Me la suda el acuerdo de confidencialidad que hayas firmado, ¿está claro? Dime dónde está Gayle.
—Hola, Thomas. Lo que está claro es que has vuelto a ser tú. Me alegro mucho… Aunque seas un tocapelotas de cuidado cuando algo se te mete entre ceja y ceja, la verdad es que me llevé un buen susto el domingo —reconoció y su voz denotó que la alegría era genuina.
Thomas no se inmutó ni se dejó ablandar por sus palabras. Estaba muy resabiado con Declan. Muy enfadado.
—¿Dónde está Gayle? —repitió.
Un suspiro anticipó la respuesta de Declan.
—No puedo decírtelo. Las cosas están muy tensas, muy jodidas. Su padre no es como ella. Y si sigo a su servicio, es porque Gayle se ha empeñado. Estoy seguro de que él me habría echado de una patada en el culo. Está que trina por que Kyle haya podido acercarse tanto a su hija el domingo…
¿Y quién es el culpable de que el cabrón llegara tan lejos?
El pensamiento atravesó fugazmente la mente de Thomas. Lo descartó para centrarse en lo importante.
—Déjate de historias. Parece que no me conocieras, tío… Sabes muy bien que voy a averiguarlo con o sin tu ayuda. Pero si tengo que hacerlo sin contar contigo, perderás la poca confianza que todavía te tengo. Y eso no es bueno para ninguno de los dos.
Las miradas de sorpresa pasaron de uno a otro entre la familia de Thomas, excepto Lawrence y su hijo Martin. Aunque desconocían los detalles, sabían que si Thomas hubiera tenido confianza en que Declan estaba tomando las decisiones correctas para proteger a su cliente, jamás los habría involucrado en aquel asunto.
Él, ajeno a lo que sucedía, continuó.
—Dame su número y la llamaré. No me lo sé de memoria y mi móvil lo tiene la policía.
—No puedo, tío.
La voz de Declan sonó como si hubiera dicho: «¿Qué parte de firmé un acuerdo de confidencialidad no entiendes?».
Thomas soltó un bufido.
—¿No puedes volver a darme un número que tú mismo me diste hace diez días? ¡¿Estás de coña?! —explotó.
—Ese número ya no está operativo —repuso, tras exhalar un suspiro de hartazgo. Su hombre era un campeón a la hora de agotarle la paciencia. Lo hacía como nadie que hubiera conocido jamás—. Empezó a recibir llamadas de periodistas y lo dio de baja. Y antes de que me lo preguntes; no, no puedo darte el nuevo.
¡Será posible! ¡¿Quién coño va a enterarse, si me das el jodido número?! ¿Crees que voy a dedicarme a acosarla, como hizo el cabrón de su exmarido? ¿Por quién me tomas? ¡Esto es de locos!
Thomas apretó los párpados, pero cuando un tirón en su ceja izquierda le recordó que estaba herida, enseguida cambió el gesto.
—Muy bien, Declan. Como quieras. Ve buscándote a otro que me sustituya, porque cuando se cumpla mi mes de suspensión, no voy a volver a trabajar para ti. Que tengas suerte.
Declan sacudió la cabeza. Thomas podía ser un dolor de muelas cuando se lo proponía, pero también era el mejor en su campo. No quería prescindir de él. De hecho, había reconsiderado el tema y estaba dispuesto a levantarle el castigo. Aún no había tenido ocasión de decírselo. Había llamado a Martin el día anterior para interesarse por su estado y su hermano le había dicho que aún seguía durmiendo.
—Espera un momento, hombre…
—No voy a discutir este asunto, tío. Quiero ver a Gayle. Si me vas a ofrecer una solución, te escucho. Si no, voy a colgar. ¿Estamos?
—Sí, estamos —repuso Declan, a regañadientes—. Yo no puedo darte información…
—Entonces, adiós —lo interrumpió Thomas.
—¡Espera, joder! ¡Ay, qué ganas de zurrarte me dan cuando te pones tan capullo! —Tras un suspiro de hartazgo y una breve pausa, continuó—: La boutique está cerrada. La prensa tiene el lugar sitiado y otro tanto pasa con el estudio de Brandon. Así que no vas a encontrar a Jana allí… —dijo, como si supiera que eso era lo primero que Thomas haría para llegar hasta Gayle—. Pero puedo darte su número. Habla con ella, ¿vale? Y no me culpes a mí, si no consigues lo que quieres. Son muy amigas. Si tiene que ponerse del lado de alguien, no serás tú. Y, como comprenderás, yo no me voy a meter por medio. Te quiero, pero no tanto como para arriesgarme a que Jana me mande a dormir al sofá una semana.
La prueba del malhumor de Thomas fue que no celebró el comentario de Declan. En cambio, fue directo a por la frase que se le había quedado grabada en la cabeza.
—¿Por qué tendría que escoger bando? No estamos en guerra.
Declan elevó ambas cejas a un tiempo. Por lo visto, su hombre no se había despertado con tanta lucidez como creía. Se preguntó cuánto tardaría en darse cuenta de que si Gayle hubiera querido que supiera dónde estaba, ella misma se habría ocupado de darle información sobre su paradero.
Declan volvió a suspirar. No sería él quien le hiciera notar ese pequeño detalle.
—Era una forma de hablar, tío.
«Y una mierda», pensó Thomas. Sabía que algo serio sucedía antes de llamarlo. La carta de Gayle era una despedida y Declan acababa de confirmárselo.
—Te paso con Alex para que tome nota del número —repuso, escuetamente, y le tendió el móvil a su hermano.
Todos lo miraban consternados, pero su madre fue la primera en hablar.
—¿Estás suspendido?
Thomas se sentó en el reposabrazos del sillón donde estaba Alex. Después de hablar con Declan, el vacío en su estómago amenazaba con tragárselo entero. Necesitaba descansar. Se sentía débil. Pero los vaqueros no eran suaves ni holgados y no se atrevía a apoltronarse en el sofá porque sabía que volver a incorporarse sería una tortura.
—Eso he dicho. —Definitivamente, tampoco estaba de humor para dar explicaciones sobre sus asuntos personales.
La consternación de Lenora no dejaba de crecer. ¿Qué más iba a sucederle a su hijo, gracias a Gayle Middleton?
—Vamos a ver, Thomas… Trabajas con Declan desde hace años y sois amigos. ¿Qué ha sucedido para que decidiera suspenderte?
La atención de Thomas no estaba en Lenora, sino en su hermano: él tecleaba el número de Jana en su propio teléfono mientras hablaba con Declan. Sin embargo, había oído a su madre y en lo que decía había un error de base, que no pensaba dejar pasar.
—No somos amigos —aclaró.
—¿Cómo que no? ¿Qué estás diciendo, Tom?
Alex ya tenía el número de Jana y le tendió su móvil mientras seguía hablando con Declan por el teléfono de su padre.
Thomas lo cogió y se puso de pie.
—No tengo tiempo para esto, mamá —fue su respuesta.
A continuación, atravesó el salón, camino de la puerta.
* * * * *
En un pequeño piso en el barrio de Croydon, al sur de Londres…
Jana entró en la cocina con una taza de té vacía en una mano y un vaso de agua en la otra. Fue hasta la pileta donde Danna, la dueña de la casa y amiga del alma de Gayle, se disponía a lavar los platos de la cena.
Delgada, alta, con una melena corta castaño oscuro cortada en capas y un estilismo propio de una fan del rock duro, Daniella Locke, a quien todos llamaban Danna, era dos años mayor que Gayle. A pesar de que eran amigas, no frecuentaban los mismos círculos sociales. Danna era oriunda de un pequeño pueblo del norte del país del que había huido en su adolescencia para establecerse en la gran ciudad, Londres. Se había marchado en busca de libertad y oportunidades, y había acabado convirtiéndose en madre soltera de una niña a los veinte años. No tenía recursos y procedía de una familia de clase baja, que no podía ayudarla económicamente, pero le había ofrecido acogerla nuevamente a ella y a su bebé recién nacida. Danna siguió apostando por la libertad y decidió quedarse en la gran ciudad y luchar sola para salir adelante, algo que nunca le resultó fácil. Incluso ahora, que tenía un trabajo decente como sous chef de un buen restaurante, trabajaba dieciocho horas al día.
Ella la recibió con una sonrisa.
—¿Se ha dormido ya?
—O se hace la dormida para que la dejemos en paz —repuso Jana en un intento de quitarle hierro a la dura situación que vivían desde hacía dos días.
Se sentó a la mesa y estiró las piernas mientras se desperezaba. La cocina era tan pequeña que no cabía una mesa normal. En su lugar, había una abatible fijada por un lado a la pared de azulejos, con capacidad para tres comensales. Cuatro, si se apretujaban. Eso habían hecho Gayle, Danna, su hija Alexis y Jana hacía una hora para cenar. Gayle apenas había probado bocado.
Danna asintió enfáticamente. Su vieja amiga era una especialista en ponerle al mal tiempo buena cara. Cuando la situación la superaba y ya no era posible seguir sonriendo por más tiempo, echaba mano de otros recursos para evitar reaccionar como el común de la gente.
—Y que lo digas.
—¿Y Alexis?
—En su habitación. En teoría, estudiando —repuso al tiempo que meneaba la cabeza, resignada—. Lo más seguro, escuchando música mientras chatea con sus amigas.
—No te quejes. Seguro que tú hacías lo mismo a su edad. Yo, desde luego, lo hacía.
—Qué va. A su edad, tenía dos trabajos. Por la mañana, en una cafetería. Por la tarde, en un McDonald’s. Entonces, el chat no era tan accesible como ahora. Si querías quedar con tus amigas, tenías que salir a la calle, coger el metro o el bus y encontrarte con ellas en alguna parte. Y yo no tenía tiempo. —La miró con picardía antes de añadir—: pero de los trece a los diecisiete fui un pendón.
Ambas rieron, algo que agradecieron, pues lo necesitaban después de tantas horas de preocupación.
Danna decidió dejar los platos sucios para lavarlos más tarde y sirvió dos tazas de café. Fue a sentarse a la mesa, junto a Jana. Le tendió una taza que ella le agradeció con un gesto.
—Hace tiempo que quería conocerte —le dijo a Jana—. Gayle me hablaba mucho de ti y Alexis adora tus diseños y me dijo que eras una «tía muy cool». Viniendo de ella es tooodo un cumplido, te diré… Pero no sabes cuánto me jode que haya sido en estas circunstancias.
Jana la miró con una sonrisa. Sus ojos verdes, perfilados por sendas líneas negras —la del interior del párpado inferior y la que bordeaba el superior— destacaban bajo su largo flequillo castaño oscuro.
—Y yo a ti, Danna… Ojalá las circunstancias hubieran sido mejores, pero no me quejo. Quiero mucho a Gayle y sé que tú también. Y mira, aquí estamos las dos, queriéndola juntas —repuso con afecto.
Danna bajó la vista hasta su café.
—Y todo por ese cabrón.
—Lo conozco hace mucho tiempo… Por Harley, mi socia —aclaró Jana— y nunca me gustó. Su hermano es tan diferente… Son polos opuestos. La verdad, no parecen hermanos. —Suspiró—. Espero que lo encierren y tiren la llave. No se merece otra cosa.
—Yo que tú no contaría con eso. La familia de Gayle es muy influyente, pero la de ese hijo de puta tiene pasta. Y el dinero abre muchas puertas, Jana.
Danna tenía razón. Perry estaba indignado con Kyle, pero seguía siendo su hijo. En cuanto a Fay, como buena madre, movería cielo y tierra para evitar que acabara en la cárcel con una sentencia firme. No solo por Kyle, también por el prestigio de los Baxter y de los Cox. Tenían los contactos y los medios necesarios para hacerlo posible.
—Ojalá te equivoques. Si ese tipo sale libre, Gayle tendrá que mudarse a otro país o no se recuperará jamás.
Danna sacudió la cabeza. Sus ojos brillaban de rabia.
—Qué mierda —siseó—. Estoy tan cabreada…
—Y yo… Creo que si los deseos de todos los que estamos cabreadísimos con Kyle pudieran materializarse, tendría una muerte muy lenta y dolorosa… —Vio que Danna asentía dos veces con la cabeza. Jana suspiró, consultó la hora en su reloj y se levantó de la silla—. Voy al baño a arreglarme un poco. Debo tener unas pintas horribles y Declan ya no puede tardar.
—Sí. Es mejor emplear la energía en hacer algo útil. Yo voy a acabar de recoger la cocina.
* * * * *
Al cabo de un rato, cuando Danna estaba fregando el último plato, empezó a sonar un móvil.
—Es el tuyo, Jana —anunció. No necesitó elevar mucho la voz, pues el baño estaba junto a la cocina.
—¿Lo coges, por favor? —repuso ella—. Debe ser Declan. Enseguida voy.
Danna se secó las manos en un paño y fue hasta la mesa. Tomó el móvil de Jana. No era Declan. Al menos, no estaba llamando desde su número habitual, puesto que la pantalla indicaba «número desconocido». Atendió de todas formas.
—Hola… ¿Quién es?
En la cocina de su cabaña, Thomas se apoyó contra la mesada. Sintió ganas de responder: «¿Quién eres tú?». No era Jana. ¿Alex habría cogido mal el número?
—Pregunto por Jana. Tú no eres ella —repuso él con cautela, dando a entender que no era un desconocido.
—No, soy Danna. ¿Y tú quién eres?
¿Danna? Thomas rebuscó entre sus recuerdos y no halló nada que le ofreciera pistas acerca de quién era la mujer que había atendido el teléfono.
—Perdona… ¿Me he confundido de número?
—No. Es su número. Enseguida viene.
—Vale. Entonces, espero.
—OK.
Ella volvió a dejar el móvil sobre la mesa y regresó a la pila.
—Ya estoy aquí —dijo Jana—. ¿Y la llamada?
—En espera. No es Declan.
Jana la miró interrogante. Ella se encogió de hombros.
«Como sea Patrick, se va a enterar», pensó Jana y cogió el móvil con ímpetu.
—¿Quién es?
—Thomas Eaton, Jana. ¿Qué tal? Declan me ha dado tu número —se anticipó.
En un primer momento, Jana se alegró de oírlo. Pero la alegría quedó pronto desdibujada al comprender la razón de su llamada.
—Qué tal tú, dirás. Te oigo bien, pero no te veo, así que no pondría las manos en el fuego… Declan habló con tu hermano ayer. Le dijo que seguías grogui… ¿Cómo estás?
Nervioso, muy preocupado y ansioso por ver a Gayle. Así era como estaba.
—Magullado, pero en pie. Gracias por preguntar.
—Me alegro mucho, Thomas.
En aquel momento, Jana vio que Danna se volvió a mirarla, asombrada. En sus ojos lucía una pregunta: «¿No se llama así el macizo de Gayle?». Le indicó con un gesto que, en efecto, era él. Danna, ni corta ni perezosa, corrió a sentarse junto a ella sin dejar de mirarla, totalmente atenta a lo que decía.
Tras un momento de incómodo silencio, él continuó.
—Me desperté hace un rato. Lo primero que supe es que Gayle se marchó ayer temprano. Me dejó una carta… Quiero verla. Según Declan, él no puede decirme nada. Por eso te llamo. Y antes de que me salgas con alguna excusa, voy a ser muy directo: de más está decir que si Gayle no quiere que sigamos en contacto, la dejaré en paz. Pero tendrá que ser ella la que me lo diga cara a cara.
Thomas respiró hondo. Expresar en alto esa posibilidad la había vuelto real. Y esa realidad le resultaba insoportable.
Jana asintió con la cabeza en un gesto de aprobación. Thomas sonaba mucho más serio de lo habitual, pero seguía siendo igual de claro y conciso. Siempre le había caído bien. Después de saber con pelos y señales todo lo que había hecho por Gayle, lo admiraba. Deseaba ayudarlo.
—Vale —concedió—. Ella está durmiendo ahora. Así que…
—¿Estás con ella? —la interrumpió. Su voz sonó tan aliviada que a Jana le tocó el corazón.
—Sí. Danna y yo estamos con Gayle.
—¿Y está bien?
—No, pero está algo mejor que ayer… Como digo, ahora duerme y habrá que esperar hasta que despierte para decirle que has llamado y saber qué quiere hacer al respecto. Pero, mientras tanto, te diré lo que puedo decirte, ¿te parece bien?
Al oír el suspiro de Thomas, Jana no pudo evitar sonreír enternecida.
—Claro que sí —repuso él—. Gracias, Jana. Cuéntame.
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©️2026. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷
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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 55
Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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55
Lenora contempló con indignación cómo su hijo desaparecía por la puerta y, cuando dejó de verlo, dirigió la mirada hacia su marido.
—¿Tú sabes algo de esto?
Quien respondió fue Martin.
—Mamá, piensa un momento: ¿tú crees que Tom nos habría metido en este asunto si las cosas estuvieran bien con Declan?
—No estoy preguntando eso. Lo que quiero saber es si yo soy la última en enterarme —aclaró en tono ácido. Acto seguido, volvió a mirar a su marido.
Lawrence no deseaba hablar del tema. No era de la clase de maridos que acordaba cosas con sus hijos a espaldas de su madre. Sin embargo, sus hijos ya no eran niños y, si acudían a él, confiando en su discreción, no podía traicionar esa confianza.
—Thomas me pidió ayuda y se la di sin pensármelo dos veces. Las circunstancias me obligaron a recurrir a Martin y después, a Alex. Es obvio que si Tom hubiera confiado en Declan, no habría acudido a mí, pero además, me lo dijo. —Thomas le había dicho más cosas que no pensaba compartir.
—¿Qué te dijo?
—Que Declan no le daba la importancia debida al riesgo que corría la vida de la señora Middleton porque su relación con la familia de Kyle Baxter le estaba nublando el juicio.
—¿Y a ti no se te ocurrió pensar que quizás era el juicio de Tom el que estaba nublado? ¿Que su gran interés por esa mujer, por decirlo de una forma amable, le impedía pensar con claridad?
—Mamá, por favor… —intervino Alex. Le parecía muy fuerte que Lenora redujera la cuestión a un calentón. Era una falta de respeto hacia Thomas y también hacia Gayle Middleton.
Todas las miradas se dirigieron a Alex. Era alguien más dado a escuchar que a hablar, pero además, su tono había sido especialmente duro. Y eso era aún más raro.
—¿Acaso he dicho algo que no sea verdad? ¿Es que me equivoco y tu hermano no está encandilado por esa mujer?
—Estás suponiendo cosas —repuso él—. Deberías esperar a conocer los hechos antes de hacer acusaciones tan serias.
A continuación, se levantó del sillón y abandonó el salón.
Lenora sonrió con ironía.
—¡Ja! Conocer los hechos. Como si no fueran evidentes… ¡Conozco a mis hijos; los he parido y los he criado! —le dijo a la espalda de Alex, a quien ya no podía ver, pues sus pasos se alejaban por el pasillo.
Tras una pausa, añadió, como si hablara consigo misma:
—¿Qué otra cosa iba a decir él? Cuando se trata de Tom, no es nada objetivo. Es su ídolo.
—Lo es —dijo Lawrence con suavidad—. Pero esta vez, tiene razón, querida… No sabemos lo que sucedió realmente entre Thomas y Declan. Y tampoco sabemos qué clase de relación mantiene con la señora Middleton.
—¡Claro que lo sabemos! Thomas debió ponerse muy gallito, si Declan lo ha suspendido. Y no me digas que no estaba allí y por eso no puedo saberlo, porque lo sé. Tu hijo es un gallo de pelea, Laz. Lo sé mejor que tú porque era la que soportaba que sus maestras y profesoras me pusieran la cara roja, quejándose de él. Y sobre lo otro… —Exhaló el aire, disgustada y hastiada de estarlo al mismo tiempo—. Lo he sabido desde el minuto que nos involucró en esto. Pero si hubiera tenido alguna duda sobre el tema, después de ver el abrazo que se dieron cuando Tom fue a buscarla al coche y se la llevó en brazos, ya no tendría ninguna. Ni creo que vosotros la tengáis. Esa mujer lo tiene encandilado. Y siento decirlo de manera tan llana, pero los hombres no pensáis con lo que hay que pensar cuando estáis atontados por una mujer. Es un hecho. ¿Me has oído, Alex? —dijo mirando hacia la puerta—. ¡He dicho que «es un hecho»! ¡Va dedicado a ti, que te gustan tanto!
—Tom ya no es así —dijo Lawrence, acudiendo en defensa de su hijo—. Los años que estuvo en el ejército acabaron con su bravuconería. En todo caso, Declan no es un pusilánime. No es ningún gatito, Lenora. Y tampoco estoy de acuerdo en lo demás. No creo que lo que haya entre la señora Middleton y Tom pueda definirse de esa forma.
Lenora se le quedó mirando con la ironía pintada en la cara.
—¿Ah, no? Tú mismo lo oíste hace un momento: hace diez días ni siquiera tenía su número de móvil. Si no es atracción física, ¿qué es? ¿Amor a primera vista? Lleva veinte años acostándose con una distinta cada día y resulta que de esta va y se enamora en cuanto la ve. ¡Por favor! ¡Eso no se lo cree nadie!
—Se conocían de antes —intervino Martin.
Lenora y Laz lo miraron al instante. Se trataba de miradas que reflejaban emociones muy distintas.
Para Lawrence las piezas empezaban a encajar. No tenía ningún problema con el amor a primera vista, pero le agradaba saber que los sentimientos de su hijo hacia aquella mujer eran producto de una evolución natural y no de un flechazo.
Para Lenora supuso una confirmación aún más terrible: si lo que su hijo sentía por aquella mujer era amor, nada lo libraría del desastre. Seguiría adelante con esa relación, ciego, sordo y mudo a lo que le pudiera suceder, como un caballo con anteojeras.
—Hablo de años —precisó Martin—. Creo que Tom sabe muy bien lo que se juega… Nadie me lo ha dicho, pero sospecho que si este acercamiento no sucedió antes es porque él no tomó la iniciativa. No movió ficha, como se suele decir.
En aquel momento, sonó su teléfono. Lo sacó y miró la pantalla.
—Es del hospital —anunció—. Voy a ver qué pasa.
Martin se levantó y salió al porche para atender la llamada.
—Pues en buena hora se le dio por mover ficha —se quejó Lenora, cuando ella y su marido se quedaron a solas—. Esto parece un chiste. A él le dan una paliza y lo suspenden en el trabajo por protegerla, y cuando se despierta, todo lo que queda de ella aquí es una carta de despedida.
—Cariño, por favor, no hables de esa forma de la señora Middleton. Thomas le importa. Se fue porque debía, no porque quisiera hacerlo. Y no hace falta que aclare la razón, ¿verdad?
—No estoy diciendo que a ella no le interese Thomas. Está claro que sí. Lo que digo es que si le importara lo bastante para mantener una relación sentimental seria con él, nada podría impedírselo. Ni su padre, ni por supuesto nada de lo que tú o yo le hayamos dicho. —Meneó la cabeza—. Vamos, Laz… Ni siquiera ha llamado para ver cómo se está recuperando Tom…
—Yo no le dije nada, Lenora. Fuiste tú. ¿En serio no ves una relación entre la forma en que se marchó y el hecho de que nos diera su palabra de que no permitiría que su padre perjudicara a Thomas o a nosotros de ninguna forma? Porque para mí está muy clara.
—Bien, de acuerdo. Yo cargaré con todas las culpas. No hay ningún problema. Sé que tengo razón. Pero no serás tan hipócrita de negar que tú también piensas que esa relación sería un auténtico despropósito, ¿verdad?
El general suspiró.
—No voy a negar que habría preferido que mi hijo se enamorara de alguien de su misma clase social. Aparte de eso, no tengo ninguna queja. Gayle Middleton me parece una buena persona y una mujer encantadora.
Lenora volvió a menear la cabeza. A ella también le resultaba encantadora. Esa no era la cuestión.
—Y a mí me parece que enamorarse es una palabra muy seria para aplicarla a este caso. —Más que parecérselo, lo deseaba. Lenora rogaba con todas sus fuerzas que lo que unía a su hijo con aquella mujer fuera algo pasajero.
El general Eaton no tenía ninguna duda acerca de los sentimientos de Thomas. Sin embargo, no estaba por la labor de preocupar a su esposa más de lo que estaba. Tomó su mano y se la llevó a los labios.
—Ojalá estés en lo cierto, cariño.
* * * * *
Alex se asomó a la cocina y le consultó a su hermano con la mirada si le parecía bien que le hiciera compañía. Thomas estaba de pie, apoyado contra la mesada mientras hablaba por teléfono. Al ver que él asentía con la cabeza, entró y se dirigió a la alacena. Cogió dos tazas y vertió en ellas té de la jarra que su madre acababa de preparar. Luego, fue hasta donde estaba su hermano con una taza en cada mano y depositó una sobre la mesada, a su lado. Él volvió a asentir con la cabeza en señal de agradecimiento.
Al fin, Alex se quedó de pie, cerca de Thomas, observándolo mientras bebía su té a pequeños sorbos.
Thomas estaba escuchando a Jana, intentando hacerse una composición de lugar a partir de lo que ella le contaba. Le estaba costando conseguirlo. Habían sucedido tantas cosas mientras él dormía, que lo que oía parecía el relato de un mes de desventuras, no de unas cuantas horas.
—Espera, Jana… ¿Dices que fue un médico a verla?
En otra cocina de un pequeño piso en el barrio londinense de Croydon, Jana maldijo para sus adentros. La cosa había ido mucho más allá de que hubiera sido necesaria la visita a domicilio de un médico, pero no le parecía apropiado compartir información de naturaleza tan personal.
—Sí. Gayle ha pasado por una situación terrible y no me refiero solo a su pesadilla del fin de semana. Para entonces, llevaba meses soportando el acoso. Que Kyle esté detenido no borra lo que ella ha tenido que vivir y sigue viviendo. Le tomará tiempo superarlo. De momento, ya le está pasando factura. Físicamente, además de emocionalmente.
Thomas arrugó la frente. La parte emocional la tenía clara. Conocía las secuelas que una situación de acoso dejaba en la víctima. Las había visto muy de cerca. Pero aquel «físicamente» que había pronunciado Jana, sumado a que Gayle estuviera durmiendo y no quisieran despertarla, le había puesto los pelos de punta. Para peor, Jana parecía haber medido su respuesta con un cuentagotas. ¿Por qué habían tenido que llamar a un médico? ¿Acaso había tenido un colapso nervioso? ¿Un desmayo? ¿Un infarto?
«Un infarto, no», se consoló. En tal caso, habrían tenido que llamar a Emergencias.
—¿Te refieres a que sigue teniendo… pérdidas de sangre? —tentó, a ver si conseguía precisar qué le sucedía a Gayle.
Jana hizo el gesto de desinflarse de alivio. Thomas lo sabía. Eso quería decir que no había metido tanto la pata. Entonces, recordó que Gayle le había contado que él la había visto sentada en el inodoro, en plena descarga vaginal, unos días atrás.
—Sí —concedió—. Anoche tuvimos que llevarla de urgencia al hospital. Le pusieron un tratamiento y, por desgracia, no le sentó bien. Así que hoy, de madrugada, su médico vino a verla. Le cambió el tratamiento y ordenó una serie de pruebas que ya se ha hecho. Volverá mañana a ver cómo sigue. Y es todo lo que voy a decirte sobre esto, ¿vale? Es un asunto muy personal y no me siento cómoda hablando de ello contigo sin que Gayle lo sepa.
Mientras la escuchaba, Thomas apartó una silla de la mesa y se sentó despacio con evidentes signos de dolor. Al fin, estiró las piernas cuán largas eran y recostó la espalda contra el respaldo. Alex cogió la taza de su hermano que estaba sobre la mesada y la puso frente a él, sobre la mesa.
Thomas asintió cuando ella acabó de hablar. Sus palabras no lo habían tranquilizado, pero, al menos, ahora sabía cuál era el problema. Conocer la razón concreta evitaba que se le fuera la cabeza imaginándose lo peor. Además, también sabía que no estaba sola. Aunque habría preferido mil veces ser él quien estuviera a su lado, suponía un alivio.
Un quejido de su estómago le hizo caer en la cuenta de que llevaba tres días en ayunas. Ese era, en parte, el motivo de que se sintiera débil. Estiró la mano para coger su taza y esta casi se le cayó. De hecho, fue su hermano quien evitó el desastre. Por lo visto, necesitaba las dos manos para una tarea tan simple como beber de una taza. Qué frustrante.
Después de activar el altavoz de la llamada, puso el móvil sobre la mesa. No le importaba que Alex escuchara la conversación y, de esta forma, tenía las dos manos libres. Sin embargo, no estaba por la labor de que su madre o su padre la escucharan, por lo que le pidió a su hermano con un gesto que cerrara la puerta de la cocina.
Alex lo hizo de inmediato. Regresó a la mesa y se sentó frente a su hermano.
Al fin, Thomas cogió la taza con ambas manos y se la acercó a los labios. Bebió un primer sorbo. Su cuerpo reaccionó al instante, agradecido de que estuviera metiendo algo en su sistema.
—Vale. Lo entiendo, Jana. ¿Qué hay de su padre, de su familia?
—Uf… Esa historia requiere su propio libro. No sé si Declan te comentó algo, pero su cliente ya no es Gayle, sino su padre. Sus abogados lo controlan todo.
«Todo, menos a Gayle. Ese hijo de puta nunca conseguirá controlarla y la histérica de su mujer, tampoco» —espetó una voz que no era la de Jana. Una voz que sonó cargada de indignación, incluso de furia.
Los hermanos se miraron.
—Perdona… —Esta vez era Jana quien hablaba—. Estoy con Danna, la mejor amiga de Gayle. Estamos en su casa. No escucha lo que tú dices, pero sí lo que yo digo, y los ánimos andan bastante caldeados por aquí —reconoció, dedicándole una mirada apreciativa a la dueña de la casa.
Entonces, volvió a oírse la voz de Danna.
«¡¿Y cómo no van a estar caldeados?! Cuando vio a su hija por primera vez, después de la pesadilla que Gayle había vivido el fin de semana, al energúmeno este no se le ocurrió otra cosa que pedirle que se pusiera presentable para la rueda de prensa. ¡«No puedes aparecer ante las cámaras con ese aspecto deplorable», le dijo! ¡La madre que le parió! ¡Si llego a estar ahí, lo estrangulo con mis propias manos!».
A Jana le constaba que la indignación de Danna era auténtica. Hacía años que le habían vetado la entrada en la casa de los Middleton, y la razón no había sido solo su condición social inferior. Danna siempre les había hecho frente a los padres de Gayle, defendiendo a su amiga con uñas y dientes. Lo seguía haciendo.
A Thomas le habría gustado pensar que aquella mujer de la que nunca había oído hablar estaba exagerando. Sin embargo, había conocido al aristócrata en persona y no había visto en él las reacciones propias de un padre empático o, como mínimo, afectuoso. Al contrario, había comprobado que era de la clase de persona que anteponía el estatus y la apariencia a todo lo demás. Imaginar la situación le hizo hervir la sangre.
—¿Ha dado una rueda de prensa? Disculpa, es que he estado desconectado del mundo cerca de cuarenta horas. Solo he visto el titular de un periódico.
—No, ella, no. Sus padres dieron un comunicado ante las cámaras ayer a mediodía. Gayle no quiso saber nada. Tampoco habría podido hacerlo, la verdad. No se encuentra nada bien. No ha asomado la nariz a la calle más que por cuestiones médicas. Claro que eso no evita que esté en boca de todo el mundo ni que se escriban ríos de tinta sobre ella… Hasta ha tenido que cambiar el número de móvil. —Exhaló un suspiro—. Abres cualquier periódico o revista y te dan ganas de vomitar. En la radio, en la televisión… En todos lados hablan de ella. Lo está pasando fatal.
No le estaba diciendo nada que él no pudiera imaginarse. Gayle había luchado por evitar un final que, desde el principio, a él le había parecido inevitable. Había quemado su último cartucho, sabiendo que probablemente no conseguiría nada con ello más que exponerse a que Baxter le hiciera más daño.
Jana continuó.
—Y tendrá que dar gracias de que nadie haya conectado todos los puntos todavía, se saque de la manga un triángulo amoroso y empiece a aparecer también tu foto en las noticias… ¿Te imaginas los titulares? Es para ponerse a temblar.
Thomas, que estaba dando otro sorbo a su té, interrogó a su hermano con la mirada. Él negó con la cabeza, tranquilizándolo. Hasta el momento, las noticias no lo habían mencionado de manera expresa. No obstante, ambos sabían que era cuestión de tiempo que lo hicieran. Baxter había sido detenido en su cabaña. El cargo de allanamiento de morada conectaba a Baxter directamente con él.
«Eso no importa ahora», decidió Thomas. Gayle estaba mal, física y emocionalmente, mientras veía cómo su peor pesadilla se convertía en realidad y había buscado refugio en sus amigas.
Hasta aquí bien, pero ¿qué hay de mí? ¿Qué piensas hacer conmigo?
Respiró hondo y se lanzó.
—¿Alguna idea de por qué no me ha dado su número nuevo? —Intentó mantener una actitud digna, a pesar de sentirse completamente fuera de lugar. Incluso bastante imbécil por preguntar algo tan obvio. La razón de que ella no se lo hubiera dado era evidente. No requería una explicación. Y sin embargo, la necesitaba como el aire que respiraba.
Jana se mordió los labios.
—Ha estado muy mal, Thomas. Y aunque haya mejorado un poquito, sigue estando mal… Quizás, te dé su nuevo número cuando se encuentre con ánimos de hablar… Mira, esto también es un asunto personal. Tienes que hablarlo con Gayle. Yo no puedo decirte nada.
Entonces, volvió a oírse la voz de Danna.
«¿Y cómo va a hacerlo? ¿Con señales de humo? Por favor, pásame el móvil, Jana. Lo mínimo que se merece ese hombre es saber qué terreno está pisando?».
—Dame un momento, Thomas, por favor —pidió Jana.
—Claro —repuso él. Miró a su hermano brevemente al tiempo que exhalaba el aire en un suspiro.
Durante varios segundos no se oyó nada. Jana había cubierto el micrófono del móvil mientras se ponía de acuerdo con Danna.
—Es cosa de Gayle —dijo, defendiendo su postura con suavidad pero con firmeza—. No creo que debamos meter nuestras narices.
Danna se empujó el flequillo hacia atrás con ambas manos y las mantuvo de esa forma unos instantes, pensando. Al fin, volvió a mirar a Jana.
—¿Tienes bien cubierto el micro de ese chisme? —Jana asintió—. Vale. Se ha pasado dos días llorando. Y sí, haberse convertido en alguien de quien todo bicho viviente puede publicar o decir lo que le dé la gana, influye. No diré que no. Pero no es esa la razón principal. Llora por él. Porque él le importa mucho y se ha largado de su vida de puntillas por la puerta de atrás mientras él dormía. Como una ladrona o, peor todavía, como una oportunista. Por miedo a que su familia cargue contra él.
—A mí no me ha dicho eso.
En realidad, Gayle solo había pronunciado cinco palabras sobre el tema: «es lo mejor para todos». Y habían sido las últimas.
—A mí tampoco, pero sé que es así. Él le importa y es evidente que ella a él también. Oye, Jana… No estoy proponiendo hablar en nombre de Gayle de lo que siente o no siente hacia él. Eso sí que es asunto suyo. Pero piensa en todo lo que ese tipo ha hecho y arriesgado por protegerla, y dime si no se merece, al menos, saber que él no es la razón de que ella haya decidido poner fin al contacto entre los dos. Vamos… ¿Se queda dormido con ella en los brazos y cuando se despierta, dos días después, ella se ha largado, ha cambiado de número, y todo lo que encuentra es una carta, diciéndole adiós? Ponte en su lugar, ¿cómo te sentirías?
«Como una idiota que lo dio todo por alguien que solo me estaba utilizando para protegerse», pensó Jana. Exhaló el aire en un suspiro y le tendió su móvil a Danna.
Ella lo cogió con energía. Estaba totalmente segura de que hacía lo correcto.
—¿Hola, Thomas? Soy Danna. ¿Sigues ahí?
Instintivamente, él se irguió en la silla.
—Hola… Sí, sí, aquí sigo. Dime.
—Primero que nada, encantada de saludarte. Conozco a Gayle desde que éramos adolescentes. Para mí es como una hermana y mi persona favorita en el mundo. Y después de saber lo que has hecho por ella, tú te has convertido en mi persona desconocida favorita.
Thomas sonrió por primera vez desde que había comenzado aquella conversación. Miró a Alex y vio que él asentía con la cabeza en un gesto totalmente aprobatorio.
—Vaya… Gracias. Entonces, me alegro de estar hablando contigo porque si Gayle es tu persona favorita y yo, de alguna manera, también, quizás me ayudes a entender qué narices pasa —repuso él con sinceridad.
—Vale. Voy a ponerte en altavoz, si no te importa. Soy bastante alocada, pero quitarle el móvil a Jana para hablar contigo y encima dejarla en ascuas, me parece demasiado.
Thomas vio que Alex se reía al tiempo que sacudía la cabeza.
—Sí, tranquila —repuso—. Tú también estás en altavoz. Uno de mis hermanos está conmigo.
—Ah, muy bien. ¡Hola, hermano de mi desconocido favorito!
—Hola, Danna. Soy Alex —dijo él, todavía meneando la cabeza, sorprendido por la espontaneidad de la mujer.
—Bueno, vamos al grano… Gayle está hecha polvo. Esto ha sido un batacazo para ella. Está sobrepasada por los acontecimientos, por la velocidad a la que se suceden las malas noticias y porque su padre no deja de presionarla… Pero, en medio del caos en el que se ha convertido su vida, solo ha tenido palabras de gratitud y de reconocimiento hacia ti. Palabras de aprecio. Con esto quiero decir que la razón de haberse ido como se fue no tiene que ver contigo.
—¿Y con qué tiene que ver?
—Sospecho que es «con quién», no «con qué»… Mira, Thomas, su padre me ha puesto las cosas muy difíciles. Me ha perjudicado todo lo que ha podido y más, solo porque soy su amiga. Una amiga muy inconveniente.
Jana se quedó de una pieza al oír lo que exponía Danna. Sabía que el aristócrata la consideraba persona non grata, pero no se le había cruzado por la cabeza que pudiera haber llegado tan lejos.
Y ella no era la única consternada; en la cocina de la cabaña, el asombro no dejaba de crecer.
—Para él no soy más que una paria —continuó Danna— que, encima, tiene la desfachatez de plantarle cara cada vez que intenta pasarse con Gayle. No soy la clase de persona que quiere ver al lado de su hija. Y si eso ha hecho conmigo, ¿te imaginas lo que haría contigo? —Tras una pausa, añadió—. Gayle no lo ha dicho. No ha hablado del tema… Bueno, ni de eso ni de nada; la pobre está fatal. Así que lo que te voy a decir es solo mi opinión, ¿vale? Allá voy: No me extrañaría que la razón de esa carta que te dejó, tenga que ver con el cabrón de su padre.
«Sí, pero no…», pensó Thomas. De hecho, Alex lo vio negar con la cabeza.
La amenaza paterna había formado parte de la ecuación desde el principio. El aristócrata se lo había advertido en su propia cara, sin rodeos aquella noche, antes de marcharse de la suite. Y Gayle lo sabía. Puede que incluso hasta hubiera oído de principio a fin la conversación que él había mantenido con su padre, con la oreja pegada a la puerta de su habitación.
Así que no, se dijo; si la amenaza había estado presente desde el principio, un día más o un día menos, no suponía ninguna diferencia. Gayle podía haber esperado hasta que él despertara para marcharse. O atender otros compromisos impostergables y regresar cuando él hubiera despertado. Dejar de estar en contacto no era una exigencia de cumplimiento inmediato. En lo que a él concernía, ni siquiera era una exigencia. Le daba igual quién era su padre; no estaba dispuesto a separarse de Gayle. Por lo tanto, si ella había escogido esa forma de poner fin a la situación, era por algo que había sucedido mientras estaba allí, en su cabaña.
En aquel momento, una voz lo arrancó de sus pensamientos.
«¿Con quién habláis? ¿Es Thomas…?».
Y otra puso su corazón a latir a mil por hora.
«¡Gayle, ¿qué haces aquí?! ¡Cógela, cógela, Danna, que se cae…!»
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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 56
Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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56
Thomas había saltado del asiento. Con una mano a cada lado del móvil, que aún seguía sobre la mesa, lo miraba como si toda su existencia dependiera de esa llamada. Los segundos pasaron sin que nadie pareciera estar pendiente de él al otro lado de la línea. Se oían ruidos de muebles que se movían, palabras de ánimo que no iban dirigidas a él y, sobre todo, se adivinaba el nerviosismo de las mujeres ante la situación. Cuando no pudo soportar más la ansiedad, Thomas volvió a hablar.
—¿Qué está pasando? ¡Decid algo…!
—Danos un momento, por favor —dijo Jana al cabo de unos cuantos segundos que a Thomas le resultaron insoportables.
Él soltó el aire en una larga exhalación.
—Vale. Espero —concedió.
Alzó la vista hasta su hermano y sacudió la cabeza en un gesto de desesperación nada propio de él.
—Tranquilo, Tom —lo animó Alex en voz baja—. Seguro que no pasa nada. Habrá sido un mareo. Quizás tengas suerte y Gayle se ponga al teléfono.
Thomas asintió agradecido. Eso sería genial. Era lo que necesitaba: hablar con ella. Oír su voz.
Joder, qué tortura.
Los minutos fueron pasando y Thomas cada vez tenía menos esperanzas de que aquella llamada se resolviera para bien. Empezaba a pensar que quizás Gayle se había desmayado, y su preocupación se disparó.
Entonces, empezó a oír ruidos cercanos, más nítidos y, de inmediato, una voz que le decía:
—Soy Jana de nuevo. Vale, nos hemos llevado un pequeño susto porque se mareó y casi no llegamos a tiempo de evitar que diera con sus huesos en el suelo… Pero ya ha pasado. Gayle está aquí, sentada a mi lado. La pobre tiene menos energía que un mosquito… Pero quiere hablar contigo, así que le voy a pasar el móvil, ¿vale?
El suspiro de Thomas se oyó alto y claro.
—Vale, vale… —dijo él.
Y, al fin, se produjo el milagro: Thomas volvió a oír la voz de Gayle.
* * * * *
—Hola, Thomas… ¿Cómo estás? —dijo Gayle. Su voz sonó débil, temblorosa.
En realidad, toda ella temblaba, no solo su voz. Se debía a su estado de salud, pero también a que estaba nerviosa. Muy nerviosa. ¿Qué sentido tenía haberse despedido de él con una carta, haber pasado por la tortura de marcharse como lo había hecho, si ahora aceptaba ponerse al teléfono para hablar con él? Era absurdo. ¿Qué iba a decirle cuando él le preguntara el porqué de esa carta, el porqué de su marcha? Desde hacía dos días su sentido del deber mantenía una lucha encarnizada con sus sentimientos… Una batalla a muerte con su corazón, que se negaba en redondo a renunciar a Thomas y no atendía a razones. Sabía que hacía mal poniéndose al teléfono, pero no podía evitarlo. Necesitaba sentir lo que solo él le hacía sentir. Thomas le había mostrado una faceta de sí misma que no sabía que tenía. Junto a él se sentía una mujer nueva, muy diferente.
En aquel momento, Danna le puso una manta alrededor de los hombros. Siempre estaba en todo. Gayle se lo agradeció con una sonrisa. Intentó arrebujarse en la manta mientras sostenía el móvil contra la oreja. Oyó cómo la puerta de la cocina se cerraba. Sus amigas acababan de dejarla a solas.
Thomas volvió a sentarse en la silla despacio. Cogió el móvil, quitó el altavoz e inspiró profundamente, intentando que los latidos del corazón se normalizaran antes de hablar.
«¿Que cómo estoy?», pensó. «Agradecido de oírte y muy desesperado por verte». Pero no era así como quería retomar el contacto con ella. Gayle estaría nerviosa, desbordada por los acontecimientos y por sus propias emociones. Necesitaba oír algo distinto, algo que la animara. Entonces, el recuerdo de una conversación que habían mantenido recientemente regresó a su mente y decidió sacarle partido.
—¿Comparado contigo? —repuso, al fin—. Diría que estoy fabuloso.
La estrategia de Thomas funcionó. La oyó reír. Era una risa débil, apagada, pero una risa al fin y al cabo.
Gayle también sacó partido de aquel recuerdo.
—Qué petulante… Sin embargo, no has respondido a mi pregunta y me gustaría que lo hicieras —repuso en un tono débil, pero muy dulce.
Thomas también se rio. Era la segunda vez que oía esa palabra en sus labios y cada vez le gustaba más. Cuando era ella quien la pronunciaba, no sonaba a una crítica o a una pulla. Salvando las distancias, era el equivalente perfecto a una caricia. Y estaba tan necesitado de sus caricias…
—Te dije que no soy un tipo corriente y no era por fanfarronear. Así que no te preocupes por mí: estoy bien. Mucho mejor, ahora que te escucho. Tu turno. Cuéntame. Quiero saberlo todo.
El temido momento ya estaba allí. El momento de explicar lo inexplicable.
—¿A qué te refieres con todo? No creo que mi energía de mosquito dé para tanto, señor Eaton…
—Estabas conmigo y me quedé dormido. Cuando desperté, hace un par de horas, ya no estabas y había una carta en mi mesilla de noche. Necesito rellenar los huecos.
Gayle se arrebujó más en la manta en un gesto inconsciente de hallar algo de confort en aquel día gris. Había sido una cobardía marcharse sin dar la cara. Sin una merecida explicación. Sin una conversación sincera. Pero sabía muy bien que no habría sido capaz de hacerlo de otra forma. Haberse comportado como una cobarde egoísta era mil veces preferible a seguir siendo la causa de las desgracias de Thomas.
—Eres un hombre inteligente. Ya los has rellenado… —musitó con un hilo de voz.
—¿Quieres que crea que esa es tu forma habitual de hacer las cosas? ¿Que así prescindes de los servicios de un empleado cuando ya no los necesitas?
¡No, no, no… Por favor, no pienses eso!
—Thomas, no…
Él no le permitió acabar la frase.
—Hay un problema: ni soy un empleado ni tú eres así. La mujer que se durmió abrazada a mí hace dos días no tiene nada que ver con la que escribió esa carta. Y nadie va a convencerme de lo contrario.
«Ojalá no me conocieras tan bien», pensó ella. Porque, en tal caso, aquello sería infinitamente menos difícil de lo que estaba siendo. Gayle apretó los párpados. Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas.
Su silencio fue para Thomas una prueba más de que él estaba en lo cierto.
—Estás pasando por un infierno, Gayle —continuó en un tono muy suave—. Déjame ayudarte. Deja que te proteja y cuide de ti.
Entonces, oyó un largo suspiro y cuando ella volvió a hablar, su voz salió quebrada por el llanto.
—Oh, qué desastre, Thomas… Qué desastre —dijo, emitiendo un quejido lastimero.
—No pasa nada, tranquila… Haré lo que me pidas. Pero, por favor, no llores… No llores, Gayle… Por favor, me mata oírte llorar… Dime, ¿qué quieres que haga? Lo que sea, da igual, solo dímelo.
«Quiero que me abraces muy fuerte y que nunca me dejes marchar», pensó ella. Eso era lo que deseaba con cada fibra de su ser.
—Dios… Oh, Dios… —sollozó—. ¿Podrías venir…, por favor? Por favor…
Thomas ya estaba de pie cuando respondió:
—Ahora mismo salgo para allí.
* * * * *
Thomas dejó a Alex tomando nota de la dirección donde estaba Gayle y se dirigió a su dormitorio a por un abrigo. Miró alrededor para confirmar que no se estaba olvidando de nada y enseguida cayó en la cuenta de que sus llaves, sus documentos y hasta su móvil seguían en manos de la policía. Tenía que recuperarlos, para lo cual, primero, iba a tener que hablar con el inspector que investigaba lo sucedido en Keegan Security. También lo esperaban en otra comisaría para que declarara por el allanamiento en su cabaña. Por ahora, ambas cosas tendrían que esperar.
Fue hasta su mesa escritorio y abrió el último cajón. Cogió el sobre verde claro que tenía su nombre de pila escrito en el anverso y lo guardó en el bolsillo interior de su gruesa parka negra con capucha.
Al fin, se dirigió al salón donde estaba su familia.
—¿Para qué te has puesto el abrigo? ¿Vas a salir a dar un paseo en ayunas? —le preguntó Lenora. Su tono indicaba que ya conocía la respuesta y esta no era de su agrado.
Lawrence miró a su esposa brevemente y al fin posó su mirada en su hijo. Sospechaba que Thomas había averiguado al fin dónde estaba Gayle Middleton y se disponía a ir a verla con la ayuda de Alex.
Thomas ignoró la ironía y se limitó a decir lo que debía con su modo conciso habitual.
—Me voy. No sé a qué hora volveré. Estoy bien, no os preocupéis y siento haberos metido en este jaleo… Muchas gracias por todo. —Dirigió la mirada hacia su padre y añadió—: Lamento mucho haberte hecho pasar horas tan difíciles… Deberías estar en casa, disfrutando de tu retiro, y no aquí. Te estoy muy agradecido, papá. Saber que siempre puedo contar contigo es muy importante para mí.
Lawrence esbozó una sonrisa y agradeció sus palabras con un asentimiento de la cabeza. Lenora, no. De toda aquella parrafada tan sentida que, en su opinión, no compensaba que hubiera puesto a la mitad de la familia en jaque, solo le parecía relevante una cosa.
—¿Cómo que te vas? ¿Dónde te vas? —le dijo.
—No hace falta que hagáis nada más —continuó Thomas, evitando responder las preguntas de su madre—. Ya habéis hecho bastante. Volved a casa. Yo me ocuparé mañana de poner orden, rellenar los depósitos de la bomba y asegurar las puertas y las ventanas.
—¿Has comido algo? —intervino Martin.
Quien respondió fue Alex, que en aquel momento entró en el salón. También llevaba su abrigo puesto.
—No, pero ya me he ocupado de eso —dijo, mostrando una bolsa en la que había guardado varias piezas de fruta, un paquete de galletas saladas, un poco de queso y un termo con té.
Martin asintió y volvió a mirar a Thomas.
—Supongo que pedirte que vuelvas a la cama o, al menos, te eches aquí en un sofá, sería pedirte demasiado, ¿no?
El gesto de Thomas se suavizó.
—Sé que te preocupas por mí y te lo agradezco mucho. Pero estoy bien. ¿Sabes por qué? Porque cuando me llamas Sansón, te equivocas de héroe. —Una sonrisa vanidosa lució en su rostro al decir—: No soy Sansón, tío; soy Thomas Eaton.
«Un héroe tuerto», pensó Martin. Con un ojo a media asta y esa sonrisa algo desfigurada por la inflamación, su hermano parecía un personaje de cómic.
—Eres un fanfarrón —le dijo, riéndose de buena gana—. ¡Eso es lo que eres!
Lenora contempló el intercambio bromista de sus hijos con creciente desagrado.
—Es un irresponsable y un egoísta. Eso es lo que es. —Sus ojos brillantes de rabia se posaron sobre Thomas—. Vas a reunirte con esa mujer, ¿verdad?
—Lenora, por favor —intervino Lawrence—. Esto está fuera de lugar.
—Estaría fuera de lugar si el apellido de esa mujer no fuera Middleton —espetó ella, defendiéndose, y volvió a dirigir su mirada hacia Thomas—. Pero resulta que lo es. Y, por lo visto, nuestro héroe familiar aquí presente, pretende ignorar ese pequeñísimo detalle que nos podría acarrear la ruina a todos, no solo a él. Esto no va solo de ti, Tom.
El rostro de Thomas recobró la seriedad en una fracción de segundo.
De pronto, una pregunta acudió a su mente: ¿Y si su madre le había insinuado algo parecido a Gayle? Sería de una enorme descortesía y una total falta de respeto y consideración, pero cuando se trataba de su familia, los límites éticos de Lenora Eaton eran bastante difusos. Desde luego, explicaría su marcha. Y su carta. Y su llanto… Thomas respiró hondo. Decidió que se ocuparía de ese asunto más tarde. Ahora, su prioridad era ver a Gayle.
—Madre, no sé qué te hace pensar que puedes inmiscuirte en mi vida privada cuando te dé la gana. Pero si crees que voy a tolerarlo, estás muy equivocada. Adiós a todos. Vamos, Alex.
A continuación, Thomas abandonó el salón y se dirigió al garaje donde estaba el coche de su hermano, a través del pasillo cubierto que unía ambos edificios.
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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 57
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57
Los hermanos habían hecho la mayor parte del camino a Londres en silencio. Alex no era una persona especialmente conversadora y su profesión, que le obligaba a pasar varias horas al día aguzando sus sentidos, había reforzado ese rasgo de su personalidad. Thomas, por su parte, tenía mucho en lo que pensar. El contenido de la bolsa que Alex había preparado le había venido como anillo al dedo a su cerebro, hambriento de glucosa. Las medicinas que acababa de tomar lo ayudarían en su tarea de pensar, reduciendo las distracciones provocadas por el dolor.
—¿Mejor? —le preguntó Alex cuando Thomas volvió a dejar la bolsa plástica con asas en el suelo del coche.
—Mucho mejor. Gracias, tío. Tenía más hambre del que creía.
—Normal. ¿Cuándo fue la última vez que comiste? —preguntó sin apartar sus ojos de la carretera—. Debió ser el domingo a mediodía, ¿no?
—Sí. Un sándwich doble de pavo con lechuga, tomate y cebolla, que solo sirvió para que mi estómago dejara de hacer ruidos por un rato. Estaba muy bueno, eso sí —concedió.
Alex sonrió.
—¿Uno, solamente? Pues te diré que tu estómago es muy comprensivo; al mío, como no le meta tres, no para de rugir.
Thomas asintió con la cabeza y no hizo más comentarios. Puso su atención en el tráfico nocturno que veía por la ventanilla a medida que el SUV devoraba kilómetros. Habían pasado algunos minutos cuando Alex volvió a hablar.
—¿Qué vas a hacer ahora, Tom? Me refiero a después de que veas a Gayle.
Thomas se tomó unos instantes para responder. La respuesta de un día normal sería ir al gimnasio a por la hora de entrenamiento que no había podido hacer por la mañana, darse una ducha, cenar algo ligero, pasarse un rato por el pub y quizás enrollarse con alguna mujer, y después irse a dormir, pues al día siguiente debía levantarse pronto para ir a trabajar. Pero desde la última vez que se había enrollado con una mujer, la normalidad brillaba por su ausencia. Aquella noche, se había presentado ante la puerta de la suite de Gayle muy caliente por ella, diciéndose que unos cuantos polvos lo saciarían y al día siguiente seguiría con su vida igual que había hecho siempre. Ahora, resultaba evidente que había calculado mal el tiro. Pésimamente mal.
—Sé lo que no voy a hacer. No voy a dejarla sola ante la jauría de la prensa y las presiones de todo el mundo. Partiendo de eso, improvisaré.
—¿Y si Gayle no quiere que te involucres?
—Me da igual. —La respuesta había salido sola, como si no hubiera pasado por su cerebro.
—Cuidado con eso, Tom.
Él asintió varias veces con la cabeza, acusando recibo del llamado de atención. Todo lo que tenía que ver con Gayle provocaba en él reacciones viscerales.
—Haré lo que me pida, tranquilo. Quiero decir que sé lo que le preocupa y lo entiendo. No es moco de pavo —admitió con un punto de ironía—. Pero ella me importa y no voy a dejarla tirada porque a su padre mi compañía le parezca mal.
Aliviado por la aclaración, Alex también admitió algo. Y lo hizo riéndose.
—Oírte decir «me importa» asociado a un pronombre femenino es casi surrealista. Debería haberlo grabado.
—¿Y qué hay de tu pronombre femenino? —contraatacó Thomas, dedicándole una fingida mirada displicente a la que su ojo a media asta confirió comicidad—. Hace un rato me dijiste «tranquilo, Tom. Estoy libre hasta el jueves». La última vez que lo miré no estabas tan libre.
Alex aprovechó la excusa para reírse. También para descartar el comentario sin que pareciera demasiado evidente que no deseaba abundar en el tema.
—No te vayas por la tangente, hermano. Hablamos de ti.
Su truco no coló.
—Qué va. Yo no hablo de mis asuntos. Ya bastante sabéis por haberos metido en esta movida. Pero te he hecho una pregunta. Si no quieres responder, dilo sin rodeos y en paz.
—Ya sabes cómo es esto, Tom… Les encanta fardar de que salen con un tío duro, pero cuando averiguan lo que implica ser un miembro de las fuerzas especiales, ya no les gusta tanto… —Suspiró—. No tengo tiempo ni interés de aguantar las neuras de nadie. Esto es lo que soy y esto es lo que hago. O lo toman o lo dejan.
Thomas pudo adivinar cierto resabio amargo en las palabras de Alex y decidió poner una nota de humor. Con la mujer a la que se referían, su hermano había mantenido una relación durante alrededor de un año. Que él supiera, era la más larga hasta el momento.
—Como dijera Lenora Eaton: «¡Con esa actitud vas a espantarlas a todas y seguiré teniendo que ocuparme de ti hasta que sea una yaya!» —guaseó, imitando el estilo de su madre.
Alex agradeció el oportuno comentario de su hermano con unas buenas carcajadas.
—Me alegra un montón que estés tan recuperado, tío. Nos diste un buen susto —le dijo.
—Sí, lo sé… Lo sé… Me cabrea haberos preocupado tanto. Porque fue totalmente gratuito, ¿sabes? Si Declan me hubiera escuchado, las cosas se habrían resuelto limpiamente. Pero según él, no estaba pensando con lo que tenía que pensar.
—Era Declan el que llevaba una venda en los ojos —apuntó Alex—. Yo no conocía a Kyle Baxter, pero me bastó verlo para saber que el tipo era una bomba de relojería andante. Francamente, no entiendo cómo Declan no lo vio.
—Yo sí. No podía ser objetivo. Es así de simple. Tiene una relación de años con el hermano de Baxter y con su familia. Cuando estás tan cerca, es fácil perder la perspectiva. Debió escucharme, ¿y qué hizo, en cambio? Suspenderme de empleo y sueldo por un mes.
—Pues ahora tendrá que levantarte la suspensión. No ha podido quedar más claro que él se equivocaba y tú no.
Thomas se acomodó mejor en la butaca, buscando una posición que mitigara el dolor.
—Me da igual. No creo que vaya a volver con él. Lo que me oíste decirle fue solo una forma de presionarlo para que me diera lo que quería. Nada más.
Alex lo miró interrogante.
—¿Y eso?
Thomas se encogió de hombros.
—Mi confianza en él está bajo mínimos. Además, no sé… Ahora quiero más. Y no hablo solo de dinero.
Alex asintió mientras pensaba a qué se debían tantos cambios en la vida de un tío cuya existencia se había caracterizado precisamente por la regularidad. La respuesta que acudió de inmediato a su mente poseía un nombre elegante y un apellido aristocrático. Tenía sentido. Salir con una mujer acostumbrada a un alto estándar de vida, que desde la cuna se codeaba con la crème de la crème de la sociedad británica, suponía un desafío para cualquier hombre. Por más singular que su hermano fuera, seguía siendo un hombre.
—¿Tendrá eso algo que ver con que la mujer que te importa no es una mujer corriente?
—No te pases, tío —fue la seca respuesta de Thomas que hizo sonreír a Alex, pues para él aquellas cuatro palabras no eran sino una confirmación de que había acertado en el blanco.
Alex no se equivocaba. Todo tenía que ver con Gayle, últimamente. De una forma que Thomas aún no era capaz de comprender, ella se había convertido en el motor no solo de sus reacciones viscerales, sino también de sus decisiones.
* * * * *
En un pequeño piso del barrio londinense de Croydon…
Después de que Gayle le pidiera a Thomas que fuera a verla, la actividad se había vuelto frenética en la casa de Danna.
Gayle se había negado en redondo a recibirlo tendida en un sofá y menos aún vestida con un pijama.
—¿Y por qué no? —se quejó Danna, mirándola burlona—. Es una prenda de lujo, preciosa y carísima. Joder. Con lo que cuesta ese pijama en esta casa comemos el mes entero.
—¿Y por qué va a ser, mamá? ¡La tía es muy coqueta! —se rio Alexis y, después de estirarse para besar la mejilla de Gayle, añadió con picardía—: Y muy pija.
Gayle recibió la burla de su sobrina postiza con agrado. La muchacha, que ya había cumplido los dieciocho, seguía siendo un torbellino como su madre, pero, afortunadamente, parecía haber dejado atrás su época de «rebelde sin causa» que las había traído a ambas de cabeza. Había que estarle un poco encima para que estudiara, pero ya no era tan complicado convivir con ella como antes.
—Lo soy, y a mucha honra —repuso ella—. Pero también es cuestión de estar a la altura. Thomas ha arriesgado su vida por mí y ha involucrado a su familia para protegerme. Lo menos que se merece es que le reciba en condiciones.
—Ya, pero el caso es que no estás en condiciones, Gayle —intervino Jana, que hasta aquel momento se había mantenido al margen.
Apoyada contra el marco de la puerta del diminuto baño, Jana se había limitado a observar en silencio cómo Gayle se ponía de punta en blanco y se maquillaba con la ayuda de Danna y de Alexis.
Prueba de que no se encontraba bien era que apenas se sostenía de pie. Habían tenido que traer una butaca de la cocina para que se sentara.
Gayle apartó con suavidad la mano de Danna que, en aquel momento le estaba aplicando rímel, y dirigió su mirada hacia Jana.
—Thomas tampoco lo estaba cuando llegó a la cabaña, después de que lo atacaran y lo drogaran. Y eso no le impidió enfrentarse a Kyle para mantenerlo alejado de mí. Sé que te preocupo, pero me siento tan responsable de todo lo que le ha sucedido… Tengo que hacer esto, Jana.
—Venga ya. Te conozco, ¿recuerdas? —intervino Danna en un intento de relajar el ambiente—. Además, según nos has contado, ese caballero te ha visto en todas las situaciones… ¡Tápate los oídos, Alexis! —reclamó haciendo que su hija se desternillara— púdicas e impúdicas en las que un hombre puede ver a una mujer. Tanto cuidado en el arreglo personal tiene que tener otra razón. ¡A mí no puedes engañarme, cielo!
A pesar de sentirse tan baja de forma, Gayle agradeció una vez más el incombustible sentido del humor de su querida y vieja amiga. Dicho fuera de paso, Danna no se equivocaba. Había otra razón, que no tuvo ningún reparo en compartir.
—Por supuesto que sí. Pero dejaré que la descubráis por vosotras mismas cuando lo veáis en persona —reconoció con aquel brillo soñador en los ojos, que Danna, Jana y Alexis celebraron aplaudiendo y jaleándola.
* * * * *
Gayle se sobresaltó al oír el timbre. Su corazón empezó a latir aceleradamente.
—Tu chico ya está aquí —anunció Danna, poniéndose de pie—. ¿Estás preparada?
Alexis había vuelto a su cuarto y Jana había ido a la cocina a preparar un refrigerio para cuando llegaran Thomas y Declan, por lo que se hallaban a solas.
Gayle la retuvo por un brazo.
—No, no lo estoy en absoluto. —Al ver la expresión burlona de su amiga, suspiró—. Quiero verlo, por supuesto. Pero… Oh, Danna… Thomas iba a ser el plan de una sola noche y mira lo que ha sucedido… ¿Qué somos ahora? ¿Qué soy para él? No sé cómo enfrentarme a esto…
Danna tenía bastante claro lo que su amiga era para aquel hombre. Al margen de que protegerla fuera parte de su trabajo, implicar a su familia y refugiarla en su propia casa definitivamente no formaban parte del trato. Eso no lo hacía un empleado servicial, sino un hombre enamorado. Sin embargo, que ella lo viera con tanta claridad no tenía la menor importancia mientras su amiga no lo hiciera. Y para hacerlo, debía enfrentarse al tema.
Tomó la mano de Gayle y la apretó en un gesto de ánimo.
—Los planes cambian, cari. La vida cambia. La forma de enfrentarte a esto la sabes de sobra. Es algo que ya tenías controladísimo cuando te conocí: simplemente, sé sincera. Cuanto más sincera, mejor… Voy a abrir, ¿vale?
Gayle respiró hondo y al fin asintió.
* * * * *
«¡Guaaaaau!», pensó Danna al ver al tiarrón que estaba al otro lado de su puerta. Le dio un repaso rápido pero exhaustivo que le explicó a la perfección que su amiga se hubiera tomado tantas molestias para lucir más estupenda que nunca. Menudo hombre.
—Soy Danna. Pasa, por favor. Perdona el lapsus. A esta puerta solo tocan vendedores de seguros y adolescentes esmirriados con pintas estrambóticas —dijo, al tiempo que retrocedía después de abrir la puerta.
El hall era tan estrecho que, de otra forma, un hombre de la envergadura de Thomas no podría entrar sin rozarse con ella.
Él asintió con la cabeza. Entró en la casa y cerró la puerta. Estaba tan acostumbrado a esa clase de lapsus que las mujeres solían sufrir en su presencia que, de hecho, ni siquiera se había percatado hasta que Danna lo mencionó. La ansiedad se lo estaba comiendo vivo y eso hacía que le costara mantener su atención en la anfitriona como correspondía, a pesar de lo cual su primera impresión de ella fue muy positiva.
Era una mujer delgada, más alta que Gayle. No estaba seguro en cuanto a su edad. El estilo roquero de vestir, sus tatuajes y aquel corte de pelo tan juvenil despistaban bastante. Según ella misma le había dicho por teléfono, conocía a Gayle desde la adolescencia, por lo que debían tener edades semejantes. Sin embargo, las semejanzas acababan allí. Danna no se parecía a Gayle en nada —de hecho, era evidente que pertenecían a entornos completamente diferentes—, pero le caía muy bien.
—Alex… Mi hermano —aclaró— subirá en un momento. Está aparcando. Espero que no te importe: no puedo conducir. —Señaló con un gesto su ojo medio cerrado, lo que dejó en evidencia también el penoso estado de su mano.
Danna hizo un gesto cómico.
—¡Fíjate, no me había dado cuenta! —Thomas sonrió mientras pensaba que no había estado muy lúcido haciendo aquella aclaración—. No me importa, tranquilo… Ven, sígueme. No quiero que te pierdas en esta casa tan grande…
Una vez más, Thomas obedeció sin reparar en el comentario gracioso de la anfitriona. Su mente estaba en otra cosa. Se sentía más y más nervioso por segundos y no estaba acostumbrado a sentirse de aquel modo. La expectativa de interactuar con una mujer lo ponía en modo «cazador». La sensación solía ser excitante, pues normalmente implicaba que disfrutaría de un buen revolcón antes de irse a dormir. Pero ahora estaba nervioso. ¿Nervioso de qué?
De momento, era una incógnita.
* * * * *
La respuesta llegó hasta Thomas con imagen y sonido al abrir la puerta del salón. Su mirada se encontró con la visión de la hermosa mujer que estaba de pie en el centro de la pequeña estancia. Ataviada con un traje cruzado clásico de raya diplomática azul marino y su cabello sujeto en un moño, destilaba elegancia y refinamiento. Era la mujer más femenina que había conocido jamás. Lo dejaba sin aliento. Oír su dulce voz diciéndole: «Cuánto me alegro de verte, Thomas» fue el remate final.
Comprendió que la razón de su nerviosismo era que no tenía ningún control sobre sus sentimientos hacia Gayle. Podía enfrentarse a cualquier peligro con la mente lúcida y la sangre fría, pero ante ella estaba perdido.
Thomas atravesó la estancia de dos zancadas y se detuvo frente a Gayle.
Sus miradas continuaron enganchadas treinta segundos antes de que la fuerza de lo que los unía ganara la partida.
Ambos suspiraron cuando él la rodeó fuertemente con sus brazos.
—Dios… Han sido los dos días más largos de toda mi vida —musitó ella, acurrucándose contra su pecho—. No puedo creer que estés aquí…
—¿Pensarías que soy un fanfarrón —o, en tu idioma, un petulante— si te digo que lo sé?
Ella sonrió levemente al tiempo que sus ojos volvían a establecer contacto visual con los de Thomas.
—No —repuso en un tono débil y aún así teñido de coquetería—. Te preguntaría cómo puedes saberlo. Salta a la vista que yo no soy tú.
Thomas se inclinó. Sus labios rozaron ligeramente los de ella, logrando que ambos se estremecieran nuevamente. Había sido algo intencionado, no solo producto de sus acuciantes necesidades físicas: quería comprobar el nivel de receptividad de Gayle.
—Lo sé porque yo tampoco puedo creer que estés aquí. Lo mío solo han sido cuatro horas. Y menos mal. Si hubieran sido dos días, me habría vuelto completamente majareta(1).
Y esta vez, el ligero roce inicial se convirtió en un beso en toda regla.
Un beso apasionado, cargado de sentimientos nuevos, de expectativas y de deseo… Al que Gayle puso fin de la manera más inesperada de todas: desvaneciéndose.
(1)Majareta: expresión coloquial española que significa chiflado o loco.
* * * * *
Thomas ya había pasado por eso antes con ella. Sabía lo que tenía que hacer y lo hizo con rapidez. Lo cual no evitó que la preocupación se adueñara de él y, en consecuencia, también la rabia. Solo había habido dos hombres importantes en la vida de Gayle: su padre y su ex. Y los dos la habían cagado, a cual peor. La presión a la que la habían sometido —y aún la sometían— la había quebrado física y emocionalmente. La sola idea conseguía enfurecerlo.
Pero ahora ella te necesita sereno, tío. Céntrate.
No pidió ayuda. Acomodó el cuerpo desmadejado de Gayle en el sofá, le puso un cojín debajo de los pies para elevar sus piernas, y miró alrededor. La estancia era tan pequeña que apenas tenía muebles. No había ventanas. Una de las revistas que se apilaban sobre la diminuta mesa ratona valdría para abanicarla. En el único mueble estantería que estaba situado contra la pared del fondo, había botellas. Escogió una de vodka. El estado de sus manos era un problema añadido que tuvo que sortear. Se las arregló para abrir la botella y servir el líquido en un vaso de chupitos hasta llenarlo. Luego, regresó junto a Gayle. Consiguió desatar los dos primeros botones de su blusa. Aflojar su elegante cinturón de piel fue otro mal trago que lo hizo sudar. Después de pasar un brazo por la espalda de Gayle para sujetarla, hizo que se incorporara un poco. Al fin, acercó el pequeño vaso a su nariz y empezó a moverlo de izquierda a derecha para que el vapor de la bebida ascendiera por sus fosas nasales. No era lo más recomendable, pero a falta de sales, quizás serviría para provocar un reflejo de inhalación que la volviera en sí.
Por suerte funcionó. La vio fruncir el ceño en un gesto de disgusto e intentar alejarse del vaso. Thomas lo dejó sobre la mesa sin apartar su atención de Gayle.
—Bien. Muy bien, nena. Venga, inspira hondo… Hondo, hondo, hondo… Así, muy bien. Otra vez.
Después de media docena de inspiraciones profundas, Gayle al fin abrió los ojos.
—Bienvenida de vuelta —dijo él, escondiendo tras una sonrisa el enorme disgusto que se había llevado—. ¿Qué tal por el Limbo?
Vio que ella le miraba confusa. Sin embargo, muy pronto su expresión cambió: de confusión a vergüenza.
¿He perdido el sentido mientras él me besaba? ¡Ohhh, Dios, ¿por qué me haces esto?!
—No me lo puedo creer… —musitó, totalmente abochornada—. De verdad que lo siento, Thomas.
Decidido a quitarle hierro al asunto, él se rio mientras volvía a reposarla sobre el sofá y acomodaba un cojín detrás de su cabeza.
—Menudo efecto, ¿eh? —dijo al tiempo que se sentaba a su lado, de frente a ella—. Como esto trascienda, las mujeres van a hacer cola a la puerta de mi casa para que las bese.
El sofá era estrecho, por lo que sus cuerpos estaban en contacto. No con la clase de contacto que a Thomas le habría gustado tener, pero suficiente para contentar su necesidad de ella. Una necesidad que no era solo sexual. No era física en ese sentido de la palabra. Tenerla a su lado lo reconfortaba.
Gayle, por su parte, intentaba reponerse de su último ridículo, sin éxito. En toda su vida se había sentido más patosa y avergonzada que ahora.
—¿No lo hacen ya? —se las arregló para bromear, a pesar de que estaba roja de vergüenza.
Él se limitó a apartar la mirada. Su comentario solo pretendía que ella se sintiera menos violenta, pero no le interesaba malgastar el tiempo en banalidades. Cuando volvió a hablar, fue directo al grano.
—¿Qué quieres hacer, Gayle?
Sus miradas se encontraron. Thomas vio que a ella se le llenaban los ojos de lágrimas y aguantó las ganas de abrazarla con todas sus fuerzas. Ese era el mismo impulso de siempre. Protegerla. Hacerla sentir segura, querida. Pero había una decisión que tomar y no era él quien debía tomarla. Ceder a su necesidad de reconfortarla solo haría las cosas más difíciles. De modo que se contuvo. Aguantó la desesperación de verla sufrir sin hacer nada. Se obligó a mantenerle la mirada y a esperar hasta que ella estuviera preparada para darle una respuesta.
Gayle había temido aquel momento desde que se había marchado de su cabaña. Y lo temía porque no había una forma buena de decirle adiós. Daba igual qué palabras escogiera; todas serían igualmente dolorosas y, peor aún, serían mentira, puesto que no quería decirle adiós. Era un deber, no un deseo. Decidió en aquel instante que él se merecía la verdad.
—Lo que yo quiero podría hacerte mucho daño, Thomas. Podría, no; te lo hará —se corrigió—. Y no lo soportaría.
Así que los dos querían lo mismo, pensó él con el corazón disparado. Asintió varias veces con la cabeza.
—¿Esa es la única razón…? ¿El daño que puedas hacerme?
Las lágrimas rodaban sin tregua por las mejillas femeninas. Ella no daba abasto a retirarlas con un pequeño pañuelo que había sacado del bolsillo de sus pantalones.
—¿Te parece… —La voz de Gayle se quebró—… poco?
—¿Es la única? —insistió.
Gayle respiró hondo.
—Le prometí a tu familia que… —Tragó saliva—. Les prometí que no dejaría que mi padre os perjudicara de ninguna manera.
Por eso te fuiste de esa forma. Por eso la carta. Por eso tu llanto…
Sabía que no se lo había prometido a su familia, genéricamente hablando, sino a su madre. El general jamás habría provocado una situación que la obligara a hacer semejante promesa.
Todos los hermanos conocían la fiereza de Lenora Eaton a la hora de proteger a su familia, pero confirmar que sus sospechas eran ciertas supuso una gran decepción para él. Adoraba a su madre. Le dolía que hubiera puesto a Gayle entre la espada y la pared.
—¿Algo más?
Ella negó con la cabeza lentamente. Su mirada tímida y avergonzada se posó sobre Thomas.
—Vale —dijo él. Inesperadamente, se puso de pie y le tendió una mano—. Nos vamos.
Ella no hizo el menor ademán de cogerla. De hecho, le tomó unos instantes sobreponerse a la sorpresa. No era que no estuviera dispuesta a seguirlo al fin del mundo; lo estaba. Pero no había contado con que él lo estuviera, después de todo lo que había tenido que pasar por su culpa.
—Oh, Thomas… —musitó. Su voz sonó cargada de dulzura y de una innegable preocupación—: ¿Qué estás diciendo?
Él no lo dudó. Se agachó y la cogió en brazos, sorprendiéndola nuevamente.
—Estoy diciendo que no voy a permitir que nadie te acorrale. Ni tu padre, ni mi madre, ni la prensa, ni los Baxter… Ni Dios. Nadie —aseguró.
Acto seguido, Thomas se dirigió a la puerta con paso marcial…
Y con una alucinada y cada vez más enamorada Gayle en sus brazos.
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©️2026. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
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Nervios... 




Parece que esta vez no se van a andar con rodeos y van a ir directos a lo importante, lo esencial...lo normal al tratarse de Thomas, un tío al que le gustan …