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Proyecto CRS-04

Una vez no basta (UVNB)

(Título provisional)


Presentación | Sobre los personajes | ELLA | ÉL 

Canlentando motores - 1ª Parte | 2ª parte

Capítulos: 

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Una vez no basta (título provisional), de Patricia Sutherland. Proyecto Exclusivo de Club Románticas Stories.


CRS-04. UVNB (Una vez no basta). Cap. 19


Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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19


Gayle entró en el tocador de señoras y se dirigió al único de los cuatro baños individuales que estaba desocupado. Entró, cerró la puerta y se apoyó contra la pared de la derecha. Cerró los ojos al tiempo que exhalaba el aire con fuerza, descargando con él una parte de la tensión que había acumulado en apenas un rato sentada junto a Kyle.

Mientras lo escuchaba mentir con descaro y manipular los hechos para que parecieran algo diferente de lo que en realidad eran, había pasado del asombro al constatar que era un ser despreciable, a la impotencia de desear huir, alejarse de él a toda costa, y saber que no podía hacerlo. No, si quería obtener algo positivo de aquel sacrificio. Algo más, aparte de haber comprendido al fin que no había una pizca de amor en Kyle, ni deseos de resolver las diferencias que los habían distanciado. Nada bueno lo había impulsado a acercarse a ella, tan solo la fijación de un hombre obsesionado por impedir que otro tuviera lo que él había perdido.

Las cosas estaban resultando mucho más difíciles de lo que había imaginado. No había contado con el rechazo visceral que su mera presencia le provocaba. Apartarse de él, ante aquel descarado intento de besarla, había sido más que la reacción instintiva de alguien que no desea el contacto físico. 

Tampoco había contado con el terror que Kyle le inspiraba. Estando a su lado, había podido sentir la intensidad de su ira. La había sentido en su propia piel, como una sombra que se cernía sobre ella, y no dejaba de crecer. Thomas tenía razón: Kyle era perfectamente capaz de atacarla. 

Respiró hondo varias veces. Se sentía indispuesta y, para peor, estaba sangrando mucho de nuevo. Lo que le preocupaba, aparte del hecho nada tranquilizador de menstruar dos veces en un mes, era que lo que expulsaba no tenía la fluidez normal. Abundaban los coágulos. Seguramente por eso le dolía tanto. Iba a necesitar cambiarse. Menos mal que llevaba una pequeña farmacia en el bolso.

Suspiró.

Y también iba a necesitar una consulta médica. 

Pero de eso se ocuparía más tarde, cuando acabara el maldito brunch


* * * * *



Gayle estaba secándose las manos, cuando su móvil empezó a sonar. Era Jana. 

—Hola, ¿qué tal estás? —la saludó.

¿Yo? ¡Cómo estás tú, querrás decir!

—Bueno, he tenido días mejores, pero no me quejo —concedió, puesto que carecía de sentido mentirle a alguien que había seguido paso a paso sus desventuras con el paranoico de su exmarido.

¿Sigues en el Shakedown?

—¿Y cómo sabes que estoy aquí? —Oyó su risa culpable, pero, aunque podía imaginarse su respuesta, se quedó esperándola. 

La risa de Jana no había sonado culpable por la razón que Gayle sospechaba. O, al menos, no solo por eso.

Tu guardaespaldas trabaja para Declan, ¿lo sabes, verdad? —repuso traviesa.

Gayle no estaba sola en el tocador. Dos mujeres se retocaban el maquillaje a su lado, aparentemente ajenas a su conversación telefónica. Regresó al retrete, bajó la tapa del váter, y tomó asiento. Posó el bolso sobre sus piernas y entornó la puerta.

—Sí, aunque con unas enormes ganas de marcharme, continúo en el restaurante Shakedown —concedió—. En este momento, estoy en el tocador.

Llamar a lo que sentía «unas enormes ganas de marcharme» era un eufemismo. Lo que deseaba era huir despavorida de su exmarido acosador. 

¿Para desahogarte sin que nadie se dé cuenta o por verdadera necesidad?

Otra vez aquel tono travieso, que hizo sonreír a Gayle.

—Mitad y mitad.

¿Y cómo van las cosas? —se animó a preguntar Jana.

Mucho peor de lo esperado. Si intentar dialogar con una persona que nunca reconocía responsabilidad alguna en un problema, era complicado; hacerlo con alguien que estaba demostrando ser un manipulador y un mentiroso patológico, lo convertía en una tarea enervante.

Gayle exhaló el aire en un suspiro.

¿Tan mal van? —preguntó Jana.

—No… —Iba a quitarle hierro al asunto, pero la verdad era que no tenía la menor idea del auténtico estado de las cosas. Quería creer que Fay y Perry la conocían lo suficiente para saber que no los habría convocado a una reunión, sin una razón de peso. Sin embargo, Kyle era su hijo, sangre de su sangre—. Supongo que lo que va mal es mi paciencia. Ya no recordaba lo irritante que es —se limitó a decir, obviando pronunciar su nombre, y coronó la frase con otro suspiro.

Jana no lo dejó correr.

¿Estás bien, de verdad? Una palabra tuya, y me tienes ahí en dos minutos… Espero que no te enojes, si te digo que la ansiedad ha podido conmigo y estoy a dos calles de ti, en un bar. Tardaría un suspiro en llegar.

Gayle tragó saliva al sentir que la angustia le nublaba la vista. Lo que oía era una confirmación de que, aunque hubiera errado de medio a medio con su compañero de vida, seguía acertando de lleno a la hora de escoger a sus amigas. 

¿Sigues ahí? —insistió Jana.

—Sí, perdona… ¿Cómo podría enfadarme contigo? —Tras una pausa y un nuevo suspiro, añadió—: no te preocupes, si mi voz te resulta algo extraña… Es que… Me he emocionado un poquito.

Jana apretó los labios, afectada por un proceso que conocía muy bien y, por lo tanto, podía reconocer en su amiga. 

Sentirse tan vulnerable era una mierda, pensó. Pero se cuidó de decirlo. Sabía por experiencia que no era eso lo que Gayle necesitaba oír.

Ah, vale. Entonces, tranquila, doy un sorbo al café mientras espero a que se te pase la emoción, y después, seguimos charlando —repuso con naturalidad, haciéndola reír.


* * * * *


Al igual que Andreas, Thomas había percibido que algo no iba bien en la reunión, y había tomado una decisión arriesgada: cambiar de acera y quedarse mirando hacia el interior, desde un extremo de la ventana del establecimiento más alejada de la mesa donde los ánimos se caldeaban a base de bien. Si ninguna chica del grupo de veinteañeras que ocupaban la mesa junto a la ventana detectaba su presencia, todo iría bien. 

Le había preocupado no ver a Gayle entre los comensales en su milésima pasada frente al restaurante, de ahí que hubiera decidido cambiar de acera. Mientras cruzaba la calle, intentó tranquilizarse, pensando que no había nada de raro en que ella no estuviera en la mesa. Las mujeres tenían sus rituales cuando estaban en un sitio público. Estaría en el tocador, asegurándose de que él siguiera sin poder quitarle los ojos de encima… Aunque estuviera a treinta metros de distancia, pensó con sorna.

Sin embargo, al acercarse a la ventana, le resultó imposible no notar lo tensas que estaban las cosas en la mesa. Desde su posición, veía al matrimonio de frente y a su hijo, parcialmente, de espaldas. El tipo estaba rígido, su posición en el asiento era de lo más antinatural, lo cual no era un buen augurio. El matrimonio hablaba con él, no había movimientos bruscos ni gestos ostensibles, pero sus rostros sombríos tampoco eran una buena señal.

Una columna se interponía en su línea de visión, por lo que, aunque sabía que Andreas estaba en la barra, no podía verlo. Era un buen profesional y no tenía ninguna duda de que sus radares estaban tan atentos como los suyos, a lo que sucedía entre el matrimonio y su hijo. 

Thomas se pegó más a la pared. Sus ojos seguían pendientes de lo que hacía Baxter, pues la clave de todo estaba en él. Siempre estaba en él. Desde que sus miradas se habían cruzado por primera vez, había tenido muy claro qué clase de individuo era. Sabía que era capaz de hacerle daño a cualquiera que se interpusiera en su camino. Gayle había sido su obsesión hasta la noche anterior y, ahora, gracias a la maldita reunión, también era un obstáculo.

Un escalofrío le recorrió la espalda al ver el primer gesto ostensible. Era de Baxter, y, a pesar de que era el típico gesto de reclamar tranquilidad con las manos, pudo sentir el nivel de furia creciendo en él, con tanta claridad como si estuviera en su campo vital. 

Joder.

Piensa, tío. Piensa.

Thomas palpó su bolsillo y sacó el móvil. Seleccionó el contacto de Gayle y, sin apartar los ojos de la mesa, esperó.

¿Con quién coño estás hablando? ¡Joder, Gayle. Ahora, no!

Cortó y cambió a la aplicación de mensajería. Tecleó un mensaje rápido sin dejar de controlar lo que sucedía en el interior del restaurante entre palabra y palabra:


«Quédate donde estás. No vuelvas a la mesa hasta que te avise. Haz lo que te digo, por favor».


Lo envió, rogando que Gayle viera el mensaje a tiempo, y regresó su vista a la mesa.

Baxter estaba a punto de explotar. Lo sabía. Lo sentía

Y no quería a Gayle cerca, cuando estallara.


* * * * *


La notificación de un wasap alertó a Gayle, quien continuaba hablando con Jana.

—Dame un segundo, por favor. Acabo de recibir un mensaje.

Claro. Compruébalo, te espero.

Gayle miró la pantalla de su móvil. Agrado y preocupación se entremezclaron en su cuerpo. Agrado, porque el mensaje era de Thomas. Preocupación por lo que ponía la primera línea que mostraba la pantalla: «Quédate donde estás. No vuelvas a la mesa hasta…».

Suspiró.

Así que, estás aquí…

Se habían despedido en la puerta de su suite. Ella no le había preguntado si pensaba marcharse y él no había comentado nada al respecto. Según le había visto proceder las últimas setenta y dos horas, era una deducción lógica pensar que estaría por los alrededores. Pero, confirmarlo suponía un alivio. 

Un gran alivio.

Saber que Thomas estaba cerca, marcaba una diferencia en sus emociones. La hacía sentir segura, a salvo. ¿Era un sinsentido? Probablemente, sí, habida cuenta de que un acosador la estaba esperando en el salón.

Abrió el mensaje para poder leerlo completo y, al hacerlo, su corazón empezó a martillear en el pecho.

¿Qué estaba sucediendo en el salón para que Thomas le pidiera que permaneciera en el baño? 

Recordó que tenía a Jana esperando, respondió al mensaje con un: «ok», y recuperó su llamada.

—Ahora, tengo que dejarte. Te llamo en un rato, ¿te parece bien?

¡Claro! Recuerda que me quedaré por aquí. Si me necesitas, no tienes más que gritar… Bueno, es un decir…

—Gracias, Jana. Eres una gran amiga. En cuanto acabe con este asunto, voy a verte. Me hará mucho bien hablar contigo.

¡Hecho!

 Tan pronto cortó con Jana, Gayle marcó el número de Thomas y, con el corazón latiendo acelerado, esperó a que él respondiera.


* * * * *



«Ahí está. Furia pura y dura», pensó Thomas al ver que Baxter se alejaba de la mesa, dejando una estela de ira tras de sí.

Arrugó el ceño al caer en la cuenta de que algo no le cuadraba. La rabia que destilaba su lenguaje corporal, no se correspondía con una retirada. Y, sin embargo, eso era lo que hacía: largarse. El tipo estaba desandando el mismo camino que había recorrido al llegar.

Negó con la cabeza. Lo que veía no podía ser real.

Instintivamente, se puso en marcha y, en cuanto dejó atrás la puerta acristalada del restaurante, echó a correr. Si estaba equivocado, quería ver a Baxter abandonar el hotel. Y si no lo estaba…

Mierda.

No le había dado tiempo a entrar en el establecimiento para comprobar si había otras vías de acceso al restaurante, aparte de la de clientes. Intentó recordar. Solo había estado allí una vez, y no por trabajo, de modo que no estaba seguro, pero su intuición le decía que Baxter no podía llamar a retirada sin más. Además, lo había oído conversando con Gayle la noche anterior y él había comentado que era su lugar favorito. Por lo tanto, tenía que conocerlo muy bien. 

Cuando estaba a punto de doblar la esquina del hotel, su móvil empezó a sonar. Lo atendió sin reducir la marcha.

Thomas… ¿Qué sucede?

De no estar tan acelerado por la preocupación, Thomas habría reparado en la vocecita dulce con que Gayle le hablaba. Y habría sido plenamente consciente del cosquilleo que se había iniciado en el oído y se había extendido como lava por su cuello y su pecho. 

Pero no lo fue. Su cerebro se hallaba en estado de alerta y solo dedicaba atención a sucesos relacionados de manera directa con lo que había motivado dicha alerta. Incluso si se hería, el nivel de adrenalina que circulaba por su cuerpo impediría que fuera consciente de ello. No se daría cuenta hasta mucho después. O hasta que viera la sangre.

—¿Estás en el baño? —le preguntó.

Sí, pero…

Thomas no la dejó continuar.

—Quédate ahí. No salgas hasta que te avise. Tengo que cortar.

Alarmada por lo telegráfico de su respuesta y porque oía su respiración agitada, que indicaba que… 

¿Estaba corriendo? ¡Por Dios, ¿qué demonios estaba sucediendo?!

¡Thomas…! —exclamó.

—Ahora no puedo hablar —se limitó a responder él.

Acto seguido, cortó la comunicación.

Cruzó la calle y corrió a refugiarse en la entrada de un viejo edificio situado a veinte metros de la entrada del hotel. Activó el cronómetro de su reloj, pues necesitaba una medida real del transcurso del tiempo. ¿Cuánto se tardaba en abandonar el restaurante por esa vía? Con la furia que guiaba los pasos del tipo, no más de dos o tres minutos y ya había consumido un minuto mientras él corría por fuera. Le concedería uno más. Si Baxter no había aparecido por la puerta para entonces, entraría y lo buscaría por cada rincón hasta encontrarlo. Le daba completamente igual que él lo reconociera y montara en cólera. Con las ganas de estrellarlo contra un muro que tenía, se serviría a placer.

Entonces, la sangre fría volvió a reinar en Thomas. Cuando el cronómetro señaló que el minuto había pasado, hizo una llamada.

—Atento. No ha salido por la calle Tooley.

En la barra del restaurante, Andreas frunció el ceño.

¿Dónde estás? 

—No preguntes, y atiende. Baxter no se ha ido. Todavía está en el hotel.

Antes de responder, Andreas giró la cabeza en la dirección por la que se había marchado Kyle Baxter. Confirmó que la entrada continuaba despejada. Volvió a hacer un barrido del local con la mirada, y luego, comprobó la mesa, donde el matrimonio continuaba a solas. Conversaban. Perry Baxter acababa de consultar su reloj.

Recién entonces, dijo:

Vale. Aquí, la cosa sigue igual. 

Thomas asintió con la cabeza. Si Baxter no había salido y tampoco había regresado a la sala, entonces, su sospecha ganaba puntos. 

—OK. Voy a entrar a buscarlo, a ver dónde coño se ha metido. Le he pedido a Gayle que se quede en el baño —informó, antes de cortar.

«¿Gayle?», pensó Andreas, volviendo a dejar el móvil sobre la barra. 

¿En qué momento la señora Middleton ha pasado a ser Gayle para ti?

Se apresuró a apartar esos pensamientos nada oportunos y pidió la cuenta, sin dejar de escanear la sala con disimulo.

Tendría que avisarle a Declan. 

Por desgracia, no se había equivocado en lo más mínimo al no apostar por un final pacífico.


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©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷


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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 20



Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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20



Thomas subió los seis peldaños que conducían a la entrada del hotel, pensando en el orden de las acciones que tomaría a continuación. 

Era poco probable que encontrara a Baxter en el hall de entrada. Su nivel de furia no le permitiría sentarse tranquilamente en los cómodos sillones azules estilo Chippendale, que había junto a la majestuosa escalera que conducía a la planta superior, donde estaban las habitaciones. Tampoco lo encontraría dando vueltas por allí, apreciando los cuadros con imágenes que recordaban la historia del edificio en la época que albergaba un tribunal de justicia. El tipo era lo bastante inteligente para darse cuenta de que, si tenía en mente descargar su furia contra Gayle, no debía ponerse tan alegremente al alcance de las cámaras de seguridad. 

Razonó que, en tales circunstancias, el lugar más lógico donde tomarse unos momentos para decidir un hipotético siguiente paso, era el baño que el establecimiento ponía a disposición de sus clientes en la planta baja. Recordaba dónde estaba de la única vez que había estado allí, hacía un par de años, esperando a alguien en el bar del hotel. Era un movimiento arriesgado que tendría que llevar a cabo con rapidez y precisión, puesto que si se encontraba cara a cara con Baxter antes de tiempo, echaría a perder los planes de Gayle, y aquella reunión de locos (y el miedo que ella estaría pasando) no habrían servido para nada. Estaba seguro de que convocar a los padres de Baxter a una reunión era inútil, pero no quería ser él el motivo evidente de que se estropeara. 

Sin embargo, también existía la posibilidad de que Baxter ya tuviera decidido qué hacer. Creer que acudía a una cita con su exmujer y descubrir al llegar que la naturaleza de la reunión era diferente de lo esperado, tenía que haberlo tomado por sorpresa. Pero había tenido suficiente tiempo para recuperarse y considerar sus opciones. Era un tipo violento. Aún si lograba contenerse en público, suponiendo que lo hiciera, esa era su verdadera naturaleza. Si todas las demás opciones fallaban, perdería los papeles. Y, evidentemente, habían fallado. Por lo tanto, el tiempo que él empleara en comprobar si estaba en el baño, le concedería una ventaja. Una gran ventaja, de hecho. Baxter tendría el camino despejado para llegar hasta Gayle, sin que nadie se lo impidiera. Eso, suponiendo que hubiera una vía alternativa de acceso al restaurante desde el interior del hotel, algo que, en esos momentos, ignoraba.

Thomas atravesó las puertas de entrada y se detuvo brevemente en el hall. Había varios huéspedes distribuidos en el lugar. Algunos ocupaban los sillones, otros hacían fotos o llamadas, pero, tal como esperaba, Baxter no estaba entre ellos.

Asintió para sí. 

Seguiría su instinto. Se fiaba de él al cien por ciento, pues jamás le había fallado.


* * * * *


Mientras esperaba que le cobraran la consumición, Andreas llamó a su jefe. Declan le había pedido que le avisara si las cosas se salían de madre y, en su opinión, eso era lo que estaba a punto de suceder, si no había sucedido ya. Kyle Baxter se había marchado hecho una furia y, según Thomas, aún no había abandonado el hotel. Por otra parte, su cliente continuaba en el baño, en lo que parecía una estancia demasiado larga que él sabía a qué se debía, pero quienes la esperaban en la mesa del brunch, no. Los minutos corrían y Perry Baxter acababa de consultar su reloj. Desde que había puesto un pie en el restaurante, había tenido una mala sensación en el cuerpo que lo había hecho estar especialmente alerta, hasta el punto de que apenas si había dado dos sorbos a su bebida. Ahora, todos sus sensores estaban disparados y eso solo podía significar una cosa: algo estaba a punto de suceder.

Declan se excusó con el candidato que estaba entrevistando en su oficina y contestó la llamada con evidente preocupación. 

Dime, Andreas.

—Hola de nuevo. Las cosas pintan mal, por eso te llamo —y le explicó la situación.

¿Dices que Thomas te avisó? ¿Está allí? —Declan procuró no demostrar lo molesto que estaba con la situación. Le había dado una oportunidad a su hombre, confiando en que no volvería a cagarla. Así que, ¿qué puñetas hacía ahora, ocupándose de un asunto del que se había apartado por propia voluntad hacía cuatro días? 

Andreas no sabía la razón de que Thomas estuviera por los alrededores aquella mañana, aunque sospechaba que su cliente debía estar al corriente de eso. Incluso, era posible que ella misma se lo hubiera pedido. Él la llamaba por su nombre de pila, lo cual daba a entender que su relación iba más allá de lo profesional. Sin embargo, dadas las circunstancias, agradecía contar con ayuda extra.

—Sí, y sean cuales sean los motivos, es una suerte contar con él —dijo, rompiendo una lanza en favor de su compañero—. De otra forma, no nos habríamos enterado de que Kyle Baxter sigue por aquí… No sé lo que ese tipo se trae entre manos, Declan, pero no puede ser bueno. Es como una olla a presión. No hace falta más que verlo para saber que está a punto de estallar.

¿Y sus padres? ¿Qué están haciendo ahora?

—Esperar. Él está tenso y, diría, que enojado. No le veo la cara, pero su mujer no deja de tocarle el brazo, intentando tranquilizarlo. Ella… Su lenguaje corporal es más difícil de leer. No ha vuelto a tocar sus panqueques, pero está bebiendo café. De tanto en tanto, mira alrededor, observando a los otros comensales… igual que hacemos todos cuando estamos en un sitio público. Pero la conversación con su hijo fue dura. Aunque lo disimule bien, tiene que estar nerviosa y disgustada. 

¿Te han visto?

—No, creo que no. Pero no sé por qué presiento que no tardarán en hacerlo… —dijo, con un punto de ironía.

Declan asintió para sí. Tenía que tomar una decisión. Conocía a Gayle desde hacía años y, además, era amiga de Jana, pero, ante todo, era su cliente. Si creía que su seguridad estaba en peligro, debía actuar. Y todo parecía indicar que lo estaba.

De acuerdo, esto es lo que vamos a hacer —empezó a decir.

Y, a continuación, le dio instrucciones precisas de cómo debía proceder.


* * * * *


Declan seleccionó la memoria adecuada y esperó a que atendieran, más preocupado de lo que aparentaba estar. Esta vez, había dejado al candidato solo en su oficina, y había salido al pasillo.

Qué sorpresa más agradable… Espero que mi hijo te haya dejado disfrutar tranquilo del domingo —lo saludó Fay.

Declan se mordió los labios. En un instante, la conversación dejaría de ser tan agradable.

—Buenos días, Fay… Gracias, sí. Tenía cosas que hacer, así que todavía no he empezado a disfrutar de mi domingo, pero espero hacerlo pronto… Mira, te llamo por un asunto delicado. Sé dónde estáis Perry y tú, y también sé el motivo de que estéis allí. 

Tras un momento de silencio, la oyó decir:

¿Te importa si pongo tu llamada en altavoz?

Declan volvió a hacer un gesto de dolor.

—Por mí, no… Pero, creo que sería preferible que no lo hicieras.

Muy bien, pues. Te escucho.

—De acuerdo. Gayle está en el baño y le hemos aconsejado que, de momento, no salga de allí. Y por hemos, me refiero a mi personal de seguridad, que está en el restaurante. Ella contrató mis servicios hace un tiempo. No voy a entrar en detalles porque no puedo hacerlo… Sabemos que Kyle no se ha marchado. Continúa allí. Y tenemos razones para creer que… Bueno, que intentará abordar a Gayle a solas. Lamento mucho tener que decirte esto, pero el objetivo de esa reunión era evitar que este asunto trascendiera, por el bien de las dos familias. Así que, mi recomendación es que deis por concluido el brunch y os marchéis del establecimiento con normalidad. Nosotros nos ocuparemos de evitar una confrontación, y haremos lo posible para que Kyle se marche, sin dar lugar a altercados. En cuanto tengamos la situación controlada, te avisaré. ¿Te parece bien?

Lo que oyó a continuación fue un profundo suspiro que le llegó al alma.

—Sé que es difícil, Fay. Os conozco hace muchos años, y… —Hizo una pausa. Lo que estaba a punto de decir no tenía ningún sentido. Daban igual el tiempo y las circunstancias, ningún padre estaba preparado para asumir que su hijo era un acosador—. Sé que ahora mismo te estarás haciendo mil preguntas. Yo también me las hice, en su momento. Pero este no es el momento de pensar en eso, sino de resolver el problema en potencia que tenemos entre manos. Estoy seguro de que, si conseguimos mantener a la prensa alejada de este asunto, evitaremos los daños colaterales. Y, en estas circunstancias, eso es decir muchísimo.

El silencio fue más largo que el anterior. Declan no los oía hablando entre ellos, pero, posiblemente, fuera eso lo que Fay y Perry estaban haciendo. Era lo más lógico: tenían una patata ardiendo entre las manos. Al fin, volvió a oír la voz calmada de la mujer. Era una calma tensa, forzada, como la que precede a un desastre inminente, que sabes que va a suceder, y no puedes impedir.

Bien, eso haremos, Declan. Y espero que, cuando me llames, también me expliques por qué, si nos conoces desde hace tantos años, somos los últimos en enterarnos de un asunto tan grave, que nos implica directamente.

Declan asintió. Llevaba una semana haciendo malabares con bolas de fuego. Era de cajón, que acabaría quemándose. 

—Entendido, Fay —se limitó a responder.


* * * * *


Kyle había necesitado mojarse a conciencia la cara con agua fría antes de sentir que la tormenta empezaba a amainar en su interior. No mucho, solo lo suficiente para no cometer un error irreparable. Ahora, algo menos cegado por la furia, se dirigió al fondo del hall, y esperó a que nadie lo estuviera mirando para abrir la puerta que mostraba el letrero de «privado». Hizo una última comprobación por encima de su hombro, y entró. El brazo mecánico cerró la puerta automáticamente. 

Frente a él había un largo pasillo. Sabía dónde conducía. Desde allí, se podía acceder a la parte posterior de la cocina del restaurante, así como a un pequeño pasillo interior, que era exactamente donde él se dirigía. Al final de dicho pasillo, había una puerta que permitía el acceso a la zona del restaurante donde estaban los baños. Era de uso exclusivo del personal y podía abrirse libremente desde el interior. No así desde fuera, para lo cual era necesario introducir un código. 

Gayle siempre se tomaba su tiempo cuando iba al baño y, esta vez, tenía más razones que nunca para hacerlo. Estaba seguro de que ella continuaría allí, intentando recomponerse, con la excusa de empolvarse su preciosa nariz. Pero no se quedaría allí toda la vida. En algún momento, iba a tener que salir.

Momento, que él aprovecharía para ajustarle las cuentas.

Nadie lo amenazaba con arrebatarle lo más importante de su vida, y se iba de rositas. 

El juego se había acabado. La muy hija de puta iba a lamentar haberlo dejado con el culo aire delante de sus padres.


* * * * *


Thomas supo que era Kyle quien se acercaba, antes siquiera de verlo de cuerpo presente. Las malas vibraciones que emitía eran inmensos campos energéticos que parecían tener vida propia. Para alguien con los sentidos afinados como él, sus señales eran tan personales y únicas como una huella dactilar.

Al girar a la derecha y comprobar que no estaba solo, Kyle se detuvo unos instantes, dudando qué hacer. 

Thomas giró la cabeza y lo miró.

Fue entonces cuando Kyle reconoció al tipo que estaba a tres metros de él, y montó en cólera. Recostado contra la pared izquierda del estrecho pasillo, comprobaba su móvil, como si tal cosa, pero, obviamente, lo estaba esperando. Si darse cuenta de que su ex había acudido acompañada de un gorila, le hizo rechinar los dientes, comprobar quién era el gorila en cuestión, completó el cuadro. 

—¡Pero… qué coño…!  ¡¿Tú, otra vez?! —Estaba harto de ese tío. Harto de su actitud sobrada y altanera. ¿Quién coño se creía? Pedazo de gilipollas.

Thomas vio que Baxter, en vez de retirarse, que era lo que cualquier tipo en sus cabales habría hecho, siguió avanzando con determinación. No acertaba a decidir si lo suyo era valor o estupidez, pero allí estaba. Por lo visto, decidido a plantarle cara.

«Pues, muy bien», pensó, «en ese caso, empiezo yo». 

Guardó el móvil en el bolsillo exterior de su chaqueta, pero continuó en la misma posición, recostado contra la pared con una rodilla flexionada, cuyo pie también descansaba contra la pared. Se trataba de una postura deliberada que conseguía dos finalidades. Por un lado, comunicaba que no se daba por aludido de su bravata, ni se sentía amenazado por él. Por otro, lo convertía en un obstáculo que Baxter debía superar para poder abrir la puerta. 

Sus ojos azules regresaron a Kyle, imperturbables.

—Tienes dos opciones, tío —le dijo. 

Kyle se revolvió, airado.

—¡Apártate ya mismo de esa puerta, capullo, o llamo a la seguridad del hotel! 

¿La seguridad del hotel? ¿En serio? Mucha bravuconada y mucho insulto, pero, al final, no se atrevía a tocarle, pensó Thomas. ¿Y qué iba a decirles a los de seguridad, si los llamaba? Estaba claro que él tendría que explicar qué estaba haciendo en un área restringida al personal del hotel, sin credenciales ni autorización alguna. Pero Baxter también tendría que hacerlo. 

Thomas continuó.

—La primera opción es venir conmigo. Te escoltaré hasta tu coche y podrás irte con la reputación y los huesos intactos.

—¿Y quién va a rompérmelos? ¿Tú? —dijo, avanzando un paso más hacia Thomas, en plan gallito—. Tío, tengo otra cita en una hora y no quiero mancharme con tu sangre, pero, te advierto que estoy hasta las pelotas de ti. ¡Haz lo que te digo de una puta vez, y apártate de mi camino!

—La segunda opción —continuó Thomas, con estudiada calma—, es intentar abrir esa puerta y jugártelas todas… a un imposible, porque no tienes ninguna posibilidad de salir indemne, si lo intentas. Ni una sola. —Su mirada fría se volvió gélida al decir—: Sé que crees que es su palabra contra la tuya y con eso estás jugando, pero te equivocas. Tiene suficiente material para empapelarte de por vida, si se lo propone. No hagas que se lo proponga —enfatizó—. Lárgate ahora, y conserva lo que tienes: tu nombre, tu prestigio, tu posición social… Tu cabeza sobre los hombros —añadió, con un punto desafiante—. Es tu mejor opción.

Así que la zorra tenía «material para empapelarlo de por vida»… Kyle se preguntaba a qué clase de material se refería. Aparte del típico intercambio de saludos cuando se encontraban, no habían interactuado mucho. Solo dos veces. La primera, él había ido a verla a su trabajo y el imbécil que tenía delante le había cerrado el paso, y habían discutido. Suponiendo que las cámaras hubieran recogido la maldita discusión, esta no había sido con Gayle, sino con su gorila. La grabación solo demostraría que había estado allí, lo cual siendo quien era, no tenía nada de especial. 

La segunda vez, la había abordado en la calle, intentando disculparse por el incidente en su trabajo. Nuevamente, el mismo imbécil había intervenido. Lo había cogido por el cuello y le había hecho ver las estrellas al arrojarlo contra el coche… Sin embargo, había sido la pelea entre dos hombres la que había acaparado la atención de los transeúntes, no la de un hombre y una mujer… ¿Qué más tenía Gayle, que pudiera perjudicarlo? 

Recordó ese día y lo que Declan le había dicho. Entonces, se hizo la luz en su cerebro: lo habían estado siguiendo. 

Maldita zorra de mierda.

Kyle permaneció observando a Thomas con atención, destilando veneno.

No tuvo que preguntarse quién lo había estado siguiendo ni por qué. En cambio, se preguntó por qué ese tipo estaba allí, jugándose el pellejo en una acción que escapaba claramente a sus atribuciones laborales. Cuando la respuesta apareció en su mente, sintió que el amargo sabor de la bilis le llenaba la boca.

—Te la estás follando, por supuesto. Eres su tipo. Le van los rubios. —Se señaló a sí mismo con un movimiento vago de la mano—. Y, ahora, que «es libre», seguro que hasta el carnicero se la pasa por la piedra… Pero lo tuyo… Lo tuyo, sí que me sorprende. ¿Te has dejado coger tan bien por las pelotas que hasta te juegas la piel por ella? —Sacudió la cabeza en una burla airada y desafiante—. ¡Eres un gilipollas de primera! 

Thomas aguantó el envite con la mayor frialdad posible, a pesar de que oírlo hablar de Gayle de esa forma le hacía hervir la sangre.

—Cuánto amor. Por eso la acosas, ¿no? Porque la adoras. Tranquilo, mis pelotas están perfectamente. Soy…

—¡Yo no la acoso! —lo interrumpió, airado—. ¡Y sí, es amor… Por supuesto, que es amor! Aunque me joda verla tonteando con el idiota de Ted Vaughan, sé que lo hace por ponerme celoso… Aunque me cabree tanto lo que ha hecho hoy, y me haya jodido con el maldito divorcio, por supuesto, que es amor… Siempre la he querido y siempre la querré, ¿te enteras? ¡Siempre! 

Se nota que estás enamoradísimo y no puedes vivir sin ella…

Thomas se guardó para sí lo que pensaba. Decirlo en alto era una pérdida tiempo. En cambio, completó la frase que el exabrupto de Baxter, había interrumpido. Era necesario dejar ese punto cristalinamente claro.

—Estoy aquí porque es mi obligación. Soy un especialista en seguridad. Jugarme la piel por mis clientes, forma parte de mi trabajo. 

—¡Claro! ¡Ya se ve que no hay nada personal entre Gayle y tú! ¡¿Me tomas por idiota?! Ahora mismo, solo en esta ciudad, debe haber una docena de hombres solteros con un excelente pedigrí, locos por meterse en sus bragas. No por ella, es una frígida con los ovarios más secos que una pasa, sino por su familia. Por su papá. ¿Y esperas que me trague que tú, que eres un mindundi, no? Si crees que podrás pasar del nivel de amante, eres mucho más gilipollas de lo que pensaba. Amante secreto, por supuesto. Dejará que la folles, sí, pero ni en sueños se mostrará en público contigo. ¿Sabes por qué? Porque ella no se codea con gente como tú, imbécil. Contrata a gente como tú para que le dé el servicio que necesita, y luego, una vez cumplido su trabajo, la despide. Y ya puedes darte con un canto en los dientes, si papá Middleton no se entera de que te follas a su niña, y acabas teniendo que abandonar el país para no morirte de hambre… —Soltó una risotada cargada de furia—. ¡Y tú, creyendo que habías dado un braguetazo! ¡Gilipollas! ¡Eres un completo gilipollas!

Baxter estaba tan indignado, que expulsaba pequeñas partículas de saliva al gritar. Thomas se pasó una mano por el pelo en un gesto imaginario, pero evidente, de quitárselas. Tras lo cual, lo miró directamente a los ojos.

—Dije que no había nada personal en jugarme la piel por mis clientes, no que no fuera una cuestión personal. Lo es. Por ti, no por la señora Middleton. Los tipos como tú, que necesitáis infundir miedo o imponeros por la fuerza a una mujer para sentiros hombres, me ponéis enfermo. Y ya no te cuento los que escucháis la palabra «no» en boca de una mujer, y seguís a lo vuestro, como si oyerais llover. Me dais asco. Sois la razón de que las mujeres vivan con miedo y desconfíen de todo. Y, como también soy un hombre, es personal, claro que sí. Cuando me encuentro con un energúmeno de esta clase, es tal la vergüenza que siento, que no puedo dejarlo correr. A los impresentables, como tú, me los desayuno de un bocado con un poco de pan. Y no te haces una idea del hambre que tengo. Hambre de ti.

Esta vez, Thomas se incorporó con rapidez, se puso de frente a Kyle y se acercó a escasos centímetros de su cara. Él reculó de pura sorpresa ante un movimiento que no vio venir. 

La voz del guardaespaldas sonó pausada y fría cuando habló.

—Dame una sola razón para usar la violencia contigo, y te garantizo que el dolor será tal, que me suplicarás que pare.

Vio que Kyle pestañeaba, el primer signo de debilidad hasta el momento, y decidió ir a por todas. Sacó el móvil de la cazadora y pulsó el botón rojo, en un gesto ostensible.

—Ahora que lo pienso, si papá Middleton se entera de esta conversación tan interesante que hemos tenido, quizás, seas tú el que tiene que abandonar el país, ¿no te parece? Y así, ni siquiera tendré que ensuciarme las manos.

Kyle miró el móvil y, luego, a Thomas, intentando unir los puntos. Cuando lo hizo, su rostro enrojeció de ira.

—¡¿Me has grabado, grandísimo hijo de puta?! ¡Serás cabrón! ¡Te voy a…!

Entonces, bajó la cabeza y se puso a dar vueltas por el estrecho pasillo, como si no pudiera estarse quieto. 

Thomas notó su indignación, no era para menos, pero también su miedo. Razones para tenerlo no le faltaban. 

Kyle tenía que pensar. Necesitar pensar. Lidiar con su padre, aún siendo un hueso duro de roer, era una cosa; vérselas con el padre de Gayle, otra muy distinta. La influencia de aquel hombre era inmensa. Tan grande como sus malas pulgas. Una palabra suya era suficiente para convertirlo en persona no grata. Ningún empresario, banquero o inversor volvería a cogerle el teléfono.

Intentó recordar las palabras que había empleado para calibrar, de alguna forma, la magnitud de su metedura de pata. Al hacerlo, un escalofrío le recorrió la espalda. Si el padre de Gayle escuchaba esa grabación, estaría acabado.

Apretó los párpados al tiempo que exhalaba el aire en un largo suspiro, cargado de rabia e impotencia.

Al fin, alzó la vista hasta Thomas, preparado para ver el placer del triunfo en sus ojos. Lo había jodido bien, y lo sabía. Y, por citar sus palabras, ni siquiera había tenido que ensuciarse las manos. Qué menos, que disfrutarlo.

Pero Thomas no era de los que hacían leña del árbol caído y se limitó a explicarle los términos del acuerdo de forma breve y concisa.

—Déjala en paz, sigue con tu vida y no vuelvas a acercarte ni a establecer ningún tipo de contacto con ella, y este audio no llegará a oídos de tu exsuegro. Cumpliré mi parte, si tú cumples la tuya.

Y, acto seguido, le indicó el camino hacia la salida en un gesto que dejó claro que la conversación había finalizado. 

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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 21



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21



Después de enviarle un breve mensaje a Andreas, dándole luz verde para que se llevara a Gayle del restaurante, Thomas acompañó a Kyle Baxter hasta su coche, que estaba aparcado a cinco calles del hotel. Iba un paso por detrás, para tenerlo controlado en todo momento. No descartaba que el tipo intentara descargar su furia en él, ya que le había impedido hacerlo en Gayle.

En un principio, Baxter había intentado quitárselo de encima con frases como «no necesito que me lleves de la mano» o «has ganado, ¿por qué no me dejas en paz de una vez?». Pero, al comprobar que no surtían efecto, se había ensimismado y no había vuelto a hacer comentarios. Probablemente, estuviera evaluando los daños. Y, desde luego, hacía bien. Al margen de sus obsesiones, era un tipo lúcido. Tenía que haberse dado cuenta que, esta vez, los daños eran de tal magnitud, que amenazaban con hundir su barco.

Grabar la conversación no formaba parte de los planes originales de Thomas. No creía que esa clase de individuos respondieran por mucho tiempo a la coacción o a la amenaza. Su único objetivo era impedir que Baxter se acercara a Gayle. Ya que darle una paliza en un sitio público, no era una opción, había tenido que echar mano de su creatividad. 

De hecho, le había sorprendido bastante el efecto fulminante que su estrategia había tenido sobre Baxter. Obviamente, no se fiaba. De ahí, que lo estuviera vigilando de cerca. Tenía muy claro que, de ese energúmeno, podía esperarse cualquier cosa. 

«Por supuesto, que es amor…». Qué cabrón. Cada vez que recordaba las lindezas que había dicho de una mujer de la que aseguraba estar enamorado, le hervía la sangre. 

—Ya hemos llegado. Este es mi coche —dijo Kyle, accionando el mando a distancia.

Thomas asintió, pero no hizo ademán de marcharse. Permaneció de pie, cerca del vehículo, lo que molestó a Kyle.

—Qué pesadez —dijo.

El guardaespaldas no se inmutó. 

Kyle sacudió la cabeza ante la nueva evidencia. Estaba claro que el gorila no se movería de allí hasta que los faros traseros del Jaguar desaparecieran de su campo visual. ¿Qué pensaba que iba a hacer? ¿Volver al restaurante? ¿A hacer qué? ¿Acabar de joder las cosas?

—Solo deseaba hablar con Gayle. Hablar a solas, ella y yo. Me gustaría que me explicara por qué me ha puesto en esta situación. Hablar, ¿entiendes? Solo eso.

Thomas continuó mirándolo sin mover un músculo de la cara. No quería darle pistas sobre lo que estaba pensando, pero empezaba a considerar la posibilidad de que lo de ese tipo fuera algo más serio que una obsesión. De repente, era todo furia. Una furia que lo impulsaba a enfrentarse a cualquiera sin medir las consecuencias, como había hecho en el restaurante. Tenía que saber que no era un contrincante a su nivel, que tenía todas las de perder, si no evitaba una confrontación física y, sin embargo, no la había evitado. Al instante siguiente, era un hombre normal que, hablaba y se movía con calma, intentando venderle la idea de que el tipo iracundo del restaurante eran puras imaginaciones suyas, puesto que su intención al ir en busca de su exmujer era, simplemente, dialogar. ¿Acaso se olvidaba de con quién estaba hablando? Era él quien le había cerrado el paso a la zona donde estaban los lavabos. Era él quien había visto cómo su furia lo convertía en un energúmeno violento, frente a sus propios ojos. ¿Tendría un trastorno de personalidad múltiple?

Kyle continuó, defendiéndose con tono digno.

—Quiero a Gayle. Y si mañana me pidiera que volviéramos a casarnos, me haría el hombre más feliz del mundo. Es evidente que tú no me crees, pero es así.

«Ella tampoco te cree. Ni tus padres… Ni los suyos. A estas alturas, nadie lo hace», pensó Thomas. Se guardó de decirlo.

—Solo intentaba conquistarla, que viera que mi interés por ella seguía intacto. Creí que eso era lo que quería, que por eso quedaba con ese amigo de la universidad, para darme celos… Sabe que no soporto a ese imbécil pretencioso.

«¿Darte celos, dices? ¿No te parece que si quisiera algo de ti, te lo habría dicho personalmente? Eres un jodido paranoico».

—No me mires de esa forma —espetó Kyle—. Gayle no es así.

Thomas entornó los ojos. «Así, ¿cómo? Insúltala otra vez, y te tragas los dientes».

—No toma la iniciativa —continuó Kyle—. Dicho en tu idioma, «no mueve ficha». Es una dama. Espera que sea yo quien eche el resto, y no va a mover un dedo para facilitarme las cosas. Ni a mí, ni a ningún otro hombre, pero, en especial, a mí. —Por eso, se había ilusionado tanto al recibir su llamada, invitándolo a un brunch—. La perdí y, si pretendo recuperarla, Gayle querrá ver cómo me dejo la piel en el intento. —Suspiró—. Así son las cosas. 

El guardaespaldas elevó las dos cejas a un tiempo. 

Así habían sido las cosas. Ya no eran de ninguna manera. Gayle no quería saber nada de su exmarido, y lo había dejado muy claro.

La expresión de Thomas fue tan explícita, que Kyle Baxter asintió, como si acabara de leerle el pensamiento, y le dio la espalda.

Subió a su coche con los dientes apretados, mordiéndose la lengua para no decir lo que de verdad sentía, lo que de verdad pensaba.

Apoyó un codo en el hueco de la ventanilla y empezó a hablar, con su mirada puesta en el parabrisas de su Jaguar.

—¿Me harás un favor? Dile a mi mujer que lo siento mucho. Está claro que he malinterpretado las señales y que, en mi cruzada por volver a enamorarla, se lo he hecho pasar muy mal… No volveré a cruzarme en su camino, ni volveré a molestarla. La quiero y, si me lo pide, regresaré junto a ella sin pensármelo dos veces. Pero solo, si me lo pide —dijo con calma. 

Thomas notó incluso cierto arrepentimiento en su voz, que, por descontado, no se creyó. Por más saliva que Baxter gastara fingiendo estar arrepentido, en el fondo, todo se reducía a una fijación: el tipo seguía pensando que tenía alguna clase de derecho sobre Gayle. Ella era suya. Y, como era suya, podía acecharla, acosarla, insultarla… Incluso, matarla. Todo en nombre del amor.

—Exmujer —precisó el guardaespaldas.

La mirada iracunda de Baxter regresó sobre Thomas. 

«Aquí estás, otra vez. Todo furia», pensó él. Se obligó a mantener una expresión ecuánime al notar que, esta vez, había más que furia en Baxter. Sus ojos destilaban resentimiento, incluso odio. 

En efecto, la mente de Kyle hervía en ideas cuyo común denominador era la venganza. Tenía que impedir a toda costa que el audio llegara a oídos de lord Middleton, de modo que debía mantenerse alejado de su hija. Sin embargo, en realidad, no necesitaba acercarse a ella para hacerle pagar por la encerrona. Había otras formas de que lamentara dejarlo en evidencia delante de sus padres. Formas que no lo señalaran a él como responsable y que, en todo caso, no pudieran probarse fehacientemente. Pensándolo bien, tampoco necesitaba hacerle frente al gorila, ni ponerse al alcance de sus puños. Lamentaría su osadía de grabar la conversación y, lo mejor: ni siquiera sabría de dónde había venido el golpe. Y, por supuesto, lamentaría mucho más haberse follado a su mujer… 

Pero, ahora tenía que calmarse. El gilipollas tenía toda la pinta de ser un «hombre de palabra». Cumpliría su parte del trato. Por ese lado, el asunto estaba relativamente controlado. Su viejo era otra cuestión. Perry Baxter no amenazaba en vano. Como no se anduviera con cuidado, su padre lo borraría del organigrama de la empresa y eso, no podía permitirlo. Así que, tenía que enfriarse y hacer las cosas bien. Por lo pronto, lo que debía hacer era largarse de allí de una puta vez. 

—Exmujer. Tienes razón —concedió Kyle, ensayando una sonrisa compungida—. Es la costumbre. Hemos estado juntos tanto tiempo… 

Tras lo cual, encendió el motor del Jaguar. No utilizó el asistente de conducción automática. En cambio, maniobró con toda tranquilidad para salir de la plaza de aparcamiento, y se alejó por la calle, bajo la atenta mirada de Thomas.


* * * * *


Baxter acababa de desaparecer del campo visual de Thomas, cuando su móvil empezó a sonar. Frunció el ceño al ver de quién se trataba y atendió de inmediato.

—¿Dónde estás? —le preguntó a quemarropa.

Gayle suspiró aliviada al oír su voz. Un instante después, cuando sus palabras cobraron sentido, sonrió con ironía.

¿Y dónde quieres que esté? Esperando que me digas que puedo salir del bendito tocador de señoras… ¿Dónde estás tú? Y te advierto que, como respondas «ahora, no puedo hablar» —dijo, imitando una voz masculina—, me marcho de aquí ahora mismo.

Él también suspiró aliviado. Lo hizo para sí mismo, llamándose idiota por haber reaccionado de esa forma. Aquella última mirada cargada de odio que Baxter le había dedicado, no dejaba de darle vueltas en la cabeza. La había sentido como la típica mirada premonitoria, una que daba a entender que se avecinaban tormentas, sin decirlo abiertamente. Pero, enseguida, sonrió al reparar en que ella lo había imitado. 

—Es que no podía hablar.

Eso no es cierto. Te habría tomado un minuto decir «Gayle, esto es lo que sucede, pero ahora no puedo extenderme. Por favor, quédate donde estás hasta que yo te avise. Te llamo en cuanto pueda”. ¿Acaso no disponías de un minuto? No vuelvas a dejarme en ascuas y, mucho menos, con la palabra en la boca. Es una grosería.

Thomas siguió sonriendo. Era imposible no hacerlo. No haberle dado explicaciones no había tenido que ver con el tiempo, sino con la concentración. Rara vez era una cuestión de tiempo. Por lo tanto, ella estaba equivocada. Y él tenía razón. Pero le gustaba volver a comprobar que, detrás de tanta elegancia, se escondía un genio de aúpa. Junto a ella había descubierto que le gustaban muchísimo las mujeres con carácter.

—¡A la orden, señora! —dijo en tono marcial. Solo le faltó cuadrarse y hacer el saludo militar, como si todavía estuviera en el ejército, pero estaba seguro de que su voz habría puesto esa imagen en la mente de Gayle.

La oyó reír y se rio, a su vez. La maldita reunión había llegado a su fin, para bien o para mal, el impresentable de Baxter se había marchado, y las cosas regresaban lentamente a su ser. Volvían a ser, simplemente, ella y él.

¿Dónde estás?

La voz dulce de Gayle volvió a hacerle cosquillas en el oído. Y, esta vez, Thomas fue plenamente consciente de ello.

—A cinco calles de ti.

¿Qué haces allí?

—Asegurarme de que tu ex se larga de aquí.

Oír el suspiro angustiado de Gayle, consiguió que sintiera ganas de correr tras Baxter, sacarlo de su coche a puñetazos, y darle la paliza de su vida.

—¿Por qué? ¿Kyle se ha ido? —Volvió a suspirar—. No comprendo. ¿Puedes explicarme qué está sucediendo, por favor?

Thomas se mordió los labios. No había contado con tener que ser él quien le contara lo sucedido en el restaurante. Pensaba que Andreas lo haría. 

—Cuando fuiste al tocador, el matrimonio mantuvo una conversación muy seria con tu ex. Algo que dijo su padre lo puso furioso y se levantó de la mesa. Me dio mala espina que, teniendo una puerta a pocos metros, atravesara toda la sala para salir por la que comunica con el hotel. Así que, lo seguí. —Hizo una pausa. Decidió que, en aquel momento, no mencionaría su encuentro con él. Gayle estaba ya bastante asustada—. No es ningún secreto que no me fío un pelo de él. Tenía que asegurarme de que se largaba de verdad.

Gayle cerró los ojos con fuerza. Estaba temblando. Que Thomas hubiera querido asegurarse, era otra forma de decir que creía que ella estaba en peligro y que dicho peligro no se limitaba a la sala del restaurante. Por eso le había pedido que no abandonara el tocador.

Tragó saliva antes de formular una pregunta.

¿Y lo has conseguido? —musitó.

—Claro. 

Otro suspiro. 

Esta vez, a Thomas le pareció que era un suspiro de alivio.

¿Puedo salir del baño ya? Hace siglos que estoy aquí dentro. Fay y Perry lo tomarán como una descortesía… —dijo Gayle, ajena a que, en aquel preciso momento, Declan estaba llamándola para comunicarle que los Baxter habían abandonado el restaurante, y explicarle cómo estaban las cosas.

Thomas, quien tampoco estaba al tanto, consideró la cuestión. Cómo lo tomara el matrimonio Baxter, no le preocupaba. Ya habría tiempo de ofrecerles las debidas disculpas. Lo que le daba que pensar era que le había enviado un mensaje a Andreas. ¿A qué estaba esperando para sacar a Gayle de allí? Entonces, lo comprendió. Antes que nada, habría ido a buscar su coche. 

—Es mejor que esperes a Andreas. Él te avisará cuando puedas salir.

Durante algunos instantes permanecieron en silencio. 

A Thomas, la situación le estaba resultando de lo más extraña: para él el teléfono era una herramienta de trabajo, solo eso. Rara vez lo usaba para cuestiones personales. Si quería ver a su familia, prefería acercarse hasta su casa y tocarles el timbre, en vez de llamarlos. 

A Gayle también le resultaba extraña, pero por otros motivos. Motivos que tenían que ver con Thomas, con la forma en que se sentía con solo oír su voz. Unos sentimientos tan agradables y tan intensos, de los que ya no quería prescindir.

¿Y tú?

La sonrisa de Thomas se hizo mucho más grande. Seguro que Baxter se quedaría de una pieza, si pudiera ver lo directa que era su exmujer a la hora de tomar la iniciativa.

—¿Qué pasa conmigo?

Gayle puso los ojos en blanco. 

Yo debo quedarme aquí y esperar a Andreas. ¿Qué es lo que harás tú? Has dicho que estás a cinco…

—Sé lo que he dicho —la interrumpió. 

¿Y bien?

—No soy tu guardaespaldas. Ya hay uno, esperándote en el hotel… 

Thomas tenía razón al pensar que ella podía ser muy directa a la hora de tomar la iniciativa. Pero, tomarla, suponía romper sus propias reglas, y cuando Gayle hacía el enorme esfuerzo de salir de su zona de confort, no le gustaban las evasivas. Tal como le había dicho en una ocasión, en su mundo, eran «ellos» los que debían esmerarse.

¿Y…?

Thomas exhaló el aire por la nariz, contrariado consigo mismo. Debería dejar de flirtear con ella. Dejar de ir pegado a su sombra todo el tiempo. Cortar por lo sano antes de complicarse la vida. No le interesaban las relaciones sentimentales, ni tenía una profesión compatible con ellas. ¿Qué buscaba, tonteando con Gayle? Quería sacarse las ganas de llevársela a la cama, muy bien: ya lo había hecho. Ya la había seducido. Había averiguado cómo sabía cada centímetro de su cuerpo, cómo gemía y se retorcía de placer en sus brazos. Ahora, había llegado la hora de retirarse. Gayle no era como las mujeres con las que tenía sexo. No podía acostarse con ella una noche, y olvidarse del tema. A la vista estaba, que no podía hacer eso.

Pero tampoco podía quitársela de la maldita cabeza. Si ella no estaba en su campo visual, su mente se ocupaba de mantener su recuerdo vivo en todo momento. Y si estaba lo bastante cerca para verla… Quería seguir viéndola. Pensó con ironía que lo suyo se parecía bastante a una  obsesión. Una que les proporcionaba un placer enorme al que, evidentemente, ninguno de los dos quería renunciar.

Asintió, acusando recibo. Basta de rodeos.

—Que si está Andreas, no puedo estar yo.

Gayle se tragó un suspiro. La reunión había sido un desastre. Su vida era otro desastre aún mayor. Pero Thomas… Él conseguía hacerla sentir plena como nadie. 

Y como nunca: jamás se había sentido de ese modo.

En tal caso, le diré que no voy a necesitar más sus servicios por hoy y, después, te llamo.

Thomas sintió que un ramalazo de deseo le recorría la espina dorsal ante la idea de volver a tener a Gayle solo para él. 

Debía haber perdido completamente la chaveta, eso estaba claro, pero ya se estaba muriendo por desnudarla. 

Otra vez.

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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 22



Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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22


—¿Y por qué les has dicho que se fueran? —preguntó Gayle, de pie frente a la hilera de lavamanos.

Porque tu seguridad estaba en peligro —fue la respuesta que recibió.

La puerta se abrió y tres muchachas, que no podían tener más de veintidós o veintitrés años, entraron en el tocador hablando entre ellas y riendo. Gayle se dirigió al retrete que acababa de quedar libre, cerró la puerta y volvió a sentarse sobre la tapa del inodoro, atónita.

Atónita por lo que Declan relataba. Boquiabierta al descubrir cómo habían cambiado las cosas de un momento para el otro. Las cosas y, en especial, su estado de ánimo. 

Inmediatamente después de cortar con Thomas, el nombre de Declan se había iluminado en su pantalla. Recibir una llamada suya en domingo le había sorprendido, pero pensó que se trataría de una llamada de cortesía, para interesarse por el desarrollo de la reunión. Resultó que era él quien tenía información que ofrecer: por lo visto, mientras ella estaba recluida en el tocador de señoras, la reunión había tocado a su fin. 

No comprendía por qué Declan se había tomado la atribución de decirles a Fay y a Perry que él conocía las razones por las que ella los había convocado a un brunch. Eso la dejaba a ella en mal lugar frente a personas a quienes respetaba y quería mucho, puesto que evidenciaba que había tratado un asunto que les incumbía directamente con otras personas, antes que con ellos. Lo cual era cierto, evidentemente, pero ellos no necesitaban saberlo. Al menos, no, por boca de un tercero.

Tampoco comprendía que les hubiera pedido que abandonaran el restaurante sin consultárselo. Puesto que había sido ella quien les había invitado, suponiendo que fuera de extrema necesidad pedirles que se marcharan, habría preferido hacerlo ella. En realidad, qué menos que hacerlo ella.

Y lo que más la confundía de todo, era por qué Thomas no le había dicho nada de todo lo sucedido. Acababa de hablar con él. Quizás, él tampoco lo supiera, pensó. Estaba segura de que había  una razón. Confiaba en Thomas, plenamente.

No podía evitar la sensación de que su vida iba cuesta abajo, como un coche sin frenos, y, peor aún, que siendo un asunto enteramente suyo, era, de hecho, quien menos sabía de él.

Suspiró profundamente.

Volvía a sentirse descompuesta y nerviosa. 

—No comprendo por qué has hecho esto, Declan, y tengo muchas preguntas por hacer. Pero, ahora mismo, necesito salir de aquí… —En ese momento, se oyeron dos golpes en la puerta—. Dame un momento, por favor… 

 Gayle salió del retrete y fue hacia la salida del baño. Entreabrió la puerta. Era Andreas. 

—Ya puede salir, señora Middleton —dijo él.

—Muy bien. Salgo en un instante —repuso ella, y regresó a su conversación telefónica.

—Andreas me está esperando. Creo que hay cabos sueltos en tu relato y me temo que una conversación telefónica no es el medio adecuado para atarlos. He quedado con Jana en un local de las proximidades… Lo que haré es ir a recogerla y pedirle a Andreas que nos lleve a mi hotel. Sé que es domingo y tendrás otros planes, pero si tuvieras la amabilidad de unirte a nosotras, te lo agradecería mucho. Es imprescindible aclarar este asunto cuanto antes.

En su oficina, Declan se rascó una ceja en un gesto de incomodidad. Por supuesto, que había cabos sueltos. La mujer llevaba un buen rato encerrada en el baño sin saber lo que ocurría fuera de allí, y él había procurado ofrecerle un panorama lo más general posible, para no angustiarla más de lo que ya estaba. No pensaba explicarle por teléfono que su exmarido había intentado llegar hasta ella, posiblemente, con la intención de hacerle daño. Además, él mismo desconocía los detalles de lo que había sucedido entre Thomas y Kyle. Hasta que pudiera hablar con su hombre, lo único que sabía era que Kyle Baxter ya no estaba por los alrededores. Andreas había recibido un mensaje de Thomas, diciéndole que ya podía escoltar a su cliente fuera del edificio.

Gayle tenía razón. Aquella no era la forma en la que él había planeado disfrutar del primer domingo de su nueva vida con Jana. Por no mencionar que saber que el culpable era un tipo que le había caído gordísimo toda la vida, no ayudaba nada. Estaba hasta las mismísimas narices de Kyle Baxter. El tipo no hacía más que causar problemas a todo el mundo.

Claro, Gayle. Por supuesto que sí. Ahora, estoy en mi oficina, realizando una entrevista, pero, en cuanto acabe, me reuniré con vosotras. 

—Muchas gracias, Declan. Nos vemos en un rato —se despidió.

Después de colgar, cogió sus cosas y abandonó, al fin, el tocador de señoras.

—¿Nos vamos? —preguntó el guardaespaldas, sosteniendo la puerta abierta.

—Sí, gracias, Andreas. Quiero regresar al hotel, pero antes, haremos una breve parada en un bar, cerca de aquí, para recoger a una amiga. Después, usted ya podrá disfrutar del domingo. No voy a necesitar sus servicios.

Andreas asintió y acompañó a Gayle hacia la salida a través del hotel, dado que era allí donde había dejado el coche. 

Al pasar frente a la mesa donde antes había pasado momentos tan tensos en compañía de Kyle y sus padres, un intenso desasosiego se apoderó de Gayle. Aquella reunión no había supuesto solución alguna, todo lo contrario. ¿Qué pensarían Fay y Perry ahora de ella? Por Dios, qué desastre. Thomas había tenido razón desde el principio.


* * * * *



En la esquina de la acera frente al hotel, parcialmente oculto en la entrada del edificio, Thomas vio que Andreas descendía los seis peldaños, hacía un barrido visual de los alrededores, y cruzaba la calle para abrir la puerta posterior del coche. Detrás de él, apareció la mujer que no podía quitarse de la cabeza, con aquel porte refinado que hacía totalmente imposible no reparar en ella. Perfecta, como siempre. 

«Te estás metiendo en camisas de once varas», pensó mientras el coche de Andreas se alejaba del hotel. Era tan cierto, que ya ni siquiera intentaba engañarse, diciéndose que el sexo que tenía con ella compensaba todas las molestias que pudiera ocasionarle. Era un hecho, incluso, a nivel profesional. 

Después de hablar con Gayle, había enviado un mensaje a Andreas. Ignoraba cómo estaban las cosas en el interior del restaurante, de modo que había preferido no llamarlo. Andreas le había telefoneado de regreso de recoger su coche del aparcamiento. La conversación había sido breve, pues tenía instrucciones de sacar a Gayle fuera del restaurante, inmediatamente, en cuanto su compañero —o sea, él— le hubiera confirmado que el peligro había pasado. No había hecho falta que le aclarara de quién procedían esas instrucciones. Declan se había tomado la amenaza con tanta seriedad, que había disuelto la reunión, pidiendo a los Baxter que abandonaran el restaurante. 

Todo lo cual quería decir que se avecinaba otra lectura de cartilla para él, y que, esta vez, no estaba tan claro que pudiera salir bien librado, pensó Thomas. Hasta el momento, se las había arreglado para seguir involucrado, sin parecer que lo estaba. Ya no. Partiendo de la base de que había sido él mismo quien se había excluido del servicio de Gayle Middleton, ¿cómo iba a explicar su intervención? ¿Cómo justificaría que no solo no se había mantenido alejado de Baxter, como Declan le había exigido, sino que se había enfrentado a él y lo había coaccionado con una grabación que, por supuesto, había hecho sin estar autorizado para ello? 

Mierda. Declan me va a crucificar.

Eso, por no mencionar que aún no había decidido qué hacer con la grabación. Bajo ningún concepto quería que Gayle la escuchara. Ni ella ni nadie. Le asustaba pensar en lo que sucedería, si el contenido de su conversación con Baxter trascendía. Ese energúmeno era capaz de cualquier cosa. Pero, en cuanto mencionara la existencia de un archivo de audio, dejaría de tener el control absoluto sobre él. Por otro lado, si no lo hacía, ¿cómo iba a explicar que Baxter se hubiera marchado pacíficamente, y sin un rasguño? Era imposible. Nadie le creería que habían estado a un metro de distancia, solos, en un mismo lugar, sin que hubiera corrido la sangre. Eso también era un hecho.

Thomas apretó los labios.

Estás jodido, tío. Jodido del todo.


* * * * *


El sonido del móvil sacó a Thomas de sus pensamientos. Miró la pantalla. Una vez más, fue plenamente consciente del estremecimiento que le recorrió el cuerpo al saber que era Gayle quien llamaba. 

—Dime —la saludó.

Thomas no fue el único en estremecerse. Aunque él lo ignorara, su voz tenía un efecto contundente sobre Gayle. Le parecía la voz más masculina que había oído jamás. 

Ahora, no puedo extenderme, pero espero estar en el hotel dentro de una hora. Avisaré en la recepción que irás, ¿de acuerdo?

En otras palabras: esta vez, él podría entrar por la puerta principal, como cualquier visitante. 

—De acuerdo —repuso Thomas, sin dudarlo ni un instante.

Y que no hubiera titubeado, era otra prueba más de lo jodido que estaba, pensó al tiempo que sacudía la cabeza, alucinando consigo mismo.

¿Has visto qué fácil? —musitó ella—. Estoy segura de que no me ha tomado ni siquiera un minuto.

 Thomas sonrió, derrotado. La dulzura de esa mujer hacía auténticos estragos en él.

Tomo nota, su excelencia —repuso.

Y oyó su risita suave antes de cortar.


* * * * *


—Ha sido… horrible —Gayle suspiró—. Horrible, de verdad. Estar en ese baño, prisionera de mi propia historia por culpa de un hombre a quien yo misma elegí para que se convirtiera en mi marido… Fue una pesadilla, pero ¿sabes qué es lo peor? Darme cuenta de que Kyle es un ser vil, un manipulador y un mentiroso. ¿Cómo es posible que no lo viera hasta ahora? No lo entiendo, Jana. No lo entiendo.

Hacía un buen rato que Gayle y Jana habían llegado al hotel. Estaban en el salón que daba al balcón, sentadas en el sofá, bebiendo té de jazmín, acompañado de unas cookies de mantequilla. A pesar de lo guapa que estaba, con aquella blusa blanca que dejaba sus hombros al descubierto y aquella falda con estampado de flores que le sentaba tan bien, su mirada y su ánimo le hablaban a Jana de que su amiga no estaba bien. Nada bien. Entendía el proceso a la perfección, pues lo había vivido en carne propia. De hecho, aún estaba enzarzada en una lucha sin cuartel con las consecuencias de haber tenido a su propio ser vil, mentiroso y manipulador en su vida. Hacía años que había muerto, pero continuaba torturándola desde la tumba.

Jana tomó la mano de Gayle y la sostuvo entre las suyas.

—Sé que ahora no te lo parece, pero hoy has dado un gran paso. Por horrible que fuera, lo de hoy es un triunfo. Ahora, sabes quién es Kyle, en realidad. Y él sabe que ya no puede manipularte. Has tenido la enorme valentía, no solo de hacerle frente, también de dejarlo en evidencia frente a sus padres. Así que ahora, también sabrás hasta qué punto Fay y Perry son como tú crees que son. Quizás, te lleves un desencanto o, quizás, no. Pero eres tú quién ha puesto las cartas encima de la mesa. Y eso te convierte en una mujer muy fuerte y muy valiente. —Sonrió compasiva y añadió:— ¡Chúpate esa, Kyle Baxter!

 Gayle sonrió agradecida y apretó la mano de Jana cariñosamente. Fay y Perry eran una incógnita que le preocupaba mucho. Aún no los había llamado, y no lo haría hasta que contara con la información detallada de lo sucedido. Sin embargo, no perdía de vista que ellos tampoco la habían llamado. ¿Quería decir eso que estaban ocupados intentando resolver la situación con su propio hijo? Tal vez. Sin embargo, también era posible que se sintieran tan ofendidos que ni siquiera contemplaran la idea de volver a hablar con ella. De camino para ir a recoger a Jana, le había preguntado a Andreas qué había sucedido entre Kyle y sus padres mientras ella estaba en el tocador. Era un hombre parco en palabras y, como tal, había usado muy pocas para responder. Básicamente, le había dicho lo mismo que Thomas, solo que con menos palabras. Lo cual ya era decir, pues él no se había prodigado en explicaciones, precisamente. 

—Tienes razón… Al fin y al cabo, no ha habido ningún escándalo, que era mi mayor temor y, ahora, sus padres están al tanto de lo que sucede. No creo que Perry se quede de brazos cruzados. Algo tendrá que hacer… Aunque más no sea por proteger sus propios intereses. —Volvió a suspirar—. Si eso consigue alejar a Kyle de mí definitivamente, o no, lo ignoro. Quiero creer que servirá para algo, pero, en realidad, lo dudo. Hoy he visto que Kyle tiene una fijación conmigo, está obsesionado, y no hay espacio para el sentido común en la mente de alguien así. Thomas me advirtió desde el principio que era una pérdida de tiempo, así que…

—Bueno, incluso así, lo de hoy es una victoria. Las obsesiones tienen tratamiento psiquiátrico y lo mismo que has visto tú, lo han visto Fay y Perry. Es su hijo, seguro que tomarán cartas en el asunto… 

Gayle asintió y no hizo más comentarios.

Tras una pausa, Jana decidió cambiar el tono de la conversación, pues ambas lo necesitaban. Gayle necesitaba recuperarse del miedo que había pasado en el restaurante, y ella necesitaba dejar de hablar de un tema que la tocaba tan profundamente que asistía a terapia para superarlo.

—¿Puedo preguntarte qué hacía Thomas en medio de un brunch al que no estaba invitado? —dijo, rezumando picardía.

El brillo en los ojos de su amiga disparó la curiosidad de Jana.

—¿Has vuelto a pasar otra noche agitada? —insistió, con los ojos chispeantes.

Todo el día había sido de lo más agitado, no solo la noche, pero no en el sentido que Jana insinuaba. No había habido sexo. Sin embargo, había habido otras cosas que, increíblemente, habían hecho subir de nivel a Thomas, a ojos de Gayle. Él había logrado escalar varios puestos, de hecho.

—Por la tarde, salí del hotel para llamar a Kyle desde un locutorio, pues me daba miedo que confirmara que estoy aquí, y se presentara sin más. Los últimos dos o tres días han sido muy duros. No me sentía nada bien, pero no le di importancia. Cuando volvía, después de hablar con Kyle, me descompuse… —Hizo una pausa antes de aclarar—: volví a menstruar por segunda vez en veinte días. No llevaba nada más que un pañuelo en el bolso, así que, en cuanto las puertas del ascensor se cerraron, lo usé a modo de compresa… Sangraba mucho y sabía que no tardaría en mancharme la ropa… Imagínate mi cara cuando salgo del ascensor, y veo a Thomas junto a mi puerta.

—¡No! —exclamó Jana llevándose una mano a la frente. 

Gayle asintió enfáticamente.

—¡Sí! ¡Dios mío, quería desaparecer de la faz de la Tierra! Obviamente, no me detuve a conversar. Corrí al baño. Era como un grifo abierto, me sentía realmente mal, y no estaba sola, ¡qué momento más incómodo!, así que procuré tomármelo con calma… ¿Crees que él hizo lo mismo? Oigo dos golpes en la puerta, su voz que dice: «voy a entrar», y lo siguiente que sucede es que él está agachado frente a mí. ¡Y yo, sentada en el inodoro, con mi ropa interior alrededor de los tobillos! ¡Por el amor de Dios, qué bochornoso!

Jana abrió la boca, alucinada, y un instante después, empezó a reírse. Gayle sacudió la cabeza, en un gesto de incredulidad.

—Sí, desde luego, es la típica situación en la que o bien, te ríes, o te echas a llorar —concedió, con las mejillas arreboladas—. ¿Sabes? Me ha visto gritar, tener un acceso de llanto que me duró horas, temblar de miedo, sufrir un desmayo… ¡Tener mi segunda regla en un mes y desangrarme ante sus ojos! Ese hombre ha visto más de mí, de lo peor de mí, en tres días, que mi propio exmarido en años de relación. 

—También ha visto lo mejor, ¿o no? —dijo Jana. Las mejillas de Gayle se prendieron fuego ante aquella referencia tan clara a la noche de pasión desenfrenada que habían compartido—. Y no ha salido corriendo: sigue aquí. Diría que eso significa algo.

Gayle bebió un sorbo de su té de jazmín. Significaba muchas cosas. Cosas que no se le habían cruzado por la cabeza al permitir que otro hombre le mostrara si todavía era capaz de sentir pasión y despertarla en un compañero de alcoba.

—Eso no es todo, Jana. Mi padre estuvo aquí ayer. Se presentó sin ser invitado, por supuesto. Y, como era de esperar, puso en duda que yo estuviera en mis cabales al acusar a Kyle de acosarme. Lejos de sentirse intimidado por él, Thomas le puso los puntos sobre las íes.

Jana se quedó mirando a Gayle sin atinar a decir nada. Ni siquiera ella, que la conocía desde hacía cinco años, había visto jamás a su padre. Lo conocía por referencias, todas ellas hablaban del aristócrata como de un hombre tan generoso con las causas que defendía, como extremadamente difícil de tratar. Gayle no hablaba de su familia, pero las pocas veces que lo había hecho, le había dado a entender que su padre era un hombre intolerante. En especial, con quien, como ella, pretendía llevarle la contraria. 

—¿Dices que le plantó cara a tu padre? —le preguntó, sin salir de su asombro.

Gayle asintió enfáticamente.

—Yo estaba tan agotada, y tan avergonzada por la situación, que me retiré a mi habitación. Los dejé aquí, uno frente al otro, como dos gladiadores. Honestamente, creí que Thomas se había marchado. Después de que mi padre se fuera, volví a oír que esa puerta se cerraba. —Señaló la entrada de la suite con un dedo—. Sin embargo, esta mañana, continuaba aquí. Literalmente. Aquí lo encontré, sentado en este mismo sofá, esperándome.

—Ese tío está loquito por ti —sentenció Jana, risueña.

Gayle no había contado con eso, no era algo que hubiera esperado. Después de su divorcio, se había dedicado a sí misma. A descubrirse, a averiguar cómo quería vivir su vida, ahora que no debía adecuarse a los deseos o a las necesidades de una pareja. También se había dedicado a reparar los rotos de su corazón. No había tenido tiempo ni ánimos de pensar en rehacer su vida. Thomas había sido algo inesperado y, aunque no podía negar que haber captado su interés la halagaba y, de hecho, la hacía sentir extrañamente ilusionada, el sentimiento predominante era otro. Realmente, no sabía si estaba preparada para embarcarse en algo más que la aventura de una noche. Por no mencionar que, en el hipotético caso de que llegara a estarlo, también sería necesario que estuviera lista para enfrentarse a su padre, ya que, esta vez, el candidato a convertirse en su pareja no reunía ni de lejos las condiciones necesarias para serlo.

Intercambió miradas con Jana y bajó la vista, pues no sabía qué decir.

Ella le palmeó la mano, afectuosamente.

—No estás lista para volver a estar con un hombre de esa forma —sentenció. Gayle suspiró y afirmó con la cabeza—. Bienvenida al club, amiga mía.

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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 23



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23



Thomas se echó un vistazo mientras esperaba el ascensor. Le habría gustado ir a casa, darse una buena ducha, un buen afeitado y cambiarse de ropa, pero atravesar la ciudad atestada de turistas y domingueros le habría tomado demasiado tiempo. Así que había aprovechado el rato para meter combustible en su sistema: un sándwich doble de pavo con lechuga, tomate y cebolla, y una bebida energética.

«¿Desde cuándo te preocupa tanto estar atractivo?», oyó que decía una voz en su cabeza con demasiada ironía, para su gusto.

La ignoró, pues era obvio que pretender hacer lo necesario para no oler como un león no tenía nada que ver con preocuparse de «estar atractivo», y permaneció observando el letrero luminoso que indicaba el recorrido del ascensor del lujoso hotel situado en el corazón de la City, al que, para variar, había entrado como un visitante normal, por la puerta normal.

En aquel momento, alguien se puso a su lado. Se miraron, ambos sorprendidos, pues era evidente que ninguno esperaba encontrar al otro en aquel lugar. En el caso de Thomas, también estaba algo decepcionado. Creía que iba a estar a solas con Gayle. Por lo visto, no sería así.

Declan fue el primero en romper el silencio, tras sacudir la cabeza, contrariado.

—Ven, quiero hablar contigo —le dijo, y sin esperar respuesta, puso rumbo hacia el otro extremo del hotel.

Thomas lo siguió, maldiciendo su suerte. Sabía que antes o después le tocaría dar explicaciones, pero había confiado en disfrutar de un día más con la cabeza sobre sus hombros. 

Atravesaron el hall del hotel, andando uno junto al otro, sin pronunciar palabra. Al fin, llegaron a un área con sillones, donde se sentaron en unos que estaban más alejados del paso de los huéspedes. Declan depositó las llaves y el móvil sobre la pequeña mesa redonda que tenía delante y, como era habitual en él cuando estaba enfadado, abrió la conversación con un disparo de escopeta.

—¿Qué coño haces, tío? ¿Me lo puedes explicar, por favor?

Thomas expulsó el aire por la nariz. Sabía perfectamente a qué se refería su jefe, pero no podía responder a eso. Tampoco quería responder. Al menos, hasta que se aclarara consigo mismo acerca de las razones por las que hacía lo que hacía. Era muy consciente de que la atracción física que sentía hacia Gayle explicaba algunas cosas, pero no todas. 

A ver, cómo sales de esta, chaval.

—Esa reunión fue una puta locura. No podía salir bien de ninguna manera. —¿No decían que la mejor defensa era un ataque? Pues eso—. No entiendo cómo no la disuadiste, Declan. 

Él soltó una risotada irónica.

—¿Vas a usar esa táctica conmigo? Olvídalo. —Se puso totalmente serio—. No es asunto tuyo lo que yo le aconsejara a mi cliente. Mucho menos, por qué lo hice. Así que, déjate de gilipolleces, y explícame qué coño hacías en ese restaurante cuando no eres su guardaespaldas y te pedí específicamente que te mantuvieras alejado de Kyle Baxter.

—Estás equivocado. Es asunto mío. Estaba con ella.

Vio que Declan sacudía la cabeza. El brillo desafiante de sus ojos lo hizo sentir incómodo, como si se estuviera desnudo en mitad de una iglesia llena de feligreses. Pero se sobrepuso, y continuó.

—Como te imaginarás, no se me cruzó por la cabeza la idea de dejarla sola con ese energúmeno. 

Declan frunció el ceño. ¿De qué narices estaba hablando? Andreas estaba allí. Él era su guardaespaldas, no Thomas.

—No estaba sola.

—¡Claro que sí! Oye, no sé si es porque eres amigo de su hermano, o porque el estatus social de esa familia te nubla la mente, pero creo que hoy ha quedado claro que las medidas de seguridad que dispusiste para Gayle no eran suficientes. Fui yo el que se percató de que Baxter no se había ido del hotel. Fui yo el que lo detuvo. Si no hubiera estado allí, el cabrón habría llegado hasta ella. Y los dos sabemos que su intención no es hablar. Así que, con todos los respetos, corta el rollo.

—¿Que corte el rollo? —resopló Declan cada vez más caliente con la situación—. No puedes ser juez y parte, tío. Si lo de hoy no pasó a mayores, fue por puro milagro. Tanto Andreas como yo estábamos a expensas de lo que hacía un tercero en discordia —tú—, que no formaba parte del plan. Tomando decisiones basadas en suposiciones, y cruzando los dedos para que saliera bien. Así no es como yo trabajo. Así no es cómo suceden las cosas cuando yo estoy al mando. Y dado que es mi empresa, siempre estoy al mando. No solo no voy a cortar el rollo, Thomas, te voy a suspender de empleo y sueldo un mes, a ver si así la sangre vuelve a subir a tu cabeza. Porque está claro que no es el cerebro lo que estás usando para pensar.

Genial. Ahora sí, que estoy jodido del todo.

Thomas se dejó caer contra el respaldo al tiempo que exhalaba el aire por la nariz ruidosamente. Permaneció mirando a su jefe sin decir nada. Sabía que cerrar el pico era lo mejor. Cuando Declan se cabreaba, había que esperar a que bajara de revoluciones para continuar. Eso no cambiaría el hecho de que lo había enviado al banquillo durante un mes, pero, con un poco de suerte, evitaría que la suspensión se convirtiera en un despido. En su profesión no suponía un problema cambiar de trabajo. Tardaría una semana, como mucho, en encontrar otro a su gusto y mejor pagado. De hecho, podría estar ganando más, si aceptara cualquiera de las ofertas que recibía con frecuencia. Pero le gustaba trabajar para Declan, de ahí que se hubiera quedado en Keegan Security

Después de un rato en silencio, Declan volvió a hablar.

—¿Qué pasó con Kyle? ¿Cómo lo detuviste?

Era de cajón que su jefe le haría esa pregunta. Thomas lo había sabido desde el principio. Lo que aún no sabía era cuál era la mejor respuesta a esa pregunta. Dado que se le había acabado el tiempo, tenía que tomar una decisión. Y lo hizo.

—Vale, Declan. Lo que vas a oír se queda entre tú y yo. No quiero que Gayle lo sepa. Ni ella, ni nadie.

Declan soltó una risa irónica.

—No estás en posición de exigirme nada, tío. Sigues pensando con la polla.

Thomas frunció los labios en un gesto claramente desafiante.

—¿Estás seguro de eso? Soy el tercero en discordia que no formaba parte del plan, es domingo y no estoy de guardia. Así que, técnicamente, soy un ciudadano de a pie, que pasaba por ahí cuando las cosas se pusieron feas, y por puro civismo decidió intervenir… Además, aunque estuviera de guardia, ya me has suspendido de empleo y sueldo. En resumidas cuentas: lo que haga en mi tiempo libre es cosa mía y si quieres saber lo que sucedió, tendrás que aceptar mis condiciones.

Declan sacudió la cabeza, contrariado. En efecto, era domingo. Debía estar disfrutando de su nueva vida en su nuevo piso, y no donde estaba, aguantando las exigencias de nadie. Menos aún, las de un tipo que se había encaprichado de su cliente, y no hacía otra cosa que cagarla, una y otra vez.

Pero, le gustara o no, estaba allí, y cuanto antes acabara con ese asunto, antes podría empezar a disfrutar de lo que quedaba del domingo. 

Al fin, concedió con un gesto de la mano, instando a Thomas a que se explicara.

—Quiero tu palabra —insistió él.

—¿Pero de qué coño va todo esto, tío? ¿Vas a contarme un secreto de estado o algo así?

—Sí, casi.

Declan respiró hondo, consciente de que su enfado inicial se estaba transformando en preocupación. 

—La tienes. Lo que me cuentes, no saldrá de mí.

—Bien —dijo Thomas.

Y, a continuación, empezó a relatar lo sucedido entre Baxter y él, con lujo de detalles.


* * * * *


Gayle consultó su reloj de muñeca. Hacía casi media hora que le habían avisado de la recepción, que los dos visitantes que esperaba habían llegado. Miró a Jana.

—¿Se habrán perdido por el camino? —comentó.

—Pues sí, ahora que lo dices… Igual, el ancianito ha decidido mantenerse en forma, usando las piernas en vez del ascensor, y todavía está por la cuarta planta, con la lengua afuera… —Entonces, Jana reparó en algo—: ¿Has dicho «habrán»? 

Al ver que las mejillas de su amiga se coloreaban ligeramente, sonrió.

—¿El tío macizo también está invitado? —dijo, rezumando picardía por los cuatro costados.

Gayle asintió. 

—¡Guaaaaaauuuuuuu! —fue la respuesta de Jana.

Sobreponiéndose al ataque de vergüenza, propio de una quinceañera, que le dio, Gayle intentó explicar la razón de que Thomas también estuviera convocado.

—Necesito saber lo que ha ocurrido. Me refiero a saberlo con detalle. Y como he pasado la mayor parte del tiempo en el tocador de señoras, tan solo tengo trocitos de información. No puedo hablar con Fay y con Perry sin disponer del panorama al completo, y tampoco puedo prolongar mi silencio por más tiempo. Les invité a un brunch del que me excusé para ir al baño y al que, sin mediar explicación alguna por mi parte, nunca regresé. Es una descortesía inaceptable. 

Jana asintió, dando por buena su explicación. Sin embargo, era incompleta, y ambas lo sabían.

—Y también es una ocasión que ni pintada para volver a ver al macizorro, sin que parezca que te mueres de ganas —repuso con malicia.

Gayle se quedó cortada unos instantes mientras sus mejillas pasaban de un ligero rubor al rojo fuego. Al fin, suspiró.

—Supongo que sí —concedió, con una sonrisa incómoda.

El gran problema ante el que ahora se hallaba era que su situación personal no era la idónea para permitirse esa clase de «ocasiones». 

Gayle disponía de cierta libertad para decidir acerca de cuestiones privadas, en tanto y en cuanto dichas decisiones no afectaran su imagen, ni la de su familia. Tras su divorcio, rara vez había hecho uso de esa libertad en asuntos de alcoba. Había estado muy ocupada recomponiendo su corazón. Sin embargo, sabía muy bien que, de haber deseado ahogar sus penas en los brazos de otros hombres, habría podido hacerlo. Su padre no tenía el menor interés en saber cuántos amantes tenía, ni si estos pertenecían a su mismo círculo social, o no. Lord Middleton hacía la vista gorda sobre ese aspecto de la vida de su única hija, siempre y cuando lo que sucedía en su alcoba no trascendiera fuera de ella. Pero era un hecho que debía volver a casarse y, por supuesto, con alguien de su mismo estrato social. Eso era lo que se esperaba de ella y su padre no dejaría de insistir hasta que lo hubiera conseguido. Y también era un hecho que, antes de hablar siquiera de formalizar el compromiso, el candidato debía contar con su visto bueno. El tema era un asunto tan delicado para su familia que la noche anterior se había enterado de que los hipotéticos candidatos, por lo visto, hablaban con él antes de invitarla a salir.

Thomas había sido el encargado de acabar con su autoimpuesto celibato. Y lo había hecho a lo grande. Se había sentido atraída hacia él desde la primera vez que se habían visto, cuando ella aún estaba casada. Entonces, era una atracción puramente física que no le había extrañado sentir. Thomas cumplía con sus preferencias en lo que a tipo de hombre concernía, con creces, y en el plano personal, su matrimonio con Kyle hacía aguas por todas partes. 

Sin embargo, la atracción se había mantenido con el paso del tiempo. No había cambiado las siguientes veces que se habían visto, pero en ningún momento había pensado, realmente, que sería mutua. Eso había llegado mucho después, en el peor momento de su vida, cuando se enfrentaba a la sospecha de que su exmarido la estaba acosando. Precisamente entonces, había descubierto que la atracción no solo era inmensa, sino correspondida. Y como estaba aterrorizada, se sentía vulnerable y era libre, se había permitido ir un paso más allá, compartiendo una noche de pura lujuria con Thomas. En ningún momento, se le había ocurrido pensar que esa sola noche daría un giro de 90º a su existencia al devolverle la confianza en sí misma en el plano más íntimo de todos. Una noche en la que había descubierto que no tenía problemas de frigidez, ni de ninguna otra clase. Todo lo contrario. Al igual que había sucedido con el asunto de la concepción, lo que no funcionaba bien estaba en Kyle, y no en ella.

A la mañana siguiente, se había levantado radiante, sintiéndose la reina del mundo, totalmente decidida a seguir adelante, sin mirar atrás. Una decisión que también afectaba al soberbio hombre que le había devuelto la confianza, con quien no tenía previsto compartir más noches de pasión. Por muy buena que hubiera sido la única que había pasado a su lado, sería una, y no más. 

Pero entonces, una serie de sucesos inesperados le habían permitido conocer la verdadera naturaleza de Thomas, la clase de persona que era cuando la pasión se calmaba y los latidos del corazón recuperaban su ritmo normal. Y había sucedido lo más inesperado de todo: esa persona la había deslumbrado. Casi sin tener tiempo para darse cuenta, la enorme atracción que sentía hacia él había dejado de ser solo física. Ahora, había más que una necesidad sexual al buscar su compañía. Y sabiendo cómo eran las cosas en su vida, no le parecía justo permitirse «ocasiones que ni pintadas» con él, sin más. Engañar no era su estilo. Pero, luego, ¿cómo plantear ese tema? ¿Qué le diría? ¿Que podía dar rienda suelta a su pasión con ella cuanto quisiera —¡por favor, cuanto más, mejor!—, pero que no se le ocurriera pensar en algo más, desear algo más? Ni siquiera, si ese algo más era invitarla a tomar un café en un sitio público. Como amigos, y dependiendo del lugar y del momento, quizás. Como pareja, ni en sueños.

Oh, Dios. ¿Por qué me haces esto? 


* * * * *


En el lounge del hotel, Declan estaba alucinando con el relato de Thomas. Su hombre había descrito con detalle lo que había sucedido. Sin embargo, no había querido dejarle escuchar la grabación. Declan sospechaba que su negativa no tenía tanto que ver con mantener el control sobre las condiciones del acuerdo al que había llegado con Kyle, sino con el contenido de la conversación. Gracias a su amistad con B.B. Cox, conocía a Kyle desde hacía muchos años y, como los hermanos se llevaban a matar, había presenciado muchas discusiones. Kyle era siempre ofensivo y provocador. No le hacía falta escuchar el audio para saber la clase de insultos que habría proferido contra todos al verse cercado, y muy en especial, contra la que consideraba la causa de todos sus problemas: Gayle Middleton. Sin embargo, si al informar a Gayle de lo sucedido, no podía hacer referencia al audio, Thomas y él necesitaban ponerse de acuerdo en cómo manejar el asunto. De eso, estaban hablando.

—Puedes decirle que lo amenacé y que el tipo se acobardó y decidió largarse, sin montar un escándalo.

—Eso no va a tragárselo. Después de vuestra trifulca, no. Si me apuras, ni yo acabo de creerme del todo que hayas logrado contenerte y no le hayas dado una paliza.

—Tendrás que esforzarte, Declan. No tienes otra opción. No quiero que ella sepa que tengo el jodido archivo de audio. Va a querer escucharlo. Y yo prefiero borrarlo, a dejar que lo escuche. ¿Está claro? Me has dado tu palabra.

Declan arrugó el ceño.

—Ha estado años con Kyle. ¿Crees que no sabe cómo es cuando se le calienta la boca? 

—Me da igual. Además, Baxter se puso lívido cuando mencioné a lord Middleton. No sé cuánto tiempo le durará el pánico, pero cuanto más le dure, mejor para todos. Nadie puede saber que tengo este audio.

No quieres que Gayle lo oiga o no quieres que a Kyle se le pase el pánico. ¿En qué quedamos? Ella no va a decírselo. Después de lo de hoy, no va a querer verlo ni en pinturas.

Tras una pausa escrutándolo, Declan no se calló lo pensaba:

—¿Qué está pasando entre Gayle y tú?

Thomas luchó por mantener el tipo.

—Ya te dije cuando hablamos que había tema entre nosotros. ¿O no me oíste?

—Te oí. Y ya me parecía una gilipollez cuando solo te movía el calentón. Ahora, hay más. No sé qué ni cuánto, pero hay más. Creo que hasta tú te has dado cuenta de que ya no es solo «tema». Así que, te lo diré otra vez: corta, tío. Acaba con esto.

Thomas se obligó a cerrar su mente a toda consideración acerca de lo que había entre Gayle y él. Era el momento de ponerse de acuerdo y comunicarle a ella, de manera convincente, que no debía confiarse; no de hablar de asuntos que solo le incumbían a él.

—Hay que dejarle muy claro que el riesgo es real y que tiene que protegerse.

Intercambiaron miradas desafiantes. La de Declan decía: «no te hagas el sordo». La de Thomas: «no te metas en mis asuntos».

—Ella cree que Perry Baxter puede meter en cintura a su hijo —continuó—, pero, después de lo de hoy, honestamente, creo que de lo que hay que convencerlo es de meterlo en un psiquiátrico. Es donde debe estar. Ella no se atreverá a tanto. Hasta ayer, apenas había asimilado la idea de que su ex es un acosador. Pero tú puedes hacerlo, ¿no? Conoces a esa familia desde hace mucho. Te escucharán.

Declan movió la cabeza a un lado y a otro, pensativo.

—Será difícil venderle esa idea sin pruebas. Y que quede claro, que siempre he pensado que Kyle está como una puta cabra, pero de pensarlo a demostrarlo, hay un trecho muy largo.

—No tanto. El tipo me hizo frente. 

—Hace nada, lo cogiste del cuello y lo estrellaste contra tu coche y encima, todo sucedió delante de Gayle. Convengamos en que te tiene muchas ganas. 

—No —dijo, negando con la cabeza de manera taxativa—. Lo tenía acorralado en un espacio minúsculo. Éramos solo él y yo, sin nadie ante quien dárselas de machote, sin nadie que nos separara. Sabiendo que tenía todas las de perder, me plantó cara igualmente. ¿Quién hace algo así? Un estúpido o un loco. Y de estúpido, no tiene un pelo. 

—Quizás, él también piensa que la mejor defensa es un ataque… —dejó caer Declan, con retintín, aludiendo a lo que su hombre había hecho con él un rato antes.

—Te dije lo que pensaba. Y lo sigo pensando.

—¿En serio? Por supuesto, que intenté disuadir a Gayle —repuso Declan, molesto—. Pero seguro que a estas alturas, sabes mejor que yo, que no es precisamente alguien fácil de convencer. Quería hablar con Fay. Ya sabes que tienen una relación muy cercana. Le dije que no era una buena idea y me ignoró. Así que, le aconsejé que no le mostrara sus cartas antes de tiempo a nadie, que los convocara a los tres a la vez. Ni siquiera pensaba acudir con un guardaespaldas.

Thomas apartó la mirada, contrariado. Lo sabía, pero seguía pensando que su jefe se había quedado corto. Debió insistir, ser mucho más contundente en sus intentos de disuadir a Gayle. Bajo ningún concepto, debió permitir que acudiera solo con un guardaespaldas. No negaría que él no estaba siendo nada imparcial en aquel asunto, pero la seguridad de Gayle había corrido un serio peligro, y eso no podía ignorarse de ninguna manera.

—Si no puedes disuadir al cliente de asistir, extremas las medidas de seguridad —repuso, mirándolo directamente a los ojos. 

Declan resopló. Gayle ni siquiera se lo había consultado. Se había enterado por Jana de sus planes. O sea, que estrictamente hablando, si ellas no hubieran quedado a tomar el té, no se habría enterado de nada. Por lo tanto, había hecho lo correcto, dadas las circunstancias. Thomas no estaba pensando con lo que debía. Era su calentón con Gayle el que hablaba por él. Y no perdería el tiempo intentando justificarse ante su hombre.

—Lo que tú digas. Sigamos con el tema que importa porque se hace tarde. No sé para qué Gayle te quiere aquí —dijo, dirigiéndole una mirada suspicaz, que Thomas ignoró—. Pero yo tengo que subir y darle una explicación creíble.

—Hacerme frente no fue una estrategia. Baxter no tenía miedo. El primer signo de haberse dado cuenta de que podía estar en peligro, lo mostró cuando le dije que había grabado la conversación, dándole a entender que se la enviaría al padre de Gayle. Su retirada fue tan fulminante, que me dejó alucinado. Pasó de ser furia pura a asumir su derrota, como quien toca un interruptor. Diez minutos más tarde, estaba haciéndose el corderito conmigo, asegurando que quería a Gayle, intentando manipularme otra vez, para acabar de rematarla con esa mirada asesina que me dirigió cuando le hice notar que ella ya no es «su mujer», sino «su exmujer». 

—Todo el mundo sabe que Kyle tiene muy mal perder…

Thomas negó con la cabeza una vez más.

—Ya estaba maquinando cómo vengarse, seguro. Lo vi en sus ojos. Lo de ese tipo es más serio de lo que todos creen. Tiene algún tipo de trastorno de la personalidad. Necesita tratamiento psiquiátrico. 

—¿Estás seguro de que no ha sido un efecto del cabreo del momento?

—Muy seguro. Algo no va bien en su cabeza.

Declan soltó un bufido. Menudo final de tarde le esperaba. Primero, convencer a su cliente de que el peligro que corría ahora era mayor que antes, sin mencionar lo que Thomas había hecho para contener a Kyle. Lo cual no sería sencillo. Habiendo presenciado la trifulca que los dos hombres habían tenido días atrás, no se tragaría así como así que habían estado a solas, frente a frente, y los dos se habían marchado sin un rasguño. Y, después, hablar con los Baxter. Ya estaban bastante mal las cosas con Kyle Baxter en la familia, tal como estaban. A duras penas, se las había arreglado para mantener a Brandon fuera del asunto hasta ahora. En cuanto hablara con su madre para explicarle por qué les había pedido que ella y Perry se marcharan del restaurante, y el tema trascendiera, nadie sería capaz de detenerlo. Y los accesos de ira de Brandon eran aún más temibles y destructivos que los de su hermano menor.

—Aj. Qué mierda… —suspiró, a lo que Thomas asintió enfáticamente.

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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 24



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24


Volver a verse fue una burbujeante experiencia para los dos. Thomas se limitó a mirarla. Con mucha atención, eso sí. Tan solo el brillo de sus ojos azules delató sus emociones, algo de lo que ella fue plenamente consciente, pues lo miraba con el mismo interés. Gayle le ofreció una sonrisa. En su calidad de anfitriona, podía esconder sus verdaderas emociones tras un gesto de cortesía. Pero no a ojos de Thomas, quien recibió su sonrisa como lo que era: uno de sus elegantes coqueteos, que a él le gustaban cada vez más.

—Pasad, por favor. Poneos cómodos —invitó.

—¡Al fin! —exclamó Jana, tendiéndole a Declan su mano para que fuera a sentarse a su lado—. ¿Has subido por la escalera?

Declan enseguida fue a hacerse cargo de esa mano y, aunque lo que se moría por hacer, era rodear a Jana con sus brazos y comerle la boca, se inclinó hacia ella y le dio un beso en la comisura de los labios.

—Qué recatado —se burló ella en un murmullo, risueña.

—No me pinches, que sabes que enseguida sangro —repuso él también en un murmullo.

Mientras tanto, Thomas y Gayle, todavía de pie, contemplaban la escena con actitud divertida. Lo que sucedía no era una novedad para ella, pero sí para él, y no se cortó.

—Vaya… Qué bien que estés mejor, Jana. Me alegro mucho —y cuando dijo lo último, sus ojos se habían desviado a Declan.

Ella le devolvió una mirada pícara.

—Gracias, Thomas. Estoy mucho mejor.

Declan, en cambio, miró a su hombre con un ojo entornado, comunicándole de forma breve y concisa que se dejara de bromas.

Thomas esperó a que Gayle tomara asiento para hacerlo él. Dado que Declan había ido a sentarse junto a Jana en el sofá, la anfitriona escogió el sillón que estaba más cerca de su amiga. Thomas ocupó el que estaba al otro lado de la mesilla, desde el cual tenía una buena panorámica de la reunión. 

Después de que Gayle sirviera un ginger ale para Declan y una bebida energética para Thomas, entraron en materia.

Thomas sabía que llegaría un momento en el que él tendría que intervenir. Había estado en el centro de la acción y, por mejor explicación que Declan se secara de la manga, había sido él el encargado de «escoltar» a Baxter fuera del establecimiento, y Gayle lo sabía. Pero mientras su jefe sudaba mantequilla informando a su cliente, él disfrutaba de las vistas. 

Gayle estaba sentada en aquel sillón gris claro, que parecía haber sido hecho pensando en ella, con el torso erguido, los codos sobre los reposabrazos y las piernas cruzadas, exudando feminidad por cada poro de su piel. Su actitud serena y atenta le confería aún más belleza a un rostro de por sí hermoso. Thomas cayó en la cuenta de que era la primera vez que pensaba en su rostro como algo hermoso, y se sintió raro. Nunca había pasado suficiente tiempo junto a una mujer para lograr apreciar algo más que lo evidente a los ojos. Evidente, en el sentido sensual de la palabra. Esto era, decididamente, nuevo. Y raro, muy raro. Más raro aún, le resultó descubrir que bien podría quedarse allí, tal cual estaba, mirándola sin más, el resto de la tarde. 

Por su parte, Declan procuraba ceñirse a los hechos ofreciendo la menor cantidad de detalles posible. Dado que había una circunstancia clave que no podía revelar, se daba por satisfecho si Gayle comprendía la gravedad implícita en el hecho de que su exmarido, lejos de irse, hubiera intentado abordarla a solas. 

—Que Kyle no usara la salida que tenía más cerca, sumado a su evidente cabreo, nos obligó a comprobar dónde iba. Teníamos que asegurarnos de que su intención era marcharse.

Declan hizo una pausa. Se refrescó la garganta con su ginger ale, mientras interiormente cruzaba los dedos para que lo que se disponía a decir, no disparara todas las alarmas de Gayle.

—Descubrimos que hay otra vía alternativa de acceso al restaurante desde el hotel. Es para uso exclusivo del personal. Interceptamos a Kyle cuando se disponía a cogerla. —Vio que Gayle lo miraba con los ojos muy abiertos, y apartó aquella imagen de terror de su mente, para centrarse en su relato—. Según él, solo quería hablar contigo a solas. Lo convencimos de que se marchara sin ocasionar problemas y, para asegurarnos de que esta vez se iba de verdad, lo acompañamos hasta su coche. Pero durante varios minutos, no sabíamos exactamente dónde estaba, solo que había abandonado el restaurante, pero no el hotel. Si se hubiera tratado de un hombre normal yéndose de una reunión normal, no le habríamos dado mayor importancia a qué puerta de salida escogía para irse. Pero no es el caso. Por eso decidí suspender el brunch. Era lo más seguro para ti y, sabiendo cuánto les importa su imagen pública, también era lo mejor para Fay y Perry. De esta forma, pudieron irse sin llamar la atención.

Cuando Declan hizo silencio en señal de que había finalizado su explicación, volvió a poner su atención en Gayle. Notó que había palidecido. Sus ojos reflejaban un miedo y una preocupación mucho mayores. Y eso, a pesar de que él había omitido deliberadamente las partes más alarmantes de lo sucedido.

También notó que Thomas la observaba en silencio. No lo hacía de forma evidente. Probablemente, porque no quería que sus miradas se encontraran, y eso diera pie a que ella le dirigiera preguntas directamente a él, pero lo hacía. Estaba con los codos apoyados sobre sus muslos y sostenía una pequeña servilleta de papel entre sus manos que jugaba a plegar y a desplegar. Pero entre pliegue y pliegue, sus ojos se posaban brevemente sobre Gayle, con signos de preocupación que resultaban evidentes a alguien que lo conocía desde hacía años, como Declan.

Gayle estaba mucho más preocupada y asustada que antes. Su concepto de Kyle había empeorado de manera drástica las últimas horas. Sin embargo, aunque ahora era capaz de admitir su condición de mentiroso y manipulador, continuaba sin asimilar que él pudiera hacerle daño físico. Quizás, porque aceptar algo semejante, suponía una confirmación de que era una víctima de la violencia machista. Una parte de sí misma se resistía a aceptarlo. Aún se resistía.

—¿Crees que me habría atacado? —dijo, dominando solo a medias el miedo cerval que sentía al poner aquel terrorífico pensamiento en palabras.

Thomas se mordió la lengua para no decir que la respuesta a esa pregunta era «definitivamente, sí». Si Baxter no lo había hecho, era porque él se lo había impedido. Se calló porque, hasta el momento, ella no había cuestionado que Baxter se hubiera dejado convencer de marcharse sin ocasionar problemas. Aún sabiendo que estaba furioso y que era alguien que siempre mostraba una actitud beligerante, ella no parecía haber reparado en ese detalle. Y Thomas quería que siguiera siendo de esa forma.

Aunque Declan no había estado en aquel diminuto pasillo, enfrentándose a Kyle, tampoco tenía dudas al respecto, pero no creía necesario decirlo. Gayle ya estaba bastante asustada.

—No podemos saberlo a ciencia cierta —repuso con voz calma.

Gayle leyó entre líneas. «En otras palabras, sí», pensó. 

—¿Me estás diciendo que, convocando esa reunión, le he servido en bandeja a Kyle la ocasión de hacerme daño?

El temblor en su voz, encendió la compasión de Jana, que enseguida se estiró a cogerle una mano.

—No, no, no. Eso nadie lo sabe —aseguró—. Para ti era importante intentarlo, y no solo por tu familia. Querías darles a sus padres la ocasión de hacer algo al respecto. No sabemos qué está pasando ahora mismo en la casa de los Baxter… Quizás, estén haciendo precisamente eso, ocuparse de este asunto… Y si es así, y es lo que yo creo, tendrás que agradecérselo a tu valentía. No te vengas abajo ahora, Gayle. 

Ella agradeció las palabras de Jana con una ligera sonrisa y respiró hondo. Al fin, se levantó del sillón.

—¿Me disculpáis un momento, por favor? —dijo, y, a continuación, abandonó el salón, bajo la atenta mirada de Thomas.


* * * * *


La reacción de Gayle produjo un largo momento de silencio entre quienes estaban en el salón. 

Declan sabía que su explicación, aún exenta de detalles, había sido dura para ella y que, probablemente, necesitaba pasar un rato a solas para desahogarse. Por lo tanto, lo mejor era dejarla tranquila.

Thomas pensaba lo mismo que Declan. Sabía con toda seguridad que ella estaría en el baño, llorando de miedo. Y, por supuesto, cubriéndose la boca para que nadie la oyera. También pensaba que dejarla tranquila haría el momento de desahogo más soportable. La cuestión era que él se sentía como si estuviera sentado sobre brasas. La razón por la que aún seguía allí, era que ir tras Gayle suponía permitirse una reacción de tipo personal ante un asunto de índole claramente profesional. No era su pareja y, desde luego, tampoco su amigo, aunque ella se hubiera referido a él de aquel modo la noche anterior, ante su padre. Pero era muy consciente de que no duraría mucho más en el maldito asiento. Su lógica no dejaba de revolverse cual animal herido.

Y así fue. 

Cuando su sentido común cacareó por última vez: «¿Te acuestas con ella, pero ahora no puedes ir a ofrecerle consuelo porque eso sería una reacción de tipo personal? ¡Menuda gilipollez!», Thomas se puso de pie.

—Voy a ver si está bien —anunció. Y sin mirar a nadie, también abandonó el salón.

Jana asintió enfáticamente. «Un tío muy listo», pensó.

—Thomas acaba de leerme el pensamiento —le dijo a Declan en voz baja—: Y ya que ninguno de los dos está aquí ahora, ¿qué tal si, mientras los esperamos, me cuentas lo que tu chico se trae entre manos con mi amiga? 


* * * * *


Thomas se detuvo frente a la puerta del baño. 

Aquel era el baño. El mismo donde se había dejado llevar hasta el punto de perder completamente la cabeza tan solo dos días atrás. Los recuerdos regresaron a él, nítidos, como si estuvieran sucediendo ante sus ojos, robándole el aliento.

También era el mismo donde la noche anterior, había visto a una mujer aterrorizada, derrotada por las circunstancias, sentada en el váter, intentando hacer frente, en su presencia y con el mayor aplomo posible, a una hemorragia menstrual. Seguramente, consecuencia del terror al que la estaba sometiendo el crápula de su exmarido. 

En ambos casos, las emociones que él había experimentado habían sido muy intensas. La primera vez, pasión. La segunda, admiración y respeto por alguien que se armaba de un valor que ya no tenía para salir adelante de una situación en la que ninguna mujer debería hallarse jamás.

¿Qué clase de emoción experimentaría esta vez? ¿Qué hallaría al otro lado de la puerta? Enseguida, se centró en lo importante. Eso no iba de él, sino de Gayle. Sus emociones no importaban en lo más mínimo.

Golpeó la puerta dos veces.

—Voy a entrar —anunció. Y, al igual que había hecho la última vez, abrió la puerta al cabo de unos instantes. 

Gayle estaba de pie, frente al espejo. No se miraba en él. Al contrario. Tenía las manos posadas sobre el mueble lavabo, y la cabeza gacha. Lloraba en silencio. Ni siquiera alzó la vista para mirarlo.

Y que no lo hiciera, que no mostrara disgusto o sorpresa, le dio una pista de lo mal que estaban las cosas. Fue hasta ella y se apoyó en el mueble de espaldas, a su lado. Permaneció mirándola en silencio.

—Estoy bien —musitó ella, secándose las lágrimas.

«Sí, ya se ve lo bien que estás», pensó él. En cambio, guardó silencio y siguió mirándola.

Ella suspiró.

—De acuerdo… No estoy bien. Pero lo estaré, en cuanto me tranquilice un poco. Es que ha sido… Horrible. Terrorífico. He pasado tanto miedo en ese restaurante, y ahora me entero de que lo que sucedía mientras yo estaba en el retrete, era aún más aterrador… —murmuró, y esta vez, miró a Thomas con los ojos llenos de lágrimas. 

«Qué ganas de zurrar a ese cabrón», pensó él por millonésima vez. Qué ganas de infligirle un dolor tan insoportable que, si sobrevivía, el puro terror a repetir la experiencia, le impidiera volver a acercarse a Gayle nunca más. Respiró hondo y se obligó a centrarse, a no mostrar esas emociones ante ella. 

—Es lo que él quiere. Seguir en tu vida, aunque más no sea a través del miedo que te hace sentir. No se lo concedas. No dejes que crea que puede controlarte.

—¿Y cómo se hace eso? Estoy aterrorizada —admitió, con la voz quebrada.

—Igual que lo has hecho hasta ahora.

Gayle tragó saliva y se secó las mejillas con su pañuelo.

—Creí que pensabas que esa reunión era un sinsentido.

Había un punto crítico en la voz femenina, que a Thomas le dio una idea.

—Y lo pienso.

Ella volvió la cabeza para mirarlo. Él se encogió de hombros.

—Fue una gilipollez que te expusieras de esa forma.

Thomas notó su gesto de disgusto. Fue sutil. Elegante, como todo en ella. No estaba seguro de si era disgusto porque él había usado un sinónimo vulgar de la palabra «sinsentido», o porque acababa de decirle, sin cortarse, que se había expuesto innecesariamente y que sí, había sido una gilipollez.

—Podrías haber conseguido lo mismo de una manera menos peligrosa para tu integridad personal, si no te importara tanto tu imagen —y cargó las tintas en las últimas dos palabras, a propósito—. Pero le has plantado cara. Has hecho algo que él no esperaba, y con eso le has demostrado que no puede controlarte. 

—Ah, fantástico. Entonces, la próxima vez los invitaré, a él y a su familia, a cenar en el Ritz. Seguro que eso tampoco se lo espera. Y así, mi imagen lucirá deslumbrante.

Thomas sonrió para sí. Si su excelencia empezaba a permitirse generosas dosis de ironía en sus respuestas, era que se estaba recuperando. ¿Qué tal un poquito de enfado, a modo de aderezo? Desde luego, la prefería mil veces cabreada, que aterrorizada.

—No habrá próxima vez.

Ella alejó el pañuelo de su mejilla, se irguió y volvió la cabeza para mirarlo una vez más.

—¿Disculpa?

—Que no vas a volver a ponerte al alcance de sus manos —repuso, y le sostuvo la mirada porque quería ver cómo crecía su indignación, y disfrutarla. 

Cuando estaba con una mujer, se esforzaba por complacerla para obtener placer a cambio, pues esa era su única motivación para interactuar con el sexo opuesto. Pero no soportaba que Gayle tuviera miedo. Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para que dejara de sentirse de esa forma.

Ella respiró hondo. No comprendía por qué un hombre que, hasta el momento, se había mostrado respetuoso, ahora se despachaba con una afirmación tan categórica sobre algo que, definitivamente, no era de su incumbencia. Pero sabía algo: no tenía ánimos ni tiempo para batallas dialécticas.

—Haré de cuenta que no te he oído —sentenció, y se puso a comprobar su maquillaje en el espejo. 

Él asintió con la cabeza. Vale, el primer intento no había funcionado. A ver, qué tal el segundo.

—Tranquila, te lo repetiré mañana. Y pasado mañana. Y al día siguiente… Las veces que hagan falta, hasta que tengas claro que no vas a volver a ponerte al alcance de sus manos. —Y, al igual que había hecho antes, continuó mirándola.

Ella sacudió la cabeza y giró sobre sus stilettos hasta situarse de frente a él.

—¿Qué es esto? ¿Una broma? 

Thomas dejó que su expresión ecuánime respondiera por él, sabiendo que eso la desquiciaría.

Y así fue. 

Aunque no sucedió exactamente de la manera que él esperaba.

—Estoy harta de la gente que, Dios sabrá por qué, se cree con derecho a decirme cómo debo vivir mi vida. Que elija no imponer mis deseos a dentelladas, como hace mi padre, o con arrogancia, como hace mi madre, o con una obsesión enfermiza, como mi exmarido, no implica en absoluto que no tenga mis propias ideas sobre lo que me conviene y lo que no. Ni, mucho menos, que no esté dispuesta a defenderlas contra viento y marea. Por favor, no seas como esas personas. No me decepciones tú también —y cuando pronunció la última palabra, sus ojos habían vuelto a llenarse de lágrimas.

La reacción de Thomas tampoco fue la que él esperaba. Para su propia sorpresa, aquel instante descubrió que ser la razón de sus lágrimas, era algo que soportaba incluso menos que saber que ella sentía miedo.

Cogió su mano y tiró de ella con mucha suavidad, como si le estuviera pidiendo permiso que en realidad era, exactamente, lo que hacía.

Los dos se estremecieron cuando Thomas cerró el abrazo en torno a su cintura.

—No soy como esa gente. Llevo tres días pegado a tu sombra, y te aseguro que no es solo porque me parezca la sombra más apetecible del mundo, lo hago por protegerte —murmuró él. Incapaz de resistirse por más tiempo, empezó a dejar una huella húmeda en la delicada piel de su cuello.

—Lo sé… —repuso ella, pegándose a él—. Lo sé.

Thomas respondió estrechándola aún más. Lamió el lóbulo de la oreja femenina ante de decir:

—Porque el peligro es muy real, aunque a ti te cueste tanto verlo. Es real y tienes que protegerte.

Ella se estremeció de forma notoria. El calor del aliento masculino provocó un incendio que empezó a extenderse por su cuerpo, arrasando la razón.

—Lo sé —volvió a musitar—. Odio que sea así, pero lo sé.

Él cerró los ojos, dejándose envolver por una espiral de sensaciones embriagadoras que ya apenas podía controlar.

—¿Y también sabes lo que pasará, si no vuelvas al salón ahora mismo? —En un esfuerzo titánico echó la cabeza hacia atrás y respiró a todo pulmón. Luego, volvió a mirarla a los ojos—. Ahora mismo, digo, Gayle. 

Ella se puso de puntillas y recorrió el perfil de la barbilla masculina con la punta de su lengua, en un gesto a mitad de camino entre un beso lascivo y una caricia, provocando que un estremecimiento de deseo sacudiera a Thomas.

—Sí, también lo sé —murmuró, y volvió a pegarse a él. Hizo que Thomas se inclinara para reducir la diferencia de estatura, y esta vez su lengua recorrió muy despacio la mandíbula, dibujando un sinuoso camino a través de su grueso cuello, parcialmente cubierto por una barba rubia.

—Joder… —suspiró él al sentir los labios femeninos jugando con su nuez, recorriendo el contorno con la punta de la lengua, lamiéndola y besándola, provocando que el placer se extendiera en oleadas por su cuerpo, un poco más con cada toque, con cada beso—. No pares. Por favor, no pares…

Habían transcurrido cuarenta y ocho horas desde que habían estado en esa posición, en ese mismo lugar, con la sangre hirviendo con el mismo deseo, y el corazón latiendo con la misma vehemencia. 

Cuarenta y ocho horas eternas.

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©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷


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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 25



Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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25



Gayle y Thomas llevaban besándose una eternidad cuando ella se apartó de sus labios solo lo imprescindible para poder hablar.

—Me esperan en el salón. Tenemos que parar.

Thomas volvió a hundirle la lengua en la boca, arrancándole un sonoro suspiro.

—¿Quieres que pare? ¿Seguro? —susurró, desafiante.

Y, a continuación, se situó detrás de ella, pegándose a su espalda. Buscó sus labios y los mordió libidinosamente, ensayando rápidas incursiones con su lengua dentro de la boca femenina. Mientras tanto, sus manos recorrieron los contornos de su cuerpo con firmeza para acabar enlazándose en su vientre, en un gesto que fue posesivo y protector al mismo tiempo.

Gayle se abrazó a los brazos de Thomas. Todo él era como una manta en la que acurrucarse, calentita y segura. Y, a la vez, era un enorme campo de atracción, que la excitaba y la hacía desear ser suya con una intensidad desconocida para ella.

—No he dicho que quiera.

Sin embargo, debía regresar al salón. Exhaló un suspiro e intentó deshacerse del abrazo masculino. 

No lo consiguió.

—Entonces, genial, porque ahora mismo me vendría muy bien no parar —murmuró Thomas, al tiempo que empujó la pelvis contra sus nalgas, arrancándole otro suspiro. 

—No… No podemos —musitó ella, con el aliento entrecortado—. Y no solo porque haya gente esperándome en el salón… Estoy sangrando.

En aquel momento, Gayle sintió que una de las manos masculinas descendía, con los dedos extendidos, hasta posarse justo por encima de su pubis. Era enorme y caliente. Su radio de acción era tal, que tenía la sensación de que abarcaba su vientre por completo.

—¿Te duele?

La voz de Thomas sonó como un suave murmullo.

Sorprendida por la naturaleza de esa pregunta, Gayle abrió los ojos y contempló la imagen que devolvía el espejo. 

Él estaba doblado sobre ella para compensar la gran diferencia de estatura y, a pesar de eso, ella parecía tan pequeña… Perdida entre aquellos enormes brazos que formaban un cerco alrededor de su cintura. No la miraba. Estaba muy ocupado embriagando sus sentidos con aquellas caricias húmedas que dejaba sobre su cuello y su oreja, mientras usaba las neuronas que aún no habían sucumbido a su enorme y evidente excitación, para perturbarla con preguntas personales. 

A pesar de las horas que habían pasado juntos, no habían hablado mucho. Mientras estaban desnudos, las preguntas iban dirigidas a determinar si los dos estaban a gusto con lo que fuera que estuviera sucediendo en un momento dado. Eran preguntas que buscaban una respuesta rápida —afirmativa o negativa—, no entablar una conversación. Las palabras que habían intercambiado después, cuando ambos estaban vestidos de pies a cabeza, estaban relacionadas con un único tema: su exmarido acosador. De modo que, lo de ahora, era decididamente distinto. 

Muy bien, Thomas. Veamos adónde nos lleva tu interés por mi bienestar.

—Claro —repuso, mirándolo a través del espejo—. La menstruación duele. Nos duele a todas. Lo que varía es la intensidad y la frecuencia de los malestares. Ahora, molesta. Sin embargo, quizás, dentro de una hora, el dolor me dé un descanso… 

—Interesante clase de salud femenina —apuntó él. 

La desafiaba con palabras, pero sus manos seguían excitándola. Eran muy delicadas, y, a la vez, firmes.

Entonces, vio que él dejaba de besarle el cuello y le devolvía la mirada en el espejo.

—¿Tienes sexo cuando estás con la regla, si no te duele? 

Sus miradas quedaron enganchadas, como si un poderoso campo magnético les impidiera separarse. Ambos se estremecieron.

La respuesta a la pregunta de Thomas era no. Gayle no solía mantener relaciones sexuales en esos días. No obstante, la razón no tenía que ver con los prejuicios. Kyle había sido el único hombre de su vida por espacio de diez años —tres de noviazgo y siete de matrimonio—, y sus circunstancias conyugales no habían dado para mucha experimentación en ese sentido. Si él no sabía cómo tocarla en condiciones normales, menos aún cuando estas eran especiales. Algunas mujeres experimentaban una mayor libido cuando menstruaban y sabía que ella pertenecía a ese grupo, pero Kyle pertenecía al de hombres que no querían acercarse a una mujer en esas condiciones. 

Ahora, estaba divorciada, era libre de plantearse su vida sexual como le diera la gana, y el hombre que la estaba enloqueciendo de deseo con sus caricias parecía muy interesado en averiguar detalles íntimos sobre ella. Así que, ¿por qué no?

Su sentido común no tardó en llamarla al orden. Era su necesidad de experimentar y de dejarse seducir por un hombre, tras años de sentirse ignorada, la que pensaba por ella. Después de todo, ¿qué podían importar los detalles, si nunca había estado en sus planes que las cosas fueran más allá de una noche de lujuria con un hombre hacia el que se sentía inmensamente atraída? No buscaba una pareja, solo un amante experto.

—¿Has escuchado la parte en la que decía que me están esperando en el salón?

Él estrechó el cerco de sus brazos y dejó un reguero de besos sobre sus hombros. Primero, uno, y después, el otro.

—¿Has escuchado la parte en la que yo decía que me vendría muy bien no parar? —murmuró Thomas—. Contesta mi pregunta.

Gayle suspiró cuando él dobló las rodillas para que sus caderas estuvieran al mismo nivel y empujó otra vez, presionando su miembro contra ella.

Eres imposible. Esta situación es imposible. Dios mío, ¿por qué me haces esto?

—Muy bien. En tal caso, dime, ¿tienes relaciones sexuales con una mujer, aunque esté menstruando? —preguntó ella, a su vez.

Él esbozó una sonrisa derrotada, que ella no pudo ver, al comprobar que la pelota volvía a estar en su tejado. 

Vale. A ver, te toca jugar. Céntrate, campeón.

Sus encuentros siempre habían sido oportunistas, por lo que no había tenido que plantearse esa cuestión. ¿Prefería abstenerse o le daba igual? Por cuestiones de higiene, quizás, se abstendría… Pero luego, estaba empalmado y, como bien había dicho Declan, no era el cerebro lo que estaba usando para pensar.

—Si la mujer eres tú, dalo por hecho.

Gayle suspiró. Dios, ese hombre no solo sabía muy bien lo que hacer cuando la tenía desnuda, entre sus brazos, también sabía perfectamente qué decir para que ella deseara desnudarse, si no lo estaba. 

Se dio la vuelta, sintiéndose poderosa. La reina del mundo. 

—Bien, entonces, todo aclarado —musitó—. Ahora, vuelvo al salón… No tardes —dijo, y deslizó la punta de sus dedos por la hebilla del cinturón masculino al tiempo que se alejaba.

Joder. ¿Cómo coño lo haces? No podía creer que aquel roce lo hubiera puesto al rojo vivo… 

Acostumbrado al sexo oportunista, en el que los tocamientos eran explícitos por necesidad, las sutiles insinuaciones de Gayle le estaban descubriendo un mundo nuevo.

Thomas la retuvo en un movimiento apasionado, vehemente, que la hizo estremecer. 

Tiró de ella hasta devolverla a su posición original, y mientras guiaba la mano femenina sobre su erección, le hundió la lengua en la boca hasta el fondo.


* * * * *


Gayle apenas se había ausentado de la sala durante quince minutos, pero al regresar, la picardía en los ojos de Jana le había ofrecido una bienvenida de lo más incómoda. 

Ocupó su sillón procurando no darse por aludida. Esos minutos con Thomas, compartiendo besos y caricias, habían conseguido tranquilizarla en lo relativo al gran problema de su vida. Sin embargo, era cada vez más consciente de que un nuevo problema se cernía sobre ella, uno al que no sabía cómo enfrentarse. Lo que sentía junto a Thomas era a la vez una bendición y un castigo. Teniendo en cuenta que sentir algo, más allá del gozo derivado de una interacción sexual puntual, nunca había formado parte de sus planes, no lograba comprender cómo era posible que las cosas hubieran cambiado tanto en apenas unos días.

El regreso de Thomas puso fin a sus pensamientos. Vio que él atravesaba el salón con normalidad e iba a sentarse en su sillón. Parecía totalmente en control de sus emociones. Viéndolo, nadie pensaría que unos minutos atrás, era el protagonista de una escena propia del cine para adultos. No pudo evitar que sus ojos se regodearan en aquellos músculos bien definidos que la camiseta gris de mangas largas delineaba tan bien. Tampoco pudo evitar notar que el bulto en sus pantalones había regresado a su tamaño normal. Normal, que no corriente. «No hay nada corriente en mí». Las palabras de Thomas regresaron a su mente. Tan solo cuatro días atrás le habían parecido una fanfarronada. Ahora, después de haber comprobado lo ciertas que eran, la excitaban. Ningún hombre estimulaba su libido como él. Prueba de ello era cómo se sentía en aquel mismo momento en un lugar de lo más inoportuno: húmeda y con una burbujeante sensación en el vientre.

—He pedido que nos sirvan bebidas y unos tentempiés. No tardarán en llegar —anunció Gayle, obligándose a recuperar su papel de anfitriona—. Mientras tanto, volvamos al tema que nos ocupa.

—¿Estás mejor? —se interesó Declan. 

Gayle luchó contra el incómodo calor que ascendía por sus mejillas.

—Sí, gracias. Estos días están siendo muy intensos para mí, eso es todo. —Y, una vez más, ignoró la mirada traviesa que le dedicaba su amiga. 

Tras unos instantes de silencio para considerar cómo plantear una cuestión que le preocupaba, Gayle volvió a hablar. 

—Aprecio mucho a Fay y a Perry. Me recibieron con los brazos abiertos en su familia, y siempre me han hecho sentir querida y respetada. Habría preferido ser yo quien les pidiera que se marcharan.

Sus palabras tomaron desprevenido a Declan, pero no a Jana. Ella había tenido ocasión de comprobar que, tras las maneras refinadas de su amiga, se escondía un gran temperamento. 

—Eso lo doy por supuesto —repuso Declan—. Pero no podías ser tú. No sabíamos exactamente dónde estaba Kyle, ni qué iba a hacer, y la forma de mantener la situación bajo control era que ellos se marcharan cuanto antes de allí sin llamar la atención, con la mayor normalidad posible. 

Gayle asintió y permaneció unos instantes en silencio.

—No me gustó que lo hicieras sin consultarme —manifestó—. Es mi nombre y mi prestigio los que están en juego. No dejo colgada a la gente sin dar la cara, sin ofrecer una explicación y, por supuesto, una disculpa. Es lo menos que se merecen.

¿Alguien había dicho «genio»? Estaba muerta de miedo y muy preocupada ante una circunstancia comprometida y difícil de manejar y, ni aún así, lograba esconderlo. A Thomas le encantaba ese genio. Lo excitaba muchísimo.

Bajó la vista para no delatarse. Al contrario de lo que Gayle creía, no tenía sus emociones bajo control. No todo lo controladas que acostumbraba a tenerlas. La razón estaba sentada a dos metros, con su espalda erguida, sus hombros desnudos, y sus piernas cruzadas, derrochando feminidad. Y volviéndolo completamente loco de deseo. Deseo de ella, de la mujer, pero también de la persona que había debajo de sus elegantes prendas de alta costura.  

Ajeno a los pensamientos que campaban a sus anchas en la mente de su hombre, Declan asintió con la cabeza, en un gesto apreciativo hacia Gayle. Pensó que la mujer que miraba no se parecía en nada a la imagen que él se había formado de ella durante su matrimonio con Kyle Baxter.

—Lo sé y lo siento, Gayle. Me gustaría poder decirte que no volverá a suceder, pero no puedo garantizarlo. Me has contratado para que te proteja de un acosador. En una situación de peligro, las decisiones estratégicas tienen prioridad sobre el protocolo social.

Ella apartó la mirada, evidenciando que esa disculpa no la satisfacía. Declan comprendía su disgusto, pero las cosas se habían dado de tal modo que no había habido tiempo para pensar en adecuarse a las convenciones sociales.

—A título personal, esto tampoco es fácil para mí —continuó—. Soy amigo de la familia. Les debo una explicación a Fay y a Perry y, francamente, todavía no sé cómo voy a hacerlo. Eres mi cliente, y ellos, los padres del acosador. La información que puedo ofrecerles es muy limitada. Digamos que será una explicación descafeinada con una disculpa todavía más descafeinada.

Gayle negó con la cabeza, contrariada.

—¿Y ahora, qué me aconsejas que haga? —dijo alzando la vista hasta Declan, que enseguida desvió hacia Thomas, dando a entender que la pregunta estaba destinada a los dos.

Thomas no necesitó pensar su respuesta. Nunca se había fiado de Baxter y después de la mirada asesina que le había dedicado al marcharse, tenía más claro que nunca lo que Gayle debía hacer.

—Denunciar a tu ex y solicitar una orden de alejamiento —afirmó de forma categórica, repitiendo lo que venía diciendo por activa y por pasiva desde el primer día—. Al margen de lo que decidas hacer con los Baxter, necesitas protegerte. Eso es lo primero.

Gayle suspiró. Llevaba días dando vueltas en círculo. Parecía inevitable que el escándalo acabara campando a sus anchas por su vida.  Al fin, asintió.

Declan estaba de acuerdo solo a medias con lo dicho por Thomas. Antes de la reunión, su respuesta habría sido idéntica a la de su hombre. Ahora, la baraja había cambiado y era necesario intentar capitalizarla.

—La conversación que pretendías mantener tuvo que acabar antes de tiempo… —empezó a decir Declan.

En aquel momento, lo interrumpió el sonido del timbre de la suite. 

—Disculpa, Declan. Son nuestros tentempiés. —Gayle hizo el ademán de ponerse de pie, pero Thomas la detuvo con un gesto.

—Voy yo —dijo él.

Era el camarero del servicio de habitaciones, que después de saludarlos con cortesía y explicarles en qué consistían cada una de las delicias que componían la variada selección de tentempiés salados y dulces que iba depositando sobre la mesilla, distribuyó las bebidas a cada huésped, según su elección.

La conversación se reanudó cuando Thomas regresó a su asiento, después de despedir al camarero. Entonces, Declan continuó con su pregunta.

—¿Qué has llegado a decirles a Fay y a Perry, sobre Kyle? 

Tan solo pensar en lo sucedido, era suficiente para que Gayle tuviera palpitaciones y se le secara la boca. Se inclinó para coger su zumo de manzana natural y bebió dos buenos sorbos. Permaneció en silencio durante unos instantes, recordando el momento, e intentando valorar la cantidad de información fehaciente que había podido ofrecerles a sus exsuegros. 

—Poco y nada. Kyle interrumpía constantemente para negar o minimizar mis comentarios, o los de sus padres. Fue muy desagradable. Recuerdo haber dicho que, últimamente, me encontraba demasiado a menudo con él, que no me gustaban esos encuentros, y que quería que cesaran. Y también hice referencia a que habían comenzado en enero, cuando él me había visto comiendo con un viejo amigo… Supongo que, a pesar de todo, fue suficiente para que Perry se diera cuenta de que estaba sucediendo algo serio… Pero, honestamente, no estoy segura de cómo lo han tomado.

—Se lo tomaron en serio —intervino Thomas—. Tan en serio, que la charla que después tuvieron con su hijo lo puso frenético. Te lo dije cuando hablamos.

—Sí, tienes razón —concedió Gayle, esbozando una sonrisa incómoda—. Estoy un poco nerviosa.

¿Solo «un poco»?, pensó él. Maldito hijo de puta.

—Bien —dijo Declan—. Lo primero es despejar cualquier duda que sus padres puedan tener, aportando pruebas de que el acoso es real…

—No —interrumpió Thomas—. Lo primero es que denuncie a su exmarido y pida una orden de alejamiento. Eso pondrá en marcha los mecanismos necesarios para protegerse.  

Cada minuto que pasaba, Thomas tenía más claro que esa última mirada que Baxter le había dedicado antes de irse, era una señal de que no se quedaría de brazos cruzados por mucho tiempo. Seguro que en ese momento se estaría devanando el seso, buscando la forma de vengarse de Gayle. Sin autoinculparse, pues tenía que evitar que el archivo de audio llegara a manos de su exsuegro.

Declan le dedicó a su hombre una mirada fulminante.

—Ya lo has dicho y todos te hemos oído. Ahora, estoy hablando yo.

Gayle se quedó cortada ante aquella respuesta tan descortés. Miró a Thomas, temiendo que la suya también fuera por el estilo, y acabaran enzarzados en una discusión. Le sorprendió comprobar que Thomas no solo no se daba por aludido, sino que se había puesto cómodo en el sillón, como si se dispusiera a ver una película. Entonces, recordó que lo había visto hacer lo mismo la noche anterior, cuando su padre daba un auténtico espectáculo de grosería aristocrática. Esa había sido su respuesta. Demostrarle a su jefe que si pretendía usar la jerarquía para imponerse en la discusión, no lo conseguiría: él ya había dicho lo que quería decir y no tenía más que añadir. Al ver que Declan respiraba hondo con evidente disgusto, Gayle asintió para sus adentros, complacida. Se fijó en Jana y descubrió que ella miraba a Thomas, analizándolo. Pensó que el resultado del análisis debía ser de naturaleza positiva, puesto que había aprobación en sus ojos. 

La voz de Declan la arrancó de sus pensamientos.

—Quedaré con Fay y con Perry, y les mostraré algo del material que hemos reunido estos días —continuó él—. Lo imprescindible para que tengan claro que tu acusación es cierta y que se sostendría ante un tribunal, en caso de que decidas ir más allá. Puedo hacer una selección y mostrártela para que des tu aprobación… O también, podemos hacerlo entre los dos… Lo que tú prefieras.

Gayle tampoco quería torturar a los Baxter con imágenes que los hicieran sentir más avergonzados de los que ya debían sentirse. Sin embargo, vivirlo en primera persona era suficientemente duro para, además, ver los registros gráficos de su infierno personal. 

—Mmm… No creo que tenga ánimos para ver ese material…

—Puedo ocuparme yo, si quieres —ofreció Thomas.

Ella asintió, agradecida, luego dirigió su mirada hacia Declan.

—¿Te importa hacerlo con Thomas?

Teniendo en cuenta que lo había suspendido de empleo y sueldo, a pesar de lo cual, su hombre seguía agitando el avispero como si nada hubiera pasado, sí, le importaba. Declan decidió dejarlo estar, por el momento.

—Claro que no —repuso, sin mirar a Thomas, y continuó con el tema—. Lo segundo es que alcances un acuerdo con ellos. Esto no puede quedar como una conversación entre amigos, Gayle. Tienen que hacerse responsables de su hijo. Tienen que asegurarte que se ocuparán del asunto y decirte qué van a hacer al respecto. Puedo acompañarte a la reunión, si lo deseas, pero la negociación es asunto tuyo. Yo no puedo intervenir.

 Tras una pausa, Declan llegó a la temida conclusión. 

—Y dependiendo de cómo resulten las cosas, —me refiero, concretamente, a qué garantías te ofrezcan Fay y Perry—, tendrás que tomar la gran decisión. Sé que no es eso lo que quieres, Gayle. Pero es necesario que tengas claro que corres peligro. Hay que mantener a Kyle alejado de ti. Da igual si es por intervención de un juez o de sus propios padres, pero debe suceder.

Gayle asintió. Volvió a coger el zumo de manzana y bebió un poco. 

Sin embargo, ni siquiera el dulzor de aquella bebida exquisita logró suavizar la descorazonada sensación que la envolvió ante el amargo panorama que se abría ante ella.

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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 26



Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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26


«Tranquilos, yo me quedo con ella y así, cotilleamos», había dicho Jana. A Thomas le aliviaba saber que, al menos, Gayle no estaría sola, pero no era suficiente. Tenía una sensación extraña en el cuerpo.
—Espera —le pidió a su jefe, tomándolo por un brazo después de salir del ascensor en la planta baja del hotel.
Declan giró la cabeza para mirarlo, pero continuó andando.
—Tío, no sigas tirando de la cuerda. Hoy me tienes muy cabreado —se limitó a decirle.
Thomas maldijo en voz alta, apuró el paso y obligó a Declan a detenerse, situándose delante de él.
—Espera. Pídele a Colby que venga. Yo me quedaré aquí hasta que llegue, y luego, me reuniré contigo en la empresa.
Declan soltó el aire en un bufido y permaneció en silencio unos instantes. Por más enfadado con Thomas que estuviera, sabía que él no sería tan descerebrado de hacer semejante petición sin una razón de peso. No eran ganas de molestar porque Gayle hubiera decidido seguir su consejo. Al fin, miró a su hombre.
—¿Qué pasa?
Thomas negó con la cabeza. No podía explicar lo que sucedía. Era algo que el común de la gente no entendería, pero su jefe, sí.
—Algo no va bien.
—Sí, es tu cabeza, tío —repuso, malhumorado—. Pero en eso no puedo ayudarte.
Los ojos brillantes de Thomas se posaron sobre los de Declan.
—Llama a Colby —espetó—. Y para que veas lo bien que va mi cabeza, te voy a dar una razón para que quieras hacerlo. Una razón de solo cuatro letras: Jana. Están juntas —dijo, señalando con el índice hacia el techo—. Si Gayle está en peligro, tu chica, también. ¡Y lo está, joder! ¡Vengo diciéndolo en todos los idiomas desde el primer día!
El efecto fue inmediato. Declan no necesitó más para hacer lo que Thomas pedía. De hecho, no haber concedido a la primera solo había sido una forma de desquitarse por lo enojado que su hombre lo tenía. Al oír la razón de cuatro letras, ya estaba haciendo la llamada.
—¿Te interesa seguir llevándote un montón de pasta por la cara, Colby? —lo saludó Declan—. Perdona, espero no haberte sacado de la cama.
Sí, y sí, pero no importa —oyó que le respondía la voz somnolienta de Darren Colby—. Dame un minuto que cojo la agenda.
—El servicio es hoy, para ya.
Vaya. Entonces, no necesitaré la agenda —repuso en tono adormilado—. ¿Qué… quieres que haga?
Declan miró a su hombre y exhaló el aire por la nariz.
—Thomas te lo dirá cuando llegues. Está en el Langham, en el hall, esperándote. Aparca lo más cerca que puedas porque tendrás que quedarte por la zona, ¿de acuerdo?
¿Es el mismo servicio de anoche?
El mismo cliente. No sé si durará toda la noche. Ya te lo dirá Thomas, ¿de acuerdo? ¿Tienes su móvil?
Thomas no tardó en indicarle con un gesto que él se ocuparía de llamar a Colby. Tenía su móvil —los habían intercambiado la noche anterior, frente a aquel mismo hotel—, pero, en teoría, Declan no sabía que habían estado vigilando juntos, y prefería que siguiera siendo de ese modo.
Declan acusó recibo de la indicación de Thomas con un asentimiento de cabeza.
—Es igual. Ya te lo dará él. Te dejo, y gracias, tío. Aprecio de verdad tu disponibilidad.
Con lo bien que la pagas, como para no estar disponible… —repuso Darren, ya completamente despierto—. Gracias a ti. Ya hablaremos, tío.
Declan volvió a mirar a Thomas.
—Deduzco que tienes su número…
—Tengo uno, pero sé que los cambia a menudo, así que vamos a comprobarlo, por las dudas —repuso él con su mejor cara de póker.
Eso hicieron, tras lo cual Declan volvió a guardar el móvil.
—Que te quede claro que sigues suspendido de empleo y sueldo, ¿estamos?
Sí, su jefe se lo había dejado muy claro. No pudo evitar pensar en lo acertado que había estado al pedirle que lo relevara del servicio de Gayle Middleton. En aquel momento, por supuesto, no se había imaginado que a ella no le daría igual que otro hombre se hiciera cargo del servicio y le pediría explicaciones. Ni que esas explicaciones conducirían a una noche en su suite haciendo temblar los cimientos del edificio. Ni, mucho menos, que se encapricharía de ella hasta el punto de acabar a su servicio, solo que sin cobrar por ello. ¿Lo lamentaba? Thomas decidió no responderse. Sospechaba que a una parte de sí mismo no le gustaría para nada la respuesta.
—Estamos.
—Bien —dijo Declan, y se puso en marcha. Thomas lo siguió—. Voy para la empresa. Haré una preselección del material para que lo veas cuando llegues. —Tras lo cual, pondría rumbo hacia la casa de Fay y Perry. Tendría que llamarlos antes. No podía presentarse allí, sin más.
—Vale. Nos vemos en un rato —se despidió Thomas y fue hasta los sillones a esperar a Darren.
Esta vez, se sentó en uno que estaba junto a una ventana y le pidió un refresco al camarero que enseguida se acercó a preguntarle si deseaba algún refrigerio.
Miró alrededor, escaneando el lugar, consciente de que esa sensación incómoda no solo no lo dejaba tranquilo, sino, al contrario, crecía sin parar.
No tenía sentido, se dijo. Baxter no se acercaría a Gayle otra vez. Al menos, no aquel día. El tipo tendría a sus padres encima, interrogándolo, presionándolo, controlando sus movimientos, alarmados por el descubrimiento de que acosaba a su exmujer. Además, tenía que imaginarse que, tras su actuación en el restaurante, el entorno de su exmujer habría cerrado filas en torno a ella, haciendo prácticamente imposible que él pudiera acercarse.
Pero, fuera irracional o no, la sensación de peligro seguía allí, y mientras no se disipara, él no bajaría la guardia.
El sonido de un wasap lo arrancó de sus pensamientos. Era Gayle.

«Haré lo que me dices, Thomas. Mis abogados han preparado la solicitud y están esperando mi llamada para presentarla. Pero, ahora que sus padres saben lo que está sucediendo, necesito hacer un último intento de que mi vida no se convierta en un titular de los periódicos. Te prometo que, si no funciona, mañana a primera hora haré esa llamada. No te enfades, por favor.»

Thomas no estaba seguro de si era el tono conciliador, que podía adivinarse en la última frase del mensaje, o el emoticono de súplica del final, lo que consiguió ablandarlo. El maldito emoticono se las traía… Era una carita triste con las manos enlazadas. Pero los ojos estaban maquillados y las pestañas lucían muy curvadas, recordando sospechosamente a sus ojos, los de Gayle. Pensó que era una suerte que estuviera sentado porque, de no estarlo, la flojera que se había instalado en su cuerpo habría provocado que acabara con sus cien kilos desparramados en el elegante lounge del hotel.
El tono conciliador tenía sentido, pues a él se lo llevaban los demonios al abandonar la suite. Estaba muy cabreado. Primero, había sido un brunch en un sitio público, ¿y ahora, una conversación-negociación por videoconferencia? ¿En serio? Llevaban días dando vueltas en círculos, sirviéndole en bandeja al paranoico de Baxter la oportunidad de llevar a cabo cuantas paranoias se le pasaran por la cabeza. La impotencia y la frustración se lo estaban comiendo vivo. Se sentía solo, luchando contra una amenaza muy real que nadie más parecía ver. ¿Y si no era capaz de proteger a Gayle? Eran tantas las cosas que podían salir mal… Baxter solo necesitaba encontrar un resquicio por donde colarse. Un solo resquicio. Un minuto. Le desesperaba la idea de descubrirlo demasiado tarde y no ser capaz de evitarlo.
Pero que Gayle hubiera puesto un plazo límite para solicitar la orden de alejamiento, era un cambio a lo sucedido en días anteriores. Al menos, en unas horas, el asunto entraría en fase de resolución de una forma o de otra. Eso lo tranquilizaba un poco. No mucho, pero algo.
Y la súplica del final del mensaje…
De repente, se descubrió sonriendo mientras escribía su respuesta:

«Te dije que no era un tipo corriente. Mi cabreo tampoco. Tú verás lo que haces, si quieres que se me pase».

* * * * *

Treinta minutos más tarde, Thomas al fin vio a Darren Colby entrando en el hall de hotel, quien enseguida lo localizó con la mirada y fue hacia él.
Vestía, como lo que era, un especialista en seguridad en horas de trabajo, y tampoco aquel día se había afeitado. Pero, seguramente debido al lugar donde había sido convocado, había adecentado su estilo de vestir y no llevaba el pelo sujeto en un moño, como era habitual, sino bien peinado y suelto.
Después de estrecharse las manos, Colby ocupó el sillón frente a Thomas y le dio un vistazo rápido.
—¿Tienes una colección de mudas con camisetas grises de mangas largas y pantalones negros, o es que todavía no has podido pasar por tu casa a cambiarte? —Ante la expresión de pocos amigos de su colega, decidió llamar a retirada—. Tranquilo, era por romper el hielo.
Un camarero se acercó a preguntarle si deseaba tomar algo, y enseguida volvió a dejarlos a solas cuando Darren declinó su ofrecimiento.
—Bueno, tú dirás…
—Voy a tener que ausentarme un rato y necesito que te quedes aquí, vigilando.
Darren concedió con un gesto de la cabeza.
—Ningún problema. En ese caso, le pediré un café al amable caballero que me preguntó qué quería beber.
—No me refiero a aquí mismo, tío —aclaró Thomas, y señaló con un gesto hacia arriba, donde estaba la suite.
—¿Quieres que…? —frunció el ceño—. ¿Qué es, exactamente, lo que quieres que haga?
—Que subas a la planta donde está la clienta y vigiles sin llamar la atención. Si alguien se acerca a la puerta de la suite, te muestras y dejas que te vea. Si se trata de alguien que no debe estar ahí, con suerte, dará la media vuelta y se largará. De lo contrario, le pides que se identifique, me avisas y lo retienes allí hasta que la clienta o yo te digamos algo.
—¿Por alguien te refieres al exmarido acosador?
Él… O alguien enviado por él, pensó. Le sonaba demencial, no tenía ningún sentido pensar que Baxter haría algo semejante. Menos aún, que se arriesgaría a hacerlo allí, al alcance de las cámaras, en vez de en la calle o en cualquier otra parte, cuando ni Gayle ni nadie se lo esperara. Era de locos, desde luego. Pero su intuición le gritaba que algo no iba bien, sus alarmas interiores no dejaban de pitar y, sabiendo que estaban tratando con un tipo trastornado, toda precaución era poca.
—En lo que a nosotros concierne, «alguien» se refiere a cualquiera que se acerque a esa suite sin haber sido invitado.
—Entendido. ¿Tienes tú mi autorización o tengo que ir a la recepción?
Thomas torció la boca.
No me vengas con esas ahora, hermano.
—Serán un par de horas, como mucho. Hasta que yo venga a relevarte.
Las cejas de Colby formaron dos arcos perfectos sobre unos ojos de mirada sorprendida.
—¿Estás de coña?
—Dos horas, tío. Déjate memeces.
—Ni hablar. No puedo estar en esa planta sin la debida autorización y, si no la tengo, me volveré a la cama a seguir durmiendo, tan ricamente. Tú verás.
—Venga, hombre… La clienta ya lo está pasando muy mal sin necesidad de decirle que vamos a apostar a un tipo ahí para controlar el acceso a la planta. Pensará que creemos que alguien puede intentar colarse en su suite para atacarla, y entrará en pánico.
—¿Y no es eso, justamente, lo que creéis? —repuso Colby cada vez más sorprendido por lo que oía.
—Estamos ante un paranoico. Tomamos precauciones, nada más.
Darren negó con la cabeza.
—La clienta tiene que saberlo. Y tiene que autorizarlo. Así son las reglas del juego —dijo, definitivo.
—Joder, Colby. ¿Tanta movida por dos putas horas, tío?
—Joder, Eaton —lo imitó—. Dime una cosa, ¿Declan está al tanto de lo que me estás pidiendo? Porque estoy seguro de que él tampoco querrá que suba a esa planta sin la debida autorización.
Thomas exhaló el aire por la nariz de forma ruidosa. Se puso de pie, sacó su móvil del bolsillo, y se alejó unos cuantos pasos, decidiendo qué le diría a Gayle para conseguir lo que se proponía, sin asustarla.
Por desgracia para él, cuando ella atendió no se le había ocurrido absolutamente nada.

* * * * *

Si todo iba según lo recomendado por Declan, Gayle tenía por delante una nueva reunión con Fay y Perry vía videoconferencia, que sabía que no sería agradable en absoluto. Estaba tensa, llevaba así todo el día, y se dejó convencer por Jana de que lo mejor era intentar relajarse un poco antes de acometer la mastodóntica tarea de quemar su último cartucho.
Acababa de darse una ducha y estaba aplicándose crema corporal, cuando su móvil empezó a sonar. Se erizó entera de deseo al ver el nombre que mostraba la pantalla. Atendió, poniendo la llamada en altavoz.
—Hola… Qué oportuno. Estaba pensando en cómo ayudarte a dejar atrás ese enfado tuyo que, según me dices, es tan poco corriente como tú… Pero ya que me has llamado, quizás, puedas ofrecerme alguna pista… —dijo, tomándole la delantera mientras extendía una generosa cantidad de crema hidratante sobre sus pechos y su abdomen con suaves masajes.
La dulzura de aquella voz, sumada a su descarado coqueteo, fue como una larga caricia en la espalda de Thomas, quien se alegró de haberse alejado de su colega. Lo último que necesitaba era soportar sus pullas.
Dejemos eso para luego —repuso él, decidido a no dejarse llevar por el loco deseo que sentía por ella—. Ahora, necesito que hagas algo por mí.
Gayle cesó los masajes. El corte de Thomas había sido drástico. ¿Se debía a su enfado o estaba sucediendo algo? Tragó saliva cuando un escalofrío le recorrió la espalda, uno que, esta vez, no estaba relacionado con su libido, sino con el miedo.
—Por supuesto. Dime, ¿en qué puedo ayudarte?
Necesito que hagas lo que voy a pedirte sin hacerme preguntas.
Ella frunció el ceño y dijo lo primero que le vino a la mente.
—¿Por qué?
Thomas puso los ojos en blanco.
He dicho «sin hacerme preguntas», Gayle. Ya te lo explicaré luego. Ahora, no tengo tiempo. Necesito que te pongas manos a la obra, y hagas los que te pido.
¿Qué diablos estaba sucediendo? «Sin preguntas», se recordó y, al fin, suspiró.
—De acuerdo. Te escucho.
Vale. Voy a pasarte los datos de un compañero por WhatsApp. Llama a la recepción del hotel y avísales que tiene tu autorización para quedarse en tu planta hasta que yo lo releve. Di que es tu guardaespaldas.
La frente de Gayle se convirtió en un acordeón.
¿Cómo dices?
¿Por qué era necesario que alguien estuviera en su planta?
—Thomas…
La preocupación era patente en su tono y él sabía que no tardaría en convertirse en miedo, cuando su sorprendido cerebro sumara dos y dos. Decidió cambiar de estrategia.
No tengo el don de la ubicuidad y quiero que alguien esté contigo mientras yo estoy con Declan. Si no hubieras despachado a Andreas, sería él. Pero lo has despachado, por lo que tendrá que ser otro. Y como supongo que no querrás a un extraño allí, contigo, oyendo tus cotilleos con Jana, tendrá que ser fuera de la suite. Es así de simple.
En realidad, Thomas quería a Colby fuera, vigilando la planta, pero en aras de evitar que cundiera el pánico en Gayle, prefirió dejarlo caer como una opción, confiando en que ella la rechazaría.
Y que conste que hablar contigo me está tomando más de un minuto y, como ya he dicho, no tengo tiempo. Todo sea por que su excelencia no vuelva a acusarme de ser un grosero… ¿Harás lo que te pido, por favor? —dijo, en un tono entre burlón y desafiante.
Gayle no pudo evitar sonreír. Thomas se mofaba de sus modales, pero atendía rigurosamente todas sus exigencias. Suspiró e intentó calmarse. Después de todo, si él estaba dedicando tiempo y energía a provocarla, era porque podía hacerlo. No había razón para sacar las cosas de quicio.
—Quién podría negarse ante una petición tan educada… —musitó.
Thomas se mordió los labios ante la provocación de Gayle. Era una lástima que no tuviera tiempo para seguirle el juego. Se moría de ganas de hacerlo.
Ahora mismo te envío esos datos. Tengo que dejarte. Luego, hablamos.
Y sin darle tiempo a nada más, cortó y respiró profundamente.
Ella le gustaba cada vez más.
Y eso empezaba a convertirse en un auténtico problema.

* * * * *


Después de que Gayle respondiera al wasap, confirmando que Colby ya podía pasar por la recepción, Thomas cogió su abrigo.
—Ya está todo en orden. No tendrás que violar ninguna ley, protocolo o reglamento, sea escrito o transmitido por vía oral por nuestros antepasados —comentó mientras se lo ponía.
Darren sonrió con desdén, pero no se dio por aludido de la pulla.
—¿Tienes claro lo que hay que hacer? —insistió Thomas, poniéndose de pie. Colby concedió con un movimiento de la cabeza—. Muy bien. Entonces, me voy. Nos vemos en un rato.
Se alejó unos pocos pasos y, entonces, se detuvo.
—¿Pasa algo? —preguntó Darren.
Thomas no respondió de inmediato. Últimamente, las ideas llegaban a él como golpes de intuición. Esta, en particular, había sido repentina y no tenía explicación aparente. Negó con la cabeza, contrariado, y, al fin, tomó una decisión.
—Sí —dijo, volviendo sobre sus pasos—. Ya que eres tan escrupuloso a la hora de cumplir con tu trabajo, te voy a encargar una tarea delicada.
Colby frunció el ceño.
—Qué enigmático, tío.
—Presta atención porque esto es importante, ¿de acuerdo? —dijo Thomas.
Y, a continuación, volvió a sentarse frente a Darren.

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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 27



Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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27



Cuando Thomas llegó al despacho de Declan, lo encontró frente a una mesa llena de papeles, clasificando una pila de documentos. Él le dedicó una rápida mirada y le indicó que se sentara en la silla frente a su escritorio con un gesto de la mano.

—Dame un minuto —dijo.

Thomas dejó el bolso en el suelo, junto a la silla, y tomó asiento. Se quitó la cazadora, que colgó en el respaldo, y estiró las piernas. Su cuerpo empezaba a acusar los efectos de sus últimos tres días atípicos en los que no había comido, ni dormido, ni hecho ejercicio como debía, y, en cambio, había alimentado sus sistemas, principalmente, a base de adrenalina.

Echó un vistazo con disimulo a unos documentos que estaban sobre la mesa. Reconoció el nuevo formulario para el informe de actividad de los empleados, que Debbie había creado. Ahora, se cumplimentaban electrónicamente y se enviaban al servidor de la empresa, desde el cual se podían comprobar en línea, descargar o, directamente, archivar. El que estaba viendo era de Darren Colby. Se preguntó si sería el de su servicio nocturno en The Langham. ¿Lo mencionaría a él? Se suponía que no debía haber mención alguna a su presencia por los alrededores del hotel la noche anterior. Pero, dado que a Colby le pagaban para vigilar si el exmarido de la clienta aparecía y Baxter, en efecto, había estado allí, no podía descartar del todo que su nombre apareciera en el maldito informe.

En fin, pensó, ¿qué mal podía hacerle una mancha más al tigre? Las cosas con su jefe no podían estar peor de lo que estaban. 

—Vale, ya estoy. Mira, estas son las fotos que he seleccionado. A ver, qué opinas —dijo Declan al tiempo que le tendía una tablet.

Normalmente, se entregaban documentos físicos a los clientes, pero, dado que Fay y Perry no eran clientes de Keegan Security, solo les mostraría las imágenes de algunas de las pruebas recogidas. Las imprescindibles para demostrar que la acusación de Gayle contra su hijo era real.

Thomas activó la pantalla. Las imágenes eran cinco y todas mostraban sobreimpresas la fecha y la hora en que habían sido tomadas. Excepto una, en la que podía verse la silueta de un hombre —presumiblemente, Baxter—, dentro de su Jaguar, aparcado frente al edificio de Gayle, las demás solo mostraban su coche en puntos de la ciudad donde su exmujer se hallaba en esos momentos. Estaba de acuerdo en que no era necesario machacar a los Baxter con imágenes perturbadoras, pero la pequeña selección hecha por Declan le parecía insuficiente. Las fotos tan solo mostraban el coche de Baxter estacionado en las cercanías de lugares donde, presuntamente, también estaba Gayle, algo que no se deducía de las imágenes y, por tanto, sería necesario demostrar.

—Habría que añadir una captura del vídeo de las cámaras de seguridad de la fundación y también una de nuestra pelea en la esquina de la boutique. Tienen que ver a su hijo, no solo su coche. 

—No estoy de acuerdo. Un juez necesita más; sus padres, no. Conocen el coche de Kyle y podrán reconocer los lugares que muestran las fotos porque los conocen. Han estado allí. 

Thomas sabía que a Declan no le iba a gustar lo que estaba a punto de decir, pero, en su opinión, lo que se pretendía conseguir con esas fotos estaba fuera de toda discusión. Fay Cox y Perry Baxter eran los padres de Kyle: inconscientemente, buscarían explicar de otra manera la presencia del coche de su hijo en esos lugares. Y eso no era una opción.

—El tipo es un mentiroso y un manipulador. Puede explicar la presencia de su coche de un millón de maneras creíbles. Hasta yo podría hacerlo. Necesitamos que sus padres vean pruebas que no se puedan explicar de otra forma, y para eso, su hijo tiene que aparecer en ellas. Veamos las imágenes de la fundación —repuso, taxativo.

Declan negó con la cabeza. Le había advertido a su hombre que no siguiera tirando de la cuerda y él no hacía más que tirar y tirar y tirar…

—No seas cabezón. Conozco a esa gente desde hace años y tú no. ¿No te parece que es suficiente razón para que te fíes de lo que yo digo, en vez de porfiar con lo que tú crees?

—No —repuso Thomas—. Estamos en esta situación porque Gayle ha decidido seguir tu recomendación. Y vale, es su decisión y la acataré. Pero si vamos a hacer algo con lo que yo estoy totalmente en contra desde el principio, lo menos que espero, es que se haga bien y acabar con este asunto de una jodida vez por todas. Quiero ver las imágenes de la fundación —exigió.

—¡¿«Vamos», dices?! ¡No sé qué coño pintas tú, incluyéndote en un asunto del que me pediste expresamente que te quitara! —explotó Declan. Se levantó con violencia del asiento y, soltando improperios, fue hasta el archivador—. Tío, te lo advierto, tu suspensión está a punto de convertirse en un despido. Estoy hasta las pelotas de ti.

Thomas permaneció en silencio, siguiéndolo con la mirada, sabiendo que por más razonables que fueran sus exigencias, a ojos de Declan, no podía alegar nada en su defensa.

Él abrió el primer cajón metálico, sacó una gruesa carpeta de gomas y regresó al escritorio con el rostro transformado por la ira. La soltó sobre la mesa, frente a Thomas, y permaneció de pie con los brazos en jarra.

Thomas retiró las gomas y abrió la carpeta. Allí estaban las impresiones de todas las imágenes que tenían, clasificadas por días, y guardadas en bolsas para fotos, debidamente etiquetadas. Localizó las dos bolsas que le interesaban, y las revisó. De las correspondientes a la visita de Baxter a la fundación, seleccionó una que mostraba a Kyle discutiendo con Gayle en la recepción. También aparecía él mismo en un segundo plano, con la vista fija en Baxter. De la segunda bolsa, eligió una foto en la que se veía a los cuatro —Baxter, Gayle, Declan y él mismo—, en medio de un corrillo de gente. Correspondía al momento en el que Baxter lo había amenazado con denunciarlo y Gayle había intervenido. El ambiente que transmitía la foto era de tensión.

—Añade estas dos —dijo, deslizando las fotos seleccionadas hacia su lado del escritorio. A continuación, hizo lo mismo con la carpeta.

Declan se sentó frente al ordenador, localizó las imágenes en los archivos digitales, y las añadió a la carpeta compartida con la tablet.

—¿Algo más? 

—Sí… —Vio que su jefe lo miraba de muy mala uva—. ¿Te importa si voy a darme una ducha en la buhardilla?

Thomas se refería al piso superior del mismo edificio, donde Declan había vivido durante mucho tiempo, a pesar de haberse comprado una casa. Ahora, se destinaba a uso del personal. Andreas y otros compañeros de trabajo que vivían en las afueras de la ciudad, solían pernoctar allí cuando tenían algún servicio que empezaba muy temprano.

—¿Están fumigando tu edificio? —preguntó Declan—. ¿O es que tampoco piensas dormir en tu cama esta noche? —Ante el persistente silencio de Thomas, negó con la cabeza—. Te hacía mucho más listo. Sabes que esto no va a acabar bien y, en vez de hacerte a un lado, sigues erre que erre.

Thomas se levantó del asiento y cogió su bolso, en una indicación de que no pensaba quedarse a escuchar monsergas de nadie. 

Declan exhaló el aire por la nariz y, después de abrir el primer cajón de su escritorio, le entregó un llavero con una única llave.

—Déjala en la mesa de Debbie, yo ya me voy. Recuerda activar la alarma y cerrar con llave la puerta de la calle.

—Sí, tranquilo, yo me ocupo. Gracias, Declan —concedió Thomas.

Y, a continuación, abandonó su despacho.


* * * * *


Ignorando el evidente desorden que halló al entrar, Thomas se encaminó directamente al baño. Era demasiado meticuloso para fijarse en esos detalles sin ponerse de mal humor y, en todo caso, no era su casa. 

El baño no estaba mucho mejor que el resto de la casa, pensó mientras retiraba con dos dedos la única toalla que había en el toallero y la dejaba caer en lo que se suponía que era el cesto de la ropa sucia. 

Sabía que alguien iba a limpiar cada semana. Además, se notaba que era así en el estado de los sanitarios, en los que se apreciaban pelos o alguna hilacha, y no mugre de fondo. Pero, por lo demás, era un desastre. Desde pegotes de dentífrico sobre el estante de vidrio, salpicaduras de agua jabonosa en el espejo, hasta restos de pelo del afeitado decorando el borde del lavabo, se podía encontrar de todo en aquellos cuatro metros cuadrados. 

Thomas pertenecía a una familia de militares y eso, sin duda, contaba, pero ni siquiera cuando tenía ocho años, sus padres le habrían permitido dejar el baño en esas condiciones, después de usarlo.

Se tomó unos minutos para despejar de polvo y pelos una zona pequeña donde poner sus cosas, y se desnudó. Abrió su bolso, que siempre llevaba en el maletero del coche con una muda de ropa limpia, y sacó una toalla negra extragrande. Se la acercó a la cara. A pesar de que llevaba allí, guardada, más de una semana, todavía olía a suavizante. La colgó del toallero y abrió la mampara de la ducha.

Descolgó la flor, y se disponía a dar un enjuagado rápido al plato de la ducha, cuando oyó sonar su móvil. Buscó entre su ropa y lo sacó del bolsillo de sus pantalones. Consultó la pantalla y la fugaz sonrisa que apareció en su rostro, quedó pronto sepultada bajo un ceño fruncido.

—¿Qué pasa, Gayle? ¿Estás bien? —le preguntó a quemarropa.

El suspiró que oyó a continuación le anticipó que la respuesta no sería positiva.

—Acabo de discutir con mi padre…

Thomas se preguntó quién de los dos había ganado la discusión. Se notaba a simple vista que el hombre era un perro de presa. Sin embargo, Gayle, a quien no se le notaba en absoluto, no tenía nada que envidiarle a la tozudez del aristócrata. No pudo evitar pensar con cierto humor que quizás esa era precisamente su estrategia: nadie contaba con que hubiera tanta determinación y tanta dureza detrás de su vocecita dulce y sus modos refinados, hasta que ya era demasiado tarde.

Viene hacia aquí —continuó Gayle, despejando en tres palabras la duda de Thomas—. Acompañado de mi madre, para empeorar las cosas. Ha dicho que no se mantendrán al margen. Ya no. —Un nuevo suspiro—. Dios mío, esta situación acabará con mi cordura…

Thomas descolgó la toalla y la extendió sobre la tapa del inodoro. A continuación, se sentó mientras pensaba en lo dicho por Gayle. Si un hombre como su padre había dicho que ya no se mantendría al margen, leyendo entre líneas, lo que había querido decir era que cogería las riendas del asunto. Por lo tanto, la videoconferencia no sería entre tres, sino entre cinco. Bien pensado, no le parecía una mala idea. El padre de Gayle no necesitaba abrir la boca para infundir temor en sus oponentes. Siempre y cuando estuviera del lado de su hija —decidido a protegerla, y no preocupado por el que dirán—, su mera presencia serviría para que los padres de Baxter comprendieran la gravedad del asunto y la necesidad de hacer algo al respecto. Lo que le intrigaba era qué le había hecho cambiar de idea al aristócrata. 

—Anoche le mostraste el camino de la salida con mucha claridad, ¿por qué regresa ahora? Y con refuerzos —matizó. No conocía a la madre de Gayle, pero por la forma en que ella se había referido a su progenitora la única vez que la había mencionado, intuía que sería un bulldog, como su marido.

Otro suspiro.

No son refuerzos. Mi madre es un ejército completo por sí misma. Podría venir ella sola y ajustarles las cuentas a los Baxter, mientras mi padre se queda en casa, cómodamente, mirando la televisión… —Tras una pausa, añadió—: ¡Qué desastre, Thomas!

Él asintió. Su intuición seguía funcionando de maravilla: habría dos bulldogs en escena, y no uno.

—¿Qué saben de la situación?

No todo, pues yo no le he dado detalles, pero bastante. Por lo visto, como no le permití a mi padre que me acompañara al brunch, situó a alguien de su confianza en el restaurante para enterarse de lo que sucedía. ¡Qué tonta he sido creyendo que me haría caso y se mantendría al margen!

Thomas pensó rápidamente en lo dicho por Gayle y llegó a la conclusión de que, si su padre había situado a «alguien de su confianza» en el restaurante, esa persona pertenecería al gremio de la seguridad. En tal caso, no se habría limitado a observar. Probablemente, habría estado escuchando a distancia lo que se decía en la mesa. Entonces, cayó en la cuenta de algo. ¿Cómo sabía su padre dónde tendría lugar el brunch? Gayle no lo había dicho. Tampoco había mencionado la hora. Eso le decía que al aristócrata no se le había cruzado por la cabeza en ningún momento dejar el asunto en manos de su hija y que, por lo tanto, tampoco se lo había tomado con la ligereza que había dado a entender. ¿Había ido de farol todo el tiempo? ¿Por qué? 

La voz de Gayle lo arrancó de sus pensamientos.

Y no contento con eso, habló con Perry. Le advirtió que, aunque su decisión final al respecto está pendiente de lo que hable conmigo, su hijo está en serios problemas.

Lo que era otra manera de decir que Perry Baxter y, por extensión, los Cox, lo estaban, pensó Thomas, que asintió en un gesto aprobatorio. Por lo visto, milord se había tomado muy en serio la protección de su única hija. Al fin.

—Tu padre empieza a caerme bien… —bromeó.

Mi padre no le cae bien a nadie, Thomas. Si me apuras, ni siquiera a mí.

Al ver que el silencio se prolongaba, él volvió a hablar.

—Tu objetivo desde el principio ha sido usar la influencia de Perry Baxter para conseguir que tu ex te deje tranquila. La intervención de tu padre garantiza ese objetivo. ¿Qué es lo que te preocupa?

Todo —fue la respuesta de Gayle. La dio envuelta en un suspiro y pasaron varios instantes antes de que volviera a hablar. 

Instantes en los que él deseó intensamente estar con ella, abrazarla y asegurarle que todo iría bien. 

No lo sé, Thomas. No sé si es el resultado de tantos días con los nervios de punta, o si es que la situación ha podido conmigo, y he perdido la cabeza… Pero —suspiró—, tengo un mal presentimiento. 

«Pues ya somos dos», pensó él, al tiempo que asentía con la cabeza, agradecido de que ella no pudiera verlo. Lo que expresó en voz alta, en cambio, fue completamente distinto.

—¿Es tu forma de decirme que deje lo que sea que esté haciendo y salga cagando leches para el Langham?

La primera reacción de Gayle fue quedarse cortada. La siguiente, sonreír. No lo estaba viendo, pero juraría que su sonrisa de malote estaba allí, volviendo irresistible un rostro que ya era tremendamente atractivo, sin necesidad de más.

¡Qué sagaz! Contra mis presentimientos solo hay un antídoto: mantenerme entretenida para que no piense en ellos. ¿Y acaso hay una manera mejor de entretenerme, que con tus imponentes vistas? 

La vanidad de Thomas estaba a punto de abandonar la órbita terrestre, cundo repuso:

—¿Sabes? Las mujeres usan infinidad de palabras para hablarme a mí, de mí, pero las que usas tú… Nunca —se rio—. ¿Vistas imponentes? ¿Lo dices en serio? Ni que fuera la pirámide de Guiza…

«Menudo disparate. A tu lado, las pirámides egipcias son montoncitos de arena hechos por un niño de dos años», pensó Gayle. Pero no fue eso lo que dijo.

Es lógico. No soy como las mujeres a las que estás acostumbrado… 

Thomas bajó la vista con una sonrisa imposible en la cara.

—Deduzco que Jana no está ahora contigo… ¿Dónde ha ido?

Está en la cocina. Creo que ahora está hablando con Harley. Al darse cuenta de que la conversación con mi padre subía de tono, me ha dejado a solas. Es un encanto de persona.

—Ya. ¿Y cómo sabes con qué clase de mujeres salgo?

Gayle lo había sabido desde el principio por intuición, pues había pequeños detalles que apoyaban la idea. Detalles, como la total ausencia de signos que lo relacionaran con una vida sentimental o familiar. No hacía falta más que verlo para deducir que no se debía a la falta de candidatas idóneas. Sus averiguaciones posteriores le habían confirmado que estaba totalmente en lo cierto.

Thomas aparentaba menos edad de los treinta y nueve años que en realidad tenía, pero aún así, lo normal, según las estadísticas, era que se hubiera casado y tuviera un hijo o dos. O, en su defecto, que estuviera divorciado. Sin embargo, su estado civil nunca había dejado de ser soltero. De hecho, sabía por Jana, que no había ni siquiera novias en su expediente sentimental.

Por deducción —repuso, ya que no pensaba decirle que había estado indagando en su pasado—. Hemos estado varias horas juntos, y tu móvil apenas ha sonado. Así que, mi conclusión es que sales con señoras a las que no les das tu número. Obviamente, «salir» es un eufemismo.

—¿Un eufemismo de qué? —la desafió él.

Al oír su risa suave, el deseo volvió a espolear la sangre de Thomas. Entre las piernas, su miembro desnudo acusó recibo con vehemencia. ¿En qué momento ella había conseguido que hasta el más inofensivo de sus gestos lo pusiera como una puta moto?, pensó. No tenía la menor idea. Lo que estaba claro era que sucedía. Y de qué manera. 

De desfogarte, Thomas.

Si la risa de Gayle había devuelto a su miembro a la vida, sus palabras y, en especial, el tono sedoso de su voz, consiguieron que este se irguiera, preparándose para dar batalla. 

Thomas se cubrió la entrepierna con una mano, empujando su pene hacia abajo en un intento de impedir que la erección alcanzara su punto máximo. Respiró hondo, consciente de que debía acabar con ese momento, aunque lo que deseara de verdad, fuera continuar. Quería desafiarla. Saber cómo respondía a sus desafíos. Averiguar dónde estaban sus límites a la hora de hablar de sexo y comprobar si estaba dispuesta a sobrepasarlos cuando estaba con él. Quería…

Joder. Quería tantas cosas, que nunca había querido…

—¿Te refieres a lo que hicimos tú y yo? —tentó, descubriendo una necesidad nueva. De pronto, entre el millón de cosas que quería, que nunca había querido antes, estaba saber qué pensaba Gayle de la noche que habían compartido. Cómo la calificaba. 

Oyó su risa suave otra vez. Thomas inspiró profundamente.

No —musitó ella.

—No, ¿qué?

No sé cómo llamas tú a lo que pasó entre nosotros… Pero no, no es eso a lo que me refiero porque no creo que sea eso lo que haces habitualmente… Diría más: estoy segura de que no lo es.

—¿Y por qué no? 

Gayle se tomó su tiempo para responder. Ya le excitaba verlo o, incluso, pensar en él; hablar de la bendita noche en la que había descubierto tanto sobre sí misma, y no desear intensamente que él la hiciera suya, era demasiado pedir. Además, Jana no tardaría en regresar y estaba segura de que lo que sentía era tan evidente que su amiga se daría cuenta.

Eres un hombre fuerte. Probablemente, tu fortaleza esté muy por encima de la media. Sin embargo, la fisiología masculina es la que es. 

Tras una pausa en la que Gayle tragó saliva de forma imperceptible, intentando recuperarse, y Thomas ni siquiera pestañeó, pendiente hasta del menor cambio en la respiración femenina, ella acabó la frase.

Eso significa que ni siquiera tú puedes eyacular once veces en una noche, sin quedar completamente extenuado. Es decir, inhabilitado para hacer cualquier otra cosa distinta de dormir durante horas, y tienes un trabajo exigente…

Era una auténtica salvajada, pensó Thomas. Y lo más salvaje de todo: ni siquiera así, se había saciado de ella.

—¿Y cómo llamas tú a lo que pasó entre nosotros? —volvió a tentar él.

Al oírla suspirar, un repentino relámpago de deseo lo recorrió de la cabeza a los pies. Su miembro, cada vez más duro, empujaba hacia arriba la mano que intentaba contenerlo.

No sé cómo llamarlo —reconoció ella en un murmullo—. Se me ocurren muchas palabras, todas muy descriptivas, pero ninguna que haga honor a lo que realmente significó para mí. Propongo que la encontremos juntos. ¿Te parece bien?

Más que bien. Thomas estaba deseando oír todas y cada una de esas «palabras muy descriptivas». Se moría de ganas de saber cuánto, exactamente, había significado esa noche para ella.

«¿Desde cuándo te interesan las definiciones cuando se trata de echar un polvo, tío?», se burló una voz en su cerebro.

Las definiciones, en general, no; las de Gayle, sí. Le interesaban muchísimo. Era otro síntoma más, que confirmaba que estaba total e irremediablemente jodido. 

—Y yo propongo que cuelgues. Tengo cosas que hacer y si sigo hablando contigo, me dará la medianoche antes de volver al hotel.

Gayle sonrió. Bien, pensó. Él todavía seguía pensando en regresar junto a ella.

Propuesta aceptada —dijo.

Pero no colgó. Thomas negó con la cabeza, incapaz de dejar de sonreír.

—¿No vas a acusarme de ser un grosero, si cuelgo yo?

Las sonrisas se convirtieron en risas.

De acuerdo. Colgaré yo —concedió Gayle—. ¿Vas a tardar mucho en venir?

Las risas cesaron y entre los dos se instaló una sensación extrañamente intensa a la vez que familiar.

—En una hora, máximo, estaré allí.

Perfecto. Ahora sí, que voy a colgar —musitó ella.

Y esta vez, lo hizo.

Thomas dejó caer el brazo que sostenía el móvil al costado de su cuerpo. Respiró hondo. Negó con la cabeza incapaz de entender qué narices le sucedía. 

No era él. Desde la primera vez que había ido a recoger a Gayle a casa de Jana, como su guardaespaldas, no había vuelto a ser el mismo de siempre. La atracción que ambos sentían había ido a más. Llevársela a la cama le había quitado el freno al intenso deseo que sentía por ella, y su libido, ahora, estaba desatada. Hasta ahí, las cosas habían sido como él había pensado que serían. Había intuido desde el principio que el día que la tuviera desnuda y anhelante frente a él, su libido se desbocaría.

Sin embargo, lo que había sucedido después, no lo esperaba. No había contado con eso, en absoluto. 

Habían follado como locos con una necesidad que él nunca había sentido. Y desde que había conseguido arrastrar lo que quedaba de sí mismo fuera del hotel, en realidad, no la había dejado. Gayle había seguido con él todo el tiempo. En su mente, en su piel… Manifestando su presencia de formas distintas. 

En un impulso por verla o por oír su voz, y saber que estaba bien.

En una urgencia por protegerla de todos los males del mundo, que resultaba ridícula. Impensable en alguien como él.

En una necesidad de tenerla, imperiosa y urgente, que bordeaba la locura.  

Apartó la mano que había puesto en su entrepierna y, al fin, dirigió su mirada hacia ella. Ya lo sabía, pero comprobarlo fue un golpe de realidad: tenía una erección de campeonato, de las que no se resolvían pensando en otra cosa.

La tercera en lo que iba de día, a pesar de que el clima predominante había sido —y era— de preocupación y de tensión por Baxter.

La tercera de muchas, que no aliviaría follando, como había hecho toda la vida. Suma y sigue.

Suspiró. 

Hablando de salvajadas.

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©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷


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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 28



Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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28



Después de avisarle a Colby que Gayle estaba esperando la llegada de sus padres al hotel, Thomas se había ocupado de «su problema». Consciente de que no tenía tiempo que perder, había decidido resolverlo a las bravas. De modo que, cuando su móvil empezó a sonar otra vez, él estaba en la ducha, cubierto de espuma, y apretando los dientes, bajo el potente chorro de agua fría.

Con un gesto de disgusto, se enjuagó rápidamente, eliminando los restos de gel de ducha con movimientos enérgicos, y, al fin, cerró el grifo. Abrió la mampara y manoteó el toallón. Se secó las manos y la cara antes de coger el aparato que había puesto sobre el lavabo.

En el momento en que sus ojos entraron en contacto con el nombre que se iluminaba en la pantalla, un intenso hormigueo le recorrió el cuerpo.

Era Gayle. Apenas habían pasado cinco o diez minutos desde que ella había colgado, y ya lo estaba llamando otra vez. ¿Lo hacía para seguir coqueteando con él o había algún problema? Algo le decía que la razón de su nueva llamada era que había descubierto cuánto lo afectaban sus refinadas insinuaciones, y quería seguir explotando ese filón.

Pues, en sus actuales circunstancias, era una malísima idea.

Todavía no se había recuperado del todo de la conversación anterior. Mejor dicho, de las consecuencias de tener su sedosa voz acariciándole el oído. El agua helada sobre la cabeza había conseguido enfriarle las ideas y, en consecuencia, el calentón. Pero ver su nombre en la pantalla, había conseguido que su sangre empezara a burbujear de nuevo. En nada, todo él estaría exactamente igual que antes de meterse en la ducha. Solo se le ocurría una forma mejor de emplear tanta energía, que hacerlo con ella al teléfono. Pero ya que tenerla desnuda entre sus brazos no era una opción, quizás, una llamada no fuera tan mala idea, después de todo. Siempre y cuando, ella estuviera por la labor, claro…

¿Lo estaría? Se moría de ganas de averiguarlo. Si el juego de seducción se le daba tan bien a Gayle por teléfono como en persona, él seguiría demostrándole con mucho gusto que, efectivamente, su nivel de fortaleza estaba muy por encima de la media. Estaba loco por demostrárselo. 

Resopló. 

Lo que estás es imbécil, tío. 

No era de extrañar: apenas le llegaba sangre a la cabeza.

Imbécil y salido. Córtate ya. Y atiende la llamada de una puta vez.

Volvió a dejar el móvil sobre el lavabo, atendió poniendo la llamada en altavoz, y echando mano del único glóbulo rojo que debía circular por su cabeza, se anticipó diciendo:

—Voy a empezar a creer que no puedes vivir sin mí…

El momento de silencio al otro lado puso una sonrisa en la cara de Thomas. Empezó a secarse enérgicamente mientras pensaba que no solo la había tomado desprevenida, la había dejado muda. Casi podía ver sus ojos lanzando destellos de fuego y sus mejillas a punto de declarar un incendio incontrolado.

Thomas no se equivocaba. Sus formas directas y desafiantes, a pesar de conocerlas, pues ya se había dado cuenta de que eran un rasgo prominente de la personalidad del guardaespaldas, seguían logrando descolocar a Gayle. O, más exactamente, turbarla.

Sin embargo, pasado el primer momento de confusión, se recomponía, y le devolvía el desafío. Había descubierto cuánto disfrutaba desconcertándolo con sus reacciones. Sabía que Thomas no las esperaba. Y eso le provocaba un inmenso placer.

¿Por una llamada? Es curioso viniendo de alguien que ha admitido sin ruborizarse que «lleva días pegado a mi sombra»… ¿Fue así como lo llamaste?

Pegado a su sombra e incapaz de dejar de pensar en ella, sí. Lo primero lo había dicho y lo segundo, no, pero ambas cosas eran ciertas y ella, probablemente, lo sabía. Por deducción que, al parecer, era uno de sus pasatiempos favoritos. 

Suspiró. 

De no tratarse de un juego de seducción, sino de uno de estrategia naval, también se le ocurría una palabra para definir el brillante movimiento que ella acababa de hacer: «tocado».

«No tan pronto, chaval», reclamó una vocecita en su cerebro. 

—Vaya —contraatacó—. Pensé que ibas a decir «¿eso sería un problema para ti?».

Oyó su risa suave y volvió a erizarse entero. Su voz volvió a ponerlo al límite al decir:

No es cierto. No es eso lo que pensaste. Me tienes por una mujer muy medida, demasiado preocupada por su imagen personal para permitirse decir algo semejante. 

Animada por el expectante silencio que se había producido, continuó.

¿Te imaginas las repercusiones que tendría que se extendiera el rumor de que la hija de lord Middleton no puede vivir sin su guardaespaldas? No me crees capaz de permitir que algo así suceda.

De repente, las escasas gotas de agua fría que aún quedaban se evaporaron de la piel de Thomas, y los cuatro metros cuadrados del baño se convirtieron en un horno en el que se estaba cociendo a fuego lento.

—¿Y entonces, qué es lo que pensé? —murmuró.

—Que esto se me da bien.

—Esto, ¿qué?

—Tú. Tu forma de comunicación. Tus silencios. Y, por supuesto, tus preferencias. Tú te me das bien.

—¿Eso crees?

—Sí. Soy una buena alumna. Aprendo rápido. 

Thomas inspiró profundamente.

—¿Y me has llamado para decirme esto?

Gayle miró de refilón hacia la puerta. Jana no podía tardar mucho más.

No. Te llamo porque me he dado cuenta de que… —Suspiró—. Mis padres llegarán de un momento a otro y, si la situación ya es enervante tal como está, en cuanto pongan un pie aquí, lo teñirán todo con sus imposiciones, sus exigencias y su soberbia. Probablemente, voy a necesitar usar toda mi energía para evitar que me saquen de quicio y termine haciendo o diciendo algo que lamentaría siempre…. 

Tras una breve pausa, expectante y tensa, continuó.

—Pero todavía sigo siendo yo, alguien a quien Thomas Eaton se le da muy bien, y hay cosas que necesito decirte… Sé que si no he perdido la cordura aún, es por ti. Gracias a ti. Estos días has sido un refugio para mí, un lugar en el que no solo me he sentido a salvo, valorada, y respetada, sino también deseada… Por mí, por la mujer que soy, y no por lo que represento. Ningún hombre me había hecho sentir de esa forma. Nunca… Pase lo que pase después de la maldita videoconferencia, quiero que sepas que no me arrepiento de lo que habido entre nosotros. No me arrepiento de nada, Thomas. Estar contigo es la mejor decisión que he tomado en mi vida… 

Él tragó saliva.

«Tocado y hundido», fue el único pensamiento que apareció en su mente. Y esta vez, ninguna vocecita le llevó la contraria. El pensamiento se quedó allí, en el centro de su cerebro, como un cartel de neón, encendiéndose y apagándose al ritmo frenético de su corazón. 

Permaneció inmóvil y en silencio, incapaz de moverse. Totalmente incapaz de articular un pensamiento coherente y ponerlo en palabras.

Entonces, ella volvió a hablar.

Jana ya viene, voy a tener que colgar. Por favor, recuerda lo que te he dicho. Es muy importante para mí… Nos vemos en un rato —se despidió.

Y, a continuación, se oyó el sonido de llamada cortada.

Thomas respiró hondo, al tiempo que echaba la cabeza hacia atrás. Apretó los párpados.

Su corazón latía tan fuerte que parecía a punto de escapar de su pecho.


* * * * *


Gayle esbozó una sonrisa al ver que Jana entraba en el salón con una bandeja en las manos.

—Vaya anfitriona más lamentable estoy hecha… —comentó. Enseguida se puso de pie y fue al encuentro de su amiga. Le quitó con suavidad la bandeja—. Por favor, siéntate.

Fue entonces, cuando un aroma, que no pertenecía a las infusiones ni a las galletas de mantequilla, ascendió hasta su nariz.

—¿Bourbon? —preguntó.

Jana asintió varias veces con la cabeza y tomó a Gayle por un codo.

— Venga, vamos a sentarnos…

Gayle miró a su amiga extrañada, pero al fin la siguió hasta el área de sillones. Apoyó la bandeja sobre la mesilla y distribuyó los dos vasos de boca ancha que contenían un dedo del líquido ambarino sin caer en la cuenta, a pesar de saberlo, de que no tenía sentido que hubiera dos vasos, puesto que el alcohol estaba contraindicado con la medicación que tomaba Jana. Hizo otro tanto con las tazas de humeante té de jazmín, y el pequeño plato de cerámica pintada a mano donde Jana había puesto las galletas.

—¿Harley está bien? —le preguntó.

Vio que su amiga hacía un gesto dudoso con los labios. 

En efecto, Jana dudaba qué asunto abordar primero. Gayle creía que ella había estado hablando con Harley. Y lo había hecho, antes. Ahora, había estado con Declan. Él la había llamado. Dado que ambas llamadas estaban relacionadas, decidió responder la pregunta de Gayle. 

—Más tranquila. Ahora que sabe que su malestar estomacal no tiene que ver con la hamburguesa, se siente grandiosa… Descompuesta, pero grandiosa.

Gayle sonrió.

—Mira que confundir un embarazo con una indigestión… Bueno —matizó sin perder la sonrisa—, no es que yo sea una entendida en el tema. Pero, por lo que me han dicho, las diferencias entre lo uno y lo otro son notables…

—Ya, pero hablamos de Harley —dijo, encogiéndose de hombros con una sonrisa—. Con ella, todo es posible…

Gayle tomó el plato de las galletas y se lo ofreció a Jana, quien se lo agradeció con un gesto y cogió una, pero no se la llevó a la boca. En cambio, continuó hablando.

—Está al tanto de todo —dijo, sin entrar en detalles—. Y me ha pedido que te diga que las puertas de su casa están abiertas para ti, durante todo el tiempo que necesites. Te llamó antes, pero no pudo comunicarse. Lo intentará de nuevo más tarde.

—Gracias a las dos por ser tan cariñosas y hospitalarias conmigo. Nunca lo olvidaré —repuso emocionada—. Le agradezco su ofrecimiento —y el tuyo, por supuesto—, desde el fondo de mi corazón, lo digo de verdad… Sin embargo, voy a declinar, querida Jana. Ya bastantes trastornos os estoy causando… —Suspiró—. Además, si mi madre se ha involucrado en este asunto, es para controlar hasta el último detalle. No dejará nada al asar.  

Jana asintió y tomó las manos de su amiga. 

—Escucha… Quizás, te interese aceptar el ofrecimiento de Harley. 

Gayle la miró preocupada.

—¿Por qué lo dices?

Jana suspiró. Cogió uno de los vasos de boca ancha, y se lo tendió.

—Creo que será mejor que bebas un poco, Gayle.

Ella se estremeció. No hizo ademán de aceptar el vaso, y continuó mirando a su amiga fijamente. 

—Te vendrá bien —insistió Jana, con el brazo aún extendido.

Gayle exhaló el aire nerviosamente. Al fin, tomó el vaso y dio un pequeño sorbo. 

—¿Qué es lo que sucede, Jana? ¿Qué sabes tú, que yo no sé?

Ella asintió con una sonrisa compasiva.

—Estos últimos minutos no estaba hablando con Harley, sino con Declan —explicó—. No podía comunicarse contigo y me llamó a mí desde la casa de Fay y Perry. Brandon también está allí. 

—¿Brandon? ¿Qué tiene que ver él en esto? —preguntó alarmada. Conociendo la borrascosa relación de los hermanos, se temió lo peor.

—Ya estaba allí cuando Declan llegó.

Jana hizo una pausa. Detestaba ser portadora de tan malas noticias. Más, si se trataba de una clase de la que ella misma todavía intentaba recuperarse para poder seguir adelante con su vida. Tenía un nudo en el estómago. Un nudo llamado «miedo».

—No logran dar con Kyle —dijo al fin, tan consciente de lo que esas palabras significaban para su amiga, que sintió el pecho comprimido, como si una fuerza invisible estuviera oponiendo tal resistencia, que le impedía respirar con normalidad—. Desde que se marchó del restaurante, le han perdido la pista. Su móvil está apagado y nadie le ha visto desde entonces. 

¿Cómo…? ¡¿Qué…?! ¡Por el amor de Dios!

Gayle tragó saliva. Miró alrededor con la vista desenfocada por el pánico. Un instante después, apuró el contenido de su vaso, lo dejó en la mesa y cogió el otro, del que dio un buen sorbo antes de soltarlo. 

No puedo con esto, ya no puedo… No, no, nooo… ¿Por quééé? ¿Qué quieres de mí? ¡¿Por qué no me dejas en paz de una vez?!

Sus ojos se empañaron y Gayle bajó la vista, sintiéndose totalmente bloqueada.

Jana tomó sus manos y las apretó cariñosamente. Sentirlas tan heladas, le partió el corazón.

—Si aceptas la invitación de Harley, no estarás sola —la animó—, ni tendrás que soportar a tus padres. Estarás entre amigos, con personas que aprecias mucho, y que te quieren y entienden bien por lo que estás pasando… Además, si hay un lugar donde Kyle no podrá llegar hasta ti, es en la casa de su hermano. Lo envidia tanto como lo teme. Declan está de acuerdo con esto. Hablará contigo, viene hacia aquí, pero su recomendación es que te instales con Brandon y Harley unos días. Hasta que se aclare todo este asunto…

«Lo envidia tanto como lo teme». Eso ya lo había oído antes, pensó Gayle. Ella misma lo había dicho, convencida. Ahora, ya no estaba tan convencida de que fuera así. Thomas tenía razón. La había tenido desde el principio. Kyle no se detendría ante nada con tal de hacerle daño. Estaba decidido a convertir sus días en un infierno y lo estaba consiguiendo. Nadie sabía dónde estaba Kyle… Sin embargo, él sabía muy bien dónde estaba ella. 

Gayle soltó el aire en un suspiro. El terror había vuelto a reinar.

De pronto, sentía como si toda la sangre hubiera abandonado su cuerpo y un frío helador se hubiera instalado en ella. 

Su presentimiento empezaba a cobrar forma real.


* * * * *


Thomas se aplicó antitranspirante en las axilas, y mientras este se secaba, acabó de peinarse frente al espejo. Pensó que su cuello necesitaba un buen afeitado, pero, aunque llevaba la maquina eléctrica en el neceser, tendría que dejarlo para otro momento. Ahora, no tenía tiempo para eso. Cogió la camisa. No llevaba una colección de mudas compuestas de camisetas azules y pantalones negros en el maletero, como Colby había dicho. La prenda era negra, sin ningún detalle distintivo, igual que el resto de la ropa de usaba para trabajar. Prefería el azul al negro, pero esa camisa le gustaba. La abotonó y se metió los faldones por dentro del pantalón, también de color negro. Luego, ajustó el cinturón a juego y se dio un último vistazo en el espejo. La ducha fría había hecho su trabajo. Aparte de bajarle los humos a su libido, había activado su circulación y revigorizado sus sistemas. Se sentía físicamente renovado y mentalmente despejado. 

Seguro… Mientras no pienses en lo que ella te dijo, todo irá como la seda, se burló una vocecita en su cerebro. 

Thomas la ignoró y siguió acabando de arreglarse.

Porque como te pongas a pensar en eso, dejarás de estar «físicamente renovado y mentalmente despejado», y pasarás directamente a estar jodido. Mucho más jodido de lo que ya estabas, insistió la irritante vocecita, burlona.

Volvió a ignorarla. Si de algo era plenamente consciente, era de que no podía permitirse no hacerlo. 

Se sentó sobre el inodoro, se puso unos calcetines limpios y se calzó sus borceguíes. Estaba ajustando los cordones cuando su móvil empezó a sonar. Lo cogió del borde del lavabo y volvió a ignorar el intenso deseo de que fuera Gayle quien llamaba para seguir diciéndole esas cosas que le encantaba oír de sus labios.

Esta vez no era ella, sino Declan.

¡Al fin! —oyó que su jefe exclamaba con impaciencia—. ¿Con quién coño estabas hablando durante tanto tiempo? ¡Qué hartazgo de día! 

Thomas pasó de las explicaciones a las preguntas.

—¿Qué pasa? 

—¿Dónde estás?

Él torció el gesto.

—En tu piso todavía. A punto de irme. ¿Por qué?

El bufido de su jefe lo puso en alerta. No era el típico gesto de impaciencia.

Porque las cosas se están poniendo muy feas —reconoció Declan.

—¿En serio? Llevan una semana feísimas. Concreta un poco.

Declan ignoró la ironía que rezumaba de las palabras de su empleado y fue al grano.

Estoy en la residencia Baxter. Bueno, saliendo de allí… Ya estoy en la calle. Después de perder el tiempo escogiendo fotos que no hirieran su sensibilidad —dijo con tal retintín que Thomas frunció el ceño—, resulta que Fay y Perry no han podido hablar con Kyle. No tienen ni puta idea de dónde está. Su móvil está apagado. Han llamado a las personas que suele frecuentar los fines de semana y ninguno lo ha visto.

Joder. Lo sabía. ¡Lo sabía! ¡El cabrón tramaba algo!

Thomas dejó su móvil sobre el lavabo, activó el altavoz y empezó a guardar sus cosas a toda prisa.

¿Sigues ahí? —dijo Declan.

—Decirte «te lo dije» no servirá de nada, así que me lo voy a ahorrar.

Cerró la cremallera de su bolso de una vez, se lo puso en bandolera y después de manotear el móvil y su chaqueta, abandono el baño a la carrera. Atravesó la casa apagando luces a su paso.

Escucha —dijo Declan—. Estoy yendo para el hotel…

—No, escucha tú. La videoconferencia me la suda. Sus padres me la sudan. Pienso ir al Langham y llevarme a Gayle de allí, ahora mismo. 

Esta vez, el bufido que oyó Thomas era de impaciencia. O, mejor, de cabreo. 

¡¿Qué coño estás diciendo?! ¡¿Crees que es una maleta que te la puedes llevar donde te dé la gana?! Mira, tío… Lo último que necesito hoy es tenerte a ti dando por culo, así que, calla y escucha. Brandon también estaba en la residencia Baxter. Me ha dicho que Harley le ofreció a Gayle que se instale con ellos, en su casa. Jana también le ofreció la suya, pero quedarse con ella no es una opción. Quiere hacerlo, por supuesto, pero por cuestiones en las que no voy a entrar, no está en condiciones de ayudarla con esto. La casa de Brandon y Harley es la mejor opción durante unos días, hasta que se aclare un poco el asunto. Si hay un lugar donde Kyle no se acercará, es a la casa de su hermano.

Thomas bajó las escaleras de dos en dos. Entró en el despacho de Debbie y dejó el llavero en su bandeja de entrada. 

—No hago más que oír que «no hará esto» o «no hará aquello», y, al final, el tipo siempre no las mete doblada. Lo subestimáis —escupió—. Vengo diciéndolo por activa y por pasiva desde el primer día, pero no me escucháis. Ya basta de gilipolleces. Las cosas se van a hacer a mi manera, para variar.

Se detuvo frente al panel de la alarma y con rapidez introdujo el código de activación.

A ver, Thomas —reclamó Declan, inventándose una paciencia que ya no tenía—. ¿Quieres enfriarte y pensar un momento? No sé si Gayle aceptará la invitación de Harley. Aún no he podido hablar con ella. Pero sí sé que lo que decida hacer no depende de ti ni de mí. Ya la conoces. Hará lo que considere oportuno. Así que, si tu único plan es llevártela del Langham, así, porque tú lo dices, te sugiero que vayas pensando en otro. Es más que probable que tu plan no funcione. Además, esto es un asunto muy grave. Necesitamos estar todos a una.

Por supuesto que era grave, ¿estaba de broma? Venía gritándoselo a la cara desde hacía días. A Baxter se le había ido la cabeza. Ahora mismo, podía estar al otro lado de la calle, tomándose un aperitivo mientras esperaba que Gayle pusiera un pie fuera del hotel para abordarla. No había una orden de alejamiento contra él, podía acercarse a ella cuanto quisiera sin estar cometiendo un delito. Y como el tipo era un paranoico, podía atacarla, o conformarse con amenazarla, o, incluso, con aterrorizarla sin tocarle un pelo. De hecho, no necesitaba siquiera herirla, físicamente, para destrozarle la vida. Sabía que ella tenía miedo, aunque le hiciera frente. Y, por tanto, sabía que, tarde o temprano, acabaría doblegándola. El muy hijo de puta tenía todo el poder y podía hacer con él lo que le viniera en gana.

Thomas negó con la cabeza. Primero, había que poner a Gayle a salvo; después, neutralizar la amenaza. Se llevaría a Gayle con él. Haría lo que fuera necesario para conseguirlo.

—Tú, tranquilo, que funcionará —sentenció.

No puedes imponerle nada, tío. ¿Te has vuelto loco, o qué?

—¿Ahora el loco soy yo? ¿En serio? Hazme un favor, Declan: olvídame.

Acto seguido, Thomas desconectó la llamada y se dirigió a la salida con paso marcial.

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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 29



Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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29


Declan golpeó el volante de pura rabia cuando, por cuarta vez consecutiva, saltó el buzón de voz. Entre el embotellamiento de tránsito provocado por los domingueros y su hombre que no atendía el jodido teléfono, le estaban dando el día.

Thomas Eaton era muy bueno en su trabajo. Incluso enfadado con él, como estaba, tenía que reconocer que era eficaz, muy rápido de reflejos, y un gran estratega. En más de una ocasión, había pensado en ofrecerle que se asociara con él cuando llegara el momento. Su empresa crecía a pasos agigantados y era cuestión de tiempo que ya no pudiera llevarla él solo. Más ahora, que volvía a tener a Jana en su vida. Pensar en ella le puso una sonrisa en los labios que pronto se evaporó al tomar conciencia de su realidad. Era domingo, había pasado la noche con una mujer preciosa de la que estaba enamorado hasta las trancas, ¿y dónde estaba ahora él? Aprovechando el tiempo para entender qué narices le sucedía a su hombre mientras estaba prisionero de un jodido atasco.   

Con esa clienta en particular, Thomas estaba poniendo a prueba su paciencia. Seriamente.

Quería fiarse de él. En cualquier otro caso, lo habría hecho. Con el de Gayle Middleton, sin embargo, sus reacciones —demasiado apasionadas para un tipo cerebral como el Thomas que conocía—, le provocaban un rechazo visceral. 

Una desconfianza total.

Francamente, no sabía si era su instinto de especialista el que hablaba, o su evidente encaprichamiento con la cliente.

¿Por qué estaba tan convencido de que había que sacar a Gayle del hotel y llevársela Dios sabe dónde? ¿Y qué le hacía creer que podía imponer su voluntad, sin más? ¿De verdad, creía que su familia le permitiría hacer tal cosa? Cuanto más pensaba en ello, más de locos le resultaba.

Intentó analizar fríamente la situación mientras esperaba a que el semáforo le diera paso. 

A Kyle se le había ido la cabeza, había dicho Thomas. Nunca la había tenido demasiado estable sobre sus hombros, que Declan recordara, pero, de acuerdo, probablemente, ahora estuviera más desquiciado que nunca. De hecho, estaba en paradero desconocido. Su propia familia ignoraba dónde se había metido. Y, desde luego, eso era muy preocupante. Pero, en su opinión, lo era porque eliminaba del horizonte la posibilidad de que las familias alcanzaran un acuerdo, en aras de evitar que el asunto trascendiera a la opinión pública, como Gayle quería, y no porque su integridad física estuviera en peligro. Francamente, no creía que lo estuviera en esos momentos.

Thomas, sin embargo, estaba convencido justamente de lo contrario. Decía que todos subestimaban a Kyle Baxter, que el tipo era capaz de todo. Declan no lo veía tan claro. En su opinión, conservar lo que tenía era mucho más importante para Kyle, que intentar recuperar lo que había perdido. En especial, después de haber comprobado que se equivocaba al creer que recuperar a su exmujer era una opción. 

¿Por qué Kyle Baxter llevaba horas ilocalizable, entonces? Tenía que admitir que eso lo había desconcertado, pues no le encontraba sentido alguno. Kyle era muy inteligente. Tenía que saber que su persistente silencio estaba caldeando los ánimos y, peor aún, poniendo en alerta a todo el mundo.

El semáforo cambió a verde, pero el coche que tenía delante continuó sin moverse, igual que la fila con otra veintena de vehículos que alcanzaba a ver delante de él. 

—Vaya día de mierda —rezongó.

En ese momento, otra idea apareció en su mente.

¿Y si era eso, justamente, lo que Kyle pretendía? Tenía sentido que, tratándose de alguien tan inteligente, no hubiera sido una reacción a la desesperada, sino un movimiento decidido de antemano con la intención de conseguir algo. 

Algo, ¿como qué?

Soltó el aire por la nariz. Se estaba contagiando de Thomas y veía paranoia por doquier. 

Al fin y al cabo, ¿qué hacía la gente cuando se sentía superada por las circunstancias? Desconectar de todo y darse un tiempo a solas para recuperarse. Ni más ni menos que lo que Kyle había hecho.

Declan pronunció en voz alta el nombre de Darren Colby y el ordenador de a bordo conectó la llamada. 

Dime, Declan.

Él frunció el ceño. Se preguntó por qué el especialista hablaba en voz baja.

—¿Dónde estás?

En un pasillo de la última planta, vigilando la entrada de la suite donde está la cliente.

Declan abrió mucho los ojos. ¿Thomas había apostado a Darren a modo de vigía en la puerta de la suite? ¿Acaso creía que Kyle iba a irrumpir allí por la fuerza para cortarle el gaznate a su exmujer? ¡El paranoico era él!

—No me jodas… —dijo, envuelto en suspiro de hartazgo.

Colby permaneció en silencio. Resultaba obvio que Declan no estaba al tanto de qué clase de servicio le había pedido Thomas. A priori, a él mismo le había parecido una petición un tanto excesiva. Ya no. Dado que no podía hablar de lo que sabía, decidió no hacer comentarios.

—¿Alguna novedad? —preguntó Declan, al cabo de un rato—. ¿Has podido tú solo con las situaciones peligrosas o has tenido que pedir ayuda a la Seguridad del hotel?

Un instante después, lamentó no haberse mordido la lengua. Sus problemas con Thomas no le incumbían a nadie. Pero ya estaba hecho.

Los padres de la cliente están aquí, llegaron hace un rato. Y está habiendo más tráfico del que esperaba. Disculpa…, ¿sabes algo de Thomas? Le he llamado dos veces, pero me sale el contestador.

«Bienvenido al club», pensó, pero se ahorró mencionarlo. Sospechaba que él era la razón de que Thomas hubiera decidido dejar que las llamadas se desviaran al buzón de voz.

—Sí. Va para el hotel, igual que yo. Debe estar por llegar. Explícame eso del tráfico. 

OK. Me refiero a personal del servicio que, de repente, se da cuenta de que se ha equivocado de planta. Ya van dos. En otro hotel, no me extrañaría. ¿Aquí? Me escama(1) bastante. 

—¿Hombre o mujer?

Hombre. Muy jóvenes en los dos casos. 

—¿Te han visto?

Sí. Mis instrucciones son que si alguien avanza por el pasillo, tengo que mostrarme. 

Mostrarse, ¿para qué? ¿A modo de disuasión? ¿Y disuasión contra qué? Declan soltó un bufido. Era el día de las cosas sin sentido. 

—¿Tienes alguna teoría?

Sí… Aunque todavía le estoy dando vueltas.

—Te escucho. 

—OK. Trabajan aquí. De otra forma, con el nivel de seguridad que tienen en el hotel, no podrían haber llegado hasta esta planta. Pero son muy jóvenes, así que es posible que sean nuevos en la plantilla. Novatos. Quizás, les ofrecieron una buena propina por… No sé, digamos, echar un sobre por debajo de la puerta sin que nadie les viera, y cuando yo me mostré, tuvieron que dar marcha atrás, alegando que se habían equivocado de planta…

Otro sinsentido, pensó Declan, irritado. Estaba de acuerdo en que era extraño que el personal de un lugar tan distinguido cometiera fallos de esa clase, pero patosos había en todas partes. Y novatos haciendo cagadas en su primera semana de trabajo, también. Eso era mucho más plausible que la teoría de Colby. 

—¿Un sobre por debajo de la puerta? Tendrás que seguir dándole vueltas a tu teoría —repuso con un punto de ironía.

Colby torció el gesto.

A lo que le estoy dando vueltas es a «quién». No pudo ser cualquiera, Declan. Por más novatos que sean, no serían tan estúpidos de aceptar el encargo de alguien extraño al hotel. Tiene que ser un huésped. Así que, ¿está su exmarido tan desquiciado como para alojarse aquí? No me cuadra. Aquí podrá hacer poco más que intentar enviarle notitas… Das una patada al suelo y aparecen tres señores elegantemente trajeados, cerrándote el paso. Y eso, mientras la cliente no haga sonar las alarmas y esos mismos señores lo conduzcan hasta la salida con los pies en el aire. —Tras una pausa, añadió—: Pero si no es él, ¿quién es?

La pregunta volvió a tomar la mente de Declan por asalto. ¿Y si era eso, justamente, lo que Kyle pretendía: caldear los ánimos, poner en alerta a todo el mundo, hacer que se devanaran el seso intentando anticiparse a su siguiente movimiento? 

Negó con la cabeza, irritado consigo mismo por dar pábulo a semejante teoría. ¿Por qué iba Kyle a hacer algo así? ¿Qué ganaba con eso?

En aquel momento, Declan volvió a oír la voz susurrante de Darren.

Tráfico a la vista. Tengo que colgar. ¿Te llamo luego?

—No. A menos que sea urgente. Si el atasco en el que estoy metido me lo permite, estaré allí en quince minutos —se despidió.

(1) Escamar: coloq. Hacer que alguien entre en cuidado, recelo o desconfianza.


* * * * *



Darren reconoció enseguida al empleado de seguridad del hotel y fue a su encuentro. Era el mismo que lo había conducido hasta la planta, después de recoger su acreditación en recepción. Observó que venía acompañado de otro hombre. Aunque había algo en él que le resultaba vagamente familiar, estaba seguro de que sus caminos no se habían cruzado antes. También lo estaba de que era miembro del cuerpo. Ignoraba a cuál pertenecía —aire, mar o tierra—, pero era militar. Era alto y, a pesar de que ya peinaba canas, estaba en forma. Vestía de oscuro. Un jersey gris de cuello redondo debajo del cual asomaba el cuello camisero de una camisa blanca, pantalones negros —de vestir, no eran vaqueros—, zapatos acordonados del mismo color, y una parka negra, que llevaba abierta. En resumen: discreto y pulcro, como correspondía a la imagen profesional que un militar debía proyectar.

—Señor Colby, el caballero ha pedido verlo. Es el general retirado Lawrence W. Eaton y dice que usted está al tanto de que vendría.

Darren dirigió su mirada al militar. Ya sabía la razón de que le hubiera resultado familiar, y por partida doble. Lo había visto en la televisión durante los últimos años de la Guerra de Irak. El hombre había acumulado tantas condecoraciones a lo largo de su carrera, que apenas quedaba sitio para más en su uniforme. Y, ahora caía en ese detalle, además de tener el mismo apellido que su colega, compartía con él algunos rasgos. Era rubio y tenía el cabello muy corto, aunque, en su caso, estaba plagado de canas, y unos ojos azules de mirada penetrante. No era tan corpulento como su hijo, pero tenía ese aire poderoso y resolutivo de alguien acostumbrado a vivir al borde del peligro, que reclamaba atención inmediata y respeto. Mucho respeto. Debía rondar los sesenta y muchos, por lo que su situación de militar retirado podía deberse a la jubilación, y no a una decisión personal. Los términos se utilizaban indistintamente entre la gente del gremio, de modo que no estaba seguro.

De lo que Darren estaba absolutamente seguro era de que nada en su análisis le ofrecía la más mínima pista que explicara qué demonios hacía ese hombre allí. ¿Le habría sucedido algo a su colega? Le había extrañado que sus llamadas acabaran en el contestador. Se suponía que debía comunicarle todo lo que sucedía en la planta. ¿Cómo iba a hacerlo si no atendía el móvil ni había leído su wasap? El hombre que tenía ante sí, no parecía preocupado o nervioso. Claro que eso no era un dato a tener en cuenta tratándose de alguien con la formación de aquel individuo.  

—Soy el padre de Thomas —se adelantó él, y guardó silencio.

—General —dijo Darren, haciendo el saludo militar, y a continuación dirigió su mirada al empleado de seguridad—. Gracias por acompañarlo hasta aquí. 

Él hizo un asentimiento con la cabeza y se alejó por el pasillo.

En cuanto se quedaron a solas, Colby le indicó con un gesto que lo siguiera hasta el recodo del pasillo desde donde había estado vigilando. Una vez allí, fue directo al grano.

—No estoy al tanto de nada, señor. Si no le importa, ¿podría explicarme qué lo trae hasta aquí?

Vio que el general se quedaba pensativo un instante y, al fin, asentía con la cabeza.  

—Thomas me dijo que preguntara por usted. Es lógico, puesto que es quien vigila la planta. Fue una deducción mía que usted estaría al tanto. Bien. Vengo a recoger a la señora Middleton para llevarla a un lugar seguro. 

Esta vez fue Darren quién guardó silencio unos instantes, concentrado en evitar que sus ojos se abrieran demasiado. Por si acaso se le salían de las órbitas. Un millón de preguntas atravesaban su cerebro y no era una tarea sencilla encajar tantas piezas con rapidez.

Desde el principio, había sospechado que su colega tenía razones de peso para estar tan pendiente de una mujer que no era su cliente. Razones que iban más allá de las explicaciones que él le había brindado. Thomas tenía una relación con ella. Que estuviera involucrando a su propia familia en protegerla, hablaba por sí mismo de su nivel de interés. Pero, ¿qué había de aquel hombre? También debía estar convencido de que la mujer corría un peligro real para dejarse implicar en el asunto.

Lo cual sumado a lo que ahora sabía de la situación, sus propias sensaciones, y a la teoría a la que aún le daba vueltas en la cabeza, empezaba a componer un panorama muy preocupante.

—¿Ella lo sabe, señor? —le preguntó.

El general Eaton asintió con la cabeza.

—Mi hijo me dijo que hablaría con ella y me llamaría si había un cambio de planes. No me ha llamado. Por tanto, el plan sigue siendo el mismo.

Darren no pudo evitar hacer un gesto de sorpresa. El halo de firmeza y rotundidad que rodeaba a aquel hombre era una baza que Thomas estaba jugando con mucha habilidad. Estaba seguro de eso. Sabiendo que lord y lady Middleton estarían con su hija y que pondrían el grito en el cielo al conocer el plan, se había propuesto cerrarles la boca de antemano, enviando a uno de los militares vivos más condecorados del país. Lo cual también eliminaría de un plumazo cualquier duda que la hija pudiera tener acerca de lo seria que era su situación. Además, ¿cómo iba a negarse a acompañar al general? Podía hacerlo, desde luego, por lo que sabía era muy cabezona, pero enviando a su mismísimo padre a por ella, Thomas le estaba poniendo extremadamente difícil negarse.

«Muy bien jugado, tío», pensó. 

Y mientras tu padre se ocupa de cuidar de tu chica, ¿tú qué estás haciendo? ¿Asegurarte de que a Baxter no se le ocurra volver a acercarse a ella ni por equivocación? 

—¿Puedo preguntar dónde está su hijo, general?

La respuesta fue tan firme y definitiva como antes.

—No.

Se podía decir más alto, pero no más claro. Darren asintió con un ligero movimiento.

—Recibido, señor —repuso—. En ese caso, le acompaño a la suite.

Sé de alguien que va a alucinar pepinillos cuando llegue.

Darren pensaba en Declan. Ya le había parecido excesivo que apostara un vigía en la planta, y ahora esto. Alucinaría, sin duda. Él mismo estaba alucinando. Conocía a su colega desde hacía tiempo y el solo hecho de que llevara junto a Declan tanto tiempo era suficiente carta de presentación, pero su maniobra de hoy lo había dejado con la boca abierta. Había sido una jugada brillante, un movimiento al mejor estilo ninja que nadie había visto venir.

Menudo tío.

Estaba flipando en colores con Thomas Eaton. 

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