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(Título provisional)
Presentación | Sobre los personajes | ELLA | ÉL
Canlentando motores - 1ª Parte | 2ª parte
Capítulos:
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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 39
Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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39
Cuando Lawrence Eaton entró en el tramo final del camino forestal que conducía a su destino, experimentó la primera sensación de alivio verdadera desde que había salido de Londres, hacía ya dos horas y media. Nadie le había seguido los últimos diecisiete kilómetros, dos de los cuales los había recorrido totalmente solo, y podía ver las luces de la cabaña. Ya podía respirar tranquilo.
Al ver las señales de una linterna, aminoró la marcha hasta detenerse junto a la silueta masculina vestida de oscuro, que salió de entre los árboles. Era Alex, su hijo menor. No le extrañó hallarlo allí, vigilando, en vez de en la cabaña.
Alexander William Eaton, de treinta y cinco años, era el menor de los hermanos. Compartía las características físicas de los Eaton —cabello rubio, ojos azules y complexión física robusta— y, al igual que los hombres de su familia, tenía una profesión de riesgo. Era miembro, desde su formación en 2005, de un regimiento de fuerzas especiales del ejército, el Regimiento de Reconocimiento Especial (SRR), encargado de tareas de vigilancia y reconocimiento especial, así como de relevar al SAS (Servicio Aéreo Especial) y al Servicio de Embarcaciones Especiales en actividades de lucha contra el terrorismo.
Lawrence bajó el cristal y se llevó el dedo a los labios para indicarle que su pasajera estaba dormida, a lo que él asintió con la cabeza.
—Gracias por acompañar a tu madre, Alex. Sigue creyendo que tiene veinte años y puede apañárselas sola para todo —comentó Lawrence en voz baja.
El cambio de planes había supuesto no solo que Lenora Eaton tuviera que trasladarse a veinte kilómetros de donde se hallaba, lo que implicaba conducir en plena noche por caminos oscuros, sino acondicionar, por segunda vez aquel día, un lugar donde Gayle Middleton pudiera pasar algún tiempo, a salvo de su exmarido y del caos en el que se había convertido su vida. Eso era algo a lo que el padre de Thomas no estaba dispuesto, de modo que no le había quedado más alternativa que involucrar a otro miembro de su familia en el asunto.
Alex movió enfáticamente la cabeza arriba y abajo, pero no hizo ningún comentario al respecto. La tarea que el general le había encomendado no había sido sencilla. A su madre no le había hecho ninguna gracia verlo al otro lado de la puerta. Convencerla de que se dejara ayudar le había llevado un buen rato. De todas formas, había venido buena parte del camino rezongando.
—¿Todo bien? —le preguntó, echando una rápida mirada a la mujer que iba dormida en el asiento de atrás. No pudo verla. Las luces cortas y las del tablero del vehículo constituían la única iluminación disponible. Apenas era suficiente para ver el rostro de su padre.
—Sí. ¿Y por aquí?
—De momento, sí. ¿Sabes algo más de Tom?
Lawrence aún no había recibido noticias de Martin, lo que quería decir que todavía estaban en el hospital, y eso podía ser bueno… o no tan bueno. En teoría, unos segundos después de suministrarle el antídoto, Thomas se despertaría. Sin embargo, que recuperara la conciencia, no implicaba que estuviera en condiciones de salir de la cama. Eso, suponiendo que la recuperara.
—No —repuso, a secas, y oyó que su hijo exhalaba un suspiro. Decidió animarlo, aunque compartía exactamente la misma preocupación que él—. Es un roble. Estará bien.
—Supongo que tienes razón, pero hasta que no lo vea entrando por la puerta… —Alex respiró hondo y apartó la mirada unos instantes antes de decir—: Será mejor que vuelva a mi puesto.
—Sí. Yo también debo seguir camino. Nos vemos luego, hijo.
Y mejor que disfrutara de los escasos tres minutos tranquilos que tenía por delante, pensó, porque en cuanto llegara a la cabaña, tendría que enfrentarse a dos situaciones que eran preocupantes, como muy mínimo.
En primer lugar, se vería obligado a despertar a su pasajera, quien regresaría al mundo de los vivos con la noticia de lo sucedido a Thomas y de que su exmarido aún seguía en paradero desconocido. En ningún momento le había dicho cuál era el destino final de su viaje, por lo que no era necesario hacer referencia a la razón que había motivado cambiar al plan alternativo. Sin embargo, y dado que Declan venía de camino, era cuestión de tiempo que la señora Middleton se enterara de que, quizás, su exmarido no estaba tan ilocalizable como le habían dicho. Ella le había parecido una persona muy educada y correcta desde el principio, pero las noticias eran pésimas y su estado emocional, muy voluble. No sería sencillo evitar que sucumbiera al pánico.
Y como si esto no fuera suficiente, debía vérselas con su mujer. Lenora no había visto con buenos ojos que su hijo implicara a la familia en un asunto laboral. Al saber que el cliente a quien Thomas intentaba proteger era una mujer, en su intuición de madre, que a él no dejaba de sorprenderlo, había dicho desde el principio que allí había «gato encerrado» y que se ocuparía personalmente de averiguar qué sucedía. Lawrence no quería imaginar cómo reaccionaría su mujer cuando se enterara de que la gata en cuestión, que tenía tan subyugado a su hijo, era la hija de un noble. Podía verla echándose las manos a la cabeza al tiempo que decía: «¡Quince años esperando que siente la cabeza, ¿y ahora nos sale con esto?! ¿No había nadie a su nivel, que le interesara? ¡Este niño va a acabar conmigo!».
Thomas no era un niño, aunque para su madre nunca dejaría de serlo, y Lawrence tampoco podía criticar que a sus treinta y nueve años aún siguiera solo. A él también le había tomado mucho tiempo decidirse a formar una familia. Para su época, se había casado tarde. Además, excepto Martin, sus hijos parecían seguir sus pasos en ese aspecto, puesto que ninguno se había casado todavía. Tenían novias o amigas especiales, en algunos casos se trataba de relaciones de larga duración, pero Martin era el único que se había casado y los había convertido en abuelos.
Sin embargo, había un reproche que no podía rebatirle a Lenora: la mujer que iba dormida en el asiento trasero y su hijo no estaban al mismo nivel. Dicho de manera llana y, sin intención de menospreciar las muchas y excelentes cualidades de Thomas, Gayle Middleton estaba totalmente fuera de su alcance.
* * * * *
Thomas abrió los ojos, pero enseguida volvió a cerrarlos. La luz le hacía daño. Especialmente, en uno de ellos. Palpitaba como si estuviera sentado sobre el corazón y no en la cara, y le dolía. Y no era él único dolor que sentía. De repente, empezaba a recibir señales dolorosas de todas partes.
¡Joder, me duele todo! ¿Qué cojones me ha pasado?
Volvió a abrir los ojos y notó que solo uno de sus párpados había obedecido la instrucción. El otro seguía cerrado casi por completo. Apenas, veía nada. ¿Por qué no podía abrirlo?
—Tranquilo, Tom. Soy Martin, tu hermano. Estamos en el hospital militar. Deja de forzar ese ojo. Ya lo abrirás cuando el párpado se deshinche. Bienvenido de vuelta, colega. Hazme un favor, ¿puedes seguir mi dedo con el otro ojo?
Claro que podía. ¿Por qué no iba a poder? Thomas saboreó su propia boca. La saliva era amarga, pegajosa y escasa. Intentar tragarla fue peor. Su garganta era como una lija y dolía.
—Sigue mi dedo —insistió Martin.
Él obedeció a regañadientes.
Martin asintió satisfecho. Su hermano ya había apartado la mirada de él y no lo vio. No había pronunciado una palabra, ni siquiera para quejarse, y estaba claro que aún no recordaba lo que le había sucedido, circunstancias que él aprovecharía para comprobar cómo estaba, tras despertarse por efecto del antídoto.
—Vale. ¿Puedes apretar mi mano?
El único ojo viable de Thomas regresó sobre Martin.
—¿Puedes… dejarme en paz? —Para no variar, la boca también le dolía. La notaba hinchada. ¿Le habían partido la cara? Comprobó con la lengua si seguía conservando todas sus piezas dentales y no le faltaba ninguna.
Martin se rio. Le dieron ganas de plantarle un beso de tan contento que estaba. Los dos enfermeros que estaban con él no se cortaron: aplaudieron efusivamente la buena reacción del paciente. Sabían quién era Thomas y también cómo las gastaba.
—¡Muy bien, pequeñín! ¡Tío, creo que nunca me han gustado tanto tus malas pulgas, como hoy! Venga, cabréate conmigo un poco más… ¡Lo necesito! —guaseó.
Y no se trataba de ninguna broma. Se le había puesto mal cuerpo del susto que se había llevado al verlo sentado sobre aquel charco de sangre, y aún seguía revuelto.
Martin estaba en lo cierto respecto de los recuerdos de Thomas. En realidad, no era que no recordara lo sucedido, sino que todavía su mente seguía procesando los estímulos más inmediatos: el lugar donde estaba, las otras personas que había allí, la bandeja de instrumental que había junto a su hermano, el ajetreo fuera del box, los altavoces llamando a un médico… Todo le llegaba entremezclado con las señales de dolor que no cesaba de recibir de todas partes, devolviéndole la conciencia de su propio cuerpo.
Vio la vía en su brazo. La gruesa venda que cubría su mano. Levantó un poco la sábana con la otra mano, y, además del dolor que sintió al mover los dedos, vio que le habían quitado hasta los calzoncillos.
Posó la mirada de su único ojo abierto sobre Martin.
—¿En pelotas? —le preguntó. Su tono sonó como si hubiera dicho «¿por qué cojones estoy en pelotas?».
Martin asintió. Obviamente, su hermano no había visto que tenía el cuerpo cubierto de hematomas, y no sería él quien se lo haría notar.
—Así somos los cirujanos, chico. Queremos tener el campo despejado. No te preocupes, aquí hay una muda completa para que te vistas. Es ropa tuya. Hice que la fueran a buscar a tu casa.
Thomas volvió a cerrar los ojos.
«Queremos tener el campo despejado». ¿Qué campo?
«Hice que la fueran a buscar a tu casa». ¿Por qué había enviado a un extraño a su casa? ¿Dónde estaba la ropa que le habían quitado? Nada de lo que oía tenía sentido…
Hasta que lo tuvo.
—¡Joder! —exclamó, de repente. Apartó la sábana e, ignorando el dolor, se sentó en la camilla. Los recuerdos se volvían más claros y con ellos, también su desesperación. Una desesperación para la que todavía no recordaba una razón, pero que lo impulsaba a la acción con urgencia—. ¡Joder! ¡Tengo que irme!
Cuando lo dijo, ya estaba de pie junto a la cama, tal como había llegado al mundo.
Su estabilidad duró menos de un segundo. Cuando todo empezó a darle vueltas alrededor a velocidad vertiginosa, Thomas se sintió caer. Martin logró cogerlo a tiempo y ambos cayeron sobre la camilla. El portasueros salió despedido, desconectándose de la vía intravenosa.
Escuchó el grito de los enfermeros. El sonido de pasos precipitados. Finalmente, la voz de su hermano.
—¡La madre que te…! —farfulló Martin, recuperándose del susto. Solo faltaba que su hermano tuviera una mala caída para completar el cuadro—. ¡Tómatelo con calma, hombre, por Dios!
Con calma, y una mierda. Algo lo urgía a moverse. Tenía que salir de allí.
Thomas se lo quitó de encima, decidido a irse. Martin se lo impidió. Manoteó su brazo con decisión, obligándolo con un gesto iracundo a que se quedara quieto un momento. Desinfectó rápidamente la zona donde había tenido conectada la vía, que descartó volver a ponerle, y la cubrió con una pequeña gasa, que fijó con un trozo de esparadrapo.
En cuanto recuperó su brazo, Thomas volvió a sentarse en la camilla. No perdió tiempo en comprobar su propio estado. Su cerebro ya estaba determinando las prioridades. Primero, vestirse. Segundo, salir del hospital. Tercero, conseguir un vehículo para reunirse con Gayle.
Gayle, pensó, ¿qué sabía de ella? Estaba con el general, recordó. Martin se lo había dicho. Y eso le tranquilizaba, pero no era suficiente. ¿Por qué no? Tras unos instantes pensando, descartó la pregunta. No era capaz de encontrar otra explicación, más que sentía que algo no iba bien. Necesitaba verla con sus propios ojos, comprobar cómo estaba de verdad… Seguro que estaría aterrorizada por el cabrón de su exmarido y preguntándose dónde se había metido él… A ver, un momento.
Un momento, se dijo. Miró a su hermano.
—¿Gayle sabe… dónde estoy? —Instintivamente, se llevó una mano a la boca para comprobar la zona que tanto le dolía. Volvió a bajarla al sentir el contacto con la venda que la recubría, como si fuera una manopla, impidiéndole comprobar nada, y se concentró en la respuesta de su hermano.
Suspiró aliviado al ver que Martin negaba con la cabeza.
—No ha habido ocasión de decírselo. El general dice que, en cuanto emprendieron el viaje, se quedó profundamente dormida.
Eso era bueno. Ante tanta tensión, su cuerpo y su mente habían activado mecanismos de autoprotección. Dentro de lo malo, era lo mejor para ella.
—Bien —repuso Thomas—. Me visto y me voy. No intentes detenerme.
Martin puso los ojos en blanco.
—Ay, tío, a veces eres tan capullo… —Miró al más alto de los enfermeros y le dijo—: ¿Lo ayudas, por favor? Ahora mismo, soy tan capaz de quitarle con los dientes los puntos que le he puesto, que prefiero mantenerme a distancia…
Sin darse cuenta, Martin acababa de meter el dedo en la llaga.
—¿Puntos? —preguntó Thomas. Inmediatamente, se llevó una mano a la cabeza. Al notar el enorme bulto doloroso que tenía en el lado derecho, frunció el ceño, y al hacerlo, se percató de la presencia de un apósito sobre la ceja izquierda que cubría parte del párpado—. ¿Qué cojones…? Dame un espejo.
Martin exhaló el aire molesto consigo mismo por no haber mantenido el pico cerrado.
En realidad, ya le había dicho antes, cuando estaban en Keegan Security, que tenía que darle puntos en la cabeza y en la ceja. Evidentemente, el cerebro de Thomas no había registrado esa información en su momento. O, quizás, simplemente, no la recordaba todavía. En cualquier caso, no le vendría mal ser un poco más prudente con sus comentarios. Había datos importantes sobre su cruzada por poner a salvo a su cliente, que Thomas ignoraba. Era preferible que no los descubriera antes de tiempo.
Le quitó al enfermero la pila de ropa que llevaba en las manos y la puso sobre la camilla junto a su hermano. Cogió la sudadera con cremallera del conjunto negro de deporte, y abrió el cierre.
—No hay espejos aquí —repuso—. ¿No decías que querías largarte? Venga, intenta extender el brazo para que pueda ponerte la manga sin rozarte demasiado.
Thomas no movió un músculo. Su atención estaba en otra cosa. Necesitaba entender lo que sucedía, cuál era su verdadero estado.
Sus recuerdos estaban desordenados, pero la mayoría se correspondían con una pelea. Una pelea en la que él había repartido tanta leña, que estaba seguro de haber causado estragos en sus atacantes. De ahí que tuviera las dos manos vendadas, razonó. Los pies también le dolían. Los había usado a diestro y siniestro para quitárselos de encima y también para neutralizar su ataque, pero los borceguíes habían reducido el impacto de los golpes. Ahora bien: si habían tenido que darle puntos, estaba claro que también había recibido su ración de puñetazos y patadas. Debería saberlo. ¿Por qué no lo recordaba?
Martin dejó caer los brazos y, con ellos, la sudadera de su hermano.
—A ver, colega —le dijo a Thomas, armándose de paciencia—. Todos los que estamos aquí sabemos que eres un arma letal, ¿vale? Pero te cogieron por sorpresa y eran cuatro los tipos que te zurraron. Citando tus palabras: cuatro tipos fuertes. Un espejo no va a decirte nada que tú no puedas deducir solito, ¿estamos? —Mantuvo su mirada sobre la de Thomas un tiempo prudencial (para que lo dicho permeara sus neuronas y se dejara de memeces), y al fin, añadió—: ¿Quieres hacer el favor de extender el brazo?
Thomas bajó la cabeza y en cuanto lo hizo, vio que tenía el vientre y los muslos cubiertos de hematomas. Hasta el pene mostraba una pequeña zona amoratada en la base. No le impresionó verse de aquel modo. Los analgésicos le ayudarían a soportar el dolor y la ropa cubriría la mayor parte de su cuerpo. Con las heridas de la cabeza, en cambio, no había nada que hacer: quedarían a la vista. Como tuviera la cara igual que las piernas, Gayle se iba a desmayar del susto cuando lo viera…
Pero podría haber sido mucho peor, razonó. Si estaba en una cama de hospital, atendido y a salvo, era por su hermano.
Volvió a mirar a Martin.
—Gracias por todo —se las arregló para decir—. Siempre estás ahí… para salvarnos el culo.
—¿Verdad que sí? —repuso él. La ironía inicial pronto se convirtió en una sonrisa afectuosa—. Vamos, colega, que te ayudo a vestirte y nos largamos de aquí.
Thomas extendió un brazo todo lo que pudo.
—Venga, dale caña y no te preocupes… —Hizo un gesto de impotencia, al volver a comprobar cuánto le costaba hablar con claridad—. Dolerá de todas formas. Tengo que salir de aquí… Necesito reunirme con Gayle.
Martin obedeció. Lo hizo sin mirar a su hermano por darle la libertad de no sentirse obligado a disimular el dolor. Pero, mientras le iba ayudando a ponerse las distintas prendas, decidió distraerlo con una pregunta que le rondaba la cabeza.
—Guau, tío… ¿La llamas por su nombre de pila? —Sus ojos rezumaban picardía cuando dijo—: Y ese trato tan informal con una clienta de la empresa, ¿a qué se debe? ¡Ay, perdona por la pregunta! ¡Qué fallo el mío! Igual, todavía no recuerdas por qué te tomas tantas confianzas…
Thomas se limitó a dedicarle una mirada socarrona con su único ojo viable, lo cual constituyó suficiente respuesta para Martin, que sacudió la cabeza, risueño y no hizo más comentarios.
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©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 40
Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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40
Las luces exteriores estaban encendidas y Lenora Eaton ya estaba de pie en el porche, cuando el padre de Thomas tomó el pequeño sendero de canto rodado que acababa frente a la cabaña. Enseguida bajó los dos escalones de madera y fue a su encuentro.
Lawrence sonrió a la mujer esbelta de vaqueros y jersey de cuello alto, que se acercaba. Llevaba su largo cabello —antes rubio, ahora cubierto de canas—, recogido en un moño, las gafas de ver de cerca puestas sobre la cabeza, a modo de diadema, y una expresión inusualmente seria, puesto que ni un atisbo de sonrisa se mostraba en su rostro. Tuvo claro que, entre el disgusto por lo sucedido a su hijo favorito, su desacuerdo con que la familia estuviera involucrada en aquel asunto y los cambios de última hora, la paciencia de su mujer estaba bajo mínimos. Se recompondría y se comportaría como una buena anfitriona, por supuesto. Solo estaba quemando los últimos cartuchos de su enfado.
Él se apeó y empujó la puerta sin llegar a cerrarla.
—Hola, cariño… —murmuró y se inclinó a besarla—. Siento haber tenido que cambiar de rumbo a último momento…
Ella permaneció de brazos cruzados.
—Ya —se limitó a responder, en una confirmación de que el horno no estaba para bollos. Desvió la mirada hacia el asiento posterior donde suponía que iba la pasajera. La escasa iluminación sumada a los cristales tintados del vehículo, le impedían distinguir el interior del SUV—. ¿Sigue durmiendo?
Lawrence asintió con la cabeza.
—Pues, habrá que despertarla, ¿no? —murmuró ella sin ocultar su impaciencia.
Lenora sabía que la mujer se había quedado dormida debido a la extenuación y que eso era lo mejor para todas las partes implicadas. Lawrence se lo había explicado y su hijo Alex también. Pero ella era una persona expeditiva. Si tenía que pasar por una situación que le disgustaba profundamente, como aquella, quería hacerlo cuanto antes.
—Enseguida. Deja que respire hondo un par de veces —dijo él, inclinándose a darle un beso en la frente.
Esta vez, Lenora le rodeó la cintura con un brazo. Alzó la vista hasta él.
—¿Estás bien, Laz? —apretó los labios en un gesto de arrepentimiento—. Perdona… Es lo primero que debí haberte preguntado…
—Demasiados frentes abiertos para un solo día, ¿eh? —murmuró, y vio que su mujer sacudía la cabeza, preocupada. Él sonrió con ternura—. Estoy bien, cariño, y tu hijo favorito, también.
Y esta vez, para alivio de Lawrence, sí que obtuvo la respuesta esperada.
—¿Cuántas veces tendré que decirte que no tengo un hijo favorito?
* * * * *
Lawrence optó por dar unos toquecitos en el hombro de la pasajera, puesto que no había respondido a sus reiterados llamados. Su primera reacción, sin embargo, fue girar la cabeza para el lado opuesto.
Le concedió unos segundos e insistió. Al fin, consiguió que se despertara.
Tras abrir los ojos y mirar fijamente al frente unos instantes, vio que la mujer corregía su posición en el asiento, irguiendo la espalda.
—Señora Middleton, ya hemos llegado —dijo él para que acabara de situarse en la realidad.
Gayle volvió la cabeza para mirarlo algo sorprendida, pero enseguida una ligera sonrisa curvó sus labios.
—Hola, general… ¿Ha dicho que…? —Se pasó los dedos por la frente, confusa—. Discúlpeme, por favor, creo que todavía no me he despertado del todo…
—Hemos llegado —repuso el militar, tendiéndole su mano para ayudarla a bajar.
—Oh… Bien. —Gayle cogió su bolso y su abrigo, y aceptó la ayuda del padre de Thomas.
El contacto de sus altos tacones con el canto rodado del sendero provocó un extraño chirrido. Gayle miró hacia abajo y supo que tendría que recorrer el camino de puntillas.
—Agárrese bien a mi brazo. Son unos pocos metros —aconsejó él.
Ella hizo un gesto amable con la cabeza y siguió su recomendación. Aquel sendero de gravilla y canto rodado no era la superficie más cómoda para andar con sus tacones de once centímetros, pero tras veinte años sobre ellos, dieciséis horas al día, siete días a la semana, no suponía un problema. Su cerebro aletargado, sí. Por suerte, el aire frío estaba sacándolo del sopor.
Gayle prestó atención al entorno. Las únicas luces provenían de la vivienda, que parecía estar rodeada de una arboleda no demasiado espesa. No se veían otras luces en la lejanía.
La vivienda era una cabaña de estilo rústico compuesta por dos edificios: la vivienda propiamente dicha y un garaje que calculó, por lo que estaba a la vista, que tendría capacidad para dos o, quizás, tres vehículos. Los edificios estaban conectados entre sí, por lo que parecía un corredor o pasadizo. Probablemente, el garaje había sido un añadido posterior.
La cabaña era de tamaño medio, construida en una atractiva combinación de piedra y madera. Estaba rodeada de un porche por el lado izquierdo y por el frente, desde donde se accedía a la vivienda por una escalera de tan solo dos escalones de madera. El olor a leña quemada le alertó de que salía humo de la chimenea de piedra.
Sin embargo, no fue el aire frío de la noche ni el aroma de la hoguera que ardía en el interior de la cabaña, lo que consiguió despertar del todo el cerebro de Gayle, sino la mujer que, de pie, en el porche, la estaba mirando.
* * * * *
«Que empiece la acción», pensó Lawrence cuando la pasajera y él llegaron al pie de la escalera.
Se preguntaba, si tenía alguna posibilidad de mantener su verdadera identidad oculta durante algún tiempo más. Aunque la mujer que iba cogida de su brazo había conseguido vivir al margen de los medios de comunicación, su familia —en especial, su padre— era presencia habitual en ellos. Por lo tanto, aunque su rostro no le resultaría familiar a Lenora, su apellido, definitivamente, lo haría.
Lawrence sabía que, antes o después, su esposa descubriría quién era la mujer a quien Thomas intentaba proteger. Sin embargo, los tres tenían por delante horas de tensión y, si existía alguna posibilidad de evitarlo, prefería no añadir más leña al enfado de Lenora. Probablemente, no tenía ninguna, pero no perdía nada por intentarlo.
—Esta es mi esposa Lenora, la madre de Thomas… —empezó a decir él.
Entonces, sucedió algo con lo que Lawrence no había contado. Gayle extendió su mano hacia la mujer con una sonrisa y se ocupó de las presentaciones. Lo último que había esperado era encontrar a esa mujer allí. Si ya le había sorprendido que Thomas enviara a su padre a recogerla, que al llegar al «lugar seguro» la recibiera su madre, la había dejado de una pieza. Su vida se había convertido en un caos del que no podía controlar apenas nada. Pero la primera impresión que le ofreciera a la madre de alguien tan importante para ella, podía controlarla, y estaba decidida a hacerlo.
—Me habría gustado conocerla en otras circunstancias, señora Eaton, y, desde ya, le agradezco encarecidamente su hospitalidad… Estoy segura de que esto no será una novedad para usted, pero lo diré de todas formas. Su hijo es una gran persona. Es alguien de quien estar muy orgullosa. Siempre le estaré agradecida a Thomas por todo lo que ha hecho y hace por mí… —Tras una pausa, esbozó una sonrisa algo incómoda, y añadió—: Disculpe mi torpeza, ni siquiera le he dicho mi nombre… Me llamo Gayle.
Al padre de Thomas no le resultó nada fácil disimular su asombro. La transformación de aquella mujer, que había venido todo el viaje desconectada de la realidad por puro agotamiento, en esta otra que rezumaba autocontrol, había sido radical e instantánea. Sabiendo por lo que había pasado aquel día, que no era sino una escalada del acoso al que su exmarido la estaba sometiendo desde hacía un tiempo, no había esperado semejante lección de resiliencia. No solo le sorprendió, despertó su admiración, pues incluso si su saber estar le venía de cuna, hacía falta entereza para sobreponerse a sus propias circunstancias y tomar la iniciativa, a pesar de hallarse entre extraños. No le hizo falta más que mirar a Lenora, para saber que ella también estaba sorprendida. Y, como si esto fuera poco, no había salido a relucir el apellido Middleton. Estaba considerando si, quizás, la mujer habría evitado mencionarlo de manera intencionada, cuando la voz de su esposa lo sacó de sus pensamientos.
—Por favor, llámeme Lenora… No se preocupe. Es usted bienvenida. En cuanto a Thomas… Estoy de acuerdo. Es un gran hombre y estamos muy orgullosos de él —aclaró con una sonrisa cordial, aunque el tono al hablar de su hijo dejaba muy claro lo que opinaba de él—. Por favor, entre y póngase cómoda. ¿Ha traído equipaje?
—Sí, ya me ocupo yo, querida —repuso él, y regresó al vehículo mientras las mujeres entraban en la cabaña.
Lawrence asintió satisfecho para sí.
De momento, las cosas iban bien.
* * * * *
Lenora condujo a Gayle por el largo pasillo que atravesaba la cabaña de la parte delantera a la posterior, donde había una segunda puerta de acceso a la vivienda. A cada lado del corredor se abrían las distintas estancias. El salón y la cocina estaban a la izquierda. La habitación principal, el baño y la habitación de invitados a la derecha. Al llegar a esta última, Lenora se detuvo, encendió la luz y la invitó a entrar con un gesto amable.
—Esta será su habitación.
Era pequeña, pero acogedora. Al igual que el resto de la construcción interior de la cabaña, el suelo y las paredes eran de madera. Dos grandes vigas del mismo material atravesaban el techo a dos aguas del edificio, de cuyo centro colgaba una lámpara negra de hierro con una corona de lamparillas en forma de vela. Las ventanas eran nuevas, dobles, para ofrecer mayor protección contra el frío, negras y de un estilo moderno que combinaba bien con el entorno. La cama doble y las mesillas a ambos lados eran de madera con el mismo estilo rústico de la cabaña.
—Es muy bonita —dijo Gayle, mirando alrededor.
Mientras la invitada observaba la estancia, Lenora la observaba a ella. Las palabras que le había dedicado a Thomas durante las presentaciones le habían agradado. Al margen de que, como madre, apreciaba los halagos que les hacían a sus hijos, le habían parecido sentidas. Sinceras. Que hubiera recordado ofrecérselas en un momento en el que la mayoría de la gente se habría limitado a intercambiar saludos, sin embargo, le daba que pensar. En su opinión, no se las había ofrecido a alguien que le estaba brindando su hospitalidad, sino a la madre de un hombre que le interesaba de manera especial. Lo cual, en su opinión, era una confirmación de que la relación que su hijo mantenía con ella no era estrictamente profesional. Y eso no le agradaba. El refinamiento de aquella mujer era indiscutible e independiente de su atuendo. Estaba segura de que luciría igual de distinguida vistiendo un equipo de deporte. Sin embargo, todo lo que llevaba, desde su traje de falda color beis, pasando por las delicadas joyas que lucía, sus finos stilettos negros, hasta su pequeña maleta, eran de calidad. Probablemente, muy caros. Era evidente que si podía pagarse un guardaespaldas del nivel de su hijo, el dinero no era un problema para aquella mujer. Pero su refinamiento y su elegancia le hablaban de algo más que de dinero. Le hablaban de estatus. No tenían que ver con la cantidad de ceros de su saldo bancario. De hecho, había algo en ella que le resultaba familiar. Si sus impresiones eran acertadas, su hijo y aquella mujer pertenecían a clases sociales diferentes, y eso no le gustaba en absoluto. Era demasiado pragmática para creer en cuentos de príncipes y princesas.
—Me alegra que sea de su agrado… Si desea darse una ducha o pasar al servicio, el baño está al lado, es la puerta contigua… Puede poner la maleta aquí. —Señaló un viejo arcón que había bajo la ventana—. Cuando guste, Laz y yo estamos en el salón. Desde aquí, es la última puerta a la derecha del pasillo.
Gayle le ofreció una sonrisa.
—Muchas gracias, Lenora. Es usted muy amable.
La anfitriona asintió con la cabeza a modo de agradecimiento, y se alejó por el pasillo.
* * * * *
Cuando entró en el salón y se acomodó en uno de los sillones, Gayle no sospechaba que estaba a punto de perder completamente la compostura.
Lenora había servido té y unos tentempiés variados en la mesa de madera baja y larga que había entre los sillones. Para Gayle había preparado una tisana relajante, algo que ella le había agradecido debidamente, pues le había parecido todo un detalle de su parte que hubiera tenido en cuenta su estado emocional.
Sin embargo, cinco minutos más tarde, había una tensión expectante en el ambiente, de la que Gayle era plenamente consciente y sabía que tenía que ver con ella. De repente, se había dado cuenta de que Thomas no estaba allí y una sensación descorazonadora se había apoderado de ella. Comprobar la hora en su reloj, había convertido la desesperanza en miedo. ¿Por qué no había llegado aún? ¿Le habría ocurrido algo? Intentó tranquilizarse, diciéndose que si eso fuera cierto, su madre no estaría allí, preparando tisanas para una desconocida. Pero no lo consiguió. Dado que ya no soportaba más la incertidumbre, decidió abordar el asunto de inmediato.
—¿Puedo ya volver a encender mi móvil, general? Me gustaría hablar con Thomas… Y también con mi familia, para que sepan que estoy bien —añadió a último momento. Aunque resultara doloroso decirlo, sus padres no ostentaban el primer lugar en sus intereses personales. Pero habría sonado extraño que no pensara en hablar con sus padres y, en cambio, sí con su guardaespaldas, que, a la sazón, era su hijo.
El matrimonio intercambió sutiles miradas antes de que Lenora le tendiera un plato con cookies. La mujer estaba a punto de llevarse un enorme disgusto, y sintió pena por ella. Quiso reconfortarla de alguna manera.
—Imagino que no tendrá hambre, pero siempre apetece un dulce de chocolate, ¿verdad? —Gayle tomó una por gentileza, la sostuvo en la mano, pero no la probó. Vio que acercaba el plato a su marido—. ¿Quieres una, Laz? Solo una, ¿eh? Tengo la esperanza de que cenes como es debido —le dijo en el tono más afable que pudo.
Lawrence declinó el ofrecimiento con un gesto de la mano y un esbozo de sonrisa. Había disfrutado de un período de gracia, pero ahora había llegado el momento de contarle a la señora Middleton cómo estaban las cosas.
—Es preferible mantenerlo apagado por el momento. Quedé con su padre en que le informaría cuando hubiéramos llegado. Lo haré desde mi móvil en cuanto la haya puesto al día de las noticias. Si quiere saludarlo, no tengo inconveniente, mientras no revele ningún detalle acerca de dónde se encuentra.
—¿Cómo podría hacerlo? No sé dónde me encuentro, general —repuso Gayle. Su voz sonó amable, como siempre, pero su nerviosismo crecía y no pudo ocultarlo.
—Bien. Es preferible que siga siendo de esta forma hasta estar seguros de que el peligro ha pasado.
Gayle se estremeció de miedo. Tampoco pudo ocultarlo.
—¿Aún no ha pasado? —preguntó con un hilo de voz. Al ver que el militar negaba con la cabeza, un suspiro nervioso escapó de su boca—. ¿Dónde está su hijo, general Eaton? ¿Por qué no está aquí?
Con su silenciosa negativa, Lawrence había evitado hablarle del vehículo que los había estado siguiendo, y que, al parecer, pertenecía a su exmarido. Pero a las dos preguntas que ella acababa de formular, no podía darles la callada por respuesta. Ya no.
—Viene de camino —dijo primero que nada para tranquilizarla, antes de ofrecerle más detalles.
La reacción de la mujer, en cambio, no fue la de alguien a quien acaban de darle una noticia tranquilizadora. Irguió la espalda, posó sus manos entrelazadas sobre sus piernas, y lo miró directamente.
—La última vez que hablé con Thomas eran alrededor de las seis de la tarde y se dirigía al hotel donde me hospedaba, para reunirse conmigo. ¿De dónde viene para que le esté tomando tanto tiempo llegar hasta aquí? Por favor, general, basta de medias verdades.
Lawrence Eaton asintió dos veces la cabeza.
—Viene de camino… —repitió. Y, tras una breve pausa, añadió—: Con uno de sus hermanos, que es médico militar, y ha estado cuidando de él. Thomas no llegó a marcharse de su trabajo. Lo atacaron cuatro hombres y…
Gayle, que presa del pánico, se había ido levantando del asiento sin darse cuenta al oír la palabra «médico», le impidió continuar.
—No, no, no, no… —Se cubrió la boca con las manos y el grito salió solo—. ¡Nooooooo! ¡Por Dios, nooooooo!
A su alarido, sucedió un llanto desgarrador e inconsolable, que se extendió durante un buen rato.
* * * * *
Thomas se removió en el asiento del copiloto y apenas consiguió tragarse un bufido de exasperación. Puesto que había sido él quien se había negado a ir acostado en la parte de atrás, que su hermano Martin había acondicionado para tal fin, no podía quejarse. Pero entre los dolores que sentía y la noticia de que la policía se había quedado con todas sus pertenencias, parecía como si estuviera sentado sobre un nido de hormigas africanas. Lo había descubierto de rebote, cuando al ir a sacar el móvil del bolsillo para llamar a su padre, había caído en la cuenta de que no lo llevaba y le había preguntado a su hermano por él.
Algo que, al principio, había aliviado a Martin, pues le permitiría, con suerte, mantener a su hermano en la ignorancia hasta que llegaran a su destino, ahora empezaba a convertirse en un problema. Thomas aún no había recuperado los recuerdos de lo sucedido durante el ataque, pero recordaba perfectamente todo lo anterior. Descubrir que la policía tenía su móvil lo había inquietado. En realidad, era una mezcla de preocupación y enfado. Martin ignoraba el porqué, pero quedaba media hora de viaje por delante y si algo tenía claro era que no soportaría a Thomas en ese estado. Volvería a drogarlo, si era necesario.
—¿Estás seguro de que lo tienen ellos?
—Si te refieres a si los vi metiéndolo en una bolsa de pruebas, no, no los vi. Te aseguro que era lo que menos me preocupaba en ese momento —repuso con un tono un poco irónico—. Pero teniendo en cuenta que dimos contigo gracias al localizador que llevas en el móvil y que te encontramos malherido, drogado y atado a un radiador… En fin, es de cajón que quieran analizarlo todo con lupa.
Lo que escuchaba tenía mucho sentido, pero Thomas no quería que la policía rebuscara en su móvil. Ni la policía, ni nadie. El audio de su encuentro con Baxter no debía llegar a manos de nadie.
Un momento… ¿Y si ese jodido archivo es la razón de que me hayan «malherido, drogado y atado a un radiador»?
Si era así, quien estaba detrás del ataque era Kyle Baxter. Todavía no veía claro cómo se había enterado de que él estaba en la empresa, pero ¿por qué otra razón podían haberlo atacado? El cartel de la fachada ponía claramente «Keegan Security». ¿Quién entraba a robar en una empresa de seguridad? Era un sinsentido. Tenían que haberlo seguido. Y eso quería decir, que el plan de intentar darle una paliza era anterior a su encuentro con Baxter en el restaurante, donde había tenido lugar el brunch. ¿Cómo, si no, habría coordinado con tanta rapidez un ataque que implicaba a otras cuatro personas? El cabrón se la tenía jurada. El archivo de audio solo le había dado otra razón de peso para vengarse.
Un suspiro de furia escapó de la boca de Thomas.
¡Cuando acabe contigo, cabrón, van a tener que recogerte con una cuchara!
Entonces, otro pensamiento acudió a su mente. Aquellos cuatro tipos no eran rivales para él. Aún no recordaba casi nada del ataque, pero estaba bastante seguro de que la paliza se las había dado él y sus lesiones probaban su teoría. Eran aparatosas, pero no invalidantes. Baxter estaba desquiciado, sí, pero no tenía un pelo de tonto. Sabía muy bien con quién se las estaba viendo. Si lo que quería era darle un escarmiento, no habría enviado a cuatro gamberros. Esa clase de tipos valía para robar a ancianas, romper lunas o rajar neumáticos, para infundir el miedo mediante actos de vandalismo…
«Y para drogar a su víctima y dejarla grogui durante unas cuantas horas», dijo una vocecita en su cerebro.
Thomas contuvo la respiración. Con creciente desesperación, se movió en el asiento para poder consultar la hora en el salpicadero del coche y cuando lo hizo, se le cayó el mundo encima.
—Llama a Declan, Martin.
A él le sonó más a una orden, que a una petición. Como no pensaba hacerle caso de todas formas, no se molestó en hacérselo notar.
—Echa el asiento hacia atrás para estirarte cuanto puedas, e intenta descansar. Deberías estar en el hospital, y estás aquí. Es toda la soga que pienso darte, colega —fue su respuesta.
Esta vez, Thomas no se cortó.
—¡Que llames a Declan, joder! ¡No tengo tiempo de explicarte nada, hazlo, y ya!
—Oye, hazme un favor. Cálmate.
Sus miradas, a cuál más furiosa, se encontraron brevemente hasta que sonó el móvil de Martin.
Él exhaló el aire en un suspiro de hartazgo y, al fin, desvió la mirada para ver en la pantalla del salpicadero de quién se trataba.
—Hola, papá… —se adelantó—. Llegaremos en unos veinticinco minutos, aproximadamente… Bueno —matizó—, si no decido abrir la puerta del acompañante y empujar a tu otro hijo fuera de mi coche. En ese caso, llegaré solo y serán veintiocho los minutos—. Volvió a mirar a Thomas, brevemente. Vio que él se había incorporado en el asiento, totalmente atento a la conversación, dispuesto a intervenir.
A Lawrence no le extrañó en absoluto. Thomas era como su madre, una persona resuelta y expeditiva. Después de lo que le había sucedido y, teniendo en cuenta la naturaleza de la verdadera relación que tenía con la señora Middleton, estaría desquiciado por no poder ocuparse de su seguridad.
—Hola, Martin… Por tus palabras, deduzco que Thomas no está acostado en la parte de atrás de tu coche, guardando reposo, como debería estar haciendo. ¿Puede hablar?
Los hermanos respondieron al unísono.
—¿Hablar? Dar órdenes, dirás. ¿Por qué crees que quiero tirarlo del coche? —ironizó Martin.
—Claro que puedo —se las arregló para decir Thomas. Su boca y su nariz seguían muy hinchadas. Dolían y le costaba vocalizar correctamente, pues veía las estrellas cada vez que intentaba mover las mandíbulas. Pero esta vez le había salido bastante bien.
—Hola, hijo. Me alegro muchísimo de volver a escuchar tu voz.
El tono de Lawrence Eaton se había suavizado al oír a Thomas.
—Y yo, la tuya —repuso él. Hizo una pausa. El dolor era intenso. Cuando volvió a hablar, fue al grano—. ¿Cómo está… Gayle?
Eso tampoco le extrañó a Lawrence. Declan había sido muy claro respecto de lo que sucedía entre Thomas y su clienta. Y después de presenciar la reacción de ella, al enterarse de que lo habían atacado, y su posterior súplica de que le permitiera hablar con él —razón por la cual lo estaba llamando—, ya no tenía ninguna duda de que su hijo no diría nada más hasta tener la certeza de que Gayle Middleton estaba bien.
—Aquí, junto a mí, Thomas. Quiere hablar contigo.
Thomas cerró el único ojo que podía mantener abierto, intentando centrarse. De pronto, una mezcla de emociones —alivio, alegría, y una desesperada necesidad de pegarse a Gayle para poder sentirla muy cerca— lo estaban convirtiendo en una coctelera que alguien no dejaba de agitar con una energía inédita.
Martin, que no se había perdido detalle del lenguaje corporal de su hermano mientras hablaba con el general, vio que al durísimo Thomas Eaton se le escapaba un suspiro, y se dejaba caer contra el respaldo del asiento, como si acabaran de darle la mejor noticia de su vida.
«Tío, te han cazado, que lo sepas», pensó, pero no se lo dijo. No quería ser él quien acababa siendo arrojado fuera de su propio coche. En cambio, dijo otra cosa.
—Dale un momento, general. Creo que está tan emocionado, que no le salen las palabras.
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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 41
Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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41
Thomas estaba tan concentrado en sus propias emociones, que no oyó que su hermano se estaba burlando de él. Al fin, cuando sintió que el corazón dejaba de palpitar en su garganta y recuperaba un ritmo más normal, giró la cabeza hacia Martin y se limitó a extender su palma vendada como si llevara puesta una manopla, reclamando que desconectara el móvil del bluetooth y se lo diera.
Martín obedeció con una sonrisa burlona. Que su hermano exigiera privacidad, era otra confirmación de que había algo entre su clienta y él. Y ya iban tres.
—No vas a poder sostenerlo en la mano —le dijo—. El dolor será de órdago y al final se te acabará cayendo. Pero allá tú.
Thomas no movió un músculo. Aguantaría el dolor, como había hecho toda la vida, y encontraría la manera de no dejar caer el teléfono. No se molestó en decirlo. Martin ya lo sabía, solo lo estaba pinchando, y él necesitaba ahorrar energías.
Al ver que su hermano no contraatacaba, Martin asintió con la cabeza. Pareció que iba a darle el móvil, pero, en el último momento, retrajo el brazo y se lo llevó a la oreja. Thomas lo fulminó con la mirada. Él lo ignoró.
—Hola… Soy Martin Eaton. Enseguida le paso con Thomas, pero antes tengo algo que decir.
Thomas sabía que el tono solemne de Martin no duraría mucho. Intentó arrebatarle el móvil, solo para descubrir que su coordinación seguía siendo tan mala como al despertarse por el antídoto. Frustrado, volvió a dejarse caer contra el respaldo.
—Hola… Encantada, Martin. Soy Gayle Middleton —repuso ella.
En efecto, la solemnidad del mayor de los hermanos Eaton acabó pronto.
—Lo mismo digo… Estoy conduciendo y debería sujetar el volante con las dos manos, así que iré al grano. Normalmente, me habría presentado como el hermano de Thomas. Serlo, no es algo que haya elegido, claro. Pero hoy, soy su médico. Algo que tampoco he elegido, por cierto —puntualizó, lanzándole al aludido una mirada recriminatoria—. De modo que, voy a pedirle algo: sea breve y, por favor, no lo altere. —Sabía que Thomas quería matarlo por aquel comentario, vio por el rabillo del ojo que al pequeño Tom le salía humo de la cabeza, pero lo ignoró, y continuó—: Aunque él y toooodo el mundo crean que es Sansón… ¡Sorpresa! No lo es. Es un mortal, con las mismas necesidades de cualquier otro mortal, y debería estar en la cama de un hospital, y no aquí. —Iba a decir, «dándome la brasa», pero se contuvo—. ¿De acuerdo?
A pesar de lo nerviosa que Gayle se sentía ante la perspectiva de volver a hablar con Thomas, sabiendo, al fin, tras horas sin noticias, lo que le había sucedido, esos instantes de conversación con su hermano tuvieron un efecto tranquilizador sobre ella. La confirmación de que Thomas debería estar en el hospital, le había resultado menos dura gracias a la forma que Martin había escogido para decírselo. Le hizo pensar que los hermanos vivirían peleándose y reconciliándose un minuto más tarde, y le resultó de lo más auténtico, incluso entrañable. Siendo hija única no podía evitar sentir un poco de envidia.
—Entendido —repuso ella—. Gracias, Martin.
—No hay de qué. Le paso con Thomas —se despidió. Acto seguido, giró la cabeza con una sonrisa desafiante y, esta vez sí, le entregó el móvil a su hermano.
La mirada que le dedicó Thomas venía a decir «donde las dan, las toman, colega. Tú espera, y verás». A continuación, cogió el móvil. Lo mantuvo sobre la palma de su mano unos instantes, decidiendo cómo proceder. Cerrar los dedos lo suficiente para sostener el aparato, probablemente, no sería una opción. Entre el grueso vendaje y el dolor, no podría cogerlo bien, y, en caso de lograrlo, no iba a poder mantener el esfuerzo durante mucho tiempo. Necesitaría usar sus dos manos; cogerlo con una y sostenerlo con la otra. Decidir a qué oreja acercarlo, fue más fácil. Solo tenía una más o menos funcional: la izquierda. Si lograba no tocarse la cara con ninguna de sus manos, el plan podía funcionar.
Y lo hizo. Su ansiedad por hablar con Gayle estaba por las nubes cuando al fin tuvo el móvil situado dónde y cómo quería.
—Hola… —dijo, y respiró hondo, reuniendo fuerzas para la siguiente frase—. Si te sueno raro, no te preocupes. Estoy bien.
El largo suspiro que Thomas oyó a continuación le hizo tomar conciencia del nivel de miedo y de preocupación que Gayle había estado soportando.
—Estoy bien —volvió a decir, en un intento por tranquilizarla.
El silencio continuó al otro lado de la línea y Thomas empezó a debatirse entre darle margen para que se recuperara, o lanzarse a consolarla, sabiendo que, con lo que le costaba hablar con claridad, acabaría preocupándola aún más.
—¿Gayle…? —insistió.
Gayle estaba luchando contra su propia emoción. Oír la voz de Thomas había desencadenado una cascada de emociones de las que, de momento, no lograba recuperarse. El general y ella habían salido al porche para efectuar la llamada, y, aunque él se había apartado un poco, no lo bastante para que la conversación fuera privada. Antes de aceptar que hablara con su hijo, Lawrence Eaton le había dado directrices claras sobre lo que podía decir y lo que no. Le había explicado que su hijo aún no había recuperado los recuerdos de su ataque, que desconocía lo sucedido mientras él había estado bajo los efectos de la droga y que, por consejo médico, lo mejor era darle tiempo a que los recuerdos regresaran de forma natural. Por lo tanto, la conversación debía tener un tono casual, con vistas a tranquilizar a Thomas, y, si era posible, animarlo. Evidentemente, el general quería asegurarse de que sus directrices se cumplían. De modo que el desafío era por partida doble; sobreponerse a la congoja que le cerraba la garganta, impidiéndole hablar, y hacerlo frente al padre de Thomas, quien ya la había visto perder la compostura en una ocasión.
Se secó las lágrimas, respiró hondo y al fin se dispuso a hablar.
—Hola, Thomas… —murmuró. Sus ojos volvieron a nublarse cuando oyó que él suspiraba, aliviado.
—Joder… Al fin —dijo él. De no tener la boca tan hinchada, su frase habría sido más larga y mucho más sentida.
—Perdona… Está siendo un día muy intenso… —se esforzó por sonreír y ensayó una especie de broma—. Treinta minutos atrás, te habría preguntado si tienes por costumbre dejar a tus clientes esperando durante horas sin dar señales de vida… Ahora, que me he enterado de que no eres tan desatento, me interesa más saber cómo estás. Me refiero a la verdad, por supuesto.
Thomas cerró los ojos y recostó la cabeza lentamente contra el respaldo. Se habría quedado tal como estaba hasta el final de los tiempos, con cada músculo y cada tendón de su cuerpo, relajándose bajo los efectos de aquella voz que le susurraba al oído. Pero había llegado su turno en la conversación.
—Estoy bien —respondió.
—He dicho que quiero la verdad, Thomas. En pocos minutos, estaremos frente a frente. Si voy a desmayarme de la impresión, prefiero saberlo.
Y él prefería no mostrar signos de debilidad ante una mujer en la que solo había conseguido dejar de pensar estando drogado.
—Tranquila, te sostendré.
Volvió a oír su respiración y sintió que su cuerpo, antes relajado, volvía a tensarse. No eran nervios, ni frustración por estar imposibilitado para casi cualquier cosa. Era deseo, un burbujeo intenso en su abdomen, que se extendió rápidamente por su vientre. Esta vez, no se extrañó. Debería hacerlo, ya que su estado físico era francamente lamentable, pero así había sido la dinámica entre los dos desde hacía cuatro días. ¿Por qué iba a ser diferente ahora? Entonces, oyó su voz dulce como la miel, diciendo:
—¡Qué petulante eres, Thomas Eaton!
Él se rio, sorprendiendo a Martin, que giró la cabeza para mirarlo. Un instante después, sintió un intenso dolor recorriendo sus nervios faciales, que no lamentó en absoluto. Oírla, lo estaba devolviendo a la vida. A la vida de verdad, la que era más que, simplemente, respirar. A la emoción derivada de conectar con una mujer a la que, además, deseaba con locura. Era algo totalmente nuevo en su vida.
Las personas que conocía lo habrían llamado «fanfarrón» o «engreído». Pero Gayle no se parecía en nada a las personas de su entorno. ¿Cómo iba a llamarlo fanfarrón? Seguro que esa palabra no existía en su diccionario. No, señor. Ella lo llamaba «petulante» con toda la naturalidad del mundo…
Y a él le encantaba. Era música para sus oídos.
«Es para hacérselo mirar», ironizó una vocecita en su cerebro que, por supuesto, ignoró.
Entonces, ella volvió a hablar. El tono de su voz denotó que sonreía.
—¿Sabes? En circunstancias normales, ahora te llamaría irrespetuoso… Pero me gusta hacerte reír y creo que lo necesitas, así que, por hoy, lo dejaré correr… Sin que sirva de precedente, ¿de acuerdo? No está bien que se ría de mí, caballero.
Thomas asintió para sí. La de Gayle no era una sonrisa cualquiera: estaba coqueteando con él.
—Entendido. ¿Y tú, cómo estás?
Ahora fue ella quien se rio.
—¿Comparada contigo? Diría que estoy fabulosa.
De eso, Thomas no tenía ninguna duda. Ella siempre estaba fabulosa por los cuatro costados. Pero no se estaba refiriendo a eso, y ella lo sabía.
—¿Quién es la petulante ahora? —repuso él, cargando las tintas sobre la palabra que ella había utilizado para referirse a él.
Gayle estaba viviendo el peor día de su vida, con diferencia. Sobreviviendo a él como podía. Cada minuto que pasaba, con menos fuerzas para hacerlo. Más vulnerable y más aterrorizada. Pero no lo diría en alto. No les daría a esos sentimientos más poder del que ya tenían sobre ella.
—Soy más fuerte de lo que parece y, además, te tengo a ti para sostenerme cuando me tambaleo. Como he dicho, estoy fabulosa. Lo comprobarás con tus propios ojos en unos minutos. Y ahora voy a colgar. Tu hermano me ha pedido que sea breve.
—Mi hermano es un capullo —repuso él, dirigiéndole una mirada al aludido que lo miró sonriente y le hizo el signo de la victoria con dos dedos.
Gayle no se lo pensó. Las palabras salieron de un rincón muy profundo de su ser, cargadas de agradecimiento.
—Te ha salvado la vida. Para mí, es un héroe.
La emoción atravesó a Thomas de parte a parte. Le habían bastado dos frases para ponerle el corazón en fuga. El poder que esa mujer tenía sobre él, era arrollador, y crecía imparable.
Esta vez le costó volver a centrarse. Y solo lo consiguió a medias.
—Ni hablar. —Tras una pausa, se las arregló para decir de corrido—: Ese puesto es mío.
Gayle se estremeció intensamente. Espió por el rabillo del ojo lo que hacía el general Eaton. Estaba pendiente de ella y la expresión de su rostro le decía que era hora de colgar.
—Martin es un héroe por haberte salvado la vida. Tú eres mi héroe. Si no entiendes la diferencia, te la explicaré cuando llegues —repuso en un murmullo con la esperanza de que Thomas la hubiera oído, y su padre, no—. Ahora, voy a colgar. El general me lo está pidiendo con la mirada.
Thomas no llegó a decir nada más.
El sonido de llamada cortada lo sorprendió con un nudo en el pecho y la sensación de estar flotando.
* * * * *
Lawrence Eaton esperó a que Gayle entrara en la cabaña, para hacer otra llamada. Debía hablar con su padre, algo que no sería agradable, pues con aquel hombre, hasta el momento, nada lo había sido. Además, sabía que ella no tenía ningún interés en comunicarse con su progenitor, aunque antes hubiera dicho lo contrario: había tenido que pedirle su número de teléfono y ella se lo había proporcionado, sin hacer la menor alusión al respecto.
Consultó su reloj. Desde luego, no eran horas de llamar a nadie, pero en eso habían quedado. Marcó el número y esperó. No tardó en obtener una respuesta.
—Hola, ¿quién es? —oyó que lo atendían. Lo dicho era lo normal en esos casos, pero el tono… Había sonado al ladrido de un perro rabioso.
—Buenas noches, milord. Soy el general Eaton.
—Ah, muy bien. Con usted quería hablar. ¿Cómo está mi hija?
—Bien. Ahora está descansando —decidió decir, en previsión de que aquel hombre le pidiera hablar con ella—. Ha bebido una infusión relajante, y espero que eso la ayude a dormir.
El aristócrata exhaló el aire en un suspiro.
—Supongo que tendré que esperar a mañana para hablar con ella… —dijo, en un tono que comunicaba más decepción que enfado.
—Puedo despertarla, si lo desea —ofreció. No quería que pensara que era él quien estaba evitando el contacto.
—No. Esperaré. Imagino que estará muy asustada, después de enterarse de que el descerebrado de su exmarido los estuvo siguiendo en su coche. Sé que logró despistarlo. Bien hecho, general.
Estaba claro que las noticias corrían con rapidez, pensó Lawrence. Sin embargo, aún no le había dicho a su hija nada acerca del Audi A8. Tan solo que ella aún no estaba fuera de peligro.
—Gracias, milord. En honor a la verdad, no sé quién nos seguía. Solo sé que era un Audi A8 negro. En cuanto a su hija…
—Yo, sí —lo interrumpió—. Es suyo. Hice que lo comprobaran. Lo estrenó hace dos días.
Lawrence pensó que el hecho de que el coche perteneciera a Kyle Baxter, no implicaba, necesariamente, que fuera él quien iba al volante. No dudaba de su implicación en el asunto, por supuesto. Sin embargo, que fuera al volante o no era un detalle muy importante, puesto que si no era él quien conducía el vehículo, estaban otra vez en la casilla de salida. Es decir, con Baxter en paradero desconocido. Decidió no decirlo por no prolongar la conversación.
—Ya veo… Su hija no está al tanto del tema. Ha venido todo el viaje durmiendo y he preferido no darle más disgustos esta noche.
—¿A qué se refiere?
—A que he tenido que decirle dónde estaba mi hijo. Me lo preguntó directamente, por tercera vez. Ya no podía seguir dándole largas al asunto.
Oyó que el aristócrata respiraba fuertemente antes de decir:
—Le estoy muy agradecido a su hijo por abrirme los ojos sobre el degenerado de mi ex yerno, y por cuidar de Gayle, pero sospecho que lo que hay entre él y mi hija ha superado lo estrictamente profesional. No es mi intención ofenderle, general, pero Gayle sabe cuáles son las normas de mi casa y estas no contemplan la posibilidad de que mantenga una relación seria con quien le plazca. No es así como funcionan las cosas. El hombre que escoja deberá cumplir una serie de requisitos y, además, deberá contar con mi aprobación previa. Mi hija lo sabe; su hijo también, porque me he ocupado de decírselo personalmente, y ahora cumplo en decirle a usted que pienso cortar este asunto de raíz.
¡Vaya!
Si aquel hombre había ido tan lejos como parar advertirle a Thomas que se mantuviera alejado de su hija, lo que había entre ellos tenía raíces mucho más profundas de lo que él había imaginado. Y desde que había presenciado la reacción de la señora Middleton al enterarse del ataque a Thomas y, más tarde, la conversación entre susurros cómplices que habían mantenido, su imaginación había desplegado las alas. Entendía la posición del aristócrata. En cualquier caso, no era una novedad. Sin embargo, Lawrence no podía evitar sentirse algo irritado por sus palabras.
—Tomo nota, milord. Se lo comunicaré a Thomas… en cuanto esté en condiciones. Ahora, no lo está. Cuatro hombres lo atacaron esta tarde y lo han dejado bastante maltrecho. Aún no se sabe quiénes eran, pero todo apunta a que también tiene que ver con su ex yerno —repuso en un tono forzadamente neutro.
El silencio se prolongó durante varios segundos.
—Cuánto siento oír eso, general. Aunque, supongo que son gajes del oficio.
El noble había conseguido redimirse a ojos de Lawrence con su primera frase. Y hundirse irremediablemente en el fango con la segunda. ¿Qué clase de persona ofrecía semejantes palabras de consuelo al padre de la víctima?
—Bien —dijo en lugar del «gracias» que se esperaba en tales circunstancias, pues no se sentía capaz de dárselas a aquel hombre—. ¿Desea que le diga algo a su hija?
—Que me llame. Su madre y yo estamos muy preocupados por ella.
—Eso haré, milord. Buenas noches.
Lawrence se disponía a colgar cuando lord Middleton lo sorprendió con un alegato final.
—También haga el favor de decirle que ya no tendrá que preocuparse por su exmarido. Le he denunciado por acoso e intimidación, y he puesto en marcha todos los mecanismos legales necesarios para protegerla. La policía, al más alto nivel, tiene conocimiento de todo, incluido que su coche los estuvo siguiendo. Tienen el audio que grabó su hijo, las coordenadas que usted le facilitó al señor Keegan, las horas… Todo. Voy a acabar con ese individuo.
Entre los datos que el noble había disparado en apenas unos instantes, la mente del general Eaton se quedó con uno, pues suponía toda una novedad para él.
¿Qué audio había grabado Thomas? ¿Tenía esa grabación algo que ver con lo que le había sucedido? De repente, que lo hubieran atacado empezaba a cobrar para él un significado distinto.
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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 42
Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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42
Gayle estaba sola en el salón, sentada en el sofá, al calor de la chimenea que, sin embargo, aún no había conseguido siquiera que su cuerpo se templara un poco. Lenora había ido a la cocina a comprobar la comida. El apetitoso aroma que llenaba la cabaña, anunciaba que el asado de carne y patatas iba bien.
Ella alzó la vista hasta el hombre corpulento que entró en el salón. Le ofreció una ligera sonrisa. No quería imaginar lo que pensaría después de que ella no mostrara el menor interés en hablar con sus padres. ¿Qué clase de hija hacía algo semejante? La respuesta era obvia: una que estaba muy resentida con ellos. No se tenía a sí misma por una persona insensible, pero aquel día había comprendido que, cuando se trataba de sus padres, podía ser muy indiferente, y se sintió mal por ello.
—Gracias por tranquilizar a mi familia, general… Bueno, por eso y por todo. Siento mucho esta situación.
Lawrence Eaton asintió con la cabeza a modo de agradecimiento. Las palabras de la mujer dejaban claro que no se había equivocado al inventar una excusa para que ella no tuviera que ponerse al teléfono con su padre. Que no formulara preguntas acerca de la conversación, era una confirmación adicional de que no deseaba saber nada al respecto. Probablemente, no se fiara de su padre y no estuviera preparada para recibir más disgustos aquel día. Sin embargo, tendría que hacerlo. Y, dado que Thomas ya no tardaría en llegar, tendría que ser él mismo quien la pusiera al día de la situación.
—Me ha pedido que le llame mañana, ha dicho que su madre y él están preocupados por usted. He intentado tranquilizarlo, asegurándole que usted estaba bien, dentro de lo que cabía esperar en estas circunstancias, que le habíamos dado una infusión relajante, y ahora estaba descansando.
Gayle asintió.
—Gracias, general. Lo haré, los llamaré mañana.
—Bien. Se alegrarán de oírla, seguro. —Tras una pausa, continuó—: También me ha pedido que le dijera que ha denunciado a su exmarido y ha puesto en marcha todas las medidas legales necesarias para protegerla.
Ella suspiró. No sabía cómo se sentía. La denuncia acabaría con sus deseos de privacidad, algo que siempre había protegido con uñas y dientes. Sin embargo, después de horas —días, de hecho— con el miedo en el cuerpo, suponía un extraño alivio pensar que a Kyle ya no le resultaría tan fácil llegar hasta ella.
—Supongo que era inevitable. Yo también tomaré medidas legales. —Sus abogados estaban a la espera de recibir su visto bueno para solicitar una orden de alejamiento contra él. Se ahorró el decirlo en alto, pues no tenía sentido hablar más al respecto. Estaba francamente harta de Kyle Baxter—. Gracias, general.
—Hay algo que debe saber. Antes, le he dicho que la situación todavía no era segura. Me refería a algo que sucedió mientras viajábamos en el coche. Este no era el destino original que Thomas había previsto. Me vi obligado a cambiar al plan alternativo cuando descubrí que un coche nos seguía… Quédese tranquila, conseguí librarme de él —se apresuró a aclarar al ver que Gayle se envaraba—. Mi hijo aún no lo sabe, pero, en cuanto vea que su hermano no va por la ruta que espera, lo sabrá.
—¿Era mi exmarido quien nos seguía? —se atrevió a preguntar.
—Por lo visto, el vehículo es de su propiedad, pero no sé quién lo conducía. No pude verlo bien. Estaba muy oscuro.
Gayle volvió a coger su taza y bebió de ella, nerviosa. Parecía estar viviendo una pesadilla interminable. ¿Acaso el maldito Kyle nunca la dejaría en paz?
Lawrence Eaton apretó los labios en un gesto de pesar. El miedo se mostraba en el bello rostro de la mujer como si fuera un cartel de neón.
—Eso debe estar helado. Permítame que le sirva otra taza…
Gayle esbozó un sucedáneo de sonrisa al tiempo que negaba con la cabeza. No quería más té. Tan solo deseaba despertar de la pesadilla.
—¿Sabemos dónde está él ahora?
—Nosotros, no. Pero tenga en cuenta que, por motivos de seguridad, ni usted ni yo hemos estado en primera línea de la información. Quizás su exmarido ya esté localizable —repuso el general con cautela.
Ella respiró hondo. Bajó la cabeza y se alisó la falda beis con movimientos inconscientes.
—Me divorcié de él hace casi cuatro años. Para entonces, ya tenía muy claro que yo no le importaba. Ahora pienso que, probablemente, nunca le importé de verdad. Mi familia, sí, pero yo, no —añadió con un tono digno, a pesar de la crudeza de su confesión—. Se sintió muy ofendido de que yo decidiera poner punto final a nuestro matrimonio y, desde el divorcio, cuando coincidíamos en algún evento social, apenas me dirigía la palabra. Hasta que, a principios de este año, de buenas a primeras, empecé a tropezarme con él cada vez más a menudo. Y ahora, esto. Lo que está haciendo no tiene ningún sentido para mí.
—Es un acosador, señora Middleton. Su mente no funciona bajo los mismos criterios que la suya o la mía.
—Lo sé… Ahora, lo sé.
Gayle pensó que saberlo, sin embargo, no suponía ningún consuelo. De hecho, añadía preocupación: ¿cómo era posible que ella no se hubiera dado cuenta de que se había enamorado de un acosador? ¿Acaso estaba tan ciega, tan necesitada de amor, que sus sentimientos habían silenciado por completo a su razón durante años? Ese pensamiento la hostigaba constantemente. La hacía dudar de sí misma, de su capacidad para advertir las verdaderas intenciones de los hombres que se acercaban a ella. Siendo quien era, resultaba muy inquietante.
El general hizo una pausa, decidiendo cómo plantear lo que aún quedaba por decir.
—Su padre me dijo algo más. Algo sobre usted y mi hijo.
Cómo no. Era absolutamente imposible que su progenitor perdiera una sola ocasión de imponer sus reglas a todo el mundo para que quedara bien claro quién ostentaba el poder. Gayle ignoraba que había salido de su boca, pero decidió que no sería ella quien definiera su relación con Thomas. Entre otros motivos, porque no sabía cómo hacerlo. No sabía cómo llamar a lo que había surgido entre los dos.
El general continuó.
—Se refirió a ciertas normas que aplican a sus relaciones sentimentales, según las cuales los candidatos interesados, además de requerir contar con su aprobación previa, deben reunir una serie de requisitos.
El general Eaton hizo una nueva pausa, dándole la ocasión de comentar o aclarar algo de lo dicho. El pertinaz silencio de la mujer, le dejó claro que no pensaba pecar de imprudente.
—Aprobación con la que mi hijo no cuenta, imagino que debido a que no cumple los requisitos. —Una nueva pausa obtuvo el mismo silencio de antes—. Dado que usted lo sabe, y mi hijo también, pues su padre, al parecer, se lo comunicó personalmente, me ha informado que piensa cortar este asunto de raíz. Es una cita textual.
Gayle tuvo que esforzarse mucho para no ponerse a gritar de impotencia. Jamás entendería la total falta de tacto, incluso de decencia de su progenitor. ¿Cómo se atrevía a manifestar algo semejante al hombre que la estaba protegiendo, que se había visto implicado en el asunto por obligación moral, porque su hijo había acudido a él en busca de ayuda y, como correspondía a un buen padre, se la había brindado? ¿Cómo se atrevía a decirle que su hijo, que había arriesgado su vida por protegerla, no cualificaba como candidato idóneo para relacionarse con ella? ¿Quién era él para creerse con derecho a hablar abiertamente de su vida privada, sin ningún pudor? Era indignante.
Respiró hondo y se obligó a contenerse. «Llevo su mismo apellido, pero no soy como él», se recordó.
—Por favor, ignore las palabras de mi padre. Le diría que las olvidara, pero sé que no es posible. Suele dejar una huella imborrable en las personas con las que trata, y, desafortunadamente, no siempre es para bien. Huelga decir que soy mayor de edad y tomo mis propias decisiones, general.
—¿Y qué le sucederá a mi hijo cuando las decisiones que usted tome no se adecúen a lo que su padre quiere? —intervino la madre de Thomas, inesperadamente—. Su apellido es Middleton, ¿verdad?
Lenora había oído suficiente para confirmar sus sospechas y la referencia a la falta de cualificación de Thomas, de pronto, había refrescado su memoria. El divorcio de aquella mujer había sido muy sonado. Las revistas del corazón y la prensa amarilla se habían llenado de fotos de la ex pareja. Y ahora que sabía quién era su familia, no estaba dispuesta a dejarlo correr.
Gayle miró a la madre de Thomas, deseando que la tierra se abriera y ella no tuviera que enfrentarse a la vergüenza de tener que responder a quien le había abierto las puertas de su casa, ofreciéndole un refugio sin conocerla de nada, en el peor día de su vida.
Lawrence Eaton también miró a su esposa sorprendido, y en su caso, muy incómodo por la situación.
—Lenora, cariño, por favor —dijo él, rogándole que no interviniera.
Ella negó con la cabeza, avanzó hasta el sofá donde estaba su marido y se sentó a su lado. Miró a Gayle, exigiendo tácitamente una respuesta.
La tierra no se había abierto y no había una sola grieta a la vista, donde desaparecer para siempre. Gayle hizo acopio de todo su valor para responder.
—Sí, ese es mi apellido. Pero no se preocupe, Lenora, a Thomas no le sucederá nada.
—¿Está usted hablando en serio? —Emitió una risa irónica—. Mire, no sé cuál es su relación con mi hijo. Hasta hace una hora, ni siquiera la conocía. Pero sé que le han dado una paliza y lo han drogado, y que ambas cosas tienen que ver con usted. No quiero siquiera imaginar qué más podría pasarle, si su padre decide que no está dispuesto a tolerar que su hija mayor de edad tome decisiones contrarias a sus intereses.
Esta vez, Lawrence apretó la mano de su mujer, exigiéndole que se serenara. Ella lo miró, asintió, y respiró hondo antes de volver a hablar.
—Discúlpeme, Gayle… Sé que está siendo un día terrible para usted. Créame cuando le digo que, en esta familia, sabemos muy bien lo que supone estar a merced de un loco que no se detiene ante nada con tal de recuperar lo que cree que le pertenece. Pero, como ha dicho, mi hijo es una gran persona. Ha trabajado muy duro por todo lo que tiene. Especialmente, por su prestigio profesional. Le ruego que no se tome las advertencias de su padre a la ligera.
«Y este es el momento en el que la impresión que se lleva de mí la familia de alguien tan importante en mi vida, se hunde irremediablemente en el lodo», pensó Gayle con la angustia cerrándole la garganta.
Pestañeó en un intento de evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas.
—No haré nada que pueda perjudicar a Thomas, ni permitiré que mi padre lo haga. Jamás. Les doy mi palabra de honor —se las arregló para responder.
Y, consciente de que ya no podría contener el llanto por más tiempo, se excusó, y abandonó el salón.
* * * * *
La sensación de estar flotando abandonó a Thomas en cuanto vio que Martin tomaba la salida equivocada de la autopista. La sustituyó otra emoción mucho más terrenal: la desesperación. Ambos conocían la ruta de memoria, desde que eran niños, de modo que su maniobra no podía deberse a un error. Su inusitada lucidez trajo a su memoria las conclusiones a las que había llegado inmediatamente antes de que volver a oír la voz de Gayle, lo hubiera desconcentrado por completo. Primero, Baxter había hecho que lo siguieran. No se trataba de algo que pudiera coordinarse con tanta rapidez, incluso si su empresa mantenía una lista secreta de colaboradores idóneos para esa clase de «trabajos especiales». Por lo tanto, no podía ser fruto de su enfrentamiento con él en el restaurante Shakedown, aquel día. Su decisión tenía que ser anterior. Segundo, los gamberros que lo habían atacado no tenían instrucciones de darle una paliza, sino de mantenerlo alejado de su exmujer durante unas cuantas horas. ¿Y para qué iba a querer dejarlo a él fuera de combate, si no era para intentar llegar hasta Gayle con más posibilidades de éxito?
—¡¿Qué coño ha pasado?! Y, tío, más te vale decirme la verdad, o te juro por Dios… —espetó con una claridad que hasta él le sorprendió. La fiereza de su expresión hizo innecesario que dijera nada más.
Martin procuró mantener la calma. La tarde junto a su hermano no había sido fácil, pero era plenamente consciente de que ahora empezaba la parte realmente difícil.
—El general sospechaba que le seguían. Lo confirmó, me llamó para que yo hablara con Declan, y cambió al plan b. Logró despistar al coche que le seguía, tranquilo —aseguró, y se quedó esperando el estallido de Thomas.
Dado que este no llegó, giró la cabeza para comprobar qué sucedía. Se encontró con la mirada de su hermano, que no estaba sobre él, sino más allá, en un punto indeterminado del paisaje que pasaba veloz por la ventanilla, por encima de su cabeza. Era una mirada concentrada y extraña, dado que procedía de un solo ojo, el derecho.
Los engranajes mentales de Thomas trabajaban a destajo.
Desde que había despertado por efecto del antídoto, sabía que algo no iba bien. La inquietud que lo impulsaba a ponerse en movimiento, aunque no supiera el porqué, le decía —le gritaba— que Gayle estaba en peligro.
¿Cómo se había enterado Baxter de que él había enviado a su padre a recogerla para llevarla a un lugar seguro? No se lo había dicho a nadie. Pero si habían seguido al coche del general, quedaba clara una cosa: no solo a él lo habían tenido bajo vigilancia; a Gayle, también. ¿A cuánta gente tenía metida en el ajo el cabrón de Baxter?
—¿Qué sabemos del coche? —inquirió Thomas. Esta vez, las miradas de los hermanos se encontraron.
—Era una Audi A8 negro. El general hizo una foto de la matrícula. Declan cree que pertenece al exmarido de tu clienta.
Thomas había dejado de escuchar a Martin en cuanto dijo la marca y el modelo. Ya había visto ese coche rondando a Gayle. No necesitaba que nadie le dijera quién lo conducía. Esto confirmaba su teoría: creyendo que lo había quitado a él de en medio, Baxter había intentado ir a por ella. ¿Cuántas veces le había dicho a todo el que quisiera oír, que el tipo había perdido la cabeza y no debían fiarse de él? Llevaba días predicando en el desierto.
—¿Ella lo sabe?
—Ahora, imagino que sí. Pero en el momento, no. Iba dormida. No se enteró de nada.
—Bien. —Gayle sabía cómo encajar las malas noticias, si se le daba un poco de espacio. Si se había enterado del tema cuando ya se sentía a salvo en la cabaña, se controlaría. Era inevitable que se asustara, pero no entraría en pánico, complicando las cosas.
Otra cuestión espoleó su mente en aquel momento.
El archivo de audio.
Ya tenía que haber llegado a manos de lord Middleton. Le había dado a Colby instrucciones muy precisas sobre cómo proceder. En todo caso, su móvil estaba en manos de la policía. Si Colby no había podido contactar con él, seguro que la policía lo había hecho. El aristócrata no era de los que reaccionaban con calma. Habría montado en cólera y todos sus cañones apuntarían a la cabeza de su ex yerno. En cuyo caso, al cabrón le quedaba muy poco que perder. Eso lo convertía en una amenaza aún mayor para Gayle. Además, si Baxter se había arriesgado tanto para dejarlo a él fuera de juego unas cuantas horas, ¿no se habría tomado la molestia de investigarlo, aunque más no fuera por encontrar un punto vulnerable, algo con lo que hacerle daño? Por supuesto que sí.
Un frío helado se instaló en su cuerpo cuando puso la última pieza al rompecabezas.
—¿Papá está solo con ella?
—Vaya pregunta. Claro que no. ¿Se te ha olvidado cómo es Lenora Eaton, colega? Tranquilo, yo te ayudo a recordar: es como tú, pero con la tozudez y la mala leche de una mujer. —Desde que su padre se había retirado, su madre se estaba cobrando con intereses todo el tiempo que había pasado alejada de él, a cargo del hogar y de los hijos. Ahora, no lo dejaba solo, ni a sol ni a sombra.
Entonces, Martin reparó en que la pregunta de su hermano implicaba más cosas que una mera curiosidad.
—Espera un momento… ¿Crees que el tipo sabe dónde están? —le preguntó alarmado.
Thomas asintió con la cabeza.
—Llama al general —le ordenó—. Y, tío, por lo que más quieras, pisa a fondo.
* * * * *
Gayle ya estaba llorando a lágrima viva al darles la espalda a los padres de Thomas, en el salón. Cuando salió al largo pasillo que recorría la vivienda de delante a atrás, dividiéndola por la mitad, apenas veía dónde pisaba. Tan solo el rítmico sonido de sus tacones, repiqueteando contra las tablas de madera, le ayudaban, de alguna forma, a mantener el equilibrio, al tiempo que le informaban de que iba por buen camino.
Rebuscó en los bolsillos de su chaqueta beis, pero su pañuelo no estaba allí. Se lo había dejado sobre el asiento. No le quedaba más alternativa que usar los dedos. Eso hizo, sabiendo que, muy probablemente, estropearía su maquillaje. Tenía las manos heladas y el pulso muy inestable. Como para no tenerlo: estaba aterrada, y ahora, también desesperada por el desolador futuro que se abría ante ella. Dios… Si continuaba con la emoción tan a flor de piel, Thomas la encontraría hecha un adefesio. Un instante después, se sintió ridícula por aquel pensamiento. A él le daban una paliza por protegerla, y allí estaba ella, preocupada por que se le corriera el maldito rímel.
Estaba completamente desquiciada. Debía recuperar el control de sus emociones. Era imperativo que lo hiciera.
Domínate, Gayle. Vamos, puedes hacerlo.
Sin embargo, sus buenos propósitos quedaron en suspenso, cuando al elevar la mirada, ya con una visión más clara tras enjugar sus lágrimas, Gayle vio al desconocido.
Desde la puerta posterior de acceso a la cabaña, un hombre fornido, vestido de oscuro, le pedía con señas que guardara silencio, y continuara andando.
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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 43
Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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43
Gracias a superar con creces el límite de velocidad, Declan estaba a pocos minutos de reunirse con el general Eaton cuando sonó su móvil. Al ver de quién se trataba en la pantalla del SUV, frunció el ceño. ¿Qué pasaba ahora? Había estado dudando de si llamar a Jana para decirle que, probablemente, no llegaría hasta el alba, pero, al fin, lo había descartado. No quería despertarla. Mucho menos preocuparla, no explicándole las razones de su retraso, puesto que no podía hacerlo. Jana deduciría que las cosas se habían ido de madre, que su amiga estaba en peligro, y sufriría un ataque de pánico sin que él ni siquiera estuviera cerca para ayudarla. Decidió arriesgarse y no llamarla.
—Dime, Harley —la saludó.
—Hola, Dec… Llamo para avisarte que Jana está conmigo, en casa. Dormida, por suerte.
Mierda. No debí dejarla sola.
—¿Y eso?
Oyó un suspiro prologado y, luego, la voz de Harley, nuevamente, hablando en susurros.
—Se presentó aquí hace un par de horas, bastante nerviosa por ti y por Gayle. No me costó nada convencerla de que se quedara, así que supongo que, en el fondo, vino porque no quería estar sola.
«Qué mierda», pensó Declan. Vaya forma de estrenar la nueva etapa de su reconciliación.
—Gracias por llamar, Harley. Cuando se despierte, dile que…
Declan hizo una pausa. Decirle, ¿qué? ¿Que le perdonara haberla dejado sola en un momento tan vulnerable como por el que Jana estaba pasando? Menuda gilipollez.
—No, no, no… —intervino Harley—. Díselo tú mismo cuando hables con ella… Jana no quiso que te avisara… Ya tenías bastante con el follón del caso en el que estás trabajando… Dijo que te había dejado una nota en la nevera, pisada con un imán.
Declan frunció el ceño.
—Pero has pasado de lo que Jana te dijo y me estás llamando. ¿Qué sucede, Harley? —Entonces, recordó lo de su embarazo—. Oye, ¿tú estás bien o ese bebé te sigue dando guerra?
—Sigue dando guerra. Pero estoy bien, no te preocupes por mí, Dec… —Su voz denotó que estaba sonriendo.
—¿Entonces?
—Brandon y Lau salieron para Dover hace un rato. —Suspiró antes de decir—: Al llegar y ver que Kyle no estaba allí, a Fay le ha dado un telele, un ataque de ansiedad o yo qué sé… El médico está con ella ahora. Yo he tenido que quedarme. Mis padres están aquí para celebrar lo de mi embarazo… Y fíjate, qué movida… Menuda fiesta. Lo último que queremos es meterlos en medio de semejante película de terror. Además, aún no le hemos dicho nada a Hugo. Participa en un certamen mañana y se fue a la cama pronto… Ay, joder, qué desastre, Dec… ¿Y tú cómo estás? A ver, ya sé que no puedes decirme nada del tema por esos rollos de la confidencialidad, pero…
La confirmación de que Kyle no estaba donde había dicho estar, cayó como un cubo de agua fría sobre esa parte de Declan que, a pesar de todas las evidencias, seguía deseando no haberse equivocado tanto al juzgarlo. Como profesional de la seguridad, había hecho lo que debía para proteger a su cliente. Tras enterarse de que el coche que seguía al general Eaton era propiedad de Kyle, había puesto en conocimiento de la policía toda la información de que disponía. Colby se había desplazado hasta las coordenadas donde el general había visto el Audi A8 por última vez, con instrucciones de vigilar la zona, por si seguía por allí, esperando reencontrarse con el vehículo del militar. Y ahora, él mismo iba camino del lugar donde estaba Gayle. Pero, en su fuero interno, aún tenía la esperanza de que todo fuera un desgraciado malentendido. Era ridículo, lo sabía. Pero las consecuencias de que no fuera un malentendido iban a suponer un golpe tan tremendo para Fay y Perry, incluso para el mismo Brandon, que prefería aferrarse a la esperanza.
—Todo un rollo lo de la confidencialidad… —confirmó, dando a entender que, en efecto, no podía hablar del tema. Sin embargo, que Harley lo llamara era una muestra de su nivel de preocupación y debía, al menos, intentar tranquilizarla—. ¿Te sirve si te digo que no veo la hora de que acabe este día de mierda? —repuso, y la oyó reír.
—Es una respuesta «muy tú», y claro que me sirve, gracias.
—De nada. Tengo que dejarte, Harley. He de hacer una llamada.
Ella permaneció en silencio unos instantes antes de decir:
—Ten mucho cuidado, Dec, ¿vale?
Él asintió con una sonrisa.
—Tranquila, siempre lo tengo —se despidió.
En cuanto la línea quedó libre, seleccionó el número del padre de Thomas. Por más que la idea de que Kyle hubiera perdido completamente la chaveta y aún estuviera intentando atacar físicamente a Gayle, le siguiera pareciendo un total despropósito, debía avisarle. Si Kyle no se hallaba en la casa de campo de los Baxter, en Dover, volvía a estar en paradero desconocido, y por tanto, volvía a ser una amenaza para su exmujer.
* * * * *
Tan pronto la señora Middleton se marchó del salón, Lawrence Eaton volvió a poner la atención en su esposa.
—Te has pasado, cariño. Lo que has hecho no ha estado bien —murmuró.
Lenora sonrió con ironía.
—Lo que no ha estado bien es que Thomas te involucrara en este asunto y contigo, a una parte de la familia. Y me ocuparé de decírselo a la cara en cuanto se recupere. No se va a librar de escucharme.
—Lenora… —la regañó él con dulzura.
Ella negó taxativamente con la cabeza.
—Y si me apuras —susurró—, tampoco me parece bien que se lo hayas permitido. Estás retirado, Laz. Después de cuarenta y tres años, vuelvo a tener a mi marido en casa. Sin secretos. Sin misiones especiales. Sin viajes intempestivos. Sin morirme de miedo cada vez que sales por la puerta, preguntándome si regresarás por tu propio pie o en una bolsa. ¿No crees que también me merezco un poco de tranquilidad, después de tantos años?
Los argumentos de su esposa eran válidos, pero no irrebatibles. Por más retirado que estuviera, si alguien necesitaba ayuda, jamás se la negaría. Por no mencionar que quien se la había pedido era uno de sus hijos. Además, como hombre, no podía mantenerse indiferente ante una situación de acoso a una mujer. Y si no podía hacerlo como hombre, como militar, menos aún.
—Tú te lo mereces todo, cariño. Todo. Pero la señora Middleton no nos ha pedido nada. Es una buena mujer, que está pasando por circunstancias terribles, y, aún así, no ha hecho más que disculparse por la situación desde que ha llegado. Ni siquiera sabía que yo iría a recogerla. Thomas no pudo hablar con ella para avisarle.
Lenora exhaló un bufido contrariada.
—Lo que nos lleva al asunto de qué demonios le pasa a nuestro hijo, Laz. ¿No había ninguna otra mujer que despertara su interés, más que la hija de un aristócrata? ¿Es que ha perdido la cabeza, o qué? —dijo, mirando a su marido a los ojos—. ¿Eres consciente de que el padre de esa mujer puede buscarle la ruina a Thomas?
Lawrence compartía la preocupación de su esposa y, por supuesto, no perdía de vista las serias implicaciones derivadas del tema. Después de todo, era él quien había escuchado al noble pronunciar aquellas palabras tan odiosas que aún seguían removiéndolo por dentro. Pero esa no era la cuestión.
Tomó la mano femenina entre las suyas y se aseguró de que su tono fuera lo bastante comprensivo al decir:
—¿Eres tú consciente de que Thomas tiene 39 años? Cariño… No puedes intervenir como si él fuera todavía tu hijo adolescente, y necesitara que su madre lo salvara de cometer el error de su vida. No hay adolescentes insensatos en este caso. Son dos adultos, como tú y como yo. Y por poco que nos guste esta situación, somos convidados de piedra.
Lenora no estaba de acuerdo. Puede que ya no tuviera voto en la vida de su hijo, pero siempre tendría voz. Le gustara a Thomas, o no.
Estaba a punto de decirlo cuando el móvil del militar empezó a sonar.
—Es Declan —anunció antes de atender.
—Buenas noches, general… —lo saludó Declan—. Estoy cerca, pero acabo de enterarme de una información que necesita conocer. ¿Puede hablar ahora?
Obviamente, se refería a si Gayle Middleton estaba con él en esos momentos. El militar dedujo que si le estaba haciendo esa pregunta, quería decir que la información que estaba a punto de darle era preocupante.
Lawrence intercambió miradas con su mujer y apretó cariñosamente su mano, en una señal tranquilizadora.
—Por supuesto. Dime, Declan. ¿Qué novedades hay?
* * * * *
Martin volvió a desconectar la llamada y encendió la luz interior de la cabina. La oscuridad que los rodeaba era total; apenas veía sus propias manos sobre el volante.
—Sigue hablando con alguien —dijo, a pesar de que no era necesario. Había conectado el Bluetooth y su hermano escuchaba igual que él el sonido que indicaba que la línea estaba ocupada.
Thomas golpeó el salpicadero con una mano de pura impotencia, pero su golpe impactó varios centímetros a la izquierda de donde se proponía. Farfulló algo ininteligible cuando el dolor atravesó su brazo, recordándole que, en sus actuales circunstancias, era poco menos que un inútil.
Y, al recordarlo, maldijo en voz alta.
—¿Qué… qué pasa? —preguntó Martin, sobresaltado.
Thomas lo miró, pero no respondió enseguida. Sabía que su hermano se revolvería en cuanto él contestara esa pregunta. Pero ya habían entrado en el último tramo del camino forestal que llevaba a la cabaña, y su desesperación estaba disparada.
—Tienes que darme algo —dijo al fin.
—¿De qué hablas?
—De algo que me active. Puedo con el dolor. —Hizo una pausa para recuperar el aliento. Una cosa era decirlo; otra, muy distinta, soportarlo—. Pero no coordino bien. Me falta precisión.
Martin meneó la cabeza, disgustado. Por lo visto, había más locos en escena, que un marido acosador. Claramente, su hermano había perdido la cordura, si creía que él iba a suministrarle una droga para que pudiera volver a ser Sansón en tiempo récord. De eso, ni hablar. Ya bastante estaba consintiendo, permitiéndole salir del hospital. Volvió a ordenarle al sistema que marcara el número del general.
—No necesitas ninguna de esas dos cosas, colega. Lo que necesitas es descansar y dejar que tu cuerpo se recupere a su ritmo.
—Joder… ¡Claro que lo necesito! No entiendes nada…
El sonido de que la línea a la que estaba llamando continuaba ocupada, resonó en la cabina. Martin colgó desde el volante.
—¿Qué es lo que no entiendo? Está muy claro, Thomas. Esa falta de coordinación y de precisión son señales de que ese tipo consiguió dejarte fuera de combate. Lo quieras admitir o no, es la realidad. Asúmela de una vez y deja que los demás nos ocupemos de ayudarte a ti, y de protegerla a ella.
Thomas posó la mirada iracunda de su único ojo sobre su hermano. Se acercó una mano a la boca en un intento inconsciente de detener el dolor que sabía que estaba a punto de sufrir, y no se lo pensó.
—¡¿Y quiénes son «los demás»?! —espetó y siguió hablando sin detenerse ni para respirar—. Si el general tiene que protegerla a ella, ¿quién va a neutralizar a Baxter? ¿Mamá? ¿Tú? Estamos lidiando con un tipo violento, movido por deseos de venganza, que ha perdido la cabeza. ¡¿Es que no les ves, joder?!
Martin no había pensado en eso, era cierto. En su opinión, Lenora Eaton tenía suficiente sangre fría para hacer lo que fuera necesario, pero sabía que su padre no lo permitiría. Y en cuanto a él, era cirujano. Al margen de la instrucción militar que había recibido al unirse al ejército, no tenía la formación ni la preparación física para «neutralizar» una amenaza. Podía liarse a puñetazos con el tipo e intentar reducirlo. Pero si no conseguía dejarlo grogui, y era bastante probable que no lo lograra, ya que sus manos no estaban diseñadas para la lucha, sino para la cirugía, las cosas se pondrían muy complicadas para todos. Aún así, no estaba dispuesto a ceder a la petición de Thomas.
—A ver, tío… Centrémonos, ¿vale? Estoy de acuerdo en que es necesario decirle a papá que crees que Baxter sabe dónde están… Pero de ahí a dar por hecho que el tipo está aquí, hay un trecho enorme. Que sepa dónde encontrar a su exmujer, no implica que vaya a presentarse en el lugar —repuso, lo más calmado que pudo, y volvió a intentar comunicarse con su padre.
Thomas empezaba a sentirse como un león enjaulado. Estaba seguro de que el audio había llegado a manos del padre de Gayle. Tan seguro como de que, a aquellas horas, el aristócrata había puesto la apisonadora en marcha, dispuesto a dejar a su ex yerno, reducido a polvo. Baxter ya no tenía nada que perder. ¿No era lo más lógico que, retorcido como era, intentara arrastrar a cuantos pudiera en su caída, empezando por quien creía que era la culpable de todo? Y, aunque, al final no resultara así, con un tipo tan desquiciado por medio, era mil veces preferible pecar de paranoico.
—¡¿Y por qué no?! —bramó—. ¡Él cuenta justamente con que ninguno creéis que lo va a hacer!
Martin bufó, furibundo, al oír el sonido que indicaba que el sistema no podía conectar la llamada. Thomas sacudió la cabeza, frustrado.
—Llama a mamá —le ordenó.
—¿Y qué le digo? —espetó Martin, nada calmado, esta vez—. ¿Que cierre bien las puertas y asegure las ventanas porque el psicópata exmarido de tu novia está al acecho?
Los hermanos se miraron. Ambos preocupados por distintas razones. Ambos enfadados, el uno con el otro. Pero Martin era quien conducía y devolvió rápidamente la vista al oscuro camino que transitaban.
Thomas, en cambio, no apartó la suya de él.
—Ten cuidado con lo que dices…
—¿Por qué? ¿Porque no es tu novia? —lo desafió Martin.
—Porque no es asunto tuyo —espetó él, sin detenerse un solo segundo a pensar en la pregunta.
Lo hizo después. Y pensarlo no lo condujo a nada. Gayle era la única mujer en su vida que había conseguido atrapar su atención y retenerla. Toda su atención; no hacía otra cosa que pensar en ella. Y en cuanto a lo que él representaba para Gayle… Probablemente, era el único hombre del planeta en quien confiaba a ojos cerrados. Lo que, viniendo de alguien a quien su exmarido psicópata estaba sometiendo a un acoso sin cuartel, era mucho decir. Pero, estrictamente hablando, ignoraba qué eran Gayle y él. Tampoco tenía interés en definirlo. Le daba igual lo que fueran mientras pudiera estar con ella. En todo caso, suponiendo que existiera un momento adecuado para que alguien metiera las narices en sus cosas, aquel, definitivamente, no lo era.
La reacción de Martin fue urticante.
—No me digas, ¿en serio? —dijo, rezumando ironía—. Mira, tío, si no te gusta la palabra novia, cámbiala por otra. Lo que es evidente es que estás metido en esto hasta el cuello… Hasta el punto de pedirme que infrinja el código de deontología médica y te drogue para que puedas seguir jugándote la vida por ella. Algo que, por supuesto, no-voy-a hacer. Esto no tiene nada que ver con ser su guardaespaldas. Tampoco con lo sensibles que somos todos los Eaton a la palabra «acoso». Y tú lo sabes mejor que bien. Así que, hazme un favor: deja ya de pretender tomarnos por idiotas, colega.
«Vaya manera de perder el tiempo con gilipolleces», pensó Thomas. Menos mal que Martin era cirujano de trauma del ejército. Esos tipos estaban programados para intervenir y resolver la cuestión o descartarla y pasar a la siguiente en no más de diez minutos. Si fuera un cirujano normal de un hospital civil, les daría la Navidad y él seguiría allí, erre que erre, dándole la brasa con asuntos que no eran de su incumbencia ni venían a cuento en aquel momento. Thomas respiró hondo y se preparó mentalmente para el sufrimiento.
—¿Y qué si estoy metido hasta el cuello? Hay que avisarles. ¡Llama a quien sea, pero llama YA! —bramó y, al fin, apretó los párpados cuando el dolor empezó a martillearle el cerebro.
Martin bufó, pero hizo lo que Thomas le pedía. Lo intentó primero con el número de su padre y se sintió aliviado al oír su voz.
—¡Al fin! No podíamos comunicarnos contigo. ¿Está todo bien por allí?
—Hola, hijo… Todo en orden por aquí. ¿Y vosotros?
Martin intentó dejar a un lado lo cabreado que estaba con su hermano, y centrarse en responder.
—A punto de llegar. Te llamo porque Thomas ha seguido uniendo los puntos y cree que Baxter podría saber dónde estáis.
—«Podría», no —intervino Thomas—. Lo sabe.
Martin respiró hondo, ignoró la intervención tremendista de su querido hermano, y continuó como si nadie lo hubiera interrumpido.
—No estaría de más que tomaras precauciones, general. Por si al tipo se le da por presentarse allí esta noche.
Lawrence, que seguía en el salón, sentado en uno de los sofás junto a su mujer, esperando que la señora Middleton regresara, procuró mostrarse tan normal como siempre. En su fuero interno, no obstante, empezaba a estar seriamente preocupado. Primero, la llamada de Declan. Y ahora, la de sus hijos. Decidió acudir a la fuente más fiable que conocía.
—¿Es eso posible, Thomas?
La respuesta de su hijo fue taxativa.
—Es más que posible, general. Es un hecho.
Martin elevó el brazo en un gesto de estupefacción. ¿Cómo que era un hecho? Era una suposición. Y no negaría que, como buen hombre de acción, los instintos de Thomas estaban bien afilados, pero ¿qué había del sentido común? El tipo había organizado un revuelo aquel día y tenía que saber que todo el mundo lo estaría buscando. ¿No decían que era tan listo? ¿Por qué arriesgarse a que lo encontraran y lo acorralaran? Si quería hacerle daño a su exmujer, podía hacerlo cualquier otro día, con mucha más posibilidades de lograrlo sin que lo pillaran.
En aquel momento, Lenora se levantó del sofá y le indicó con señas a su marido que iba a ver si la invitada se encontraba bien. Él, instintivamente, la retuvo, tomándola de un brazo. Ella lo miró interrogante.
—Espera —gesticuló sin emitir sonido, y volvió a centrarse en la conversación que mantenía con sus hijos—. Entendido. Le diré a Alex que afine el ojo.
En el coche, los hermanos se miraron sorprendidos.
—¿Está ahí? —preguntaron al unísono.
—Está afuera. Ya lo conocéis, siempre tiene que estar vigilando.
Thomas soltó un suspiro de alivio. Martín exhaló otro.
Si había alguien en el país con la preparación necesaria para hacer frente a la situación que tenían entre manos y salir airoso, ese alguien era, sin ningún género de dudas, Alexander William Eaton.
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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 44
Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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44
Martin maldijo en voz alta al ver que el parabrisas empezaba a llenarse de goterones, dificultando aún más la visión. Hasta el momento, y a pesar de que el cielo estaba encapotado cuando habían abandonado el hospital, se habían librado de la lluvia. De tanto en tanto, habían caído algunas gotas, pero no había pasado de eso. Ahora, un aguacero se cernía sobre ellos y eso no era lo deseable estando en mitad de una zona forestal y en plena noche.
Thomas ni siquiera se dio cuenta de la reacción de su hermano. Estaba muy concentrado en dilucidar las señales que su cuerpo no dejaba de enviarle desde que habían entrado en el tramo final de su viaje; el estrecho camino de tierra que conducía a la cabaña. Podía ver las luces exteriores y no distinguía signos preocupantes. El porche estaba desierto y de la chimenea salía un grueso penacho de humo, de modo que todos estarían en el salón. Estaba a punto de llegar y todo parecía tranquilo; debería sentirse aliviado. Sin embargo, no era el caso. ¿Por qué?
—Para un momento —le pidió a su hermano.
Martin lo miró con el ceño fruncido.
—¿Quieres que me detenga aquí, en mitad de la nada?
—Sí. Para y haz señales con las luces.
Por más harto de Thomas que estuviera aquel día, Martin jamás se tomaba a broma esas reacciones de persona hiperintuitiva que él solía tener. No las entendía, ni le agradaban, pero no las ignoraba. No ser capaz de advertir lo que Thomas parecía ver con tanta claridad lo hacía sentir indefenso, vulnerable. Obedeció, y ocultó su preocupación tras una mofa.
—¿Señales de socorro? —dijo mientras encendía y apagaba las luces del vehículo una y otra vez—. Tengo el morse un poco oxidado, pero lo intentaré…
—Señales para que Alex nos vea —repuso Thomas, sin darse por aludido del tono de burla, del que ni siquiera fue consciente. Todos sus sentidos estaban en otra cosa.
Un instante después, abrió la puerta y descendió del vehículo. Avanzó un par de metros y se detuvo.
Martin soltó un taco. Bajó el cristal y asomó la cabeza.
—¿Qué haces, tío? ¿No ves que está lloviendo? ¡Vuelve dentro antes de que se te mojen los apósitos!
Thomas inspiró profundamente el aire frío y húmedo de la noche. Miró a su alrededor, aguzando la visión de su único ojo operativo, y se quedó inmóvil unos instantes intentando decodificar las señales interiores que cada vez eran más intensas.
Al fin, regresó sobre sus pasos mientras tiraba de la gasa que tenía sobre la ceja hasta quitársela. El apósito le cubría casi todo el párpado y necesitaba poner a trabajar ese ojo. Por poco que consiguiera abrirlo, era mejor que nada. De hecho, sabía —presentía— que iba a necesitar disponer de todas sus facultades y de todos sus recursos.
Ante la expresión atónita de su hermano, se las arregló para abrir la guantera y buscar con una mano lo que necesitaba, hasta que cayó en la cuenta de que su sentido del tacto estaba seriamente limitado por la gasa que la recubría. Se agachó y lo intentó con la vista. Logró ver lo que le pareció una navaja y la sacó de la guantera.
—¡Eh, ¿qué narices…?! —exclamó Martin, al fin—. ¡¿Estás loco, colega?! ¿Quieres dejar eso y mirarme, por favor?
Thomas le echó un rápido vistazo.
—No hay tiempo para esto, Martin. —No había tiempo para nada, pensó con urgencia. Y volvió a concentrarse en lo que era prioritario en aquel momento: abrir la navaja.
—Dime lo que pasa, Tom. No puedo ayudarte si no me lo dices.
Thomas respiró aliviado cuando, después de unos segundos luchando con el arma, consiguió abrirla. Empezaba a recuperarse. Sabía que era producto de la adrenalina y que cuando todo acabara, su estado empeoraría temporalmente. Pero eso ahora no importaba. Necesitaba volver a ser el de siempre. O, al menos, lo más parecido posible al de siempre.
—Si quieres ayudarme, corta las vendas.
La limpieza de sus movimientos, así como la claridad y la fluidez con las que hablaba, no pasaron inadvertidas a Martin. Su hermano ya no sentía dolor. Era como si haberse expuesto a los elementos, hubiera recargado sus sistemas. La capacidad de recuperación de Thomas era asombrosa debido a que su fortaleza no era solo física, sino también mental. Pensó, con creciente preocupación, que, después de todo, haberse negado a infringir los principios médicos, suministrándole una droga, no impediría que Thomas volviera a poner su vida en peligro. Su hermano no necesitaba drogas, con su poderosa mente le bastaba y le sobraba.
Martin le sacó la navaja de la mano de malos modos.
—No sueñes con que vas a llevártela… —le advirtió. Un segundo después, se felicitó mentalmente por la estupidez que acababa de decir. ¿Para qué iba a querer Sansón una navaja?
Thomas volvió a sentarse en el asiento del copiloto para que la tarea de cortar las vendas fuera más rápida, y no se molestó en aludir a la advertencia de Martin.
—¿Vas a decirme lo que pasa? —insistió él.
—No sé lo que pasa. Solo sé que algo pasa. Y que Alex no dé señales de vida, me lo confirma.
—Habrá ido al baño o estará en la casa, calentándose un poco… ¿Por qué sois tan alarmistas los de las fuerzas especiales? ¿Es un requisito para unirse al cuerpo o algo así?
Martin lo dijo por quitarle hierro a la situación, no porque lo pensara realmente. Alex no necesitaba calentarse y de haber necesitado un baño, tenía todo un bosque a su disposición. Empezaba a estar muy preocupado por su familia. Lenora y el general estaban en la maldita cabaña. No soportaba la idea de que les sucediera algo malo. Thomas no estaba en condiciones de intervenir, pero lo haría, y no había nada que él pudiera hacer para impedírselo. Y en cuanto a Alex, todavía no lo había visto, y ya estaba preocupado por la situación. Que no se hubiera acercado al coche en cuanto habían parado solo podía significar que o bien le había sucedido algo a él, o bien sucedía algo en la cabaña, que lo había alejado de su puesto de vigilancia.
Thomas tampoco respondió esta vez. En cuanto su hermano le cortó la última venda y recuperó el uso de ambas manos, manoteó su anorak del asiento de atrás, que Martin había hecho recoger en su casa junto con el resto de la ropa de deporte que ahora vestía, y se apeó del vehículo. Se puso el abrigo con la capucha sobresaliendo del nivel de la frente. Con un poco de suerte, la lluvia no lo cegaría. Cerró la cremallera y ajustó el cordón de la capucha procurando no tocarse la cara.
—¿Tienes una linterna?
Martin se estiró hasta la guantera, palpó con una mano hasta que encontró lo que buscaba, y se la entregó.
Después de comprobar si funcionaba, Thomas se la guardó en un bolsillo del anorak. Al fin, le dio las últimas instrucciones.
—Apaga todas las luces. Las de la cabina también. Y avanza, intentando hacer el menor ruido posible. Aparca pasada la cabaña y espera en el coche. ¿Entendido?
—Esperar, ¿a qué? —le preguntó, angustiado—. ¿No sería más útil dentro?
Thomas agachó la cabeza para mirarlo.
—Si fuera un hospital, sí… Confía en mí, tío —le dijo con algo muy parecido al afecto.
Martin asintió varias veces con la cabeza.
—Ten mucho cuidado, colega… No me des más sustos esta noche, ¿vale?
—No más sustos, tranquilo —concedió Thomas.
Acto seguido, cerró la puerta del vehículo y, un instante después, desapareció entre los árboles.
* * * * *
Después de mirar hacia atrás en un gesto inconsciente por oír la conversación de los padres de Thomas en el salón, que apenas llegaba hasta ella como murmullos ininteligibles, Gayle decidió obedecer al desconocido.
Ni entonces, ni nunca sabría realmente por qué lo hizo. El pasillo estaba bien iluminado, pero era largo, y el individuo se hallaba al final de él. Los datos que su cerebro había conseguido recabar en tan poco tiempo no eran suficientes para sustentar su decisión. El hombre en cuestión era de raza blanca, alto y de contextura fuerte. Joven. Vestía de oscuro, unos guantes cubrían sus manos y llevaba un gorro calado hasta las cejas. Quizás lo hizo por intuición. O, quizás, porque el aplomo y la seguridad de sus gestos le infundían confianza.
Pero mientras avanzaba, helada y aterrorizada, Gayle se preguntaba si no estaba cometiendo un error garrafal, haciendo lo que el extraño le pedía. ¿No habría sido más inteligente regresar al salón? ¿O incluso dar la alarma, poniéndose a gritar a voz en cuello?
No dejaba de preguntarse quién era ese hombre y qué hacía allí. ¿Por qué le había pedido que guardara silencio? ¿Para no alertar a los demás? En tal caso, obedeciéndolo, acababa de cometer la mayor estupidez de su vida. ¿Y si no era esa la razón…? A lo mejor, perseguía a alguien que se había refugiado en la cabaña y no quería que delatara su presencia.
Entonces, un pensamiento la detuvo en seco y una corriente helada le recorrió la espalda y las piernas, dejándola momentáneamente inmóvil.
¿Era Kyle a quien perseguía? ¿Su exmarido estaba allí, a metros de ella?
¡Nooooo! ¡Nooooo! ¡Dios mío, por favor, nooooo!
* * * * *
Cuando faltaban tres metros para llegar a la puerta de la cocina, Gayle estaba tan asustada y tan confundida que, de hecho, se le cruzó por la cabeza entrar en la cocina y cerrar la puerta con llave.
«Suponiendo que exista tal llave», dijo una vocecita en su cabeza.
Pero entonces, vio que el desconocido se ponía en movimiento. Después de indicarle con un gesto que continuara avanzando, fue a su encuentro con pasos silenciosos.
Cuando la alcanzó, empezó a retroceder de espaldas a la puerta, sin perder el contacto visual con ella, imponiendo a sus pasos el mismo ritmo, lo cual sorprendió a Gayle por partida doble. Primero, porque a pesar de que eran cuatro los pies que se movían sobre los sensibles tablones de madera, solo se oían sus tacones. Segundo, porque a esa distancia, el individuo dejó de ser un desconocido.
Gayle ignoraba qué parentesco tenía con Thomas, si era otro hermano o, quizás, un primo, pero reconocer los rasgos distintivos de la familia Eaton en él le produjo tanto alivio que sintió que se le aflojaban las rodillas.
—Siga andando —dijo él. Esta vez, además del gesto de una mano, los labios del hombre se movieron sin emitir sonido.
Ella asintió ligeramente con la cabeza. Intentó concentrarse en mantener el ritmo.
Estaban a punto de llegar a la cocina, cuando, de un rápido movimiento, el treintañero se quitó la cazadora y se la puso a ella sobre los hombros. Al fin, se acercó brevemente a su oído para decir:
—Soy Alexander Eaton. Mantenga la calma y escuche con atención. Hay alguien escondido en la habitación de invitados. Salga al porche por la puerta que hay en la cocina, y espere ahí hasta que le diga. No haga ruido. Y no vuelva a entrar en la casa bajo ningún concepto. ¿Me ha entendido?
Acto seguido, volvió a buscar el contacto visual. Gayle asintió con la cabeza en señal de comprensión. Ahora, estaba temblando de miedo.
Él se apartó de inmediato, cediéndole el paso con un gesto que señaló la puerta por la que debía entrar.
Más y más asustada por momentos, Gayle se irguió en un acto inconsciente de autoafirmación, giró hacia la izquierda sobre sus tacones e hizo exactamente lo que le pedían.
* * * * *
Alex esperó a que Gayle Middleton entrara en la cocina para retroceder hasta la habitación de invitados. De todas las personas que podían salir al pasillo en aquel preciso momento, ¿justamente tenía que ser ella?, pensó ahora, algo más tranquilo. La mujer le echaba valor, eso era innegable, pero se estaba rompiendo, y eso también era innegable.
El general no le había proporcionado detalles sobre la mujer a quien había ido a recoger a un lujoso hotel del centro de la ciudad. Tan solo le había dicho su nombre y le había explicado de manera muy escueta por qué necesitaba protección. Con esos datos, él había efectuado una búsqueda de información sobre el exmarido acosador. Había recabado cuanto había podido con los escasos medios y tiempo de los que disponía. A él pertenecía la silueta que había visto acceder a la cabaña por la puerta posterior.
Una serie de ruidos que bien podían proceder de un animal lo habían guiado hacia la zona donde estaba la vivienda, cuando una silueta había salido de entre los árboles, sin más. Después de echar un vistazo a su alrededor, había entrado de lleno en el área iluminada por las luces exteriores de la vivienda, lo que le había permitido comprobar que se trataba de un hombre rubio. La altura, el peso aproximado y el color de pelo coincidían con la descripción que tenía de Kyle Baxter.
El individuo se había dirigido directamente a la cabaña, había tentado el picaporte y Alex que, oculto entre las sombras proporcionadas por la arboleda, se preparaba para ir a su encuentro por sorpresa y neutralizarlo, había visto, con tanto disgusto como desconcierto, que la puerta cedía.
Más temprano, al llegar a la cabaña con su madre, él personalmente había comprobado cada estancia, cada ventana y cada puerta. La única explicación que se le ocurría era que ella hubiera salido a buscar leña y, al regresar, se hubiera olvidado de cerrarla con llave. Su madre era una mujer precavida, y que se hubiera dejado la puerta abierta era una señal de lo alterada que estaba.
Alex había corrido hasta la vivienda pensando que, si procedía con sigilo y rapidez, aún podía sorprender al sujeto en el pasillo. Tenía que evitar como fuera que llegara al salón. No solo porque su exmujer estaba allí, sino porque sus padres estaban con ella.
Pero al abrir la puerta exterior, lo había visto lanzarse a toda mecha hacia el dormitorio auxiliar. Enseguida supo el porqué de su huida. El sonido de unos pasos que salían del salón lo había espantado y, en un abrir y cerrar de ojos, había desaparecido tras la primera puerta que había encontrado. Un instante después, Alex descubriría, con inquietud, que los pasos en cuestión pertenecían a Gayle Middleton.
Mierda. Con lo fácil que habría sido reducirlo fuera…
Ahora, que el sujeto se había escondido en la habitación de invitados, la situación era mucho más delicada.
* * * * *
Gayle se estaba rompiendo. Era un hecho.
Al llegar al porche, el miedo y la desesperación que la embargaban eran tan grandes que se había puesto a llorar. Le aterrorizaba la idea de moverse, incluso de volverse a mirar lo que la rodeaba. De modo que no lo hizo. Simplemente, permaneció de pie en el porche, abrazándose el cuerpo por debajo de la enorme cazadora que seguía teniendo sobre los hombros, puesto que ni siquiera había atinado a ponérsela. Temblando de tal forma, que hasta castañeteaba los dientes, incapaz de dominarse.
Incapaz de pensar.
Había perdido toda noción del tiempo que llevaba allí, helada e inmóvil, cuando oyó una voz que le decía al oído:
—Soy yo, tranquila.
Inmediatamente, unos brazos la rodearon por la cintura desde atrás y, cuando su mente aún no había decidido si lo que sucedía era real o un producto de su imaginación, la voz volvió a hablarle en un susurro.
—Estoy aquí. Soy yo, soy yo… Soy yo, Gayle, cálmate…
Ella inspiró profundamente, tragó saliva y luchó contra aquel llanto rebelde que se negaba a dejarla en paz.
—¿Thomas…? —logró decir con la voz entrecortada por los temblores que sacudían su cuerpo.
Él apretó el abrazo.
Y entonces, Gayle oyó que él suspiraba. Sintió su calor, la caricia de su respiración sobre la helada piel del rostro, su presencia que, inexplicablemente, siempre la reconciliaba con su vida y con sus circunstancias, por más terribles que estas fueran.
—¿Esperabas a otro? —lo oyó murmurar—. Claro que soy yo… Estoy aquí. Calma, nena, calma.
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©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 45
Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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45
Martin no había recorrido siquiera treinta metros cuando las luces de otro vehículo iluminaron la noche. Miró por el retrovisor y solo pudo determinar que se trataba de un coche de grandes dimensiones, probablemente otro SUV, como el suyo. Se puso en tensión hasta que recordó que el general había dicho que Declan se dirigía hacia allí. Entonces, más tranquilo, se detuvo, accionó el freno varias veces para alertarlo de su presencia y esperó.
Poco después, vio que el vehículo se detenía detrás del suyo. Al cabo de unos instantes, Declan se apeó y corrió bajo la lluvia.
—Apaga las luces y vuelve, que te pongo al día —le dijo, después de bajar el cristal.
Vio que él lo miraba dubitativo un instante, pero enseguida se disponía a obedecer.
El bosque había vuelto a quedar sumido en la oscuridad cuando Declan abrió la puerta del acompañante y entró en el coche.
—¿Qué pasa? ¿Dónde está Thomas? ¿Está bien? —preguntó al ver que Martin iba solo.
Él no pudo evitar una sonrisa irónica. Tampoco el tono socarrón con el que habló.
—Anda por ahí, haciéndose el Sansón otra vez… —repuso, señalando ambiguamente hacia la densa zona forestal que atravesaban—. Tuvo una de sus intuiciones supremas y me pidió que parara. Se bajó del coche. Cuando volvió a subirse, se había arrancado la venda que le cubría un ojo, y era otro. Según él, pasa algo y que mi hermano Alex, que también está aquí, vigilando, no se acercara hasta nosotros, era una confirmación de que tenía razón. Alex tampoco se ha acercado ahora, así que… —«Está claro que algo sucede», pensó, pero continuó con lo importante—. Mis instrucciones son seguir camino con todas las luces apagadas, haciendo el menor ruido posible. Aparcar pasada la cabaña y esperar en el coche. —Tras una pausa, añadió en el mismo tono al tiempo que sacudía la cabeza contrariado—: Ahora que lo pienso, tiene sentido que mi hermano quiera que espere en el coche. Cuando se le pase el momento X-Men, le dará tal pájara, que tendremos que salir corriendo al hospital…
A pesar de la ironía en su voz, Declan recibió alto y claro el mensaje de preocupación de Martin. Si Thomas estaba en el bosque «haciéndose el Sansón», era porque su gran fortaleza y su entrenamiento militar se lo permitían. Después, probablemente, necesitaría una cama y dormir dos días seguidos, pero no un ingreso hospitalario. No era el momento ni el lugar de hablar de ello, de modo que le dio una tranquilizadora palmada en el hombro y se centró en lo importante.
—Thomas también cree que Kyle Baxter está aquí —dijo, pensando en voz alta, con la mirada perdida en algún punto más allá del parabrisas, que no podía ver, puesto que la lluvia caía con fuerza.
Martin se envaró.
—Así que es cierto… Ahora tú también lo crees. ¿Por qué? ¿Qué me estoy perdiendo, Declan?
Declan no podía revelar lo que Martin quería saber y, aunque pudiera, tampoco disponía de tiempo para relatar que la existencia de un archivo de audio que había llegado a manos del padre de Gayle había modificado radicalmente el tablero de juego.
—Sé de muy buena fuente que Kyle no está donde dijo que estaba y eso convierte la hipótesis de Thomas en mucho más posible que antes —se limitó a explicar y cambió de tema—. ¿Sabes si hay alguna otra forma de llegar hasta aquí?
Por suerte, la maniobra de distracción de Declan funcionó.
—En coche, no. Este camino lo hizo abrir específicamente el dueño anterior de la cabaña cuando la construyó.
Declan volvió la cabeza para mirarlo. En la oscuridad, tan solo percibía el perfil de Martin, apenas iluminado por las luces del tablero.
—¿Y a pie? ¿Dónde está el camino más cercano?
Martin se quedó pensando unos instantes.
—Hay otra vía asfaltada —señaló hacia la izquierda—. Está más arriba, por la carretera principal, como a quince kilómetros o así. Serpentea entre las colinas y no sé a qué distancia real puede estar de la cabaña cuando alcanza este punto. Lo que sí sé es que atravesar este bosque, que tiene algunos trechos en pendiente, y hacerlo en plena noche, no es para débiles de corazón.
Kyle no era débil de corazón, y si había tenido un brote psicótico, su locura le daría la energía necesaria para hacer cualquier cosa que una persona normal no lo creería capaz de hacer. Declan ya le había concedido el beneficio de la duda suficientes veces los últimos cuatro días. Hoy no cometería ese error.
Sacó su móvil. Notó que las barras superiores de la pantalla indicaban que el nivel de conexión era inestable.
—¿Por qué la cobertura va y viene? —preguntó. Era una zona rural, pero no estaba alejada de al menos dos centros urbanos.
—Es por la lluvia.
Declan asintió. Rogando que la señal durara lo suficiente para hacer una llamada, seleccionó la memoria que guardaba el número de Darren Colby, quien estaba vigilando el tramo de la autopista donde el padre de Thomas había visto el Audi A8 por última vez. Él atendió enseguida.
—Dime, Declan…
—¿Alguna novedad por ahí?
—Nop.
—Vale. Haz una cosa, Darren. Martin dice que a quince kilómetros de donde estamos ahora, hay otra vía asfaltada que circula entre las colinas y en algún punto se acerca a nuestra localización por la izquierda. Compruébalo, por favor. Es posible que Baxter esté aquí. Que haya atravesado el bosque a pie, en cuyo caso debió dejar su coche en la vía asfaltada. Te paso las coordenadas por SMS.
—Entendido. Oye… ¿Quieres que haga algo, si lo encuentro? Aparte de avisarte, me refiero.
Suponiendo que Kyle hubiera llegado hasta la cabaña, con un miembro activo del SRR, dos exmiembros de las fuerzas especiales y uno de los generales del ejército más condecorados del país pisándole los talones, las posibilidades que tenía de escapar de allí eran nulas. Pero, de nuevo, ya no daría nada más por sentado cuando se trataba de Kyle.
—Sí, inutilízalo. Enseguida te mando las coordenadas. Hablamos luego —se despidió.
Después de enviar los datos a Colby, Declan volvió a guardar el móvil y cogió la manecilla de la puerta.
—Voy a quitar el coche del camino y vuelvo, ¿vale? —anunció.
Notó que Martin respiraba hondo antes de asentir varias veces con la cabeza. Sus niveles de preocupación se habían disparado. Algo muy comprensible, habida cuenta de que la mitad de su familia estaba en el centro de la tormenta. Desde luego, no era aquella la clase de tensión a la que un cirujano estaba acostumbrado. Por más cirujano militar de trauma que fuera.
—No te preocupes, tío. Somos cuatro los X-Men listos para actuar que hay aquí. Todo irá bien —lo tranquilizó antes de apearse.
* * * * *
Lawrence cortó la comunicación cuando saltó el buzón de voz de Alex.
—¿No contesta? —preguntó Lenora, alarmada.
Él le pidió con un gesto que bajara la voz. Aunque razones para preocuparse no faltaban, lo último que necesitaban en aquellos momentos era que la señora Middleton se enterara de las últimas novedades. Tan recientes, que acababan de suceder: Declan le había avisado que Kyle Baxter no estaba en la casa de campo que la familia tenía en Dover, lo que aumentaba las posibilidades de que, en realidad, estuviera rondando la cabaña. No contentos con eso, una persona tan poco proclive a las exageraciones como su hijo Thomas había asegurado que Baxter estaba allí. Algo que, por cierto, Lawrence no había compartido con su esposa aún.
Y ahora, para colmo, Alex no respondía el teléfono.
—Lo tiene en modo vibración, cariño —dijo, en un intento de quitarle tensión al momento—. Con esta lluvia, no se habrá enterado. No te preocupes.
Lenora exhaló un suspiro nerviosa. Llevaba toda la tarde preocupada y con la sensación de que aquel maldito día no acababa más. Nada que Lawrence dijera cambiaría su estado de ánimo. Al fin, se dio un golpecito sobre los muslos, y se puso de pie.
—Voy a sacar el asado del horno —murmuró—. De paso, veré si nuestra invitada está bien…
—Voy yo —dijo él.
La mano de su marido había vuelto a detenerla y, esta vez, no había interrogación en la mirada de Lenora cuando lo miró, sino exigencia.
—¿Qué es lo que sucede, Laz?
Lawrence meditó su respuesta. Lenora era una persona audaz que se crecía ante las situaciones de peligro. Siempre había admirado su capacidad de mantenerse serena ante circunstancias en las que otros echarían a correr, pero aquel día no quería verla en acción. Dos de sus hijos estaban implicados ya en aquel asunto por su decisión de ayudar a Thomas a poner a salvo a su cliente. Le dolía el corazón de pensar que había sido él quien se había visto obligado a convocarlos. Bajo ningún concepto expondría a su esposa más de lo que ya la había expuesto.
Eligió con cuidado las palabras que dijo a continuación.
—Thomas cree que el exmarido de la señora Middleton conoce la existencia de esta cabaña. Tiene fama de ser un hombre muy inteligente, por lo que es posible que deduzca que ella está aquí, y decida venir. —Vio que su mujer lo miraba con los ojos abiertos de par en par y elevó una mano para que le permitiera continuar—. Mantén tu coraje atado en corto, cariño. Te lo pido, por favor. No puedo protegerla a ella si también tengo que preocuparme de lo que tú vayas a hacer. Necesito que te quedes aquí y que no hagas nada. Ni llamadas, ni excursiones dentro o fuera de la casa. Nada, Lenora. Solo esperar a que yo vuelva. Serán cinco minutos.
Ella sacudió la cabeza. Sentía el corazón golpeando con fuerza en el pecho y no era «su coraje» la razón, sino el miedo. Al fin, volvió a sentarse en el sofá.
—Si dices que es posible, es que sabes que él ya está aquí… —aseguró, advirtiéndole con la mirada que se dejara de paños fríos con ella—. Pero no sabemos con qué clase de loco nos las estamos viendo, ¿o sí? ¿Su locura es del nivel «si no vuelves conmigo, me voy a cortar las venas» o del nivel «me da igual todo, así que voy a entrar ahí y a acabar con todo lo que se mueve»? Pedirme que me quede de brazos cruzados mientras tú te arriesgas a Dios sabe qué, es muy injusto. Y muy ingenuo de tu parte. ¿Lo harías tú, de estar en mi lugar?
—No —repuso él, sin dudarlo. Tomó la mano de su mujer, y su voz se suavizó al decir—: Pero necesito que lo hagas. Si te sucediera algo… —No lo soportaría, ni se lo perdonaría jamás—. Cariño, no hay tiempo para esto… Por favor, haz lo que te pido.
Lenora retiró su mano, molesta, y volvió a respirar hondo. Durante unos instantes, permaneció con la cabeza baja, rumiando su enfado mientras tomaba una decisión.
—Solo te concederé cinco minutos —dijo al fin—. Si no has vuelto para entonces, iré a buscarte. ¿Está claro?
Lawrence respiró aliviado. Se acercó a la mejilla de su esposa y le dio un beso.
—Muchas gracias, cariño. Volveré a llamar a Alex, y si me salta el buzón, le enviaré un wasap para que tenga la última información a mano. Después, iré a ver cómo está la señora Middleton.
* * * * *
Thomas no quería moverse. Volver a tener a Gayle entre sus brazos después de la locura de día que los dos habían vivido le parecía tan irreal como se lo parecía a ella. Y tan necesario para su cordura que una parte de él se resistía a regresar a la dura realidad que tenían ante sí.
Sin embargo, debía hacerlo. Y debía hacerlo rápido. Cuando todavía estaba en el bosque, había visto los faros de un coche que entraba en el último tramo del camino. Sabía que se trataba de Declan. Cuando habían llamado al general desde el coche de Martin, él les había dicho que Declan venía de camino. El plan era que mientras Martin se quedaba con Gayle en el coche, su jefe y él se ocuparían de la situación. Pero que ella no dejara de temblar ni de sollozar, anticipaba que interrogarla no sería una tarea fácil. Se agachó nuevamente para hablarle al oído.
—Intenta tranquilizarte, nena… Dime por qué estás aquí fuera.
Notó que ella, en vez de responder, intentaba volverse, seguramente para refugiarse en sus brazos. Él se lo impidió, tensando el abrazo en torno a su cintura. Sabía que tarde o temprano ella acabaría descubriendo las huellas que el ataque había dejado en él, pero no quería que lo hiciera en aquel momento. El cabrón de Baxter había conseguido romperla. Si lo veía con un ojo casi cerrado y solo dos agujeros a modo de nariz en mitad de un rostro desdibujado por la hinchazón, sufriría un ataque de nervios.
—¿Te pidió mi hermano Alex que salieras? ¿Este es su abrigo? ¿O fue mi padre quien te lo pidió? —insistió.
Los temblores y los sollozos se hicieron más intensos, logrando que a Thomas lo invadieran sentimientos de lo más contrapuestos. Por un lado, compasión. Le partía el alma verla de aquel modo. Por otro, ira. Ira hacia el individuo culpable de que ella lo estuviera pasando tan mal.
La acunó entre sus brazos durante unos instantes.
—Sé que tienes miedo —susurró mientras le frotaba cariñosamente los antebrazos para que entrara en calor—, que estás agotada por toda la tensión que llevas soportando desde hace días. Pero necesito que me ayudes, Gayle. Solo unas preguntas más y te quedarás con Martin, calentita en su coche, mientras Alex, mi padre y yo resolvemos este asunto. Dime… ¿Quién te pidió que salieras?
—Alex… Alex…ander —logró decir, castañeteando los dientes.
—Vale. ¿Mis padres dónde están? ¿En el salón?
—Sí…
—¿Alex sigue dentro de la cabaña?
Ella asintió tres veces con la cabeza sin dejar de temblar.
—¿Sabes por qué te pidió que salieras? ¿Te dio alguna explicación?
Ella volvió a asentir. Esta vez con desesperación. Hacía que sí con la cabeza una y otra vez, sin detenerse.
—Calma, calma… Estoy aquí, tranquila —pidió Thomas, apretando el abrazo, y tras una pausa continuó con las preguntas—. ¿Hay alguien más dentro? ¿Alguien que no deba estar allí? —se corrigió de inmediato.
Los sollozos se convirtieron en un llanto desesperado y Thomas supo cuál era la respuesta. El cabrón de Baxter estaba en su territorio y, ahora, era él quien necesitaba mantener la calma. Se moría de ganas de ponerle las manos encima. Cuando lo hiciera, el tipo lamentaría haber nacido.
—Shhh… Shhhh… Tranquila, tranquila, tranquila…
En aquel momento, vio que el coche de Martin hacía un guiño con las luces. Estaba a punto de llegar a la cabaña. Elevó un brazo para indicarle que se detuviera, y volvió a concentrarse en Gayle.
—A ver, nena. Solo una pregunta más… ¿Sabe Alex dónde está el intruso?
Gayle tardó en reaccionar.
—Está… —tras una nueva pausa, añadió—: invitados…
Alarmado, Thomas sintió que ella se convertía en un peso muerto que empezaba a escurrírsele entre los brazos. Logró detener la caída a tiempo y levantándola en volandas, bajó del porche y corrió hasta el coche que esperaba en el camino.
Martin y Declan enseguida se apearon y rodearon el vehículo. El primero abrió la puerta trasera y el segundo ayudó a Thomas a introducir a Gayle en el interior, sosteniéndola por las piernas.
—¡Mierda! ¿Se ha desmayado? —dijo Martin.
La pregunta tenía una respuesta obvia, puesto que la mujer estaba completamente desmadejada, con la cabeza y los brazos cayendo como pesos muertos.
—¿Y a ti qué te parece?
Para Thomas, sin embargo, no fue la pregunta la que le alertó de lo alterados que estaban los nervios de su hermano, sino que hubiera empezado la frase con una palabra que había desaparecido de su diccionario desde que se había convertido en padre.
Mientras sostenía a Gayle por las axilas y Declan hacía lo propio por las piernas, entre los dos, la colocaron sobre los asientos que Martin había abatido y acondicionado como una cama, con el propósito de que él hiciera el viaje acostado. Estaría contento, pensó Thomas. Su esfuerzo había servido para algo.
Declan salió del vehículo para que Martin pudiera entrar a dar los primeros cuidados a Gayle. Thomas, en cambio, siguió arrodillado junto a ella. Las luces de la cabina eran tenues y, con un solo ojo a pleno rendimiento, no veía su rostro con nitidez. Y después de tantas horas sin ella, lo necesitaba. Sacó la linterna de su bolsillo y la apuntó hacia su rostro. Se le anudó el estómago al verla. Su palidez impresionaba. El maquillaje corrido le daba un aspecto descuidado que no casaba nada con una mujer que siempre lucía perfecta de la cabeza a los pies. A la angustia de Thomas siguió la impotencia, y a esta, cómo no, la ira.
Cabrón de mierda… ¡Cuando te ponga las manos encima, no te va a reconocer ni tu madre!
Ajeno a la lucha interior de Thomas, Martin le tocó el hombro varias veces para que se apartara.
—Venga, muévete. Déjame sitio —le pidió con urgencia.
Thomas obedeció de inmediato al darse cuenta de que no había espacio suficiente para los dos.
Martin esperó a que él pasara al asiento delantero por encima del respaldo y cuando tuvo vía libre, se arrodilló junto a la mujer y empezó a atenderla.
Thomas no tardó en regresar a la parte de atrás. Era consciente de que debía marcharse, pero no podía. No antes de comprobar que ella estaba bien.
Cuando la lluvia empezó a caer con más fuerza, Declan se asomó al interior.
—¿Thomas, nos vamos o qué? —preguntó.
Él respondió sin apartar la vista de los intentos de Martin para que Gayle recuperara la conciencia.
—Solo un momento… —pidió.
Declan decidió guarecerse de la lluvia, ocupando el asiento del copiloto. Fue entonces, al quedar bajo la luz interior de la cabina, que se percató de que tenía sangre en las manos.
—¿Estás sangrando, tío? —le preguntó a Thomas.
Lo habían atacado y él había repartido leña a diestro y siniestro. Lo raro sería que no sangrara. Por lo visto, a todos se les daba por las preguntas obvias aquel día. Thomas, que no sabía que Declan se estaba refiriendo a la sangre de sus manos, ignoró la pregunta y se dedicó a hacer algo útil. Estiró el abrigo de Alex sobre el cuerpo de Gayle, a modo de manta. Al hacerlo, notó la presencia del móvil en un bolsillo. Cuando lo estaba sacando, Declan volvió a hablar.
—Joder, no eres tú el que sangra. Es ella… Mira su pierna. ¿Qué coño ha pasado?
Thomas alzó la vista como un resorte del móvil, cuya pantalla estaba a punto de activar.
—¿Qué dices, tío? —Un instante después, levantó un poco la falda para poder mover las piernas de Gayle, y vio la cara interior de sus panties manchadas.
La preocupación y la impotencia de Thomas se dispararon al comprender que lo que estaba sucediendo no era solo una consecuencia del gran estrés emocional al que la había estado sometiendo el cabrón de su exmarido. Estaba débil. A saber cuántas horas llevaría sangrando.
Martin alzó la cabeza y miró hacia los pies de su paciente.
—¿Sangra? ¿Dónde? —preguntó con los ojos abiertos de par en par.
—Ahí —Declan señaló la pierna derecha de Gayle, donde la falda estaba algo levantada.
—No me jodas, no me jodas, no me jodas… —se quejó Martin. Dirigió los ojos hacia su hermano—. ¿Qué es esto? ¿Está… embarazada?
Thomas lo miró contrariado. «¿Ahora quién es el alarmista?», pensó.
—Nah, tío —repuso con tal tono de desdén, que Martin elevó ambas cejas a un tiempo. Cuando lo comprendió, meneó la cabeza.
—Pobre mujer, qué momento más inoportuno… Era justo lo que le faltaba para completar el día.
Thomas consideró si decir lo que sabía sobre el tema, o dejarlo estar. Al fin, optó por hablar. La primera vez que se había visto ante una situación semejante, no había llamado a un médico solo porque ella había dicho que no era necesario. De haber dependido de él, lo habría hecho sin dudarlo. Ahora, había un médico a mano, aunque fuera su hermano, y acudir a él diera lugar a suposiciones y comentarios que no deseaba en absoluto.
—¿Puedes ayudarla? Es la segunda regla en poco tiempo. Por lo visto, es por el estrés de la situación… Lleva lidiando con pérdidas de sangre como esta desde ayer por la noche.
Martin lo miró asombrado. «Vaya, qué bien informado estás de cuestiones tan íntimas, hermanito», pensó. Pero no lo dijo. En cambio, lo echó de su coche sin miramientos.
—Márchate. Marchaos los dos a hacer de héroes por ahí. Yo tengo que ocuparme de mi paciente. Y de más está decir que no será delante de vosotros.
En aquel momento, se oyó la voz de Gayle.
—¿Thomas…? ¿Thomas…?
Él respiró aliviado. Su voz sonaba débil, apagada, pero, al menos, había recuperado la conciencia.
—Estoy aquí… Y mi hermano Martin, también. Es médico y te ayudará a ponerte bien. Sufriste un desmayo.
—Soy Martin —dijo él, acercándose más para estar en el campo visual de Gayle—. Hablamos antes, ¿se acuerda?
Notó enseguida que ella no lo estaba mirando. No le prestaba atención. Miraba a Thomas, y no se trataba de una mirada serena.
En efecto, el rostro de Gayle se fue contrayendo a medida que el horror se adueñaba de ella.
—Dios mío… Oh, Dios mío… Oh, Dios… ¡¿Qué te han hecho…?! —sollozó, y se cubrió la cara con las manos.
Thomas maldijo por lo bajo. De los tres que ocupaban la parte de atrás del SUV, él era quien estaba más cerca de la luz.
—No te asustes, estoy bien… Las heridas en la cara son muy aparatosas, pero estoy bien. Estoy bien —insistió, apartando con suavidad las manos que cubrían el rostro de Gayle—. Nena, abre los ojos. Tengo que irme.
Ella hizo lo que le pedía muy despacio. Sus ojos se desplazaron lentamente por el rostro de Thomas, sin ocultar el dolor que le producía saber que ella era la causa de que lo hubieran atacado. Deseaba tocarlo, acariciar esa piel herida y tensa por la hinchazón. Lo necesitaba. Extendió una mano y la acercó hasta su barbilla, pero, al fin, no se atrevió a rozarla siquiera. Arrugó el rostro.
—No sé dónde tocarte —musitó, mirándolo suavemente.
—Tengo que irme, Gayle —insistió él. No quería dejarla allí, aunque fuera con su hermano y supiera que estaría a salvo. Era lo último que deseaba, pero debía hacerlo.
Ella continuó, como si no lo hubiera oído.
—Me da miedo hacerte daño… Más del que ya te han hecho por mi culpa.
—¡Eh… ¿Qué dices?! No es así. Nada de esto es culpa tuya. —Tomó la mano femenina y la posó sobre su mejilla izquierda. Su mano era como un témpano de hielo. ¿Corría sangre por sus venas? ¿Aún le quedaba algo? Pero, a pesar de estar helada, la sensación de volver a tener aquella mano sobre su piel fue tan placentera que Thomas no pudo evitar cerrar los ojos durante un instante. Un segundo perfecto antes de volver a la cruda realidad—. ¿Ves? No me haces daño. Estoy bien.
Una lágrima resbaló por la mejilla de Gayle. Y luego, otra, y otra más, hasta convertirse en un llanto desconsolado.
—¿Cuándo terminará esta pesadilla? —sollozó—. ¿Lo hará alguna vez…?
Él tomó los temblorosos y helados dedos de Gayle, y se los llevó a los labios. Los besó con suavidad.
—Pronto, te lo prometo —murmuró—. Pero tienes que dejar que me vaya, nena.
Thomas no esperó respuesta. Se apartó de ella antes de volver a sucumbir a unas emociones tan embriagadoras, como inoportunas.
—Aparca pasada la cabaña, y espera en el coche. Asegúrate de que ella no sale de aquí bajo ninguna circunstancia —le dijo a Martin antes de apearse del vehículo.
Declan también se apeó, y ambos corrieron a la construcción anexa a la cabaña, a refugiarse de la lluvia y planear el siguiente paso.
Thomas se sentía como nunca. Fuerte. Alerta. Despejado. Totalmente preparado.
Más que dispuesto a ajustarle las cuentas a Baxter.
Al fin, había llegado la hora de vérselas con ese cabrón.
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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 46
Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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46
Thomas soltó una imprecación al comprobar que la puerta de la construcción anexa a la cabaña estaba cerrada.
—¿No tienes llaves? —preguntó Declan, sin dejar de escrutar alrededor buscando movimientos en las sombras, mientras se preguntaba qué se proponía su hombre. Si lo que quería era entrar en la vivienda, ¿por qué no hacerlo por la puerta principal?
Por supuesto que tenía llaves, pensó Thomas. La cabaña era suya. Pero aquel día había tenido un pequeño contratiempo: la policía había requisado todas sus pertenencias como pruebas de la investigación en curso, mientras él se recuperaba en el hospital del ataque de cuatro tipos, que había tenido lugar en una empresa en cuyo rótulo exterior podían leerse las palabras «Keegan Security». Si la patada que había recibido en la cabeza no lo había dejado estúpido, la empresa pertenecía al mismo hombre que ahora le estaba haciendo una pregunta tan obvia, que resultaba insultante.
Thomas se tragó el malhumor e hizo de cuenta que no la había oído. Definitivamente, no estaba a buenas con Declan. Y tampoco tenía claro si volvería a estarlo alguna vez. Toda ayuda era de agradecer, pero no podía evitar sentir que nada de aquello estaría sucediendo si su jefe hubiera hecho caso de sus advertencias sobre Baxter. Había sido su negativa a ver lo que tenía en sus propias narices lo que los había conducido a todos a la situación en la que estaban ahora.
—Vamos por detrás —se limitó a responder, liderando el camino.
En aquel momento, el móvil de Alex, que Thomas aún sostenía en una mano, empezó a vibrar.
Vio que era su padre quien llamaba y desbloqueó la pantalla usando la contraseña de seis dígitos de Alex. Todos los Eaton compartían los mismos primeros cuatro, y los restantes dos correspondían, según el último cambio, al mes de nacimiento de cada uno.
—Soy Thomas, general —se adelantó—. Alex está dentro.
En el salón de la cabaña, Lawrence volvió a coger la mano de su mujer para llamar su atención, y cuando la tuvo, pronunció el nombre de Thomas sin emitir sonido. Vio que en su rostro se mostraba una expresión de incomprensión. A él también le sorprendía que fuera Thomas quien atendiera la llamada y también que hablara de forma tan fluida. La información sobre Alex lo sorprendió aún más.
—Hola, hijo. Me alegro de oírte tan recuperado… ¿Dices que está aquí?
—Sí —repuso Thomas—. Y Baxter también.
La expresión del general Eaton se tornó grave. Que Alex hubiera accedido al interior de la vivienda sin que nadie se diera cuenta ya le daba que pensar; que lo hubiera hecho también el exmarido de la mujer que intentaban proteger, directamente, lo alarmaba. Las puertas y las ventanas estaban cerradas y aseguradas. Habrían tenido que forzarlas y, en tal caso, el ruido los habría delatado.
En realidad, eran dos los sorprendidos, puesto que Declan solo contaba con la información que le había dado Martin. Ambos lo manifestaron al mismo tiempo.
—¿Está dentro? —preguntó Declan, señalando hacia el interior de la vivienda con incredulidad.
—¿Cómo dices? —preguntó el general. Había preocupación y cierto recelo en su voz.
Thomas ni siquiera miró a Declan al empezar a hablar, pues no le estaba respondiendo a él, sino a su padre.
—Lo que oyes. No hay tiempo. Te doy los titulares. Baxter está en la habitación de invitados; Alex, en algún punto de la casa. Gayle está con Martin, en su coche. Está aparcado pasada la cabaña. Esperarán allí hasta que les avise. Declan y yo estamos frente al garaje. ¿Habéis abierto la puerta que comunica con la casa?
No había sido necesario hacerlo. No esperaban tanto movimiento de gente aquel día y tampoco habían tenido que utilizar la leña que estaba almacenada en la construcción anexa. Por el momento, había sido suficiente con la que Thomas guardaba en las dos leñeras que había en la vivienda principal: una al frente, junto al porche, y otra en la parte de atrás, junto a la puerta de acceso posterior.
—Puedo abrirla ahora.
—Negativo. Mamá y tú, quedaos donde estáis. ¿Seguís en el salón? Gayle dijo que estabais allí.
—Sí. Ahora iba a ver si ella estaba bien —repuso él, sorprendido por el giro drástico que habían dado las cosas en tan poco tiempo.
Thomas frunció el ceño. Algo en lo dicho por el general llamó su atención.
—¿Por qué no iba a estar bien?
«Porque tu madre ha tenido uno de sus arranques de franqueza», pensó Lawrence. Obviamente, no era algo que pudiera decir.
—El estrés le está pasando factura, hijo. Se excusó. Imagino que para ir al baño.
Thomas asintió con la cabeza. Eso tenía sentido. Gayle era muy buena manteniendo las apariencias. Pero la procesión iba por dentro. Él mismo la había visto romperse con sus propios ojos, hacía unos minutos.
—Vale. Vamos a entrar. Vosotros no os mováis del salón, ¿de acuerdo, general?
—Estoy retirado, no inválido.
Thomas hizo una mueca irónica. Aquello había sido un intento de volver a dejar claro que no habían sido razones de salud, ni de edad, las que lo habían llevado a retirarse del servicio activo.
—¿Crees que te habría pedido ayuda si no fuera así? Ahora, por favor, haz lo que te pido, papá —dijo Thomas.
Y esta vez usó deliberadamente la palabra «papá» en vez de la que él y sus hermanos —y de hecho, todo el mundo que conocía a Lawrence W. Eaton— solían usar para dirigirse a él. Quería que tuviera muy claro que no se lo estaba pidiendo al militar condecorado, sino al padre de familia. A su padre.
Un suspiro impaciente anticipó las palabras del general Eaton.
—Entendido. Y tú, por favor, ten mucho cuidado —repuso antes de cortar la comunicación.
* * * * *
Declan siguió a Thomas hacia la parte posterior de la construcción anexa. Era consciente de que las cosas entre los dos estaban revueltas y que aquel no era el momento de intentar aclararlas. Por otra parte, nunca había llevado bien ser el segundo de a bordo y mucho menos, ir a ciegas. Lo menos que esperaba era que le contara qué se proponía hacer y, dado que la explicación estaba tardando demasiado en llegar, lo detuvo por un brazo.
—¿Cuál es el plan? —preguntó, cuando habían llegado al final de la construcción anexa.
Estaban protegidos de la lluvia por el alero que recorría todo el tejado de la construcción, e iluminados por tres focos tipo bala separados tres metros entre sí.
Era la primera vez que estaban cara a cara después del ataque y Declan pudo comprobar que, más allá de las heridas que deformaban sus facciones y de su ojo izquierdo parcialmente cerrado, Thomas tenía una mirada de pocos amigos. Algo que sus siguientes palabras le confirmaron.
—Entrar en la casa, neutralizar a Baxter y llamar a la policía —repuso. También esperaba tener la ocasión de saciar sus ganas de zurrarlo mientras lo reducía, pero esto se lo guardó. Dicho lo cual, Thomas volvió a ponerse en marcha ante la mirada exasperada de su jefe.
Declan podía entender su enfado e, incluso, su desconfianza. Pero estaban allí, a punto de acorralar a un tipo que no podía estar en sus cabales si se había aventurado hasta aquel lugar, por lo que necesitaban establecer un plan de acción.
—Vale, tío. ¿Qué tal si apartamos nuestras diferencias y usamos la cabeza para ocuparnos de este asunto? —exigió.
Así que ahora somos un equipo y debemos trabajar unidos. ¿Qué hay de los cuatro días que yo llevo pidiéndote que uses la cabeza? No estaríamos en este follón si me hubieras escuchado.
Thomas respiró hondo y se volvió. Retrocedió hasta Declan.
—Necesito saber qué hace Alex, pero su móvil lo tengo yo, así que… Esta puerta está cerrada —dijo, refiriéndose a la puerta del garaje—. Se puede forzar una ventana de la parte de atrás para acceder. Pero la puerta interior que comunica esta construcción con la cabaña también está cerrada… A esa no es posible forzarla sin que se entere todo Dios.
Esta era la primera vez que Thomas se explayaba y Declan podía verlo mientras lo hacía, puesto que estaban frente a frente. Notó que hablaba con fluidez, a pesar de la gran hinchazón de su cara. La única señal diferente a lo habitual era que hacía breves pausas para respirar cada cinco o seis palabras. Teniendo en cuenta que unas horas atrás lo había visto tendido en una camilla, ensangrentado e inconsciente, su recuperación resultaba asombrosa.
—¿Entonces?
—Iremos a la cabaña por detrás. Quizás esa puerta esté abierta. Baxter y Alex tuvieron que entrar por ahí. Probaremos. Si mi hermano está a la vista, bien. Si no, habrá que localizarlo para coordinarnos con él. Supongo que querrá a alguien fuera, vigilando las ventanas de la habitación de invitados.
—¿Y si no está abierta?
—Cruzaré los dedos. Espero que el cabreo no le haya impedido a mi madre hacer lo que hace siempre que viene. Si hay suerte, la ventana del baño estará abierta para ventilar. ¿Traes el móvil? —Declan asintió—. Lo pones en vibración y esperas en el baño hasta que yo te avise.
—La cobertura va y viene. ¿Qué pasa si falla?
—El diseño interior de la cabaña es simple. Hay un pasillo central que la atraviesa de delante a atrás por el centro. Las habitaciones salen a un lado y al otro. Teóricamente, Baxter está en la última a la derecha del pasillo, visto desde la entrada principal —señaló los escalones de entrada al porche, que podían verse desde donde estaban parados—. Es la que está más cerca de la puerta de atrás de la cabaña. Si falla la cobertura, te asomas al pasillo y evalúas la situación.
Declan asintió.
—¿Y si no tenemos suerte y no hay forma de colarse en la casa? —preguntó.
Eso sería un problema, pensó Thomas. Cada vez que se abría la puerta principal, sonaba un timbre en la cocina, al otro extremo de la cabaña. No había sido idea suya, sino del propietario anterior. Llevaba cinco años diciendo que iba a quitarlo, puesto que, en su caso, no era de ninguna utilidad. Por el momento, no lo había hecho. Si el bendito timbre no alertaba a Baxter de que había movimientos en la casa, los sensibles tablones del suelo del pasillo, sin duda, lo harían.
—Ya cruzaremos ese puente cuando lleguemos a él —repuso—. Vamos, en marcha.
* * * * *
La puerta de acceso posterior a la cabaña estaba abierta.
Alex la había cerrado al poner un pie en el pasillo. A falta de una llave, había recurrido al pasador abatible. Creyéndose solo ante la situación, su instinto lo había llevado a intentar acorralar al intruso en aquel rincón más alejado de la casa. Alejado del salón, de sus padres y de la mujer que intentaban proteger.
Sin embargo, la súbita aparición de Gayle Middleton al otro lado del pasillo y la consecuente reacción del hombre de lanzarse hacia la primera puerta que había visto, habían cambiado las cosas. Ahora, con ella a salvo, fuera de la casa, el plan de Alex era proteger a sus padres, forzando al intruso a salir de la vivienda. Sin tener que preocuparse por el bienestar de su familia y, estando a campo abierto, tendría tan poca escapatoria como ahora. De modo que había regresado sobre sus pasos sigilosamente, y había retirado el pasador.
Después, durante unos instantes, había considerado la mejor manera de abordar al intruso. No tener detalles sobre la relación de la mujer y su exmarido ni, obviamente, disponer de un perfil conductual del individuo eran dos motivos de peso para analizar con detenimiento su siguiente paso.
¿Qué movía a Baxter? ¿Qué lo había llevado hasta allí? ¿A quién se estaba enfrentando? ¿A un exmarido acosador, cegado por los celos, o a una persona con trastornos mentales en pleno episodio psicótico? ¿Portaba armas de alguna clase? Al oír los pasos, se había refugiado en una habitación. Ahora ya no había nadie andando por el pasillo, ¿qué se proponía hacer a continuación? ¿Tenía algún plan? Puesto que ignoraba que él lo había visto y seguido al interior de la vivienda, ¿era posible que haber estado a punto de ser descubierto, le hubiera proporcionado el estímulo necesario para recapacitar sobre el tema y llamar a retirada antes de que las cosas pasaran a mayores?
Respiró hondo. Por lo visto, el tipo también parecía estar tomándose su tiempo para decidirse. No se oía nada. No detectaba ninguna clase de movimientos en la habitación.
Había otra cuestión a considerar, pensó Alex en aquel momento. Los pasos que Baxter había oído eran perfectamente distinguibles. Se correspondían con unos zapatos de tacón y la cadencia de los pasos era indudablemente femenina. La forma de caminar era una característica personal; cada persona tenía la suya. Hilando muy fino, ¿había reconocido el andar de su exmujer? En todo caso, los pasos no habían regresado y aquí había dos opciones. Que Baxter le estuviera dando tiempo, pensando que estaría haciendo algo o quizás usando el baño. O bien, que dedujera que ella había salido de la vivienda. Las cabañas solían tener un porche con el que conectaban la cocina o el salón. Si el tipo se había dado cuenta de que su ex ya no estaba en la casa, ¿no intentaría abandonarla él también, e ir a por ella, aprovechando que estaría sola?
Aquel pensamiento puso a Alex en movimiento de inmediato. Se aproximó a la habitación de invitados y aguzó el oído. Primero oyó el ruido propio de un mueble al moverse e, inmediatamente, algo cayó al suelo. Miró hacia abajo. No detectó ningún haz de luz debajo de la puerta. La habitación estaba a oscuras y el tipo había tropezado con algo.
Luego, silencio, otra vez. Por espacio de varios segundos, no se oyó nada.
Entonces, Alex vio un breve reflejo de luz debajo de la puerta. Era tenue y de corto alcance, por lo que debía proceder de la linterna de un móvil, cuya intensidad y amplitud no habían sido ajustadas. Inmediatamente después, escuchó unos ruidos que no le costó identificar: Baxter estaba abriendo una ventana.
Si ni siquiera llevaba consigo una triste linterna, el tipo estaba improvisando. Probablemente, tampoco estuviera armado. Como mucho, llevaría una navaja multiusos, de esas que todo el mundo tenía en la guantera.
Pero él sí lo estaba.
Alex no lo dudó. Las luces del pasillo le proporcionarían suficiente visión del interior de la habitación de invitados. Era su ocasión de acabar con aquel asunto de forma rápida y limpia.
Sacó el arma de la funda axilar, abrió la puerta con decisión y entró en la estancia, empuñando su SIG Sauer, al grito de: «¡AL SUELO, YA, CON LAS MANOS DONDE PUEDA VERLAS!»
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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 47
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47
Después de irrumpir en la habitación de invitados, pistola en mano, Alex dio al interruptor de la luz que estaba a la derecha de la puerta. Entonces, vio que el intruso tenía un pie sobre el arcón que había debajo de la ventana, y se disponía a pasar la otra pierna fuera de ella. Al verse sorprendido, había regresado el pie sobre el arcón, se había quedado inmóvil durante unos instantes y luego, sin volverse a mirarlo, había empezado a levantar las manos despacio. A su lado, en el suelo, estaba la lámpara de noche con el cristal hecho añicos. Era lo que había oído caer al suelo, después de que tropezara con la mesilla en la oscuridad. Sobre el arcón, casi a punto de caer, había una maleta. La había movido para poder subirse a él.
Aunque su ropa y sus zapatos estaban manchados, se trataba de un hombre bien vestido con prendas de calidad. El abrigo largo con capucha de piel de oveja de doble cara que llevaba debía superar las mil quinientas libras. Hasta el momento, encajaba con el perfil de Kyle Baxter.
Sin embargo, la orden que le había dado era clara y el tipo continuaba sobre el arcón, de espaldas a él, sin hacer el menor ademán de mirarlo, ni pronunciar una palabra. ¿A qué estaba jugando? ¿Creía que él iba de farol? ¿Acaso pensaba que la orden que le había dado no estaba apoyada por la presencia de un arma? En tal caso, se lo deletrearía.
—Le estoy apuntando con una pistola. Haga lo que le digo. Baje de ahí. Despacio. Y arrodíllese en el suelo. Quiero ver sus manos en todo momento.
Alex notó que el individuo titubeaba. ¿Estaría valorando qué posibilidades tenía de saltar fuera de la ventana sin ser alcanzado por un disparo y cuántas más tendría después de huir con éxito? Probablemente.
Decidió ayudarlo con sus valoraciones y dio un paso más hacia el interior de la habitación al tiempo que repetía su orden.
—Baje de ahí lentamente con las manos en alto y arrodíllese en el suelo. No lo diré otra vez.
—¡No voy armado! —gritó el intruso, al fin—. ¡No dispare! ¡No dispare! Voy a darme la vuelta para poder bajar… Lo haré despacio. ¡Por favor, no dispare!
Su voz había sonado nerviosa y chillona. Había un punto de histeria en ella que a Alex le dio mala espina. Parecía una histeria impostada. No se correspondía con su lenguaje corporal. Había demasiado control en sus movimientos y, aunque sus palabras decían una cosa, su cuerpo decía otra.
Sin embargo, el hombre hizo lo que decía.
Empezó a volverse con lentitud pasmosa. Alex reconoció el perfil. Su puente nasal liso y simétrico. Sus labios generosos. Su mandíbula cuadrada. Era Kyle Baxter.
La imagen del tipo que estaba viendo no era tan impecable como las que había consultado por internet. Estaba hecho un asco. El cabello frondoso y ondulado de las fotos se había convertido en unos tirabuzones de los que se escurrían gotas por su frente y sus hombros. Aparte de empapada por la lluvia, su ropa estaba embarrada. Había barro en su mejilla izquierda y en su pelo. También en su barbilla y en, al menos, una de sus manos. Probablemente, era el resultado de una caída —o de más de una—, lo que no era de extrañar si se había aventurado por un bosque tan denso con una luz raquítica.
Entonces, cuando aún no se había girado más de treinta grados, Baxter dejó de moverse y empezó a hablar.
—No sé quién es usted… Solo he venido a hablar con mi mujer. Se llama Gayle y sé que está aquí. No vengo armado. Le juro que no llevo ningún arma —repitió—. Solo quiero hablar. Nada más. Después, me iré. —Tras lo cual hizo una pausa, esperando una respuesta.
Ahí estaba la confirmación de su impostura, pensó Alex. Baxter tenía un trastorno mental. Probablemente, un trastorno de la personalidad. La que había llegado hasta allí, era la de un acosador frío y astuto. El tipo solo ganaba tiempo, mientras fingía esperar una respuesta.
Alex se la dio.
Amartilló su arma y apuntó directamente a la cabeza de Baxter.
* * * * *
El grito de advertencia a Baxter por parte de Alex había alarmado a sus padres, que continuaban en el salón, tal y como Thomas les había pedido.
El general Eaton de inmediato se dirigió a la puerta y se asomó al pasillo. No había nadie a la vista. La puerta de la habitación de invitados estaba abierta y la luz encendida.
Lenora, que también se había puesto de pie, decidió reunirse con su marido.
Al oír sus pasos, Lawrence la miró brevemente.
—Por favor, quédate ahí —dijo, acompañando sus palabras del correspondiente gesto de una mano. A continuación, devolvió su atención a lo que sucedía al final del pasillo.
Ella se cruzó de brazos, en un gesto de impaciencia. Estaba nerviosa, pero, sobre todo, asustada. Y cuando sentía miedo, su reacción natural no era, precisamente, «quedarse ahí». Pero era la única mujer de una familia de seis miembros, y los restantes cinco parecían sentirse obligados a proteger al eslabón más frágil de la cadena. ¿Frágil? Había parido cinco hijos a los que había cuidado y educado por sí misma, como toda esposa de un militar. Lenora Eaton no era un ser frágil, señores. Era una mujer fuerte, valiente y muy audaz. Sabía que a ellos les movía el amor y les agradecía que desearan protegerla, pero entre todos conseguían sacarla de quicio. En especial, el que estaba con ella en aquel momento.
Esperó unos instantes. Su marido seguía con medio cuerpo asomado al pasillo y ella, en ascuas.
—¿Podrías, al menos, decirme lo que está pasando, Lawrence?
Nada bueno, pensó él.
Las primeras palabras de Baxter habían sido perfectamente audibles. Parecía exaltado, casi diría que rozando el histerismo, y dispuesto a obedecer la orden que Alex le había dado. Sin embargo, de momento, no la había cumplido. Los listones de madera del suelo indicaban que no había movimientos en la habitación.
Una nueva orden de Alex había obtenido una respuesta muy distinta de la primera. Ya no había exaltación. De hecho, Lawrence había tenido que aguzar mucho el oído para entender lo que Baxter decía. Y al hacerlo, tuvo un mal presentimiento. El individuo alegaba que solo quería hablar con su esposa y que luego se iría. Sin embargo, que se hubiera referido a ella de esa forma había disparado una alarma en su cerebro.
—No estoy seguro —repuso—. Baxter aún no se ha rendido, y eso me da muy mala espina.
Un instante después, su mal presentimiento se cumplió y el sonido de gritos y pasos a la carrera rompieron el silencio.
* * * * *
Al oír la voz de su hermano proveniente de la habitación de invitados, Thomas se detuvo, obligando a Declan, que venía detrás, a hacer lo mismo. Había luz en la estancia, de la cual se hallaban a una distancia de alrededor de diez metros.
—¿Ese es Alex? —murmuró Declan.
—Sí, pero algo no me cuadra.
No habían oído las dos primeras órdenes de Alex, pues aún no estaban lo bastante cerca y llovía con fuerza. Sin embargo, oyeron perfectamente la tercera en la que instaba a Baxter a arrodillarse en el suelo con las manos en alto.
—¿Qué pasa?
—Las ventanas son de doble cristal. Si podemos oírlo, es que están abiertas.
Declan entendió enseguida a lo que Thomas se refería.
—A lo mejor, las abrió tu madre…
Thomas negó con la cabeza. Era la habitación de invitados. Por lógica, Lenora tenía que haber instalado a Gayle allí.
—Vamos a acercarnos —dijo, y cuando apenas habían recorrido unos cuantos pasos, oyeron la voz de Baxter.
«¡No voy armado! ¡No dispare! ¡No dispare! Voy a darme la vuelta para poder bajar. Lo haré despacio. ¡Por favor, no dispare!».
—Joder. Está neurótico… No parece él —comentó Declan.
Thomas discrepaba. Aquella voz y aquel tono tan teatral le resultaban muy familiares… Reparó en algo de lo dicho por Baxter: «Darme la vuelta para poder bajar».
Ahí está otra vez esa palabra. Alex también dijo «baje de ahí». Bajar, ¿de dónde?
Entonces, todo encajó. ¡El arcón de la abuela! Sus padres lo habían llevado a la cabaña hacía un par de semanas. Según Lenora, era el toque tradicional que le faltaba a la habitación de invitados. Baxter estaba subido en él. Y solo había una razón para estarlo.
—¡Va a saltar! —exclamó.
Acto seguido, echó a correr como una exhalación hacia allí, con Declan pisándole los talones.
* * * * *
Fueron dos los hombres que saltaron por la ventana con diferencia de segundos entre sí. El primero tuvo una caída aparatosa, cuando uno de sus tobillos no aguantó el impacto y cedió, haciéndolo caer de bruces contra el suelo de cemento. El segundo cayó, como el lince que era, sobre sus piernas flexionadas y las palmas de sus manos, y enseguida recuperó la verticalidad.
Baxter estaba echado de lado en el suelo de cemento, quejándose mientras se agarraba un tobillo. Alex ya estaba junto a él cuando su hermano llegó corriendo, acompañado de Declan. Thomas tenía un aspecto terrible, pero se movía por su propio pie y, comprobarlo, le quitó un enorme peso de encima.
—Bienvenido a casa, tío —le dijo, visiblemente aliviado. Sin embargo, enseguida notó que la atención de su hermano estaba en otra parte. Concretamente, en el tipo que lloriqueaba de dolor. Tanta atención no podía traer nada bueno. Alex decidió cortar por lo sano—. Ve dentro y límpiate esa ceja. Está sangrando. Yo me ocupo de esto, ¿de acuerdo?
Thomas ni siquiera miró a su hermano. Negó taxativamente con la cabeza sin apartar sus ojos de Baxter y dijo:
—Me ocupo yo.
* * * * *
Lawrence y Lenora corrieron hacia la habitación de invitados al oír los gritos. Cuando llegaron, descubrieron que el alboroto se había trasladado fuera, al otro lado de las ventanas. Se asomaron justo en el momento en que Thomas se hacía cargo de la situación.
Para Lenora fue un shock ver el estado de su hijo. Con un ojo casi cerrado y la cara magullada y tan deformada por la hinchazón, costaba reconocerlo. Y por si fuera poco, manaba sangre de su ceja izquierda, que la lluvia se encargaba de licuar y convertir en un caldo rojizo que teñía todo el lado izquierdo de su cara. La capucha que había ajustado, intentado evitar que la lluvia cayera sobre su único ojo plenamente funcional, mostraba un abultamiento en el costado derecho de la cabeza, lo bastante evidente para que ella se hubiera dado cuenta de que lo tenía. Sus manos apenas había podido verlas, y aún así, había podido reconocer las heridas de una pelea encarnizada. Su hijo debería estar en una cama y no allí. Al verlo avanzar tan decidido hacia el hombre que estaba en el suelo, Lenora elevó ambas cejas a un tiempo.
—¿Pero qué hace…? —y cuando la evidencia le ofreció una respuesta, exclamó—: ¡Este muchacho está loco! ¡Thomas Daniel Eaton, entra en la casa ahora mismo! ¡Será posible…!
Nadie la oyó, porque en realidad, cuando había pronunciado las últimas dos frases, ya no estaba asomada a la ventana. Lawrence había tirado de ella hacia el interior de la habitación.
—Shhh, shhh… Baja la voz, cariño. No lo distraigas. Alguien podría salir herido.
—Más herido, querrás decir. ¿Has visto cómo está ese chico? ¡Por el amor de Dios! ¿Por qué demonios no deja que Alex y Declan «se ocupen»? —dijo, imitando un vozarrón masculino al tiempo que hacía el gesto de entrecomillar las palabras.
—Cálmate, por favor —exigió Lawrence, sosteniéndola por los hombros con ambas manos—. No es un chico, Lenora. Es un hombre. Y no uno corriente. Tiene entrenamiento militar del más alto nivel.
Ella apartó la mirada, angustiada y enfadada a partes iguales.
Ya estamos con la misma cantinela de siempre…
Tenía una habitación entera llena de premios, condecoraciones, trofeos, menciones, diplomas y reconocimientos oficiales para recordarle que vivía rodeada de hombres singulares. Pero ella era una mujer: le daba igual lo singular que fuera Thomas en el aspecto profesional, o, incluso, en el físico. Lo único que le importaba era que era su hijo, se había desgañitado durante horas para traerlo al mundo y había dedicado su vida a cuidar de él y sus hermanos. Era suyo. Carne de su carne. Sangre de su sangre. Y no quería verlo sufrir. Era así de simple.
Lawrence tomó su barbilla con suavidad y la instó a mirarlo.
—Tu hijo sabe perfectamente lo que hace. Y está en su derecho de ajustarle las cuentas a ese indeseable. Si tiene la ocasión de hacerlo con la ley de su parte, no seré yo quien se lo impida. Y tú tampoco deberías hacerlo. —Le tendió su mano, que ella cogió a regañadientes—. Vamos donde Martin. A ver en qué podemos ayudar.
—Espera… Llevemos sus cosas. Si ha estado fuera, se habrá mojado, y con lo coqueta que es…
Lawrence ignoró aquel punto ligeramente crítico que la había hecho sonar como una madre que no está del todo convencida de que la chica en cuestión sea lo suficientemente buena para la joya de su hijo, y se tragó una sonrisa. En cambio, se puso el bolso de la señora Middleton en bandolera, y, a continuación, cogió la maleta.
—Bien pensado, cariño.
Al pasar frente a la cocina, Lenora volvió a pedirle a su marido que esperara. Salía bastante humo del horno. Eso no era una buena señal. Sacó las tres bandejas con carne, patatas y unas pocas verduras más, y las puso sobre la encimera. Las hortalizas estaban carbonizadas, pero la carne, al parecer, se había salvado. Probablemente, estaría muy seca para su gusto, pero se dejaría comer. Serviría para alimentar a sus hombres. Con algunas latas de conserva que encontrara en la alacena de Thomas, apañaría una comida relativamente decente. Retiró las verduras quemadas, que depositó directamente en el cubo de basura, y cubrió las tres bandejas con papel de plata. Si conseguía que mantuvieran suficiente calor, no sería necesario volver a darles un golpe de horno antes de servirla.
—Sí, es justo lo que estás pensando, Laz —comentó al ver la mirada paciente que le dedicaba su marido, junto al quicio de la puerta—. Si puedo evitarlo, nadie se irá a la cama sin cenar… Si a estas horas se le puede llamar cena. Seréis la monda lironda(1), eso no lo discuto. Pero también sois mortales. Humanos. Y los humanos necesitamos comer.
La mirada de Lawrence, en efecto, era paciente. Pero también era una mirada tierna y apreciativa. Admiraba esa cualidad de Lenora de no renunciar jamás a ser la guardiana de su familia, la que se ocupaba de equilibrar la energía masculina dominante en su hogar con la sensibilidad, la entrega y el sentido común que solo una mujer sensible, generosa y autosuficiente como ella podía lograr.
Él la detuvo cuando se disponía a abandonar la cocina y se inclinó a besarla en los labios.
—No sé qué haríamos sin ti —murmuró.
Halagada, ella le dio un golpecito sobre su robusto pecho.
—¿Vivir a base de hamburguesas y pizzas congeladas? —repuso, con picardía.
Lawrence sonrió y volvió a besarla con ternura.
—Vamos… —le dijo—. A ver qué tal está nuestra invitada…
De camino a la puerta principal de la cabaña, Lenora también cogió unas cuantas toallas del armario del baño y dos paraguas del paragüero de la entrada. Abrió el más grande y lo elevó por encima de su cabeza, lo más alto que pudo, para cubrir también a su marido. Juntos, se dirigieron aprisa hacia el coche de Martin.
(1)Monda lironda: se refiere a algo o a alguien extraordinario, muy gracioso o extravagante.
* * * * *
Al darse cuenta de que Thomas se había marchado, Gayle había tenido una crisis de llanto. Al fin, Martin había conseguido suministrarle un sedante suave, ella había cedido al agotamiento y él había podido darle los cuidados necesarios. Poco después, sin embargo, había tenido lugar el incómodo momento de explicarle que, aparte de limpiar la sangre de sus panties y ofrecerle un par de compresas quirúrgicas que llevaba en el coche, no podía hacer más por su sangrado vaginal. No disponía de los fármacos adecuados y, en todo caso, tampoco podía suministrárselos sin conocer la causa del mismo. Era probable que solo fuera consecuencia del estrés, pero debía visitar a su ginecólogo para que él efectuara el correspondiente diagnóstico. Tal como esperaba, el terroso rostro de la mujer se había convertido en un árbol de Navidad con todos sus luminosos adornos encendidos.
Así las cosas, Martin le había ofrecido un poco de té del termo que había hecho preparar para su hermano en el hospital antes de salir, y se había dedicado a distraerla (y a saciar su propia curiosidad) formulando preguntas no comprometedoras sobre Thomas, esperaba, que con suficiente sutileza.
—No te preocupes por mi hermano, Gayle… Disculpa, ¿puedo llamarte así? —Vio que ella asentía con una sonrisa ligera y aún bastante incómoda en el rostro—. Thomas es muy fuerte. Sabe lo que hace. Resolverá este asunto y dentro de un rato podremos entrar en la cabaña, sentarnos junto al fuego y todo esto… —suspiró—. No será más que un mal recuerdo.
—Una pesadilla —apuntó ella. Una pesadilla de la que necesitaba desesperadamente despertarse ya—. Siento muchísimo todo esto. No sabes cómo lamento que todos estéis sufriendo por mi culpa…
—No es por tu culpa. Quítate eso de la cabeza… Mira, Gayle, era inevitable que Thomas entrara a saco en este asunto. No lo hace solo porque sea tu guardaespaldas. Era tan inevitable como que acudiera a nosotros en busca de ayuda y que todos nos implicáramos sin pensárnoslo dos veces. El acoso es un tema muy delicado para los Eaton. Nunca miraremos para otro lado. Así debe ser, ¿sabes? Nadie debería mirar para otro lado… Y tampoco me hagas caso si ves que me preocupo. Sé que parece un contrasentido, pero, a veces, no resulta nada fácil lidiar con mi padre y mis hermanos… Ellos son hombres de acción; yo soy médico. Y sí, he servido muchos años en el frente, como cirujano de trauma, con todo lo que eso implica… Pero cuando el que está en peligro es tu hermano o tu padre… —Martin sacudió la cabeza y no acabó la frase.
Gayle había reparado en aquella alusión a la gran sensibilidad de los Eaton ante el tema del acoso, pero no se atrevió a preguntar al respecto. En todo caso, tenía más que suficiente con su propia pesadilla. En aquel preciso momento, lo último que necesitaba era conocer los detalles de la pesadilla de otra mujer.
Tras un incómodo silencio, durante el cual Gayle se dedicó a dar pequeños sorbos a su vaso de té, mientras pensaba en cómo llenar aquel silencio, al fin, alzó la vista. Observó al hermano de Thomas en busca de algo que le permitiera volver a ser la mujer ducha en el arte de las relaciones públicas de siempre. Lo encontró en su mano izquierda: en la única joya que lucía.
—Thomas me ha hablado de un sobrino… Intuyo que tú eres su padre, ¿no?
En el rostro del médico brilló una sonrisa orgullosa.
—Así es. —Seleccionó una foto en su móvil y se la enseñó—. Se llama Erik y cumple once años el mes que viene.
Gayle se estiró para apreciar la imagen que había en la pantalla. Los genes de los Eaton dominaban con clara diferencia, aunque el pequeño —que, en realidad, no era tan pequeño, sino bastante robusto para su edad— tenía algunas pecas en su rostro.
—No podrías negar que eres su padre —dijo, mirando a Martin con una sonrisa amable—. Aunque esas pecas…
—También son de los Eaton, aunque no lo creas. Todos éramos pecosos de niños. —Volvió a guardar el móvil y cambió de tema—. ¿De qué conoces a Thomas? Me refiero, aparte de ser tu guardaespaldas en estos momentos… Imagino que os conocíais de antes.
¿Haberlo visto media docena de veces durante diez minutos en algún stand de alguna convención de tatuajes y arte corporal, sin haber cruzado ni media palabra, contaba como «conocer»? Definitivamente, no. Y, sin embargo, sentía que conocía a Thomas. Más profundamente de lo que jamás había conocido a nadie.
—Mi cuñado, Brandon… Excuñado —se corrigió— es un tatuador de fama internacional. Su esposa también. Al margen de la relación familiar que compartíamos, su socia y yo somos buenas amigas. Me han invitado en varias ocasiones a acudir a los eventos internacionales en los que participan. Thomas es parte del equipo de seguridad que los acompaña, puesto que Declan es el guardaespaldas personal de Brandon… De modo que hemos coincidido varias veces a lo largo de los años.
—¿Años? —comentó Martin, sin ocultar su asombro.
Gayle asintió. Se sonrojó. Era muy consciente de ello y decidió abordar el tema sin más dilación.
—Pero si a lo que, en realidad, te refieres es a un conocimiento de naturaleza más íntima… Es algo reciente. Muy reciente.
Guau.
Guau.
Guau.
No había otra palabra que describiera mejor lo que pasaba por el cerebro de Martin en aquel momento y la expresión de su rostro lo dejó muy claro.
Daba igual qué tan reciente fuera el conocimiento íntimo; lo sobresaliente de todo aquel asunto, lo que encontraba más alucinante, era que a Sansón le hubiera tomado años llegar a hacerlo con ese grado de intimidad. Si conocía tan bien a su hermano como creía, la razón no tenía que ver con ella, sino con él. Thomas se había dado cuenta de que su interés por Gayle era muy diferente del que había experimentado por la infinidad de mujeres con las que, a lo largo de los años, tan solo había mantenido encuentros casuales de índole sexual. Iba mucho más allá. De ahí que hubiera evitado activamente acercarse a ella… Hasta que ya no había podido evitarlo más.
—Disculpa mi asombro… Es que… Es una sensación muy rara conocer a alguien con quien mi hermano tiene una relación… Todos, excepto yo, son bastante reacios a la idea de sentar la cabeza… No me malinterpretes, no es porque vayan de solteros empedernidos por la vida… No tiene nada que ver con eso, sino con sus profesiones. Ya sabes, ser familia de un militar es duro. Ellos lo han vivido en sus propias carnes y no quieren ver en una pareja el mismo sufrimiento que han visto en su madre… Soy el único casado, pero todos han tenido novias o amigas especiales. Todos, menos Tom. Es el que siempre asiste solo a las reuniones familiares, ¿sabes? Nunca hemos conocido a una amiga o a una novia suya… Así que vas a tener que tenernos un poquito de paciencia…
El rostro de Gayle se ensombreció. Lamentablemente, no tendrían la ocasión de conocerla. Su relación con Thomas estaba destinada a ser tan intensa e importante como efímera.
—La tendré, descuida —concedió con una ligerísima sonrisa para salir del paso.
Un instante después, la llegada de los padres de Martin puso fin a la conversación. A Gayle le habría gustado poder afirmar que era una suerte que hubieran llegado en un momento tan oportuno. Sin embargo, después de la última conversación que había mantenido con ellos en el salón, sabía positivamente que no era así.
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©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 48
Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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48
Martin se apresuró a desbloquear las puertas del coche al ver que se trataba de sus padres.
—Qué bien. Si están aquí, quiere decir que las cosas se han resuelto… —le comentó a Gayle antes de apearse del vehículo—. Hola, papá, mamá… ¿Podemos ir ya a la cabaña?
El tono de su hijo había sonado esperanzado y Lawrence lamentó tener que estropearlo. Todos empezaban a acusar el cansancio, producto del alto nivel de tensión que llevaban horas soportando. Martin, con más razón, puesto que había sido quien había encontrado a su hermano malherido e inconsciente.
—Me temo que todavía no, hijo.
Él se deshizo en un suspiro nervioso.
—¿En serio? ¿Aún no? ¡Qué barbaridad! —No podía creer que un individuo desquiciado que los había tenido en jaque todo el maldito día, todavía continuara siendo un problema.
Lenora lo acompañaba en el sentimiento, desde luego, y lo habría manifestado de buen grado. Necesitaba quitarse la rabia de encima de la forma que fuera, o acabaría explotando. Pero al ver el rostro cadavérico de su invitada, y cómo sus ojos se habían llenado de terror al oír la respuesta de Lawrence, sintió pena por ella. Ninguna mujer se merecía pasar por algo semejante. Decidió intervenir, cambiando el tema de conversación.
—Hola, Martin. ¿Sostienes el paraguas, por favor? Papá subirá delante, contigo. Yo subiré atrás. Así ayudo a Gayle. Seguro que agradecerá un espejo, un peine y ropa seca —dijo, dedicándole una ligera sonrisa que ella devolvió.
Lawrence enseguida abrió la puerta de atrás.
—Sí, tienes razón, cariño. Sube, y luego te paso la maleta de la señora Middleton… —En aquel momento, se inclinó para mirar a Gayle con una sonrisa amable—. ¿Cómo se encuentra?
Ella se esforzó por sonreír.
—Bien, muchas gracias, general. Siento haberme marchado…
—Agotada —la interrumpió Martin, desde debajo del paraguas—. Mental y físicamente. Es una mujer muy fuerte y hay que dar gracias por eso, pero hoy ha desafiado sus límites.
Gayle sonrió con incomodidad y no corrigió a Martin. Lo cierto era que nunca se había sentido tan extenuada. Sin embargo, había algo que le importaba infinitamente más que su situación personal, y no tardó en manifestarlo.
—¿Dónde está Thomas? ¿Está bien? —preguntó con un hilo de voz al tiempo que miraba alternativamente al militar y a su esposa en busca de una respuesta.
«Mejor que no me hagan hablar de mi querido hijo…», pensó Lenora. Entró en la parte de atrás del SUV, donde antes estaba Martin, y se acomodó junto a la invitada. Ella estaba parcialmente incorporada sobre los asientos abatidos que hacían las veces de camilla, usando el respaldo del piloto a modo de apoyo para su espalda.
Fue Lawrence quien respondió.
—Quédese tranquila. Thomas se está ocupando del asunto. Vendrá en cuanto pueda.
Gayle suspiró. Había sido una respuesta genérica y nada tranquilizadora. Sabía que el asunto al que se refería tenía nombre y apellido, pero no decía nada de lo que estaba sucediendo. ¿Kyle seguía atrincherado en la habitación de invitados? ¿Había huido y lo estaban persiguiendo? ¿O, como solía suceder cuando la ira se apoderaba de él, habría buscado la confrontación directa?, pensó horrorizada. ¿El energúmeno de su exmarido había herido a alguien?
Apretó los párpados e intentó mantener el control.
Diosss, por favor… Estoy tan cansada… Necesito saber que Thomas está bien. Por favor.
Lenora también exhaló un suspiro al oír a su marido. Un suspiro de rabia e impotencia.
—Cuando un hombre dice eso de otro hombre, una mujer piensa que hay que ser hombre para poder entender esa manía tan masculina de querer ocuparse personalmente de los asuntos. Y si esa mujer, además, es la madre del hombre en cuestión, opina que lo que debería hacer es meterse en la cama de una vez y dejar que su hermano se ocupe del maldito asunto —sentenció—. Disculpe el lapsus, Gayle. Vivir rodeada de hombres tan dispuestos siempre a ocuparse de todos los asuntos, a veces, puede con mi paciencia. Tenga, su neceser —dijo, entregándoselo sin mirarla.
Lawrence y Martin intercambiaron miradas. Ninguno hizo el menor comentario. El primero esperó a que su esposa se hubiera acomodado para entregarle el bolso de la señora Middleton. El segundo abrió la puerta del copiloto para dejar subir a su padre y luego rodeó el vehículo, cerró el paraguas y ocupó el asiento del conductor.
Gayle no apartó sus ojos de la madre de Thomas. Su mente parecía funcionar en cámara lenta y, aunque era capaz de percibir el enfado de la mujer —claramente, de hecho—, no estaba segura de a quién iba dirigido. Aparte de a ella, claro está, ya que era la principal responsable de que toda esa buena gente lo estuviera pasando mal. ¿Le estaba recriminando algo a su marido? ¿O era a su hijo, por haber abandonado su cama de hospital y estar allí, «ocupándose personalmente del asunto»? ¿Quería eso decir que Thomas estaba herido, que su situación había empeorado desde que lo había visto por última vez? No sabía exactamente cuánto hacía de eso, pues había perdido toda noción del tiempo. Tal vez habían transcurrido horas. Sostuvo el neceser en sus manos sin hacer el menor ademán de abrirlo, más confusa y aterrada por momentos.
—Disculpe, señora Eaton… ¿Thomas… está bien? —se atrevió a preguntar, al fin.
Lenora sacudió la cabeza, disgustada consigo misma. Era completamente irrelevante si en el universo del sentido común, exponerse de forma tan irresponsable y gratuita le acarreaba a Thomas serias consecuencias. En un universo masculino, su hijo estaba haciendo «lo que debía» y, por supuesto, eso bastaba y sobraba.
—Sí… —concedió, al tiempo que exhalaba un suspiro—. Supongo que sí.
Dio una palmada a la maleta que tenía sobre las piernas y dirigió la mirada hacia su dueña, ignorando lo incómoda que se sentía por su estallido de sinceridad. Esa mujer era la víctima, no ella. Necesitaba toda la ayuda que pudiera brindarle. Si su aspecto exterior representaba una mínima parte de lo que sucedía en su interior, Gayle Middleton se hallaba realmente mal.
—Imagino que querrá cambiarse. Le ayudo… Si le parece bien —añadió con una ligera sonrisa.
Entonces, una extraña mezcla de alivio, gratitud y angustia envolvió a Gayle. Sus ojos se llenaron de lágrimas y no pudo más que asentir con la cabeza, aceptando el ofrecimiento de la madre de Thomas.
* * * * *
Después de decirle a Alex que él se ocuparía de la situación, Thomas se había puesto directamente en el campo visual de Baxter, que estaba en el suelo, de costado, doliéndose de su tobillo.
Primero notó su sorpresa. Era evidente que no había contado con encontrarlo allí. Pero enseguida, su mirada se tornó agresiva, y su expresión, altiva y desafiante. De repente, había dejado de quejarse, y Thomas tuvo claro que había estado fingiendo. Al margen de su locura, el tipo era un manipulador de primera.
—¿Vas a ponerte de pie y a enfrentarte a mí como un hombre o tienes a unos gamberros agazapados en la sombra, esperando una orden para hacerte el trabajo sucio? Espero que sean mejores que los que mandaste a zurrarme. Como ves, hicieron el trabajo de puta pena.
«¿Tú crees? ¿Te has mirado a un espejo últimamente?», pensó Kyle. Sin embargo, no fue eso lo que dijo. Si pensaban acusarlo de algo más que de allanamiento de morada —que, hasta el momento, era el único posible delito que podían colgarle—, iban a tener que tomarse el trabajo de demostrar su implicación. No pensaba ponérselo tan fácil.
—No sé de lo que me estás hablando. ¿Crees de verdad que te tengo miedo? Pues, entérate: ni un poquito, capullo. Te partiría esa cara de galán de telenovelas que tienes con muchísimo gusto… O, mejor dicho, que tenías —se corrigió—, porque ahora pareces un trol. Pero, como ves, no estoy en condiciones de aguantarme de pie. Creo que me he fastidiado un ligamento. Así que…
En aquel momento, Declan dio un paso al frente y cogió a Thomas ligeramente por un brazo. Se acercó para hablarle al oído.
—No merece la pena. Deja que Alex se ocupe y llamemos a la policía.
Baxter reaccionó con estridencia al verlo.
—¡Hombre, pero mira a quién tenemos aquí! ¡Al amiguísimo de mi querido hermano! ¿Qué te trae por aquí? Ah, ya… Cierto. Mi mujercita te paga para que la protejas de mí… ¡Vaya manera de tirar el dinero! No es necesario que la protejas de mí… Pero si lo fuera, no sé cómo le explicarías a su papaíto que yo haya podido llegar hasta aquí. Estoy, como quien dice, a un suspiro de ella, ¿no?… —Una sonrisa retadora se mostró en su rostro al decir—: Está claro que se te da muuuucho mejor hacer de gorila para un tatuador con ínfulas de estrella, Declan. Por cierto… ¿Dónde está? —dijo regresando su mirada de loco hacia Thomas—. Quiero hablar con ella.
Él reaccionó de inmediato. Aunque no de la forma que todos esperaron. Cogió a Baxter violentamente por las solapas y lo levantó en el aire antes de arrojarlo con fuerza contra la pared de la cabaña. Él soltó un grito sorprendido.
—Solo tres cosas antes de darme el gustazo de hacerte sangrar. Uno, soy yo el que protege a Gayle y, como ves, hago muy bien mi trabajo. Dos, no vas a hablar con ella. No vas a acercarte a ella. Ni hoy ni nunca más. Y tres, es tu exmujer. Ella se divorció de ti. Lo único que está claro aquí es que ser su hombre no se te daba naaada bien.
El primer puñetazo impactó directamente en la cara de Kyle. Se oyó un crujido, seguido de un alarido de dolor. Enseguida, la sangre empezó a manar profusamente por sus orificios nasales, manchando su cara y tiñendo de rojo el cuello de su camisa.
—¡Cabróóón, me has…! ¡Mi nariz! ¡Qué doloooooor! —gritó, dando manotazos con su mano libre, mientras con la otra se cogía la zona dolorida. No estaba claro si intentaba protegerse de Thomas o alcanzarlo con un golpe.
—¿No vas a defenderte? —lo desafió él—. Si esta es tu estrategia, será mejor que te lo pienses bien porque no voy a parar.
Y cuando acabó de decirlo, le asestó una seguidilla de puñetazos en el estómago que consiguieron, literalmente, que Kyle se doblara de dolor.
—¡Hijo de puta! ¡Hijo de la gran puta! ¡Cabróóón! ¡Te vas a arrepentir de todo esto, ya lo creo que sí! —gritó, extendiendo una mano para protegerse al tiempo que intentaba alejarse de la pared para evitar que Thomas volviera a cercarlo.
Al fin, Kyle empezó a alejarse mientras profería todo tipo de insultos y advertencias. Por encima de una nariz sanguinolenta y cada vez más hinchada, sus ojos desorbitados, cargados de odio, hablaban a las claras de su nivel de psicosis.
Les advertía a todos que se hallaban ante un individuo totalmente descontrolado, pero a Thomas le dio igual. Antes de que le pusieran las esposas —o la camisa de fuerza, si era el caso—, se ocuparía de él. Lo haría no solo en su propio nombre, también en el de millones de mujeres que sufrían los abusos de miserables como Baxter con los dientes apretados. Empezando por la que a él más le importaba: su exmujer.
De modo que lo siguió. A pesar de los intentos de Alex y Declan por detenerlo, fue detrás de Baxter. Le dio un empujón y luego otro, y otro más. El tipo tropezaba, parecía a punto de caer, pero en el último momento, conseguía evitarlo. Ya no se cubría la nariz. Al igual que le sucedía a él, probablemente, ya no fuera consciente del dolor, solo del peligro que corría. La naturaleza funcionaba para todos.
—¡Teníamos un acuerdo y te lo cargaste! —prosiguió Baxter enfurecido, entre tropiezo y tropiezo—. ¡Le enviaste el archivo a su padre, cabrón! ¿Y mi mujer te confía su vida? —exclamó soltando una risotada histérica—. ¡Ya se ve lo fiable que eres! ¡Por tu culpa, el viejo me ha echado a los lobos! ¡Ahora, te jodes, capullo! ¡Tú me has hecho venir! ¡Y no me iré! No, no, no… No me iré, tío. No me iré sin hablar con mi mujer. ¿Sabes por qué? ¡Porque solo ella puede quitarme a la jauría de encima, capullo! ¡Sin ella, estoy muerto!
Estaban a pleno raso, ya no tenían el alero del tejado para protegerlos de la lluvia, y habían sobrepasado el área de suelo firme que había en la parte de atrás de las dos construcciones, por lo que ahora la lucha se había trasladado al barro.
Al fin, el cuarto empujón funcionó. Kyle perdió el equilibrio y volvió a caer al suelo. Thomas no lo dudó. Se puso a horcajadas sobre él y lo inmovilizó.
—Pues me alegro, tío. Me alegro mucho. Ya era hora de que su padre se enterara del pedazo de mierda que eres. Eres una vergüenza para todos los hombres de verdad.
Lo dijo en un tono calmo, incluso frío, que contrastaba con los enérgicos empujones que le había dado hasta conseguir que cayera, así como la fuerza con la que ahora estaba coartando los intentos de Baxter por librarse de él. Una fuerza que era a todas luces mucha más de la necesaria.
—¿Como tú? —lo desafió, forcejeando por liberar sus brazos que Thomas mantenía extendidos en un ángulo de cuarenta y cinco grados respecto de su cuerpo—. ¡Qué hombre más honorable! ¡Serás capullo…! ¡Ya verás cuánta hombría te queda cuando su papaíto se entere de que te estás follando a la zorra…! ¡Te va a cortar la polla, cabrón! Y entonces seré yo el que se alegre… ¡Quiero hablar con ella! ¡Quita de encima de una vez, joder! ¡Quitaaaaaa! —bramó al tiempo que pataleaba y se retorcía para desestabilizar a Thomas, sin éxito.
Entonces, la mente enloquecida de Baxter decidió cambiar de estrategia, y empezó a llamar a su exesposa a voz en grito.
—¡Gaaaaayle! ¿Dónde estááás? ¡Veeen, quiero hablar contigo! ¡Solo hablar, te lo juro! —Thomas intentó hacerlo callar, tapándole la boca, pero Kyle siguió moviendo la cabeza y estirando el cuello para evitarlo—. ¡Ven aquí, Gayle! ¡¿Donde estás, Gaaaaaaaayle?!
A pesar de saber que era imposible que ella lo oyera, mucho menos que decidiera acercarse, una parte de Thomas temió que sucediera. Fue eso lo que consiguió sacarlo de su estudiada frialdad.
—¡Cállate! ¡Cállate ya! —exigió, forcejeando con más fuerza para silenciarlo.
—Vaya, así que ella está lo bastante cerca para oírme y eso te pone nervioso, ¿eh?… —lo desafió Kyle—. ¡Qué pillado te tiene esa zorra! ¡Pobrecito! ¡Jódete, cabrón: no pienso callarme! —y a continuación, gritó todavía más fuerte—. ¡Gaaaaayle! ¡¿Dónde coño te has metido?! ¡Tengo a tiro a tu gorila y si no haces lo que te digo, me lo voy a cargar! ¡¿Me oyes?! ¡Si no vienes, lo matooo!
¡Joder! Qué tunda te daría, cabronazo… Pero no voy a ensuciarme las manos contigo.
—Estoy harto de oírte —sentenció Thomas—. Eres puro veneno, tío. Se acabó.
El siguiente puñetazo que le propinó dejó a Kyle medio grogui.
—Todo tuyo, Alex —dijo Thomas. Sin embargo, no se movió del sitio. Continuó a horcajadas sobre Baxter.
Alex emitió un silbido de alivio.
«¡Al fin!», pensó.
—¿Está KO? —Se puso de cuclillas junto a Baxter y cacheteó sus mejillas sin obtener ninguna reacción—. Eres una mala bestia, Tom. Y que conste que lo digo con todo el cariño del mundo…
Thomas negó con decisión.
—No le he dado tan fuerte. Como mucho, estará un poco aturdido. Venga, átalo de una vez. No me fío un pelo de este cabrón.
Alex extrajo un par de bridas de uno de los múltiples bolsillos de sus pantalones negros de fajina y se las tendió a Declan.
—Pónselas. Muñecas y tobillos, por favor. Yo voy a usar un canal oficial para que la policía venga más rápido.
Y fue en aquel momento, cuando Alex se estaba incorporando y Declan se agachaba para maniatar a Kyle, que él volvió a la vida.
Empujó a Thomas, logrando quitárselo parcialmente de encima, y, de un salto, se puso en pie, golpeando a Declan con su súbito movimiento. Cuando él al fin reaccionó y manoteó su abrigo, Kyle dejó que se lo quedara, como un reptil que muda su piel.
—¡Jaaaaaa! ¡Toma giro más dramático! —se rio histérico, efervescente de triunfo, antes de echar a correr como alma que llevaba el diablo.
Kyle Baxter podía haber huido de la cabaña, ocultarse en el bosque, valerse de la oscuridad para intentar salir mejor librado de aquella situación.
Pero no fue eso lo que hizo.
En cambio, corrió en la dirección opuesta. Ya no tenía nada que perder. Si ese iba a ser su fin, intentaría por todos los medios llevarse a la zorra con él.
* * * * *
Un nuevo giro dramático cambió las tornas por completo cuando Alex se lanzó detrás de Baxter.
Alex Eaton era un lince. De hecho, así lo apodaban sus compañeros del SRR. Baxter no lo oyó. Ni siquiera tuvo tiempo de presentir su presencia antes de caer de bruces en medio del camino de tierra que conducía a la cabaña. Irónicamente, a diez metros escasos de donde estaba su exmujer.
Thomas Eaton no era un lince. En comparación, no era tan veloz ni tan sigiloso como su hermano pequeño, pero era muy fuerte. Y estaba muy cabreado. En el instante en que Baxter había decidido intentar llegar hasta Gayle para hacerle daño, en vez de huir, se había convertido en una cuestión personal para él.
Pues había sido en ese preciso instante, al sentir el pánico creciendo en su interior, que se había hecho la luz en su cerebro. Thomas había comprendido que lo que sentía por Gayle era mucho más que interés o deseo. La razón de protegerla no estaba relacionada con su profesión, sino con sus sentimientos: siempre la protegería con su vida porque estaba enamorado de ella.
Los gritos de Baxter se oían con claridad a pesar de la intensa lluvia. El tipo aún estaba bocabajo en el mismo lugar donde había caído, dentro de la zona iluminada por las luces exteriores de la cabaña. Thomas podía verlo pataleando y retorciéndose, intentando quitarse de encima a Alex, que con una rodilla a cada lado de su cuerpo, preparaba unas nuevas bridas para inmovilizarlo con los brazos a la espalda.
—Vamos a darle la vuelta —le dijo a Alex.
«¿Estás seguro?», le preguntó él con la mirada. Thomas asintió enfáticamente con la cabeza.
En aquel momento, llegó Declan corriendo. Se detuvo junto a Thomas. Observó la situación durante unos segundos y miró a los hermanos con interrogación en la mirada.
—¿Qué hacéis? Habría que llamar a la policía… —dijo casi gritando para hacerse oír por encima de los bramidos de Kyle, que no dejaba de insultarlos en todos los idiomas.
—Lo haré dentro de un rato —repuso Alex—. ¿Me ayudas?
Declan lo comprendió. Kyle Baxter siempre había sido de esa clase de individuos que despertaban los peores instintos en las personas que lo rodeaban. En este caso, sin embargo, no había escogido bien a quién cabrear.
Mientras Alex y Declan sostenían a Kyle por los brazos y por las piernas, Thomas volvió a sentarse a horcajadas sobre él.
Baxter reaccionó al instante, sacando a relucir nuevamente toda su psicosis.
—Hombre, ¿otra vez, tú? Aj… Qué haaaaarto estoy de ver tu cara de trol, tío —se quejó, desafiante—. ¿Has venido a rematar la faena? Debes tenerme muchísimas ganas, ¿eh? Antes lo llamaste «ganas de hacerme sangrar». Pero no es solo eso, ¿a que no? También hay muchas ganas de fanfarronear ante esa puta que te tiene tan bien cogido por los huevos… ¿Quieres un consejo? Aprovecha tu momento de gloria porque no va a durar. Ella es mi mujer. Siempre será mi mujer. Es mía. Mía. Y si su padre no acaba contigo, lo haré yo. ¡¿Te enteras, capullo?! ¡¡¡Lo haré yo!!!
Tú no vas a hacer una mierda, gilipollas.
Thomas lo cogió violentamente por el cuello de la camisa y retorció la prenda hasta que vio que él empezaba a boquear. Su nariz estaba rota y dependía de la boca para respirar, pero entre la persistente lluvia que bañaba su cara y la prenda, que se ceñía en torno a su cuello, cada vez le resultaba más difícil hacerlo.
Entonces, inspiró hondo y, sin mediar palabra, descargó toda su vergüenza ajena, sus ganas, su furia y su fuerza en un único puñetazo que impactó en el mentón de Baxter.
Alex y Declan hicieron al unísono un gesto de dolor, pero ambos se guardaron de decir nada. El silencio volvió a reinar de inmediato y Thomas suspiró aliviado antes de confirmar con palabras lo que ya era evidente para todos:
—Ahora sí está KO.
«¡Y que lo digas, tío! Por poco no le partes la mandíbula también», pensó Alex, que soltó los brazos de Baxter y se incorporó. Otro tanto hizo Declan.
Thomas se sentía renovado. Sus emociones volvían a estar bajo control. Los insultos y las amenazas habían cesado. Los había acallado él mismo por una vía de lo más expeditiva. Podía haberse ensañado con Baxter. Darle hasta cansarse. Destrozarlo. Tenía los conocimientos y el entrenamiento necesario para lograr que su vida se convirtiera en un calvario. Sin embargo, había elegido no hacerlo. Y se sentía muy orgulloso de eso. No era como Baxter, no se parecían más que en el blanco del ojo.
Él era un Eaton: un hombre de honor.
Ahora, lo que quería era que la policía se llevara a ese despojo humano más tóxico que el polonio, fuera de su territorio. Cuanto más lejos, mejor.
Thomas se puso de pie. Introdujo una mano en el bolsillo interior de su abrigo y le tendió el teléfono a su hermano.
—Haz lo que debas, Alex —anunció—. Yo he acabado aquí.
A continuación, se alejó por el camino hacia el coche de Martin, para reunirse con Gayle.
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©️2025. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
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