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Proyecto CRS-04

Una vez no basta (UVNB)

(Título provisional)


Presentación | Sobre los personajes | ELLA | ÉL 

Canlentando motores - 1ª Parte | 2ª parte

Y 63 capítulos después… ¡Habemus título!

Capítulos: 

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Una vez no basta (título provisional), de Patricia Sutherland. Proyecto Exclusivo de Club Románticas Stories.



CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 59



Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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59


El piso del capitán de corbeta Brady Phillip Eaton no era muy amplio, pero tenía una buena distribución. Excepto el salón que compartía espacio con el comedor, las demás estancias eran independientes y cada una cumplía su función. Estaba pintado de blanco y amueblado en colores neutros como el gris, el beis y los tonos tierra. No se trataba de un piso exterior, por lo que las vistas del salón daban al patio interior del edificio. Esta circunstancia, que normalmente se consideraría un inconveniente para cualquier vivienda, suponía un beneficio a la hora de convertirse en el alojamiento temporal de Gayle. En el caso de que llegara a saberse que ella se alojaba allí, sin ventanas a la calle, no había que preocuparse de que el objetivo de la cámara de un paparazzi captara una instantánea de naturaleza privada que luego apareciera en las noticias. 

Otra ventaja de estar en la casa de Brady era que tenía una habitación con máquinas de gimnasio. Thomas no lo había pensado en su momento, pero era la solución perfecta para apurar su propia recuperación sin tener que ausentarse del piso.

Como todo en aquella vivienda, el gimnasio también podía considerarse minimalista: una cinta de correr, una bicicleta inteligente y una multiestación de musculación coexistían en una habitación de ocho metros cuadrados junto a una ventana y cuatro paredes blancas sin ninguna clase de decoración; por no haber, no había ni un clavo.

Sin embargo, el minimalismo no era un estilo que Brady hubiera elegido deliberadamente. Se había comprado el piso solo para que sus hermanos dejaran de meterse con él, pero dormía allí muy de tanto en tanto. Era el segundo de los hermanos, de menor a mayor, tenía 37 años y estaba totalmente dedicado a su brillante carrera militar, por lo que permanecía fuera del país buena parte del año. Cuando al fin estaba de permiso o de vacaciones, prefería pasarlo con la familia. Habían sido Lenora y Lawrence los que habían ido equipando su casa para que no estuviera vacía. Si Lenora veía algo que le gustaba, le hacía una foto y se la enviaba a Brady con un mensaje: «¿Qué te parece para el salón?». Y así, mensaje a mensaje, entre los dos habían convertido un piso vacío en uno más o menos habitable. El escaso mobiliario era multifuncional, de líneas sencillas y de colores suaves.

Thomas se había levantado temprano aquella mañana y había ido directamente a la habitación-gimnasio, donde había estado trabajando durante una hora.

Gayle seguía durmiendo cuando asomó la nariz a su habitación, camino de la ducha. 

Satisfecho de haber regresado a sus rutinas a pesar de las circunstancias, se dirigió al baño. Entró, se desnudó y se quedó observando la imagen que le devolvía el espejo durante unos instantes. 

Prueba de su gran capacidad de recuperación era el color de sus hematomas. Su cuerpo parecía haber decidido saltarse la fase del verde violáceo y ya eran de un amarillo amarronado. El párpado izquierdo todavía estaba hinchado, pero podía abrirlo casi por completo y las heridas estaban cicatrizando con rapidez. Sus manos eran las que parecían recuperarse más despacio. Tenía dolores —por todo el cuerpo, de hecho—, pero habían pasado varias horas desde que había tomado el último analgésico, por lo que empezaban a ser fácilmente soportables sin medicación. Eso era bueno, pues el día se presentaba bastante ajetreado.

Abrió la ducha y esperó a que la temperatura del agua fuera la adecuada. A pesar de las recomendaciones de Martin, no cubrió sus heridas. Tan solo procuró no tocarlas demasiado al lavarse la cara y la cabeza. Se enjabonó a conciencia mientras ordenaba mentalmente lo que tenía que hacer aquella mañana.

Lo primero era ir con Alex a ver al inspector responsable de la investigación del allanamiento con agresión en Keegan Security. Necesitaba recuperar sus efectos personales y sabía que para hacerlo, antes tendría que prestar declaración. Confiaba en que las imágenes de las cámaras de seguridad, que ya estaban en poder de la policía, sirvieran para aligerarle el trago. Los recuerdos habían regresado, pero ninguno era especialmente revelador en el sentido que esperaba la policía y él prefería usar su tiempo y su energía de otra forma. A los gamberros les habían pagado para hacer un trabajo, no tenían nada personal contra él, y no necesitaba una declaración por escrito para saber quién les había encargado la tarea.

Si acababa con su declaración para la policía londinense a tiempo, iría a visitar a otro miembro de la policía; el que investigaba la denuncia de allanamiento que Alex había hecho en su nombre, pues él estaba grogui. Dejaría el asunto de ir a poner orden en su cabaña para otro día. De regreso, pasaría por su casa a recoger ropa limpia y otros enseres de uso personal y con eso daría por acabado su tour por la ciudad. No quería estar fuera del piso de Brady más que el tiempo estrictamente necesario.

Después de la ducha, empezó a vestirse con la misma ropa del día anterior mientras continuaba con el orden mental de su agenda del día. 

Sabía por Jana que el médico había quedado en ir a visitar a Gayle aquel día. Lenora y el general se habían ofrecido a hacerle compañía mientras Alex y él estuvieran fuera. Quería llegar a tiempo para hablar con el médico. El individuo probablemente se negaría a darle detalles, pero aún así lo intentaría. Quería saber a qué atenerse sin incomodar a Gayle, preguntándoselo directamente. Aunque lo haría, si era imprescindible.

Se echó un último vistazo en el espejo y al fin abandonó el baño. Entonces, vio a Gayle. Estaba descalza en mitad del salón, abrazándose los brazos. Se había soltado el cabello, que lucía algo enmarañado, y llevaba la blusa por fuera de los pantalones de su traje. Era una visión inusual, pero lo que más llamó su atención fue que tenía la vista perdida en algún punto de la alfombra beis sobre la que estaba parada. 

¿Qué haces ahí tan quieta? 

Thomas apuró el paso hacia ella, preocupado.

—¡Hey! Buenos días… —la saludó, tomándola suavemente por los codos—. Ven, siéntate.

Gayle volvió a la realidad de sopetón, pero lo hizo con una sensación muy agradable en el cuerpo. No estaba segura de qué había sido más agradable: si la visión imponente de aquel hombre que la había atraído desde la primera vez que sus miradas se habían cruzado en un evento internacional dedicado al tatuaje, hacía años ya, o la suavidad —la timidez, incluso— con que acababa de tocarla. El contacto de aquellas manos había sido ligero y muy breve, como si Thomas no estuviera seguro de cómo sería recibido y no quisiera incomodarla. Lo cual, teniendo en cuenta la noche de locura que habían compartido, resultaba halagador a la par que muy respetuoso. 

Ella sonrió. Eso tranquilizó a Thomas. Al fin, ambos tomaron asiento en el sofá.

—Hola… Perdona, si te he preocupado… —Miró alrededor algo desconcertada—. Me desperté y no sabía dónde estaba.

—Normal. Dormiste todo el viaje y al llegar no quisimos despertarte. Te metimos directamente en la cama. ¿Cómo estás?

—Mejor, muchas gracias… ¿Y tú? —preguntó. Sus ojos recorrieron lentamente las distintas heridas de Thomas con interés. ¿Sería un signo de inmadurez permitirse pensar que esas lesiones le conferían aún más atractivo? Eran como un pequeño descascarillado que aportaba realismo a un lienzo perfecto, volviéndolo aún más valioso. Más hermoso. Su voz la devolvió al presente.

—Bien. En un par de días más no quedará rastro. Solo se notarán un poco los puntos de la ceja, nada más. —«Como sigas mirando esos labios…», pensó él, incapaz de apartar sus ojos de ellos. Aún sentía el sabor de los besos que habían compartido la tarde anterior, y no podía pensar en otra cosa más que en repetir y repetir… Y seguir repitiendo—. ¿Tienes hambre?

Ella asintió. Aunque Thomas no estaba seguro de si su hambre era real o pura cortesía.

—¿Desayuno inglés o continental? —le preguntó. Su tono era normal, pero su expresión denotó que se estaba burlando. Quería verla reír, que se relajara y empezara a sentirse más cómoda, aunque no estuviera en su propia casa y su situación fuera de todo menos normal.

Ella le devolvió la pulla con una respuesta muy de su estilo.

—Tomaré lo que tú tomes, por supuesto —repuso con una sonrisa marca de la casa.

—Mientras yo me ocupo del desayuno, ¿no quieres darte una ducha o un buen baño? He visto que mi hermano tiene sales de baño… No son cosa suya, eso seguro. Se las habrá comprado mi madre, como todo lo demás —se rio—, pero a ti te irían de maravilla. 

«Eres tú lo que me sienta de maravilla», pensó Gayle. No se trataba de una exageración. Era la primera noche que conseguía dormir sin despertarse y sabía que no estaba relacionado con el sedante que Danna le había dado. También lo había tomado el lunes por la noche y no había conseguido pegar ojo. La razón era Thomas. A su lado, no solo se sentía segura; se sentía fuerte. Él era la única medicina que necesitaba. 

—Hoy será una ducha, pero mañana, probaré esas sales con mucho gusto —repuso—. Ahora me gustaría hacerte una pregunta.

—Claro. Dispara.

—¿Por qué Declan te ha suspendido?

—Porque somos dos alfas y es normal que choquemos —dijo él con naturalidad. Se trataba de una respuesta para salir del paso que, con un poco de suerte, desviaría la atención de Gayle.

Ella arrugó el ceño brevemente.

—Trabajas para él. ¿Eso no convierte a Declan en el líder?

Vale. No has tenido suerte, chaval.

Thomas concedió con un movimiento de la cabeza.

—Me dio una orden y la desobedecí.

—¿Por qué?

—Declan equivocó su estrategia. Del mismo modo que tú equivocaste la tuya al quedar con tu ex y sus padres a tomar el brunch. Pero no voy a hablar de esto a sus espaldas. Tú contrataste sus servicios; si quieres más detalles, pídeselos a él.

Gayle continuó mirándolo. No le extrañó que su respuesta le agradara; era honesta y justa. Últimamente, le costaba hallar en él algo que no fuera de su agrado. 

—De acuerdo, lo haré. Pero esto quiero que me lo digas tú: ¿cuándo exactamente te suspendió y en qué condiciones?

Thomas apartó la vista. Entre las enormes virtudes de aquella mujer estaba la capacidad de clavar sus preguntas con la precisión de un cirujano.

—Cuando fui a reunirme contigo en el hotel, después del famoso brunch, Declan y yo subimos juntos a tu suite, ¿recuerdas? —Gayle asintió—. Él acababa de suspenderme de empleo y sueldo por un mes.

El asombro en el rostro femenino hablaba a las claras de su inmensa sorpresa.

—Escucha, nena. Esto no cambia nada —empezó a decir él, preocupado por el efecto que todas las deducciones que evidentemente ya estaba haciendo pudieran tener sobre ella.

¿Cómo podía no hacerlo?, pensó Gayle. Todo cuanto Thomas había hecho por ella era heroico y de una nobleza sin parangón. Ya lo era, cuando todos creían que él no hacía sino cumplir con su trabajo. ¿En qué se convertían sus acciones ahora, sabiendo que él ni siquiera estaba de servicio, pues lo habían suspendido? 

Al contrario, Thomas. Esto lo cambia todo.

—No te preocupes. Estoy bien. Es solo la sorpresa… Estabais allí, frente a mí, y no me di cuenta de nada… —Inspiró hondo y se puso de pie—. Voy a ducharme.

Él la detuvo tomándola de una mano. 

—¿Seguro que estás bien?

Otra vez aquel contacto intencionalmente delicado, del que Gayle acusó recibo rodeando suavemente la mano masculina con la suya. 

—Sí, seguro —repuso, y le obsequió una sonrisa.


* * * * *


«Ni desayuno inglés ni desayuno continental», pensó Thomas con humor al abrir la nevera y comprobar que tan solo había allí los restos de la cena: la sopera de porcelana azul, un plato con un trozo de carne y un par de tomates. 

Abrió una de las puertas de la alacena y asintió complacido: al menos había un paquete de pan de molde sin abrir. Tenía buen aspecto y no estaba caducado. Serviría. Sabía que el café no faltaría —en casa de Brady sería un sacrilegio— y con los escasos hallazgos lograría preparar un desayuno decente. Luego, añadiría otra actividad a su agenda del día: ir a hacer la compra.

Estaba sirviendo el café cuando Gayle entró en la cocina, acaparando toda la atención de Thomas. Hasta el punto de que, muy inusual en él, su mano no enderezó la jarra a tiempo, y el humeante líquido desbordó la taza.

La mujer que miraba tenía poco que ver con la que había encontrado de pie en el salón más temprano. Ya no estaba tan demacrada y sus ojos tenían un brillo que Thomas llevaba varios días sin ver. Se había puesto un conjunto de punto entallado, compuesto por una falda y un jersey de cuello alto color rosa viejo, unos botines grises acordonados de tacón muy alto y llevaba el cabello suelto, cayendo en ondas sobre sus hombros y espalda. Ondas perfectas que parecían caer con un orden escrupulosamente establecido de antemano y le daban un aspecto aún más perfecto de lo habitual. Que ya era decir. 

«Qué pedazo de mujer», pensó él, incapaz de evitar que sus ojos la recorrieran de arriba abajo, deleitándose en las vistas.

Gayle sonrió halagada y le hizo notar con un rápido movimiento de sus ojos que había una piscina de café sobre el platillo.

Él enseguida dejó la jarra sobre la encimera y se puso a limpiar el estropicio al tiempo que reía.

—Por si la escena te resultó algo en plan «¿qué le pasa a este tipo? Solo le faltó ponerse a babear», voy a ser un caballero y a decirte que estás espectacular. Eres espectacular —se corrigió—. Pero hoy, más.

Ella se rio con suavidad. Verlo con una bayeta en la mano, limpiando los restos de café mientras acariciaba su vanidad sin siquiera mirarla, era una escena de lo más inesperada. 

«Tampoco en esto eres un hombre corriente», pensó ilusionada.

—La escena me pareció perfecta y tus cumplidos también. Muchas gracias, por cierto.

Cuando sus miradas se encontraron, ambos sonreían.

Él apartó una silla de la mesa y esperó a que ella se hubiera sentado para hacer lo mismo.

—Es todo lo que había en la nevera. Hay que ir a comprar… De todo, básicamente —explicó, señalando la fuente de cerámica azul con cuatro sándwiches de finas lonchas de carne y tomate. 

Ambos se pusieron a desayunar mientras conversaban. Thomas había tenido la ocurrencia de poner un set de cubiertos junto al plato de Gayle, pero ella no los tocó. Le gustó ver con cuánta elegancia cortaba un trozo del rollo de papel de cocina, lo plegaba y luego tomaba el sándwich con la mano y envolvía su mitad inferior con el trozo de papel. Sus movimientos eran delicados y medidos. 

—En ese caso haremos una lista para no olvidarnos de nada. Y después, voy a aprovecharme de ti, ¿me lo permites? 

Thomas la miró por encima de su taza de café. Su primer pensamiento fue que no se le ocurría nada mejor para empezar el día. Pensaba en sus dos cuerpos desnudos y ella sirviéndose a placer de él. El hemisferio izquierdo de su cerebro no tardó en explotar su burbuja, haciéndole notar que Gayle no estaba hablando de sexo. Lo cual era evidente, por otra parte, ya que estaba muy ocupada comiéndose un sándwich. 

—Claro. ¿Qué tienes en mente?  

Gayle esperó a haber tragado el bocado para hablar. Se limpió la comisura de los labios con una servilleta y, a continuación, la dejó sobre la mesa.

—Me gustaría pasar por mi casa. Necesito ropa, calzado, abrigos… Además de otros enseres personales y documentación. Cuando estuve allí por última vez —contigo, por cierto—, me llevé tan solo lo que cabía en mi equipaje… Que no era demasiado.

Thomas asintió. Volvió a dejar la taza sobre el platillo.

—¿Qué hay de la prensa? Si algo puedes dar por hecho, es que habrá paparazzi rondando por tu edificio. 

—Lo sé —se limitó a responder y durante los siguientes minutos ambos disfrutaron de su desayuno sin volver sobre el tema.

—El médico vendrá a primera hora de la tarde —dijo ella, al fin—. Podemos esperar a que oscurezca para ir a mi casa. Me pondré algo… —se miró y sonrió— menos espectacular e intentaré pasar lo más inadvertida posible. Pero si nos descubren…, que así sea. 

«¿Cómo dices?». Esa mujer jamás había dado un paso sin pensar en cómo mantenerlo lejos de la prensa y de los objetivos de los paparazzi. Prueba de ello era que, a diferencia de su familia, su nombre había aparecido contadas veces en las noticias a lo largo de los años. ¿Y ahora se despachaba con un «que así sea»?

—Qué va —repuso él al tiempo que sacudía ligeramente la cabeza—. Tú no eres Gayle. Dime la verdad, ¿quién eres?

Ella acusó recibo de la broma con una sonrisa.

—Soy yo. Soy Gayle…, después de tomar algunas decisiones.

Thomas se cruzó de brazos, ya sin ocultar su asombro.

—¿Qué decisiones?

—No pienso dejar que nada ni nadie controle mi vida. 

Thomas asintió. Su admiración por ella crecía; su deseo, también. 

—Vaya efecto ha tenido mi sándwich, ¿no?

—Estaba delicioso. Pero no es él, sino tú. Me inspiras, Thomas.

—Guau… —murmuró él y una sonrisa vanidosa lució en su rostro.

Ella continuó tras una pausa.

—He decidido que no voy a ser una víctima, temerosa de todo, analizando cada paso que doy como si mi próximo aliento dependiera de ello. Me niego a serlo. Estoy harta de sentir miedo, Thomas. —Respiró hondo y exhaló el aire largamente—. Ya he tenido suficiente.

Cuando Thomas aún estaba procesando sus palabras, intentando calibrar de qué manera les afectarían, Gayle se puso de pie y rodeó la mesa. 

—¿Puedo? —dijo, refiriéndose a sentarse sobre sus piernas.

A Thomas le faltó tiempo para mover hacia atrás su propia silla. Ella se sentó de lado y se sujetó a él, pasándole un brazo alrededor de los hombros. Él no hizo el menor ademán de tocarla. Ni siquiera posó una mano sobre su cintura o su cadera para sostenerla. 

—Quiero empezar a sentir otras cosas… —continuó ella.

Él aguantó el tirón, a pesar de que su corazón se había revolucionado. 

—¿Y esas cosas tienen que ver conmigo? 

Esta vez, nada pudo impedir que todo él se revolucionara al ver que ella asentía con la cabeza suavemente. Sin embargo, tampoco ahora intentó acortar las distancias o tocarla. Al margen de sus nuevas decisiones, Gayle había sido sometida a un acoso brutal y, aunque el único parecido que había entre él y su exmarido se limitara al número de cromosomas, también era un hombre. No cometería el error de dar nada por sobreentendido. 

Aquella reacción enterneció a Gayle, que acarició su barbilla, sosteniéndola en su mano con tal suavidad que a Thomas le costó no responder a ella. Tuvo que obligarse a permanecer quieto.

—Me gusta que seas tan precavido cuando se trata de mí… —murmuró—. Que quieras asegurarte de que estoy en la misma frecuencia de onda que tú, antes de dar el siguiente paso. De hecho, lo agradezco encarecidamente. Es un signo de respeto que valoro de manera muy especial…

Gayle estuvo a punto de decir que la razón de que lo valorara tanto era su nefasta experiencia matrimonial, pero en el último instante decidió que, en esta nueva vida, no le concedería a su exmarido ni siquiera un puñado de palabras. Era agua pasada y todo lo que había vivido junto a él, también.

—Estamos en la misma frecuencia de onda, Thomas. Físicamente, no me encuentro al cien por ciento… Es posible que ni siquiera al sesenta —reconoció con cierto rubor. Ambos sabían a qué se refería—, pero el resto de mí lo está deseando.

Los ojos de Thomas descendieron a los labios de Gayle como si una fuerza incontestable lo atrajera inexorablemente.

—¿Qué es lo que está deseando? 

Ella sonrió ligeramente. Si en algún momento había tenido alguna duda sobre si algo que dijera levantaría esa barrera imaginaria que Thomas había dispuesto entre los dos, ya no la tenía. Él no iba a tomar la iniciativa. Por tanto, tendría que ser ella misma quien la levantara.

Y lo hizo. 

Se acercó a su rostro. Tanto que sus labios rozaron los de Thomas cuando dijo:

—Descubrir lo que hay entre tú y yo. 

Aquel hipnótico roce se convirtió en una caricia cuando Gayle recorrió el contorno de los labios masculinos con la punta de la lengua.

—Ayer me invitaste a hacerlo, ¿recuerdas? —añadió.

—Perfectamente —repuso él. 

Recién entonces las manos de Thomas abandonaron el asiento de la silla que hasta el momento habían estado asiendo. Probablemente, en un intento de evitar ceder a la tentación de tocarla. Tomaron su rostro con mucha suavidad y Gayle vio que, al fin, él ladeaba la cabeza. Lo siguiente sería un beso. Uno posesivo y apasionado como solían ser todos sus besos. Era algo que ansiaba tanto, que la espera se estaba convirtiendo en un tormento.

Pero no fue eso lo que sucedió. 

Un instante después, tres timbrazos anunciaron que ya no estaban a solas.

Thomas apoyó la frente sobre la frente femenina y los dos suspiraron a un tiempo.

—No me lo puedo creer… —musitó él.

Ella tampoco.

—Qué tortura, por Dios….

—Joder. Y que lo digas… Es Alex. Tendré que ir a abrir.

—Sí, ve. Mientras tanto, yo desocuparé la mesa… 

—¿Estás bien?

Gayle ya se había puesto de pie cuando respondió, echando mano de toda su coquetería.

—Mmm… Digamos que estaría mejor si el timbre no nos hubiera interrumpido… —y esbozó una sonrisa traviesa que hizo reír a Thomas.


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©️2026. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷


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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 60



Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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60


Thomas golpeó dos veces a la puerta de la habitación. Esperó hasta que Gayle respondió para entrar. Aunque, en realidad, no entró, tan solo se asomó. Una habitación, con una puerta que podía cerrarse con llave y con una cama de dos plazas, era demasiada tentación después de lo sucedido en la cocina.

—Venía a despedirme por un rato… —empezó a decir. 

Dejó de hablar al verla poniéndose una gabardina gris oscuro. La prenda era entallada, de corte clásico y, como todo lo que vestía, destilaba estilo y elegancia. 

Ella lo recibió con una sonrisa.

—Gracias por comportarte con tanta corrección, pero no es necesario que esperes mi permiso para entrar en el dormitorio de tu hermano. Con que te anuncies, es suficiente. Pensándolo bien, creo que tampoco me importaría, si no te anuncias… 

Otra vez aquella sonrisa traviesa que la volvía tan de este mundo y que a Thomas le disparaba la imaginación a base de bien. El lado izquierdo de su cerebro volvió a llamarlo al orden, fijándose en lo evidente: si ella se estaba poniendo un abrigo, era porque pensaba salir. 

—Lo tendré en cuenta para el futuro… —repuso con su estilo contenido—. ¿Tienes algún plan que aún no me has contado?

Ella cogió su bolso y su móvil de encima de la mesilla y se dirigió a la puerta. Se detuvo frente a él.

—Tampoco hemos tenido tiempo de hablar de tus planes, pero si no es mucha molestia, me gustaría sumarme a ellos. ¿Es posible?

Thomas arrugó la frente.

—¿Quieres venir conmigo?

—Así es.

—Serán varias horas fuera de casa. Tengo dos declaraciones pendientes con la policía y tendrás que quedarte en el coche. ¿Estás segura?

—Completamente. Si en algún momento necesito descansar, puedo acostarme en el asiento trasero. 

Thomas permaneció escrutándola con la mirada.

—Si lo haces por no quedarte con mis padres…

Ella lo silenció posando dos dedos sobre sus labios con suavidad.

—Lo hago por mí. Y también por ti. Los dos necesitamos recuperar la normalidad. Con tus padres, aclararé las cosas a su debido tiempo.

Él retiró los dedos femeninos de sus labios y los retuvo en su mano.

—No hay nada que aclarar. 

—Lo hay. Me han abierto las puertas de su casa…

—Era mi casa —la interrumpió.

Ella ladeó la cabeza y lo miró en una dulce y silenciosa recriminación. Thomas respiró hondo mientras pensaba en cuánto talento hacía falta para llamarlo al orden sin pronunciar una sola palabra. 

—Son muy buenas personas, Thomas —continuó ella—. Solo quieren protegerte. Se merecen que les explique por qué he regresado a tu vida y a la suya. Y lo haré, cuando esté en condiciones. 

Thomas liberó los dedos femeninos y se cruzó de brazos. La idea de dar explicaciones sobre su vida privada no le agradaba. Nunca las había dado y no deseaba empezar ahora.  

—Son mis padres y es mi vida, ¿no te parece que lo que yo opine al respecto es importante?

—Tu opinión siempre es importante, independientemente de lo que se trate. 

Él se las arregló para ignorar los efectos de aquella deliberada caricia a su vanidad y mantuvo la mirada.

—¿Entonces…?

—Les he dado mi palabra porque el riesgo al que ellos temen es muy real. Quizás nunca logre que dejen de temerlo del todo. Sin embargo, puedo ayudar a mitigarlo mostrándoles que pueden confiar en mí por quien soy —yo, Gayle; no la hija de lord Middleton—. Y Gayle es alguien que siempre da la cara, Thomas. Por favor, no me pidas que proceda como si sus temores fueran infundados o, peor aún, carecieran de importancia para mí. Nada más lejos de la realidad.

«Alguien que siempre da la cara… Y una jodida encantadora de serpientes», pensó él. Con su dulzura y sus modos delicados, se lo estaba llevando a su terreno con la fuerza de un bulldozer. 

—Sé cómo eres y, mientras yo lo sepa, es suficiente. 

Sus miradas se encontraron. Ambos sonrieron y la conversación cambió de tono.

—¿Ah, sí? 

Thomas asintió desafiante.

—Y si vas a pedirme que te permita hacer algo que yo jamás he querido hacer, como dejar que mis padres se inmiscuyan en mis asuntos privados, habrá que negociar. 

—¿Negociar? 

—Sí —afirmó—. Negociar.

Una sonrisa traviesa brilló en el rostro femenino cuando dijo:

—¡Suena excitante! 

Thomas la miró sorprendido. Habían acercado posiciones en circunstancias muy difíciles que no les habían permitido mostrarse tal cual eran en un día normal. Sobre todo, a ella. Su talante juguetón le resultaba tan fascinante como todas sus demás facetas, pero, a la vez, bastante inesperado. 

Asintió con la cabeza varias veces, complacido.

—¿Sabes? Será mejor que nos pongamos en marcha. No sea que tanta excitación se nos vaya de las manos —y vio que aquella hermosa sonrisa se transformaba en una risa adorable y contagiosa.

—Estoy de acuerdo —concedió ella y le tendió su móvil—. Aún es muy temprano para lord Middleton. Pero puedes estar seguro de que llamará.

Thomas no hizo el menor ademán de cogerlo. En cambio, la miró interrogante. La tarde anterior, el debate sobre esa cuestión se había extendido durante varios minutos. Jana decía que era mejor que el aristócrata continuara recibiendo novedades sobre el estado de su hija a través de ella misma o de Danna. Lo importante era ganar cuanto más tiempo mejor, para que Gayle se recuperara antes de tener que volver a enfrentarse a sus exigencias. Danna estaba de acuerdo. Le había ofrecido que desviara las llamadas a su número. Declan, por su parte, había dejado claro que no podía ayudarla a mantener oculto su nuevo domicilio temporal. No tomaría la iniciativa de informar al aristócrata, pero si él lo llamaba, tendría que decírselo. Finalmente, se habían marchado de casa de Danna sin alcanzar ningún acuerdo. Gayle había dicho que lo meditaría. Por lo visto, ya lo había hecho. ¿Sería esa otra más del paquete de decisiones que había tomado? Era mejor asegurarse.

—Reconocerá mi voz y deducirá que estoy en la carrera otra vez.

—¿Acaso no es así? —repuso ella, rezumando coquetería—. Te dije que no voy a dejar que nada ni nadie controle mi vida. Eso incluye a mi padre, especialmente.

«Así que vamos adelante con todo», pensó henchido de orgullo. Orgullo de ella y de su bravura. 

Thomas guardó el móvil en el bolsillo interior de su parka y se apartó para dejarla pasar. Sus ojos reflejaban una profunda admiración y asombro mientras la seguían por el corto pasillo que conducía al salón.


* * * * *



En esta ocasión, Thomas había detectado de inmediato al hombre asignado por Declan para custodiar el nuevo alojamiento temporal de su cliente. Era Andreas. Después de que Gayle se hubiera acomodado en el asiento posterior del coche con Alex al volante, Thomas cruzó la calle y se dirigió hacia él. Estaba en el umbral de un edificio de viviendas situado a cincuenta metros, en la acera de enfrente.

—Me alegro de verte, tío. Tienes buen aspecto —se adelantó Andreas—. Declan me ha puesto al día de lo que pasó el domingo… Te estuve llamando. Verás varios mensajes en tu buzón de voz.

—Gracias, Andreas. Mi móvil lo tiene la policía. Espero recuperarlo hoy. ¿Sigues al servicio de Gayle… Middleton? —Había añadido su apellido en el último instante; no sabía muy bien por qué. 

Una sonrisa apareció en el rostro del inglés con ascendencia alemana al decir:

—No tanto como tú, pero sí. Somos tres a su servicio, en turnos de ocho horas. Aunque ahora el cliente es su padre, no ella. Tranquilo, Declan ya nos explicó cuál es la situación. Tenemos instrucciones de avisarte si el tipo decide hacerle una visita a su hija…

Thomas asintió aliviado por lo que oía. 

—Vale. No sé a qué hora recuperaré mi móvil, así que llama al número de Gayle. —Se tocó el costado en una indicación de que era él quien lo tenía. Andreas asintió con la cabeza—. ¿Algún indicio de periodistas por los alrededores?

—No. De momento, nada. 

—De acuerdo. Me marcho. Hay mucho que hacer esta mañana. No creo que regresemos hasta la una o las dos de la tarde. 

—Entonces, nos veremos. Mi turno acaba a las tres.

—Bien. Te avisaré cuando estemos llegando. Yo también me alegro de verte, tío —dijo, cuando ya se estaba alejando.

Apuró el paso de regreso al coche de Alex y, tan pronto ocupó el asiento del copiloto, su hermano se puso en marcha.

—¿Todo bien? —preguntó Alex.

—Por el momento, sí. Era Andreas —informó y se volvió ligeramente para mirar a Gayle antes de decir—: Nos avisará de cualquier novedad.

A todos les quedó claro que se estaba refiriendo a una visita del aristócrata, no solo a la presencia de periodistas por la zona.

—O sea que Declan ha trasladado el servicio de vigilancia —comentó Alex y miró a su hermano brevemente.

Thomas se percató de ello. También de a cuenta de qué venía su comentario. Declan no se había molestado en ocultar su desacuerdo (y su disgusto) por el cambio de alojamiento temporal de Gayle. Había dado muestras de estar harto de la situación. Como si incluso estuviera considerando renunciar al cliente.

—Para eso le pagan —repuso escuetamente.

—¿Tu relación personal con Andreas es tan buena como para que te informe a ti, en vez de a Declan? Lo digo porque si el cliente ya no es Gayle, sino su padre, que nos avise de su visita ¿no iría en contra de los intereses de quien le paga?

Thomas exhaló el aire por la nariz. Seguía tan resabiado con Declan que le costaba reconocerle algún mérito. 

—Vale, sí. Mi exjefe se está mostrando cooperativo, ¿satisfecho?

—Satisfecho —concedió Alex.

Su respuesta se cruzó con la de Gayle y ambas sucedieron casi al mismo tiempo.

—¿Exjefe? —dijo Gayle, preocupada. Tanto que se inclinó hacia delante y se asomó por el hueco que había entre los dos asientos delanteros—. ¿Estás pensando en dejar de trabajar para él?

«Lo que me faltaba», pensó Thomas al tiempo que le dirigía una breve mirada recriminatoria a su hermano.

—Lo estoy considerando.

—¿Por qué?

La voz de Gayle sonó cargada de preocupación y de culpa. Sabía por Jana que la relación de Declan con Thomas era antigua y no solo de naturaleza profesional. 

—¿Dejarás estar el asunto si te digo que no es por ti? —propuso Thomas. No quería hablar de ello y procuró que la expresión de su rostro así lo indicara. No era el momento ni el lugar, y tampoco había tomado una decisión definitiva al respecto aún. 

—Sí… Si fuera cierto —repuso ella, todo dulzura—. Lo que nos lleva a la siguiente pregunta: ¿Creerías ese argumento, si estuvieras en mi lugar? 

Alex no pudo evitar sonreír al ver que Thomas dejaba caer la cabeza en un gesto derrotado. Si ya le resultaba de lo más extraño oír a su hermano mostrarse paciente con una mujer que no era Lenora Eaton, ver la habilidad con la que ella conseguía dominar su temperamento ultra independiente le parecía sencillamente increíble. 

Todo un espectáculo, sí, señor.


* * * * *


Las declaraciones que Thomas tenía pendientes con la policía habían ido mejor de lo esperado. En el caso de la policía londinense, las imágenes grabadas por las cámaras de seguridad habían servido para esclarecer lo sucedido y las muestras orgánicas que los técnicos forenses le habían tomado in situ aquel domingo, mientras él estaba inconsciente, y  que Martin había completado con las que él mismo le había tomado una vez en el hospital, habían dado resultados prometedores con, al menos, uno de sus cuatro atacantes, al que estaban en proceso de identificar. Cuando lo hicieran, volverían a ponerse en contacto con él. En cuanto al supuesto huésped del hotel que había sobornado a dos empleados novatos para entregar una misiva en la suite de los Middleton, aún no habían descubierto de quién se trataba. La declaración de Declan había puesto el suceso en conocimiento del inspector a cargo del allanamiento con agresión en Keegan Security y este había solicitado al establecimiento hotelero que revisara las imágenes de las cámaras de seguridad de los últimos dos meses en busca de un sujeto que se ajustara a la descripción proporcionada por los dos jóvenes empleados. Thomas dedujo que las dos investigaciones  policiales aún no estaban conectadas, ya que el inspector de la policía de Londres no aludió a lo sucedido en su cabaña aquel mismo domingo por la noche. Sin embargo, estaba bastante seguro de que sabía algo al respecto. Su insistencia al preguntarle si había podido reconocer a alguno de sus atacantes y si había tenido algún problema con alguien que hubiera motivado el ataque lo había delatado. Thomas había respondido negativamente en ambos casos sin dudarlo. A Baxter no lo motivaba más que su psicosis y él no deseaba verse involucrado en aquellos dos casos abiertos más allá de lo estrictamente necesario. En definitiva, la auténtica víctima era Gayle, no él.

La declaración ante la policía de East Sussex había sido más sencilla, ya que Declan les había informado que Thomas estaba asignado a la protección de Gayle Middleton y que había autorizado las decisiones que él había tomado en calidad de guardaespaldas de su cliente. 

Por lo tanto, la presencia de Gayle en su cabaña estaba justificada por motivos de seguridad, lo que llevó a la policía a descartar inicialmente la posibilidad de un triángulo amoroso como móvil del delito. Según le había insinuado el detective, se centraban en reunir  pruebas suficientes para procesar a Kyle Baxter por allanamiento y acoso con intento de agresión. Thomas no pudo evitar pensar cuánto tardaría el padre de Gayle en conseguir que el intento de agresión se convirtiera en intento de homicidio.

De regreso al coche de Alex, se había enterado de que Gayle y su hermano se habían ocupado de hacer la compra. Pensó que era una señal de que ella se encontraba mejor y eso le animó.

—¿Y la lista? No llegamos a hacerla —preguntó mirando a Gayle sorprendido. 

Detrás de unas gafas de sol oscuras, ella le devolvió una sonrisa.

—Yo también vivo sola, ¿recuerdas? Conozco de primera mano la descorazonadora sensación de regresar a casa, tras un largo período ausente, y encontrar un solitario yogur caducado en toda la nevera.

Alex se estaba partiendo de risa sin el menor disimulo, lo que a Thomas le llevó a pensar que su hermano y Gayle habían hecho buenas migas en su ausencia.

—Vale —repuso Thomas, con segundas—. Pero a mí no me van los yogures, ¿lo sabías? —Lo siguiente se lo dijo a Alex—: ¿Estás esperando permiso de la reina para encender el motor?

—Ya voy, ya voy… Es que tu chica es muy divertida… ¡Cuando veas todo lo que llevamos en el maletero, vas a flipar, tío!

Y, para enorme satisfacción de Alex, esta vez no recibió miradas recriminatorias ni nadie le comunicó con palabras o gestos que ella no era su chica.


* * * * *


Estaban a poco de llegar a Londres cuando el móvil de Alex empezó a sonar. Estaba conectado al sistema Bluetooth y, cuando dio paso a la llamada, todos oyeron la voz de Declan.

—Espera un momento —pidió Thomas y le indicó a su hermano que desconectara el sistema y le diera el móvil. Ignoraba la razón de que estuviera llamando, pero Gayle llevaba un rato dormitando y prefería no despertarla. Esperó la indicación de Alex para hablar—. Dime.

Joder. Andreas me dijo que tú tienes el móvil de Gayle y llevo un cuarto de hora llamándote, ¿por qué no lo cogías?

Thomas hizo un gesto de disgusto. No había querido dejarle el móvil a Alex. De modo que lo había silenciado y lo había llevado consigo todo el tiempo. Había estado atento a revisarlo con frecuencia y solo había recibido llamadas personales —una de Jana y dos de Danna—. Pero desde que estaba en el coche, no había vuelto a comprobarlo. Estaba muy ocupado observando a Gayle por el espejo de la visera. 

—¿Vas a decirme de una vez por qué llamas? —repuso Thomas, haciendo gala de sus malísimas pulgas.

Lo siguiente que oyó fue un resoplido.

Si supieras lo harto que me tienes… —anticipó Declan—. Escucha. Me ha llamado su padre. Y me ha puesto a parir, por cierto. Su sabueso le chivó que Gayle ya no está en casa de Danna, sino contigo. Resumiré la enorme parida que ha soltado por la boca en tres palabras: va para allá. Si crees que mi presencia puede ayudar en algo, avísame, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —repuso Thomas fríamente antes de colgar. Enseguida, abrió los contactos. Cuando encontró el que buscaba, pulsó el botón de llamada.

—¿Qué sucede? —preguntó Alex.

—Que se acabó la paz, eso sucede. 


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CRS-04. Una vez no basta (UVNB), tít. provisional. Cap 61



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61


Thomas resopló al comprobar que la línea de Andreas estaba ocupada. Controló por el espejo lo que sucedía en el asiento trasero y, al comprobar que Gayle continuaba dormitando, volvió a poner su atención en el enorme problema que se les venía encima. 

—¿Qué es lo que ha pasado? —oyó que Alex le preguntaba.

Entonces cayó en la cuenta de que tenía a su hermano en ascuas.

—Sí, perdona, no te he dicho nada… El padre de Gayle va camino de la casa de Brady.

—Vaya movida —dijo Alex, haciéndose cargo de la situación. Si el temperamento del aristócrata era tan volátil como el general había dado a entender, estaban ante un problema grave. 

—Será mejor que aparques. Necesito un momento para pensar lo que vamos a hacer.

Alex siguió conduciendo y, en cuanto halló un sitio libre, señalizó la maniobra y aparcó.

—¿A quién llamabas?

—A Andreas. Fue un impulso. Ahora que lo pienso, no sé qué coño iba a decirle… 

Thomas respiró hondo, intentando que sus neuronas se centraran. 

—Es muy malo para Gayle que el viejo se presente allí ahora. Y lo peor es que, como tiene a la prensa pisándole los talones, la llevará hasta nosotros, hasta ella. —Sacudió la cabeza, contrariado—. Le aseguré que si venía conmigo, nadie iba a poder verla o hablar con ella a menos que fuera su decisión, y fíjate en qué follón está metida ahora… 

—Sabes tan bien como yo que Gayle no se fue contigo por eso. ¿Quién mejor que ella para saber de lo que su padre es capaz? No tiene sentido que te culpes por algo que no puedes controlar, Tom. 

Debió haber pensado mejor las cosas. Pensarlas fríamente, con lógica, como había hecho siempre. Pero, por lo visto, esa cualidad brillaba por su ausencia cuando se trataba de Gayle. Era de cajón que el viejo no se fiaría de Declan y mantendría su propia vigilancia en paralelo. Podía tolerar que su hija buscara paz y sosiego alojándose temporalmente en casa de su vieja amiga. Después de todo, Danna no perjudicaría los intereses de Gayle ni los de su familia. Él era totalmente otra cuestión. Lo tenía por un oportunista que no dudaría en aprovecharse del estado de vulnerabilidad de Gayle para sacar partido. Ahora que el aristócrata sabía que su hija estaba con él, haría lo que fuera necesario para revertir la situación. No tenía sentido dar rodeos; no había escapatoria posible. 

—Qué mierda —se quejó.

Alex no tardó en llegar a la misma conclusión. No veía ninguna manera de evitar la confrontación. Estaban en una calle sin salida. 

—Habrá que aguantar el chaparrón, Tom. No queda otra.

Él hizo un gesto de disgusto con la boca.

—Voy a tener que recurrir al general.

—Sí —concedió Alex—. Y cuanto antes, tío. 


* * * * *


En la casa del general Eaton, el aire empezaba a cargarse de preocupación. Después de comer, Lenora había seguido poniendo orden en las habitaciones y, al pasar frente a la puerta del estudio de su marido y ver la expresión tan seria de su rostro, había hecho un alto en sus tareas cotidianas. Se había quedado de pie, en el haz de la puerta, con un plumero en una mano y una gamuza en la otra, mirándolo atentamente mientras él, sentado en el sillón de su escritorio, hablaba por el móvil.

Lawrence estaba preocupado, pero no extrañado de saber que volvería a verse las caras con lord Middleton. Thomas había sido bastante parco durante la cena, a la hora de relatar lo sucedido en la casa de la amiga de Gayle. Era de madrugada, se le notaba cansado y él no había querido insistir. Sin embargo, a pesar de los pocos detalles que les había ofrecido, Lawrence había dado por hecho que el aristócrata no tardaría en dar señales de vida. La relación que había entre sus respectivos hijos ya no era de naturaleza profesional. Habían cruzado oficialmente ese umbral la madrugada anterior, cuando Thomas había atravesado la puerta con Gayle dormida en sus brazos. El noble era de esa clase de personas que obligaba a su interlocutor a hacer acopio de calma y de paciencia. Si bien como militar sabía que podía manejar la situación con objetividad y neutralidad, como padre del novio ya no estaba tan seguro. 

—Dile a quien esté de vigilancia que me toque el timbre. Yo saldré a recibir a milord, Tom.

Lenora puso los ojos en blanco al tiempo que resoplaba. No conocía al noble en persona y malditas las ganas que tenía de hacerlo. Vio que su marido le dedicaba una breve mirada recriminatoria.

Lamento meterte en esto otra vez, general. Tenía que salir. Era necesario resolver las cuestiones pendientes con la policía… Tampoco esperaba que su padre fuera a presentarse justamente ahora…  —No lo dijo, pues le daba cierto apuro reconocerlo, pero, en realidad, estaba tan obnubilado por sus propios sentimientos hacia Gayle que no había pensado en nada—. Gayle se va a llevar una alegría cuando se lo diga.

—¿No lo sabe?

No —dijo mirando nuevamente el espejo de su visor—. Va dormida en el asiento de atrás… En fin. No tardaremos mucho en llegar. Diez o quince minutos, dependiendo del tráfico. 

—De acuerdo. Haz lo que te he dicho. Habla con tu compañero de turno y deja el resto en mis manos. 

Entendido. Gracias, papá.

El general volvió a posar su móvil sobre el escritorio y miró a su esposa con una suave sonrisa. 

Lenora era la viva imagen de la desazón con su largo cabello, que antes era rubio y ahora estaba cubierto de canas, sujeto de mala manera en la cima de la cabeza, sus gafas de ver de cerca a modo de diadema y aquella expresión de «Dios me dé paciencia».

—Te sugiero que guardes los implementos de limpieza y te quites ese primoroso delantal que llevas… —le dijo con dulzura—. Estamos a punto de codearnos con la nobleza, cariño.


* * * * *


Alex arrugó la frente al ver en la pantalla del salpicadero que la llamada procedía de un número desconocido. Le dio paso y su saludo se cruzó con la voz de quien llamaba. Era de una mujer y sonaba nerviosa.

¿Hola? ¿Con quién hablo? ¿Hola? ¿Me oye? Este trasto va fatal…

—Es Danna —anunció Thomas. Ese estilo apresurado e impaciente era inconfundible.

Alex asintió. También la había reconocido.

—Soy Alex. Te oímos perfectamente. Estás en manos libres. ¿Tú me oyes bien?

Ahhhh… Chico, qué alivio… Ahora sí se escucha bien. ¿Cómo está Gayle? Le he llamado un par de veces y como empezaba a ponerme de los nervios no tener respuesta, estoy yendo a verla. Su médico debe estar al llegar, ¿no?

Thomas sacudió la cabeza contrariado. Aquella mujer le caía muy bien, pero ese no era el mejor momento para que le hiciera una visita a su amiga. Un encuentro cara a cara entre ella y lord Middleton podía perfectamente provocar que todos acabaran en la comisaría de policía.

—El que está al llegar es su padre, Danna —intervino Thomas—. Se ha enterado de que ya no está contigo. Nosotros —Gayle, Alex y yo— estamos volviendo a casa. Yo tenía que ir a la policía y Gayle quiso acompañarme. Va dormida en el asiento de atrás. ¿Te importaría dejar la visita…?

Thomas no logró acabar la frase, pues Gayle lo interrumpió.

—Ya no. Estoy despierta —dijo, asomándose por el hueco que había entre los dos asientos delanteros. De todas las maneras en las que habría podido salir del sueño, esta era sin duda la peor—. ¿Qué es eso de que mi padre está al llegar? ¿Llegar a dónde?

Los hermanos intercambiaron miradas. Alex retomó la conversación con Danna mientras dejaba que Thomas pusiera al día a Gayle de las últimas novedades.

—A casa de Brady —le dijo, girándose en el asiento para poder mirarla mientras hablaban—. No te preocupes. El general se ocupará de recibirlo…

El talante de Gayle se había transformado por completo. De la expresión relajada que Thomas había estado contemplando a través del espejo de su visor, a esta otra tensa de la mujer que extendía la mano hacia él en un gesto cargado de urgencia y nerviosismo.

—¿Que no me preocupe, dices? —repuso ella. Intentaba contener su disgusto para no perder las formas, pero su progenitor se lo estaba poniendo muy difícil con su obcecación—. Por favor, dame mi móvil. Bajo ningún concepto voy a permitir que tu padre tenga que soportar los caprichos del mío una vez más.

El tono de su voz —decidido, incluso algo imperativo— no dejaba margen para la duda. Por una vez, ni toda la elegancia y la educación de Gayle conseguían ocultar su irritación. Thomas obedeció, pero aún retuvo el móvil un instante.

—¿Estás segura de esto, nena? —preguntó, mirándola a los ojos—. No lo hagas por mí. Lo digo en serio. 

Gayle se obligó a esbozar una ligera sonrisa para tranquilizarlo, pero tiró del móvil con firmeza.

—No lo hago por ti. Pero si fuera así, sería la mejor razón del mundo, ¿no crees? Nadie se merece más que tú que yo ponga coto a las tropelías de mi padre.

Thomas permaneció mirándola en silencio unos instantes. Adorándola. Admirándola. Al fin, concedió con un ligero movimiento de la cabeza.

Y si, en algún momento, había tenido alguna duda acerca del verdadero nivel de indignación que Gayle sentía, dejó de tenerla al oírla pronunciar las siguientes palabras:

«Sí, soy yo, padre. Y te exijo que des la vuelta ahora mismo y regreses a tu casa. ¡Ahora mismo! ¡¿Lo has comprendido?!».


* * * * *


La conversación entre padre e hija era agria. En la cabina del SUV había dos personas a la escucha y una tercera —Danna— a través del sistema Bluetooth. Aparte de la voz iracunda de Gayle, no se oía más que el ruido del tráfico a una hora punta en la ciudad.

Para Danna no se trataba de una novedad. Las discusiones de Gayle con su padre eran épicas cuando todavía vivía en la residencia familiar. Sin embargo, tenía que admitir que hacía tiempo —años— que no oía a su amiga tan desquiciada. 

Para Thomas y Alex era decididamente algo nuevo. No se trataba solamente de que la imagen de Gayle que conocían no cazaba nada con la de la mujer que lanzaba advertencias con una dureza inusitada desde el asiento posterior del coche. Todos los hermanos Eaton tenían una relación de amor y respeto con sus padres. Discutían y a veces la tensión se prolongaba durante un par de días, como sucedía en todas las familias. Pero a ninguno se le habría cruzado jamás por la cabeza dirigirse al general o a Lenora de la manera que ella lo hacía con su padre.

Gayle, por su parte, estaba demasiado implicada en su propio torbellino emocional para darse cuenta de lo que sucedía a su alrededor. 

Relacionarse con su padre jamás había sido fácil. Lograr mantener un equilibrio entre las constantes exigencias de su progenitor y sus propios criterios acerca de cómo deseaba que fuera su vida y su futuro había dado lugar a muchos momentos de inmensa tensión. Sin embargo, ninguno tan extremo como este. Estaban a un paso de la ruptura definitiva.

Su padre no dejaba de bramar en su oído. La llamaba necia, insensata y egoísta. Gayle no tenía ningún interés en involucrarse en una discusión al respecto. Lo había oído muchas veces y ya no le hacía mella. Sin embargo, cuando el anciano empezó a dirigir sus ataques hacia Thomas, Gayle se revolvió.

—¡Ya basta! ¡No quiero oír ni una sola palabra más! —rugió—. Esta es mi única oferta: te alejas de ese edificio ahora mismo y no vuelves a acercarte por allí. A cambio, hoy, cuando haya anochecido, iré a verte. No voy a quedarme; no volveré a vivir bajo tu techo. Pero ya que tanto deseas hablar conmigo, estoy dispuesta a permitirlo. Ahora bien; esta conversación se acaba aquí, padre. No vuelvas a llamarme.

Y sin más, Gayle cortó la llamada y dejó caer el móvil sobre el asiento, a su lado. Apoyó la nuca en el respaldo y respiró profundamente varias veces, buscando serenarse.

Se sentía acalorada y acelerada como nunca. Pequeños hilos de sudor bajaban de sus axilas, humedeciendo las prendas, y su pecho se estremecía bajo la fuerza de los latidos. 

Thomas se estiró y cogió la mano de Gayle, apretándola cariñosamente. Ella abrió los ojos y sus miradas se encontraron durante unos instantes eternos. Hablándose en silencio. Diciéndose cosas que solo ellos entendían.

Entonces, se oyó la voz de Danna.

¡Y yo, preocupada, anda ya…! ¡Estás perfectamente, cari! ¡Qué tía más dura! ¡Estoy orgullosísima de ti!

Gayle abrió la boca en un gesto de asombro. Asombro ante su propio olvido. Y más asombrada aún al darse cuenta de que Danna lo había oído todo. Qué vergüenza.

—Oh, Dios… ¿Sigues ahí? Siento mucho que me hayas oído hablar de esa manera tan inapropiada…

¡Qué dices! ¡Fue la caña! ¡Estuve a un tris de jalearte! —y se echó a reír a carcajada limpia—. ¡Alexis no me va a creer cuando se lo cuente! ¡Menos mal que hay testigos! 

—¿Y por qué no va a creerte? —intervino Alex, intrigado.

Porque, como todo el mundo, solo conoce su faceta amable y supereducada… ¿O tú te imaginabas que había semejante mala hostia detrás de esa sonrisa de cine cuando la conociste? 

«Yo no. Ni de cerca», pensó Thomas, que asintió enfáticamente con la cabeza a lo dicho por Danna. Vio que Gayle se reía, algo sonrojada.

Alex pensó brevemente en ese momento; el de conocerla. Entonces, no había habido lugar para las sonrisas ni para el diálogo. Ella estaba aterrorizada y en evidente peligro. Y él no sabía con qué clase de persona se las estaba viendo, de modo que había procedido con extrema cautela. Finalmente, había encontrado en Gayle un aplomo y una lucidez dignos de mención. 

No se había tratado más que de un comentario y, dado que Danna no esperaba una respuesta, continuó hablando con su tono jovial.

¿Sabes, cari? Creo que tu cabreo ha funcionado. Estoy llegando a la puerta de tu edificio y no veo ninguna limusina aparcada en mitad de la calle, fastidiando el tráfico… Espera, espera… Un tipo viene hacia mí. Me está haciendo señas… A ver qué quiere. No cortes.

—Será Andreas —anunció Thomas a los demás ocupantes del vehículo.

Durante unos instantes, se oyó a Danna hablando con alguien. No se entendía lo que hablaban; tan solo algunas palabras aisladas.

Al fin, la amiga de Gayle volvió a ponerse al teléfono.

¡Has triunfado, cari! —aseguró, risueña—. El cascarrabias se ha largado. ¡Toma, toma y toma! ¡Arriiiiiiba, Gayle! ¡Esa es mi chica!

En medio de las risas y de las palabras aprobatorias de todos, Gayle no pudo evitar un suspiro de alivio. Su padre era un ser irracional. Lo creía tan capaz de echar la puerta del edificio abajo y hacerle pasar un mal rato a todo aquel que intentara impedírselo, que, de repente, sintió como si le hubieran quitado un enorme peso de encima. 

Thomas, que continuaba sosteniendo su mano, la miró suavemente.

—Tenías miedo de no poder pararlo, ¿eh? —le dijo en voz baja.

Y entonces, experimentó otro nuevo sentimiento, desconocido para él hasta ese momento: se le derritió el corazón de ternura al ver que Gayle asentía ligeramente con la cabeza.


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62


Gayle y Danna se habían fundido en un abrazo que los hombres habían presenciado en un silencio respetuoso. 

Veinte minutos antes, cuando Andreas le había tocado el timbre, el general Eaton ya estaba al tanto de que quien iba a recibir no era el padre de Gayle, sino su mejor amiga. Juntos habían subido al piso de Brady para esperar a los demás.

—Te veo fenomenal, cari… Muchísimo mejor que ayer —dijo frotándole la espalda cariñosamente y enseguida se rio—. Vaya estupidez. Cómo no vas a estar mejor, ¿eh? 

Se apartó de Gayle y le encantó ver cómo brillaban de incomodidad los ojos de su amiga, pero no dejó de reírse ni de mirarla con picardía. 

Fue en ese momento que Gayle se percató de la presencia del padre de Thomas.

—General… Disculpe, no le había visto. —Enseguida fue hacia él, tendiéndole la mano, que él estrechó con afecto—. Es un placer volver a verlo. 

—Lo mismo digo, señora Middleton. ¿Qué tal se encuentra?

Gayle sonrió. Le agradaba el trato impecable de aquel hombre, pero después de todo lo sucedido, estaba convencida de que ambos podían relajarlo, aunque a ella misma en esta ocasión le hubiera salido tan formal como siempre. Iba a decírselo, pero inesperadamente, Thomas se le adelantó.

—Seguro que no habrá ningún cataclismo si la llamas por su nombre de pila, general.

A lo que ella concedió con un movimiento enfático de la cabeza.

—Muy bien. En ese caso, la llamaré Gayle —dijo Lawrence y volvió a insistir en su pregunta—. ¿Qué tal se siente hoy?

—Mucho mejor, gracias. Esperemos que mi médico no me deje en mal lugar, solicitando una internación urgente. 

Gayle lo había dicho en tono de broma. Sin embargo, estaba muy angustiada. Por más que intentara quitarle gravedad al asunto, diciéndose que era una mujer sana y que tan solo se trataba del gran estrés al que había estado sometida, lo cierto era que su médico debía estar bastante preocupado por sus sangrados fuera de tiempo y su estado en general como para ordenar un examen completo. 

El general le dedicó una sonrisa afectuosa.

—Obviamente, no soy médico, pero yo la veo muy recuperada y mucho más serena. En palabras de su amiga —dijo, dirigiéndole una mirada cálida a Danna—, se la ve fenomenal.

—¿Ves que no soy ninguna exagerada, cari? —intervino Danna, pasándole un brazo alrededor de la cintura a su amiga—. Él opina lo mismo. Que no te fíes de una loca como yo, vale, ¿pero tampoco vas a fiarte de un señor tan serio y respetable? 

En aquel momento, sonó el timbre exterior de la vivienda. Thomas fue a atender el telefonillo.

—Debe ser tu médico —comentó Danna. Ella respiró hondo y asintió. 

En efecto, así era. Thomas se asomó a la puerta del salón.

—Es el doctor Ferguson. ¿Nos vamos todos y lo recibes en el salón, o prefieres el dormitorio? —le consultó. 

Thomas había elegido con cuidado sus palabras. Y hacerlo no había sido sencillo. No se sentía parte del grupo de personas que estaban allí, por más afecto que todas le profesaran. Sentía que era parte de su vida. Del mismo modo que ella era parte de la suya. Una parte esencial.  Deseaba quedarse a su lado. Saber de primera mano qué era lo que le sucedía. Alegrarse con ella si al final todo era consecuencia del estrés. Consolarla y apoyarla si, por el contrario, los análisis revelaban la existencia de un problema más serio. 

Por otro lado, toda la existencia de Gayle había estado marcada por la presión, que había alcanzado un punto crítico la última semana. El acoso de su exmarido. El acoso de la prensa. Las exigencias de su padre y de su madre. Thomas no quería ser otro elemento más de presión en su vida. 

La respuesta de Gayle fue inmediata, pues no necesitó pensarla. 

—Lo recibiré en el salón, gracias…

Él ya se había dado la vuelta cuando ella continuó.

—Qué rapidez —se quejó con suavidad—. Aún no había acabado…

Aquella queja no le había sonado nada a queja; más bien a coqueteo. Delicado y sutil, como todo en ella. Thomas volvió a asomarse. Procuró mirarla con normalidad, que sus ojos no reflejaran lo loco que empezaba a estar por ella, por sus modos suaves, por sus flirteos delicados, elegantes y siempre tan oportunos, que le ponían el corazón a siete mil revoluciones por minuto. 

Y esto tampoco le resultó sencillo.

—Me gustaría que te quedaras. ¿Es posible? —dijo ella. 

Esta vez hubo mucha dulzura, además de su suavidad habitual.

Una dulzura que provocó gestos de complicidad en quienes aún estaban en el salón, aunque la pareja se hubieran olvidado de ellos. 

—Comprobaré mi agenda —repuso él, y tras hacerle un guiño, abandonó el salón con una sonrisa tan grande que no le entraba en la cara.

—¿Me ayudas a descargar la compra, general? —propuso Alex—. Hay cosas que necesitan frío. Podemos guardarlas en tu nevera, mientras tanto.

—Por supuesto. 

Danna volvió a abrazar a Gayle. Esta vez, para despedirse.

—Yo me marcho, cari. Mi jefe me espera. Luego te llamo a ver qué te dijo el médico, ¿vale?

—Uy, qué pena… ¿No te reincorporabas el sábado?

Ella hizo el gesto de la fortuna con ambas manos, cruzando sus dedos índice y medio al tiempo que sonreía.

—Eso mismo le dije cuando me llamó y él me juró que quería hablar conmigo por otro asunto. Ya veremos si cumple su promesa.

—Oh, cariño… —se lamentó Gayle—. Apenas hemos tenido tiempo de hablar de tus asuntos. Por lo visto, nos ponemos de acuerdo hasta para vivir momentos dolorosos…

La familia de Danna pasaba por una situación difícil a cuenta de su hermano mayor. Había caído en las drogas siendo muy joven y, desde entonces, hacía más de veinte años, entraba y salía de rehabilitación. A consecuencia de su mala vida, había empezado a desarrollar problemas mentales y diez días atrás, había atacado a su casero con un cuchillo. Ahora, su mujer y su hijo habían tenido que trasladarse a la casa de los padres de Danna. El matrimonio era mayor, tenían algunos achaques aparte de los propios de la edad, y su situación económica, que nunca había sido buena, ahora era dramática. Danna y Alexis habían regresado de Manchester hacía un par de días. Nada más llegar, Danna había solicitado un crédito para ayudar a sus padres. Estaba esperando una respuesta del banco. Gayle se había enterado de esto a posteriori, pero, independientemente de cuál fuera la decisión del banco, le brindaría toda la ayuda que fuera necesaria, tanto a Danna como a su familia.

—No te preocupes por mí, Gayle. Ya bastante fuegos tienes que atender gracias al capullo de tu ex y al impresentable de tu padre. Llámame con lo que sea, ¿me oyes? Te digo más: Si necesitas agitadoras que hoy vayan a montar follón frente a la casa de tu padre, ya sabes que puedes contar con nosotras —añadió, riéndose—. ¡Alexis se muere por meterse con él! ¡Nos ponemos las pinturas de guerra y allá que vamos! ¿Vale, cari?

Gayle sonrió afectuosa.

—De acuerdo, Danna. Buena suerte con tu jefe.

—¡Crucemos los dedos! —se despidió ella, dando un paso hacia la salida.

Entonces, Alex intervino.

—¿Me permites que te lleve? Tengo el coche en la puerta.  

Danna, de primeras, frunció el ceño. Pero enseguida, sonrió. Fue una sonrisa cómica que, aún así, distaba bastante de la fiesta por todo alto que tenía lugar en su interior. ¿Aquel tío bueno estaba moviendo ficha? ¡Toma ya!

—Claro que sí. ¡Me lo voy a pasar bomba con las caras de mis compis cuando me vean llegar con un tío duro como tú! ¡Van a alucinar!

Fiel a su estilo parco en palabras, Alex concedió con un asentimiento de la cabeza. 

Fue su padre, «el señor tan serio y respetable», según Danna, quien después de mirarse los pies en un gesto que rezumaba picardía, dijo:

—Será una visión de lo más interesante, sin duda.

Y vio que su hijo le dirigía una silenciosa pero muy gráfica advertencia con la mirada.


* * * * *


El hombre que Thomas encontró al otro lado de la puerta no era lo que había esperado. Sabía por un comentario de Danna que era el médico personal de Gayle y su voz a través del telefonillo había cuadrado con la imagen que se había hecho de un hombre en la cincuentena. Sin embargo, el individuo rotundo, semicalvo y con un estómago bastante más prominente de lo deseable en alguien de su profesión, era un anciano. 

En el momento de las presentaciones, Thomas se enteró de que Richard Ferguson había estado al servicio de los Middleton desde antes de que Gayle naciera. Había seguido siendo el médico de cabecera de la familia durante su niñez y su adolescencia, y cuando ella se había independizado de sus padres, se había convertido en su médico personal. También tuvo la ocasión de comprobar enseguida el mutuo afecto que Gayle y el anciano se profesaban.

Cuando el intercambio de saludos acabó, cada uno ocupó su sitio en los asientos, excepto Thomas, que permaneció junto a ellos.

 Después de acomodarse en el sillón que había frente a Gayle, el hombre sacó unas gafas del bolsillo superior de su traje gris estilo príncipe de Gales y echó un vistazo a unos informes que sostenía en la mano.

—Deduzco que puedo hablar con libertad —la consultó, mirándola brevemente por encima de sus gafas.

—Desde luego —repuso Gayle. Suspiró.

—En general, estás bien. En mi opinión, tu persistente indisposición de estos días se debe, principalmente, al estrés y a la angustia.

Una sonrisa se dibujó en el rostro de Gayle, que volvió a suspirar. 

—Es una gran noticia —dijo y volvió la cabeza para mirar a Thomas. A continuación, se movió hacia la izquierda en el sofá—. Ven, siéntate a mi lado.

Thomas obedeció. Intercambiaron suaves miradas. Al fin, él cogió una mano femenina y la retuvo entre las suyas. Notarla tan helada le habló del nerviosismo de Gayle y tuvo que luchar contra la imperiosa necesidad de confortarla que lo invadió en un instante.

El médico les concedió unos instantes antes de decir:

—Sin embargo, hay asuntos que vigilar.

—¿Asuntos? —musitó con voz temblorosa.

Toda ella temblaba; Thomas lo notó enseguida. Apretó la mano de Gayle que sostenía entre las suyas, y la frotó con suavidad, en un gesto de ánimo.

El hombre asintió.

—Estás anémica —le informó—. Siempre has sabido cómo ocultar tus problemas, pero esta analítica me dice que tienes que sentirte muy cansada. Agotada —enfatizó—. Así que mi sugerencia de ayer hoy se convierte en una orden: quiero que hagas dos semanas de descanso absoluto. Ni deporte, ni trabajo, ni reuniones sociales o familiares… Media hora de paseo diario, y el resto del tiempo «sofá y peli», como dice mi nieta. Nada más. Al cabo de dos semanas, repetiremos los análisis y ya veremos qué pasa.

Gayle sintió que la angustia volvía a apoderarse de ella.

—Has dicho asuntos, en plural —musitó, instándolo a continuar.

El hombre asintió varias veces con la cabeza. Miró brevemente a Thomas antes de posar sus ojos sobre Gayle.

—Son tus menstruaciones las que están detrás de la anemia. La razón de que sean tan abundantes e irregulares es un quiste de casi cuatro centímetros en tu ovario derecho.

Entonces, el mundo entero se desplomó con un ruido ensordecedor sobre Gayle. Todo se oscureció con una negrura que se la tragó entera. 

—Nooo… —gimió—. ¡Noooooo!

Un instante después, su respiración se tornó caótica. Se ahogaba. Sentía como si estuviera a punto de morir.

—Está hiperventilando —dijo Ferguson, poniéndose de pie. 

Pero Thomas, que había reaccionado de inmediato, ya estaba ocupándose de Gayle. Hizo que apoyara la espalda contra el respaldo mientras le hablaba con voz calmada y firme.

—No va a pasarte nada, nena. Solo te has puesto nerviosa. Vamos a respirar juntos y ya verás cómo enseguida te recuperas, ¿vale? 

El médico dejó hacer a Thomas. Se apartó para no molestar, pero continuó atento a la evolución de su paciente, decidido a intervenir si resultaba necesario.

No lo fue.

Durante los siguientes minutos, Thomas dirigió el ritmo respiratorio de Gayle, acompañándola en cada inspiración, cada retención del aire y cada exhalación hasta que los colores regresaron a su rostro.

—Ya estás bien, ¿ves? —la animó. Ella asintió con la cabeza, pero continuó con los ojos cerrados—. Debes estar seca. ¿Quieres un poco de agua? —Esta vez, ella abrió los ojos y volvió a asentir—. Voy a buscarla. Tú sigue respirando en cuatro tiempos, ¿vale?

En cuanto Thomas se alejó, el médico se sentó al lado de Gayle.

—A tu amigo parece que esto se le da muy bien. No he tenido que mover un dedo. 

—Es un experto —concedió, con expresión abochornada por el espectáculo que acababa de brindar, mientras pensaba que ojalá nunca hubiera necesitado descubrirlo. O, al menos, no tan pronto.

Ferguson asintió con la cabeza. Estaba claro que el hombretón sabía lo que se hacía en esos casos porque había recibido la formación adecuada. Ignoraba cuál era su profesión actual, aunque había oído rumores que lo vinculaban al negocio de la seguridad, pero estaba seguro de que había sido soldado. 

En aquel momento, Thomas regresó al salón.

—Toma, bebe un poco —dijo, entregándole el vaso a Gayle.

Ella esbozó una ligera sonrisa. Bebió un sorbo y luego otro más largo, antes de tendérselo nuevamente.

—Gracias, Thomas. Ya estoy mucho mejor, no te preocupes. 

Él le hizo un guiño, dejó el vaso sobre la mesita ratona y volvió a ocupar su lugar junto a ella. 

Ahora Gayle se hallaba entre los dos hombres; el médico a su izquierda y Thomas a su derecha.

—Es bueno saberlo. En tal caso, yo tampoco me preocuparé —apuntó el doctor Ferguson con actitud cómica. Enseguida, volvió al meollo de la cuestión. El tema responsable de tanto revuelo—: Sé lo que te angustia, Gayle… Pero en este caso no hay razón para angustiarse.

«Pues yo no», pensó Thomas. Él no tenía la menor idea de qué era eso que la angustiaba tanto.

—¿No? —musitó Gayle, que ajena a los pensamientos de Thomas, se aferró con uñas y dientes a aquel diminuto hilo de esperanza.

—No, querida. Es muy común en la mujer tener quistes en los ovarios durante sus años reproductivos. La mayoría son quistes funcionales que desaparecen por sí solos al cabo de unos meses. —Esbozó una sonrisa paternal antes de decir—: Tú eres una mujer muy especial, pero tu quiste no tiene nada de especial. No estaba allí en tu última revisión y llevas tiempo viviendo una situación personal muy compleja, que justificaría por sí sola este tipo de desajustes. Lo vigilaremos, eso es todo. Ayer me dijiste que… —Se apretó el puente de la nariz, mientras intentaba recordar algo que no había encontrado en sus notas—. Estás descansando de los anticonceptivos ahora, ¿verdad? 

Gayle hizo un movimiento afirmativo con la cabeza. Hablar de asuntos de naturaleza tan personal en presencia de un hombre con el que mantenía una relación (aunque ninguno de los dos hubiera definido de qué clase de relación se trataba) era algo excepcional en su vida. Sin embargo, no había querido dejar a Thomas fuera. Sentía que, después de todo lo que habían compartido y de todo lo que él había hecho por ella, se merecía estar allí. Saber de primera mano cuál era su estado de salud. El momento estaba resultando extraño, pero no desagradable. Se preguntó cómo lo estaría viviendo Thomas. Seguramente aquella situación sería aún más excepcional para él. Quizás no debió pedirle que se quedara.

—¿Cómo van tus sangrados hoy? —preguntó el doctor Ferguson mientras tomaba unas notas.

—Bien.

El hombre volvió a mirarla por encima de sus gafas.

—¿Bien?

Vaya, qué estimulante debe estar resultándole a Thomas oír hablar de mis menstruaciones…

—Desde que me levanté, no he vuelto a sangrar —precisó con la mayor naturalidad de la que fue capaz.

—Muy bien. Eso es una buena señal. En tal caso, no volverás a tomar los anticonceptivos hasta nueva orden. Tampoco te pondré una terapia hormonal. 

El hombre separó un receta del block y volvió a guardar el resto de los documentos en su maletín. Le tendió la hoja a Gayle.

—Seguirás con los tranquilizantes dos o tres días, hasta que te sientas con fuerzas para retirarlos. Aparte de eso, te he recetado hierro y vitaminas, más una dieta que he preparado especialmente para ti. Molly te la enviará esta tarde o mañana por la mañana —dijo, refiriéndose a la enfermera de su consulta privada—. ¿De acuerdo hasta aquí?

—De acuerdo.

—Quiero que te tomes muy en serio tus dos semanas de descanso. Lo necesitas; no estoy exagerando. —Ella asintió con la cabeza—. Y quiero que vuelvas a terapia urgentemente. Es la única salida autorizada que tienes aparte del paseo diario. No sé si William podrá ayudarte en este caso, pero seguro que puede recomendarte algún especialista de confianza. Esto no es negociable, Gayle. Has pasado por una situación verdaderamente traumática y los traumas siempre dejan huella. 

Ella suspiró. Sintiéndose tan débil, el panorama que se presentaba ante sus ojos le resultaba agotador. Al fin, concedió con un movimiento de la cabeza.

Richard Ferguson se puso de pie.

—Informaré a lord Middleton de tu situación y, a menos que me llames antes, pasaré a verte el lunes por la tarde. ¿Estamos de acuerdo? —preguntó, y esta vez miró primero a Gayle y luego a Thomas.

—Sí, gracias, Richard. En cuanto a mi padre, puedo informarle yo. He quedado en ir a verlo más tarde.

Thomas la miró interrogante. El anciano había sido muy claro al respecto. Además, ¿de cuántas maneras podían interpretarse las palabras «descanso absoluto»? Una vocecita en su interior corrió a recordarle que no era el más indicado para cuestionar si Gayle le hacía caso a su médico o no.

Tampoco fue necesario, pues Ferguson lo hizo por él.

—Le informaré yo. Y de paso, le diré que tu visita de hoy queda cancelada por orden del médico —sentenció—. Espero que no sea necesario recordarte nuestro pacto, Gayle. Soy muy viejo ya y no tengo el menor interés en que me hagan perder el tiempo que me queda.

—¿No podríamos hacer una pequeña excepción por hoy? —suplicó Gayle con suavidad y evidente afecto hacia el anciano—. Ya le conoces; si no voy, vendrá él. Tras lo sucedido con Kyle, los medios de comunicación están muy pendientes de nosotros… —Sus ojos acariciaron a Thomas antes de volver sobre su médico y decir—: Preferiría no alterar la vida de esta buena gente más de lo que ya lo he hecho.

Richard Ferguson se mostró categórico.

—Seré muy claro con él en cuanto a tu necesidad de estar tranquila y descansar. Ahora bien: si coges un palo, coges las dos puntas. Esta buena gente —dijo al tiempo que miraba brevemente a Thomas— deberá asumir antes o después lo que conlleva relacionarse contigo. Además, no subestimes a tu padre. Lord Middleton siempre ha sabido cómo sacar partido de la prensa sin caer bajo su yugo y estoy seguro de que a él le interesa tan poco como a ti que sepan dónde estás. —Al fin, cogió su maletín y volvió a mirarlos una última vez—. Y ahora me voy.  

Gayle asintió y, a pesar de su contrariedad, le dedicó al anciano una sonrisa agradecida. 

—Le acompaño —dijo Thomas.

 Y tras ponerse de pie, lideró el camino hacia la salida.


* * * * *


El momento no había sido tan extraño para Thomas como Gayle creía. Era de los que preferían conocer la verdad sin paños fríos y que el médico estuviera seguro de que un tiempo de descanso y unas cuantas vitaminas eran suficientes para que ella se recuperara, lo había tranquilizado. Sin embargo, la breve visita había suscitado algunas preguntas en él. 

En primer lugar, le había sorprendido la reacción de Gayle al enterarse de que tenía un quiste en el ovario. Evidentemente, no se trataba de una noticia que una mujer fuera a recibir de buen grado. Tampoco perdía de vista que las emociones de Gayle aún seguían muy revueltas. Lo bastante para justificar su sobrerreacción. Sin embargo, las palabras del médico: «Sé lo que te angustia, pero en este caso no hay razón para angustiarse» habían disparado una alarma en su cabeza. ¿Habría un historial de cáncer de ovario en su familia? A lo mejor, ella misma era una superviviente de esa enfermedad y temía que hubiera regresado. La preocupación se le había apelotonado en la garganta, pegajosa e imposible de tragar. Thomas tuvo que obligarse a pensar en otra cosa. 

Después de estrechar la mano del médico, cerró la puerta y desplazó el pasador de seguridad hacia la izquierda. 

«Quiero que vuelvas a terapia urgentemente», había dicho Ferguson. ¿A qué terapia se refería? Pensó con sorna que, después de todo, tampoco era tan raro que hubiera necesitado ayuda especializada para lidiar con un psicótico como el cabrón de Baxter. Rebuscó entre los escasos recuerdos de las conversaciones que había mantenido con ella, y nada. No había ningún comentario sobre una terapia. Tampoco sobre el tal William, que el anciano médico había mencionado. 

Entonces, acudió a su mente un pensamiento que le llenó el cuerpo de una sensación de lo más agradable. Ahora estaban juntos. Tenía todo el tiempo del mundo para preguntarle a Gayle lo que quería saber. 

Al entrar en el salón vio que no había nadie allí.

—¿Gayle? —la llamó en voz alta mientras se dirigía a la cocina, preocupado.

Estoy en el baño —oyó que ella respondía.

Thomas cambió el rumbo sobre la marcha. De hecho, corrió hacia allí y se detuvo frente a la puerta. Tocó una vez, pero no esperó. La puerta se abrió un segundo antes de que ella respondiera «pasa».

Gayle estaba de pie frente al espejo, un poco inclinada hacia delante, con las manos apoyadas sobre el borde del lavabo y una expresión agotada en su rostro. Thomas vio que esbozaba una suave sonrisa antes de decir:

—Vaya, qué rápido aprendes. Me gusta.

Él se relajó de inmediato. Entró sonriendo y cerró la puerta tras de sí. Se apoyó contra la pared, a su lado. Quería poder mirarla mientras hablaban.

—Soy rápido… Pero en este caso, fue más un acto reflejo que otra cosa. Como dijo Ferguson, sabes ocultar muy bien tus problemas y es aquí donde te permites ser tú… Digamos que me he llevado algún que otro disgusto contigo y un baño como telón de fondo. No me fío.

Gayle se irguió sobre sus tacones. Su mirada se volvió intensa, sugerente.

—También has disfrutado enormemente conmigo y un baño como telón de fondo —concedió con suavidad.

«¡Guau!», pensó él. 

Guaaauuuuuuu…

Había corrido en su ayuda, preocupado porque ella se hubiera indispuesto, para descubrir al llegar que lo que necesitaba era otra clase de ayuda. Su cuerpo se tensó de deseo al instante.

—Ya lo creo que sí —repuso. 

Pero no se movió del sitio.

Permanecieron unos instantes mirándose sin que ninguno de los dos tomara la iniciativa.

Al fin, Gayle asintió ligeramente con la cabeza. 

Thomas no estaba siendo cauto esta vez. Sabía que estaba dispuesta, pues ella misma se lo había dicho. Tan solo estaba jugando a seducirla, a excitarla, a volverla loca de anticipación.

Y Gayle podía dar fe de que ese era un juego que a Thomas se le daba muy bien.

Excepcionalmente bien.

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©️2026. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
Gracias por respetar mi trabajo. ¡Y por leerme! 🩷


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CRS-04. Una vez no basta (UVNB). Cap 63



Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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63


Gayle extendió una mano hasta Thomas. Muy despacio acercó dos dedos y, más despacio aún, los posó ligeramente sobre el pecho masculino. Una corriente eléctrica se originó en el punto exacto en que las yemas de sus dedos entraron en contacto con el protuberante tórax cubierto por un buzo azul. Atravesó su brazo, alcanzando su espalda, donde pareció expandirse, abarcándola por completo hasta el rincón más recóndito de su cuerpo y allí explotó poderosa, haciéndola estremecer de la cabeza a los pies. La cercanía de aquel hombre siempre provocaba reacciones intensas en ella, pero nunca tanto como ahora. De haber tenido suficiente sangre para alimentar a sus neuronas, se habría preguntado si el hecho de que sus respuestas físicas fueran cada vez más intensas tenía que ver con que su aún indefinida relación con Thomas se volvía más estrecha. O si, simplemente, era su cuerpo hambriento de intimidad tras años de insatisfacción matrimonial, reaccionando ante un hombre que sabía exactamente qué botones tocar cuando la tenía desnuda y deseosa entre sus brazos. Aunque ahora ninguno de los dos estuviera desnudo ni en los brazos del otro. Aún.

Sin embargo, apenas tenía glóbulos rojos suficientes para mantener sus constantes vitales básicas, de modo que centró sus escasas energías en el aquí y ahora. Era consciente de que no duraría mucho tiempo de pie, incluso aunque él la sostuviera entre sus brazos. Su energía tampoco sería suficiente para sustentar las exigencias de un encuentro sexual con penetración. Por mucho que fuera él quien hiciera la mayor parte del trabajo. Estaba agotada. Pero, incluso extenuada como estaba, necesitaba a Thomas con locura. Necesitaba tenerlo tan cerca como pudiera, el mayor tiempo que fuera posible.

La reacción de Thomas fue mucho más visceral. Le bastó un momento para pasar de cero a cien. Su libido llevaba a ralentí desde la tarde anterior cuando se habían reencontrado. Aquellos besos que habían compartido en el salón de la casa de Danna lo habían puesto al rojo vivo y solo había conseguido enfriarse un poco a golpe de realidad. Una realidad que los había obligado a estar rodeados de gente permanentemente. Ahora, que al fin estaban a solas, su apetito sexual había metido la sexta velocidad, decidido a saciarse. 

Prueba de ello fue que, en el momento que aquellos dos dedos que lo estaban poniendo al límite descendieron lentamente por el centro de su torso, abriendo una senda ardiente en dirección al ombligo, al calor de la excitación se unió la humedad procedente de las emisiones de líquido preseminal. Miró hacia abajo brevemente para comprobar si sus sospechas eran fundadas y lo eran. Las emisiones, normalmente insignificantes, no lo habían sido tanto esta vez, si habían logrado traspasar un tejido tan grueso y formar una aureola húmeda junto a la punta del pene.

Y en una prueba más de lo caliente que estaba, Thomas se preguntó si Gayle lo habría notado y, en caso afirmativo, qué haría al respecto. También pensó algo más: qué haría él al respecto, si ella no daba señales de haberlo notado. 

Thomas no tuvo tiempo de más elucubraciones. La respuesta a su primera pregunta era sí, ella lo había notado y lo que hizo al respecto fue muy de su estilo: volverlo rematadamente loco de deseo. 

Con la misma suavidad que los dedos de Gayle habían bajado por su pecho, continuaron haciéndolo más allá de la cinturilla de sus vaqueros. Esta vez se movían en un desesperantemente lento zigzag, dibujando sobre el tejido un patrón que serpenteó por su bajo vientre, recorrió sus testículos y volvió a ascender. Esta vez, recorriendo en una igual de lenta línea recta la silueta de su verga al completo. 

Thomas suspiró al sentir la suave caricia de esos dedos sobre el glande. Volvió a inspirar profundamente cuando uno de ellos presionó ligeramente el centro de la cabeza de su pene.

Intenso como era el tacto de aquellos dedos, lo que más lo excitaba era la mirada de Gayle. Ardiente y cargada de deseo, no se apartaba de la suya más que lo imprescindible para ver lo que hacía. Como ahora, que con ayuda de su otra mano, le había desabrochado el botón superior de los pantalones y le estaba abriendo la bragueta.

Cerró los ojos cuando el contacto fue directo. Piel con piel. La suavidad de sus movimientos le excitó tanto que quiso mirar. Averiguar por qué, en un momento en el que él normalmente prefería mucha más energía, ahora no quería ni moverse para no distraerla.

Mirarla lo puso aún más caliente. 

Ella recorría el dorso de su pene con la palma de la mano prácticamente abierta, moviéndola con tal suavidad que los escalofríos de excitación lo atravesaban de parte a parte. Se movía por toda la extensión de su miembro en un viaje de ida y vuelta que realizaba con tortuosa lentitud. Algunas veces, inesperadamente, cuatro de sus dedos se cerraban alrededor del glande y la yema del índice presionaba el orificio de su miembro, provocando un intenso, acuciante, deseo de eyacular. La lucha por contenerse era inmensa y excitante, retroalimentando todo el proceso en un bucle sin aparente final. 

Thomas apretó los párpados y apoyó la nuca contra la pared, a su espalda. Aquella dulce tortura empezaba a resultar insoportable. 

—Que quede claro que esto me vuelve loco, ¿vale? Pero si sigues, voy a correrme… Fuera, quiero decir —«Como si ella no se hubiera enterado ya», pensó con sorna. Exhaló el aire en un suspiro ardiente y añadió—: Y seguro que tú también prefieres que me corra dentro.

Gayle no lo tenía tan claro. Sus preferencias cambiaban rápidamente cuando estaba junto a Thomas. Cuando creía haberse decantado por algo, él le mostraba otra manera de gozar y la indecisión regresaba. Por lo general, prefería sentirlo dentro de su cuerpo. Egoístamente hablando, sus dimensiones anatómicas eran grandes y su miembro en erección completa bastaba por sí solo para darle un nivel de satisfacción que jamás había experimentado antes. Thomas se había ocupado de echar por tierra eso de que el tamaño no importaba. Frase que, por otra parte, estaba segura de que debía haber sido acuñada por un hombre. Importaba, por supuesto. Mucho más si, como sucedía con Thomas, el individuo en cuestión sabía sacarle todo el partido posible a su excelente dotación. 

Pero a falta de tenerlo dentro, lo cual probablemente no era una opción en aquellos momentos, ver cómo se transformaba su hermoso rostro varonil bajo los efectos del aluvión de hormonas que inundaban su cuerpo, ocupaba un merecido segundo puesto en las preferencias de Gayle. Especialmente porque saberse responsable de tal aluvión la hacía sentir grandiosa. Muy poderosa.

—Me invitaste a un viaje de descubrimientos, ¿no? Este en particular podría ser muy excitante…

Él abrió los ojos y la miró en una mezcla de deseo imperioso y desafío. Conocía muy bien las preferencias de Gayle. Las había aprendido de primera mano oyéndola gritar de placer.

—¿Más que follar? Lo dudo…

La fuerza de esa palabra tan íntima y, a la vez, tan llana reverberó en el centro de su sexo, llenando a Gayle de una sensación burbujeante que se extendió por todo su vientre.

—¿Y si eso no fuera una opción ahora? 

Thomas arrugó el ceño fugazmente.

—¿Te duele?

—No.

—¿Estás sangrando? Ya te dije que a mí no me importa… —insistió él con tacto. 

Ella sonrió suavemente.

—No fue eso lo que dijiste… Pero no, tampoco es el caso.

Las cejas masculinas se ocuparon de formular la pregunta obligada: «¿Qué pasa, entonces?».

—¿Crees que tu madre también se encarga de suministrarle los preservativos a Brady? —murmuró con una vocecita no exenta de picardía.

 La cruda realidad tomó por asalto la mente de Thomas. Ella estaba descansando de los anticonceptivos y él aún no había ido a su casa, a por sus cosas. No llevaba encima ni un triste condón. Y no, obviamente, Lenora no se ocupaba de esa clase de necesidades de sus hijos.  

Thomas se deshizo en un suspiro derrotado.

—No me jodas. No me jodas. No me jodas…

Gayle sonrió levemente. Dio un paso al frente y empuñó con fuerza el miembro que hasta hacía un instante había estado acariciando provocativamente, sacando a Thomas de inmediato de su estado de lamentación con un suspiro y una sola palabra.

—Guau… 

—¿Qué sucede? —dijo ella buscando su mirada. Él volvió a suspirar.

Estaban tan cerca que, a pesar de la diferencia de estatura, el suspiro de Thomas barrió la frente, la nariz y los ojos de Gayle, en una caricia tan excitante que ella, instintivamente, movió la cabeza hacia atrás para ofrecerle su rostro al completo.

—Que la cosa se anima… 

Las manos de Thomas al fin se posaron sobre las caderas femeninas, donde apenas estuvieron un instante antes de desplazarse a sus glúteos, apretándolos posesivamente. Gayle respondió intensificando la presión de su mano.

—¿Y te gusta? 

—Vaya pregunta —murmuró, mirándola con fuego en los ojos. Empezó a inclinarse hacia ella despacio y, cuando tuvo su boca a tiro, se sirvió a discreción.

Sus lenguas se enredaron en un beso apasionado y transcurrieron unos instantes antes de que Gayle dijera:

—¿Qué le sucede a mi pregunta? Quiero saber lo que te agrada, lo que prefieres… No siempre está tan claro. 

Él se dio la vuelta sin liberar a Gayle. Ahora era ella quien estaba con la espalda contra la pared. 

Thomas apoyó una mano sobre los azulejos y bajó la otra hasta su miembro. Rodeó la mano femenina con la suya, estableciendo la presión y el ritmo que deseaba.

—Sigo prefiriendo follar. Pero esto está muy bien y lo de antes… —Suspiró en la boca de Gayle—.  Lo de antes era una puta locura… 

Ella buscó sus besos y él se los dio.

—En ese caso —musitó—, volvamos a lo de antes.


* * * * *


Cuando el mercurio estaba a punto de salir disparado hacia la atmósfera, la pareja había abandonado el baño y se había dirigido al dormitorio. Lo habían hecho a trompicones, dejando un reguero de prendas a su paso y deteniéndose cada poco para enredarse en un nuevo beso, mucho más caliente que el anterior. 

A falta de poder practicar el sexo convencional, habían echado mano de todas las alternativas que se les habían ocurrido. Todas habían resultado satisfactorias, pero insuficientes. Prueba de ello era que ni él había dejado de excitarse, ni ella de provocarlo.

Sin embargo, Gayle no había tardado en ceder al agotamiento y se había quedado dormida tras el último orgasmo. Thomas también había dormitado un rato, lo bastante para recuperar fuerzas. Después, había peleado con la modorra para mantenerse despierto. No quería dormirse. Por una vez, quería hacer lo que hacía —algo que nunca había hecho después de yacer con una mujer—: contemplarla mientras dormía. Desnuda y hermosa. Relajada y, sobre todo, suya.

Ella estaba de espaldas sobre un revoltijo de mantas y sábanas con el rostro ligeramente inclinado hacia el lado contrario, ofreciéndole el perfil izquierdo de su rostro. Tenía los labios y la barbilla irritados por el contacto con su incipiente barba. La piel de Gayle era tan delicada que no había forma de ocultar lo que habían estado haciendo, pensó él con una sonrisa. También le había dejado su marca en el cuello, en distintas porciones de su abdomen y su vientre. Probablemente, también en la ingle, aunque ahora no pudiera comprobarlo sin despertarla.

Por supuesto, también había huellas en sus pechos. Desde la primera vez, ella se había mostrado muy receptiva al contacto en esa zona y él, que siempre había tenido debilidad por esa parte de la anatomía femenina, se había servido a placer. Ahora sus areolas mostraban un sugerente color carmesí y sus pezones continuaban tentadoramente enhiestos. Reclamando silenciosamente que él los lamiera.

Thomas se estaba inclinando, decidido a ceder a la tentación, cuando Gayle despertó. Abrió los ojos pesadamente y cuando enfocó en él, una sonrisa perezosa se dibujó en sus labios.

Él regresó a su posición original, tendido de costado sobre un codo, mirándola.

—Bienvenida de vuelta —la saludó.

—Disculpa, estaba más agotada de lo que creía… 

Entonces, vio que una sonrisa seductora lucía en su rostro varonil.

—La otra vez, también te quedaste dormida… Conmigo dentro, para ser exactos. Así que a lo mejor no es que estés agotada, sino que yo te dejo de cama, ¿lo has pensado?

Ella se rio bajito al tiempo que se volvía sobre el colchón de cara a él.

—¿No vas a llamarme «petulante»? —insistió Thomas, en tono decididamente burlón. Adoraba esa palabra. Adoraba oírla en sus labios. 

—Lo haría, si estuvieras alardeando, pero no es el caso. Esta vez, no.

—Guaaaau… Gracias. ¿Qué puedo decir? ¡Me encanta dejarte KO!

—Seguro que sí… —concedió con una sonrisa traviesa—. Eres… muy concienzudo. Sabes cómo tratarme.

Él asintió enfáticamente y le dedicó una mirada desafiante.

—«La verdad, Thomas, es que no sabrías cómo tratar a una mujer como yo. Y eres demasiado seguro de ti mismo, profesionalmente hablando, para permitirte fallar en algo tan mundano» —citó él, imitándola—. ¿Te acuerdas?

Gayle se cubrió el rostro con una mano, fingiendo lamentar algo que no había dicho por casualidad ni llevada por el disgusto del momento.

—Claro que lo recuerdo… —Se rio y añadió—: Está claro que funcionó muy bien.

La expresión masculina se volvió tan intensa como su mirada. 

—¿Estabas lanzando el sedal? —preguntó al fin. 

Había un deje de incredulidad en la voz masculina que a Gayle le hizo mucha gracia.

—Bueno… —musitó con todo su encanto femenino—. Ibas a retirarte a tu seguro refugio del autocontrol. Igual que habías hecho desde la primera vez que nos vimos… Años ha —precisó para que no hubiera ninguna duda de a qué se refería.

¡Toma ya!

—Y tú querías liarte la manta a la cabeza y saltar al vacío —repuso, asombrado ante una maniobra que no había visto venir.

—Quería saltar contigo —volvió a matizar—. Sentía que entre nosotros había una atracción que no podía explicar. No entendía por qué un hombre al que no conocía despertaba emociones en mí que mi propio marido —del que estuve muy enamorada— no lograba despertar.

—¿Y ahora lo entiendes?

Gayle asintió ligeramente con la mirada.

—Tú me veías. Veías la mujer que soy. Me hacías sentir hermosa… Deseada. Él, no.

Thomas se rio.  El ratón había casado al gato con total descaro.

—Guau… —Movió la cabeza en un gesto de asombro e incredulidad—. Guau… Muy bien jugado, nena.

—Según se mire —fue la inesperada y desconcertante respuesta de Gayle. 

¿Cómo que «según se mire»? Había lanzado el sedal tan bien que él se había tragado el anzuelo sin siquiera darse cuenta. Había pasado de una atracción tan bestial que no había logrado saciar después de follársela catorce veces en unas pocas horas, a sentirse totalmente incapaz de separarse de ella, de protegerla a toda costa. Así que, en su heroica cruzada, lo habían golpeado, drogado y suspendido en el trabajo por mantenerla a salvo, tarea en la que se había arriesgado incluso a implicar a su propia familia. Y ahora, como colofón final, estaba enamorado de ella hasta las trancas. Daba igual cómo se mirara: su jugada había sido magistral.

—¿Qué me he perdido? —repuso él con una expresión divertida en el rostro.

—Aunque tú no me creyeras —de hecho, me lo dijiste con todas las palabras—, yo quería una cita contigo, Thomas. Echar una cana al aire. Sentirme la mujer más hermosa y deseada una vez. Y luego, seguir con mi vida y que tú siguieras con la tuya. 

Se recordó a sí mismo diciéndole con la seguridad y la pedantería que lo caracterizaba: «No quieres esto». ¡Joder, si lo quería! Esa mujer no dejaba de asombrarlo.

—Entonces, está claro que el tiro te ha salido un poquito desviado… —concedió, genuinamente divertido.

—Diría que un poco bastante… —Tras una breve pausa, Gayle decidió ir a por todas. Ya era hora de hablar claro. Ella lo necesitaba y él, definitivamente, se lo merecía. — Contigo he descubierto que una vez no basta. 

Thomas dejó de sonreír al sentir que el corazón se lanzaba a latir con fuerza inusitada. Esas cuatro palabras habían resonado en su mente y en cada rincón de su cuerpo como si hubieran estado allí siempre. Agazapadas en cada átomo de cada molécula, esperando la señal para salir. Eran la síntesis perfecta de aquella primera noche que habían pasado juntos y de todo lo que había sucedido después.

—Nunca basta —murmuró él, poniendo voz a sus propios pensamientos.

Los ojos de Gayle se nublaron por las lágrimas. Eran lágrimas de emoción y de gratitud. Después del estrepitoso fracaso de su primera experiencia amorosa, inesperadamente, volvía a haber lugar para la ilusión y el amor en su corazón.

—Nunca —afirmó—. Cuanto más te conozco, más te admiro y más me maravilla que exista alguien tan íntegro, tan cabal… Y más difícil me resulta la idea de alejarme de ti. 

Más que difícil; insoportable, pensó Thomas al recordar el vacío y la desesperación que se habían apoderado de él al despertar en su cama de la cabaña y descubrir que ella ya no estaba allí.

Él retiró las lágrimas que rodaban por las mejillas femeninas y, después de hacerlo, siguió acariciándolas mientras decía:

—Da igual si te ríes o te quedas dormida… Si me besas o me rozas con la punta de un dedo, como hace un rato… Hagas lo que hagas, una vez no basta. Es como… —Hizo una pausa, buscando la forma de explicarse—.  Si existiera un botón que me permitiera repetir cada momento, cada sonrisa, cada coqueteo, te reproduciría en bucle… Siempre quiero más.

Ella suspiró largamente.

—Y más y más y más… —concedió.

Thomas rodó sobre Gayle. La rodeó con sus brazos y los dos se fundieron en un momento apasionado que duró una eternidad. Así de embriagados se sentían por la realización de que no solo se hallaban en la misma fase sentimental, sino que compartían exactamente las mismas vivencias.

—Necesitamos un condón, nena —dijo él al fin, envuelto en un suspiro que sonó a desesperación—. Ahora mismo.

Ella se acurrucó contra él riendo con suavidad.

—¿Solo uno? La unidad no nos funciona en ningún caso, ¿recuerdas? ¡Menos aún en este! 

Él también se echó a reír.

—Ya. Como mínimo, necesitamos catorce.  

—Necesitamos una caja tamaño familiar, Thomas. Y la tenemos, ¿sabes? —añadió con malicia.

—¿Has comprado el pack ahorro? —se burló él, disfrutando como nunca de una clase de conversación que jamás había tenido con nadie—. ¡Qué mujer más previsora! Y digo yo, ¿a qué esperamos para gastarla?

—Está en una de las bolsas de la compra…

—¿Las que están en el coche de Alex, que, por cierto, no sé dónde coño ha ido?

—No —se rio ella—. Ya no están allí. Las han descargado.

Descargarlas, ¿dónde?

—¿Están en la casa de mi padre? —preguntó él y, al verla asentir, hundió la frente en la almohada y empezó a troncharse de pura desesperación.

En aquel momento, un móvil empezó a sonar. Era el de Thomas, que bufó y se incorporó un poco sobre el codo, mirando alrededor, buscando su teléfono.

Dejó caer la cabeza al darse cuenta de que tendría que levantarse para atenderlo. Estaba en el salón. En el suelo, concretamente. En el bolsillo de sus vaqueros.

—Estoy pensándome seriamente pasar de atender. ¿Qué dices? —la consultó.

Gayle no llegó a responder. Otro móvil, esta vez el suyo, empezó a sonar.

Se miraron unos instantes. 

Thomas llegó a la conclusión de que no atender había dejado de ser una opción. Le pareció mucha coincidencia que los dos móviles se hubieran puesto a sonar con diferencia de un minuto.

Abandonó la cama y atravesó la habitación desnudo en dirección al salón ante la golosa mirada femenina. 

Gayle lo oyó hablando, primero por un móvil y luego por el otro. La conversación en ambos casos había sido muy breve. Cuando al fin regresó junto a ella, llevaba un manojo de ropa en las manos: la de él y la suya.

—Vístete rápido, nena —le dijo—. Tu padre está en el edificio.

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CRS-04. UVNB. Y 63 capítulos después… ¡Habemus título!



¡Hola, Romántica!


Hoy vuelvo a colarme en tu hilo de lectura para gritar un «¡Hurraaaaaa!» a todo pulmón. Después de sesenta y dos (!!!) capítulos respetando ciegamente lo que me decía mi intuición  —lo que implica sesenta y dos capítulos haciendo callar a mi duende criticón que nunca deja de dar la brasa—, la historia de Gayle y Thomas ya tiene un título definitivo: Una vez no basta.

Por lo general, no sé lo que va a suceder a continuación hasta que lo escribo. Lo digo de manera literal: si en la escena hay dos personajes hablando y uno dice algo, ignoro qué le responderá o cómo reaccionará el otro hasta que sucede. Y, si bien es cierto que con los años he aprendido a confiar en mis sensaciones aunque no pueda explicarlas o no parezcan, a priori, tener mucho sentido, no es menos cierto que sesenta y dos capítulos son… ¡Muchísimos capítulos!

Resulta difícil describir lo que se siente cuando te das cuenta de que acabas de escribir el título de la historia porque tu protagonista acaba de pronunciarlo. Así, tal cual, sin florituras ni añadidos. Literal. Así que ni siquiera lo voy a intentar. Me has acompañado a lo largo de estos sesenta y muchos capítulos y seguro que te lo imaginas.

Otro aspecto genial de este momento es que con el título confirmado, ya puedo ponerme a pensar en la portada que le daré a historia. ¡Y eso me encanta! 

Aún quedan algunos hilos por atar, miguitas que he ido dejando aquí y allí…  ¡Estoy ansiosa por ver cómo nuestros queridos protagonistas los resuelven!

¡Un abrazo!

Patricia

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CRS-04. Una vez no basta (UVNB). Cap 64



Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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64


Todo había sucedido a un tiempo. Thomas y Gayle apenas habían acabado de vestirse cuando había sonado el timbre del piso. Él la había instado a que se retocara el maquillaje y dejara que él se ocupara de recibir a su padre. Al oírlo, ella se había mostrado un tanto sorprendida, pero al fin había comprendido el verdadero significado de su sugerencia: debía hacerlo por necesidad, no por coquetería. Enfrentarse a su padre en sus actuales condiciones iba a suponer un mal comienzo. Al mirarse en el espejo pudo comprobarlo sin margen de error. Su rostro y su cuello mostraban signos evidentes de haber estado retozando con un hombre y no precisamente haciendo el descanso absoluto que el médico le había ordenado, razón por la cual su prometida visita a la casa familiar había sido cancelada. Si a eso le sumaba que el hombre en cuestión no pertenecía al selecto grupo de posibles candidatos que contaban con la aprobación del noble, la discusión estaría servida antes de que cruzaran saludos. 

Después de tomarse unos instantes para asegurarse de que había un mínimo de orden en el salón, Thomas se había dirigido a la puerta. Pero al abrirla, no había encontrado a quien esperaba, sino a su padre, a su madre y a su hermano Martin. Todos tenían las manos ocupadas con fuentes de comida para varias personas.

—¡Qué buen aspecto tienes, Sansón! —había bromeado Martin con un evidente doble sentido.

—¿Qué hacéis aquí? Debéis marcharos. Este no es un buen momento… 

—Claro que es un buen momento. Eres humano; necesitas alimentarte de comida —había comentado su madre, dejando en suspenso lo que no había dicho, pero sí había pensado: «y no solo de sexo».

—Mucho me temo que con ese argumento no vas a conseguir venderle la idea, mamá. ¿Humano? ¿Qué ser «humano»? —había seguido bromeando Martin, hablando como si fuera una criatura llegada de otro mundo. 

—Joder, tío… Tenéis que iros. Luego os lo explico, pero ahora, por favor, marchaos.

El tono de Thomas había sido perentorio. De hecho, había conseguido que comprendieran que iba en serio. Sin embargo, no había acabado de decirlo cuando habían aparecido Alex y Danna, procedentes de la escalera.

—Ya estamos de vuelta —había anunciado su hermano, mostrando el bolso que llevaba en una mano—. He pasado por tu casa y te he traído ropa y unas cuantas cosas. 

—Pues creo que vamos a tener que marcharnos, Alex. Y volver en…  —había empezado a decir su padre cuando la puerta del ascensor se había abierto y el noble al fin había aparecido. 

En aquel momento, las miradas de todos se dirigieron al anciano alto y corpulento, y el general dejó de hablar. 

Joder. Menuda movida. Thomas sacudió la cabeza, irritado por la situación. 

—¡Maaaaaadre mía, la nobleza nos honra con su visita y yo con estos pelos…! —soltó Danna, logrando que Alex bajara de repente la cabeza para que nadie se percatara de su sonrisa.

A Thomas el comentario de la treintañera no le hizo ninguna gracia. Los ánimos del padre de Gayle ya estarían bastante revueltos sin necesidad de que alguien a quien no toleraba se mofara de él.

Le tranquilizó comprobar que el noble ni siquiera se molestaba en darse por aludido. Venía acompañado de otro hombre. Treinta y tantos, no muy alto, pero robusto, rostro inexpresivo. Thomas supo al instante que se trataba de su guardaespaldas. Fue entonces cuando reparó en la indumentaria del noble y le extrañó. Vestía de sport con prendas oscuras, su poblada cabellera blanca en canas estaba cubierta por una gorra de tweed con visera corta y, excepto por su bastón, que le daba cierto aire elegante, su apariencia era la de un hombre corriente. 

Su forma altiva de mirar y sus modos imperativos de dirigirse a las personas, sin embargo, seguían siendo los de siempre. Algo que todos los allí presentes no tardaron en comprobar.

Bajo unas cejas pobladas y oscuras, sus ojos de mirada dura hicieron un rápido barrido por casi todos los que se hallaban allí —a Danna la pasó de largo— y, a pesar de que al general lo conocía, lo ignoró igual que al resto. Acto seguido y, después de indicarle a su guardaespaldas con un gesto el lugar donde debía ponerse, miró a Thomas y fue al grano.

—Quiero ver a mi hija —exigió. 

Para entonces ya había empezado a abrirse paso entre los Eaton sacando pecho y había llegado hasta Thomas. Dado que él no se movió del sitio, el hombre se vio obligado a detenerse abruptamente para no empotrarse contra él. Algo que, evidentemente, exasperó al anciano de largas patillas.

—¿Está sordo? Exijo ver a mi hija.

Thomas tenía una doble razón para no dejarse atropellar. En primer lugar, la de siempre: sabía cómo tratar a los bravucones porque en su adolescencia él mismo había pertenecido al gremio de los que iban por la vida pecheando a todo el mundo. Y para seguir, ahora era parte de la vida de Gayle. No esperaba contar con el afecto del aristócrata, pero se merecía respeto y estaba decidido a exigirlo. Si aquel individuo creía que podía presentarse en la casa de un Eaton avasallando sin más, estaba muy equivocado.

Sin embargo, no fue Thomas quien respondió, sino Gayle. Al sentir que ella le tocaba una mano, Thomas volvió la cabeza. Allí estaba ella, hermosa y aparentemente sosegada, como siempre. Él sonrió levemente y se apartó para dejarle sitio.

—Por desgracia, padre, nadie está lo bastante sordo para librarse de oír ese vozarrón. —Enseguida, la mirada de Gayle se posó sobre los Eaton y su tono se transformó—: Me alegro mucho de verles. A ti también, querida Danna… Entren, por favor, y tomen asiento en el salón. —Después de que su mirada regresara sobre el noble, añadió con corrección—: Por supuesto, tú también, padre.

Gayle no se quedó en las palabras; dirigió el momento como la perfecta anfitriona que era. De modo que el aristócrata tuvo que soportar no solo su trato distante, sino que todos entraran en primer lugar.

Thomas se había alejado unos cuantos pasos del pequeño hall de entrada para no obstruir el paso con su envergadura. Apoyado ligeramente contra la pared que lindaba con el salón, se había dedicado a contemplar la escena, procurando que no se trasluciera en su rostro lo divertida que le estaba resultando. No dejaba de asombrarle la capacidad de Gayle de poner a cada uno en su sitio sin perder sus modales exquisitos.

—¿Por qué no te llevas esas fuentes a la cocina, Thomas? Así tus padres pueden tomar asiento… —propuso ella.

Martin se puso en marcha, pues ya conocía la distribución de la casa. Alex enseguida fue a hacerse cargo de la cazuela humeante que sostenía Lenora. Thomas hizo lo propio con la fuente que el general llevaba en las manos, en la que había dos pollos asados con una guarnición de patatas y otras verduras.

—Dame, papá. Yo me ocupo. Siéntate donde quieras.

Intercambiaron miradas. Thomas pudo leer que la de su padre decía «¿seguro que no prefieres que vaya a pedir refuerzos?». Se hacía cargo, desde luego. Por más que Gayle procediera con tanta (aparente) tranquilidad, las cosas decididamente no pintaban nada bien.

Los tres hermanos se ausentaron del salón durante unos instantes. Al regresar, vieron que el aristócrata estaba sentado en uno de los sillones; el general, Lenora y Danna ocupaban tres de las cinco plazas del sofá y Gayle era la única que continuaba de pie, haciendo las correspondientes presentaciones, ante la expresión impaciente del anciano aristócrata. 

—Al general Eaton ya lo conoces, padre… 

—Buenas tardes, milord. Bienvenido.

El noble realizó un rápido repaso del individuo al que había conocido en persona el fin de semana anterior. Tenía el mismo talante de hombre acostumbrado a tomar decisiones y hacer que los demás las cumplieran que recordaba, pero, en esta ocasión, vestía de manera informal: unos pantalones de dénim, un polo clásico y un cárdigan azul con cremallera. Demasiado informal para su gusto.

—General —se limitó a responder el noble tras inspirar profundamente. 

—Muchas gracias en nombre de mi padre, Lawrence —matizó Gayle con una sonrisa visiblemente incómoda, y continuó—: Esta señora es Lenora Eaton, su esposa y la madre de Thomas. No solo me ha abierto las puertas de su casa; ha cuidado de mí desde el primer momento sin conocerme de nada. Le estoy muy agradecida por todo, Lenora. Mi padre también, ¿verdad? —añadió, mirando brevemente al aludido.

—No hay de qué —repuso ella y también miró al ceñudo hombre que estaba sentado en el sillón. No le dio la bienvenida, como había hecho su marido. Lo suyo no era la diplomacia. Mucho menos aún, la hipocresía—. Hola, milord.

El rápido repaso por parte del noble volvió a repetirse. Su conclusión fue que, de no ser porque la mirada de la mujer denotaba un gran temperamento, nada la diferenciaría del resto de las personas de su edad. No era agraciada, tampoco resultaba femenina y el tamaño de su moño denotaba que llevaba el cabello largo. Demasiado largo para una señora que ya había superado con creces los sesenta.

Lord Middleton volvió a respirar fuerte. Al fin, asintió con la cabeza.

—Verdad —dijo, a secas.

—Este caballero de aquí es Martin, el mayor de los hermanos Eaton. Es médico. Me refugié con él en su coche durante… Ignoro cuánto tiempo pasó. Pero si no hubiera sido por él, por su templanza, dudo mucho que hubiera podido sobreponerme al terror que sentía… Te estaré… estaremos —matizó— eternamente agradecidos por tu comprensión y por todo el apoyo profesional y personal que me brindaste en uno de los peores momentos de mi vida. Gracias de todo corazón, Martin.

—Qué va. No hay nada que agradecer. Y me alegro de que no se notara que yo también estaba un poquito asustado —bromeó. Dirigiéndose al anciano del sillón, añadió—: Encantado, milord.

—Médico militar, supongo —apuntó el noble.

Martin esbozó una sonrisa amable, a pesar de la total falta de modales que estaba demostrando su interlocutor.

—Así es. Todos los Eaton somos militares.

Para disgusto de Gayle, su padre no hizo el menor comentario, demostrando una vez más que era un individuo irritante y desagradecido. Decidió continuar con las presentaciones. 

—Él es Alex Eaton —dijo, dirigiéndole una mirada afectuosa—. Tengo una deuda enorme con él. Es quien me guio fuera de la cabaña, cuando, sin saberlo, yo me dirigía directamente hacia… mi acosador. —Era la primera vez que utilizaba esa expresión para referirse a su exmarido. Sintió una sensación extraña a la par que liberadora al haber sido capaz de llamar a las cosas por su nombre. —Decirte «gracias» nunca será suficiente, Alex. ¿Cómo podría serlo? Pero podemos demostrarte nuestro profundo y eterno agradecimiento de otra manera. Y eso haremos, ¿no es así, padre? —Una vez más, la mirada de Gayle se posó sobre su progenitor.

En esta ocasión, el anciano miró al joven con interés. Sabía por los informes policiales el papel que había jugado en la captura y detención de Kyle Baxter, pero no había profundizado en él. Tenía asuntos mucho más urgentes en su cabeza. Sin embargo, ahora se tomó unos instantes para observarlo.

—De acuerdo con lo que dice su hermano, usted es también militar…

«Y aunque no lo hubiera dicho», pensó Alex. Tenía pinta de lo que era: un miembro de las fuerzas especiales. Cualquiera con dos ojos en la cara podía verlo. Además, ¿estaba insinuando que no se había tomado la molestia de averiguarlo todo sobre la familia que le había dado refugio a su hija cuando estaba en peligro? Menudo padre de mierda.

Alex asintió.

—Oficial del Regimiento de Reconocimiento Especial.

—¿Oficial? —inquirió lord Middleton

—Teniente.

—Parece usted muy joven para ser teniente —aprobó el noble.

Alex volvió a asentir. Su carrera militar había sido excelente y meteórica. Fiel a su estilo, no hizo comentarios.

—Lo tendré en cuenta —repuso el noble.

Gayle sonrió complacida por primera vez desde que su padre había llegado. Tomó la mano de Thomas, que, al igual que Martin y Alex, continuaba de pie, y le dirigió una mirada amorosa antes de decir:

—Y este es el hombre al que le debo la vida, mi vida… Y mi cordura, entre muchas otras cosas… —confesó con una sinceridad que a Thomas le llegó al alma e irritó al aristócrata—. Ya os conocéis, de modo que obviaré las presentaciones. 

A continuación, le hizo un guiño a Danna, a quien no pensaba mencionar. Vio que ella afirmaba con la cabeza, dándole la razón. 

Había llegado la hora de la verdad.

—Muy bien, padre; hablemos. Si me acompañas, por favor… —dijo, señalando hacia donde estaba la cocina y, sin esperar respuesta, se puso en marcha. 

No obstante, su padre no fue el único que la siguió. 

—Quédate tranquilo —musitó Gayle, poniendo una mano sobre el pecho de Thomas.

Él le dijo a las claras con su mirada que no tenía la menor intención de dejarla a solas con ese energúmeno por más que fuera su padre.

—Estoy tranquilo —afirmó—. Pero no me moveré de aquí.

—La conversación será más sencilla si no participas, Thomas —musitó, rogándole con la mirada que le hiciera caso.

Él se mantuvo en sus trece.

—Tranquila. Haz de cuenta que yo no estoy aquí —y se situó a la derecha de la puerta de la cocina, del lado de dentro. 

Pies separados, alineados con sus hombros. Vista al frente. Brazos al costado del cuerpo. Una mano sobre la otra. Gayle no tardó en reconocer aquella postura profesional. En otras circunstancias la habría hecho suspirar de gusto; ahora le preocupaba. Thomas era como una enorme advertencia con piernas. Resultaba incluso amenazador.

La voz de su padre la devolvió a la realidad.

—¿Empezamos o piensas tenerme aquí mucho tiempo más? —se quejó el aristócrata. Ya se había sentado en una de las sillas y tenía sus dos manos posadas sobre el mango de su bastón en un gesto de clara impaciencia. 

Gayle cerró la puerta y también tomó asiento.

«Que sea lo que Dios quiera», pensó y miró a su progenitor con la mayor calma de la que fue capaz.

—Bien, padre; tú dirás.


* * * * *


—No entiendo por qué insistes en estar con esta gente cuando tienes tu propia casa y también tienes la mía, pero que encima te niegues a colaborar para que el individuo que nos ha puesto en esta situación tan lamentable reciba su merecido, me parece inaceptable. 

Gayle suspiró. ¿Cómo era posible que en apenas un puñado de palabras hubiera tantas cosas objetables? Era ella quien había sufrido el acoso, el terror, la vergüenza. El plural utilizado por su padre estaba totalmente fuera de lugar. Por no mencionar que se refería a esa gente como si no fueran las personas que la habían protegido y le habían ofrecido atenciones, cuidados y un refugio en aquel difícil momento de su vida. Su padre tenía un incontestable talento para retorcer los hechos de forma que sirvieran a sus propósitos y una facilidad pasmosa para ponerla de muy mal humor.

—¿Es eso lo que has venido a decirme? Podías habernos ahorrado a todos la molestia, padre. Ya hemos hablado de esto hasta la saciedad. 

—Ya lo creo que estoy harto de este tema… —advirtió el noble—. Pero tú sigues porfiando en hacer las cosas a tu manera en vez de jugar en equipo y eso solo nos va a traer problemas. ¿Por qué demonios estás en este lugar, se puede saber? —dijo, abriendo los brazos al tiempo que señalaba alrededor—. He tenido que cruzar media ciudad para venir a verte. El taxi me ha llevado por calles que no sabía que existían… Eso, por no mencionar la fortuna que ha costado…  

Thomas ató cabos. Su indumentaria tan corriente y el hecho de que hubiera llegado en un taxi en vez de en su limusina indicaban que, tal como había dicho el médico personal de Gayle horas antes, su padre tenía tan poco interés como ella en que la prensa supiera dónde estaba.

Lord Middleton resopló.

—Ya era bastante malo que hubieras elegido quedarte con esa descerebrada que tienes por amiga y ahora esto… ¡¿Es que has perdido el juicio?! 

El carraspeo de Thomas interrumpió la diatriba del noble. Los hombres intercambiaron miradas desafiantes. La de Thomas le comunicó sin rodeos que, como volviera a elevar la voz, lo escoltaría hasta la calle de inmediato.

Al fin, los llameantes ojos del anciano se desviaron hacia su hija, esperando una respuesta.

—A ver, padre… ¿No te ha dicho el doctor Ferguson que he pasado por una situación traumática que requiere tratamiento psicológico, además de calma y reposo? Por eso estoy aquí y no tengo previsto marcharme a corto plazo. En cuanto a lo demás… Estoy colaborando.  He atendido cada una de las llamadas de los abogados, he respondido a cada pregunta —más de una vez, por cierto— y, declararé ante el juez, y solo ante él —enfatizó—, cuando se me solicite. 

—Ya se ve el gran reposo que estás haciendo —apuntó el anciano con segundas.

«¡Qué cabrón!», pensó Thomas. Gayle se había aplicado maquillaje a conciencia. Ya no había marcas eróticas a la vista en su rostro. Además, vestía el mismo conjunto de falda y jersey color rosa viejo que se había puesto al levantarse y el cuello de la prenda era alto; cubría su cuello casi por completo. Entonces, se dio cuenta de que, en realidad, no era una sorpresa que el noble lanzara la caña a ver qué pescaba; ese era su estilo. Sin embargo, la respuesta de Gayle sí que lo fue. Toda una sorpresa.

—Llevas años diciéndome que soy libre de compartir mi alcoba con quien me plazca. ¿Desde cuándo mi vida íntima se ha convertido en un asunto de tu incumbencia, padre? 

La mirada del anciano se tornó desafiante.

—¿De verdad quieres que hablemos de este tema delante de…? ¿Cómo lo has llamado? Ah, sí. «El hombre al que le debes tu vida y tu cordura, entre muchas otras cosas».

—Lo que quiero, padre, es que me digas de una vez a qué has venido —espetó Gayle, empezando a mostrar señales de cansancio físico, no solo anímico.

—¿Has leído los periódicos? 

—No. Nada de periódicos, ni radio ni, por supuesto, televisión.

El noble hizo un gesto desdeñoso. Era incapaz de entender la pasividad de su hija ante tamaña humillación. Él estaba tan airado y tan ansioso de hundir al indeseable como la escoria que era y reducirlo a la nada, que apenas podía dormir o comer. La furia lo tenía en vilo permanentemente.

—Estoy usando mi influencia para mantenerlo entre rejas, pero no tardarán mucho más en ponerlo en libertad. Perry y Fay están usando la suya para conseguir que lo trasladen a un centro psiquiátrico. Quieren convertir nuestra denuncia de acoso y el allanamiento con intento de homicidio en un acto de locura transitoria para reducir la condena. También, por supuesto, para intentar minimizar el desprestigio y las devastadoras consecuencias económicas que esto está teniendo sobre su emporio financiero.

Gayle sintió que una corriente helada recorría su espina dorsal. No le había dedicado muchos pensamientos a su ex, pero saber que podían volver a verse las caras la devolvió a aquel domingo cargado de terror y desasosiego.

«No puedes perder la calma. Lo que tenga que ser, será», se dijo, obligándose a respirar hondo y recuperar su centro.

—Las cosas seguirán su curso, padre. Es inevitable. En todo caso, podías habérmelo dicho por teléfono —insistió.

El anciano se removió en su asiento.

—Sigues sin comprenderlo, Gayle. Necesito que te impliques. Hasta el momento, solo se ha oído la voz de Kyle Baxter a través de sus abogados. Alegando su inocencia, acusándote de mentir y manipular los hechos. Y la voz de sus padres, cantando sus virtudes. Hablando de que es un buen hombre, un buen hijo, un gran directivo… Dejando caer que la única explicación a sus actos es que hubiera sufrido un ataque de locura transitoria. Y mi voz, por supuesto; la oyen a todas horas… Pero soy un aristócrata y la gente no se siente especialmente conmovida por el dolor de una persona de sangre azul. Tú eres la víctima, Gayle. En esta época de feministas y feminazis, que se oyera tu voz podría perfectamente sentenciar su destino. ¿Acaso no lo ves?

Gayle no tuvo que meditar su respuesta.

—Mi voz se oirá cuando y donde tenga que oírse, padre. No voy a participar de ningún circo mediático. Ya bastante duro es haber tenido que vivir una situación por la que ninguna mujer debería tener que pasar jamás; no convertiré esa circunstancia en un espectáculo público.

—Ah, Gayle, por Dios… ¿Y qué piensas hacer? ¿Seguir aquí, escondida, el resto de tu vida? 

Gayle se tomó unos instantes para pensar cuál sería su respuesta. Lo cierto era que con Thomas no habían hablado sobre el futuro. Tampoco ella había dedicado demasiado tiempo a pensar en el tema. No había tenido energía para hacerlo y seguía sin tenerla. Sin embargo, no deseaba decir nada que pudiera forzar la situación. 

—Las órdenes del médico son tranquilidad y descanso absoluto durante dos semanas, y eso es lo que haré.

—¿Aquí? —la desafió el anciano.

Gayle asintió enfáticamente con la cabeza.

El anciano soltó un hondo suspiro. Miró a su hija con creciente indignación.

—¡Cuánta necedad! ¡Lo único que nos falta es que la prensa descubra que estás aquí, rasquen un poco, como suelen hacer, y averigüen que la casa pertenece al mismo individuo que tan heroicamente te rescató de las garras de un exmarido psicótico! ¿Cuánto crees que tardará la carroña de la prensa amarilla en convertir al guardaespaldas en tu amante? Y cuando completen el triángulo amoroso, y créeme que tardarán un suspiro en hacerlo, tu vida se convertirá en un culebrón público del que se hablará durante años… ¡Tantos, que ríete tú de Coronation Street1!  

—Esta no es la casa de Thomas —aclaró Gayle—. Es la de su hermano Brady. 

—Tanto monta, monta tanto. Los dos se apellidan Eaton. Que, por cierto, no es un apellido cualquiera. Su ilustre padre se ha encargado de darle fama y renombre.

Gayle ignoró la desfachatez de su progenitor y decidió coger el toro por los cuernos.

—No hay tal triángulo amoroso. Me divorcié de Kyle hace cuatro años. Fue mi decisión y eso es de dominio público. Y en cuanto a Thomas… —Respiró hondo—. ¿Sabías que cuando puso en riesgo su vida y la de su familia para proteger la mía, ni siquiera era mi guardaespaldas? Lo habían suspendido de empleo y sueldo.

El anciano desvió su mirada hacia Thomas y permaneció en silencio, observándolo mientras calibraba lo que había oído y, obviamente, ignoraba.

—Por lo que veo, no lo sabías —dijo Gayle—. Bien. Ahora ya lo sabes. No era mi guardaespaldas entonces y no lo es ahora. Y tampoco es mi amante, padre: es el hombre que he elegido.

Thomas se las vio y se las deseó para mantener la compostura. Le había asegurado que no intervendría, pero lo que acababa de oír… De buena gana la habría levantado de la silla y llevado en volandas a un rincón donde ambos pudieran dejar volar su imaginación. Se concentró en mantener la calma, pues sabía que aquellas palabras que tanto lo habían emocionado no serían bien recibidas por el viejo.

Dicho y hecho.

—¡El hombre que… ¿Qué?! —Cuando lo dijo, ya se había puesto de pie, ayudado de su bastón—. ¡Esa es la mayor estupidez que te he oído decir en años! Por supuesto que debes elegir un hombre. Ya es hora de que vuelvas a casarte, formes una familia y busques la manera de poder engendrar hijos que aseguren nuestra estirpe familiar. 

El bochorno que se adueñó de Gayle al oír aquella velada referencia a sus hipotéticos problemas para concebir logró devolver el color a sus mejillas y la impulsó a ponerse de pie. Le avergonzaba que Thomas lo estuviera oyendo y le preocupaba sobremanera lo que pudiera estar pensando. 

—Algo que también ignoras, padre, es que no necesito «buscar la manera de poder engendrar hijos» —dijo, entrecomillando las palabras con un gesto de los dedos—. Era él quien tenía problemas, no yo.

El anciano la miró con expresión dolida, a la par que un poco incrédula.

—No sabes cuánto me gustaría que eso fuera verdad, Gayle. Todo sería mucho más fácil para ti, para nuestra familia… —Bajó la cabeza contrariado un instante antes de volver a mirarla y decir—: ¿Crees que le habría permitido que se casara contigo sin asegurarme de que era capaz de garantizar vuestra descendencia?  

Gayle se cruzó de brazos.

—Tiene problemas de esterilidad debido a un traumatismo que sufrió a los 16 años —repuso con estudiada calma. Hablar de un aspecto tan penoso y patético de su vida conyugal continuaba haciéndole un daño terrible—. Por si te consuela saberlo, llevábamos bastante tiempo casados cuando yo me enteré. Estaba tan harta de hacerme infinidad de pruebas y que todas salieran siempre normales, que le exigí que se las hiciera él. Entonces, no le quedó más remedio que contarme su pequeño secreto.

Thomas se quedó de piedra. ¿Qué clase de hombre hacía pasar a su esposa por semejante tortura durante años, sabiendo que era él quien no podía dejarla embarazada? La reacción de Gayle ante la noticia de la existencia de un quiste en su ovario derecho y aquellas palabras del médico que lo habían dejado pensando acababan de cobrar sentido. Más allá de las exigencias de su padre, Gayle deseaba ser madre. Se trataba de un deseo que la infertilidad de Baxter había truncado durante años y que, ahora con treinta y seis años cumplidos y un quiste en un ovario, temía que se esfumara para siempre. El deseo de abrazarla muy fuerte y confortarla era tan intenso, que le estaba costando un triunfo contenerse.  

—¡No puede ser! ¡No puede ser! —exclamó el anciano cada vez más iracundo, trastornado por una noticia que le resultaba repugnante e increíble a la vez—. ¡Lo conocemos desde que era un niño! ¡Lo hemos visto crecer! ¡Lleva toda la vida engañándonos!

 —Como te imaginarás —continuó ella, midiendo sus palabras—, me suplicó de rodillas que no lo compartiera. Poco después, comenzó su cruzada por quedarse con la custodia de Hugo que, gracias a Dios, no llegó a nada. De modo que, como puedes ver, divorciarme no fue el capricho que tú creías; nuestras diferencias eran verdaderamente irreconciliables.

El anciano le dedicó a su hija la primera mirada compasiva de la tarde. Asintió con la cabeza, dándole la razón. 

—Ese indecente pagará por lo que nos ha hecho, Gayle. Te doy mi palabra.

Ignorando nuevamente el inadecuado uso del plural, ella le agradeció sus palabras con un ligero movimiento de la cabeza. Thomas, sin embargo, lo observó con desconfianza. Su experiencia personal con aquel hombre demostraba que a) era un perro de presa y b) no tenía escrúpulos. Por tanto, la conversación no acabaría allí. Ni mucho menos.

Y así fue.

—Voy a pedirle a los abogados que investiguen este asunto y obtengan las correspondientes pruebas —empezó a decir el noble ante el espanto de su hija—. Es un manipulador y un mentiroso que no se detiene ante nada para conseguir sus propósitos. ¡Es hora de arrancarle esa careta de hombre decente con la que pretende engañar a todo el mundo!

—¡No, ni hablar! —espetó Gayle—. Oh, padre, por Dios, ¿cómo puedes ser tan insensible y egoísta…? Es de mi vida de lo que estamos hablando. ¿Crees que me interesa que todo el mundo sepa que me enamoré de un hombre sin escrúpulos que me utilizó, me mintió y me humilló antes incluso de hacerme pasar por el calvario de acosarme? ¿Me ayudará eso a recuperarme, a sentirme mejor conmigo misma, a seguir adelante con mi vida? No —dijo taxativa—. Me niego a ver mi intimidad expuesta como si fuera ropa secándose al sol. La respuesta es no, padre. 

—Si falsificó sus análisis, llegaré al fondo de este asunto. Me mintió a mí antes que a ti y nadie me miente y se va de rositas.

—Y eso es todo lo que te importa, ¿verdad? ¡Eres un egoísta!

Thomas saltó hasta ella al ver que manoteaba el borde de la mesa para asirse. La sostuvo por la cintura y vio que su rostro había palidecido.

—¿No sería mejor que te sentaras, nena?

—Estoy bien… Solo fue un mareo. —Inspiró profundamente y volvió a mirar a su padre—. Necesito acostarme. Por favor, márchate.

—Si es lo que quieres, me iré —concedió el noble en un tono inesperadamente preocupado—. Pero quedarte aquí es una locura, Gayle. Esto nos explotará en la cara antes de que nos demos cuenta. Vamos, hija, sé razonable… Ven a casa, con tu madre y conmigo. Tendrás todo lo que necesites, ya lo sabes. Una vez que te hayas recuperado, podrás regresar a tu actividad normal, retomar tu vida social con los hombres adecuados y hacer lo que debes, por supuesto. 

Gayle sacudió la cabeza. Estaba demasiado agotada para continuar volviendo sobre lo mismo una y otra vez. Se dio la vuelta y se dirigió a la puerta con pasos inciertos, seguida muy de cerca por Thomas, quien temía que se cayera redonda al suelo de un momento a otro.

—Locura o no, aquí me quedaré. No volveré a vivir bajo tu techo, ya te lo he dicho. Y por supuesto, no haré lo que, según tú, debo hacer. El hombre que yo considero adecuado está aquí mismo y no en tu lista de candidatos. Así son las cosas, padre.

—¡No sueñes con que voy a aprobar esta necedad! —bramó—. Jamás he censurado lo que haces ni con quién lo haces en la privacidad de tu casa. Pero no será un hombre vulgar y corriente el que tenga el privilegio de mostrarse de tu brazo en público. ¡No me desafíes, Gayle! —clamó, apuntándola con su bastón—. Llevas mi apellido. Eres una Middleton. Harás lo que debas hacer.

Gayle se detuvo al llegar a la puerta. Thomas la abrió, creyendo que ella estaba esperando a que él lo hiciera, pero entonces, la vio volverse hacia su padre y mirarlo con furia contenida.

—En tal caso, padre, me cambiaré el apellido.

Thomas jamás había esperado que un puñado de palabras, a más inri pronunciadas con la delicada voz de aquella mujer, pudieran provocar semejante caos. En el rostro del anciano se sucedían las emociones sin pausa. De la incredulidad a la ira. De la ira a la preocupación, y de esta, finalmente, al miedo. Resultó evidente que el noble temía que su hija cumpliera su velada amenaza.

—¡No puedes hacer eso! ¡No seas necia! —bramó a todo pulmón—. ¡Eres mi heredera! ¡¿Es que te has vuelto loca?!

—Por supuesto que puedo. Y no tengas la menor duda de que lo haré… Si es necesario —remató Gayle.

Acto seguido, se volvió hacia Thomas.

—¿Te importaría acompañar a mi padre a la puerta, por favor? Necesito ir al servicio un momento. 

A sus palabras pronunciadas en un tono amoroso, siguió la caricia de su mano en el rostro masculino.

«Como para negarme…», pensó Thomas. Estaba más ancho que largo con aquella defensa a ultranza que Gayle había hecho de él y de la relación que mantenían. Además, estaba deseando darle un poco de su propia medicina a aquel viejo soberbio y cabrón.

—Claro que no —repuso, depositando un ligero beso sobre uno de los dedos que acariciaban su rostro. 

A continuación, Thomas miró al anciano. Señaló el camino con un brazo y pronunció con enorme gusto las palabras:

—Por aquí, milord.


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1 Coronation Street es una serie británica que empezó a emitirse en 1960. En 2010 se convirtió en la serie más antigua del mundo y fue incluida en el Libro Guinness de los Récords. Al momento de publicar esta novela, continúa emitiéndose.


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CRS-04. Una vez no basta (UVNB). Cap 65



Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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65


El silencio en el salón era total. Las miradas de los allí presentes no se separaron de Thomas mientras atravesaba la estancia guiando al padre de Gayle hasta la salida. Él las ignoró. De hecho, procuró mantener la vista al frente, pues contener sus propias emociones ante lo sucedido y mostrar una expresión ecuánime le costaba más con cada paso que lo acercaba a la línea de meta. No deseaba que nada retrasara la marcha del anciano; su hija le había lanzado un órdago imposible y se notaba que el noble estaba al límite. Aquel hombre ya era de por sí impredecible sin necesidad de que su hija lo desafiara.

Lord Middleton también atravesó el salón sin mirar a nadie. No pronunció una sola palabra. Se sentía humillado y mucho más furioso que al llegar. Estaba indignado con la situación y con su hija, que, no conforme con aceptar con insultante pasividad la afrenta de su exmarido, ahora pretendía humillar a toda la familia involucrándose sentimentalmente con un individuo sin estatus ni prestigio. Un don nadie. Un oportunista, pues era evidente que se estaba aprovechando de ella. ¿Que al pobrecito lo habían suspendido de empleo y sueldo cuando tan heroicamente «había puesto su vida y la de su familia en peligro para proteger la suya»? No se había tratado de ninguna heroicidad, sino de un movimiento muy bien planeado: encandilarla con sus acciones en un momento de gran vulnerabilidad, lograr que ella se sintiera en deuda con él y con su familia y luego, a vivir de rentas el resto de su vida. ¡Y encima, la necia amenazaba a su propio padre con renegar de su estirpe, si se entrometía! ¡No se podía ser más insensata! 

Una vez en el descansillo, el noble se volvió hacia Thomas. Sus miradas quedaron enganchadas sin que ninguno reculara.

Thomas estaba preparado para oír lo que fuera sin inmutarse. Tenía lo que quería; a Gayle. Su padre le traía al pairo. Ni siquiera intentaría convencerle de que le daban igual su fortuna personal o su poder. Sabía que el noble jamás le creería. Mientras el viejo no se propasara con ella, lo demás no importaba.

Durante un instante, pareció que el anciano iba a dar vía libre a su evidente indignación.

Pero no fue así.

—No tiene usted idea de dónde se ha metido, señor —le advirtió con el rostro deformado debido al esfuerzo que hacía por contener su furia.

Tras lo cual le dio la espalda y entró en el ascensor seguido por su guardaespaldas.

Thomas exhaló un largo suspiro cuando la puerta del ascensor se cerró. Ese fue el signo visible, pero hubo otros no evidentes como la tensión en su cuello, sus hombros e incluso sus puños que, al evaporarse rápidamente, lo dejaron con una sensación de blandura nada familiar. Cayó en la cuenta de que había estado tenso hasta la raíz del pelo desde que el aristócrata había puesto un pie en el piso de Brady. 

Estaba entrenado para enfrentarse a situaciones de enorme dificultad. Sin embargo, y aunque él hubiera creído lo contrario, hoy no había sido el profesional entrenado en ningún momento, sino un hombre, sin más. Un hombre lidiando con la irracionalidad y la soberbia de otro hombre; el padre de la mujer de la que estaba enamorado. Era sorprendente descubrir cuánto miedo le daba la idea de perder a Gayle, pensó mientras cerraba la puerta y deslizaba el pasador de seguridad de derecha a izquierda.

Y cuánto lo emocionaba que ella estuviera dispuesta a renunciar a todo por él. El solo pensamiento lo llenaba de orgullo y de satisfacción. Conseguía hacerlo sentir todopoderoso. Un ganador.

La algarabía proveniente del salón lo devolvió a la realidad con una sonrisa. El júbilo de Danna no le extrañó; si algo había dejado claro la mejor amiga de Gayle era su espontaneidad y su desparpajo. Pero en aquel batiburrillo de risas y vítores, había otra voz jubilosa; la de su madre. Y eso sí que lo dejó anonadado. Regresó sobre sus pasos y se detuvo en la entrada del salón, donde durante unos instantes se dedicó a contemplar el espectáculo. 

Los tres hombres estaban en el sofá. El general y Alex celebraban algo que había dicho Martin. Lenora y Danna estaban de pie, hablando entre ellas mientras se dirigían a la cocina con paso de hormiga. Avanzaban un metro, Danna decía algo en voz baja —que él no conseguía entender desde donde estaba— y las risas comenzaban otra vez. Otro metro, otro cuchicheo y vuelta a empezar. Thomas sacudió la cabeza, risueño ante esa imagen tan insólita. 

Entonces, su padre lo vio. 

—Hola, hijo… ¡Enhorabuena! Has conseguido resolver el conflicto sin derramar una gota de sangre. ¡Debes estar agotado! Ven, siéntate con nosotros y descansa. 

—Con todos mis respetos, general —intervino Danna antes de que Thomas pudiera responder, al tiempo que regresaba al centro del salón—, esta vez, no ha sido cosa de su hijo. Ha sido mi amiga del alma y sus enormes narices… Por no decir ovarios, los que le han cerrado la bocaza al viejo impresentable… Pero hay que reconocer que tiene muchísimo mérito estar ahí, oyéndolo soltar amenazas y bravatas, y no estrangularlo, así que… ¡Choca esos cinco, colega! —exclamó, ofreciéndole su palma que Thomas chocó con una sonrisa—. ¡Yo no habría podido contenerme, eso seguro!

Martin los miró a los dos. Se notaba que ella era la alegría de la huerta y no necesitaba motivos especiales para mostrarse dicharachera. Pero su hermano… Había demasiada alegría en su talante. Tenía cara de estar encantado consigo mismo. A ese le pasaba algo. 

—Ya, ya… —dijo al fin—. Pero yo me pregunto qué más habrá sucedido ahí dentro para que Sansón tenga esa cara…

—Mi cara es la de siempre —afirmó él, mintiendo como un bellaco.

—Qué va —intervino el menor de los Eaton, negando con la cabeza taxativamente. Y no dijo más. 

—Alex tiene razón —concedió el general que, después de analizar a Thomas, había llegado a la misma conclusión. 

—Perdona, papá —se rio Martin—. Pero fui yo el que lo dijo, no esta momia que tengo al lado. 

 Danna se echó a reír.

—¡Qué fuerte, Alex! ¡No sé cómo te las arreglas para dejarlo todo tan claro sin hablar! ¡Qué tío! ¡Si hasta te atribuyen a ti lo que no has dicho! 

El interés de Martin cambió momentáneamente de objetivo. Miró a la momia y luego a la amiga de Gayle con picardía.

—Perdonad la pregunta, pero… ¿Os conocíais de antes? Lo digo porque… No sé… Hay muy buen rollito entre vosotros, ¿no?

Esta vez fue Thomas el responsable de las carcajadas.

—Ya te digo —repuso, echándole una mirada con segundas a Alex, al tiempo que afirmaba enfáticamente con la cabeza, imitándolo.


* * * * *


La llegada de Gayle al salón provocó una andanada de vítores y aplausos. Ella enrojeció al instante y permaneció de pie, mirándolos con los ojos brillantes, incapaz de pronunciar una palabra.

Y si a Gayle la había dejado muda semejante recibimiento, Thomas, directamente, estaba alucinando. Entre los suyos había algunos proclives a la broma y al histrionismo. Martin era el bromista de la familia, seguido de cerca por él mismo y por Brady, el dueño del piso donde se hallaban. Lenora era la que ponía la nota histriónica a la vida familiar, debido a su gran genio que le impedía callarse. Pero el general y Alex no eran dados ni a una cosa ni a la otra. Sin embargo, su padre solo había dejado de aplaudir para ponerse de pie, dirigirse hacia Gayle y tomar sus manos afectuosamente mientras le decía algo que nadie más había podido oír.

Alex no había ido tan lejos, pero el solo hecho de que se hubiera puesto de pie para seguir aplaudiendo constituía suficiente motivo de sorpresa para Thomas. De sorpresa y de orgullo, pues era una señal de respeto hacia Gayle, no solo de afecto y, sin duda, ella se lo merecía. Se había ganado a pulso la admiración de los suyos y, a más inri, lo había hecho mientras pasaba por el peor momento de su vida. Así de grande e increíble era esa mujer. 

Danna fue quien puso en palabras los pensamientos de Thomas. Fue hasta su amiga, riéndose, y le echó los brazos alrededor del cuello al tiempo que decía:

—¡Has enviado al viejo a hacer gárgaras! ¡Con dos narices, así me gusta! ¡Qué grande y valiente eres, cari! ¡Eres lo más de lo más! 

—Gracias, Danna. Lo cierto es que no me siento ni grande ni valiente… Bregar con mi padre es… —Suspiró—. Agotador. Francamente, agotador.

—Por si te sirve mi opinión —intervino Lenora, acercándose al corrillo—, creo que se te da muy bien. Tu padre será un león, pero tú, Gayle, no te quedas atrás. 

Ella agradeció sus palabras con un gesto. Su emoción era evidente. No solo se debía al cambio de actitud de Lenora, sino también al trato afectuoso que le estaba brindando.

—Siento mucho lo sucedido. Es bochornoso que mi padre se mostrara tan desagradecido con personas que han hecho tanto por ti… No hay excusa para su comportamiento. Les pido perdón en su nombre.

Thomas atravesó el salón con una sonrisa en los labios. Apartó a Danna con suavidad. Hizo lo mismo con su madre y su padre, y cuando tuvo a Gayle totalmente libre en su campo de visión, la tomó por la cintura y la elevó del suelo por encima de su cabeza, ante la dulce mirada femenina.

—No pidas perdón. No tienes por qué. 

—Claro que debo, Thomas… —musitó y con una sonrisa incómoda añadió—: ¿Te importaría volver a ponerme en el suelo…, por favor?

Él negó con la cabeza. Era una negativa a las dos cosas; a que se disculpara y a devolverla sobre sus pies, pues estaba perfectamente donde estaba: en sus brazos, mirándolo desde las alturas como si no hubiera nada más que él en el universo.

—Has llevado la batuta en todo momento, a pesar de la bravuconería de tu padre, y lo has puesto en su sitio sin despeinarte. Demostrándole que, uno, eres una dama y dos, también puedes ser una fiera cuando hace falta. Sin dejar de comportarte como una dama. 

—¿Una fiera? ¿Se supone que eso es un cumplido? —repitió ella con dulzura. Thomas asintió—. Me temo que no lo soy. Tenía mucho miedo a que tomara represalias, a que te hiciera daño… A ti, a tu familia… Oye, ponme en el suelo, por favor… —suplicó—. Nos están mirando. Esto es muy incómodo.

Thomas volvió a ignorar su petición.

—El nivel de bravura de una persona es directamente proporcional al miedo que debe superar para llevar a cabo una acción. A más miedo, más bravura. Eres una fiera, Gayle. Mi fiera —anunció alto y claro.

Y, acto seguido, se apoderó de su boca y la besó largamente, como si estuvieran a solas. Provocando, como era de esperar, distintas reacciones en los allí presentes, de las que ni siquiera fueron conscientes.

—Oh, Thomas… ¿Estamos bien? —dijo ella, robándole besos entre palabra y palabra—. Has tenido que oír cosas muy serias…

Él volvió a posarla en el suelo y la rodeó con sus brazos, doblándose sobre ella. Sus besos se volvieron más profundos, mucho más apasionados, y se tomó su tiempo antes de responder.

—Podríamos estar mejor con la casa desierta y una caja de condones —murmuró, hundiéndole la lengua en la boca una vez más.

—Lo digo en serio… 

Sin embargo, un instante después, Gayle dejó claro que su queja no había sido tal, enredando su lengua con la de Thomas.

—¿Qué te hace pensar que yo no? Me tienes a dos velas desde el viernes. No sé si me explico… —murmuró sobre los labios femeninos. Intentaba mantenerse serio, pero al ver que ella lo miraba desconcertada, al final claudicó y se rio.

—Serás tonto… Me habías preocupado.

—¿Por qué? ¿Porque parece que solo pienso en el sexo? —empezó a decir. Su seriedad tampoco duró mucho esta vez. La estrechó aún más fuerte, alternando besos con risas cómplices.

Ella buscó su mirada. No había sonrisas en su rostro; más bien preocupación.

—Thomas… ¿Qué sucede? 

Él empujó con suavidad los brazos femeninos hasta ponérselos alrededor de su cuello, forzando tácitamente a que sus cuerpos estuvieran aún más juntos. Después, apretó su propio abrazo y se agachó para hablarle al oído.

—Lo que tuve que oír fue una mierda. Una vergüenza con mayúsculas… Pero es todo lo que voy a decir sobre ese tema porque quiero que lo olvides. Baxter es historia. Ahora tu hombre soy yo. Y si lo que te preocupa es que pueda sentirme presionado por tu deseo de ser madre, la respuesta es no. 

Sus ojos brillantes se posaron sobre él.

—¿Lo dices de verdad? Piénsalo bien. Esto es muy importante.

—A ver, nena… En casa somos cinco hermanos. Digamos que el hecho de que una mujer quiera ser madre no me coge de nuevas… Y no, no me intimida para nada. ¿Estamos? 

Esta vez, fue él quien buscó la mirada femenina y, al ver sus ojos empañados por las lágrimas, se rio bajito.

—Pero en lo de que solo me preocupa el sexo, no estabas tan mal encaminada; hoy no puedo pensar en otra cosa. Diossss… Me mueeeero de ganas —gimió, arrastrando las sílabas, con los labios pegados a la oreja femenina, decidido a cambiar el tono del momento.

Lo consiguió. 

Gayle emitió un suspiro de alivio, se acurrucó contra el pecho de Thomas y, por primera vez desde que su padre se había marchado, se relajó.

La sorpresa de los Eaton y el consecuente silencio duraron lo que un suspiro. De modo que, mientras la pareja se prodigaba carantoñas y se hacía confesiones ajena a todo, los demás daban rienda suelta a su agudeza, cada cual a su manera.

—¡Halaaaaaaa! —exclamó Danna, dando palmas—. ¡Eso es un hombre de acción y lo demás son tonterías! 

—Vale. Los besos molan, no diré que no. Pero a mí lo que me ha dejado muerto es ese «mi» —bromeó Martin, riéndose—. Tom nunca ha tenido esa clase de «mis»… ¿Será un efecto secundario de la droga que le metieron el domingo? 

Alex asintió. Tenía una sonrisa en los labios y su mirada no se apartaba de Thomas. O mejor dicho, de su espalda, que era todo lo que veía desde donde estaba.

—A mí me soltó un «me» ayer —concedió, refiriéndose a aquel «ella me importa» que lo había dejado a cuadros—. Así que igual es por la droga.

—Es una droga —afirmó el general mirando a la pareja con enorme satisfacción—, pero no de esa clase.

Lenora descartó lo dicho por sus hijos y su marido con un gesto desdeñoso.

—¿Y eso qué más da? Lo que importa es que le dure. Estoy como las madres del siglo XVIII, desesperada por casar a sus hijas mujeres de una maldita vez. Solo que en mi caso son hombres. ¡Por Dios, qué castigo! Ven, Danna, ¿me ayudas con la cena? Gayle tiene que comer para recuperarse… —Se rio de sí misma antes de añadir—: ¡Ahora que al fin aparece una candidata prometedora, hay que cuidarla como oro en paño! 

—Buena idea, cariño. Nosotros nos ocuparemos de ir poniendo la mesa —dijo el general, y permaneció mirando cómo su esposa se alejaba conversando con la amiga de Gayle.

«Quizás sean dos las candidatas prometedoras», pensó y con mucho disimulo miró a su hijo menor.


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